Pobres y ricos; , La bruja de Madrid, novela original

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Pobres y ricos; , La bruja de Madrid, novela original

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POBRES Y RICOS

LA BRUJA

NOVELA ORIGINAL DE

H). Ü)íncc$la0 3l$gttals k "^ico.

CUARTA EDICIÓN.

TOMO I.

MADRID-^ MARZO— 1856.

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¿i a(£)3 aaí?33áisí©3,

¡Hombres del trabajo y de las virtudes! ínterin vosotros acojáis

con benevolencia mis escritos, no seré yo quien mendigue la pro-

tección de un Mecenas entre los magnates de los palacios , ni quien

se deje intimidar por los sarcasmos de sus aduladores.

Mi amor á la sociedad me inspira palabras de reconciliación

entre las diferentes clases que la dividen ; mas no sé pronunciarlas

sin combatir cuantas preocupaciones se oponen á que luzca el dia

de la fraternidad que el Evangelio prescribe.

Rayará este dia solemne ; pero entretanto , virtuosos artesanos^

vosotros sois los predilectos en mis simpatías. ¡ Hombres del trabajo

y de las virtudes! recibid este humilde libro; es el homenaje de fra-

ternal afecto que os tributa

ES PROPIEDAD DE LOS EDITORES.


Deslizase el año de 1808.

La jovial primavera con mil llores.

El féfiro bullendo licencioso,

Y el trino de las aves sonoroso

Ños brindan a diilcisimos amores

En lazo delicioso.

¡\1klkndkz.

dete come il Intto a noi rivelí

La Providenza del Signor de'cieli.

Tasso.

i* adore le Printempsqui noiis rend la verdure:

J'invoqiie les Zépliyrs, dont l'aimable relour

Paro de fleurs le temple el l'autel de l'Amour.

Dk.moüstier.

El apacible mes de abril acaba de espirar, legando al llorido mayo todos

los encantos , todas las galas , todas las riquezas de la reina de los placeres,

la encantadora primavera , que de cétiros rodeada , huélgase en la sublime

regeneración de la naturaleza.

Rico el ambiente de perfumes deliciosos, los valles y colinas lujosamente

cubiertas de matizadas alfombras, ofrecen un magnífico espectcáculo que re-

vela la omnipotencia de la Divinidad.


4 POBRES Y IlICOS

¡ Cuántas lecciones de amor ! ¡Cuántos ejemplos de consoladora frater-

nidad ! ¿ Permanecerá el hombre siempre obcecado? ¿siempre insensible á

los impulsos de la naturaleza? ¿siempre rebelde á la voluntad de Dios?

Hombre insensato » ven, siéntate conmigo junto á esta sonora fuente, cu-

yo límpido manantial, repartido en mil arroyos, se desliza en distintas di-

recciones dando vida á la pradera.

Hombre incrédulo !

i

¡ póstrate de hinojos ante la radiosa aparición del

astro del dia! Que tu criminal indiferencia no aparezca en tan solemne ins-

tante como un horrible destello de la maldad que germina en ta corazón de

bronce. Póstrate de hinojos y únete á la naturaleza toda, que rinde al Su-

premo Hacedor ovaciones de amor y de gratitud.

El canoro gilguerillo ¿lo ves? abandona sus hijuelos al celo maternal , y

mientras la cariñosa madre cobija con sus pintadas y trémulas alitas á los

tiernos frutos de su amor , desde la hermosa espesura de algún álamo fron-

doso saluda el padre al rojizo resplandor del sol naciente.

j Todo anuncia regeneración y vida !

¡

Todo respira júbilo y amor

Salpicadas aun de innumerables perlas las matizadas alas de la abigar-

rada mariposa , párase sobre una ílor , cuya corola acaba de abrirse para

enviar su aroma al sol , y agitando pausada y acompasadamente las alitas

humedecidas por el rocío matinal , ostenta alegre sus aterciopelados colores.

¡Bien venida seas, magnífica estación! Yo te saludo, primavera bienhe-

chora! Yo que detesto el bullicio de los palacios, yo que amo la quietud

del desierto, yo que en mis paseos solitarios, sin mas compañía que la de mi

fiel mastiü, siento dulce arrobamiento al contemplar el brillo de tus galas y

la inmensidad de tus dones, uno mi gozo al gozo universal.

Tu radiosa presencia ¡ oh reina de los placeres ! impele á solazarse en los

goces de la fraternidad, en las venturas del amor , en las delicias de la pro-

creación. ¡ Todo respira júbilo y bienaventuranza! ¡Todo convida á amar !

Todo ama como la fuente , el pajarillo y la mariposa. Las aguas cristali-

nas corren llenas de amor á fecundizar plantas y llores. La candorosa aveci-

lla que desde la rama del árbol entona melodiosos cánticos , llama al dulce

objeto de su amor y le enamora con gorgeos inimitables. La pintada mari-

posa agita con donosa coquetería sus alas de oro y terciopelo , juguetona

entre las flores para inspirar amor á su compañera.

Pero no solo en el valle florido es donde el amor impera. Allá en lonta-

!


LA BRUJA DE MADRID. 8'

nanza vése un monte gigante , inmenso zócalo que parece sostener el cielo,

engalanado de hermosos grupos de nubes que á manera de transparentes

gasas color de oro, de zafiro, de topacio y de púrpura, forman mil visos y

cambiantes á merced del sol benéfico que las besa con amor.

La falda de aquel magnífico zócalo semeja de esmeralda con lunares de

coral. De aquel verdor salpicado de amapolas destácanse de trecho en trecho

multitud de retozones cordcrillos, blancos como la nieve, que festivos tris-

can, destellando en sus alegres brincos, en todos sus rápidos movimientos,

la voluptuosidad de sus amores.

No hablaré de las melancólicas y sentidas quejas de la tortolilla, ni del

dulce arrullo de la candida paloma , exhalaciones de amor y de ternura... Si

posible fuera lanzar desde aquí una ojeada á los desiertos africanos, veríais

á las fieras, hermanadas entre sí , rendirse mutuamente ovaciones de carino.

Hasta lo inanimado ama en la bella estación de la primavera. Amar y

procrear, he aquí la sublime ley de natura. La florescencia es el emblema

del amor.... es el mismo amor. En efecto, todo es amor en las llores, hala-

gadas por los céfiros de los vergeles , para morir acaso entre los cristales y

porcelanas de los palacios , cuyo ambiente embalsaman de aromáticas esen-

cias.

¿Y de qué modo aman las flores? Destituidas al parecer de las facultades

de la sensibilidad y animación así del hombre como del irracional, ¿cómo

han de imitar á estos en el afán de elegir la compañera que mas simpatice

con sus inclinaciones? ¿Cómo admirar su belleza? ¿Cómo aspirar su fragan-

cia? ¿Cómo quererla y enamorarla y consumar el acto amoroso de la perpe-

tuidad de su raza?

Verdad es que las flores no atesoran la razón del hombre, ni la sensibi-

lidad de la tórtola, ni el rápido vuelo y melodioso canto del gilguerillo ; y

así es que la flor imposibilitada de ir en pos del objeto amado, alberga en

su corazón los delicadísimos órganos sexuales, únicos actores y testigos de

las amorosas escenas de su procreación.

Lo que decimos de las flores es aplicable á todo vegetal , porque en todo

lo creado se vé la mano de Dios y sus leyes de amor y de fraternidad. Y

cuando hasta las flores nos dan ejemplos de ternura , cuando desde la can-

dida paloma hasta el astuto gavilán, desde el inocente corderillo hasta las

mas carnívoras fieras, alientan entre sus respectivas razas benévolos instintos


6 POBRES Y RICOS

de fraternidad, ¿serás tú, hombre insensato, de peor condición que estas

mismas lieras? ¿Permanecerás rebelde á los decretos de Dios?... sordo á la

voz de Ja naturaleza?

A este estremo han logrado conducirle tus opresores y sus lisonjeros.

Arbitros del poder, dueños de las riquezas, dispensadores á su antojo de

gracias y mercedes , apoyados en la tuerza de las bayonetas ó la dictadura

del sable , toda vez que sus violencias é injusticias de modo alguno inspiran

ese amor del pueblo que es el diamantino escudo de un buen gobierno , los

opresores hánse visto en todas épocas rodeados de asquerosos reptiles que se

arrastran por el fango de todo jaez de infamias para llegar á las gradas del

trono y lamer los pies de su rey. Los que de tal guisa degradan la mages-

tad del hombre, osan apellidarse magnates, y no son mas que desprecia-

bles y embrutecidos esclavos. Estos entes de prostitución germinan de una

manera asombrosa en los palacios, al impulso de la emponzoñada atmósfe-

ra cortesana, donde no se respira otro hálito que el de la falsedad y la li-

sonja. ¿Queréis saber lo que es un rey absoluto? ¿ Queréis saber lo que

son los palacios? Abrid el gran libro de la historia y leed el siguiente es-

cándalo:

«Habiendo heredado joven la corona Felipe IV , era todo su valimiento el

conde de Olivares, tercer hijo de la casa de Medina Sidonia, con quien tenia

gran cabida don Gerónimo de Villanueva , protonotario de Aragón y ayuda

de cámara , todos tres mozos ; y con la ocasión de ser el protonotario patrón

del convento de la Encarnación Benita, unido junto á su casa , estando un dia

en conversación los tres, casualmente dijo que en su convento estaba por re-

ligiosa una hermosísima dama. La curiosidad del rey y el encarecimiento del

protonotario dio motivo á que Felipe quisiese verla : pasó disfrazado al locu-

torio, donde don Gerónimo, patrón, con su autoridad dispuso el que la vie-

ra. Enamoróse el rey, el conde con su poder facilitó las disposiciones, y en

fin todas las noches en el locutorio eran largas las visitas. No se pudo escon-

der tanto este galanteo, que no se censurase en el convento, y el rey en-

cendido en el fuego de su apetito, no pretendiese atropellar con todos los

inconvenientes. Las dádivas y ofrecimientos del conde, la maña del protono-

tario y la vecindad de las casas hicieron romper la clausura por una cueva

de la casa del patrón, que dio paso de una bóveda del convento destinada pa-

ra guarda del carbón. La dama religiosa, entre resuelta y tímida no se atre-


La bruja de MADRID. 7

vio á la ejecución del sacrilegio sin dar parte á la abadesa, la cual, estre-

chándose con el conde y don Gerónimo, procuró con todo recato el disuadir

tal empeño. Los dos decididos á complacer al monarca, la respondieron re-

sueltos, á lo que ella animóse la noche que estaba destinada para la ejecu-

ción, dispuso en la celda de la dama un estrado, en cuya almohada la hizo

reclinar, y á su lado un devoto crucifijo con luces. Entró por la mina, pri-

mero don Gerónimo, dejando en su casa al rey y al conde, y á vista de aquel

espectáculo volvió confuso y se suspendió la ejecución. Volvió el conde las

baterías hacia la prelada, y en fin se consiguió el intento, pasando la adu-

lación desde sacrilegio á irreligión, pues ó fuese por adornar la belleza ó

fuese por ignorancia, puesta con rica gala de azul y blanco en trace de

Concepción, se presentó la dama al rey, y el conde y D. Gerónimo con dos

incensarios les daban olorosos perfumes alrededor de sus personas por

UN rato, retirándose hasta el alba que salía el rey.»

Así era un rey de aquellos tiempos en que el odioso tribunal de la inqui-

sición, sacrilegamente llamado santo, abrasaba en sus hogueras á los here-

ges. Así era un rey, señor de vidas y haciendas , á quien no menos sacrile-

gamente calificaba el ciego fanatismo de sus vasallos de imagen de Dios

SORRE LA tierra ! Y cste rey sacrilego que llevaba la impiedad y el escarnio

de la religión , hasta el estremo de profanar con criminales amores el tem-

plo del Divino Redentor , era el ídolo de sus corrompidos cortesanos , porque

estos seres degradados solo medran por sus infamias ; y avezados á la men-

tira, prodigan lisonjas á los mas soeces desvarios del que puede enaltecerlos.

Los magnates comprar suelen su elevación con bajezas denigrantes ; y solo

de este modo se concibe , que así como en otro tiempo hubo en España un

conde-duque que se alardeaba en el repugnante oficio de incensar los crimi-

nales escesos de la brutal sensualidad de un monarca, haya en el dia algún

fatuo marqués que empuñe también el incensario para rendir ovaciones á los

desmanes del poderoso, apadrinando con enfática ridiculez y pedantería in-

soportable, la dictadura militar.

¿Al ostentar semejante avilantez, creen acaso los imbéciles sectarios del

retroceso que es posible en el mundo la reaparición de los hijos de Loyola y

ios autos dede Torquemada? ¡Delirio! Los pueblos conocen su dignidad y

sus derechos. No quieren ser patrimonio de las testas coronadas, y se lanza-

ron á una revolución sublime , impulsada por la mano de Dios que hizo dar


8 POJiBES Y BICOS

la señal al Sumo Ponlííicc. Ondeó en el Quirinal la inmaculada insignia de

reformas civilizadoras, antes de que el iioubhe funesto de España contami-

nase las aguas del Tiber con su calamitosa presencia ; y por do quiera se al-

zaron las naciones para derribar á los tiranos que se oponían al movimiento

regenerador,)!.. !.

;.

Kütes de corvo espíritu , de tímida condición y reducidos alcances , se

estremecieron ante las grandes oscilaciones del año de 1848 impelidas por la

digna conducta del sucesor de San Pedro, y amilanados entre el bélico es-

trépito, entre las sacudidas de la tremenda liza, han esclamado trémulos:

« ¡Maldito seas!»

Selladlos labios, criaturas pusilánimes. El año de i 848, ese año que

imprudentes maldecís porque sois miopes, fué un año de gloria y de bendi-

ción, fué el año mas feliz de cuantos ha devorado el tiempo, fué el año en

que, despertando el mundo entero de un letargo vergonzoso, ha colocado la

piedra fundamental del templo de su gloriosa regeneración.

A principios de 1848 el cetro de hierro del absolutismo abrumaba á cien

infelices pueblos, entre los cuales era el mas digno de compasión la liberalí-

sima Italia, condenada bajo el yugo de estrangera dominación á apurar has-

ta las heces el cáliz de su horrenda esclavitud.

Los inicuos opresores reposaban en todas partes tranquilos á la sombra

de una confianza sin límites, porque embotados los sentidos con los placeres

de sus orgías , estaban asaz lejos de vislumbrar siquiera un destello de in-

surrección popular. Entre los cánticos de sus bacanales, entre el ruido de sus

brindis, las quejas de los pueblos morían sin oirse, como los ayes del náu-

frago entre el estrépito de las olas. ¿Ni cómo había de caerles en mientes

que sobreviniera de improviso un suceso de tan colosal magnitud , que des-

quiciara los cimientos seculares sobre los cuales descansaba el orgullo de al-

tivos soberanos , ni menos que rodasen por el suelo sus cetros y coronas ?

Sucedió así á pesar de cuantos diques se levantaron contra el torrente de

la revolución, porque la causa de la justicia es la causa de Dios. Los pri-

meros himnos de triunfo que entonó el pueblo parisiense y el estrépito de

las salvas resonaban aun en las márgenes del Sena , cuando ya los denoda-

dos milaneses arrojaban de su patria al ejército austríaco dando el grito en-

tusiasmador de ¡ Independencia !

Y la Italia toda se sublevó.


LA BKUJA DE MADRID. 9

Tras la heroica Milán pronuncióse libre la mas galana y preciosa joya del

Adriático. Sacudió las melenas el León de San Marcos, y su bélico rugido

despertó á los valientes. Venecia dio el ejemplo á los piamonteses, napolita-

nos, romanos y toscanos.

El generoso alzamiento fué impelido hasta mas allá de los Alpes , y el

grito de libertad que sonara en el Sena, retumbó en el Tiber, en el Danu-

bio, en el Rhin!....

El triunfo de Viena y de Berlin hubiera, á no dudarlo , asegurado para

siempre el de la democracia europea, si el ex-demagogo, si el que había sido

encarcelado en el fuerte de Ham por agitador, hi>biera observado otra con-

ducta.

La reacción levanta su cabeza sedienta de sangre y pide al Czar de Rusia

sus cosacos.

El papa se estremece de su obra!.... No quiere ir tan lejos por la senda

de las reformas que la revolución cercene su autoridad temporal, y prefiere

la fuga á una gloriosa transición

!

A las sacramentales palabras de la Francia : Libertad , Igualdad , Fra-

ternidad, responde el eco del desengaño: ¡Mentira! ¡Mentira! ¡Mentira!

¡Una república ahoga á otra república!!!

Las bombas francesas derrumban los gloriosos monumentos de la capital

del mundo católico

!

Triunfan los opresores Se restablece la Inquisición en la ciudad de

Rómulo! Corre á torrentes la sangre de los liberales! ¡Maldi-

ción!

Pero guardad silencio, aduladores de los déspotas, no cantéis victoria

no entonéis el hossanna á la restauración , ebrios de alegría ante la vence-

dora águila imperial. Vuestro gozo será efímero, y esa sangre vertida en los

cadalsos será fructífero semillero de héroes, germen de valientes campeones

que tarde ó temprano alcanzarán el galardón de sus esfuerzos, y brillará un

dia solemne, el dia de la justicia y de la espiacion que debe preceder á la

eterna paz del mundo.

Digan lo que quieran los enemigos del progreso. El año de 1848 fué pró-

digo de portentos y fecundo de bellas esperanzas. La avasallada humanidad,

rompiendo sus cadenas , dio un paso gigantesco hacia su gloriosa emancipa-

ción. Emancipación justa y sublime , que no es posible deje de verificarse,

I. 2


\0 POBItES Y RICOS

porque todo se encamina á la inmensa fraternidad de todos ios paises , á la

paz del mundo. Los ejércitos de los tiranos lograrán retrasarla, pero no ven-

cerla y esterminarla para siempre. Ellos sí, los opresores de la tierra , su-

cumbirán un dia para no levantarse jamás.

Una vez conocidos de los pueblos los poderes bastardos que convierten

el gobierno en fraude y monopolio para enaltecer privadas fortunas sobre la

miseria general , una vez derrocados bajo el peso de sus iniquidades, no han

de volver á entronizarse esos déspotas que apelan á la ridicula sandez de su

derecho dicino, como si las naciones ignorasen que no puede haber honra

y

prosperidad en ningún sistema gobernativo, cualquiera que sea su deno-

minación y su forma ,

que no emane de la soberanía del pueblo.

Pero ¿no tiene la humanidad otro linage de enemigos? Sentada la impo-

sibilidad de triunfo duradero en la reacción ¿no pueden los pueblos ser víc-

timas de esas sectas de insensatos demagogos , que adulan á las masas con

lisonjeras utopias para esplotar su credulidad y buena fé?

Hé aquí el peligro de la actual crisis europea ; peligro grave, pero no in-

minente de todo punto, y hay debates de tal importancia, que es punible ea

todo escritor concienzudo no lanzarse al palenque para contribuir al triunfo

de la humanidad.

No sin descouíianza de nuestras escasas fuerzas emprendemos tan espi-

nosa misión.

Tal será la parte filosófica de este libro.

Deseamos que una verdadera fraternidad reemplace el odio que ciertas

pasiones de índole bastarda hacen germinar entre pobres y ricos.

¡ Feliz el dia en que no se vea ese espectáculo espantoso, el hombre der-

ramando LA SANGRE DEL HOMBRE !

¿Llegará ese dia dichoso en que se acaten los preceptos de Dios y se oiga

la voz de la naturaleza?

Yictor Hugo ha dicho:

«La ley del mundo no puede ser diferente de la ley de Dios, que quiere

la paz y no la guerra. Llegará dia en que se enseñará en nuestros museos,

un canon como una cosa rara. No pasarán cuatrocientos años »

Nosotros vaticinamos también que llegará ese dia ; pero ese dia de paz,

de fraternidad y de ventura, llegará en pos del triunfo de la democracia uni-

Ycrsal , que indudablemente ocurrirá mucho antes del plazo que prefija Vic-


5?3

S2.

Í5


LA »RÜJA DE MADRID. Ai

tor Hugo. Para que haya paz es preciso que sucumba la tiranía y se respete

el derecho de las naciones. Mientras haya pueblos oprimidos, la paz es de

todo punto imposible ;

de durar cuatrocientos años.

pero el sufrimiento y paciencia de los pueblos no han

¡Sublime naturaleza! Hemos trazado tu panorama encantador

¡Hemos visto que todo convida á amar.... y los hombres se aborrecen! ¡y

los hombres se asesinan!

• ••••••••••••••••••


Era el dos de mayo.

• • • •

Mientras en el campo respiraba todo júbilo y contento mientras la

galana primavera esparcía sus benéficos dones por todas partes mientras

las sublimes obras del Criador semejaban querer dar á los hombres ejemplos

de fraternidad, y repetirles con muda elocuencia estas evangélicas palabras:

AMAOS LOS UNOS Á LOS OTROS , el mortífero plomo y asesinas bayonetas de un

ejército usurpador salpicaban de sangre española las calles de Madrid!

Daoiz y Yelarde , impelidos por el santo amor de patria , osaron dar la

voz de i independencia! y acaudillando con sin igual bravura á un puñado de

valientes , retaron animosos á las aguerridas v numerosas huestes del héroe

del siglo que ocupaban la metrópoli. Su primera hazaña fué apoderarse del

Parque haciendo ochenta prisioneros, cuyos fusiles fueron repartidos entre

los sublevados.

Ahuyentadas por sus descargas las primeras fuerzas que osaron aproxi-

marse al Parque , y destrozada posteriormente otra fuerte columna por el

fuego de la artillería, inflamóse de entusiasmo el corazón de todos los va-

lientes madrileños, y generalizándose la encarnizada lucha, corrió la san-

gre á torrentes , siendo víctimas de su inaudito arrojo los dos valientes cau-

dillos que dirigían el glorioso alzamiento.

Esta pérdida irreparable, unida á la escasez de armas, á la absoluta falta

de municiones, y á la confusión de una muchedumbre indisciplinada, acre-

centaba la desproporción entre aquel heroico paisanage , que de todo carecía

menos de entusiasmo , honor y denuedo , y un ejército numeroso , discipli-

nado, acostumbrado á vencer en todas partes..... Triunfó también esta vez;

si es que pueda calificarse de triunfo una venganza cobarde. La sublevación

había germinado á impulsos de un arranque noble de amor patrio , y las

huestes intrusas quisieron hacer espiar á Madrid el denuedo de sus hijos,


Ifi POBRES Y RICOS

abusando de una superioridad invencible. Lejos de acatar el noble arrojo es-

pañol después del triunfo , boleáronse en prolongar la matanza , y derramar

la sanj^re de mujeres indefensas y de inocentes niños, cometiendo csce-

sos ¡ellos, los estranjcros que nos acusan de instintos feroces!... consu-

jiiando atrocidades que avergonzarian á los mas estúpidos salvajes de la

Caribana.

Una infeliz madre buia despavorida con su tierno bijo en los brazos, se-

guida de un criado; y al pasar por la Carrera de San Gerónimo, un piquete

que estaba formado á la entrada del patio del Buen Suceso, le disparó una

descarga.

La infortunada cayó.

Un momento después estaban madre é hijo como incrustados en un char-

co de sangre. Examinó el criado á los dos, y gritó con acento dolorido:

— ¡Han muerto!!!

En seguida huyó horrorizado.

¿Seria aquella catástrofe un castigo de Dios?

¿Empezaria por ella la espiacion de algún amor criminal?

FIN DEL PRÓLOGO.


CAPITULO PRIMERO.

EL BANQUETE.

¿dónde vas ?

—Amor, derirlelo quiero:

Buscando el amor primero

í^ue no se olvida jamás.

Berna it DO i>k la Vega.

I>ie Licbe wuchs in unsern jungan Herzen

Wie eme slille Friililingsblume auf.

KORNER.

¿No bebes, Enriqueta?— preguntaba una hermosa mujer de unos trein-

ta y cinco años á una lindísima joven de unos quince, estando ambas toman-

do café en el de la Cruz de Malla.

— Está muy caliente— contestó la niña balbuceando.

— 'Caliente! pues mi taza está fria y debe estarlo también la tuya.

A ver...— y la buena mujer, probando el café de la joven, esclamó: — ¡Pues!

¿no lo dije yo? Como un hielo... y amarga como el acibar. |Si no le has

puesto azúcar!...

La pobre niña era en aquel momento víctima de la primera sensación de


14 POBRES Y RICOS

amor y ni sabia lo que hacia , ni lo que estaba su madre hablando.

Cecilia que así se llamaba la mas avanzada en edad de entrambas her-

mosuras, lejos de semejarse á esas mamas del gran mundo, que juntan á la

perspicacia de la ardilla la escudriñadora y penetrante mirada del lince, era

una alma candoi^sa y sin malicia. No es pues estraño que hubiesen pasado

desapercibidos por ella , ciertos amorosos signos de un telégrafo inmediato,

causa única é imperiosa de la turbación y repentina inapetencia de la rubo-

rizada virgen.

— Ahora está bien — esclamó Cecilia después de haber puesto azúcar en

la taza de Enriqueta.

— Bien está — dijo Enriqueta libando apenas su café; — pero no tengo

ya sed.

— Muchacha... si eso no se bebe por sed... Y á tí que te gusta tanto el

café... Ya verás... acaba de llenar la taza y estará mas caliente... ¿ No res-

pondes ?

— ¿Decia usted algo, madre?

— i Alabo tu frescura !... ¡ Y qué colorada estás , muchacha !... ¿Te sien-

tes indispuesta ?

— No señora.

— ¿Pues por qué no tomas café ?

—No quiero mas.

—Vaya que te luces, hija mia... Después de recordarme continuamente

mi promesa de traerte á tomar café el dia de mi santo ,

cuando llega la hora

de cumplirla te vienes con esos dengues? Eso no está bien , son niñerías que

me hacen muy poca gracia.

— No se enfade usted. Voy á tomar mi café.

Y haciendo un esfuerzo , se bebió mas de media taza.

— Ahí ah!... Así me gusta... ¿no es verdad que está rico?

— Sí señora; pero...

— Pero... ¿qué?

—Quisiera que nos volviéramos á casa.

— ¿Sin concluir?

— ;Hay aquí tantos hombres !

— ¡Y qué! ¿Se nos han de tragar esos caballeros?

En este momento hallábase muy próximo á la mesa de las dos beldades


LA BRUJA DE MADRID. ftl

un bizarro joven de arrogante figura, moreno, de ojos negros y mirada

atrevida ;

pero de modales muy íinos.

Al oir las últimas frases del anterior coloquio, esclamó en voz cariñosa:

— ¿Tanto aborrece esta señorita á los hombres?

La encantadora sonrisa que contraía los labios del elegante joven , des-

cubría la blancura de sus dientes ,

dando á su agraciado rostro una espresioa

indefinible, que profundizó la herida del tierno corazón de Enriqueta.

Los ojos de la candida virgen fijáronse un momento en los del atrevido

galán ; pero á impulsos del rubor , cayeron lánguidamente los sonrosados

párpados hasta cubrir parte de las azules pupilas, que sombreadas por lar-

guísimas pestañas de oro, hacian resaltar todos los encantos de la modestia.

— Caballero— respondió con amabilidad Cecilia— no ha sido el ánimo de

mi hija ofender á usted.

— ¿Es hija de usted esta señorita? — repuso el entrometido joven.— No

debiera hacer esta pregunta, pues demasiado se deja ver en la belleza que

ha heredado de su mamá.

— Mil gracias por la lisonja; pero... Usted nos disimulará que nos reti-

remos... — objetó la madre — hemos tomado ya nuestro café... y... ¡Mozo!—

añadió dirigiéndose á un muchacho— cóbrese usted.

—Ya está pagado— dijo el mozo.

No era difícil adivinar quién habia hecho este obsequio.

Levantáronse madre é hija en ademan de salir del café.

— Si ustedes me permiten el honor de acompañarlas...

Apenas acababa el oficioso joven de decir esto , oyéronse grandes riso-

tadas , y á continuación repetidos gritos de:

—¡Eduardo! ¡Eduardo!

— Señor duque — dijo el mozo acercándose al joven de los ojos negros.

Los señoritos de arriba están llamando á vuecencia.

— Agradecemos á usted tanta amabilidad — respondió Ceciha — pero no

podemos permitir que se separe usted de sus compañeros.

— Alómenos— repuso el galante joven — no me dará esta señorita el

disgusto de ver desairado este pequeño obsequio.

Y presentaba á Enriqueta un cucurucho de dulces. La candorosa niña

alzó con timidez los ojos , como si buscara en los del amable galán la cor-

respondencia del primer amor.

^


49 POBhES Y BICOS

—Vamos, niña... no desaires al señor— le dijo su madre.

Enriqueta levantó su trémula mano, y al asir el cucurucho cruzó otra es-

presiva y aun mas tierna mirada con el obsequioso joven.

tos de

Mientras las dos hermosas abandonaban el calé, oíanse repetir los j;ri-

— Eduardo ! ¡ Eduardo

¡

— ¿Quién hay arriba? — preguntó el duquecito al mozo.

— Todos son amigos de vuecencia— respondió el mozo pasando la servi-

lleta por la mesa donde habian tomado café las dos bellezas que acababan do

marcharse. — ¡Oh! está lo mas encopetao de Madril... toa gentualla de alto

copete.

— ¡Necio ! ¿qué

sabes tú?...

— ¡No que no!.. El que mas y el que menos es marqués, ó dinamar-

qués, ó... Esceptuando don Agapito, que todo el mundo sabe que no tiene

el probecillo sobre qué caerse muerto... con todo... dígole á usted... que me

gusta ese muchacho... ; Y cómo le sopla la musa ! Si viera su merced qué

coplas enjareta á lo mejor... Ahora mismo ha echao una décima á Fernán-

dito el deseao, que no hay mas que ver, porque ha de saber usía, que toda*

la groma es en celebridad de la güelta del rey.

• ••.•............

•• . • . . .

En efecto, el 22 de noviembre de 1823, día de Siinta Cecilia , habíanse

reunido varios jóvenes aristócratas para celebrar lo qise ellos apellidaban

feliz restauración.

La Constitución de la monarquía- había sido asesinada en la heroica ciu-

dad de Cádiz, su gloriosa cuna, poí* el intruso ejército del duque de Angu-

lema, ciego instrumento de esa infernal coalición de tiranos que, haciendo

alarde de la impudencia , osaba engalanarse con un título sagrado.

La Santa Alianza, enemiga de todo sistema liberal, quiso repetir en Es-

paña el afrentoso espectáculo que había tenido lugar el año anterior en Ña-

póles, y reunidos en Yerona los representantes de las cinco altas potencias,

acordaron pasar notas al gobierno español , con la condición ultrajante de

que si no se adhería á ellas quedaba la Francia autorizada para intervenir con

las armas en las cosas de la Península.

Herido el orgullo nacional por este escándalo , dio á los déspotas estran-

geros una contestación tan concisa y severa como su desacato merecía; pero.


LA BttUJA DE MADRID. 4f

que (lesgraciadameate no podía sostenerse con las armas á que en último re-

sultado era forzoso apelar, porque la encarnizada lucha civil en que ardia la

nación poníala en inmenso desnivel , comparados sus elementos de defensa

con los de agresión que aprestaba la Santa Alianza contra el gobierno liberal.

En el discurso de apertura anunció Luís XVIII á las cámaras que estaban

prontos cien mil franceses para intervenir en los negocios de España.

No juzgándose con suíiciente seguridad en Madrid , resolvieron las Cortes

trasladarse á Sevilla con el gobierno.

EH1 de abril de 1823 llegó el rey á Sevilla.

A la sazón el ejército invasor había cruzado ya el Vidasoa y entró el 24

en Madrid, donde el antiguo Consejo de Castilla é Indias, convocado por

Angulema , nombró una regencia que se compuso de los duques de Monte-

mar y del Infantado , el barón de Eróles , el obispo de Osma y don Antonio

Gómez Calderón, personas todas del mas furibundo retroceso.

Entretanto en Sevilla nombraban las Cortes otra regencia compuesta de

Valdés, Ciscar y Vigodet, previa aprobación en las mismas de una proposi-

ción de don Antonio Alcalá Galiano , por la que se suponía demente al rey,

á consecuencia de haberse opuesto á pasar á Cádiz ,

que como punto mas se-

guro habían elegido las Cortes al aproximarse á Sevilla el general francés

Bourmont con 17,000 hombres.

El 15 llegó el rey á la isla de León, instaláronse las Cortes , y cesó la

regencia nombrada en Sevilla después de haber devuelto sus derechos al

monarca. El 16 formalizó el mismo Angulema el asedio de Cádiz, y en tan

apurado trance , siendo toda Fesistencia inútil y aun precursora de horren-

das catástrofes , dejóse en libertad al monarca bajo solemne y espontánea

promesa de que daría al olvido todo resentimiento ,

ofreciendo además reco-

nocer y acatar los intereses creados por el régimen constitucional, y no per-

mitir que se persiguiera, castigase, ni molestase por opiniones ni actos pasa-

dos á ningún español.

Esta promesa fué quebrantada á las pocas horas , convírtíendo en san-

griento sarcasmo el célebre dicho de uno de nuestros mejores poetas an-

tiguos :

I.

¿ El rey no pudo mentir ¡

NOj que es imagen de Dios. Dios

?


48 I'OUUlíS Y UlCOS

No bieü pasó el Puerto de Santa María donde le aguardaba el duque de

Angulema, confesó Fernando su vergonzosa debilidad y atroz perfidia en un

decreto que por todas sus líneas destellaba amagos de venganza. Anulaba to-

dos los actos del gobierno constitucional desde el 7 de marzo ikl.ano 20 hasta

el 1 ." de octubre del 23, alegando que había sido víctima de la violencia al

sancionar leyes, al espedir órdenes, al firmar decretos!!!

El 13 de noviembre á la una de la tarde llegó Fernando VII á Madrid,

tan sediento de sangre , que no titubeó un momento en mandar establecer,

en todas las capitanías generales, comisiones militares para llevar víctimas

en abundancia al patíbulo.

El trágico íin del infortunado Riego que babia espirado en la horca el 7

de aquel mismo mes , después de haber sido arrastrado por las calles del

tránsito, no habia apaciguado el furor del rey , ui los deseos de venganza de

los frailes.

Desde la víspera de su entrada en la corte activáronse las persecuciones

de una manera espantosa. Los individuos del ayuntamiento de Madrid en los

varios años del régimen constitucional ,

cel ,

fueron presos y conducidos á la cár-

siendo arrebatados de sus camas á las altas horas de la noche. Tratóse-

Íes peor que á foragidos, cometiéndose mil monstruosidades en la escanda-

losa causa que se les formó.

La indignación y

el terror de la parte sensata del pueblo de Madrid

contrastaban con el alborozo y entusiasmo de algunas turbas de miserables,

interesados en aquella espantosa cuanto impolítica y denigrante restauración.

De esta ruin calaña eran los que en la Cruz de Malta celebraban el re-

greso de Fernando el deseado , como dijo el mozo del café á don Eduardo,

hijo del duque de la Azucena.

dilla ,

Al oirse llamar tan repetida y desaforadamente por la aristocrática pan-

presentóse este ilustre joven ante sus amigos, y fué recibido con estre-

pitosa gritería y una salva de palmadas que solo cesaron á la voz de

¡bomba ! palabra mágica que pronunció otro joven elegante , alto, flaco, des-

colorido , que agitando á guisa de aspas de molino de viento sus inconmen-

surables brazos , pronunció algo tartamudo una cosa que , únicamente por

tener cinco renglones , mas ó menos largos como las flautas de un órgano,

podia llamarse quintilla. Decia así


LA BRUJA DE MADRID. ^^

Con fausta musa y abundante vena

libando la dulce copa

de agradable Cariñena

digo á la faz de Europa

que viva el duquecito de la Azucena.

Corao los demás señoritos de aquella selecta reunión apenas sabian leer

ni escribir, pues su educación esmerada habíase concretado á ciencias mas

útiles... por ejemplo: la equitación, el baile y la esgrima, entusiasmáronse

al oir la prodigiosa alluencia poética del longanísimo trovador, y repitieron

enardecidos el ¡ viva ! con que este canoro vate acababa de saludar al recien

llegado.

— Gracias, amigos mios — esclamó el duquecito, y tomando asiento en-

tre los demás, apuró una copa de Champagne que le fué presentada por otro

de los concurrentes.

No queremos pasar adelante sin dar á nuestros lectores algunas nociones

biográíicas del poeta , cuya improvisación habrá sin duda cautivado tiernas

simpatías.

Don Agapito , que así se llamaba el candido cisne, era el segundón de

una casa mallorquína de antiquísima nobleza y escaso peculio. Sus padres,

establecidos en Mallorca, habíanle inclinado á la carrera de la abogacía;

pero el mozalvete hacia tan pocos adelantamientos en la universidad, que

por no ser todos los dias el objeto de la rechifla de los demás estudiantes que

hacían burla de su torpeza , resolvió huir de Salamanca y camparla por sus

respetos en la coronada villa.

Perdonáronle sus padres la travesura , y toda vez que no se hallaban en

el caso de poder auxiliar con metálico ni papel moneda á su segundo vasta-

go , mandáronle otra clase de papel que no dede serle sumamente prove-

choso. Don Agapito había recibido cartas de recomendación para las familias

mas distinguidas de la aristocracia madrileña, é introducido con semejantes

pasaportes en el teatro social del gran tono, pasábalo como un príncipe, co-

miendo un día en casa del marqués, otro en la del duque, otro en la del con-

de y así iba distribuyendo la semana , mostrándose amable con todas esas

momias que están en perene rebelión contra el tiempo y le hacen una guer-

ra sin treguas con los proyectiles de dentaduras postizas , rizos comprados,

colorete , blondas y brillantes. Obsequiando á las mamas , hallaba don Aga-


20 POBRES T RICOS

pilo ocasión de hacer el amor á las hijas , y esto amenizaha su existencia.

Como don Agapito carccia de toda instrucción, creyó que el único oficio

á que podía dedicarse era el de literato (perdónesele la sandez) y hecha la

resolución, no le fué dilicil ser admitido en la redacción del fíestaurador^

periódico realista que con seráfica mansedumbre y evangélico celo dirigia el

nunca hien ponderado fray Manuel Martinez.

Reducido y mal pagado era el estipendio que por sus tareas periodístico-

literarias recibia don Agapito , pero unido este recurso á los regalos de las

viejas, préstamos de amigos que no reintegraba, y otros arbitrios que ofre-

ce la corte á los talentos despejados, pasábalo nuestro poeta perfectísimamen-

te, adquiriendo cada dia mayor solidez su reputación literaria entre los

defensores de la horca, de la inquisición, de los privilegios, de los frailes y

del rey absoluto.

Don Agapito era el ente que con ciertos chistes y agudezas de mal gusto,

pero que no dejaban de caer en gracia á sus admiradores, animaba en pri-

mer término aquella reunión de mentecatos. La biblioteca de don Agapito se

reducia á un tratado de mitología , que habia comprado en las ferias y sabia

de coro. Siquiera tenia conocimiento de la fábula, que no todos los que pa-

san por literatos conocen.

Debemos hacer presente á nuestros lectores , que aunque don Eduardo

era amigo de todos los concurrentes, disentía de opinión política, porque

habíase proporcionado mejor instrucción. Estas serian seguramente las cau-

sas de que no se le hubiese convidado. Así lo presumió á lo menos; y sin

darse por ofendido ,

procuró abastecerse de prudencia para oír sin inmutarse

las sanguinarias blasfemias , y brindis los mas repugnantes y soeces, que

ponían en evidencia , no solo la estupidez, sino los instintos feroces de unos

jóvenes , que por sus títulos y posición social pertenecían á la flor y nata de

esas encopetadas familias que con sus rancias preocupaciones pretenden enal-

tecerse y únicamente alcanzan ponerse en ridículo espectáculo.

Después de agotados contra los liberales toda suerte de insultos y de-

nuestos , con que aquellos elegantes señoritos hacían gala de sus finos mo-

dales , intercalando las groseras diatribas con palabras obscenas que aver-

gonzarían á los que ellos califican de tabernaria plebe , levantóse uno de los

que mas atrocidades habían proferido , inclusas las del poeta , y en tono

magistral dijo:


LA BRÜM DE MADRID. 24

— Señores: cosas magníficas se han dicho en esta reunión celebrada en

homenaje de gratitud hacia el mas digno de los soberanos.

— Opino del mismo modo — dijo otro que llevaba anteojos verdes.

— ¡ Viva el rey absoluto ! —gritaron todos menos don Eduardo.

El orador continuó:

— Hemos cumplido parte de una sagrada obligación al rendirle este tri-

buto de amor; pero no debemos contentarnos con tan justo desahogo, con

tan inocente regocijo. Cumple á nuestro honor dar un paso mas importan-

te. Es preciso dirigir á nuestro amado rey y señor una esposicion congratula-

toria.

—Repito que opino como el preopinante — gritó el de los anteojos verdes.

— Sí, sí lo aprobamos Que se escriba inmediatamente ¡Viva

Fernando Vil! ¡Viva la religión! ¡Mueran los francmasones!

Estas y otras esclamacionos parecidas, cnmcdio de estrepitosas palma-

das, formaban un ruido infernal.

— Que redacte Agapito la esposicion ahora mismo y á firmarla to-

dos — dijo una voz.

— Esa es cabalmente mi opinión — esclamó el de los anteojos verdes.

— Señores — respondió don Agapito introduciendo el pulgar de la mano

izquierda en la sisa del chaleco y gesticulando con la diestra á compás del

tono enfático con que peroraba.— Desde que Vulcano abrió la cabeza a Júpi-

ter para que saliese de ella Minerva , diosa de la sabiduría , los varones doc-

tos tienen una divina protectora. No me cuento en este número ;

por lo tanto

propongo, señores, que se confie esta delicada obra á los talentos de una ca-

beza como la de Dárdano, que fundó la ciudad de Troya entre los riosXanto,

Simoente y Escamandro. Esta cabeza es la de mi digno amigo y gefe de redac-

ción el reverendo padre fray Manuel Martínez ,

que es el Júpiter del Olimpo

monástico, el Laoconte de este siglo, el sabio profundo, cuyas sienes acaba de

coronar el mismo rey , nuestro amo y soberano señor don Fernando Vil , con

la mitra de Málaga , en atención á la elocuencia de sus partos mentales, y al

celo apostólico con que ha dirigido el fíestaiirador , predicando con fervor

evangélico y caridad cristiana el esterminio de los herejes revolucionarios,

y la necesidad y urgencia de restablecer sin demora el santo tribunal de la

inquisición, súplica importante, señores, que debemos apoyar en la solici-

tud congratulatoria, porque es preciso que nos desengañemos, señores.... la


Stf POBRES Y RICOS

santa inquisición es" íá cabeza de Medusa de los francmasones , el áncora de

salvación de un rey absoluto y el escudo de la religión cristiana. He dicho.

Una tempestad de bravos y de palmadas estalló al pronunciar el digno

orador la última palabra de su discurso.

— No sin temor, señores, — esclamó uno de los concurrentes — voy á

tomar yo la palabra después de haber oido el afiligranado discurso del preo-

pinante , que lejos de hacerme desistir de mi primitiva idea , la corrobora y

ratiíica. Seré breve, señores; pero no puedo menos de hacer presente á mis

dignos compañeros, que quien tanta elocuencia acaba de mostrar en una

simple improvisación , dejaria asombrado al mundo si redactase la esposicion

de que se trata.

— Soy del mismo parecer— dijo el de los anteojos verdes.

— Pues yo no — añadió un tercero. — La esposicion debe hacerla el pa-

dre Martínez.

— Opino del mismo modo— repuso el de los anteojos verdes.

— Pues yo creo, señores — objetó otro de los concurrentes — que ni uno

ni otro.

Este dictamen fué interrumpido por una estrepitosa gritería de desapro-

bación.

— Me esplicaré , señores, me esplicaré—continuó el mismo orador pro-

curando hacerse oir en medio de la tempestuosa indignación que acababa de

estallar. — Ni una ni otra de las personas que merecen la honrosa confianza

de todos los presentes debe hacer aisladamente el escrito de que se trata; pe-

ro sí las dos unidas y de común acuerdo.

— ¡Bravo! ¡bravo! — gritaron todos , menos don Eduardo que presen-

ciaba con repugnancia esta escena; y el de los anteojos verdes añadió:

— Señores, reclamo el orden.

Como los gritos de aprobación continuaban, repitió esforzando la voz:

—Reclamo el orden... Reclamo el silencio Pido la palabra.

— Concedida , concedida — dijeron algunos , y todos callaron.

— Señores — continuó el de los anteojos verdes — he pedido la palabra

para manifestar á esta ilustre concurrencia, que en cuanto al asunto de que

se trata opino de la misma manera que opinamos todos.

—Sí, sí... — gritaron varias voces.

La esposicion estará escrita por dos ingenios.


LA BRUJA DE MADRID 23

— Pero la firmaremos todos los que estamos aquí.

— Y no solo los que estaraos aquí , sino muchos mas.

— Todos los españoles honrados.

— Reuniremos, si conviene, catorce millones de firmas.

— No cabe duda — rtpitió el de los anteojos verdes — reuniremos catorce

millones de íirmas. Yo, á lo menos, opino de este modo , y

jjuede asegurar-

se que en este asunto represento la opinión del pais. ¡ Viva la inquisición!

— ¡Yiva!

— ¡Mueran los constitucionales!

— ¡Mueran!

En este momento abriéronse de repente las dos hojas de la puerta prin-

cipal donde esta escena pasaba , como impelidas por una violencia irresisti-

ble, y apareció una mujer desgreñada, de rostro mutiladamente horrible,

cubierta de negros andrajos ,

desesperación

:

— ¡ Asesinos !

¡ Asesinos ! ¡ Asesinos I

que trémula y despavorida gritaba con furiosa

v.^.'


Üi.'


LA BRUJA DE MADRID. 99

Presentóse la infeliz con los brazos abiertos , á la manera del desvalido

que implora el ageno amparo ; y este ademan con que se lanzaba en busca

de un protector, ahuyentaba á todos , porque á sus desaforados gritos , á su

asqueroso desorden , á la iracunda espresion de su semblante, del cual, por

un natural impulso habia separado los desordenados cabellos, uníase otra cir-

cunstancia mas horrorosa que todas. ¿Quién no habia de retroceder estreme-

cido al ver que en los brazos tendidos de aquella desventurada faltaba la

mano derecha ?

Arrojáronse todos precipitadamente á la calle , gritando: « ¡la bruja!

¡LA bruja! » apodo con que era ya conocida en. Madrid como pordiosera la

pobre mutilada, y con el cual, ó el nombre de Inés, seguiremos designán-

dola en la presente historia.

¡Todos!... Hemos dicho mal... no huyeron todos. Huyeron los que pocos

momentos antes hacian alarde de valor contra los vencidos... Huyeron de

una débil mujer los que en su orgullosa altanería parecían poco antes dis-

puestos á arrogarse el derecho de avasallar á todo el orbe. Así son los adu-

ladores de los reyes. Quieren ser señores y no son mas que embrutecidos es-

clavos, cuyos mentidos blasones respiran por- todas partes orgullo y cobardía.

Estos miserables son de mas baja condición que esa misma plebe que tanto

les repugna.

Huyeron los que acababan de juzgarse aludidos y amenazados al oir re-

petir la palabra ¡asesinos! ; pero el bizarro joven de los ojos negros no hizo

mas que ponerse de pié y mirar absorto á la infortunada mujer que se le

acercaba.

Impelido como por un instinto de compasión, abrió el joven maquinal-

mente sus brazos, y lanzándose en ellos la pordiosera, permaneció largo rato

exhalando sollozos y vertiendo copioso llanto de dolor, que enterneció de un

modo estraño el bello corazón del duquecito. Ambos derramaron lágrimas

primero ,

y entraron después en conversación.

— Buena mujer — esclamó el duquecito violentándose por ocultar su emo-

ción — ¿qué le sucede á usted?

— ¿Qué me sucede? Una gran desgracia.

— Esplíquese usted, y si puedo remediarla Ya sabe usted que somos

antiguos conocidos...

— Sí... lo sé... es verdad... conocidos... nombre que se da á los que no

I. 4


26 roiiUKS Y 11 1 eos

luspiían interés... á aquellos á quienes lueuos se conoce. No puedo quejar-

me... soy pobre y desgraciada.

—Precisamente son esas las dos recomendaciones mas interesantes para

i\ii , y estrafio la reconvención, cuando tiene usted pruebas de que no me es

¡ndilerente la suerte de los desvalidos. La espresion de antiguos conocidos es

en verdad poco afectuosa... mejor bubiera becbo en decir antiguos amigos;

pero no hacen falta las palabras, cuando creo baber probado á usted con

obras que mis mejores amigos son los pobres, y

si estos son desgraciados

tienen un lugar predilecto en mi corazón. ¡Maldito sea el rico á quien no

conmueven los infortunios del pobre! ¡Maldito sea el que atesora riquezas

para derramarlas con profusión en escandalosas orgías , mientras ve con ojos

serenos y corazón empedernido el espectáculo desgarrador de una familia in-

digente !

¡ Maldito sea el que emplea el oro para seducir á la virtud y gozar-

se después en la indigencia, en el lloro y padecimientos de sus víctimas!

— ¡Maldito, sí, maldito! — esclamó con frenético rencor la Bruja.

— Pero es preciso tener presente que entre los ricos hay almas caritati-

vas y honradas ,

así como hay gentes malas y buenas entre los menesterosos.

Los hombres de bien , cualquiera que sea su posición en la sociedad , debea

amarse como hermanos, y consolarse recíprocamente, toda vez que en todas

las clases hay venturas y sinsabores. Yo también ,

en medio de todas mis ri-

quezas y comodidades, abrigo en el corazón un pesar que le desgarra de con-

tinuo.

— Un pesar ! — interrumpió la Bruja con ansiedad.

¡

— No es nada — repuso el joven como arrepentido de una imprudencia, y

fingiendo sonreirse, añadió: — El hombre mas dichoso alimenta siempre al-

gua deseo alguna ambición que no puede satisfacer... y esto debe dis-

gustarle... causarle un pesar...

— No, no, don Eduardo , el pesar que desgarra el corazón de usted es

mas profundo... Yo daria mi vida por mitigarle...

— Cuando se trata solo de un disgusto efímero...

— En vano quiere usted ocultarme su dolor. Hace tiempo que le he adi-

vinado... y la causa también.

— ¡Qué dice usted?!!

— A. mí nada se me oculta , don Eduardo.,. La Bruja de Madrid lo sa-

be todo.


LA BRUJA DE MADRID. SQf

Y esta última frase la pronunció en tono misterioso y solemne.

— llágame usted mas favor, Inés, y no me confunda con el vulgo igno-

rante , ni con esos necios fanáticos que acaban de huir de este sitio á Iíí

aparición de usted. Yo no creo en tan estúpidas supersticiones Háhle-

me usted pues con franqueza , y esplíqueme sin rodeos la causa de todos

sus males y la nueva desgracia de que hace poco me hablaba usted. ¿ Por

qué daba usted tan horrendos gritos al entrar aquí?

— El origen de todos mis males, don Eduardo... está á la vista. Soy po-

bre... mi presencia espanta., mi rostro repugna... todos huyen de mí en vez

de favorecerme y

si algunos se reúnen en mi alrededor es para hacer mo-

fa y escarnio de mis infortunios. Ellos se divierten al oir mis pronósticos,

que procuro amenizar con chistes que cscitan generales risotadas , y cada

chiste que yo pronuncio riéndome también , hace en mi corazón el mismo

efecto que hiciera al caer en él una gota de plomo derretido.

— ¿Pues por qué no abandona usted ese modo de vivir? ¿Por qué se

hace usted el juguete de la soldadesca y de los ociosos?

— Es mi profesión , y por desgracia me es imposible ejercer otra alguna.

Al decir esto enseñó la infeliz el brazo derecho sin mano.

— ¿Y qué necesidad tiene usted de ejercer profesión alguna?

— Quise dedicarme ala mendicidad; pero al dirigirme á las personas

que me parecían mas caritativas , lejos de compadecerse de mis lamentos,

alejábanse de mí , volviendo la vista al otro lado sin favorecerme. Dichosa-

mente empezaron algunos muchachos á llamarme Bruja, apodo que se gene-

ralizó en breve, y no contribuyó poco á ello mi astucia. Escudriné agenas

conductas , atisvé las acciones de algunas gentes, instruíme en la carrera

que abrían á mis pasos los mismos ultrajes del vulgo, y no tardé en apare-

cer adivina y profeta. Procuraba sembrar mis pronósticos de esas chocarre-

rías groseras que suelen caer en gracia á la multitud , ganaba así algunos

cuartos, y con esta industria proporcionaba pan á mis padres.

— ¿Viven los padres de usted ?

— Mi padre fué en otro tiempo un zapatero de los de mas fama. Hizo una

regular fortuna, y la sacrificó en las aras de la libertad. Abrazó de buena fé

un partido el de los constitucionales y sufrió las consecuencias que su-

fren todos los que en este mundo obran de buena fé. Se arruinó cuando era

ya viejo en demasía para hacer nueva fortuna.


28 POBRES Y UICOS

—¿Y su mujer?

— Está ciega. Imposibilitados ambos ,

no tenían mas recursos que las ga-

nancias de la escarnecida Bruja, que para reunir una cantidad insignilicante

tiene que arrostrar públicamente todo género de ultrajes , y recibirlos coa

risotadas que aparentan alegría y son exhalaciones de la mas cruel tortura.

— Eso es horrible ;

y usted ha sido muy criminal, señora.

— ¡Criminal!... Es verdad... y Dios me castiga.

— Sí señora, ha sido usted criminal en no admitir mis socorros.

— No los he necesitado nunca, me bastaba mi profesión.

— Pero esa profesión es humillante. Yo soy hijo de un potentado , me

sobra el dinero... y se lo he ofrecido a usted mil veces.

— Y mil veces le he dicho á usted que no puedo admitir dádiva alguna

de los potentados... lo he jurado ante la Divinidad, y preferiré todos los hor-

rores del mundo á quebrantar mi juramento. Estoy resuelta, y crea usted

don Eduardo, que poco esfuerzo necesito para llevar á cabo mi resolución,

porque las dádivas de los ricos me degradarían. Les detesto á todos... menos

á usted don Eduardo.

— ¡ Cómo ! ¿y no son mas degradantes las limosnas de los vagos que se

divierten á costa de la desgracia?

— No son limosnas lo que me dan , es el pago de mis sortilegios.

— ¿Y cómo cree usted que la degradarla un socorro mió , cuando no en-

tro en el número de los que merecen su odio?

— üíi socorro pecuniario usted es el último de quien lo recibiera

mientras el señor duque de la Azucena viva.

— ¿Qué misterio es este?

— Ninguno. Es un odio inestinguible que profeso á los ricos; ya lo dije.

— Yo soy rico también.

— Usted es la escepcion de la regla... también lo he dicho.

—Pues siendo así, ¿por qué rehusa usted mis auxilios?

— Pecuniarios no los admitiré nunca; pero puede usted prestármelos de

otra naturaleza.

— Hable usted.

— Me han arrebatado á mis padres.

— ¿Quién?

— Los asesinos.


LA BRUJA DE MADRID. 29

— ¿Los asesinos? Me llena usted de terror. ¿Qué asesinos son esos?

— Los que mandan.

— Silencio... sea usted mas prudente... pueden oirnos..,

— No temo á nadie.

— Pero me compromete usted.

— Es verdad... soy muy indiscreta. ¡Perdón! ¡perdón!...

—¿Dónde están sus padres de usted?

— En la tumba mi padre , y mi pobre madre en la Galera.

