EL CABALLO BLANCO

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EL CABALLO BLANCO

EL MUNDO DE LAS AVENTURAS

retiré aquel pedazo de tafetán. ¡Santo Dios!

¿Qué es lo que vi?

Cayóseme la mascara de la mano como si

hubiese sido un hierro hecho ascua, y escapo-

i la del

—No sabe V-, seguramente, lo que pide. Si sus labios abultados, sus pómulos salientes, y

—[ v oto a brí

p y

ssto, mi (limosidad iba en aumento. Su

lacíón me tenía admirado: la que de tal

aquel tobillo tai

mientras bailabí

galantería, y, al sentarme de nuevo,

profundo silencio i Si en aquel me

hubiese mirado á un espejo, estoy s

a reir. exclamando al propio

mtadora no podía ocultarse tra tro, aeñor poetaV ¿Cuando tendré s

Ah ñ i! C

estuviésemos en el baile, le pedirla «ate favo:

& levantarse para despedirse fríamente de mi.

¡Ah, caballero! ¡Acuérdese V. del dominó ama-

,-Me

todo, al quitarse el antifaz, no podría perder

el encanto de su conversación, de esa voz que

penetra hasta el fondo de mi corazón, de ese

tos. ¿Cómo puede parecer fea una mujer teniendo

tales atractivos? Aunque el rostro de

V. fuese tan negro como el de lft joven del do-

—¡Ja, ja, ja! ¡Cuidado con

B que los demás hombros; y c

IOÍ

el mayor delito de una mujer.

—Yo no soy como los demás, y juro á V...

todas las ventajosas cualidades de que me ere»

dotada, soy una especie de espectro que mira

—¡Imposible! Esas formas, esagracia, efif

voz... ¡Oh! Descúbrase V.: acepto todas las

tuna, siguió riéndose á carcajadas, lo que m

coherentes, ncompanadas de torpes ademanes

y para batirme en retirada. Jamás me he des

pedido de nadie tan groseramente.

tiente hacia la puerta de salida, decidido á>

narebarme á galope. Pero, al llegar al umbral,

til curiosidad pudo mis Que mi confusión, y/

reja, vi (¡gran Dios!), vi las facciones deHo;

Me detuve como petrificado. Mis ojos perpoder

desviarlos de él. Ella me miraba también;

pero ¡con qué expresión! Jamás podreolvidarla.

No se refa, y sus labios desdeñosos

quizás de

parme; pero ya era tarde. Hubiera podido

o poní

palabras el arrepentimiento que pudo leer en

mi fisonomía, porque cambió la expresión de

su mirada, que adquirió cierta ternura y quizás...

Pero en aquel momento se acerco á ella un

—Sea como V. quiere; ciba de ¡Era Ijurra! Pusiéronse á hablar. ¿De qué'? ¡Ohí

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