EL LIBRO

aristeopantoja

EL LIBRO

EL LIBRO

coordinación: jorge pantoja


EL LIBRO

coordinación: jorge pantoja


Con el apoyo invaluable de:

Consejo Nacional para la Cultura y las Artes

Rafael Tovar y de Teresa

Presidente

Guillermo Núñez Herrera

Secretario Ejecutivo

Saúl Juárez Vega

Secretario Cultural y Artístico

© Rupestre, el libro

Ediciones imposible

Primera edición: febrero, 2013

Derechos reservados conoforme a la ley

Distribución gratuita

Jorge Pantoja

Coordinación general

Rafael Catana

Asesoría

Manuel Arias Leal

Cuidado de la edición

Andrés Mario Ramírez Cuevas

Diseño

Aristeo Pantoja

Corrección de estilo

Comisión de Cultura y Cinematografía

LXII Legislatura de la Cámara de Diputados

Dip. Margarita Saldaña Hernández

Presidenta

Galería

Galería


Galería de la cueva

Pasadizo

6 Socavón

8 Breve historia pre-Rupestre: Alejandro de la Garza

Raúl Silva

16 Mírame aparecer, espejo dual de Roberto Ponce

Felipe Cabello

32 Eblen Macari, un producto del mestizaje

Rodrigo de Oyarzabal

50 Un gato de corazón púrpura: Rafael Catana

Raúl Silva

70 Roberto González: alvaradeño, kafkiano y jipi

Liliana García

84 Nina Galindo: “Soy la víscera, soy el sentimiento”

Félix Morriña

100 Fausto Arrellín, inventor de sí mismo

Juan Pablo Proal

112 Rodrigo González; 1985, el año en que ocurrió todo

Jorge Pantoja

124 Armando Rosas, Carlos Arellano, El Haragán,

Armando Palomas, Gerardo Enciso, Arturo Meza e Iván Rosas

Javier Hernández Chelico

154 Me fumé un toque de rock en Xochimilco, carta a Sergio García

Armando Palomas

156 Rupestrólogos


4

< Rockdrigo

<

Roberto González

<

Nina Galindo

Eblén Macari


Rafael Catana

Fausto Arrellín

Galería de la cueva

<

<

Roberto Ponce

5


Socavón

6

En su naturaleza más elemental, esta obra pretende

responder a una pregunta clave: ¿qué ha pasado

con los Rupestres? Muchos aún no tienen idea de la

existencia de este movimiento, otros más creen que sus

integrantes se extinguieron cual dinosaurios; pero no:

una legión de fieles seguidores los acompaña a cualquier

recóndito bar donde se presentan.

Este libro reúne estampas y retratos inéditos de fundadores

y personajes vecinos del colectivo nacido a principios

de los ochenta: Rodrigo González, Rafael Catana,

Eblen Macari, Roberto Ponce, Fausto Arrellín, Alejandro

de la Garza, Nina Galindo, Roberto González, Carlos Arellano,

Armando Rosas, Armando Palomas, Arturo Meza,

El Haragán y el biógrafo en video de todos ellos: Sergio

García. Desde una visión desenfadada, los textos se divierten

y se confrontan con los personajes de Rupestre,

el libro, primera obra en compendiar a estos cronistas

melódicos del asfalto.


En cada una de las entrevistas realizadas durante la

producción de este título estuvo presente una cámara,

por lo que la segunda parte de este proyecto

será: Rupestre, el documental.

Rupestre, el libro, forma parte del proyecto Radiografía

de la Promoción Cultural fuera de la Esfera

Gubernamental en la Ciudad de México, coordinado

por la asociación civil Asamblea para la Cultura

y la Democracia, con el apoyo invaluable de la Comisión

de Cultura de la LXI Legislatura de la Cámara

de Diputados, a través del Consejo Nacional para la

Cultura y las Artes.

Febrero, 2013

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A la distancia, ese instante fugaz que fue el nacimiento del Movimiento Rupestre,

a mediados de los ochenta, se asoma con su esplendorosa riqueza para mostrar

sus huellas de una manera más evidente. La vida simplemente sucede y en ese vértigo

de su transcurrir no alcanzamos a mirar sus estelas. Pero el tiempo, ese escultor

impecable, se ha encargado de forjar una imagen posible de lo que fueron, son y

serán estos seres Rupestres.

Brev

raúl silva

8


Su herencia es la herencia de una generación, porque los Rupestres no fueron un

suceso aislado. Nacieron, crecieron y se reprodujeron en el centro de una incesante

acción cultural y social. Su andar se entrelaza con el de muchos que a través de la

música, la literatura y todo arte posible, construyeron un oxígeno necesario entre

tanta polución.

Un testigo cercano de la biografía Rupestre es Alejandro de la Garza, que en este

recuento memorioso nos asoma a una época que la lejanía no alcanza a disolver,

esino al contrario: la vuelve más nítida desde sus más vibrantes resonancias.

HISTORIA

PRE-RUPESTRE:

Alejandro de la Garza

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El poeta Rupestre

Pasé buena parte de 1982 viajando por Nueva York y Europa. A lo largo de ese

viaje fui escribiendo una serie de textos que eran como sketches o algo muy semejante

a los Artefactos, de Nicanor Parra, muy neuróticos y angustiantes, para

representarse más que para leerse. Algunos los había leído en el hoy célebre Foro

Tlalpan, donde hicimos varios ciclos musicales y teatrales.

La historia del Foro Tlalpan es interesante porque se volvió un catalizador

cultural y musical de insospechadas consecuencias; sin duda un antecedente claro

del Movimiento Rupestre. En 1981, Jaime López, Eblen Macari, Maru Uthoff y yo

(que, por cierto, veníamos regresando después de pasar diez alucinantes días de

concierto en Jamaica, celebraciones de su independencia y primer aniversario de

la muerte de Bob Marley; pero esa es otra historia...), nos acercamos al Salón 8½,

donde Sergio García daba funciones de cine, al sur del DF. De esa reunión acordamos

utilizar el Foro Tlalpan para presentar el ciclo ‘La respuesta está en el viernes’.

Estaban de base Roberto González, Emilia Almazán, José Cruz, Jorge Luis El Cox

Gaitán, Cecilia Toussaint y Maru Enríquez. Entre 1981 y 1982 el Foro funcionó

muy bien y reunió a muchísimos de los músicos que luego cobrarían importancia,

como Rafael Catana o Rodrigo González, en ciclos diversos como ‘Sólo los viernes

vienes’. Fue una experiencia enriquecedora que nos nutrió a todos.

Yo regresé de Europa al inicio de 1983 con mis textos y me encontré de nuevo

con Jaime López, que estaba trabajando ahora con el poeta Ricardo Castillo, a quien

ya leíamos desde que su primer libro El pobrecito señor X, a finales de los setenta. Es

curioso que esa edición la hiciera el Centro de Estudios del Folklore Latinoamericano

(CEFOL) y la poesía de Ricardo es todo menos eso: es estridente, rupestre, ácida,

crítica y cuestionadora, tristísima a veces, pero celebratoria y divertida también. El

CEFOL realizaba muchos encuentros y conciertos, pero sólo publicó dos libros de

poesía: el de Ricardo y Ciudad tan personal, de José Joaquín Blanco.

López y Castillo presentaban un espectáculo de música y poesía bastante bueno

y fuertemente tramado, con base en el libro Concierto en vivo, de Ricardo, y en

las potentes y muy líricas canciones de Jaime. Yo pulí mis textos y pensé en presentarlos

también con música. La oportunidad se dio en marzo de 1983, cuando

estaba programada una presentación de Concierto en vivo en la Sala José Martí,

junto a la Alameda Central de la ciudad y, por no recuerdo qué causas, Ricardo no

pudo regresar de Guadalajara para la presentación. Ya armado el evento me tocó

sustituirlo y presentar mis textos junto con Jaime y sus canciones. Era algo que ya

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Portada del histórico álbum Sesiones con Emilia (1980),

editado por primera vez por Discos Fotón.

Emilia Almazán.

(Foto: Sergio Arellano, 2000).

11


habíamos hecho en el Foro Tlalpan e incluso para el Canal 11 de televisión, así

que no fue complicado. Ahí fue cuando ese conjunto de mis textos se titularon

finalmente ‘El poeta rupestre’. A la presentación llegó mucha gente; recuerdo bien

a Catana y a la que fue su esposa, Elina Cariño, quien por cierto hizo un pequeño

dibujo, unos trazos rupestres sobre una hoja que aún atesoro pegada en una pared

de mi casa. De esto se están cumpliendo ahora, en marzo de 2013, exactamente

30 años. Éramos veinteañeros aún, llenos de rabia, poesía, música y talento...

Luego de ese “éxito” seguí presentando mis textos, acompañado ahora por el

mismo Ricardo Castillo y por la poeta Beatriz Stellino. El espectáculo era circense

y locochón, se llamaba ‘Borrachos y semilocos’, con tres personajes: El pobrecito

señor X (Ricardo), La mujer lagarto (Beatriz) y El poeta rupestre (tu seguro servibar).

Hicimos varias presentaciones con este material y luego un espectáculo

con Tepito Arte Acá. Era la presentación de unos carteles-cuentos que venían en

un paquete y que eran leídos (el actor-lector fue Rolando Isita); había música

de Catana, Fausto Arrellín y yo también cantaba canciones de Jaime y del Cox.

Ese espectáculo lo presentamos en varios lugares y llegamos a la Sala Manuel M.

Ponce en 1984. Para entonces, Catana, Rodrigo González, Nina Galindo, Fausto

Arrellín y ahora sí que toda esa banda andaban ya en lo que llamaron Movimiento

Rupestre, con su manifiesto y todo. Así que como antecedente pueden incluirse

entonces esos textos y las presentaciones varias de lo que fue El poeta rupestre.

(Escritos que acaso hoy me daría pena mostrar de tan elementales, aunque conservan

su fuerza original).

¿Yo Rupestre?

Yo he escrito siempre, y casi digo que es lo que mejor hago, aunque me gusta la

música. Toqué varias veces y compuse algunas canciones (siempre apoyado por

mi carnalazo Catana), pero decidí dedicarme a escribir y eso he hecho. En cuanto

al Movimiento Rupestre, yo no me sentía parte de un grupo, y pienso que Jaime

menos, porque no es muy gregario que digamos. Además, Jaime confrontó entonces

otros retos mayúsculos y por muy distintos caminos, como presentarse en la

OTI con el Blue Demon Blues y aparecer en Siempre en Domingo cantando Bonzo,

Ella empacó su bistec y El mequetrefe. Muchos lo atacaron por eso, sin darse cuenta

cómo abrió brecha.

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El saber callejero y popular de los Rupestres

Su espíritu independiente, el recrear una sensibilidad urbana contemporánea,

veraz, real, y saberlo hacer con gran manejo lírico, con canciones que te llevan

de sorpresa en sorpresa, de hallazgo en hallazgo. La mezcla del saber callejero y

popular, alburero y rocambolesco con refinadas metáforas urbanas y sofisticado

conocimiento poético. El modo de vivir la ciudad y de cantarla con tal fuerza radical

es una aportación inconfundible e innegable de los Rupestres.

Sesiones con Emilia

Veníamos de la represión al rock y la presentación de espectáculos que se derivó

luego de Avándaro. Fue el momento en que, más allá de la trova y el folklore,

el rock y la música pesada regresaron de los hoyos fonqui y volvieron a cobrar

aliento. Un primer impulso fue, sin duda, el disco Sesiones con Emilia, de Roberto

González, Emilia Almazán y Jaime López, que les editó Discos Fotón, del PSUM.

Esa música trascendía lo trovero y lo folklórico para convertirse en una expresión

urbana genuina de la Ciudad de México.

Emilia Almazán era muy buena compositora, hacía coros con una imaginación

sorprendente y tenía una voz cálida muy sabrosa. En el disco Sesiones con Emilia se

puede apreciar el papel de equilibrio y balance que jugó entre dos compositores

fuertes y diferentes, como son Roberto González y Jaime López. Muchas sutilezas

corales muy bluseras, la intención en su fraseo al cantar la hacían un músico

completo, porque además tocaba la lira con eficacia y placer. No sé si ella dejó

la música, pero se cansó de todos estos ambientes (que también son pesaditos).

Con José Cruz hizo cosas memorables en el Foro Tlalpan y una canción de ellos,

Don Diablo, anda por ahí en YouTube. Me imagino que nunca dejó la música, que

sigue tocando en su casa y componiendo.

13


Fotos instantáneas del grupo Un Viejo Amor, en 1978. (Archivo: Roberto González).

Portada del sencillo Seguir al sol

(1973), de Pájaro Alberto.

Portada del álbum Canciones (1979),

de León Chávez Teixeiro.

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Mírame aparecer, espejo dual de

Roberto

felipe cabello zúñiga

16


(Archivo: Roberto Ponce).

Al este de Coyoacán, una curiosa luna menguante destila su inspiración onírica

de medianoche en casa de los Ponce. Ahí, con mi pareja viajera, Laura Tejeda

Paz, y ocho nuevas amistades, pasaremos el último día del moribundo 2012, en

un ambiente de buena vibra, ricos vinos y frutillas. Preside la tertulia el coordinador

de la sección cultural de la revista Proceso, Armando Ponce, más los canapés

sonoros que convidan la lira y el canto Rupestre de Beto Ponce, El Tercero de la

Tarde o El Enano Molón, como su padre El Brujo Ponce lo bautizó tras nacer a las

18:30 horas un 2 de junio de 1955, en Orizaba 109 y Álvaro Obregón, cerca de

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la Casa del Poeta ‘Ramón López Velarde’, colonia Roma, donde Beto estudiaría

piano con una tía materna:

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Cuando pude echar mi guaco, empecé a galopar.

Mi papá dijo: “A este enano, por molón hay que mandar…

…lo en camión al otro lado”, mi mamá rompió a llorar.

Y salté solito el charco, fue el enano a rupestrear.

Roberto Enrique Ponce Padilla pesó al nacer 4 kilos 800 gramos.

PADRES: Fausto Ponce Sotelo; 39 años, periodista. Martha Leticia Padilla de Ponce;

35 años, labores del hogar. DOMICILIO: Heriberto Frías 304-5. ABUELOS PATERNOS:

Francisco Ponce, finado. Victoria Sotelo, Ensenada Baja California. ABUELOS MA-

TERNOS: Julián Padilla, se ignora domicilio. Leonor Martínez de Silva, Tajín 149.

“El Enrique no sé de dónde me venga, pero Roberto estuvo bien y al cambiarnos

a la colonia Avante, en 1963, las pirujitas del barrio se referían a mí como ‘el

famoso Beto Ponce’, que es lo que significa su origen germánico. Un nombre te

marca; fuimos cinco hermanos y a todos nos pusieron dos. La única mujer fue

Martha Leticia; ella nació después, en 1960, y el quinto de 1962, Ricardo Alberto.

Desde chico preferí a Arman y Lety. Los parientes decían que yo había sido el

consentido de El Brujo cuando falleció el 21 de agosto de 1993. La verdad que

mi relación con La mamma creció al infinito. Me sentía muy cercano a ella y su

muerte, el 22 de noviembre de 2006, ha sido lo más amargo que pudo sucederme”.

Canto por ti que estás dormida, chica que guarda mi mar

la serenata de vida hecha con perlas y hogar.

“Jorge Negrete era el ídolo de mi madre, pero El Brujo prefería a Gardel, Los

Churumbeles de España con Juan Legido, o Kiko Mendive. Mis papás se adoraban;

nunca nos faltó nada. Mis discos: Ricordate Marcellino, de Renato Carosone,

y Holiday in Italy, con una orquesta muy chida; además de las canciones populares

italianas E Calosc (Isla de Capri), Marietta monta in gondola o ‘A Canzone ‘e Napule.

Éramos los únicos con tele de bulbos en el vecindario, la Narvarte en pleno

se metió al edificio cuando descargaron el mueble de madera con ese aparatoso

receptor de imágenes: TV blanco y negro, ¡más el radio y el tocadiscos!”.


A sus 57 años de edad en 2013, Roberto Ponce cumple 40 de haber comenzado

su profesión periodística escribiendo sobre música. Su padre y Paco, el hermano mayor

de los Ponce, Fausto Francisco (1944-1999), eran redactores de planta en deportes

del periódico Excelsior, donde también colaboraba Armando con notas de arte,

pero en las planas principales. Ambos hermanos abandonaron el periódico con el

golpe a Julio Scherer y con él fundaron en 1976 el semanario Proceso, siendo Armando

elegido coordinador de la sección cultural, cargo que ostenta hasta el día de hoy.

Desde hace 15 años, Beto coordina las páginas de espectáculos en dicha revista

y ha participado en los libros editados en 2002 y 2008 por su jefe, Armando

Ponce. “Los Ponce fueron inoculados genéticamente por el oficio periodístico”,

señalaría acertadamente el dramaturgo Vicente Leñero durante la presentación

en el Polyforum Cultural Siqueiros del primer volumen que elaboró la sección

cultural de Proceso: México: su apuesta por la cultura. El siglo XX. Testimonios desde

el presente (Proceso, Grijalbo, UNAM, 700 páginas).

“Papá había sido campeón nacional de salto largo antes de casarse, era cronista

deportivo de Excélsior y acostumbraba llevarnos a importantes eventos que

cubría; por ejemplo, a los pentagonales de fut internacional. Vimos jugar y convivimos

en los vestidores del estadio de CU con los cracks del futbol brasileño:

Pelé, Didí, Vavá, Garrincha y Djalma Santos. Con él fuimos Armando y yo al campeonato

nacional de básquetbol en Chihuahua, que ganaron Los Dorados con

La Aguja Quintanar al equipo verde del DF en un partido de alaridos. Un viaje

increíble y divertidísimo de dos noches en el tren Chihuahua-Pacífico”.

Boleto a Rupestrelandia

Políglota, traductor de poesía femenina danesa y con estudios de Letras Inglesas en

la UNAM y la Aarhus Universitet de Dinamarca, el oficio cantautor de Beto repuntó

la noche del jueves 22 de noviembre de 1984 al frente del conjunto Cen, alternando

con Alex Lora, del Tri, y Guillermo Briseño. Ocurrió en la célebre jornada final del

2° Festival de la Canción Rupestre del Museo Universitario del Chopo.

“Fue una noche gloriosa; los chavos entraban al camerino del Chopo, emocionados:

‘¡Yo también soy Rupestre, yo también soy Rupestre!’. Los veía y preguntaba:

‘¿Qué querrán decir con esto?’ Me dio risa. Con el paso de los días si me

decían rupestre me daba risa. A unos les caía en gracia y a otros los mortificaba.

¡Eso era formidable! Que a unos les guste llamarse así y a otros no, pero que nadie

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sepa lo que significa ser Rupestre es que lo Rupestre no pertenece a nadie. Todos

podemos compartirlo”.

“Encontrarme a Rockdrigo y formar parte del movimiento del rock Rupestre es

de lo más extraordinario que viví. Sólo fue un año y pico juntos, periodo breve pero

intenso para yo quererlo mucho, ser su fan y respetar su talento artístico. Rockdrigo

y yo tuvimos problemas al final y nos distanciamos los últimos tres meses de su

vida. No importa. A 27 años de los sismos, aquel cariño sincero permanece todavía

en mi memoria”.

La magia Rupestre floreció en el momento justo de apertura a las tocadas de

rock con la voluntad de gente precisa y en el lugar más adecuado. Rockdrigo y los

cantautores Rupestres dejaron un sello notable en el historial rockero mexicano.

Su influencia puede ser minimizada o soslayada, mas no su existir.

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Para comprender al hombre, desde Adán hasta Lacan,

recorrí folio tras folio, de Platón a Carlos Marx.

Me gustaron Julio Verne, Jorge Byron y Tarzán,

pero nadie como mi héroe: el Profeta del Nopal.

En pos de información sobre canciones inéditas de Rockdrigo, busqué por correo

electrónico a comienzos de enero del 2010 a Beto Ponce, y me enteré que una

de sus últimas actuaciones musicales había tenido lugar en el Museo del Estanquillo,

por mayo del 2009, con Rafael González, alias Kazt, y el percusionista Ricardo

Jacob del grupo Escalera de Jacob, durante la presentación del libro coordinado

por Susana Cato y Armando Ponce: 100 Poemas en papel revolución (Secretaría de

Educación del Gobierno del DF, 315 páginas).

La Escalera de Jacob acompañó a Beto en el Tributo a Rockdrigo 2005, en el

Zócalo, junto con Poncho Figueroa, de Santa Sabina, al bajo. De él, grabaron las

piezas Calzada de Tlalpan, Mírame desaparecer y Murmullos de La Paz o El tren de

los locos y Qué hacer, de Rockdrigo, entre otras, cantando Beto.

El segador, con pausas de música, segaba la tarde.

Su hoz es tan fina que siega las dulces espigas

y siega la tarde…

Entona el primero de los poemas de Carlos Pellicer Cámara, que musicalizó

en una guitarra española prestada, por septiembre de 1972, para su compañera


del grupo 410, Clara Stella Turner Barragán, con la que actuaba cantando en la

Prepa 6 de Coyoacán (denominada no por coincidencia pelliceriana ‘José Vasconcelos’).

Ella le presentó a Nina Galindo y los tres integrarían el sexteto Mezclilla,

que en el Concurso de Rock del Instituto Don Bosco 1973 triunfó con una canción

escrita en inglés por Beto: Voces del bosque.

Maybe it’s a summer flower Puede ser una flor de verano,

Maybe it’s a lemon tree puede ser un limonero.

Maybe it’s love Quizás Amor

Which calls me low me llama quedo.

I just don’t know, no. No, no lo sé, no.

Armando recita versos de Pellicer como el Nocturno a mi madre, y pide a Beto

su versión musical del poemario Cosillas para el Nacimiento, realizada entre 1986

y 1990 durante su estadía en Villahermosa, casado con la pedagoga tabasqueña

Marina Wade García (que conoció el 18 de febrero de 1985, un mes antes de los

sismos del jueves 19 de septiembre y quien indirectamente lo salvó de morir en el

departamento de Rockdrigo).

Por el agua y la tierra, noche en el aire;

por el agua del día, vienen los ángeles.

Apenas en el mundo, un niño cabe,

pedacitos de cielo son sus pañales.

Pese a sostener opiniones contrastantes aun frente a perfectos desconocidos

como mi amiga Laura y yo (‘La delegación queretana’ desde la noche anterior en

casa de los Ponce), Armando y Beto discuten pero sus diferencias no son irreconciliables.

El carácter tolerante de Armando es factor de equilibrio a los embates

mercuriales del Enano Molón, quien conoció a Carlos Pellicer por Armando en

1975. Al oírlo cantar El segador, exclamó: “Muy bien, Ponce, siga, va muy bien;

no se pierda”.

“Las canciones de Pellicer han sido el proyecto en el que más fe he tenido, en

el que más creo; lo he presentado muchos años con lecturas de divas y actrices,

la mejor Alejandra Montalvo: mi ex del grupo Teatro La Rendija. En 1987 casi

concreté el disco con apoyos de la escritora Julieta Campos, cuando gobernó Tabasco

con Enrique González Pedrero. El pianista de jazz Heberto Castillo montó

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arreglos pero todo se desinfló por una trilogía nefasta: la inútil directora del Instituto

de Cultura, Laura Ramírez Rasgado; un pusilánime Heberto, y el ingrato

pintor heredero, Carlos Pellicer López, que se hizo tres veces pendejo. A Nina le

gustó uno de aquellos poemas, Madrigal de junio, y un día la grabaremos juntos”.

22

Si yo te fuera olvidando, todo el amor te daría.

Escúchalo y no lo entiendas, llévelo la poesía…

Orillas del mes de junio que en una estatua se aíslan,

la lluvia después le deja cadáveres de caricias.

Aprovecho un brindis del Jägermeister con que Beto agasaja nuestra presencia

y solicito Qual es la onda, que me cantó a medias tintas Pepe Rolas, escudero del

grupo Qual.

“¡Gulp! ¿Cuá, cuá, cuál? ¡Uta, esa rola está cañón, ya ni me acuerdo de la letra!

Te refieres a Cuchillo pedernal, ¿no? Sueño imposible, Jelipón; no puedo, ni me la

sé bien ya. Tendría que clavarme en terapia familiar para regresar el cassette, ¡ya

me pegó el Aljaime (Alzheimer)! Y no me refiero al Jaime López, que conste, ¿eh?

La grabé en los Estudios Meztli, de Federico Luna, ya lo dijo el Profeta del Nopal:

‘Todas las canciones son fáciles’. Deja ver… ”.

¿Me puedes decir si el polvo lunar afecta el cerebro de un gato?

¿O cómo al volver de un sueño espacial

encuentro que aquí ya no estás? Ya no estás.

14 manos aplauden “¡las chidas rolas del Beto Ponce!”. “Qué bárbaro, ¿están inéditas?”

“¡Qué lástima…!, ¿por qué no has grabado ni un disco?”, pregunta el amigo

que estudia cine. “¿Tienes videos?”, dice la chavita de boca feliz junto a Beto; yo lanzo

la obligada de: “¿Cuándo fue la última vez que tocaste, Roberto?”. Laura Tejeda

me hace segunda: “¿Por qué ya no tocas?”. “Hay que darle chance a los nuevos valores,”

dice. Respuestas así desconciertan a quienes no conocen el carácter dual de

Beto y lo consideran alguien que no toma nada seriamente. Tardé dos años en acostumbrarme

al vaivén. Intrigado acerca del porqué no editó disco solista alguno, Beto

me invitó en 2010 a que charlásemos luego del brindis de fin de año de la revista

Proceso, ocasión que probó ser poco propicia. Al ser inaugurada en el Metro Balderas

la estatua de Rockdrigo por Alfonso López Kasanovita, le envié un cuestionario

de 16 preguntas que él respondió profusamente en 20 hojas por correo electrónico.


Recorte de prensa sobre los loquísimos Nina Galindo y Roberto Ponce,

testimonio del inicio de su carrera profesional como rockeros.

23


Cagaleras y los propios dioses

“El de esta foto soy yo en el Festival de la Miel 2001 de la Plaza Hidago, en Coyoacán.

Estoy cantando con mi novia Audrey Schmilcker Cul de sac; se la compuse

en francés. Entre el público estaba mi madre. Y una luminaria parisina, Citlali

Anaïs Le Clerre Ponce, preciosa hija de mi hermana Lety”.

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Je suis la fille plus diabolique, (Soy la niña más diabólica

Je fais pleurer les hommes., que hace llorar a los hombres.

Mais su tu vais mon âme, Pero si quieres mi alma,

Je te donne un cul de sac…, te doy un callejón sin salida…

Mon amour qui viens du Sud, Amor mío, que vienes del sur,

Attend mon chat, qui’l dorme…, oye a mi gato que duerme…)

“Pero ustedes preguntaron por qué no doy a conocer mis canciones y por qué

no grabo un disco. Bueno, va que va... Son dos razones. No sé si ultrapoderosas

pero me funcionaron lo suficiente para justificar rachas depresivas a la muerte de

mi mamá. Esa fue la primera, su muerte. Y la segunda, bueno, Audrey, o sea… Ella

terminaba en la UAM-X su licenciatura de socióloga cuando la conocí en Proceso;

Jorge Munguía Espitia se la había recomendado a Arman para apoyarnos con las

encuestas del libro México: su apuesta por la cultura, en octubre del 2001. Hizo

un trabajo limpio, delicado, mega eficaz con Gaby Casas Morell; pero a mí me

enamoró por su voz. Juntos escribimos Baja nena, que grabé al morir mamá en

2007, con Samantha Byers y el hijo de Daniel Tuchman en Cabo San Lucas, para

mi cuate Poncho Varitas, dueño del bar Las Varitas”.

Baja, nena, a la península azul

para robar la perla que John Steinbeck perdió.

Todos Santos o todas diablas, allá por Finisterre

la vida late mejor, en… ¡Baja California Sur!

“Fuimos un par de veces a Europa, viajamos como no te imaginas, aguantamos

vara las cagoladas del puto mundo. Nos amamos, no sé si todavía, ¡pero cuánto

la quise! Audrey Schmilker no era particularmente fan de los Rupestres, pero le

gustó un cassette de Jaime Moreno Villarreal con Está valiendo madre el corazón, y

me acompañaba en las tocadas como la de septiembre del 2007 por los Derechos


Humanos, en Anahuacalli. Yo ya había caído en la secuela depre gachísimo, desarrollé

problemas de riñones y diabetes, le di al trago con fe, enflaqué por descontrolar

dietas y, total, en octubre del 2010 también Audrey se fue de mi lado.

En medio del teatro del absurdo y la paradoja, no supe a dónde ir y todavía sigo

buscando de dónde vengo. Ni pedo. Me quedé sin lágrimas. Neta”.

Y cuando quiero pararle a mi viaje, me doy cuenta

que el boleto tiene un chance aún para rolar.

“Trato de ser fiel en este recuento,

Felipe, a lo largo de cuatro décadas hay

cosas de las que no me acuerdo bien

cómo o cuándo sucedieron y algunas

imágenes difieren de lo que otros protagonistas

han dibujado. Por decirte:

mi ex cuñado, El Chivo (Rodrigo de

Oyarzabal), me incluyó en su blog Los

12 grandes del rock nacional por internet

y menciona datos de piezas que

él me grabó de 1973 a 1996 y que yo

había olvidado por completo. Desafortunadamente,

varias cosas que escribió

allí son erróneas. Es lógico. ¿Cómo dar

forma unilateralmente a un trabajo

que necesita la colaboración forzosa

de alguien más, en este caso yo como

creador, para completarse? Ni siquiera

uno como creador de una obra artística

puede renunciar a su derecho de autor.

Al subir esa información a la red, El

Chivo no me consultó y su revisionismo

de 12 apóstoles rocanroleros mexicanos,

que luego creció a 15, presenta

mi discografía a medios chiles. Cagola.

Cartel de la presentación de Rockdrigo

y Roberto Ponce en el foro La Puerta,

en Guadalajara, en 1984.

El Chivo se molestó conmigo en 1997 y desde entonces no hablamos. Esta situación

me entristece porque nos conocimos hace 42 años, en 1971. ¡Oye, es un tipo

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que sabe un chingo de música y por el que sentí mucho afecto, no obstante estar

ahora distanciados! Pero contra la estupidez, los propios dioses luchan en vano”.

Adiós a las armas

De un baúl apilado con papeles saca un ejemplar de La Rosita, periódico gratuito dirigido

por Susana Cato para la Delegación Coyoacán, y lo desdobla para que leamos

su texto Hurbanistorias del profeta del Nopal, acerca de la placa del escultor Felipe de

la Torre, inaugurada “por obstinación del promotor Jorge Pantoja” en la estación del

Metro Balderas, el 19 septiembre del año 2001, a los 16 de morir Rockdrigo.

“Salimos contentos con una promesa firme de las oficinas del INBA en Chapultepec

ante un atardecer húmedo con desganados grises, Rockdrigo encendió un

cigarrillo que todos aspiramos, hizo gala de su cotorreo profético y en un alucine

que provocó carcajadas, anunció socarrón: Algún día cambiarán las calles de este

circuito del Auditorio Nacional por los nombres de los músicos Rupestres. Ésta se llamará

‘Avenida Roberto González’… Esa otra, ´Boulevard Roberto Ponce’… Allá, en

aquella esquinita, estará el ‘Callejón Rafael Catana’… ”.

“Rafa Catana no iba con nosotros y ya por entonces era obvia la antipatía que

Rockdrigo y Fausto sentían hacia él. Como dueño del balón Rupestre que se arrogaba

El Rockdrigo, yo también pasé a formar parte de su lista negra después de los

jaloneos que nos dimos hasta rodar por las escaleras del Auditorio Nacional, el domingo

9 de junio, durante el Festival PSUM 85; así que cada vez que oigo A ver cuándo

vas (a la casa a cagar), pienso que sí se la dedicó a Catana, como dicen las malas

lenguas. Esa rola de Rockdrigo aplica conmigo y no es bluff ni wishful thinking. ¡La

última vez que fui a su depar’, allí hice caca y pipí en su baño del edificio de Bruselas,

hecho mierda y en reparación. ¡Si él cagola fuera de la bacinica, yo también!”.

26

A ver cuándo vas a la casa a cagar,

a ver si tus celos y envidias puedes desafanar.

“Yo le dediqué Profeta del nopal, una baladita rock pensando en su muerte y en

su hija Amanda Lalena, por 1999. A ella no le agradó porque al final puse ‘Adiós,

Lalena tropical’ en la letra y luego que se la canté en público, ella me dijo: ‘¡Cómo

que Lalena tropical… !’. Ella aún no se apodaba Amandititita, porque entonces la

habría cambiado a algo menos fresa, como:


Fue con el temblor que escuché el rumor y nadie sabía si era cierto.

Pero con dolor alguien confirmó

que Rockdrigo estaba entre los muertos

Adiós, Profeta del Nopal… adiós, Lalena transexual,

nos volveremos a topar cuando abordemos en Balderas aquel Metro.”

Extrae de un cajón con cuadernos de sus diarios personales, aquel que acaba

abruptamente en septiembre de 1985. Abre la página del mes de junio donde escribió

una carta a su hermana Lety, quien se encontraba en Europa con su esposo

El Chivo y que comienza, así:

Querida hermana, trucha mía, te escribo estas líneas justo después d’ terminado el

Festival PSUM 1985. Nina y yo finalmente nos aventamos unas rolas (Estas son mis

manos, Diluvio Nal., Blues d’ la difunta, donde rompí una cuerda, y Me siento bien, d’

Jaime López), en el foro de la explanada del Auditorio Nal. y esto me llena d’ orgullo

sabes, xq’ Nina tiene un quiste en su único ovario y se presentó (¡finalmente!) conmigo,

luego d’ q’ yo canté. Sin embargo, con los Rupestres la onda no anda muy bien funda-

mentalmente x el conflicto: ROCKDRIGO + QUAL VS. CATANA y ¡YO!... La onda Rupestre

sólo queda en el corazón de los chavos q’ nos han ido a ver y aunq’ creo q’ seguiremos

haciendo cosas juntos, x el momento la onda Rupestre queda en un impasse puesto

q’ x ahora –en este momento- hay broncas con el Rockdrigo -¡imagina!- y Nina está a

punto de perder su única posibilidad d’ tener hijos en una operación q’ tendrá lugar en

un mes + o -… tenía q’ sacar este rollo, carajo, x q’ no pude ni siquiera proponerles a los

demás la posibilidad d’ Radio 3 en España, tan deprimido me sentí. Pero insisto, es por

q’ estoy ½ triste porq’ lo Rupestre está literalmente BAILANDO BERTA.

