EL CABALLO BLANCO

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EL CABALLO BLANCO

EL CABAIJ.O BLANCO

fcum piando al mustang tendido en tierra con I — Caballero, ése es un cu m pin

go a la que lo había montado por últ.i

—Sí, pero no todos.

—¿Es V. su jefe?

—Lo soy.

de V.?

Esta píe

curioso de

¡echo olvi

la dado el

er muy gr

.„,„,»,

CAPITULO V

intóme la joi

espía; suposición

«,.„,,„

•nemigo. Si

ésta fuese

una de ellas, y la deja-

'.orno si hubiera sido dueña de él toda su vida.

Viendo que vacilaba, repitió su pregunta.

—¿Boj' prisionera de V.?

—Mucho temo, señorita, quq yo lo sea suyo.

Contestó de este modo, en parte por evadir-

tumbién para dar libre curso á la pasión que

timiento esponf

d vi oído.

lejicana fijó en mí sus grandes y brillai

Vacilaba yo entre el deber y la cortesía,

cuando se me ocurrió contestarle de este modo,

acercándome a ella y mirando sus hermosos

ojos con toda la indiferencia que pude:

—; Yo e=pía! ¡Yo espía!—exclamó riéndc

carcajadas.—Señor capitán, V. se burla.

pañí»

podía

?:*z

rada

eridad. ¿No es V. un espía? ¿Nolleva

Ni por asomo,—contestó sin dejar de

de V. un so

hacerlo.

inóme de pie

011 interés, r

cambió gradualmente en otra mas sig I quiiizarle. Lea V.

lo qiie acababa de decirle. Sin embargo, la H-

recobró su íirrocaiito aspecto, diciéndomei

oji


nete ca paz de alca

cabeza

desde la

? No

tang,

iéndon: e que BU ñ3ono-

5 di; ternura Hauáles

si instante sus pensamientos.

punto con mutuo embarazo; ella bajó la cabezft

y tuvo nlgán tiempo la vista fija en el suelo

Guardamos silencio bastante rato, y así habriamos

continuado sabe Dios liasta cuando,

priiré

á

teto del gene-

lousiderauiones á D.* Hortensia de Castro.

—Ya ve V., capitán, que yo no podía ser su

.risionera. ¡Ja, ja, ja!

—f'.Seiá V. tan generosa que ma perdone lft

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