SUPE LA HABANA

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SUPE LA HABANA

SUPE LA HABANA

HORACIO ESBER


Supe La Habana


HORACIO ESBER

Supe La Habana


Esber, Horacio

Supe La Habana. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires :

el autor, 2012. 272 p. ; 23x15 cm.

ISBN 978-987-33-2643-1

1. Narrativa Argentina. 2. Novela. I. Título

CDD A863

© Horacio Esber, 2012

Foto de Tapa: Horacio Esber (La Habana, 2007)

Foto de pág. 124: Horacio Esber

Foto de pág. 261: Juan Gianelli

Dibujos: Mauro Ricci

Diseño Gráfco: Guadalupe Serra

ISBN: 978-987-33-2643-1

Impresión Digital: Jorge Burtz (2012)

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723

Libro de edición argentina.

Impreso en Argentina


A la Memoria de Oscar Nicolás “el Turco” Adre.

A la Memoria de Héctor Lastra.

No creo en los Pueblos, creo en las Generaciones.

José Saramago


En “La Chernia, el Chucho y la Cholga” la Negra Claudia

Durigón me apuró, Vos no podés callar esa historia;

casi una obligación que la contés..., y no es por vos faco,

es por la historia que te lo digo

Flaco, me dijo. (Así, entre seductora, ácida y esquiva).

Terminé el “Wok de la pesca del día con verduritas al vapor”

y antes del siguiente trago de tinto le dije, Sí.

Rosario es una ciudad caliente, caliente y hermosa.

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Supe

Artemisa es un pueblito de Cuba al que nunca fui. Sé que en

él habita una mujer afortunada. Es raro que siendo como soy,

todavía no haya viajado hasta La Habana para traerla y recorrer

el Malecón de su mano. Ella es Amparo López Enríquez, la miliciana

de la que quiero decirles y a la que quisiera contarle lo que

pasó después que se encontrara con él.

Nunca conversé, pero de ella me hablaron. De ella y del Cuervo.

El Cuervo, la única seña que Luis me dio, No hace falta que

conozcas su nombre, todos en el errepé saben quién era..., y lo

saben también los Montos y los de la Secretaría de Derechos

Humanos de la Presidencia…, y si no preguntale a.

Me largó crudito con eso, y sólo cuando terminé de escribir la

recuperada historia entre el Cuervo y Amparo me di cuenta que

no hacía falta que me dijeran cómo se llamaba él.

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1

San Nicolás

1969. El Cuervo volvía desde Cuba como si fuera un turista

más a bordo de Air France. Recordaba las palabras del padre

Mugica: ¿Para qué nos sirve una universidad autónoma en un

país donde los niños de Tartagal se mueren de hambre? Después

reconstruyó en la memoria los días de “La noche de los bastones

largos”. No era una alusión caprichosa, ni siquiera mostraba persistencia

militante. No, porque él mismo referiría más tarde que

hacia 1966, año en el que el onganiato iniciaba su periplo necio

y abstruso, había elegido, aunque su vida debiera volverse clandestina,

iniciarse a la lucha insurgente en su San Nicolás natal

para no ser un espectador más de la historia.

*

Recién comienza la nueva década (Será recordada invariablemente

como “Los setenta”).

Las veredas húmedas de San Nicolás de los Arroyos dejan

escapar la inmoderada pretensión de sus calles. Hasta Buenos

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Aires parece al alcance de la mano. Hay un ambiente urgente.

Despegar. Diferenciarse. Armar algo más que un puerto de provincias.

La gente de San Nicolás puede encontrarse en la mirada;

saben que no irán a extrañarse. Porque los extraños son los

otros. Los de Rosario, por ejemplo.

Las cosas empiezan a rebasar la clásica pachorra moral. Pueblerina

y eclesiástica. Tanto que mucho más adelante vendrán

para contradecir la consagración mariana que el mismo Onganía

pretenderá hacer, hincado frente a la Basílica de Luján.

Es como si en las aguas del Paraná, o en los últimos camalotes,

hubiera llegado una especie de hechizo que entrelaza a los nicoleños.

Hay quienes piensan que este clima que comienza a insinuarse,

casi con perdularia insistencia, anticipa los días por venir. Y

que, además, como una suerte de maquinación furtiva se extiende

en todo el territorio nacional. Sin embargo acá, en la ciudad,

porfían que eso, únicamente aquí pasa.

Jeremías está empleado en una funeraria, hace de Lechuza,

ofreciéndoles a los deudos la casa mortuoria para el merecido

velatorio del recién muerto. Cobra, así, por tanto. A façón. El

trabajo de la huesuda es el primero en usufructuarlo. Rápido

vendrán los otros. Los que desde hace siglos, apostados detrás

del púlpito, intermediando con la fe, continúan sacando esta especie

de devengo canónigo ad eternum.

El Cuervo frecuenta por segunda o tercera vez a Jeremías en

el Hospital Zonal; trae la íntima esperanza de reclutarlo pero se

encontrará con una sorpresa: Jeremías tiene una obsesión.

Dicen que por estas horas pone todo el esfuerzo en tratar de

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salvar la cooperadora de la escuela a la que asiste un sobrino

suyo. Gracias a ella, los alumnos viajan hacia Santa Fe o Buenos

Aires -con la excusa de estudiar el túnel subfuvial o visitar

el Cabildo-; otras, ayuda a subvencionar los manuales y libros

de los hijos de obreros desocupados o mal pagos. Pero también

organiza las kermes. Y Jeremías, en esas festas de feriantes improvisados,

casi siempre liga: alguna maestra, alguna madre

aventurera.

Lo cierto es que la cooperadora escolar, dicen, será pronto

intervenida por la directora; Jeremías intuye que, impulsada por

los padres más conservadores y por el cura de la escuela, seguramente

los viajes y la kermés terminarán sin que nadie pueda

quejarse.

Con un pie apoyado en el último escalón el Cuervo trata de

convencerlo. El Lechuza interrumpe:

-No sé. Retiene las palabras por un momento; baja la voz,

Últimamente, vengo del hospital y en lo único que pienso es en

cómo hacer para que la vieja amargada de la directora no pueda.

El Cuervo ofrece un cigarrillo:

-¿Entendés? -insiste Jeremías-, si la interviene es mejor que

los pibes se olviden.

Detenidos en el poyo de la casa no dejan que la charla se alargue.

Por eso Jeremías se asegura:

-¿Te importa si lo dejamos para otro momento?..., es decir,

la conferencia sobre Lenin me interesa, pero, vos entendés ¿no?

Mueve la cabeza para decir, sí. Y aplasta el pucho con la punta

del zapato; de buen humor, el Cuervo estrecha la mano huesuda

de Jeremías al despedirse.

*

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La cooperadora fue intervenida nomás, a pesar de la opo-

sición de Jeremías, de los argumentos y de las dos asambleas a

las que asistió. La llevaba bien hasta que alguien dijo, sostuvo y

mantuvo, que en esas reuniones sólo padres, madres, abuelos y

abuelas tenían cabida. No así los tíos y tías. Ellos tenían vedada

toda participación: Ni voz ni tampoco voto. Sin embargo se

cuenta que Jeremías consigue reclutar más de una madre solícita,

atraída no solamente por los fnes de la empresa encarada.

Apenas decidida la intrusión ofcial en la cooperadora -al

mismo tiempo que el interventor asume sus funciones- en la

casa de María Teresa se reúnen ocho padres y unas quince madres.

Más Jeremías, por supuesto.

No hace falta que haya otras, enseguida se ponen de acuerdo.

*

El Cuervo organiza la orga. Está a cargo de una parte de San

Nicolás. Se preparan para la reunión del Quinto Congreso en

Las Lechiguanas, una de las islas del Paraná. Pero para llegar

a ésa han de celebrar muchas previas. Espera que no sea el siguiente

fn de semana. Ése, justo ése, tiene una cita. Pero de las

otras. Es una faca que ha llegado con su familia desde Córdoba

y que le ha dado buen calce. Además está linda:

Linda mina Adriana, y por si fuera poco parece romper con

el mandato paterno..., de casamiento, nada.

*

Jeremías, María Teresa y tres más avanzan decididos. Queda

claro que no sirve insistir con las autoridades. Ni las escolares ni

tampoco las del Ministerio. Menos todavía con los curas, Ésos...,

ni en pintura [diría hoy, Joaquín Sabina].

El sol se esconde, San Nicolás parece desnudarse. Perder ese

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halo mojigato que la envuelve durante el día. Es como si su pecho

se abriese a ciertas verdades.

María Teresa camina dos o tres pasos atrás del grupo. A veces

Jeremías espía hacia ella; la bolsa que lleva pesa, sin embargo no

se resigna a mostrar faquezas. Con ellos viene uno al que la luz

de los faroles le rebota en la frente aceitosa. Insiste con ayudar

y reclama:

-Jeremías, no seas cabezón, dejá que te doy una mano.

-Vos asegurate -responde torciendo la boca-, que la pala no

se vuelva a golpear contra las baldosas, que no se abolle porque

el patrón me raja.

Otra de las que llega viene no sólo a causa de que le pasa

algo con el Lechuza, sino también porque eso que hacen es una

manera de salir del hogar marital. Dejar por un rato de ser ama

de casa para convertirse en una especie de Madame Bovary tercermundista.

Doblan en la esquina. Se cruzan con un patrullero. La frente

laqueada brilla un poco más y sin embargo los policías del Jeep

IKA no los registran. O hacen como que no.

Faltan cinco cuadras.

Acaso cuatro.

*

Después de la consagración de Alfredo Alcón unos años antes

(invierno de 1966), “Israfel” de Aberlardo Castillo empieza, hacia

fnes de esa década, a exhibirse en los teatros under de las ciudades

del interior.

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2007

Lili, Walter (I)

Liliana es una de las personas que mejor recuerda la vida del

Cuervo. Podría decirse que es casi su biógrafa personal, aunque

ella, si alguien se lo mencionase, no aceptaría semejante nominación.

Walter es periodista al que un colega de la revista Lucha Armada

le pasó el dato. Quizá sea por eso, enseguida consiguió la

entrevista.

El primer encuentro fue en la casa de Lili.

Lili o Liliana me pidió que saliéramos al balcón terraza. No se

sentía bien ahí dentro.

A pesar de la cadencia de Maná que nos inspiraba para hablar.

Ella apagaba apenas la voz:

-Me acuerdo de aquellos días y me convenzo más de mi ateísmo.

Se acomodó en un sillón de paño color borravino; -esperó

que me sentara-:

-Mejor dicho de mi militancia atea; aquellos días no pudieron

terminar como terminaron si no fuera, si hubiera alguien

allá…, más allá.

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Cerró los ojos; parecía actuar. Yo me acordé de Unamuno

-creo que era él- y de su idea acerca de que la fe no tiene que ver

con creer que Dios existe, sino con querer que exista.

-Mirá, Walter, -retomó de golpe Lili-, Hubo cada cosa, cada

ruptura..., es así, rompíamos con lo dado, lo que venía puesto

no servía, lo que sea, y no tenía que ver con la cuestión política

salvo que vos creas que la política es una especie de baba que lo

envuelve todo y entonces sí.

Hablaba a borbotones, sus argumentos eran una clase de

hilván hecho sobre la cáscara del tiempo. Me llevaba con ella,

enancado en su relato, en sus refexiones y también en su rencor.

Rencor a Dios

de Dios,

de los que

nombran a Dios en sus plegarias.

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SUPE LA HABANA 21


Marlon Brando antes de matar

Tendría a lo sumo veinte años. Construida con Evita viva, hacia

la medianera del Peronismo clásico. Clase de opulencia disimulada

y grandiosa. Fue una de las primeras en San Nicolás. No

duró mucho con sus dueños. Tuvieron que venderla. Los padres

de Adriana recién se mudaron después de arreglarla. Y Adriana

está esperándolo ahí, debajo de la puerta. Marco de roble macizo,

antepecho lujoso del zaguán ambiguo de luz y negrura. Está

molesta porque no solamente le ha cancelado la cita del sábado

sino que al mismo tiempo pretende negarle explicaciones. O las

que da resultan infantiles. No es que a ella le interese pero al

menos debe aparentar que sí, que le interesa. Es lo que le han

aconsejado: una tía y su prima mayor.

Pero es eso, justamente eso lo que la pone de mal humor; no

quiere armar su vida fngiendo.

Cambia justo antes de que él llegue.

Antes de que asome: fantasma salido de una tragadera urbana.

Trae el pucho colgado de la boca, las manos metidas en los

bolsillos, la cabeza ladeada. Marlon Brando antes de matar.

SUPE LA HABANA 23


El Cuervo termina de cruzar la calle; la saluda tocándole el

pelo. Apenas la nombra, Adriana. Ella lo bienviene, pega su boca

a la comisura.

Sí, no es el Cuervo. Es Brando.

La agarra por la cintura, entre brusco y tierno. Beso profundo,

adelantado a su época. Pero ni él ni tampoco ella lo saben.

Solamente se dejan.

*

En el camino a la casa de la directora, Jeremías repasó muchas

veces lo que están por hacer. Aunque parezca, no es una

disputa menor. Es una respuesta concreta a una manera concreta

de proceder.

La vocación de estos años. Un modo de pararse frente a los

acontecimientos.

María Teresa también cree lo mismo. Tiene treinta, treinta y

dos a lo sumo. Y a pesar de representar a cierta clase nicoleña,

a cierta prosapia tradicional, ella intuye que los tiempos que se

viven no son igual a ningún otro.

Por eso va.

Por eso más que por el aspa revoltosa que inquieta su estómago

porque Jeremías -apenas un jovencito, lechuza de hospital-,

la mira como si en cualquier momento fuese a emboscarla.

No es que olvide a sus hijitos. Tampoco a su marido. Menos

a sus suegros y a sus padres. Pero ellos seguramente encarnan la

misma sociedad que tan bien simboliza la directora, el interventor

recién designado y las autoridades de la Nación.

Ahora se adelanta, alcanza a Jeremías. Es la primera vez que

se calza los vaqueros para andar por las calles, así, casi con desparpajo:

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-Llegamos, Jeremías.

Él, reconcentrado en la bolsa, no responde.

Del de la frente aceitosa poco y nada. Se ha retrasado. De

propósito. Pretende ser la retaguardia innecesaria. Entre medio,

lo de siempre. Ni fu ni fa. Los espectadores rasos, testigos tan

necesarios para después contar como prescindibles para, en ese

ahora, hacer.

*

Son en tinta china. Adriana y el Cuervo. O sus cuerpos. Delineados

en las sombras. Augurio o garabato de formas tan sabidas

como desde siempre negadas.

Bendito zaguán penumbroso. Último bastión, antesala de la

venidera capitulación de los censores -militares, curas, padres y

maestras-.

Túnel de luz.

Maldito zaguán bocina.

Eco asimétrico, felmente espasmódico. Eco del deseo realizado,

imposible de callar. Excusa exacta, esperada para salir de

golpe.

Encontrarlos.

Imprecar invocando a un dios criticón que no es el Dios verdadero,

halagador y voyeurista. Él, que justamente creó la media

luz para poder imaginar y después idear lo que el tacto descifrará,

al memorizar.

Y el Cuervo que, en la segunda cuadra, se frena. Ríe, desabrochado

todavía. Pleno de vida. En el cuenco de sus manos

grandes la tibieza de Adriana que se queda, ahí, acurrucada y

mimosa.

Tiene ganas de gritar: Acá está ella, es ésta.

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Sí, pero también es aquella, la que ahora se niega al refunfuño

moralista de la madre y al quite de saludo (promesa de meses de

silencio y ostracismo) del padre.

La del Cuervo es una verdad tan grande como la casa del zaguán

de las dos caras. Adriana estará un tiempo más en esta

ciudad que muda la piel. Su vocación por la música, el teatro y

la dramatización la sacará del territorio de la heredad familiar.

Pater familiae en desuso.

Adriana lo intuye, porque las faldas cortas pueden menos

que las pasiones largas. Adormecida, todavía caliente, envuelta

en una sábana húmeda de placer reconstruye pizca a pizca cada

partícula de esta noche.

Adriana dormida.

Fagocitada por el sueño o la pesadilla que trae una pintada

que la obsesiona: Liberación o dependencia.

Irse, que se quede el pater y los que quieran con él. Ella se va.

Su liberación:

irse.

*

Poco tiempo atrás ha muerto Ho Chi Minh Secretario General

del Partido Comunista Vietnamita y en la calle un panfeto arrugado

deja escapar la consigna: El Tío Ho Vencerá.

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2007

Lili, Walter (II)

Fue como te digo, repetía Liliana. Yo escuchaba atento, reparaba

en sus manos movedizas, en la inquietud de sus piernas

nunca del todo quietas:

-Mirá, nosotros nos confábamos todo..., él había vuelto de

Cuba reiterando la hipócrita ruta que, los unos y los otros, sabían

que se hacía pero que todos disimulaban no enterarse. Era

un punto a punto, un cambiar los pasaportes, un llegar y estar

un par de días en París, Roma o Londres haciéndose el boludo

y después llegar con el sello estampado que acreditara que vos,

por los países comunistas no pasaste.

Hace silencio, parece que va a rezongar porque no encuentra

remate para lo obvio; la ayudo como si no hubiese entendido:

-A ver, explicame bien como se hacía eso.

-Qué.

-Eso, los viajes punto a punto.

Liliana desgranó explicaciones, íntimamente agradecida porque

le daba espacio para que recordara otras:

-El Cuervo terminó…, mejor dicho, le terminaron la instruc-

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ción en La Habana y voló a Praga, desde ahí, por tierra atravesó

hacia algún rincón de Austria, Leoben creo, y más tarde voló a

París, recién entonces usó su verdadero pasaporte; tres o cuatro

días después llegó en Air France a Ezeiza..., mirá yo fui a esperarlo

y puedo decirte que no era el mismo que el que se fue allá

por mil novecientos sesenta y nueve.

Por fn. Había conseguido lo que me propuse, Lili entraba en

la parte de la historia que más me interesaba:

-Por qué decís que no era el mismo que se fue.

Se puso de pie para cortar un pétalo de la rosa banksiana que

adornaba una de las puntas del jardín de altura, se quedó ahí,

entretenida, sin volver a su lugar:

-Regresó distinto, algún bichito le había picado en Cuba, yo

me daba cuenta pero no quise preguntarle ni tampoco me hubiera

dejado.

Liliana puso atención en los tallos, acomodándolos:

-Qué no pudiste, Lili.

-Preguntarle.

SUPE LA HABANA 29


Más adelante, María Teresa será Inés

Por la mañana lo supo. La noticia de la radio, un rumor. El

voceo del canillita del diario local. La certeza que trae el compañero

de la otra cuadra:

-Jeremías está preso. Dijo, antes de agregar, Él y una mujer.

El Pelado guarda el mazo en el bolsillo derecho:

-Se dice que tres han escapado, Cuervo..., además negaron

que fueran con ellos. El Cuervo sale para la comisaría a medio

vestir, preocupado; muerde el fltro del cigarrillo apagado. Por

lo general prefere fumar recién después de haber desayunado.

Dirán que fue como si lo hubieran esperado, porque el Jeep

IKA de la policía apareció -o volvió- al mismo tiempo que empezaban

a preparar el sabotaje frente a la casa de la directora. Sí,

el “Cuartito” dio vuelta en la esquina y astilló el silencio de la

noche con la sirena chillona y roja.

San Nicolás se acostumbra imperceptiblemente a estos hechos.

Manifestaciones del sentimiento atraviesan la idea de una

justicia carente de la circunspección de los jueces y de la Constitución

Nacional, pero, por lo general, amparada por la sencillez

de la verdad.

SUPE LA HABANA 31


Las cosas cambian. Sí, aunque las personas maduramente

adultas protesten, esa anacrónica condenación no quebranta la

voluntad.

Descascarada y húmeda, la puerta de la comisaría permanece

abierta. María Teresa sale despaciosamente. Abajo, estáticos al

pie del cordón de la vereda, la esperan el padre -renombrado

médico cirujano- y el marido -aspirante a secretario del Juzgado

Federal en la próxima promoción-. Ella los mira mientras se

acerca, la cabeza levantisca. No lo alcanzan a notar y corroboran

aquella vieja sentencia popular: son ellos los últimos en enterarse.

Uno, porque desde tan alto los detalles se escapan; el otro

porque, Éso, éso mi hija sí que no.

María Teresa lleva los hijos pegados a sus vaqueros; sus pasos,

algo más largos y frmes que lo habitual, provocan que los

chiquilines deban correr para no soltarla.

Ninguno. Ni siquiera ella lo sabe: divorciada sin divorcio.

De todo, de todos.

A Jeremías no volverá a verlo.

Una nube rojiza se abre en dos. Desde una ventana saluda

“Muchacha Ojos de Papel”.

Más adelante, María Teresa será Inés.

El Cuervo los ve pasar, disimula, como si estuviese concentrado

en su cafecito. Aspira una bocanada. Desde otra mesa el

Pelado levanta la ceja derecha, murmura en sordina: -Por qué la

soltaron a ella y no a Jeremías. Entre sus dedos cabriolea la Reina

de trébol. El mazo a un costado.

Detrás del calabozo hay un pequeño patio. Mitad embaldosado,

mitad tierra apisonada; arrumbado contra la pared el esqueleto

de un elástico de cama. Justo ahí, apoyada y abierta una

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olsa grande que envuelve dos tachos: en uno, alquitrán; en el

otro, bosta fresca (a esa hora ya seca) de los caballos del carro

fúnebre. Tres brochas y una pala reluciente.

*

“...entre el hombre y Dios, elegiría al hombre. El hombre soy

yo...” Declarará tiempo más adelante a la Revista Extra, Joan Manuel

Serrat.

SUPE LA HABANA 33


2007

Lili, Walter (III)

-¿Sabés?, el Cuervo no la iba con esos mensajes estúpidamente

moralizadores, nunca, pero menos todavía después que regresó

de Cuba.

Liliana buscó una regadera. Entretenida, humedecía el pequeño

jardín. Siguió hablando, dándome la espalda; echó una

mirada para cerciorarse de que todavía estaba:

-Vos te percatás, por aquellos años había una ola muy

grande que imponía o mejor dicho mantenía ciertas costumbres.

Largué una espesa bocanada antes de:

-Sí que lo sé, claro, a lo mejor la infuencia de la moral victoriana,

y de la cristiana también, se mantenía a pesar de los curas

tercermundistas.

-¿Cómo?, justamente por eso se conservaba, retrucó Lili interrumpiéndome,

y arrebató de una:

-Ellos empezaron teniendo mucha infuencia, son los que armaron

todo. Sonreí, aprovechaba que seguía dándome la espalda.

Ella hizo una pausa premeditadamente silenciosa:

SUPE LA HABANA 35


-Mirá -persistió enseguida-. No sé, el Cuervo no la iba con

esa moral que trataban de imponer, vos sabés ¿no?. Repitió y

esperó callada.

No me quedó más remedio:

-Pero claro, Lili, me contaron las historias que se armaban,

por ejemplo, ehh, si un militante se enroscaba con una compañera.

Liliana dejó apoyada la regadera y se volvió para mirarme

entre divertida y pícara antes de agregar:

-Y ni te cuento si la compañera era también compañera de un

compañero. No, eso es chiste.

Reímos con ganas.

-¿Qué querés tomar?

-Por ahora nada, gracias, seguí contándome, Lili, cómo se las

arreglaba con eso.

-¿Con la moralina supuestamente revolucionaria?..., al Cuervo

le gustaban las minas más que el mate con ginebra. Dijo mate

con ginebra y volvió a reírse:

-El Cuervo, lejos de lo que quería aparentar, era un transgresor

puro, qué sé yo, timba aunque no mucho, bailar, tomar...,

ésas cuestiones; vagar, delirarse y sobre todo dormir y dormir;

con lo único que no pudo romper fue con el hábito de vestirse

de saco y corbata... Lo que sí, era muy riguroso con el tema de la

seguridad, ahí no transaba; la cara de Lili iba ensombreciéndose:

-Marxistas y curas tercermundistas coincidían en asuntos como

la disciplina, libertades rígidas, construir una moral ofcial que

uniformara; el amor, la amistad, las lecturas, en fn, faco..., una

sola, para todos, y no respetarla era una falta grave, mirá que

estupidez, si hasta Fidel imponía la idea de que el pelo largo era

puro snobismo..., pobre mi amigo, tuvo que pagar por tanta bo-

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ludez..., castigarlo como lo hicieron. ¡Qué cosa, ¿no?, hasta la

mejor de las revoluciones tiene sus agachadas!.

Yo sabía; se rumoreaba que el Cuervo durante su estadía en

Cuba había cometido alguna falta grave: intuía qué. Y sospechaba

que Lili me lo confrmaría. En algún momento soltaría la

verdad, pero le di pie para que no sospechara nada:

-Pero, oíme, Fidel cambió.

Ella sonrió con toda la cara:

-Sí, Walter, se liberó también de esas, no sé, qué te parece…,

Fidel y la revolución cubana dejaron atrás tanta estupidez.

SUPE LA HABANA 37


Hay que sacar a Jeremías del calabozo

No quiere y se escapa. De la casa, de la fábrica. De la policía.

El Cuervo lo recibe en la suya. Está mortifcado con aquella insistencia.

Benito viene decidido a no dejar el teatro, pero más

que eso a no cortarse el pelo.

-Así no vas a captar a nadie, Cuervo, suelta Benito al verlo,

como siempre, trajeado y enseguida larga sin dejar que se defenda:

-Nadie te cree.

-Vos, dale nomás, hacete el hippie y seguí con la guitarrita

todo el día..., no te van a engayolar por revolucionario sino por

pelotudo.

Parece el padre. Porque al Cuervo le gusta ponerse por encima,

con cierto aire de superioridad. Arrogancia buscada de propósito:

estar de vuelta de la vida. Benito lo mide con bronca cuando le da

la espalda. Bronca mutua que se acumulará con los años a pesar

de que seguirán siendo leales amigos. Sonríe de costado:

-Para vos estaría bien que nos convirtiéramos en una especie

de Guardias Rojos, ascetas y rezongones; pincha Benito que empieza

a sobrarlo; la sonrisa: carcajada.

SUPE LA HABANA 39


Antes de salir de la sala, el Cuervo murmura:

-Enfelmito.

Maltratado, Benito sin embargo cierra la boca. Con esa expresión,

pronunciada a la cubana, y tan de este tiempo, el Cuervo

irónicamente le recuerda lo que los verdaderos revolucionarios

piensan de los hippies. De paso, le refriega quién es el único

que ha estado en la isla del Che.

Ya en el centro del patio, el Cuervo se apoya contra el tronco

del Jacarandá. Resbala hasta quedar en la tierra, semiacostado.

Tranquilo. Al tufo del río lo trae el viento y a él lo lleva en el

recuerdo todavía fresco. Olvida a Benito, porque hay momentos,

como éste, en los que el Cuervo es ganado por una perplejidad

extraordinaria. Esa mujer de nombre Amparo. También

La Habana y las calles de la espera. Su vida, que parecía ser

mucho más que eso, de tanto en tanto, quedaba reducida a ese

amor incesante y en suspenso que llega de golpe para atravesar

la memoria:

(monotype corsiva 13)

La Habana: domingo: allá por el Malecón, caminaba con las

manos metidas en el bolsillo. Dos días después que lo descubrieran.

Era verdad, apenas llegó, una cubana supo contarle que ocasionalmente,

si ella estaba triste, bailaba. Y que son muchos los que lo

hacen así, apenados.

Aquella tarde, como casi nunca, las olas rompían pidiendo permiso.

Cierto. Muchos de los que trajinaban en las calles se movían

rítmicamente; revelaban un estado de ánimo. Otros bateaban pero

algunos no se divertían. A veces callados, a veces no. Salvo los nor-

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teamericanos, cualquiera puede darse cuenta si los que bailan están

tristes o no.

Él se preguntaba si, antes de que lo regresaran de prepo, volvería

a verla.

“No puedo negarlo, constantemente así: melanco, bien argentino,

tanguero. Si los cumpas me vieran: ¡volvé al nicho, Cuervo!”

Porque rompían suavemente bajó hasta sentarse y por poco tocar

el mar sobre los dientes de perro, esos que Amparo le había mostrado

tiempo atrás. Piedras comidas por el viento, la sal y el agua, si no se

tenía cuidado, lastimaban la piel y rasgaban la ropa. La Habana -a

sus espaldas- disuelta en un sol blanco.

El Cuervo cierra los ojos igual lo hiciera aquel domingo. Sin

dormirse todavía vuelve a él: olor a sardinas fritas. Lazo que lo

mantiene unido a la ciudad desvanecida detrás del Malecón.

(monotype corsiva 13)

Sobre los dientes de perro. Él, ateo consumado, ruega verla, aunque

sea, una más. “Tanguero, gomoso y maricón”, se dice a sí mismo.

La luz de la siesta dibujada en el patio.

Benito sale; no tiene mejor idea que despertarlo con la guitarra

aunque inventa la letra.

Visitar a la familia de Jeremías -que sigue preso a pesar de las

promesas del juez- es la consigna:

-A ver, chantalo debajo del cuello..., te ayudo, decime, Benito,

porqué no te lo cortas y te dejás de hinchar las pelotas.

Transparece el atardecer.

*

SUPE LA HABANA 41


Matilde lee entusiasmada y en voz alta:

-“…Una de las tendencias más signifcativas en México desde

1940 ha sido la creciente infuencia de los Estados Unidos en la

vida mexicana…”. Larga la primera seca y el humo sube hasta

laminarse contra el techo, enseguida Roberto curiosea:

-¿Los hijos de Sánchez, eh?

-Sí..., ¿leíste alguna otra de Oscar Lewis?

-No, me tira más la literatura, estoy enganchado con Adán

Buenosayres.

Hacen tiempo hasta que llegue la hora de la clase. El bar, en

diagonal a la puerta de entrada y en la esquina de Plaza Mitre;

han llegado premeditadamente temprano y montan el juego de

la fascinación intelectual.

Acomoda el pelo largo, lacio, rojizo:

-Che, Roberto, es raro que no se te dé por estos textos, tan actuales.

La mano grande, quieta sobre la piedra blanca de la mesa,

prefere esquivar sus ojos; está por responder, aunque duda; el

temor a su enojo -el de ella- lo paraliza; Matilde insiste:

-Para ir a las conferencias es mejor tener una base, el otro día

en una: Dios Geometriza, yo...,

-Esperá Matilde.

Los otros que están en el bar parecen quedar, de sopetón, ausentes.

Imaginariamente se desvanecen en este preciso momento:

-Matilde..., dice Roberto y se levanta de la silla; saca del bolsillo

un papel. Sonríe, audaz, metro y medio alejado de la mesa,

empieza a construir un túnel para que el mundo pase por ellos

dos; bastante sobreactuado, ejecuta (lee algunas, otras no) un

fragmento del Cuarto Cuadro de Las Tres Caras de Venus: -(Lucio)

Y no te lo reprocho. ¡Isabel, por el Gran Ojo del Mamuth,

42


que nos está escuchando, te juro que no te lo reprocho! Y tú ¿qué

fuiste para mí? Óyeme: había en mi ser una cuerda profunda que

no descubriste, que no has hecho vibrar. Un error mutuo Isabel:

un error salvado milagrosamente. Bullosa es tu marido y mi ángel

guardián.

Los hijos de Sánchez queda guardado en la yisca tilcareña.

Matilde inclina la cabeza un poco hacia abajo, levanta la mirada:

torera que acepta el desafío. De ese lado de la mesa, ya de pie,

tira la melena hacia atrás y, premeditadamente, se saltea dos diálogos

para recitar de memoria: -(Isabel) ¡De un dios en forma de

pescado!, circunvala la mesa hacia donde está ella; Roberto va,

los brazos en jarra: -(Lucio) El envase de dios no importa: lo que

interesa es el contenido. Matilde detenida, indócil aunque él viene:

-(Isabel) No lo discuto pero volvamos a la cuerda. Y Roberto

sofrena la avanzada, la tiene a dos pasos -quizá tres-: -(Lucio)

¿Qué cuerda? Es Matilde la que acorta la distancia, insumisa todavía:

-(Isabel) La que yo no te hice vibrar. ¿No has pensado que

también yo tengo mi cuerda? ¿O sólo tú puedes asumir la forma

de un instrumento de música?

Pero no están solos. Algunos de los parroquianos aplauden y

el gallego detrás del mostrador ofrece otra vuelta:

-La casa paga, hombre.

*

Anciana -¿sólo una apariencia?- demasiado para lo que ellos

habían supuesto. La madre de Jeremías gimotea. Pide por su hijo

preso:

-¿Ustedes qué saben..., saldrá pronto?

Benito deja que responda el Cuervo:

-No lo sabemos.

SUPE LA HABANA 43


San Nicolás de lleno en la historia. Y no porque haya un Le-

chuza de hospital preso. Todo es ellos. Todo. Ellos que cuartean

lo dado. Tanto como esos otros que nunca conocerán al Cuervo,

los que -se verá en los días que vendrán- planifcan porque sí,

tomar por asalto la Casa del Acuerdo.

La madre vieja ha traído té. Sirve y disculpa al padre de Jeremías,

ausente adrede: -Pasa que mi marido ha sido tan correcto,

fgúrense..., tan respetuoso de la ley, ¡ay, Virgen santa!, quién iría

a pensar,

El Cuervo no puede ni quiere ocultar cierto pasmo:

-Señora.

Aunque ya tibio, el té es pausa necesaria.

La mujer entrega un mensaje de Jeremías. Ella no se anima a

llevárselo a sus destinatarios: -Da vergüenza salir a la calle. Los

despide con un beso en la mejilla.

En el alféizar exterior de la ventana un mirlo descansa sosteniendo

un gajo de hierba en el pico.

Benito camina despacioso, las manos metidas en el bolsillo;

contento, disfruta de su triunfo no reconocido:

-El teatro es vida, Cuervo, fjate vos..., mirá lo que Jeremías

manda a pedir.

Pero el Cuervo se niega a consentir semejante disparate:

-Cómo puede ser que él piense en eso, justo se ha ganado la

primera medalla; pensá Benito..., preso de los milicos por no

aceptar imposiciones, por rebelde, casi sedicioso.

Cruzan de vereda.

Antes de doblar, Benito refexiona intencionado:

-El teatro también puede ser todo eso..., a lo mejor todo sea

teatro.

44


Una F100 interrumpe el intento de atravesar la otra calle, el

Cuervo apoya la mano en el hombro de su compañero obligándolo:

-Excusa pequeño burguesa, hermano, nada más.

Están cerca de la escuela, por la hora ya deben estar ensayando:

-Che, Benito..., ¿y cómo se llama la obra que preparan?

-Las tres caras de Venus.

-De quién es.

-Marechal.

-Uuhh.

Es un garage angosto y largo que usan como sala (ni muy

muy ni tan tan), caben dos, tres y hasta cuatro autos. Los días

de función además del escenario y los actores, entran cómodas,

entre veinte y veinticinco personas sentadas.

El Cuervo escudriña entre la media luz que ilumina el proscenio:

-Para vos cuál de las dos es Matilde.

-Qué sé yo, Cuervo…, me la juego por aquella, la que tiene

el pelo rojizo.

Es el mismo bar de la tarde pero a la noche. Roberto y Matilde

escuchan el mensaje-reclamo de Jeremías. ¡Pero claro!...,

sabemos lo qué pasó, ¿Jeremías es o se hace?, mirá si va a tener

que justifcarse por faltar.

El patru de la policía ha rondado lentamente por la calle,

frente al enorme ventanal del bar.

Los mensajeros insisten: -Vamos a otro lado. Matilde intenta

resistir pero la mirada fja del Cuervo es sufciente: -En alguna

casa es más seguro ¿no? Benito asiente con la cabeza. -La farma-

SUPE LA HABANA 45


cia de mi viejo..., ofrece ella, Estaremos bien, además atrás hay

una salita, podemos tomar mate y charlar un rato.

La humedad del río fota impalpable.

Caminan hacia la farmacia. Critican la pesada obstinación

de la iglesia católica en su riña contra los anticonceptivos: -De

seguir así se van a quedar sin un perro que les ladre.

Faltan dos cuadras; se ven algunos autos. Ninguna bicicleta.

Es por la hora.

Matilde quiere estudiar medicina: -Ojalá pueda pagarme la

estadía en Buenos Aires o dónde sea..., mi viejo les ha pedido

trabajo para mí a unos colegas suyos de Córdoba..., quién sabe,

en una de esas.

La sala es más grande de lo que esperaban. Y aunque ni ella ni

tampoco el padre tiene una posición clara, sin embargo, desde

dónde están se ve -en lugar del clásico cuadro de algún prócer-,

puesta encima del escaparate principal de la farmacia, una bandera

norteamericana, y debajo la leyenda: “Yo soy ahora la muerte,

quebranto los mundos - J. Robert Oppenheimer: Inventor de

la bomba atómica”. Roberto -persiste con usar gomina a pesar de

los mocasines Tibus- confrma:

-Quién puede estar de acuerdo con esa locura..., yo de política

mucho no entiendo pero no puedo quedarme indiferente.

El Cuervo hace cuentas. Benito en cambio los trae de nuevo

a la conversación de la calle: -Las píldoras han ayudado mucho,

dice y espera. Matilde sonríe: -Las consigo gratis, mi viejo no se

aviva porque aunque no parezca se venden como si fueran pan

caliente; risas, gestos que marcan la exageración. El clima se distiende

paulatinamente. Mate tras mate van desgranado las ganas

y los signifcados. El teatro es más que una vocación. Manera de

46


estar juntos, fuera de la vigilancia de padres y de la escuela, aunque

no de la policía o los curas (la policía y la iglesia sospechan

de todo y de todos).

-Actuar también es querer que el mundo sea diferente, afrma

Matilde mientras acomoda el pliegue de su falda corta, hace

sonar los dedos y sigue:

-Usamos el arte para entender lo que nos pasa; por poco

brusco Roberto la interrumpe:

-Lo usamos para decir lo que queremos. Benito no se queda

atrás, enciende un L&M, larga el humo por la nariz:

-Usamos el arte porque también nos acerca a la vida.

Se nota, a Benito Matilde le gusta y ella, aunque Roberto recele,

se insinúa para divertirse. Por esto o no sólo por esto, Benito

participa mucho.

El Cuervo especula, Ojalá pueda captarlos; se hace oír:

-Lo que sea…, es bueno usar el arte para ir más allá de la tonta

y burguesa vanidad del snobismo.

El tono sentencioso y presumido del Cuervo hace que los

demás adviertan que pretende arbitrar defnitivamente en la

controversia. Pero Matilde se planta: -Sólo si entendemos lo que

pasa allá afuera, señala hacia la calle, Vamos a entendernos nosotros

mismos, y el teatro ayuda, ¿o no?

Armar otro mundo.

Benito está dispuesto a ir por más:

-Hay que sacar a Jeremías del calabozo.

La bombilla del mate vuelve a sonar como esmirriada:

-¿Por qué me miran así..., hay que sacarlo, no? La cara de

Roberto empalidece más por el desconcierto que por la certeza:

-Jeremías ya tiene abogado, dice.

SUPE LA HABANA 47


El Cuervo de pie.

Matilde lo arrincona, directa: -No entiendo, Benito, qué querés

decir con que hay que sacarlo.

-Me voy, muchachos, avisa el Cuervo, Es tarde y mañana hay

que laburar.

Desde la orilla, la luna se puede ver refejada en el marrón

negro del Paraná. También en las brillosas, mojadas calles nicoleñas.

-Mirá, vos hacé como te parezca Benito, pero estas cuestiones

conmigo no van..., tampoco con la orga.

Vacía, la ciudad es un páramo dormido.

Los dos con las manos metidas en el bolsillo; Benito habla

en voz baja; avanzan en dirección al centro subiendo por León

Curuciaga. Monólogo entumecido:

-Qué persecuta tenés hermano, todo es complicado con vos.

Cara agrisada, el Cuervo no contesta. Y los murciélagos sisean

entre árboles y faroles.

La casa enroscada en la noche.

Apoyado en el marco de la puerta del cuarto, el cigarrillo mordido

por el fltro, hace un esfuerzo por afojar la cuerda: -Oíme

Benito, es cierto que armamos algunos focos, que hacemos unos

canas o algún banco..., pero todavía no hemos tomado la decisión

defnitiva, es decir, las armas como único medio cierto de

tomar el poder; es probable que eso hagamos en el Quinto congreso.

Sabe que lo escucha aunque el otro no conteste; insiste,

sermonea veladamente detrás del tono conciliador que emplea:

-Es peligroso hacer alarde, hablar o insinuar en lo que andamos,

¿vos entendés, no?, además, acordate que Jeremías no pertenece

48


a la orga, y esos chicos, aunque parezcan ser una oportunidad

para el reclute, tampoco.

Noche larga.

La imprudencia de su amigo hace que mande el desvelo.

Obsesivo, permanece recostado.

Ojos abiertos.

Trata de convencerse de que podrá remediarlo el siguiente fn

de semana. Van a ir con Matilde y Roberto a yirar por las islas,

tal como acordaron antes de despedirse. Entonces aprovechará

para sondear más. Tal vez reclutarlos. Aunque sea uno.

