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Arlteana

Daniel Tevini

Ediciones Godot

Narrativa Contemporánea

Buenos Aires - 2007


Duermo mucho y me curo.

No hago otra cosa que matar hormigas.

RICARDO PIGLIA, Nombre falso.


Las Sociedades

Anónimas


[ Los Informes ]

Obedeciendo a las voces de mando

dejaba entrar en mí la indiferente

extensión de la llanura.

Roberto Arlt, El juguete rabioso.


Sí, yo lo entendía, lo entendía tanto mi muy estimadísimo...

Usted me decía que yo mirara, que mirara cómo lo hacían los

otros y después que todo eso que veía, se lo informe; y me aclaró,

por si acaso, que todo lo que yo escribiera iba a ser un fraude

hacia los otros. “Otro fraude semántico”, señaló, “pero distinto”.

“Chito”, me dijo, además, cuando quise preguntarle algo, ¿se

acuerda? y agregó, como para que no me quedara ninguna duda:

“No diga nada”, y me cortó en seco. “Recibirá la paga”, y usted

entonces se reía, “La paga del soldado. ¿Leyó esa novelita?

Graciosa.” No, no la leí, le contesté. “Muy bien”, dijo finalmente

y me dejó. Usted me descolocaba, me sacaba todo el tiempo de

mi centro, pero sepa que soy yo el que lo corre ahora. Le traigo

todo esto a colación para que recuerde, para que sepa desde qué

posición me hacía hablarle y desde dónde lo estoy haciendo. No

sé si este es el mejor proceder, usted sabrá... Pero volvamos a lo

nuestro. Me pedía siempre que le informe, y yo que le iba a agregar

nomás unas líneas a esas primeras carillas que le tenía, porque

usted no me dejaba preguntarle nada de nada. No, no se las

mandé, nunca se las mandé. Pero yo cobré, cobré todos los meses.

Estoy en deuda, ¿no lo cree? Porque yo me cuestionaba en ese

momento, ¿tenía que firmarle esas cosas? No, no iba a ponerme

un nombre, ya lo sé, un alias digo, como Tripa, el Tigre, o Duque,

qué sé yo. Porque si no cómo iban a saber ustedes que cumplía al

pie de la letra con ese trabajo, digo, mi trabajo. Cómo iban a

pagarme. Pero irónicamente me pagaron. Sí, deseché todos ésos.

Sí, y elegí una frase, ¿la recuerda? Se me ocurrió que podían estar

repetidos. Hay tanto tigre, morsa o perro suelto. Comprenda que

yo iba a vivir de “eso” aunque disimulara. “Alguien entre nosotros”,

sonaba elegante, ¿no? Al carajo con la elegancia me decía

usted, y quizá tenía toda la razón del mundo. Y que yo escribiera

como los otros, igualito a todos los otros, lo puedo escuchar

todavía, y yo nada, nada de nada. Pero mire que yo tengo un

estilo medio pulido, le dije, medio literario, no se vaya a creer.

¿Se acuerda? Sí, ahora me río, me río de cómo se lo expreso. Son

como palabras rancias, medio usadas, medio viejas, ¿no?

Palabras que son como de otra época, más nuestra, más íntima.

¿No lo cree? Claro, ya sé que hay una violencia en mi discurso.

Ya va a ver cómo la hay... Oká, me restrinjo a lo mío entonces,

Arlteana 9


no lo distraigo. No, no leí “La paga del soldado”, no hubo tiempo

con tanto que tuve observar y pensar, imagínese. Mejor no

hubiera pensado nada, me dirá usted, era lo que me decían

nomás, eso querían. Pero ahora cuando lo reciba todo completo,

estoy seguro que va estar muy conforme. Es parecido a ellos, a

como éramos nosotros, a usted no, digo a mí. ¿Qué alias uso?

“Alguien entre nosotros”. Y por eso de andar husmeando por

todos los rincones entre tanta rata suelta y muerta de hambre,

¿no le parece? El Rata, ¿ve?, ahí tiene otro muy usado. Tengo

que apurarme. La llamada. No, yo estoy en deuda con usted. Es

así, no me lo puede negar. Sí, aparte del alias, digo, recuerde lo

del estilo, medio literario le advierto, usted me entiende. Sí, son

como unos chicotazos dados con la lengua, originados en la lengua.

¿No le gusta? Como me salga entonces, como eran ellos,

como nosotros, como usted no, digo. No importa. Pero mire que

ya nadie tiene hormigas ni muñecas y a los limoneros, los plantaron

hace rato. ¿De qué le hablo? ¿No leyó a Lovecraft entonces?

¿No? Mire usted... Discúlpeme, me distraigo. Se lo estoy

corrigiendo todavía. Sí, después de tantos años, exacto.

