Descargar libro - Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau

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Descargar libro - Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau

A mis nietas Elena y Diana, de apenas dos años,

en cuyos ojitos disfruto los ingenuos sueños del amanecer

A mi madre, quien a sus noventa y seis no deja de soñar


La sabiduría suprema es tener sueños bastante grandes,

para no perderlos de vista mientras se persiguen.

William Faulkner

Aquello que puedes hacer o sueñas que puedes hacer, comiénzalo.

La audacia tiene genio, poder y magia.

Goethe

El deseo es el sueño.

José martí


Agradecimientos

A Félix López, Ramiro Abreu, Elena Díaz, Aurelio Alonso, Rai-nel

de la Rosa, Enrique Ubieta y José Lima, quienes me ofrecieron

útiles opiniones y sugerencias. A todos, gracias.

A Víctor Casaus; luego de leer la primera versión del libro, propuso

que se valorara para su publicación. A Fernando Mar-tínez

que, sin tiempo disponible, accedió gustoso a escribir el prólogo.

A Yoel Lugones, quien realizó una excelente labor editorial,

con esmero y novedad. A Vivian Núñez, por ser escrupulosa al

revisar la versión final.

A Elena Jorge, la que me apoyó con especial calidez en la Biblioteca

del CC-PCC. También recibí entusiasta colaboración en el

Museo de la Alfabetización, de Ciudad Libertad.

A mi esposa Amarilys Hernández y mi hijo Carlos Ernesto, quien

motivado por el tema reflexionó: «No basta vivir para soñar; es

preciso soñar para vivir». Ellos leyeron las diferentes versiones, o

fragmentos de ellas, sirviéndome muchas veces de indispensable

contrapartida. Además, soportaron con ternura los numerosos momentos

en que estuve sumido en el inasible trance de la creación.

A Anna, mi querida hija, quien siempre me animó; al igual que

Ángel Pérez y mis sobrinos Héctor y Carlos Alberto, escol-tados

por mi adorada hermana Delfina.

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Prólogo

Dentro del mar de eventos colosales de los años en que nació y

creció la gran transformación revolucionaria de Cuba, la Campaña

de Alfabetización tuvo una cualidad y una importancia singulares.

En medio del vuelco radical de las relaciones fundamentales de la

economía y del enfrentamiento violento con la contrarrevolución

y el imperialismo, la Revolución multiplicó súbitamente las capacidades

de los más humildes del país para participar y para hacer

suyos los cambios y la nueva vida que se anunciaba. Lo hizo de

un modo que solo les es dado a las revoluciones: con una fuerza

humana que no se había hecho visible pero sí poseía, y mediante

un nuevo tipo de relación, en la cual cien mil adolescentes interactuaron

con la enorme masa iletrada de cubanos y cubanas,

cumplieron la tarea de alfabeti-zarlos y avanzaron un mundo

en el cambio de sí mismos. La Alfabetización de 1961 no fue una

plausible modernización lograda en un país «subdesarrollado»,

fue un paso gigantesco en un proceso que es diferente y es mil

veces más valioso: el de la liberación de las relaciones sociales, el

reparto masivo de poder social y el ascenso de la condición humana

a escala de toda la sociedad.

Este libro nos trae una visión y una narración desde dentro de

aquella campaña de hace cincuenta años, en toda su riqueza y su

complejidad, contada por una persona que fue protagonista en

ella: un alfabetizador. Cumple su empeño con dos rasgos básicos

que permiten augurarle éxito y eficacia: es veraz y es atrayente.

Resultará una fuente inesperada para millones de cubanas y cubanos

que solo saben que aquel fue un evento maravilloso en el

cual participaron «los viejos», esos que alguna vez afirman que

«la Alfabetización» marcó sus vidas. Pero también será de gran

interés y utilidad para todo el que desee asomarse a esa modalidad

apasionante de la aprehensión de los grandes acontecimientos que

es su recreación y su recuento desde las perspectivas y las expe-

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iencias personales. El texto mantiene un aire siempre coloquial

–como corresponde–, pero está escrito con un gran cuidado formal.

Germán Sánchez Otero ha logrado con esta obra un ejemplo

sumamente valioso de comunicación testimonial. Sus recursos son

la forma asumida –el diario de un brigadista– y la transmutación

de su nombre y los de las demás personas que se mueven en el

relato. El primero le franquea un logro decisivo, que es situar

la memoria en el presente de entonces, y de sus quince años de

edad, y no en la selectividad de la memoria remota del adulto. El

segundo medio le añade libertad al primero, desembarazando a

este hombre tan riguroso de la prisión de limitarse a lo que efectivamente

sucedió, que muchas veces impide conocer realmente,

comprender, lo que sucedió. Pero el autor no ha abusado de ese

recurso suyo, que utiliza para resolver diálogos y presentar conductas,

dejar más libres a los personajes o deslizar una subtrama

«policiaca». Todos los hechos que narra son ciertos, acaecieron;

la forma utilizada es el vehículo del narrador. En la brevísima y

luminosa «Noticia» con la que autor inicia su libro lo deja todo

claro, y lanza su primer anzuelo al lector.

Aunque se entusiasme, el prologuista debe cuidarse de repetir

lo que el lector encontrará en el texto. Pero quiero destacar al menos

algunos aspectos. Encontrarán ustedes hechos de relevancia

histórica en el mismo párrafo y nimiedades que solo sobreviven

en la memoria de quien las vivió, o la motivación que lleva a un

revolucionario a entregarse sin tasa ni dilación junto a un deseo

personal, una idea menor o la constatación de una actitud mezquina

o torpe. Es decir, hallarán lo que les sucede realmente a

las personas en la vida. Por eso, las hazañas de estos jovencitos y

jovencitas no son calificadas de tales: nadie sabe que sus hechos

llegarán a ser históricos cuando los está realizando. Las valoraciones

del protagonista logran ser las de entonces, no las elaboradas a

posteriori, lo cual es un logro muy notable, frente a tantas «puestas

al día» a las que se somete al pasado. Se incluyen fragmentos de

comunicaciones de valor histórico –discursos o proclamas–, que

le brindan al lector elementos de la epopeya que estaba en curso;

son indispensables, porque ella no era el «contexto»: era la vida

misma de la gente de Cuba de todas las edades. Esos fragmentos

casi siempre proceden del radio que escuchaba el alfabetizador,

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como hacía todo el pueblo entonces.

A mi juicio ha sido muy atinada la decisión de Germán de incluir

pasajes detallados acerca de los solares y las bodegas de

La Habana de su niñez, y de algunas personas que conoció en

esos medios. Cumple las mismas normas que en la narración

principal, por lo que la vivienda de los más pobres y un lugar

privilegiado de las relaciones humanas aparecen como eran, y a

través de la mirada del niño o de sus familiares nos asomamos

a estos condicionamientos de su formación. La injusticia en

que tantos malvivían y que salpicaba a los demás era un modo

de vida y un orden social que parecían ser lo natural, o un mal

inevitable. La vida cotidiana de Gabriel transcurre dentro de ese

mundo, y la narración incluye desde descripciones de alimentos

hasta pasatiempos. El nuevo poder revolucionario de enero de

1959, que sería central en un ensayo histórico sobre el período,

no es en esta narración una luz abrupta que se enciende.

Otro acierto del libro es relatar sucesos de los dos años tremendos

que precedieron a aquel 16 de abril de 1961 en que

Ga-briel se fue a la Campaña de Alfabetización, contados desde

la óptica del muchacho que va sumando vivencias a su entusiasmo

y va creciendo mucho más rápido que su edad. Ni él ni sus

coetáneos tenían un destino marcado, podían haber sido más o

menos indiferentes a la política de su país. La Revolución supo

serlo realmente porque tuvo audacia, valentía e inteligencia pa-ra

pretender y lograr lo imposible y cambiar al pueblo de Cuba y al

país, pero fue factible porque no apeló a la donación, sino a abrirle

vías de actuación y de conciencia al pueblo para que fuera el protagonista

del proceso. Estas jovencitas y jovencitos sintieron que

debían entregarse a algo muy superior a sus afanes personales, y

al mismo tiempo comprobaron que los adultos tenían confianza

en ellos y en sus cualidades. Por eso, Gabriel reúne en las mismas

páginas momentos cruciales de su edu-cación sentimental y eventos

decisivos que han marcado a esta Isla hasta hoy; el pullover

de franjas rojas de su amigo y el enorme gentío que grita «Fidel,

Fidel»; las escenas de horror de la explosión de La Coubre y la

letra de un guaguancó del barrio de Atarés.

Gabriel no llega a nosotros desde el libro de la gloria: viene

de Pinar del Río y es habanero por adopción. Es un portador

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más de la extraordinaria diversidad de los cubanos y las cubanas

de los años cincuenta y primeros sesenta, y es un fruto

más de la individualización y el extrañamiento de unos y otros

que consiguió implantar en Cuba la sociedad del mercado generalizado,

las clases sociales y el capitalismo. Cada uno de

los bri-gadistas es un mundo en su personalidad individual, su per-

tenencia a medios familiares y sociales, sus sueños, sus experiencias,

sus ideas. Es a partir de haber dado el «paso al frente» que

se juntan y viven en compañía, que encuentran una identidad

común y la sirven y enarbolan, que comparten los trabajos, las

penalidades, las experiencias, las alegrías, los aprendizajes, los

proyectos y la causa. Que aprenden a ser un colectivo y lle-gan

a ser una hermandad. La región a la que van bien podía haber

sido para ellos otro país y sus habitantes unos extranjeros, pero

la conciencia que están desarrollando los hace querer hacerla

suya, cubana. Su gesta nos permite asomarnos al arduo camino

de unificación que significó la Revolución.

Con los ocho meses de la campaña entran en el libro las personas

y las familias, la miseria y el trabajo, la fiesta y las creencias,

la vida y las formas culturales de los otros, que comienzan a dejar

de serlo: los analfabetos de Cuba. La narración los muestra en

su naturaleza en tantos sentidos diferente a la de los brigadistas,

y en su complejidad –nadie es simple–, pero también en su

decisión de cambiar sus vidas y apoderarse de la lengua escrita,

de aprovechar los gajes de la Revolución y darle horizontes más

ambiciosos a su eterno trabajo, de participar en el proceso que

vive el país y regalarle sus esfuerzos y su san-gre si es necesario.

Se sabe que los brigadistas compartieron con ellos su trabajo y

sus precarias condiciones de existencia, pero aquí no estamos ante

el discurso, sino ante los hechos con-cretos, las realidades que se

han puesto en marcha, capaces de atraer mucho más y ganar los

sentimientos del que lee, de brindarle conocimiento o asombrarlo.

Doy un ejemplo. He alabado mucho a la Cartilla cubana, entre

otras cosas por utilizar palabras que después Paulo Freire lla

generadoras, como OEA, en la primera lección. Eran a la vez

tres vocales fuertes y la Organización de Estados Americanos.

Pero Gabriel quedó atónito ante su experiencia en Majayara:

ninguno de sus alumnos sabía qué cosa era la OEA.

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Los alfabetizadores fueron al mismo tiempo alfabetizados,

aprendieron a dar sus saberes y recibir otros que no están

en los libros, a vencer al egoísmo y trabajar con sus manos.

Conocieron la vida real, agobiadora y dura, de los humildes,

otros horizontes de su patria y las razones de la Revolución.

Pasaron muy bien la prueba a la que se sometieron y volvieron

más maduros, dueños de un sencillo orgullo. Fueron una de las

vanguardias de una generación que supo encontrar su Moncada

y asumió las nuevas necesidades de la sociedad cubana.

Sumaron a la insurreccional una nueva epopeya de creaciones

realizadas por multitudes, una de las bases culturales de la transi-

ción socialista que se iniciaba.

En muy buen momento nos devuelve este libro aquel año de

todos los sueños. Esta narración hermosa milita a favor de la

confianza en nosotros mismos, y nos permite constatar que las

mejores realidades y las más trascendentes son las que hemos

construido a partir y al calor de los sueños. Gracias, Gabriel;

gracias, Germán.

Fernando martínez heredia

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Noticia

Una tarde de domingo, en octubre de 2009, encontré en mi

librero el Diario de la Alfabetización, que como otros miles de

adolescentes miembros de las Brigadas Conrado Benítez, escribí

durante aquellas jornadas de singular lucidez, en 1961. Cuando

abrí el cuaderno de apuntes, que había extraviado y hacía más de

cuarenta años no tocaba, se agolparon en mi interior disímiles

vivencias. Sentí de repente el placentero deseo de escribir un libro,

que expusiera sin afeites la aventura individual y del grupo con

el que conviví, desde el 16 de abril hasta el 22 de diciembre del

año de todos los sueños.

Un filósofo francés bien conocido, Jean Paul Sartre, sostiene la

paradójica idea de que el ser humano vive más plenamente sus

actos cuando los evoca, que en el instante en que ocurren. Por

mi parte, confieso haber experimentado esa extraña sensación

mientras escribía estas memorias, que opté por exponer en un empaque

novelado. Ciertamente, el lenguaje li-terario y el albedrío

que concede la ficción para narrar deter-minadas situaciones y

conductas de personas, me permitieron discurrir casi sin ataduras

una realidad que intenta abarcar las andanzas del autor y las de

un colectivo integrante de la ico-noclasta generación del sesenta

del siglo pasado.

Con el mismo afecto que se le profesa a un hermano, o un hijo,

me complace haber recreado las vetustas páginas de mi Diario, en

homenaje a las decenas de miles de niños, niñas y adolescentes

–quienes formaron el ejército más sublime que haya existido–, y

a los cientos de miles de campesinos, obreros y laboriosas mujeres

del hogar, todos ellos a la vez nuestros alumnos y maestros.

Deseo que disfruten este testimonio novelado, donde todo lo que

ocurre es cierto, aunque no siempre haya sucedido del modo en

que se narra. Tal vez así, sin dejar de ser mis vivencias, puedan

parecerse al menos en algo a las que cada quien recuerde, en

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ese maravilloso proceso de revivir o imaginar, con más plenitud,

cada suceso íntimo y social.

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el autor

gersanchez1945@yahoo.es


15 y 16 de abril:

Preludio

–¡Niño, qué lindo eres! –dijo la China en tono meloso, mientras

sus hábiles manos acariciaban mi cara.

–¿Qué tal? Todavía no he decidido –le respondí aturdido, sin

enfocarle el rostro.

Al montar en el ómnibus de la ruta 79, acompañado de mi

madre y hermana, en la soleada tarde del domingo 16 de abril

de 1961, imaginé el pícaro semblante de la China y su ficticia

sonrisita angelical. La noche anterior, yo estaba sentado junto

a mi amigo Teddy en la barra del bar The Apple, en el puerto de

La Habana, y había acabado de pedir una Pepsi Cola con abundante

hielo, para simular un Cuba Libre, cuando la diligente

joven olfateó mi timidez.

–¿Me invitas a un trago? Hoy estoy llena de pimienta, verás

cuando pruebes –soltó ella con aire provocador y, al verme impasible,

siguió su andar. No pude resistir el embate, avisté de

soslayo aquel seductor contonear y sentí un intenso temblor,

al imaginar sus caderas moviéndose sobre las mías, al ritmo de

una melodía que yo nunca había escuchado y debía en breve

aprender a danzar.

Traté de mantener la apariencia serena, los brazos extendidos

sobre el mostrador y recto el tronco de mi cuerpo, mas no podía

dejar de acechar con rubor a aquellas águilas nocturnas, que

se desplazaban veloces dentro del famoso lupanar, ahora más

nutrido de usuarios luego que se cerraron meses antes, en 1960,

todos los burdeles de los barrios habaneros. Acompañadas de

sus clientes, ellas accedían sin pudor a los lúgubres cuarticos,

de puertas tan sucias, que el color marrón original resultaba

casi imperceptible. Teddy y yo éramos muy jóvenes, de apenas

quince años, y las laboriosas mujeres fingían cierta ternura para

seducirnos. Sabían de antemano que su faena sería agradable,

debido a nuestros lozanos cuerpos y la piel y el aliento perfuma-

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dos; además, casi siempre les cuajaba muy rápido, como sucedió

aquella cálida noche del 15 de abril, en que por primera ocasión

disfruté el vaivén de los genitales acoplados, víspera del día en

que despunta la historia que voy a narrar.

Confiada de sus argucias para seducir, la China volvió a acercarse

de manera furtiva. Pidió al barman una menta a las rocas,

acarició con su lengua el borde del vaso, aproximó sus tersos

senos a mi hombro derecho y pronto advertí el embriagador olor

a sexo femenino. Noté que ella percibía contenta el latiente bulto

en la entrepierna de mi pantalón y, sin perder tiempo, colocó sus

dedos alrededor de la muñeca de mi mano diestra. «Vamos», dijo,

y su faz destelló, al llevarme satisfecho a su habitación.

Yo trataba de disimular esos pensamientos sobre la reciente

aventura que viví en el puerto habanero y, de vez en vez, le

sonreía con cariño a Eneida, mi madre, y a Dania, mi hermana

mayor, quienes estaban sentadas en un lateral del ómnibus y

permanecían en silencio. Observé sus afligidos rostros e imaginé

el deseo de ambas en el tierno brillo de sus ojos: «¡No te vayas!».

Habíamos discutido varios días sobre mi decisión de incorporarme

a las Brigadas de Alfabetización Conrado Benítez. Ellas

aceptaron la iniciativa y argumentaban que no tenía que ir tan

lejos, porque decían, sin vacilar, «en Cuba hay burros en todas

partes». En ese momento yo cursaba el primer año en la Escuela

Profesional de Comercio de la Víbora que, como todos los centros

de nivel medio del país, culminaron el curso escolar en los primeros

días de abril de 1961, tres meses antes de lo normal, para

facilitar a cien mil adolescentes que se incorporaran de manera

voluntaria al «ejército» de alfa-betizadores. En mi escuela, solo

dos alumnos nos inscribimos el primer día, 27 de marzo: uno

que le llamábamos el Abuelo, debido a su cara estrujada y la piel

del cuerpo fláccida, y yo que como él, tomé la decisión sin consultar

a mi familia. Este paso audaz nos permitía ganar tiempo

para formar parte del Primer Contingente, previsto para salir

el 16 de abril rumbo a Varadero, donde recibiríamos un curso

de adiestramiento.

«Por fin llegó el ansiado día», pensé, y en ese momento la guagua

se detuvo en la parada de Vía Blanca y Palatino.

Vi subir un hombre viejo, de tez negra, aire taciturno y mara-

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cas en manos, quien inició la conocida tonada: Mamá, yo quiero

saber de dónde son los cantantes… Y al cabo, sin respirar, interpretó

la segunda canción: Cachita está alborotá, ahora baila el

chachachá… Después caminó por el pasillo, el brazo izquierdo

extendido. «Coopere con el artista cubano», repetía sin brío. Mi

madre fue la única que le dio algunos centavos: «Gracias, usted

se merece más…». Y él, antes de bajarse por la puerta trasera,

miró a los pasajeros, hizo un fingido gesto de alegría que no logró

encubrir su extraña tristeza y expresó en voz queda: «Hasta

pronto, mi público».

Al reiniciar su marcha el vehículo, necesité cerrar los ojos

para volver a rememorar a la China y sus dotes corporales, que

le permitieron abatirme en dos rounds –«el segundo va por mí,

es gratis»–, dejándome casi exhausto, aunque si hubiera tenido

otros tres pesos, le habría peleado el tercero. Escuché el sonido

del agua al caer en la palangana, cuando mi anfitriona se limpiaba

rauda en el minúsculo baño, y mientras esperaba el turno

para lavarme, sentí cierta lástima hacia aquella joven que parecía

tener veinte años y era la única descendiente de una humilde

mujer negra cubana y un inmigrante chino, quien falleció de

tuberculosis siendo ella una bebé. En esos pocos minutos lancé

un vistazo a su peculiar recinto de quehaceres: paredes altas,

pintadas de cal blanca con zonas húmedas y descorchadas, una

imagen de Jesucristo en la cruz de sus avatares, otra de Obatalá

o Virgen de las Mercedes, abridora de los buenos senderos, y un

letrero colgado en la parte superior de la puerta, que en aquellos

años era visible a la entrada de casi todas las viviendas cubanas:

«Fidel, esta es tu casa». Y, al leerlo, una idea me estremece: en

pocas horas comenzaré una aventura más prolongada que la

recién concluida dentro de esta placentera mulata. Mañana,

discurrí, saldré de La Habana hacia un rumbo desconocido, sin

saber qué sorpresas me traerá el destino. «Pero me iré lim-pio»,

murmuré, y en ese segundo la China abrió la puerta del ba-ño, el

aire del ventilador inundó el espacio con su olor a talco untado en

abundancia sobre la piel de las zonas en uso recién remozadas,

sonrió al escucharme, terminó de alisarse el pelo y sin rodeos

exclamó:

–¡Papito, apúrate, que afuera tengo otro amigo esperándome!

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Al salir aguardé en la puerta del bar unos minutos a Teddy,

quien había sido capturado por otra impetuosa ave. «¿Qué hora

es?», pregunté a un hombre alto y encorvado, de rostro huraño

y aliento etílico, que me respondió pesaroso: «Faltan veinte minutos

para la media noche».

Ya es bastante tarde, pensé; Mima debe estar preocupada, tengo

que irme rápido, pues a las doce empieza la confronta y casi no

pasan guaguas. Sin embargo, opté por acompañar a mi buen

amigo Teddy hasta su casa, a fin de recoger una cantimplora

que me prestaría su padre, un torcedor de tabacos que frisaba

los cincuenta años, hijo de un emigrante canario y una mestiza

clara, una mezcla que le había impregnado a su piel un tinte

cobrizo suave, el mismo que heredó Teddy, aunque el suyo era

más oscuro, signo inequívoco de sus raíces africanas.

–¡Hola mamá! –exclamó Teddy cuando Josefa nos abrió la

puerta y luego se besaron–. Gabriel vino conmigo a llevarse la

cantimplora que papá le prestó.

–¿Pero ustedes no saben lo que está sucediendo en el país,

hijo? –preguntó ella turbada, y sus pequeños ojos dilatados me

asustaron.

–¡Claro, mamá! Nos enteramos en la escuela, aviones yanquis

con insignias cubanas bombardearon hoy, al amanecer, los aeropuertos

militares de Ciudad Libertad, San Antonio y Santiago de

Cuba. Sabemos que hay muertos y heridos. ¿Ha pasado algo más?

–No. Y ahora la pregunta de los sesenta y cuatro mil pesos es

qué va a suceder después… ¡Que Dios y la Virgen del Cobre nos

acompañen! –dijo ella persignándose y las gruesas arrugas del

contraído rostro hablaron más que sus labios.

–La situación es muy preocupante –agregó–. Hace un rato le

avisaron a tu padre que fuera para el batallón de milicias y tuve

que recogerle su ropa y demás cosas en menos de cinco minutos.

¡Imagínate tú: se fue sin saber por cuánto tiempo, ni a dónde

lo mandarían!

Teddy y yo nos miramos sorprendidos y algo preocupados,

levantamos las cejas y no tardé en captar su mensaje verbal en

clave: «Qué bien hicimos en comer las manzanas esta noche,

porque la cosa está fea y nadie sabe lo que va a ocurrir».

–¿Entonces papá se llevó la cantimplora? –indagó Teddy.

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–¡No, no, aquí la tengo! –aclaró Josefa–. Él no quiso que se la

pusiera en la mochila y cuando estaba yéndose, desde la ace-ra

gritó: «¡No te olvides de prestársela a Gabriel!».

Palpé la vasija, que Josefa me entregó orgullosa; por primera

vez tenía una en las manos, de aluminio, ligera, en su estuche

de lona verde olivo.

–Gracias, pero creo que su esposo la va a necesitar más que yo…

–De ninguna manera, Arturo no lo entendería, sería una descortesía.

Él te quiere como un hijo y sabe que Teddy no puede

ir contigo a alfabetizar al campo, por su maldita asma.

Yo continuaba sentado en el ómnibus, abstraído en mis pensamientos:

¿Cuándo regresaré de alfabetizar? ¿Y si Zenaida se

aburre de esperarme y se enamora de otro?, aún no he podido

siquiera tocarle sus preciosas tetas, solo acariciarlas por encima

de la blusa… ¿Qué estará diciendo Fidel ahora en el entierro de

los asesinados ayer por los yanquis?

Antes de salir de mi casa en el Cerro, para dirigirme a la parada

de la ruta 79, oí en el televisor la voz indignada del Co-mandante,

en los primeros minutos del discurso de despedida a los caídos

durante la macabra agresión. Vi en la pantalla de cristal la

esquina de 23 y 12, a menos de cien metros del cementerio;

nuestro pueblo se desparramó a las calles: más de doscientos

mil seres humanos encendidos de ira, entre ellos un avispero

de enérgicos milicianos, fusiles en alto, dispuestos a usarlos en

cualquier momento.

Miré desde la ventanilla las solitarias calles que el ómnibus iba

dejando atrás en su rápida travesía por Vía Blanca, y confirmé

que las familias estaban en sus casas frente a los televisores

y radios. Le dije a mi madre: «Parece que todo el mundo está

oyendo a Fidel»; y ella asintió de inmediato: «Sí, mijo, la gente

sabe que él ilumina los caminos mejor que Obatalá». Y agregó:

«Después del bombardeo de ayer, nadie sabe lo que va a pasar,

¡este es el peor día que pudieron escoger para que us-tedes salgan

a alfabetizar!».

Al llegar al cruce de 41 y 42, en Marianao, esperamos el autobús

que nos conduciría a Ciudad Escolar Libertad, nuestro

destino final, el mismo sitio que veinticuatro horas antes había

sido atacado por los aviones y donde un joven miliciano, en el

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umbral de la muerte, escribió con su propia sangre FIDEL con

letras mayúsculas, en una puerta cerrada que estaba detrás y, sin

pretenderlo, colocó de ese modo su propio nombre en el portón

de los héroes fortuitos: Eduardo García Delgado.

La guagua estaba casi vacía, solo cinco personas. El conductor

ni siquiera miró las monedas que le entregamos, tenía la atención

centrada en el enardecido discurso de Fidel, que escuchaba en

un radio portátil. Sus exaltados manoteos y el fulgor de la cara

disimulaban los pliegues de un típico sesen-tón, de pelo grisáceo

y mechones desordenados. Por ser do-mingo aquel 16 de abril,

casi no montaban nuevos pasajeros y el cobrador podía darse el

lujo de estar relajado; sin embar-go, el verbo de Fidel provocaba

una y otra vez en él exclama-ciones, que permitían apreciar su

inmenso bigote esparcido sobre las comisuras de los labios, tal

vez para ocultar la ca-rencia de los dientes superiores.

–¡Patria o Muerte, caballo; Cuba es de los cubanos, paredón

para los traidores! –gritó el cobrador con vehemencia, mientras

sus huesudas manos de largas uñas espantaban una mosca intrusa.

Todos lo miramos, incluso el chofer, que flexionó su cue-llo casi

ciento ochenta grados y emitió una voz musical, distor-sionada

por una simpática gaguera:

–¡Eso e… es, Cheo. Ven… venceremos co… coño. Nadie po…

po… drá dedetenernos!

En ese intervalo, Fidel había elevado el tono de su inflamada

oratoria y el conductor decidió subir aún más el volumen del

radio:

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Porque lo que no pueden perdonarnos los imperialistas es que

estemos aquí; lo que no pueden perdonarnos los impe-rialistas

es la dignidad, la entereza, el valor, la firmeza ideo-lógica, el

espíritu de sacrificio y el espíritu revolucionario del pueblo

cubano.

Y de repente, la voz metálica del joven líder deslizó el golpe

más fulminante y sorpresivo del discurso:

Eso es lo que no pueden perdonarnos, que estemos ahí en sus

narices ¡y que hayamos hecho una Revolución socialista en


las propias narices de los Estados Unidos!

La algarabía en 23 y 12 alcanzó su clímax, aplausos y gritos se

juntaban y en la multitud surgió una reiterada consigna cada

vez más intensa y cadenciosa: «¡Somos socialistas, pa´ lante y

pa´lante…!».

–¿Oyeron lo que acaba de decir Fidel? –pregunté enseguida a

mi mamá y a mi hermana, en voz alta para que todos escucharan–.

Bautizó a la criatura y sin agua bendita. ¡La Revolución

es socialista, tenemos una Revolución socialista! ¡Viva Cuba

socialista! –grité eufórico, y los demás repitieron ¡viva!, y nos

miramos desconcertados, como preguntándole cada quien a los

otros el alcance de aquella descomunal afirmación.

De súbito, una pasajera de blanca piel, cabellera rubia y semblante

de princesa, que oía sin inmutarse el discurso y nuestro

alboroto, movió hacia ambos lados la cabeza en ademán enigmático,

se colocó de un tirón la plisada saya roja debajo de la rodilla,

tal vez por timidez, pues sus sensuales piernas la hacían aun más

atractiva, y expresó con firmeza:

–Si Fidel es socialista, yo también lo seré, pero lo que nunca voy

a aceptar es que venga el comunismo… ¡Eso sí que no! ¡Aunque

me lo pidan Dios y todos los santos juntos!

Cuando arribamos a Ciudad Libertad estaban allí casi dos mil

adolescentes, acompañados de familiares y amigos. Parecía una

réplica del acto patriótico de 23 y 12, donde seguía ha-blando

Fidel; los coros espontáneos exclamaban consignas y entonaban

himnos y cantos dedicados a la patria y a la Revolución. Muchos

familiares alentaban a los brigadistas, otras veces estos los encaraban,

al no conseguir de ellos el respaldo necesario. Me impresionó

ver algunos niños y niñas de doce o trece años. A uno le decían

el Pájaro Loco, por ser muy intranquilo y tener una nariz larga

y media curvada; a otra la Pequeña Lulú, porque parecía una

graciosa miniatura de mu-jer; a esta le escuché expresarle a su

padre con una voz resuelta y mirándole furiosa a los ojos, desde

su nimia estatura, muy cerca de la madre que la respaldaba:

–¡No, chico, no tengo miedo!, ¿me oíste?... ¡Ahora es cuando

debemos alfabetizar y no me voy a quedar en la casa por tu culpa!

Los responsables de la organización trataban de poner or-

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den en medio de la alharaca. Mi madre y mi hermana me

apretaban ambas manos. Las notaba nerviosas, la piel pálida

y fría, sus rostros acongojados. Giré la vista en derredor y no

co-nocía a nadie. Un profesor se acercó a nosotros: «No se

preo-cupe, señora; su hijo va a estar muy bien cuidado y en los pró-

ximos días va a disfrutar de la playa más linda del mundo».

–¿La conoces? –me preguntó en tono cariñoso y nos regaló

una espléndida sonrisa. Era un hombre de porte atlético y piel

morena clara, como de cuarenta años, aire bondadoso y esmerada

pronunciación.

–No, nunca he ido –le dije algo apenado.

–Creo que casi ningún brigadista ha estado allí, van a tomar las

clases para prepararse en el manejo de la Cartilla y el Ma-nual

de Alfabetización –dijo él.

–¿Y qué más? –indagué con avidez, casi sin dejarlo terminar.

–Recibirán una mochila, cartillas, manuales, dos uniformes,

botas, medias, una boina, libretas, lápices, diez pesos, un farol

chino tipo Coleman y una bandera cubana. Las hembras se

instalarán en varios palacetes de Kawama y Dupont, que pertenecían

a los ricachones que se fueron para el Norte, y los varones en

los modernos apartamentos del reparto Granma. Tendrán además

tiempo libre para bañarse en la playa y divertirse durante

una semana.

–¡No se pueden quejar, muchachos; los están premiando antes

de empezar la batalla! –interrumpió en voz alta un señor de

cara bonachona, al parecer algún padre que paró su oreja para

enterarse.

–¿Y después de Varadero, a dónde van? –inquirió ansiosa mi

madre.

–Este primer contingente será distribuido en la provincia de

Oriente, irán a los lugares más intrincados en los que hay muchos

analfabetos y es muy difícil acceder a ellos –respondió el

profesor, como si impartiera una clase–. A las muchachas se les

ubicará en bateyes y pueblitos. La idea es que los brigadistas de

ambos sexos vivan junto a sus alumnos, la ma-yoría miembros de

familias campesinas humildes. También pueden ayudarlos en el

trabajo y otros quehaceres domésticos. Esa será una enseñanza

que solo en el futuro cada brigadista será capaz de recordar y

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valorar. ¿Por qué no escribes un diario? –sugirió risueño el educador,

poniéndome un brazo sobre la espalda, en gesto paternal.

–Gracias, lo había pensado; nunca lo he hecho, todavía no sé

para qué servirá, pero al menos así me entretengo –le respondí

con cierta displicencia.

Alguien orientó subir a los ómnibus: «Tengan cuidado, en orden,

todos caben, no olviden sus pertenencias, dejen el llanto, mañana

van a ser muy felices…». Yo monté de un salto, casi sin despedirme,

mas aquellas dos mujeres que tanto quería me besaron y

expresaron sus idénticos reclamos, casi al unísono: «¡Acuérdate,

no vayas a hacer disparates en el campo y escribe pronto!».

Al comenzar a moverse el vehículo miré con cierta tristeza

a mi madre, sus ojos estaban llenos de lágrimas y aprecié que

quería gritarme algo. En efecto, para rematar, esgrimió a voz

en cuello su última súplica, que provocó una relajante carcajada

en todos los presentes:

–¡Pipo, ten cuidado con los tiburones en Varadero!

Después, ella se sumó a la despedida que más escuché en to-dos

los que levantaban sus brazos, en señal de adiós:

–¡Patria o Muerte!

Y yo le respondí, emocionado, lanzándole un sonoro beso y mostrándole

una sonrisa que rebasó mis dos orejas:

–Mima… ¡Venceremos!

Me senté en el lado izquierdo del ómnibus, para deleitarme con

los paisajes de la costa Norte, entre La Habana y Matanzas. La incipiente

noche despejada me hizo pensar en lo que dejaba atrás: la

televisión, el cine, la familia, el barrio, Zenaida, el Malecón, montar

bicicleta, los amigos, el bar The Appel, las ruedas de casino en

los bailes, el arroz frito del Mercado Único, la iluminada ciudad,

mis amigos del solar, las maltas frías, el béisbol, la victrola de la

bodega con la mejor música cubana…

Y, de improviso, una especie de espectáculo se armó dentro

del autobús, al tomar más velocidad. Primero entonamos el

Himno Nacional: Al combate corred, bayameses; luego el del

26 de Julio: Cantando, vamos hacia un ideal. Después siguió

un torneo de canciones, que inició una joven sentada a mi lado

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con un clásico de Benny Moré, y la acompañaron varias voces:

Vida, desde que te conocí no existe un ser igual que tú; y el coro

siguió con Elvis Presley: Love me tender, love me sweet, never

let me go; y enseguida Pedro Infante: De piedra ha de ser la

cama, de piedra la cabecera; Ramón Veloz: Yo no quiero flores,

yo no quiero estampas… lo que quiero es Virgen de la Caridad;

Rolando Laserie: Río Manzanares, déjame cruzar, que mi madre

enferma me mandó a buscar; la orquesta Aragón: Nosotros,

que nos queremos tanto, debemos separarnos no me preguntes

más; Vicentico Valdés: Los aretes que le faltan a la luna; Lucho

Gatica: Tanto tiempo disfrutamos de este amor, y terminó con

Siboney, yo te quiero, yo te adoro, Siboney… Y pronto arrancó la

lid de chistes, que no paró hasta llegar a Matanzas, una hora y

media más tarde: «Alberto se encuentra con su sobrino Pepito

y le observa su rostro amoratado y lo labios rotos. Le pregunta:

¿Seguiste mi consejo de besar a la vecina cuando menos se lo

esperaba? Y Pepito le responde: ¡Ah, dijiste «cuando»! ¡Yo pensé

que habías dicho «donde»!».

Disfrutaba en silencio aquel jolgorio, sentado en mi ilusorio

cine, viendo las imágenes externas que se movían a la velocidad

del ómnibus, apenas iluminadas por la luna primaveral en

cuarto creciente: el Malecón habanero despejado, solo algunas

parejas y un borracho que caminaba en zigzag, el mar sereno,

alisios frescos, las calles y la autopista con pocos trans-portes, el

flamante túnel de la bahía, el puente de Bacunayagua, que me

provocó vértigo, el hermoso valle de Yumurí, innumerables palmas

adormecidas, milicianos que portaban fusiles en camiones,

otros vigilantes en locales de trabajo. Pensé que esta movilización

tan grande se parecía a la de enero de ese año, durante el cambio

de gobierno en los Estados Unidos, cuando asumió el presidente

Kennedy. Sin embargo, ahora pre-sentía que el peligro era más

inminente.

Llegamos a Matanzas cerca de las ocho de la noche y viré el

rostro hacia el lado derecho, allí estaba sentada, muy cerca de

mi piel, una joven brigadista rubia…

–¡Hola! –le dije.

de pelo corto, la cara rosadita y algo redonda, tal vez dos

años mayor que yo.

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–Disculpa que no te haya saludado, venía entretenido, tú sabes,

pensando –agregué.

–Sí, a mí me sucede lo mismo –dijo ella y aprecié un rictus

algo enigmático en sus gruesos labios, quizás motivado por la

nostalgia de la despedida. Su blusa de fondo blanco y estampada

en colores vivos, tenía un botón sin abrochar y pude captar en

el triángulo del escote sus senos.

–¿Cómo te llamas?

–Caridad Hernández, pero me dicen Cary. ¿Y tú?

–Gabriel Suárez, antes me decían Pipo, y desde que cumplí

los quince años exigí que nadie me llamara así… –comencé a

explicarle, mas no pude terminar la idea, pues de sus ojos brotó

una cascada de llanto y con la voz entrecortada susurró:

–Nunca me he separado de mis padres y hermanos y no sé si

podré vivir tantos meses lejos de ellos.

–Alégrate, en algún momento debíamos destetarnos de la

familia –le sonreí y, al unísono, volvió a martillarme la inquietud

que se movía en mi cerebro hacía varios días: ¿Seré capaz

de resistir tanto tiempo, lejos de la familia y los amigos y sin las

comodidades de mi hogar?

–¿No tienes miedo? –preguntó Cary, enjugándose las lágrimas

que poco a poco dejaban de salir de sus ojos, matizados por sendas

pestañas largas y un raro color entre verde y azul, según se

reflejaban en ellos las luces de los pocos vehículos que circulaban

por la ciudad yumurina.

–¡No! –respondí con teatral énfasis, para sentirme más seguro–.

Qué va, estoy contento de demostrar que soy un hombre y

de poder hacer algo importante para ayudar a la Revolución; el

sacrificio nuestro no es nada en comparación con el que hicieron

los barbudos, ellos sí se la jugaron a la ruleta rusa.

La rubia parecía que no me escuchaba, seguía pensativa, su

mente copada por algo que le mordía el corazón, hasta que se

explayó: «Mi problema es más difícil, hace ocho días asesinaron

a mi padrastro y tuve que dejar sola a mi madre», dijo mi-rando

el infinito que se perdía en lontananza, detuvo sus palabras,

volvió a llorar sin consuelo, y la dedesahogarse hasta que pudo

concluir de una vez.

–Lo peor es que nadie sabe quién lo mató ni por qué. ¡Horrible,

horrible! –repitió con talante dramático y perdió aun más la

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compostura; comenzó a temblar y gemir, tanto, que la profesora

responsable de su grupo se acercó.

–¿Qué te pasa?

–Nada, maestra, un problema personal, pero ya me siento

mejor, no se preocupe.

Cary tragó en seco, apretó sus dientes y siguió contándome

en voz baja más detalles de su trauma, en plena efervescencia.

–Hay dos sospechosos, el primero le debía mucho dinero a mi

padrastro, que era garrotero y apuntador de charadas… –se

detuvo, como trabada por algo perturbador. Sentí que su mano

izquierda, fría y nerviosa apretaba mi derecha y entonces por

primera vez me enfilaron sus marchitos ojos, que pedían a gritos

auxilio y afecto.

–¿Y el segundo? –le pregunté comprensivo, sujetándole ahora

yo su diestra suavemente y sin desviar un milímetro la atención

a sus dilatadas pupilas.

–¡Es mi papá! –reveló de un tirón. Y agregó–: Hay testigos

que lo vieron borracho diciendo que mataría al marido de mi

mamá. Los celos lo tenían como loco… pero yo no puedo creer

que haya sido él.

Luego narró otros detalles de su trance; el padrastro golpeaba

a la madre y la ofendía a ella, le mató al perro porque ahuyentaba

a sus clientes y se burlaba de su hermano retrasado mental.

Noté a Cary más tranquila, le brindé agua de mi cantimplora,

tomó un trago y su tensión casi desapareció.

–Gracias… –deslizó una sonrisa incipiente y pestañeó dos o

tres veces, con sus ojos fijos en los míos–. Me siento mejor. Esto

no se lo había contado a nadie. Te pido que guardes el secreto.

No te conozco, pero tenía que desahogarme.

–¿Y por qué lo hiciste precisamente conmigo?

–Tu cara me dio confianza, tienes una mirada de buena gente

y una espontánea sonrisa –respondió al momento–. Tratemos

de estar cerca en Varadero; ya eres mi confesor y no vas a tener

competencia, porque allí no hay curas ni yo los resisto, casi todos

son muy hipócritas y ahora, para colmo, muchos se han convertido

en gusanos con sotanas.

–Sí –enfaticé con ira–. La mayoría son tan mentirosos y vendidos

a los yanquis, que están rodando la bola de que Fidel les

va a quitar los hijos a los padres. Por suerte, algunos sacerdotes

encabezados por el cura Germán Lence crearon la agrupación

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Con la Cruz y con la Patria, que expresa los sentimientos del

pueblo creyente.

–¿Y tú eres católico? –indagó Cary.

–Yo tomé la primera comunión a los doce años. Recé muchas

veces Padre Nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu

nombre, y Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros los

pecadores… Pero hace más o menos un año dede creer en la

existencia de un ser todopoderoso y en sus representantes en

la Tierra.

–¿Y por qué, muchacho? –preguntó Cary, sin ocultar su inconformidad.

–Muy sencillo, chica; muchos curas apoyaron a Batista y ahora

han convertido a las iglesias en trincheras de la contrarrevolución;

incluso entre los asesinos del maestro Conrado Benítez

había un sacerdote falangista –argumenté–. Y si Dios existiera,

ellos no serían tan hijoeputas, ¿no te parece? –utilicé este último

argumento, para mí irrefutable, y ella reaccionó enseguida.

–Yo sí pienso que hay un Dios; alguien muy superior a los humanos

tuvo que crear todo lo que existe –dijo muy convencida

y no pude replicarle; me costó trabajo aguantarme, pues en ese

momento avisaron que faltaban minutos para llegar a Varadero.

Ambos miramos a través de la ventanilla el tenue y rítmico

movimiento de las olas, matizadas por largas estelas de espuma

blanca. Disfrutamos la brisa fresca y un olor ineludible a perfume

de salitre, hasta que nos sobresaltó la voz chillona del chofer:

«¡Llegamos a Varadero!». Y en breve nos fuimos desplazando

hacia los lugares previstos para albergarnos. Ca-ry me dio un

delicado beso en la cara y apretó sin inhibirse su jugoso pecho

al mío, aunque solo sentí en ese fugaz segundo de despedida un

hálito amistoso.

–No te olvides de mí, intuyo que me harás mucha falta –puso la

voz suave y sus ojos destellaron. Medité confundido: «Ese brillo

es un indicio de algo que ahora no puedo interpretar».

Me incorporé al grupo que me asignaron desde Ciudad Libertad

y en pocos minutos nos instalamos en un edificio de aparta-mentos

del Campamento Granma, que parecía nuevo. El nuestro tenía

tres habitaciones y en cada una fuimos ubicados seis brigadistas.

Pronto se armó una cola para usar los sanitarios y asearnos, y

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surgieron diversos comentarios y chistes.

–Caballeros, esto parece un hotel. ¿Por qué no pedimos que

traigan a los guajiros para Varadero y los alfabetizamos aquí?

–dijo alguien.

Todos gozamos el lance con ganas de seguir haciendo bromas y

enseguida el profesor responsable del albergue nos trajo a la realidad:

«Muchachos, hay que acostarse, mañana a las seis y media

los despertaremos y a las ocho comienza el curso, ¡a dormir y que

sueñen con los angelitos!».

–¡Yo prefiero soñar con mi Angelita…! Así se llama mi novia,

que en vez de alas tiene unas tetas del tamaño de las montañas

donde vamos a alfabetizar –gritó el mismo chistoso. Y el profesor

se sumó a la carcajada, que sirvió para sosegarnos y aproximar

el sueño.

Hasta ese momento, yo no conocía a ninguno de mis compañeros

del apartamento, y en la habitación los otros cinco se lla-maban

por sus nombres, señal de que estudiaban juntos. Para atraer

la atención, se me ocurrió decirles: «Compañeros, el que sea

sonámbulo que lo diga, no vaya a ser que el profesor piense que

es un indisciplinado y mañana no lo deje bañarse en la playa».

Sin embargo, el chiste no hizo gracia, quizás no era bueno, había

cansancio y ninguno de ellos tenía, como yo, un hermano que

deambulaba por la casa con sus brazos estirados a cualquier hora

de la madrugada y por eso, una vez mi padre asturiano se despertó

sobresaltado y pensó que era un ciego que había entrado a robar y

por poco lo mata con un machete.

Cerré los ojos sin tener sueño: «¿Quién asesinó al padrastro

de Cary?». La pregunta relampagueó en mi cabeza y quedé

encandilado. Decidí entonces pensar en mí mismo: «¿Tendré

cojones para aguantar?». Fidel en su discurso explicó que el

ataque de ayer fue el preludio de la agresión de los mercenarios.

«Nadie es soldado al nacer», recordé este aserto que le gustaba

repetir a mi padre, al hacerme los cuentos de la Guerra Civil Es-

pañola y de cuando, recién llegado a la Isla en los años treinta, se

incorporó a la organización TNT, de Antonio Guiteras, y estuvo

preso tres meses por enfrentar a la dictadura de Machado. «Ni

tampoco después de morir», suspiré mientras lo recordaba hablar

con su dulce voz castiza, semanas antes de fallecer, enfermo gra-

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ve de silicosis, dolencia irrefrenable de los mineros que perfora

sus pulmones y a él se lo llevó cuando cumplió cincuenta años,

veinte de ellos metido en túneles de rocas de cobre, por debajo

de las lomas cubiertas del verdor prodigioso de Matahambre,

el pueblito pinareño en que nací y solía recordar con amor y

amargura, porque fue también el lugar que mató al «viejo».

«Mañana comenzaré a demostrarle al Tata y a su her-mano, que

hablaron basura en el barrio, que no voy a rajarme, aunque pase

las de Caín», me dije. Y, durante ese soplo de íntima reflexión,

fui hipnotizado por el sortilegio de los susurros del mar de la

Península de Hicacos.

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17 al 20 de abril:

Girón en otra playa

–¡De pie, de piee…!

Desperté muy asustado al escuchar el vozarrón de un hombre

negro, pequeño y delgado, que no parecía por su complexión

disponer de tanta energía, ni unas cuerdas vocales similares a

las de un contrabajo. Solo el bromista siguió sumergido en su

sueño y el despertador humano le gritó sin piedad, a diez centímetros

de sus oídos:

–¡Oye, simpático, levántate para que nos hagas reír en el desayuno!

–¡Mejor desde ahora! –ripostó molesto el chistoso, que ya se

quedó con ese mote–. ¿Sabes en qué se parecen el mono y el hombre?,

en que los dos joden a cualquier hora –y agregó–: Cualquier

parecido con la realidad es pura coincidencia.

El horario de las clases se atrasó y empezamos pasadas las diez

de la mañana. Mientras esperábamos al profesor, un rumor persistente

se filtró en el grupo: en la madrugada de hoy, 17 de abril,

en un sitio de la costa sur entre las provincias de Las Villas y

Matanzas, desembarcaron miles de hombres muy bien armados,

apoyados por aviones y barcos de guerra y ya avanzaban hacia

varias partes, incluso Varadero. No teníamos detalles, pero sí era

seguro que los yanquis ya nos estaban invadiendo. La zozobra se

apodede todos, aunque no vi a nadie de mi grupo acobardado,

al contrario, alguien muy elocuente exclamó:

–¡Coño, ahora que nos enseñen a tirar y que nos cambien los

lápices por fusiles!

Al poco rato todo se aclaró, cuando escuchamos en la radio,

a través de un altoparlante, el primer comunicado de Fidel, en

el que explicaba que tropas de desembarco, por mar y por aire,

estaban atacando varios puntos del territorio nacional al sur de

la provincia de Las Villas, apoyados por aviones y barcos de guerra.

Los gloriosos soldados del Ejército Rebelde y de las Milicias


Nacionales Revolucionarias, habían entabla-do combate con el

enemigo en todos los puntos de desembarco: Se está combatiendo

en defensa de la Patria Sagrada y la Revolución, contra el ataque

de mercenarios organizados por el Gobierno Imperialista de los

Estados Unidos.

Oímos crispados aquel estremecedor documento, que conmovió

aún más nuestros bríos patrióticos al escuchar el final: Gritemos

ahora, con más ardor y firmeza que nunca, cuando ya hay

cubanos inmolándose en combate: ¡Viva Cuba Libre! ¡Patria o

Muerte! ¡Venceremos!

Primero nos sobrecogimos y enseguida nuestras gargantas

repitieron, henchidas de energía, las mismas consignas. Luego

quedamos anonadados, cada quien sumergido en su universo

subjetivo y casi todos –lo aprecié así en las tensas caras de mis

compañeros–, convulsos por interrogantes y temores inconfesables.

Un brigadista rompió el hielo, tenía sus ojos muy abiertos,

la cara excitada y los puños cerrados:

–¡Compañeros, Playa Girón queda a cien kilómetros de Varadero

y los yanquis también pueden desembarcar por aquí en

cualquier momento!

Y no fue difícil avistar entonces un enorme buque de guerra

de Estados Unidos, anclado a pocos kilómetros de la playa, y

nos dimos cuenta que nuestro compañero tenía razón. Sin embargo,

no hubo ninguna contraorden y durante la mañana nos

impartieron las primeras instrucciones para el uso del Manual

y la Cartilla. También nos entregaron los uniformes: botas altas

de cuero negro, un pantalón verde olivo con amplios bolsillos

de campaña, boina del mismo color, camisa o blusa gris plomo,

con cuellos y puños de las mangas verde oli-vo y, en uno de los

hombros, el monograma del Ejército Al-fabetizador, con una

letra A y un lápiz de punta afilada.

Almorzamos, ya uniformados, atentos a que llegaran nuevas

informaciones. Los rostros severos, sin perder de vista al barco

gringo. Reuniones en cada edificio y, en el nuestro, un profesor

orientó por su cuenta abrir trincheras:

–Háganlas en la propia arena, es más fácil, no hay picos ni

palas, usen las manos, lo que tengan, después vendrán otras

instrucciones. ¡Patria o Muerte!

Y al escucharlo, emocionados por sus palabras, cantamos el

himno nacional, serenos, firmes, salvo dos brigadistas, muy cer-ca

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de mí, en extremo nerviosos:

–Están apendejados –me dijo el Abuelo al oído–. Esos se van

pa’l carajo en cualquier momento, fíjate como les corre la diarrea

en los pantalones.

Parecíamos un enjambre de abejas, cada quien en su labor.

Empapados de sudor, debido al calor y la ansiedad, sacábamos

arena de una línea casi recta trazada por un brigadista, con un

palo a treinta metros del agua, y cavamos la trinchera sin dejar

de otear a cada rato aquel amasijo de hierro con sus inmensos

cañones, que por minutos nos parecía más aterrador. Y en los

ojos de los demás, leía la misma pregunta que una y otra vez me

hacía: ¿Y si desembarcan por Varadero, podremos derrotarlos?

Esa noche, después de comer, nos indicaron permanecer en

los apartamentos. Empezaba a leer y tratar de entender el libro

Sartre visita a Cuba, que me había regalado mi profesor de

Estadística y amante de la filosofía, cuando en la habitación se

entabló un debate en el que participaban los otros cinco brigadistas,

estudiantes de cuarto año de bachillerato.

El tema era si a Cuba le podía suceder lo mismo que a Numancia

y hacían referencia al texto inmortal de Miguel de Cervantes.

Ninguno de nosotros lo había leído, pero tres noches

antes, CMQ-TV, el primer canal del país, transmitió esa obra

maestra del teatro clásico español, donde se relata el acto

he-roico de una pequeña población peninsular que optó por

perecer en llamas antes de rendirse al asedio de las legiones ro-

manas.

