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Doctrina Monroe y Corolario Roosevelt.pdf

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Fundamentos ideológicos de la política estadounidense hacia<br />

Latinoamérica: <strong>Doctrina</strong> <strong>Monroe</strong> y <strong>Corolario</strong> <strong>Roosevelt</strong><br />

Antecedentes a la <strong>Doctrina</strong> <strong>Monroe</strong><br />

Juan Quincy Adams, hijo del segundo presidente norteamericano (Juan Adams, 1797-1801), Secretario de<br />

Estado durante la presidencia de <strong>Monroe</strong>, a quien sucedería como sexto presidente, ha dejado el siguiente<br />

relato de la reunión del Gabinete el 7 de noviembre de 1823:<br />

La reunión del 7 de noviembre de 1823 del Gabinete norteamericano según el Secretario de<br />

Estado, Juan Quincy Adams:<br />

“Washington, 7 de noviembre. Reunión del Gabinete en el despacho del Presidente desde la una<br />

y media hasta las cuatro. Mr. Calhoun, Secretario de Guerra, y Mr. Southard, Secretario de la<br />

Armada, presentes. El asunto a consideración fue la proposición confidencial del Secretario<br />

Británico de Estado, George Canning, a R. Rush, y la correspondencia entre ellos en relación a<br />

los proyectos de la Santa Alianza para Sur América. Hubo mucha conversación sin llegar a una<br />

conclusión definitiva. El objetivo de Canning parece haber sido obtener alguna promesa pública<br />

del Gobierno de los Estados Unidos, ostensiblemente contra la interferencia por la fuerza de la<br />

Santa Alianza entre España y Sur América; pero realmente o especialmente contra la<br />

adquisición por los Estados Unidos mismos de cualquier parte de la posesiones de España en<br />

América.<br />

Mr. Calhoun se inclina a dar poder discrecional a Mr. Rush para unirse en una declaración<br />

contra la interferencia de la Santa Alianza, aunque sea necesario obligarnos a no apoderarnos de<br />

Cuba o de la provincia de Texas; porque el poder de Gran Bretaña es mayor que el nuestro para<br />

apoderarse de ellas, debemos tomar la ventaja de obtener de ella la misma declaración que<br />

debemos hacer nosotros.<br />

Pensé que los casos no son paralelos. No tenemos intención de apoderarnos de Texas o Cuba.<br />

Pero los habitantes de una o ambas pueden hacer uso de sus derechos básicos, y solicitar la<br />

unión con nosotros. Ciertamente no harán eso con la Gran Bretaña. Uniéndonos a ella, por<br />

consiguiente, en su propuesta declaración, le damos una promesa sustancial y quizás<br />

inconveniente contra nosotros mismos, y realmente no obtenemos nada a cambio. Sin entrar<br />

ahora en el estudio de la conveniencia de la anexión de Texas o Cuba a nuestra Unión, debemos<br />

como poco mantenernos libres de actuar según surjan emergencias, y no atarnos a ningún<br />

principio que pueda inmediatamente después ser utilizado en contra nuestra.<br />

Mr. Southard muy inclinado a la misma opinión.<br />

Al Presidente le disgustaba cualquier curso que tuviera la apariencia de tomar una posición<br />

subordinada a la de Gran Bretaña...


Yo comenté que la comunicación recibida recientemente del Ministro Ruso, Barón Tuyl,<br />

proveía, tal pensaba yo, una oportunidad adecuada y conveniente para fijar nuestra posición<br />

frente a la Santa Alianza, a la vez que declinábamos la proposición de Gran Bretaña. Sería más<br />

candoroso, y a la vez más digno, exponer de forma explícita nuestros principios ante Rusia y<br />

Francia, que presentarnos en una barquilla a la estela del buque de guerra inglés.<br />

A esta idea asintieron todos, y se leyó mi borrador de una respuesta a la nota del Barón Tuyl<br />

anunciando la determinación del Emperador de negarse a recibir a ningún Ministro de los<br />

gobiernos de Sur América.”<br />

La <strong>Doctrina</strong> <strong>Monroe</strong> (1823)<br />

Fragmento del séptimo mensaje anual (“Estado de la Unión”) del Presidente James <strong>Monroe</strong> al Congreso<br />

de los Estados Unidos el 2 de diciembre de 1823<br />

«...A propuesta del Gobierno Imperial Ruso, hecha a través del ministro del Emperador<br />

residente aquí, se han trasmitido plenos poderes e instrucciones al ministro de los<br />