— i Dios mió ! Es usted efectivamente muy desgraciada. ¿ Y por qué no

ha puesto usted antes en mi conocimiento esta ocurrencia?

— Estuve dias y dias á la puerta de su casa aguardando que usted salie-

se de ella. Cansado el portero de verme allí, me dijo que estaba usted au-

sente y que era inútil aguardarle. :' -

— Es verdad, he estado un mes en Andalucía.

— Yo no creí al portero y mi desgracia hacíase mas acerba con la zozo-

bra de si estarla usted enfermo. El caso es que , sin ningún protector en mi

apurado trance ,

porque en este mundo soy un ente odioso y despreciable pa-

ra todos... menos para usted, hijo mió... señorito quise decir, disimule usted

si me escedo á impulsos de mi gratitud.

— Todavía nada he hecho en favor de usted.

— Pero usted no me odia como los demás... no huye usted de mí... me

promete protección y esto mitiga mis padecimientos. Nunca lo había du-

dado , y lié aquí porqué buscaba á usted con ahinco. Me decía el corazón que

hubiera usted salvado á mis padres; pero ahora... les han asesinado ya...

Mi padre ha bajado al sepulcro y no tardará mi madre en seguirle. Cuando

pienso en tan cruel injusticia, maldigo á los verdugos que la han consumado,

la sangre se me aglomera en las sienes y prorumpo en gritos contra los ase-

sinos de mis padres , porque les condenaron á diez años de encierro en una

prisión , y esto ha sido clavar el puñal en el corazón de dos virtuosos an-

cianos.

La desventurada hija anegóse en acerbo llanto.

— Tranquilícese usted — repuso don Eduardo enjugándose los ojos. —Aun

hay medios para ver si logramos suspender los efectos de la condena, y sal-

var á lo menos á su madre de usted. Tengo buenas relaciones y todas las

pondré en movimiento.


30 POUKKS Y IlICOS

— Gracias , don Eduardo , ^Tíicias — esclainó la /^ruja pasando por sus

lacrimosas mejillas su descarnada mano izquierda. — Conozco el buen cora-

zón de usted, y sabia que no me abandonará... Asi es que estaba yo bace

poco á la puerta del café... con el corazón lacerado como siempre... hacien-

do reir á los demás... cuando he oido la voz de usted, y acordándome de

mis padres y de sus verdugos, me ha acometido un violento acceso de furor.

He encontrado abiertos los brazos de mi protector generoso, y derramando

copioso llanto en su seno he sentido un consuelo inesplicable.

— Confio que ese consuelo es precursor de otras satisfacciones— dijo ea

tono afectuoso don Eduardo.

AI decir esto prometíase don Eduardo alcanzar la libertad de la presa y

señalarle una pensión, toda vez que su hija nada queria admitir. De esta se-

gunda idea nada quiso decirle temeroso de que aquella mujer estraordinaria,

desdeñase también semejante generosidad á nombre de su madre. Conten-

tóse con preguntar

:

— ¿Y qué crimen se les imputaba?

— Horrorícese usted , señorito... He dicho antes que mi padre era liberal;

pues bien, conservaba en casa un retrato del infortunado Riego , y

por este

solo delito ha sido condenado á diez años de presidio y llevar pendiente del

cuello el retrato hasta la plazuela de la Cebada , donde fué quemado por el

verdugo. Al oir esta sentencia , un

horroroso accidente le ha quitado la vi-

da, como si Dios hubiese querido arrebatarle de los asesinos y conducirle á

su lado.

— i Es posible!!! Diez años de presidio por tan leve causa! ¡Diosmioí

esto es espantoso. Los desiertos del África son preferibles á esta nación ava-

sallada siempre por inicuos ambiciosos. ¿Y su madre de usted?

La pobre ciega ganaba algunos cuartos cantando canciones patrióti-

cas, y se le hace espiar esta falta en la Galera , donde también debe perma-

necer diez años, si es que puede la infeliz sobrellevarles.

— Imposible parece que á tal estremo lleven su espíritu de venganza,

los hombres que por su posición debieran dar ejemplo de tolerancia y frater-

nidad.

En este momento presentóse de repente azorado y seguido de un piquete

de tropa armada , un hombre de traje negro y mugriento, de bruscos ade-

manes Y siniestro continente.


LA BRUJA DE MADRID. 31

—Aquí está—esclamó con iracunda alegría señalando á la Bruja.—Pren-

dedla.

— Deteneos— dijo don Eduardo á los soldados.

— Prcndedla os digo! — gritó con imperio el hombre de ruines trazas.

Los soldados arrebataron á la pobre Inés de los brazos de su protector y

se la llevaron con violencia, casi arrastrándola , mientras la infeliz lanzaba

desaforados gritos de desesperación. Don Eduardo quiso hablar en favor de

aquella infeliz y sus razones fueron groseramente despreciadas.

Si se cree que hay exageración é inverosimilitud en la sentencia pronun-

ciada contra los padres de la Bruja ,

ábrase la historia de España escrita por

el padre Juan Mariana con la continuación de Miniana y Toreno y se halla-

rán las sangrientas líneas siguientes

:

«Suspéndenos muchas veces en medio de nuestra tarea el rellexionar cuan

ingrata suerte nos ha cabido en haber de referir sucesos tan poco gloriosos

como los de las calamitosas épocas que dejamos atrás, y

los que ahora con la

asombrosa fecundidad del mal se agolpan á nuestro alrededor. Sin embargo,

de estos últimos , aunque en lo general puede decirse que no se ofrecen to-

taimente destituidos de importancia, su escaso interés por una parte , y por

otra la semejanza que relativamente entre sí conservan , así como el deber

de no prolongar demasiado una relación que por la homogeneidad de hechos

se haria insípida y enojosa , nos fuerzan á esponer solamente los de mas bul-

to, á distribuirlos en puntos generales, siempre que sea posible , y dar á la

narración la ligereza que reclama un periodo meramente transitorio , cuyos

pasos retrógrados hemos seguido diez años antes, dado que en el actual ad-

quiere un carácter de reacción mas marcado todavía , por el desenfrenado

impulso del fanatismo, el desprecio de los saludables avisos de la esperien-

cia y el vértigo destructor de antiguos y mal saciados rencores. La pluma

debiera trazar con sangre los caracteres que espliqueu la historia de tan in-

fandos dias; pero el honor de la patria , que no es posible defender á veces

sin faltar á la verdad, debería también dictarnos un lenguaje de moderación,

incompatible con los sentimientos que tan atroces escándalos inspiran, y dig-

no de las altas prendas de historiador y filósofo , de que por nuestra parte

no somos deudores ni al estudio ni á la naturaleza.

Lo que primeramente llama nuestra atención en el año que nos ocupa es


32 l'OUHKS Y MICOS

el esiablecimienlo de comisiones luilitareb ejecutivas y permanentes, para co-

nocer de los delitos de conspiración y hurlo, las cuales existían en todas las

capitales de provincia, residencia de los capitanes j^enerales; y como su mis-

mo titulo lo indica, estaban compuestas de gefes militares, que juzgaban y fa-

llaban según el reglamento especial que al electo se había lormado. Este era

por si sobrado arbitrario y duro desde un principio, pero con motivo de varias

dudas á que su oscuridad díó margen, fué preciso algún tiempo después marcar

las penas que debían imponerse á cada delito ; ley de que avergonzados y

temerosos á un tiempo sus autores , no se hizo mención en la Gaceta de Ma-

drid y como de todas las resoluciones importantes del soberano, haciéndolo

únicamente el Diario de la capital. Quedaban sujetos por ella á la pena de

muerte los enemigos de los derechos del trono y los parciales de la Constitu-

ción ; los escritores de papeles ó pasquines concebidos en el mismo sentido;

los que hablasen contra la soberanía de S. M. ó en favor de las abolidas ins-

tituciones , á no ser que como efecto solo de una indiscreción exaltada , me-

reciese su delito un castigo mas humano ; los que incitasen á otros á formar

alguna partida , mediando actos positivos , como entrega de dinero , armas,

municiones ó caballos ; los que con el íin de trastornar el gobierno de S. M.

ú obligarle á condescender en cualquier acto contrario á su voluntad sobera-

na, promoviesen alborotos que alteraran la tranquilidad pública, no siendo

caso de escepcion ni aun la embriaguez misma , si el delincuente era con-

suetudinario en este esceso ; los que gritasen muera el rey , mueran los ser-

viles ó los tiranos, y viva Riego, la constitución ó la libertad , y por último

los masones , comuneros é individuos de otras sociedades , que no estuviesen

comprendidos en un decreto que se publicó con fecha 1 .° de agosto.

Una junta compuesta de hombres ágenos de todo conocimiento legisla-

tivo , sin práctica de juzgar , obligados , si no por sus opiniones , por su po-

sición al menos y compromisos , á hacer ostentación de un rigor , que se

hubiera llamado ferocidad en el juez mas inexorable , ¿cómo podía adminis-

trar justicia rectamente ni infundir á los ciudadanos el contento y

la tran-

quilidad que hacen tolerables las miserias de la vida? ¿A quién no espanta

la sola idea de que el grito de viva Riego fuese sofocado por el dogal del

verduo-o , y que el hombre que manifestase abiertamente sus opiniones hu-

biese de espiar su imprudencia en un cadalso, como el mas perverso de todos

los criminales ? En medio de tan terribles zozobras , ni aun la esperanza que-


LA BRUJA DE MADUID. 33

daba de que el tánimo compasivo de los jueces atenuase la crueldad de aque-

lla bárbara ley : todos ellos eran elegidos de entre los que mas aptos se creian

para desempeñar tan repugnante cargo; y aun cuando alguno hubiese in-

tentado mostrarse sensible á la voz de la humanidad, la interpretación que se

hubiera dado á sus sentimientos le hubiese puesto muy pronto en el caso de

m poder ejercer las funciones de protector de la inocencia. Una vil y mu-

chas veces falsa delación, una envidia ,

una palabra cualquiera que se repu-

tase ofensiva á la religión , al monarca , ó á los que se apellidaban defenso-

res suyos , sobraban para sumir á un español en sucias prisiones , poner en

inminente riesgo su vida, y

si por singular merced se le perdonaba esta,

para arrastrar las cadenas de la desgracia en medio de los seres envilecidos

que gemian en los presidios.

¡ Cuántos fueron condenados á ellos á consecuencia de una acusación in-

fame ! ¡cuántos sacrificados en un patíbulo por no haber podido reprimir su

indignación en vista de los atropellos y brutal conducta de aquel gobierno

sanguinario! A los que pongan en duda semejantes aserciones, pudiéramos

citar innumerables casos que desvanecerian su incredulidad : llenas están las

Gacetas de aquel tiempo de sentencias de las comisiones militares que estre-

mecen y horrorizan ; ciento doce individuos fueron fusilados ó ahorcados en

el espacio de diez y ocho dias que median desde el 24 de agosto hasta el 12

de setiembre, y acaso ni uno solo habia merecido tan desventurada suerte. Por

EL solo hecho de CONSERVAR COLGADO EN LAS PAREDES DE SU HABITACIÓN EL RE-

TRATO DE Riego, fue condenado un zapatero llamado Francisco de la

Torre , Á diez años de presidio , y Á llevar pendiente del cuello el retra-

to HASTA LA PLAZUELA DE LA CeBADA DE MaDRID , DONDE DEBÍA PRESENCIAR LA

QUEMA DEL MISMO RETRATO POR MANO DEL VERDUGO, y SU muger María Man-

cera , por la conservación del mencionado retrato , y por su irreverencia y

poca devoción á una estampa de la Virgen nuestra Señora, á la pena de otros

diez años de Galera. ¡Qué cúmulo de reflexiones no pudieran deducirse de

este solo ejemplo , casualmente entresacado de otros mil en que abundan los

fastos de época tan ominosa !

»

Una sola reflexión añadiremos á las del historiador que con tan vivos co-

vos colores ha trazado el fiel retrato del gobierno de un rey absoluto. El he-

roico pueblo español ha rechazado y anonadado para siempre este régimen

de escándalos , de crímenes y de venganzas , y ha espulsado de su seno á


34 POBKKS Y HIGOS

SUS mas sanguinarios defensores , ios frailes.

Imposible parece que haya todavía un vastago de regia estirpe, que como

rey absoluto aspire á aclimatarse en España bajo la sombra del fanatismo

popular. Este fanatismo no existe ya. Ha sido reemplazado por la ilustración

de las masas trabajadoras.

El bando apostólico se ilusiona torpemente ; los hombres de la reacción

sueñan : Montemolin delira ; y esa turba de foragidos que acaudillados por el

estúpido grumete de Tortosa (I ) tremola el estandarte de la religión con una

mano asesina salpicada de sangre inocente , no tiene mas simpatías en el

pais ,

que las que pueden alcanzar de una nación culta los miserables instru-

mentos de ambiciones bastardas.

(1) Esto se escribe el 5 de marzo do 1849.


CAPITULO lll.

PROMESAS DE PALACIEGOS.

Dicen entre jnplerias

Razones desaguisadas,

Y porque non vomitcdcs

Ya la pildora dorada.

Mil mentiras falagüeñas

Non verdades á vos fablan,

Ca una vegada bregaron

La verdad é la privanza.

RüMANCEUO DEL CiD.

'KiAUUU

«Un rey que hace alarde de gobernar con cetro de hierro (ha dicho ua

historiador coetáneo con referencia á Fernando VII) y se opone bruscamente

á toda esperanza de reconciliación, da pruebas ó de ingenio muy escaso ó de

la mas fementida malicia. Fernando participaba de entrambos defectos.»

Así era la verdad; con inaudita obstinación persistía Fernando en el afán

de consolidar la mas ominosa tiranía. La sola idea de cercenar su omnímodo

poder , atormentábale de un modo violento , y soñando conspiraciones , re-

vueltas y peligros ,

decia á todas horas que estaba resuelto á no hacer conce-

sión alguna á los pueblos y que era su soberana y terminante volüntai>

REINAR como REY ABSOLUTO, COMO DÉSPOTA Y ARBITRARIO SEÑOR DE SÜS VASALLOS.


36 POÜHES V lucos

No contento con hacer púbücos entre los palaciegos, senlinüentos que

aniancillahan el decoro de la nación , dirigió á esta un inaniíiesto, en el cual

con tono altivo y amenazador decia haber sabido con dolor é indignación que

se circulaban insidiosamente voces alarmantes de que se le queria obligar á

hacer reformas en el régimen de sus reinos, alterando sus antiguas y vene-

randas leyes fundamentales y limitando su soberana y real autoridad. Ana-

dia ser para él un deber desvanecer del todo tan criminal como maliciosa in-

vención, y en su consecuencia declaraba que no solamente estaba resuelto á

conservar intactos y en toda su plenitud los legítimos derechos de su sobera-

nía, sin ceder entonces ni en tiempo alguno la mas pequeña parte de ellos ni

permitir que se estableciesen cámaras ni otras instituciones, cualquiera ([ue

fuese su denominación, prohibidas por nuestras leyes , y opuestas á nuestras

costumbres; sino que tenia las mas solemnes y positivas seguridades de que

todos sus augustos aliados, que tantas pruebas le habían dado de afecto y efi-

caz cooperación al bien de sus reinos, continuarían auxiliando en todas oca-

siones á la autoridad legítimay soberana de su corona, sin aconsejar ni propo-

ner directa ni indirectamente innovación alguna en la forma de su gobierno.

Este guante arrojado á la faz del pueblo del dos de mayo era un horrible

destello de la mas negra ingratitud. La nación aceptó el reto y desde enton-

ces quedó abierta la liza , en la que es de todo punto imposible deje de hun-

dirse para siempre en el abismo la tiranía de los reyes.

Al declarar de tal guisa su impolítica resolución, queria Fernando alar-

dearse cual señor de vidas y haciendas ; pero el pobre rey no era en realidad

mas que un mísero esclavo del tenebroso club de fanáticos frailes, curas su-

persticiosos y aristócratas ignorantes, que con la denominación de bando

apostólico, cuyo gefe era el Canónigo Víctor Saez, á la sazón primer conse-

jero de la corona, teníale avasallado á la manera de ridículo maniquí.

En este período vergonzoso de abominables injusticias conoció don Eduar-

do la dificultad de hacer triunfar á la inocencia por medios legales, cuando

eran los sacerdotes de la misma ley, los primeros que la infringían para adu-

lar al tirano.

Quiso poner en movimiento sus vastas relaciones para alcanzar la liber-

tad de sus protegidas ; pero si bien es verdad que mil personas de grande in-

flujo le prometieron gestionar para facilitarle el logro de su intento, cierto; es

también que ninguna de ellas osó dar un solo paso en este asunto por temor


LA BRUJA DE MADRID. 37

de comprometerse. Además, tratábase de dos pobres mujeres indigentes, y

lejos de interesarse por ellas los magnates , ridiculizaban en la ausencia del

duquecito, su escesiva caridad para con unas miserables nacidas de la hez

del populacho.

Veamos lo que á los pocos dias le aconteció en la tertulia de la marquesa

de Verde-Rama.

Esta señora ,

que en su juventud habia sido una de las mas lindas notabi-

lidades de la corte de Carlos IV, tanto por sus gracias y hermosura, como

por la estremada coquetería con que sabia dar pábulo y esperanzas á un en-

jambre de galanteadores que la obsequiaban á la vez ,

no habia cumplido los

diez lustros; pero faltábale solo un invierno para cargar con la pesada cruz

de medio siglo. Con todo, merced á ese mismo tesoro de años y esperiencia

que poseia , habia adquirido tal destreza en el arte de ocultar los estragos del

tiempo ,

que al salir del tocador hubiera parecido una beldad de treinta abri-^

les , á no ser las delatoras y fementidas ojeras, hijas de voluptuosos escesos

y lúbricos insomnios, que se rebelaban contra los primores del tocado, el bri-

llo de las joyas y la elegancia y lujo del traje.

Esta mujer, altiva por demás , tanto por el rango que ocupaba en la cor-

te, como por los recuerdos de sus triunfos en amorosas lides, tenia el placer

de contemplarse reproducida en su hija única, que verdaderamente era ua

fiel retrato de su digna mamá ,

ca de la mas reíinada coquetería.

y habia aprendido en su escuela toda la tácti-

Inmenso era el catálogo délos adoradores de la niña, si bien parecía dar

la preferencia á don Agapito , de quien poseia una colección de poesías eró-

ticas, en las cuales figuraba como protagonista, y que poulatinamente le

habían sido entregadas en momentos críticos y solemnes.

La madre , heroína de corazón asaz gastado , imitando el ejemplo del ve-

terano en su retiro, contentábase con repetir una y mil veces el relato de sus

antiguas conquistas , sin renunciar por eso á alguna que otra escaramuza; pe-

ro de nadie recibía los piropos con tanto agrado, como de su antiquísima apa-

sionado el viejo duque de la Azucena, que la tenia en continuo bloqueo.

Tal para cual, como suele decirse; pues lo que le faltaba á la marquesa

de Verde-Rama para completar su medio siglo de fecha, sobrábale al duque,

por manera que entre ambos á dos venían á formar un siglo ambulante herma-

frodita.


38 POBRES Y RICOS

Hacia mas de treinta años que estos dos personajes se profesaban singular

carino, cariño que en algunos intervalos habíase convertido en fogosa pasión,

y en otros en vengativo despecho producido por el impulso de los celos mas

ó menos fundados.

Unas relaciones tan íntimas como antiguas, plagadas de románticas peri-

pecias, era para los vetustos enamorados un manantial copioso de grata con-

versación. Cuando sus frases adoptaban el comienzo del inagotable se acuen/a

usted , era tal la aglomeración de ideas en sendas imaginaciones, que los ar-

gumentos de uno y otro sucedíanse con tal celeridad, que acababan por ha-

blar á la vez dirigiéndose preguntas cuya contestación se eludía por sabida y

supérílua.

— ¿Se acuerda usted, marquesa — preguntábale el duque aquella noche—

se acuerda usted del brillante sarao en que tuve el gusto de hacer á

usted mi primera declaración amorosa? Fué en agosto del año mil setecientos

noventa y cinco, en el palacio del duque de la Alcudia, en celebridad de ha-

berle agraciado el rey don Carlos con el título de príncipe de la Paz. ¡Oh!

no olvidaré nunca aquel feliz momento. ¿Se acuerda usted de la magnificen-

cia y suntuosidad de aquellas reuniones? ¿Se acuerda usted de la libertad

que habia en ellas? ¿De las intrigas amorosas que amenizaban aquella ele-

gante y selecta sociedad? ¿De la multitud de damas de escesiva belleza, en-

tre las cuales descollaba usted por todos conceptos, lanzando miradas homi-

cidas, que asesinaban de envidia á las demás hermosuras y de amor á sus-

adoradores?

. —Gracias,

amigo mió, por el galanteo — respondió la marquesa diri-

giendo al duque una lánguida mirada con magistral coquetería.—Y usted,

buena alhaja, ¿se acuerda de quién era el preferido, ó mejor diré el único

que me interesaba de cuantos me rendían sus obsequios?

— ¿Quién era ese feliz mortal?

— ¿Lo ignora usted?

—Presumo adivinarlo , y tendría una satisfacción en oírselo decir á usted.

— Era el duque de la Azucena, pero usted , siempre ingrato siempre.

con nuevos desaires

— ¿Yo, señora?!

—Usted... Defecto muy reprensible del cual adolece usted todavía.

¡Siempre desprecios!...


— ¡Desprecios!... No entiendo por vida mia...

— ¡

LA BUUJA DE MADRID. 39

Pues qué!... ¿no acaba usted de ponderar los antiguos saraos, califi-

cados por su entusiasmo de usted de suntuosos y magníficos , que daba Godoy

el favorito de Carlos IV ,

ó por mejor decir de María Luisa? Con todo, señor

duque , usted es la única persona á quien he oido tributar elogios á la ele-

gancia de los salones de aquel aventurero. No parece sino que ignora usted

el origen de la elevación de aquel valido. Godoy era un admirable tocador de

guitarra , y á la habilidad con que tañía este instrumento, tan plebeyo como

insípido» debió su repentina elevación, que no fué por cierto obra del rey,

sino de la reina... de la reina , señor duque... Creo que entiende usted mi

reticencia.

— ¡

— ¿Maliciosa por que no se me ocultaban las travesurillas de la reina?

Siempre maliciosa y siempre severa!

¿Severa por que hago justicia á la estupidez de Godoy ?

— Pero no me hace usted justicia á mí. Verdad es que acabo de elogiar

los saraos del duque de la Alcudia

— ¿Y cree usted que esos himnos de alabanza son tolerables? ¿Cree us-

ted que la sociedad que se reunía en el palacio del guitarrista de Carlos IV,

admite parangón siquiera con la que ocupa los salones de la marquesa de

Verde-Rama? ¿No se reúne aquí lo mas selecto de la corte? ¿ En cuanto á

lujo y elegancia tienen mis salones algo que envidiar á los del valido del

rey... favorito de María Luisa? Ha dicho usted bien , amigo mió—añadió la

marquesa exhalando una risa burlona, destello de su escesivo orgullo...— ha

dicho usted bien, en los saraos de Godoy reinaba la mayor libertad que

frisaba en licencia , así como las intrigas amorosas de que ha hecho usted

grata mención , no eran mas que un germen de inmoralidad y escándalo.

Compare usted aquella ebullición de mal gusto con la grave etiqueta que im-

pera en mis salones, y espero que rectificando su juicio, hará la debida jus-

ticia al buen tono , á la verdadera elegancia y esquisito gusto que campea en

este recinto.

— Conozco, marquesa, que he sido un insensato en prodigar elogios á

otras reuniones , cuando este palacio atesora todos los hechizos de un Edén;

pero no ha sido tan grave mi pecado , que no merezca absolución.

— Ya sabe usted que no hay absolución sin que preceda penitencia...

— Cumpliré gustoso la que se digne usted imponerme que no será ;

muy


4-0 POBKKS Y lucos

cruel si ha de ser proporcionada ú la culpa, lie sido indiscreto en ensalzar los

saraos del príncipe de la Paz; pero no olvide usted que estaba usted en ellos,

y cualiiuiera que sea la morada que usted embellece coa sus gracias y taleo-

ios, se convierte para mí en deleitoso paraíso.

^í)l — Bravísimo, señor duque... lia estado usted feliz en la confesión y me

reservo para otro momento el derecho de imponerle la penitencia. Entre tan-

to queda usted absueito ; pero cuidado con la reincidencia, porque en tal caso

«eria inexorable. No puedo tolerar elogios ágenos. Todavía no sabe usted lo

celosa que yo soy... y á fé que bien debía usted estar escarmentado. ¿Ha

olvidado usted el motivo de mi casamiento ?

— Fué usted muy cruel á la sazón.

— ¡Alabo la serenidad de usted ! ¿Con que fui muy cruel , cuando usted

faltó á todas sus promesas y juramentos?

— Porque prodigaba usted lisonjas á mil galanteadores.

Hir-rtí^JEs que usted veia fantasmas en todas partes.

—Yeia la realidad... y quise vengarme

— No hable usted mas, duque, no hable usted mas; pues ana cuando

iiuLiera sido yo culpable, debiera usted haber elegido una venganza mas dig-

na de raí mas digna de usted mismo. ¡ Encapricharse por una mozuela del

pueblo !

¡ Eso es horroroso ! Hice yo muy bien en casarme, y no debia haber-

me acordado mas de usted. Pero ahora que estoy viuda. .. ¡tonta de mí ! he

vuelto á enredarme en las mismas redes

—Yo le juro á usted que todos mis afanes y desvelos tendrán siempre por

norte la felicidad de usted, y me lisonjeo de que nunca tendrá usted el me-

nor motivo de arrepentimiento en corresponder á mi amor. Solo falta ya fijar

el dia para celebrar las bodas.

— Dia solemne Dos enlaces á la vez Esto exige grandes prepara-

tivos. Pero ¿y

si nuestros hijos frustran el proyecto? ¿Ha dicho usted algo á

Eduardo?

— Aun no; pero aprovecharé la primera ocasión que se me presente, y no

dudo que se allanará á mis deseos.

— Como no tenga otros amorcillos secretos

—No es probable. Estas cosas difícilmente se ocultan al ojo avizor de un

padre. La caza y los libros son los objetos predilectos de su afán. No le he co-

nocido otra pasión ,

y si lográsemos introducir en su pecho una sola chispa de


LA BIIÜJA DE MADRID. 41

amor Elisa es linda y graciosa... como su madre... y no creo que Eduar-

do permanezca apático á la dicha de poseer tantos hechizos.

— Seria una ingratitud; porque hahlando con franqueza, amigo mió...

Eduardo es un gallardo ¡oven digno de aprecio por todos estilos; pero lleva la

mancilla de su nacimiento.

— Nadie masque usted sahe que sea hijo natural. La historia de mis lo-

cos amores, ó mejor dicho, la historia de mi ya olvidada venganza, no es co-

nocida en la corte.

— Así parece según el aprecio que se hace en todas partes de Eduardo.

Con todo , confiese usted que es una gran prueba de amor que le profeso , el

consentir en darle á mi hija por esposa.

— ¿Y no se opondrá Elisa á este casamiento ?

— Elisa es dócil y complaciente No tiene mas voluntad que la mia.

— ¿Pero está su corazón libre? Entre tantos como rendirán homenaje de

admiración á sus encantos ,

¿no habrá algún joven afortunado que haya me-

recido su predilección? ¿Será posible que no haya sentido aun la llama de los

primeros amores?

— ¿Qué entiende ella de amores? El baile y el tocador son sus ídolos. Le

gusta, como á todas las niñas, parecer bella, y mas oírselo decir á los jóve-

nes elegantes Así es que habla y se rie con todos ellos; pero estoy muy

segurado que ninguno ha turbado la tranquilidad de su alma.

Mientras así ponderaba la mamá el candor y la inocencia de su hija, ocur-

ría entre esta y el poeta don Agapito una tierna escena que no dejaba de ofre-

cer contraste con las maternales palabras.

— ¿Con que tanto rae ama usted, don Agapito? — preguntaba la joven al

poeta con voluptuosa languidez.

— ¡Oh! si la amo á usted! — respondía con entusiasmo el inspirado

vate. — No amó tanto Júpiter á Juno , ni Apolo á Climene , ni Céfiro á Cloris,

como yo á mi encantadora Elisa.

— No sé si lo crea.

— Jamás falto yo á la verdad, y si no la digo en este feliz instante, con-

siento en que el Dios del Olimpo me transforme en pez como á Venus , en

cuervo como á Apolo , en vaca como á Juno , en cigüeña como á Mercurio, ea

macho cabrio como á Baco, ó en gata como á Diana; pero no , no... Si algu-

na metamorfosis ambiciono, es la de que se valió el mismo Júpiter convirtién-

I. 6


^2 POURBS Y UlCOS

(lose eü cuclillo ó abuhilla para volar á refugiarse en el seno de nieve de una

hermosa.

— ¿Y quién habría de ser esa beldad tan feliz?

— ¿Quién sino mi adorada Elisa, joven y bella como Hebe la copera de

los dioses, ataviada de encantos como Circe y llena de donosura, donosura

Sublime que podrian envidiar las mismas gracias Eufrosina, Aglae y Talía?

— ¿Y puedo creer que soy la única á quien dirige usted semejantes li-

sonjas?

— No son lisonjas, amiga mia, si no verdades que manan de mis labios

y

germinan en mi corazón. Son hijas de una pasión fogosa, que solo usted me

inspira y á nadie podria consagrar.

— Sin embargo , he visto ciertas cosas...

— ¿De quién , amable Elisa? Ni con los cien ojos de Argos verá usted ja-

más en mí una sola mala acción.

— Pues hoy he visto muchas, y su conducta de usted me tiene enoja-

dísima.

— ¡

!

Mi conducta

— Ya se vé que sí... obsequiando á todas las damas...

— ¡OIi, no!... no.... Solo he dirigido á alguna que otra los cumplidos

que la huena educación recomienda.

— Pues ya sabe usted que yo no quiero que dirija cumplidos á nadie.

— Pero á lo menos el acostumbrado saludo

— No señor... no debe usted saludar á nadie.

— Me tendrán por un grosero.

— No importa.

— Me apellidarán la hidra de Lerna...

— Digan lo que quieran.

— El dragón de Coicos...

— Mejor.

— El buitre de Prometeo...

— Inconstante !

¡ ¡ Siempre haciéndome sufrir !

-¿Yo?

— Usted ¡cruel! usted... ¿No he visto yo que regalaba usted un dulce á

doña Natividad ?

— ¿A. la condesa del Arroyo?

o


LA BRUJA DE MADRID. 43

— A la misma.

— Por Dios, Elisa, ¿y es posible que tenga usted celos de aquella es-

linge con mas años que Metra?

— ¿Y quién es esa Metra?

La bisabuela de Ulises, vea usted si será vieja la tal doña Natividad,

—Vieja ó no vieja, la estaba usted obsequiando.

— ¡

Qué

desatino ! Si yo no puedo sufrir á las viejas. Le digo a usted

francamante que á todas las arrojarla en las negras aguas del rio Aqueronte.

— ¿Y á las jóvenes no ?

Las jóvenes... Las jóvenes... no deben desaparecer...

—Ya... porque le gustan á usted todas...

— Solo una es el ídolo de mi corazón , bien lo sabe usted , Elisa ; pero

bueno es que vivan todas para que rabien de envidia al contemplar los hechi-

zos de usted. El caso es que me está usted reprendiendo, cuando soy yo el

que tiene mil motivos de queja. Siempre veo á usted rodeada de impertinen-

tes ,

que la están adulando...

— ¿Puedo yo impedirlo?

— Si yo tuviese la habilidad de forjar rayos como los cíclopes...

— ¿Qué baria usted?

— Un espurgo de rivales. La primera víctima seria ese marqués jiboso,

mas deforme que Priapo, rey de los sátiros, y tragón cual Heliogábalo. ¿No

le daría á usted pena casarse con ese monstruo ? Capaz seria de comerse los

hijos como Saturno.

— Calle usted ,

y no diga vaciedades. Demasiado sabe que ni mi corazón,

ni mi mano serán nunca de nadie mas que de usted.

—¿De veras? ¿ Me lo promete usted?

— Lo juro. ¿Está usted contento?

— Soy el mas feliz de los mortales.

Este amoroso coloquio fué interrumpido por los finos cuniplimieutos de un

elegante joven, que después de haber saludado á la marquesa de Yerde-

Rama, con indecible complacencia del duque de la Azucena, habíase aproxi-

mado á la hija de la casa para rendirle igual homenage de galantería.

Este joven era don Eduardo , cuyo simpático rostro había adquirido mu-

chos quilates de interés desde que una ligera sombra de melancolía velaba

sus espresivas facciones.


44 POBRES Y RICOS

Las frases que dirigia á la hija de la marquesa , sin ser estudiadas ni al-

tisonantes , rebosaban dulzura y sencilbz. La joven favorecida oíalas con

agrado y contestaba á ellas con amabilidad , dando motivo á que don Agapito

empezase á bullir de impaciencia, que procuralia disimular , ora arreglándose

las descomunales puntas del cuello de la camisa, ora jugueteando con el cor-

doncito del lente, ó componiéndose el enorme lazo de la corbata.

La angustia de do» Agapito duró breves minutos , porque no tardó don

Eduardo en dejarle el campo libre; pues habíale alraido á aquella sociedad uli

motivo mas grave para él que el pueril placer de prodigar galanteos al sexo

hermoso.

Había recibido aquella misma tarde una esquelita de un personaje de

grande influjo, concebida en estos términos:

« Querido Eduardo : Espero que esta noche nos veremos en la tertulia de

la marquesa de Verde-Rama. Estás servido en el asunto que me encargas-

te. Te esplicaré verbalmente lo que he logrado en favor de tus protegidas y

no dudo que quedarás satisfecho.»

Además, en casa de la marquesa tenia proporción de ver á otros muchos

que también le habían hecho formal promesa de gestionar en favor de las in-

felices presas. Violes en efecto y tuvo ocasión de hablarles á uno tras otro;

pero recibió un nuevo desengaño de lo que son los amigos en la corle, todos

ellos alegaron ridiculas disculpas, y sacó en limpio que no habían dado un

solo paso , después de haberle colmado de promesas y seguridades.

Por último preséntesele como llovido del cíelo el personage de la esqueli-

ta , y tendiéndole con aire de protección la mano, díjole muy formal:

— Sea el parabién, querido mió.

—¿Cómo así?

— He logrado mucho en obsequio de tus recomendadas.

— ¿Su libertad?

— No; pero su prisión les será ya mas soportable.

— Esplícate.

—En lugar de estar separadas, estarán madre é hija en una misma habi-

tación de la Casa-Galera.

— ¿Y es ese todo el gran favor que has alcanzado ?

—¿Te parece poco ?

—Gracias, amigo, gracias por el interés que te has tomado en este asunto.


LA BRUJA DE MADRID. 45

Desengañado y lleno de ira iba don Eduardo á salir del salón , cuando fué

detenido por un pcrsonage á quien no conocía.

— Caballero — dijo el incógnito . — Acabo de oir, sin querer, algunas pa-

labras que me han descubierto los deseos de usted.... y afortunadamente es-

toy en situación de poderlos satisfacer.

— ¿Me será permitido saber á quién tengo el honor de hablar?

— Mañana lo sabrá usted, si se digna acudir á mi cita.

— ¿A. qué hora?

— A media noche.

— Iré pero adonde?

El desconocido sacó su cartera , escribió en una hoja con el lapicero , y la

entregó á don Eduardo.

— Seré puntual— dijo el duquecito.

— No le pesará á usted — replicó el personage misterioso, que era nada

menos que uno de los gefes de la policía secreta.

¿Cuál será la intención del polizonte, complacer á don Eduardo, ó ten-

derle un lazo á traición ? Las citas á media noche son de mal agüero. Los si-

guientes capítulos nos esplicarán este enigma.

ili

Üíílliill liü"

fiirí.PCH


CAPITULO IV.

LA CONFIANZA.

y, --

Cf.OERCH

Madre mia, amores tengo ,

Lindos son á maravilla ,

No sé como me sostengo :

Mi pena no oso decilla;

Si queréis, madre, sentilla ,

Miradme cuando aqui vengo:

Madre mia, amores tengo,

Anónimo.

Mandatum novum do vobis, ut

diligatts rnvicem, sicut dilexi

vos, utelvos diügatis invicem.

S. Juan, ca^t 13, vers. 34.

Habíanse deslizado algunos dias desde aquel en que Cecilia y Enriqueta

recibieron los agasajos del duquecito don Eduardo en el café de la Cruz de

Malla, Este generoso y amable joven , abrumado con las gestiones que le

ocupaban incesantemente en favor de las dos desgraciadas , que por el único

delito de ser esposa la una y la otra bija de un liberal, habian sido ferozmen-

te encerradas en la Casa-Galera, sin que la desgarradora catástrofe de haber


LA BRUJA DE MADRID. 47

presenciado la muerte de aquel anciano inocente , hubiese mitigado la ven-

gativa saña de sus verdugos, sentíase dominado por el afán de alcanzar la

libertad de aquellas pobres mujeres, y este noble sentimiento, unido á la in-

dignación que la injusticia de los hombres hizo brotar en su corazón sensi-

ble, ocupábanle en términos que borraron de él los mas dulces recuerdos.

Don Eduardo habia olvidado ya la singular y profunda impresión que hicie-

ron en su alma los candorosos atractivos de la hermosa Enriqueta. Habia ol-

vidado aquella herida de amor ; pero la herida existia aunque ahogada por la

acerba tortura de ver padecer á la inocencia.

Cosa admirable ! Un joven lozano que salia apenas de la sensual i , ado-

lescencia y empezaba á sentir el fuego abrasador de la hermosa juventud,

habia olvidado los encantos de una niña seductora , por el afán de prestar

su generoso apoyo auna mujer deforme y repugnante! ¿Y quién era esta

mujer que tan marcada predilección alcanzó sobre la hermosura? Una pobre

cubierta de harapos á quien el vulgo daba el denigrante apodo de Bruja, á

quien los muchachos escarnecían y apedreaban por las calles ! Estas horribles

circunstancias que en los orgullosos suelen enjendrar el desprecio hacia el

desvalido , eran los atractivos que habían cautivado el noble corazón de don

Eduardo.

Hé aquí el joven que presentamos por tipo de la juventud aristócrata. Así

deseamos que sean los que se apellidan nobles. La verdadera nobleza es hija

de la virtud , y cuando se blasonan ridículos pergaminos , títulos heredados

como diplomas de necia vanidad, sin que una sola acción benéfica justifique la

nobleza de que se hace gala, semejante nobleza es bastarda y degradante, es

una mentira que pronuncia el crimen. En este caso , los miserables que tan

estúpidamente pretenden enaltecerse sobre los demás hombres, no tienen de-

recho aquejarse si levanta el pueblo su diestra soberana para aplastar la in-

solente cerviz del orgulloso.

Convénzanse los que se apellidan aristócratas , los magnates , los podero-

sos, los ricos, de que entre ellos y los demás hombres , Dios y la naturaleza

establecieron la mas perfecta igualdad. El desnivel de fortunas, consecuen-

cia inevitable de mil vicisitudes y causas infinitas , no da derecho á los ricos

para avasallar á los pobres é insultar su indigencia con provocativas miradas

de desprecio.


48 l'ÜDHES Y RICOS

Tan ¡asensata y absurda es la conduela de esos magnates frenéticos que

tratan de erigirse en altivos señores estigmatizando á las masas populares

con el sello de infamante servidumbre, tan inicuo y brutal es este proceder de

la ciega ambición de los poderosos , como anárquico , disolvente y criminal

es el aserto de los llamantes abogados de los pobres que aseguran que la

propiedad es un robo hecho al pueblo y que este pueblo tiene derecho á exigir

la restitución de lo que se le ha arrebatado y apoderarse de las fortunas de

cuantos poseen para repartirlas entre la comunidad.

¡La propiedad un robo! Imposible parece que haya en el presente siglo

hombres tan osados que tengan la avilantez de confundir la rapiña del ban-

dido con la honrada adquisición , el pillaje del facineroso con el galardón del

talento , el botín del salteador con el fruto del trabajo.

Y estos hombres que empiezan la regeneración del orbe por negar la exis-

tencia de su Criador, estos hombres que pretenden abolir la religión, el

matrimonio y la familia, se dan á sí mismos el título de filósofos humanita-

rios , de celosos abogados de las clases desvalidas; pero en realidad no soa

mas que dementes , haciéndoles favor , porque si no hay en ellos desorgani-

zación mental , hay perversidad de corazón , hay satánica hipocresía , hay in-

tención depravada.

Arránqueseles esa máscara de aparente virtud que les cobija , y presen-

tándoles en toda su deformidad , veremos que su decantada filantropía se con-

vierte en la maldad mas horrenda.

¿Y creen conquistar el honroso título de filántropos insultando grosera y

calumniosamente á todos los propietarios? ¿Creen poderse llamar benéficos

defensores de los pobres , porque escitan á estos á sublevarse contra los ri-

cos? i Delirio ! ¡ delirio horrible 1

Díganlo sin ambajes !

«aspiramos á la menguada gloria de ser capitanes

i>a BANDOLEROS,)) y entonccs reconoceremos la veracidad de sus palabras.

En efecto ,

no son los pobres honrados los que resultan protegidos por las

disolventes máximas de los comunistas , porque los pobres honrados , son

amantes del trabajo, y el trabajo y la honradez son las mas sólidas bases de

la propiedad. Únicamente los vagos, los crapulosos holgazanes dispuestos á

perpetrar todo linage de crímenes, constituyen la asquerosa clientela de los

apóstoles del comunismo, déla espoliacion déla propiedad, de la aboli-

ción de la familia. Llámense caudillos de vagos , capitanes de ladrones , abo-

I


LA BRUJA UE MADRID. 49

gados (le la disolución social, y no insulten á la humanidad pregonándose sus

mas celosos regeneradores.

¡ Abolir la familia !

¡ Monstruos! sois de peor condición que las mismas

lieras. El león ama á su compañera , el tigre acaricia á su madre, la hiena se

deja matar en defensa de sus hijos , y vosotros , solistas insensatos , queréis

arrancar del alma de los hombres los mas dulces sentimientos de amor

«El cristianismo, ha dicho un escritor contemporáneo, el cristianismo que

ha hecho tanto por la sociedad humana, conteniendo al hombre, obligándole

á inmolar sus inclinaciones, á respetar la debilidad de la mujer y la del es-

clavo, ha formado la familia cual está. Para un padre una madre no mas,

una raza de hijos no mas. He ahí lo perfecto de tan santa institución. Incons-

tantes el hombre y la mujer en sus gustos , pueden , no cabe duda, dejar de

seguir siempre la continencia que la ley cristiana ordena. Es muy raro ver-

les igualmente amantes en la juventud y en la vejez , pero con el tiempo el

afecto conyugal sucede al amor. El ser que se asoció á vuestros intereses du-

rante toda la vida , que tiene el mismo orgullo , la misma ambición , la misma

fortuna , no podrá nunca seros indiferente ; y si el contacto continuo, estre-

mado, de vuestras existencias, produjo sinsabores, el dia en que la muerte

os arrebata el ser que formaba vuestra compañía , el vacío que sentís os

prueba qué lugar aquel ser ocupaba en vuestra alma. Por otra parte ¿na

quedan los hijos, móvil institutor de la familia? El esposo, la esposa , cuyos

sentimientos sufrieron alteración, se vuelven á hallar, se unen cuando se

trata de aquellos seres queridos, objeto único de la vida cuando esta carece

ya de objeto. Sufren por ellos , sufren cruelmente , pero ¡ ay ! que sufren mu-

cho mas aun cuando no los tienen ! ¿Quién osaría , en efecto, arrancar del

alma humana el sentimiento de la maternidad? Sentimiento amargo, dulce,

delicioso , terrible , que vela en la hija, conserva su pudor, la acompaña ea

el lecho nupcial , ese sentimiento amado por ella , una vez madre, ese senti-

miento que le hace amar á sus hijos cual á sí misma ; ese sentimiento que-

sigue al joven en su azarosa carrera , después de haberle cuidado de niño y

adolescente , que le acompaña temblando en la primavera de la vida , que

sufre cruelmente de sus reveses, y que goza con delirio de sus venturas. Ve-

ces hay en que esa madre tan tierna consiente en ver á su hijo abrazar la

carrera de las armas, pero cuánta zozobra al saber que se halla en la vís-

pera de una batalla ! Cuánto gozo al saber que se ha cubierto de gloria ! ¡Oh!

1. 7

!


fti l>OUHi¿S Y KiCOS

cierlü ,la iuleliz seatiria desgarrársele el corazón si se lo presentaseu muer-

to, aun cuando luesc sobre mil banderas cocidas al euemií^o , y desgarrár-

sele el corazón hasta desear la muerte, basta morir (|uizás! Convengo en que

el bruto mas digno de consideración , el perro , tan preferido por el hombre,

no tiene pesares tamaños. Queréis con vuestro sistema degenerar en brutos,

abdicar el alma, cesar de ser criaturas libres, calculando bien 6 estando

errados en vuestros cálculos, gozando y sufriendo profundamente? Pues bien,

arrancaos esa alma, caed sobre vuestros cuatro miembros, haced dos pies de

vuestras manos , inclinad hacia la tierra esa frente destinada á elevarse hasta

dii cido , erectos ad sidera lollere vullus, convertios en brutos v no sufríreis.»


Los comunistas dicen á los pobres: no tenéis nada porque os lo han ro-

bado los ricos. Vuestras escaseces, vuestras privaciones, vuestra insoportable

indigencia tienen su origen en el actual estado de la sociedad , en que el rico

lo es todo, y se desprecia al pobre como á un negro esclavo.

¡Hombres de las riquezas !

¡ hombres del gobierno y del poder ! desmen-

tid con vuestros actos estas abominables acusaciones. Vean los pobres que

lejos de ser sus opresores los ricos, son sus benéficos hermanos, y se evitará

el sangriento panorama que presenta á nuestra vista Mr. Thiers en sii famosa

defensa de La Propiedad. «Se persuade al pobre de que el rico es causa de

todos sus males, dice este célebre publicista ,

de que el estado social tiene la

culpa de todo , ese estado social hecho para los ricos y por los ricos , de que

loda la felicidad de que se halla desposeído , se le rehusa con intención de-

pravada. Al oir esto , el pobre ya desesperado en su indigencia, siente her-

vir la ira en su adolorido corazón y se lanza al robo y al asesinato... mata,

se hace matar y multiplica de este modo sus acerbos padecimientos. Aquellos

ricos que estaban muy ágenos de desearle mal alguno , y

estaban dispuestos á emplearle, huyen ó se esconden ,

que por el contrario

ocultan sus tesoros, le

niegan el salario, y el pobre va á espirar de hambre y rabia en el umbral de

las puertas de esos palacios silenciosos y desiertos donde sueña que reside la

felicidad, y donde por el contrario no hay mas que espanto y desesperación

también, pues en presencia del pobre que se cree oprimido, el rico que se mi-

ra amenazado piensa en su defensa, y como no es menos valiente que el

pobre, pues la educación aumenta el valor lejos de disminuirlo, se prepara

á dar la muerte al que la lleva á su morada. Terrible confusión, semejante


LA BHÜJA DE MADRID. 51

á la de uq ejército en el cual los soldados se despedazan entre sí, engaña-

dos por las tinieblas de la noche y por la perfidia de un enemigo, que lanzan-

do en la oscuridad el grito de alarma ha hecho que se precipiten unos sohre

otros.»

Lejos pues de atizar esta sangrienta lucha entre ricos y pobres ,

procure-

mos que la insultante cuanto imbécil altanería de los ricos , así como la estú-

pida envidia de los pobres, se conviertan en sincera fraternidad, y una vez

estirpado el cisma que amaga hundir á la humanidad entera , renacerán la

calma y la felicidad para los hombres sensibles que profesen la sublime máxi-

ma del Evangelio : amaos los unos á los otros.

Convénzanse los menesterosos de que lejos de proceder sus desgracias de

la maldad de los ricos, hay ricos honrados que se afanan por aliviar la suer-

te de los desvalidos. Convénzase también á los ricos de que sus tesoros no

les dan superioridad ninguna sóbrelas masas trabajadoras. Un artista, aun-

que pohre, es mil veces mas útil á la sociedad, que un conde ó un

marqués que no sepa mas que guiar los alazanes de su tilburí. El mas infeliz

jornalero es tan apreciable, si es laborioso y honrado , como el mas encope-

tado aristócrata. Tiéndanse pues mutuamente una mano fraternal, y Dios

bendicirá esta reconciliación precursora de eterna prosperidad.

Hemos dicho que don Eduardo no sentía las consecuencias de una herida

de amor que acababa de recibir , porque la acerba tortura de ver padecer á

la inocencia , ahogaba el fuego de aquella naciente pasión , pero Enriqueta , la

candida niña , cuya turbación reprendió su madre cuando estaban tomando

café en la Cruz de Malta el dia de Santa Cecilia , no habia olvidado un solo

instante las fascinadoras miradas del elegante cuanto obsequioso joven que

le habia regalado un lindo cucurucho de dulces.

Enriqueta ,

como casi todas las niñas, era estremadamente golosa, y aun-

que los dulces parecían de los mas esquisitos , apenas los habia probado , no

por tenerlos en poca estima , ni por desaire , sino precisamente porque guar-

daba aquel regalo como su mas precioso tesoro , y sacrificaba el paladar al

corazón, el gusto de saborearlos al placer de verlos á todas horas y suspirar

de amor.

'.M¡ Pobre niña ! sentíase enamorada , ciegamente enamorada de un joven de

la aristocracia mas distinguida, y ella pertenecía á una familia plebeya.....


52 POBHES Y IllCOS

era hija de un pintor, y esto la sumeií^ia en tristes reílexiones.

— ¿Qué motivos tengo para creer que un joven de tan ilustre nacimiento

se haya enamorado de mí ? Las miradas que me dirigia no tendrían acaso

mas objeto que el de una mera curiosidad. ¿Y los recjuiebros? ¡Estoy tan

acostumbrada á oírlos! No parece sino que sea costumbre en todos los

hombres elogiar á las mujeres Con todo, he oído siempre con cierta in-

diferencia y hasta con desprecio las ternezas de los hombres. Siempre me

han parecido afectadas lisonjas, efímeras alabanzas, que si bien se complacía

el oído al escucharlas , no llegaban al corazón, y la mente las condenaba sin

demora al olvido. Sobre todo, las palabras afectuosas de los jóvenes que no

pertenecen á familias de elevada clase, parécenme atrevidas , las escucho á

veces con repugnancia y respondo con desden , como si fuese yo, necia de

mí, hija de algún conde ó marqués. iMi buen padre funda su vanidad, su

noble orgullo en la profesión que ejerce, y no puedo yo familiarizarme con la

triste idea de no ser mas que hija de un pintor. ¡Hija de un pintor !.... es tan

poco elegante esta posición social y desgraciadamente soy tan ambiciosa...

Quisiera ser reina de España. ¡Oh! si yo fuera reina de España, entonces sí

que me quisiera el amable duquecito, y mi gloria , mi dicha , mi único afán,

seria elevarle al trono y compartir con él mi regia autoridad , mis blasones

y venturas. Pero ahora ¿á quién ha de enamorar la humilde hija de un

pintor? Ocho días se han pasado desde que vi al amable joven de los negros

ojos... ocho días que me han parecido ocho siglos... y no le he vuelto á ver...

porque sin duda me habrá olvidado. ¡ Dios mío !... No me ama, no... Prefi-

rió quedarse con sus amigos á la molestia de acompañarnos. Verdad es que

mi madre se opuso á sus instancias ;

pero si me hubiese amado, hubiera per-

sistido y nos hubiera acompañado y sabría nuestra casa y.... hu-

biera descubierto que era hija de un pintor, y me hubiera olvidado como

ahora. ¡Qué infeliz soy ! Hay

señoritas tan graciosas en Madrid!.... Yo las

veo en esas lujosas carretelas que cruzan calles y paseos... ¡ Cuánto envidio

su suerte!..... Y siendo tan lindas la mayor parte ¿no habrá una siquiera que

no haya cautivado el corazón del joven á quien sin esperanza adoro? ¡Vál-

game Dios ,

que desgraciada he nacido!

La inocente niña dejóse caer en una silla de su reducido dormitorio, y

íloró largo rato sin acordarse de que eran las diez de la mañana , hora en que

acostumbraba estar todos los dias haciendo labor en compañía de su madre.


LA BRUJA DE MADRID. 53

Esta que había notado ya la profunda melancolía que dominaba a la pobre

Enriqueta, inquieta de no haberla visto en todo el dia, receló si estaria en-

ferma, y con la zozobra y solicitud de una amorosa madre dirigióse apresu-


54 ' nmES T RICOS

y llevándola á los labios inundóla de lágrimas y de besos.

tra de Cecilia ;

— ¿Qué es esto?... ¡Pobre Enriqueta !... Vamos , sosiégate*., y cuénta-

selo todo á tu madre. ¿Qué te aqueja, hija mia?

— Me ha llamado usted ingrata...

— Ha sido una chanza... ya sé yo que tú me quieres.

— Mas que á mi vida.

Enriqueta abrazó á su madre con exaltación, y j)ermanec¡eron algunos

segundos formando un grupo angelical , sin que el enternecimiento les per-

mitiese articular una sola palabra.

Cecilia enjugó las lágrimas de Enriqueta primero que las suyas. Pasóse

luego el pañuelo por los ojos, y procurando recobrar su serenidad, esclamó:

— Baste , baste ya de lloro. ¿ Quién es tu mejor amiga?

— Usted, mi cariñosa madre... usted... ni tengo otra amiga en el mundo.

— Pues bien, cuando yo veo que no estás tranquila que hace dias

que la tristeza te consume... ¿ no he de tener derecho á preguntarte el moti-

vo de tus inquietudes? ¿No sabes que estando tú triste no puede haber ale-

gría en esta casa? ¿A. qué viene pues la reserva ? Si alguna pena acihara tu

corazón, compártela conmigo... Así te será mas llevadera, hija mia, y tal

vez hallaremos entre las dos el consuelo apetecido. ¿Estás acaso enojada con

tu padre?

— ¡Oh, no!... no... nunca... Veo que cifra todos sus afanes en tenerme

contenta... que me ama... como usted, madre mia... y hallo una delicia en

quererle... lo mismo que á usted... con delirio.

— Con delirio !

i

espresion

— ¡

— Sí ,

Una sospecha

¡ Válgame Dios !... i Qué sospecha me hace concebir esa

querida mia— continuó Cecilia en tono cariñoso y jovial. — No que

Bo! Los padres solemos ser como los niños mimados... muy egoístas To-

do lo queremos para nosotros y mas de cuatro veces nos mortifican los

celos. Tú acabas de decirme que amas con delirio...

— ¿Yo? — respondió Enriqueta sobresaltada.

— A tus padres.

—¡Ahisí.

— ¿Te arrepientes de haberlo dicho?

—Al contrario , madre , lo repito... porque es así la verdad.


LA BRUJA DE MADRID. 55

— Lo creo, hija m¡a; pero... varaos , Enriqueta , coatéstame sin rubor:

¿no amas á nadie mas?

Esta vez coloreóse como la grana el rostro de la inocente virgen , y con

voz apagada y trémula respondió después de una breve pausa:

— Sí, señora.

— Ah pícamela ! — repuso la madre en tono festivo para dar ánimo á su

i

hija.— ¿Con que ya te han flechado ese corazoncillo? ¿Y ocultarás á tu ma-

dre... á tu amiga, el nombre del atrevido amante?

— No le he visto mas que unos cortos momentos, y en compañía de usted.

— ¿ En mi compañía ?

