EL CABALLO BLANCO

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EL CABALLO BLANCO

os. ya

lanura

o podía

dw. No podía A

, nuestros ojos. La

Bl

Vo

ANCO

Ivíme á un lado, lúego á otr a, ejcatn inéla

más q ae hnojeada

La 11

Y seguíamos corriendo en silencio. lo¡ apenas hubiera podido ocultarse en él una

culebra, cuanto menos un caballo. ¡Dioa de

tía sido del far

Sin que pudiera evitarlo, recorrió todo mi

ruido,lo

so oye más r

frenada earr

al caballo blanco...

ailo tan de cerca, Galopa fin ha< cuerpo una inderimble seusación de espanto^

temblaba, y, lo que es roas* advertía que terobiaba

también íni corcel, el cual ostaoa cubier~

to de espumoso sudor, y yo, poco más ó n

e trocó ei

yardas. ¡Estoy seguro de la victoria! Un espo- , breve en la helada angustia del miedo. ¡Había

la?,o bastará para hacer que Moro Be ponga al ; en todo aquello un misterio incomprensible,

alcance conveniente: ya es tiempo de terminar ' aterrador!

esta carrera desesperada. ¡Vamos, valiente I

Moro, un esfuerzo mil, y podrás descansar! • CAPITULO XVII

Mi lazo está colgado del arzón de la silla, con \

Una punta perfectamente atada á una anilla, y I EXPLICACIÓN

corredizo lihr e y suelto;

la cuerda bien

Lo

Mi

del c

buscarle de n la mirada,

>állo había d Ftsaparecído!

tirA de 1

loble

cojo

y n

del cua

pre

ie lo

to tr asero. Ve rdad es que elpo-

sando

•do

enro-

coloco e„

el brazo oDnque

y* estoy preparado...

Pero ¡gran Dios!

el ca-

, .i,.« cer, su terr .rcon

d

y

ta

pe

de

p]

Durante

los que

mi vida

siempre

a otra atravesad

a de un balazo;

de un n iiufrag o y he

e hicieron fuego,

ibargo, vivo aún

ligros ev identes.

me he

riamente , °qu

os desa laudólos

he pe dido d

recibí

risto ex puesto á

Sin en bargo

33

ible;

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