De los presentes, cinco habíamos visto la obra en televisión.

Roberto Saavedra, un brigadista de tez blanca, noble semblante,

pelo trigueño y seis pies de estatura, quien había regresado hacía

un año de Estados Unidos con sus padres («el repatriado», le

decíamos) inició la polémica:

–Fue muy bueno que pasaran esa obra por televisión y de hecho

ese es el mensaje de la consigna Patria o Muerte y, en el caso

de Cuba, no es fatal que terminemos como Numancia, ¿no les

parece? –dijo sin vacilar–. Al contrario, por eso Fidel también

afirma Venceremos; o sea, los revolucionarios debemos estar

dispuestos a dar hasta nuestras vidas, convencidos de que al

final nuestro pueblo ganará la partida.

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Jesús Delgado, de hombros anchos, cabello rubio, rostro sobrio

y una prominente nariz en la que descansaban sus espejue-los

de miope extremo, no estuvo de acuerdo. Con voz apasionada y a

la vez sin perder el control, reflexionó:

–Compañeros, Numancia es una obra de teatro, ¿estamos claros?,

y como tal debemos entenderla. Por eso la representaron

en la televisión, precisamente en estos días, ¿estamos claros?

–reiteró–. Para mí la interrogante no es si a Cuba le pasará lo

mismo o no: lo importante es estar dispuestos a incendiar la Isla

antes de que sea conquistada por los yanquis. Ese es el men-saje,

que no se atrevan, porque aquí no nos vamos a rendir. ¿Estamos

claros? –dijo otra vez y entonces sí nos percatamos de su incontrolable

muletilla.

–Bueno, los habitantes de Numancia se inmolaron y los cubanos

nunca haríamos eso –afirmé yo sin darme cuenta–. Una cosa

es que nos maten a todos peleando y otra es quemarnos no-sotros

mismos.

–Es cierto –comenzó su argumentación Raúl Alfonso, que casi

nunca hablaba, como metido en sus asuntos–. Los cubanos somos

unos cojonudos y jamás nos rendiremos ni nos suicidaremos,

aunque Estados Unidos nos agreda con todas sus armas. Lo

importante es resistir ¿eh?, fíjense en las noticias que escuchamos

hoy en la radio sobre la reacción de casi todo el planeta en

contra de la agresión.

–¡Estoy de acuerdo, compañeros! –exclamó Roberto–. Yo me crié

desde los doce años en New York, los americanos viven al margen

del mundo y solo se interesan por otro país o problema internacional

cuando les afecta el bolsillo o mueren muchos soldados

gringos. ¿Me entienden? Estoy seguro que si ahora derrotamos

esta invasión, el pueblo norteamericano no va a apoyar una larga

guerra contra Cuba. ¡Me juego lo que ustedes quieran!

–¡Caballeros! –exclamó Andrés Goicochea, que no había visto

la obra–. Ya lo entendí todo, ¿sí?, Cuba no es Numancia. ¡No

discutan más, carajo!, vamos a dormir porque al amanecer no

sabemos qué va a pasar y tal vez nos toque pelear como ya hacen

nuestros compatriotas en Girón. Mañana va a ser un día muy

peligroso y yo quiero rezar en paz ahora, pedirle a Dios que

nos ayude a derrotar a esos hijos de putas –concluyó Andrés,

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sin dejar de acariciar entre sus manos un hermoso rosario de

pequeñas cuentas de nácar, y su nariz de corte aguileño respiró

con más fuerza, en el instante en que colocaba sus fornidos brazos

en posición de súplica.

Todos estuvimos conformes en terminar. Sin embargo, yo no

tenía sueño. Salí a la sala donde podía leer tranquilo y decidí

abrir algunos periódicos Revolución y Hoy de días pasados, que

mi madre introdujo en el maletín: «En el campo te van a ser muy

útiles, sobre todo después que los leas,» me había alertado ella.

Comencé por ojear las carteleras que anunciaban las películas

de los cines de La Habana, entre ellas Nunca fui santa, con Marilyn

Monroe; Cuando vuelan las cigüeñas, E. Betalov; Almas en

subasta, Simone Signoret; El primer día de la paz, L. Butenima;

El hombre del brazo de oro, Frank Sinatra; Le-nin en 1918, B.

Schkin; Un gato sobre el tejado caliente, Eli-zabeth Taylor y Paul

Newman; Seriocha, Serguei Bondas; Cuba baila, Raquel Revuelta

y Alfredo Perojo; Amor prohibido, Brigitte Bardot; Noches

blancas, Ludmila Marchenko y Oleg Strizhenov… Hacía como

dos meses que no iba al cine, llamándome la atención el número

tan elevado de películas soviéticas y, en especial, el anuncio de

un estreno en Radiocentro, en la famosa esquina de 23 y L, el 17

de abril: Dos horas en la URSS. Qué lástima, es hoy, no podré

verla, suspiré con cierta nostalgia.

Releí después la noticia del sabotaje a El Encanto, la tienda por

departamentos más amplia de Cuba, que como todas las demás

había sido nacionalizada. El edificio de cinco plantas fue devorado

por un incendio el 13 de abril, que provocó varios he-ridos en lucha

contra las llamas y la muerte de una valerosa empleada, Fe del

Valle. El pueblo, enardecido, pide paredón para los culpables.

Me atrajo otra información. El 12 de abril, la Unión Soviética

colocó un hombre en el espacio extraterrestre, el mayor Yuri

Gagarin. Era la primera vez que sucedía en el mundo, un éxito

irrefutable del desarrollo científico y tecnológico soviético y, por

ello, me emocionan las declaraciones de Gagarin: «El globo terrestre

tiene un tono azul suave, y esta transición del azul celeste

al negro se produce de una manera increíblemente bella, que es

difícil describir con palabras. La luna no la vi. El sol sí, tiene

una luminosidad decenas de veces mayor que en la Tierra».

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Y el cosmonauta finalizó con un aserto tan exagerado, que me

pareció casi una broma: «Estoy seguro de que llegará el día, en

que la vuelta a la Tierra por el cosmos se hará por invitación de

los sindicatos».

La boca se me hizo agua al leer en el diario Revolución la

publicidad del cabaret bajo las estrellas más grande del planeta

(¿lo habrá visto Gagarin desde el cosmos?):

Disfrute una noche de carnaval en Tropicana, un orgullo de

Cuba para el pueblo de Cuba. Nuevo show con la primera

vedette de Cuba, Rosita Fornés. Comida completa, 2,50 pesos,

jaibol 50 centavos. Mesa, ahora solo le cuesta 1,25 por persona

con derecho a consumirlos en comidas y bebidas.

Nunca he ido a Tropicana, pensé; antes era imposible, ahora

es más barato, ahorraré algunos pesos de los diez mensuales

que me darán y tal vez cuando regrese pueda invitar a mi novia.

En esa somnolienta disquisición me encontraba, cuando el

profesor responsable del albergue se aproximó sonriente: «Oye,

¿tú no tienes sueño?, ya es hora, guarda esos periódicos. Si

quieres te doy una pastilla para dormir». «Gracias, maestro; ¿qué

hora es?». «Son las once». «Hasta mañana, profe. ¿Hubo alguna

nueva noticia de Girón?». «No, pero temprano sabremos qué ha

estado pasando en estas horas; duerme tranquilo».

Amanecí con un fuerte dolor de garganta y una toz persistente.

Mis compañeros de cuarto se lo comentaron al profesor y es-te no

lo pensó dos veces:

–Después que desayunes te llevo al médico. Tenemos un hospitalito

en Varadero solo para ustedes, es mejor que un doctor

te vea rápido para atajar a tiempo el catarro.

–No se preocupe, maestro; abuela me enseñó que la gripe sin

medicinas se cura en una semana y con medicinas en siete días

–sonreí, pues temía que el doctor me recetara inyecciones de

penicilina, para mí tan pavorosas como una película de misterio.

Así fue y para colmo indicó la rapilenta, más incisiva que la

cristalina. Desnudé la nalga a la enfermera y adopté una pose

de hombre firme.

–Ponte suavecito, así no te dolerá; te dije suave, a ver niñito…

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–y enseguida me frotó el sitio del pinchazo, con un al-godón

empapado de alcohol, cuyo efluvio me hizo recordar la reiterada

amenaza, causante del desmesurado trauma infantil: «Si te

portas mal, te vamos a inyectar.»

Regresé al albergue alrededor de las diez de la mañana. El

ambiente era tirante, a la espera de nuevas noticias. Pronto escuchamos

por los altavoces el segundo comunicado de Fidel,

en el que informaba que las fuerzas armadas de la Revolución

continuaban luchando heroicamente contra los mercenarios.

Surgen comentarios en mi grupo, que indicaban un creciente

optimismo: ¡Vamos a derrotar pronto a esos mercenarios de

mierda!; ¡El que venga queda!; ¿Por qué no nos traen armas?; No

tenemos suficientes y aquí hay muchos niños; ¡Nuestra ba-talla

será contra la ignorancia!; ¡Si es necesario, cambiamos los lápices

por rifles!

Alguien comenzó a cantar el himno de la alfabetización, que en

ese momento aún no sabíamos completo y le seguimos la rima

leyéndolo en las hojas que nos entregaron: Somos la Brigada

Conrado Benítez, / somos la vanguardia de la Revolución, / con

el libro en alto cumplimos una meta, / llevar a to-da Cuba la

alfabetización…

Por la tarde nos pusieron a marchar durante dos horas, debajo

de un inclemente sol; las botas recién estrenadas sonaban de

manera telúrica y alcanzaban una cadencia cada vez más afinada.

Debido a nuestros uniformes de campaña y al es-tar agrupados

en pelotones igual que los militares, parecíamos una tropa de

cadetes, aunque los cabellos al gusto de cada quien y diciéndonos

cuentos de Pepito para disminuir tensiones: «Si Pepito estuviera

aquí, ya hubiera inventado un dolor de estómago y hasta se

hubiera hecho caca en los pantalones, para que lo mandaran a

descansar».

En realidad nos sentíamos bien; acatábamos la disciplina sin

rigidez; nos creíamos parte de la gesta revolucionaria; el colectivo

multiplicaba nuestros arrestos individuales; pensábamos que

éramos importantes; nos gustaba que nos tomaran en cuenta

y que nadie tuviera dudas de que seríamos capaces hasta de

entregar nuestras vidas: ¡Cumpliremos, cumpliremos, alfabetizando

venceremos!, uno dos tres cuatro (los cuerpos rectos,

sudorosos), ¡altoo…!

42


Cuando nos aproximamos al edificio, en la puerta vislumbramos

a una señora pelirroja, muy inquieta y pensativa, a la

espera de alguien.

–Esa es la madre de Jonás, yo la conozco… ¡tremenda gu-sanota!

–dijo Roberto y agregó–: ese muchacho estudia conmigo, es

uno de los dos brigadistas que el Abuelo auguró que se rajarían.

Al ver a su hijo, la señora no perdió un segundo, lo abrazó trémula

y exclamó sin pudor:

–¡Recoge tus cosas, que nos vamos!

–¿Para dónde, mamá? –Jonás puso la voz suave, mientras trataba

de controlar sus nerviosas manos y de evitar que conociéramos

en sus ojos la dicha que lo embargaba en aquel instante.

–Es una mosquita muerta –me dijo al oído Roberto, e hizo una

mueca de desprecio.

–Mañana salimos para Miami con tu padre, lo mandaron a

buscar del banco americano donde trabajaba en La Habana

–sentenció la señora, con su cara alegre–. Lo mismo hicieron

con otros empleados, algunos ya se fueron, otros no aceptaron

la propuesta. ¡Allá ellos que son fidelistas y ahora tendrán que

ser comunistas! Pero tu padre dice que le van a pagar un sueldo

tres veces superior al de Cuba y le dan facilidades para conseguir

la residencia en Estados Unidos. ¡Esta oportunidad no podemos

perderla!

–¿Y ya hablaste aquí para informar que me voy? –indagó Jo-nás

medio tímido.

–Sí, ya lo hice, tu eres mi hijo, nadie me lo puede impedir,

aunque pronto van a hacer una ley para quitar la patria potestad

–dijo ella con la arrogancia de un supuesto vencedor y el

entrecejo fruncido–. Vamos, apúrate, que tu padre fue a echarle

gasolina a la máquina y enseguida viene para acá.

Jonás se escurrió sin mirarnos, temiendo tal vez que le dijéramos

rajado, cobarde, mariquita; sin embargo, nuestra reacción

fue de lástima, porque en el momento en que nuestro fulgor era

más sublime, cuando el sacrificio de servir a la Patria de-venía

goce admirable, él partía junto a sus progenitores, sin oponerse,

campante, hacia el lado de nuestros enemigos de siempre. Al final,

cuando tomados de las manos caminaban hacia el auto –ella, ojos

saltones y los pelos desgreñados por la brisa del mar, y él, hombros

encogidos– Jesús no pudo aguantar la cólera:

–¡Vete a lamerle el culo a los yanquis, bitongo de mierda, que

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aquí no queremos pendejos! ¿Estamos claros?

En la noche, nos orientaron que no saliéramos de los albergues

y de repente me sentí solo, o mejor, acompañado de una añoranza

que estaba a mi costado, invisible, en espera de su opor-tunidad

para seducirme. Comencé a pensar en mi madre, tal vez sin

dormir, preocupada por lo que sucede en Girón, tan cerca de

Varadero, ahora seguro no le inquietan los tiburones del mar,

sino los que desembarcaron.

No sé cómo, mis cinco compañeros de la habitación iniciaron

otra polémica y al escuchar las preguntas me contagié del fervor

de ellos: ¿Existe un ser superior, creador del cielo y de la tierra?

¿Por qué, en casi todas las etapas de la historia humana, la gente

tiene necesidad de creer en el más allá de la vida terrenal? Ellos

cursaban en La Habana el quinto año de bachillerato y habían

estudiado historia universal, física, química y biología y me percaté

de que estaba en desventaja, porque en mi caso pasé del sexto

grado a la Escuela de Comercio, donde esas asignaturas no se

impartían. Me dije: «Carajo, como les gusta dis-cutir a esta gente»,

y los escuché atento, algo pasmado.

–Los seres humanos y todo lo que existe en el universo no se

creó en un día, ni en una semana –expresó Roberto, en tono

profesoral–. Nadie podrá jamás explicar el origen y la evolución

del cosmos, cualquier estrella que observamos en el cielo

es un mundo en sí mismo; eso lo aprendimos en Física, ¿no se

acuerdan?, el universo es la materia en perpetuo movimiento y

transformación.

–Sí, de acuerdo compañeros, mas eso no excluye que un ser

supremo haya sido el arquitecto del mundo –ripostó Andrés y en

sus pupilas interpreté que él pensaba: caramba, otra vez debo

explicar lo mismo–. Yo pienso que algo tan grande y ma-ravilloso,

solo pudo ser obra de Dios.

–¿Cuál Dios? –preguntó Raúl, mirándonos inquisitivo–. Los

griegos y los israelitas tenían los suyos; los chinos y los aztecas,

otros; cada sociedad en su evolución histórica ha creído en un

dios propio o en varios.

–Así es –dijo Jesús, ajustándose los espejuelos en su inmensa

nariz, que parecía un pimiento rojizo por el sol de la marcha–.

¿No será que somos los seres humanos quienes hemos creado a

nuestros dioses? ¿Por qué? Ah, esa sería mi otra pregunta, pero

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ya es muy tarde y les propongo acostarnos; mañana seguimos y el

que me la responda le daré un premio especial. ¿Estamos claros?

Para finalizar, Jesús señaló hacia su mochila, con un gesto

motivador. «Allí está», dijo. Y en menos de cinco minutos las lu-ces

se apagaron.

Oí el de pie y me hice el remolón. Hoy es miércoles 19 de abril

–medito debajo de la sábana–, qué rápido avanza el tiempo en

Varadero. Por la tarde tendremos un acto en el anfiteatro, allí

nos darán la bienvenida y participarán también las muchachas;

podré ver a Cary y disfrutarlas a todas. Se extrañan las mujeres,

qué informará Fidel sobre Girón, ¿seguiremos ganando?

–Compañeros, vamos a ver a las angelitas, el que tenga novia

que la apriete, el que tenga una prima que la exprima y quien no

tenga nada la liga ahora o calla para siempre y se hace su cráneo

en silencio –dijo el chistoso, cuando partíamos en los ómnibus

rumbo al anfiteatro.

Fuimos casi los últimos en llegar y el desborde pronto nos

contagió: gritos de fruición, consignas, novios que se acarician,

abrazos entre amigos, anécdotas recíprocas y varias muchachas

reparten caramelos, galletas y chocolates a sus afectos. Busqué a

Cary, sonreímos, nos besamos en la cara y ella me entregó una

flor silvestre, de pétalos ínfimos y amarillo intenso.

–Vaya, te la conseguí de recuerdo –susurró y, como muchos

otros, rompemos la disciplina y nos sentamos juntos–. Me siento

muy feliz de pertenecer a un ejército que va a librar una batalla

con tantos deseos y tan seguro de triunfar. –Y agrega, mientras

señala con orgullo su insignia de brigadista–: Cuando me veo en

el espejo, vestida con este uniforme y las botas militares, no lo

puedo creer; es como si de repente fuera otra persona.

En representación de Fidel, que no pudo asistir por encontrarse

al frente de la batalla en Girón, habló el Dr. Baudilio Castellanos,

director del Instituto Nacional de la Industria Tu-rística, quien

en un tono muy emotivo expresó que el Ejército Rebelde y las

Milicias Nacionales Revolucionarias luchaban en ese momento

victoriosamente contra la invasión mercenaria, siendo un deber

de los brigadistas «formar las trincheras contra la ignorancia y

vencer al analfabetismo, lográndose así dos formidables triunfos

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sobre el imperialismo explotador y sangriento».

Y a nombre nuestro lo hizo una estudiante de la Escuela de

Maestros Primarios de Santiago de Cuba, una frágil adolescente

de catorce años, que nos exhortó a estar en pie, «con el Manual

de Alfabetización y la Cartilla Venceremos y con el clarísimo farol

que nos ha llegado de la República Popular China, para llevar la

luz en todos los sentidos a las oscuras noches de nuestros campesinos».

Y sus enérgicas palabras, al finalizar, parecían las olas

espumosas del Malecón habanero al desbordarse en los arrecifes:

–Hemos dicho presente, bajo la consigna de ¡Patria o Muerte,

alfabetizando Venceremos! –y el puño en alto, embravecido, nos

hizo gritar, hasta más no poder, «venceremos», «paredón a los

invasores».

El acto prosiguió con un breve espectáculo musical patriótico

y, entretanto, Cary retomó su tragedia. En la mañana ha-bía

recibido un telegrama de su madre, donde le decía que el hombre

sospechoso estaba preso, aunque no sabía si era por el asesinato

del padrastro o por contrarrevolucionario, porque había miles de

personas en La Habana detenidas de manera preventiva, debido

a la agresión yanqui.

–Sigo pensando que mi padre no es un criminal, aunque tampoco

es seguro que haya sido ese hombre, pues las huellas que

se encontraron al parecer no son de ninguno de los dos.

No pudimos continuar el diálogo. El acto concluyó sin per-catarnos,

y el profesor nos trajo a la realidad: «Vamos, las hembras

primero y los muchachos después; a sus ómnibus, en orden, que

no se extravíe nadie». Cary solo atinó a preguntarme: «¿Dónde

te ubicaron?». «En Oriente», le dije, «creo que en Sagua de Tánamo»…

La observé pensativa y, después, reaccionó haciéndome

un guiño:

–Pediré ir a esa Sagua y explicaré, para despistar, que allí enviaron

a mi primo –bromeó con picardía. Entonces preguntó si me

gustaría ser su primo, y yo le conté el chiste y de sus labios brotó

una límpida risotada, que me hizo recordar el excitante salto de

agua en Soroa.

–¡Bueno, chico, el que me exprima lo va a disfrutar, porque

soy una naranja dulce y tengo bastante jugo! –exclamó en tono

jacarandoso. Luego, cuando nos ceñimos los cuerpos en el abrazo

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de despedida, al besarme la cara rozó su boca muy cerca de mis

labios y sus punzantes senos me electrizaron.

Regresamos plenos de felicidad al campamento, todas las noticias

coincidían en que los mercenarios estaban en estampida y pudimos

saborear a las muchachas; cada quien narraba su anécdota del

contacto con ellas y, sin dudas, nos insuflaron el hálito femenino

que nos hacía falta:

–Caballeros, por algo ellas son nuestras creadoras y por el

mismo lugar que salimos nos gusta tanto entrar –gritó Roberto

y todos reímos.

–¿Y no viste a tu novia Angelita? –Andrés miró al chistoso,

queriéndolo molestar y este le respondió en tres segundos.

–¡No, no está en Varadero, pero además de sus alitas pronto le

van a salir dos tarritos…!

Por tercera noche, nos orientaron quedarnos en los apartamentos.

Algunos jugaban baraja, póker o brisca, siete y media o

veintiuno, otros hacen adivinanzas y cuentos, los menos escriben

cartas o sus diarios. En nuestra habitación optamos por las barajas

y pronto terminamos, porque Jesús descubrió que estaban

marcadas y por eso Andrés casi siempre ganaba.

–¡Eso no es decoroso, Andrés; respétanos, coño. Tú eres cristiano

y, además, para ser revolucionario hay que ser honesto!

¿Estamos claros? –Jesús contrajo el rostro, muy ofuscado.

–No son mías, me las prestó un amigo, ¡lo juro!

Por suerte, Roberto intervino, con su habitual parsimonia y buena

capacidad para mediar: «Bueno, dejen eso, somos compañeros

¿no?». Y sugirió reiniciar la polémica de la noche anterior. Sin

embargo, el ambiente no era el mismo, estábamos muy agotados y

Jesús propuso, aceptado por todos, dejar el debate sobre el origen

de la vida y la existencia o no de un creador para otra ocasión. «¿Y

el premio que prometiste, ya no lo ofreces?», le preguntó Raúl.

«Al contrario, aquí lo tengo en mi mochila y estoy seguro de que

al ganador no le será fácil obtenerlo, ¿estamos claros?…» ripostó

Jesús. Y yo aproveché la calma para sacarle punta al lápiz y hacer

las notas en el Diario, acostado boca abajo en mi litera.

En la mañana del jueves 20 de abril percibimos un escenario

más tranquilo, recibimos las clases previstas en la mañana sobre

el Código Moral del Brigadista y por la tarde volvimos a marchar

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dos horas. Casi al anochecer escuchamos el últi-mo comunicado

de Fidel (silencio total, solo el vaivén de las olas del mar que

emitían un sonido radiante). Así supimos que las Fuerzas del

Ejército Rebelde y de las Milicias Nacionales Re-volucionarias

lograron tomar por asalto las últimas posiciones que las fuerzas

mercenarias invasoras habían ocupado en el territorio nacional.

Playa Girón, que fue el último punto de los mercenarios, cayó a

las 5:30 de la tarde de ayer, decía el parte de Fidel, y agregaba:

«La Revolución ha salido victoriosa, aunque pagando un saldo

elevado de vidas valiosas de combatientes revolucionarios, que

se enfrentaron a los invasores y les atacaron incesantemente,

sin un solo minuto de tregua, destruyendo así en menos de 72

horas el ejército que organizó durante muchos meses el gobierno

imperialista de Estados Unidos (…)».

Atónitos, escuchamos el resto de la detallada información. Parecía

increíble: antes de 72 horas una victoria aplastante contra

un ejército de mil quinientos mercenarios, con apoyo aéreo y

naval gringo, muy bien armado y entrenado por Estados Unidos

y con el factor sorpresa a su favor.

De pronto, una formidable energía nos arremolinó: «¡Viva

Cuba Libre!», nos abrazamos, «¡Patria o Muerte, Venceremos!»,

apretamos nuestros pechos; «Cosa más grande, mi socio», saltamos

de alegría; «¡Asere, ganamos!», brincamos de estupor;

«¡Aplastamos a los gringos!», gritamos orgullosos; «Nos ronca los

cojones», decimos sin pudor; «Con nuestro pueblo nadie puede,

somos invencibles»… Y Roberto irradió un haz de sentimientos,

que mostró el ánima de todos:

–¡Compañeros, atención, compañeros! Ahora nos toca a nosotros,

coño. ¡Juremos que vamos a derrotar a los yanquis, en

la batalla contra la ignorancia! ¡Que alfabetizando también

venceremos!

Manolito, un joven delgado, piel de leche colmada de pecas, ojos

soñadores y de modales refinados, nos sorprendió al gritar con

vehemencia: «¡Vencimos en Girón y venceremos en la alfabetización!»,

luego nos incitó a cantar nuestro himno, «Por llanos

y montañas el brigadista va…». Y después alguien comenzó a

entonar y todos lo seguimos enaltecidos, «Al combate corred…».

Y nunca me parecieron tan mías las estrofas del Himno Nacional,

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que nos regaló Perucho a los cubanos de su estirpe.

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21 al 27 de abril:

Interludio primaveral

Viernes, día de playa. Por fin sentí la arena fina y nívea de Varadero

acariciar mis pies, caliente primero y muy fresca al borde

del agua serena y transparente. De una delicada magia, hasta el

perfume del salitre que me entraba por cada poro, el mar tenía

un olor diferente al de las costas habaneras. Nadé más de cien

metros hacia la profundidad y agotado me sorprendí, porque al

detenerme pude continuar de pie y observar varios diminutos

peces que rozaban mis tobillos, y el mar apa-cible parecía una

ilimitada piscina, de verdes y azules luminosos.

–¿Este será el cielo prometido del que habla la Biblia? –le dije

a Andrés, que nadó junto a mí y al igual que el resto de nuestro

grupo tampoco conocía Varadero. Y él, católico sincero, me respondió

también en jarana:

–Podemos proponerlo para que se incluya en la próxima edición

del Nuevo Testamento.

–Sí, es muy buena tu idea –seguí en su cuerda–. Más aún ahora,

que Varadero no es propiedad de los ricos.

Y en ese instante, pasó frente a nosotros un yate lujoso expropiado

a algún burgués, en el que paseaba un grupo de refulgentes

compañeras deseosas de acercarse; sin embargo, el piloto aceleró

sin piedad y nos dejó frustrados, sin poder disfrutar a las Evas

en el Edén recién descubierto. Y Jesús apor-tó la adivinanza:

–¿Saben cómo se dice Eva en árabe?… ¿No saben? –Y él mismo,

jubiloso, dilucidó el acertijo mientras enfiló su dedo índice hacia

el yate–: Se dice Jeva, caballeros, elemental Watson. ¿Estamos

claros…?

Regresamos al atardecer a nuestros albergues, marcados por

el púrpura incandescente del «Indio» y nos dieron libre el resto

del tiempo, incluso para pasear en los alrededores de los edificios

y así pudimos conocer las principales calles de la pequeña

ciudad, ver las casas más antiguas de madera, y algunas de las


esidencias de los millonarios que unas horas antes vinieron a

tratar de reconquistar su paraíso privado. En la noche nuestro

grupo, que ya nos llamábamos «los tres mosqueteros por dos»,

volvimos a encontrarnos en la habitación, y pronto inauguramos

la animada tertulia.

–Bueno, compañeros… –dijo Jesús, mirándonos de un impulso

a los cinco–. Esta noche llena de estrellas es ideal para continuar

el debate sobre el origen del universo y de la vida humana. ¿Estamos

claros? Estoy convencido de que para adentrarnos en esas

tinieblas, debemos olvidarnos en lo posible de las creencias religiosas

que desde niños nos han inculcado. En mi opinión, so-lo en

las ciencias hallaremos una explicación correcta, aunque tengamos

discrepancias. ¿Estamos claros?

–Me parece excelente –afirmó Roberto con su rostro grave y

cierto aire doctoral–. ¿Recuerdan lo que aprendimos en física y

biología? Copérnico demostró que nuestro planeta es uno más que

gira alrededor del sol. Luego Darwin, hace apenas un siglo, probó

en sus estudios que las especies son resultantes de la lucha por

existir de los seres vivos e, incluso, el hombre es con-secuencia

de un largo proceso evolutivo. No olviden lo que nos explicó el

profe Augusto, eso tiene sus antecedentes hace mi-llones de años

en cierto tipo de primates.

–Entonces, ¿ustedes creen que el hombre proviene del mono?

–pregunté, mientras me rascaba en broma la cabeza, como un

simio.

–No hay dudas –respondió Raúl muy circunspecto y hasta sentí

su voz algo más gruesa–. Darwin revolucionó las ideas sobre el

origen y la evolución de todas las especies y con ello hi-zo trizas

las creencias que le atribuyen a algún dios haber crea-do todo lo

que existe en el mundo.

–¡Eso es relativo! –exclamó Andrés algo exaltado–. Nadie ha

podido ni podrá jamás ver a Dios, ¿no?, como tampoco la vista

humana puede siquiera recorrer el planeta en que vivimos. Dios,

al igual que el universo, es imposible de contemplar, pero sí de

sentirlo dentro de uno, a través de la fe y por medio del amor a

nuestros semejantes y a la naturaleza. ¿Me entienden?

–Me perdonan, compañeros, si meto la pata, seamos o no hijos

de Dios, lo más importante es que somos dueños de nosotros

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mismos –dije, sin pensar mucho la afirmación, aunque enseguida

me surcó una idea, «cojones, por qué se me ocurrió abrir la

boca»–. Comparto el criterio de Jesús de que el hombre fue quien

creó a Dios y no a la inversa; sin embargo, respeto a quienes así

piensan, siempre y cuando no actúen creyéndose dioses.

–¡Esperen, esperen! –pidió Jesús–. Se dice que el hombre es la

criatura más perfecta creada por Dios, ¿no será que Dios es la

invención más perfecta de los seres humanos?

–¡En el versículo 26 del Génesis está claro! –argumentó Andrés,

Biblia en mano y mientras él leía en voz alta y engolada, como si

estuviera en el púlpito, algunos lo mirábamos con interés y otros

escépticos–. «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme

a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves

de los cielos, en las bestias, en toda la tierra y en todo animal

que se arrastra sobre la tierra».

–Me parece que es al revés –reiteró Jesús–. Somos los seres

humanos a lo largo de la historia quienes creamos al Dios que

necesitamos a nuestra imagen y semejanza. ¿Qué creen us-tedes?

–Pienso lo mismo –dijo Raúl y parecía que hojeaba en su cerebro

un libro de historia antigua–. Recuerden lo que apren-dimos el

mes pasado: los humanos primitivos suponían que una tormenta,

un eclipse solar o un terremoto los provocaba alguna fuerza

divina. Y esto se extendió hasta nuestros días entre mucha gente

sin cultura, ni educación.

–Es así –asintió Roberto sin pestañear–. Gracias a las ciencias

hoy podemos saber las causas naturales de esos hechos, que antes

se atribuían a dioses. ¿O es que vamos a seguir pensando como

los siboneyes? –remató.

–Eso es cierto solo en parte –ripostó Andrés, algo molesto–. El

valor de la religión es, a mi juicio, insustituible. ¿Lo cono-cen

ustedes? –Le negamos con nuestras cabezas y él disparó sus cañones–:

Muy fácil, compañeros, enseñarle a la gente el mis-terio de

la existencia humana y servir a los semejantes, darle un sentido

a la vida y ponerla a disposición de Dios y del legado de su hijo

Jesucristo, contenido en el Nuevo Testamento, que si quieren

se los puedo seguir leyendo…

–¡No, no es necesario, ya es muy tarde! –exclamó Roberto y

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los demás sonreímos ante la amenaza bíblica de Andrés, quien

se sumó carialegre a nuestra reacción porque su intención era

bromear y no catequizarnos.

–De todos modos, nada ni nadie ha podido competir con la religión

en darle fe y esperanza a los seres humanos, en brindar

alimento espiritual a la gente –agregó Andrés–. ¡Y que me demuestren

lo contrario!

–Sí, ahora digo lo mismo que tú: ¡Eso solo en parte es cierto!

–afirmé–. Porque muchos curas y otros representantes de la iglesia

católica se han olvidado de los pobres, que son quienes más

comida y alimento espiritual necesitan. En Cuba solo algunos

sacerdotes han apoyado a esta Revolución de los humildes, cuya

inmensa mayoría son católicos o creyentes de la santería.

–¡Pero el pueblo sabe que esos curas falangistas no son verdaderos

cristianos! –dijo Andrés, a quien aún se le notaban hinchadas

las venas del cuello–. La salvación no está en las iglesias ni en los

curas. Es practicando la misericordia hacia los que más sufren como

se llega a la verdadera salvación, que ocurrirá en el momento en

que Dios decida el Juicio Final y regrese Je-sucristo a dar sus

veredictos, en nombre del Padre Supremo. ¡Así es que pórtense

bien, que nadie podrá escapar de la guadaña! –aseveró Andrés con

una sonrisa medio irónica.

–Por eso, un verdadero cristiano tiene que sumarse a esta Revolución

–espeté–. Así actúa la inmensa mayoría de nuestro pueblo,

aunque decida no asistir a los templos llenos de gusanos, que son

como aquel del cual Jesucristo sacó a los mercaderes dándoles

latigazos –y les aclaré que esto lo aprendí cuando tomé la primera

comunión a los doce años.

–¡Bueno, compañeros, aún hay mucha tela por donde cortar

y ya es hora de dormir! –profirió Jesús en un tono de voz casi

paternal y con una sonrisa de satisfacción por el debate, al par

que abría su mochila y extraía un libro y una foto–. Yo pro-pongo

darle el premio del libro a Gabriel, que aunque es el más joven y

no estudia bachillerato hizo muy buenos comentarios, y la foto

a Andrés, por la defensa sincera y bien argumenta-da de sus

criterios religiosos. El libro es la mejor biografía que se ha escrito

sobre Martí, es de Jorge Mañach. ¿Estamos claros?

–¿Y la foto? –preguntó intrigado Andrés.

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–Bueno, aquí está la sorpresa –dijo Jesús muy divertido, mientras

nos mostraba aquella despampanante mujer sin ropa, en un

almanaque de colores–. Yo sé que los curas van a estar de acuerdo,

porque es de Marilyn Monroe. Sí, como la están viendo, igual que

Eva vino al mundo. ¿Estamos claros?

–Es cierto –afirmó Roberto y continuó la chanza–. Andrés va

a tener que visitar a los curas muchas veces, para confesar sus

pecados de masturbación.

–Aunque acostarme con «Manuelita» sin remordimiento no es

pecado –agregó Andrés en mofa, y simuló un rostro de religioso

benévolo, a la vez que hacía un ademán fingido de masturbación,

a punto de eyacular.

–Y menos con esa foto delante, que aunque las pajas quitan

fuerzas, también te van a dar más esperanza en empatarte con

una buena jeva en Oriente –predijo Raúl. Y la risotada fraterna

cerró la inolvidable jornada, que anoté en el Diario, tendido en

la litera, después de advertirle a Andrés:

–Oye, mi socio, no vayas a usar la foto esta noche, que yo estoy

abajo…

La semana del 22 al 27 de abril transcurrió entre el tiempo destinado

a nuestra preparación pedagógica, baños en la playa,

jornadas de chistes y adivinanzas, identificación de películas

a través de mímicas, juegos de barajas y dominó, torneos de

béisbol con pelotas de goma, escribir cartas, estar al corriente

de las noticias sobre los sucesos de Girón… Algunos fueron

visitados por sus familiares, otros especulaban sobre el futuro

que vivirían en los próximos meses; todo ello en un ambiente

laxo y de concordia.

Yo recibí un telegrama escueto de mi madre: «Estamos bien,

cuídate mucho. Dinos cómo te sientes». Y respondí de inmediato:

«Mima, estoy requetebién. Varadero es un paraíso. Me tocó

Sagua de Tánamo. Dicen que es cerca del final de Cuba y está

lleno de montañas. No se preocupen, ya les escribiré al llegar.

¡Alfabetizando venceremos!».

Desde el viernes 21 de abril, la televisión y la radio comenzaron

a transmitir las declaraciones de los mercenarios, agrupados

en el coliseo de la Ciudad Deportiva, en La Habana. Eran la

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estampa de la derrota: «Fuimos engañados, nos dijeron que al

llegar a la Isla los milicianos nos apoyarían y lo que nos recibió

fue un enjambre humano, plomo y metralla; nos embarcaron»,

repetían y varios afirmaban que vinieron como cocineros. El 26

de abril, Fidel se personó en el palacio deportivo y ellos quedaron

boquiabiertos. Entró sereno, a paso resuelto, con una boina de

miliciano y su tradicional uniforme verde olivo. «¿Cómo los han

tratado?», preguntó a los prisioneros. «Muy bien, esperábamos

ser fusilados y nos curaron y alimentaron…».

Dos noches antes de salir hacia nuestros destinos, el jueves 27

de abril, me conmovió un hecho que causó un gran revuelo en

nuestro apartamento. Casi a la hora de dormir, Jesús sorprendió

a un brigadista en el baño, ante el espejo, pintándose los labios

con un creyón rosado y con gestualidad femenina.

–¡Manolito es maricón! –dijo Jesús de inmediato al profesor–.

Cuando se dio cuenta que yo lo había visto, se puso muy nervioso

y me rogó tembloroso que no se lo comentara a nadie. Pero me

encabroné, no puedo aguantarme, porque nosotros no podemos

aceptar mariquitas en las brigadas, ¡desonada!. El muy pendejo

se fue para su cuarto, muy asustado y ahora se hace el dormido.

–¿Y él aceptó que es homosexual? –preguntó el profesor a Jesús

con el ceño fruncido–. ¿Tú estás seguro que es maricón?

–Sí. Él me lo confesó llorando, pero no quiere que nadie se entere,

porque su familia no lo sabe y teme que los responsables de

la brigada lo envíen para su casa. ¿Estamos claros?

–Bueno, no lo hables con nadie, veremos qué hacemos. En

ninguna parte está escrito que «ellos» no puedan alfabetizar,

pero tal vez no sea conveniente que formen parte de la Brigada

Conrado Benítez.

Al siguiente día, el chisme llegó a todos los oídos de los brigadistas

del edificio: «Manolito quiso besar a Nano, Manolito

le agarró la pinga a Jesús que le metió un puñetazo y le rompió

la boca, Manolito le propuso al simpático que fuera su macho,

Manolito se pintaba los labios desnudo en el baño y tenía un blúmer

al lado para ponérselo…».

Por la tarde, Manolito continuaba en su litera, tapado con una

sábana desde la cabeza a los pies. A las seis, el profesor fue a buscarlo.

«Acompáñame», le dijo, «recoge tus cosas»; y él se paró, ya

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estaba vestido, con la cabeza encorvada, el rostro agobiado, sin

decir nada.

–No puedes permanecer en la brigada, pero en La Habana

vas a tener oportunidad de alfabetizar si ese es tu deseo –le dijo

el profesor, de modo seco y con talante lastimero, mientras

caminaba hacia la puerta de salida del apartamento–. No informaremos

nada a tus padres, busca el pretexto para explicarles

por qué regresas.

Escuché de manera fortuita esas palabras del profesor y observé,

al pasar cerca de mí, el rostro afligido de Manolito. Luego oí

este comentario final suyo, que no olvidaré jamás:

–Yo seré lo que soy, pero no por eso dejaré de ser revolucionario

y téngalo por seguro, profesor, ¡voy a alfabetizar!; en al-gún lugar

lo haré, ¡lo juro por mi madre, coño!

Esa noche Roberto comentó: «Es una pena. Manolito es muy

buen muchacho; él estudia conmigo, es de los primeros en todo,

es miembro de la Asociación de Jóvenes Rebeldes, disciplinado,

excelente compañero, siempre dispuesto a ayudar a los demás y

defiende la Revolución con el alma».

–Sí –dijo Andrés–. Cuando regresemos a La Habana tenemos

que ayudarlo, ese es un defecto que no es culpa de él, y yo como

cristiano me siento obligado a tenerle compasión y todos como

revolucionarios debemos sobrellevarlo.

Roberto, tal vez percatándose de que el tema de Manolito resultaba

doloroso y polémico, nos mostró un ejemplar del diario Prensa

Libre del 22 de abril, que ese día le trajo de La Habana su mamá,

quien le sugirió leer un reportaje sobre un alfabe-tizador que

fue sorprendido en Girón por los mercenarios y ellos lo hicieron

prisionero hasta que se rindieron.

–Le hice caso a mi mamá y si quieren lo leo en voz alta; es

increíble la aventura que vivió ese muchacho, con solo catorce

años –Y sin esperar nuestra respuesta, Roberto comenzó el

primer párrafo y daba la impresión de que estaba atrapado en

lo que nos iba a contar:

56

El domingo por la noche me encaminaba a Caleta Buena, hacia

el cuartel de las milicias de Playa Girón. Me acom-pañaba el

compañero Mario Fernández. De la maleza salió una voz que


nos decía: «Vengan, métanse en la fiesta», y en-seguida nos

vimos rodeados de «sapos», eso parecían por sus uniformes

militares de varios colores, como manchas…

El repatriado se detuvo y precisó el nombre del brigadista:

Gerardo Massaret, y nos mostró la foto donde este sostiene un

enorme fusil, casi de su estatura. Luego siguió leyéndonos la increíble

historia de Gerardo:

Eran tan verracos, que le hacían caso a todas las mentiras

que en ese momento escuchaban por radio Swam, que si Fidel

se había asilado, que si los milicianos se habían pasado pa-ra

ellos. Un gordo me dijo que iba a fusilarme por fidelista, yo

les respondí cantándoles el Himno del 26 de Julio y los tenía

locos, por poco hasta se lo aprenden.

Los periodistas le preguntan cómo logró salir de su cautiverio.

–Cuando nuestras tropas comenzaron a batirlos todos se disgregaron.

Mi compañero y yo estuvimos metidos en el agua

junto con seis o siete «sapos». Cuando los nuestros es-tuvieron

cerca, ellos corrieron desesperados y nos dejaron abandonados.

Momentos después llegó el capitán Guillermo, de la Policía

Nacional Revolucionaria y nos rescató.

–¿Y ese rifle, cómo lo conseguiste? –inquirió el reportero.

–Me lo regaló el Comandante Efigenio, que se encontraba en la

zona.

Al conocer esta historia me lo puso en las manos y dijo:

–¡Te lo ganaste, ahora hazte merecedor de él!

–¿Y cómo apreciaste el valor de los mercenarios? –indaga el

otro reportero.

–¡Muchacho, fíjate que le tenían miedo hasta a los cangrejos

de la Ciénaga!

Todos nos reímos con este comentario final de Gerardo y le

agradecimos a Roberto la iniciativa.

–Fue muy buena tu idea –aseveró alguien–. Gerardo no titubeó,

actuó como un verdadero revolucionario, hombre a todo…Por

57


eso Manolito no puede ser brigadista.

–¡No me parece justo hacer esa comparación, conozco homosexuales

más valientes que Tarzán! –expresó Andrés en un tono

ríspido y yo intercedí enseguida:

–Caballeros, ya es tarde y solo nos queda el día de mañana en

Varadero, así es que: ¡su madre el último en dormirse!

Luego de desayunar, el profesor repartió las cartas recibidas de

nuestros familiares y me sorprendió al entregarme una dirigida

a mí. Era de Cary:

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Gabriel, quiero decirte que algo extraño me pasa, porque a

menudo hablo en mi mente contigo y disfruto al imaginar tus

alegres ojos pardos penetrar mis sentimientos, como si quisieras

conocerme por dentro. ¿Y tú me extrañas? Acep-taron que

fuera para Sagua de Tánamo, así es que pronto nos veremos

en esas lomas.

Sobre la investigación del asesinato de mi padrastro, apa-reció

otro sospechoso, o mejor sospechosa, pues hallaron el pelo de

una mujer y se comenta en el barrio que puede ser una dama

joven celosa, que fue su novia y él la dejó por mi mamá. Como

ves, esto se enreda.

Hasta pronto. Y si te bañas en la playa por última vez, piensa

que yo estaré en ese instante sumergida, esperándote sin prisa

para disfrutar tu piel mojada y caliente por los rayos solares

y la cercanía del ardor de mi corazón.

Cary


28 y 29 de abril:

Viaje hacia lo desconocido

Por fin, a las tres de la madrugada del viernes 28 de abril, partimos

desde la ciudad de Cárdenas más de ochocientos bri-gadistas,

agrupados en dos trenes, con veinte y tantos vagones cada uno.

Nadie podía conciliar el sueño. Por primera vez yo viajaba hacia

la provincia de Oriente y también me estrenaba en la aventura de

montar esa larga serpiente de hierro, que al comenzar a moverse

despide un ruido estruendoso y suelta al aire un pitazo ensordecedor

y un olor a humo de petróleo quemado, que para mí era la

señal de una carrera sin retorno inmediato. En el vagón íbamos

los «tres mosqueteros por dos» y otro grupo de brigadistas, todos

varones. Andrés se había untado en exceso una colonia 1830, que

sobresalía entre las fragancias saturadas de alcohol de nuestros

desodorantes sólidos de barrita. Jesús comenzaba a bromearlo,

diciéndole: «Oye, rompe corazones, ni mi abuela usa tanta colonia…»

cuando en ese momento el tren empezó a moverse y todos

quedamos estupefactos durante unos segundos.

–¡Caballeros, el que decidió que las muchachas y los hombres

viajemos separados seguro es cherna como Manolito! –gritó Raúl

muy jocoso, haciendo lo posible por simular los gestos de un homosexual.

–O tiene una hija señorita y teme que pierda la virginidad en el

tren –soltó Jesús sin dejar de mofarse.

–Total, cuando estemos solos en el monte, ellas nos van a violar

a nosotros – clamó sonriente el Abuelo, quien para alegría mía

integraba nuestro vagón. Y agregó, mientras imitaba un acto

sexual–: ¿Levanten la mano los que no han estrenado el fusil?

Y Roberto completó la jarana, en medio de una sabrosa chanza:

–Pero si seguimos así pronto se nos va a oxidar; por eso, mejor

descansemos y si alguien quiere disparar que le pida a Andrés el

arma de Marilyn.

Mientras bromeamos, cada quien se dedicaba a amarrar su

hamaca en sendos barrotes a ambos lados del enorme vagón, cuyo

uso normal era para cargar caña y nos servía en ese momento

de peculiar transporte, con sus techos cobijados de guano para

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la ocasión.

–Compañeros… –dijo Jesús y esperó a que todos lo atendiéramos–.

Parece que el viaje en este bohío rodante forma parte del

adiestramiento, quizás para que aprendamos desde ya a vivir

en los bajareques campesinos.

–Sí, pero son más cómodos e higiénicos, fíjense que tiene su

letrina dentro –y señalé en la penumbra hacia un hueco en el

piso de hierro, cubierto en su entorno por yaguas de palma.

Un gallo tempranero nos saludó desde algún patio de la aletargada

ciudad de Cárdenas y pronto no quedaron párpados

abiertos.

¡Cuidado, que el tren se descarriló! Mima, agárrame… los

toros me van a embestir… el río creció… vamos a caer dentro

del agua… hay un tiburón cerca, mira su cola es inmensa…

las vocales son aeiou… más sabe el burro que tú… enciende el

farol… no veo debajo del agua… ¡tu asesinaste a tu padrastro

Cary, fuiste tú!… el negro Rulfo desciende de la mona Chita…

esos infiltrados de la CIA son amigos de Roberto… disparen

coño, ahí vienen los mercenarios…

–¡Disparen! –ordedesaforado y el Abuelo me zarandeó.

–¡Espabílate, consorte, que ya estamos en Santa Clara y son

las ocho y media de la mañana!

Había mucha gente en la estación, aplaudían y vitoreaban.

Al verlos y escucharlos, comenzamos a sentir el gusto de ser

admirados y cantamos para ellos el himno que recién habíamos

aprendido: «Por llanos y montañas el brigadista va, cumpliendo

con la Patria, luchando por la Paz. ¡Abajo imperialismo! ¡Arriba

libertad!...». Sin salir de los vagones, nos repartieron bocaditos de

jamón y queso y maltas bien frías. Sentí ganas de orinar y también

el Abuelo: «Oye, mejor esperamos a que el tren arranque, hay

cantidad de personas mirándonos y el chorro se ve por debajo

del vagón». Pero no pudimos aguantar, rompimos la inercia al

unísono y todos los compañeros disfrutaron la simpática escena,

cuando un niño que observaba el sitio donde caía el espumoso

torrente gritó:

–¡Mira, mami, el tren está haciéndose pipi!

A las diez seguimos para Camagüey y allí llegamos a las cinco

de la tarde. Durante el trayecto los campesinos nos salu-daban y

creíamos percibir en sus miradas el deseo de que nos quedáramos

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con ellos, para empezar a aprender. Disfruté em-belesado desde

mi hamaca –que se movía igual que un bote en el mar picado–, la

inmensa llanura camagüeyana y anoté en el Diario impresiones

sin moldear sobre aquellos paisajes na-turales y humanos, que

con mi óptica actual recuerdo a través de un prisma más vasto

de sensaciones.

Me cautivaron los cañaverales que se mecían al compás del

viento, los cultivos de piñas y leguminosas, las malangas con sus

enormes hojas de clorofila oscura y las alfombras inmensas de

pasto para el ganado. Planicie sin límites; sobre ella pastorean las

vacas y sus tiernos críos, y los toros imperiosos que las acechan

para volver a montarlas sin desdén.

Las enigmáticas ceibas, que sostienen sus corpulentos troncos

y frondosas ramas en raíces muy cortas, casi siempre tenían

muy cerca ofrendas de brujería, que ciertos creyentes de ancestros

africanos suelen dejar a su sombra y las hacen así más

misteriosas.

Árboles de aguacates, mangos, naranjas, limones y mameyes

resplandecían por doquier y los campesinos laboraban, detrás de

sus yuntas de bueyes, o desyerbando los cultivos para conseguir

mejores cosechas. Disfrutamos ríos discretos y otros caudalosos,

que contemplamos sobre puentes de hierro y estos nos saludaban

con su sonoro crujir.

En hilera, en el borde de las guardarrayas y a la entrada de

suntuosas fincas, esparcidas o solitarias, inundan todos los paisajes

millares de palmas, que enarbolan la identidad natural de

la Isla. Y sus penachos altivos, movidos por los vientos trajeron

el famoso verso del Maestro: Yo soy un hombre sin-cero, / de

donde crece la palma/ y antes de morirme quiero, / echar mis

versos del alma…

Retorné a mi niñez; las yaguas tendidas sobre la hierba hacían

revivir la infancia en Pinar del Río, cuando me deslizaba

en ellas desde alguna loma y creía ser un campeón de autos de

carreras. Imaginé también al arrestado desmochador de palmiche

ascender el largo tronco, amarrado en la cintura con una

soga mientras se movía paso a paso, cual si fuera un trapecista,

a buscar el racimo de las mágicas frutas que más apetecen los

puercos y más los ceban.

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Me impresionaron las humildes casas de nuestros guajiros,

herederas de las chozas de los aborígenes; bohíos similares y a

la vez diferentes entre sí, sencillos, amables, siempre abiertos

a la luz del sol, y al aire y a los insectos, de paredes de yagua o

tablas de palmeras, pisos de fría tierra endurecida, y techos de

pencas que los dotan de una sombra hechicera. Ellos son como

un ícono del amor filial campesino y un símbolo de la creatividad

y la resistencia de los pobres.

Vi los pájaros saltar en la espesura de las ramas, o posarse sin

temor en los cables eléctricos. Y me deslumbré con las nubes,

siempre caprichosas en formas y colores, entre variedades de

ceniza y grises fuertes, que se movían sin prisa en el cielo turquí,

iluminadas por el incandescente astro. Un fugaz aguacero refrescó

de un soplo la llanura y vislumbré bajo la lluvia a un guajiro

de estampa triste, encima de su cansada yegua, que en la ancas

paseaba a un niño gozoso. Respiré los sutiles y variados olores

de la llanura, a yerba y flores, a caña y maíz, a humo y materia

orgánica animal, a sudor del ganado, al aliento de los pájaros. Y

mientras veía alejarse aquella tierna imagen infantil, el aroma a

tierra mojada renovaba, a la velocidad del tren, todos mis deseos

de disfrutar y entender los enigmáticos ciclos de la vida.

Durante el presuroso recorrido, en el instante en que trataba

de recordar la frase del Almirante en su asombro, cuando pisó el

lomo de nuestro largo caimán en 1492, alguien, de forma brusca,

movió mi hamaca.

–¡Te fuiste del aire, muchacho! –sentí la voz de Andrés, aunque

él también viajaba en las nubes–. ¿En qué piensas, Gabriel?

–Nada, compadre, disfrutaba el paisaje… ¡Del carajo!, ¿no te

parece?