Profesionalismo, que le dicen, por lo del estilo. Como venga lo

quiere. Ya lo va a tener. ¿Ahora?, de un público. ¿Que nos pueden

interceptar, dice? ¿Todavía? ¿Le parece? Seguro. Ya cuelgo.

En una semana lo recibe. Sí, ya corto. Oká.

“Salió corriendo entre las sombras taciturnas. Nadie de

nosotros pudo ni siquiera olerlo”. Linda frase pensó, digo pensé.

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Daniel Tevini


[INFORME SOBRE LA SITUACIÓN DE LAS MASAS]

Por aquellos años éramos artículos, artefactos inútiles,

objetos sin ningún valor, o esas palabras absurdas que ya no se

entienden: cernícalos, jaquetones, perdularios; o aquellas otras,

las que ya nadie usa: niñerías, afeites, miriñaques. Ahí está, eso

es lo que en realidad éramos, polveras de un tocador viejo, pero

rellenas de un hielo tan fino que se nos deshacía entre las manos

-Cómo le explico-. Uno de esos muñequitos de plomo con los

que se juega a la guerra. Con el pelo estirado y engominado,

parados frente al mástil, frente a ese bastión, la bandera de la

república, nuestra bandera arlteana. De este modo y desde siempre

invariable, casi imperceptible, comenzábamos cada uno de

nuestros días -como usted ya lo sabe- antes de ingresar a la fábrica,

a la oficina o a la universidad; mientras, en el patio, seguían

sonando violentos los timbales y cañones de nuestro himno y

nos volvíamos más frágiles, más endebles, cautos y temerosos.

El viento, de a ratos, embolsaba los pantalones y gruesos dobleces

de tela se nos dibujaban en los muslos, en repliegues hacia

dentro, hacia nosotros mismos y ese aire helado, que se colaba

entre las piernas, nos enfriaba los testículos mientras caminábamos

parcos hacia nuestros lugares.

Durante esos años no nos atrevimos a nada público, respetábamos

la ley y la ordenanza municipal. Es más, si cruzábamos

la vida, lo hacíamos figuradamente sobre una línea de peatones.

En el fondo, -se lo confieso ahora-, queríamos tener pantalones

cortos a pesar de nuestras piernas adultas, y chapotear

libres por los lodazales periféricos, con los cuerpos mezclados y

hermanados. Pero, contrariamente a todo, detrás de nuestras

puertas -note de paso, ese giro sorpresivo en la próxima frase, un

punto más abajo, y no me diga que no se lo advertí, eso, de ciertos

vicios literarios-, cuando nadie nos veía, desenfundábamos

nuestro universo privado, caótico y prohibido. Entonces sí, era

la delicia de llegar al patio propio y masturbarnos junto al limonero,

o leer a Lovecraft dentro de un armario o, tal vez, fuese esa

acción más exquisita: quemar con una lupa al sol la estupidez de

una hormiga, y ver salir el humo subiendo por su espalda, e imaginar

el rechinar de sus dientes, el grito de su sufrimiento.

Arlteana 11


Pero obviemos este desvío innecesario porque sé que en

lo más íntimo, aún entre las sombras de ese patio, desconfiábamos

de todos y de todo, era más que una forma de pensar, era

un gesto emplazado en la mirada.

Debo confesarle, finalmente, aunque quizá esto lo irrite,

que como parte de mi generación siento que fui apresado

en una cápsula de metal, comprimido en una munición de

acero. A algunos los apretaron a la fuerza dentro de un cartucho

y los estrellaron contra los muros de la ciudad; a otros,

perdigones perdidos, los internaron maniatados en manicomios.

Por último, esos pocos que quedábamos, nos oprimimos

en elegantes supositorios y nos metimos en la realidad

como en un culo. ¿Qué se creía, que éramos un puñado de

parapléjicos? ¡Por favor! (Calma, calma, me digo. Tengo que

corregir, corregir, ya lo sé). Usted me dijo por aquellos años

que yo pensara que usted no era más que un extranjero y que

no entendía nada de nada y que se lo describiera todo. Pero

ahora yo soy el que está afuera. Yo soy el extranjero, ese

extranjero. Y así y todo, creo que aún puedo explicarle cada

cosa que nos ocurrió. (No enviar sin corregir).

[Corrección del informe]

Éramos polveras cargadas de hielo, frívolos por naturaleza,

frágiles por vocación. Muñequitos de plomo, amanerados

y tímidos, engominados y acicalados, parados frente a

un mástil, al bastión de nuestra república, la bandera arlteana.

