reportaje - Revista Fotografos

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reportaje - Revista Fotografos

N° 02 ENERO 2013

EDICIÓN TRIMESTRAL

FOTÓGRAFOS

REVISTA VIRTUAL FOTOGRAFÍA DOCUMENTAL

CUBA tiempo

Y así es como el

Ana de la calle / Dossier: Cuba / Infancia recuperada / Portafolio: Cajamarca (Neblina)

DE

pasa...


Sedes: Madrid, Castellón y Valencia

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2 FOTOGRAFOS

3


CONTENIDO

SECCIONES

Isla San Andrés, Colombia.

LA MANZANA DE LA DISCORDIA. Página 19.

Foto: Fidel Carrillo.

RADIOGRAFÍA 08

REPORTAJES 10

DOSSIER 43

PORTAFOLIO 102

OPINIÓN 118

BLANCO Y NEGRO 122

— —

Portada

Fidel Carrillo

REPORTAJES

Isla de la discordia 19

Infancia rescuperada 32

Ana de la calle 98

DOSSIER: CUBA

Paradojas infinitas 44

En los límites de La Habana 60

Perfil: Ernesto Bazán 80

Nostalgia por el mundo 86

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Revista FotógRaFos es un producto peruano producido por INFOCREA.

4 FOTOGRAFOS

Se prohíbe la reproducción total o parcial sin consentimiento expreso de la gerencia general. 5


EQUIPO

Editor general

Fidel Carrillo Carrillo

Co-editor gráfico y coordinador

Paul Vallejos Coral

Editor y redactor

Carlos Chávarry Valiente

Equipo consultivo

Ernesto Bazán

Alejandro Kirchuk

Diseño y diagramación

INFOCREA

FOTO DE PORTADA: Martín Pauca

Cuba. Nostalgia por el mundo. Pag. 82

«

La instantaneidad

es hoy

la consigna

del mundo

Marc Augé

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6 FOTOGRAFOS

Foto: Luis Gonzáles.

7

EDITORIAL

Dos cuestiones tan prosaicas como los

plazos y las metas de esta publicación nos llevó

al tema de edición: el tiempo. Un tiempo para

reflexionar, un tiempo para decidir, un tiempo para

imaginar, un tiempo para producir, un tiempo para

soñar, un tiempo para renovar: no hay nada que

hagamos los seres humanos que no considere esos

minutos, horas y días que dedicamos a aquello que

nos apasiona y también a aquello que nos hastía

pero que consideramos necesario.

Porque la vida se nos va en esos procesos.

En lo que queremos y en lo que detestamos.

En nuestros deseos y en lo que finalmente nos

depara el azar.

Rara vez uno piensa el tiempo: ello

también implica hacer uso de él. Y eso nos deja

en desventaja: inmovilizados en ese concepto tan

vasto que solo podemos considerar como una

buena aproximación hacia el infinito. O hacia la

eternidad. O hacia la muerte. Nuestro principal

contendor no es físico ni concreto ante nuestros

ojos pero estamos en su carrera, a veces apresurada,

a veces sosegada. Nunca se interrumpe y solo lo

hace cuando nosotros lo hacemos para siempre:

otra temporalidad nuevamente. Es el flujo que todo

lo envuelve y aniquila, como decía Borges. Una

voluntad cósmica –¿divina?– que aparentemente

nada en su condición irreversible y unilateral parece

detener.

Y sin embargo, esto último sí es posible.

Quizá la fotografía no sea más que un mero

intento –un esfuerzo sobrehumano: maquinal– de

trascender el tiempo. De perpetuarlo. De observar

sus efectos y acariciar sus recorridos.

De estremecernos ante lo que nos sobrepasa.

Es más: todo fotógrafo juega con el tiempo.

Por ejemplo, cuando se toma los momentos en

espera de la imagen adecuada y cuando adecua la

cantidad de milésimas de segundos de exposición

de luz necesaria para su registro: si esos dos

tiempos no se funden, su trabajo nunca reflejará lo

definitivo. De allí que los reportajes de esta revista

contengan imágenes sin tiempo. O más bien dicho:

se inicien desde un tiempo cero, donde nada es

anterior o posterior a lo que la imagen muestra.

Como anotó un célebre filósofo del siglo

XVIII: «Sin ser dueños de sentir o de no sentir algo,

somos dueños de examinar lo que sentimos».

Ese es el objetivo de esta edición.

Malecón de La Habana, Cuba.

EN LOS LÍMITES DE LA HABANA. Página 60.


RADIOGRAFÍA

«

LA MUERTE DESCIENDE

Como reportero gráfico, uno nunca sabe donde

terminará al final del día. Esa sensación cotidiana se hizo casi

insoportable una mañana que estaba de comisión en Palacio

de Gobierno: de pronto me informaron que había un motín de

reos en Lurigancho, uno de los penales más peligrosos del país,

y que debía ir para registrarlo. El diario me envió una movilidad

y un lente de 400 milímetros para la distancia. Cuando llegué

a la cárcel, aún seguían escuchándose disparos: dentro había

una reyerta entre los mismos internos, quienes se acusaban

de haber permitido una operación de requisa de los agentes

penitenciarios (y en la cual se decomisaron armas, teléfonos

celulares y drogas). Dado que la visibilidad desde la calle era

nula, corrí con todo mi equipo hacia un cerro de cerca de cien

metros de altura. Ese lugar me sirvió de exclusivo mirador.

Pero aunque podía observarlo todo, las manos me temblaban

y el sudor opacaba mi visión: mi excitación me dificultaba

fotografiar. Además, el lente de 400 milímetros no tenía monopie

y no podía sostenerlo por mi agitación después de escalar el

cerro con celeridad. Recuerdo haber respirado hondo y subido

la velocidad de obturación: comencé a registrar en el preciso

instante en que el cadáver de un preso era deslizado con una

soga por una de las paredes del pabellón.

Miguel Bellido

«

ANA MARÍA CASTAÑEDA

La Ceguera

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REPORTAJE

La ISLA de la

DISCORDIA

Sin patria también podría haber ciudadanos, parece decir el estilo

de vida casi subversivo de los habitantes de San Andrés, una isla

caribeña sobre la que dos países latinoamericanos pretenden

tener soberanía. Quizá hacia eso apuntan los nuevos tiempos: a

demostrarnos que la identidad y la historia pueden ser un estorbo

cuando solo importa el dinero.

Fidel Carrillo

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¿Cómo determinar que algo te pertenece cuando esta

posesión se encuentra sobre el mar y los países vecinos tienen

las mismas intenciones que tú? Esto es lo que ocurre con San

Andrés, la isla de ensueño que se encuentra a medio camino

entre Colombia y Nicaragua y que es disputada por estos países desde hace

más de un siglo.