–Así es, estas bellezas solo las pudo crear el Señor –dijo An-drés

maravillado y dirigió su vivaz mirada hacia un punto remoto del

cielo. Y un rato después, para no olvidar jamás aquel meteórico

recorrido por los exuberantes parajes recién descubiertos por mí,

anoté en el Diario: «Esta es la tierra más fermosa…, no porque

lo dijera Colón, ni la creara un ser superior; es así porque es

nuestra»

Llegamos a Camagüey pasadas las cinco de la tarde. Los brigadistas

que iban en el otro tren fueron enviados a las zonas

de la provincia de Oriente más próximas y el nuestro continuó

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su rumbo hacia el este, a medianoche, para distribuir alfabetizadores

en Santiago, Puerto Padre, Antillas, Banes, Sagua de

Tánamo y Baracoa.

Arribamos a Cueto a las seis de la mañana del sábado 29 de abril,

pues la locomotora se rompió, y allí nos bañamos y desayunamos

galletas de soda, jamón, mantequilla y malta. Una viejita, sentada

en el portal de su modesta casa de madera, quiso hablarnos: «Hijos

míos, Dios los bendiga, ustedes van a hacer algo muy grande. Yo

no podré aprender porque estoy casi ciega, pero me siento igual

de feliz y le voy a pedir a la Virgen de El Cobre que los proteja».

A la una de la tarde salimos para Mayarí y llegamos a las 4

p.m.; almorzamos arroz con gris, carne de lata rusa, revoltillo de

huevos y otra vez malta. En ese ínterin distinguí a Cary y observé

de cerca, vis a vis, sus ojos cansados y el alma revuelta. «¿Cómo

hiciste el viaje?», le pregunté. «Nos divertimos mucho, lo que más

disfruté fue dormir en la hamaca. A veces sentía que abuelita me

mecía en sus plácidos brazos y soñé que viajaba dentro de un rabo

de nube; todo fue precioso y hasta escribí este poema inspirada en

no sé quién. Escucha Gabriel», dijo sin respirar y fijó la vista en

el papel, tomó aire y arrancó a leer en voz acaramelada:

No me conformo, no: me desespero

quisiera ser una llovizna tibia

caer en tu sedoso pelo

y sentirme usada como un apero

Me gustaría besar un avispero

que me acerque a ti aunque me duela

y luego hundir las ansias entre tus dedos,

decirle al corazón que no me muero

Por fin, a las cinco de la tarde, alrededor de cien brigadistas

partimos en camiones desde Mayarí hacia Sagua de Tánamo. En

nuestro vehículo, un Ford de buena apariencia aunque muy sucio

por el polvo de aquellos terraplenes, viajamos sentados algo más

de veinte muchachos, casi todo el tiempo en silencio, asombrados

por el singular verdor, los suspiros del viento y el grato aroma de

los más densos y extensos pinares de la Isla.

Sin embargo, un maestro oriundo de Mayarí, que se unió a

nosotros minutos antes y parecía saber mucho de la región, nos

espabiló con su amena manera de ofrecer datos e informaciones

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de interés.

–Cerca de aquí –comenzó a narrarnos–, en aguas turbulentas

de la Bahía de Nipe, la más grande del país, apareció en 1612 o

1613 una talla de madera con la imagen de la que fue más tarde

patrona de Cuba, la Virgen de la Caridad de El Cobre. Según

la leyenda, tres humildes esclavos, dos de ellos indígenas y un

niño negro de diez años, salvaron sus vidas al descubrirla en

medio de la tormenta, cuando se dirigían a buscar sal. Otras

versiones hablan de que esto ocurrió luego de pasar la tormenta;

al principio ellos creyeron que era un ave marina o ramas secas

y después vieron que se trataba de una talla de madera con la

imagen de la Virgen María, que tenía un niño en su brazo y un

letrero que decía: «Yo soy la Virgen de la Caridad». Pero imagínense,

el único testimonio que quedó de lo ocurrido fue el de

aquel niño, y lo ofreció cuando ya era un anciano de ochenta y

cinco años –sentenció el maestro en tono escéptico y nos es-crutó

sin disimulo, para saber si gustaba su historia.

–¿Me permite, maestro? –voceó un brigadista de piel oscura,

que atendía como nadie la explicación–. Es bueno recordar que

el santo mayor yoruba es Oshún, que equivale en esa religión

de origen africano, tan nuestra como la católica, a la Virgen de

la Caridad; ella es la dueña de las aguas dulces, expresión del

sensualismo y el amor, y diosa de la miel.

–Gracias, compañerito, yo admiro mucho a Oshún, que tiene

muchas virtudes y también es muy contradictoria, como son casi

todas las mujeres –dijo el maestro y al captar nuestra fascinación,

continuó–: Ella simboliza una fémina bella y alegre, que en su

interior es severa y afligida. Es la única que llega a Olofí, para implorar

por los seres de la tierra. Es la hi-ja de Obatalá y Yemayá,

quien le concedió de hogar las aguas dulces. Y es íntima amiga

de Eleguá, el santo que abre los caminos, y siempre la protege.

–Maestro, le pido que nos explique también lo que estamos

viendo ahora a nuestro alrededor… –interrumpió Roberto, que

venía de pie, en el camión, sin dejar de observar los frondosos

paisajes.

–En estos parajes fue donde combatió el Segundo Frente

Oriental del Ejército Rebelde, dirigido por el Comandante Raúl

Castro, que abarcó un inmenso territorio, incluido Sagua de

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Tánamo –continuó su variada disertación el maestro, señalando

las montañas de la Sierra Cristal.

Enseguida nos habló de los horrendos crímenes cometidos por

uno de los sátrapas de la dictadura en la zona, conocido por Sosa

Blanco, que quemaba vivos a los campesinos en sus bohíos y pagó

sus culpas ante el pelotón de fusilamiento, después de ser juzgado

por un tribunal, en los primeros días del triunfo de la Revolución.

–Recuerden que la guerra en esta zona fue encarnizada –es-ta

vez, el ingenioso rostro del docente parecía reflejar dramáticas

experiencias suyas–. A Sagua de Tánamo se le llamó «la ciudad

mártir», porque a finales de 1958, el ejército de Batista incendió

allí todo lo que encontraba a su paso para impedir el avance de

los rebeldes que finalmente la ocuparon, casi en cenizas, el 24 de

diciembre de ese año.

Tocamos la pequeña ciudad al filo de las siete de la noche y

una entusiasta multitud nos acogió entre aplausos, consignas y

cantos revolucionarios.

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29 y 30 de abril:

¡Bienvenidos a Sagua, maestros!

–¡Bienvenidos a Sagua, maestros! –los gritos venían desde todas

partes. Al instante el clamor popular llenó de júbilo nuestras fibras

y hasta imaginamos que la gente nos percibía cual si fuéramos

héroes.

Bajamos de los camiones y, de repente, ya formamos parte del

río humano que se movía por las calles al compás de himnos

y congas, que interpretaba la banda municipal y arrollamos

sin cesar, impulsados por el estribillo de moda: «¡Somos socialistas,

pa´lante y pa´lante, y al que no le guste que aguante,

que aguante!». Por fin coincidimos en un mismo sitio los brigadistas

de ambos sexos y pronto Cary se aproximó, nos to-

mamos las sudorosas manos, sonreímos, saludamos a numerosos

vecinos de ese remoto municipio, nos confundimos piel a piel

con ellos, les preguntamos, nos preguntan, respondemos, nos

responden, y en esa prodigiosa algazara avanzamos sin saber el

destino, Cary enseñándome a mover rítmicamente la cintura,

los ánimos encendidos, las ganas de vivir rebosantes, el deseo

de servir en su máximo esplendor.

En medio del bullicio una voz se alzó y nos señaló el furgón

donde estaban nuestras pertenencias. Recogí la mochila y el farol

que me entregaron en Varadero, también el maletín que traje de

La Habana. Allí nos informaron que estaríamos tres días en el

pueblo, hospedados en casas de familias y a las 10 p.m. habría

una fiesta para agasajarnos. En breve un hombre y una mujer,

ambos de apenas treinta años y rostros signados por la curiosidad,

preguntaron quiénes son Jesús y Gabriel, nos sonríen y se

presentan, María y Filomeno.

–Nosotros somos sus padres hasta que salgan para el monte –dijo

Filomeno con afecto, mientras María no cesaba de mirarnos tiernamente.

Y sin perder tiempo nos ayudaron a cargar los equipajes

y caminamos hasta su humilde casa de madera, en cuyo portal


jugaba un niño con su perrito; al vernos, interrumpe el retozo y

muy serio nos da la mano, como un hombre.

–Bienvenidos, maestros; gracias por venir, nagües –balbuceó

el gracioso pequeñuelo, y escuchamos por primera vez, en un

niño de la zona, el típico sonsonete de los orientales y su más

usual apelativo de amistad.

–¿Y tú ya sabes leer y escribir? –le pregunté.

–Sí, maestro, estoy en tercer grado y me gusta estudiar; yo voy

a ser médico para curar a mi abuelita que no puede caminar –respondió

sin demora y señaló a una señora, de rostro jovial, quien

nos miró sentada desde la pequeña sala aledaña, que tenía el piso

de cemento pulido y las paredes de tablas, sin pintar. La besamos

y ella, conmovida, nos dijo: «Sí, hijitos, Luisito es mi esperanza; ya

no voy a poder curarme, pero él va a ayudar a mucha gente que

antes no podían ir a los médicos, ni atenderse las enfermedades

a tiempo, como me pasó a mí».

Nos bañamos de prisa, para llegar temprano a la fiesta. Por

primera vez en mi vida lo hice sin ducha, utilizando un balde

de agua y un añejo jarro de aluminio, para echármela encima.

Luego comimos unos fabulosos frijoles negros, arroz, malanga

hervida y unas deliciosas masitas de macho, nombre genérico que

dan al cerdo en la región. Filomeno y María nos acompañaron

a la fiesta y los notamos orgullosos, al desplazarse con nosotros

ante los coterráneos, quienes desde las puertas de sus casas y

en las calles nos detenían para saber de qué lugar procedíamos:

–¡Eso sí es grande, compay, venir de La Habana hasta aquí a

alfabetizar!

La fiesta parecía un boyante hormiguero sobre un terrón de azúcar,

varios brigadistas bailaban entre sí o con parejas sagüenses,

otros conversaban, y la música cautivó a todos: Mamá yo quiero

saber / de dónde son los cantantes, / que los veo muy galantes y

los quiero conocer, / con su trova fascinante… / son de la loma y

cantan en llano… No pude continuar inmóvil, pues una joven

del pueblo me tomó de la mano. Trataba de cogerle el compás a

la orquesta y la muchacha, de anchas y torneadas caderas y piel

canela oscura, sonreía. Yo disfrutaba su negro y largo pelo, suelto

como su cintura, mientras ella me ofrecía la primera lección de baile

al estilo oriental; no resul-tó difícil, pues en eso de menearnos y

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disfrutar el son, casi to-dos los cubanos somos audaces y creativos,

incluso los «patones» como yo.

–¡Gabriel! –escuché a pocos metros una voz conocida: era Cary.

Su faz estaba despejada, los labios pintados de un rojo tenue

cautivador, y sobre la blusa de su uniforme también bailaba el

son un collar de conchas de Varadero.

–Ya nos vemos –le dije. Y ella me hizo una seña con la mano

derecha, moviéndola en forma de círculo, para indicarme el deseo

inmediato de bailar conmigo. Mi jovial pareja no se dio por aludida

y la sentí más animada, unió a la mía su compacta hechura de

color azúcar morena y seguimos prensados, oyéndonos el palpitar

de las ansias, hasta concluir el melodioso bolero de Benny Moré,

que interpretaba un bisoño cantante mulato, imitándolo hasta

donde podía: Vidaaa, desde que te conocí, no existe un ser igual

que tú, vida... «Gracias», le dije, «¿cómo te llamas?». «Graciela,

¿y tú?». «Gabriel… nos vemos más tarde, bailas muy bien».

–Y tú también, sobre todo los boleros –y se acarició el cabello,

algo turbada, porque en ese momento llegó Cary en postura

felina y, sin saludar a la adolescente, me dio un beso al borde de

los labios, invitándome enseguida a salir fuera del local.

Caminamos hasta una arboleda cercana. La tenue luz de la

luna se filtraba entre las ramas, y los pájaros dormidos parecían

estatuillas de mármol. La noche nos acogió sin recato y al

acercarnos a un almácigo, percibimos dos enigmáticos ojos que

nos acechaban desde un arbusto en tinieblas. Cary tembló: «Es

una lechuza», dijo y me abrazó inquieta. Su manoteo fue tan

rápido, que espantó al ave y, al sentirse más relajada, acomodó

la cabeza en mi pecho y su mirar solícito y húmedo me suscitó

un ligero cosquilleo. Sus labios no podían contener-se y buscaron

los míos, ávidos de iniciar el juego. Y sobrevino el fascinante

instante de apostar.

Sin ponernos de acuerdo cerramos los párpados, tal vez por

pudor ante la recíproca inocencia, y solo sentía el tic tac de

nuestros corazones entrelazados, la emulsión formidable de los

aromas de la hembra que va a irrumpir y el sabor a vida de la

saliva mutua; también escuché un gallo cercano que movió las

alas y nos ofrendó su agreste cántico, y el melodioso sonido de

los insectos montunos que acompañaron nuestro éxtasis.

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Ella no se detuvo, escondió su cuerpo detrás del voluminoso

tronco de un jagüey, colocó de prisa su espalda en él y yo la

estremecí de frente, me rogó a través de caricias y señas que

continuara, y seguí, luego vislumbré una yagua de palma, la

puse debajo de nuestras almas y la tornamos mágica. Cobramos

altura y desprendidos de ambos cuerpos también volaron boinas,

camisas, pantalones y botas, después saltaron las prendas

íntimas y nos abrazamos desnudos, encima del mundo. «¡No,

no!, tengo miedo, ¡no puedo!» susurró trémula. La be-sé suave,

lamí sus senos, desplacé una mano hacia el sur de su pubis, hasta

palpar con mis ansiosos dedos la cálida miel del panal. Ella

apretó sus piernas en mi espalda y balbuceó: «hazlo despacio,

muy despacito... y por favor, ten cuidado al final». Y al adentrar

mi sexo irrefrenable en el húmedo y estrecho recinto, confirmé

que era su primera vez y también mi estreno en disfrutar los

recodos que distinguen la entrega lozana y plena de una mujer

libre, sin las argucias a que se ven forzadas las prostitutas. No

logré detenerme para cumplir su deseo, y ella, al sentir en sus

intimidades la cálida ofrenda, vi-bró sin control…

–No importa, mi amor –susurró con sus ojos apretados y agregó

jadeante–: ¡Más, más!

El viaje sideral duró pocos minutos y aún agitados sobre la

placentera yagua, intenté extender el goce y Cary, sin flaquear,

detuvo mi ímpetu:

–Cariño, debemos vestirnos y arreglarnos, nos van a descubrir.

En efecto, decidimos regresar a nuestro planeta, al escuchar,

sin dejar de acariciarnos, que la fiesta había terminado y nos

pedían a los brigadistas que nos agrupáramos a fin de recibir

orientaciones. Caminamos en silencio, para acercarnos al colectivo

de manera subrepticia. De repente, antes de inte-grarnos, Cary

me formuló un azaroso comentario:

–Gabriel, necesito explicarte algo, tienes que ser muy discreto.

Yo tengo un novio que le pidió la mano a mi padre y quiere casarse,

¡entiéndeme por favor! –la aprecié temerosa y al parecer

confundida, mas no la dejé concluir.

–Si es así, olvídate de mí y no te preocupes, mañana será otro

día –le respondí con aspereza.

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–Perdóname, cielo; no te pongas así, mi amor. Tenía que

decirte la verdad, pues yo no podré jamás olvidar esta noche –

re-plicó Cary sin desaire y no pudimos continuar el diálogo, al es-

cuchar la voz de nuestro coordinador:

–Mañana domingo haremos un ensayo para participar el lunes

1 de mayo en el desfile por el Día del Trabajador. Después regresarán

a las casas donde se alojan y está previsto que salgan para

los sitios de alfabetizar el próximo miércoles 3 de mayo. ¿Alguien

tiene duda? ¿No? Pues a descansar, que el día y la noche han

rendido bastante.

Cary y yo nos miramos. Ella seguía contrariada; sin embargo,

yo no podía contenerme y la despedí molesto, dándole una seca

palmada en su hombro.

–Ya hablaremos –le dije.

Antes de conciliar el sueño, escuché los silbidos del aire en las

paredes de tablas desvencijadas de la casa donde me hospedaba,

y entretanto Jesús dormía como un lirón, reapareció la mágica

alfombra voladora y en las penumbras de la madrugada reanudé

la travesía impregnado de las fragancias de Cary. Y, esta vez,

pegado a su piel, rememoré a mi abuelo, sentado en su vetusto

taburete filosófico y descubrí que es verdad la frase que él me

espetó una noche de consejos, y yo no pude entonces entender:

–¡Cuando una mujer dice sí, es que triunfó!

El día final de abril transcurrió sereno, igual a cualquier otro

domingo, aunque los lugareños nos abordaban en todas partes,

con el fin de saciar sus interrogantes y yo aproveché los diálogos

para conocer datos e informaciones de interés. Así supe que en

Sagua de Tánamo vivían 71 mil personas en 1672 kilómetros

cuadrados –buena parte de estos son bosques tropicales y existen

numerosas elevaciones–, el municipio forma parte de la subregión

de Baracoa, la más oriental del país y su costa norte mira

al Atlántico y al sur limita con Guantánamo.

El reducido poblado de Sagua no es un lugar especial, mas

destila en todas partes un encanto que cautiva; allí la gente

sonríe montada sobre las bicicletas, y también en hermosos

caballos o en pencos desvalidos. Hasta los jeeps llenos de fango

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o los niños jugando al béisbol en algunas de sus angostas calles

sin pavimentar resultan luminosos. En su derredor, las lomas

y los ríos crean una hermosa armonía, que le insufla identidad

y cierta seducción.

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1 de mayo:

Una lección de virtud

Día de los Trabajadores: Nos despertamos temprano y el aire

fresco y húmedo, procedente de las montañas, nos trae el olor a

la hornilla de carbón encendida. Mientras María sirve café con

leche y tres crujientes galletas de sal para cada uno, Jesús sale

al portal y exclama a pulmón lleno:

–¡Cómo va gente para el desfile, mi socio; tenemos que apurarnos!

Los rostros en las calles reflejaban alegría. Formamos en el pelotón

y el sol empezó a picarnos. Un brigadista de baja estatura,

piel blanca y rostro acicalado, era el jefe del grupo y nos lla

la atención por sus órdenes imperativas:

–¡Arréglense las boinas, las camisas por dentro del pantalón! ¡Recuerden

las voces de mando, el que se equivoque lo voy a reportar!

Luego comenzó a desplazarse con pasos altaneros y a casi todos

los brigadistas nos decía algo chocante, y en vez de palabras

escuchamos bramidos.

–Ese está empachao –me comentó el Abuelo muy bajito–. Es

hijo de Ramírez, uno de los profesores que coordina la alfabetización

en el municipio.

De repente, el Empachao me planta una mano sobre el hombro

y grita desaforado: «¡Oye, tú no me escuchaste; ponte firme,

arréglate la boina y péinate esa mota, que tú no eres Elvis Presley!»

«¡Y tú no eres Supermán, compadre! No me toques más,

¿oíste?», le dije. «¡Pues si no te gusta aguanta, porque ya tienes

un reporte por indisciplinado!»

Y diciéndolo, el Empachao me sacude fuerte, algunos brigadistas

le rugen: «déjate de abuso», y entonces la adrenalina me

fluye por todo el cuerpo… Sin pensarlo dos veces lo empujo y

cae al pavimento, voy hacia él para golpearlo y los compañeros

interceden.

–Me las vas a pagar –a duras penas balbuceó, aun sin levantarse

del pavimento, y en ese momento se acercó un hombre alto,


fornido, nos cogió a ambos por los brazos y nos apartó del grupo.

–¿Ustedes son brigadistas Conrado Benítez, o qué? –dijo severo

y aleccionador, como un padre–. Los dos se equivocaron y ahora

mismo se dan las manos, todos los alfabetizadores son revolucionarios

y deben respetarse, ¿me entienden? ¿Qué pensaría

Fidel si los ve?

Sus palabras férreas y convincentes dieron en el centro de nuestro

honor, y de manera espontánea, al unísono, nos abrazamos…

–Bien, continúen, y espero que este sea el pelotón que marche

mejor. Ustedes van a encabezar la columna de los brigadistas

–anunció sereno y nos hizo un guiño de manera fraterna–. ¡A

sus puestos, rápido, que va a comenzar el desfile!

–¿Tú sabes quién es ese hombre? –dijo Jesús, cuando empezamos

a movernos–. Es Ramírez, el profesor… ¡El padre de el

Empachao! ¡Tremenda lección nos ha dado!

Primera vez que desfilaba un 1 de mayo. Lo hicimos junto

a miles de campesinos y trabajadores, quienes gritaban vivas

a Fidel, a la Reforma Agraria y cantaban el Himno del 26 de

Julio: Marchando vamos hacia un ideal / sabiendo que hemos

de triunfar... Y también nos resultaban llamativos sus carteles:

Abajo el imperialismo, Paredón a los traidores, Vivan los Héroes

de Girón, Venceremos al analfabetismo, El que venga, queda

(ilustrado con unos gusanitos…).

La algarabía del pueblo sagüense nos contagió, y yo seguía

pensando en Cary, que no vino. ¿Qué le habrá pasado? Una amiga

suya me aclaró: ella se siente mal, ayer habló por teléfono con

su mamá y parece que eso le afectó.

Por la noche tuvimos una sorpresa: nos visitó en la casa de

Filomeno el maestro que sería responsable de nuestro grupo

durante la alfabetización.

–Me llamo Alberto Martínez Alonso. Soy de La Habana y llevo

tres meses en Sagua –escuchamos su voz de tenor, mientras él

nos echaba su vista encima–. Vine a conocerlos personalmente y

a explicarles algunas cosas, también pueden hacerme preguntas

y quiero que me traten como a un hermano mayor, pues solo

tengo 27 años.

Alberto era de buen ver: un hombre de complexión fuerte y

rostro noble, mediana estatura, piel blanca y el pecho cubierto

de vellos oscuros, ojos pequeños inquietos de color avellana y

gestos ágiles. Parecía inteligente, de atractiva fluidez en el habla

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y resultaba obvio que quería generar simpatías en nosotros. Lo

observamos a la expectativa, pues iba a ser nuestro responsable

y temíamos que pudiera ser inflexible.

–Ustedes dos van conmigo para el cuartón Majayara, que está

en medio de montañas muy distantes de la ciudad –comenzó su

explicación, sin dejar de evaluar nuestras reacciones–. Majayara

queda a más de cinco horas, iremos en un camión hasta un sitio

que se llama La Pobreza y desde allí solo podemos seguir a pie

o en bestia. Tienen que prepararse mentalmente para vivir en

condiciones muy diferentes a las de La Habana. Les confieso que

no es fácil, ¡allí al principio hasta la luna parece cuadrada!

«¡Hasta la luna parece cuadrada!», repetí en mi mente y quise

imaginarla así, mas no pude. «¿Por qué?», casi le pregunté, sin

embargo me dio pena y preferí quedarme con la duda.

–¿Y quiénes más serán ubicados en Majayara? –inquirió Jesús.

El maestro sacó un papel de su bolsillo y leyó: «Lázaro Santos

García, que es de Santa Clara; Ramón Pérez Vidal, oriental de

Puerto Padre; Ángel Rodríguez Cardona, Roberto Saavedra Pérez,

José Antonio Perdomo Smith y Agustín Jiménez Córdoba, que

son de La Habana igual que ustedes...». Yo musité: «qué bueno,

Agustín, el Abuelo, estará con nosotros y también Roberto; sin

embargo, a los otros no los conozco».

–Bueno, muchachos, me alegro de que pronto vamos a estar

juntos. ¿Vieron hoy el desfile en la Plaza Cívica de La Habana?

–dijo el maestro y los dientes parejos y de tenue color marfil,

mostraron la diáfana sonrisa y su alma franca–. Claro, me doy

cuenta que no pudieron, pues aquí no hay televisor; yo tuve

que caminar ocho cuadras hasta la casa de un vecino, el único

que tiene en toda la redonda. Fue muy emotivo, la gente estaba

feliz, llena de júbilo por la victoria del 19 de abril; había como

un millón de personas y parecía un carnaval, congas, humor,

inclu-so personas disfrazadas con trajes de mercenarios para

ridiculizarlos. Allí Fidel explicó en detalles todo lo de Girón y

por primera vez en la Plaza Cívica ese gentío inmenso cantó «La

Internacional».

–¿Ya se la saben? ¿No? Vayan aprendiéndosela, porque ese es el

himno de los trabajadores en todo el planeta: Arriba los po-bres

del mundo, de pie los esclavos sin pan… Fue el mejor mensaje a

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los demás pueblos de que ya somos socialistas de verdad –aseveró

Alberto y su cara resplandeció.

–Maestro, usted posee muy buena voz, tiene que enseñarnos

a cantar, parece un barítono o un tenor –le comenté.

–Tú lo dirás en broma, vamos a aprender juntos muchas cosas

en las lomas. Y para luego es tarde, por ejemplo… ¿saben ustedes

cuál es el músculo más grande de nuestro cuerpo?

Alberto observa nuestro silencio embarazoso ante aquella

sorpresiva pregunta y respondió: «Es el gluteus maximus, o sea

la nalga». «Por supuesto», agregó, «el de nuestras mulatas es el

mayor de todos en el género humano».

–Y el más sabroso, ¿estamos claros? –añadió Jesús, con los ojos

relucientes y su dicha nos contagió a todos.

–¿Y el músculo más fuerte? –preguntó Alberto casi sin respi-rar

y Jesús le respondió muy seguro que era el bíceps.

–Pues no, es otro mucho menos voluminoso. Se llama masetero,

su función es elevar y bajar la mandíbula y puede dar un

mordisco con una fuerza superior a los 400 kilogramos.

–Sí –expresé con sorpresa–. Ahora me doy cuenta porqué los

trapecistas pueden sostener en sus quijadas a personas tan

pesadas…

Nos despedimos de Alberto, impresionados por su jovial carácter

y antes de irse, sin él proponérselo, confirmó nuestra

percepción: «Ah, y me pueden llamar Alberto, o también decirme

Beto, que así me conocen mis amigos; ¡la identidad está en el

perfume, no en el envase…!».

–Oye, Gabriel, casi se nos olvida algo –dijo Jesús, mostrándome

su reloj–. Son las diez y media de la noche y recuerda que nos

comprometimos con María en hacerle la guardia de los CDR,

que empieza a las once y termina a las dos de la ma-drugada.

Esa vigilia fue una experiencia única; después de medianoche el

pueblo de Sagua se disipa, solo vimos algunos gatos en correrías

y en las tres cuadras colindantes observamos a sendos cederistas

en sus guardias, a veces sentados en algún portal o en la acera,

o de recorrido por su área de vigilancia. El de la esquina más

próxima se nos acercó y entablamos un breve y animado diálogo.

Nos preguntó cómo estaba La Habana, si había muchos gusanos.

–¿Y en Sagua? –indagamos nosotros, después de responderle

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que en la capital seguían los sabotajes y la contrarrevolución

estaba siendo muy apoyada por los gringos.

–Aquí la cosa está más tranquila. Son pocos y los tenemos a

raya, muy bien ubicados; el que se mueva, queda; pero de todos

modos no bajamos la guardia, por si acaso… –aseveró el lugareño,

un moreno de mediana edad y diáfana expresión, en el tono

musical de los orientales.

Y cuando le comentamos: «Ustedes hablan cantando», él dijo:

«No, al revés, son los habaneros, todo depende del cristal… o

mejor, de los oídos con que se escuche».

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4 de mayo:

¿Crimen sin culpable I?

Por fin logré saber cuál era la casa donde vivía Cary y me apresuré

a visitarla, porque al siguiente día partiríamos hacia Majayara

y ella iría para otro sitio, más cerca de la ciudad. Serían las diez

de la mañana y aún Cary dormía, la llamaron y cinco minutos

después salió a saludarme.

–¿Cómo has estado? –le dije y me aproximé a ella para besarla

en la cara. Sus ojos estaban tristes y el rostro pálido. Olía a piel

ligeramente sudada. Vestía una bata de dormir verde claro, que

permitía entrever aún más su abatido cuerpo: una mariposa sin

colores, ni flores donde posarse–. ¿Qué te pasa?

–Nada –dijo, inclinó la cabeza y agregó–: Cosas de la vida...

–No entiendo qué te sucede –reiteré más fuerte. No reaccionó

y le alcé el mentón, tras un rápido gesto–. Explícame –le insistí

con dulzura y nuestras miradas se encontraron.

–Es que recibí una carta muy extraña de mi madre, sabes,

del tema que te conté cuando íbamos para Varadero –habló en

voz baja, para evitar que la familia donde se hospedaba pudiera

escucharla–. Mejor te doy la carta, la lees y después salimos al

parque de la esquina y conversamos. ¿Estás de acuerdo?

–Sí, pero no puedo demorarme más de una hora. ¿Es larga?

–Bastante, aunque te va a interesar, verás, parece una novela

policíaca o un salón de espejos, del que uno no sabe cómo salir.

Aquí está, concéntrate y analízala con calma, porque a mí me

dejó helada y tengo demasiadas dudas; mientras tanto, voy a

ponerme el uniforme.

Mi hijita querida:

Espero que al recibo de esta te encuentres bien. Tus her-manos

y yo seguimos extrañándote mucho, ahora mismo aca-bamos de

comer tu postre predilecto: coco rallado y queso crema. Ojalá

que no se te haga la boca agua y estés alimen-tándote muy

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bien: para eso te di suficiente dinero, con los 50 pesos puedes

comprar más de veinte latas de carne rusa y otras tantas de

leche condensada, galletas y algunas chu-cherías. Cuando

necesites más, me avisas.

Tengo que darte nuevas noticias sobre el asesinato de Pancho.

La investigación se complica todos los días, porque hasta

ahora no existen pruebas para acusar a ninguno de los tres

sospechosos. En lo que se ha podido avanzar es en la reconstrucción

de los hechos, que al parecer es exacta o al menos

aproximada.

Como recuerdas, el asesinato ocurrió en la madrugada del

sábado 8 de abril. El viernes por la mañana, antes de irse

para el trabajo él me explicó que a las seis de la tarde, al terminar

la jornada iría para su apartamento en Guana-bacoa,

porque el vecino de los bajos le avisó que había un salidero

en el baño que se filtraba hacia el techo del suyo. Pancho se

puso de acuerdo con un plomero, a fin de arreglar la avería el

sábado temprano. Me adelantó que iba a quedarse a dormir

en su vivienda para limpiarla, pues desde que se mudó con

nosotros tres meses antes, no había ido más. También me

dijo que a las nueve de la mañana del sábado iría a verlo su

sobrino, Tomás, para proponerle permutar por un apartamentico

que ese joven tiene en las afueras de Guanabacoa, claro,

dándole a cambio un dinero. ¿Tú sabías que después de la Ley

de Reforma Urbana no es posible vender o comprar las casas y

la gente inventó la variante de permu-tarlas?

El sobrino llegó a la hora acordada, tocó el timbre varias

veces y Pancho no reaccionaba, entonces se percató de que la

puerta estaba algo abierta y decidió entrar. Enseguida que

pisó el pasillo entre la salita y el cuarto vio a Pancho tendido

en el piso, boca arriba y rígido; al unísono sintió un desagradable

olor a gas y fue de inmediato a la cocina y comprobó

que una de las llaves estaba ligeramente abierta, cerrándola

en el acto. Tomás no tuvo dudas de que Pancho estaba muerto

y llamó al vecino de al lado, que al ver el cadáver quedó lívido

y exclamó sin quitarse las manos de la cabeza: «¡Increíble,

increíble, anoche estaba bien y hasta vino a pedirme hielo para

unos tragos! ¡No lo puedo creer, no lo puedo creer!». Cuando


lograron sobreponerse, llamaron a la policía y en-tonces comenzaron

las indagaciones.

Lo que he podido saber hasta hoy 30 de abril te lo cuento enseguida.

Resulta que Pancho me mintió, pues al salir de su

trabajo en los Muelles de Luz se fue con una «amiga» y otra

pareja para un bar cerca del puerto que se llama Los Marinos.

Allí tomaron bastante alcohol y alrededor de las once de la

noche se fueron los cuatro en un taxi para el apar-tamento de

Pancho, que en paz descanse, aunque ahora me doy cuenta

quién era y bien merece el infierno.

El otro hombre, que se llama Anastasio, y las dos mujeres,

estuvieron con Pancho en el apartamento hasta cerca de las

dos de la madrugada. Primero salieron ellas y a los cinco minutos

se fue Anastasio. Estos detalles los informó a la policía

y también me los dijo a mí un compañero de los CDR, que se

encontraba de guardia en la cuadra y se acordaba muy bien

de la hora, porque esperaba en ese momento al relevo suyo, que

por fin, no se incorporó y la cuadra se quedó sin vigilancia a

partir de las 2:20 a.m. Según los investiga-dores, este dato es

importante, pues después de esa hora pu-do ingresar el asesino

a casa de Pancho y no verlo nadie. La querida de Pancho tenía

una llave del apartamento, que él le dio esa noche para seguir

encontrándose allí, y por esa y otras razones su «amiguita» es

uno de los sospechosos.

El forense estima que Pancho murió aproximadamente a las 4

de la madrugada. Tenía un fuerte golpe en la parte posterior de

la cabeza, que pudo ocasionarle alguien con un instrumen-to

contundente o resultar de una caída abrupta. Sin embargo, el

médico dictaminó que murió por asfixia, o sea el gas lo mató.

A la querida de Pancho, que se llama Adriana, la policía le

preguntó si había tenido sexo con él esa noche y la muy descarada

declaró que no. «Apenas esa tarde nos habíamos conocido»,

dijo. Sin embargo, el forense demostró lo contra-rio;

o sea, sí existen pruebas de que se acostaron y la otra pareja

también lo hizo en el sofá de la sala.

El informe médico y los interrogatorios demostraron que los

tres consumieron mucho alcohol. Según dijo Anastasio, él ya

estaba yéndose con las dos mujeres y decidió perma-necer unos

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minutos más con Pancho, porque lo veía dema-siado borracho

y quería ayudarlo a dormirse. Anastasio fue el último en salir

y jura que él cerró la puerta de entrada. «La tiré con fuerza y

tiene que haberse cerrado», me dijo, y así lo declaró a la policía.

Hasta el momento hay dos sospechosos principales. Uno es

Anastasio y la otra Adriana. La policía cree que uno de ellos

abrió la llave del gas antes de irse o, si fue Anastasio, regresó

al rato de marcharse y lo golpeó, abriendo después el gas, si

no lo hizo antes, a fin de que pareciera un suicidio. Lo mismo

pudo hacer Adriana, que tenía incluso una llave. Anastasio

declaró que esa noche le había pagado 1 500 pesos a Pancho,

de una vieja deuda, y esto también lo conocía Adriana. La

policía no encontró ese dinero en la ropa del cadáver ni en el

apartamento, así que el asesino debe ha-bérselo robado.

Como ya conoces, tu padre también aparece entre los posibles

culpables. Yo no lo creo, aunque hay personas que le oyeron

decir más de una vez que iba a matar a Pancho, porque no

resistía que se hubiera casado conmigo. Según me dice la policía,

por esos comentarios él está incluido entre los presuntos

culpables. No hay ninguna prueba u otro indicio y se está

averiguando la posible complicidad suya con Anastasio. La

policía maneja la hipótesis de que este hubiese recibido de tu

padre esos 1 500 pesos, como pago por ejecutar el asesinato,

y Anastasio usó de paso ese dinero para pagarle a Pancho,

hacerlo feliz esa noche, ganar así más su confianza y después

de matarlo lo recuperó. Parece que Anastasio y tu padre se

conocen de la valla de gallo que está en la esquina de Tejas

y todo esto se está averiguando, pero, te repito, hay mucha

especulación.

Yo me hago otra pregunta: ¿Pancho se habrá suicidado? Y si

es así, ¿por qué?

En fin, hija mía, lo cierto es que Pancho no valía lo que yo suponía

y te pido perdón, porque tú me alertaste muchas veces antes

de casarme con él que tuviera cuidado y nunca te hice caso.

Puedo decirte que estés tranquila, por aquí todos los vecinos

se están portando muy bien y la Federación de Mu-jeres y los

compañeros del CDR me visitan a cada rato. Ya la pesadilla

está pasando y espero que pronto se demuestre quién es el cul-


pable. ¿Te lo digo? Yo no tengo dudas: es esa puta de Adriana.

Cuídate mucho y escribe pronto. Ah, tu novio está celoso porque

no lo mencionas en tu carta, ni tampoco le has escrito aún. ¡No

te me vayas a enamorar por allá de un guajiro o un brigadista!

Tu Mami,

Graciela

Cary salió a la sala muy bien arreglada y de mejor ánimo, en el

momento en que yo concluía de leer y me rascaba la cabeza, sin

poder elucidar el rompecabezas. Tenía puesto un perfume Avón

de suave fragancia, que me hizo evocar el reiterado anuncio de

la televisión… aquella sonriente joven tocando el timbre de una

casa y exclamando: «¡Avón llama!...». No le hice comentarios y

caminamos hasta el parque.

–¿Qué te pareció? –indagó enseguida que nos sentamos en un

pequeño banco, debajo de una frondosa ceiba.

–No resulta fácil identificar al asesino. Te confieso que todo eso

me da asco y demuestra cuánto le falta por hacer a la Re-volución.

–Sí, pero necesito que me digas con sinceridad: ¿Tú piensas,

que mi padre pudo ser el asesino?

–No creo –le respondí de inmediato, sin titubear–. Te lo digo no

porque quiera complacerte. Es lógico que sospechen de él, pero

no me parece que sea el malo de la película, más bien es un extra.

–¿Y entre Adriana y Anastasio? –inquirió Cary, colocándome

suavemente una mano sobre el muslo.

La escruté y tuve ganas de decirle «ninguno de los dos»; sin

embargo, carecía de argumentos, era solo una intuición.

–Cualquiera de los dos pudo ser, o los dos, en fin, podría ser

al revés o todo lo contrario –le dije con un estilo mexicano de

voz y logré que ella se riera de buena gana, al darse cuenta que

imitaba los circunloquios de Cantinflas.

–Por favor, te pido que guardes esta carta y me la devuelves

en La Habana –dijo al despedirnos.

–¿Por qué?

–Otro día te explico –respondió a secas y nos acariciamos de

prisa los labios, porque una anciana diminuta y encorvada, que

cuidaba con celo a su nieto en el parque, no dejaba de mirarnos.

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6 de mayo:

La hora de la verdad

María y su mamá no pudieron contener las lágrimas al despedirnos

a las ocho de la mañana y el niño extendió su manita: «vuelvan

pronto, quiero que sigan ayudándome a hacer las tareas de Aritmética

y me enseñen a bailar el trompo». Filomeno nos acompañó

hasta el sitio desde donde saldríamos y antes de partir a su trabajo,

en una granja estatal cercana, emitió esta afable recomendación:

–Recuerden, muchachos, los guajiros de las montañas parecen

desconfiados. Yo les digo que no es cierto, lo que pasa es que antes

de la Revolución a ellos los maltrataron mucho y por eso a veces

son ariscos. ¡Pero ustedes se los van a meter en el bolsillo, me

juego cualquier cosa!

Ya todos sobre el camión, Beto expresó sus últimas instrucciones:

«Sujétense bien, hay muchos baches y a veces laderas

riesgosas; atravesaremos más de veinte pasos de ríos, todavía

no están crecidos pero a veces llueve en las cabeceras y traen

agua que puede ser peligrosa. Si alguien se marea me avisa, no

orinen desde arriba del vehículo y el que tenga otra necesidad

urgente que grite o llore, si aún se siente un bebé». Todo esto lo

expresó el maestro de manera agradable y cariñosa, parecía un

familiar más maduro que nosotros.

–Antes de irnos quiero leerles estas palabras del Comandante

Raúl Castro, de su discurso reciente en Santiago de Cuba, el 1

de mayo –anunció por sorpresa Beto, en un tono bastante sobrio

y alzó el volumen, tratando de imitar la voz de trueno de

Raúl–: «Ustedes, compañeros brigadistas, aunque no suene un

tiro, van a librar una de las batallas más hermosas de nuestra

Revolución.»

«¡Patria o Muerte!», vociferó Roberto casi al terminar de leer

Beto y al unísono gritamos nuestra consigna de identidad: «¡Alfabetizando

venceremos!». Luego cantamos el himno de las

brigadas, y cuando el vetusto camión empezó a emitir su peculiar

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onroneo, alguien al escucharlo no logró contenerse.

–¡Esta mierda seguro que nos deja en el camino!

Cuando el pueblo de Sagua ya estaba a nuestras espaldas y

entre la polvareda se alejaba aquella silueta de casas humildes

y gente buena que se nos prendieron en el borde más preciado

del corazón, el Abuelo lanzó un alerta:

–Caballeros, ¡pa´l carajo!, miren allá delante la cantidad de

montañas y ríos que nos esperan.

–Ahora sí que no hay retorno –agregó Beto y enseguida precisó–:

Digo, si fuéramos a regresar, pero nadie se va a rajar, ¿verdad?

–Este instante me hace recordar a los expedicionarios del

Granma, después que salieron de México; claro, guardando la

distancia –completó Jesús muy solemne.

–Y nosotros, ahora, podemos también parafrasear a Fidel: En

1961 seremos libres de analfabetismo o mártires como Conrado

Benítez –apostilló Roberto y Beto no perdió tiempo en felicitarlos,

por el símil y los buenos conocimientos que ambos tenían de la

historia revolucionaria cubana.

Un primer paso de río obligó a detener la marcha del vehículo,

que avanzó dentro del agua a ritmo de jicotea y nosotros aprovechamos

la ocasión para lanzar lo más lejos posible nuestros chorros

sobre la corriente, en una improvisada competencia debido a la

urgencia fisiológica.

–¡Que gane el mejor! –clamó Beto entusiasmado, aunque no

se incorporó a la lid.

Avanzamos por un terraplén lleno de baches y hondonadas,

que nos obligaron a saltar igual que sapos en noche de lluvia.

Me agarré firme a la baranda y mis ideas fluyeron cristalinas,

como los arroyos del sendero: el paisaje, en el trayecto hacia el

cuartón La Pobreza, era similar a algunos sitios montañosos

de la Sierra de los Órganos, que disfruté durante mi infancia

en Pinar del Río; sin embargo, tal vez porque de niño no podía

captar la miseria, al contemplar ahora estos bohíos en tan mal

estado y los guajiros casi siempre mal vestidos, me dan muchas

ganas de llegar cuanto antes a Majayara para ayudarlos.

–¡Coño, Roberto, es del carajo ver cómo vive esta gente! –le

dije al repatriado.

–Yo tampoco me imaginaba que pudiera existir tanto atraso

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–susurró él.

Un ventarrón de lluvia se aproximó de súbito y respiré a pulmón

lleno. Todos rogamos en broma a San Pedro que desahogara cuanto

antes su carga refrescante sobre nuestros cuerpos, quemados

por la voracidad del sol primaveral. Así fue. Y mientras el agua

chorreaba por cada centímetro de la piel, descubrí a Ángel, un

brigadista de ideas cristianas, quien formaría parte del grupo al

que yo también pertenecería pronto en Majayara.

–Compañeros, esta agua nos la envía Dios desde el cielo, es la

bendición de San Pedro antes que empecemos a alfabetizar –casi

rezó Ángel y al unísono se persignó como hipnotizado, y miró

hacia el origen celestial del chaparrón. Roberto, Jesús y el Abuelo

lo fulminaron con la vista y Beto captó que podía iniciarse una

polémica, cortándola de un tajo:

–Muchachos, pronto estaremos en La Pobreza; allí dormiremos

y mañana cada grupo saldrá hacia su destino. Ya está escampando,

así es que al llegar se secan y los que quieran se pueden

ahorrar el baño.

En el caserío de La Pobreza nos esperaban algo más de treinta

campesinos y sus familiares, entre ellos varios niños, casi todos

descalzos; nos observaron con ingenua curiosidad, muchos sonrieron

y se aproximaron asombrados, para oírnos hablar y palpar

los faroles chinos. Roberto me dijo bajito: «Oye, nunca conocí

un nombre tan bien puesto». «Sí, aquí toda la gente vive muy

jodida, nos tocó bailar con la más fea, es lo que queríamos, ¿no?».

Ocho brigadistas fueron asignados a La Pobreza. Enseguida los

jefes de familia se los llevaron a sus respectivos bohíos. Al despedirnos,

todos sentimos cierta aflicción, pues nos dimos cuenta

que se aproximaba el instante en que debíamos des-gajarnos.

Allí también se quedó Jesús, que a última hora lo asignaron al

lugar, para sustituir a un brigadista que desertó el día antes y

pidió que lo retornaran a su casa. Aprecié la voz de Jesús algo

quebrada y los ojos humedecidos.

–Bueno, compañero, ¡la hora de la verdad ha comenzado! –lo

animé, aunque yo también tenía deseos de llorar–. ¡Su madre

el que se raje! ¿Estamos claros? –Terminé enfatizándole su reiterada

muletilla.

Él, sin darse cuenta de la broma, respondió en tono grave:

–Sí, mi hermano… –Y sin más palabras nos fundimos en un

abrazo.

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Comimos temprano en la escuelita de tablas de palma, piso de

tierra y techo de zinc. Beto nos reunió allí mismo y explicó que

era hora de acostarnos en breve, para salir al amanecer hacia

nuestros destinos, pues se preveía lluvia antes del mediodía.

Pronto se extendió el manto oscuro y empezó a sonar la sinfonía

nocturna de los montes. Beto encendió un farol chino, algunos

amarramos nuestras hamacas y otros decidieron acostarse en

las mesas-pupitres. De sopetón, el Abuelo alzó su voz desde una

esquina, donde hacía su cama aérea:

–Maestro, ¿no le parece que la Revolución aquí aún no ha

llegado? –preguntó con un tono de certeza –. Aunque también

es cierto que no solo de pan vive el hombre –completó su idea,

a fin de suavizarla.

Beto no respondió de inmediato. No esperaba el aguijón.

Bajó la cabeza y quedó en silencio dos o tres minutos. Al cabo,

dirigió su vista hacia donde estaba el Abuelo y amplificó sus

palabras, para que nadie quedara sin escucharle, deseoso de apro-

vechar la oportunidad.

–Muchachos, es cierto, parece que en La Pobreza no hay Revolución.

Es verdad, casi todo está por hacer –aprecié su rostro

contraído; sin embargo, pronto recuperó el talante optimista

que solía mostrar–. Fíjense, estos guajiros no poseían tierra y la

Revolución les entregó al menos dos caballerías a cada familia; a

los que no tenían vacas el gobierno les vendió una preñada, también

el INRA les ha otorgado créditos y posibilidades de comprar

aperos de labranza. Observen esta escuela, los niños no tenían

maestro y ahora sí; vean la Tienda del Pueblo que está al frente,

allí se vende comida e instrumentos de trabajo a precios muy

baratos… Además, ahora llegaron ustedes y en pocos meses la

vida de ellos se transformará, cuando aprendan a leer y escribir

y puedan continuar estudiando. ¿Ha llegado o no la Revolución

a La Pobreza? –concluyó Beto airoso–. Los invito a meditar y en

otro momento me responden.

–¡Sííí…! –gritamos casi al unísono. Y entonces el Abuelo lanzó

una inusitada ocurrencia:

–¿Y por qué, después que terminemos de alfabetizar, no le

cambiamos el nombre a La Pobreza y le ponemos El Progreso?

–Muy buena idea –asintió Beto–. Porque, además, sin progreso

no hay Revolución y sin Revolución no hay progreso.

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–Maestro, disculpe, pero eso me parece un trabalenguas, debe

ser que ya es tarde y la mente empieza a cancanear –dijo Ángel

en forma tenue y respetuosa– Propongo cerrar los ojos y rogarle

a Dios que nos guíe para ayudar mejor a los guajiros.

–¡Oye, compadre, deja a Dios tranquilo! –exclamó Roberto–.

¡Tú lo mencionas para cualquier cosa! Mira, si no fuera por la

Revolución estos guajimenes estarían bien jodidos, nosotros no

estuviéramos aquí y ni hablar del peluquín sobre el progreso.

–¡A dormir, a dormir! –exigió Beto, a fin de cortar la repentina

tempestad–. Mañana tal vez se les quite las ganas de discutir

subiendo lomas. No se preocupen, guarden los cartuchos, van a

tener mucho tiempo para debatir los temas que quieran. Eso sí,

sin herir las creencias de nadie, recuerden que todo el mundo

brinca cuando le tocan lo suyo.

Pensamos que Beto había concluido, el silencio nos inundó y los

múltiples sonidos de los insectos del monte centraron nuestra

atención. El maestro se acercó al farol, de un solo gesto lo apagó

y quedamos ciegos en un santiamén.

–Recuerden a Martí: «Escalar montañas hermana a los hombres»,

y lo primero es saber respetarnos.

Escuchamos esta vez a Beto sumergidos en la repentina opacidad,

y de ese modo nos siguió iluminando:

–«Ser cultos es el único modo de ser libres», escribió el Apóstol,

y para ser cultos es necesario tener paciencia y humildad, a fin

de aprender de los demás, porque quien suponga que se las sabe

todas no es martiano… y por ende no es revolucionario –sentenció

Beto y nosotros quedamos varios segundos a la espera de

sus nuevos comentarios.

Yo retuve de inmediato la idea de Beto: «para ser revolucionario

hay que ser martiano; por eso Fidel declaró que el Apóstol fue el

autor intelectual del Moncada». Entonces recordé la biografía

que me regaló Jesús: «coño, aún no he podido ni empezarla».

Alguien arrancó a batir palmas, los demás hicimos lo mismo

y las voz gruesa de Beto reapareció en la testaruda oscuridad:

«Bueno, esos aplausos son para Martí, que es el autor espiritual

de nuestra Revolución y debemos conocerlo más cada día, porque

es un celaje inagotable de ideas. Sin Martí y ahora sin Fidel, que

es su mejor discípulo, nuestro pueblo no tendría brújula y quién

sabe dónde estaríamos».

87


Partimos hacia Majayara a las seis de la mañana, Beto al frente.

Antes de iniciar la marcha nos congregó y dijo: «Ustedes son una

especie de escuadra guerrillera, si alguien se cansa el deber de

todos es ayudarlo. Quiero que en Majayara estén muy unidos,

porque se van a necesitar unos a los otros. Repito, les va a costar

mucho esfuerzo adaptarse a estas lomas y convivir junto a los

campesinos, por ahora no les digo nada más. Solo les pido que

antes de irnos cada uno de ustedes se presente; o sea, nos digan

algo sobre sus vidas... ¿Entienden?».

–Yo puedo comenzar –dijo Lázaro Santos, un muchacho negro de

fuerte complexión, hombros anchos y estatura mediana. Al abrir

su boca de labios pulposos, nos llala atención su enorme bemba

y la carencia de todos los incisivos superiores, aunque ello no lo

inhibe a sonreír–. Soy de Santa Clara, tengo 17 años y terminé

el segundo año en la Escuela Normal para hacerme maestro. Mi

padre arregla zapatos y durante la zafra va para Camagüey a cortar

caña; la vieja es ama de casa; tengo tres hermanos menores.

En el barrio me dicen Muletas, porque nací el 17 de diciembre,

igual que Babalú Ayé, o sea San Lázaro, por si alguien no lo sabe.

–¿Y cómo prefieres que te llamemos? –preguntó el Abuelo.

–Da igual, ya estoy acostumbrado. Eso sí, les advierto que he

hecho ciertos milagritos y tal vez alguno de ustedes necesite de

mis servicios, por eso les recomiendo que me traten con cariño

–ripostó Lázaro en forma jocosa.

–¡Me toca a mí! –levantó su mano el Abuelo–. Les habla Agustín

Jiménez y mis amigos me conocen por el Abuelo, aunque tengo

solo 16 años. Debe ser porque soy muy flaco y mi piel es algo

arrugada. Como ven, soy jabao, hijo de dos mulatos. Vivo en La

Habana, en Arroyo Apolo, pero nací en el campo, en Guantánamo.

