EL CABALLO BLANCO

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EL CABALLO BLANCO

matorral hizo alto. Loa demás se apres

á imitar »u ejemplo, y toda la partida s

EL MUNDO DE LAS AVENTURAS

boca de nuestras cañones.

—¡Cobardes!— gritó Rube con sarcasticí

¡icento. • Seguid adelanta! ¿Qué diablosos Qt'

tiene?

Ignoro ai los mejicanos oyeron o no la pre

a de Kabe: lo cierto fue que obtuvo uut

s amigos 1-gritó el jefe

de la partida.

—¿Amigos, eh? ¡Mala peste 03 lleve!—gritó

el <

amigos! ¿Acaso queréis burlaros de nosotio;

Y mientras así hablaba tenía preparada &

entre los'jinetes.

—¡Largo de ahí! No deis un paso más, ó ¡p<

todos

ros! ¡Al prim

jnonio á los amigos de vuestra especia!

El jefe habló entonces en voz baja

segundo, y, al parecer, se pusieron lo

prueba de ello voy á maadar

a n: i gente

Supougo

que n

— Y ¿á qué v

ten

ene

«¡sning una oíje ion que

..oí-,.. testó Garey,

que

dimos nada. ¿Qué su os ofrece & vosotr

—Tengo una cosa que deciros, y en particu-

Al det s palabras, se volvió hac

decia, jamás habia visto d aquel avecftucho. Sin

embargo, era muy posible que Garey se equi-

podría r

lapltan, retrocedieron

s del cinto, y, poniéndolas al lado de

encaminóse al punto designado.

TJn minuto después estaban frente a frente.

casi exclusivamente por parte del mejicano.

Rube y y^ vimos que aciuel individuo uos de~

ición

I pe,.nos gritó en inglés:

al

M. Luego

—¡Qué sé yo!—contestó Rube.—¿Qué qiiiert

—Quiere...—y Oarey levantó la voz rebt

guemos al capitán americano, ofreciéndonos

DO meterse con nosotros SL accedemos a ello-

7, al decir esto, el joven cazador lanzó una

carcajada de desdén.

A la vez que Garey ee reta en las barbas

de su interlocutor, Rube murmuraba por lo

b.jo:

-rNada tod y

Y lecantó el brazo

te tado, B 11?

có aquél c

el pufi.c rr.do, d

del mejicano, que fue rodando por el s

CAPITULO XXXI

ó reunirse con su jefe. Luego, deteniéndose A

isgo muy lejos de nosotre

isultado de una corta deliberación, con' -atar á caballo y ponerse al lado de

protegerle 00Q nuestras carabiD&s; de modt

que si aquella gente meditaba una traición.

Los jinetes,

debían retirar

De todas cuantas echó por su boca, única-

que expresaba enérgicamente su cólera y su

deseo de venganza; pero aquel voto fue la úZ-

tad del camino, entre él y nosotros, Bi!

Bill y el t cilla de polvo del uniforme del mejica

cisamente hacia el corazón; el herido

alien

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