“Te juro que no supe por qué Rockdrigo la agarró contra mí esa pinche tarde.

Fausto me lo dijo en 2003, cuando filmamos con Montero No tuvo tiempo. Aun

aceptando que tuvo motivos para burlarse a costa mía y tratarme mal cuando fui

a su depar’ a cagar días antes de los sismos, me parece que las razones que tuviera

o el derecho de creerse dueño del balón Rupestre sólo son reverendas mamadas”.

Pudo más el amor. A las 11 y media de la noche, Beto regresó a casa de los

Ponce para telefonear a Villahermosa. Así evitó tener que esperar a Rockdrigo y

quedarse en su depar’ a dormir como quería El señor Iván. En una palabra, Marina

los salvó de morirse a Beto e Iván Guzmán pues el sismo fue a las 7 y fracción de la

mañana del jueves 19 de septiembre.

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28

Era septiembre en la ciudad, todo tenía que terminar

con un gorrión volando hacia mar abierto.

“En el caso particular de Rockdrigo, su trascendencia es casi patrimonio de

las nuevas generaciones de músicos y admiradores, valoración bastante peculiar

toda vez que la música generalmente suele brillar en determinada época, y si

una canción original no impactó al público cuando la presentó su autor, sería

milagroso que guste después. Por otra parte, el fenómeno del Rockdrigo mítico

pareciera sobrevolar por encima de la creatividad rolera de los que rupestreamos

con él a mediados de los ochenta, cuando la mayoría han continuado

produciendo sus propios discos, más allá de la nostalgia. Esta omisión es uno

de los logros del libro propuesto por Jorge Pantoja y otro, dar reconocimiento

a una figura titánica en el movimiento Rupestre femenino, con la entrevista a

Nina Galindo”.

Dame un poema, manda una hoja que en el invierno recoja.

No importa cuál sea mi suerte. Valkiria, tráeme la muerte.

Pero hazme fuerte en invierno hasta que el tiempo nos encuentre.

“Quizá falte evocar la ausencia del cineasta rocanrolero Sergio García Michel,

maestrazo de la lente en formato Súper 8 milímetros, fallecido tras 25 años de los

sismos, en septiembre del 2010; colega del rol que documentó con fidelidad y humor

el imaginario Rupestre para la posteridad. Su bella alumna norteamericana,

Jennifer Boles, charló conmigo en septiembre del 2011 en Proceso, recabando

ella testimonios para la película de su doctorado en la Universidad de Indiana,

campus Bloomington, y yo le conté algunas anécdotas que compartimos. En especial,

de cuánto gozamos con Jessy Bulbo el festival en homenaje por un centenar

de películas suyas que le organizó Susana Cato, el miércoles 19 de noviembre

en el CCH Vallejo, al compás chunga-chaca de Ricardo Jacob, cantando en vivo La

carrera del oso”.

“Sería el último fulgor de nuestra larga experiencia amistosa; luego él me dejó

de hablar debido a una serie de malentendidos telefónicos. La cinta de Jennifer

tiene ya un probable título: Prohibido prohibir. Posiblemente se le ocurrió por

aquella conversación, cuando de plano chillé ante su cámara. Me dolió mucho

su muerte sin habernos reconciliado. Presiento que será un filme formidable en


Guadalupe Trigo y Roberto Ponce en una

gran comunión espiritual, pensando en la

canción mexicana. (Archivo: Roberto Ponce).

Callo y Colmillo, dueto de Nina Galindo

con Roberto Ponce. Presentación en algún

lugar de la Ciudad de México en la década

de los ochenta. (Archivo: Roberto Ponce).

El súper profesional periodista Roberto Ponce conversa

con Cesárea Évora, en 2002. (Archivo: Roberto Ponce).

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honor al mejor retratista de los Rupestres, que lo atrape en su máximo erotismo,

valentía e independencia. Ojalá Jennifer Boles lo esté editando ya para verlo

pronto.”

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El amor de Palomita y del Oso Correlón

fue un amor de siete lunas que la guerra interrumpió.

Vuelta al hogar me detengo en la puerta

Beto guarda buena parte de las múltiples entrevistas que grabó en 40 años de su

carrera periodística, que sumadas a unos 200 cassettes familiares y con sus canciones,

llegan al millar y medio de cintas. Escuchamos sus primeras piezas de 1973,

las de Prepa 6, Guitarrero de cuando fue al Festival de la Juventud 1979, en La

Habana, o Jardín mental y La canción de Lene, del demo Gato Loco, en Dinamarca

con Jens Viggo, de 1981. A su regreso, cantó con Rosina Conde y la única vez que

grabó con Rockdrigo fue Ropa vieja, que tiene coros de la actriz Zamira Bringas,

quien le ayudó a realizar lecturas de poesía danesa en la librería Gandhi y en el

Museo del Chopo.

Vuelta al hogar me detengo en la puerta,

la ropa vieja se seca al viento.

Fue un largo viaje y estoy fatigado,

llueve la tarde en mi patio.

“Clara y yo nos acoplamos súper, cantamos juntos hasta 1981 en Aarhus. Con

unos primos reaccionarios míos estrenamos El tiempo del cambio. Profética. Marcos

y los zapatistas de Chiapas se levantaron en armas 13 años después, pero en

1973 les sonamos a utopía comunista”.

Debe llegar un tiempo, ser un tiempo del cambio.

Los que no tengan tierra bajarán por la sierra...

Y vendrán porque es tiempo de exigir más salarios.

“Cantar con Nina era otro boleto. Únicamente le doy crédito como cantautora

de Llévate lejos tu blues, pero me enseñó muchísimo en el plano profesional, dio a


conocer mis piezas y, en suma, no tengo palabras para agradecerle tanta simpatía

y amor. El tren de Guanatos, de mayo de 1985, fue una rola cumbre que nos alabó

Alejandro de la Garza, inventor del término Rupestre. Es rola que me late, está

bien hecha y es pegajosa”.

Ya por Querétaro se ve el estadio y se escucha una oración.

Todas aquellas casonas gigantes les sobra mucha habitación.

Pero yo ya me voy durmiendo con mi guía, en el tren…

En casa de los Ponce la tertulia se apaga silenciosa. Armando nos obsequia 100

Poemas en papel revolución. Laura y yo subimos a descansar. Al otro día, cuando

partíamos para pasar el año viejo con nuestras familias en Querétaro, al bajar del

segundo piso donde dormimos esas dos noches, Roberto nos dejó en la mesa del

comedor regalitos. El mío eran dos cassettes con extractos de sus viejas canciones y

con la rola Qual es la onda, que le grabó Federico Luna. Esa noche mandó un mail:

Así como fui escribiendo mis diarios y grabé cientos de cassettes, debí registrar cada

canción para no tener que comenzar a cada rato de cero. Por ti nuevamente soy la llu-

via, voy a retomar aquel proyecto del audiolibro que te conté. Mientras, recibe con tu

amiga Laura Tejada un… ¡¡¡Feliz año nuevo 2013!!! Tu GodFather 2: BETO PONCE.

Notas

Canciones de Roberto Ponce cuyos fragmentos, en cursivas, se han reproducido:

Baja, nena, Cuchillo pedernal, Qual es la onda, Cul de sac, El rol debe

seguir, Jardín mental, Piñata de peces, Profeta del nopal, Ropa vieja, Tiempo

del cambio, Tren de Guanatos, Voices of the Forest y Ya voy por los 34 años

(El Enano Feroz).

Segador, Cosillas para El Nacimiento y Madrigal de junio son tres poemas

del tabasqueño Carlos Pellicer Cámara (1897-1977), musicalizados por

Beto Ponce. De Rockdrigo González es A ver cuando vas (a la casa a cagar). El

oso corredor o La carrera del oso fue un cover de Los Sinners, del original en

inglés Running Bear, de Johnny Preston, de 1959. La frase ‘Contra la estupidez

los propios dioses luchan en vano’ es del filósofo alemán Federico Schiller

(1759-1805) e inspiró el título de la novela de ciencia ficción Los propios

dioses, del novelista judío norteamericano Isaac Asimov (1920-1992).

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un producto del mestizaje

rodrigo de oyarzabal

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Eblen Macari en su casa en Villa Coapa, al sur de la Ciudad de México. (Foto: Gabriela Ávila, 2012).

Hace muchos años, en esta misma sala, Eblen Macari me mostraba el primer

disco de un grupo irlandés fundamental en la universalización de ese género alrededor

del mundo: The Chieftains. Hoy, con un delicioso café árabe en la mano y una rica

tortilla de patatas preparada por Olga, más unas chocolate stout esperándonos en la

nevera, mientras Gaby prepara toda la parafernalia para la grabación, charlamos con

Eblen sobre su presente y nos echamos un clavado en los viejos tiempos, rescatando

de entre los recuerdos, todo un viaje por una época definitoria del rock mexicano y

que sentó las bases que le permitieron encontrar un sitio propio dentro de la música

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mexicana contemporánea a un grupo de músicos aferrados a sus propias ideas, a

sus propios conceptos: los Rupestres.

Provenientes de distintos espacios y con diferentes influencias musicales, confluyeron

en un momento en el que México iba saliendo de las secuelas del 68 y su

juventud pedía a gritos esbozar, cuando menos, una identidad propia.

Las músicas y las letras desbordaban las guitarras y buscaban espacios para

ser compartidas; y ellos se organizaron para encontrarlos, para usarlos y para

aprovecharlos.

Así, crearon un colectivo y un sello distintivo. A los músicos que participaron

en los primeros dos festivales rupestres se les asociará siempre con el término,

aunque su trabajo y sus intereses no vayan necesariamente en ese camino, ya que

definieron una época, dejaron constancias grabadas, fue vital escucharlos entonces,

marcaron muchas pautas, sembraron muchas semillas, escribieron muchas

páginas (y muchas rolas), quedaron en el imaginario musical de quienes los escucharon,

han influido a varias generaciones, pero lo más importante es que un

altísimo porcentaje de ellos, a treinta años de aquellos ayeres, sigue, aferrado, haciendo

su música, grabando sus discos, encontrando sus espacios.

Entre ellos destaca la trayectoria de Eblen Macari, con 16 discos a cuestas (los

más recientes en 2011 y 2012), un palmarés de presentaciones por tres continentes

y un desarrollo musical sostenido a través de sus propios gustos.

De las guitarras procesadas a los espacios sonoros modales, de los sintetizadores

a la jarana, pasando por la experimentación y hasta por las canciones, Eblen ha

sabido siempre por dónde moverse.

Compositor de la clásica Yo no nací en la Huasteca, se ha internado en el son jarocho

y en el folk universal, ha llevado a su obra una vasta influencia sonora y una

rica instrumentación. Ha vivido de su trabajo, ha abrevado en muchas culturas, ha

confrontado sus rolas en diversos y muy diferentes ámbitos, se las ha ingeniado siempre

para tocar con los músicos de su preferencia, ha sabido integrar la vida familiar con su

música. Es, como él mismo diría, un músico feliz.

Durante los últimos dos años sacaste a la venta un par de discos:

De Beirut a Cosamaloapan y Avant-Folk, ¿cuál ha sido la respuesta del público?

Los dos son proyectos paralelos. Uno, Avant-Folk es con mi hijo Kabalan, en la percusión,

y con Mauricio Sotelo, de Cabezas de Cera; es más electrónico, más electroacústico,

más duro, más en la línea de la improvisación, un poquito rayando con

el jazz. De Beirut a Cosamaloapan es un proyecto acústico más delicado, con músicas

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mías, composiciones con elementos árabes, música barroca que toca Olga en el clavecín,

sones. Es un proyecto que había estado buscando durante los últimos diez

años y lo pude hacer en este disco. Ha gustado mucho, a mí me parece que está

redondito, bien hecho, bien grabado y sí, ha tenido muy buena respuesta.

¿Es rentable para ti la venta de tus discos?

Es rentable en los conciertos, fue rentable también el primer tiraje que vendimos

a una compañía europea. Lo vendemos en conciertos, está en las tiendas de Fonarte

Latino. No se vende mucho porque los discos ya no se venden mucho. Ahora

en Navidad pude, por un correo que envié, vender varios discos.

Empieza a jalar en iTunes; casi todos mis discos están ahí. Ése es el futuro. Por

primera vez pude cobrar algún dinero de ahí. El disco tiende a desaparecer y hay

que acostumbrarse que así va a ser. Hay que tener las cosas en iTunes, que es una

buena opción.

En 1981, al ver la luz tu primer disco Un producto de los sesentas,

¿imaginabas que treinta años después tendrías un lugar destacado dentro

de la música experimental mexicana y seguirías produciendo discos?

La verdad sí. Siempre he tenido claro, desde muy joven, que iba a ser músico y que

mi vida iba a ser esto: tocar. Al contrario, hasta esperaba más. Siento que tengo un

lugar en la música. A mí me gustaría estar todo el tiempo viajando, en conciertos,

en giras. Grabo mucho, he hecho música para películas, para documentales, he

dado conciertos, estoy contento.

No me quejo por falta de apoyos. México es un país donde la cultura sí tiene

manera; hay gente que vive muy bien de las becas. Yo vivo bien de los conciertos

que en la mayoría doy con los institutos de cultura.

En noviembre del año 84 se celebró el 2º Festival Rupestre de los Cantantes

Errantes. Si bien el llamado Movimiento Rupestre comenzaba entonces a ser

conocido en el inframundo musical, para mucha gente en aquel entonces

resultaba, por decirlo de alguna forma, extraño encontrarte como parte integral

del colectivo. ¿Cuál y cómo fue el punto de encuentro con el resto de los Rupestres?

Esa es una historia que a veces yo tampoco entiendo mucho. Rupestre originalmente

es un término que utilizaba Jaime López con Alejandro de la Garza (El

Cholibrí), decía ‘rupestrón’ cuando se refería a algo medio crudo… rupestre, y él

fue el primero que lo utilizó. Yo con Jaime, que para mí es un gran artista y hemos

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sido buenos amigos, viajé a Jamaica para ver al grupo de Bob Marley y decidimos

hacer conciertos porque íbamos a las instituciones de esa época y no teníamos

mucho pegue. Había otros artistas que estaban de moda como La Nopalera, un

grupo que tenía mucho jale.

Entonces decidimos que teníamos que tocar y hacer conciertos y creamos el

Foro Tlalpan con el ciclo ‘Cada quien sus rolas’, apoyados por Sergio García, que

era el dueño del lugar, y de ahí después se hizo todo el movimiento. Pero no fue

una idea original ni de Rockdrigo ni de Catana; era una idea de Jaime López con

El Cholibrí. Ese es el origen.

Después tuve la oportunidad de tener buen contacto con Rodrigo González,

que era muy buen músico, buen compositor. Con él me identifiqué como amigo

y me invitaba a tocar. Así tuve ese vínculo. A Jaime ya lo conocía, a Roberto González

lo conocía también de antes, a Catana desde el CEFOL, Armando Rosas era

más reciente, ya después los otros, pues ya no sé quiénes son. Esos fueron con los

que tuve relación en aquel momento.

¿Qué recuerdos tienes del primer Festival Rupestre en el Chopo?

Era como el reinicio del Chopo. Lo volvían a habilitar e hicieron un forito muy

bonito, pero la acústica era pésima. Fue una etapa de transición importante en la

cultura mexicana, que iba saliendo del 68 y todavía había mucha represión hacia

los movimientos de jóvenes y nosotros veíamos dónde nos podíamos juntar para

hacer cosas, era más interesante que ahora que está más dividida la banda. En esa

época había una necesidad de buscar espacios que no estaban tan habilitados. El

rock sufría primero porque no había el equipo necesario, los grupos no tocaban

bien porque el equipo era muy malo, las grabaciones eran pésimas. Ahora todo

mundo puede tener un estudio como Pink Floyd, Genesis, Peter Gabriel y en la

casa ya se puede tener un buen equipo. Pero entonces había una falta de profesionalismo,

de técnica.

Los Rupestres son resultado de un encuentro entre gente que salía de las peñas,

gente que le gustaba Bob Dylan; a mí que me gustaban otras cosas, pero que

no sabíamos dónde meternos. Y por eso está el manifiesto que dice ‘Somos de

palo’. Sí, somos de palo porque no nos quedaba de otra. Entonces me gustaban los

sintetizadores, me encantaba la electrónica; ahora esto ya está payo, ya lo usan los

Bukis, ya no tiene chiste. En esa época la electrónica llegó a su máxima expresión

con Genesis, Pink Floyd. Los robots, entonces los usaban ellos; hoy los usa Televisa

y se ha vuelto chafa presentarse así. Pero en esa época teníamos esa necesidad

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Oscar Reynoso El Bugy y

Eblen Macari; contraportada

del álbum Un producto

de los sesentas (1981).

Portada del álbum Un

producto de los sesentas

(1981), de Eblen Macari.

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y este movimiento era como entre folklóricos, bobdylanes y músicos gringos. Ese

era el Movimiento Rupestre.

Por eso era una música no fácil de entender, porque a los de las peñas les gustaba

la cosa boliviana y a los rockeros no les gustaba eso. La gente rockera de los

años sesenta y setenta era muy reaccionaria, muy pro-gringa: “Vamos al gabacho”.

Es un movimiento que no está bien definido, que no tiene un lugar, con excepción

de Rodrigo y de Jaime, cuyas propuestas son más sólidas.

Esto viene de Avándaro. Yo estuve en Avándaro y conocí de cerca a la Tinta Blanca,

Peace & Love, El Ritual. Su rollo no de propuesta sino de protesta era jipioso, eran pachecos;

pero a la hora de la cosa política eran muy pro-gringos, muy establecidos. Después

vinieron los grupos profesionales o asesorados por profesionales de la industria,

como los Caifanes, y ya se hizo un rock más serio. El rock necesita tecnología. Ahora

cualquier grupo de Televisa se oye bien. Para mí el rock ya no tiene sentido; Peter Gabriel

es igual al sonido que tiene cualquier grupo, se ha estandarizado.

La música de jaranas, la música huasteca es algo vivo, diferente; algo que tiene

raíz. Es muy bonito; es a grandes rasgos esta cuestión con el rock y con la música

rupestre, la música tradicional, todos estos encuentros, toda esta mescolanza.

¿Qué cercanía hubo entre el disco Glaciares (sobre todo la pieza Navegabas,

cuya letra compuso Jaime López) y el Movimiento Rupestre? ¿Tuvo algo que ver

tu relación con Juan Valdés, la Distribuidora Unicornio, Editorial Penélope

y el disco Trayectos, editado en 1983?

Es un disco lindísimo, de lo mejor que he hecho en mi vida y estoy por volverlo a

sacar. Más bien es lo que yo siempre quise hacer y es lo que hago, esa línea. Puedo

decir que es bueno, lo oigo y me sorprende la calidad que teníamos tan jóvenes

y que, desafortunadamente, no fue querido por la crítica de jazz. Fue un poquito

frustrante porque ya no lo pude mandar a las compañías (en esa época se mandaban

los discos a las compañías europeas), además eran acetatos que suenan muy

feo, pero ahorita tengo la copia en dat y suena muy bien.

Ese disco fue muy importante para mí. Después regresé a las canciones, que

es algo que no llego a entender; yo no tengo buena dicción; mi voz es buena para

cantar música tradicional, canciones bretonas, cuando hago sonidos; pero para

mí siempre la letra era una cosa que me causaba conflicto. Me gusta Silvio Rodríguez

pero no sé qué dice, no hago mucho caso; igual con Simon & Garfunkel.

Hasta hace poco supe qué era Scarborough Fair, ¡ay, qué bonita! Y toda mi vida la

he oído. Mi interés siempre ha sido musical.

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Soy lector, me gusta mucho leer, pero no es algo que vea como la relación de

la música con la palabra. Tú oyes las letras de Yes y son cosas muy piradas; no

son buenas. Escuchas a Simon & Garfunkel y te das cuenta que estudiaron o les

gusta la poesía, así como cuando oyes a Jaime López, al mismo Catana, que están

clavados; pero yo no.

Últimamente toco sones porque me encantan. La petenera es La petenera y La

lloroncita es La lloroncita. Y ahora que fui a Portugal tomé dos que tres palabras de

Pessoa, que me gustan mucho, y las pongo como citas. No me gusta la trova. Silvio

Rodríguez es un gran artista, pero siento que es mucho rollo; para eso mejor leo

un libro de filosofía. Paul Simon es un gran músico; Leonard Cohen me gusta,

pero primero fue poeta y después a su poesía le puso música.

En el 2º Festival Rupestre formaste parte del cartel del sábado 27 de noviembre

de 1984 alternando con el mismo Jaime y con Rafael Catana. Además de tu

participación en este festival, ¿realizaste más eventos públicos o privados con

el Colectivo?

Hicimos varios conciertos; recuerdo haber alternado con Jaime muchas veces;

con Rodrigo también hicimos varias cosas, programas de televisión. Me acuerdo

de un programa de televisión donde alternábamos; salía Rodrigo con unos animales.

Hace unos diez años hicimos un documental que parece que tuvo éxito.

¿Por qué participaste en ese proyecto?

Por falta de espacios. No era sencillo en México ir en solitario; no daba frutos. No

es que uno quisiera ir por la sola; en los ochenta los espacios estaban cerrados y

un colectivo tenía más peso.

Musicalmente nunca me sentí como en la misma línea; nunca he hecho un

blues, nunca me ha gustado la canción urbana como algo que yo escuchara. Era

muy joven y tenía amistad con ellos; nos gustaba juntarnos, platicar, tomar cerveza.

Era más una relación de amistad y de simpatía que un movimiento.

¿Qué te dice hoy aquella experiencia?

Después de tantos años está un poquito en el recuerdo ya; puedo pensar en

Rodrigo, Jaime López, Catana, Roberto González y cada quien hemos hecho

nuestras cosas. Se sigue usando el término. Hay nuevos Rupestres, unos que ni

conocemos, como que el sello se quedó y hay todo un movimiento urbano de

consideración.

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Quedaron para bien los movimientos de los ochenta, que eran alternativos,

contestatarios, necesarios en un país que salía de una represión muy reciente; era

muy importante en esa época. Para mal: pensar que cualquier manifestación mal

hecha puede ser rupestre. No está padre que cualquier cosa que cante cualquier

compositor rudimentario sea rupestre. El término Rupestre como algo esencial

está bien; todos somos Rupestres cuando hacemos bien las cosas, pero ese otro

término de mal hecho, de no estudio, no afino, no canto: eso no ayuda mucho.

En el disco citado, Un producto de los sesentas, grabaste una pieza que reflejaba

mucho a toda nuestra generación: Yo no nací en la Huasteca, que, sin duda, es la

que te abre un espacio propio dentro del Colectivo Rupestre y en la cual fijabas,

cuando menos, tres puntos básicos que los chilangos de entonces debíamos ir

definiendo para poder darle valor a nuestra identidad: el folklore, la ciudad y ser

productos bitleanos. Háblame de esos tres puntos y cómo logras sincretizarlos en

tu obra.

Es una pieza que sale cuando estaba muy reciente el movimiento de las peñas y

por lo tanto era un movimiento muy politizado, muy a favor de la izquierda de

esa época. Quién sabe por qué, o es parte de los setenta, la música tradicional

era música de izquierda, era algo vinculado. Había peñas donde le cantaban al

Ché Guevara o a Salvador Allende. Éramos gente muy joven y era una moda. Yo

lo siento como una moda estar a la izquierda, en las peñas. Pero la gente estaba

muy acostumbrada a las canciones contestatarias como La paloma o lo que hacía

Gabino Palomares.

Yo vengo de otra manera de concebir la música: desde muy niño toco y escuchaba

sobre todo la música de los sesenta: Beatles, Doors, Cream, después Simon

& Garfunkel, después la música barroca; pero uno debe estar ad hoc en el momento

y tenías que hacer canciones y en español. Cantar en inglés ya había pasado,

era parte de los jipis; no estabas en el momento. Y empecé a hacer esta canción

y me vino la idea de que era medio artificial, que siendo nosotros como éramos,

viniendo de clases medias de los cincuenta, de repente éramos pro-campo o prohuastecos

y, pues no: éramos otra cosa. Y es una canción que sale a partir de esa

idea de ser honesto con que somos de clase media y escuchamos a los Beatles sin

entenderles nada, pero así crecimos.

Por ahí está como una de las mejores cien canciones de la historia del rock mexicano.

Hoy en día me piden que la cante, pero yo no puedo cantar algo con lo cual ya

no… ¡a mí sí ya me gusta la música huasteca! Y sobre todo la jarocha, pero es algo

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Avant-Folk, proyecto paralelo de Eblen Macari y Mauricio Sotelo, de Cabezas de Cera.

(Archivo: Eblen Macari).

que en su momento era necesario; de ahí muchos ya empezaron a hacer canciones

más honestas, que tenían que ver con lo que vivíamos. Ahora ya se han hecho demasiadas

canciones sobre la ciudad; se ha abusado de las canciones urbanas.

Siendo producto de la migración y cuando te han formado más de una cultura,

eres más proclive al mestizaje. La fusión y la transculturización son más naturales.

Yo ubico tu música en una dimensión tri-continental.

Me encanta la música europea, fue lo primero que abordé de la música tradicional,

sobre todo la música irlandesa, la música bretona, la música inglesa. De repente

siento que las canciones que hacemos nosotros tienen mucho del bolero, son muy

habladas con melodías muy pobres y yo, como soy zurdo y tengo problemas con

el lenguaje, gustaba mucho de oír a los irlandeses, y aunque no entendía nada oía

que la línea melódica era muy bonita y entonces descubrí que las canciones bien

hechas podrían ser música como la música celta, la música de las lenguas gaélicas.

Me gusta mucho Pentangle; descubrí que estos músicos podían hacer canciones

igual que los jarochos, que hacen líneas muy interesantes, y ese fue mi encuentro

con la música europea.

41


Por muchos años toqué la guitarra arpegiada y el ritmo no lo entendía, hasta

hace relativamente poco; el ritmo vital lo entendí cuando empecé a tocar con

percusionistas, hace quince años: primero con José Sefami, después con Bringas

que tocó la tabla, luego con el maestro Peña y ahora con mi hijo Kabalan, que toca

muy bien la música árabe; ahí empecé a ver que la canción a veces es muy estática.

Si escuchas a Cohen está bien, pero es mucho discurso también.

Cuando creciste haciendo canciones tienes un poquito ese defecto, de no trabajar

el ritmo; pero ahora sin eso ya no puedo componer. Esa parte la descubrí

con el mundo árabe y esa herencia es maravillosa, esa música es increíble. La música

africana, la música árabe y la música de la India vinieron después. A mí de

chavo no me gustaba la percusión; ahora siento que es importante para que la

música salga.

Mis piezas pueden sonar a música celta, a música árabe, a la India; desde muy chavo

me volví compositor porque nunca tuve el don de sacar las rolas de otros. A mí me

costaba mucho trabajo y prefería hacer una pieza. No me gusta engañar y decir: “Sí,

soy especialista en música árabe o música de la India”, no; sólo la conozco y la oigo.

Eso y lo poco que estudié de música europea: armonía, contrapunto y orquestación.

La colonia libanesa en México es bastante amplia y ha dejado huella.

¿Cuándo llega a tu entorno tu origen árabe?

Yo tardé muchos años en volverme libanés porque cuando yo era niño, en los

sesenta, ser emigrante no era algo muy agradable. Ser africano o árabe era mal

visto en el mundo y crecimos con eso. Mi papá, que es un libanés cien por ciento,

no lo exteriorizaba por eso. Es una historia complicada. Nadie entendía qué es ser

árabe porque en nuestro caso somos de origen cristiano. Todo mundo cree que

los árabes son narizones, musulmanes, que usan camellos… y eso no es cierto, es

un mundo muy amplio, con muchas variantes.

Yo lo descubrí ya grande y cuando fui a Líbano fue una experiencia única; sentí

que era libanés aunque no hablara la lengua, aunque no tuviera ese acercamiento.

Hay algo ahí muy fuerte en ellos porque toda su vida han sido migrantes; hay más

libaneses fuera de Líbano. La historia de nuestros abuelos es un acoplamiento a

la primera con mexicanos: se casaron con mexicanas: se volvieron mexicanos; así

son los libaneses, que se adaptan y no lloran.

La esencia está y me da mucho gusto porque cuando toqué en Líbano y cuando

toco con los libaneses, ellos sienten algo cercano, como un artista de origen

mexicano pero que tiene cosas comunes.

42


Soy mestizo cien por ciento y nunca he tenido problema por mezclar ni la comida

ni la lengua ni la cerveza. Soy una persona a la que le encantan todas las

culturas, todas las mujeres de cualquier color, todas las comidas me gustan; no

tengo ese prejuicio y posiblemente es una herencia libanesa el darse cuenta de esa

manera de interactuar.

Pareciera que el Sureste es una obsesión en ti: pejelagarto, Macuspana,

Cosamaloapan, Pochitoque e Istmo son palabras incluidas en los títulos de algunas

de tus piezas. Ya sea en ámbitos etéreos como rítmicos y, junto con el son y el

bambuco, son la parte mexicana dentro de la fusión que tu música representa.

¿Lo contemplabas desde los principios?

Esos títulos son tabasqueños porque Olga, mi mujer, también tiene el mismo origen,

es libanesa-tabasqueña y yo soy libanés-yucateco. Visité mucho Villahermosa

cuando hice la Música para planetarios; me gusta más Tabasco: es un estado

libre de pensamiento. Yucatán es, si no más cerrado, sí más tradicional. Es mucho

del misticismo que se da en nuestro país. Musicalmente, las melodías de Veracruz

son de las más importantes de México. Desde el Sotavento la música jarocha llegaba

hasta Huimanguillo, en Tabasco.

¿Cuáles son para ti los puntos de encuentro musicales entre los tres continentes y

cómo los integras a tu obra?

Hoy en día todos los músicos que se jacten de serlo tienen diferentes influencias,

es algo que ha pasado en toda la historia de la música. En el caso del son jarocho,

es la música barroca del siglo XVII, la música africana que llegó con los esclavos

negros traídos por los portugueses y la influencia indígena que, aunque es muy

poquita, está ahí.

No podemos hacer algo que no tenga diferentes raíces, toda la música es mestiza,

afortunadamente. Hoy esto es más claro por el Internet, por la apertura que

hay para viajar, por los acercamientos, pero la música toda la vida ha sido un encuentro

de diferentes raíces desde Bach, Telemann, Pourcel...

En la España medieval del siglo XV, donde vivían musulmanes, judíos y cristianos

y donde había todas esas influencias, las Cantigas de Santa María, de Alfonso X,

son así, con esas músicas que toman de todos lados.

En varias entrevistas has manifestado que la búsqueda de sonoridades

y ritmos, de un espacio sonoro abierto, son parte esencial de tu estilo musical.

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De los ambientes sutiles, sobre todo a partir de Música para planetarios, hasta

las sonoridades rítmicas de De Beirut a Cosamaloapan se siente una fuerza

interpretativa más intensa. ¿Cómo has sentido tu evolución musical en

estos más de 30 años en escena?

Desde muy joven me interesaron los sonidos abiertos, esto es técnicamente la

resonancia de los armónicos. Me gusta la música mojada, que tiene eco, que tiene

resonancia; de ahí que mis músicas favoritas sean las gaitas, las sitars de la India,

la música barroca, los clavecines, la jarana. He trabajado en eso; no es algo que se

dé mucho en los músicos porque ahora se está muy en la forma de la armonía y se

descuida eso, desde mi punto de vista.

Creo que De Beirut a Cosamaloapan es un disco acústico con piezas como Costa

fenicia, donde el clavecín y la guitarra están al unísono a propósito, donde los armónicos

resuenan de manera simpática, muy especial, y van creando otras voces.

¿Cómo trabajas, técnicamente, tus espacios sonoros?

Depende de lo que voy a componer, si es una música para un audiovisual, una película

o un documental. Estudié composición, entonces puedo utilizar diferentes

técnicas; puedo escribir desde una manera antigua, renacentista, clásica, romántica;

puedo hacer un blues, algo de jazz. Conozco la armonía y conozco los estilos,

no los domino pero sí sé de qué tratan. Mi música técnicamente está llena de espacios

modales: la armonía medieval que, trabajada de una manera contemporánea,

acepta otras notas; se añaden otras disonancias que no tiene la música medieval,

pero se trabaja como una técnica renacentista-medieval llevada al siglo XX.

A través de tu discografía han sido muchos y de muy variadas influencias

los músicos con quienes has compartido escenario y estudio de grabación: Óscar

Reynoso, Juan Valdés, José Luis Almeida, Yusuf Cuevas, Sotelo y por supuesto, Olga

y Eblen. ¿Te sientes más cómodo con un solo acompañante o prefieres

un ensamble?

Últimamente me gusta tocar en grupo; ya no me gusta tocar solo. Eso dejó de

funcionar hace algunos años; se dio mucho en los ochenta, los noventa: Jorge

Reyes, Luis Pérez, Antonio Zepeda, Macari como solistas. Hoy en día es muy

difícil mantener la atención del público, la gente no te pela; bueno, ni Paco de

Lucía toca solo. Se requiere de una técnica muy depurada, una variedad de repertorio

y de tener varias guitarras para que puedas ser interesante. Tocar solo es

como comer solo.

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Yo me siento muy a gusto tocando en ensamble con mi familia, con mi hijo

Kabalan que es un gran percusionista, con Olga que toca el clavecín de maravilla;

con Óscar Reynoso que es el mejor músico que he conocido en mi vida, con un

talento impresionante; con Juan Valdés, con quien hice el disco que más me gusta

en mi carrera: Trayectos; Cuevas, que toca todos estos alientos y en realidad es

como otro elemento encima de la música que hacemos; Sotelo, de Cabezas de

Cera, que es muy talentoso. Me siento a gusto tocando con este tipo de gente.

Lo que más hago ahora es palomear: me meto a tocar con celtas, con jarochos,

con quien sea, y palomeo con la guitarra. Y eso me gusta mucho.

¿Cómo decides la instrumentación de tus piezas?

Hablando técnicamente, no me gustan los ensambles tradicionales; creo que ahí

pierde mucho la música. Por eso me gustaba tocar con Cabezas de Cera; Sotelo

toca instrumentos muy raros, Jesús toca instrumentos muy raros: el clavecín es un

instrumento en desuso, afortunadamente, y la percusión árabe no es algo común

en el drum-set de la parte armónica.