— Sí, señora aquel joven elegante que nos pagó el café el otro dia,

que me regaló dulces, que quería acompañarnos... y usted cometió la cruel-

dad de no consentirlo...

—Acaba

— Pues aquel gallardo joven...

-¿Qué?

— Me había estado mirando mientras estuvimos en el café.

— ¿Y qué mas?

— Es que me contemplaba de un modo tan.... así.... ¿qué sé yo? Había

una espresion tan dulce en sus negros ojos... había tanta bondad eu su en-

cantadora sonrisa... tanto atractivo en su interesante melancolía...

Enriqueta seguía elogiando al duquecito de la Azucena con todo el en-

tusiasmo del amor, como si efectivamente no fuese madre suya la que estaba

en su presencia, sino una amiga poseedora de todos sus secretos, á quien se

complacía en darle una nueva prueba de íntima confianza.

— ¡Niña ! niña ¡ ! — gritó su madre al ver el enagenamiento de Enrique-

ta, — ¿ estás en tu juicio?

— Usted quiere que hable con franqueza.

—Verdad que sí, y te agradezco en estremo tu coníianza; pero, hablan-

do formalmente, hija mía, debes hacerte cargo de que si ese joven te amase,

te hubiera dado otras pruebas

— Tiene usted razón... no me ama... y esta es la causa de mi tristeza.

— No seas loca, Enriqueta... Tú eres graciosa y linda, y nada tiene de

particular que gustes á los hombres. Aviados quedaríamos si te fueras á ena-

morar de todos los que te miren y requiebren. Ten juicio, hija mía, y pro-


M POBRES T RICOS

Cura no acordarte mas del tal cabal lerito.

— Es imposible.

— No hay imposibles que valgan. Debes hacer un esfuerzo ¡Cuidado

que es ocurrencia la tuya!.... ¡ Irse á enamorar de buenas á primeras de un

hombre que no sabes quién es

— Sí lo sé ,

madre.

— ¿Sabes quién es ese joven?

— Es un joven muy amable.

— Todos lo son cuando meditan alguna conquista amorosa.

—Muy atento.

—¿Porque te regaló dulces?

— Queria acompafiarnos

— Y yo no lo permití, porque era un desconocido.

— No lo era para mí, .

— ¿Le habías visto otras veces?

— Aquella fué la primera.

—¿Y cómo sabes quién es?

—Sé su nombre y su posición social.

— ¿Cómo así?

— Usted no paró la atención.... ya se vé, ¿qué interés habia en ello? Pe-

ro yo no olvidaré nunca el nombre de Eduardo. Qué nombre tan ¡ bonito !

— ¿Y cómo sabes que se llama Eduardo?

— Porque cuando este nombre resonó en el café ,

.

se le aproximó un mozo

y le dijo: «señor duquecito, están llamando á Vuecencia.»

— ¡Duquecito

— Sí, madre mía, se llama Eduardo, es duque y tiene escelencia.

— ¡ Es duque !

Cecilia quedó sumida en profundas reflexiones.

— ¿En qué piensa usted, madre?

— En nada — respondió Cecilia, disimulando mal que estaba dominada

por graves meditaciones.

Después de una larga pausa, esclamó:

— Estaba pensando que es muy grande tu locura.

— ¿Por qué, madre?

— ¿Cómo quieres tú que un duque vaya á enamorarse de tí? Tú eres po>-

(

I


LA BRUJA DE MADRID. 57

bre , hija mia, y á esos grandes señores no puede inspirarles un amor puro

por acreditado y honrado que este sea.

la hija de un artista ,

— Es verdad— respondió Enriqueta coa melancólica persuasioQ.

— Debes olvidar para siempre á ese hombre.

— Procuraré hacerlo , madre mia peco quisiera que mi padre no supiera

;

nada.

— Al contrario, querida Enriqueta , es preciso que ahora mismo se lo

participemos.

—Me da tanto rabor

—Yo se lo esplicaré todo , y él nos ayudará para que renazca en esta casa

la alegría que ese tu. insensato amor ha hecho desaparecer.

— Desde que he depositado mi coníianza en el cariño de mi madre ,

sentirme ya con fuerzas para vencerme.

creo

—Pues bien, un paso mas... hagamos partícipe á tu padre de esta misma

coníianza, y aliados los tres , no dudes , hija mia, que el triunfo coronará

nuestros deseos.

Madre é hija se dirigieron al estudio del pintor.

rf lijiilílíi

I. 8


JJ^jf^^^^

CAPITULO V.

EL INSOMNIO.

El mes de noviembre acababa de espirar.

Antes que en tus brazos

Me mirase incauta

De hacernae tu esposa

Me diste palabra.

Y abriendo las puertas

Entró la muchacha ,

Que viniendo virgen

Volvió desllorada.

Hamlkt, traducción de

MonATiN (D. Leandro.)

I am alone , alone !

Byron.

Escaso resplandor que las bulliciosas y nacientes llamas de una marmó-

rea chimenea arrojaban, daba cierto tinte fantástico á una estancia lujosa.

Destacábase de la oscuridad de su centro una mesa cubierta de blanquí-

simos manteles , sobre los cuales habia solo dos platos de china , uno encima

de otro , que conteniaa una servilleta arrollada dentro de una argollita de


LA BRUJA DE MADRID. 59

maríil. Ilabia además, colocado todo con inteligencia, un tenedor y una cu-

chara de plata, un cuchillo con mango del mismo metal, un vaso, dos copas

de elegantes y distintas formas, una botella con vino, y otra con agua.

Un hombre de aspecto respetable, cuya edad pasaba ya de los sesenta

anos, añadió un poco de lena al fuego, y después de revolverle con las te-

nazas y soplarle con los fuelles, sentóse en un cómodo sillón, desde el cual

parecía holgarse en contemplar el chisporroteo de la lumbre y las trémulas

llamas que brotaban de las rojas ascuas , y se elevaban en mil colores inde-

finibles , formando hermosos grupos que en incesante ebullición presentaban

siempre un nuevo y singular espectáculo á los ojos de aquel anciano.

— Pobre viejo! — decia para sí — esas llamas te divierten, como entre-

I

tienen á un niño las fugitivas sombras de una linterna mágica. Los que lle-

gamos á una edad avanzada somos dos veces niños. Pasamos la primera niñez

sufriendo porque ansiamos que los años vuelen.... aquellos años en que todo

el mundo tiene derecho á hacernos padecer.... ¡Siempre en la escuela!....

¡Con cuánto afán deseamos ser hombres para ser felices! Entonces nos pa-

rece un siglo cada año... y ahora... ¡

válgame Dios, qué diferencia! Los años

que ambicionábamos, llegaron con asombrosa rapidez.... y luego se aleja-

ron... como los hermosos grupos que forman esas llamas... No hay mas sino

que llegaron... se alejaron, y Cristo con todos. De la misma manera que pa-

san unos tras otros esos alegres dibujos de fuego, he visto deslizarse todos

los goces que alimentaban el fuego de mi juventud.... pero este fuego de la

vida se ha apagado... como se apagarán en breve esas llamas. ¡Cuan delez-

nable es la existencia del hombre! Sin embargo, bueno es procurar pasar

dias toda vez que es imposible detener su curso. Verdad es que los hay acia-

gos; pero también los hay felices. ¿Qué le hemos de hacer? Tomarlos con-

forme vienen, y Cristo con todos.

En estas y otras semejantes reflexiones fué aletargándose el pobre viejo

hasta quedar profundamente dormido.

Ardia á la sazón en toda su fuerza el combustible , y una luz radiante ba-

ñaba la magestuosa frente del anciano , que dormía dulcemente con el rostro

caído sobre el pecho.

El resplandor del fuego daba realce á los preciosos muebles que adorna-

ban aquel recinto lujosamente alfombrado, rodeado de taburetes cubiertos

de terciopelo carmesí, que alternaban con cómodos sillones. En el lienzo


m POBRES Y mCOS

frontoro al de la chimenea había una graciosa facntecilla, cuyo caño salia

del pico de un cisne de plata , y caia sobre una concha de mármol. Esta cir-

cunstancia, y la clase de cuadros que ornaban las paredes, no dejaban la

menor duda que era esta pieza el comedor de un palacio. Algunos de los

cuadros eran del famoso Van-es, que sobresalió en la escuela üamenca, y

representaban aves muertas, pintadas con admirable naturalidad. Habia

otros que con aquellos rivalizaban en mérito artístico. Representaban varias

frutas; pero ejecutados con la asombrosa maestría que inmortalizó el nombre

de Menendez, célebre pintor español , acaso sin competidor en este género.

Los demás eran escenas báquicas, la mayor parte escelentes copias de las

mejores composiciones de la escuela alemana.

De repente sonaron las dos en un magnítico reloj que habia sobre el már-

mol de la chimenea, entre dos grandes ílorcros con (lores artiíiciales cubier-

ttis por sendos guardapolvos de cristal.

A las sonoras vibraciones del reloj despertóse azorado el viejo que dor-

mía, y encendiendo dos velas, colocólas en la mesa, diciendo:

— Ya no puede tardar. Pongamos esto corriente.

En seguida se puso á pasear por lo largo del comedor con los brazos

cruzados en ademan meditabundo, hasta que al estrépito de un carruaje que

parecía invadir la entrada del palacio, se distrajo de sus meditaciones. Cogió

una de las dos velas de la mesa y desapareció.

Pocos momentos después apareció en el comedor el duque de la Azuce-

níi seguido del viejo de quien acabamos de hacer mención.

— Perfectamente, Ambrosio—dijo el duque á su criado dándole una fra-

ternal palmada en el hombro — ya veo que eres precavido El frío es hoy

irresistible, y has hecho muy bien en no andar escaso de lumbre.

— Si eso es reconvención no viene á pelo — replicó el anciano con

cierto aire de superioridad que suelen adquirir sobre sus amos los criados

viejos, después de haberles servido luengos años con lealtad. — No es cosa

de pasar aquí las horas muerto de frío aguardando que venga su escelencia

del baile.

— ¡Hola! ¿tratamiento? Que pronto se te sube la mosca á las narices.

¿Y por qué? ¿porque alabo tu conducta?

— Es que yo conozco á usted mejor que á mí mismo. Entiendo el tonillo

en que se me habla y....


LA BRUJA DE MADRID. 64

— Lo que es ahora, te aseguro que te has equivocado de lo lindo, pues

lejos de hablarte con ironía, apruebo rrancaincntc que hayas encendido esa

lumbre.

— Mejor es así, y yo me alegro de haberlo acertado. ¿Cena usted?

— No, Ambrosio, no tengo apetito.

— Aunque no sean mas que unas sopas...

— Nada, nada.

— Va usted á no poder dormir de frió.

— Tomaré una taza de té bien caliente.

— No estoy por esc método de entrar en calor.

— ¿Por qué no?

— Porque es un método inglés, y á mí me gusta calentarme á la espa-

ñola. ¡ Una taza de té! No hay duda que es alimenticio el recurso,

— Ya se vé que lo es.

— Como no tuviese usted otras provisiones de boca

— Nada me prueba mejor que el té. Abre los poros y escita la transpira-

ción, por manera que suda uno aun en medio del invierno.

— Eso es lo peor que tiene calienta de pronto, y por la misma razón

que hace sudar, debilita y luego siente uno mas el rigor del frió.

— Pues l)ien lo bebias en Londres.

— Tuve que acostumbrarme á aquellos usos... y acompañándole con bue-

nas tostadas de manteca y algunos huevos y buena leche , no me era del todo

insípido. Pero señor, ahora estamos en España, y para que el calor corporal

sea duradero, prefiero cenar á la española, intercalando unas sopas caldosi-

tas y un buen guisado con algunos tragos de Valdepeñas.

— Tú siempre has sido un tragón. ¿A que le gustaba mas la comida ea

Francia que en Inglaterra?

— No he pasado malos ratos en los reslaurants de París. A lo menos no

se comia en ellos la carne cruda como en Londres.

— Siempre has sido mas amigo de los franceses que de los ingleses.

— ¿Yo amigo de los franceses? Bien sabe usted que tengo, como usted

mismo, muy poderosos motivos para odiarlos.

— Pues ese casacon y esa peluca con que apareces tan respetable á los

ojos de todo el mundo, es traje oriundo de la restauración francesa.

— Me he aclimatado á él sin intención , v á mi edad no es cosa de ir ea


62 POBRES Y ItlCOS

pos de los íigurines para acicalarme á la moda. Con que ¿no se anima usted

á cenar ?

— No, tomaré, cómo he dicho antes, una taza de té.

— ¿En la cama?

— No.... Aquí mismo.

— Voy por ella. Hay agua caliente no tengo mas que echarle algu-

nas hojas de té , y Cristo con todos.

Mientras Ambrosio fué en busca del té , quitóse el duque el frac y se

puso un levitón con pieles que al efecto habia dejado Ambrosio en el respal-

do de un sillón , lo mismo que una gorrita de paño con visera como á la sa-

zón solían usarse. Zapatillas de pieles sustituyeron á los zapatos de charol.

Hechas estas evoluciones de traje, sentóse el duque en un sillón junto á

la mesa.

No tardó en reaparecer Ambrosio con el té.

— Déjalo ahí , que yo me lo arreglaré á mi gusto—le dijo el duque.

— Como usted mande.

— Ahora toma asiento.

El criado no se hizo de rogar y ocupó el mismo sillón junto á la lumbre

donde poco antes habia echado un breve sueño.

Mientras el duque iba cebando azúcar en la taza del té, entabló con su

fiel criado la conversación siguiente:

— ¿Ha vuelto Eduardo?

— Hace dos horas que duerme.... Tampoco ha querido cenar. Sin embar-

go, tiene mas juicio que su padre. Rara es la noche que ú las once no esté

ya en casa.

— Demasiado juicioso en efecto Siempre se me antoja que está triste,

y esto aumenta mi desazón. Así no podemos vivir. Esto parece un palacio

encantado todo respira melancólica soledad. Yo no he nacido para vivir

aislado, Ambrosio.... Aquí solo.... me consumo.... Las noches que no paso

en acerbo insomnio, asáltanme horribles pesadillas.

— Es un castigo de Dios.

— Si Dios es justo, no debe castigarme tan severamente.

La falta de usted ha sido muy grave.

— ¿Grave?

— Sí señor, gravísima.


LA BRUJA DE MADRID. 63

— Propia de todos los jóvenes.

— De los liberlinos.

— Entonces pocos dejan de serlo.

— Desgraciadamente es positivo.

— Pues si tan grave era mi falta ¿por qué me ayudaste?

— Creí que las intenciones de usted eran mas honradas.

— ¿ Hablas de veras ?

— No es la primera vez que hablo a usted en estos términos.

— Y te vas haciendo insufrible.

— Porque no apruebo la conducta de usted.

— ¿Tan mala fué?

— Perversa. ¡ Seducir á una pobre niña, de humilde condición, sacarla

del hogar paterno, establecerla en un palacio, y después de haberla hecho

dos veces madre , abandonarla sin piedad ! No tiene usted derecho á quejar-

se si es usted toda su vida infeliz.

— Tú mismo dices que abandoné á esa mujer , y ahí empezó mi arrepen-

timiento.

— Ahí empezó lo mas horroroso del crimen que ha de exacerbar incesan-

temente los sinsabores que hacen á usted desgraciado.

— ¡ Ambrosio ! — gritó con imperio el duque.

— Señor,—alegó el criado con dignidad — si le ofende á usted mi fran-

queza, arrójeme de su lado como arrojó á la pobre señorita: iré á pedir li-

mosna; pero estará tranquila mi conciencia. Llamaré á todas las puertas

para pedir pan, menos á la del palacio del duque de la Azucena. Su dueño

tiene un corazón empedernido.

— ¡Eres muy cruel!— esclamó con abatimiento el duque. — ¡Muy ingra-

to! Cuando yo te colmo de beneficios, parece que tú hallas singular placer

en lacerar mi corazón.

— Mas desgarrado tengo yo el mió , por haberse mostrado usted siempre

sordo á mis consejos.

—¿Y qué me aconsejabas tú, Ambrosio?

— Le aconsejaba á usted, que en vez de abaadonar á la candida joven

que habia seducido, la hiciera su esposa, devolviéndole con tan noble pro-

ceder el honor que villanamente le habia usted arrebatado.

— ¡ Ambrosio ! — gritó otra vez el duque , destellando marcado enojo.


64 POUHKS Y RKSOS

— Fui SU cómplice de usled para seducir á la inocencia; esto nos hace

iguales siempre que se trata de un crimen perpetrado entre ios dos , y esta

igualdad me aulori/a a vituperar su conduela de usted. Cuando ya no hay en

el mundo mas que una sola persona que esté en el horrible secreto» ¿quiere

usted que esta persona enmudezca y no le arroje á usted continuamente en

rostro su iniquidad? Esto seria hacer también á Dios cómplice de nuestro

crimen; Dios no puede permitir que viva usted tranquilo, y por eso exalta

mi fantasía hasta el frenesí con el recuerdo de la desastrosa muerte que su-

frió mi señorita. Si usted no la hubiera abandonado, si la hubi^a usted he-

che su esposa , viviría aun... y acaso- los dos serian ustedes felicps.

— Eso era imposible.

— ¡Imposible!

— Tan solo el imaginarlo era delirar.

— ¡ Delirar ! ¿Por qué razón?

— Ya te lo dije entonces. Tú no entiendes de estas cosas, buen A.ni-

hrosio.

— Demasiado las entiendo. Los grandes señores , los hombres que ateso-

ran riquezas bien ó mal adquiridas , créense autorizados para cometer ifiipu-

nemenle todo linage de escesos. Yen á una linda joven, y les basta saber

que es pobre para no arredrarse por los medios de seducirla. Le juran terne-

zas, prodigan el oro, la fascinan con promesas de íiogida honradez cede

la incauta niña á tantos halagos, se perpetra el crimen, y Cristo con todos.

Satisfecho ya el brutal apetito, las molestias del hastío reemplazan los gér-

menes de la pasión que se marchita á la par que la purpurina rosa del ho-

nor de la niña.

.c-.íi— Tu elocuencia es impertinente, Ambrosio Cesa ya de una vez

Me martirizas con esos recuerdos.

— No es mia esta elocuencia.... Me la inspira Dios.... porque si los ricos

no hallan en este mundo quien castigue sus demasías, la justicia de Dios al-

canza á lodos.

— Demasiado lo sé, Ambrosio, y te juro que mi arrepentimienta es sia-

cero.

— Ahora es tarde ya ¡No existe la desgraciada! ¡Yo la vi morir!

Cuando vivia podia usted haberla desagraviado.

—No era posible.


LA BRUJA DE MADRID. 65

— ¿Por que era pobre?

— Pobre y de humilde condición.

— Era virtuosa.

— Pero no era noble.

— ¿Y por qué no reparó usted en todos esos inconvenientes, antes de

seducirla?

— Qué sé yo Confieso mi falta; pero hace tanto tiempo que la estoy

espiando!.... Tú mismo ves que son espantosas las pesadillas que de conti-

nuo me atormentan!... Ellas.... y tú.... he aquí mis torturas! Tú, Ambro-

sio, á quien he querido siempre como hermano.... rae estás martirizando....

Ten, por Dios, compasión de mí....

El duque se levantó, se acercó á su criado y pronunció con tanta emo-

ción sus últimas palabras, estrechando fraternalmente entre las suyas las

manos de Ambrosio, que el anciano se enterneció, y después de enjugarse

una lágrima, dijo en tono consolador:

— Dios quiera apiadarse como yo de ese arrepentimiento, que aunque

tardío es un destello de virtud.

El duque volvió á su asiento.

— Sí, mi buen Ambrosio, Dios se apiadará de mí.

—Y yo tendré en ello una verdadera satisfacción.

— Lo sé, amigo mió, lo sé.

— Conozco, señor, que soy insoportable cuando me abandono á ciertas

reflexiones, que no debiera ya alimentar, pues se trata al fin de un desliz

de la juventud, que no tiene remedio. Dice usted bien, me llena usted de

beneficios, y le pago con ingratitudes. Desde ahora prometo enmendarme y

no molestar á usted mas con intempestivas reconvenciones.

— Mucho te agradezco tu resolución, Ambrosio.

Este virtuoso anciano habia nacido en casa del duque , habia sido su com-

pañero en la niñez y su confidente en las travesuras de la juventud. Era fiel

depositario de todos sus secretos, y solo por estas poderosas razones sufría

el duque, á pesar de su genio altivo, las impertinentes reconvenciones del

sexagenario regañón.

— ¿De veras, cree usted vivir tranquilo? — Preguntó con afecto el viejo

Ambrosio á su amo.

— Confio en Dios que se acabarán pronto estos padecimientos.

I. 9


G6 I'ÜIIÜES Y RICOS

— ¿Cómo así, señor?

—Tú ([lie has sido siempre el coiilidealc único de lodos mis secretos,

quiero que sepas primero que nadie lo que ocurre.

— Estoy ya en brasas, señor duque.

— Siempre has sido curioso.

— Cuando se trata de dar fin á esos padecimientos que usted pondera....

— Te he dicho que esta melancólica soledad me asesina.

— ¿Y bien?

— ¿No adivinas lo que voy á decirte?

. —

—A. los sesenta años no se adivina cosa alguna.

— Pues has de saber que me caso.

— ¿Qué ha dicho usted?

— Que me caso.

Ambrosio se pasó las manos por los ojos como dudando si soñaba.

— ¿Se casa usted, señor? Ha reflexionado usted que á nuestra edad....

; A nuestra edad ! Yo soy un niño en comparación tuya.

— Pero....

— Diez años me llevas lo menos.

— No son sino nueve.

— Es igual.

— ¿Y no le basta á usted haber hecho infeliz á una mujer?

—A una mujer , cuyo recuerdo es mi eterna inquietud. Quiero olvidarla,

y no tengo mas recurso que consagrar mi amor á otra mujer mas digna de

mi nacimiento.

— Otra mujer mas digna de ser amada no la hallará usted, señor. Aque-

lla era un ángel... era un tesoro de virtudes y de belleza. Con todo, se can-

só usted de ella. La abandonó.... no le quedó á la infeliz mas que el afán ,

cariño del pobre Ambrosio.... ¡Oh! si viviese, no estaria yo con usted, se-

ñor duque.... Preferirla vivir con mi señorita, aun cuando tuviese que men-

digar con ella la agena caridad , á todas las comodidades de este palacio. Era

tan buena la pobrecita!.... El corazón se me parte cuando me acuerdo de su

desastrosa muerte.

—¿Volvemos á las andadas? Pero... ¿estás cierto que murió?

—Cayó á mis pies el dia 2 de mayo de 1808 , con la criaturilla que lleva-

ba en brazos, acribillada de heridas, j Malditos sean los franceses! {Qué no

el


LA BRUJA DE MADRID. 67

hubiese recibido yo solo toda la descarga ! Ni un balazo siquiera.... Sálveme

por un milagro. Cuando vi caer á mi señorita me arrodillé á su lado era

ya cadáver mis afanes fueron enteramente inútiles. Al ver mi desespera-

ción, aproximóse hacia mí un granadero con la bayoneta calada, y tuve que

huir precipitadamente, dejando muertos y encharcados en su sangre aque-

llos adorados objetos.

Al decir esto , gruesas lágrimas surcaban el venerable rostro del anciano.

— Basta, basta — esclamó el duque gravemente conmovido — no me ha-

bles mas de esa desastrosa escena. Esos recuerdos atosigan mi corazón. Exi-

jo el cumplimiento de la promesa que me has hecho de no hablarme mas de

semejante asunto. Quiero espiar los estravíos de mi juventud, proporcionan-

do á mi hijo una madre cariñosa y una esposa que lave la mancilla de su na-

cimiento. Voy á casarme con la marquesa de Yerde-Rama ,

y la hija de esta

señora dará al mismo tiempo la mano á mi Eduardo. Espero que este doble

matrimonio hará renacer en esta casa la paz y la alegría.

— ¡Dios lo quiera así!

El duque acabó de tomar el té cuando el reloj daba la media.

— ¡ Cáspita! ¡Las dos y media ! Ya es hora de ir á descansar.—El duque

se levantó, y asiendo uno de los candeleros, añadió en tono afectuoso: —

— ¡Felices, señor duque!

¡ Buenas noches , Ambrosio

!

El lector habrá conocido sin duda, que el precedente coloquio pasó la

misma noche que don Eduardo había recibido en casa de la marquesa de

Verde-Rama un saludable, aunque cruel desengaño de lo que son los amigos

cortesanos y de lo que valen sus promesas.

Había regresado á su casa dos horas antes que su padre , y aunque in-

mediatamente se acostó, no pudo dormir un solo instante. Su ardiente fanta-

sía vagaba en mil reílexiones tristes que alejaban la idea consoladora de sal-

var á sus protegidas.

— No existen verdaderos amigos en la corte—decia indignado.— ¡Todos

me han engañado!... Estoy solo, absolulamenie solo.., ¡ Ni uno de los que se

llaman mis amigos ha hecho gestión ninguna en favor de esas mujeres des-

graciadas!.... Son pobres.... y solo porque son pobres se las desprecia... se

las abandona... No, yo no las abandonaré jamás , aun cuando me dejen solo

en mi empeño. ¿Y quién será aquel hombre misterioso que ha prometido sa-


G8 POURES Y RICOS

tisfacer mis deseos? ¿Deberé dar crédito á sus palabras? Poco cuerdo he

andado en no exigirle mas espHcaciones. Todos los dias se cometen críme-

nes horrendos á nombre de la justicia ¿No podria ser esto alguna tra-

media noche! La hora es intempestiva Sin embargo iré,

ma....? i A

nada temo. ¿Solo? ¿Por qué no? ¿Tengo acaso algún amigo de quien poder

liarme? Dios me acompañará, que es el protector de la inocencia.

Cuatro argentinas vibraciones ,

que á manera de misteriosos ecos se repi-

tieron á un tiempo por todos los ángulos del palacio, hicieron notar á don

Eduardo que iba á deslizarse la noche entera sin dormir un solo instante.

El generoso joven ansiaba, no que llegase, sino que hubiese ya pasado

el dia siguiente , para salir de la ansiedad en que le tenian las misteriosas

palabras del hombre de la cita.

Llegó por fin á rendirle el sueño ; pero este sueño fué breve y precursor

de una escena aterradora.

Horribles lamentos , prolongados ayes de dolor y de espanto , como los de

la víctima de algún asesino , despertaron de repente á don Eduardo, que re-

conociendo la voz de su padre en aquellos gritos de horror , saltó del lecho,

y tomando una de sus espadas dirigióse aceleradamente á la alcoba del duque.


CAPITULO VI.

LA REVELACIÓN.

Angels and ministers of grace , deferid us !

CODERCH

líe ihoii a spirit of heallh , or goblin damn'd ,

Brinií wiih ihe airs from lieaven , or blusls from hcll

Be ihy inlents wicked , or rliaritable ,

Thoii coni'st in siich a questionable shape ,

That I will speak to thee ;

Shakespeare.

Pero el rico de fama

Da vuelcos en la cama

Como la mala vida alli le acosa ,

Y la triste conciencia

Aun en sueños le llama á penitencia.

Perea.

Al propio tiempo que don Eduardo llegaron de tropel á la alcoba del du-

que los criados del mismo , algunos con luces.

Incorporado el duque en su lecho, miraba como fuera de sí á cuantos le

rodeaban, y parecía no conocer á nadie. Copioso y frió sudor bañaba su páli-

do rostro , al cual daban la espresion del espanto el erizado cabello , la azo-

,


70 POBRES Y RICOS

rada vista , y los espumosos y descoloridos labios que temblaban como impe-

lidos por horrible convulsión.

Clavó por íin sus desencajados ojos en su liijo que se aproximó á la cabe-

cera de la cama gritando:

— ¡ Padre mió!

— Salvadme ! Salvadme I

¡

! —

esclamó de repente con delirante csprcsion

el duque; y asiéndose de su hijo, parecía querer huir del lecho. — ¿No la

veis?.... Esa sombra....— anadia con voz trémula.— Ese fantasma lleno de

sangre... me abrazaba ahora mismo... me ahogaba en sus braaos... ; Salvad-

me por piedad!.... ¡ lia desaparecido!... Haced que vuelva.... Sombra infer-

nal ó aparición celeste, necesito hablarle... quiero pedirle perdón.

— ¡Padre! j padre! ¿Qué es esto?— repuso don Eduardo con filial soli-

citud.—Tranquilícese usted... está usted rodeado de personas que le aman....

está usted en mis brazos... soy Eduardo...

— Eduardo ! . . . Eduardo

i

¡

— ¡Sí, padre mió!

El duque fijó la vista en el rostro de su hijo , y como si empezara á reco-

brar la razón , anadió

— ¿Eres tú?

— Yo soy.... Ambrosio está también aquí.

— Todos los de casa, señor duque—dijo el buen viejo — estamos á las

órdenes de vuecencia.

Este antiguo criado nunca dejaba de dar el tratamiento á su amo delante

de testigos , á pesar de la franqueza que mediaba entre los dos cuando esta-

ban solos.

— ¡Todos aquí ! ¿por qué razón? — preguntó el duque un poco mas tran-

quilo.

— Nada, señor — continuó el anciano.— Si todo eso no vale nada. La mal-

dita pesadilla de siempre.... Hoy ha dado vuecencia algunos gritos.... y... la

verdad... nos hemos asustado todos.—Y dirigiendo la palabra á los otros sir-

vientes, anadió:- cada mochuelo á su olivo, muchachos..,, pues gracias á

Dios todo ello no ha sido mas que una alarma falsa. A acostarse todo el mun-

do , procurar dormir , y Cristo con todos.

Aunque esta especie de accesos de delirio , que de algún tiempo iban ad-

quiriendo mayor gravedad cada vez, afectaban sobre manera al buen viejo,


LA BRUJA DE MADIUÜ. 74

procuraba disimularlo, usaudo en semcjautes lances un lenguaje festivo que

contrastaba con la acerba sensación que le hacian. Tenia su dormitorio con-

tiguo al de su amo, y basta aquella nocbe habia bastado él solo para inter-

rumpir aquellos tristes ensueños.

Mientras los demás criados se retiraban , dijo el duque:

— Ambrosio, tengo sed.

— Ya iba á darle á vuecencia el consabido cordial que le prueba tanto.

— Padre mió ! pues qué... ¿ tan á menudo sufre usted esas desazones?

i

preguntó don Eduardo.

— Sí, querido, casi todas las noches — respondió el duque, y después

de tomar una bebida que le presentó Ambrosio, díjole: — Vete tú también á

descansar. Me basta la compañía de Eduardo.

— Traeré antes la ropa del señorito, que hace un frió horroroso, y está á

medio vestir. Los inviernos de Madrid dan las pulmonías de valde y no hay

que andarse con repulgos de empanada. En este mundo pecador es preciso

no chancearse con los elementos. La conservación del individuo es lo prime-

ro. Procure cada cual guardar el pellejo, y Cristo con todos.

Desapareció Ambrosio , y no tardó en volver con la ropa de don Eduardo.

Este se acabó de vestir y se sentó á la cabecera de la cama del duque.

Quedaron solos padre é hijo.

— ¿Está usted mejor? — preguntó don Eduardo al duque.

— Sí, hijo de mi alma— respondió el duque con ternura. —A tu lado me

siento muy bien. ¿ Y tú , hijo mió , estás contento? Te veo siempre tan me-

lancólico....

— Estaría muy contento.... si usted fuera feliz.

— ¿Y quién te ha dicho que no soy feliz?

— El que es feliz suele dormir con sosiego. ¿Disfruta usted de este bene-

ficio? No, padre mió, no. Un pesar profundo le roba á usted el sueño ó le

acibara con tristes pesadillas. Tiene usted un hijo que daría su vida por ver

á usted dichoso pero este hijo no merece la confianza de usted.

;

— Que no merece mi confianza !

;

.—Perdone usted, padre.... soy un impertinente.... Hay secretos que no

debe saberlos un hijo... y en vez de consolar á usted, parece quiera propa-

sarme á reconvenirle !... Perdone usted; pero mientras no sepa yo el motivo

de sus pesares, no debe usted tampoco estranar mi melancolía.


7í POBRES Y RICOS

— ¿Y puedes tú creer que le oculto algún secreto?

— Sí, padre, me lo oculta usted; pero por desgracia me ha revelado us-

ted lo mas acerbo de él.

—¿Yo?

— Sí, padre mió— respondió don Eduardo, enjugándose una lágrima que

caía de sus ojos.

— ¡Y lloras!

— ¡

Lloro por mi madre

A estas palabras que don Eduardo balbuceó entre sollozos, sobrecogió al

duque un estremecimiento convulsivo.

—Esplícate— dijo con ansiedad el padre.

— ¿Lo desea usted?

— Lo mando — respondió el duque como fuera de sí ; pero arrepentido in-

mediatamente de su imprudencia, añadió en tono afectuoso:— te lo ruego,

hijo mió.

— Ciertas palabras inconexas que pronunció usted un dia....

-¿Yo?

— Usted, padre, en una pesadilla ligera...

— ¡

Siempre pesadillas

—Me hicieron sospechar que mi nacimiento....

— Acaba.

— Era de bastardo origen.

— ¡Silencio! — esclamó el duque mirando en derredor como receloso de

que hubiesen podido oir la frase que acababa de pronunciar don Eduardo, y

estrechando afectuoso entre las suyas las manos de don Eduardo , añadió coa

ternura: — voy á decirte la verdad, hijo mió, y confio ea el talento de que

te ha dotado la Providencia , que la franca revelación que voy á hacerte,

será precursora de nuestra dicha. Tendría yo alguna mas edad de la que tie-

nes ahora, cuando me enamoré de tu madre. Era una joven linda y virtuosa;

pero de humilde nacimiento. Era imposible mi enlace con ella; pero era mas

imposible aun que estinguiese yo la pasión que sus encantos y sus virtudes

hablan hecho germinar en mi alma. Amábala con frenesí, y fui correspondi-

do. Tú fuiste el fruto de este amor....

— Que es ilegítimo á los ojos de la sociedad— interrumpió don Eduardo

con amargura.


La BIlüJA DE MADllID. 73

La sociedad ignora los pormenores de tu nacimiento. No hay para qué

repetirle la desastrosa muerte.de tu madre acaecida el 2 de mayo de 1808.

La presenció Ambrosio, y mil vécennos ha referido sus pormenores.

— ¡Pobre madre mia! — esclamó don Eduardo, y rindió un tributo de

lágrimas á su menoria.

El duque pasó el pañuelo por sus ojos y continuó

— El año doce, mal avenido con el nuevo régimen establecido por la

Constitución de Cádiz, emigré contigo y con el buen Ambrosio. Hemos pasa-

do doce años entre París y Londres, y á mi regreso he representado en la

sociedad el papel de viudo. Una sola persona ,

:

además del honrado Ambrosio,

es la única iniciada en el secreto de tu nacimiento.

— Lo comprendo.... mi reputación está pendiente de la voluntad de una

persona estraña.

— Esa persona es incapaz de revelar el secreto. Además, Eduardo—con-

tinuó el duque en tono misterioso—dedepende el que esa persona esté

tan interesada como nosotros en guardar silencio sobre el particular.

— ¿De mí?

—De tí.

— Esplíquese usted.

— ¿Me hablarás con toda sinceridad?

— Es mi costumbre.

— Díme , hijo mió,. ¿está tu corazón libre?

—No entiendo esa pregunta.

— ¿Amas á alguna mujer?

— No señor, pues aunque alguna vez he sentido latir mi pecho á Ja vista

de una beldad , ha sido una emoción pasagera.

— ¿Hablas de alguna belleza determinada?

— No por cierto; pues á la niña que mas me ha interesado por sus encan-

tos , la vi un solo dia , y no he vuelto á verla.

— Pero la conoces ?

—No sé quién es , ni dónde vive , ni tengo esperanzas de verla mas.

— Todo eso nada significa. Quiere decir que uo has contraído compromi-

so alguno.

—No señor,

- '.r*-Pues

eso es tener libre el corazón.

I.

10


74 POBRES Y RICOS

— Lo comprendo muy bien; pero lo que yo no entiendo es, por qué rae

hace usted tan sin^^ular pregunta.

— Cómo , Eduardo ! ¿Estrañas esta {pregunta en un padre?

j

La estrano en esta ocasión.

— Es la mas á propósito supuesto que tratamos de nuestra felicidad.

— Hablábamos de mi nacimiento.

— Es verdad.

— De que existe una persona enterada de todo.

— También es verdad; pero te decia que esta persona jamás revelará á

nadie el secreto , y que dedepende que esté tan interesada como nosotros

en guardar silencio sobre este asunto.

— ¿Y no puede usted decirme el nombre de esa persona?

— Es una señora respetable.

— i

señora

Una

— Sí, Eduardo, una buena amiga.

— ¡

— ¿Qué es eso?

— Nada.

Dios mió

— Oh ! no , Eduardo , tú no estás tranquilo.

i

— No tengo nada.

— Sin embargo, veo correr una lágrima por tu mejilla. ¿Qué tienes,

hijo mió?

— ¿Usted está muy seguro de que la persona que sabe el fatal secreto , no

le ha de revelar?....

— Seguro como de mí propio.

— Y con todo, esa persona.... es una mujer

— Pero es una mujer de talento....

— Ay padre 1

i

,

— ¿Qué, hijo mió?

—Tengo ya la edad suficiente para conocer lo que es el mundo.

—Tanto mejor. Yo espero mucho de tu penetración.

— Se necesita poco para distinguir los vicios de la sociedad.

— No te entiendo.

La amiga de quien usted me habla, cualquier dia, en un momento

de humor, creerá contar una historieta agradable, y revelará ese secre-


LA BRUJA DE MADRID. 75

to. La reserva no es ciertamente la virtud de las mujeres.

—Te repito que puedes estar tranquilo sobre este particular.

— Pero

— Cuando sepas de quien se trata Te he dicho que de una íntima

amiga.

— Pero su nombre....

— ¿Quieres saberlo también?

— Si merezco esta confianza....

— Sí, hijo mió. Tú conoces á la marquesa de Verde-Rama.

— Señora muy amable, y de lo mas distinguido de la aristocracia de Ma-

drid por sus títulos y por su riqueza.

— Esos elogios llenan mi corazón de júbilo. ¿Y qué te parece su hija?

—Muy amable también y de una belleza encantadora pero no entiendo

;

porqué me hace usted semejantes preguntas, siendo una sola la persona que

está en el secreto.

La marquesa de Verde-Rama es la única que sabe el misterio de tu na-

cimiento.

— ¿Y no lo sabrá su hija?—preguntó el joven con recelo.

— No, Eduardo... Y ahora, para que veas, no solo que no guardo yo se-

cretos para mi querido hijo, sino que no tengo mas ambición que la de hacer-

le feliz , te manifestaré el proyecto cuya realización hará renacer en esta casa

el gozo y la felicidad. Siempre los dos solos en los inmensos salones de este

palacio.... todo tiene melancólico aspecto.... todo respira tristeza Por la

noche particularmente, es insufrible semejante soledad. Faltan en esta casa

las gracias y atractivos del bello sexo.... Tú has ponderado, hijo mió, la be-

lleza y amabilidad de dos mujeres, ó mejor dicho, de dos ángeles, que do

quiera que moren, llevan en derredor la deliciosa aureola de la felicidad. Si

embellecieran este palacio con sus hechizos ¿no te parece, hijo mió, que am-

bos seriamos dichosos ?

— Pero....

— Permíteme concluir, Eduardo. Yo estoy convencido hasta lo sumo, de

que la horrible soledad de este palacio es la causa principal de mis pesadi-

llas ; pero no quiero ser tan egoísta que lo sacrifique todo á mi provecho.

No puede haber dicha para mí sino vá esta enlazada con la felicidad de mi

Eduardo. Pues bien, la marquesa de Yerde-Rama, esa señora de lo mas dis-


76 PODRES Y ELCOS

tinguido de la alta aristocracia, única (jiie sabe el secrclo de lu nacimiento,

te admite por esposo de su hija.

— ¡De su hija ! —

esclamó con sorpresa don Eduardo.

— De esa joven amabilísima y de una belleza encantadora , como tú dices

con justicia. Además, no solo quiero darte una esposa digna de tí , sino una

madre cariñosa. La misma señora marquesa admite mi mano con la condición

de que se verifique el doble enlace en un mismo dia. ¿No le parece magnífi-

co el pensamiento?

— Me basta que labre la ventura de usted para que merezca mi aproba-

ción.

— No esperaba menos de tu recto juicio. Ya me parece que desde este

momento dá comienzo para nosotros una era de gozo bienhechor.

El duque exhalaba por todos lados los destellos de su alegría.

— ¿Pero si la marquesita no me ama...

— Tengo noticias muy satisfactorias sobre este particular. Ahora lo que

he pensado hacer , es dar ea este carnaval un gran baile. En él has de empe-

zar tu conquista. Yo tengo ya la plaza bloqueada y entabladas las capitula-

ciones de rendición. Veremos si eres tú tan diestro como tu padre.

. La

presencia de Ambrosio interrumpió esta conversación interesante.

— ¿Qué hay de nuevo?— preguntó el duque.

— Nada, señor; venia á saber cómo se halla vuecencia.

— Gracias por tu buen cuidado , Ambrosio— dijo el duque en tono joviaL

— Eso no es decir si está vuecencia mas sosegado.

— Estoy muy bueno.... Jamás me he sentido mejor, amigo mió. Eduardo

es un gran médico Acaba de darme la salud, y con ella mi antiguo buen

humor.

— Me alegro en el alma , y toda vez que ya se ha hecho el milagro, creo

que le seria conveniente al señorito irse á dormir un rato. Me parece que ya

es la hora del relevo. Yo que he dormido como un patriarca , me quedaré

aquí hasta que se levante vuecencia. Ya empieza á amanecer, con que, se-

ñorito, aun puede vuecencia descansar algunas horas.

— Dice bien Ambrosio— añadió el duque.—Dame un abrazo, hijo mió, y

vete á dormir. Bien puedes entregarte al sueño con la dulce satisfacción de

haber colmado la dicha de tu padre.

— Yo estoy muy bien aquí en compañía de usted—repuso don Eduar-


LA BRUJA DE MADRID. T7

do — pero si es de su agrado que me retire

— Mi gusto seria tenerte siempre á mi lado; pero ya ves que estoy bueno,

y no hay necesidad de que acabes de pasar la noche en vela. Mañana volve-

remos á hablar de nuestro asunto. Entretanto reflexiona sobre las inmensas

ventajas de mi proyecto ,

A Dios, hijo mió.

y no dudo que cada vez le hallarás mas acertado.

Don Eduardo abrazó á su padre , y recibió en la frente un beso de ben-

dición.

:

x\sí que hubo salido el generoso joven de la alcoba, su padre dijo al viejo

criado

— Es como un ángel. Dame el parabién, Ambrosio.

— Con mucho gusto; pero estoy ansioso por saber el motivo de esa ale-

gría.

—Yo me caso.

—Ya tne lo dijo usted antes.

— Mi hijo se casa.

—También me indicó usted algo de eso. '^^''•^^:

— Los dos nos casamos.

— ¿Y cree usted alcanzar por ese medio una verdadera felicidad?

— ¡Oh ! estoy seguro de ello. Desaparecieron ya para siempre las pesadi-

llas. Mi corazón, lacerado hace poco de amargura, late de júbilo y me presa-

gia el mas dichoso porvenir..

— Siendo así, esfuércese usted por ver si puede ahora lograr dormirse al

impulso de esas gratas impresiones. Es el medio de que su sueño sea dulce y

apacible , y toda vez que tantas felicidades se promete usted de los matrimo-

nios en cuestión , pelillos á la mar , vengan las novias cuanto antes , eche el

cura su santa bendición , y Cristo con todos.

Mientras el duque se dormia arrullado de hermosas ilusiones , encontrados

afectos luchaban en el corazón del hijo. Lejos de parecerle descabellado el

proyecto de su padre , hallábale efectivamente ventajoso. El carácter de la

marquesa de Yerde-Rama parecíale lleno de bondadosa franqueza, su hija

era amable y hermosa. Emparentando con estas notabilidades de la aristocra-

cia, el origen de su nacimiento quedaba oculto para siempre, y esta ventaja

unida al placer de dar gusto á su padre , era una felicidad positiva que por

ningún estilo debia despreciar. Con todo, parecíale que su corazón sentía al-


7« POBRES Y RICOS

guna repugnancia al enlace propuesto. Acordóse de la niña que había visto

algunos dias atrás en el cafó, y él mismo se ruborizó de que los recuerdos de

aijuel momentáneo cuanto insignificante suceso viniesen ahora á perturbar su

imaginación. Después de inmensas rj^llexiones , resolvióse á seguir en un todo

los deseos de su padre.

Todo aquel dia fué un dia de gozo, un dia de hermosas esperanzas para el

padre y para el hijo.

Al término de este dia feliz habia una cita misteriosa , una cita entre las

tinieblas de la noche!... Ella será el objeto del siguiente capitulo.


CAPITULO VII.

LA CITA.

D'uii masque saiiit ils couvrent leur vengeance.

BRRAMGEn.

Chi v'ha rapilo, o sécoli

D('


80 PÜVHES Y RICOS

(lia traiilorameule lo mas sagrado y recóndito de la vida privada ; pero no se

contentaba con estos escesos , por que si á las miras del bando frailuno, de

quien era miserable instrumento, convenia sacriíicar la inocencia, inventá-

banse calumnias que conduelan la honradez al cadalso, así como rara vez,

aquel oculto enjambre de verdugos, dejaba de amoldarse á la voluntad del

rico. El castigo ó el perdón eran objeto de inicuas especulaciones, y nunca

dejaba el oro de ablandar aquellos corazones empedernidos.

La policía secreta es en todos tiempos una institución de ignominia, de

opresión y de inmoralidad, á la que solo pueden pertenecer gentes perdidas,

entes irracionales que carecen de toda idea de esa estimación propia en que

estriban el honor y dignidad del hombre.

El último resultado de los países avasallados por una policía secreta, es

divinizar al rico sobre la degradación del pobre, y no debe causar asombro si

hastiado el pobre un día de la avilantez con que se abusa de su paciencia, se

despereza y ruge como el león aprisionado , y destrozando sus grillos desgar-

ra también las entrañas de sus opresores.

Cese la insolencia de los ricos si no se quiere que los pobres se insolenten

á su vez.

Tan exacto fué don Eduardo en acudir á la cita del personaje misterioso,

que cuando llegó al paraje convenido acababan de dar las doce.

— ¡Viva la puntualidad! — esclamó saliéndole al encuentro un embozado

de capa parda y sombrero calañés.

— ¿Quién es usted? — preguntó don Eduardo.

— El" amigo de anoche — respondió el embozado.— No es estraño que me

desconozca usted. Me vio un breve instante, no le hablé á usted mas que

cuatro palabras , el traje es muy diferente , y en veinte y cuatro horas ya ve

usted si me ha crecido la patilla!

—En efecto, parece usted otro con ese disfraz.

— Es mi traje usual. Ayer sí que me disfracé de diplomático para poder

pisar los salones de la marquesa de Yerde-Rama.

- -í— Cómo ! ¿fué usted sin ser convidado ?

1

— Mucho que sí.— Luego en tono signiñcativo añadió: —Yo, señorito,

pertenezco á una familia, que se halla siempre en todas partes sin que ea

ninguna se la convide. ¿No fuma usted, señorito?


LA BRUJA DE MADRID. 81

— No tengo ganas— respondió con sequedad don Eduardo, que descon-

fiaba ya de tantos misterios.

— Pues con su licencia picaré un cigarrito.

El desconocido se desembozó, y con cacbaza sobrado impertinente, sacó

del bolsillo de su zamarra un cañuto de hoja de lata, que era su estuche de

fumar, pues contenia tabaco del Brasil ,

papel, yesca y pedernal.

Empezó la operación por un papelito que estaba pegado á los otros y tuvo

que soplar repetidas veces para separarlo. Luego le colocó por uno de sus

cantos entre los labios hacia el estremo derecho de la boca. Guardó el canuto

en el mismo bolsillo de donde lo habia sacado, no sin quedarse entre el pul-

gar, el índice y el dedo del corazón de la mano izquierda el trozo de tabaco.

Sacó en seguida una descomunal navaja y fué picándolo con ella y colocando

los cachitos en la palma de la citada mano. Retiró la navaja y el tabaco so-

brante, prensando el otro entre las dos palmas, y deshilándolo después con

los dedos de la mano derecha, colocó el papel abarquillado entre las yemas de

los dedos y la palma de la zurda, de modo, que dejando caer el brazo, pasó

el tabaco á unirse con el papel. Entonces levantó otra vez la mano, y con los

tres primeros dedos de entrambas arrolló el papel con la natural destreza de

un consumado fumador. Hecho el cigarro, se lo colocó en la boca ladeado ha-

cia la derecha, sacó la yesca, el pedernal y la navaja-monstruo , y al primer

choque del acero con la piedra tuvo lumbre.

— Ha de saber usted, señorito — añadió encendiendo con mucha sorna el

cigarro—que como usted se avenga á la razón es negocio concluido.

— Esplíquese usted. Labora es intempestiva y deseo concluir esta confe-

rencia.

— De buena gana me esplicaria; pero es el caso que yo no sé de este

asunto mas que lo que ya le tengo dicho.

— i

!

Cómo

— Me han llamado bribón tantas veces, que van haciéndome creer que

; bribón! — esclamó colérico don Eduardo.

tendré algo de ello. Sin embargo, señorito , hablando ahora con toda forma-

lidad, esta vez se trata de completar una acción benéfica. Yo no soy la per-

sona con quien se ha de arreglar el asunto en cuestión. No soy mas que uno

de sus agentes, encargado de conducirle á usted á la habitación de un hom-

bre benéíico con quien deberá usted entenderse.

— Pues vamos sin dilación.

I. 11


82 POlUtES Y RICOS

— Cachaza, senorito, la cosa es ^rave , y no me es pennilido faltar á las

órdenes que se me han dado.

— ¿Qué órdenes son esas?

— ¿Ve usted en aquella esquina un coche simón?

— ¿Y qué?

— Nos está aguardando.

— ¿Para qué?

— Para ir á casa de ese buen hombre.

— Pues vamos.

— Es que antes debo prevenir á usted una cosa que seguramente le pa-

,

recerá una impertinencia : pero que no signiíica nada.

— Hable usted sin rodeos.

— ¿Consentirá usted en vendarse los ojos antes de llegar al punto donde

hemos deapearnps?

— De ningún modo... Eso seria demasiada humillación.

—Tiene usted mucho talento y no abandonará por un obstáculo tan leve

una empresa de éxito seguro. Mañana mismo quedarian en libertad las pro-

tegidas de usted ;

pero si usted no quiere...

—Acabemos de una vez. ¿Por qué se me exige esa condición?

— ¡Válgame Dios, señorito! ¿No vé usted los tiempos que corren? ¿Le

parece á usted leve compromiso el sacar de la cárcel á dos individuos que

pertenecen al partido de los negros?

— ¡Dos pobres mujeres !

— ¿Y qué le hemos de hacer? Lo cierto es que hay una persona caritativa

que desea combinar con usted los medios seguros de que mañana mismo ob-

tengan la libertad , pero esta persona no quiere que antes ni después de he-

cho el beneficio se le conozca. Todos los hombres benéficos tienen ciertas ma-

sías.. . ¿Y qué le importa á usted entrar en la morada de este protector con

los ojos abiertos ó cerrados ?

—Vamos pues allá— dijo con arrojo don Eduardo, y se encaminó hacia

el coche simón seguido del misterioso personaje.

Encajonáronse ambos en el coche, y después de dar mil vueltas y revuel-

tas por calles estraviadas, dijo el personaje misterioso al joven don Eduardo:

—Ya estamos muy cerca de la morada del protector , y espero que me

permitirá usted vendarle los ojos.


LA BRUJA DE MADRID. 83

—Vive Dios que nada voy á perder con esa ridicula operación. Así como

así nada veo. La noche está fria y tenebrosa que es un pasmo— repuso el du-

quecito.

—Tanto mejor. Por un lado no se le perjudica á usted, una vez que está

ya en la oscuridad , y

del coche ,

por otro llevará usted el rostro mas abrigado al saltar

y no pillará una pulmonía.

— Pronto, si ha de ser— replicó en tono de mal humor don Eduardo.

Ahí tiene usted mi pañuelo. Vamos á ver cómo se maneja usted á oscuras y

con el traqueo de este maldito simón.

—A las mil maravillas—respondió con jovialidad el incógnito.— Soy pá-

jaro nocturno, y tengo por consiguiente vista de murciélago.

Aun no habia terminado esta frase, ya se habia apoderado del pañuelo de

don Eduardo, y lo estaba doblando á manera de ancha corbata.

—Si he de quitarme el sombrero con el frió que hace , será un fastidio.

— No hay necesidad; pero si usted me ayuda, se hace esto en un abrir y

cerrar de ojos. ¡Ea! — anadió el incógnito un momento después— ya está us-

ted como el dios Cupido, y la operación no podía terminarse mas oportuna-

mente, pues no tardaremos en llegar al término de nuestro viaje.

— ¿Y á dónde vamos?

—A la habitación de un hombre de bien.

— ¿De un hombre de bien?

— ¿Le parece á usted imposible?

— Es efectivamente muy raro encontrar en el dia un hombre de bien.

— Pues vá usted á hablar con uno que es un santo.

— ¿Pero en dónde vive ese santo?

— En una celda.

— ¡En una celda! ¿Luego nos dirigimos á un convento?

— Me hace usted hablar demasiado.

— ¿Pero áqué conduce esa reserva? ¿Qué significan tantos misterios?

— Los santos no son como los pecadores, señorito.

—Yo creo que se burla usted de mí.

— ¡Dios me libre ! Es el asunto demasiado grave.

— Infeliz de usted, si abusa de mi credulidad.

—Tenga usted paciencia algunos minutos mas , y verá usted como no le

engaño.


S4 POBllKS Y RICOS

— Con todo, empiezo á sospechar...

— ¿Qué sospecha usted, señorito?

— Que me ha tendido usted un lazo.

— l*ronlo saldrá usted del error.

— Es que si tardamos...

— No lardaremos.

— Se me acaba la paciencia, y como llegue á convencerme de que usted

me engaña... le ahogo.

— Cáspita ¡ ! ¿Conque tan valiente es usted ?

— No afiada usted el sarcasmo á su misteriosa conducta. No acabe usted

de irritarme.

— ¿Y de qué serviría que se irritara usted?

— ¿Trata usted de insultarme?

—Nada de eso, señorito ;

ra usted.

— ¡Inútil!

pero quiero decir que seria inútil que se irrita-

—Ya se vé que sí. Usted podrá tener mucho valor; pero yo también le

tengo. Usted es un gallardo joven; pero criado entre los mimos de la fortuna.

Yo soy un hombre forzudo y desalmado si conviene... avezado á luchar cuer-

po á cuerpo con temibles contrarios, y vencerles. Además, nunca voy despro-

visto de cierta manufactura de Albacete, y hoy precisamente la llevo recién

afilada. Usted se me ha entregado sin arma alguna. Ya vé usted que es mi

prisionero.

— ¡Malvado! — gritó lleno de cólera don Eduardo, y

por un natural im-

pulso iba á quitarse la venda de los ojos.

— Sosiégúese usted, señorito— repuso soltando una carcajada el hombre

misterioso.— Cuanto acabo de decir no es mas que una cbanza. Yo sigo la

broma que usted ha empezado. Repito que no le pesará á usted el haberse

íiado de mí.