Empieza a tranquilizarse. Lentamente, sin entornar los ojos,

el Cuervo regresa a La Habana,

(monotype corsiva 13)

Humo gris.

Persistente, el olor a gasolina penetra en todo rincón del puerto.

Fue aquella una de las que él salió al mar.

Día tregua.

Vaya ocurrencia: aprender el ofcio de la pesca en una sola, única

jornada.

Mar quieto.

Algunos dicen que en La Isla eso signifca tormenta segura. Y

no cualquiera. Tempestad. Sin embargo ellos van igual. Las redes

listas. El entusiasmo también. Muy de madrugada. Antes de salir,

hacerse de un buen buche de café es obligación. En vaso de cristal,

claro.

Ahí está Amparo, trayendo una imagen tallada en madera tan

liviana como inocultable. Virgen de la Regla que lo protegerá mar

adentro.

SUPE LA HABANA 49


Creer o no poca importancia tiene. Él con la talla Yemayá escala

por estribor.

A pesar del mar inmóvil, de su mal presagio, la tormenta no llegó

y la pesca fue más que buena.

La cara cuarteada por el sol. El viento. Y la sal. Regresó a La

Isla con la Virgen Negra y ya no se desprendió de ella.

Esa noche, Amparo y él cenaron juntos. Pesca del día, arroz congrí

y tostones. Después Ron peleón comprado a un vendedor ilegal

en las calles ruidosas y eternamente despiertas. No estuvieron solos,

cinco milicianos y otra miliciana los acompañaron.

Una mulata niña que no quería dormirse, asomada en el balcón

enrejado arropaba su muñeca de cerámica.

Añoranza. Creyente pagano {ateo}. Enamorado y triste. La

Habana desmantelada. Percibe en sus dedos el tacto rugoso del

Malecón. Nostálgico pero furioso antes del sueño quiere despojarla

de su ¿eterno? calvario. El de la prepotencia brutal de

los brutos del Norte. El de la moral (ésa que aunque esta vez

no, muchas otras afora contradictoria y punzante debajo de su

propia piel) incomprensible que imponen los que bajaron de la

Sierra.

El Cuervo adormilado es sosiego desafante en la noche pacífca.

*

San Nicolás fue la primera. El under llegará a la principal

sala de la ciudad, pretenciosa réplica del Colón: el Teatro

Municipal Nicoleño estrena “Historias para ser contadas” de

Dragún.

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SUPE LA HABANA 51


2007

Lili, Walter (IV)

Lili sacó una tijera ordinaria; la usaría para podar algunos

tallos de un arbusto forido que yo no tenía idea qué clase de

planta era: -¿Qué es?, pregunté inquieto; ella tomó una de las

hojas, amarillentas: -¿Ésta?, demoré encendiendo un cigarrillo,

Sí, respondí. Sonrió apenas, Es una glicina trepadora, hay que

podarla seguido. Ágil, aligeraba la plantita dándome la espalda

-como la mayor parte del tiempo-:

-El Cuervo venía de una familia de varones, retomó.

Vacié el cenicero y regresé a mi lugar. Su voz sonaba pausada:

-Muchos primos…, si no me equivoco, una sola prima, así

que, imaginate. La interrumpí porque me interesaba más él que

la familia:

-¿En qué trabajaba? Lili soltó la rama que estaba a punto de

desbastar. Suspendida me observó, parecía intrigada. Hice un

gesto: apoyé el dorso de mis manos abiertas en la mesa y encogí

los hombros. Ablandada volvió al desmoche de la glicina blanca:

-Antes de que la orga se hiciera cargo hacía changas en lo de

su tío que tenía un comercio con varias sucursales..., representa-

52


a a la Siam vendiendo artículos para el hogar, ya sabés, heladeras,

cocinas, qué sé yo, calefones, ¿no?

Estuve por avanzar; ella lo hizo primero: -¿Conocías que toda

su familia tenía origen sirio?..., bueno dicen que por eso el Cuervo

era así, apasionado, voluptuoso, terco.

Hice trompa con la boca, pensaba que a lo mejor me saldría

como si yo fuera un émulo del Mimo Nicolás Chacho Jair. Pareció

desilusionada, sin embargo prosiguió:

-Buena explicación, fácil de entender..., el Cuervo no se quedaba

con el primer juicio, era su costumbre ir a fondo, jugar

todo.

La miré intrigado, total más estúpido de lo que a esta altura

había demostrado no podría ser. Y hasta me convenía quedar

medio tonto. Lili, obligadamente indulgente, pareció sentenciar:

-Solamente así se entiende que su muerte fuera lo que fue..., mejor

dicho que se presentara tal como se presentó y que sin embargo

él se declarase un hombre algo feliz..., si no lo fue del todo

eso tuvo que ver con la cuestión colectiva.

Pienso que mi cara me vendió, no obstante que -lo juro- intentara

disimular. No es que no entendiera pero, sorprendido

por esa refexión, no aceptaba que alguien hablara de la muerte

de esa manera.

Ella abandonó defnitivamente la glicina. Fue arrimándose

hasta donde yo estaba: -Mirá faco, con el tonito empleado comenzó

amonestándome; aires de maestra ciruela, a los que no

respondí a pesar de que no debería darse ese lujo; así y todo se

lo daba: -No sé porqué ponés esa cara, Walter, ¿acaso no sabés

cómo empieza y termina todo?, embutida en su postura seudo

académica siguió, Acá estamos en este borgiano intersticio entre

SUPE LA HABANA 53


dos muertes..., supondrás que el Cuervo lo tenía claro -al menos

más que vos, aparentaba pensar- y que por eso ya sabiendo fue a

buscarla a pesar de los agoreros que le aconsejaban darle pelota

a los médicos.

Imaginé ocurrente califcar:

-Yettatores, matasanos y presumidos.

Liliana callada. Fue a buscar chirimbolo indefnible que trajo

aprisionado entre sus manos.

Con esa actitud permitió que haya un respiro. El aire se desespesó

-¿existe esa palabra?-.

Una brisa fresca zarandeó las hojas de la glicina trepadora y

los pétalos de la rosa banksiana. También la sesera oculta tras mi

corteza cerebral:

-Decime Lili, ¿no es cierto que el Cuervo supo que no tenía

tiempo que perder, que su hora era ésa y no otra?

Por fn ella lució aliviada:

-Claro pues, por eso hizo lo que hizo, coño, afrmó haciéndose

la gallega recordándome, sin quererlo -ni siquiera sabiéndolo-

a Isabel Albaladejo.

Todavía hoy no me explico qué fue lo que entonces me llevó

a levantarme. Fui hasta la biblioteca que ocupaba la pared sur. Vi

la oportunidad de disfrazarme para conseguir ganar más aún su

confanza. Repasé con la mirada los anaqueles. El lomo negro,

inconfundible, de aquel que leía Laura -novia intelectual que me

había dejado mucho tiempo atrás-. Lo saqué poniendo en el gesto

cierta frescura, como si estuviera acostumbrado.

Volví con el libro abierto entre mis manos: “Hay golpes en la

vida... ¡Yo no sé!/ Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,

/la resaca de todo lo sufrido/ se empozara en el alma...Yo no sé”

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Leí y seguí leyendo el poema de Cesar Vallejo, tal como lo

hacía Laura si quería convencerme.

Liliana se dulcifcó.

Apaciguada, sus ojos de pronto me parecieron cobrar una

tonalidad reposada: azul pálido. Para decirlo con precisión: ligeramente

malvas ellos me tentaron. Lili pertenece a esa clase

de mujer que erotiza con su inteligencia antes que con su cuerpo

que se avejentaba.

(N de A: Nada que ver con nada: te veo, tus ojos negros y anónimos -acaso porque son anónimos-

todavía no me conceden la gracia de quedarse fjos, quietos en mí)

Pero no estaba en esa casa para hacerme el vivo. Rodé con

la mirada hacia el parqué. Quedé atascado en el esquinero roto,

comido por la termita de los años.

Ella volvió a superarse. Y a superarme. Buscó una piedra

esmeril ya demasiado enclenque y repasó la tijera:

-El Cuervo me contó que, al llegar a Ezeiza, sintió un olor

acre que lo persiguió por algunos días.

Me puse de pie y me asomé a la pared que daba a la calle.

Asfalto de por medio, en el edifcio del frente una mucama uniformada

plumereaba los postigos y rincones del ventanal de aluminio.

Si se inclinaba despejaba de los muslos el pliegue de la

falda azul.

SUPE LA HABANA 55


El Cuervo se asemeja a uno de esos dioses papales, anacrónico

y pétreo

Al salir de su casa la primera impresión es que el viernes pa-

rece de Pascuas. Calles semivacías. Gente en las iglesias. Perfume

dulzón de las velas que se escapa por los vitrales rotos.

Pero al meterse en el siguiente barrio, en la feria o el mercado

ambulante, una multitud graciosa y comedida coloniza las

veredas y el asfalto negro. Fragancia a zapallos rojos, papas y

camotes. Hojas verdes y frescas. A tierra negra.

El Cuervo lleva el volante del Rastrojero sin prestar demasiada

atención al mundo en el que circunvala. Concentrado. Espera

encontrarse lo antes posible con Matilde, Roberto y otra chica

más de nombre Graciela. Juntos van a recorrer el río hasta alguna

isla. Serán dos para remar. Le han dicho que Graciela aparte

de estudiar le gusta el baile. Por mandato social practica danza

clásica aunque ella prefere el jazz, el blues y también el rock and

roll.

El sol se agiganta en un cielo sin nubes.

Lo esperan en el embarcadero.

Matilde se adelanta para recibirlo:

SUPE LA HABANA 57


-¿Benito?

-No pudo venir, tenía que trabajar. Miente el Cuervo. Algo

apartado Roberto se entusiasma por la ausencia.

Espeso, el río los recibe.

Los remos de la canoa grande chapotean borbotones de agua.

Cortan al través el canal, adentrándose en el Paraná.

Tiempo más adelante después del Quinto congreso, el Cuervo,

Matilde y unos cuantos más recorrerán esas aguas a bordo de

la lancha de Pirri, la que irá, por lo general, cargada de canutos

de todo tipo.

Menuda y simpática, Graciela conversa con el Cuervo que

rema sin sofocarse. Llevan, como es de rigor, una damajuana

de cinco, cigarrillos, aceite, sal y una sartén. Se come lo que se

pesca. Se flosofa. Se toca la guitarra, alguna acordeona y, claro,

la armónica -Roberto lleva-.

En las islas, el amor es francamente libre. Porque en ellas es

posible vivir emancipado de la turbia censura del Papa.

Liturgias del río.

Dicen los que saben que en las costas despobladas del Paraná

Dios disfruta de la prestada carnalidad del diablo.

-¿Existirá?, se manda el Cuervo.

-No lo sé, duda de propósito, Graciela; después pincha:

-Ni me importa, y sale como si de verdad no importara:

-Cuando mis profesores o mi vieja no me ven, es decir casi

siempre, yo siento que escucho a Cóleman, a Bix, y una sombra

o el fantasma de alguien se mete adentro de mi pieza, como si viniera

a hacerme la pata; me hace bailar a pesar de que no quiera.

-¿Quién es Bix?

-¡Pero, Cuervo!..., Bix Berderbecke..., ¿nunca lo escuchaste?

58


-No.

-Deberías.

Los golpes de remo se hacen más leves. Pasa que, acercándose

a la orilla, el agua reclama cierta prontitud.

La tupida humedad del follaje rastrero y de los arbustos bajos

los acepta.

Traen una Pacú que sacaron con habilidad. Pescada por hambrienta

y tardía. O lerda en el desove, que es lo mismo.

El Cuervo la despina hábilmente.

Despuntan en los dedos de Matilde las cuerdas de la guitarra.

Buen cocinero el Cuervo, sala diligente, toma un trago del

tinto sanjuanino y vigila la cocción; en la sartén la carne violácea

(para algunos té con leche) cruje bañada por el aceite escaldado

y verdoso.

-Oigan, no es tan grave y sin embargo igual se lo llevaron;

Graciela parece avellanarse pero continúa con el relato:

-Es amigo mío, algunos lo acusan de simplón, no sé, para mí

es más que eso.

Matilde busca una nota perdida, Roberto la espera, armónica

en mano, desea acompañarla con el tono justo, puede que ese

día sea su día.

Si alguien observara la escena podría pensar que Graciela

dice para nadie una monserga pobretona. Pese a todo, los otros

tres escuchan. Sentidos abiertos. El mundo que demandan admite

infnitas posibilidades aunque pocos estén dispuestos a entenderlo.

El Cuervo zarandea con cuidado la carne que todavía

no se ha dorado: -Che Graciela, por qué lo guardaron.

Contenta con el esmero de cocinero que él pone, ella va descubriéndole:

-Por algo que a todos nos pasa, algo que sabemos

SUPE LA HABANA 59


pero que nos han prohibido, que nos han hecho creer que de

nada sirve más que para enfermarnos.

Por fn Matilde encuentra el tono. Roberto la sigue, da la nota

adecuada pero no se anima a colarse por abajo, llegar delgado

pero ingenioso.

Graciela revela: -El deseo, cada uno con el suyo, ¿decime

Cuervo..., vos estás de acuerdo con eso?

La carne lista, dorada y sabrosa.

La Pacú se desmenuza bajo el habilidoso movimiento del

Cuervo que separa cuatro porciones:

-Yo creo, eh..., el deseo no puede satisfacer a uno..., sólo es si

satisface a todos, al colectivo, ¿entendés?

Se acerca atraída por el vaho punzante de la regalada vitualla

que les dio el Paraná. Roberto y Matilde también.

Mojada, la leve brisa apenas empaña los anteojos de Graciela.

Se adivinan sus ojos achinados y los suaves pliegues que se apiñan

debajo de los párpados.

Saborea.

Sazonada y fuerte la carne se desarma en su boca: -Hmm,

qué rico...; mi amigo volaba, Cuervo..., Matilde lo conoce y

sabe; según él, quería descorrer la cortina detrás de la que se

esconden los colores de la música; no podía hasta que un día

probó.

En la sartén queda bastante, pero en la mitad semivacía el

aceitito todavía caliente es tentador. El Cuervo sopa miga de

pan. Levanta la cabeza. Ceño fruncido.

-El Lsd lo hacía despegar..., él solía decirme que solamente así

saciaba aquel potente antojo que lo hacía estar contento de vivir,

pero ahora…

60


De golpe, la voz del Cuervo resuena ronca, incluso una pizca

afelpada:

-Ahora qué.

Graciela, desafía:

-Está sólo, metido en la cárcel, hermano, lo chaparon en un

for de viaje, él no se dio cuenta que lo llevaban; ni abogado tiene...,

tampoco quiere.

Brazos tiesos, entrecruzados. La mirada fja. El Cuervo se

asemeja a uno de esos dioses papales, anacrónico y pétreo. Claro,

por algún lugar la moral victoriana se ha escurrido. De las

muchas argollas del decoro marxista, no son éstas las que lo indultan.

Por eso el Cuervo, libertario social y jugado a vida, cargará

con su libertad a medias. Acollarado, muestra la hilacha.

Graciela come y habla sin levantar los ojos: -Para mí que la

policía no tiene idea, para ellos se trata de una marca, auto extranjero

o aceite para lubricar motores..., cualquier bolazo menos

lo que.

Ahora es Matilde, y también Roberto los que suman sus quejas.

Desgarradas, en sus bocas las palabras se afrman.

-Mirá Cuervo, el deseo es insaciable, se dejan llevar, ¿no?

-Sí, invade Matilde, Hacen eso..., ¿vos Roberto?..., porque a

mí no se me ocurriría meterme una aguja en la vena pero no

tengo por qué ponerme a juzgar lo que ellos…

-¿Ellos quiénes?, arrebata el Cuervo y Matilde tira, casi monolítica:

-Los hippies. Descolocado, aquellos tres que pensaba

reclutar lo están metiendo en un aprieto. Tiene argumentos de

sobra, sin embargo la duda se mete, inoportuna, azorándolo:

-Oigan, yo no creo que sea buena idea, creo que esos muchachos

la pifan ensartándose con la droga.

SUPE LA HABANA 61


Matilde dispuesta, entre divertida y golosa suelta una risa in-

tencionada. Buena circunstancia para quedar bien con ella, Roberto

se adelanta:

-Oíme Cuervo, el tiempo de los mandamases ha pasado...,

que cada uno haga lo que considere mejor.

El espinazo ya limpio, rehogado en el aceite frío, refeja un

rayo de sol.

-No creo que sea así. El Cuervo pisa, afrmado en el dogma:

-Está bien que lo guarden..., esa clase de tipos para lo único

que sirven es para alucinarse con una dosis..., y en defnitiva le

hacen el juego a los burgueses.

Graciela escucha. El Cuervo prende un cigarrillo: -Quiebran

la posibilidad de la revolución, le hacen daño, no será irreparable

pero.

Un biguá sale de la isla en dirección al río. Grita y el grito los

distrae. Solamente un instante.

Graciela sonríe:

-Fui a verlo y él me dijo que el día que salga le va a agradecer

a la poli por haberle dado de comer.

De nuevo la guitarra, apenas un arpegio, y otro pero no más.

-Saben qué pasa, rompe el Cuervo, Quieren purgarse..., drogándose

todo compromiso se va al carajo, qué les importa lo que

pasa con el mundo, con la clase obrera, con los capitalistas..., son

de otra especie pero lumpenaje al fn.

Graciela busca a la otra, en sus ojos se advierte una evidente

desilusión. Se pone de pie y se acerca. Desde atrás acaricia

el pelo rojizo de Matilde que insiste, obsesiva, con el repetido

acorde. Graciela fija la mirada en la nuca de su amiga:

dedos suaves, holgados, rozan el cuello y dejan escapar una

62


tibieza inesperada. Roberto las mira, entre incrédulo y suspicaz.

Pero quiere aventar la sospecha de inmediato, ¿Celos de

una mujer?

El Cuervo se detiene, indaga para sí, Estos pequebus no van a

decirme qué es la libertad, ¿de eso se trata, la droga?..., no viejo, la

libertad es otra cosa. La Habana cruza imperativa por su cabeza

deslizándolo repentinamente hacia ella:

(monotype corsiva 13)

Apaciguado y sin ley, desde la ventana de su cuarto el Cuervo

ve el camión sisterna -las famosas “pipas”-, distribuyendo agua. En

la misma calle, una habanera negra sacude las caderas al son de los

timbales salseros.

Con brusquedad se suelta del recuerdo. No es lo mismo. El

Cuervo, se obstina, No es lo mismo.

Podría pensarse que, de pronto, uno a uno han entrado en su

propio mundo individual. Y sí. Son cuatro y cuatro los mundos.

Pendido de una nube, el tiempo parece aguardar que ellos

vuelvan.

Graciela, aunque da la idea de mansedumbre, romperá el silencio.

Revela cierta acritud en el tono de voz: -No tiene sentido,

ustedes hablan de cambiar las cosas pero no se animan a lo

elemental, la guitarra deja de sonar aunque el Cuervo no se da

cuenta: -¿Ustedes quiénes?, desafía.

Refresca, empieza el viento:

-Los que como vos, Cuervo, andan todo el día dale que te

dale con la revolución.

-Y a qué no nos animamos, según vos.

SUPE LA HABANA 63


-A eso..., a la diferencia, no aceptan que no piensen igual o en

los términos como ustedes conciben la vida.

-No me vengas a agitar con eso, Graciela..., mirá, para Spi-

noza…

-Ves..., ahí tenés, enseguida se agarran de unos tipos que

dicen no sé qué sandeces para justifcar cualquier miedo, cualquier

cagazo.

Matilde se levanta, parece fastidiada: -Ella tiene razón, Cuervo.

Roberto para no ser menos asiente con la cabeza: -Es verdad,

además toman todo a la tremenda, ya sé, el mundo está cargado

de injusticias pero de ahí a relacionar todo con todo.

-Es que todo está relacionado, hermano, porfía el Cuervo, O

no es cierto que el sistema..., pongamos la ley y los jueces, están

para servirse a sí mismos y no a la verdad.

Graciela se adelanta, agarra el sartén y va hasta la orilla. Los

demás esperan. Acuclillada empieza a lavarlo; refriega arenilla

primero y agua después:

-Por eso, Cuervo, levanta la voz para asegurarse que la escuchen,

Los que toman Lsd o fuman marihuana se hacen ilegales

quedándose al margen de todas las leyes {la de los que mandan

o la de ustedes, da lo mismo}, es lo que ellos buscan ¿no?

De nuevo desorientado, puesto en el lugar de los moralistas

más conservadores. No responde. Graciela continúa, ahora de

regreso; fja la vista en Matilde pero hablándole a él:

-¿Dónde están los que mandan, Cuervo, los que no nos dejan

ser lo que queramos?; a lo mejor también yo sea invisible, a mi

modo porque…; suspensa una milésima antes de lo que iba a

decir, afanza la mirada en la otra pero cambia el rumbo del discurso,

trata que no se note:

64


-De acá o de allá, del color que sea, negros o rojos igual se

parecen. Desvía los ojos hacia los de él, ¿Lo que ellos y ustedes

ordenan es lo único que vale?

La tarde se enfría.

-No seas tan reaccionaria; chicanea el Cuervo. Y es Matilde

la que ahora larga no dejándolo seguir: -Pero no..., qué reaccionaria

ni ocho cuartos, ella tiene razón..., ¿estás ciego, Cuervo?...,

no ves que, por ejemplo, por medio de los alucinógenos

se vuelven invisibles porque hacen indescifrable lo que piensan;

Matilde habla de la droga por no hablar de lo otro.

De Graciela.

De aquel dolor que esa mujer tiene en un país que comienza

a cambiar pero todavía está lejos de entender a personas no convencionales

como Graciela.

Caminan adentrándose en la isla. Van por un albardón bordeado

de juncos largos -altos- que sobresalen del agua. Ya no

discuten. Festejan al Cuervo que explica, inspiradamente, que

al cielo lo abolió la miseria y la injusticia. Roberto se aproxima

a Matilde pero ella va entretenida; hinca sin querer para que

Graciela se deschave a sí misma razonando sobre el deseo de

los hippies: -Es el cuerpo que te llama; dice y al decir se da

cuenta.

Humedad por poco helada que raspa la piel. Instintivamente

se amontonan. El viento se hace sentir.

Resuelven regresar a San Nicolás antes de lo previsto. El río

puede ponerse bravo y por más que el fogón nocturno resulte

tentador vale más la prudencia. La luna apenas asoma. El Cuervo

es el que manda: -Hay que volver.

No son altas, ni tampoco potentes. Sin embargo el oleaje za-

SUPE LA HABANA 65


andea la canoa. Van callados hasta que Matilde decide romper

con ese tufllo a miedo que se ha instalado a bordo:

-Hagamos un jue-juego..., miren qué linda está la Luna; después

que los norteamericanos llegaron algu-no pe-pensó que,

desgraciadamente no faltará el imbécil que propon-propondrá

llamarla satélite T-22..., pero eso no puede pasar porque la Luna

tiene muchos nombres..., a ver si sabés Cuervo, ¿cómo la llallamaba

Píndaro? El Cuervo, sin largar el remo sonríe, cualquier

día me van a agarrar:

-El ojo de la noche, le de-decía.

-Ahora, vos, Graciela, ¿sabés otro?:

-Sí, claro, los griegos la llamaban Se-Se-Selene.

Roberto se adelanta: -Juno entre los ro-ro-romanos y también

Diana.

Matilde cita a los fenicios: -Astarté..., de nuevo te to-toca,

Cuervo.

-Los árabes la llaman Alicat.

Roberto se apura: -Es la ma-madre de todos los incas.

-Sí pero cómo le decían, reclama Graciela.

Atraviesan el río encrespado ahora sin miedo; evocan a los

poetas. De los pueblos sus relatos. Las creencias. La historia.

Dónde y cómo sea que le digan ella sigue alta, fsgona y brillante

a pesar del embute de nubes negras.

El Cuervo los ha repartido casa por casa y regresa en el Rastrojero

rumbo a la suya. Piensa que ni los que se drogan, ni tampoco

los homosexuales o las lesbianas, sirven para cambiar el

orden injusto del mundo, Pese a lo que digan es así, a mí no me

vengás con rarezas. Reniega de su inconsciente que parece con-

66


minarlo. Se empecina en rechazar lo que considera contranatura.

Nada menos él que quiso citar a Spinoza. Obstinado, los

culpa por no haber podido cumplir con su propósito, Puf, maricones,

tortilleras y enfelmitos...,si están o no hinchan las pelotas

igual, le hacen el juego a los cerdos; con todo, piensa que Matilde

es rescatable, que con ella intentará otro día, pasado mañana

tal vez. Aceptará la invitación que le hizo al despedirla: ir a ver

Edipo Rey, esa película de Pasolini que alguien recomendó. En

el Gran Rex, ocasionalmente, pasan ciclos de cine más que interesantes

y éste era uno de aquellos. Además, se autoconvence,

No es ninguna tonta, relee Paradiso de Lezama Lima, (yo no leí

pero dicen que es bueno) le gusta la música -se defende con la

guitarra-, y puso las pelotas si se trató de defender a la amiga por

más que la otra sea lo que es. En cambio para el Cuervo, Roberto

no resulta buena madera, Toda la tarde haciéndose la del mono

con Matilde, dándole la razón para quedar bien, y lo desprecia en

voz alta: -¡Pajarón!.

Temprano todavía. Por eso decide ir a la wisquería. Al costado

de una YPF; disimulada pero no mucho. Quizá encuentre al

Pelado, aunque seguro que andará en algún garito, timbeando

de lo lindo. No se equivoca. Las chicas confrman que el Pelado

pasó tempranito, se tomó un coñac y después se fue a lo del viejo

Silverbarg a jugar al póquer. Así tampoco se hace la revolución.

Pero el Cuervo no le da tanta importancia, intuye que las ideas y

la militancia terminarán por arrancar al Pelado de esa devota inclinación

al juego que él no llamaría, de ninguna manera, vicio.

El frío del río y de la isla, aunque sean una habitualidad lo

mismo calan fuerte. Puro, el “Caballito Blanco” repone el calor.

Conversa animadamente con Clara. Ella le cuenta de su hijo,

SUPE LA HABANA 67


sueña con mandarlo a la escuela normal a pesar del chico: -Es

quedado, según afrma con pena pero segura. Lentamente el

Cuervo se olvida de lo que considera un día perdido:

-Mirá, suspira ella, Podría tener otro trabajo, pero ya ves, acá,

en el pueblo todos me conocen y nadie quiere darme uno; desalentada,

explica lo que se sabe.

Debajo del marco, en la entrada, falta así para que toque con

la cabeza el parante horizontal. No es de por ahí. Aspecto de los

que están de paso. Clara lo observa y el Cuervo, por sobre su

hombro, también. Cliente nuevo, aparenta ser generoso:

-Perdoname, otro día la seguimos, éste no me lo pierdo.

Clara suelta la banqueta que oscila brevemente. El Cuervo,

reconcentrándose, vuelve al “Caballito blanco”. Pena porque es

una lumpen. No maldita, es cierto. No, porque con las otras son

víctimas de la sociedad burguesa; y más que eso del sistema capitalista

que las condena. Benito solía enredarse con ellas. Como

si no respetara las reglas.

Justamente, ahora debajo del marco de la entrada está Benito.

El pelo desparejo. El Cuervo no lo ve, tampoco lo oye llegar. La

mano en el hombro: -Ehh..., ah, sos vos.

Benito despeja la cara, disfruta de haberlo asustado, no era

fácil encontrar al Cuervo así, distraído, sin atender las medidas

de seguridad:

-Vos de espaldas a la puerta, hermano..., adónde iremos a parar.

Semipenumbra que no alcanza para ocultar los cuerpos entretenidos.

Las manos hacendosas. Las copas que suben y bajan.

-Contame, Cuervo, cómo te fue.

-Más o menos.

68


-Por qué.

-Demasiado pequebús.

-¿Pequeños burgueses los tres?

-Sí.

-Qué mala pata.

-Mirá, creo que Matilde es la única.

-¿En serio?

-No te hagás los rulos, macho..., hay que seguirla, esa mina es

un buena madera.

-Bueno, Cuervo, si te parece lo hago.

-Sí..., pero.

-¿Pero?

-Antes voy a salir una más yo, luego sí, te toca..., hay que reclutarla,

Benito, no somos muchos y ya se viene el Quinto, así

que, tratá de no hacer pelotudeces, no cancherear haciéndote el

piola.

-Sin atracarla, decís.

-Sí, éso mismo.

-Ta bien..., qué persecuta, hermano..., lo prometo: cumplir el

objetivo.

Algunos gritos. Risas. Distraen la atención. De fondo, raro en

ése lugar, Piazzola arremete novedoso.

Benito enciende otro L&M, exhala haciendo argollas con el

humo. Sabe que está por meterse en camisa de once varas, sin

embargo va igual: -Che, Cuervo, ¿la viste a Clarita?; el Cuervo

apoya el vaso, retarda el movimiento, no levanta la vista: -Sí.

Ginebra con hielo; Benito moja el dedo, prueba: -Dónde está.

El movimiento es lento, gira la cabeza hasta fjar la mirada en

el otro: -Con un cliente..., ¿por qué? El Cuervo permanece así,

SUPE LA HABANA 69


inquisitivo. Benito lo mira de reojo, desaloja un mechón de la

frente:

-Puta que lo parió..., tenías ganas.

Costumbrista o no, la verdad es que el humo de los cigarrillos

afosca el burdel. Sólo al momento en el que alguien entra o sale,

alguna brisa enjuaga por una brevedad el salón y la barra.

El Cuervo mueve la cabeza hacia los lados. Resopla antes de:

-Oíme, macho, ¿no entendés que nos podés mandar tragados

a todos?..., ésas no son relaciones recomendables. También Benito

mueve la cabeza hacia los costados:

-No me agités, Cuervo..., ¿qué, tengo cara de pajero yo?

Sonríe torciendo la boca, estira el brazo y agarra el de Benito:

-Por qué te cuesta entender..., estas minas tienen que cuidarse

ellas y por eso arreglan..., no tienen alternativa.

Último trago, el vaso sin ginebra queda suspendido en el aire,

Benito no quiere darse por enterado:

-Sos un prejuicioso Cuervo; además me tomás por un tarúpido...,

a otro con ese cuento.

Recién entonces deja caer el vaso vacío sobre la madera humedecida.

Busca al barman y levanta la mano, el Cuervo no

pierde el hilo de la conversación: -No se trata de moral, hermano,

la seguridad sencillamente es una cuestión política.

Azules, gordos. Uno: la gorra metida entre el codo y el sobaco.

El otro: la gorra que baila en la punta del índice [Se podrá

argüir que es demasiado forzado. Justo en ese momento. ¡Qué

casualidad! No obstante, es verdad, en ocasiones, estas chiripas

pasan]. Atraviesan el salón con la boca ladeada. Miran hacia

uno y otro lado.

Los que están se apocan.

70


Salvo las chicas que enseguida salen a su encuentro. Se insi-

núan en voz baja. Los tocan apenas. Y no los miran a los ojos.

-Che, Cuervo, cómo se explica que vengamos a este breca, te

la pasés hablando con Clara y me hagas discursos a mí.

Benito, reprocha el sermón; parece no reparar en lo evidente.

Fijo, atento al movimiento de los recién llegados el Cuervo no

la deja pasar:

-Una cosa es hablar y otra que te saquen información, macho.

*

Radio Rivadavia critica la -a esa altura- vieja proclama (1967)

del poeta hippie norteamericano Allen Ginsberg: Fumen {marihuana},

forniquen, ensanchen sus cuentas, ¡Vivan!

SUPE LA HABANA 71


2007

Lili, Walter (V)

Lili iba y volvía. Traía pequeños racimos de tallos y hojas

secas que embolsaba para después tirarlos dentro de un tacho

mediano.

Febril, terminaba con su actividad botánica sin dejar de responder

mis inquietudes:

-Fue el Cuervo porque así le decían al padre..., heredó el apodo.

Apoyado en la baranda del balcón terraza y aclarada mi

duda, porfaba mirándola.

Me dijo que esperase un momento; fue a lavarse. Regresó pidiéndome

que, mientras conversábamos, marchásemos a caminar.

Ciertamente, estuve de acuerdo.

Antes de salir se retocó los labios en el espejo de la sala.

La tarde iba entibiándose.

Dejamos Azcuénaga para remontar Peña.

SUPE LA HABANA 73


Liliana es profesora de Filosofía y Pedagogía especializada en

defciencia mental. Iba refriéndome sobre esas cuestiones y recordó:

-Mirá, el Cuervo era un tipo generoso, demasiado, no voy a

olvidar, él cargaba a los lisiados subiéndolos o bajándolos a pulso

por las escaleras de la casa de dos pisos donde yo trabajaba.

La retuve antes de cruzar Agüero. Comenté que esos detalles

me interesaban, que no dejara de mencionarlos por más nimios

que parecieran. Sabía que, pese a que nos fuéramos de tema -del

que había ido a buscar-, lo mismo esos datos me servían. Además,

en algún momento volveríamos sobre las razones por las que lo

echaron de Cuba. Y mucho más sobre lo que trajo desde allá.

Lili, de a ratos, hacía una pausa para recuperar el aliento. No

es fácil hablar y caminar, menos en su estado de salud, obviamente

debilitado.

Ella fue recordando: -El Cuervo era así, súper solidario, si

alguien necesitaba ayuda, él se ofrecía..., lo que te digo es verdad;

tipo ágil y habilidoso, vos se lo pedías y él venía en la camioneta

del negocio del tío, aún en horario de trabajo nefregándole que

el capataz rezongara; lo hacía sin vacilar; así como te digo, los

dos pisos los subía y bajaba en menos de lo que canta un gallo.

Azul metálico, el Ford Escort cruzó como si anduviera dispuesto

para atropellar a quien se le pusiera delante.

Liliana cerró los ojos: -Uno de los gestos del Cuervo que recuerdo

fue lo que hizo para el casamiento del hijo de Mong Roig,

pudo que haya sido antes de que él viajara a la Isla; los abrió,

volvió a marchar, atravesamos Billingurst. Yo iba a su lado, estudiándola.

Parecía meterse en un enorme agujero-gusano del

tiempo.

74


Hizo una larga pausa; cruzamos al través y en silencio Plaza

Las Heras hasta llegar a Beruti..., no, no puede ser. ¿O sí? Bueno,

lo cierto es que encaramos rumbo al Botánico.

-En esa época, recomenzó de pronto: -Yo fumaba Clifon, ¿te

acordás?, no, qué te vas..., vos sos muy pendejo. La miré visiblemente

incómodo, No los probé, retruqué al instante, Pero los

conocí..., una tía los fumaba, ésos y también los Saratoga sin

fltro. No escuchó, metida de lleno en su loop del espacio, prosiguió

con lo del casamiento del hijo de:

-En aquellos años, oíme bien, las festas eran una tregua entre

las facciones; si, es cierto, a veces se armaban enfrentamientos

duros y se arruinaban los casorios y al fnal todo terminaba con

las puteadas de la parentela no comprometida.

Yo me acordé del que me había descrito José: aquel casorio

donde los muchos parientes del Tatu Aguer -sería por el setenta

y cinco, creo- se reunieron en ocasión del casamiento de uno de

ellos en la provincia de Santa Fe. Bajaron desde Tucumán varios

barbudos pasados a la clandestinidad. Y de la Capital Federal

llegaron otros (siete u ocho) pero de pelo corto y bigotito, según

José, más regulares que no sé qué; uno de ellos venía directamente

desde Campo de Mayo. Aquella noche no hubo bronca,

pero faltó así para que la hubiera. Porque ya de madrugada, alguno

se recibió de cornudo. Y otro (contra la bacha de un baño),

de amante por única y última oportunidad. Sin embargo, la verdad

es que todos terminaron borrachos, cantaban y bailaban

abrazados sin importar quién era quién. Contradicciones por

las que todavía se discute. Claro está, de esto, ni una palabra a

Liliana, de cualquier manera no me hubiera escuchado. Además

no estoy seguro que esos hechos fueran ciertos, bah, yo qué sé.

SUPE LA HABANA 75


-Mirá, Walter, me dijo ella que venía hablando de algo que

me había perdido por recordar lo del Tatu Aguer. Acomodó la

cartera en su hombro antes de seguir:

-Se casó el hijo de Mong Roig, yo no tenía un peso ni siquiera

para comprarme calzones así que, imaginate que menos que

menos zapatos, cartera y vestido de noche..., agarré un faldón,

trapo viejo, negro, sin hombros y con dos breteles así de fnitos,

por suerte era verano; podés creer que fue el Cuervo quien me

ayudó a pegar las lentejuelas, eso sí, él lo hacía y yo me desvivía

explicándole que la novia había sido compañera del secundario

en el Nacional del pueblo, que era una buena mina; al Cuervo

no le importaba, lo único que me recomendó fue que me cuidara,

porque esa clase de personas -radicales colaboracionistas- no

era de far.

Barrio Norte. La gente deambula protegida por la sombra de

Plátanos inmensos. Me entretenía pateando pelotitas de color

ocre -frutos de aquellos árboles, secos y cargados con pelusa-,

que estaban desparramadas en las veredas anchas por las que

íbamos.

[Permítanme una digresión, mientras escribía esto, sin proponérmelo

recordé a mi mendocino San Rafael natal. Tuve ganas

de pedir esa máquina del tiempo pero me abstuve, temeroso

de que mi personaje me dijera: no. Otra, ¿recuerdan qué número

de Coro era aquel, en el que Jack Kerouac decía?: “...Ninguna

dirección, ninguna dirección dónde ir/ Burroughs dice que es

una nave de espacio-tiempo/Conectada con místicas y misterios...”

En fn, yo tampoco, sigamos con Lili y Walter].

Lili explicaba:

-La festa terminó, te diría que con delicadeza abandoné el

76


salón..., me veía a mí misma (algunos se confundieron) comportándome

como una mujer de clase, burguesmente alta..., hoy

me veo en aquel ayer preguntándome desolada cómo volvería a

casa; te imaginarás que nunca me había preocupado por semejante

gansada pero, ¿entendés lo tremendo de aquello?..., porque

la verdad es que mi casa muy lejos no quedaba. En aquellos

años San Nicolás no dejaba de ser una ciudad relativamente chica;

bueno, como te decía, aquella noche tuve la lúcida, terrible

confrmación de que blanduras y foferías no eran atribución exclusiva

de los opulentos...; ésos que para mí no eran más que

mierdas, soretes a los que no se debía perdonar, ésos mismos, de

repente se transformaban en un espejo -malamente áspero- en

el que me veía refejada de un modo minucioso y cruel.

Liliana frenó la marcha, suspiró largo y me agarró del codo,

apretaba fuerte, como si quisiera transferir fuerza que la ayude

para:

-Atendeme, Walter, a pesar de que toda aquella noche la había

pasado mofándome de las poses, de las formas y de los idiotas

o hijos de puta que armaban sus vidas baladíes prestando

atención al qué dirán, de pronto me hacían caer en cuenta de

que si yo no era una de ellos no lo era por un pelo..., y lo peor

fue que también supe que eso podía cambiar en un santiamén.

En la esquina de Beruti y tal (ahora no me puedo acordar el

nombre de la puta calle) hay un bar. Antes de entrar al Botánico,

Lili quiso tomar un café. Accedí enseguida. La vi -sorbía de un

solo trago el contenido negro del pocillo- claramente sentenciada.

No dije una palabra. Ella resucitó el relato:

-Por fn me decidí a dejar la festa, que se moría (ojalá se hubieran

muertos todos; la boluda de la novia primero), partí sin

SUPE LA HABANA 77


despedirme... Nadie, ninguno recibió mi saludo porque huí, fur-

tiva, premeditamente; en la calle, las cinco húmedas de la madrugada

golpearon todas juntas en mi cara y me devolvieron a

la realidad..., ¿no te fgurás lo qué pasó?

Esperaba que le respondiera; se quedó mirándome como una

boba. Más bobo yo puse los ojos preguntones. Hermosa, volvió

a quitarse el mechón que le caía sobre la frente:

-En la cuadra estaba el Rastrojero del Cuervo, bah, del tío; y

él esperándome, las pupilas dilatadas, se notaba, había tomado

Actemín o Isidón para aguantar toda la noche; psicofármacos a

los que se apelaba si era necesario permanecer despiertos.

Se detuvo en la narración, me observó intrigada. Por las dudas

aclaró como si se hubiera dado cuenta que soy reaccionario:

-Sabés que los barbitúricos se tomaban solamente si había

que pasar de largo y nunca en algún operativo armado ¿no?

La cara que puse refejó la elocuencia de una respuesta no

dada con palabras; lo cierto es que Lili siguió haciéndose la desentendida:

-Bueno, el Cuervo esperaba para llevarme hasta casa..., creo

que esa noche lo..., como mujer digo, lo amé; él estaba ahí porque

no quería perderme, ni a mí ni tampoco a la militante; mirá

Walter, por entonces todavía éramos pocos y hacía falta que alguien

rompiera el hechizo y cuidara que la fe revolucionaria no

se desmigajara en manos de la serena ilusión de la princesa..., la

de la fábula capitalista.

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SUPE LA HABANA 79


Matilde tendrá que ir sola al cine

Profunda. Noche apenas menos que interminable. Benito se

ha quedado esperando. Solo.

