ii concurso de relatos punto de libro

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ii concurso de relatos punto de libro

II CONCURSO DE RELATOS

PUNTO DE LIBRO

Seleccionado y editado por Punto de libro.

Todos los relatos recogidos en este libro son propiedad de sus

respectivos autores. Por el hecho de participar en el II Concurso

de Relatos Punto de libro, los autores autorizaron a PUNTO DE

LIBRO a su publicación, tanto en la revista bimensual como en

esta recopilación.

Punto de libro, marzo de 2013

http://puntodelibro.es


Relatos seleccionados en el

II CONCURSO DE RELATOS PUNTO DE LIBRO

AUTORES

María Florencia Aliaga

Manuel Arias Rebollo

René Ricardo de la Barra Saralegui

Raúl Mateos Barrena

Montaña Campón Pérez

Jesús Carnerero Carballo

Blanca del Cerro

Juan Dando (seudónimo)

Lidia Delgado

Paula Díaz Altozano

Nigton Fermont (seudónimo)

Nilo Fernández

Carlos Fradkin

Marcos González

Rebeca Gonzalo López

Rafa Heredero García

Álex Hurtado García

Rubén Ibáñez González

La loca caja de Pandora (seudónimo)

Elisa Macías Macías

Ángeles Mora Álvarez

Carme Peiró

José Aristóbulo Ramírez Barrero

Álex José Recoder

Juan José Tapia Urbano

Susana Torres

Sergio Turovetzky

Joaquín Valls Arnau

Ramón Zarragoitia Mezo


ÍNDICE DE RELATOS

El deseo .......................................................................................... 8

Como siempre ................................................................................ 9

Son tan ricos ................................................................................. 10

El punto de libro .......................................................................... 12

El aroma de su pan ...................................................................... 14

Hundiendo barcos ....................................................................... 16

Puerto Algarrobo .......................................................................... 17

S.O.S. ............................................................................................ 18

Duendecillo verde ........................................................................ 20

No-microrrelato ........................................................................... 21

Vacaciones ................................................................................... 22

Lluvia ............................................................................................ 24

Tiempos modernos ...................................................................... 25

Vocación ...................................................................................... 27

Linda ............................................................................................ 29

La venganza ................................................................................. 31

Entre tinieblas .............................................................................. 32

Al margen ..................................................................................... 33

Estadísticas .................................................................................. 34


El domador y la trapecista ............................................................ 36

Una información muy valiosa ...................................................... 39

Faldur, el archimago .................................................................... 46

Terrores nocturnos ....................................................................... 53

El azar ........................................................................................... 55

Se estrecha la trocha ..................................................................... 60

Caínes ........................................................................................... 63

El cuadro de Whitcross Hall ........................................................ 65

Doño Clarens ................................................................................ 71

Zarautz 2012 .................................................................................. 77

Chocolate ...................................................................................... 84

Enriqueta, la coqueta ................................................................... 90

Noche de diez ............................................................................... 93

Teatro ............................................................................................ 98

El interceptor .............................................................................. 102

Reflejos ....................................................................................... 109

Naranja sobre negro ................................................................... 121

La celda sin número ................................................................... 132

¿Los terroristas se confiesan? ..................................................... 143

Sombra de hielo .......................................................................... 156


PRESENTACIÓN

La revista Punto de libro organizó en el año 2012 el

II CONCURSO DE RELATOS PUNTO DE LIBRO, en el que se

establecían tres categorías según la extensión de los trabajos:

“Microrrelato”, hasta 500 palabras; “Relato breve”, de 500 a 2500

palabras; y “Relato”, de más de 2500 palabras.

En cada uno de los números del 23 al 27 de la revista se

publicaron los relatos que iban siendo seleccionados para pasar a

la fase final. En febrero de 2013 se dieron a conocer los

ganadores de cada una de las tres categorías.

El jurado de Punto de libro otorgó el premio al mejor

“Microrrelato” a Joaquín Valls Arnau por El punto de libro.

El jurado de Punto de libro otorgó el premio al mejor “Relato

breve” a Susana Torres por Terrores nocturnos.

El jurado de Punto de libro otorgó el premio al mejor “Relato” a

Blanca del Cerro por ¿Los terroristas se confiesan?.

Este volumen recoge los relatos premiados, así como la totalidad

de los relatos seleccionados para su participación en la fase final.


CATEGORÍA

“MICRORRELATO”


EL DESEO

Joaquín Valls Arnau

Publicado en el nº 23, en mayo de 2012

Quizás te costará creerlo, pero esa criatura que ves ahí tan seria,

tendida boca arriba sobre la cuna, era yo. Cuando tomaron la

foto tenía tres meses recién cumplidos. Como está en blanco y

negro no se distingue bien, pero puedo asegurarte que ese faldón

de piqué nido de abeja con un bordado de flores en el bajo, era

de color rosa. Como también lo era el vestido que llevo puesto

en esa otra fotografía, del día de mi segundo cumpleaños, hecho

en lino y con un gran lazo de color turquesa cosido a la espalda.

He sabido por tía Eulalia que así me vestía siempre mamá hasta

que tuve nueve años. Precisamente cuando tú, Alicia, viniste al

mundo.

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COMO SIEMPRE

Carme Peiró

Publicado en el nº 23, en mayo de 2012

Como siempre, ha subido al autobús con aspecto cansado,

como si a pesar de ser sólo las siete de la mañana llevase ya todo

el día trabajando. Ha marcado su tarjeta de viaje y se ha sentado

en el primer asiento individual de la fila de la derecha, como

siempre. La mochila que llevaba a la espalda antes de sentarse, la

ha encajado entre sus piernas y el asiento de delante, y sólo

después de dejarla allí, ha girado su cabeza hacia atrás, me ha

mirado a los ojos durante apenas un instante, y ha sonreído

levemente, como siempre.

El trayecto ha durado unos cuarenta y cinco minutos. A esa

hora el tráfico aún no es denso, con lo que prácticamente todos

los días tardo lo mismo en llegar al trabajo, cuarenta y cinco

minutos que yo empleo leyendo y que él deja transcurrir mirando

a través de la ventana. A las ocho menos cuarto, cuando me

acercaba a mi parada, he guardado el libro en el bolso y me he

levantado para acercarme a la puerta de salida. Como siempre,

unos segundos después se ha levantado también él, pues mi

parada es también la suya, y al detenerse el autobús me ha mirado

y me ha cedido el paso con apenas un esbozo de sonrisa.

Frente a la parada del autobús está la cafetería en la que cada

día me tomo un cortado y leo durante otros diez minutos antes

de entrar a la oficina. Una cafetería en la que siempre me imagino

tomando un café con él, con su mochila colocada debajo de la

mesa, entre sus piernas y las mías, conociéndonos, charlando,

compartiendo apenas unos minutos antes de ir a trabajar. Pero

hoy, como siempre, como cada día desde hace dos años, él se ha

alejado sin mirar ni a la cafetería ni a mi, y sin que yo haya podido

oír su voz, una voz que desde hace dos años intento adivinar

cómo sonará al susurrar al oído un “como siempre” o, todavía

mejor, un “para siempre”.

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SON TAN RICOS

Raúl Mateos Barrena

Publicado en el nº 24, en julio de 2012

¿Acaso no vivís bien?... ¿No sois felices?... Vosotros, ejemplo

para hermanos, envidia de amigos y vecinos, libres de cualquier

preocupación como ellos dicen, siempre de buen humor, siempre

tranquilos... infinitamente tranquilos. Que apetece tomar una

copa, os tomáis dos; que estrenan hoy una película en el cine

donde ya estuvisteis ayer, repetís visita; que después corresponde

cenar en algún restaurante, pues adelante; que la noche no puede

acabar sin dejarse caer por los pubs o discos con más ambientillo,

claro que sí, a tomarse unos cubatas y menear el cuerpo un buen

rato; y a eso de las tres de la madrugada, o las cuatro, qué más da,

entonces a la cama, a dormir, que mañana será otro día. Otro día

feliz, despreocupado... infinitamente despreocupado.

¿Acaso estáis cansados de las apacibles sobremesas, del café

calentito en el impoluto sofá, mientras os va asaltando esa

dulzona modorra que precede inevitablemente a una buena

siesta?... Tal vez tampoco os atraen ya las gratificantes noches de

lectura, toda la casa en silencio, los pies encima de la mesita, el

último libro sacado de la biblioteca, los ojos que recorren sin

ninguna prisa los renglones, y ese silencio que no se rompe

nunca, esa paz absoluta... Quizá no disfrutáis ya con las

comilonas y salidas que tanto acostumbráis. Ayer, con los

amigotes del fútbol; mañana, con los compañeros de oficina. Y

vengan cervecitas o vinitos. Y vengan sitios marchosos y

modelitos. Y otra vez a bailotear. Ya amanecerá mañana, a las

doce o la una del mediodía... un poco antes de la siesta.

Cierto que en alguna ocasión os he oído comentar que también

tenéis preocupaciones. Ambos habéis engordado un par de kilos

y es posible que tengáis que apuntaros al gimnasio; parece

desgraciadamente muy próxima una nueva cita con el dentista;

tenéis que llevar el coche a la revisión para poder iros

tranquilamente de vacaciones... ¿vacaciones?... ¿otra vez de

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vacaciones?... Pero si ya os fuisteis hace un par de meses... ¿Qué

hotel os dará cobijo y sustento este verano?... Otra semanita

vagueando cual zánganos, durmiendo a pierna suelta toda la

noche, la piscina bien surtida de tumbonas, un refrescante

chapuzón, el variado buffet de la comida, la siesta -por supuesto-,

un paseíto por la playa -quizá un partidito de tenis si os sentís

especialmente activos-, la cena no excesivamente copiosa y a vivir

la noche de nuevo.

¿Es que vuestro entendimiento se ha visto afectado de repente

por algún extraño virus? ¿Es que vais a decir adiós a las salidas

nocturnas, a las estupendas vacaciones y a disfrutar de cines y

restaurantes cuando os plazca?... ¿Es que tan poco valor dais a las

apacibles sobremesas, a las reposadas lecturas, a dormir toda la

noche de un tirón y a la falta de preocupaciones?...

¿Por qué puñetas decidisteis -rectifico, decidimos... la semana

pasada- dejar de usar preservativos cuando hagamos el amor?...

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EL PUNTO DE LIBRO

Joaquín Valls Arnau

Publicado en el nº 24, en julio de 2012

Obra ganadora en la categoría “Microrrelato”

Quizás cueste creerlo, pero durante alguna temporada he

llegado a simultanear la lectura de hasta cuatro libros. Aunque

más bien con escaso provecho, pues su número suele ir parejo a

mi umbral de desasosiego.

Para los ensayos uso un punto metálico de tonos ocres con un

troquel que reproduce la silueta de un campanario románico y

que me transmite, mientras lo sostengo en las manos, una

placentera sensación de serenidad.

Para los textos de ciencia-ficción utilizo uno de cartulina,

siempre distinto, que escojo al azar en la librería, en el mostrador

junto a la caja registradora, cada vez que paso por allí a hojear las

novedades.

Para las novelas recurro desde hace años a una fina varilla de

plata que hallé una tarde, mientras paseaba, en el fondo de un

estanque. Desde la orilla advertí sorprendido que llevaba inscritas

mis iniciales, y venciendo el lógico rubor me desprendí del

calzado y me sumergí hasta la altura de las rodillas, entre los

nenúfares, para rescatarla. La varilla presenta, en uno de sus

extremos, una forma que se asemeja a la empuñadura de un

báculo, aunque también, según se la mire, puede conducir a

pensar en otros objetos o conceptos de descripción más

compleja, por lo cual no me entretendré en describirla con más

detalle.

Finalmente, para los libros de poemas empleo un cabello que le

cayó sobre el cuello del abrigo y que le robé, sin que ella lo

advirtiese, mientras caminábamos por una acera estrecha, ella

delante y yo detrás, una mañana de invierno. Ese cabello tricolor,

retorcido y doliente, descansa desde hace meses, mostrando su

punta bifurcada, en el interior de los Sonetos de amor, de Pablo

Neruda, justo en la página donde se encuentra el soneto XX, que

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empieza así: “Mi fea, eres una castaña despeinada...”. Cada vez

que concluyo el poema y pretendo cambiar el cabello de lugar,

éste se desvanece entre mis manos, se esconde durante unos días

y luego reaparece, como por azar, siempre en la misma página.

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EL AROMA DE SU PAN

José Aristóbulo Ramírez Barrero

Publicado en el nº 25, en septiembre de 2012

La profe se llama Yurani y es el mismísimo sol encarnado en

mujer. Mire que venir hasta esta loma arisca a enseñarles chat,

correo electrónico y páginas de internet a seis ancianos que hace

tiempo el tiempo olvidó, marginó y envolató… Si yo tuviera

cincuenta años menos y las cataratas en el espíritu y no en los

ojos… ¡Híjole!, cómo se divertiría la profe chapoteando y

oteando mi panorama... «Agur, viejecillos. Hasta aquí las

lecciones, que me voy con mi Beto a beberme todito el Iguazú»,

les diría. Pero, las ruinas son las ruinas y la instrucción es la

instrucción, así que, en cambio, dice… «No importa, Heriberto,

que no tengas con quien chatear y a quien ver, escribir o saludar.

Visita regularmente tus cuentas virtuales en Facebook, Yahoo,

Hotmail y Google que yo seré tu amiga y por tal motivo, te

enviaré fotografías, enlaces de portales que seguramente te

interesarán y cada día tapiaré tu muro con caritas felices».

«Gracias, señorita, no se imagina lo mucho que agradezco su

gesto y todo lo demás, pero pasa que… No, no es eso, es otra

cosa, que sí tengo con quien chatear, y a quien ver y escribir y

saludar. No, no es la gente del Seguro Social, ni la señora del

programa de las Grandes Voces del Tango, ni el encargado de la

página de Atención al Cliente de pacientes con hipertensión

arterial. Me da pena confesarlo delante de todos. Es una mujer,

decente, viuda y más hermosa que un sol resplandeciente.

Contaré mi secreto. Conforme usted nos enseñó, hace una

semana agarré el apellido por el buscador y lo zarandeé y en ese

rifirrafe, de pura buena suerte me topé con una bisnieta, un

mensaje de ida, uno de vuelta y una sonrisa picarona. Y, al cabo,

con ella, con Isaura Chinchilla, la panadera del pueblo donde

nací. Como a estas alturas de la vida no hay que dejar para

mañana lo que se pueda chatear hoy, le confesé lo que no fui

capaz de desembuchar a los dieciséis años. Lo leyó, se sorprendió

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y estimando que, después de todo, un noviazgo virtual no debe

elevar mucho los niveles de azúcar, me dijo que sí. En un par de

minutos se conectará. Tiene tantos deseos de conocer a toda la

banda… De darle las gracias a usted, profe, por rescatarme, y

enviarnos de alguna manera el aroma de su pan.

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HUNDIENDO BARCOS

Joaquín Valls Arnau

Publicado en el nº 25, en septiembre de 2012

Aquel verano habíamos ido de vacaciones al pueblo. Yo tenía

entonces siete años, dos menos que mi hermano Pablo. El tío

Daniel, ya octogenario, poseía una finca junto al río, donde solía

llevarnos por las mañanas. En un recodo protegido por la

sombra de varios plátanos gigantescos, a menudo jugábamos a

hundir barcos. Desde la orilla, él iba lanzando río arriba pequeños

troncos que la corriente arrastraba a gran velocidad por el cauce,

y nosotros, con piedras, teníamos que hacer puntería sobre ellos.

Según supimos tiempo después, aquel juego no era sino una

estratagema urdida por nuestro tío para despedregar la finca sin

tener que gastar ni un céntimo.

Una tarde, mientras realizaba uno de mis intentos, resbalé y caí

al río. Pablo, sin pensárselo, se tiró a por mí. No sabíamos nadar,

así que la corriente se nos llevó a ambos. Nuestro tío,

súbitamente rejuvenecido, se lanzó vestido al agua. Después de

muchos apuros, consiguió por fin rescatarnos. Aunque pueda

parecer extraño, mientras estuve bajo el agua no pasé ningún

temor, ya que en todo momento sentía la mano firme de mi

hermano sujetándome por el brazo. Como la siento todavía de

tanto en tanto, cada vez que me van mal las cosas, ahora que él

ya no está.

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PUERTO ALGARROBO

Carlos Fradkin

Publicado en el nº 25, en septiembre de 2012

Mis antepasados, por miles de años, fueron cuidados por sus

pastores espirituales, los mismos que tal vez hoy, aún nos cuidan,

y nos guían en la creatividad del silencio, en medio de una

naturaleza que nos otorga sus dones, los que debemos descubrir

y valorar entre las plantas vivaces de nuestra existencia.

Y cada uno de nosotros -quizás- tenemos un Dios,

consecuentes con la fe, y aun sin ella, que nos resguarda la

memoria, protegiendo e indicándonos los caminos.

Un día, en Puerto Algarrobo -pueblo de mi provincia con sus

viejas casas de piedra y aberturas resquebrajadas- vagaba un

caminante, agobiado por sus problemas. En busca de paz acaso,

descendió por las barrancas hasta llegar a la costa del río Paraná.

Se detuvo en las arenas. Y él, que nunca admiró la naturaleza, se

quedó allí, extasiado, mirando el reflejo del sol en las aguas, las

bandadas de pájaros volando por los islotes cercanos; y observó

las canoas de unos pescadores que hundían lentos los remos,

dejándose llevar por la correntada. A poco, el sol crepuscular

fruncía su frente resignado, ocultándose.

El hombre, de rodillas sobre la arena, en la orilla misma del río,

concentró su atención en todo cuanto lo rodeaba. Sintió paz en

su interior y un gozo indescriptible. Se incorporó, elevó sus

brazos al cielo, y agradeció.

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S.O.S.

Lidia Delgado

Publicado en el nº 25, en septiembre de 2012

Con el libro en mis manos, luchaba por mantener los párpados

abiertos. El sueño me atacaba en oleadas intermitentes, luchando

contra la fascinación que el argumento de la novela ejercía en mi

imaginación. La batalla, sin embargo, estaba ganada de antemano

por Morfeo. Mis cabezazos eran más y más frecuentes, mis ojos

se cerraban obligándome, tras unos segundos de sopor, a

retroceder varios renglones y releer una y otra vez los mismos

diálogos.

Entonces empezó a ocurrir. Las páginas que tenía entre las

manos comenzaron a perder su consistencia, su solidez,

adquiriendo una apariencia fluida e iniciando una suave

oscilación pulsátil, mesmérica, que parecía invitarme a

sumergirme en ellas, como si de la superficie tranquila y templada

de un lago se tratase.

Luché por permanecer despierto, por no sucumbir a los cantos

de sirena que aquellas palabras ejercían sobre mí. Palabras que ya

no estaban sometidas a la rígida disciplina de líneas rectas, de

párrafos bien ajustados a unos márgenes pulcramente definidos.

Ahora las palabras habían perdido su orden natural, nadaban en

el fluido manto en que se había convertido el papel, e iniciaban

un movimiento en espiral, creando un remolino que me llamaba,

que me absorbía.

Luché, me rebelé contra aquella fuerza que amenazaba con

engullirme, pero supe que mi lucha era estéril. Mi propio cuerpo

se estaba transformando en pequeños caracteres negros, en letras

y palabras que se proyectaban hacia el libro y que se zambullían

en él. Todo mi ser fue pasando, frase a frase, párrafo a párrafo, a

formar parte de aquel libro, de aquel objeto que hasta entonces

había descansado en mis manos y que ahora las contenía.

Y aún sigo aquí dentro. Aquí me tenéis. Podéis verme, podéis

leerme, pero, ¿podéis ayudarme? ¿Podéis sacarme de aquí? Por

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favor, intentadlo. Pero tened cuidado. No os acerquéis

demasiado. No vayáis también vosotros a quedar atrapados

dentro de estas páginas.

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DUENDECILLO VERDE

La loca caja de Pandora (seudónimo)

Publicado en el nº 26, en noviembre de 2012

Amor, culebrilla que me recorrías la espalda clavándome tus

relampagueantes dedos. Revolviéndome el estómago cada vez

que el Rocío de mi mañana entraba en la casa.

¡Te echo mucho de menos!

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NO-MICRORRELATO

Juan Dando (seudónimo)

Publicado en el nº 26, en noviembre de 2012

Este texto no es nada interesante. De hecho, es lo más aburrido

que he escrito en mucho tiempo. No tiene principio, nudo y

desenlace. Lo crearás tú decidiendo leerlo, aguantando hasta el

final y extrayendo tus propias conclusiones. Tú eres el personaje

principal y el secundario. Se podría decir que es un contador de

palabras. Una suma de caracteres. Una cuenta matemática. Un

timo. Su género sería “cara dura”. Las “musas están de

vacaciones” podría ser su título o quizás “pérdida de tiempo”.

Ni siquiera servirá para comértelo como una sopa de letras. Este

texto está crudo, diría que está incluso vivo. Te convertirás en un

caníbal de la literatura si lo lees y tendrás una digestión pesada.

Es un antídoto para que el resto de cosas que leas te parezcan

“buenas”. Es un medicamento. Te recomiendo que leas este

texto antes de leer cualquier cosa y hazlo dos veces antes de leer

“El hacedor (de Borges) Remake”, de Agustín Fernández Mallo.

Lo peor es que ni siquiera se ha escrito bajo los efectos de

ninguna droga ni por enajenación mental. No tendrá un final

abierto. Aviso por adelantado que el peso del texto no recaerá en

la última frase.

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VACACIONES

Rubén Ibáñez González

Publicado en el nº 26, en noviembre de 2012

-Buenas tardes, ¿es usted el encargado? Quisiera presentar una

queja.

-Usted dirá, señor Bonilla -dijo cordialmente el encargado.

-Me he gastado los ahorros de toda una vida, concretamente

157.208.472 créditos con 37 centavos, y me siento estafado. Le

explico. En abril de 2.548 contraté con su empresa un viaje a Alfa

Centauro. “Sea usted el primer humano en viajar a esa lejana

galaxia”, rezaba el eslogan. Me dejé convencer por esa rubia tan

guapa, joven, alta, con los pechos más turgentes que haya visto

en mi vida, y creo, no, creo no, estoy absolutamente seguro de

que he sido estafado. Sus viajes son un completo engaño.

-Debe ser un error, señor Bonilla. Somos una empresa

perfectamente legal.

-Ustedes se limitaron a dormirme, me despertaron dos

androides en una habitación en la que no había nada, sólo una

ventana desde la que lo único que se veía eran unas estrellas.

Estuve mirando por esa maldita ventana durante una hora y

media, para que luego los androides me volvieran a dormir y me

trajeran de vuelta a casa. ¡Dígame si eso es o no una estafa! Lo

único que he hecho ha sido arruinarme y dormir durante

cincuenta y nueve años.

-Señor Bonilla, debe usted comprender que Alfa Centauro es

una galaxia en la que no se han descubierto planetas, no hay

estaciones espaciales, y cuyo único atractivo es contemplar de

cerca las tres estrellas que forman el sistema. Usted debería saber

eso.

-¿Y para qué ofertan un viaje tan absurdo? ¡Canallas!

¡Sinvergüenzas!

-Vivimos en un universo libre. Cada ciudadano puede gastar su

dinero en lo que le plazca. Si usted buscaba aventuras, debería

haber viajado a Marte. Si lo que deseaba era placer sexual, le

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hubiéramos ofrecido Ganímedes o Titán, y para un viaje cultural

lo mejor es un circuito por los satélites de Urano. Pero usted

eligió Alfa Centauro.

-¿Y para qué me sirve a mí haber viajado a la maldita Alfa

Centauro?

-Para presumir, señor Bonilla. Usted salió en nuestros

productos publicitarios durante toda una década. Almanaques,

camisetas, llaveros… incluso fue portada de revistas.

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LLUVIA

René Ricardo de la Barra Saralegui

Publicado en el nº 26, en noviembre de 2012

El pueblo estaba de fiesta; era el único y definitivo milagro que

ocurría en toda su historia de miseria. Los hombres bailaban de

gozo, y las mujeres, emocionadas, lloraban todas por igual.

Llovía oro. Las pepitas rebotaban sonoramente contra el

pavimento y se acumulaban en las acequias, formando pozas

amarillas.

Hasta hubo un arcoíris que brilló toda una noche.

A Camila Mayorga se le murió el marido por aquellos días. Una

nubada lo sorprendió en medio de la calle. Cincuenta perdigones

áureos le perforaron el cráneo, y siguió lloviendo sobre su

cadáver.

Ahora ella tiene cómo alimentar sus siete hijos.

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TIEMPOS MODERNOS

Joaquín Valls Arnau

Publicado en el nº 26, en noviembre de 2012

Los gobiernos, de manera coordinada, emitieron spots por

televisión ofreciendo una modesta suma a tanto alzado por cada

libro, anunciando que todos los ejemplares que se recogiesen se

entregarían al fuego. Aseguraban que con tal operación se

obtendrían múltiples beneficios comunitarios: primero, la

producción de un número nada despreciable de kilowatios como

consecuencia del proceso de combustión de cantidades ingentes

de papel; segundo, la liberación de muchos metros lineales en las

estanterías domésticas en una época en que casi todos los pisos

eran minúsculos; y tercero pero no menos importante, una

sensible reducción de los casos de alergia a los ácaros del polvo,

una patología que se había convertido en una auténtica plaga

urbana, con el consiguiente ahorro en gasto sanitario.

Simultáneamente, Biblionet, la compañía que controlaba el

negocio editorial a escala planetaria, anunció que una vez

concluida la campaña garantizaría a un precio irrisorio el acceso

individual, en su versión electrónica, a cualquier título que

hubiese sido editado en papel con anterioridad.

Ante tales incentivos, y con la inestimable colaboración de los

ayuntamientos, que pusieron a disposición de los ciudadanos

diversos puntos de recogida, la campaña resultó un completo

éxito. Tan sólo quedaron algunos libros con valor sentimental

-por contener dedicatorias o anotaciones a mano- en viviendas

particulares, más otros pocos con valor histórico en museos, y

también en las bibliotecas que permanecieron en funcionamiento

después de que la mayor parte de ellas fueran clausuradas.

Concluido el proceso de recogida e incineración, dicha empresa

editorial, por razones no explicadas, incumplió el compromiso

adquirido, sin que por ello fuese sancionada, limitándose a sacar

dos veces al año, en edición digital, una docena de títulos que la

gente se quitaba en pocos días de las manos en los únicos puntos

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de venta autorizados, que eran hipermercados y grandes

almacenes, después de que las antiguas librerías se hubieran visto

todas ellas obligadas a cerrar.

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VOCACIÓN

Manuel Arias Rebollo

Publicado en el nº 26, en noviembre de 2012

Ante el juguete roto el niño se queda absorto, pasmado y, sobre

todo, felizmente sorprendido. Porque el juguete tiene dentro

cosas que antes no podía ver, que no sabía que estuvieran allí.

Por fuera el juguete era bonito. Era rojo -encarnado, decía su

abuela-, y brillante. Siempre le han gustado las cosas brillantes,

pero sobre todo, las cosas rojas. Antes se movía solo, hacia atrás

y hacia delante, y era parecido al juguete que tiene su padre, y en

el que los domingos salen a la playa o a la montaña. Solo que su

juguete era mucho más pequeño que el de papá.

Ahora ya no se mueve, pero por dentro el juguete es más

interesante todavía. Tiene muchas piezas pequeñas, de formas

maravillosamente extrañas, muchas redondas, pero algunas

alargadas, como los fideos que su madre pone en la sopa los

sábados. Son fideos de plástico, brillantes. Y algunos de esos

fideos son rojos.

El niño piensa rápido. Si un juguete tan conocido para él revela

en su interior objetos fascinantes, partes misteriosas y

embelesadoras, ¿qué puede salir de sus otros juguetes? ¿Y de los

juguetes de papá y mamá? Seguro que si rompe eso que siempre

llevan en el bolsillo, eso que suena y que se ponen en la oreja

para hablar muy alto, saldrán piezas de todas las formas y colores.

Y puede que hasta salgan esas personitas a las que hablan. No

entiende cómo pueden estar allí dentro, pero seguro que están,

porque papá discute con ellas todas las noches a gritos, y mamá

habla mucho rato con ellas por las tardes, y se rie cuando las

escucha, y entorna los ojos cuando les dice cosas bonitas, con la

misma voz agradable y suave que le sale cuando lo arropa a él

cada noche.

El niño pasará los próximos días jugando de una forma

diferente, descubriendo los secretos que guardan dentro sus

propios juguetes, y también los ajenos. Pero en su mente ya se

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perfila un plan a más largo plazo. Seguro que el perrito que papá

trajo la pasada Navidad tendrá dentro cosas mucho más

interesantes que sus juguetes. Sabe, de momento, que tiene un

líquido de un color rojo muy intenso, como a él le gusta. Lo vio

una vez que al perrito le mordió el perro grande del vecino.

Seguro que ese perro también tiene dentro ese líquido fascinante.

Y puede que otros animales también lo tengan. Hasta es posible

que sus amiguitos de la guardería tengan en su interior cosas

increíbles con las que, seguro, podría jugar un rato.

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LINDA

Álex José Recoder

Publicado en el nº 27, en enero de 2013

Después de la reunión con Linda, la nueva cantautora, los

productores se quedan solos en su despacho.

-Los temas están muy bien.

-Sí, muy bien. Desde luego que sí. He tomado notas del dos, el

cuatro y el siete.

-Podríamos potenciar esa línea, sí. Una especie de...

-Y buena voz. No desafina.

-Sí, muy buena.

Le dan un trago a sus cervezas.

-¿Le han hecho las fotos?

-Se las están haciendo ahora.

Vuelven a beber.

-Lo de la pierna no tiene por qué afectar.

-¿Afectar? ¿A qué?

-No, a nada.

-Es una cojera muy leve.

-Ya. Hombre, un poco sí que se nota.

-Sí. Un poco sí.

Se oye a la secretaria hablar al teléfono. Como todo el despacho

está enmoquetado, la voz llega amortiguada.

-Es que es una lástima. Si no fuera por eso, sería perfecta: canta

bien, es guapa, simpática...

-Y muy inteligente.

-¿Sí, verdad? A mí también me lo ha parecido.

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-¿Y si la intentamos meter en el circuito de teatros? Acaba de

empezar la temporada, y encajaría muy bien.

-Ya lo había pensado. Todos los músicos sentados en

semicírculo. Y así la gente, que a veces está por lo que no tiene

que estar, se dedicaría a la música, y no a ver si cojea más o

menos.

-Es increíble la gente, a veces.

-Sí.

Acaban sus cervezas, satisfechos.

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LA VENGANZA

Rafa Heredero García

Publicado en el nº 27, en enero de 2013

Sentado en la camilla de la consulta oía hablar a su madre de

cuánto era capaz de comer y dormir, y aunque le gustaba —

siempre prestaba atención cuando hablaban de él—, esta vez no

quería distraerse: tenía los ojos fijos en las manos de la

enfermera, comprobando que era verdad lo que contaban sus

amigos en el colegio. A los seis años, esa enfermera tan cariñosa,

la que olía a jarabe de fresa, la que regalaba el palito de la “aaah”,

te ponía una inyección. Y ya la tenía preparada, pero él también

lo estaba. Metió la mano en el bolsillo del pantalón y agarró

decidido su cuchillo invisible.

