Historias de ciudades: cultura y economía ... - unesdoc - Unesco

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Historias de ciudades: cultura y economía ... - unesdoc - Unesco

Revista trimestral publicada

por la Organización de las Naciones Unidas

para la Educación, la Ciencia y la Cultura

con la colaboración de la Comisión Española

de Cooperación con la Unesco,

del Centre Unesco de Catalunya

y Hogar del Libro, S.A.

Vol. XLII. núm. 3. 1990

Condiciones de abono

en contraportada interior.

Redactor jefe: Ali Kazancigil

Maquetista: Jacques Carrasco

Ilustraciones: Florence Bonjean

Realización: Helena Cots

Corresponsales

Bangkok: Yogesh Alai

Beijing: Li Xuekun

Belgrado: Balsa Spadijer

Berlín: Oscar Vogel

Budapest: György Enyedi

Buenos Aires: Norberto Rodríguez

Bustamante

Canberra: Geoffroy Caldwell

Caracas: Gonzalo Abad-Ortiz

Colonia: Alphons Silbermann

Dakar: T. Ngakoutou

Delhi: André Bcteille

Estados Unidos de América: Gene M.

Lyons

Florencia: Francesco Margiotta Broglio

Harare: Chen Chimutcngwende

Hong Kong: Peter Chen

Londres: Alan Marsh

Mexico: Pablo Gonzalez Casanova

Moscú: Marien Gapotchka

Nigeria: Akinsola Akiwowo

Ottawa: Paul Lamy

Singapur: S. H. Alatas

Tokyo: Hiroshi Ohta

Túnez: A. Bouhdiba

Viena: Christiane Villain-Gandossi

Temas de los próximos números

La familia

Ilustraciones:

Portada: Stonehenge. un conjunto de grandes

menhires (de 3 a 6 metros de altura). Salisbury.

Wiltshire. Inglaterra meridional. Lugar de culto,

erigido entre el final del neolítico v el inicio de la

edad del bronce (1800-1400 aC). » R

A la derecha: Cuadro de Fernand Léger

(1881-1955). n.R.


REVISTA INTERNACIONAL DE CIENCIAS SOCIALES

Septiembre 1990 X

COL-T

Historias de ciudades 125

Richard Sennett

Saskia Sassen

Janet Abu-Lughod

Christian Topalov

Graciela Schneier

Akin L. Mabogunje

Editorial

Las ciudad s americanas: planta ortogonal

y ética protestante

277

Servicios financieros y comerciales en la ciudad

de Nueva York: vínculos internacionales

y repercusiones en la ciudad 301

Nueva York y El Cairo vistos desde la calle 323

De la «cuestión social» a los «problemas urbanos»:

los reformadores y la población de las metrópolis

a principios del siglo XX 337

América latina: una historia urbana

La organización de las comunidades urbanas

en Nigeria

Ovsei I. Chkaratan Estructura social de la ciudad soviética 387

Hidenobu Jinnai •Puede revitalizarse la zona costera de Tokio? 399

Balkrishna V. Doshi Planificación de una comunidad: Vidyadhar Nagar 407

Mary Douglas El cuerpo cósmico 415

281

355

373


276

Debate abierto

Peter Lengyel Papel creador de las ciencias sociales. 421

Segunda parte: panorama de oportunidades

El ámbito de las ciencias sociales

Mattei Dogan Notoriedad y obsolencias en las ciencias sociales: 439

y Robert Pahre la innovación, como deporte de equipo

Servicios profesionales y documentales

Calendario de reuniones internacionales 453

Libros recibidos 457

Publicaciones recientes de la UNESCO 459

Números aparecidos 461


Editorial

Los espacios urbanos han cambiado considerablemente

en los últimos treinta años. La ciudad se ha

desintegrado bajo el impacto de los procesos económicos,

tecnológicos, demográficos, sociológicos,

culturales o étnicos. Las nociones que definían lo

urbano, como el centro o los límites de la ciudad,

han cambiado de significado. Las grandes aglomeraciones

tienen ahora el nombre de conurbación.

metrópoli o megápoli. Mientras que la noción de

ciudad hace pensar en un centro multifuncional, habitado

por gentes de toda condición social, y en su

periferia, las conurbaciones y otras megápolis designan

una sucesión de espacios urbanos, fragmentados

y organizados a menudo por temas: trabajo, servicios,

producción material, habitat, ocio.

La ciudad en tanto que lugar de sociabilidad y

de civilidad, en tanto que centro -polis- y espacio

público -res publica- donde nacieron la democracia

y la ciudadanía, es difícil de percibir en esas

extensiones urbanas tentaculares.

Detrás de las transformaciones que afectan los espacios

urbanos se encuentra uno de los mayores fenómenos

del siglo xx: la explosión urbana, que alcanza

todas las regiones del mundo y cuyo final, según

las previsiones de las Naciones Unidas, aún es

lejano. Según estas previsiones mientras que la población

mundial entre 1990 y 2010 aumentaría del

50 %, pasando de 5.200 millones a 7.800 millones, la

población urbana crecería de más de un 100 %, pasando

de 2.000 millones a 4.500 millones. De aquí al

año 2020, la población urbana pasaría del 43 % al

57 % de la población mundial (gráficas 1 y 2).

La urbanización galopante atañe sobre todo a

las regiones del Tercer Mundo. Si se cumplen las

previsiones, el número de ciudades de 5 millones

de habitantes, entre 1950 y 2000. se habrá multiplicado

por 3 (de 5 a 15), en los países industrializados,

mientras que en los países en desarrollo, se

habrá multiplicado por 45. pasando de 1 a 45

(véase gráfica 3). Si se considera las aglomeraciones

urbanas gigantes de más de 10 millones de

habitantes, en el año 2000, 17 de ellas se situarían

RICS 125/Set. 1990

en los países en desarrollo de Asia, Africa y América

latina (gráfica 4). En América latina, la población

urbana debería alcanzar el 75 % de la población

total, con megápolis de 25 millones de habitantes,

como México o Sao Paulo. Actualmente,

en estas aglomeraciones urbanas gigantes del Tercer

Mundo, el 50 % de la población vive en suburbios,

el 25 % no tiene acceso al agua potable, el

40 % no goza de sistemas de saneamiento, y el

30 % de los residuos sólidos no son evacuados.

Tanto en los países industriales como en el Tercer

Mundo la urbanización parece irreversible y

las zonas urbanas son por doquier el motor del

desarrollo económico. En los países en desarrollo,

la contribución de las ciudades al producto nacional

bruto se estima en un 60 %.

Es. por consiguiente, en el contexto de una urbanización

planetaria -Henri Lefèvbre teme que

en el siglo xxi. sobre la superficie de la tierra no

haya más que una sucesión de desiertos de asfalto

que circunden algunas islas de producción agraria-

que se transforman las estructuras de las ciudades,

se desarrollan nuevas formas de vida y de

creatividad, se modifican las relaciones entre el

espacio arquitectónico y el espacio cultural/simbólico.

Los artículos del presente número de la RICS

analizan algunas de estas transformaciones en toda

su complejidad histórica, cultural, religiosa,

social y económica. Richard Sennett señala los

vínculos históricos profundos entre la planta ortogonal

de las ciudades norteamericanas y la ética

protestante. Saskia Sassen estudia las repercusiones

que tiene sobre Nueva York la mundialización

de la economía y el predominio de las industrias

de servicios. Janet Abu-Lughod muestra que

algunas similitudes observadas a nivel de la calle

en Nueva York y en El Cairo esconden de hecho

diferencias estructurales y procesos de denominación

económica a escala mundial que configuran

las ciudades tanto en occidente como en el Tercer

Mundo. Christian Topalov analiza el papel


278 Editorial

CRECIMIENTO DE LA POBLACIÓN URBANA DE 1990 AL 2020

Población por año (miles de millones)

10

8 -

Población

total mundial

1990 2000 2010 2020

Población

urbana

Fuente: United Nations. «The Prospects of World Urbanization», reactualizados en 1984-1985. Population Studies. Num. 101

St/ESA/SER/lOI. Nueva York, 1987.

PROPORCIÓN DE LA POBLACIÓN DE LAS ZONAS URBANAS

Regiones desarrolladas/Regiones en desarrollo, 1970-2025

100

80

60

40

20

% de zonas urbanas

1970 1975 1980 1985 1990 1995 2000 2005 2010 2015 2020 2025

^ _ Regiones K^


Editorial 279

40

30

20 -

10 -

REPARTICIÓN DE LAS CIUDADES DE MAS DE 5 MILLONES DE HABITANTES

Regiones

Número de ciudades

desarrolladas

Regiones

en desarrollo

rúenle: United Nations, «lhe Prospects of World Urbanization», reactualizados en 1984-1985. Population Studies. Num. 101.

Sl/ESA/SKR/lDl. Nueva York. 19X7

• Aglomeración urbana de 5 a 9.9 millones de habitantes en el año 2000

A Aglomeración urbana de más de 10 millones de habitantes en el año 2000

Regiones desarrolladas Regiones en desarrollo

Fuente: United Nations. «The Prospects of World Urbanization», reactualizados en 1984-1985. Population Studies. Num. 101.

St/KSA/SER/101. Nueva York. 1987.


280 Editorial

desempeñado por los reformadores urbanos de

principios de siglo en Inglaterra y en Francia en lo

que se refiere a la integración de la clase obrera en

las estructuras productivas urbanas, aunque también

en la sociedad política. Graciela Schneier nos

da a conocer la historia de las ciudades de América

latina, «la región más urbanizada del Tercer

Mundo» y «continente de megápolis». Akin L.

Mabogunje analiza la organización urbana precolonial

y colonial en Nigeria y preconiza soluciones

para salir de lo que él llama «la crisis urbana postcolonial».

Ovsei I. Chkaratan evoca la crisis social

y cultural de las ciudades y de los ciudadanos soviéticos,

víctimas del autoritarismo, de la despersonalización

y de la pasividad, y la necesidad de

desarrollar la participación y la capacidad de autoorganización

en las ciudades. Hidenobu Jinnai

describe la evolución del urbanismo en Tokio, bajo

la influencia de la era postindustrial y de las

nuevas aspiraciones de sus habitantes a disponer

de un marco de vida más agradable. Balkrishna V.

Doshi explica que concibió y construyó los nuevos

barrios de Jaipur según los principios religiosos

y culturales que gobiernan la vida social india

desde hace milenios. Finalmente, Mary Douglas

nos ofrece sus reflexiones de antropología arquitectónica,

y muestra las influencias ejercidas por

«efectos microcósmicos», es decir la proyección

metafórica de la estructura del cuerpo humano en

los conjuntos organizados como por ejemplo las

ciudades.

Estos artículos son versiones revisadas de algunas

de las comunicaciones presentadas en una

reunión sobre las ciudades, que tuvo lugar en París

el-20 y el 21 de enero de 1989 y que fue organizada

Conjuntamente por la UNESCO y el Consejo

Internacional de Ciencias Sociales, y coordinada

por Richard Sennet. Después de aquella reunión,

se constituyó en Nueva York un «UNESCO Advisory

Committee on Urban Studies», cuyo coordinador

es Richard Sennett. Uno de los cometidos

de este Comité será contribuir al proyecto sobre

«El futuro de las ciudades», que la UNESCO se

propone iniciar a partir de 1992, con el fin de contribuir

a la mejora de los conocimientos y de las

políticas sobre los sistemas urbanos, la planificación

urbana y las condiciones de vida en las ciudades,

particularmente en el Tercer Mundo.

A.K.


Las ciudades norteamericanas:

planta ortogonal y ética protestante

Richard Sennett

Cuadrículas

^

El jeroglífico egipcio w que a juicio del historiador

Joseph Rykwert sería uno de los signos

originales de alguna ciudad se transcribe como

«nywt» 1 . Se trata de una cruz inscrita dentro de

un círculo y sugiere dos de las imágenes más

sencillas y perennes. El círculo consta de una

sola línea cerrada e ininterrumpida que hace

pensar en un recinto, en un muro o en el espacio

de una plaza pública en

la que transcurre la vida.

La cruz es la forma más

simple de líneas compuestas

y distintas; puede que

sea el objeto más antiguo

del proceso ambiental por

oposición al círculo que representa

el límite que define

el volumen del medio

ambiente. Las líneas cruzadas

representan un medio

elemental de trazar calles

dentro del límite y a través

de cuadrículas.

En la planificación de

las ciudades de la antigüedad, los asirios y los

Richard Sennett es profesor de Sociología

en la Universidad de Nueva York,

en la que también es profesor de Humanidades.

El interés del profesor Sennett

se centra en la historia y cultura de las

ciudades. Actualmente es el presidente

del Comité de la Unesco para los Estudios

Urbanos. Aparte de su labor docente,

es novelista.

egipcios diseñaban calles rectilíneas que se cruzaban

en ángulos rectos para formar bloques

regulares de suelo para la construcción. Se

piensa por lo general que Hipódamo de Mileto

fue el primer urbanista que contempló el plano

cuadriculado como expresión cultural; a su juicio,

la cuadrícula expresaba la racionalidad de

la vida civilizada. En el curso de sus conquistas

militares los romanos hacían resaltar el contraste

que oponía a los toscos e informes campamentos

de los bárbaros con sus propias forta-

RICS 125/Set. 1990

lezas militares o castra. Los campamentos romanos

estaban dispuestos en forma de cuadrados

o de rectángulos. La custodia del perímetro

del campamento se confió al principio a los soldados,

y sólo después, una vez convertido en

asentamiento permanente, se erigían las murallas.

Una vez construido el castrum se dividía

en cuatro sectores cruzados por dos calles axiales,

el decumanus y el cardo. En la confluencia

de estas dos calles principales se levantaban las

principales tiendas milita­

res y más tarde se instalaba

al Norte de la encrucijada

lo que se denominaba foro.

A medida que el asentamiento

era próspero se colmaban

los espacios comprendidos

entre el perímetro

y el centro, repitiendo

así la idea de los ejes y los

centros en miniatura. Con

estas reglas lo que los romanos

se proponían era crear

ciudades a imagen y semejanza

de Roma, así, dondequiera

que el romano se encontrara,

viviría como en Roma.

En la historia ulterior del urbanismo occidental,

la cuadrícula ha servido para abrir nuevos

espacios o para renovar los viejos espacios

devastados por alguna catástrofe. Todos los

planos para la reconstrucción de Londres después

del gran incendio de 1666 (de Hooke, de

Evelyn y de Wren) recurrían a la cuadrícula romana.

Estos proyectos influirían en los procesos

norteamericanos que iban a ir fundando

nuevas ciudades, como en el caso de William

Penn. El Estados Unidos del siglo xix se ase-


282 Richard Sennen

mejaba a un conglomerado de ciudades creadas

con arreglo a los principios del campamento

militar romano y el ejemplo norteamericano de

ciudades hechas al instante iba a influir a su vez

en la creación de otras ciudades en otras partes

del mundo.

En su origen, la cuadrícula establecía un

centro espiritual. «El rito de la fundación de

una ciudad evoca una experiencia religiosa»,

dice Joseph Rykwert en su estudio de la ciudad

romana.

La construcción de todo edificio comunitario o

vivienda constituye siempre, hasta cierto

punto, una anamnesis, la evocación de un

ser divino creador del centro del universo.

Por ese motivo, el lugar no puede elegirse al

azar ni responder tampoco a motivos racionales:

su descubrimiento debe responder

a la revelación de alguna divinidad 2 .

El erudito latino Cayo Julio Higinio consideraba

que los sacerdotes al inaugurar toda

nueva ciudad romana debían encontrar su lugar

en el cosmos, y, puesto que «los límites no

se establecen nunca sin recurrirse al orden del

universo, los dccumani deben estar en armonía

con el curso del sol y los cunlines seguir la línea

imaginaria del cielo» 1 . Sin embargo, no hay

nunca diseño físico que tenga un significado

perenne. Como cualquier otro diseño, las cuadrículas

se convierten en lo que cada sociedad

quiere que represente. Para los romanos, la

cuadrícula era un diseño cargado de afección.

Los norteamericanos la utilizaron con fines

muy distintos, con objeto de negar la complejidad

y la diferencia del medio ambiente. En la

época moderna la cuadrícula parece haber sido

un plan establecido para neutralizar al medio

ambiente.

La ciudad militar romana se concibió de tal

manera que pudiera ir creciendo dentro de sus

límites, diseñada de tal forma que acabara llenándose

gradualmente. La cuadrícula moderna

no tiene límites y se extiende por acumulación

de los bloques a medida que crece la ciudad. En

1811, los ediles que establecieron el plan cuadriculado

que desde entonces ha definido el urbanismo

de la isla de Manhattan más allá de

Greenwich Village, observaban: «puede que

se hagan comentarios jocosos al ver que los ediles

han previsto espacio suficiente para albergar

a una población más numerosa que la existente

en cualquier otro lugar al este de China» 4 .

Los norteamericanos partían del principio se­

gún el cual el mundo natural es ilimitado y no

concebían tampoco que su poder de conquista

y de asentamiento pudiera tener límites.

Los romanos, a partir de la imagen de un

todo definido y limitado, concibieron la manera

de crear un centro en la intersección del

clecumanus y el cardo para, más tarde, crear

centros análogos en cada barrio repitiendo ese

mismo cruce de ejes principales. Los norteamericanos

tendieron en cambio cada vez más a

eliminar el centro público, como puede verse

en los planos del Chicago de 1833 y de San

Francisco de 1849 y 1856 en los que, en medio

de millares de bloques de edificios proyectados,

tan sólo aparecían unos pocos y reducidos

espacios públicos. Aun cuando se manifestaba

el deseo de contar con un centro, no era fácil

deducir dónde se establecerían los lugares públicos

y de qué modo funcionarán en ciudades

concebidas como un mapa de infinitos rectángulos

de suelo. Los espacios cívicos humanos

creados por Penn y Holme en la Filadélfia colonial

o, en el polo opuesto, los cuadrados del

brutal mercado de esclavos de la Savannah anterior

a la guerra de Secesión (ambos, espacios

manejables para la vida organizada de la colectividad),

acabarán perdiendo su condición de

modelos en cuanto se inició la era del desarrollo

urbano con las enormes inversiones que serán

necesarias.

Es cierto que en las cuadrículas de Estados

Unidos se observa una clara intensificación de

valor en las intersecciones como es el caso de

las zonas residenciales del Manhattan moderno

con sus edificios elevados en las esquinas,

mientras se mantiene una edificación baja en el

centro de la manzana. Pero incluso esta pauta,

cuando se repite una y otra vez, pierde esa capacidad

de «crear imagen» que buscaba el humanista

Kevin Lynch, es decir, la capacidad de

designar la índole de un lugar específico y su

relación con el resto de la ciudad.

Las cuadrículas más notables así creadas

puede que sean los asentamientos meridionales

de Estados Unidos de América en las ciudades

que progresaron bajo la dominación o la influencia

de España. El 3 de julio de 1573, Felipe

II promulgó una serie de ordenanzas sobre

la creación de ciudades en sus tierras del Nuevo

Mundo conocidas como las Leyes de Indias en

las que se disponía, entre otras cosas, la formación

simétrica de las ciudades a partir de su

centro:


Las ciudades norteamericanas: plan/a ortogonal y ética protestante 283

Hancock Building, Chicago. Para los norteamericanos, la planta ortogonal ha sido el modo de neutralizar el entorno.

Cj. Gerstlcr/Raplio.


284 Richard Sennelt

Se haga la planta del lugar repartiéndola por

sus plazas, calles y solares a cordel y regla,

comenzando desde la plaza mayor, y desde

allí sacando las calles a las puertas y

caminos principales, y dejando suficiente

espacio libre para que aun cuando crezca

la ciudad pueda extenderse siempre en

forma simétrica 5 .

Estas ordenanzas estuvieron tres siglos en

vigor y se aplicarán por primera vez, en 1565,

en San Agustín, Florida, en lo que concierne al

actual territorio norteamericano. En 1781, el

plan inicial de Los Angeles habría sido familiar

a Felipe II como lo habría sido también, por lo

demás, a Julio César. Con la llegada de los ferrocarriles

y la inversión de cuantiosos capitales,

en las ciudades norteamericanas de influencia

hispánica quedan sin vigor los principios

enunciados en las Leyes de Indias. El cuadrado

deja de tener un centro y ya no será el punto de

referencia de la generación de nuevos espacios

urbanos. La cuadrícula desaparece a medida

que se repite hasta el infinito, una manzana

tras otra, como ocurrirá en 1875 con el plano

de Santa Mónica (nueva fracción de Los Angeles)

y, una generación más tarde, al hacerse realidad

la «nueva ciudad de Los Angeles».

Estos procesos geográficos inherentes a la

cuadrícula tuvieron su culminación en el siglo

XX. incluso cuando el desarrollo urbano

adopta la forma de millares de casas dispuestas

a lo largo de calles construidas como meandros

arbitrarios y que podrían ser tomados por

«Sendero de sauces» o «Viejos caminos de postas»

o cuando se crean parques industriales,

bloques de oficinas y centros comerciales pegados

a las autopistas. En el desarrollo de la megalopolis

moderna es más razonable hablar de

«nudos» urbanos que de centros y suburbios.

La vaguedad de la palabra «nudo» indica que

ya no es posible designar un valor ambiental,

mientras que el «centro» está cargado de significados

históricos y visuales, por lo que el «nudo»

es algo amorfo.

Esta pauta norteamericana se concebirá de

un modo u otro en la configuración extrema a

que tienden otras formas de nuevo desarrollo

urbano; se crean así asentamientos similares en

Italia, Francia, Israel y en la Unión Soviética

del otro lado de los Urales. En todos estos proyectos

falta la lógica de los límites y la forma

definida dentro de los mismos; los edificios

amorfos se traducen en la creación de lugares

sin carácter. No es la cuadrícula la «causa» específica

de esta falta de carácter, ya que la neutralidad

persiste aunque se haya abandonado la

pauta de ciudad interminable de líneas regulares

por el diseño de zonas residenciales sinuosas,

centros comerciales y grupos de oficinas o

fábricas. Pero la historia reciente de la cuadrícula

pone de manifiesto lo que cabría describir

como fealdad y que subyace en la falta de carácter;

tanto al crear un medio ambiente como al

desarrollar una vida, la neutralidad es muchas

veces el instrumento de una agresión pasiva.

Una ciudad opaca es, al igual que una vida rutinaria,

una manera de rechazar la idea de que

también y en última instancia hay otras personas,

como también otras necesidades, que no

dejan de tener importancia.

En abril de 1791, Pierre Charles l'Enfant,

que libraba un combate denodado contra el

proyecto de Thomas Jefferson de aplicar una

cuadrícula rígida al diseño de la nueva capital,

escribía al presidente Washington;

Los planes regulares... resultan en última instancia

fatigosos e insípidos; en su origen,

la cuadrícula no ha sido más que el producto

de una imaginación fría carente de

sensibilidad ante la verdadera belleza y la

auténtica grandeza... 6 .

La capital debe reflejar el poder simbólico.

Para l'Enfant, la regularidad de la cuadrícula

carece de tal reflejo y no es más que un espacio

neutro con el sentido de vacío. El siglo siguiente

al de l'Enfant demostraría, empero, que esos

medios neutrales eran espacios perfectos para

poner al orden del día la negación de la diferencia.

Los urbanistas norteamericanos se valieron

del plano cuadriculado para rechazar incluso

las irregularidades elementales de la geografía.

En Chicago, como también en otras ciudades,

la cuadrícula se aplicó a un suelo irregular; los

bloques suprimían el medio natural y se extendían

implacablemente y con toda indiferencia

a las colinas, ríos y bosques que encontraban a

su paso. Había que nivelar los accidentes naturales

y drenar las aguas; había que ignorar los

obstáculos que la naturaleza oponía a la cuadrícula

y el curso irregular de los ríos o lagos, ya

que los planificadores de las ciudades de la

frontera parecían no aceptar la existencia de todo

cuanto no pudiera ser sometido a una geometría

tan mecánica como tiránica. A veces la

imposición implacable de la cuadrícula supo-


Las ciudades norteamericanas: planta ortogonal y ética protestante 285

nía la supresión voluntaria de toda facultad lógica.

En Chicago, la aplicación de la cuadrícula

ha creado inmensos problemas al cauce del río

que atraviesa el centro de la ciudad; las líneas

de las calles se detienen abruptamente en una

orilla y prosiguen imperturbables por la otra,

como si los extremos estuvieran unidos por

puentes invisibles. En 1797, un visitante de la

flamante ciudad de Cincinnati observaba la

«inconveniencia» de aplicar la cuadrícula a tales

topografías fluviales, y añadía:

De haber trazado una de sus calles principales

frente al río y otra en la siguiente cresta del

terreno ... la población presentaría una faz

noble al contemplarla desde el río 7 .

Se dio a Cincinnati un nombre antiguo sin

ser una ciudad griega; esos planes urbanos impuestos

de manera arbitraria a la tierra lo que

han hecho ha sido establecer una relación interactiva

y de apoyo en la misma.

A pesar de que Nueva York es una de las

ciudades más antiguas de la América del Norte,

los que se ocuparon de su planificación en el

apogeo del capitalismo la trataron como si fuera

una ciudad de la frontera, un lugar en el que

el medio físico debía contemplarse como enemigo.

En 1811, y de un solo golpe, los planificadores

impusieron la cuadrícula a la isla de

Manhattan desde Canal Street, al borde del

asentamiento más denso, hasta la calle 155 y

luego, en 1870, en un segundo impulso, hasta la

extremidad septentrional. En Brooklyn, al Este

del antiguo puerto, el plan cuadriculado se impuso

de manera más gradual. Fuera por miedo

o simplemente por codicia, los pobladores de la

frontera trataron a los indios como parte del

paisaje y no como a seres humanos. En la frontera

no había nada, era un vacío que habría que

colmar. Ni en Nueva York ni en Illinois los planificadores

podían concebir que existiera vida

fuera de la cuadrícula. Consideraron que las aldeas

y villorrios del Manhattan del siglo xix

tenían que ser sencillamente absorbidos a medida

que la cuadrícula de papel se convertía en

realidad edificable. En ese proceso, el plan no

sufriría ninguna modificación, aun cuando una

disposición más flexible de las calles hubiera

sacado mejor partido de la colina y se hubiera

adaptado mejor a los caprichos de la capa

hídrica de Manhattan. De manera inexorable,

el crecimiento urbano llevado a cabo con arreglo

a la cuadrícula acabaría arrasando todos los

asentamientos que encontraba a su paso. En

esa época del neoclásico, los planificadores del

siglo XIX podrían haber edificado como los romanos

o como, más cercano, William Penn trazando

las plazas y fijando el lugar que debían

ocupar las iglesias, las escuelas y los mercados.

Se disponía del suelo para ello, pero los planificadores

del siglo XIX no concebían las cosas de

ese modo. El desarrollo económico y la concienciación

ambiental iban inseparablemente

unidos a esa concepción negativa de lo neutral.

Los ediles de Nueva York declararon que «las

casas construidas en ángulo recto eran más baratas

y más cómodas para vivir» 8 . Lo que no se

expresa aquí es la idea de que las unidades uniformes

del suelo son también más fáciles de

vender. Esa relación entre cuadrícula y economía

capitalista tendrá en Lewis Munford su

máxima expresión al decir:

... el capitalismo renaciente del siglo xvn trató

la parcela individual, la manzana, la calle

y la avenida como unidades abstractas de

compra y venta, sin el menor respeto por

los usos y costumbres tradicionales, por

las condiciones topográficas o por las necesidades

sociales 9 .

En la historia de Nueva York del siglo XIX

se trataba de algo realmente más complejo, dado

que la cuestión económica de la venta del

suelo era muy distinta según se tratara del Nueva

York de 1870 o del de 1811. A comienzos de

siglo, la ciudad era un racimo de edificios construidos

en un yermo y el suelo que se ponía en

venta era un espacio vacío. A partir de la Guerra

de Secesión ese suelo se ocupó con suma

facilidad. Sacar provecho de la venta del suelo

en tales condiciones suponía conocer muy bien

los códigos sociales y saber adonde iría a vivir

la gente, por dónde pasarían los medios de

transporte y dónde se ubicarían las fábricas. El

examen del mapa que consta de una serie de

manzanas idénticas no permite responder a

muchos de los interrogantes. La cuadrícula no

constituía sino un diseño urbano racional en

sentido abstracto y cartesiano. Así, al igual que

sucedió con la historia de las inversiones ferroviarias

e industriales, la historia económica de

la cuadrícula en su período tardío registra tanto

inversiones desastrosas como ganancias colosales.

Los que querían sacar pingües beneficios de

un ambiente neutral compartían la misma imagen

vacía de la cuadrícula con los que, al igual

que l'Enfant, la detestaban 10 .


286 Richard Sennett

Negación del significado

Cuando los norteamericanos de la época del

apogeo del capitalismo pensaron en un sucedáneo

para la cuadrícula lo que hacían era pensar

en algún alivio de carácter bucólico, en parques

arbolados y paseos, en lugar de imaginar calles,

plazas, o centros más interesantes donde se sintiera

latir la vida ajetreada de la urbe. La construcción

de Central Park en Nueva York puede

ser el ejemplo más aciago de esta concepción, el

de un vacío natural cuidadosamente diseñado

como centro urbano a la expectativa de que los

agradables terrenos cultivados que lo circundan

(ya en sí el escenario más bucólico y placentero

que el habitante de la ciudad podía

imaginar a tan poca distancia de su hogar) serían

arrasados con la intromisión de la cuadrícula.

Los diseñadores Olmsted y Vaux deseaban

disipar toda idea según la cual Central Park estaba

situado en el corazón de una metrópolis

dinámica, idea que se podía tener, por ejemplo,

al oír o ver el tráfico que la atravesaba. Los diseñadores

norteamericanos procedieron a la inversa

del Bois de Boulogne, que consiguieron

hacer que resulte placentera la travesía de! mismo

incluso paia los que tenían que hacerlo por

obligación. Olmsted y Vaux escamotearon al

público las vías de acceso y confinaron el tráfico

a carreteras trazadas a un nivel inferior al

del parque. Según ellos esas carreteras debían

estar

... sumergidas a nivel inferior al del parque...

bordeadas por muros de unos 2 metros de

altura... Una hábil disposición de plantas

en la cumbre o las laderas ocultarán casi

por completo la carretera y los vehículos

que la recorran de la vista de las personas

que se pasean por el parque 1 '.

Es fácil comprobar esa doble negación. Se

construye como se haría en el desierto y. en

oposición al mundo del constructor, se actúa

como si no se viviera en una ciudad.

Ese rechazo de lo que significa la ciudad

norteamericana se origina específicamente en

el continente y proviene de la impresión visceral

que todos los viajeros, extranjeros y autóctonos,

tienen del paisaje natural. Ese mundo

natural había sido en su origen inmenso, abierto

e ilimitado. La impresión de un mundo ilimitado

es algo evidente cuando, por ejemplo,

se compara una composición pictórica nortea­

mericana, la «Vista del Hudson cerca de West

Point», de John Kensatt, 1 863, con la «Vista de

Volterra» de Corot, 1838, dos lienzos ordenados

con arreglo a unos principios análogos. En

el cuadro de Kensatt puede contemplarse un

espacio ilimitado en el que la visión desborda

el marco y el ojo puede desplazarse sin ningún

obstáculo. Las rocas, los árboles y la gente que

figuran en el cuadro carecen de substancia al

haber sido absorbidos por la inmensidad. En el

cuadro de Corot, en cambio, sentimos la presencia

viva de cosas específicas que aparecen

en una visión limitada; para citar las palabras

de un crítico, «... una arquitectura sólida de rocas

y follaje permite medir la profundidad del

espacio» 12 . Para dominar la amplitud americana

parecía que sólo podría recurrirse a la imposición

más arbitraria, la de una cuadrícula interminable.

Pero ese esfuerzo voluntario

provoca la reacción contraria: la arbitrariedad

perjudica al objeto dominado, la cuadrícula

priva al espacio de todo su sentido y nos encontramos

con un Olmsted en busca del método

que le permita recuperar el valor de la naturaleza,

sólo en apariencia liberada de la presencia

visible del ser humano.

En el siglo XIX la cuadrícula se aplica en

sentido horizontal; en el siglo xx lo es en sentido

vertical. El rascacielos y su neutralidad trascienden

el escenario norteamericano. En las

ciudades de rascacielos (Hong Kong o Nueva

York) no es posible pensar que los segmentos

que se apilan en sentido vertical a partir de la

calle tengan un orden intrínseco como lo tenía

la intersección del cardo y el dcciimanus. No es

posible indicar una actividad que deba realizarse

precisamente en el sexto piso del inmueble.

Tampoco es posible establecer una relación

visual entre el sexto y el séptimo piso por oposición

al vigésimoquinto. La cuadrícula vertical

carece de las definiciones correspondientes a

un cierre y una ubicación significante. Y. no

obstante ello, los historiadores nos dicen que la

historia nunca se repite.

Cuando las casas, hogares familiares, se

construyen como cuadrículas verticales comprenden

que han cometido un error. Es cierto

que en Estados Unidos existía en el siglo XIX la

costumbre de que las familias utilizaran los hoteles

como residencias semipermanentes. Las

familias ocupaban un hotel tras otro; los niños

jugaban a veces por los corredores y las familias

cenaban en el comedor en compañía de viajan-


Las ciudades norteamericanas: planta ortogonal y ética protestante 287

En la cúspide de un rascacielos en Nueva York: la imposición de la cuadrícula que caracteriza el espacio urbano

americano fue una manera de domar el espacio natural que antaño aparecía sin límites, E. iianmann/Magnum

tes de comercio, forasteros y mujeres poco recomendables.

De manera más general, los planificadores

llegaron a considerar que el inmueble

de pisos era también una cuadrícula

vertical de índole intrínsecamente neutral. El

diario de Nueva York The Independent sostenía

en un editorial de 1902 concepciones análogas

a las expresadas en Inglaterra por el movimiento

de las ciudades-jardín y que en Francia

y Alemania fueron atributo de los planificadores

socialistas interesados por los ideales comunitarios

según los cuales los grandes inmuebles

de pisos destruyen «el sentimiento de vecindad,

la ayuda mutua, las relaciones de parroquia

y los intereses comunes que son el fundamento

del orgullo y del deber cívico». En

Nueva York este criterio quedará codificado en

la Ley de edificios de viviendas múltiples de

1911 en la que se consideraba que todas las viviendas

de pisos cumplían una función social

análoga a la de los hoteles; la falta de fundamentos

en que se basa un hogar se vinculará en

1929, en una de las primeras obras consagradas

a la arquitectura de las viviendas de pisos a «...

esos edificios de 6, 9 o 15 plantas en los que

cada piso es idéntico a todos los demás, por lo

que no hay nada que sea prácticamente individual»

13 . El rascacielos no tiene cabida en el sueño

de Ruskin.

El sentido común nos dice que el cambio

interviene cuando uno percibe que algo anda

mal y toma medidas para corregirlo. Pero una

versión más realista nos dice que se actúa a medida

que se descubre el mal. Se sabe que lo que

se hace está mal, pero se sigue obrando de tal

modo que éste se produzca para ver si lo que se


288 Richard Sennett

piensa o percibe es real. En nuestra época esto

es lo que hacen los que construyen cuadrículas

verticales para las familias. Inquietos por la posibilidad

de que en espacios tan neutros e impersonales

puedan perderse los valores de la familia,

los arquitectos y planificadores de la

década de 1930 (por ejemplo, Robert Moses)

empiezan a edificar en Nueva York los grandes

proyectos de viviendas que acabarán materializando

esa posibilidad. Puede ser que los protagonistas

del cuento no sean unos malvados y

que el sueño de la vivienda sea una utopía reformista

que tiene su origen en el siglo XIX y

que consiste en edificar viviendas saludables y

numerosas para los trabajadores. Pero el vocabulario

visual del edificio trasunta un conjunto

de valores diferentes que transforma las viejas

ideas acerca del espacio ilimitado en nuevas

formas de rechazo.

Consideremos, por ejemplo, las viviendas

destinadas a personas de escasos recursos construidas

en Harlem a lo largo de Park Avenue y

diseñadas con arreglo a los principios de la cuadrícula

amorfa y sin límites. El espacio ha sido

aplanado y quedan pocos árboles. Los pequeños

espacios de césped están protegidos por

cercas metálicas. Esas viviendas presentan una

baja tasa de criminalidad, pero sus habitantes

se quejan de que constituyen un medio hostil

para el desarrollo de la vida familiar. La hostilidad

está incorporada a su propia funcionalidad.

Los edificios niegan la idea de que ese lugar

tenga algún valor. En ese sentido cabe decir

que son urbanizaciones construidas por espacios

pasivo-agresivos.

Es extraño percibir cómo se expresa este rechazo

en los bares situados en las cercanías de

esas viviendas de Harlem. (En el conjunto de

torres no hay ningún lugar para beber en público.)

Es extraño porque el lenguaje sociable es

extremadamente fragmentado. Al principio

pensé que esa fragmentación respondía a mi

presencia, pero pronto comprendí que en esos

bares la gente deja muy pronto de prestar atención

a un blanco calvo y distraído que acaba

siendo vagamente familiar. Se trata de bares familiares

en los que el servicio y los porteros se

reúnen a beber cerveza (los lugares más animados

están destinados a los que viven a la sombra

del hampa). Estos bares de Park Avenue

carecen de mostrador y consisten tan sólo en

una sala con mesas. En ellos es como si el tiempo

se hubiera detenido. El día flota en el polvo

que levantan los vagones al salir de un túnel

próximo a los edificios. De noche en el bar hay

un aparato de televisión encendido pero sin sonido

y se oyen las sirenas de los vehículos policiales.

En verano gira un ventilador. Tal es el

marco de las conversaciones y llegué a entender

que esas gotas de sonido eran suficientes para

crear la conciencia de una presencia, una indicación

mínima de que allí había vida. Las palabras

me conmovieron más que algún discurso

político inflamado, por ser la expresión de un

deseo de crear un lugar donde importara hablar,

aunque no fuera más que un espacio someramente

equipado con sillas desparejadas y

mesas de plástico que la genta llama su bar. Esta

construcción se oponía a los lugares funcionales

y neutros que se les asignaron, aunque para

ellos no representaran nada.

En materia de control social el espacio neutro

aparece como la gran diferencia entre la planificación

europea del siglo XIX y las distribuciones

más modernas manifestadas en sentido

horizontal en el Estados Unidos del siglo XIX y

ahora en todo el mundo en forma de rascacielos.

El barón Haussman se encargó de la remodelación

de París en la época en que era diseñado

Central Park. Haussman se encontró con

una ciudad milenaria y congestionada, cuyas

calles tortuosas eran a su juicio pasto de enfermedades,

crímenes y revoluciones. Frente a tales

peligros imaginó los distintos modos tradicionales

de represión. La apertura de avenidas

rectas en el corazón de un París congestionado

permitiría respirar mejor a la gente y desplazar

más rápidamente a la policía y a la tropa. Sin

embargo, las grandes avenidas de la era haussmaniana

debían estar bordeadas por edificios

de viviendas y comercios elegantes, de modo

que los burgueses ocuparan los barrios que antes

habían ocupado los obreros; esperaba que la

vida económica de los trabajadores se centraría

en la prestación de servicios a los burgueses que

dominaban el barrio. Se trataba de una suerte

de colonización de clase en el interior de la ciudad.

Al mismo tiempo que abría la ciudad al

transporte de masas y a una circulación rápida,

esperaba que las clases trabajadoras adquirirían

una mayor dependencia local. Esta paradoja

puede ser reveladora de la contradicción

que acucia siempre a la burguesía: el deseo de

progreso y de orden. Haussman mezcló los vecindarios

y diversificó su población en nombre

del restablecimiento de los vínculos locales, co-


Las ciudades norteamericanas: plan la ortogonal y ética protesta/île 289

mo si los profesionales y los hombres de negocios

respetables pudieran convertirse en una

nueva clase de terratenientes. Se propuso crear

un París de clientes constantes y exigentes, de

porteros espías y de un millar de oficios humildes.

El urbanismo norteamericano en su período

de florecimiento recorrió un camino distinto

consistente en reprimir la definición manifiesta

del espacio significativo en el que tendrían

lugar la dominación y la dependencia. Prescindió

de la forma haussmaniana de la vivienda de

pisos con su patio de artesanos, creando en

cambio, un desarrollo horizontal y vertical que

es la forma más moderna y abstracta de la extensión.