A partir de sonidos decido trabajar con la jarana, que es sonora; con la guitarra

de ocho cuerdas, que es sonora; con la guitarra de metal. Busco ser original de

esa manera, no repetir la alineación tradicional. Es una concepción más barroca,

más antigua. Usar la misma instrumentación y las mismas formas es un concepto

romántico, del siglo XIX, con la sinfonía, con el cuarteto. Aquí es un concepto más

de dosificar los instrumentos, de buscarles su lugar. No es necesario tanto, por eso

me siento cómodo tocando en trío o en cuarteto; no veo la necesidad de tocar con

una sinfónica, no me hace muy feliz esa sonoridad: uno puede lograr una sonoridad

fuerte como los tibetanos con sus coros, los celtas… Es una cuestión técnica

de resonancia de los armónicos.

Casi la totalidad de los músicos participantes en aquel 2º Festival Rupestre

no viven, a 28 o 29 años de distancia, de sus composiciones e interpretaciones

o de alguna actividad cercana a la música y se mantienen dentro de la

marginalidad por falta de espacios en la colectividad comercial; sin embargo,

tú mencionas que has podido vivir de la música en México.

México, como un país latino, es un lugar donde la música se da bien, como Brasil,

Venezuela, Cuba o Colombia. México es un país con el mismo potencial, su único

problema es que está muy cerca de Estados Unidos y eso ha hecho que exista

ese malinchismo. Por otro lado, las instituciones han sido maravillosas a partir

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de Vasconcelos, que creó la SEP. Los institutos de cultura sí han funcionado en

México; hay dinero para la cultura. Los gobiernos, aunque sean de derecha, le dan

importancia, saben que es necesario que la cultura exista y hay dónde moverse.

Yo vivo bien de la música.

México es un país noble, a la gente le gusta escuchar música. Un festival mexicano

bien realizado no le pide nada a ningún festival europeo. Es un país que está

abierto a las músicas, un país bueno para hacer música.

¿Es factible, económicamente, para el público asistir a los conciertos? Sabemos

que hay una diferencia muy marcada cuando viene un artista extranjero a cuando

se trata de un artista nacional.

En la Ciudad de México hay muchos conciertos. Si uno busca, bien puede escuchar

a músicos extranjeros en el Zócalo o en una plaza. Paul McCartney tocó en el Zócalo

gratis. Sí es caro de repente ir al Teatro de la Ciudad, al Metropólitan, pero la Sala

Netzahualcóyotl, la UNAM, son accesibles: puedes ir a un concierto internacional y

el precio es factible: ahí escuché a Jordi Saval y a Keith Jarret y no fue caro.

No es un país donde todo sea bisnes, aunque sí tiende a ser eso; pero todavía

se puede. Hasta se peca, a Eblen Macari lo puedes escuchar gratis en cualquier

delegación y es malo también porque la gente dice: “Ay, pues es gratis” o “voy

después”. También tiene su punto débil esta oferta tan amplia.

Muchos grupos se quejan de que no hay espacios. Siempre he sido una persona

que está adelante de lo que va a pasar, me doy cuenta; digo si algo va a funcionar

o si algo no a nivel de cómo se mueve. Lo mío funciona porque no toco igual que

hace veinte años, ya no hago Música para planetarios, ahora hago una fusión con

percusión, no uso nada de secuencias en vivo y me funciona; no va a ser para toda

la vida, un día va a tener que ser otra cosa, ahora estamos con música barroca que

me gusta; sé por dónde va.

Hay que cambiar o morir. Lo más sano que te puede pasar es tocar con jóvenes:

mi hijo tiene ventitantos años y es una maravilla, es fresco, te da mucho. Están

muy gruesos, traen muchas pilas; McLaughlin toca con chavos que tienen energía,

técnica y eso te prende y tú les enseñas también; aprenden las tablas, el escenario,

el timing; no es fácil, uno sabe cómo hacer un concierto pero ellos tienen la

fuerza, la sangre fresca y eso hay que tomarlo.

No me quiero comparar con los Bach, estaría fuera de lugar, pero ellos pasaron la

estafeta por 400 años hasta llegar al máximo músico que ha dado la humanidad y que

es Johan Sebastian Bach. Y aquí lo podemos ver con los Nandayapa, Los Utrera, Los

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Eblen Macari Trio, en 2012. (Archivo: Eblen Macari).

Portada del álbum De Beirut a

Cosamaloapan (2012), de Eblen Macari.

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Vega. En las familias musicales deben pasar la estafeta porque es una herencia que

facilita el camino: lo que yo hice en veinte años mi hijo lo hizo en los primeros cinco

años, a los veinte ya había grabado un disco fuera del país. ¡Yo hubiera dado saltos!

¿Qué significa la posibilidad de mostrar tu trabajo fuera de México

y qué representa el haberlo hecho?

De mi vida es lo mejor que me ha pasado. A los quince años dije: “Yo quiero viajar

por el mundo” y lo he hecho haciendo música. Realmente agradezco a la vida porque

cuando voy a tocar representando a México realmente me siento mexicano.

Cuando estás en Indonesia o en la India o en Líbano o Haití y dices: “Qué bonito

que vengo a representar a México”. Me han tocado muchos 16 de septiembre fuera

del país y me ha emocionado mucho poder representarlo, porque México es

complejo: no nada más mariachi; también somos nosotros. Y nos aceptan bien;

nada más les dices: “No soy mariachi; hay otras cosas”. Y entonces entramos al

mismo canal.

¿Conoces, en términos generales, la obra de tus compañeros Rupestres

de entonces al día de hoy?

Sí, cómo no: hace poco trabajé en el disco de Roberto González titulado Por ahora.

Los primeros acordes yo los hago, una guitarra pulsada. Conozco lo de Catana

que me gusta mucho: Caballo. A Jaime lo he oído un poco menos; de él me gusta

la obra vieja. Armando Rosas es buen músico, muy buen guitarrista. A Fausto

Arrellín lo veo porque su hijo es un gran diseñador y ahí grabamos y hacemos

cosas. A Roberto Ponce, la última vez que lo encontré me preguntó, para Proceso,

sobre la música que estaba haciendo sobre Teotihuacán. A Nina, no reciente, pero

sí la ubico bien. A Guillermo Briseño también, por su escuela.

¿Con cuál o cuáles Rupestres te gustaría trabajar hoy en día?

Me gustaría grabar algo con Catana en sus discos, hemos tratado y estaría bien

hacer algo; con Jaime también. Con ellos son con los que más relación tengo. Han

sido una generación provechosa para el país. No es fácil que los músicos sobrevivan

tanto tiempo; las cosas van cambiando y no es fácil mantener una carrera. La

mayoría ha abrevado y puesto en sus obras música folk de algún sitio del país. El

folk es la raíz que le da vida a las cosas. Una música sin raíz no tiene mucho futuro.

La música tradicional como base es buena para crear.

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Eblen ¿eres feliz como músico?

Es una vida muy profunda, complicada: existe; la música tiene altibajos, no todo

el día estoy en eso. Como decía hace poco: “Vamos a hablar de comida, de cerveza,

de viajes y, después, de música”. No soy un artista intenso que todo el día digo

que sueño con la música porque sería mentir.

Sé mucho de música, soy melómano, toda mi vida; vivo de ella, me ha hecho

viajar por todo el mundo, conocí a mi mujer que es músico, mis hijos lo son. Sí,

estoy agradecido con la vida; es algo lindo. La casa es de música también. Tiene

sus bemoles; no es todo maravilloso: de repente la economía, a veces no hay conciertos,

a veces no te ganas la beca. Pero tengo 30 años viviendo de la música.

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Rafael

Un gato de corazón púrpura

raúl silva


Rafael Catana en el Salón Bombay, con Federico Schumcler al fondo. (Foto: Aristeo Pantoja, 2012).

Catana va silbando por la calle una rola,

su pelo es un poema, o quizá alguna broma

Desolación, de Arturo Meza

Hace muchos años, caminando con Rafael Catana por entre la selva citadina

del Tianguis del Chopo, unos chavos que lo vieron pasar le gritaron: “Catana, no te

mueras nunca”. Este gesto amoroso no sólo es un buen deseo, sino también una

consigna que la música es capaz de convertir en realidad. Pero no sólo la música. En

la intrincada trama de la vida mexicana contemporánea, de la urbe y sus recovecos

más misteriosos, Rafael Catana es uno de esos personajes que nutren y se nutren

con alimentos tan diversos como la generosidad, el sentido del humor, la irreverencia,

el canto popular, la poesía, la solidaridad y la memoria. La desmesura es también

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su fuerte y con ella ha podido capotear un temporal donde los cataclismos no son

escasos. Músico, activista cultural y social, conductor de radio, poeta, profesor y tallerista,

Catana ha dejado rastros de su andar por este mundo en cinco producciones

sonoras. Sus títulos revelan intenciones: Un gato de corazón púrpura (1989), Polvo de

ángel (1991), El nagual (1997), La rabia de los locos (2001) y Caballo (2011).

Catana ha poblado su ser y su música con todo tipo de literatura. De Henry

Miller aprendió cierta indolencia para el arte del amor, de Roque Dalton ese chispazo

luciérnaga que dejan las causas perdidas y de Mario Santiago el regocijo de

reírse de sí mismo, por ejemplo. Su lectura de la ciudad y de la vida está en sus

canciones; es un viaje en Metro, avistado por miradas y sensaciones que buscan

descifrar una realidad que se escapa.

El don de la conversación y una memoria fresca, la necesidad de dejar la mayor

cantidad de huellas, el sentido crítico que mantiene abierta la puerta para los

reclamos, (porque evidentemente que Rafael Catana también tiene huesos en el

armario), son atributos con los que se ha reconstruido este capítulo.

La vida

Prehistoria

Mi vida era ser fanático de Un Viejo Amor y de La Nopalera. Había vivido muchas

tocadas de los hoyos fonquis, amaba a Bandido, El Ritual, Comunicación.

Soy fan de Eblen Macari desde 1972. Norma Valdez y Javier Bátiz, el Pájaro Alberto,

Polvo, Medusa, El Hangar Ambulante, están en mi memoria, imagínate:

un niño precoz. Me tocó fundar el Centro Libre de Experimentación Teatral

(CLETA), en Sullivan 43, junto con una bola de locos como Los Mascarones,

Los Nakos, el grupo Informe, Enrique Ballesté, León Chávez Teixeiro, Luis

Cisneros, Roberto Pata Loca, Víctor Hugo Santos, Manolo Rodríguez, José de

Molina, Eduardo Lobo González; me tocó ver a Judith Reyes en el CCH Vallejo

y tocar con ella en la peña Tecuicanime, cuando yo era un aficionado más que

un profesional de la música. Por entonces estudiaba en la Escuela de Música y

hacía guiones para Radio Universidad, daba clases en escuelas, me enamoraba

perdidamente y buscaba una parte de la ciudad que se me había escapado en

mi adolescencia. En mi post-adolescencia empecé a descubrir ese DF lleno de

recovecos, lugares y espacios.

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Milité en la izquierda y me tocó ver su ruptura, en el sentido de la derrota de

la Revolución. Estuve en el CEFOL y conocí a la gente del grupo La Peña Móvil,

Cuicani, a Víctor Martínez, a Cade. Yo venía de la peña El Mosco Pasa y, antes de

formar parte de algún movimiento, me acerqué a la Liga Independiente de Músicos

y Artistas Revolucionarios (LIMAR), donde conocí a muchos amigos como

Álvaro Guzmán, guitarrista de La Piel, Beto Delgado, la gente de On’ta, MCC, entre

muchos que se me barren porque mi Alzheimer progresa… Luego estuve en

TIEMPO (Taller de Experimentación y Música Política) y componía unas canciones

tan divertidas que las he olvidado. Pero fue precisamente el rollo colectivo lo

que me llevó a los Rupestres, con la creencia de que en conjunto se pueden hacer

las cosas y con la conciencia de que siempre alguien de nosotros se va a desarrollar

más, porque en los colectivos así es. Los Rupestres fueron una forma de despegar.

Tengo muchos pasados negros. Estuve en los talleres de El Ciervo Herido.

Aprendí que, más que poeta, lo que yo quería era escribir canciones. Pero fui becario

de Bellas Artes en poesía, estuve en talleres con Ricardo Castillo, publiqué

una plaquette en la editorial Penélope, con Ilya de Gortari. Empecé a trabajar con

Fausto Arrellín en el 83. También me reunía seguido con Jaime López; trabajábamos

cosas y nos veíamos para echar desmadre. Tomé un curso intensivo con él,

que en realidad fue un curso de vida. Él me invitaba a ver sus tocadas y a tocar con

él, todo desde el mundo de la amistad.

Hacía una vida común y corriente a partir de mi trabajo artístico, descubriéndolo

y aprendiendo a componer canciones, buscando entender cómo se hace una

rola y cuál es el patín de esa creación: el texto y la música, algo que a lo mejor nunca

he aprendido a hacer correctamente. Viajé a Centroamérica haciendo teatro

con una bola de locos y nos tocó estar cerca de la Revolución. Luego conocí a los

infrarrealistas y a una generación de poetas hermanos: Ricardo Castillo, Beatriz

Stellino, Pedro Damián, Silvia Tomasa Rivera, Hermann Bellinghausen, David

Huerta y mucha gente con la que comencé a formar mi familia, una gran familia

que ahora tengo. Soy de una generación con mucha suerte, mucha química, vibra

y energía, en el sentido del rol, el viaje, el movimiento y los movimientos sociales.

El otro lado

Lo primero que recuerdo haber escuchado fue un disco de Daniel Valdez, Mestizo

(1974), y me pareció muy raro que alguien cantara a Joaquín Murrieta; se me

hacían muy raras esas canciones de bandidos. Luego conocí la música de Santana

y lo viví como una cuestión de identidad nacional con el rock, que se potenció al

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conocer a Los Lobos, esa banda chicana que en Estados Unidos canta en español.

Se me hizo un mundo maravilloso, en el sentido de reconocer una identidad

nacional mexicana que a nosotros nos da pena, porque no tenemos autoestima

colectiva y nos avergüenza reconocernos. Esa búsqueda de la identidad la viví

cuando estuve en Los Ángeles, pensando mucho en la diversidad del rock mexicoamericano,

que se la ha rifado en un ambiente cultural muy rico pero también

muy selectivo y hasta racista. En los ochenta escuché mucho a esa tremenda

banda que son The Cruzados y a esa cantante angelina maravillosa que es Linda

Ronstadt, en su época rockera. También tengo recuerdos de infancia escuchando

a Freddy Fender. Es inolvidable esa imagen suya, romántica, con su guitarra Telecaster.

O Lalo Guerrero, que era tan cercano y por eso mismo no lo pelaba tanto y

ni siquiera sabía que era mexicoamericano. Todos ellos me dieron una referencia

cultural que a fin de cuentas es la mía.

Centroamérica

En 1975 viajé a Centroamérica con un grupo de teatro de la prepa. Habíamos ganado

un concurso en el CCH. Fue un viaje que duró dos meses y medio. Íbamos Luis

Cisneros (que era el director), Macondo, El Rizos, Abigail Viveros, entre otros. Viajamos

de México a Panamá de aventón. Fue un momento muy intenso en el sentido

de la creatividad artística, porque fue descubrir la realidad social de México y de

América Latina. Originalmente íbamos a viajar a Colombia, pero no pudimos llegar

porque había estado de sitio. Conocimos a muchos grupos musicales; vimos cómo

se formaba un partido político, que después sería el Frente Farabundo Martí para

la Liberación Nacional (FMLN), y la Liga de la Liberación. Estuvimos en Managua

con la gente del Frente Sandinista y en León durante una manifestación donde la

Guardia Nacional pasaba en sus jeeps a gran velocidad. Me enamoré de una niña

que me dio la mano y resultó ser del cuerpo de seguridad que nos estaba cuidando.

Cantamos en las calles de Nicaragua las canciones de Carlos Mejía Godoy, que

estaban prohibidas. En fin, fue un viaje intenso donde, sin darnos cuenta, arriesgamos

nuestra seguridad porque éramos unos niños muy vivaces y bastante ingenuos.

Después, muchos se retiraron de todo: de la música, de la poesía, de la política, del

arte. Esa aventura me dio muchas cosas, sobre todo, una visión del poder como algo

que está incrustado en la condición humana. Este viaje tiene que ver también con

cierta inteligencia emocional, resumida en una pregunta: ¿qué pinche onda con la

Revolución?

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Los Rupestres

¿Qué somos los Rupestres?

Cuando nosotros ideamos esto no pensábamos en cantarle a la revolución social ni

si íbamos a ser cantantes de la televisión, aunque Rockdrigo sí lo quería ser. Pero hay

sucesos en los que uno no cabe: o sea, no estás en el mainstream y tienes la necedad

de hacer tu trabajo hasta que estés viejito. Esto no es ser un perdedor, sino estar en

una batalla permanente que tal vez no ganes, pero sabes que no vas a perder. En

ese sentido nosotros ni íbamos a ser cantantes de la televisión y tampoco íbamos

a ser los cantantes de la Revolución, ni de la “revolución” del PRI ni de la “revolución”

de la izquierda. ¿Por qué? porque los cantantes de la Revolución ya estaban y

la gente los escogió: son Silvio Rodríguez, Gabino Palomares, Amparo Ochoa…

Pero también sabemos que esta es una revolución derrotada y ahí es donde viene el

cuestionamiento sobre qué hacemos en el Movimiento Rupestre. ¿Qué somos? ¿Le

cantamos a una revolución derrotada, hacemos canciones existencialistas o simplemente

la estamos pasando poca madre? Quién sabe. En todo caso, venimos de Sesiones

con Emilia, el disco de Jaime López, Roberto González y Emilia Almazán. De ahí

venimos y también de El Pájaro Alberto, de Javier Bátiz, de León Chávez Teixeiro.

Recuerdo esa época como si fuera el principio de un sueño: el sueño de poder

construir un movimiento de rock con canción de autor y gente de bien creando

buenas rolas, con amor al escenario, a la música, al espíritu creativo de un país

que pensábamos que podía cambiar. Fue bien importante que en ese momento

existiera esa ilusión, y creo que actualmente hay una especie de reencuentro con

esa época, en el sentido de poder entablar permanentemente un diálogo con ese

sueño. Los ochenta fueron una época híbrida, porque veníamos de unos setenta

igualmente híbridos. Pero… había un sueño y ese sueño se ha podido realizar de

diferentes formas.

El Movimiento Rupestre no sólo se hizo con los músicos que lo integramos,

sino también con otra gente que fue fundamental. Jorge Pantoja es uno de ellos.

Era subdirector del Museo del Chopo y nos abría las puertas para ensayar y tocar.

Su apoyo, su presencia y su locura por inventar cosas son esenciales. Fundó el

colectivo La Agrupación Imposible y es un caso dentro de la contracultura mexicana:

inventó los concursos de rock del Chopo, de donde salió mucha gente, y

también fundó el Tianguis del Chopo. Es un tipo que tiene ideas todos los días y

de pronto enloquece y las comienza a desarrollar.

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Pienso en Rodrigo de Oyarzabal, que tenía su programa ‘El rol de todos los

días’, en Radio Educación, y nos cobijó (de hecho debería estar en la famosa foto

de los Rupestres). Otros personajes cercanos han sido Pepe Návar, José Luis Torres

(El Capitán Chorizo), Víctor Ezkide, Alain Derbez, Jorge García Montemayor

(que nos ha arropado a todos con su maravillosa guitarra), el poeta Pedro Damián,

Edgar Arrellín (un autodidacta que nos ha sonorizado infinidad de veces)...

Luego están proyectos culturales como el Foro Alicia, la Editorial Penélope y todos

los espacios donde hemos tocado.

El colectivo

A partir de las relaciones que Rockdrigo y yo teníamos empezamos a juntar a esta

serie de compositores, un poco alejándonos de la gente del canto nuevo y buscando

otro ambiente del rock que no fuera tan gandalla como el de los hoyos fonquis.

Así nos organizamos y se me ocurrió que le pusiéramos ‘Colectivo Rupestre de

los Cantantes Bofos’, siempre en un sentido de broma porque éramos los más

bofos de la música en México en cuanto al crecimiento y el desarrollo, en cuanto

a lo feito que puede ser un cantante rupestre en medio de un glamuroso rockero

heavy metal de la época o una estrella de pop de televisa o un cantante de izquierda

que le rinde tributo a la Revolución.

El manifiesto

La idea de escribir un manifiesto se la debemos a Jorge Pantoja. Rockdrigo fue el

que la llevó a cabo en un momento en que la vida simplemente sucedía. Digo esto

porque el Movimiento Rupestre se dio sin que lo premeditáramos. El Manifiesto

que escribió Rockdrigo nos daba mucha risa y no estábamos tan de acuerdo, en un

sentido figurado y real. Yo vengo del rock y del folk, y siempre me ha interesado la

tecnología. Pero una de las cosas que siempre he pensado es que la gente necesita

tener buen humor; tu éxito puede ser a partir del buen humor. En ese sentido,

creo que el Manifiesto Rupestre es una buena broma, tiene un excelente sentido

del humor y cuestiona a la tecnología. Pero el Movimiento era de facto, se estuviera

a favor o en contra del Manifiesto. Claro, ahí también había una estrategia

para estar vivos y eso fue muy importante, porque a veces uno tiene que hacer

los ambientes y realizar diferentes cosas en diferentes momentos de la vida. Una

de ellas es el poder estar en el rock y también en la canción de autor o, en aquellos

tiempos, en el canto nuevo; aunque de pronto no estábamos en ninguno. Los

rockeros nos veían como muy fresas y la gente del canto nuevo se espantaba con

nuestras canciones, porque no eran la típica canción de Silvio Rodríguez.

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Los Rupestres no se acabaron con la muerte de Rockdrigo

El Movimiento fue creciendo después de que murió Rockdrigo. Los fundamentalistas

creyeron que se había acabado, pero no. Se integraron Arturo Meza, Gerardo

Enciso, Mauricio González Gómez, Armando Rosas, Carlos Arellano, Marco

Ruiz y revoloteaba por ahí Normando López, entre otros. Se dio un suceso en

donde lo más importante no fue Rockdrigo González, sino toda la gente que se

identificó y ha estado ahí. Roberto Ponce dice que en cuanto muere Rockdrigo

muere el Movimiento; yo digo todo lo contrario: en cuanto muere Rockdrigo el

Movimiento se consolida, dura un tiempo y desaparece. Sí, estábamos muy tristes,

pero la vida tenía que seguir; llegó gente nueva, músicas nuevas, otras formas

de hacer canciones. El Movimiento Rupestre forma parte de la memoria de nuestras

vidas y de las vidas de mucha gente. Yo tengo ese sambenito de ser Rupestre y

me lo quisiera quitar, pero es muy difícil porque ya es algo histórico.

Concierto en vivo y El poeta rupestre

Es memorable, para esta historia del Movimiento Rupestre, el espectáculo que

montaron el poeta Ricardo Castillo y Jaime López: Concierto en vivo. Fue una

bomba para el underground de la época y no está registrado a nivel discográfico.

Fue el primer espectáculo de un poeta y de un rocanrolero en vivo. También, otro

antecedente memorable está en El poeta rupestre, una serie de textos de Alejandro

de la Garza, que leyó una noche en que Ricardo Castillo no pudo hacer Concierto

en vivo. Es una obra que habla de José Pepe Nador, de Iztapalapa, y fue la primera

vez que escuché el término rupestre. No sé si es un término despectivo. Recuerdo

una película donde sale un ogro y un burro que le dice: “Quítate de allí, tipo rupestre”,

lo cual tenía que ver con una connotación racista y primitiva. Creo que se

debe reconocer a Alejandro de la Garza, El Cholibrí, como el primero que utilizó

ese término, aunque Rockdrigo después lo integrara al Manifiesto porque sabía

captar muy bien las ideas que estaban en el aire. Detectar el origen del uso de ese

término es una discusión que espero suceda en forma antropológica y que algún

estudiante de la ENAH haga su tesis al respecto.

La ideología Rupestre

Tiene que ver con el outsider y con el tipo con un punto de vista crítico. Por supuesto

que siempre estuvimos en la izquierda. El patín de estar de gira en la ciudad después

del terremoto, tocando en los campamentos y en las colonias, era una necesidad.

Luego la huelga del CEU, en 1986, cuando tocamos en Ciudad Universitaria y se

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integraron Trolebús y Armando Rosas. Había una parte glamurosa del rock que no

se unía y que de pronto, a partir de la aparición de ‘Rock en tu idioma’, comenzaron

a participar en movimientos sociales, en esa huelga del CEU con el famoso camión

de redilas de Maldita Vecindad. Empiezan a verse otras perspectivas y nuevos horizontes;

nos organizamos más y después viene el movimiento zapatista. Por supuesto

que hay un punto de vista ideológico, pero a la vez siempre ha existido un

cuestionamiento a esa izquierda menopáusica, tradicional, estalinista, chafa, nepotista,

burocrática, conservadora, más papista que el Papa, que cree que el poder es

más importante y no los seres humanos. En ese sentido es una lucha contra el poder,

porque esa izquierda o la derecha asesina llegan a ser dos enemigos del trabajo artístico,

y eso no lo digo yo, es algo histórico, desde el patín que traían León Trotsky,

André Breton y Diego Rivera por un arte revolucionario e independiente.

Una senda sin redención

¿Ha servido este viaje? Bueno, creo que sí ha servido pero no ha sido masivo.

Hay nuevas generaciones que siguen nuestro trabajo, tienen una idea de lo que

significa y saben que estamos en una senda donde no hay redención ni queremos

que haya redención. Simplemente es un camino donde nosotros cantamos lo que

vivimos, lo que nos pasa, el amor y el desamor, el poder, la izquierda, la policía, la

derecha, cuestionando cosas que tal vez no habíamos pensado. Porque imagínate

que la trova cubana, a pesar de que también se enfrentó a la burocracia, ha sido un

movimiento promovido por el Estado. Nosotros no hemos sido promovidos por

la izquierda ni por la derecha, nos promovemos a nosotros mismos ante un público

que nos ha valorado y que nos ha seguido. Cierto, de pronto hay una historia

fuerte de desencuentro, porque las generaciones van cambiando y los públicos

van cambiando. Hay público fiel, pero la gente envejece y tiene otras prioridades

en la vida, le va cambiando el patín del cerebro o le van cambiando las ideas o se

vuelve conservadora o se muere. Estamos a contracorriente, siempre, es mi caso.

Infrarrealistas y Rupestres

Mario Santiago y Rockdrigo jamás hicieron buena química. Cuando se conocieron

en mi casa hubo un choque eléctrico: punta contra punta. No se dio un entendimiento

ni un encuentro sino más bien una especie de odio entre ellos, pero sin violencia.

Cada uno, con su tremendo ego, quería brillar más que John Lennon; algo

realmente imposible. Pienso que esto tiene que ver con el ego de la generación de

Rockdrigo, gente con una gran megalomanía en un mundo donde deberíamos hacer

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Propaganda de la tocada en apoyo al CEU, de 1986.

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más música; aunque por otro lado es un empoderamiento necesario para conservarte

vivo en un mundo de hijos de la chingada. Rockdrigo era un hijo de la chingada.

Todo mundo lo mitifica pero era un hijo de la chingada, en el estricto sentido de la

palabra, porque le tocó venir de los setenta, donde en el ambiente del rock te tenías

que cuidar la espalda. Afortunadamente, esta generación del Movimiento Rupestre

la hicimos para no tener que cuidarnos la espalda del otro músico. Rockdrigo sí se

cuidaba la espalda y agandallaba a otros músicos, porque era su lógica de vida y tenía

cierta negatividad en ese sentido. Eso no le quita lo gran artista, por supuesto.

Ecos Rupestres

Creo que la influencia del Movimiento Rupestre es vital porque ha arropado a

una generación, sobre todo a través de sus individualidades; un poco pensando en

la escuela que han hecho Arturo Meza, Carlos Arellano, Armando Rosas, Roberto

González; en la escuela para cantantes que ha hecho Nina Galindo; en todo el

desarrollo de la música progresiva a partir del trabajo de Eblen Macari. A nivel de

los cantautores, está el trabajo de Roberto Ponce que, a pesar de no tener un disco

grabado, ha sido determinante para muchos compositores, y en esos incluyo a

algunos que no están cerca del Movimiento pero que tienen una presencia, como

Jaime Moreno Villarreal o Pepe Elorza. Entonces sí, claro que hay una influencia

a partir de la canción de autor y eso ha sido determinante para las nuevas generaciones.

A lo mejor no soy la persona más capacitada para decirlo, pero creo que

hay muchos seguidores de Carlos Arellano, de Armando Rosas, de Roberto González,

de Gerardo Enciso y de Arturo Meza, en un sentido de escuela. En mi caso

no sé, creo que soy el más modesto de todos y así me asumo, como un modesto

escritor de canciones de rock que nunca dejará de hacerlo.

Están los más jóvenes: Armando Palomas, Kristos, Leticia Servín, Carcará

Muñoz, Iván Antillón, Iván García, La Trola… Palomas es una manifestación plena

de nuestra cultura popular y cábula, Kristos es hijo directo de Normando López

y de Marco Blues, que a su vez viene de Rockdrigo y de los Rupestres; Leticia

Servín es una gran cantante y una compositora notable.

El Foro Alicia y Nacho Pineda son importantísimos para la historia del Movimiento

Rupestre; ahí se renovó ese espíritu de las tocadas colectivas, con Nina Galindo,

Roberto González, Armando Rosas, Carlos Arellano, Gerardo Enciso y con las nuevas

generaciones, donde están Leticia Servín, Kristos, Armando Palomas, que no son

precisamente Rupestres. Más allá de que el Movimiento ya está ‘pelas’, el Foro Alicia

es un sitio donde se manifiesta el espíritu de lo colectivo como un camino posible.

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La luz del camino

Elina

Elina Cariño fue mi compañera y juntos tuvimos a nuestro hijo Arlo. Ella murió

en un accidente trágico en el Tianguis del Chopo, en 1986. Fue una pendejada

de unos escuincles babosos que ni siquiera supieron qué fue lo que pasó, y esto

también tiene que ver con el machismo de una sociedad que odia a las mujeres.

Lo que pasó con Elina fue la manifestación de una sociedad machista que ve a una

chava sola y la hostiga; de pronto hay una bronca y recibe un golpe en la cabeza.

Todo mundo se echó a correr; no hubo solidaridad.

Su espíritu siempre está conmigo, es mi compañía permanente. Elina está más

allá del bien y del mal, es un espíritu vivo que cada día me dice lo que tengo que

hacer y lo que no tengo que hacer. Y no soy esquizofrénico. Además era una mujer

guapísima y maravillosa; murió a los 26 años cuando yo tenía 32. Me quedé con

nuestro hijo y tuve que sacarlo adelante. El apoyo de mucha gente me ayudó a no

vivir en la eterna depresión. Tenía que sacar el corazón y los testículos.

Amigos entrañables

Llevo tocando más de 15 años con los hermanos Rivadeneyra; ellos son mis hermanos.

Daniel es un virtuoso del rock progresivo, del flamenco y de la guitarra

acústica. Yo empecé a trabajar con él después de que dejó Delirium, un grupo

mítico dentro del rock progresivo mexicano. Para mí ha sido una bendición de la

vida haber podido tocar con él tantos años, recorrer muchas partes del país y estar

de gira por Europa. Lo mismo que David, que es un ser fresco y muy talentoso; ha

sido una gran inspiración en mi vida.

En realidad no tengo fans sino un montón de amigos; entre ellos Beto y Magda,

que realmente están safaditos y se les bota la canica, en el sentido amoroso. Nos

han seguido toda la vida y ya no recuerdo cuándo empezaron a ir a mis conciertos.

Los he visto también una y otra vez en las presentaciones de Gerardo Enciso, José

Cruz, Jaime López, Carlos Arellano, y hemos compartido viajes; me han salvado

la vida con su inmensa generosidad. Los fans enloquecen, pero los amigos son lo

mejor que te puede pasar.

Jaime López es una maravilla de arista y de ser humano. Me encanta su prendidez

escénica. Aunque él no fue parte del Movimiento Rupestre, ha sido fundamental

para la canción contemporánea mexicana. Él está más allá de cualquier

movimiento, es un individuo y un artista muy completo. Estuvo en el 2º Festival

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Miguel Ordoñez,

Rafael Catana y Daniel

Rivadeneyra.

(Archivo: Rafael Catana).

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Rafael Catana con los hermanos Rivadeneyra en el concierto

Noche de Primavera. (Foto: Juan Espinosa Torres, 2009).

Rafael Catana y Los Dibujos Animados, en 1993. (Archivo: Rafael Catana).

Portada del álbum Polvo de ángel

(1991), de Rafael Catana; el diseño

corrió a cargo del artista José

Antonio Platas Olvera El Japo.


Rupestre, con Cecilia Toussaint; pero siempre pintó su raya de una manera sana

y con excelente humor.

Arturo Meza, Gerardo Enciso y Carlos Arellano son también mi tribu. En

tiempos cercanos hemos estado grabando juntos para un disco donde cada uno

canta canciones del otro. Son músicos que siempre han estado ahí, viajando en el

mismo vagón por las vías de esta atribulada pero intensa vida.

La poesía que canta

A mí me defienden mis canciones

Soy muy disperso, pero en lo único que no me he dispersado es en hacer canciones.

Desde niño sabía que eso es lo que haría. No me importa triunfar o no

triunfar; yo sé que voy a seguir componiendo. Eso es fundamental, porque todos

estos años he desarrollado una carrera de manera independiente. He sobrevivido

creando mi obra, mis canciones, mis poemas, mis discos. A mí me defienden mis

canciones. Estoy en un país con falta de autoestima. Modas vienen, modas van

y nosotros seguimos, precisamente porque le cantamos a la existencia humana,

recreando la vida y el trabajo del hombre solitario, del tipo en la ciudad y del tipo

en México, del tipo en el mundo frente a la filosofía y al amor, en contra del poder.

Cosas que tienen que ver con la vida cotidiana, con cambiar la vida.

Yo soy un escritor de canciones que escribe poesía

La literatura comenzó siendo para mí, sobre todo, los poetas del rock: Peter Sinfield

de King Crimson, Bob Dylan haciéndome ver el gato siamés sobre tu hombro.

