EL CABALLO BLANCO

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EL CABALLO BLANCO

EL CABALLO BLANCO

bosque; llevaba el recado de Hortensia, y poi

vela pintado I eata causa m» llamó. Pasado el primer momen

ella; pero, una vez empezada la explicación,

hallaba resuelto á llevarla hasta el fin. ido alíl cediendo á mi propio impulso". Cip

d d

Di

lo ene

—Pues ¡quéI Su primo...

—Mi primo, Rafael Ijurra, es mi

migo, el enemigo más encarnizado

.ayor i

— ¡Esperarle yo! ¡Ja, ja, ja! No. Por poco

aquí sola con Rafael Ijnrra.

—Me deja V. pasmado. Hágame el

explicar,..

de

le! Le he procurado avista par¡

tallo que

—¿Que me ha

—Si, señor, P e V. de-

¡do á ir a su aloja-

mejicana y á disculparme por mi brusco modo

de obrar, cuando me intimó que le hiciese la

confesión que le había prometido.

Rsta declaración era muy sencilla; se redu-

cu al quiera, otra del mundo para expresar los

cando mi roBtro á aquel lindo rostro, y suruer

giéndome en la profundidad de aquellos grandes

ojos investigadores, murmure en español

dad de mi alma; sinceridad que debió retratar-

De los labios de Hortensia había deaapareci-

ición. ¿Qué le pare •uboroso carmín; frunció sus negras cojas, do

id que es muy á pr< propó- nodo que velaban casi la mirada que brillaba

;n sus ojos: el rostro de aquella doncella tan

—Al lado de V., señorita, el sitio más agres- I alegre había adquirido de repente la expresión

te y triste me patecería un paraíso. ' ;rave de una mujer. Al pronto, me asustó

—¿Vuelve V. á poetizar? ¡Ah, capitán! Acuér- .quel aspecto, costando me trabajo dominar

desedel dominó amarillo. Nada de adulación: se

lo ruego. No estamos en el baile de máscaras.

—Acepto eaas condiciones con todo mi corazón.

Prefiero la más completa ingenuidad,

porque he venido dispuesto á hacer una confesión.

—¡Una confesión!

—Si; pero antea permítame V. que empiece

—¡Oh! ¿Desea V. confesarmo también?

—Así es, señorita.

con toda sinceridad.

está V. esperando?

—-•Quién quiere V. que sea sino mi criado,

el q\ie lo lia llevado a \ . mi encargos 1 ero

¿por qué me hace esa pregunta?

—¿El que me ha tiaído su encargo de V,?

—Naturalmente. Y, sino, véale V. Allá abajo

está el muchacho en persona, ¡Ehl ¡Cipriano!

Ya puedes volver á casa... Capitán, mny

e pris

a de aquí á media hora; pero ¡los soldados

rnejor, porque es tarde y ten&o que decirle á

V. muchas cosas.

Al fin, iluminó mi mente un rayo de luz: Ci-

•er el color encendido de BUS mejillas, su cuelo

sonrosado y su anhelante respiración.

Hubo una larga pausa que á mí me pareció

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acento (y fue la primera vez que yo la oía expresarse

asi), — me ha prometido V. sor franco

y lo ha sido, en efecto; pero ¿es V, también

no de i

leí Rm

e he dicho ha aalido de lo más íntí-

le au entrecejo y brilló el fuego

su límpida mirada, que por un

ficante. P IBÍ al propio tiempo dibujóse

:ente y burlona, y, por consiguiente, volví íi

ni anterior angustiosa perplejidad.

—Y dígame V., capitán,—prosiguió dicien-

No supe qué contestar ¿semejante pregunta,

i V,, por ventura, que le dijese quf

isí?

—Paro no me ha hecho

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