EL CABALLO BLANCO

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EL CABALLO BLANCO

pecé mi ascensión por el otro lado, qu

más escarpado de los dos. Sin embaí

adv<

¡ales, porque la poca tierra reunida en loa

bordes salientes estaba como apisonada, y de

trecho en trecho lat peñas parecían arañadas.

No hice gran caso de estos indicios, pues tenía

demasiada hambre para detenerme ¿ ponsar

EL CABALLO BLANCO

.i ferocidad, de la

¡ual no podía equivocarme acerca de la especia

como espeso; su estrecha frente, la anchura de

la cara que distingue a ese animal; sus ojos

Llegué, por fin, al borde opuesto dtlpvecipí- i gas garras ganchudas» que constituyen el c

aden

estu ve junto al cadáver del antil ope. Sin dete-

form idables

de ataq e: ¡ta

to después me dedicaba al ofició

poco

tico

de haber

satisf

algi

nos otros

cho el prim

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CAPITULO XXI

etu de i

ide- dada.

las que yo había obaervado

entonces.

dos pasos adelante,

y

déteni

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omi

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án

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