Han sido también las imágenes del viaje de ácidos que es Se está haciendo

tarde, la novela de José Agustín. Para mí la poesía es un viaje de ácido sin tomar

ácido; tiene que ver con la imaginación, con nuestras mitologías y nuestras mitomanías

como artistas, con el viaje interno y externo, con la tierra, el sol, el agua y

el viento.

La canción: música con literatura

La canción es un género que sirve para hacer música con literatura, una forma de

cantar la literatura; es algo que viene desde los juglares del siglo doce, como Guillaume

de Machaut, pasando por los existencialistas franceses, Raimon y el maestro

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Serrat. Hacer una canción es un trabajo profesional donde uno se clava en la textura

de cómo desarrollar un trabajo intelectual, y esto es un debate que tengo con

Armando Palomas: él se considera un anti-intelectual. Mi queridísimo Armando,

hacer rolas es un trabajo intelectual, un trabajo sensible que tiene que ver con la vida

y la muerte, con el amor y el desamor; pero también hay una técnica, hay una cosa

que se llama lectura y hay otra cosa que se llama escuchar música. Tú no puedes

hacer buenas canciones si no escuchas música y por lo menos lees Casos de Alarma.

Abismo

El poder, el dinero, el sexo

Por supuesto que diario cambia la manera de ver la vida. A la gente le interesa el

poder, el dinero y el sexo. Yo, como tengo una formación católica, lo quiera o no

lo quiera, y tengo también una formación más o menos beatnik o existencialista,

siempre me preocupo por el otro. Soy cáncer, cáncer-leo: sensiblero, cursi y romántico.

Pero creo que mi manera de cambiar la vida se ha manifestado en el acto

permanente de crear música. En una ciudad conservadora como el DF de un país

sin autoestima y tan conservador como es México, en donde mientras no toquen

a tu familia y no te metas en lo que pasa en el mundo todo parece normal. En ese

sentido, creo la vida me ha cambiado a partir de cómo me he enfrentado a sus

acertijos: contra los funcionarios públicos que no te quieren dar trabajo, contra

los espacios que se te niegan, pero que tú vas, los buscas, te empoderas y estás.

¿Por qué? Pues porque formas parte de un país, de una comunidad, y te metes en

la bronca del mundo. Por supuesto que vivimos en un mundo de gandallas, pero

donde no todos son gandallas; siempre hay alguien que no está en el rollo del poder

y entonces tienes el chance de confiar un poco, de sentir que la humanidad no

está tan podrida, pero sin perder la perspectiva de que la vida es cabrona.

Todos quieren ser Bukowski

Las drogas son normales en una sociedad, en un colectivo, en una colonia; pero

no son lo más importante. Lo esencial es la obra y no que Juanito sea un alcohólico

o un pacheco. Yo siempre he estado a favor de que se legalice la mariguana

en este país, porque hay más muertos a partir de su prohibición; pero también

entiendo que es un problema de salud pública. Claro, no puedo entender a un

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tipo súper pacheco y con una gran obra que no sea responsable de su familia, y

esto no es una cuestión moral sino de ser congruentes. Yo soy muy crítico con mi

generación: no puedes tirar rollos pacifistas en tus canciones y pegarle a tu esposa.

Esto tiene que ver con la vida cotidiana. Si el rollo es cambiar la realidad, como

decían André Breton y Rimbaud, pues empieza por tu propia vida. A veces las

drogas o el alcohol afectan lo cotidiano de un artista. Por eso me molesta el mito

de José Alfredo Jiménez. Todo el mundo ama a José Alfredo, un alcohólico que se

murió de cirrosis pero que dejó una gran obra. No estoy cuestionando a José Alfredo,

sino a cualquier artista que se crea superior porque tiene talento. Dejemos

de mitificar a los artistas en ese sentido. Estamos en la época en que todos quieren

ser Bukowski; lástima que aquí el seguro de desempleo no funcione.

La obra sonora

Un gato de corazón púrpura

Es la grabación de unos conciertos en la Casa de la Paz y en el Foro Isabelino, en

1989. Es un demo que produjo Enrique Falcón y me dio oportunidad de moverme

más en esa época. Es el principio de todo. Algunas canciones aparecieron

después en Polvo de ángel. Así comencé a viajar por la música. Tiene que ver con

los tiempos del arranque Rupestre.

Polvo de ángel

El título tiene que ver con la imaginación y con las adicciones, con un momento

de admiración hacia muchas cosas de la cultura mexicoamericana y con una necesidad

creativa. Tiene que ver con la portada, la imagen de una antigua fábrica

en Lechería, la Fábrica Nacional de Vidrio, que hasta la fecha sigue funcionando,

y por donde pasaba el tren. Es obra de Javier Manrique, artista mexicoamericano.

Polvo de ángel, producido por Sergio Ramírez Cárdenas y Juan Valdez, es mi descubrimiento

como artista y la búsqueda del concepto Catana; es una carta de presentación

con los músicos de mi generación. Fausto Arrellín fue muy importante

para que se hiciera el disco. En esa época él trabajaba en Pentagrama y esto hizo

que pudiera contar con una serie de personajes, a lo mejor muy disímbolos, pero

el trabajo colectivo hizo posible Polvo de ángel. Ya no era el Movimiento Rupestre,

sino Catana solito.

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El nagual

El nagual lo produjo Federico Luna. Es un disco que tiene que ver con esta parte

mía humana-animal y con la sexualidad, la pasión y el gusto por lo mágico a partir

de la sexualidad: el encuentro con el sexo opuesto y la parte animal que todos

tenemos. Es la certeza de que todo es efímero y que tenemos que buscar nuestras

raíces, nuestras formas, nuestra música y nuestra identidad. A mí el rock me ha

servido para eso.

La rabia de los locos

La rabia de los locos es esa rabia contenida, pacífica, en relación a un mundo donde

el capital avanza desmesuradamente. Los jóvenes y los activistas sociales se

hacen más presentes en el mundo hacia fines de los noventa, desde la onda de

Seattle, y fue a partir del artículo de Hawk sobre lo sucedido en Seattle en 99 que

me empezó a girar esta idea. La nuestra es una generación de outsiders, gente con

mucha energía y vibra positiva para transformar esta sociedad de forma ecológica,

social, individual y colectiva a la vez, procurando un mundo donde la basura esté

en su lugar, no ensuciando los mares y los ríos; es un cuestionamiento que viene

desde tiempo atrás. Este disco es mi planteamiento moral, mi cuestionamiento al

individualismo de quien tira la basura en la calle, pero también mi simpatía con

el ciudadano del mundo que quiere un mundo mejor. Ramón Sánchez fue quien

produjo musicalmente este disco.

Caballo

El espíritu de Caballo tiene que ver con el movimiento. La imagen del caballo es la

de un ser salvaje que está en movimiento, en pleno viaje. Me la he pasado tocando

en muchas partes del país y eso me ha dado una movilidad. Es también mi declaración

de amor a esta ciudad, donde de pronto aparece en medio de los edificios

un caballo: o sea, una locura: la locura de poder sentir el movimiento para querer

salir de la ciudad y, como un caballo, correr y correr y correr, que es lo que me ha

dado este espíritu. Caballo es un disco que muestra otro Catana. Hay una temática

y una forma de abordar las canciones alejadas del viejo folk. No es Catana con

su guitarrita; hay otro concepto: permanece la tradición folk porque nunca me

he desprendido de ella, pero también están esas otras formas de música popular

que han sido parte de mi vida: la música norteña, el rock, el son jarocho, el blues.

Federico Schmucler fue quien lo produjo.

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Rafael Catana y Bandidos (Federico Schmucler, guitarra; René Ortiz, bajo, y Liliana

Rodríguez, batería) en el Festival de Zacatecas, en 2012. (Archivo: ZacatecasHoy.com).

Mi pasado está en el futuro

A mí no me gusta el living in the past, vivir en la nostalgia añorando un pasado que

se esfumó. Yo soy un artista que vive en presente. Tengo una historia y un pasado

negro, que es el Movimiento Rupestre, pero asumo mi identidad de artista del

siglo XXI que viene del siglo pasado. A fin de cuentas, todo viene de una tradición

y de una vanguardia, porque las vanguardias se van transformando a partir de una

tradición, surgen a partir de una tradición. Sí, el Movimiento Rupestre es una tradición

y es momento de asumirlo también como una vanguardia. En este caso

asumo mi actitud de músico contemporáneo del rock presente y esto tiene que

ver con la creatividad que hace posible viajar por la vida. No sé si lo he logrado,

pero lo sigo intentando.

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Finísima persona

Jorge García Montemayor

“Catana es un personaje absolutamente

amoroso para toda la raza, no nada más para

la raza musiquera sino para la raza en gene-

ral. Es un tipo muy generoso que tiene un

trabajo altamente poético, desde mi punto de

vista y desde lo que yo considero poesía. Qui-

zá no es de los que mejor toca la guitarra, es

descuadrado y yo como músico puedo decirlo,

pero hace unas letras extraordinarias. Tiene

un trabajo continuo, consecuente, auténtico.

Tuve la oportunidad de compartir con él la

grabación de La rabia de los locos, en la pre-

producción y después haciendo unas guita-

rras. También colaboré en nuevas versiones

de sus canciones para la re-edición de Polvo

de ángel. Hemos compartido escenarios. Es

uno de mis grandes amores, como persona.

Es un tipo luminoso, con un gran talento para

escribir y hacer letras que yo llamaría literatu-

ra, porque, aunque son canciones, no pierden

mérito ni son menores que la literatura sin

música. Las letras de Catana son de las me-

jores que hay. Es un tipo muy silvestre pero

a la vez muy culto, sabe escoger las palabras

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con las que hace evocar imágenes que sig-

nifican algo. Pertenece a la escuela de Dylan,

Neil Young, Rodrigo... aunque Rodrigo era

más vacilón y Catana no juega tanto con las

ironías ni es tan guasón. Es un tipo que hace

canciones redondas, en el sentido de comple-

tas y logradas; es uno de los compositores de

culto, dentro de los compositores mexicanos

y no hablo solamente de los rupestres. Quizá

por su personalidad algunos lo toman a la li-

gera, pero es un tipo que tiene un gran peso

como creador”.

Nina Galindo

“Catana siempre trata de unir a la banda y de

hacer cosas colectivas; es muy solidario con

todos. Es uno de mis compositores y yo los

interpreto a ellos porque creo en su trabajo,

porque me parece que a pesar de que pasen

los años ellos están vigentes y siempre tienen

algo que decir. Creo en él musicalmente por

su manera de decir las cosas, simplemen-

te. Como compositor, me parece de los más

dulces”.


Roberto González

“Catana y yo hemos tenido una relación de

muchos años; somos compañeros, amigos,

camaradas, correligionarios. Siempre me

ha transmitido frescura y esperanza. Mis

encuentros con él son una especie de oasis,

porque es un ser sencillo, sincero y claro; no

es pretencioso. Su trabajo me parece muy re-

presentativo de esta ciudad, con influencias

de otras culturas regionales del norte, del cen-

tro y del sureste del país. Me identifico mu-

cho con él como jarocho; aunque hay mucha

frontera norte en sus canciones, no sólo en

sus letras sino también en su música. Tiene

un espíritu jarocho; hay cierta nostalgia en su

manera de contar historias que le sucedieron

y eso me parece muy jarocho. La música jaro-

cha no es solamente fiesta y fandango sino

que también es mucha nostalgia. Catana es

un chilango con raíces jarochas”.

Carlos Arellano

“Catana es mi cobijo. Junto con Fausto Arre-

llín, me recibe cuando en el 87 llegó al DF, lue-

go de publicar mi primer disco. Catana es el

compositor que está en el centro de la poesía.

Muchos de nosotros construimos nuestras

rolas a partir de la poesía, pero quien está en

el centro de la poesía es Catana. El suyo es un

acto revulsivo en un país donde no se lee, en

un país donde la poesía es mal vendida y mal

comprada. Es propositivo; es un músico que

sabe decir las cosas y sabe sonar las cosas,

sabe hacer saltar y cantar a la gente”.

Kristos Lezama

“Catana es un personaje muy singular, como

ser humano y como artista. De alguna mane-

ra representa un vínculo que enlaza a varias

generaciones de artistas de diversas textu-

ras y estilos. Es un músico que canta con un

timbre de voz profunda, nada maquillada y sí

bastante despostillada y rugosa, como la vida

y las historias que narra en sus canciones. Fi-

nísima persona y excelente amigo”.

Victor Ezkide

“Rafael Catana. Primero que nada siempre

me ha encantado su poesía. Si hubiese plati-

cado sus rolas sería nuestro Leonard Cohen.

Ha sido tenaz desde su primer disco, con un

cuidado enorme en los músicos que lo acom-

pañan y en el diseño gráfico. Es una muestra

enorme de qué es ser independiente o, en su

caso, Rupestre; algo que no tiene nada que

ver con carecer de oficio. Ha conjugado (y esto

siempre se me ha hecho difícil) el quehacer

artístico con la promoción cultural. Cada uno

de sus discos muestra ritmos, visiones, sue-

ños imposibles que pueden ser posibles y, por

supuesto, humor y un fuerte compromiso con

la cultura mexicana, desde la negritud (¿será

por ser veracruzano?), hasta el flamenco, el

folk. Catana es un grito del barrio”.

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alvaradeño, kafkiano y jipi

liliana garcía sánchez

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Roberto


Roberto González en el Multiforo Alicia interpretando rock jarocho. (Foto: Jennifer Boles, 2012).

Cuando piensa en Alvarado, el primer recuerdo que viene a la mente de Roberto

González es la calle como escenario de las memorias más lejanas, los juegos,

la niñez: “La calle, sobre todo la calle, que es el espacio cotidiano. Esa calle llena

de arena. Jugar carreras en las calles, canicas, beisbol, esos juegos de la infancia es

lo que recuerdo, la calle”.

Alvarado se encuentra en una pequeña península del estado de Veracruz, a tan

sólo 10 metros sobre el nivel del mar, entre la laguna de Alvarado, el río Papaloapan

y el golfo de México, una zona que a su vez da la sensación de hallarse dentro

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y fuera del territorio nacional. Recorrer su malecón podría traernos la sensación

de estar y no estar en tierra firme, un estado natural para quien vivió sus primeras

impresiones en esta región. “Siempre he pasado por la vida un poco inconscientemente:

buscando pero con los ojos tapados, sabiendo que estaba en un lugar pero

sin saber dónde”.

Entre juegos y ese paisaje de aparente vacío, Roberto González pasó los primeros

años de su vida escuchando sones, versos y cantos tradicionales de la región

donde azotan los vientos, también llamada en términos musicales Región del Sotavento.

Roberto lo canta así en Pasando por intruso, de su disco Lentejuelas (1982):

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Crucé a nado lagunas de demente,

me crié a punta de sones y de rezos,

mirando vida sólo en los reflejos.

Uno de esos reflejos que siempre llamaron su atención fue la persistencia del

nombre de su tierra natal, el nombre de un conquistador español: Pedro de Alvarado.

“Para mí, Alvarado significa lo masculino en nuestra mexicanidad, como

puede ser Cortés. Simbólicamente se dice que los padres de los mexicanos son la

Malinche y Cortés, entonces quizá los alvaradeños somos hijos del amasiato de

Alvarado y la Malinche”.

A los nueve años, luego de pasar una temporada en la ciudad de Córdoba, al

lado de sus tías bisabuelas, se traslada a vivir con sus padres a la Ciudad de México,

en la colonia Country Club, que entonces era relativamente nueva, pues había

sido planeada en los años cincuenta para que se asentaran casas de actores, dada

la cercanía con los Estudios Churubusco. Rápidamente, la Country pasó a ser una

colonia de clase media y para 1961, se establecieron en la zona familias con pequeños

negocios, como la de Roberto. Los González tenían un negocio de productos

farmacéuticos, donde el padre de Roberto, el viajero Don Manuel, en su

labor como agente de ventas, se ausentaba de casa, por lo que el cantautor guarda

escasos recuerdos de su relación con él. “En realidad tuve poca relación con mi

padre y con mi madre, quizá un poco más cercana con mi madre; era una relación

distante y no me precio de conocerlo”.

Lejos de guardar una imagen autoritaria de su padre, o una serie de recuerdos

negativos referentes a los choques generacionales, muy comunes en aquella

época, en la memoria del artista hay un recuerdo indeleble: fue su padre quien le

regaló su primera guitarra... “Y desde entonces hago canciones, un poco con mi


inseguridad para salir al mundo y platicar con los demás. A veces me pregunto por

qué, bueno, fue en esas circunstancias que me puse a hacer canciones”.

Es a través de la colonia Country Club que Roberto se vincula con la gran

ciudad, con la música y los grupos juveniles que solían reunirse, como en otras

colonias y barrios, a tocar, a cantar y a imitar los sonidos de sus grupos favoritos,

sobre todo de rock. Roberto observaba esto e incluso hizo algunos amigos,

gracias a quienes, por ejemplo, fue a parar al mismísimo festival de Avándaro sin

tener conciencia de lo que allí iba a suceder. “En la Country había un amigo al que

le decían El Muñeco, Rafael Cervantes, unos tres, cuatro años mayor, que corría

automóviles. Lo de Avandaro era originalmente un ‘Festival de Rock y Ruedas’, y

yo casualmente llegué una mañana a su casa y lo encontré muy apurado porque se

tenía que ir a Avándaro. Iba solo, manejando y remolcando su automóvil para correr,

y me dijo: ‘Acompáñame ¿no?’. Yo le dije: ‘Pues bueno’. Y ¡oh sorpresa!, ¿no?

Creo que la vida me ha tratado así, nunca me enteré que iba a haber un festival de

rock en Avándaro y sin embargo ahí estuve, de una manera casual”.

Sin embargo, Roberto prefería la intimidad solitaria con su guitarra para componer

sus canciones. Era poco afecto a la socialidad y al intercambio que se daba

entre los jóvenes interesados en la música. Tampoco le gustaba interpretar canciones

de otros; prefería retirarse a los espacios de su soledad para crear. “Siempre he

sido poco sociable. Fue más fácil hacer canciones que buscar a los demás. Tengo la

impresión de que acercarse a alguien es un poco como extralimitarse, por ejemplo,

verbalmente: preguntar ciertas cosas o acceder a la vida personal, que finalmente es

como accedes al amigo o a la amiga, conociendo su vida; a mí eso me cuesta mucho

trabajo. Yo llego a la canción por esa necesidad de comunicarme con los demás”.

La escena independiente: canciones, músicos, amigos

Para Roberto González, adoptar la canción como medio primordial de comunicación

implica no sólo un hecho literario, poético; es también existencial. La

canción se acerca de manera directa a las expresiones y emociones de la cultura

popular, más aún que la misma literatura, en una sociedad donde pocos son afectos

a ella. “Creo que la canción es música y la canción es poesía. Para mí es más

importante que cualquier otra forma literaria; es una postura personal”.

Su carácter reservado no le impidió acercarse, como atraído por un imán, a Jaime

López, un joven de personalidad fuerte y extrovertida. Recuerda que en una

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de sus andanzas por el sur de la ciudad, cayó en la Prepa 5 y se detuvo en un aula

donde un grupo de teatro ensayaba. “Uno de ellos tenía una guitarra y cantaba y

actuaba. Me llamó mucho la atención, me pareció un personaje muy especial. Yo

no era intérprete ni nunca lo he sido; entonces hacía cositas para poderlas cantar

y decir. Así me encontré a Jaime López y me acerqué a él. De verlo se me hizo fácil

lo que hacía y pues no, a la vuelta de los años, resultó que no era tan sencillo; él

lo hacía parecer muy fácil. Verlo por primera vez en un escenario teatral, que es el

elemento de Jaime, el elemento del ritual musical, el rito, fue clave”.

A Roberto le atrajo la soltura con que el joven artista se movía en el escenario,

así como su talento al cantar, tocar y actuar. La amistad entre Roberto y Jaime

quedó sellada desde el principio por las pasiones e inclinaciones musicales, en

una relación que él describe en gran parte como ‘un taller’, donde intercambiaban

música, se escuchaban y acompañaban mutuamente e incluso llegaron a componer

algunas canciones juntos, como quedó plasmado en el trabajo que hicieron en

Un Viejo Amor (1978) y en el disco que nombraron Sesiones con Emilia (1980).

Los temas de índole ideológica o política quedaban al margen de esta amistad cimentada

en la música y la creación como acción, más que como idea. “Con Jaime

no había mucha teoría; había mucho aprendizaje. Oír sus canciones y verlo trabajar

me fue influyendo, pero no de una manera formal o escolástica, digamos que

nos pusiéramos a platicar de cuales temas, sino simplemente era estarlo viendo.

La teoría aparecía poco, el diálogo aparecía poco; más bien era la acción, la guitarra,

el instrumento y la práctica”.

Otras personalidades que considera indelebles en su formación musical son

León Chávez Teixeiro, Rodrigo González, Eblen Macari, Armando Rosas y José

Cruz, de quienes, como en el caso de López, admira su capacidad comunicativa,

la precisión de su mensaje y la vigencia de su obra. De ahí que para él, figuras

como la del desaparecido Rockdrigo deban ser necesariamente mitificadas, ya que

el camino que eligieron en la música es muy difícil, tanto entonces como ahora.

“Enfrentarse a la gran maquinaria de la historia y del poder, decir ‘ah, pues

yo quiero hacer canciones así, como lo dijo Rodrigo, como las hizo, es hacerlo a

contracorriente”.

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Entre el rock y el folklore

El que canta va buscando algún sediento

para echarle encima su vaso vacío.

El Huerto, de Roberto González

Roberto González a principios del siglo XXI. (Foto: Sergio Arellano, 2000).

Roberto escuchó al grupo La Peña Móvil en un concierto en la Arena México y

le gustó, le llamó la atención que no vistieran ponchos e indumentarias propias de la

tendencia folklórica, y sobre todo su calidad y originalidad musical. Siguiéndoles la

pista llegó a La Peña del Nagual, donde se identificó completamente con el jipismo

y el estilo de vida que este movimiento proponía, marcando así un hito importante

en el camino del artista. “Fui a La Peña del Nagual, que era donde estaban ellos, y

de plano dije: ‘Oigan, a mí me gustaría tocar aquí’. Curiosamente alguien se iba esa

noche y funcionó. Era casi una comuna; tenía mucho que ver con el jipismo: creo

que esa fue también una de las cosas que a mí me llamó la atención. Siempre he sido

jipi de corazón, hasta la fecha, y esa es una de las cosas que no me da pena, decir que

sí soy jipi, ¿no?, porque así fue como me sorprendió la vida”.

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En La Peña del Nagual tocarían a dueto Roberto y Jaime, antes de ser invitados

a participar en una gira por California con La Peña Móvil, con Germán García y

Joaquín Berruecos. Los sonidos y ritmos de la fusión que interesaban al compositor

estaban precisamente en esta zona intermedia entre lo rockero y lo folklórico; de ahí

que la aparente pugna de que algunos hablan, acerca de las diferencias insalvables

entre rockeros y folkloristas, para alguien como Roberto, simplemente significó relaciones

y fusiones enriquecedoras. Consciente y amante de sus orígenes jarochos,

también le gustaba el rock, el blues y la fusión de estilos y sonidos que comenzó a escuchar

ya transitando por la Country Blues, bautizada así por Jaime López. En estos

circuitos y búsquedas, Roberto formó parte del mencionado grupo Un Viejo amor,

junto con Emilia Almazán, Guadalupe Sánchez y Jaime López. “Me gustaba mucho

porque era un grupo con presencia escénica, sobre todo por ellas dos que tenían una

presencia bastante interesante. Y Jaime, por supuesto. Creo que era un grupo con

muchos elementos y gran parte de ese trabajo quedó en Sesiones con Emilia”.

Sesiones con Emilia surge de una iniciativa para hacer un disco con Un Viejo

Amor cuando, como agrupación, ya no existía. Se reconstruyó la banda con Emilia,

Jaime y Roberto, para grabar el disco bajo el sello de Fotón, del PSUM. De Un Viejo

Amor, Roberto conserva grabaciones previas a Sesiones con Emilia, realizadas en Radio

Educación, con la formación original de cuatro. Por la banda también pasaron

músicos como Beto Delgado, Jorge Luis Gaitán El Cox y Germán García.

Dos aspectos recuerda Roberto de las diferencias entre rockeros y folkloristas:

que entre los segundos existía una mayor organización que respondía a ideas e

inquietudes políticas y que lo cuestionaban a causa de su forma musical, libre y

abierta, siendo alguien originario y por lo tanto musicalmente representativo de la

tierra del son. “A veces había cierto rechazo, sobre todo, quizá, de parte del mundo

del folklore, que estaba más cercano a la intelectualidad y a la política. Jaime y yo

llegamos con nuestras canciones a La Peña del Nagual y de repente había gente

que se acercaba como en buena onda y decía: ‘¿Por qué en vez de esas cancioncitas

que haces no las tocas mejor al ritmo de chacarera o con un cuatro?’”.

Para Roberto, hablar de la historia de la música, es hablar de fusión, lógica que

siempre lo llevó a rechazar el purismo de algunos personajes y entidades apegados

al folklore. Pero aunque Roberto no se considera un ‘animal político’, a la luz de la

reflexión actual con respecto a aquellos años, observa que sus primeras canciones,

especialmente temas como El huerto, Mi libertad, Satisfaga sus deseos o Quítame

tu cómic de la vista, expresan fuertes críticas y comentarios de carácter político,

que reflejan ciertos aspectos de la cultura que preocupaban al compositor. A la

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vuelta de los años valora esos temas por nítidos y claros, muy distintos a una siguiente

etapa de su estilo de composición, a la que califica como oscura, menos

sencilla y más soberbia, aunque yo diría, menos ingenua. “Creo que nunca en mi

vida he vuelto a hacer canciones tan claras como esas, tan sencillas. Yo empecé a

componer canciones porque quería hacer canciones sencillas que me quedaran

y pudiera cantar; desde luego a través del rango, las armonías..., cosas sencillas”.

Lo Rupestre

En el viento hay un presagio

por las calles una voz

uno de los muertos canta

sale un blues de algún rincón

mientras más tiempo pasa más te extraño, Rodrigo

Ánimas, de Roberto González

El Manifiesto Rupestre, redactado por Rodrigo González, describe a sus adeptos

como músicos sencillos y desenfadados, que le apuestan más a la sofisticación

de la guitarra y la voz, que a la de las altas escuelas, el virtuosismo y la tecnología.

Saben que ello trae consigo la marginación cultural y la invisibilidad histórica,

pero en ello reside la singularidad de su obra, de ahí que sean a la vez “rocanroleros

y trovadores, simples y elaborados”. Roberto González se considera, respecto

al Movimiento Rupestre, silvestre, término que él define de acuerdo a su sentido

amplio: “¿Qué es lo rupestre? Es el arte, la primera y única forma de arte; ahí está

todo. Desgraciadamente, el arte rupestre sonoro no está grabado; se perdió; la

música rupestre no existe. Se perdió el registro de las piedritas, la voz, el canto,

la música creada con el cuerpo; pero sí existe la gráfica y ahí uno encuentra todo

un sentido cultural de la vida y lo simbólico. Para mí el arte rupestre es muy sofisticado;

yo soy mucho más silvestre. La guitarrita de palo que decía Rodrigo es

un instrumento muy sofisticado; es un instrumento que tiene historia cultural,

tradiciones, afinaciones y maneras de tocarse. En ese sentido yo decía que estos

tíos son chingones, son sofisticados, son rupestres. El Manifiesto es un resumen

de ciertas consideraciones de Rodrigo y me parece muy lúcido”.

La metáfora de la guitarra de palo es central en el Manifiesto Rupestre, documento

que Roberto considera como una síntesis muy lúcida de lo que Rockdrigo

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quería decir acerca de la naturaleza del Movimiento. El discurso que contiene

responde a la claridad de algunos músicos como el mismo Rockdrigo. Roberto

también reconoce una nitidez semejante en el pensamiento de Guillermo Briseño.

“Hace poco volví a escuchar una entrevista que transmitió Radio Educación

hace muchos años, en la que íbamos a anunciar una tocada con Andrea Fernández

y están Rodrigo, el maestro Briseño, Catana, yo; creo que está Ponce y, también,

Nina. Me llamó la atención porque los discursos cimentados y coherentes son los

de Briseño y de Rodrigo. Ahora, oyéndolos a la distancia, creo que eran los que

tenían más claro en ese momento un discurso”.

El Manifiesto vendría siendo una síntesis de las ideas compartidas por los cantautores

de este movimiento en una época determinada. Pero el valor histórico de

la obra de todos estos personajes quizá todavía no podemos verlo en su clara dimensión.

Roberto, en su reflexión actual, rescata el nivel de resistencia que la obra

de Rockdrigo ha expresado a lo largo del tiempo. Parte de ese valor se lo adjudica

a una marginalidad entendida como suerte de acierto o ventaja, más que como

un defecto o problema; una circunstancia en donde su música es excluida de los

grandes circuitos de la radio y el espectáculo, permaneciendo fieles al trabajo independiente.

Uno de los temas que identificaron a Roberto con lo rupestre fue

esta convicción de mantenerse al margen de la gran industria musical que cobra

el éxito con la pérdida de libertad creativa. “Creo que nunca tuve aspiraciones de

llegar a la gran industria, porque sabía que no era posible, que tendría que hacer

otras cosas. Pero también sabía que hay otras vías, otros caminos, otros medios

para la insistencia de ese trabajo personal”.

Incluso el disco Lentejuelas (2001) apareció bajo el sello Tecolote, una vertiente

alternativa del sello Polygram. Roberto se considera un músico con poca

presencia, en el sentido cuantitativo de tocar y presentarse con frecuencia. Al

contrario, considera haber permanecido al margen no sólo de la industria musical

y del espectáculo, sino también de las diversas agrupaciones musicales de

su tiempo, con la excepción notable de su importante paso por el Movimiento

Rupestre. En este sentido, considera que una de las tareas del músico es la creación

de públicos, la búsqueda de espacios de difusión en donde pueda ser escuchado.

El Movimiento Rupestre ha sido testigo de esta difícil tarea, y quienes

han logrado una presencia lo deben a la calidad de su propio trabajo y no a las

grandes empresas ni a los medios y las modas o booms que éstos fabrican. “Los

públicos los hacen los maestros; ellos tienen su público porque lo han creado a

través de su obra”.

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Con respecto a la producción de discos como otra forma de presencia, reitera

el objetivo primordial de su canción: “Para mí, el disco no es una forma de ganar

dinero sino de dejar una constancia, grabar algo, registrar algo”.

De su paso por la experiencia Rupestre, Roberto guarda impresiones ambiguas.

Por un lado considera haber sido ciego a la riqueza artística de muchos de los Rupestres

y otros artistas que lo han rodeado; así, recuerda la presencia en su vida de

Nina Galindo, Fausto Arrellín, Roberto Ponce, Jorge García Montemayor y Juan

Luis González —con estos dos últimos grabó Madre Mesoamérica (2000). Pero

también atesora con gran afecto las enseñanzas que esa vivencia le dejó y que sintetiza

en dos grandes cosas aprendidas: “Talento para hacer las chingaderas y perseverancia

para entrarle a la chingadera, que está muy cabrona: el rollo es muy difícil.

Básicamente creo que esas dos cosas son las enseñanzas de estos personajes”.

Kafka; el artista en el espejo

A partir de determinado punto ya no hay regreso.

Es preciso alcanzar este punto.

—Franz Kafka

La niñez de Roberto está marcada por una intensa movilidad que le instaba a

reinventarse constantemente. Cursó estudios primarios en seis escuelas de tres

ciudades distintas, sin oportunidad de crear vínculos amistosos duraderos. Quizá,

en parte por ello, reflexiona actualmente; ha sido así su manera de relacionarse

con el mundo, con la realidad, con las personas, que lo ha hecho un hombre en

permanente construcción. “Siempre eres nuevo; nadie te conoce ni conoces a nadie.

Quizá por eso me cuesta trabajo relacionarme, no tengo ese vínculo con la

realidad, ese vínculo normal y natural, a través del padre y de la madre. Sí está,

pero sólo bosquejado. Yo tengo una personalidad bosquejada; no soy una persona

en toda la extensión de la palabra, o como uno pretendería”.

Esta indeterminación, ese sentimiento de vacío profundamente existencial,

acompaña al artista desde muy temprana edad. La lectura de la obra completa de

Franz Kafka a lo largo de su vida, vendrá reafirmando su idea de ser incompleto, inacabado.

El efecto de aquellas lecturas lo colocó ante una suerte de espejo, donde él

se encontraba desnudo, mostrado ante sí mismo como no lo había experimentado

antes. Una incompletud alejada de la mediocridad y, más bien, explicada por algo

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que el músico reconoce en el escritor: la modestia de ser un genio y sin embargo

vivir en el mundo real. “Kafka sí supo hacer una vida y una obra por un lado. Por un

lado trabajó todo el día en el banco, haciéndose el sociable, y por el otro creó su obra

desde el aislamiento. Fue un personaje brillante y, sin embargo, escindido”.

Este aspecto de la personalidad kafkiana que Roberto pondera, habla del diálogo

interno que establece con el escritor, sugiriendo vacíos con respecto a su

propia vida y obra. Roberto admira la genialidad del que pasa por empleado, encontrándose

a sí mismo en esa circunstancia del genio: como observador, como

loco, Pasando por intruso, como dice la canción del disco Lentejuelas:

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Después he estado atento a las corrientes,

las modas, movimientos y vaivenes;

gozando como un loco, aquí me tienes,

pasando por intruso en los ambientes.

Frente a esa claridad de ser un personaje dividido, la memoria de la autoridad

quedó certeramente ubicada en las figuras de poder, “como Dios y el César”; pero

su reflexión actual le hace volver a Kafka en su genial drama y cuestionar su propia

humildad ante algunas imágenes y símbolos. “Esas figuras me las he resbalado

con excesiva soberbia, o me las resbalé, más bien, y esas son las cosas que yo no

entendí de Kafka; Kafka lo supo hacer, creo que yo no”.

Madre Mesoamérica (2000) y Alvaraderías (2004) son discos que reflejan un

proceso de madurez de estas reflexiones existenciales. Cada uno de ellos guarda

en el fondo las huellas de una búsqueda continua y nunca terminada, una reinvención

constante del ser humano frente al cambio pero también frente a la inmovilidad

de la historia. “Madre Mesoamérica es la búsqueda de lo femenino. A mí me

trataron de educar como un hombrecito; digo, trataron porque no lo lograron.

