EL CABALLO BLANCO

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EL CABALLO BLANCO

de su lirada lor gitud, .de.»»- do largas filas de paseantesj lato a la iglesia

e tocaban por debajo del 1

de éste. Poro no había pensado en sus espui

laa, cuyas rodajas de tres pulgadas de diám<

tro hostigaban ai mustang, haciéndolo cocee

cajaron una en otra, y retenían a Qu&ckei

boas

atado a la silla

solides i hubie

nía máa furioso a cada salto, B

tural que procurara librarse dt

apariencia tan cruel.

Al fin, Quackenboss encontró

de las calles se pusieron piezas de fuego;

de artificio.

Fatigado da aquella baraúnda, mandé que

me ensillaran el caballo, con intención, de dar

un paseo y buscar en el tranquilo londo del

agitado espíritu. Mientras esperaba que Moi

estuviera listo, vi una cosa que precipitó laí

p

caballo por au portal. El pelaje de aquel

drúpedo, de nivea blancura, y la manga (1)

irlata de la persona que lo montaba, so po-

tativ

loa testigos de la comedia proporcionó el dea- Bajaba la cuesta que iba desde au hi nda

CAPITULO XL1V

Aprovechándome do la distracción causada

por Quackenboss j sus apuros, despaché al

resultado con verdadera ansiedad.

Apostado en la azotea de mi casa

hermoso caballo, haata que penetró en

zaguán de la hacienda. Casi inmediat

regresó, pero ain el caballo, prueba tle

dos pasos, y apareció en la puer

carta, ni más contestación que

—¿Quién le ha dado eso?—le preg

—Una señorita, mi capitán: la cu

más linda que he visto en mi vida.

bla mostrado tan gene

De buena gana lo 1

o brilla,

usé.

yo abrigaba la esperanza de recibir á mi v

más dulce recompensa. Absorto en. tan ha

güeño pensamiento, seguí paseándome por

azotea.

Loa s de U( tápan s y otre

• follaje de los plátanos ocultó á mi vista aquel

orillante meteoro. La joven se detuvo un mo~

mentó en el lindero del bosque, y me pareció

' que echaba una mirada llena de interés hacia

, rección opuesta. Pedí mi caballo con impacien-

! pueblo, pa^-é rápidamente por los plan ti os de

I yucas, y llegué a campo raso sin detener mi

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mi

i aba yo junto al río por una cañada

.9 tiUandaia, cuyos plateados festoi

. Al pasar por allí encontré, ó, máa bien, trope-

laballo, y, creyendo que el llama

cuando ya estaba demasiado lejos de él

., y me acordé-de cierto criadito que te-

[i la hacienda y al cual más de una ves^

lacer algunas preguntas al chicuelo| mas ye*

istaba muy lujos, y después de una breve refíe-

, xión proseguí mi rápida marcha.

I No tardé en llegar al pie de la colina, on

! desde allí me metí por una senda que daba la

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