Desde atrás de una cortina, mezcla de mimbre y tela, ella aparece.

Clara: ojos cansados, cara lavada. El gigantón la besa para

despedirse. Buen cliente al que no volverá a ver.

Se tambalea. Entre la banqueta y el aire, el culo de Benito

oscila indeciso. La ve venir, un poco desmañada, la boca leve.

Mueve el brazo, frme pero sin brusquedad, para quitar a uno

que quiere acercársele. Sin embargo sonríe porque el más gordo

de los de gorra la saluda desde la otra punta de la barra.

Tiene razón el Cuervo: es peligroso. Además no ayuda a la revolución.

El pelo mojado se pega en sus hombros huesudos: -Cómo

estás, Benito..., llegaste tarde, el Cuervo estuvo por acá. Él la observa,

y a pesar de que ella no lo transmite la ve algo malograda,

parece rendida:

-Sí, se fue hace rato..., me quedé porque tenía ganas de tomar

una ginebra y además...

Clara pone la boca pegada a su oreja: -Reíte, hacé como si

SUPE LA HABANA 81


yo te estuviera proponiendo hacerlo..., hoy no, por favor, estoy

molida.

Refejo inmediato, él se ríe, por el rabillo mira y no encuentra

quién vigila. Porque todos espían. Los de las gorras también.

Sus cuerpos se despegan calmosamente; él dice no con la cabeza

y ella tira de la mano, queriendo llevarlo. Se queda frme en

la banqueta. Clara, los ojos iluminados. Detenida. Benito llama

al barman: -Una ginebra para mí y para ella... No lo deja terminar,

el mozo se retira sabiendo qué traer:

-Un trago solamente, enseguida cerramos, concluye defnitivo.

Amanece. En la ruta hace ya rato que pasan camiones cargados

de granos, vacas, leche y también, madera.

Abrigados. Caminan por la banquina. La escucha atento:

-Fijate, Benito, el nene es lento, no le da la cabeza..., menos

mal que tiene a los abuelos porque lo que es yo..., fjate, qué otra

vida puedo darle.

Horizonte azulino. Hace frío. La humedad cala. Ahora abrazados,

alejándose de la ruta, se meten en un pasaje de tierra,

largo y angosto. El Paraná distante, a sus espaldas. Callados. Soñolientos.

Benito la acompaña hasta la casa ya sin ganas de.

El ruido del motor los saca de la ensoñación. Clara se acurruca:

-No te des vuelta, es el Gordini del botón que estaba en el

quilombo.

Benito se levanta la solapa:

-Cómo sabés.

Ella exhala fuerte y el vapor se condensa de gris a blanco:

-Me lo sé de memoria.

82


Le acaricia el pelo sin mirarla:

-¿No bolaceas?

Clara quiere insultar, pero conviene seguir aparentando no

sea cuestión que el policía se dé cuenta:

-No seas..., por favor, al llegar metete en casa, prefero poner

la cometa yo. Se acercan a la casa, está a veinte metros, al fnal

del pasaje:

-¿Qué cometa?

Clara no saca los ojos de la puerta:

-La que tendría que poner mi patrón o qué creías.

Por fn, entran.

El Gordini verde pasa lentamente y ellos lo ven por las rendijas

de la persiana.

-Quedate a dormir si querés.

-No, esperemos…; después me voy.

-Hoy es sábado, al nene los abuelos lo traen después del mediodía.

-No es por eso.

-¿Entonces?

-No me gusta la cana.

-Pará un cacho, a mí tampoco, qué te pensás.

-Ustedes tienen merengue con ellos.

-No seas mersa.

-Qué tiene que ver.

-Todo..., tenés que ser muy mersún para pensar que porque

les sonrío y me hago la simpática puedo mandarte tragado, a vos

y a tus amigos; o vos pensás que no sé en lo que ustedes andan.

-¿Ah, sí?, no me digás.

-Pero…, vos qué te creés, gilún; nunca diría nada, alguien

SUPE LA HABANA 83


tiene que cambiar las cosas, o vos creés que quiero a mi nene con

la misma vida de mierda que llevo yo.

Sobre un aparador, tres portarretratos. La foto del hijo. La de

Clara con sus padres. En el tercero, justo debajo de un crucifjo

de madera, la de Evita Perón. Un plato con cera de vela consumida.

Clara trae una enorme taza con café recién hecho.

Los sábados en San Nicolás son sosegados, igual que los domingos.

Rayos de sol ligeramente perpendiculares se refejan en

algunos charcos de calles y terrazas.

Un canillita pedalea parsimonioso, vocea “El Norte”. La casa

del Cuervo silenciosa. Y él va despertándose. Todavía en medio

de la nebulosa adormilada se confunden la fgura de Benito, el

bar y la canoa con la que había navegado por el Paraná. Lo primero

que ordena sus pensamientos es la imagen de Matilde. Ella

le contó que en el garage en el que actúa suelen poner una sábana

traída desde el Odeón de París en la que se repite la consigna

de mayo de 1968: “...No hay más teatro que la guerrilla...”. No

le importa al Cuervo que ella no esté muy de acuerdo con eso.

Habrá tiempo para hacerle cambiar de opinión. Lo signifcativo

es que a esa chica la injusticia no le resulta indiferente. Ella acepta

que por el mundo ruedan los problemas y que algo hay que

hacer. Buen comienzo. Además, Matilde es prácticamente una

mujer parejera. Mucho de ella la acerca a esa cualidad. Atributo

propio de los cubanos. Especialmente de los habaneros.

El Cuervo se asoma por la ventana. El mediodía chispea en el

patio. La blancura de afuera, también la imagen rememorada de

Matilde, le recuerdan a La Habana y Amparo.

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(monotype corsiva 13)

Ropa colgada de los balcones. Atraviesa la calle una gastada

Harley con sidecar. Algunos bailan y otros ríen desde el poyo de las

casas. Un chiquillo jala un carro hecho con un cajón de guayabas.

Tiene tres ruedas con rayos. Las sacaron de un triciclo vencido. Lo

conduce una niña, el vestido arremangado.

El Cuervo espera, por momentos otea hacia afuera. Amparo vendrá

a visitarlo.

Sol habanero impiadoso.

Desde el tercer piso la ve. Campanea la cadera de la miliciana

cubana. Mujer morena y mora. No se dan cuenta, porque no saben

mirarte.

Amparo y el mundo estaban liados por un mismo destino. Por

esto ella viene a comentarle quiénes son aquellos.

Los parejeros.

Mujeres y hombres que tratan a todos por igual. No les afectan

honores, sangre, títulos o sabiondez. Pobreza o riqueza. Modales.

Tosquedad o pulcritud. Academia o ignorancia. Para ellos no hay

diferencia. Simplemente: Personas tan iguales las unas como las

otras.

Sierra Maestra. Bahía de los Cochinos. El Che y Camilo. Fidel.

La revolución. Mucho de todo fue posible gracias a esta particularidad.

No importa quién eres. Quién te trae. A qué vienes. Da lo mismo.

¿Sabes bailar? ¿Y pescar? ¿Tocas el piano? ¿Escribes? ¿Cocinas?

¿Abogas por ti? ¿Por otro? Da lo mismo.

Los parejeros hicieron lo que hicieron y hacen lo que hacen. Por

eso La Isla -tan medianera de ese otro mundo. Ese, el del Leviatán

acechante- sobrevive y sobrevirá.

SUPE LA HABANA 85


Sol en derrota.

Esta noche habrá apagón. Desde el balcón del tercer piso el Cuervo

la ve irse.

Amparo.

Sus caderas de soldada cascabelean. Si van a la izquierda, el

negro negro de su pelo va a la derecha.

Y viceversa.

Por fn la ve perderse hundida en la vanidosa penumbra crepuscular.

El Cuervo termina de comer un níspero. El volumen alto lo

trae de nuevo. La radionovela ausenta a las mujeres de las calles.

Cierra la ventana. Invisible al mundo.

Esa noche habrá apagón.

El marco de chapa no es buen apoyo, los codos duelen. El

Cuervo sale del embeleso y del recuerdo. En su cara, nostalgia.

Los brazos hormiguean. Cuánto estuvo así, instalado de nuevo

en la calle habanense que lo albergó. Cuánto en los brazos ahora

inasibles, añorables de Amparo.

Pausa.

Su cabeza ralentizada se tira hacia atrás. Cielo preñado de

azul. Perpendicular oblicua, el sol dibuja otras sombras.

San Nicolás quieto.

La siesta sabatina parece más perezosa que lo habitual.

El Cuervo tarda en volver del todo. Hace un esfuerzo: Matilde.

Esa noche irán juntos al cine. Antes él va a convocar a una

reunión urgente.

Se viene el Quinto. Vendrán desde todas partes: Tucumanos,

porteños, cordobeses, misioneros, rosarinos, tilcareños, dos

pampeanos y un mendocino. Los mendocinos tan así, empeda-

86


dos pero chotos. Sin embargo eso no es lo peor. Lo peor es que

también vendrán varios desde Zárate.

Se viene el Quinto. Es mejor estar bien preparados. Hace falta

conseguir pertrechos.

Matilde es importante. Pero más el Quinto Congreso. Necesitan

armamentos, municiones, dinero, uniformes.

Además están demasiado quietos.

Por otra parte Benito se está desbocando; empujado por su

snobismo pelilargo y sus hormonas sedientas es impredecible.

El Pelado, hasta las verijas con el naipe y los dados.

Los otros compañeros vaya a saber en qué andarán.

Está claro. Urgente debe convocar a una reunión.

El Cuervo es un tipo extremadamente racional pero no por

eso abjura de la pulsión emotiva; y más para ordenar la tropa.

Sí, esta noche hay que hacer algo. Algo que acomode la conducta.

Que reestablezca la mística, la que según el Cuervo corre

riego. Porque no es razonable pasar vergüenza en el Quinto. Menos

que menos con los de Zárate. Esos que te tiran con el mameluco

haciéndose los proles.

Matilde deberá esperar. Este fn de semana será el turno de

algún cana que ande suelto por ahí.

O se podría liberar a Jeremías, hecho que, aunque él no perteneciera

a la orga, daría que hablar. Todo a pesar de que reprendiera

a Benito por tener esa idea. En realidad no fue por eso y sí

por el lugar en el que lo dijo. A pesar de todo, de la publicidad y

de la audacia que la operación implica, es demasiado complejo

para hacerlo así, de arrebato. Sí, esa acción es, por mucho, más

peliaguda que la otra.

Lo mejor será hacerse un policía.

SUPE LA HABANA 87


Después, se verá.

Matilde tendrá que ir sola al cine. Por ahí va con el pajarón

de Roberto. Ése, con tal de andar cerca no le importa ser rueda

de auxilio.

Está decidido. Para esa noche el Cuervo convoca a una reunión

reducida. Estarán Benito, dos o tres más y él. Al Pelado lo

deja sin participación de propósito. Cuando se entere rabiará

de lo lindo, pero le servirá para darse cuenta que si no larga la

baraja, duerme afuera.

Pero antes de, tiene que completar otra acción menor. La

compra de un libro para enviárselo, el lunes a primera hora, al

delegado sindical de la UOM que trabaja en la fábrica de electrodomésticos

proveedora de su tío.

Sale de su casa, sabe que tiene que apurarse. Las librerías estarán

cerradas. Pero no duda de que don Karim le abrirá. Hombre

raro aquel, religiosamente musulmán y sin embargo tan abierto.

Con toda seguridad él tendrá la obra de Rodolfo Walsh: Quién

mató a Rosendo.

Ya con la novela, parte en el Rastrojero hasta Ramallo. Necesita

asegurarse. Nada de teléfonos. Calcula que para ir, averiguar

y volver no puede tardar más de hora, hora y media.

Está anoticiado de que allá, frente al tanque de agua municipal,

hay un policía de guardia toda la noche. Se lo informó un

cumpa que milita en aquel pueblo y que hace inteligencia ahí. Se

trata de tener operaciones en ciernes para el momento oportuno

y si desde otras localidades la orga decide realizarlas. Y es el

Cuervo el que llega para pedir una. Se reúnen los dos y acuerdan

qué hacer y cómo.

*

88


Roberto viene con el cuento traído desde Rosario. Matilde

apenas lo escucha. Ensimismada, lamenta que esa noche no verá

al Cuervo. Lo siente, a pesar de que él le ha prometido que durante

la semana van a juntarse. Presiente que, en realidad, se

gustan o por lo menos han empezado a. Orgullosa, ni siquiera

para sí misma admite que sólo sea ella la que esté interesada en

el Cuervo.

Roberto le pide que se muevan ya. Hay que salir de inmediato

si quieren llegar a tiempo. Esa noche, en Rosario, un grupo de

estudiantes reproducirán como se pueda la acción de Julio Le

Parc en París. Ellos tratarán de imitarlo en la Chicago argentina.

Se apostarán alrededor de la cancha de Rosario Central con la

idea de, al día siguiente, repartir objetos de arte entre las hinchadas

que lleguen a presenciar el clásico de la ciudad que disputarán

el local y Newell’s Olds Boy`s.

Matilde azorada:

-Estás loco, Roberto, ni ebria ni dormida te acompaño..., además,

ya que el Cuervo me dejó plantada, prefero, o dormir o ir

a la presentación de la novela Boquitas Pintadas en el Municipal...,

sabías que viene Manuel Puig, ¿no? Roberto queda como

turulato. Percibe que la está perdiendo.

Matilde insiste:

-¿Qué te parece mi idea?

Él sale pronto del pasmo. Digno, empieza a retirarse:

-Mirá, elijo salir ya mismo para Rosario..., la cultura no sólo

viene escrita o actuada; me gusta reproducir acá lo que hacen

por Europa, especialmente si viene de Francia. Matilde, la cultura

cambiará al mundo; no te lo digo más, ¿venís o te quedás?

Duda, una milésima: -Roberto, no sé qué decirte, mejor veá-

SUPE LA HABANA 89


monos el martes en el teatro, yo prefero quedarme; además, esa

idea de distribuir estatuitas a los hinchas, no sé, me parece medio...,

que sé yo, no alcanza.

Quieto un momento. Mirándola. Saca un cigarrillo. Enciende;

con el pucho colgado de la boca azuza: -Oíme, Mati, nos

vemos el martes, pero dejame decirte que no es nada estúpido lo

que estamos por hacer; la idea de que todos pueden disfrutar del

arte signifca que no es un asunto de élites ni propiedad de potentados,

¿entendés?; retrocede de espaldas a la puerta. Con una

sostiene el cigarrillo, con la otra acciona el picaporte. Ella opta

por mantenerse así: mueca mordaz. Evita las palabras. Roberto

saca medio cuerpo afuera, pisa la vereda: -Por otro lado, si algo

hay que hacer, como dice tu amigo el Cuervo, esto es mejor que

nada..., chau.

El pestillo de la cerradura trabó sin ruido. Matilde permanece

en el sillón. La mueca desaparece detrás de una sonrisa. Sí,

querido, ése que nombraste hace lo que hay que hacer y no boberías

sin sentido..., regalar estatuitas, puf. Cierra los ojos, piensa

que tal vez ella también pueda ir un más allá de lo que la lleva el

teatro, Lo del Odeón parisino tampoco es una bobería.

*

Esquina de Alem y Colón, paredes blancas, altas, coronadas

con una baranda elegante. Terraza impecable. Ahí, otros planifcan

lo que intentarán concretar tiempo más adelante:

-La Casa del Acuerdo es un símbolo. Afrma convencida y

con el tonito entrerriano que todavía no ha perdido, agrega:

-Pero lo es más el sable que nos vamos a llevar algún día, en meses

o años, no lo sé..., por todo lo que implica para esta sociedad

pituca que no entiende nada, que no le importa.

90


Alguien que está mirándola fjo, se atreve y pregunta:

-Che, Mercedes, además de que nosotros somos tan pitucos

como a los que queremos denunciar, ¿no pensás que, si nos sale

bien, lo van a aprovechar los que están metidos en política?

Porque no lo mira, duda; ella insiste:

-Carlos..., qué nos importa, somos otra cosa, un grupo de ffís,

claro, pero con ideas propias, que quiere la verdad, no nos

interesa el poder, ni cuánto tardemos en concretar el robo, no

queremos..., este..., no queremos eso, el poder, pero sí que se den

cuenta que las cosas no pueden seguir como van, ¿no?

*

Oscurece. El Cuervo regresa a la casa. Están todos: Benito,

Liliana, Raúl y Mabel. Como de costumbre, el Cuervo se carga

de solemnidad. No permite que nadie se escape del libreto. La

seguridad ante todo. La explicación que da sobre el porqué de la

acción es escasa. Lo que sí, se explaya abundante poniendo toda

la información disponible en conocimiento de sus compañeros.

Todos supieron que en Ramallo reafrmarían aquel principio

táctico conceptual que servía de base a cualquier operación: ir

de lo chico a lo grande y aprender a combatir combatiendo.

En el pueblo vecino nadie o muy pocos los conocen. La operación

será a cara descubierta (a lo sumo llevarán pañuelos para

cubrirse) y lo más tarde posible (la cerrazón nocturna, su mejor

aliada). El dato ha sido corroborado por el cumpa ramalense. El

policía, se queda hasta la madrugada. Aunque hay unas cuantas

casas la zona está desierta.

Deben conseguir un auto esa misma noche. Preferentemente

que no se descubra hasta el otro día. Mabel pasa el dato:

-A dos cuadras de mi casa hay un garage en el que guardan

SUPE LA HABANA 91


los coches tres vecinos...., uno de ellos va y vuelve desde y hasta

Baradero; sale alrededor de las ocho de la mañana. Regresa por

la tarde, a eso de las siete, guarda el Peugeot 403, no lo saca hasta

que viaja de nuevo... Salvo los sábados que lo guarda al mediodía

y lo deja hasta el lunes que se termina el franco.

Benito toma nota:

-Qué hace, qué trabajo.

Mabel, parsimoniosa revuelve el café, quiere aparentar calma:

-Es inspector en una distribuidora de frutas y verduras.

-Cómo abrimos el portón; irrumpe Benito.

-Puerta, corrediza, la cierra un candado, Mabel no levanta la

taza, suspira. Es el Cuervo ahora:

-Qué tipo de cerradura.

-Simple, con ganzúa se hace rápido, la voz baja pero segura

de Mabel intenta que termine ahí. No. Antes, Liliana quiere sacarse

una duda:

-¿Tiene techo corredizo? Mabel, muestra su contrariedad

pero niega con la cabeza.

{Dos horas más tarde, Benito y Raúl irán a buscar el Peugeot}

La mesa poblada de puchos y vasos. El Cuervo repasa, señalándose:

-Yo soy 1, después lo hace con los que nombra: Benito es 2, Liliana

3, Raúl 4 y Mabel 5. Benito manejará. Dos 45; una yo. La otra,

Liliana. Le sacamos todo. Arma y uniforme. Liliana, te encargás del

ferro. Yo de la pilcha. Una vez que esté hecho, Raúl cubrirá la retirada,

haremos postas, cuando salís le das tu pipa, Lili, y te quedás con

la del cana. Vos, Raúl, por las dudas llevá la cachiporra. Mabel

hará el control; faca, revisá las marcas de tiza en la salida sur de

Ramallo, y te vas a dormir a lo del cumpa que te va a esperar por

92


las novedades. De regreso, nos vamos a repartir a la entrada de

San Nicolás. Recién volveremos a juntarnos el martes. Haremos

la reunión evaluativa. Benito, te llevás el 403 y lo tirás en Bogado,

si podés encanutalo de manera que tarden en descubrirlo.

Tomate el micro que va a Buenos Aires y que pasa a eso de las

cinco. Mabel, si la noche se complica, o no encontrás la marca

de tiza, avisás enseguida al cumpa de contacto, él sabe qué hacer.

Apenas pasada la medianoche el portón se cierra. Lo llevan.

Empujan una cuadra. Raúl volantea, la ventanilla baja, medio

brazo adentro. Benito, pispea hacia atrás. Arrancan en la siguiente

esquina.

Y sí, tiene techo corredizo.

Varios camiones. Algunos ómnibus. Cuatro o cinco autos. La

ruta 9 está despejada.

Concentrados. Todos escuchan al Cuervo que, “in voce”, repite

la operación: 1 tal cosa, 2 tal otra, 3 tal más y así.

Un Impala plateado los “sorpasa” como si estuvieran parados.

“Bienvenidos a Ramallo”.

La luz de luna no ayuda.

Los faros del 403 apagados. El motor, muerto. Crepita el pedregullo

debajo de las ruedas, hasta que, por fn, se detiene.

Bajan.

Tres.

Caminan tranquilos. El Cuervo, cuatro pasos adelante.

Antigua. La calle del tanque es una de las primeras del pueblo.

Ventanas cerradas. Silencio. Casas dormidas.

La lechuza voltea la cabeza. Abajo, una rata blanca deja lo

hondo del desagüe.

SUPE LA HABANA 93


A pesar de que vienen de frente el vigilante no los ve. Apoya-

do contra el tronco de un eucalipto, aburrido y soñoliento, mira

el piso.

Tampoco los escucha.

Veinte cuadras más allá, hacia el sur. Mabel camina, mide el

tiempo. Nadie en la calle, salvo, dos cuadras adelante, la luz interior

de un auto que permanece encendida.

El Cuervo se adelanta.

Fierro a media altura, entre la cintura y el pecho.

El de gorra alza la vista -{lo tiene prácticamente encima}-.

Abre los codos, las manos, los dedos. Los levanta.

Liliana, como un rayo, pasa por un costado; se acomoda esquinada,

en diagonal al tronco del eucaliptus. Brazo recto, estirado.

La 45 cancheramente ladeada dibuja un vals tenue.

El policía gira la cabeza. Ojos grandes. El hueco negro de la

45 no es sufciente. Imposible tapar los ojos patinados de Liliana.

¡Una mujer!

Cuerpo menudo y sin fuerza. Manos delgadas, uñas cortas

pero esmaltadas. Pelo largo, lacio.

Tetas.

¡Lo aprieta una mujer!

Mabel ruega que no sean lo que calcula que son.

La cuadra que ahora atraviesa es un croquis pretencioso. Por

poco perfecta. Techos planos. Ninguno a dos aguas. Paredes de

revoque. La mayoría pintadas de blanco. Una color verde suave;

no desentona. Solamente dos, revoque descascarado, sin pintura.

94


No conviene doblar en la esquina para no levantar sospechas.

El Cuervo le había enseñado eso.

Baja de la vereda.

Cruza.

Asfalto cuidado.

Sube al cordón de la del frente.

Y sí.

Son nomás.

Mabel está por traspasarlos pero se abre la puerta del Torino.

Un policía uniformado desciende y la apura: -Deténgase.

Ella frena. El corazón palpita a mil. En su cabeza se superponen

las ideas no aclarándose ninguna. La voz amojosada del policía

aturde: -Adónde va, de dónde viene.

La rata olfatea.

Mueve una patita. Luego otra.

No más de cuatro pasos.

Hurguetea, busca en el aire el apetitoso perfume de un sótano

almacén que está al frente.

Justo cruzando la calle.

Y la amedrenta ese otro olor: gelatina pringosa de la parca

que intuye cerca.

Se revira.

El cana -retén nochero apostado en el tanque de agua ramallense-

se retoba.

Porque de ninguna manera puede apretarlo una mina.

No lo va a permitir.

Quiere repeler el ataque y procura apartar la cuarenta y cinco

de Lili. Manotazo tan repentino como torpe.

SUPE LA HABANA 95


El Cuervo reacciona.

También Raúl que afora de golpe, con la cachiporra empuñada.

Liliana les gana a los dos. Rápida, esquiva el manotazo. Adelanta

la pierna derecha. Con la izquierda mete un rodillazo en el

medio de las pelotas.

¡Flowps!

Antes de que caiga, baja furiosa la culata como si fuera una

porra de piedra.

¡Troc!

Se la da entre la nunca y la segunda cervical.

El “poli imaginaria” se desploma, defnitivamente derrotado.

Mabel responde tranquila. Clava sus ojos pícaros en los del

macho que la prepotea.

Quién hubiera dicho, ella, tan temerosa para todo y con semejante

sangre fría. Enfrenta a los testaferros de la nausea: -Me

disgusté con mi novio..., vivo en Rosario, pero no pienso irme

de Ramallo hasta que lo castigue; dígame, ¿usted se animaría?

Estúpido.

El macho macho se vuelve imbécil [más] si una mujer se le

ofrece. O cuando él cree que se le ofrece.

Cierra la puerta del Torino. Antes de responder se agacha difcultosamente

a causa de su lumbalgia y mira -mediado por el

vidrio opaco de la ventanilla- a su compañero. Claramente le

indica sin ninguna otra seña que la intensidad de su mirada, que

no debe descender del auto.

Se incorpora.

La observa.

96


Ella también lo.

Él está por dar un paso pero se intimida.

Mabel sonríe, ignora de propósito las sobonas babas de la

muerte que tiene delante de sí.

Agresivo se manda: -Si me animo a qué, chiquita.

Ella ladea la cabeza y baja los párpados. Luce sumisa, como

entregada: -Si se anima a ayudarme, comisario.

Sabe que no es, ni siquiera sargento, pero aprovecha la noche

y lo asciende. Noche ramallense caliente y pre-revolucionaria.

Cruza. La rata se anima y se larga rumbo al sótano.

Ustedes deben saber que la manera de actuar de Liliana es

peligrosa. Al golpear con la culata la pistola puede dispararse.

Y un ruido de esa magnitud hubiera despertado a la mitad del

pueblo. Quién sabe lo que hubiese pasado.

Pero no.

El pobre policía se hubo despeñado atarantado por el retumbo

que lo apabulló. Nunca se sabrá si entiende lo que, mientras

le quita el uniforme, el Cuervo recita: -No es con vos la cosa.

Lo aseguran atándolo en el tronco grueso del eucaliptus.

Sale Liliana.

Raúl espera. Ella, al pasar, le arroja la 45 (la suya) que hace

una hipérbole plateada antes de que él la pesque.

Después se retira el Cuervo. Rebasa y llega hasta la siguiente

esquina.

De inmediato Raúl va.

Liliana va.

El Cuervo va.

SUPE LA HABANA 97


Raúl se mete por la puerta trasera izquierda, Liliana por la

trasera de la derecha, el Cuervo por la delantera de la derecha.

Y entonces sí, el 403 arranca sin problemas.

Benito sonríe.

Lili se acomoda el pelo.

El Cuervo prende un faso y convida a Raúl.

Una cuadra atrás. El Torino de la provincia se queda lejos.

También el poli súbitamente ascendido a comisario con un número

telefónico de fantasía.

Mabel, no bastante retrasada, apura el paso. Tres cuadras las

que faltan. La piel de gallina. El galope-corazón la deja sin voz.

Por suerte no hay nadie a quien hablar. Ella hubiera querido verlos

llegar. Detenerse. Ver a Benito. La mano frme, el trazo largo.

La raya de tiza. Y ella escondida, pispiar todo sin que la vean.

Llega tarde.

Porque el poste de luz está marcado.

Porque en un abuso de confanza y de triunfo, la pared del

baldío esquinero está rayada de blanco. Todo a lo largo. Y al

doblar también.

Marca tiza que garantiza que la operación salió airosa.

Mabel, número 5, se emociona. Se alegra de que el Cuervo

haya confado en ella a pesar de la humedad/meada que la avergüenza.

Pitonisa de la fatalidad la gota roja se disuelve en el aire.

Nunca voló.

Hasta ahora.

La rata, prendida en las garras de la lechuza, aprecia el cielo

ramalense desde lo alto del eucalipto.

98


Ese lunes, alguien, en Baradero, falta a su trabajo.

*

Un operativo evidente y perfectamente coordinado puso frené-

tico al Partido militar: las paredes de muchos pueblos y ciudades

de todo el país amanecieron teñidas de color azul, negro, incluso

iluminadas de rojo. Brocha o carbón: Luche y Vuelve.

SUPE LA HABANA 99


100


2007

Lili, Walter (VI)

Nos sentamos en un banco del Botánico. Sobre la callejuela

que te saca en Plaza Italia, al frente del Zoológico.

-El Cuervo no manipulaba, aseguró Lili a cuento de nada, Al

menos no como se hace ahora, eso que han puesto de moda con

la palabrita cooptación..., viste que la gordita (si quitan el “ta” es

mi tocaya) repite sin parar ¿no?..., pobre, se pensará que nadie se

da cuenta lo conservadora, egocéntrica qué es, ja ja ja..., ¿y ella

habla de hegemonía?

Sacó la servilleta que había traído del bar, empezó a jugar con

los dedos: -A propósito, dijo y me miró. Noté que se había dado

cuenta que yo estaba distraído con los gatos que nos ignoraban

olímpicamente. La miré, poniéndome listo y expectante. Luego

de recuperar toda mi atención, Liliana empezó a monologar,

imparable:

-Toda la política hoy es manipulación; es convencer a cualquier

precio, hacer cambiar las ideas..., no importa que se inviertan

si eso supone conseguir guita; peor que eso, porque los

políticos y la gente han renunciado, han renegado de las ideas y

SUPE LA HABANA 101


lo que cambian son las penosas posturas que hoy proclaman y

de las que mañana se apartan si los intereses personales y la plata

así lo exigen; vos bien sabés de qué hablo, faco, vos los escuchás

todos los días justifcándose a sí mismos, llamándose pragmáticos...,

¡hijos de puta!, qué vamos a hacerle, son la espantosa cara

de esta mierdosa sociedad, la que los engendra, por miles, millones,

la que los vota; si ahora hasta se acepta y difunde como muy

bueno, moderno, independiente, qué sé yo, votar a unos hoy y

a los opuestos mañana. Mirá, tenía razón el facho de Perón, los

llamaba bosta de paloma, ¡ja!, qué pasaría si el viejo se levantase

de la tumba y viera a esta puta sociedad toda convertida en independiente:

sin olor, sin color.

Se tomó un respiro. Arrugaba la servilleta y no se decidía a tirarla.

Creo que en realidad intentaba desahogarse. Me resultaba

llamativo, Lili no era de putear demasiado, apenas lo necesario.

Sin embargo debo reconocer que el palabrerío en el que se había

metido, más que aburrirme, me ponía de mal humor. Antes

que nada, porque en aquel momento me parecía que se alejaba

demasiado y por lo tanto sería difícil retomar el tema principal.

Además, por meterse con la política, se plantaba, digámoslo con

lenguaje actual y periodístico: insufriblemente setentista.

Una brisa empezó a levantarse.

En otro banco, justo al frente del que estábamos, una mujer

-tendría, no sé, ¿unos veinticinco?- lagrimeaba sin taparse

la cara.

Lili no reparaba en ella, retomó sin levantar la cabeza, fja en

el piso de tierra:

-Atendeme, Walter, en aquellos años la idea del poder se asociaba

con el cambio, los reformistas con la reforma, los revolu-

102


cionarios con la revolución..., no, no te tengo por tonto, pasa

que me interesa recalcar; lo único que importaba era el cambio

sostenido por alguna ideología, sí, el mundo debía ser otro, sea

cual fuere la vía empleada, las armas o el tiempo; había una ética

del poder, se relacionaba antes con los paradigmas ideológicos

que con el poder en sí. Por qué te pensás si no, que nos quedamos

noqueados, grogys y turulatos con, no sé, ¿querés?: los

desatinos imperiales de los rusos; ¿querés?: el muro; ¿querés?: la

glasnot; ¿querés?: yo qué sé, con todas aquellas pendencias que

destapaban al mundo soviético…, esas de las que se agarraron

los mierdas para decirnos que vivimos equivocados. Destrozadas

quedaron nuestras más sublimes y nobles..., eh, eh, digamos

que vinieron para convertirlas en fantasías sin que pudiésemos

reaccionar y...

Lili levantó la cabeza, me miró poniendo fjeza en el gesto,

enseguida lo desarrugó. Se puso de pie y fue a tirar en un tacho

de basura el despojo de la servilleta totalmente machacada.

Dos travestis, vestidas de día, cruzaron por el sendero. Por la

hora, todavía no iban en busca de Godoy Cruz. Una de ellas, se

notaba, tenía los pechos infados. En una de esas se había inyectado

aceite de alta densidad.

La chica del banco ya no sollozaba. Seguía triste, claro.

Lili también las vio pasar: -Miralos, me dan cosa..., pobres

pibes.

Esta vez fui yo el que la puse en aprietos, aproveché para

marcar las diferencias que separaban claramente el XXI de los

setenta: -Lili, empecé, Ellas quieren que..., no es que yo esté de

acuerdo…, pero vos, mejor deciles ellas, eso piden, porque al

revés del Papa no creen en la división biológica de los sexos.

SUPE LA HABANA 103


Se quedó observándome, no diría estupefacta, sí sobrepasa-

da. Ladeó la cabeza, tal vez meditaba:

-Mirá, faco, es posible que ya esté vieja para, es decir, cla-

ro que lo entiendo, pero qué querés, me cuesta acostumbrarme,

para nosotros estos son argumentos entendibles pero que de alguna

manera entorpecen, ¿entendés?

Tres o cuatro hojas volaron rastreras. Un gatito las perseguía

y daba tumba carneras.

-No, Lili, no entiendo, además quiénes son ustedes.

Insegura, fjó la vista en el piso:

-Por qué me preguntás quiénes somos.

Volví a mirar al banco de la chica, ya no estaba:

-Vos dijiste, “para nosotros” y todo ese bla bla que agregaste.

Con la punta del zapato Lili empezó a escarbar en la tierra:

-Ah..., entiendo que no lo entiendas, je, vos pertenecés al

mundo de los individuos, yo, por lo contrario, soy un vetusto espécimen

vinculado al anacrónico universo comunitario..., pero,

decime, ¿te interesan estas querellas?

Es rápida Lili. Habrá sido mi cara, algún bostezo que no pude

evitar. No sé. Lo cierto es que ella abandonó el hilo del argumento.

Volvió a mirar a las travestis que se esfumaban al cruzar

rumbo al zoológico: -Ahora que lo pienso, Walter, me parece

que más te va a interesar cómo se asumían ciertas cuestiones

por aquellos años.

Se quedó esperando.

Con el gesto le di a entender que siguiera.

Sacó un cigarrillo:

-Me acuerdo de Clarita, dijo.

104


Yo hice pantalla con mis manos para que ella pudiese encen-

derlo:

-Clarita, repitió al exhumar -como si doliera- el recuerdo;

largó la primer mordedura de humo, Clara había sido prostituta,

sabés..., además era una hermosa mujer, por dentro y también

por fuera, bah eso creo; el Cuervo la conoció en el cabaret

del Pueblo, San Nicolás; es una buena historia, porque muestra

de alguna manera cómo se encaraban ciertos asuntos; el tío del

Cuervo les prestó plata para que en el espacio de lo que había

sido el antiguo burdel pusieran un bar, hizo una pausa, exploraba

en la memoria:

-Sí, también servían minutas; prácticamente ninguna de las

que trabajaron en el cabaret se quedó, salvo Clara.

Le pedí que retuviera la historia por un momento, necesitaba

estirar las piernas y además echarme un meo.

Volví, estaba esperándome ansiosa, dispuesta a meterse de

nuevo en la vida del Cuervo:

-Oíme, empezó de sopetón y antes de que terminase de sentarme,

siguió, La historia de Clara tiene razones que...; el Cuervo

y Benito trabajaron durante un tiempo el bar restaurante,

aunque no era una buena manera de juntar plata sí lo era, en

cambio, cómo te diría, de lavar la guita de los operativos, la que

se recaudaba para la orga; bueno, la cosa es que Clara desde el

inicio se hizo cargo de la atención de las mesas, la condición que

le pusieron los chicos fue que no ejerciera nunca más su antiguo

trabajo..., bueno, salvo respecto de su habilidad como punga, en

más de una ocasión le pidieron que fuera a hacerse de libretas

(cívicas y de enrolamiento, también deneíes) en el centro de San

Nicolás; otras la mandaron hasta Buenos Aires con la misma

SUPE LA HABANA 105


fnalidad. De repente Lili se detuvo; de nuevo indagaba silenciosamente

en el pasado.

La dejé que pensara. En el interín volví a mirar, busqué a la

chica del banco, anhelaba que se hubiera quedado cerca.

No. Al menos en los alrededores no se la veía. ¡Puta madre!,

pensé pero no dije nada.

Lili apoyó la mano en mi hombro:

-Sabés, me da ternura recordar; Clarita se adaptó rápidamente...,

vencía sin demasiado esfuerzo la tentación de algunos

cumpas; pero no solamente porque ella los persuadiera de que

ya no trabajaba, sino también porque el Cuervo se había convertido

en una especie de cancerbero implacable..., pero también

custodio de la moral del grupo porque ésa era la prueba de que

se podía reivindicar la recuperación de una víctima social y no

había que echarla a perder por el estúpido impulso de la testosterona;

con el tiempo todos -aún Benito-, fueron convenciéndose

de que ella había superado el lumpenaje del que venía.

Abruptamente detuvo el relato. Me observó. Hizo con los dedos

la clásica seña de comillas y repitió: -“Lumpenaje”.

Hábilmente. Volvía a captarme, como si fuera ella la que tuviera

interés en que conociera la historia y no al revés.

-Vos pensá, faco, era hacia el fnal de los sesenta principio

de los setenta y esa chica metida entre guerrilleros marxistas...,

a medida que fue ganándose la confanza participaba en algunas

acciones. Clara hasta empezó a traer más seguido a su hijo,

los chicos lo habían adoptado; siempre había alguno para jugar

con él. Se puso ciertamente seria: -Pocas veces vi una mujer

que fuera tan, como decirlo, ¿dichosa?..., sé que puede parecerte

mucho, pero Clarita se transformó, fue otra; con el tiempo pro-

106


gresó dentro de la estructura de la organización; su militancia,

su compromiso, lo jugada que era, la hizo escalar posiciones..., y

responsabilidades.

Creo que Lili estaba haciendo un enorme esfuerzo por no

dejarse vencer por el desasosiego que le provocaba ese recuerdo.

Aquella otra mujer. Aunque también pensé que exageraba

porque después de todo esa tal Clara, qué sé yo. En fn, no me

demoré en dilucidarlo porque ella seguía, incontenible:

-Fui su amiga y lamenté mucho, mucho, que ya ningún compañero

se le animara; pobre Clara, después de la cantidad de

mierdas inútiles que abusaron de su cuerpo...; supe de alguno

que se había enamorado, pero por los prejuicios, o los miedos,

o no sé..., jamás se lo dijo.

Una paloma voló desde una rama metiendo alboroto.

No le presté demasiada atención. Lili tampoco:

-Clara -dogmatizó- se había convertido en una especie de

símbolo, en la patentizada muestra de que a través de la concientización

podía cambiarse el mundo (o eso pretendíamos) y ella

debería ser una clase de santa..., mirá, si los cristianos tuvieron

su Magdalena nosotros, el Ejército Revolucionario del Pueblo,

tuvo a Clarita.

Quise interrumpirla:

-Qué fue de.

-Walter -abrevió- si cualquiera de nosotros la recuerda en

voz alta..., bueno, seguro que empezamos un viaje al corazón de

los Perros del que no querríamos salir, nunca.

Bajó la cabeza.

Ya no habló.

La dejé que se contuviera. Era evidente. Había una carga tan

SUPE LA HABANA 107


fuerte en esa historia que, aunque quisiera, no podría ir más allá.

Pero, no obstante, mi curiosidad no era mero chisme. Por eso

arriesgué:

-Decime, qué fue de ella.

Minimalista. Exageradamente despojada. Lili pronunció

aquellas palabras ominosas:

-Se la llevaron, faco, no se supo nada más.

108


SUPE LA HABANA 109


Para el Cuervo la noción de sí se volvió tangible en esa mujer

Martes.

Llueve.

En la casa del Cuervo están los cinco. Evalúan el operativo,

la voz de Raúl es la primera en escucharse: -Liliana, está claro

que lo íbamos a dominar, no estuvo bien lo que hiciste. Ella sabe

que tiene razón, aunque resiste a dársela rápidamente y olfatea

por qué: -Es más, interviene el Cuervo, Lo teníamos dominado,

o vos creés que podía soltarse. Lili levanta la cabeza pero Raúl

insiste: -Qué hubiera sucedido si se escapaba un tiro. Ella entonces

termina de admitir su error: -Es cierto, espero que no vuelva

a pasar.

Guarda para sí una intuición que atornilla la duda: el policía

reaccionó porque era mujer; a sus cumpas, aún con la verdad,

también les debe doler que sea ella (por ser ella y no él), la que

les ganara de mano al reducirlo y dejarlo fuera de combate.

Benito observa, tranquilo, expectante.

Esta mañana, también fría, sirve de mucho. Después de un

operativo debía seguirse la imprescindible rutina del análisis.

Mabel relata la manera con que, hábilmente, eludió a los poli-

SUPE LA HABANA 111


cías que la retuvieron. Cuenta con detalles, porque así lo exigen,

de lo que costó sobreponerse al desboque de su corazón sofocado.

Por supuesto nada dice del bochorno (aunque nadie la viera)

que no pudo evitar después de alejarse de los polis, al orinarse

encima (apenitas es cierto..., pero igual) dos cuadras adelante.