Al crear sus ciudades de cuadrícula, los

norteamericanos procedieron del mismo modo

que en su relación con los indios, es decir, que

borraron la presencia de lo que les era ajeno en

vez de colonizarlo. El control no se estableció

mediante la jerarquización del lugar, sino mediante

la afirmación de su neutralidad.

Negación de la diferencia

Evitar y negar son dos formas afines de suprimir

las diferencias. La primera reconoce la

existencia de la complejidad, aunque procura

huir de la misma. La segunda lo que hace es

sencillamente abolir su existencia. En las ciudades

norteamericanas las viviendas son lugares

de retiro: las cuadrículas, lugares de rechazo.

Los mejores observadores extranjeros del

Estados Unidos del siglo XIX comprendieron

esa conjunción de alejamiento y rechazo.

Tocqueville formaba parte de una familia

que, junto con otros aristócratas, se negaban a

participar en el nuevo régimen y practicaba

una emigración interna. Alexis de Tocqueville

decidió hacer su famoso viaje a América para

eludir las dificultades inherentes al hecho de

haber prestado lealtad al régimen. Desde sus

primeros días en Nueva York vio con toda claridad

lo que iba a explicar.

En esa época el extranjero llegaba por lo general

a Nueva York desde el sur. Al acercarse al

puerto podía contemplar un bosque de mástiles

y una multitud que se afanaba en las oficinas,

casas, escuelas, iglesias. Esta escena evocaba

otras imágenes de prosperidad mercantil con

las que se había familiarizado en Amberes o

Londres. Tocqueville llegó a Nueva York desde

el norte, cruzando el estrecho de Long Island.

Las primeras vistas de Manhattan le hicieron

ver los prados bucólicos que invadían la isla en

1831, ya que entonces su parte septentrional la

constituían unos pocos villorrios dispersos en

tierras labrantías. En el centro de ese paisaje

natural experimentó la gran emoción de contemplar

una metrópolis que se le apareció como

una erupción súbita. Sintió el entusiasmo

del europeo que al llegar a América se imagina

asentado en ese paisaje intacto en contacto con

una población que tiene de sencilla y placentera

tanto como los europeos tienen de rancios y

complejos. Pasado ese rapto de entusiasmo juvenil,

Nueva York empezará a inquietarle, tal

como escribió más tarde a su madre. Nadie parecía

tomar en serio el lugar en que se vivía ni

se preocupaba por los edificios que constituían

el marco de su ajetreo cotidiano; para sus habitantes,

la ciudad no era más que un complicado

dispositivo de oficinas, almacenes y cantinas

por el que transcurrían sus actividades.

A lo largo de su viaje, Tocqueville no dejará

de asombrarse por el carácter blando e insulso

de las poblaciones americanas. Las viviendas

parecían decorados más que edificios destinados

a durar: el centro no ostentaba ninguna

permanencia. Esa escena física tenía consecuencias

políticas. En ausencia de cualquier limitación

física, la gente sentía que podía obrar

a su antojo, y eso fue al menos lo que expresó

Tocqueville en el primer tomo de La democracia

escrito al calor de sus impresiones de viaje y

publicado en 1834.

En este primer volumen el joven escritor reflexiona

sobre el carácter blando e insulso de

América, ya que sigue siendo en gran medida

prisionero de su propio pasado. Las masas

americanas disfrutan de la igualdad y son a sus

ojos idénticas a esas turbas de la gran revolución

que causaron la misma impresión a sus

nobles padres. La masa, la mayoría, es un órgano

activo que aplasta las voces discordantes y

que no toleraba expresiones contrarias a su voluntad,

imponiéndose a la minoría:

No conozco ningún país en el que, de manera

general, se haga gala de una independencia

de espíritu y se goce de menos libertad auténtica

de discusión que en los Estados

Unidos... En América la mayoría erige barreras

inexpugnables en torno al pensamiento.

Dentro de los límites asignados, el

escritor es libre, pero ¡hay de él si osa trascenderlos!

... Terminará cediendo bajo el


290 Richard Sennett

peso del esfuerzo cotidiano y quedará silencioso,

como avergonzado de haber dicho

la verdad 14 .

La ciudad contribuye a suscitar la pasión de

las masas, tal como observaba Tocqueville en

América:

La clase baja que vive en estas grandes ciudades

constituye una chusma aún más peligrosa

que en Europa ... Comprende también

una multitud de europeos que el

infortunio y la mala conducta han arrojado

a las playas del nuevo mundo, hombres

que sólo traen a Estados Unidos nuestros

mayores vicios ... 15

Y, como sola respuesta a las turbas, las fuerzas

del orden construyen con madera. La blandura

del medio urbano norteamericano no era

un gran obstáculo al imperio de las turbas. Nada

había en el exterior, ni piedras históricas ni

formas rituales, que pudiera contener o disciplinar

las turbas.

El segundo tomo de La democracia en América

fue escrito cuando Tocqueville había vivido

ya algunos años bajo el nuevo régimen en

Francia. Se publicó en 1840 y en él se brinda

una visión diferente que corresponde perfectamente

a nuestro tema. El autor estaba de regreso

en su propia sociedad, y esta, durante el reinado

de Luis Felipe, había adoptado como

divisa: «¡Enriqueceos!». Comprobó que toda

una generación se apartaba de ese mundo cínico

y arribista. Fue testigo de la emigración interna

de sus amigos de infancia; se trataba de

una generación deprimida, desilusionada, más

replegada en sí que sarcástica. Esa depresión

hizo que se planteara de nuevo su propio pasado.

Tamizó sus recuerdos de América a través

del prisma presente. América apareció a sus

ojos como precursora del nuevo peligro que

amenazaba a la sociedad europea; la sociedad

con que se encuentra a su regreso a Europa padecía

males más actuales que los causados por

las turbas sólo contenida por edificios de madera.

En sus notas de viaje Tocqueville había consignado

que todos los lugares de América eran

parecidos; la economía local, el clima y hasta la

topografía parecían influir muy poco en el aspecto

de la ciudad. Al principio se había explicado

esta homogeneidad urbana como el resultado

de una explotación comercial

desenfrenada. Ahora optaba por una visión

más trágica. La fisionomía neutral del medio

urbano era la que imponía la gente, ya que esto

era lo que se ansiaba para sí mismo. El famoso

individuo norteamericano, lejos de ser un

aventurero, era con frecuencia un hombre o

una mujer cuyo círculo real no trascendía el de

su familia y sus amigos. Fuera de ese círculo el

individuo carecía de grandes intereses y energía.

El norteamericano era un ser pasivo y el

espacio monótono era lo que una sociedad pasiva

quiere para sí misma.

Tocqueville encaja en nuestro estudio de tal

manera que llega a concebir el rechazo y el aislamiento

como algo complementario. Una sociedad

pasiva tomará las medidas oportunas

para neutralizar, es decir, atenuar las asperezas.

El que mitiga la discordia por medio de la

tolerancia y la comprensión (caso de Norman

Mailer con \os graffiti) adopta de forma moderna

la posición descrita por Tocqueville. En el

espacio, el centro comercial, la repetición hasta

el infinito de rascacielos de vidrio y acero, la

cinta de cemento de la autopista, la repetición

de almacenes idénticos en los que se venden las

mismas mercancías en una ciudad tras otra, el

reino del buen gusto discreto y moderado o los

perfeccionamientos técnicos a los que en Nueva

York se les da el nombre de «eurotrash»,

todo ello son signos modernos que corresponden

a la visión de Tocqueville. Un medio ambiente

blando vuelve a dar seguridad a la gente

para que crea que «afuera» no ocurre nada perturbador

ni exigente. La neutralidad sirve para

legitimar el alejamiento.

Tocqueville fue el primero en interrogarse

sobre la sociedad de masas y en ese sentido precursor

de Ortega y Gasset, Huxley y Orwell.

Condenó la neutralidad por considerarla un

signo invisible de cansado conformismo más

que de la voluntad de la masa:

Lo que reprocho a la igualdad no es que lleve a

los hombres por la senda de los placeres

prohibidos, sino que los absorba por completo

en esa búsqueda de placeres permitidos.

Con ello podría llegar a establecerse

en el mundo una especie de materialismo

honesto que no corrompería a las almas,

sino que las debilitaría y acabaría por aniquilar

silenciosamente todos sus resortes

16 .

Ahora bien, al contemplar el cansancio de

su propia generación, cada vez más pasiva y

cuyo rostro se volvía cada vez más blando, llegó

a una nueva conclusión. En realidad, la psi-


Las ciudades norteamericanas: plañía ortogonal}' Ética protestante 291

cología propia del aristócrata hace que esté mucho

más cerca del individualista norteamericano

de lo que podrían creer los europeos. Tanto

el aristócrata como el norteamericano viven

aislados y sufren de ese alejamiento. Ajuicio de

Tocqueville, cuando una persona consigue

neutralizar lo exterior y se repliega en sí misma

experimenta una pérdida de su propio control.

La guerra, las catástrofes económicas, la violencia

delictiva, son siempre experiencias en

las que se acaba perdiendo el control. La neutralidad

tiene un carácter diferente, más insidioso.

En términos físicos es una falta de estímulo

y, en términos de conducta, una ausencia

de experiencia exigente. Cuando falta el estímulo

o la exigencia la persona empieza a sentirse

desorientada y acaba por experimentar una

disgregación interior. En la debilidad no cabe

hablar de coherencia.

En Nueva York hay bares por todas partes,

bares en los que se acostumbra beber mucho y

bares en que la bebida no es más que un complemento,

como el bar del Museo de Arte Moderno.

Hay bares en las discotecas, los bancos y

los burdeles, y también bares improvisados en

los barrios de viviendas. Los grandes bares están

en los hoteles: el Oak Bar del Plaza o el bar

del Algonquin, bien decorados, con amplios

asientos confortables. Se asemejan a los clubes,

pero no tienen su atmósfera silenciosa. En un

gran bar hay que gritar para hacerse oír, pero

Nueva York carece de ese tipo de bares. Todos

tienen un carácter decididamente neutral, sobre

todo en los centros del poder, como sucede

con el bar del Hotel Pierre, en la Quinta Avenida,

justo donde comienza Central Park. El contraste

físico entre este bar y el situado en Harlem

es tan notable que no parecen tener nada

en común. El carácter del bar del Hotel Pierre

es discreto, con sus amplias mesas, sus flores y

su luz tamizada; las personas lo frecuentan para

hacer negocios sin que parezca que los hacen,

lo que es visible a través de detalles como

éste: cuando la gente se reconoce, no se acerca a

la mesa del otro, sino que, a lo sumo, hace un

pequeño gesto de reconocimiento. En el Pierre

las bebidas sólo sirven para cubrir las apariencias.

Las personas pueden pasarse horas enteras

sin tocar su vaso y los camareros tienen la

costumbre de no molestarlas.

La atmósfera es tensa, dado que cada uno

presta suma atención a los demás. El bar del

Pierre tiene la neutralidad del tablero de aje­

drez: una cuadrícula de desafío. Pero en este

centro de poder, con todos estos hombres que

llevan trajes caros y discretos, que se hunden en

sus asientos de cuero, la atmósfera parece estar

más cargada de miedo que de afán mercantil.

Estos hombres temen mostrar su juego. La palabra

control, que carece de sentido en el bar de

Harlem, es aquí sinónimo de angustia. Hay que

estar muy atentos a que las cosas no se desintegren.

Para el habitante común de Nueva York, la

realidad de estos temores debe de seguir siendo

un misterio; lo único que tiene que saber es que

los negocios se realizan en un ambiente neutral

de estilo inglés o con muebles modernos y cuya

blandura no distrae a los jugadores de sus angustias.

Esta escena del bar Pierre no parece ajustarse

a la visión de Tocqueville. Nuestro autor

imaginó una sociedad de masas constituida por

personas iguales y que padecen las mismas vicisitudes

que son el producto de esa igualdad. La

igualdad (en el sentido de neutralización del

ambiente) les hace perder los carriles. A juicio

de Tocqueville. esa falta de contención se manifiesta

en la «inquietud por la muerte» de los

norteamericanos, su incapacidad para tomarse

la vida en serio y disfrutarla en el instante preciso.

Estaban (y están) pensando siempre en

moverse, en trasladarse a otros lugares que puede

que sean idénticos. En la moderna Nueva

York los males culturales consistentes en neutralizarlo

todo o equipararlo son los de una sociedad

que, no obstante, padece profundas desigualdades

materiales. Al igual que San Agustín,

Tocqueville nos enseñó a considerar seriamente

la apariencia de las cosas. No existe coherencia

en la blandura y lo mismo puede decirse

del ansia por ganar dinero y del

sufrimiento por la pobreza, aunque el fenómeno

de la neutralidad no pueda ser el mismo para

los ricos y los pobres.

Este enigma se podría formular en forma de

interrogante: ¿Cómo se produce el rechazo cultural

de la diferencia en una sociedad en la que

son tan tajantes las diferencias sociales y económicas?

El avezado hombre de negocios que

hace una transacción en el Pierre no acepta que

la consiguiente pérdida de miles de empleos

forme parte de su realidad. Podemos entender

que su ambiente discreto fortalece en él el deseo

de proceder como si la única realidad consistiera

en trazar números sobre un papel. Al


292 Richard Sennett

igual que Tocqueville, Freud nos dice que la

gente sufre por lo que rechaza. ¿Cómo puede

nuestro hombre de negocios llegar a sufrir por

el hecho de denegar la importancia de otras vidas?

Se trata de un adulto realista que sabe que

la justicia retributiva rara vez alcanza a los ricos.

Los ediles de Nueva York tampoco fueron

castigados mientras vivieron y su labor fue considerada

como un modelo de planificación progresista.

Puede que el lector se extrañe de que procedamos

ahora a buscar en la historia de la religión

la explicación de la persistencia de esa tendencia

a negar las diferencias en una sociedad

en que son tan grandes las diferencias económicas,

culturales y raciales. Cabe, no obstante, señalar

que una de las funciones que sigue cumpliendo

la religión en la vida moderna consiste

en convencer a la gente de que puede rechazar

las penas cotidianas si lo desea. Hubo una época

en que la religión ofrecía a las personas un

santuario concreto donde refugiarse; el sentimiento

religioso latente en la actualidad ofrece

un refugio menos material, pero más reconfortante,

el de la afirmación de que nada de lo que

es exterior es real, y que es posible disiparlo.

No es ningún castigo divino que las personas

que creen poder disipar la realidad externa acaben

por divorciarse de esa realidad.

«La guerra civil que llevo dentro»

El espíritu divino del que se alimenta la convicción

según la cual es posible disipar las diferencias

se manifiesta del modo más prosaico. Hemos

observado ya que, a diferencia de sus

precedentes romanos, las cuadrículas norteamericanas

son ilimitadas. La era que dio origen

a las catedrales se interrogaba sobre si el ser

humano podía tener un centro ya que no había

límites. La definición de los límites del deseo y

del conocimiento permitió que los seres humanos

se colocaran en la cadena divina del ser según

la jerarquía establecida por Dios; Santo

Tomás de Aquino dijo que debemos asumir el

lugar que nos corresponde en la escala divina.

Esta teología encerraba una lección psicológica:

consciente de sus propios límites, el alma

modesta se siente segura; en los Cuentos de

Canterbury, Chaucer se refiere a la armonía del

sacerdote con su propia identidad y con el

mundo, en los términos siguientes:

Pese a ser santo y virtuoso no despreciaba a los

pecadores ni se expresaba en términos de

soberbia y se mostraba discreto y benévolo

en sus enseñanzas 17 .

A partir de este centro moral interno era posible

construir una ciudad. Chaucer expresa literalmente

el sentido del espacio al decir que

las virtudes del sacerdote son las de un buen

hombre de iglesia, es decir, las de la parroquia

y no las del místico ambulante. Pero, ¿qué ocurre

con los consuelos de la fe cuando la humanidad

ya no vive en un mundo limitado?

El problema del ser humano liberado de sus

cadenas y artífice de su propia vida en una sociedad

en expansión material y en constante

mutación fue estudiado por el sociólogo Max

Weber en su famosa obra sobre la ética protestante.

A juicio de Weber los primeros protestantes

consideraron la vida cotidiana de forma

mucho más seria que sus predecesores católicos

que la confinaron a lo imprevisto y lo caótico.

Los protestantes contemplaron la vida de la calle

como el lugar en que tiene sentido competir

con los otros en aras de la propia estima. Pero

este nuevo cristianismo no podrá permitirse

disfrutar de lo que había ganado; temía que el

placer lo corrompiera. Fue al mismo tiempo

mundano y ascético, siendo agresivo cuando se

trataba de ganar dinero, para rechazar acto seguido

la posibilidad de utilizarlo para lograr

bienestar o placer. En la imagen trazada por

Weber de este nuevo hombre de negocios, lo

más audaz es considerarlo como cristiano. En

La ética protestante y el espíritu del capitalismo

escribe:

Habíamos visto ya que el ascetismo cristiano,

después de huir del mundo hacia la soledad,

había seguido gobernando ese mundo

al que había renunciado a partir del monasterio

y por medio de la Iglesia. Pero,

por regla general, imprimió en la vida cotidiana

de su siglo su carácter natural y espontáneo.

He aquí que, después de cerrar

tras de sí la puerta del monasterio, se expande

ahora por las plazas del mercado y

trata de impregnar con su método de rutina

de la existencia y llevar una vida racional

en este mundo, aunque de ningún modo

es de este mundo ni para este mundo

18 .

Así fue cómo el cristianismo saldría a la calle

dándose cita con sus verdades; la religión

perdió su antigua certidumbre sobre la división


Las ciudades norteamericanas: planta ortogonal y ética protestante 293

que separa este mundo del otro. La gente podría

acumular ganancias en este mundo y éstas

incidirán en su vida en el otro. Así, por otra

parte, la salvación o la condenación serán tanto

más aleatorias cuanto más dependieran de los

altibajos de la calle.

El título mismo del libro de Weber demostraba

la relación que establecía entre la nueva

valoración espiritual de la competencia y los

orígenes del capitalismo moderno y acabó por

expresar esta relación de manera imaginable: la

competencia para adquirir bienes, inmemorial

y universal en todas las sociedades, era ahora,

además, la demostración de la virtud. Sin embargo,

ese carácter sólo se imprimirá en la medida

en que sólo siguiera siendo una demostración

y no se plasmara en deseo irrefrenado de

bienes de este mundo. El hedonista es voraz y a

la vez carece de disciplina, por lo que puede no

verse coronado por el éxito. La negación aparece

así en la propia sociedad de competición al

mismo tiempo que la desigualdad. Los que

sean capaces de ocultarse a sus propios ojos

tendrán muchas más probabilidades de triunfar.

La sutileza del análisis de Weber consiste en

comprender que la negación es una experiencia

de doble filo. La posibilidad de gratificarse inmediatamente

se logra al precio de rechazar el

valor real de la cosa. La persona que gana dinero

no lo gasta, la retención (esos actos a los que

damos ahora el nombre de gratificación diferida)

neutraliza de manera radical el vínculo

emotivo al neutralizar el valor de lo deseado.

Es como si esa persona dijera: «lo que obtuve

no valía el tiempo que perdí en conseguirlo».

La posibilidad de competir es tanto mayor

cuanto que se rechaza la realidad del bien por el

que se compite.

Los protestantes de los primeros tiempos se

lanzaron a la gratificación diferida en beneficio

de Dios. Dios hacía de la competencia una virtud

y de la negación de la realidad una realidad.

Por desgracia. Dios es incognoscible y el pecado

del ser humano es infinito. ¿En qué dosis

había que combinar el éxito y la negación del

mismo para demostrar que se es una buena persona

digna de salvación? Al no ser posible responder

a esta pregunta, la persona se verá impulsada

a seguir adelante, a competir cada vez

más y a tener cada vez más éxitos, a diferir cada

vez más la gratificación con la esperanza de que

el futuro le daría esa respuesta que nunca llega­

ba. Las observaciones de Tocqueville acerca

del temor de los norteamericanos, junto con su

indiferencia al medio, es el resultado, a juicio

de Weber, de esa mezcla religiosa tan fuertemente

teñida de negación. Salvar y salvarse;

negar el presente para hacerse acreedor del futuro;

competir despiadadamente con los demás

para probar el propio valor; rechazar lo concreto

en aras de lo interior; vivir en un estado de

incesante devenir. En este punto Weber se

aproxima mucho más a Freud que a Marx, ya

que su manera de entender la mecánica de la

competencia capitalista le sirve para demostrar

la tesis de Freud según la cual el ser humano es

víctima de sus propias inhibiciones.

Poco antes de escribir La ética protestante y

el capitalismo, Weber había viajado a Estados

Unidos en una época en que los Vanderbilt

ofrecían fastuosos banquetes para 70 comensales.

Esos capitalistas amantes del lujo le parecieron

una anomalía. Los hombres de poder llegarían

con el tiempo a protegerse y a no ostentar

su riqueza. A nivel de la cultura tratarían de

convertirse «en uno de tantos», procurar no sobresalir.

Seguirían, no obstante, siendo enemigos

unos de otros. En un rasgo de genio, Weber

comprendió que los capitalistas seguirían compitiendo

mucho después de haber alcanzado la

completa seguridad económica. El hombre que

podía tratar a los demás como piezas de un tablero

era un hombre que luchaba con sus propios

demonios. Su perfil fue visible en el movimiento

protestante cuando la conciencia del estado

interno se convirtió en centro de la fe. En

un nuevo avatar de esa inspiración genial, Weber

llegó a comprender de qué manera una persona

puede tratar de resolver una duda relativa

a su valor interno mediante un ejercicio de poder

en el que gane pero no disfrute con ello.

Esta negación de sí es prueba de que goza de un

carácter sólido, más fuerte que el de otros y lo

suficientemente enérgico como para resistir a

la tentación del deseo. Weber se pregunta qué

intenta probar la persona que compite para

probarse algo. Para poner de manifiesto en un

ejemplo extremo el malestar que subyace en la

competencia, examina la relación de la conciencia

moral protestante con el mundo en el

caso de los calvinistas y los protestantes puritanos

que hallaron refugio en la América del siglo

xvii. Al igual que Tocqueville considera

que la forma de vida de ese núcleo humano en

América se anticipó a la que adoptarían los eu-


294 Richard Sennen

NEW YORK

NEW JERSEY

Central Park, en Nueva York:

Arriba: el parque fue creado a mediados del siglo XIX adoptando perfectamente la planta ortogonal de Manhattan.

Encyclopaedia Britannica. 1973.

. I la derecha: el parque fue concebido como un espacio natural aislado, en el corazón de la ciudad cuya cuadrícula

tentacular hizo desaparecer los islotes de vegetación, R. Kaivar/Magnum.


Las ciudades norteamericanas: planta ortogonal y ética protestante 295

ropeos. A sus ojos los puritanos eran unos neuróticos

heroicos, unos seres corroídos por la duda

que luchaban denodadamente para probarse

que tenían valor.

En cierto modo, los puritanos no se prestaban

a su argumentación. Los lugares en que vivían

habrían sido inmediatamente reconocidos

por sus contemporáneos como típicas aldeas

europeas con su núcleo de casas en torno de un

prado y, más allá, las tierras labrantías hasta los

límites del distrito. A finales del siglo xvn el

diseño de esa aldea tradicional comienza a modificarse

por motivos que seguirán vigentes

200 años. Después de establecerse el núcleo de

la aldea, «en la división de la tierra, los recién

llegados abandonaban el conservadurismo que

había presidido el diseño de sus calles. Para

distribuir la inmensidad virgen no eran aplicables

los métodos europeos de parcelamiento»' 1 '.

En el siglo xvm esas aldeas de malla prieta se

deshilacharon a medida que los habitantes se

fueron a vivir a las tierras que trabajaban.

Mientras duraron, estas aldeas prietas eran

lugares de cooperación más que de competición.

En el Pacto Eclesiástico de la aldea de Salem

de 1689 se dice:

Hemos decidido con toda rectitud considerar

cuál es nuestro deber y convertirlo en

nuestra pena, reconocerlo como nuestra

vergüenza y definir en qué medida no lo

hemos cumplido y pedimos por ello perdón

al evocar la Sangre del Pacto Permanente.

Y, con el fin de respetar este Pacto y cuantas

disposiciones inviolables establece para

siempre, habida cuenta de que nada podemos

nosotros mismos,

Imploramos humildemente la ayuda y la

gracia de nuestro mediador 20 .

En este Pacto se acepta de manera explícita

la consubstancialidad del malestar interno y de

la cooperación mutua. La «neutralidad», la

«indiferencia para con los demás», no dejan de

ser expresiones vanas en estas poblaciones; las

diminutas aldeas de Nueva Inglaterra no parecían

al principio que iban a ser el ambiente pro-


296 Richard Sennett

picio para el rechazo social de la ética protestante.

Sin embargo, sus habitantes llegaron a vivir

el drama de la negación a través de la neutralidad,'y

vivirían y padecerían en grado heroico a

causa del mismo. El puritano se imaginaba que

debía alejarse del mundo en que había nacido a

causa del malestar de la guerra que se libraba

en su interior. Su salvación o su condenación

estaban predestinadas por Dios, y Dios con un

toque de su divino Instrumento, había decretado

la imposibilidad de que el puritano supiera

si sería salvado o condenado. Estaba obligado,

en palabras del puritano norteamericano Cotton

Mather, «a predicar las riquezas de Cristo

que no es posible buscar», pero era demasiado

humano, era un hombre que quería conocer su

destino y buscaba las pruebas 21 . No tenía el poder

de controlar las tentaciones ni los pecados

cotidianos del mundo; carecía incluso del alivio

católico de la absolución de sus pecados.

No le era posible tener un conocimiento definitivo,

y tampoco obtener la absolución. Su Dios

se asemejaba a una fortuna sádica. La conciencia

moral y el dolor se convertían así en sus

compañeros inseparables.

Puede que la expresión más gráfica de este

conflicto interno sean los versos que George

Goodwin escribió a principios del siglo xvii:

Canto mi propio ser; mis guerras civiles

internas;

Mis victorias y derrotas cotidianas;

El duelo constante, la lucha incesante,

La guerra interminable que durará tanto

como mi propia vida 22 .

Para escapar a ese sufrimiento el puritano

fue tentado por la inmensidad virgen, por ese

vacío que no le impondrá exigencias seductoras

y con la visión por remota que fuera de llegar

a controlar su vida. El padre de Cotton

Mather, Increase Mather, perteneciente a la

primera generación de puritanos inmigrantes,

escribió en la página inicial de su diario:

Espero la llamada de tierras desconocidas donde

viviré hasta el término de mi vida y de

mis lágrimas 23 .

Los primeros norteamericanos eran seres

torturados. Cuando se habla de los «primeros

colonizadores» o de los «aventureros ingleses»

no se llega a expresar ninguno de los motivos

que empujaban a la gente a emprender un viaje

peligroso y a instalarse en parajes desolados o

infestados de mosquitos. Los puritanos fueron

los primeros norteamericanos que sintieron la

doble necesidad de alejarse de todo y de controlar

su vida, dualidad que implicaba huir de los

demás en nombre del autodominio.

Las iglesias construidas en el centro de los

poblados tradicionales de Europa señalaban

claramente donde había que buscar a Dios. El

centro define un espacio de reconocimiento.

Dios es legible: está en el interior, en el santuario

y en el alma. En el exterior sólo hay riesgos,

desórdenes y crueldades. El interior puritano

no era legible, era el sustento de un combate,

una conciencia en conflicto consigo mismo; la

terrible lucha por encontrarse se agravaría

cuando los otros, es decir, el exterior, otras confusiones,

hicieran su aparición. El español llegaba

al Nuevo Mundo como un amo; la conversión

y la conquista eran una sola cosa; llegaba

su condición de católico. El puritano venía a un

refugio; la conversión era un deber y la conquista

una necesidad de supervivencia, aunque

ni una ni otra eran el verdadero motivo de su

viaje. El lugar al que llegaba tenía que ser contemplado

como una tela blanca en la que podía

desplegarse esa doble compulsión; recomenzar

en un sitio nuevo y lograr así un mayor dominio

de sí.

Con frecuencia, quienes se habían embarcado

en esta experiencia purificadora encontraban

que el lenguaje no bastaba para conjurar

sus conflictos internos, y el fracaso fatal llegaría

a convertirse en Salem con el silencio, el verdadero

castigo de las brujas. De manera más general,

en la cultura norteamericana, al fracaso de

las palabras para revelar el alma se sumó la

conciencia exacerbada de sí mismos en un paisaje

inmenso y que les era extraño. A falta de

un lenguaje adecuado para expresar la experiencia

interior, cada uno se replegaría en sí ante

la imposibilidad de manifestar su vida, condenado

en el mejor de los casos a no dar sino

una nueva impresión. El espacio interior del

catolicismo medieval tenía un carácter físico,

era un espacio que todos podían compartir. El

espacio interior de los puritanos era el espacio

del Individualismo más radical y más impalpable.

El ojo del puritano sólo podía ver en su interior.

Por consiguiente, para el puritano, el vacío

tenía un significado espiritual. Incluso en el

primer nudo de casas aldeanas se sentirá siempre

solo con su conflicto. Observadores posteriores

se asombraron de que se lanzaran en for-


Las ciudades norteamericanas: planta ortogonal y ética protestante 297

ma incontenible a la conquista del Oeste quie­ se trata en la calle a quienes carecen de techo o

nes podían haber llevado una vida más rica y están sujetos a trastornos mentales. Se les trata

feliz explotando lo que ya poseían. Se trataba con resentimiento, ya que se presentan como

de una de las manifestaciones de la ética pro­ verdaderos necesitados y siguen mostrándose a

testante, esa incapacidad para admitir que lo la vista de todos. Y es una lucha contra esa hos­

que existe resulta suficiente. Quien se ve movitilidad la competencia de identidades que se ha

do por esa disposición interna cree que esa lu­ establecido para dejar la propia marca en los

cha le permitirá encontrarse, que la propia as­ vagones del subterráneo y los muros de la ciupereza

del combate le otorgará un valor intedad. Lo que se pide es el reconocimiento. A la

rior. Compite en aras del dolor y, en última pregunta «¿Ser reconocidos por quién?», el pu­

instancia, compite consigo mismo.

ritano podía dar una respuesta. Aunque nos fal­

En un primer momento la fe marcó con su te su fe en Dios y no tengamos ninguna respues­

sello inconfundible esa lucha interior. El bien ta a mano, seguimos sintiendo, como él, la ne­

combatía al mal. Más tarde, a medida que sus cesidad de dudar. Sigue presente la antigua

protagonistas iban deshaciendo el nudo euro­ sombra que oscurece la presencia de los depeo

y adquirían más autonomía, los términos más.

de esa lucha interior perdieron nitidez. Un tex­ En la historia de Estados Unidos el recurso

to clásico de la conquista del Oeste, la novela implacable a la cuadrícula contribuyó a crear

The little house on the prairie, cuenta cómo la esa sombra. La cuadrícula parecía resolver la

familia se muda cada vez que descubre otro te­ amenaza del valor del medio mediante un acto

cho en su horizonte. Nadie puede explicar las de represión geométrica. «Allí fuera» no había

razones de esa vida errante, pero el hecho es nada que debiera ser tenido en cuenta al aplicar

que se sienten amenazados y tienen que alejar­ la cuadrícula. Es sabido que los problemas de la

se cada vez más. Es un movimiento análogo el ciudad consisten en su impersonalidad, su es­

que da origen a los suburbios. Cada vez que cala alienante, su frialdad. A mi juicio, esta

puedas, aléjate de los demás. La densidad es un descripción es más profunda de lo que parece a

mal. Sólo el vacío, en la neutralidad, cuando simple vista. La impersonalidad, la frialdad y el

faltan el estímulo o la «interferencia» de los de­ vacío son términos esenciales del vocabulario

más, puede el alma dominarse. Se tiene así la protestante sobre el medio ambiente. Estas pa­

dualidad del alejamiento y de la lucha por el labras marcan una cierta dirección de la mira­

autodominio.

da; la separación, la exclusión, la frialdad son

Cabe pensar que se trata de una historia pu­ otras tantas razones para buscar los valores inramente

norteamericana y hasta que la anécdoternos en el interior. La ética protestante nos

ta se circunscribe a una pequeña secta del siglo habla del avatar desdichado de esta orientación

xvii. Pero así como nos encontramos a veces de la percepción. Es una historia de escasez de

con una iluminación en la vida de personas dis­ valores. Es una historia en la que son los protantes

que nunca se propusieron influir en nopios seres humanos los que crean unas condisotros,

la «lucha civil interna» librada en tieciones y circunstancias que inmediatamente

rras norteamericanas tiene un significado para después contemplarán como vacías y frías. Esa

el presente. Tocqueville se equivocó en cierto es la consecuencia perversa de la negación. El

modo al contemplar el carácter individualista. que asume una actitud neutral para con el exte­

En efecto, lo tomó como una simple indiferenrior acaba por sentirse vacío. Esta perversión se

cia con respecto a los otros, lo que constituye aplica tanto a la creación del espacio como a la

un error generoso, si cabe decir, habida cuenta creación del capital. Ahora bien, al haberse in­

de otras realidades más actuales. Lo cierto es corporado a la trama de la vida cotidiana y se­

que, el código para establecer el autodominio cular, esta conciencia protestante del espacio

desarrollado por primera vez en Estados Uni­ deja de ser una neurosis heroica.

dos, manifiesta una profunda hostilidad hacia

las necesidades de los demás y un resentimiento

por su mera presencia. Los demás interfieren;

para lograr el control, nada de «lo de afuera»

debe importar. Esta hostilidad puede verse

ahora en muchas ciudades en la manera en que

Vemos así que la relación entre espacio cuadriculado

y ética protestante es un ejemplo de

otra relación más general entre espacio y cultura.

Weber no pensó que la religión determinara

la economía, sino que existía una interacción

entre ambas. Del mismo modo, también los va-


298 Richard Sennen

lores culturales se entrelazan con el orden espacial.

Estos lazos han ejercido una gran influencia

en la visión moderna como también en la

formulación de Weber, las técnicas religiosas

de autorregulación siguen vigentes mucho después

de que desaparece la fe religiosa. En la planificación

del espacio visual, la neutralidad

crea un campo de competencia en el que los

participantes operan un repliegue moral sobre

Notas

1. Joseph Rykwert, The Idea of a

Town: The Anthropology of Urban

Form in Rome, Italy and the

Ancient World. (Cambridge. Mass:

M.I.T. Press. 1988), pág. 192.

2. Rykwert, op. cit.. pág. 90.

3. Rykwert, op. cit.. págs. 90-91.

4. William Bridges. Map of the

City of New York and Island of

Manhattan (Nueva York: 1811),

«Commissioner's Remarks»,

pág. 30.

5. «Ordenanzas reales sobre

descubrimientos nuevos y

poblaciones».

6. Pierre Charles l'Enfant. «Note

relative to the ground lying on the

eastern branch of the river

Potomac...» Pese a no estar

fechada debe de haber sido escrita

entre el 4 de abril, cuando el

Presidente Washington transmitió

a l'Enfant las ideas de Jefferson, y

el 10 de abril de 1791, fecha en que

Jefferson aceptó el control de

l'Enfant en materia de

planificación sobre la nueva

capital de la nación. Texto

reproducido en E.L. Kite L'Enfant

and Washington. 1791-1792,

Baltimore: John Hopkins Press,

1929. págs. 47-48.

7. Francis Baily. Journal of a Tour

in Unsettled Parts of North

America in 1796 and 1797

(Londres, 1856). pág. 226, citado

en Richard Wade. The Urban

Frontier (Cambridge, Mass:

Harvard. 1959), págs. 24-25.

8. «Commissioner's Remarks»,

op. cit. pág. 25.

9. Lewis Mumford, The City in

History (Nueva York: Harcourt.

Brace. Jovanovich, 1961),

pág. 421.

10. El lector interesado en conocer

concretamente la línea irracional

que siguió «la lógica del

capitalismo» puede consultar con

provecho lo que dice Peter

Marcuse, «The Grid as City Plan:

New York City and laissez-faire

planning in the nineteenth

century». Planning Perspectives. 2

(1987), págs. 287-310.

11. Frederick Law Olmsted.

«Description of a Plan for the

Improvement of the Central Park,

'Greensward', 1858» en Frederick

Law Olmsted, Jr. y Theodora

Kimball, Frederick Law Olmsted

(Nueva York, 1928), págs.

214-232.

12. John W. McCoubrey.

American Tradition in Pai ting

(Nueva York: Braziller, 1963).

pág. 29.

13. Citado por John Hancock,

«The Apartment House in Urban

America» en la obra recopilada por

Anthony D. King, Building and

Society (Londres: Routledge and

KeganPaul. 1980), pág. 181.

sí mismos. En Estados Unidos, la aplicación de

la cuadrícula constituye el primer signo de una

forma moderna de represión muy característica

que consiste en negar el valor de los demás y

la peculiaridad de cada lugar mediante la construcción

de la neutralidad.

Traducido del inglés

14. Alexis de Tocqueville. Dela

démocratie en Amérique (ed. a

cargo de J.P. Mayer), Gallimard.

1961 ; tomo I. pág. 266.

15. Notadel autor, al pie de las

págs. 290-291 de la edición citada.

16. Tocqueville, op. cit.. t. II, págs.

138-139.

17. Geoffrey Chaucer. The

Canterbury Tales (Los Cuentos de

Canterbury), traducción de R.M.

Lumiaiisky (Nueva Yoik, Pocke!

Books, 1971), pág. 357 del original

y pág. 10 de la traducción.

18. Max Weber, Die

protestantische Ethik un der Geist

des Kapitalismus. (Existe en

español. La ética protestante y el

espíritu del capitalismo. Edicions

62, Barcelona.)

19. Anthony N.B. Garvan,

Architecture und Town Planning in

Colonial Connecticut (New Haven:

Yale, 1951), pág. 52.

20. Reproducido en Charles B.

Rice, Proceedings at the

Celebration of the Two Hundredth

Anniversary of the First Parish at

Salem Village (Boston. 1874).

21. Citado en Kenneth Silverman,

The Life and Times of Cotton

Mather (Nueva York: Columbia

University Press, 1985), pág. 24.

22. George Goodwin,

«Auto-Machia» versión


Las ciudades norteamericanas: planta ortogonal y ética protestante 299

modernizada, adaptada del

original que figura en Sacvan

Bercovitch. The Puritan Origins of

the American 5W/'(New Haven:

Yale, 1975), pág! 19.

23. Increase Mather. A Sermon

Concerning Obedience, en «The

Autobiography of Increase

Mather», a cargo de Michael G.

Hall, Proceedings ol the American

Antiquarian Society, LXXI (1961),

pág. 352.


Servicios financieros y comerciales

de la ciudad de Nueva York:

vínculos internacionales

y repercusiones en la ciudad

Saskia Sassen

Tras una década en que el empleo ha ido disminuyendo

drásticamente en la industria manufacturera,

servicios y administración pública,

la ciudad de Nueva York experimenta a partir

de los últimos años setenta un rápido crecimiento

de los servicios financieros y comerciales.

La explicación puede residir en el hecho de

que la ciudad ha entrado en la era postindustrial,

lo que constituiría un caso interesante de

renovación económica en contraste con la decadencia

aterradora de la

región industrial del medio

oeste. Así. pues, ¿representan

las formas de crecimiento

hoy visibles en la

ciudad de Nueva York un

modelo de renovación económica

que podría ser

adoptado por otras áreas

urbanas, una especie de alternativa

postindustrial capaz

de revitalizar la industria?

O bien, ¿es este tipo

de crecimiento una característica

tan sólo de la gran

ciudad que es Nueva York?

¿Es eficaz y deseable este tipo de crecimiento?

¿Qué repercusiones puede tener en la estructura

económica y social de la ciudad? Sabemos

que las grandes áreas de la industria manufacturera

del medio oeste produjeron una gran

cantidad de empleos bien remunerados durante

su período de crecimiento con su correspondiente

efecto multiplicador sobre la economía

en general. ¿Qué significa para una economía

urbana tener como sector económico de mayor

crecimiento a los servicios financieros y comerciales,

un sector que representa cerca de la ter­

RlCS 125/Set. 1990

Saskia Sassen es profesora y miembro

de la Urban Planning Division, Graduate

School of Architecture. Planning

and Preservation. Columbia University.