Y es que realmente se trata de una isla de ensueño.

Playas de arena blanca, océano azul y turquesa casi transparente, clima

adecuado casi todos los días del año, vegetación exuberante, un aeropuerto

muy moderno, turistas de todas partes del mundo, edificios de lujo al borde

del mar y autos de modelos exclusivos: ese es el patrimonio de San Andrés,

la isla que habla en creole, un idioma propio que, cual esperanto tropical,

mezcla el inglés con el francés y este a su vez con el castellano y este a su vez

con ciertos dialectos africanos.

Una suerte de idioma universal y multilingüe cuyos habitantes se dan

el lujo de fragmentar y diferenciar cada vez que hablan con un francés o con

un estadounidense o con un latinoamericano o con un africano.

«Algo está claro: sus habitantes no se asumen ni colombianos

ni nicaragüenses: ellos son sanandresanos, algo así como una nación

paradójicamente multinacional –dice el fotógrafo Fidel Carrillo–. Solo se

acuerdan de su identidad heterogénea durante las elecciones presidenciales

de Colombia, cuando tienen que ir a las urnas a votar por algún candidato».

En noviembre de 2012 la querella casi se dio por zanjada: la Corte

Internacional de La Haya, una dependencia de las Naciones Unidas, resolvió

que San Andrés podía pertenecer legítimamente a Colombia a cambio

de entregar otras propiedades sobre las que también tenía interés. El

país cafetalero rechazó el fallo y se retiró de la competencia del tribunal

internacional.

Ahora todo ha vuelto a cero y nuevamente los pobladores de San

Andrés se encuentran sin nacionalidad, aunque eso a ellos –que viven de las

divisas del turismo y la agricultura–, no les quita el sueño.

Quizá sospechan que en el futuro próximo su modelo de vida será

más común de lo que ahora se pretende. Y que lo que ocurre por el momento

no es más que la arbitrariedad de un mundo globalizado que aún se debate

en viejos colonialismos territoriales.

O tal vez intuyen que están viviendo el sombrío anuncio de un nuevo

tipo de conflictos.

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www.nnfotografos.com

El primer portal de fotoperiodismo en el Perú

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REPORTAJE

I

N FA

N CIA

Boris Mercado

RECUPERADA

De regreso al parque de diversiones

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Llevaba el nombre de

un famoso circuito de carreras

norteamericano porque incluía una

pequeña pista para karts, pero uno

siempre deseó tomarlo por el lado

menos literal: era mejor repensar el

título de Daytona Park como una ingenua alusión

al vértigo de los juegos mecánicos infantiles.

Como sea, eso fue en los años noventa y nada

importa ya. Ahora parece el desolado patio de un

bebé gigante y caprichoso que se aburrió de sus

juguetes: del parque de diversiones del hipódromo

de Monterrico solo queda metal oxidado y

plástico descolorido. Y con ello, la nostalgia de

lo que alguna vez fueron risas y ganas de nunca

crecer: un cementerio de añoranzas e inocencias

perdidas. Hoy los niños ya no creen en elefantes

voladores.

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ABULIA DE COLOR

«Nueve años y llegué a la emoción

que a esa edad te hace sonreír de más.

La gente pasaba a mi lado compartiendo

sonrisas, premios y experiencias breves:

yo esperaba mi turno para dejar explotar

un deseo intangible.

Sonidos burdos se convirtieron

en la escena que vive en mi memoria.

Recuerdo feliz haber logrado llegar a la

carrera.

Quince años después los colores

caen como ceniza, piso cubierto de

polvo, alguna luz distante ajena al lugar

repasado por años y me encuentro en

medio del olvido, la soledad, el abandono

y la destrucción. Con una mirada más

distante de lo que alguna vez fue hangar

de diversión y momentos inolvidables,

ahora veo y siento cómo el paso del

tiempo toma cuerpo y forma para los

dos». (Boris Mercado)

«¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta lo sé,

pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé».

San Agustín de Hipona. Confesiones, Xl, 14, 17.

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Cierre de

publicidad:

FOTOGRAFOS

30/03/2013

publicidad@revistafotografos.com

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A

N U

N CIA

C

U BA

Dossier


REPORTAJE

PARADOJAS

INFINITAS

Luis Gonzáles

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Cuba debe ser el museo más grande del mundo.

Uno donde el arcaísmo se presenta con valor de glamour:

esa que le otorga el vivir de espaldas al paso del tiempo. De

allí que en las calles de La Habana aún circulen vehículos que

se dejaron de producir hace décadas y que suelen figurar

como reliquias en alguna ostentosa colección privada.

Por ejemplo, un DeSoto Fireflite Coronado de 1955. O un Buick

Special de 1952, o un Chrysler Town & Country Newport de 1950, o un

Chevrolet Bel Air de 1956: autos que en el resto del mundo solo se pueden

conocer en alguna vieja cinta de Humphrey Bogart y que deben su existencia

–con frecuencia destartalada– a un régimen que se le ocurrió prohibir la

importación de vehículos hace ya medio siglo.

La contradicción es que en esta isla los autos clásicos lo son solo

en apariencia: sin sus repuestos originales, las pesadas maquinarias de un

Cadillac ElDorado Biarritz de 1956 o un Packard Clipper Custom Constellation

de 1950 no pueden moverse más que con la ayuda de algún motor diésel

ruso o checoslovaco.

El espectro de lo que fue alguna vez la Unión Soviética también se

refleja en la proliferación habanera de cientos de modelos Lada.

De hecho, la policía cubana aún utiliza los Lada serie VAZ-2101 de

1966.

La otra contradicción es que el cubano no es el propietario de sus

automóviles: si bien los conduce y trata de arreglarlos él mismo con lo que

pueda cuando sufre un desperfecto –en la isla no existen los mecánicos–, no

puede venderlos ni alquilarlos ni traspasarlos cuando lo desee.

Sus vehículos –los Triumph Renown de 1954 o los Studebaker

President Speedster de 1955– son posesión del gobierno.

«Con los autos ocurre lo mismo que con las casas: no puedes

venderlas así lo tengas registrado a tu nombre. Recordemos que como el

Estado es quien te otorga la casa, también tiene la potestad de quitártela

cuando lo requiera», dice el fotógrafo peruano Luis Gonzáles.

¿Y entonces por qué los cubanos insisten en poseer autos que no les

pertenecen?

«En Cuba, el sueldo promedio mensual es de 40 dólares. Para superar

esa valla, mucha gente utiliza sus autos para hacer transporte colectivo

entre ciertas rutas específicas a uno o dos dólares el viaje. Y si se inclinan

por hacer taxi, llegan a cobrar entre cinco y diez dólares».