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ENTRE TINIEBLAS

Joaquín Valls Arnau

Publicado en el nº 27, en enero de 2013

Cada tarde regreso del trabajo hacia las siete. Nada más entrar

en casa y cerrar la puerta tras de mí, me quedo quieta,

esperándole. Enseguida le oigo aproximarse. Noto cómo, sin

tocarme, me anuda las manos a la espalda con una de sus

corbatas de seda. Acto seguido, me va dando cosas a probar. Si

acierto de qué se trata, me besa en los labios, en el cuello o en los

ojos: él asegura que los tengo hermosos y enigmáticos, como los

de las gatas. A cada fallo, me quita una prenda. Cuando me he

quedado completamente desnuda, comienza la segunda parte del

juego. Confieso que a veces me equivoco adrede: quienes

carecemos del sentido de la vista, tenemos muy desarrollados

todos los demás.

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AL MARGEN

Juan José Tapia Urbano

Publicado en el nº 27, en enero de 2013

Expulsado de todos sitios, perseguido hasta la extenuación por

legiones de ávidos lectores, sabía que millones de ojos me

buscaban deseosos de anularme con el simple uso de una goma

de borrar, pero los largos años de ocultación, de vivir pasando de

una estantería a la siguiente, habían hecho de mí algo esquivo y

difícil de localizar.

Lejano queda ya el día en que el grafito desprendido de la mina

de un lápiz me dio vida, dejándome como una simple anotación

al margen de un viejo ejemplar de “Viaje al centro de la Tierra”.

Quizás aquella mano pretendió mejorar la obra del genio francés,

o simplemente trató de asegurarse el recordatorio de una nota

que de otro modo sabía que desaparecería de su memoria por

siempre.

Como verdadero marginado dentro del universo literario, hoy

vengo a estas líneas con el firme propósito de reclamar lo que es

mío, el derecho a existir como cualquier otro texto nacido de la

creatividad humana.

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ESTADÍSTICAS

Rubén Ibáñez González

Publicado en el nº 27, en enero de 2013

Podría decirse que la principal causa de mortalidad entre el

gremio ganadero de la Luna es, aunque de manera indirecta, la

depresión. Cierto es que la estadística tampoco es demasiado

significativa, habida cuenta del escaso número de ganaderos

censados en el satélite (catorce, para ser exactos), pero hay

documentados cuatro casos con el mismo diagnóstico, lo que

supone un ochenta por ciento de las muertes, frente al paro

cardiaco del casi bicentenario señor Bonilla, acaecido hace un par

de años, que constituye el veinte por ciento restante. El proceso

se ha desarrollado de manera similar en los cuatro óbitos. La

soledad y el aburrimiento se apoderan de los ganaderos en las

largas temporadas de pastoreo. Recordemos que pueden estar

meses, e incluso años, deambulando en solitario por las vastas

praderas lunares hasta que los cerdos selenitas alcanzan las

condiciones idóneas para su sacrificio. En los cuatro casos, los

ganaderos sucumbieron a la desidia, y de ella a la locura,

acabando en una orgía sangrienta en la que uno a uno los

animales fueron sometidos a degüello. Sabido es que el cerdo

selenita posee una naturaleza tranquila, pero sometido a

situaciones de estrés se convierte en una fiera violenta e

indomable. El olor a sangre y carne putrefacta que impregna el

ambiente a las pocas horas de comenzar la matanza convierte a la

piara en un enjambre de caníbales, quedando extinta la manada

en no más de veinte horas. El ganadero acaba siendo devorado

por los últimos cerdos supervivientes, en todos los casos sin

oponer resistencia, escapando las bestias del lugar y muriendo de

inanición unos días más tarde. La descomposición de tantos

cuerpos convierte al paraje en un lugar idóneo para la agricultura

lunar.

La principal causa de mortalidad entre los agricultores de la

Luna es, aunque de manera indirecta, la depresión. El constante

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ecuerdo de sus compatriotas ganaderos fallecidos en sus campos

les hace caer en una profunda melancolía que inhibe sus

funciones psíquicas y cuyo resultado último es la privación

voluntaria de la vida.

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EL DOMADOR Y LA TRAPECISTA

Jesús Carnerero Carballo

Publicado en el nº 27, en enero de 2013

- No necesitas hacer esto. Tienes 58 años y podrías estar en

casa tranquilamente. Sabes de sobra que te puedes jubilar cuando

quieras. Y que no vas a malvivir, precisamente. Tienes mucha

suerte. En cambio tú prefieres jugártela con esas fieras-

- Ya estamos con lo de siempre. Si yo me la juego ahí encerrado

con los leones, ¿qué es lo que haces tú dando saltos de trapecio

en trapecio a 30 metros de altura? No creo que sea demasiado

distinto a lo que hago yo-

- Pues sí. Es distinto. Lo mío depende única y exclusivamente

de mi destreza. No tengo que preocuparme de que una mole de

300 kilos se me eche encima y me destroce-

- Te recuerdo que haces el número con tres personas más-

- Es que eres terco como una mula, joder. ¿Qué necesidad

tienes de jugarte la vida de esa manera?-

- Si no fuese domador sería cualquier otra cosa y también me

jugaría la vida de uno u otro modo. Además tú también corres

muchísimo riesgo, por favor, no me seas-

- Te repito que lo que yo hago sólo depende de mí. Si me caigo

es por culpa mía y de nadie más. Pero tú ahí, en esa jaula…Es

que si pasa lo que sea nadie podrá siquiera acercarse-

- Bueno, ya basta. Justo antes de salir es lo que necesito. Tus

palabras de ánimo-

- Todavía falta un poco para que salgas-

- Pero no quiero escucharte más-

El número del domador llegó, triunfó sin ningún susto

reseñable salvo los que estaban concienzudamente preparados y

terminó, sin más, entre aplausos. Al desaparecer entre los

entresijos ocultos de la carpa, el domador se cruzó con ella y la

miró fijamente. Era su turno. Y aunque en un principio él se

había refugiado en su camerino, en cuanto oyó la presentación

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salió de allí y se situó discretamente entre las bambalinas, desde

donde pudiera verlo todo con claridad. Con demasiada claridad

porque ni el paso de los años ni la lógica erosión de la memoria,

ni siquiera la severa medicación, pudieron borrarle jamás la

espantosa escena en la que ella chocaba fortuitamente contra uno

de sus compañeros de número, rozaba con la yema de los dedos

de su mano derecha la barra a la que tenía que agarrarse y caía al

suelo fracturándose el cuello. Tampoco pudo sacar de su cabeza

las ridículas palabras del gerente del circo cuando se la llevaron al

hospital.

- Tranquilo, todo va a salir bien-

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CATEGORÍA

“RELATO BREVE”


UNA INFORMACIÓN MUY VALIOSA

Raúl Mateos Barrena

Publicado en el nº 23, en mayo de 2012

Julio volvía a la oficina pensando en la sorpresa que se llevaría

el jefe al verle regresar tan pronto. Y después de la sorpresa

vendría el cabreo, cuando Julio le explicara el porqué de su rápida

vuelta. No era su jefe, el Sr. Madrazo, precisamente de las

personas que aceptasen de buen grado el que los avatares del

negocio se desarrollaran de forma distinta a la prevista. Menos

mal que en esta ocasión ninguna culpa podían achacarle a él. Que

estaba ya hasta el gorro de aguantar broncas del jefe al menor

error que cometía. El Sr. Madrazo le había encomendado ir a por

un paquete al almacén y llevarlo con urgencia a un cliente. Sin

embargo, en el almacén las cosas se habían complicado a última

hora -una avería de esa máquina nueva que tanto había costado,

le dijeron- y el pedido no estaba dispuesto. De modo que Julio,

contento por el hecho de que los planes del jefe se hubiesen

fastidiado aunque fuera sólo esta vez, retornaba al trabajo

silbando distraído por la calle y haciendo cábalas sobre su actual

empleo.

El caso es que no le quedaba más remedio por el momento que

aguantar mecha en la oficina si quería seguir disponiendo del

dinero necesario para pagar el alquiler del destartalado piso en el

que vivía, el tabaco, las cervezas y pocos vicios más. A ver si con

un poco de suerte le salía un trabajo mejor pagado y podía dar

con la puerta en las narices al negrero ése que no le dejaba ni

respirar.

Le extrañó ver la puerta de la oficina cerrada. Lo normal era

que estando dos personas -el jefe y Carmen, la secretaria- se

turnaran para ir a tomar fuera el café de media mañana. Tentado

estuvo de dar la vuelta a la esquina e ir al bar a charlar un ratillo

con Carmen fuera del deprimente ambiente de la oficina, pero

pensó que quizás el jefe se habría decidido a acompañarla, así que

extrajo su llave del bolsillo del pantalón y abrió la puerta.

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Recorrió el pasillo hasta llegar a su mesa, dejó el tabaco y el

encendedor sobre ella, y se dirigió hacia el perchero a colgar su

cazadora. Fue entonces cuando le pareció escuchar un ahogado

suspiro.

Se quedó quieto unos segundos, en silencio, extrañado.

Agudizó el oído. El suspiro se repitió. Julio miró la cerrada

puerta del despacho del jefe y avanzó sigilosamente hacia ella.

Los sonidos fueron haciéndose menos difusos, los suspiros

tornábanse en jadeos, los tonos graves pertenecían al Sr.

Madrazo, los más agudos a Carmen -sin duda-... era evidente lo

que ocurría en el despacho: estaban haciendo el amor.

¡Vaya par de golfos! En la propia oficina... echando un polvo.

Ya podían haber buscado un lugar más discreto para ello. Claro

que pensándolo bien, con la puerta del negocio cerrada, el único

que podía entrar desde el exterior era él. Y él, ahora, no debería

estar allí. Si la costosa máquina del almacén no se hubiera

estropeado, él se encontraría en la otra punta de la ciudad

cumpliendo el encargo recibido. Así que el jefe y Carmen no

tenían de qué preocuparse. No corrían peligro de ser

sorprendidos. Y habían decidido aprovechar su ausencia de la

más grata manera posible: dándose un buen achuchón. ¡Qué

caraduras! Los dos, casados ambos, poniendo los cuernos a sus

respectivas parejas. Con lo serios y formalitos que parecían. Tan

responsables, tan trabajadores, que hacían gala en todo momento

de una conducta intachable, ¿quién podía imaginarse una cosa así

de ellos? ¡Qué sinvergüenzas!

Permaneció unos segundos escuchando tras la puerta. La cara

que pondrían si alguien les sorprendiera con las manos en la

masa. ¡Vaya patinazo! Anda que como se enterara Arturo, el

marido de Carmen, se podía armar una buena. Arturo era un

tiarrón de casi dos metros, con cara de pocos amigos y parco en

palabras. Si llegara a saber que su mujer se acostaba con el jefe, la

cabeza de éste no valdría ni un duro. Y la esposa del Sr. Madrazo

también se llevaría un buen disgusto si supiera en qué ocupaba

parte del tiempo su marido. No la conocía personalmente, pero

seguro que no le haría ninguna gracia.

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Al otro lado de la puerta seguía la fiesta. El ritmo de suspiros y

jadeos se aceleraba. Sin duda, Carmen y el jefe sí que podían

presumir de que ellos disfrutaban en el “trabajo”. Y él, por el

contrario, que apenas si le quedaba tiempo para echarse un

cigarro tranquilo; y malpagado, que no se arruinaría precisamente

el negrero por el mísero sueldo que le daba. Y el caso es que

ahora Julio disponía de una información muy valiosa.

Probablemente, aquel par de caraduras estarían dispuestos a dar

el oro y el moro para que esa información nunca saliese a la luz.

Su precaria situación en la oficina podía cambiar mucho si

lograba sacar provecho del inesperado descubrimiento. ¿Y cuál

sería la mejor forma de que ellos supieran que el chico de los

recados conocía sus achuchones? Se lo diría a Carmen cualquier

día, que ella ya se encargaría de comunicárselo al jefe

inmediatamente. O quizás... no, eso no, sería demasiado... ¿y por

qué no?. No era mala idea: sorprenderles ahora, “in fraganti”,

como sin querer, fingiendo un gran pesar por su

“inoportunidad”. Además, vería la cara que se les quedaba a

ambos. Seguro que tardaría mucho tiempo en olvidarla. De modo

que no lo pensó más. Dio dos golpes rápidos con los nudillos en

la puerta del despacho y asomó la cabeza.

Carmen, semidesnuda sobre la mesa, profirió un grito de

pánico. El Sr. Madrazo, con el culo al aire, se giró violentamente

fulminándole con mirada asesina.

-Perdón -musitó Julio, aparentemente compungido, retirándose

inmediatamente y cerrando con presteza la puerta.

Haciendo esfuerzos por no soltar la carcajada Julio volvió a su

mesa de trabajo. Todavía veía la cara de pavor de Carmen, el

odio asesino en el rostro del Sr. Madrazo. Se dejó caer satisfecho

sobre la silla y encendió un cigarrillo. ¡Vaya escenita la que

acababan de contemplar sus ojos! Inolvidable.

Carmen apareció a los pocos minutos terminando de

recomponer su ropa. Sin decir palabra, cogió unas cuantas

facturas que tenía sobre la mesa y se sentó delante del ordenador.

Julio bajó la vista de nuevo a su escritorio y reanudó con hastío

su faena. No le importaba gran cosa lo que pensara Carmen.

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Debía estar furiosa por dentro. Si pudiera seguro que le

asesinaría. Tampoco hasta ahora le había caído mal la chica.

Siempre la había considerado una chica demasiado formal. Pero

mira, mira... retozando con el jefe. ¡Vaya pájara! De todas formas,

tampoco era ella la persona de quien más provecho podía sacar.

Era más importante la reacción del Sr. Madrazo.

El jefe seguía encerrado en el despacho. Estaría con un cabreo

de mil demonios. Aunque el hecho de que no le hubiera llamado

inmediatamente era positivo. Estaría analizando racionalmente la

situación para encontrar la mejor solución posible. Sin duda, el

deseo del Sr. Madrazo sería ponerle de patitas en la calle para así

perder de vista a tan incómodo empleado. Pero no podía hacerlo.

Tenía que negociar con él, si no quería que esa información tan

comprometedora que Julio tenía en su poder se difundiera. ¿Y a

él qué más le daba que el jefe se tirase a la secretaria? Le

importaba un carajo. Lo que sí que le importaba era el birrioso

sueldo que recibía, los frecuentes rapapolvos a causa de naderías,

el que se le tratara como un esclavo, el asqueroso cuchitril en el

que vivía. Sí, todas esas cosas sí que le importaban. Y eso era lo

que tenía que cambiar a partir de ahora.

Por fin, al cabo de casi media hora, Julio oyó cómo se abría la

puerta del despacho. Escuchó tenso los firmes pasos del jefe que

se acercaban. Cesaron los pasos y hubo unos instantes de

silencio, como si el Sr. Madrazo todavía dudara.

-Julio, venga a mi despacho.

Julio se levantó sin prisa de la silla y siguió al jefe. Ya dentro del

despacho, el Sr. Madrazo miró recto a los ojos de Julio.

-Recoja sus cosas y váyase, Julio. Está usted despedido.

Julio dio un respingo. Esto sí que no se lo esperaba. ¡Qué

cabronazo! Creía que el Sr. Madrazo no se atrevería a despedirle

por más que lo deseara. Pero si eso era una estupidez. El jefe no

comprendía la importancia de la información que tenía Julio, el

cómo podía utilizarla. Se quedó durante unos segundos

completamente inmóvil, helado, incapaz de articular palabra. Al

fin, empezó a sentir cómo la rabia le subía por el cuerpo,

arrebolándole el rostro.

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-Al marido de Carmen no le va a gustar nada lo que he visto

-amenazó.

El Sr. Madrazo agarró con fuerza un brazo de Julio y le arrastró

hacia la puerta.

-He dicho que se largue. Y lo más rápido que pueda. Ya le

llamaremos para que pase a recoger su liquidación -prosiguió con

desprecio.

Julio metió en una bolsa los pocos objetos de su propiedad que

tenía en la oficina y sin decir nada a Carmen, que permanecía

rígida y muda como una estatua, se dirigió hacia la salida.

-¡Mierda! -exclamó, dando un violento portazo.

Se iba a enterar el jefe. Si pensaba salir de rositas de este feo

asunto, estaba muy equivocado. A su mujer no le iba a gustar

nada saber que se la estaba pegando con la secretaria. Mucha

fachada, mucha formalidad, mucha imagen de hombre serio y

respetable, y después ¿qué?. Un cabronazo. Eso es lo que era. Y

el marido de Carmen, ¿cómo reaccionaría al saberlo? Se pondría

hecho una furia, sin duda. No tardaría más de quince minutos en

cuanto se enterara en plantarse delante del Sr. Madrazo y partirle

la cara. Probablemente le atizaría también un par de guantazos

bien dados a Carmen. Merecidos los tenía, desde luego. Tan

culpable era ella como el cabrón del jefe.

Aquella misma tarde Julio buscó en la guía telefónica el número

del Sr. Madrazo. No le costó mucho encontrarlo. Levantó el

auricular y marcó el número. A esa hora seguro que él estaría en

la oficina, trabajando. Bueno, eso de trabajando... quizás estaría

dándose otro revolcón con la secretaria.

-Sí, dígame. -contestó una voz femenina.

-La señora de Madrazo, por favor...

-Soy yo. Dígame.

-Verá, señora. Soy Julio, un ex-empleado de la oficina de su

marido. Quería decirle una cosa. Su marido se la está pegando

con Carmen, la secretaria.

Sonó una risa nerviosa al otro lado del hilo.

-Pues vaya novedad, hijo, vaya novedad. Anda y que te den por

ahí, imbécil.

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Y colgó.

Julio se quedó con una estúpida mueca de incredulidad en el

rostro.

-¡Mierda! -no pudo contener la exclamación.

La mujer del jefe estaba al corriente de que éste se acostaba con

la secretaria. Y no parecía que le afectara demasiado. ¡Qué falta

de escrúpulos! Ya se la estaba imaginando. Seguro que era una de

esas señoronas cubiertas de pieles, bien cargadita de joyas, la Visa

en el bolso -que no falte- para comprar un par de cosillas en esta

boutique y otro par más en la de enfrente. ¿Que mientras su

marido se la está pegando? Pues que le aproveche. Ella, con que

no le falten sus pieles, sus joyas, su apartamento en la playa, sus

caprichitos de aquí y de allá, ¿qué más le da? Seguro que se lo

montaba ella también con algún jovencito cuando le venía en

gana.

Julio paseó pensativo por su apartamento. Se había esfumado

su primera posibilidad de venganza. Había perdido el primer

asalto, pero todavía le quedaba su opción a priori más fuerte:

Arturo. El brutote no podía fallarle.

Al día siguiente de ser despedido, Julio decidió dar una vuelta

por el barrio donde residía Carmen. No estaba excesivamente

lejos de donde él vivía. Conocía la casa, ya que no hacía mucho

tiempo Carmen le había acercado hasta allí una mañana al salir de

la oficina. Lo que no sabía era el piso, aunque le fue fácil

averiguarlo recorriendo con su mirada los nombres que figuraban

en el portero automático. Era el cuarto izquierda. Seguía dándole

vueltas a la cabeza acerca de cómo y cuándo dar la desagradable

noticia a Arturo. Probablemente fuera mejor decírselo sin que

Carmen estuviera presente. Así se evitaba la vergüenza de

chivarse teniendo delante a su ex-compañera; evitaba también el

riesgo de que ella se las apañara para convencer a Arturo de que

todo era una asquerosa mentira y encendiera los ánimos del

gigantón en su contra, estando demasiado cerca de él. Quizás

fuera mejor darle la noticia por teléfono, no fuera que a Arturo le

diera un repente y la pagara con quien tuviese más a mano.

Bueno, ya lo pensaría con tranquilidad. No había prisa. Podía

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demorarse un par de días en hacer estallar la tormenta.

Iba ya a volverse y continuar callejeando cuando sintió una

mano apoyarse sobre su hombro derecho. Se volvió

sobresaltado. Era Arturo.

-Vaya, vaya, Julio... ¿qué haces por aquí?... ¿no estás trabajando?

-No, no estoy trabajando -contestó Julio, no del todo repuesto

de la sorpresa-. Ya no trabajo allí... me despidieron.

El rostro de Arturo no reflejó la menor emoción. Como si le

importara un pepino.

-Bueno, ¿y qué haces por aquí?... ¿no vendrías a hablar

conmigo?

Julio dudó unos instantes. Al fin y al cabo, ¿para qué andarse

con monsergas? Cuanto antes hiciera lo que tenía que hacer,

mejor. Este podía ser un momento tan apropiado como cualquier

otro para poner al corriente al marido de Carmen.

-Pues sí, Arturo. Quería hablar contigo -respondió al fin-. Es

un poco fuerte lo que tengo que decirte. Se trata de Carmen. Te

pone los cuernos con el jefe de la oficina.

Apenas si atisbó Julio el puño cerrado de Arturo que se le

hundió en la boca del estómago. Se dobló sobre sí mismo,

intentando desesperadamente encontrar aire. Incapaz de levantar

la cabeza, vio como la rodilla del gigantón se dirigía recta a su

frente. Salió despedido hacia atrás por la violencia del golpe y

quedó tendido sobre las baldosas de la calle, mirando con ojos

temerosos y confusos a Arturo, que se aproximaba despacio.

-¡Pero qué gilipollas eres! -dijo el gigantón con una sonrisa en la

boca-. ¿Y pensabas que yo no lo sabía?... Pues claro que lo sabía,

hombre. De hecho fue idea mía. ¿De dónde te crees que sale el

dinero que nos cuesta este piso? ¿De dónde piensas que han

salido los dos coches? ¡Vamos, lárgate de aquí! Y como te vuelva

a ver cerca de Carmen o de mí, te rajo.

Julio, desde el suelo, contempló como Arturo pasaba por

encima de él y desaparecía en el portal de su casa. Se levantó a

duras penas y dio unos pasos tambaleantes. Sintió deseos de

gritar: “¡Mierda!”, pero ni siquiera tuvo fuerzas para hacerlo.

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FALDUR, EL ARCHIMAGO

Nilo Fernández

Publicado en el nº 23, en mayo de 2012

—Con todo respeto, Canciller, su decisión no me parece

acertada.

—Ya hemos hablado de esto. ¿Acaso no es el Archimago

Faldur el más avezado en el manejo de hechizos necrománticos

de alto nivel?

—Sí, claro. De eso no hay dudas.

—¿Cuál es el problema, entonces? ¿Acaso no ha visto el

currículum de ese hombre?

—No es su experiencia en la materia la que me preocupa,

Canciller. Sus numerosos títulos, posgrados y credenciales dan

plena fe de su excelso conocimiento en el arte de la reanimación.

Pero usted no ha conocido a Faldur personalmente, y déjeme

decirle que es un hombre muy excéntrico. Sus discursos carecen

de la coherencia estilística a la que están acostumbrados los

honorables hechiceros y magos que usted ha convocado el día de

hoy. Y sus demostraciones prácticas carecen de tacto; se podría

decir que a veces hasta son ofensivas.

—Bueno, no creo que sea para tanto. Además, muchos de

nuestros magos más exitosos son personas bastante peculiares.

¿Acaso niega que la excentricidad sea una característica común

entre hombres como nosotros?

—No, claro que no.

—¿Acaso no se ha hecho famoso usted mismo por creer que la

ropa de color rojo le ayuda a estabilizar sus hechizos a base de

fuego? Por eso anda siempre con ese dichoso pañuelillo colorado

colgado del bolsillo superior de su túnica.

El Ministro Mualar frotó su pañuelo colorado con las yemas de

sus dedos; luego esbozó una sonrisa socarrona.

—Bueno, es cierto que yo también tengo mis mañas. ¿No las

tenemos todos?

—Pues, a eso mismo me refiero —respondió el Canciller,

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mientras ambos tomaban asiento en la primera fila del

auditórium.

—No, usted se refiere a algo muy distinto. Porque, créame

cuando le digo, que el problema de Faldur va mucho más allá de

lo que usted piensa. Nada tiene que ver con mañas o malos

hábitos, sino que se trata más bien de una interpretación

demasiado novedosa de la magia, tan novedosa que, como ya le

he comentado, a veces suele ofender a mucha gente.

En ese momento se apagaron las luces del auditorio. Los

hechiceros, druidas, brujas y magos que colmaban el lugar

comenzaron a hacer silencio poco a poco, mientras una música

extraña, quizá de origen celta, comenzaba a surgir de los

parlantes. Y luego de un par de minutos al son de esa música

alegre e hipnótica, sonó la impostada voz del presentador a través

de los altavoces, anunciando la llegada del personaje que todos

aguardaban con suma expectación: el Archimago Faldur.

Faldur apareció de la nada sobre el escenario. Explicar cómo lo

hizo no es tarea fácil; fue cómo si se tratase de una centella, una

luz cegadora que pronto se materializó adquiriendo las

dimensiones antropomórficas necesarias para dar origen a la

existencia corpórea del archimago. Y en el momento en que éste

apareció por completo frente a todos, en algún lugar no muy

lejano un edificio entero se quedaba sin luz.

—Toda la magia es, en sí misma, un oxímoron perfecto, una

contradicción de energías, cuyos orígenes son en gran parte

ignotos, cuya aplicación supone la sustracción, cuya concreción

supone una consecuente destrucción, cuya voz supone el

inmediato y temporario silencio de un agente diferente al ejecutor

mágico —comenzó diciendo Faldur a modo de introducción a su

tesis—. Por lo tanto, la magia disruptiva de leyes inmanentes de

la naturaleza sólo debe ser ejecutada por quienes tengan absoluto

control sobre la posterior reacción mágica.

El Canciller, asintiendo satisfecho, echó una mirada sonriente al

Ministro, que estaba sentado a su derecha. Hasta ahora la

presentación del archimago era impecable, lo cual probaba su

acierto al haberle invitarlo como primer orador para el Segundo

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Congreso sobre Artes Mágicas Disruptivas. El Ministro Mualar

tendría que tragarse todas sus advertencias.

—Pero, lo que usted manifiesta implica aceptar ciegamente la

teoría de la reacción mágica —dijo un venerable archimago local

llamado Sardenias, pues estaba permitido hacer preguntas y

breves acotaciones—. Y esa teoría es sólo eso, una hipótesis más

que todavía no ha podido comprobarse.

Faldur se sorprendió, pues no esperaba que las objeciones

comenzaran tan pronto.

—Toda acción tiene una reacción, y con la magia no es

diferente.

—Pero ¿puede probarlo?

Faldur meditó unos momentos.

—Que les parece esto —dijo con renovada resolución—.

Supongamos que deseo cambiar mi vestuario por arte de magia.

Se me ocurre una bonita chaqueta de cuero. ¿Alguien sabe cuál es

el hechizo que debería utilizar para lograr esto?

¡Metatéxtilum! —respondieron al unísono todos los magos,

brujas, hechiceros y druidas presentes. Es que todos los

ejecutores mágicos son, en general, personas engreídas y

soberbias, y siempre buscan andar demostrando que saben

mucho.

Entonces, por arte de magia, todos esos magos, brujas,

hechiceros y druidas presentes, se encontraron de repente

vistiendo chaquetas de cuero. Y cabe aquí mencionar, que en el

preciso instante en que esas prendas de cuero aparecían de la

nada sobre los cuerpos de los burlados espectadores, en algún

lugar, un peón rural de nombre incierto se agarraba el pecho,

infartado, pues había visto a todo el ganado caer fulminado

debido a una inexplicable despellejación espontánea.

—Está bien, nos ha engañado —admitió el venerable

Sardenias. Y mientras hablaba, el cuero de su campera

friccionaba con el tapizado de la butaca, produciendo un sonido

como de flatulencias—. Pero esto no prueba nada.

—Debo disentir con usted, pues con esto he probado dos

cosas, mi venerable camarada —dijo Faldur.

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—Explíquese —solicitó Sardenias.

—En primer lugar, he probado que son unos idiotas.

Ante esto, el Canciller se sobresaltó y casi se cae de su silla,

pálido de la vergüenza. De inmediato se volvió hacia el Ministro

Mualar, que estaba sentado a su derecha. El Ministro se encogió

de hombros e hizo una mueca de resignación, como diciendo ¨te

lo dije¨.

Se armó entonces un alboroto de voces entre los ofendidos

presentes, que pronto fue acallado a pedido del venerable

Sardenias, el archimago local. Éste instó a Faldur a que

continuase con su patética exposición, y le dijo que al ofenderles

sólo demostraba que no tenía pruebas y que en realidad era un

fraude. Faldur, sin hacerle demasiado caso, continuó diciendo:

—Tengo entendido que aquí hay un mago que es propietario

de la Granja del Muérdago Estrujado. ¿Es cierto esto?

El mago en cuestión dudó unos instantes, y luego se puso de

pie entre la multitud.

—Yo soy ese mago —dijo el hombre con evidente

desconcierto.

—¿Ha traído usted su celular? —preguntó Faldur.

—Sí, a-aquí lo tengo —tartajeó el propietario de la granja.

Todos los presentes observaban la disparatada escena sin

comprender qué era lo que Faldur se traía entre manos.

—Va a recibir usted una mala noticia —dijo el archimago—.

Será por mi culpa, así que sólo le pido que tenga usted paciencia,

pues le compensaré todo el perjuicio causado.

—¿Una mala noticia? —balbuceó el hombre, sin entender nada

de lo que estaba sucediendo. En ese momento su celular

comenzó a sonar. Entonces, ante el silencio y la expectación de

todos, el mago atendió el dichoso aparato, y a medida que

avanzaba la conversación, todos pudieron ver como se le

deformaba el rostro a causa de un profundo e inesperado

desasosiego. En efecto, había recibido una mala noticia. Se

desplomó entonces sobre su butaca y, con incipientes lágrimas en

los ojos, contó que le había llamado uno de sus empleados en la

granja, para notificarle la terrible noticia de la muerte de uno de

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sus peones y de todo su ganado. Al parecer, según palabras del

propio empleado, los animales habían muerto despellejados,

despellejados como por arte de magia.

Todos los presentes se volvieron hacia el archimago Faldur,

que sonreía y jugaba despreocupadamente haciendo danzar

pequeñas llamas por entre sus dedos.

—He dicho que compensaré el daño causado —dijo Faldur, al

advertir las furiosas miradas sobre su persona.

—¿Acaso quiere convencernos de que la muerte del ganado es

el resultado de un efecto controlado de reacción mágica? —

preguntó Sardenias, para que su voz fuese escuchada por sobre

los balbuceos, las exclamaciones de sorpresa y los sonidos de

cuerina flatulencia.

—Es la pura verdad —contestó Faldur.

—Usted es un chiflado —aseguró el archimago local—. La

reacción mágica es, en sí misma, una hipótesis alocada que carece

de pruebas respaldatorias. Se trata de una teoría que los odiosos y

conservadores hombres normales inventaron en un vano intento

por prohibir el uso de la magia. ¡Y encima de eso, usted quiere

convencernos de que dicha reacción puede ser prevista y

controlada por el ejecutor mágico! ¡Es imposible! ¿Me oye?

¡Imposible!

Faldur miró al cielo, harto ya de tanta oposición a sus teorías

bien probadas.

—Bueno, vamos con otro ejemplo más —dijo con cierto

desgano—. No me avergüenza decir que, debido a una lesión

sufrida en mi rodilla izquierda hace tres veranos, cuando

participaba de la cacería de un troll de las nieves, terminé por

volverme adicto a ciertos medicamentos para el dolor, así como

de otros medicamentos antidepresivos.

—Por favor, honorable archimago —intervino el Canciller, que

a este punto ya quería esconderse debajo de su butaca—. No

hace falta que ventile detalles tan privados.

