EL CABALLO BLANCO

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EL CABALLO BLANCO

El. CAliAl.l.O KLANi

nente al suelo, donde quedó aturdido. Sin dar-

ai rededor de su brazo.

do al suelo y contemplando el caballo. —¡Es

Luego añadió volviéndose á mí:

— Y este caballo ;es mío?

—Sí, señorita, sí V. lequi

Y, prorrumpiendo en seguida en una

jada, añadid:

—¡Ali, capitán! Ya sé en qué está V

ció que quería hacer? Guárdese su caballo

favorito: basta que uno de loa dos tenga que

sufi-ir un pesar. —Y, al decir esto, señalaba el

mustang.—Conserve V. ese hermoso rnroel. Si

fuese mió, por nada del mundo me desprendería

de él.

—Y yo tan sólo á una persona se lo oederfa.

Al

' —Eaa ¿nica persona será probablemente la

dad y adhesión que á su noble caballo, no ten-

marcharme. Adióa.

de loa restos de mi pobre Perla, — prosiguió

migo: ni puedo aceptar su galante

quién es el tirano Santa- Ana. Quizás en este

do un hombre que bajaba de la eminencia i

que anteriormente he hablado. — ¡Santfsim

Virgen! ¡Esljarra!

llSímí rimo. Pero.,.

jeme sola! ¡Adiós, adiós!

oión y me alejé á galope.

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