Estados Unidos en San Petersburgo para negociar amistosamente los derechos e<br />

intereses respectivos de las dos naciones en la costa noroeste de este continente. Una<br />

propuesta similar se ha hecho por Su Majestad Imperial al Gobierno de la Gran Bretaña,<br />

a la cual se ha accedido de manera similar. El Gobierno de los Estados Unidos ha estado<br />

deseoso por medio de este amistoso procedimiento de manifestar el gran valor que<br />

invariablemente otorga a la amistad del Emperador y la solicitud en cultivar el mejor<br />

entendimiento con su Gobierno. En las discusiones a que ha dado lugar este interés y en<br />

los acuerdos con que pueden terminar, se ha juzgado la ocasión propicia para afirmar,<br />

como un principio que afecta a los derechos e intereses de los Estados Unidos, que los<br />

continentes americanos, por la condición de libres e independientes que han adquirido y<br />

mantienen, no deben en lo adelante ser considerados como objetos de una colonización<br />

futura por ninguna potencia europea...<br />

Se afirmó al comienzo de la última sesión que se hacía entonces un gran esfuerzo en<br />

España y Portugal para mejorar la condición de los pueblos de esos países y que parecía<br />

que éste se conducía con extraordinaria moderación. Apenas necesita mencionarse que<br />

los resultados han sido muy diferentes de lo que se había anticipado entonces. De lo<br />

sucedido en esa parte del mundo, con la cual tenemos tanto intercambio y de la cual<br />

derivamos nuestro origen, hemos sido siempre ansiosos e interesados observadores. Los<br />

ciudadanos de los Estados Unidos abrigamos los más amistosos sentimientos en favor<br />

de la libertad y felicidad de los pueblos en ese lado del Atlántico. En las guerras de las


potencias europeas por asuntos de su incumbencia nunca hemos tomado parte, ni<br />

comporta a nuestra política el hacerlo. Solo cuando se invaden nuestros derechos o sean<br />

amenazados seriamente responderemos a las injurias o prepararemos nuestra defensa.<br />

Con las cuestiones en este hemisferio estamos necesariamente más inmediatamente<br />

conectados, y por causas que deben ser obvias para todo observador informado e<br />

imparcial. El sistema político de las potencias aliadas es esencialmente diferente en este<br />

respecto al de América. Esta diferencia procede de la que existe entre sus respectivos<br />

Gobiernos; y a la defensa del nuestro, al que se ha llegado con la pérdida de tanta sangre<br />

y riqueza, que ha madurado por la sabiduría de sus más ilustrados ciudadanos, y bajo el<br />

cual hemos disfrutado de una felicidad no igualada, está consagrada la nación entera.<br />

Debemos por consiguiente al candor y a las amistosas relaciones existentes entre los<br />

Estados Unidos y esas potencias declarar que consideraremos cualquier intento por su<br />

parte de extender su sistema a cualquier porción de este hemisferio como peligroso para<br />

nuestra paz y seguridad. Con las colonias o dependencias existentes de potencias<br />

europeas no hemos interferido y no interferiremos. Pero con los Gobiernos que han<br />

declarado su independencia y la mantienen, y cuya independencia hemos reconocido,<br />

con gran consideración y sobre justos principios, no podríamos ver cualquier<br />

interposición para el propósito de oprimirlos o de controlar en cualquier otra manera sus<br />

destinos, por cualquier potencia europea, en ninguna otra luz que como una<br />

manifestación de una disposición no amistosa hacia los Estados Unidos. En la guerra<br />

entre esos nuevos Gobiernos y España declaramos nuestra neutralidad en el momento de<br />

reconocerlos, y a esto nos hemos adherido y continuaremos adhiriéndonos, siempre que<br />

no ocurra un cambio que en el juicio de las autoridades competentes de este Gobierno,<br />

haga indispensable a su seguridad un cambio correspondiente por parte de los Estados<br />

