EL CABALLO BLANCO

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EL CABALLO BLANCO

, y que acaban ele apoderarse de u

¡miento, donde han asesinado A los

CAPÍTULO 111

EL CABALLO BLANCO

Cogí las riendas, y de un ealto

silla. Algunos guerrilleros imita:

rraduras de los caballos, qu

i acalorado, por lo

• negro que lo paiiites

de llevado al

rActer dis aquella ¿ruérra tvidtiÍJUIÍIF cuando pañí a, poroue P6 churamente era igual la p&i't i~

interrumpió mis pensamientos el ruido do las da entre el adolescente, en cuyo seguimiento

Pasé rápidamente ale

pe. | y el número

opuesto de la tenía tanta r

„ , ._ i igtino de los caballos de mi gente era tan

aballo y al que lo montaba, huen corredor como el mfri, y que después de

y cuyas facciones erau

Tenia la tez curtida; p

J. Llevaba en los hoi

tng podía dai

mustang de poca alaada y ' do por nuestra p

B9, de piel manchada, como Ambos corriai mpo de milpas ó

niino. Entonces pude apreciar meior el s

lar aspecto del hombre y el caballo.

Precisamente en aquel momento, el v

caso de la intimación, Volviendo bridas, hizo

girar al caballo sobre sí mismo como sobre un

eje, y casi al mismo tiempo, estimulado el ani-

demasiado noble, demasiado herí

ir de un balazo. Merecía ana pera

rez-t, saleaba como

mucha delantMra,

sntrelazaban eóli-

ya para seguir por su orilla, cuando advirtió

que yo le perseguía en sentido diagonal y que

no podía menos fie cortarle el terreno. í

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