New York, EE.UU. Es también

miembro de varios grupos de investigación

internacionales y de varios proyectos

de la ONU. Sus publicaciones más

recientes son The Mobility of Labor and

Capital (1988) y The Global Ciiv. New

York, London. Tokyo ( 1990).

cera parte de los empleos en el caso de Nueva

York? En el presente artículo se abordarán estas

cuestiones y se analizarán las condiciones

en las que se han producido la expansión de los

servicios financieros y comerciales, los componentes

de tal crecimiento, su duración y la consiguiente

distribución de beneficios y costes para

los diferentes sectores de la economía ciudadana

y su fuerza laboral. Para situar los datos

en perspectiva, se compara a la ciudad de Nueva

York con su área metro­

politana y con otras grandes

ciudades tales como

Los Angeles y Chicago.

El fondo cultural de este

artículo se encuentra en el

gran número de análisis

que existen sobre el área

metropolitana de Nueva

York basados tanto en teorías

sobre el tipo de crecimiento

propio de las grandes

ciudades, como en los

procesos cíclicos de dispersión

de los componentes de

dicho crecimiento. En toda

esta documentación relativa a ese fenómeno se

pone de manifiesto la función de semillero de

las grandes ciudades en un contexto de ciclos

periódicos de superpoblación, congestión y

aparición de aglomeraciones antieconómicas

y de soluciones parciales basadas en la dispersión

espacial. Los beneficios y los costes sociales

de estos ciclos de dispersión y concentración

están distribuidos de forma desigual entre

los distintos sectores de la población, la fuerza

laboral y la economía. Además, variarán según

los diferentes regímenes económicos que carac-


302 Saskia Sassen

terizan un período histórico determinado.

Si aplicáramos hoy estos principios a la ciudad

de Nueva York abriríamos un debate que

incluiría las condiciones y los límites del aumento

de los servicios financieros y comerciales,

sectores principales del crecimiento de la

ciudad; el especial papel de la ciudad de Nueva

York como emplazamiento de tales servicios y

los límites de esa función; las formas de integración

en una economía metropolitana más

amplia de, por un lado, estos nuevos sectores

en crecimiento y el resto de la economía metropolitana

por otro, y finalmente, la repercusión

de su crecimiento o su regresión sobre otros

sectores de la economía y sobre la fuerza laboral

de la ciudad.

1. Condiciones que deben darse

para el crecimiento de los

servicios financieros

y comerciales

La posición teórica y metodológica en la que se

inspira nuestro debate consiste en la necesidad

de examinar determinados aspectos fundamentales

de la nueva situación económica

mundial como requisito previo para entender

los cambios sociales y económicos tan pronunciados

que tienen lugar hoy en las grandes ciudades.

Es difícil explicar esos cambios si sólo se

tiene en cuenta el desplazamiento de la producción

hacia los servicios que se produce en las

economías desarrolladas. Los avances técnicos

de la electrónica y las telecomunicaciones, la

dispersión espacial de la producción y la expansión

y la reorganización de la industria financiera

internacional constituyen tres series de

procesos interrelacionados que han contribuido

a la reestructuración económica de las grandes

ciudades. La dispersión espacial de la producción,

incluida su internacionalización, ha

contribuido al incremento de unos servicios

centralizados en la gestión y regulación de la

nueva economía espacial. Las grandes ciudades,

y éste es el caso de Nueva York, desempeñan

una función cada vez más importante como

lugares clave de la gestión y coordinación a

alto nivel. Y la reorganización de la industria

financiera ha dado lugar a un rápido incremento

de la concentración, por lo demás ya muy

importante, de dicha industria en las grandes

ciudades. La acentuación de la expansión del

volumen de transacciones financieras no ha hecho

sino amplificar las repercusiones de esas

tendencias.

Partiremos de la hipótesis según la cual la

dispersión espacial de la producción y la reorganización

de la industria financiera han creado

unas formas nuevas de centralización destinadas

a administrar y regular la red mundial de

los lugares de producción y los mercados financieros

1 .

a) La dispersión y las nuevas formas de concentración

Expresiones clave de la transformación espacial

y técnica de la actividad económica son la

dispersión geográfica de fábricas, oficinas y

servicios, y la utilización mucho más generalizada

de los servicios altamente especializados,

a lo que se suma con frecuencia el desarrollo de

la microelectrónica. La dispersión y la especialización

de los servicios son dos procesos que

actúan entre sí y que en algunos casos coinciden.

La dispersión de las fábricas y oficinas exige

la centralización de la gestión y un control de

alto nivel necesarios en la administración y ordenación

del sistema mundial de producción y

a la fuerza laboral. Las empresas cuentan cada

vez más con numerosas fábricas, oficinas y servicios,

por lo que va en aumento la importancia

de las actividades centrales de planificación,

administración y distribución interna,

comercialización, etc. Se ha fomentado la tendencia

a desplazar a la sede de las grandes compañías

toda una serie de actividades que en el

pasado llevaban a cabo las compañías independientes

de servicios, ya que hay grandes compañías

que se dedican a producir y a vender al

consumidor los servicios. Lo mismo observamos

en los gobiernos, esa manera análoga de

centralizar las actividades de planificación y

control de alto nivel, lo que se debe en parte a

los avances técnicos que posibilitan la tendencia

y, en parte también, a la complejidad cada

vez mayor de las tareas de regulación y administración.

Por último, una nueva concentración

de un importante componente de inversión

extranjera en grandes ciudades como

Nueva York ha nutrido aún más ese núcleo

económico con funciones de control y de servicios

de alto nivel.

Los diferentes emplazamientos manifiestan

diversos aspectos de estas tendencias. El peso


Servicios financieros y comerciales de la ciudad de Nueva York: vínculos internacionales y repercusiones en... 303

El área metropolitana Nueva York-Nueva Jersey, D.R.

o 10 20 30 40 bo

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km


304 Saskia Sassen

de la actividad económica de los quince últimos

años se ha desplazado en gran medida de

los lugares de producción como Detroit a los

centros financieros y de servicios muy especializados.

Mientras que la dispersión de las fábricas

acelera el debilitamiento de los antiguos

centros industriales, la necesidad de centralizar

la gestión y controlarla contribuye al crecimiento

de ciudades como Nueva York y Los

Angeles. Asimismo, en términos generales, la

importancia de servicios avanzados para la actividad

económica ha desplazado ciertas tareas,

haciendo que pasen, del lugar de trabajo,

a la sala de diseño, cambiando la gestión y

transformándola, de actividad centrada en la

producción, como era antes el caso, en actividad

centrada en las finanzas.

El mantenimiento de una gestión y un control

centralizados sobre una serie de fábricas,

oficinas y servicios geográficamente dispersos

no puede considerarse como algo obvio ni tampoco

como la salida inevitable del «sistema

mundial». Lo que hay que hacer es posibilitar

dicho control centralizado mediante una vasta

gama de servicios muy especializados y de funciones

de gestión y control de alto nivel. Estos

factores constituyen los componentes de la «capacidad

de control mundial», término propuesto

y analizado en otro artículo (véase Sassen,

1989) y al que sólo nos referiremos

brevemente. El objetivo consiste en dejar de lado

la conocida cuestión del poder de las grandes

compañías y proponer el examen de la práctica

del control mundial: las actividades

especializadas necesarias para producir y reproducir

la ordenación y administración de un

sistema de producción y de una fuerza laboral

dispersas por todo el mundo.

La insistencia en la producción de los productos

constitutivos de la capacidad de control

global facilita, ante todo, un referente empírico

para determinar los modos específicos de integración

de las grandes metrópolis en la economía

mundial. Se trata de ciudades que, al margen

de actuar como astros de un vasto sistema

de comunicaciones y de mercado, son además

los lugares en que se produce la capacidad del

control mundial. En segundo lugar, la insistencia

en la producción incorpora al análisis la categoría

de fuerza laboral, es decir, la manera de

generar empleo de la producción. Cuando se

examinan tan sólo las cuestiones de poder, se

suele considerar, por ejemplo, a los factores fi­

nancieros únicamente en términos de instituciones

y conocimientos financieros muy especializados.

A fin de generar productos

financieros, se precisa una amplia gama de

puestos de trabajo, incluidos los correspondientes

al mantenimiento y conservación de los

edificios en que se fabrican tales productos y a

los que descargan y almacenan los materiales

necesarios, desde el software hasta las bombillas.

Así, el crecimiento de la industria financiera

equivale a la expansión de una amplia gama

de puestos de los cuales no todos exigen conocimientos

financieros altamente especializados.

En tercer lugar, este enfoque no tiene como

unidad de análisis ningún agente poderoso, ya

se trate de empresas multinacionales o de gobiernos,

sino el lugar de producción y, en este

caso, las grandes ciudades. De este modo, pese a

que la capacidad de control global sea el mecanismo

básico que brinda a las grandes empresas

la disposición de un sistema de producción nacional

y mundial muy disperso, no quiere decirse

con ello que la producción de esa capacidad

tenga que confinarse forzosamente a la empresa.

Si examinamos la producción de dicha capacidad,

podemos incorporar al análisis el mercado

de empresas independientes de servicios especializados

en rápida expansión. Se trata de empresas

que constituyen un sector importante de

crecimiento en la ciudad de Nueva York y que

no se tendrían en cuenta si el centro de atención

fuera el poder de las grandes empresas. En cuarto

lugar, al centrar la atención en la producción

y en los lugares de producción, se pone en primer

plano el papel de unas pocas ciudades clave

en la fase actual de la economía mundial y las

diferencias que se dan entre las grandes ciudades

de los países industrializados.

b) Reorganización de la industria financiera

Hay cambios importantes acaecidos a lo largo

del último decenio en la industria financiera en

lo concerniente al crecimiento de dicha industria

en la ciudad de Nueva York y también en

las de Londres y Tokio. Entre esos cambios cabe

citar la crisis de 1982 en lo tocante a la deuda,

la importancia cada vez mayor que adquieren

las instituciones financieras no bancarias,

la demanda de valores y el abandono de los

préstamos bancários y el crecimiento masivo

del volumen de las transacciones financieras.

De 1974 a 1981 se ha producido un crecimiento

vertiginoso de capitales debido a la inyec-


Servicios financieros y comerciales de la ciudad de Nueva York: vínculos internacionales y repercusiones en... 305

ción de los petrodólares en el sistema financiero

internacional. Los grandes bancos comerciales

se han convertido en las instituciones dominantes

en los mercados financieros

internacionales. La crisis de la deuda de 1982

produjo cambios fundamentales en la industria

financiera y, sobre todo, la disminución de los

préstamos bancários y un rápido aumento del

mercado de valores. La amplia producción de

innovaciones financieras posibilitó la expansión

masiva de la industria mediante nuevos

instrumentos negociables y no negociables de

crédito y capital, lo que se reflejó en las cifras

de la capitalización mundial que pasaron de los

892 mil millones de dólares en 1974 a 5,2 billones

en 1986 (en dólares de valor constante).

Además del aumento del volumen total se

ha producido una transformación importante

de los componentes de las finanzas. En los años

setenta el componente más generalizado del

mercado financiero era el préstamo, mientras

que hacia 1984 pasaron a serlo los valores y

otros instrumentos negociables. Los préstamos

bancários pasaron de los 124 mil millones de

dólares de 1981 a los 19 mil millones de 1985,

cifra ésta la más baja desde 1972. En 1986, la

cuantía de dinero reunida por los bancos de inversión

y otros valores aumentó en el 33 % en

relación con 1985, siendo más de cinco veces

superior al volumen de los préstamos bancários.

Por último, se empezó a atribuir una importancia

menor a los centros regionales, reconcentrándose

la actividad en las grandes

ciudades. Así, de los 5,2 billones de dólares de

capitalización mundial de 1986, el 80 % correspondió

a Nueva York. Londres y Tokio. La repercusión

del crecimiento del mercado financiero

en dichas ciudades viene dado por el

análisis del mercado de valores en cada uno de

dichos países. Según los datos de Morgan Stanley,

en 1985 ese mercado creció en Estados

Unidos en el 27,2 %, mientras que en Japón el

13,4 % y en Gran Bretaña en el 17,6 %. Todo

ello me ha llevado a formular la hipótesis (véase

Sassen, 1989) según la cual la pérdida de participación

en el mercado sufrida por los bancos

comerciales y la importancia creciente de las

instituciones financieras no bancarias sumadas

al mercado de valores (es decir, la transformación

de varios tipos de deudas en instrumentos

negociables) y a las innovaciones financieras

tienen que empujar a los centros financieros a

concentrar todavía más esas actividades.

En pocas palabras, en los años sesenta y setenta

la tendencia era impulsar a los centros regionales

y a sus filiales, bajo la dirección de los

grandes bancos transnacionales, mientras que a

comienzos de los años ochenta surge un nuevo

modelo consistente en volver a concentrar la

gestión industrial y la producción de innovaciones

financieras en un número circunscrito

de plazas importantes. La reorganización de la

industria financiera se produce como consecuencia

de haberse agotado toda posibilidad de

crecimiento, y ese fenómeno va unido a la reconversión

de los petrodólares mediante préstamos

que se conceden sobre todo a los países

del Tercer Mundo.

El desarreglo y la internacionalización del

sistema financiero de los principales países desarrollados

se ha producido pese a las diferencias

existentes entre esos sistemas en lo concerniente

al marco reglamentario, la historia y la

economía en que se mueven. Es inevitable que

persistan muchas de esas diferencias. Además,

los principales centros financieros del mundo

pueden adoptar formas específicas de incorporación

al sistema financiero mundial. Por

ejemplo, Japón es hoy el mayor exportador de

capitales de todo el mundo y Tokio su centro

financiero más importante, mientras que Estados

Unidos es el principal receptor de capitales

extranjeros y la ciudad de Nueva York su centro

financiero más importante. Londres es la

plaza más importante del euromercado y cuenta

con la red bancaria internacional más vasta

del mundo.

Esta evolución económica, junto con los

avances que se han producido en las telecomunicaciones

en el último decenio, ha llevado a

los gobiernos de los países más industrializados

a reexaminar el marco reglamentario del sector

financiero. A comienzos de los años ochenta

esos países abolieron diversas clases de restricciones,

lo que tuvo como consecuencia una mayor

competitividad y diversificación del sistema

financiero. Calificar este proceso de

desarreglo es, en términos estrictos, incorrecto,

ya que persiste un marco regulador y se han

aplicado nuevas normas. Estos cambios forman

parte de la tendencia mundial que está

transformando las funciones básicas de las instituciones

financieras. El rápido crecimiento

de la banca internacional en el último decenio

ha resaltado el hecho de que hoy por hoy el sistema

financiero mundial interactua con el sis-


306 Saskia Sassen

tema financiero nacional. El éxito del euromercado,

un mercado financiero muy competitivo

y no reglamentado, ha facilitado aún más la internacionalización

de los distintos sistemas financieros

nacionales.

Estados Unidos es un país con el sistema de

control y restricción de la circulación de capitales

internacionales y de banca internacional

más abierto, tanto en lo tocante a las instituciones

financieras extranjeras que operan en Estados

Unidos como a las actividades de las instituciones

estadounidenses en el extranjero, lo

que nos da la explicación de que Estados Unidos

sea el mayor receptor de inversiones financieras

del mundo. Por ejemplo, de los 5,2 billones

de capitalización mundial, el 44 % está

concentrado en la ciudad de Nueva York. En el

último decenio se ha producido en Estados

Unidos un rápido incremento de las operaciones

de bancos extranjeros. A la par que los bancos

estadounidenses, la banca extranjera ha seguido

en gran medida el movimiento de las

compañías de sus países hacia el mercado mundial.

Los activos de los bancos extranjeros en

Estados Unidos han pasado, de los 7 mil millones

de 1965, a los cerca de 300 mil millones de

1983. Son alrededor de 300 los bancos extranjeros

que disponen de más de 600 oficinas en

Estados Unidos, incluidas las filiales, las oficinas

de representación, los bancos subsidiarios

y las sucursales. Las operaciones bancarias se

concentran en Nueva York, Los Angeles, San

Francisco, Chicago y Houston, siendo la ciudad

de Nueva York el mayor lugar de concentración,

con más de 380 oficinas.

El desarrollo de los Servicios Bancários Internacionales

(IBF) a partir de 1981 ha sido el

mecanismo mediante el cual se ha instalado en

Estados Unidos una parte del inmenso mercado

financiero internacional con más rápido incremento.

Se trata de unos servicios que hacen,

que los bancos de Estados Unidos o las oficinas

de los bancos extranjeros en Estados Unidos

puedan realizar negocios de banca internacional

sin tener que someterse a la normativa de

Estados Unidos ni a las disposiciones de la Reserva.

En otras palabras, lo que hacen es facilitar

el desarrollo de la actividad bancaria internacional

en Estados Unidos. Los bancos

estadounidenses pueden recurrir a tales servicios

como el punto de partida de su competición

en el mercado internacional de depósitos y

préstamos, aunque no cuenten con ninguna fi­

lial en el extranjero (Cooper y Fraser, 1984). En

1985, el número de servicios bancários internacionales

en Estados Unidos ascendía a 160 y

sus activos se elevaban a 261 mil millones, de

los cuales 100 mil millones estaban depositados

en la ciudad de Nueva York donde el total

de depósitos alcanzaba hasta 201 mil millones

de activos. Antes de la aplicación de la Ley

Bancaria Internacional de 1978, la normativa a

la que debían atenerse los bancos extranjeros

era la del Estado en el que estaban registrados

(Baker, 1978). La finalidad de la Ley era facilitar

el marco de la supervisión de la Reserva Federal

y la regulación de la banca extranjera, haciendo

que los bancos extranjeros se

sometieran a las mismas restricciones que los

bancos nacionales (Senado de Estados Unidos,

Comité de Banca, Vivienda y Asuntos Urbanos,

1978). En virtud de dicha ley los bancos

nacionales empezaron a competir mejor con

unos bancos extranjeros que hasta entonces escapaban

al control federal y para los que no rezaba

la prohibición de efectuar operaciones o

inversiones en distintos Estados. La Ley contribuyó,

además, a reducir las restricciones geográficas

de todos los bancos de Estados Unidos

(Cooper y Fraser, 1984:98-101).

c) Tecnología

Los adelantos de la electrónica y las telecomunicaciones

han contribuido a convertir las

grandes ciudades en centros mundiales de la

comunicación y la gestión a larga distancia.

Además, hay otras cuestiones, no tan bien documentadas,

que se analizarán en una sección

ulterior, y entre ellas la del traslado de algunas

actividades que en el pasado eran patrimonio

de la industria manufacturera, al campo de los

servicios. Lo que hace 15 años era un trabajo

especializado de producción en una ciudad industrial

es hoy en día una tarea de diseño que

se efectúa en Manhattan. La transferencia de

técnicas del trabajador a la máquina, caracterizada

en otro tiempo por la producción en serie,

se efectúa hoy en una gama de actividades que

van desde la planta de las tiendas hasta la

computadora y su personal técnico y profesional.

La especialización funcional de las primeras

fábricas tiene su contrapartida contemporánea

en la marcada fragmentación del proceso

laboral en lo concerniente al espacio y la organización,

con la consiguiente necesidad de una

mayor centralización y una gestión más com-


Servicios financieros y comerciales de la ciudad de Nueva York: vínculos internacionales y repercusiones en... 307

La bolsa de Nueva York: desde los años

acrecentado, E. Erwui/Mügnum.

pleja, además de unos servicios muy especializados.

2. El lugar de los negocios y las

finanzas en la ciudad de Nueva

York y su área urbana

La ciudad de Nueva York ha sido desde hace

mucho tiempo un centro de negocios y finanzas.

Lo que ha cambiado desde finales de los

años setenta es la estructura de ese sector, su

magnitud y el peso que tiene en la economía

urbana. En esta presente sección vamos a examinar

el peso de los servicios financieros y comerciales

en la economía de la ciudad y área

metropolitana, además de los cambios que se

han producido a lo largo de los años 2 .

En 1987, último año para el que se dispone

de datos, trabajaban en la ciudad de Nueva

York 3,6 millones de personas. Los servicios

1970. el peso del sector financiero en la economía de la ciudad se ha

CUADRO 1. El empleo en Nueva York, 1987

Industria

Total

Industria manufacturera

No manufacturera

Sector privado

Construcción

Transportes, servicios básicos

Comercio

FIRE (Finanzas, seguros.

y bienes raíces)

Servicios

Servicios comerciales

Servicios jurídicos

Gobierno

Puestos de trabajo

(en miles)

3.611.5

380,8

3.230,7

2.646,1

119,2

217,1

642,3

547,6

1.119,3

305.3*

69.3*

584.6*

* Estas cifras no se han ajustado según la estación como se ha

hecho con las demás.

Fuentes: Year-end Repon on 1987. Oficina de Estadísticas Laborales,

Departamento de Trabajo de Estados Unidos, Oficina

Regional del Atlántico Medio (Middle Atlantic Regional Office).

Employment Review. Estado de Nueva York, Departamento

del Trabajo.


308 Saskia Sassen

financieros y comerciales empleaban alrededor

del millón de trabajadores, mientras que los de

la industria habían pasado de 900.000 en 1970

a 380.000 en 1987.

Aunque desde muchos puntos de vista la

ciudad de Nueva York sea mercado laboral

único, son claras las diferencias entre los distintos

distritos (boroughs) y, sobre todo, entre

Manhattan y los demás. Se podría afirmar que

para algunas industrias se trata de mercados

distintos o, más bien, de submercados. La distribución

de la actividad económica por sectores

nos muestra que todas las actividades se

concentran en Manhattan de tal manera que su

porcentaje se eleva al 66 %. Esta desproporción

se acentúa aún más cuando se examinan ciertos

tipos de actividades: más del 89 % de las finanzas,

seguros y bienes raíces (FlRE) y casi el

86 % de los servicios comerciales.

La concentración de la industria en Manhattan,

aunque sea hoy inferior a lo que ha sido

hace algún tiempo, sigue siendo muy elevada ya

que se sitúa en el 59 %, sobre todo en lo concerniente

a la confección donde llega al 69 %. Esta

distribución no ha cambiado prácticamente

desde 1970, si se exceptúa el pequeño incremento

de la participación de Manhattan en el FIRE

y los servicios comerciales, siendo incluso la disminución

de la participación de Manhattan en

servicios de personal, higiene y educación.

La más alta concentración producida en

CUADRO 2. Distribución de la actividad económica de Nue'

Número de puestos en: Total Bronx

Total actividades

Construcción

Industria manufacturera

Confección

Transportes, comunicaciones

y Servicios públicos (TCU)

Venta al por mayor

Venta al detalle

FIRE

Servicios comerciales

Servicios de personal

Servicios sanitarios

Servicios de educación

2.953.237

93.241

485.775

125.568

240.422

226.034

367.977

514.245

264.317

31.573

239.668

96.073

5,59

9,56

5,01

3.05

3,78

5,78

7,85

1.97

2.07

7,80

14,98

10,80

Manhattan es la de FIRE con el 23,5 % del total

de trabajadores en 1985, mientras que en

Brooklyn y Queens es la manufactura, en

Bronx los servicios de higiene y en Staten Island

la venta al por menor. En 1970, la industria

manufacturera desempeñó un papel mucho

más importante en todos los sectores,

especialmente en Manhattan, donde alcanzó el

22 %, frente al 17 % de FIRE. Del mismo modo,

la participación de la industria manufacturera

ascendió en Brooklyn al 40 % de todos los

puestos de trabajo, en Bronx el 25 % y en Staten

Island el 21 %. El debilitamiento de la industria

manufacturera representa una de las

tendencias más notables de la base económica

de la ciudad.

Si se recurre a un parámetro regional y temporal

más amplio, se verá en el cuadro 3 que

hace ya 30 años la concentración en Manhattan

de puestos de FIRE era desproporcionada. Si

tomamos como base (100), la distribución industrial

del Area Metropolitana de Nueva

York (NYMR), según el cálculo de Hoover y

Vernon (1962), «el índice de especialización»

(cociente de emplazamiento) de Manhattan en

lo concerniente a los puestos FIRE de la región

metropolitana de Nueva York era de 169 en

1956. Harris ( 1988) nos demuestra que en I 980

había pasado a ser de 195, lo que representa un

cociente sumamente elevado. El resto del núcleo

de la ciudad, compuesto en gran parte por

York, por distritos (Boroughs), I984

Brooklyn Manhattan Staten Island

(Kings) (Nueva York)

(en porcentajes)

(Richmond)

12.38

16,15

18,19

16,04

10,60

11.13

16,86

3,86

4.50

22.11

22,09

14,60

66.12

41,54

58,84

69.24

55.74

68,73

52,30

89,66

85,67

45,39

39.89

63,10

Fuente: Bureau of the Census, County Business Patterns 19S4, Nueva York (CBP-84-34)

14.02

29,06

17,25

11.07

28,07

13,50

19,16

3.93

6,80

20,28

18,14

8,98

1,89

3.69

0,71

0,60

1,81

0,86

3,83

0,58

0,96

4,42

4,90

2,52


Servicios financieros y comercia/es de la ciudad de Nueva York: vínculos internacionales y repercusiones en... 309

CUADRO 3. La especialización industrial en el área metropolitana de Nueva York, 1956 y 1980

1956

Industria manufacturera

Ventas al por mayor

Finanzas

1980

Industria manufacturera

Transportes

Ventas al por mayor

Ventas al detalle

Finanzas

Servicios comerciales

Servicios de personal

Servicios profesionales

a particulares

Administración pública

NYMR

Distribución

porcentual

28,2

6.8

4,8

21,5

9,1

5,1

14,1

9,5

5.9

2,6

22,1

4,8

100,0

Manhattan

69

145

169

78

102

110

70

195

144

108

87

104

100,0

Índice de especialización

(NYMR= 100)

Resto del

núcleo de la

ciudad de N.Y.

121

83

46

86

158

94

101

57

66

104

118

117

100,0

Anillo

interior

117

68

68

111

81

112

114

75

95

200

97

88

100,0

Anillo

exterior

Fuentes: Harris (1988). calculado según Hoover y Vernon, Anatomy of a Metropolis, 1962. pág. 248; U.S. Bureau of

the Census, Place of Work, Nueva York. 1984.

otros distritos urbanos de Nueva York y un

condado de Nueva Jersey, había experimentado

un descenso del cociente financiero.

Hay una segunda tendencia muy pronunciada

y que dimana de esa perspectiva más amplia,

de la disminución de la industria manufacturera

en el resto del núcleo de la ciudad,

con un índice de especialización que ha pasado,

de 121 en 1956, a 86 en 1980.

Si comparamos esas cifras con las de la población

y el empleo, es obvio que el resto del

núcleo urbano ha sufrido en estos últimos 30

años pérdidas considerables en ambos sectores.

En 1956 el área contaba con el 41,8% de la

población del área metropolitana y el 23,6 % de

los puestos de trabajo; en 1985 los porcentajes

eran, respectivamente, del 32,4 % y del 16,2 %

(Harris, 1988).

Por último, las cifras de la población y el

empleo nos enseñan además que en 1985 había

descendido de manera significativa la cuota general

de Manhattan en puestos de trabajo de la

región, al pasar del 40,6 % de 1956 al 27,2 % de

1985. Este descenso no hace sino subrayar la

128

45

35

122

71

78

113

62

85

85

102

91

100,0

concentración desproporcionada de los servicios

de FIRE y comerciales en Manhattan, aspecto

al que me referiré una vez más en las secciones

siguientes. Aparece claramente que es

en el anillo exterior donde ha aumentado en

mayor medida el porcentaje de población y de

empleo.

La expansión de la industria financiera y los

altos rendimientos engendrados en unos momentos

en que decaía la industria manufacturera,

antes tan rentable, contribuyeron a la idea

de que hoy la industria manufacturera representa

hasta cierto punto una forma caduca de

crecimiento económico de las economías de

vanguardia. Una salida a la crisis es la proporcionada

por las políticas que propician el crecimiento

financiero. Grandes ciudades como

Nueva York son las que más se han beneficiado

con esa política de crecimiento financiero.

Componente importante de la economía urbana

de Nueva York es el conjunto que forman

la cultura y el arte. El estudio más exhaustivo

de los últimos años (New York-New Jersey

Port Authority, 1983) cifra su volumen en el


310 Saskia Sassen

área metropolitana de Nueva York en 5,6 mil

millones. Según dicho estudio, en 1982, las artes

generaron directamente más de 35.000 empleos,

hasta alcanzar incluso la cifra de 117.000

si se incluyen los producidos indirectamente.

Los ingresos han ascendido a 2 mil millones.

Así, pues, las artes constituyen una industria

más importante que la publicidad, la hostelería,

el asesoramiento administrativo y los servicios

de computación y procesamiento de datos.

Los mayores beneficiarios por orden de importancia

han sido la industria inmobiliaria, los

servicios comerciales y profesionales y el comercio

al por mayor y al detalle. Para nuestro

propósito hemos calculado que la industria de

las artes, con sus 5,6 mil millones, consta de

cinco segmentos principales, a saber: 1) 1.580

instituciones sin fines lucrativos y que han

aportado a la región un total de 1,3 mil millones;

2) el turismo, con una aportación de 1,3

mil millones: 3) las actividades locales del cine

y la televisión, incluida la publicidad, el vídeo y

la televisión por cable, con 2 mil millones;

4) las galerías de arte y las salas de subastas con

360 millones, sin contar el valor de las obras

compradas o vendidas; y 5) los teatros de

Broadway y de sus alrededores, con 480 millones,

además de las compañías itinerantes con

sede en Broadway, con otros 170 millones. La

mayor parte del total (2,1 mil millones) de los

gastos de la industria corresponde al personal

(45 %), mientras que la segunda categoría es la

de los gastos por servicios comerciales (incluidos

los profesionales) con el 20 %, y la tercera,

los impuestos por nómina y los beneficios.

El modelo es bien distinto si se procede a

comparar la contribución de los diferentes servicios

al crecimiento del empleo entre la ciudad

de Nueva York y Estados Unidos. Del aumento

total de 300.000 puestos de trabajo en la

ciudad de Nueva York durante la fase de crecimiento,

comprendida entre 1979 y 1985, alrededor

del 38 % corresponde a FIRE y el 18 % a

los servicios comerciales, lo que nos da un porcentaje

total del 56 %. Para el conjunto del país

las cifras correspondientes son del 13 % para

FIRE y el 21,6 % para los servicios comerciales,

es decir, un total de 34,6 % de los 6,9 millones

de puestos de trabajo entre 1979 y 1985.

Entre 1985 y 1987 estas cifras son, en lo que se

refiere a la ciudad de Nueva York, del 40,4 %

para FIRE y del 22 % para los servicios comerciales,

es decir, el 62,4 % del total de 146.700

puestos. En pocas palabras, estos últimos años,

tanto FIRE como los servicios comerciales han

contribuido de manera mucho más importante

a la creación de puestos de trabajo en la ciudad

de Nueva York que en todo el país.

3. Componentes del crecimiento

de los servicios financieros

y comerciales de la ciudad

de Nueva York

Un gran número de empresas de servicios altamente

especializados y de instituciones financieras

no bancarias son hoy día el núcleo de ese

sector. La rápida expansión que han experimentado

desde finales de los años setenta radica

en algunos de los procesos analizados en las

primeras secciones. La reorganización de la industria

durante los últimos años ha producido

cambios fundamentales caracterizados por una

menor reglamentación, una mayor diversificación,

mayor competición, crecimiento acelerado,

además de la pérdida de cierta participación

en los mercados experimentada por los

grandes bancos comerciales. Durante el período

anterior, los bancos dominaron un mercado

cuyas características eran el alto nivel normativo,

la poca inflación y la tasa de crecimiento

muy moderado, aunque predecible. El alto índice

de inflación de los años setenta, la mayor

utilización del euromercado por parte de las sociedades

de préstamos y la crisis del endeudamiento

del Tercer Mundo son los factores que

han modificado esa situación.

Al principio de los años ochenta se concentraban

en Nueva York no sólo las empresas nacionales

de servicios, finanzas e industria con

transacciones internacionales, sino que era también

cada vez mayor la concentración de empresas

extranjeras. Al ser el principal centro comercial

de Estados Unidos y la mayor plaza comercial

del mundo, la ciudad se presentaba como el

emplazamiento clave de las empresas extranjeras

en busca de poder acceder al mercado. El

fuerte aumento de las inversiones extranjeras

directas en Estados Unidos iniciado en 1981

acentuó la magnitud de dichas transacciones internacionales

con unas características muy distintas

a las anteriores, operación que se vio facilitada

por los vastos servicios de telecomunicaciones

y la infraestructura de los transportes.


Servicios financieros y comercia/es de la ciudad de Nueva York: vínculos internacionales y repercusiones en... 311

El transporte de un cuadro de Juan Gris ( 1887-1927) en Nueva York, donde el sector de las artes es más importante

que la publicidad, la industria hotelera o los servicios de informática, E. Arnoid/Magnum.


312 Saskia Sassen

Como resultado del aumento masivo de los

servicios comerciales y del volumen de las transacciones

financieras y servicios afines en 1980

el número de puestos de esos sectores superó al

de la industria. En 1984 los servicios financieros

y comerciales empleaban a 576.000 trabajadores,

unos 140.000 más que la industria. En

1977 había 120.000 puestos industriales más

que en los servicios financieros y comerciales,

con lo que se reflejaba, no sólo el desplazamiento

hacia la economía de servicios, sino

también la recomposición mucho más especializada

de la base económica de lo que en otro

tiempo había sido el principal centro de la industria

ligera. En cuanto a la nómina del sector

privado, FIRE aportó en Manhattan el 30 %,

comparado con el 23,5 % de los puestos, mientras

que los servicios de higiene contribuían

con el 4 %. Por otra parte, la nómina de la industria

manufacturera de Manhattan pasó del

20% de 1977 al 13,7% de 1985. Entre 1977 y

1985 tan sólo otros dos sectores aumentaron su

nómina: los servicios comerciales, del 8,4 al

10,6 %, y los servicios jurídicos, del 2 al 3,4 %.

Estas cifras muestran además que el conjunto

de los servicios financieros y comerciales es

un sector clave del crecimiento y contribuye en

el 44 % a la nómina de Manhattan. Además, el

papel de la ciudad de Nueva York como centro

esencial del comercio internacional de importación

y exportación contribuye al crecimiento

de las ventas al por mayor. Por último, todos

esos sectores tienen un efecto multiplicador

que estimula el crecimiento de otros sectores

que no se consideran esenciales para la economía

de finanzas y servicios, pese a que son alimentados

por éstos de modo indirecto.

El sector más importante del crecimiento de

todo el sector financiero lo constituye la industria

de valores. El volumen de las emisiones de

valores efectuadas por empresas de Estados

Unidos pasó de 82,4 mil millones en 1984 a

286 mil millones en 1986. No cabe, por ello,

sorprenderse de que los puestos creados por esta

industria en la ciudad de Nueva York pasaran

de 70.200 a 90.000 en 1980. para alcanzar

la cifra de 119.000 en 1985 y la de 156.000 en

1987. El importe de los bonos del Tesoro de

Estados Unidos comprados por extranjeros pasó

de 12,8 mil millones, cifra que reflejaba un

rápido crecimiento en comparación con años

anteriores, a 24,2 mil millones en 1985 y 50 mil

millones en 1986. Otro tipo de mercado en ple­

na y rápida expansión es el de los accionistas

particulares de sociedades cotizadas en bolsa.

De 30 millones en 1980 se pasó a 47 millones

en 1985, lo que en gran parte se debió al crecimiento

de la inversión institucional; caso de las

cajas de pensiones.

El hecho de ser el principal centro financiero

de un país con la moneda internacional clave

en una época de rápido crecimiento en cuanto

al volumen de la industria financiera, ha sido

un factor que ha alimentado su importancia en

el mercado internacional. No es sorprendente

que la combinación de esas condiciones haya

contribuido a la producción acelerada de innovaciones

financieras que desempeñaron un papel

tan crucial en la expansión de la industria.

Probablemente haya sido ésta una de las funciones

clave que ha cumplido la ciudad durante

el período actual. Es un componente del cometido

mucho más amplio que desempeña Nueva

York como principal exportador de servicios

especializados.

Por último, el papel de la ciudad de Nueva

York como principal centro de importaciones y

exportaciones en Estados Unidos en momentos

en que tales actividades alcanzan un gran volumen,

ha alimentado el rápido crecimiento de

una amplia gama de servicios afines. El 20 %

como mínimo de las importaciones por barco y

el 40 % de las que se hacen por avión pasan por

la ciudad de Nueva York. Estas cifras representan

un volumen considerable de actividad, dado

que las importaciones representan en Estados

Unidos el 20 % de las mundiales, mientras

que las exportaciones se cifran en el 15 %. Los

servicios afines abarcan desde los industriales

hasta los financieros, como sucede con los depósitos,

transportes, empaquetados, ventas al

por mayor, distribución, servicios contables y

jurídicos especializados en transacciones internacionales

y financiación. Después de todo, éste

había sido en su tiempo el papel de Londres

como centro del comercio internacional que

alimentó su función de plaza financiera en épocas

anteriores.

La internacionalización de la producción,

los servicios y las finanzas han dado a Nueva

York un mayor peso como plaza donde se toman

las decisiones clave en materia de producción,

comercio, inversión y finanzas, tanto

por parte de Estados Unidos como de las empresas

extranjeras. Se concentra en una plaza

determinada la combinación estratégica de


Servicios financieros y comerciales de la ciudad de Nueva York: vínculos internacionales y repercusiones en... 313

empresas, personas y recursos. La importancia

del mercado y de la moneda de Estados

Unidos hace de la plaza de la ciudad de Nueva

York el centro de las inversiones internacionales

al que acuden los inversionistas nacionales

y extranjeros para invertir sus fondos, ya sea

propiamente en Estados Unidos o en el extranjero.

El nivel de especialización de muchos de

esos servicios ha experimentado un gran aumento,

por lo que en la actualidad las grandes

empresas suelen acudir a los servicios de las diversas

empresas jurídicas especializadas. Asimismo,

el nivel de especialización orientado a

la inversión institucional ha desempeñado un

papel esencial en el incremento del asesoramiento

administrativo. De este modo, y pese a

que ciudades como Boston y Los Angeles disponían

de unos sectores de asesoramiento administrativo

comparables a los de Nueva York,

han sido los cambios de la industria financiera

los artífices de esa función específica de la ciudad

de Nueva York, habiéndose apropiado de

una gran parte del crecimiento industrial de los

últimos años. Como consecuencia de ese alto

nivel de especialización es necesario combinar

otros servicios y recursos indispensables. Hay

una gran interrelación entre las empresas en la

fase de producción. Esas empresas pueden disponer

de mercados regionales, nacionales e internacionales

muy dispersos, pero en la fase de

producción son muy numerosas las economías

de aglomeración (Sassen, 1988). Por consiguiente,

la ciudad de Nueva York se presenta

como una plaza indispensable, y ello a pesar de

los costos muy elevados de funcionamiento.

Cabe preguntarse si las empresas de la ciudad

de Nueva York difieren de las de otras

grandes ciudades como Los Angeles y Chicago

en cuanto al tipo y nivel de especialización. Por

ejemplo, las investigaciones efectuadas por

Mollenkopf demuestran que las sociedades de

la ciudad de Nueva York tienen un alto nivel

de especialización y cuentan con ciertas ventajas

en lo concerniente a las actividades internacionales.

Hay grandes empresas en Los Angeles

y Chicago que están ampliando sus mercados y

han abierto filiales en la ciudad de Nueva York

y en centros regionales de gran crecimiento.

Las grandes empresas de la ciudad de Nueva

York, por otra parte, han creado filiales en

otros importantes centros internacionales extranjeros

de finanzas y también en Washington

D.C., ya que esta ciudad constituye un eslabón

en la cadena internacional de transacciones. La

fuente de crecimiento de estos servicios en la

ciudad de Nueva York ha sido el aumento de la

banca de inversiones. Nueva York contribuye

en un tercio en el empleo brindado por los servicios

jurídicos de Estados Unidos y en el 50%

de sus beneficios. El Martindale-Hubbell Law

Directory nos ofrece la posibilidad de calcular

el número de empresas jurídicas con filiales extranjeras

que hay en Manhattan, Los Angeles y

Chicago. Se trata de 78 en Manhattan, 39 en

Los Angeles y 11 en Chicago.