Ahora el ejercicio de las paradojas: adivinar de dónde provienen los

dólares para pagar la movilización en esos Dodge Royal 500 Convertible de

1954 o en los Oldsmobile 98 & Super 88 de 1959 o los Ford Custom Victoria

de 1951.

De las remesas que los cubanos reciben del extranjero.

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PERFIL

IMAGEN

Y

PUDOR

Ernesto Bazán, ganador del

World Press Photo 1995, demuestra

que el retrato, aún en las situaciones

más dramáticas, no tiene por qué ser

denigrante: la fotografía documental

también puede mostrar fascinación

por la vida.

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*Publicado originalmente en el blog CróniCas marCianas del diario Perú.21.


En 1992, Cuba ingresó a

lo que históricamente

se conocería como

«el periodo especial»:

un eufemismo para

no reconocer su crisis

tras la caída de la

Unión Soviética y la aplicación

de ciertas medidas económicas

impensables unas décadas atrás.

Ese mismo año, el

siciliano Ernesto Bazán llegó al

país por primera vez en su vida

y se deslumbró ante lo que vio:

toda una nación aparentemente

detenida en el tiempo. «Un lugar

que me inspiraba humanidad

y, al mismo tiempo, toda la

crudeza de ella», recuerda ahora

el fotógrafo. Allí encontró a su

esposa y allí nacieron sus hijos.

Era el nativo de una isla

que pisaba otra isla al otro lado

del mundo.

Entonces escribió. Envió

una carta al régimen de Fidel

Castro pidiendo autorización

para visitar algunas instituciones

simbólicas de Cuba. Ernesto

Bazán, ya convertido en

corresponsal internacional de

prensa, sabía que si quería retratar

a Cuba en toda su realidad, debía

mostrar todo aquello que nadie

nunca había mostrado.

Se sentía ingenuo. A

ningún extranjero se le había

dado antes ese permiso.

Unos días después,

llegó una misiva donde se le

preguntaba cuándo quería

empezar.

Cuarteles militares,

ingenios azucareros, escuelas

ideológicas para jóvenes

castristas: allí reposaba el

orgullo de una revolución

nacional de medio siglo. Y ahora

esas instalaciones –grises y

destartaladas– estaban abiertas

para su cámara durante una

semana entera: alguien de mucho

poder había notado que, en sus

retratos en blanco y negro, los

cubanos siempre aparecían con

dignidad. Aún en medio de la

decadencia y la ruina.

Fernando Pessoa, el poeta

portugués, escribió: «Hay poesía

en este papel, en este bolígrafo,

en esta mesa, en esta silla, en el

simple acto de hablarnos». Es

decir, resaltaba la importancia de

observar a nuestro alrededor y

encontrar poesía en situaciones

anodinas, en escenas que a veces

parecen poco interesantes.

Esa es la razón por las que sus

fotografías son siempre de

personas en su vida cotidiana,

prácticamente sin hacer «nada

importante» para la cámara...

Es que no busco ningún suceso

noticioso: voy a lugares donde

mis personajes no hacen noticia.

Evito lugares donde ocurren

guerras, tragedias, desastres

naturales: voy a lugares en

situaciones «normales», donde

no «acontece» nada que no

sea lo cotidiano. Dentro de esa

cotidianeidad encuentro mundos

«Busco lugares

donde el tiempo

tenga el sabor

del tiempo pasado.

fantásticos como rituales o

fiestas.

Pero muchas veces los rituales de

la pobreza no son instantes muy

felices...

Yo fotografío momentos tristes,

dramáticos, porque son parte

de la realidad. La diferencia es

que al mismo tiempo muestro

alegría, juegos, momentos de

ternura y amor, de sensualidad:

no me enfoco solo en lo trágico.

De hecho, me parece muy

aburrido enfocarme solo en lo

trágico y lo violento. Nosotros,

como seres humanos, vivimos

momentos muy tristes pero

también momentos muy felices y

placenteros.

Al retratar una Cuba en crisis, ¿no

retrató también la violencia de su

pobreza?

Cuando ves las imágenes de

un cumpleaños o una mujer

ofreciendo un biberón a su hijo,

percibes la vida tal como es. Yo

no permanezco insensible a los

hechos de la violencia –entendida

esta no como un estado de

guerra, sino también como la de

un alcohólico o la explotación

del hombre por el hombre–.

Todo eso está en mis imágenes

pero dentro de un marco donde

se equilibra.

¿Hay situaciones en las que

usted mismo, por alguna razón,

se censura y se dice «No, esto no

lo voy a registrar»?

Sí, algunas veces, en escenas

demasiado fuertes. Por ejemplo,

cuando veo niños con problemas

mentales o cuando percibo que

estos no reciben atención de sus

padres. Fotografiar ese drama me

cuesta trabajo: niños perdidos

en su soledad, en su mundo,

completamente aislados.

¿Es una forma de ética personal?

Es mi sensibilidad, mi manera

de ser. No lo hago adrede. Solo

siento que hay cosas que es

mejor no fotografiar.

Un año después de haber

aterrizado en Cuba, Ernesto

Bazán obtuvo el segundo lugar

en el Word Press Photo en la

categoría Historias Cotidianas.

En 1995, el fotógrafo

obtuvo el primer lugar en esa

misma categoría. Las imágenes

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eran sobre lo que registraba en la

isla. De inmediato se sucedieron

otras distinciones mundiales

no menos importantes:

Mother Jones Foundation for

Photojournalism, el W. Eugene

Smith y el Dorotea Lange-Paul

Taylor Prize. Las fundaciones

Alicia Patterson y Guggenheim

se turnaron para becarlo.

Todo por imágenes en

las que sus personajes parecen

flotar en el espacio. Dando el

paso inmediato a otro en sus

vidas rutinarias. Deteniendo

los efectos del tiempo para

mostrar la potencia de lo que

vendrá después. Exponiendo

un dramatismo que es, en

simultáneo, un joie de vivre.

«Busco lugares donde el

tiempo tenga el sabor del tiempo

pasado –dice Ernesto Bazán–.

Lugares donde el presente se

enlace con el pasado y el pasado

con el futuro».

Con imágenes que

sosiegan aún más un lento

transcurrir.

a veces terrible, y cuando

fotografían sus imágenes resultan

así: dramáticas, dolorosas. Yo soy

lo opuesto: considero que tuve

una infancia feliz, y eso es lo que

reflejan mis imágenes.

Usted suele presentarse como

alguien que gusta rememorar el

pasado, en especial el pasado

que no llegó a conocer...

