PGR debe investigar narco y guerrilla en el PRD y la Normal de Ayotzinapa

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II

14 de Septiembre de 2015 Torre de Babel

No obstante que el partido alcanzó una

mejor posición en la competencia política de

aquella época, con el reconocimiento de varias

victorias, los cuestionamientos internos

se hicieron presentes. En 1966, con motivo

de la elección del presidente de Acción Nacional

—con Adolfo Christlieb buscando

reelegirse—, surgieron voces que pidieron

elegir “un mejor jefe nacional”. La crónica de

esa elección se puede leer en la revista oficial

del partido La Nación, edición 1199 del 15

de febrero de 1966, en la cual se relató que

habiendo Christlieb manifestado su deseo

de reelegirse, en el transcurso de la sesión de

Consejo Nacional el diputado Francisco Quiroga

propuso a Manuel González Hinojosa

como candidato, en tanto que Aurelio Gómez

Membrillo hizo lo propio con José González

Torres. Ambos candidatos declinaron, pero

se mantuvo la intención por un cambio en la

jefatura nacional. “Quiroga aclara que lo único

que le movió a proponer la candidatura de

González Hinojosa fue su convicción de que

sería un ‘jefe más idóneo’”, reseñó La Nación.

La oposición interna minoritaria a la línea

política seguida por el presidente, de

constancia de su inconformidad. En paralelo,

Christlieb enfrentaría un movimiento interno

para que el PAN se afiliara a la democracia

cristiana. El rechazo, con el apoyo del propio

Gómez Morin, haría que se dieran de baja del

panismo algunos militantes destacados como

Hugo Gutiérrez, Vega, Armando Ávila Sotomayor

e, incluso, que el director de La Nación,

Alejandro Avilés Insunza, dejara la revista.

Christlieb Ibarrola fallecería en 1969, arrepentido.

De acuerdo a Alonso Lujambio, en su

obra La Democracia Indispensable, “Christlieb

pensaba que el avance sería impensable sin diálogo

con el gobierno”, además de agregar —

páginas más adelante—: “poco antes de morir,

Christlieb confiesa a uno de sus colaboradores

más cercanos haberse equivocado. Al final de

su vida pensó que la reforma de los ‘diputados

de partido’ y su estrategia política habían sido

un rotundo fracaso”.

Legitimidad y democracia

En 1988, la elección presidencial de ese

año estuvo marcada por la sombra del fraude.

Carlos Salinas de Gortari llegó a la Presidencia

de la República cuestionado por la forma

en cómo se dieron los comicios.

Los candidatos opositores —Cuauhtémoc

Cárdenas, Manuel Clouthier y Rosario

Ibarra de Piedra—, se unieron para demandar

la limpieza del proceso electoral.

En el PAN, el dirigente nacional era

Luis H. Álvarez, excandidato presidencial en

1958. Contaba con el apoyo y asesoría de militantes

como Diego Fernández de Cevallos,

Felipe Calderón Hinojosa y Carlos Castillo

Peraza. Especialmente éste último, se convertiría

en el principal asesor para el reto que

estaba por enfrentar el partido.

Es así que aún con la oposición de varios

militantes, Álvarez y su equipo elaboran un

documento titulado Compromiso Nacional

por la Legitimidad y la Democracia —presentado

en noviembre de ese añ—, el cual de entrada

consideraba “la ilegitimidad de origen

del Presidente de la República”.

A pesar de los términos en que fue planteado

el documento, el gobierno de Salinas

invita a sostener reuniones periódicas al propio

Luis H. Álvarez y a otros colaboradores

de la dirigencia nacional panista.

En su mensaje al Consejo Nacional, en

sesión extraordinaria Álvarez explicaría que “a

diferencia de quienes, dentro y fuera del partido,

propugnaban por posiciones y actitudes

radicales —esa era cabalmente la línea del ya

fenecido Frente Democrático Nacional—,

asumimos la de la reconciliación nacional que

permitiera una salida política pacífica y concertada

para el pueblo de México, deseoso de una

democracia política cada vez más perfecta”.

El presidente panista recalcaría en el texto,

“estoy íntimamente convencido, de que

este es el camino adecuado para que la transición,

por complicada que sea, se dirija hacia

un cambio real. Y también estoy convencido

de que, al elegir esta ruta, es necesario abandonar

la del rechazo a todo lo que proponga

el interlocutor, que es también el adversario”.

Gracias a la interlocución, el PAN obtiene

el reconocimiento de varias victorias electorales,

en especial la gubernatura de Baja California

en 1989 con Ernesto Ruffo Appel como

candidato, quien se convierte en el primer gobernador

de oposición que gana una elección.

Luis H. Alvarez Alvarez

Álvarez explicaría que “a diferencia

de quienes, dentro y fuera del partido,

propugnaban por posiciones y actitudes

radicales (...), asumimos la de la reconciliación

nacional que permitiera una

salida política pacífica y concertada para

el pueblo de México, deseoso de una democracia

política cada vez más perfecta”.

Lujambio Irizábal, en un ensayo en la

obra ya citada, describe el episodio en que se

tomó la decisión: “El PAN opta, en ese momento

crítico en la historia política del país,

por la ruta de la negociación, apuesta por un

cambio institucional, constitucional y legal,

y exige —en el camino— el reconocimiento

inmediato de sus triunfos electorales locales.

Para el PAN esa era la arena por excelencia,

la del municipalismo y el federalismo, para

romper con el status quo político. Por primera

vez en la historia posrevolucionaria, el PRI

no contaba con dos tercios de la Cámara de

Diputados para aprobar por sí solo reformas

constitucionales. El programa de gobierno

del presidente Salinas de Gortari demandaba

ese tipo de reformas. El PRI en la Cámara de

Diputados, con el 52% de la representación,

necesitaba una coalición para sumar por lo

menos el 66% de la cámara. Por primera vez

en su historia, necesitaba sumar a otra u otras

fuerzas políticas en el Congreso para contar

con esa mayoría calificada. El PAN, por su

lado, contaba con el 20% de los escaños.

Después de la crítica elección de 1988, estábamos

en el mínimo histórico del PRI y en el

máximo histórico del PAN”.

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