La rapidez con que se ha producido ese eremiento

consecutivo a la evolución descrita y la

intensidad del mismo son propios de esta fase

económica y no la simple continuación de tendencias

anteriores. Con ello se han creado fuertes

presiones sobre el espacio en todas sus formas:

vivienda, oficinas, ventas al por menor,

industria manufacturera y espacio de circulación,

llegándose a una marcada transformación

de la organización espacial y de las construcciones

de la ciudad. Ello ha significado a su vez

que la ciudad se convirtiera en la meta ansiada

de los inversionistas, extranjeros y nacionales.

Las construcciones de comercios, oficinas y viviendas

se han convertido en una inversión cotizada.

Gran parte de esta actividad se concentra

en una zona de Manhattan relativamente pequeña.

Se está abriendo paso un modelo diferente

de Manhattan como plaza clave para los

servicios financieros y las sociedades y como

sede de empresas con mercados internacionales,

mientras que la sede de los mercados nacionales

pasa a otros lugares más baratos del área

metropolitana. El distrito central del comercio

de Manhattan (CBD) se extiende desde la Calle

60 hacia el sur hasta la punta de la isla y en él se

concentra el 58 % de los puestos de trabajo de

la ciudad, con una superficie de 600 millones

de pies cuadrados de carácter no residencial, lo

que representa una de las mayores densidades

en ciudades importantes. En esa zona se concentran

más de la mitad de las oficinas de bancos

extranjeros en Estados Unidos. Según la

Regional Plan Association, en 1987, las 454 sedes

situadas en Manhattan y cotizadas en la

bolsa controlaban 770 mil millones de ventas

(en dólares de valor constante de 1982). Entre

ellas figuran 38 firmas financieras y de valores

con unos 100 mil millones de ventas. En con-


314 Saskia Sassen

traposición, las 54 sedes cotizadas en la bolsa y

situadas en el resto de la ciudad controlan 3 mil

millones de ventas. En resumen, gran parte de

lo que constituye el principal centro internacional

de las finanzas, sedes de empresas multinacionales

y servicios especializados se sitúa en

una zona relativamente pequeña. Esa máxima

concentración geográfica se produce en un momento

de gran auge de las telecomunicaciones.

Al repetirse el mismo modelo en Londres y Tokio,

puede verse en él una muestra de lo que

son las nuevas formas de centralización, necesarias

para las nuevas formas de descentralización

(véase Sassen, 1990).

4. Nueva York y otras grandes

ciudades

Así, pues, cabe considerar que las grandes ciudades

son los lugares en que se produce un tipo

de nueva industria básica. En efecto, mientras

que todas las ciudades poseen un núcleo

de industrias de servicios, los cocientes de

ubicación en áreas metropolitanas normalizadas

de diferente superficie muestran claramente

que la concentración de las más importantes

es desproporcionada en lo concerniente

a negocios e industrias de servicios

(Stanback y Noyelle, 1982). Los rasgos que

caracterizan la producción de tales servicios

propician la concentración del emplazamiento,

mientras que las economías de aglomeración

derivadas de dicha concentración la

CUADRO 4. Ciudad de Nueva York y Ciudad de Chicago,

índice de incremento del empleo, servicios del productor

Clasificación tipo

por rama de Sector

actividad

60

61

62

63

64

65

73

81

86

89

Banca

Organismos de crédito

Valores

Aseguradoras

Agentes de Seguros

Propiedad inmueble

Servicios comerciales

Servicios jurídicos

Organizaciones por cuotas

Servicios varios

acentúan aún más. Al mismo tiempo, y dado

que no se trata de servicios destinados al consumo

interno, sino fundamentalmente a la

exportación, cualquier ciudad que disponga

de un conjunto determinado de recursos podría

producir tales servicios.

En efecto, estos servicios se han incrementado

en Chicago, principal centro industrial del

Medio Oeste e importante plaza en lo concerniente

a empresas industriales multinacionales.

Entre 1977 y 1984, el índice medio de crecimiento

anual de los diversos servicios especializados

era comparable a los de la ciudad de

Nueva York. La diferencia radicaba en la importancia

de algunos grupos industriales. Tal

como puede verse en el cuadro 4, la diferencia

entre Nueva York y Chicago puede explicarse

en parte por las repercusiones más o menos importantes

de la reorganización de la industria

financiera.

Con objeto de basar la comparación en una

serie más amplia de industrias nos hemos atenido

a la categorización de la industria de la

información propuesta por Noyelle, procediendo

a comparar tres grandes ciudades, lo que

nos lleva a agregar el grupo de comunicación

(SIC 48) a FIRE, los negocios y los servicios

jurídicos. La parte correspondiente a la ciudad

de Nueva York se cifra en el 26,3 % y es mucho

más elevada que la de Los Angeles, el 18 %, y

Chicago, el 20,2 %.

Todas estas cifras son, no obstante, superiores

en el 15 % a las de Estados Unidos tomados

en su conjunto.

1977-1984

Nueva York Chicago

20,98

36,62

71,49

11,24

16,15

1,57

36,92

50.34

7,04

28,15

Fuente: US Bureau of Census, County Business Patterns. Illinois. 1977. 1984, New York, 1977, 1984

18.27

17.99

73.17

-11.91

14.89

1.70

53,01

65,79

0,41

19,39


Servicios financieros y comerciales de la ciudad de Nueva York: vínculos internacionales y repercusiones 315 en..

CUADRO 5. El empleo en 1 a industria de la información. 1985

Empleo total

SIC Industria

48 Comunieaeión ( 1 )

60-69 FIRE

73 Servicios

comerciales

81 Servicios

jurídicos

Participación de la industria

de la información

en el número total de los

puestos de trabajo

Ciudad de

Nueva York

N'

3.488.100

77.800

507.600

273.700

60.100

%

100.0

2 2

14.0

7.9

1.7

26.4

Condado de

Los Angeles

N° %

3.345.520 100.0

61.928

268.379

226.346

37.542

1.9

8.0

6,8

1.1

17,7

Chicago

Condado de Cook


2.187.992

31.697

223.501

162.264

26.092

%

100.0

1.5

10,2

7,4

1,2

20,3

Conjunto de

EE.UU.

N-

81.119.257

1.282.616

6.004.136

4.272.201

685.456

Nota: 1 La comunicación comprende: comunicaciones telefónicas, comunicaciones telegráficas, radio y televisión,

servicios de comunicación.

Fuentes: County Business Pattern. I985, varios números. Ministerio de Comercio de Estados Unidos

líinploymenl Review, enero ¡9X7, Estado de Nueva York, Ministerio de Trabajo.

La concentración geográfica de estos sectores

de crecimiento explica la concentración

masiva de grandes edificios de oficinas en los

grandes centros urbanos y también el hecho de

que el gran número de puestos de trabajo bien

remunerados contribuya a la edificación masiva

de inmuebles lujosos y residenciales y al desplazamiento

de las personas con bajos ingresos.

Sin embargo, a la par que otros sectores de

la economía urbana, los sectores dominantes

generan además la demanda de bienes y servicios

producidos por empresas cuya capacidad

es muy inferior a la de las que constituyen el

núcleo económico.

Esa categoría oscila entre las pequeñas empresas

manufactureras en busca de una clientela

específica y la amplia gama de los que denomino

«servicios industriales»: depósito, trabajos

de acabado, diversos servicios de entrega,

transportes y embalajes.

Además, tanto los sectores económicos dominantes

como los servicios auxiliares crean

una serie de puestos mal remunerados, lo que

condiciona a su vez la demanda de viviendas

de bajo costo y de artículos comerciales.

A continuación analizaré algunas de estas

cuestiones.

5. Distribución de los beneficios

y costes sociales

%

100.0

1.6

7,4

5,2

0.9

¿Hasta qué punto la distribución profesional y

de los ingresos refleja el elevado índice de crecimiento

de la economía de la ciudad y una mejora

general en las condiciones socioeconómicas

de la fuerza laboral?

Son diversos los aspectos que encierra esta

pregunta. El número de puestos de trabajo representado

por los sectores avanzados, por una

parte, y su conexión con el resto de la economía

de la ciudad, por otra, son dos aspectos importantes.

En tercer lugar están los ingresos generales

y la distribución profesional de la fuerza

laboral. El último aspecto concierne la manera

en que las distintas etnias y razas que participan

en la fuerza laboral en Nueva York interactúan

con las grandes tendencias del crecimiento

económico.

Para documentar estas tendencias nos hemos

basado principalmente en el censo decenal

de población y. sobre todo, en los datos del Public

Use Muro Sample (PUMS), de la Oficina

de Estadísticas Laborales, datos del Ministerio

de Comercio de Estados Unidos y County Business

Patterns, servicios del Estado de Nueva

York y del Ministerio de Trabajo.

15.1


316 Saskia Sassen

Como se observó anteriormente, el 28 % de

los puestos y el 30 % de la nómina de la ciudad

de Nueva York corresponden a FIRE y a los

servicios comerciales. En Manhattan estos porcentajes

se elevan al 36 % para el empleo y el

41 % para la nómina. Otros componentes importantes

son los servicios de higiene, ya que

contribuyen con el 8 % al empleo; la industria

manufacturera con el 15 %, y el comercio con el

20%. El conjunto de los tres últimos corresponde

prácticamente a la mitad del empleo y al

38 % de la nómina de la ciudad. Aunque el crecimiento

de algunas de esas industrias vaya

unido al sector de servicios financieros y comerciales,

no deja de ser obvio que éste es el

caso de algunos componentes importantes de la

estructura del empleo de la ciudad. No obstante,

se trata de tres sectores cuya participación es

mucho más baja proporcionalmente. La dispar

proporción nómina/empleo de esos grupos de

industrias es hoy mucho más acentuada que

hace diez años. En 1977 FIRE representaba en

Manhattan el 23 % de la nómina y el 21 % del

empleo: en 1985 esas cifras habían pasado a ser

del 30 % y el 23 %. lo que representa una diferencia

del 7 % y el 2 %. Por otra parte, en 1977,

la parte de los servicios en la nómina era en

Manhattan del 27 % y del 30 % del empleo, cifras

que en 1985 pasarán a ser del 30 % y del

35 %, cifras reveladoras del declive relativo de

la participación general en la nómina. De todo

ello se desprende que la participación en la nómina

fue superior en lo que respecta a FIRE e

inferior en lo tocante al sector de servicios.

Los datos de County Business Patterns sobre

los pagos semanales abonados por la industria

revelan dos tendencias. En primer lugar,

esos pagos varían considerablemente de un

grupo industrial a otro. En segundo lugar, los

puestos de trabajo son mejor remunerados en

Manhattan por término medio y en lo concerniente

a los principales grupos industriales que

en los restantes distritos de la ciudad. En 1985

el pago nominal semanal variaba en el sector de

la construcción desde los 689 dólares abonados

en Manhattan hasta los 468 dólares de

Brooklyn (King County). En lo tocante a la industria

manufacturera, iban de 577 en Manhattan

a 342 en Brooklyn. En FIRE, de 732 en

Manhattan a 344 en Bronx. En el sector de servicios,

de 487 en Manhattan a 314 en Staten

Island (Richmond County). En el sector de servicios,

los de índole comercial variaban de 501

en Manhattan a 242 en Staten Island; los servicios

de personal eran uniformemente bajos,

fluctuando entre 257 en Manhattan y 176 en

Staten Island, mientras que los servicios jurídicos

iban de 729 a 405 en Queens.

Según los datos de los sueldos por oficios e

industrias, la remuneración de puestos técnicos,

administrativos y de oficina, los que se

abonan en la industria no manufacturera suelen

ser más bajos que los de la industria manufacturera,

transportes y servicios. Así, la tendencia

actual de la ciudad de Nueva York a

experimentar pérdidas en el sector manufacturero

y ganancias en algunas industrias de servicios

apunta a la pérdida de los puestos bien remunerados.

Al mismo tiempo, más de la mitad

de los nuevos puestos creados en la ciudad están

altamente remunerados. Si estos datos se

combinan con los de la participación en la nómina

y el empleo, parecería, por un lado, que

gran parte del aumento del empleo que se produce

en la ciudad de Nueva York lo ha sido en

las industrias que abonan sueldos inferiores

por el desempeño de un oficio determinado

que en las industrias en declive, y, por otro, hay

sectores importantes, sobre todo FIRE, en los

que se concentran los puestos mejor remunerados

y que a la ve? acusan un descenso de los

ingresos del personal cuyos sueldos o salarios

son ya los más bajos.

Las proyecciones de la Secretaría de Trabajo

del Estado de Nueva York sobre el crecimiento

del empleo en esa ciudad son las siguientes.

Del total de los cuatro millones de

puestos que había en 1988, los de oficina representarán

más del millón, los profesionales más

de 800.000. los administrativos 400.000, los de

servicios 700.000 y los de artesanos, operarios

y obreros 780.000. Más de la mitad de los nuevos

puestos que se han creado en los cinco últimos

años gozan de sueldos altos. Dada la concepción

común de la ciudad postindustrial, cabe

observar que, según las previsiones, las tres

últimas categorías suministrarán unos 108.000

puestos al año, lo que representa la sexta parte

de los nuevos puestos y es revelador de una elevada

cifra de negocios. De ello se desprende

que serán muchos los puestos bien remunerados

y muchos también los mal remunerados.

Es importante señalar a este respecto que

desde 1977, año en que se inicia la actual fase

económica, el principal aumento de la fuerza

laboral de la ciudad de Nueva York correspon-


Servicios financieros y comerciales de la ciudad de Nueva York: vínculos internacionales y repercusiones en... 317

Los muelles de Nueva York. Foto Benaroch/Sipa

de a mujeres y a trabajadores pertenecientes a

alguna minoría étnica. En 1970, el 39 % de la

fuerza laboral eran mujeres, cifra que en 1986

ascendió al 45 %. Distintas proyecciones muestran

que para 1990 la proporción de mujeres en

la fuerza laboral será mayor que la de hombres.

En la actualidad, los negros y los hispanos

constituyen la mitad de la fuerza laboral. Entre

1977 y 1986, la fuerza laboral aumentó en

169.000. Los trabajadores pertenecientes a alguna

minoría étnica aumentaron en 237.000,

es decir, el 30 %, mientras que los blancos disminuyeron

en 68.000 personas. Se calcula que

la fuerza laboral de origen hispano aumentó en

el 20%. De 3,2 millones de trabajadores, 1,6

millones son blancos no hispanos, 663.000, es

decir, el 20,5 % son hispanos (hayan o no nacido

en Estados Unidos), y 928.000, o sea, el

28,8 %, negros y pertenecientes a grupos étnicos

no hispanos.

Un análisis más detallado de estas cifras nos

enseña que la proporción de la población minoritaria

que ocupa puestos de trabajo ascendía al

50,1 %, comparado con el 54,7 % de los blancos

no hispanos. Dentro de la población minoritaria,

el 51 % corresponderá a los negros y

otras razas, y el 47,2 % a los hispanos, cifra ésta

que revela el mayor número de hijos de las familias

hispanas. Mientras que los trabajadores

pertenecientes a alguna minoría étnica representan

en la actualidad casi la mitad de la fuerza

laboral, sólo alcanza al 10 % de los 700.000

trabajadores que diariamente van a trabajar a

la ciudad. Según la BLS, los trabajadores que

van a trabajar diariamente a la ciudad representan

menos de la tercera parte del total.

Aunque anticuados, los datos del censo permiten

desglosar la distribución industrial y

profesional según sus orígenes nacionales. Entre

1970 y 1980 el número de trabajadores

blancos nacidos en Estados Unidos pasó de 1,8

a 1,4 millones, y el de blancos nacidos en el

extranjero de 417.000 a 315.000. Los negros,


318 Saskia Sassen

asiáticos e hispanos nacidos fuera del país representan

el mayor número de trabajadores 3 .

Los trabajadores pertenecientes a minorías

étnicas siguen estando poco representados en

los cargos de alto nivel. En 1986, el 16 % de los

hispanos y el 21 % de todos los negros y otras

razas ocupaban puestos auxiliares -administrativos,

profesionales o técnicos- mientras

que el porcentaje de blancos ascendía al 36 %.

Las cifras correspondientes a los blancos están

infravaloradas, ya que no incluyen a los trabajadores

que van diariamente a trabajar a la ciudad.

En Nueva York, tan sólo el 30 % de los

trabajadores se desplaza diariamente de la periferia

al centro, cifra muy inferior a la de otras

grandes ciudades; el 99 % son blancos, y muchos

ocupan cargos de alto nivel. Los hispanos

siguen estando excesivamente representados

en la industria manufacturera. En 1986, el

23 % de hispanos, en contraste con el 12 % de

no hispanos, trabajaba en la industria manufacturera,

y de ellos, el 14 % eran operarios de

máquinas, ensambladores y supervisores semicualificados

o sin ninguna cualificación. En cifras

absolutas, no cabe duda de que la gran mayoría

de trabajadores hispanos no trabaja en la

industria manufacturera.

1 as cifras correspondientes a inmigrantes y

trabajadores pertenecientes a minorías étnicas

son importantes, ya que constituyen una gran

parte de la población, y su número no hará sino

aumentar. Hacia 1990 casi todas las proyecciones

estadísticas cifran la población perteneciente

a alguna minoría étnica en el 60 % aproximadamente.

En lo tocante a grupos de edad

considerados jóvenes, la cifra es mucho más

elevada y asciende al 80 % para los menores de

4 años, al 73 % para las personas de 5 a 19 años

y al 66 % para las personas de 20 a 24 años. En

1984, más de las tres cuartas partes de los alumnos

de la escuela pública pertenecían a alguna

minoría étnica. Uno de los pocos grupos de

edades de la población blanca residente cuyo

número es esta vez mayor corresponde a la

comprendida entre los 30 y los 40 años; este

grupo constituye, además, uno de los más representativos

de los nuevos trabajadores con

altos ingresos.

Según el censo de 1980. casi el 25 % de la

población urbana había nacido en el extranjero.

Si se hubiera incluido a los indocumentados,

esta cifra sería mucho mayor. Tal vez sea

aún más importante señalar que uno de cada

cinco residentes comprendidos entre los 20 y

los 44 años, es decir, la edad más productiva, lo

constituía un inmigrante llegado después de

1964. La repercusión que ello tiene en la fuerza

laboral puede verse en el hecho de que en 1980

uno de cada cuatro niños menores de 10 años

residía en viviendas para inmigrantes.

La indicación de la situación relativa a la

fuerza de trabajo desfavorecida puede verse en

los datos sobre educación. Según el censo de

1980, el 42% de los negros y el 60% de los

hispanos de más de 25 años de edad no tenían

ningún diploma escolar. De los 50.000 jóvenes

de 16 a 19 años de edad que abandonaron la

escuela, cerca del 80 % pertenecía a alguna minoría

étnica. Los datos de que se dispone nos

dicen que las personas que no terminan el bachillerato

suelen acabar desempleadas u ocupando

cargos mal remunerados.

Las cifras correspondientes a la población

de la ciudad de Nueva York nos enseñan de la

manera más clara los datos correspondientes a

la profesión y los ingresos, según los cuales el

crecimiento acentuado de los sectores de servicios

financieros y comerciales de la ciudad no

se han plasmado en unas mejores condiciones

socioeconómicas de grandes segmentos de la

población. Los ingresos personales per capita

aumentaron en la ciudad de Nueva York cinco

veces más que en el resto del país, aunque la

repartición de esos ingresos sea muy desigual.

Desde 1977, los ingresos reales se incrementaron

en el 50 % en lo concerniente a las clases

más altas y, dentro de éstas, el aumento más

importante sólo afecta al 25 % de las mismas,

mientras descendía en lo tocante a otros grupos.

Entre 1980 y 1984, el porcentaje de la pobreza

crecía al ritmo del 20 % (Tobier, 1985).

En 1985, el 24 % de la población de la ciudad

de Nueva York era pobre, es decir, que los ingresos

de 1,8 millones de personas eran inferiores

a los parámetros federales de 1986, situándose

en los 11.203 dólares para una familia de

cuatro personas. Según datos fragmentarios, el

número de los pobres disminuiría estos últimos

años. Sin embargo, el índice de participación

de la fuerza laboral en la ciudad de Nueva York

seguía siendo del 52,4 %, es decir, 10 % por debajo

del índice nacional.

Los pobres son en su mayoría hispanos y

negros. En 1985, el 32 % de los negros y el 44 %

de los hispanos vivía por debajo del umbral de

pobreza. Además, se concentraban en hogares


Servicios financieros y comerciales de la ciudad de Nueva York: vínculos internacionales y repercusiones en... 319

cuyo cabeza de familia era una mujer. En 1982,

afectaba al 25 % de los hogares de la ciudad de

Nueva York, comparado con el 15% a nivel

nacional. En 1982, cerca del 42 % de los niños

hispanos y negros de la ciudad de Nueva York

vivía sólo con la madre, lo que es un signo más

de lo que representa la pobreza. Un dato reciente

nos dice que la mayoría de los pobres

está compuesta por niños, situación ésta que

hace pensar en las ciudades del Tercer Mundo.

En resumen, el crecimiento razonable de los

principales sectores económicos de la ciudad

de Nueva York pueden producir alguno de los

siguientes efectos en la economía de la ciudad:

ageste crecimiento puede ser neutral con respecto

al empleo y los salarios de otros sectores

de la economía; h) puede producir un crecimiento

en otros sectores bajo los niveles existentes

de salarios y empleo, o aumentarlos; c)

producir un crecimiento en otros sectores pero

en condiciones que representen un deterioro de

los niveles de empleo y salarios, y, d) reducir,

impedir o dificultar el crecimiento en otros sectores.

Lo evidente de Nueva York es que, como

mínimo, el crecimiento de los sectores principales

ha dejado intacto un gran número de trabajadores

poco favorecidos y, en el peor de los

casos, ha hecho que su número aumente. Se

puede afirmar que la existencia de un amplio y

próspero sector financiero y de servicios no ha

contribuido a reducir la proporción de trabajadores

poco favorecidos.

Conclusiones

Los servicios financieros y comerciales son parte

considerable de la fuerza laboral de la ciudad

de Nueva York. También han sido los sectores

de mayor crecimiento tras la crisis final de la

ciudad en los años 1975-76, hecho que plantea

varios interrogantes.

El primero se refiere a si ese crecimiento

produce una diferenciación entre la base económica

de la ciudad de Nueva York y la del

conjunto del país y otras grandes ciudades. La

localización de los FIRE y de los servicios comerciales

indican que hay una mayor concentración

de dichas empresas en la ciudad de

Nueva York que en el resto del país. En segundo

lugar, si bien la concentración también es

mayor en las grandes ciudades como Chicago o

Los Angeles que en el resto del país, la de Nue­

va York supera a todas ellas. Los datos relativos

a los distintos subsectores y a las características

de las empresas muestran que las diferencias

fundamentales entre la ciudad de Nueva

York por un lado y las de Los Angeles y Chicago

por otro son: a) un mayor número de empresas

con un mercado internacional y, b) un mayor

número de empresas extranjeras. En pocas

palabras, las grandes ciudades representan un

emplazamiento clave para los servicios financieros

y comerciales, como puede verse por los

índices de concentración de tales actividades.

Pero la ciudad de Nueva York es cuantitativa y

cualitativamente diferente a las otras por la

mayor concentración de esos sectores y su carácter

más internacional.

De todo ello podemos deducir que en las

grandes ciudades, sobre todo en Nueva York,

las condiciones son propicias para fomentar

esas formas concretas de crecimiento y, lo que

es todavía más importante, para la innovación

en dichos sectores. Todo ello genera beneficios

y requiere tanto un alto nivel de concentración

como unos recursos propios de las grandes ciudades

y su integración en el mercado internacional.

La segunda serie de cuestiones se refiere a la

persistencia de las aglomeraciones en una época

en la que el gran desarrollo de las telecomunicaciones

y de la informática podría en principio

facilitar y promover la dispersión espacial.

A mi juicio, la gran aglomeración en Nueva

York es en gran parte resultado de la formación

de una red global de lugares de producción y de

mercados financieros, facilitado por los avances

en las telecomunicaciones y la informática.

Precisamente es esta descentralización espacial

posible gracias a los avances tecnológicos la

que ha creado nuevas formas de centralización

administrativa tanto al más alto nivel ejecutivo

como de control, diseño y prestación de servicios.

Y tanto el ritmo acelerado de avances técnicos

como el crecimiento económico han estado

favorecidos por la producción de innovaciones.

El tercer conjunto de cuestiones se refiere a

la integración de este núcleo de gran crecimiento

económico con: a) el resto de la economía de

la ciudad y, b) el resto de la región. Los datos

que se exponen en este artículo nos muestran

una integración limitada dentro del área metropolitana.

Hay una gran concentración de firmas

con mercados internacionales en Nueva


320 Saskia Sassen

York y especialmente en Manhattan, mientras

que las empresas con mercados nacionales se

concentran en la periferia del área metropolitana.

Gran parte de los servicios financieros y comerciales

de la ciudad de Nueva York se orientan

hacia el mercado internacional o hacia las

empresas extranjeras que operan en Estados

Unidos.

En cuanto a la integración con otros sectores

de la economía de la ciudad, una evaluación

de ciertos datos (véase Sassen, 1990) sugiere

que en realidad la integración es superior a lo

que se cree aunque se caracterice por la segmentación

socioeconómica. Por lo que puede

decirse que varios sectores de la zona interior

de la región -parte del Bronx, Brooklyn y

Queens- son, en realidad, el refugio de sectores

de la economía y el trabajo, del mismo modo

que lo son las áreas más pobres de Manhattan.

Es decir, que varios sectores de la economía y

de la fuerza laboral proporcionan bienes y servicios

al complejo de las finanzas y los servicios

financieros, pero tienen características ocupacionales,

industriales y de ingresos que son

muy diferentes de las anteriores.

Ejemplo de ello son lo que denomino servicios

industriales, como almacenamiento, transporte,

imprenta y embalaje. Una diferencia importante

es el que muchas de estas firmas no

pueden competir en la adquisición de espacio

en la ciudad de Nueva York y menos en Manhattan.

Además, tanto los sectores económicos

importantes como los servicios auxiliares crean

una oferta de puestos de trabajo de bajos ingresos

que a su vez repercute en la demanda de

viviendas y locales comerciales de bajo costo,

difíciles asimismo, entre el escaso espacio disponible

en Manhattan.

¿Hasta qué punto esta oposición social y espacial

alcanza un nivel a partir del cual la única

solución viable es la dispersión espacial a gran

escala de un número determinante de empresas

en el sector dominante? Hay indicios de que

este punto ha sido alcanzado. Las pérdidas resultantes

de la caída de los valores en la bolsa

en octubre de 1987, puede haber previsto, hasta

cierto punto, ésta dispersión. En cualquier

caso, la consecuencia sería una significativa

contracción en muchas industrias, desde financieras,

hasta artes gráficas y restaurantes. Un

ciclo análogo ha ocurrido anteriormente como

evidencia la concentración de las sedes de las

empresas comerciales nacionales en la periferia

de la región metropolitana. En Manhattan se

concentran las sedes de los negocios internacionales

y las empresas orientadas hacia la exportación,

así como los servicios financieros. Parece

como si la crisis que motivó esta primera

dispersión hubiera contribuido, o bien facilitado

específicamente, el desarrollo de los negocios

orientados hacia la exportación y los servicios

financieros y la producción de innovaciones

en estos sectores.

Esto sugiere, además, que si la ciudad de

Nueva York tiene un débil vínculo con su periferia,

esto no afecta el crecimiento de sus sectores

principales como porque están orientados

hacia la exportación. El crecimiento de

Chicago, por ejemplo, fue afectado negativamente

por la decadencia de las principales industrias

de su región, la de automóviles y la de

maquinaria agrícola. Es cierto que la reorganización

de la actividad financiera, la producción

de innovaciones y el incremento significativo

en el volumen de las transacciones financieras

han impulsado asimismo el

crecimiento del sector financiero de Chicago.

Sin embargo, la menor incidencia del complejo

financiero y de los servicios comerciales en

Chicago puede estar ligado, por un lado a su

mayor integración en la economía regional y,

por lo tanto, una mayor sensibilidad a sus fases

de crecimiento y debilitamiento; y, por

otra parte, un proceso de internacionalización

que es más bien función de la internacionalización

de la economía regional que de su integración

en el mercado mundial de las finanzas

y de actividades de servicios.

Una cuarta serie de cuestiones es la referente

a la distribución de las cargas y beneficios

sociales que corresponden a este modelo de crecimiento.

Los datos relativos a las condiciones

socioeconómicas generales de la ciudad de

Nueva York demuestran que su ventaja comparativa

en materia de servicios financiros y

comerciales y el crecimiento masivo de dichos

sectores no se ha convertido en un aumento de

nivel de bienestar para la mayoría de los trabajadores.

Hay sólidas indicaciones de que este

tipo de crecimiento se produce a costa de otros

sectores de la economía y de la fuerza laboral.

Ciertos sectores han sufrido incluso un desplazamiento

físico a consecuencia de la terrible

competencia por los espacios comerciales y residenciales,

especialmente en Manhattan. En

segundo lugar este tipo de crecimiento ha acen-


Servicios Jinuncieros y comerciales de la ciudad de Nueva York: vínculos internacionales y repercusiones 321 en..

tuado la desigualdad en la capacidad de oferta

de las diversas clases de empresas y en la estructura

de los ingresos. En tercer lugar, ha perjudicado

a sectores económicos necesarios para

el funcionamiento de los sectores más avanzados

pero que no pueden competir dado el alto

nivel de los precios en la ciudad. En cuarto lugar,

dicho crecimiento no ha contribuido a mejorar

de manera general los ingresos ni tampoco

las condiciones socioeconómicas de amplios

sectores de la población, sino más bien al con­

Notas

1. Las principales fuentes de

información son: a) la

documentación y publicaciones

especializadas sobre la industria

financiera y la

internacíonalización de la

producción, publicadas por el

Fondo Monetario Internacional,

el Banco Mundial, el Ministerio

de Comercio de Estados Unidos

y el Banco Federal de Estados

Unidos; b) las publicaciones

especializadas que tratan distintos

aspectos de la industria

financiera, como Earomoney,

Bank of England Quarterly

Bulletin. The Banker, las

publicaciones de instituciones

como Nomura Research Institute y

Morgan Guarantee Trust: c) un

gran número de obras

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2. Las principales fuentes de

información en que se documentan

estos tres aspectos, analíticamente

distintos, proceden de las fuentes

gubernamentales antes

mencionadas, los informes

publicados por empresas

especializadas tales como Salomon

Brothers, Data Resources. Morgan

Stanley Capital, las obras

especializadas, y, en particular, las

de Thierry Noyelle, de

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FEAGIN, JOE R. y MICHAEL PETER

trario, la situación ha ido deteriorándose a lo

largo del último decenio.

Los datos sugieren la necesidad de adoptar

políticas gubernamentales que apoyen a los sectores

menos rentables y que redistribuyan parte

de los enormes beneficios obtenidos por los

sectores más avanzados hacia los segmentos de

población y fuerza laboral que más han sufrido

con este modelo de crecimiento económico.

Traducido del inglés

investigaciones sobre las ciudades

de Nueva York y Londres (Sassen,

1988; 1990).

3. La proporción de negros

nacidos en Nueva York ha bajado

ligeramente, pasando de 462.700 a

440.200, mientras aumentaba la de

negros nacidos en el extranjero,

pasando de 55.500 a 170.300. La

proporción de asiáticos en Nueva

York nacidos en Estados Unidos

pasó de 8.000 a 10.500, y la de

asiáticos nacidos en el extranjero,

de 30.800 a 108.700. Por último,

la proporción de hispanos en

Nueva York nacidos en Estados

Unidos ha pasado de 242.000 a

232.600, y la de hispanos nacidos

en el extranjero, de 132.700 a

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Nueva York y El Cairo

vistos desde la calle

Janet L. Abu-Lughod

Desde el año pasado resido en Nueva York,

después de haber vivido 20 años en un suburbio

de Chicago. Desde mi primera visita a El

Cairo en 1957 nunca me había sentido tan desconcertada

y estimulada por una ciudad. Por

consiguiente, pecaría de presuntuosa si me definiera

a mí misma como una «especialista» de

Nueva York. Ahora bien, es posible que pueda

compensar mi falta de conocimientos con una

«mirada incontaminada», ya que todos sabemos

que damos muchas co­

sas por sentadas cuando conocemos

un lugar. Tal vez

resulte útil señalar lo que

no saben ver aquéllos cuyo

conocimiento es más profundo.

Hay otra razón que me

impulsa a hacerlo. Nuestra

visión de los lugares depende

de lo que W.I. Thomas'

llamó «masa de percepciones»,

es decir, esa constelación

organizada de informaciones

ya asimiladas en

las que introducimos las

nuevas informaciones y que serán el punto de

partida que nos llevará a valorarlas. Todos los

eruditos han acumulado accidentalmente unas

«masas de percepciones» de muy diversa índole,

lo que significa que cada uno de nosotros

damos un sentido algo distinto incluso a cada

una de nuestras nuevas experiencias «objetivas».

La masa de percepciones urbanas de que

dispongo para captar las características de

Nueva York es muy intensa y esto lo debo a dos

lugares. Chicago, en donde he vivido con algu-

RICS 125/Set. 1990

Janet L. Abu-Lughod enseña sociología

e historia en la Graduate Faculty, New

School for Social Research, de Nueva

York, donde también dirige un centro de

investigaciones urbanas que se ocupa especialmente

de la parte baja de Manhattan.

Abu-Lughod es urbanista y ha publicado

muchos libros, monografías y

artículos sobre las ciudades norteamericanas.

Entre sus obras dedicadas a las

ciudades de fuera del mundo occidental

pueden citarse sus libros sobre El Cairo y

Rabat y antología urbanística del Tercer

Mundo. Sus libros más recientes son:

Before European Hegemony: The World

System A.D. ¡250-1350(Oxford University

Press) y Changing Cities (Harper &

Row, de próxima aparición).

nos intervalos y estudiado durante unos 25

años, y El Cairo, cuyo carácter desconcertante

traté de comprender a lo largo de un período de

tiempo semejante 2 . Parecía entonces que, me lo

propusiera o no, mi «mirada incontaminada»

de Nueva York había pasado inevitablemente

por el filtro de mis vivencias de El Cairo y Chicago.

Lo mejor será, pues, intentar explicar estas

comparaciones, y esto es lo que voy a procurar

hacer en este artículo. Lle­

gada a Nueva York en

1986 para ser entrevistada

con el fin de obtener una

plaza en la New School,

sentí una profunda sensación

de déjà vu al caminar

por la calle 14, con ese bazar

que tanto recuerda

cualquier otro bazar de una

ciudad del Tercer Mundo,

y traté de explicarme el origen

de esa sensación mía

que me llevaba a relacionar

El Cairo con mi vida en

Nueva York y no con mis

vivencias de Chicago. Voy, pues, a hacer de

manera que mis comparaciones sean más explícitas

3 .

En términos generales podríamos pensar

que Chicago y Nueva York, dos ciudades de la

misma cultura y del mismo nivel de tecnología

y desarrollo, tendrían muchas más cosas en común

que lo que pudiera ser el caso entre una y

otra y una ciudad del Tercer Mundo que se ha

desarrollado a lo largo de más de mil años en el

marco de una tradición cultural y religiosa totalmente

distinta. Por otra parte, cabría pensar


324 Janet L. Abu-Lughoii

que, de establecerse algún paralelo, lo más

plausible sería hacerlo entre Chicago y El Cairo

-dos ciudades del interior situadas sobre vías

fluviales internas- que entre El Cairo y un

puerto internacional abierto como es Nueva

York. Además, tanto El Cairo como Chicago

son considerablemente más pequeñas que Nueva

York, cuya área urbana es la más vasta del

mundo después de Tokio.

¿Por qué entonces veo tantas concomitancias

entre Nueva York (me refiero sobre todo a

Manhattan) y El Cairo?

Tejido urbano

y vida callejera

En primer lugar, contempladas desde la calle,

lo que sorprende en cada una de estas dos ciudades

es el desmenuzamiento del tejido urbano,

la diversidad, la yuxtaposición compleja de

distintos modos de utilización del suelo, la

mezcla de gentes de orígenes imprevisibles, y la

animación callejera. Tanto El Cairo como Nueva

York son ciudades en las que da gusto pasearse

y en que nunca estamos seguros de lo que

encontraremos a la vuelta de la esquina 4 . Ambas

ciudades producen cierta excitación visual.

Hay detalles arquitectónicos que atraen nuestra

mirada y, sobre todo, en los barrios de «mala

fama» de la ciudad. También los peatones

llaman nuestra atención, ya que cada uno de

ellos tiene algo especial que lo caracteriza, ya

sea su vestimenta, su fisonomía, el color de la

piel y otras muchas cosas.

Si el objetivo de la división en zonas físicas

fuera crear vastos sectores especializados con

un único tipo de actividad de costumbres peculiares

y uniformes, entonces esa división zonal

habrá sido un fracaso tanto en Nueva York como

en el Cairo.

Y si el objetivo de la segregación social

fuera crear vastos sectores enteramente reservados

a determinadas gentes, se puede decir

que también hubiese fracasado en una y

otra ciudad.

Chicago, tal vez debido a su desarrollo más

tardío, por el hecho de haber sido destruida por

el incendio que la asoló a finales del siglo XIX y

por haber conocido su máxima expansión en la

época que siguió a la división en zonas, posee

una textura mucho más marcada. El esquema

de su segregación económica y racial es algo

que resalta en el paisaje urbano. No pretendo

decir que las diferencias de clase y de raza sean

más perceptibles en Chicago que en El Cairo o

Nueva York. En realidad, en estas dos últimas

ciudades, el problema puede muy bien ser más

grave al respecto. Tampoco quiero afirmar que

la relación entre clases y razas sea peor en Chicago

que en las otras dos ciudades. La división

del espacio urbano en sectores aislados los unos

de los otros alcanza proporciones terroríficas.

Chicago posee un índice de segregación más

elevado que cualquier otra ciudad norteamericana

y casi tan alto como el de las ciudades sudafricanas.

Sin embargo, lo que un índice de segregación

no revela es la amplitud de las zonas reservadas

a las razas, y en este sentido Chicago es

por excelencia una ciudad dual que incluso en

nuestros días cuenta con dos barrios comerciales

importantes, uno reservado a los «blancos»

y otro a los «negros». Son muchas las razones

que hacen que la situación sea más parecida a

la de las ciudades duales que contraponían a

colonizadores y colonizados, y que caracteriza

a El Cairo de la primera mitad de nuestro siglo

y no al que hoy conocemos.

Pero lo que nos proponemos es comparar

El Cairo con Nueva York. El Cairo ha perdido

gran parte de su carácter «dual», al menos

en lo que se refiere a una sociedad no clasista,

pasando a convertirse en una ciudad más homogénea

desde el punto de vista étnico. Nueva

York rechaza la simple bifurcación (pese a

que tenga, como es sabido, sus barrios segregados)

ya que su diversidad étnica «encaja»

perfectamente con los espacios sociales (y a

veces también con los espacios físicos) que se

sitúan en el lindero que separa a los blancos

de los negros y que nadie se esfuerza por borrarlos.

En cambio, la segregación entre clases

es más pronunciada en estas dos ciudades que

la segregación étnica.

Aunque parezca superficial, hay otra comparación

que todavía puede hacerse, y es la utilización

de la calle, tan intensa en Nueva York

como en El Cairo y tan escasa en Chicago. Nueva

York y El Cairo, por su gran densidad y,

puede que por el hecho de compartir un clima

más benigno que el de Chicago, así como también

por el hecho de desarrollar su propia microcultura,

se permiten y realizan muchas más

actividades en los espacios públicos. Así, por

ejemplo, sucede con la comida y con las com-


Nueva York y El Cairo vistos desde la calle 325

Nueva York, calle 100, en Manhattan. Bruce David son/Magnum.


326 Janet L. Abu-Lughod

pras, y también con la mendicidad y hasta

con el sueño, por circunscribirme a cosas que

no dejan de ser agradables. Se trata de actividades

que no sólo despiertan el interés de los

espectadores sino que también son objeto de

su rechazo y no queda más remedio que admitir

en definitiva que tanto Nueva York como

El Cairo son ciudades mucho más sucias

que Chicago.