Unidos.<br />

Los últimos acontecimientos en España y Portugal demuestran que Europa no se ha<br />

tranquilizado. De este hecho importante no hay prueba más concluyente que aducir que<br />

las potencias aliadas hayan juzgado apropiado, por algún principio satisfactorio para<br />

ellas mismas, el interponerse por la fuerza en los asuntos internos de España. Hasta que<br />

punto pueden extenderse, por el mismo principio, estas interposiciones es una cuestión<br />

en la que están interesados todas los países independientes, aun los más remotos, cuyas<br />

formas de gobierno difieren de las de estas potencias, y seguramente ninguno de ellos<br />

más que los Estados Unidos. Nuestra actitud con respecto a Europa, que se adoptó en<br />

una etapa temprana de las guerras que por tanto tiempo han agitado esa parte del globo,


se mantiene sin embargo la misma, cual es la de no interferir en los asuntos internos de<br />

ninguna de esas potencias; considerar el gobierno de facto como el gobierno legítimo<br />

para nosotros; cultivar con él relaciones amistosas, y preservar esas relaciones con una<br />

política franca, firme y varonil, satisfaciendo siempre las justas demandas de cualquier<br />

potencia, pero no sometiéndose a injurias de ninguna.<br />

Pero con respecto a estos continentes, las circunstancias son eminente y conspicuamente<br />

diferentes. Es imposible que las potencias aliadas extiendan su sistema político a<br />

cualquier porción de alguno de estos continentes sin hacer peligrar nuestra paz y<br />

felicidad; y nadie puede creer que nuestros hermanos del Sur, dejados solos, lo<br />

adoptaran por voluntad propia. Es igualmente imposible, por consiguiente, que<br />

contemplemos una interposición así en cualquier forma con indiferencia. Si<br />

contemplamos la fuerza comparativa y los recursos de España y de esos nuevos<br />

Gobiernos, y la distancia entre ellos, debe ser obvio que ella nunca los podrá someter.<br />

Sigue siendo la verdadera política de los Estados Unidos dejar a las partes solas,<br />

esperando que otras potencias sigan el mismo curso...»<br />

«<strong>Corolario</strong> <strong>Roosevelt</strong>» a la <strong>Doctrina</strong> <strong>Monroe</strong> (1904)<br />

Fragmento del mensaje del Presidente Theodor <strong>Roosevelt</strong> al Congreso de los Estados Unidos el 6 de<br />

diciembre de 1904.<br />

«No es cierto que los Estados Unidos desee territorios o contemple proyectos con<br />

respecto a otras naciones del hemisferio occidental excepto los que sean para su<br />

bienestar. Todo lo que este país desea es ver a las naciones vecinas estables, en orden y<br />

prósperas. Toda nación cuyo pueblo se conduzca bien puede contar con nuestra cordial<br />

amistad. Si una nación muestra que sabe como actuar con eficiencia y decencia<br />

razonables en asuntos sociales y políticos, si mantiene el orden y paga sus obligaciones,<br />

no necesita temer la interferencia de los Estados Unidos. Un mal crónico, o una<br />

impotencia que resulta en el deterioro general de los lazos de una sociedad civilizada,<br />

puede en América, como en otras partes, requerir finalmente la intervención de alguna<br />

nación civilizada, y en el hemisferio occidental, la adhesión de los Estados Unidos a la<br />

<strong>Doctrina</strong> <strong>Monroe</strong> puede forzar a los Estados Unidos, aun sea renuentemente, al ejercicio<br />

del poder de policía internacional en casos flagrantes de tal mal crónico o impotencia.»


La <strong>Doctrina</strong> <strong>Monroe</strong> según el historiador mexicano Carlos Pereyra:<br />

«Los tres monroísmos. No hay una doctrina de <strong>Monroe</strong>. Yo conozco tres, por lo menos, y tal vez hay<br />

otras más que ignoro. Tres son, en todo caso, las que forman el objeto de este libro. La primera doctrina<br />

de <strong>Monroe</strong> es la que escribió el secretario de Estado John Quincy Adams, y que, incorporada por <strong>Monroe</strong><br />

en su mensaje presidencial del 2 de diciembre de 1823, quedó inmediatamente sepultada en el olvido más<br />

completo, si no en sus términos, sí en su significación original, y que, bajo este aspecto, sólo es conocida<br />

como antigüedad laboriosamente restaurada por algunos investigadores para un pequeño grupo de<br />

curiosos. La segunda doctrina de <strong>Monroe</strong> es la que, como una transformación legendaria y popular, ha<br />

pasado del texto de <strong>Monroe</strong> a una especie de dogma difuso, y de glorificación de los Estados Unidos, para<br />

tomar cuerpo finalmente en el informe rendido al presidente Grant por el secretario de Estado Fish, con<br />

fecha 14 de julio de 1870; en el informe del secretario de Estado Bayard, de fecha 20 de enero de 1887, y<br />

en las instrucciones del secretario de Estado Olney al embajador en Londres, Bayard, del 20 de junio de<br />

