EL CABALLO BLANCO

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EL CABALLO BLANCO

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EL CABALLO BLANCO

iba

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calata.

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eon el fondo desi

ingas remendada»

colgado

a, en el

extraño

ento de

¡ugún adorno; había tenido un cuello, pero

ita pieza superflua dobíó ser cercenada poco á

hasta no quedar vestigio de ella. Las altt

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y nuestro primer en-

alaba: no habla

e p el de gato,

en las estre .ha» polainas ni

aquel enjuto cuerpo. Quizás no se hubiera qui-

,s desde nuestra iíl-

una vez: era Rubén RHwiinge, llamado más c0-

Su compañero era Bill Garey, otra notabilidad

del mismo oñcio y «1 amigo constante é

inseparable del viejo Rube.

Al cerciorarme de ello> re á

mig

i poco

ü la blusa, y parecían haber sido construidos ¡ más lejos, vi un grupo de caballos; pero lo

pie, ala que no 11.g.b.n

1.»

dado. En una pal

liado á propósito

i ninguna

otra prenda, á ex-

quitado c el cuerpo deade el

staban

bra: parer ía que todc aquel

la na-

riií, aguileña; los ojos, negro , pequeños

y de mirada penetrante; los cabellos, negros

también y muv cortos; la tes* morena* y como

ate.

s orujas. La

conocí perfeutamente

por su color

asombro

gracia y

lias oreji s de azab

los llano

harmonía*

e.y y mi propio

corcel Moro

caballo me

cimiento de

s llenos de

aquel terso p

che, todo su oonjunto,

en

CAPITULO XXIV

mu os

había en él cierta c l á desmayar; pero fue

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