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f.hotmail02145

Esto interesaba a mi padre. Si tuviera poderes, al menos podría valer algo. Mi padre

podía venderme a un circo de fenómenos, ganar una recompensa de la Inquisición por

convertirme, usar mi poder a su favor, en cualquier cosa. Así que él ha estado tratando

desde hace meses despertar algo en mí.

Hace un gesto para que vaya hacia él, y cuando lo hago, estira su brazo y me sostiene la

barbilla con las palmas de sus manos frías. Un largo y silencioso momento pasa entre

nosotros. Lamento haber entristecido a Violetta, quiero decir. Pero las palabras son

ahogadas por mi miedo, dejándome callada, entumecida. Me imagino desapareciendo detrás

de un velo oscuro, esfumándome a un lugar que no pueda ver. Mi hermana se esconde

detrás de papá, sus ojos muy abiertos. Ella mira de ida y vuelta entre nosotros con un

creciente malestar.

Sus ojos se desplazan hacia donde la mariposa moribunda todavía está luchando en la

hierba.

—Adelante —dice, señalándola—. Termina el trabajo.

No me atrevo.

Su voz me engatusa a seguir.

—Ve ahora. Es lo que querías, ¿no es así? —Su agarre en mi barbilla se aprieta hasta

que duele—. Recoge la mariposa.

Temblando, hago lo que dice. Agarro el ala solitaria de la mariposa entre dos dedos y

tiro de ella en el aire. Las manchas de polvo brillan en mi piel. Sus patas se mueven, siguen

luchando. Mi padre sonríe. Las lágrimas brillan en los ojos de Violetta. Ella no tenía

intención de hacer esto. Nunca tiene la intención de nada.

—Bien —dice—. Arráncale el ala.

—No lo hagas, padre —protesta Violetta. Pone sus brazos alrededor de él, tratando de

ganarle. Pero él no le hace caso.

Trato de no llorar.

—No quiero —le susurro, pero mis palabras se desvanecen por la mirada en los ojos de

mi padre. Tomo el ala de la mariposa entre mis dedos, luego la arranco de su cuerpo, mi

propio corazón rasgándose mientras lo hago. Su cuerpo desnudo, miserable se arrastra en

mi palma. Algo de ello suscita una oscuridad dentro de mí.

—Mátala.

Aturdida, aplasto la criatura bajo mi pulgar. Su cadáver roto cruje lentamente contra

mi piel, antes de finalmente desaparecer.

Violetta llora.

—Muy bien, Adelina. Me gusta cuando abrazas a tu verdadero yo. —Toma una de mis

manos entre las suyas—. ¿Lo disfrutaste?

Empiezo a negar, pero sus ojos me congelan. Él quiere algo de mí que no sé cómo dar.

Mi negación cambia a un asentimiento. Sí, me gustó eso. Me encantó. Voy a decir cualquier

cosa que te haga feliz, pero por favor no me lastimes.

No pasa nada, y el ceño de mi padre se profundiza.

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