Formados siempre en filas con un ojo solitario y congelado

en dirección recta hacia el pabellón nacional, porque el

otro se encontraba impedido por un mundo de sombras,

como si se tratara de un ojo pirata que sondeara inconsciente

en la conciencia. Y en ese doble mirar, muy propio, muy

nuestro, muy arlteano; hiciéramos que uno, el pasivo, espiara

inocente en lo real y el otro, con su parche, secuestrara

imágenes hacia dentro. Mientras, se oían en el patio, el sonar

violento de los timbales y cañones que engalanaban nuestro

himno, y nos volvíamos aún más frágiles, más endebles, títe-

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Daniel Tevini


es cabezas de calabaza 1, huecos y manejables. Así el inicio de

cada día, de cada jornada en la oficina, en la fábrica o en la universidad,

comenzaba pisando enteramente con la planta del pie

nuestra tierra bendita, sobre ese espacio abierto y despejado del

patio. Mientras tanto, soplaban oportunas y pesadas ráfagas por

el suelo que rompían la escarcha adherida a los yuyos, vuelta

ahora en cristales rotos al chocar contra las baldosas. La caída

comenzaba desde las hojas más altas, que asomaban por los bordes

de las lajas entreabiertas, esas simples ortigas acartonadas

por la helada y culminaba con una caída sobre el piso bicolor y

ajedrezado, que imitaba de forma ejemplar los tintes más bien

neutros de la tela de nuestra insignia. Y el viento, o no fue el

viento, o quizá era menos que el viento, nos plegaba los pantalones

en nuevos dobleces hacia nosotros mismos, se colaba por

entre medio de las piernas y enfriaba uno a uno los testículos

que, arrugados, pequeños y rígidos, como nueces colgantes;

pendían macizos de los muslos, mientras rompíamos filas apáticos

y en orden y entrábamos una vez más en esas fábricas, a la

oficina o una universidad, tan helados y endurecidos como el

devenir de nuestra propia historia. Porque en el fondo, muy por

debajo, no nos atrevíamos a nada público; respetábamos la ley y

la ordenanza municipal: cruzábamos la vida como quien cruza

una línea de peatones y acostábamos con mesura cada una de

nuestras pasiones más míseras. Se esperaba en secreto que

alguien, alguna vez, desde la ventana de un monobloc, tras las

varillas entrecerradas de una cortina americana, o desde un balcón

semioxidado de hierro, oculto entre las macetas, nos gritase:

“¡Eha! ¡Ustedes! ¡A ver si se dejan de joder y mueven un

poco las caderas! ¿Por qué no bailan algo, para que una vez en

sus vidas hagan un poco de ruido esas bolsas de huesos?” Pero

1 Son esto, y su práctica sobre el mundo no es más que apariencia risible,

mezquina en sí misma, desprovista de toda importancia. Al ser

separada de la interioridad, la exterioridad de la acción se vuelve irreal

puesto que no es propia. Lo externo se descompone y se le escapa al

individuo que cree dominarlo; esto externo, por tanto, no podría ser

verdad en su vida. La exterioridad queda en manos del destino, y la interioridad

en manos de un sujeto irrisorio, de un muñeco que no responde

de sí. C. Correas: Arlt literato, Buenos Aires, Atuel, 1995, pág.25.

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los edificios estaban completamente mudos y todo balcón desvencijado,

era probable que exhibiera una franja de clausura. En

realidad, anhelábamos tener pantalones cortos a pesar de nuestras

piernas peludas y chapotear por los lodazales de los barrios

periféricos, con los cuerpos mezclados y hermanados. Aunque

detrás de nuestras puertas, cuando nadie nos veía, nos reservábamos

un universo privado, caótico y prohibido. Entonces sí,

era la delicia de llegar al patio propio y quemar con una lupa al

sol la insensatez de una hormiga solitaria, y ver salir el humo

ascendiendo de su cuerpo, e imaginar el rechinar de sus dientes,

el grito nimio, el gritito de su sufrimiento.

Luego, de nuevo en sociedad, desconfiábamos de todos y

de todo; era más que una forma de pensar, era un gesto sutil en

la mirada, un estilo de exhibir los cuerpos, el modo en que callábamos

algunas palabras más que otras. Y así extinguidos, sin

ejecutar nada, ingresábamos diariamente al mundo.

Y esa vez, como en tantas otras, parados, en filas geométricas,

sucesivos y alineados, sin manifestar una mueca de reproche

o un gesto de desidia, frente a ese bastión flameando al viento,

la bandera arlteana, como gatos al acecho de un movimiento

equívoco, escuchando las estrofas agobiantes y académicas de

nuestro himno, resistiendo al viento helado del amanecer, sin el

menor quejido y temiendo en todo momento el mínimo detalle

de una rebelión, ese botón triturado entre los dedos, un susurro

vedado en los sentidos: abandonábamos el patio uno a uno conservando

su fila, a igual distancia, de igual manera, y entrábamos

finalmente a las oficinas, o a esas fábricas o a la universidad; sin

decirnos nada, ni tocándonos tan siquiera un codo. Éramos

como cicatrices expuestas al aire que no se permitían ni un gesto

de aturdimiento o dejadez, aisladas por las envolturas de polvo

que levantaban sus propias pisadas, mientras marchábamos

silenciosos y severos a la rutina que se nos tenía dispuesta 2.