A pesar de la observación de Benito respecto de que los policías

podrían haber preguntado por la dirección del supuesto

novio de Mabel, lo mismo los otros aprueban lo actuado, particularmente

porque ella supo desenvolverse valientemente frente

al imprevisto.

Ella está orgullosa de sí misma pero más de la felicitación que

recibe del Cuervo y de la efusiva Lili.

La retirada es, del mismo modo, parte del elogio: el sistema

de postas funcionó como debía. Pese a que el cana estaba atado

y desvanecido ninguno de los tres que intervinieron se relajó;

cubrió y fue cubierto adecuadamente hasta marcharse defnitivamente

del lugar.

Benito recibe la conformidad de todos ya que consiguió salir

del lugar -a pesar de que el operativo no hubiese sido planifcado

con antelación- por caminos vecinales, de tierra y apartados de

las rutas principales.

En defnitiva, la conducta de todos ha sido examinada: preparación,

vacilaciones, descuidos, valentía, temores. El operativo

resulta bien califcado, por su resultado y por el comportamiento

general de los que intervinieron.

-Esto revela, afrma el Cuervo, Lo importante que es, para el

combatiente, estar preparado, conocer el terreno..., porque nunca

se sabe cuándo nos van a llamar.

Amaina. Da la impresión de que enseguida saldrá el sol.

112


-El Quinto Congreso debe ser una respuesta adecuada a lo

que marcaron en mayo los proletarios de Córdoba, preconiza el

Cuervo. Enciende otro cigarrillo. Vuelve al foco:

-No quedarse atrás..., ahora la orga debe retomar el camino

de la vanguardia y ése, quizá, deba ser la insurrección del pueblo

con las armas en la mano.

Anochece.

Es cierto que amagó con terminar, pero en ocasiones pasa

que, uno piensa que puede salir sin paragüas y queda empapado.

“...toda experiencia concreta de libertad que pueda realizar

por mí mismo es prueba de mí libertad; toda aprehensión concreta

de conciencia (de) mí conciencia; la noción misma de conciencia

no hace sino remitir a mís conciencias posibles...”

Jean-Paul Sartre, El ser y la nada. Está sólo. El Cuervo deja el

libro sobre la mesa. Lo cierra sin señalar la página. Es que, de

nuevo, lo cautiva de improviso la imagen-recuerdo de su viaje a

Cuba.

(monotype corsiva 13)

Lo primero que el Cuervo vio {en la piel mora daban la impresión

de una fatalidad redundante y perogrullescamente inevitable},

aquellos ojos negros que lo acecharon entre divertidos y exigentes.

Amparo, más que ayudar ordenaba cómo construir ese refugio

para enfrentar huracanes o tifones; que también servía para ocultarse

de la canalla imperialista hasta emboscarla y, entonces, darle

su merecida derrota.

Varaentierra le llaman. No llega a ser un pozo, tampoco una

casa.

SUPE LA HABANA 113


[El Cuervo no supo que, en las serranías de traslasierra cordobesa, los que los españoles

llamaron Comechingones construían viviendas muy parecidas].

Ahí, alojados en una de aquellas se conocieron.

En ese territorio libertario los combatientes, valientes subversivos

latinoamericanos, pasaron la noche asilados en la varaentierra

bajo la supervisión implacable de la tenaz capitana morena.

Para el Cuervo la noción de sí se volvió tangible en esa mujer.

En el brillo negro de su inteligencia. Y la idea de libertad, esa noche,

tuvo su nombre.

El de ella.

A doscientos, doscientos cincuenta metros crecía un alto, frondoso

jardín de ceibas sagradas.

La única mañana de tregua que tuvieron, a la sombra prodigada

por ellas, Amparo y el Cuervo narraron el mundo.

Matilde lo invitó. La parroquia del barrio más periférico de

San Nicolás lo había organizado. Se trataba de un festival destinado

a concientizar a la comunidad barrial de que conseguir

que el ómnibus llegase hasta allí era una lucha de todos. Pero,

claro, disimulaban hacer algo diferente, no hay que olvidarse

que los milicos de pueblo no permitían que las cosas se hicieran

así, a cara descubierta. Consentían que se perpetrara un montaje

para no darse por enterados y justifcar, llegado el caso, la no

intervención frente a los superiores de La Plata.

El municipio había propuesto asfaltar la avenida por donde el

micro circularía. Con ello daría satisfacción a la empresa y a los

vecinos. Pero el barrio no quería el asfalto especialmente porque

pensaban que después iban a pretender que quitaran gallineros,

campitos y huertas. Y el empresario, dueño de la línea de ómni-

114


us, decía que las calles de tierra afectaban los amortiguadores

además de afojar la carrocería y los elásticos.

Como no hubo acuerdo, había que luchar para obligarlos.

Al intendente blandengue.

Al empresario avaro.

Por eso se había organizado aquella jornada. Día de lucha

ataviado de kermés. La imagen del Cristo Obrero preside la festa.

El Cuervo llega.

La busca pero no la encuentra.

Gentío. Todo el barrio está ahí.

Matilde lo ha visto pero deja que él de vueltas. Le gusta observarlo.

Estampa árabe. Lo imagina fuerte, protector. Pero fundamentalmente

como el puente que la llevará a un lugar diferente

al que la han predestinado: escuela, familia y sociedad.

Esquiva dos, tres, cinco chicos, lo agarra del codo: -Hola,

Cuervo.

A treinta metros de la parroquia, en el playón del Centro

Vecinal 25 de Mayo se han desplegado todo tipo de puestos y

quioscos. Venden refrescos, facturas, tortas o empanadas. Hay

uno que, medio descolgado, canjea revistas, 2 x 1: Patoruzito,

Intervalo, El Tony. Se exhiben diferentes objetos, entre ellos se

destaca, grabadas a carboncillo, una serie de copias hechas por

un pintor local de la obra del artista cubano Marcelo Pogolotti.

Dos láminas grandes sobresalen sobre las demás. Representan

la lucha de los obreros y la tacañería del capital. La música es

propalada desde un tocadiscos Ranser al que le han adosado dos

grandes megáfonos.

Una obra de títeres, cada treinta, cuarenta minutos, repite

SUPE LA HABANA 115


la función que dura diez. Ha sido creada por un grupo de catequistas,

interpreta la historia de dos pastores y su perro que

enfrentan en su establo a un viejo de nariz prominente, torva;

vestido de negro, se propone confscarles las ovejas a cambio de

los intereses adeudados. El Cuervo se detiene justo frente a ese

puesto. La mayoría de los asistentes son niños. Uno de los pastores-títere,

cuenta que, en ocasiones, es imposible pagar. Pero

que eso no es malo si la causa tiene buena explicación, por ejemplo

una larga sequía; los acreedores deberían tener paciencia y

no cobrar excesivas recompensas por la demora. Enseguida, el

perro-marioneta echa al pelele de camisón negro y los chicos

gritan de alegría; alguno tira bolitas de migapán contra el monigote-usurero

que hace apresurado mutis.

Matilde no lo acompaña ya. El Cuervo espera que ella se

prepare para actuar en la obra de teatro que cerrará la kermés.

Mientras tanto recorre el lugar; observa que, aquí y allá, se discute

en grupos. El punto que los convoca se debate a viva voz.

Los hay quienes cuestionan la decisión de no admitir las excusas

del dueño de la empresa y que, hasta aceptarían el asfalto. Por

supuesto son minoría. Pero se hacen oír. Los demás no se quedan

atrás, contestan, a veces a gritos. Aunque son más las mujeres,

los hombres participan. El cura que ha organizado todo

camina despacioso, atento, escuchando. Enfrentados, dudan en

saludarse.

Alguien se interpone entre ellos dos: -Venga padrecito, venga

que ya empezó el recitado de poesía. El Cuervo los sigue, prudente,

a unos diez metros. Es el mismo teatrillo, levantado especialmente

para la ocasión, en el que más tarde actuará Matilde.

La marquesina contiene una leyenda inspirada por un conjunto

116


de militantes por la actuación que más adelante se llamará Grupo

Octubre: “Si el teatro tiene una estrategia es que se convierta

en asamblea”. Dicen que entre ellos destacan a un tal Norman

Briski.

La gente se arremolina, de pie, delante del escenario. Están

silenciosos, concentrados. Aún los que un momento antes discutían

acaloradamente se acercan.

Detrás de bastidores se asoma de tanto en cuándo la cabeza

del apuntador. Plantado en el escenario, cerca del foro derecho,

el poeta barrial. Alto, extremadamente faco y desgarbado; la

voz gruesa:

Yo sé bien que cuando el mundo

Cede, lívido, al descanso,

Sobre el silencio profundo

Murmura el arroyo manso.

El Cuervo los identifca de inmediato, “Versos sencillos” de

José Martí... Qué lo reparió, estos se la traen..., no son ningunos

giles ni la chingan, bajan línea a lo pavote, lástima que el cura sea

peronista, como la mayoría de este barrio, bah.

Atrás. Muy por encima de la arboleda, una pareja de caranchos

hace rodajas en el cielo; buscan alimento.

El sol resbala en su pendiente.

Los que serán “Octubre”, artistas callejeros que acompañan

a Matilde en el escenario (mejor dicho es ella la que los secunda):

Larga hilera de sillas de diferentes tamaños, material y

SUPE LA HABANA 117


colores puestas sobre el tablado. En uno de los extremos, un sillón

alto y sentado en él, gorra azul, uniforme gris y un volante

en las manos, el que actúa de chofer de aquel ómnibus fcticio.

En los asientos una vieja se abanica, otro fuma Imparciales,

dos son colegiales, siete obreros, tres vendedores ambulantes.

Matilde lleva falda de embarazada y el pelo arrodelado con una

redecilla grisácea. El “micro” está orientado en dirección a la

ciudad. Sin quejas pero con quejas: simulan saltar al ritmo de

los pozos imaginarios. Algunos actúan el guión discutiendo

litigios que hacen al barrio. Otros, en cambio, se referen a temas

generales, del momento. Una de las actrices, bien faca y

de apariencia descuidada se ríe frente a la cara sombría de otra,

más circunspecta:

-Che, dice la faca, Te parecés a Gelblund criticando La Hora

de los Hornos.

Por detrás uno que “corre” en el mismo lugar hace el papel de

dueño del colectivo. Grita, solloza, insulta. Más atrás, una percha

de pie, saco y corbata, representa al intendente.

La obra termina, todos aplauden. Comienzan a prepararse,

en un rato llega el sermón del párroco.

Apenas el acoplado de un camión. Desde ahí el cura hablará

para todos. En diagonal, sobre un pequeño muro se alcanza a

leer: ¡Viva Cristo Rojo!

El Cuervo la recibe con una sonrisa: -Estuviste muy canchera.

Matilde sonríe también: -¿Servirá?

La gente se arremolina sin prisa y van quedando en silencio.

Incluso el Cuervo tiene aspecto de hombre dócil, acostumbrado

a las misas. Delante sobresalen dos, calzan boinas blancas que

los cubren del sol.

118


-Compañeros, hermanos, vecinos, empieza el padre párroco

que no tiene más de treinta, Hoy el barrio ha venido hasta este

lugar trayendo una voluntad..., que también será (es) la voluntad

del Señor. Es Dios el que nos enseña que las buenas noticias no

provienen de arriba, constantemente vendrán desde abajo, de

los pobres, los necesitados, desde las orillas hacia el centro. Solo

debemos recordar que nuestro señor Jesús Cristo vino de la más

oscura y pobre Palestina.

Lo que en el Cuervo era una apariencia va transformándose.

-Allá como acá, se tiene claro por qué se lucha pero más qué

defendemos. La voz del curita se impone por sobre los árboles:

-No corresponde quedarnos quietos ni tampoco dejar que el que

tiene que hacer se quede quieto para tratar de conformar al que

manda con el poder de su dinero.

Carraspea, sabe que el intendente ha enviado a alguno para

que pispee; por eso mismo, se manda del todo:

-Porque ya nos dice Él, en el Apocalipsis, orientándonos a

repudiar la indiferencia, “...conozco tus obras: No eres frío ni

caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente!, por eso, porque eres tibio

te vomitaré de mi boca...”.

Tentado de aplaudir, el Cuervo reprime el gesto, Qué hijo de

puta..., tendría que reclutarlo pero este es recontra peroncho.

Relampaguea más o menos paralelo al horizonte que se enrojece.

Por la punta del playón se acercan cinco policías, al frente

va el comisario. Desde el acoplado los ve venir:

-Felices, dice Mateo en las Bienaventuranzas.

Levanta la voz ya defnitivamente embalado:

-Felices los que tienen sed de justicia, porque serán saciados.

Ahora acomoda el cuerpo inclinándolo un poco:

SUPE LA HABANA 119


-Felices los que son perseguidos por practicar la justicia; se

endereza, mira desafante a los que llegan:

-Porque a ellos pertenece el Reino de los Cielos.

Los policías se quedan a metros del acoplado. La gente todavía

no ha reparado y el cura se aproxima al fnal de su sermón:

-Hermanos, compañeros, vecinos, nuestra lucha es justa,

nuestro barrio y nosotros merecemos ser satisfechos, dejénme

concluir con un suceso que nos regala la rica historia cubana.

Ahora sí, el Cuervo pone los brazos en jarra abriendo grandes

los ojos.

-Hacia 1919, dice desde arriba, fjo en el comisario, En Cuba

se prohibió el toque del tambor por considerárselo inmoral...,

imagínense, queridos hermanos, lo absurdo de semejante medida

del soberano; soberano en los papeles, porque el otro, el

verdadero, nunca dejó de luchar hasta conseguir que esa torpe

ley se derogase..., hoy aquí, en este barrio nicoleño, la difcultad

es similar y saben qué es lo mejor, Jesús, en su inmensa misericordia

está con nosotros, amén.

Amén. Repitieron todos; hasta el Cuervo.

Noche cerrada, ha empezado a nublarse y hace frío. Maipú

esquina De La Nación. Para el Cuervo, trago San Martín acompañado

con maní sin pelar, es el clásico del Bar del Teatro Municipal.

No se sabe cómo o con qué está preparado -se supone

que tiene vermouth; algunos le agregan soda-. [Les aseguro: vale

la pena probarlo]. Lo inventó el fundador del bar hacia 1920

aproximadamente y nunca dio a conocer la fórmula. Matilde

prefere ginebra.

-Qué me decís del curita, Matilde.

120


-Mató, Cuervo, dicen que pertenece a la teología de la libe-

ración.

-Puede ser..., sin embargo yo sé que es peronista.

-Y..., sí, claro.

-Claro por qué, hermana.

-La gente es peronista, Cuervo.

Por la calle pasa un carro tirado por el alazán de don Anselmo.

Lleva bolsas de naranjas. También leña.

-Vos sabés, Cuervo, los chicos con los que actué comentaron

que la auténtica cultura debería ir desde el interior de las

provincias hacia la ciudad puerto, no al revés..., y, además, que

debía intercambiarse todo producto cultural sólo con los países

del Tercer Mundo; a mí me parece bien.

-Bueno, Matilde, pero yo creo que hay que ir más allá, jugarse

a fondo.

-Puede ser, pero también dijeron que para eso lo mejor sería

armar un frente policlasista..., que lo de la kermés era una prueba

de que tal cosa es posible.

-Ves, no estoy de acuerdo, de esa manera rompen la revolución

porque sólo la lucha de clases garantiza que el más fuerte

no se aproveche del más débil.

-No sé, me parece complicado.

-Matilde, el pueblo se suma si algunos otros señalan el camino...,

hoy pasó eso en la kermés pero no hay que pensar en

frentes inútiles que alargan los tiempos y sí en cambio saber si

ellos entendieron el mensaje.

-Es verdad, estoy impresionada cómo lo captaron.

-Pero sí, faca…, con todo, vos te das cuenta que no es sufciente,

¿no?

SUPE LA HABANA 121


-Qué.

-Claro, todo lo que se hizo apenas sirve para que arranquen,

para que abran los ojos.

-¿Entonces, Cuervo?

-Entonces..., hay que hacer la revolución, mujer.

-Creo que…, ¿pero cómo?

-Hay que formar parte de los que quieran que el mundo cambie

y trabajar para conseguirlo, Matilde..., no hay otra manera,

bah, yo no imagino ni me convence otra.

-La verdad, quizás tengás razón Cuervo..., ¿a vos te parece

que yo podría?

Tocadiscos Winco. De vinilo, simple. La Balsa de Lito Nebia

desborda todo el salón.

En otra mesa, perpendicular al mostrador, cuatro discuten.

Dos son jóvenes. Dos no. El rock o la política:

-Mirá, hablar de amor, de paz, con todos los que se cagan de

hambre.

-Vos no entendés, viejo, primero que el cambio tiene que darse

en uno y después en la sociedad.

-¡Pero no!..., qué va, así no conseguimos ni mierda.

-No entendés, negro, el arte, el rock, la música progresiva, es

la vanguardia.

-Qué vanguardia ni ocho cuartos, de qué hablás, acá hay que

empezar a los golpes para que los gorilas entiendan.

-No, la violencia no sirve, no ayuda.

-Claro, mejor olvidemos a los muertos de José León Suarez y

yastá, ¿no?

-No digo eso, ¿pero vos escuchaste la letra?

122


-Lo único que sé es que los musiquitos están para hacerle el

favor al sistema.

-Se nota..., te quedaste papando moscas desde Los Plateros

para acá y ni por nada aceptás otra cosa.

En la cartelera del teatro anuncian para el siguiente fn de

semana la presentación de Los Sainetes de Vacarezza y El Pan de

la Locura de Gorostiza.

Matilde y el Cuervo salen callados. Cruzan Maipú, él ayuda

agarrándola del codo:

-Che, Matilde, vos estás segura que les ofrecieron eso, vos decís

que algunos proponen llamarlos ¿Grupo Octubre?.

-Sí, parece que así se llamarán…, bueno, a ellos le ofrecieron

hacer ese tipo de nogocios claro, ellos se reían y alguna hasta

puteó porque de ninguna manera aceptarán.

-Por supuesto, dónde se ha visto que una pintora, un actor o

cualquier otro por el estilo haga publicidades..., la dignidad del

arte no se negocia.

*

Imponiéndose a las discográfcas una banda arma su propio

sello: Mandioca. Graban el primer simple con dos temas estrenados

en La Cueva (Pueyrredón 1723, Buenos Aires). Lado A: Qué

pena me das. Lado B: Para ser un hombre más.

¿Quiénes?: Manal.

SUPE LA HABANA 123


2007

Lili, Walter (VII)

Volvíamos callados. Salimos del Botánico y tomamos Las

Heras; avenida ruidosa. Escandalosamente apurada. Sin embargo

Lili no se dejaba contagiar y caminaba lento. Lo último que

había contado la tenía metida en pensamientos que preferí, por

el momento, no indagar.

Oscurecía. Mi colega periodista, Fernando Confesore, encargado

del pronóstico, había anunciado lluvia para esa noche. A

pesar de esto, no quise apresurar el paso. Suponía que debería

esperar hasta otro día para que siguiera contándome.

Eran dos. Linyeras que se hacían compañía. Uno de ellos estiró

la mano encostrada de suciedad y llagaduras. Liliana no se

percató. ¿Yo?, por supuesto, no les di.

Ella. Fue ella la que volvió solita; empezó con voz amortiguada:

-Perros nos llamaban, quién habrá sido el que nos puso ese

apodo..., pienso que sería un apócope entre ERP y errepé, lo que

sí, puedo decirte que era una clase de mote simpático.

Un Peugeot 205 GTI, rojo, pasó rápido. El que lo manejaba

SUPE LA HABANA 125


estaba apurado por llegar, servirse un Glenfddich y empezar a

escribir.

Lili lo siguió con la mirada, después retomó: -Pienso que la

gente común no nos entendió..., no a nosotros, tampoco a los

Montos ni a las Far o las Fap ni a ninguna de nuestras organizaciones.

Me mordía la lengua porque sabía que no debía decir mu. No

convenía.

Pasó su mano por la nuca acomodándose el pelo: -La gente

tampoco quiso entender por qué; sabés que pasa, fue mejor para

ellos..., así.

Volvió a callarse, parecía desentenderse. Por supuesto, de

ninguna manera lo permití: -Así cómo, Lili.

Movió la cabeza hacia los costados, parecía importunada:

-Sin que nada cambie..., con el mundo tal cual es.

Estuve ahí de mandarme... Un gato bajó deslizándose por el

tronco grueso de un Tilo. Me asustó. Menos mal, hubiera dicho

una boludez y, posiblemente, ella no hubiera revelado lo que

pensaba: -Oíme faco, acomodó la voz para establecer una especie

de sentencia popular, Oíme bien..., la mayoría de los jóvenes

de aquellos años, ricos, pobres, cultos o ignorantes, no caíamos

en la tentación de la comparsa, por lo contrario, casi todos queríamos

ser protagonistas directos de lo que pasaba, protagonistas

de nuestras vidas, fuera la que fuese y en el ámbito que sea.

¡Callate!, me dijo sin que yo dijera nada, estaba tan embalada

que su paso había cobrado un ritmo por poco alocado y, aunque

no me costaba seguirla, juro que comenzaba a agitarme:

-Callate y oíme Walter, repitió, Necesito explicarte; entiendo

a los peronistas, a Perón, el viejo se las traía pero a la distancia lo

126


entiendo y..., mirá, mejor que no divague, te decía que casi todos

los que en aquellos años teníamos entre diecisiete y treinta años,

más o menos, nos habíamos cargado al mundo en los hombros,

viste, igual que el Patrón Bermúdez, ja ja ja, mirá el ejemplo que

busqué, pero sirve -cuántas Copas Libertadores de América e

Intercontinentales ganó..., cuántos súper clásicos contra las gallinas

de Nuñez- se ponía el equipo al lomo y metía, yo soy de

Boca, te habrás dado cuenta, pero lo mejor fue que el Patrón lo

enfrentó al tilingo de Macri, sabías, ¿no?

La detuve de sopetón porque me pareció, qué sé yo, una comparación

burda y además creía que este caso el nudo no pasaba

por ahí:

-Dale Lili, no te vayás por las ramas..., andá a los bifes, nena.

Toque. Ella levantó un toque la voz:

-¡Pará faco!..., tenés razón, claro, pero no te pasés de la raya.

Me frenó así, de una nomás, dejándome mudito y apichonado

(además, aforísticamente hablando, la necesidad tiene cara

de hereje).

La siguiente cuadra, callados. La imagen de los linyeras volvió

a mi memoria. Pensé o dudé si uno de los dos era una mujer. Y

me dio aprensión. Mierda de darles, que se hagan cargo los que

calientan sillas en el Estado. Pensaba en esas banalidades para

recuperarme del mal momento que Lili me hizo pasar. No insistí

porque tenía la certeza de que no hubiera servido para nada.

Esperé hasta que ella siguió: -Mirá, ¿vos leíste la novela prohibida

de Nicolás Casullo, Para hacer el amor en los parques..., o

La voluntad de Anguita–Caparrós?, si no las leíste no importa,

en cualquier caso lo cierto es que en aquellos años, para algunos,

las armas fueron el camino..., ellas tuvieron, si se quiere, un

SUPE LA HABANA 127


sentido romántico, ése que atrajo a muchos; pero eso porque no

había otra manera, además… Lili tosió.

Tardó un momento en reponerse.

Aprovechamos para cruzar corriendo Coronel Díaz; tomamos

Pacheco de Melo. Volvió el monólogo aunque para mí, a

decir verdad, se alejaba de descubrir por qué putas habían echado

al Cuervo de Cuba.

-Flaco, me dijo tomándome del hombro con ternura, Los jóvenes

de por entonces ya estábamos -quizá no lo pareciera pero

sí- agobiados por el único fn que proponía la vida en un país

acomodado a los inefables designios de la renta, era eso lo que

no queríamos, consumir porque sí nomás..., qué joda; pensar

que hoy acusan de anacrónico a cualquiera que ose plantear el

tema. Pensá, cuántos murieron, cuántos están desaparecidos o

quebrados; si no averiguá..., ¿te gusta Marechal?, fjate lo que

dice en Descenso y ascenso del alma por la belleza, bueno, nuestra

generación tuvo muy en cuenta esto, la condición humana,

cómo y cuánto era posible cambiar el mundo injusto que trataban

de imponernos por otro distinto…, a lo mejor cargado

de cierta fealdad visible en lo superfcial pero ciertamente más

justo y fronterizo con la belleza en serio.

En aquel preciso instante pensé que Lili estaba estancada.

Aferrada en el discurso a la prehistórica idea de que el consumo

es el mal. No obstante algo me hacía ruido. Tal vez mi propia

descalifcación de los argumentos que ella terminaba de expresar

pero más no saber. Ambigüedad en la que siempre caía.

Cómo combinar una imagen aspectada de heroísmo sin perder

la comodidad del cuerpo cuidado y sin riesgo. Porque de eso se

trata en nuestra era. Hacer los cambios pero sin comprometer

128


más de lo necesario. Ser prácticos a la hora de intervenir en las

cuestiones de todos. Las de la sociedad.

Liliana insistía:

-Pero los adultos de entonces no querían eso, preferían el

mundo de la desigualdad aunque no lo admitieran, porque para

ellos la fraternidad era apenas una mueca, un rebusque que tenía

la caridad para dejar de llamarse benefcencia, una excusa

para encontrarse en los té canasta, vos leíste Mafalda, ese cuadro

imperdible de Susanita proponiendo jugar a juntarse para

comer masitas y reunir dinero para comprar “las porquerías

que comen los pobres”, bueno...; llegó la hora que nos soltaron

la mano, hijos de puta…, ¡hijos de puta!..., no se cansaron de

repetir: algo habrán hecho.

Caían las primeras gotas. Estábamos cerca de su casa. Cortamos

por la plaza y pasamos frente al Blockbuster. Alcancé a ver

que una mujer se llevaba “El Restaurante”, la peli francesa con

Daniel Autille.

Detenidos a la entrada del edifcio de la calle Azcuénaga. Estuvimos

un momento mirándonos. Lili se sentó en el segundo

de los dos escalones. Lo hice también ahí. Buscaba la pregunta,

necesitaba que ella volviera a Cuba, al Cuervo. Sin embargo parecía

empecinada en no hacerlo porque entró de nuevo en la

conversación:

-Qué me decís de Benito, comentó, Es un buen ejemplo de lo

que te venía contando, qué tipo..., brutalmente franco, a veces

tanto le valía la amonestación de la orga, sin embargo se podía

decir muchas cosas de él, menos que era un pituco cuidadoso

de las formas; esa sinceridad pudo ponerlo en peligro...; salvo

la frontalidad excesiva, Benito era un buen exponente de lo que

SUPE LA HABANA 129


éramos...; ahora que lo pienso, mirá, Walter, mucho de nuestro

empecinamiento -como generación, digo- respecto de conservar

ciertos cuidados no tenía que ver solamente con lo que al

principio dijimos sobre la moral cristiana y la marxista, no, porque

también tenía que ver con no reproducir los gestos propios

de las personas egoístas, de la sociedad pequeño burguesa, por

ejemplo: la infdelidad, los amantes y todo eso, para nosotros tenía

que ver con las prácticas de ellos y no con las que queríamos,

¿entendés?

Las luces de un BMW encandilaron el porche. Ella hizo visera

con la mano y también una pausa en el monólogo. Yo rumiaba

que era demasiado pretenciosa. Pensar que lo que ellos

creían, incluso alguna de sus locuras, abarcaban a toda su generación

era, por lo menos, un abuso de inmodestia. A pesar de los

polarizados, distinguí a través de la luneta que en el BM iba una

rubia, seguro que estaba re-buena.

-Y te digo esto, retomó Lili, Porque tiene que ver con el fnal

del Cuervo en Cuba.

Abandonó el relato a propósito, entró en una suerte de silencio

grito. Parecía disfrutar tomándome por sorpresa en medio

de mis elucubraciones, dejándome más azorado todavía.

Y lo hacía observándome indisimuladamente, giraba la cabeza

hacia arriba, para fjar su mirada en mi cara.

La otra asomó por la izquierda.

Pelo lacio, colorado y liviano. Nos miró curiosa. Sus ojos se

atajaron un momento con los míos.

Después entró al edifcio sin saludarnos.

-Ya sabés, recomenzó Liliana, El Cuervo era mujeriego, sin

embargo, se preocupaba por no romper las reglas aunque..., ya

130


te he dicho que no la iba con ciertos mensajes moralistas, bueno,

el punto es que en Cuba se enamoró de una miliciana, Amparo,

se llamaba; para él fue como un éxtasis encontrarse justo con

una mujer que no tenía un carajo que ver con la sociedad burguesa

que nos asediaba.

Por la esquina se deslizó un cartonero; empujaba el carro lleno.

Los brazos saturados. La ropa, hilacha. Y ese olor que no me

llegaba pero que, aunque no quisiera, imaginaba.

Lili lo vio, retuvo las palabras un momento, inmediatamente

encadenó: -Mina ducha en eso de la revolución, más que solidaria,

subversiva...; así la llamó el Cuervo la única ocasión que me

habló de ella, “Lili”, me dijo, “Amparo es rebeldía, creo que sería

capaz de enfrentarlo al mismo Castro si considera que se aleja

un poquitito de la revolución”..., bueno, faco, es que ella, Amparo,

daba entrenamiento a los guerrilleros llegados desde todas

partes; yo te la describo como él lo hacía, poéticamente enamorado:

piel cobriza, sarracenos los ojos, atrevida, valiente..., sí, el

Cuervo se enganchó con patas y todo.

Lo que ella venía contando me resultaba cursi pero, sobretodo,

bastante contradictorio. Sin embargo producía en mí cierta

fascinación por saber qué había pasado. Conocer si aquella historia

de amor entre dos guerrilleros terminaría bien o no. Por

eso no la interrumpí para que aclarase la discordancia.

-Pero la Cuba revolucionaria tenía su costado pacato, dijo

agudizando el tono de su voz, Porque Amparo también se enamoró

y..., mirá, el Cuervo supo contarme que si oía el ruido del

motor de las “Pipas” que distribuían el agua en las calles de La

Habana, él se asomaba para verlas pasar, no sabía bien por qué

lo hacía; la cosa es que esos camiones que distribuían agua a la

SUPE LA HABANA 131


población le transmitían una idea consolidada por esa especie

de ritual que simbolizaba el costo de vivir en un país jactancioso

de llamarse a sí mismo libertario...; pueblo isleño que desafaba

al imperio; también así, él se convencía: su amor por Amparo

era tan simbólico, tan revolucionario como la mismísima historia

cubana y por eso, ese amor rompía las reglas, la propia y la

de los guerrilleros.

No llovía copiosamente, a pesar de todo alguna gota alcanzaba

a salpicarnos.

La inteligencia cubana no dudó, faco, en cuantito supieron

que noviaban -los pillaron una mañana, tibios, enlazados, y

dormidos-, a él lo regresaron, vuelta de prepo a la Argentina...,

no los dejaron alegar, ni siquiera proponer una salida;

a ella le quitaron el rango y la recluyeron para siempre en su

Artemisa natal.

El encargado de uno de los edifcios de Azcuénaga pasó haciendo

como que no nos veía.

Desde que ella empezó a contarme pensé que la cosa venía

por ahí. No obstante, al comprobar la verdad no me embarazó la

desazón sino la bronca. Y el desconcierto por esos sentimientos

porque…, a mí qué mierda me importaba el Cuervo. Sin embargo,

de a ratos su vida parecía tener una cuantía por poco parabólica

que me hacía abandonar la racionalidad de mi búsqueda

queriendo meterme en él.

Quise saber cómo terminó todo:

-Decime, Lili, ¿volvió a verla?, Interpelé urgente y mandón.

La lluvia fresca es insufciente. El cielo quemado por el smog,

a pesar de la negrura nocturna, se mantenía ceniciento y sucio.

Lili se incorporó difcultosamente. Frotó las últimas vérte-

132


as, a la altura de la cadera. Al mirarme puso en los ojos un

lunar. Me levanté, tenía adormecidas mis nalgas.

La ayudé tomándola del brazo.

Sacó las llaves.

Antes de amagar para abrir y despedirse, volvió a mí: -Walter,

denunció revelando cierta amargura, Lo que me preguntás, tanteaba

con la llave en la cerradura, Fue el sueño del Cuervo..., volver

a encontrarse con ella, sueño personal..., mirá, la revolución

y besar de nuevo a esa mujer fueron sus dos grandes ilusiones,

decime, ¿vos te imaginás cómo terminó todo?

No respondí. Estaba fastidiado. Con un rictus bien marcado

pretendía hacérselo saber.

Abrió la puerta.

Se despidió con un beso.

Me quedé ahí. Quería que entrase en el ascensor, verla ocultarse

en la caja de puerta tijera.

-¡Tía!

El grito me sobresaltó.

Pelo escarolado hasta más allá de los hombros.

Culo avispado, perfecto.

Ni siquiera reparó en mí. Para ella yo sólo era un nadie al que

no valía la pena prestar atención.

Lili sacó la cabeza de la caja, sonrió al verla.

No creo que haya advertido que yo todavía estaba.

Se abrazaron afectuosamente. Chusmearon entre ellas, pero

no pude escuchar porque la puerta de entrada ¡slambeó! al cerrar.

Me alejé. Caminé bajo una llovizna fna.

Helada.

SUPE LA HABANA 133


Derrotado aunque no demasiado.

Alguna vez le diría -a Liliana- que alguien me había revelado

que el último día en La Isla, el Cuervo se llevó en el recuerdo la

imagen de un Pontiac sostenido por cuatro tacos de madera. Y

que en una de ésas, aquella fue la misma imagen que lo recibió.

Unos de ellos fue el que me abrumó descubriéndome lo que

signifcaba la vigilia en armas. Velarlas por la noche. Fue el mismo

que supo hablarme de esos a los que no conocí, ni quiero.

Estoy seguro que tampoco Liliana supo de ese tal Turco Flores,

de Marcos, del Picho o del Lobo Barrionuevo. No de la Pachi.

Ni del Oso.

Todos combatientes, según dicen.

Creyeron en otra historia. [La misma]

Y quisieron hacerla.

Yo, en cambio, no puedo, mejor dicho me cuesta creer en

esas ideas. Aún más, me decepcionan. Bueno, algunas me entusiasman

pero sólo como un buen juego de la imaginación. Soy

hombre-periodista de este siglo globalizado. Capaz de profundas

refexiones pero más atento a las urgencias de lo cotidiano.

134


SUPE LA HABANA 135


Dicen que lo encierran en UP 9 de La Plata

A la orilla del arroyo Yaguarón, siete chicos y chicas muestran

los juguetes que dos noches atrás les ha dejado Papá Noel.

Año y medio desde el cordobazo. Menos desde Aramburu.

Han pasado a la clandestinidad.

Lejos quedaron los días en los que él reclutara a Matilde. Ella,

ya ostenta el grado de teniente.

Ha regresado a San Nicolás por la noche. Acaso esta sea la

última que vuelve al pueblo antes de.

Casa operativa, el Cuervo recién se despierta. El calor lo incomoda.

De alguna manera esto le trae una ligera reminiscencia

de sus meses en Cuba.

No puede meterse en el recuerdo.

Benito llega corriendo. A los gritos:

-¡Cuervo, oí, se afanaron un sable de la Casa del Acuerdo!

El Cuervo se incorpora, trata de entender. Lo que dice su

amigo no parece tener la gravedad que su urgencia demuestra.

Benito arremete:

-No se sabe quiénes porque no dejaron marcas, solamente

una especie de proclama, chota, pero proclama al fn.

SUPE LA HABANA 137


Con el diario El Norte sostenido entre los dedos el Cuervo

reclama por mate amargo. También pide bollo caliente:

-¿Te acordaste?

Benito lo observa, pendiente de la voz carraspeante; divertido

por la pretensión de quien ya no es su jefe.

En la cocina se encuentran con otros que también pasaron

la noche ahí. Sobre la mesada hay dos botellones de cerámica:

cerveza nicoleña Pablo Clérici. La for de ceibo reina, dibujada

geométricamente, en el piso embaldosado.

Desayuno largo. Todos se preguntan quiénes serán los que

atacaron la Casa del Acuerdo. Y por qué; para qué lo hicieron.

San Nicolás.

Martes.

Lluvia por la mañana. Nubes por la tarde. Lluvia por la noche.

Por fn se decidieron.

Pasan frente al edifcio de la Sociedad Italiana. El padre de

Mercedes suele frecuentar el lugar, justo a esa hora, entre las

ocho y las nueve de la noche. A ella no le importa. Atraviesa la

vereda con el paso largo, seguro. Ni siquiera una mirada. Algunas

gotas salpican al chocar contra las rejas altas. Cerca de la

puerta dos gringos nicoleños discuten: il Duce, sí; il Duce, no.

Empieza a caer copiosamente.

Doblan en la avenida De la Nación.

Oscurecido por la hora y la calle sin luz, el frente de la Casa

del Acuerdo luce sombreado. Son cuatro. Uno queda en la puerta.

Avista por si vienen. Los otros tres, después de, sin ruido,

forzar la puerta, se mandan. Mercedes primero. El sable está

138


dentro de un cofre de vidrio, amurado contra la pared de la ter-

cera habitación.

Roban solamente eso. Espada del general Primitivo González

-guerrero del Paraguay y expedicionario del desierto-, que fuera

donada por doña Dolores López Arias de González en 1902.

Sable mataindio.

Lo llevan para que no pueda nunca más conmemorarse la

ignominia de las matanzas. Las de la barbarie católico española.

Los ffís no dejan huellas.

Hasta los de “inteligencia” quedan desconcertados.

Más allá de la Isla Ballesteros.

Lo entierran debajo de un Curupí tupido, pidiendo por todas

las muertes inexplicables y festejadas en la historia ofcial.

Mercedes y sólo una de los que originalmente plantearon el

golpe año y pico atrás lo hicieron. Los otros dos se sumaron apenas

tres semanas atrás.

El Cuervo pasa frente a Plaza Mitre, maneja el 2CV de Manuel,

recién incorporado al partido, el auto está limpio.

En la glorieta sin techo se apresta la banda militar del batallón

101. La gente empieza a amontonarse y sin embargo no se

ve en ellos el entusiasmo de otros tiempos. Cree percibirlo en las

caras serias, en los gestos un poco despectivos de los que, como

si fuera más rutina que deseo, se detienen para escuchar una,

dos marchas militares a lo sumo.

El sol de las once pica fuerte.

Estaciona frente al edifcio de la Municipalidad.

Estirado dentro del Citroen ve pasar gente que ni se fja en

él. Repasa lo que sucede por todas partes. Plaga de langostas:

SUPE LA HABANA 139


los reclamos populares se reproducen a lo largo del país. Y nadie

parece controlar del todo los acontecimientos. Ni siquiera el

peronismo.

Entorna los ojos, se ve a sí mismo. Sabe que el hacer transformará

las cosas.

Por lo pronto -clandestino o no- se las ha modifcado a él.

Cambio radical.

Arranca.

El ronroneo asonante del “Citro” no evita que él mida lo que

pasó con Raúl. Entró en crisis y se alejó de la lucha. Miedo. Motivos

personales. O una vida desencontrada. Entendimiento

confundido. La resignación del mundo individual en favor del

hacer colectivo no signifca la muerte del yo.

Estaciona. Ahora en la costa. El Yaguarón arremolinado despide

un olor espeso. La nariz se dilata. El frescor del agua marrón

promete aliviar el calor que mansamente va agobiándolo.

Rojas.

Miércoles.

A la siesta y por los techos.

Tres casas más allá, la del prestamista y abogado del pueblo.

Bajaron al patio, bordearon la piscina rectangular hasta quedar

justo delante de la puerta de vidrio.

Blanco y negro. Enmarcadas: foto de la primera comunión;

del casamiento en la Catedral de Salta y del retiro espiritual en

el Convento de. No son demasiado grandes, es cierto, pero lo

sufciente para que se note: está en la gracia de Dios a pesar de

casarse con una judía, -al menos ella se convirtió, comentan los

parientes-.

140


Heredó el ofcio y los clientes de su suegro.

Prueban. Cerrada con llave y pasador. Uno de los que va,

sabe. Abre un hueco perfecto. Pasa la mano y retira el pasador.

Con una ganzúa completa el trabajo.

Sábado.

Son muchos los que en los alrededores de Rojas reciben el pagaré

roto. Papel picado que los libera de la deuda con el usurero

del pueblo. También en las chacras.

Dicen que fueron tres deudores avivados que lo hicieron para

despistar.

Comentan que fue una célula guerrillera.

Cuentan que fueron estudiantes de la secundaria, tratan de

demostrar que, ellos también, están listos.

Lo que venga y lo que sea.

En el centro de Rojas nadie puede dejar de reírse.

A pesar de los remolinos nadó igual. Tirado a la sombra de

un sauce añoso el Cuervo recupera el aliento.

La que tiene es ésta, no pudiendo vivir a medias. No como

Raúl que quiso otra; no mira a su alrededor más que para buscar

su propio su refejo. Sin militancia, es vivir la mitad de una vida.

Una gota tardía resbala por su palma: -Hay un abismo en mis

manos, cierra los dedos, Soy la memoria de lo que quiero..., de

la que quiero.