Eso es porque nací y crecí en

un lugar donde los habitantes

sienten la vida con momentos de

profundo desgarro y momentos

de gran regocijo: somos

personas excesivas, siempre en

los polos opuestos. Y eso sentí

«

Conozco fotógrafos que tuvieron

una infancia muy dramática,

El fotógrafo tiene que saber

cómo son las imágenes de

los demás.

también en la Cuba urbana y

rural. Allí encontré los arquetipos

de nuestra existencia: emociones

que van desde la muerte hasta la

alegría, el amor y el odio.

Pero esa reminiscencia por el

pasado habla de una sensibilidad

particular. ¿Qué hace usted

cuando no fotografía?

Me inspiro mucho a través de

la literatura, la música y el cine.

Observo fotografías de otros.

Uno tiene que saber cómo son

las imágenes de los demás.

¿Y por qué viaja tanto a Perú?

Perú tiene algo de cierto

sabor a pasado, es uno de los

pocos países en el mundo que

ofrece esa experiencia. Todavía

encuentro en los peruanos esa

espiritualidad que

busca una relación con

los antepasados. Algo

ancestral.

¿Es la razón por la que

hace sus talleres en

Iquitos, por ejemplo?

Iquitos es un lugar

mágico: me hace

imaginar cómo debió

haber sido Sicilia hace

150 años. Iquitos es

una isla clavada en

medio de un país.

Nadie te presta una

atención que censure,

la gente es muy afable.

Son sus alumnos quienes

le ayudan a seleccionar las

imágenes de sus publicaciones.

Porque ahora Ernesto Bazán

no solo dirige una editorial con

su nombre: recorre el mundo

dictando talleres de fotografía.

Sus alumnos, por lo

general, viajan con él: eso es

también parte de su pedagogía.

«Son mi segunda familia»,

afirma el fotógrafo con una

sonrisa de orgullo: gracias a ellos

es que ha podido publicar sus

libros de manera independiente.

Cada vez que reúne una cierta

cantidad de imágenes, les prevende

una edición limitada con

fotografías originales, numeradas

y firmadas: esas ediciones que

nadie más verá llegan a costar

algunos miles de dólares. Y

vende cuarenta o cincuenta de

esas series.

Con lo recaudado

financia las publicaciones que

saldrán al mercado. Así es como

aparecieron BazánCuBa, al

Campo, y otro libro que se editará

para el año 2014.

Vivimos un mundo saturado de

imágenes abrumadoras que nos

llegan de todas partes. Creo que

el mundo ya se ha acostumbrado

a observar cualquier tipo de

violencia.

Además, todo el tiempo nos

saturan con imágenes agresivas...

Es verdad. Incluso en películas

infantiles se muestran escenas

gratuitas de violencia: es un

estado que prácticamente

pervierte la cultura. Quizá por

eso no sea raro que uno de estos

días te cruces con un loco que

dispara a cualquiera.

¿Y es posible que esa tendencia

de la imagen recargada y

espectacularizada termine por

saturar a la fotografía en sí?

Creo que todavía hay muchas

personas con la sensibilidad

suficiente como para observar

de manera distinta. Depende de

eso: si eres alguien superficial,

verás una imagen de forma

pasiva, sin que te diga gran cosa.

¿Y cómo se aprende a observar

una imagen fotográfica?

Es que no hay un método

específico. En general, uno se

cultiva: es lo mismo que se hace

para apreciar un libro o un disco.

También depende del fotógrafo:

si este ha logrado poner su alma

y corazón en la imagen, entonces

logrará transmitir algo a los

demás. Si no lo ha logrado, la

gente permanecerá impasible.

Entonces el fotógrafo siempre

debería ser muy honesto

con lo que retrata, porque

de lo contrario se notaría el

artificio...

Sí, muy sencillo y honesto: su

imagen puede tratar de temas

y emociones importantes,

pero en realidad lo difícil es su

habilidad para mostrar algo

aparentemente

sencillo: registrar

una escena y

atrapar la esencia

de lo vivido.

En el año 2006,

Ernesto Bazán

recibió otra misiva

del gobierno

cubano. Esta vez

se le prohibía dictar

talleres. Un estatuto

imposibilitaba a los

corresponsales de

prensa internacional impartir

lecciones de fotografía: el

régimen creía que allí se

promovían conspiraciones anticastristas.

«Hubiese podido

quedarme en Cuba sin realizar

mis talleres –recuerda–. Pero

como yo nací en un país libre y

me convertí en lo que soy por

elección propia, no permití que

me dijeran lo que debía hacer

con mi vida».

Con dolor y pena, el

fotógrafo decidió marcharse

con su familia. Y aún hasta hoy,

el fotógrafo se las ingenia para

telefonear a los amigos que dejó

atrás.

Ernesto Bazán ya no

puede volver a la isla: ahora es

considerado persona no grata.

Precisamente él.

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www.revistafotografos.com

EB

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REPORTAJE

En los

LÍMITES

de

LA HABANA

Luis Gonzales

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A

diferencia de los demás mortales, para los

cubanos la palabra libertad sí se puede representar en

algo concreto: el cielo y el mar. O lo que es lo mismo:

el horizonte hacia algún lugar muy lejos de allí, incluso

hacia ese infinito llamado muerte.

Nunca un punto de fuga ha sido tan literal como en el caso

caribeño.

«El malecón es el único espacio en La Habana que permite

los sueños. Detrás de esos muros de cemento está la posibilidad de

ser alguien diferente: la certeza de que la vida y el mundo continúan

mucho más allá –dice el fotógrafo Luis Gonzáles–. Quizá por eso es que

de día y de noche, sin importar las horas, los habitantes de esa ciudad

se vuelcan hacia el malecón: las calles les resultan lo más parecido a

una prisión».

No es casual entonces encontrarse allí con parejas de jóvenes

enamorados que se hacen promesas de un futuro mejor, músicos

que ensayan al aire libre, adolescentes jineteras blancas y mestizas

que aguardan a los turistas para ofrecerles sus servicios sexuales por

doscientos dólares y quizá una cena, peluqueros improvisados con

temor a ser descubiertos por la policía, orgullosos padres que pasean

con sus hijos, pescadores en incierta espera de lo que más tarde

prepararán en el fogón de casa, y pajaritos –travestis– que compiten

con la proverbial belleza de la mujer cubana.

En medio de todo eso, basura acumulada entre las rompientes

de rocas: cajas y botellas vacías de ron barato, platos de plástico con

restos de comida grasienta y condones aún con fluidos humanos.

El malecón como vitrina y desfogue.

«El primer día me pasé recorriendo el malecón desde las once de

la mañana hasta las ocho de la noche y no pude terminarlo: siempre me

encontraba con habitantes muy amables y expresivos con quienes me

ponía a conversar –recuerda el fotógrafo–. De todo lo que me hablaron,

podría resumirlo en esto: que siempre están pensando en el exterior.