—No hay problema, estimado Canciller. Lo hago para probar

mi siguiente punto —Faldur esbozó una amarillenta sonrisa—.

Digamos que deseo purificar mi cuerpo, aunque sólo sea por un

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corto tiempo, de estos venenos auto-ingeridos que ahora corren

por mi sangre —alzó de repente una mano, para ordenar

silencio—. Ya sé que todos saben cuál es el hechizo necesario

para esto, pero preferiría que no lo nombrasen, pues no

queremos que se produzca un acontecimiento tan desafortunado

como el de recién.

Al cabo, luego de cerciorarse de que todos guardaban el debido

silencio, Faldur se dispuso a conjurar el hechizo:

—¡Saludábilum! —dijo con énfasis. Y ni bien hubo

pronunciado estas palabras, su cuerpo pareció rejuvenecer un

poco. Su amarillenta y machada tez se tornó de una tonalidad

más rosada, y algunas de esas manchas parecieron desaparecer.

Su postura también mejoró, ahora se le veía caminar más erguido.

—No nos asombra con ese hechizo tan básico —se burló

desde su sitio el venerable Sardenias.

Faldur no le hizo caso y continuó diciendo:

—Tengo entendido que entre nosotros se encuentra el mago

Ganuman, entrenador del equipo de balones mágicos de la

Universidad Astral. ¿Estoy en lo cierto?

—Ese soy yo —dijo Ganuman al incorporarse. Entonces,

todos los presentes se volvieron hacia él.

—¿Ha traído usted su celular? —le preguntó Faldur.

—En realidad, no. —contestó el mago—. Pero ahora mismo lo

conjuraré.

En un santiamén, el equipo celular se materializó en las manos

de Ganuman.

—Pues bien, temo decirle que recibirá usted una mala noticia

—advirtió Faldur—. Pero, no se preocupe, también le

compensaré cualquier perjuicio ocasionado.

En ese momento el celular del mago comenzó a sonar. El

mago atendió entonces, y a medida que se desarrollaba la

conversación, todos pudieron ver como su rostro se desfiguraba

en una mueca sombría y lastimera. Al finalizar la comunicación el

mago se desplomó sobre su asiento; y entre sollozos contó que

todo su equipo estudiantil de balones mágicos había sido

descalificado del campeonato local, pues todos habían fallado los

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análisis de anti-doping.

—¡No nos engaña, Faldur! —exclamó Sardenias—. ¡Esto no es

más que otra farsa ideada de antemano! Esto es…

—Antes que diga nada más, mi estimado archimago —le

interrumpió Faldur—, déjeme hacerle esta pregunta. ¿De verdad

no cree en mi capacidad para controlar a gusto la reacción

mágica? ¿O sólo está celoso porque usted no puede hacerlo?

—¿Qué dice? Un gran mago como yo nunca estaría celoso de

alguien como usted —contestó Sardenias con altanería—.

Simplemente no lo creo. Para mí, usted no es más que un fraude,

un embustero.

—En ese caso, le presentaré a una buena amiga mía, que me

acompañará ahora en el escenario. De seguro todos se acordarán

de ella, y de seguro todos se sorprenderán al verla, pues ha estado

muerta desde hace una semana. Pero ahora mismo la he revivido

mediante un arcano hechizo de reanimación, y la he transportado

hasta aquí.

Ante todos apareció la reconocida hechicera Ulfred, quien

había fallecido en su laboratorio debido a un fallido intento de

alquimia. Todos se sorprendieron y murmuraron entre sí, pues el

hechizo necromántico había probado ser muy efectivo, ya que

Faldur había logrado contrarrestar la putrefacción del cuerpo de

la joven. Sin embargo, lo que más alarmó a los presentes, sobre

todo al archimago local, fueron las siguientes palabras de Faldur:

—Dígame, estimado Sardenias. ¿Ha traído usted su celular?

Temo decirle que hoy recibirá malas noticias…

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TERRORES NOCTURNOS

Susana Torres

Publicado en el nº 24, en julio de 2012

Obra ganadora en la categoría “Relato breve”

Se llama Noelia y tiene seis años. Podría llamarse Marta, Ana o

Javier; podría tener cuatro años, o doce, pero sufriría los mismos

miedos después de apagarse las luces. Para Noelia se han apagado

hace casi dos minutos. Sabe que aún no debe temer nada, que los

monstruos tardarán un rato en llegar. Aún no domina muy bien

eso de contar las horas en el reloj, pero está bastante segura de

que hasta que la aguja grande no da una vuelta completa no tiene

que preocuparse. Pero claro, se preocupa.

Ella aún no sabe ponerle nombre, pero le aterra la anticipación,

el saber casi con seguridad que en una hora, más o menos, se

desatará el terror. No sucede todas las noches, pero tiembla cada

una de ellas. Espera con la cara tapada por el embozo de la

sábana, intentando no moverse, no hacer ningún ruido. Cree que

si se queda muy quieta y en silencio, tal vez se olviden de ella y

los monstruos no vengan a visitarla esa noche. Tiembla bajo la

sábana y tiene ganas de llorar, pero se obliga a sí misma a

reprimir el más mínimo gemido.

Los ruidos en la casa han cesado. Mala señal. Ahora que sus

padres se han acostado, que ya no hay ninguna luz en la casa,

ningún sonido, es cuando Noelia empieza a preocuparse de

verdad. Saca la cabeza ligeramente y con el rabillo del ojo mira

hacia el armario empotrado que tiene a la izquierda. Apenas

puede distinguir si está cerrado del todo. La tenue luz que se filtra

por la persiana no permite distinguir si esa zona más oscura es el

tirador del armario, o una mano, o una garra... Gira la cabeza a su

derecha, hacia la puerta que da al pasillo. Parece bien cerrada,

pero tampoco está totalmente segura de ello. Un pequeño sollozo

se le escapa. Está sola en su cuarto, y si esa noche vienen los

monstruos, ya no tardarán mucho. Vuelve a esconderse bajo las

sábanas.

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Le parece oír un ruido. Algo cruje. Podría ser la puerta del

armario, o el parqué del pasillo. Noelia no sabe de donde

proviene el ruido, amortiguado por la ropa de cama que le cubre.

Siente pánico, pero sabe que debe sacar la cabeza para orientarse

y localizar la procedencia del ruido. Necesita saber por dónde

vendrá el monstruo. Algunas noches ha pensado que podría

aparecer en su habitación un vampiro, de esos que salen en las

películas que su madre no le deja ver, pero que ella ha visto

igualmente porque su amiga Carla tiene una madre muy guay que

les deja ver lo que quieran en la tele cuando duerme allí. Sería lo

mejor, que entrase uno de esos vampiros buenos que te salvan de

los monstruos realmente malos. Pero de momento, ninguna

noche ha recibido ese tipo de visitas. Peor sería que saliese algo

del armario. En ninguna de las películas que ha visto salía nada

bueno de un armario. Pero quizá si saliera un monstruo del

armario cruzaría la habitación sin fijarse en ella, y saldría por la

puerta al pasillo, camino de la cocina, para darse un atracón de

comida.

Vuelve a oír un crujido, esta vez con mayor claridad. Ahora ya

no puede reprimir el llanto. Al fin y al cabo sigue siendo una

niña, eso le dice siempre su madre. Así que se pone a llorar,

desconsolada, aunque haciendo el menor ruido posible. Porque

ahora ya sabe por donde viene el monstruo. No, no entrará

ningún vampiro por la ventana. Ni siquiera saldrá un hombre

lobo del armario. La puerta de su habitación comienza a abrirse,

las bisagras emiten el leve chirrido que Noelia conoce tan bien.

Ya no puede aguantar más. Todo su cuerpecito tiembla de terror,

mientras grandes lagrimones surcan su carita, una cara que estaría

mortalmente blanca si hubiera un atisbo de luz para observarla.

Porque ahora ya ha visto al monstruo.

Tenía la esperanza de que esta vez fuese un vampiro, o un

hombre lobo. Quizá hasta un horrible troll habría sido

soportable. Pero no, no ha habido suerte. El llanto se le desborda

cuando comprueba que esta noche, de nuevo, el monstruo que

acaba de entrar en su habitación es papá.

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EL AZAR

Joaquín Valls Arnau

Publicado en el nº 24, en julio de 2012

En cuanto Alicia vio que su marido, nada más levantarse de la

siesta, se disponía a poner en marcha el televisor, cerrando de

golpe el libro que estaba leyendo, le dijo:

-¿Te has dado cuenta? Nos pasamos todos los días, de lunes a

viernes, trabajando hasta las tantas, y los fines de semana ya

nunca salimos: haga sol o llueva, nos quedamos aquí encerrados,

cada uno a lo suyo y sin dirigirnos casi la palabra.

Como fuere que él no parecía prestarle atención, ocupado

como estaba en localizar el canal por el cual retransmitían el

partido, ella insistió, algo crispada:

-¿Tan importante es eso que buscas, que ni siquiera puedes

escucharme durante unos segundos?

-Si lo que pretendes es que volvamos a discutir sobre el tema de

siempre, te advierto que ésta no es la mejor ocasión -respondió él

con fastidio, desde el otro extremo del sofá-.

Alicia se le acercó y, posando la mano sobre su muslo, le dijo,

conciliadora:

-Carlos, lo de los hijos aun puede esperar, ya lo sabes. Seis años

juntos no son muchos, y yo aun soy relativamente joven. Me

duele un tanto, ya que lo insinúas, que todas mis amigas sean ya

madres y se las vea tan contentas. Pero lo que no quiero es que

en algo tan importante puedas sentirte presionado.

-Entonces, ¿qué mosca te ha picado?

-Pues que no podemos seguir así por más tiempo. Y pienso que

si ambos nos lo proponemos, todavía podemos ponerle remedio.

Él permaneció callado. Tan sólo en la media parte del

encuentro, propuso encargar unas pizzas para cenar. Así lo

hicieron, y el resto de la velada transcurrió sin más novedad.

Hasta que él, al ponerse en pie para irse a acostar, le dijo sin

entusiasmo:

-De acuerdo, por mí no quedará. ¿Se te ocurre cómo o por

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dónde empezar?

Aquel cambio inopinado de actitud infundió ánimos a Alicia.

Hasta tal punto que, al día siguiente, cuando él se levantó, con

una sonrisa de oreja a oreja le mostró la página web del balneario

donde acababa de reservar para el siguiente fin de semana.

Él, tras echar un rápido vistazo, únicamente acertó a comentar:

-Esto queda un poco lejos, ¿no? Aunque no tiene mala pinta. Y

además, en esa clase de sitios probablemente se come bien.

Ella afirmó con la cabeza. Tras dudar un instante, le contó que

ya conocía aquel lugar de cuando era niña, todavía en vida de sus

padres, y que le hacía mucha ilusión regresar. Omitió, sin

embargo, que había seguido acudiendo allí algunos fines de

semana, ya en compañía de Juanjo. Rememoró entonces con

pesar aquella mañana en el balneario, ocho años atrás, cuando se

atrevió a confesarle que había comenzado a salir con Carlos, a

quien prefería porque era bastante más divertido que él, y que

por toda respuesta, Juanjo, que era de lágrima fácil, antes de

despedirse definitivamente se echó a llorar.

Llegaron el viernes al anochecer. Desde el aparcamiento,

situado en una pequeña explanada, se disponía de una vista casi

completa del recinto, en el que destacaba el edificio de tres

plantas con la fachada revestida de piedra y el tejado de pizarra.

El exterior se hallaba surcado de caminos iluminados por viejas

farolas.

Del techo del amplio vestíbulo colgaban varias arañas de cristal.

A derecha e izquierda había varias puertas, todas ellas de madera

oscura combinada en su parte superior con vidrios de colores.

Por un instante, Alicia se vio a sí misma correteando por aquella

sala, escondiéndose de sus padres tras alguna de las columnas o

accionando la manivela del organillo que todavía ocupaba un

rincón de la estancia.

En el mostrador de recepción apareció una mujer de mediana

edad, severamente vestida y con el pelo recogido en un moño,

quien les explicó con todo lujo de detalles los distintos servicios y

horarios del establecimiento, y les entregó la llave de una

habitación del segundo piso. Comprobaron que la ventana se

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asomaba a una pequeña piscina al aire libre revestida de azulejos

amarillos, de la cual emanaban constantemente nubes de vapor

de agua.

Mientras tarareaba una canción, Alicia se puso a deshacer las

dos maletas. Cuando hubo terminado se dirigió, risueña, a su

marido:

-Nunca habías estado en un hotel tan lujoso, ¿a que no?

-Yo, la verdad, me encontraría bastante mejor en un sitio más

moderno. Por no tener, apostaría a que ni siquiera tiene conexión

a internet ¡Pero todo sea por tener complacida a la niña!

Aquella era una frase que él le repetía a menudo, en tono de

chanza. Al escucharla, Alicia no replicó, pero le cambió

súbitamente el semblante y dede sonreír.

Pasadas las nueve bajaron a cenar. Cuando estaban a punto de

acceder al gran comedor, Alicia de pronto se detuvo. Acababa de

descubrir que uno de los ocupantes de la mesa que había más al

fondo, no era otro que Juanjo, con su inconfundible melena

rubia recogida con una coleta, a quien acompañaba una chica

también rubia.

Viendo que a Alicia le sucedía algo extraño, Carlos le preguntó

si se encontraba bien. Ella, con la voz temblorosa, respondió:

-Sí, sí, es que por un momento creía haber olvidado el teléfono

en la habitación, pero resulta que lo llevo en el bolsillo. Si te

parece bien, podríamos sentarnos en esa mesa de ahí al lado, la

del biombo de celosía.

-Parecerá como si nos estuviésemos escondiendo, pero en fin,

si tú la prefieres… A propósito, si te fijas, aparte de nosotros, tan

sólo hay ocho clientes más. ¿Y has visto a esa vieja que sirve los

platos? Es como si la hubieran sacado de una película de esas de

terror gótico. ¡A vaya sitios que me llevas!

Alicia apenas prestaba atención a su marido. Por contra, a

través de la rejilla de madera no dejaba de seguir los movimientos

de la pareja del fondo. En el centro de la mesa tenían una vela

encendida, y les acababan de servir un vino blanco en grandes

copas. Cada dos por tres, ambos dejaban los cubiertos sobre el

plato y entrelazaban sus manos mientras hablaban mirándose a

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los ojos. Juanjo conservaba pues intactos -pensó Alicia- su tacto

exquisito y sus gustos refinados. Y las atenciones que dedicaba a

aquella joven, le resultaban de sobra familiares.

Antes de que les trajeran el segundo plato, Alicia, a quien se le

había ido formando en el estómago un nudo que le impedía

tragar, comentó a Carlos que no se sentía bien, por lo que subiría

ya a la habitación e intentaría dormir. Él asintió, indicándole que

en cuanto terminase de cenar se uniría a ella.

Cuando él se metió en la cama y apagó la luz, Alicia todavía

estaba despierta. Al poco, en la pared en que se apoyaba el

cabezal de la cama empezaron a escucharse unos golpes

acompasados, cuya intensidad fue en aumento hasta que, al cabo

de unos diez minutos, cesaron por completo. Alicia, que en un

primer momento se había sobresaltado, luego, divertida, jugó a

imaginarse qué estarían haciendo en aquel preciso instante los

ocupantes de la habitación vecina, a tan sólo un palmo de

distancia de ellos pero al otro lado del tabique. Dudó si Carlos,

que había permanecido inmóvil todo el rato, también lo había

oído todo. Aquel suceso imprevisto la había hecho sonreír en la

oscuridad, pero ya estaba medio dormida de súbito la asaltó un

presentimiento que le hizo pasar la noche en vela.

A la mañana siguiente bajaron a desayunar después de que el

resto de huéspedes ya lo hubiera hecho. Al terminar, Alicia

propuso a su marido:

-¿Qué tal si salimos de excursión? Te llevaré al que era mi

rincón favorito cuando veníamos aquí con mis padres, a ver si

logro dar con él. Queda a una hora más o menos, siguiendo un

camino que se toma al otro lado de la carretera.

-¿Y si lo dejamos para otra ocasión? Se nos ha hecho tarde, y

además están esos nubarrones que se aproximan. No me gustaría

pillar un resfriado, ya sabes cuánto me cuesta reponerme de ellos.

Mira, te propongo ir a visitar ese pueblo que queda a pocos

kilómetros, y de paso podemos comer allí.

Ella accedió con desgana. Tomaron el coche y abandonaron el

balneario. Después de un breve paseo por las callejuelas de la

aldea vecina, entraron en una fonda a almorzar. Mientras tanto,

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había comenzado a llover. Cuando les traían los cafés, él exclamó

de pronto:

-¡Ostras, ahora recuerdo que esta tarde retransmiten en directo

el gran premio de Indianápolis, que decidirá el título! En el

balneario he visto que hay sala de televisión. ¿Verdad que no te

importa que regresemos? La salida es de aquí a media hora.

Ella se limitó a mirarle de manera inexpresiva, y él la besó en

los labios. Luego se marcharon a toda prisa.

Mientras él seguía la carrera por la gran pantalla Alicia le dijo

que, aprovechando que había dejado de llover, saldría a dar una

vuelta. Paseando por los senderos que recorrían el recinto, pasó

primero junto a los estanques de truchas para después ir

recorriendo una tras otra las fuentes que tanta excitación le

producían en la niñez, sobre todo por miedo a que alguno de los

chorros que salían de las entrañas de la tierra, le abrasase la mano.

Llegó por fin a un pequeño lago que se alimentaba del agua que

descendía de una cascada artificial, coronada por la estatua en

piedra de una cabra montés. Alicia detuvo la vista en su vieja

amiga, confidente de algunas penas durante su adolescencia, y la

puso rápidamente al corriente de sus nuevas tribulaciones.

Sentada en un banco junto al lago, tomó una decisión. Diría a

Carlos que se encontraba peor y que, sintiéndolo mucho,

tendrían que anticipar a aquella misma tarde su regreso a casa.

Por nada del mundo estaba dispuesta a repetir la experiencia de la

noche anterior, y verse obligada a oír de nuevo las acometidas

rítmicas del bueno de Juanjo al otro lado de la pared,

combinando a la perfección energía y delicadeza como sólo él

sabía hacerlo, con la precisión de un reloj suizo.

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SE ESTRECHA LA TROCHA

Álex Hurtado García

Publicado en el nº 24, en julio de 2012

Abel

Voy delante, como siempre, porque Zulema no sabría

encontrar un camino ni con mapa, GPS, brújula y un par de guías

conocedores del terreno. Siempre me toca a mí organizar las

salidas, las excursiones, y caminar por delante, como ahora,

descubriendo el camino correcto. De hecho ahora el camino ya

ha dejado de serlo, y apenas consiste en una trocha que se intuye

entre la maleza. Y claro, Zulema no quiere seguir. No le

entiendo, ante la más mínima dificultad desiste, decide que ya no

merece la pena seguir adelante. Qué habría sido de la Humanidad

si todos fueran como ella...

Ella es incapaz de organizar nada, de buscar itinerarios, de

planificar. Si por ella fuera pasaríamos el día paseando en coche.

Como mucho pararíamos en algún sitio que encontrásemos por

casualidad y que le pareciese original, bonito o simplemente

agradable. Todo fácil. Nunca se toma ninguna molestia por trazar

un rumbo, por ponerse una meta, por vencer dificultades.

Insisto en que si seguimos por aquí pronto llegaremos al lugar

que llaman El oasis del infierno. Las pocas fotos que he

encontrado en Internet tienen un aspecto onírico, como si

alguien hubiera transportado una cascada con su parte de río y

una poza de aguas verdes y azules, y la hubiera depositado en

medio de un paisaje lunar. Pero para llegar allí hay que atravesar

varios kilómetros de espeso bosque. Y la trocha se va

estrechando, de manera que Zulema comienza a quejarse, a decir

que nos perderemos, que no sabremos volver al coche. El coche.

Calculo que a estas alturas debemos estar a casi diez kilómetros

de él. Y aún nos falta otro par, seguramente, para llegar a nuestro

destino. Y esa es otra de las preocupaciones de Zulema. Que se

nos hará tarde, que entre que llegamos a la cascada, descansamos

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allí un rato, y volvemos al coche, oscurecerá, y no seremos

capaces de salir de este bosque.

Miedo. Eso es Zulema. Miedo en estado puro, un continuo

quejarse por todo, diciendo que esto no está bien, que aquello no

se debe hacer, que nos puede pasar lo otro. Es tan negativa.

Seguir con una persona así no puede ser bueno para mí.

Zulema acaba de detenerse. Dice que no piensa seguir

caminando, que va a volver al coche ahora que aún se ve capaz

de desandar el camino. Lo siento por ella. Yo voy a seguir hasta

el final. Como debe hacer un hombre. Y no me refiero al sexo

masculino, sino al género humano. Cualquier persona debería

seguir siempre caminando hasta llegar a su meta, por muy

angosto que se haga el camino. Si Zulema no entiende eso,

seguiré sin ella. Quizá después ni siquiera me tome la molestia de

volver. Tal vez este estrechamiento del camino es la excusa

perfecta para que cada uno tome un rumbo distinto. Si Zulema

quiere volver hacia el punto de partida, por mí perfecto. Yo

seguiré hacia delante. Y si no vuelvo a verle, tal vez sea lo mejor

para mí.

Zulema

Voy detrás, como siempre, porque Abel jamás consentiría que

nadie fuese por delante de él, guiándole y marcándole el camino.

Y menos aún admitiría que lo hiciese una mujer. Siempre me toca

a mí llevar la comida, el agua, los chubasqueros y los jerseys por

si cambia el tiempo, los mapas por si nos perdemos y el móvil

cargado. Claro que él siempre lleva su móvil conectado, pero

como durante toda la excursión se empeña en ir trazando la ruta

por geolocalización, habitualmente la batería se le agota antes de

llegar al destino. Como ahora, que a pesar de que aquí ya no hay

camino, de que la trocha se está estrechando y amenaza con

desaparecer, sigue empeñado en colocar waypoint en su

aparatito, quién sabe para qué. Y aunque ya es imposible saber

por dónde sigue la trocha, Abel sigue empeñado en seguir. No le

entiendo. Jamás desiste, nunca acepta que hay que detenerse, que

es imposible seguir, que avanzar solo servirá para perderse.

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Él es incapaz de dejarse llevar, de seguir un camino, o mejor,

una carretera, una ruta conocida por la que se pueda viajar

cómodamente. No entiende el placer de sorprenderse por una

vista detrás de una curva, tras un cambio de rasante. Todo tiene

que estar organizado, el rumbo trazado, el horario establecido. Su

única motivación es caminar por donde no hay caminos para

llegar a donde otros llegaron antes para hacer la misma foto que

ha visto días antes colgada en internet por otro como él.

Insisto en que si seguimos por aquí nos perderemos sin

remisión. No llegaremos al maldito oasis de las narices, o del

infierno, que para el caso es lo mismo. No sabremos tampoco

volver al coche, porque su teléfono, que tiene almacenada la ruta

que hemos seguido ya tiene el indicador de batería en color rojo.

Pero él se empeña en continuar.

Temeridad. Eso es Abel. Riesgo no calculado, exceso de

confianza y deseo desaforado de aventura improductiva. Es tan

inconsciente. Seguir con una persona así no puede ser bueno

para mí.

Acabo de detenerme. Le digo que pienso volver ahora mismo

al coche. Pero él insiste en que seguirá por el camino que se había

marcado. Lo siento por él. Yo voy a regresar, voy a salir de aquí

ahora que aún estoy a tiempo. Cualquier persona debería darse

cuenta de que llega un momento en que seguir caminando no

significa necesariamente avanzar. Una retirada a tiempo puede ser

la mejor de las victorias. Voy a regresar al coche, y a casa, como

debería hacer cualquier persona con dos dedos de frente. Y soy

capaz de dejarle aquí tirado. Que vuelva a la civilización con la

ayuda de un sextante, o buscando el musgo de los árboles, o la

estrella polar, o cualquier otra maldita estupidez. Mientras tanto

yo estaré en casa. Mi casa. Quizá ya nunca más nuestra casa. Tal

vez este estrechamiento del camino sea una invitación para que

tomemos rumbos distintos. Si Abel quiere seguir hacia ninguna

parte, por mí perfecto. Yo volveré para tomar el mando de mi

propia existencia. Volveré a mi hogar, a mi vida. Y si no vuelvo a

verle, tal vez sea lo mejor para mí.

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CAÍNES

Montaña Campón Pérez

Publicado en el nº 25, en septiembre de 2012

El verano junto al río vertía en el interior de las casas un calor

turbio, virulento. Mi hermano sostenía entre sus manos el

revólver de papá. Lo frotaba con un trapo. Solté la bolsa de

deporte y tragué agua helada:

-Como mamá te vea juguetear con eso, vas a cobrar.

Mi hermano depositó la pistola sobre la mesa.

-No creo que pueda importarle –contestó mirándome fijo. Sus

pupilas estaban dilatadas. Le palpitaban las aletas de la nariz.

Me senté frente a él. Sudaba. El sudor empapaba mi camiseta y

la adhería fastidiosamente a mi piel. No soporto el sudor. No

soporto la humedad de los veranos junto al río.

-Vamos a jugar al juego que vimos en la peli el otro día ¿te

acuerdas? El tío ese que se ponía una pistola en la sien y

disparaba. Una sola bala, una pistola y una sien. Si aciertas,

revientas. Si fallas, lo intento yo.

-¡Eres un tarado! Si mamá se entera…

-No se va a enterar, ya verás cómo no –rió. Su garganta parecía

seca.

Yo quería ducharme. No quería jugar a memeces con mi

hermano. Bebí otro sorbo de agua fría y quise irme. Él sujetó mi

brazo para impedirlo:

-Me lo debes… por lo de Mona.

Otra vez Mona. Mona no era más que una fulana que se había

liado con los dos a la vez. Él se colgó de ella. Con él llegó hasta el

final y conmigo… conmigo se rajó. Me dejó la bragueta

empapada y salió corriendo de la parte trasera del coche. Le grité:

“¡Termina lo que has empezado, zorra!” Ella ni siquiera se volvió.

Regresé a casa y me metí bajo la ducha. Luego se lo conté a mi

hermano. Tenía que saber qué clase de mujer era su Mona.

-Está bien, empieza tú.

-Ji, ji, si acierto, tendrás que despegar pedacitos de mi cerebro

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de las paredes, hermanito.

Pedacitos de cerebro. Alguien lo mencionó cuando aquel chico

se suicidó poniéndose un rifle en la boca. Su padre lo guardaba

en un altillo, por los coyotes. El hijo se desesperó y se mató.

También era verano, también estaría empapado como yo.

-¡Termina de una vez!

Mi hermano agarró la pistola, sus dedos se tensaron. Pulsó el

gatillo y el arma hizo un clic sordo. Ninguna bala atravesó su

cerebro. Ningún pedacito de carne caliente por recoger.

-Te toca –deslizó el arma hasta mi alcance.

La cogí con escrúpulo y la puse sobre mi sien. Ni siquiera el

acero estaba frío. Tanto calor, tanto sudor y tanta sed. Quise

levantarme para tomar un baño, pero mis zapatillas se habían

pegado al suelo. Una gran mancha viscosa crecía alrededor de

mis pies. “Lo que faltaba” –pensé al descubrir la cabellera de mi

madre desparramada sobre el pavimento. “Seguro que luego me

tocará limpiar la mierda ésa…” La pistola en la sien, el calor, el

sudor, la sed, la gran mancha viscosa, una sola bala liberadora.

Cerré los ojos, apreté los dientes y apreté el gatillo.

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EL CUADRO DE WHITCROSS HALL

Paula Díaz Altozano

Publicado en el nº 25, en septiembre de 2012

Whitcross, 1837

La tarde se presentó fría en el desolado paraje de Yorkshire.

Había nevado durante toda la mañana y las escarpadas montañas

aparecían cubiertas por un manto de plata por el que la niebla se

abría paso lentamente entre los helados abetos, bajando hacia el

valle. Allí, en una pequeña colina se recortaba solitaria sobre el

valle Whitcross Hall, la casa de la familia Scott, y sería imposible

imaginar un lugar más remoto y apartado.

Whitcross era una casa muy grande, de color grisáceo, y su

fachada tenía una gran puerta de madera y bronce coronada por

una balaustrada que cercaba una terraza. Una enredadera de hojas

negruzcas trepaba por la pared rodeando los grandes ventanales

de los que pendían afilados carámbanos y el helado viento que

venía de las montañas provocaba que la nieve que descansaba

sobre el tejado moviera las tejas sueltas, haciendo un ruido

extraño que se mezclaba con el murmullo de un arroyo cercano.

Debajo del tejado, los canalones de cobre recogían el agua de la

nieve derretida y la llevaban hasta cuatro gárgolas con forma de

animales grotescos, situadas en las esquinas de la casa, cuyas

bocas servían de desagüe.

La casa estaba habitada por el matrimonio Scott, su hija Anne

de seis años y algunos criados, y en aquellos días de invierno no

eran comunes las visitas, pues pocos eran los que se atrevían a

llegar hasta el inhóspito lugar. En el interior de la casa, el señor y

la señora Scott hablaban en el oscuro salón.

-¿Qué va a hacer, por fin, Jorge, el viejo criado? Cuando nos

vayamos dentro de unos días, él tendrá que abandonar Whitcross

también -dijo el señor Scott.

-No quiere venir con nosotros a la ciudad- respondió la señora

Scott- . He intentado convencerle pero ha sido inútil, se empeña

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en quedarse en el condado. No quiere abandonarlo, lleva

demasiado tiempo viviendo aquí.

-Al fin y al cabo es su decisión -dijo el señor Scott-. Podrá

trabajar en la granja de Thomas Horton; hablé hace dos semanas

con él y me dijo que podría quedarse allí.

La familia Scott se iba a marchar dentro de una semana a la

ciudad, pues el señor Scott había conseguido un importante

cargo público. El matrimonio sentía mucho tener que abandonar

el gran caserón, pues había sido el hogar de varias generaciones

Scott, pero, sobre todo lo sentía por su hija Anne, que amaba la

gran casa y todo lo que había en su interior: los largos pasillos,

llenos de puertas, alumbrados por candelabros de bronce, la

infinidad de lugares idóneos para esconderse…, pero no quedaba

más remedio. Anne, además, tendría que separarse de Jorge, uno

de los criados, que era su mejor amigo y la persona con quien

más tiempo pasaba.

Aquella tarde, Anne se había encerrado en una habitación con

la intención de no salir de allí en lo que quedaba de día.

Tristemente, miraba por la ventana cómo el día se iba haciendo

cada vez más gris y cómo la niebla bajaba sigilosa hacia

Whitcross. Jorge entró en la habitación. Era un hombre mayor,

alto y delgado, vestido de negro, que cuando estaba fuera de la

casa solía llevar puesto un sombrero verdoso de ala ancha. Nadie

lo sabía con exactitud, pero se decía que Jorge provenía de algún

lugar del sur de Europa, junto al Mediterráneo.

-¡Rey Jorge! -gritó Anne al verle.

-Señorita, ¿Qué hace aquí encerrada con esa cara tan huraña?

Anne escondió su cara entre los brazos.

-No quiero irme -se lamentó-, la ciudad es un sitio horrible.

-Vamos señorita -dijo el anciano acercándose- no puede saberlo

porque nunca ha vivido allí.

-Pero en la nueva casa no habrá ninguna habitación como esta.

