Cien miradas

tamara.garciam

Cien miradas

Desconfía de los abstemios (sobre todo en la profesión). Y cree que es esa

“tinta de imprenta que mezclada con alcohol recorre nuestras venas la que

establece un tipo de hombre o de mujer que, en apariencia, es como los demás,

pero que finalmente resulta ser un periodista”.

No duda en defender la polivalencia periodística, que está justificada en

situaciones concretas, como las que él vivió o las que viven numerosos profesionales,

especialmente freelance. En circunstancias normales, cada profesional

ha de encargarse de un área distinta, ya que cada una de ellas tiene lenguajes

totalmente diferentes. Radio, televisión, fotoperiodismo, texto o infografía

pueden y deben ser complementarios a la hora de informar, pero a la vez

independientes.

No concibe el mundo sin Internet (quizás porque es ahí donde ahora

habita su propio mundo), y todas las posibilidades que ofrece, pero considera

que un exceso de información puede desinformar. El periodista —dice— no

debe fiarse, ha de investigar, confirmar siempre y buscar el equilibrio.

Sarajevo fue su último reportaje importante, y el 8 de agosto de 1977,

su día más triste. “Regresé a casa sobre las dos de la tarde. «Duerme», me dijo

Casilda en voz baja. Me acerqué a la cama y acaricié su frente. No reaccionó

cuando la besé en los labios. Le tomé el pulso y al no sentirlo tomé un espejo

de mano y se lo coloqué delante de la boca. No hubo vaho. Bárbara estaba

muerta”. Le había dejado para siempre el amor de su vida. Su último gesto en

la noche última fue cogerle la mano:“estaba fría pero no la solté, como si quisiese

transmitirle el calor de la mía, devolverle la vida”.

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