Si eres joven, seas hombre o mujer, tienes la esperanza de que algún

extranjero se enamore de ti y te saque de Cuba. Si eres padre, que

tu hijo o hija logre irse del país y te envíe ropa y artefactos eléctricos

desde cualquier otra parte del mundo».

El malecón como lugar de reconocimiento de lo que los cubanos

esperan y nunca llega: una frontera natural pero, al mismo tiempo,

perversa.

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http://elcomercio.pe/

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noticia-haya-concedio-colombia-soberania-siete-islasdisputadas-nicaragua

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REPORTAJE

Martín Pauca

por elmundo

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«Yo no estaría tan seguro de creer que los cubanos

son los ciudadanos más acongojados del planeta –dice el

fotógrafo Martín Pauca–. Al menos cuando he conversado

con ellos, los he notado muy complacidos consigo

mismos. Sí, quizá son muy conscientes de sus carencias,

de sus necesidades, pero están satisfechos de lo que son como personas».

Y eso –sentirse orgullosos y contentos con quien se es– ha de ser lo

más cercano a la felicidad.

Al menos como alternativa a la felicidad contemporánea que vende

Estados Unidos.

Durante un viaje de talleres en la isla, el fotógrafo peruano conversó

con muchos vecinos de La Habana, y con cada uno de ellos confirmó el mito:

los cubanos promedio no tendrán dinero, no tendrán posesiones, pero son

los más educados de la región. «Cuando arribé, creía que yo conocía la

tecnología de última generación en materia de procedimientos fotográficos,

y de pronto me encuentro con que ellos estaban tan actualizados como un

europeo o un norteamericano mismo: lo último que puede decirse de un

cubano es que es alguien desfasado o que tiene una cultura obsoleta».

Es posible que el conocimiento –la costumbre de la reflexión motivada

precisamente por esa suerte de retiro que es la isla– les enorgullezca más

que la riqueza.

O quizá sus pocas posibilidades de hacer dinero les haya motivado a

volcarse a lo único que de verdad les pertenece: sus cuerpos y su voluntad.

A reconocerse como seres humanos.

Lo curioso es que ese sistema político tan criticado en los países

tercermundistas es lo que precisamente les habría dado esa satisfacción.

«Cuando llegas a Cuba, no ves mendigos ni niños durmiendo en la calle.

No existen: el Estado se encarga de conseguirles vivienda, educación y

empleo. Lo mismo, tampoco ves drogadictos, alcohólicos o ladrones. Son

perseguidos y reprimidos –dice Martín Pauca–. Yo salía a caminar con

mi equipo a las tres de la mañana para hacer fotografías por calles tan

precarias como la de Barrios Altos en Lima, y lo único que encontraba era

cubanos amistosos que me invitaban a conversar y tomar ron».

Y agrega: «Definitivamente yo no podría hablar expresarme a favor

de sus condiciones de libertad y derechos individuales, pero el hecho de

que sea un país que se asume como un colectivo me hace pensar en cómo

debieron haber sido nuestros países hace muchísimos años, en la época

de nuestros abuelos y bisabuelos. De allí que me detuviera a retratar a los

ancianos de la isla: encontraba en ellos un chispazo de vitalidad y gozo que

ni siquiera veo en los jóvenes de nuestro tiempo».

Y sí, quizá aquellos años debieron haber sido una mejor época para

dialogar, conocerse, enamorarse y sentir la vida. Y en ese sentido, Cuba

podría ser el último reducto de lo que el mundo alguna vez fue.

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Si crees tener un buen reportaje

de doce a veinte imágenes,

envíanoslo como propuesta a:

fotos@revistafotografos.com

Los requisitos están en nuestra web:

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PU

BLI

CA

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REPORTAJE

Paul Vallejos

Óscar Miranda

ANA

de la calle

Tiene más de setenta años pero sigue

entregando su cuerpo a cambio de unos soles

en los hoteles del centro de Lima.

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Te dijeron que venía

y te arreglaste. Yo

aguardaba en esa

conocida pollería

de la avenida La

Colmena y tú

llegaste con Paul

y Demelsa, quienes te habían

recogido de la otra manzana, tu

manzana. Demelsa entró y me

dijo que te habías arreglado para

mí, que eras muy coqueta. Luego

entraste y un ligero vaho de

colonia se abrió camino entre los

humores aceitosos que llenaban

el local. Te habías puesto linda.

Tus uñas eran celestes. Tenías

escarcha en las mejillas. Casi ni

probaste el cuarto parte pierna de

pollo a la brasa que te invitamos

–en ese momento sospeché que

por modosería– y lo pediste para

llevar. Ellos se fueron. Hablamos

poco. Te fuiste. Yo todavía no

sabía que tenías más de setenta

años.

Paul te conoció entre

los años 2002 o 2003. Te vio en

la avenida, frente al cine porno

Le Paris, aguardando clientes

como lo haces desde hace

dos décadas. Esa vez, cuando

se acercó y te dijo que quería

hacerte fotos, lo miraste en

silencio y te fuiste. Tuvo que

volver otro día, invitarte un café

y explicarte respetuosamente

que, en verdad, lo que quería

era conocerte. Retratar tu vida.

Recién entonces aceptaste. Él

cree que lo que te persuadió fue

que supo escucharte. Inspirarte

confianza. Es verdad: Paul es

así. Es el tipo más confiable del

mundo.

Pero fue a mí a quien le

contaste por qué te fuiste de tu

casa, a los veintitantos, a vivir a

la calle. Las discusiones con tus

hermanas y tu padre, que se

volvieron insoportables después

de que tu cuñado quiso violarte

y tu hermana no te creyó y tu

padre, después de un tiempo

de falsa indignación, te dio la

«

No sentiste nada el

primer día que te

detuviste a esperar

clientes. Nada de miedo.

Ya estabas entrando a

los cincuenta años.

espalda. Me hablaste de esas

primeras noches durmiendo

en las escaleras del Cine Teatro

Colón, en una esquina de la Plaza

San Martín. De cuando un día un

tipo que te vio allí muerta de frío

te invitó a pasar la noche en su

hotel y que en agradecimiento le

diste calor y sosiego a su cuerpo.

No, no, no eras una prostituta

entonces, eso me queda claro.

Eras amiga de ellos. Porque

después de ese primer tipo hubo

varios otros. Nunca les cobraste.

Comida y abrigo, por esos fríos

días, eran más que suficiente.

A Paul también le

hablaste de tus amores, es

verdad. Del policía con el que

te comprometiste joven antes

de irte de la casa de tus padres.

Y del militar que te recogió un

día del Cine Colón y te alquiló

una habitación en San Juan de

Lurigancho, cerca de donde él

vivía con su mujer y sus cinco

hijos. Estuviste con él siete años.