Azul fulgurante.

Cielo abierto.

Pero brumoso por el calor.

Alas desplegadas. Parece tieso en el aire. Los ojos clavados en

el rojizo amarronado del Paraná. Martín pescador tiene hambre.

SUPE LA HABANA 141


Pena de amor que se infltra, subversiva, en el cuerpo del gue-

rrillero: -Amparo, negrita, será en la lucha dónde te encuentre.

Zárate.

Lunes.

Más que el calor es la lluvia.

Más que la lluvia, el viento.

Decidieron la expropiación del proyector de cine y de varias

cintas pornográfcas.

Usa uniforme. Celestito. Camina por las veredas desparejas

pero impecables con la cabeza baja. A lo mejor si no mira pase

inadvertida. Como si no existiera.

Ellos tampoco.

Laura -17 años- trabaja en la casa del mejor cirujano de la

ciudad.

Él alcanzó a manosearla sólo en una oportunidad. Sintió su

aliento detrás de la oreja. En el cuello, la punta húmeda de su

lengua. Y la mano sopapa aferrada al culo. Pero, además, tratando

de meter, como sea, su dedo de alfeñique.

Laura está podrida de aquel discurso: escuelas, colegio médico,

tevé, diarios. Campo de Mayo.

Moralidades de ocasión. Y que otros las cumplan.

Aburrida de que la persiga a escondidas aunque ella diga No.

Harta de que no pague su salario.

Suele espiarlo los martes y domingos por la tarde; la señora

va al té con las amigas y él se encierra en el consultorio vacío de

pacientes.

La luz apagada y el prrrrr del aparato rompe el silencio.

Sin embargo igual escucha su jadeo rebanado.

142


Puerco y sinuoso.

Después, solo en el baño.

Ojeroso.

Encima la obliga: lavar las toallas inmundas antes de que regrese

la esposa.

Laura no está dispuesta a seguir así. Aunque pierda el trabajo.

Los busca.

Espera en la puerta de la calle San Martín. Abren y pasa. Ojalá

la ayuden. No entiende mucho. Pero su madre le ha dicho que

no son peronistas como su padre pero quieren un mundo justo,

alegre y liberado de los mandones.

Les cuenta.

Y ellos planifcan la operación.

Depende lo que, todo hacer es revolucionario.

Viernes. La noticia se conoció enseguida. Adolfo se encargó

de entregar las cinta a la prensa.

El médico más afamado de la región tuvo que marcharse. Algunos

dicen que partió a Buenos Aires. Otros, más arriesgados,

aseguran que recaló en Boston.

Paraje accesible y no obstante despoblado.

Los ojos negros de Amparo duelen. Sentimiento que no lo

suelta. El Cuervo pone las manos en la nuca. El pasto empieza a

picar: -Es la existencia de vos lo que duele, pronuncia cada letra

hablándole en el lomo del viento. En soledad, no teme mostrar

su costado débil: -Porque estás allá, en La Isla, quién sabe cuándo...,

la revolución también es la piel que se rebela, cierra los ojos

haciéndose ajeno a la mierda del mundo; levanta de nuevo la

voz: -Negrita, todo yo me amotino en contra de mí..., porque sé

SUPE LA HABANA 143


que no podré encontrarte quiero ponerme un caño de gelamón,

volarme en mil.

Llegan en grupos. No todos son de San Nicolás. Se abren

arracimándose de a cuatro: Tres forasteros, un nicoleño.

Doce en total.

El Cuervo percibe un olor extraño, alarmante: orines rancios.

No le da importancia porque lo pierde el recuerdo de su niñez.

Fachada alta. Puerta de madera. Verde. Don Pedro acodado

al mostrador. A él le gustaba meter la mano en las bolsas de

porotos. Pesar puñados, montones de arroces. Sentir el perfume

penetrante del almacén Mariezcurrena mezclado con el del pan

caliente que llegaba desde la mitad de la cuadra.

Don Pedro lo dejaba hacer.

Acaso supiera, en su sencillez de almacenero pueblerino, que

el hacer construye el mundo.

Abre los ojos.

El Cuervo quiere llevar la mano a la cintura.

Doce uniformados lo rodean.

Radio Liberación abre la audición de la noche, fomenta el

debate sobre la absurda y ya para entonces antigua muerte de

Alfredo Cepeda.

Al cierre comenta la detención del Cuervo.

Dicen que lo encierran en UP 9 de La Plata.

Para el Cuervo, Amparo fue es y será el destierro de la segunda

tierra, la cárcel, el exilio, la muerte.

144


Lunes, Capilla del Monte: Los estudiantes ocupan pacífca-

mente la escuela.

Amaicha del Valle: Legatarios de los Quilmes retoman la

marcha hacia la ciudad, respetándose libres, van a repudiar la

matanza provocada por el ex gobernador Alonso Mercado y Villacorta.

Martes, San Rafael de Mendoza: Viñateros y trabajadores de

la uva piden la ley que les permita convertirse en cooperativa.

Concarán: El pueblo sale a la calle para repudiar la decisión

del interventor comunal de prohibir Fuenteovejuna.

Miércoles, San Miguel de Tucumán: La Fotia toma la Plaza

Independencia, prometen no dejarla hasta que se reabran los Ingenios

cerrados durante el Onganiato.

Córdoba: La Facultad de Arquitectura se reabre después de

catorce días con huelga de hambre de los aspirantes a ingresar.

Jueves, Tilcara: Morena Luzón recién llega y participa de la

primera reunión de los comuneros.

Jachal: Productores y braseros tiran el membrillo al costado

de la ruta pidiendo la liberación de tres detenidos en la última

manifestación conjunta.

Viernes, Posadas: Los tareferos se solidarizan con siete estudiantes

gramnscianos refugiados en una iglesia con acuerdo del

cura.

Capital Federal: La CGT llama al paro después de que la policía

golpeara y detuviese a cientos de jóvenes que asistían a un

festival de música progresiva organizado para recaudar fondos

para la reconstrucción de la heroica Nación libre de Vietnam.

Sábado, Santa Rosa, La Pampa: En la ciudad, tres salas de cine

quedan desbordadas al reponer en cartelera una misma película:

SUPE LA HABANA 145


La Hora de los Hornos.

Viedma: La enfermeras y médicos del Hospital zonal exigen

la restitución al cargo del director sanitarista que ha declarado a

la radio de la ciudad estar a favor del aborto.

Domingo, Boca gana, de nuevo, el superclásico. 3 a 0. Una

multitud de gallinas regresan penando a sus casas.

Más de un año metido ahí.

Entre barrotes grises. Y humedades rancias.

Agujero injusto.

Maniatabrazos.

Desde la cárcel, el Cuervo los oye ilusionado.

Pasan por la calle, son muchos y gritan:

Ya van a ver/ya van a ver/ cuando venguemos a los muertos

de Trelew.

*

El teniente William Calley, asesino de 22 vietnamistas, después

de ser condenado a cadena perpetua por un tribunal es indultado

por el presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, Richard

Nixon.

146


SUPE LA HABANA 147


2

Buenos Aires

1973. Alguien canta. En una esquina otra alguien se queda

quieta, busca desde dónde.

Florece en Otoño.

El Oso reparte candados. Los ha comprado en una ferretería,

usados y al por mayor. A cada uno de los cumpas que encuentra,

lo lleva aparte. Después de hacerle prometer que nunca dirá

nada. Le da uno de aquellos cerrojos de mano diciéndole que

era el que atrancaba su celda. La de Rawson. Cárcel que fue la

última en abrirse el 25 de mayo. Dicen que el director era un

tal Galtieri. Parece que, borracho de odio, se negaba a frmar la

orden que había dado el Tío Cámpora.

A la primera que ve es a Matilde. Lo está esperando desde la

mañana, bien de madrugada. Envuelta en un poncho salteño.

El pelo recogido a la nuca y la sonrisa grande. El Cuervo canta

como todos los que recuperan la libertad.

Después de tanta lucha.

SUPE LA HABANA 149


Las calles tranquilas, alegres.

Jolgorio.

Argentina es una festa.

Y luce más joven todavía.

Guitarras y zapatillas.

Vaqueros y minifaldas.

Consignas.

Compromiso.

Vida.

El mundo puede hacerse de nuevo. El país también y por eso

nadie se queda ajeno.

De culo.

Del otro lado de la cordillera la taba de la historia se da vuelta.

Allende hermano/el pueblo te saluda/ con las armas en la

mano. Lo han matado. Larga, sangrienta, la tiranía pinochetiana

se instala en el Cono sur.

En Buenos Aires [a la que muchos años después Ronald

Washington Mamaní bautizará como la ciudad mujer] bajo un

cielo encapotado el Cuervo vuelve sereno al departamento de

la calle Gurruchaga. No tarda en dormirse. Es ese día el que regresa

con su aliento de esperanza. Narcotizado de voces, sueña.

Sucesión de calles, desordenadas al principio hasta que queda

fjo en una, mira desde arriba, hace equilibrio en un cable de

luz. Callao, desde el río hasta Avenida de Mayo y más allá todavía.

Sobrevuela las caras tapadas por las pancartas. Ha muerto.

Salvador Allende, lo han matado. Las caras ocultas por cientos

de letras siglas:

...FarFapJpErpUesJcrFjcJupFuaPbFalMontonerosEln...

150


El Cuervo oye el canto que trae la noticia de que Allende ya

no está: Allende/Allende no murió/lo mataron los yanquis/la puta

que los parió. Son todos, las manos, juntas, asidas junto a las

voces. Fundidas en un solo cuerpo vital (acaso aquella haya sido

la única).

Ilusión de lo que no será.

Sueño roto,

el Cuervo despierta.

Los ojos grandes.

La noche se dilata entre brumas y miedos. Su cabeza, empedrada

por las dudas; un espectro premonitorio viene para anunciarle

qué.

*

La del 24 de Marzo de 1976 es una mañana rara. En los rincones

de las grandes ciudades muchos son los que sonríen. Los

que se acomplicionan -aunque no exista parece ser la palabra

adecuada para defnir este momento- en silencio. Los que tamborilean

con los dedos para acompañar la musiquita militar.

A Videla le dicen la Pantera, por su delgadez. Otros, en sordina,

el Santón. Es cierto, da esa idea: parquedad beata. Austeridad

virginal que se elogia. Esa que lo llevará a decir al ensortijar

el aire con la mano derecha: -Los desaparecidos no existen, no

están, son una entelequia.

SUPE LA HABANA 151


2007

Lili, Walter (VIII)

Buenos Aires tiene estas cosas: caminar un domingo temprano

por la mañana, con el sol nuevo y el frescor que llega desde el

río. Cosas que bien predisponen.

Lástima que esté tan sucia. Basura por todas partes, desparramada.

Tipos tapados con cartones y diarios duermen en los

poyos de comercios cerrados. Y esa sensación de precariedad en

medio de tanta opulencia con edifcios afrancesados. Frecuentemente

pienso que sería mejor, por aquello de parecer, cuidar

más la estética de la ciudad. Sí, atender a los necesitados, claro,

pero no permitir que se adueñen de las calles, de las plazas, de

las veredas, loco. Sencillamente porque son de todos. Y no me

vengan con que. Culparnos de la pobreza a los que formamos

parte de la sociedad es una manera muy perversa de eludir las

responsabilidades de quienes tienen el poder de poner orden

-para eso los elegimos-. Llevarlos a su lugar y, por supuesto, ayudarlos

a que salgan de la miseria. O por lo menos a sus hijos o

nietos, porque hay que admitir, aunque suene feo, que ya están

perdidos.

SUPE LA HABANA 153


Habíamos quedado encontrarnos a las 9 en uno de los cafés,

frente a la Plaza República del Paraguay.

Avenida Las Heras quedó atrás. Dejé de pensar en esos te-

mas. Además, como siempre me ha pasado (y pasa), hay sentimientos

y meditaciones que me producen choques. Tal si llenara

de sombras las convicciones que pronuncio a viva voz. O lo que

cuadra pensar. No sé, es como saber qué conviene; hacerlo igual

a pesar de esa voz casi inaudible que dice: No.

Morocha, alta y delgada, me miró con cara de dormida. Después,

por Peña, cruzó a la otra vereda con paso apurado.

Buen culo.

Llegué, Lili ya me esperaba. Concentrada, leía Radar, el suplemento

cultural de Página 12. Doblado por la mitad, sobre la

silla, Babelia, otro suplemento pero de “El País”, España.

No se dio cuenta -eso creí- que yo me quedaba ahí, apenas a

cinco pasos, observándola. Pensaba con qué iría a sorprenderme.

Sabía que la historia del Cuervo no tenía un fnal esperable.

Menos si la relacionaba con la vida que hasta el exilio había llevado.

Sin embargo, igual necesitaba que ella me dijera. Contara

todo sobre la expatriación. Y más que eso, sobre la muerte del

Cuervo. Es que, ¿realmente era tan absurda como algunos pretendían?

O es, en cambio, que él le había doblado la mano, ganándole

la pulseada al fnal de sus días. Porque es bien cierto que

no lo había agarrado de improviso, ni siquiera anticipadamente.

Dicen que el Cuervo pudo decir que el peor de los pecados borgianos

no le incumbía. Él fue casi feliz.

Pese a los muchos dimes y diretes (qué antiguo), para mí no

era sufciente; necesitaba la verdad. Porque, aunque había algunas

cosas que me interesaban más que otras, yo investigaba todo

154


lo que había pasado, la historia completa también podría usarla

y venderla de nuevo más adelante. Por eso, quería encontrar las

huellas que marcaron el sino de la época. Sabía que en el Cuervo,

hallaría a los demás. O por lo menos los códigos. Tuve, todo este

tiempo, una corazonada que me decía que estaba en lo correcto.

Que de alguna manera el Cuervo podría representar eso. Más

todavía, al momento de concertar el encuentro, Lili me adelantó

por teléfono: -Mirá Walter, no fuimos personas individuales las

que nos exiliamos..., fuimos todos, una generación completa la

que se fue del país..., los que se quedaron escondidos también

fueron extrañados en su propia tierra y a los que desaparecieron,

qué decir, ¿no? Somos un puente roto, deshecho para que una

y varias generaciones quedaran huérfanas de referencia; porque

no me vas a explicar que los viejos nos reemplazaron.

Las palabras de Liliana me habían acompañado hasta entrar

al bar. Y en ese ahora que la miraba ella giró lentamente la cabeza;

no pareció sorprendida: -Qué hacés..., vení, sentate.

Dobló Radar y lo dejó encima del otro.

Empezaba una charla que me llevaría, impensadamente para

mí, a lugares desconocidos. Espacios donde las personas esconden

las razones de lo hecho.

SUPE LA HABANA 155


156


3

Madrid

Madrid es una capital ruidosa. Cargada de gente. Cerca per-

manecen los días de la salida del país. Ahora (lo será siempre)

volver a ese momento es una recurrencia inevitable.

Intervalo de la fatalidad. Pudiera o no pudiera uno salir. Porque

quedan más que un puñado de recuerdos. Es la derrota misma.

Tragedia desmedida que se irá a dilatar interminable.

Salir. Segundo en el que los pasos duelen. El aire te muerde.

Los olores te muerden. Las voces te muerden:

Llovizna. El micro recorre los últimos kilómetros rodeado de

barro colorado. Brasil, allá adelante. El Cuervo abre la ventanilla.

Su sensibilidad lo empuja. Lo aplasta contra el asiento barato,

forrado con hule. La humedad de la tierra se espesa aromática

no dejándolo retener más que gritos supuestos pero cargados de

certidumbre.

Aquella, ondeante verde y azul, es la bandera de la salvación.

El control fnal, le han dicho, no es bravo.

Estaciona en la banquina. Treinta y cuatro pasajeros, en hilera

SUPE LA HABANA 157


apretujada al costado del ómnibus. Gendarmes argentinos. Pelo al

rape y bigotito semi hitleriano.

Montaje.

Escenografía.

Postal icónica.

Lugar común latinoamericano donde reverbera la muerte.

-Oiga, qué es esto del “Hombre unidimensional”, celoso, el cabo

de la Gendarmería levanta la ceja derecha y entrecierra los ojos.

Pobre el Cuervo, solían pasarle a pesar de ser tan obsesivo con

las cuestiones de seguridad, Para qué mierda se me ocurrió.

Momentos particulares en los que uno no sabe de dónde saca

tanta lucidez.

El Cuervo pone cara de sorprendido: -Señor, larga con la voz

despejada, Marcuse es un laico católico como pocos, por eso lo

leo…, fíjese, desde el título nomás, se refere a Dios, el hombre

unidimensionalmente es el refejo del señor, ¿entiende?

Boquiabierto. Al principio el gendarme no reacciona; enseguida

-antes de que el capitán lo descubra en su vaticana ignorancia-,

mostrándose despreocupado: -Está bien amigo, siga, pero quiere

que le diga una cosa, me las arreglo con el Padre Nuestro.

Cruzan.

Alivio esperado. No obstante, igual su alma se desgaja.

Falta mucho para Río de Janeiro. No se arrepiente de haberlo

traído. Finalmente fue el salvoconducto.

Rompe la soledad de la ausencia: Herbert Marcuse cita a

François Perroux, “…Se cree morir por la Clase, se muere por

las gentes del Partido. Se cree morir por la Patria, se muere por

los Industriales. Se cree morir por la Libertad de las personas, se

muere por la Libertad de los dividendos. Se cree morir por el Pro-

158


letariado, se muere por su Burocracia. Se cree morir por orden de

un Estado, se muere por el Dinero que lo sostiene. Se cree morir

por una Nación, se muere por los bandidos que la amordazan. Se

cree…, pero, ¿por qué creer en una oscuridad tal? ¿Creer? ¿Morir?...

¿cuándo se trata de aprender a vivir?...”

Confundido empieza a dormirse. La cara afable de una muchacha

es lo último que ve. Lo sabe en ese preciso instante, quedará

grabada en su memoria.

El claxon de un Seat 128, nuevito, lo pone de nuevo aquí, en

las pobladas, céntricas calles madrilenses. Sin ninguna bohemia,

lucen apuradas como las de cualquier gran capital en 1977.

Ropas. Maneras de andar. De no mirar. Cantinela de eses remarcadas

como si fueran zetas. Caras extrañas. Y el sol de primavera

que para él es otoño.

Aunque hay que reconocerlo, de esta ciudad le atrae la obstinación

por poblar de bares las cuadras sin que nadie se queje

por la competencia.

Sale de uno después de terminar la cerveza, Me gusta que le

digan caña…, ¿no?

La marquesina de un teatro anuncia con letras de molde: “La

casa de Bernarda Alba”, de Federico García Lorca. {La libertad

hecha sangre en Argentina se enseñorea ahora en la luminosa

España post franquista}.

El Cuervo olfatea que debe acostumbrarse. La tiranía del santón

Videla, del taimado Massera y del adrede, cándido Agosti,

va para largo. Aunque no quiera admitirlo, igual intuye que así

será.

Si bien cuesta, cree haber resuelto la incógnita de la bandera

SUPE LA HABANA 159


española. La que luce en los mástiles es la del Estado-Nación que

impuso Franco. Simbólicamente se contrapone a la República.

¿República?..., de qué clase, ¿no dicen que la Constitución es

monárquica democrática?

Da la vuelta en la esquina, encara hacia la boca del Metro.

Avenida de por medio, el paredón es una especie de galería de

afches al aire libre. Algunos ya viejos como este que porfía -entre

amarillento y roto-, pidiendo lo que obtuvo: Adolfo Suárez

Presidente. Este otro, nuevecito, la muestra con el pelo cortado

al carré, increíblemente desnuda mira al cielo mientras invita a

escuchar: 18ª Raccolta (sax) de Fausto Papetti. El tercero, presenta

a una tal Nacha Guevara que pregona el musical: No llores

por mí Argentina.

-¡Cuervo, cabrón, ¿es que no oyes?, te estoy llamando chaval!

Reconoce la voz.

Ella.

Única amiga española (sevillana para más datos).

Da la vuelta despacio, inesperadamente meticuloso: -Susana.

Otro bar, cerveza para no variar.

El Cuervo habla de Buñuel y ella se embelesa. Sucede que los

españoles durante las décadas del oscurantismo franquista no lo

habían conocido. (Al menos masivamente) Es decir, sabían de

él, pero en la Argentina de Juan Perón se estaba al tanto, casi al

dedillo.

Pondera con detalles “El discreto encanto de la burguesía”,

pero también, “El fantasma de la libertad”.

La manera de limpiar el fnal de las palabras con una cadencia

por poco inaudible. Esa manera de hablar a ella le resultaba, (no

sé), ¿poética? Podría quedarse horas absorta; escuchar, adivinar.

160


Susana estacionada en los ojos sudacas, también berberiscos:

-Pues, venga, Cuervo, tu tono no es poca cosa.

Y además…, este ha sido guerrillero de los buenos.

Hondura húmeda. Pozo revestido con cemento. Hierros ro-

mos. Tirantes embotados de años y luces mortecinas.

Gallegos brutos, hay que explicarles todo, El Cuervo relee, una

más, la advertencia repartida a cincuentaitantos pasos dentro

de la galería del Metro madrileño: Prohibido fumar. O llevar el

cigarrillo encendido.

-No creas, hombre, asegura Susana adivinando la sentencia

que abisma al Cuervo en una argamasa propia de ignorantes,

Tan golfos no somos; pasa que no faltó el vivillo que adujera,

en litigio contra la República recién regresada (que un millón

o más ampararon con su sangre) que él, si bien llevaba el pitillo

humeante, no fumaba.

Desnudado en el prejuicio, en seguida se da cuenta. Las españolas

tienen ese ángel provocador que las vuelve irresistibles.

(En una de esas en Buenos Aires lo hubiera intentado. En la

línea B del Subte).

¿Pero en el Metro de Madrid? No. Ahí, no. Susana, benefciada

por el amontonamiento, se recuesta hablándole al oído.

Él no puede retener la forma. Rodea con las manos la cintura.

Avispa.

Aquella imagen tan difundida en su país es ahora tacto en sus

dedos impacientes. Dibujo impecable. Susana se desarma. No es

la piel, o los ojos moros. Ni siquiera es la frmeza de los brazos o

los labios que la abraszan (dándole así en un acto el sentido de

SUPE LA HABANA 161


las dos palabras) debajo de la añosa tierra ibérica. Tampoco los

muslos.

No.

Es la historia de aquel hombre la que la envuelve en una clase

de apretón tierno, interminable, tan separatista como justo.

El Carabanchel. Barrio de laburantes en los arrabales de Madrid.

En hilera, varios monobloks construidos durante los primeros

años de la post guerra.

Susana avisa: -Estoy en esos días, complicados y engomados,

Cuervo, amor, hoy todo se suelda y transforma.

La manera de decirle que está ovulando lo pone al borde de

la carcajada; es ese sentido del humor, tan a la española, algo que

el Cuervo aprecia particularmente. Compra preservativos en la

farmacia de la esquina.

Vive en el quinto, por escalera. Mientras sube putea, bien argentino.

La amalgama de epopeya y rusticidad sudamericana permite

-insólitamente- que ella lo adore: -Cabrón, que no había ascensores…,

eran costosísimos en aquellos años, ¿entiendes, coño?

Cuarto piso.

Contra la pared del descanso sombreado. La arrincona ahí.

El Cuervo consigue apaciguarla en su afán de superioridad europea.

La aventura es doblegarla.

Sin embargo, ella reniega de la tradición. La pasividad no es

su fuerte. Avanza también.

Subversiva.

162


El mandato de los machos no manda en ella. Lo invade. La

mano frme haciendo trofeo de la dureza latinoamericana.

Dedos mariposa aletean sobre el pubis -arropado todavía- de

la sevillana.

Jadeo.

Crispación de los sentidos. ¿Quién es quién? Veinte son los

dedos que pretenden arrancar la falsa piel.

Por la claraboya del monoblock obrero se cuela, fsgón, el sol.

Tarde madrileña, caliente, apretujada. Las bragas blancas a mitad

de camino, entre las rodillas y el pubis.

Alguien baja desde el séptimo. No pasa de los doce. Alerta.

Sin ruido, apenas si pisa. Desciende escalón por escalón, para

que las maderas no rechinen bajo su peso de pluma. Por fn,

desde el quinto los ve.

Debajo de la falda, la mano del Cuervo, atónita por la salpicadura

que la entibia.

Entre las piernas del pantalón abultado, suspendida de propósito,

predice la fantasía.

Despegan las lenguas ansiosas.

-¿Te llevo?

-Llévame.

-¿Por qué no acá aunque el día arrecie?,

-No faltará que alguien baje…, además, el escrúpulo me pone

inmoderadamente foja, amor, no llego así.

Probablemente sean trece. Sube apurada hasta el sexto. Espera

que entren en el 19. Recién después va por los mandados.

Palieres anodinos.

Despoblados ahora.

Acaso tristes.

SUPE LA HABANA 163


5to. piso. Apartamento 18: -Escuchaste eso mujer…, ¿escu-

chaste bien, Micaela? Pues…, hombre, que sí … ¡Cochinos!

Susana y el Cuervo levantan su amorosa proclama entre pa-

redes frágiles del Carabanchel.

Tarde noche templada y primaveral.

Caminan tranquilos. Sosegados ya.

El Cuervo insiste con salir del barrio. La excusa es ir de tapas,

especialmente a la Tasca Valencia.

A la inversa del Metro, el servicio de ómnibus es terrible. Frenan

de golpe, arrancan de golpe, la gente se golpea y maldice,

Gallegos tenían que ser.

-Cambia la cara quieres, sé que no te gusta el autobús, pero

es más barato.

Se apean cerquita de Plaza Cibeles.

Acodados en la barra, él prefere caña, ella carajito.

-Óyeme, Cuervo, que no conozco a tus amigos.

No hace mucho que salen. La conoció en un festival solidario

con Latinoamérica. Es cierto. No ha querido presentarla. Ni

siquiera a Pedro y Mónica, que viven en un monoblock vecino.

No son orga propia. Con las Fap tuvo buena relación pero ni así.

-Mejor…, algún día, quién te dice.

-Venga, cabrón, no te apañes, vosotros me importáis un bledo…,

ni lo que hacéis.

-Bueno, bueno, Susana, te estás encabronando.

-Pues sí, claro, o qué te pensabas.

Desde afuera por el ventanal se los puede ver, regañándose.

Alguien sonríe:

-Miralo al Cuervo, se la tenía guardada.

164


SUPE LA HABANA 165


2007

Lili, Walter (IX)

En la Plaza República del Paraguay a menudo se lo ve. Mendiga

en silencio. Estira la mano, le dan y no agradece.

Lili espiaba sus gestos, atenta. Igual yo. Aunque, a decir verdad,

más que intrigarme él, me hacia cosquillas la última confesión

que ella había hecho: con el Cuervo no pudieron, no lo

agarraron.

De pronto, abandona al linyera y vuelve hacia mí: -Me hace

acordar a…, no es por los que andaban así, ensimismados, nada

los sacaba del mundo propio en el que estaban metidos.

Supuse que se estaba refriendo a los exiliados.

-Flaco, continuó después de largar el pocillo de café vacío, La

premisa era volver, ¿entendés?, nada de lo que hacíamos tenía

un sentido diferente, por lo menos al principio, era como estar

con la maleta abierta, a medio hacer por si la coyuntura se presentaba,

era como si nunca, escuchame bien, nunca terminásemos

de cerrarla; el Cuervo era un fel exponente de lo que digo,

él acuñó la idea de que estuviéramos donde estuviésemos fuese

como vivir en un hotel, sin arraigo posible.

166


-Perá Lili, con una seña estorbé su monólogo:

-¿Pedimos agua?

-Dale, harta de café.

-¿Querés almorzar?

-No todavía.

Aunque quiso no la dejé retomar: -Vos por qué crees…, a ver,

Lili, el Cuervo cambió de manera de pensar, nunca regresó para

quedarse…, de hecho Caracas fue su destino.

Algo irónica, torció la boca, parecía vacilar pero no porque

no supiera qué responderme, daba la impresión de estar midiéndose,

sopesando la palabra:

-Esa idea la tienen muchos y no solamente sobre el Cuervo;

salimos de la militancia total, de los ferros, los tiros, los amigos

muertos, el país en manos del tirano y a dónde llegamos…, ahí,

donde nos esperaba el envoltorio de una existencia burguesa…,

todo eso querés decir ¿no?

-Sí, por supuesto, cortante, confrmé sus palabras.

Cerré la boca. ¿O no es cierto que muchos quedaron atrapados

dócilmente en la comodidad de una vidorria cargada de pasado

supuestamente glorioso?, porque en Europa, pero también,

por ejemplo en México, donde ella estuvo, los exiliados argentinos

pertenecían a un linaje…, héroes reverenciados a los que

había que mimar. Pensaba todo esto y Lili permanecía mirándome,

esperaba que agregara lo que sea; yo no estaba dispuesto

así que, solamente le di pie para seguir con la historia particular:

-¿Y el Cuervo, qué onda, cómo pintó su rollo en este sentido,

Lili?

Soltó la carcajada:

-¿Te pusiste moderno de golpe, Walter?

SUPE LA HABANA 167


Paró de reírse, sin sobrarme, empezó: -El Cuervo formaba

parte del Buró del Partido en el exilio, nunca dejó de militar políticamente;

realizó acciones que ni te imaginás…, pero es verdad

que, de algún modo fue afojando, especialmente en cierta

dogmática, a como él se tomaba la vida…, si no hubiera sido así

jamás hubiera hecho lo que hizo al fnal de sus días y que es por

lo que vos venís, me escuchás, te tragás un montón de mierdas

que tenés para decirme con tal de que te cuente qué.

Lo juro, estuve así de mandarla al carajo. Qué se creía la muy

hijita de puta, que porque supiera el secreto de la muerte del

Cuervo tenía el derecho de bardearme. Fue mi espíritu de periodista

husmeador el que me calmó. Repasé mi objetivo. Datos.

Pensé en los que me habían contactado semanas atrás y que me

pagaban para que les pasara la informeta. Decían que la embajada

quería quedar bien con La Habana y lo que yo podía darles,

nadie. O pocos. Por todo, evité declararme ofendido, al contrario:

-No, no es eso, disculpame, Lili, le dije suavizando la voz,

Pasa que me gustaría, digamos más…, es muy rico lo que tenés

para decir, poner blanco sobre negro, además, entendeme, el

Cuervo era el jefe de inteligencia del errepé y eso lo pone en un

lugar que…, bueno, ¿no?

-Sí, se prendió ella, Claro, pero todavía no entiendo de dónde

sacás esas ínfulas de juez, de señalador, o peor, como si espiaras

para alguien y quisieras disimular…, no sé, por momentos me

resultás chocante, faco.

Pocas oportunidades he agradecido la presencia de una camarera.

Además estaba buena.

-Dale, dijo ella y sonrió, Almorcemos.

168


Elegimos. Por un rato charlamos de cualquier cosa, le conté

que mi hermana estaba embarazada. Así, dejamos que el entredicho

no afectara nuestra relación.

Regresamos al tema, diría que imperceptiblemente. Liliana

pareció entender de qué se trataba (aunque, por fortuna, su fna

intuición daba la idea de estar adormilada). Seguramente para

ella mis dudas tenían la previsibilidad de lo común. Formaban

parte de esa generalidad tan típica que supuestamente otorga

derechos para opinar y hasta para multar las conductas ajenas

con el sólo fundamento del parecer. Habrá sido porque quiso

poner las cosas en su punto. Por lo menos en un lugar desde el

cual comprender su relato y del que no deberíamos apartarnos:

-Walter, el exilio es un quiebre tiránico entre cultura y territorio.

Sostuvo por un momento la mirada. Después volvió a su bocado

de carne magra.

SUPE LA HABANA 169


170


Ofrendan a los hijos para que vivan los padres

Caliente. Recién llegada, la primavera madrileña atosiga de

calor.

Camina contra la pared en busca de sombra. El traje lo agobia.

Después de mucho tiempo el Cuervo ha regresado al atuendo

que, a pesar de todo, aprecia. Luis, Manuel y Claudia lo esperan.

El festival ahora es en solidaridad con Argentina. Europa

empieza a enterarse del exterminio indiscriminado en la mano

del mandón.

La tiranía ensañada; sangrienta.

Pese a eso hay quienes todavía afrman: Pues, hombre, que la

Perona cayó, pero no por unos cuantos pistoleros de nada…, lo

veréis, vuestros militares son democráticos.

El Cuervo no se acostumbra a la ignorancia, al ninguneo que

sobre la historia inmediata de Argentina pretenden hacer los

españoles apenas informados. Motivo más que justifcado para

participar en los festivales aunque en ellos persistan todavía tensiones

no resueltas.

Cerveza.

Habían acordado encontrarse previamente en ese bar. El

SUPE LA HABANA 171


Cuervo, apenas sentarse y confrma: -Los servicios andan por

acá, es mejor tomárselas enseguida.

Las voces gritos de otros parroquianos los obliga a levantar

la propia: -Están los pelotudos que la van de vivos. Claudia sube

las cejas buscando aprobación. No hace falta porque es verdad:

los hay que, sin haber empuñado jamás un arma en Argentina,

aquí, en Europa inventan que sí; andan por las calles ataviados

con chaquetas y barba, boina y mirada de circunstancia. Manuel

estira su mano, la toca:

-Tenés razón, pero sabés qué, aunque no son peligrosos,

rompen las que te dije queriendo hacer la pata ancha con alguna

admiradora gallega.

Luego de pagar y antes de salir, Luis propone que esa misma

noche vuelvan a encontrarse en el departamento de Claudia. Es

necesario ajustar detalles para seguir sacando compañeros del

país.

Dejan la Tasca sin apuro. Ella se detiene, divertida en la apariencia

de sus compañeros. Formales. Bien vestidos. Cualquiera

diría que forman parte del cuerpo de profesores de la Facultad

de Farmacia y Bioquímica: -Les queda pintado, muchachos, ja

ja, en una de esas me enamoro y todo.

Primero discursean los españoles. Algunos recuerdan los recientes

años de la coacción franquista; otros preferen repudiar

el silencio cómplice de los gobernantes europeos, también del

Vaticano. Por los argentinos uno que, como se dijo, quiere que

lo vean: arenga sobre la revolución inconclusa; sobre el regreso y

que la pueblada llegará porque los estudiantes y trabajadores no

son dóciles ni sumisos.

172


Levanta el puño, agitando su chaqueta verde.

Empieza la música.

Algunos periodistas toman fotos y hacen la crónica. Otros,

aunque no trabajen para ningún periódico, también.

Es de una pariente que hace mucho vive en España. Se lo alquila

por pocas pesetas. Claudia vive en ese monoambiente con

baño propio, a cien metros de la Gran Vía.

Llegan de a uno.

Noche larga. Revisan todo. Pasaportes. Listas. Fechas. Sitios

de salida. De entrada. Encuentros. Lugares. Países. Retaguardias.

Vanguardias. El entrenamiento en Cuba. Corea.

Brasil. México.

Caen como moscas. Los informes dan cuenta del desastre.

Los compañeros hablan. Por lo menos se supone. De otro

modo no se comprende cómo. De qué manera los encuentran.

Los arrebatan de la clandestina invisibilidad en la que están: casas;

canutos; nombres.

-Oigan, la voz de Luis se impone por sobre las demás, Ustedes

saben, recién llego de Cuba, muchachos…, qué sé yo, quizá

no hayamos entendido.

Claudia pone los codos en la mesa, apoya la cabeza en sus

manos:

-Por qué decís eso.

La cara tornasolada de gris, Luis espera un segundo antes de

largar. Pausa lastimosa; quiere abarcar el error en toda su dimensión

pero sin exorcizar todavía el dolor que causan las penosas

consecuencias; suspira, decidido a no detenerse en autoconmiseraciones:

SUPE LA HABANA 173


-El general Ochoa me dijo con esa tranquilidad tan cubana,

sonriéndose con toda su bocaza, oye, chico, los soviéticos aseveran

que el que tiene lengua…, habla.

¿Pero, cómo? Los revolucionarios no. Ésa es la épica en la que

crecimos, nos hicimos adultos creyendo que éramos el titán colectivo

pero más que nada semidioses individuales a los que nadie

podría vencer. La que nos hizo fuertes. Ser lo que somos: una generación

de héroes que mueren por el pueblo y la patria. Que no

claudica ni ante el horror de la cárcel. O la no vida. ¡Che, acuérdense

del Reportaje al Pie del Patíbulo!

-Llegué a España -sigue Luis- y en los primeros tiempos me

fui avispando, aunque me negaba a aceptarlo…, ¿no?

Todo el imaginario de los luchadores de estos años ha sido

construido pensando en la Guerra Civil Española, en Vietnam o

Cuba: si la ideología es fuerte los revolucionarios no se quiebran.

-Hasta que me encontré con un Maquí, acá nomás, a unas

pocas horas de Madrid, Luis enciende un cigarrillo, suelta el

humo; sin mirarlos sigue:

-Él me aseguró que si los agarraban lo único que se les pedía

era que resistieran unas horas, para que se supiera que lo habían

detenido y que los demás estuvieran en situación de hacer…,

porque hay un límite que no se puede traspasar; si no le creía

-me prometió el Maquí-, le preguntara a los españoles respecto

de lo que instruían a la resistencia republicana.

No, los compañeros no hablan ni siquiera bajo tortura.

Aquietándose. Es que esa revelación que ha hecho es también

una manera de correr la cortina del silencio vergonzante. Aún

así, hundiéndose, Luis sobreabunda en detalles:

174


-Ochoa se puso muy serio antes de decirme -en una de esas,

dogmatizara, es cierto, pero igual-, la resistencia tiene un umbral,

señaló…; luego se despidió dejándome en la mera habitación

solo y pelotudizado con esa verdad tan evidente pero que

yo no había visto hasta entonces.

Deja de contar. Ya no quiere. Cómo expresarles lo que sintió

en aquel momento, y que todavía se mantiene, penetrante como

el zumbido de un moscardón, incluso después, ya de regreso en

España.

-Pero qué hijos de puta…, durante mil años nos vendieron la

pureza de la heroicidad y ahora nos vienen con el cuento chino.

-¿Qué?, ¿qué decís hermano?

Manuel espera una aclaración de eso, que Luis ha murmurado.

Nunca recibirá una respuesta.

Es verdad, tiene razón Luis, cómo mierda imaginarnos, además,

que el Estado, su terrorismo y ferocidad sin código iría a llegar

tan a fondo. A ese inferno de impiedad deshumanizada.

Mucho menos a esa complicidad del Pue…, no, eso no.

Madrid de madrugada tiene bastante de aquella nostalgia argentina

y porteña. Añoranza de clandestinidades y luchas, de

militancias y juegos de la vida.

Pobre Cuervo, si no alcanzara con el dolor de la lejanía, agregarle

además esto. Comprobarse parte de una generación (Valerosa.

Fiel a las convicciones. Vanamente heroica) a la que presume

defnitivamente sitiada.

Luis tiene razón.

¿Es que hay en la historia una traición semejante?

SUPE LA HABANA 175


No son sólo los mandamases de moda, consabidos dueños

del mundo, los que tal como habitualmente hacen, mentaron la

estafa.

Peor.

Es una masa enorme de autobendecidos, acomodaticios y timoratos

mercaderes de la paz la que está entregándolos -como

diría un mexicano- ahorita mismo.

Allá, en las escuelas de Buenos Aires, en las universidades de

Córdoba, en las iglesias de La Rioja, en los altiplanos de Jujuy, en

la fábricas de Rosario, en los viñedos de Mendoza o en.

Ofrendan a los hijos para que vivan los padres.

Por eso caen como moscas. Porque la sociedad los delata,

oblaciona con ellos y cimienta en ese consumado, atroz flicidio,

su propia tranquilidad.

El Cuervo camina salpicado por el relente temprano, las manos

metidas en los bolsillos, el entrecejo fruncido. Algo trae el

recuerdo de su familia. A mitad de cuadra queda paralizado.

Miedo.

¿Habrá en el mundo otra cosa que le cause tamaña desesperación?

{sis-dias minúsculo que apenas si lo mantiene vivo}.

Sólo pensar en lo que pudiera pasarles por su culpa. Ese daño

no puede aceptarlo más allá de lo que digan los manuales.

Extorsión despreciable.

Despacio, apoyado contra una pared va deslizándose hasta

quedar en el piso, sentado y abrazado a sus rodillas.

Ovillo. Exiliado sin techo. Homeless singular…, ¿cómo carajo

se dirá abandonado por el pueblo en inglés?

Se acompañan en la soledad: la calle española y él.

176


Dicen que cantó: que llevaron a uno de los hijos. 5 años. La

venda ajustada y la voz de canario: ¿Papá?

Dejaron que mire, lo toque, lo sienta. La mejilla primero. Que

lo bese apenas.

¿Papá, sos vos?

Cómo haría él [y cómo vos, él, ella, yo y nosotros], viéndolo así,

despojado de toda fragilidad. Cómo, para no mandarlos tragados

a todos los cumpas con tal de.

Dicen que empezó por las direcciones.

Las manos aprietan las rodillas. El traje se mancha con la humedad

temprana y sucia.

-Tiene razón Luis, la ideología de lo épico ha sido la peor de

las trampas. El Cuervo saca la cabeza de entre las rodillas y refexiona

para nadie, Pero esa heroicidad, al menos, nos dio una

ética.