Jorge miró a su alrededor. Se encontraban en una gran sala de

techo alto que tenía una vitrina llena de botellas de cristal,

algunas butacas cuyas patas acababan en forma de garra y dos

cómodas con espejos. La poca luz que entraba por el ventanal

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proyectaba las sombras de las ramas de un árbol sobre la pared

principal, que estaba cubierta por un gran número de lienzos de

todos los tamaños con labrados marcos dorados, y lo único que

se oía era el sonido de las tejas y el murmullo del arroyo. El

tiempo era malo en Whitcross gran parte del año y no invitaba a

salir fuera de la casa; por ello, Anne y Jorge pasaban muchas

tardes en aquella habitación en la que el criado inventaba

historias inspiradas en los cuadros que colgaban de la pared.

-En cada cuadro hay una aventura mágica -decía Jorge a Anne

al empezar cada historia-, solo tenemos que entrar en él. No

necesitamos llave, con imaginarlo es suficiente.

Anne, entonces, cerraba los ojos y Jorge comenzaba su relato.

Si el cuadro representaba una batalla naval, Anne veía -mientras

escuchaba la voz del criado- acercarse los enormes navíos, la

espuma de las enfurecidas olas salpicando la cubierta, la fuerte

lluvia cayendo sin piedad sobre los marineros; incluso, podía

sentir el húmedo viento en su rostro y escuchar el sonido de los

cañonazos. Si lo pintado era una cacería, Anne se veía junto a

Jorge en un inmenso bosque que los rodeaba por todas partes.

Estaba nublado y el viento hacía que los árboles se inclinaran y

susurrasen misteriosamente mientras ellos, abriéndose paso con

dificultad por un sendero lleno de espinos, avanzaban hacia un

zarzal en el que se oía el ulular de un búho, para ayudar a los

asustados animales a librarse del ataque de los perros. En otro de

los cuadros aparecía un pueblo solitario al anochecer, en el que

sobresalía el campanario de una iglesia. Anne y Jorge podían

caminar por las empedradas calles, acompañados, tan solo, por la

espesa niebla y por la luz fantasmal que los faroles que pendían

de los tejados de algunas casas provocaban en ella. Cuando

pasaban cerca de la iglesia se escuchaban tres lentas campanadas,

iguales. Después andaban un rato más por las oscuras calles en

las que las ventanas de las casas les devolvían su reflejo

distorsionado por la niebla, hasta que Jorge decidía volver a la

habitación para empezar una nueva historia en otro lienzo.

-Cuéntame una historia -pidió Anne-, aquella en la que tú eres

el Rey de la montaña.

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Anne se levantó y señaló un cuadro en el que estaba dibujado

un frondoso bosque de pinos cuyas copas estaban tan juntas que

la luz de la tarde apenas podía pasar entre las ramas. Esa historia

era la preferida de Anne porque le recordaba las tardes de

primavera y verano en las que iba al bosque con Jorge. La había

oído decenas de veces. Anne estaba segura de que Jorge era un

mago: cada vez que iban al bosque, muchos animales que de

forma natural se mostraban huidizos, se les acercaban o

simplemente los miraban pasar tranquilos. Anne podía

acariciarlos y darles de comer. Pero lo que más le sorprendía era

que Jorge conociese los extraños nombres de todos los árboles

que habitaban el bosque: señor Pirch, señor Lutell, señor Trush,

señor Curch….., y así cientos y cientos de nombres que Anne

procuraba retener y no olvidar para cuando ella fuese mayor y

pudiese salir a pasear sola.

-Mmm…- pensó Jorge- está bien, pero antes de contarte esa

historia empezaré con una que tiene que ver con ese cuadro tan

luminoso que está en el centro.

Anne se fijó en el cuadro que señalaba el criado: representaba

un lugar soleado, en el que una familia formada por tres mujeres

con sencillos vestidos de trabajo, dos hombres que parecían

pescadores y varios niños, almorzaban en torno a una mesa en el

jardín de una casa rodeada de pinos altos. Muy a lo lejos se veía el

mar calmado.

-¿Por qué te gusta este cuadro?

-Hace muchos años, cuando yo era tan pequeño como tú vivía

en un lugar así, en el que nunca nevaba, y donde solía comer con

mi familia en un jardín como ese.

-¿Y qué hacías allí?- preguntó Anne con los ojos muy abiertos.

-Allí yo también era el rey; por las mañanas jugaba con las

gaviotas, a las que daba los pequeños peces que los pescadores

desechaban y dejaban junto a los barcos. Otras veces, les impedía

que se acercasen a ellos, para lo que usaba un palo largo a modo

de espada, lo que irritaba mucho a los pájaros que intentaban

picotearme. Por las tardes iba a una alta torre de piedra situada en

las rocas desde donde veía pasar o llegar los barcos y pensaba

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cómo sería en el que yo me marcharía. Me gusta mucho ver ese

cuadro; es como volver a mi casa.

-Entonces -dijo Anne más animada- cuando nos vayamos a la

ciudad tú podrás volver a ese lugar.

Jorge miró el cuadro tristemente. Llevaba mucho tiempo en la

casa y le apenaba despedirse de la familia, que tan bien le había

tratado siempre, pero sabía que en la ciudad no había tierra que

labrar ni animales que cuidar; no sería más que un estorbo para

todos y por eso se negaba a acompañarles.

-Aquella vida ya pasó; prefiero quedarme en Whitcross Hall-

repuso con amargura Jorge, acariciando su sombrero verde-.

Aquí, al menos, tendré que visitar de vez en cuando la casa para

comprobar que todo está en orden. Recordaré entonces nuestras

aventuras. Quizá, si alzo la voz, puedas seguir oyéndolas.

Jorge bajó la mirada y se quedó en silencio. La oscuridad caía

sobre el valle y la penumbra en la habitación era cada vez mayor.

El viento golpeaba los cristales y los copos de nieve empezaron a

caer.

-Rey Jorge -dijo Anne levantándose- vamos a jugar al escondite.

-Es tarde

-¡Por favor! Empezaré a contar hasta treinta y mientras tanto tú

puedes esconderte donde quieras en este piso. Pero no vale hacer

magia, ni tampoco desaparecer.

Anne se dio la vuelta y empezó a contar lentamente. “Uno,

dos, tres, cinco, siete…”

Jorge se levantó y se acercó al cuadro de la familia de

pescadores, mirándolo intensamente. “Trece, catorce,

diecisiete… ¡vamos Rey Jorge, escóndete!”

-Ya voy señorita -dijo suavemente Jorge.

“…Veinte, veintitrés…”

De repente la señora Scott entró en la habitación con expresión

preocupada.

-¡Anne! No sabía dónde estabas. Vamos, es tarde.

-No, tengo que buscar al Rey Jorge, estamos jugando…

-Ya le verás mañana. ¡Ahora a cenar y a dormir! -dijo mientras

la cogía del brazo y salían de la habitación.

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En los días siguientes, Anne estuvo buscando a Jorge, pero no

le encontró por ninguna parte. Estaban a punto de partir para la

ciudad, su madre ya la había llamado varias veces, y eso hizo que

Anne se pusiera muy triste. Entró a la habitación de los cuadros y

se sentó en una de las butacas, pensando en Jorge y en que quizá

no volvería a verle nunca más. Fuera nevaba otra vez y el viento

se colaba silbando por las rendijas de la ventana. Volvió a oír la

voz de su madre y se levantó tristemente para irse, pero se fijó en

la pared y se acercó al cuadro soleado. Allí estaba la familia

alrededor de la mesa y el mar se veía a lo lejos. Anne pensó que

todos parecían muy felices en aquel lugar tan diferente al paisaje

que rodeaba a Whitcross Hall. De repente, vio algo que había en

el cuadro que no había observado antes: la figura de un hombre

de aspecto feliz y sonriente, que llevaba puesto un sombrero

verde de ala ancha.

Anne subió al coche de caballos que la esperaba con una gran

sonrisa dibujada en el rostro.

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DOÑO CLARENS

Nigton Fermont (seudónimo)

Publicado en el nº 26, en noviembre de 2012

El señor Doño Clarens, cuyo inusual nombre él se había

atribuido a sí mismo, despertó de repente una mañana en medio

de un inmundo lodazal ubicado en las inmediaciones de la granja

de la familia Harsty. Se sentía por demás sorprendido y confuso,

pero no por el hecho de haber despertado en medio del fango,

sino porque había tenido un sueño de lo más bizarro, una suerte

de visión que cambiaría su vida para siempre. Abrumado

entonces por estas nuevas sensaciones que en él surgían, por este

emerger de la auto-conciencia jamás antes poseída, por esta

novedosa y coherente certeza de su propia existencia, el señor

Clarens comenzó a correr, desesperado, por entre los charcos de

lodo, alejándose cada vez más de la granja de los Harsty, sitio que

había sido su hogar durante tantos años. La familia Harsty se

abocó a su incesante búsqueda durante largo tiempo, pues le

tenían gran afecto, pero al final se dieron por vencidos. Nadie

pudo encontrar al señor Clarens, y éste jamás regresó a la granja.

Varios años después de su intempestiva huida de la granja, el

señor Clarens se presentó en el Banco Tucumano de Desarrollo

Social, pues tenía pensado solicitar un crédito hipotecario con el

objeto de reconstruir su casa, que se había venido abajo luego de

lo que él consideraba había sido un ataque terrorista. Esperó

entonces su turno, bajo la punzante mirada de los guardias del

Banco, quienes le escrutaban con creciente desconfianza. Es que

se había presentado vistiendo un sobretodo de mangas tan largas

que cubrían sus manos, y sobre su cabeza se había calzado un

sombrero negro y unas gafas de sol.

Llegó el esperado turno, y el señor Doño Clarens no tardó en

ocupar su lugar frente a la representante bancaria. Ésta se llevó

gran sorpresa al elevar su mirada y toparse con un hombre de

facciones tan peculiares, y que iba vestido de una manera tan

misteriosa.

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—Buenos días, señor. Mi nombre es Mara —dijo la empleada

bancaria, al tiempo que hacía un esfuerzo sobrehumano por no

demostrar el desagrado que le causaba el rostro del cliente. Es

que, sinceramente, era un tipo feo, uno de los más feos que había

conocido.

—Bueno, amable señorita, yo soy el señor Doño Clarens —su

voz sonaba tan gargaresca y gutural que a la joven se le pusieron

los pelos de punta—. Tengo intención de solicitar un préstamo

hipotecario destinado a la reconstrucción de mi vivienda.

—En ese caso, señor Clarens, debe usted saber que dichos

préstamos sólo se otorgan en caso de que el inmueble haya sido

destruido en una proporción del setenta por ciento o superior,

siempre y cuando dicha destrucción haya sido el resultado de

algún desastre natural o de algún acto físico insuperable ajeno al

damnificado.

—Estoy al tanto de eso, señorita. Mi casa ha sido destruida por

un ataque vandálico, se podría decir que “cuasi terrorista”. Y creo

que esta situación cabe dentro de la categoría de “actos físicos

insuperables ajenos al damnificado”.

—¿Cuasi terrorista? —se asombró la joven—. ¿A qué se refiere

con eso?

—Pues, que mi casa ha sido derribada por un sujeto que se ha

declarado enemigo de mi persona.

La joven frunció el ceño, extrañada por las inusuales

aseveraciones de Clarens.

—A ver si entiendo bien. ¿Lo que usted me dice,

concretamente, es que hay cierta persona que le guarda rencor, y

que por este motivo ha destruido su casa?

El señor Doño Clarens asintió, aunque poco convencido.

—Es una forma de decirlo. Pero, lo cierto es que no fue una

persona quien destruyó mi casa. En realidad...

—Bien, señor, en verdad se trata de un caso muy inusual —le

interrumpió la joven, sin prestar demasiada atención al último

comentario. Se había distraído procesando ciertos datos en el

ordenador—. Necesitaremos copia de la denuncia radicada en

sede penal como constancia de la veracidad de los hechos.

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—Me temo que, por el momento, eso no será posible. El actual

sistema penal no ampara los derechos de individuos como yo, ni

tampoco condenaría los actos del individuo que ha destruido mi

casa.

—Sepa disculparme, señor Clarens, pero no comprendo a que

se refiere. ¿Por qué dice que el sistema penal no puede ayudarle?

—Por esto mismo, señorita —dijo el señor Clarens, y luego se

quitó el sombrero y los anteojos de sol.

La empleada cayó desmayada de inmediato, al tiempo que se

armaba un creciente griterío en el establecimiento. Los guardias

de seguridad se aproximaron y rodearon al señor Clarens, sin

saber qué hacer exactamente, pues lo cierto era que el sujeto no

había hecho nada malo. Entonces, uno de los empleados acudió

inmediatamente a la oficina del gerente, y tal era su desesperación

que tardó en darse cuenta de que había ingresado al despacho de

su superior sin anunciarse.

—¡Por Dios! —exclamó el gerente, enfurecido ante la evidente

falta de respeto del empleado—. ¿Cómo se le ocurre entrar de

esta manera tan descarada?

—Sepa disculpar mi arrebato, señor Traverson, pero en

atención al público tenemos un cerdo que intenta pedir un

préstamo hipotecario —respondió el empleado sin mayores

rodeos.

El gerente enmudeció por un momento, tratando de procesar

aquellas palabras.

—¡Ah, pero con usted vamos de mal en peor! —rugió el

hombre—. ¿No le basta con ser un irrespetuoso con su superior,

si no que ahora también se burla de los clientes? ¿Pero usted que

se ha creído?

—P-pero s-señor —tartajeó el empleado—. No estoy

burlándome de ningún cliente. En verdad hay un cerdo intentado

pedir un préstamo bancario. Y cuando digo que se trata de un

cerdo, lo digo literalmente: hay un cerdo, un puerco, o como

quiera llamarle, solicitando un préstamo para la reconstrucción de

su casa.

El gerente se puso rojo de la ira. Era hombre de chispa, como

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diría Flaubert, y de un humor casi nulo. No le gustaban las

bromas, menos aún en horas de trabajo. Se incorporó entonces

para ir a supervisar la situación, pero no sin antes decirle al

empleado que lo mejor sería que empezara a leer los clasificados.

El empleado tragó saliva.

Cuando el gerente apareció en la sección de atención al público,

se dio con que un verdadero alboroto se había armado en torno a

uno de los box de atención. Se abrió paso entonces entre la

gente, y pronto llegó al sitio en donde un par de paramédicos

asistían a la desfallecida Mara, que todavía no regresaba de su

visita a las negruzcas tierras de la inconsciencia. Y antes de que el

gerente pudiera terminar de decir ¿qué carajo está pasando?, —

según se presume, porque su frase sólo llegó hasta la palabra

está— se quedó mudo del terror, pues al volverse hacia su

derecha vio algo que le caló los huesos, algo que destruyó, de un

implacable y fugaz golpazo, el núcleo de todas sus creencias. En

efecto, tal y como se lo había dicho aquel empleado, había un

cerdo sentado frente al escritorio, un cerdo que vestía un

sobretodo negro.

—Usted debe ser el gerente —se aventuró a decir Doño

Clarens—. Pero, antes que diga nada, quiero que tenga muy en

claro que yo tengo mis propios abogados, y son profesionales de

gran renombre; algunos trabajan para la Sociedad Protectora de

Animales, y otros tantos para Greenpeace. Lo importante es que

usted sepa que he estudiado bien el asunto, y que si este Banco

no me concede el préstamo, fundamentando su negativa en el

sólo hecho de considerarme un animal, me veré forzado a

entablar una denuncia por maltrato animal y por discriminación.

Sí, como bien lo ha oído, por discriminación; porque sé muy bien

que este Banco, por culpa suya, señor Gerente, ya ha tenido

inconvenientes y denuncias en relación a este tema, y es por eso

mismo que lo he elegido. Sé muy bien que usted no puede darse

el lujo de generar ninguna otra denuncia por discriminación,

porque eso le costaría su trabajo. ¿O acaso me equivoco?

El gerente Traverson se puso pálido del terror, eso se los puedo

asegurar. Entonces, luchando contra todos sus miedos e

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inseguridades, invitó al señor Doño Clarens a su despacho. Sé

que parece increíble, pero más increíble es que Traverson, un

hombre que durante toda su maldita vida siempre había

despreciado a los animales, ¡ahora dejaba pasar a uno a su propio

despacho! Aunque, pensándolo bien, quizá no se trate de algo tan

increíble después de todo, si tenemos en cuenta que la actitud del

gerente estaba lejos de ser altruista.

Al cabo, sentado tras su escritorio, en su ampulosa oficina, el

gerente Traverson escuchaba con detenimiento los argumentos

del reclamante animal. El señor Clarens explicó que su inmueble

había sido destruido por culpa de un tal señor Wolfrand, un lobo

veterano de guerra que, aunque ya estaba bastante viejo,

continuaba en su incansable lucha por hacerle la vida imposible a

toda la comunidad porcina. Contó también que había muchos

otros animales tan inteligentes como él, y que todos se habían

vuelto así de inteligentes luego de haber experimentado un

extraño sueño colectivo hacía, aproximadamente, unos ocho

años atrás. El problema era que la mayoría de la nueva

comunidad animal sentía miedo de dar un paso al frente y

mostrarse ante los hombres.

Y así fue entonces, que luego de una larga charla con el gerente,

el señor Doño Clarens se convirtió en el primer animal en

conseguir un préstamo hipotecario, y el viejo Wolfrand se

convirtió en el primer animal penado y encarcelado por haber

incurrido en daños contra la propiedad privada, y el señor

Traverson se convirtió en el primer líder de una corporación que

se volvía vegetariano y que abandonaba todas sus riquezas para

avocarse a la protección de los animales y del medio ambiente.

Claro que todo esto no llegó fácil, pues hubo revoluciones y

guerras civiles entre los humanistas y los animalistas, pues hubo

que reestructurar, entre otras cosas, todo el ordenamiento

jurídico, para que éste contemplara ahora a los nuevos miembros

de la comunidad, los animales. Y al principio todos los

humanistas gritaron encolerizados cuando el primer simio fue

designado como Presidente del Comité Humanitario

Internacional y cuando el primer delfín obtuvo una beca

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universitaria; y también gritaron encolerizados cuando el primer

oso fue designado como Fiscal de Instrucción, y bramaron

enfurecidos cuando el primer perro fue admitido para jugar en el

equipo de la selección nacional de fútbol —aunque muchos,

entre risas, insistían en que no había sido el primero—. Sin

embargo, lo verdaderamente extraño fue que a nadie le llamó la

atención cuando el primer cerdo entró en la política. Porque, en

lo que sí estuvo de acuerdo toda la gente desde un principio,

tanto humanistas como animalistas, fue que ésta última situación

ya venía reiterándose desde hacía muchísimo, pero muchísimo

tiempo...

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ZARAUTZ 2012

Ramón Zarragoitia Mezo

Publicado en el nº 26, en noviembre de 2012

Sábado. Mediados de enero de este mismo año. País Vasco.

Zarautz; una villa de las muchas que miran al siempre encrespado

Mar Cantábrico. Atrás quedan las fiestas: Navidad, Año Nuevo y

Reyes. La pequeña ciudad recupera con pereza el tono de diario:

todos los comercios están abiertos, no quedan adornos en los

escaparates y pocos son los que continúan lamentando su mala

suerte en la Lotería.

Gorka camina por las estrechas callejas del casco antiguo. Está

lloviendo. Sujeta un paraguas con la mano derecha. En la

izquierda carga con un pequeño monedero de cuero y una

carpeta de cartón marrón con elásticos. Amaia, su asistenta, se los

ha dejado olvidados la víspera al terminar la limpieza y marcharse

con prisas de Etxe-Zuri; el caserón donde él vive. Gorka se

apresura. Se siente extraño recorriendo solo la ciudad. Esquiva

un gran charco en el centro de la calzada de pavés, allí donde el

sumidero obstruido con papeles y pedazos de plástico no es

capaz de evacuar el agua de lluvia. Se acerca al escaparate de una

inmobiliaria. Dobla el pronunciado cantón de arenisca en que

termina la fachada y a su izquierda, a poco más de veinte pasos,

distingue cerrado el portal de Amaia en el encuentro con la calle

Zigordia. El piso es el segundo derecha. Lo sabe bien. Le faltan

aún unos metros para alcanzar el telefonillo. Avanza con paso

ligero. Está llegando cuando, de pronto, la puerta se abre con

brusquedad y un hombre moreno abandona el edificio corriendo.

La pesada hoja de madera labrada acabará golpeando en la pared

del oscuro zaguán, pero el joven no se detiene. Lleva baja la

cabeza y despeja el camino con su codo derecho. Por desgracia,

va a chocar contra Gorka, quien lo ha reconocido: se trata de

XXX, el siniestro marido de Amaia. El viejo profesor de Química

tiene de pronto una corazonada. Recuerda que el matrimonio de

su empleada es famoso por los altibajos. Le consta una de las

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causas: que XXX deseaba tener un hijo y Amaia (hasta este

momento) se había negado. Además, el marido ha sido siempre

un tipo malcarado, faltón y hasta violento. El joven se da a la

fuga. Gorka logra reponerse del sobresalto y accede al portal

corriendo. No hay ascensor. Sube de dos en dos los peldaños de

la estrecha escalera. La vieja madera sin barnizar cruje bajo su

peso. Primer descansillo: por encima de la barandilla, más arriba

del trozo de la caja de escalera que contempla, distingue luz.

Segundo descansillo: la puerta de la izquierda está cerrada, la de la

derecha abierta. Desaparece toda duda. Se impone lentamente la

certeza de una cruda realidad. Sensación de Angustia. El químico

frena su carrera. Toma aliento. Reflexiona un instante: lo que

haya pasado ha ocurrido ya, es inevitable. No toca el timbre. Ni

golpea en la puerta que está abierta. Silencio. La luz que veía al

subir proviene del fondo del pasillo. Recorre el estrecho corredor

y llega por fin a su término. Se ve un gran salón. Una lámpara de

pie está tirada en el suelo: rota la tulipa, pero con la bombilla

entera, aún encendida. El tresillo es azul. Los cojines, a juego,

han volado y se encuentran esparcidos por varios rincones de la

amplia sala. Un vaso roto, que había contenido vino tinto,

mancha la alfombra de pelo claro. El aparato de televisión

también ha sido volcado. Gorka se detiene. A su izquierda, al

fondo, distingue la figura de una mujer. Está de espaldas a él,

arrodillada junto a las blancas cortinas que llegan hasta el suelo

del mirador. No se mueve. No habla. Ni siquiera llora. Tan sólo

permanece allí. Quizás aguardando aterrada el regreso de su

joven y cruel marido. El viejo profesor cree comprender: Amaia

está bien. ¿Bien? Al menos no está muerta; tampoco parece

herida de gravedad. Accede por fin al salón. Se arrodilla y susurra

el nombre de la mujer. Lentamente, coloca sus manos sobre los

hombros de Amaia. Gorka la hace girarse. Hay marcas muy

recientes de violencia por todo el cuello y en su rostro.

Las dos mujeres llevan cerca de una hora charlando a solas en

la habitación. Una de ellas es la trabajadora social adscrita a la

mancomunidad de municipios. No tiene formación psicológica,

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pero está acostumbrada a atender los reveses en las vidas de

otros. En ocasiones (por desgracia, cada vez con mayor

frecuencia) debe asistir en casos de violencia conyugal; como el

de Amaia, la otra mujer que ahora la acompaña. En el centro de

la sala hay una mesa de oficina. Es redonda. Rodeada por cuatro

sillas a juego tapizadas en color azul. Las cuatro paredes

amarillas, desnudas de todo adorno, logran cubicar alrededor de

nueve metros de sala multiusos: despacho de los agentes, sala de

interrogatorios, calabozo provisional... Y ahora también,

improvisada consulta de atención a una víctima de violencia

doméstica. Con mucho tacto, involucrándose en los pasajes más

descarnados del relato, poniendo todo su cariño y su

comprensión, la trabajadora social hace las veces de psiquiatra. La

víctima, por su parte, necesita testigos de lo ocurrido y comienza

a colaborar. Quiere contar. Pretende que otras personas la

ayuden a encontrar un motivo, una causa que justifique lo que

ella no entiende; no por esperada es merecida la paliza.

«Importa conocer todos los detalles.», lo ha dicho el cabo de la

Policía Municipal y lo repite ahora la asistenta social, «Tienen que

constar en el atestado y en el informe médico». Amaia sabe que

deberá repasar el cuándo, el dónde, el quién, el qué y el cómo de

esta triste mañana. Aunque le gustaría negarse, ser capaz de

levantarse y salir de aquella habitación para volver a su casa, no le

quedan ya fuerzas. Comienza a hablar:

-La discusión la ha empezado él; como siempre. Si te digo la

verdad, ni siquiera sé a cuenta de qué. Discutimos, él me insulta,

luego me amenaza, me reprocha cuanto puede y termina

cogiendo las llaves y saliendo con un portazo. Si hay suerte, lo

veo en la siguiente comida. Si no, vuelve al día siguiente, se ducha

y se mete en la cama, no importa la hora que sea y allí se queda

hasta que le apetece... y de nuevo, vuelta a empezar...

La empleada municipal está tomando notas en un pequeño

cuaderno. Recopila valiosos datos que le servirán después para

redactar su informe. Avanza el trágico relato de la víctima y ya

para esas alturas queda claro que no ha habido provocación por

su parte. Suenan un par de suaves golpes en la puerta de la sala.

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Amaia interrumpe su narración cuando un agente de la Policía

Municipal entra con una bandeja. Se trata de un hombre joven.

Conoce de vista a la víctima desde hace un par de años y sabe lo

que ha ocurrido hoy. Siente vergüenza. A un lado de la mesa

quedan dos cafés, un par de vasos y una botella grande con agua

fresca. Un segundo más tarde, el guardia sale de la habitación en

silencio.

Las dos mujeres llevan compartido un largo rato en la sala. Por

ese motivo, Amaia se aventura a hacer algo que nunca antes

había hecho: contarle a otra persona, a la que comienza a

considerar su amiga, todos los detalles de una agresión. Aunque

duda de que un informe consiga reflejar todo cuanto ella acaba

de padecer, hará un serio esfuerzo por describir precisamente

eso, lo que nadie puede ver, lo que ella ha sentido en su interior.

-Normalmente me quedo callada. Supongo que él lo interpreta

como que así le estoy dando la razón, no lo sé, pero sirve para

que se calme y se vaya... aunque hoy no me haya servido de

mucho, la verdad... Si llegas a ver su cara, el odio y la rabia que

traía en la mirada cuando se me acercó... Pero, en fin, por lo

menos puedo contarlo. ¿No te parece tremendo, humillante,

hasta patético, que todavía deba reconocer que en el fondo ha

habido suerte?... Si llegas a verle la cara comprenderías por qué te

lo digo. Claro que voy a describirte la agresión, por supuesto que

sí...

La asistenta social no ha dejado de escribir. En los folios que

rellena van quedando impresos algunos datos, los que las

palabras pueden reflejar con pasión, con crudeza, con mayor o

menor acierto. El resto del relato quedará escrito en el recuerdo

de las dos mujeres hasta el final de sus vidas; sin tinta, tan sólo

con la voz de una víctima que sigue sin llorar.

Ha transcurrido un año. De nuevo el mes de enero. De nuevo

el frío y la lluvia sobre la misma villa guipuzcoana a orillas del

Cantábrico. La única diferencia es que ahora nos referiremos a

ese Futuro que podría ser.

La iglesia-fortaleza de Santa María la Real no basta para

80


albergar a cuantos se han acercado a dar su último adiós a la

joven mujer. Lógico, si consideramos el hecho de que casi todos

en la ciudad y en los pueblos limítrofes la conocían y apreciaban

en grado sumo. Además, las trágicas circunstancias que han

rodeado su violenta desaparición mueven a la solidaridad de las

vecinas quienes, sin atreverse a reconocerlo en público, son

conscientes de que a cualquiera de ellas podría sucederle lo

mismo en algún momento posterior.

Un par de gruesos pestillos acaban de ser descorridos al fondo

del templo. Sus férreos sonidos rompen la quietud del inicio de la

ceremonia. Cientos de miradas de alivio y conmiseración se giran

a un mismo tiempo para descubrir, más allá del crucero, la figura

del sacerdote enfundado en un alba nívea. Ha traspasado las

inmensas puertas. De su cuello y hombros pende una estola en

tonos cárdeno, azul y verde. Con el avance, se bamboleará al

compás que le irá marcando la aparatosa cruz de plata que

Jontxu, el joven sacristán de la parroquia, sostiene a su lado con

decisión. Los sigue un lúgubre cortejo. Esta vez está compuesto

por cuatro dolientes, familiares todos de la asesinada, quienes se

esfuerzan en equilibrar los extremos del pesado ataúd de caoba y

un rosario de ramos y coronas enviados por tantos y tantos

deudos, convecinos y amigos como tenía.

El párroco ha sido tajante en cuanto a la entrada de la prensa al

sagrado recinto: «...Nada de cámaras ni de micrófonos o

fotografías. Y los teléfonos móviles, por favor, apagados hasta

después del sepelio». El día anterior recibió instrucciones precisas

del obispado en el sentido de no permitir que el circo mediático

se cebase (una vez más) con la fatal desgracia de una mujer sola.

Cuando el féretro reposa estable sobre un soporte cubierto de

terciopelo negro y granate; cuando el acólito termina de apoyar la

pesada insignia sobre una de las dos escuadras del ábside mayor;

cuando el párroco, por fin, ha ascendido los cinco marmóreos

peldaños que lo separaban del altar, da comienzo la tétrica

ceremonia. A una indicación de sus manos, extendidas ahora

hacia el cielo, los ocupantes de los bancos, sin excepción, se

ponen en pie y acompañan con su voz los primeros acordes de

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un vetusto órgano que ha comenzado a sonar...

-Gorka... Gorka...

-¿Eh, qué? ¿Qué ocurre?

-Soñabas, ¿verdad?

-Sí... -se frota los ojos con pereza y contempla a su joven

esposa mientras ésta le acaricia las sienes canosas y el rostro poco

antes de besarlo-. Aunque te aseguro que me has hecho un gran

favor; no se trataba de un sueño agradable precisamente.

-En todo caso, lo siento, Amor mío. Sólo quería avisarte de que

salgo a hacer unas compras. Me ha llamado mi madre. Las dos

necesitamos unos buenos zapatos de invierno con suela de agua

-la mujer prosigue con sus explicaciones al tiempo que se acaricia

el vientre abultado. Parece querer demostrar alguna velada

relación entre el bienestar del hijo que espera en apenas dos

meses y la estanquidad de su calzado. De pronto, se cubre el

abdomen con las manos y se agacha ligeramente-. ¡Ay!...

-¿Qué te ocurre, Amaia?

-Nada, nada... tu niño, que es un bruto y acaba de darme otra

patada; no sé cuántas llevamos hoy. A lo mejor es por el cambio

de tiempo.

-Pues aplícate el cuento: abrígate bien y procura caminar

despacio. Ya sabes lo resbaladizas que se ponen las calles del

casco antiguo cada vez que caen unas gotas.

-Sí, Gorka, descuida. Llevaré cuidado. Qué aprensivo y qué

prudente eres, Cariño.

-Entonces, ¿de verdad no quieres que os acompañe? Iba a

comenzar a leer esta Novela, pero aparte de eso, no tengo otra

cosa que hacer.

-No es necesario, en serio. Mira: prefiero que te quedes en casa

y disfrutes de tu lectura. Además, ya conoces a mi madre; aún no

ha asimilado lo nuestro.

-Sí, ya sé cómo es... Tenemos la misma edad.