Don Eduardo reflexionó que efectivamente era demasiado crítica su posi-

ción. Se hallaba desarmado, y su conductor acababa de soltar una amenaza

que le hacia ver el peligro en que estaba. Conoció que además de ser inútil

su enojo, podia costarle cara cualquiera imprudencia, y reprimiendo su na-

tural viveza, limitóse á dirigir nuevas preguntas á su compañero, por si

alcanzaba con ellas adquirir alguna luz que le sacara del estado penoso de


LA BRUJA DE MADRID. 85

incerlidumbre que, como es fácil suponer, le agobiaba.

— ¿Con que me asegura usted que no ha de pesarme el haberme fiado de

usted?

—Ya lo dije, señorito , sus deseos de usted quedarán satisfechos.

— Pero es preciso que conozca usted, buen hombre, que corresponde

muv mal á mi caballerosidad.

— ¿Qué correspondo mal?

— Con la mayor ingratitud.

— No estamos de acuerdo en esta parte, señorito.

—Usted mismo ve que me he entregado á usted lleno de confianza.

— ¿Y qué?

—Y usted me corresponde con una reserva insultante.

—Nada tiene de insultante mi reserva, ni mi conducta adolece en lo mas

mínimo de la ingratitud que usted pondera.

— ¿Cómo que no?

— Como que si hay aquí alguna persona que deba estar agradecida á

otra ,

no soy seguramente yo, sino usted, señorito.

-¿Yo?

— ¡Pues qué! ¿Ha olvidado usted que ya se retiraba del baile de la mar-

quesa de Yerde-Ran)a, aburrido y desesperado por no saber cómo salvar á

sus protegidas... porque todos sus mas íntimos amigos le abandonaron á us-

ted... cuando yo me comprometí á proporcionarle el medio de ver sus deseos

realizados?

— Es verdad.

— Luego por esta misma confesión de usted, yo soy el bienhechor, y us-

ted el que debe estarme agradecido.

—Y lo estaré en efecto, cuando el beneficio se haya consumado.

—Antes de veinte y cuatro horas, antes de doce tal vez , estarán en liber-

tad las dos mujeres por quien usted se interesa.

— ¿Cómo se atreve usted á prometerme ese resultado con tanta seguri-

dad? Milagro será que así suceda.

— Es que es propio de los santos hacer milagros.

— ¡Siempre frases misteriosas!

— No hay en esto misterio alguno. He dicho antes que la persona á quien

vamos á visitar es un santo.


80 POBRES Y RICOS

— ¿Y por qué no me ha de decir usted su nombre?

— Yo mismo le ¡ignoro.

— Ha dicho usted que vive en una celda.

: ; —Y

—Se me ha escapado esta espresion. Hace usted tantas preguntas...

usted empeñado en no responder á ninguna de ellas.

— Me parece haber contestado á todas.

— Pero de una manera irritante.

— Crea usted que no es ese mi ánimo, señorito. Yo quisiera poder satis-

facer su curiosidad de usted, pero no puedo separarme de las instrucciones

que tengo.

— ¿Y de quién recibe usted esas instrucciones?

— De mis gefes.

— Hace tiempo que sospecho que es usted de la policía secreta.

— He dicho antes que me hace usted hablar demasiado , y estoy resuel-

to á no contestar mas á ninguna de sus preguntas.

— He adivinado por íin algo de sus misterios. ¡Policía secreta y frailes de

por medio !... Mucho puede alcanzarse... si no se me tiende alguna red.

—Ya hemos llegado á nuestro sitio.

— ¡Gracias áDios

Efectivamente , acababa de pararse el coche .

A unos pequeños golpes que con la palma de la mano dio el personaje

desconocido , oyóse el ruido de un gran cerrojo y el rechinar de una pesada

puerta que giraba sobre sus goznes.

Con el auxilio del incógnito apeóse don Eduardo del carruaje, y asido del

brazo de su misterioso lazarillo pasó el dintel de la gran puerta , que volvió

á rechinar al cerrarse con estrépito.

Reinaba un profundo silencio interrumpido á intervalos por el melancólico

quejido del buho.

Hacia rato que andaba don Eduardo por aquel siniestro recinto , cuya

atmósfera parecía impregnada del hedor que arrojan en un templo las hachas

apagadas después de unos funerales, cuando el lúgubre sonido de una cam-

pana que doblaba á muerto oyóse como si resonara por las bóvedas de un ce-

menterio. El eco triste de un coro de multitud de voces que semejaba el rezo

de una comunidad religiosa , completaba la tétrica ilusión de este cuadro fan-

tástico.


LA BRUJA DE MADRID. 87

Ni una sola pregunta dirigió don Eduardo á su compañero, y le siguió con

paso íirme hasta que se sentó en un sillón de vaqueta.

Entonces dijo una voz en tono humilde:

— Quítele, hermano, esa venda, y salga.

Obedeció el personaje misterioso , y don Eduardo se vio en un estrecho

recinto , opacamente iluminado por una lamparilla que habia encima de una

mesa junto á una calavera ,

un breviario y un cruciíijo. Detrás de esta mesa,

y en la parte mas oscura, distinguíase apenas un padre religioso, cuya ca-

pucha sombreaba sus facciones.

gocio.

Levantóse el duquecito sobresaltado.

— Siéntese , hijo mió — le dijo el fraile — y hablemos del consabido ne-

Volvióse á sentar don Eduardo, y se entabló entre él y el religioso la

conversación que será objeto de otro capítulo.


CAPITULO VIH.

DÁDIVAS QUEBRANTAN PEÑAS

Todo se vendo este día.

Todo el dinero lo ij^ua.a,

La eórte vende su pala,

I.a piH-rra su valentía ;

Hasta la sabiduría

Vende la universidad.

GÓNGOIIA.

El fraile que tenia enfrente don Eduardo era uno de los individuos mas

influyentes del bando apostólico, y pertenecia al club secreto que tenia ava-

sallado al monarca.

Este indigno sacerdote sacaba todo el partido posible de su posición so-

cial. Relacionado con los corifeos de la policía secreta, de la cual era agente

el misterioso personaje de la precedente cita , especulaba con los ágenos in-

fortunios ; pero especulaba de una manera hipócrita y soez , vendiendo por

actos de generosa beneficencia lo que solo eran criminales escesos de codicia

y egoismo.


LA BRUJA DE MADRID. M

ílslo es niuy común enirc los individuos de ciertas instituciones degra-

dantes, creadas en las tinieblas para ejercer el espionaje de un modo vil y

traidor , oprimir al pueblo con injusticias y vejaciones escandalosas, y bala-

gar á los poderosos prestándoles servicios de inmoralidad c infamia.

La vista de esta pobre celda, liijo mió, le ha conmovido sin duda—di-

jo en tono afectuoso el fraile al sobresaltado joven.— No tema nada.

—Yo nada temo, padre — respondió don Eduardo , afectando serenidad;

— pero noto con estrañeza que se multiplican los misterios en un asunto el

mas sencillo.

— No tanto como á primera vista parece.

— ¿Puede haber cosa mas natural que interesarse por la suerte de los

desgraciados?

— En efecto, hijo mió ,

es muy propio de todo corazón noble y generoso

el apadrinar á los desvalidos, pero en el ejercicio de tan bellos sentimientos

hay, por desdicha, un riesgo inminente.

— \[]n riesgo!

— Sí, un riesgo.

— Si es el de hacer un papel ridiculo á los ojos de los que tienen á men-

gua el defender la causa de los menesterosos, miro como una honra el que

los necios me califiquen de estravagante. Mas quiero ser estravagante de este

modo , que hombre razonable , siempre que la razón se confunda con el or-

gullo y el desprecio de la humanidad oprimida.

— Es mayor el peligro de que hablo.

— Si usted tiene la bondad de esplicarse...

— Con mucho gusto, hijo mió; y espero en la misericordia de Dios ,

las palabras que él me inspire en alivio de la inocencia perseguida, produ-

cirán el mejor efecto. La religión acaba de salir triunfante de entre las gar-

ras del demonio, porque no son otra cosa que satélites de Satanás, hijo mió,

esos herejes que cometieron el atentado horrible de llevarse cautivo á Cá-

diz al mejor de los soberanos. Con el regreso del rey y el restablecimiento

de su poder absoluto , la iglesia ha recobrado á su protector por uu acto de

la justicia divina ;

que

ahora toca á la justicia humana vengar los agravios hechos

á la magestad del trono y á los ministros del altar por los implacables eue-

"

I.

12


M POÜRES Y RICOS

migos (le Dios, por esos revolucionarios impíos y maldecidos francmasones.

— Yo creo, padre— replicó don Eduardo — que de la venganza á la jus-

ticia hay una distancia inmensa.

— Sí, hijo mió — interrumpió el fraile, y conociendo ([ue habia dado mal

comienzo á su discurso, procuró darle otro giro, añadiendo: — á eso voy.

Que se castigue con severidad al delincuente, es cosa inevitable. Los tribu-

nales faltarían á su deber , y el mundo seria una mansión de (leras si los

malvados quedasen impunes. El mismo Dios , con ser todo bondad y manse-

dumbre, les condena á un suplicio eterno. Esto es lo (jue entiendo yo por

justicia. La venganza tiene otro origen. Hija por lo regular de pasiones bas-

tardas, se ceba muchas veces en la inocencia.

— xVhora estamos de acuerdo— repuso el duquecito.

— No podemos dejar de estarlo cuantos sintamos en el corazón los latidos

del amor á nuestro prójimo. Lo contrario seria faltar á las sublimes doctrinas

evangélicas ; pero como desgraciadamente no todos los hombres piensan co-

mo nosotros , hay momentos en que no es prudente hacer alarde de tan sanos

principios, principios llenos de moral y de sabiduría.

— Sin embargo , yo creo que nunca pueden perjudicar á nadie los sen-

timientos de honradez.

—Así debería ser.

— ¿Y no es así?

— No, hijo mió, no.

— Me pasma el oir de boca de un religioso tales doctrinas.

— Mis doctrinas son benéficas.

— ¿No dice usted que los sentimientos de honradez pueden perjudi-

carme ?

— Y lo repito.

— Luego quisiera usted que no poseyera semejantes sentimientos.

— Muy al contrario ; ellos son la delicia y el consuelo del hombre de

bien.

— ¿Qué contradicciones son esas?

— No hay ninguna contradicción en mis palabras.

— Confieso entonces que no las entiendo. Dice usted que pueden perju-

dicarme los sentimientos de honradez, y que ellos son la delicia y el consue-

lo del hombre de bien.


LA BRUJA DE MADRID. 9f

— Es la pura verdad.

— ¿Y no hay contradicción en esas palabras ?

— Repito que no.

— Espero , padre , que tenga usted la bondad de esplicarme un enigma

que no comprendo.

—El Hijo de Dios murió enclavado en una cruz por ser todo bondad in-

fínita.

— ¿Querrá usted arguirme con eso que no se debe tomar por modelo la

bondad de Dios?

— Somos demasiado pecadores para poder imitar tan sublime virtud.

— Pero ya que no alcancemos poder comparar nuestra generosidad coa

la del Supremo Hacedor, por qué nos ha de ser perjudicial el ejercicio de la

beneficencia?

— El ejercicio de la beneficencia conduce al camino del cielo.

— Creo haber triunfado en esta cuestión.

— Puede ser.

— Dice usted que el ejercicio de la beneficencia conduce al camino del

cielo.

— Y lo repito.

— Pues bien , ¿ no es el ejercicio de la beneficencia hijo de los senti-

mientos de honradez?

— Lo es en efecto.

— Luego de ningún modo pueden perjudicar unos sentimientos que con-

ducen el alma á su salvación.

— No digo yo que sea perjudicial á nadie el hacer bien.

— Pues entonces ¿qué es lo que pueda serme nocivo?

— El hacer alarde de esos generosos sentimientos.

—Yo no lo creo así, el hombre de bien no debe ser jamás hipócrita.

— Va mucha diferencia, hijo mió, de la hipocresía á la modestia.

— ¿Y no puede uno vanagloriarse de ser benéfico?

— No, porque entonces no se prodigan los beneficios por el deber de so-

correr á los desgraciados ,

sino por satisfacer el propio orgullo.

— El orgullo de haber ejercido una buena acción es un orgullo noble.

— Mas noble y generoso es ejercerla en secreto. Además, hay á veces

peligros inminentes en la publicidad de las buenas acciones. Esto iba á


esplicarlc, hijo mió, pero sus continuas interrupciones no me dejan

—Perdone usted , padre , si he sido tal vez indiscreto.

— ¡Oh! no, de nin¿5un modo. Al contrario, las objeciones que me ha he-

cho, his he oido con la mas dulce complacencia. Todas ellas son hijas de una

virtud ([uc admiro, tanto mas cuanto que es muy rara en estos tiempos de

inmoralidad y prostitución.

— Gracias por el buen concepto que merezco á usted; pero esos elogios

son sin duda hijos de su indulgencia.

— Son hijos de la justicia. Es usted un joven adorable , y Dios sin duda

me le ha traído aquí para salvar á las dos inocentes que gimen en la Casa-

Galera.

— Ese es todo mi afán , ese es mi ardiente deseo.

—Y se verá cumplido.

— ¿De veras?

—Sí , se verá cumplido , si obra usted con mas cordura , si procede con

mayor reserva.

i — Con reserva !

— Es usted aun demasiado niño para conocer á los hombres ;

yo pensaba

como usted en mi juventud , y aunque retirado del mundo , he recibido tan-

tos desengaños !

¡ Dios perdone á mis enemigos! La esperiencia me ha hecho

conocer que el mejor medio de servir á Dios , es ejercer la beneficencia en

secreto , y así lo hago en cuanto alcanzan mis débiles fuerzas. Esto es sufi-

ciente para esplicar el modo misterioso con que se le ha conducido á mi po-

bre morada , y le aconsejo que imite mi reserva , si quiere ver cumplidos

sus humanitarios deseos de dar la libertad á esas dos infelices que hace pocos

dias han sido conducidas á la Casa-Galera. He dicho antes que había un

riesgo inminente en hacer gala de ciertos principios filantrópicos, y mas en

dirigirse indiscretamente á las personas de posición elevada para mendigar-

les protección. Estos magnates no solo jamás hacen cosa alguna en favor de

los pobres, sino que sospechan del hombre generoso que toma la defensa del

desvalido. Las desgraciadas que á todo trance hemos de salvar, hijo mió,

son en verdad hija y esposa de un revolucionario. Esta circunstancia , que

nosotros debemos olvidar , porque nada tienen que ver dos débiles mujeres

con los estravíos de un hombre que ha dado ya cuenta de ellos al Todopode-

roso , es alarmante... á lo menos para los espíritus vengativos , y no vajci-


LA BRUJA DE MADRID. 93

lan un momento en calificar de complicidad lo (|iic no es mas que un senti-

miento generoso.

Don Eduardo escuchaba con atención al religioso , y fascinado por su

acento de aparente bondad y de dulzura , habia olvidado la siniestra impre-

sión de sus primeras palabras. Cayó en la red que se le tcndia con el solo

objeto de hacerle comprar á peso de oro la libertad de la Bruja y de su

madre.

Los desengaños que acababa de tocar en la tertulia de la marquesa de

Verde-Rama , en donde no le (juedó la menor duda de que ninguno de los

que se llamaban sus amigos y gozaban favor en la corle , habia querido ha-

cer gestión alguna en favor de a([uellas pobres mujeres ,

favorecían las ideas

que acababa de emitir el astuto fraile.

— ¡Oh!... es verdad, es verdíid, padre—esclamó don Eduardo lleno de

convicción. — El proteger á los pobres es un crimen para los palaciegos...

— Un crimen que no perdonan—repuso el religioso— y que si hallan

oportunidad, no le dejan nunca sin castigo. Créame, hijo mió, no haga alar-

de de esa generosa protección que dispensa á esas desdichadas. Se le puede

acusar de haber pertenecido á la secta de francmasones, y aun cuando esto

sea una calumnia, no dejaria de proporcionarle gravísimos disgustos.

— Todo eso será cierto; pero por mas riesgos que corra, estoy decidido á

no abandonar mi empresa. Si los hombres me niegan su amparo , Dios me

protejerá.

—Sí, hijo mío. Dios nos protejerá ó mejor dicho. Dios proteje ya, á

no dudarlo, á esas infortunadas mujeres. Dios ha dispuesto esta entrevista

para que allanemos cuantas dificultades se oponen á la realización de nues-

tras benéíicas miras.

— ¿Cómo así?

— Sacando partido de la misma inmoralidad de los hombres.

— Esplíquese usted, padre.

— Escuche, hijo mío. En este siglo de corrupción, lodo lo alcanza el oro.

— Si de eso depende el éxito de la empresa , gracias á Dios soy bastante

rico para prodigarle, y nunca me tengo por mas feliz que cuando le empleo

en socorro de los desvalidos.

— Ya lo sé, generoso joven, y por esta razón no he puesto un solo mo-

mento en duda que el triunfo coronará nuestra esperanza. Aquí.... en reser-


94 POHUES Y lucos

va, hijo mió... sopa que tengo el medio de comprar la libertad de nuestras

protegidas. Ya lo hubiera hecho si me hallase eu otra posición ; pero un po-

bre sacerdote....

— ¿\ qué cantidad se necesita?

— Han tenido la audacia de pedirme veinte mil reales; pero con mucho

menos tendrán que contentarse. Me esplicaria mas claro; pero me han exigi-

do el secreto en cuanto á las personas que median en este asunto , y como

religioso, de ningún modo puedo revelarle.

— De nada me sirve el nombre de esa persona con tal de que logre mi

objeto. Dígale usted que están á su disposición los veinte mil reales, tan

pronto como se me entregue una orden para que se deje en libertad á las

mujeres en cuestión. Pero esa orden....

— Será de la autoridad competente. No es la primera que la dirección de

la Casa-Galera ha recibido , y á su presentación será obedecida sin dilación

ni repugnancia alguna.

— ¿Pero está usted cierto, padre, de que se obtendrá esa orden?

— ¿Por qué no?

— Usted mismo acaba de hacerme una pintura exacta del empedernido

corazón de los poderosos.

— No importa dádivas quebrantan peñas, hijo mió. A. las nueve de

esta mañana, tendrá en su poder la deseada orden,

— ¿Quién la pondrá en mis manos?

La persona que le ha conducido á este sitio.

— ¿En mi casa?

— Si , generoso joven.

— Tendré preparados en oro los veinte mil reales.

— Y yo dirigiré á Dios mis oraciones para que premie ese rasgo de su-

blime beneficencia. Nada mas tenemos que hablar. Ahora, hijo mió, saldrá

de esta humilde morada , del mismo modo que ha entrado en ella , con los

ojos vendados, pero llevará además la bendición de un pobre religioso.

La bendición de un santo sacerdote es la bendición de Dios— dijo en

un acceso de alegría don Eduardo , y levantándose de su asiento fué á pos-

trarse ante el fraile y le besó la mano. El fraile la levantó después, y mien-

tras permanecía aun don Eduardo de rodillas, bendíjole con ademan solem-

ne, y le dijo en tono de bondad


— Siéntese, hijo mío.

Don Eduardo volvió á ocupar su asiento.

El fraile tosió de una manera significativa.

LA BRUJA DE MADRID. 95

Apareció el personaje misterioso, vendó los ojos de don Eduardo y se re-

tiraron sin que ocurriese cosa alguna digna de mención.

El dia siguiente á las nueve de la mañana recibió don Eduardo la orden

de la libertad de sus dos protegidas, y entregó á su portador los veinte mil

reales consabidos.

Lleno de júbilo corrió don Eduardo á la Casa-Galera. Una nueva catás-

trofe laceró su corazón generoso.

El lector se acordará de las fúnebres vibraciones de una campana que

doblaba á muerto. El capítulo que sigue esplicará este enigma.


CAPITULO IX.

LA CASA-GALERA.

('ombien la natiire est feconde

En plnisirs ainsi qu'en douleiirs ¡

A guisa (le visiones faDlasinagóricas, una multitud de mujeres asquero-

sas se agitaba en un ancho salón, cuyas paredes ennegrecidas y mal enladri-

llado pavimento ,

revelaban la desidia de los que tenían ó su cargo el aseo de

aquel departamento de la Casa -Galera.

Veíanse acá y acullá animados grupos de aquellas infelices escuálidas,

cubiertas de andrajos, que á pesar de verse allí condenadas, acaso á perpe-

tua reclusión, después de haberse gozado en los brutales placeres de una

vida sin freno , libre y licenciosa hasta el escándalo, no aparentaban pesar ni

arrepentimiento. Satánica sonrisa animaba sus rostros cadavéricos, y entre

aullidos de feroz alegría entonaban alegres cantares , que formaban un con-


LA BRUJA DE MADRID. 97

traste incomprensible con el hambre , el frió , la miseria y esclavitud que las

abrumaba. Semejante resignación en la desgracia hubiera merecido la califi-

cación de heroísmo, si no tuviera por origen la insensibilidad que enjendra

la prostitución."

Un farol que pendia del techo, y cuyos cristales empañados por el humo

amortiguaban su opaca luz, iluminaba aquel cuadro, parecido á una de las

fabulosas escenas de Rubens , ó mas bien á los grupos fantásticos de David

Teniers.

Solo dos de aquellas infelices hallábanse abismadas en la mas horrible

tristeza. Estas dos reclusas eran la Bruja y su anciana madre, que sentadas

sübrc un gergon, parecían entretenidas en algún triste coloquio que las ha-

cia prorumpir con frecuencia en amargo lloro.

Entretanto se abandonaban las demás á una alegría salvaje.

— Oye, Jesusa — dijo una joven, dirigiendo la palabra á otra bien pare-

cida que estaba bailando la cachucha con bastante gracia en medio del corro

donde mas zambra se movia—¿qué estará haciendo ahora tu novio?

— Déjame en paz — respondió la infatigable sílíide.

— Calla, mujer— dijo otra á la que habia hecho la pregunta.— ¿Hablas

de Pacorrillo Pelagatos ?

— Del mismo. ¿No queria casarse con la Jesusa?

—x\sí lo decia , pero ya no puede casarse.

— ¿Por qué?

— Porque el otro dia le llevaron á hacer bendiciones con los pies en la

plazuela de la Cebada.

— ¡Qué me dices!

— Lo que oyes.

— ¿Con que Je han apretado el corbatín ?

— Cabalito.

— ¿Y hace mucho de eso?

La semana pasada.

— Jinojo ¡ ! y ella bailando que se las pela en sufragio del alma del difunto.

—¿Y qué ha de hacer la pobrecilla? ¡ Y con qué sandunga baila

— Como que es hija de Cádiz— repuso una repugnante vieja que era la

que mas alborotaba. —Siga la broma, que voy á cantar yo unas cuantas co-

plitas de Chiclana.

!• 13

!


98 POBRES Y lucos

y con voz cascada y trémula cantó, haciendo ridículos visagcs y contor-

siones, lo siguiente:

Que viva la genle crua

di'l bello sui'lo andaluz ,

donde las gcmbras derraman

toa la sal de Jesús.

Vamonos , gachona niia ,

vamos á echar una cana

y brindaremos junlitos

por la sandunga de España...

Vamonos.

Yo creo que tú me engañas

cuando dices que me quieres

porque tenéis malas mañas

toilicas las mujeres...

Vamonos , tierna paloma ,

vamonos al Trocadero,

y en el primer ventorrillo

te haré ver lo que te quiero...

Vamonos.

Las rubias de ojos azules

son la miel de la colmena

mas yo estoy por lo salao,

¡ viva la gente morena

Vamonos , prenda del alma ,

vamonos á la Caleta ,

te daré los boquerones

que te saben á canela...

Vamonos.

— ¡Vivan los boquerones! — esclamó una mozuela, dando recios empe-

llones á las demás, é interrumpiendo con desaforados gritos la canción y el

baile.—Yo tengo hambre de boquerones.,., que nos traigan boquerones para

cenar!....

Todas siguieron el repentino impulso de insubordinación, y empezaron á

dar saltos y chillidos, agitándose como furias infernales.

Este movimiento era natural. Parecía una esplosion de alegría, y era un

destello del hambre. Acababan de dar las ocho , hora en que se repartía á las

infelices un desabrido potaje de patatas para cenar.

En efecto , aun vibraba la última campanada de las ocho cuando apareció

una forzuda Maritornes con un gran caldero.


LA BRUJA DE MADRID. 9§

Apiñáronse las reclusas en torno de ella , quién con una laza rota , quién

con media cazuela, esta con un cacharro de vasija, la otra con un puchero

resquebrajado, y todas aguardaban su cena con indefinible avidez.

liemos dicho mal ; no todas se abalanzaron al insípido alimento que se les

presentaba. La Bruja y su anciana madre permanecían inmóviles, mientras

las demás devoraban su ración, que consistía en algunas cucharadas del ci-

tado potaje de patatas y un cuarterón de pan.

— ¿No cenan esas dos alhajas?— preguntó una de las miserables.

— Yo no tengo hambre—respondió la Bruja— y mi madre se ha puesto

muy enferma Vuestros gritos la aturden. Si no movierais tanto ruido, os

lo agradecería mucho, buenas mujeres

— Ese monstruo se burla de nosotras. Nos llama buenas, como si tanto á

ella como á nosotras no nos hubieran traído aquí por ser malas mujeres.

— ¿No sabéis por qué no tiene hambre ese demonio?

— ¿Por qué?

— Porque es bruja, y á media noche se echa á volar y hace provisión

para todo el día.

— Verdad es que es bruja, y es una injusticia haberla traído á la Galera.

I

Que la encierren en la inquisición !

— ¡Que la arrojen á una hoguera

— ¡Fuera de aquí

— ¡Fuera! ¡ fuera !

!

!

Estas esclamaciones en que prorumpían á un tiempo todas aquellas furias

en tono amenazador, producían una gritería espantosa.

La pobre anciana temblaba convulsivamente.

— Madre, ¡ madre mía !—esclamó con sobresalto la Bruja ^ al ver con-

vulsa á la pobre ciega. — ¡Dios mío! ¡Piedad! ¡piedad!.... Mi madre se

muere.

— Tranquilizaos todas—dijo la que había traído la cena. — Tengo orden

de trasladar á otro aposento estas dos mujeres.

Bien !

¡ bien ! — gritaron las reclusas.

— ¡

Una voz añadió:

— Eso es que las van á poner en capilla para quemarlas por brujas. Si lo

es la hija, también lo será la madre.

— Seguidme— dijo la mujer que , después de haber repartido las racio-


\RR.XB\t.T k

Va YA'\v\a . \í. Ui^iuaVs (\(l\xc©.


LA BRUJA DE MADRID. 101

Fien sabia ya cpic no podria sobrcvivirle. Me está llamando, hija mia

¿No oyes su cariñosa voz? Mira.... ese hermoso niño que bate sus

hermosas alas como una mariposa que me tiende su manccita ¿le

ves? es un ángel Viene en mi busca para llevarme á

donde está mi esposo mi es poso mi es

Después de pronunciar estas palabras con acento apagado, repentina con-

vulsión agitó los miembros de la moribunda.

— ¡Madre! ¡Madre! — gritó azorada la 2?ní/a; y viendo que su madre

estaba fria como el mármol, dio voces de dolor y de desesperación.

Presentóse aceleradamente el religioso quehabia confesado á la enferma,

y coa el crucifijo en la mano la dirigió las últimas exhortaciones.

Era la media noche cuando aquella pobre mujer murió embellecida con

la aureola del justo. La muerte tenia para ella mil encantos esa muerte

cuyo recuerdo atosiga acerbamente á los criminales hasta en el goce de los

tesoros y todo linage de placeres de su deleznable y azarosa existencia.

Cuando se presentó don Eduardo en la Casa-Galera, contáronle el triste

suceso que acabamos de describir , añadiendo que la Brujan después de ha-

ber sufrido frecuentes convulsiones , que ponian su vida en peligro , logró llo-

rar largas horas , y estaba ya sosegada ; pero en cama y con calentura.

Al oir esto , brilló en el semblante de don Eduardo la espresion de la ira

como una llamarada fosfórica. Acordóse dé que todas estas desgracias eran

consecuencia de la injusticia de los poderosos y del criminal abandono con

que se trata á los pobres. Pero á este destello de indignación siguió un ac-

ceso de amargura. No pudo contener algunas lágrimas. Recomendó muy en-

carecidamente la enferma al facultativo y al director, entregando á este úl-

timo la orden para que se dejase libre á la Bruja tan pronto como estuviese

del todo restablecida , y se despidió encargando que se hiciese de su cuenta

un lucido entierro á la madre, dejando algunas monedas de oro de limosna,

para alivio de las desgraciadas que expiaban sus estravíos, ó eran víctimas

de alguna venganza en aquella reclusión.

Regresaba don Eduardo á su casa coa el corazón prensado de tantos sin-

sabores.

— ¡La naturaleza es tan fecunda en placeres como en amarguras!... Dese-

chemos la melancolía— decia por el camino. — La pobre anciana que ha

muerto ,

no podia ser ya feliz en este mundo. ¿Y su hija? Me valdré de todos


408 PülUU'S Y RICOS

)os medios posibles para que deje de ser el escarnio del vulgo. Le señalaré

una pensión ¡Nunca ha querido admitirla!.... ; Cuántos misterios en esta

mujer !.... Yo no sé por qué me interesa por qué me connmeven sus des-

gracias. ¡Oh! es preciso lograr á todo trance mejorar su situación.

La niebla del mal humor que oscurecía el semblante del duquecito , disi-

póse por fm.

Un lacayo le aguardaba en su casa á la puerta de la calle , y al pasar,

entrególe un papel, y desapareció.

Era un billete de desafío á muerte.

Citábasele para el medio día en el café de la Fontana de Oro.

La esquela no tenia firma, y aunque por esta circunstancia merecía el

desprecio del duquecito; este joven que era tan valiente como generoso y

compasivo, miró su reloj ,

y dijo para sí:

Las doce menos cinco minutos no se puede perder un momento.

La provocación es donosa ,

y no puede menos de suceder algún lance jocoso

que me desimpresionará sin duda de la triste escena que me acaban de re-

latar.


CAPITULO X.

EL CONVENIO.

Vente á mí, que un caballero solo

soy, que desea de solo á solo probar

lus fuerzas y quitarte la vida. . . .

CliRVAMES.

Vibraba todavía la última campanada de las doce, cuando el duqiiecito

de la Azucena cruzaba por debajo del dintel de la puerta principal de la Fon-

tana de Oro.

La concurrencia en aquel sitio era á la sazón escasa, por manera que una

ojeada breve bastóle á don Eduardo para pasar revista á cuantos ocupaban

las mesas ó se paseaban por el salón.

No vio un solo rostro que destellase espresion hostil.

Encendió un puro para dar lugar á que su misterioso rival se diese á co-

nocer ; y reparando que en uno de los rincones del café estaban tomando pon-


i 04 roHRKS Y lucos

che tres de sus mas íntimos amigos, aproximóse á ellos, y j)or un efecto de

natural reacción , después de la melancolía (|ue le había aíli^^ido hasta poco

hacia, empezó á reir como un loco.

Al verle don Agapito , que era uno de los tres jóvenes , perdió el escaso

color que el ponche hahia enciiodido en sns mejillas, y en voz balbuciente

murmuró

— ¡Me hace gracia la risita!

— En efecto — añadió uuo de los otros dos personajes — muy risueño se

nos descuelga Eduardo

— ¿De qué provienen esas carcajadas? — preguntó el tercero de los su-

sodichos al mismo don Eduardo.

— ¿Pues no me he de reir?—contestó el duquecito. — Y vosotros os vais

también á desternillar de risa al saber la causa de mi hilaridad. ¡Cosa mas

graciosa!....

Y prorumpió en nuevas y estrepitosas carcajadas.

De repente procuró dar á su rostro la espresion de burlona tristeza , y

fingiendo compunción y amargura esclamó en tono solemne:

— ¡Ay , amigos míos! mi última hora ha sonado, como dicen los malos

traductores de novelas. Y tú, Agapito, esclarecido cisne del Manzanares, ya

puedes preparar un epitafio para mi losa sepulcral Unas sentidas ende-

chas una tierna elegía para recitarla junto á la huesa de este desgracia-

do. ¡Oid!.... ¡Oid mi sentencia de muerte!

Y sacando del bolsillo de su chaleco el billete que acababa de recibir,

leyó lo que sigue

ftCaballero: en este mundo no cabemos los dos. La mejor razón la espa-

da. Las nuestras decidirán quién está de más. Al medio día me hallará usted

en el café de la Fontana de Oro para dar cima á este lance de honor

¡Duelo á muerte! Si usted no acude á la cita, si usted se oculta, sabré en-

contrarle aunque sea en las cavernas del Báratro.»

— El caso es — anadió don Eduardo, riendo con mejor gana que nunca—

que según las apariencias soy yo quien tendré que bajar á los dominios

de Pluton para hallar á mi romántico rival , porque se pasa la hora de la ci-

ta , y no veo por acá persona alguna que lleve trazas de lanzarse al palenque.

Debe de ser un caballero muy gordo , cuando asegura que él y yo no cabe-

mos en el mundo.


LA BRUJA DE MADRID. 405

— ¿Y no ha conocido usted por la letra quién puede ser el autor de esa

carta? — preguntó con gravedad don Agapito.

— ¡Oiga! — repuso con sorpresa don Eduardo. — Ese tono el estilo

poético de la esquela la pregunta que me haces, y los términos de cum-

plimiento con que me tratas tú que siempre me has tuteado Pero no,

no es posible i Estás tan llaco!

— ¿El qué no es posible? — dijo don Agapito.

— Que me hayas dirigido tú estos ridículos renglones.

— Pues yo soy quien se los ha dirigido á usted, caballero — replicó en

tono solemne ol aristocrático poeta.

— ¿Tú?.... i Oh! será una chanzoneta

— Yo no me chanceo en materias de alta importancia , señor duque. Quie-

ro probar sus fuerzas de usted Quiero quitarle la vida.

—Pues es una friolera — respondió don Eduardo sentándose; y dando

una palmada en la mesa, gritó: — ¡Mozo! un ponche.— Y dirigiéndose á

sus compañeros, añadió: — ¿Sabéis, amigos mios , que este lance se hace

cada vez mas jocoso y divertido?

— Hablo con toda formalidad , señor don Eduardo.

— Lo creo así ; pero ¿ me será permitido saber qué motivo hay para que

salgamos al campo á derramar nuestra preciosa sangre?

— El monstruo cíclope Polifemo, á pesar de su fiereza y rusticidad, pagó

tributo al amor.

— ¿Y nos hemos de batir nosotros porque Polifemo estuvo enamorado?

— Y adoró los encantos de Calatea

— ¡

!

Linda muchacha sin duda

La mas hermosa de las Nereidas después de Tetis.

— ¡Cáspita! Pero todo eso, aunque muy poético y sublime, no me

dá la menor idea del motivo de tu resentimiento.

— Es que yo soy el predilecto de la bella marquesita de Verde-Rama,

como lo fué Acis de la encantadora Nereida ;

y no permitiré que ningún sa-

télite de Vulcano invada la misteriosa gruta de mis amores el teatro se-

creto de mis voluptuosas delicias.

— Me parece que voy cogiendo el hilo del ovillo. Te perdono el que rae

hayas llamado monstruo, y cíclope, y satélite de Vulcano, en gracia del

buen rato que me dan tus singulares ocurrencias. Según veo, todas esas fra-

I. 14


406 PODRES Y RICOS

ses mitológicas se reducen á decirme que amas á la marquesita ; no es esto?

— Y (|uc ella me corresponde — respondió con orgullo el dichoso poeta.

— Si eso es así — repuso don Eduardo — no tengo inconveniente en

abandonar el campo.

— ¿De veras? — esclamó radiante de gozo don Agapito.

— Lo juro delante de estos amigos.

— No esperaba yo menos de tu buena amistad — dijo don Agapito abra-

zando con alegría á don Eduardo. — Ya lo oís— añadió, dirigiéndose á sus

dos compañeros—el duquecito abandona la liza Ya no hay duelo , ami-

gos míos , los dos encarnizados rivales se han convertido en Pílades y Orestes.

— Poco á poco, Agapito— dijo don Eduardo, haciendo caer con el dedo

meñique la ceniza de su puro en el braserillo. — ¿Tú estás cierto, según aca-

bas de decirme , de que eres el único objeto del amor de la marquesita?

— Ya se vé que sí.

i

Pues qué! ¿podrías creer acaso que pertenece mi

amada á esa turba de ninfas, conocidas entre nosotros los literatos por el

nombre de Propétides , que allá en Chipre , isla consagrada al culto de Ve-

nus, se abandonaron tan sin freno á la lubricidad, que tuvo que castigarlas

la diosa Citerea transformándolas en rocas?

— No por cierto.

— ¿O te imaginas, cual otro Pigmalion, que todo el bello sexo es capaz

de cometer los mismos deslices que las Propétides?

— Nada de eso, pero si tanto os amáis recíprocamente

— Como Píramo y Tisbe: y apelaremos como ellos á la fuga , si nuestros

parientes se oponen á nuestra unión.

— Espero que no llegará semejante caso.

— ¿Por qué razón?

— Porque si es cierto que la marquesita te ama, renuncio desde ahora á

su mano. Solo por dar gusto á mi padre consentia yo en este enlace ,

que al

parecer ha sido proyectado por la señora marquesa y él. Ellos están en la in-

teligencia de que la niña no desdeñará mi amor.

— ¡Oh! se equivocan solemnemente.

— Tanto mejor para tí ; pero quiero recibir el desengaño de su propia

boca.

— ¿Es decir que quieres enamorarla ?

—Ya se vé que sí.


— ¿ Con que persistes en ser mi rival ?

— ¿Por qué no?

— Siendo así, fuerza será batirnos.

— j

LA BRUJA DE MADRID. 407

Batirnos

— Sí, la espada decidirá quién ha de ser el dichoso.

— ¿No seria mejor que lo decidiese la interesada?

— Dice bien Eduardo — esclamó uno de los dos testigos de este original

coloquio.

— En efecto— añadió el otro — nada mas justo que sujetarse á la elección

de la favorecida. No seas tonto , Agapito , pues si efectivamente la marquesi-

ta está enamorada de tí , el triunfo tuyo es indudable.

— Repito — dijo don Eduardo con formalidad— que si el corazón de la

marquesita no está enteramente libre , abandono el campo.

— Ya puedes pues abandonarle— esclamó con insolente sonrisa el poeta.

— Lo veremos.

— Y para darte una prueba de la seguridad que tengo en la constancia

de mi amada, me allano á tus deseos. Verdad es que cuando Céfalo quiso

poner á prueba la constancia de Procris, hija de Erecteo rey de Atenas, esta

impertinente curiosidad fué el origen de su trágico íin ; pero toda vez que

estos amigos hallan justa tu proposición, no quiero que seas víctima de mi

destreza en el manejo de toda suerte de armas.

— Gracias por la generosidad con que me perdonas la vida , amigo mió —

dijo don Eduardo con sarcástica sonrisa. — Sin embargo , si quieres que sal-

gamos á batirnos, me arredran muy poco las ventajas que reconozco en tí , y

aun te dejo la elección de las armas.

El tono con que fueron pronunciadas estas palabras , llenó de miedo á don

Agapito. Procuró, no obstante, disimular aquella impresión, soltando una

burlona carcajada.

— ¡ Ah ! ah ¡ ! ¡ ah!.... Señor enamorado , no quiero yo darte una lección

que seria demasiado terrible. Mejor será que la recibas de los hermosos la-

bios de la beldad que te ha vuelto el juicio. ¡ Pobre duquecito ! Voy

á darte

un consejo : ya sabrás que en la isla de Léucade hay una eminencia sobre

las encrespadas olas , que los griegos tenían como el único remedio de los

amantes desesperados.

— ¡Oigan! il nb :,í;íÍ omsim


f08 POBRES Y RICOS

— Era un remedio prodigioso para las dolencias de amor. La misma Ve-

nus dio el salto de Léucade para olvidar á Adonis.

— Cáspita ¡ y lo que sabe este chico ! — prosiguió con ironía don Eduardo.

Los otros dos amigos no pudieron contener su risa ,

pero el pedante con-

tinuó con mucha formalidad

— No hay que reirse, señores. Safo, la mujer mas hermosa de Lesbos,

no pudiendo ablandar el diamantino pecho de Faon , dio también el salto de

Léucade.

— ¿ Y qué ?

— ¿Y qué? La cosa es muy sencilla, señor enamorado sin esperanza ,

no le queda mas áncora de salvación que dar el salto de Léucade.

— Allá veremos quién hace saltar á quién.

Esta conversación se prolongó hasta la hora en que era de buen tono dar

algunos paseos por el Prado.

Don Eduardo se levantó é hizo un signo al mozo del café , que quería de-

cir: «no cobres, que yo te pagaré el gasto que se ha hecho.»

— ¿Te vas ya? — preguntó don Agapito á su rival.

' —

— Sí, querido: no quiero desperdiciar un solo momento.

¿Cómo así?

— Como que la marquesa y su hija suelen ir lodos los días al Prado.

— En efecto, allá iré Jo dentro de poco á ofrecer mi brazo á la beldad

que eclipsa los encantos de la hermosa Juno.

— No lele admitirá.

— i

— ¡Agapito!

— ¿Dices que no admitirá mi brazo?

— No le admitirá.

— ¿Por qué razón?

— Porque tendrá el mió.

— Si tan imprudente eres que permanezcas á su lado á mi llegada , harás

Eduardo

un ridículo papel.

— ¿Lo crees así?

— Te desdeñará como Eurídice á Aristeo.

— Tal vez; y si así sucede , le repito que renunciaré á su mano. Pero lo

mismo has de hacer lú , si conquisto su amor.

ya


— Es un absurdo el imaginarlo.

— Allá veremos ¡ A Dios !

jnídad.

LA BRUJA DE MADIIID. 409

Los dos rivales se dieron iiu apretón de manos en muestra de confor-

Desapareció don Eduardo, y aguijoneado el poeta por los celos, tardó

pocos momentos en tomar la misma dirección que su rival. ¿Cuál de estos dos

amantes será el favorecido? Don Agapito está seguro de la fidelidad de la

marquesita, porque le ha jurado mil veces eterna constancia. Pero en los

enamorados es el perjurio tan frecuente como en los reyes.

De todos modos se aglomeran donosos elementos que no podrán dejar de

producir una escena verdaderamente cómica.

Quisiéramos poseer el ingenio y la gracia de Paul de Kock , para descri-

birla. Ensayaremos nuestras débiles fuerzas en el capítulo inmediato.

ilil!

«1 afilia

CODEPsCH


CAPITULO XI.

¡ES ÉL!.... ¡ES ÉL!

E um passeio

bem apradavel.

F. MaNU£L.

Eran las tres de la tarde. Un sol radiante y abrasador , como el que ea

los serenos dias de invierno baña de inmensa claridad la coronada villa, pu-

rificaba la atmósfera , y alejaba el frió hasta el estrerao de que hubiérase

creido que imperaba la hermosa primavera, si los gigantescos y vetustos ár-

boles del Prado no estuvieran ya despojados de su pompa de esmeralda. Sus

verdes hojas hablan palidecido , y caian secas y sin vida al frió soplo del

cierzo.

Lucida y animada concurrencia poblaba la parte de este magnífico paseo

conocido por el nombre de salón.

Muchas eran las beldades que cautivaban por su elegancia y hermosura


LA BRUJA DE MADRID. 411

la atención general , y enlre el escaso número de las mas notables por sus

hechizos, descollaba la fascinadora Elisa, cuya donosura, superior á todo en-

carecimiento, campeaba no solo en la elegancia de su traje, sino en la es-

presion de sus lindos ojos , en los encantos de su dulce sonrisa y en la agra-

dable coquetería de sus ademanes.

Esta aglomeración de atractivos era el imán de los jóvenes mas elegan-

tes. Todos ellos se disputaban el honor de entablar conversación con la her-

mosa marquesita, y mientras el duque de la Azucena obsequiaba á la mamá,

su digna hija veíase rodeada de galanteadores que la enamoraban en coro.

Este enjambre de impertinentes moscas de frac ó levita , que revoloteaba

en torno de la joven seductora, atraído por la hiblea miel de su hermosura,

fué menguado preludio para don Eduardo; pero deseoso de vencer al fatuo

poeta que acababa de provocarle, aproximóse á la dichosa beldad, no sin ha-

ber antes dirigido sus finos cumplimientos á la mamá, que de bracero con el

duque de la Azucena iba delante, llevando en brazos un doguito faldero.

No tardó el duquecito en merecer de la agraciada ni fia tan marcada pre-

dilección, que poco á poco fueron dispersándose los demás candidatos, cono-

ciendo que no era muy airoso el papel que desempeñaban en aquella escena.

La verdad, hermosa Elisa — decía don Eduardo con ternura — ¿tan

libre está su corazón de usted?

— Lo estaba, Eduardo—respondió la marquesita.

Al dar esta misteriosa contestación, dirigió al duquecito una dulce mira-

da , y como agobiada de rubor , dejó caer sobre las negras pupilas de sus

ojos los sonrosados párpados festoneados de larguísimas pestañas. Una son-

risa melancólica dio en este momento á las bellas facciones de la marquesita

toda la espresion del amor y de la inocencia.

Sin embargo , esta espresion fascinadora no era mas que un destello de

coquetería.

—¡Es posible! — repuso don Eduardo conmovido. — ¡Tan linda!.... ¡Tan

amable!.... Dotada de mil perfecciones

— Me sonroja usted, Eduardo.

— Rodeada de galanteadores , ¿ es posible , repito , que no haya entre to-

dos ellos uno solo que merezca la predilección de usted?.... ¿ Es posible que

conserve usted la libertad de su corazón entre los homenajes de tantos apa-

sionados ?

^


1 12 POBKES Y riicos

— Aseguro ú usted, amigo mió, (jue lodos esos jóvenes que hace poco

estaban á mi lado, me son del todo indiíerentes.

— Será así, son encantadores en demasía sus bellos labios para que la

mentira empane su virginal carmín ; pero si entre los amigos que acaban de

separarse ,

ted i

no bay ninguno tan afortunado que pueda aspirar al amor de us-

quién sabe!.... no todos los que la adoran estarian presentes

— No le entiendo á usted.

— ¿De veras , no me entiende usted ?

— Jamás supe mentir.

— ¡Oh! eso acabo yo mismo de decirlo.

— Es verdad , usted lo ha dicho por galantería, pero yo se lo aseguro á

mi corazón y mis labios no se contradicen jamás.

usted con toda formalidad :

— Ese es un nuevo atractivo digno de los muchos que atesora usted.

— Gracias por la lisonja.

— No es lisonja sino verdad que tampoco yo acostumbro decir lo que no

,

siento.

— Entonces me considero muy feliz de merecer á usted tan ventajosa

opinión; pero he dicho á usted que no entendía cierta frase.... y usted no se

ha dignado esplicármela.

— Es muy justa la reconvención.

— No es reconvención ,

es curiosidad de mujer.

— Voy á satisfacerla con mucho gusto. Decía yo que aun cuando entre

los jóvenes que estaban en compañía de usted cuando he llegado, no haya

ninguno á quien mire usted con ojos de predilección, tal vez no tardará en pre-

sentarse algún mortal mas dichoso. ¿Me entiende usted ahora, amable Elisa?

— Le he dicho á usted que mi corazón estaba libre.

.— Pues no falta quien hace alarde de ser correspondido por usted.

— ¡

Jesús !.... será algún loco

— No es un loco es un poeta

— ¡Pues!.... allá se van ¿Es por ventura don Agapito?

— El mismo ¡Qué pronto lo ha adivinado usted!

— Es que no conozco á otro que pueda decir semejante majadería. El

pobre muchacho se deshace en poéticas adulaciones ¿Qué ha de hacer

una sino reírse de tales estravagancias , y tomarlas á broma?.... Egto pue^

de acaso haberle hecho concebir alguna esperanza ',.

,


LA BRUJA DE MADRID. 113

— Es que no se trata de meras esperanzas Hoy mismo no hace

media hora me estaba diciendo que usted le ama.

— ¡Yo! I Aii! i ah! ¡ ah! Estoy segura de que no lo diria en mi

presencia.

— ¿Y si en presencia de usted lo dijese?

— Sabria darle un desengaño.

— Eso me tranquiliza.

— ¿A usted, Eduardo? ¿Acaso le importa á usted algo que yo quiera á

otro?

— Seria para mí una desgracia.

— ¿De veras?— esclamó con júbilo la marquesita.

— Elisa, yo no sé si tendrá usted noticia de cierto proyecto fraguado

entre mi padre y su mamá de usted.

— Sí , Eduardo , lo sé todo.

— ¿Y qué le parece á usted?

— No me atrevo á decirlo.

— ¿Pero aprueba usted el pensamiento?

Ay, Eduardo ! — esclamó la marquesita como en un acceso de amor

— ¡

su realización colmaría mi felicidad. ¿Y usted?

— Si no temiera algún rival Precisamente llega ahora Agapito.

Así era la verdad. En aquella sazón acababa de aproximarse don Agapito

á la marquesa de Verde-Rama ,

y después de dirigirle un respetuoso saludo,

acercóse á su hija con talante risueño, y en tono de confianza le dijo

— Perdone usted, Elisa, he venido un poco tarde Sin embargo , ya

sabe usted que así como Leandro cruzaba las olas del Helesponto, para tri-

butar sus homenajes de amor á la hermosa Hero, cruzaría yo

— ¡Oh! don Agapito—esclamó la marquesita con fría indiferencia.

— Ya le habrá dicho á usted mi amigo Eduardo que estaba entretenido en

el café con unos amigos

:

La marquesita, sin hacer el menor caso de las palabras de don Agapito,

dijo á don Eduardo

— Es preciso confesar que el Prado es un paseo muy agradable Hoy

le he encontrado mas atractivo que otros días.

— Cuando está usted en él— repuso don Eduardo— atesora en efecto

muchos atractivos.

I. 15

.


414 POBRES Y ItlCOS

— Eso no es verdad, amigo mió , porque vengo todos los días, y siem-

pre he esperimcntado cierto fastidio que hoy no siento ;

prueba evidente de

que tiene este paseo alicientes que otros dias no tenia á lo menos

para mí.

— Vamos que cuando la acompaña á usted mi amigo

— ¿Quién? ¿ Agapito? No hay duda que es un joven muy apreciablc;

pero anda tan distraído con sus queridas

— I

Yo! — esclamó con asombro don Agapito.

— Sí señor, usted — dijo riéndose Elisa.

— ¿Quiénes son esas queridas?

Las nueve ninfas del Parnaso— respondió Elisa. — Nueve queridas,

mire usted si tiene el picarillo bien ancho el corazón.

— Ya sabe usted que en él solo cabe un amor el amor que sus ojos

de usted han encendido ,

y arde ahora como un volcan

— Un balcón tengo en el pecho— interrumpió Elisa, remedando el tono

declamatorio del poeta.

— ¿Se burla usted?

— ¿Burlarme yo de un joven de tan esclarecido talento?.... ¡Dios me libre!

—Y dirigiendo la palabra á don Eduardo, añadió:— prosigamos nues-

tra conversación, amigo mió. No interrumpamos á don Agapito, que proba-

blemente estará buscando un consonante difícil para terminar algún idilio á

su Filis.

— ¿Y no es usted su Filis? — preguntó don Eduardo,

— No entiendo esa pregunta — respondió Elisa con seriedad — y com-

prendo aun menos cómo se atreve usted á dirigírmela.

— Habla tú, Agapito. Sácame de este apuro. ¿No me has dicho esta ma-

ñana que tú amabas á esta señorita , y que eras correspondido? ¿No acabas

de decírmelo en el café ?

— ¿Qué es esto , caballeros? ¿Es posible que se me ultraje de semejante

modo? ¿Es posible que haya quien propale... y nada menos que en un café,

tan atrevidas suposiciones?

— Perdone usted , amiga mia , si he abusado de su confianza. Filoctetes...

— Filoctetes no le ha autorizado á usted nunca para faltar á la verdad.

— ¿Con que no me ama usted?

— No señor.


LA BRUJA DE MADRID. i 15

Don Eduardo dijo por lo bajo á don Agapilo.

— Creo, amigo mió, que has perdido el pleito.

— Es que ahora eslá celosa; pero ya le pasará— repuso don Agapito en

voz baja también.

— Sin embargo, me parece que tendrás que recurrir al último remedio.

— ¿Y cuál es el último remedio?

— El de los desesperados.

— ¡Cómo

!

— Dando el sallo de Léucade. —Y dirigiendo la palabra á Elisa, dijo en

alta voz:— reflexione usted, señorita, que el pobre Agapito no ha querido

ofender á usted ; y si algo valen mis súplicas , espero perdonará usted su li-

gera falta.

La falta de este caballero, don Eduardo, no es tan ligera como usted

supone; pero toda vez que es amigo de usted....

— Amigo íntimo...— añadió don Eduardo.

— Olvidaré una ofensa, que espero será la última que ese caballerito se

lome la libertad de hacerme.

Don Agapito se mordia los labios de cólera y de confusión.

— Doy á usted mil gracias por su generosidad , amable Elisa — repuso don

Eduardo.— Es usted tan buena como hermosa.

— Usted me ha suplicado que fuese indulgente con su amigo, y las súplicas

de usted son mandatos para mí , que me huelgo sobremanera en obedecer.

— Perdone usted, mi buena amiga, nunca será mi ánimo imponerle á us-

ted obediencia. Me llena de orgullo y de satisfacción la amabilidad con que

accede usted á mis deseos; pero en cuanto á mandatos, solo yo debo recibir-

los de usted ,

yo que me considero su mas rendido esclavo.

El poeta oia este amoroso diálogo con toda la iracundia de los celos; pero

por no ponerse mas en ridículo á los ojos de su rival ,

procuraba disimular, y

seguía silencioso al lado de su amigo, hasta que pasando á la izquierda de la

marquesita, con voz trémula se atrevió á preguntarla:

— ¿Le ha pasado á usted el enojo?

Elisa no le respondió.

—Pregunta mi amigo si se le ha pasado á usted el enojo— dijo don

Eduardo.

— Yo no puedo estar enojada al lado de usted.


Í16 POBRES Y RICOS

— Me honra usted mucho, señorita; y doy á usted gracias por mí y en

nombre de mi amigo , que debe estar muy satisfecho por la amable contesta-

ción de usted.—Y dirigiéndose á don Agapito, añadió:— vamos, ya se acabó

todo.

Don Agapito lanzó una mirada tan feroz á don Eduardo, que parecia de-

cirle con los ojos: (( ¡ Maldito seas ! )) pero el duquecito se habia propuesto

castigar severamente la petulancia del poeta , y estuvo mas cruel con su ri-

val de lo que era de esperar de su carácter bondadoso.

— ¡Mire usted si mamá lo entiende!.... Asida del brazo del duque....—

dijo Elisa á don Eduardo.

— ¿Quiere usted el mió, Elisa? — repuso en tono apasionado el poeta.

— Gracias, don Agapito— contestó la marquesita.— Don Eduardo es tan

amable... él y el señor duque quieren acompañarnos á casa.

La marquesita se asió del brazo de don Eduardo, y llamando á la mar-

quesa, anadió:

— Mamá, mamá, rae he tomado la libertad de convidar á comer con nos-

otras á este caballerito.

Don Eduardo hizo un movimiento de asombro.

— Muy bien, hija mia, y espero que también nos favorezca el duque.

— Mil gracias, marquesa— respondió el padre de don Eduardo, — acep-

tamos los dos el convite con mucho gusto.

— No digo nada á don Agapito — prosiguió la marquesa— porque sé que

está abrumado de ocupaciones. Sin embargo, bien podria hacer un esfuer-

zo.... aunque no fuese mas que á los postres.

— Qué cosas tiene usted, mamá! — dijo la hija— ¿por qué se ha de in-

¡

comodar este caballero?

— Me gustan tanto sus ocurrencias! — repuso la madre.—No hay

i

remedio le aguardamos á usted á la hora del café Queremos que nos

recite usted alguna letrilla.... que nos haga usted reír.... Me divierten mu-

cho los versos de usted.