Las discusiones habituales de los días de la revolución vuelven

en el recuerdo:

-Es la guerra del pueblo -y no la que pretenden que sea los terroristas

del estado- por lo tanto no es igual a ninguna otra guerra,

repite como si estuviera borracho o loco, Igual, no es posible

concebir una nueva sociedad sobre una montaña de cadáveres.

Calle de por medio, en una casa de dos plantas y techo plano,

se puede adivinar entre las rendijas de una persiana que alguien

enciende la luz: vegija pronta o temprano a laburar.

A él no le importa, prosigue, repasa en voz alta (que sea el viento

el que lleve y cruce sus palabras por encima del Atlántico):

-Además, el sistema jurídico, el derecho burgués se impuso y

se impone por la violencia y, así…, necesitado de aire, se toma

SUPE LA HABANA 177


un segundo, cierra los ojos antes de, Esta es la rebelión que hicimos,

evitamos, hasta donde pudimos los heridos inocentes…,

francamente; bien saben que a pesar de todo arriesgamos más

nuestra propia seguridad con tal de evitar mierda para otros que

nada tuvieran que ver.

Varios ¡baracataplum! Retumban, volviendo, en su cerebro.

El Cuervo puede frecuentar, con aprehensión, los muertos y heridos

que cayeron sin que merecieran haber estado ahí.

El amanecer hace silencio, levanta los ojos. Chocan con esos

otros que lo miran detrás de la cortina blanca que adorna a una

persiana a medio alzar.

Se incorpora despacio, sin despegar la espalda de la pared.

Quieto al principio, espera un momento, despereza el cuerpo.

Después se retira, el mentón a medio camino entre el pecho

y el aire.

La noche es día.

Lejos de apaciguarse su cabeza está lanzada inevitablemente

en un detalle preciso de voces y hechos.

La discusión fue con Benito, el Turco y algunos más.

Una tarde, en medio de la canícula tucumana. La decisión estaba

tomada: Ejecutar al comisario más represor de aquellos días.

Se había hecho toda la inteligencia necesaria. Días y días siguiéndolo.

Cruzando información. Ajustar hasta el último detalle.

El gordo canalla caminaba en paz, como si no tuviera nada

que ver con lo que pasaba por entonces. Con las torturas, la muerte

y la contrarevolución.

Subió a su R 12 nuevo y arrancó recién después de que ella entrara

al auto parapetándose en la penumbra de la tarde.

178


Ella no estaba en los cálculos.

El Comando, formado por cinco compañeros, se movilizaba

en dos vehículos. Más otros dos con ocho compañeros que darían

apoyo desde las inmediaciones.

La decisión se confrmó en el coche 1. Aquel probable daño colateral

no había estado en los análisis previos.

Sin embargo la operación se haría igual.

Con el dorso de la mano, seca la frente del sudor incipiente.

Los ojos arena. Él sigue caminando.

Hasta el Carabanchel falta mucho aún.

El Cuervo las ve salir de sus casas. Todavía semidormidas.

Llevan los bolsos vacíos, van rumbo al mercado. De algún modo

se parecen entre ellas: rodete, vestidos de colores apagados, regordetas,

hablan a los gritos y empiezan a sonreír.

El R12 era un colador. Estrellado de trompa contra el grueso

tronco de un tala inmenso. La cabeza del comisario dislocada, parecía

apenas sostenerse entre el hombro y la ventanilla baja. La

otra puerta delantera abierta. A tres, cuatro metros, la amante

del gordo canalla -ahora fambre para todo el viaje- estaba arrodillada,

con manchas de sangre en su vestido y la cara demudada.

Daba la impresión que se quedaría ahí, estupefacta por la eternidad.

Las primeras sirenas se oyeron mientras el coche 4 salía por el

sur y ya no quedaba ninguno de los combatientes cerca.

A las nueve y media de la mañana todas parecen haber completado

las compras. Madrid es una especie de gran hormigue-

SUPE LA HABANA 179


o: las mujeres regresan con las bolsas llenas. Algunas entran en

los bares para apurar un carajito que las entone desde temprano

nomás. El Cuervo las mira como quien oye llover. Va metido en

el recuerdo.

Esa misma noche se armó la polémica. Alguno aprobó la decisión

tomada. Hasta el Turco, directamente involucrado, insistió

que si no hubiese salido bien, es decir, si la mujer no hubiera escapado

a la balacera, aún así, el operativo justifcaba por sí sólo

aquel daño no querido.

Igual no pudo evitar que ese desacuerdo se discutiera largamente.

Ninguno quería que, frente a la mirada del pueblo, aquellos

operativos tuvieran la estampa sanguinaria que los milicos se

empecinaban en hacerles aparecer.

Tampoco si lo que se buscaba era concebir una nueva sociedad,

las matanzas inútiles podían ayudar a ese objetivo. Por eso era

vital eliminar todo lo posible la existencia de heridos neutrales.

El mejor ejemplo, el que había que seguir era Vietnam donde

se cuidaba mucho de no tocar objetivos inocentes y no precisamente

Argelia donde, dicen, todo francés resultaba el enemigo a

aniquilar.

Aquí, ahora, bajo la inclemencia del sol madrileño post franquista,

el Cuervo cruza la enésima callejuela emborrachado por

una especie de neblina opiácea. El sudor frío recorre su cuerpo

mezclándose con la saturación de la caminata. Tiene sed pero

prefere seguir. Llegar cuanto antes. Meterse y dormir. En una

de esas puede olvidarse por un rato. En una de esas su cabeza se

toma un autopiadoso descanso.

180


SUPE LA HABANA 181


2007

Lili, Walter (X)

-La mierda de los pichichos es una calamidad, Lili. Alguno de

los que pasan, joven o viejo, insulta por lo bajo y mira la suela de

sus zapatos. La plaza República del Paraguay, especie de paraísocagadero

perruno, hizo que ella arrugara la nariz: -Un día de

estos me voy a dar el gusto y voy a traer dos o tres gatos. La miré

entre desconcertado y divertido. Esta mujer me asombraba. Tenía

una pasmosa ductilidad para hacerle olvidar a uno que rato

antes tuvo ganas de putearla.

-Te decía, reanudó ella, Ese quiebre cultural nos llevó a entender

que en el exilio la adaptación a la vida burguesa europea,

por caso -pero también a la mexicana que es más clasista todavía-,

no fue nunca un fn en sí mismo…, fue, de casualidad, una

circunstancia, ¿entendés?

Sonrió, pero yo la creí de nuevo burlona.

Qué extraño. Pasaba de un sentimiento a otro en cuestión de

milésimas. Pienso que suponía que ella estaba ninguneándome.

¿Sería la culpa que me ponía así? Se lo dije de una:

-Perá, Liliana, ¿por qué tengo la sensación de que me barateás?

182


Abrió los ojos grandes y su nariz pareció más flosa aún:

-¿Qué?..., qué estás diciendo, ¿baraqué?

Bajé la vista. Suspiré fastidiado. En aquel instante creí frmemente

que no podría llegar hasta el fnal. Ella me sobraba y no

podía evitar enojarme.

Se levantó: -Perdoname, voy al baño.

Aquellos minutos que demoró en volver para mí fueron una

especie de bálsamo. Porque de golpe, como si me hubiera iluminado

el rayo de algún dios exótico, pude ver con nitidez qué era

lo que me pasaba. Les tenía envidia. Yo que hablaba en términos

de respeto hacia esa generación -para quedar bien pero también

porque es verdad que la heroicidad despierta ciertos entusiasmos

emocionales-, a pesar de no compartir lo que pensaban y

lo que hicieron; aún así, todo el tiempo estuve convencido que

lo mío pasaba por una suerte de especulación no demasiado razonada

antes que por cualquier otro sentimiento. En realidad

tenía rencor de no haber formado parte de aquella épica por

más cruenta que haya sido; era como si estuviese montado en

una especie de potro que me llevara -al pensar en los 70`s- a

las historietas que leía en mi niñez. Porque si comparaba con

la mía, aquellas vidas parecieron tener un sentido…, también

sus muertes, las desapariciones, su epopeya, ellos quedaron ya

en la historia. Llenaron tapas de revistas, documentales, películas.

Qué de mi generación. Los que en 1976 teníamos 15, 18,

20 años. Somos la más pura y primeriza cría del proceso militar.

Dilectos hijos de la tiranía, como le llama Liliana. Somos,

sin saberlo; y sabiéndolo, sin admitirlo: el huevo de la serpiente

que dentro de un tiempo vamos a gobernar. Gobierno, empresas,

sindicatos, universidades, clubes de fútbol, iglesias, ong’s,

SUPE LA HABANA 183


medios de comunicación. Pensarlo nomás y me da escalofríos

porque en ese espejo veo mi cara. Y porque además siento que

no me importa. Mucho menos si me acomodo. Y es este cinismo

el que no me permite grises.

Lili regresó. No terminaba de sentarse y me escuchó decir:

-Sabés, lo peor no ha llegado.

-¿Qué?

-Sí, Lili, la próxima década gobernaremos nosotros, los hijuelos

que Videla formó. Tomé un trago antes de, Mirá, le dije

sin dejar espacio para que me interrogue, Lo que llaman menemismo

fue un anticipo, préstamo a cuenta, una ingeniosa manera

que ha tenido la historia de adelantarse a sí misma, porque

cuando lleguemos nosotros, cuando nos toque el turno, ahí sí

que van a ver lo que es el pragmatismo en serio, ahí van a conocer

hasta dónde llegó la prédica de los Tórtolo, los Grondona, las

Legrand, los Áleman…, los Borges o los Favaloro.

Fue como si me hubiera dado un ataque de verborragia ética.

Prestada además.

Sin embargo mi instinto volvió a iluminarme, era el momento

de parar:

-Oíme…, no me hagás caso, ¿qué decías de la vida burguesa?

Ella se conmovió. La pregunta que le hacía no tenía que ver

con la perorata que había concluido yo mismo sin darle pie a

que indagara en ello. Posiblemente por eso, porque sintió, creo,

respeto-pena por mí y por lo que nos esperaba, volvió al asunto

como si yo no hubiese dicho palabra:

-Todos, del bando que sea y en el país que fuere, esperábamos

la coyuntura adecuada, como te dije, para regresar, con la

punta del dedo agarró una miguita de pan y se la llevó a la boca,

184


Pero nos acomodábamos a esa necesaria manera de subsistir, lo

que sí, prevenidos de las tentaciones tratábamos de no aceptar

faquezas.

La imité; disimuladamente pasé un dedo por el borde de mi

plato: -¿Cuáles? Ella lo siguió con la mirada hasta que se metió en

mi boca, después: -No sé, Flaco, por ejemplo, durante el destierro

no estaba bien visto que un compañero o compañera se enganchara

afectivamente con alguien que no fuera argentino o argentina,

no estaba bien interesarse por otra política como no fuera lo que

pasaba en el país…, fjate, en cualquier lugar en el que estuviéramos

era casi religioso, con tres o cuatro días de retraso, conseguir

Clarín -quién lo diría-, discutir lo que pasaba en Argentina era lo

único, nada de interesarse por otra contienda.

Sacó los ojos de la mesa, se perdió afuera, en el verde de la

plaza:

-Acostumbrarse a las comidas, a las tradiciones del país que

nos recibía, todo eso era considerado, que sé yo, ¿desargentinizarse?...,

en fn, todas las actividades que hiciésemos tenían

que estar relacionadas de algún modo con aquella idea que te

mencioné, Walter: el regreso.

Llamé a la camarera. Pedí otro café. Ella, un Cachamai.

-Al Cuervo, Liliana no quería dejar de recordarlo, más por

ella que por mí, Lo crucé en el exilio tres o cuatro veces, una

de esas después que junto a Luis lograron sacar con pasaportes

falsos a varios compañeros y compañeras por la frontera de Brasil,

no sabés cuántos salvaron…, venía encabronado, me contó

que se había carajeado con un español que lo ayudaba porque

le mandó un rollo que era común entre los gallegos: creer que

ellos, los españoles, habían estado peor porque lo padecieron a

SUPE LA HABANA 185


Franco…, me acuerdo que el Cuervo lo imitó al español para

contarme, el muy hijito de puta me dijo -me decía el Cuervo que

le decía el gallego- oye coño, no hay mal que dure 100 años ni

pueblo que lo resista, vosotros estáis mal, es verda’ pero nosotros

soportamos al generalísimo cuarenta años…

Liliana dejó de hablar. No creí oportuno interrumpir su silencio.

Es más, me di cuenta que estaba por meterse en otro bardo.

Me entretuve a propósito, revolvía con la cucharita el café.

Afuera el mendigo cosechaba.

Cagaban los pichos.

Y no faltaba el distraído que pisaba los soretes recién hechos.

-Walter, no te imaginás cómo idealizábamos al pueblo, eso

era una especie de corcho, soga fantasmal a la que nos aferrábamos

porque de ella dependía nuestra propia vida; así fue, bien

entrado el 78’, hasta el Mundial…, hasta que la tablita de Martínez

de Hoz empezó a traerlos por todas partes; el deme dos

hacia que ellos se llevaran fetiches de porcelana, electrodomésticos,

marcas y nos dejaran los calcos pegados en las lágrimas no

soltadas.

-Perá, la interrumpí, ¿Calcos?

Cerró los ojos:

-Los argentinos somos derechos y humanos.

186


SUPE LA HABANA 187


El pueblo imaginado era el pueblo rebelde

Para el Cuervo, Susana es parte de su pasado. El mundial de

fútbol ha terminado y Argentina es campeón por primera vez en

su historia deportiva.

Salieron del Canódromo entre risas y gritos. La tonada latinoamericana

mezclada con la española. Las ropas. Los modos.

Algunos desean mutar el che por el vosotros.

Apoyado en un árbol los observa al caminar. Es evidente, se

están acostumbrando.

Alguien ha traído desde Argentina varios libros, rescatados

vaya a saber cómo. Lo guarda en el bolsillo de la chaqueta que

cuelga en su mano.

El verano aprieta.

Ve a los que ha ido a buscar:

-¡Muchachos…, eh!

Los tres que salen lo abrazan:

-Vamos Cuervo, vente a beber unas cañas con nosotros. En

realidad él quiere conversar con Manuel, se ha enterado, dejará

España enseguida. Dicen que vuelve a México.

SUPE LA HABANA 189


Caminan dos o tres cuadras. Justo en la esquina, envuelve la

ochava un toldo amarillo y rojo que preanuncia la fonda moderna

donde se puede tomar y comer. Fumar y pasar el rato,

despreocupándose del mundo.

Sopla húmedo. Quizá llueva.

Bar, restaurante repleto de gente y olores. Se habla, como de

costumbre, a los gritos.

A los reclamos de por qué no se busca un trabajo mejor que

ese de vender bijou por la calle o cualquier otra cosa en los tendederos

de feria; un trabajo efectivo que lo lleve a alguna parte,

incluso a conseguir la residencia defnitiva para que deje de salir

después de tres meses hacia a Andorra, quedarse cinco días para

volver a entrar; a todo eso el Cuervo contesta con Quién mató

a Rosendo: “…Y es cierto, nunca tuvo nada ni llegó a nada en el

sentido que los burgueses dan a ese concepto. Porque un auténtico

revolucionario no llega a nada hasta que destroza al régimen

corrompido y parasitario que nos explota e instaura una nueva

sociedad…”. Después muestra la tapa: -Saben, me cansé de regalar

este libro, despluma la pálida de los que no quieren entender.

Los españoles, apesadumbrados por la arrogancia del argentino

abandonan antes.

Manuel y él siguen. Caña, de la negra, aceitunas, pan y jamón.

-Oíme, Cuervo, se está bien, mejor en México, las noticias

llegan rápido, más que acá.

-Cantame la posta, ¿cuánto hay de verdad en eso de la contraofensiva?

-Qué sé yo, parece que se coparon con la idea, primero los

que están allá…, sabés de los energasos que metieron los Montos

durante el mundial ¿no?

190


-Sí, claro, al principio creía que eran bolazos de Luis o de la

prensa amiga, pero después me convencí.

dó.

-De todos modos, se ganó el campeonato y nada de eso que-

-Bueno, pero al menos se hizo, además…, no estoy demasia-

do de acuerdo que sigamos quietos.

-Achicá el pánico, Cuervo.

-¿Te pusiste rockero de golpe?

-Antes vos, papá, ¿viste la cara que pusieron los gallegos?…,

si les tiraste con el rollo de la pálida?

Cielo encapotado. Tormenta segura.

-¿Y la insurrección, Manuel?

-No creo en voluntades…, vos lo notaste por la televisión,

¿viste cómo gritaban y cantaban?

-Sí, tenés razón; me enteré por una compañera que llegó hace

unas semanas que a las Madres de los compañeros las putean en

la Plaza de Mayo, les reprochan diciendo que hacen mierda la

imagen del país…, yo qué sé, es el deseo…, pero, las cosas son

como son porque si no serían de otra manera, ¿no?

El camarero trae carne, arroz azafranado y longanizas calientes.

-Si serán brutos, calá, la carne recontra seca, desabrida.

-Los mexicanos peor, Cuervo, es un embole, la nerca de allá

es mala y no te imaginás la baranda a fritanga y picante que hay

por todas partes, mirá, el DF se distingue por el olor a maíz cocido

de todas las formas posibles…, más fuerte y penetrante que

la polución y todo eso.

-Sí, está bien, pero acá lo único fácil es pinchar los teléfonos

porque ni hablar de conseguir yerba para tomarse unos amar-

SUPE LA HABANA 191


gos o unos alfajores como la gente…, además, esa pasión hija de

puta que tienen por las corridas, Manuel, yo me pongo del lado

del toro.

-Bueno, en México también hay, pero…, che, boludo ¿te olvidás

que estuve un año viviendo acá?

-Sí, pero a vos no te hartaron con eso de que ellos conocieron

la carne gracias a Perón.

-Quién te dijo, Cuervo.

-Ja, no te olvidás de tu origen peroncho, ¿no?

-Por supuesto que no, hermano…, además fue cierto, estos

gallegos de mierda se hubieran cagado de hambre si no fuera

por el Viejo.

-Es verdad…, el otro día me hicieron ver una cinta donde

Evita le decía a Franco que si quería juntar gente la llamara que

ella podría venir…, te imaginás, Manuel, lo que tuvo que ser

para ese carnicero chupacirio que una mina viniera a refregarle

en la jeta su carisma con la masa; por esa ayuda los españoles

tienden a confundir al peronismo con los franquistas y nada que

ver.

-¿Te estás volviendo peronista, Cuervo?

-Andá a la mierda.

Caen las primeras, gruesas. Frías.

-Por lo menos la cerveza está muy buena.

-Oíme, Manuel, ya me convencí, no hay posibilidad de otro

17, de un Cordobazo, de una resistencia al estilo de la que hicieron

los tuyos.

-Dejá de chicanearme, Cuervo…, ya no tengo esperanza,

nunca pensé que les resultaría tan fácil meterse a la gente en el

bolsillo; el otro día, antes de que yo viajara, llegó al DF un com-

192


pañero de las FAP recién salido de Argentina, nos contó que

allá están chochos con la mercadería que compran en los viajes,

que a nadie le importa una mierda de los cumpas chupados o de

las listas negras que hacen los milicos; que a los familiares los

recontraputean, tal como dijiste vos.

-Sí, también acá llegan esas noticias, parece que, salvo las Madres,

algunos sindicatos, estudiantes u organismos que tienen

alguna banca internacional, nadie habla.

-Es el miedo, Cuervo.

-Puede ser, pero, por qué…, no sé…, no digo que salgan a

hacer quilombo; pero por lo menos que no los aplaudan.

-Claro, viste lo que hicieron durante el Mundial; ni hablar

cuando salimos campeones.

-Querés que te confese, yo festejé, me puse contento que le

hayamos hecho la boleta a los holandeses.

-Yo también, Cuervo, yo también.

Truena en Domingo. Y también llueve a cántaros en la calurosa

Madrid destapada.

-Pero entonces, ¿vos qué pensás, podemos esperar a que se

caigan?

-No sé, Manuel, porque…, ¿vale la pena?

-Qué cosa.

-Que nos hayamos jugado…, que nos juguemos así, ¿volver?

-Cierto, Cuervo, para qué mierda el esfuerzo.

-¿Para que se conformen comprando Hitachis y equipos de

música, Toyotas y cursos de inglés?..., no, mirá, Manuel, ahora

en lo único que pienso es en cómo ayudar a Luis a sacar la mayor

cantidad de compañeros del país.

-Eso está bien.

SUPE LA HABANA 193


-En una de esas, más adelante, la historia nos dé las condicio-

nes objetivas, las que necesitamos para que volvamos a poner la

sangre, la nuestra, hermano, la nuestra, porque la de ellos sigue

protegida entre las sábanas de seda que visten sus catreras.

-Tas poético, Cuervo…, puta madre, tas fúnebrente poético,

carajo.

Ha refrescado, aunque no mucho. Un dálmata abandonado

sacude el agua de su cuerpo. Enseguida se mete debajo del toldo

amarillo y rojo. Los dos amigos dejan fjos sus ojos en él. Manuel

se tienta pero el Cuervo le gana de mano. Se acerca y le acaricia

el lomo. Acuclillado lo agarra de la quijada: -Me lo llevo Manuel,

estos bichos son buenos para la caza.

El pueblo imaginado era el pueblo rebelde. El real es el compinche

de las tropelías militares. El que acompaña a Massera a

la Catedral de Buenos Aires. A Agosti a la iglesia de Recoleta los

sábados por la tarde. El que los domingos comulga con Videla

en la capilla Stella Maris.

Barajas. Falta menos de hora y media para que Manuel tome

su vuelo rumbo al Distrito Federal de México, previa escala en

Miami. El Cuervo lo acompaña:

-No sé, pienso en Caracas. Desde ahí estás a un paso, Cuervo.

-Puede ser por eso o puede que sea por otra cosa, Manuel.

Los aeropuertos son un mundo sin forma ni querer. Siempre

lo fueron. [desde antes de los “No lugares” de Augé]. El Cuervo

fuma Ducados. Reconcentrado, que no vuelva a verlo es una

posibilidad. Manuel le ha dicho que analiza el regreso: caiga o

no caiga Videla. ¿Y si los Montos tienen razón, aunque Luis se

oponga?

194


Luis, viajó en diciembre a Corea del Norte; más de dos meses

que no sabe de él. Probablemente sea cierto, él es un buen yuxtapositor

de teoría y praxis. Sin embargo no puede ser que todo

haya sido en vano.

Tanta fe.

Europa tiene esto. El mundo, por acá.

Voltereta de la fortuna.

Cambia de golpe al verla andar.

Ella corre.

Llega en el límite del horario.

Ya se sabe, aquí, la tardanza es pecado imperdonable. Los

aviones no esperan.

No es.

Pero trae como un mazazo la imagen de Amparo.

Pudo haber, podrá haber otras.

Ella es la mujer que el Cuervo.

Dobla en la esquina y se dispersa entre humanos, valijas y

carros.

(monotype corsiva 13)

Fijo, aprendido por el olor penetrante de las aguas servidas apenas

disimuladas por el pescado frito que cocinaban en alguna casa

baja. Avanzaba con difcultad queriendo llegar, ese miércoles de

franco, a la casa de Amparo.

La vió subiendo las compras con una soga. Ella en el balcón, su

madre en la vereda.

Cuervo, fue como si despegaras de tu propio cuerpo y te vieras

como en una película, a la siesta, en el Gran Rex. Atontado, espiándola

con cien ojos sin que ella supiera todavía.

SUPE LA HABANA 195


El fltro del Ducados no se sostiene entre sus dedos. El Cuer-

vo busca el bus. No puede olvidarla.

Ni podrá.

El invierno ha pasado.

Su madre había sido brigadista. El recuerdo preferido es verla

mascando tabaco del fuerte a escondidas de su esposo. Sólo

eso concedía. Se llamaba María Teresa. Murió de vieja nomás.

Consuelo tenía la misma dureza en su cara pero más que nada

en su espíritu.

Los dos están asomados al marco de la ventana que da a la calle

central del complejo de monoblocks. Nítida, la voz estridente

de las vecinas los entretiene: -¿Cómo estás, Manuela? -Cómo

quieres, mujer, anoche he tenido que servir a mi marido.

Desgreñado, el pelo de Consuelo acompaña su gesto de fastidio:

-Entonces, qué, Cuervo, lo has decidido. Él la mira intrigado,

no sabe si contestar o mandarla a la mierda. Qué es esa manía

de requerir respuestas ni siquiera él sabe si las tiene: -Oíme,

las maletas están ahí…, ya sabés; me han dicho que desde Venezuela

puedo ayudar mejor, hay compañeros que…

Consuelo suspira: -Un momento Cuervo, deja ya de protestar,

cabrón, ¿quieres otro trago?... Pues yo sí.

Bombachas. Consuelo acentúa ese andar de las españolas, seguras,

avasallantes. La mira: ella estira el brazo para alcanzar la

botella.

Sobre la cama, abierto en la mitad, el diario que edita un argentino

-ex militante de las FAR- con recortes de noticias. Copias

de La Nación pero más de Clarín. También las que publican

sobre Argentina algunos diarios europeos. Aparece con cierta

196


egularidad y se ha transformado en un semanario imprescindible

que se consigue por unas pocas pesetas en Plaza Cibeles.

El mediodía los encuentra muy cerca del Rastro. Pocos lugares

hay tan identifcados con el genio de la ciudad a la que

pertenecen.

-¿Has prestado atención, Cuervo?, fíjate, dime si no es como

la puta ciudad, una Madris en miniatura.

-Madrid, Consuelo, Madrid.

-Ahueca, cabrón, termina con tus estúpidas enmiendas.

Pasa el brazo encima de su hombro menudo y suave. Descansa

el peso que carga en la otra mano. Dos repisas de madera que

piensa vender justamente en esa inmensa feria.

{El Cuervo es bueno para negociar}.

Pero una recurrencia inapelable lo envuelve.

Obsesionado.

Son esos hombres y esas mujeres.

Compatriotas que no vendrán jamás por esta feria. Los que

arrastran las eses, gritan y piden deme dos, únicamente recorrerán

el Corte Inglés, la Gran Vía y el Museo del Prado. Los

que después seguirán su periplo frescamente mundano: París,

Roma, Florencia, Venecia, Viena, Londres. ¿Lisboa? No, Lisboa,

no. Los que más tarde regresarán para confrmar: Como nuestras

mujeres, nuestros paisajes y nuestra carne, ninguna.

-Tendrías que verlas, comprar, comprar. Y también a ellos,

sus mierdosos maridos que ponen la cara de circunstancia al

pagar, aunque estén íntimamente satisfechos.

-Qué coño dices, Cuervo.

-Ustedes resistieron cuarenta años, así, él no tuvo paz…, en

SUPE LA HABANA 197


cambio, en mi país, el Santón Videla (y Massera, Agosti, también

Menéndez o Bussi) anda suelto por ahí, yendo de misa en misa

y de aplauso en aplauso.

-Oye, quítate, ¿quieres decirme de qué disparate se trata?

-Pero, ¿no te das cuenta, Consuelo?..., él no tuvo descanso

porque ustedes no lo dejaron, desobedecieron hasta el último,

repugnante día de la dictadura que preñó a España.

-Franco, pues. Claro. Desde logo que fue así.

-Bueno, y por favor, es luego no logo.

-Vete a cagar, quieres.

A veces angostos. Otras, anchos. Los callejones se asemejan a

los de algún pretérito laberinto eternamente poblado de mercaderes-clientes

y de tenderos ávidos por pichulear:

-Con trescientas pesetas os lo lleváis, tío.

-No más de doscientos cincuenta.

-Trescientas y ya.

-Doscientos cincuenta.

-He dicho trescientas.

-Tengo sólo doscientos cincuenta.

-Que no.

-Oye, que te pones como asno.

Detenidos, al borde de la tienda abierta, ellos siguen metidos

en el presente que inquieta o entristece al Cuervo:

-Eso sí, Consuelo, burguesitas orgullosas del gobierno que

tienen.

-Pues mira, aquí igual, no se hubiera quedado si no fuera por.

-Ya lo sé, pero atendeme, las brigadas republicanas tuvieron

su lugar, bah, lo tienen…, en cambio nosotros.

-Ustedes qué, chaval, deja ya de quejarte.

198


-Cómo qué, ¿quejas?..., no me quejo sólo que no entiendo.

Amoscado, el valenciano se va de la tienda pasando entre el

Cuervo y Consuelo, tuvo que pagar trescientas. Ni una menos.

De todos modos vale la pena, su Mariana estará contenta y eso

merece un buen vermut en la tienda de Elías Abdul.

-A qué esperas, hombre, sigue pues.

-Sencillamente no entiendo dónde quedó la fe revolucionaria

de toda esta gente.

-¿Revolucionaria dices?..., ¿la tuvieron?

-Creo que sí, Consuelo, sí…, pero ahora viéndolos tan desesperados

por tener, comprar, quedarse quietos, callados, no sé.

-¿No lo sabes, Cuervo?

-No.

-Pero, ¿no estás al corriente?, todo el mundo piensa en enriquecerse.

-Claro, para vos la ilusión revolucionaria.

-No es más que eso y perdona que te haya interrumpido.

Este Manolo recuerda mucho al padre de Manolito (el de

Mafalda). Son las cejas y la cara ancha, pero es también esa terquedad

por el dinero, porfía sin mirar al Cuervo:

-Os doy ciento ochenta por las dos repisas, ni una peseta

más…, ¿habéis oído?, chavales, tomad la pasta y largaros que no

tengo todo el día.

Ella invita. Café a la turca y tabaco en pipa de agua. Consuelo

y el Cuervo (ya sin las repisas) acomodados en un rincón, muy

cerca de un valenciano que apura el último trago de vermut.

-Oye, larga Consuelo, Que me has dejado pensando, tío…,

si bien distinto, acá no es muy diferente que digamos. Sonríe el

SUPE LA HABANA 199


Cuervo, a lo mejor esté tratando de resolver la distinción entre

distinto y diferente. Despreocupada por eso, casi introvertida,

habla como si lo hiciera para sí: -Porque acá, de algún modo

es igual, con esto que llamáis el gran destape, con el que desde

logo estoy de acuerdo, sin embargo la gente, es decir nosotros,

parecemos sólo preocupados por nosotros mismos. Enésimo

Ducado, el Cuervo no espera exhalar para poder detener aquel

embrollo: -Epa, Consuelo, estás, o sea, qué lío, salí del embrollo

que no se entiende qué carajo querés decir.

Quince, veinte, cien. Las moscas circunvalan en el cielo de

lona gris. Afuera, cae el sol. Igual, el bochorno se alargará hasta

bien entrada la noche y pone a la gente más apurada que de

costumbre.

-Lo siento, para mí está claro, tío, el destape es una bendición

pero también resulta chocante que se lo tome como una especie

de canto a la individualidad.

Estas palabras son justo las que esperaba:

-Te estás poniendo, mojigata, Consuelo.

¡Touché!. A pesar de todo la españolita no es fácil de arriar:

-Oye, oye, que las bragas blancas de Victoria Abril haciendo

de colegiala me pusieran cachonda no quiere decir que no me dé

cuenta hacia dónde marcha el mundo.

Cincuenta centímetros por cincuenta centímetros, la mesa

que los separa no impide que él roce con sus rodillas las de ella

que, adelantando las piernas, toca sus muslos:

-Mujer, admití que las sotanas pueden con vos.

Con disgusto por lo que oye, retrae las suyas aunque las dejaría

donde están:

-Qué dices, hijo de una fulana, ¿no escuchas lo que digo?

200


No deja dejar pasar el furcio:

-Ves, te lo dije muñeca, querés parecer superada pero largás

una pálida detrás de otra, para vos las fulanas son responsables

y no víctimas de este mundo injusto, ¿no?

Fucsia, el pañuelito de seda que se ajusta en su cuello, tibiamente

empieza a mojarse:

-Que me oigas te digo, cabrón, en tu puñetera vida habrás

visto una fulana de verdad, es decir, con los cojones que vosotros

no tenéis…, además, me tratas de muñeca…, tan macho como

el que más.

Macho. Aquella expresión cargada de desprecio no es para el

Cuervo una novedad. Sin embargo, resulta incómodo que ella lo

ponga en ese lugar.

Sobre la pared hacia la que da la espalda de Consuelo, un

afche que no tiene más de quince, diecisiete meses: dos lenguas

rojas se acarician. Tapa de la revista Ajoblanco.

-En el nombre de España, Cuervo, paz; alarga sus piernas y

aprieta con sus muslos los del Cuervo. Enseguida, la voz grave:

-Oye, ese grafti puebla nuestras paredes, ¿lo has visto? Estirada

sobre la mesa, alcanza la boca del Cuervo con su dedo índice, no

lo deja que diga a pesar del intento que él hace.

En el medio del ruido descomedido de la feria, su voz es igual

al perfume que se aguarda: -Bésame, Cuervo.

Por el pequeño parlante resuena Je T’aime, Moi non plus de

Jane Birkin, o como ellos la llaman, “Jane B”.

En el día de la primavera el Cuervo parte hacia Alemania.

Confrma así el sentido de su existencia.

Ese que en el exilio se le hace difícil de sostener. Porque los

SUPE LA HABANA 201


desterrados parecían entrar paulatinamente en un tedio del que

no podían salir. La burguesía europea impone el aburrimiento

del ser revestido de consumo. La conciencia sartriana parece

empezar a ceder terreno frente al avasallamiento de las “verdades”

de la economía capitalista.

Camacho. El hombre del movimiento obrero español es el

que los ayuda aunque no sin insistir en lo arriesgado de la acción

que preparan.

Ya camino a Barajas, apela a un último intento: -Pues hombre,

os diré que es una locura lo que estáis por hacer…, pensad,

coño, la poli los tiene vistos, además…, los alemanes, esos tíos

no se andan con gilipolladas.

Para el Cuervo, aquel afán disuasivo no deja de ser una formalidad,

una manera de curarse en salud: -Oíme, agradezco

tu ayuda, sin vos este viaje no sería posible pero, no te preocupés…,

por otra parte pensá, para muchos el asalto al cuartel de

la Moncada fue el disparate más grande de la historia, sin embargo,

ahí lo tenés a Fidel…, acaso sea verdad que sin una dosis

de barbaridad no hay revolución posible.

De pronto, el Cuervo parece entrar, melodiosamente, en una

redonda de guitarra; recorriendo el contorno de lo que su imaginación

ha forjado atraviesa la vegetación húmeda, los cañaverales,

las caras morenas, delgadas, sonrientes. La Moncada y

Artemisa. Son 14 los mártires que ese pequeño pueblo -que él

no conoce todavía- ha ofrendado a la causa popular. Empezando

por Ciro.

Ahí se queda aunque su cuerpo camine y Camacho siga con

su alegato.

202


En toda España resplandece el sol. Se percibe, ésta será una

estación calurosa, más que lo usual.

Hace falta el dinero para continuar sacando los cumpas de

las manos del tirano. Hay muchos escondidos más allá de las

fronteras. Brasil, para la mayoría. Pero no aguantarán mucho

tiempo.

En Lisboa, Luis, Rudo y Rina, entre otros, han secuestrado a

un turista norteamericano.

[Dicen que a un venezolano también pero que es un pobre

gato sin un céntimo partido por la mitad. Una pena que el Cuervo

haya perdido el deseo, hasta el fn de sus días, de hacer grandes

relatos. Esos que correspondiesen para mantener el mito,

la fe revolucionaria. Una historia oral performativa. Mucho de

la incursión por Alemania occidental se ha perdido por su empecinado

silencio. Incluso alguno de los detalles del secuestro

en Portugal sólo podrán conocerse si se lee El secreto de Lisboa

de Luis Mattini (Peña Lillo-Ediciones Continente: 2009). Hay

otras versiones de este hecho que no he podido confrmar del

todo, por eso me incliné, como una suerte de arqueólogo de la

historia, por reconstruir este episodio con los retazos que me

parecieron más verosímiles].

El rescate por el yanquee se cobrará en Fráncfort.

Allí, el Cuervo tiene un amigo que lo ayudará; igualmente

es, quizá, el mejor hombre que la organización tiene en el exilio

para esta tarea.

Notable el cambio de temperatura. Salió de Madrid apenas

con una campera liviana y acá, en esta ciudad ordenada hasta la

exasperación, todavía se enseñorea el invierno.

SUPE LA HABANA 203


Llovizna frío. Con escarcha, empañados por dentro, los vi-

drios del escarabajo azul son un velo grisáceo y sucio que confunde.

Vigilan desde afuera el hall del andén, lugar de la primera

posta. Ahí el empleado de la empresa del yanquee raptado en

Portugal debe pasar a buscar una esquela, guardada en un buzón

de correos, que lo enviará a la siguiente posta.

El Cuervo otea por policías. Sabe: rubios o morochos, hablando

guaraní o español, lunfardo, inglés o alemán, todos huelen

igual.

Por ahora no se los ve.

Inconfundiblemente norteamericano: Medio bobo al caminar,

rubión, pelo al rape en la nuca, con mechón sobre la frente

y la piel anémica. El empleado se baja de un taxi. Va directo, se

diría por demás nervioso.

Con la mano, el otro, el compañero del Cuervo, frota la ventanilla

para observar mejor. Y el Cuervo sigue, busca, repara en

el andar de los que pasan, en las caras, en los ojos. Nada. Guardias,

no hay.

El empleado debe esperar el tren. Ir hasta la siguiente estación.

Buscar un sobre en el cuarto baño contando desde la puerta

2. Volver. Tomar otro taxi.

El otro, el compañero del Cuervo, se baja. Cruza la calle con

trancos largos. Tomará el mismo tren. Asegurará así que el empleado

entre y salga del baño solo.

Si todo va bien seguirá dos estaciones más hasta el lugar de

la entrega. Si no, regresará. Y el Cuervo, al verlo, sabrá que todo

fracasó.

204


SUPE LA HABANA 205


2007

Lili, Walter (XI)

Los argentinos somos derechos y humanos. Puta madre,

esa frase signó a mi generación. Creímos en ella. O queríamos

creer. Probablemente porque todavía éramos chicos y veíamos

a nuestros padres aplaudir toda acción de la Junta Militar. La

propaganda. La de la revista Para Ti o la Gente, por ejemplo. Sí,

estaba metido en una especie de túnel diacrónico en el que los

tiempos se mezclaran yendo y viniendo sin ton ni son. Esperaba

que ella siguiera dándole al discurso. Sin embargo en mi cabeza

retumbaban las palabras que yo no decía. ¿No tenían miedo a la

muerte, a la cárcel? Porque, me parece, nuestros padres y nosotros

mismos teníamos terror a todo eso. Pánico a la muerte pero

también a que cambiaran las reglas de juego y que perdiéramos

nuestras posesiones. Las que daban sentido a nuestras vidas.

Sí, ¿cuántas minas levanté con mis adidas? No lo sé, lo que sí,

por ahí sin ellas yo no era nada -como ahora sin mi Motorola-.

Tampoco mis padres, ni los padres de Eduardo o los del Negro

Mancuso.

-Oíme, está bien, le dije, para inmediatamente apretar, Pero

206


es verdad que ustedes ponían al país patas para arriba…, Lili,

tantas bombas, quilombo, muertes; ¿no tenían miedo…, qué era

la cárcel para ustedes? Cerré el puño, lo puse sobre la mesa, la

miré: -Una mierda, afrmé con bronca, Les interesaba un pomo

caer en cana…, o morirse, Lili, y no me digas que no.

Me paró en seco:

-Perá, pendejo, esperá…, la cárcel para nosotros era orgullo,

caer tenía un sentido revolucionario, no éramos delincuentes

que robábamos para solazarnos en el goce de nuestros cuerpos

o llenar nuestras manos de mierdas materiales…, ¿tendés, pendejo?,

¿quién carajo te creés que sos para interpelarnos?

Yo arrugué pero ella no se dió por aludida y siguió; los ojos

rabia, su nariz aguileña apuntándome:

-Qué mierda te pensás, pelotudo, si la derrota para nosotros,

mucho más en el exilio, fue palabra prohibida…, nos equivocamos,

sí, le erramos en el sentido de la oportunidad, más porque

Perón arrasó gracias a la voluntad popular, pero sabés qué, a

pesar de eso fuimos cualquier cosa menos mantequitas, nos lanzamos

a la política sin haber pasado por la vida misma; gracias

a eso el viejo volvió y este país recobró la forma.

Paró para respirar. Pero la pausa fue más larga de lo esperado.

Juntó las manos sin quitarme la vista. Recuerdo que agaché

la cabeza. Estaba pasmado por la perorata que de tal no tenía

nada pero que a mí me había aturdido. Con todo estaba seguro

de que no debía perder de vista mi objetivo fnal, ese que me iba

a dar unos pesos extras. Por eso la dejé que descargara sin abrir

la boca:

-Oíme, faco, retomó, ¡Oíme bien, carajo!…, puse algunas de

gelamón, otras de trotil, algunas gatillé, pero mi cuerpo estuvo

SUPE LA HABANA 207


ahí, dispuesto a todo, no sé si fue un error, una manera de, estúpidamente,

despreciar la vida ajena, también la mía…, entendés

lo que digo, boludito, era mi alma la que ponía en juego sin que

ningún héroe o dólar o dios viniera para rescatarme.