No te importaba que tuviera

familia; de algún modo eras feliz

sabiendo que había un hombre

que cuidaba de ti. Pero lo

dejaste… o él te dejó… Esos días

ahora parecen tan lejanos.

Esta vez yo he pasado por

ti a La Colmena. Son las diez de la

noche y te encuentro sentada en

la puerta de una tienda cerrada,

casi escondida, conversando con

un vendedor de encendedores,

lupas y fundas de celulares. A

diferencia de Madonna y las otras

chicas de la manzana, que van

de un lado a otro en la esquina

con el jirón Cailloma, tú no te

luces. No quieres o quizá no lo

necesitas. Muchos de los tipos

que pagan por tu compañía son

viejos conocidos. Hombres que

encuentran en ti algo que, sea lo

que fuese, ninguna de las otras

mujeres se lo puede dar.

Como el muchacho que

viene de vez en cuando y que

a ti te produce tanta pena. Está

en la universidad, tiene novia,

pero quizá nunca sea tan feliz

como cuando entra contigo a la

habitación del hotel y se desviste

y se coloca tu falda, tu blusa y tus

zapatos. Luego lo masturbas. Es

un chico bueno, agregas.

También era bueno el

joven con el que Paul te retrató.

Fue el único de tus clientes que

aceptó que un fotógrafo estuviera

presente en el momento en que

lo atendieras. Al principio, pidió

dinero pero Paul le explicó que

no quería pagar por un modelo

sino fotografiar una prestación

real. Accedió. Esa noche se fueron

los tres a un viejo hotelito que

está en una de las esquinas de

la Plaza San Martín. El cuartelero

los miró raro pero les dio la llave.

Una vez que apagaron las luces,

Paul les dijo que a partir de ese

momento él no existía. Tú, que lo

quieres tanto, atendías al chico

pero a la vez te preocupabas de

que Paul tuviera buenas fotos y le

decías «¿Así está bien?» y Paul te

mandaba a callar diciendo «¡Ana,

yo no estoy aquí!».

Damos vueltas en

busca de un lugar tranquilo

para conversar y terminamos

regresando a tu manzana, a

un restaurante decorado con

ese estilo tan limeño a medio

camino entre la pollería, el

restaurante turístico y el chifa

chino. Allí nos sirven aguadito y

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estofado de pollo. Me cuentas

que hace una hora se te acercó

un hermano evangelista. Te pidió

que leyeras la Biblia y entonces

tú le enseñaste el viejo ejemplar

del libro sagrado que llevas en tu

cartera a todos lados. Claro que

la lees. Te sabes pasajes enteros

de memoria.

No sentiste nada especial

el primer día que te detuviste a

esperar clientes en la esquina

de La Colmena y Cailloma. No,

nada de miedo. Ya estabas

entrando a los cincuenta años.

Te pregunto por qué llegaste a

la calle a esa edad y no termino

de entenderte. A ratos divagas.

Empiezas una idea y es como un

tallo al que a los pocos minutos

le van creciendo ramitas y más

ramitas. Solo entiendo que desde

esa época no tenías trabajo ni

hijos ni nadie que cuide de ti.

Exactamente como ahora. Sé que

cuando conociste a Paul, hace

una década, le dijiste que tenías

63 ó 65 años. A mí me dices lo

mismo. No estoy seguro de que

mientas por coquetería o porque

en verdad no lo sabes. Elijo creer

lo primero. Cosas mías.

Ahora me cuentas del

caballero adulto mayor que te

viene a buscar ayudándose con

su bastón y te lleva a la función

continuada del Le Paris. Él mira

las películas y tú le das placer

inclinando tu rostro sobre su

butaca. Un cliente antiguo a

quien te refieres como una de

tus «parejas» también te llevaba

a ver películas para adultos en el

viejo Cine Balta de Barranco. Una

vez satisfecho, él se dormía y tú

te dedicabas a mirar la pantalla,

ocupada por falos enormes y

entrepiernas sin depilar. Dices

que allí aprendiste varios de

los trucos que hoy utilizas con

tus clientes. Por eso, cuando te

preguntan si te gusta el cine, te

entran las risitas. Como ahora.

«

Un día un tipo que te vio durmiendo en las

escaleras del Teatro Colón te invitó a pasar

la noche en su hotel. En agradecimiento

le diste calor y sosiego a su cuerpo.

Cerca de la medianoche,

de camino al paradero, dos

tipos pasan mirándonos y a

la distancia uno de ellos nos

grita «¡Provecho!». Me ofendo

y estoy a punto de gritarle algo

en respuesta pero te veo sonreír,

divertida. Y me pregunto qué

otra cosa imaginaría yo si veo

a un tipo caminando al lado de

una mujer que sé que pertenece

a la calle. Pensaría lo mismo.

Me pregunto cuántas veces

le habrán gritado lo mismo a

Paul cuando caminaba contigo

escuchándote y conociéndote

por las aceitosas calles de Lima

durante todos estos años. Planeo

preguntárselo.

Pero ahora está

acercándose al bus que te

conducirá al Rímac, a la casita de

tus hermanas a la que finalmente

regresaste. Ya no hay peleas

entre ustedes, apenas hablan

y nunca de las cosas que haces

por las noches para llevar dinero

a casa. Te han entrevistado en

televisión y en la prensa un par

de veces así que asumes que lo

saben y que, en todo caso, vivir

como si nadie supiera nada es lo

mejor para todos. Ellas no saben

que tienes un amigo que en los

últimos diez años te ha retratado

hasta el alma, que te invita a

cenar siempre que te encuentra

y que te compra regalos en tu

cumpleaños. Alguien para quien

no solo eres una meretriz anciana

que sigue entregando su añoso

cuerpo a cambio de unos soles.

Que no te ve solo como la vieja

Ana de La Colmena, la vieja Ana

de la calle.

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José Osorio / Neblina

PORTAFOLIO

CO

LEC

TIVO

NEBLINA

Francisco Vigo

José Osorio

Mayer Abanto

Gabriel Tejada

Gherald Salazar

Josh Rojas

LA VIDA EN LOS ANDES

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Cajamarca es histórica no solo por

ser la ciudad donde todo un imperio

se perdió hace algunos siglos: en los

últimos años sus aguerridos habitantes

hicieron retroceder a las columnas

terroristas de Sendero Luminoso y, por igual, a ciertas

transnacionales mineras que todavía intentan devastar

sus paisajes dedicados a la agricultura. En ese contexto

donde el orgullo es parte de la tradición andina, seis

fotógrafos –léase José Alberto Osorio, Mayer Abanto,

Gabriel Tejada, Gherald Salazar, Josh Rojas Terrones y

Francisco Vigo– formaron el Colectivo Neblina. Su

misión: generar un discurso de reconocimiento pero,

al mismo tiempo, de denuncia. Allí están, por ejemplo,

los policías antidisturbios replicados hasta la grisura,

la agotadora vida de los comerciantes, los excesivos

carnavales de febrero y el travestismo sexual como

nuevo canon de belleza: temas tan diversos pero,

al mismo tiempo, tan representativos de un mundo

que se debate entre el pasado y la modernidad. Los

integrantes del grupo lo explican así: «Nos dedicamos

a la fotografía documental. Por el momento, sobre

nuestras costumbres, manías y vicios. Porque creemos

en los ensayos y las historias fotográficas como una

forma de comprender la sociedad y la naturaleza del

ser humano. Y aún más: las expresiones reales y los

comportamientos honestos». Desde Cajamarca hacia

todo el mundo. Y con identidad propia.

