EL CABALLO BLANCO

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EL CABALLO BLANCO

tes. Ya no vimos nada de la lucha: pero oímos

el choque de las dos bandas que llegaban en

sentido opuesto; luego el horrible aullido de

guerra de los salvajes mezclado con los gritos

Ue vsngftnKA de los voluntarios, y^ por último,

los disparos de carabina, laa rápidas detona-

EL CABALLO BLANCO

CAPITULO XL1I

DE REGRESO

La refriega no había durado más que di+rz

por entreactos de obscuridad. Lo

llos, el grito de triunfo de loa vencedor

angustioso gamido de las víctimas, cargar ni un fusil. En cuanto á loe guerrill

Con el corazón oprimido y los nervios exci

i&dos por la zozobra, estábamos en pie sobrt

niño. Cuando la luna volvió a brillar, la

A lo lejos, por el sur, vimos

errilla. Por el oeste, otros

le triunfo que hasta nosotros llegaban desde

al teatro de la lucha nos daban A entender que

ríos habían vencido.

oz que ambos conocimos fácilmente.

— ¡Por aquí! ¡Por aquí!—contestó ffarey.

—¡Bien, bien! ¡Qué magnifica paliza hemos

:ho. Lo que siento es quo lo» mejicanos nos hat»«

hurl.Jo.

ros, no parecía sino que el grito de guerra

indio les habla hecho caer las armas de las

para los mejicano*

llevaban, parecie

mejicanos yacía

do cubiertos de sangre. Los

cerca de la meseta, donde

il sibio en quo sucumbieron

< con un efecto

salieran ilesos de Ja refriega, pues dos de ello;

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