Tomó la servilleta con las dos manos. Hizo un bollo de tela.

Yo pensé que me la iba a revolear por la cabeza. Aún así, no

dejaba de mirarla, fjo, desafante. Alentaba saber que se estaba

despachando a gusto, que en mí encontraba el puerto en el

que descargar todas las broncas guardadas. Todas. Las que calló

durante años. Las que de repente podía liberar en un solo acto

consiguiendo que se desanudaran los nervios atiborrados en su

espalda. Y sobretodo información.

Su pelo amarronado, eléctrico, ya no permanecía en su lugar.

Despeinada, ni siquiera atinaba para acomodarlo con la mano,

quiso o dio la impresión de querer balbucear otros argumentos.

A pesar de todo levantó la mano pidiendo la cuenta: -Hey, pago

yo, le dije. Me clavó los ojos: -Qué mierda decís, pelotudo…,

pago yo y ojalá se arruine tu vocación de macho.

En la Plaza República de Paraguay ya no quedaban perros.

Había, eso sí, una multitud de palomas picoteando el miguerío

repartido por los mozos de los bares y restaurantes fronterizos.

¿Sentirían que hacían una buena acción al sacudir los manteles

en el pasto de la plaza?

Por Peña, nos vieron salir; dos tipos arrancaron en un Dacia

bordó.

208


SUPE LA HABANA 209


El Cuervo hace lo que nunca en estos casos: vacila

Doscientos mil en billetes de a cien, usados. Repartidos en

dos o tres paquetes, envueltos con papel de regalo.

El Cuervo fuma apeado del escarabajo. Con el codo en el techo.

Llovizna menos. Lo ve con el mismo bolso con que llegó.

Supone que ahí estarán los paquetes con la guita. Abre la puerta

del Volkswagen azul, espera que el otro, su compañero, no se

asome en la arcada de la estación.

No.

El taxista escucha al empleado que, en mal alemán, indica

adónde ir. Antes de que el taxi arranque el Cuervo sale.

Bordea Mainzer Landstrasse, rápido, dejando muy atrás al

turco que maneja y al norteamericano que trae el dinero del rescate.

Dobla en Ulmenstrasse; cien, doscientos metros, aminora la

marcha y estaciona del lado derecho.

Desde ahí puede verlo.

Tercer banco contando desde la punta norte de Elsa Bränderström

Platz. El otro, el compañero del Cuervo, ha llegado.

Sentado, las manos enguantadas, diario apretado en el sobaco.

SUPE LA HABANA 211


Fuma despacioso, dando la impresión de conservar una envidiable

apacibilidad pueblerina.

¿Quién podría sospechar?

El escarabajo en ralentí, prerr, prerr. Blanco, el humito despedido

desde el estilizado caño de escape se desuela en la brisa

tenue.

Acodado otra vez sobre el techo de lona, el Cuervo espera por

la llegada del empleado. ¿El frío? Al carajo con el frío.

Será la hora. O el último estertor del invierno. Lo cierto es

que poca gente pasa. Tampoco autos.

La soledad en Alemania no es igual a ninguna otra. Es que la

ausencia ahí, es grito sobrecogedor.

El Cuervo levanta el capot trasero del escarabajo. Revisa cuál

es el supuesto desperfecto.

Por fn, el taxi.

Se nota, el empleado duda. Con las dos manos sostiene el

bolso. Parece repasar mentalmente: Unodostres. Mira al cielo

buscando la posición del sol. Uno…, dos…, tres. Y sí, es ése nomás.

Paga por el viaje.

Temeroso pone el bolso entre la grasa de la cintura y el brazo

fofo (Where is the Seventh Cavalry?).

Se aproxima hacia el banco.

Llega.

Espera que el otro, el compañero del Cuervo, repare en él.

Ni eso.

Se sienta y deja el bolso entre las piernas.

Lentamente va empujándolo debajo del banco de piedra

blanca.

212


Una paloma muerta permanece con las patitas aferradas en la

rama de un abeto gris.

Desde el sur, vienen tres chicas enfundadas con pilotos. Bei-

ge, negro, verde. Los paragüas cerrados. Pasan. El otro, el compañero

del Cuervo, se levanta; antes de irse mira el diario, lo

apoya sobre la piedra.

Una de las chicas, la de capucha verde, vuelve, fja los ojos en

el empleado: -Te toys, please.

Rápido, porque entiende de qué se trata, con los pies vuelve a

arrastrar el bolso. Sin embargo hace una pausa, ¿resiste?

No.

Abre y entrega los dos paquetes envueltos para regalo. Sin

quitarse la capucha ella sonríe: -Have a nice day, sir.

[Tal lo anticipé, el Cuervo nunca dijo qué pasó. Nadie pudo

aclarar cómo salieron de aquel lugar, quién sacó el dinero, quiénes

eran aquellas chicas, ¿alemanas o latinas? ¿hablaban con

acento? Tampoco supe qué hizo el empleado norteamericano

una vez que entregó la pasta. Solamente pude rearmar los pasos

del Cuervo algunos días después de que cobraran el rescate. Sé

que salió de Fráncfort en avión rumbo a Ginebra. Desde ahí, por

tren, a París primero, luego a Barcelona. Que más tarde llegó a

Madrid donde lo esperaba Luis. Que gracias a la operación Lisboa-Fráncfort-Madrid-San

Pablo muchos militantes salvaron la

vida. Pero también supe que el regreso a España no fue fácil].

Clásico, el traqueteo del tren sosiega. Sin embargo él se mantiene

en una vigilia tensa.

El Cuervo piensa que lo siguen. Demasiadas coincidencias

desde que dejó el aeropuerto suizo. Y ese rubiales que ha pasa-

SUPE LA HABANA 213


do tres veces delante del camarote, pispiando solapadamente.

Cree tenerlo de haberlo visto mientras cenaba con el otro, su

compañero en Fráncfort, tres días antes de la cobranza. Le parece

que también lo vio alguna mañana soleada, -típico- leía

el diario frente al hotel en el que se hospedaba. Por eso decide

quedarse en París. Allí algunos cumpas podrán ayudarlo en

el caso de que, efectivamente, estén siguiéndolo. Lo cierto es

que por ahora, ese tren embutido en la noche se transforma

en la confrmación de la sospecha. Una caja de latón de la que

no se puede salir fácilmente. Repite que si no lo han agarrado

todavía es porque quieren llegar a la punta del ovillo. Claro que

al Yoni lo tendrán encanutado, allá en Lisboa, hasta que todo

esté asegurado. Esto es lo único que lo tranquiliza. Pero, ¿si

se les da por un canje? Bueno, en tal caso, primero tienen que

tenerlo. Si pasó la frontera, allá, en el triste sur. Si carga en el

lomo esa imagen de duro, sabe lo que tiene que hacer. Lo que

sí, entregarse, nunca.

A lo mejor lo encare, eso sería propio del Turco, tan decidido

como pasional. Sin pasión no hay revolución posible, solía arengar

él si reclamaban por sus arrebatos.

La luna es apenas un espectro que se asoma detrás de cuatro

nubes.

Dónde estará el poli ahora. Solo, no lo cree. Estos, acá y en

todas partes, andan, por lo menos, en yunta de a dos. También

las hay de cuatro.

Va a estirar las piernas. Hace como que está incómodo, que

el tra-trán monótono no lo deja dormir. El comedor es un buen

lugar para empezar. También él, bicha detrás de los cortinados

que se balancean cadenciosamente; sombras que duermen.

214


Aunque a decir verdad, dos realizan la fantasía de todos (o

casi).

Allá, la luz suave, algo azulada. Y el redondel de vidrio que

fja imágenes que también se mueven. Qué paradoja, si lo sigue

hará su trabajo. El de él. El del rubiales. Abre. No lo ve. Avanza y

pasa la mano por la madera lustrada de la mesa de servicio. En

principio, nadie. El camarero debe estar adentro, en la cocina.

Pero. ¿es ése? Sí. No tiene dudas. Suspende el siguiente paso.

Posa apenas el pie y se recuesta levemente sobre el grueso perfl

acilindrado de la barra, (en su Argentina le dirían estaño). La

misma ropa. Lacio, corto, rubio. Está de espaldas. Apoyado en la

mesa, mira la oscuridad externa.

Podría hacer la del Turco. Ir, sentarse de prepo, mirarlo a los

ojos y hacerle una seña con el mentón.

Por qué será, perennemente llueve en Europa. ¿Fallo de los

dioses por tantas tropelías cometidas. Manera de tenerlos metidos

en sus casas, pudriéndose de aburrimiento. O es la forma de

que sus pieles se vuelvan más blanquitas de lo que son?

El Cuervo permanece dibujado. Su cuerpo, como el vagón,

oscila levemente.

Supongamos que va y se sienta. Así nomás, tal pensó un momento

antes, de prepo. Supongamos que el rubiales no se amilana

ni mucho menos. Y encima le muestra una credencial de

polizei. Que saca las esposas. Que lo esperan como a un gil. Y

aparecen dos más. Uno por delante. Que alguno muestra la culata

discretamente asomada detrás de la punta del saco apenas

plegado hacia afuera. O de la gabardina.

El Cuervo calcula.

Si, en cambio, el rubiales, tan rudo él, se queda con la boca

SUPE LA HABANA 215


abierta al verlo venir (al Cuervo, a quién si no). Acaso esté tangueándole

-aunque ni se fgure qué putas es el tango- a la noche

a través de la ventanilla. Enfrascado en su mujer y en su hijito -si

es que los tiene-. Y de repente el perseguido se le sienta así, a lo

macho. Y lo empavura (¿cómo se dirá empavurar en argot alemán

o europeo?) con el sólo mentón. Qué, si el rubiales abre las

manos de pura sorpresa nomás. Y se entrega, batiéndole cuántos

son, qué saben y quién los manda.

El Cuervo hace lo que nunca en estos casos: vacila.

El tren parece inclinarse; puede ser que las vías estén trazadas

sobre el peralte de una curva pronunciada.

-Hey, mister, do you speak english or italian…, may be, french?,

el camarero ahí, mirándolo, un poco fastidiado. Raro. Los europeos

no tocan. Sin embargo éste lo hace. Sutilmente, es cierto,

pero lo hace. Apoya dos dedos en el brazo del Cuervo: -Mister,

insiste. Moros, los ojos del guerrillero argentino recobran el espacio

completo: -Yes, I speak…, but, not good. Vestido convencionalmente

de blanco, interroga a ese extranjero al que ya considera

estrafalario: -Well, please, how do you like?, y el Cuervo duda:

-Ah, i don’t know…, cofe?, pero arremete decidido, And scocht

with ice, the best; cant you select for me, please?, retirándose dos

pasos busca un vaso debajo de la barra; poniéndose intencionadamente

amable va por más: -Fine mister, if you want to another…,

pero el Cuervo defne: -No no no, only this, thank.

Último Bilderdienf Dresden. Aspira el sabor fuerte pero no

exhala enseguida. Y el rubiales que no saca la vista del afuera.

Pasa la palma por el vidrio empañado. Parece no haber reparado

en el Cuervo en ningún momento.

Lo suelta por la nariz y la boca.

216


Tabaco, café, whisky.

Vaivén callado. Al otro lado de la barra la puerta se sacude

primero hacia el vagón restaurante. Sale uno que es más bien

alto. Sin corbata pero de traje. El chaleco desprendido. Aspecto

de adonis sin cerebro. La mirada vacía. Y las manos en garra.

Efectivamente, va a sentarse junto al rubiales que lentamente

sale del ensimismamiento. El Cuervo se achica. No por miedo.

Precaución. La opacidad de las luces del vagón comedor lo ayudan.

Su cara, sombra.

Hablan. Y aunque el zarandeo monótono fuera mudo él no

los escucharía. Parecen conspirar. Preparar el asalto. El recién

llegado es el que detalla. Eso presume el Cuervo ya que no para

de hablar, de responder las preguntas que el rubiales hace.

Lo aplasta en el cenicero. La penumbra lo cubre y advierte

que aquellos no han reparado en él.

La vida se presenta así. Con la insolencia de los que la tienen

clara. No sabe cómo ni porqué. Paga sin siquiera mirarlo. Fijo, el

Cuervo espera por el próximo movimiento.

A dúo. Ellos pasan los ojos antes de levantarse.

Él deja el taburete sin esperar el vuelto (la suculenta propina

hará que el camarero cambie de opinión respecto del extranjero

estrafalario)

Vaivenes sincrónicos.

En alguna circunstancia se había preguntado cómo era posible

que una mosca -por ejemplo- vuele en sentido contrario

a la dirección que lleva, en este caso, el tren (podría ser un ómnibus,

un avión o un auto). El Cuervo es como la mosca de su

pensamiento. Anda rápido en sentido contrario al que lleva la

formación.

SUPE LA HABANA 217


Supone que, aquellos gorilas vienen a por él.

Sus pasos, carrera.

Desea llegar antes. Pertrecharse en el camarote. Echar de ahí

al húngaro que, seguramente, duerme la mona. Después, en el

caso de que la velocidad no sea demasiada, largarse por la ventanilla

a pesar de las posibles magulladuras.

A campo traviesa tiene alguna posibilidad.

Encerrado en el camarote o en el tren, no.

Pasa de vagón a vagón, en ese espacio intermedio, frontera

de fuelle casi romántica, el ruido del metal contra los rieles lo

empapa todo.

Blanco.

La mente en blanco y el instinto lo lleva en una aceleración

decreciente y agitada sin pensar que esos “dos pájaros” han quedado

insufcientemente atrás. Mano en la cintura a la altura de

la espalda. Locura. La pipa amartillada (dónde la consiguió vaya

uno a saber, lo que sí ha de haber sido con el contacto de Ginebra,

antes, imposible)

Cinco, siete, es la novena. La mano adelantada queriendo aferrar

el picaporte y la puerta que se abre.

Sale el húngaro rascándose la cara. Ni siquiera se fja en él, la

vejiga hinchada, solamente piensa en el baño.

La espalda contra el revestimiento de fórmica, el Cuervo lo

deja pasar. Enseguida se mete en el camarote, directo hacia la

ventana.

Abre.

Mientras saca la pierna apunta contra la puerta. El tren marcha

lento.

Si el picaporte se mueve, tira.

218


Y agacha la cabeza para sacar el cuerpo completo. Pero un

estruendo lo sacude y detiene su movimiento en fuga.

Otro después, aunque éste lo moviliza hacia adentro.

Entre el cinto y la piel, con el seguro puesto parece inofensiva.

Sale. El húngaro regresa, tan dormido como al principio. ¿Será

sonámbulo?

Gritos, corridas.

Y el rubiales (cornudo autoconfrmado) fjo en el cuerpo de

la mujer. Una más. Gatilla y el estruendo opaca el poc de la bala

que al entrar pretende moralizarla con un nuevo ojal carmesí.

Todo ha sucedido en aquel camarote de sombras hasta ese

ahora jadeantes y felices.

Luego de un tiempo prudencial, el Cuervo se acerca cauteloso.

Oh la la la, Madonna mía, My God, Ave María. Desfladero

de bocas abiertas, manos que la tapan y cejas levantadas.

Cinco horas para la Gare de Lyon; en la formación 315 sólo

se habla de eso.

No pudo pegar un ojo. El Cuervo sabe: recién ahora, después

de tanto tiempo, está completamente metido en Europa…, y es

grave.

Se reprocha todo, incluso las dudas. Es que la rutina que lleva

en España lo tiene así, fuera de entrenamiento: Mirá si lo encaraba

al rubiales. Cómo no se dio cuenta. ¿No era evidente que

no era con él la cosa? En otro tiempo no le hubiera dado importancia,

o al menos hubiera advertido que se trataba de otro rollo.

Estación a la francesa. Ruidos suaves. Gestos ampulosos pero

necesarios. Y nadie que mire a los ojos.

Lo esperan.

SUPE LA HABANA 219


París se apresta a entrar defnitivamente en la primavera.

Ciudad gris pero vestida de festa.

toria.

Y el Sena es un barro de injusticia escarlata, cargado de his-

Permanecerá por unos días, en la casa de amigos de los erre-

pé (de los tupamaros y de Montoneros, del Mir chileno también).

Habitantes circunspectos del 17.

Luis enterado: la operación “Marlene” ha sido completamente

exitosa. Viaja desde Lisboa manejando un Seat blanco.

Dietrich.

En fn.

El nombre votado tuvo signifcantes obvios. Alemana, también

norteamericana. Rara mezcla erótica que llevó a que la elijan

a pesar de cierta, congénita incapacidad para eso.

Para Rudo la operación debió bautizarse Charlotte. Por la

Rampling y su “Portero de noche”.

Sólo él.

El punto es que ahora uno, el Cuervo, baja desde la tierra gala

con los regalos metidos en un bolso de doble fondo. Y el otro,

Luis, sube desde la antigua Lituania cargado de esperanza. Un

poco de certeza. Y mucho de ansiedad.

Quién sabe por qué, pasando Barcelona, el Cuervo se duerme

pensando en sus primeros días en La Habana.

Yuca frita. Arroz congrí. Tostones. Carne de cerdo -primero

horneada, después frita- . Y el muslo de gallina bien cocido. A

lo turista, tomar mojito y luego darle al buche de café. Enseguida

rumbear alrededor del Malecón…, porque ¿es explicable La

Habana sin el Malecón?

220


“En la vida real” dicen los cubanos, si quieren reafrmar sus

propias ideas. Y aunque eso no lo aprendió de inmediato, ahora

parece que lo supiera desde siempre. En la vida real no es fácil

nada, porque, por ejemplo, aunque el sadismo del bloqueo gringo

sea cierto, la pobreza deja en la boca una ilusión amarga; y

esconde el daño. La tristeza que provoca. Mucho más allá del

folck que la rebeldía cubana puede representar para los no isleños.

En fn, la verdad es que los que llegan miran…, están unos

días o tres meses pero al fnal, sí o sí, regresan a sus ciudades

asegurados en la calma burguesa que les permitió viajar.

Amparo López Enríquez, aquella soldada artemiseña, hacía

verdadero honor a los caídos del cuartel Moncada.

Pero él -duerme sin soñar- no lo sabe todavía. Llegará el día

que pisará tierra colorada, la de Artemisa. Aquella que también

puso hijos que saltaron en las olas a bordo del Granma heroico.

Aquella que le dio al poeta la inspiración para que diga, “Hay

sangre de Artemisa brillando en la bandera”

SUPE LA HABANA 221


222


4

Caracas

2007

Lili, Walter (XII)

Santé. Azcuénaga esquina Peña. No olvidan, la inteligencia

cubana no olvida, me habían dicho. Se les había escapado y ahora

querían saber qué fue a hacer el Cuervo allá hacia el 2002, antes

de morir, a La Isla. ¿Es que era Victoria la que soltaba información

del gobierno de La Habana? ¿En todo caso, cuánta? Pero

también me aseguraron que deseaban conocer a quién respondía

el Cuervo dentro del gobierno chavista. Saberlo sin hacer

demasiado ruido. Que no se notase. Y yo estaba ahí. Esperaba

por Lili. Es cierto, siendo apenas periodista de investigación no

podían ilusionarse demasiado de mi trabajo, porque para espía

no doy. Además, como alguien ha dicho -con justicia y algo de

maldad-: un buen periodista es el que habla de todos y de todo

y sabe poco, nada. Claro, las novedades que les pasaba al fnal

de las charlas las procesaban ellos. A mí, ni mu. Me exprimían

durante horas y después repreguntaban, todo. Indefectiblemen-

SUPE LA HABANA 223


te conseguían algún dato que en la primera se me había pasado.

De verdad me sentía un perejil, vulgar buchón de republiqueta,

pero al escrúpulo lo perdía si sumaba lo que me pagaban. La

verdad es que la guita me hacía falta.

La vi cruzar la calle con paso lento; guardaba las llaves en la

cartera. Parecía pesada, claro, maquillaje, cremas y pañuelitos

no sólo abultaban. Después se acomodó el pelo y levantó la cabeza.

Sonrió al verme detrás del ventanal.

Once de la mañana de aquel miércoles luminoso; ella presagió

luego de saludarme: -Vas a ver, viene tormenta…, van a

caer sapos con pico. Estiré el cuello mirando al cielo a través del

vidrio. -No Walter, largó, riéndose de mí, Llega desde el sur.

De frente, yo los veía. De espaldas, ella no. La trompa del

Dacia detenido contra el cordón, apenas asomaba el capot por

la ventana del bar.

-Bueno, faco, dónde quedamos.

-Eh…, ah, sí, el Cuervo se las tomó de Madrid.

-Fue a Caracas; ahí se radicó defnitivamente.

-¿No volvió por acá?

-No, Walter, supo regresar para ver a su familia, a sus amigos.

-¿Nunca se quedó varios meses?

-Después de 1984, estuvo como tres seguidos…, ya no vino

más que de paso, quince, veinte días quizá.

-¿Por?

-Qué querés, sabés la impresión que le causaba escuchar al

Coti y a la Coordinadora de la juventud radical hablando de revolución…,

esos modositos, ¡haceme el favor!

Caracas resultó ser un largo cuartel de invierno del que el

Cuervo nunca salió. Apenas si realizaría alguna que otra opera-

224


ción política o escaramuza a los tiros pero nunca orgánicamente

armada ni cosa por el estilo. El relato de Lili confrmaría la presunción.

-Mirá, dijo ella hablando bajito, Los primeros tiempos se dedicó

a eso que venía haciendo, sacar cumpas del país; más adelante

empezó a relacionarse con algunos grupos del socialismo

caraqueño y a tomar contacto con militares nacionalistas…, te

imaginarás, ¿no?

La miré preocupado de que notara que la sobraba. Como suponía,

hablaba de los que años después seguirían, incondicionales,

el camino del presidente venezolano. Ella aligeraba la voz:

-Chávez era muy pendejo en ese entonces, tendría dieciocho

o diecinueve, qué se yo, y afrmó como si hubiera adivinado lo

que pensaba, Pero la infuencia de los nacionalistas mayores que

él le llegaba por los cuatro costados; dicen que Chávez es un

admirador de los actos heroicos, y que lo que más admira es el

descarrilamiento del tren blindado de Batista a manos del Che.

{Recién mucho tiempo después Walter entendería esas razones

que entonces no: la narración de Liliana mostraba por qué,

progresivamente, la vanguardia revolucionaria en el exilio fue

desarticulándose en cientos, miles de fracciones. Nuevas familias.

Hijos. Historias renovadas. El olor del dinero. Las cúpulas

trataban de mantenerse activas pero la vida que habían elegido

parecía perderlos en una nebulosa fetichizada}. Y el Cuervo daba

la impresión de haberse sometido a esa buena sombra anodina.

Ella tomó el restito de café, me miró encabronada:

-Puta que los parió, ya ni nos dejan fumar, y siguió sin quitarse

la cara de conejo enojado:

-Pero sabés, la existencia depara cosas inesperadas, porque él

SUPE LA HABANA 225


no se iba a entregar así nomás…, de hecho, en Caracas fue metiéndose

en grupos culturales y empezó a promocionar cuestiones

relacionadas con el arte, especialmente teatro, ja, si Benito

lo hubiese visto ni te cuento; él mismo, el Cuervo, me dijo que

pensaba en eso: si Benito hubiera estado vivo se hubiese hecho

una panzada viéndolo colaborar en la dirección de muchísimas

obras de teatro.

Pedí otra agua; para ella, más café.

-Lili, no entiendo, por qué largó la militancia tan así si muchos

de sus antiguos cumpas volvían al país, la dictadura se cayó

después de Malvinas y.

-Flaco, para el Cuervo la democracia formal que se venía

no signifcaba nada…, fjate si no, más pobres…, más que en

nuestra época; injusticias, menos ricos pero con muchísima más

guita; violencia imparable…, qué, necesitás que te demuestre lo

obvio…, además no largó la militancia, la elaboró de otro modo

y en otro país.

La atajé resoplando:

-No me convencés, Lili, hay gato encerrado, hermana.

Sombra. Su cara se agrisó. Pero no había en ella molestia.

Esta no. Había tropezado con el lado débil de su héroe.

*

Dicen que en un restaurante caraqueño, un poco oriental mezclado

con el aroma tentador de la pasta italiana, el Cuervo está

cenando solo. Llueve. Ni siquiera se ve el contorno del Cerro Ávila.

El puño de su saco acaba salpicado con salsa rossa. Tentado de

putear mira alrededor, se abstiene de hacerlo a pesar de que todos

están concentrados en lo suyo. Pocas horas antes se lo habían

dicho. Fue el tono, impersonal y frío de los médicos. La blancura

226


de las paredes. O, esa última rutina suya: mirar la vida desde la

primera fla de un teatro lleno. Cierto es que la noticia que recibió,

realmente ominosa, no parecía haber dado en el blanco.

Sí que dio.

*

Lili se tocó el lunar debajo de la barbilla:

-Tardamos, es cierto, pero tímidamente fuimos convenciéndonos,

bajó la mano y repasó el borde de la mesa con la punta

de tres dedos, Mirá, dijo, estiraba la vacilación que le provocaba

contar la verdad, La derrota era asimilable en cualquier terreno

menos en ése, y la del Cuervo se asimilaba más que ninguna.

Levantó los ojos, resignada; antes de que siga arremetí:

-¿La vida que llevó él, decís?, asintió sin moverse ni tampoco

hablar. Apenas si fjó los suyos, bien abiertos, quedándose

ahí -perpleja y aletargada por la confesión-, quietos, escarbando

dentro de los míos. Por fn, los retiré. Después de todo no era tan

terrible, cualquiera que pierde tiene que, o empezar de nuevo o

hacer otra cosa.

-Oíme, Walter, sé lo que pensás…, en ocasiones el azar es

medio mierdoso, y en nuestro caso pareció ensañarse, sacó un

cigarrillo de la cartera, Incluso después del dolor, qué querés que

hiciéramos, qué podíamos hacer, ¿qué, él…, tan lejos y solo?

Lili repitió eso una, dos veces, y en la letanía fue perdiendo

compostura. Esa que yo, a mi pesar, le admiraba. Como no lo

había hecho antes en ninguno de sus relatos, ella balbuceaba.

Armaba un discurso descargo que, debo decirlo aunque suene

feo, me divertía. Sí. Viéndola desmoronándose pedacito a pedacito,

yo gozaba. Al fn, no era más que una mujer que lamentaba

la pérdida de un hombre. Desvié la mirada hacia fuera; el Dacia

SUPE LA HABANA 227


seguía estacionado, ya ni se preocupaban por disimular. Entonces

supe, era el momento de ir por más, la tenía a disposición y

pensé que si era capaz de envolverla, sacaría toda la información

esa misma mañana.

-¿Se dedicó al teatro el pibe?

Apenas terminé de preguntar me arrepentí, supuse que ella

se rearmaría, ofendida por el tono burlón que terminaba de emplear.

Pero no. Confrmaría la impresión de estar desencuadernada

del todo:

-Sí, al teatro, pero eso no es tan fundamental …, él contactó a

importantes grupos que en el 98 ayudaron a que Chávez llegara

al poder.

Yo la veía así, tan preocupada por justifcar a su amigo, con la

guardia tan baja que fui con el cuchillo a fondo:

-Dale, hermana, me vas a decir ahora que tu amigo tuvo que

ver con aquel triunfo, cómo es …, ¿Bolivariano?

-Te digo que sí…, dejame, voy al baño y vas a ver que sí.

El viento movía las hojas de los árboles y empezó a oscurecer.

Tenía razón, la tormenta se anunciaba haciendo sombra en el

asfalto de la calle Azcuénaga.

-¿Sabés quién es el Negro Baduel?, me preguntó mientras

se sentaba; dije no con la cabeza y ella prosiguió, Uno de los

hombres más importantes de la Revolución Venezolana, especialmente

durante y después del caquero intento de golpe del 11

de abril de 2002, el Cuervo anduvo por ahí, cerca del Mirafores,

armando barricadas para resistir la embestida y parece que.

Lili hablaba, yo retenía el nombre que me había dado, Baduel;

supe que era (¿seguirá siendo?) un general paracaidista que de-

228


fendió a Chávez. Que además garantizó la lealtad de los milicos

de allá. Que no los dejó darse vuelta. Cada referencia que ella

hizo de ese tipo la retuve; estuve tentado de decirle que parase, ir

al baño y anotar. Pero confé en mi memoria (así me fue) porque

sabía: lo que perdiera los cubanos lo reconstruirían.

*

Dicen que vuelve caminando. Aunque la espalda duele (los

pulmones o una contractura, aseguró semanas atrás -antes de los

estudios- el médico) pese a todo lo hace igual. Porque las calles de

Caracas se prestan. En la noche, carecen del bullicio de Buenos

Aires o del DF pero igual se acomodan al caminante. Lo arropan

sin perturbarlo y entran con él, cielo o inferno, en la espiral centrípeta

del viaje ad intra.

Abismándose, el Cuervo entrecierra los ojos y el escenario callejero

se asemeja perezosamente a una clase de fantasmagoría

tangible.

Sombras que no lo son pasan a su lado como si lo fueran. La

brisa fresca que baja de los cerros mueve las hojas hasta entonces

quietas.

Encorvado una pizca, la nausea que siente se encarama en

todo él transformándose en un nuevo estandarte. Y se convence:

ya no lo abandonará.

Al doblar en la siguiente esquina, después de varias cuadras,

se detiene y levanta la cabeza; apagado, el cigarrillo cuelga de su

boca. Abre grandes los ojos, estupidizándose en un fanal blanco

que ilumina paredes y veredas.

Dicen que dice ¡Mierda! al comprenderse montado en el último

tablado del último acto.

Actor de qué.

SUPE LA HABANA 229


Cuál es; cuál de todos los escenarios posibles.

Acaso sea mutante de una existencia emperrada en desfetichizar

lo indesfetichizable.

El saco pende del brazo fexionado; la corbata azul, mecida por

la brisa se alza como insubordinada.

Y él que se apoya contra el muro gris de una casa dormida.

Transmigrante recién llegado a la desmesura. Absorbido y triste.

Quita la vista de la farola; encandilado todavía no reconoce su

mano izquierda a la que intuye reclamante. Cómo, si el mundo

va. Imposible oponérsele. Cuánto ha costado. Cuántos los que se

fueron. Y a quién le importa.

Dicen que el Cuervo empieza, hablándole {a su mano izquierda},

a la que apenas ve: no me reconocés, menos así, entregado,

roto y desnudo en la peor de las miserias.

Qué tú dices, preguntaría Amparo.

*

Liliana revolvió el café: -¿Me seguís?, sin dejarme contestar

continuó con el relato, refriéndose a la Caracas de los días del

golpe, El Cuervo no se quedó impávido, haciéndose el pelotudo,

se la jugó, Walter, y, creo, volvió a ser el que nunca dejó de ser.

Al chocar insistentemente con el plato el pocillo hacía un ruido

tenue, Lili no podía ocultarlo, nerviosa prosiguió sin interrupciones;

y yo la dejé hablar: -Oíme, dijo sin mirarme, Parece que

el Cuervo, a pesar de los años no perdió la norma aprendida en

la clandestinidad, cuentan que anduvo parapetado entre paredes

y árboles gruesos, que llevaba un viejo colt amartillado y

listo… que tiró, no una sino muchas, ¿entendés?..., y creo que

no más de dos habrán sido al aire, el no sacaba porque sí; date

cuenta, me aseguraron que cruzaba las calles de a tres zancadas,

230


parecía un fantasma con cuarenta años menos, y que lo seguían

siete o nueve milicos, qué sé yo; eran leales a Chávez pero más

a Baduel que los había mandado a las ordenes del Cuervo, ¿te

imaginás?, él, mandón de los militares, qué me decís. Sonrió y

el rictus dibujado desde hacía rato en su cara se disipó; ella hablaba

y yo relojeaba a una de las camareras del Santé, Marcela

-escuché que la llamaron-, tenía una boca así, tentadora, aunque

no me miraba sé que también sus ojos. Liliana levantó la voz no

porque supiera en qué andaba yo sino porque se entusiasmaba

en su propio relato:

-Llegaron cerca del Mirafores, rompieron el vallado que las

columnas leales al golpista Carmona habían desplegado en anillos

regulares; fueron las avanzadas chavistas las que entraron

por el Norte y por el Sur, el Cuervo llegó por el Oeste…, ¿ves?

de poniente a naciente, ja ja, levantó los ojos y me miró, ¿pretendía

que también riera?; no, porque no entendía el chiste; ella

no se dio por aludida y con la mirada marcadamente efusiva

empezó a defnir: -El Cuervo demostraba que hay prácticas que

uno nunca abandona, es como si, imaginate que ahora esos tipos

que están en el auto bordó atrás mío y delante tuyo…, ¿los ves?,

bueno, seguro que son canas y esperan, suponete que salieran

de golpe y nos encarasen, te aseguro, Walter, yo sabría cómo rajar…,

o por qué creés que estoy de frente a la puerta y apoyada

al costado del ventanal, o pensás que no los vi antes de entrar al

bar o desde el balcón de mi casa; por eso no necesito fcharlos de

nuevo para saber que siguen ahí, y no me importa si esperan a

un chorro, un narco o a mí, ¿sabés?, un cana siempre es un cana,

esto me lo enseñó el Cuervo y por más que a vos te parezca, no

sé…, ¿demodé?..., bueno, como sea, el quid es que todavía no he

SUPE LA HABANA 231


perdido los refejos, a mi edad la cartera me pesa por otras pero

no por eso.

Demudado.

¿Cómo putas supo? ¿Sospecharía que yo y los del Dacia? Qué

quiso decir con que la cartera le pesa por otras cosas... No, qué

mierda va a llevar. Pensé todo eso, pero seguí, aunque atónito,

correctamente sentadito en el sillón del bar, ella tenía en la cara

una expresión avefenixca:

-El Cuervo parecía resignado, pronunció de golpe con toda la

voz, Para algunos como el Pelado, él se había rendido, pero demostró

que no; después que Chávez recuperó el poder…, bueno

ellos dicen que nunca lo perdieron, que siguió siendo Presidente…,

quisieron llevarlo al gobierno pero el Cuervo no aceptó,

me dijeron que argumentó que no se llevaba con las burocracias

estatales por más revolucionarias que fueran.

*

Dicen que piensa en otra vida. Qué hubiese sido si la suya hubiera

sido otra. Mira en la negrura de la noche caraqueña tratando

de repasar lo que no fue. Y da la impresión de quedarse estático

en esta agonía imposible. Es la de un buen burgués la que tiene

ahora, entonces qué es lo que pretende imaginar, preguntan.

El Cuervo se mete por un callejón atajo, corta la manzana

en dos. La avenida queda atrás. Duele la espalda y escupe entre

verdoso y negro. Sale a la transversal angosta y oscura; regresa

recurrente, tal vez si se le hubiera dado por el peronismo, quién

sabe. Porque para ser peronista no había que tener radicalizado

el pensamiento. O sí, pero al menos con un pragmatismo que lo

atenuaría de cualquier modo.

Otra vida debería haber sido otra y no una parecida.

232


Por ejemplo, ingeniero civil.

O como esos tipos que van con dios agarrado de las bolas, piensa

el Cuervo: Médico.

No como el Che. Sí como Favaloro. Con el delantal desprendido,

inatacablemente blanco y la voz grave, pontifcando verdades

para que todos se arrodillen. El nombre intocable, como el de todo

magnánimo.

O juez. Perteneciente a esa sagrada familia impoluta, de verba

encendida y mujeres recatadas. De impune independencia. De

mano halagüeña pero eso sí, la mirada inquisidora.

Otra vida es otra vida.

Académico. Sociólogo por ejemplo, pero con orientación de económicas.

La UBA para más datos. Explicando por qué Marx tiene

razón y es el mundo el que está equivocado; como Marx ya no

está en el mundo pero el académico sí, es mejor que este se adapte

al mundo antes de que el mundo entienda a Marx. La sociedad

lo comprenderá más adelante, pero hasta ese momento… Dicen

que el Cuervo suelta una carcajada que estalla en la callejuela de

asfalto poceado.

Pescador.

Anzuelos, botes, cañas y redes en algún pueblo de mar, sin que

falte el faro. De un lado la taberna. Del otro la capilla, solo que

ligeramente esquinada. Usanza de techos bajos, de casas que se

parecen. Muchas pintadas de blanco, algunas apasteladas o té con

leche. Otras no. ¿Las terrazas?, ocultas detrás de las alabardas.

Y qué de esta burguesa, dicen que piensa. Ésta, la que lleva.

Cronógrafo de su propia existencia, la que ahora lo punza implacable,

el Cuervo se revuelve en sí, íntimo y.

Duele al caminar.

SUPE LA HABANA 233


Se agita, los pulmones silban.

Es la cabeza, piensa.

¿Qué hora es? Mira el reloj: cuatro y cuarto de la mañana. A

esta hora, hace memoria, Buenos Aires -la ciudad mujer, según

Ronald Washington el Uñas Mamaní- habla.

Pero está en Caracas.

El recodo de la calle le trae recuerdos recientes. Meses atrás

tuvo que optar, Cocteau, Bretch o Arlt. Así, dicen, de pronto llega

el parlamento de Saverio el cruel: ¿Y cuál es el objeto de su farsa,

doctor?

La columna fría, la pintura descascada -ustedes dirán que no

podía faltar para completar el tango, pero les aseguro ¡así es!, dicen-

y el haz mortecino. El Cuervo apoya la espalda como un descuajeringado

malevo de Parque Patricios.

Duele, como la puta madre duele.

Y para colmo, respira silbando.

*

Marcela sonrió y yo me embelesé a pesar de la estupefacción

que todavía estaba en mí por el descubrimiento que hizo Liliana.

No obstante pude hacerme de un espacio para intentar que

ella, la camarera, se avivara:

-¿Más café?, preguntó. Lili asintió con la cabeza. Dio la vuelta

-Marcela- sin darse por aludida; la seguí con la mirada.

En aquel ahora empezó a llover. Gotas grandes. Se notó enseguida

nomás. La temperatura bajaba.

La gente, en la vereda, corría. El ventanal fue empañándose

apáticamente. La humedad, sí, pero también el humo del café.

En todo ese tiempo permanecimos callados. Supongo que ella

estaría metida en el corazón del Cuervo.

234


Yo no. Pensaba en otra cosa hasta que vi que el Dacia bordó

se alejaba.

-Tienen miedo de la lluvia, comentó Lili al verlos pasar. Son-

rió antes de agregar: -Menos mal…, no aguantaba ya las ganas

de ir a casa.

Cerré la puerta del bar mirando hacia adentro, esperanzado

de que Marcela me estuviese mirando. Ella de espaldas, indiferente;

apenas el perfl de sus ojos presidiendo la sonrisa.

Saltamos un charquito que empezaba a formarse y nos metimos

en el palier. El ascensor llegaba, Lili alisaba su blusa.

Su departamento tiene un olor especial. Mezcla de whisky,

remedios, bibliotecas y almuerzos. Y un sí de glicinas silvestres

recién cortadas: -Las traje el domingo desde Rauch, aseguró

como si hubiera notado mi nariz dilatada.

[Sí, a lo mejor es mucho -diría Héctor Lastra-].

No pude con el genio, aunque la prudencia aconsejaba lo

contrario igual avancé:

-Cómo supiste de esos tipos.

Ella me observó; recompuesta ya de su derrota temprana volvía

con todo, arremetiendo sin empacho:

-Oíme faco, ¿te pensás que las que pasé fueron al pedo?..., no

querido, y el Cuervo tampoco.

Como si hiciera falta. Encima me refregaba la leyenda. El

Cuervo no había sido más que un hombre pero ella lo creía

un semidiós. Cruzó las piernas y el vestido se arremangó hacia

la mitad de sus muslos. O no se preocupó o no se dio

cuenta.

-Sé, puso la voz frme para exclamar como si estuviera divertida

con su hallazgo, Que vos no creés, clavó la mirada en el te-

SUPE LA HABANA 235


cho un instante; la bajó para continuar, categórica, Me importa

un carajo…, porque no vale la pena que entiendas o que todos

entiendan, ¿sabés?, un trueno retumbó en la cristalería de los

aparadores; no dio la impresión de darle importancia a pesar del

temblor de las copas, Demasiado metidos estamos en la mierda

de las cosas y completamente afuera del mundo, pero vos igual

lo preferís así, ¿no?

Mi cara se acaloró. Sentí que una impiadosa clase de veneno

era el que la sometía.

-Mirá Walter, no disimulés más, dejame que entienda…, por

ahí vos no tengas la culpa…, y no me gustaría equivocarme.

Arreció. A raudales. Fue como si en aquellas negruras del cielo

entrara toda el agua del mundo.

Solamente duró media hora.

Lili me había dado el pie para que yo no insistiera. Fue por mi

silencio inicial que ella se apuró a monologar, imparable y, claro,

eludiendo el tema. Aseguró, calzándose en un tonito soberbio,

que su generación ya estaba al costado del camino y que era el

país el que se lo perdía:

-Tipos como el Cuervo, faco, quedan pocos…, aunque a decir

verdad hay una mujer de mi generación que me da esperanzas,

Cristina, claro, pero eso no importa ahora.