Sería, no obstante, erróneo hablar únicamente

de la «microcultura» si se quieren explicar

las diferencias. Es obvio que los mecanismos

que gravitan son las leyes que

prohiben, inhiben, regulan o propician el

uso de la calle. Por consiguiente, la existencia

de vendedores ambulantes de alimentos

son un estímulo y una invitación a que se coma

en la calle. Los reglamentos de Chicago

impiden manifiestamente toda venta en las

calles; en Nueva York, la legislación intenta

sin éxito regular esas ventas 5 , mientras que

los esfuerzos periódicos que se hacen en El

Cairo para autorizarlas y controlarlas nunca

reciben el apoyo de nadie.

De la misma manera que la calle es el lugar

donde se realizan toda clase de actividades en

Nueva York y El Cairo, y no en Chicago, también

los barrios son más reducidos en Nueva

York y El Cairo, pese a que sea difícil trazar sus

límites. En cierta medida ello se debe a la utilización

hetereogénea del suelo en estas dos ciudades.

Debido a la densidad y diversidad del

suelo -la duplicación y proliferación de los pequeños

negocios que ofrecen al público servicios

muy diferentes-, el hecho de mudarse de

un sitio a otro sólo separado por unas diez

manzanas, equivale a redefinir lo que es el «barrio»

6 . La vasta extensión de Chicago hace que

los desplazamientos sean mucho mayores, tal

vez porque es una ciudad de automóviles, lo

que. aunque parezca paradójico nunca podrá

decirse de Nueva York y El Cairo, puede que

por lo intenso de su tráfico.

Los «barrios» de Nueva York y El Cairo, al

no poderse definir de manera concreta ni completamente

«exclusivos», no servirán nunca de

parámetros para la identificación social 7 . Así se

explica sin duda ese desfile pintoresco de personas

que a todos nos impresiona en lo concerniente

a Nueva York y El Cairo. En cambio, ese

despliegue suntuoso apenas tiene vigencia en

Chicago.

Según la teoría de Sjoberg, en las ciudades

industriales en las que no hay segregación de

clases desde el punto de vista de la residencia y

en que han tenido lugar tantas actividades en

los espacios públicos, el domicilio o «dirección»

no era nunca un indicador social importante

8 . En estas circunstancias, el «domicilio»

era menos importante que la «vestimenta»*, es

decir, la exhibición del consumo 9 . En cambio,

en las ciudades industriales con una fuerte segregación

de clases es menos necesario distinguirse

por la forma de vestir, ya que el solo lugar

en que se vive es por sí solo revelador de la

clase social a que se pertenece.

Sigue sorprendiéndome que en Nueva York

y El Cairo la vestimenta sea utilizada como un

emblema mucho más que en Chicago. Tal vez

porque en esas ciudades la gente es más atractiva.

De todas maneras, Simmel 10 no ha dado

una solución adecuada al problema que él mismo

planteó. No sólo hay que valorar la diversidad

sino también la autenticidad de lo que es

distinto. En El Cairo la adopción reciente de la

vestimenta islámica por muchas mujeres tiene

un significado claro. El aspecto moderno de

Nueva York puede ser sólo una moda y no una

declaración de principios. No es el signo de

ninguna individualidad sino de la pertenencia

a un grupo dado.

Los barrios heterogéneos exigen también

que se preste más atención a la seguridad. En

Chicago, la distancia que separa las razas y las

clases evita la existencia de los porteros, excepto

en ciertas zonas fronterizas peligrosas. Pero

en Nueva York y El Cairo esos mecanismos no

bastan. En estas dos ciudades, el espacio está

dividido en pequeñas unidades de defensa 1 ' : en

los barrios antiguos de El Cairo, el harah o callejón

sin salida constituye una de esas unidades

12 ; en los barrios de las clases más altas, el

acceso a los departamentos está protegido por

un portero (el bou 'ab, que significa literalmente

el «fabricante» de la puerta), mientras que se

suelen contratar guardianes para la protección

de las mansiones privadas. A pesar de que en

Nueva York no existan los harah, la mayoría de

sus vastos edificios de departamentos están

construidos para limitar el acceso a los mismos

y el portero no sólo es un símbolo de prestigio

sino que cumple la función claramente defensiva

del guardián.

* Juego de palabras, en inglés, entre address (dirección)

y dress (vestimenta). (N. del T.)


Nueva York y El Cairo vistos desde la calle 327

La economía

La naturaleza de sus economías visibles hace

también que El Cairo y Nueva York se parezcan

más entre sí que cada una de ellas con Chicago.

Nueva York es una ciudad de servicios

públicos -de mayor o menor importancia- y de

pequeñas industrias (tradición que ya se manifestó

a comienzos de este siglo). Chicago, a pesar

de seguir inevitablemente la tendencia de

Estados Unidos en materia de servicios públicos,

conserva más elementos de su pasado como

centro de una industria a gran escala, pese a

que las industrias que habían hecho de Chicago

la «ciudad de hombros anchos» hayan ido tambaleándose.

Las fábricas de acero siguen tan

limpias e inmóviles, mientras que los corrales

de ganado ya no son lo que eran. No obstante,

solemos asociar la ciudad con instalaciones fabriles

en plena expansión.

No sucede lo mismo con Nueva York ni con

El Cairo. En estas dos ciudades siguen las pequeñas

explotaciones fabriles y la pequeña

empresa étnico-familiar constituye la esencia

de las nuevas compañías. Sigue también vigente

un sólido elemento artesanal (en lo que

respecta a El Cairo) o bien dicho elemento ha

vuelto a incorporarse a la actividad urbana

(los inmigrantes en el caso de Nueva York).

Los bazares de Chicago han desaparecido y el

mercado de Maxwell Street es un pálido reflejo

de la época de los «nuevos inmigrantes» de

últimos del siglo pasado. En cambio, en El

Cairo y Nueva York, tienen vida toda clase de

bazares estables o itinerantes y nacen como

hongos en las calles, aunque sea alejados de los

barrios de la élite.

Con estas percepciones fugaces hemos ofrecido

apenas algunas descripciones, sin dar una

verdadera explicación. Para ello tendremos

que analizar lo que no permanece oculto a

nuestros ojos y desentrañar el elemento constitutivo

de la forja de una ciudad.

Las ciudades y las fuerzas

en ellas subyacentes

Las ciudades son el resultado material, social y

humano en constante evolución de procesos

subyacentes que no se remiten tan sólo a la demografía

y la economía, sino también a las instituciones

jurídicas y sociales. Propongo formular

algunas hipótesis sobre esas nociones y

sugerir que, hasta cierto punto y fudamentalmente,

Nueva York y El Cairo hayan podido

forjarse gracias a procesos jurídicos, sociales y

políticos que les eran análogos (aunque, ciertamente,

no fueran idénticos). Con ello podremos

explicar ese tejido más denso que caracteriza

al suelo y a las clases sociales y que, a su

vez, de ser cierta la teoría de Lyn Lofland 13 ,

hace que una y otra ciudad dependan más de la

semiótica del vestido que de la seguridad del

domicilio. Sin embargo, una vez que se ha llegado

a esa conclusión, hay que profundizar

más en ella si se quiere refutar lo que yo sustento

y afirmar que la metrópolis de cuño al parecer

tan tercermundista como es Nueva York

sólo lo es si se contempla superficialmente, dejando

de serlo cuando se va a la esencia de las

cosas.

No ha sido accidental que la Facultad de

Sociología Urbana llamada Escuela de Chicago

se desarrollara en la región del medio oeste de

Estados Unidos, ya que se basó en unos presupuestos

dados, el principal de los cuales fue el

mercado libre del suelo 14 . (Entre las otras hipótesis

posibles pueden mencionarse: a, una historia

breve, es decir, una época limitada durante

la cual se aplicaron imperativos tecnológicos

y ubicacionales similares, y b, el sueño del geógrafo

de una llanura indiferenciada, es decir, de

un suelo sobre el que se aplican imperativos

tecnológico-ubicacionales similares.) En idénticas

condiciones, y dado el libre interjuego de

las fuerzas de mercado, el uso que se hace del

suelo es espontáneo y, de forma similar, las personas

se manifiestan a tenor de sus ingresos o

por su tipo de consurfto.

Nos será necesario entonces estudiar el

mercado de la vivienda, ya que es este mercado

el que da la pauta de la manera importante en

que se desarrollan los procesos de la reproducción

urbana en El Cairo y Nueva York y no en

Chicago.

El mercado de la vivienda

Mientras que en las tres ciudades se estableció el

control de los alquileres (constituido durante la

Segunda Guerra Mundial en el caso de las ciudades

norteamericanas y en la época de Nasser

en el de Egipto), Chicago no se atuvo a esa reglamentación

en la postguerra, pero en El Cairo y

Nueva York seguía vigente, aunque con importantes

modificaciones a la larga. Actualmente en


328 Janet L Ahu-Lughod

Vendedores de alimentos ambulantes.

Arriba: Manhattan. Nueva York. G uernn/Ciamma.

. 1 la derecha: El Cairo. M Bar.Am/Magnum

ambos casos, el mercado de la vivienda constituye

a la vez algo estricto y distorsionado.

Creo que nadie puede decir cuántas unidades

de vivienda hay en El Cairo, entre los

2 millones con que cuenta, sometidas al control

de los alquileres. Sin embargo, son tan numerosas

las nuevas construcciones no sometidas a

control alguno (en los dos sentidos del término)

que es muy posible que el control se limite a la

cuarta parte de las viviendas. No obstante ello.

El Cairo ha promulgado reglamentaciones muy

severas para proteger a los inquilinos, impidiendo

así a los propietarios aumentar los alquileres

(cuando están bajo control) o que puedan

desahuciar a los inquilinos una vez que

ocupan su vivienda. Por ello, y pese a la enorme

escasez de viviendas, han dejado de construirse

nuevas viviendas de alquiler, aunque la

ciudad, tal como ocurre con Nueva York, cuente

con un porcentaje muy alto de unidades de

alquiler. He oído decir que el número de departamentos

«reservados» de la ciudad se eleva al

cuarto de millón, aunque es difícil comprobar

este dato. Es corriente que permanezcan a la

espera de futuros arrendatarios, y ello se debe a

que. una vez arrendados, el propietario no puede

recuperarlos para habitarlos. Es tan endémica

la ezcasez de viviendas que los padres tienen

que comprarlas para alojar a sus hijos y mantenerlas

vacías durante años hasta que éstos se

casan. Los departamentos nuevos son casi exclusivamente

de tipo cooperativo, sobre todo

los construidos por el gobierno.

La situación de Nueva York no deja de ser

distinta, pese a lo cual no es menos grave la

escasez de viviendas. En un artículo publicado

por el New York Tiines ]y se decía que 1,9 millones

de unidades de viviendas de alquiler de la

ciudad, más de la mitad (1.090.734) estaban

sometidas al control de los alquileres (155.361)

o a la congelación de los alquileres (935.373).

Prácticamente no se construyen nuevas viviendas

de alquiler; las que existen siguen convirtiéndose

en cooperativas, y los nuevos edifi-


,\'iií'\'u York y El Cairo vislos desde la calle 329

cios, en su gran mayoría, comienzan a desarrollarse

como cooperativas o condominios. Dados

los elevados impuestos que gravan la propiedad,

no resulta fácil «reservar» en Nueva

York unidades vacías para su uso futuro, aunque

haya «bancos» de apartamentos que mantienen

un número indeterminado de viviendas

al margen del mercado, cuando menos temporalmente.

¿Cuáles son las repercusiones de estas insuficiencias

en el mercado? Es interesante comprobar

que son similares en El Cairo y Nueva

York. En ambos casos se fomenta la inmovilidad

residencial. Las viviendas de alquiler no

sólo no quedan libres a la muerte de las personas

de edad que las ocupan, sino que se transfieren

a los hijos; en algunas ocasiones, hay personas

en El Cairo que han dejado libres sus

viviendas desde hace mucho tiempo y siguen

pagando sus alquileres nominales, muy bajos,

para conservarlas por si acaso. El subarrendamiento

ilegal no constituye en El Cairo una op­

ción, como sucede en Nueva York, puesto que

no existe ningún mecanismo para desalojar al

subarrendatario en el caso de que el arrendatario

decida volver a ocupar el piso.

En estas dos ciudades, el mercado de la vivienda

está rigurosamente dividido entre los

que tienen derechos prioritarios y los que acaban

de entrar en el mismo, ya sea como efecto

de la inmigración o por constituir una nueva

formación familiar. En ambas ciudades esta situación

hace que grandes sectores de la población

se mantengan aislados del mercado de la

vivienda. En El Cairo los matrimonios se aplazan

hasta poder alquilar un piso y los matrimonios

desunidos siguen viviendo juntos ya que

ninguno de los esposos quiere (o puede) mudarse.

En Nueva York podemos citar entre los

efectos de esa situación la duplicación de los

precios de los alquileres sometidos a una inflación

artificial en un mercado de la vivienda no

reglamentado, el traslado a los suburbios o,

sencillamente, el hecho de permanecer sin vi-


330 Janet L. Abu-Lughod

vienda alguna. En ambos casos la coexistencia

en el mismo barrio de viviendas de alquiler

controlado y no controlado conduce a una diversidad

muy compleja que es el resultado accidental

de dos (o más) mercados de la vivienda

segmentados que gravitan al mismo tiempo.

En cambio, se puso trabas a la otra cara de

la moneda, es decir, a la movilidad fácil. La

libertad de movimiento en Chicago no tuvo

ningún obstáculo para que los blancos abandonaran

los barrios a los que se habían trasladado

los negros, puesto que, salvo en el caso de que

fueran propietarios, el haberse quedado no hubiese

supuesto ningún beneficio económico.

Esta falta de trabas contribuyó a la pronunciada

separación de razas y clases en Chicago.

La segunda variante primordial es la que

afecta a la división en zonas. Al introducirse en

el segundo decenio del siglo xx la normativa

sobre zonas, que los tribunales respaldarían en

1916a raíz de un proceso muy célebre que tuvo

lugar en Nueva York, se modificó profundamente

el mercado libre, quedando segmentado

en una serie de mercados monopolistas de estructura,

pese a todo, bastante amplia. Seguían

subsistiendo, no obstante, usos y costumbres

poco conformes con lo establecido cuyo arraigo

venía de muy atrás con lo que, cuanto más

compleja era la trama de la ciudad y cuanto

más vieja era ésta, tanto más fácil era la supervivencia

de muchas de esas costumbres. Por

ello, Nueva York será desde sus orígenes una

ciudad mucho más heterogénea que Chicago,

siendo menos fácil imponer en ella, sobre todo

en lo que respecta a Manhattan y a los antiguos

distritos, el grandioso proyecto de división en

zonas. Quizás el éxito de Chicago resida paradójicamente

en su fracaso.

Tal vez no sea accidental que Nueva York

haya sido la primera ciudad que abandonó esa

división en zonas, por lo menos en su forma

original. Ya a comienzos de los años sesenta,

con el nuevo enfoque de la división en zonas de

Nueva York, la economía de bazar vio surgir

nuevas posibilidades en materia de utilización

del suelo, su edificación, inmuebles no alineados

con la calle, altura de los edificios, etc., que

hoy están en pleno apogeo. A este respecto

Nueva York se distingue mucho más de las

otras ciudades norteamericanas. La división en

zonas tenía por objeto reemplazar la autoridad

del hombre por la autoridad de una ley previa;

en Nueva York, las discusiones sobre la divi­

sión en zonas devolvió la autoridad a los hombres,

y a las mujeres.

En El Cairo nunca se logró establecer un

control sobre la utilización del suelo, a pesar de

que los ingleses, inmediatamente después de

imponer su autoridad a finales del siglo XIX,

prepararan una legislación que contenía un

Plan Básico para ejercer ese control. Teóricamente

en El Cairo se necesita una autorización

previa para construir o alterar los edificios,

aunque, según cálculos recientes, el 80 % de todas

las construcciones que se realizan es ilegal,

puesto que lo han sido sin obtener previamente

dicha autorización, incluso en los barrios en

que la construcción es lícita (es decir, en zonas

distintas de las ocupadas ilegalmente).

En Egipto los constructores suelen ser hombres

políticos (por ejemplo, el ex Ministro de la

Vivienda fue director de la empresa de construcciones

más importante del país) y, como

sucede en Nueva York, es muy íntima la relación

entre Gobierno y urbanizadores. Por cierto,

algo diferente es el hecho de que, tal como

en muchos países del Tercer Mundo, el Estado

sea el principal urbanizador, recurriendo a empresas

privadas de construcción para la élite.

Se observa en esto un profundo contraste

con Chicago donde la unión entre la municipalidad

y los promotores para el desarrollo del

centro de la ciudad, que alcanzó su apogeo durante

la administración de Jane Byrne, fue interrumpida

al acceder a la dirección municipal

los negros. De haberse mantenido la unión, se

habrían proseguido los planes para una Feria

Mundial que tenía que celebrarse en un lugar al

sur del Loop, lo que habría incrementado considerablemente

el valor de las propiedades en

esa parte de la ciudad y permitido incursiones

en la «Ciudad Negra». La elección de un alcalde

negro rompió esa unión y ahora, muerto el

alcalde, los políticos de Chicago están tratando

de reconstituirla 16 .

Todo lo que antecede me lleva a la conclusión

de que, debido al control sobre alquileres,

el alto porcentaje de la inmigración, la ausencia

o el fracaso de una división previa en zonas,

etc., todo ello hace que los procesos que provocaron

la producción y reproducción del tejido

espacial y social de la ciudad sean análogos en

Nueva York y El Cairo y tan distintos de los de

Chicago.

¿Podemos, no obstante, afirmar lo mismo

en lo concerniente a las semejanzas aparentes y


Nueva York y El Cairo vistos desde la calle 331

superficiales entre las economías de El Cairo y

Nueva York? Tengo ciertas dudas al respecto.

Podría tratarse de un caso en el que los resultados,

en apariencia análogos, provinieran de

procesos muy alejados unos de otros.

Economías subyacentes

La economía de Nueva York se suele definir

como «Tercermundista». La idea es interesante,

aunque a medida que reflexiono sobre ella

me resulta cada vez menos convincente. Podemos

hallar un indicio de la verdadera diferencia

de la economía subyacente en una de las

muchas comparaciones que antes he propuesto.

Matthew Edel 17 sugiere llamar a Nueva

York Switz-Kong (Suiza y Hong Kong). La semejanza

con Hong Kong reside en las empresas

industriales de pequeña escala. En una época

tan próxima a nosotros como es la de los años

cincuenta, la «estructura industrial de Nueva

York se caracterizaba por lo numerosas que

eran las pequeñas fábricas y empresas y no por

los pocos conglomerados gigantescos que dominaban

los centros del acero y los automóviles

del medio oeste». Pero aun antes se había

observado la semejanza con Suiza. A finales del

siglo pasado, «las finanzas, más que las manufacturas,

llegaron a ejercer una influencia predominante».

Si nos alejamos aún más en el

tiempo, observaremos que Nueva York alcanzó

su preminencia en el siglo XIX como ciudad

industrial que manejaba la venta del algodón

del sur; el paralelo es obvio, puesto que El Cairo

debió parte de su prosperidad del siglo XIX a

la misma planta. Si El Cairo y Nueva York se

parecen en los «aspectos Hong Kong», sus diferencias

se manifiestan al compararlas con Suiza.

El Cairo carece de todo parentesco con ese

país, por supuesto, como ocurre con casi todas

las ciudades del Tercer Mundo.

Los parecidos entre Nueva York y una ciudad

del Tercer Mundo como El Cairo demuestran

en último análisis que sólo lo son de manera

superficial. Las estructuras profundas de

ambas ciudades son muy diferentes, cosa que

puede comprobarse a simple vista con detenerse

en el cometido marcadamente distinto que

tuvo cada ciudad en la economía internacional

y mundial.

El Cairo es capital de un país pobre y muy

endeudado que sobrevive gracias a lo que he

denominado en alguna otra parte la «forma caritativa

de producción» 18 . La supervivencia de

El Cairo depende de dos hilos muy tenues, los

subsidios del Gobierno de EE.UU., «ganado»

por Sadat al firmar el primer tratado de paz con

Israel y tan sólo superado por el que recibe Israel

del erario norteamericano, y, en segundo

lugar, las remesas que envían a su patria los,

aproximadamente, tres millones de trabajadores

egipcios que están en el extranjero y que

contribuyen tal vez hasta con el 20 % a los recursos

que sostienen la economía, pero cuyo

número disminuye de manera drástica. Entre

los trabajadores expatriados hay desde los profesionales

altamente capacitados hasta los simples

peones agrícolas. Los profesores egipcios

dirigen las universidades de Arabia Saudita; los

mecánicos, electricistas y fontaneros egipcios

mantienen en funcionamiento las instalaciones

de las «nuevas ciudadedel Golfo (mientras

que en El Cairo, que se está cayendo a pedazos,

se echa mucho a faltar esa mano de obra); los

campesinos egipcios se ocupan de la cosecha en

Iraq, país que carece de mano de obra a causa

de la guerra, y Jordania, donde también se

echan en falta y cuyas remesas son muy elevadas,

lo que permite contratar a tabajadores pagándoles

menos. Con sus ganancias, estos trabajadores

pueden mantener a sus familias en su

patria, y el dinero que envían se convierte en

bienes de consumo, es decir, que no se ahorra

ni se invierte en operaciones productivas en el

país de origen. Más recientemente, la disminución

del precio del petróleo ha sido causa de

importantes restricciones en los gastos gubernamentales

de los Estados del Golfo, iniciándose

la repatriación de los «trabajadores huéspedes».

El doble efecto de la disminución de las

remesas y la densidad cada vez mayor de El

Cairo adonde retorna la mayoría de los emigrados,

incluso los que no provenían de allí, será

sin duda desastroso para la ciudad.

Hay poco que decir sobre el papel de Egipto

en la economía internacional. En el apogeo del

imperialismo, El Cairo fue una «ciudad mundial»

en el sentido de que sus decisiones económicas

y políticas ejercían un impacto seguro sobre

la economía mundial. El algodón, tan

primordial para la producción mundial en una

época en que las fibras textiles impulsaban la

industrialización, ha sido desplazado cada vez

más por las fibras sintéticas y, al mismo tiem-


332 Janet L. Abu-Luglwd

po, el Canal de Suez, de tanta importancia estratégica

para la navegación mundial en su

apertura en 1859, ha perdido toda significación

cien años después, primero debido a su cierre y

segundo al entrar en acción los gigantescos barcos

petroleros. Sin embargo, lo que Egipto y El

Cairo hayan perdido en términos mundiales siguen

conservándolo en tanto que centros simbólicos,

culturales y económicos de la región

árabe. Aunque también ésta es una idea que va

siendo caduca. El boicot de los árabes a Egipto

después de la iniciativa de Sadat, aunado al desarrollo

de los centros culturales y económicos

alternativos en el mundo árabe, han descalificado

El Cairo, y esta ciudad ha pasado a ser una

simple capital nacional, más aún. una capital

pobre.

De esta manera, en Egipto, el sector terciario

o de servicios no contribuye ni controla las

funciones y tampoco constituye la otra cara de

un sector indusrial avanzado y de servicios de

información; ya no es totalmente preindustrial

(porque gran parte del mismo se propone reciclar

los residuos de la sociedad industrial), sin

vincularse tampoco orgánicamente a algún sector

industrial que, pasados los comienzos prometedores

de la época de Nasser, ha ido deteriorándose

hasta acabar siendo tan sólo un

conjunto de fábricas multinacionales. Incluso

la producción que sustituía a las importaciones

y que floreció en la época del socialismo árabe

se desintegra por falta de importaciones proteccionistas

y de restricciones monetarias. En El

Cairo, la persistencia del sector terciario es sintomática

de la involución económica que padece

y de una ruptura radical de la estructura de

clases propia de aquella pequeña aristocracia

privilegiada en materia de consumo que compraba

a los norteamericanos (o a los ingleses o

franceses, etc.) lo que le era necesario y un mercado

de masas replegado en sí mismo y que sólo

tiene acceso a las mercancías artesanales más

baratas.

Comparemos esta situación con la de Nueva

York. La ingeniosa designación de Switz-

Kong es mucho más idónea de lo que Edcl sugiere

porque se muestra claramente que una

economía está encerrada dentro de la otra. Y es

esta característica lo que hace que Nueva York

sea muy diferente de El Cairo, a pesar de las

semejanzas superficiales. Si El Cairo ha sido

excluido de la economía mundial, volviendo a

una situación si no preindustrial por lo menos

periférica y marginal, Nueva York ha incorporado

la división internacional del trabajo a su

propio centro, síntoma del carácter absolutamente

intercambiable del espacio al que se refiren

los teorizadores de la ciudad postindustrial

recurriendo para ello a unos términos que pueden

considerarse abstractos.

Algunos urbanistas se han referido a esta situación

como a un proceso de «repatriación del

Tercer Mundo», pero creo que la situación es

mucho más dramática y tiene que ver con una

reorganización total del espacio.

En las primerísimas etapas de la integración

mundial (por ejemplo, aquéllas que he tratado en

el libro reciente que dedico al sistema mundial

durante el siglo Xlll) iy . las materias primas y

otros productos manufacturados se movían a través

de un circuito comercial internacional que,

contrariamente a la opinión popular, era mucho

más extenso y complejo de lo que se ha dicho.

Las principales ciudades mundiales eran entonces

a la vez depósitos y centros de producción.

La segunda división internacional del trabajo

(a lo largo del colonialismo y el imperialismo del

siglo XIX) tendió a arrancar las materias primas

de los lugares de su producción y llevarlas al centro

del país, para acabar reexportando los productos

fabricados a los mercados del Tercer

Mundo, rompiendo para ello la columna vertebral

de los sistemas de producción locales y exacerbando

así la división entre el primer mundo y

el tercer mundo. De ahí se llegó a la división urbana

del trabajo a escala mundial, con los centros

de producción diferenciados entre capitales políticas

y económicas, situadas en el centro, y las

ciudades autóctonas, distintas de los puertos metropolitanos

de transbordo, en la periferia.

Un poco más tarde la integración revestirá

la forma de movimientos de capital del primer

mundo hacia el tercer mundo, tendencia que

Lenin ya había identificado en la segunda década

del siglo xx. Esta es la situación que iba a

agravar la crisis de la deuda internacional medio

siglo más tarde.

Pero a mediados de siglo se habría reestructurado

la división internacional del trabajo. A

la descolonización siguió de cerca el movimiento

de los propios lugares de producción

bajo los auspicios de las corporaciones transnacionales

que coordinaban la producción de objetos

como, por ejemplo, el automóvil mundial.

Durante este período también se inició lo que

sería una solución más común, es decir, la im-


Nueva York y El Cairo vistos desde la calle 333

El zoco khan-el-Khalili, El Cairo. V;iuihc>'S>gm;i

A


334 Janet L. Abu-Lughod

portación, no de materias primas del Tercer

Mundo, sino de «personal elaborado», los llamados

«trabajadores huéspedes», cuyos costos

de reproducción habían sido sufragados por el

país pobre de origen y cuyo valor productivo

aprovecharía la sociedad destinatária.

Más recientemente estas notorias divisiones

geográficas del trabajo a escala mundial se

han ido deteriorando. El resultado es un fino

tejido heterogéneo de lugares dispersos dentro

de los cuales se producen mezclas que hubieran

sido inconcebibles en las condiciones anteriores.

En algunos lugares, como en los países recientemente

industrializados de la costa del Pacífico,

el capital invertido (en parte

internacional, pero sobre todo local y privado

o, incluso más, acumulado por el Estado) se

combina con una mano de obra barata a fin de

producir al mismo tiempo para el mercado local

y para la exportación. En otros lugares, como

Los Angeles, Londres y Nueva York, la mano

de obra barata es importada, con lo que se

facilitan las operaciones que exigen mucho trabajo

y una técnica mediocre, y que asociamos

con la producción del Tercer Mundo. Sin embargo,

en este caso, ese tipo de trabajo se convierte

en un mecanismo fácilmente adaptable a

las necesidades específicas de los mercados al

contado y que satisface los gustos fácilmente

previsibles del consumidor del mercado local

20 .

Este proceso es el punto de partida del fenómeno

denominado postindustrial (podemos

ver ahora que se trata de una designación manifiestamente

errónea) y que contribuye a que

por lo menos las principales ciudades mundiales

se parezcan superficialmente a los centros

del Tercer Mundo. En un último análisis, sin

embargo, las diferencias entre Nueva York y El

Cairo son mucho más importantes que las analogías

superficiales que saltan a la vista y son

presagio de las relaciones futuras por lo que es

mucho más interesante analizarlas.

El proceso que algunos han denominado

«caída en el tecermundismo de las ciudades

norteamericanas» debe volverse a conceptuar.

La división internacional del trabajo que se de

arrolló con la integración de un sistema mundial

centrado en Occidente alcanza su punto

culminante a finales del siglo XIX y comienzos

del XX -el período que Hobsbawm, entre otros,

llamó «La Edad del Imperio»- imponiendo

una acentuada división espacial entre el primer

mundo y el tercer mundo y sus ciudades respectivas.

Es importante recordar que durante este período

la forma de «ciudad dual» alcanza su máxima

expresión en muchas partes del Tercer Mundo:

la ciudad de los gobernantes extranjeros y la

ciudad explotada de los servidores locales.

Esta dualidad ha pasado ahora a las «ciudades

mundo» de Occidente en las que, en una

aparente reversión, las élites locales cosechan

los beneficios de la mano de obra extranjera sin

los inconvenientes que acarrea vivir en el trópico.

Si esta situación se parece tanto a la del Tercer

Mundo es que, a pesar de haber cambiado

el marco, los subordinados y los que los supervisan

siguen conservando los genotipos y las

funciones que tenían en la ciudad colonial a la

antigua usanza: lo que solía producirse fuera

del país se produce ahora en el mismo país. No

cabe duda de que ésta puede ser la explicación

más plausible de por qué hoy en día ciudades

tales como Nueva York y El Cairo han acabado

pareciéndose tanto.

No obstante, lo que la historia nos enseña es

que no hay estructuración social alguna que dure

eternamente. No se puede predecir con certeza

el carácter futuro de las ciudades del mundo;

en este momento todo lo que podemos

predecir es un proceso constante de di versificación

interna a nivel local y una especialización

cada vez mayor a escala mundial. A medida

que esto ocurre, los tipos de ciudades pueden

evolucionar al revés, a la manera de la pescadi-

11a que acaba mordiéndose la cola. Las ciudades

más avanzadas pueden reproducir en parte

las características de las menos desarrolladas,

como también las ciudades más evolucionadas

incorporan elementos del Tercer Mundo.

Traducido del inglés


Nueva York y El Cairo vistos desde la calle 335

Notas

1. W.I. Thomas, «Assimilation of

Old World Traits», extracto de Old

World Traits Transplanted,

reproducido en W.I. Thomas on

social Organization and Social

Personality, redactado por Morris

Janowitz (Chicago: University of

Chicago Press, 1966), págs.

199-200.

2. Mi primer intento de entender

la complejidad de El Cairo me

llevó 12 años y como resultado de

ello escribí la obra Cairo: 1001

Years of the City Victorious

(Princeton University Press,

1971 ), en la que se describe la

ciudad hasta finales de la década

de 1960. Desde entonces han

ocurrido tantas cosas en esa ciudad

que se justificaría plenamente otro

libro.

3. Poco después de trasladarme a

Nueva York conocí a un arquitecto

argentino que acababa de

instalarse allí procedente de

Columbus, Ohio. Me confió que

tenía la misma sensación que yo:

Nueva York se parecía mucho más

a Buenos Aires que a Columbus.

Mi nieta, que tiene en parte sangre

india, realizó hace poco su primer

viaje a Manhattan desde Chicago

para visitarme; la conclusión

espontánea que sacó esa niña de

nueve años de edad, después de

caminar por Greenwich Village,

fue que Nueva York no se parecía

a Chicago sino a Bombay.

4. A mi parecer, sólo hay una

definición de la ciudad que siga

vigente desde el punto de vista

funcional, dejados de lado el

tamaño, la época y la esfera

cultural: una ciudad es el lugar en

que hay que esperar que ocurran

cosas inesperadas donde, a la

vuelta de cada esquina, no

sabemos lo que vamos a econtrar.

En este sentido, tanto El Cairo

como Nueva York son más

urbanas que Chicago.

5. El año pasado hubo en Nueva

York un breve intento de limitar el

número de vendedores de

alimentos en manzanas tan

congestionadas que interferían el

tránsito peatonal. Las protestas

organizadas por los vendedores

que levantaron barricadas con sus

carros en una demostración de

fuerza recordaban las que se

producen cuando los gobiernos del

Tercer Mundo pretenden

reglamentar el sector terciario. Los

vendedores ganaron su partida.

6. Los que conocen París

entenderán inmediatamente esta

comparación.

7. No pretendo decir que Nueva

York carezca de sectores «buenos»

o «malos» ni que los barrios de El

Cairo no se distingan según las

clases sociales. En realidad lo que

quiero decir es que en El Cairo y

Nueva York son mucho menos los

barrios marcados inequívocamente

por la impronta de la clase social

que en Chicago, por lo que el

domicilio es menos definitorio en

Nueva York y en El Cairo que en

Chicago, donde las importantes

diferencias de clases aparecen de

manera más homogénea. En

Chicago, cuando se dice que

alguien habita «en el sur», suele

bastar para significar que se trata

de una persona venida a menos.

8. Véase Gideon Sjoberg, The

Pre-Induslrial City (Glencoe: The

Free Press, 1960).

9. En las ciudades-estado de la

italia del siglo xix había

reglamentos que regían la forma de

vestir de 14 categorías sociales

diferentes y que imponían unas

distinciones mucho más sutiles de

lo que podría ser hoy el caso. En

cambio, en las ciudades de la era

industrial, el aspecto y las

distinciones vestimentarias han

ido perdiendo su importancia,

mientras que el lugar donde se vive

ha acabado por ser el principal

distintivo social.

10. En su ensayo «The Metropolis

and Mental life», Simmel sostiene

que el anonimato de la vida

metropolitana hace que cada

individuo subraye sus

características personales a través

de una forma de vestir llamativa;

parece ignorar una fuente anterior

de la diversidad del vestir, es decir,

el hecho de subrayar la

característica étnica o de clase para

fortalecer la solidaridad social.

11. La obra de Oscar Newman es a

este respecto particularmente

pertinente. Véase su Defensible

Space: Crime Prevention through

Urban Design (Nueva York: The

Macmillan Company, 1972).

12. Véase la obra de Nawal

El-Messiri sobre el harah o barrio.

13. Véase Lyn Lofland, A World of

Strangers: Order and Action in

Urban Public Space (Nueva York:

Basic Books, 1973).

14. La fuente clásica es la obra

repertoriada por Park, Burgess y

McKenzie: The City (publicada

por primera vez en 1925).

15. New York Times, domingo 13

de marzo de 1988.

16. En marzo de 1989 parecía que

iba a volver esa coalición, puesto

que el hijo del ex «jefe» (Daley)

que había sido alcalde, y que había

dirigido el desarrollo de la

coalición de los blancos durante

20 años, derrotó al alcalde negro

interino en las elecciones

democráticas preliminares.

17. Véase Matthew Edel, «The

New York Fiscal Crisis: Lessons

for Latin America» (Bildner

Center for Western Hemisphere

Studies, Urban Policy Paper

Series, num. 6, 1986).

18. Janet Abu-Lughod, «Culture,

Modes of Production and the

Changing Nature of Cities in the

Arab World», en The City in

Cultural Context, compilado por

John Agnew, John Mercer y David

Sopher (Boston: Allen and Unwin,

1984, págs. 94-I19).


336 Janet L. Abu-Lughod

19. Before European Hegemony 20. Omito entrar en detalles ya desarrollados, entre otros, por

(Oxford University Press, 1989). que se trata de aspectos muy bien Saskia Sassen y Roger Waldinger.


De la «cuestión social»

a los «problemas urbanos»:

los reformadores y la población de las

metrópolis a principios del siglo XX

Christian Topalov

La idea de que hay «problemas urbanos» es reciente.

Tiene su origen a comienzos del siglo XX

en los reformadores de la vivienda y los primeros

urbanistas, los filántropos y los trabajadores sociales

que tenían que enfrentarse con la realidad de

las grandes metrópolis del mundo industrial.

Cambiar la ciudad para cambiar la sociedad y, en

particular, el pueblo, tal era su visión estratégica.

El movimiento de reforma urbana que entonces

se inicia simultáneamente en Europa y

América del Norte no es un

fenómeno aislado, sino que

se vincula, tanto por los

hombres como por las

ideas, a un proyecto multiforme

de reforma social

que se definirá y ampliará a

partir de 1880. Aquí me

propongo examinar la hipótesis

según la cual en esa

época se asentaron las bases

del nuevo ordenamiento

del sistema de poder que

a la vez pone frente a frente

y une clases dominantes y

clases subalternas.

Al proponer la sociedad y la ciudad como objetos

de la acción racional, los movimientos de reforma

prepararon el surgimiento de las políticas sociales

y urbanas modernas, cuyas consecuencias han

marcado profundamente nuestro tiempo.

Dos eminentes reformadores

Escuchemos en primer término a dos personajes

de comienzos de siglo que ambos formularon

un «problema social» aparentemente espe­

RICS 125/Set. 1990

Chrislian Topalov es el Director de Investigación

en el Centro de Sociología

Urbana. Centre National de la Recherche

Scientifique, París. Francia. Ha ejercido

actividades docentes en la Universidad

de Columbia, Nueva York, y en el

King's College, Cambridge y en la New

School for Social Research, Nueva York.

Ahora está investigando la historia comparativa

de las reformas sociales y urbanas

en París, Londres y Nueva York. Entre

sus más recientes publicaciones se

cuentan Le logement en France. Histoire

d'une marchandise impossible (1987) v

Villes Ouvrières 1900-1950 (éd. con Susanna

Magri. 1990).

cífico. En 1907, William Beveridge prepara la

creación de las oficinas públicas de colocación

y el seguro de desempleo que se instaurarían

pocos años después en el Reino Unido. Beveridge,

que en el decenio de 1940 llegaría a proponer

el sistema de seguridad social característico

del »welfare state» y acabará en la Cámara

de los Lores, no era entonces sino un modesto

trabajador social. En los años de depresión que

acababa de vivir su país había dirigido una institución

pública de asisten­

cia en un barrio de Londres.

De esa experiencia sacó

una interesante lección

que expondrá ante la Comisión

Real encargada de

la reforma de la Ley de Pobres

con estas palabras:

«El problema del exceso de

mano de obra se me hizo

evidente hace tres años en

Stepney, durante mi primera

experiencia como administrador

de un fondo de socorro.

El que se proponía

ayudar a trabajadores ocasionales

quedaba muy pronto desbordado, puesto

que el número era incesante. Los hombres no

estaban desocupados todo el tiempo, ya que de

otra forma hubieran muerto de hambre, salvo

que fueran mantenidos por sus esposas, lo que

sólo se puede hacer hasta cierto punto. Era obvio

que conseguían algún que otro trabajo (...).

Comprendí que el hecho de obtener algún trabajo

de vez en cuando era más importante que el

hecho de no trabajar en otros momentos. Había

que subrayar el hecho positivo de que bastaba

alguna actividad para que se mantuvieran a flo-


338 Christian Topalov

te en el mismo lugar, aunque, eso sí, en condiciones

muy poco satisfactorias» 1 .

En estas observaciones se encierra a mi juicio

el núcleo inicial del pensamiento reformador

en que se inspirarán los conceptos modernos

de desempleo y trabajo asalariado 2 .

Beveridge se refiere a los estibadores del East

End, aunque sus observaciones se pueden aplicar

a un sector muy amplio de la población de

las grandes ciudades. Estas personas que en plena

metrópolis sobreviven trabajando un día sí

y otro no, hay que hacerlas desaparecer. Charles

Booth, observador infatigable de las masas

laboriosas de Londres, había dicho ya veinte

años antes que esos asalariados intermitentes

constituían «el grano del problema social» 3 .

Beveridge prosigue su discurso y llega a una

conclusión sorprendente: el problema no reside

en que no hay trabajo para esos obreros, sino en

que lo hay. E indica la operación, verdaderamente

quirúrgica, que corresponde efectuar de

urgencia:

La bolsa de trabajo no resultará conveniente

para el hombre que quiere trabajar un día

por semana y descansar los restantes, ni

tampoco, a largo plazo, para quien desea

contratarse en forma ocasional. En estos

casos la bolsa de trabajo tomará ese día

semanal para darlo a otro trabajador que

ya tiene cuatro días a la semana, de modo

que pueda ganarse correctamente la vida.

