EL CABALLO BLANCO

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EL CABALLO BLANCO

EL CABALLO BLANCO 65

metí en él. ¡Vamos, hombre: despacha con mil i pedo y en sacar los intestinos, después de lo 1

demonios! ¡Creo que estoy medio asado! , cual introduje con presteza mi humanidad en

Garey se apeó de un salto, y, tirando á su . aquel agujero. Hice bien en no andarme por

do grasa por todo su cuerpo, era tan ridiculo ' to de ocultarme debajo de esta soberbia colcl

trepitosas carcajada! ii las orejas; y, si no, mirad. ¡Ja, ja. ja!

estropeado, la dejó cuidadosamente entre los tura.

cuernos del búfalo. En seguida tacó un cuchi- j —Y, al fin, ¿cómo acabó?—1« preguntó Bill,

lio de su cinturón y se puso con toda calma a —¡ Oh!—repuso el cazador,— El camino que

acabar de descuartizar al rumiante, coxfto si i ha seguido el incendio está asegurado de

d hb d ó ¡«ba y

-baa estallaban como millares

¡dad, mostrándole picado por el modo poco . que he estado a punto de sofocarme antes de

sección. Sin embargo, esto no era más que un . quieto en mi escondite, hasta que os he oído, y

¡a, que contenía algunas gotas de aguardien- j o ion de costumbre, y ea seguida se puso á det

rogar otro poco, el viejo Bube condescendió á Lo nyudamos en su tarea, y luego volvimo

tamos detalles de su curiosa escapatoria- > Juntos al campamento, llevándonos los mejore

Mucho tiempo antes, 'dijo, —de que os *a- ' bocados del cuadrúpeuo. ü~rftoia& á i

lieraa bastanl

guir á los osos grises ó á los indios, y d lengua y á los huesos con médula del pobrt

hará ya unos cuarenta años, i

dera, como hace poco me he visto. Comprendo dad de las praderas.

que era muy natural que V., capitán, me to- !

mará por un bobo, puesto que en otro tiempo | CAPITULO XXVIII

me tomó por un oso; pero tú, Bill Garey, de- !

siglos. Pues bien, prosiguió üube, después de ¡

matas, compr ndí que no ha b M uefi

la

la sal- de húfalo

desde s i principio,

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como estaba,

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y nos dirig".

os; hallábase

e propuse llegar ha

mejor: vaciar el animal, sacarle todo lo que

mpotrado en la pradera; desde

tenía dentro y meterme en el hueco. Puedo • lejos, su& vertientes parecían enteramente ver•

aseguraros que no gasté mucho tiempo en ha- ticales, y su cima tan horizontal como el llaiio

cer usa abertura en los costados de mi cuadra- I que la rodeaba, no siendo éste el único ejemplo

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