—Vamos, no hagas falta, chico— añadió el duquecito en tono zumbón.

— Sé amable una vez en tu vida. A la hora del café, ¿lo oyes? Estas seño-

ras quieren que las hagas reir.

— Retirémonos ya— dijo la marquesa—estoy cansada de tener á este

animalito en mis brazos.


:

LA BRUJA DE MADRID. 117

— Agapito lo llevará— repuso don Eduardo. Y tomando el perrito de

la marquesa lo confió al cuidado de su amigo.

— Con mucho gusto—contestó don Agapito temblando de cólera.

Y las tres parejas se dirigieron al palacio de la marquesa de Verde-Rama

por el orden siguiente: iban delante en muy animada y alegre conversación

don Eduardo y la marquesita ; seguian el duque y la marquesa , cerrando la

marcha don Agapito, que á guisa de lacayo llevaba al mimado faldero en

brazos, como si condujera un chiquillo á bautizar.

Poco antes de entrar en el palacio se oyó una voz que esclamaba como

fuera de

—Es él!.... es él!....

¡Y una hermosa nina cayó dcsiiayada en los brazos de su madre !


CAPITULO XII.

UN FANTASMA.

Nos caiivivia, nos praelia virginum

Seelis \n juvones unguibui» acrmm

Cantamus vacni, sive quid uriniur

K(Mi piicter solitum leves.

HauACio.

El carnaval del ano 1824 no fué en Madrid tan bullicioso y alegre como

^uele serlo de costumbre.

Obcecado Fernando Vil en sus^tiránicos planes de gobernar como rey ab-

soluto y señor de vidas y haciendas, habíase rodeado de estúpidos conseje-

ros, si es que el nombre de consejeros cuadra á entes relajados, sin otro mé-

rito que el saber amoldarse á los deseos del monarca, adular sus torpezas é

iniquidades, y concretar la ciencia^del gobierno á un sistema de sangrienta

intolerancia y espantoso retroceso.

La consternación veíase pintada en casi todos los semblantes. La zozobra

agitaba los corazones de los honrados madrileños, que con escasas escepcio-

nes de algunas clases interesadas en los abusos de la teocracia , ó estúpida-


LA BRUJA DE MADRID. 1 |9

mente ¡lusas por fanalismo, constituyen uno (Ic los pueblos mas liberales y

cultos de Europa , al cual no le era posible respirar con alegría en los tristes

momentos en que se le arrebataba la libertad.

Un pueblo víctima de tan execrables opresores, repetimos, no podia dar

muestras de júbilo viendo bumear sangre inocente en el cadalso, y restable-

cida la tiranía con el insultante dictado de fjíoriosa restauración.

Únicamente en ciertas hediondas tabernas donde celebraban sus crápulas

los realistas, y en los alcázares de la aristocracia, abandonábanse los parti-

darios de Fernando á los regocijos propios del carnaval.

No podia presentarse ocasión mas oportuna al duque de la Azucena para

rendir á la marquesa de Verde-Rama un obsequio digno de su alta categoría,

un obsequio brillante á todas luces, que debia ser considerado como el pró-

logo del porvenir halagüeño que germinar debia entre las sacras piras del

doble tálamo nupcial.

En sus largos viajes habia visto el du(|ue, así en París como en Londres,

magníficos y suntuosos bailes, y aunque los elementos de que podia disponer

á la sazón en Espafia , no le permitieron dar á la realización de su pensa-

miento toda la ostensión que apetecía, logró sin embargo asombrar á la aris-

tocracia de Madrid con el sarao que dedicó el último dia de carnaval á la ele-

gante marquesa que debia ser en breve su esposa.

Los salones del palacio del duque presentaban un conjunto fantástico. De-

corados con esquisito gusto y lujosa elegancia, veíanse poblados de las per-

sonas mas distinguidas por su posición aristocrática.

Las riquísimas sedas de los cortinages que en graciosas undulaciones se

armonizaban con la preciosa sillería de oro y terciopelo carmesí, con los

suntuosos relojes y selectos cuadros al óleo, floreros de porcelana, anchuro-

sos espejos y otros mil costosos muebles de sobresaliente mérito, brillaban al

resplandor de millares de luces simétricamente agrupadas en arañas de

cristal.

El bello sexo estaba encantador. Realzadas sus gracias por la profusión

de sus riquísimos adornos , no parecía sino que todas las beldades de mas

nomb radía se hubieran lanzado á una liza de competencia para alcanzar el

galardón debido á la hermosura.

La mayor parte de los hombres alardeaban en sus vistosos uniformes esas

grandes cruces, esas placas, bandas y bordados que tanto halagan el orgullo


120 POHUES Y RICOS

de los palaciegos, y son las mas veces el premio de bajas adulaciones ó el

resultado de abonuiiables y viles intrigas.

La circunstancia de ser de máscaras el baile, dábale cierta animación y

franqueza de que no suele disfrutarse cu las sociedades cortesanas donde se

observa una rigurosa eticiucta.

Habíase tenido la precaución de distribuir las correspondientes targetas,

á ün de evitar la invasión de algún intruso que no perteneciese á la elevada

categoría de los convidados.

Tal vez al recurso de la mascarilla, debíase principalmente el que no se

viera en aquella lucida reunión un solo rostro repugnante.

Tanto las jóvenes que no tienen motivo alguno de vivir agradecidas á la

madre naturaleza por su injusticia en no haberlas dotado de agradables fac-

ciones, como las beldades caducas, en cuyas mustias mejillas llevan su im-

pertinente fé de bautismo, son generalmente elementos de ebullición en los

bailes de máscaras, y

si el talle no adolece del infortunio del rostro, suelen,

raerced á la careta, dar solemnes chascos al hombre mas lince y perspicaz.

ün festín de máscaras es el palenque mas á propósito para esas intrigas y

combates de amor que el mismo Horacio cantó en sus inmortales odas.

El duque de la Azucena y su hijo hacían gala de su esquisito esmero en

los honores de la casa ,

y llenaban la incumbencia de su posición con elegan-

cia y fínura, sin cometer el mas leve descuido ni faltar en lo mas mínimo á

las leyes del buen tono.

No por esto dejaban de mostrar su justa predilección en favor de la mar-

quesa y de su hija.

Empezó el baile por un wals coreado, novedad que el duque importó del

estranjero , y

que causó agradable sorpresa en los concurrentes.

La letra de los coros llevaba por título la sal de madrid ( 1 ) , y estaba

concebida en los términos siguientes:

1.

Siempre amables y risueñas

Con sin igual donosura ,

( i ) Esta innovación no se ha generalizado en España hasta estos últimos años. Para el baile

de Piñata que en 1849 se celebró en los salones orientales de la corle, compuso el acreditado

maestro don Sebastian de Iradier un lindísimo wals , coreado con esta misma letra de la sal de

MADRID, que el autor de la presente novela tuvo á honra facilitarle. Fué tocado por cincuenta

í>rofesores y cantado por un numeroso cuerpo de coristas.


LA BRUJA DE MADUID. -|21

Las beldades madrileñas

SoD modelo de hermosura

Sus ojos bellos

Lanzan dcslellos

Que abrasan de amor el alma ;

Y al ver tantas perfecciones

Pierden su apacible calma

Mil corazones.

Es su divisa

Tierna sonrisa :

£1 dulce aliento

De estas palomas

Esparce al viento

Suaves aromas

Que enardecen las pasiones

Y sucumben en la lid

Mil corazones.

¡

Viva

¡ Viva la sal de Madrid

II.

!

! : , : ,

Feliz el hombre que alcanza

De estas sílfides graciosas

£q la bulliciosa danza

Las miradas amorosas !

Y en dulces lazos

Entre sus brazos

Cuando el talle esbelto agitan

Ligeras undulaciones

Heridos de amor palpitan

3Iil corazones.

Es su divisa

Tierna sonrisa

El dulce aliento

De estas palomas

Esparce al viento

Suaves aromas.

Que enardecen las pasiones

Y sucumben en la lid

Mil corazones.

¡Viva!

j Viva la sal de Madrid I

Mientras don Eduardo estaba walsando con la marquesita, presentóse

don Agapito, que por efecto de generosa delicadeza de parte de su rival, ha-

bía sido uno de los primeros en la lista de los convidados.

I. 16

,


422 POBHES Y RICOS

Después de saludar al duque y á otras muchas personas conocidas, par-

ticularmente á las señoras mas notables por sus títulos de nobleza ,

tarse en una de dos sillas ,

fué á sen-

únicas que halló vacantes, y mientras duró el wals

tuvo clavados los ojos á través de su lente, sobre la marquesita de Verde-

Rama , y

que nunca.

parecíale mas bella, mas linda, mas interesante, mas encantadora

No se le ocultó á don Eduardo la avidez con que el poeta contemplaba á

su futura, y como esto no dejaba de mortilicarle, aunque levemente, quiso

tomar venganza aprovechando cuantas ocasiones se presentasen de dar tor-

tura á su rival , contra quien era acaso mas severo de lo que le dictaban sus

nobles sentimientos, por la antipatía que le inspiraba la necia presunción de

un pedante que pasaba entre los aristócratas por un profundo literato, solo

porque hablaba mitológicamente y escribía en términos campanudos que na-

die entendía, y que únicamente los necios celebraban.

Al terminar el wals, dirigióse don Eduardo, conduciendo de la mano á la

marquesita, hacia la silla vacante junto á la que ocupaba don Agapito.

Este , como es natural , levantóse para saludar á la hermosa joven , y aun

tuvo la generosa amabilidad- de ofrecer, con repetidas instancias, su asiento

á don Eduardo. Aparentó este no querer mostrarse menos caballero , y obligó

á don Agapito á permanecer junto á la que entrambos amaban.

El objeto de don Eduardo era castigar el atrevimiento con que el poeta

había enristrado el lente y le había mantenido largo rato fijo, recreándose en

los encantos de la marquesita , haciéndole oír los piropos que con apasionado

acento iba á dirigir el primero al bello objeto de su flamante cuanto afortu-

nada conquista.

— i

hermosa está usted, Elisa ! —

Decíale don Eduardo con ternura.

Qué

— Es lisonja de usted, Eduardo — respondió la niarquesita mirando tier-

namente á su galanteador; — pero no importa, las lisonjas de usted me lle-

nan de orgullo y de placer; con todo soy tan ambiciosa, que no me sa-

tisface aun el parecerle á usted bonita... desearía me digese usted algo mas.

— Todo mi afán se reduce á complacer á usted : ¿qué desea usted que le

diga?

— Que me ama usted.

Estas palabras las pronunció la hermosa joven fingiendo un candor an-

gelical.


LA BRUJA DE MADRID. 123

— No puedo satisfacer á usted — coatestó coa amable soarisa don

Kduardo.

— ¿Cómo así?— replicó alarmada la marquesita.

— Porque prefiero decir á usted que la adoro.

Al oir esto ,

levaatóse bruscameate doa Agapito, ea ademaa de alejarse.

— Quieto, quieto — díjole coa ironía doa Eduardo deteuiéadole. — Estás

perfectamente.

— Perdoaa, aaiigo mió—replicó doa Agapito fingiendo estraordinaria

alegría. — Veo allí en frente una hermosa mascarilla á quiea hace rato que

aguardaba. Es uaa nina agraciada con quien estoy en amorosas relaciones...

Apenas cuenta quince abriles y es hechicera como Licosia, la mas hermosa

de las tres Sirenas.

— Eso ya es otra cosa Anda , chico, anda á camelar á tu Sirena de

quince abriles y mira de no tener que dar esta vez el salto de Léucade.

Ya supondrá el lector que lo que acababa de decir don Agapito en voz

bastante alta para que pudiese oirlo la marquesita, era una falsedad hija de

los celos.

Sentada en frente de la joven marquesa , habia en efecto una máscara

que llevaba un riquísimo traje de valenciana de la Huerta. Un aderezo de

hermosísimos brillantes se armonizaba perfectamente con la blancura de su

erguido cuello de cisne. Su pecho divinamente contorneado, contrastaba coa

su reducida cintura, que al menor movimiento, mecíase de un modo ílcxible

y graciosamente voluptuoso.

Don Agapito no conocía á esta encantadora máscara ;

pero para vengarse

de la inaudita ingratitud, de la marquesita, afectaba mostrarse muy compla-

cido á su lado. No la abandonaba un momento , bailaba cou ella cuanto la

música tocaba, y esmerábase por darla gusto ea todo , con tan ardiente en-

tusiasmo , que no parecía sino que estuviese frenéticamente enamorado de

ella.

Entretanto ,

gancias del poeta ,

la marquesita y don Eduardo curábanse poco de las estrava-

ambos embebidos en su amorosa conversación.

Y no se crea que don Eduardo estuviese enamorado de la marquesita.

Nada de eso. Habíale dicho que la adoraba, únicamente por dar celos á su

rival; pero no era así. Gustábale aquella hermosa joven; mas estaba muy

lejos de amarla. Notaba en ella algunos defectos, y como eran susceptibles


4H •'''WíRES Y nicos

de fácil corrección, no queria oponerse al deseo de su padre, mayormente

cuando tantas vontajas resultaban de los dos matrimonios, según hemos indi-

cado ya en otro capítulo.

El duquccito queria hacerse ilusión, pretendía engañarse á sí mismo, y

con este objeto continuaba prodigando galanteos á la marquesita.

Eran ya las altas horas de la noche, y se acercaba el término del baile

cuando mas animada estaba la conversación de estos amantes.

— No necesita usted adornos para estar hermosa — le decía mostrándose

cada vez mas amartelado — ; pero sin embargo, sal>c usted hacer uso de ellos

con tanta elegancia, que añaden, si es posible, nuevos atractivos á los mu-

chos que usted atesora.

— Será así; pero con todo me falta una joya que seria para mí la mas

preciosa la mas querida.

— ¿Una joya?

— Si tuviera el retrato de usted

— jMi retrato!

— ¿Lo estraña usted?

— Como yo no poseo el de usted

— No repetirá usted semejante escusa— dijo la marquesita entregando

su miniatura á don Eduardo.

— Parecido es; pero no tan bello como el original.

— ¿Puedo contar ya con el de usted?

— Nada mas fácil, Elisa. Solo tardará usted en poseerle los dias que el

pintor necesite para retratarme.

— Gracias, amigo mío, gracias. Crea usted que le llevaré siempre junto

al corazón, porque dentro del corazón solo cabe el original.

— Es usted tan amable como hermosa.

Don Agapito á su vez no había estado menos galante con la Sirena de los

quince abriles. Toda la noche obsequiándola por todos estilos , sin dejar de

bailar un wals ni una sola contradanza con su graciosa valenciana.

— ¿Por qué no te quitas la careta, amable mascarilla?— decíale con afán.

— No, que soy muy fea—le respondió la máscara.

— ¡Oh!.... es imposible !.... Ese cuello de alabastro esos ojuelos

donde se anida el Dios vendado ese pecho virginal que se eleva encan-

tador á semejanza del trono de Venus esa angosta cintura ílexible como


LA BRUJA DE MADRID. 125

las palmas , candoroso emblema de la virginidad , anuncian otras mil perfec-

ciones que anhelo conocer, y que solo tú , linda mascarilla, y la diosa de C¡-

teres poseéis en tan alto grado.

— ¿No has dicho que me acompanarias á mi casa?

— Y lo repito.

— Pues bien , allí verás mi rostro.

— ¿A qué fin dilatar el momento feliz de admirar tus bellas facciones?

— ¿De veras lo quieres?

— Me abraso en la mayor ansiedad.

— Pues ármate de resignación.

— ¿Porqué?

— Porque tal vez has andado algo ligero en elegirme por el objeto pre-

dilecto de tus amores. Quién sabe si al quitarme la mascarilla dejarás de

amarme.

— No por cierto ; entonces mas que nunca ¡ oh !.... juro amarte como

amaba Adonis á la enamorada Venus bajo la sombra de los altísimos cedros

del Líbano.

La gentil mascarilla quitóse de improviso la careta.

Don Agapito lanzó un grito de horror y abandonó despavorido el baile,

huyendo á ocultar en su lecho la vergüenza y desesperación que le aho-

gaban.

Entretanto reíase de una manera horribk la vieja tarasca , que habla

ocultado hasta entonces los estragos d« medio siglo y tres lustros , bajo el

pintado cartón que velaba su rostro de mandril.

De repente un prolougado murmulla cautivó la atención del dueño de

la casa.

Todos los concurrentes se agolpaban ansiosos en torno de una máscara

que con andar lento y magestuoso atravesaba el salón.

Todos la contemplaban atónitos y le dejaban libre el paso.

Parecía una sombra.

Era sin embargo una linda gitana vestida con sin igual donosura ; pero

un negro crespón la cubría toda, dándole el misterioso aspecto de un fan-

tasma.

Lleno de jovialidad corrió el duque de la Azucena á recibir á la recién

llegada.


12G I'ObMES Y hICOá

Apenas la vio, dio un jírito de espanto y cayo en el suelo acometido por

un horroroso accidente epiléptico.

Todos acudieron á socorrer al dueño de la casa , y la sombra desapareció

en medio del terror general.

Abandonemos la espantosa confusión que brotó entre los placeres de un

palacio, para ver si hay mas tranquilidad en la humilde morada de un labo-

rioso artista.

Conduciremos el lector á la modesta habitación de los padres de la ena-

morada Enriqueta.

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CAPITULO Xlll.

LUCHAS DEL CORAZÓN,

Era el último dia del mes de febrero de 1824.

CC.Í'eKCH

Es fjiobt v\\\f cnliisiaslisclie Reflexión,

tiití von dem grossten Werth

ist , MiMiri man sich von ihr nur

nicht hinreisscn lasst.

Goethe

Molanronia,

Kinl'a genlile

I-a vita mia

(lonse^no a te.

I tnoi piaceri

('h¡ tiene a vile

Ai piacer veri

Nato non ó.

Pin DÉMOSTE.

Se acordará el lector que Enriqueta confió un dia á su madre el secreto

de su melancolía , y que ambas se dirigieron en busca del bondadoso Fede-

rico Cemeda para hacerle igual confianza y escuchar sus prudentes consejos.

El honrado pintor , después de haberse enterado minuciosamente de la

pasión de Enriqueta, le habló con la natural y espresiva elocuencia que sue-

le inspirar á un padre bondadoso el deseo de ver felices a sus hijos.

,


128 POBRES Y RICOS

Muy lejos de reprender coq groseras amenazas á la incauta niña, como

acaso hubiera hecho otro padre menos conocedor del corazón humano, ha-

bíase esmerado en alentarla con palabras de consuelo, y su prudente amabi-

lidad alcanzó mas que si la hubiese intimidado con acerbas reprensiones.

Convencida Enriciueta por las razones de su buen padre , de que era una

locura imaginar siquiera que un apuesto y gallardo joven de la mas elevada

geranjuía, pudiese amar con sanas intenciones á la hija de un pintor, razo-

nes que á ella misma se le hablan ocurrido antes de revelar á sus padres su

insensata pasión, procuraba esforzarse por vencerla ,

y hubiera en efecto re-

cobrado en breve su tranquilidad, si no acibarara todas sus meditaciones

una idea cruel que jamás podía apartar de su imaginación.

— No puedo aspirar á ser su esposa— decía una tarde que estaba sola en

su dormitorio — porque soy pobre y

él es rico Es hijo de un duque

y yo ¡miserable de mí!.... ¿qué soy en la sociedad? ¡Cuánto mas valie-

ra no haber nacido, que vivir en un estado humilde ,

sujeta á toda suerte de

humillaciones ! Verdad es que con frecuencia me llaman hermosa pero

¿quién? Siempre jóvenes de pobre condición que no pueden proporcio-

narme una posición brillante en la sociedad y yo les desprecio.... por-

que siento un deseo tan vehemente de habitar un palacio.... ¡Cuan felices

deben ser las que nacen en él! Do quiera vuelvan los ojos no ven mas que

agradables objetos que les recuerdan su felicidad su grandeza ¡Un

palacio!.... Un palacio debe ser una morada deliciosa. Mueblaje magnííico,

preciosas colgaduras de seda y oro, joyas de brillantes pedrerías, lujosos

trenes y numerosas falanjes de lacayos.... hé aquí los únicos elementos de fe-

licidad que hay en el mundo. ¿Y cómo han de proporcionarme esta felicidad

á que frenéticamente aspiro, los jóvenes que ponderan mi hermosura?....

Uno solo el mas interesante de todos un joven encantador que hu-

biera podido elevarme á la categoría que ambiciono ¡me ha olvidado! ¡y

me ha olvidado porque soy pobre! Si yo fuera rica.... Si mis padres alar-

deasen en sus blasones alguna corona ducal , á buen seguro que no hubiera

hecho mofa de mí el apuesto joven por quien suspiro. Su bella imagen no se

borrará un momento de mi memoria. Sus tiernas y elocuentes miradas pare-

cían revelarme un acendrado amor, una pasión vehemente ¡ y me ha ol-

vidado porque soy pobre! ¡Dios mió !.... ¡qué tormento es amar sin espe-

ranza ! Dice bien mi padre , debo olvidar esta pasión funesta que me aniqui-


LA BRUJA DE MADRID. 129

la. Debo resignarme á mi humilde condición debo renunciar á la felici-

dad que disfrutan otras mujeres Nacieron con mejor estrella ellas solo

merecen los halagos del mortal á quien adoro. ¡Dios mió! ¡ Dios mió! coa-

deme al menos la gracia de no presenciar escenas que laceran mi corazón.

Al dirigir esta súplica á Dios, acordábase la pobre niña de que habiendo

salido á paseo con su madre , vio un dia casualmente al duquecito don Eduar-

do que daba el brazo á la marquesita de Yerde-Rama , é impelida por sus ce-

los, aproximóse maquinalmente hasta escuchar la conversación de la envi-

diable pareja. Oyó que don Eduardo decia á la marquesita «usted es el único

objeto de mi amor » y estas palabras tan dulces para la belleza á quien iban

dirigidas, filtraron en el tierno corazón de Enriqueta á guisa de plomo der-

retido. Gritó (( ¡es él!... ¡es él!...)) y quedóse desmayada en los brazos de su

madre, sin que semejante ocurrencia hubiera sido apercibida por el duque-

cito.

Este nuevo infortunio acibaró de pronto la tortura de Enriqueta ; pero sir-

vió para ratificar su convicción de que no seria nunca esposa del joven cuya

memoria no se apartaba un momento de su ardiente fantasía.

— ¡Olvidémosle para siempre ! — gritó con resolución, y tributó un rau-

dal de lágrimas á su memoria.

:

Después de una larga pausa, enjugóse el llanto, y sonriéndose con amar-

ga ironía añadió

— Soy muy infeliz... es verdad; pero ¡cuántas mujeres cambiarían con-

migo su desventurada suerte ! Ahí está esa desdichada pordiosera que venia

diariamente á recoger los desperdicios de nuestra comida y mantenía con

ellos á sus padres!... ¡Dios mió!... ¿Si le habrá sucedido alguna desgracia?

¡Hace tantos días que no la veo! ¡pobre Inés! por no abandonar á sus

padres, renunció siempre á mejorar de situación... porque no hay duda que

aquí, aunque en clase de criada, lo hubiera pasado mil veces mejor que es-

citando la befa y el escarnio por las calles y plazas , donde era tenida por

bruja entre la crédula muchedumbre.

No bien hubo pronunciado estas palabras, quedóse Enriqueta abismada en

profundas reflexiones.

— Bruja... es verdad... Y dicen todos que sus vaticinios resultan realida-

des... En este caso no seria una bruja... seria una santa, porque es tan bue-

na!... Todas sus palabras son de consuelo... sus avisos tan cariñosos... y sus

I.

17


130 POBRES Y RICOS

consejos destellan moralidad y virtud por todas partes. ¡Oh! no hay duda...

es una santa. Todos creen en sus profecías... Pues bien, yo también quiero

saber por ella mi porvenir. Quiero saber si veré algún dia satisfecha mi am-

bición. A lo menos si yo llegara á ocupar en la sociedad una posición brillan-

te, no despreciaría á los pobres... ¡Oh! no... al contrario, tendría un placer

imponderable en prodigar limosnas... Derramaría mis riquezas entre los me-

nesterosos ¡Viilgame Dios! todas las felicidades son para los ricos. ¿Por

qué no vendrá esa pobre mujer?... Acaso está enferma... é ignoro su mora-

rla... no ha querido nunca decirme dónde vive...

En este momento presentóse en el cuarto de Enriqueta su madre.

— ¡

Enriqueta

!

— ¿Qué se le ofrece á usted, madre?

— Que voy á salir y te quedas sola en casa, por que la criada tampoco

está.

— ¿No está padre?

— Sí , pero se viene conmigo.

— ¿Van ustedes á paseo?

— No, hija mia, en este caso hubieras venido tú con nosotros. Vamos á

ver á un enfermo de gravedad , y como esta visita nada tendría de agradable

para tí, es mejor que te quedes en casa ¿no es verdad?

— Como usted guste.

— Pero no estes triste, hija mia.

La tristeza me es grata y consoladora.

— Pero ¿qué motivos tienes tú para estar triste?

— Ninguno... es mi genio.

— Pues debes corregir tu genio.

— ¿Qué mal hago yoá nadie?

— ¡Friolera! ¿No sabes que tu melancolía llena de amargura el corazón

de tus padres ?

— ¿Pero porqué?

— Porque no es cosa que pueda hacernos gracia ninguna el verte siem-

pre pensativa y triste.

— Sin embargo ,

tanto usted como padre, debieran considerar que yo no

padezco...

— Eso es imposible. La tristeza es hija de algún pesar.


LA BRUJA DE MADRID. 131

— Muchas veces no tiene fundamento , y en este caso está precisamente

mi melancolía. Crea usted que lejos de serme dolorosa, nunca estoy mas á

mi gusto que cuando me abandono á la espansion de mi sensibilidad.

— Es decir, que preíieres á todo estar sola, y llorar...

— Es tan dulce muchas veces el llanto...

— Pues, hija mía, sin motivo nadie llora, y para llorar es preciso que

alguna pena desgarre el corazón. Solo así comprendo que pueda ser consola-

dora la melancolía, solo así puede ser agradable el llanto; pero lo es porque

desahoga la opresión del alma , y mitiga el dolor qué la corroe. Yo bien sé la

causa de tu pesar.

— ¿Si la sabe usted, por qué estraña mi tristeza?

— Porque me figuraba que tenias mas talento. Vamos, sé prudente Enri-

queta, y olvida á ese joven que te ha vuelto el juicio.

— Cuanto mas procuro hacerlo, mas fijas tengo en la memoria susespre-

sivas miradas.

— Lo que tú llamas espresion, no es sino picardía de los hombres, que-

rida Enriqueta. Todos ellos miran á las muchachas con buenos ojos; pero

desgraciadamente no suele haber la misma bondad en su corazón. Yo creia

que te habías ya convencido de que el joven que tan amable se nos manifestó

en el café, lo hizo solo en aquel momento por mera galantería.

—Así lo creo ,

madre.

—Y es así á no dudarlo, pues si en él hubiese habido alguna intención

amorosa, te hubiera dado otras pruebas de su pasión.

— Es verdad.

— Pues si conoces que está muy lejos de amarte, ¿de qué proviene tu

tristeza?

— De eso mismo, madre mia. Si él me amase me juzgaría la mas feliz de

las mujeres; pero como no corresponde al amor que yo le profeso, me consi-

dero muy desgraciada , y no me queda mas consuelo que llorar pensando

en él.

— Eso no es lo que tú has prometido á tu padre, hija mia.

—Tiene usted razón, le he prometido olvidar á un joven que por ningún

concepto puede amarme.

—Ya se vé que no. La desigualdad que media entre los dos, pone un obs-

táculo invencible á vuestro casamiento. Y bien mirado, hija mia, es para tí


i 32 POBRES Y llICOS

una felicidíKl que ese joven no le quiera. Me dií^'fste que era duque y que te-

nia tralaniiento de escelencia... ¿dónde vamos á parar? AI íin y al cabo tá

no eres mas que la hija de un artista , que aun(|ue á nadie cede en honradez,

carece de los requisitos que pudieran darte esa noi)leza de nacimiento, sin la

cual es una locura concebir ilusiones que no pueden realizarse.

—^Lo sé, lo sé, madre, y espero que sabré vencerme.

—Yo también coníio en tu discreción ,

pero has de empezar por alegrarte.

Con tantos libros como tienes, bien habrá alguno que te divierta. A Dios, hi-

ja mia.

— ¿Volverán ustedes pronto , sí?

— Dentro de media hora estamos de vuelta. Con todo, pasa el cerrojo de

la puerta y no abras á nadie.

— Pierda usted cuidado.

Las dos se dirigieron hacia la puerta que daba á la escalera , donde Fede-

rico aguardaba á su mujer.

-o — ¿Qué quieres que te traiga, Enriqueta?

— Nada, padre.

—Vamos, golosilla, que no te vendrán mal algunos merengues.

— ¿Para qué quiere usted hacer ese gasto?

— Para que tú te los comas, hija mia , ya sabes que cuando salgo de casa

te traigo siempre alguna golosina á la vuelta. Lo que siento es que no quieras

decirme que es lo que mas te gusta. Sin embargo, se me figura que das la

preferencia á los merengues.

—Todo me gusta... y mas el ver que se acuerda usted de mí.

Enriqueta besó afectuosamente la mano de su padre.

— ¿Y á mí? — preguntó Cecilia , envidiosa de aquella caricia.

—A usted, madre , un abrazo y un beso.

Madre é hija se abrazaron y besaron con ternura.

— ¡Qué buenos son! — dijo para sí Enriqueta cuando estuvo sola.— ¡Y

me quejo de mi suerte ! Soy una loca. Hasta mi tristeza me hace feliz. ¡Es tan

dulce la melancolía!...

Así empezó Enriqueta á sumergirse de nuevo en sus acostumbradas re-

flexiones, ilusionándose á veces con balagüeñas esperanzas que se desvane-

cían al momento. Hay una reflexión entusiasta, preciosa^ ha dicho Goethe,

cuando no se deja uno avasallar por ella.


La virtud y

LA BRUJA DE MADRID. 133

la ambición estaban en continua lucha , tanto en su corazoa

como en su poética fantasía, donde germinaban con frecuencia ideas absur-

das que la sana razón combatia al momento.

Enriqueta era no solo aíicionada á la lectura de las poesías de nuestros

antiguos vates, sino inteligente en literatura, que cultivaba con pasión sin

perjuicio de los quehaceres domésticos, y aun le sobraban algunos ratos para

dedicar al dibujo bajo la dirección de su bondadoso padre.

Para mitigar su tristura , apeló la pobre niña á esta consoladora distrac-

ción; pero se cansó en breve y dejó el lapicero para apoderarse de uno de los

tomos de poesías de Melendez ,

su modelo favorito.

Leyó largo rato, y de repente, como si alguna idea avasallara su imagi-

nación , dejó el libro, cogió la pluma, y se puso á escribir.

Apenas empezó, dulce sonrisa de satisfacción contraía sus hermosos la-

bios. Sus ojos lanzaban destellos de entusiasmo. Encendido carmin coloreaba

sus virginales mejillas.

De vez en vez detenia el rápido curso de la pluma , y después de hacer

un gesto de leve disgusto , borraba alguna palabra ó frase que escribia en

otros términos, exhalando á continuación un suspiro de alegría.

Por fin, cierta prolongada sonrisa, anunció que habia terminado su ta-

rea, y parecía satisfecha de su obra. Cogió el papel donde acababa de vaciar

sus tiernas inspiraciones y leyó el siguiente

Estaba Cloris Con donosura

en su jaráin y aire infantil

un dia heitnoso como las brisas

del mes de abriU vuela sin fin.

Sus tiernos labios Y entre las flores

al sonreír se pierde allí,

perlas ostentan cual mariposa

entre carmin. bella y gentil.

A la azucena Besa ora el lirio

vence en la lid ora el jazmin

su tez de virgen ora el jacinto

ó querubín. ó el alelí.

,

,


434 POBRES Y RICOS

Pero una rosa

de alta cerviz

diosa dosciiolla

de aquel pensil.

Cloris la mira

con frenesí

y poseerla

codicia en Un.

Mas cuando incauta

pretendió asir

á la ñor bella ,

gritó: ¡ Ay de luí

Sus lindas yemas

de albo niarül

Después de la lectura de su producción ,

sallada por sus meditaciones.

Llaman de improviso á la puerta.

,

!

se mati/aroQ

de carmesí.

Aleve espina

la hirió sutil

cuando pensaba

ser mas feliz,

Y en triste lloro,

lanzó de

la Qor mas bella

de su jardín.

Aprende , aprende

niña infeliz,

que entre los goces

hay penas mil.

quedóse de nuevo Enriqueta ava-

Enriqueta mira por el agujero de la cerradura, y haciendo un movimien-

to de alegría abre con rapidez sin acordarse del mandato de su madre.

La persona que acababa de llamar... ; era la Bruja I


jjj

¡|M(!ji|'[ji)i¡¡||Hi'iniiiT| ii:ifliii';!';i;í.í;!;»'!;(i;i,iiiii;M!';^¡i!i|hi| i \ \ »^

CAPITULO XIV.

EL VATICINIO.

CODITRCH

Tan (Jcsigual dolor no sufre modo:

No nio podrán quitar el dolorido

Senlir, .si ya del lodo

Vrimero no lue quitan el sentido.

Garcilaso.

Apenas acababa de entrar la mutilada pordiosera en la habitación del pin-

tor, se arrojó á los brazos de Enriqueta, y sin que le fuera posible articu-

lar una sola palabra, prorumpió en sollozos precursores de un raudal de lá-

grimas.

— ¿Qué es esto, buena mujer? — preguntó Enriqueta , mezclando su lloro

con el de la infortunada Bruja.

— Ay ! señorita....— pudo por íin esclamar.

i

— ¡Dios mió!.... Estoy temblando.

— ¡Pobre niña!.... Soy muy cruel.... La aflijo á usted con mis pesares.

—Yo no quiero que tenga usted pesares.


13G POBRES Y RICOS

— ¿Quién üo los tiene en este mundo, hija luia?

— Es verdad, — respondió Enriqueta, y enjugó con el pañuelo una lá-

grima que l)rillaba sobre la púrpura de sus mejillas , como el rocío sobre la

corola de un clavel.

> — jEs verdad! — repitió alarmada la Bruja.— ¿Es verdad, ha dicho

usted, señorita?.... ¡Pues qué!.... ¿tiene usted también pesares?

— Usted lo ha dicho antes : ¿quién no los tiene en este mundo?

—Lo he dicho ; pero usted no debe tenerlos , hija mia... de ningún modo.

Su alma de usted conserva todo el candor de la infancia , su tierno corazón

no ha sido pervertido aun , es un corazón de ángel , un corazón puro como la

divinidad, y

ios iníortunios de este mundo solo alcanzan á los que tienen crí-

menes que expiar. No abandone usted nunca la senda de la virtud, hija mia,

si ambiciona ser feliz. jOhl los pesares de usted fácilmente se adivinan !

La Bruja quería decir con esta frase, que pronunció sonriéndose, que los

pesares de una niña los adivina cualquiera , pues deben reducirse á un efí-

mero deseo no cumplido, á una inocente voluntad contrariada, ó á otras pue-

riles desazones :

pero como la mujer que acababa de asegurar que adivinaría

FÁCILMENTE LOS PESARES dc que sc hablaba , era tenida por bruja, la pobre

Bina llenóse á un mismo tiempo de espanto y de rubor.

— ¿Con que es verdad que lo adivina usted todo? — balbuceó Enriqueta.

— Así lo cree el vulgo en sus necias supersticiones.

— ¿Pues cómo quiere usted adivinar mis pesares?

— Porque los pesares de una niña los adivina cualquiera.

— No, no , no es eso—repuso con angelical inocencia la joven.—Yo he lei-

do cosas maravillosas en algunos libros. Las Hadas, de quienes hacen mención

muchos poetas , se llamaban así porque pronosticaban lo que estaba dispues-

to en los hados. ¿Por qué no ha de haber Hadas en el dia? |Me gustaría

tanto saber mi porvenir ! Y

si el Hada que me lo vaticinase fuese tan buena

como usted , la oiria sin miedo y con entera confianza de que no me anuncia-

ría desgracia alguna, ¿verdad que no?

—No, hija mia, no, jamás tendría yo valor para lacerar el corazón de

usted.

— ¿Pero si penetrara usted en mi sino algún infortunio?

— Dios no lo permitirá, porque Dios es justo y solo castiga á los crimi-

nales.


LA BRUJA DE MADRID. 437

— Siendo así, ¿por qué es usled desgraciada? Usted que es tan buena...

La Bruja prorumpió en acerbo llanto.

— ¿Llora usted? Veo que he sido indiscreta; pero si supiera el motivo de

su aíliccion, tal vez pudiera consolarla, y esto seria para mí sumamente

agradable, porque me dá tanta angustia verla á usted llorar!... Vamos, con-

fíeme usted algunas de sus penas, si es que no deba saberlas todas , y pro-

meto en pago darle también á usted una prueba de confianza. Si usted me

dice el motivo de su llanto, yo le diré á usted también las inquietudes de mi

corazón.

— Sí, hija mia, quiero saber esas inquietudes.

— Pues serénese usted— replicó Enriqueta con bondadosa oficiosidad.—

Tome usted asiento , y estrechemos nuestros vínculos por medio de nuestras

recíprocas confianzas. Precisamente estamos solas en casa.

— i

Amable criatura

Al pronunciar esta esclamacion , besó la Bruja con todo el ardor de la

gratitud la mano de su angelical bienhechora , y ambas tomaron asiento.

—En breves palabras, generosa nina, diré á usted la causa de mis an-

gustias, que me ha privado tantos dias de venir á esta casa á mitigar mi in-

fortunio con solo ver á usted. Acabo de perder á mis padres.

Y la pobre mutilada vertió copioso llanto.

— ¡Dios mió!.... ¡Pues qué! ¿han muerto los dos?— preguntó Enrique-

ta horrorizada.

— Sí, bija mia, los dos, con breves dias de intervalo. El Divino Salvador

ha querido sin duda premiar sus virtudes con el galardón que reciben los jus-

tos en la mansión celeste.

— ¡Oh! es verdad.... es verdad, buena mujer. Dios es misericordioso y

no ha podido permitir que los males de esos virtuosos ancianos se prolon-

guen. Mil veces me ha dicho usted que en este mundo no habia para ellos

placeres ni atractivos, sino al contrario privaciones y amarguras. Pues bien,

buena mujer , ya que el mismo Dios se ha encargado de terminar los infortu-

nios de tan buenos padres , permítame imitar el ejemplo de la Divinidad,

mejorando la suerte de la hija.

La Bruja no pudo responder , porque las palabras con que Enriqueta

pretendía consolarla , conmovian su corazón ya acibarado por sus graves é

incesantes martirios.

i. 18


438 POBHES Y BICOS

La infeliz permanecía anegada en llanto.

En vano se esforzaba Enriqueta por aparentar serenidad. Enjugándose

las lágrimas, dijo en voz conmovida, que hacia traición á la jovialidad que

en aquel momento quiso íinjir:

— Vaya, vaya cese ya ese llanto intempestivo. ¡Es cosa singular!

Ahora que empieza su felicidad de usted.... esas lágrimas no vienen al caso.

Y con el pañuelo que habia recogido las suyas, enjugó las que humede-

cían el rupugnante rostro de la pordiosera.

— No hay remedio — añadió la solícita joven — es preciso que yo me en-

cargue de hacer á usted dichosa. Ahora ya no hay inconveniente ninguno en

que se venga usted á vivir con nosotros. Bien sabe usted que mis padres lo

desean , y que siempre se ha negado usted á complacernos alegando que dé

ningún modo quería abandonar á los suyos. Este obstáculo acaba de vencer-

le Dios.

La Bruja , que á fuerza de llorar sentía su corazón muy aliviado , estaba

ya en el caso de saborear los consuelos que recibía de la adorable joven , y

quiso responder á la última proposición de Enriqueta; pero lomando esta un

aire enteramente jovial, interrumpióla esclamando :

—No admito réplicas sobre este particular ; y ahora , pasando á otro asun-

to , me toca á mí la vez de dar cumplimiento á mi promesa.

La ambiciosa joven ardía en deseos de oír el parecer de la Bruja acerca de

su porvenir. Lisonjeábase de oír pronósticos halagüeños, porque siempre le

habían sido consoladoras las palabras de aquella infeliz, á quien apellidaba

luena mujer. La quería sinceramente y la respetaba por sus infortunios, al

paso que admiraba su instrucción , su elocuencia y amabilidad. Era Enri-

queta demasiado ilustrada para incurrir en las groseras supersticiones del

vulgo; pero aunque no daba crédito á las brujerías que se contaban de

su protegida, veía en ella una mujer misteriosa, una criatura estraordina-

ria , un tesoro de sabiduría y de virtudes , que la inclinaban á sospechar si

Dios la habría dotado de los atributos de una santa. Contra esta opinión habia

sin embargo una circunstancia grave. La Bruja decia incesantemente que

habia sido una mujer criminal. Con todo, es muy grato el arrepentimiento á

los ojos de Dios, pensaba Enriqueta, y acordándose de la historia de Santa

Magdalena, acabó de fascinarse hasta el punto de creer que la buena mujer

ge hallaba en el caso de penetrar en los arcanos del porvenir. Con esta con-


LA BRUJA DE MADRID. 439

fianza resolvió consultar á la Bruja acerca de la suerte que le aguardaba ea

el mundo.

— He prometido— añadió Enriqueta— que revelarla á usted las inquietudes

de mi corazón , y voy á hacerlo con la ingenuidad con que una hermana

confia sus penas á otra hermana. Tal vez mi franqueza rae perjudicará en su

afecto de usted , porque conozco que usted me tiene por una inocente niña,

sin defecto alguno, y sin embargo....

— ¿Qué, hija mia?.... — interrumpió la Bruja trémula de zozobra.

— Soy muy ambiciosa.

— Ambiciosa ! gritó la Bruja con tan dolorosa espresion como si una

i


flecha se hubiera clavado en su pecho ; pero reconociendo su imprudencia,

apeló al disimulo, y con forzada sonrisa añadió:— Será sin duda una ambi-

cien pueril la de usted, hija mia. Una de esas ambiciones, sin consecuen-

cias ,

de que todas las jóvenes hermosas adolecen.

— Es una ambición que me hace infeliz.

— ¿Por qué razón , Enriqueta ? ¡ Usted infeliz ! Rodeada de personas que

la quieren con estremo , que se esmeran por dar á usted gusto en todo , por

satisfacer sus deseos y hasta sus caprichos , que le proporcionan una esmera-

da educación, y la miran á usted como la mas preciosa joya de la familia,

¿qué mas puede usted desear?

— Desearla que mis padres pertenecieran á la alta aristocracia , porque de

este modo no tendría que ruborizarme de mi humilde cuna. Habitarla un

magnífico palacio , me vería rodeada de criados sumisos, y

si algún joven

marqués ó duque se enamorase de mí, me hallaría digna de él, y no tendría

que sufrir las humillaciones á que está sujeta la pobre hija de un pintor. Pero

toda vez que he tenido la desventura de nacer en plebeya morada, ¿por qué

no he de hallar un esposo rico y noble que enaltezca raí posición social? ¿Es

este acaso un imposible? ¿No lo he leido yo mil veces en mis libros? ¡Si Dios

me concediera esta fortuna! Dígame usted, buena mujer, ¿llegaré á ver

algún día satisfecha mi ambición? No es una ambición criminal, porque yo

no deseo hacer mal á nadie. Quisiera ser noble porque se me figura que no

puede haber nobleza sin virtud Quisiera ser rica para socorrer á los po-

bres de consiguiente nada tiene de punible mi ambición, ¿no es verdad?

Dígame usted pues si la veré algún día satisfecha, porque de otro modo voy á

ser muy desgraciada. Yo no creo, buena mujer, que usted sea una bruja que

'


1 iO POBIIES Y RICOS

todo lo adivine, como el vulgo asegura; pues hasta me atormenta que le den

á usted semejante apodo; pero veo en usted todas las perfecciones de una

santa , y las santas bien pueden penetrar en lo futuro de toda humana cria-

tura. ¿Qué será de mí, señora? ¿Cuál será mi porvenir?

— Horrible, trágico, sangriento—respondió en tono amenazador y so-

lemne la Bruja, que trémula y convulsa babia oido con horror la sincera y

espontánea manifestación de la candorosa adolescente.

Amilanada esta paloma sin hiél, por los desaforados gritos y bruscos ade-

manes de la Bruja, cayó de rodillas á sus pies, y sepultando su bello rostro

entre las manos , escuchó con espanto el terrible vaticinio.

ludí Bruja, arrogándose todos los derechos de la autoridad que solo un

padre posee sobre sus hijos, pronunciaba estas crueles palabras:

i — Ay de tí joven , incauta, si no arrancas de tus ojos la venda que les

ciega! ;Ay de tí, si buscas tu felicidad en el lujo, la magniíicencia y los te-

soros! ¡Ay de tí, si entregas tu corazón á un palaciego! En los palacios no

hay mas que engaños, prostitución.... Si algún hombre de los palacios te ha-

bla de amores, huye de él, infeliz , huye de él como si fuera el ángel de mal-

dición. El hombre de los palacios fascina á las vírgenes con halagüeñas pro-

mesas y juramentos de amor; pero la ternura de su acento está empapada en

horrible ponzoña , y á las escenas de voluptuosa embriaguez y amoroso de-

leite, sigue la acerba tortura del desengaño, y al desengaño el inútil y do-

loroso arrepentimiento, y escenas de escándalo, infortunios sin límites, pa-

decimientos incesantes, tal vez espectáculos sangrientos....

— ¡Basta!.... ¡basta por compasión ! — gritó horrorizada Enriqueta,

y se abrazó á las rodillas de la Bruja como impelida por un acceso de es-

panto.

La Bruja habíase exaltado progresivamente hasta la frenesía. Sus adema-

nes eran los de un ente convulso, los de un energúmeno atormentado por los

espíritus malignos. Su rostro mutilado y deforme destellaba la horrible es-

presion de una furia infernal. Estaba fuera de sí; pero al sentirse asir por

Enriqueta, calló de repente, y á este silencio siguió un estremecimiento pro-

longado.

Después de una larga pausa exhaló un profundo suspiro ,

amabilidad ,

pronunció las siguientes palabras :

y con estudiada

— Perdone usted, señorita, perdone usted si la he faltado al respeto....


\ Usted á mis plantas ! ¿Qué

LA BRUJA DE MADRID. iM

es esto?.... ¡ Tiembla usted !,

— De miedo, sí, de medio.... Me ha vaticinado usted tantos desastres...

Enriqueta se levanta y se arrima á la Bruja como si buscase amparo con-

tra alguna aparición fantástica.

— El dolor de haber perdido á mis padres me trae loca, señorita... esiin

dolor inestinguible. Conozco que he sido demasiado severa....

— ¡Sálveme usted!.... ¡Síilveme usted por Dios!— gritaba como fuera de

sí la pobre niña.

— Sosiégúese usted, hija mia.... Usted tiene demasiado talento para caer

en el lazo de una infame seducción. Tiene usted demasiada virtud para de-

jarse alucinar por las falaces promesas de los palaciegos. De consiguiente,

hija mia, usted misma sabrá salvarse del abismo á que una ambición impru-

dente pudiera arrojarla. Sea usted cauta, mi buena señorita. Procure usted

alejar de su fantasía esas quiméricas ilusiones de grandeza ,

y no dude usted

que será feliz, porque la felicidad no germina precisamente entre el fausto

de oropelados salones. La morada del honrado artesano, el taller del laborio-

so artista, y hasta la choza del jornalero cobijar pueden la verdadera felici-

dad. Es muy conveniente, hija mia, que jamás olvide usted que el lujo no es

el único compañero de la dicha. ¡ Cuántas veces los ayes del dolor resuenan

por todos los ángulos de un fastuoso y marmóreo alcázar , mientras reina

pura y vivificadora alegría en el modesto y tranquilo albergue de la pobreza

El bienestar, la paz del alma y el gozo del corazón no se compran con el oro,

hija mia, son emanaciones de la virtud y del honor; y el honor y la virtud

suelen ser con frecuencia el tesoro de los pobres. En una palabra, señorita,

si alguna vez algún joven rico dice á usted que la ama.... ese hombre mien-

te... quiere hacer á usted infeliz.... Huya usted de él para siempre.

— ¿Tan perversos son los ricos?

Las preocupaciones de la aristocracia... Su insensato orgullo embota sus

sentidos... Seducir á una niña es para ellos un hermoso triunfo... Enlazarse

con ella seria un crimen imperdonable que les baria degenerar de su elevada

alcurnia.

— ¿Y cree usted posible renunciar á un amor que halaga el alma?

— A. una niña virtuosa le es fácil evitar el emponzoñado aliento de la se-

ducción.

— ¿Amó usted alguna vez?

!


442 POBRES Y RICOS

— Hasta las lieras aman, hija luia.

— Lo comprendo... también usted ha amado.

— Es verdad.

— No me atrevo á dirigir á usted otra pregunta.

— ¿Cuál, hija mia?

— Temo...

— ¿Qué teme usted?

— Ser indiscreta.

— ¿Cómo así?

—Como que mi curiosidad tiene algo de impertinente.

— Puede usted preguntarme lo que guste.

— Dice usted que también amó...

— Sí, desgraciadamente.

— ¿Y ha sido usted amada?

— ¡Pobre de mí! — esclamó la Bruja después de un momento de vacila-

ción y angustia.— ¡Pobre de mí ! ¿Quién puede haber amado á esta infeliz?

Nací deforme, como usted ve Los que no me dan el epíteto de Bruja

suelen llamarme el Monstruo. Me falta la mano que el sacerdote enlaza para

bendecir ante Dios los vínculos del matrimonio , y me pregunta usted si he

sido amada ! !

!

— ¿Así como yo la amo á usted, no pudiera también amarla un hombre?

— Los hombres buscan juventud y hermosura—contestó la Bruja son-

riéndose.

ff — Pues yo prefiero la belleza del corazón— repuso Enriqueta.

— Gracias, hermosa nifia. ¿Y de veras, me ama usted?

— ¡Oh !

muchísimo. Así es que ahora estoy muy contenta porque la ten-

dré^á usted siempre á mi lado.

— Perdone usted, hija mia. No me ha dejado usted contestar cuando iba

á hacerlo, y sin embargo...

— ¿Qué vá usted á decir?

— Que me es imposible complacer á usted.

— ¿Por qué razón?

— Porque no debo abandonar mi pobre buhardilla.

—Ahora no viven sus padres de usted.

— Pero han vivido alU... Allí se me figura tenerlos siempre á mi lado.....


LA BRUJA DE MADRID. U3

Allí he llorado coa ellos... No... no exija usted de mí un imposible. Sin em-

bargo, prometo venir á ver á usted todos los dias.

La repentina vibración de un recio campanillazo interrumpió este intere-

sante coloquio.

— ¡Mis padres! — gritó con alborozo Enriqueta.— Ellos me ayudarán á

convencer á usted.

T la candorosa niña se fué corriendo á abrir la puerta.

De repente dio un grito de sorpresa, retrocedió azorada, y cayó sin senti-

dos en los brazos de la Bruja,

En el curso del siguiente capítulo verá el lector esplicada la causa de es-

te inesperado suceso.

CODEPvCK


CAPITULO XV.

EL ARDID.

Con mal meflio procura la riqueza

Que con mal medio disipó el insano

Dandosf torpemente á su torpeza.

Ovidio.— Epístola de Safo á Faon

traducida por Mgxia.

Lugar donde tanta gente

Vive de pedir prestado.

Lope ue Vega.

Eü pos del accidente epiléptico que acometió al duque de la Azucena en

presencia de toda la aristocracia de Madrid , que habia concurrido al suntuo-

so baile con que se propuso obsequiar á su antigua amiga la marquesa de

Verde-Rama, sufrió aquel personaje una grave enfermedad, que puso en

gran peligro sus dias, por las frecuentes convulsiones é incesante delirio que

le atormentaban.

El proyecto del doble enlace no era ya un misterio ;

pero la aparición en

el baile de la misteriosa y gentil gitanilla que cruzara el salón velada de luto,


LA BRUJA DE MADRID. 145

cuya sola presencia había bastado para poner en peligro la vida del duque,

dio margen á los comentarios de los chismosos que tanto abundan en el gran

mundo, y á ridiculas historietas que los ociosos se holgaban en inventar.

£n esta sabrosa tarea aguzaba don Agapito en primer término su ingenio

de poeta , y con la intención de ver si lograba descomponer los consabidos

matrimonios, inventó fábulas diabólicas. Desgraciadamente para él, la mar-

quesa mamá estaba demasiado iniciada en los secretos del duque, para que

no conociera la falsedad de cuanto se murmuraba contra el paciente , y aun

el origen de las calumnias de don Agapito. Reíase, en consecuencia, de todas

las hablillas de la corte, y tanto ella como su hija mostrábanse cada día mas

apasionadas de sus futuros esposos.

Esto, añadido á los continuos desaires que sufría el pobre alumno de Apo-

Jo de su ingrata Filis, indújole á meditar una seria venganza.

Entretanto iba el duque convaleciendo, y se hallaba ya casi enteramenfe

restablecido, merced á los auxilios del arte, á los esmeros del viejo Ambro-

sio, y asiduos cuidados de don Eduardo, que no se apartaba un momento

del lado de su padre.

Viendo que le faltaba poco para su completo restablecimiento, no quiso

dilatar mas el cumplimiento de la primera promesa que había hecho á su no-

via, y salió de casa cuando juzgó que ya su presencia no era indispensable.

Con todo , apenas estuvo un cuarto de hora ausente , y á su regreso, cor-

rió solícito en busca de su padre y le preguntó con afectuoso acento:

— ¿Cómo está usted ,

padre?

— Bien, hijo mío, muy bien — respondió el duque; — pienso salir hoy

mismo de casa, y espero que no tendrás inconveniente en acompañarme.

— Ninguno... muy al contrario, tendré un gran placer en que se apoye

usted en mi brazo, si no vamos en coche.

— Lo sé, Eduardo, lo sé. Siempre he creído que serias el báculo de mi

vejez. Ya ves que ha llegado la hora de que se realice mi esperanza.

— Si vivimos los dos treinta ó cuarenta años mas, seré entonces el báculo

de la vejez de usted ; pero ahora ahora daré el brazo á un convaleciente,

no á un viejo.

— Llevo medio siglo á cuestas , hijo mío.

— ¿Y qué es eso? La mejor edad del hombre. Aun le queda á usted otro

medio siglo que recorrer.

I. 19


446 POBRES Y RICOS

—Yo bien lo quisiera, pero...

— Bali I

¡ ¡ bah ! ¿Quién se acuerda de la vejez en vísperas de casarse?

— Dices bien.

— ¿Y á dónde quiere usted ir?

— Hoy nos concretaremos á hacer una sola visita.

— ¿A la marquesa, por supuesto?

— Es claro... Ya ves tú que hay poderosos motivos para que tanto ella

como su hija merezcan nuestra preferencia.

— Es verdad.

— No solo por los vínculos que vamos á contraer, sino por el interés que

han manifestado en esta ocasión.

— Es cierto.

— Ni un solo dia han dejado de mandar recado mañana y tarde.

—Así es.

— Y muchos dias han venido en persona á verme ó mejor dicho, á

vernos.

—No hay duda.

— Hoy nos limitaremos á cumplir esta sagrada obligación de gratitud y...

de amor ,

¿no es verdad?

—Ya se vé que sí.

—Y si , como espero , sigo bien...