-¿Viejo verde?

-¿Qué quieres, Gordinflona?

-Te quiero.

A pesar de la notable diferencia de edad que los separa, no

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pueden ocultar el amor y la pasión física que sienten el uno por el

otro. Llevan diez meses juntos, oficialmente juntos, luchando

contra la sospecha y el temor. Y ahora que la Justicia recién se ha

encargado mediante sentencia de proveerles un Futuro feliz, no

dudan en aprovechar su oportunidad.

-Por cierto, cariño, ¿hoy es día quince, no?

-Sí... o no. Aguarda, que me acerco a mirarlo en el calendario...

Si no es día quince, es seguro que estamos a mediados de enero.

-Creo que hoy...

-¿Qué?

-Nada. He recordado una especie de aniversario. Olvídalo. No

tiene la menor importancia... ¿Amaia?

-Dime, Gorka.

-Yo también te quiero.

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CHOCOLATE

Elisa Macías Macías

Publicado en el nº 26, en noviembre de 2012

—Tú, tú, tú, tú... Tú, no.

Cedric asintió con la cabeza impasible y se sentó en el banco de

madera del gimnasio, como era costumbre. Le parecía patético

que en primero de bachillerato tuviese que seguir aguantando

discriminaciones dignas de primaria.

Odiaba que todavía existiese educación física en el primer curso

de bachillerato. Aún más aborrecía el hecho de que sus

compañeros no le eligiesen en ningún deporte sólo por su

enclenque físico.

Cedric Strafford tenía dieciséis años recién cumplidos, pero

aparentaba catorce como máximo. Medía un palmo menos que

los chicos de su clase y su rostro era digno de una portada de

revistas para el cuidado de los bebés. Su pelo rubio con algunas

mechas un poco más oscuras en la coronilla le caía como una

cascada sobre los ojos grises, haciéndole cosquillas en los

párpados al pestañear. Cedric pensaba que era tan canijo que si

saltaba no volvería a tocar el suelo con los pies. Sus compañeros

no dejaban de llamarlo «el nenita» por ese hecho y a tacharlo de

maricón por su aspecto afeminado.

Por eso Cedric se sentaba en el banco y dejaba todo el poco

peso de su cuerpo muerto, deslizándose hasta quedar totalmente

espatarrado y casi con el trasero fuera del asiento, mirando cómo

sus compañeros se disputaban una victoria poco productiva que

no conducía a ningún sitio.

Pero a Cedric no le importaba participar en esos juegos. No le

importaba en absoluto. Y no se debía únicamente a su completa

falta de interés hacia los deportes y nula coordinación.

No le importaba no jugar con sus compañeros porque así podía

verla a Ella.

Cedric procedió a comenzar su rito habitual. Primero miraba el

suelo con gesto aburrido y se metía las manos en los bolsillos,

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intentando parecer interesante. Luego, miraba distraídamente el

techo fingiendo que contenía un bostezo, y finalmente torció

disimuladamente la mirada hacia la derecha aún con la cabeza

alzada para poder verla.

Allí estaba ella, sentada en el suelo con las piernas flexionadas,

moviendo impacientemente las rodillas con las manos

entrelazadas sobre su regazo, contemplando el partido como si

fuese lo más fascinante del mundo. Tenía el cabello muy liso, casi

pegado a la cabeza, del color del carbón. A menudo lo llevaba

recogido en una coleta, pero ese día se deslizaba por su espalda,

cortándose a la altura del pecho. Lucía una tonalidad de piel

pálida, casi lechosa. A Cedric le gustaba pensar que era tan

especial que ni el sol se atrevía a adherirse a su piel.

Su rostro, con forma de diamante, la dotaba de un aspecto

infantil y juguetón, casi de ninfa. Su nariz era ancha y respingona,

y sus gruesos labios estaban siempre curvados en una sonrisa casi

imperceptible, dándole una apariencia incluso misteriosa. ¿Era

una sonrisa o un esbozo fallido permanente? A Cedric le gustaría

ser el único capaz de descifrar ese enigma.

Sin embargo, lo que a Cedric más le gustaban eran sus ojos.

Esas orbes redondas, grandes y castañas, color chocolate.

Chocolate.

Cedric anhelaba fundirse en ese chocolate y nadar en su mar de

cacao para siempre, pero nunca había sido capaz de entablar un

contacto visual con ella, ya fuese por timidez o porque aquella

chica nunca se había percatado de su presencia.

A Cedric le gustaban esos ojos porque eran especiales. No era

como si tuviesen algo característico, sólo sabía que le encantaban.

No se sentía atraído por los colores que otros consideraban

bonitos en las personas, como el verde amazona, o el verde mar,

o el azul cielo, o el azul cobalto...

El rubio no comprendía por qué los ojos claros tenían que ser

mejores que los oscuros. Los ojos oscuros eran penetrantes y

sinceros, y también eran merecedores de un calificativo

característico.

Los de ella eran marrón. Marrón chocolate. Chocolate con

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leche. Chocolate con avellanas. Chocolate fondant. Chocolate

praliné.

Cedric aborrecía el chocolate, pero por ella se bebería todo el

cacao del mundo.

Al rubio también le gustaba el hecho de que tampoco era como

las demás chicas. Las demás compañeras de su curso eran rubias,

pelirrojas, morenas con rizos definidos, de ojos azules, grises,

verdes, negros...

Las demás chicas eran guapas, esbeltas y especiales.

Ella era normal, corriente y del montón, lo que la convertía en

una chica única.

Cedric intentó desviar la mirada de ella, pero no podía. Siguió

observándola, aquella vez centrándose en su aspecto general.

Llevaba una sudadera negra demasiado holgada para ella, pero

unos pantalones grises oscuros desgastados estrechos, haciéndola

parecer más delgada de lo que en sí era. Estaban rotos a la altura

de las rodillas, al igual que sus zapatillas rojas, simulando a las

Converse, pero Cedric sabía que no eran de marca. Nunca le

había visto portando algo que pudiese ser de etiqueta.

Ni siquiera se había dignado a ponerse el uniforme, pues sabía

de sobra que no lo necesitaba, pues sus compañeros tampoco la

iban a elegir a ella para jugar ese día.

Por eso, Cedric sabía que aquella chica era perfecta, porque era

un alma errante solitaria como él. Una persona repudiada por sus

compañeros por ser diferente.

Cedric y esa chica debían estar juntos, sólo que ella aún no lo

sabía.

En realidad, Cedric estaba tan obcecado con la chica que, si

pudiera dejar de verla con ojos de adoración por un momento,

entendería por qué sus compañeros la marginaban a primera

instancia.

La chica era menuda y delgada, casi tan canija como él, sin

ninguna curva digna de ser admirada.

Su palidez era casi enfermiza, al igual que su aspecto, que le

daba un aire siniestro y desazonador.

Su voz era agradable, pero sus modales no tanto, lo cual daba

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pie a muchas burlas y rumores sobre sus gustos.

Sus labios podían ser carnosos, pero sus dientes no eran rectos

ni tampoco dignos de protagonizar un anuncio.

Y sus grandes ojos le conferían un aspecto de loca, adornados

por unas profundas ojeras y apagando el brillo de su mirada del

cansancio.

Sin embargo, Cedric no lo veía de esa forma.

Su menudez y altura le parecían completamente compatibles

con él mismo.

Su piel, aunque poco dotada de color, se le antojaba suave y

sedosa con sólo mirarla. Además, su vestimenta poco le

importaba. Él tenía muy claro que vestirse de negro no era

sinónimo de sentirse triste y desconsolado.

Él era considerado el afeminado y ella todo lo contrario.

Podían complementarse fácilmente.

La veía mostrar los dientes tan pocas veces que el sólo hecho

de que sonriese le parecía algo maravilloso.

Y sus ojos... Simplemente eran su chocolate. Su ración de

azúcar diaria.

Cedric odiaba sentirse tan atontado. Le asqueaba pensar en lo

vulnerable que se había convertido y lo ridículamente absurdo

que sonaba todo aquello en su propia mente.

¿Amor? No. Definitivamente no era eso, era algo más.

Simplemente sentía que debían estar juntos. Tenían que

conocerse. Necesitaba que ella supiese de su existencia, que

pensase que era igual que él, que podía confiar en él, que, sencilla

y escuetamente, estaba allí presente.

Y pensar en el sólo hecho de que no sabía ni su nombre le

desmotivaba. Los profesores nunca habían contado con ella en

clase ni sus compañeros sentían la necesidad de entablar

conversación. Sólo se dedicaba a existir.

Cedric necesitaba enseñarle que alguien como ella no era

merecedora de ser un rostro más en una multitud atestada de

personas sin nombre.

El timbre del instituto resonó por todo el gimnasio, sacando a

Cedric de sus pensamientos, por lo que se obligó a sí mismo a

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desviar la vista del chocolate para seguir con el café amargo que

le suponían las clases.

Se colocó la chaqueta y se incorporó en el banco, observando

por el rabillo del ojo cómo la chica se desperezaba estirando sus

brazos como un gato y se ponía de pie lentamente, como si

quisiera apurar aquel momento de descanso en el que nadie

seguía fijándose de ella, entre el gimnasio y el vestuario de las

chicas.

Y entonces, lo vio.

Cedric torció la mirada y contempló un pequeño cuaderno

negro que ocupaba el sitio en el que segundos antes había estado

sentada la morena.

El rubio apretó los labios y se acercó disimuladamente,

cogiendo el cuaderno y sosteniéndolo sobre sus manos. Su

primer pensamiento fugaz fue el de emoción y adrenalina, como

si una vida ajena dependiese de él en esos momentos y estuviera

colgando en sus manos. Quizá la chica hubiese escrito cosas allí

que le pudiesen conducir de forma fácil a conocerla mejor y a

saber cómo entablar conversación con ella.

Después se sintió un gilipollas.

Cedric frunció el ceño, negó con la cabeza y alzó la mirada. La

chica se alejaba lentamente de allí, con andares desgarbados y los

hombros caídos. Se le hizo un nudo en la garganta. No sabía su

nombre... y lo peor es que temía ponerle una voz demasiado

aguda al llamarla para que reclamase su objeto perdido.

Sus manos temblaron cuando se humedeció los labios y se

decidió en alzar la voz para decir:

—Eh... ¿Chica?

Había una veintena de chicas en la estancia contando con las

del otro grupo, pero sólo se detuvo ella. Quizá sabía

perfectamente que había requerido su atención... O quizá lo

estaba deseando.

La morena se giró sobre sí misma y contempló extrañada a

Cedric, como si no entendiese qué hacía dirigiéndole la palabra,

después su mirada se posó en el cuaderno. El rubio tragó saliva y

se acercó a la chica, intentando parecer firme.

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—Creo que esto es tuyo.

Le tendió el objeto mientras la morena lo seguía observando

sin comprender, después levantó la vista y clavó sus ojos en los

de Cedric. Chocolate contra hielo. Cedric deseaba que le diesen

arcadas ante la mención mental de aquel dulce sólo para no

sentirse un retrasado.

La morena volvió a mirar el cuaderno y levantó los brazos para

sostenerlo entre sus manos, concluyendo cada movimiento de

una manera torpe y lenta.

—Gracias.

Cedric pensó que valía la pena devolverle el cuaderno sólo para

escuchar aquella palabra saliendo de sus labios.

La chica le dio la espalda y continuó caminando dos pasos por

delante de Cedric, mientras él examinaba el cabello brillante y

oscuro de la pequeña desde su posición.

—Aline.

El rubio tardó unos segundos en comprender lo que significaba

esa palabra.

—Me llamo Aline.

Cedric siguió con los ojos en su espalda, apretando la

mandíbula.

—Yo Cedric.

El rubio no comprendió por qué la morena se reía de forma

burlona mientras giraba a la izquierda, hacia los vestuarios de las

chicas.

—Ya lo sabía.

Cedric se detuvo justo en la bifurcación de los caminos,

observando cómo la espalda de la chica desaparecía tras la puerta.

Y entonces, no pudo contener una sonrisa.

Aline.

Su chocolate se llamaba Aline.

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ENRIQUETA, LA COQUETA

María Florencia Aliaga

Publicado en el nº 26, en noviembre de 2012

Enriqueta era coqueta y esa fue siempre su gracia. Había

disfrutado de los favores que su belleza le proporcionaba apenas

pudo ser consciente de sus atributos. En su pequeño poblado de

poco más de mil buenas almas, Enriqueta era la única dueña de

un pelo rubio, corto y ondulado que recordaba al reflejo del sol

en un tempestuoso río cristalino, aún antes de que Marylin

Monroe apareciera con su singular melena. Como si eso fuera

poco, desde pequeña ostentaba sin quererlo la retaguardia más

generosa y empinada que habían visto esas tierras, lo que hacía

aún más deseable su rumbosa figurita.

Cuando le tocó ir a la escuela, la maestra optó por sentar a

Enriqueta al lado del pizarrón frente a la clase, por lo menos para

que por rebote, los alumnos copiaran algo de lo que

cuidadosamente la docente escribía, porque los varones,

embobados, no podían dejar de mirarla, y las chicas, envidiosas,

imitaban cada uno de sus gestos. Cuando llegaba el verano,

sorprendía la cantidad de turistas que llegaban a la aldea

considerando los pocos atractivos turísticos de la zona, aunque el

balneario donde Enriqueta paseaba distraída hervía de

transeúntes.

En el campo, tanta coquetería y cocotería provocaba algunos

desmanes: si por casualidad Enriqueta pasaba corriendo en época

de sembrado, los agricultores se desorientaban de tal manera con

tremenda salud, que al tiempo, los huertos de limón convivían

con los de papa, los pomelos con las lechugas, y el trigo con las

uvas, conformando una enorme plantación de una surrealista

ensalada de fruta sin ningún valor comercial.

En la parroquia, no podían quejarse. Desde que Enriqueta, que

era muy piadosa, asistía a misa a diario, en el templo no cabían

los fieles que dejaban generosísimas dádivas, sobre todo cuando

la joven era quien pasaba la canasta de la ofrenda. Una tarde,

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Madre Dora, una monja octogenaria la sacó de la capilla a

escobazos: “Su cuerpo tiene la forma del pecado. Tanta delantera

no es de Dios, chiquita”, le gritó la religiosa. Al enterarse del

incidente, inmediatamente el sacerdote buscó consolarla.

“Escuche, mija. Diosito la soñó así y jamás debería sentirse por

eso culpable. Sus pechos dan vida, y darán vida en abundancia”,

le dijo el curita, sobre todo pensando en el oratorio de oro que

había podido levantar desde su presencia en sus ceremonias y en

la catedral que ahora quería construir. Enriqueta secó sus

lágrimas, sonrío y volvió a tener esa alegría sin culpas que

siempre la caracterizó.

Con la conciencia tranquila, se sintió libre para amplificar sus

dotes con todas las novedades de belleza que salían al mercado:

fue la primera de su clase en pintar su boca de rojo carmín,

sonrojar sus pómulos artificialmente y usar medias de nylon. El

día que estrenó el título de ser la primera en llevar

un soutien armado, la aldea registró el mayor índice de

muchachos desmayados por una fiebre sin nombre que fue

menguando días después.

Su generosidad la vivió en cuerpo y en alma. Jamás se había

casado ni se casaría porque había optado por contar con los

favores de todos los hombres y no de uno solamente, por lo que

fue muy feliz, dirían sus crónicas tiempo después. Nunca se le

conoció un trabajo formal, aunque formalmente todas las

mujeres sabían que si sus esposos no estaban durmiendo en casa,

estaban con ella. Volvían a sus hogares tan contentos y

colaboradores, que de vez en vez, cuando las cosas en el

matrimonio no andaban bien, sus mismas esposas les apuntaban

un turno. A cambio del amor no pedía nada, pero los hombres le

entregaban todo. Con eso, ella se las arreglaba para estar a la

moda y comprar sus cremas y lociones de cuidado, para

mantenerse perfumada, pintada y primorosa, y no cultivaba otro

lujo aparte de preservar su propia belleza.

Las mujeres no sólo la respetaban sino que hasta habían

logrado quererla: en una sociedad donde los hombres eran los

dueños absolutos de las finanzas del hogar, robaba a los maridos

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lo que a sus mujeres les negaban, para devolvérselo a ellas

anónimamente y a escondidas. Los saldos incobrables en la

rotisería eran misteriosamente cancelados, los niños del orfanato

se cansaron de comer caramelos y chocolates y cada nueva novia

que se casaba recibía enigmáticamente un ajuar que le duraría

toda la vida y un poco más. Para las fiestas patrias se organizaban

comilonas iluminadas con fuegos artificiales en las cuales ella

participaba con la misma sorpresa que un ciudadano más.

El tiempo y tanto cultivo por el placer, le desacomodaron las

curvas pero no su elegancia. Cuando se puso vieja y no pudo

saciar la sed de amor de los más jóvenes, jamás dejaron de

visitarla, porque una sola charla con ella bien valía el viaje.

Cuando en sueños se le avisó que moriría, hizo las valijas por

primera vez en su vida y se fue a morir a otro lugar, para no tener

que ver a su pueblo llorar. En los registros de la historia, como

nadie vio su cuerpo, muchos dijeron que un ángel la había subido

al cielo, varios ángeles corrigieron después, porque tanto

pescuezo era demasiada carga para un solo querubín.

Su munificencia no conoció fin, aún después de muerta. Santa

Enriqueta, la Santa coqueta, le decían. Desde el cielo, donde

aseguraban que estaba, Enriqueta seguía cumpliendo favores a

sus coterráneos, quienes agradecían su auxilio difundiendo y

engrandeciendo su leyenda. Cuando a los ganaderos se les

ocurrió pedirle fertilidad para sus animales, se armó tal revuelo

que en las granjas regalaban chanchos, vacas y ovejas a los

viajeros de paso.

Por los pedidos de los feligreses y por propia convicción, el

cura no dudó en rebautizar el altar mayor bajo su nombre,

mientras que Madre Dora, fallecida también, se estremecía en su

tumba. Con el tiempo nadie recordó de Enriqueta su oficio de

dudosa consideración y sólo se inmortalizaron sus notables

encantos y sus pródigas obras y milagros, que nunca cesaron.

Esta es la historia de Enriqueta, la Santa coqueta, la pecadora

más pituca y adorable que por estas tierras desfiló.

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NOCHE DE DIEZ

Sergio Turovetzky

Publicado en el nº 27, en enero de 2013

Deja el bolso en el sillón y sigue hasta la cocina. Saca la botella

del refrigerador y, aprovechando que Ilse aún no ha llegado, bebe

directamente del pico el agua helada hasta quedar sin aliento.

Falta una hora larga para que Ilse regrese de su ensayo, por lo

que tendrá tiempo de bañarse y recostarse un rato.

Antes de ir al baño, escruta en el estante de los compactos.

Elige Wagner, “El buque fantasma”, y lo coloca en el

reproductor con volumen alto, para poder escucharlo desde la

ducha. Tanto a Ilse como a él les apasiona Wagner, y la carga

emotiva y sensual de su música provoca que cualquier roce de

piel les resulte electrizante.

Se saca los botines de fútbol y encara hacia el baño. Abre la

ventanita para que el vapor no lo empañe todo y, mientras se

desviste, escucha el tronar de la obertura que preludia las

borrascas en el Mar del Norte.

Se mira en el espejo. Tiene un chichón que ya no le duele en la

cabeza, y raspones sanguinolentos en codos, hombros y rodillas.

Ésos sí arden.

Por el ventanuco entra una ráfaga de aire frío y con fuerte olor

a sal y a yodo -como huelen los vientos marinos-, impensable en

esta ciudad mediterránea.

—Tal vez me sugestione la música —se dice, considerando que

también puede ser el olor de su propia transpiración. Se quita las

medias y los calzoncillos y los tira en un rincón, junto al bidet,

pero se deja puesta la camiseta.

Nunca quiso que Ilse le lave la camiseta en el lavarropas;

prefiere hacerlo él, con jabón de tocador, cuando se baña.

La gloriosa blanquiceleste con el enorme número diez en la

espalda, merece ese trato. Y más aún ésta, que se la firmó de

puño y letra el mismísimo Maradona, y que lo acompaña desde

entonces. Y sólo vistiéndola juega, aunque se trate de partiditos

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insignificantes, como el de esta noche. Por eso, cuando se baña y

lava la camiseta, lo hace con muchísimo cuidado, tratando de no

fregar en la parte donde está la firma, que, a pesar de los años

transcurridos, aún se lee bien.

Muchas veces se la pidieron prestada y otras tantas se negó, y

no le importó que lo trataran de mezquino.

Los compañeros de la oficina -con los que jugó esta noche y lo

hace todos los viernes-, lo tomaron para la chacota y en más de

una ocasión se la sacaron o se la escondieron.

—Si quieren meterse con mi mamá, con mi mujer o con mi

hermana, usar mi chequera o chocarme el auto, no hay

problemas. ¡Pero con esa reliquia no! —bravuconea.

Abre el grifo y, sin entrar en la bañera, mete una mano para

verificar la temperatura, pues no le gusta el agua fría, y si está

muy caliente más le van a arder las lastimaduras.

—¡Qué pasa! —refunfuña, oyendo sonar tan mal ese corno.

Suena bajo, gangoso y desafinado—. ¡Parece un cuerno de cabra!

—recuerda, al tiempo que sale del baño y va hacia el comedor,

para ver si el compacto anda mal. Pero no, el disco se oye bien,

aunque tal vez desde el baño, y con el ruido de la ducha…

Con mucha cautela mete un pie y luego el otro; después se

ubica bajo el chorro de agua que, pese a todas sus precauciones,

le hace rebramar en las lastimaduras.

Luego de algunos segundos, toma la botella del champú, pone

una pequeña cantidad en la palma de la mano y la desparrama

sobre su cabeza. Mientras friega sus cabellos oye ruidos en el

comedor.

—Ilse —murmura—. Deben haber terminado antes el ensayo

deduce, pues eso sucede a veces, cuando faltan algunos

cantantes o el mismo director.

La espuma le cae por la cara y le entra en los ojos; se los

refriega con la mano libre, al tiempo que oye que Ilse ha entrado

al baño.

—¡Bicho! ¡Bichito! —le dice, tratando de ver algo.

Con ardor en los ojos y a través de la cortina –que es apenas

transparente-, alcanza a entreverla. Parece que se ha quitado la

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opa (¡Grande, Wagner!), pero se la ve muy alta porque tiene algo

en la cabeza, algo metálico, como si se hubiera calzado una olla—

. ¡Bichito! —repite.

La cortina se corre bruscamente y, junto con las palabras

pierde también el aliento.

Parada frente a él, mirándolo con fiereza, hay una mujer, si.

Pero no es Ilse.

Es altísima, y además, tiene colocado un yelmo de acero con

dos alas en vuelo en la parte superior. Es muy rubia y el cabello le

cae hasta la cintura. No está desnuda. Usa un corpiño muy

chiquito, de cuero, que parece un adornito para esos pechos…

¡unos pechos como nunca ha visto en su vida! ¡Y la cintura, y las

caderas, y las piernas!

Calza unas toscas sandalias con tiras que se entrecruzan hasta la

rodilla.

Tiene un arco en su mano y tras el hombro derecho asoman

varias flechas.

También tiene un sable corto y ancho que pende de su cintura.

Ella lo mira de arriba abajo con sus ojos grises.

Parece no entusiasmarle el ver a un tipo muy flaco, desnudo,

con una camiseta a rayas celestes y blancas y una botella verde en

la mano.

—¿Bi-chi-to? —dice con extraña entonación, y él intenta

responder pero, sin palabras y sin siquiera aire, sólo puede mover

afirmativamente la cabeza, al tiempo que se estremece cuando la

ve dejar sus armas sobre el bidet, quitarse la poquita ropa que usa

y meter un pie en la bañadera, mientras murmura palabras

ininteligibles, llenas de vocales y sin consonantes.

Se corre para darle lugar pero la bañera no es muy grande, y

quedan los dos frente a frente, a pocos centímetros de distancia.

Ella es mucho más alta y él se siente abrumado por tenerla tan

cerca y… tan desnuda.

Mira con atención la botella que él tiene en la mano y hace un

ademán interrogativo.

—Champú —consigue articular él—, cham-pú —silabea, como

para que lo entienda bien. Pone entonces un poquito sobre su

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melena rubia y la frota, pero ella le saca la botella de la mano,

vuelca todo el contenido sobre su cabeza y le devuelve el envase

vacío.

Y él, que tiene la cara a dos o tres centímetros de ella, de sus

pechos, que se siente muy turbado por verlos tan turgentes y

mojados, y ahora con el champú que resbala sobre ellos haciendo

globitos…

Quisiera eliminar esa ínfima distancia, esos dos o tres

centímetros que lo separan, y apoyarles su boca o su cara…

Pero piensa que podría tomarlo a mal. O podría tomarlo a bien,

lo que sería igualmente terrible –considera-, imaginándose

abrazado y estrujado por esos brazos y esas piernas.

Ella señala la camiseta y hace un gesto inquisitivo con la cara.

Viendo que él no responde nada, ella se la quita y luego,

forcejeando un poco, se la calza.

Y, claro, no es lo mismo. La camiseta le ajusta; apenas si le

llega al ombligo y parece que va a estallar en cualquier momento,

a la altura de los pechos.

¡Pero nadie –se repite-, ni Pelé, ni Messi, ni siquiera Maradona

han lucido esa prenda con semejante garbo!

Chorreando agua, ella sale de la bañadera y comienza a vestirse.

Cuando agarra el corpiño, advierte que para ponérselo debe

sacarse la camiseta. Entonces se lo ofrece a él, a modo de

trueque, quizá. Al ver que él se rehúsa, se cuelga en la espalda el

carcaj con las flechas, se calza la espada en la cintura, se pone el

yelmo alado, y con el arco en una mano y el corpiño en la otra, lo

mira fijamente durante algunos segundos.

—Cham-pú, bi-chi-to —parece saludar, antes de salir.

Oye el ruido de la puerta de calle, al tiempo que percibe que su

respiración tiende a normalizarse.

Algunos segundos después, ve a Ilse asomar cautelosamente su

cabeza.

Ella permanece unos segundos mirándolo, estupefacta al verlo

de pie bajo el chorro de la ducha, con la botella vacía en la mano

y la mirada extraviada.

—¿Te ocurre algo? —le pregunta, y ante el gesto de él, ingresa

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al baño—. ¡Huy, mi amor, cómo te lastimaron! —dice,

acercándose y rozando con sus dedos las lastimaduras de él, que

-olvidando quizá que ella está vestida-, la abraza, la levanta en el

aire y la mete dentro de la bañera.

—¿Dónde está tu camiseta? —murmura Ilse, sin dejar de

besarlo y forcejeando con los botones de su blusa, mientras se

sienta en el suelo, se recuesta y lo llama de brazos abiertos.

—¡Qué sé yo! —farfulla él, al tiempo que se tiende sobre ella-.

Me la olvidé en el Club —arguye, porque no se le ocurre qué otra

cosa decir—. Cham-pú bi-chi-to— tartajea.

—Yo también… yo también… mi amor —jadea Ilse,

recibiendo el agua en la cara, como si fuera del furibundo oleaje

de un tifón marino.

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TEATRO

Juan José Tapia Urbano

Publicado en el nº 27, en enero de 2013

Hace ya tiempo que comprendí todo lo que sucede a mi

alrededor, a pesar de lo cual aún no he terminado de entender los

motivos que les impulsan a actuar de ese modo en lo que a mí se

refiere. Al fin y al cabo, yo no soy nadie. Bueno, es cierto que

resulta un poco duro que sea yo quien realice tamaña afirmación,

quizás gratuita, pero es en momentos tan apurados como éste en

que me encuentro, cuando uno debe llevar a cabo una autocrítica

constructiva, o cuando menos, intentarlo.

Sé que ignoran que ya les he pillado, que sé lo que se proponen,

al menos a grandes rasgos. Pienso que esa es una ventaja que he

de saber administrar; tengo que procurar sacarle el máximo

partido a su más que segura ignorancia.

Realmente me enferman esas caras que tratan de poner, aunque

no les llegue a salir todo lo bien que quisieran. Supongo que Dios

no les llamó por el camino de la actuación, y es que no todo el

mundo sirve para formar parte de una pantomima de semejantes

proporciones. No me cabe la menor duda de que todos aquellos

que ahora me rodean, incluso los que simplemente pasan de largo

con un aire distraído, están involucrados en ese “lo que sea” que

se traen entre manos.

Tal vez si consigo evitar sus sospechas cometan algún tipo de

fallo que pueda arrojar algo de luz en relación al montaje sin

sentido en el que me hallo imbuido sin haberlo solicitado en

ninguna ventanilla. No deja de ser cómico que no me haya

tocado nunca la lotería a pesar de meter tanto dinero, y aquí que

no he movido un dedo, resulte agraciado con el premio gordo.

¡Un momento, un momento! Parece que esa mujer vuelve a

acercarse, he de disimular, que no se note que lo sé.

—¿Desea que le vuelva a llenar la taza? —preguntó la mujer

tocada con una cofia que portaba un recipiente de cristal lleno de

un líquido oscuro humeante.

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—No, no, muchas gracias, no se moleste. Está bien así, en

serio, no se preocupe —respondió de forma atropellada el

hombre sentado en una mesa del fondo.

—Está bien, como quiera. No dude en llamarme si necesita

algo.

—Gracias, muchas gracias… así lo haré.

Tras aquel breve intercambio de palabras aparentemente

inocuo, la mujer se retiró con un andar cansino, en busca de

alguna otra persona que tuviese a bien aceptar sus servicios.

¡Estúpido, estúpido, y mil veces estúpido! Por poco lo echo

todo a perder. Tengo que guardar la compostura, no mostrarme

tan nervioso… ¡Vaya!, pensé que sería capaz de controlarme, de

hacer mi papel de un modo algo más creíble. Sólo espero que no

haya resultado evidente que estoy al tanto de que algo se está

cociendo aquí.

No, parece que esa mujer sigue con su labor como si nada

hubiese pasado, a no ser que sea mejor actriz que yo mismo, lo

cual no debe resultar demasiado complicado, la verdad. No me

puedo permitir otro error, debo concentrarme, enfocar, enfocar...

Sé que todos me vigilan. Esas miradas que me dirigen no

pueden ser tan casuales como parecen a simple vista. ¡Estos

malditos son buenos, realmente buenos! Deben haber recibido

entrenamiento específico para enfrentarse a situaciones como

ésta, no me cabe ya la menor duda, aunque no contaban con

enfrentarse a alguien como yo, seguro que no. Debo estar

resultando un hueso duro de roer para ellos, y deben estar

sudando más de lo que esperaban en un principio, o eso espero.

Lo que sigue sin quedarme claro es lo que han visto en mí, qué

es lo que tengo yo que ellos necesitan. ¿Será posible que me haya

infravalorado, que haya más en mí de lo que yo mismo soy capaz

de percibir? Tal vez debiera hacer un ejercicio de introspección

en busca de algo que haya podido pasar por alto, quizás debería

recapitular los últimos episodios de mi vida. Es más que seguro

que la clave para desentrañar todo este misterio se encuentre ahí.

El problema es que en estos momentos carezco de la tranquilidad

necesaria para llevar a cabo semejante tarea de un modo

99


adecuado.

Y lo cierto es que todo tiene la apariencia de ser tan normal…

¿De qué podrán estar hablando esos dos de la mesa de al lado?