2 En esta comunidad cada silencio interior se agrupa junto al otro; cada uno,

interiormente vacío, no es más que una “cáscara” exterior, un desecho, una

basura y cada uno se rodea de los demás en tanto que interiormente se vive

a sí mismo como siendo él también un desecho. O. Masotta: Sexo y traición

en Roberto Arlt, Bs As, Centro Editor de América Latina, 1982, pág. 9.

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Una vez que los de las fábricas ingresábamos a los galpones

con nuestros mamelucos impecables, nos inclinábamos

frente a los tornos, los mirábamos con respeto y apretábamos la

llave de encendido al son de la sirena. Y así nos perdíamos en ese

romance hombre-máquina que debía ser, como nos habían enseñado

en los cursos de capacitación, una relación tan amorosa

como la del hombre y la del Cristo. Las máquinas eran nuestros

dioses 3, menores por cierto, pero dioses al fin.

En las universidades, entrábamos al aula y nos sentábamos

callados en los pupitres, con la espalda recta y los pies

bien juntos en actitud penitente, esperando la llegada del catedrático

y si algún inescrupuloso se atrevía, tallaba nervioso

sus iniciales sobre la madera.

En las oficinas, nos liberábamos del saco, lo colgábamos

de los brazos arácnidos de algún perchero y sentándonos

frente a los escritorios, respirábamos pausadamente para no

alterar el sonido natural de la mañana. Sólo cuando comenzábamos

a mecanografiar en las máquinas de escribir, nos permitíamos

con disimulo un carraspeo o un estornudo menor.

Nos sentíamos occidentales y nos hacían sentir occidentales,

corrigiendo nuestras conductas civiles. Éramos arlteanos, lo

que quería decir mejores.

Y ya inmersos en nuestras tareas cotidianas, comenzábamos

cada día seguros de nuestra vana trivialidad.

Informante: Alguien entre nosotros

3 Un disparate creído -es el estribillo de la voz de Arlt que aquí escuchamos-

es metamorfoseado en algo verdadero por una legión de almas enanas

y ululantes, dispuestas a entregar su credibilidad a borbotones. H.

González: Arlt, política y locura, Bs As, Colihue, 1996, pág.37.

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Le acabo de mandar por correo ese primer informe. Sí, el

que le prometí, le tiene que estar llegando. No, no le puse remitente.

En blanco, nada, ni una mácula siquiera. Lo entiendo.

Tampoco conseguí “La paga del soldado”. Pero encontré otra,

sí, “Adiós a las armas”. ¿No le gusta ese librito, dice? Ya veo

que no le gusta. ¿Pero me estaba hablando del informe? Lo

escucho. Póngale atención a algunos puntos, eso que le dije del

estilo, sí, lo de ese dejo literario. Note usted la cosa trunca, ese

costado por el que cuesta avanzar, esa demora, digo, ese desgano.

Son como palabras rengas, como si se tratase de unas frases

impedidas. No se puede describir de otro modo, creo. Por eso,

por su famoso “problemita semántico”, ¿vio? Usted ya lo

decía... ¿Por qué? Pienso que si uno no le estruja las palabras,

no las mete como atadas entre sí, pueden liberarse. Tienen que

estar de ese modo. Claro. No hay otra, ya no hay otra. Como

cosidas, como forzadas. Si no, todo es como una gran desfachatez

en el discurso, ¿vio? Y no me diga que la simple libertad en

los términos no es ya un peligro inminente. Ya va a ver cómo

en el informe, cuando lo reciba, está todo como muy sujeto,

como bien pegado entre sí, pegoteado. Y mire que lo trabajé

mucho, sí, todos estos años. Y cuesta contarse lo que pasó, ¿no?

No sé si es contarse, más bien es como encajarlo en uno y decírselo

de otro modo para que lo entienda. Eso intento. Exacto. Ya

va a ver. ¿De qué le hablo en ése que le mandé? De nosotros.

De usted no. Digo, de la sociedad si quiere, de una sociedad

anónima si gusta, exacto. De todos esos días y de cómo éramos.

O si le parece, de cómo comenzaba cada mañana, que de algún

modo fue como comenzó todo, ¿no? De eso le hablo, de cada

despertar si le apetece. ¿No me entiende? Espere a recibirlo

todo y después, si usted quiere, lo comentamos. ¿Que no hay

tiempo? Siempre hay tiempo. Aunque justo ahora tenga que

cortarle. No, no se preocupe. Otra llamada desde el extranjero.