Mi padre es carnicero y la vieja murió cuando me parió,

porque la atendió una partera, se complicó y en aquel lugar no

había hospital… –Agustín dejó por un instante de estar alegre,

aunque al cabo recuperó su buen humor–: Ya ustedes me dicen el

Abuelo, no me pongo bravo, ¡pero cuidado, tengo el tolete como

un bate de majagua!

–¡Lo importante no es el tolete, mi socio, sino el promedio de

bateo! –adujo Lázaro en lenguaje béisbolero.

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El Abuelo enseguida ripostó:

–Eso lo veremos cuando tengamos con quien jugar a la pelota.

–Hola, soy Ángel Rodríguez, vivo en Lawton, en la Habana y

tengo 17 años –escuchamos la voz de quien ya en secreto apodábamos

Espíritu Santo, por sus manifiestas ideas católicas.

Sus gestos eran amanerados, aunque no parecía homosexual.

El rostro, de epidermis muy blanca, empezaba a cubrirse con

una barba negra bastante espesa, similar a sus cejas tupidas y

al pelambre de los brazos y el cuello.

–Mi padre es torcedor de tabacos en la fábrica Partagás y mi

vieja ya murió, era maestra de sexto grado –continuó Ángel a ritmo

parsimonioso, casi aburrido y el Abuelo no pudo aguantarse:

–¿Y cómo te dicen en el barrio, tigre? –preguntó de manera

desenfadada, para cuquear a Espíritu Santo.

–Ángel, me conocen por Ángel, y mis padres me enseñaron a

que no aceptara sobrenombres, porque dicen que se quedan para

toda la vida y yo quiero ser médico. Imagínense que en vez del

doctor Rodríguez me digan, por ejemplo, el doctor Majá, porque

soy alto y flaco y tengo esta joroba en la espalda, debido a una

escoliosis aguda.

Al vernos a todos muertos de la risa y darse cuenta de que

Ángel tenía su jeta contrariada, Beto trató de mantener un

clima de respeto e hizo un gesto brusco de molestia. Sus ojos

y brazos nos enviaron un claro mensaje: «Han metido la pata,

muchachos», y trató de ayudarnos a salir del impasse: «Ahora

preséntate tú, Gabriel».

–Gracias, maestro –comencé, y a duras penas pude interrumpir

la carcajada–. Ya saben mi nombre, el primer apellido es

Suárez y el segundo Méndez, porque tengo madre, ¿no? Como

ven por mi piel, mis padres son blancos, el viejo era asturiano,

vino de polizonte en un barco en 1924, cuando tenía 17 años y

comenzó a trabajar en una panadería en La Habana. Le pagaban

muy poco y decidió irse para Minas de Matahambre, donde nací

hace 15 años. Mi madre es ama de casa y tengo dos hermanos

mayores que trabajan, pues el viejo murió en 1957 y ellos son los

que mantienen la familia. Me decían Pipo de niño, ahora solo se

lo acepto a cualquier jevita que me dé cariño. Así es que si me

ponen un sobrenombre, por favor inventen otro –ter-miné en

jarana y esta vez interrumpió Roberto:

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–Entonces… ¿Qué tal si te llamamos Popi, o sea Pipo al revés?

–¡Les aclaro que esto no es un torneo de sobrenombres! –enfatizó

Beto para enderezar las presentaciones y su rostro adoptó

una fisonomía adusta–. Estoy seguro que hasta a mí ustedes me

pondrán uno, y espero que alguien me lo diga en secreto para

reírme de lo lindo. Pero no perdamos más tiempo, ahora le toca

a Ramón, estamos atrasados, así es que salimos de in-mediato y

los que faltan hablen alto mientras caminamos ha-cia Majayara.

Así hicimos, nos pusimos en movimiento en fila india, cada

uno con la mochila al hombro, en un brazo el farol chino y en el

otro un maletín. Iniciamos la caminata de manera impetuosa

y en breve empezamos a sentir que nuestra carga pesaba cada

vez más.

–Bueno, espero que me puedan escuchar, yo soy Ramón Pérez,

vivo en el campo de Puerto Padre, en Oriente. Tengo 18 años.

Mis padres son campesinos y yo también, aunque ellos se esforzaron

conmigo y pude terminar el sexto grado. El año pasado me

incorporé a los Cinco Picos, o sea una organización de jóvenes

creada por la Revolución, para tener derecho a estudios técnicos,

cuya prueba principal es subir cinco veces el Pico Turquino –así

comenzó a presentarse aquel fornido joven de baja estatura, sin

dientes superiores, piel tostada desde las raíces por el sol y en

cuyas manos callosas se evidenciaban las huellas de su temprana

incorporación a las faenas agrarias. Al finalizar, su rostro brilló

de orgullo–: Algunos amigos me dicen Cinco Picos, y yo no me

pongo bravo, al contrario.

–Oye, Cinco Picos, tú debieras ser nuestro maestro en subir

lomas, ¿por qué no comienzas a darnos la primera lección? Fíjate,

ya veo una muy cerca –gritó el Abuelo y todos coreamos: «¡Cinco

Picos, Cinco Picos…!».

–Lo más importante es no tenerles miedo –recomendó Ramón,

algo apagado al comenzar su respuesta y mientras avanzaba fue

siendo más fluido–. No miren la cima, suban paso a paso, al ritmo

que puedan; eso sí, sin descanso y cuando haya que detenerse lo

mejor es no sentarse, porque el cuerpo es trai-cionero, se enfría

y después es más difícil continuar.

–¿Y qué es más complicado, subir o bajar? –preguntó Lázaro.

–Depende, compay; por ejemplo, si está lloviendo o el camino

ya está mojado lo más peligroso puede ser bajar, porque uno

resbala muy fácil y te rompes la crisma en cualquier mo-mento.

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–Pero dicen que pa´bajo todos los santos ayudan –acotó Ángel.

–Yo no creo en santos ni en ocho cuartos y les recomiendo que

si llueve pisen con cuidado, porque se pueden quedar sin dientes.

–¿Y tú los perdiste porque te caíste en una loma? –sondeó Jo-sé

Antonio preocupado.

–No sea vaina, compay, en mi casa lo que no había era donde

caerse muerto y nadie se lavaba la boca –aclaró Cinco Picos, algo

irritado–. Ahora yo me limpio los dientes todos los días y por eso

aquí traigo el cepillo y un tubo de pasta Colgate. Además, cuando

termine de alfabetizar me voy a poner una dentadura postiza, que

ya no son tan caras y mi padre ahora gana más dinero gracias a

la Reforma Agraria.

Llegamos al primer paso de un arroyo angosto, cuyas aguas

se deslizaban sobre piedras grisáceas muy pulidas y de disímiles

tamaños. Fue fácil saltar de una china pelona grande a la otra,

hasta pisar la orilla contigua, salvo José Antonio que resbaló y

hundió sus dos botas en el agua.

–¡Coño, qué fría está! –exclamó José Antonio tembloroso, aún

sin salir a la orilla. Y acto seguido preguntó a Beto–: ¿Maestro, es

verdad que tenemos que bañarnos en estos arroyos?

–No, si quieres puedes pedirle a tu mamita que te traiga un

calentador de gas y una ducha portátil –ironizó Roberto, sin

mover un músculo de su cara.

Beto percibió la chispa e intercedió a fin de evitar altercados:

–José Antonio, sécate hasta donde puedas las botas y los pies,

mientras Roberto se presenta. ¡Y les advierto, no quiero faltas

de respeto entre ustedes!

–Sí, maestro; enseguida lo hago, pero antes quiero excusarme

por lo que le dije a José Antonio, en verdad fue una broma pesada.

Me llamo Roberto Saavedra, tengo 17 años y estudio bachillerato

en el Instituto de La Habana –así inició su presentación aquel

joven de seis pies, pelo oscuro y nariz aguileña, que destilaba

energía física y mental por todos sus poros–. Mis padres son

profesionales, el viejo es abogado y mi madre odontóloga. Ellos

se fueron para Estados Unidos en 1957, buscando mejorar los

ingresos y también por temor a que la policía de Batista pudiera

hacerle algo a mi hermano mayor. Cuando triunfó la Revolución

permanecimos un año más en New York y en 1960 regresamos.

Allí mis padres no podían ejercer sus profesiones, aunque tenían

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empleo y no la pasábamos mal.

–¿Y por qué regresaron? –preguntó José Antonio a Roberto,

aún secándose los pies y con la mirada algo extraviada.

–Mis padres siempre simpatizaron con Fidel, desde el Moncada

y mi hermano mayor comenzó a vincularse al Movimiento

26 de Julio en La Habana. Lo delataron y corría peligro, por

eso nos fuimos. Enseguida que los viejos lograron garantizar

empleo en Cuba, hicimos las maletas, porque lo nuestro es lo

nuestro y aunque aquí no tenemos el mismo nivel de vida nos

sentimos contentos y más ahora con la Revolución. Yo, al igual

que Martí, viví en el monstruo y lo conozco por dentro, por eso

me gusta tanto Fidel que dispara sin miedo todas las verdades

a los gringos y los ha dejado como gallos desplumaos.

–Oye, Roberto, en Varadero te decíamos el repatriado, ¿tú lo

sabías? –le dije.

–¡Ni cojones, mi hermano!, yo nunca dede ser cubano ni

rechacé la patria, así es que no soy re, ¿entiendes? Y si quieren

me buscan otro nombrecito, porque ese no lo admito –afirmó

con voz enérgica y el rostro contraído.

–Estoy de acuerdo con Roberto y seguro que todos lo entendemos

–terció Beto, y el aludido sonrió satisfecho–. Bueno, se

acabó el descanso, ya podemos continuar la marcha, ahora que

hable José Antonio.

José Antonio estaba aún sentado y se levantó poco a poco, algo

atontado, el maestro le puso la mano en el hombro:

–Vamos, compadre, alégrate, tú fuiste el primero en estrenar

un arroyo; verás qué sabrosa es el agua fría cuando te bañes por

la tarde después de un día de ajetreo –José Antonio lo miró en

silencio, sin ánimo, igual a un anciano desamparado.

–Ustedes conocen mi nombre, en realidad no me gustan estas

cosas formales –masculló y casi no le escuchamos.

–¡Oye, dale volumen a tu garganta, que el agua fría te la entumeció!

–vociferó Lázaro desde la cola de la escuadra.

–Soy José Antonio Perdomo Smith, ¿ya me oyen? –dijo con voz

caldeada–. Vivo en La Habana, en el Vedado, mi padre es dueño

de una cafetería y mi madre lo ayuda. Tengo dos hermanos,

el mayor de 20 años peleó en Girón y lo hirieron, aún está en

un hospital. Cumplí hace poco 17 años y estudio cuarto año de

bachillerato. Me gustan las mujeres y por lo visto parece que

no me ocurre igual con estas lomas; creo que no están hechas

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para mí, aunque algunas, viéndolas bien, se parecen a las tetas

de Brigitti Bardot.

La franqueza final de José Antonio nos agradó a algunos, e incluso

disfrutamos su humor en ese instante. Al verlo caminar tan

despacio, a pesar de ser muy delgado y bastante alto, imaginamos

su cuerpo lleno de plomo. Explicó que la madre era una negra jamaicana,

biznieta de esclavos; su piel tenía un tinte marrón claro

y los cabellos lacios, tal vez herencia del padre. Beto lo mantuvo

detrás de él, a veces a su lado, siempre cerca y dándole afecto.

De repente, el maestro se detuvo.

–Muchachos, casi es mediodía, vamos a comer algo, aún falta

una hora de camino y mientras llegan a las casas de los campesinos

son más de las tres de la tarde y ellos almuerzan temprano

–comentó Beto, que se veía sudoroso y algo agotado. Luego miró

hacia varias partes y nos indicó una refrescante sombra, debajo

de un inmenso árbol cercano al próximo cruce del arroyo. Nos

quedaba por subir una cuesta de trescientos metros y nos sentíamos

extenuados. A Roberto y a mí las botas nos habían hecho

sendas ampollas, semejantes a ventosas de mar; decidimos ponernos

tenis y Roberto se colocó un par de US Keds casi nuevos.

«Qué buenos están», pensé, y se los envidié sin él darse cuenta.

Sacamos de nuestras mochilas galletas de sal, leche condensada

y tres latas de carne rusa que compartimos entre los ocho.

Luego de almorzar, el Abuelo sintió ganas de defecar y, sin inhibirse,

lo anunció en voz alta, moviéndose rápido hacia detrás

de un árbol:

–¡Voy a cagar, caballeros! Anoten esa: ¡Seré el primero en cagarme

en el campo!

Su broma de doble sentido desató nuestra risa y también el

deseo de varios en imitarlo, entre ellos yo. En el lugar que escogí

para acuclillarme, había un colchón de hojas secas, arrastradas

a la quebrada por las frecuentes lluvias de las montañas, y en la

ladera cercana descollaban miles de plantas de café sombreadas

por árboles diversos y matas de plátanos. Desde los tiempos de mi

infancia, cuando me escapaba al río, no hacía esta necesidad sobre

la tierra, y me percaté de que, al menos en eso, tenía aceitadas mis

habilidades agrestes. Finalmente, eché la última ojeada a la página

de uno de los periódicos que me introdujo Eneida en el maletín

y leí un llamativo anuncio publicitario del Instituto Nacional de

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Deportes, Educación Física y Recreación:

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¿Quién corta más caña en Cuba? Emulación del corte de caña.

Eliminación nacional el 16 de abril. Premios, un refri-gerador

de kerosene y un radio de batería al primer lugar y un refrigerador

al segundo lugar.

Me dije: «este es otro aporte increíble de nuestra Revolución,

convertir el corte de caña en un deporte».

Una sorpresiva brisa de montaña me hizo sentir los fétidos olores

mezclados de las heces colectivas. Y estrujé la hoja de papel entre

mis manos, antes de usarla en el acto final de la ce-remonia.

A la una y treinta de la tarde entramos a nuestro destino y solo

lo supimos cuando Beto gritó: «¡Muchachos, esas lomas que están

viendo son las de Majayara!». Y precisó: «Abajo, en la pequeña

llanura que observan, está la escuela donde nos esperan».

–Maestro, es increíble, los bohíos están en las cimas de las montañas

o pegados a las faldas; cerca de la escuela no vive nadie –se

extrañó José Antonio y su rostro mostró un gesto de angustia.

En la escuela, similar a la que conocimos en La Pobreza, nos esperaban

sentados y de pie más de cuarenta personas, adultos y niños,

todos de estampa humilde y la mayoría de raza negra. Al entrar

nosotros, quienes estaban en los pupitres se pararon en señal de

respeto y curiosidad, y todos aplaudieron, hasta que Beto comenzó

a hablar: «Compañeros, aquí les traigo a siete brigadistas, los

primeros que vienen a Majayara y desde mañana van a comenzar

a alfabetizar a siete familias. Digo familias porque todos sus

miembros adultos no saben leer ni escribir y estoy seguro que

antes del 26 de julio van a poder escribirle una carta a Fidel y

aprender muchas cosas útiles y bonitas. Por ejemplo, conocer

mejor cómo combatir las plagas del café y el cacao, o aprender

décimas y canciones que les gusten. Ah, y los muchachos quieren

también ayudarlos a trabajar y saber cómo se vive en el campo.

¡Así es que aquí todos vamos a recibir beneficios!», concluyó Beto,

entre murmullos y aplausos.

De inmediato, habló el presidente de la Asociación de Pequeños

Agricultores en Majayara y sus sencillas palabras

denotaron la primera lección que recibimos de nuestra propia alfabe-

tización:

–Muy buenas tardes, brigadistos. Ustedes son ahora nuestros


hijos. Nosotros no somo brutos; antes no prendimos a leer y

escribir porque aquí no teníamos maestro y vamos a ser el esfuerzo

que sea necesario para prender con ustedes. ¡Seguro que

sí, caray! ¡Viva Fidel! Y… ¡bienvenidos a sus nuevas casas!

Pronto conocí al jefe de la familia que me asignaron, Pablo

Torrente, un campesino negro, alto, fuerte, de pelo canoso y

ensortijado, cerca de los sesenta años. Le dije sonriente: «Mucho

gusto, mi nombre es Gabriel, vivo en La Habana y tengo quince

años». Él me estrechó la mano y aquella tenaza de ásperos dedos

resultó su mejor presentación. A su lado estaba otro hombre, que

parecía un azabache, de apenas treinta abriles. Pablo lo señaló:

«Este es Sabino, el marido de mi hija mayor, Ellos viven aparte

en mi conuco y nos dijeron que otro maestro los va a alfabetizar».

Beto enseguida lo confirmó: «Sí, es Ángel; váyanse los dos juntos

con Pablo y Sabino y ¡tengan mucha suerte!».

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7 de mayo:

Comenzamos a alfabetizar(nos)

Pablo y Sabino iban delante, veloces; Ángel y yo tratábamos de

seguirlos. Ellos, al iniciar la marcha, cargaron nuestros equipajes,

después nos pidieron los faroles, y seguían a su ritmo, nosotros con

la lengua afuera, mirándolos y haciéndonos señas. ¿Cuánto más

faltará?, nos preguntábamos sin palabras desde las ínfimas pupilas.

Ellos avanzaban imperturbables, nosotros jadeantes, al borde de

gritar ¡no podemos más!, hasta que Pablo se viró: «Ya casi llegamos,

¿están cansados?», «¡No!, ¡no!…», aireamos los pulmones,

sacamos fuerzas de algún rincón, suspiramos… y cinco minutos

después, Sabino nos dio la buena noticia: «Esa es nuestra finca».

Y vemos en la punta de la loma que parecía interminable, un bohío

sostenido en fuertes horco-nes y, en la puerta, a tres mujeres

junto a un niño y un hombre esperándonos, todos con sus ojos

bien abiertos, quizás para cer-ciorarse que no estaban soñando.

Besos, abrazos, cómo están, entren, pongan los bultos en ese rincón,

aquí tienen agua y café, siéntense en los taburetes, no tengan

pena… Hablaban poco, reían bastante y sobre todo nos miraban

como a bichos raros. Yo aproveché para ojear los espacios del bohío:

la amplia saleta que también servía de comedor, las paredes

y pisos de tablas rústicas, dos pequeñas habitaciones, cocina de

leña y el techo alto coronado por la típica cobija de palma cana; en

la esquina derecha del piso una jaula para cazar jutías y, al lado,

un perro joven y manso que entró junto a nosotros, moviendo su

mocho rabo y olfateándonos sin ladrar. Sentí un aromático olor a

café y a leña quemada. Una joven sonriente nos trajo dos vasos

repletos del estimulante líquido.

–Aquí está la familia completa –dijo Pablo y presentó a cada

uno–. Onoria es mi mujer, llevamos juntos treinta y cuatro años.

Antes vivíamos cerca de La Pobreza. Yo trabajaba en lo que se

podía, cortaba caña, recogía y limpiaba café, me la bus-caba

según viniera, y cuando cumplieron los once o doce años principiaron

a ayudarme Antonio y otro hijo mayor, que lo mataron


muy joven por una porfía de gallos. En 1957 arrendamos esta

tierra, de dos caballerías, y desde mediados de 1959 es nuestra

gracias a la Reforma Agraria. Pepe es el menor de los varones,

tiene veintiuno; Francisca es la más pequeña, ya cumplió diecinueve,

y Andrea es la mayor de las hembras, vive cerca de aquí

en el conuco, con su marido Sabino y tienen este niño, Tilín,

que acaba de cumplir ocho.

Yo no dejaba de atender a Pablo, ni de mirar a cada uno de

ellos. Todos poseían la marca familiar, negros retintos, de recias

figuras salvo Onoria y Francisca, que eran delgadas y de baja

estatura. Antonio y Pepe parecían una copia al carbón de Pablo:

fuertes, erguidos, cabezas rectangulares, cabellos enroscados,

ojos medianos, narices y quijadas pronunciadas y dentaduras

blancas en hileras perfectas. Sin embargo, a Pablo le faltaban

varias piezas y Andrea tenía cariados dos dientes que le afeaban

algo su sonrisa franca y cordial. El niño tenía la piel más clara,

sin llegar a ser mulato y su carita algo circular se hacía más graciosa

por los ojos casi amarillos, que resplandecían en medio de

la claridad que penetraba por dos enormes ventanas, desde las

cuales se abría a nuestra vista el paisaje montañoso, plagado de

árboles diversos y plantas robustas de plátano, cacao y café y, en

los laterales del bohío, algunas matas de rosas blancas y rojas,

gladiolos y mariposas.

–Tenemos un lugar para que ustedes duerman, es aquel que está

allí –nos sorprendió Pablo y señaló hacia un pequeño bajareque–.

Como ven, queda muy cerca de nosotros y a menos de doscientas

varas de donde vive Andrea. Lo usamos para guardar maíz, café

y cacao, y sobra un espacio para ustedes. Si quieren, pueden ir a

verlo ahora y dejar los bultos; rápido, porque hay un amigo llamado

Liberato que está loco por conocerlos y Pepe los va a llevar a su

casa antes de que caiga la noche.

Ángel y yo nos miramos inquietos por la noticia de que íbamos

a vivir solos, aunque en ese momento no sabíamos si era buena

o mala, ni tampoco que Pablo nos había mandado para casa de

Liberato a fin de que pudiéramos almorzar, porque cuando Onoria

fue a buscar huevos en los nidos de sus dos gallinas echadas,

solo halló uno.

–¿Y el río queda lejos? –pregunté, expectante, por decir algo.

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–No, solo hay que bajar, está en esa quebrada –respondió Pepe al

instante–. Si quieren ir los puedo llevar ya, hay una parte buenísima

para bañarse y también pueden nadar. Eso sí, tenemos que

apurarnos. Liberato les hizo comida y es muy peleón, si llegamos

tarde va a ponerse molesto, porque vive solo y él mismo cocina.

Dejamos las pertenencias en el bohío-dormitorio, un descuidado

local de granos, sin ventanas, las paredes de yaguas de palma y la

puerta desnuda; el impacto fue sobrecogedor. «¿Dormir aquí?», le

dije bajito y con la mirada apagada a Ángel; sin embargo, solo atiné

a inquirir al joven campesino: «Oye, Pepe, y esa puerta, ¿con qué

la cerramos?». «Nagües, no tengan miedo, pueden dormir con la

puerta abierta, los fantasmas de Majayara son nuestros amigos

y por eso aquí no vienen ladrones, porque ellos los espantan».

Bajamos de prisa al arroyo, casi nos deslizamos por un trillo que

serpenteaba la loma y en quince minutos estábamos desnudos,

dándonos el primer chapuzón.

–¡Uf, qué fría, parece agua del refrigerador de mi casa! –excla

aterido y nadé de prisa en contra de la corriente, a lo largo del

estanque natural de casi veinte metros.

–Sí, está helada, qué rica; me siento como los cristianos en el

río Jordán, este es nuestro bautizo en Majayara. Sea, amén –di-jo

Ángel, luego metió su cabeza en el agua y yo opté por no descifrar

si lo expresaba en serio o era una jodedera.

Media hora después arribamos al conuco de Liberato, que quedaba

en una cima adyacente a la montaña donde vivía Pablo. Al

entrar levantamos una pesada talanquera y él nos esperaba de

pie, fuera del bohío, se le notaba dichoso de recibirnos. Me lla

la atención su físico, mulato oscuro, acaso de cincuenta años, el

porte más bien de una persona sedentaria, delgado, casi sin musculatura,

aunque sus manos callosas mostraban otra realidad. Algo

raro me pareció ver en su mirada. «Qué hombre más extraño»,

pensé y le sonreí.

–¡Buenas tardes por aquí! –saludó y nos extendió su mano–. Están

en su casa, tenía muchas ganas de conocerlos. Yo vivo solo, mi

esposa murió hace tres años y también perdí a una hi-ja. El otro

se casó y se fue para el pueblo, así es que mi única compañía son

algunos jornaleros que me ayudan, pues tengo seis caballerías de

café, cacao, guineos y otras siembras y animales. Aprendí a leer

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y escribir de niño y pude ir a la escuela hasta el quinto grado,

porque vivía en la ciudad de Baracoa, luego compré esta finquita

en Majayara con un dinero que ganó mi padre en la lotería.

Les puedo contar muchas historias de cómo era esto antes de

triunfar la Revolución. El único que no pasó hambre por acá

en ese tiempo fui yo, aunque también sufrí bastante porque la

guardia rural me llevaba buena parte de las cosechas y de los

animales, y el precio que me pagaban los comerciantes por el

café y el cacao era un descaro.

–¿Y cómo se siente ahora? –le pregunté, mientras nos acomodábamos

dentro del bohío, a ojos vista más espacioso y de más

calidad que el de Pablo y tenía una mesa y seis taburetes de

mejor terminación.

–Bueno, hijos, lo único que quisiera es la edad de ustedes. Yo

no tengo problemas de comida ni de comodidades, poseo radio,

duermo en cama, el rancho es grande y me sobra para mí solo;

tengo seis vacas, dos bueyes, tres mulos, dos caballos, la guardia

rural ya se acabó, el gobierno ahora ayuda a los guajiros y nos

compra los productos a buen precio. Mi problema es que estoy

solo y eso me pone matungo el corazón.

–No se preocupe, Liberato; cuente con nosotros, y si ya está

alfabetizado podemos enseñarle otras cosas y usted a nosotros

también –le expresó Ángel con talante de hijo pródigo, al

percatarnos de la soledad familiar de nuestro anfitrión, quien

comenzó a servir la anunciada comida, no sabíamos si almuerzo

tardío o cena, pues eran casi las siete de la noche y las aves de

corral saltaban a posarse en las ramas de los árboles cercanos.

Precisamente un pollo bien frito en manteca de cerdo fue nuestro

manjar, junto a un montón de malangas y plátanos burros hervidos.

Luego degustamos por primera vez el suculento chocolate puro

de la sierra, que Liberato rayó de una bola compacta similar a las

del softball; con esas partículas y leche fresca de vaca preparó

una espesa mezcla caliente de alto octanaje, que nos hizo volar

guiados por Pepe a través de las oscuras sen-das del regreso.

Estuvimos unos minutos en el bohío de Pablo, donde reinaba la

calma del sueño. Eran casi las diez. La noche solo nos permitía

captar brumas y ansiábamos tener luz. «Oye, Pepe, consíganos

kerosene para estrenar el farol chino», le dijimos y él respondió

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apenado: «Ahora solo tenemos un poco para los candiles, llévense

este y mañana vamos a tratar de comprar más kerosene

en la Tienda del Pueblo que está en La Pobreza». De inmediato

Pepe nos guió hasta el sitio del hospedaje y al captar nuestro

nerviosismo, cuando se despedía, no pudo contener la jarana:

«Descansen bien maestros y si les sale algún muerto es que los

viene a acompañar, para que no tengan miedo».

En verdad, algún temor empecé a sentir, mas por orgullo no se

lo expresé a Ángel, quien sostenía el candil, una latica mediada de

kerosene y una mecha de llama tan exigua, que apenas podíamos

avistar nuestros equipajes y el espacio para amarrar las hamacas.

Pronto nos percatamos de que la única opción para instalarnos

era el extremo izquierdo del granero, pues las otras dos terceras

partes estaban llenas de maíz, café y cacao a granel y aperos de

labranza. Ángel se ubicó cerca de la pared y yo a su lado, próximo

a la despejada puerta por la que entraba aire húmedo. Palpé el

pijama que desde Varadero no usaba, su color azul claro y cierta

adaptación de las pupilas a la oscuridad me permitieron identificarlo

dentro del maletín; sin embargo, resultaba casi imposible

ver en la penumbra.

«Me parece que hasta mañana no podemos instalarnos bien en

esta pocilga; ahora es mejor dormir, ¿no te parece?», le dije a Ángel

y él respondió: «De acuerdo, préstame agua de tu cantimplora

para lavarme los dientes, mañana será otro día», «Sí, espérame,

salimos juntos y con el orine espantamos a los malos espíritus»,

bromee para relajarme y Ángel captó la señal: «Oye, cuidado, yo

estoy solo a medio metro tuyo, no me vayas a espantar».

Espíritu Santo se puso el pijama, se sentó en la hamaca y colocó

en el piso de tierra, muy cerca de sus pies, dos chancletas

de madera, luego extendió una sábana sobre su cuerpo hasta la

cintura, me pidió que le arrimara el candil a un libro que abrió

despacio, aclarándome: «Es la Biblia; no te preocupes, solo voy

a leer algunos versículos del “Relato de la creación”; escucha

qué bonito:

100

En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra

estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre las

superficies del abismo, y el espíritu de Dios se movía sobre la


superficie de las aguas. Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz.

Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las

tinieblas. Y llamó Dios a la luz Día, y a las tinieblas lla

Noche. Y fue la tarde y la mañana un día…».

–¿Te gustó? –preguntó Ángel, deslumbrado.

–Claro, chico; y eso que leíste es muy agradable para dormir –le

insinué y él captó el mensaje, terminó pronto y alumbré hacia

la puerta para identificar un extraño animal que hacía mucho

ruido. «Tal vez es una gallina, o un majá, o el perro mocho»,

conjeturó Ángel. «O una rata», le dije algo tembloroso. «O el

muerto que nos viene a cuidar», se burló con sorna y los dos

nos reímos, aunque en el fondo quienes estábamos muertos de

miedo éramos nosotros.

–Gabriel, ¿tú crees que podrás adaptarte a vivir en estas lomas?

–me soltó Ángel a boca de jarro, apretujado en su ha-maca y sin

preámbulo. Me sorprendió su franca pregunta, que denotaba

la misma incertidumbre mía al concluir la primera jornada en

Majayara.

–No sé, esto es muy duro, no me lo imaginaba así, ¿y tú crees

que resistirás? –devolví a Ángel su caliente brasa y él respondió,

después de una pausa en la que oíamos, cada vez más, ruidos de

ratas en el techo del granero:

–Yo le acabo de pedir a Dios que me surta de fuerzas para continuar.

Esto es del carajo mi hermano… montañas y negros

analfabetos por todas partes.

–Sí, Ángel, hoy comprendí mejor a Beto. Aquí hasta la luna

parece cuadrada y me imagino que mañana el sol lo veremos

rectangular.

Tratamos de conciliar el sueño y Ángel me sugirió, para lograrlo,

que relajara despacito varios sitios de mi cuerpo, que

comenzara por ordenárselo a los dedos de los pies y terminara

por los ojos y las orejas. Yo le recomendé contar un rebaño de

ovejas o liebres saltando o la especie de animal que quisiera, y

él disparó la última guasa de la noche.

–Voy a contar ratas, que en esta choza hay hasta para hacer

dulce… –y distendido, se hundió en algún colchón deseado.

Cerré los ojos, volví a abrirlos y cerrarlos varias veces. Por fin

101


apagué el candil, que disminuyó su desagradable olor a ke-rosene

y pude captar una tenue luz exterior. Ángel logró dormirse y yo

quedé en solitaria vigilia escuchando las cigarras, los aleteos de

algún gallo sonámbulo, y el pavoroso ruido de los roedores desplazándose

por los palos del techo y sobre los granos, chillando,

metiéndose dentelladas… E imaginé otros roedores, moviéndose

en los anaqueles más altos de la bodega de mi tío Enrique en la

Calzada del Cerro, y escuché sus frenéticos gritos:

–¡Estos ratones hijos de puta, viven en el solar de al lado y

corren por la noche a comer aquí! Claro, los negros casi todos

son unos manganzones y no tienen jama ni para ellos.

102


Solares habaneros adentro

«El solar de al lado» que mi tío mencionó, se llamaba La Camelia.

Allí vivían no menos de veinte familias, casi todas de raza negra

y mestiza. Había sido en el pasado una de las casas señoriales

de la Calzada del Cerro y desde los años treinta fue subdividida

en habitaciones, de apenas 15 o 16 metros cuadrados cada una,

donde subsistía casi siempre una numerosa familia y en ocasiones

hasta dos. Tío Enrique era el dueño de la bodega adyacente

y muchos de sus clientes moraban en el solar, entre ellos varios

niños de mi edad con quienes estudiaba sexto grado en la Escuela

Pública número cincuenta y ocho, en la acera del frente.

Mis amiguitos velaban que yo estuviera dentro del comercio

para venir a comprar dulces de harina, galletas de sal, bo-niatillos,

coquitos prietos u otras chucherías que les calmaran el hambre,

pues sus familias solían hacer una única comida al día y para

colmo escasa y de baja calidad nutritiva. Por eso, ellos se las arreglaban

para conseguir algunos centavos y comprar en el puesto de

los chinos frituras de bacalao, bollitos de carita, chicharrones de

viento y otros tentempiés, como les llamaba mi abuela. Cuando venían

a la bodega, traían para pagar una o dos botellas de refrescos

o cervezas vacías, que les permitía adquirir el equivalente a dos,

tres o cuatro quilos, o sea casi nada. Sin que mediaran palabras,

yo había hecho con ellos una especie de pacto típico de la religión

abakuá y los ayudaba, siempre que podía eludir la sagaz mirada

de mi tío, entregándoles gratis otras golosinas y, en ocasiones,

hasta les deslizaba alguna lasca de queso.

Los muchachos del barrio jugábamos quimbumbia (¿le doy?,

¡dale!) y a la viola (¡a la una mi mula, a las dos mi reloj!) en el

amplio patio de la escuela y usábamos la azotea para empinar

papalotes, con sus rabos repletos de cuchillas de afeitar a fin de

cortar los hilos que sostenían los cometas de otros edificios y

poder gritar eufóricos: «¡míralo, se fue a bolina!». Éramos una

103


especie de pandilla bien llevada, formada por niños y adolescentes

varones. La mayoría vivían en La Camelia, y otros en un solar

adyacente a una valla de gallos y al cine Valentino, en la esquina

de Tejas, a setenta u ochenta metros de la aludida bodega.

Pocas veces visité el interior de tales solares, pues solo en

excepcionales ocasiones mis compañeritos me permitieron

entrar a sus respectivas habitaciones, debido a que los padres

se lo prohibían. En realidad a mí tampoco me gustaba hacerlo,

porque aquello parecía un infierno. Los cuchitriles, oscuros y

tenebrosos, y en las noches apenas se iluminaban con un bombillo

de veinticinco wats; tenían a veces el fogón de carbón en el

pasillo de la ciudadela y otras dentro de la propia morada, cuyas

paredes, la mayoría sin ventanas y pintadas de cal, estaban

repletas de mugre y estropeadas por el moho y la falta de luz;

los sanitarios, de uso colectivo, eran insuficientes y obligaba en

ocasiones a los inquilinos a realizar sus necesidades en un tibor,

dentro de su espacio o en el propio pasillo, escudándose en las

sombras de las noches.

–Mijito, disculpa la peste, aquí viven algunas personas que

parecen animales, hacen sus necesidades en cualquier lugar –di-jo

muy apenada la madre de Alfredo una mañana, cuando entré al

solar a buscarlo y ella me vio la mano en la nariz.

Casi siempre mis amigos se aseaban con agua de una palangana

o de un cubo dentro de la propia habitación o en el baño colectivo,

que por lo general no tenía agua corriente.

Muchos de los parientes mayores de mis compinches carecían

de empleo fijo o tenían un precario trabajo. Solía oírles decir: mi

padre anda buscando alguna pincha, pero no encuentra nada, papá

consiguió una pega de ayudante de albañil, mami es sirvienta en

una casa de Miramar, mi hermano vende periódicos en la Esquina

de Tejas, el viejo compró a plazos un sillón para limpiar zapatos,

mi abuelo es pintor de brocha gorda y negocia muñequitos en la

calle, mi hermana es camarera en un bar, mi madre se gana unos

pesos lavando y planchando ropa, mi papá es apuntador de charadas

y vende billetes de lotería, mi hermano mayor limpia carros

y yo lo ayudo a vender baratijas en la calle Monte, tío posee un

puesto de fritas cerca del estadio del Cerro, el viejo anda por ahí

104


con su carretilla de viandas, mi padre es recogedor de basura…

A veces, mis amiguitos salían a conseguir ellos mismos algunos

centavos: localizaban y vendían desechos de metales, o pedían

limosnas en las cercanías de los hoteles y en los portales de las

calles Monte, Galeano y Neptuno, u otras abarrotadas de comercios

de ropa, calzados, muebles, electrodomésticos, alimentos,

y de los más diversos artículos que solo les era dable mirar, sin

tocar y menos aún comprar.

Cuando visité por primera vez a Alfredo no podía creer que

allí vivieran junto a él otras nueve personas: su mamá y el padrastro,

cuatro hermanos más pequeños y su hermana mayor,

con su esposo y un bebé de meses. Aquella covacha era a la vez

dormitorio, sala, cocina, comedor, y muchas veces el lugar para

asearse y hacer las necesidades fisiológicas. Conté dos catres

cerrados, agrupados en una esquina del cuarto, que en la noche

usaban sendos niños, dos camastros matrimoniales, recostados

a una pared con sus respectivas colchonetas rotas y sucias, que

debían ponerse horizontales para pernoctar, separados del resto

por una división de cartón, y otras colchonetas delgadas que se

tiraban en el piso.

«¿Cómo pueden dormir tanta gente apilonada?», le pregunté

a mi tío Enrique y él solo atinó a hacerme un gesto de asombro

y desconcierto, con sus hombros hacia arriba. Y tal vez para

consolarme balbuceó: «Mijito, en ese mismo solar, en el cuarto

de Alejandra viven trece personas y la mayoría de las familias de

los solares tienen más miembros que los dedos de las dos manos.

La culpa es de las negras que paren igual que las curielas y de

los maridos, que son casi todos borrachos y mariguaneros». Mi

madre escuchaba atenta a su hermano y no pudo contenerse.

«El pecado no es de ellos que nacieron pobres, recuerda que

casi todos vinieron del campo, igual que nosotros. Allí pasaban

mucha hambre y creían que en La Habana vivirían mejor.» «Eso

es cierto», dijo mi tío, «aquí por lo menos tienen electricidad,

agua potable y escuelas y el que eche pa´lante puede encontrar

un buen empleo». «No creas»; intercedió mi hermano, que era

dependiente en la bodega, «ahora no es fácil encontrar trabajo;

yo mismo, desde que murió papá hace un año no consigo. Claro,

si fuera médico o ingeniero o un técnico en algo tal vez sí, pero

105


con sexto grado no aparece nada donde paguen más de cuarenta

pesos mensuales». «Por eso hay gente que por 33.33 se hacen

chivas de Batista y delatan a cualquiera», agregó tío Enrique y

levantó sus hombros en gesto de impotencia.

Los dos solares tenían largos pasajes, cuyos gruesos muros y

las paredes de los cuartos parecía que se miraban, afligidos por

el deterioro de la vetusta edificación. Los huecos y grietas devenían

temibles escondrijos y criaderos de cucarachas, ratones y

chinches, al igual que el interior de las habitaciones, el piso de

los pasillos y los sanitarios colectivos.

Los juegos de azar, legales y prohibidos, sumados a las apuestas

en la valla, hacían que los inquilinos adultos de los dos solares

giraran día tras día en torno a la quimera, que casi siempre

concluía en pesadilla, de ganar algún sorteo, a fin de salir del

atolladero o al menos hacerlo más tolerable. Si les daba el bolsillo,

compraban algún billete de lotería y muchas veces apuntaban un

número en la charada, o apostaban en el dominó o al equipo de

béisbol de su preferencia; también lo hacían en el cubilete de la

bodega, o con las barajas, o lanzaban monedas hacia la pared en

el juego del pegao. Un sueño de la noche anterior, una mariposa

furtiva, o hechos de la vida cotidiana disparaban el imaginario

prolífico de los jugadores, quienes apostaban el uno, caballo, o el

dos, mariposa, o el cinco, monja o cualquier otro de las treinta y

seis opciones de la charada. Los hombres, obnubilados muchas

veces por el exceso de alcohol y/o el consumo de marihuana,

solían perder a menudo el escaso dinero que permitía sobrevivir

a la familia.

Eran comunes las riñas entre marido y mujer, cuando se perdía

todo en el juego y no había nada para echarle a los calderos.

Tales extremos y las pasiones desbordadas por los celos, las

deslealtades matrimoniales y la embriaguez de los hombres y a

veces de las mujeres, provocaban hechos de violencia criminal,

sobre todo con navajas y cuchillos. La hermana de Alfredo, por

ejemplo, tenía su cara marcada por uno de esos navajazos y

nadie osó denunciar al marido, pues en el solar predominaban

los pactos de silencio.

Solo una vez entró la policía a La Camelia, horas después que

una señora enfurecida esperó al consorte que siempre venía bo-

106


acho y la golpeaba; pero en esa ocasión ella se asomó por una

ventanilla encima de la puerta, le derramó un bidón de alcohol

y al instante lanzó un fósforo encendido convirtiéndolo en una

pira humana.

–¡Eso te pasa por abusador!

Los destellos y gritos despertaron a todo el mundo en el solar

a las dos de la madrugada. Entre ellos a varios de mis amiguitos,

quienes al siguiente día me contaron en la escuela cómo el

infortunado corría a ciegas en busca de agua o alguien que lo

cubriera con una manta y murió rogándole perdón a su mujer

y a Dios, al llegar al Hospital de Emergencia en el auto de mi

tío, a quien levantaron a esa hora y lo hizo sin quejarse, porque

en el fondo él era un hombre de buenos sentimientos y ningún

chofer que pasaba por la Calzada del Cerro quiso subir en su

carro a aquel sufrido Frankestein.

También había momentos de solidaridad y jolgorio, que permitían

atenuar las desventuras. La gente se ayudaba entre sí y

a veces parecía que compartían felices lo poco que tenían: como

si las carencias les acrecentara el corazón. No eran comunes los

robos dentro del solar, pues a pesar de que casi siempre allí vivían

delincuentes una especie de código hacía que ellos actuaran

en otros predios. Casi todos los habitantes del solar gozaban a

plenitud cuando había bembé, en las fechas de los babalawos

y de los santos –Ochún, Obatalá, Babalú-Ayé, Oggún, Changó,

Yemayá....–. Los tambores batá sonaban sin parar y los coros

que entonaban cánticos africanos ancestrales se alternaban en

ocasiones con rumbas y guaguancós cubanos muy conocidos,

que hacían mover el cuerpo hasta a tío Enrique. Él vivía en

la trastienda de la bodega y esas noches, con sus respectivas

madrugadas, apenas podía dormir, aunque yo creo que también

disfrutaba aquellas sonoras fiestas donde se tocaba, cantaba y

bailaba música hasta el delirio por los practicantes de la santería,

a quienes se unían otras personas que vivían en el solar o

se acercaban para disfrutar la ocasión. Mi madre, cuando empezaba

a escucharse el bembé, corría hacia nuestro apartamento

y cerraba puertas y ventanas, porque decía que eso era brujería

y el demonio estaba suelto.

Una noche, que regresaba de ver una película de Elvis Presley

107


en el cine Valentino con mi amigo Alfredo, escuché en el solar

contiguo, donde él vivía, los rítmicos sonidos de los tambores, y

sentí el magnetismo de una rara curiosidad. «¿Quieres entrar?»,

me dijo Alfredo, y le respondí enseguida que sí. La fiesta se celebraba

en un templo yoruba, que estaba dentro del cuarto de

una familia, al final del callejón. Algo asustado, caminé hasta

allí junto a mi amiguito y por primera vez pude apreciar aquel

festejo, donde casi todos los participantes eran negros o mulatos,

vestían sus mejores prendas y aunque estuvieran zurcidas se

veían limpias. Bailaban y reían a lo largo del pasaje, tomaban

ron, aguardiente o cerveza, comían chivo, yuca, masas de puerco

y se sentían muy felices, porque junto a ellos estaban sus orishas.

Esa vez le ofrendaban la ce-lebración a Ochún. De repente, vi

saltar a una negra casi an-ciana en un espectacular trance

–Es que cogió el santo. Eso es bueno, la va a ayudar a despojarse

de los malos espíritus y le traerá aché –me aclaró el hermano mayor

de Alfredo, al percibirme huidizo–. Además, a través de ella

el santo honra con su presencia a los invitados y les da consejos.

Luego de esa explicación, tomó mi mano y fuimos al recinto

donde estaba el templo. Allí me comentó que Changó es el equivalente

de Santa Bárbara y el milagroso Babalú Ayé, representa la

versión yoruba de San Lázaro, que en su juventud contrajo lepra

y de viejo, con el simbólico bastón, fue predicador de virtudes, y

se caracteriza por el color morado, y que Ochún es la Virgen de

la Caridad de El Cobre, convertida en mulata, sensual, cariñosa,

diosa del amor fecundo y se distingue por el color amarillo. Las

plantas, recipientes y otros elementos simbólicos resplandecían

vivos y alegres por la fiesta que le regalaban esa noche al santo.

En el piso había gallinas y palomas sacrificadas, una tinaja, yerba

buena, naranjas, un melón de Castilla, una calabaza, hojas de

no me olvides, abanicos, una vasija con miel, manillas y otros

atributos dispersos, que me impresionaron por su diversidad y

aparente incoherencia.

De pronto, sentí junto a mí a la señora que había cogido el

santo, aunque ya estaba laxa, con un tabaco encendido en su

mano derecha, y no demoró en hablarme, al darse cuenta que

yo era un imberbe blanquito, deseoso de entender los misterios

sagrados de la religión yoruba. Y comenzó de una manera edul-

108


corada, cantándome sonriente: Santa Bárbara bendita / Mi madre

Nazareth / Aquí están tus hijos bailándote bembé.

–¿Sabes por qué me siento tan feliz? –preguntó, para ella misma

responderse–. Hace un rato, Ochún me dijo que mi hijo no se

moriría de una operación de la vesícula, que ayer le hicieron de

urgencia. Y le creí, porque la diosa de las mieles es una madre

santa, que siempre está llena de optimismo, y me lo dijo clarito:

«Disfruta la música, que todo saldrá bien».

Los tambores y los coros seguían acompasados, y yo miraba a

las parejas que se movían en giros y más giros, bajaban y subían

sus cuerpos, se desplazaban, levantaban las cabezas y meneaban

las caderas a ritmo ciclónico y sensual. Y lo que más me

impresionaba eran los tres tambores batá, que de forma mágica

dirigían el toque de santo, pues de ellos dependía el coro y los

movimientos de los bailadores. La señora me vio tan maravillado

frente a los tambores, que sin yo decirle nada me trató de ayudar

a descifrar el enigma.

–Esos tres tambores son exclusivos de los negros africanos

yorubas o lucumíes y encierran un secreto mágico, que sus constructores

no le dicen a nadie –dijo. Y agregó–: Los que tocan los

batá se llaman olori y, como ves, los tres tambores tienen un

tamaño diferente. El más pequeño se nombra okónkolo y es el

tambor que suena las notas agudas. Itótele es el mediano, y su

función es dar el tono. De los tres, el de mayor tamaño, el iyá,

es la madre de los tambores y quien lo toque tiene que ser un

tamborero de muchos años de experiencia y gran capacidad

musical. Los tambores batá hablan en lucumí y el iyá es el que

provoca el mayor delirio, porque saca las notas más agudas y

también las más graves. Óyelo, siéntelo, muévete chico, ven a

bailar conmigo, ¿tú eres gallego o qué?

En efecto, el ritmo contagioso y los ímpetus de la señora me

cautivaron e hicieron que comenzara a bailar, y ella me decía:

«Imita a los hombres, observa cómo se mueven»; y me ayudaba

a dar los pasos y giros. «Bien bien», repetía y se reía, hasta que

por suerte pararon de sonar, porque en verdad yo estaba contraído

y no aprendía, aunque los bailadores, dominados por el

frenesí, no notaban siquiera la presencia de aquel blanquito. Y

como eran casi las diez de la noche y mi madre estaría preocu-

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pada por la tardanza, me despedí de la señora. Le pregunté el

nombre: «Mercedes Lumbié», respondió ella. «Gracias por todo,

me llamo Gabriel», y antes de irme pensé: «¿por qué ella sabrá

tanto sobre los ritos yoruba?».

–¿Dónde aprendió usted todo eso? –averigüé, mirándola con

timidez y ella sonrió ufana.

–Soy profesora de música en el conservatorio municipal y mi

marido es el olori del tambor iyá.

En La Camelia vivían en sendas habitaciones dos personas

adultas muy singulares, que nunca podré olvidar: Rosita la

Cumbanchera y Rulfo Limpiacuero. Me parece estar viéndolas.

Rosita era una mujer de apenas cincuenta años, que parecía una

anciana de setenta, debido a su pequeño y famélico cuerpo minúsculo,

la epidermis arrugada hasta en los brazos y una mirada

nostálgica subyacente, aunque casi siempre aparentaba tener

buen humor. «Caballeros», decía ella, «a mal tiempo yo pongo

buena cara y me disparo dos palos de ron; y si hay mejor tiempo,

ah, entonces celebro con tres o cuatro tragos de Matusalén, hoy

alegre y mañana bien». Y cuando no había niños en la bodega,

solía enarbolar su frase preferida: «A joder, beber y templar,

que el mundo se va a acabar». No sé por qué la Cumbanchera

despertó en mí sentimientos de afecto y respeto (nunca de lástima,

aunque en ocasiones me pareció que sí). Ella frecuentaba

la bodega varias veces al día, casi siempre a tomarse una línea

de ron puro en un vaso de aluminio de su propiedad, exclusivo

para ese uso y aseguraba que así el mofuco le entraba sabroso y

no le hacía daño al hígado.

La pintoresca señora sabía de memoria y cantaba a menudo,

recostada a la victrola, todos los boleros que entonces sonaban en

ese inmenso tocadiscos comercial y en la radio. Yo la escrutaba

a veces y ella detenía su vista en mí, como diciéndose: «y este…

¿para qué me mira tanto?» En realidad quería entenderla, pues

su conducta parecía a veces un túnel oscuro. Me preguntaba:

«¿por qué ella nunca canta durante la mañana, ni antes de las

seis de la tarde y solo se inspira casi al caer la noche?». Rosita

podía interpretar ocho, diez o veinte boleros, y siempre, antes

de iniciar la tanda, realizaba el mismo comentario: «La Biblia

dice que al principio fue el verbo, y es verdad; por eso yo siempre

principio con el Benny: Vidaaa, desde que te conocí, no existe un

110


ser igual que tú, vida, que me sepa, cooomprender… Y cuando

la Cumbanchera se agotaba o ya nadie la oía (solo cantaba si le

prestaban atención) concluía su recital pasada de tragos, con la

célebre canción de la Aragón: Nosotros, que fuimos tan sinceros,

/ que del amor hicimos un sol maravilloso, romance tan divino,

/ nosotros, que nos queremos tanto debemos separarnos, no me

preguntes más, / no es falta de cariño, te quiero con el alma, / te

juro que te adoro y en nombre de ese amor y por tu bien te digo

adiós.

Rosita vivía sola, en el cuarto más pequeño y barato del solar;

sus mínimos gastos de alquiler, electricidad, alguna comida (muy

frugal) y, sobre todo, el dinero para el ron lo conseguía lavando

y planchando ropa, limpiando los pasillos y las áreas comunes

del solar y la habitación de dos prostitutas, que ejercían su oficio

en el propio pasaje. También mi tío, por conmiseración (él no lo

negaba) le daba a limpiar la bodega de vez en cuando y le pagaba

ese día los tragos de ron y algo de comer.

Una de aquellas tardes, antes de que la Cumbanchera iniciara

su recital de canciones, creí desentrañar su íntima congoja.

Corría el año 1958 y yo no había cumplido los trece años. Por

casualidad, ella y Rulfo se pararon frente a mí, en el preciso

instante en que me encontraba escondido de tío Enrique en la

vidriera de los dulces y caramelos, en cuclillas y casi inmóvil para

comer mis chocolates predilectos hasta saciarme. Ella y Rulfo de

espaldas a mí, permanecían recostados en el mostrador de los

licores, diciéndose secretos de sus vidas en un trance recíproco

de catarsis, bajo los efectos etílicos de quién sabe cuántas dosis

de ron. Agucé el oído y mientras devoraba las golosinas pude

escuchar el diálogo, que casi recuerdo íntegramente.

–Dime Rosita, ¿tu hija menor ya regresó de Oriente? –le preguntó

Rulfo Limpiacuero a la Cumbanchera y miró en derredor

a fin de cerciorarse que nadie los escuchaba.

–No, sigue por allá con sus dos vejigos. Parece que mi hija mayor

no tiene condiciones para que los muchachos se queden a vivir

con ella y tal vez deba regresar pronto. –dijo la Cum-banchera e

ingirió de un sorbo la cuarta o quinta línea de alcohol de la tarde.

–¿Y aquí dónde va a meter a esos inocentes? –preguntó Rulfo

y ella hizo una pausa.