Para mí ese disco fue simplemente tratar de recuperar y entender algunas cosas,

buscar a esos personajes mujeres que tienen que ver con la historia, que tienen

que ver con mi cultura y con mi formación. Luego hice Alvaraderías, que de alguna

manera es la contraparte; es un disco masculino. Si Madre Mesoamérica es lo femenino,

Alvaraderías es lo masculino, don Pedro de Alvarado y toda esa historia”.

La búsqueda constante de profundidades en donde anclar su canto, llevó al

cantautor a regresar por una temporada a su natal Veracruz; esta vez, al puerto.

En su juventud Roberto creyó que moriría a los 40 años, pero al acercarse

esta edad, lo que experimentó fue una serie de cuestionamientos relativos a su


Julia González Larson y Roberto González. (Foto: Sergio Arellano, 2000).

Roberto González y Julia González Larson, padre e hija. (Foto: Jennifer Boles, 2012).

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presencia o ausencia en la escena musical mexicana al iniciar la década de los noventa.

Se marcha al puerto para reconciliarse con el DF y con el propio carácter de

su oficio, cosa que hizo al vivir en esa temporada de la venta de pescado y camarón

que adquiría en Alvarado, pero “todo tiene su chiste y su gracia”, así que regresó a

la ciudad convencido de que debía continuar adelante con lo suyo.

Después de haber nacido siendo viejo

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De lo que sé, nada sirve

para poderme olvidar

de que no estoy muy contento

ni tampoco en el lugar.

¿Soy feliz o sigo errante?

Lentejuelas, de Roberto González

Actualmente vemos a Roberto González continuando con su actividad musical

independiente, tanto al lado de los músicos de su generación como al lado de

generaciones más jóvenes que están trazando su camino desde la cercanía con los

veteranos. Este diálogo le ha llevado a seguirse renovando y reinventando, como

persona y como compositor, pero al mismo tiempo le ha llevado a evaluar sus propias

capacidades y riquezas artísticas, para así regresar a la sencillez y profundidad

del lenguaje popular. Muestra de ello es su disco más reciente, Por ahora (2011),

que en palabras del mismo Roberto suena a “nuevo son alvaradeño” y en el que

podemos escuchar una nueva versión de El Huerto, enriquecida con jaranas. Es

notable en este disco la presencia de su hija, Julia González Larson, como compositora

y como esa voz femenina que, en palabras de Rodrigo de Oyarzabal: “A

los nostálgicos sin duda les recordará a la Emilia de aquellas célebres sesiones”;

pero que a su vez se trata de una voz nueva y particular que da nuevos significados

y matices a la obra y al oficio de González. El trabajo con otros jóvenes músicos,

como los integrantes del grupo Ampersan (Zindu Cano y Kevin García), Porfirio

Almazán, Leticia Servín o Mauricio Díaz El Hueso, resulta gratificante y rejuvenecedor,

palabras claves para un incesante buscador de sentidos y de palabras. “Estoy

en un momento de reflexión y ellos en un momento de creación, de vida y de

empuje. Van bien rapidito; incluso, si quiero estar junto a ellos tengo que apresurar

el paso. Para mí ha sido muy agradable tocar con ellos y con otros músicos de


estas nuevas generaciones con los que he estado tocando y eso enseña cosas. Por

ejemplo, en el caso de Ampersan, lo que yo entiendo como un criterio bastante

amplio es su sentido musical, la forma en que manejan musicalmente sus cosas y

sus textos. Y me gustan, me parecen frescos, me parecen reales, me parecen parte

de la realidad; es un juego artístico hecho realidad y eso me rejuvenece, me tranquiliza

incluso... me hace sentir”.

Los inicios del siglo XXI encuentran a un Roberto González profundamente

reflexivo, pero con el paso constante y a veces apresurado, retomando viejas enseñanzas

y alimentándose de nuevas relaciones, de las cuales ya no sólo valora el

trabajo sino también al ser humano: la amistad. Hoy lo encontramos en espacios

del sur de la ciudad, como la Casa Huayamilpas, donde suelen congregarse decenas

de jóvenes jaraneros, donde el grupo Ampersan prepara un proyecto musical

de largo aliento y donde también se aparecen jóvenes músicos de la actual escena

independiente. En uno de los varios videos que existen de la presentación de Por

ahora, la voz de Roberto es cobijada por las de Julia y Zindu, acompañadas por

Kevin García y Josué Vergara.

A veces en el Foro Cultural Coyoacanense, a veces en el Foro Alicia o en el

Zócalo, apoyando la lucha del SME, Roberto sigue mostrando lo aprendido. Desde

esta ventana y con la valoración de los espacios transitados y por transitar, los

artistas y músicos conocidos y por conocer, el artista se encuentra realizando un

balance, no sólo de su vida como cantautor sino desde algo más complejo: como

ser humano. “Hay una relación humana, de la que yo carecí durante gran parte de

mi vida, que no supe tener relaciones humanas y en los últimos años he estado tratando

de recuperarlas. Creo que antes lo entendía más como un asunto de trabajo

y creo que no es para tanto, porque si te relacionas con el ser humano después

relacionarte con el músico es más fácil o está casi dado. Son reflexiones de ahora.

Estas relaciones recientes me han ayudado a seguir aprendiendo, aunque no es

tan fácil aprender después de viejo, pero sí he podido afinar algunas cositas, ser un

poco más humano”.

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“Soy la víscera, soy el sentimiento”

félix morriña

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Nina


Nina Galindo: blues y femineidad sucediendo. (Foto: Aristeo Pantoja, 2012).

Para Nina Belén y Flor Yadira,

dos grandes amores, un parteaguas.

La Estanzuela del Mineral del Chico, 2013... Era la oscura, fría y desértica

noche del último martes del mes de enero cuando llegamos, mi pareja Flor

Yadira y yo, a este municipio vecino a Pachuca, Hidalgo. Nos recibió un tipazo llamado

Jorge Cacho Hernández, representante y pareja sentimental de la cantante

mexicana Nina Galindo (1 de junio de 1958), en su casa ubicada en lo más alto

de este paraje que permite aislarse de la cotidianidad y el bullicio. Llevan casi 10

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años de vivir en ese lugar y el próximo 10 de marzo será su aniversario número 13

como pareja, además de ocho de trabajar juntos en un proyecto de vida (hasta que

ésta se acabe, o ellos acaben con ella; lo que suceda primero).

Una vez en su acogedora casa, le digo a Nina Galindo que su nombre me sirvió

de inspiración para dárselo a mi primogénita. Al principio no lo cree, pero conforme

pasan las horas se convence de que es verdad. Ella va recordando pasajes

de los años noventa: cuando con un amigo en común, el periodista Adán Atayde,

conbebíamos en pequeños foros culturales del Estado de México, mientras ella interpretaba

a los compositores incluidos en este ejemplar que posees en tus manos.

Para todos los que tuvimos la oportunidad de ver y escuchar a los cantantes

del Movimiento Rupestre —ése que en la segunda mitad de la década de los

ochenta marcara un hito generacional en la forma de ver, aceptar y transformar el

México posterior al terremoto de 1985—, estamos convencidos de que hubo en

la música mexicana un antes y un después de tal suceso.

Nina Galindo nació en Los Ángeles, California, hace 54 años. “Mi mamá estaba

trabajando en Los Ángeles, haciendo teatro. Su madrina, Lupita Castro, toda

una institución en el arte escénico, se encargaba de los carnavales allá. Mi mamá

es de Mazatlán, mi papá es portorriqueño. Cuando yo tenía dos años se divorcian

y de pronto mi madre se dijo: ‘¿Qué hago aquí en Estados Unidos? Mejor me regreso

a mi país’. Para cuando yo tenía 17 años, mi padre decide conocerme. En ese

momento todos se dan cuenta de que yo estaba de ilegal en México. Un amigo de

mi mamá, que trabajaba en la Secretaría de Gobernación, le dijo: ‘Mira, Martha

(Ofelia Galindo, la actriz, mejor conocida por su papel de la Maestra Canuta, del

programa Cero en Conducta), o pagas una multa de 100 mil pesos o tengo que

deportar a tu hija’. Para ese momento yo ya había hecho primaria, secundaria, iba

en prepa; en fin, una vida aquí”.

Nina Galindo ha vivido buena parte de su vida tras las bambalinas de muchos

teatros en México, gracias al histrionismo de su progenitora, por lo que los escenarios

siempre han sido comunes en su existencia. Lo que sí le costó trabajo fue

adaptarse a los procesos burocráticos de este país, en el que aún cree, pese a la

violenta actualidad de la narcocracia a flor de piel.

“Llegué a México desde los cuatro años de edad, cuando me trajo mi mamá.

Años después, cuando mi papá me quiso conocer y sucedió todo el numerito del

pasaporte, me sacaron del país con documento gringo. Salí deportada en vacaciones

escolares, cuando eran de dos meses, para conocer a mi papá, su mujer y mis medios

hermanos. Regreso a México para seguir estudiando, pero como ‘turista’, porque no

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podía trabajar ni estudiar como todos los demás. Bueno, no hablo ni inglés..., no lo

entiendo, no me gusta..., bueno, sí lo entiendo, pero no me atrevo a hablarlo; alucino

a los gringos y no es por razones idiosincrásicas, simplemente, me considero más

mexicana que muchos de ustedes. Yo sí amo a este país; creo todavía ingenuamente

en muchas cosas y creo que en las manos de la gente está el cambio.”

“Soy chilanga por derecho, porque me crié en la Ciudad de México. Cuando

cumplo 19 años renuncio a la ciudadanía gringa, porque no podía hacer nada,

pese a que seguía haciéndolo. Tenía que ir a renovar mis derechos a cada rato; era

una lata. Luego entonces, me nacionalizó mexicana, muy a pesar de que muchos

nos hagan sentir como ciudadanos de segunda clase. Te lo digo porque cada vez

que tengo que renovar mi pasaporte mexicano, te investigan, como si les debieras

todo. La verdad eso es molesto, porque somos ciudadanos del mundo. Luego

de un tiempo tuve la oportunidad de conocer a mi familia portorriqueña. Estuve

algún tiempo en Puerto Rico, donde tenía abuelos y una bisabuela de 110 años,

pero me regresé a México porque en ese país tampoco encajaba mucho. Los jóvenes

en esa época, con toda esa influencia estadounidense, estaban sometidos.

Yo no encajaba. Y me regresé para seguir con lo mío. Hoy día tengo las dos nacionalidades

y eso me permite viajar constantemente a Los Ángeles, California, para

apoyar a mi madre con su quehacer teatral”.

Los Teen Tops, un mal viaje

Cuando Nina Galindo regresó de Puerto Rico, revalida sus estudios e ingresa en

la UAM-Xochimilco, sin la decisión concreta de qué iba a ser de su vida. Estuvo

en un grupo con Humberto Huerta, un ex compañero de teatro de su mamá, que

era misógino y un tanto loco, pues, según la propia Nina, le creó tanta inseguridad

para cantar que por poco y lo deja. Por momentos, nuestra entrevistada deja la

vista clavada al centro de la mesa en la que se desarrolla la charla, para decir que

eso le afectó muchísimo durante su proceso iniciático en el negocio de la música.

“Él me trataba muy mal; deseaba que fuera como mi mamá y yo nunca seré

como ella. Me decía que para cantar ‘tienes que sentir como si fuera un orgasmo’.

Yo me contestaba en silencio: ‘Chale, cómo dice eso con canciones que no iban al

caso’. Ahora sí siento los orgasmos en todo lo que hago”.

Durante la larga entrevista, la intérprete de Llévate lejos tu blues, Antropofagia

amorosa, Mírame desaparecer y Distante instante, entre muchos éxitos de antaño,

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ememoró que llegó con engaños a lo que quedaba de los Teen Tops, aquella

agrupación que liderara el cantante Enrique Guzmán. Ahí duró cuatro años, del

80 al 84. Al final de ese periodo, se reencuentra con el cantautor Beto Ponce, a

quien conoce desde 1972, y quien la invitó a un toquín para conocer a los Rupestres.

“Dije: ‘Esto es lo mío, es mi generación. Me gusta cómo dicen y hacen las

cosas’. Y me salí de ese grupo en el que yo no encajaba. Claro que tenía trabajo

de jueves a domingo: me la pasaba en un camión, de pueblo en pueblo, de feria

en feria. No me iba tan mal, pero no era lo mío. Cuando yo conozco a Rockdrigo

González, Beto Ponce, Roberto González, Jaime López, al grupo Qual, Emilia Almazán,

me sentí en casa de verdad. En ese periodo hice con Beto Ponce el dueto

Callo y Colmillo. Estuvimos dos años juntos, más o menos. Después decido hacer

mi proyecto de interpretar a todos los compositores del Movimiento Rupestre”.

Sobre el mito extendido por el promotor cultural y artista plástico Víctor Ezkide,

de que en sus inicios a Beto Ponce le costaba mucho trabajo cantar y desempeñarse

sobre el escenario, porque se consideraba más un compositor, Nina Galindo

interrumpe para señalar enfáticamente que era ella la que realmente sentía terror

de cantar. Con Beto quería cantar detrás de las bocinas. Le tocó muchos años de

inseguridad. En las entrevistas no hablaba; lo hacía Beto Ponce. “Nunca sabes a

lo que te vas a enfrentar en el escenario. El día que tú pierdas el nervio estás perdiéndole

el respeto al escenario y al público. El día que tú te sientas muy fregón,

que todas las puedes, se te acaba el encanto y estás perdido”, argumentó la güera

chaparrita enfundada en un suéter rojo pasión, como el blues que interpreta.

Rockdrigo González, el tótem

Cuando tocó el turno de hablar del Profeta del Nopal, Nina Galindo tomó un respiro

y luego le dio una calada a su cigarro para enfatizar: “Conocí a Rockdrigo

González en una fiesta en la casa de Roberto González, que vivía en Xochimilco.

Cuando estaba platicando con Rockdrigo pensaba que me lo estaba ligando. Él era

un enamorado hasta con las escobas. ‘Oye, que Alejandro Lora anda diciendo que

Metro Balderas es de él y yo sé que es tuya’. Se sacó mucho de onda y a partir de ahí

nos hicimos cuates. Más aún, porque alternábamos mucho en lo que era el Museo

del Chopo. También recuerdo que nos juntábamos mucho en la casa de Rodrigo

de Oryazabal para ensayar. Fue una época muy padre. Después de cantar algunas

rolas de Roberto Ponce, le dije a Rockdrigo González que quería cantar algunas

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suyas. Estamos hablando de 1984. Yo deseaba cantar Tiempo de híbridos y él me

pedía Ama de casa un poco triste. Yo creo que me veía muy chavita o muy dulce,

no sé, pero yo quería esa rola. Realmente estuve poco tiempo con ellos. Hay cosas

que tengo bloqueadas después del terremoto”.

Era un gran rancho electrónico

con nopales automáticos,

con sus charros cibernéticos

y sarapes de neón;

era un gran pueblo magnético,

con Marías ciclotrónicas,

tragafuegos supersónicos

y su campesino sideral.

Era un gran tiempo de híbridos;

era medusa anacrónica,

una rana con sinfónica

en la campechana mental.

Tiempo de híbridos, de Rockdrigo González

“Canté esa canción por respeto, pero no porque fuera mi rola. Yo no tenía nada

que ver con esa canción. Luego me dio chance de cantar Solares baldíos, una vez

que fui con Beto Ponce a su casa. ‘Grábamelas’, le dije. En ese periodo él estaba

preparándose para grabar su disco. Hacía mucho ejercicio, se cuidaba mucho, estaba

sano; para mí fue muy difícil comunicarme con él porque te hablaba de cinco

cosas al mismo tiempo. Era impactante, era un Ciro Peraloca en su casa; tenía

inventos de no-sé-qué y la hacía de no-sé-qué. Era una relación de carnales, una

relación bonita. Me decía: ‘Ay Nina, tú cuando estás hasta atrás, es cuando mejor

cantas’. Creo que desde ahí tomo anís del Mono en cada concierto. Por otro lado,

Rockdrigo González está vigente; escuchas las rolas y siguen vigentes”.

¡Ehe hey!

Ella se mece en su hamaca enredada en el tiempo,

con la mirada ya flaca por quien nunca regresó.

Dicen los niños que juegan a ver quién atina a los vasos de ron

cruzan mi mente solares, solares baldíos de amor.

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Es un cometa la imagen, es un mapa de vapor.

‘Voy por cigarros’ le dijo, se puso el sombrero y jamás regresó.

‘Ya no arañes las nubes’, le recetó algún doctor.

Pero ella estruja lugares que dan a solares... baldíos de amor.

Solares baldíos, de Rockdrigo González

“Rockdrigo me decía: ‘Te voy a encargar este cassette como la niña de tus ojos,

para que lo copies y saques las rolas con las que vas a trabajar’. Yo vivía en Paseos

de Taxqueña, donde para hablar por teléfono había que cruzar el río y llegar a la

Prado Tasqueña para poder hacer contacto con un teléfono público. Total que voy

un día, no me contesta, voy otro día y tampoco. Él vivía en ese entonces donde

murió, en la colonia Juárez. No te miento, hice como tres o cuatro intentos. Y de

pronto viene el terremoto. Entonces, donde vivíamos, que era atrás de la Ibero, se

nos cayó una pared de un cuarto piso y estuvo duro, pero no nos pasó nada, sólo

tuvimos que salir de ahí y nos dieron refugio unos amigos. Nadie se atrevía a decirme

que Rockdrigo ya no estaba vivo. La que me lo dijo fue mi mamá. Para mí fue

algo muy fuerte. Yo quise ir a donde lo iban a velar; fui a buscar su cuerpo, pero no

di con nada y nadie me dijo nada. Fue espantoso”, explicó con angustia una Nina

Galindo extraviada en sus recuerdos y con las expresiones propias de alguien que

perdió a un ser memorable.

Por momentos logro sacarla de esos instantes distantes para que dé una nueva

calada a su cigarro, y después arremetió: “A los dos días de eso, no acababa de

entender nada. Luego de su muerte me quedé sola. Cierto día en mi casa me puse

a escuchar el cassette que me encargó. En la casa había una gatita de mi amiga

Gabriela, con la que vivía, y que erizó toda, como yo, cuando escuché las rolas

de Rockdrigo. En ese momento entiendo que Rockdrigo se fue a despedir de mí.

Llegué a la conclusión de que ese cassette era para mí, le guste a quien le guste. Ese

material estuvo por años conmigo, hasta hace cinco o seis años cuando Discos

Pentagrama sacó al mercado No estoy loco. Habló conmigo Mireya Escalante, en

paz descanse, también Modesto López, dueño de Pentagrama, quien me dijo que

todas las regalías se iban a donar, y yo acepté con gusto. Sé que el disco salió con

otras canciones de otras grabaciones, porque no quedó tal cual está el cassette, lo

cual no lo vi nunca mal, porque para eso estaba el material. Yo sólo quería sacar

de este cassette las rolas Solares baldíos y Tiempos de híbridos. Lo importante es

que se me pidió el permiso y salió el disco para placer de todos los seguidores de

Rockdrigo González”.


Nina Galindo en el homenaje póstumo a Laura Abitia en el Multiforo Alicia.

(Foto: Aristeo Pantoja, 2012).

Jorge García Montemayor en vivo; talento

y apoyo musical al Movimiento Rupestre.

(Archivo: Jorge García Montemayor).

Nina Galindo en la última década

del siglo XX. (Archivo: Roberto Ponce).

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“Yo pienso que no es grabar por grabar”

Como mucho saben, en 29 años de carrera artística, Nina Galindo ha grabado

cuatro discos: Brindis por un difunto (Discos Pentagrama, 1991), Antropofagia

amorosa (Discos Meztli, 1993), Antes del toque de queda (Discos Meztli, 1995)

y El desliz (Discos Meztli, 1999, distribuido por Discos Pentagrama). Al preguntarle

el motivo por el cual no graba discos como otros intérpretes, uno por año,

la experimentada artista señaló que tuvo muchas promesas y opciones para hacer

su primer disco. Mencionó que al principio todo mundo le quería dar las perlas

de la virgen y que todos la dejaron colgada, pero al final dio a luz a Brindis por un

difunto.

“Para Antropofagia amorosa me ayudó Federico Luna en la producción. Luego

hicimos una producción independiente con mi guitarrista y productor de 22

años de carrera, Jorge García Montemayor, y mi representante de aquel entonces,

Sergio Arellano; se llamó Antes del toque de queda. Tiempo después llegó El desliz,

que también fue una producción de los tres. Es muy difícil volver otra vez a editar

y sacar un nuevo disco en estos tiempos. El desliz estuvo mucho tiempo agotado.

Federico Luna, a raíz de que yo estuve un tiempo enferma, me regaló la producción

de Antropofagia amorosa y la sacó en asociación con Discos Pentagrama”.

“Ahora con El desliz está pasando exactamente lo mismo. Falta volver a sacar el

Antes del toque de queda. Todo eso está por verse. Yo no he podido grabar desde

1999. El siguiente disco que haga será distinto. Yo pienso que no es grabar por

grabar; para empezar, soy una persona a la que no le gusta grabar, porque es de lo

más frío e impersonal. Yo no canto igual en vivo que en un estudio de grabación.

No me gustan los estudios. Sé que lo tengo que hacer porque es parte de este trabajo.

De pronto, en mi vida ha habido otras prioridades y tuve que cuidarme; por

razones de salud me vine a vivir a Hidalgo: compré este terreno y aquí construimos

Cacho y yo nuestro hogar. Luego llegó la época de cada vez menos chamba”.

“Ahora tengo el apoyo de un amigo que se llama Antonio Valdés, pero de todas

maneras necesito de más apoyo para poder hacer el disco nuevo, que espero

salga este año. No tiene aún nombre, pero depende de todos esos factores para

que esté en el mercado. Con Jorge Cacho llevo ocho años trabajando; él es mi

representante y como pareja llevamos 13 años. Cacho ha impulsado mi proyecto.

Necesito recursos económicos para grabar este disco nuevo, que ya tiene mucho

material escogido. Ya está apalabrado con los compositores, pero así estoy desde

el año pasado”.

92


“Todo el 2012 fue uno de los peores años de mi vida, pues no fue hasta agosto

que tuve mi primera tocada. ¡Imagínate! Más de medio año sin nada de nada. No

soy de ningún partido; la gente que me conoce sabe bien cuál es mi manera de

pensar y mi posición ante la vida. Me gusta la justicia y la igualdad para la gente.

No estamos en un país justo, pero a mí me parece que muchos de nosotros apoyamos

al PRD, y lo apoyamos desde que era el Partido Comunista; pero cuando

llegó al poder se olvidó de nosotros. A mí me parece que cuando estaba el PRI en

el poder, a pesar de lo corrupto, había una infraestructura para este tipo de música

independiente”.

“El Consejo Nacional para la Costura en las Tardes trabajaba más que el del PAN.

Te mandaban de gira por varios lugares del país. Estaba el CREA, estaba la SEP, estaba

el IMSS, el ISSSTE Cultura, Hacienda, Museo de Culturas Populares y Socicultur,

entre otros espacios. Hasta a los hospitales y cárceles ibas a cantar, cómo no

recordarlo. Yo he cantado en la calle, en el Metro y en los lugares más recónditos

que te hayas imaginado. Ibas a los reclusorios, a las unidades habitacionales populares;

hasta en la esquina de la catedral del Zócalo capitalino. Bueno, en Palacio

Nacional te llegaban a dar chance de cantar. Así, de ese tamaño. Había toda una

gama de espacios donde presentarte”.

“Cuando llega Salinas y le empieza a dar en la madre a todo, porque con el

cuento de que privatizar e internacionalizar era lo mejor, se olvidan por completo

de los artistas que había en el país para darle paso a los de talla internacional. Los

artistas independientes mexicanos se fueron al carajo. Aquí hay calidad y talento,

por eso me enoja mucho que lleguen artistas internacionales y les den todo, y a

nosotros absolutamente nada. Para cuando entraron los panistas, peor aún. Ahí sí

que no pasó nada de nada, más que el trabajar con algunas delegaciones políticas

del DF; algunas veces en algún festival cultural; pero lo del Conaculta ya era muy

escogido: muy elitista, lejos de nosotros”.

“Cuando hice El desliz fue un capricho. Siempre quise ser Toña La Negra. Me

hubiera gustado ser una cantante de esa época y con este disco me pude dar ese

lujo. Sé que mucha gente se sacó de onda y yo me dije: ‘¿Por qué no? Si tengo sueños

e ilusiones’. Estuvo bien hecho. Estoy muy agradecida con todos los compositores

que me han apoyado y dado sus letras —como Perdida, de Chucho Navarro;

La mujer del puerto, de Manuel Esperón; Viajero, de Luis Alcaraz; Amor de la calle,

de Fernando Z. Maldonado; Cada noche un amor, de Agustín Lara, y Callejera,

de Carlos Crespo. Yo me encargo de destrozar sus rolas. Me encargo de hacerlos

enojar y digo que las rolas son como decía Zapata: de quien las trabaja”.

93


“En el nuevo disco viene, por ejemplo El Mastuerzo, Jaime López, Laura Abitia,

Gerardo Enciso, Carlos Arellano, Roberto González; tal vez de Roberto Ponce,

Rafael Mendoza, Armando Rosas. Muchas rolas son conocidas porque llevo mucho

tiempo cantándolas, es una recopilación de todo esto. Si se cumplen las promesas

y hay trabajo, espero que se concrete este 2013. Ojalá llegue un padrinito”.

Ninis, los adultos contemporáneos

Con 54 años a cuestas, Nina Galindo se engalla para decir a los cuatro vientos:

“Estoy en el mejor momento como cantante, por lo que exijo que nos den apoyo

para seguir trabajando, ¿o acaso quieren que seamos delincuentes? Como

nosotros está mucha gente en el país. ¿De qué vamos a vivir? ¿Por qué esa manía

de los servidores públicos de fusionar turismo con cultura? No es viable si no

hay una verdadera infraestructura de ambos sectores y menos cuando uno de

estos tipos declara que los artistas no deben de cobrar. Luego entonces, ¿somos

etéreos? No me acuerdo, ni me quiero acordar del nombre de ese tipo, porque

enloquezco. ¿Y él por qué sí cobra por decir pendejadas y estar aplastado en un

escritorio?”.

Para Nina Galindo todos los rupestres están vigentes: Carlos Arellano, Gerardo

Enciso, Rafael Catana, Rafael Mendoza, Laura Abitia (Q.E.P.D.), Roberto

González, Roberto Ponce, Armando Rosas, El Mastuerzo y hasta el mismísimo

Rockdrigo González.

“En este momento de nuestras vidas, la mayoría de los Rupestres somos ninis,

pero en adultos contemporáneos, porque ni empleo, ni seguridad social, ni médica,

ni mucho menos pensión para algún día. No tenemos nada. Yo estoy muy

agradecida en mi vida por muchas cosas que me han pasado. Sí, me siento bendecida

en muchos aspectos, porque basta con voltear y ver cómo están otras personas;

pero creo que no tenemos lo que nos merecemos, que es trabajar y trabajar

de manera digna, teniendo honorarios dignos, condiciones dignas, que se cubran

nuestros requerimientos y el pago oportuno. No estamos pidiendo nada del otro

mundo. No esperamos ser estrellas de Televisa a estas alturas. Como nosotros

está más de la mitad del país”.

“Este año empecé muy optimista, porque el año pasado lo terminé muy mal.

Sé que este año será diferente; van a suceder muchas cosas para bien; todavía tengo

fe, esperanza, sueños y proyectos que quiero realizar. No me van a callar hasta

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Javier Vila, Nina Galindo, Mauricio González Gómez y Sergio Hidalgo, en Iztacala.

(Foto: Gabriela Revueltas, 1987).

que me muera o hasta que yo diga: ‘Hasta aquí porque estoy dando pena ajena en

el escenario’. Hasta entonces me retiraré”.

Sobre el reencuentro de los Rupestres

“Nunca me he negado a ello y me encanta alternar con ellos. De hecho, cuando

me invitan, voy y canto con todo gusto. Sucede que de repente me dicen que ellos

no están todos de acuerdo con tocar juntos como parte del Movimiento Rupestre,

como es el caso de Gerardo Enciso, que me estoy enterando por ti que no quiere

participar en este libro. Algunos de ellos se hacen bolas solos, es la verdad. Dicen

que el Movimiento Rupestre se murió con Rockdrigo y que ellos ya no lo son más.

Yo la neta sí soy Rupestre, tan Rupestre que ni sé usar la computadora y la Internet”.

“El último festival que hubo en homenaje a Rockdrigo fue en el Zócalo de la capital

del país. Yo creo que reencontrarnos sería bueno, pero sé que muchos de ellos ya

están cansados. A veces me pregunto por qué no es como antes y hacemos una carta

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a las autoridades pidiendo lo que nos toca, lo que nos pertenece para seguir ejerciendo

y exigir que nos tomen en cuenta, porque somos parte de una generación y

de una historia. La banda que tiene hijos se las ve negras y deben cumplir con sus

obligaciones. Muchos de los Rupestres están en su rollo individual, pero habrá que

provocarlos para ver qué pasa. No necesitamos un libro para reencontrarnos, pero

es bueno que salga para que haya registro actual de lo que sucedió antaño”.

La maternidad

“Yo no fui mamá porque no quise. ¿Por qué no? Porque físicamente tuve un problema

que me lo impidió cuando joven. Tuve un tumor, me operaron, salí bien,

pero decidí que no cargaría con esa responsabilidad. Además, nunca tuve una

vida estable y tampoco me interesó adoptar, aunque hace años hubo un momento

en el que me llamaron la atención los niños. Creo que el ser padre o madre es

una responsabilidad para toda la vida. Yo no podía cumplir con eso. No tenía una

estabilidad emocional, no tenía una estabilidad en cuanto a casa, trabajo y demás

aspectos. Tampoco era algo por lo cual me moría de ganas. La única ocasión que

me dio ganas de tener hijos me duró 15 minutos”.

“Aparte, a mí los niños me gustan dormiditos y en foto. De preferencia con

una manzana en la boca. Mi parte materna la he llenado con mis perros, porque

son como los niños: dependen de ti. No me muero por ello y eso ya pasó. He

tenido otras maneras de dar afecto; conocí, por ejemplo, a uno de los tres hijos

de Jorge Cacho, mi pareja, quien se casó muy joven, se separó y luego se volvió a

casar, hasta que llegó su estabilidad a mi lado. Dejó de ver a sus hijos por 20 años

hasta que cierto día, en el Museo de Culturas Populares, en un evento de Pascal,

participó uno de los hijos de Cacho. Yo me di cuenta días después cuando Jorge

vio su nombre, Apolo Cacho, en el programa de mano mientras lo leía en el baño

de nuestra casa y salió corriendo para avisarme. Lo motivé a que le buscara y así lo

conocí, al grado de tenerle mucho cariño, muy especial”.

“El hijo de su segundo matrimonio, Christopher Cacho, me tocó conocerlo desde

los cuatro años y ya tiene 18 el canijo. Para mí era padre interactuar con el buen

Chris porque tuve una relación muy cordial con su mamá, que en paz descanse: falleció

de cáncer de mama hace dos años. Cuando vivíamos en la Escandón, una vez

le dije a Chris que yo no era su madre sino su madrastra bruja, además de su amiga,

para que se ubicara y le diera el lugar que le corresponde a su madre biológica”.

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“No soy estable; tuve que ir con el psiquiatra Fausto Trejo (Q.E.P.D.) quien me

ayudó mucho para que mis emociones se acomodaran. Mi estabilidad llegó con

Cacho y lo que hemos construido juntos ha sido padrísimo y ni quién nos los

quite. En cuanto a tu pregunta de ¿si hemos evolucionado un poco como seres humanos

en México? Dejando de lado el machismo, yo digo que un poco, y si no lo

hemos logrado del todo es porque las mujeres no hemos terminado de educarlos,

porque sin las mujeres no existen. Son machos por las madres. Todo eso lo viví

cuando empecé en el rock, que era una etapa muy machista”.

Betsy Pecanins, la voz blusera que dio México

“Están muy pendejos todos aquellos que piensan que Betsy está muy acabada,

que ya fue. Ella es de las mejores cantantes que ha dado México. Para mí es una

gran voz y yo le tengo un gran respeto y un gran cariño. Ella ha estado muy mal de

salud. Y esos pendejos que hablan de los vejetes van para allá, si es que llegan. A

mí no me interesa morir muy vieja, ¿eh? Y menos con lo que estoy viendo, porque

esto no es vida para nadie. ¿Qué pienso en definitiva de Betsy? Para mí es lo máximo,

es una guerrera, por cómo ha logrado sobrevivir a todo lo que ha pasado. Ella

está de pie, dando clases y creando todo el tiempo”.

“A mí que no me toquen a Betsy porque es alguien que amo. Soy su amiga.

No se metan con ella o se las verán conmigo de manera directa. Además, seamos

honestos: sin ella no hubiera existido Real de Catorce. José Cruz Camargo es José

Cruz Camargo gracias a esa oportunidad que tuvieron los primeros integrantes

de Real de Catorce de acompañar como músicos de soporte a Betsy Pecanins; así

de sencillo. Eso, señoras y señores, es una enseñanza que hemos tenido todos los

que nos dedicamos a esto en México. Además, el espacio de Betsy no lo va a llenar

nadie, nadie, nadie”.

“Yo lo que hago es palenque rock, como dice Gerardo Enciso, pero lo que hace

Betsy es blues. Tal vez por mis tonalidades me han encasillado en el blues; pero

no, no se compara con la gran señora que es Betsy Pecanins. Yo lo que hago francamente

es una fusión de muchas cosas. Es mi manera de cantar lo que me ha

hecho pasar como blusera, pero nada que ver, nada. Es muy triste escuchar eso

de que es una cantante vetusta por parte de gente pendeja y organizadores insensibles.

Es como si me hubieras puesto un cuete en la cola. Estoy muy indignada,

muy encabronada”.

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Perfil Rupestre

Rockdrigo González

“A mí me lastima mucho Rockdrigo por todo

lo que vivimos. Fue un cuate al que traté real-

mente muy poco tiempo, pero existió un ca-

riño muy especial y una comunicación difícil,

porque me costaba trabajo entenderlo; pero

sin duda es alguien especial para todos noso-

tros. Me respetaba, me estimulaba a cantar.