Corresponderá a usted (Beveridge se dirige

al profesor Smart) tomar a ese primer

hombre y educarlo para que llegue a tener

mejores costumbres 4 .

Se trata así de transformar a los trabajadores

intermitentes, ya sea en asalariados regulares,

ya sea en desocupados completos. Beveridge

lo admite claramente cuando dice que el

sistema, en un principio, «aumentará el número

de quienes carecen completamente de trabajo,

convirtiendo lo que es una reserva en un

excedente» 5 . Esta estrategia del reformador

arroja una luz propia sobre los puros conceptos

del economista. Lo que Alfred Marshall califica

de »desempleo sistemático» 13 y Beveridge de

«subempleo» no son otras tantas categorías de

análisis sin más. Se trata de conceptos que describen

prácticas de los obreros y de los empleadores

que hay que combatir y designan algunos

sectores populares que simplemente deben desaparecer.

El «desempleo involuntario», el desempleo

moderno, parece tener su origen en la

generalización forzada de una relación salarial

estabilizada, nuestro trabajo moderno.

Volvamos ahora a otro país y a otro «problema».

Henry Sellier, alcalde socialista de un

suburbio de París, desempeña en los años 1910

un lugar importante en la reforma de la vivienda

en Francia. Poco antes de la Primera Guerra

Mundial sostiene que hay que crear una oficina

pública de viviendas económicas en el departamento

del Sena:

La ciudad (...) y las condiciones de alojamiento

ejercen una influencia decisiva sobre la •

mortalidad y la educación del pueblo. Hay

que arrancar a los obreros de los placeres

groseros de la ciudad y de la fascinación de

la calle, la taberna y el café concierto 7 .

La frase recuerda el moralismo tradicional,

pero es también reveladora del hecho de que,

para este socialista, la educación es el requisito

previo de la emancipación colectiva del proletariado.

El progreso social exige un cambio radical

de las costumbres obreras, y ese cambio

no depende sólo del alojamiento, sino también

de las condiciones globales de la vida urbana.

Sellier expresa aquí una evolución característica

del proyecto reformador de la ciudad. Ha

pasado la época de las intervenciones aisladas y

las viviendas modelo, incluso la época de las

primeras experiencias del Garden City Movement.

Lo que hay que hacer entonces es racionalizar

la expansión misma de los suburbios 8 .

En el marco de esta visión de una ciudad planificada,

la construcción de ciudades-jardín es

considerada como «un factor esencial de la

educación popular en la lucha contra la vivienda

insalubre, la tuberculosis y el alcoholismo» 9 .

Y Sellier formula así el principal concepto operatorio

de la reforma y que, al mismo tiempo,

constituye el principio que la legitima:

Lo que distingue el concepto de ciudad-jardín

de la fórmula hasta entonces en vigor en

materia de vivienda urbana es la percepción

clara y nítida no solamente de las necesidades

del individuo mas también de la

necesidad de unas relaciones comunitarias

10 .

Para Sellier, al igual que para sus equivalentes

británicos o estadounidenses, aunque no

compartan sus convicciones políticas, la acción

reformadora tiene bases científicas que corresponden

al enunciado objetivo de ciertas necesidades

del individuo y de la sociedad: el aire, la

luz, la belleza y nuevas relaciones sociales.


De la «cuestión social» a los «problemas urbanos»: los reformadores y la población de las metrópolis... 339

La ciudad-jardín de Suresnes, un proyecto de viviendas a buen precio, cuyo promotor fue Henri Sellier, alcalde

socialista de esta ciudad del cinturón de París, D.R

Pero surge un problema: los propios trabajadores

no comparten esas preocupaciones. Sellier

comprueba en 1922:

Debemos luchar contra la tendencia generalizada

de nuestros obreros a ignorar el valor

de la vivienda y el hecho de que se satisfacen

con cobijos insalubres, negándose a

hacer los sacrificios necesarios para conseguir

una vivienda digna del ser humano".

Esta observación, confirmada por las estadísticas

del presupuesto de las familias obreras

analizadas en especial por el sociólogo Maurice

Halbwachs 12 , discípulo de Durkheim, recuerda

lo que unos años antes decía Lawrence Veiller,

dirigente de los housing reformers de tradición

filantrópica en Estados Unidos de América:

La idea de que miles de personas viven en las

condiciones que se observan en las grandes

ciudades estadounidenses porque no

hay otro lugar donde puedan vivir resulta

injustificada y no corresponde a los hechos.

Debemos, pues, reconocer francamente

que una parte importante de la po­

blación acepta vivir de cualquier manera

por atroces que sean las condiciones higiénicas

13 .

Veiller tenía un conocimiento directo de la

situación. Inspirador de la ley de regulación de

las viviendas obreras de 1901 en el Estado de

Nueva York, lucharía en la Charity Organisation

Society y luego en la National Housing Association

por el cumplimiento de la ley y su

extension a otras grandes ciudades norteamericanas.

En todas partes tropezó con la oposición

de los propietarios de tugurios y también con la

de las familias populares.

Podemos ver así que dos políticas sociales

progresistas (el seguro de desempleo y la reforma

de la vivienda) tienen su origen en un proyecto

educativo relativo a los trabajadores urbanos

y no en las exigencias de estos últimos.

Esas políticas sociales contrariaban dos hábitos

bien arraigados en las clases populares: la movilidad

e intermitencia del empleo asalariado y

la preferencia por las viviendas baratas de sus

barrios tradicionales.


340 Christian Topalov

Trabajadores y reformadores

La relación entre los trabajadores y las reformas

no se puede resumir en una sola frase. Sin

embargo, las explicaciones simplistas abundan.

La epopeya progresista ha sido escrita ante

todo por los propios reformadores y atribuye a

éstos la iniciativa: en esa epopeya, los reformadores,

ilustrados por la ciencia, libran un combate

justo contra la ignorancia y los intereses

creados y hacen posibles los cambios necesarios

para la modernización de la sociedad 14 . Este

mito fundador ha dado origen a otros dos

que lo contradicen en formas diversas. La tradición

«radical» se suma a la idea de progreso,

aunque presenta las cosas en un orden diferente:

las reivindicaciones y luchas populares habrían

obligado a la burguesía a establecer gradualmente

el sistema de bienestar social que el

capitalismo necesitaba 15 . Por su parte, los teóricos

del control social están desilusionados y

consideran que todas las políticas inventadas

por los reformadores son formas cada vez más

refinadas de dominación, una extensión sin fin

de las ramificaciones del poder 16 . El inconveniente

de todas esas interpretaciones en sus formulaciones

más rígidas (no obstante los aportes

considerables de las dos que hemos

mencionado en último término) es que no llegan

a tener en cuenta que en los procesos históricos

mencionados intervienen por lo menos

dos elementos, los de arriba y los de abajo, donde

ambos cambian al mismo tiempo que el sistema

de poder que los une. En otras palabras,

ambos términos son el resultado de una interacción,

marcada por vacilaciones y sorpresas,

entre prácticas y movimientos populares e iniciativas

de las clases dirigentes (empresarios,

expertos y gobierno). Por supuesto las modalidades

de esta relación varían según los países,

los ámbitos de la reforma, las épocas históricas

y los grupos obreros.

En todo caso, desde hace unos 20 años, se

acumulan elementos historiográficos que indican

que al menos antes de la Primera Guerra

Mundial los obreros se mostraban reticentes y

a veces francamente hostiles a muchas medidas

de política social elaboradas en los medios reformistas

y aplicadas por políticos liberales

progresistas o solidaristas. Henri Pelling fue

uno de los primeros que sembró dudas en un

artículo iconoclasta que publicó en 1968 ' 7 ; después

de esa fecha, otros autores han explorado

las cuestiones planteadas por la quiebra de las

certidumbres que compartían los progresistas

de todos los horizontes teóricos y que habían

sido consolidadas en tres cuartos de siglo de actividad

e historiografías reformistas. Naturalmente,

sería posible estudiar históricamente

ese cambio radical de criterios, coincidente con

la crítica de los sistemas de bienestar social formulada

por los teóricos de enfoque «radical»,

marxista o libertario de la década de 1970 que,

curiosamente, siguió de cerca el movimiento

conservador, al proponerse eliminar todas esas

«conquistas sociales». Pero esta es otra historia.

Circunscribiéndonos al ámbito elegido, hay

que sintetizar los resultados de algunos estudios

sobre el comportamiento de los trabajadores

en los dos ámbitos de reforma mencionados

18 .

En materia de colocación y seguro de desempleo,

la iniciativa corresponde claramente

al campo de los reformadores. «Organizar el

mercado de trabajo», lograr que la contratación

deje de estar en manos del capataz, el sindicato

o la oficina privada parasitaria, racionalizar

la movilidad de los obreros, tales son las

misiones que se confía a las oficinas públicas

de colocación. Por su parte, el seguro de desempleo

está destinado a diferenciar los verdaderos

desempleados, trabajadores regulares que se

encuentran provisionalmente sin trabajo y serán

indemnizados, de los falsos desocupados,

asalariados intermitentes y pobres crónicos

que habrá que tratar por otros medios.

Pero sucede que los reformadores encuentran

un modelo: las organizaciones mejor establecidas

de obreros especializados se ocupan

desde hace tiempo de encontrar trabajo a sus

miembros y paliar la ausencia de salario. Esas

organizaciones procuran ubicar a sus miembros

en los talleres, prolongando así las tradiciones

de aprendizaje y contratación en el seno

de familias, equipos profesionales y grupos de

origen. En cuanto a sus sistemas de out-of-work

benefits o secours de chômage (subsidio de paro),

más o menos antiguos y desarrollados según

la industria y el país, no hacen más que

institucionalizar una práctica informal muy conocida:

la colecta, «passing the hat round».

Estos dispositivos están destinados sin

duda a aliviar las dificultades de la vida obrera,

pero son sobre todo elementos de una estrategia

que se propone controlar la contratación 19 .


De la «cuestión social» a los «problemas urbanos»: los reformadores y la población de las metrópolis... 341

De la lucha despiadada contra los rompehuelgas,

decisiva para el éxito inmediato de la acción

colectiva, a la reivindicación del »closed

shop», las prácticas de los sindicatos franceses,

británicos y estadounidenses de comienzos de

siglo son coincidentes al respecto, pese a las diferencias

ideológicas que puede haber entre

ellos y la disparidad entre los resultados obtenidos.

Desde esta perspectiva, la colocación por el

sindicato y el subsidio de desempleo son prácticas

íntimamente vinculadas entre sí. El subsidio

permite sobrevivir al trabajador sindicado

hasta que encuentre trabajo, pudiendo así rechazar

las ofertas de salarios inferiores a la tarifa

sindical o provenientes de un empleador que

constará en la «lista negra» o estará sometido al

boicot de la organización. El subsidio incita al

obrero a formar parte del sindicato, con lo que

éste fortalece su control sobre la oferta de mano

de obra. El subsidio contribuye también a centralizar

el mercado en un sitio único, local sindical,

bolsa de trabajo o cantina, donde se intercambian

informaciones sobre los puestos de

trabajo, las condiciones laborales y otras cuestiones,

siendo el lugar desde el que se propaga

la doctrina sindical o las ideas revolucionarias,

aunque también allí puede afianzarse el poder

del dirigente sindical corrompido, pero eficaz.

A ese respecto, los nuevos trabajadores pueden

ser dados de alta en la organización o eliminados

sin apelación de un mercado de trabajo

bien controlado. Esas diferencias no interesan

a nuestro estudio. Lo que importa es observar

que el subsidio de desempleo no constituye tanto

un mecanismo de previsión como un arma

de combate y un medio para afianzar la solidaridad

de un grupo obrero.

La observación de esta experiencia llevó a

los reformadores de comienzos de siglo a imaginar

instituciones públicas que duplicaran, integraran

o reemplazaran los mecanismos sindicales.

Los reformadores incorporaron a su

proyecto el modelo creado por los sindicatos,

aunque cambiando su significado. Era necesaria

una cierta dosis de audacia para hacer caso

omiso de la actitud combativa de los patronos y

considerar que las organizaciones sindicales no

eran ya una amenaza, sino uno de los elementos

de un nuevo orden político en el que los

obreros dejarían de ser los bárbaros que acampan

a las puertas de la ciudad. Para ello, naturalmente,

los propios sindicatos debían trans­

formarse y adecuarse a las funciones que les

asignaban sus nuevos amigos.

Contemplar los subsidios sindicales de desocupación

como una forma de «seguro» implica

ya una intervención, consistente en otorgar a

una práctica obrera un significado que le es ajeno.

Tomemos dos índices de esa distorsión característica

del pensamiento reformador. En

primer lugar, los sindicatos «confunden» a menudo

las diversas circunstancias que acarrean

la pérdida del salario: la huelga, el lock-out, la

falta de trabajo y a veces la enfermedad y la

invalidez. En todos estos casos se otorgan subsidios

y en las cuotas sindicales rara vez distinguen

la parte destinada a financiar específicamente

los subsidios de desempleo. El «seguro»

que no define los riesgos cubiertos y que no exige

el pago de una prima es evidentemente algo

raro. Además, el pago de la prima por desempleo

debería interrumpirse cuando desaparece

la desocupación o ésta deja de ser involuntaria.

Desde el comienzo todos los sistemas públicos

se basaron en esta regla: quien rechazaba un

empleo propuesto por la oficina de colocación

perdía automáticamente el subsidio. Los subsidios

sindicales funcionan de manera completamente

distinta y van acompañados de la prohibición

de aceptar un empleo cuyo salario sea

inferior a las normas sindicales o proporcionado

por un empleador que figura en la lista negra.

El subsidio de desempleo ofrece así la posibilidad

de rechazar un empleo disponible.

Cabe comprender así la reacción de muchos

sindicatos a los proyectos de estatización de

esos sistemas. No es sólo que no lo hayan pedido,

sino que además temen perder con su independencia

un medio de acción que para algunos

tiene una importancia capital. Exigen en

cambio que el Estado o las municipalidades

proporcionen trabajo en los períodos de depresión

cíclica y cuando ello no es posible que se

les otorguen subsidios públicos sin condiciones:

«Work or Maintenance» pasa a ser a partir

de 1906-1907 la consigna de los laboristas británicos.

Sin embargo, los que manifiestan alguna

vacilación son los sindicatos de obreros

poco calificados, cuyos salarios son demasiado

bajos para poder financiar un sistema de subsidios

mutuos. Los acuerdos a que se llega en

Francia en 1905 yen Inglaterra en 1911 permiten

que los sindicatos intervengan en la gestión

de los sistemas públicos, lo que acalla su oposición

inicial.


342 Christian Topalov

En cuanto a la reforma de la vivienda, también

resulta claro que la doctrina higienista no

nace en el seno del movimiento obrero y éste

tarda mucho en llegar a considerar favorablemente

(y bajo condiciones) la hipótesis de la

construcción de viviendas públicas.

Es sabido que, al menos hasta el final de la

primera guerra, las acciones colectivas de los

inquilinos iban dirigidas contra las expulsiones

y el aumento de los alquileres, especialmente

en los períodos de escasez aguda de viviendas

obreras 20 . Por otra parte, el lenguaje y las formas

de estos movimientos revelan un odio profundo

hacia los propietarios y hacia sus representantes:

los porteros y los administradores.

En las viviendas modelo de los filántropos se

observan muchos ejemplos de negativa a aplicar

los reglamentos de los inmuebles, y en los

casos en que una reglamentación pública impone

a los inquilinos ciertas normas de utilización,

los inspectores sanitarios deben librar

una guerra de desgaste que con frecuencia pierden.

Este tipo de resistencia y de reivindicación

tiene su origen en las prácticas cotidianas de los

habitantes en relación con la vivienda. Quedar

en el barrio es la exigencia más habitual, pues

en el barrio encuentran los trabajos (muchas

veces precarios), los numerosos recursos de la

gran ciudad y la solidaridad entre pares, indispensables

a la economía doméstica. Dentro de

los límites estrechos del barrio popular, la movilidad

de residencia es intensa. Se observan

con frecuencia mudanzas precipitadas cuando

no es posible pagar el alquiler o cuando se han

acumulado deudas. La gente se muda con frecuencia

en la misma calle e incluso en el mismo

edificio, para adaptar el alquiler a los recursos

del momento. Alquilar una vivienda más pequeña

o ceder una pieza o una cama constituyen

un medio habitual para reducir los gastos.

De todos modos, buena parte de las actividades

cotidianas se desarrolla en espacios públicos: el

patio, la calle, la taberna. Y nadie piensa en

reclamar las «habitaciones sanas» de las lejanas

ciudades-jardín de los reformadores; la oposición

es total, aunque raramente tenga resultados

cuando los especuladores o los municipios

se han propuesto demoler los «sectores insalubres».

Los obreros que tienen un trabajo más

fijo y unos ingresos más elevados y regulares

comienzan a emigrar hacia los suburbios, se organizan

en sociedades mutuas de ahorro y recu­

rren a la autoconstrucción: esos métodos permiten

mantener las solidaridades del barrio de

origen o de oficio y proporcionan además una

vivienda propia de la que nadie podrá pedirles

cuentas.

El silencio prolongado de las organizaciones

obreras sobre el problema de la vivienda

tiene todo su significado a partir de estas comprobaciones.

En distintos momentos, aunque

raramente antes de 1914, los partidos, sindicatos

o asociaciones adoptan el lenguaje del higienismo;

ese cambio de actitud va siempre unido

directamente a la presencia de elementos reformadores

procedentes de las clases medias. Su

apostolado tropieza con frecuencia con el recelo

de una parte de los dirigentes y la «pasividad»

de los trabajadores, por lo que se producen

prolongados eclipses en la reivindicación

de «alojamientos salubres». Además, la posición

de los sindicatos difiere en algunos puntos

esenciales de las propuestas de los reformadores.

Para los dirigentes obreros, denunciar los

«tugurios» constituye ante todo un argumento

adicional para reivindicar salarios decentes y

una negociación colectiva. También se observa

con frecuencia un rechazo del paternalismo y

de la injerencia de las autoridades; ese rechazo

reviste por supuesto formas diversas de expresión

política. En todos los países están rechazadas

las «company towns» y las viviendas obreras

construidas por las empresas; pero hay matices

diversos en cuanto a la intervención estatal.

La American Federation of Labor de Gompers

aceptó oficialmente en 1914 el principio

de la intervención pública, pero sólo en forma

de préstamos a bajo interés destinados a que

los trabajadores o que las cooperativas sindicales

construyeran las viviendas según sus criterios

21 . En cambio, la Confédération Générale

du Travail de Francia reivindicó en 1918 un

vasto programa de construcciones públicas exigiendo

al mismo tiempo que la mayoría de representantes

de los comités se atribuyera a los

sindicatos, las asociaciones de inquilinos y las

municipalidades, socialistas naturalmente 22 .

La exigencia de autonomía obrera, ya se exprese

en el lenguaje del individualismo o del pansindicalismo,

es una constante que se extende

cuando menos hasta pocos años después de

la Primera Guerra Mundial.

En ambos asuntos (seguro de desempleo y

vivienda) las cosas siguen evolucionando. Tanto

en Francia como en Gran Bretaña la fuerza


De la «cuestión social» a los «problemas urbanos»: los reformadores y la población de las metrópolis... 343

creciente, a partir de 1910, de sindicatos y partidos

obreros, la creación de instituciones públicas

de seguros o de ayudas, de oficinas de colocación,

de constructores públicos y, sobre todo, la experiencia

decisiva de la economía de guerra imprimen

una evolución rápida a las posiciones de las

organizaciones obreras. En Estados Unidos se

observan tendencias idénticas en la misma época,

pero el cambio decisivo sólo se producirá con

el New Deal. De ese modo, una parte de las propuestas

de los reformadores se convierte en reivindicación

obrera. Hay distorsiones importantes

entre las primeras y las segundas, aunque esta

evolución será el indicio de la afirmación de un

nuevo sistema de poder.

Ciencias y administración

Las estrategias de reforma que se insinuaron a

partir de los años 1890 prefiguraron así un giro

importante en la relación de poder entre dominantes

y dominados. Para que se establecieran

verdaderamente sería necesario que todos los

participantes cambiaran. Pero, previamente,

para elaborarlas, hubo que remodelar las representaciones

de los problemas e inventar nuevos

instrumentos de intervención.

Las representaciones del otro son inseparables

de las técnicas de acción sobre el prójimo.

Las categorías que permiten pensar la realidad

social, y las prácticas destinadas a modificarla

(saberes y poderes), forman todo un sistema.

Los manuales de ciencias sociales procuran borrar

esta historicidad radical al omitir toda referencia

a las relaciones prácticas de los «clásicos»

con la sociedad de su tiempo, a los autores

que retrospectivamente se consideran menores

y a las disciplinas «precientíficas» del pasado.

Ahora bien, a comienzos de siglo, las nacientes

ciencias sociales inician una profunda

transformación de las representaciones del

otro, el obrero, el pobre. Se trata de una de esas

remodelaciones periódicas de la visión de los

dominados por los dominantes que se producen

en función de las dificultades con que tropieza

el propio ejercicio de la dominación. Ese

«otro» al que nos referimos es el pueblo de las

ciudades, aunque se pueden observar evoluciones

análogas, por ejemplo, en lo que concierne

al indígena o al loco.

Desde los comienzos de la revolución industrial,

la burguesía utilizaba la categoría de

«clases peligrosas» al referirse a los habitantes

de los barrios obreros de las grandes ciudades.

Esta representación permitía describir a una

masa humana poco diferenciada que habitaba

en espacios urbanos precisos en los que se suponía

que se concentraban los flagelos sociales

y de donde en cualquier momento podía surgir

una amenaza: crímenes, epidemias, violencia,

insurrección. Esa mirada coexiste y entra en

competencia con otra visión pintoresca del

pueblo, según la cual, aplicando a la ciudad métodos

similares a los de los folkloristas, se considera

con una mezcla de curiosidad y de temor

a los personajes de la calle. Ahora bien, en

cuanto se produce una crisis social, los matices

desaparecen, y la cuestión es reprimir a las

«masas» consideradas como criminales. En el

curso del siglo XIX, en cuanto una parte de los

trabajadores empieza a organizarse en sindicatos

y agrupaciones políticas, los problemas pasan

a pertenecer a una categoría única, la «cuestión

social». Esta configuración de las

representaciones coincidió con la práctica basada

a la vez en la violencia del Estado con respecto

a la conducta de rebelión individual o colectiva

y en dispositivos de asistencia y de

represión destinados a actuar directamente sobre

los individuos y las familias. Podemos dar a

este sistema de poder el nombre de modelo disciplinario-represivo.

A partir de 1890 se produce una doble

transformación de la mirada y del proyecto

práctico sobre el pueblo. Por una parte, las

«clases peligrosas» dejan de contemplarse en

bloque. Se empieza a distinguir entre «clase

obrera respetable» y masas empobrecidas, a las

que se clasifica progresivamente en categorías,

cada una de ellas sujeta a un tratamiento particular

y adaptado a su situación. Así, los clientes

habituales del hospital, del workhouse (asilo) o

de las instituciones de asistencia comienzan a

ser tratados de forma diferente según se los sitúe

en las categorías de los viejos indigentes, de

las madres y niños sin recursos, de los desocupados,

de los vagabundos, de los débiles mentales

y de los delincuentes juveniles. Al mismo

tiempo, la «cuestión social» se fragmenta en

una serie de «problemas sociales», con la intención

de hacerla desaparecer. A cada uno de estos

problemas debe corresponder un ámbito de

saber, una especialidad profesional y unas técnicas

específicas de intervención. De este modo

se autonomizan por ejemplo los problemas


344 Christian Topalov

del alcoholismo, la tuberculosis, la escolarización,

el aprendizaje, la vivienda, el urbanismo

y el desempleo. El sentido común de las clases

medias con respecto al obrero sufre entonces

una transformación y adquiere una configuración

nueva que se revelará sumamente sólida y

durable. La literatura naturalista y populista,

las revistas ilustradas, el discurso político neoliberal,

progresista o solidarista y, más tarde, el

gran giro plasmado en la «unión sagrada» de la

Primera Guerra Mundial, desempeñan un papel

importante en la difusión de este cambio de

mirada.

En ese doble proceso de descomposición y

recomposición de las representaciones y, según

se espera, de la realidad, aparece una novedad

de peso, y es que la ciencia y la administración,

estrechamente asociadas, empiezan a desempeñar

un papel esencial.

Las evoluciones de una y otra están vinculadas

históricamente. La sociología empírica

nace de las encuestas obreras y urbanas realizadas

por los misioneros de la filantropía que poco

después empezarán a ser llamados trabajadores

sociales, o por los administradores de las

instituciones de supervisión de las familias populares.

La etnografía científica y la geografía

humana están directamente asociadas a la actividad

de las administraciones coloniales de ultramar

o de los gobiernos militares en los territorios

de la frontera estadounidense. La

estadística social acumula datos y afina sus métodos

en las nuevas administraciones laborales

y de salud pública, mientras el urbanismo se

afirma como disciplina y profesión en el marco

de las municipalidades o de los grupos cívicos

locales. Estas diversas ciencias construyen secuencias

causales objetivas, a menudo mensurables,

entre los elementos que extraen de la

realidad social y, en especial, las prácticas populares,

con una finalidad de transformación.

Es lo que se produce, por ejemplo, cuando se

supone una relación entre las condiciones de

vivienda y la mortalidad o entre el empleo intermitente

y la pobreza o la desmoralización.

Enunciar una relación causal equivale a designar

un ámbito de reforma. Las ciencias delimitan

así sus objetos, de manera que las administraciones

especializadas existentes o por

crear puedan administrarlos racionalmente.

Cuando la filantropía tradicional se muestra

incapaz de transformarse en función de los

nuevos objetivos, unos reformadores terminan

por recurrir a soluciones municipales o estatales.

Y cuando las administraciones públicas resisten

a su remodelación necesaria, son objeto

de críticas severas: subordinación en grado excesivo

a los azares de la política y las instituciones

representativas o demasiado ligadas a las

redes de clientelismo, llegan a ser consideradas

ellas mismas como objeto de la reforma.

En el proceso de constitución de la mayoría

de los nuevos ámbitos de la actividad reformadora

se observa una característica segmentación:

lo que ocurre en el lugar de trabajo queda

fuera de la cadena de determinaciones. En efecto,

las intervenciones se especializan. Mientras

unos se ocupan de la empresa y, especialmente,

de las condiciones de trabajo, otros definen su

terreno fuera del ámbito de trabajo; se establecen

así las condiciones necesarias para la intervención

de una «cuestión urbana». De este modo,

la etiología oficial de la tuberculosis y las

construcciones estadísticas que proporcionan

su «prueba» ignoran los daños inherentes al

trabajo y sólo retienen la falta de higiene y la

promiscuidad en las viviendas 21 . La larga tradición

de las encuestas de barrio y, más tarde, la

ecología urbana parten de la misma premisa.

Cada disciplina retiene, del encadenamiento

causal, los elementos transformables por la

práctica reformadora especializada a la que

proporciona un lenguaje, y deja fuera los elementos

que escapan a su ámbito.

Esta división implica a la vez un conocimiento

y un enmascaramiento de las realidades

de la vida popular. Esta doble operación de saber

y no saber desarticula las prácticas que tienen

una coherencia para los diferentes grupos

populares y asigna a los elementos, convertidos

en autónomos, un sentido ajeno. Tomemos la

noción de alcoholismo. El lugar esencial de sociabilidad

popular que es la taberna o el «pub»

se convierten en «L'assommoir». De la misma

manera, las diversas formas que reviste el crédito

mutuo obrero vinculadas a los rituales familiares

del consumo son pensadas dentro de la

categoría de ahorro, del mismo modo que las

transmisiones del saber y la técnica que dan

origen a las dinastías obreras y los grupos de

originarios son pensadas en función de esa categoría

que es la formación profesional.

Se observa una paradoja. La ciencia debe

ser lo suficientemente «verdadera» como para

localizar objetos pertinentes con miras a remodelar

la vida popular; al mismo tiempo, no pue-


De la «cuestión social» a los «problemas urbanos»: los reformadores y la población de las metrópolis... 345

«Quartier populaire», barrio popular, montaje fotográfico de Robert Doisneau, 1960. Doisneuu/Rapho.

ÏÉtïi


346 Christian Topalov

de corresponder con la realidad, ya que su finalidad

social consiste en ejercer una acción sobre

sus objetos. Sin embargo, a veces la cosa marcha.

Hemos visto que los reformadores adoptaron

el modelo del subsidio sindical de desempleo

para concebir las instituciones públicas de

seguro obligatorio que hacen funcionar el dispositivo

en dirección contraria a sus objetivos.

En otro registro se observa que no era necesario

determinar todas las significaciones sociales de

la fiesta ritual, el «potlatch», para comprender

que su prohibición destruiría las capacidades

de resistencia de los indios de Columbia Británica.

Fue, sin embargo, necesario su estudio

por toda una generación de etnólogos 24 .

La ciencia y la administración modernas están

en manos de hombres nuevos. El notable

ilustrado, generalista de la reforma social, cede

su lugar al experto. Cada nueva profesión elabora

una tecnología que le es propia, reivindica

una legitimidad científica específica y se afirma

con la creación de asociaciones que pregonan

su autonomía y de institutos de formación

que organizan su reproducción. A partir de los

años J910 se produce el giro anunciador en la

desaparición de la precedente generación de reformadores

y que marcará los años inmediatamente

consecutivos a la Primera Guerra Mundial.

Hay que observar algunos matices, ya que

considero que la historiografía tiende con frecuencia

a sobreestimar la autonomía de esas

nuevas profesiones tanto en relación con la

burguesía reformadora tradicional como en lo

concerniente a las relaciones entre ámbitos especializados

de reforma 25 .

Claro que los nuevos expertos proyectan

una imagen de sí mismos que es la de la independencia,

que da a entender que no hablan y

actúan para defender los intereses particulares

de ningún grupo, sino en nombre de los intereses

superiores de la sociedad. Esta pretensión

se basa en la objetividad de la ciencia a la que

sirven. Los profesionales de la reforma procuran

alcanzar unos objetivos que les son propios

y, para empezar, el hecho de que son imprescindibles

al progreso: proceden muchas veces

de un medio modesto y su jerarquía social pasa

por ese reconocimiento. De esa forma entrarán

en conflicto con unos intereses económicos

muy precisos, los de los propietarios de tugurios,

de las compañías de servicios urbanos y de

los industriales, grandes o pequeños, que abu­

san de la mano de obra femenina, del trabajo a

domicilio y del trabajo intermitente. Pero al

mismo tiempo necesitan mantener vínculos

privilegiados con los medios de la burguesía reformadora

que pueden legitirmarlos socialmente

y con unos padrones que le serán tanto

más útiles cuanto que no existen los aparatos

administrativos que puedan recibirlos. Abundan

los estribillos que cantan al unísono el

magnate y el reformador: Robert W . DeForest

y Lawrence Veiller o Henry Morgenthau y Benjamin

C. Marsh en Nueva York, Charles Booth

y el joven Llewellyn Smith en Londres, Max

Lazard y Louis Variez en Paris y Gante. Colectivamente,

los primeros urbanistas y planificadores

urbanos están inmersos en un medio que

les permite frecuentar la gran burguesía, los filántropos

y los industriales ilustrados. La epopeya

de la «reforma cívica» en Estados Unidos

y, muy particularmente, la historia de la National

Conference on City Planning nos hacen ver

cómo los medios empresariales necesitaban

disponer de un personal reformador independiente

capaz de proporcionarles la legitimidad

científica que no tenían para partir a la reconquista

de un poder municipal que habían perdido

a manos de «political machines» populistas

y, al mismo tiempo, que los nuevos

profesionales eran incapaces de prescindir de la

base social que les brindaba dicha alianza. En

Francia, el mismo proceso queda ilustrado por

el surgimiento, en el Museo Social, del grupo

que en 1919 constituirá la Sociedad Francesa

de Urbanistas.

Por otra parte, a pesar de la segmentación

cada vez más clara de los ámbitos de la reforma,

los lazos entre unos y otros seguirán vigentes

al menos durante los dos primeros decenios

del siglo. Existe una estrecha red de organizaciones

a la que cabe dar el nombre de «nebulosa

de la reforma», cimentada por algunas instituciones

clave y muchos hombres polivalentes.

Es muy revelador al respecto el estudio de la

genealogía y la topografía de los diferentes grupos

y la biografía y trayectoria de las distintas

personalidades. Se puede ver así la unidad del

campo de la reforma, muchas veces ignorada

por una historiografía que considera como algo

natural la división de las políticas sociales que

obedecen precisamente al trabajo histórico que

se realiza en ese período.

Los «problemas sociales» así construidos

por los nuevos profesionales adquieren la cali-


De la «cuestión social» a los «problemas urbanos»: los reformadores y la población de las metrópolis... 347

dad de realidades objetivas, como puede comprobar

cualquier mente libre de prejuicios.

Quedan de este modo despolitizados y escapan

al ámbito de las controversias ficticias y peligrosas

del enfrentamiento democrático. En

poco tiempo, personajes situados en puntos diferentes

e incluso opuestos del abanico político o

social adoptarán un lenguaje común que delimitará

el terreno de sus enfrentamientos. Ese

consenso reúne en ciertos ámbitos y ciertos

momentos a los conservadores, los liberales y

los representantes del movimiento obrero, aunque

la permeabilidad de estos últimos para con

los temas de la reforma se produzca de manera

desigual según las profesiones y los países sobre

todo antes de la Primera Guerra Mundial. Los

diferentes participantes adoptan a menudo un

lenguaje opuesto con respecto a los medios y,

especialmente, el cometido del Estado en la

aplicación de las reformas. También difieren,

como es natural, en cuanto a la formulación de

las finalidades últimas. Pero comparten una visión

fundamental de las necesidades, de las

normas de comportamiento más convenientes

y de las técnicas de gobierno de lo social. Cabe

citar las convergencias entre Sellier y Siegfried

o entre Veiller y Stein en lo concerniente a la

vivienda, entre Webb y Churchill en lo relativo

a la asistencia o de Jaurès y Lyautey en su visión

de lo que debe ser el ejército moderno- 16 .

Esta superación de lo político se manifiesta en

el pragmatismo de muchos reformadores por

las modalidades institucionales de su acción.

Para Unwin o Abercrombie da francamente lo

mismo que las ciudades-jardín sean construidas

por los empleadores, por las cooperativas o

por los municipios. Es algo que dependede

las circunstancias, principalmente políticas. Lo

esencial es crear un nuevo tipo de espacio urbano.

Además, se observa una característica común

a muchos autores: la impaciencia ante los

obstáculos que tienen su origen en la irracionalidad

de las instituciones representativas y la

lentitud de la burocracia. Ya no están lejos la

tentación tecnocrática e incluso autoritaria.

¿Un giro estratégico?

Cabe preguntarse cómo se articulan representaciones

y acción en el nuevo sistema de poder

que gradualmente relega a un segundo plano el

modelo disciplinario represivo.

La ciencia define las regularidades y el encadenamiento

de las causas y los efectos y procura

formular predicciones. Por ejemplo. Park y

Burgess afirman en su manual de 1921 que:

Al parecer, la sociología... podría convertirse

de algún modo en una ciencia experimental

y llegará a ello en la medida en que sea

capaz de definir los problemas existentes

de tal manera que los resultados obtenidos

en un caso demuestren lo que podría y debería

hacerse en otro 27 .

En un sistema causal de ese tipo no hay lugar

para las determinaciones individuales. Está

de más echar de lado el moralismo. La mayoría

de los individuos no son culpables de su pobreza

ni de sus defectos, atribuidos con frecuencia

cada vez menos a la herencia social. Se difunde

la convicción de que el medio produce la degeneración

y que es posible transformarlo mediante

la reforma urbana. El desempleo, por su

parte, será un «problema de la industria» 28 y

obedecerá por tanto a unas fluctuaciones económicas

sobre las que no pueden ejercerse influencias

y a la desorganización del mercado

laboral que ésta sí puede corregirse.

Sin embargo, la nueva representación de la

causalidad no lleva a la desaparición de la anterior.

Si se considera que el tugurio o la congestión

urbana son las causas principales de los

males sociales, hay que admitir sin embargo

que algunas familias no pueden por menos que

engendrar la degradación de su medio ambiente:

también la eugenesia es una ciencia. Y si las

causas del desempleo son industriales y sociales,

se procurará corregirlas con las nuevas tecnologías

de la reforma, ya que hay también causas

cuyo origen es individual. Las primeras

explican su magnitud estadística y las segundas

su incidencia individual. Aparece así un residuo

incomprensible que legitima la permanencia

de dispositivos verdaderamente disciplinarios

que habrá que racionalizar e incorporar a

un todo y cuya función será secundaria, aunque

sólo los soñadores podrán pensar que pueden

ser erradicados.

En efecto, se plantea un problema delicado

cuando se procura comprender la especificidad

de las políticas sociales del siglo XX. El modelo

de poder dominante se modifica, pero hay rasgos

esenciales del modelo disciplinario-represivo

que subsisten. Estos últimos pueden ser considerados

como arcaísmos y, en especial, como

testigos de la resistencia de los propios grupos


348 Christian Topalov

dominantes a modernizarse. Cabe recordar

también que una sociedad es siempre múltiple

y que en su seno se articulan sistemas sociales

que parecen pertenecer a épocas diferentes de

la historia: las manufacturas y los trabajadores

libres de la Europa del siglo xvni implicaban la

esclavitud en el Nuevo Mundo, como la tecnología

avanzada del actual Los Angeles coexiste

con los inmigrantes clandestinos de los talleres

de piezas electrónicas de Orange County. Sería

demasiado fácil decir que esos desniveles obedecen

a resistencias a la modernización. Su reaparición

es una prueba de que guardan relación

con las desigualdades espaciales de la acumulación

del capital y con la transformación de las

formas productivas y urbanas y. por consiguiente,

con la estructura del poder 29 .

Por lo tanto, la permanencia de los dispositivos

represivos no representa sólo una reminiscencia

del pasado, y la articulación del sistema

moderno de poder con el sistema

disciplinario no es algo accidental. Los dispositivos

se apoyan sigilosamente en la vigencia del

sistema disciplinario, sea ésta discreta o evidente.

El orden social reconciliado a que tienden

las nuevas técnicas de poder se extiende sin

duda a espacios sociales cada vez más amplios,

aunque no está al abrigo de los fracasos locales

ni tampoco de fisuras globales. Por ese motivo,

es posible que afloren los métodos represivos

hasta hacerse visibles de manera permanente

en algunos sectores de la población y en algunas

coyunturas de importantes crisis a más amplia

escala. Desde esta perspectiva son comprensibles

las posiciones de Sydney Webb, uno de los

primeros teóricos de la gestión moderna de lo

social y socialista por añadidura. A partir de

1900, Sydney Webb lucha denodadamente por

desarticular la ley de pobres en Gran Bretaña,

por suprimir el worklioit.se y por crear unos sistemas

racionales de asistencia y formación. Sin

embargo, proclama al mismo tiempo.

«[...] la necesidad de contar en la base del sistema

de provisión pública con alguna institución

en la que la gente pueda ser relega­

da y mantenida por la fuerza. [...] Una

experiencia de reforma penitenciaria de

ese tipo resulta absolutamente indispensable

para la eficacia de un plan relativo al

desempleo» 10 .

No creo que en este caso se trate de mero

arcaísmo, de un residuo Victoriano en el seno

del pensamiento moderno. Quienes se propo­

nen elaborar tecnologías científicas de gestión

de los pobres (en la antigua nomenclatura) saben

muy bien que siempre tendrán necesidad

de la política.

A pesar de esto, se observa un cambio: ser

reconocido como alguien que tiene derecho a

un subsidio no es la misma cosa que recibir una

limosna; ocupar una vivienda administrada

por unas autoridades municipales a las que se

ha contribuido a elegir con su voto no es lo mismo

que depender de la voluntad de un propietario

privado. Al contemplar las políticas sociales

modernas como una ampliación indefinida

del control social, se dejan de ver esas diferencias

importantes: un concepto que pretende explicar

todo acaba por no explicar nada. Ahora

bien, a comienzos de siglo tiene lugar un giro y

el modelo disciplinario-represivo se atenúa

y deja paso a una nueva estrategia de alcance

reformador. Las tecnologías de lucha cuerpo a

cuerpo en el propio terreno del adversario dejan

paso a las que cabría denominar de tecnologías

de la norma objetivada.