¿Que la pueden detectar, dice? Ah, entendí. Ah, sí, esas “señoras”,

comprendo. Le mando otro la semana que viene si puedo,

si me queda algún hueco en mis actividades, no paro ni un

minuto. Algo que le había escrito hace ya mucho tiempo sobre

la ciudad. No, no es tan trunco, le diría que es más técnico, o

poético, según como se mire, o técnicamente poético, si usted

Arlteana 17


quiere. Es otra forma de violentarle el discurso. Por lo poético

lo digo, sí, traicionando a lo técnico, sí, a cada paso, impidiéndolo

mejor. ¿No me entiende? Ya lo va a entender. Estoy seguro.

Bueno, lo dejo ahora. Ah, tomé prestado el alias de otro

informante para el próximo. Total, a esta altura, ¿no? “El

observador renuente”, ¿lo recuerda? Gran tipo ése.

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Daniel Tevini


[INFORME TÉCNICO SOBRE LA UBICACIÓN DE LA CIUDAD]

La capital de Arlt puede describirse con la inmediatez de

una imagen contundente: un cubo áspero de piedra clavado

como una gruesa estaca en medio de una inhóspita llanura, sin

duda uno de los parajes más chatos del planeta. A la distancia,

sus cuatro bordes rodeados de niebla a la altura de una cintura

imaginaria esfuman, uno a uno, sus contornos más íntimos. (Por

las noches, vista desde un avión, es como el vaho luminoso de

una lámpara en un cuarto cargado de cigarros). Esa neblina de

apariencia pringosa, se adhiere sensible a cada muro que rodea la

ciudad. Los arlteanos señalan su existencia con un simple indicativo:

“la nube”. Y es esta nube, con su mezcla de vapores gélidos

y de gases raros e inexistentes, la que les hiela al fin los corazones.

Como si el aire que expele cada cual fuese el de la atmósfera

de una sala de museo, o de una campana cerrada al vacío, o esa

otra asfixia: la de una celda expuesta a su mudo desconcierto. Ese

efecto persistente de la bruma entorpece las pisadas y oscurece

uno a uno los caminos, y junto a la emanación que brota a la

noche de sus cimientos húmedos, hieren los rasgos de los arlteanos

de una luminosidad verde, de un color afermentado, que a la

manera de un estigma, sella para siempre cada identidad. Por eso

es raro ver a un arlteano con la iluminación rabiosa que da el

poder, ni tan siquiera con esos tonos pálidos y enfermizos que

poco a poco va sedimentando la culpa. En esta capital, todavía se

sucumbe a una especie de verde espectral, de inocente legumbre

con la hoz al cuello. Ojos apaisados y oscuros, y rasgos duros, en

una cabeza que se ladea inútilmente, como negando, denuncian

cierta tara intelectual que entumece los rasgos y paraliza todas las

acciones. La capital de Arlt, concluiría, es una piedra enquistada

sobre uno de los suelos más insignificantes del planeta, rodeada

de una nube en forma de anilla que la ahoga y que mantiene a

cada poblador encadenado, como si su reloj histórico hubiese

muerto, y este hecho interrumpiera lo sucesivo y aún lo que quedaba

de azaroso. Como si los habitase entre sus calles una medusa

mitológica, esa que a su mirada todo lo convertía en roca y lo

volviese a cada uno estatua roída, o escultura sin miembros, para

ser exhibida en un jardín de mohos.

Arlteana 19


Arlt, en pocas palabras, es una rueda de voces ignorantes,

de seres espontáneos, que hablan de un futuro que no

existe y de un pasado que no tienen 4.

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Daniel Tevini

Informante: El observador renuente

4 Decir historia individual, en Arlt, es referirse a un tiempo semejante al

del mito, donde la cronología se ha borrado y donde siempre se comienza

a contar un mismo acontecimiento. O. Masotta, op. cit., pág.21.


Usted me dice ahora que soy un poquito desmadrado, que

nada de lo que le cuento es cierto. Espere, espere a ver lo que le

falta, a leerlo, digo. Usted me corrige, además, y todavía me

señala que debería escribir Alrtiano, y yo nomás le escribo en este

informe: Arlteano. Y no lo hago para llevarle la contra, no. No

es una provocación, no se crea. Ya sé que está mal, pero no me

diga que a nuestros errores podíamos esquivarlos así como así. Es

como otro recurso literario, ¿no comprende? Nadie en esa época

iba a ponerle el punto sobre las íes, ¿no le parece? Mire que yo

recuerdo al pie de la letra todos sus dichos. Sí, esa vez que compartimos

un whisky en su oficina con los otros jefes. En una próxima

carta, va a ver como se lo transcribo todo, la conversación

digo, va a ver la memoria de la que le hablo. Privilegiada. Y

bueno, porque estos informes son como eso, como el fluir capcioso

de una memoria. Y si la memoria es mala... ¿Que no puede

estar todo eso metido en mi cabeza, dice? Es otro recurso, espere,

el carácter anómalo con el que se recuerda, ¿no le parece?