Era muy padre Rockdrigo. Fue una gran pérdi-

da para la música de este país. Yo creo que ya

nos conocíamos de otra vida”.

Roberto González

“Es un compositorsazo al que también admi-

ro mucho. Le tengo mucho respeto. Es uno de

mis grandes carnales. Así nomás”.

Eblen Macari

“Más que rupestre es silvestre (carcajadas).

Siempre hubo una relación cordial, pero no

estuvo mucho tiempo en este Movimiento

Rupestre. Es un tipo que se metió hacer otras

músicas. No somos íntimos, pero es un ser

que merece respeto”.

Fausto Arrellín

“Cuando está hasta la madre de borracho es

cuando te quiere y te lo dice. Si no está cuete,

pasa de largo. Sí hay relación, pero sólo cuan-

do está borracho saca el amor, la dulzura y la

ternura. ¡Salud para él!”.

Armando Rosas

“A La Diva Rosas (se crea un silencio y luego

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estalla una estruendosa carcajada). Él es muy,

pero muy especial, porque como nadie de no-

sotros se ha dado su lugar dentro y fuera del

escenario. Es un gran artista. Yo siempre lo

molesto, pero qué respeto le tengo al hom-

bre. Lo admiro y lo quiero mucho, muchísimo.

Es un gran músico, muy dedicado; por eso ha

participado con rolas en algunas películas

mexicanas. Es el que más se sigue preparando,

estudiando. Es un fuera de serie. Es un tipazo”.

Gerardo Enciso

“Ese es otro carnalote del que me gusta mu-

cho su trabajo. Es un gran compositor. Con

Daga yo me pongo muy mal. Era de los ochen-

ta esa rola. Siento que nos parecemos en algo

muy especial. Los dos somos como de mucho

feeling y mucha rabia, coraje y mucho por sa-

car desde dentro. Hay mucha víscera”.

Carlos Arellano

“A mí me encanta su trabajo. Es como los po-

los: Carlos Arellano, puede ser la ternura total

o el enojo, la víscera. A él le debo El boiler, un

gran éxito. Es muy especial. Es de los compo-

sitores que más mujeres son sin serlo. Somos

compañeros de generación, pese a la diferen-

cia de edades entre nosotros”.

Rafael Catana

“A mí se me hace una ternura como compo-

sitor. Yo interpreto de él Mujer en la sombra,

que es muy importante para mí por lo que

significa. Esa rola a la gente le gusta mucho.

Me acuerdo cuando me invitó a su disco; lo

recuerdo bien porque me hizo sentir libre,


liberada. Catana es de los compositores más

dulces que he conocido en mi vida”.

José Cruz Camargo

“A él le agradezco como compositor que me

haya ofrecido la rola Como flama de quinqué,

un gran éxito tanto de él como mío. Yo siento

que hay dos compositores que se han puesto

en el papel de la mujer, como si fuesen una, y

vaya que lo han hecho bastante bien. No cual-

quiera entiende ese sentimiento. Lo mismo

pasa con Beto Ponce, de quien canto Llévate

lejos tu blues. Bueno, esa la compusimos los

dos. Carlos Arellano es el otro que siento que

es así, por eso le agradezco la rola de El boiler”.

Beto Ponce

“Hasta la fecha interpreto temas de él porque

la gente me sigue pidiendo sus rolas Mírame

desaparecer y Brindis por un difunto. No lo

puedo evitar. Cuando hicimos el dueto fue

una experiencia padrísima. Yo voy para 29

años de carrera como intérprete y me sor-

prende que la raza te siga pidiendo las rolas

de esos años. Fue un trabajo muy padre por-

que estuvimos juntos mucho tiempo, ensa-

yábamos y tocábamos como carnalitos. Beto

siempre va a ser muy especial en mi vida. Gra-

cias a él, conocí a los demás. Él me introdujo a

este mundo de lágrimas y sufrimiento”.

Jaime López

“Me parece un gran compositor, muy espe-

cial, que también lo interpreto. Le pedí Des-

de mi motocicleta para mi nuevo disco. Creo

que, de todos, es al que más puertas se le han

abierto por sí solo y al que mejor le ha ido”.

Federico Luna

“El productor de gran parte de las grabaciones

de esta generación. Él es mi carnal, mi amigo;

mucho tiempo tocó conmigo también, por lo

que lo considero un excelente músico; pero

sobre todas las cosas es un gran carnal. Es al-

guien a quien siempre le voy a estar agradeci-

da y que sabe que es de mis mejores amigos.

Es el Señor de los cielos para mí”.

Jorge García Montemayor

“A él le debo mucho de lo que soy y con eso

te digo todo. Ha sido una parte fundamen-

tal como músico, arreglista, amigo y ser

humano”.

Nina Galindo

“¿Qué? ¿Yo qué? De mí sólo lo que ves. Soy una

cantante que no soy técnica sino ruda, ¿no?

Yo insisto siempre: necesito al público, como

todo artista necesito al público. Creo en lo que

canto, estoy comprometida con esto y voy a

seguir hasta que me muera. Creo que merez-

co respeto por mi trayectoria, por aferrada y

por necia. Así soy. Soy la víscera, soy el senti-

miento. Creo que siempre estaré enojada e

inconforme con todo lo que sucede a mi alre-

dedor. Tengo mucho enojo, frustraciones y co-

nozco mis limitaciones como artista y como

cantante, pero sé hasta dónde puedo llegar.

Quiero que se me permita hacer lo que nos

corresponde a todos nosotros, los Rupestres”.

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inventor de sí mismo

juan pablo proal

100

Fausto


Fausto Arrellín, inspiradísimo. (Foto: Jennifer Boles, 2012).

Fausto Arrellín decidió dejar de componer música. Fue hace ocho años. Pensó

que no tenía nada nuevo por escribir. “Por más que revisé mis canciones viejas

dije: ‘No les puedo cambiar nada’; escribí lo que creía y es algo que sigo creyendo.

No tengo más que decir; es muy triste tener que estarse autofusilando o estar repitiendo

tu misma fórmula”, me cuenta en una conversación que tiene lugar en su

imprenta, El Angelito Editor, ubicada en la colonia Portales.

La vida de Fausto no depende de la música; por el contrario, es una compilación

de intereses diversos y múltiples oficios. Se dedicó, en gran parte, a estudiar

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fórmulas de cultivo urbano, así como a causas ecologistas encaminadas a aprovechar

los desechos de la era del consumo.

Si bien la música ha acompañado a Fausto de manera permanente, es sólo uno

de los tantos ángulos donde fija su interés. A lo largo de su vida, Arrellín ha sido

ayudante de radiotécnico, fotógrafo, acomodador de la Plaza de Toros México, instalador

de alarmas para autos, estudiante de textiles, diseñador, escritor, inventor...

“No me considero músico, nunca lo he sido; soy un filarmónico: le entro a la

música porque me gusta, porque puedo hacer cosas con ella, pero nunca me he

dedicado, por ejemplo, a estudiar guitarra para ser un virtuoso”, explica.

“No siento ninguna obligación de hacerlo mejor ni nada de eso; lo hago porque

me divierte: para mí esa es la cuestión fundamental; cuando deja de ser divertido

ya no hay atracción”, insiste.

No quería ser músico

Contrario al sueño de muchos jóvenes músicos, Fausto jamás imaginó dedicarse

a ello. “Yo no pensaba en tocar”, confiesa.

Fausto proviene de una familia de obreros. Su tío Alberto, hermano de su madre,

tenía una imprenta y él aprendió el oficio desde los ocho años de edad. Inició

en una labor que requiere paciencia a baldes: linotipista. Colocaba letra por letra.

Creció en una casa donde se trabajaba todo el tiempo. No podría ser de otra forma

en una familia integrada por once hijos. El padre de Fausto trabajaba jornadas

extenuantes, así que su tío se convirtió en su principal influencia. Él lo acercó a la

literatura y el arte.

A la edad de 17, Fausto se inscribió en la Escuela de Diseño y Artesanías,

fundada por Lázaro Cárdenas. Los hijos de los artesanos tenían pase directo a

la escuela. Así entró en contacto con un mundo más amplio, lleno de creadores.

Fausto comenzó a empaparse y a simpatizar con la cultura indígena y el rock.

En ese entonces escuchó el sonido de una flauta que le cautivó: era Ian Anderson,

líder de la banda inglesa-escocesa Jethro Tull. “Lo primero que hice fue

aprender a tocar la flauta dulce, inspirado en él”. Fausto se inscribió en un curso en

la Casa del Lago. “Fue el sonido que me interesó en ese momento”.

En 1971 asistió al Festival de Rock y Ruedas de Avándaro. Al año siguiente

se fue a vivir a una comuna, donde entró en contacto con lo que posteriormente

sería una de sus mayores pasiones: el cultivo.

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Con la influencia indigenista, la flauta y su papel de artesano, se comprende el

sonido de Coatlicue, su segunda banda. Ahí Fausto comenzó a plasmar de manera

más concreta las letras que caracterizarían sus canciones. Coatlicue tenía marcada

influencia del rock progresivo, pero también de sonidos prehispánicos.

Antes, Fausto había iniciado su carrera de compositor en el grupo Chacra.

Ahí tomó la guitarra como principal acompañante, aunque retomaría la flauta en

Coatlicue.

Chacra no tenía equipo, así que al principio rentaban los instrumentos. “Cuando

nos salía una tocada corríamos a alquilar; ensayábamos en la mañana o en la

noche anterior de la tocada”. Con el paso del tiempo Chara consiguió más presentaciones,

al grado tal que pudieron comprar su propio equipo.

A Chacra lo integraban Adrián Gasca (posterior baterista de Qual), el cuñado

de Arrellín, Alejandro Blasio, y su hermano, Alberto. Chacra se diluyó en 1979.

“Cada quien tomó su camino; todos nos empezamos a casar”.

Año y medio después de la separación de Chacra, el baterista Juan Carlos

Chávez lo invitó a formar un grupo, al que bautizarían como Coatlicue. Se añadió

Luis Gerardo Gómez. La banda fue recibida con asombro en cada presentación,

pero por falta de conciertos tuvo que suspender en 1982; no era redituable.

Fue justo en esas cuando Fausto se anexó al naciente Movimiento Rupestre.

Fausto, el Rupestre

Cuando Fausto salía del Auditorio Nacional después de presenciar el primer festival

de blues organizado por el locutor y promotor cultural Raúl de la Rosa, escuchó

que el músico veracruzano Rafael Catana lo llamó por su nombre: “¿Quién

eres? ¿Eres el de Coatlicue, ¿no?”. Coatlicue estaba en sus días finales. “Resultaba

complicado mantenerse tocando; ensayábamos mucho; en dos años tocamos

sólo diez veces: era muy poca la cantidad; aunque esas tocadas fueron muy importantes,

una de ellas en el Teatro de la Ciudad”. Coaticlue también se presentó

en el Museo del Chopo y en el Museo de Culturas Populares. “La gente se quedaba

muy sorprendida con lo que estábamos tocando”, recuerda.

El encuentro con Catana le vino bien a Fausto. Ese mismo día, Rafael invitó a

Arrellín a su casa. “Me mostró algunas de sus composiciones, que me agradaron

inmediatamente y que traté de poner con Coatlicue, pero en ese momento el grupo

estaba dando sus últimas patadas de ahogado y finalmente se desintegró. No

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encontrando otra cosa que hacer, me dirigí con Catana y él me invitó a participar

en un ciclo de conciertos que se realizarían en el pequeño foro de la librería Gandhi”,

relata Fausto en su texto Los rupestres (al principio de los tiempos).

La serie de conciertos se tituló ‘Canciones de amor y furor’ y participaron Roberto

González, Jaime López, Eblen Macari, Alejandro de la Garza y Toño Canica. La escenografía

estaba a cargo del monero Rafael Barajas, El Fisgón. Tocaban cada jueves.

Una noche, después de un ensayo en la calle de Guadalajara, los protagonistas

de estos conciertos acudieron a la Casa de la Paz para escuchar a Botellita de Jerez.

Al término se dirigieron a casa de Catana, donde un hombre de lentes gigantes

impresionó a todos los presentes con la canción Metro Balderas. Sí, se trataba del

tamaulipeco Rodrigo González.

“Las condiciones para presentar la obra de estos artistas y otros semejantes eran

en ese momento muy complicadas; sólo existían pequeñas salas. Siempre estábamos

buscando espacios y, aunque eso no ha variado mucho, me cae que en ese momento

estaba verdaderamente cabrón. Así que las noches siguientes nos la pasamos alucinando

dónde podríamos presentarnos. Una oportunidad fue tocar en la presentación

del libro Crines, de Carlos Chimal, que se llevó a cabo en un foro situado debajo

de la sala Ollin Yoliztli; ese día la música estuvo a cargo de Jaime López y el Tríptico

Rupestre (conformado por Rodrigo González, Rafael Catana y Fausto), formación

sui generis, pues el trío no tocaba a la vez, ya que un servidor campechaneaba los

acompañamientos, unas rolas con el Catana y otras con el Rodrigo”, revive.

Poco a poco, el colectivo Rupestre fue tomando forma y así comenzaron a estar

cada vez más presentes en los foros. “Después el tiempo ya no nos alcanzó;

pasé a formar parte del grupo Qual y con el Rockdrigo nos sobraba la chamba”.

Fausto se hizo cargo de la dirección musical de Qual y musicalizó gran parte de la

obra del tamaulipeco.

Qual participaría en la obra de teatro Abolición de la propiedad, escrita por José

Agustín, hasta que el 19 de septiembre de 1985, la Ciudad de México se cimbró y

se hizo trizas, provocando, como es del dominio público, la muerte de Rockdrigo

González.

“Nos movieron el tapete. Nosotros ya teníamos una serie de planes, nos íbamos

a ir al Cervantino con la obra de teatro de José Agustín; nos quedamos con todo el

equipo dentro del teatro y tardamos meses en poderlo sacar. Fue bastante difícil”.

Qual siguió presentándose sin Rodrigo en el teatro del SUTIN, ubicado en Viaducto

Río Becerra. En esa serie de conciertos participaban Roberto Ponce, Nina

Galindo, Trolebús, Arturo Meza, Gerardo Enciso y el propio Catana. El lugar

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Paco Acevedo, Javier Vila, Mauricio González Gómez, Rafael Catana, El Doc González (Q.E.P.D.),

Fausto Arrellín y Miguel Ángel Pérez. (Archivo: Rafael Catana).

Fausto Arrellín, ensayando

en el Museo del Chopo.

(Foto: Juan Carlos Cervantes,

1986).

Roberto Ponce, Roberto González, Fausto Arrellín y Carlos Arellano

en el Multiforo Alicia en la primera década del siglo XXI.

(Archivo: Roberto Ponce).

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cerró, pero el colectivo después se reencontró en El Tecolote, ubicado en la calle

de Sullivan. Desde 1997, con la apertura del célebre Multiforo Alicia, liderado por

Nacho Pineda, Qual encontró una casa permanente; aunque el grupo no es muy

activo, pues sólo toca de vez en cuando y principalmente en homenajes a Rodrigo.

El Verticalízmo

¿Qué ha pasado con Arrellín desde entonces? La respuesta arroja aristas opuestas.

Se puede decir que ha seguido fiel a su vocación creadora: escribió dos libros,

diseñó un periódico infantil y hasta recibió un premio en Derechos Humanos en

2009 por parte del Gobierno de la Ciudad de México, en apoyo a la producción

independiente de radio.

Si bien tiene la mirada puesta en muchos paisajes, Fausto se ha concentrado

más en el Verticalízmo y en su taller El Angelito Editor.

“El Verticalízmo es un desarrollo ecológico, multimodular, flexible y sustentable

que permite un auténtico reciclaje de la ‘basura’, la producción de tierra nueva,

el cultivo de vegetales alimenticios, medicinales o de ornato, ahorro de agua, optimizar

el espacio en que se vive, practicar una actividad terapéutica y productiva

que eleva la autoestima y la calidad de vida”, describe Fausto en su libro El Verticalízmo,

una opción de cultivos urbanos, impreso en octubre de 2009.

Arrellín comenzó a simpatizar con la agricultura después de asistir al Festival

de Rock y Ruedas de Avándaro, en 1971. Apenas tenía 19 años cuando se fue a

vivir a una comuna en Valle de Bravo, donde sembraba duraznos.

“Todo empieza cuando me doy cuenta de que no debía de ser tan difícil cultivar;

empecé a investigar, a interesarme por la hidroponía, conseguí literatura,

tomé pequeños cursitos”.

Hace ocho años, cuando decidió dejar de componer, se fue a vivir a Tepotzotlán,

Estado de México. En su casa destinó un pequeño espacio, equivalente a

una sexta parte del terreno, a desarrollar productos alimenticios; sin embargo, se

percató de un reto mayor: “Mi mayor preocupación era el manejo de los residuos

sólidos; para mí esto de las plantas no era algo tan esencial ni primordial; para mí

lo importante realmente era el manejo de los residuos; a partir de eso empecé a

investigar; ya sabía que las plantas podían crecer sin piso, porque eso lo aprendí

de la hidroponía, luego pude también cultivar setas, hongos y eso me abrió más

el panorama”.

106


Fausto advirtió que, para que el proceso estuviera terminado, necesitaba crear

él mismo su propia composta (abono orgánico).

“Empecé a hacer muchas pruebas hasta que desarrollé un compostero, que se

hace en base a dos cubetas de pintura. Hice una serie de adaptaciones y cuando vi

que funcionaban traté de venderlo”.

Y un día, caminando por el Instituto de Ciencia y Tecnología del Distrito Federal,

Fausto leyó un letrero: Si usted inventa o tiene dudas acerca de los proyectos que

está elaborando, venga a vernos.

De inmediato, Fausto acudió a la oficina y explicó que había desarrollado todo

un proceso para cultivar en casa sin contaminación, a partir de desechos. Es así

como Fausto se convirtió en inventor. Ahora participa en conferencias, imparte

cursos y talleres para exponer su método, aunque no piensa conformar una empresa

ni obtener grandes regalías con ello:

“Yo vengo de ideas anarquistas. A mí no me interesa crear otras industrias igual

de contaminantes e igual de explotadoras que las otras; a mí me interesa crear

un método donde cualquier gente pueda tener acceso a una vida mejor, de más

calidad”.

Regresa la inspiración

El deambular de Fausto para exponer sus técnicas de cultivo lo llevó a Quintana

Roo, donde le pidieron asesorar a agricultores durante mes y medio. “Al principio

iba medio sacatón; me dije: ‘¿Cómo les voy a enseñar?, ellos están en la selva: ahí

crece todo’, pero no, no es así”.

Recorrió diez comunidades y ahí se percató de que el suelo era muy duro, lo

que dificulta las condiciones de cultivo. Al disfrutar de los paisajes de la zona

maya y convivir con los habitantes, Fausto sintió necesidad de componer de nuevo:

“Me brotaron nuevas ideas”, cuenta, sin ocultar su alegría. Actualmente trabaja

escribiendo canciones para narrar esa experiencia.

Si bien Fausto dejó de componer por años, nunca estuvo alejado de la música.

De entrada, es melómano, disfruta de explorar nuevos grupos y sonidos. En su

taller de El Angelito imprime portadas de discos de músicos mexicanos. En el

mismo edificio, su hermano Édgar tiene un estudio de grabación llamado EAR

Audio, donde han producido discos de Guillermo Velásquez, David Haro, Cabezas

de Cera y Luz de Riada, por citar algunos.

107


“El equipo es de mi hermano; lo que hago, en realidad, yo aquí es el diseño, la

hechura de los discos; mi hermano graba la música”, expone.

Junto con dos de sus sobrinos conformó la efímera banda FBI (Fausto, Benemérito

Insigne). “Empezamos a tocar, pero no hubo mucha respuesta de parte de

los lugares y si no hay lana cuando tocas es muy difícil que te mantengas”.

A veces se junta con sus compañeros del grupo Qual, principalmente en algún

aniversario luctuoso de Rockdrigo. Le pregunto si alguna vez se llega a sentir incómodo

por interpretar las canciones del tamaulipeco. Responde: “No, hay piezas

que yo no toco de Rodrigo, como Distante instante, porque nunca la toqué; pero,

por ejemplo No tengo tiempo (de cambiar mi vida), Rock del Ete o Metro Balderas sí,

porque los arreglos los hicimos nosotros”.

Servir y proteger

En 2004 escribió el libro Servir y proteger, un recuento de sus anécdotas con la

policía. Aquí una de ellas:

“Rozaba los dieciséis años, era un chavo con una incipiente greñita, comenzaba

a dejarme crecer el pelo después de toda una vida de casquete corto o regular.

Contaba ya con algunas experiencias, pues desde el 66 asistía a la Prevo 4, una

escuela del Poli que estaba ubicada en la unidad Tlatelolco —ahora es un hospital

del Seguro Social. El movimiento estudiantil del 68 me afectó fuertemente;

participé en él volanteando, asistiendo a infinidad de asambleas y desde luego a

algunas marchas. Después de eso abandoné la escuela y me dediqué a trabajar;

desde morrillo me había llamado la atención el trabajo en la imprenta de mi tío y

así, casi sin darme cuenta, ayudando a compaginar facturas o doblar folletos me

fui haciendo de un oficio”.

“Un día que estaba descansando a la hora de la comida se me ocurrió empezar

a jugar con unos amigos del callejón: de un lado al otro de la calle nos lanzábamos

un balón de americano cuando de improviso apareció una panel en la esquina

de Nezahualcóyotl. Exactamente en ese momento el balón se me escapa de las

manos y va a rodar a un lado de la camioneta (les llamábamos ‘julias’, nunca he

sabido por qué), cerca de una de las llantas traseras. Entonces, sin pensarlo, me

dirijo a recoger el ovoide encontrándome con la cara de malamadre del conductor

de la jaula rodante, que amenazadoramente me dice: ‘Órale, pinche escuincle, no

ande jugando en la calle’. Sorprendido no acierto más que a mirarlo. Mi mente no

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Fausto Arrellín, gran voz del rock mexicano, en el Multiforo Alicia. (Foto: Jennifer Boles, 2012).

Federico Luna,

producción musical

de los Rupestres.

(Foto: Javier

Manrique, 1997).

Mauricio Sotelo, de Cabezas de Cera, y Edgar

Arrellín, ingeniero de audio, profesional de la

grabación y responsable técnico de muchos

proyectos Rupestres. (Archivo: Fausto Arrellín).

David Chávez

Rivadeneyra.

(Foto: Javier

Manrique, 1997).

109


entiende cuál es la razón por la que me insulta. ‘Pareja, chínguese a esos güeyes’.

Incrédulo lo sigo observando mientras la pareja rodea el vehículo y a jalones me

arroja al interior de la julia, echa el cerrojo y va tras el resto de mis compañeros,

el Vampiro y el Chaparro, quienes por una extraña solidaridad permanecen a la

expectativa en vez de huir. El conductor, detrás de sus oscurísimos lentes mira la

escena divertido en el momento en que la Millones aborda la cabina. La esquina en

que todo esto sucede se ubica en Igualdad y Nezahualcóyotl, a un par de cuadras

de Salto del Agua, en pleno centro de la Ciudad. La Millones —una prosti que

formaba parte de ese decorado urbano desde inmemorables tiempos—, fue una

institución en el estrecho ámbito de las relaciones públicas y compartía terrenos

con otras veteranas de similar estirpe: La Nieves, la Chata, la Bella Durmiente y

otras. Alta (caballona), “rubia”, zapatillas de altísimo tacón e inevitablemente rojas

(como marcaban los tiempos), se instala a un lado del gran jefe gafanegra: ‘Ya,

cabrón, ¿para qué friegas a los chavitos?’. Ella le pasa acá bajita la baisa un rollito

de billetes. ‘Pus estos pendejillos qué se creen, ¿te fijaste cómo me miró?’, respondió

él. ‘Pero si no están haciendo nada’, dijo ella. ‘Y qué, ¿no estás viendo que no

nos respetan?’. ‘Ya, dales chance y te paso otra lana’. ‘Ni madres, estos güeyes van

pa’trás’. Escuchaba este diálogo desde mi incómodo asiento (dentro de la julia)

separado solamente por una reja de alambrón, sumido en oscuros pensamientos,

cuando se abre la puerta e ingresan mis cuates”.

“El recorrido a la Delegación fue rápido y el trámite carcelario aún más. El

agente del Ministerio Público, de la cuarta delegación, sita en la colonia Obrera,

con cara de aburrido nos levantó un fugaz interrogatorio donde quedaron asentados

nuestros datos particulares. Ese día conocí el verdadero limbo: imágenes de

rostros ansiosos y descompuestos desfilaron frente a mí”.

Credo personal

Le pido a Fausto que me responda algunas preguntas elementales sobre su posición

ante el mundo. Le pregunto que qué es la vida. “Un camino”, responde.

Le pregunto que qué es la felicidad. “Momentos, nada más momentos”, dice. Del

pasado: “La base de todo”. De la industria musical: “Una porquería”. De la muerte:

“Nunca pienso en ella”. Le pregunto de los Rupestres. “Una bola de cuates bien

chidos”. Le pregunto: “¿Qué pasaría si Rockdrigo siguiera vivo?”. Y responde: “Seguiría

inventando cosas; la gente no lo puede ver así; él ya estaba cansado y muy

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molesto; decía, por ejemplo, algo muy gracioso, que cómo era la fama que hasta

te volvía guapo”. Le pregunto de Dios. “No existe, ¿o sí?”. De Enrique Peña Nieto:

“Es un títere”. Del narcotráfico: “Uno de los grandes inventos que nos ha asestado

el poder; es una industria movida por los mismos políticos, por la misma gente

del poder”. Del dinero: “¡Cómo hace falta!”. Le pregunto de la religión. “Ninguna”,

dice. De la fidelidad: “Lo más posible”. Y de México: “El nombre para un lugar

donde coincidimos algunos”. Por último, le pregunto: “¿Qué quieres que se lea en

tu epitafio?”. Y responde: “¡Tons qué!”.

Fausto Arrellín Rosas nació en 1954 en la Ciudad de México. Creció en una

familia de obreros, en la que es el mayor de once hermanos. En 1976 conformó su

primera banda, el grupo Chacra, que estuvo activo entre 1976 y 1979. Entre 1980

y 1982 integró el Grupo Coatliclue. Posteriormente, invitado por Rafael Catana,

se unió al Colectivo Rupestre de los Cantantes Errante; ahí conoció a Rockdrigo

González, a quien acompañó con su grupo Qual. Entre 1988 y 1993 fue jefe de

producción de la compañía de discos Pentagrama. Condujo y coprodujo, de 2007

a 2010, el programa radiofónico Roles y Rolas en el IMER. Actualmente es editor

del periódico La Voz de la Cuenca, impreso para el rescate ecológico de la presa

La Concepción, en Tepotzotlán, Estado de México, además de ser el creador del

concepto de colectivos urbanos Verticalízmo y director de creatividad de la Feria

Ecológica de México-Tenochtitlán. Sus grupos favoritos son: The Kinks, The

Who, Jethro Tull, Miles Davis, Jimi Hendrix, Chac Mool y Rockdrigo González.

111


Rodrigo

1985, el año en que ocurrió todo

jorge pantoja

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La foto; capturada en la Galería Metropolitana de la UAM. (Foto: Virginia Rodríguez, 1985).

Para mis hermanos Eduardo y Jesús

Para este libro y en la trama de las historias entretejidas por los Rupestres, me

tocó abordar a Rodrigo González. Pensé en hacer una entrevista-ficción, preguntarle

por ejemplo: ¿Ya sabes que a tus rolas les pusieron un candado legal con los

derechos de autor? La neta, ¿te gustó que por esta situación legaloide se acabaran

tus homenajes en el Foro Alicia, armados por Nacho Pineda? ¿Con quién has palomeado

allá en donde estás? ¿Ya te topaste con Marcial Alejandro? ¿Amandititita

es tu revancha? Pero no, esta opción la descarté porque caería en el terreno de

las interpretaciones. Preferí recurrir a mis archivos, a las notas de prensa, a los

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anuncios, a los carteles, y al que quizá ha sido el momento más cercano que he

tenido de “entablar una charla” con Rodrigo González, después de su ida al más

allá, fue cuando en 2004 se cumplieron 19 años de los trágicos acontecimientos

sucedidos en la Ciudad de México con los sismos del 85.

Cansado de participar, de una u otra manera, en actividades muy similares

para los homenajes, recordatorios y celebraciones por la ausencia de Rodrigo, y

en mi afán promotoril de ofrecerle al público algo novedoso, provocador o por lo

menos diferente, pensé en sacar de su ámbito de privacidad a un vidente para llevarlo

a un escenario con público, como parte de un espectáculo poético-musical.

Buscando complicidades para realizar esta idea, pensé que la experta en esos temas

era Julia Marichal, a quien la había escuchado mencionar, en la casa de Adriana Luna

Parra, a una tal doctora Eulalia Parra, de oficio vidente, al parecer muy seria. Debo

aclarar que yo no creo en estas prácticas, pero le tengo respeto a quien sí tiene fe.

Como siempre, de acuerdo con mi estilo, empecé primero por el título. Se

llamaría Capicúa… a 19 años de aquel 19 de septiembre. Paso siguiente, aparté la

fecha en el Foro Cultural Coyoacanense: domingo 19 de septiembre del 2004.

Hablé con la Marichal y la ahora entrañable actriz se apuntó de inmediato, además

de poner de su cosecha con un subtítulo: Acto íntimo, mágico y musical para

comunicarse al más allá con Rodrigo González.

Armé las piezas del rompecabezas y quedó más o menos así: Julia leería textos

y recitaría poesía, Roberto Ponce en la música, Sergio García en las imágenes y la

doctora Eulalia Parra en su papel de vidente.

A unos días de soltar la difusión, la Marichal me habla muy temprano y me

dice: “No, manito, ya me dio miedo, lo de la vidente se nos puede salir de control;

mejor quedémonos con el puro recital poético, eso le gustaría mucho a Rodrigo”.

Intenté convencerla pero su miedo le ganó. Entonces, desilusionado, hablé al foro

y cancelé la fecha.

Regresando la película…

Canicas, la primera rola

Era un sábado por la mañana de 1984; el Museo del Chopo tenía nuevas instalaciones;

el Tianguis tendido a lo largo de las rejas, sobre la banqueta, y Roberto Ponce

impartía el taller para niños ‘Cada quién su música’. Yo llegué y subí las escaleras

haciendo un recuento de las actividades de ese día. Mi oficina estaba precisamente

114


arriba del salón de clases. Roberto solía llevar su guitarra para cantarle a sus alumnos.

De pronto empecé a escuchar una voz y una canción que no era de las de Ponce: pensé

que tal vez venía bien crudo o algo parecido. Me distraje atendiendo mis labores y

fue hasta que terminó su clase, cuando Roberto subió y dijo: “Te presento a Rodrigo

González”. Sin ningún convencionalismo Rodrigo se adelantó: “¿Habrá manera de

tocar aquí? Te regalo este cassette; es una producción mía”. Así empezó la historia. La

canción que escuché bajo mis pies, con esa voz rasposa y gutural era Canicas.

1984; Rodrigo se apoderó del Chopo

Llegaba sin previa cita, no sólo a mi oficina del museo sino también a mi casa, que

estaba a dos calles de ahí. Se sabía vender, era convincente; de pronto mi programación

olía al Profeta del Nopal y a los Rupestres. En el recién inaugurado Foro

del Dinosaurio presentamos el Manifiesto Rupestre, armamos ciclos de solistas

y apartamos dos fechas para el debut de su nuevo proyecto: el grupo Qual; una

con Botellita de Jerez y otra con Alejandro Lora como padrinos… y ya me estaba

convenciendo para que yo fuera su representante.

En mi casa de Mariano Azuela 104 solíamos oír música por horas y horas; yo le

presumía mis LPs que cambalacheaba en el tianguis; hablábamos de la grilla, del

ambiente musical, de la crisis, de mujeres y nos embriagábamos, yo con mi ron y

él con su mariguana.

Su gata de nombre Qual

Hicimos lluvia de ideas para buscarle nombre a su naciente banda. Ya me había convencido

de ser representante de su nuevo proyecto y trazamos juntos una estrategia.

Había planes hasta de movernos a nivel internacional. Un día se acordó de su gata

Qual, que tenía en la casa de sus papás. Me gustó la propuesta y le dije: “La moda

son los nombres cortos”. Y así quedó: su grupo se llamaría Qual. Le llamé a Octavio

Guerrero, diseñador del museo y le pedí que si nos hacía propuestas para el logotipo.

Posteriormente, en mi casa celebraríamos esa alianza que nunca requirió firma

alguna. Como a las 2 de la madrugada lo acompañé a tomar un taxi al eje Alzate,

no sin antes pintar con spray en una barda blanca el nombre de Qual. Iniciamos

así la campaña tramada con muchas horas de ron y mariguana.

Días después, regresando de comprarme un pantalón y unos zapatos, pasé a

uno de los ensayos del grupo, en la calle de Bolívar. Yo iba entrando con dos grandes

bolsas y les grité: “¡Ya traigo los uniformes para todos!”. Rodrigo protestó:

“¡Cálmate, Pepe Návar!”

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Febrero; nuestra salida del Museo

En la UNAM hubo cambio de rector y Arnold Belkin y yo fuimos renunciados

de nuestros cargos en el Museo del Chopo. Curiosamente, el 19 de febrero salió

una nota en Unomásuno donde Rodrigo González protestaba por mi remoción,

argumentando que “estaba en peligro la continuidad del rock en ese espacio universitario”.

Ese día comí con Cristina Payán en el Salón Corona. “¿Ya viste la nota

del Unomásuno?”, me preguntó la Payán y continuó: “Por cierto, hace unos días

vi a la señora Zepeda y le pregunté por qué te renunció si estabas trabajando bien,

y de risa loca me respondió que porque tú controlabas la mariguana en el tianguis

del Chopo”. Le contesté a la Payana:

“¡Que me haga la buena!, yo feliz de cambiar de oficio; a veces me aburre ser promotor

cultural; pero ni me gusta la mariguana, yo soy ronero”. Ella dijo: “Qué bueno;

viéndolo bien ahora podrás ayudarme con el Festival. Pablo Gómez habló con Ramón

Aguirre y ya nos dieron fecha en el Auditorio Nacional: va a ser los días 7, 8 y 9

de junio; además hablé con José Woldenberg y quiere que nos armes una tocada de

rock para juntar un poco de lana, porque el PSUM está bajo de fondos”. “Me parece

bien —le contesté a Cristina. Te propongo que sea en el Palacio de los Deportes. En

cuanto a mi tiempo, pensé que me iba a echar más días desempleado, pero Luis de

Tavira me invitó a la Academia de San Carlos, y lo que voy a hacer ahí está muy leve”.