–No sé, porque en La Habana y sin marido no puede mantener

a los dos niños y pagar la habitación del solar –otra pausa y esta

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vez el rostro se le puso tenso–, yo la quiero a pesar de todo. Es

mi hija, coño, es del carajo que a ella no le alcance el dinero para

criar a esos chamacos y tenga que darle quince pesos todas las

semanas al manganzón que la chulea, y para colmo es el tipo

que le gusta.

–¿Será que la tiene muy grande? –inquirió Rulfo en tono cínico.

–Aunque la tenga del tamaño de un caballo y la clave cinco veces

todas las noches, ella no puede ser tan comemierda, porque ya

bastante sacrificio debe hacer acostándose desde por la tarde y

hasta al amanecer con diez o doce hijos de puta, que le pagan dos

pesos y la matrona del bayú solo le da a ella cincuenta quilos por

cada uno que se tiempla. Es del carajo Rulfo –en-fatizó Rosita

y llade un grito a mi tío–. ¡Oye, Enrique, apúrate que estoy

seca!, dame otro Matusalén, hoy triste y mañana también –dijo

ya casi sin control y Rulfo la siguió.

–A mí el de siempre –quiso decir Bacardí carta blanca; luego

acariciaron sus vasos y continuaron al habla–. Fíjate, mi alma,

tú estás hecha tierra, pareces un fideo de sopa y no puedes olvidar

que tuviste tuberculosis hasta hace dos años y por poco te

mueres, mi vieja. O te cuidas o perdemos pronto a la Cumbanchera;

y si tu hija regresa tendrás otra vez que ayudarla, a ella

y a tus nietos –comentó Rulfo mientras su dedo índice señalaba

la escuálida hechura de su amiga.

–A mí no me importa morirme, Rulfo; es más, si la pelona quiere

abrazarme no le tengo miedo y hasta lo prefiero a vivir así.

–No jodas, Rosita, que todavía tu puedes enderezar tu vida.

–No, Rulfo, yo me quedé sin marido en Oriente después que

se murió el padre de mis dos hijas. Vine hace cinco años para

La Habana con ellas y la mayor regresó porque se enamoró de

un desgraciao en Oriente, que le hizo tres barrigas y después

la dejó y ahora la pobre está con una mano alante y otra atrás.

–Está bien, mi amiga, está bien, te comprendo, pero no puedes

dejarte caer, recuerda el refrán: «siempre que llueve escampa».

–Sí, es muy fácil nadar fuera del agua. Acuérdate de este otro:

«al desdichado la puerca le pare perros»; fíjate, yo también me

embarqué el año pasado con un hijo de puta que me exprimió y

me abandonó…; por eso, candela, me da lo mismo cualquier cosa.

–Pero tus hijas y nietos te necesitan; no seas boba, disfruta la

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vida, solo nacemos una vez –dijo Limpiacuero y la zarandeó por

un brazo para animarla.

–Es cierto, eso me dice Moncho, el santero; él quiere ser mi

padrino a estas alturas de mi puñetera vida, pero mangui solo

cree en Cachita y en San Lázaro, que ya le hice una promesa

y si me ayuda voy a ir caminando este 17 de diciembre los más

de treinta kilómetros que hay desde aquí hasta El Rincón –concluyó

Rosita su larga catilinaria y se empinó el último trago de

la tarde antes de introducir cinco centavos en la victrola para

escuchar a Orlando Contreras: Vas en busca de un fracaso, esa

es mi corazonada y él te dice déjala, déjala que se te vaya…

Al rato, casi al anochecer, llegaron dos clientes a la cantina,

miraron a tío Enrique y saludaron impetuosos: «Nos sirves dos

vasos de Hatuey bien fría, y danos algunas lascas de queso y

aceitunas de saladito», dijo el mayor de ellos, un joven mulato

acicalado que estaba muy contento porque se había ganado un

parlé en la charada e invitó a tomar sendos palos de ron a Rosita

y Rulfo.

Limpiacuero agarró su vaso en la mano y fue a lustrarle los

zapatos a alguien que se sentó en el sillón de limpiabotas del

portal de la bodega, donde él se ganaba el sustento, mientras la

Cumbanchera cogía inspiración e iniciaba la cotidiana descarga

de boleros de todos los tiempos.

Salí enseguida del dulce escondite y me paré junto a tío Enrique,

que atendía a los dos parroquianos y ambos volvimos a

disfrutar las tonadas de la recia mujercita. Me dije: «caramba

señora, por fin entendí porqué siempre en el fondo usted está

triste». Mas no fue así del todo, pues en ese instante ella se

transfiguró y no pude descifrar la repentina mutación espiritual

de aquella mujer tan contradictoria. Esta vez la Cumban-chera

interpretó más de veinte boleros y varios mambos, gua-

rachas y hasta un chachachá (en la bodega, se baila así, entre

frijoles, papas y ají), aunque finalizó triste y borracha como siempre

(Nosotros, que nos queremos tanto…).

Yo creí haber logrado descubrirla a través de aquel diálogo

suyo con Rulfo, empapado de ron. Sin embargo, no logré desentrañar

sus raros cambios de estados de ánimo y la capacidad

para aparentar alegría, en medio de su descomunal tragedia. ¿O

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quizás, de veras, la Cumbanchera estaba contenta a pesar de la

nostalgia que inundaba sus cavernas?

La vi que miró hacia el piso de la bodega; allí estaba echada

su gata, que siempre la esperaba para ir junto a ella hasta el

cuarto, comer algo y salir a cazar ratones en el solar. «Bruja» le

dijo al animalito que enseguida se animó «Vamos, Bruja, y esta

noche me acompañas a dormir, porque no quiero estar sola ni

extrañar a nadie».

114


8 de mayo:

Primer día de clases

Desperté cuando un rayo de sol me iluminó el rostro. «¿Qué hora

es?», le pregunté a Ángel, quien en ese momento se desperezaba

en su hamaca. «Oye, son casi las diez de la mañana, dormimos

demasiado», expresó él en tono pecador. «Sí, tenemos que dar

hoy la primera clase», dije dándole la razón. Nos pusimos los

uniformes y comimos galletas y un poco de leche condensada

mezclada con agua. Ángel tomó el trillo hacia el bohío de Andrea,

la hija de Pablo, y yo fui a encontrarme con este y su familia.

Al llegar, solo encontré a Onoria. Estaba sudorosa y me impresioné

al ver en su mano derecha una plancha de hierro que ella

calentaba sobre brasas de carbón de la cocina, a fin de alisar la

tonga de ropa que reposaba en dos taburetes cercanos.

–Buenos días, maestro, ¿pudieron descansar? –dijo Onoria

sonriendo.

–Sí, bastante, porque ningún gallo nos despertó –le respondí

en broma.

–Me alegro, ustedes estaban mataos, aquí tienes leche, café y

un pedazo de pan que anoche Sabino trajo de Sagua; desayuna

pronto, al mediodía vienen Pablo y los muchachos a almor-zar,

ellos ahora están limpiando las matas de cacao.

–No se preocupe, Onoria, ya comí algo.

–Oye, mira que aquí casi nunca tenemos pan, aprovecha.

–Está bien, gracias, pero quiero que me diga dónde están Pa-blo,

Pepe y Antonio trabajando.

–Cerca, muy cerca, mira por la ventana, detrás de aquella mata

de aguacate, en la falda de la loma –dijo ella, señalándome el sitio

con el brazo izquierdo mientras el derecho seguía desplazando

la herrumbrosa planchita sobre las rudas telas montañesas.

En pocos minutos desayuné y aunque el pan estaba viejo y sabía

a cucaracha, me lo comí sin una mueca y fui al encuentro de Pablo.

En ese momento, en efecto, estaban afanados en desyerbar las

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matas de cacao. Al verme, Pablo no quiso que los ayudara. «Hoy

no hace falta, ya pronto vamos a terminar y ese traje tan bonito

de brigadisto se te va a jurungar» dijo él, y enderezó el cuerpo, se

sacó de la cabeza el amarillento sombrero de yarey e hizo un alto

que los otros imitaron para saludarme y los tres aprovecharon para

quitarse el sudor del pecho y de la cara con sendos pedazos de trapos

y tomar agua fresca de un porrón, que estaba en la sombra de un

florido árbol de mango.

–Hoy empezamos las clases, ¿díganme qué horario prefieren?

–les dije, para entrar en materia.

«Yo quiero recibir las clases solo, a las tres o cuatro de la tarde,

y los demás pueden por la noche, temprano, después de comer»,

afirmó Pablo de manera tajante. «De acuerdo, y ahora ustedes

tienen que darme a mí la primera clase de trabajo agrícola. A

ver ¿quién me presta su guataca?». «Yo», dijo Pepe, y me la entregó

sonriente. «Sí, está bien, solo un rato; mañana si quieres

te despiertas temprano y nos acompañas hasta el mediodía»,

agregó Pablo.

Observé cómo ellos movían el apero, dándole el corte bien abajo

al mazo de yerba para extraer en lo posible las raíces y atraían

luego hacia el cuerpo la guataca; lo intenté de inmediato y no

fue difícil, salvo mantener el equilibrio, debido a la pronunciada

inclinación del terreno. Pronto, tuve la primera sorpresa: ¡Un

majá! Me pareció gigantesco y di un salto de terror que me hizo

trastabillar y rodar dos o tres metros sobre la negra y húmeda

tierra, hasta lograr aguantarme del tronco de una mata de cacao.

–No es nada, los majás no muerden –aclaró Pepe, para darme

ánimo y trató de aniquilarlo machete en mano.

Mas el reptil huyó despavorido y todos nos reímos de aquel

inesperado bautizo en mi primera jornada laboral, que culminó

apenas media hora después y según ellos en ese lapso ya había

demostrado tener destreza para ganarme la vida como jornalero

de Liberato. Y yo pensaba, sin dejar de sonreírles ante la cariñosa

broma: «Si tuviera que vivir de este trabajo, preferiría morirme

de hambre».

El almuerzo me desconcertó: un cambur verde hervido y un

poco de harina seca molida, también hervida, acompañados,

por suerte, de un vaso de leche, gracias a la vaca que les había

vendido a crédito el INRA. A partir de esa primera experiencia

y de las conversaciones con los demás brigadistas, fui dándome

116


cuenta que casi todas las familias de Majayara no disponían de

dinero para adquirir alimentos y trataban de producir en su

pedazo de tierra todo lo que podían, que no era mucho, como

plátanos, maíz, malangas, boniatos y mazapán, además de

cacao y café, este último cultivo el que utilizaban para vender.

Casi todos tenían algunas gallinas y pollos criollos, de los que

obtenían huevos y carne para ciertas ocasiones. También por

lo general trataban de criar en el año dos o más cerdos para el

consumo, según el tamaño de la tierra y de la familia. Para no

gastar dinero en azúcar, las familias solían tener colmenas de

abejas, que garantizaban una excelente miel procedente de las

abundantes flores de los montes, y se usaba en la elaboración de

dulces de frutas, para endulzar limonadas y hasta leche, o para

comer sola. Ciertos campesinos con más recursos, como Liberato,

sembraban caña y le extraían el guarapo en una especie de

trapiche artesanal, lo hervían y condensaban para utilizar con

similares fines a los de la miel. El arroz era caro y se consumía

pocas veces en el año, al igual que el pan –casi un lujo–. Gracias

al gobierno revolucionario, todas las familias recibieron a crédito

al menos una vaca, y la leche se hizo más frecuente y también

algo de carne vacuna.

A las tres de la tarde me senté junto a Pablo, en una mesa

rústica que habían hecho ellos mismos para dar las clases. Le

entregué un lápiz, una libreta y la Cartilla. Él lo miró todo algo

asustado y noté en sus ojos el temor típico de quienes saben de

antemano que no podrán avanzar hacia la meta, como vencido

antes de luchar. Comencé por decirle: «Usted es uno del millón

de personas que no saben leer y escribir en Cuba, por culpa de

los gobiernos anteriores a la Revolución, y ahora todos van a

aprender. Verá que es fácil, solo se necesita un pequeño esfuerzo

y el deseo de lograrlo, y en tres meses podrá escribirle una

carta a alguna mujer que tenga por ahí; claro muy escondido

de Onoria, porque ella también va a aprender y si la lee puede

armarle un gran lío»

Pablo esbozó una breve sonrisa y siguió rígido, en espera de

mi instrucción. Primero quise familiarizarlo con el lápiz y lo

enseñé a tomarlo en sus manos, en pose de escribir. No lo logró

y le dije, bien, muy bien, y logré que se relajara: «Ahora vea y

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escuche estas palabras que le voy a leer»:

118

Organización de Estados Americanos

O E A

Pablo volvió a mirarme y yo le dije: «Ahora vamos a leer juntos»,

y repitió lo que oía. Me detuve en las tres vocales de OEA, e intenté

que él las identificara, mas no fue posible. Pensé, ¡qué hombre

más bruto!, tiene el cerebro tupido, aunque no es culpa suya. Y

en el rostro percibí que deseaba decirme algo, hasta que lo soltó.

–Es que yo no puedo ver esas letras, maestro; las veo muy

borrosas, será porque ya estoy viejo.

Entonces le hice una O muy grande y él exclamó contento:

«¡Esa sí la veo bien!». «Ah», le dije, «pues usted lo que necesita

son unos espejuelos para la vista cansada. No se preocupe, eso

es normal a su edad y lo voy a informar para que le examinen

los ojos y le entreguen pronto un par». «¿Y cuándo me los traerán?»,

preguntó ansioso Pablo y agregó: «Porque los otros van

a aprender primero que yo». «Bueno, pueden demorar un mes o

algo más; pero recuerde, no van lejos los de alante si los de atrás

corren bien y usted tiene las mejores piernas de la fa-milia», le

dije, y él, molesto por sentirse limitado, exclamó:

–¡Carajo, los años no perdonan!

–Pero la Revolución sí –riposté enseguida y añadí–: Estoy seguro

que a más tardar el 26 de julio usted va a poder leer y escribir.

Lo mejor de la segunda jornada en Majayara fue el instante

en que encendí el farol chino, equivalente a un bombillo incandescente

de quinientos wats. Ya había caído la noche, pues tuve

que hacer tres intentos durante veinte minutos, hasta que lo

logré: ocurrió una explosión formidable de júbilo y luz, y nuestros

ojos brillaban más que la Estrella Polar. Primero lo coloqué

sobre la mesa, y el intenso calor que irradiaba me hizo recordar la

sugerencia de Beto: «deben tratar de colgarlo en un lugar alto,

al alcance de las manos y en el centro del local». Lo amarramos

con un pedazo de soga al travesaño principal del bohío y este se

iluminó aún más; los destellos se expandieron hacia el exterior,

a través de las dos ventanas, la puerta y las incontables hendijas

de las paredes, y el perro al verlos ladró nervioso, sin saber a qué;

también sentimos ruidos de aves inquietas por lo aparentes rayos de


un intempestivo sol y la novedosa lámpara fue rodeada de pequeñas

mariposas ciegas, grillos, gallegos y otros insectos nocturnos, que

volaban desconcertados por el suceso. Pablo salió del bohío, para

mirar si Ángel había encendido el otro farol en casa de Andrea y

desbordó aún más su emoción, al verificar que era así y al percibir

que en varias casas de las lomas cercanas resplandecían las luces

de otros cinco faroles. «¡Vengan, vengan!», gritó el viejo. Y al contemplar

el espectáculo, Pepe comenzó a hacer gestos de asombro

y luego movió sus brazos, señalando hacia todas partes.

–¡Parecen luceros que casi podemos tocar! –dijo atónito.

–Sí, ese cielo está al alcance de ustedes –agregué–. Y van a

disfrutarlo desde ahora mismo…

Extraje de la mochila, como si fuera un mago, cartillas, libretas,

el Manual y varios lápices poco afilados. Comencé alrededor de

las ocho de la noche a impartir la primera clase a Onoria, Pepe,

Francisca y Antonio, mientras Pablo nos observaba atento, desde

su taburete exclusivo en una esquina de la sala del bohío. Me

percaté que tampoco Onoria captaba bien las letras y le expliqué

lo mismo que a Pablo. Ella aceptó a regañadientes y se viró hacia

el viejo, sin perder el buen humor que nos unía a todos.

–Tú querías aprender solo y terminar primero que yo; sin embargo,

vamos a tener que recibir las clases juntos –dijo Onoria

y se separó apenas un poco de la mesa, para continuar atenta.

Minutos antes de terminar la lección inaugural, Ángel llegó

feliz porque sus dos alumnos la asimilaron muy bien. «También

estoy contento», le dije, «a este ritmo cumplimos la meta antes

del 26 de julio».

–¡Incluso Pablo y yo! –gritó eufórica Onoria, que contenía sus

bostezos y no dejaba de atender mis indicaciones, igual que un

niño obediente.

–Ahora, para concluir esta primera clase, vamos a leer las letras

que conozcan (recuerden: OEA) y señalen las nuevas:

A E I O U

A e i o u

Nos despedimos casi a las diez y fuimos hasta nuestro precario

dormitorio-granero, iluminados por el farol de mi compañero. Lo

colgamos al lado de las hamacas y de ese modo pudimos realizar,

sin contratiempos, los quehaceres para acostarnos. Al intercambiar

nuestras experiencias de la primera clase, nos percatamos,

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con cierto asombro, de que ninguno de nuestros alumnos sabía

qué era la OEA, a pesar de lo mucho que se había dicho y escrito

en Cuba sobre esa organización hemisférica, debido a sus

posiciones contra la Revolución.

–Eso refleja el atraso que aun predomina en estas montañas

–sentenció Ángel. Y agregó–: Es lógico, pues fíjate que muy pocos

campesinos tienen radio y aquí no llegan periódicos ni revistas,

además, ¿para qué?, si aún no saben leer.

–Sí, coño, por eso es tan importante lo que hacemos –le dije–. Al

menos ya les explicamos lo que es la OEA; algo entendieron y

poco a poco van a aprender más, sobre todo cuando sepan leer

y escribir y puedan seguir estudiando.

Luego de acostarnos en las hamacas comencé a leer la biografía

Martí, el Apóstol de Jorge Mañach, que me había obsequiado

Jesús en Varadero y de la cual Beto, al saberlo, comentó: «Según

mi padre, es la mejor que se ha escrito sobre Martí, es muy

amena, no te arrepentirás».

Espíritu Santo intentó provocar una conversación similar a

la de la noche anterior, antes de iniciar su habitual visita a la

Biblia. «Oye, Gabriel, me parece que no podré aguantar mucho

tiempo, extraño demasiado a mi familia». «Tal vez sí podamos;

mañana conversamos en el río, ahora prefiero leer este libro que

me interesa mucho» riposté y le agregué: «Desde que estaba en

quinto grado, tengo una deuda conmigo mismo…». «¿Por qué?»,

indagó Juan.

–Enseguida te cuento, oye esto: Una vez, en la clase de Trabajo

Manual, sin querer le clavé una presilla en la mano al compañerito

que estaba a mi lado, quien empezó a sangrar y a llorar sin

consuelo, yo me puse muy nervioso, no podía aguantar la risa y

la maestra me llevó castigado para la Dirección; estando allí de

pie y sin moverme, llegó el director del colegio, un hombre pequeño,

de espejuelos gruesos y voz agradable, quien habló mucho

sobre Martí. «Todos los cubanos debemos conocer la doctrina

martiana», afirmó categórico, después de explicarme las razones

de mi sanción. «La doctrina martia-na…la doctrina martiana»,

repetí varias veces en mi mente, para que no se me olvidara. Yo

supuse que ese era el título de un libro del Apóstol y de manera

ingenua le pregunté al director: «¿Y cómo puedo conseguir la

doctrina martiana?». Él, con suma paciencia, trató de explicarme

lo que quiso decir. Sin em-bargo, tal vez por sentirme muy

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apenado o porque el asunto resultaba complejo o quizás debido

a que él no supo aclararme, lo cierto es que quedé con las ganas

de saber más sobre Martí y no solamente escuchar y aprender

de memoria sus frases y fragmentos de poesías, que casi todos

los mayores en Cuba suelen usar para decir una verdad o dar

un consejo, o adornar sus palabras. «Y si no es un libro, ¿cómo

puedo conocer la doctrina martiana?», interrogué al director y

traté así de salir del mal rato. Recordaré siempre las palabras

suyas, junto a la cariñosa sonrisa que me regaló: «Ten paciencia,

ahora léete La Edad de Oro, y tendrás el resto de tu vida para

aprender ideas nuevas de Martí y después, cuando seas adulto,

lo disfrutarás y entenderás aún más. Martí es un gigante, y a

la vez es tan cautivador que necesitamos acercarnos a él más

y más, igual que nos sucede al contemplar un arco iris. Ahora

puedes irte, pídele disculpas a tu amiguito, y cuando leas Los

Tres Héroes se lo cuentas y todo lo que aprendas de Martí verás

que querrás enseñárselo a los demás y no me preguntes por qué:

eso es un misterio».

Ángel me escuchó atento, abrió la Biblia, sonrió complacido

y afirmó:

–Cuando termines me lo prestas, mi padre dice que Martí es

el mejor profeta cubano de todos los tiempos y ahora lo necesitamos

más que nunca.

Una hora después, antes de cerrar el texto, miré a mi amigo

para despedirme, vi que ya dormitaba y me reí a solas, pues su

cuerpo arqueado en la hamaca parecía un majá y decidí, a pesar

del cansancio de la medianoche, anotar en el Diario las vivencias

del segundo día en Majayara y también mis impresiones sobre

la vida de José Martí hasta su adolescencia, que había acabado

de leer.

Lo que me gusta de este libro –escribí en el Diario–, es que

siento como si yo estuviera invisible al lado de Martí. Lo vi, cuando

era niño, «de curiosidad insaciable», «delgaducho el cuerpo,

la cabeza demasiado grande». Su padre, Mariano, vino a Cuba

siendo cabo del ejército español; era un hombre bueno, honrado

y por ser tan pobre quería que Pepe lo ayudara desde pequeño

en el trabajo, y hasta lo llevó con él algunos meses a Matanzas.

Allí el niño no pudo seguir sus estudios primarios, pe-ro tenía su

propio caballo y le regalaron un gallo fino muy pelea-dor. Cuando

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eanudó sus clases en La Habana, al director de la escuela «le

sorprende la mirada alta y el desenvuelto ademán de aquel niño

pobremente vestido».

Es increíble –anotó en el Diario– que a los trece años Martí se

había leído ya la mitad de la biblioteca de su maestro Mendi-ve.

Nuevas penurias de su familia hacen que Mariano le consi-ga

empleo en una bodega para llevar los libros y así, «tiene que

alternar las conjugaciones de los verbos con las del Debe y el

Haber». Esta situación dura solo algunos meses y Mendive

de-cide costearle los estudios de bachillerato, en el colegio de

su propiedad. Allí empieza el joven Martí a escribir versos. Sin

embargo, en el verano de 1868, el ambiente del colegio es más

político y menos literario.

El 10 de octubre de 1868, Martí tenía quince años y enseguida

se une en el Colegio a los adolescentes que simpatizan con los

patriotas que iniciaron ese día la lucha por la independencia, en

el oriente del país. E inspirado en tal suceso, escribe su conocido

soneto «Diez de Octubre»: Del ancho Cauto a la es-cambraica

sierra ruge el cañón, y al bélico estampido…

Al cabo, dice Mañach, «constituyen un club de revolucionarios

imberbes, que mencionan con unción el nombre Carlos Manuel

de Céspedes y especulan sobre el acceso a la manigua». Martí

busca cómo ayudar a la lucha de los insurrectos; publica un

poema titulado «Abdala», con referencias a la situa-ción cubana:

El amor, madre, a la patria / no es el amor ridículo a la tierra,

/ ni la yerba que pisan nuestras plantas / es el odio invencible a

quien la oprime, / es el rencor eterno a quien la ataca…

Aunque me siento agotado y los sonidos armoniosos del aire y

los insectos del monte me incitan a dormir, sigo escribiendo de

prisa otras impresiones en el Diario: En 1869 Martí tiene apenas

dieciséis años y le ocurre un hecho que lo marcó toda su vida.

Una partida de soldados españoles encuentra en la ca-sa de su

amigo Fermín Valdés una carta, firmada por ambos y dirigida

a una persona, a quien cuestionan por apoyar el poder colonial.

Pepe y Fermín son detenidos, ambos declaran haberla redactado.

Están casi un año presos en una cárcel «hedionda y promiscua»,

hasta que comparecen ante el Consejo de Guerra. En el escrito del

Fiscal, se habla incluso de pena de muerte pa-ra el que escribió

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la carta y, no obstante, Martí reitera que él es el autor. Fermín:

seis meses de arresto mayor; Pepe: seis años de presidio.

Medito: Coño, Martí tenía entonces nuestra edad y por lo que

explicaba Mañach, aún siendo muy joven le tocó una prisión bien

jodida... Y absorto en esa idea, redacto otra síntesis de lo que

leí: Pepe sufre varios meses las iniquidades del trabajo forzado en

una cantera donde vive en carne y espíritu propios los infernales

grados de salvajismo a los que llegaba el odio de los colonialistas

hacia los cubanos, fuesen estos blancos, negros o chinos: látigo,

cepo, jornadas agotadoras, desgaste físico, enfer-medades y, al

final, la muerte en muchos de ellos. Martí padece más por los

demás que por él, auxilia a los que caen, alienta y actúa seguro

de sí mismo: «La Patria allí me lleva. Por la patria morir es gozar

más», escribe en verso al ingresar al presidio. Según Mañach, al

parecer gracias a las gestiones de Don Maria-no con el dueño de

las canteras, este le habló al Capitán General de la Isla y logró

que le cambiaran el presidio por el destierro a España…

El farol comenzó a languidecer y mientras me deleitaba con

los cambiantes aromas de la madrugada, escuché los ladridos de

un mastín, que lanzó un aullido de alerta desde algún re-moto

lugar. De repente, el destello de un trueno distante iluminó unos

segundos el interior del bohío y sobre el techo de guano y las

hojas de los cafetos, comenzaron a caer rítmicas gotas. El olor a

lluvia me inundó de placer. Pese a la oscura noche y la enorme

soledad, no sentí temor y mientras volvía a tomar conciencia del

sitio en que me encontraba al oír el des-pliegue de las inquietas

ratas, emití un largo bostezo y anoté en el Diario una especie de

conclusión: «Los hombres como Martí nunca se acobardan y se

elevan frente a cualquier di-ficultad». Y me dije, ya con los ojos

cerrados: «Entre los quince y los diecisiete años, se forjó nuestro

Apóstol, ahora nos toca a los brigadistas seguir su ejemplo y bien

lejos estamos del sacrificio que él debió hacer».

No pude más, sentí plomo en los párpados, y el farol y mi cerebro

se apagaron al mismo tiempo.

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9 de mayo:

¡Yo me quedo!

Una tenue caricia en mi pelo provocó que diera un brusco salto

en la hamaca. Abrí los ojos, Ángel aún dormía; eran casi las siete

de la mañana y el niño Tilín vino a despertarnos. «Buenos días,

maestros», dijo algo asustado por mi inesperada reacción; lo miré

más tranquilo y después lo cargué con ternu-ra, le di un beso en

su carita, que en la claridad del nuevo día percibí más graciosa,

debido a sus ojos casi amarillos. Llamé a Espíritu Santo, quien

seguía en brazos de Morfeo: «Oye, hoy tenemos que desyerbar

café», le grité sin compasión. Él se acomodó debajo de la sábana

y entonces Tilín le susurró muy cerca: «Maestro, ya me voy para

la escuela, y cuando regrese quiero que me enseñen los juegos

de los niños de La Habana». Luego tomó el trillo dando saltitos.

Ángel por fin se despertó. «¿Cómo pasaste la noche?», me di-jo.

«Dormí como un bebé», respondí. Entonces, lo enfoqué di-recto,

y tal vez para alentarlo a tomar la misma decisión, le expresé de

un tirón: «Oye, mi socio, anoche lo pensé bien, ¡yo me quedo!».

Él no respondió. Salimos juntos del albergue y avistamos el paisaje

montañoso, plagado de frondosos árboles en cuyas ramas los

pájaros trinaban sus sinfonías y el prodigio de la luz hacía brillar

a las flores en los silvestres jardines. Mi amigo permanecía tenso

y se rascaba la cabeza con sus largos dedos.

–Yo aún no sé qué hacer, he pensado regresar y alfabetizar

en La Habana; sin embargo, no tengo cojones para dejar a esta

gente que tanto nos necesitan – reveló y luego dirigió la mirada

hacia el cielo–. ¡Confío en que Dios me ilumine!

–Amén –le dije con cierta ironía, que al parecer no percibió. Y

en ese instante, la imagen de un querubín voló despacio en mi

interior. Ojalá, medité, también te iluminen los ojitos de Tilín.

Y así fue. Cuando casi llegábamos al bohío de Pablo para incorporarnos

a nuestra primera jornada laboral, Ángel detuvo

sus pasos, se volvió hacia mí y vi su rostro fulgurar:

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– ¡Yo también me quedo, Gabriel! –afirmó cortante–. ¡De los

cobardes no se ha escrito nada!

Y al instante lo vi acercarse, capté su euforia repentina y nos

dimos un emotivo abrazo, quizás para no olvidar jamás nuestro

sincero compromiso.

Desayunamos, junto a Pablo y sus hijos. Onoria, quien no

dejaba de sonreír durante los trajines en la cocina, preparó un

atol a base de maíz tierno, leche y azúcar, que me supo a gloria.

Comenzamos la faena del desyerbe a las siete de la mañana y

terminamos apenas cuatro horas después, al filo de las once,

porque comenzó a llover a cántaros. Fue una experiencia inolvidable,

rodeados de vigorosas matas de café por todas partes.

Ángel me impresionó por su constancia laboral; tomó agua en

una sola ocasión y apenas participó en los diálogos y jaranas, que

en mi caso devinieron indispensables para atenuar la monotonía

de la faena. «Oye, Pepe, cuando aprendas a escribir quiero que le

mandes una carta a mi mamá y le cuentes que me enseñaste a

guataquear, pero aclarándole que fue utilizando este artefacto,

porque en La Habana al adulón se le llama guataca». «Sí, y le

diré también que tú aquí comes muchos guineos, y al final se los

voy a dibujar, y cuando vea que son plátanos frutas y no aves, se

va a morir de la risa o del corazón».

El jefe de la familia escuchaba adusto, sin participar, y traté

de sumarlo al intercambio. «Dígame Pablo, ¿qué es más difícil,

trabajar en la montaña o cortar caña?». «Muchacho, eso ni se

pregunta, picar caña es lo peor que existe; no quieras tu pasar lo

que Antonio, Pepe y yo vivimos» «Cuénteme, Pablo, cuénteme»,

le dije. «Sí, pero sigue desyerbando para que sudes bastante y

me entiendas bien».

–Yo la peor etapa que he tenido fue la del gobierno anterior –

comenzó a narrar Pablo, sin detener el ímpetu de sus brazos que

movían el apero como si fuera un juguete–. Había que trabajar

hasta de noche y a veces no alcanzaba ni para comer, porque solo

teníamos un pedacito de tierra que nos arrendaban y apenas era

para sembrar un poco de yuca, maíz y ma-langa y criar algunos

animalitos. Además, vivíamos con susto; sí, con miedo, porque

venía cualquier militar y te pedía el puer-quito que estabas engordando

o dos pollos y tenías que dárse-los. ¡Ellos no creían en

126


nadie! En los meses de zafra, entre enero y marzo, yo me iba con

los hijos varones a cortar caña en el ingenio Tánamo.

–Sí, compay, así mismito era –lo interrumpió Pepe–. Recuerdo

que acompañé a papá por primera vez cuando tenía trece años;

nunca había salido de mi casa por tanto tiempo y extrañaba

mucho a la familia y a mis amigos, aunque por el embullo de

ganar dinero ni me daba cuenta si era lunes o viernes.

–¡Déjame continuar! –exclaPablo bastante molesto y las

arrugas de su frente se hicieron más gruesas–. Vivíamos en un

barracón, que tenía el techo de zinc, las paredes de mampostería

y el piso de tierra; por el medio del local había unos palos largos,

en los que amarrábamos las hamacas que casi rozaban unas con

otras, porque éramos como cien hombres y muchos de ellos no

hablaban bien el español, eran haitianos. Imagínate, tres meses

durmiendo en esos albergues sucios, llenos de personas que no

paraban de roncar y había un frío que quemaba, pero llegábamos

tan cansados que no sentíamos nada.

–Y además, cocinábamos nosotros mismos –acotó Antonio–. Papá

o yo íbamos para el barracón a eso de las once de la mañana y

al que le tocaba hacía el almuerzo para los tres, casi siempre

arroz, frijoles negros, malanga, guineos y a veces un pedazo de

carne o dos huevos hervidos. Así la comida de un día nos salía

más barata, a razón de veinte o treinta centavos por cada uno.

Almorzábamos debajo de algún árbol o en el mismo cañaveral,

para no perder tiempo. ¡Y hasta la leña teníamos que cortarla!

–Oye, Antonio –sonrió Pepe con sorna–. Cuéntales también

las cosas buenas; yo recuerdo que tu ibas para unas matas de

mango casi todos los domingos, a entretenerte con alguna putica

haitiana, que por cuarenta centavos te hacía de todo.

–Sí, es verdad, qué íbamos a hacer –reaccionó Antonio avergonzado–.

Qué podía hacer, yo me buscaba un saco de yute y

lo tiraba en el piso, detrás de las matas, pero en el último año

quedé puesto y convidao, porque me pegaron una gonorrea que

me costó casi todo el dinero que gané ese año…

–¡Si me dejan, le termino el cuento a los muchachos! –dijo Pablo

con el ceño aun más plisado y retomó la palabra–. Era del caray,

había que cortar las cañas y después subirlas a una carreta de

bueyes, igual que los esclavos, aunque nos pagaban según lo que

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hiciéramos y eso nos embullaba bastante, porque al final de los

tres meses de zafra ganábamos más que el resto del año. Por

suerte, vino la Reforma Agraria; Fidel nos dio la propiedad de

estas dos caballerías de tierra y ya no tenemos que cortar caña

como esclavos. Imagínense, nosotros nos matábamos trabajando

y hacíamos un promedio diario de 500 arrobas entre los tres, a

veces menos, eso dependía del tamaño y el grueso de las cañas, y

si el campo estaba más o menos tupido. A según el año, pagaban

doce, trece o quince pesos por mil arrobas, así que en un día cada

uno podía ganar dos o tres pesos y de ahí teníamos que sacar

la fuma, la comida y todo los demás. Al final, regresábamos a

casa con más o menos quinientos pesos entre los tres; enseguida

teníamos que pagar los mandados fiados, que consumía la

familia, y con el resto del dinero comprábamos botas y alguna

ropa, hacíamos una fiestecita y en tres meses estábamos otra vez

muertos de hambre, hasta que empezaba la recogida de café en

septiembre y volvíamos a ganar uno o dos pesos diarios, aunque

no siempre había trabajo para los tres. Por eso en aquel entonces

repetíamos el famoso dicho, «siempre que llueve escampa»; y ya

ustedes saben, vino la Revolución y escampó. Sí señor, después

de la tempestad vino la calma. –Y al mencionar el viejo Pablo

este refrán, empezó a caer un diluvio y todos nos divertimos de

esa celestial casualidad.

–En vez de Pablo usted debiera llamarse Pedro –le dije y él me

escrutó serio, sin entender el chiste.

Llegamos empapados al bohío y por instinto Ángel y yo nos

acercamos al fogón de leña, en el que Onoria aireaba la candela

donde hacía el almuerzo.

–¡Cuidado, muchachos, ese calor los puede pasmar! –alertó

Pablo y nosotros le hicimos caso por respeto, aunque nos parecía

que la ropa pegada al cuerpo era peor.

Luego de almorzar siguió lloviendo y se me ocurrió decirles:

«¿Qué les parece si aprovechamos el tiempo y damos otra clase?»,

«Sí, es buena idea y así por la noche nos acostamos más

temprano», afirmó Pepe y los demás asintieron.

–Esta lección se llama INRA, ustedes saben muy bien lo que

eso significa: Instituto Nacional de la Reforma Agraria. Les leeré

primero lo siguiente: «La Reforma Agraria nació en la Sierra Maes-

128


tra. La Reforma Agraria da tierra a los campesinos. La Reforma

Agraria avanza». Ahora vamos a leer: «La Reforma Agraria. La

Re-for-ma. La le li lo lu». Leamos primero y después ustedes lo

leen y escriben: «Lala ala leo. Lola ele lea. Lula ala lei. Lila Ela

lio». Vamos a leer primero y a leer y escribir después: «El ala.

La ola. Él lee». También copien el dictado que les voy a hacer de

todo lo anterior. ¡Y fíjate bien Pepe, para que le escribas pronto

una carta a tu novia!

Como a las tres de la tarde, Tilín nos impidió continuar la

lección, pues vino de la escuela sin almorzar y con síntomas

visibles de gripe.

–La bendición, abuelo –susurró apagado y le dio un beso a

Pablo con especial cariño.

Se le notaba sofocado, como si le faltara aire. «Por qué no lo

llevan mañana al médico, pudiera ser asma», dije yo. «Vamos a

ver, eso le ha ocurrido otras veces y se le quita después», opinó

Onoria. «Y si fuera asma, lo mejor son las hojas de ya-gruma»,

sentenció Pepe.

Fui entonces hasta una mata de limón cercana, y le traje algunos

a Onoria, diciéndole: «Hágale una limonada caliente y si hay

miel échele un poco». «¡No, No!», exclade inmediato Pablo:

«Si le damos limón y lo que tiene es catarro se puede envenenar

y morir, eso le pasó una vez a un hermanito mío cuando éramos

niños», «Pero al contrario Pablo», le aclaré, «el limón contiene

mucha vitamina C, que es excelente para la gripe». «Le digo que

no, maestro, ¡eso es veneno, veneno!, aquí solo usamos romerillo»,

expresó Pablo muy vehemente. «Bueno, si usted opina eso mejor le da

el romerillo y la miel, que también es beneficiosa, y cuando pueda

hablar con un médico pregúntele». «Aquí nunca hemos visto un

médico, aunque parece que va a venir uno para La Pobreza, dicen

que Fidel los está mandando a todos los lugares», dijo.

Tilín nos observaba con sus ojitos mustios, lo toqué y sentí

fiebre, pregunté si había un termómetro. «No», dijo la mamá,

«nunca hemos tenido, si luego se pone más caliente lo bañamos

con agua fresca del arroyo y enseguida se le quita». «Maestros,

no se vayan todavía», dijo Tilín y fue hasta un rincón del bohío

y nos trajo dos botellas de ron vacías, con un palito amarrado

en cada uno de los picos. «Esta es una yunta de bueyes que me

129


egaló mi papá, ¿y los niños de La Habana tienen juguetes así?»

La sorpresa más importante del día fue la inesperada visita de

Beto al atardecer, quien nos trajo las primeras cartas que Ángel y

yo recibíamos de nuestras familias respectivas, desde que salimos

de La Habana. Beto se interesó por conocer cómo avanzaban los

alumnos y cómo nos sentíamos nosotros.

–Casi todos los brigadistas van bien y el próximo domingo tendremos

nuestra primera reunión en la escuela de Majayara, para

evaluar el trabajo e intercambiar experiencias –nos informó–.

El único que está medio acobardado es José Antonio, y se los

digo para que lo ayuden y tratar entre todos de que no se raje,

porque él parece un buen muchacho y la Revolución no puede

abandonar a ninguno de sus hijos.

A las siete de la noche, casi al oscurecer, cenamos arroz y

leche, y nos fuimos temprano para nuestro bohío, a fin de leer

tranquilos las cartas. Yo recibí cuatro: de mi madre, una de mi

prima Nancy, la tercera del dilecto amigo Teddy y la otra de mi

tío Enrique, el bodeguero. Encendimos el farol y nos acomodamos

en la hamaca a leer, cada uno metido en su mundo. Ángel

parecía otro y se reía solo, ensimismado en los textos de sus seres

queridos. A partir de ese momento, ambos conocimos la magia

espiritual de las letras escritas por manos queridas y las misivas

devinieron el mejor antídoto contra la persistente nostalgia.

La carta de mi madre era breve, la sentí dichosa porque había

acabado de recibir la primera que le escribí cuando aún estaba

en el pueblo de Sagua y a la vez reclamándome que no demorara

tanto en hacerle otras, pues ella no podía dormir sin saber

a menudo de mí. A mi hermana le iba bien en el trabajo, como

secretaria en una oficina de la fábrica de jabones Palmolive (nacionalizada)

y mi hermano se encontraba pasando una escuela

para milicianos, en la provincia de Matanzas:

130

Mi hijito, la cosa sigue mala y después de Girón los yanquis

no van a quedarse así. Figúrate que casi todo el mundo hace

guardia en los CDR, y hasta tus primos Rodolfito y Lisandro,

que no les gustaba la Revolución, también se hi-cieron

milicianos.


Por su parte mi prima Nancy, dos años mayor que yo, me hizo

feliz con sus bromas, a pesar de que deslizó una mala noticia:

¿Te acuerdas lo que decían los gusanotes del barrio, que la

Revolución era como un melón, verde por fuera y roja por dentro?

¡Tenían razón! Y ahora el melón es más sabroso, aunque

el aeropuerto de Rancho Boyeros está siempre aba-rrotado de

gente asustada yéndose para Miami, pues no les gusta esa

fruta. Yo estoy empezando a leer un libro que se llama El Manifiesto

Comunista, donde se explica muy bien el marxismo.

Si quieres te envío uno, pues sé que vas a con-vertirte en un

buen ñángara y ya lo estás demostrando en esas lomas. Por lo

que cuentas ellas forman parte de alguna sierra, tal vez la de

Moa. ¿Ya te empataste con alguna bri-gadista? Por cierto, tu

noviecita Zenaida me preguntó por ti, tengo noticias de que

su familia también se marcha del país, así es que no pierdas

el tiempo y recuerda que un clavo saca a otro clavo.

La tercera carta me estremeció los soportes del alma. Teddy,

desgarrado y orgulloso, sin demora contó su pena. Lo que más

le preocupaba es su madre y si seguía acongojada iba a llevarla

a un sicólogo, y él tampoco estaba bien, mas decidió seguir el

ejemplo del padre, ser cojonudo, dispuesto a todo:

Como te lo cuento, hermano; el viejo murió en Girón. Cuan-do

nos dieron la noticia, mi madre y yo no queríamos creerlo,

nos abrazamos y los sollozos no pudieron ocultar la terrible

verdad. Cayó el 18 de abril y un compañero que estaba a su

lado nos contó que las balas calibre 50 le perforaron el pecho

y, al desplomarse, varios milicianos fueron en su auxilio

y le preguntaron: «¿Arturo, te dieron?, ¿es mucho?» Y él,

yén-dosele la vida, los miró uno a uno, tal vez para sentirse

acom-pañado en el instante final y murmuró: «Es casi nada,

compañeros; sigan peleando, yo los espero aquí…». Y cerró

sus ojos, dicen que sonriente.

Gabriel, por favor: ¡no pierdas la cantimplora que te dio papá

el 15 de abril! Aún deben tener las huellas de sus dedos, y si

estás de acuerdo, cuando regreses de alfabetizar, me la entregas

para colocarla junto a una boina y otros recuerdos suyos de

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132

la milicia. Créeme, mi socio, que el dolor es del ca-rajo, pero

la satisfacción de tener un padre tan valiente y noble, me

compensa bastante.

Ángel, sumido en el disfrute de sus cartas, no percibió que yo,

al terminar de leer la de Teddy viré el rostro hacia la puerta del

bohío, desbordado por el furioso llanto de la impotencia y el amoroso

respeto hacia aquel padre, que sentía también mío.

La misiva de tío Enrique destilaba afectos muy sinceros y, al

desbrozarla, me conmovió recordar que solo pudo estudiar de niño

hasta el segundo grado:

Querido sobrino, antes que nada deceo que cuando recibas

estas letras te encuentres vien, y que estés muy contento porque

estás en el lugar que tú querías estar, bien aislado y donde más

dificil fuera, así es que hás llenado tus deseos. Y yo también

estoy felis de tener un sobrino con tantos deceos de enseñar alos

que no saben y sobre todo de cumplir con esta rebolución que

lo merece asies que echa pa lante y nunca te arrepientas que

Dios te premiará. Pipo, ten mucho cuidado con los ríos donde

tu no conoscas no te tires cuando te bañes busca el lugar más

bajito que tu beas que no ay peligro tam-bién ten cuidado con

los caballos, que tu no estás acostum-brado. Bueno llo recibí tu

carta oy mismo. Pense que te ha-bías olvidado de mí pero lla

veo que te acordaste, yo te extraño mucho, pero estoy contento

enber que estas aciendo una hobra buena y humana. Bueno

contestame enseguida, tu sabes que te quiere tu tio que no te

horbída nunca.

Enrique

Casi terminamos de leer la correspondencia al unísono. Ángel

después abrió unos minutos su Biblia y decidimos apagar el farol,

cruzándonos breves impresiones sobre las cartas recibidas.

«Buenas noches», le dije, y mis inefables duendes decidieron

zambullirme en otro tiempo y, en vez de dormir, escapé silencioso

con ellos a la bodega de tío Enrique.


134

Aquella bodega habanera

Junio de 1958. La tarde es densa. Tío Enrique espera taciturno

en el mostrador de la bodega a que llegue algún cliente y mi

hermano Adolfo silba «Los marcianos llegaron ya», mientras al

ritmo de ese chachachá barre el piso y utiliza de vez en vez a la

escoba como pareja de baile. Enrique es un hombre de mediana

estatura, treinta y ocho años, soltero, de complexión algo gruesa,

barrigón, cara redonda y frente ancha, con una mirada inquieta

y astuta capaz de visualizar el sexo de un mosquito. Adolfo recién

cumplió veinte años, mide casi seis pies y tiene el pelo rubio y

ondulado, ojos azules, finos y pálidos labios, que articulan casi

siempre palabras sencillas y directas, en especial cuando atiende

a los clientes.

–Oye, Adolfo –dijo mi tío con voz resuelta–, cámbiale el precio

al arroz que tenemos en oferta, ponle un letrero bien grande a

catorce centavos la libra y la manteca, en vez de a veinte quilos,

bájala como gancho a dieciocho. Recuerda: el mes de junio es

siempre flojo y este parece que va a ser el peor desde que compré

la bodega.

–Yo no soy tan pesimista, aunque acabo de conocer la primera

mala noticia. Hoy, al amanecer, se fueron dos familias del solar

La Camelia, porque no podían pagar los alquileres de sus cuartos

y el dueño las obligó a mudarse –informó mi hermano a tío Enrique,

mirándole la enojada cara y enseguida escribió con tinta

negra los nuevos precios del arroz y la manteca.

–¡Cosa más grande, caballero! –exclamó Enrique y ojeó con

sorna el letrero que sobresalía en la pared, encima de los sacos

de frijoles y arroces: «Si fío, pierdo lo mío; si doy, bien bobo soy;

si presto, al cobrar molesto. Y para evitar todo esto, ni fío, ni doy,

ni presto». Mi hermano, que conocía muy bien las coartadas de

nuestro tío, le sugirió:

–Cambia ese letrero que parece un trabalenguas y coloca otro

más sencillo, que diga: «Hoy no fío, mañana sí».


–No jodas, chico –ripostó Enrique, muy molesto–. Seguro que

ningún vecino sabe para dónde se mudaron esos desgraciados y

ahora la deuda que tienen conmigo hay que repartirla entre los

demás clientes que cogen fiado; a ver, dime, cuánto me tumbaron.

–La Javá tiene trece pesos anotados y el Cojo casi nueve baros

–dijo en segundos Adolfo, con su vista fija en el cuaderno escolar

que servía de registro–. Si le ponemos treinta o cuarenta quilos

a los otros marchantes, más o menos cuadramos la caja.

–Hazlo así, pero a los que tienen deudas chiquitas le pones

menos y si hay algunos muy bajitos pásate con ficha, porque se

pueden dar cuenta. ¿Entiendes?

–Eso no me preocupa –acotó Adolfo–. Son tan vagos que ni

anotan los víveres que les vendemos fiado, ¡alguna ventaja

tiene ser bodeguero! Además, no existe ningún recibo, solo lo

que escribimos nosotros en esta libreta, ellos a veces miran los

números, y después no se acuerdan.

–No te creas, en diciembre del año pasado un negrón, que parecía

un gorila, me cogió por el cuello y me hizo pasar un susto

del carajo –Enrique arrugó el entrecejo–. Y no me quedó más

remedio que pedirle perdón y borrar los cincuenta quilos que le

había puesto de más.

–¡No jodas, ese negro es más inteligente que King Kong, hasta

puede sumar y restar! –acotó mi hermano en jarana.

–Sí, sabe más que el de la película. Figúrate, para bajarle la

presión, lo invité a tomarse una cerveza y hasta le di unas lascas

de mortadela y algunas aceitunas y él se dejó querer, casi me pone

la cabeza para que lo acaricie.

La conversación quedó ahí, debido a la usual visita vespertina

del policía que hacía la ronda por el barrio. Con sus ojos de tigre,

mi tío enseguida percibió al vigilante tenso y algo sudoroso. Serían

las cuatro de la tarde y los cúmulos grises en la atmósfera

presagiaban un fuerte aguacero.

–Enrique, hoy no quiero cigarros o un refresco, ni nada de comer.

Soy sincero, tengo un hijo enfermo y necesito diez pesos. ¿Será

posible? –el uniformado acentuó el talante de aparente agobio y

colocó su distintiva gorra azul y el temible bicho de buey sobre el

mostrador de los licores.

Enrique miró al policía de un golpe y supo que este le mentía;

135


sin embargo, su instinto le hizo actuar diferente a como hubiese

deseado.

–Aquí tiene los diez pesos. Usted se los merece vigilante, y

tómese también esta Coca Cola, para que se refresque. ¡Ah! y

que el niño mejore pronto.

«Las desgracias de junio parece que vienen todas juntas», le susurró

Enrique a mí hermano, cuando minutos después de irse el

policía, vio que se acercaba por el portal de la bodega el inspector a

cargo de garantizar la exactitud de las dos pesas. Cada mes, el funcionario

dejaba una constancia escrita de que todo estaba en orden,

a sabiendas de que la pesa más grande tenía un plomo imperceptible

para los clientes, que desequilibraba el aparato dos onzas por libra,

a favor del bodeguero, y en el caso de la pesa más pequeña, que se

utilizaba sobre todo para el café molido, la diferencia era de una

onza por cada libra.

–Está todo bien, aquí tienes el hago constar y me voy de prisa,

porque el cielo se va a desplomar –expresó el inspector en voz

alta y de buen humor. Enrique, con aire indiferente le extendió

la mano para despedirse y pegada a la palma de esta le traspasó

cinco pesos, en pago por recibir la patente de corso que le permitía

continuar el pertinaz robo de hormiga.

Por fin, cuando caían las primeras gotas de lluvia, entraron dos

clientes casi al unísono, uno a tomarse un trago de aguardiente y

el otro a comprar los mandados de la semana. Enrique priorizó al

que venía a hacer «la factura», pues siempre solía gastar quince

o veinte pesos en alimentos y otros productos básicos.

La bodega estaba muy bien surtida, debido a la descarnada

competencia existente entre los comerciantes minoristas de La

Habana, que se hacía cada vez más inmisericorde por los bajos

precios que ofrecían los tenderos chinos y la creciente instalación

de supermercados de autoservicio, al estilo estadounidense. En

el comercio de mi tío había casi de todo: arroz de diferentes calidades,

frijoles, garbanzos, lentejas, chícharos, aceite, manteca

de cerdo, alcohol y kerosene a granel, vino seco, vinagre, puré de

tomate, sopas y cremas instantáneas, conservas diversas –desde

frijoles negros, sardinas y atún, hasta latas de melocotones, peras,

tajadas de piña, mermeladas y coctel de frutas–, sal, azúcar

blanca y prieta, café, aceitunas, pasas, pepinillos a la vinagreta,

136


quesos amarillos, jamón, mantequilla, queso crema, mayonesa,

dulce de guayaba en barra, dulces de harina diversos, chocolates,

caramelos, dulces de coco rallado y otras golosinas criollas, galletas

dulces y de sal, pan suave, todas las marcas de refrescos (once) y

cervezas (tres) que se distribuían en el país, rones varios, aguardientes,

vinos, sidras y brandy, digestivos, aspirinas, bicarbonato

de sodio, condones, antiácidos, hilo de coser, agujas, tintes para

teñir telas, alfileres, papas y platanitos fritos envasados en celofán,

peines, cepillos de diente, pasta dental, detergentes, jabones

para bañarse y lavar, escobas, frazadas y palos de limpiar el piso,

vaselina de pelo, fósforos, tabacos y cigarros… En fin, solo faltaban

exquisiteces de la gente rica, como champaña, caviar y whisky.