¿Cómo? ¿Entonces, en qué quedamos, era o no era un problema

semántico? Una “subversión del sentido”, decía siempre usted en

esa charla. Bueno, yo se lo estoy subvirtiendo todo, para que me

entienda. No, usted es el que quiere saber lo que pasó. Bueno,

¿entonces? No, no se puede contar de otro modo, estoy seguro.

Ahora se lo digo yo: es una contrariedad semántica. Si yo se lo

escribo como los otros, usted va a pensar que yo esto, o que hay

un complot, o que esas “señoras”, ¿comprende? En cambio, si se

lo digo así, si se lo escupo, si me permite la expresión; no sé, me

parece que estamos en el mismo bando, ¿vio? Correcto. Le estoy

mandando uno nuevo en estos días. Yo sé que le va a gustar. Es

más tranquilo, semánticamente más tranquilo, ahora que lo

pienso, es más parecido a lo que se espera de un informe, siempre

con su estilo, eso sí. Hay como un cambio de foco, de nivel, o de

clima y de tema, si usted quiere. ¿De qué le hablo en éste? Le

hablo de las virtudes, de nuestras virtudes. ¿Ve como ya le está

gustando? Las públicas, las privadas, ésas. ¿Cómo qué importa?

Claro que importan. Si no, ¿cómo se va a explicar usted lo de la

rebelión? Siempre hay que revisar cada cimiento para saber

cómo se vino abajo un edificio, ¿no le parece? Bueno, ¿entonces?

¿No es eso lo que quiere? Lo de la rebelión quiere nomás. Oká,

Arlteana 21


entiendo. Pero usted déjeme, déme un tiempito nomás. Ya le va

a llegar, va a ver como le va a llegar. Déme ese tiempo, vamos.

Necesito aclararme un par de puntos todavía. Ese par de puntos

también se los mando si quiere, no se preocupe. Sí entendí. Ah,

uso otro alias en éste, ¿le dije? “El ojo que todo lo ve”.

¿Simpático, no? Bueno, a mí me lo parece. Lo dejo. En una

semana lo llamo otra vez. No. Bueno, está bien, le escribo entonces.

Sin ningún remitente. Oká.

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Daniel Tevini


[INFORME SOBRE LAS ACTITUDES PRIVADAS Y LAS PÚBLICAS]

Los que tipeábamos como hormigas, los que amábamos a la

máquina y al limonero, los que leíamos lo prohibido fuera de los

claustros, en la vida privada, nos movíamos como maniatados a dos

extremos de un mismo paisaje que anudaba, a cada vicio secreto, la

más nítida y pulcra virtud. Si el vicio era quemar hormigas en el

patio, leer lo oculto, o masturbarnos junto al limonero; el resto, lo

que quedaba de virtud, era por demás estricto y cristalino. Si se detallara

con precisión esos hitos que señalan a la virtud en una existencia

privada, y tomando como caso el de una vida en la rutina, se diría

entonces que, en primer lugar, la mayoría de los arlteanos estábamos

casados; en particular, los obreros y los oficinistas y, en menor medida,

los universitarios que eran solteros, lo que no era muy bien visto

por lo general o, si se atrevían, tenían amantes ocultas a las que simulaban

como esposas y, a veces, cuando andaban juntos en público o

salían a la calle del brazo y se atrevían a más, se decían a cada rato:

Hola querida o Adiós querido; ante la mirada atónita de los otros.

La privacidad, en cada pareja, era en sí una cosa sencilla de

perseguir y sostener: apenas un beso diario en la frente antes de dormir,

una que otra palabra trivial en el medio de la cena y, en la cama,

intentábamos hacer el amor siempre del modo considerado occidental,

al menos eso era lo que uno refería en las conversaciones privadas:

tres veces a la semana, ambos en posición horizontal, y el

hombre siempre sobre el cuerpo de la mujer. Se procuraba saludar a

los vecinos con un único movimiento de cabeza y de lejos, y nos

acostábamos regularmente temprano. Se evitaba en todo momento

cualquier espectro de reunión social, se hablaba poco y por lo general

no nos hacíamos de nuevos amigos, por lo que, habitualmente,

nadie podía contarnos nada diferente. Exhibíamos ante los demás

una sola amistad acarreada desde la más tierna infancia y seguiríamos

arrastrando ese vínculo hasta lo indecible, porque con él ya no

nos quedaba ninguna otra cosa original que expresar 5. No pensába-

5 La vida, repetición constante de los mismos actos, se observa en su

integridad como ya acabada y poseyendo desde siempre el mismo significado.

D. Guerrero: Roberto Arlt, el habitante solitario, Buenos

Aires, Catálogos editora, 1986, pág.74.

Arlteana

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mos demasiado ni en mucho ni en nada en particular o, por lo

menos, tratábamos de hacérselo creer a los otros; aunque a veces

la tentación fuese inmensa.