—¿Pues no ha de seguir usted bien?

— Mañana ó el otro... pagaremos las visitas de los amigos.

— Como usted guste.

— Nuestra visita á la marquesa es urgente por muchos conceptos. En pri-

mer lugar es tiempo ya de que se fije el dia de nuestro enlace... porque... ya

ves... otras veces te he dicho que le considero como el remedio de mis infor-

tunios... y de todos mis males. También te conviene á tí por la razón que sa-

bes

—A mí me basta que dependa de él la felicidad de usted.

— ¿Con que tan á gusto te casas, hijo mió?

— Con tal de verle á usted feliz baria yo un sacrificio.

— Es que no se trata aquí de sacrificarte, Eduardo, si no de hacer tam-

bién tu dicha. ¿Te repugna acaso tu enlace con la hermosa marquesita?

—Si me fuera odioso, no hubiera dado hoy el paso que he dado.


LA BRUJA DE MADRID. 147

— ¿Pues qué paso has dado, hijo mió?... Cuéntamelo sin reserva.

— He estado en casa de un pintor.

— ¿De un pintor?

— Para que me haga el retrato en miniatura.

— ¡Ah! ya... quieres regalárselo á tu Elisa.

—Me manifestó deseos de poseerlo, después de haberme dado el suyo.

— ¡Cáspita! pues estáis mas finos que nosotros. ¡Si vieras qué gusto me

das con eso ! ¿Y se ha empezado ya el retrato?

— No señor.

— ¿Cómo así?

— He llamado á la habitación del pintor. He oido correr hacia la puerta,

y cuando pensé que iban á abrir, he oído un grito de nifia, al cual ha segui-

do un profundo silencio. He llamado otra vez, y entonces un vecino de la

misma casa me ha dicho que el pintor y su mujer hablan salido juntos á

paseo.

— ¡ A. paseo! eso es... y

ca abandonar su taller.

si uno los necesita... Los artistas no deben nun-

El lector habrá ya comprendido que cuando Enriqueta fué á abrir la puer-

ta de su casa creyendo que eran sus padres ,

vio á don Eduardo por la ven-

tanilla sin ser ella vista. Esta inesperada aparición, después del funesto va-

ticinio de la Bruja ,

debió causar una violenta impresión en el tierno corazón

de la enamorada adolescente , y cayó desmayada en los brazos de la Bruja,

que ocupada en socorrerla, se curó poco de si habían vuelto á llamar á la

puerta.

— Pienso volver un dia de estos á casa del pintor— continuó don Eduardo.

— Mañana mismo—dijo el duque — y si no está en su estudio, tanto

peor para él... te haces retratar por otro. Apuradamente no hay mas que pin-

tores de sobra en Madrid.

— Mamarrachistas los mas.

— Pues el que has ido á elegir, no será de gran mérito cuando pasa las

horas holgando.

— Me han asegurado que es el mejor de Madrid.

— ¿Y cómo desperdicia el tiempo paseándose?


448 POBRES Y RICOS

—Todos los que trabajan, padre inio, necesitan sus horas de recreo y

descanso.

— Pero el paseo es mas á propósito para cansarse que para descansar. No

quieras disculparle, y créeme: si mañana no está en casa, busca otro. El

caso es que el retrato se haga sin dilación. La pobre Elisa lo estará esperan-

do con la impaciencia... con la ansiedad de una enamorada porque se co-

noce que te ama de veras, ffíluardo. Ya verás cuan dichoso vas á ser con

ella.

Nada respondió don Eduardo, que parecia embebido en alguna meditación

importante.

El duque no reparó en la recieiite distracción de su hijo, y mirando su

reloj, esclamó:

— Cáspita ¡

! es mas tarde de lo que me Hguraba. Y quiero estar de vuel-

ta al anochecer No es cosa de echarla de valiente el primer dia que sale

uno de casa... y con el frió que hace... Visita de familia... Probablemente es-

tarán comiendo , pues estilan hacerlo á la francesa.

En 1824 eran pocas las personas, aun entre la aristocracia, que comiesen

después de las dos, y las que lo hacian á las cinco ó mas tarde, solian dar-

se tono siempre que se les presentaba ocasión de esclaraar: yo como á la

francesa.

El duque tiró de un cordón, y al sonido de una campanilla presentóse en

la sala el viejo Ambrosio.

La carretela—dijo el duque.

— ¡Hola! ¿Con que tan animoso ya? — repuso con satisfacción el criado.

— Sí, Ambrosio, voy á salir con Eduardo.

— Procure Y. E. arroparse bien, porque hace hoy mucho frió.

— Pierde cuidado, voy bien envuelto en franela Además, me siento

perfectamente.

— Lo celebro mucho, señor duque, pues quisiera que siempre estuvie-

ra Y. E. sano y alegre.

— Mira, ahora vamos á hacer una diligencia , de la que espero los bienes

que tú deseas.—Y dirigiendo con sonrisa una mirada á su hijo, añadió:—

Ambrosio es mi antiguo coníidente, bien podemos decírselo.

Eduardo hizo un movimiento de adhesión, y dando el duque una palma-

da en el hombro de Ambrosio, prosiguió:

*


LA BRUJA DE MADIIÍD. 4 49

—Yanios á fijar el dia de los dos matrimonios.

— Eso quiere decir que está ya V. E. enteramente restablecido. Pues se-

f)or, magnífico.

— ¿Hablas con ironía? — preguntó el duque.

— No por cierto— respondió con gravedad el viejo sirviente.

— Es que si supiera que no eran de tu gusto estos enlaces, por castigo

habia de hacerte bailar en las bodas.

— Está V. E. de buen humor,

— ¿Lo sientes?

— Me alegro mucho de ello, señor duque.

La conducta de Eduardo me tiene loco de contento. Se casa tan á gus-

to como yo. Ahora mismo acaba de asegurármelo. lié aquí el motivo de mi

jovialidad. Ahora vamos á ver á nuestras futuras... No perdamos tiempo.

—Voy á disponer que preparen la carretela. Por lo demás hacen vuecen-

cias muy santamente en casarse habiendo humor y brios para ello. Siento yo

carecer de ellos, pues de lo contrario habia de pedir la mano de alguna fre-

gatriz de la señora marquesa para que hubiera triple festín, y triple canti-

dad de confites; y en pos de la triple algazara, pasaríamos mas calentitas y

acompañadas las noches de invierno, cada oveja con su pareja, como suele

decirse, y Cristo con todos.

Mientras se retiraba Ambrosio, dijo el duque á su hijo:

— Ese vejete siempre satírico y burlón pero por otra parte es muy hon-

;

rado.

— ¡Pobre Ambrosio! ¡Nos quiere tanto!....— repuso el duquecito.

— También le correspondemos ,

¿no es verdad?

— Todo lo merece. ¡Con qué interés cuidaba de usted durante la enfer-

medad ! Por las noches no dormía un momento; ya vé usted que á su edad

podía haberle costado cara semejante conducta. Yo se la reprendía; pero

todo era inútil.

— Mira, aprovecharemos la salida de hoy para comprarle alguna chuche-

ría. A los viejos es preciso tratarles como chiquillos. Le compraré una boni-

y se la regalaré llena de esquisito rapé.

ta caja de oro ,

— Bien pensado padre , , esto alargará la vida del pobre viejo.

— Hoy es día de gracias y de recompensas. Aguárdame un rato mien-

tras me arreglo un poco. Los novios que ya somos... así... algo maduros


ioO POBRES Y RICOS

tenemos que acicalarnos mas que los jóvenes, para ocultar los años.

En este momento se presentó don Agapito, y adelantándose arrastrando

los pies y haciendo afectadas cortesías , dijo

— Felices tardes, amigos mios. Señor duque, celebro verle á usted en-

teramente bueno. No hay que preguntar por su salud. Ese buen color, esa

robustez, me recuerda las de los cinco hermanos llamados Dáctilos del mon-

te Ida, á quienes coníió Cibeles la custodia de Júpiter cuando era niño.

— Et'ectivamenie estoy bueno y pienso salir ahora mismo de casa. Mien-

tras voy á vestirme, puede usted, si gusta, contar á Eduardo la historia de

Júpiter y su triunfo sobre los titanes.

— Nada de eso — repuso con ironía don Eduardo. — Agapito viene á ha-

blarme del salto de Léucade.

Don Agapito soltó una gran carcajada fingiendo que le hizo mucha gracia

la ocurrencia.

El duque , después de haber cruzado un saludo con don Agapito , se re-

tiró, y quedaron solos los dos rivales.

Don Eduardo estaba sentado junto á la chimenea, y señalando el sillón

que el duque acababa de dejar vacante, dijo á su amigo: aü

— ¿No tomas asiento?

— ¿Quién es capaz de despreciar esta silla patriarcal? Vive Dios que con

el frió que hace no es mas apetecible el trono de Yulcano en su palacio de

bronce, ni mas agradables que este bullicioso fuego, las fraguas de la isla

de Lemnos donde los cíclopes forjaban los rayos para Júpiter.

— ¿Si tendrá razón mi padre?

— ¿De qué?

— De que vas ahora á contarme la historia de Júpiter.

— No por cierto. Vengo á contarte la historia de mi corazón.

— ¿De veras?

— Sí, amigo mió.

— ¿Pues qué le sucede á tu magnánimo corazón?

— Bien puedes llamarle magnánimo á boca llena. Ha triunfado por fin de

su loco amor. Amigo mió, te doy el mas cordial parabién.

— ¿Cómo así?

—Ya puedes saborear tranquilo tu felicidad. Convencido hasta la eviden-

cia de que Elisa te ama, no quiero disputarte su blanca mano. Imitaré el


LA BRUJA DE MADRID. 451

ejemplo de Apolo, que después de haber renunciado á Casandra, galanteó

con muy buen éxito á la oceánida Climene.

— ¿Con que renuncias á la mano de la hermosa Elisa?

— Sí, amigo mió.

— ¿Y no te es doloroso el sacrificio?

— Sacriíico el amor á la amistad.

— Gracias por tan singular merced, querido mió— dijo don Eduardo son-

riéndose maliciosamente.— ¿Y qué puedo hacer en galardón de semejante fi-

neza?

— Atis se redujo voluntariamente al estado de eunuco...

interrumpió don Eduardo.

— Qué bárbaro fué Atis ! — ¡

— Creyó que era el único medio de sustraerse á su frenético amor.

—Ya lo entiendo; y tú quieres sufrir la misma operación.

— No por cierto— respondió terminantemente don Agapito.—El ejemplo

de Apolo es mas cómodo que el de Atis. He renunciado á mi Casandra y

tengo ya mi Climene.

— Oiga ! ¿Con que tienes ya otros amores?

i

—Sí , Eduardo mió , unos amores que me hacen el mas dichoso de los

mortales.

— ¿Y se puede saber el nombre de la afortunada ninfa?

— Aun no , mi querido Eduardo ; pero te juro por la laguna Estigia que

serás el primero á quien participaré mi felicidad cuando sea completa.

Don Agapito no podia decir otra cosa á su amigo , porque él mismo ig-

noraba quién habia de ser en breve la predilecta de su corazón ;

pero espe-

raba tenerla á su lado antes de ocho dias.

— Eso de cuando sea completa tu felicidad, querrá decir cuando estés

easado, ¿no es verdad ?

— No haré semejante desatino.

— ¡ Desatino ! ¿Por qué razón?

— Porque siempre que veo algún marido , se me figura ver á Prometeo

amarrado de pies y manos , mientras su mujer le despedaza las entrañas á

manera de buitre.

— Pues entonces ¿cómo piensas adquirir tu completa felicidad?

— Del modo mas fácil. Oye... para que veas que deposito en tu buena

amistad y discreción toda mi confianza. Ayer escribí á mi papá para que me


152 POBRRS Y RICOS

mande sin dilación veinte mil reales. Con este dinero tengo suliciente para el

arreglo de una habitacionciila...

— Con veinte mil reales se puede poner con algún lujo...

— No quiero gran lujo , pero si toda suerte de comodidades.

-¿Y qué?

— ¡Qué inocentón eres !

— ¡ Ah ! ya caigo en ello. Quieres dí'iípar lu forluna. Te vas á vivir con

tu Climene.

— A quien haré pasar por una primita recien llegada...

— Sois el mismo diablo los poetas.

— Pero es el caso, que hasta Dios sabe cuando, no recibiré los veinte mil

reales, que me hacen falta... porque probablemente me mandará mi papá

alguna letra á cuatro ú ocho dias vista...

—Vamos, que no es tan largo el plazo.

— Para un corazón enamorado son siglos los instantes; y si tú me haces

el favor de adelantarme la cantidad en cuestión, yo te la devolveré tan pron-

to como reciba la letra de papá. Ya ves... tú mismo has dicho que no es muy

largo el plazo. Además, querido mió , no hace mucho me preguntabas que es

lo que podrías hacer en galardón de haberte cedido á la hermosa Elisa. Pues

bien, si es que merezco alguna recompensa

— Quiere decir todo eso en resumidas cuentas—dijo el duquecito con

sarcástica espresion— que me das á Elisa por veinte mil reales.

— ¡Tienes unas ocurrencias tan chistosas ! — esclamó don Agapito soltan-

do una fingida carcajada.

— Regateemos un poco— añadió en tono jovial don Eduardo... — Diez mil

reales es todo cuanto puedo ofrecerte.

— Como gustes. Dame ahora los diez mil reales, y me deberás los otros

diez mil.

— ¿Qué es eso?

— Nada , amigo mió , trato de seguir tu buen bumor Una chanzone-

ta. ¿Con que vas á darme los diez mil reales? Es decir: á anticipármelos.

— No, no te los quiero anticipar.

— ¿Hablas de veras? — preguntó sobresaltado don Agapito.

— No te los quiero anticipar; pero te los regalaré.

— Si te empeñas en ello... tanto mejor.


LA BRUJA DE MADRID. 453

Ya sabe el lector que la generosidad era una de las bellas prendas del

corazón del duquecilo. Sabia que don Agapito andaba siempre escaso de re-

cursos, y sin dar importancia á su ridículo proyecto, solo por un impulso de

bencücencia holgóse en favorecerle. Aproximóse á una cómoda , y sacó de

ella en oro la cantidad en cuestión , que entregó al aristocrático poeta.

— Gracias , gracias , mi incomparable amigo, mi ilustre Mecenas,— es-

clamó lleno de alegría don Agapito. — Con esto voy á ser mas feliz que los

habitantes de las tierras del Lacio gobernadas por Jano en el siglo de oro.

Permíteme ¡oh digno protector de las letras ! que rae retire para gestionar los

preparativos de mi halagüeño porvenir.

— Anda con Dios.

' Don Agapito se ausentó diciendo para sí con aire de triunfo:

— ¡ Oh poder de la elocuencia ! Este es el tercer pez que se traga hoy eí

anzuelo. Bueno es que haya en este picaro mundo almas candidas y crédulas,

pues de otro modo no sé á qué tendríamos que atenernos los personajes que

hemos nacido para brillar en el gran mundo y carecemos de riquezas. Des-

graciadamente los que nos hallamos en esta situación en Madrid , formamos

una falanje numerosísima, que invade todos los salones de la alta aristocra-

cia. Es preciso pues aguzar el ingenio para encontrar benévolos prestamis-

tas. Hoy he tenido suerte... he logrado hacer tres víctimas, y eso que no he

llegado aun á otras tres que son mis tres filones mas productivos... á las tres

viejas presumidas que me sacan de todos los apuros. Luego dirán que las

viejas no pertenecen al bello sexo. Son la flor y nata del bello sexo , y con

su voz acatarrada, y su histérico, y su tos, y sus reumas, y sus flatos y

otros alifafes propios de la inconmensurabilidad de anos, son verdaderas sire-

nas encantadoras cuando compran los requiebros á peso de oro. Una vieja

rica y dadivosa es un Potosí, es un monte de piedad que socorre á muchos

elegantes de Madrid, sin necesidad de depositar en él mas que algunas alha-

jas falsas , esto es , requiebros y alabanzas que distan mucho de la verdad.

Lo malo es que ahora tendré que romper enteramente con mis tres gracias

sexagenarias, porque así que empiece yo á dar publicidad á mis amores con

mi Climene , se van á irritar de lo lindo , y las viejas irritadas son verdade-

ras Harpías. Pues bien ,

toda vez que se me han de escapar de las manos es-

tas tres minas, haré muy profunda la última escavacion, y ojalá pudiera de-

jarlas sin ningún filón en las entrarías de sus tesoros. Hay personas á quie-

I. 20


154 POBKHS Y RICOS

nes es mas fácil arrancarles una muela que uii peso duro ; pero cuando las

personas no tienen muelas , mas lacil es arrancarlas el dinero. Es pues ya

completa mi seguridad de reunir un bonito capital para llevar á efecto mi es-

trepitosa venganza. No hay como el descaro para medrar en el mundo. Sin

descaro no hay talento , no hay prosperidad. El descaro es el cuerno de la

cabra Amaltea. Proporciona de continuo llores y frutos en abundancia. Con-

traigamos pues deudas sin escrúpulo, y démonos tono, toda vez que la pri-

mera ley de la naturaleza es ir viviendo. Ahora es lo primero improvisar una

linda Cloris que no tenga inconveniente en vivir con su Céíiro. En esta ope-

ración tendrá que auxiliarme alguna Celestina, alguna de esas intrépidas

momias zurcidoras de voluntades como las llamaba un poeta antiguo. Nadie

mas á propósito que la tia Pelona. Es mujer de chispa y tiene peores entra-

ñas que la serpiente Pitón. Es un verdadero halcón de doncellas.

Y don Agapito aceleró su marcha hacia el establecimiento comercial de la

tia Pelona.

Mientras una elegante carretela con sus lujosos lacayos, tirada por alti-

vos corceles, conduce rápidamente los ilustres novios al palacio de la mar-

quesa de Verde-Rama, nosotros conduciremos al amable lector , aunque sea

modestamente á pié y como de bracero , á casa de la tia Pelona. No hay que

alborotarse , que ningún mal pensamiento guia nuestros pasos , sino el de-

seo de presenciar el donoso coloquio que es natural se entable entre la aper-

gaminada vieja y el longanísimo vate.


CAPITULO XVI.

LOS PROYECTOS.

Erase una vieja

de gloriosa fama,

Amiga de niñas

Gó?(GonA.

In ccrchio le facevan di se claustro

Le selle ninfe,

Il Dante.

CCDEl>,Cfl

La Ha Pelona tenia su establecimiento público en la calle de Sal-si-

puedes. En esta calle triste y angosta hacíase de noche una hora antes de lo

regular.

Cuando pasó don Agapito por frente de las rejas del establecimiento de

la tia Pelona , que estaba en piso bajo , habia aun en ellas siete ninfas que

con el rostro embadurnado de albayalde, una plasta de almazarrón en cada

megilla , con cintajos de vivos colores en la cabeza alguna de ellas, y otra

con su puro en la boca , ostentaban su hermosura y sus gracias para atraer-

: t


456 POBRES Y BICüS

se á los transeúntes , á ([uienes disparaban no solamente las agudas Hechas

de esciladora sonrisa y voluptuosas miradas, sino palabras de íinura y ama-

bilidad , como por ejemplo: « ¡A Dios hermoso! » su piropo favorito, con que

re¿;alal)an á veces los oidos de algún prógmio mas feo que t\ hambre.

Al cobijarse don Agapilo en (ñ reducido y oscuro portal de aquel ilustre

colegio de costumbres sociales, las siete susodichas sirenas volaron á recibir-

le y se abalanzaron al infeliz con tan cariíiosiis modales , (jue le hul)ieran des-

cuartizado á buen seguro, si no se hubiera apresurado á prevenirles, que no

dedicaba á Qingu.na de ellas la visita, sino á su digna directora , con quien

tenia que tratar de un asunto urgente.

A fuerza de ruegos y protestas alcanzó por fin que se entibiara paulatina-

mente la desgarradora amabilidad de aquellas víríjenes , y una de ellas , tuvo

la condescendencia de servirle de lazarillo hasta la cocina, donde estaba jun-

to á la lumbre la tia Pelona hilando, mientras las judías de un gran puchero

se iban cociendo con majestuosa calma , gracias á la escasez del elemento

abrasador.

Un gato negro se destacaba de la ceniza, y estaba tan inmediato á las as-

cuas, que parecía se le hubiese puesto allí para asarle. Al otro lado del pu-

chero formaba simetría y contraste al mismo tiempo con el gato, un perro

blanco de aguas , que al oir pisadas gruñía sordamente , pero bien fuese por

vejez ó por civilización, nunca llegaba á ladrar, y

si alguna que otra vez se

desperezaba, era para ir á restregar sus mugrientas melenas contra las pier-

nas del recien llegado , como esmeriindose por hacer los honores de la casa.

Una luz misteriosa y opaca, triste emanación de un vetusto candil ex-

hausto de aceite , iluminaba aquel grupo parodiando el melancólico resplan-

dor que bañaba el lecho de la infeliz Desdémona poco antes de sucumbir á

los celos del africano Ótelo.

Distinguíanse no obstante las inusitadas facciones de la tia Pelona.

Hacia pocos años que se la había bautizado con este apodo, por cierto pa-

seo que le mandó hacer la autoridad. Sus proezas habían merecido los hono-

res de ser llevada en triunfo por las principales calles de Madrid, con la ca-

beza rapada , caballera en un mansísimo jumento, y entornada de un lucido

cortejo de ministriles y corchetes.

Aunque habíanse deslizado años después de este repugnante espectáculo,

la vejez había hecho seguramente poco fértil el terreno de la siega , por ma-


LA BRUJA DE MADRID. 157

ñera que la cabeza de la heroína se cubrió de un cánamo muy poco crecido,

y esto dio margen á que se le concediera el título de Pelona,

Su frente formada á pliegues , asemejábase á una persiana sin pintar.

Por debajo de esta persiana asomaban dos ojos de gato entoldados de al-

godón y divididos por una nariz de gran mérito arquitectónico, puesto que su

delgada punta formaba unos alicates con la punta de la barba.

Hacia años que la Ha Pelona disfrutaba el ahorro de los mondadientes.

El marfil había desaparecido de sus encías, y esta circunstancia daba cierta

espresion á sus labios, que aumentaba la diíicullad del diminuto rostro. Este

campeaba trémulo sobre un cuello que pudiera parecer de cisne... ya que no

por lo blanco, por lo prolongado y erguido.

La estatura de la Ha Pelona era reducida. Vestía á guisa de beata.

Cuando el poeta invadió aquella morada silenciosa, la lia Pelona hilaba

con los anteojos calados.

— Buenas tardes,— dijo don Agapito sin quitarse el sombrero.

— Buenas noches, digo yo — repuso la Pelona.

— Como quieras.

— ¡ Hola ! ¿tú por acá , buena alhaja?

— Sí, Pelona; y vengo á proporcionarte un buen negocio.

Ni la vieja respetaba la aristocracia del recién llegado, ni este la superio-

ridad de años de la dueña de la casa. Tuteábanse recíprocamente con la ma-

yor familiaridad , como los cuáqueros, los gitanos y los grandes de España.

— Un buen negocio i ! — esclamó la vieja , y quitándose los espejuelos, y

dejando la rueca en un rincón, aproximóse á don Agapito frotándoselas ma-

nos de alegría.— Esplícatc, hijo mió.

— Quiero hacer la felicidad de una mujer.

— ¿Es algún voto, no es verdad? Pues mira, hijo mío, Dios te pague

el que te hayas acordado de mí. Cuanto mas me voy acercando al término de

mis días, mas ganas tengo de mudar de oíicio. Es ya hora de pensar en el

examen de conciencia, y

'--

si tú rae favoreces de modo que pueda pasar tran-

quilamente la vejez, me será ñícil arrepentírme de mis pasadas culpas y hacer

firme propósito de no volver á pecar. Así como así anda perdida la profe-

sión.... Ya se vé, las aficionadas abundan tanto, que las pobres del oficio no

pueden menos de sentirse perjudicadas. Están los tiempos tan malos, que

apenas se gana para la manutención , y eso que desde la invención de la va-


158 POBRES Y RICOS

cuna ha mejorado mucho la mercaucía. Se ven jóvenes en el dia que parecen

queruhiiies. Tengo yo una colección de ellas....

— Pues las sílíides que revolotean por esos corredores , no me han pare-

cido cosa muy superfina,

— Es que los manjares mas esquisitos los reservo yo para las personas de

gusto y delicado paladar. Pero dejemos esto, y hablemos de mi felicidad.

¿Con que has hecho un solemne voto?....

— No media aquí voló alguno; pero he resuelto hacer feliz á una mujer.

— Gracias, hijo mió, gracias por haberte acordado de esta viejecita.

— ¿Pues quién mejor que tú puede proporcionarme la mujer de que se

trata?

— ¿Luego.... no soy yo á quien deseas hacer feliz?

— Tú tendrás una buena recompensa pero la belleza cuya dicha me pro-

;

pongo labrar, no debe haber cumplido veinte abriles.

— Pues yo... ¿para qué engañarte?... los he cumplido ya... mas de cua-

renta años atrás.

— Ha de reunir mas encantos que Dido , mas intrepidez que Safo.

— No conozco á esos caballeros.

—No son caballeros, sino dos de las mujeres mas célebres y hermosas de

la antigüedad.

— Pues por hermosas que hayan sido, tengo yo quien les aventaja.

— ¿De veras?

— Juanilla , la hija del tio Palique es bocado de canónigo.

— ¿La conozco yo?

— Difícil será que la hayas visto. Es muchacha muy pundonorosa.

— ¡Pundonorosa

— Como lo oyes.

— ¿Pundonorosa.... y está en relaciones contigo?

— Gracias por la merced. ¿No eres tú un personaje de pro?

— ¿Y qué?— contestó ruborizado don Agapito.

— ¿No median amistosas relaciones entre nosotros?

— Pero una joven....

— Una joven como Juanilla puede pasearse por las calles de Madrid con

la frente levantada.

— No digo yo lo contrario.


LA BRUJA DE MADRID. 159

— ¡Que si ([uicres ! La hija del lio Palique.... ¡ Poquita vanidad tiene su

padre de haber cnjendrado tan lindo pimpollo !

—¿Y qué profesión es la de su padre?

— ti es torero sin ejercicio , como si dijéramos indefinido ó impurificado.

Fué cachetero en la cuadrilla del célebre Pepc-Hillo. Da gusto oirle contar

la muerte de su camarada.

—¿Pues de qué vive ahora?

— De lo que gana Juanilla.

—¿Dónde?

— ¡Toma! en casa de los dibujantes porque como es tan graciosa y

linda.... tan bella.... tan bien formada... les sirve de modelo cuando quieren

pintar alguna vírjen, ó algún San Sebastian... ó así...

— Esa joven es la que á mí me conviene— esclamó con alegría don Agapito

dando una palmada.— ¿Cuándo podré ver á esa joven?

— Es preciso que sepa yo antes para qué.

—Ya he dicho que quiero hacerla feliz.

— ¿Pero de qué modo?

— Con muchos escrúpulos me anda mi señora la Pelona—esclamó impa-

ciente don Agapito.

— Es que has de saber, hijo mió, que Juanilla es una joven honrada,

de una conducta ejemplar... y sobre todo, piensa con mucho juicio. Ya ves

tú si entiendo yo el intríngulis de hacer entrar en vereda á cuantas palomas

caen en mi lazo. Pues, amigo, todos mis esfuerzos, todos mis ardides ,

toda

mi elocuencia se ha estrellado siempre contra la firme resolución de Juanilla.

—¿Y cuál es esa resolución? ¿Hacerse monja?

— ¡Bonito genio tiene la nina para encerrarse en un claustro! Siempre

vivaracha y alegre, no hay otra mas amiga de bailes y paseos.... sobre todo

si puede concurrir á ellos con elegancia y lujo; porque es preciso confesar

que le da el naipe para vestirse. Cuando sale en traje de manóla con su rica

mantilla terciada, su peineta hasta las nubes, y el escaso zagalejo que se

pega en sus torneadas formas sin cubrir la escitante pantorrilla, es el asom-

bro de Madrid; y si le dá el antojo de acicalarse como una señora , hasta sabe

tomar el aire de una marquesa , y no parece sino que haya pasado su vida

en los estrados del duque de Medinaceli. Oh !

¡ si pudiese yo conquistarla....

seria para mí una mina inagotable.


460 POUltKS Y RICOS

— Apetecerá sin tiuda los víncalos de Himeneo.

— ¿Qué hablas aliura de meneo?

— Digo que deseará casarse.

— Nada de eso. Profesa un odio niorlal al malriuionio.

— ¿ Cómo así ?

— Dice que quiere ser libre como los pajarillos del bosque, y no quiere

vivir nunca encerrada en una jaula á la disposición de un bárbaro marido.

— Eso es magnííico, es verdaderamente poético. Ya simpatizo desde este

instante con esa joven seductora.... con esa sacerdotisa de Venus...— escla-

mó con entusiasmo don Agapito.— ¿Y se concreta á esto su resolución?

— Yoyá decírtelo todo. Cada vez que he tratado de seducirla, se me ha

reido con mas descaro, y ha despreciado mis consejos y proposiciones. «De-

sengáñese usted , Ha Pelona y me dice continuamente, yo sé que soy joven y

muy bonita, tengo mucho orgullo y no quiero degradarme basta el estremo

de atender á las proposiciones de usted. Merced á mi hermosura , gano lo su-

ficiente para vivir con decencia y mantener á mi padre. Verdad es que no

satisfago todos mis caprichos y deseos ; pero si algún dia me encuentra usted

alguna persona acaudalada, capaz de proporcionarme una colocación dura-

dera, mucho oro, muchas joyas, mucho lujo... entonces... tal vez me decidi-

ré á escuchar proposiciones; pero aun en tal caso, ha de saber usted que seré

muy exigente; con que no me venga mas con consejos que me dan risa, y

ofertas que oigo como quien oye llover. »

id'oJ— . Qi^i Ya^ encanta el modo de pensar de esa joven. Aunque sea ingrata

y desdeñosa como Cídipa, estoy resuelto á ser su Acónceo. Quiero ver á

Juanilla.

—¿Con qué objeto?

— Con el de asegurarme si es tan hermosa como supones.

— Pues te digo que he andado escasa en elogios, porque no hay palabras

eon que espresar sus atractivos.

— Entonces será una divina Hebe.

— Ignoro á que casta pertenece esc pájaro..

— No es pájaro, sino la copera de los Dioses.... la misma Diosa de la Ju-

ventud.

—A lo menos su cara es la de un ángel. Entre blanca y morena, pelo ne-

gro... y tiene unos ojuelos tan vivarachos... y siempre la sonrisa en la boca...


LA BRUJA DE MADRID. 4 61

Lueíío es tan amable... tan cariñosa... Dice una desvergüenza al mas pinta-

do; pero lo hace coa tanta gracia que sus insultos no ofenden. Siempre está

de buen temple, toca la guitarra á las mil maravillas, baila con un gracejo

que enamora, y canta que es un primor. Donde ella esíá no cabe la tris-

teza ,

porque todo lo alegra con su buen humor.

— Bueno, bueno, estoy al corriente de todo; pero es preciso que la exa-

mine por mí mismo, y si, como espero, encuentro que efectivamente posee

todas esas dotes que acabas de referirme ,

esa joven logrará ver su ambición

satisfecha.

— ¿Pues cómo?

— Me has dicho hace pocos momentos, que deseaba encontrar algún

patrono.

— No es eso lo que ella dice.

— ¿Pues qué dice?

— Jamás me ha mentado para nada patrono alguno.

— Esplícate de una vez.

— Pues bien claro lo he dicho antes. Lo que quiere esa nina, y no anda

por cierto desacertada , es encontrar una buena alma que la regale por to-

dos coaceptos y le proporcione toda suerte de comodidades , y muchas alha-

jas.y magniíicos tcenes y..... ¿qué sé yo? todo eso que poseen las mar-

quesas.

— Cabalmente esa buena alma que hace todo eso por una mujer se llama

su patrono ; y yo quiero serlo de esa linda joven.

— Eso es otra «osa. Con tantos años que llevo de ejercicio, no sabia yo

que el que disipa su patrimonio por satisfacer los caprichos de una mujer se

llamase patrono. Yo creí que los patronos eran ciertos santos, como por

ejemplo, San Isidro patrono de Madrid; pero no hay como vivir para apren-

der cosas nuevas..

— ¿Pues qué nombre das al que obsequia á una mujer?

— Si es joven , el de amante , galán , ó apasionado ; y si es viejo el de

padrino.

— Lo mismo significa padrino que patrono ó protector, y te repito que

he de serlo de esa graciosa niña , con tal de que atesore todos los atractivos

que le atribuyes,

— Mira, hijo mió ,

que la niña es muy exigente.

I. 21


162 POBRES Y RICOS

—Creo poder satisfacer todas sus exigencias.

— Pues siendo así , podemos desde ahora entrar en tratos. Díine las con-

diciones bajo las cuales te propones hacerla feliz , y luego sondearé á la mu-

chacha para darte una contestación , que ya puedes suponer haré todos los

esfuerzos imaginables para que esté arreglada á tus deseos.

— Gracias, Pelona; pero no debo decirte ya nada mas de lo que sabes

sobre este negocio. La niña dice que está dispuesta á escuchar las proposi-

ciones de una persona que trate de proporcionarle los placeres y comodida-

des que disfrutan las mas elevadas señoras de la corte. Yo soy esa persona.

— Pero, ¿y las proposiciones?

— Se las haré á ella misma; de consiguiente lo que tú debes hacer es

prevenirla hoy de mi deseo , y decirle , que mañana á medio día estaré aquí

para tratar con ella misma de las bases sobre las cuales hemos de íijar su di-

choso porvenir.

— No me parece mala idea.

— Y que venga con todo lo necesario para lucir sus habilidades.

— Se entiende.

La guitarra sobre todo.

— Y que no se hará de rogar, porque nunca está mas contenta que cuan-

do canta alguna coplita andaluza. A mí se me cae la baba cuando la escu-

cho Es muy salada y muy mona.

—Por supuesto que no hemos de celebrar nuestra conferencia en esta

cocina.

— ¡Quieres callar! En el estrado de las visitas allí os dejaré solitos

para que os arregléis del mejor modo. Supongo ,

de mi confianza.

— Me ofende esa sospecha.

hijo mío, que no abusarás

—Perdóname ; pero como en el dia hay tan poco que fiar de los hom-

bres

— ¿ Te he engañado yo alguna vez ?

— No por cierto.

— Pues entonces ¿á qué viene la advertencia?

— No te enfades por eso , hijo mió.

—Yo no me enfado ;

— Tampoco desconfio.

pero es estraño que desconfies de mí.


LA BRUJA DE MADRID. i 63

— ¿ Temes acaso que no he de recompensarte como sea justo?

— Quita allá. Siempre estoy dispuesta á servirte aunque sea de balde.

— Siendo así , confieso que no he entendido tus palabras.

— Te he dicho en broma que espero que cuando estés solo con la nina,

,

no abusarás de la confianza.

— Te prometo que la respetaré como si fuese una hermana mia.

— Eso ya lo sé yo.

— Me limitaré á hacerle mis proposiciones.

— Así me gusta eres un hombre de juicio.

— ¿Y si las acepta?....

— Si las acepta allá haréis de vuestra capa un sayo.

— Pero en el caso deque se resista

— ¿A qué?

— A aceptar mis proposiciones ,

espero que me ayudarás á convencerla.

— Cuenta con ello. Dios me ha dado una gracia particular para dar con-

sejos á las niñas. Yo misma me aturdo á veces de mi habilidad.

— Con todo, me has dicho antes , que la niña de quien se trata es muy

terca, y que á pesar de tus esfuerzos nunca has podido sacar partido de sus

encantos.

— Así es, de manera que el que logre vencerla , se la lleva en flor, cosa

que no se encuentra á cada esquina.

— Por la misma razón me temo que no cederá fácilmente.

— ¿ Pues no ha de ceder ?

— Así como se ha mantenido hasta ahora indiferente á los halagos de los

hombres

— Es que hasta ahora no se le ha proporcionado el acomodo que ella

busca.

— De manera que crees tú que el éxito es seguro.

— Segurísimo , como tú no me engañes en eso de que puedes proporcio-

nar á la chica mucho lujo , muchas comodidades , y satisfacer todos sus ca-

prichos.

— Cuando uno es rico

— Es que es preciso serlo mucho, cuando se trata de dejar satisfechos to-

dos los caprichos de una joven bonita y coqueta.

— Por este lado nada hay que temer.


í®l POBRES Y RICOS '

— Tanto mejor Es negocio concluido.

— ¿Posilivanienle?

— Como que es lo que ella ambiciona.

— Sioado así, puedo contar coa que no fallará á la cita , ¿ no es verdad?

— Cuando vuelvas estará ya en el estrado aguardándote.

— Mañana á medio dia.

— No hará falta. Estando yo de por medio

— Cuento con tu habilidad.

— Y yo con una buena propina.

— No te quejarás de mí.

— ¿De veras?

— Como esa muchacha se allane á mis deseos

— ¿Qué ha de hacer sino allanarse ?

— Hasta mafiana.

—Ya verás como todo saldrá á pedir de boca , hijo mió , y espero que se-

rás generoso coa esta pobrecita vieja.

— Procura tú servirme bien, que por mi parte ya sé yo lo que me toca

hacer.

Al decir esto , sacó don Agapito un puñado de las monedas de oro que

acababa de recibir, y entregó una de cuatro duros á la tia Pelona.

— Mira, hijo mió, que todavía no he hecho nada— dijo aturdida la

vieja.

— Por esa razón es una bicoca lo que te doy. Mas adelante pagaré tus

servicios según lo que ellos valgan. ¡ A Dios ! y hasta mañana á medio dia.

— Sí , hijo mió, — respondió la vieja radiante de alegría — hasta maña-

na , y esta noche la pasaré rogando á Dios que todo salga á medida de tus

deseos.

Cogió la vieja el candil, y por sí misma quiso alumbrar y acompañar á

su generoso parroquiano.

Si contenta se mostraba la tia Pelona por el resultado de aquella confe-

rencia , no estaba menos satisfecho don Agapito al ver cuan fácil y pronta--

mente habia encontrado una joven , que si los informes de la vieja no men-

tían , parecía llovida del cielo espresamente para vengar los agravios de la

ingrata Elisa.

Figurábasele inagotable el caudal que acababa de reunir ,

y aun cuando


LA BRUJA DE MADRID. 165

gastase con prodigalidad, tenia algunos amigos millonarios, que, como don

Eduardo, se habian dejado alucinar por la magia de la elocuencia mitológica,

y le habian dado repetidas muestras de una generosidad 'sin límites. Estos

bondadosos amigos, eran en el concepto de don Agapito, inagotables minas

que estaba esplotando á su sabor; y una vez halladas tan abundantes vetas,

estaba en la inteligencia que ya jamás había de perderlas.

Eí entonado poeta llevaba su petulancia hasta el cstremo de figurarse,

que todas las familias mas notables de la aristocracia madrileña, ansiaban

su amistad por considerarle como un literato de privilegiado talento. Ha-

bía observado que se le obsequiaba en todas partes con marcada predilec-

ción. Los hombres de Estado , los cortesanos mas distinguidos le escuchaban

con complacencia y aun le colmaban de elogios.

Hay gentes que llaman sabiduría y elocuencia, á una palabrería tonta y

de pésimo gusto, compuesta de frases rimbombantes , vacías de sentido , y

que ánicamente los pedantes aparentan entender para darse importancia;

pero con esta lastimosa conducta solamente logran degradar su ignorancia

hasta ponerla al nivel de la del ridículo pigmeo que se empeña en parecer

gigante.

Ignoraba don Agapito, lo mismo que otros muchos de los que se dan á sí

mismos el título de literatos y poetas , que es de muy mal gusto la estrava-

gante hinchazón de estilo ;

ignoraba que la belleza de lenguaje no está en las

palabras escogidas entre las mas raras del diccionario , ni en los conceptos

oscuros , ni en los galicismos que tanto seducen á los jóvenes inespertos , ni

en ostentar escesivo lujo de erudición con fatigosa aglomeración de citas; ig-^

noraba, en Hn, como todos los escritores de inteligencia raquítica, que las

flores mas galanas de la elocuencia son la verdad y la sencillez.

Á pesar de su insufrible pedantería, tenia don Agapito inmensidad de ad-

miradores y apologistas, de consiguiente no era del todo infundada su esce-

siva presunción. Creíase un sabio, una joya de la alta sociedad, indispensa-

ble en todos los salones de tono. Acaso llegó á lisonjearse de que dispensaba

un alto honor á cualquiera á quien pidiese dinero. Esto era siempre una

prueba de amistosa confianza á la que no era dable se mostrase ingrato nin-

guno de sus mas íntimos amigos. Así reflexionaba el buen alumno de Apolo,

y sacaba en consecuencia que ya nunca podrían faltarle recursos.

Gon esta seguridad , y las noticias satisfactorias que acababa de adquirir


166 PODRES Y RICOS

CU la cocina de la lia Pelona, abaudouó el poeta su enferma fantasía á todo

linage de ilusiones y delirios.

Era de todo punto indispensable hacer ver á su ingrata y pérfida Elisa,

que lejos de sentir su inconstancia , juzgábase don Agapito feliz , embebido en

nuevos amores. Esta suele ser siempre la dulce venganza á que apelan gene-

ralmente los mas fogosos enamorados. Tras de mil promesas y juramentos de

eterna fidelidad ,

acontece con frecuencia, que aquel íiuo amador, que arro-

dillado á los pies de su amada esclamaba en sus accesos de frenesía, que no

podría vivir á la mas leve pertídia del ídolo de su corazón, recibe con dolor

el primer desaire, pero en breve se enciende la ira de los celos donde ardía

antes el amor, y apela á cuanto pueda lastimar á la beldad que antes bende-

cía. Quisiera crear las mas acerbas torturas y hacerlas sufrir á la ingrata,

para que emponzoñasen todos los instantes de su vida , aquellos instantes que

antes le deseaba inundados de goces, de dichas y de placeres.

Lejos pues de apelar al trágico suicidio, lo primero que suele hacer un

amante engañado y desengañado, pasada la primera y mas dolorosa impre-

sión que causa una inesperada inlidelidad, es armarse de estoica resignación

y

preparar una venganza que corresponda á la deformidad del agravio. Rara

vez deja de empezar esta venganza por públicas manifestaciones de buen hu-

mor é insólito regocijo de parte del ofendido, con las cuales hace alarde del

solemne desprecio que le merece la mujer que le fué iníiel, y

alienta nuevos

amores, como para indicar que hay otras beldades en el mundo, y muéstrase

mas rendido , mas obsequioso , mas galante y enamorado con la heroína de

la conquista reciente , que lo fué en otro tiempo con la inconstante coqueta,

de quien aparenta no conservar ya el mas leve recuerdo. Sin embargo, la

misma severidad de semejante conducta, y el empeño de atormentar á una

ingrata, prueban que no se la puede borrar de la fantasía ni desalojar su

imagen del corazón.

Esto le pasaba precisamente á don Agapito. En medio de los mas furibun-

dos celos, creíase feliz porque iba á mostrarse de una manera pública y so-

lemne, superior al desaire de la hermosa marquesita. Iba á aparentar á la

faz de toda la aristocracia, que él era el veleidoso que desdeñaba á la mar-

quesita y rendía sus galanteos á otra hermosura. Y á fin de escitar completa-

mente los celos y hasta la envidia de la novia del duquecito , se propuso el

poeta , que como todos los pedantes era rencoroso y vengativo , aprovecharse


LA BRUJA DE MADIIID.


CAPITULO XYII,

LA PESADILLA.

No seas ambiciosa

Oe mejor ó mas próspera fortuna

Oue vivirás ansiosa

Síd que pueda saciarle cosa alguna.

Ño anheles impaciente el bien futuro;

Mira que ni el présenle está seguro.

Sa.maniego.

Sei pur tu, pur ti veggio, o gran Latina

Citlá, ili cui quanlo il Sol áureo gira

Né allera píu no piii ooorata mira,

Quanlunque iuvolu uella tua ruina.

GUEDIM.

Mais elle avait cettc paleur

1>* une jeune et mourante fleur.

C. A. D/

Era el anochecer cuando la Bruja se retiraba de casa del pintor después

de haber dejado á Enriqueta con sus padres ,

que si bien al regresar á su ca-

sa hallaron á la joven ya vuelta en sí , no dejó Me sobresaltarles la estremada

palidez de su rostro y alguno que otro estremecimiento convulsivo que hacia


LA BRUJA DE MADRID. 169

temer un nuevo desmayo , ó tal vez alf,'un accidente nervioso de peligrosas

consecuencias.

Al volver de su desmayo creyó Enriqueta que la aparición de don Eduar-

do no habia sido mas que una fantástica ilusión, y en esta inteligencia nada

quiso decir á la Bruja ni á sus padres , del fútil motivo de su dolencia.

Habíase llamado á un médico, y este conoció por la alteración del pulso y

la visia azorada de la enferma , que habia tenido algún susto. Enriqueta se

vio en la precisión de tener que confesarlo; pero se limitó á decir que ha-

biendo oido llamar á la puerta corrió á abrirla creyendo que serian sus pa-

dres, y era un hombre, cuya presencia la sobresaltó.

Un desasosiego muy marcado y un frió intenso hablan sucedido al des-

mayo de Enriqueta , que por disposición del facultativo fué á descansar en la

cama después de haberla recetado un ligero narcótico , del cual debia tomar

una cucharada cada media hora hasta quedar dormida.

El objeto del facultativo era tranquilizar el espíritu de la enferma por me-

dio de un sueño apacible, y encargó especialmente á su madre que hasta que

su hija se durmiese procurase entretenerla con la conversación que pudiera

serle mas agradable y divertida.

El facultativo se despidió asegurando que ningún síntoma alarmante no-

taba en Enriqueta. Todo se reducía á un susto pasajero propio de una niña

medrosa , del cual ni siquiera se acordaría al día siguiente , como pasara tran-

quilamente la noche ,

la bebida que le habia recetado.

y era de presumir que la pasaría durmiendo, merced á

Quedáronse el pintor y su esposa junto á la cama de Enriqueta.

Después de una hora de conversación sobre trajes de moda , paseos , tea-

tros y cuantos asuntos se juzgaban mas á propósito para divertir á Enriqueta,

— Federico— dijo Cecilia á su marido—cuéntanos algo de cuando estu-

viste en Roma. He notado que Enriqueta suele escucharte con placer, siem-

pre que nos refieres las bellezas de Italia. ¿No es verdad ,

hija mía?

— Sí señora,— respondió Enriqueta— y me gustaría mucho ver aquel de-

licioso país.

—En efecto—dijo Federico—es un país deliciosísimo... como que los

poetas suelen llamarle el jardín de Europa. ¿De veras te gustaría irá Italia?

— i

Me ha ponderado usted tantas veces las preciosidades de Roma !...

—Te he hablado con frecuencia de las cosas notables de Roma; pero no

I. 22


470 POBBES Y RICOS

he ponderado nada, hija mía, pori|iic no cabe la ponderación cuando faltan

palabras que espnisen suíicicnteniente el gran mérito de las sublimes crea-

ciones (jue atesora aquel recinto encantador.

— ¿V quiere usted (}ue no tenga deseos de verlo?

— Ese deseo es muy natural— repusí) el pintor, y sonriéndose anadió: —

particularmente en una poetisa...

— Pues yo no soy poetisa — interrumpió Cecilia,— y me gustarla admi-

rar de cerca esos prodigios de la inteligencia humana. Yo también quiero ir

á Roma — anadió riendo.

— Corriente , iremos los tres— esclamó Federico siguiendo el buen humor

de su mujer.— No hay mas que hablar, lodos á Roma... se entiende , en cuan-

to haya recursos para los gastos del viaje.

— Con media docena de cuadros que vendas...— repuso Cecilia.

— Si hay quien los compre y los pague bien negocio concluido— res-

pondió el pintor.—Y hablando formalmente, os digo que no tenéis vosotras

mas vivos deseos que yo de ir allá... y os prometo que he de hacer todos los

esfuerzos imaginables para satisfacer un capricho en que los tres estamos tan

acordes.

— ¿Lo dice usted de veras?— preguntó Enriqueta en voz algo debilitada

por el sueño.

— ¡

No

que no ! Apuradamente después de mi permanencia en Roma, don-

de hice mis estudios, quise viajar por el resto de Italia; pero el ardiente de-

seo de regresar cuanto antes á mi patria querida, fué causa de que lo verifi-

case con sobrada rapidez. Apenas tuve tiempo suficiente para saborear los en-

cantos que por todas partes me llenaban de asombro. Es indefinible la belle-

za de aquel cielo puro, de aquellas matizadas colinas, inmenso semillero de

plantas aromáticas, de aquellas amenas y

fértiles llanuras embalsamadas por

el perfume de las llores y halagadas por las brisas recreadoras.

— Eso es verdaderamente poético...— dijo Enriqueta con la sonrisa del

candor. ^üm.,

— Es pintoresco hasta lo sumo — añadió Federico.

— Sí, poético, pintoresco— interrumpió Cecilia.—Todo os lo arregláis á

medida de vuestro gusto. Poético , como quien dice á propósito para ser vi-

sitado por una poetisa, y es indispensable que Enriqueta escriba un poema

sobre sus impresiones de un viaje por Italia. Es pintoresco y un pintor de


LA BRUJA DE MADRID. 171

fama como lo es mi señor esposo, hallar debe paisajes hermosísimos y vistas

de grande efecto que copiar de aquel magnífico panorama ; pero han de sa-

ber ustedes que yo no me quedo en Madrid aunque no haya en Italia cosa al-

guna que reclame la presencia de quien tiene la desgracia de no saber mane-

jar la pluma ni el pincel.

— ¿La dejaremos venir, Enriqueta?—preguntó en tono jovial Federico.

— No faltaba mas— respondió Enriqueta— sino que nos fuésemos sin mi

madre. Es mi única amiga y coinpaüera de paseo No, no quiero que se

quede en España.

Al concluir esta frase , Enriqueta estrechó la mano de su madre entre las

suyas.

— Quedas admitida... Te incluiremos en el pasaporte; pero con la condi-

ción de que también has de sacar alguna ventaja del viaje.

— El que viaja siempre aprende—respondió Cecilia esforzándose por di-

vertir á la enferma con arreglo á las instrucciones del médico.— Ahora me

ocurre una escelcnte idea que hace indispensable una visita mia al palacio

pontifical.

— ¿Qué tienes tú que hacer con el papa? — preguntó el pintor.

— Con el papa nada;, pero he de tener una conferencia con un personaje

'

'' ^e su palacio.

^; /

— ¿Con un personaje de su palacio?

—Ya se vé que sí.

—Algún cardenal.

— No estoy por los cardenales ni por las contusiones.

Enriqueta se sonrió y Cecilia se aplaudió á sí misma por la ocurrencia que

acababa de caer en gracia á la enferma.

— ¿Y quién es ese personaje? — esclamó Enriqueta.

— ¡Válgame Dios, qué curiosidad la vuestra

— Pues qué ! ¿es algún secreto ?

i

— No , hija mia , ni yo tengo secretos para tí.

— Pues di nos de una vez, ¿quién es el personaje en cuestión?— pregun-

tó Federico manifestando impaciencia.

— ¡Hola ! — esclamó sonriéndose Cecilia.—Yo creia que la curiosidad era

propiedad esclusiva de las mujeres.

— No es curiosidad; pero...

!


47Í POBRES Y RICOS

— Pero son deseos de saber quién es el personaje cuya protección trato

yode implorar. Necesito una audiencia en el palacio pouliücal.

— ¿De quién?

—Voy á decíroslo. Tiene el papa en su palacio una persona que es su

principal sosten. Sin los auxilios de esta persona ú otra equivalente, no du-

raría el papa ocho días.

— ¿Quién es esa notabilidad?

— Su cocinero.

— ¡Su cocinero! — esclamaron Federico y Enriqueta á un mismo tiempo

riéndose de tan singular contestación.

— Su cocinero , que deberá guisar muy bien los macarrones , porque eo

Italia se ha llevado hasta la perfección el arte de guisar los macarrones, y

quiero que me instruya y civilice sobre este particular, á íin de que siempre

que os dé antojo de comer macarrones, los comáis tan ricos y bien adereza-

dos como el papa. Ya veis pues que mi viaje á Italia es mas urgente que el

vuestro.

rico.

—A lo menos su objeto es mas alimenticio y estomacal —repuso Fede-

Enriqueta, después de haber celebrado con una carcajada el último chis-

te de su madre , víctima de una natural reacción ó de alguna siniestra idea,

cayó en una profunda melancolía.

Es inútil advertir que cada media hora le suministraba su madre con la

mayor exactitud el narcótico ordenado por el facultativo. Esta bebida hacia

también su efecto.

— ¿Con que no hay remedio — esclamó Federico prosiguiendo la misma

conversación—todos vamos á Roma?

— Sí — dijo Cecilia á su marido — y es preciso que te des aire en ganar

dinero, porque debemos pasar allí el primer carnaval.

La buena Cecilia se afanaba por hacer recaer la conversación en asuntos

alegres.

— Pues no elijes mala época— repuso Federico.—Verdad es que en todas

partes el carnaval es un período esclusivamente avasallado por la alegría, ó

mejor dicho , por la locura ; pero la afición á las mascaradas en ningún pais

se ha desarrollado en términos mas ingeniosos que en Italia. Verdad es que

en todas las grandes capitales del mundo hay una ebullición sin ejemplo du-


LA BRUJA DE MADRID. 173

rante el carnaval, y somos injustos al concretarnos á las populosas ciudades,

porque la alegría penetra á la sazón hasta las mas insigniíicantes aldeas ; pero

generalmente se agita, grita y rie la multitud á espensas de unos pocos que

tienen el placer de esplayar su buen humor á merced de cuatro guiñapos y

una careta de cartón.

— ¿Y qué hacen en Italia?— preguntó Cecilia.

— En Italia son mas las máscaras que los que no llevan disfraz.

—Yasí debe ser— repuso Cecilia.— Cada cosa ásu tiempo y los nabos en

adviento, como dice el refrán. El carnaval es para disfrazarse. Desde ahora

propongo que nos disfracemos los tres. ¿No te parece, Enriqueta, que debe-

mos disfrazarnos ?

— Como usted guste — respondió Enriqueta sonriéndose melancólica-

mente.

— ¿Y cómo suelen disfrazarse por allá?

A esta nueva pregunta de Cecilia, contestó Federico de este modo:

Las masas populares tienen en todas partes los mismos instintos. En

Roma, lo mismo que en San Petersburgo, en Londres, en París y en Madrid,

vénse grandes turbas de máscaras asquerosas , cubiertas de harapos ó de vie-

jas esteras, llevando al hombro una sucia escoba ó algún paraguas roto ; pero

es preciso confesar que hay en los italianos mas ingenio para inventar donosas

comparsas; que con sus airosos trajes y estudiadas evoluciones divierten sin

faltar al decoro ni causar escándalo. Vénse cuadrillas de pastores alternar con

otras de marineros en lindísimos bailes. Otras cantan en coro melodiosos him-

nos, y con estas pacíficas reuniones se mezcla á lo mejor de improviso una

multitud de diablos, con sus cuernos y luengas colas dando chillidos inferna-

les, ó aparece una interminable chusma de beatas con largas narices, que

bailan la danza de las brujas.

— ¡Oh!... eso debe ser muy divertido — esclamó Cecilia.

— En medio de todas las ridiculeces propias de las circunstancias, vénse

disfraces que asombran por la riqueza de los vestidos. Grandes cabalgatas en

soberbios corceles enjaezados con asiático lujo, que representan los indivi-

duos de alguna corte de la antigüedad, suelen llamar á veces la atención de

los curiosos.