Marzo; la dichosa foto

Estaban en puerta varias fechas para Rodrigo y los Rupestres en la Galería Metropolitana

de la UAM, en la Academia de San Carlos de la UNAM y en el Teatro ‘El

Galeón’ del Centro Cultural del INBA. Fue así como los convoqué a una sesión de

fotos para apoyar la promoción. Acudieron a la cita Nina Galindo, Rafael Catana,

Eblen Macari, Roberto Ponce, Roberto González, Fausto Arrellín y el propio

Rodrigo González. La fotógrafa era una gran amiga mía, Virginia Rodríguez. Los

coloqué en una de las paredes de la Galería Metropolitana, en la calle de Medellín

28, y dos detalles se me hicieron inolvidables: Rafael Catana plasmó su huella en

la pared blanca, blanca, recién pintada, y Rodrigo se sentó en cuclillas para diferenciarse

del grupo. La cámara captó el rostro de los siete Rupestres, que reían

ante una ocurrencia del Profeta del Nopal.

Abril, ¡a ver, a ver a qué horas!

El Partido Socialista Unificado de México (PSUM) pidió el Palacio de los Deportes

al entonces regente Ramón Aguirre, que no le negaba nada a Pablo Gómez. Se

116


trataría de una tocada de rock previa al

Festival PSUM 85, que años antes se había

conocido como el Festival de Oposición,

y entre los cuates, como la “Feria

del Hogar de la Izquierda”. La cita era

a las 12 horas del domingo 2 de junio.

Empecé, como siempre, por el título: el

concierto llevaría el nombre de ¡A ver,

a ver a qué horas!. “¿Qué es eso? Ni se

entiende, pinche Pantoja —me dijo

Jorge Alcocer, secretario de finanzas del

partido. El comité del Festival decidió

que lleve la consigna: Trabajo, libertad

y democracia para los jóvenes mexicanos.

¿De dónde sacaste ese nombre? Y además

Cristina que te da alas… ”. Le contesté:

“Es como grita la banda: ‘¡A ver, a

ver, a qué horas, cabrones!’. Y gritan en

masa cuando un grupo o una tocada se

cuelgan para empezar, o peor aún, cuando

se ponen a afinar sus guitarras arriba

del estrado. Lo que quiere el comité no

convoca, los chavos ven esas consignas

Rodrigo protesta en entrevista

para el Unomásuno.

y sencillamente no llegan a la tocada”. Resignado, dijo: “Bueno, ponte de acuerdo

con Cristina”. Luego me dijo: “Ayer vinieron los compas de TNT; quieren tocar y que

tú no los has programado. Apóyalos, hazles un hueco; jalan mucho con el Partido”. A

lo que yo contesté: “No tienen el cartel de los demás grupos”. Y él: “Apóyalos, hazles

un hueco; jalan mucho con el Partido”.

Mayo; el spot de radio

Rodrigo tenía tan sólo unos meses con su grupo y ya estaba en puerta un mano a

mano con las bandas más fuertes del momento, principalmente Chac Mool, Enigma

y Real de Catorce. Cristina Payán me comentó que había hablado con Alejandro

Ordorica, que en ese momento estaba al frente de RTC, y nos iba a apoyar

sin cobrarnos nada, con un spot en todas las estaciones de AM y FM. “Ve a verlo y

llévale el material”, me dijo.

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El Manifiesto Rupestre en su versión original de 1984.

118


Propuestas y versión definitiva de logotipo

para el grupo Qual, diseñadas en 1984.

Cartel de la tocada del Festival PSUM 85, en el Palacio de los Deportes.

Artículo de Elda Maceda en El Universal sobre el

nacimiento de la Agrupación Imposible, de 1985.

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Me lancé a las oficinas de Ordorica, llevando conmigo una grabación de Rodrigo

y su grupo Qual.

Junio; dos botellas de Padre Kino

La fecha llegó, el Palacio de los Deportes lucía imponente. Como siempre, la

duda del promotor: “¿Vendrá gente?”, pero me regresaba la confianza porque

todo el mundo había escuchado los promos de radio. Los grupos ya estaban en

unos camerinos a espaldas del escenario. Sus peticiones habían sido muy claras:

el pago para ese mismo día, cuatro piernudas de Bacardi blanco, refrescos, hielos y

dos botellas de padre Kino para Rodrigo. El PSUM había pedido policías sólo para

los exteriores. Las puertas de acceso y el interior serían controlados por jóvenes

socialistas. Juan Luis Concheiro y un grupo de guapas chavitas coyoacanenses la

hacían de valla humana para que el respetable no intentara irrumpir en el escenario.

Roberto Zamarripa, líder de las Juventudes Socialistas y candidato a diputado

para las elecciones que tendrían lugar en julio de ese año, sería el conductor de

la tocada. El público entró al Palacio, muchos en tropel, y en varias puertas se

dio el obligado portazo. Al anunciar a Roberto González, que venía al frente de

Real de Catorce, Zamarripa arengó a los asistentes: “¡A ver, a ver, a qué horas!..

El Partido Socialista Unificado de México dedica esta tocada a toda la banda de

apachurrados en el túnel 29 del Estadio de CU… ¡Un saludo al PRI! —gritó y se

escuchó una rechifla ensordecedora. ¡A ver, a ver a qué horas! ¡Los jóvenes queremos

más trabajo, libertad y democracia! ¡A ver, a ver, a qué horas tenemos más

espacios porque los que hay son muy pocos! Después de Real de Catorce, Roberto

Zamarripa anunció a Rodrigo y su grupo Qual, y el Profeta del Nopal arranca

diciendo: “Aquí, una rolita biológica para todas las ratas canallas de México y de

América Latina que nos han hundido”. Así sucedieron más de cinco horas de rock

en el Palacio de los Deportes. Las notas de prensa del día siguiente en El Nacional

(Víctor Ronquillo), Unomásuno (Rodrigo Farías) y La Jornada (Víctor Balboa)

coincidían en que Rodrigo había sido la sorpresa.

Agosto 8; la casa de Mariano Azuela 104

A unos pasos del Museo y del Tianguis del Chopo, en Mariano Azuela 104, mi

casa era un lugar obligado. La música y el ron nunca faltaron en fiestas previamente

programadas o en improvisadas borracheras, o en reuniones para armar este o

aquel proyecto, esta o aquella idea utópica. Por ahí deambularon José Hernández,

Jaime Estrada, Pablo Espinosa, Adriana Luna Parra, Javier Cadena, Silvia Tomasa

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Rivera, Víctor Roura, Roberto Ponce, Alejandra García, Rosario Manzanos, Delia

M., Ángeles Torres, Rafael Catana, Agustín Sánchez, Modesto López, Arnold Belkin,

Luz Emilia Aguilar Zinzer, Leonor Azcárate, Rogelio Cuéllar, Ahumada, Lilia

Díaz, Rosalina Cervantes, Norma Apartado y muchos otros más, sin olvidar a un

comandante del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional de El Salvador,

que Romeo Galdamez me pidió le diera refugio por dos días porque venía al DF a

comprar radios de comunicación. El 8 de agosto, en la celebración de mis primeros

30 años, Rodrigo González y el grupo Qual subieron los decibeles en esa vieja

casa de Santa María la Ribera.

Septiembre 15; el baile de La Jornada

Un éxodo llevó a todos del Unomásuno a La Jornada. Los jornaleros cumplirían

el 15 de septiembre su primer aniversario, ese 1985, y Cristina Payán me buscó

para que le ayudara con el baile de celebración. Sería en el Salón Colonia. La Payán

me dijo: “Carlos y yo queremos que invites a Javier Bátiz y los demás grupos;

tú piénsale, algo de música tropical”. Fue así como esa noche junté, para deleite

de reporteros, redactores y demás trabajadores de La Jornada, “al Gran Brujo de

Tijuana y al Profeta del Nopal de la colonia Juárez”, en el corazón de la colonia

Doctores.

Septiembre 18 por la noche

Jorge González era un amigo de la infancia y aunque es químico y cada uno tenía

sus ocupaciones, coincidíamos en proyectos. Esa noche nos quedamos de ver en

mi casa para grabar la música de un negocio que queríamos iniciar. Se trataba

de un sonido al que bauticé como: ‘Pituitaria… El sonido que pega ahí’ Ya contábamos

con un logo caricaturizado que me había regalado José Hernández y con

unas fechas contratadas por la Delegación Álvaro Obregón, encabezada por María

Angélica Luna Parra, como parte de su programa de atención a las colonias

asoladas por la banda de los Panchitos.

Como a las 8 de la noche llegó Citlalli, una de las novias de Rodrigo. “Me citó

aquí”, dijo ella. “Espéralo; cuando viene ni siquiera avisa”, dije. El tiempo pasó y

Rodrigo nunca llegó… Citlalli se fue desconsolada. Jorge y yo seguimos seleccionando

la música. Nos habían rematado una camioneta de tres toneladas y media,

ya soñábamos llenarla de equipo y lanzarnos a competir con La Changa y Polymarch…

Se valían los sueños roneros.

121


Artículos publicados el día posterior a la tocada

en el Palacio de los Deportes, en 1985.

122

Septiembre 19; la tragedia

Me despertó un fuerte mareo, pensé

que era el efecto del ron que estuve

tomando hasta muy de madrugada,

soñándome sonidero; pero no: estaba

temblando y muy fuerte. Toda la casa

crujía. Bajé de inmediato y salí a la calle.

Cuando cesó el movimiento sólo alcancé

a hacer dos llamadas telefónicas, una

a la casa de mis papás y otra a la de mi

novia; después, la línea se murió, le siguieron

la luz y el agua. Volví a salir y caminé

hacia Serapio Rendón. Comprobé

que el edificio donde vivía Agustín Sánchez

estaba en pie, pero en esa misma

calle se habían venido abajo dos construcciones.

Después de mucho tiempo

logré pasar los cercos y llegar a mi trabajo.

Adriana Luna Parra era mi jefa en

el CREA y para ese momento Heriberto

Galindo ya le había encargado coordinar algunas tareas de respuesta a la catástrofe:

se instalarían dos centros de información y acopio en el patio del CREA y otro en una

Casa de la Juventud en la Colonia Roma. No recuerdo la hora, cuando Iván Guzmán

me encontró y me dijo: “Rodrigo murió… se cayó su edificio… lo van a llevar al Comité

de la Nueva Canción… tienes que ir… ”. En medio de muchas voces y cientos

de manos, unas pidiendo bolsas de agua y otras donando latas y ropa, mi mente giró

a mil por hora y sólo recuerdo que respondí: “No puedo moverme de aquí”.

Noviembre; nace la Agrupación Imposible

Era una promotora mitad negocio y mitad aventura. Organizábamos bailes propios

y por encargo, como el de Alejandro Aura en el Salón Margo, para celebrar el segundo

aniversario de su bar El Cuervo. También hacíamos tareas imposibles como

campañas de pintas de aerosol para bandas de rock y para películas como El bulto, de

Gabriel Retes, y el servicio de localizar discos raros y difíciles de encontrar. Lo cierto

es que era una oficina montada para armar tocadas con el Movimiento Rupestre y

hacer que la música de Rodrigo no se perdiera en el olvido. Durante lo que restó


del 85 y los años subsecuentes comenzaron

los homenajes al autor de Canicas. Vendría el

Recital Colectivo, In Memoriam, que la SEP

organizó en el Auditorio Nacional, el sábado

20 de septiembre de 1986; Luis de Tavira se

encargaría de la dirección, en tanto que Iván

Guzmán y yo, de la producción; estarían desde

los Rupestres hasta la Orquesta de Cámara

de Bellas Artes. Emilio Ebergengyi y Paty

Kelly estarían en la conducción y en la lectura

de textos; las imágenes serían proporcionadas

por la agencia Imagen Latina, y si bien esta

producción fue organizada para homenajear

a todas las víctimas de los sismos, en muchas

de las canciones interpretadas se veía una dedicatoria

personal a Rodrigo González. Vendrían

después conciertos, ofrendas, recitales,

un certamen para recrear la canción No tengo

tiempo (de cambiar mi vida), la placa en el Metro

Balderas con la letra de la canción del mismo

nombre y muchas otras actividades.

Diciembre; Rodrigo, mi testigo de honor

Con las ganancias de un baile en el Salón Los

Ángeles, dedicado a darle la bienvenida al cometa

Halley que pasaría muy cerca de nuestro

planeta el 15 de diciembre de 1985, financié

mi primer bodorrio. La Payán me prestó amablemente

el Ex Convento de Culhuacán, en

donde era directora, y en el espacio conocido

como la Iglesia Caída implementamos el

Inserción publicada en todos los

diarios de circulación nacional, a

un año de los sismos de 1985.

escenario y el área de la fiesta. Rodrigo fue mi testigo de honor porque todas sus

canciones fueron interpretadas por Fausto Arrellín y el grupo Qual.

De esa noche nacieron, años después, Aristeo y Talía.

Sur de Coyoacán; enero, 2013

123


El pasadizo

javier hernández CHELICO


Iván Rosas


Un rupestre académico

126

Armando


El nombre impuesto a su primera agrupación, La Camerata Rupestre, lo define

como un músico ecléctico. La letra de la canción que da nombre a su disco

debut lo reafirma:

En el lomo del viento

monta una pesadilla

El eco de su espuela

Quema la banqueta

Armando Rosas, talento y música mexicana contemporánea de concierto, en el Multiforo Alicia.

(Foto: Jennifer Boles, 2012).

127


128

Rasca la avenida.

Escúrranse peatones

Por las alcantarillas

El sherif viene armado...

Tocata, fuga y apañón, de Armando Rosas

Su historia inicia el viernes 1º de abril de 1960 cuando por causa suya aumentó

el padrón de la colonia Doctores: ese día nacía quien lleva ahora el nombre de

Armando Rosas Almanza.

Los primeros años de la década de los sesenta del siglo XX, el niño Armando los

vivió en esa zona ubicada al norponiente del ahora Centro Histórico de la Ciudad

de México. Pocos años después, la familia Rosas Almanza se trasladó a un barrio

vecino: la colonia Obrera; no obstante, el inquieto chamaco no perdió el contacto

con la Doctores: allí estudiaría la primaria en la escuela ubicada justo enfrente del

mercado Hidalgo. En esa época, el todavía púber, se convirtió en experto rolador

de los alrededores de su barrio; así conoció la colonia Tránsito, la Vértiz Narvarte y,

por San Juan de Letrán, el Centro del DF. Este recorrido lo convertiría en confeso

admirador de las féminas que deambulaban en falda corta, tacones y escote sobre

aquel tradicional tramo de San Juan de Letrán, hoy Eje Central Lázaro Cárdenas.

Buscando el amor

en el rincón de un cabaret

Bailando con las sombras del tabaco y el placer

Buscando el amor

en el rincón de un viejo hotel

Supliendo el amor, de Armando Rosas

Así transcurrió la niñez/primera juventud/adolescencia del futuro licenciado

en composición, quien, por cierto, cursó la secundaria en otro barrio bravo: La

Merced. Fue hasta que ingresó a la Preparatoria 6 cuando descubrió otros rumbos

diferentes: Coyoacán, lugar al cual regresaría años después como estudiante de la

Escuela Superior de Música.

Aunque su contacto con la música ya había arrancado años atrás, cuando de

niño, tuvo unos vecinos que tocaban y cantaban al compás de guitarras pulsadas

por ellos mismos: la familia Pérez, quienes hacían camisas y se ponían a trovar

después de confeccionarlas. De ahí se prendó y aprendió a tocar la guitarra. “Me


gustó mucho ese ambiente de cantar y tocar de manera bohemia”. Motivado por

esto, en ese tiempo aprendió a leer música. “Aunque para mi papá, Norberto Rosas

Burgos, y mi mamá, Irene Almanza Pérez, no estaba contemplada la idea de

que hubiera un músico en la casa”.

A pesar de este inconveniente, ingresó a la Escuela Superior de Música en la carrera

de guitarra clásica. Estudió nueve años esa disciplina, pero por diferentes circunstancias

decidió no ser guitarrista; en séptimo año, ya había grabado dos discos

con La Camerata Rupestre; además, ya estaba dedicado más a la composición que

a la guitarra. Como muchos chavos, Armando quiso transformar el mundo y se dio

cuenta que el rock podría ayudarlo: fue su gran motivación para tomar en serio la

música. Así, consiguió ser de los primeros egresados y, junto con Jesús Chavarría,

salió como Licenciado en Composición por la Escuela Superior de Música.

Aparte de sus estudios musicales, su gusto por la cumbia, los boleros y, por supuesto,

el rock, se reflejaría en su música; este abanico de ritmos le proporcionan

los elementos para hacer fusiones entre el barroco y lo contemporáneo. Otro elemento

influyente en su trabajo musical es el haber convivido en diferentes niveles

sociales —tanto con políticos encumbrados, amigos de su papá, como con sus

cuates del barrio, por ejemplo. Otra faceta enriquecedora fue la experiencia como

vendedor de flores en su adolescencia en las ferias regionales de muchos estados

del país. Esas imágenes se quedaron y lo empujaron a escribir sus primeras líneas.

Descansa sobre aquel barandal

el peso de la ausencia

aroma de un herraje ancestral

pregona tus querencias

oleaje que se niega a borrar dibujos en la arena

Herraje, de Armando Rosas

De esta manera, su acercamiento al terreno profesional se dio de manera natural

apoyado por todo lo vivido, y desde su ingreso a la Superior ya llevaba, en

sus cuadernos, rolas de su autoría. La historia la completan sus condiscípulos,

Javier Guillén, Javier Platas, Nateras, Toño Morales. Todos ellos fueron piezas importantes

de un gran laboratorio que sólo se puede construir con la frescura de

ser joven. Así se armó La Camerata —que entonces no llevaba ese nombre—,

jóvenes con el ánimo de crear, de aportar; nunca imaginaron que llegaría el día

que entrarían a un estudio de grabación a dejar constancia de su quehacer sonoro.

129


Armando Rosas y Javier Guillén, de la Camerata Rupestre. (Foto: Alejandro Guerrero Massad, 1986).

Armando Rosas en Madrid.

(Archivo: Rafael Catana).

130

Armando Rosas en el Teatro de la Ciudad.

(Foto: Pedro Ceja, 2011).


Y el día llegó: una tarde, al bajar del escenario de la Gandhi,

Rodrigo de Oyarzabal se acercó a Armando y le dijo: “Oye,

¿no quieres grabar un disco?”. Con sorpresa, el incipiente músico

le reviró: “¿De veras crees que pueda grabar un disco?”.

“Claro, los he venido siguiendo y sí pueden”. A la semana ya

estaban en el estudio. La grabación fue un aprendizaje; descubrió

la magia de grabar una canción. Aunque la soberbia

de ser joven le enseñó más: aprendió humildad y cómo editar

una rola. Caito fue su guía y maestro. En el 87 sale el LP Tocata,

fuga y Apañón. Que “es uno de los discos que aún se venden

mucho; disco que sin payola sigue rolando”.

Este suceso y varias circunstancias más lo acercaron aún más

a los Rupetres: Nacho Alfonso le presenta a Rafael Catana. “Fue

una revelación en mi vida. Pinche Catana se veía como un jipi,

jipi: este cuate sí se cree en la onda del rocanrol; estos sí son artistas

de adeveras. Ahí empezamos una amistad que continúa”.

El departamento de Catana, en la calle Guadalajara, fue el aposento

de muchas reuniones; en varias de ellas Catana invitó a

Armando a ver a Rockdrigo. En diferentes ocasiones quedaron

de ir a visitar al Profeta del Nopal. Por diversas razones la visita a

Rodrigo no se realizaba. Llegó el 19 de septiembre de 1985. El

sismo de esa mañana se llevó al autor de Distante instante. Y el

compositor de Herraje, no conoció a Rodrigo.

Armando Rosas

en el Museo de

Culturas Populares.

(Foto: Sergio

Arellano, 2000).

Pero la vida siguió su curso y llegó un festival Rupestre llamado ‘Una razón

para juntarnos’, en el Auditorio Nacional. Otra vez aparece Catana —quien lo

invitó— y una casualidad: cuando Armando sube al escenario empezó la transmisión

para televisión, lo cual, obvio, ayuda a difundir el trabajo de Armando. Las

complicidades Catana-Rosas continuaron: “El Cisne es texto de Catana; el nombre

de Camerata Rupestre no sé si él lo sugiere o a mí se me ocurrió”.

Ya instalado en el círculo de los Rupestres, Armando reconoce que con ellos

adquiere un aprendizaje nuevo: le enseñan a ver la ciudad —aunque él tenía ya

miles de fotografías mentales. “Ya era mi enamorada, pero yo no lo sabía. Los

Rupestes me ensañan a leer esas imágenes. Y le dan una característica a mi música

que antes no tenía. Definitivamente, es el movimiento más legítimo de esa época.

Entregó su talento, sin pedir nada a cambio. Los intereses era decir lo que pensaban

y sentían. Era el simple hecho de hacer arte por medio de la música”.

131


Poblano y rupestre

132

Carlos


Nací en la Jardín Balbuena en una familia donde siempre había música; yo

soy de los menores de una familia de seis; mis hermanos mayores y mi padre siempre

tuvieron guitarras en la casa. Yo nací con guitarras a mi alrededor: había en la

pared de los cuartos y en la de la sala. Viví intensamente las clásicas sesiones de

cuando alguien cumplían años: mi padre se ponían a tocar y cantar boleros y a

tomar con los compadres en esas fiesta. Entonces, yo crecí en medio de boleros,

que venían directamente de parte de mi padre”.

Carlos Arellano en 2010. (Archivo: Carlos Arellano).

Va esta rola a esa flota treintañera

que nació entre rocanroles y entre rocanroles ha de morir.

Treintañeros, de Carlos Arellano

133


Carlos Arellano en el Museo de Culturas Populares. (Foto: Sergio Arellano, 2000).

134

Carlos Arellano interpretando el charango, en

Puebla en 1976. (Archivo: Carlos Arellano).

Carlos Arellano en la década de los noventa.

(Foto: Javier Hernández Chelico).


“A mis hermanos mayores (uno me lleva diez años, otro ocho) les tocó la época

del rocanrol; a uno, el de los sesenta y al otro le tocó Avándaro. Ellos llevaron el

rock a la casa. Así, crecí entre rock y boleros. Mi padre nos administraba en vivo

los boleros; el rock me llegó por los discos de mis hermanos”.

“Por todo esto, fue un hecho muy natural que yo agarrara las guitarras que circulaban

por la casa y que me pusiera a tocar. Mi padre me enseñó los primeros

acordes; mis hermanos mayores, los segundos y después, los compañeros de la

escuela. Desde la primaria había empezado a tocar la guitarra”.

“Cuando tenía yo 11 años (nací en 1957) la Volkswagen se va a Puebla. Era 1968

y la familia nos fuimos para allá porque mi padre trabajaba en esa armadora. Todo

esto (guitarras, familia y enseñanzas) se desplazaron, de la Jardín Balbuena, a Puebla”.

“Mis comienzos fueron, como los de tantos que aprenden a tocar los primeros

acordes: tocar lo que conoces que, en mi caso, eran los boleros; o bien, tocar las

canciones que en ese momento sonaba en la radio o las canciones de los discos

que estaban en la casa. Cuando entro a la secundaria en la ciudad de Puebla, me

encuentro con amigos que tocaban la guitarra; empiezo a reunirme con ellos para

tocar y aprender, juntos, más cosas. Por esa época, hago mis primeras canciones.

También a eso llegué de manera muy natural, porque como muchos que hacemos

canciones, empezamos repitiendo, fusilando; pero llega un momento en que uno

quiere decir lo que le corresponde y, más, en momentos en que empiezas a tener

tus primeras novias. Y normalmente, las canciones llegan con los primeros amores

y con los primeros desgarres; es decir, con la historia de los primeros amores.

De repente, un día me encuentro haciendo rolas, y sin saber exactamente qué

hacer con ellas, se me empiezan a juntar rolas. Y empiezo a formar grupos”.

“A finales de la secundaria, hago mi primer grupo de rock que se llamó Tortuga.

Ahí nos dedicamos a fusilarnos las canciones que más nos iban gustando. En ese

tiempo me gustaba mucho el blues: John Mayall, B.B. King y escuchaba a Led

Zeppelin, a los Rolling..., a los Beatles. Sacábamos las canciones que se nos facilitaban

(Zeppelin era imposible de tocar para nosotros, en esa época). Tortuga fue

un grupo efímero; sólo tocó en fiestas de parientes, nunca profesional”.

“Poco después suceden varios hechos políticos en el sur de América, especialmente

en Chile: en el 73, el golpe de Estado que derroca a Allende, y el de Argentina.

Es cuando llegan a México muchos exiliados. Llegaron a las universidades; muchas

partes del país se llenaron de exiliados chilenos y argentinos; con ellos llegaron muchos

de sus hábitos culturales, entre ellos la música. Se forman muchas peñas y se

crea el movimiento del Nuevo Canto; el de la música folklórica latinoamericana. Yo

135


en ese tiempo tocaba con el grupo de rock, pero un amigo andaba metido en la música

latinoamericana y un día me dice: ‘Quiero que entres a mi grupo de folklore’. Yo

no sabía de qué se trataba eso. Me dio discos que escuché, y le entré a esa corriente

musical. Uno de los motivos para involucrarme en ese rollo, fue que era una música

militante. En ese tiempo, yo estudiaba la prepa, y la UAP vivía una efervescencia política

intensísima. Empezaron entonces muchas actividades de grupos de música latinoamericana.

Yo ya estaba en uno; así me la pasé casi toda la segunda mitad de los

años setenta. Sigo componiendo y empiezo a meter mis canciones en estos grupos,

pero a principios de los ochenta, me reincorporo al rock. Nunca dejé el rock como

escucha y mis canciones tenían mucho que ver con el rock; incluso, eso era motivo

de discusiones muy intensas con los compas, porque esos movimientos (el rock y la

canción latinoamericana) estaban muy separados en ese tiempo”.

“En el 80 armamos una banda con la que regresé, formalmente, al rock. Una

banda que tiene todo ese sello universitario de aquellos años: Tierra Baldía, que

se forma a partir del proyecto de hacer una ópera rock. El escritor poblano Alejandro

Meneses (quien murió hace siete años) escribe el guión de la ópera. Tierra

Baldía sería el soporte musical. Al final, este trabajo nunca se realizó, pero nos dio

chance de reunir a varios músicos que andábamos por ahí regados. Así armamos

Tierra Baldía, con la que toqué más o menos dos años. En ese momento yo ya tenía

un bonche de rolas que decían las cosas como yo quería decirlas. Me salgo de

Tierra Baldía y empiezo a armar mi disco. Y el grupo natural para que me acompañe

en mi primer disco, Canciones domésticas (1987), es, pues, Tierra Baldía”.

“La grabación del disco es curiosa: un amigo lo graba en una grabadora con dos

micrófonos en directo en un cassette; hago tres copias de ese demo. Entrego una

a Memo Briseño, otra a José Agustín y la tercera a Modesto López. Para entonces

ya empezaba a husmear, a acercarme al DF. Vengo y entrego estas tres copias. De

manera distinta, pero favorablemente, los tres me responden. Esto, de muchos

modos me da un impulso anímico para darle continuidad a la producción del disco.

José Agustín me dijo: ‘Están chidas las rolas, pero merecen que les metan más

músicos’. Que las produjera, pues. Lo bueno es que se ofrece para hacer un texto

para el disco, cosa que me emocionó porque yo crecí leyendo a José Agustín y que

él me dijera eso, pues me motivó; Modesto López me dice que él sacaba el disco.

Modesto nos consigue el estudio de Rafael Acosta. Sin pensarlo, nos vinimos a

grabar el disco acá. En febrero del 87 sale Canciones domésticas, en Pentagrama.

Por ese tiempo sale también, el de Armando Rosas, Tocata, fuga y apañón, y el de

Cecilia Toussaint”.

136


“Canciones domésticas, me conecta con los Rupestres. Los primeros son Rafael

Catana y Fausto Arrellín, quien en ese momento trabajaba en Discos Pentagrama;

también él es el primero que me recibe en el DF. Y me recibe en todos los

sentidos: me da mis primeros paseos por acá, me lleva en un recorrido etílicocultural

por Bolívar, por todas esas cantinas que están aquí en Bolívar. Me arropa,

me apapacha y por él conozco a Catana. Y Catana se convierte, desde entonces, en

mi carnal, y su casa en mi refugio, en mi posada. Cada que yo venía me quedaba

en su casa. Entonces, por Catana y su vocación gregaria, conozco al demás personal.

Por aquellos años, Fausto y Rafael empiezan a hacer una serie de conciertos,

por ejemplo, el de ‘Los cantantes errantes’, y toman como sede el Tecolote del

Foro Isabelino. De esta forma, entro en contacto con los Rupestres. No conocí a

Rockdrigo González porque, repito, llegué dos años después. Sabía de él, ya había

comprado su cassette Hurbanistorias, pero no lo conocí. Supe de él por los medios

que reseñaban los conciertos de ‘Rock en oposición’.

También debo decir que en el 81, sale un disco que es clave en todo este asunto

de la canción en México; es el de Sesiones con Emilia, de Jaime López, Roberto

González y Emilia Almazán. Ese mismo año lo presentan en Puebla; los llevó el

partido comunista. Fui al concierto, pero no sabía bien a bien de Jaime, Roberto

y Emilia; pero cuando escuché el disco, me pareció un disco deslumbrante,

porque empiezo a escuchar cosas por las que yo andaba batallando; andaba en la

búsqueda de cómo poder conciliar el rock, lo urbano, lo irreverente, con nexos

conectados a la literatura. Allí entra mi conexión con esa música. Ya después, conocí

a Jaime, a Roberto y a mucha gente (creadores y consumidores) quienes me

empezaron a sumar al Movimiento Rupestre”.

“Los Rupestres fueron como los cronistas de la ciudad, fueron quienes recuperan

la ciudad como personaje, como escenografía; ellos recuperan la ciudad en todos

sus guiños, su lenguaje. Es una canción (en general, toda la onda Rupestre) que

venía de la corriente del folk norteamericano, de Bob Dylan, Neil Young, donde la

guitarra de palo (con cuerdas de metal) daba ese sonido que nos subyugaba mucho

y que era común en muchos de nosotros y donde la literatura estaba presente”.

“A final de cuentas, los Rupestres son creadores de un tipo de canción urbana

mexicana contemporánea y aunque ya no existe el movimiento como tal, hay buenos

herederos. Puebla, por una razón que aún no sé, tiene buenos representantes,

buenos legatarios: Iván García, Nono Tarado y Arturo Carcará Muñoz; son extraordinarios

compositores que al escucharlos se nota que su línea viene de por

allá, de los aún no muy lejanos, terrenos Rupestres”.

137


138

Haragán

El

y los


A él lo marcó una coincidencia: vio la luz primera el mismo año de la apari-

Voy a intentar una tonada

Que se parezca a Pink Floyd

Una dulce carcajada

Ahogada en humo y alcohol

A esa gran velocidad,

de El Haragán

ción del seminal Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, de The Beatles. Luis Álvarez

nació el 25 de diciembre de 1967. Diez años después decidió tomar un lápiz y

escribir rimas, frases y tonadas propias; a los quince años formó su primera banda

y a los 22 fundó Haragán y Cía.

Actualmente (2013) cuenta con 14 discos grabados. Su primer álbum, Valedores

juveniles, ronda por el millón de copias vendidas; de este disco surgieron canciones

hímnicas para la banda, para los chavos del barrio: Mi muñequita sintética,

El Haragán y Cía en el festival 20.0, en Iztapalapa. (Foto: Víctor H. Ambrosio, 2012).

139


Él no lo mató, No estoy muerto, El Chamuco, A esa gran velocidad; son rolas que

forman parte de la enciclopedia sonora del rock mexicano.

Para hablar de sus influencias rítmicas, de la forma de escribir sus canciones,

de sus alianzas con los Rupestres y de sus inicios, sonriendo constantemente, Luis

Álvarez, El Haragán, cuenta:

“El Movimiento Rupestre para mí es la base. En el caso de Haragán, es la base.

Conozco a los Rupestres (no sé si afortunadamente o desafortunadamente)

después del terremoto del 85, donde se hace muy famoso Rockdrigo por morir,

desgraciadamente, en esa fecha. Yo ya los escuchaba poquito antes. Para Haragán

aportan todo, porque yo tomo muchos elementos del rock Rupestre para incorporarlos

al sonido de Haragán; es decir, la guitarra acústica. Es básico el sonido

de la guitarra acústica en el Movimiento; porque según el Manifiesto Rupestre

de Rockdrigo, es una guitarra, con la voz lo más cavernícola que se pudiera, y que

sonara así: natural. Yo al principio, empiezo así”.

“Y tocaba por aquí, por allá; donde se pudiera. Llegan a mí discos de Rockdrigo,

de Jaime López; también un disco interesante de Cecilia. Habían discos muy

chidos. Cuando los conocí, en el 85, me empiezo a sumar al movimiento de los

damnificados y de grupos que los apoyaban; era una manera como de protesta;

para recaudar fondos se empiezan a hacer festivales en todas partes, en toda la

Ciudad de México. Y ahí andaba yo. Tuve la oportunidad de subirme a tocar alguna

vez. Y de ahí, me empezaron a jalar. Por lo mismo, conozco a todos ellos, o casi

a todos los Rupestres”.

“Para entonces tenía canciones como Basuras, Él no lo mató, El Chamuco, que

tocándolas yo solo, se podía decir que estaban dentro del Movimiento Rupestre

y parecían de esa onda. Había escuchado a Roberto González, a Jaime López,

Gerardo Enciso, Arturo Meza, Rafael Catana; como decía antes, tomo elementos

musicales de ellos y también tomo los elementos electrónicos que traía El Tri y

formo Haragán. Entonces, se escucha una mezcla, una transición, entre lo Rupestre

y lo urbano. Es cuando surge el movimiento urbano: conjugo las guitarras

eléctricas, acústicas y las letras que hablaban un poquito acerca del contexto de la

ciudad, de las cosas urbanas, de lo que pasaba en todos nosotros. Todo esto, con

influencias del rock Rupestre que yo había escuchado y aprendido con Jaime López,

Rockdrigo González y Roberto González, que eran los principales”.