¿Acaso les proporcionarán un manual con una lista de

conversaciones intrascendentes que poder mantener en estas

situaciones? Debo estar especialmente alerta con estos dos, ya

que son los que tengo sentados más cerca. Tampoco quisieron

más café… ¿sería una señal oculta, una especie de clave?

Si esto sigue así mucho más tiempo acabarán volviéndome

loco. Tampoco puedo estar alerta todo el día, en tensión, no hay

organismo que aguante tal estado más de unos días seguidos, y yo

llevo así desde que entré en este maldito lugar. Bueno, realmente

la cosa viene de bastante antes, y ya estoy llegando a mi límite,

soy consciente de ello. Nunca dedejar que me trajeran aquí, no

ha sido más que una forma de facilitar su labor de control, como

si me hubiera metido en la boca del lobo.

¿Pero cómo podía negarme sin levantar sospechas? No, lo

mejor era seguirles el juego, tal como hago ahora. Sé que eso les

saca de sus casillas. Para sus mentes cuadriculadas resultaría

mucho más sencillo que simplemente me derrumbara sin más y

me entregara a ellos, dejándoles maniobrar a su antojo, y sacando

de mí cuanta información deseasen, ¡pero no, no lo haré! Pienso

vender muy cara mi derrota, en el supuesto de que ésta llegue a

producirse. Tendrán que sudar sangre si quieren sacar algo en

claro de mí.

Un momento, ahí se acercan de nuevo, y en esta ocasión parece

tratarse del hombre que está al mando de todo esto. Esta vez no

debo dejar que los nervios me traicionen, he de mostrarme

inflexible.

—Buenos días, señor López —saludó el hombre de cabello

blanco de manera cordial.

—Buenos días —respondió el ocupante de la mesa del fondo.

—¿Cómo se encuentra hoy? —volvió a preguntar el hombre

vestido con una bata del mismo tono que su pelo.

—Mejor, me encuentro mejor, no lo dude —respondió el

señor López pensando que con aquellas palabras molestaba a su

100


interrogador.

—Estupendo, eso está muy bien. Veo que le han sentado bien

las últimas píldoras que le receté. Si sigue progresando de este

modo pronto le podremos trasladar al otro pabellón. ¡Ánimo!

El señor López asintió sin abrir la boca, mientras el doctor

pasaba a comentar algo en voz baja con la enfermera que le

acompañaba.

—¿Qué tal lo de sus ataques, sigue creyendo que todos le

observan?

—No doctor, hace tiempo que dede actuar de ese modo.

Ahora se comporta muy bien, como si no le pasara nada, ha sido

un cambio increíble —respondió la enfermera.

El médico echó una última mirada a su paciente justo antes de

encaminarse hacia la salida de la cafetería del centro psiquiátrico.

Una demostración más de que su terapia funcionaba.

101


EL INTERCEPTOR

Joaquín Valls Arnau

Publicado en el nº 27, en enero de 2013

Iba caminando sin ninguna prisa por la acera. Al doblar la

esquina, se detuvo y miró a derecha e izquierda. No vio a nadie,

así que decidió seguir adelante, ya a paso más vivo. Eran las tres y

media y en la calle hacía un calor sofocante. Pensó que en breve

mucha gente saldría ya de vacaciones, a diferencia de él, que en

cambio prefería pasarlas siempre en la ciudad.

Abrió el portal, no sin antes haber comprobado, a través de la

doble hoja de vidrio, que adentro no había nadie. Acto seguido se

dirigió hacia la zona donde se encontraban los veinte buzones de

la finca, que quedaba en un rincón del vestíbulo, en

semipenumbra. Echó un rápido vistazo a través de las rendijas de

cada uno de ellos y a continuación extrajo de su cartera de mano

unas pinzas metálicas de las que se emplean para asar la carne.

Descartados en primer lugar aquéllos que, según le pareció,

contenían recibos o publicidad, fijó su atención en dos sobres

que habían sido franqueados con sellos, uno de los cuales

procedente del extranjero. Con ayuda de las pinzas extrajo el que

estaba dentro del cajetín del 6º 4ª, y luego se dispuso a hacer lo

propio con el del 4º 3ª. Este último se le escapó justo cuando

asomaba por la rendija, si bien en un segundo intento logró

hacerse con él sin mayores problemas. Finalmente metió los

sobres y las pinzas en la cartera, tomó el ascensor en el preciso

instante en que oyó que alguien abría el portal, subió hasta el

ático y entró en la puerta primera de las dos que había en el

rellano.

Al llegar al piso, cerró tras de sí la puerta con llave y,

quitándose el traje y la corbata, se quedó en ropa interior. Había

decidido que aquella tarde ya no volvería a salir. Fue a la cocina,

cogió del refrigerador una pizza precocinada y la metió en el

microondas. Las pocas piezas de que constaba la pequeña

vivienda, que ocupaba en alquiler desde hacía dos años, tenían los

102


muebles mínimos. El único elemento decorativo era, colgando de

una de las paredes del salón, un retrato de su madre de cuando

ésta era adolescente jugando con una muñeca de la época, que

siempre le acompañaba en sus sucesivas mudanzas.

Una vez hubo dado buena cuenta de la pizza, que acompañó

con un vaso de coca-cola de gran tamaño, se sirvió varias bolas

de un envase de helado de vainilla que había en el congelador. Al

terminar, dejó el vaso sobre la encimera junto a otros vasos,

platos, cubiertos y varios cacharros sucios que se apilaban sobre

ella y que llenaban la fregadera a rebosar.

Fue a por la cartera y sacó ambos sobres. Se acercó a la ventana

y examinó su contenido al trasluz. Su rostro no traducía alegría o

decepción, sino que más bien recordaba al de un profesional de

la medicina que estuviera observando con atención unas

radiografías. Después de esa revisión preliminar, fue al cuarto de

aseo y abrió el grifo del agua caliente del lavabo. Sujetó el

primero de los sobres de manera que, sin llegar a entrar en

contacto con el agua, recibiese directamente el vapor sobre la

línea engomada de su reverso. Transcurridos unos pocos minutos

consiguió abrirlo sin dificultad, tras lo cual inició la misma

operación con el segundo de los sobres. Mientras estaba en ello,

sonó el timbre de la puerta. Con un gesto de disgusto

acompañado de una blasfemia, cerró el grifo y esperó. El timbre

volvió a sonar. Miró en derredor, y decidió depositar ambos

sobres dentro de la bañera, tapados con una toalla, para de

inmediato correr por completo la cortina de plástico. Cerró todas

las luces, se puso el batín y las zapatillas y se dirigió al recibidor.

Vio, a través de la mirilla de la puerta, que se trataba de la vecina

de enfrente. Le pareció que ésta se disponía a volver a llamar, y

entonces abrió y la saludó, al tiempo que le dedicaba una amplia

sonrisa:

-¡Doña Patro! No sabía quién podría ser, a estas horas.

- Buenas tardes –respondió ella-. Disculpe si le molesto. Le he

oído llegar, y como me había quedado sin azúcar, me he dicho:

Matías, que es tan previsor, seguro que tendrá. Es que esta noche

Adela me trae a mis nietos, y con lo golosos que son, quisiera

103


prepararles un bizcocho para postres.

-Faltaría más. Creo que incluso me queda un paquete entero sin

empezar. Voy a por él, enseguida vuelvo.

Mientras él iba a la cocina, ella, aprovechando que la puerta

había quedado entreabierta, se asomó con la intención de

averiguar si estaba solo. En todo el tiempo que llevaban como

vecinos, no le había visto nunca en compañía de ninguna otra

persona. Ello no dejaba de resultarle extraño, habida cuenta de su

carácter amable y por ser un hombre de exquisitos modales y

gustos refinados. Alguien, en fin, a quien a una madre no le

importaría en absoluto que saliese con su hija si ésta era soltera o,

como en el caso de la suya, divorciada y para colmo con tres

críos a quienes atender.

Al cabo de un minuto, regresó con el paquete de azúcar.

-¿Tendrá suficiente?

-Más que de sobras hijo, muchísimas gracias, es usted un sol.

Mañana mismo se la devuelvo.

-Descuide, que no me hace ninguna falta, tengo otro paquete

de reserva. A disponer. Ya sabe, para eso estamos los vecinos.

-No es la primera vez que me saca de un apuro, y en cambio yo

todavía no he podido corresponderle todavía. Me haría ilusión

invitarle a cenar; no es por nada, pero tengo fama de buena

cocinera. Si le parece bien, podría ser alguna noche que mi hija se

pase por aquí. Ya sabe que ella también estudió Empresariales,

seguramente encontrarán con facilidad temas comunes para

conversar.

-No le digo que no. Se lo agradezco de veras, doña Patro.

Después de haberse despedido, cerró la puerta y resopló

profundamente. Se quitó el batín y se dirigió de nuevo al baño.

Nada más entrar, soltó por fin, aliviado, un eructo que mientras

hablaba con la vecina, había estado pugnando todo el rato por

salir: le irritaba sobremanera, verse obligado a contenerlos.

Volvió a abrir el grifo del agua caliente. Una vez concluida la

operación antes interrumpida, fue al salón y extrajo las cartas de

sus sobres.

La primera, escrita con estilográfica, estaba franqueada en París

104


e iba dirigida a Lolita, la chica que vivía en el 6º 4ª. Era la tercera

que un tal Antonio le enviaba en el último mes. Por el tono que

empleaba en ella y en la anterior, Matías pensaba que podía

tratarse de un antiguo novio. En ésta le reiteraba sus ganas de

verla en un próximo viaje de negocios que iba a realizar a Madrid,

y le indicaba incluso la fecha y la hora en que llegaría al

aeropuerto. Aprovechaba para pedirle si podría alojarse en su

casa para al final, en la posdata, confesarle que a menudo echaba

de menos su compañía y se preguntaba si su decisión de

establecerse en el extranjero no había sido un grave error.

La segunda carta, a bolígrafo, la mandaba desde Oviedo el

hermano del señor Guillermo, el vecino del 4º 3ª. En ella,

después de varios comentarios relacionados con su vida cotidiana

y la de su familia, se refería, como de pasada, a unos dolores

persistentes que padecía desde hacía unos meses en la zona

abdominal, de origen desconocido, así como a las pruebas que le

hacían y a su progresivo deterioro físico, que tenía muy

preocupadas a su mujer y a sus hijas. Le animaba finalmente a

que fuese a pasar un fin de semana con ellos.

Matías se quedó mirando ambas cartas sin mover un músculo.

Luego volvió a introducir en su sobre la segunda que había

abierto, lo cerró con sumo cuidado con una barra de pegamento

y lo metió en su cartera. La primera, en cambio, la depositó junto

a su sobre en un plato de loza que sacó a la terraza, y a

continuación les prendió fuego. Después, como cada tarde, se

tumbó en la cama con intención de echar una larga siesta. A

aquella hora la luz del sol, sin barrera alguna que la obstaculizase,

penetraba directamente a través del amplio ventanal carente de

cortinas.

Matías trabajaba como administrativo en una compañía de

seguros, de lunes a viernes y en horario de ocho a tres. En el

organigrama tenía por encima una jefa de negociado, y ésta a su

vez a una jefa de sección que, junto a diez personas más, se

hallaban dedicadas a jornada completa a los que entre ellas

denominaban “siniestros mayores”. Nada más llegar al día

siguiente a la oficina, Matías observó que se había formado uno

105


de los habituales corrillos frente a la máquina de café. Le pareció

oír que departían acerca de un accidente de tráfico que había

sufrido un familiar de otro compañero. Fue directamente hacia

allí sin pasar antes por su mesa, presto a conocer todos los

detalles pero sin intervenir en la conversación. Ya desde que era

niño, era consciente de las noticias luctuosas le producían una

especial fascinación, si bien procuraba que los demás no lo

advirtieran. En la intimidad de su hogar, viendo las noticias en la

televisión o escuchando los noticiarios de la radio, era muy

diferente: allí se sabía libre para sentir como le viniera en gana.

A mediodía celebraban, en la propia oficina, la próxima boda

de uno de los jefes. Cuando ya todo estaba dispuesto, y al

percatarse alguien de que, para no faltar a su costumbre, Matías

no aparecía, fueron a avisarle. Esta vez alegó que se encontraba

indispuesto, y que seguramente se marcharía a casa. Así que salió

del trabajo, pero lo que hizo fue ir a dar una vuelta por un parque

del centro donde sabía que en aquella época del año florecían una

gran variedad de rosas.

Era la primera vez que se paseaba por allí en un día laborable.

Le sorprendió que, aparte de ancianos, hubiera un buen número

de niños pequeños en compañía de sus madres o de mujeres con

uniforme que cuidaban de ellos. Por un instante se vio a sí

mismo, bastantes años atrás, contento y disfrutando de un día

radiante, de cuclillas en un foso de arena, con el cubo, el rastrillo

y la pala, y a su madre -que se llamaba Rosa- sonriendo agachada

a su lado, mientras una niña se situaba tras ella y, por jugar,

empujaba con fuerza el columpio de hierro que un instante

después habría de golpearla violentamente en la nuca. Quedó allí

tendida, inmóvil, con el rostro pegado al lecho de arena. La niña

salió corriendo y de inmediato se aproximó una mujer gritando,

luego varias más, y llamaron con urgencia a una ambulancia. Para

cuando ésta llegó, él ya era consciente de que no había nada que

hacer. Su padre, que llevaba unos años en América viviendo con

otra mujer, acudió al entierro acompañado de ésta, abrió una

cuenta a su nombre con una importante suma y pidió a unos

primos que no tenían descendencia que se hicieran cargo de él a

106


cambio de una compensación económica. Lo hicieron, sin

mostrar el más mínimo entusiasmo, hasta que Matías alcanzó la

mayoría de edad.

Al cabo de un rato, sin tener una noción clara de cómo había

llegado hasta allí, se dio cuenta de que no se encontraba en el

parque de su infancia sino ya en la esquina de su casa. Un tanto

aturdido, repitió uno por uno, antes de decidirse a entrar en el

portal, los pasos del día anterior y de otros precedentes. Tenía

claro que, para que determinadas cosas salieran bien, toda

precaución era poca. Esta vez, a través de las rendijas de los

buzones no vio ningún sobre que llamase su atención, así que se

limitó a depositar en el cajetín del 4º 3ª el que portaba dentro de

la cartera.

Precisamente en aquel instante vio al señor Guillermo abriendo

el portal, seguido de Lolita, que regresaba del supermercado

cargada con varias bolsas. Ambos venían charlando

animadamente. Matías resolvió esperarlos mientras mantenía

abierta la puerta del ascensor.

-No corran, que no tengo ninguna prisa –les dijo-.

-Gracias Matías, usted siempre tan amable –respondió el viejo,

acelerando un poco el paso-.

Ambos abrieron, de camino hacia el ascensor, sus buzones

respectivos. El señor Guillermo extrajo un sobre y se quedó

mirando, frunciendo el ceño, los datos del remitente. Lolita, por

su parte, sacó de su buzón varios folletos publicitarios, que de

inmediato rasgó y arrojó a la papelera, y ya dentro de la cabina,

dirigiéndose a Matías, exclamó:

-Resulta tan raro, recibir cartas hoy en día…

Él afirmó con un leve movimiento de cabeza, mientras

esbozaba una sonrisa.

107


CATEGORÍA

“RELATO”


REFLEJOS

Marcos González

Publicado en el nº 23, en mayo de 2012

Nos detuvimos en la estación, y por fin aquel aprendiz de

acordeonista se bajó para seguir incordiando con su irritante

música a otros viajeros. Aquel pobre hombre me era familiar. Era

uno de esos indigentes que prácticamente viven en el metro.

Hacia más de tres años que yo hacía aquel trayecto para ir al

despacho donde trabajo, y desde entonces siempre había visto a

ese hombre que pedía una limosna vestido con sombrero y nariz

de payaso y a ritmo de pasodoble.

A mí aquella manera de pedir me parecía ridícula y hasta me

producía risa, esa risa que ocultas maliciosamente a los demás,

porque tus padres siempre te han dicho que de la gente pobre no

hay que reírse, sino compadecerse. Y aunque varias veces le había

dado a aquel hombre dinero para un bocadillo, no podía evitar

que la extraña combinación de miseria, histrionismo y fingida

alegría me produjesen una vergonzosa sonrisa.

El metro se detuvo en la estación de Hortaleza, donde el

hombre bajó para, seguramente, esperar el siguiente tren. Me

desentendí inmediatamente del asunto y mire a través de la

ventanilla. Aquella mañana había tenido suerte y había

encontrado un asiento libre justo al entrar en el vagón. Ahora

descansaba apoyando mi barbilla sobre mi mano extendida, y el

codo acomodado en el saliente de la ventanilla. El tren volvió a

ponerse en marcha y yo oculté un bostezo tapándome con el

puño cerrado. De nuevo mi buena educación. A veces pienso

que mi educación de reminiscencias católicas me ha convertido

en un ser extraño, sin espontaneidad. Al fin y al cabo todo el

mundo bosteza en el metro, y pocos son los que tienen la

delicadeza de taparse la boca cuando lo hacen.

Próxima estación, Parque de Santa María.

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Volví a bostezar. Viajar en metro a las ocho y media de la

mañana no es algo que me divierta especialmente. Seguí mirando

a través de la ventanilla, viendo los raíles a mi derecha. Me gusta

observar el túnel vacío y a la vez el reflejo del interior del vagón

en la ventanilla. Es divertido ver a un montón de gente, sentados

o en pie, que, por efecto del reflejo, aparecen fuera del vagón

flotando sobre unos raíles desocupados. Y es aun mejor cuando

un tren se cruza en sentido contrario. Entonces ves a ese montón

de gente que es arrollada por el tren sin inmutarse. Puede parecer

un entretenimiento soso y estúpido, o quizá macabro y cruel,

pero en un vagón de metro no hay mucho más que puedas hacer.

Oh, claro, siempre puedes leer, pero a mi nunca me ha

entusiasmado la lectura. En el colegio me obligaron a leer tantos

libros incomprensibles que nunca mas volví a abrir una novela

desde que salí del instituto.

Mire el reloj. Las ocho veintisiete. Si el metro no sufría ningún

contratiempo aun tendría tiempo de tomarme un café en el bar,

antes de comenzar a trabajar. Seguía aburriéndome. Pasó un tren

en sentido contrario, y me sentí tentado de comenzar a gritar a

aquella gente que veía reflejada en el cristal: ¡Cuidado! ¡Que os

arrolla! Reprimí el impulso y sonreí. Las personas que veía

reflejadas en el cristal estaban siendo atropelladas. Vi a una

señora a la que quedaban apenas meses para entrar en la tercera

edad. Vi a un niño rubio con gafas y un ojo tapado por un

parche. Vi a un señor trajeado, con un maletín y un gran sobre de

color sepia con muchos sellos y etiquetas pegadas. Chicos con

mochilas, hombres y mujeres con caras somnolientas, bebes en el

regazo de sus madres... Todos estaban siendo atropellados al otro

lado de la ventanilla. Y por supuesto ninguno de ellos se dio por

enterado.

Volví a mirar el interior del vagón. Aquí estaban las mismas

personas que segundos antes había visto fuera del tren, pero

ahora eran más reales. O, como mínimo, aquí no eran

translúcidas. Los mire a todos, y me di cuenta de que ninguno de

ellos sabia que acababa de ser atropellado. Eso me hizo sonreír

de nuevo.

110


Próxima estación, San Lorenzo.

Mientras el metro seguía avanzando, yo me preguntaba cuántas

personas habría en aquel vagón, cuántas personas utilizarían el

metro al cabo del día, y cuántos de ellos serian pobres que piden

tocando el acordeón. Cuántos miles, decenas de miles o cientos

de miles de personas serian virtualmente atropelladas en aquellos

túneles oscuros. Yo mismo debía haber sido arrollado por los

trenes miles de veces en los tres años que llevaba utilizando aquel

medio de transporte. Y, al igual que mis compañeros de vagón,

yo no habría sido consciente de ello.

Llegamos a la estación de San Lorenzo, y todas las imágenes

que veía reflejadas en la ventanilla fueron difuminándose al pasar

de la oscuridad del túnel a la luz artificial de los andenes. Tras la

breve parada el tren entró de nuevo al túnel, y las figuras tras la

ventanilla volvieron a cobrar consistencia.

Próxima estación, Mar de cristal.

Tras descansar la vista durante unos segundos, al abrir de

nuevo los párpados aquellas figuras reflejadas me parecieron mas

reales que antes. Apenas dejaban pasar la luz, y era casi imposible

ver los raíles a través suyo. Mejor, pensé. Así la próxima vez que

nos cruzásemos con un tren la ilusión del atropello seria más real.

A lo lejos comenzaron a distinguirse dos pequeños ojos de luz. A

medida que iban acercándose inundaban el túnel con una

luminosidad potente y espesa. El momento se acercaba. Dentro

de pocos segundos mis compañeros de tren volverían a ser

atropellados por segunda vez en la misma mañana. Aquello me

recordó el viejo y gastado chiste del hombre que es atropellado

cada quince minutos en Nueva York.

El tren se cruzó con nosotros a toda velocidad. No fui

consciente de lo que sucedía hasta pasados algunos segundos. Al

principio noté que algo había cambiado, que la ilusión óptica que

yo había contemplado una y otra vez no se estaba repitiendo

111


como de costumbre, pero me fue imposible detectar cuál era la

novedad. Era una sensación extraña, como la que sientes cuando

llegas a casa y notas que está diferente, que algo ha cambiado,

pero eres incapaz de darte cuenta de que es el jarrón de cristal el

que ha cambiado de estantería. Poco a poco fui dándome cuenta

de lo que ocurría. Las caras, las caras de las personas del vagón

reflejado se estaban crispando, agitadas y convulsas. Parecía que

quisieran chillar. Estaban chillando, de hecho. Y se movían,

intentaban huir. Todo ocurría muy despacio, como si se tratase

de una película vista fotograma a fotograma. Ellos intentaban

huir porque estaban siendo arrollados realmente por aquel tren.

A medida que éste avanzaba las personas y objetos del vagón

reflejado iban siendo barridos por el paso del tren, y sólo iba

quedando un vagón vacío. Cuando el tren hubo pasado no

quedaba nadie.

Cerré los ojos y los volví a abrir. Me recorrió un

estremecimiento y comprendí que no olvidaría aquella ilusión

óptica en toda mi vida. Entonces yo no sabia hasta que punto

estaba en lo cierto. Comencé a intuirlo cuando, cansado ya de

mirar a través de la ventanilla me desperecé y volví la vista al

interior del mi vagón. El centenar de personas que había estado

allí diez segundos antes, había desaparecido. El tren que había

pasado en sentido contrario se los había llevado a todos, junto

con sus reflejos.

Próxima estación, Canillas.

El tren no se detuvo en la estación de Mar de cristal. Ni

siquiera redujo su velocidad. La temperatura de la sangre que

corría por mis venas debió descender varios grados en un

segundo. Traté de entender lo que ocurría, pero fui incapaz de

encontrar una explicación razonable a lo que acababa de ver. Un

tren acababa de atropellar un reflejo, y con el, la realidad. Me

levanté de mi asiento aturdido y anduve por el vagón, asiéndome

a todas las barras que encontraba a mi paso para no perder el

equilibrio. Efectivamente no quedaba nadie en el vagón. Todo el

112


tren estaba vacío. Y mientras tanto continuaba avanzando a toda

velocidad.

Próxima estación, Esperanza.

Aún sabiendo que algo sobrenatural debía estar sucediendo, mi

miedo se concentró en algo mucho más urgente. El tren había

pasado ya dos estaciones sin detenerse, y la velocidad que llevaba

era muy superior a lo habitual. Eso provocaría inevitablemente

una colisión con el tren que nos precedía. Así que por el

momento me concentré en resolver ese problema. Mas adelante

tendría tiempo de averiguar qué había sucedido con el resto de

los pasajeros... si conseguía evitar que el tren se estrellase.

Observé a mi alrededor, como esperando encontrar una varita

mágica y, ciertamente, lo que vi me pareció casi un milagro. Me

di cuenta de que justo a mi izquierda tenia el tirador para activar

la alarma. Pensé que si tiraba de él unos segundos antes de que el

tren fuese a llegar a la siguiente estación conseguiría detenerlo,

salir al andén y pedir ayuda. Puse la mano derecha en el tirador y

rodee con mi brazo izquierdo una barra para intentar no caerme

cuando el tren se frenase en seco. Esperé unos segundos y

cuando vi aproximarse las luces de la estación cerré los ojos y tire

fuertemente del aparato de alarma. Esperé.

Próxima estación, Arturo Soria.

Abrí los ojos consciente de que todo era inútil. A pesar de que

había vuelto a tirar de la alarma un par de veces, el tren seguía

avanzando, y su velocidad era cada vez mayor. No tenía

escapatoria. Estaba viajando completamente solo en un ataúd

con ruedas y no había modo de salir de él. O tal vez sí lo había.

Mire hacia el suelo, justo en el lugar donde había estado

sentado un minuto antes. Allí estaba aún mi mochila, de la que

me había desentendido completamente, y dentro de ella seguiría

mi portátil. No era un modelo moderno, ni especialmente liviano.

En realidad era un armatoste que pesaba más de dos kilos.

113


Seguramente, lanzado con la suficiente fuerza, sería capaz de

romper el cristal de cualquier ventanilla del vagón. De acuerdo,

era un modo de escapar muy peligroso, pero era evidente que si

seguía en aquel vagón moriría de todas formas. Arrojándome por

la ventana rota podría romperme la mitad de los huesos de mi

cuerpo, o ser atropellado por otro tren, pero al menos tenía una

pequeña esperanza de salir vivo.

Abrí la mochila, saqué el portátil y me situé frente a una de las

ventanillas que daban a las vías. Balancee un par de veces el

ordenador y lo arrojé hacia el ventanal. Mi sorpresa fue

mayúscula cuando vi que el portátil cruzaba limpiamente la

ventanilla sin romperla y caía al otro lado con un golpe seco. Me

aproximé y comprobé que mi ordenador descansaba en el suelo

del vagón reflejado en el cristal.

Próxima estación, Avenida de la Paz.

Una terrible sensación de vértigo me poseyó. El cristal estaba

frente a mi, a tan sólo treinta o cuarenta centímetros. Yo lo veía,

es decir, veía los reflejos, veía mi propia imagen en él y, sin

embargo, aquel portátil lo había atravesado limpiamente.

Esperando ya cualquier cosa, intenté tocar el cristal. Esta vez casi

no me sorprendió comprobar que mi mano podía atravesarlo sin

notar el mas leve roce. De hecho todo mi brazo salió a través de

la ventanilla al espacio vacío del túnel. Y entonces fue cuando lo

vi todo con claridad. El ordenador había pasado por la ventana y

había caído al otro lado. Yacía sobre el suelo del vagón reflejado.

Por lo tanto aquella ilusión óptica, aquel vagón reflejado, existía

realmente, y si yo atravesaba la ventanilla, podía entrar en él. Por

supuesto que no tenia ni idea de cómo podía estar sucediendo

todo eso pero creo que mi mente, en un afán de supervivencia, se

esforzó más en adaptarse a la nueva realidad que en

comprenderla. Introduje mi otro brazo a través de la ventanilla e

intenté tocar uno de los asientos reflejados. No era un reflejo,

sino un asiento de plástico duro, absolutamente sólido e incluso

algo caliente, como si alguna persona lo hubiera ocupado

114


minutos antes. Por supuesto, una persona reflejada.

Sin pensarlo un momento tomé impulso y salté a través de la

ventanilla.

Próxima estación, Alfonso XIII.

Caí al suelo del otro vagón, del vagón reflejado, y comprobé la

cruda realidad de su inverosímil solidez. Cuando me hube

recuperado del golpe me levanté y caí en la cuenta de lo absurdo

de mi situación. A pesar de haber podido escapar del tren que

avanzaba a toda velocidad hacia una muerte segura, lo único que

había conseguido era caer en su reflejo. Y si el tren se estrellaba,

su reflejo también lo haría. Volvía a estar como al principio, sin

escapatoria.

Ya no me preocupaba que el tren pudiese chocar con el que

nos precedía. Desde hacía varios minutos el tren había estado

avanzando a gran velocidad sin detenerse, sin encontrarse al

anterior ni cruzarse con otro en sentido contrario. Estaba claro

que, por el mismo misterioso motivo por el que había

desaparecido todo el pasaje del tren, también lo había hecho el

resto de convoyes de aquella línea de metro. Así, un accidente

con otro tren estaba descartado. Pero lo que me preocupaba

ahora era lo que pudiese suceder cuando llegásemos a la ultima

estación, al final de línea.

Pensé en intentar de nuevo detener el tren. Quizá en el lado

reflejado funcionase. Me dirigí al tirador sobre el que se leía en

letras rojas el rótulo de alarma. Tiré de él, pero el resultado fue

igual de ineficaz que la vez anterior.

Desesperado, recogí el portátil que aun yacía en el suelo, y del

que ya sólo se leía la mitad de la marca: “lett kard”. Lo lancé, sin

saber muy bien porqué, contra el cristal. Y de nuevo lo que

ocurrió me dejó sin habla. Esta vez, en lugar de pasar al vagón

real, el ordenador rebotó contra la ventanilla y volvió a caer al

suelo. Intente un par de veces más romper el cristal, pero todo

fue inútil, y sólo logré que la pantalla se separase del cuerpo del

portátil, quedando unida a él sólo por un frágil cable.

115


Ahora estaba atrapado en un vagón que no existía. Estaba

atrapado en un reflejo.

Próxima estación, Prosperidad.

El pánico pudo conmigo. Comencé a correr de un lado a otro,

gritando, golpeando, dando patadas. Todo fue inútil. El tren

parecía ahora volar, su velocidad era indescriptible. Poco a poco

todo se fue haciendo confuso, mi mente comenzó a perderse,

mientras los tramos oscuros de los túneles y los luminosos de las

estaciones se alternaban, avanzando a la velocidad de las lineas

discontinuas en una autopista.

Próxima estación, Avenida de América.

Próxima estación, Diego de León.

Próxima estación, Lista.

La angustia se apoderaba de mí. El sudor iba empapando mis

ropas, cayendo a goterones desde mi pelo y mi cara. Apenas

podía sostenerme en pie, pese a ir agarrado con ambas manos a

una barra. La velocidad del tren era inimaginable. Todo se

tambaleaba. Fuera, todo era un borrón de luces y sombras.

Próxima estación, Goya.

Próxima estación, Velázquez.

Próxima estación, Serrano.

No pude soportarlo más. Caí rendido al suelo, comencé a

sollozar y en un ultimo intento me abalancé contra una puerta en

la que se leía el rótulo de salida y comencé a golpearla con todas

mis fuerzas. Así esperé a que llegase el final.

Próxima estación, Colón.

Próxima estación, Alonso Martínez.

Próxima estación, Bilbao.

116


-¡Eh, eh! Tío, despierta...

Un golpe en el hombro me sobresaltó, y cuando abrí los ojos vi

a un chico de unos veinte años, de pie, con una mochila al

hombro y una curiosa expresión entre divertida y tímida en su

rostro. Me sonaba vagamente su cara, pero no estaba seguro de

conocerlo.

-Perdona -me dijo-, pero te has quedado durmiendo, y como

normalmente te bajas en esta parada...

Recogí mi mochila antes de poder recuperar el aliento. Me

levanté de un salto y le di las gracias apresuradamente a aquel

muchacho, mientras corría hacia la puerta. Salí al andén en el

mismo instante en que las puertas se cerraban. Aún me dio

tiempo de responder al saludo que me hacía aquel compañero de

viaje desde su vagón. Ahora recordaba haberle visto muchas

mañanas en aquel mismo trayecto.