Los sábados, Enrique iba al Mercado Único (también se le

llamaba La Plaza) y adquiría vegetales frescos y viandas, que

vendía a bajos precios para atraer más clientes los fines de semana.

A veces, el incansable tío me llevaba en su auto Buick de

1952 a ese mercado mayorista, un vetusto edificio cuadrado de

puntal alto, que cubría la manzana completa de las calles Monte,

Cristina, Matadero y Arroyo, en el famoso cruce de Cuatro

Caminos. Se trataba del centro de abasto más importante de la

capital y muchos pequeños tenderos compraban allí una parte de

sus mercancías, desde arroz y otros granos, hasta frutas, carne

de puerco, pescados frescos, huevos y pollos vivos. Lo que más me

gustaba era el arroz frito que comíamos a las once de la mañana,

en una de las fondas Chinas más concurridas, La segunda estrella,

atendida por ágiles chinitos que servían con espléndidas sonrisas

sus diversas ofertas de arroces, sopas, ma-ripositas, shop suey

y otras delicias a módicos precios, que oscilaban entre quince y

treinta centavos el plato.

Enrique y mi hermano se levantaban muy temprano todos los

días y juntos ponían en orden el establecimiento, antes de subir

a las ocho de la mañana las altas puertas de metal, que emitían

un ruido estruendoso. La bodega permanecía abierta hasta las

ocho de la noche y a veces más tarde, si en la cantina había

clientes, casi siempre pasados de trago, absortos en los dados

del cubilete y oyendo la variada música de la victrola, que hacía

sonar a pleno volumen los temas predilectos de los usuarios, por

cinco centavos cada pieza.

137


Mi tío usaba las picardías de muchos comerciantes de aquellos

tiempos: hacía diversos trucos, que le permitían elevar sus

ganancias, compensar los altos impuestos y los gastos que le

ocasionaban los «parásitos»; o sea, los policías de ronda y los

inspectores, quienes vivían –según él– sin disparar un chícharo.

Yo me divertía de lo lindo, oyéndole cambiar el texto a la

famosa canción de Abelardo Barroso: «El banco pierde y se ríe»,

decía Enrique con buena entonación y agregaba sonriente: «El

bodeguero si pierde, tiene que ganar». Además de los ardides

ya mencionados, le echaba sal a la manteca a fin de que pesara

más, le añadía agua al alcohol y también, en su jerga, «bautizaba»

del mismo modo las botellas de ron que vendía a poquitos

en el mostrador.

En verdad, junio no parecía ser el mes de Enrique. El día

trece, un inspector que revisaba la calidad del alcohol, le pidió

veinte pesos en vez de la cuota establecida de cinco pesos y mi

tío perdió los estribos, lo mandó al carajo y hasta por poco le da

un puñetazo, cuando el corrupto funcionario lo amenazó:

–¡Tú vas a saber lo que es bueno! –gruñó de manera prepotente

a Enrique, quien esta vez parecía un furioso león enjaulado.

Y tras los barrotes fue a parar, porque el inspector lo acusó

de echarle agua al alcohol. Días después, al recibir la citación

judicial, mi pariente quiso retractarse y fue a ver al susodicho para

darle el dinero, mas ya era demasiado tarde, el trámite legal había

avanzado con suma rapidez –se trataba de un escarmiento a los

demás bodegueros– y el tribunal le impuso una multa de ciento

ochenta pesos y tres meses de cárcel en el Castillo del Príncipe.

Enrique, que era muy supersticioso, le echó la culpa de todo a un

gato negro, que salió corriendo delante de su Buick el día que iba

para el juicio y lo aplastó sin querer, en la propia Calzada del

Cerro, frente al cine Valentino.

–¡Qué lástima que en vez de ese gato, no se hubiera atravesado

el hijoeputa del inspector! –mascullaba después sin pudor, a

quienes lo visitaban en El Príncipe.

De todos modos, mi tío solo cumplió quince días de prisión y

nunca confesó cuánto debió pagar para lograrlo. «Ese fue tu Ángel

de la Guarda», le aseguró Rulfo al verlo aparecer tan rápido

en la bodega y lo abrazó como a un hermano.

138


Rulfo, de quien ya antes hablé, era el limpiador de zapatos

más popular del barrio, después del Conguito, un señor negro

laborioso y noble que desde hacía cuarenta años lustraba en el

portal de la cafetería de la Esquina de Tejas, famosa por sus

emparedados cubanos a base de pan de flauta, queso, pierna de

cerdo asada, jamón, mostaza y pepinillo avinagrado, servido casi

a punto de tostarse por la plancha.

Rulfo Limpiacuero tenía su sillón dentro del portal de la bodega,

recostado a una de las enormes columnas. Nunca supe

por qué se le decía sillón a aquel artefacto de madera, que no

tenía balancines. En realidad, se trataba de una rústica butaca

colocada encima de una especie de caja, al nivel de las manos

del limpiador que permanecía sentado en un pequeño banco, y

los pies del cliente se descansaban en dos estructuras de hierro,

similares a las suelas de los zapatos.

Cuando yo tenía tres años, dicen que Rulfo me salvó la vida

porque salí corriendo por la acera de la Calzada del Cerro e iba a

cruzar la vía dentro del tráfico, y él lo impidió agarrándome de un

jalón a riesgo de su pellejo. Tal vez porque después me contaron

esa historia y debido a que él me entregaba mucho cariño, Rulfo

se convirtió en alguien muy especial para mí; de manera que casi

todas las tardes, al verlo ebrio, dando tumbos sin control, yo le

decía: «Chico, ve a comer algo y acuéstate a dormir, ya tomaste

demasiado…». Él me miraba con aquellos ojos suyos melancólicos

y dulces, me acariciaba muy suave la cabeza y casi siempre me

hacía caso, después de degustar el último roncito –»el del estribo»,

solía decir en el instante de empinárselo. No tenía hijos, ni

mujer, ni otros familiares. Era un hombre solitario, de apenas

cuarenta años, que no hablaba con nadie sobre su pasado, de

físico enjuto, piel oscura y cabello rizado, casi siempre revuelto,

como su espíritu.

Por lo general, Rulfo mostraba buen humor y limpiaba los

zapatos a los clientes de una manera metódica, digna de un alemán.

Primero, le pasaba a cada calzado un algodón humedecido

de alcohol, para quitarle el polvo y otras suciedades; después,

siempre preguntándole antes al sujeto si estaba de acuerdo, le

aplicaba tinta rápida al cuero para uniformar el color negro; si

ese era el color, aguardaba varios segundos y esparcía el betún,

139


esperaba unos minutos a que este secara bien y luego le frotaba

el cepillo a un ritmo intenso, para sacarle el mejor brillo posible

antes de alcanzar el clímax de su labor casi artística, que consistía

en deslizarle a cada zapato, por el frente primero y enseguida por

los costados y la parte trasera, un paño afelpado impregnado con

unas gotas de alcohol que lograban darle el toque mágico, capaz

de convertir cualquier calzado de hombre en un espejo.

–Ya puede peinarse en ellos –decía ufano Rulfo a los clientes,

con su mejor sonrisa y una vez que el cliente se marchaba

encendía un cigarro, absorbía el humo dos o tres veces, como

impulsándose, y se dirigía de prisa a la cantina a beber de un

tirón otra línea de ron.

Limpiacuero no solo hacía esa labor. Vendía de manera permanente

muñequitos nuevos y usados, que adquirían a menudo

niños, jóvenes y adultos; costaban diez centavos los nuevos y

entre tres y cinco centavos los usados. Él apenas sabía leer y se

las agenciaba para saber quiénes eran los personajes y temas de

los comics, impresos en atractivos folletos, todos ellos versiones

en español de los estadounidenses: Superman, el Pato Donald,

Batman, El Pájaro Loco, Marvila, Micky Mouse, Tarzán, La Pequeña

Lulú, Los Halcones Negros, Dick Tracy, Cuentos de Horror

y Misterio, Tribilín, Popeye, Rin Tin Tin, Cuentos de Brujas,

El Fantasma Gasparín, Comandos de Guerra, entre otros, que

Rulfo colgaba en listeros de madera, para que fueran visibles.

Lo que sí vendía en forma sigilosa, eran los folletos de pornografía,

que ocultaba en una gaveta del sillón y se los entregaba

muy rápido a los clientes dentro de un cartucho. Un domingo

por la mañana, en un descuido de Rulfo abrí y mire de prisa

un ejemplar del misterioso librito, pues Rulfo evitaba que los

niños supieran de su existencia. Recuerdo que tenía el sello de

la colección Molino Rojo e incluía, además de textos picantes,

varias fotos de parejas realizando actos sexuales en diferentes

posiciones circenses. ¡Fue la primera vez que aprecié, sin olor,

sonidos ni sabor, el sexo humano desbocado! Y aunque parezca

una paradoja, no me parece que esas imágenes estuvieran presentes

después, en las frecuentes masturbaciones que ocurren

a la edad de doce y trece años.

Algo que no faltaba en la bodega eran las postalitas. Ellas se

140


convertían muchas veces en el furor de los niños y adolescentes,

que se entretenían coleccionándolas, permutándolas y, sobre

todo, jugando con ellas. Eran de cartulina o papel y sus imágenes

en colores mostraban fotos o dibujos bastantes atractivos para el

gusto de la época. Seguían una secuencia y, casi siempre, había

una o dos series a la venta así como el álbum en que se pegaban.

Cada una tenía un número y se vendían en paqueticos de a cinco,

o se incluían dentro del envase de alguna golosina. Aparecían

poco a poco, incluso durante meses, creándose la expectativa

y el deseo de completar la serie y llenar el álbum. Los temas

estaban relacionados con algún programa de aventuras de la

radio, jugadores de béisbol y artistas famosos u otros asuntos del

gusto popular. Recuerdo, por ejemplo: Kazán el cazador, amo de

la selva; Los Tres Villalobos; Taguarí, rey blanco del Amazonas;

Robin Hood; El Corsario Negro; La Marca del Zorro; Blanca Nieves;

Sandokan, El tigre de la Malasia; y Tarzán, rey de la selva.

También en el portal de la bodega existía una «vidriera de

apuntes», de las distintas charadas que se jugaban cada día en

la ciudad. Chicho y su hermano Mongo, dos mulatos jóvenes y

avispados que vivían en el solar aledaño, atendían aquel negocio

desde la mañana hasta el último acertijo de la noche, salvo

el domingo que había receso. La charada relacionaba palabras

con números, imprimiéndole al juego elementos de la vida cotidiana

de la gente y de la naturaleza. Sueños, incidentes reales,

supersticiones, caprichos, intuiciones y cualquier sentimiento o

idea de una persona se traducía por obra y gracia de la charada

cubana en uno, dos o tres dígitos –y en una apuesta. Era una

tabla compuesta de 100 números consecutivos, los primeros 36

fueron tomados de la variante China o Chiffá y los restantes

surgieron de la imaginería popular. De tal manera, el jugador

solo debía decir la palabra y el apuntador anotaba de memoria,

sin fallar, el número al que se apostaba.

El colmo fue una controversia que presencié en el mostrador

de la bodega, entre dos borrachos que embalados por la discusión

se retaron a ganar una botella de ron, después que uno le dijo

al otro: «Eso es mentira, tú no te sabes los cien equivalentes de

la charada».

–Bueno, compadre –expresó con su lengua esponjosa y enre-

141


dada el más ebrio.– Si quieres ganar, me tienes que decir lo que

significan estos quince números, a ver, dime:

Uno… «caballo»; tres… «marinero o niño chiquito»; diez…

«pescado grande»; diecisiete… «San Lázaro o luna»; veintidós…

«sapo»; veinticinco… «piedra fina o casa nueva»; treinta y tres…

«tiñosa»; cuarenta y cinco… «tiburón o presidente»; cuarenta y

siete… «pájaro»; cincuenta… «policía»; sesenta y tres… «asesino»;

sesenta y ocho… «cementerio»; ochenta y dos… «madre»;

noventa y cinco… «guerra»; cien… «inodoro o automóvil» –y así

terminó de responder el borracho retado, casi sin respirar, los

equivalentes de cada número.

–¡Me ganaste, asere, eres un bárbaro, y eso que estás curda!

–dijo el borracho perdedor, dándole una palmada amistosa en

el hombro a su contrincante. Y el triunfador, antes de abrir la

nueva botella para compartirla, le espetó a su compadre, que se

quedó boquiabierto, los restantes ochenta y cinco equivalentes

de la charada, aclarándole después:

–Mira chico, cuando tú no me conocías, yo tenía una vidriera

en Luyanó y una vez estaba encabronado con la media naranja

y me equivoqué. Fue la única vez que me ocurrió, por culpa de

ella; seis clientes apostaron a la monja y yo les puse el tres, que

es mariposa; sin embargo, para desgracia mía ganó la monja, el

cinco, y me arruiné.

Acto seguido, el triunfador –que antes fue perdedor–, sin disminuir

su euforia descorchó la botella y echó un chorrito en el piso.

«Esto es para los santos», dijo muy serio, le introdujo un níquel

a la victrola, le apretó una de sus teclas prodigiosas y eufórico

gritó a Chicho, el apuntador del portal:

–¡Oye, consorte, me le pones un peso al borracho!

Y medio abrazados, mirándose a los ojos y dándose sendos tragos

de ron puro, «en strike», los amigos comenzaron a escuchar

embelesados y después decidieron entonar a dúo un bolero interpretado

por Orlando Contreras, que irradiaba a todo volumen el

inefable tocadiscos comercial: Desengañado de bares y cantinas /

de tanta hipocresía, de tanta falsedad, / de los amigos que dicen

ser amigos / de las mujeres que mienten al besar / lo que es ser

pobre, lo que es tener moneda / esa experiencia allí se adquiere y

mucho más. // Alzo mi copa en triunfo a mi experiencia / que no

142


se aprende en escuela ni en hogar / eso se aprende en la calle, en

la cantina, / copa tras copa bajo el fondo musical / de la victrola

que te dice tantas cosas, / y de los labios que te mienten al besar.

Nunca oí a nadie quejarse de la música de la victrola. Sin ella,

no se concebía la cantina de una bodega o un bar. Deslumbraba

por su tamaño, colorido, luces y gran variedad de discos sencillos

de acetato, de 45 revoluciones por minuto, que estaban instalados

en su mecanismo eléctrico interior y se desplazaban de una

manera bastante rápida y siempre precisa, en busca de la canción

tecleada por el usuario, luego de introducir este un «níquel», o

sea cinco centavos de peso que entonces equivalía a un dólar.

La formidable explosión de la música cubana de los años cincuenta

y principios de los sesenta, estuvo asociada a la difusión

tripartita de la radio, como ya venía sucediendo, de la televisión

a partir de 1951 y de las victrolas. Estos tocadiscos, inundaron

en aquel tiempo todos los rincones del país y poseían el encanto

de que el usuario podía escoger la canción de su preferencia y

escucharla cuantas veces quisiera, compartir el deleite con sus

amigos y pareja, incluso bailar y cantar, como si formara parte

de la orquesta o fuera él mismo su intérprete seleccionado, casi

siempre de mucho renombre. Era como tener una orquesta, o

el cantante favorito y el número que se deseaba disfrutar, al

alcance de la mano –y del corazón.

Ellas contribuyeron a disparar la industria disquera cubana.

Cada sábado, mi tío Enrique iba personalmente a la sede

principal de los sellos GEMA, PANART, RCA y Puchito, y a

otras menores, a buscar los hits del momento, a veces los éxitos

consagrados, o canciones e intérpretes en promoción. Los boleros

ocupaban un lugar primordial, porque en ellos se aludía a los amores

frustrados, a la infidelidad, a los sentimientos despe-chados, al

perdón y el retorno, temas usuales de la nostalgia y el alcohol,

una mezcla explosiva en el alma lacerada, que en el fondo nunca

perdía la esperanza. También sonaban guarachas, sones, los

más famosos chachachás y algunas rancheras mexicanas. Y, en

menor frecuencia, se escuchaban canciones de Elvis Presley u

otros artistas estadounidenses, sin duda porque los usuarios de

las victrolas eran sobre todo gente de los barrios populares, que

no entendían el inglés y gozaban a todo vapor la embriagadora

143


y muy diversa música bailable cubana y nuestras canciones de

autóctona savia.

De tal modo, las victrolas, que al parecer se les llamó así en

Cuba por haber sido patentadas por la firma norteamericana RCA

VICTOR, devinieron proverbiales difusoras de la mejor música

cubana de aquellos memorables tiempos, en que coincidieron

orquestas prodigiosas: Aragón, Sublime, Neno González, Maravillas

del 40, Chapotín, Sensación, Jorrín… Y cantantes espectaculares:

Benny Moré, Vallejo, Tejedor, Olga Guillot, Abelardo

Barroso, Orlando Contreras, Barbarito Diez, Ñico Membiela,

René Cabel y tantos otros. También intérpretes y autores latinoamericanos

de boleros, como Lucho Gatica, Vi-centico Valdés

y Agustín Lara, y de rancheras mexicanas, en primer lugar de

los estelares Pedro Infante y Jorge Negrete.

Incluso el triunfo de la Revolución sonó en tales aparatos de

una manera inmediata, a través del hit de Rolando Laserie, que

después él quiso olvidar en su destino miamense: «¡Fidel ya llegó!».

En la bodega de mi tío se escuchó tanto, que al cabo de una

semana el disco se rayó y Enrique corrió a adquirir uno nuevo.

Me vienen a la mente estos fragmentos: ¡Última hora! ¡Última

hora! / ¡Huyó Batista! ¡Huyó Batista! / ¡Ahora sí! / ¡Fidel ya llegó!

/ Ya librados los cubanos / de las garras del tirano / Batista

cerró el baúl / y no dijo ni «hasta luego» / alguien le comunicó /

que estaban en Santa Clara / que venía el Che Guevara / Y allí

mismo se espantó / Con él también escapó su banda de atracadores,

/ asesinos y ladrones / guapos para asesinar / cobardes para

pelear / ¡y una pila de ratone! / ¡Ahora sí! / ¡Ahora sí! / ¡Fidel ya

llegó! / ¡Fidel ya llegó!

La farsa electoral que montó el dictador Fulgencio Batista, debió

cambiarla del mes de junio de 1958 para el 3 de noviembre de

ese año. Bajo el lema «votos contra balas», las calles se llenaron

de pasquines que contenían la propaganda de los politiqueros

más desacreditados de la nación, que le hacían el juego a la

maniobra del dictador. Con la mitad del país paralizado por la

guerra revolucionaria, el lunes 3 de noviembre resultó electo el

candidato del tirano, Andrés Rivero Agüero, que sumó apenas

el 15 por ciento de los votos con más del 60 por ciento de abstención.

El día antes, en la cresta de la ofensiva militar de los

rebeldes, Raúl y su tropa guerrillera toman Los Altos de Songo,

144


Che y Camilo extienden la guerra hacia occidente y Fidel desde

la Sierra Maestra le imprime el acelerón final a la estrategia que

pronto conduciría a la victoria.

A mi tío quisieron convencerlo de que se presentara como

candidato a concejal en el Cerro, por el Partido Revolucionario

Cubano Auténtico. A inicios de 1958 se le acercó un «sargento

político», conocido por Tiburón Sandoval, a fin de garantizarle

la compra de los votos necesarios, a cambio de postularse

y aportar cinco mil pesos. Enrique no se demoró en negarse,

primero porque no le gustaba «la política» y después porque no

quería arriesgar casi todo su capital, que tanto esfuerzo le había

costado en más de veinte años de bodeguero, desde un simple

dependiente hasta que logró acumular algo más de mil pesos y

comprar su primer timbiriche, luego de trabajar catorce horas

diarias, sin vacaciones, durante siete años.

–Lo siento, Tiburón, yo no sirvo para eso. Lo mío es trabajar,

mejor búscate otro.

En la bodega se hablaba poco, y en voz muy baja, sobre el acontecer

político. Tío Enrique, mi madre y Adolfo evitaban el tema,

aunque simpatizaban con Fidel y los rebeldes. Recuerdo que al

mediodía del 24 de diciembre de ese año, llegó medio borracho

a la bodega un batistiano, y delante de numerosos clientes que

compraban a última hora comestibles y licores, propios de la Navidad,

gritó con jactancia:

–¡Oigan bien esto! Dicen por ahí que Fidel va a tumbar a Batista.

Pues si alguien aquí piensa eso, que se olvide, ¡el hombre

está más fuerte que nunca!

La inmensa mayoría de los clientes pusieron rígidas sus caras

y todos callaron. Al irse el repulsivo sujeto, Rulfo no pudo aguantarse:

–Ese es un mierda; por 33.33 pesos al mes chivatea a cualquier

infeliz, que después amanece acribillado a balazos en una cuneta.

La gente prefería no hablar en público. Sin embargo, muchos

hacían chistes e insinuaciones que evidenciaban una posición de

rechazo a la dictadura y de apoyo a la Revolución. Esa misma

tarde, al terminar Rulfo de expresar sus inesperadas palabras

hubo un paréntesis cargado de tensión y entonces Rosita la Cumbanchera,

de un plumazo, distendió el ambiente:

–¿Saben cuántas sierras hay en Cuba? –preguntó ella sonriente,

en voz alta y firme, mientras saboreaba un trago de ron Matusalén,

luego se puso seria y detuvo la vista en su entrañable

amigo–. Muy fácil: Sierra de los Órganos, Sierra del Escambray,

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Sierra Maestra… ¡Y cierra la boca Rulfo, que te la van a llenar

de hormigas!

De inmediato, una enfermera de mediana edad, gordita, rostro

sereno y mirada de miel, que había comprado manzanas, peras

y turrones, y ya estaba yéndose, afirmó sin recato y muy segura

de sí: «Como dice Consuelito en la televisión, hay que tener fe,

que todo llega». Y al escuchar a esta señora, la Cumbanchera

subió el tono:

–¡Sí, caballeros, no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que

lo resista…!

Cuando me desperté el 1 de Enero de 1959 –serían las 9 de la

mañana–, escuché un enorme bullicio en el edificio donde vivía y

gritos reiterados que procedían de la Calzada del Cerro: «¡Huyó

Batista! ¡Huyó Batista!».

Mi madre, nerviosa por los acontecimientos, ni siquiera había

preparado el desayuno y al verme de pie en el cuarto y sin yo saber

todavía lo que estaba pasando, corrió a abrazarme. «Sí, mi hijito,

se fue Batista», dijo, y supe por la calidez de su inusual felicidad,

que me estaba dando la mejor noticia del mun-do, al iniciarse el

nuevo año.

Desayunamos en breve, después ella le encendió una velita a

la Caridad de El Cobre, diciéndole bajito y mirando enternecida

su figura de yeso, en el pequeño altar de madera que tenía en

el cuarto:

–Gracias, Cachita, cumpliste; yo también lo haré siempre contigo

–y se persignó.

Bajamos a la calle, cada vez salía más gente de sus casas, y

los desaforados clamores iban in crescendo. Por primera vez

escuché en voz alta el nombre que muchos reprimían; «¡Viva

Fidel!», gritó con todas sus ganas un hombre joven desde un

automóvil convertible en marcha, atiborrado de personas felices,

como si fuera un paseo de carnavales y, en la acera, quienes lo

oyeron replicaron: ¡Viva! Y ya nadie pudo parar las ganas de

decir aquella frase emblemática, que se desbordó en todos los

labios. ¡Viva Fidel!, repetíamos animosos una y otra vez, incluso

varios de mis amiguitos, que se acercaron a la bodega e hicimos

un jubiloso grupo en el portal.

Rulfo dio la sorpresa, al ponerse en su brazo derecho un brazalete

rojo y negro, símbolo del 26 de Julio, que había acabado de hacer

146


con un pañuelo rojo al que le pintó una franja negra utilizando

tinta rápida de limpiar zapatos. En las siguientes horas comenzaron

a verse, cada vez más, personas con iguales brazaletes,

que se hacían al galope en las máquinas de coser hogareñas, y

también algunos hombres envalentonados, que ostentaban sin

pudor una pistola o un revólver.

–Esa es gente de Fidel, estaban en la clandestinidad –me acla

Enrique, que se le veía eufórico.

Después del mediodía, por varias partes se oían disparos,

motivados por enfrentamientos entre los revolucionarios y los

esbirros de la dictadura, que trataban de escapar en estampida.

Asustada, mi madre se apresuró a buscarme.

–Vamos para la casa, mijito; la situación se ha puesto muy

peligrosa.

Pronto se supo que Fidel había llamado a hacer una huelga

general en todo el país, para abortar un golpe de estado en ciernes

y consolidar la victoria, y mi tío entonces decidió atender a los

clientes a través de la puerta chiquita, que él abría y cerraba con

prisa y cierta codicia, para despachar los artículos de primera

necesidad y aprovechar la explosiva demanda.

– ¡Apúrense, apúrense en comprar, que nadie sabe lo que va a

pasar! –vociferaba nervioso.

Por suerte, en la sala de mi apartamento me esperaba un flamante

televisor Emerson de consola y pantalla de diecinueve

pulgadas, que mi madre había comprado a plazos la semana

antes, y fue el regalo navideño más oportuno imaginable, pues

gracias a él pude apreciar muchos acontecimientos de esos días

inolvidables: Fidel en Santiago de Cuba, realizando su histórico

primer discurso en el Parque Céspedes y Raúl asumiendo el

control del Cuartel Moncada; Camilo Cienfuegos entrando al

campamento militar de Columbia el 2 de enero y horas después

el Che Guevara en la Fortaleza de La Cabaña. Por todas partes

se veían barbudos, y el pueblo no demoró en identificar con ese

apelativo a los combatientes del Ejército Rebelde.

El 8 de enero la salita de nuestro apartamento se repletó de

vecinos, que no tenían pantallas mágicas en sus casas, a fin de

ver y oír por primera vez al entonces enigmático Comandante

Fidel Castro, que haría su discurso inicial al país desde el Campamento

Militar de Columbia:

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148

Creo que es este un momento decisivo de nuestra historia: la tiranía

ha sido derrocada. La alegría es inmensa. Y, sin embargo,

queda mucho por hacer todavía. No nos engañamos creyendo

que en lo adelante todo será fácil; quizás en lo ade-lante todo

sea más difícil.

Casi nadie de los presentes pudo escapar del embrujo de su

imagen y oratoria magnéticas, y la paloma que se le posó en el

hombro completó el hechizo, junto a sus convincentes últimas

palabras:

Sé, además, que nunca más en nuestras vidas volveremos

a presenciar una muchedumbre semejante, excepto en otra

ocasión –en que estoy seguro de que se van a reunir las muchedumbres–

y es el día en que muramos, porque nosotros, cuando

nos tengan que llevar a la tumba, ese día, se volverá a reunir

tanta gente como hoy, porque nosotros ¡jamás de-fraudaremos

a nuestro pueblo!

Y al culminar Fidel de ese modo su emotiva alocución, la cuantiosa

población congregada en la sede del Campamento Militar de

Columbia estalló en una ovación de varios minutos, deslumbrada

por la seducción de aquel hombre descomunal.

Rulfo, que permaneció todo el tiempo boquiabierto, al terminar

Fidel su discurso resumió en una frase la admiración de los

presentes:

– ¡Ñoó, ese es un caballo pura sangre!

– ¡Y la palomita que se le posó en un hombro, significa que

un buen santo lo protege! ¡Hay Fidel para rato, aché para él; sí,

señor…! –dijo la Cumbanchera y los demás disfrutamos esta

certeza, salvo Chicho, el apuntador, quien parecía estar ansioso,

según conocí después porque era un soplón de la dictadura.

La bodega se transformó de inmediato en un escenario de la

Revolución. Allí nadie podía realizar comentarios adversos, pues

otros clientes o mi propio tío o hermano le salían al paso. Limpiacuero

y Rosita eran los principales escuderos y no admitían

ni un chistecito de cariz contrarrevolucionario.

Uno de mis amigos, Papo, que tenía 15 años –dos más que yo–,

resultó ser militante de la Juventud Socialista y me invitó a


vender con él algunos ejemplares de la revista Mella, que antes

del 1 de Enero circulaba de manera clandestina. En realidad

tratábamos de ofrecerla a personas que nos pudieran pagar más

dinero que el precio de la revista, a fin de recaudar fondos para

esa organización juvenil. Junto a Papo fui muy campante a la

bodega de mi tío Enrique y cuando este leyó el nombre y vio la

portada de la revista –un pulpo imperialista con sus tentáculos

que representaban los distintos monopolios yanquis– reaccionó

con un fárrago de asombro y temor:

–Ahora mismo le voy a decir a tu mamá que estás vendiendo

revistas comunistas. Yo no quiero nada con ñángaras, ¡oíste! –

exclamó furioso y salió expedito hacia el apartamento a buscarla.

Yo miré algo preocupado a Papo y le pregunté: «¿Es verdad

que esta es una revista comunista?». Y mi amigo, algo turbado,

trató de aclararme: «Bueno, esta revista es socialista y apoya a

la Revolución». «Sí, pero mi tío cree que es comunista», le comenté,

y él respondió, sin pensarlo dos veces: «Léela y verás».

Seguimos en la gestión de ventas, en pocos casos exitosa, pues

muchos comerciantes se negaban a comprarla y aun más a ayudar.

Meses después, apareció el Álbum de la Revolución Cubana. La

nueva colección de postalitas tuvo el más rotundo de los éxitos

entre niños, jóvenes y adultos, al ofrecer una secuencia gráfica

en colores de los principales momentos, hechos y personajes de

la Revolución, desde 1952 hasta principios de 1959. Ahora los

héroes y sucesos eran de verdad, y de pura cepa cubana. El Álbum

debía llenarse con 268 postalitas impresas en cuatro colores. En

la # 1 aparecía Batista rodeado de aduladores militares y el texto

del pie decía: «En la funesta madrugada del 10 de marzo de 1952,

con una bala en el directo, que nunca usó, entra Fulgencio Batista

por la posta 6 de Columbia». En la # 17, se presenta el dibujo de

un joven y, detrás suyo, la bandera cu-bana: «En los primeros

meses de 1953, ya se vislumbra un nuevo líder revolucionario:

Fidel Castro, planeándose el primer ataque contra la tiranía».

La # 261 muestra a Fidel junto a varios bar-budos, encima de un

jeep sin capote, saludando al pueblo: «8 de Enero de 1959, ¡Fidel

Castro entra en La Habana al frente de sus tropas! ¡La capital le

rinde un recibimiento apoteósico!».

Rulfo hizo zafra vendiendo miles de postalitas de la Revolución

Cubana y, además, ayudaba a todos los amigos del barrio a conse-

149


guir las que no tenían, para que pudieran llenar el Álbum. Yo lo

observaba al abrir y cerrar la gaveta del sillón, donde él protegía

montones de postalitas y suponía que allí estaban todavía los

libritos pornográficos.

«Oye, Rulfo, ya no tienes que ocultarme esos libritos; pronto

cumpliré catorce años», le dije y él se rió. «Yo sé que tu viste uno

el año pasado, te estaba mirando de reojo», dijo con picardía. «¿Y

todavía los vendes?», le pregunté y él de inmediato respondió:

«No chico, ahora saco más dinero con estas postalitas y a mí no

me gustaba vender pornografía, lo hacía para despistar», añadió.

Y, luego de encender un cigarro Regalías y soltar despacio una

bocanada gris, expresó sin ínfulas:

–¿Quieres que te diga por qué yo ocultaba tanto esos libritos?

Ya lo puedes saber, debajo de ellos metía los «bonos del 26». Sí,

un amigo me los daba para que yo se los vendiera a simpatizantes

de los barbudos, que se limpiaban los zapatos conmigo.

–¿Y quién es ese amigo? –le pregunté por simple curiosidad.

Rulfo tosió indeciso, y estuvo a punto de soltarlo.

–Otro día te digo el nombre –afirmó despacio y en sus labios

aprecié una ligera sonrisa de complacencia.

Para saborear más sus recuerdos de aquel compromiso que pudo

costarle la vida, Limpiacuero sacó varios bonos, que aún encubría

en el fondo de la gaveta y me regaló uno. «Este lo pegas al final

de tu Álbum de la Revolución», dijo gozoso. Y vi como sus ojos se

humedecían, en el segundo en que me daba un beso en la frente,

aunque durante ese gesto de ternura tampoco quiso confiarme

su íntimo secreto, que solo supe años más tarde, cuando ya mi

tío se había ido de Cuba, después que el gobierno le expropió la

bodega y decidió ir a vivir a New Jersey.

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152

14 de mayo:

Día de las Madres

Beto nos había citado a los seis brigadistas de Majayara, para celebrar

con él la primera reunión de intercambio de experiencias y

recibir sus orientaciones, acerca de la marcha de las clases. Lugar,

escuela del cuartón; hora, diez de la mañana.

Esta vez fue Ángel quien me despertó, meneándome la hamaca

y diciéndome «Oye, hoy es el Día de las Madres. Tenemos que

felicitar a Onoria y Andrea antes de irnos»; y yo le respondí: «Es

cierto, te propongo cortar algunas flores y regalárselas con un

jabón Camay a cada una, que es lo único que tenemos a mano».

Y mientras me aseaba, sentí en el pecho un soplo de nostalgia,

pues me percaté de que era la primera vez que estaría lejos de

mi mamá ese día. Entonces, sin pensarlo dos veces, me senté

sobre una piedra bastante grande y de textura superior lisa, la

que desde ese momento convertí en sitio idóneo para escribir, y

le redacté una breve carta a Eneida:

Querida vieja:

Espero que no te pongas brava al decirte «vieja» y que te encuentres

bien de salud y muy feliz en este día, que es el más bonito del

año porque las madres siempre dan amor y cariño, y los hijos al

menos tenemos la oportunidad de hacerlo sin prisa en este segundo

domingo de mayo, en medio de nuestra cálida primavera.

Hace tres días envié un telegrama, que espero recibas hoy, y

ahora te escribo esta cartica para que cuando llegue sepas que

estuve extrañándote y queriéndote mucho. Te insisto en que no

debes hacer planes para venir a verme; estas montañas quedan

muy lejos de La Habana y no vale la pena, por dos o tres días

que podríamos estar juntos. Yo te lo advertí cuando salí que esto

sería por lo menos hasta noviembre y tampoco me dan permiso

para ir allá, porque hay miles igual que yo en todo el país.

Hasta hoy me siento bien, a veces triste, y por ahora ni siquiera

podemos compartir las penas y alegrías con muchachas alfabe-


tizadoras, porque los brigadistas de aquí todos somos hombres,

y por eso nadie puede llorar. Lo que sí necesito es que la familia

me escriba, díselo a mis hermanos, a mi madrina, a tío Enrique,

a abuela, a los primos, en especial a Nancy y Pepe, a todos. Que

me cuenten cómo están las co-sas por allá, y lo que quieran

decirme. Ya recibí las primeras que me mandaron tú, Enrique

y Nancy. No me imaginaba que una carta fuera algo tan

importante, sin ellas creo que la vida aquí sería más difícil,

así es que ¡a escribir! Y no dudes que tu hijo va a cumplir, ya

sabes nuestra consigna: ¡Alfabetizando venceremos! Un beso

de tu niño grande, y otra vez: ¡FELICIDADES!

Pipo

(por favor, solo para ti…).

Cuando llegamos a la escuela, quince minutos antes de la hora

fijada, los demás brigadistas se encontraban allí, en animada

conversación con Beto. Saludé primero al maestro y después a

los demás compañeros, dándole un abrazo fuerte a cada uno.

Apenas habían transcurrido siete días sin vernos y fue evidente

la metamorfosis que empezaba a ocurrir en el físico de casi

todos. A Roberto, Lázaro y Cinco Picos se les notaba una barba

incipiente y la mayoría, al quitarse sus gorras, tenían el pelo

despeinado, incluso José Antonio, que trataba de mantener su

mota al estilo de Elvis Presley. El propio Beto me impresionó

por su nueva imagen montuna, en que sobresalía un sombrero

de yarey que antes no usaba y botas con espuelas, señal de que

andaba a caballo. Al iniciar la reunión, Beto aludió sin rodeos

este tema.

–Aquí nadie debe sentirse obligado a afeitarse o pelarse –expresó

con vehemencia y agregó–: Cada quien es libre de hacer

lo que le plazca; eso sí, hay que darle el ejemplo a los guajiros y

deben bañarse todos los días, recuerden que ustedes además de

alfabetizar tienen que ayudarlos en la higiene personal y de la

casa, porque muchas de las enfermedades que los campesinos

padecen son por descuido; fíjense que ni letrinas hay.

Después, Beto nos preguntó uno a uno si nuestros alumnos

asimilaban la Cartilla y en qué aspectos presentaban dificultades.

Pronto coincidimos en que casi todos avanzaban bien o regular, y

153


al menos tres de los veinte alumnos parecían no al-fabetizables,

dos por ser muy viejos y uno porque argüía que su cabeza no

servía para aprender.

A seguidas, el maestro dijo: «No olviden que ustedes deben

conocer muy bien el Manual Alfabeticemos, porque esa es la

guía a seguir en todas las clases; recuerden que en la primera

parte se explica cómo usar la Cartilla y se ofrecen orientaciones

de carácter general. ¿Alguien puede refrescarnos algunas de esas

orientaciones? A ver, Ángel».

–Sí, maestro. Por ejemplo, el Manual nos indica que debemos

establecer relaciones de amistad con los alumnos y lograr que

ellos se sientan seguros, darles apoyo, estimularlos para que no

se desanimen, y comprender a los que tienen problemas físicos,

económicos o familiares.

–Yo traje un Manual, y si me lo permiten les puedo leer esta

orientación que me parece muy importante –afirmó Roberto con

el folleto abierto, y comenzó:

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Siga estas indicaciones para su trabajo:

a) Muéstrese animoso antes las dificultades, piense que trabaja

para la patria combatiendo la ignorancia.

b) Evite dar órdenes. Diga: Vamos a trabajar. Vamos a estudiar.

Use expresiones estimulantes como: ¡Va muy bien! ¡Adelante!

¡Perfecto!, etc.

c) Evite el tono autoritario, recuerde que la labor de alfabetización

se realiza en común entre alfabetizador y anal-fabeto.

–¡Muy bien Roberto! También quiero recordarles que las clases

deben ser diarias; claro, siempre que sea posible, y es recomendable

que duren alrededor de dos horas… –Beto inclinó la cabeza

hacia el piso, caminó unos pasos con sus brazos cruzados en la

espalda y luego volvió a mirarnos–. Ustedes pueden aprovechar

cada uno de los asuntos de la Cartilla y ampliarlos con los temas

de orientación revolucionaria que trae el Manual, en su segunda

parte. Por ejemplo, hoy vamos a referirnos al tema 1, «La

Revolución». Fíjense en la cita de Fidel que antecede al texto:

«Revolución quiere decir destrucción del privilegio, desaparición

de la explotación, creación de una sociedad justa»


–Bueno, yo quiero también aprovechar esta reunión para intercambiar

sobre otros temas de la actualidad, más allá de la

alfabetización –aseveró el maestro en voz alta e hizo silencio –.

Digo, si a ustedes les interesa, si están de acuerdo…

Acogimos la iniciativa con murmullos de aprobación y Lázaro

rompió el hielo.

–¿Si estamos de acuerdo?, claro que sí, después de caminar tanto

hasta aquí, mejor es entretenernos en algo útil, porque además

todos somos machos, ni siquiera un mariquita hay entre nosotros,

¿verdad, José Antonio?

–Si tienes dudas, me avisas, que ya estoy listo –replicó José

Antonio, de buen humor, tocándose fuerte el pantalón en la zona

de sus genitales.

Y aún sin terminar todos de reír por ambas bromas, Roberto

lanzó una pregunta en su estilo algo formal y con los ojos exaltados,

como si quisiera hipnotizarnos:

–¿Por qué no discutimos qué es el socialismo? Ese tema no está

incluido en el Manual, porque cuando lo escribieron todavía no

se hablaba que la Revolución fuese socialista. Sin embargo, ahora

tenemos que estar preparados para orientar a los alumnos.

–¿Qué les parece la idea? –inquirió Beto. La pregunta suscitó

un impasse, nadie se movió, todos lo miramos indecisos. Y luego

de ese breve lapso, Roberto añadió:

–Hoy hace casi un mes que Fidel dijo que la Revolución Cubana

es socialista… ¿Y ustedes saben cómo se come eso?

–El socialismo no se come, ni viene en un envase, hay que

crearlo y de ahora en adelante me imagino que va a ser más

difícil –aclaró Beto y sus pequeños ojos pardos se abrieron al

máximo–. Porque nuestros enemigos son poderosos y Cuba es

un país atrasado, pequeño y distante de los países socialistas.

Y enseguida el maestro preguntó si nos gustaba el tema, y todos

respondimos afirmativamente, aunque José Antonio formuló

una salvedad:

–Les adelanto que si el socialismo y el comunismo son la misma

cosa, yo no quiero el socialismo para Cuba.

–Ya tú lanzaste la primera piedra, y les propongo comenzar por

esclarecer qué significa ser un país rojo, rodeado de las azules

aguas del Caribe –rió Beto, a fin de no acorralar a José Antonio

155


y relajar el ambiente–. A ver, ¿quién quiere decir algo? ¿Qué tú

piensas, Cinco Picos?

–Sinceramente, no sé, maestro –dijo Cinco Picos aturdido–. Yo

puedo hablar de la Revolución. Mi padre me enseñó que eso es lo

más grande que ha ocurrido en Cuba. Los campesinos recibieron

la tierra y créditos muy buenos y hasta una vaca les vendió el

INRA, con facilidades, a las familias que no tenían ninguna. En

varios lugares del campo están llegando médicos y maestros,

ahora muchos pueden conseguir empleo y estudiar… esa es la

Revolución, vaya, pero el socialismo no sé cómo es, nadie me lo

ha explicado.

–¿Y ustedes creen que sería posible el socialismo sin Revolución?

–preguntó Beto, a fin de incentivar aún más el intercambio.

Una campana de silencio nos cubrió casi un minuto, hasta que

Roberto tomó la palabra.

–Mi padre, cuando regresamos de Estados Unidos, no creía lo

que decían allá de que Fidel era comunista. Sin embargo, hace dos

días recibí una carta de él, donde me explica que la Revolución

empezó a ser socialista desde que se nacionalizaron todas las

propiedades de los gringos y de los ricos cubanos, y que después

de eso no teníamos otro camino, escogíamos el socialismo y nos

aliábamos con los rusos o el imperialismo nos derrotaba: todo o

nada.

Roberto hizo un alto, nadie quiso hablar y siguió:

–Yo leí el mes pasado fragmentos del Manifiesto Comunista, y

un escrito de Mella, que no recuerdo el nombre. Lo que tengo

claro es que el padre del socialismo fue Karl Marx. Es algo que

tarde o temprano va a ocurrir en todo el mundo, ya existe en la

Unión Soviética, un país inmenso; también en China, que es el

más poblado del mundo y en otros que no conozco. Según entiendo,

en el socialismo desaparecen los ricos y los pobres cada

vez viven mejor.

–¿Y tú opinas que puede existir el socialismo, sin una Revolución

previa? –insistió Beto.

–¡No, no! –negó enseguida Roberto y después titubeó–. Bueno, yo

no sé en otros lugares cómo sucedió, pero aquí primero ocurrió la

Revolución y después el socialismo. Cuando la gente recibe los beneficios

de la Revolución, se da cuenta de que el socialismo es mejor

que el capitalismo y entonces no duda en entregar su es-fuerzo y

156


hasta la vida si es necesario para que vaya pa´lante.

–Yo quiero decir algo –expresó Ángel muy serio–. He escuchado

que en los países comunistas, o socialistas, como se les quiera

llamar, las personas no pueden hablar con libertad y que los religiosos

son perseguidos.

–¿Por qué tienes los ojos tan abiertos? –indagó Beto, emplazándome

con cariño–. ¿No quieres decirnos lo que estás pensando?

La sorpresiva invitación me desconcertó. Mis ideas se habían

embrollado durante el debate, me sentía igual que ante una película

de suspenso o un crucigrama de la revista Bohemia y so-lo

atiné a comentar:

–Yo creo que todos tenemos más preguntas y dudas que respuestas.

Propongo decirles a nuestros familiares y amigos que

nos manden libros y escritos que aparezcan en los periódicos.

¡Este es un tema que se las trae!

«Pienso lo mismo», dijo Ángel. «Y yo también», afirmó Lázaro.

«Correcto», agregó Beto, «pero al menos hoy quiero que alguien

nos diga por qué nuestra Revolución es socialista».

Todos nos miramos. Lázaro se rascó la cabeza, José Antonio

bajó la vista, Ángel tosió algo nervioso; nadie se animaba y entonces

expresé:

–Yo tengo un amigo de la Juventud Socialista que me lo había

dicho desde finales del pasado año: «Esta Revolución es socialista,

ahora solo falta que Fidel la bautice».

–Eso fue lo que hizo el caballo en el discurso del 16 de abril

–masculló Ángel.

Yo continué:

–También leí algo del Manifiesto Comunista y algunas páginas

de un libro muy bueno, que se llama El Estado y la Revolución,

de Lenin, que mi amigo me prestó, aunque no entendí casi nada.

Por lo que he escuchado, y lo poco que he leído, el socialismo en

Cuba apenas está dando los primeros pasos, casi todo está por

hacer. Fíjense en la Unión Soviética, allí la Revolución triunfó

hace más de cuarenta años y todavía ellos ha-blan de que están

«construyendo el socialismo».

–Repito, quiero saber si vamos a ser socialistas igual que la

Unión Soviética, porque si es así yo no estoy de acuerdo. Allí hay

campos de concentración, y la gente no tiene libertades; existe la

llamada dictadura del proletariado –comentó José Antonio y esta

vez hizo una mueca como de rechazo.

157


–Oye, chico, eso es lo que siempre decían los periódicos aquí

y la revista gringa Selecciones, que incluso publicó un artículo

donde pinta a Batista como un hombre de éxito, a imitar –afirmé

molesto.

–¿Quién más quiere decir algo? –intercedió Beto y abrió un

compás de espera–. ¿Nadie? Pues bien, los felicito a todos, es muy

importante el interés de ustedes, un brigadista debe ser capaz de

ir más lejos que alfabetizar. Lo único que quiero aclararle ahora

a José Antonio, es que sin libertad no puede haber socialismo.

Aunque al parecer en este tema tenemos que alfabetizarnos

también nosotros. Yo me incluyo, así es que estoy de acuerdo con

Gabriel: lo mejor es pedir que nos envíen literatura socialista

y dentro de dos o tres meses podemos intercambiar en mejores

condiciones.

–Amén –dijo Ángel, medio en broma y medio en serio, aunque

a todos nos hizo carcajear. Después, aprovechó el momento de

relax para lanzar una adivinanza–.

Ya que nadie sabe qué es el socialismo, les voy a poner una

fácil; a ver, díganme: ¿Quién es algo y nada a la vez…?

–¡Eso sí me lo sé! –dijo Lázaro sin vacilar–: ¡El pez!

–¿Y esta otra? –volvió a inquirir Ángel, tocado en su orgullo:

Si me nombras desaparezco.

Entonces, se lanzó Roberto:

–¡Gasparín, el fantasma!

–Pues te equivocaste –afirmó Ángel en tono jocoso–, en esa sí

que todos están ponchados, igual que en el tema del socialismo.

¡Es el silencio!

Y en silencio caminé hacia mi bohío, junto a Ángel, debajo de

un pertinaz aguacero que nos obligó a andar despacio, para evitar

un resbalón y no caer por una pendiente. Así avanzamos paso

a paso casi una hora, hasta llegar a nuestro destino. Observé a

Ángel varias veces y me percaté de que no deseaba hablar; solo

me comentó que estaba triste al recordar a su madre que había

fallecido meses antes, durante el parto de su hermanito que

también murió.

Entretanto, en mi mente fluían secuencias vertiginosas de

ciertos momentos que viví desde enero de 1959 hasta aquel 16

de abril de 1961, en que Fidel declaró, de sopetón, que éramos

socialistas y al siguiente día ya nuestros combatientes en Girón

158


peleaban por defender la patria y los nuevos sueños, aun al

precio de sus vidas. Hice el cómputo: ¡Todo sucedió en menos

de veintiocho meses!

159


160

Años de genio, poder y magia

Justo Anselmo Mármol era el profesor más querido entre los alumnos

de la Escuela de Comercio; sin que él lo supiera, lo apodamos

El Apóstol, por su perseverante interés en enseñarnos facetas y

anécdotas de José Martí. Justo Anselmo impartía Estadística,

una asignatura bastante árida que a veces aburría, si bien en

los últimos minutos de cada clase él ofrecía interesantes comentarios

respecto de la Revolución, que nos permitían entender

mejor diversos sucesos que vivimos entre enero de 1959 y los

primeros meses de 1961, mas no podíamos interpretar cabalmente,

debido a nuestra corta edad. El Apóstol nos parecía un

hombre atrayente, y en ello influía su hábito de asistir siempre

a las clases vestido de traje, camisa de cuello y corbata, aunque

ni esa espléndida cubierta podía ocultar su famélico cuerpo. De

tez mestiza y rostro solemne, todo lo hablaba con una precisa

dicción, mantenía una cuidadosa distancia profesor-alumno y no

hacía, ni aceptaba, jaranas de ninguna índole, a pesar de tener

un afable carácter.

Mientras yo avanzaba junto a Ángel en dirección al bohío de

Pablo, el frío aguacero que caía sobre nuestros cuerpos me refrescó

en la memoria varias glosas que el profesor de Estadística

nos regaló en sus clases. Y para completar tales evocaciones, los

persistentes duendes volvieron a iluminar dentro de mí ciertas

vivencias personales, esta vez asociadas a aquellos hechos históricos.

En su primer comentario, sin mutar un segundo el hierático

semblante que le era común, Justo Anselmo nos expuso las

razones que a su juicio explicaban el acelerado curso de la Revolución:

–¿Por qué logró florecer la simiente revolucionaria, con excepcional

prontitud? –Comenzó preguntándose el profesor y,

sin demora, respondió–: El Ejército Rebelde derrotó en apenas


veintiséis meses a las fuerzas armadas de la dictadura, y fue el

garante del nuevo poder político popular. Desde enero de 1959,

Fidel no perdió un minuto en hacer todo lo necesario para cumplir

el programa anunciado por él en La Historia me Absolverá

y seguir adelante.

Justo Anselmo observó nuestras atentas miradas y supo que

podía continuar:

–Para intentar evitarlo, Estados Unidos reaccionó con diversas

acciones diplomáticas, propagandísticas, económicas, subversivas,

terroristas y de agresión armada. Tales medidas, lejos de

erosionar el fragor revolucionario, elevaron el protagonismo y

la conciencia de la gente en oposición al imperialismo y a favor

de los cambios. Ello facilitó al gobierno revolucionario adoptar

decisiones radicales, en especial nacionalizar todas las grandes y

medianas propiedades extranjeras y nacionales, hasta completar

entre junio y octubre de 1960 las bases económicas de un nuevo

régimen social, que algunos le llaman nacionalista, democrático

y humanista y otros creemos que en esta fecha, noviembre de

1960, ya es de sesgo socialista.

Luego de finalizar la segunda clase de Estadística, el locuaz profesor

nos impresionó aún más, al desgranar e interpretar ciertos

episodios mientras sus ojos luminosos le imprimían un sugestivo

colorido a las palabras:

–¿Recuerdan ustedes el primer acto de justicia del poder revolucionario,

en enero de 1959? ¿Nadie lo sabe? –y, otra vez,

Justo Anselmo respondió él mismo–: Fue crear los Tribunales

para juzgar a varios asesinos al servicio de la dictadura, que no

pudieron escapar y refugiarse en Estados Unidos. La abrumadora

mayoría de los ciudadanos, respaldó esa justa decisión.

Sin embargo, la prensa extranjera funcional a los intereses de

Estados Unidos, emprendió una frenética campaña de críticas

y distorsiones de la verdad. Fue entonces que nuestro pueblo

comenzó a identificar a los enemigos foráneos, ayudado por las

reiteradas explicaciones de Fidel y otros dirigentes, así como de

numerosos medios de prensa cubanos, que surgieron al calor de

la Revolución.