— ¡Qué bien! ¡qué bien! ¿no es verdad, Enriqueta?

— Sí señora... me gustaría verlo...


174 PQBBIS Y filCOS

— Pues lo veremos, hija rata... Continúa, Federico.

— Hay también suntuosas reuniones de doradas carrozas imitando el sé-

quito de al^un poderoso monarca antiguo en aliíuna ré^íia solemnidad, y así

en las vistosas libreas de los lacayos y palafreneros, como en los oropelados

trajes de los palaciegos, nótase ostensiblemente marcada la época á que se

refiere aquel pomposo espectáculo.

— Enriqueta, Enriqueta, ¿([ué te parece eso?...

— ¡ Oh ! será magnífico.

— Lo ©s en efecto pero á pesar de mis pocos años , no rae entusiasmaban

;

tanto estas diversiones como las obras maestras de la inteligencia humana,

que á cada paso llaman la atención en Roma. Así es, que mientras la multi-

tud celebraba las agudezas de las máscaras ó aplaudía los pensamientos satí-

ricos y grupos alegóricos que descollaban entre las muchas sandeces de los

aficionados, yo me extasiaba contemplando el mérito arquitectónico délos

infinitos monumentos de mármol ó de bronce, y otros mil objetos seductores

que escitan la admiración de los viajeros.

La conversación había ido tomando un giro formal é interesante.

— Debe ser delicioso— murmuró dulcemente Enriqueta.

—Yo tenia veinte y tres años. Estaba en la hermosa edad de las ilusiones.

El nombre de artista era para mí cien veces mas bello y envidiable que el de

monarca. El fuego de la gloria ardía en mi corazón y abrasaba también mi

fantasía. Yo estoy seguro que te sucedería lo mismo , Enriqueta, porque la

cuna del Dante y de Petrarca , la patria de Ariosto y del Tasso por todas par-

tes destella inspiración y poesía.

— i Sublime !... \ sublime!...— esclamaba Enriqueta, á la manera que una

somnámbula responde al magnetizador.

— ¿No es verdad que te exaltarías como yo á la vista de aquellos prodi-

gios?

—Verdad... verdad...

— Como yo... sí... como yo, cuando contemplaba con admiración y arro-

bamiento las ricas colecciones de cuadros entre los preciosos objetos que se

cobijan bajo las marmóreas bóvedas de los palacios de Roma.

— Los palacios...— balbuceó Enriqueta dormitando.

— Te entusiasmarías como yo cuando visitaba los inmensos salones del

castillo de San Angelo, del Quirinal, del Capitolio, del Vaticano,.. ]0b! el


LA BftüJA DE MADRID. 175

Vaticano es magaííico. Verdad es que no guarda perfecta armonía en su cfms-

Iruccioa, porque desde Carlo-Magno han ido ios papas acreciéndole, por ma-

nera que l'legó á tener durante la residencia en él de los Sumos Pontííiccs once-

mil salones. AUi vi con asombro el A-POlo del Belvedere, el famoso grupo de

Laocontb y otras estatuas admirables. Allí contemplaba absorto de envidia

los inimitables cuadros de Rafael. Mi corazón palpitaba de entusiasmo y de-

sesperación á un mismo tiempo. La magia de aquellas obras maestras me esti-

mulaban y llenaban de amargo desaliento por intervalos. Todo lo olvidaba de-

lante de semejantes prodigios. Estoy cierto que te sucedería lo mismo, Enri-

queta. Tú que tan aíicionada eres á la lectura de buenos libros, te quedarías

estupefacta al ver la inmensa colección que constituye la biblioteca del Vati-

cano que se halla precisamente debajo del museo. Allí pasarías tú deliciosa-

mente las horas, mientras yo estudiaría en una capilla, que hay en frente de

la biblioteca, los grandes modelos del arte. En esta capilla, á la que dan el

nombre de Sixtina porque contiene los restos de Sixto V, es en donde entre

muchas pinturas de los mas célebres artistas, se encuentra el famoso fresco

del Juicio final pintado en uno de los lienzos de la pared por Miguel-AngeK

Esta capilla es donde se reúnen los cardenales cuando tienen que proceder á

Ja elección de un nuevo papa. Durante la Semana Santa está imponente. No

es posible ver un espectáculo mas grandioso que el de la celebración del ofi-

cio divino en esta capilla. La pompa y magnificencia que en ella resplande-

cen, solo puede ponerse en parangón con la que se nota el jueves y viernes

de la misma semana en la iglesia de San Pedro.

— ¿Y el Vaticano, no es ya la morada del Sumo Pontífice?— preguntó

Cecilia.

— No— respondió su ma^ido.^La actual residencia de los papases el

Quírínal.

—¿¥ el Capitolio?

—Ese santuario no es en el día lo que era en otro tiempo. El Capitolio

está situado en el monte capiloUno ,

donde se han erigido después muchos pa-

lacios que cercan una espaciosa plaza en cuyo centro campea la estatua ecues-

tre de Marco-Aurelio, que es la mejor de la antigüedad.

—También has nombrado el castillo ele Santo Angelo— dijo Cecilia con

mujeril curiosidad.

— Ese castillo es en el día una formidable fortaleza, copiosamente abas-


476 POBKES Y hicos

tccida (le provisioues tle guerra. Da paso al Vaticano por medio de una gale-

ría oculta , y no pocas veces ha servido á los papas de refugio en peligrosos

azares. Su nombre tiene el origen en la colosal efigie de un ángel de bronce

que descuella en la cúspide del campanario, donde en celebridad del aniver-

sario de la coronación pontilical, se da un espectáculo sorprendente de fue-

gos artiíiciales: este espectáculo se repite el primer dia de Pascua.

— ¿\ no hay en Roma otros palacios notables? — preguntó Cecilia.

— Hay muchísimos — contestó el pintor; — pero seria cosa de nunca aca-

bar si quisiera hablar de todos, aunque lo hiciera tan imperfecta y sucinta-

mente como de los que he nombrado. Además de los públicos , los hay que

pertenecen á familias particulares , y aunque estos por lo general suelen ser

de humilde aspecto, no dejan de atesorar mil preciosidades artísticas. Hay

cierta clase de palacios que por sus inmensos y deliciosos jardines son consi-

derados como granjas. De estos figura en primera línea la villa Borghesey

opulento alcázar que cuando yo estuve poseía la riquísima colección de esta-

tuas, bajos relieves y vasos antiguos, que según tengo entendido compró

después Napoleón y existen actualmente en el museo de París.

— ¿Y las iglesias?— preguntó Cecilia.— Supongo que serán dignas de la

capital del mundo católico.

— En efecto— respondió Federico.— Sobre cuatrocientas son las de pri-

mer orden y entre ellas descuella la de San Pedro, cuya construcción duró

mas de un siglo, habiéndose empezado por los años de 1506 é invertido en

ella la equivalencia de mil millones de reales.

— ¡Válgame Dios, cuánta riqueza! —esclamó asombrada la mujer del

pintor.

— El edificio forma cuatro alas á ííuisa de cruz,v desde su centróse eleva

una cúpula asombrosa debida al genio de Miguel Ángel. Sobre ella descansa

una especie de templo que sirve de zócalo á una pirámide que se pierde ea

las nubes. Todo el interior de la nave ofroxe una encantadora aglomeración

de bellezas arquitectónicas, de modelos de escultura y pintura. Marmóreas

columnatas, estatuas colosales, cuadros magníficos y otros mil ornamentos

de lodo linaje cautivan la admiración del hombre. Debajo de la cúpula está

el altar mayor rodeado de elegantes columnas broncinas. Este altar está ex-

clusivamente destinado al papa. Hay debajo de él una bóveda que cobija los

restos de San Pedro y San Pablo. En otros subterráneos hay multitud de 3e-


LA BRUJA DE MADRID. 177

pulturas de papas, príncipes y otros personajes de alta categoría.

— ¿Luego la iglesia de San Pedro estará sin duda al frente de todas las

iglesias del mundo? — esclamó Cecilia.

— No por cierto.

—¿Cómo así?

— Como que la que está á la cabeza de todas las iglesias del mundo ca-

tólico, es la de San Juan de Lelran, (I) por ser el papa, cura de esta iglesia

parroquial, á la cual se dirige en procesión y se hace coronar de la tiara po-

cos dias después de haber sido elegido.

—Yo rae entusiasmo al oírte- dijo Cecilia.—Y tú Enriqueta ¿qué dices?

¿No es verdad que también te entusiasmas ?

Enriqueta no respondió.

— ¿No es verdad ?...

— Calla — dijo en voz baja el pintor interrumpiendo á su esposa. — En-

riqueta duerme cuando no ha contestado á tu pregunta.

— Veamos.

Cecilia aproximó una luz al rostro de Enriqueta. La inocente joven dor-

mía tranquilamente , y esta vez la espresion de la alegría velaba su virgi-

nal semblante. Encantadora sonrisa contraía ligeramente sus labios, dando

mayor realce á su hermosura.

— ¡Qué linda está ! — esclamó Cecilia.

— Duerme y está contenta— dijo el pintor.—El médico ha acertado

pasará tranquilamente la noche y mañana estará buena. Retirémonos.

Federico y Cecilia besaron á Enriqueta en la frente como para darle su

paternal bendición.

La joven no hizo el menor movimiento, y esto era una prueba de que

estaba profundamente dormida y no había riesgo en dejarla sola.

Además ,

la alcoba de los dos esposos, no estaba tan lejos que no se aper-

cibieran del menor indicio de novedad que pudiera alterar el sueno de su hija.

Esta se había dormido al arrullo de mil frases lisonjeras. Se le había ha-

blado de trajes lujosos, de teatros, de viajes, de festines, de obras maes-

tras, de climas deliciosos, de ricos trenes, de voluptuosas danzas de brujas

y de diablos, de suntuosos palacios y de cuantas preciosidades encierra la

hermosa Italia.

{{) Omnium ecclesiarum urbis et orbis capul el maler.

\. 23


178 I'OBKES Y UICOS

— Roma 1 — csclamaba la ¡ candorosa adolescenle en su dorado CQsuefto.

— ¡Roma !

Ciudad de los magníficos palacios... ¿Quién nie trajo á Ro-

ma?... Mi esposo... el actual primogéoito de la antigua y nobilísima casa de

los duques de la Azucena. Ya no soy la hija de un pintor... de un pobre ar-

tista... Soy duquesa Viajo por gusto con mi esposo... con mi querido

Eduardo... ¡Y decían mis padres que evitase sus obsequios! ¡Qué mal juz-

gaban de su hermoso corazón! Eduardo es un ángel Es tan bueno como

agraciado y elegante... ¡ y me ama tanto!... Mi volnnlad es la suya; pero

yo también le amaré eternamente.,. Siempre he creído que era el único

raortal que podía hacerme feliz, i Y lo soy tanto al lado suyo!... Nadie...

nadie es mas dichoso en este mundo que yo... y Eduardo, mi querido Eduar-

do es quien me ha proporcionado esta dicha inefable... ¡ Oh !

yo le juro gra-

titud y amor eterno... ¡Es tan dulce para una alma enamorada vivir junto

al objeto amado... estar unida á él con lazos indisolubles!... No hay ventura

comparable á la de dos enamorados que solo viven el uno para el otro , y

arabos jóvenes y felices, rodeados de fausto y de magnificencia... En Roma

hay mujeres muy lindas que deslumhran con sus riquísimos trajes, y osten-

tan sus hechizos en lujosas carretelas, y es un placer oírse proclamar la rei-

na de todas ellas... verlas absortas de mi hermosura... Todos me han dicho

siempre que soy hermosa... El espejo no miente... y sobre todo, ¿esa envi-

dia que en vano tratan de disimular las jóvenes mas encantadoras de la alta

aristocracia... ¿qué significa? Y no solo envidian mi belleza , sino mi alta

posición social... mis tesoros... mis títulos... mis palacios... ¡Cuántos laca-

yos! todos ellos observan atentamente mis pasos, mis mas insignificantes

movimientos para adivinar mi voluntad y anticipar su obediencia á mis man-

datos. No veo en torno mío mas que personas que me halagan y me sirven

como esclavos. Pero esa mujer ¿quién es esa mujer cuyos harapos hacen sin-

gular contraste con la pompa de este palacio?... ¡Dios mío!... ¡es la Bruja!..

\ Ha quedado lucida con sus vaticinios ! Quiero vengarme del modo que á

mi posición corresponde. Le daré oro en abundancia para que sea feliz. Yo

quisiera que en el mundo no hubiera un solo infortunado. Procuraré que no

los haya en derredor mío... que participen todos de mi dicha. Seria para mí

un tormento insoportable que el quejido de los desgraciados llegara á reso-

nar por entre las bóvedas de jaspe que me cobijan. No permita Dios que el

lloro penetre hasta estas estancias suntuosas, donde entre la abundancia, el


(3,) (Ayguals de Izco hermanos, editores.)


LA BRUJA DE MADRID. 179

lujo y la grandeza, germinar deben únicamente el gozo bienhechor y la ino-

cente alegría. Todo respira júbilo en este recinto fascinador. El baile... ¡oh!

el baile estará magnífico!... Lo mas selecto de la aristocracia... Es preciso

eclipsar á todas las beldades... Me será fácil... Nadie posee tan ricos trajes

como yo... Mi aderezo de perlas... Mi diadenaa de brillantes... Entremos en

el tocador. ¿Qué hace esa mujer entre mis doncellas? |Ah! no lahabia cono-

cido!... ¡ Siempre la //n/j'a / ¡Dios mió! ¿Por qué me dejan sola con

ella?.. ¡Todas han huido! Yo quiero huir también... tengo miedo... Esa mu-

jer... El vaticinio... el sangriento vaticinio... ¿A dónde... á dónde me lle-

vas, siniestra aparición?... ¿Al baile?... Ese baile me horroriza... es una

infernal danza de brujas... Apagad la hoguera... Esas llamas son del infier-

no... veo entre ellas espectros espantosos... Apagad la hoguera... Así... así...

Todo ha desaparecido... solo queda un montón de ceniza... Ya brama el hu-

racán... ya la arroja... ¡ pero debajo de la ceniza habia un cadáver! ¿No le

veis?... i un cadáver ensangrentado ! ¡el cadáver de Eduardo !!!

La desventurada Enriqueta , pálida como una flor marchita ^ bañada en

copioso y frió sudor, se agitaba horriblemente y prorumpió al fin en sofo-

cados gritos de espanto , hasta despertar en los brazos de su madre, que al

oir las voces de su hija , habia acudido á socorrerla.


CAPITULO XVIIÍ.

LA VISITA.

S;ibf, nina , aprovecharte,

Poríjiif , como dice el vulgo ,

DueiiJ cara y pocos años

Es un ri((uisimo juro ;

(Jtic un censo (jue eslá fundado

Kii esla corte del mundo

Sobre la edad y heile/.a ,

Ya sabes que no es seguro.

Romancero general.

El 1/ de marzo de 1824 , á las siete de la mañana , estaba la tia Pelona

llamando á la puerta de un cuarto bajo de la calle de la Gorguera.

No tardó mucho en asomarse á una reja inmediata á la puerta un rostro

amoratado, pero espresivo y alegre.

— ¿Quién es? — preguntó el rostro antes de abrir.

— Gente de paz — respondió en tono muy humilde la tia Pelona^ que

cubría casi enteramente su cara con un negro mantón de estameña.

— Naris de pas, podrá ser , alma mia, pues naa mas se ve dende aquí

que una naris bastante intrincaa por sierto.


LA BRUJA DE MADRID. 181

—Siempre de buen humor el lio Palique— esclamó la vieja poniendo en

evidencia sus inaveriguables facciones.

Abrióse la puerta y se cerró otra vez después de 'haber entrado la lia

Pelona en casa de Juan i lia.

— No tabla conosío , Pelona — dijo el tío Palique. — ¿Qué embajaa te

trae por estos andurriales? Vendrás sin duda á darme los dias... cabalito...

ya debia yo suponerlo; pero ¿qué le hemos de haser?... creo que mi pre-

gunta naa tiene de chocante, liase años que nos conosemos , y jamás ta dao

la humoraa de visitarme el dia de mi santo.

— ¡Pues qué! ¿es hoy san Palique?

— Es que aunque me yaman Palique , yo no meyamo Palique. Me han

plantao este apoo como una banderiya á toro parao ,

pero el nombre que me

puso mi padrino, cuando el cura me rosió la crisma fué el de Ángel , porque

cuando yo era criaturiya , disen toos cuantos man conosío, que era rubio y

gordintlon como esos angelitos que pintan en las iglesias.

— Celebro saber que es hoy tu santo , que de veras no lo sabia , pues la

hora es á propósito para tomar chocolate.

— Aquí no se gasta cuchuílate. Esa purga podrá ser muy güeña para el

estógamo de un marqués , pero la gente crua preferimos un gaspacho con-

diraentao como solemos haserlo los hijos de la tierra de Mariasantísima, á

toitícos los cuchuílates de los usías. Apuraícamente lo estamos saboreando

cuatro calaveras aya dentro toos con corta diferensia de mi edad, y bien

puedes alternar con nosotros, y echar una copa á la salud de la güeña vida.

— Gracias , amigo mió; pero ¿cómo demonios permites que te llamea

Palique f

teniendo tan bonito nombre ?

—¿Qué quieres? Me levantaron una calumnia... empesaron algunos á

desir que en soltando la sin güeso no paresía sino que se raabía roto el fre-

niyo... y naa mas que eso... por hablaor y amigo de conversasiones me cla-

varon el rehilete susodicho. Al prinsipio, cada ves que oía el nombre de

Palique me ponia furioso como el toro que siente la puya del picaor ; pero

cuanto mas bramaba, tanto mas se reian de mí los condenaos que no me ya-

maban ya por otro nombre. Yo no soy un mandria... Como que tengo man-

daos setesientos ochenta y tres defuntos á la eterniá , muertos por mis pro-

pias manos pecaoras.

— i

Jesús! ¿con que tantos difuntos has muerto?


482 rODBES Y ÍIICOS

—No hay (luii asustarse.

— Poro sclecienlas muertes...

—SetesieiUas oclieiita y tres ; no de ¡)resouas , (|ue tengo yo religión co-

mo caá hijo de vesino, porque soy hombre de espereusia. He muerto sete-

sienlos ochenta y tres toros que cu toavía soa de peor calia que ios hombres

mas valientes.

— Eso es otra cosa.

— Verdad es(iue los bichos estaban ya medio muertos, cuando les apli-

caba yo mi cachete ; pero es cuando los toros son mas temibles , porque en-

tonses les arden los pitones como ascuas. Aquí donde tú rae ves he sío yo

camaráa de los mejores espaas que se han visto en los redondeles de Madrid.

Pepe Uillo y Pepe Romero han trabajao conmigo y no eran poquitas las veses

que me pedian algún consejo. En toavía macucrdo de la desgrasiaa tarde en

que fué cogió el probé Pepe Uillo y espachurrao por el toro. Pues señor, era

el onse de mayo de 1801 y se lidiaban toros corríos en otra funsion. Esta

fué la gran bestialiá que le costó el pellejo á mi compañero. Yo le dige en

antes de empesar la corría: aCudiao, Pepe , con lo que se liase... los bi-

chos están ya enseñaos y de naa sirve la muletiya. Se van derechito al bulto

sin encomendarse á Dios ni al diablo.» El probesiyo se burló de mi adver-

tensia y dos horas dempués ya no pudo contarlo á naide. Macuerdo como si

fuera hoy. Salió el sétimo toro , tan cobarde y reseloso que solo tomó cuatro

puyas de Juan López. Antonio de los Santos le puso un par de banderiyas y

tres pares Joaquín Diaz y Manuel Jaramiyo. Yegó el momento fatal, y pre-

sentóse á matar con la sandunga de siempre el salao José Delgao Hillo ,

alternaba con nuestro no menos sélebrc camaraa José Romero. Dio al bicho

tres pases de muleta , dos por el orden natural , despidiéndole por la isquier-

da y el otro á rosa-pecho; pero como el animaliyo era de mala intensión y

buscaba el bulto , no dejó Pepe de verse apurao. Tomó luego el toro que-

rensia á la derecha del toril. Yo como soy hombre de esperensia, conosí dea-

de luego la idea de Pepe ílillo, y le grité: «cudiao con la alimaña, que sabe

mas que Merlin.» Tanteóle sitándole, y despresiando mi advertensia , sarro-

jó á darle la estocaa á toro parao introdusiéndole medio estoque , pero el in-

felis quedó enganchao en el pitón derecho por la pierna isquierda únicamen-

te de los calsones. Lo tiró por ensima de la espaldiya al suelo, y quedóse

boca-arriba, no se sabe si verdaderamente sin sentios ó hasiéndose el muer-

que


LA BRUJA DE MADRID. 183

to. Recogióle el toro , y le ensartó con el cuerno isquicrdo por la boca del

estógamo, campancándole en el aire largo rato ,

hasta que le soltó.

—¿Muerto?— preguntó horrorizada la tia Pelona , á pesar de no ser la

primera vez que oia contar este suceso al viejo torero.

— No— respondió el lio Palique. — Enio^via vivió un cuarto de hora, y

se le pudieron administrar los socorros espirituales. Diole Romero dos esto-

caas mas al toro , y mat(ándole yo con mi cachete , dejé vengaa la memoria

de Pepe ílillo. Voy ahora al desir, que así como los toros mas bravos son

ovejas para mí y les despacho en un santiamén, si se me hubiera antojao,

del mismo moo hubiera hecho espichar á los que me yamaban Palique. ¡Qué

quieres ! tuve lástima de eyos; y dije para mi capote, que too el mundo vi-

va... y naa mas. Dempués fuime acostumbrando al nombre de tio Palique...,

así como tú al de tia Pelona. Ya ves , antes te yamaban por toas partes la

señora Felisiana, y dende aqueya chansa, bastante pesaa por sierto...

— Bien, bien... ¿Dónde está Juanilla? Esta visita es esclusivamente

para ella.

— Dende lo del poyino y la rapaúra... ¡Qué rapaúra aqueya

— ¿Qué decías antes del gazpacho?

—Te dejaron la moyera lo mesmíto que una calabasa.

— Bueno, ¿y qué?

— Si te hubieras encasquetao una peluca... como basen mas de cuatro

usías cuando se les caen las crines... no te hubieran llamao Pelona. Tú te-

nias esta ventaja; pero yo, probé de mí, aunque me la hubiera puesto em-

polvaa como para ir á la prosesion del Corpus, me hubieran llamao siempre

tio Palique. Lo que mas me carga y aburre es que mayan motejao así por

hablaor... Yale mas reírse. Mira tú... ¡yo hablaor !

— Efectivamente es una calumnia; pero hace largo rato que estamos aquí

perdiendo el tiempo inútilmente , y tengo que participar un asunto muy im-

portante á tu hija.

— ¿A Juaniya ?

— ¿Tienes acaso otra?

— No, mujer; pero...

— ¿Está en casa?

— Sí, no ha salió aun el toriyo del chiquero , está en su cuarto ; pero

debe de estar ya levantaa. Yo no sé cuando duerme esa chica. Figúrate que

!


18i POBIIES V IlICOS

se acucsla casi loas las noches á la una ó las dos de la niadrLi;.'aa , y al ama-

ncscr nos d¡s;)¡erla á toos con su guitarra y sus alarios. Yo le he dicho mil

veses que...

— IJien, hien... eso no importa. Se vá haciendo larde y he de verla.

— Vamos aya.

—Yamcs en gracia de Dios.

— ¿Pero sin probar antes un poquito de gaspacho?

—No, que llevo prisa.

— En menos que canta un poyo te lo sampas.

— No es posible.

— Siquiera una copita de moscatel.

— Nada, nada.

—¿Pero por qué?

— Porque hay hombres.

— Esa reflision me convense No espongas tu virginiá podrían

darte una estocaa á volapié... y asertarte en los mismos rubios.

—¿Qué demonio estás hablando? Llama á tu hija ó entro yo en su cuar-

to, que ya sé donde está.

— No seas súbita, vov á avisarla. Siéntate entretanto.

— Pero si no hay sillas en este pasillo.

— Es verdad. ¿ Sabes por qué no las hemos puesto?

— No, ni quiero saberlo; lo que quiero es hablar á tu hija.

— Corriente, y pasareis horas y horas charlando... Por eso no pude yo

nunca haser raigas con vosotras. ¡Sois tan hablaoras las mujeres!

Y refunfuñando y hablando solo se dirigió el tio Palique al dornaitorio

de su hija, del cual regresó á poco ralo diciendo:

— ¡Ea! ya puedes ir aya; mientras yo voy á ver si mis camaraas man

dejao siquiera un poco de salsa del gaspacho. ¿Quieres que te esplique de qué

moo se base el güen gaspacho?

—No;—dijo terminantemente la tia Pelona, y se dirigió al dormitorio de

Juanilla.

La alcoba donde dormía esta graciosa joven separábase , por medio de

unas puertas vidrieras ,

vista á la calle.

de un pequeño gabinete con una gran reja que daba

Cubría esta reja por la parte interior una cortina de lienzo blanco con


LA BRUJA DE MADRID. -185

anchas listas azules. El gabinete lucia raas por su aseo que por sus adornos,

toda vez que estos consistían en una mesa de caoba , un gran espejo con mar-

co dorado , varios cuadros de figurines de modas parisienses , seis sillas de

nogal, y un confidente en el cual estaba á la sazón sentada la encantadora

ninfa, que aunque frisaba ya con sus veinte abriles, apenas aparentaba

quince, y era la gloria y esperanza del tio Palique. No se habia aun atavia-

do y estaba naturalmente hechicera.

— Buenos días, hija mia— dijo la tia Pelona sentándose con familiaridad

en el mismo confidente donde estaba Juanilla.

— Felices, Ha Pelona — contestó la joven, que con un pedazo de guan-

te viejo estaba frotando unos pendientes para sacarles brillo.

— ¿Qué haces ahí?

— Estoy limpiando estos pendientes , que hoy son los dias de mi padre y

quiero vestirme con elegancia.

— ¡Gáspita ! y tienen piedras preciosas... te habrán costado un dineral.

— Catorce reales, si mal no me acuerdo.

— ¡Demonio ! ¿ Y á una muchacha tan linda como tú , no le dá vergüen-

za llevar perendengues falsos ?

—No tengo otros... y el mismo efecto producen que si fuesen de bri-

llantes.

— Quita allá.

—Cuando tenga un novio muy rico, verá usted qué aderezos estreno todos

los dias; pero ya se vé, usted ha olvidado mi encargo , y me he de conten-

tar con mis pobrezas. Sin embargo, no me va del todo mal.

—¿Qué merecías ahora?

— ¿Por qué me dice usted eso?

— ¿Qué merecía tu ingratitud ?

— ¡Mi ingratitud!

—Ya se vé que sí. Bien sabes que mil veces te he propuesto el medio de

hacer fortuna.

—Y siempre lo he despreciado, porque me parecía degradante.

— Pues vamos á ver, ¿qué es lo que podría colmar tu ambición?

—Déjeme usted en paz. Ya le he dicho á usted mil veces que no logrará

nunca seducirme. Aunque no tengo muchos años, Dios me ha dado la sufi-

ciente penetración para ver las cosas con claridad. Perdí á mi madre siendo

I.

24


^80 PÜUHKS Y RICOS

muy niña , y la absoluta libertad en que mi bendito padre me ha dejado

siempre, en vez de alucinarme, ba (juitado la venda de mis ojos, y be aprendido

mucho en los infortunios y humillaciones de algunas de mis incautas amigas.

Yo amo mucho mi independencia, mi trauíjuilidad, y sobre todo la conserva-

ción de mi buen humor, para que me deje esclavizar por los caprichos de na-

die. Ya lo sabe usted , solo en el caso de que algún viejo millonario , ó algún

tonto escesivamente rico, pretendan... no avasallarme, porque yo quiero vi-

vir siempre libre como la mariposa, sino rendirme homenajes de obediencia

y esclavitud , solo en este caso que juzgo muy remoto, me resolveria tal

vez... Pero [ mire usted qué relucientes están ya ! —

añadió interrumpiéndo-

se de improviso , y contemplando sus pendientes.— ¿ Quién no dirá que son

úe oro?

— Lo que yo te digo es que bien puedes arrojarlos á la calle.

— Qué gracia !

¡ ¿ A. la calle los había de arrojar?

—Ya se vé que sí ; y no seas tonta. El caso que juzgas tan remoto

«stá presente.

— A-lguna pamplingada. Esplíquese usted.

—Hay una persona que quiere hacerte feliz.

— ¡ Hacerme feliz ! ¿ Y de qué modo?

^

— Proporcionándote riquezas y placeres.

— Con que me proporcione las primeras, de mi cuenta y riesgo corre el

obtener los segundos.

—Y tiene la ventaja de que no es viejo ni tonto.

— Es imposible.

— Ayer noche estuvo en mi casa , hablamos largamente , y te aseguro

que es una persona digna por todos estilos...

—De que se la desuelle ¿verdad usted?

— De que se corresponda á su generosidad. Como yo pudiera aligerarme

de medio siglo... no te hablas de comer tú la breba. Buena cara y pocos

años son la mejor dote de la mujer.

— ¿Tan rica es esa breba?

— Hablemos con formalidad , Juanilla. Es un hermoso joven á quien por

ningún estilo debes desairar.

—¿Y tiene el infeliz noticia de mis exigencias?

— Se allana á todo ; tú misma lo verás.

1


LA BRUJA DE MADRID. 487

-¿Yo?

— Sí, tú misma, porque quiere oir de tu boca esas exigeucias, y suje-

tarse á tu voluntad.

—¿Sin restricciones?

— Como un borreguito.

—¡Qué bárbaro! ¿Y cuándo me hablará ese hombre?

— Hoy mismo.

—¿Dónde?

— En mi casa.

— ¿A. qué hora?

•—A medio dia ; pero como yo le ponderé todas tus gracias, quiere cer-

ciorarse personalmente de ellas. Ponte muy rozagante , y vente con la gui-

tarra. Si logras embaucarle eres feliz para toda tu vida.

—¿No podría ser eso un lazo

— Quiá, nada de eso.

— De todos modos iré con mi padre, á quien informaré antes de todo lo

que ocurre.

— Como te acomode.

— Iréá su casa de usted de trapillo, y

allí me acicalaré. ¿Tiene usted

tocador ?

— Hermoso, y está inmediato á la sala donde se ha de celebrar la en-

trevista.

—Magnífico para la realización de mi plan.

— Que no me vayas á hacer alguna diablura.

— Pierda usted todo recelo. Llevaré mis mejores vestidos.

—Y la guitarra sobre todo.

— Por supuesto. ¡ Como me gustan á mí estos lances!

— Que no lo tomes á chanza.

—Ya tengo deseos de ver á mi rendido amante.

—¿Con que estamos de acuerdo?

— Enteramente.

— Pues hasta luego.

Cuando la tia Pelona se levantaba del confidente para marcharse , pre-

sentóse en el gabinete el tio Palique ostentando una botella de vino en la

mano derecha y un vaso vacío en la izquierda.


188 POBRES T RICOS

— Ea ¡ ! Pelona del alma mia , un traguiyo del gUen moscatel á raí salud.

No has querio eutrar en el comeor por no ruborisarte á la vista de mis ca-

maraas. Siempre has sio tú mujer muy recalaa; pero como yo no quiero que

te najes sin probar este cordial , acá le traigo para que eches un brindis.

— Por no despreciarlo... venga acá — respondió la vieja , y apoderándo-

se del vaso , después que el tio Palique húbole llenado de moscatel , añadió

con picaresca intención. — ¡A la salud del protector de Juanilla!

La tia Pelona apuró el trago.

— ¡Cáspita! —esclamó el tio Palique— ni una gota se ha quedao en el

dedal. Pero ¿quién es el protector susodicho?

— Juanilla te lo esplicará— respondió la vieja.

— ¿Qué protector es ese, hija mia ?

— Cosas de la tia Pelona. Dice que un caballero muy rico desea enta-

blar relaciones amorosas conmigo.

— ¿De veras? — esclamó el tio Palique radiante de gozo paternal. — ¿Y

cuándo has de ver á ese cabayero ?

— Hoy mismo al medio dia, si usted gusta acompañarme.

— ¿Y á dónde hemos de ir?

—A casa de la tia Pelona.

— Corriente. Supongo que el susodicho será presonade formaliá y de res-

peto, como si dijéramos: un bicho de gtien trapío.

— Es todo un caballero — repuso la tia Pelona— joven, generoso y muy

rico.

— Pues ¡ viva el protector! Vaya otro sorbo á su salud, Pelona.

— No , que se me sube á la cabeza.

— Déjate de aprensiones y apura ese traguiyo. ¿Querrás hacerme un feo?

—Venga. ;A la salud de Juanilla... y del consabido!

La vieja no bebió esta vez mas que la mitad del vino que habia puesto en

el vaso el tio Palique.

— Poco ha mermao—dijo este mirando el vaso.

— Es que no quiero emborracharme — replicó la vejancona.

—Aun no has brindado tú á la salud de tu futuro yerno.

— ¡Bendita sea su alma y su bolsa !— esclamó con entusiasmo el tio

Palique, añadiendo: — y que la felisiá que se nos ha entrao por las puertas el

dia del Ángel de la Guarda, nos dure para in eternun.


LA BRUJA DE MADRID. 189

—Amen— respondió la tia Pelona mientras su amigo saboreaba el mos-

catel.

— Oye—dijo después de una pausa el tio Palique.— Sabe el consabio que

mi hija pretenese á una familia honraa?

—Todo lo sabe.

— ¿Y que soy hombre de esperensia, y que he sio yo camaraa de los me-

jores toreros de España?

—También.

— ¿Y que he vengao la muerte de Pepe ITillo?

— Eso tú se lo dirás.

—Ya se vé que sí, porque fundo toa mi vaniá en eyo. ; Qué tarde aque-

ya! Era el onse de mayo de 1801 y se lidiaban toros corríos en otra funsion.

— Lo sé, me lo has contado ya.

— ¿Te lo he contao?

— Sí , me lo has contado hace poco por la milésima vez.

— ¿Con lo de los tres pases de muleta?

— Sí.

— ¿Y cuando se quedó boca arriba?...

— Sí.

— ¿Y cuando le recogió el toro por el estógamo?...

—También.

— ¿Y le campaneó mas de un minuto?...

— Sí, todo me lo has contado, todo.

— Pues con aquel vicho son setecientos ochenta y tres los que he mandao

á la eterniá. Esto vale mas que toos los blasones de un monarca , y no estra-

ño que los mas nobles cabayeros se disputen la hija del camaraa y vengaor

de Pepe Hillo.

— Con que á las doce en punto en casa—dijo la vieja.

— Media hora antes estaremos allí — respondió Juanilla— porque tengo

que arreglar el escenario para que la primera representación produzca todo el

efecto posible.

— Pues con Dios , y hasta la vista.

— Con Dios, Pelona— esclamó el tio Palique;— y como la vieja bambo-

leaba todo su cuerpo al marcharse, afiadió: — ¡Viva el meneo y la sandunga

de España! — É iba acompañando á su amiga hasta la puerta.


490 PODRES Y IlICOS

No te burles, vejaucon, que alia nos vamos — respondió la vieja algo

atufada.

— Es verdad, alma mia — repuso el padre de Juanilla.— Somos ya dos

carcamales... no servimos mas que para cabestros.

— Hasta luego, baboso.

— Hasta luego, (juerubin sin dientes. Cuida muclio de tu cabeyera.

Ambos interlocutores se separaron riéndose de sus apasionados piropos.


Aun no habían dado las doce ,

CAPITULO XIX.

LA ENTREVISTA.

rado y elegante, entraba en la calle de Sal-si-puedes.

Solamente con cantar

Diz que engaña la sirena,

Mas yo no puedo pensar

Cual manera de engañar

A vos no vos venga buena.

Juan de MeiNA.

cuando don Agapito el poeta, muy estira-

Así que le vieron , alborotáronse de nuevo las consabidas siete ninfas,

que había repartidas entre las rejas de los dominios de la tia Pelona, y que á

pesar del colorete y de los perifollos , podían muy bien ser el emblema de

los siete pecados mortales , según el espanto que sus hechizos infundían á

toda persona timorata.

Las siete salieron, como en la tarde anterior, á recibir al preclaro iuge-


492 POBRES Y RICOS

nio , y este no dede reparar en el número de ellas , pues las comparó á las

constelaciones conocidas por las siete cabrillas , esclamando:

— Dios os guarde. Pléyades seductoras ¿está la tía Pelona encasa?

— Está en la cocina como siempre— respondió una de las siete cabrillas.

Don Agapito se dirigió apresuradamente ala cocina, y las siete Pléyades

repartiéronse de nuevo entre las rejas, para probar fortuna con sus miradas

y sonrisas en la pesca de los incautos transeúntes.

Así que la tia Pelona apercibió á don Agapito

— ; Yiva la puntualidad ! — esclamó con alegría.

—¿Ha venido esa joven? — preguntó don xVgapito sin acordarse siquiera

de dar los buenos dias á la oficiosa beata.

— Está en el estrado — respondió la tia Pelona sonriéndose de satisfac-

ción.

— Voy allá — dijo con impaciencia don Agapito.

— No, no, debo avisarla antes.

— ¿A qué esa ceremonia?

— ¡No faltaba mas !

Con el geniecillo que tiene, me arañaba después

Yatelodige, hijo mió, esta muchacha no es una cualquiera Muy al

contrario es persona digna de tí por todos estilos. ¡Y cuidadito como la

tratas ! No vayamos ahora á echarlo todo á perder antes de empezar.

— No te entiendo á fé , Pelona.

— Quiero decir que no vayas á tutearla de buenas á primeras ,

y mucho

menos á propasarte

— ¡Qué escrúpulos!.... ¿De cuándo acá hay que hacer semejantes pre-

venciones en tu casa? ¿No es este un colegio de fraternidad y de unión?

— Ya se vé que sí ; pero Juanilla no es educanda de este colegio.

— ¿Con que no es discípula tuya?

— Nada de eso ; jamás ha querido escuchar mis lecciones ni hacer caso

de mis consejos.

— Pues entonces fracasará mi plan.

— ¿Por qué razón?

— Porque es una encantadora sirena

— Ya se vé que sí

— Y no tengo el poder de Orfeo

¡aq fibo)

— Por supuesto que nada tienes de feo..... esta es la razón porque digo


LA BRUJA DE MADRID. «193

yo que sois el uno para el otro; pero seria una lástima que cometieses al-

guna imprudencia antes de sazón. El tiempo madura las brevas, hijo mió,

y soy de opinión que, tratando á Juaniila como su honestidad y recato me-

recen, no tardarás en cantar victoria.

— ¡Me sorprende cuanto oigo ! ¿De cuándo acá tienes tú relaciones coa

jóvenes recatadas y honestas? Pero abreviemos palabras , que tengo deseos

de ver á esa chica.

— A esa señorita querrás decir.

— Estás hoy de buen humor ,

Pelona.

— Hablo con formalidad, y en breve te convencerás por tí mismo.

— ¿Pero no me digiste que era hija de un torero?

— Eso en otro tiempo.

— ¿Con que ahora ya no es hija de su padr^?

— Sí , pero su padre ya no es torero , y si fuésemos á averiguar el origen

de muchos duques y condes del dia

— ¡Ea! Anda á avisar á Juaniila.

La Ha Pelona desapareció y volvió á poco rato diciendo

— Te aguarda en el salón de visitas. Sigues ese pasillo, y á la derecha

hallarás la puerta del salón abierta de par en par con colgaduras de damas-

co No puedes equivocarte.

Don Agapito se dirigió precipitadamente al salón ,

y entraba en él de un

modo brusco y familiar , cuando fué sorprendido por la presencia de una

candorosa joven elegantemente vestida.

Paróse de repente el atrevido poeta á la vista de aquella angelical

beldad.

Juaniila, sentada con voluptuosa coquetería, parecía profundamente em-

bebida en la lectura de un libro que tenia en la mano.

— Señorita— dijo respetuosamente el poeta.

— ¡ Ah ! — esclamó ruborizada Juaniila , y tomando una posición mas

modesta , dejó el libro en un velador que tenia al lado, y quedóse maquinal-

mente deshojando una francesilla temprana que llevaba prendida junto al co-

razón.

— Señorita '.—repitió don Agapito verdaderamente asombrado de la her-

i

mosura de la joven.

— i Caballero ! —respondió ella con voz trémula y apagada.

I. 25


494 POBRES T nicos

— Si molesto

— Creo que es usted amigo de la casa

— Amigo antiguo

— Quiero decir que un amigo no puede molestar.

Al pronunciar las últimas palabras, Juanilla levantó los ojos que habia

tenido hasta entonces clavados en el suelo como para ocultar su rubor ,

y coa

sus bellas pupilas dirigió á don Agapito una de aquellas miradas homicidas

con que suelen hacer estragos las coquetas de España.

— ¿Y consiente usted en que me atreva á hacerle compañía?

— ¿Por qué no?

— ¿Me permitirá usted sentarme á su lado?

— No necesita permiso, quien honra con su presencia á la persona que

merece semejante distinción.

— Yo soy el favorecido en esta ocasión — dijo el poeta sentándose junto

á Juanilla — pues tan buena acogida merezco á una beldad que puede com-

petir en hermosura con Galatea , la mas bella y amable de las nereidas.

— Caballero, usted me ruboriza con semejante lisonja.

— No es lisonja, sino verdad.

— Me hace usted demasiado favor.

— Hago á usted justicia.

— Mil gracias, caballero — dijo Juanilla, y recogiendo el libro que antes

habia dejado en el velador , se puso á hojearle como para disimular su tur-

bación ; pero el objeto de este movimiento fué poner en evidencia sus dimi-

nutas y bien torneadas manos.

— ¿Es usted aficionada á la lectura ?

— Los buenos libros siempre instruyen.

— ¿Seré indiscreto en preguntar á usted el título del que merece ahora

su predilección?

— Los peligros del amor, memorias de una mujer sensible.

— Conozco esa obrita , y me parece que ha elegido usted una consejera

que trata á los hombres con sobrada severidad. La autora de ese libro] fué

víctima de un seductor ; pero su desgracia no le daba derecho para medir

con igual compás á todos los hombres ; pues si hasta los dioses del Olimpo

hacían alarde de su inconstancia en aventuras amorosas ; no por eso dede

haber amantes fieles que como Píramo , Céfalo y Leandro, fueron víctimas de


LA BRUJA DE MADRID. 195

SU pasión. Tisbe , Procris y Hero fueron amadas con idolatría, porque lo me-

recían por su belleza ;

y usted que reúne mas encantos que las tres fabulosas

beldades juntas, puede estar segura que será siempre amada

— ¿De quién? ¡Pobre de mí! — respondió Juanilla meciendo la cabeza

en ademan de desconfianza.

— De cuantos posean un corazón sensible , y desde ahora vaticino que el

mortal que tenga la fortuna de merecer el amor de usted, no podrá menos

de adorarla mientras viva.

—¿Lo cree usted así?

—Lo creo así por las dulces sensaciones que esperimento cerca de usted,

hermosa niña — esclamó el poeta con apasionado acento; — y juro á usted

que si fuera yo el mortal que tanta dicha lograse, sabría mostrarme siem-

pre digno de ella.

— ¿De qué modo?

— Procurando labrar la felicidad de mi amada.

— ¿Y si fuera la tal exigente en demasía?

— Procuraría siempre anticiparme á sus deseos. Su menor insinuación

seria para mí un mandato irrevocable, y le obedecería con placer y orgullo.

— ¿Pero si la niña fuese tan ambiciosa que aspirase á eclipsar el lujo de

las mas encopetadas señoras de la corte ?

— Los recursos me sobran, y en nada los emplearía con tanto gusto,

como en ver á la predilecta de mi corazón descollar como reina entre las mas

bellas y elegantes hermosuras dé Madrid , radiante en su trono cual la mis-

ma aurora en su lecho de rosas celestiales.

— ¡ Magnífico ! pero dice usted que haría todo eso en obsequio de la pre-

dilecta de su corazón.

— Así es seria su esclavo

La espresion de predilecta supone rivalidad, y á ninguna mujer de es-

timación , por mas que sea la preferida, puede gustarle ver á otras que

aunque en grado inferior ,

participan de un afecto que debiera ser esclusiva-

mente para ella.

— Es usted tan hermosa , como entendida reúne usted la belleza de

Venus á la sabiduría de Minerva.

— Una lisonja no es una disculpa.

— Es que no tengo mas disculpa que la de confesar mi falta de locución.


496 POBRES y BICOS

Ha sido un /a;)siw línguw y nada mas; pues cuando pronuncié la palabra

predilecta , quiso decir el ídolo esclusivo de mi corazón.

La aclaración es satisfactoria, y á la verdad, que si hemos de creer á

la autora de este libro, seria un milaj^ro encontrar un amante que albergase

tan generosos sentimientos. Yo, tá lo menos , creo que la mujer que alcanzara

tal dicha podria bendecir su estrella.

— ¿Y aceptarla usted semejante amor?

— A no ser que hubiese perdido el juicio

— Quiere decir que yo que la amo sinceramente puedo esperar

Lleno de entusiasmo al hacer esta amorosa declaración , atrevióse don

Agapito á coger la mano de Juanilla é iba á besarla , cuando la severa ninfa

la retiró de repente, interrumpiendo la sentida peroración que empezaba el

inspirado vate , y con una mirada altanera dejóle lleno de confusión.

— Caballero !

i


esclamó con dignidad la astuta joven al retirar su ma-

no. — Mal empieza usted sus obsequios. Para lograr lo que usted , sin haber

contraído mérito alguno , se toma la inaudita licencia de apropiarse , no bas-

ta el que me diga usted que me ama. Los hombres prodigan esa frase á to-

das las mujeres, y el atreverse á tocar una mano que no se ha conquistado

aun , prueba mas osadía que amor , osadía de mala índole , muy común en-

tre vulgares galanteadores.

La reconvención es dura , amiga mia ; pero confieso que la he mere-

cido. ¿Me perdona usted?

— ¿ Qué corazón generoso no perdona al que reconoce su falta y se ar-

repiente de ella?

— Gracias , gracias , joven hechicera. Todo lo reúne usted. Virtud, ta-

lento, hermosura y generosidad.

— Tal vez soy demasiado indulgente ; pero advierto á usted que no lo

seré tanto si, lo que no creo, se atreve á propasarse segunda vez.

— No por cierto , y si falto en lo mas mínimo al respeto que usted se

merece , quiero morir ahogado como Faetón , que acabó su vida en el rio Eri-

dano, donde le precipitó el Tonante por haber querido guiar la carroza del

sol. Usted, hermosa Juanilla, es el sol que ilumina mi existencia, y para

disfrutar sus favores , aguardaré no solo merecerlos , si no que usted me los

conceda. ¿Qué debo hacer para alcanzarlos?

— Darme pruebas de que es verdadero su amor.


LA BRUJA DE MADRID. ^97'

— Estoy dispuesto á darle cuantas exija usted de mí.

— Yo me contento con una posición social que me ponga en el caso de

no tener que envidiar nada á nadie. El que me proporcione este bien sin

coartar en lo mas leve mi libertad , ese será el mortal predilecto de mi co-

razón.

— Pues bien , yo la trasladaré á usted á un palacio. Vivirá usted en mi

compañía como si fuéramos dos hermanos ; porque estoy dispuesto á respetar

su virtud. Pasaremos como primos á los ojos del público. Usted pondrá á

prueba mi amor todo el tiempo que usted guste , y yo aguardaré mi senten-

cia sin resollar. Sufriré y callaré resignado como Quelonea símbolo del si-

lencio. ¿Admite usted este partido?

— Imposible es rehusarlo ; pero ¿cómo puedo haber inspirado á usted

tan vehemente pasión en un solo instante?

— En ese instante he visto que cuantos elogios me habían hecho de us-

ted son escasos.

— i

Elogios! ¿pues qué le habían dicho á usted de mí ?

— Que es usted un tesoro de perfecciones.

— ¿De veras?

— Tan linda ,

como dotada de virtudes y habilidades.

— ¿Y ha presenciado usted mis habilidades? — repuso la joven riéndose

con hechicera coquetería.

— Yo no ; pero como es usted tan buena , espero que no me negará el

placer de admirar esos nuevos atractivos.

— No quie.ro hacerme de rogar toda vez que ya empezamos hoy á ser ín-

timos amigos , y aun confio que no hemos de tardar en ser amartelados ama-

dores.

Al decir estas palabras, la joven desapareció con la velocidad de una cen-

tella, por entre las cortinas de unas vidrieras que daban paso á un tocador.

Don Agapito corrió detrás de la joven, esclamando

— ¡Vuela como una sílhde! No, bien mió , no me abandone usted.

Descorrió una de las citadas cortinas ,

:

y en vez de la encantadora Juani-

lla, halló detrás una figura estrambótica. Era un viejo de cara amoratada,

estatura regular, y ademanes truanescos, que en traje de chulo andaluz,,

saludaba respetuosamente á don Agapito con el calañés en la mano.

— ¿Qué hace usted aquí ? —preguntó con enojo el chasqueado poeta.


198 POBRES Y RICOS

— Vengo, con premiso de su niersé— respondió el lio Palique — á ha-

ser por un momento las incumbensias de esa pclra que acaba de najarse.

— ¡Cómo! ¿seria esto una burla?....

— Naa de eso, cabayero, no sernos nosotros amigos de chansas pesaas.

Yo soy el padre del pimpoyo que ha salió de aquí, lia ido por la guitarra , y

en menos que cacarea el gayo la tiene su mersé de güelta. Entretanto, yo

le haré á su mersé compañía. Poco socorría será mi conversasion , porque,

la verdá ,

nunca he sio yo hablaor ni ma gustao entrometerme donde no me

yaman.

— ¿Con que es usted el padre de Juanilla?

— Cabalito , si hemos de creer á lo que desia la difunta.

— ¿No tiene madre la nina ?

— Ni base falta denguna.

— ¿Cómo así?

— Era una serpiente muy amiga de cortejos. Juaniya no se le párese

en naa. Es muchacha de mucho talento , como su padre, bonita y siempre de

sambra y gresca como su padre , y aquí donde su mersé me está viendo , en

toavia no le he dicho á su mersé quien soy yo. Tengo mandaos setesientos

ochenta y tres toros á la eterniá. Yo he sio camaráa y vengaor del famoso

Pepe Hillo. En toavia raacuerdo, como si fuera hoy, de la cogía que tuvo el

probesiyo. Pues señor, ha de saber su mersé que era el i I de mayo de 1801

y se lidiaban toros corríos en otra funsion. Yo dige en antes de empesar la

corría : alguno va á dejar los bofes en el redondel, y le aconsejé á Pepe que

se anduviera con cudiao que los bichos eran marrajos y de sentío por haber

estao ya enseñaos; pero j quiá ! como si no hubiera dicho naa. « Mira Pepe que

se van derechito al bulto sin encomendarse á Dios ni al diablo. » Ni por esas.

El probesiyo se burló de mí, y dos horas dempués habia espichao ya.

— ¿Y cómo fué su muerte?— preguntó don Agapito.

— Macuerdo como si susediera ahora mismo. Salió el sétimo toro, y solo

tomó cuatro puyas de Juan López. Antonio de los Santos le puso un par de

banderiyas y tres pares Joaquín Diaz y Manuel Jaramiyo. Yegó el momento

fatal, y el salao Pepe Hillo se puso en suerte con toa la sanduga del mundo.

El toro era reseloso y cobarde. Yo estaba tan serca del animaliyo como ahora

de su mersé, con perdón de la comparansia. Dióle tres pases de muleta, dos

por el orden natural , despidiéndole por la isquierda y el otro á rosa-pecho;


LA BRUJA DE MADRID. 199

pero como el animaliyo iba en saga del bulto , no dede verse muy apurao

el probé Pepe. Tomó el toro querensia á la derecha del chiquero ; y temiendo

yo que Pepe hisiera una alrosiá le grité: «cudiao con la alimaña, que sabe

mas que Merlin. » Tanteóle sitándole con la muleta, y despresiando mi ad-

vertensia, sarrojó á darle la estocaa á toro parao.

—Y tengo entendido que se la dio magnífica.

— Medio estoque le introujo, pero el infelis quedó enganchao en el pitón

derecho por la pierna isquierda.

— ¿Y le hirió entonces?

— No señor, habíale cogió únicamente por los calsones; pero le tiró por

ensima de la espaldiya al suelo.

— Quedaria sin sentidos del golpe.

— Eso pensaron algunos, aunque otros creyeron que se biso el muerto. Lo

sierto es que se quedó inmóvil. Entonscs recojióle el toro, y le ensartó con

el cuerno isquierdo por la boca del estógamo y le campaneó largo rato por

el aire.

• — Le soltaría muerto.

— En toavía vivió sobre un cuarto de hora.

— No hablemos de tan repugnante espectáculo, sino de otra cosa que á

los dos nos interesa mas. Tengo la mayor satisfacción en conocer al padre de

la hermosa joven á quien trato de hacer feliz. Espero que usted, como inte-

resado en la suerte de su hija, le aconsejará que no desprecie la ocasión que

se le presenta , pues aseguro á usted que no hay en el mundo quien la ame

mas de veras y reúna todos los elementos para hacerla completamente di-

chosa.

— Hablando en plata, acá para los dos , mi hija sabe mejor que yo lo que

le conviene. Yo ni entro ni salgo en estas materias. Solo puedo asegurar á

su mersé que Juaniya es un estuche. Ahí la tiene su mersé. ¡ Juy ! ¡ Yiva el

salero de España

Estas esclamaciones de entusiasmo iban dirigidas á Juanilla que se pre-

sentó mas hermosa y rozagante que nunca, lujosamente vestida de macare-

na , zagalejo corto , mantilla terciada , castañuelas en los dedos y una gui-

tarra que entregó al tio Palique, esclamando:

— i

— ¡Bendita sea tu boca ! —

Viva la gente de buen humor

añadió el viejo torero.


SOO POBllES Y nicos

Don Agapito habíase (lucdado como cu éxtasis contemplando la hermosura

de Juanilla, cuya delgadísima cintura alardeaba cierta llexibilidad voluptuo-

sa capaz de trastornar el juicio al mas taciturno misántropo. El poeta que no

era misántropo, ni solía adolecer de atrabilis, con mayor motivóse volvía

loco de entusiasmo al contemplar las perfecciones de aquella graciosa criatu-

ra. Su airoso traje era á propósito para lucir sus bellas formas, particular-

mente las robustas piernas y diminutos pies capaces de inspirar envidia á

las seductoras ninfas del Guadalquivir.

— Está usted encantadora, Tuanilla — csclamó don Agapito.

—¿Quieres bailar conmigo un bolero, esgalichao?— Le preguntó la niña

enjarrándose con donoso desenfado delante del aturdido poeta.

— Si yo supiera , de muy buena gana prenda mia — respondióle con , apasionado

acento;— pero no me ha dotado el cielo de esa gracia que tú posees

en grado sublime.

El poeta aprovechó la ocasión de tutear á la que le acababa de dar este

ejemplo de franqueza; pero le parecía imposible que la traviesa macarena

que tenia delante fuese la amable y ruborosa señorita de antes.

Conoció desde luego que no podía hallar una mujer mas á propósito para

vengar el desaire de la ingrata Elisa.

— No importa, bailaré el zapateado—dijo Juanilla— con que siéntale,

pichón, y verás si tiene garbo tu Juanilla. A ver, padre, como puntea usted

esa guitarra con alma y salero.

Tocó el tio Palique el zapateado , y le bailó Juanilla con arrebatadora do-

nosura. Su padre prorumpia en graciosas ocurrencias siempre que su hija

veriñcaba algún paso voluptuoso , y el poeta quedó tan afectado , que temió

olvidar á Elisa y enamorarse de veras de la hija del cachetero.