En cuanto al vestir, evitábamos esos colores fuertes que

indican cierta presencia o vitalidad, y llevábamos ropa interior

blanca y medias de nylon negras, acompañadas de pantalones

con la raya bien marcada y de una camisa modesta, sencilla.

Reprimíamos esos gestos exóticos que pudieran ponernos al

descubierto, o los gustos más particulares, es decir, todo aquel

indicio que signara de alguna manera las preferencias verdaderas

de una personalidad: por lo que sólo fumábamos cigarrillos

americanos y llevábamos el pelo bien corto y a la gomina. En los

trabajos, esa virtud, el tipo al que pertenecía esa virtud, era aún

más estricta y efectiva. Todo jefe era un celador, todo celador era

un padre, cada padre un principio de autoridad y cada principio

de autoridad, en definitiva, era tan indiscutible como Dios.

No necesitábamos sobresalir en casi nada. El resto,

estaba medianamente pautado: al invierno que era crudo y

hostil, lo seguiría, irremediable, un verano que siempre nos

resultaba amargo 6.

Y en cuanto a las virtudes públicas, se podría afirmar

que se regían por esa regla de oro que ya estaba inscripta en

las palabras de nuestro prócer más insigne y que se citaban

ante cualquier circunstancia: Nuestro siglo y los venideros,

más que vanas especulaciones metafísicas, más que inútiles

conocimientos del ‘más allá’, nuestro siglo, necesita de hombres

exponentes de una evolución cuyo fin debe consistir,

como ha dicho Saint Simon, “en la perfección del orden

social”. Seguida por el trazo inconfundible de sus iniciales: R.

A., y ya no hace falta que le ponga el nombre, o métale

República de Arlt si usted quiere, hasta en este detalle había

una absoluta identificación con la figura de nuestro antepasado.

Se puede afirmar, además, que al menos se nos hacía

gozar de tres principios básicos que compartíamos entre

6 La vida se reduce a su puro ciclo natural, donde la presencia del hombre

no introduce ningún cambio en un mundo repitiéndose indefinidamente

a sí mismo. D. Guerrero, op. cit., pág.119.

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Daniel Tevini


todos: en primer lugar, la idea de un Dios único; después,

nuestro acervo moral y, por último, esa dignidad social y arlteana

que podíamos exhibir orgullosos ante los otros pueblos

7; virtudes heredadas de nuestros próceres más conspicuos,

a los cuales erigíamos verdaderos altares en los paseos

públicos y en cada plaza o espacio municipal. Nuestros

museos desbordaban de doradas medallas de bronce y de

aburridos retratos ejecutados por pintores anónimos y aún,

de fragmentos de sus intachables discursos, exhibidos en

copias facsimilares; aunque algunos murmuraban que en los

originales se notaban algunas palabras borradas con goma

blanca y experta y que, además, habrían sido reescritos con

posterioridad con una tinta china importada desde el Asia 8.

Pero nadie decía nada de esto en público.

La virtud pública simulaba ser, en definitiva, como un

espejo translúcido de la virtud personal y por eso, ya no nos

asombraba el “¡Aleluya, Aleluya!” 9 que gritaban las masas,

convocadas por algún militar de turno, arropadas en la plaza

histórica y era como si, un coro desafinado en series infinitas

de autistas, vivaran indiferentes y aleccionados, la presencia

del poder. ¡Aleluya, Aleluya!, y volvíamos de esas excursiones,

cada uno a su casa, con las gargantas cascadas, como si una cáscara

de huevo hubiese sido expuesta al granizo. Cerrábamos

los ojos agitados y ese Aleluya, Aleluya, se perpetuaba aún en

nuestros sueños. Entonces, nuestra conciencia cívica nos hacía

sonreír levemente insatisfechos y rendidos. Era ese rumor pro-

7 Arlt no tiene fortuna, pero sí fuerza moral, una obstinada vocación,

un mensaje para transmitir. R. Larra: Roberto Arlt, el torturado,

Buenos Aires, Leviatán, 1990, pág.116.

8 En Arlt, no podemos dejar de ver, en primer lugar, que los abstractos

planes de dominio político y las alucinaciones despiadadas, son siempre

foráneas al almanaque de la historia. H. González, op. cit., pág.5.

9 Carga ella con un tizne de promesa enigmática y de utopía que nos

sigue conmocionando. Establecida en la lengua castellana como algo

corriente, sin embargo, ese vocablo no deja de significarnos lejanos

idiomas y apartadas convulsiones de cuya emotividad siempre quedan

vestigios. H. González, op. cit., pág.100.