Miré a mi alrededor, con el corazón aún acelerado. Todo era

normal. Los andenes llenos de gente, de ruido, de vida. Había

venido durmiendo quién sabe desde qué estación, y no me había

pasado la mía gracias a la intervención de un viajero caritativo.

Me había librado de llegar tarde al trabajo y de una más que

segura bronca de mi jefe.

Riéndome de mí mismo y algo avergonzado por aquel

disparatado sueño que había tenido, salí a la calle. Ya no me

apetecía tomar aquel café para el que, además, no tenía mucho

tiempo. El tren había tardado algo más de lo normal. Debía

haberse detenido en alguna estación. Y yo había pasado casi un

minuto en aquel andén intentando recuperarme de la impresión

de aquel sueño tan vívido.

Aún así, mientras caminaba hacia mi despacho, me di cuenta de

que, al contrario de lo que le ocurría a Alicia cuando viajaba a

través del espejo, yo no había visto los objetos invertidos cuando

había estado en el vagón reflejado. Todos los rótulos los había

leído perfectamente cuando, por formar parte de un reflejo,

deberían haber aparecido escritos al revés. Pero al fin y al cabo

había sido un sueño, y los sueños no siempre se atienen a las

leyes de la física.

117


Al llegar a la puerta del edificio de oficinas miré mi reloj.

Efectivamente, sólo faltaban seis minutos para mi hora de

entrada, así que lo mejor era pasar del café y subir directamente a

mi despacho. Al llegar al ascensor encontré a mi compañero

Andrés, ya dentro, reteniendo la puerta abierta para que pudiera

subir con él.

-Buenos días -me saludó-. Hoy llegas pronto.

-Buenos días. En realidad llego tarde. Suelo llegar a las nueve

menos cuarto, pero me tomo un café en el bar de abajo y subo al

despacho cuando apenas falta un minuto para las nueve. Pero

hoy todo ha sido muy raro. Me he quedado dormido en el metro,

casi me salto la parada, y no he llegado con tanta antelación. Así

que paso del café.

-Chico, haces mala cara.

-Si, además de dormirme he tenido un sueño muy raro... No

merece la pena que te lo explique. Era absurdo.

El ascensor llegó a nuestra planta. Salimos y nos dirigimos a

nuestras mesas, muy cercanas la una a la otra. Nada más llegar

Andrés a la suya, sacó un enorme objeto de su maletín y

comenzó a buscar cómo colgarlo en la pared. Nada más verlo, el

corazón se me detuvo un instante, y mi mochila cayó al suelo con

gran estruendo.

-Eh, cuidado -me avisó Andrés-, que vas a romper tu portátil.

Me acerqué muy despacio a Andrés, y observe aquel objeto

circular, aquel reloj que estaba intentando colgar sobre su cabeza.

Miré también mi reloj de pulsera. Eran las nueve en punto. Pero

sólo en mi reloj. Porque en el de Andrés, en aquel enorme reloj

de pared, la aguja pequeña apuntaba directamente hacia la

derecha. Se diría que marcaba las tres, si no fuera porque en lugar

de esa cifra, en el extremo derecho de aquel reloj había un

extraño símbolo con forma de nueve reflejado. Lo mismo pasaba

en el extremo izquierdo, donde en lugar de un nueve se veía una

“e” mayúscula de forma muy rara... o un tres invertido.

Volví a mirar mi reloj de pulsera, volví a mirar aquel reloj. Y lo

entendí todo al instante. Estaba claro por qué, en mi sueño,

cuando yo había pasado al vagón reflejado, seguía leyendo los

118


ótulos como si estuvieran del derecho. Al pasar a aquel vagón,

yo también había quedado reflejado. Yo estaba del revés, y por

eso podía leer correctamente todos los rótulos que había en aquel

vagón. Y yo había despertado cuando seguía en aquel vagón. Así

que yo, y todo lo que llevaba conmigo, incluido mi reloj de

pulsera, habíamos quedado “invertidos”. Ahora, fuera ya del

sueño, yo seguía estando del revés, al igual que mi reloj, que

podía leer perfectamente. Pero el resto de objetos estaban, para

mí, reflejados. Como aquel reloj que Andrés sostenía mientras

me miraba con extrañeza.

No pude más. Perdí la noción de la realidad, me di por vencido,

y caí al suelo, desmayado.

* * *

-Oye, ¿estás bien?

La voz de Andrés me llegaba desde lejos, mientras notaba que

algo o alguien golpeaba con fuerza mis mejillas.

-Eh, ¿me oyes?

Abrí los ojos, y vi a mi compañero Andrés con una cara de

preocupación que hasta entonces me era desconocida.

-Qué susto me has dado. ¿Te encuentras bien?

No le respondí. En cambio, dirigí mi mirada hacia su mesa.

Supuse que instantes antes de desmayarme había logrado encajar

el reloj en el gancho donde siempre había tenido un cuadro

horrible con un cazador rodeado de sus perros. Allí estaba el

reloj. Pensé por un momento que al mirarlo de nuevo todo

volvería a la normalidad, y que ahora podría leer normalmente la

hora, pero vi, horrorizado, que lo seguía viendo reflejado.

-Eh, ya estás otra vez poniendo esa cara tan rara -me advirtió

Andrés. Siguió mi mirada para comprobar qué era lo que me

tenía tan asustado, y luego se volvió hacia mí-. Oye, no sé lo que

te pasa con ese reloj. Antes lo has mirado como si hubieras visto

un fantasma y te has desmayado, y ahora tienes los ojos clavados

en él, como si fuera un asesino que viniera a por ti. Mira, no sé

qué te habrá dado con ese reloj, pero si no te gusta, lo quito y en

119


paz.

Yo seguí mirando aquel reloj, consciente de que mi rostro debía

ser una pura expresión de pánico. Pero era incapaz de responder,

de decir ni una sola palabra.

-Mira, no se hable más. Ahora mismo quito el reloj y me lo

vuelvo a llevar a casa. Total, no sabía qué hacer con él. Me lo

trajo este fin de semana mi primo, que trabaja en una empresa de

distribución de bebidas. Los fabricantes siempre le regalan

objetos promocionales: gorras, camisetas, mochilas. Ahora le han

regalado varios relojes como este. Ya sé que es un poco feo. Pero

a mí me hacen gracia estos relojes que están al revés, en los que

las manecillas giran en sentido antihorario, y que te dejan

pensando varios segundos hasta que eres capaz de saber la hora

que marcan. Claro, así, de paso, estás varios segundos mirando la

marca de refrescos del fabricante. Qué listos son... Pero oye, lo

tuyo me ha asustado, así que ahora mismo quito de la pared ese

reloj y vuelvo a poner ese cuadro tan bonito de los galgos, ¿vale?

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NARANJA SOBRE NEGRO

Ángeles Mora Álvarez

Publicado en el nº 26, en noviembre de 2012

Gema. C/ Abedules nº 10

Reconoció aquel sonido sin problemas.

Con el sueño que la arropaba interrumpido de repente, sus

sentidos tardaron unos segundos en despertarse, pero el

sobresalto ocasionado por la sirena irrumpiendo en el silencio

nocturno no dejaba lugar a dudas. Se trataba de un camión de

bomberos y se había detenido muy cerca de su casa.

Aún en la cama pero con los sentidos alerta, vio la penumbra

de su cuarto alterada por el reflejo anaranjado de las luces y cómo

un murmullo de voces le llegaba lejano, amortiguado por los

muros de su propia casa. Con la curiosidad propia en tal

situación, abrió la ventana para asomarse a la calle.

El volumen de todos los sonidos exteriores aumentó su

intensidad inmediatamente y la alarma y el temor tomaron el

lugar que, décimas de segundo antes, ocupaba la curiosidad.

En la acera de enfrente y tres casas hacia arriba, los colores se

mezclaban de manera fantasmagórica.

El negro del cielo nocturno como telón de fondo, compitiendo

con una nube gris y espesa que amenazaba con extenderse y

ocultar las estrellas de aquella noche. Reconoció las luces

naranjas del camión de bomberos que ahora se mezclaban con

otras azules que acompañaban a la policía.

El color blanco tomaba protagonismo arrojado de las

mangueras, que intentaban sofocar una inmensidad naranja con

lenguas que destacaban en una gama que iba del amarillo al rojo

y, cómo no, el azul de aspecto gaseoso y etéreo que intentaba

cobrar terreno.

La policía mantenía alejados a los curiosos que, como una

alfombra multicolor, miraban la danza de las llamas como si

121


fuese un monstruo que amenazaba con reducirlos a todos a

cenizas.

Por suerte, el viento soplaba en otra dirección y la columna de

humo se alejaba calle arriba. Más que alejarse, avanzaba, se

extendía, dando la alarma con su olor acre a los vecinos que aún

no se hubieran enterado de la desgracia.

Un grupo de adolescentes pasó corriendo por debajo de su

ventana, alborotados, llenos de una curiosidad que no se calmaría

hasta que notaran en su piel el calor despedido por las llamas…

una aventura peligrosa, que no esperaban y que no estaban

dispuestos a perderse.

Gema no se decidió a bajar, siempre había sido del tipo de

personas que prefiere observar desde la distancia.

Así era más fácil fijarse en todos los detalles, sin ser observada,

sin sentirse protagonista de nada, sólo mirando las reacciones de

los demás.

El grupo de jóvenes se confundió con el resto de la gente.

Había una madre con su hija en brazos que se había quedado a

cierta distancia del resto de personas. Era como si los demás

hubieran emprendido una carrera hacia el espectáculo y ellas se

hubiesen quedado rezagadas, agotadas y paralizadas frente a la

masa rugiente en la que se había convertido aquella casa.

Su vecina de enfrente, la anciana señora Manuela, abrazaba a su

perro fuertemente agarrado entre sus brazos, sin atreverse a

abandonar la seguridad de la puerta de su hogar. Gema sabía que

estaba sorda como una tapia, así que no acertaba a adivinar qué o

quién la habría despertado.

Los bomberos seguían esforzándose en su lucha contra las

incansables llamas que cambiaban de color según el material que

fueran devorando.

No podía apartar la vista de aquella conjunción de colores en la

que se había transformado la calle.

Era estudiante de arte y estaba maravillada con cada cambio

cromático, con cada variación de tonos que pudiera inspirar sus

pinceladas sobre un lienzo de inmaculado blanco.

De pronto a sus oídos llegó un sonido que lo inundó todo. La

122


alfombra multicolor que formaban los mirones retrocedió entre

gritos de exclamación. El aire impulsado desde abajo agitó la

nube de humo que se extendió violentamente y el cielo fue

salpicado por millares de diminutas estrellas naranjas e

incandescentes.

Manuela. C/ Abedules Nº 25

Se volvió a meter en la cama, como todas las noches. La vejez

no la dejaba descansar con sueños largos, las noches y los días

pasaban con una sucesión de cabezaditas. Sueño intermitente, lo

llamaba su hijo Arturo.

Su cuerpo respondía bien para los 71 años que soportaba. Sus

huesos y sus ojos aún se portaban bien con ella, pero sus oídos la

habían abandonado, dejando sus noches sumidas en un

incómodo silencio al que había acabado por acostumbrarse.

Arturo la había llevado a un especialista que le había dado un

pequeño aparato, pero ella solo lo usaba durante el día. Había

resultado ser una condición no negociable si quería seguir

viviendo en su casa, porque su único hijo pensaba que estaba

demasiado mayor para vivir sola.

Las noches se le hacían eternas y entre sueño y sueño paseaba

por la casa para estirar las piernas, intentando no despertar a

Bruno, su mascota y compañía incondicional.

El pequeño perro estaba acostumbrado a los paseos nocturnos

de su dueña y tumbado en su cesta, alzaba las orejas, abría sus

vivarachos ojos y después volvía a su postura inicial,

tranquilizado por la rutina de todas las noches.

Aquella era la tercera vez que se metía en la cama y alisaba el

embozo de las sábanas que la cubrían. Como todas las veces, se

durmió pronto.

La despertó veinte minutos después algo húmedo y áspero

sobre la cara. Aquel roce a medio camino entre lo suave y lo

rasposo, consiguió sacarla de su sueño.

—¡Bruno! ¿Qué haces aquí?

El perro estaba inquieto. Manuela miró alrededor, continuaba

123


siendo de noche, pero el animal tiraba de la sábana con sus

dientes como si hubiera llegado la hora de levantarse para

comenzar las labores rutinarias del hogar.

—¿Qué pasa? ¿Quieres que me levante?

Se incorporó en la cama y cogió de la mesita de noche el

aparato que le devolvía los sonidos.

Con el sentido del oído devuelto por la tecnología, comenzó a

distinguir voces que llegaban desde la calle.

Con el pequeño guardián protector en brazos abrió la puerta.

Había personas que corrían calle arriba, unos en pijama, otros

envueltos en batas y albornoces y los que más con aspecto de

haberse puesto lo primero que habían cogido. Salió a la acera y

miró en la dirección hacia donde se dirigían los pasos

apresurados de los que pasaban por delante de su casa.

Un resplandor anaranjado le llenó la vista y el instinto hizo que

apretara contra su pecho al animal peludo que la había

despertado.

Sólo dos casas la separaban de aquella descomunal fogata.

No quiso acercarse, se sentía más segura en su hogar y, de

todas formas, a sus años tampoco sería de mucha ayuda. Con la

espalda apoyada en la seguridad de su puerta y con su mascota

aún entre los brazos, vio el desfile de personas que acababan

concentrándose en el mismo lugar, con el mismo objetivo y con

las mismas ganas de contarlo al día siguiente a todo aquel que se

lo hubiese perdido.

Bruno lanzó un ladrido lastimero, temeroso, y se encogió entre

los brazos de su dueña. Manuela notó el nerviosismo de lo que se

había convertido en un ovillo de pelo que se refugiaba en su

abrazo.

El estruendo llegó hasta su aparato, informando a su cerebro

de que algo horrible había pasado bajo las llamas.

Antonio. C/ Abedules Nº 31

Aquella noche de sábado prometía. Se cumplían 10 años de su

matrimonio y él y Eva lo tenían todo planeado. Su hija Esther

124


pasaría el fin de semana con sus abuelos maternos y la pareja

tendría casi 48 horas para disfrutar de una intimidad bien

merecida.

Habían pasado el Sábado paseando y recordando viejos

tiempos, para acabar con una espléndida cena en uno de los

restaurantes más románticos de la ciudad. No era un capricho

que se pudieran permitir muy a menudo, Antonio era funcionario

del Ayuntamiento y su sueldo no se lo permitía, pero la ocasión

merecía ser disfrutada sin miramientos.

Lo tenía todo pensado, el Domingo por la mañana

sorprendería a su esposa con un sustancioso desayuno en la

cama, para reponer fuerzas, porque Eva había pasado por una de

las tiendas más exclusivas de la ciudad y celebraría su aniversario

con lencería nueva, sugerente, sexy y, por supuesto, carísima.

Normalmente se conformaba con mirar el escaparate de aquella

boutique, con lo que pedían por unas braguitas ella podría

comprarse unos zapatos o un vestido para la pequeña Esther

pero, un día era un día y ellos habían puesto muchas ilusiones y

fantasías en aquel fin de semana.

Seguramente, el lunes tendría dolor de estómago por los

remordimientos, pero no todas las parejas son capaces de

celebrar 10 años juntos y ahora se ruboriza como una

quinceañera imaginando la cara de Antonio cuando vea el

modelito escogido para la ocasión.

Todo estaba saliendo a pedir de boca, la cena había resultado

perfecta y el liguero sobre las caderas de Eva llenó la noche de

promesas subidas de tono que pondrían la guinda a una noche

que habría resultado mágica.

A la luz de unas velas colocadas en el dormitorio, arropados

sólo por su canción favorita, Antonio fue acariciando las curvas

de Eva.

Unos violentos golpes en la puerta de la casa irrumpieron en el

encanto del momento. Mientras Antonio se envolvía en su

albornoz, los golpes siguieron maltratando la puerta y sus oídos.

De mal humor, por lo inoportuno de la interrupción, abrió para

encontrarse de frente con un uniforme.

125


El agente no le dejó ni dar las buenas noches de réplica, con

una voz algo gritona, por el nerviosismo, por las prisas o por

ambas cosas, le dio la información que le había llevado hasta allí y

se despidió con un “adiós” que sonó a orden militar.

Corrió hacia el dormitorio, donde aún sonaba su canción a la

luz de las velas, y encendió la luz con la sorpresa todavía reflejada

en su rostro.

—Tenemos que salir de casa —explicó a su mujer mientras

colaba las piernas en los pantalones—. La casa de Jaime y María

está ardiendo y la policía ha venido para que evacuemos porque

no tardará nada en que esto se llene de humo.

A toda prisa, Eva tapó el precioso conjunto interior con unos

vaqueros y una camiseta mientras terminaba de escuchar a su

marido.

—El parquecito de al lado nos protegerá del fuego, pero el

humo nos asfixiaría en cuestión de minutos.

Con el estupor cerrando su garganta Eva salió de la casa

seguida de cerca por su marido y al ver aquel trozo de infierno su

primer pensamiento fue para la pequeña Esther. Por suerte

estaba bien lejos, lejos de aquella horrible visión y de sus

consecuencias.

Antonio abrazaba a Eva, refugiados en la acera de enfrente y

viendo su casa peligrar a cada momento. Hasta que aquel fuego

estuviera sofocado no respirarían tranquilos.

Definitivamente, no olvidarían nunca su décimo aniversario de

bodas, y esa idea quedó fijada en sus cabezas cuando, ante la

mirada de todos los presentes, el tejado de la casa desapareció

engullido por el fuego.

Inés. C/ Abedules Nº 27

Oyó la vocecita de Miriam desde la habitación de al lado. La

sed la había despertado y pedía agua con la insistencia infantil

propia de los dos años que tenía, hasta que su madre encendió la

lamparita junto a su cama.

Con los ojos entornados para acostumbrarse al cambio de luz,

126


la niña esperaba a que Inés llegara desde la cocina. La madre se

movía adormilada, con movimientos que rayaban en el

sonambulismo hasta que, de manera mecánica y por pura

costumbre, miró por la ventana mientras abría el grifo.

Todo el sueño que sentía desapareció de repente. El vello de su

cuerpo se erizó de terror y su mirada quedó paralizada sobre el

resplandor que veía en la casa de al lado.

Aquel baile de luces y sombras en la oscuridad de la noche no

podía significar otra cosa. Todos sus recuerdos se agolparon de

pronto en su mente.

La voz de Miriam volvió a sonar insistente desde su cama y el

agua se desbordaba del vaso que seguía debajo del grifo.

El pensamiento de Inés en aquellos momentos estaba muy lejos

de aquella cocina.

Ahora se veía asustada y desorientada en un pasillo lleno de

humo espeso y asfixiante que le impedía avanzar. Podía sentir el

escozor de sus ojos irritados, el dolor en la garganta reseca y el

latir desesperado de su propio corazón abatido entre el miedo y

la falta de oxigeno. Recordaba el mareo que se apodede su

cabeza sin dejarla pensar.

Un sudor frío la envolvía junto con aquellos recuerdos.

Unos tirones de su camisón la sacaron del trance de la memoria

y la carita de su hija apareció allí, mirándola desde abajo, con ojos

adormilados y unas manitas extendidas que esperaban el vaso de

agua.

Inés sentó a la niña y le dio de beber mientras, a toda prisa,

marcaba el número de emergencias en el teléfono. Una

telefonista de voz clara y decidida comenzó a hacerle preguntas

ante la alarma que Inés sentía en su interior.

Mientras hablaba pudo ver cómo las llamas avanzaban en su

afán por devorar la casa y ahogó un grito para no asustar a la

pequeña Miriam.

La diligente señora del otro lado del teléfono, la informó del

aviso a los bomberos y a la policía, y tras recomendarle que

abandonara su casa, cortó la comunicación.

Por suerte, Jaime y María pasaban los fines de semana en un

127


pueblo de la sierra, y eso calmó sus recuerdos y le dio más

capacidad de reacción.

Mientras se ponía un vestido, encima del camisón que llevaba

puesto, escuchó el sonido de las sirenas.

—Han sido más veloces que la otra vez —pensó aliviada,

tomando a Miriam en brazos y abriendo la puerta de su casa.

Los vecinos de enfrente se asomaban a las ventanas, alertados

por las sirenas y en cuestión de minutos la calle se llenó de

personas que curioseaban la labor de los bomberos. La policía

colocó una barrera para preservar la seguridad de los mirones y

ella, con su hija en brazos, caminó a contra corriente.

Sus pasos iban en dirección contraria a los pasos del resto de

personas, que se dirigían a contemplar las llamas. Inés prefería

alejarse. Con un fuego visto de cerca había tenido suficiente.

No quería volver a sentir en su vida el abrazo sofocante de

aquel calor inaguantable para la carne humana, aquella sensación

de quemadura en sus pulmones que se esforzaban por respirar

aire donde no lo había.

De pronto, aquel ruido espantoso llenó sus oídos.

Por unos instantes pensó que su imaginación le estaba jugando

una mala pasada, pero los gritos de las personas que observaban

expectantes, le dio visos de realidad a lo que estaba sintiendo.

Cerró los ojos y volvió a sentir sus piernas atrapadas y las

llamas lamiéndole el torso y la espalda.

El ruido se repitió una y otra vez en sus oídos, en una especie

de eco que la atormentaba y la acercaba a una angustia que había

creído superada. El simple recuerdo de aquella situación hizo que

las cicatrices de su cuerpo volvieran a dolerle como quemaduras

recientes. Sólo el sentir la cabecita de Miriam, que se había vuelto

a dormir sobre su hombro, le dio fuerzas para detenerse y mirar a

aquel monstruo que siete años antes había amenazado con

arrebatarle la vida.

Sergio. Parque de bomberos municipal.

Terminó de cenar pronto y se tumbó en la cama a leer la última

128


novela de su autor preferido. El resto de compañeros se

entretenía viendo la televisión o jugando a las cartas. Llevaba un

año trabajando con ellos y los sentía como si formaran parte de

su propia familia.

Durante su preparación le hablaron de la importancia del

compañerismo y de la unidad del equipo, pero hasta que salió a

la realidad de su trabajo, fuera de los simulacros y de las clases

teóricas, no comprendió lo importante y lo necesario que era que

todos se sintieran parte de un mismo hombre. Cada miembro del

equipo tenía clara su misión y su modo de proceder, pero la

comunión que existía entre ellos, debía hacerlos trabajar como

uno solo.

Un mismo pensamiento atacando desde varias partes a la vez.

Sólo así conseguían dominar al fuego, que nunca era tan dócil ni

tan previsible como ellos quisieran.

Aquella guardia estaba resultando tranquila y sólo quedaban las

horas oscuras hasta el amanecer para que acabara. Otros

compañeros con la misma devoción por su trabajo tomarían el

relevo.

El timbre de alarma llenó el interior del edificio y su mente

quedó automáticamente en blanco. La lectura quedó abandonada

sobre la cama deshecha y Sergio se precipitó hacia el lugar donde

esperaban los camiones, preparados y listos para cualquier

emergencia en cualquier momento.

En pocos minutos el equipo había alcanzado los trajes

ignífugos, las pesadas botas y los cascos y abordaban el camión

que arrancaba sin pérdida de tiempo haciendo sonar las sirenas.

Por el camino fueron informados por el jefe de equipo de la

dirección y la magnitud de la emergencia.

Cuando llegaron, la policía ya estaba acotando la zona para que

pudieran trabajar sin preocupaciones añadidas. Al parecer, la casa

se encontraba vacía y eso le restaba presión a su labor, pero no

hacía menos peligroso su trabajo.

Todos sabían que el fuego es un enemigo que no admite la

menor vacilación y como a tal monstruo implacable lo

enfrentaron.

129


Sergio podía sentir el azote ardiente que despedían aquellas

llamas y la fuerza que ejercía sobre sus brazos la presión con la

que salía el agua de la manguera que sostenía. El humo se elevaba

como una columna inmóvil que pronto el viento empezaría a

extender.

Comenzó a notar el peso del chaquetón ignífugo sobre sus

hombros y su respiración dificultosa dentro de aquel casco.

Era el incendio más grande al que se había enfrentado y su

violencia crecía con la cantidad de materiales que devoraba.

Cuando desde el exterior el fuego quedó controlado, para que

no se extendiera a las viviendas aledañas, llegó el momento de

atacarlo desde dentro.

Por suerte, el pequeño parque infantil que había a la izquierda

de la casa, dificultaba que las llamas saltaran a la casa vecina pero,

la que se encontraba a la derecha del incendio, tuvo que ser

mojada para evitar que alguna lengua de fuego lamiera sus partes

vulnerables y ardiera también.

De un golpe seco la puerta fue franqueada y la voz de Sergio

comenzó a sonar por el equipo interior de los trajes que

transportaba el sonido de una emisora a otra.

Abriéndose paso con la manguera, Sergio fue ganando terreno.

Caminaba con precaución ensayada entre aquella luz anaranjada y

el negro de las paredes quemadas que aparecían tras las llamas

reducidas.

Un estruendo gutural rodeó al hombre sin que su cerebro

tuviera tiempo de reconocer el punto de donde procedía.

Sergio sintió un peso que le arrancó la manguera de las manos y

lo aplastaba contra el suelo impidiendo que sus pulmones

tomaran el oxigeno que necesitaba su cerebro. Después la

oscuridad se apodede todo. Desapareció el fuego, el calor, el

humo y el pedazo de cielo que vio a través del hueco que había

dejado el tejado desplomado. Todo desapareció de su vista…

todo desapareció de su vida.

130


Jaime y María. C/ Abedules Nº 29

La visión de su hogar reducido a cenizas les llenó de un

sentimiento difícil de explicar. Era como ver sus vivencias

quemadas, como descubrir el esfuerzo de toda su vida reducido a

un montón de escombros ennegrecidos.

Rodeados por sus hijos, el matrimonio dio gracias al cielo

porque el cortocircuito hubiera tenido lugar en Sábado. María

sintió que se desmayaba cuando, al recibir la noticia, su mente

voló hacia la hipótesis de que el incendio les hubiera sorprendido

dormidos en sus camas. Tal vez el humo los hubiera matado

antes de ver ni siquiera una llama. Jaime temblaba sólo de

pensarlo.

Ajenos al efecto que aquella desgracia había causado en cada

uno de sus vecinos, ellos tenían el alma anegada en su propia

forma de sentir. Era una mezcla extraña la que habían sentido en

aquel cementerio. Una conjunción de sentimientos que albergaba

la tristeza, la impotencia y el agradecimiento, que se mezclaban

con las lágrimas derramadas por aquel joven que perdió la vida

tratando de proteger y salvar algo que les pertenecía a ellos.

Un sentimiento que hacía encogerse hasta desaparecer a su

propia desgracia. Lo que menos importaba, de todo lo que se

había perdido en aquel incendio, era la propia casa.

Aquella vida sacrificada subiría al cielo impulsada por el humo

y escoltada por los recuerdos de una familia.

Jaime y María lloraron ante la solemnidad de sus compañeros y

ante las lágrimas de una madre que lloraban a un hijo, no a un

bombero.

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LA CELDA SIN NÚMERO

Rebeca Gonzalo López

Publicado en el nº 26, en noviembre de 2012

«Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen»

Lucas 23, 34.

Irrumpió mediada la madrugada en la desvencijada gasolinera, y

sorprendió al único empleado dormitando frente a la pantalla de

un televisor en blanco y negro que había vivido tiempos mejores.

El local apestaba a rancio y a combustible. La recién llegada no se

inmutó. El chico en cambio sí se sobresaltó al verla y a punto

estuvo de caerse de la silla. No era habitual tener clientes a esas

horas y la chica parecía realmente alterada. Un torrente de

compasión inundó al muchacho. Los cabellos de ella eran una

auténtica maraña de suciedad y nudos; tenía el rostro desencajado

por el esfuerzo de la caminata y sus ropas estaban harapientas,

raídas y sudadas; en sus manos, brazos y piernas había pequeñas

heridas y arañazos; sus pies eran un mar de ampollas; estaba casi

desnuda y pequeñas marcas de un material pringoso semejante a

la resina manchaban sus ligeras ropas en diversos puntos

escurriendo hacia el suelo.

Sedienta pidió un vaso de agua que el sorprendido muchacho le

tendió con reticencia. Ella lo cogió ansiosa. Sus labios cuarteados

manifestaban que llevaba muchas horas sin probar una sola gota,

y las bolsas bajo sus ojos enrojecidos que eran varias las noches

en vela, llorando o ambas cosas a la vez. Bebió impaciente y con

un hilillo de voz solicitó un teléfono. «¿Un teléfono?, ¿de verdad

está hablándome en serio?», pensó.

Los labios temblorosos de la chica y la urgencia en su mirada le

hicieron comprender que estaba atenazada por la desesperación y

el miedo. Bastaba con observarla de reojo para darse cuenta de su

I

132


sufrimiento e inquietud: se encogía de hombros como si tuviera

frío, a pesar del intenso calor, y no dejaba de mirar nerviosa hacia

la puerta. Su respirar era fatigoso, hasta tal que punto que por un

instante, pareció que fuera a desplomarse del esfuerzo. Se acercó

a ella temiendo un desmayo y pudo contemplarla más

detenidamente, al hacerlo se percató del anticuado vestido con

que iba cubierta. No es que él fuera un experto en moda, pero no

era necesario para confirmar que aquel estampado y la forma del

cuello estaban desfasados. ¿De dónde venía aquella pobre chica?

A pocos pasos de ellos, cercano a un mostrador repleto de

revistas y periódicos viejos, estaba el aparato que con tanto

apremio reclamaba la muchacha. Se lo señaló y la chica le regaló

una sonrisa. Sobre la repisa en que se apoyaba la reliquia, había

además un ventilador de aspas que apenas tenía fuerzas para

agitar el aire de la estancia (otro de los muchos aparatos

rescatados del vertedero, que se podían encontrar en aquel lugar

en medio de la nada). «Seguro que la pobre chica lleva caminando

bajo el sol abrasador desde hace horas», reflexionó al advertir el

cansado aparato en movimiento. Volvió a sentir lástima por ella.

¿Qué la habría acongojado de aquel modo? No quería

incomodarla, pero era inevitable desviar la vista hacia el rincón

donde se encontraba. Al fin y al cabo a pesar de su desastroso

aspecto era una chica bonita y seguramente más o menos de su

edad. Por otro lado nunca hasta entonces había coincidido con

alguien que no le ridiculizara por estar rodeado de aparatos tan

poco sofisticados como aquellos, y en medio de las incómodas

circunstancias era agradable. Por una vez no se sintió como un

bicho raro. No obstante, algo en todo aquello no encajaba: la

chica parecía culta y resultaba insólito que se hubiera presentado

en aquel abandonado lugar, por no hablar de la estrambótica

petición. Hacía décadas que el teléfono había pasado a ser un

vestigio del pasado; asimismo, ni siquiera parecía asombrada ante

los viejos surtidores de combustible que permanecían en el

exterior, a pesar de las pocas gasolineras que contaban ya con

ellos, desde la llegada de los automóviles eléctricos o híbridos.

¿Era ella acaso una de esas víctimas que alguien recluía contra su

133


voluntad durante años en un apartado sótano, abusando de ella

una y mil veces?

Cuanto más la observaba más se convencía de que su fuga

había dado comienzo en un remoto lugar con árboles. Lo cual

significaba una larga caminata de no menos de cincuenta

kilómetros hacia el sudeste. Silencioso regresó a su silla detrás del

mostrador y fingió estar interesado en el aburrido programa de

televisión. Sin embargo, estaba pendiente de lo que ella musitaba.