José Osorio / Neblina

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Francisco Vigo / Neblina

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Francisco Vigo / Neblina

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Gabriel Tejada / Neblina

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OPINIÓN

CRÍTICA

IMAGEN

?

Creo que el relato

a través de la

imagen nos ha

deshumanizado. La imagen es

la mejor y la peor de las cosas.

Nos sentimos orgullosos

porque la imagen nos acerca

a todo. Y sin embargo, a la

vez que nos acerca, nos aleja.

Además, nos hace ilusionar

con que conocemos algo solo

porque permite reconocer

algo. Pero el reconocimiento

no es conocimiento. Ese es el

juego perverso de la imagen:

es la ignorancia que se

desconoce a sí misma.

Walter Benjamin decía:

«debemos escapar de la

pesadilla mítica», de esos mitos

originales horribles y caóticos,

esos que hablan de brujas que

se comen a los hombres. El

filósofo creía que el relato era

una forma de alejarse de esos

horrores que, por lo general, se

asocian con la indistinción en

=

+

TIEMPO

Por: Marc Augé?

ESPACIO

todas sus formas: entre el bien

y el mal, entre los sexos, entre

las generaciones. Ahora me

pregunto si la abundancia de

imágenes no estará provocando

otra nueva indistinción, una

muy peligrosa: los progresos

tecnológicos nos llevan a tomar

la imagen como si fuera real.

Hay que tener cuidado. Debe

haber otras formas narrativas

capaces de ubicar a la imagen

en lo que realmente es: una

simple ilustración y no una

realidad. El pensamiento escrito

es mucho más articulado y

es eso precisamente lo que

necesitamos: un pensamiento

articulado frente a la cascada

de imágenes.

Las cosmologías son las

representaciones del

mundo que ayudan

a explicar lo que ocurre: es

una organización simbólica

de mitos, ritos, imágenes del

tiempo y el espacio. En nuestros

días, son las tecnologías

las que organizan nuestras

representaciones del espacio y

el tiempo.

Esto se ve muy bien a

través de la televisión, en los

horarios de los programas: la

vida deportiva y la vida política

organizadas al ritmo de lo que

los medios de comunicación

consideran interesante. Hay

gente que no soportaría vivir

sin tener su cita diaria con el

noticiero o el reportaje del

sábado. Esta relación estructura

el tiempo. Y en los últimos años

hemos visto surgir una nueva

representación del espacio con

el teléfono móvil e Internet.

Se podría decir que las

tecnologías, más que medios,

son representaciones de sí

mismas, en especial para

los niños y jóvenes. Es una

«cosmotecnología»: un proceso

por el cual nuestras sociedades

En instantes en que la tecnología lo permite casi todo, un

antropólogo francés desconfía de la imagen: lo considera

un artificio del presente para manipular la realidad. «En

nuestros días, la instantaneidad es la consigna del mundo»,

denuncia. ¿Qué ocurre cuando el ser humano empieza a

quedarse sin pasado y memoria?

asumen las tecnologías tal

como antiguamente se asumían

las religiones.

Todo ocurre como

si no existiera la

historia. Estamos

viviendo dentro de una

ideología del presente, con

acontecimientos que no

atribuyen ningún significado

al pasado ni relacionan la

imaginación con el futuro.

Desde esta perspectiva, no

existe más la historia: la

visitamos solo como turistas,

sin establecer una idea del

futuro que sirva para animar

el presente. Y como estamos

inmersos en esta sociedad de

imágenes, es muy complejo

percatarnos de esa ideología

capitalista que podría resumirse

con el lema de que «portarse

bien es consumir mucho».

Pero ya lo vemos: una de las

consecuencias de esa ideología

es la ausencia de referencias,

una vida sin perspectiva y

una incapacidad de pensar

el tiempo. Es una especie de

hipertrofia del presente.

En cierto modo, tal

como sucedía en las sociedades

primitivas y el mundo rural,

nuestro tiempo ha dejado de

ser lineal para volverse circular:

nuestra vida está reducida a la

agenda mediática determinada

por las temporadas deportivas,

los ciclos escolares, los periodos

de elecciones presidenciales.

Es lo contrario a un estado

de evolución: no somos una

civilización tecnológica que se

dirige hacia una innovación.

Somos los prisioneros de una

especie de retorno permanente

a los ritmos fijados por los

medios o las finanzas globales.

Hoy el hombre vive mucho

más tiempo pero comienza a

vivir más tarde. Observemos

el ejemplo de la Revolución

Francesa: fue hecha por gente

que apenas tenía 20 años

de edad, fueron jóvenes los

que cambiaron el curso de la

historia. Paradójicamente, antes

una vida más corta obligaba a

madurar más rápidamente.

En la actualidad la

instantaneidad es la

consigna del mundo.

Frente a esto, me planteo

un momento más íntimo: el

instante de la relación con

nosotros mismos, el instante

del encuentro con los otros,

con una mirada, con un paisaje,

con una idea.

No hay identidad

individual o colectiva que

pueda construirse sin el

otro. La soledad absoluta es

impensable.

El itinerario del individuo

pasa necesariamente por el

encuentro con los demás. Por

eso, cuando evoco el instante,

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es por oposición a todo lo que

está definido por el pasado.

Para mí, el instante

es un momento en el que el

tiempo cambia de registro: hay

un tiempo que circula pero

que no depende de lo que

pesa sobre él. Es un tiempo sin

culpabilidad.

Cuando hay muchas

imágenes se pierde

la imaginación. Es

una paradoja solo en parte.

Cuando hay muchas imágenes

no podemos ver otra cosa que

imágenes, mientras que la

imaginación individual necesita

a la vez de un imaginario

colectivo (como los mitos) y un

imaginario de creación (como

las obras individuales artísticas

e intelectuales). Si los mitos

desaparecieran –o se hicieran

menos visibles–, y además

dejaran de existir autores y

obras y solo hubiera productos

de entretenimiento disfrazado

de información, tendríamos un

problema para el imaginario

individual.