«Carajo», me dije, «cómo me gustaría que El Apóstol estuviera

161


aquí en Majayara, para que nos explicara tantas cosas que han

ocurrido en estos meses…». Exprimí la boina empapada de agua

y me sequé el pelo y la cara, con un pañuelo que también estaba

húmedo. Ángel caminaba despacio, a tres o cuatro metros delante

de mí. Sin decir agua va, el cielo se iluminó por un relámpago

y escuché un trueno ensordecedor; al unísono, dentro de mi

cerebro brotó la impactante imagen por televisión de un pelotón

de fusilamiento, en enero de 1959, disparándole una racha

de plomo a Sosa Blanco, un connotado esbirro que realizó sus

felonías en la provincia de Oriente. Me parece que está frente a

mí: las balas lo impactan por el pecho, veo su organismo dar un

descomunal salto hacia atrás, aprieto los dientes, cierro los ojos

y solo escucho a mi hermano Adolfo exclamar:

–¡Hijoeputa, te lo merecías; por asesinar a tanta gente inocente!

Radiante, junto a varios adolescentes del barrio, en febrero de

1959 acudimos a la estación de policía que quedaba detrás del

Estadio del Cerro, y nos inscribimos en las Patrullas Juveniles;

Los aguacaticos, que así nos decían, porque el uniforme tenía

la camisa verde claro y el pantalón color olivo. Nos gustaba ir

por las tardes a marchar, guiados por legendarios barbudos, y

mientras repetíamos la cadencia de uno-dos-tres-cuatro, yo me

sentía como si estuviera en la Sierra Maestra, preparándome

para un combate. Nadie dijo nunca qué haríamos, además de

aquellas agotadoras marchas, salvo una vez que me orientaron

hacer guardia con otros aguacaticos en la propia estación y me

aburrí bastante, porque en realidad los que cuidaban eran los

rebeldes, y ni siquiera nos permitían tocar sus pistolas, menos

un fusil o una ametralladora Thompson, aunque nos deleitaban

con sus anécdotas de la guerra.

El tercer comentario del querido profesor Mármol, nos permitió

entender mejor el alcance de la Ley de Reforma Agraria, dictada

el 17 de mayo de 1959:

–Esa fue la medida revolucionaria de mayor importancia hasta

ese momento y significó el primer paso hacia la transformación

radical de la economia y la sociedad –dijo con especial vehemencia

y argumentó–: A los campesinos sin tierra, se les hizo dueños de

la extensión que cultivaban y el gobierno los ayudó con créditos,

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alimentos y aperos baratos. En las áreas de los grandes latifundios

o haciendas por encima de 30 caballerías, se organizaron

Granjas del Pueblo, de propiedad estatal, que generaron miles

de nuevos empleos y terminó con el llamado tiempo muerto en

el sector del azúcar, que afectaba nueve meses del año a cientos

de miles de cortadores de caña y otros trabajadores.

–Profesor, disculpe que lo interrumpa, aún no entiendo por qué

la Reforma Agraria, siendo muy justa, ha sido tan criticada en

Estados Unidos –dijo con timidez un alumno que estaba sentado

en la última fila.

Justo Anselmo atendió al joven marcado por un especial encanto,

pues corroboró que sus explicaciones producían el interés que él

quería incentivar entre nosotros.

–Gracias por tu pregunta y no se inhiban de hacer cualquier comentario

o de expresar dudas o incluso discrepancias; para apren-der

no basta con escuchar –reaccionó de inmediato el profesor y paseó su

vista por toda el aula–. La ley agraria provocó que el imperio yanqui

decidiera derrocar al gobierno revolucionario a cualquier precio,

incluso a través del asesinato de Fidel, porque afectó intereses

medulares de Estados Unidos y fue la señal de que la Revolución

iba en serio. También atizó los prejuicios anti-comunistas, con el

propósito de confundir y dividir al pueblo. Por ejemplo, en junio

de ese año traiciona el Jefe de la Fuerza Aérea, Comandante

Pedro Díaz Lanz, quien viajó a Estados Unidos; estallan algunos

petardos en La Habana y aparecen los primeros volantes

subversivos.

Cuando en marzo de 1959 rebajaron los alquileres, las tarifas

eléctricas y los teléfonos traganíqueles, todo el mundo en mi barrio

saltó de alegría. Igual sucedió al conocerse la reducción del

precio de los medicamentos y los materiales escolares del curso

1959-1960. También la gente se regodeaba, al conocer las noticias

sobre la confiscación de las propiedades y bienes mal habidos de

los personeros y testaferros de la dictadura. «Que se lo quiten

todo, ellos lo único que hicieron fue robar y matar con las dos

manos», se decía.

Sin embargo –pensé mientras ascendía una resbaladiza loma,

sujetándome de Ángel–, en el barrio se habló poco sobre la Re-

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forma Agraria, salvo algunos vecinos que tenían familiares en

el campo y les transmitían reportes muy buenos, que ahora he

podido corroborar aquí en Majayara. Lo que sí nadie se perdió

fue la llegada a La Habana, para participar en los festejos del

26 de julio de 1959, de decenas de miles de campesinos, muchos

de los cuales se hospedaron en casas de familias y en edificios

gubernamentales, entre ellos en el Palacio Presidencial. No se

me olvida el espanto de los guajiros en el Hotel Hilton, cuando

al acercarse a la puerta principal esta se abría sola y ellos,

temerosos, reculaban, se detenían: «Alabao sea Dios, esto sí es

grande; ¿quién abrirá y cerrará esta puerta?», decían unos, y

otros: «Cojollo, en este hotel hay fantasmas»; mas al final, pícaros

y resueltos, buscaban que alguien les descifrara el misterio,

y, al saberlo, sonreían.

Mi vida cambió bruscamente cuando empecé a estudiar en la

Escuela de Comercio de la Víbora, en setiembre de 1959, apenas

dos meses después de terminar el sexto grado. En agosto

había cumplido los catorce años y, de repente, mis compañeros

de estudio en vez de doce y trece, casi todos tenían quince años.

En consecuencia, tuve que hacer un inesperado tránsito hacia

la juventud y la Revolución, al igual que le sucedió a casi todos

los adolescentes de mi generación: pugnas con grupos de estudiantes

de algunas escuelas privadas, presencia en numerosos

mítines y actos, actividades en la Asociación de Jóvenes Rebeldes;

también varios estudiantes nos inscribimos en la milicia,

en el Quinto Distrito, que quedaba cerca de la Escuela. Allí nos

pusieron a marchar y marchar, nada más, y una tarde un miliciano

de mediana edad se acercó a nosotros y, sin recato, afirmó:

«Muchachos, hay orientaciones de que los menores de dieciséis

años no pueden inscribirse en la milicia…». «¡Oiga compañero,

ya somos hombres y nuestros padres nos autorizan!», ripostamos

con cierta ira. «Miren, es una orden. La Revolución se defiende

de muchas maneras, incluso siendo buenos estudiantes…»,

sentenció aquel miliciano de triste cara, que también nos pidió

paciencia y tuvimos que quedarnos con las ganas.

El Apóstol nos solicitó permiso para encender una aromática

breva, soltó poco a poco la primera bocanada de humo, volvió a

164


aspirar el tabaco y dedicó el cuarto de sus usuales comentarios

a relevantes hechos, que ocurrieron en octubre de 1959:

–Durante ese mes se vieron claros los agresivos planes de Estados

Unidos. El Comandante Hubert Matos, jefe militar en la

provincia de Camagüey, traicionó y decidió insubordinarse –hace

una pausa y un gesto de ira–. Allí acude Fidel junto a Camilo

Cienfuegos, y desenmascaran ante el pueblo la defección de Matos,

que actuó en contubernio con el gobierno estadounidense. Ese

mismo día, el desertor Díaz Lanz ametralló desde una avioneta

procedente de Miami varios puntos de la capital, con un saldo

de dos muertos y cuarenta y cinco heridos. La gente reacciona

indignada y sobreviene una colecta nacional espontánea, para

adquirir armas y aviones. Después se hizo el histórico mitin, en

el Palacio Presidencial, ¿lo recuerdan?

Aquella tarde inolvidable del domingo 26 de octubre de 1959,

llegué muy temprano al acto y me paré con mi amigo Teddy casi

debajo de la tribuna, en la terraza Norte del Palacio Presidencial,

desde donde hablarían Fidel, Che, Raúl, Camilo y otros dirigentes.

Yo no los había visto nunca en persona y estaba ansioso: «Oye,

Teddy, no te separes mucho, que cada vez llega más gente que

quiere colarse delante de nosotros». «Sí, quédate firme ahí; de aquí

no nos mueve nadie» dijo mi compañero y para darme seguridad

infló su pecho voluminoso, cubierto por un apretado pullover de

franjas rojas. El río humano siguió desbordándose, todos querían

ocupar las primeras hileras y empezaron a ocurrir desórdenes,

hasta que se escuchó la voz animosa de alguien desde un altoparlante:

«Compañeros, disci-plina, disciplina, los revolucionarios

tenemos que ser disciplina-dos. No empujen, respeten a los de adelante,

vayan ocupando los espacios vacíos…». Esas palabras fueron

mágicas, de pronto nos sentimos dueños de aquel metro cuadrado

en que estábamos parados desde el mediodía, donde también se

incorporó el Abuelo. Minutos antes, él nos había avizorado y pudo

desplazarse entre las personas como si fuera un reptil, pues apenas

pesaba ciento veinte libras.

–¡Cojones, de dónde salió tanta gente! –dijo el Abuelo con sus

dientes aireados y, jadeante, se paró a mi lado–. Coño, yo venía

165


con mi jevita y se extravió, espero que nadie me la tumbe…

La brisa procedente del Malecón se hizo más pura, respiramos

sedados y alrededor de las cinco el hormiguero se alborotó, Fidel,

Fidel, Fidel, su nombre coreado en armonía multitudinaria nos

colmó las emociones, sentimos llegar un helicóptero que se posó

en un lateral del Palacio y sabíamos que allí estaba el caballo.

«Pronto lo veré», me dije, hasta que unos minutos después salió a la

terraza y recordé entonces a Rulfo. Sí, él tenía razón, Fidel parecía

un pura sangre. Sin embargo, lo noté algo agotado, porque desde

hacía varios días estaba dedicado a encarar la conjura del traidor

Hubert Matos, que quiso apoderarse de la provincia de Camagüey,

y Fidel mandó allí a Camilo Cienfuegos, quien arrestó al desertor,

y después el propio Comandante en Jefe se fue para esa ciudad,

caminó con otros rebeldes, sin armas, y el pueblo salió con él, lo

acompañó en una plazoleta y allí explicó la traición. Regresó a La

Habana y convocó a esta concentración.

Él no deja de escrutar las miradas y gestos de las mujeres, hombres

y adolescentes que allí estamos y de escuchar los mensajes

que le enviamos: «paredón para los traidores; sacude la mata,

Fidel», y luego saluda al pueblo con ademanes serenos, y veo a

su lado al presidente Dorticós, a Raúl, Che, Camilo, Almeida y

otros que no pude reconocer.

Hablaron como diez dirigentes; me acuerdo del Che y de Camilo,

y Raúl le pidió a Fidel que recordara el clamor popular de sacudir

la mata y Fidel cerró con un extenso y aleccionador discurso, en

el que solicitó al millón de ciudadanos que expresaran levantando

las manos si estaban de acuerdo con la reimplantación de los

Tribunales Revolucionarios, y todos las elevamos; y él: «levanten

la mano los que crean que los que tri-pulan avionetas sobre nuestro

territorio y bombardean nuestro pueblo merecen la pena

de muerte», y volvimos a alzarlas. Porque seguro nadie dede

pensar en ese instante en las dos avionetas que cuatro días antes,

procedentes de Estados Unidos, una de ellas tripulada por

el sinvergüenza de Díaz Lanz, asesinaron en nuestra ciudad a

dos personas e hirieron a varias decenas.

A Camilo lo atesoré para siempre, en ese íntimo rinconcito

donde los seres humanos guardamos los afectos especiales.

Tuve el privilegio de oírlo y tenerlo muy cerca aquella célebre

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tarde, en que apareció en público por última vez, en la terraza

del Palacio Presidencial, y nos recitó los hermosos versos de

Bonifacio Byrne: Si deshecha en menudos pedazos, / se llega a

ver mi bandera algún día, / nuestros muertos alzando los brazos,

/ la sabrán defender todavía… Y después, con su voz intensa y

amorosa, pronunció la impactante frase, que se convirtió por

siempre en un pacto de todos los revolucionarios cubanos: «De

rodillas nos pondremos una vez y una vez inclinaremos nuestras

frentes y será el día que lleguemos a la tierra cubana, que guarda

veinte mil cubanos, para decirles: “¡Hermanos, la Revolución

está hecha, vuestra sangre no cayó en balde!”».

Esa noche, después del mitin, fui con el Abuelo y Teddy, a pie,

hasta el Mercado Único, con ansias de comer arroz frito y maripositas

chinas. Pasamos por Prado y Neptuno y sin ponernos de

acuerdo los tres cantamos a coro «La Engañadora», avanzamos

por la acera del cine Payret dando pasos al ritmo del famoso cha

cha chá y allí cruzamos hacia el imponente Capitolio. La cúpula

es mayor que la de Washington, recordó Teddy apuntando orgulloso

hacia ella y pronto llegamos al Parque Central, donde

se encuentra la estatua de Martí frente al edificio de la Manzana

de Gómez. Por ser domingo, los res-taurantes del Mercado

estaban cerrados y terminamos en una fritera de la esquina de

Tejas, deglutiendo unas deliciosas fri-turas de bacalao y un pan

con bistec. Durante ese recorrido, oímos el estruendo de varias

bombas y al siguiente día supe que una de ellas explotó en el

periódico Hoy, vocero del Parti-do Socialista Popular. En uno de

los solares del famoso barrio Atarés, la gente tenía armada una

sabrosona rumba; entonaban y bailaban con desenfreno un guaguancó,

que muchas veces escuché cuando vivía en la Esquina de

Tejas, cerca de esa po-pulosa barriada, y sin poder controlarme

le grité a mis amigos: «Oigan, escuchen, después de esto no hay

más nada…». Y me sumé eufórico a las rítmicas voces: Tiene mi

gran Atarés, la gran Plaza del Mercado / con sus precios moderados,

a público y vendedores, / compañía de cargadores, con su

servicio esme-rado, / Ahora les daré detalles, señores de buena fe,

/ diciéndoles de mi Atarés, una por una sus calles / Pila y Vigía,

que hay una tómbola divina, / la de abajo Fernandina, Príncipe

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y después Romay, / Quinta y Vigía, caray, San Ramón, Omoa y

Monte, / Calzada de Jesús del Monte, Cristina y Belascoaín / y se

me olvida San Joaquín, la calle de los pitoches, / ¡eh, eh, canta

y baila mi guaguancó!, ¡a e, rumba buena, a e!…

Llegué casi a las doce de la noche a mi casa, y encontré despierta

y muy preocupada a mi madre, que no demoró en regañarme.

–Creí que te había ocurrido algo, no te quedes por ahí hasta

tan tarde… –exhaló una bocanada de aire cargado de angustia

y enseguida agregó, señalándome con su dedo índice en gesto de

directriz–: Recuerda que la cosa está poniéndose cada vez peor

y tú eres muy joven, no sabes dónde está el peligro.

–Mima, ¿viste el acto? –indagué y ella asintió. Entonces le di

un tierno beso y completé la idea–: ¿Y no te diste cuenta que ya

la gente en Cuba le perdió el miedo a los peligros?

Nuestro admirado catedrático de Estadística concluyó más temprano

que lo habitual su primera clase de enero de 1961 y puso

especial interés en empezar a explicarnos los eventos del año

1960, recién concluido. Esa vez, aprecié a Justo Anselmo más

distendido que lo usual y deseoso de hacernos participar; incluso,

alguien susurró a mi lado: «parece que la nueva esposa del profe

lo hizo muy feliz el fin de año».

–En esos doce meses suceden los choques decisivos entre nuestra

Revolución y el gobierno de los Estados Unidos, apoyado por los

ricachones de la Isla y alguna gente influida por el modo de vida

americano –dijo el maestro y de inmediato continuó–: Así, durante

enero de 1960 se intensificaron los sabotajes a los campos de caña,

de manera directa y desde avionetas procedentes del Norte. Y,

como siempre, nuestro pueblo reaccionó. A fin de proteger la

zafra de esas agresiones, se armaron y organizaron cincuenta

mil trabajadores azucareros.

Luego, con sumo cuidado, nuestro admirado pedagogo trató de

motivarnos aún más, quizás porque observó en nosotros cierta

frialdad debido a las vacaciones de Navidad y las bajas temperaturas

de los días invernales.

– ¿Y saben ustedes lo que fueron las coletillas? –por primera

168


vez el catedrático detuvo su explicación y nos hizo una pregunta

sorpresiva. Y él también se asombró, al escuchar la inmediata

respuesta de una perspicaz alumna:

–Creo que todos las hemos leído en alguna ocasión… ¿a quién

no le gusta la confrontación de ideas? –comenzó a decir de pie,

muy segura y hablándole de frente al profesor–. Para aclarar

las mentiras contra la Revolución, el Sindicato de Periodistas

decidió incorporar una nota a todos los cables internacionales,

artículos y cualquier información publicada por los dueños de

los periódicos, que deformaran la verdad en torno al proceso

revolucionario.

–Muy bien –afirmó Justo Anselmo y sonrió de manera discreta,

con gesto de satisfacción–. Y las coletillas ya no son necesarias,

pues los directivos y propietarios de varios medios de prensa

abandonaron el país, y estos pasaron al control de los trabajadores.

–Pues yo pienso que las coletillas no debieran desaparecer,

porque… ¿quién garantiza que en el futuro no existan discrepancias?

–levantó su voz la misma alumna, ahora desde su asiento,

y Justo Anselmo emitió una toz seca, de fumador añejo, y no

respondió, solo decidió agregar:

–Para finalizar el comentario de hoy, les recuerdo que en

febrero del pasado año tuvo lugar la Exposición de Ciencia y

Técnica de la Unión Soviética, que suscitó mucho interés en la

población y contribuyó a dar una imagen más amable de ese país.

¿La recuerdan? ¿Quiénes de ustedes la vieron?

Día muy frío, febrero de 1960. Visito con mi amigo Papo la Exposición

de Ciencia y Técnica de la Unión Soviética. Él había

participado en la inauguración, junto a su padre comunista, y

me insistió en que no dejara de ir.

–Quiero que observes los avances del país socialista más poderoso

del planeta –dijo muy seguro–. Eso va a demostrarle a

mucha gente que el comunismo no es tan malo como lo pintan.

Luego de varios días, Papo decidió ir a buscarme, pues temia

que yo perdiese la oportunidad de conocer lo que en verdad era

la Unión Soviética. Ciertamente, al terminar de recorrer la exposición,

en el Palacio de Bellas Artes, quedé impresionado. Fui

169


de asombro en asombro: los tres famosos satélites Sputniks y el

Lunniks, este último en réplica idéntica, colgado en el exterior del

edificio de Bellas Artes; maquetas de la primera central atómica,

de un aeropuerto con dirección automatizada, de la Universidad

de Moscú y de una planta siderúrgica funcionando; un microscopio

electrónico; muestras de moderno instrumental quirúrgico;

apartamento completo de una familia soviética; automóviles

Volga y Chaika y fotos donde se mostraban camiones, ómnibus,

tractores y todo lo que se mueve sobre ruedas; réplica del rompe

hielo atómico Lenin, construido el año anterior; información y

fotos sobre el desarrollo de la industria pesada y la aviación;

avances de la mecanización agrícola, por ejemplo fertilización

desde un avión, cosechadoras de algodón y trigo, y diversos tipos

de cámaras fotográficas, relojes, calzados, ropas…

«En fin», murmuré, «qué no produce la Unión Soviética»; y

Papo, que estaba muy cerca me escuchó. «¡De todo!», afirmó

orgulloso y entonces ocurrió lo inesperado, una mujer que venía

acompañada de un hombre, ambos de mediana edad, blancos y

muy bien vestidos, dijo de manera grosera, «Sí, esos ñángaras

detrás de la cortina de hierro al parecer producen casi de todo,

pero la variedad de los autos, las cámaras fotográficas, la ropa,

y los demás artículos no es muy amplia y son menos bonitos que

los made in USA». «Es cierto, y seguro que para esta exposición

escogieron lo mejor que tenían», afirmó con voz atorrante el

hombre, mientras se abrochaba su lujoso jackets de lana a cuadros

escoceses. Y Papo, que los miraba con ganas de comérselos,

no pudo aguantarse: «Ustedes están ciegos no porque no vean,

sino por los prejuicios anticomunistas». «¡Pues que se queden

ciegos!» exclamó una muchacha veinteañera que escuchaba el

altercado y agregó: «Yo sí me voy con otra idea de lo que es la

Unión Soviética, aunque no soy comunista». «Y no se puede

olvidar que ese país perdió veinte millones de personas en la

Segunda Guerra Mundial, hace apenas quince años, y fue casi

destruido por el fascismo», dijo enseguida Papo y las venas de su

cuello se llenaron de tanta pasión, que la pareja quedó abrumada

y caminaron de prisa hacia la salida, con gestos de desprecio.

Pero lo que me hace reír hasta hoy, en medio de estas lomas de

Majayara llenas de fango, fue el puntillazo final de dos ciegos que

habían recorrido la exposición soviética, guiados por un vidente

170


y también escucharon el debate.

–¡Esos dos en verdad son unos lame botas de los yanquis! –

exclamó el ciego más joven, con el afán de que lo escuchara la

pareja que huía, y el otro apretó con firmeza el bastón, lo levantó

como si fuera un fusil y agregó:

–¿Acaso no saben que esta exposición es tan, pero tan importante,

que antes se presentó en Estados Unidos y en México?

–¡Allá ellos si no quieren ver! –sentenció el lazarillo y los ciegos

batieron palmas, entretanto la huidiza pareja aceleró el paso,

con rumbo desconocido.

Al concluir la siguiente clase de enero, la voz de Justo Anselmo

adquirió un tono muy grave, cuando nos habló del sabotaje al vapor

La Coubre, en el Puerto de La Habana, el 4 de marzo de 1960:

–Ese día estalló en el Puerto de La Habana el barco La Coubre,

que traía granadas y municiones compradas por Cuba en Bélgica

–dijo y nunca antes habíamos visto su mirada tan triste y a la

vez iracunda–. El criminal atentado de la CIA ocasionó más de

cien muertos y doscientos heridos. Setenta y dos horas después,

en la despedida a los fallecidos, Fidel enarboló por primera vez

nuestra emblemática disyuntiva: Patria o Muerte.

–Entonces, ¿esa fue como una declaración de guerra de los

yanquis? –preguntó un alumno.

–El brutal crimen significó la señal definitiva de que Estados

Unidos haría todo para intentar destruir a la Revolución. Nosotros

no teníamos otra opción que responder a los gringos golpe

contra golpe y llevar la Revolución hasta sus últimas consecuencias:

solo así podíamos derrotar a tan poderoso enemigo, encarar

su fuerza para tomar más energía y avanzar hasta donde fuera

necesario –aseveró con firmeza el profesor Mármol y terminó

así su quinta disertación.

La explosión del buque La Coubre no la olvidaré nunca. Yo estaba

en mi nueva casa, ubicada también en El Cerro, a una cuadra de

la Vía Blanca, que en su senda hacia el Este recorre en paralelo

un trayecto del traspatio de los muelles del Puerto habanero. Era

un día invernal, apacible. Conmigo se encontraba mi inseparable

amigo Teddy, estudiando en la mesa del comedor las fragosas

páginas de un libro de contabilidad. Minutos después de las tres

171


de la tarde, escuchamos el estruendo que nos hizo vibrar en los

asientos y, al igual que muchas personas del barrio, Teddy y yo

corrimos hacia la ancha avenida para tratar de identificar el sitio

de la detonación y vimos a lo lejos una gran nube de humo que

parecía un hongo nuclear.

–¡Fue en el Puerto! –oímos que alguien gritaba y muchos ha-cían

similares especulaciones, mientras centramos las miradas en la

enorme columna de humo que cada vez alcanzaba más altura.

Algunos decían que sabotearon la refinería; otros, que fue un

polvorín. Y la curiosidad, junto a la adrenalina que destilamos,

nos incitó a Teddy y a mí, junto al Tata y su hermano, vecinos

algo mayor que nosotros, ir a paso ligero hasta el paradero de

la ruta 16, en Palatino, para acercarnos a los muelles y saber lo

que había ocurrido.

Dentro del ómnibus, que se atiborró de gente, escuchamos otra

explosión aún más escalofriante y un pasajero comentó: «Ese es

un avión que está bombardeando el Palacio». Otro lo desmiente,

sin argumentos creíbles, y así llegamos al Parque Central, y enseguida

averiguamos. Allí sí todos decían lo mismo: «Fue un barco

que explotó dos veces y hay muchos muertos y heridos, y Fidel,

Raúl, el Che, y el presidente Dorticós llegaron de inmediato, y

se teme que pueda haber otras explosiones, porque ese buque

traía granadas y municiones». Seguimos nuestro rumbo hacia

el lugar, a paso rápido, y llegamos una hora y media después de

la segunda explosión. No se nos permitió acercarnos demasiado,

aunque de todos modos pudimos apreciar el dantesco escenario.

Oímos los desgarradores quejidos de varios heridos y observamos

pedazos de seres humanos, hierros y maderos dispersos a buena

distancia del navío, las ambulancias enloquecidas, carros de

bomberos sofocando grandes incendios y miembros del Ejército

Rebelde y de la Policía Revolucionaria ayudando a los pocos

sobrevivientes que aún aparecían, atrapados entre los añicos y

cargando los despojos humanos y los cuerpos consumidos por el

fuego, que seguían encontrándose. Observé los afligidos rostros

de dos mujeres vestidas de milicianas, que se detuvieron junto

a nosotros. «Ahora sí comenzó la guerra», dijo una a la otra,

tapándose la boca con un fino pañuelo blanco de encajes y pude

darme cuenta que era bastante joven y atractiva, a pesar de su

tristeza. «Sí, y este crimen lo tienen que pagar caro. Fidel nos

dirá quienes son los responsables, aunque yo estoy segura que

172


fueron los yanquis», afirmó la segunda y me impresionó su linda

carita surcada de ira y el puño fiero, en ademán de combate.

Cerca de las ocho de la noche, los bomberos controlaron el

incendio. Teddy y yo decidimos irnos, en silencio, abatidos. Ya

en la parada de ómnibus, una anciana minúscula y huesuda nos

miró de frente, tenía sus ojos inyectados de encono y, sin emitir

palabras, reposó su cabeza en mi pecho y con una extraña firmeza

masculló: «Esos yanquis desmadrados te asesinaron, pero no van

a poder con nosotros, ya nos las pagarán…». Yo sentí tanto frío

que creí no tener piel al oírle decir: «Mi hijo querido, ya no te

veré más…». En ese preciso instante, sí, lo recuerdo muy bien,

mi verbo quedó petrificado, hasta que una fuerza descomunal

estremeció el universo, y grité: «Hijos de puta»; luego, junté mi

cara a la suya, la apreté sin resquicios y me eché a llorar.

La penúltima reflexión de Justo Anselmo aludió al dinámico

proceso de golpes y contragolpes entre la Revolución y el gobierno

de los Estados Unidos de América, que abarcó desde mayo

hasta octubre de 1960. Antes de iniciar el comentario, levantó

su escrutadora mirada en señal de que nos iba a explicar algo

importante y divisó todos nuestros rostros, quizás para cerciorarse

de que lo atendíamos con especial interés:

–El 1 de mayo los trabajadores desfilaron en forma masiva en

apoyo a la Revolución, y por primera vez en la historia cubana

decidieron no formular demandas. Ese mes se restablecieron las

relaciones diplomáticas con la Unión Soviética. Además, ocurrió

el cierre del diario más reaccionario del país, La Marina, y culminó

así el proceso de democratización de los diarios y revistas,

que pasaron a ser orientados por los propios profesionales de la

prensa. También a partir de ese mes, las empresas petroleras de

Estados Unidos y Gran Bretaña se negaron a refinar el petróleo

soviético y la decisión de nuestro gobierno fue intervenirlas.

Sin poder evitarlo, el profesor Mármol fue elevando la cadencia

y el volumen de sus palabras, espoleado por la significación de

los hechos que nos iba narrando.

–El 2 de julio, el presidente de Estados Unidos, Eisenhower,

suspendió la compra de la cuota azucarera asignada por ese

país a Cuba, con la intención de asfixiar la economia de la Isla

173


e iniciar la última fase del plan yanqui, que como Fidel nos ha

alertado varias veces, incluye una intervención militar directa

–dijo mientras espantaba un insecto que se le posó en su frente–.

En respuesta a la provocadora medida yanqui, el 6 de agosto

debutó el contra ataque estratégico de la Revolución. Ese día,

son nacionalizadas 26 grandes empresas gringas, entre las que se

encuentran las de teléfonos, electricidad, petroleras y la gigante

United Fruit Company. El 17 de septiembre se nacio-nalizan todos

los bancos estadounidenses y el 13 de octubre ocurre el jaque

mate: se nacionalizan 382 grandes empresas pertenecientes a

dueños extranjeros, en especial norteamericanos, y a miembros

de la burguesía cubana.

–¿Me permite agregar algo, profesor? – expresé con cierta timidez

y de inmediato recibí su autorización–. Recordemos que

al siguiente día, para rematar, entró en vigor la Ley de Reforma

Urbana, que garantizó adquirir la propiedad a todos los arrendatarios

de viviendas.

–Es cierto, ¡gracias por tu aporte, Gabriel! –exclamó el profesor,

con evidente satisfacción–. Así las cosas, Fidel declaró cumplido

y sobrepasado el programa del Moncada. Díganme, muchachos:

¿Ese torbellino no les parece un sueño? –concluyó Justo Anselmo,

en medio de su toz persistente, y debió encender el tabaco que

se le había apagado, por hablar sin parar.

Miré sin ánimo hacia la cuesta de la loma que ascendíamos y tuve

la impresión de que nunca íbamos a llegar. El cielo estaba cubierto

por la tempestad y el sendero por el que caminábamos tenía

a su lado, en paralelo, una especie de arroyo que en ocasiones se

deslizaba por algunas de las laderas.

–¡Coño, esta agua me tiene cabrón! –le grité a mi compañero de

aventura.

–Pues la próxima vez trae un paraguas, porque el bohío más

cercano es el de Pablo y aun nos falta «el cantío de un gallo», como

dicen los guajiros –afirmó Ángel con ironía. No respondí la fraterna

puya y cavilé, en enigmático silencio: «Por mí no hay problema, la

lluvia me ayuda a seguir sumergido en gratos recuerdos».

En la mañana del viernes 5 de agosto de 1960, mientras jugaba

pelota con varios amigos en un espacioso terreno de la Ciudad

174


Deportiva, pasó cerca de nosotros, por la avenida Ayestarán, un

auto con altoparlante: «¡Mañana sábado a las nueve de la noche,

todos al Estadio del Cerro, donde hablará Fidel en el Gran Acto

de Clausura del Primer Congreso Latinoamericano de Juventudes

y hará importantes anuncios!». Seguí próximo a la primera base,

muy atento porque estaba al bate un zurdo que metía tremendas

líneas por su banda y yo cubría esa posición y se cerraba el noveno

inning, con una carrera a nuestro favor pero los adversarios tenían

corredores en tercera y primera, con un solo out. «Iré mañana al

Estadio», me dije, y en ese momento vi el roletazo que parecía un

cohete, puse el guante, lo atrapé, «qué irá a anunciar el caballo»,

corrí y pisé la base, me afinqué bien, «debe ser lo que me dijo Papo»,

y lancé la pelota con toda mi fuerza al segunda base; «¡doble play,

doble play!», gritamos todos los de nuestro equipo, y eufóricos

fuimos a abrazar al pitcher. «Ganamos, ganamos», nos decíamos,

y yo miré el cielo, estaba gris, venía agua. «Vámonos que va a

llover», dijo Teddy a mi lado, y Papo se nos acercó a ambos: «los

invito a irnos mañana temprano para el coloso del Cerro, eso se

va a poner de bote en bote. ¡Hay sorpresa!».

Teddy y yo fuimos hasta la casa de Papo, cerca del Estadio de

béisbol, y llegamos allí antes de que abrieran las puertas a las

siete de la noche; el acto estaba anunciado para comenzar a

las nueve y a pesar de que ese día no había cesado de llover o

lloviznar, había miles de personas agolpadas para entrar. Nos

movimos rápido y logramos ubicarnos en las graderías de tercera

base, bastante cerca de la tribuna. El mitin, igual que otras veces,

no empezó a la hora anunciada; sin embargo, nadie se daba

por enterado, las enormes luces mostraban a decenas de miles

de personas alborotadas, que cubrían cada palmo del terreno y

todas las hileras de asientos; la lluvia parecía combustible que

caí del cielo y encendía cada vez más los ánimos. Sobresalían

negras boinas y sombreros de yarey de los milicianos urbanos y

rurales, había miles de banderas cubanas izadas en las manos de

trabajadores, campesinos, estudiantes o amas de casa; también

nos llamaron la atención letreros con los nombres en mayúscula

de cada uno de los países latinoamericanos, VENEZUELA,

GUATEMALA, CHILE, MÉXICO… y resultaban visibles los

jóvenes extranjeros participantes en el Congreso, pues en ese

175


instante vivían la emoción de vibrar junto a nuestro pueblo en

Revolución, que los hacía delirar y olvidarse de las ropas mojadas,

al clamor de sus consignas: «Patria o Muerte, Venceremos;

Fidel, Fidel, Fidel; Cuba sí, yanquis no; Cuba ni se rinde ni se

vende; Sin cuota pero sin amo…».

El clímax ocurrió a las diez y media de la noche, cuando

apareció Fidel. Ovación, cantos, gritos, alegría, consignas, así

estuvimos más de diez minutos, y pudimos ver a su lado a Raúl,

a Dorticós y a Vilma, al expresidente de Guatemala Jacobo Arbenz

y a otros dirigentes. «¿Y el Che dónde estará?», se preguntó

Teddy y los tres miramos hacia la tribuna, no estaba, hasta que

al minuto Papo gritó eufórico: «Está allí, de pie; mírenlo, mírenlo

allí. Ese es el Che. Sí, es él, en la primera fila, abajo, con

el público, se le ve muy feliz».

Nos conmovió escuchar al ex presidente de Guatemala, Jacobo

Arbez, explicar cómo los yanquis derribaron su gobierno apenas

seis años antes, en 1954, con un ejército mercenario. Y después

oímos las emotivas palabras del venezolano Fabricio Ojeda, quien

hizo énfasis en la importancia de la solidaridad de América Latina

hacia la Revolución Cubana y el estímulo que ella genera a

las luchas de los pueblos hermanos.

Por fin, al iniciarse la madrugada del domingo le correspondió

hablar a Fidel. Se le notaba cansado, tal vez tenso, y deseoso de

anunciar algo histórico; mas ocurrió lo imprevisto: su voz le falló,

no le salían las palabras afectado por una repentina afonía; los

rostros de los dirigentes mostraban preocupación. Todos en el

público estábamos turbados, vi a mujeres y también hombres

que comenzaron a llorar; a mi lado algunas personas musitaban

rezos y expresiones en demanda de su pronta recuperación,

«Padre Nuestro que estás en los cielos, Ifá agba dabobo laiye

ni…». Y, en un santiamén, se armó un coro que gritaba: «Raúl,

Raúl, Raúl», pidiéndole que continuara el discurso de Fidel, y

Raúl accedió. El Che subió de prisa a la tribuna para estar junto

al Comandante en Jefe y el pueblo no cesaba de enarbolar dos

nuevas consignas: «Fidel, cuídate. Que se cuide-Que se cuide,

Que descanse-Que descanse», y las emotivas demandas de toda

la multitud cruzaron las cercas del Estadio, mucho más lejos

que cualquier jonrón de Orestes Miñoso. Y cuando el frenesí de

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todos parecía que no podía sumar más emociones, en el instante

en que Raúl había comenzado a leer la Ley de Nacionalización

de las empresas yanquis, resucita la voz de Fidel, sobreviene

un silencio cósmico y Raúl le pide a Juan Almeida que dirija la

entonación masiva del Himno Nacional y Teddy nos comenta:

«Eso lo hizo Raúl para que Fidel tenga más tiempo y pueda recuperarse

mejor». Así fue. Con voz serena y queda, muy pronto

él comenzó a leer el texto de la Ley, y al mencionar cada uno de

los nombres de las muchas empresas yanquis nacionalizadas

el pueblo coreaba una nueva consigna: «¡se llamaba!, o ¡se ñamaba!»,

para disfrutar aún más aquellas insólitas decisiones y

burlarse de los supuestos todopoderosos expropiados. ¿Era un

pase de cuentas? ¿O una oportunidad para avanzar? Eso ultimo

me pareció entender, cuando Fidel dijo que se lo había advertido

públicamente a Estados Unidos, que las agresiones a Cuba y las

cuotas azucareras que nos arrebataran las pagarían central por

central y propiedad por propiedad.

Al terminar la extenuante jornada en el Estadio, Papo hizo un

comentario de afán poético, que en aquel momento me pareció

bastante cursi: «En esta húmeda madrugada de quimeras realizadas

y nuevos sueños, la Revolución dio su paso más decisivo

y audaz, para avanzar pronto hacia un amanecer socialista...».

– ¿Y si estos sueños se convierten en una pesadilla? –lo interrumpió

Teddy muy jocoso. Y Papo, que siempre estaba serio,

le respondió sin inmutarse:

–Muy sencillo, asere, hacemos otra Revolución.

Conservo fresca su imagen. Me parece estar viéndolo, inspirado,

resuelto, durante la última lección de Estadística que nos impartió,

al comenzar abril, una fresca tarde, soleada y de intenso

viento primaveral. Esa vez, Justo Anselmo acudió especialmente

acicalado, tenía puesto un fino traje de dril cien, y dedicó más

tiempo que nunca a ofrecernos sus esperadas glosas:

–Debo agregarles que en los primeros dos años de la Revolución,

acaecieron otros hechos que doran su espíritu democrá-tico, culto

y humanista: Se crearon instituciones de especial relevancia,

como la Casa de las Américas, el Instituto Cubano de la Industria

177


y el Arte Cinematográficos y la Imprenta Nacional; además se

aprobó la Ley de Reforma Integral de la Enseñanza, los cuarteles

fueron convertidos en escuelas, se inauguraron diez mil nuevas

aulas y cinco mil maestros jóvenes comenzaron a impartir clases

en las zonas rurales. Por su parte, la Central de Trabajadores

experimentó un proceso de depuración, poniéndose a tono con

las definiciones del proceso revolucionario y surgieron nuevas

agrupaciones sociales y de masas, entre ellas la Asociación de

Pequeños Agricultores, la Federación de Mujeres Cubanas y los

Comités de Defensa de la Revolución. En el ámbito de la defensa,

el hecho histórico más relevante fue la organización de las

Milicias Nacionales Revolucionarias, a las que se incorporaron

cientos de miles de ciudadanos, sobre todo trabajadores y campesinos,

entre ellos muchísimos jóvenes.

–Y también se organizó la Asociación de Jóvenes Rebeldes, a

la que pertenecemos muchos de nosotros –dijo un alumno, sin

pedir permiso para hablar ni ponerse de pie.

–Gracias por tu aporte, Santos López… y la próxima vez que

quieras decir algo, no olvides que es conveniente pedir autorización

–afirmó el profesor sin inmutarse y luego cambió de tema

para salir del impasse–: Por cierto… ¿recuerdan el lema de las

fiestas navideñas de 1960?

–Sí, maestro, en mi barrio saltó de boca en boca, más que

cualquier chisme: ¡Felices Pascuas en casa propia! –respondió

el Abuelo y el profesor le sonrió, esta vez más abierto.

–Y, por su parte, los enemigos de la Revolución siguieron muy

activos en el cruce hacia el nuevo año –agregó Justo Anselmo, y

nos dimos cuenta que hablaba de prisa, porque quería decirnos

muchas cosas y su reloj le señalaba que en pocos minutos sonaría

el timbre y debía terminar–. El 20 de diciembre viajaron hacia

Estados Unidos los cinco niños que utilizaron para iniciar la

infame Operación Peter Pan, basada en el rumor desatado por

la CIA y la Iglesia Católica de que una Ley eliminaría la patria

potestad. Y los días 28 y 31 ocurren sendos sabotajes a Flogar

y La Época, que junto a El Encanto constituían las tres tiendas

nacionalizadas más grandes de Cuba.

–¿Y qué nos puede decir sobre este año 1961, que amaneció bien

caliente, con nuestras fuerzas armadas y las milicias en alerta y

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movilizadas, por el cambio de administración en los Estados Unidos?

–se animó a preguntar una de mis compañeras, alentada por

el ambiente participativo que creó el profesor.

–Y hay razones, fíjense que el 3 de enero el gobierno gringo

rompió relaciones diplomáticas con Cuba –comentó otro alumno,

de manera vehemente.

–Ustedes deben saber que eso significó una virtual declaración

de guerra, y desde ese momento la política yanqui comenzó a

ser más cruenta y desenfadada –enfatizó Justo Anselmo, arreglándose

con destreza el nudo de la corbata.

–Bueno profesor, queremos informarle que varios de nosotros

iremos pronto a alfabetizar y deseamos agradecerle sus orientaciones

durante estos meses de clases Le puedo asegurar que a todos

nos serán útiles y en especial a los que en breve seremos también

maestros –dijo el Abuelo, e irradió nuestra común admiración

hacia El Apóstol.

–Gracias por sus sinceras palabras –afirmó el profesor, quien

esta vez evidenció su deleite con una amplia sonrisa y después

añadió–: Por último, quiero felicitar a los estudiantes que salen

a alfabetizar al campo, porque ustedes harán realidad es-te

hermoso aforismo de José Martí: «El maestro tiene que ir a

aquellos que no pueden ir al maestro». Y ya que van a iniciarse

en el placer de enseñar –continuó Justo Anselmo– les recomiendo

de corazón tener siempre presente esta idea de nuestro Apóstol:

«El verdadero objeto de la enseñanza es preparar al hombre para

que pueda vivir por sí decorosamente, sin perder la gracia y la

generosidad del espíritu, y sin poner en peligro con su egoísmo o

servidumbre la dignidad y fuerza de la patria». ¡Hasta el próximo

curso, muchachos; que la Revolución los bendiga!

Ciertamente, me dije, diciembre de 1960 fue muy tenso, porque la

bronca con los yanquis transcurrió sin descanso, e incluso coincidió

con la amenaza de una intervención de Estados Unidos antes de

que asumiera en enero de este año el nuevo presidente, Kennedy.

Sin embargo, un hecho que pudo ser trágico se convirtió en motivo

de burla en todo el país, cuando el fragmento de un cohete gringo

lanzado desde Cabo Cañaveral cayó sobre una vaca en una finca

estatal en Holguín, y destripó al desdichado animal. Yo recuer-

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do el incidente por la manifestación en la que participé junto a

otros compañeros de la Asociación de Jóvenes Rebeldes, frente a

la Embajada de Estados Unidos en el Malecón. Gritamos cuanta

broma se nos ocurrió en torno a la muerte de la vaca, y también

hubo letreros muy simpáticos: «Eisenhower, has asesinado a una

de mis hermanas. John Kennedy». «Condenamos el uso de armas

atómicas para matar vacas indefensas».

Día a día y noche a noche de ese diciembre, sentíamos en toda

la Isla la escalada contrarrevolucionaria. En Pinar del Río se

liquidó a balazos un grupo armado, hubo atentados con dinamita

en registros eléctricos de La Habana, los curas falangistas

leyeron documentos subversivos en las iglesias, aviones procedentes

de Estados Unidos lanzaron panfletos en varias ciudades

y ocurrieron sabotajes en la televisora CMQ y en algunas de las

principales tiendas de La Habana nacionalizadas.

¡Feliz Año Nuevo en Cuba Libre!, era frecuente escuchar, a pesar

de que había decenas de miles de milicianos movilizados lejos de

sus familias, y en la acera del Malecón habanero permanecían

emplazados cañones de guerra señalando hacia el norte, y en

las azoteas de varios edificios, grupos de entusiastas milicianos,

casi todos jovencitos, apuntaban al aire las famosas antiaéreas

«cuatro bocas».

Una de esas frías noches decembrinas, mientras esperaba una

guagua al lado de la posada de 11 y 24, en el Vedado, divisé en

un pasillo oscuro a una pareja de novios ataviados de milicianos,

que se besaban con arrebato y él la seducía sin piedad, rozándole

sus dedos en el sitio exacto del pantalón donde se encontraba el

sexo encabritado de ella, que tenía los ojos cerrados, a punto del

orgasmo, y entonces él la tomó por la mano, algo brusco, e intentó

llevarla hacia adentro del nido amoroso; mas la joven se resistió,

y le dijo con firme dulzura:

–Cariño, vestidos de milicianos no debemos entrar.

Obviaron las palabras, se cruzaron una cómplice mirada y los

vi caminar hacia el muro del Malecón, a culminar el frenesí en

esa larga y pétrea cama, que tantos secretos preserva, con sus

trémulos cuerpos en bélicos ajetreos, de frente al soberbio buque

de la Marina yanqui fondeado a pocas millas, anticipándose así

al célebre lema de los hippies: «Hagamos el amor y no la guerra».

Otro aporte que tal vez algún día se le reconozca a nuestra gente

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en Revolución.

No obstante las expectativas de una posible invasión militar

estadounidense, el pueblo celebró la Nochebuena de 1960 con

especial regocijo, me imagino que motivado por las radicales

nacionalizaciones y por tener casa propia, haber más empleos

y escuelas y otros beneficios similares, aunque ninguno como el

placer de sentirnos un pueblo libre, valiente y digno. Quizás por

ello las familias de mi barrio, como nunca antes adornaron sus

casas de luces, arbolitos y guirnaldas, comieron de manera tan

placentera la típica carne de puerco asada y celebraron la Navidad

y la llegada del nuevo año con un singular fervor.

En esas fiestas, mi madre se esmeró en hacer bien sabrosas las

tradicionales empanadas de carne cubanas, y me dio un peso para

que le comprara cuatro libras de picadillo fresco en el minimax

próximo a mi casa, sito en Mayía Rodríguez y Amado, en Santos

Suárez, que estaba repleto de gente alborozada y donde los

vecinos se regalaban gratos comentarios:

–En los próximos años podremos comer más carne, porque

ahora la tierra y las fábricas son del pueblo –le escuché decir a un

soldado rebelde de buen talante, que cargaba un pernil de cerdo.

Y una mujer gruesa, de mediana edad, que en ese momento

escogía cebollas, sin abandonar su labor levantó la voz muy

segura de sí:

–¡Más carne… y más de todo, compañeros!

Fidel esperó el nuevo año con cientos de maestros en la Ciudad

Escolar Ciudad Libertad. Anunció que ya estudiaban cuarenta

mil niños en los antiguos cuarteles y enfatizó la importancia de

la Campaña de Alfabetización. De nosotros no habló, porque me

parece que todavía él no había pensado en nuestras brigadas; fue

la primera vez que le oí mencionar la palabra alfabetización: ¡Coño,

quién iba a decirme que esto iba a ser tan difícil!

–Oye, Gabriel, casi arribamos al bohío de Pablo. Te propongo

almorzar y después nos quitamos esta ropa mojada. Tengo un

hambre del carajo –dijo Ángel y lo aprecié sofocado, a pesar del

agua que le chorreaba.

–De acuerdo, también me suenan las tripas –le respondí. Y

dentro de mi cabeza apareció el primer impacto noticioso de este

año 1961. En la mañana del 4 de enero, un adolescente negro,

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vendedor de periódicos, inquieto y jubiloso porque los soltaba

como pan caliente, voceaba una y otra vez a los cuatro vientos

del Caribe:

–¡Ahora sí se rompió el corojo, pronto viene la invasión!

Y pronto comprendí mejor lo que él decía, al leer en letras

gigantes la primera página del diario Revolución: «¡VIVA

CUBA LIBRE! Rompen los Estados Unidos sus relaciones con

Cuba». Y entonces recordé lo que Fidel vaticinó en la cena con

los maestros, en Ciudad Libertad: «La invasión yanqui no será

un week end. Los esperaremos muertos de risa, no de miedo».

«Así ocurrió en Girón», pensé, y cerca divisé al viejo Pablo en

la puerta del añorado bohío, junto a Tilín y Pepe, y este último,

siempre burlón, nos gritó:

–¡Parecen dos pollos mojados; van a tener que buscarse unas

gallinitas para que les den calor!

182


184

16 de julio:

Los refuerzos

«Hoy es 16 de julio, hace tres meses que salí de La Habana»,

musité bajo la húmeda sombra del cafetal contiguo al bohío en el

que dormía, y tuve la impresión de que me había acostumbrado

a defecar cada mañana en la falda de la loma, donde siempre

me picaban fieros mosquitos y diminutas hormigas, agachado

en algún sitio algo distante al del día anterior, que siempre escudriñaba

con esmero al no poder olvidar el cuento que me hizo

Pepe del alacrán que una vez le picó el culo. Miro el reloj, son las

seis de la mañana, voy a echar otro pestañazo, es domingo, Ángel

duerme, comienza a llover…

Mis pensamientos se agolpan: el tiempo desde que llegué a

Majayara voló rápido igual a mi espíritu en este instante qué

rico es sentir el agua caer en el techo de guano los cinco alumnos

avanzan salvo Pablo que solo ha aprendido las vocales el mes

próximo deben terminar la Cartilla ya no me canso tanto con la

guataca y el machete aprendí a pilar el café a traer agua del río

en un tanque de latón colocado sobre la rastra de madera sin

ruedas que solo un buey como Ojinegro puede mover ya conozco

a todos los guajiros son buenas gentes casi siempre me dan algo

de comer algunos pretenden explotarnos quieren que trabajemos

demasiado el domingo es el mejor día de la semana pues veo a

mis amigos brigadistas en las reuniones de la escuela discutimos

mucho lo que más me gusta son los chistes que hacemos hasta

ahora solo Cinco Picos tal vez porque es más viejo ligó una

guajirita los demás somos novios de Manuelita ella nos permite

hacerle de todo lo mismo en el río o sentados en un montón de

hojas secas dentro del cafetal o en la hamaca ¿harán daño tantas

pajas? esta tarde llegan nuevos brigadistas el refuerzo hacía falta

¿podrán adaptarse como nosotros? lo único que no soporto es

bañarme en el agua fría del arroyo se suspendió la reunión de

hoy aunque mañana lunes se hará en la escuela estoy loco por


conocer a las tres alfabetizadoras Cary no me ha respondido

la última carta extraño sus locuras ¿en qué habrá quedado el

asesinato del padrastro?

Me levanté a las ocho de la mañana y mi compañero de sueños

seguía enroscado en la hamaca: «Es domingo, día de Dios… tal

vez por eso duerme tanto», pensé. Decidí abrir el Diario. «Desde

que salí de La Habana, han pasado tantas cosas, solo en estos

quince días de julio llené veinte y tres páginas», medité y enseguida

opté por repasar algunos de esos apuntes:

Sábado 1 de julio, 8 a.m., voy con Pepe a cortar leña; por el

camino, al regresar, tumbamos mangos filipinos, comemos una

gran cantidad y cargamos varias decenas en un saco de yute;

12:15 p.m., le doy clases a Pablo, sigue estancado, lleva una semana

en la primera lección, ya tiene los espejuelos y nada, parece

que se va a quedar bruto; 1 p.m., almuerzo arroz con leche, sin

azúcar; 2 p.m. imparto clases a los demás alumnos, asimilan

bien; 4:30 p.m., invito a Pepe a buscar los cinco pesos que se le

perdieron ayer en el trillo del arroyo y me alegra mucho haberlos

encontrado debajo de un matorral, a mitad del camino, él me

abraza y salta de alegría porque eso es lo que Pablo le entrega

cada mes; 6 p.m., vuelvo a repasarle la clase a Pablo, al menos

ya sabe firmar y distingue las vocales; 7:30 p.m., al echarle aire

al farol, se derrama un poco de alcohol y coge candela, lo saco

del bohío, Pablo me auxilia, pronto se apaga pero la camiseta

se deshace y debemos encender el candil para comer de prisa,

porque nos habían invitado a un changüí para celebrar el nacimiento

de un bebé, en la casa donde alfabetizaba Cinco Picos.

Era la primera vez que asistía a un changüí y allí supe que

en las montañas orientales esas fiestas son el equivalente al

guateque de otras zonas campesinas. Cinco Picos nos recibió

con inusual entusiasmo: «Llegaron a buena hora, los músicos

van a empezar. Vengan, feliciten a los padres, ya no hay donde

sentarse, pero olvídense, cuando oigan el changüí no van a parar

de bailar. Aquí hay varias guajiritas locas por enseñarlos…».