Arlteana

25


pio de los días patrios, la perfección de los muslos pétreos y

duros de nuestros soldados: la alegría del desfile militar. Al

cerrar los ojos, pensábamos: ¡Oh, Dios, mi gran Dios, que

enormes somos los arlteanos! Y se repetía ese estribillo en nuestras

conciencias hasta que nos quedábamos dormidos. Luego,

el despertador por la mañana nos sorprendería como en una

señal de largada, y correríamos a cada una de nuestras ocupaciones.

Entonces, vendría la sirena de las fábricas frente al

mástil, el tipeo de las máquinas de escribir junto al escritorio,

la inmejorable explicación de un catedrático.

26

Daniel Tevini

Informante: El ojo que todo lo ve


No le gustó lo trunco, lo inacabado en cada frase dice, las

palabras dudosas escapándole al encierro de todos esos años, de los

primeros informes. Ajá. Usted insiste e insiste. Pero pienso que eran

las únicas palabras posibles. No le gusta que sujete hasta el final el

pleno concepto, que lo tenga como apretado entre los dientes, ¿o

deberíamos decir entre los dedos de las manos? Entiendo ¿Pero conoce

otro modo de decir aquello, o quiere que use las palabras exactas?

¿O usted quiere que le haga una lectura ideológica? Oká. Me obliga

entonces a usar las palabras del enemigo: esta, si lo quiere, es la

literatura de una pequeña burguesía amedrentada en su cinismo.

Ah, no le gusta. Claro, claro, cómo iba a gustarle. ¿Entonces? Es que

lo mío es un trabajo fino, ¿vio?, medio literario, sí, aunque inevitable,

coincidirá conmigo. Escúcheme, para escaparle a esa semántica

subversiva como usted me dice, para escaparle a la traición de esa

reserva en los conceptos, para no usar esas palabras extremas, debía

violentarle las frases, hacer que la construcción traduzca esta atadura.

Y creo humildemente, como buen servidor, habérselo logrado, al

menos en ese primer informe. Pero los últimos que le mandé son más

tranquilos, no me lo va a negar. ¿No lo cree? Veamos, el informe técnico

sobre ciudad, no era tan técnico, ¿no le parece? Y no me diga

que las imágenes que le usé no eran modestamente soberbias. Ya lo

dijo alguien, alguna vez, que una imagen vale más que mil palabras;

y una emoción violenta, le agregaría yo, más que mil razones. O

tome como ejemplo el de las virtudes, me dice de cierto descaro innecesario

en su tratamiento. Pero digo yo, qué se puede esperar de las

virtudes a secas, si uno no las va usar de una forma rastrera. Es decir,

hay que hacer que se advierta siempre ese costado, eso otro, que se

note todo lo que había por debajo, ¿no lo cree? Ese doblez que no se

ve, digo. Si no, no son virtudes, son como síntomas anímicos o anécdotas

estúpidas. Es como si usted tuviese una novia ciega, por más

buena voluntad que le pusiese, dígame si no habría un lado insano,

algo como escindido, que nunca se le cierra del todo. ¿No le gusta que

le hable así? Usted me discute mucho. Usted también es un inconformista,

¿sabe? A su manera es un inconformista, pero le diría que

más salvaje. No se ofenda, no es para tanto, lo digo por su avidez. Tal

vez no le esté dando en la clave todavía, estoy seguro. Míreme a mí,

aquí en España, ¿usted se cree que nos entienden cuando hablamos?

Sí, ya sé que es el mismo idioma, claro que lo sé, pero le aseguro que

Arlteana 27


las cosas suenan bien distintas. Por eso se lo digo. Óigame, si no nos

entendemos entre nosotros, ¿quién si no? Pero volvamos a lo nuestro,

que en cualquier momento tengo que cortarle. El próximo informe

ya no se lo firmo, no tiene sentido entre usted y yo, andar esquivando

la identidad. Si no, parece un discurso cobarde entre viejas

comadres deslenguadas... Y vea aún como estas palabras ya se me

contagian a esas otras. Pero usted me insiste siempre en volver al

viejo estilo, a ese estilo de otra época. No hay caso, usted no tiene

cura. Pero vea que éste, se lo hice tipo descripción, a ver si lo conforma

un poco, ¿vio? Aunque me temo que otra vez voy a defraudarlo.

Creo que siempre voy a defraudarlo. Hasta le dije que le iba a

escribir una carta y, ya ve, le estoy hablando. ¿Que le corte? Pero

tengo más para decir. ¿Qué cosa? Que este que le mando ahora tiene

algo de chisme, de una descripción chismosa, a ver si así lo entusiasmo

un poco. Por lo del chisme, digo. Bueno, bueno, no se ponga así.

Usted también es un poco torpe, debería comenzar a aceptarlo. Oká,

me remito a lo mío. Me callo ya. “Chito”. Le corto entonces. Que no

lo llame tanto, dice. Sí, sus “señoras”. Entiendo, entiendo. Ya se lo

mandé y sin remitente, como siempre. Adiós.

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Daniel Tevini

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