“Entonces retomo esto y, en mi caso, aporta una base armónica, rítmica y una base

lírica muy importante. Para mí, Haragán es el resultado de esa unión de estilos, de la

unión de dos vertientes de rock: lo que le llamaban rock pesado, más macizo, y el rock

140


Arturo Meza, Luis Álvarez El Haragán y Rafael Catana en el Zócalo de la Ciudad de México.

(Foto: Guacamole Project, 2005).

que se tocaba en las calles, en cualquier esquina, que era, el rock Rupestre. Entonces

para mí, ¿aportación del rock Rupestre? Toda, para Haragán y Compañía, toda”.

“Recuerdo un Festival de Músicos Callejeros de la Ciudad de México, que se

hizo en la colonia Roma y en donde toqué Él no lo mató, Al menos lo intentarás, El

haragán; toqué como cinco rolas con mi guitarra yo solo. En el momento en que bajé,

Catana me da la bienvenida. Es una parte que la banda no sabe, pero de los primeros

personajes que me dieron la gran bienvenida al movimiento del rock, fue Rafael Catana.

Inmediatamente que me bajé del escenario, me dijo: “N’ombre, Luis... ”. Me dijo:

“Haragán... está bien lo que traes, ¿sabes qué? Si tuviera lana, cabrón, te producía un

disco. Nomás porque no tengo; si no... ”. Él fue de las primeras personas importantes,

talentosas que conocí. Allí surgió una amistad chida. Posteriormente conocí al

señor Arturo Meza, un gran carnal también. Creo era el 88, 89; estuve en esos festivales;

tocamos en la Plaza de Santo Domingo, en la Roma, en la Condesa, también

en los terrenos de las costureras. Ahí andaba también con el grupo TNT; Andrés

me apoyaba mucho también. A partir de eso, me les pego al movimiento. Fuimos a

dar al Monumento a la Revolución, donde conozco a los Santa Sabina. Arturo Meza

me prestó su guitarra esa vez para subirme a cantar; canté La muñequita sintética, la

141


de El perro tirado en la calle y Él no lo mató. Fue un recibimiento de la banda bien

chido. Era como la culminación del movimiento del rock Rupestre. Para mí, como

que terminó en los noventa. Creo que ahí terminó. Siento que el rock rupestre floreció,

hizo su gran expresión musical y de alguna manera, la falta (como siempre) de

infraestructura y de apoyo, como que lo aniquiló un poquito. En ese tiempo surgen

las grandes tocadas con El Tri, El Haragán, Luzbel, Bostik. Y como que el gusto de

la banda, se viene hacia acá, a los conciertos masivos. Y el rock Rupestre, se va a los

pequeños bares, a los pequeños foros y como que empieza a perder fuerza. En ese

tiempo, empieza a fenecer”.

“Por su parte, el rock urbano era una expresión de un grupo de bandas que

tocábamos cada fin de semana. Y éramos el rock mexicano. Es más, no se distinguía

entre rock urbano y otro; simplemente era rock mexicano. Y había un solo

público. Grandes tocadas; recuerden Coyuya, el deportivo Mina, las Palapas, Balderas;

tantos lugares. Llenos totales. ¿Qué sucede? Igual que el rock Rupestre: fue

aniquilado el rock urbano. Este movimiento juntaba, para que tocáramos, siete,

nueve, diez mil personas. Pero teníamos un par de bocinas pivi, con dos de bajo y

un escenario armado con tarimas, de esas que usan los albañiles, y tambos viejos.

Nuevamente, la falta de infraestructura y apoyo, aniquilan esas grandes tocadas.

Además del surgimiento de Ticket Master y los grandes eventos como el de Rod

Stewart y Santana, junto con el apoyo de Telerisa a los nuevos grupos fresones,

aniquilan el movimiento de rock mexicano. El rock urbano sobrevive; estamos en

las cloacas, pero sobrevive. Y no es por automarginarse”.

“El rock Rupestre floreció, nos hicimos de seguidores; veníamos de escuchar a

Pablo Milanés, Silvio Rodríguez, Roberto Carlos, Serrat: gente que hacía música

inteligente. De pronto, surge un movimiento mexicano inteligente, con letras inteligentes.

Eso es lo que caracteriza al rock Rupestre y lo diferencia del otro rock

mexicano. Surgen letras inteligentes, bien pensadas, con música bien elaborada,

pero bien sencilla y, a veces, fácil de tocar. Un gran guitarrista: Rodrigo González,

tocaba muy bien; no cantaba bien, pero tenía unas letras muy inteligentes. La súper

creatividad de Jaime López, que era como la continuación de Chava Flores.

Entonces nos identificábamos con ellos. Era gente que estaba haciendo un rock,

una forma de expresión que era lo más cercano que habíamos escuchado a la trova

cubana. Así nos fuimos haciendo seguidores de los Rupestres: escuchábamos

los discos de Arturo Meza, de todos ellos. Haragán viene con toda esa influencia

letrística y se arma un compromiso de hacer algo interesante que, si no estuvo a la

par, sí le dio continuidad al movimiento de rock mexicano”.

142


“Yo empiezo a pensar (porque yo hacía canciones de amor, que todavía las

tengo y son como 50) en otras cosas; empiezo a cambiar mi visión. Veo cómo un

Jaime López te formaba imágenes mentales y Rodrigo te hacía sentir cosas: por

ejemplo, en su canción Rock en vivo, con la frase de las máquinas rugen feroces, yo

me imaginaba un motorsote... Con sus canciones te provocaba un sentimiento de

nostalgia, soledad, melancolía; también por su voz, por su música, por las armonías

que hacía, los requintos”.

“Y sí, sí surge el compromiso de hacer algo que verdaderamente aportara a la

cultura del rock mexicano; algo que no fueran simples canciones de amor. En un

punto medio: le damos a la banda letras poéticas, pero también directas y fáciles

de digerir. Si no hubiera existido el Movimiento Rupestre, casi estoy seguro que

Haragán no existiría como es. Y me considero Rupestre porque toqué con ellos

(con Catana, Jaime López... A lo mejor él no se acuerda, pero yo le abrí algún

concierto); llegué a ver a Roberto González, a Gerardo Enciso. Entonces, yo sí me

considero como ese puente entre los Rupestres y el rocanrol urbano”.

“El Movimiento Rupestre es una gran historia que merece varios tomos, no un

libro. Las letra y la actitud de los Rupestres pioneros nos dieron directo al cerebro.

Pero allí quedó. Ya no hay más Rupestres. Si le preguntas a un chavo de 16, 18

años de nuevos Rupestres, no te va a decir nada. Siento que es un movimiento que

ya se fue a pequeños lugares. Alguien quiere revivirlo, pero ya no. El Rupestre fue

un movimiento histórico muy importante, pero fue por el momento histórico que

le tocó vivir. Hablaron de lo que vivíamos, decíamos; de lo que buscábamos, de la

libertad a la que aspirábamos. Era inspirador, libertario, el Movimiento Rupestre.

Fue una época irrepetible. Había canciones por todos lados. Tengo mucho que

agradecer al Movimiento Rupestre. Tengo rolas que hice en el periodo Rupestre

y quiero hacer un disco con ellas. Un disco donde se nota toda la influencia Rupestre

que tengo”.

143


y su tatuaje

144

Armando


El mundo es un pinche motel de paso.

Al fracaso le robé unos besos,

de Armando Palomas

Una tarde de sábado llegué a la mesa de una chelería cercana al Tianguis del

Chopo. Sentados estaban José Luis Pluma, Antonio Malacara, Fausto Arrellín y

otras personas que el tiempo ha hecho borrosas; también estaba cheleando un

cuate que hablaba con mucha confianza con los mencionados tertulianos. Supuse

que era viejo conocido de todos ellos. Después de un rato de trivialidades, la charla

giró en torno a estructuras musicales, y el (para mí) desconocido, hablaba con

seguridad sobre música. Discretamente pregunté a quien estaba a mi lado, quién

era ése chavo. ‘Armando Palomas’, me respondió. Y yo me pregunté: ¿y quién es

Armando Palomas demostrando su poderío intelectual y artístico. (Archivo: Armando Palomas).

145


Armando Palomas? Casi al despedirnos, supe de él: era músico con tendencias

hacia el rock Rupestre; venía de Aguascalientes y estaba conectándose en el circuito

rocanrolero del DF para dar a conocer su material sonoro. También supe que

en realidad no conocía a ninguno de nosotros (sólo a Fausto). Y antes de decir

adiós, empezó a repartir un cassette con sus canciones; en cuanto pude, lo escuché.

Así conocí a Palomas. Eran los principios de este siglo XXI.

Me eché dos tres veces el mencionado cassette, Tequila Coyoacán, y descubrí La

canción del mutilado, Canción pendeja y una que se convertiría en emblemática de

sus presentaciones: Hasta el fondo del zaguán. Todas escritas por Armando Jiménez

Veloz, nombre que aparece en el pasaporte del Palomas.

Después de asistir dos-tres ocasiones a sus tocadas/diálogos/sketches/conciertos,

tuve oportunidad de entrevistar a Palomas para el diario La Jornada. La entrevista

salió el miércoles 7 de diciembre de 2005 y de ahí extraigo algunos párrafos:

Apologista de los excesos, seguidor de los sin futuro, versificador de lo impensable

y representante de una generación extraviada entre el rock pop, el heavy metal, el hip

hop y el bolero ranchero, Armando Palomas se ha convertido en el rapsoda rocanrolero

por antonomasia y actualmente es el rolero más polémico.

En la mencionada charla, Armando platicó sobre su vida personal:

“Nací en los sesenta en Aguascalientes, en la colonia Héroes, allá por el ferrocarril;

mi papá era ferrocarrilero, estibador. Yo quería ser beisbolista: jugar beisbol a

nivel profesional. Pero en mis sueños tocaba guitarra y cantaba para la gente. Decía

yo: ‘ah, chingá, si no sé ni tocar guitarra’. Pero un día llegó un primo a vivir a la casa;

él tocaba guitarra clásica. A ver güey, ¿qué es esto? Así, preguntando, empecé a tocar

y a los 13 años me dio por escribir canciones y me di cuenta de una cosa: como estaba

muy pinche feo desde morro, descubrí que la música y la guitarra eran un arma

bien cabrona para ligarse a las mujeres. Mucho del rollo de la composición fue por

la onda de conseguir chavas... Y hasta la fecha eso no ha cambiado”.

Coincidentemente, Armando tuvo un inicio premonitoriamente Rupestre.

Cuenta en aquella entrevista:

“Un día en una muestra de rock, los de La Clica me dejaron colgado. Yo dije:

‘Vale madre, qué voy a hacer’. Lo que hice fue conseguir una guitarra de palo y me

trepé a tocar; no las canciones de La Clica, sino inéditas mías. Y me fue poca madre,

mucho mejor que con el grupo. ‘Güey, de aquí soy’, dije. Allí empezó el rollo, vendí

un carro (era 1996) y grabé un disco. Así surgió Armando Palomas y La Veladora.

Han transcurrido algunos años, sin embargo, Armando mantiene vigente mucho

de lo siguiente:

146


“Siento que mis presentaciones no se parecen una a otra, precisamente por

la improvisación, por el rollo de que el diablo me sopla al oído y eso lo externo.

La onda de brincar de una canción desmadrosa a una canción cachonda o a una

canción contestataria, provoca catarsis; para mí es chingón que se provoque eso,

ese caos del cual me encanta formar parte. Si no hago caos, no estoy a gusto. Una

tocada con muchos aplausos, pero con caras largas, vale madres. Armando Palomas

es el mismo cabrón arriba y abajo”.

A la par, por ciertas actitudes dentro o fuera del escenario, Palomas ha sido ubicado

como rocanrolero y, más específicamente, como integrante del Movimiento

Neo-Rupestre. Armando declaró lo siguiente:

“Creo que lo que me ubica como rockero es la actitud, el rollo contestatario y el humor

negro. Estas características (que el rock de aquí ha perdido o las ha abandonado)

las tengo yo; por ejemplo, los llamados Rupestres (de los que soy parte... o a lo mejor no)

están clavados en hacer ciertas cosas, llevan ciertos esquemas para hacerlas, y quizá lo

que a mí me separa es que le he llegado a otras propuestas, al huapango, al hip hop y

a ser como soy: un güey vulgar, borracho, soez, valemadrista. Además, estoy orgulloso

de mis chingaderas y no tengo esa seriedad que imponen los Rupestres. ¿Grupero? Pues

tampoco, no tengo una pinche canción de amor. Mi línea es más sexual, más cachonda.

Mis rolas son escritas en hoteles, me las inspiran mujeres bastante valientes”.

Sin embargo, en una charla por su presentación en el festival Vive Latino 2013,

“donde se subirá Emiliano, mi hijo”, dijo Palomas lleno de orgullo, enfatizó, respecto

a su cercanía con el Movimiento Rupestre: “El ser Rupestre es para mí como

un tatuaje que me lo puse en el 97, hace ya 16 años, en el Foro Alicia. Fueron mis

primeras presentaciones y, obviamente, si ser Rupestre es tener una guitarra, ser

feo, cantar no tan bien, pero hacerlo con inteligencia, entonces sí soy Rupestre.

Entonces, sí los soy; soy parte de ese Manifiesto que Rockdrigo González escribió.

Pero al último, estoy mutando: yo puedo ser mariachi, cumbiero, rockero, payaso,

pseudo-poeta. Si no fuera así, pues no sería el Palomas”.

Días después (miércoles 6 de febrero, 2013) en un actividad promocional llamada,

‘Palomazo rumbo al Vive’, devino homenaje al Profeta del Nopal, Rockdrigo

González, donde Palomas participó con singular entusiasmo. En este tributo en

vivo subieron al escenario José Cruz (fundador de Real de Catorce), Lalo Tex,

Iván Montoya, María José Camargo, Javier Zoa Flores y Federico Luna. Todos

ellos cantaron/tocaron Asalto chido, de la autoría del Rupestre Mayor, Rockdrigo

González. Armando Palomas llevó la voz principal en la canción.

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Gerardo Enciso

y Redrogo González

148

En este país

ya huele a sangre;

en este país

algo me huele a sangre.

Daga, de Gerardo Enciso

Uno de los compositores más celebrados, vinculados al rock Rupestre, es Gerardo

Enciso (Puebla; 23 de abril, 1962). Su inicio como cantante se dio a mediados

de 1984, en su adoptiva Guadalajara donde asumió, sin proponérselo,

el papel de Rupestre al tocar sólo con su guitarra de palo por diferentes sitios

de Guanatos. Fue en ese mismo año cuando vio por primera vez a Rockdrigo y a

Jaime López en el mítico lugar llamado La Puerta. Inmediatamente se identificó

con ellos. En el 87 editó su disco independiente A contracorriente, de donde

surgió Amo a mi país. Gerardo se hizo acompañar por El Poder Ejecutivo. Así se

llamaba su banda. Casi un lustro después salió Cuentos del miedo, ya con una filial

de BMG Ariola. Esta producción muestra a un Enciso cuestionador: los niños de

la calle, el sexo, la guerra y la paz, los caídos y la ciudad con sus subterráneos son

esencias de esta obra.

Enciso no se considera parte de los Rupestres, pero ha estado muy cerca de

ellos, no sólo como un carnal en las buenas y en las malas, sino como alguien

que, con su guitarra de palo y sus canciones, le ha dado una dimensión de buenos

vuelos a la lírica Rupestre. Su capacidad letrística, su espíritu intuitivo para crear

una música que se nutre de distintas tradiciones y un espíritu a contracorriente lo

convierte en uno de los guerreros de la canción popular mexicana.


Gerardo Enciso en el Multiforo Alica. (Foto: Jennifer Boles, 2012).

En una entrevista publicada por la audio-video revista Nomedites, en su número

5, año 2003, Gerardo Enciso recordaba a Rockdrigo: “Lo conocí allá por el 84,

en Guadalajara, cuando se hacían las primeras jornadas de rock en español. Ahí

tocamos juntos varias veces; alternamos como en cuatro ocasiones. No éramos

los grandes chompas, pero sí llevamos una relación cordial. Aprendí mucho de

ese cabrón, sin tirar cebollazo. A mí me gustaba mucho lo que él hacía y varios

años estuve cantando algunas de sus rolas. Redrogo González tiene su importancia

porque abrió caminos en el lenguaje. El cabrón siempre se echaba un choro acerca

del lenguaje popular y la cábula. Además, llegaba a momentos altos en su poética,

como cuando se avienta la del Distante instante, o esa de ella estaba sentada en un

jardín de sopor, sentada sobre la nada… esa letra me gusta muchísimo. Era un tipo

de altos vuelos”.

Sus discos Tarará y Es por ti son la plena confirmación del valor que tiene la

obra de Gerardo Enciso, una obra que ha ido forjando desde la independencia.

Enciso es un viejo lobo estepario.

149


Encuentros oníricos con Rockdrigo:

Arturo Meza

150

Nena, déjame entrar a tu templo,

quiero fundirme en ti

y resonar con las estrellas

y el universo;

quiero ser un delfín en tu mar.

Amor en el éter, de Arturo Meza

Oriundo de Tocumbo, Michoacán (15 de diciembre de 1956), Arturo Meza ha

transitado por los caminos de la música y la poesía desde muy pequeño. Alejado

de cuestiones mediáticas, su obra se ha dado a conocer como si fuera una cofradía

secreta que alcanza dimensiones memorables.

Escritor, músico de dilatada trayectoria, reconocido por su visión mística, poética

y sobre todo ecléctica y evocadora de imágenes oníricas, es injustamente soslayado

por lo medios de comunicación, posición que a Meza parece no importarle.

Igualmente, Arturo parece navegar cerca del Movimiento Rupestre, más por la ubicación

de sus seguidores que por posición propia. Pertenece a esa camada de rapsodas

contemporáneos que hacen música difícil de etiquetar pero fácil de disfrutar.

Por sus cualidades como multi instrumentista, Meza es reconocido como un artista

completo: poeta, artesano (construye e inventa instrumentos musicales), músico,

compositor, escritor y cantante. Ha pertenecido a diferentes agrupaciones y hecho

trabajos con diferentes músicos: Decibel, Jorge Reyes, entre otros.

Con una amplia discografía, que llega casi a cuarenta producciones, y tres

centenas de canciones, Meza demuestra sus creatividad cualitativa y cuantitativamente.

Discos como Setenta centavos, Crónica sonora y La balada de Galaver así lo

demuestran. Como escritor destaca su libro Essamerian, la ecuación celeste.


Arturo Meza en el Lunario del Auditorio Nacional. (Foto: Fernando Aceves, 2012).

En un homenaje a Rockdrigo González, publicado en el número 5 de la audiovideo

revista Nomedites, Meza recordó un viaje mágico y misterioso: “Como a

los ocho o nueve meses de su muerte, tuve un sueño. Creo que fue lo más impresionante

que me pasó: estábamos en el campo y había un potrero cercado con

alambre de púas. Él estaba del otro lado, muy triste y con su guitarra en la espalda,

como acostumbraba ponérsela. Su tristeza me contagiaba y yo le explicaba que

estaba muerto y que tenía que marcharse. De hecho, del lado donde estaba él era

muy bello, había unas colinas y un camino muy lindos. El potrero estaba lleno de

inmundicia. Entonces le dije: ‘Oye, está muy bien adonde tú vas; llégale’. Pero él

estaba muy triste por dejar este pedo. Recuerdo que nos dimos un abrazo muy

fraternal, o sea, algo muy extraño para quienes no se conocieron en vida. Fue un

contacto muy desapegado porque yo no existía en su vida ni él en la mía. Ese

abrazo fue muy bello y siento que me cargué todo su dolor; como que algo le dejé

de todo el ejercicio que venía realizando: la meditación, todo el pedo espiritual en

el que andaba metido, la fe y la esperanza que tengo de estar en el mundo y en la

onda de irradiar en el prójimo lo que sea y a costa de lo que sea. Siento que él se

llevó eso. Lo vi perderse; se fue por ese caminito y yo me quedé en el potrero. Al

llegar a la cima, se perdió, pero antes volteó y me dijo adiós. Tuve la oportunidad

de conocerlo en otro plano, en el plano onírico”.

151


Iván Rosas

un Rupestre en Milán

152

Es un solo de sol que se entremezcla en una calle

con dos borrachos que han huido de su hogar.

Es el furor de Insurgentes que martillea en mi cabeza

con brújula loca y voz perdida a medio mar

Es esta maldita costumbre de esperarte, siempre tras algún rincón

Es ese maldito olor a hierba necia huyendo de una prisión

Es ese maldito reloj, es esa maldita costumbre

de caminar por la ciudad en plena seis

Es, de Iván Rosas

En la historia del Movimiento Rupestre fluyen sucesos que fueron explícitos

en su momento, pero que la vida se ha encargado de ocultarlos, no necesariamente

por alguna mala fe o un recurrente estado anímico de desmemoria, aunque eso

nunca ha faltado. Uno de esos sucesos se llama Iván Rosas. ¿Eslabón perdido en la

historia Rupestre? En realidad, si el ánimo memorioso nos arroja con justicia a ese

pasado de lo que fue y lo que propició el Movimiento Rupestre, entonces habría

que recordar también a muchos otros, más allá de quien sí y quien no se considere

o lo consideren parte de los Rupestres: La Changa, Choluis, El Pato, El Piojo Flaco,

Héctor Cruz, Perico, García Lobo, Nino Flores, El Quezada, El Colibrí… una

verdadera fauna talentosa que desde sus distintas visiones y capacidades creativas

estuvo presente y aportó lo suyo.

Pero hablemos de Iván Rosas, una especie de ángel jovencísimo que llegó a

refrescar la escena Rupestre, más allá de la mitología que emergió a la muerte

de Rockdrigo. Los memoriosos lo recuerdan en su aparición escénica en abril de


Iván Rosas en un estudio en Milán, Italia. (Archivo: Iván Rosas, 2013).

1987, durante un concierto en el auditorio del SUTIN (Sindicato Único de Trabajadores

de la Industria Nuclear). Eran los tiempos del intenso y legendario

Movimiento del CEU (Consejo Estudiantil Universitario), donde los Rupestres

asumieron una forma de diálogo consigo mismos y con la realidad que se les plantaba

enfrente. En ese viaje, Iván Rosas fue un tatuaje en una ciudad que estaba

cambiando, heredero involuntario del 68, con una actitud ante la vida y ante la

música que, más temprano que tarde, le hizo dar un golpe de timón que lo llevó

a Europa, donde el jazz y la pertenencia a otra tradición encauzó su creación.

“Compositore, bassista, contrabbassista e chitarrista messicano. Direttore e fondatore

dell Open City Ensemble, così come del gruppo di world music El Son de

la Madrugada con il quale si è presentato in diverse platee d'Europa”.

La lírica de Iván Rosas es naíf e intelectual, muy atenta a la realidad citadina y

a un espíritu que asume la canción como un ejercicio visionario y poético, pero

también activista ante una realidad tan propensa a sacudirnos con sus injusticias.

En sus canciones hay una especie de precocidad entre lo urbano y lo cotidiano,

tienen que ver con el espíritu de esos jóvenes de los ochenta y, de entre ellos, Iván

asumió su vocación desde una radicalidad que no a todos se les dio.

153


Querido Sergio:

154

Te recuerdo en las horas verdes frente a los humeantes

monitores, cuando editabas a mano mi desprestigiada

vida, compartiendo el sorbo de la cerveza tibia que

nos mantenía atentos a las curvas de las caderas de

Lolita Madrugada y a los espejos llamados recuerdos.

Te gustaba cagarte de risa de lo cotidiano y te gustaba

hacer más grandes las grietas del rock de la tele.

Te hiciste parte del rock artesanal de los

Rupestres y eras orgullosamente de esa manada.

Almas de tabique, dijera Jaime López; dagas

sangrantes, dijera el Enciso; vatos locos, dijera

el Catana; amas de casa un poco tristes, dijera el

Rockdrigo, y pachecos pasados, dijera yo.

Un día llegué al DF y ya no estabas. Te busqué

en las imágenes mentales del Chilangódromo

y te encontré donde cantan los cantores.

Te fuiste y medio avisaste que ya te ibas (un

Pepto-Bismol no arregla un corazón superochero

y desvelado). Pero tenías la fe de un VW (ibas

a sesenta pero sentías que ibas a madres).

Después de este trago a tu salud, te haré siete preguntas:

Me fumé

de rock en


¿Dónde dejaste tu talismán?

¿Dónde dejaste los siete videos

donde siete veces hago el ridículo?

¿Dónde quedó esa cerveza pendiente?

¿Por qué tu bastón camina solitario por Tepepan?

¿A quién le heredaste las piernas de Sherezada?

¿Te llevaste tu gorra al cielo?

¿Por qué nunca te vi llorar?

Me pregunto si no te he decepcionado ahora que

sabes que ya no soy el mismo, pero también quiero

que sepas que le tengo un gran respeto a los tenis que

usé el día que pisé tu velatorio.

Y algunas veces se me olvida que el 56-76-31-52

ya no me responde.

Te extraño, S.G.M.

Atte: Armando Palomas

Sergio García en la grabación

de Siempre fiel, de sus últimos

cortometrajes.

(Foto: Aristeo Pantoja, 2009).

un toke

Xochimilco

155


RUPESTRÓLOGOS

Raúl Silva de la Mora

Escritor y periodista cultural,

corresponsal en México de la red

de emisoras comunitarias Radio

Bilingüe, de Estados Unidos.

Fundador de la audio-video revista

Nomedites y de las editoriales La

Cartonera y La Ratona Cartonera.

Ha publicado en: Replicante, La

Cultura en México, Crisis, Zona de

Obras, Nexos, Casa del Tiempo, Luna

Zeta, La Jornada, Brecha, Página

12. Premio Nacional de Periodismo

Cultural ‘Fernando Benítez’ en

la FIL de Guadalajara, 2001.

Felipe Cabello Zúñiga

Nació en Querétaro y creció en

San Juan del Río. Apasionado de la

historia de México, por influencia de

sus padres, creció escuchando a Cri-

Cri, Pedro Infante y los Beatles. Sus

primeros libros fueron El principito;

La interminable conquista de México,

de Eduardo del Río Rius, y Narraciones

extraordinarias, de Edgar Allan Poe.

En la preparatoria encontró por

accidente la música de rock Rupestre,

algo que cambiaría su forma de ver

las cosas musicalmente. Actor en los

156

recorridos de leyenda en San Juan del

Río, también participó en el Teatro

de la República dándole vida al

diputado Dávalos, en los festejos de

preparación para el centenario de la

Constitución de 1917. Actualmente

estudia la carrera de Ciencias de la

Comunicación en la UNEA y colabora

en varias revistas de su entidad.

Rodrigo de Oyarzabal

Programador y curador musical.

Chilango de nacimiento; hace cerca

de treinta años realizó su primera serie

radiofónica A Campo Traviesa, en

Radio Educación, y desde entonces es

programador musical de la estación.

Promotor del rock mexicano. Desde los

medios ha sido participante directo del

Movimiento Rupestre de los Cantantes

Errantes, con quienes, además de la

difusión radiofónica, produjo, entre

otros, los discos LP Hurbanistorias

y El Profeta del Nopal, de Rodrigo

González; Arpía, de Cecilia Toussaint;

Esa viscosa manera de pegarme las ganas,

de Mamá-Z; Tocata, fuga y apañón,

de Armando Rosas y La Camerata

Rupestre; Trolebús en sentido contrario,

de Trolebús, y la reedición en CD de


1ª. Calle de la Soledad, más los cassettes

Oficio sin beneficio y 15 Demos (Del

‘88 al ‘91), de Jaime López. Jurado en

concursos de rock, ponente en diversas

mesas redondas y conferencias,

ha impartido talleres sobre la

programación musical en la radio

pública y escrito en revistas de rock. Su

tesis universitaria, Fono1060, se enfoca

en la base de datos que desarrolló para

realizar la programación musical de

Radio Educación y que fue utilizada

en la emisora por más de diez años.

Liliana García Sánchez

Nació en Pachuca, Hidalgo. Estudió

laudería, dedicándose a la ejecución y

enseñanza del violín, principalmente

con niños. Tiene estudios de

licenciatura en Antropología Social.

Su labor en la investigación musical

incluye un libro en torno a la vida y

obra de la cantautora tamaulipeca:

Judith Reyes. Una mujer de canto

revolucionario, 1924-1988 (Red-

Ez, 1998), prologado por Carlos

Montemayor y comentado por

Alberto Híjar. Tiene una maestría en

Historia y Etnohistoria, con la tesis

Cantando para tiempos oscuros. Canción

social y cultura popular en México,

1960-1985. Actualmente dedica sus

estudios de doctorado en Historia a

los procesos de politización entre los

cantores de protesta mexicanos de

las décadas de los sesenta y setenta.

Félix Morriña

Nació en México, DF, en 1970.

Periodista, editor y promotor cultural.

Ha trabajado como reportero y

editor desde hace dos décadas

en diversos medios impresos

nacionales y regionales: El Nacional,

Milenio Diario, Milenio Semanal,

Novedades, Acontecer, Liberación,

El Diario de Toluca, Acta Semanal,

Impulso, Portal, Diario del Estado de

México, revista Ágora Mexiquense

y Semanario Punto, entre otros.

También cuenta con experiencia en

medios radiofónicos: Radio Capital,

Radio Educación, Radio Mexiquense;

así como televisivos: Televisión

Mexiquense y Canal 8 de Megacable.

Ha representado a México en

encuentros e intercambios culturales

en Perú, Argentina y Uruguay.

Juan Pablo Proal

Nació en Puebla en 1983. Periodista

desde 2001. Es editor y publica en la

revista Proceso desde 2006. Autor

del libro Vivir en el cuerpo equivocado

(UANL, 2013) y coautor de Salinas

en Proceso (Grijalbo, 2012). Ha

publicado en: La Jornada, Revista

Mexicana de Comunicación, Vice, Sin

Embargo y E-consulta. Actualmente

está por publicar Voy a morir, obra

biográfica de José Cruz Camargo,

fundador de Real de Catorce,

banda mítica del rock mexicano.

157


Jorge Pantoja

Nace en 1955 en el DF. Siendo alumno

de la carrera de Comunicación, en la

UNAM, gana un certamen de ensayo

con el trabajo sobre dictaduras

latinoamericanas titulado El papel de

la ametralladora en la transformación

del hombre en mono. Por ello ingresa

a laborar en la Gaceta UNAM en

1977. A lo largo de más de 35 años

ha ocupado cargos en las áreas de

prensa y cultura de SHCP, Museo del

Chopo, Academia de San Carlos,

CREA, Subsecretaría de Cultura de la

SEP, ISSSTE, INAH, IMSS, Programa

Cultural de los Jóvenes del Conaculta,

Delegación Iztapalapa, Instituto de

Cultura de Zacatecas, Delegación

Coyoacán y Cámara de Diputados.

Publicó artículos y entrevistas en

Los Universitarios, revista Mañana,

La Jornada, revista Encuentro,

El Universal, Tiempo Libre, El

Universal Gráfico, revista de la

Fundación UNAM, revista Zócalo,

Cine Mundial y Diario de México;

es autor de los libros Cuando el

Chopo despertó el dinosaurio ya no

estaba ahí (UACM), Se suspende por

falta de público (INBA); coordinó el

libro Semana Santa en Iztapalapa;

fue co-productor del DVD El cantar

de los cantores, de Sergio García.

158

Javier Hernández Chelico

Reportero desde 1985 en la fuente

de espectáculos, se ha dedicado

especialmente a todo lo relacionado

con rock. Ha trabajado en las

revistas Conecte y Rock & Pop, y ha

fundado Fixiones y Primera Nota,

ambas dedicadas al rock. Reportero

de El Nacional y La Jornada. Ha

colaborado en los libros Blues con

sentimiento, 100 discos esenciales del

rock mexicano y Reporteros de a pie.

Actualmente publica la columna En

el Chopo, en el diario La Jornada.


asamblea para la cultura

y la democracia, a.c.

Jorge Pantoja

Presidente

Aristeo Pantoja

Secretario

Everardo Lara González

Secretario de Finanzas

agradecimientos

Guillermo Bustamante

Laura Castañeda Salcedo

Jorge Buenfil

Salomé Mendoza

Antonio Pantoja

Ignacio Pineda (Multiforo Alicia)

Tomás Brum (Salón Bombay)

Virginia Rodríguez

Talía Pantoja

Rodrigo Espinosa Portillo

Guillermo Alonso

Susana Avilés Sosa

Gustavo Molina

Valeria Pérez Meraz

Cartel del 2º Festival de la Canción Rupestre, diseñado

por Edgar Arrellín Rosas.

159


Rupestre, el libro,

se terminó de imprimir

en febrero de 2013,

en los talleres de

Kamaleón Publicidad,

con domicilio en calle

Puebla 38, colonia

El Chamizal, Ecatepec,

Estado de México.

El tiraje consta

de 10 mil ejemplares.


distribución gratuita

El papel del trabajo en la

transformación del mono

en hombre

Federico Engels

El papel de la guitarra en

la transformación de siete

músicos en Rupestres

Darwin se volvería loco.

En la penúltima década del siglo XX nacería un

movimiento que nos haría regresar a las cavernas.

Un grupo de músicos sin otra herramienta

que una guitarra de palo evolucionaría la

historia musical de esta jungla de asfalto.

Uno de sus profetas moriría en un célebre deslave

terremoto, no sin antes haber grabado su legado en

piedra: el Manifiesto Rupestre. Y aunque parecía que

la especie entera se dirigía hacia la extinción,

la tribu siguió su marcha; su instinto

gregario los salvó.

Al calor del fuego, la inspiración y la guitarra, cada

uno aportó su muy personal visión del mundo que los

rodeaba: la gran ciudad. Y de acuerdo con las pruebas

de carbono-14 varios musicólogos, ellos son el eslabón

perdido entre la música de protesta y el rock urbano.

Con el paso de los siglos años, este éxodo fue dejando

huellas y sembrando mitos urbanos; su origen se narró

de boca en boca, llegando a tener versiones encontradas.

Por ello, te invitamos a entrar, por el socavón, a la galería

de la cueva, hasta atravesar el pasadizo (y sin dejar de

conocer a los rupestrólogos que realizaron esta labor

casi arqueológica) de esta excavación a la que hemos

llamado: Rupestre, el libro.

ED C O N ES

M POSIBLE

Jorge Pantoja

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