El tresero desplegó su tumbaito: «Mueve la cintura como tú

sabes…» y enseguida los otros cuatro músicos sumaron sus

instrumentos: un bongó más grande que los normales hacía

185


una función similar al quinto en la rumba; la marímbula, un

cajón de madera con teclas de latón, que sonaba como el bajo;

un guayo de metal y unas maracas, en manos del cantante del

grupo. Eran cuatro negros y un mulato oscuro, campesinos dedicados

a la música por vocación, que aprendieron por tradición

y a fuerza de oído. El único que se movía era el cantante, los

demás permanecían casi siempre taciturnos, a veces el tresero

sonreía por segundos… «Yuca pa´tí mamá» (otro tumbaíto) y

volvía a dar entrada al resto del grupo, luego dobla la melodía

del cantante y ejecuta el ritmo sin poner acordes, integrándose

en otros momentos al intenso diálogo bongó-marímbula, un clímax

de formidable riqueza musical que transparenta en toda su

hechura la savia africana: «Este es mi amigo Andrés y Mongo me

llamo yo, mi hermano toca el bongó y a mí me zumba en el tres».

Tragos de ron van y vienen, chicharrones, masas de macho

fritas, y de nuevo el tumbao: «Cada vez que te miro me vuelvo

un dengue…» Al rato casi todo el mundo baila, sin embargo yo

siento un inesperado embrujo ante el peculiar espectáculo, dos

campesinitas me sonsacan («después», «dentro de un rato», les

digo, aunque tengo ganas de seguirlas) y no dejo de escrutar a los

humildes aficionados que hacen felices a la gente de la mon-taña,

sin cobrar un centavo y al siguiente día van a trabajar la tierra.

Los aprecio melancólicos, llenos de angustias, aun-que durante

el jolgorio combinan temas trágicos con otros graciosos y pasan

de la alegría a la tristeza con la misma na-turalidad que el ciclo

del día y la noche.

Por fin, la tercera pretendiente, una jovial veinteañera, logra

sacarme del impasse y empiezo a entender mejor el encanto del

changüí al ascender en su espiral de sonrisas y al disfrutar vis

a vis el rítmico movimiento de sus caderas, hasta que al borde

de la medianoche, los músicos hacen un coro –Kiribá, kiribá– y

los demás repiten «Kiribá, kiribá», y mi pareja, que me observa

perplejo, dice a secas: «llegamos al final…». «Yo me voy pa´la

montaña», entona el maraquero; «Kiribá, kiribá», repite el coro…

«Yo no tengo mucha prisa», el maraquero; «Kiribá, kiribá», el

coro; «Te regalo una sonrisa», el maraquero, «Kiribá, kiribá»,

el coro; «Porque a mí tu no me engañas…».

186


Viernes 7 de julio, 6:30 a.m., junto a Ángel ayudamos a Sabino

que necesita limpiar una siembra de yuca. Ángel se corta

una mano con el machete y para evitar que la sangre continúe

saliendo Sabino le aplica hierba de la zorra y yo, para garantizar,

le amarro mi pañuelo bien fuerte; 2:30 p.m., participo en una

reunión campesina en compañía de Beto, Ángel, Lázaro, José

Antonio, Roberto y Cinco Picos. Chequeamos el avance de la

alfabetización, marcha bien y pronto se impulsará con los nuevos

brigadistas, es posible terminar en octubre. Los campesinos están

contentos, ellos discuten sobre los créditos y argumentan que

necesitan más dinero para aumentar las áreas de cacao y café;

José Antonio se me acerca, dice que yo tenía razón, empieza a

entender lo que en verdad es el socialismo y dede tener miedo,

sus padres le escribieron: «teníamos una venda en los ojos»; 3:30

p.m., al terminar la reunión los bri-gadistas jugamos pelota a

mano con algunos jóvenes de Ma-jayara; es de goma maciza, ellos

no tienen destreza, se les cae con facilidad, nos divertimos de

lo lindo; 5:30 p.m., regreso con Pablo y Liberato, ambos siguen

y yo me detengo en el arroyo, me baño solo y sin darme cuenta

veo que empieza a caer la noche, me asusto un poco, los sonidos

del monte se incrementan, regreso de prisa y al moverme por

un trillo dentro de una arboleda, de repente, alguien salta sobre

mí, grito ¡ay hijoeputa!, es Pepe que se muere de la risa y yo le

digo por poco te jodo, aquí tengo el cuchillo que tú mismo me

prestaste y él, coño no me acordaba, menos mal que te quedaste

tieso del miedo; 7 p.m., prendo el farol y comemos (harina de

maíz y leche); 8 p.m., doy clases, Pablo no está, después me enteré

que había ido a La Pobreza, a ver a su otra mujer, bastante

joven; cuando regresa le digo bajito: «óigame, tenga cuidado con

las vaquitas», y él sonríe con sus cejas levantadas, pestañea dos

veces y responde: «más vale morir en los tarros de una novilla

que pateao por una vaca vieja»; 10 p.m., inicio el último libro

que me envió mi prima, Los bienes terrenales del hombre, de Leo

Huberman; es interesante aunque muy largo y difícil. Comienzo

a entender la dialéctica en la evolución de la humanidad, la comunidad

primitiva, el esclavismo, el feudalismo, el capitalismo

y finalmente el socialismo. Todo nace, se desarrolla, envejece y

muere. ¿También el socialismo?

187


Domingo 9 de julio, 5:30 a.m., parto junto a Ángel y José

Antonio rumbo a Los Perdidos, para visitar a Velázquez, nos

detenemos en casa de Roberto, desayunamos chocolate caliente

y pan, ¡un banquete!; después seguimos los tres hasta el bohío

de Lázaro, el negro está durmiendo, le echamos agua en la cara,

hijoeputas, nos grita Muletas y luego sonríe; 10 a.m., arribamos

a Los Perdidos, preguntamos por Velázquez y la familia que él

alfabetizaba nos informa que el día antes se fue para La Habana,

vino a buscarlo su padre, se lo llevó para Es-tados Unidos, casi

a la fuerza, se despidió llorando, apenado. Discutimos: «¿Podía

decirle que no a sus padres?». Roberto nos convence: «Velázquez

tiene quince años, es menor de edad», y Ángel especula: «si de

verdad es revolucionario lo seguirá siendo en Gringolandia».

Sin embargo, Roberto y José Antonio creen que allá le será difícil,

porque todo lo que se dice de Cuba es mentira; 1:15 p.m.,

regresamos a Majayara, vamos a casa de Cinco Picos, nunca lo

había visto tan contento, se aprecia que también es del campo.

Está con dos jóvenes campesinos y tres guajiritas, una es su

novia, entonan changüí, nos sumamos un rato y luego almorzamos

arroz congrí y huevos hervidos, con dos latas nuestras de

carne de cerdo china que compramos en la Tienda del Pueblo, a

veinte centavos cada una. Después, al atardecer, los brigadistas

nos bañamos en un arroyo que yo no conocía, realizamos una

competencia de canto y todos se sorprenden al oírme imitar la

voz de tenor del Indio Araucano, para amainar el frío del agua:

«soy marinero, qué lindo el mar», pero no dejo de pensar en

Velázquez, qué lástima, estoy seguro que él es revolucionario…

y si me sucediera a mí, ¿qué haría?; 6 p.m., cuando regresamos

se nos atraviesa un majá y lo matamos, decido descuerarlo, para

después echarle sal y tratar de disecarlo como recuerdo. Lázaro

disfruta: «oye, blanquito, eso tú lo quieres para brujería; lo

mismo hace Liberato, que es haitiano y usa los majases para sus

cosas extrañas de la religión vudú».

Aquel domingo lluvioso, se hizo más gris al mediodía: un joven

campesino de diecinueve años, vecino de Majayara y cuyo alfabetizador

era Lázaro, se ahogó al intentar cruzar a nado un paso

de río, que estaba muy crecido. Esa noche, casi todos los campe-

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sinos y brigadistas del cuartón nos congregamos en el bohío del

difunto y participamos en el velorio. Fue una experiencia para no

olvidar. Los brigadistas estuvimos hasta avanzada la madrugada,

casi siempre silenciosos, unidos al dolor de los padres y los cinco

hermanos del fallecido. El cadáver permanecía tendido sobre

una estrecha cama y la madre del joven lo miraba sin cesar, a

veces le pasaba la mano por su frente y le acariciaba la cabeza,

musitándole palabras que tal vez él solo podía escuchar. Varios

campesinos llevaron candiles, para iluminar el oscuro local y el

padre del difunto les pidió que los apagaran.

–Gracias, con los dos nuestros es suficiente… –y tampoco qui-so

que Lázaro encendiera el farol chino.

–¡Mucha candela atrae al Diablo! –alertó angustiada la ma-má

y esta vez sí elevó la voz, esforzándose por vernos a todos en la

penumbra–. Su espíritu necesita reposar tranquilo, para el largo

viaje que va a hacer mañana –y se persignó anegada en lágrimas.

Era la primera vez que yo asistía a un velatorio en el campo,

y en verdad estaba sobrecogido. Lo único pasable de la ocasión

fue la abundante y sabrosa comida que nos sirvieron, pues es

tradición en las montañas, debido a las distancias en que viven

los vecinos, que se les brinde carne de alguna res sacrificada, o

pollos que aportan familiares y amigos, y viandas, chocolate con

leche, así como frecuentes dosis de café, para ayudar a sostener

la vigilia.

Después de medianoche, los brigadistas y el maestro nos apartamos

unos metros fuera del bohío, salvo Lázaro que permaneció

junto a sus alumnos, y a los pocos minutos nos acompañaron

Pepe y Liberato. Este encendió un largo tabaco, de los que él

mismo se torcía y junto a la segunda bocanada de humo exhaló

una pregunta, que rompió el gélido ambiente:

–Bueno, maestros, ustedes que saben tanto, seguro me pueden

explicar: ¿qué les ocurre a los seres humanos, después que se

mueren?

–En realidad –dijo Beto de inmediato–, la interrogante es sobre

lo que le sucede a la mente humana…

–¡Y al espíritu! –Liberato interrumpió y señaló hacia el cielo–.

Porque lo que sigue existiendo es el alma…

Yo sentí un temblor frío, al girar la cabeza hacia dentro del

bohío y distinguir en la opacidad del espacio a la sufrida cam-

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pesina, que seguía pegada a su crío, tal vez dándole consejos, o

deseándole mejor vida en la muerte, o diciéndole que se portara

bien y la esperara en su destino.

Ángel, que se sabía de memoria la Biblia, sintió necesidad de

esclarecernos:

–Los cristianos pensamos que al morir la persona desaparece

en su estado carnal, y si ella reconoció a Jesucristo como su Dios

salvador, el alma se va a un sitio de reposo a esperar la segunda

venida del Hijo del Señor y el Juicio Final, que le puede permitir

ir al reino divino o ser castigado al infierno.

–Pienso que el consuelo de los creyentes es el más allá, y eso

puede que les disminuya el temor a la muerte –afirmó Beto, sin

irrespetar a Ángel y agregó–: Yo tampoco le temo a la muerte,

aunque si viene el hombre de la guadaña trataré de jugarle cabeza,

hasta que se vaya solo o se lleve a otro.

–¡Solavaya! –exclamó Pepe y, sin darnos cuenta, todos nos

reímos un instante, salvo Liberato.

–Yo les quiero recordar algo que escribió el poeta español

Antonio Machado, que una vez me comentó una novia que es

poetisa, por cierto, también en un velorio –dijo Beto en voz queda,

concentró su mente en el recuerdo y concluyó–: La muerte es

algo que no debemos temer, porque mientras somos la muerte

no es y cuando la muerte es, nosotros no somos.

–Caramba, maestro… eso parece un tartamudeo. Yo nunca

pienso en la guadaña y siempre creo que son los demás quienes

se mueren –intercedió Cinco Picos, aunque su rostro más bien

estaba asustado, tal vez pensando que hacía tres semanas casi

se ahoga en el mismo río.

Yo no abrí la boca, no me planteaba mi propia muerte y por

ende no le temía. Sin embargo, sí me aterraba que le sucediera

a Mima, tal vez por el trauma de sufrir el vacío de mi padre

desde que era niño y el impacto desgarrador aquella tarde de

febrero, cuatro años antes, cuando tío Enrique abrió la puerta

del apartamento de abuela y sin poder contenerse me abrazó

llorando, y así supe, sin palabras, que el viejo se me fue. Después

abuela me consoló: «mijito, quedan los recuerdos que tu padre

dejó en nuestras vidas, las fotos, las cosas suyas, y todo lo que

hablamos sobre él; cuéntales a tus amigos cómo era, y de vez

en cuando imagínatelo cerca de ti, dile cosas. Luis escuchará y

hasta te dará buenos consejos. Porque la muerte no nos quita a

190


los seres queridos».

Al siguiente día, todos llegamos temprano a la reunión prevista

en la escuela. A las nueve en punto entró Beto con los nuevos

brigadistas, cinco varones y tres hembras, todos de La Habana.

Sentía especial curiosidad por conocerlos. Una de las brigadistas

era un primor: trigueña, de mediana estatura, ojos sinceros,

sonrisa espontánea y cintura de avispa, apretada por el cinturón

del uniforme. Beto los presentó, se veían deseosos de comenzar

su tarea; las muchachas, al parecer quinceañeras, sonrieron

con dulzura y solo percibí acongojada a la bonita, Carmen, en

contraste con la jovialidad de su amiga, María Elena, de traviesa

mirada, ocurrente, flaca y con la cara llena de acné.

El maestro explicó que el refuerzo permitía atender a casi todos

los analfabetos del cuartón y nos solicitó a los que llegamos en mayo,

que cuando termináramos con nuestros alumnos asumiéramos los

que faltaban. Pidió después tres voluntarios, de los brigadistas que

concluíamos en las próximas semanas, para ir a una zona llamada

Arroyón, donde había tres familias que recibieron tierras vírgenes

de un ex latifundio, a dos horas de distancia:

–No tienen que levantar la mano ahora, eso será cuando los

primeros de ustedes terminen. Piénsenlo bien, Arroyón es un

lugar inhóspito, no les miento, hace falta gente guapa, de patria o

muerte –dijo Beto y respiró en silencio, paseando su vista sobre

cada uno de nuestros rostros–. Quiero referirme también a otros

temas –continuó el maestro en voz mesurada–. Hemos recibido

la orientación de la Comisión Municipal de Alfabetización de organizarnos

mejor y elevar la disciplina. El compañero Ángel será

el Orientador Técnico del grupo y Gabriel el Orientador Político,

¿están de acuerdo? –Todos asentimos con las cabezas–. Si es así,

continúo: debemos aprovechar al máximo nuestras reuniones

semanales, discutir primero la marcha de la alfabetización.

Vamos a hacer un censo para saber desde ahora quienes son

inalfabetizables, y las razones, o sea, por vejez, retraso mental u

otras causas, y a los que pongan pretextos tenemos que caerles

encima y convencerlos. El que tenga capacidad y no quiera hay

que explicarle bien lo que se pierde, la consigna es «¡que no se

nos quede nadie sin aprender!».

Por último, Beto nos persuadió de que era necesaria nuestra

191


ayuda para que las familias del cuartón construyeran letrinas y

así evitar ciertas enfermedades frecuentes, por ejemplo la gastroenteritis,

que a veces produce la muerte de niñitos y ancianos.

Nadie se opuso y decidimos comenzar a hacer los primeros dos

huecos el siguiente día, martes, bien temprano, y terminar todos

en una semana.

A las siete de la mañana empezamos a dar pico en un sitio detrás

de la casa de Pablo, rotándonos en la faena seis briga-distas,

mientras otros hacían lo mismo al lado del bohío de Sabino. Como

solo teníamos una pala, usamos también guata-cas, pedazos de

yaguas y hasta las manos para extraer la tierra. Alrededor del

mediodía finalizamos sudorosos el enorme hueco y nos sentimos

orondos; preparamos una refrescante limonada y almorzamos

arroz con fideos y boniatos hervidos, que cocinó Onoria: todo

nos supo divino.

Luego de un breve reposo, decidimos irnos para el arroyo. Disimulé

no sentir el agua fría, debido a la presencia de Carmen y

la flaca, ambas en trusas enterizas, y las disfruté sin com-petencia

porque a Lázaro, Ángel y Cinco Picos se les olvidó traer sus trusas

y tuvieron que irse a bañar en un lugar distante. Las muchachas

me dijeron su edad, ambas de quince años, y hablaron con soltura

de sus vidas en La Habana. Una era del Vedado y la otra de Santos

Suárez, me parecieron muy serias y no admitieron ninguna insinuación.

Y para impedir cualquier tentativa, Carmen se adelantó

a poner el parche antes de que saliera el grano:

–Yo no tengo novio ni me interesa por ahora. Lo mejor es dejar

eso para cuando regresemos, aquí debemos dedicarnos a alfabetizar

y ayudar a los guajiros.

María Elena la secundó de inmediato: «No hay quince años feos

y como dice mi abuela, evitar el peligro no es cobardía». «¿Cuál

peligro?», le pregunté con cara de ingenuo, y la flaca respondió

sin inmutarse: «Tú sabes cuál, no te hagas el bobo». Los tres

sonreímos y al mirarlas nadar felices rememoré el irónico comentario

que hizo el Abuelo en el tren, de que las bri-gadistas

nos violarían a nosotros, y medité: «al menos Carmen y la flaca

no son de esas, y empiezo a sentir hacia ellas el afecto de un

buen amigo».

Media hora después fui a avisarles a mis compañeros que ya

nos íbamos, aunque antes decidí sacarme unas piedrecitas que

192


me molestaban dentro de las botas y como aun estaba próximo a

las muchachas, detrás de unos arbustos, escuché lo que hablaban.

Primero, desahogaron sus penas:

–Al entrar por primera vez en el bohío, me sentí extraña y hasta

me pregunté, caramba y yo qué hago aquí; sin embargo, poco

a poco, al conversar con la familia y conocerlos uno a uno, recibí

tanto cariño de ellos que ya me siento mejor. Ellos me nombran

maestra y eso me llena de orgullo –dijo la flaca y después me

pareció oír el chapoteo de algunas brazadas suyas.

–Yo tuve la misma sensación al principio y no es que me aprecie

mal; sin embargo, no sé qué me pasa, extraño demasiado a

mis padres y a mi hermanito. Esto es muy difícil, por suerte mi

abuelo viene pronto a verme… –y en ese momento escuché los

sollozos de Carmen, que María Elena trató de cortarle haciéndole

una inesperada pregunta.

–¿Qué te parece Gabriel?

Carmen hizo un prolongado silencio, hasta que se recuperó

del trauma.

–Chica, es muy simpático, lo que más me gusta es su tierna

voz y esa sonrisa perenne de cascada que contagia sus ganas de

vivir. También me atrae Roberto, tiene una cara muy varonil, es

alto y apuesto, parece un galán de la televisión; en fin, es como

el Bromo Selzer: siempre cae bien.

–Pues a mi el que me encanta es Ángel. Tiene estampa de tímido

y mi tía Bárbara, que se las sabe todas, cree que esos son

los hombres más fáciles de conquistar –comentó María Elena,

zambulló un instante su cabeza en el agua y al volver a respirar

miró a Carmen algo sobrecogida–. Yo no soy bonita como tú y

no puedo escoger tanto, aunque lo que le dijimos a Gabriel es

así: los novios hay que dejarlos para La Habana.

–Sí, mami y abuela me lo advirtieron bien claro, la distancia y la

soledad son malas consejeras y la carne es débil. Ellos, los varones,

no tienen nada que perder; nosotras sí, porque sin virginidad es

muy difícil encontrar un hombre para casarse –reflexionó Carmen

y luego avanzó suavemente contra la fría corriente.

–En mi caso sería peor, porque a una fea y además estre-nada,

no la quiere nadie –sentí reír a la flaca y decidí desplazarme

sigiloso hacia los muchachos, al percibir que ellos se acercaban.

Junto a Lázaro y Ángel acompañamos a las muchachas a sus

respectivos bohíos. Después fuimos a tumbar mangos, sentándo-

193


nos debajo de la mata a comer todos los maduros que capturamos.

–¿Tú tienes novia en Santa Clara? –le pregunté a Lázaro,

mientras él deglutía una deliciosa tajada de la amarilla fruta y

sin terminar de engullirla respondió.

–Sí, es una negrita lindísima, estudia conmigo en la Escuela

Normal –y pestañeó de manera sensual, imitándole ese gesto–.

Tiene un culo que me vuelve loco, y una vez pude tocarle su cosa

debajo del blúmer. Ella no quiso que continuara: «saca la mano

que te pica el gallo», y para compensar me apretó el mandado fuera

del pantalón. Yo no aguanté y le abrí la portañuela, entonces se

embulló con su boquita y ya ustedes se imaginan. ¡Eso es lo más

rico del mundo!

–¡Dímelo a mí! –exclamó Espíritu Santo y me sorprendí al ver

sus ojos relampaguear.

–¿También lo hizo tu jevita? –le preguntó Lázaro con erótica

maldad, pasándole la lengua a un largo mango filipino y Ángel

miró a lo lejos, ido de la realidad, y reclinó la espalda en el tronco,

sentado en el piso, sumido en sus recuerdos.

–No, no fue ella, escuchen lo que me pasó… –adoptó un aire

de intriga y comenzó a narrarnos su historia, a veces como si

fuera un cuentista y otras en estilo casi bíblico–. Resulta que el

31 de diciembre pasado esperé el año en casa de mi novia, que

se llama Suzy, y estaban con ella su hermana mayor, Perla, que

es divorciada, y otros amigos. Nos divertimos de lo lindo, bailamos,

tomamos vino, sidra y cerveza, y yo cogí una curda del

carajo. Como a las dos de la madrugada, Suzy me llevó para su

cuarto y empezamos a darnos tremendo mate. Yo desesperado,

no sabía qué hacer. Por fin, caímos sobre la cama, ella encima de

mí, y cuando estábamos más embullados abrió la puerta Perla,

y nos dijo: «Qué están haciendo ustedes ahí». Entonces yo me

puse nervioso, Suzy saltó furiosa, y su hermana le peleó: «Cosa

más grande, recuerda que mami está en Santiago de Cuba y me

encargó cuidarte; es hora de dormir, la bebida te hizo daño, ve

y despídete de los amigos». Enseguida Suzy, muy molesta, se

encerró en el cuarto, y yo decidí irme, pero al despedirme Perla

rogó: «No te vayas todavía», y me sacó a bailar. La sentí excitada,

pasada de tragos. Al rato partieron los restantes amigos, solo

quedaron mi primo y la novia, y Perla nos invitó a los tres que

la acompañáramos al parque de los chivos en Santos Suárez.

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«Vamos a ver las estrellas del nuevo año», dijo, y de repente ella

y yo estábamos sentados en un banco, mi primo con su novia en

otro y la cabeza me daba vueltas… Yo miraba a Perla y aunque

es una buena hembra no quería besarla; me daba pena con Suzy

y también, lo confieso, no me gustaba, le faltaban los dientes de

arriba, pues se le había roto la prótesis. Sin embargo, ella no

esperó a que yo tomara la iniciativa; parecía una serpiente, me

abracó, desplegó su lengua de reptil dentro de mi boca y comencé

a perder el control. Ya no veía nada, solo sentía aquel aliento

de alcoholes mezclados, y en ese trance me bajó los pantalones

y el calzoncillo. Yo apenado; «nos pueden ver», pensaba, y ella

siguió, la agarró en su mano derecha y se la introdujo hasta el

final de la garganta y yo sentía las caricias de su encía desdentada

y la lengua retozona, hasta que me acostó a lo largo del banco,

abrí un instante los párpados y no había estrellas visibles; sin

embargo, las rítmicas succiones me hacían imaginarlas fulgurar.

«Coño, qué rico es esto», pensaba y ella seguía ansiosa su faena,

en espera de la recompensa, hasta que estallé de un golpe,

sentí un escalofrío en todo el cuerpo y con los ojos entreabiertos

disfruté el instante en que ella gozaba el premio en su boca,

lamiéndose los labios, fuera de sí. Hizo una pausa, se quitó el

blúmer, y encima de mí usó su saya para cubrir ambos cuerpos

penetrándose con renovadas ansias, hasta que confesó en ráfaga,

¡no-puedo-más-dámela-coño!, y sus labios impregnados de sabor

a sidra, cerveza y semen emitieron un quejido de lujuria y, sin

detenerse, se arrodilló en la acera, colocó mi hechura de lado,

frente a ella, su lengua recorrió ávida los excitados contornos

de mi sexo, que pronto volvió a prosperar y esta vez el ascenso

al cielo demoró no sé cuánto tiempo. Hasta que por fin, casi al

amanecer, escuché el trino de los pájaros y entonces Perla ocupó

mi lugar, se acostó abierta sobre el banco y no tuvo que decirme

nada, pues ahora yo sabía que me tocaba a mí quemarla antes

de que saliera el sol.

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22 de julio:

¿Crimen sin culpable II?

Nunca había sentido tantos dolores de estómago, ni los intestinos

desahogarse de la manera en que me sucedió desde el jueves 20 de

julio. Liberato vino a sobarme el viernes y me echó un rezo en voz

baja, mas no logró pararme las diarreas, que me pusieron pálido

y debilucho. Después Pablo y Onoria me dieron cinco guayabas

verdes y las comí, porque desde niño escuché que estriñen, pero

tampoco me ayudaron. Entonces Liberato concluyó que yo debía

tener lombrices y trajo semillas de calabaza, tostadas, molidas y

mezcladas con azúcar prieta, pero nada. Hasta que le avisaron

a Beto, quien al verme se asustó y el sábado temprano pasó a

buscarme con su caballo y Pablo me prestó el suyo, para ir al

hospital de Sagua de Tánamo.

–Allí verán qué tienes, esto no parece un empacho –dijo Beto y

me ayudó a subirme sobre la vieja montura–. En bestia, el viaje

hasta el pueblo demora alrededor de tres horas.

Yo no tenía pericia en montar a caballo y Beto decidió ir delante,

diciéndome: «Fíjate en lo que hago, observa bien. Si el animal

no quiere caminar no lo pinches demasiado con las espuelas,

porque se desboca. Tócalo suave con ellas, que él sabe mucho y

enseguida coge el paso».

La parte más difícil fue la bajada desde Majayara hasta La

Pobreza, porque había lomas muy accidentadas, el camino era estrecho

y la tierra estaba resbaladiza. Ahí comencé a comprender

lo que se dice sobre la inteligencia de los caballos: sin dirigirlo él

daba sus pasos con sumo cuidado y buscaba los mejores atajos,

detrás de su compañero que le servía de guía.

El terraplén de La Pobreza hasta Sagua me pareció la Vía Blanca,

en comparación con los trillos de las montañas. Sin embargo, en

todo el sendero no existía siquiera un puente de madera, y tuvimos

que atravesar los más de veinte pasos de ríos encima de los caballos,

que para mi sorpresa, en dos ocasiones nadaron tramos donde sus

patas no alcanzaban el fondo.

Beto no dejaba de mirarme y orientarme, y de vez en cuando

197


me preguntaba: «¿Cómo te sientes?; dime si necesitas “hacer

cuclillas”», y yo: «No te preocupes, estoy bien», y seguía disfrutando

desde aquella altura y velocidad de desplazamiento

inusuales, los mismos paisajes que observé hacía casi tres meses,

moviéndome ahora en dirección contraria y con muchas

vivencias acumuladas desde entonces, tantas, que al mi-rar mi

imagen en las aguas de un arroyo que cruzaba, supuse que era

un guajiro serrano, y los duendes esta vez me llenaron el alma

de añoranza: «¿qué estarán haciendo Mima y mis her-manos a

esta hora?, cómo los extraño; ¿qué películas habrán estrenado?;

coño, ¿cuándo podré disfrutar los círculos sociales que abrieron

hace poco cerca del Coney Island en los antiguos clubes de los

ricachones y, después, comerme un sabroso pan con bistec en el

paradero de guaguas de Playa?».

Arribamos al hospital de Sagua a las 11 a.m. y en quince minutos

el médico me atendió. Era un hombre gordo, de rostro bonachón

y extendida calvicie, que me revisó de pies a cabeza, palpándome

toda la zona abdominal y dándome unos golpecitos en ciertos

puntos, con una mano suya sobre la otra.

–Pueden ser parásitos –dijo–. Hay que hacerle un cultivo de heces

fecales y mientras tenemos los resultados, debe tomar disuelto en

agua este polvo que se llama bismuto… Mejor se queda ingresado

en observación y, si continúan las diarreas, lo hidratamos.

Beto me acompañó hasta la habitación, y al llegar me comentó:

«Oye, no te agachaste en ningún lugar del camino, ¿ya botaste

todo?». «Parece que sí, maestro, y por favor no digas nada hasta

pasado mañana, porque quiero tratar de ver a una amiga».

«¿Una amiga o tu jevita?». «Todavía no sé, más bien es una buena

amiga». Para no perder tiempo, le pedí a Beto que llamara por

teléfono al central azucarero Frank País, antiguo Tánamo, cerca

del que vivía Cary, para que le dieran el recado que yo estaba

ingresado en el hospital del pueblo y corriera a verme.

A las cuatro de la tarde irrumpió Cary en mi habitación,

ansiosa y preocupada. Tenía su dorado pelo hecho una larga

trenza de oro, la piel cobriza por el sol y el rostro algo contraído.

Se acercó sin demora y me besó tiernamente la cara. «¿Qué te

pasa?», preguntó; luego miró inquisitiva al maestro, y le aclaré:

«Este es nuestro coordinador, le decimos Beto porque es igual a

198


un hermano». «¿Y por qué estás ingresado?», volvió a indagar

ella. «No es nada», terció Beto, «es que estaba loco por verte y la

enfermedad del corazón le descompuso el estómago». Ella rió y

yo simulé estar serio; enseguida Cary volvió a besar mi faz, esta

vez apretándome fuerte. Beto captó que debía irse un rato y nos

dejó solos, no sin antes advertirme: «Oye, recuerda que estás

enfermo y si te ven con ese semblante, te dan el alta enseguida».

Cary se sentó en el sillón de los acompañantes, y yo hice lo

mismo en la cama, a una prudente distancia. Guardamos silencio

y nos miramos pupila a pupila durante dos o tres minutos,

escrutándonos los sentimientos. Durante los casi tres meses sin

vernos, solo le había escrito dos cartas y ella cinco.

–No importa, yo sé que has estado ocupado y para querer a

alguien basta suponer que te quieren…

–Y a veces ni eso –subí la vista y ella asintió.

En ese instante entró la enfermera y me colocó el termómetro

debajo de una axila.

–¿Cómo te sientes?, parece que estás bien, ¿no? –rió burlona.

A los dos minutos, miró la temperatura.

–No tienes fiebre, a pesar de que te noto caliente –dijo tocándome

la frente y guiñó un ojo a Cary, con cariñosa malicia.

Al rato, llegó Beto con unas rosas que compró para Cary y, por

suerte, ella no se percató de que había sido una iniciativa del

maestro y también su comentario al dármelas.

–Aquí está lo que me pediste para ella. Tres rosas bien rojas,

como tú querías, una por cada mes sin verse.

Y yo, aunque sorprendido por dentro, seguí la «rima» poética

que Beto creó de improviso, diciéndole a Cary:

–Le pedí al maestro que fueran de este color, porque cuando

nos despedimos en el parque, hace tres meses, vi pétalos rojos

en tus ojos.

Fue un exceso para ella, se echó a llorar de alegría y luego no

pudo contener un escueto beso en mis labios y otro agradecido

en la cara de Beto. Media hora después, Cary se marchó, porque

debía impartir clases a sus tres alumnos.

–Mañana vengo, tenemos muchas cosas que contarnos, y te voy

a traer la última carta de mi mamá sobre el tema aquel –ex-presó en

forma elíptica, para ocultarle a Beto lo del asesinato del padrastro.

199


En efecto, al siguiente día nos volvimos a encontrar en el hospital

y Beto nos dejó solos. Yo estaba recuperado y ansioso de

que el médico pasara visita, a fin de recibir el alta. Entretanto,

al poco rato de conversar con Cary, ella no tardó en retomar su

drama familiar.

–¿Recuerdas que los dos principales sospechosos del asesinato

de Pancho eran su amigo Anastasio y la querida, Adriana?

–comenzó a decir ansiosa, entretanto se acariciaba sus rubios

cabellos con los dedos de ambas manos–. Pues en esta otra carta,

mami me explica que apareció un tercer sospechoso. Ahora

verás qué interesante. Mejor siéntate para que no te caigas de

la sorpresa. Oye lo que dice:

200

La Habana, 2 de julio de 1961

Año de la Educación

Mi querida niña:

Recibí tu carta fechada el 16 de junio, donde me hablas sobre

tus grandes avances en la alfabetización y dices que ya estás bastante

acostumbrada a esa vida campestre tan difícil, aunque nos

extrañas muchísimo. Nosotros siempre estamos pendientes del

cartero y todos disfrutamos tus aventuras y locuras en Sagua.

¿Cómo es posible que aun no sepas distin-guir una gallina de

un gallo? Es lógico que no puedas iden-tificar el sexo de una

cotorra, de una jicotea o de un alacrán, pero los gallos tienen

una cresta roja inmensa y las gallinas son más redonditas y

tranquilas, salvo cuando están echadas o ya tienen sus pollitos.

Nos reímos hasta más no poder con tu anécdota de que

le fingiste a un guajiro que estabas ena-morada de él, para

así poder alfabetizarlo rápido y lograste de ese modo ser la

primera en enseñar a leer y escribir a un alumno. ¡Ese arte de

engañar a la gente y de imaginar situa-ciones, lo aprendiste

de tu padre! Menos mal que en ese caso fue para ayudar a ese

humilde campesino y espero que siem-pre sea así.

En tu carta, me preguntas cómo van las investigaciones so-bre

la muerte de Pancho. ¡Hay sorpresa! Resulta que la policía no

daba pie con bola y yo me puse a hablar con una amiga que

es fanática de los cuentos policiacos, y ella me escuchó cada


detalle de lo sucedido y me fue haciendo varias pregun-tas.

Más o menos, así fue nuestro diálogo, después que le conté todo:

–Graciela, el olfato me dice que ninguno de los dos sos-pechosos,

ni tampoco tu ex esposo, es el asesino –afirmó mi amiga

Daysi y se rascó la cabeza, como si fuera un detective privado.

–Entonces… ¿quién pudo ser? –le pregunté intrigada a Daysi,

que fijó su mirada astuta en mis ojos y levantó su dedo índice,

diciéndome:

–Todavía es muy pronto, tenemos primero que averiguar algunos

datos. Hay una persona que, escuchando tu historia, me

hace latir de prisa el corazón, y eso me ocurre cuando intuyo

quién puede ser el asesino en una novela policiaca.

–¿Quién te lo hizo latir más rápido? –le dije ansiosa.

Ella sentenció:

–El cederista que hacía guardia aquella madrugada y le dio

tanta información a la policía. Tú también hablaste con ese

compañero. Dime lo que recuerdes: ¿lo notaste sincero?, ¿él

conocía a Pancho?

Le expliqué a Daysi que hablé solo una vez con ese hombre,

que le dicen Buscapesos en su barrio, porque tiene fama de

hacer trabajitos en las casas, por ejemplo pintar las paredes

o arreglar jardines, pero que no me dio mala impresión, salvo

que su mandíbula inferior afilada y botada hacia afuera

parece la quijada de un puerco y eso lo hace algo repulsivo.

–¿Te atreves a ir conmigo a verlo? –dijo Daysi y esperó tranquila

mi respuesta.

Yo me sentía confundida y pensé decirle que no me quería

meter en ese rollo y lo mejor era informarle a la policía. Ella

me leyó el pensamiento.

–Seguro te preguntas, ¿por qué no le avisamos a la policía?

Pues muy sencillo, no confío en sus métodos ni en la capacidad

de ellos para descubrir si ese hombre es el asesino. Tú y yo

podemos indagar sobre él, haciéndonos las bobas en su barrio;

por ejemplo, interesándonos con sus vecinos si es una persona

cumplidora en los trabajos caseros que hace. Y después yo puedo

contratarlo para pintar mi casa, que en verdad necesito pasarle

la mano, y ahí me hago más boba y averiguo muchas cosas.

¿Qué te parece el plan?

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–Creo que es muy bueno, salvo que yo no debo volver a ver a

Buscapesos, ni ir a su barrio a averiguar nada sobre él, porque

podría toparse conmigo o saber de mis indagaciones y si es

el asesino sería capaz de hacer cualquier cosa –le dije a Daysi,

y así, de repente, acepté su loca iniciativa sin enrolarme

directamente.

Daysi se demoró quince días en saber todo sobre Buscapesos y

logró pintar la casa completa a un precio bastante aceptable,

porque el tipo es un lanzado y le hizo insinuaciones a mi ami-ga,

que casi se dejó querer para lograr exprimirlo.

Los datos nuevos, que para Daysi hacen de Buscapesos el

primer sospechoso, son: conocía muy bien a Pancho; cuando

este vivía en ese barrio jugaban dominó a menudo, también

se daban tragos en el bar de la esquina y, lo más importante,

Buscapesos tenía una llave del apartamento, que Pancho

le dio para que le echara un vistazo de vez en cuando, y fue

precisamente él quien le avisó a Pancho sobre el salidero de

agua. Y ahora viene lo mejor: Buscapesos, cuyo nombre verdadero

es José Quijada, le confesó a Daysi que Pancho le había

adelantado que ese día le pagarían 1,500 pesos y el sábado le

daría los 50 pesos que le debía por cuidarle el apartamento.

¿Qué te parece hasta aquí? ¿Verdad que Daysi se la comió? Y

la cosa no se queda ahí. Te reservé algo sorprendente para el

final: resulta que Buscapesos le dijo al vecino que le tocaba

relevarlo en la guardia del CDR, que no se preocupara, porque

él tenía que levantarse a las cinco de la mañana para llegar

puntual a coger un tren hacia Santa Clara y prefería estar

despierto hasta esa hora, ya que podía quedarse dor-mido. Y

efectivamente, Daysi también averiguó que «su enamorado»

de la quijada de puerco, había viajado esa ma-ñana a Santa

Clara y estuvo por allá una semana.

Cuando mi amiga me contó todo esto, le dije: «Ahora sí debemos

informar a la policía». Pero ella se negó: «Todavía es

muy pronto». Y agregó: «falta saber qué hizo Buscapesos con

ese dinero y cómo mató a Pancho, y qué pruebas mate-riales

podemos aportar para que no pueda justificarse con nada».

–Debemos dejarlo «listo para la sentencia» –afirmó Daysi con

aire de triunfadora.


Te confieso, Cary, que estoy contenta y a la vez aterrorizada,

porque si Buscapesos se entera de todo esto, la cosa puede

terminar mal…

No quiero de todos modos que te preocupes, solo deseo que

me digas tu opinión, porque desde adolescente eres fanática

a la literatura policiaca y tienes mucha imaginación. Escribe

pronto.

Muchos besos, tu mami:

Graciela

–¿Has leído cuentos policíacos? –me preguntó Cary al terminar

de devorar la carta.

–No, en verdad nunca –le respondí–. Tal vez después de conocer

esta experiencia me embulle a leerlos.

–¿Y piensas que Daysi tenga la razón, o es que ella está enloquecida

por consumir tanta literatura de ese tipo? –especuló.

–Fíjate, sus ideas me parecen lógicas y solo lamento que cuando

recibas la carta con el final de la película voy a estar lejos –le

comenté de veras intrigado y en ese instante entró el médico a

darme el alta y detrás llegó Beto.

Eran las once de la mañana y Beto quería que regresáramos a

Majayara después de almorzar, para que no nos cogiera la noche.

Cary, a su vez, deseaba que la acompañara a conocer el lugar y

a la familia donde ella alfabetizaba. Pero no daba el tiempo, y

a las dos de la tarde nos despedimos en la casa donde me había

hospedado cuando llegué el 30 de abril a Sagua, después de

disfrutar un sabroso fricasé de pollo y un tamal en cazuela que

María preparó con especial esmero. Cary se despidió tristona, sus

ojos parpadearon una y otra vez, hasta que le brotaron algunas

lágrimas y gimió breves palabras:

–Cuídate la salud y escríbeme más a menudo –y apretó su cabeza

en mi pecho. Luego sacó de su mochila la carta de la madre

que me había leído y expresó, ocultándome algo que no pude

descifrar–: Por favor, guárdala junto a la otra, y cuando sepamos

el final tal vez escriba un cuento, solo así podré olvidarme de

este drama que junto a mi familia estoy viviendo.

–¿Y si es así, por qué no guardas tú las cartas? –curioseé.

–Muy sencillo, de ese modo no voy a dejar que te escapes –res-

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pondió al instante y con tal franqueza, que le creí.

En realidad salimos a las tres de la tarde y para colmo a mitad

del camino nos sorprendió un torrencial aguacero que nos obligó

a protegernos en un bohío cercano, y el jefe de la familia que allí

vivía, al saber que el río estaba crecido, nos dijo que pasáramos

la noche en una choza contigua. A las siete de la noche comimos

con ellos harina hervida, quimbombó y unas masitas de puerco

frita, que la señora guardaba igual que unas joyas dentro de una

lata de manteca.

Nos prestaron un candil y colgamos las hamacas, una al lado

de la otra, en el único lugar del tugurio donde no llovía adentro.

Beto colocó la luz sobre un tronco seco, que puso vertical, y sacó

de su mochila varios papeles.

–¿No te molesta que lea y escriba? –susurró. Y yo le respondí

que no, al contrario, tampoco tenía sueño. Le pedí que me prestara

algunas hojas porque el Diario se me había quedado en

Majayara y quería hacer las anotaciones para después pasarlas

a la libreta.

Así estuvimos más de media hora, hasta que Beto suspiró y

presentí sus deseos de decirme algo.

–¿Sabes? –comenzó, e hizo un silencio de varios segundos–.

Acabo de responder la carta de una novia que tenía en La Habana,

y decidí pelearme con ella, porque hay amores que en

vez de alegrar la vida la empapan de hiel. Ella es una mujer

mayor que yo, tiene treinta y dos años, es profesora de danza y

posee una fina sensibilidad. Hicimos el amor por primera vez

en su apartamento, donde vive sola, esa noche puso un disco de

Debussy, Nubes y El Mar, que se deslizó en mi espíritu. Nunca

había sentido nada igual, quedé extasiado por esa inefable

música, que parecía brotar de sus ojos verde esmeralda, y los

sensuales movimientos de sus labios me encendieron. Rodamos

por el piso, nos desnudamos de prisa en la penumbra, y

al comenzar a entrarle ella quiso que fuera lento y profundo.

Cerró los párpados, gemía sin inhibirse, se iba a otra galaxia,

regresaba, y así terminamos el primer concierto… Después

escuchamos a Mozart y Chopin, ella disfrutaba con sus ojos adorme-

cidos las armónicas notas de la sinfonía Júpiter y de la Polonesa,

y extasiada, hacía sonar con todas sus habilidades las teclas de

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mi cuerpo, creyéndose, tal vez, que yo era una inagotable partitura

de placer…

–¿Y por qué te peleaste con ella, si es una mujer tan especial?

–interrumpí a Beto, sin apenas verle la cara en la oscuridad.

Él tomó en sus manos un papel escrito por ambos lados y me

dijo: «Antes de responderte, para que me entiendas, quiero que

escuches algunos párrafos de esta carta, que ella me escribió».

Yo traté de imaginar el nuevo drama y mi cerebro quedó en

blanco; luego medité: «caramba, otra carta que me van a leer hoy;

espero que esta sea más agradable». Y pocos segundos después,

Beto descorrió el velo, su voz bajó el volumen y le noté cierto

matiz de melancolía:

.

Caro Alberto:

Amarte, ha sido lo único hermoso en mi vida, desde hace

mucho tiempo.

Nos esperan años muy amargos, es conmovedora la soledad de

nuestro país, y es inmensa la reserva de heroísmo y de frescura

(diría) que se necesita para ser héroe cotidiano y anónimo,

para afrontar sin miedo y con el alma dispuesta a todo lo por

venir, este ensayo de sistema social, colmado de aventuras y

promesas y también de incertidumbres.

Ahora quisiera hablarte de ti y de mí. A veces, me sobresalta

tu modo de ser; sé que eres implacable, en primer lugar con-tigo

mismo, que tienes una voluntad de acero que me hace admirarte,

y por tanto quererte. Es por eso que no logro comprender

por qué piensas que mi amor te hará daño, precisamente yo,

que me doy a ese afán con la misma en-tereza que tú lo haces

a la Revolución.

En muchas ocasiones te he hablado de vivir. Pero creo no haber

sido clara. No me he referido a la vida disipada, a bus-car

emociones a cualquier precio, porque ello es lo que más pudre

la conciencia. Todo ser humano, para intentar ser feliz, debe

tener la determinación de trazarse una ruta, y al final solo

queda lo que has podido alcanzar por ti mismo, lo que has

sabido defender de la bestia que llevamos dentro.

Quisiera preguntarte, si el amor «es creación de lo humano»,

como me filosofaste al oído una vez, entonces… ¿no existe ese

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amor, en relación directa con nuestra capacidad de valorar el

lugar que debe ocupar en nuestra vida?, ¿de qué armas disponemos,

para hacer perdurar ese encantamiento?, ¿de qué modo

podemos hacerlo consciente, para que sea ayuda, bálsamo,

reposo, creatividad, nunca lastre ni retroceso?

El amor, como único fin, aburre, derrite las pasiones, se quema

en unas pocas noches. Es muy dulce y reconfortante, después

de los esfuerzos cotidianos por avanzar, sentir una voz, un

gesto, que renueven y den luz, unos ojos en quien confiar las

inquietudes y los peligros de la vida, todo. Es ló-gico que temas

amarme, que te aferres a tu modus vivendi; comprendo

tu situación en medio de la vorágine de estos tiempos; te apoyo

hasta cierto punto, mas sé también que puedo socorrerte de

otra manera, y esa ayuda es darnos mil y una noches de amor.

Cuando comencé esta carta, te expresé cómo avizoro el futuro

de la Isla; habrá días soleados y también tormentosos. Por

eso urge crearse un espacio mágico donde podamos respirar

sedados, y al menos en ciertos momentos no lleguen los ruidos

de este laboratorio social, que recién hemos comen-zado

a experimentar y donde somos científicos y a la vez conejos.

Solo tú puedes darme ese mundo de hechizos y estoy segura

que yo puedo entregártelo a ti. Ven, adentrémonos en él, sin

pudor, desnudas las almas.

Te asocio con un río negado a correr, porque sabe que sus aguas

se unirán con el mar. Un río así se lo traga la tierra y luego,

en lo oscuro, clamará por la luz y buscará su cauce original,

que es darse sin temores al prodigioso mar. Tenemos rostros,

poseemos identidad gracias a la naturaleza infinita, y es un

deber luchar porque ellos no sean de cera. Solo yo conozco cómo

se oye el mar desde tus brazos, porque un ca-racol me silbó el

secreto aquella noche que no quiso amanecer.

Estoy tranquila. La soledad y la voluntad fortalecen poco a

poco. No vendrás hoy, ¿no vendrás nunca? ¿Estas palabras

se perderán, como gritos en una cueva? No importa, quedará

el eco y la humedad donde crecen hermosos hongos. Amo la

transparencia al hablar, oscuras palabras cargan insondables

propósitos. La mezquindad se ofende si la miran de frente.

Cuando las palomas despliegan sus alas, disfrútalas, asómbrate:

es un milagro.


La vileza y el egoísmo me duelen, como presenciar el ase-sinato

de una gaviota. Hace tiempo de amar, ahora que necesitamos

tanto la violencia y el sacrificio para existir. Para mí el amor

es un alivio a las ciegas pasiones que des-truyen al individuo,

un lugar donde surge y se recrea la armonía del espíritu, un

sitio que ennoblece, fortifica y hace bella la vida.

Tal vez nunca podrás amarme; no importa, hazlo con quien tu

desees, estás en una edad en que es delito no ejercer ese placer

hasta la saciedad, fundar una familia y ser feliz. No solo con

rígidas metas gozarás la aventura de existir, mientras más

grande es el hombre, o la mujer, más ama y necesita que lo

quieran. Es tan bueno abandonarse un poco a las emociones

del espíritu, atrapar el infinito en un ins-tante…

No ser libre es atrofiarse (según tú), pero: ¿qué es libertad?

¿Existe algún ser humano realmente libre, cuando siempre

está presionado por la vida en común con otras personas,

pues de otro modo es imposible vivir? Estamos atrapados por

las vísceras, y por el tiempo y el espacio. Para ti, la li-bertad

está en elegir cómo emplear el tiempo. Y eso, es cierto, puede

lograrse hasta en una cárcel o como lo hizo Robinson Crusoe,

en medio de aquella agreste isla deshabitada. Pero aún en esas

circunstancias extremas, el amor es el que hace palpitar los

corazones humanos. El peor día, tiene su ilusión de grillos en

la noche. La bestia, cuando es domada, baja la cabeza para

siempre y se arrastra por el mundo sirviendo a los demás, con

sus ojos apagados.

Ayer compré rosas, les hablé de ti, les dije que te espero y ellas

me alentaron: ¿Puedo creerles? Y si no es posible, seamos amigos,

la amistad es hermosa cuando se toca fondo y nosotros

ya lo hicimos. Tengo una extraña necesidad de darme a todo

lo que yo escoja para ello, árboles, pájaros, gatos, gentes como

tú, días rubios y azules; sencillamente eso, ofrecerme.

Cuídate de saber exactamente y siempre la cantidad de clorofila

que hay en las hojas que miras y no quieras saber nun-ca

de dónde sale la luz de los cocuyos.

Al terminar de escribir esta carta, tengo la sensación de que

un pájaro herido se posó en mis manos; ojalá que cuando

lle-gue a las tuyas solo haya sido un sueño y él pueda volar…

Flor Silvestre.

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Beto terminó de leer y busqué su cara en la penumbra. Estaba

pálido, los ojos humedecidos, a duras penas sostuvo la misiva

en una mano y mirándome con la vergüenza de alguien que se

desnuda en público, dijo:

–Perdóname que te involucre en mi intimidad. Sé que eres muy

joven y no entendiste quizás muchas ideas y sentimientos de Flor

Silvestre. Ella es una mujer algo misteriosa, y yo no sé aún si la

quiero, si ella me deslumbra o le temo a su amor.

–Gracias, Beto, no me esperaba una carta así –y de improviso

bostecé–. Me gustaría leerla con calma, y poder preguntarte después

cosas que no entiendo, aunque sí me erizaron. Tú sabes lo

que haces; yo no conozco a Flor Silvestre, parece ser una mujer

muy rara. ¿Lo has pensado bien?

–Sí, lo he meditado muchos días y noches –Beto se rascó la

cabeza para atraer nuevas ideas y antes de apagar el candil concluyó–.

Tal vez soy un egoísta, es que Flor posee sus con-ceptos

de la vida y yo los míos. En la carta no lo dice del todo claro, ella

tiene sus opiniones sobre el comunismo y está muy desgarrada

porque casi toda su familia se fue para Estados Unidos. Yo pienso

que le va a ser muy difícil adaptarse a la nueva realidad de Cuba,

aunque quién sabe, su espíritu huma-nista puede convertirla en

una gran revolucionaria.

–Si yo fuera tú, esperaría llegar a La Habana antes de decidir

–me atreví a sugerirle al maestro y agregué–: ¡Solo por sus

cartas, vale la pena no separarse de ella! –Beto no respondió y

volvió a encender el candil.

–Oye, Gabriel, como me doy cuenta que esta carta te ha gustado

tanto, quédate con ella unos días. Si quieres cópiala; eso sí, no

pongas su nombre ni el mío, y espero que cuando tengas mi edad

entiendas mejor a Flor Silvestre y quizás también a mí.

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Llegué el lunes 24 de julio a Majayara con bríos renovados. Esa

noche debía impartirle la parte final de la última lección a Pepe,

Francisca y Antonio, lo que me permitiría declararlos alfa-betizados

el día 26 de Julio. Encendimos el farol antes que cayera la

noche, comimos a las 7 p.m. y empezamos de inmediato el ejercicio

conclusivo de la Cartilla. Desde hacía un mes yo había pactado

con Pablo y Onoria darle a ellos las clases separados de los hijos,

pues ambos necesitaban una atención diferenciada; sin embargo,

en esta ocasión singular los dos viejos estuvieron cerca de sus

críos, dichosos de verlos concluir, y de corroborar que ciertamente

resultaba posible aprender a leer y escribir.

Francisca, Antonio y Pepe se vistieron como si fueran a una

fiesta de changüí, se les notaba más jóvenes y refulgentes. «Ahora

sí podemos de