Pero pasamos gran

parte de nuestro tiempo

reconociendo a gente que no

conocemos. Es una experiencia

Es una paradoja:

cuando hay

demasiadas

imágenes se pierde

la imaginación.

sin precedentes, inédita. A

diario veo por la televisión a

gente de otros países de una

manera familiar pero ilusoria.

Existe una sobrevalorización

constante de la imagen.

Quienes aparecen en la pantalla

tienen una existencia más

«llamativa» porque millones

de personas los reconocen en

un solo momento: de ahí el

sentimiento de que hay que

pasar a través de la imagen

para existir. La mejor manera

de cautivar a las audiencias

es darles la impresión de que

pueden estar en la televisión.

De ahí el éxito de los reality

shows.

Cada día tenemos la

sensación de que para existir

hay que existir dentro de

la pantalla de televisión o

la computadora –las redes

sociales–. A través de todos

los efectos de reconocimiento

inducidos por la pantalla,

estamos siempre buscando

una imagen de nosotros

mismos. Creo que hay un

narcisismo con las tecnologías

de comunicación, lo cual es un

riesgo porque la comunicación

o la interacción solo son

versiones empobrecidas del

Hoy el hombre

vive mucho más

tiempo pero

empieza a vivir

mucho más tarde.

««

diálogo. Necesitamos siempre

del otro para contar nuestra

identidad y no estoy seguro

de que el otro, tal como lo

percibimos a través de la

tecnología –un «otro» con

una identidad difícilmente

definible– sea realmente el que

me pueda ayudar a construir

una relación.

L

a «comunicación»

es muy reciente,

de la época del

estructuralismo donde se

hablaba de mensajes a

decodificar. Ahora se dice: «Hay

que comunicar». Y claro, hay

que comunicar... ¡porque ya no

se habla! Es lo que ocurre con

las computadoras: se utiliza el

lenguaje pero a otro nivel.

Hoy la comunicación es un

lenguaje menos simbólico, con

menos elementos compartidos,

con menos preguntas y

respuestas. No es una creación.

Nos comunicamos para decir

«Yo soy así» para que el otro

conteste «En cambio yo

soy como yo soy y tal». La

comunicación es únicamente

transmisión de indicaciones. La

comunicación solo reproduce

lo mismo, una y otra vez. El

lenguaje es más que eso:

es la creación de algo que

surge a través de la relación

entre personas, a través de la

mediación social.

Se habla mucho de la

memoria colectiva

y el deber de

recordar, pero esa obligación

de recordar solo es necesaria

para quienes no han sufrido

la historia que deben recordar.

La gente que ha vivido esa

historia debe olvidar –por lo

menos provisionalmente– para

sobrevivir. Pero además, la

memoria está hecha de olvidos:

no se puede recordar algo sin

olvidar otras cosas.

En todas las culturas, el

binomio memoria/olvido tiene

un papel fundamental: es una

manera de ocuparse del tema

de la individualización, de la

relación con los otros y de

la filiación, de la inscripción

dentro de la historia. Cada

día olvidamos muchas cosas

y de vez en cuando las

recordamos solo porque la

televisión habla de nuevo de

ellas. Por ejemplo, si se habla

de la Guerra del Golfo, nos

preguntamos «¿Cuándo fue?

No lo recuerdo...», pero de

repente aparecen en televisión

imágenes de Saddam Hussein

y decimos «Ah, sí, esa

guerra». De repente ya no

hay más noticias de Irak, y

listo, volvemos a olvidar. Así

vivimos.

Pienso que no hay

que perder de vista que los

medios de comunicación son

medios y que las imágenes

son imágenes. Pero como

vivimos en un mundo donde

la realidad está repleta de

imágenes, podemos dudar

acerca de cuál es el nivel de

realidad exacta. Por su éxito

y por los modos que toman

en la sociedad de consumo,

puede ocurrir que los medios

se conviertan en un fin en sí

mismos.

¿Cómo controlar este

riesgo? Evidenciando la

relación entre los medios y

las imágenes, por ejemplo.

Si a los niños se les enseñara

a filmar películas, no se

alienarían con la imagen,

porque comprenderían que

esta es algo que se fabrica,

que se construye. De eso se

trata: de formarnos no como

consumidores sino como

creadores. En eso consiste es el

nuevo humanismo: que la gente

controle los instrumentos para

crear.

Hoy todo está en

relación con el

tiempo y el espacio.

Cuando estamos sentados

frente a la computadora nos

sumergimos en un universo

ficticio de instantaneidad y

ubicuidad. Si tenemos trabajo

estamos asfixiados por la

manera en cómo todo está

concebido y estructurado

fuera de nosotros –sin tomar

en cuenta nuestros intereses–,

y si no tenemos trabajo, nos

sentimos aplastados como

individuos –inútiles–.

Hay una suerte de

totalitarismo liberal muy

pesado. ¿Qué podemos hacer?

A escala individual, creo que

el único medio de escapar es

tener una relación propia con

el tiempo y el espacio.

Fragmentos de entrevistas publicadas en los diarios La Nación y Página/12

de Argentina, El País de España, La Tercera de Chile

y la revista Lateral de España.

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BLANCO &NEGRO

IDENTIFICADOR IDENTIFICADO

Esta es una fotografía-homenaje: homenaje

no para quienes aparecen en escena sino más bien –

paradoja– para quien está detrás de ella. Y es que en esa

época no existían las facilidades de la actual tecnología

digital: todo se resolvía con cámaras mecánicas, rollos

de negativos y revelados con químicos y cuartos oscuros. Sin

embargo, el ya desaparecido fotoreportero ancashino Rolando

Ángeles siempre supo captar el instante preciso para todos

los medios de prensa por los que pasó durante 45 años. Su

especialidad, los deportes, solía llevarlo privilegiadamente a la

primera línea de los estadios o los campos de entrenamiento,

pero eso no le impidió dedicarse a esa sección a veces mucho

más infame y canalla que el fútbol: la política. De esta manera

«Rolo», con su eterna sonrisa joven y su característica barba

blanca, participó en la fundación de diarios peruanos como La

República y Todo Sport dejando imágenes para la posteridad.

Como esta, fotografiada en 1987 en las afueras de un penal,

durante una protesta de familiares de terroristas recluidos

que reclamaban un mejor trato para los suyos: un policía –o

militar, hasta ahora no se sabe exactamente qué era– recibe un

soberano puntapié que, por milésimas de segundos, le deforma

el rostro. La razón de tan retumbante odio: el agente del orden

se había infiltrado entre los manifestantes para fotografiarlos y

luego identificarlos. Y el identificado resultó siendo él mismo.

Rolando Ángeles

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