1895. La tercera doctrina de <strong>Monroe</strong> es la que, tomando como fundamento las afirmaciones de estos<br />

hombres públicos y sus temerarias falsificaciones del documento original de <strong>Monroe</strong>, quiere presentar la<br />

política exterior de los Estados Unidos como una derivación ideal del monroísmo primitivo. Esta última<br />

forma del monroísmo, que a diferencia de la anterior, ya no es una falsificación, sino una superfetación,<br />

tiene por autores a los representantes del movimiento imperialista: Mac Kinley, <strong>Roosevelt</strong> y Lodge; al<br />

representante de la diplomacia del dólar: Taft; al representante de la misión tutelar, imperialista,<br />

financiera y bíblica: Wilson.» Carlos Pereyra, El mito de <strong>Monroe</strong>, Editorial América, Madrid [1916],<br />

págs. 11-12.<br />

«El Pacto Americano. Don Manuel Torres, nacido en España, sobrino del arzobispo virrey de la Nueva<br />

Granada, D. Antonio Caballero y Góngora, se había refugiado en los Estados Unidos desde 1796. Torres<br />

fue el primer enviado de la América Española a quien se reconoció oficialmente con este carácter en<br />

Washington. Enfermo de muerte, sin fuerzas para tenerse en pie, llegó Torres a la presencia de <strong>Monroe</strong>.<br />

El presidente le ofreció asiento y le habló con una amabilidad que le arrancó lágrimas. Es notable que este<br />

español formulara el credo de la unión continental americana. Decía que el establecimiento de la<br />

monarquía en la Nueva España tenía por objeto «favorecer las miras de los poderes europeos sobre el<br />

Nuevo Mundo». Y añadía: «Esto es un nuevo motivo que debe determinar al presidente de los Estados<br />

Unidos a no demorar más una medida (el reconocimiento) que naturalmente establecerá un pacto<br />

americano, capaz de contrarrestar los proyectos de la Santa Alianza, y proteger nuestras instituciones<br />

republicanas».<br />

Estas palabras, escritas por Torres en noviembre de 1821, iban a tener una repercusión en diciembre de<br />

1823. Pero no para establecer el ensueño del pacto americano, sino para la determinación de una línea de<br />

política nacional. Los Estados Unidos se oponían a Europa, globalmente considerada, en atención a tres<br />

peligros; uno, relacionado con el problema de la seguridad; otro, con el de la expansión; el tercero, con el<br />

de la hegemonía.<br />

El gobierno de Washington se preocupaba por el avance de Rusia, pues según el ukase del 4/16 de<br />

septiembre de 1821, esta potencia afirmaba sus derechos exclusivos sobre una zona de mar y tierra en el


noroeste de América, que iba desde el paralelo 51 hasta el 71. Los Estados Unidos oponían derechos de<br />

ocupación y descubrimiento, junto con los que les daba el tratado de la cesión territorial hecha por España<br />

en 1819. Inglaterra también disputaba a los Estados Unidos parte de la costa del noroeste.<br />

Aun cuando las pretensiones de los Estados Unidos encontraban a Inglaterra como aliada contra las de<br />

Rusia, el presidente <strong>Monroe</strong>, en su Mensaje del 2 de diciembre de 1823, hizo declaraciones que<br />

encerraban una manera de ver desfavorable también para Inglaterra. Es la parte que trata de colonización,<br />

y que de ningún modo se refiere a los países iberoamericanos: «Juzgamos que esta es la ocasión<br />

apropiada para afirmar, como principio que envuelve los derechos e intereses de los Estados Unidos,<br />

que los continentes americanos, por la condición de libres e independientes que han asumido y que<br />

mantienen, no admitirán ninguna empresa de colonización que en sus territorios intente cualquiera de<br />

las potencias de Europa.»<br />

Lo anterior pertenece al párrafo 7.° del Mensaje que contiene la llamada <strong>Doctrina</strong> de <strong>Monroe</strong>. El pasaje<br />

perdió toda importancia, por lo que respecta a Rusia, pues la cuestión quedó terminada en 1824. La<br />

disputa con Inglaterra fue más larga, y tuvo complicaciones, a las que me referiré.<br />