Encendió el cigarrillo que traía en la mano desde que salimos

del bar. Premeditadamente disfrutó de la primera seca. Se recostó

así, en la pausa, distanciándose de mi pregunta. El humo

subía y ella arremetió, defnitiva:

-La…, cómo decirlo…, ¿atmósfera?, sí, eso es, la atmósfera

en la que se moldeó el Cuervo lo impregnó…, aquellas baladas

gloriosas que abrigaron su alma, con errores y todo, le dieron

236


el vigor necesario para querer cambiar todo. Pero vos la tenés

clara, esa madera ya no se encuentra.

Soltó otra bocanada y me señaló con el mentón, esperando

por mi asentimiento para seguir.

La punta de mi zapato hurgaba por enésima vez en el parqué.

Recordé, preparando la pose, tiempo atrás le había dicho que

generacionalmente los admiraba tanto a ellos como repudiaba

a la mía propia.

Pero lo que no le dije es que eso no impedía que mi naturaleza

hecha a imagen y semejanza del perfl dorado de un Rolex,

me llevara a comportarme como lo hacía. Y como lo seguiría

haciendo.

Me percataba, Lili tenía razón. Era mejor no averiguar de qué

modo o por qué se había avivado de los cubanos. Qué sentido

tenía hacerlo; lo que yo necesitaba era información y ella parecía

dispuesta a seguir dándomela. Me proponía un pacto no dicho.

Entonces era evidente o por lo menos posible pensar que ella,

desde el principio, imaginara todo pero que, pese a eso, estuviese

dispuesta a cumplir su papel. Igual que en aquellos años

lo estaban si, con eso, las circunstancias del mundo pudiesen

ser diferentes. Héroes o imbéciles, hasta la vida pusieron en la

mesa, pensé.

Quizás Liliana asumiera que así reivindicaría al Cuervo en

su sorprendente decisión fnal, allá, mientras andaba de rondón

con la muerte; esa que había insinuado pero que todavía no me

revelaba. Aquel acto postrero de su titán no debía quedar en el

anonimato aún a costa de hacerse la desentendida.

También, en esa increíble y vertiginosa sucesión de ideas,

pensé que -por otra parte- los cubanos, con aquel gesto de mar-

SUPE LA HABANA 237


charse al caer las primeras gotas, dieron la idea de decir, Oye

chico, ya está bien, con lo que tenemos es sufciente, falta que

nos cuentes y nada más.

Así, ni siquiera pensé que no me enteraría lo que hizo o dijo

Victoria cuando recibió al Cuervo en La Habana hacia el 2002.

Restarle importancia a eso fue mi error.

No debí empecinarme entonces. Ella quería seguir y La Habana

-como creía por entonces- me pagaba por la historia completa

y no por una parte.

Qué fue lo que pasó. Qué putas me llevó a porfar a pesar de

todas esas razones que me demandaban sensatez.

Qué mierda fue lo que me trajo hasta acá, a este penúltimo y

miserable rincón de la ciudad desde donde estoy contando todo,

cagado de miedo.

Liliana es mujer, sí, ¿y qué?

Porque a pesar de todo, por fn saliendo de esa jaez

[ustedes, lectores, comprenderán que yo, el autor, haciéndole

decir al personaje, merezco darme algún lujo]

de ampolla en la que se había ralentizado el tiempo terminé

de toquetear el parqué con mi zapato, levanté la cabeza, fruncí

el entrecejo con la intención de que, al observarme, ella se asustara:

-No contestaste mi pregunta, Lili. Largué impostando la voz,

quería que sonara como la de Edmundo Rivero al cantar “Amablemente”.

Me puse de pie. Fui hasta la biblioteca.

-Para quién trabajás, oí que me preguntó. Seguí de espaldas,

pensaba que no valía la pena:

-Para mí, Lili…, ¿no te diste cuenta?, pero dejá de pregun-

238


tarme y respondeme, por favor, cómo supiste que ellos estaban

ahí…, para mí es importante que lo digás.

Puse la mano en dos o tres libros pero no saqué ninguno.

Permanecí quieto, miraba el lomo de aquellos que intuía con sus

hojas amarillentas (de golpe me acordé de la biblioteca del padre

de Elisa Zanón, el abuelo de Agustín Sella), pero sin quedarme

fjo en alguno en especial.

Fue su voz -sonó desconsolada- la que me dejó estático:

-Walter, andate…, como sea o para quién sea que trabajés,

andate.

*

Bar El Picoteo. Los codos en la mesa y la taza humeante. Alerta,

el Cuervo aguarda.

Rato antes dio vueltas en círculos.

Caracas envuelta por los pasos de este moribundo que ahora

espera.

La Plaza Altamira y la Brion Oleari lo vieron pasar. No como

ahora, tan expectante en la madrugada.

Permanece sentado en una mesa alejada. Y contra el ventanal

que amanece. Sólo el mozo, lo observa. No importa que en voz

alta, hable con nadie. Espectros o brujas lo mismo da. Que pida

más whisky borra todo escrúpulo. Y más a esta hora en la que

quedan dos o tres clientes.

Enroscándose hacia adentro y a la izquierda dibuja una rodaja

perfecta que lo mete en el inframundo interior.

Nítida, entre los pliegues de la memoria, su propia voz retumbando

en el Teatro del Este para sugerir al director que no debía sonar

tan agudo el tono de (Claudia) interpretando a Luisa en Saverio

el Cruel: Mire si Susana, después de curarse, se enamora de usted.

SUPE LA HABANA 239


Y es su imagen rejuvenecida la que se aparece, de pronto, or-

denando a la tropa de militares y civiles que avancen si quieren al

Comandante Don Hugo Rafael Chávez Frías repuesto en su lugar.

Si es que lo quieren para continuar con esa clase de neo revolución

en el siglo XXI.

Son sus piernas las que delatan, al apoyar las palmas, una

tensión de guerrillero erpiano (tan lejos y tan cerca) todavía en

ciernes.

Aquel mundo condicionó la existencia hacia un sentido que

daba sentido a la existencia a pesar de las redundancias. Manera

de ser. De estar.

De construirlo.

¿Morir?

Bueno, sí, pero…, ¿porqué de esta manera?

Ordinaria.

Pequeña.

Menos que burguesa.

Sin otra defensa que la de los químicos provistos por los médicos.

Sin ni siquiera la magia reivindicada por Claude Lévi-Strauss.

Quiero un tribunal con dios (¿Dios?) a la cabeza, dicen que dijo

el Cuervo empalándose en una atabacada borrachera casi fnal.

Y es de nuevo él -cincuenta convencionalmente borracho de alcohol

y tabaco y cincuenta convencionalmente cuerdo- pero ésta,

entre las butacas del Teresa Carreño (tres días antes del estreno de

Las visiones de Simone Machard, de Bertold Brecht) escuchando a

El Capitaine: ¿Qué sentido tiene una audiencia cuando la sentencia

se ha dictado ya?

Su cabeza va descolgándose, un poco acompasada, otro poco

240


no. Por fn, queda metida entre sus brazos sobre la mesa; la frente

apenas si percibe aquella dureza de madera vieja.

El Cuervo llora sin odio.

Dicen que los enfermos terminales, sabiéndose muertos, antes

y primero se llenan de bronca. Y que la expresan como sea. Todo,

hasta que, por fn, se apean desapasionándose del aborrecimiento

para enfrascarse en esa, la última frontera.

“Mañana, un general con viruela boba habrá de acuartelar a

mil conscriptos/ porque una mosca le ensució un tintero de la

guerra del Paraguay/ y su esposa tendrá un hijo con un coronel” El

Cuervo sonríe, levanta la cabeza completamente seducida de ron,

agradeciendo a la memoria el regreso de Roberto Santoro.

Dicen que sale del bar sin saber qué pero sabiendo: tiene la

respuesta.

*

Apenas un día después de que ella me echara de su casa empezó

la locura. Pero. ¿Cómo podía yo, como que me llamo Walter, adivinar

que aquellos eran gusanos venidos de la gusanera miaminesca

para los que no era sufciente saber del Cuervo y de Baduel? Debí

suponerlo porque si les pedía vernos en la embajada ellos encontraban

una excusa para que fuera en un bar o en mi casa. Cómo

podía imaginarme que lo que más importaba era saber de Victoria,

la funcionaria cubana que hospedó al Cuervo en La Habana y

de la que pensaban podrían obtener información clasifcada.

Por teléfono me apuraron:

-No cumpliste la misión, oye, dijeron con aquel delatante

tono (que yo negaba) entre latino, y mafoso.

Ellos insistieron con que yo debía insistir. No entendieron

razones. Tampoco aceptaron que ya no era posible.

SUPE LA HABANA 241


Por eso escapé. (Estaba claro, debía irme.). Les dije que lo

intentaría porque pensaba que así ganaría unas horas.

*

Los que averiguaron cómo se decidió aseguran que fue una tar-

de (veintitantos días después de la noticia), asomado al balcón de

la segunda planta de su casa caraqueña pintada té con leche. Cansado,

con las manos abiertas, como entregado. Fue entonces que

la vio -¿creyó verla?- caminaba parsimoniosa sobre la pendiente

empedrada que bajaba hasta la avenida. Andaba a contraluz y el

talle fno y la tela del vestido color del agua manchada con verde

y la bruma-polvo crepuscular hicieron que el Cuervo conjeturara

ver en aquella al fantasma de Amparito que doblaba por la esquina

lejana.

No se sabe bien si bajó por las escaleras o si saltó directamente

desde el balcón -previa detención en el repecho grueso de la puerta

de entrada-, a la calle. Lo que sí, dicen, ya abajo corrió como

un loco, olvidándose que los pulmones no le respondían y que las

piernas estaban poniéndosele facas. También de los años.

Dobló la esquina por la que ella había doblado.

Boqueando, se quedó tieso. La bruma-polvo del seco atardecer

caraqueño se la había tragado.

Parece que golpeó en todas las puertas. Pero nadie alcanzó a

entender por la “ella” que preguntaba.

Aseguran los que conocieron cómo se decidió. Que regresó al

rato, después de recuperar el aliento. Se mandó un vaso de whisky,

encendió otro cigarrillo y enseguida empezó a programar el viaje.

Nada le impidió hacerlo. Ni siquiera la última recomendación

médica, hecha con la cara circunspecta de solemne gravedad.

Supe La Habana.

242


Otra mujer esperó al Cuervo, y lo acompañó durante el periplo

secreto; él recién confesaría de qué se trataba una noche excedido

de ron {una noche que los vecinos bailaban en la calle, salsa, son

y rumba}.

Victoria pormenorizaría, luego, lo que pasó.

SUPE LA HABANA 243


5

Supe La Habana

[Pobre Walter ¿no?- jamás se enteraría cómo terminó la his-

toria del Cuervo. A Luis y a Lili se la contó Victoria, a mí -como

ya dije-, Luis].

2002, La Habana, ruidosa. Repleta de olores. Voluptuosa y

nunca quieta. Son los autos. Es el mar. La música. Los golpes.

Las risas. Las manos que se tocan. Las miradas que se cruzan. Y

ese andar cadencioso. El color de la piel.

Ciudad llena de enigmas espontáneos. Bellos, baratos (el

Cuervo adora descubrirlos. Por eso anda como en acecho. Contento

por encontrar alguno y descifrarlo). Porque ninguna de

sus calles parece ser una sola. En ellas se mezclan y confunden la

alegría y la tristeza, las esperanzas y el pesimismo. En esa angostura

de pasos, carros y aguas servidas viven todos los misterios

imaginables.

Pasa una Harley con sidecar. Igual que en los 70`s, pero ya

vieja y deteriorada. El Cuervo la sigue con la mirada hasta que

dobla en la punta fnal de la calle larga.

SUPE LA HABANA 245


A fnales de los 60`s, comer arroz todos los días era propio

de la revolución. Propio de esa revolucionaria escasez. Lógica,

esperable.

¿Pero ahora?

Es que ahora la escasez da pena.

Acaso sea que La Isla es verdaderamente La Isla ya hastiada

de serlo. O de la displicencia de un mundo que está en otra, In

god we trust, murmura el Cuervo.

Neptuno esquina Hospital: y sí, otra recurrencia, quizá sea

el mismo Pontiac negro, montado en cuatro tacos de madera

(ahora envueltos en plástico) que el Cuervo viera antes de que lo

echaran de La Isla muchas décadas atrás.

Igual que entonces, todavía se vende ron peleón en algunas

esquinas.

Se mete sin que nadie pregunte en un edifcio de dos plantas;

al fondo, la escalera. Ropa colgada sobresaliendo de las ventanas.

Voces. Salsa. Y el olor agrio de alguna fritanga.

Sentado en el tercer escalón, recuesta el hombro izquierdo

contra la baranda de hierro labrado.

Tose. Le cuesta respirar.

Por eso el descanso que se toma antes de ir a comer.

Sabe que busca el peso de su propia historia a pesar de haber

ingresado al país con el pasaporte verdadero. Su cabeza es una

nube de sensaciones en ése, su séptimo día en Cuba.

De paso reniega del Floridita, penoso reducto de extranjeros.

En realidad, masculla contra el barman que atiende allí. Tan

caracúlico él. Que a Hemingway le gustara el Daikiri no quiere

decir que en ese bar lo preparen bien. Además, ¡Cuántos gringos,

hermano!

246


Aunque quiera disimular no puede. Su enojo tiene otro des-

tinatario. Días de andar por las calles, haciendo el turista. Bor-

dear el Malecón. Meterse en el Memorial Granma. En la galería

Kahlo, Castillejo esquina Allende. Tomar cerveza en Mercaderes

entre Obra Pío y Obispo. En la Bodeguita del Medio. Y en

Los Dos Hermanos (Two Brothers). Protestar porque le dicen

que La Madriguera está cerrada. Caminar a pesar de los pulmones.

Querer retener el roto de las paredes traducido en dignidad.

Putear contra el bloqueo. Apretar los puños. Y soñar con el pueblito

en el que ella, supuestamente, todavía vive.

Y ellos que piden.

Que acosan.

Que parecen jejenes ávidos, insaciables.

Que lo hacen sentir como una inmensa alcancía quebrada y

andante. Hucha en la que todos se creen con derecho de meter

mano y sacar lo que haya.

Desencanto.

Caja moribunda que se desmadeja de tristeza al comprender

que cada uno de los que a él se acercan quieren quitarle

algo, centavos -no importa cuánto-. Y la ciudad brumosa que

lo abraza envolviéndolo en la luz fulgurante de la mercancía

fetichizada (la que tienen, la que no y la que imaginan, podrían

tener). Triste, el Cuervo suelta el cuerpo de la baranda.

Otra vez su mano izquierda. Pero esta, no la mira. Reivindica

el reclamo. Especula que ellos no son su revolución. Porque la

suya es la del Che. La de Cienfuegos y la de Fidel. Y no lo que

el bloqueo puede. Esa desesperación por una moneda de quebradiza

voluntad.

Alguien baja.

SUPE LA HABANA 247


Pasa cantando entre dientes. Es una mujer de caderas genero-

sas. Ni siquiera lo ha mirado.

El bamboleo lo entretiene hasta que desaparece al fondo

y contra la vereda. Habana es la muchedumbre en la calle. El

Cuervo especula: la mayoría de las casas están vacías. Pero dos

entran; mientras suben los escucha:

-Compadre.

-Qué tú sabés.

-¿Por las ocho vías?

-Qué ya te he dicho, es más largo.

-Que iré por las ocho vías.

-No cojas lucha y oye.

La cabeza entre las manos mece el pelo. En la vida real dicen

los cubanos.

-En la vida real tengo que encontrarla, piensa en voz alta el

Cuervo.

Se levanta. Acomoda el cuerpo antes de bajar los tres escalones.

Entonces. Tal si fuera una especie de fsgón por poco casto,

pispea por una ventana abierta. Cuelga de una de las paredes

mal pintadas. Es la imagen del Tocororo. Ave símbolo de Cuba.

La bandera lleva los colores de sus plumas. Dicen que si se la

encierra golpea con su cuerpo en los barrotes de la jaula hasta

morir.

Amparo: libertad del Cuervo.

Sale del edifcio como si fuera un vecino más. Camina lento,

las manos metidas en los bolsillos. La cabeza, ligeramente inclinada

hacia abajo. El olor pestilente de las aguas sucias ya no le

produce nada.

Victoria le sugirió que fuera a comer al Bucanero.

248


Va, con los pulmones como si fueran cortejo.

Bernaza cerca de Brasil.

Come la grillada Bucanero (arroz, trozos de langosta enchilada,

camarones y verduras) hecha por Ihosbani y acompañada

con varios mojitos.

Para los ojos cansados del Cuervo, la luz de bares, paladares

y departamentos es escasa. Le cuesta leer. Por eso vuelve a la

redundancia de su enojo; mira a los parroquianos que, evidentemente

son habanenses: -No tienen derecho; ustedes son el símbolo,

el espacio no contaminado, el testimonio…, a pesar de que

sufran, bloqueo de mierda, tienen un lugar para el mundo, para

Latinoamérica, para los pobres, desarrapados de todas partes,

un lugar que no deben abandonar. ¡Ese es su sino, carajo!..., ése,

el rol de ustedes los cubanos, el que nos deben…, eh, el que le

deben a la humanidad…, la verdad de que es posible, de que, a

pesar de todo, vale la pena.

Los del Bucanero, aunque no alarmados, igual encomiendan

a Ihosbani que le avise. Está hablando solo.

No es alto, morrudo sí. De apariencia tímida, el cocinerocamarero

se acerca. Apoya las manos en el respaldar de una silla,

está a punto de decirle, pero calla. El Cuervo lo mira, su cara de

enojo no desaparece. Inahala una bocanada más. Tose antes de

largar:

-¿Oíme, no se dan cuenta?

Ihosbani, parece que no pero sí. Está ducho en tratar a clientes

difíciles.

Corre la otra silla. Con los codos apoyados en la mesa se dispone

a escuchar. Enseguida, los demás dejan de prestar atención.

El Cuervo arremete:

SUPE LA HABANA 249


-Oíme, ermano [no, no es un error, pienso que así, quitando

la h enfatizo la e, para que se perciba exactamente la reciedumbre

borracha con la que atacó el Cuervo], el cubano respira hondo

y ahora posa su mentón en las palmas blancas de sus manos

mulatas. Escucha atento la arenga que viene desde aquella voz

aguardentosa, Oíme bien, repite el Cuervo; sacude la ceniza del

cigarrillo en el cenicero, lo cuelga de su boca y va, Estuve en el

Museo de la Revolución…, y a pesar de los años que cargo en el

lomo, ¿sabés?..., recién ahí, cuando vi a los niños de una escuela

contándole con la voz en festa a la maestra que esas pinturas

enmarcadas eran Camilo y el Che, recién entonces comprendí

que lo que para el resto del mundo es leyenda para ustedes es

historia, ¿tendés, ermano?

La cabeza del Cuervo se bambolea suavemente hacia delante

y a los costados. Aspira, vuelve a mirarlo y sigue:

-En mi país…, no, esperá…, te decía que no se trata de la

pobreza, porque ésta, la pobreza que ustedes tienen es mucho,

muchísimo más digna que la de, por ejemplo, Chile…, tendés,

hermano.

Agarra el vaso (va por el séptimo) y toma el último resto de

mojito. Escupe indisimuladamente un bollo de hierba buena,

vuelve los ojos hacia Ihosbani:

-Es así, porque se trata del hambre, ese que ustedes no tienen

y nosotros todo el resto de nosotros, sí…, el hambre inventado

de Cuba para tapar el hambre real del resto, ¿no?, ¿tendés,

cumpa?…, la ilusión de un mundo de fantasía que allá afuera,

allende la mar, jua jua jua, allende la mar no existe, papá, o existe

para los otros pero no para los pobres…, tendés, ermano..., yo

los toy viendo…, a ustedes…, que quieren creer en esa ilusión,

250


ésa que pretende alejarlos de la epopeya de lo que en la vida real

hacen…, viste, una mierdita de días que estoy en La Habana y ya

hablo como ustedes…, quédense así, parados, bien de pie frente

a los que oprimen al mundo.

La lengua pastosa del Cuervo se traba. Ihosbani suspira y

piensa ¿por qué no será el mundo el que también riña contra

los que lo esclavizan? El argentino tiene más para decir antes de:

-Puta, tan tentados por la mano del ilusionista astuto y charlatán

que capaz que la caguen…, oíme ermano, cuchame bien,

que no se les ocurra estropear la cosa más importante que han

hecho. El Cuervo, detenido de propósito, como si a pesar de la

borrachera todavía le quedara un resto de refejos que le permitieran

incitar al otro a que mueva sus piezas. Efectivamente,

olvidando lo que pensaba un segundo antes, Ihosbani se manda,

porque vislumbra que llega el fnal:

-Qué tú dices…, cuál cosa no tenemos que estropear.

Quedan sólo dos en una mesa. Ella, blanca, él, moreno; se

besan y la comida se enfría.

El Cuervo sonríe:

-¡Nunca dejen de ser el grano en el culo de los gringos, ermano!

/Ay, candela, candela, candela me quemo ahí/, la cadencia del

Buena Vista Social Club lo despide.

También Ihosbani. Recostado contra el marco de la puerta

del Bucanero levanta el brazo al verlo doblar en la esquina tomando

la calle Brasil.

Es la neblina de borracho la que lo lleva, vaya uno a saber por

dónde.

SUPE LA HABANA 251


Anochece.

Lo espera. De la punta de la escalera cuelga una sábana blanca.

El Cuervo se sienta en el último escalón.

-Que estás borracho, chico, pues no te demores y ven a dormir…,

se queja Victoria asomada a la ventana del segundo:

-Menos mal que no te cogió la fana.

El Cuervo sube respirando con difcultad:

-Mirá si la policía cubana se va a fjar en mí.

Porque le quedan apenas diez días en Cuba.

Porque a escondidas de Victoria se hizo una escapada hasta el

pueblito de Amparo. Pero en las dos o tres horas que allí estuvo,

nada pudo saber. Sólo agradece haberla conocido a ella, esa otra.

La que lo guió por el Mausoleo de los Mártires y de la que no recuerda

el nombre. Pero sí la historia con que relató la esperanza

de la madre de Ciro, el de la columna Ciro.

Supe del frío (esa brutal excepción caribeña) que yo no imaginé.

Pero el Cuervo sí que conoce. Arropado, anduvo todo el día

por las calles aunque le atravesara los huesos. El Malecón frío.

El “norte” que le dicen. Monzón del invierno. La humedad que

llega desde el mar lo perfora todo. Con las calles vacías y la gente

que espera. El Cuervo las recorre junto a Victoria, él también

espera. Quiere que se le ocurra una manera de buscarla. Victoria

habla pero el Cuervo sólo piensa en ella. Amparito López

Enríquez oriunda de una ciudad llamada Artemisa. Pero vaya a

saber si después del tiempo transcurrido todavía anda por allí.

Al menos no supieron decírselo. O no quisieron. Son tan raros

estos artemisanos. Y los cubanos. El Cuervo desea que ella estu-

252


viese en La Habana. Y encontrarla de casualidad, al cruzar una

plaza de los márgenes.

Cae la tarde. Victoria lo toma del brazo y se apoya contra su

hombro. El frío no se va. El viento tampoco. Revuelto, corderitos

helados aparecen y desaparecen del mar gris. Y el cielo va

descubriéndose de nubes. A la noche calará. Victoria se lo dice y

encara en dirección de su casa.

Supe las luces leves, hachones mortecinos alumbrando las callecitas

habanenses.

Ella vive en Jesús María y Compostela cerca nomás de la casa

natal de José Martí, Habana Vieja. Las paredes descascaradas,

los escalones de revoque alisado. Y una gran biblioteca.

Sobre la mesa, La Jiribilla de Papel.

Esta noche él confesa y ella, Victoria, primero se desespera y

después se apiada. Quieto, enciende el cigarrillo número veintipico

y empieza. A lo mejor sea aquella tendencia a la melancolía

tan típica de los argentinos. O es el miedo de no encontrarla.

Miedo que mete tanto frío como el corretón del Malecón helado.

¿O será el ron puro que barniza en el alma una ilusión?

Lo que sea.

Victoria revela: -Tus ojos, Cuervo, me lastiman.

Un lienzo opaco ensucia las pupilas moras, audaces, sensuales;

y él lo sabe. No es el recuerdo ni la imposibilidad. Y sí, en

cambio, ése, el maldito que quiere llevárselo antes de encontrarla.

Ella podría atestiguar, cuántas se lo pidieran, que la voz del

Cuervo no suena blanda pero sí triste.

Le dice que la busca desesperadamente. Que ha querido a

muchas. De muchas maneras, con toda la alegría. Con las manos

y también debajo de la piel.

SUPE LA HABANA 253


Pero es Amparo la única que le permite comprender, mama-

do y todo, la palabra de Ernesto Cardenal: “...Me contaron que

estabas enamorada de otro / y entonces me fui a mi cuarto / y

escribí este artículo contra el gobierno / por el que estoy preso...”.

Llueve sobre Santiago empantana la habitación. El Cuervo

baja los ojos. Astor Piazzolla es mucho para su esperanza en evaporación,

piensa él. Se sirve más. La botella que él trajo, por la

mitad. Y solo él ha tomado. Bah, ella, apenas un trago.

Victoria, que después de escuchar clausura defnitivamente

su lánguida, propia esperanza, erige una máscara tipo veneciana

para ocultarse.

Entonces -como si fuera otra…, o un personaje de teatro que

actúa una parte de su propia “tristeza guión” en el escenario de

cualquier under citadino:

-¿Dónde vive Amparo?

-Qué importa, mujer, ya no está allá.

-Qué tu sabes, chico.

-Fui.

-¿Y, pues?

-Nada, no la encontré…, nadie supo decirme.

-Oye, claro, habrán pensado que eras un mandón de los gringos.

-¿Cómo?

-Pues, sí…, o qué tú piensas, recién llegado (y se te nota),

apenas hablas y ya.

-Oíme, Victoria, lo más lindo que encontré allá, en Artemisa…

-¡Hasta Artemisa, chico!

-Sí, y qué…, te decía que lo mejor que encontré fue a la guía

del Mausoleo que me contó la historia de la madre de Ciro.

254


-No lo puedo creer.

-Oíme, ¿por qué no me dejás?

-Bueno, bueno, chico, no cojas lucha, ven, dime.

-Victoria, esa mujer me contó que la madre de Ciro creyó que

su hijo estaba vivo, no comprendía que hubiera muerto en el

asalto al Moncada, y que era por eso que el Che había bautizado

su columna con el nombre del héroe…, ella, al revés, pensaba

que era una manera de designar la columna, con el nombre del

jefe; absurdo que la esperanza de madre no comprendía como

tal, ¿no?..., simple, quería a su hijo vivo, es conmovedor; pero

más lo es la entrega del hijo en pos de la revolución.

-Oye, que atravesaste kilómetros para contarme lo que ya sé.

De nuevo la mirada al piso. El Cuervo estrecha los dedos de

una mano contra los de la otra.

La luz escasa destella cortamente en la botella por la mitad,

dorada.

Victoria es silencio. Ensimismada parece refexionar. La voz

de su conciencia abre un espacio: el Cuervo, mito viviente de la

revolución que no fue…, tienes que ayudar, dejar que lo haga,

quizá sea su embestida fnal.

Un brillo pupilar anticipa la intención de lo que viene.

Por fn levanta la cabeza.

Él se pone de pie. Sabiéndose borracho se tira en el sofá, quiere

dormir. Esperar hasta el otro día. Que las ideas pesen menos

y el alcohol también.

Victoria, en cambio, se queda sentada. Otra copa de ron.

Resiste el Malecón bajo la furia del agua.

Al revés, estalla el agua del mar, frenada por la furia de la

piedra.

SUPE LA HABANA 255


Igual, la noche no sabe de piedad entre los que no están acos-

tumbrados al flo agudo de aquella brisa gélida.

Domingo. Mediodía. A la mesa los dos. Han comido y están

satisfechos.

Pero al Cuervo se lo nota en caída.

Es el cáncer que se lo lleva nomás. Aunque él pretenda ignorarlo.

Anestesia del dolor, corren en las paredes del vaso las

piernas doradas del ron.

Victoria se ha quedado callada. Ya no le cuenta de los planes

para el momento en el que Fidel no esté, ni tampoco de lo que

se dice en el gobierno. Cómo sigue la revolución. Ni de lo bien

que le va con su larga historia en el Ministerio. No, de la alegría

que siente al ver y acompañar a las nuevas camadas de jóvenes

milicianos de la liberación: Juventud Rebelde. Y no lo hace porque

se da cuenta. La intuición de las mujeres es igual en todas

partes. También esa incomparable inteligencia, tan dispuesta si

hay que ayudar.

Silencio. En la casa, en el edifcio y en la calle.

Entonces él sabe. Concluye la confesión que empezara en la

noche del sábado, ahora con un ruego.

Llora, pide por ella, por Amparo. Y ésa misma tarde la buscan

por teléfono.

Supe Artemisa.

Cuba mantiene todavía el encantamiento de la oreja escuchando

del otro lado del auricular. Hacia algunos destinos todavía

no hay máquinas intermediarias. Las operadoras son operadoras

de carne y hueso. Sólo así se puede creer que, al fnal, la

encontraran.

256


No estaría bien que esto lo oculte por un prurito, tonto honor

a la brevedad. Porque para que se entienda es necesario conocer

que hablar por teléfono en Cuba, hacia 2002, embargo imperial

mediante, requería -para algunas regiones- de la paciencia (no

andar apuraditos diría un amaichino de los valles Calchaquíes)

y de la providencia. Justamente todo esto es lo que permite que

la encuentren.

Victoria explica a la operadora de la central telefónica en La

Habana, la que a su vez explica a su colega de Artemisa. Explicar

no, mejor estaría dicho, contar. Narraron la historia de un hombre

que “busca”, no a una mujer, sí a ésa mujer. Cómo no iban

a prenderse con el folletín, tragicomedia o romance, puesto así

tan sencillamente en la mano.

La solidaridad: Mujeres que buscan.

Corre la voz.

Siesta dominguera rara, insomne, con una habanense preguntando

por esa tal Amparo López Enríquez. Había más de

una en el pueblo. Llevarían la noticia con una sonrisa. Quieren

encontrarla.

Aquel que vino desde lejos, enfermo de muerte, ahora borracho

de ron y de locura, en La Habana espera.

Las cubanas llevan la rumba, el son y la salsa en la sangre.

Mujeres mujeres, de esas con las que uno desearía tropezar un

día. {Creer en Dios sólo porque las puso ahí} Y que lo dejen a

uno vivir para siempre en ellas.

Victoria les dijo “llora borracho pero no de borracho”. Milicianas

cubanas de rápido entendimiento. Se revelaría muchos

días después que en la primera casa a la que llamaron atendió

una nena que no tendría más de ocho, nueve años. Que su abue-

SUPE LA HABANA 257


lo levantaba la voz (luego se supo que era la de él) pedía para que

corte, porque seguramente sería, número equivocado.

Ahí, en esa casa había una Amparo, pero no era la que buscaban.

La chiquilina conoció la verdad y fue ella la que dio la pista

siguiente.

Tarde larga. El Cuervo desarmado en un sillón; el vaso de ron

a la mitad. Dormitándose de a ratos sin soltar el vaso de ron.

Victoria y las operadoras buscan, a pesar de la hora, de las líneas

telefónicas viejas.

Ejército de milicianas colgadas del teléfono; después, algo

después dieron al fn con ella.

Supe el encuentro.

Fue en la casa de Victoria. Entre el mediodía y la media tarde

justo en la hora que Fidel pronunciaba su discurso en la Plaza

de la Revolución.

¿Cuántos somos los que nos ilusionamos con algo así? Después

de los años, volver al viejo amor.

Volver en él, a los veintitantos.

Los dos mirándose.

Diría luego, Victoria, que estuvieron por varios segundos así,

callados, rejuveneciéndose en la mirada. Acaso desflaran entre

ellos los cuarenta, cincuenta días más acertados de sus vidas.

Años de la revolución por venir. De la mística, el amor y las

promesas.

Amparito, mulata grande pero todavía de talle angosto, seguía

quieta, detenida debajo del marco de la puerta. Y el Cuervo

que va, le pasa la mano -sin querer porque ella se adelanta-, ciñéndola.

Primero fue uno tímido, un toque apenas, aliento y mejillas.

258


Victoria dijo que el beso vino después y le hizo, a ella tam-

bién, cerrar los ojos.

Supe el secreto a medias.

Pero no la verdad. Amparo, la mulata grande, no llegó sola.

Con ella vino otra Amparito llamada Alexandra. Joven y tan linda,

los ojos moros y el pelo escarolado en las puntas.

¿A qué la llevó?

Para que se conocieran.

Supe que no se separaron.

El Cuervo permaneció en La Habana. Amparo también.

Alexandra no.

Victoria apacigua el relato precipitadamente: -Lo que hicieron

y se dijeron es cosa de ellos.

Lo que sí, La Habana los vio pasar riéndose sin disimulo.

Supe la muerte.

Completa. Cumplió un designio (el Cuervo lo cumplió). Encontró

el amor que a él lo tenía olvidado y, a pesar de la muerte,

arregló su existencia con una metáfora: la ruptura de lo dado.

Sí.

No se entregó como tampoco lo habría hecho con la policía.

Supe la despedida.

Caracas la nueva. La de la República Bolivariana.

Desde un balcón iluminado se soltaba la risa, estentórea, inconfundible.

Y bajaba hasta mestizarse con el empedrado de la

callecita semioscura. Dicen los que fueron a la festa (un asado

hecho a la manera argentina) que al Cuervo se le notaba, él sabía,

aquella sería la última. Recién llegado desde La Habana invitó

a sus amigos, contó el reencuentro con Amparo, festejó toda

la noche y deshizo los lugares comunes de la despedida fnal,

SUPE LA HABANA 259


con la alegría de haber cumplido. Dicen, exultantes, que venció

a la puta enfermedad no en el territorio de la salud sino que la

derrotó en el de la vida. Y que por eso no hizo una epopeya para

el mundo, pero que consiguió inventar una épica para sí.

Cuentan que el Cuervo murió al amanecer dos días después,

en su cama. Que el cáncer no pudo quitarle ésa, la última risa.

Que en su mesa de luz sólo quedaba un vaso vacío y un pasaporte

venezolano con su foto pero con el nombre cambiado.

260


SUPE LA HABANA 261


Post Prólogo

Leí en alguna parte que los norteamericanos aún hoy no pue-

den dejar de pensar en Vietnam y que Hollywood es la expresión

más acabada de esto, la prueba de que esa sociedad no ha asumido

todavía que allá, en aquella selva sembrada de muerte quedó

también el pasmado desliz de sus ciudadanos; los que apoyaron

esa guerra que desnudó su irrefenable vocación por la altivez.

Acaso sea algo así lo que pasaba en Argentina. Aunque a la

inversa. No se hablaba aquí, en esta tierra, de la complicidad. De

los silencios. Y menos de aquel miedo blando edifcado para ser

comedidos con la mano del mandón y que el pasado a lo mejor

pudiera ser de verdad,

pisado.

Esa conducta recurrente que pretendió vestir la memoria con

el ropón interesado del olvido.

Pasado pisado.

Y sin embargo antes había sido la sociedad que quiso cambiar

la historia. La que consintió la Patria en armas. Pero también

fue la que después, inauditamente flicida, entregó, a cambio de

nada, a sus muchachas y muchachos a la saña del tirano.

SUPE LA HABANA 263


No sé porqué será, no es mi intención averiguarlo ahora,

pero cuando Luis me contó lo que me contó supe que era bueno

volver a narrar alguno de los muchos relatos que poblaron

aquellos años.

{Mal que les pese a los que me intiman -justo ahora que, por

fn, desde 2003 se ha instado una nueva ruptura, esta vez con

el olvido-: Basta, Horacio, dicen, no vuelvas con este tema. No

sé, para mí es como pedir que el Pueblo Judío no hable más del

Holocausto. O que el Pueblo Palestino deje de pronunciar la palabra

Nakbah. O peor: que los Pueblos Originarios de América

Latina ya no repudien la civilizada matanza católico española}.

Gracias a eso pude recorrer los sentimientos de quienes para

algunos fueron héroes y mártires de una sociedad que les respondió

con temerosa mezquindad.

Vale insistir: aquel tiempo despertó en mí una extraña fascinación.

Será porque las mujeres y los hombres que pretendieron

poblar de ideales al país -al que más tarde conseguimos amodorrar

desplumándole las utopías- son los que construyeron un

mundo imaginario tan poderosamente vivo, tan omnipresente,

que ni siquiera con la desaparición fue posible abolir el verdadero

signifcado de estar vivos.

Lo supe -o lo intuí- hacia 1983 porque vi a uno, literalmente

desquiciado de tanta picana recibida, deambular perdido por

las calles de Córdoba, balbuceaba proclamas y rebeliones. Pero

también, alguna vez lo vi al pretender convencer a una piba por

lo menos quince años menor que él. Así, tan andrajoso como

esperanzado. Reía y pasaba la mano para acomodar el mechón

blanco justo antes del abordaje; relojeaba en la vidriera el mero

aspecto de varón al ataque. Y me decía que seguía ahí, puesto

264


de propósito en una nada demencial inexplicable pero aún vivo.

Vivo y loco por vivir.

También lo comprendí durante el relato largo de esta historia

si me desprendía por momentos de ella. Me alejaba, concentrándome

en lo que en defnitiva después prevalecería para la

crónica: el entorno de aquellos días. Los acontecimientos que

desbordaron la pura militancia política. Los que le dieron sentido

a esas mujeres y a esos hombres siempre alertas, dispuestos

enteramente para la plena existencia.

Pero más que nada, quise narrar las maneras, el ardor de esas

vidas.

Por eso: la del Cuervo y la de Amparo es una historia de amor.

Casi cursi.

Que empieza en La Habana.

Y que termina en la Caracas de hoy, la de la República Bolivariana.

Luis me contó y recontó mil veces cada detalle de los episodios

que rememoré pero que para mí solamente fueron la excusa

que buscaba. Porque aunque no me gano la vida escribiendo

-soy, quizá, muchas otras cosas pero no escritor-, sin embargo

la historia del Cuervo, la del reencuentro y la de su muerte encaballada

en el brutal espinazo del cáncer me llevó a escribir lo

que quería, empezando allá, cerca de fnes de 1969; el Cuervo

regresaba de Cuba. Venía de recibir adiestramiento para la revolución.

SUPE LA HABANA 265


Agradecimientos

La Voluntad . Anguita - Caparrós . ED Norma.

De Octubre a Brazo Largo. Norman Briski. Ediciones Ma-

dres de Plaza de Mayo.

Política y/o violencia. Pilar Calveiro. Ed. Norma

La creencia y la pasión. María Matilde Ollier. Ed. Ariel

Nuevo Diccionario Lunfardo. José Gobello. Corregidor

Inventario secreto de La Habana. Abilio Estévez. Tusquets

Los palacios distantes. Abilio Estévez . Tusquets

Los Perros. Luis Mattini. Peña Lillo - Ediciones Continente

(www.esElx.com)

Perón, sinfonía del sentimiento - Documental de Leonardo

Favio.

SUPE LA HABANA 267


Breve Buenos Aires

Walter sale del cuarto que alquila en algún rincón del barrio

de Flores. Repentinamente su cara se ilumina cuando la ve pasar:

-¡Marcela!

Ella devuelve la voz con la mirada. Algo barbudo y quizá desprolijo:

-Te acordás, en el Santé…

Ella, asiente moviendo la cabeza:

-Sí, por supuesto.

Es su boca, apenas delineada. Son sus ojos. La manera de andar

que tiene. Walter camina a su lado y Marcela sonríe ocultando

con la mano derecha la alianza dorada de su anular izquierdo.

SUPE LA HABANA 269


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SUPE LA HABANA 271


Se terminó de imprimir en setiembre de 2012

en Duotono, Guanahaní 196, of 16

Ciudad Autónoma de Buenos Aires


La del Cuervo y la de Amparo es una historia de amor.Casi cursi. Que

empieza en La Habana en 1969 -mientras él recibía adiestramiento

para la revolución- y que termina en Caracas hacia 2002.

Luis fue quien me dio cada detalle: la existencia larga. El reencuentro.

La muerte encaballada en el brutal espinazo del cáncer.

Pero, más que nada, “Supe”, es la crónica de acontecimientos que desbordaron

la pura militancia política y que dieron sentido a esas mujeres

y a esos hombres siempre alertas, resueltos enteramente para hacer

cierto aquel mundo imaginario. Mundo poderosamente vivo y omnipresente.

Tanto que ni siquiera con la desaparición ha sido posible

abolir la memoria de lo que fue.

Por eso, en este relato insisto con reconstruir aquellas vidas, mal que

les pese a los que, justo ahora que desde 2003 se ha instado una nueva

ruptura, esta vez con el olvido, me intiman: Basta, dicen, no vuelvas

con este tema. No sé, para mí es como pedir que el pueblo judío no

hable más del Holocausto. O que el palestino deje de pronunciar la

palabra Nakbah. O, incluso: que los pueblos originarios de América

Latina ya no repudien la civilizada matanza católico española.

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