— ¡Muy bien ! ¡muy bien — esclamó batiendo con entusiasmo las palmas.

— Ni la misma Terpsícorc es capaz de bailar con tanta gracia.

— No , pues eso es naa en toavía: si la oye su mersé cantar—repuso el

tio Palique— acompañándose ella misma con la guitarra , se güelve su mersé

jalea de gusto. El mundo se junde cuando mi Juaniya canta. ¡Ea! ven acá,

pimpoyo, y siéntate junto á este cabayero. La probesiya está cansaa, deje

su mersé que recobre aliento, y dempués nos cantará una de sus coplas favo-

ritas. ¿Verdá que sí , gachona?

— Para dar gusto á mi chaval -- respondió Juanilla mirando con sígniíi-

*


LA BRUJA DE MADRID. 201

cativa y alarmante sonrisa á don Agapito — haria yo un arco de iglesia.

Don Agapito sintió un estraño estremecimiento en todo su cuerpo y pali-

deció como si fuese á ser víctima de alguna congoja. Lanzó un prolongado

suspiro, y sintió su corazón mas aliviado ;

pero en vez de responder á Juani-

11a la estaba contemplando en dulce éxtasis.

— Entre tanto, y mientras descansa Juaniya, voy yo á contarle á su mer-

sé algunas de las aventuras que á mi man pasao en este mundo pecaor; por-

que aquí donde su mersei me está viendo , tengo mandaos setecientos ochenta

y tres toros á la eterniá , con la mesmita frescura que si me hubiera eugullia

setesientos ochenta y tres sorbetes de fresa.

— Ya losé— dijo don Agapito.

— Pues ¿y cuándo el toro enganchó á Pepe Hillo por la boca del estó-

gamo?

— También , también lo sé.

—Y le estuvo campaneando... Macuerdo como si fuera hoy. Era elll de

mayo de 1801 y se lidiaban toros corríos en otra funsion.

— Repito que lo sé— esclamó don Agapito con la espresion del aburri-

miento.

— ¿Lo sabe su mersé? Pero no de tan güeña tinta qomo yo, que lo pre-

sensié. Sobre que me hayaba tan serquita del animal como ahora de su mersé.

— Pues todo eso me lo ha contado usted ya.

—¿De veras? Pues naa , seré muo Mas vale ser muo que hablaor. Si

supiera su mersé el odio que tengo á los hablaores... ¡ Ea! peliyos á la mar.

Vamos á ver, Juaniya, como le entonas al señor alguna de las cansiones de

rechupete que tú sabes.

— Eso, eso es lo que estoy aguardando con ansia— dijo el poeta.

Juanilla se apodede la guitarra, y sin hacerse de rogar, siempre ama-

ble y complaciente , tomó una posición encantadora , y previos algunos pre-

ludios de maestra , cantó con espresiva gracia y notable afinación, la siguien-

te canción popular:

/ Ahora es hora

De la fuente viene ahora

¡ Fresquita como la nieve I

I. 26

!

!


202 POBRES T RICOS


/ La aguadora

¡ Agua y panales ! ¿ Quién bebe?

1.

Para aliviar & una dama

de conduela novelesca

que arde en amorosa llama ,

/ Agua fresca

Y si en su amor hay falsía

mientras su rendido amante

se abrasa fino y constante

; Agua fria

¡ Ahora es hora !

De la fuente viene ahora !

¡ Fresquita corno la nieve !

; La aguadora !

/ Agua y panales ¡ ¿ Quién bebe?

II.

Para el que suelta un suspiro

con intención picaresca

por el amor que le inspiro

; Agua fresca

Pero si no se desvía

y el infeliz hace alarde

de la pasión en que se arde

; Agua fria I

¡ Ahora es hora I

De la fuente viene ahora I

¡ Fresquita como la nieve !

j La aguadora !

¡ Agua y panales ! ¿ Quién bebe ?

III.

Aunque pobre y aguadora

ningún usía me pesca ,

pues si jura que me adora...

; Agua fresca

Y si otra vez el usía

por delante de mí pasa

y me dice que se abrasa

/ Agua fria!

¡ Ahora es hora

De la fuente viene ahora!

¡ Fresquita como la nieve !

¡ La aguadora !

/ Agua y panales ! ¿ Quién bebe 7


LA BRUJA DE MADRID. 203

IV.

Y eso que yo soy ,

señores,

amiga de zambra y gresca

pero si me hablan de amores

¡Agua fresca!

Y si dan en la manía

Juan , Gil , Blas , Anión ó Diego

de ponderarme su fuego ,

; Agua fría

¡Ahora es hora!

De la fuente viene ahora !

¡Fresquita como la nieve!

¡ La aguadora

¡ Agua y panales ! ¿ Quién behe ?

Don Agapito que había interrumpido ya con vítores y bravos de entusias-

mo todas las coplas de la precedente canción , aplaudió como un loco al final

y pidió permiso al padre y á la hija para abrazar á la divina cantora. Fúele

otorgado, no sin alguna resistencia de parte de la interesada; pero tuvo que

obedecer á su padre , y aquel dichoso abrazo , que parecíale al poeta indis-

pensable para su sosiego, alteróle de manera, que de repente se sintió enfer-

mo de bastante gravedad , y tuvo que retirarse con recia calentura , después

de repetir sus juramentos de amor á Juanilla y sus promesas de hacerla feliz

si no se mostraba tan desdeñosa como la aguadora de la canción. Quedaron

en volver á verse por la noche en casa de Juanilla.

Al despedirse, el poeta dejó en la mano del tio Palique cuatro duros

en oro.

—Yoy á acompañar á su mersé hasta su casa , no sea que por el camino

arresie esacoogoja....— dijo el tio Palique chispeando de alegría.

— Gracias, no es menester— respondió don Agapito—en cuanto me dé

el aire, me pongo bueno.— ^Y mirando á Juanilla, añadió con melifluo acento

:— ¡ A Dios , hermosísima Euterpe ! ; A Dios sirena! ^A Dios digna com-

petidora de Orfeo

!

—¡Con Dios, chairo mió !— respondió la zalamera joven.

—¿Con que de veras no quiere su mersé que le acompañe?— preguntó

el viejo.

— De ningún modo— dijo el poeta.

—Tanto peor para su mersé. No sabe su mersé lo que se pierde.

!

!

;


204 POBRES Y RICOS

— ¿Qué?— preguntó receloso don Agapito.

— Naa, naa, otro dia le esplicaré á su niersé....

—¿Pero qué?— repitió con afán y curiosidad el pobre vate temiendo por

lo menos que el viejo se iba á oponer á los obsequios de su bija.

— Naa, que por el camino hubiera esplicao á su mersé el desastroso fin

de Pepe llillo. Era el onse

— Vive Dios que el padre es tan pesado y molesto, como ligera y amable

la hija. Este hombre es peor que la colosal oruga campea ,— dijo para sí don

Agapito, y cruzando una apasionada mirada con .Tuaniila, se lanzó precipi-

tadamente en busca del aire libre, que al parecer reclamaba con imperio la

notable alteración de su preciosa salud, ocasionada por los atractivos de Jua-

nilla y agravada por las impertinencias del lio Palique. Este se fué á contar

la muerte de Pepe Ilillo á la lia Pelona, mientras Juanilla con toda la ale-

gría del triunfo, se mudaba el traje en el tocador.


CAPITULO XX.

LA FONDA DEL ÁGUILA NEGRA,

Que ha vemos nos de fazer?

Queni anda peUis estradas , está

sujeito á ser eslolado ñas estalagens.

MOURA.

CODEKCH

Media hora después de la precedente escena, estaban en la calle de la

Gorgnera el tio Palique y su linda hija ; pero no en su casa, si no en la fonda

del Águila negra á donde habíales parecido conveniente solemnizar el dia del

Ángel de la Guarda, tanto por ser patrono del padre, como para inaugurar

dignamente la amorosa conquista de la hija.

—¡Moso! — gritó el tio Palique al entrar en la fonda.

—¿Qué se ofrece?— preguntó un joven saliendo al encuentro de los re-

cien llegados.

— Dos comias— dijo el lio Palique.

—¿De qué precio ?


206 POBRES Y RICOS

—¿Qué te párese, Juaniya?— pregunto por lo bajo el padre á su hija.

— Usted mismo, padre— respondió con zalamería la donosa joven.

Hoy es usted el pagano, con que á su discreción dejo los gastos del convite.

—Siendo así voy á espilfarrarme. En el bolsiyo yevo los cuatro duros que

ma regalao esta mañana tu pimpoyo. Voy á hacer que nos traigan dos comías

de á duro y los otros dos duros para café y rosoli.

—¿Está usted en su juicio?

— Me he empeñao en cojer hoy uu sernícalo á tu salú y á la del cahaye-

rito de en antes.

— Eso no lo consentiré yo

— Pues dispon tú lo que sea de ta agrao.

— Dos comidas regulares— dijo Juanilla en alta voz dirigiéndose al mozo.

— ¿Quieren ustedes seguir mi consejo?— preguntó el mozo al ver la in-

decisión de los recien llegados.

— Habla— repuso Juanilla.

— Lo mejor que pueden ustedes hacer es tomar asiento en la mesa re-

donda. Toda es gente muy decente la que come en ella, no vayan ustedes á

creer que....

— Pero comerán hombres solos— replicó Juanilla.

— No por cierto , señorita. También hay mujeres, personas todas de buen

porte, y algunos forasteros que suelen variar todos los días. Estarán ustedes

mas divertidos y les resultará mucho mas barata la comida, porque solo se

pagan diez reales por barba.

— ¿ Qué basemos?— preguntó á su hija el tio Palique.

—No tengo inconveniente en comer en mesa redonda.

— Pues al avío.

— Es que no se come hasta las dos — objetó el mozo.

— Pues no estarán muy lejos que digamos— repuso el tio Palique.

— Son los tres cuartos. A las dos en punto se sirve la sopa. Ya es sa-

bido que no se aguarda á nadie... Si ustedes se resuelven les acompañaré al

comedor.

—Vamos aya. ¿Y se paga empués ó aelantao?— preguntó el tio Palique.

—Del modo que ustedes gusten.

— Pues toma veinte reales.

— Déle usted dos de propina — añadió Juanilla.


LA BRUJA DE MADRID. 207

—¿Además de los veinte?

— En las fondas ya se sabe: le desuellan á uno ,

y hay que agradecerlo,

y dar propina á los mozos.

— Muchas gracias, señorita — esclamó el mozo con alegría al recibir los

veinte y dos reales que le entregó el tio Palique.— Síganme ustedes.

Y les condujo á una sala en que habia una larga mesa con veinte cu-

biertos.

Una señora obesa, ya entrada en años , estaba sentada entre dos jóvenes,

y varios hombres agrupados se mostraban en animada conversación ;

pero al

presentarse Juanilla con su padre , todas las miradas se lijaron en la belleza

de la joven. Solo un estranjero gordo permaneció indiferente, sin interrum-

pir su pausado paseo por lo largo de la sala , y cada vez que pasaba por

frente de un plato que contenia aceitunas sevillanas , lo cercenaba de una , y

entretenía el hambre con este inocente pasatiempo que no dejaba de ser gra-

voso á la comunidad. Continuamente estaba diciendo

— Um icelche zeit es sen wir heute ? ( ¿A. qué hora comemos hoy ?

El tio Palique y su hija se sentaron enfrente de las tres mujeres que he-

mos citado, por manera que tanto por la distancia como por el rumor de la

conversación de los hombres y el ruido que reina siempre en las fondas á la

hora de mayor concurrencia, podían entablar su diálogo sin el menor recelo

de ser oídos.

—¿Has reflexionao, Juaniya— decía el tio Palique.— la felisiá que se

nos acaba de entrar por las puertas?

—¿Qué felicidad?

— i Me gusta la aprensión ! ¿Con que no es felisiá la conquista que aca-

bas de haser?

— Si corresponde lo demás á la primera entrevista.

—¿Y por qué no? Toas las trasas del cabayeríto en cuestión son á peir

de boca y no dúo que cumplirá lo prometió. Ya sabes que yo rara ves me

equivoco... soy hombre de esperensia y como dijo el otro , la ocasión es cal-

va.... Cuando venga esta noche á casa , es presiso que lo haye too bien ar-

reglao.

— Pues mire usted padre, no dejo de sentir , ciertos remordimientos

— Remordimientos — ¡ !

interrumpió asombrado el tio Palique,

—Lo que usted oye. Sin duda ha olvidado usted mi compromiso.

:

)


208 POBRES Y RICOS

—¿Qué compromiso ?

—¿Ha olvidado usted (jue tengo dada palabra á Manolo de casarme con él?

-¿Y qué?

—Y que usted aprobaba este casamiento....

— Corriente.

— Que se hubiera veritícado ya si no hubiera sido por aquel maldito con-

trabando....

— Que fué causa de que lo sambuyesen en la casa de Poco trigo,

— Y lo desterrasen luego al presidio de Tarragona.

— Por qué sé yo cuantos anos; con que ya ves tú que tardará Manoliyo

en venir á reclamarte el cumplimiento de tu promesa.

— Sin embargo, á mí me toca portarme como mujer honrada.

—Ya se vé que sí.

—Y cumpliré mi promesa.

— Por suponío.

— Pero si sabe que he admitido losjgalanteos de otro hombre.... La ver-

dad ; padre , yo le quiero tanto , que cada vez que me acuerdo de él me

palpita el corazón.

— Too eso es muy natural , y por lo mismo que le quieres debes aprove-

char la fortuna que te se presenta. A la fln y proste no creo que se trate de

naa malo

— Eso no , y si tales son las intenciones del señorito de esta mañana , ya

sabré yo el medio de entretenerle y sacar ileso mi honor ,

sin haberme apro-

vechado mas que de la generosidad de mi apasionado. Apuradamente la re-

sistencia y el desden suelen acrecentar el amor de nuestros adoradores , y

cuando se les ha esplotado la mina , no faltan pretestos para dejarles en paz

y

gracia de Dios. De este modo conservo yo mi honra, castigo á los se-

ductores , y vengo á muchas infelices^que son víctimas de la perfidia de sus

amantes.

— ¿Sabes, gachona, que me dejas alelao cuando te escucho? Hablas me-

jor que el Flosantorun y mas de corrió que un preicaor. Te has justificao á

las mil maraviyas , y por lo que tú misma acabas de desir se vé claramente,

que en naa ofendes á Manolo, y que toitico lo que le hagas suar al usía con-

sabío, puede servir para dar á tu futuro marío una vida regalona. Espero

que tampoco te olvidarás nunca de tu probesiyo padre.


LA BRUJA DE MADRID. 209

— Siempre vivirá usted á mi lado. Ya sabe usted que con esta condición

di mi palabra de casamiento á Manolo.

— Lo sé, hija mia.... ¡Bendita seas!

—Y si llego á ser rica, le proporcionaré á usted un capital.

— Toa mi ambision se reuse á poseer una toráa.

— Pues la poseerá usted si Dios me ayuda.

—Y como yo sé maneja el busíli , ganaré mucho parnés con la toráa,

porque yo soy hombre de esperensia, y en materia de ganao, no me dejo

moja la oreja por naide.

— Pues si es verdad que el susodicho usía sea un señor acaudalado , está

hecha su fortuna de usted ,

pero con la condición de que no ha de salir usted

á torear.

— Entonses toas las corrias serán deslusías.

— Peor seria que algún toro le ensartase á usted como á Pepe Ilillo.

— Era el onse de mayo de 1801 cuando....

— Lo sé, padre, lo sé.

— Pues me cayaré , no quiero que digas que soy hablaor. Si supieras

que coraje me dan los hombres hablaores...

En este momento se presentan dos mozos y colocan dos soperas una á cada

estremo de la mesa.

Una sopa era de arroz y la otra de macarrones.

El eslranjero gordo ocupó la silla mas inmediata á la sopa de arroz , y

mientras llenaba el plato preguntó al mozo

— Was haben wir zum Millagessen?

— No le entiendo á usted—respondió el mozo.

— Este sinior habla alemán solamente— dijo un inglés con mucha dificultad—

é hace á osté un pregunto de las cosas que tenemos por comer este dia

de hoy.

— Ya lo verán ustedes—respondió el mozo, y desapareció.

El inglés se sentó junto al alemán.

Otro estranjero habia aun en la sala , que por la prisa con que corrió a

apoderarse de la sopa de los macarrones ,

:

dio á conocer que era italiano.

Este , aunque tan egoísta como el alemán , salvó á lo menos las aparien-

cias , y fué preguntando individualmente á todos , empezando por las se-

íioras

:

I. 27


210 POBRES Y lilCOS

— Vuole un pó di zuppa?.,.. Pifjliera ddla zuppa?—Y fué sirviendo ú

los que (|uisieron macarroues.

Verdad es que el italiano tuvo la precaución de repartir porciones muy

limitadas, según exige la finura; pero no estuvo tan fino cuando le llegó el

turno , y llenó á colmo su plato , de manera que aun cuando nada mas hubie-

se comido ,

podia muy bien aguardar la cena sin desmayarse.

El alemán no habia andado con tantos escrúpulos. Llenó su plato de ar-

roz, de un modo escandaloso, y endosó la misión de servir á los demás, al

intérprete inglés que tenia á su lado.

Empezó por íin la general masticación reinando en la sala sepulcral silen-

cio, hasta que satisfecha la primera necesidad de alimento, entablóse alguna

conversación, que fué sucesivamente animándose y tomando un carácter

cada vez mas jovial y familiar según el Arganda y Yaldepeñas iban fermen-

tando en los estómagos.

Solo el rubicundo alemán permanecía apático al general bullicio , sin cu-

rarse de otra cosa mas que de rellenar su insaciable abdomen , y cada vez

que los mozos mudaban los platos , preguntábales el impasible gastrónomo

— Was werden loir jezt haben?

El inglés anadia

— Este sinior hace el pregunto de qué cosa es la que se comerá ahora.

Los mozos no respondían, y el tudesco Heliogábalo continuaba diciendo:

— Ich fiirchte, dass lok ein ziemlich schlechtes 3Iittagessen haben verden.

El intérprete esclamaba

— Esto sinior habla ahora que tiene muy mieda que la comida está poco

bien.

— Ya se conoce que no le gusta— dijo con sarcástica sonrisa el mozo.

Con pocos parroquianos como el alemán, pésimo negocio baria el amo.

La justa observación del mozo hizo prorumpir á todos en carcajadas, pues

habíanse ya asombrado del voraz apetito del alemán. Este no se inmutó, ni

reparó siquiera en que tenia todas las miradas fijas sobre él , y con mucha

sorna pidió vino al inglés en estos términos

— Geben Sie mir gefcilligst ein Glas Wein.

Sirvióle el inglés en medio de las generales risotadas , y el alemán con

mucha sorna contestó á ellas brindando por la salud de todos de esta manera:

— Ich habe de Ehre auf Ihre Gessundheit zu trinken.


LA BRUJA DE MADRID. 211

Y prosiguió devorando con imperturbable serenidad.

—¿A qné habrá venido á España este ente original?—esclamó uno de los

concurrentes.

— Esto sinior— respondió el inglés—está venido á esto paiso per escri-

bir las costumbros de la Ispania.

—¿Y piensa estar mucho tiempo en Madrid?

— No sinior, solamente que tres días.

—¿Y habla el español ?

— También no sinior.

—¿Pero le entiende?

— También no sinior.

— ¡Qué diablos! ¿Y quiere escribir nuestras costumbres? Irá á los tea-

tros, á los conciertos.... á las tertulias... para enterarse....

— También no sinior, nada, nada. Esto sinior no hace que únicamente

comer é dormir.

—Así escriben ustedes tantos disparates , tantas atrocidades y calumnias

contra la España.

— ¡Oh! no sinior; mi no escribe ninguna cosa contra la Ispania. Mi está

mucha amico de los manólas é gusta muy á mí la fandanga é los torres.

— ¡Hola! ¿con que le gustan á usted nuestras manólas, nuestros bailes

y las corridas de toros?

— ¡Oh! sí, sí.... It gives me fhe greatest pleasure mi quiere decir,

que esto causa á mí muy placer.

— Eso mismo sucede á todos los estranjeros. Desde su pais nos llaman

sinior ,

cafres porque nos gustan unos espectáculos que califican de bárbaros y san-

grientos ; pero lo cierto es que no hay corrida de toros á la que no acudan

todos los estranjeros que hay en Madrid, muchos de ustedes vestidos de ma-

carenos, paralo cual es preciso confesar que les ha dado Dios poquísima

gracia; pero ustedes creen que toda la inteligencia se reduce á gritar en la

plaza, y se desgañitan que es una compasión.

El tio Palique que habia estado hasta entonces en animado coloquio con

el de los macarrones , no bien se apercibió que al otro estremo de la mesa

se hablaba de toros , dejó su asiento para ocupar una silla que se hallaba

vacia no lejos del inglés y su interlocutor , abandonando á Juanilla á merced

de los requiebros del italiano.


212 POBRES Y RICOS

— Aunque sea descortesía, cabayeros— dijo el íio Palique á los de la

cuestión tauromáquica—se raanloja por alguna espresionsiya que ha liegao

á mis oidos, que han de ser sus mersées gente de caliá... aíisionáa al toreo

como toa presona desente.

— Me decia este caballero inglés — repuso el otro concurrente — que es

efectivamente muy aficionado á las corridas de toros.

— Pues lejos estará de imaginar siquiera quién tiene tan serquita de su

presona.

— ¿Seria usted acaso de la profesión?

—Y naa menos que camaráa de Romero y de Pepe llillo.

— ¿Lo oye usted? — dijo el otro llamando la atención del inglés.

—Yo no he comprendida bien á esto sinior.

— Dice que ha sido compañero de los dos mejores espadas que ha habido

en España.

— ¿Esto sinior?

— El mismo.

— ¡Oh demonio ! ¿ IIow is that possible? ( ¿ Cómo es posible?)

— ¿Ve usté esta mano de hierro? — preguntó el fio Palique enseñando su

diestra al inglés.

El inglés movió la cabeza en ademan afirmativo, y el tio Palique prosi-

guió:

— Pues con eya he raatao setesientos ochenta y tres toros.

— God damn ! It is terrible I It is dreadful. ( i Ira de Dios I Esto es terri-

ble!... es espantoso !)

— El famoso Pepe Hillo murió á mi lao.

— What a pity ! Qué lástima { ¡ !

— Era el onse de mayo de 1801 y se lidiaban toros corrios en otra fun-

sion. Algún probé pagará el pato, dige yo para mí, y aconsejé á Pepe que se

anduviese con cudiao porque eran marrajos los bichos. Dios habia disponío la

catástrofe y de naa sirvió mi aviso. Antes de dos horas el probesiyo habia es-

pichao.

—Yo no comprende este palabro espichao ,— interrumpió el inglés.

— Habia muerto— dijo el otro concurrente.

— God damn

— ¿Se espanta usted


LA BRUJA DE MADRID. 213

— It is terrible ¡

— Pues si señor, muerto.

— llow is íhat possible?

— ¿Qué demonios habla este cabayero? — preguntó el tio Palique — y

añadió gritando mas para hacerse comprender: — Sí señor quedó muerto. ,

^

— i Muerto ! ¿ lo toreador ?

— El mejor toreador que ha habido en España.

— It is shockinfj! (¡Eso hace temblar! ) Dica, sinior, fué matado por la

torro?

— Como su mersé lo oye — continuó el tio Palique.

— ¿Con las cuernas?

— ¡No, que irla á matarle con el rabo! Sí señor, con los cuernos, y con

la mayor sandunga del mundo.

— ¡ Oh ! ; God damn I

¡ Con la sandungo también ! It is a cruel case I

[ ¡ Eso

es muy cruel !

Mientras el tio Palique acababa de referir al inglés circunstanciadamente

el modo como el toro ensartó con el cuerno isquierdo á Pepe Ilillo por la bo-

ca del estógamo y le campaneó por el aire etc. etc., la coquetuela de su hija

recibía con su acostumbrado buen humor los galanteos del italiano de los ma-

carrones; que aunque tampoco hablaba el español, no por eso dejaba de ser

comprendido.

— ¿Con que de veras desea usted ser amigo mió? — le decia la hermosa

joven respondiendo á las lisonjas con que el estranjero acababa de improvi-

sar su amorosa declaración.

— iVe saró lietísimo—respondió con afectación el italiano.— Credetelo,

mia cara, ne avró grandíssima gíoja, e vi prego quanto so e posso a volere

aceitare i sensi della miastima... del mió afeito... del mió amore...

En este momento dejóse oír una espantosa gritería.

Todos los concurrentes se asomaron á las ventanas y balcones de la fon-

da; pero tuvieron que retroceder porque el pueblo amotinado arrojaba pie-

dras, lanzando desaforados gritos de « i muera! ¡ muera! »

Presentóse el amo de la fonda, y esclamó azorado:

— Cierren ustedes esos balcones... Hay revolución... He visto matar á pe-

dradas á una pobre mujer... Dicen que era bruja...

Al oír esto creció la confusión... unos huían... otros gritaban. Desmaya-


SÍU POBRES t RICOS

ronse algunas scnoras... Todos se hallaban poseídos de horror y espanto.

Solo el obeso y rubicundo alemán, que seguía comiendo impasible en me-

dio de la general contusión , csclamaba con estoica impasibilidad :

— Dieses gespickte Kalbfleisch ist prachtig. (Es delicioso este fricando.)

Como la principal habilidad del fondista es saber desollar á sus parro-

quianos, quiso probablemente aquel sacar partido del asesinato de la Bruja,

y asustarles para que dejasen de hacer consumo, una vez que todos ellos ha-

bían pagado anticipadamente.


CAPITULO XXI.

ODIO POR ODIO.

They are rich and wicked.

COÜPER.

Cuando ei amo de la fonda del Águila negra dijo que liabia visto matar á

pedradas á una mujer , dominado sin duda por el miedo , figuróse ver lo que

no habia sucedido, ó se habia complacido en exagerar la verdad por el raro

prurito que tienen ciertas gentes de atemorizar al prógimo , ó llevaba la in-

tención de hacer huir á sus parroquianos para que no le hicieran tanto con-

sumo.

El motin , la revolución, la muerte anunciada por el fondista , se redujo á

la diabólica gritería de una bandada de muchachos que insultaban á la pobre

Bruja apedreándola furiosamente ; pero lejos de sucumbir á los desmanes de


216 POBRES Y RICOS

la soez pillería, tuvo la fortuna de llegar ilesa á la plazuela del An^el donde

el duque de la Azucena vivia, y refu^^iarse en una de sus cocheras, que se

comunicaba con un hermoso jardin.

Estaba á la sazón en aquel ameno sitio el joven don Eduardo, quien al oir

los gritos de la multitud, acudió á la cochera y mandó soltar un maslin que

habia allí encadenado. Bastaron los ladridos y el aspecto amenazador del

enorme perro para ahuyentar á la bandada de granujas tan envalentonada

poco antes contra una pobre y débil mujer.

Don Eduardo, impelido por su carácter compasivo y generoso, quería con-

ducir la Bruja á una de las habitaciones de su casa ; pero ella lo rehusó coa

tal entereza que fueron inútiles los esfuerzos del duquecito.

— ¿A qué viene esa obstinación?— decíale don Eduardo insistiendo en su

empeño.— Sígame usted, y arriba tomará usted un poco de alimento.

— Gracias, buen señorito— replicaba la Bruja; — pero no tengo nece-

sidad.

— Sin embargo... una friolera... y un poco de vino generoso le probarán

á usted.

—Aquí estoy bien... Este banco de piedra es muy cómodo... También el

sol me reanima. Aquí descansaré un rato si la presencia del dueño de ese pa-

lacio no rae arroja...

— Mi padre no desaprueba nunca lo que yo hago. Aunque él se presente

aquí, puede usted permanecer tranquila á mi lado, y

si por ese temor no se

atreve usted á pasar á una habitación mas cómoda , hace usted muy mal.

— Ni aquí permanecería ni un momento — respondió la Bruja—si no es-

tuviéramos solos. Repetidas veces he dicho á usted, señorito, que mi odio á

los señores de los palacios es inestinguible , y que usted es la única persona

que escluyo de mi anatema ¡ Debo á usted tantos beneficios ! Es usted tan

generoso.... tan bueno.... que me parece imposible haya nacido usted en un

palacio.

—Agradezco mucho esa honrosa esclusion— dijo el duquecito sentándose

tü el mismo banco de piedra donde estaba la Bruja—pero me permitirá us-

que ese odio á los ricos....

— Es muy fundado, hijo mió— interrumpióla Bruja con dolorido acento.

— ¡Fundado! ¿En qué?

A esta pregunta estremecióse la pobre mujer y guardó por un rato miste-

ted que le diga ,


LA BRUJA DE MADRID. 217

riosa reserva. Rompió el silencio con uq suspiro , y agitando tristemente la

cabeza, esclamó:

— Dios preserve á ustedes, señorito, de tener que mendigar la caridad

de los magnates. Los ricos, tienen el corazón de hiena Las puertas de

sus palacios solo se abren á la lisonja, á la prostitución, á la maldad. Cuando

llama el pordiosero á la puerta de un palacio , es bruscamente arrojado por

lacayos insolentes... tal vez mordido por algún perro que devora los desperdi-

cios de una opípara mesa... por que se tiene cuidado de que los perros coman

bien , mientras al escuálido mendigo se le dice con desprecio : « j Dios te so-

corra !

»

—¡Válgame Dios!— esclamó tristemente don Eduardo.— ¡Cuántas veces

se habla mal de los palaciegos solo por costumbre ! ¡ Cuántas veces se les cul-

pa sin razón! Usted, buena mujer, me ofrece ahora mismo una prueba de

esta dolorosa verdad. Dice usted que los ricos tienen corazón de hiena, y lo

dice usted precisamente en el momento en que en la casa de un rico se le

ofrece á usted fraternal hospitalidad.

mí?— —¿A. gritó como horrorizada la Bruja.

—A usted, buena mujer— repuso tiernamente don Eduardo.—Y crea us-

ted que son ofrecimientos que nacen del corazón.

— Ah! sí.... es verdad....— respondió la Bruja; como si volviera en sí

i

de alguna siniestra preocupación— es verdad.... me ofrece usted su amparo;

pero repetiré lo de siempre: usted es la escepcion de la regla.

—Y esos lacayos á quienes trata usted con tanta dureza, la han recibido

con humanidad Hasta mi leal mastín ha salido en defensa de usted , lo-

grando ahuyentar á sus perseguidores. Confiese usted pues que con todos ha

sido severa en demasía.

En este instante el inteligente perro se restregaba contra las rodillas de

la Bruja, como queriendo manifestar que comprendía y aprobaba la objeción

del duquecito.

La Bruja le acarició , y satisfecho el bondadoso animal con esta recom-

pensa , fuese á tender junto á la cadena que solía sujetarle , y lamió la mano

del criado que le amarraba de nuevo.

— Es cierto — dijo la Bruja—debo estar agradecida á esos buenos hom-

bres.... y al pobre perro también. Si no hubiera encontrado asilo en este jar-

dín ,

hubiéranme asesinado á pedradas.

1. 28


218 POBRES Y RICOS

— Toda vez que se halla usted convencida de que también en los palacios

puede albergarse la virtud, subamos al comedor, y....

— Perdone usted mi terquedad ,

don Eduardo... me es absolutamente im-

posible complacer á usted.

Don Eduardo se levantó, y habló reservadamente á un criado.

Este se inclinó con respeto, y desapareció precipitadamente.

—Ahora que estamos solos—dijo sonriéndose el duquecito — voy á re-

convenir á usted.

y volvió á sentarse junto á la Bruja.

—¿A reconvenirme?

—Ya se vé que sí.

—¿Por qué motivo?

— Por el olvido con que paga usted mis afanes.

—¿Yo olvidar los beneficios de usted?

— Sino los hubiera usted olvidado, no se hubieran pasado tantos dias

sin dejarse ver después que alcancé su libertad.

— He faltado — dijo enternecida la Bruja— he faltado en no venir á pos-

trarme ante el mas generoso mortal.

La Bruja hizo un movimiento como queriendo arrodillarse á las plantas

del duquecito, pero este la contuvo.

—¿Qué hace usted, señora?

— Quiero reparar mi falta.... quiero besar los pies de mi bienhechor.

— Lo que yo he hecho, lo hace cualquiera que tenga corazón. Nada tiene

usted que agradecerme. Al decir que ha olvidado usted mis afanes, no es de

manera alguna mi ánimo reclamar de usted estreñios de gratitud... no , bue-

na mujer, nada de eso. Mi amistosa reconvención es porque me ha dejado

usted tantos dias en la mayor ansiedad, sin saber nada de usted, después de

su último infortunio.

— Pues qué, señorito, ¿es posible que la suerte de esta infeliz mutilada,

de esta criatura informe que solo merece los insultos de la sociedad de

esta asquerosa bruja escarnecida y apedreada por la hez del populacho ,

da interesar á nadie en este mundo?

pue-

En este momento interrumpió el coloquio el mismo criado que poco antes

habia desaparecido después de recibir en secreto una orden del duquecito, y

presentó á la Bruja un plato con una pechuga de perdiz en escabeche , un


panecillo, un vaso y una botella de vino de Jerez.

LA BRUJA DE MADRID. 219

—¿Qué es esto?— dijo la Bruja.

— No ha querido usted subir al comedor.... Esto no es mas que para que

se reponga usted del reciente susto, y recobre aliento, porque tenemos aun

mucho que hablar.

AI decir esto, se alejó don Eduardo, presumiendo que su presencia seria

un estorbo para que aquella infeliz tomase el alimento que se le ofrecia.

— ¡Gracias! ¡gracias! — esclamó la infortunada mujer, y comió y bebió

con la avidez de la indigencia.

Ausentóse el criado , y don Eduardo se aproximó de nuevo á la Bruja y

le preguntó con su habitual amabilidad.

—¿Qué tal , se siente usted bien?

— ¡Oh! muy bien , muy bien , hijo mió; pero ¿por qué se dá usted taa-

tas molestias ?

— Porque soy rico,

y quiero que se reconcilie usted con los ricos.

— Ay ¡ ! Si todos ellos tuvieran un corazón tan hermoso como el de usle4»

"

no habria desgraciados en el mundo. .

— Los habria — repuso don Eduardo — si todos rechazaran los beneficios

con incomprensible terquedad.

— Hay beneficios que deshonran, y vale mas ser infeliz que deshonrada.

— Jamás he ofrecido á usted nada que pudiera serle infamante.

— Me ha ofrecido usted oro.

— El oro no infama cuando no tiene un origen bastardo.

— El oro de los palacios hace germinar en ellos la prostitución. Suplico á

usted , don Eduardo , que no me hable nunca de nada que tenga conexión

con el fausto de los magnates. No me hable usted de esas riquezas con que fas-

cinan á la virtud para amancillarla... para convertirla en espantoso crimen.

La Bruja pronunció estas palabras de una manera misteriosa á la par que

solemne , y aunque don Eduardo no podía comprender su significado al oir-

ías de boca de iftia mujer físicamente repugnante, guardó silencio por un

rato, y después de profundas meditaciones, esclamó:

— Buena mujer, por mas que reílexiono me es imposible comprender á

usted. Los obstáculos que usted misma levanta á su bienestar, acrecen mi

deseo de mejorar su suerte.

— Gracias, señor duquecito, gracias.


530 PODRES Y RICOS

— Cuando vea yo mi deseo satisfecho, podrá usted darme gracias; pero

ínterin desprecie ustjid mis ofertas, es una burla el mostrarse agradecida.

— No crea usted ,

señorito, que soy tan desgraciada como todo eso. Una

vez resignada á mi infortunio, mi pecho siente aun palpitaciones deliciosas

que alternan con los acerbos sinsabores que le desgarran. Tengo momentos

muy felices. Ahora mismo esperimento toda la dulzura del consuelo. No pa-

rece sino que un bálsamo vivificador circule por mis venas cicatrizando las

úlceras del alma. Las virtudes que usted atesora me embelesan su ge-

nerosidad me encanta... y lo que me hace olvidar todos mis males, es el

tierno afán con que dá usted inequívocas muestras de interesarse por la

suerte de esta miserable.

— Es verdad , señora, la suerte de usted me interesa... La he visto víc-

tima de un cúmulo de desgracias, y quisiera ver á usted feliz No sé

por qué se opone usted á ello. No le ofreceré grandes riquezas , ni oro en

abundancia, ni absolutamente nada que argüir pueda fausto y suntuosi-

dad. Usted me lo tiene prohibido y respeto sus mandatos ; pero ¿ qué

inconveniente puede haber en que señale á usted una módica pensión para

que viva con decencia sin tener que mendigar la caridad pública ? Y toda

vez que su obstinación me obliga á hablar con entereza , desde ahora le de-

claro formalmente , señora , que si en algo estima usted mi adhesión , es

preciso que abandone esa vida azarosa y denigrante es preciso que se

abstenga en lo sucesivo de provocar las risotadas del vulgo, y de dar pá-

bulo á las fanáticas preocupaciones de los supersticiosos. No quiero yo que

esponga usted de nuevo su vida al furor de un populacho sin freno... Es

preciso... Pero ¡qué veo! ¿Llora usted? ¡Dios mió! soy un insensato... Ha-

blo á usted con demasiada severidad... Perdone usted.

— Lloro... es verdad... pero lloro de gozo, hijo mió, al ver el empeño

de usted por verme dichosa. En este momento ,

la de una hurí rodeada de placeres.

— ¿En este momento se cree usted feliz?

no trocarla yo mi dicha por

— ¡ Oh sí ! estoy saboreando la mas pura de las felicidades.

— Pues bien , de usted depende prolongarla.

—¿De mí?

— Sí, señora, de usted.

— ¿Cómo, hijo mió?


vergel.

LA BRUJA DE MADRID. 224

—Admitiendo la hospitalidad que yo le ofrezco, y viviendo en este

— j

!

Qué dice usted

La casita del jardinero tiene cómodas habitaciones; en una de ellas

estarla usted perfectamente.

— Es verdad y le veria á usted todos los dias, ¿no es cierto?

— Todos los dias.

—Y tendríamos nuestras conferencias como ahora, ¿no es así?

— ¿Por qué no?

— Esa felicidad es demasiado grande para que pueda aspirar á ella. Coa

todo, yo tengo precisión de ver á usted todos los dias. Yo no puedo pasar

veinticuatro horas sin ver á mi bienhechor.

— Acuérdese usted que desde que alcancé su libertad, esta es su primera

visita esta es la primera vez que nos vemos...

— I La primera vez que nos vemos ! Usted lo creerá así ;

pero es un error.

Yo le he visto á usted todos los dias , y en muchos de ellos dos veces. ¿ Po-

dría vivir sin este consuelo?

— ¡ Eduardo 1

¡ Eduardo !—sonó una voz.

— ¡Diosmio! — gritó atemorizada la Bruja ^ y huyó precipitadamente

esclamando: — ¡Maldita sea la hora en que me acogí á este sitio!

— Es mi padre— decia el duquecito para detener á la Bruja; pero esta

desapareció con la rapidez de una centella.

— ¿Eduardo, qué haces ahí? Apuesto á que estás arreglando algún ra-

millete para tu Elisa, délas pocas francesillas tempranas que puede haber en

el jardín. Mala época es esta para ramilletes, como no encuentres algún ale-

lí amarillo , algún tulipán.

— Qué !

¡ i

!

si no hay nada

— Pues en el mes de marzo los primeros céfiros de la primavera ya sue-

len halagar algunas flores.

—Verdad que estamos en marzo, pero es hoy el primer dia.

— ¿A que encuentro yo flores para un ramillete?

— Como no sea en el invernadero

— Sin recurrir al invernadero.

— No hallará usted ninguna.

— ¿De veras?


222 POBRES Y RICOS

— ¿No vé usted que parece que esteraos en enero?

—Verdad es ([ue el invierno se dilata este año.

La ílorescencia se retardará bastante.

— Ya debía empezar á dar señales de vida la naturaleza.

— Pues no hay nada de eso.

—Y mira tú , á mediados del presente mes se nos echa encima la pri-

mavera.

— El día veintiuno.

— ¿Y no hemos de encontrar flores?

— No tiene usted mas que echar una ojeada en derredor.

—Verdad es que ha hecho pocos progresos la vejetacion. Pues hablemos

de otra cosa. ¿Han acabado ya tu retrato?

— Esta mañana he ido por él.

— ¡Y no me habías dicho nada ! Veámosle.

— Es que no he querido admitirle.

— ¿Cómo así?

— Porque era un mamarracho , sin dibujo, sin arte, y sobre todo sin pa-

recido alguno.

— i

Qué diablos! Ya me figuraba yo que seria algún chapucero el bueno

del retratista. ¿Habrás vuelto al que suele estar fuera de casa , no es verdad?

— No señor ; quise ir á otro , y"^me ha fastidiado. Mañana pienso ir al de

la Carrera de San Gerónimo.

— Dios quiera que no te digan que está en paseo.

— Pero si no me lo han dicho mas que una vez la única que fui á

verle.

— ¡ Qué sé yo ! No conozco á ese hombre , y me es antipático desde que

me digiste que habia salido á paseo en horas de trabajo. No hay cosa peor en

este mundo que un artista holgazán.

— Pero confiese usted que es una rareza encontrar un artista holgazán,

así como es un milagro hallar entre'nosotros, los de las clases privilegiadas,

quien sea laborioso y útil á la sociedad.

— Tú siempre sacando á relucir tus ideas democráticas. Te aseguro que

debes estar agradecido á los que las profesan. Por ellos hemos estado largos

años en la emigración. Déjale de bobadas ,|hijo mío, 'y no quieras apadrinar

á la plebe.


LA BRUJA DE MADRID. 223

— Es que en los artesanos que componen la plebe veo yo mas virtudes y

hasta mas nobleza que en los que nos damos el título de nobles.

— No digas disparates. Tú y los que profesan tus principios sois los que

contribuis á que cada día esté la gentualla mas insolente. Hace poco rato

que ha habido un motin en esta misma calle , y estas escenas se repiten

todos los dias desde que los constitucionales de antaño nos quisieron civilizar

á su modo.

— El motin de esta tarde, padre, le he presenciado y acaso contenido yo

mismo. No confundiré jamás á la hez del populacho con los artesanos virtuo-

sos. Los vagos no pertenecen á las honradas masas del pueblo ; y solo hay

vagos donde se gobierna mal.

—Verdad es que hace falta una leva.

i — Una leva ! Esas medidas son arbitrarias , horrorosas si no se procede

antes á otros actos de mas imperiosa necesidad.

— ¿Y qué entiendes tú de eso?

— Entiendo que es injusto, despótico y atroz , el lanzar del pais que les

dio el ser á unos desgraciados que no tienen mas delito que carecer de me-

dios de subsistencia.

— Por esa misma razón se les hace á ellos un favor , y se espurga el pais

de malhechores.

— No es justo confundir los pobres con los malvados.

— Los holgazanes nunca pueden ser hombres de bien.

— Por eso hay tantos picaros en los palacios.

— Hablo de los vagos que pordiosean por las calles.

— Precisamente en esa clase de vagos es donde puede haber gentes muy

honradas.

— ¡Disparate! Las gentes honradas pueden ganar su subsistencia tra-

bajando.

— ¿Y si no hallan trabajo?

— Que lo busquen.

— ¿Pero si no le hay?

— Si no le hay... si no le hay...

— Si no le hay, padre, el gobierno tiene obligación de proporcionarle. A

un gobierno ilustrado jamás le faltan medios de ocupar á las clases jornale-

ras. Solo así puede estirparse la miseria que es un semillero de crímenes.


224 POBRES Y RICOS

— ¿Con que ya confiesas que los crímenes son hijos de la miseria?

— Di


LA BRUJA DE MADRID. 225

no, ni hay para qué molestar á la policía. Lástima es que no esté ya resta-

blecida la inquisición para hacer morir en una hoguera á la infeliz. ¡Qué

tiempos alcanzamos, Dios mió!

— No quiero replicar á lus delirios ,

porque acabaria mal nuestra dispu-

la. ¡Ea! vamonos arriba. Con la puesta del sol empieza á dejarse sentir el

relente y es muy pernicioso para la salud.... Pero díme , he visto que te ba-

jaban unos platos y una botella ¿Con quién estabas aquí?

— Con la pobre apedreada que se ha venido á refugiar en este jardín.

—¿La apedreada?

La misma. Me ha parecido que la infeliz venia desfallecida y he man-

dado que le diesen algún alimento.

' — Eso es muy digno de tu buen corazón. La acción es muy laudable y la

apruebo; pero la manera de ejecutarla me repugna.

—¿Por qué, padre mió?

— Porque se puede socorrer á los pobres sin necesidad de rozarse con

ellos. La dignidad de nuestra nobleza se degrada con semejante humillación.

— Si es un crimen rozarse con los desgraciados, yo me huelgo en haber-

le cometido. Solo siento , padre mió , que no sea usted de mi opinión , porque

me he declarado protector de esa mujer.

— i Calla, miserable! — esclamó el duque como escandalizado de la re-

velación de su hijo.— ¡Tú protector de una mujer! ¡y de una mujer indi-

gente 1 ¿ No ves tú las funestas consecuencias de esa protección?

— Si usted la aprueba ,

no producirá mas que consuelos y felicidades.

— ¡Nunca!.... ¡nunca! Yo no puedo aprobar, ni consentir escándalos.

—No se trata de ningún escándalo.... se trata solo de ejercer un acto de

beneficencia.... de hospitalidad....

— Los beneficios que se prodigan á las mujeres pobres , suelen traer de-

plorables resultados.

—Ahora entiendo los temores de usted.

— Mis temores son hijos de una cruel esperiencia.

La infeliz por quien me intereso no debe infundir á usted semejantes

recelos.

ülisa?

—¿Has olvidado, Eduardo, que esa protección daría motivos de enojo á

—¿De enojo?

I. 29


226 POBRKS Y [lieos

— Ella que es naturalmente celosa.... Eduardo, es preciso que renuncies

á-esla tístravangante idea. ¡Declararte protector de una mujer en vísperas

— Jamás he resuelto una cosa con mas rellexion.

de casarte ! ¿Estás en tu juicio? ¿Sabes lo que ibas á hacer?

í. —

Pues has resuelto un imposible—repuso el padre con marcado enojo.

— 'Siento que usted se enfade ; pero si me permite esplicar....

— No hay esplicaciones que puedan justilicar tu conducta

*-^La mujer de quien se trata....

— Será alguna picarona que tratará de seducirte.

— ¡Padre! — gritó don Eduardo conmovido— esa mujer es la misma

virtud.

— ¡Tomas su defensa con mucho calor ! — repuso sonriéndose sardónica-

mente el duque.

—Abogar por los desvalidos es un acto de nobleza.

r.»^>-í' Sin duda será joven y linda esa desgraciada ; pero ¡ infeliz de tí si in-

sistes en tu loco empeño !

- . ^^No

insistiré si usted lo desaprueba ; pero tendré en ello un gran pesar,

porque está usted en un error muy grave. i

— Tú eres el incauto que te dejas fascinar por los atractivos de una be-

lle2a desgraciada.... No me hables mas de este asunto si no quieres acrecer

mi cólera.

— Tranquilícese usted, señor; esa mujer es tan digna de compasión por

sus desgracias, como repugnante á la vista por su deformidad.

—¿Y tú la protejes?

- — Hasta el estremo de haberle rogado encarecidamente que viniese á vivir

con nosotros.

' — ¡Eduardo!

— Padre mió, esa infeliz es ya vieja y no tiene asilo ninguno. Vaga men-

digando por las calles , y su misma deformidad , sus negros harapos le dan

una apariencia siniestra, origen á no dudarlo de los groseros insultos que el

vulgo le prodiga. En una de las habitaciones que ocupa con su honrada fa-

milia el jardinero, podrá vivir tranquila al abrigo de toda suerte de agravios.

— Esa petición, Eduardo, es una locura, una estravagancia que me irri-

ta. De ningún modo puedo acceder á tus deseos, y desde ahora te prohiba

que me vuelvas á hablar de esa mujer.


LA BRUJA DE MADRID.

El duque pronunció las preccdenles palabras con la grave autoridad de

un padre enojado, y se retiró á paso lento como profundamente agobiado por

el peso de tristes meditaciones.

Don Eduardo siguió á su padre haciendo esta triste reflexión

— ¡He provocadosa enojo.... Así son la mayor parte de los ricos.... les

repugna y molesta el oir hablar de los pobres les niegan su protección y

hasta el título de hermanos , porque creen envilecerse con su roce.... No es

estraño que los pobres á su vez se quejen de los ricos y

por odio.

:

227

les prodiguen ócíio

De repeatese.p.resentá-elja5rd>inera jadeante de fatiga y con voz- alterada

dice por lo bajo

— Señorito !

¡ ; Señorito

:

!

—¿Qué hay ?— respondió el duquecito retrocediendo sin que su padre lo

viera.

—Una desgracia.


CAPITULO XXIÍ.

LA ACCESIÓN.

Sempre richezze riverir ho visto

Pui cbe virlü

Ariosto.

—¿Qué desgracia es esa?— preguntó impaciente don Eduardo.

—Yo no sé si ha sido desgracia ó fortuna para ella — respondió el jar-

dinero.

—¿Quién es ella?

—¿No se lo he dicho á V. E. , señorito?

— No me has dicho nada.

— ¡Si soy mas posma!....

— Tienes razón. Vamos, esplícate.... ¿de quién me hablas?

— De la pobre mujer que acaba de salir de aquí.

—¿Qué le ha sucedido?— preguntó con sobresalto don Eduardo.

— Cuando salió de la cochera , todavía habia en la calle algunos grupos


LA BRUJA DE MADRID. 2^

de haraganes. La infeliz echó á correr hacia la calle de Carretas, y los mu-

chachos detrás dando gritos de « ¡muera! ¡ muera la bruja! » Temiendo yo

alguna catástrofe, salí con intención de acompañarla para que no la maltrata-

sen. Perdóneme V. E. si lo he hecho sin su permiso. He temido que si me

entretenia en pedirlo, hubiera perdido de vista á esa desgraciada á quiea

queria salvar. Me bastaba haber visto que V. E. se interesaba por ella ,

para

no vacilar un momento ; y sentirla mucho haber incurrido en el desagrada

de V. E.

— Lejos de merecer mi reprobación, aplaudo tu conducta; pero no me

has dicho aun qué desgracia le ha sucedido á esa pobre mujer.

— Es verdad. Ha de saber V. E. que á pesar de mi actividad no he po-

dido alcanzarla. Verdad es que la turba ha crecido rápidamente y no se com-

ponia solo de muchachos , si no que á sus gritos y al ver correr como una

loca á una mujer cubierta de andrajos, la multitud de curiosos me impedia

ganar terreno. Cuando la infeliz ha llegado á la Puerta del Sol era ya

aquello un verdadero motin. Muchos gritaban: «es la hija de un hereje á

quien ahorcaron por francmasón ! » Aparece de repente fuerza armada , y

toda la gente echa á correr. Yo he querido mantenerme firme hasta saber ea

qué paraba el lance , y he visto á la pobre haciendo violentos ademanes de

rabia y desesperación entre los soldados que la conducían al Principal.

—¿Y has notado si la maltrataban?

— Los soldados no trataban de hacerle daño al parecer ; pero de todos

modos tenían que llevarla á empellones, porque no quería seguirles.

— Habrán querido librarla del furor de los fanáticos.

— Por eso decía yo, señorito, que no sabia si aquello ha sido desgracia

ó fortuna para ella.

— De todos modos, es indispensable sacarla de allí. Oye, buen Andrés...

Siempre te he tenido por un hombre de juicio y sentimientos humanitarios,.

y tu última acción me hace ver que no me equivoco en la ventajosa opinión

que de tí tengo formada.

— Doy á V. E. las mas espresivas gracias por el honroso concepto ea

que me tiene, y puede V. E. estar firmemente persuadido .de que me esme-

raré cada día mas y mas por no decaer de él en lo mas mínimo.

— Siendo así, no quiero retardarte el galardón que mereces.

—Yo no quiero mas recompensa , señorito , que el aprecio de V. E.


S30 PODRES T RICOS

Pues con esta recompensa precisanionte v^oy á premiarte.

-•i —

— ¡ Cómo , scnorito !

— Quiero darte una prueba evidente de alecto y predilección haciéndole

mi confidente en un asunto reservado: pero en cambio exijo de tí celo y dis*

crecion.

— Ninguna de estas circunstancias puede faltarme cuando cifro mi mayor

dicha en complacer á mi señorito.

— Oye pues. Hace largo tiempo que he formado empeño en mejorar la

suerte de la pobre mujer que según dices han conducido presa al Principal.

La edad de la infeliz, y mas que la edad su asqueroso desaliño y repugnan-

tes mutilaciones , me ponen al abrigo de toda sospecha.

— -Es cierto i si se tratase de una linda joven nadie estrañaria que encon-

trase no digo yo un protector , sino ciento ; pero cuando la protegida es

vifeja, fea , manca y desnarizada. . ..

— I

— Merezco la reprensión, señorito.... Conozco muy bien que no se deben

Andrés!

sacar á colación los defectos físicos de los desgraciados; pero voy al decir

que eso de no tener narices, ni mano diestra, por mas que una individua

pertenezca al bello sexo, debe contar con pocos atractivos, mayormente

cuando ya su edad está en el ocaso, y los adornos que la atavian no están

muy conformes con las modas de París.

— ¡Andrés! ¿Todavía?....

—Yo no sé cómo esplicarme , señorito; pero quiero decir, que si intere-

sa á V. E. esa mujer, no será á buen seguro porque sus hermosas narices le

hayan flechado, sino porque le han conmovido sus desgracias.

— Sí , Andrés , la serie de sus no interrumpidos infortunios me desgarra el

corazón, y no parece sino que porque he resuelto hacerla dichosa, haya una

fatalidad que quiera estorbarlo. Por lo mismo que se ofrece tan sencillo pro-

porcionar su tranquilo bienestar á una mujer indigente , avezada á toda suer-

te de privaciones, sin ambición ni grandes necesidades, parece que el diablo

se empeña en frustrar mis afanes , aglomerando contra aquella desventurada

azares y sinsabores, que á cada infortunio la hacen mas interesante á mi co-

razón. Tú te reirás sin duda , de ver á un joven abogar con tanto calor por

la dicha de un ente despreciable á los ojos de la sociedad; pero no importa

que te rias con tal de que me sirvas bien. Ya sé yo que por desgracia es


LA BRUJA DE MADRID. 231

natural en esle mundo mirar con desprecio á los pobres

— Señorito, yo le serviré á V. E. en cuanto me ordene con el mismo ca-

riño que obedezco á mi madre ,

y lejos de provocarme á risa lo que está vue-

cencia haciendo en favor de esa desgraciada , me enternece y llena de orgullo

al mismo tiempo... porque tengo orgullo en servir á un amo tan bueno y ge-

neroso.

— Pues escúchame con atención. A íin de librar para siempre á esa infe-

liz de insultos parecidos á los de hoy, he pedido á mi padre su consentimien-

to para dar hospitalidad á la misma en alguno de los cuartos que hay desocu-

pados en tu habitación.

— Perfectamente, señorito, y tanto mi anciana madre como yo,. tendre-

mos un gran placer en cuidarla y hacerle olvidar todos sus infortunios. ,

— ¡Bien, Andrés, bien! No me he equivocado al depositar, en .U mi con-

fianza.

— Precisamente la habitación inmediata á la capilla está siempre cer-

rada porque de nada nos sirve. Tiene hermosas vistas, recibe toda la fra-

gancia de las flores del jardin y unos aires purísimos. Esa pobre mujer que

no puede aspirar á los goces sociales , disfrutará á lo menos de los halagos de