El gobierno de Washington se mostraba inquieto también por las pretensiones políticas de Europa en lo<br />

relativo a los países hispanoamericanos. Esto debe entenderse del modo especial que preocupaba al<br />

gobierno de Washington. Acababa de emprenderse la intervención francesa en España para restaurar el<br />

poder absoluto de Fernando VII, como ya se dijo. Esta actividad política europea suscitaba dos géneros de<br />

cavilaciones. O bien las potencias de la Santa Alianza llevaban sus armas a América y se adueñaban de<br />

algunos territorios pertenecientes a los países colonizados por España, o bien Inglaterra, para oponerse,<br />

tomaba las armas y ella era la que obtenía ventajas. A los Estados Unidos no les interesaba entonces,<br />

como no les interesó después, que una potencia europea interviniese en el Río de la Plata o se apropiase<br />

las islas Malvinas. Pero la acción de Europa en Méjico y en los países antillanos les causaba terror. El<br />

peligro de la reconquista española era quimérico, aun suponiendo que Inglaterra permaneciese impasible<br />

y que la antigua metrópoli obtuviese auxilios de Francia, Rusia, Prusia y Austria, a menos que estas<br />

potencias aceptasen sacrificios ilimitados y agotantes. El gobierno de Washington sólo temía realmente<br />

una situación que ya había sido prevista por Jefferson en 1808, y que preocuparía al gabinete más de una<br />

vez en el transcurso del siglo XIX. Ese punto de vista se traduce en las siguientes palabras: «Con<br />

satisfacción veremos a Cuba y a Méjico en su actual dependencia (de España), pero no en la de Francia<br />

o Inglaterra, ya se trate de una subordinación política o mercantil. Entendemos que los intereses de<br />

aquellos dos países y los nuestros están unificados, y nuestro propósito no debe ser otro que el de excluir<br />

de este hemisferio toda influencia europea.»<br />

El peligro de una organización monárquica, patrocinada por la Gran Bretaña, no era el menos alarmante<br />

para el presidente <strong>Monroe</strong> y sus consejeros. En las conversaciones del ministro inglés Canning con Rush,<br />

plenipotenciario de los Estados Unidos en Londres, se trató el punto. «No me opongo –decía Canning– a<br />

una monarquía en Méjico.» Lejos de ello, la aceptaba, sobre todo si se hacía con individuos de la rama<br />

borbónica de España. «Una monarquía en Méjico y otra en el Brasil anularían los males de la democracia<br />

universal.» Estas palabras y la notoria anglofilia de algunas repúblicas americanas, inquietaban a los<br />

colaboradores del presidente de los Estados Unidos. «Las noticias de la rendición de Cádiz a los franceses<br />

–dice uno de ellos– han causado tal efecto en el ánimo del presidente <strong>Monroe</strong>, que ya desespera de la


causa de Sudamérica.» Dos días después, o sea el 15 de noviembre, Adams había encontrado la fórmula<br />

para que el Mensaje no fuese agresivo. Se hablaría del derecho de los pueblos para disponer de sí<br />

mismos. Y el 22 acudió al consejo llevando la fórmula. Había que suprimir todo lo que la Santa Alianza<br />

pudiese considerar como un ataque. «Si la Santa Alianza emplea hoy la fuerza, haremos lo posible por<br />

impedirlo; pero no llegaremos hasta el reto, que sería tanto como dirigir un golpe a Europa en el<br />

corazón.» Inglaterra había propuesto la acción conjunta, el 20 de agosto de 1823; pero poco después<br />

guardó silencio, absteniéndose de aclarar a Rush, el ministro de los Estados Unidos, que todo peligro, aun<br />

remoto, había desaparecido, pues por un protocolo que suscribieron el mismo Canning y el ministro de<br />

Francia, Polignac, el 9 de octubre, esta potencia se declaraba dispuesta a no intervenir en asuntos<br />

americanos. Tales fueron los antecedentes del Mensaje, el último de ellos desconocido para <strong>Monroe</strong>,<br />

cuando envió el documento, que contenía dos largos párrafos sobre intervención europea en la vida de los<br />

países americanos.» Carlos Pereyra, Breve historia de América, M. Aguilar, Madrid 1930, págs. 660-663.<br />

Fuente:<br />

http://www.filosofia.org/ave/001/a264.htm

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