La norma formaliza una necesidad objetiva

del individuo y de la sociedad y al mismo tiempo

también el medio racional de satisfacerla.

La ciencia permite enunciar esa necesidad gracias

a un método experimental que puede aplicarse

a todos los aspectos de la vida social.

John Nolen, importante figura de la planificación

urbana en Estados Unidos, se refiere en

los siguientes términos a uno de los principales

resultados del gigantesco laboratorio de modernidad

que fue la Primera Guerra Mundial:

«Hay leyes por las que se rige el bienestar humano,

leyes científicas, y ahora sabemos

mejor que nunca que conviene respetarlas.

La vivienda no es una excepción. Hay que

respetar ciertas normas en materia de vivienda

y también en materia de alimentación,

vestido, navios, municiones, construcción

de fábricas, automóviles, aviones

y toda la compleja maquinaria del mundo

moderno» 11 .

La norma es abstracta y no ha sido formulada

para tal o cual grupo particular, para tal o

cual clase social, sino que su valor es universal.

Cada sistema normativo crea su nomenclatura

estadística capaz de clasificar a los individuos

de manera unívoca y señalando la medida en

que deben modificarse las condiciones que los

caracterizan. Citemos al respecto la invención

de la llamada por Charles Booth «poverty line»


De la «cuestión social» a los «problemas urbanos»: los reformadores y la población de las metrópolis... 349

a finales de la década de los años 1880, la definición

de los criterios de la superpoblación de

las viviendas por las oficinas de censos y la definición,

a últimos de la década de 1920, de las

normas por las que debían regirse los equipos

colectivos por los teóricos de la «idea de unidad

vecinal». Los aparatos encargados de la

observación de las poblaciones y de poner en

práctica las normas no tienen por qué conocer

a los grupos reales, les basta con hacer caso de

las categorías que nacen de su propia intervención.

Cada individuo se sitúa en una serie de

posiciones independientes unas de otras construidas

por varios sistemas de clasificación

práctica. Mientras las leyes científicas ignoran

al individuo concreto, las normas que las ciencias

permiten establecer reconstruyen a un individuo

diferente, que se convierte en sujeto de

la administración.

La norma queda objetivada en reglamentos

administrativos o espacios construidos en los

que la racionalidad se impone a todos independientemente

de las voluntades individuales,

tanto de los gobernantes como de los gobernados.

La norma es la segunda mano invisible, la

izquierda tal vez. Su modo específico de operar

consiste en que de ella arrancan las formas sociales

aulorreguladas. Mencionaré dos formas

esenciales: el individuo racional y la comunidad

primaria.

El pensamiento económico neoclásico acaba

de inventar los conceptos de consumidor racional

y de trabajo como factor de producción.

Todo el mundo busca lo óptimo. Esta construcción

reemplaza ventajosamente la representación

formulada por Marx de una fuerza trabajo-mercancía

obligada a venderse a su precio de

reproducción. Pero los reformadores tienen un

sentido pragmático y saben que el homo œconomicus

todavía no ha nacido y habrá que fabricarlo

a partir de un material difícil. Los comportamientos

de maximización implican que

se trabaje cada vez más y mejor, se consuma

para mejor producir y se ahorre. Hay que crear

las condiciones para que el modelo llegue a ser

realidad. Alfred Marshall no sólo dotó a la ciencia

económica de los instrumentos formalizados

que tal vez le eran necesarios, sino que además

militó activamente para que se enviara a

las «labour colonics» a los trabajadores que

constituían el «residuum» de lo que ya no era

posible ocupar 32 . Los esfuerzos para «organizar

el mercado de trabajo» que se realizan en todas

partes a partir de 1900 son el rostro oculto de

los nuevos manuales de economía política de

Cambridge y de Yale. Los primeros arquitectos

del movimiento moderno y los urbanistas funcionalistas

traducen a su manera el mismo sueño

en el espacio: la ciudad industrial de Tony

Garnier es testigo de ello, y lo mismo puede

decirse de la máxima de Léon Jaussely en la

postguerra: «Hay que producir mejor para vivir

mejor y hay también que vivir mejor para

producir mejor: he aquí el axioma del día, cuya

solución es el problema que atañe a la sociedad

moderna» 31 .

Con todo, esta visión de una sociedad atomizada

de productores eficaces y de consumidores

racionales suscita una inquietud importante

expresada por Durkheim con el lenguaje

de la anomia y que las representaciones de la

sociedad como organismo tienden a superar.

La armonía del todo implica la integración de

las partes, y esta integración tiene que llevarse a

cabo a través de grupos de dimensiones limitadas

en los que la norma se imponga eficazmente

sin que haya ninguna intervención externa.

Se trata esencialmente de la familia y del barrio.

La visión de este último cambia de signo.

Liberada de su definición clasista, la comunidad

local reconstituida sobre nuevas bases puede

convertirse en el vector fundamental de la

acción reformadora gracias a los planificadores

y a los servicios sociales. E incluso, y en la medida

en que las organizaciones sindicales sean

ya un hecho, habrá reformadores que acaben

considerándolas como uno de los instrumentos

posibles de la reconstitución del vínculo social.

Los dos ámbitos de la reforma evocados en

el presente artículo (los sistemas de asistencia y

la vivienda popular) permiten ilustrar algunos

aspectos de la ruptura estratégica inaugurada

por las políticas sociales modernas.

Después del giro liberal que tiene lugar en

tiempos y grados distintos según los países, y

desde la nueva ley de pobres de Gran Bretaña

de 1834, los sistemas de asistencia se basarán

en dos elementos complementarios, el enclaustramiento

público y la caridad privada. Toda la

gente del pueblo sabe que, trascendido cierto

límite cuyo contorno es confuso, puesto que, en

cada caso, lo fijarán las autoridades, la coerción

directa puede recaer sobre sus espaldas y

hacer que acaben en la cárcel, en el hospital o

en la workhouse. Antes de llegar a ese extremo


350 Christian Topalov

pueden recurrir a los filántropos y éstos responderán

a las demandas de cada individuo, a condición

de comprobar si hay necesidad de una

ayuda y después de aceptar una manera idónea

de utilizarla. Es sabido que en la práctica y a

pesar de los esfuerzos de la «filantropía científica»

las lógicas del clientelismo y las coyunturas

de las crisis periódicas recreaban lo que los

racionalizadores denunciaban sin respiro como

una caridad indiscriminada. Uno de los principales

aspectos del seguro de desempleo elaborado

en 1909-1911 por Beveridge y Churchill

consistía en sustituir la arbitrariedad por la

norma. El subsidio será un derecho ganado gracias

a un trabajo regular realizado con anterioridad

al momento del paro. «No me gusta mezclar

la moralidad con las matemáticas», dijo

Churchill a este respecto y como corolario de

las palabras siguientes ligeramente provocadoras:

«No estoy convencido de nuestro derecho a rehusar

el subsidio a un hombre calificado

que pierde su puesto de trabajo debido a la

embriaguez. Ese hombre ha pagado ya su

contribución [...] y hay que recompensarlo

sin tener en cuenta la causa del despido. Es

indiferente que éste se deba a su propia

inclinación a la bebida o a la de su empleador»

34 .

Naturalmente, hay que decidir quiénes son

los que merecen la ayuda y quiénes son los que

no la merecen, sin hacer intervenir la incertidumbre

propia de una decisión individual. Llewellyn

Smith, que preparó la legislación de

1911, lo expresó con claridad: «El propio funcionamiento

del sistema excluirá automáticamente

al ocioso» 35 . El seguro de desempleo se

basa en una selección automática de los que tienen

derecho y de los que no lo tienen y se supone

que consigue aislar a los desempleados ocasionales

de los sistemáticos. La clasificación

teórica definida por Alfred Marshall algunos

años antes puede convertirse entonces, gracias

a un mecanismo administrativo, en el principio

de la clasificación real de los grupos sociales.

Se puede decir así que el concepto moderno

de desempleo preexistió históricamente a la

realidad que debía designar.

Cabe examinar otro capítulo de la lucha disciplinaria:

la intervención sobre las familias en

su vivienda. Al principio se trató de combatir

directamente las formas de utilización del espacio

doméstico consideradas como negativas

desde el punto de vista moral o sanitario: el hacinamiento

y muy especialmente la práctica de

subarrendar a otros, la irregularidad en el pago

de las mensualidades y el trabajo a domicilio.

Durante esta época, se utilizaron técnicas de

intervención sobre todo represivas y generalmente

ineficaces, ya sea ejerciendo un control

directo sobre las familias a través de «friendly

visitors» a la manera de Octavia Hill o de los

«social settlements», o aplicando a través de los

inspectores sanitarios un estricto reglamento.

Los reformadores más progresistas propugnaron

también la construcción de viviendas obreras

por constituir un marco de vida higiénico y

de control más hacedero. Pero esta intervención

queda concebida hasta alrededor de 1900

en términos de operaciones aisladas. Las viviendas

modelo de los filántropos no eran en

verdad sino islotes de reeducación construidos

en medio de un océano de inmundicias de los

barrios populares. Pese a la estricta selección

de los inquilinos y a los reglamentos a que se los

sometía, la influencia del medio externo tendía

a transformarlos a su vez en tugurios. El Garden

City Movement proponía otra solución:

crear un medio radicalmente nuevo en comunidades

autocontenidas y alejadas de la ciudad.

Pero el sueño de detener el crecimiento de las

metrópolis tropezaba con la realidad de la urbanización.

Con todo, a pesar de los fracasos

prácticos de ambos enfoques, las experiencias

realizadas permitieron que se empezaran a definir

normas científicas de habitación a las que

se atribuía por sí solas un efecto reformador y

que se materializaron en edificios y espacios.

A partir de 1910, con el movimiento de planificación

urbana, se abre una nueva etapa. Se

considera entonces que es toda la ciudad la que

tiene que reformarse. Las cosas tienen que estar

en su sitio, según la expresión pintoresca de

los autores del Plan Regional de Nueva York:

«[...] La atribución de la tierra según sean los

distintos usos parece haber sido obra del

sombrerero loco de "Alicia en el País de

las Maravillas". Personas muy pobres viven

en tugurios situados en terrenos centrales

de elevado precio. [...] A pocos pasos

de la Bolsa se percibe el aroma del café

tostado; a unos cientos de metros de Times

Square, el hedor de los mataderos. [...]

La situación contraría todo el sentido del

orden. Las cosas están fuera de su lugar

natural. Habría que corregir esta confu-


De la »cuestión social» a los «problemas urbanos»: los reformadores y la población de las metrópolis... 351

sión para que las actividades se realicen en lugares

apropiados» 36 .

La división en zonas será instrumento privilegiado

de este esfuerzo por separar el espacio

reservado a las finanzas del de la industria,

los lugares de trabajo de las viviendas de los

trabajadores. La planificación del desarrollo de

los suburbios tiene por objeto evitar que se reproduzcan

las mescolanzas características de la

antigua ciudad, ya que es de eso de lo que se

trata, eliminar los barrios populares tradicionales

y crear unidades vecinales en las que se

prohiba rigurosamente trabajar y en las que

cada aspecto de la vida cotidiana tenga lugar en

un sitio determinado. El urbanismo funcionalista

de los congresos internacionales de arquitectura

moderna llevará a su paroxismo, sobre

todo al suprimir las calles, esta visión compartida

por sus oponentes, los nostálgicos del pasado.

Se parte del supuesto de que el nuevo orden

social será engendrado por este nuevo orden

urbano pensado al mismo tiempo como organismo

en el que cada elemento contribuye a la

vida de todo el conjunto y como fábrica racionalizada

en la que cada función se realiza en el

lugar adecuado y de la mejor manera. Jaussely

propugnó la «organización económica de las

ciudades como una especie de taylorización de

un taller muy grande» 17 , mientras que en el

plan regional de la Russell Sage Foundation se

afirmaba que «el área de Nueva York y de sus

alrededores puede compararse con el terreno

de una fábrica. La planificación regional decide

la mejor manera de utilizar el terreno y

adapta las zonas a su utilización» 38 .

Si esta estrategia de reforma tiene lugar con

los ojos puestos en una reorganización importante

de las relaciones de poder, la pregunta

que puede hacerse es ésta: ¿por qué ese cambio

y por qué en ese momento? Se trata de una pregunta

difícil que nos obliga a relacionar las representaciones

y las políticas con las realidades

sociales a las que se aplican. Además, más allá

de las especificidades culturales e institucionales

de cada una de las naciones interesadas, los

rasgos comunes del proceso invitan a interrogarse

sobre las modificaciones que se producen

a comienzos de siglo en los grandes países industrializados,

que pueden explicar el surgimiento

del moderno proyecto de reforma.

Volvamos, empero, a los diagnósticos y las

recetas de Beveridge y Sellier, ya que son otros

tantos jalones del proceso. Estos autores fueron

ambos gente práctica y enunciaron problemas

precisos, proponiendo medidas circunscritas a

las circunstancias. No sería correcto atribuirles

retrospectivamente unos objetivos exclusivamente

basados en nuestra lectura de la historia

ulterior. Sólo podemos restituir su propio lenguaje,

que es uno de los modos de expresión

consciente de la sociedad de su tiempo y de los

conflictos que la agitaron. Ahora bien, Beveridge

y Sellier enuncian «hechos» en forma de problemas

cuya solución daría origen a una nueva

configuración tanto de la industria (lugar donde

tiene su origen la «cuestión social») como de

la sociedad política.

Por una parte, estos reformadores expresan

con una precisión cada vez mayor las exigencias

que a su juicio planteará el futuro orden

productivo. Descubren que los trabajadores de

las grandes ciudades no poseen las condiciones

que requiere la nueva revolución industrial iniciada

en algunos sectores desde 1880-1890 y

cuyo desarrollo desean. Sueñan con un obrero

nuevo, estabilizado en el empleo asalariado,

móvil en un espacio urbano ampliado y cuyos

modos de consumo tengan como único fin la

productividad. Sin duda, cuando los reformadores

formalizan esta visión se adelantan a las

realidades industriales, cuya remodelación por

el sistema de la fábrica y la organización científica

del trabajo será muy lenta, sobre todo en

las metrópolis, objeto privilegiado de su atención.

Por otra parte, la experiencia reciente de

la gran depresión y el presentimiento de que el

régimen de acumulación, cuya crisis se ha expresado

de ese modo, han alcanzado sus límites,

son elementos esenciales que explican su

explosión reformadora de finales de siglo. Pero

lo que se expresa no es tanto una visión nítida

de la nueva sociedad industrial por nacer, que

una serie de diagnósticos precisos sobre los

obstáculos que se oponen a su advenimiento.

Los obreros reales, en efecto, resisten con éxito

a los cambios que en ese momento se gestan en

el capitalismo. Los modos de vida que los reformadores

condenan les permiten defenderse

tanto de la precariedad de los ingresos en metálico

como de la dependencia del vínculo salarial.

Tienen éxito porque los caracteres del proceso

de trabajo lo permiten y porque la ciudad

y el barrio están ahí para proporcionarles, aunque

de forma irregular, los recursos que necesi-


352

tan. Recíprocamente, sus prácticas de resistencia

eternizan las estructuras productivas y urbanas

en que se basan. Sellier y Beveridge comprendieron

que ese círculo vicioso debía ser

atacado en su raíz, a pesar de la obstinación del

pueblo y de los empresarios miopes.

Por otra parte, el orden político basado en

la exclusión de las masas (de hecho o de derecho),

la legitimidad de los notables y la represión

de la combatividad obrera también está

tocando a su fin. A partir de 1880 se desarrolla

una nueva generación de sindicatos y los grupos

políticos socialistas o populistas utilizan

las posibilidades que brindan las instituciones

para partir a la conquista del mundo obrero. El

sufragio universal masculino se impone en Europa,

mientras que en Estados Unidos tiene como

consecuencia la derrota de los proceres locales

en los municipios de las grandes ciudades.

Esta evolución exige la creación de ciudadanos,

lo que a su vez implica profundas modificaciones

del comportamiento de las clases dirigentes

y también de las subalternas. La «cuestión so­

Notas

* Este artículo partió del

contenido de una ponencia

presentada a la Conferencia

«Espacio, poder y representación».

Departamento de Antropología, de

la Universidad de California,

Berkeley, en diciembre de 1986.

Agradezco a Paul Rabinow el

haber creado ese fructuoso lugar de

debate y a Gérard Mauger (París)

sus estimulantes comentarios.

1. Royal Commission on the Poor

Law and the Relief of Distress,

Appendix vol. 8, House of

Commons Paper Cd 5066/1910.

Q.78120. pág. 33.

2. Véase Christian Topalov.

«Invention du chômage et

politiques sociales au début du

siècle». Les Temps Modernes 43,

496/497, noviembre-diciembre

1987, págs. 53-92.

3. Charles Booth, Labour and Life

of lhe People, vol. 1, Londres:

Williams & Norgate, 1889,

pág. 596.

4. Royal Commission on the Poor

Law, Appendix vol. 8, Q.78153.

pág. 35.

5. Royal Commission on the Poor

Law, Appendix vol. 8, Q.78049.

pág. 31.

6. Alfred Marshall a Percy Alden,

28 enero 1903, en A.C. Pigou (ed.),

Memorials of Alfred Marshall,

1925. págs. 446-447.

7. Henri Sellier. «Résolution

relative à la création d'un Office

départemental d'habitations à bon

marché», en Conseil général de la

Seine, Procès verbaux et

délibérations, 1914, pág. 333.

8. Véanse Susanna Magri y

Christian Topalov, «De la

cité-jardin à la ville rationalisée:

un tournant du projet réformateur.

Christian Topalov

cial» de ayer expresaba un hecho basado en la

idea de que los obreros eran extranjeros a

la nación; su entrada con todos los derechos en la

sociedad política irá de par con la renovación

de las bases de esta última y una reformulación

de las demandas por parte de las masas. Sólo

con la condición de que todos compartan los

objetivos comunes será posible que el vínculo

social se establezca sobre nuevas bases, que no

serán ni el patronato ni las comunidades cerradas

y hostiles de antaño, sino la participación

en las mismas instituciones políticas. Beveridge

y Sellier son demócratas conscientes de las

precondiciones de la democracia. Los fines comunes

necesarios al organismo social deben ser

proclamados y compartidos. Los ideales científicos

de los reformadores proporcionan una

parte de esos fines comunes y el patriotismo la

otra. Con la Primera Guerra Mundial, progreso

social y patrioterismo cerril revelan con toda

claridad su conexión íntima.

Traducido del francés

Etude comparative France,

Grande Bretagne. Italie, Etats

Unis», Revue Française de

Sociologie 28, 3, julio-septiembre

1987, págs. 417-451.

9. Henri Sellier, La vie urbaine 3.

1919.

10. Henri Sellier, Rapport au

Conseil d'administration de l'Office

public d HB Mde la Seine. Le rôle

et les méthodes de l'Office public

d'HBM de la Seine, 1919.

11. Henri Sellier, «Conférence à

l'Assemblée générale de la Société

Française des HBM ( 1922)», La

Vie Urbaine 19. 1923.

12. Maurice Halbwachs, La classe

ouvrière et les niveaux de vie, Paris:

F. Alean, 1913.

13. Lawrence Veiller, «Housing

Reform through Legislation»,

Annals of the American Academy of


De la «cuestión social» a los «problemas urbanos»: los reformadores y la población de las metrópolis... 353

Political and Social Science 51,

enero 1914, pág. 71.

14. Es la tesis de la mayoría de los

«policy studies», desde los de Webb

hasta 1960, e incluso después.

Véase, para el problema de la

vivienda: Roy Lubove, The

Progressives and the Slums:

Tenement House Reform in New

York City, 1890-1917, Pittsburgh.

University of Pittsburgh Press,

1962; Henri Guerrand, Les

origines du logement social en

France, Paris: Editions Ouvrières,

1966: Enid Gauldie, Cruel

Habitations: A History of

Working-Class Housing,

1780-1918, Londres: Allen &

Unwin, 1974; A.S. Wohl, The

Eternal Slum: Housing and Social

Policy in Victorian London,

Londres: Edward Arnold, 1977. En

cuanto a la desocupación: Robert

H. Bremner, From the Depths: The

Discovery of Poverty in the United

States, Nueva York: New York

University Press, 1956; Roy

Lubove, The Struggle for Social

Security, 1900-1935, Cambridge,

Mass., Harvard University Press.

1968; John A. Garraty,

Unemployment in History:

Economic Thought and Public

Policy, Nueva York: Harper and

Row, 1978.

15. Véanse G.D.H. Cole y

Raymond Postgate, The Common

People. 1746-1946, Londres:

Methuen, 1949, págs. 542-567 y,

más recientemente, Norman

Guinsburg, Class, Capital and

Social Policy, Londres. Macmillan,

1979. Acerca de la vivienda,

véanse Marc Swenarton, Homes

Fit for Heroes: The Politics and

Architecture of Early State Housing

in Britain, Londres: Heinemann,

1981. Acerca de la desocupación,

interpretaciones más sutiles:

Frances F. P¡ven y Richard A.

Cloward, Regulating the Poor: The

Functions of Public Welfare,

Nueva York: Pantheon Books.

1971 ; Alexander Keyssar, Out of

Work: The First Century of

Unemployment in Massachusetts,

Cambridge: Cambridge University

Press, 1986.

16. Véanse los numerosos autores

que siguen las ideas de Foucault:

Lion Murard y Patrick Zylberman,

«Le petit travailleur infatigable ou

le prolétaire régénéré.

Villes-usines, habitat et intimités

au xixe siècle». Recherches 25,

noviembre 1976; Jacques

Donzelot, La police des familles,

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Cambridge, Mass., MIT Press,

1983.

17. Henry Pelling, «The Working

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Welfare State», en Popular Politics

and Society in Late Victorian

England, Londres: Mcmillan,

1968, págs. 1-18.

18. No es posible citar

sistemáticamente todas las fuentes

originales en que se basa este

pasaje. En cuanto a la

historiografía reciente, véanse en

especial: Alain Cottereau, «Les

débuts de la planification urbaine

dans l'agglomération parisienne».

Sociologie du Travail 18, 4,

octubre-diciembre de 1970, págs.

362-392 y «Vie quotidienne et

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1870», introducción a Denis

Poulot, Le sublime, ou le

travailleur comme il est en 1870, et

ce qu 'il peut être, Paris: Maspéro,

1980, págs. 7-102; Gareth Stedman

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in Victorian society, Oxford,

Oxford University Press, 1971;

Michelle Perrot, «Les ouvriers,

l'habitat et la ville au xixe siècle»,

en La question du logement et le

mouvement ouvrier français, Paris:

Editions de la Villette, 1981, págs.

18-39; Pat Thane. «The Working

Class and State 'Welfare' in

Britain, 1880-1914». Historical

Journal 27, 4, 1984, págs. 877-900.

19. Véase Peter Schöttler, Die

Entstehung der «Bourses du

Travail»: Sozialpolitik und

französischer Syndikalismus am

Ende des 19. Jahrhunderts,

Francfort del Meno: Campus

Verlag GmbH. 1982; Robert M.

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Academic Press, 1984; Christian

Topalov, «Aux Origines de

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travail et de la production, Paris:

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49-66.

20. Susanna Magri, Le mouvement

des locataires à Paris et dans la

banlieue parisienne, 1919-1925.

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de Sociologie Urbaine, 1982 y «Le

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1904-1984, Nueva Brunswick, N.J.

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págs. 39-93.

21. American Federation of

Labor, Report ol Proceedings of the

Thirty-Fourth Annual Convention,

Washington. D.C.. Law Reporter

PrintingCo., 1914. pág. 263.

22. Véanse el «Programa mínimo»

de la CGT francesa en 1918 y sus

comentarios en la prensa sindical.

Estas referencias proceden de los

estudios que está efectuando

Susanna Magri.

23. Véase Alain Cottereau, «La

tuberculose: maladie urbaine ou

maladie de l'usure au travail?

Critique d'une epidemiologic

officielle: le cas de Paris»,

Sociologie du travail 20, 2, 1978,

págs. 192-224.

24. Véase Eric R. Wolf, Europe

and the People Without History,

Berkeley: University of California

Press, 1982, págs. 184-192.


354 Christian Topalov

25. Véanse las fuentes de la

tradición: Richard Hofstadter. The

Age of Reform: From Bryan lo

F.D.R., Nueva York, Vintage

Books, 1955.

26. Acerca de este ultimo punto,

véase Paul Rabinow, French

Modern: Norms and Forms of the

Social Environment, Cambridge,

Mass.: M.I.T. Press, 1989. págs.

118-123.

27. Robert E. Park y Ernest W .

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University of Chicago Press, 1921.

pág. 45.

28. William Beveridge,

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Industry, Londres: Longmans,

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29. Véase David Harvey, The

Urbanization of Capital, Oxford:

Basil Blackwell, 1985.

30. Sydney Webb y Beatrice

Webb, The Prevention of

Destitution, Londres: Longmans,

Green and Co.. 1911, págs. 150

y 151.

31. John Nolen, «The Housing

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Government», en National

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of the Seventh National Conference

on Housing, Boston, November

25-27, 1918, Nueva York:

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32. Alfred Marshall, «The

Housing of the London Poor»,

Contemporary Review 45. febrero

1884, págs. 226-232.

33. Léon Jaussely,

«Avertissement», en Raymond

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de ville, Paris: Librairie Centrale

des Beaux-Arts, 1922.

34. W.S. Churchill y Llewellyn

Smith, «Notes on Malingering», 6

junio 1909, Beveridge MSS, citado

en Bentley B. Gilbert, «Winston

Churchill versus the Webbs: The

Origins of British Unemployment

Insurance», American Historical

Review 71, abril 1966, pág. 856.

35. Hubert Llewellyn Smith,

«Economic Security and

Unemployment Insurance»,

Economic Journal 20, diciembre

1910.

36. Committee of the Regional

Plan of New York and Its

Environs, Regional Survey of New

York and Its En virons, Nueva

York: Regional Plan of New York

and Its Environs, vol. 1, 1929,

Pág. 31.

37. Jaussely, «Avertissement», op.

cit. pág. 111.

38. Committee of the Regional

Plan of New York, Regional

Survey, vol. 1, op. cit., pág. 18.


América latina:

una historia urbana

Graciela Schneier

Introducción

Un crecimiento acelerado, metrópolis gigantescas,

un sector terciario desproporcionado, innumerables

suburbios, barracas y ocupaciones

ilegales de tierras...: estas son, tanto para el

simple observador como para el especialista,

las características de la urbanización latinoamericana.

Difundida por los medios de comunicación,

esta visión simplista es corroborada

por ciertas investigaciones

y alimentada por la acción

de los principales actores

(promotores, planificadores

y políticos).

Las ciudades latinoamericanas

se presentan hoy

en día como modelos de

una gestión imposible, que

pretende garantizar la difícil

coexistencia de la miseria

y la opulencia y de las

culturas indígenas, africanas

y europeas con un frágil

arte de la vida. Esta violencia

de lo urbano llega hasta

nosotros en forma de imágenes fuertes, casi insoportables:

escenas de revueltas, de represión

y pillaje, bandas de niños perdidos -«gamines»

de Bogotá o «pixotes» brasileños- que pueblan

la mala conciencia de los telespectadores occidentales...

En medio de este desorden, una mitología

reductora brinda un embrión de identidad a los

habitantes de estas ciudades: Río de Janeiro es

«la ciudad más bella del mundo», México «la

más grande» o Sao Paulo «la que crece más rápido»...

RICS 125/Set. 1990

Graciela Schneier, arquitecto y geógrafa

argentina, es investigadora en el Centre

de Recherche et Investigation sur

l'Amérique Latine (CREDAL/CNRS),

París, Francia. También es profesora de

urbanismo en el Institut des Hautes

Etudes de l'Amérique Latine. Sus más

recientes publicaciones son: Buenos Aires:

port de l'extrême Europe (1987) y

Rio de Janeiro: la beauté du diable

(1990).

A primera vista, estas metrópolis son del

Tercer Mundo, ya que reúnen tres características:

pertenecer a zonas de economía dominada,

explosión demográfica y proliferación de formas

de habitat precario.

Pero si se observa la realidad con más detenimiento,

el carácter específico de las ciudades

latinoamericanas se hace evidente: un pasado

colonial común, una industria producto de la

urbanización y un efecto de atracción y repulsión

económica y cultural

respecto del gran vecino

del norte.

En primer lugar, en lo

que se refiere a la explosión

urbana, las cifras son elocuentes:

estos países poseen

la mayor proporción

de población urbanizada

de los países del Tercer

Mundo (41 % en 1950,

69% en 1985 y más del

75 % a fines de siglo) y los

índices de urbanización

son considerables (4 % por

año entre 1950/65 y 3%

entre 1970/85). Las aglomeraciones del subcontinente

figuran entre las principales del

mundo (México 20 millones, Sao Paulo 17 millons,

Río de Janeiro 11 millones, Buenos Aires

10 millones). Otra manera de aprehender esta

realidad: en 1980, 26 metrópolis tenían 100

millones de habitantes, o sea, un 43 % de la población

urbana y más del 28 % del conjunto de

la población.

La importancia de estas concentraciones

metropolitanas es tal que se produce una auténtica

asimilación ciudad/país que se refleja en el


356 Graciela Schneier

En Buenos Aires, como en ludas las ciudades latinoamericanas de origen hispánico, la organización espacial, se basa

en la manzana, o bloque cuadrado de casas. i-'rn-Tchunu.cMraido de Argentina, hduoml Publicaria, S.A.. i yxn

lenguaje corriente: Caracas es Venezuela, Santiago

es Chile. Ciudad de México es México.

Sin embargo, hay notables diferencias regionales:

el Caribe y los países de América Central

se encuentran relativamente poco urbanizados,

mientras que los países templados de América

del Sur tienen niveles de urbanización superiores

al 80 %, comparables a los de los países desarrollados.

Durante mucho tiempo, esta «paradoja

de la hiperurbanización» sirvió para

caracterizar la urbanización latinoamericana,

percibida como un reflejo deformado del proceso

de urbanización de los países desarrollados.

Otro rasgo característico, aunque no necesariamente

específico, es la existencia de un

sector informal considerable en la economía

urbana. Cabe recordar que, aun cuando entre

1950 y 1980 el sector industrial (en particular

en Brasil y México) fue el elemento más diná­

mico de la economía, esta evolución se acompañó

del mantenimiento e incluso de un aumento

de las actividades llamadas informales

(contrariamente al modelo de desarrollo industrial

de los países desarrollados)'. Se estima que

hoy en día el 30 % de la población urbana económicamente

activa está empleada en dicho

sector.

La economía de las ciudades latinoamericanas

se caracteriza hoy en día por la presencia de

un sector informal importante: en Bogotá, los

trabajadores informales representan un tercio

de la fuerza de trabajo urbana: en Lima, ya no

se habla del sector informal, puesto que es el

sector formal el que constituye la excepción de

la regla. Estos datos están directamente relacionados

con la extensión de la pobreza urbana

que afecta a vastos sectores de la población en

las ciudades latinoamericanas.


America latina: una historia urbana 357

J L -J L J L

1

CALLS

i r i

c A L L e

La manzana, unidad básica de las ciudades hispánicas en América latina. Dibujo de Graciano Gaspanni. extrai Jo de Urbanismo

Español en America, \rcbi\o General de Indias. Sewlla. I spaña. 1473

El concepto de marginalidad, que alimentara

numerosos debates durante los años sesenta,

aparece ilustrado hoy con mayor fuerza: ya sea

por una segregación espacial brutal que estratifica

la sociedad desde el «country club» al «rancho»

o desde el «condominio fechado» a la «favela»

2 , por la crisis generalizada de las

infraestructuras urbanas y por la incapacidad

que se comprueba en todos los países para brindar

servicios colectivos y viviendas sociales en

cantidades suficientes para satisfacer una demanda

no solvente (y aun parcialmente solvente).

No es sorprendente que en todas partes el

sector popular este «hambriento de tierra» y se

exprese en múltiples procedimientos ilegales o

paralelos para acceder a ella (autoconstrucción,

ocupaciones colectivas de tierras, apropiación

ilegal de solares, etc.).

De hecho, y al margen de las reglas de gestión

de la ciudad y de sus mecanismos institucionales,

los habitantes toman a su cargo un auténtico

«desarrollo» popular de la ciudad.

Sin embargo, la referencia a un modelo

«tercermundista» o a una especificidad latinoamericana

no basta para explicar esta realidad

urbana. Legados culturales múltiples se entrecruzan

o se yuxtaponen creando sociedades

originales: los dameros de la ciudad colonial

hispánica son atravesados por ferrocarriles ingleses

que llegan a estaciones construidas «a la

francesa», cuyo carácter monumental no tiene

nada que envidiar a sus modelos europeos. El

urbanismo «a la Haussmann» sirve de base para

rascacielos, automóviles y modos de vida

calcados o reelaborados de una «amcrican way

of life» que se extiende también a las periferias

lejanas donde proliferan las antenas de televi-

r


358 Graciela Schneier

sión y los «blue jeans», o donde el quechua se

mezcla con los «okeys» y el rock con la salsa 1 .

En algunos casos, estas ciudades se asemejan

más a las metrópolis de los países occidentales

desarrollados. «Hija de Nueva York y de

Houston, a las puertas de la tecnología de los

Estados Unidos y la más histórica de las grandes

ciudades latinas» 4 , México puede considerarse

el paradigma de la América latina contemporánea,

así como Sao Paulo, primer

centro industrial de América del Sur, es el paradigma

del Brasil contemporáneo, verdadero laboratorio

de su proyecto de «país del futuro».

Buenos Aires o Montevideo tienen, por su parte,

un capital urbano fantástico de la primera

mitad de este siglo, sólo comparable con París

o Londres, pero que no logran adaptar a las exigencias

del desarrollo moderno.

Más allá de esta originalidad, el continente

ha sido innovador al crear modelos que hicieron

época, como Brasilia, verdadera civilización

«extra-territorial» 5 , modelo de lo que

constituye hoy la creación de una civilización

urbana.

I. El orden histórico

La historia del continente latinoamericano se

confunde en gran parte con la de sus ciudades.

El modelo urbano que prevalece hoy día es un

producto compuesto de todas estas herencias

sucesivas. Su adaptación a las condiciones del

mundo contemporáneo ha sido por ende muy

rápida y, desde muchos puntos de vista, más

brutal e improvisada.

La ciudad, instrumento de creación

de un mundo nuevo

Desde el «descubrimiento» y durante todo el

siglo xv, la América que en el siglo XIX se llamará

«latina» se constituye como una réplica

de! mundo europeo -un mundo de ciudades-,

pero una réplica amplificada y deformada...

La América indígena era un mundo esencialmente

rural. Sólo en las sociedades altamente

desarrolladas y estructuradas hubo algunas

grandes ciudades -Tenochtitlán (el México

actual) y Cuzco, capital del imperio inca- que

superaban en población y complejidad urbana

a numerosas ciudades europeas contemporáneas.

La mayoría de las ciudades indígenas fue­

ron destruidas y reemplazadas por establecimientos

coloniales.

La destrucción de las viejas culturas era una

condición esencial para crear la nueva Europa

en un espacio considerado vacío. Basta con

evocar los nombres que se dieron a los territorios

(Nueva España, Nueva Granada...) y sobre

todo a las ciudades, que fueron a menudo bautizadas

como sus homologas de la metrópoli

(Valencia, Córdoba, Medellín, La Rioja, Cartagena).

La vida colonial portuguesa fue más pragmática

y se organizó en torno a las plantaciones

y a los ingenios de caña de azúcar. Factorías

como las de Bahía, Recife, Olinda o Río no se

desarrollan y adquieren autonomía hasta el siglo

xviii, en contacto con el mundo europeo, y

sólo en el siglo XIX adquirirán una importancia

comparable a la de las regiones hispánicas. En

estas últimas, la nueva sociedad fue, desde sus

orígenes, una sociedad urbana.

De México a Santiago de Chile o a Buenos

Aires, el imperio colonial español fue constituido

por una red cuya función era la de asegurar

el control territorial y el mantenimiento de

vínculos con la metrópoli. La mayoría de los

centros urbanos de la América hispánica actual

fueron construidos en el siglo xvi.

Más que un hecho físico, la ciudad fue el

instrumento de un proyecto colonial asentado

sobre bases jurídicas y teológicas. Un mismo

marco institucional -las leyes de Indias- aseguró

la unidad del modelo y los principios de una

nueva sociedad «compacta, homogénea y militante».

Las actas de fundación, la distribución

de tierras y la organización municipal en cabildos

trazaban una ciudad destinada a servir de

apoyo a una sociedad dual, la de los conquistadores

y la de los conquistados. La plaza central,

plaza de armas rodeada por los símbolos del

poder -la catedral, el fuerte, el cabildo y las casas

de los «vecinos propietarios»- es de por sí

la encarnación del modelo.

Todas las ciudades latinoamericanas de origen

hispánico llevan la impronta de estos principios

de organización espacial. Extendido (como

en Buenos Aires), o limitado (como en

Caracas) el trazado colonial proporciona las

unidades de la urbanización (la manzana) y del

habitat (dimensión de las parcelas). Algunos

centros de ciudades como los de Lima (que fue

la capital del virreinato). La Habana o Quito,

conservan aún toda su riqueza.


América latina: una historia urbana 359

Concebidas para asegurar la homogeneidad

del imperio, las ciudades van a sufrir un proceso

de transformación y serán intermediarias

entre la metrópoli y las colonias y se convertirán

en lugares de producción de nuevas ideas y

de formación de sociedades locales.

Estas evoluciones divergentes en ciudades

de idéntico origen es un aspecto esencial y original

de la urbanización latinoamericana.

De la ciudad «ideal» a la ciudad «real»

Durante el siglo xvili se consolida en las ciudades

un poder mercantil fuerte. Los sectores comerciales

y financieros y las actividades de intermediación

dominan economías que se

reorganizan para adaptarse a las transformaciones

del sistema mundial. Las ciudades se diversifican

en función de sus actividades económicas

y políticas, ya sean capitales (México,

Lima y Bahía) u otras aglomeraciones (Guatemala,

Bogotá, Caracas, La Habana, Buenos

Aires, Río de Janeiro). Paralelamente, se consolidan

centros con vocación militar, administrativa,

universitaria y cultural.

Esta evolución coincide con el surgimiento

de una burguesía criolla (los hijos de españoles

nacidos en América) que transformará el orden

formal de la ciudad de Indias y le imprimirá un

nuevo sello. Se trata de burguesías urbanas que

constituyen las primeras élites sociales: son las

que imaginarán las independencias y las llevarán

a cabo a través de revoluciones urbanas a lo

largo del siglo XIX.

Durante los años posteriores a los movimientos

de emancipación, se forman nuevas

ciudades: Tampico (México), Colón (Panamá),

Barranquilla (Colombia) -«frutos espontáneos

del comercio»-, mientras que otras ciudades se

transforman consolidando la diferenciación

entre el centro reservado a las familias «de la

plaza» y la «gente decente» y los suburbios destinados

al «populacho».

Los procesos de desarrollo de los diferentes

países latinoamericanos se inscriben en el marco

de las transformaciones económicas de Europa

y Estados Unidos. Aun cuando movimientos

regionales dirigidos por grupos rurales

lograron dominar la escena política y militar,

las nuevas élites contribuyen a insertar las ciudades

en una especialización internacional.

Abiertas a la influencia extranjera, las ciudades

se enriquecen y transforman logrando dominar

los problemas sociales y políticos. La centralización

de las economías favoreció a las capitales

y a los puertos: Buenos Aires, Montevideo y,

sobre el Pacífico, Valparaíso (Chile).

Durante todo este período, en el cual continuaron

siendo los focos de actividad comercial

e intelectual, el rol de las capitales fue decisivo.

Río de Janeiro es el ejemplo más elocuente.

Tras la instalación de la corte de Portugal, fue

la primera ciudad en la que se operaron cambios

importantes en su fisonomía, gozando de

un esplendor evidente debido a su papel de capital

imperial y portuaria. Aún hoy subsisten

huellas de la influencia europea en la arquitectura

y en el carácter monumental del trazado

del centro, así como en la vida cotidiana (como

el «five o'clock tea» que acompañó a las inversiones

inglesas en los ferrocarriles, los tranvías

o la electricidad y que se encuentra frecuentemente

en América latina).

