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ueño con Violetta. Es finales de primavera. Ella tiene ocho años, yo diez, y aún

S

somos inocentes.

Jugamos juntas en el pequeño jardín detrás de nuestra casa, una manta

de color verde rodeada por todos lados por una vieja, desmoronada pared de

piedra y una puerta de color rojo brillante con un pestillo oxidado. Cómo me

gusta este jardín. Por encima del muro, mantas de hiedra, y a lo largo de la hiedra florecen

diminutas flores blancas con olor a lluvia fresca. Otras flores crecen en ramilletes a lo largo

de los bordes de la pared, brillantes rosas anaranjadas, adelfas rojas y bígaro de color uva,

junto con lirios blancos.

Violetta y yo siempre amábamos jugar entre los grupos de helechos que brotaban aquí

y allá, acurrucadas en la sombra. Ahora extiendo mi falda en la hierba y me siento

pacientemente mientras Violetta trenza una corona de flores del bígaro en mi cabello con

sus delicados dedos. El aroma de las flores llena mis pensamientos con dulzura pesada.

Cierro mis ojos, imaginando una corona real de oro, plata y piedras preciosas. El trenzado

de Violetta me hace cosquillas, y le doy un codazo en las costillas, reprimiendo una sonrisa.

Se ríe. Un segundo después, siento sus pequeños labios plantando un beso juguetón en mi

mejilla, y me apoyo en ella, perezosamente. Tarareo la canción de cuna favorita de mi

madre. Violetta escucha con avidez, como si yo fuera esa mujer que apenas conocía.

Recuerdos. Es una de las pocas cosas que tengo y que mi hermana no.

—Mamá solía decir que las hadas viven en los centros de los lirios blancos —le digo

mientras ella trabaja. Es un viejo cuento popular en Kenettran—. Cuando las flores están

llenas de gotas de lluvia, puedes verlas bañándose en el agua.

El rostro de Violetta se enciende, iluminando sus rasgos finos.

—¿Puedes en serio? —pregunta.

Le sonrío por cómo cuelgan sus palabras sobre las mías.

—Por supuesto —le contesto, queriendo creerlo—. Las he visto.

Algo distrae a mi hermana. Sus ojos se abren ante la vista de una criatura en

movimiento bajo la sombra de una hoja de helecho. Es una mariposa. Se arrastra entre

briznas de hierba bajo el refugio del helecho, y cuando presto más atención, me doy cuenta

de que una de sus alas turquesas brillantes ha sido arrancada de su cuerpo.

Violetta lloriquea en simpatía, se apresura hacia la criatura que lucha, y lo lleva a sus

manos. Ella le arrulla:

—Pobrecita. —El ala restante de la mariposa aletea débilmente en su palma, y mientras

lo hace, pequeñas nubes de polvo brillante de oro flotan en el aire. Los bordes deshilachados

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