El surgimiento de la ciudad burguesa

Bajo la influencia de la división internacional

del trabajo, América latina se organiza como

periferia del mundo industrial, a la vez productora

de materias primas (café, caña de azúcar,

salitre, caucho, carne o trigo, etc.) y consumidora

potencial de productos manufacturados.

Los cambios económicos y sociales que se

producen en algunas ciudades atestiguan claramente

de esta transición del mundo colonial a

la metrópoli moderna: crecimiento y di versificación

de la población, multiplicación de las

actividades, transformación del paisaje urbano,

cambio en las costumbres y en los modos de

pensar, etc. A la influencia europea viene a sumarse

ahora, en el Caribe y en América Central,

la de Estados Unidos. En las capitales portuarias

es donde se puede observar mejor la

prosperidad y los cambios que caracterizan este

período: Río, Montevideo, Panamá, La Habana,

Buenos Aires e incluso Caracas y Lima

(con sus puertos de La Guaira o El Callao).

Empero, no todas estas capitales tuvieron el

mismo esplendor: Buenos Aires, que tenía en

ese entonces la mayor población (dos millones

de habitantes en 1920), fue sin lugar a dudas la

que experimentó la evolución más compleja,

con el aporte de la inmigración europea, un desarrollo

industrial considerable y grandes inversiones

urbanas.

Casi todas estas metrópolis duplicaron o tri-


360 Graciela Schneier

plicaron su población en los cincuenta años que

siguieron a 1880. Lugar de actividad de hombres

de negocios e intermediarios, estas ciudades

fueron el escenario de una lucha cruenta

por el poder. La nuevas burguesías, en plena

ascensión social y económica, dominan la política

y configuran las ciudades a su imagen. En

pocos años, 20 o 30 ciudades constituyen la armazón

de una nueva sociedad y engendran una

nueva cultura urbana en torno a la «ideología

del progreso». Esta imagen del progreso, que

provenía de la Inglaterra victoriana, de la Francia

del Segundo Imperio y más tarde de la Alemania

imperial, dio una cohesión indudable a

esta nueva clase dirigente que estaba decidida a

responder al desafío del exterior y a asumir la

misión tradicionalmente atribuida al «hombre

blanco».

Un aspecto característico de este período,

que adquirió mayor o menor amplitud según

los casos, es el lanzamiento de programas de

renovación urbana. Los centros tradicionales

fueron objeto de proyectos de ordenamiento

urbano inspirados en mayor o menor medida

en la transformación de París bajo el prefecto

Haussman. El trazado de avenidas y la construcción

de edificios públicos y de residencias

particulares de gran lujo son los símbolos de

esta modernidad monumental de comienzos de

siglo.

Transformadas por el aporte de inmigraciones

diferentes (europeas, en combinación con

la población mestiza, indígena o negra) y por el

desarrollo del trabajo industrial y de los servicios

urbanos 6 , las clases populares afirman progresivamente

su presencia y se registran las primeras

tentativas de organización social y

sindical.

El fenómeno más significativo fue sin lugar

a dudas el crecimiento y la formación de las

clases medias (comerciantes, profesiones liberales,

burócratas, militares, etc.) que provocó el

surgimiento de nuevas modalidades de participación

política y la formación de partidos que

desafiaron el poder de las viejas oligarquías en

busca de democracias más amplias. Todo ello

corresponde a un cambio esencial: la ciudad se

ha transformado en una «ciudad de masas».

En la mayoría de ellas, el centro cambia de

función: en Buenos Aires, Santiago de Chile,

Montevideo, Caracas o México las familias «de

la plaza» (la clase superior) emigran hacia barrios

más elegantes, nacidos de la parcelación

de propiedades rurales, al mismo tiempo que se

forman parcelas menores en los barrios para las

clases medias o modestas, deseosas de ascensión

social y poseídas por el sueño de la «casa

propia». Ya desde comienzos del siglo, la especulación

inmobiliaria y la autoconstrucción

son aspectos primordiales de la urbanización

latinoamericana.

Con la instalación de tranvías por empresas

extranjeras con amplios intereses (compra de

terrenos, construcción de infraestructuras, etc.)

se favorece la construcción de nuevos barrios y

la implantación de industrias que extienden las

zonas periféricas y modifican la escala de la

ciudad. Muchas de ellas mejoraron sus infraestructuras

y rápidamente se instalaron los principales

sevicios en las más importantes.

Sin embargo, en la mayoría de las aglomeraciones

menores la estructura colonial se mantuvo

casi sin cambios. Citando a un viajero de la

época, José L. Romero señala «en Argentina ...

pasar de la capital a la provincia equivale prácticamente

a retroceder de la nación a la colonia».

A su juicio, esta afirmación es válida para

toda América latina.

II. La explosión urbana del siglo XX

La crisis de los años treinta contribuyó en gran

medida a unificar los destinos de los pueblos

latinoamericanos. En ella radicaron cambios

fundamentales y variados en sus economías, en

sus sociedades y en la organización del espacio.

Los distintos países iban a promover políticas

de industrialización, un modelo de sustitución

de las importaciones y la idea de un Estado regulador,

promotor del desarrollo y planificador,

cuyo objetivo sería consolidar la soberanía

nacional y garantizar la cohesión interna.

Las profundas modificaciones en el sector

primario de la producción provocaron un éxodo

rural que encauzó hacia las ciudades a grandes

sectores de la población en busca de empleo

y mejores condiciones de vida. Ya con anterioridad,

la revolución mexicana de 1910 había

desencadenado un proceso de desarraigo rural

que en 1920 había dado lugar a una «marcha

hacia las ciudades». En Perú, los «serranos»

(habitantes de los Andes) bajaron hacia la costa,

atraídos por el desarrollo industrial de Lima

y otros centros. La crisis del salitre precipitó a

miles de desempleados sobre las ciudades chi-


. ¡mérica launa: una historia urbana 361

.•¿•W

- ^

1930

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\L ú. v

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Ur*:--'

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ro lf>. no\ lembre de 1987.

lenas, y lo propio ocurrió con las ciudades brasileñas

como consecuencia de la sequía y la crisis

del café. El despoblamiento de las áreas rurales

y el deterioro de numerosos centros

urbanos fueron una consecuencia del cese de la

explotación de los recursos agrícolas y mineros.

En las ciudades sufrieron una explosión demográfica

y social, acompañada del desempleo

y la miseria. Mientras que a comienzos del siglo

XX sólo 10 ciudades superaban los 100.000 habitantes

y Buenos Aires era la única que alcanzaba

el millón, en 1940 otras tres ciudades

habían rebasado dicho umbral (México, Sao

Paulo y Río de Janeiro). Desesperados o esperanzados,

los inmigrantes inundaron las ciudades

y comenzaron su «larga marcha» para su

inserción en la sociedad urbana.

Aunque la Segunda Guerra Mundial causó

una cierta mejoría en las condiciones de vida a

causa del desarrollo económico que trajo consigo

y de las medidas sociales de algunos gobiernos

de corte populista (Cárdenas en México,

Vargas en Brasil, Ibáñez en Chile, Perón en Argentina,

etc.), el cambio esencial radica en el

papel motor que desempeñaron algunas metrópolis

en el desarrollo económico, regional y nacional.

En realidad, la migración de las zonas

rurales hacia la ciudad transformó a América

latina de forma irreversible.

El proceso de metropolización se inició lentamente,

cobró impulso y siguió desarrollándose

hasta nuestros días. Las analogías que podrían

establecerse basadas en las cifras con

otros procesos similares en Europa y en los Estados

Unidos son tan sólo en apariencia. El fe­

nómeno presenta características culturales y

sociales específicas y cada ciudad afectada se

constituyó en un polo concreto.

Centro/periferia: la ciudad de las masas

La inmigración provocó cambios profundos en

las ciudades. Los grupos de inmigrantes sufrieron

un largo proceso de enfrentamiento adaptación

y asimilación recíproca con la sociedad

urbana «normalizada» (sobre todo con las clases

populares y la pequeña clase media). Se trata

de un proceso que todavía sigue vigente y del

cual se siguen observando actualmente las consecuencias

en la vida cotidiana y política de las

ciudades.

La formación de las masas urbanas corrió

parejas con la industrialización. En algunos lugares

se formó un proletariado industrial, con

sus organizaciones sindicales, que posteriormente

se convertirían en la élite de las clases

populares. Los otros mecanismos de socialización

en el medio urbano fueron tradicionalmente

la industria de la construcción, los servicios

urbanos y el pequeño comercio. Las

nuevas masas urbanas fueron integrándose así

de modo paulatino durante las décadas posteriores

paralelamente a la evolución del contexto

económico y político. La industrialización y

las actividades urbanas aceleraron también el

desarrollo de las clases medias, cuya importancia

aumentó en la mayoría de las ciudades.

Puede afirmarse que el bienestar y la movilidad

social caracterizan todo este período a pesar de

las crisis económicas y sociales.

A comienzos de los años sesenta, las hipóte-


362 Graciela Schneier

sis según las cuales existía un desarrollo armonioso

siguiendo la vía abierta por los países industrializados,

fueron objeto de una revisión

crítica. Las teorías «desarrollistas», así como su

contrapartida sociológica, las teorías de la modernización,

se basaban en efecto en la capacidad

de expansión de la industria. En este proceso,

la «marginación» debía ser sólo un fenómeno

transitorio, vinculado a la transferencia de

la población rural hacia las actividades industriales.

Ahora bien, ya en esa época se comprueba

que una parte creciente de la población está

empleada en actividades que son a la vez poco

productivas y escasamente lucrativas. La situación

se agravó en los centros urbanos en los que

se concentraba en esa época el 60 % de las personas

desempleadas y subempleadas.

Los cambios urbanos de este período se caracterizan

por la influencia material, cultural y

tecnológica que ejercen los Estados Unidos. En

las principales ciudades que disponen de medios

materiales y financieros suficientes se produce

un proceso dual de extensión de las periferias

y de verticalización de los centros. Las metrópolis

adoptan una configuración hecha de

rascacielos, centros comerciales y grandes cinematógrafos

con toda la simbologia de la sociedad

de consumo. La mayor actividad comercial

y la demanda de locales comerciales y de

oficinas justifica la inversión en los centros mediante

la construcción de las llamadas «torres»

(«Silencio» en Caracas, «Latinoamericana» en

México, etc), que dejan la ciudad colonial o europea

definitivamente a sus pies.

La extensión de las tramas urbanas que yuxtaponen

nuevos barrios y actividades comerciales,

crea una nueva «centralidad» basada en

funciones financieras e internacionales y hace

que los centros tradicionales (Avenida Paulista

en Sao Paulo, por ejemplo) se queden anticuados.

A pesar de la existencia formal de numerosos

planes de urbanismo, el ordenamiento de

las ciudades es el resultado de intervenciones

de tipo sectorial: se modernizan las infraestructuras

(agua, electricidad), se reemplazan los

tranvías y se desarrolla el transporte por carretera

mediante la construcción de vías rápidas

(«periférico» de México, autopistas de Caracas)

y ferrocarriles subterráneos 7 .

El desarrollo de las redes viárias y la formación

espontánea del servicio de transportes colectivos

provoca un cambio de escala en la urbanización.

Las implantaciones industriales y

las nuevas redes urbanas rebasan ampliamente

los límites administrativos creando así «regiones

metropolitanas», que son auténticas conurbaciones

que absorben en su esfera económica

y social a los municipios o ciudades vecinos.

Este cambio de escala acelera la disolución del

modelo de ciudad europea.

En oposición a una jerarquía rígida centroperiferia,

se desarrollan configuraciones múltiples.

La imagen de la «ciudad-hongo» refleja

adecuadamente esta expansión vertiginosa y

multidireccional del tejido urbano, asociada a

la desintegración de la «centralidad» tradicional

(Sao Paulo), su desplazamiento (Caracas), a

su consolidación (Buenos Aires), o al proceso

de «barraquismo» (México). La dispersión periférica

se efectúa siguiendo tres ejes: los nuevos

tipos de habitat de lujo de las clases adineradas,

«autocentrados» y vistosos («Copacabana»

e «Ipanema» en Río; «Providencia» en

Santiago de Chile; «El Pedregal» en México;

«Miraflores» y «Monterrico» en Lima; «Chapinero»

en Bogotá, etc.); los suburbios de casitas

unifamiliares y los agrupamientos de viviendas

precarias. En los años sesenta se estima que vivían

en viviendas precarias el 35 % de los habitantes

de Caracas, el 25 % de los de Lima y el

38 % de los de Río de Janeiro. Estas cifras siguieron

aumentando en los años posteriores.

Este habitat precario, asociado al desempleo

y al subempleo, es una de las dimensiones

fundamentales de la pobreza en las ciudades,

que irá agravándose con las políticas económicas

y sociales de las décadas siguientes.

El desarrollo de las clases medias instaladas

en el centro de las ciudades causó numerosos

problemas en materia de vivienda. Las clases

medias, que tradicionalmente estaban instaladas

en el centro, se vieron obligadas a dispersarse

por las periferias, en pequeñas casas individuales,

en grandes bloques de casas o en

«ciudades jardín» o, incluso, en ciudades periféricas

-Ciudad Satélite (México) o Ciudad

Kennedy (Bogotá). Algunas capas medias o

más acomodadas se fueron a vivir a edificios de

apartamentos, generalmente fruto de operaciones

de especulación inmobiliaria. Este tipo de

habitat, inició una transformación profunda de

las relaciones de vecindad y los reemplazó por

un vecindario modelo, basado en el individualismo

y la movilidad social.

Hacia fines de este período, se constataba la

existencia de una crisis generalizada de los ser-


América latina: una historia urbana 363

vicios públicos en la mayoría de las ciudades:

hospitales, escuelas, y también infraestructuras

(electricidad, agua, etc.). El sistema de transporte

arrojaba ya un déficit importante y, a pesar

de numerosas acciones del sector público,

aparecieron graves distorsiones entre las necesidades

de la población y los servicios ofrecidos.

Durante los años setenta, en la mayoría de

estos países la crisis mundial transforma los

comportamientos económicos y sociales que

habían imperado durante más de 40 años. El

endeudamiento y los programas de ajuste modificaron

el «perfil» económico y productivo

del Estado, así como sus relaciones con el mercado

y la sociedad.

Con miras a reclamar el pago de la deuda, a

partir de 1982 los países «dominantes» imponen

el control de las economías latinoamericanas

por parte del Fondo Monetario Internacional,

con todas las consecuencias para el desarrollo

de estas naciones derivadas de la carga de

una deuda importante. El Estado, regulador y

árbitro social, acepta una triple tendencia a la

liberalización, la privatización y la «transnacionalización»

del sector público que deja muy

poco margen a lo social.

Inmigrantes, marginados,

habitantes y ciudadanos

La crisis tiene efectos devastadores para las clases

populares y las zonas tradicionalmente desprovistas

de equipamientos colectivos. Pero

sus efectos también se dejan sentir entre las clases

medias.

Esta re formulación, aplicada por dictaduras

o democracias (las «democraduras») puede revestir

modalidades diferentes pero en todos los

casos ha supuesto una transferencia de riqueza

hacia los grupos económicos más privilegiados,

así como la transformación de las reglas que

regían el mercado del trabajo (nuevas relaciones

caracterizadas por la proliferación de contratos

eventuales, el debilitamiento de los sindicatos

y el crecimiento del sector informal).

A pesar de las escasas informaciones de que

se dispone, numerosos estudios han señalado

que el aumento del empleo en el sector informal

coincide con una reducción de los ingresos

medios. En 1980, del 75 al 80 % de los empleados

del sector informal tenían ingresos inferiores

al mínimo legal. En Costa Rica y Venezue­

la, por ejemplo, aproximadamente el 70 % de

los trabajadores del sector informal pertenecían

a hogares pobres, y la situación ha seguido

empeorando.

La disminución de la oferta de empleos y la

reducción de los salarios causaron en todas partes

un descenso del nivel de vida y una sobrecarga

de trabajo doméstico (que debe compensar

la disminución de las compras y de las

actividades en el exterior) así como un hacinamiento

de las familias. Las mujeres se ven particularmente

afectadas: las de la clase media comienzan

a trabajar en el sector de los servicios y

las que no tienen estudios se dedican al servicio

doméstico (que disminuye) o a la venta ambulante.

También prolifera el trabajo de los niños.

Los sectores populares sufren las consecuencias

de un mayor empobrecimiento y una disminución

de la protección social (vinculada al trabajo

fijo) que contribuye a debilitar las familias. Los

vínculos de solidaridad pierden fuerza y se producen

situaciones extremadamente conflictivas

en las periferias pobres, superpobladas y desprovistas

de los servicios básicos, en las cuales ha

aparecido un gran número de actividades informales

nuevas (recuperación de materiales, ropa

vieja, aprovechamiento de basuras, etc.), que

compiten con las pequeñas actividades tradicionales

de subsistencia.

Este proceso general se ha visto aún más

acentuado por la creciente inoperância de la intervención

del Estado, que abandona sectores

enteros de la asistencia social y tiende a delegarlos

a las colectividades territoriales. For todas

partes se han aplicado medidas compensatorias

en materia de empleo y ayuda alimentaria,

con miras a restituir a estos Estados una

cierta legitimidad social y evitar una intensificación

de los conflictos sociales.

El empobrecimiento generalizado y la pérdida

de toda esperanza, el hacinamiento al cual

se ven condenadas familias enteras que ya no

pueden pagar sus alquileres ni reembolsar sus

deudas, la malnutrición que se agrava, la disminución

de la escolaridad, son otros tantos factores

que contribuyen a acelerar la crisis física y

psicológica de las familias cuyos miembros se

ven precipitados a la desesperación y la violencia.

Por las calles de las ciudades latinoamericanas

deambulan sin rumbo niños abandonados

y jóvenes sin futuro, las revueltas y el pillaje

son cada vez más frecuentes y el consumo de

droga se va extendiendo.


364 Graciela Schneier

El análisis comparado de encuestas realizadas

con veinte años de intervalo (1966/1985)

sobre la demografía y la estructuración social y

espacial de las «poblaciones» de los barrios populares

de la periferia de Santiago de Chile,

permite trazar la imagen de lo que constituye

hoy la nueva realidad de las ciudades latinoamericanas.

Mientras que en la segunda mitad

del decenio de los sesenta, en los barrios populares

el desempleo apenas superaba la media de

toda la ciudad, en 1985 alcanzaba un 39 %, superando

en un tercio dicha media. Durante este

período, el número total de personas subempleadas

se multiplicó por cuatro en Santiago de

Chile y por cinco en las «poblaciones». El desempleo

afecta sobre todo a las capas jóvenes

de la población (menos de 30 años) y su porcentaje

estimado es de alrededor del 50 %. Hoy en

día, el término «obrero» no puede aplicarse a

los habitantes de estos distritos ya que dependen

de los programas de empleo mínimo o son

desempleados. Casi las tres cuartas partes de

los hogares están por debajo de los umbrales de

pobreza extrema y más de la mitad se encuentran

en una situación de indigencia absoluta.

El parecido físico de las construcciones

(materiales, etc.) entre los dos períodos disimula

un fuerte aumento de la densidad de ocupación

de las viviendas. El «allegado» (persona

que vive en el hogar de otra familia) es, junto

con el desempleado, una de las figuras dominantes

de la escena urbana. Esta situación es

radicalmente diferente del fenómeno de la familia

extendida que se dio en los años sesenta,

y obedece más bien a un proceso generalizado

de degradación de los centros de las ciudades.

La tasa de hacinamiento es, en efecto, reveladora:

en el 41 % de los hogares hay más de tres

personas por habitación, y las camas del 24 %

de los hogares son compartidas por dos o más

personas.

La naturaleza y el comportamiento de los

habitantes ya no se explican por sus orígenes

rurales, sino que obedecen a la dinámica de la

estructura urbana. En 1985, menos del 40 % de

los pobladores eran emigrantes (en comparación

con el 58 % en 1968). Esta población urbana

cultiva los valores de la educación, la movilidad

y el ascenso social y la anima el deseo de

integrarse en la sociedad moderna.

Por último, cabe señalar otra característica,

que no es la menos importante: la inmovilidad

espacial que se debe a la vpz a la exclusión eco­

nómica, a la segregación social y a la carestía de

los medios de transporte.

Los países latinoamericanos, convertidos

en su mayor parte en democracias, decidieron

en los años ochenta reestructurar sus economías

para hacer frente a la crisis mundial y satisfacer

las exigencias de los organismos económicos

internacionales. Con ello, asumían un

riesgo social y político máximo.

En el capítulo siguiente intentaremos explicar

concisamente esta circunstancia, al examinar

los distintos tipos de respuesta -a veces

simples expedientes- que han utilizado los diversos

países latinoamericanos para encarar estas

situaciones. Las soluciones que, a pesar de

su diversidad, corresponden a lo que se puede

denominar los modus vivendi engendrados por

la crisis en que se halla sumida América latina.

Ill Construcción y administración,

o el modus vivendi

Desde sus orígenes, y en particular en el siglo

XX, las ciudades han sido un lugar de experimentación

social y de creación política y cultural.

Sin embargo, para comprender la situación

que impera hoy en las ciudades, se requiere una

comprensión previa de la crisis que afecta a la

vez a los estados nacionales, al modelo de acumulación

de capital y a las relaciones Estado/

sociedad imperantes durante los últimos 30 o

40 años, en particular en las ciudades. Esto se

manifiesta en la evolución de las políticas de

urbanismo y, en especial de la vivienda.

Hasta los años cuarenta, aproximadamente,

salvo algunos grandes proyectos urbanísticos,

la intervención del Estado en el sector del urbanismo

y de la vivienda fue limitada. El acceso a

la vivienda se hacía a través de la oferta del

mercado y las barracas (conventillos, etc.)

construidas para satisfacer la demanda, constituían

tradicionalmente el habitat reservado a

las capas pobres de la población. La influencia

de las reformas sociales, se manifestó en ciertas

experiencias de viviendas baratas, de ciudades

obreras y de cooperativas en las ciudades industrializadas

(«vilas operaias» en Brasil, «casas

baratas» en Argentina). Sin embargo, hubo

conflictos urbanos que enfrentaron a arrendatarios

y propietarios, y durante esta época se

produjeron numerosas «huelgas de alquiler».


América latina: una historia urbana 365

Plano de Brasilia y de sus ciudades satélite, por Oscar Niemeyer. La forma del centro de la ciudad ha sido denominada

«Pájaro de Niemeyer». Extraído de Ramón Gutiérrez, El Urbanismo del Siglo XX en América, 1971.

El Estado y los municipios reaccionaban casi

siempre apoyando a los propietarios y reprimiendo

a los arrendatarios.

De las barracas a las ocupaciones de

terreno: las ciudades autoconstruidas

Paralelamente a este tipo «legal» de habitat pobre,

aparece un nuevo sistema cada vez más

dinámico: el barraquismo (villas miseria, chabolas,

etc.) que elude el control de la administración

local y de los propietarios de terrenos;

las «favelas» de Río, las «barriadas» del Perú,

las «poblaciones» de Chile, las «villas miseria»

de Argentina o los «ranchos» de Venezuela, son

otros tantos ejemplos de viviendas «atípicas»,

construidas por sus ocupantes con materiales

de desecho o, a veces, con los desperdicios de la

ciudad.

Las expresiones «urbanización ilegal» o «ciudad

ilegal» que estuvieron tan en boga, designan

la aparición de estos barrios al margen del derecho

escrito y a veces en contradicción con él.

La importancia de las polémicas sobre la índole

y las causas de la ocupación ilegal, es la

crisis de un pensamiento que desde hace varios

años fundaba sus análisis en el carácter marginal

y autónomo de estas prácticas, en un sistema

dominado por el régimen de la propiedad

privada.

Ahora bien, esta ilegalidad ha adquirido

distintas formas, en particular en función del

régimen de propiedad de la tierra y, sobre todo,

de los distintos tipos de infracciones de las normas:

transacciones pseudolegales en parcelas

clandestinas o «piratas», invasión de tierras,

etc. Estas últimas representan un tipo particular

de la ocupación llamada ilegal y consisten

en prácticas colectivas concertadas de ocupación

de terrenos que tienden a la formación de

un barrio. Según un análisis ya clásico (y ampliamente

difundido), en Lima, donde las barriadas

han experimentado un desarrollo extraordinario,

los investigadores distinguieron

tres tipos básicos de ocupación: invasiones graduales

(«ocupaciones hormiga») de partícula-


366 Graciela Schneier

res; acciones colectivas de carácter político,

que las distingue de cualquier otro tipo de acceso

ilegal, y ocupaciones más o menos autorizadas

por los poderes públicos.

En general, las invasiones se producen en

situaciones de apertura política que incitan a

los Estados a ampliar su base popular y encontrar

una solución a los conflictos provocados

por los problemas de la vivienda. Un ejemplo

ya clásico del carácter político de las invasiones

son los «campamentos» que aparecieron en

Santiago de Chile entre 1968 y 1972: unas

400.000 personas se establecieron por la fuerza

y organizaron comunas libres en la ciudad. En

cambio los períodos de represión política, durante

los cuales los barrios populares se ven sometidos

a medidas de control y de expulsión,

no son propicios a las invasiones. Se estima que

en el período de la dictadura (1976-1982) alrededor

de 120.000 habitantes ilegales fueron expulsados

de Buenos Aires.

En todos estos casos, el Estado siempre se

ha encontrado en el centro de la cuestión de la

tierra: tolerancia, supervisión y colaboración

son prácticas públicas que se observan en todas

las ciudades. En Lima, la gestión de las barriadas

ha corrido a cargo desde un principio de la

Presidencia, y su denominación oficial es «pueblos

jóvenes».

El impacto de la revolución cubana, y el clima

de inestabilidad política que caracteriza a

estos países, incrementó la intervención pública.

Fue entonces cuando bajo la influencia de la

Alianza para el Progreso, surgió por primera

vez una convergencia en las políticas urbanas,

designadas en un principio como políticas de la

vivienda. El objetivo de estas políticas fue doble:

disminuir el desempleo mediante una movilización

de la industria de la construcción y

resolver, mediante la asignación de fondos específicos,

el problema del alojamiento de familias

de bajos ingresos que no pueden encontrar

una vivienda en las condiciones del mercado.

Sin embargo, la intervención de los poderes públicos

se dirigía más bien a solucionar el problema

político planteado por los que vienen a

instalarse a las ciudades, considerados como

una amenaza para el orden público. Se observa

una toma de conciencia gradual por parte de

los organismos públicos y los políticos con respecto

al problema social de la «marginación» y

la «vivienda irregular».

Desde los años sesenta hasta nuestros días

dos tendencias se entrecruzan y se completan

en las políticas públicas relativas a la vivienda

popular.

Por una parte, los Estados nacionales y los

organismos internacionales han abandonado la

noción de «derecho a la vivienda» -concebida

como una vivienda «completa»- que ha sido

sustituido por un «derecho a establecerse», o

«derecho al refugio» y que se asimila a veces al

«derecho a la ciudad». La evolución de los programas

del Banco Nacional de la Vivienda del

Brasil (B.N.H.), creado en 1964 por el gobierno

militar, ha sido ejemplar a este respecto. Este

Banco, destinado en un principio a la financiación

de las viviendas populares y sometido a

normas de rentabilidad, se ha convertido en

uno de los primeros bancos del país contribuyendo

esencialmente con su acción a alojar a

las clases medias. Aunque también ha realizado

algunos proyectos para los sectores populares,

éstos se han dirigido fundamentalmente

hacia la obtención de solares y servicios.

La inexistencia de políticas públicas específicas

para la vivienda popular se ha subsanado

muchas veces con acciones de tipo social o administrativo

para tratar de solucionar el barraquismo.

Estas medidas han obedecido alternativamente

a lógicas de integración o de eliminación

de este tipo de habitat según las

ciudades, los emplazamientos, los objetivos sociales

o políticos de los gobiernos, etc. Otro factor

condicionante ha sido la aparición de organizaciones

populares que se han convertido en

actores de pleno derecho en las ciudades.

Habida cuenta del papel de clientela electoral

que pueden desempeñar los marginados de

las barriadas, las políticas de integración se han

aplicado más bien en países en los que el juego

democrático hace que diferentes partidos se

disputen los votos de estas poblaciones. En

cambio, los regímenes autoritarios dan preferencia

a las medidas de erradicación de estas

barriadas.

La explosión demográfica registrada en Caracas

a partir de los años sesenta es resultado de

esta doble lógica: por una parte, destrucción y

prohibición de las barracas para dejar el campo

libre a la política de grandes obras públicas de

la dictadura de Pérez Jiménez (años cincuenta);

por la otra, «autorización», o incluso «promoción»

(mediante actividades de ordenación)

de la ocupación ilegal de las colinas que dominan

la ciudad construyendo «ranchos», des-


América latina: una historia urbana 367

pues del retorno a la democracia. Treinta años

después, el 60 % de esta metrópoli está constituido

por un habitat «irregular», «marginado»,

cuya gestión se lleva a cabo mediante intervenciones

específicas de los municipios, los organismos

públicos, y los dos partidos mayoritarios,

así como de la acción de las asociaciones

de vecinos de los barrios.

La administración en tiempos de crisis:

el sector informal y los movimientos urbanos

Hacia mediados de los años setenta, aparecen

tres grandes temas de la crisis urbana: la privatización,

la descentralización y la participación.

Los diferentes procesos de privatización de

los servicios públicos (agua, basuras, etc.) y de

descentralización administrativa y territorial

afectaron a las ciudades y modificaron los equilibrios

tradicionales. Los municipios, que son

organismos tradicionalmente «dominados»,

obtuvieron nuevas competencias y responsabilidades

y cargaron con todo el peso de la crisis

urbana.

Las políticas de integración se reforzaron

durante los años ochenta bajo la presión de las

reivindicaciones de la población y de las recomendaciones

de los organismos internacionales

(Conferencia Internacional sobre los Establecimientos

Humanos, celebrada en Vancouver

en 1976), que ponen de relieve la importancia

de la pobreza y la dimensión de esta

creación de la ciudad. Estas políticas hacen

hincapié en la necesidad de una «participación»

que se haría extensiva a nuevos actores

de la vida urbana: el sector informal y las organizaciones

populares.

A pesar de sus dimensiones, el sector informal

fue ignorado hasta los años ochenta. Hoy

día la situación ha cambiado radicalmente y

muchos gobiernos, como el del Perú, dan prioridad

a ese sector en sus políticas. Hay razones

económicas pero también ideológicas que explican

el nuevo interés que reviste el sector informal

para quienes deciden las políticas. La

interpretación tradicional, que insiste en la insuficiente

creación de empleos formales en las

actividades modernas, ha sido sustituida por

enfoques que realzan el carácter de «empresario

capitalista» de numerosos trabajadores del

sector informal y la necesidad de que el Estado

no intervenga, puesto que frena el desarrollo.

El principal interés de estas políticas en favor

del sector informal reside en su bajo costo

presupuestario, ya que requieren esencialmente

medidas administrativas y reglamentarias

que abarcan la asistencia técnica, la capacitación,

la legalización de ciertas prácticas o el respeto

de un mínimo de protección social. La

heterogeneidad del sector -en el que se encuentran

a la vez vendedores ambulantes, propietarios

de pequeños establecimientos transportistas

y trabajadores en pequeños talleres- favorece

las reivindicaciones corporativas. Muchas

de ellas pueden resolverse a nivel local provocando

una descentralización de los conflictos,

que contribuye a reforzar la estabilidad política.

El retorno a la democracia ha puesto en un

primer plano la importancia de los electores del

sector informal, que no sólo son muy numerosos

sino que además han conseguido un cierto

grado de organización. Así, la participación de

los trabajadores informales en los gobiernos locales

ha empezado a adquirir una importancia

no desdeñable como es el caso, desde hace poco,

de la Federación de Vendedores Ambulantes

de Lima.

El paradigma de una sociedad altamente

movilizada por sus luchas urbanas domina la

reflexión sobre la ciudad en los años setenta:

como polo no institucionalizado de la sociedad,

los «marginados» urbanos desempeñaron

un papel importante durante todo este período,

en las manifestaciones por el derecho a la tierra,

las ocupaciones organizadas, las asociaciones

para la autoconstrucción, las revueltas contra

las crisis de los transportes («quebras-quebras»

de trenes, incendio de autobuses, etc.).

Sin embargo, en todos los países, salvo quizás

en el Brasil, se tiende a una disminución de las

acciones colectivas y a una mayor diversificación.

Los movimientos de los años ochenta se caracterizan

por diferencias significativas en relación

a las modalidades de participación de los

años anteriores, que procuraban, a la inversa,

potenciar la acción colectiva y la lucha por la

conquista del poder. Hoy, los movimientos urbanos

se inspiran en una voluntad de integración

social y valoran al máximo la diversidad,

el pluralismo y la autonomía de las fuerzas que

las componen.

Se distinguen dos lógicas, que son más bien

complementarias que opuestas. En primer lugar,

la que reivindican los nuevos movimientos


368

sociales -feministas, ecologistas, regionalistas,

étnicos (indios, negros), culturales (rock nacional)

o éticos (derechos humanos)-, todos los

cuales tienden a definir nuevas modalidades de

acción política. Así, en el Brasil la Iglesia Católica

aglutina y encabeza un gran número de

nuevos grupos sociales que denuncian abiertamente

las carencias que sufren las poblaciones.

El trabajo de las «comunidades eclesiais de base»

y de las pastorales obreras, en zona urbana

por ejemplo, constituyen el primer paso de un

poderoso movimiento urbano que tendrá consecuencias

decisivas para la evolución de las

ciudades brasileñas y que ofrece una alternativa

humanista en materia de gestión urbana.

La otra lógica se manifiesta en un conjunto

de valores y de comportamientos que están

más bien vinculados a la degradación de las

condiciones sociales. Guarda relación con las

estrategias de supervivencia y abarca toda una

serie de soluciones colectivas destinadas a satisfacer

las necesidades esenciales en materia

de salud, vivienda, urbanismo (cantinas comunitarias,

compras de alimentos, etc). Se trata de

intentos de mitigar la debilidad y la desarticulación

de los sectores populares en el contexto

de la crisis.

Entre ambas lógicas aparecen formas nuevas

de solidaridad y de organizaciones de base,

provocadas por las catástrofes: los contraproyectos

que la población damnificada opuso a

los programas de reconstrucción del centro de

México después del terremoto son un ejemplo

del dominio que ejercen los ciudadanos latinoamericanos

sobre sus ciudades.

Con la democratización, los movimientos

urbanos se ven frenados en la mayoría de los

países. Su acción debe tener en cuenta el vigoroso

retorno de los partidos políticos, que enarbolan

reivindicaciones urbanas y se apoderan

de los municipios de las principales metrópolis

(Lima, Sao Paulo, Montevideo...).

Estos nuevos poderes democráticos hacen

frente hoy a un desafío crucial. Por una parte,

las burocracias aceptan el diálogo oficioso con

los nuevos interlocutores que acceden a un reconocimiento

institucional (se crean secretarías

de la juventud, de los pobladores, etc) y,

por otra parte, se registra una descentralización

de los conflictos a nivel de los municipios que

toman a su cargo la mayor parte de las políticas

llamadas de «compensación» en beneficio de

los sectores más afectados. Esta politización

Graciela Schneier

del movimiento urbano ha ido paralela a un

agravamiento de la crisis social. En Río de Janeiro,

por ejemplo, la desorganización de las

potentes asociaciones de vecinos, se debe en

parte a su incorporación en el gobierno municipal.

Hoy en día se observa un doble proceso en

las ciudades latinoamericanas: el Estado se ha

retirado del campo social, y sectores enteros de

la actividad estatal han sido descentralizados o

privatizados, mientras que una administración

urbana improvisada diariamente ha sustituido

las políticas urbanísticas. El peligro estriba en

la fragilidad del apoyo popular, en los límites

del juego democrático, en el deterioro permanente

de la situación económica y en la tentación,

para las fuerzas llamadas «nuevas», de

caer en la demagogia.

Esta visión de un ambiente urbano disperso

se basa en un cambio gradual en el enfoque

conceptual de la situación, de «políticas urbanísticas»

a «gestión urbana» y consecuentemente

a medidas para satisfacer las «necesidades

básicas»; de la construcción de viviendas a

la rehabilitación de barriadas y de la «propiedad

de la vivienda» a la «regularización de la

construcción ilegal», con el Estado delegando

su responsabilidad a las autoridades locales, y

los municipios a los barrios y asociaciones de

vecinos.

En los albores del siglo xxi

Muchas de nuestras ideas estereotipadas sobre

las ciudades latinoamericanas han perdido actualidad

y el análisis del nuevo contexto es más

necesario que nunca. En los albores del siglo

XXI se están produciendo diversas transformaciones

sociales, ecológicas y culturales.

América latina seguirá siendo la región más

urbanizada del Tercer Mundo y continuará

afirmando su vocación de «continente de las

megalopolis». En el año 2000, un habitante de

cada tres (salvo América Central y El Caribe)

vivirá en ciudades de más de 4 millones de habitantes

(en 1970, la proporción era sólo de 1

de cada 5).

Los nuevos ciudadanos ya no serán los inmigrantes

rurales que componían en los años

60 entre el 35 y el 50 % de la población de las

ciudades, sino sus hijos nacidos en su mayoría

en las barriadas populares, o sea. personas


America latina: una historia urbana 369

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Rio de Janeiro. Una favela rodeada por la ciudad moderna. t¡ Gmicr/Rapho.

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370 Graciela Schneier

completamente urbanizadas. Educadas en la

metrópolis y con acceso a la enseñanza escolar

y a las «luces de la ciudad», se encuentran hoy

sin empleo y con escasas posibilidades de participación

social. Por su parte los hijos de las clases

medias ven derrumbarse los proyectos de

movilidad social que se suponía que la ciudad

iba a ofrecerles.

Las ciudades han perdido toda homogeneidad.

Presenciamos hoy una desintegración del

espacio urbano. Por una parte, grandes grupos

de población no integrada, inmovilizada en barrios

dispersos y, por otra parte, un proceso de

«atrincheramiento» de las clases acomodadas

que protegen su privilegios en barrios «fortificados»

y prácticamente inaccesibles.

Se esboza así una especie de proceso de «tribalización»

de las ciudades, caracterizado por

una multiplicación de «microestados»: junto a

las «urbanizaciones privadas» y los «country

clubs» que viven en régimen de autarquía, hay

barrios enteros, e incluso ciudades -como la célebre

Villa El Salvador, barriada de Lima, que

tiene unos 300.000 habitantes- que viven casi,

o totalmente, al margen de toda legalidad. Los

«caciques urbanos» tienen sus propias esferas

de influencia en las que distribuyen el trabajo,

recaudan sus tributos y protegen a los suyos

(como ocurre en Río de Janeiro, con los patrones

de la lotería clandestina y de las «escolas de

samba», o en Colombia con los «barones de la

droga»).

América latina se encuentra hoy atravesada

por tendencias a la internacionalización de sus

modos de vida y de su cultura por las medidas

que impone el rigor económico. Y dado que, tal

como ocurre en los países centrales, los espacios

de la modernidad coexisten fácilmente con

los espacios tradicionales o arcaicos (mano de

obra barata, actividades artesanales, etc.),

América latina está acelerando la división de su

territorio con la creación de verdaderos enclaves.

La introducción no planificada de innovaciones

tecnológicas (cable, redes informáticas,

etc.) ha acelerado las tendencias a la segregación

espacial y se observa el surgimiento de lógicas

modulares de organización del territorio

urbano que expresan la idea de «metrópoli de

crecimiento ilimitado». Los sistemas urbanos

evolucionan así a diario hacia una sucesión de

islotes unifuncionales de actividades (administrativas,

comercial, residencial, etc.), conectados

entre sí por redes y circuitos, etc.

Verdaderos sistemas invisibles, las nuevas

tecnologías de la información y comunicación

hacen posible esta nueva espacialidad aparentemente

homogénea e igualitaria: la televisión,

por ejemplo, llega hoy prácticamente a todos

los hogares metropolitanos, desde la torre de

viviendas a las barriadas. Esto da lugar a una

manipulación política y cultural intensa, provocando

una internacionalización poderosa de

la imagen que se hacen de sí mismos los habitantes

de las ciudades: los prototipos de belleza,

las modas vestimentarias y las maneras de

expresarse se calcan del modelo norteamericano

o