—Tienen que ir de inmediato—la chica desfallecía por

momentos.

—Señorita, tranquilícese por favor, y me lo cuenta con más

calma—le instaba el policía, al otro lado de la línea.

(Sanatorio mental Sweet Dream, en algún punto del estado de Alabama),

22 de abril del 2048.

«A un hipotético lector al otro lado de estos muros:

II

»Aquella celda no era como el resto. Al fondo de la segunda planta,

alejada de las habitaciones cercanas más de lo habitual y disimulada con un

tabique que aparentaba el final del pasillo, evitábamos acercarnos. Confiados

en que el horror que se nos había desvelado, casi siempre durante nuestras

primeras semanas, no traspasase aquellas paredes ni la colosal puerta

hexagonal que bloqueaba el acceso a su interior. Como si el simple hormigón

bastase para detener aquella aberración y negar su existencia.

»Sin embargo, no resultaba fácil combatir la curiosidad de los recién

llegados. Quizá se debiera al olor a flores silvestres que se filtraba aun en

pleno invierno o a los inquietantes ruidos, nítidos incluso desde el otro

extremo del pasillo, que ponían en entredicho el grueso acolchado con que

estaban aisladas sus paredes. Orientada de este a oeste contaba con más

horas de claridad solar que el resto de habitaciones, pero el atractivo de

aquella parte del clínico no radicaba en eso. Todos en mayor o en menor

medida, habíamos deseado contemplar al individuo que en los expedientes

134


médicos, guardados en la caja fuerte por obvios motivos de seguridad,

aparecía con la secuencia: A.P.I.S.I/ 06 0681737/ C. S/N —impresa

en tinta roja, como diferenciábamos los casos más graves— y cuyo proceso

médico seguía personalmente el propio director de la clínica.

»Para acceder al sanatorio había que atravesar una peligrosa carretera

secundaria que serpenteaba por las abruptas montañas cercanas. Según los

mapas, la localidad más cercana estaba a más de veintinueve kilómetros

(difícil tarea llegar a ella a pie, pues había que atravesar múltiples

despeñaderos y profundas simas). Aquel era un lugar realmente inaccesible.

El paisaje del hospital era muy hermoso. Casi se podría decir que de belleza

salvaje, pero estábamos aislados del mundo. Solo había un vehículo en todo el

complejo y permanecía guardado bajo llave en un garaje vigilado con cámaras.

Cámaras a las que únicamente tenían acceso los guardias de seguridad, o el

jefe del proyecto y propietario de la camioneta.

»En un entorno tan hermético e inaccesible, desde cualquiera de las

poblaciones vecinas, la más mínima variación en las rutinas se aceptaba con

gusto. Por eso todos sucumbíamos, a modo de mansos corderillos de un mismo

rebaño, a ese innato interés que acompaña al ser humano desde su más tierna

infancia. Así que en cuanto alguien se aproximaba a aquella celda, un sexto

sentido nos congregaba a todos como un imán, a pocos pasos del valiente que

deseaba revelar el oscuro secreto que se intuía tras esa ominosa puerta. Un

rompecabezas del que nuestros silencios hablaban a gritos y del que no

disponíamos ni de una pieza para completarlo.

»En cuanto la puerta comenzaba a deslizarse —fusionado con el

chasquido de la sustancia viscosa que, cubriendo toda la estancia, impedía la

apertura total del hueco—, el zumbido se volvía insoportable. A esa

sensación de agobio e irrealidad contribuía en gran medida, la dulzona

fragancia de flores que imperaba en el cuarto de forma casi palpable y

asfixiante, como si allí el oxígeno hubiera sido eliminado. Inarmónica mezcla

que penetraba por la nariz y se instalaba con apremio en nuestras gargantas.

La atmósfera irrespirable, parecía hecha a propósito, para aturdir el resto de

los sentidos o lo que es peor… asesinarlos. En el discorde cóctel confluían

todos los aromas de flores del planeta y resultaba imposible identificarlos uno

a uno. Aun así, el cerebro se esforzaba por dar con su esencia primigenia.

Vano esfuerzo. No obstante, aunque la sensación era intensa y embotaba el

pensamiento, no evitaba que fijásemos la atención en el inquilino de aquel

135


lugar. El pobre infeliz, desde un rincón de la sala salpicada de pegajosos

hilillos ambarinos, nos miraba a través de sus prominentes ojos saltones, con

total indiferencia, ignorando que si hubiera tenido capacidad de

discernimiento podría someter al planeta entero. Y ése era el mayor de

nuestros temores. Aquellos ojos que nada tenían de humanos y sí en cambio

de monstruosos eran un desafío a la cordura. Su cabeza coronada por

aquellos óculos de insecto y un par de antenas colocadas simétricamente, no

anunciaba nada bueno. Tampoco su mandíbula ayudaba a tranquilizar al

observador. Era doloroso y espeluznante observar tan de cerca aquel desafío

de la naturaleza. El miedo justificaba las cadenas. Bastaban apenas unos

segundos para comprender el alcance de la siniestra verdad sobre el origen

orgánico de aquellos sonidos y el motivo de ese perenne aroma floral, en

aquella parte del edificio. Irremisiblemente la misma mano del curioso

compañero, con un temblor más que ostensible y rostro lívido tras aquel

descubrimiento, sellaba de nuevo el portón antes del desmayo o una arcada

definitiva.

»Muchos no lograban superarlo y pedían el traslado de inmediato, entre

sollozos convertidos ya en parte del ritual de iniciación; otros corrían mejor

suerte y acababan con tal remordimiento suicidándose; y algunos pasaban a

incrementar la lista de residentes en aquel centro, enloquecidos sin remedio. Y

es que veteranos con más de veinte años de experiencia, flaquean y lloran

como niños indefensos, tras echar un ligero vistazo al más inquietante de

nuestros casos clínicos y no vuelven a ser los mismos.

»En cierto modo, descubrir la fragilidad de un compañero permite

despojarnos de la nuestra. El mundo se hace minúsculo e infinito a la vez

para encontrar un lugar suficientemente alejado en que sentirnos a salvo, y

saciar el espíritu de exploración que todos los científicos llevamos dentro.

»Yo fui, uno de los pocos en que prevaleció ese afán de investigación por

encima de la natural censura. Pero quedan ya tan lejanos en mi memoria

esos días, que a menudo me siento como un anciano y tengo que mirar mi

ajada partida de nacimiento para cerciorarme de que apenas he superado los

cincuenta. Soy uno de los escasos privilegiados que sabe de la existencia de

una pequeña puerta muy disimulada —en el interior de la celda, junto a ese

imponente portón—, que debe atravesarse reptando hasta acceder a un

sótano de extenso corredor. Cada cinco escalones, coincidiendo con los

rellanos, hay un guardia armado. Allí abajo todo permanece a temperatura

136


constante a lo largo del año. Bajo la luz artificial que copia las peculiares

características de la auténtica luz solar, cientos de celdas a derecha e

izquierda, similares en forma a la de la planta superior, encierran individuos

de análogo aspecto, aunque de menor corpulencia, al de la principal. Algunos

de esos engendros, en un estado claramente larvario, carecen de extremidades

y sus cabezas apenas se distinguen del resto del cuerpo. Sea como sea, gusanos

o no, todos ellos en algún momento, o al menos sus antepasados, fueron tan

humanos como cualquiera de nosotros, y eso socava nuestra conciencia. ¡Es

fascinante, pero también despreciable! Quien trabaja allí, una vez que conoce

el verdadero secreto debe renunciar a su moralidad o pagará su flaqueza.

»Hoy por hoy, todos esos individuos son tan sólo abejas obreras o zánganos

a la espera de copular con su abeja reina. Bajo la inocente apariencia de un

sanatorio avalado por la administración, rodeado de bosques y montañas de

aspecto bucólico, fue el profesor Vasile Langrognet, de padre francés y madre

checa, quien me inició en ese mundo de las abejas hace ya mucho tiempo,

incorporándome a su ambicioso proyecto, «Apis», cuando yo apenas era un

recién llegado y creía ciegamente estar trabajando para una institución

mental. «Te elegí porque en tus ojos no percibí miedo, sino fascinación», solía

comentarme. Y es cierto. Cuando vi a la reina, mi desaprobación y rechazo

fueron menores de lo que hubiera cabido esperar. En mi cabeza se agolparon

cientos de preguntas y ningún reproche. Deseaba con todas mis fuerzas, saber

cómo y porqué había llegado aquel individuo hasta allí, a ser un espécimen

tan aberrante como asombroso. Pude adivinar a pesar de su hirsuto cuerpo y

su inquietante apariencia de insecto, un anómalo caso de mutación humana y

por tanto, dominé mi repugnancia. Bajo su tórax rayado latía un corazón tal

vez hermano al mío. Y supe que quería conocer a fondo su caso u otros

iguales.

»Pronto comprendí la importancia que se daba al cuidado de las plantas y

árboles del vasto jardín o a las flores del invernadero, y porqué entre el

personal eran tantos los expertos en botánica, veterinaria u otras

especialidades que nada tenían que ver con la psiquiatría u otras ramas

médicas. La inusual variedad de especies florales, a menudo geográficamente

incompatibles, cobraba sentido. Brezos, sauces, helechos, chopos, alcornoques,

fresnos, pinos y abetos, así como las begonias, adelfas, rosas, margaritas,

azucenas o dalias de descomunal tamaño resultaban imprescindibles. Su

armoniosa convivencia era uno de los logros de los que más nos

137


enorgullecíamos. En cada punto del inmenso jardín, imperaba un microclima

diferente, auspiciado por largas sesiones de investigación por parte de nuestros

expertos en biología, botánica, geografía o climatología. Resultaba

perfectamente razonable además, la existencia de un comedor exclusivo, con

horarios distintos y sincronizados respecto al comedor oficial, construido «ex

profeso» para el llamado personal de jardinería. En el mismo grupo se daba

cabida a aquellos que no estaban especializados en psicología ni en las

disciplinas destinadas al tratamiento de enfermedades humanas, o a quienes

se dedicaban a llevar el alimento al sujeto de aquella habitación, siempre al

amanecer o bien entrada la noche. Todos ellos, sin excepción, convergían

durante las comidas, en aquella anodina sala blanca que tan silenciosa

estaba a todas horas. Llegué también a justificar que se cortase la lengua

tanto a aquellos que se dedicaban directa o indirectamente al cuidado del

excepcional paciente como a aquellos desdichados que habían osado abrir un

día la maldita puerta y no se habían sobrepuesto al susto. Y comparé esa

solución con el proceder de los egipcios cuando amputaban dicho apéndice a

los esclavos a fin de evitar que revelasen el recorrido hasta la tumba de su

difunto faraón. En los casos más extremos, llegué a consentir que se cegase o

matara a los que habían accedido en algún momento a esa información y

manifestaran disconformidad con lo que allí se llevaba a cabo. En cuanto al

resto de nosotros, supongo que el afán de conocimiento superaba nuestros

escrúpulos.

»La ausencia de teléfonos, ordenadores y hasta bolígrafo y papel eran mera

anécdota. Los elegidos estábamos tan absortos con la importancia de nuestras

tareas que no les dábamos la menor relevancia a aquellos objetos. Lo

teníamos todo en nuestra cabeza. Para muchos de nosotros un ordenador era

una máquina de la que ignorábamos hasta su aspecto.

»No fue hasta casi un año después de mi incorporación, cuando el profesor

me reveló, no sin cierto orgullo, que jamás había visitas de familiares, porque

esos a quienes atendíamos en nuestras salas y dormitorios, eran indigentes

desaparecidos, traídos de las grandes urbes del país para dar credibilidad a

nuestro centro, en caso de una muy poco probable inspección. Años más tarde

descubrí por mí mismo que esa misma «fuente de suministros» propiciaba

nuestro abundante enjambre. Simplemente se trataba de individuos que no

importaban a nadie y acababan siendo pacientes de nuestra residencia o

engrosaban la larga lista de abejas y abejorros que se ocultaba a varios

138


metros bajo tierra, tras los pertinentes tratamientos médicos, de los que

nuestro personal era responsable. Muy en el fondo me temo que ni siquiera a

nosotros nos importaron esos infortunados. La celda y todo lo que la rodeaba

nos abría un sinnúmero de posibilidades científicas, y ése a mi juicio, debía

ser motivo suficiente para acallar nuestras conciencias y trabajar a destajo en

el campo de la biogenética y la biomedicina, desoyendo todas las demás

evidencias sobre lo inmoral de lo que allí realizábamos. De igual modo,

comprendí que mi futuro como psiquiatra al uso tenía fecha de caducidad.

»Mi vida, poco a poco, se vio relegada a una serie de rutinas diarias,

aunque ello acabó por gustarme y resultó sencillo amoldarse. Ser partícipe de

la enorme complejidad de nuestro hallazgo era un aliciente para investigar

con ahínco. Aprendí disciplinas nuevas y por primera vez, me sentí

importante y valorado. Capaz de explotar mi intelecto al máximo. Ni

siquiera me incomodaban los registros de habitaciones a los que estábamos

sujetos todos los trabajadores, ni la prohibición de permanecer en grupos de

más de tres personas durante más de cinco minutos. Yo aprobaba aquellas

medidas. Sin embargo, cada vez soy más viejo y más sensiblero, y

paradójicamente menos conformista. Ansío la libertad que estas paredes me

niegan, y hoy por hoy pienso en la liberación de mi alma atormentada. Lejos

quedaron los años en que me sentaba como uno más alrededor de una de las

enormes mesas del blanco comedor, disfrutando con fruición de ese silencio que

tanto me agradaba como si fuera un convencido ermitaño. Mutismo que tanto

detesto ahora. Han sido la falta de conversaciones con otros compañeros o la

impositiva renuncia a aptitudes amistosas con el resto de los trabajadores los

que me han obligado a contar mi historia. Ni siquiera pesó en mí la pérdida

de mis dedos índice y pulgar por el ataque de una de esas desventuradas

criaturas. Considero mis profundas y múltiples cicatrices como el precio de

vivencias inolvidables.

»Se podría asegurar que, casi el total de mi vida transcurre paralela a la

de la longeva paciente que acabará por sobrevivirme como a mi antecesor. Y

dado que nunca le tuve miedo, se podría decir que ha resultado lo más

parecido a un amigo desde que llegué. Puesto que aquí sólo nos referimos los

unos a los otros por el cargo, el apellido o incluso por algo tan frío como la

fecha en que nos integramos definitivamente en el plan, cada vez más a

menudo, mi corazón clama por sentir la calidez de una amistad. Por eso llevo

meses acudiendo a escondidas a esa cámara y hablo con su inquilina aunque

139


no pueda contestarme. Conozco de memoria cada palmo de las paredes en

que habita. Sería capaz de detectar el más leve rasguño en cualquiera de esos

adoquines hexagonales que conforman el perímetro de su celda, a pesar de la

espesa capa de miel, jalea, cera o propóleo. A ella, a mi única amiga en este

recóndito lugar, sí le he puesto nombre. Para mí es Eva.

»Sé que no puedo huir de esto ni fingir que no sé nada sobre ello, pero me

siento terriblemente solo y comienzan a asaltarme acuciantes dudas de

conciencia. Al fin y al cabo, yo mismo he contribuido al asesinato de muchos

inocentes a cambio de preservar la seguridad de nuestras investigaciones. He

ganado la partida a lo imposible, pero a cambio he vendido mi alma. Sólo

quisiera que alguien me confirmase de veras que estamos haciendo lo correcto

y no somos unos mafiosos jugando a ser dioses creando un mundo a medida.

Me pregunto si no seremos nosotros los auténticos necios y ciegos, en lugar de

aquellos a los que privamos del sentido de la vista para acallar la verdad de

nuestro macabro experimento.

Roger Edmund Stockett

(Jefe de la unidad de psiquiatría del Sanatorio Sweet Dream).

[…]

(George Lamott, a través del canal de noticias internacional, desde las

puertas de la sede principal de la CIA.)

—Esta carta manuscrita, que acabamos de ofrecerles en

rigurosa primicia, fue hallada en la mencionada habitación sin

numerar, cuando el operativo se adentró en el sanatorio. Alertado

desde una localidad a más de cuarenta kilómetros del lugar del

suceso, por A.M., una de los escasos supervivientes. El insólito

individuo del que se habla en dicha carta, tuvo que ser capturado

y reducido con humo, redes y gases, en el invernadero exterior.

»Una vez garantizada la seguridad de los miembros que

integraban el equipo de rescate y de los supervivientes, se fumigó

durante días el recinto, incluido el sótano y los edificios aledaños

de la finca. Como medida preventiva se acordonó la zona en un

radio de más de ochenta kilómetros. En el operativo se han

140


coordinado equipos de salvamento marítimo, especialistas en

escalada, bomberos y personal médico, además de los agentes de

seguridad procedentes de diversos estados.

»Hubo un tiempo en que los medios de comunicación nos

hicimos eco de la noticia sobre los ataques a las colmenas de apis

mellifica provocados por una abeja originaria de África. Pero en

realidad fue la mano del hombre, con dos almacenes de residuos

nucleares encubiertos, situados en las regiones más pobres del

país, y la falta de un mantenimiento adecuado de dichos

emplazamientos, quien desató de forma indirecta tanto la

desaparición del beneficioso animal como la proliferación de

algunas mutaciones en ciertas abejas. Durante décadas,

generaciones de habitantes de esas provincias se alimentaron de

la miel fabricada por esas nuevas abejas, recolectoras del polen en

campos regados por las aguas contaminadas —surgidas de

escapes a través de las minúsculas fisuras de esos enclaves,

supuestamente inocuos—. Riachuelos que regaban a su vez las

huertas que servían de sustento a los habitantes de esas

poblaciones. Con el paso del tiempo, a esa circunstancia se unió

el hecho de que mujeres embarazadas se vieran afectadas de

manera involuntaria por la picadura de esas nuevas especies,

transmitiendo así a sus fetos el germen de tal deformidad. Y esos

hombres y mujeres han bebido también de esas aguas, criando a

sus hijos, ajenos a la amenaza. Todavía lo hacen. Un círculo

cerrado de desgracias que ha labrado el destino de muchos de

ellos; haciendo factible este resultado con el beneplácito de un

gobierno corrupto y a espaldas de la opinión pública

internacional. ¡Cuánto mal hizo la crisis mundial de las primeras

décadas de siglo! Esas familias desahuciadas y expropiadas a la

fuerza por parte de los bancos, cavaron su propia fosa a cambio

de un terruño o un techo. Sin preguntas ni reservas.

»En el área acordonada, puesta en cuarentena, se están

investigando algunos edificios semiderruidos que bien podrían

albergar cementerios nucleares encubiertos. Las familias

asentadas en esas regiones están bajo exhaustivos controles

médicos. Afamados laboratorios de diversos países trabajan por

141


encontrar un antídoto que palie el efecto de esas aguas y de la

picadura de esas peligrosas abejas. Cuando las personas afectadas

por esta malsana sinrazón estén fuera de peligro serán trasladadas

a otros municipios con nuevas identidades. Tal y como se

procede en los casos de testigos protegidos.

»Por su parte, la O.M.S reclama la renuncia y destitución

inmediata de los gobernantes que han consentido tal proyecto.

Manifestaciones masivas en todos los rincones del planeta

apoyan tal demanda, mostrando su repulsa en capitales de todo el

mundo. Representantes de las religiones y creencias más

reconocidas se unen a ellos desde iglesias y todo tipo de templos

religiosos. Las pocas personas halladas con vida en las

dependencias del instituto mental serán investigadas y juzgadas

para averiguar su grado de implicación en tan turbia trama.

»Según noticias de última hora, los agentes, a partir de la

información obtenida en la carta y otros indicios, han

reconstruido los hechos y coinciden en que fue el profesor,

arrepentido por sus acciones, quien liberó a la bestia dejando la

puerta entreabierta. Y aquella abominación le atacó sin

misericordia matándole, causando a continuación el caos en el

resto de lugares de la villa. Esta carta sería, por tanto, no sólo una

despedida del psiquiatra, sino una confesión jurada.

» Disculpen… Mis compañeros me informan de que un nuevo

dato se nos ha revelado hace unos instantes y podría esclarecer

definitivamente la autoría involuntaria de tal masacre. Junto al

cadáver del facultativo se encontró una Biblia abierta por el

capítulo de la crucifixión. En ella estaba subrayado el versículo de

Lucas, el tercer evangelista: «Padre, perdónalos porque no saben lo que

hacen.»

142


¿LOS TERRORISTAS SE CONFIESAN?

Blanca del Cerro

Publicado en el nº 27, en enero de 2013

Obra ganadora en la categoría “Relato”

Permaneció quieto, lívido, estático, sumido en un nubarrón de

interrogaciones diversas y temblores, y dudas, muchas dudas que

surgieron repentinas arropadas en briznas de cábalas, misterios y

preguntas, preguntas enmarañadas, persiguiéndose, fustigándose,

amontonándose, especialmente una que estalló sin quererlo en el

fondo de su cerebro obnubilado repentinamente transformado

en una amalgama de oscuridades. Y así hubiera permanecido

durante nadie sabía cuánto tiempo de no ser por la chispa que

prendió en su piel y le llevó a levantarse para solventar la duda

sobrecogedora de saber quién era aquel hombre que acababa de

descargar su alma.

Mientras sus piernas iniciaban el movimiento, la pregunta

borboteaba incesante en el puchero de las incógnitas.

Álvaro abrió la puerta del confesionario, uno de los dos

existentes en la pequeña iglesia de aquel pueblo verde de pinos y

azul de olas, echó una mirada al crucifijo situado sobre el altar

como pidiendo ayuda, y salió del recinto. Una metralla de frío le

abofeteó el cuerpo.

Tengo que saber quién es, se dijo mientras iniciaba la

persecución de una silueta ya lejana, tengo que saber quién es.

Y la pregunta se abrió paso por sus venas, y rascó y rascó en su

alma hasta casi hacer daño, y reventó formando flecos

desparramados:

¿Los terroristas se confiesan?

Y tras ésta surgieron otras, cúmulos, manadas de preguntas, un

aluvión avasallador, como miríadas de pedruscos taladrando su

cerebro. Pero no tenía respuestas por el momento porque lo que

debía hacer en ese instante era olvidar todo aquello que no fuera

la persecución de aquel hombre que se difuminaba para descubrir

su identidad.

143


El pueblo, abrazado entre montañas de picos infinitos por el

norte y abierto al mar en escarpados acantilados por el sur,

contaba con unos mil o mil quinientos habitantes. A lo largo de

los cinco o seis años que llevaba allí a cargo de su iglesia, Álvaro

había llegado a conocer más o menos a gran parte de ellos, a

unos más que a otros, y no podía imaginar quién sería el hombre

que en ese instante se escurría entre las esquinas. El hombre que

había aparecido aquella tarde por su iglesia con el rostro

semioculto. El hombre que hacía unos minutos se había

confesado acusándose de ser uno de los terroristas más

sanguinarios y más buscados de la historia.

¿Los terroristas se confiesan?

La silueta no corría porque no tenía ninguna necesidad de

hacerlo. No podría ni siquiera imaginar que iba a ser perseguido

en un lugar tan tranquilo y seguro como aquel, y mucho menos

que su perseguidor sería el cura del pueblo. Tal vez se dirigiera a

su hogar, o a una fonda, o a un hotel, o a un automóvil, algo en

lo que Álvaro ni siquiera pensó, limitándose a no perder de vista

la figura borrosa que caminaba y caminaba serpenteando a través

de unas callejuelas tintadas de malva por el atardecer.

La tarde había rebozado sus pinceles de brisa en un arsenal de

tubos pastosos y, con una delicadeza especial, casi sin percatarse,

empezaba a maquillar la noche de oscuridades profundas.

¿Los terroristas se confiesan?

Álvaro Uriante, ya cerca de la cincuentena, alto, un poco

grueso, el rostro agitanado, los ojos del color de la tierra que le

rodeaba, como si la hubiera ido succionando a lo largo del

tiempo, el cabello salpicado de canas, se sentía feliz en su

entorno. Vivía en un mundo inundado de paz. Sus feligreses, al

igual que el resto de los vecinos, eran personas tranquilas. La

iglesia presentaba algunos problemas y le daba algún que otro

quebradero de cabeza, pero nada que no pudiese solucionar con

relativa facilidad. Habitaba en una pequeña casita de piedra,

siendo atendido por la vieja Teófila, cascarrabias y gruñona,

quien le preparaba la comida y lavaba y planchaba su ropa.

Álvaro se encontraba inmerso en un semiparaíso de costumbres y

144


candores al que se había habituado y no deseaba abandonar.

Celebraba misa todos los días a las siete de la tarde y, a partir de

esa hora hasta el anochecer, permanecía en la sacristía o en el

confesionario para recibir a cualquier alma descarriada o

solucionar cualquier asunto que requiriera su atención. Y aquella

tarde de hielo y carámbanos colgados de la bruma había

aparecido ese hombre, la cabeza gacha, el rostro hundido en el

cuello levantado de un grueso chaquetón, entreverado de

sombras, y se había arrodillado en el lateral del confesionario, en

el lugar donde lo hacen las mujeres, y había empezado a hablar

en susurros, y había continuado hablando a chorros, como

arrancándose la miseria y la mugre del alma a pedazos inmensos.

Yo soy Niho Galiano, el terrorista, el jefe supremo del Frente

Salvador de la Patria. Al oír esas primeras palabras, Álvaro

percibió un temblor terrorífico caracoleando por su cuerpo. Yo

soy Niho Galiano, el responsable directo de todos los crímenes

del FRESP. Álvaro se vio sumergido en una laguna de terrores.

Yo soy Niho Galiano. Y no sé por qué estoy aquí, pero estoy, y

no sé si me arrepiento, supongo que no, o sí, qué más da, pero sé

que debo hacerlo, que debo volcar mi alma y sacar todo eso que

llevo dentro porque me quema, me come, me abrasa. Álvaro

sintió el vello de la nuca erizado, y relámpagos de terror

trastabillando por sus venas, y un grito estrangulado que debía

morder suavemente. Yo soy Niho Galiano, el terrorista más

buscado del mundo, y vengo… qué quiere que le diga, no sé por

qué vengo, tal vez un exceso de soledad que acaba comiendo por

dentro hasta dejarte reducido a migajas, o ansias de volcarme,

qué sé yo, y no puedo hablar con nadie, ¿sabe lo que eso

significa?, no, no lo podría saber jamás, eso hay que vivirlo, sólo

con usted, con usted sí, porque usted no puede decir nada, ni una

palabra, está obligado a ello, y yo necesito gritarlo porque son

demasiados años, y demasiados agobios, y demasiado silencio

guardado… Aquel hombre continuó hablando y hablando

-parecía impregnado de ahogo-, y la cabeza de Álvaro se

transformó en un barro pastoso que engullía sílabas, y temblaba

como si fuera una estrella, una tiritera descomunal, la cabeza en

145


forma de tiovivo, de un lado a otro, sin poder pensar, sólo

escuchar palabras manchadas de sangre, mucha sangre, y miseria,

toneladas de miseria resbalando por las laderas de la nada

sombría a su alrededor. Finalmente, arropado en aquel rumor

inconcebible que trazaba un pentagrama de furia retorcida en el

viento, le fue imposible decir nada, ni siquiera una frase de

consuelo, o de reproche, o una pregunta, y se limitó a trazar la

señal de la cruz mientras musitaba: Ego te absolvo a peccatis tuis

in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti, sin siquiera haberle

impuesto una penitencia, o saber si el hombre oscuro mostraba

verdadero arrepentimiento, o si pensaba repetir sus espeluznantes

hazañas, o…

¿Los terroristas se confiesan?

Decidió seguirle. No pensó por qué pero decidió hacerlo.

Necesitaba imperiosamente saber quién era el dueño de aquella

sombra.

La silueta continuó su marcha por las calles empedradas de

suspiros y noche. Álvaro se cruzó con algunas personas

conocidas a las que saludó, sin perder de vista al hombre oscuro

que decía ser Niho Galiano, el terrorista más sanguinario y

perseguido de la historia. No habían transcurrido más de cinco

minutos cuando la figura se detuvo ante una casita de piedra con

un simulacro de jardín en la parte delantera, sacó unas llaves del

bolsillo de su chaquetón y empezó a abrir la verja de color verde.

Álvaro observó sus movimientos desde la esquina. Muy quieto,

hecho estatua de hielo y silencio, pensó en la persona que

habitaba en aquel lugar. Y supo quién era. La oscuridad engulló

su sorpresa y su furia con tragos diminutos.

No pudo dormir en toda la noche. Los susurros del

confesionario retumbaban en su cabeza como chirridos

incesantes, como lobos aullando a la luna. Niho Galiano, el

mayor terrorista de la historia, el responsable de miles de

muertes, el hombre cuyo rostro nadie conocía y del que todo el

mundo hablaba, el cerebro del terror, el paradigma del espanto,

allí, en su pueblo, en su propio pueblo, un lugar olvidado, le

parecía imposible, le parecía una broma de mal gusto, no podía

146


ser cierto, pero él lo había confesado. ¿Los terroristas se

confiesan? A su modo de entender, los terroristas eran seres sin

alma insensibles al dolor humano, y no creía que se confesasen. Y

Niho Galiano, cuya identidad nadie conocía, tenía fama de

implacable por el rastro de sangre que, a lo largo de muchos

años, había dejado y seguía dejando tras de sí. La conciencia, tal

vez la conciencia había gritado y aullado, pero los terroristas no

tienen conciencia. Por su mente divagaba la imagen de una

sombra entrando en casa de Lucas, el escultor, y el farol de la

calle iluminando su rostro. Álvaro no daba crédito a lo que había

contemplado. Lucas, con su calva incipiente, sus ojos

penetrantes, su media sonrisa en forma de línea torcida y

dedicado a sus pequeñas esculturas, vecino del pueblo desde

hacía algunos años, taciturno, serio, callado, compañero ocasional

de dominó, el que se mantenía un poco apartado de todos, el que

desaparecía de cuando en cuando supuestamente para asistir a

exposiciones, el que conversaba suavemente con él en la taberna,

el que parecía un hombre tranquilo y afable, el que jamás pisaba

la iglesia, no era realmente Lucas, el escultor. Era Niho Galiano,

el terrorista.

La noche se transformó en un nido de eternidad.

Álvaro se levantó varias veces de la cama. ¿Por qué? ¿Por qué

allí, en su pueblo, cuando existían miles y millones de lugares

donde podía ocultarse? ¿Por qué tenía que confesarse si los

terroristas supuestamente no se confiesan ya que supuestamente

no se arrepienten de sus actos? ¿Qué había devanado la mente de

aquel hombre hasta llegar al confesionario? ¿Por qué

precisamente a él que era un sencillo cura rural? ¿Por qué le había

cargado con tanto dolor? Porque era dolor lo que sentía

brincando a manadas por dentro. Y no podía hablar. Y no podía

decir nada. Y no podía denunciarlo. Y no podía acusarlo. Estaba

obligado a callar por el secreto de confesión. ¿Por qué a él

habiendo tantos sacerdotes en el mundo? ¿Por qué a él que

llevaba una vida sencilla y sin problemas mayores? ¿Por qué a él?

¿Por qué? Las preguntas rebotaban contra las paredes de su

mente formando un monte de amargura inquieta.

147


La mañana llamó a su puerta como un candil recién encendido.

El sacerdote permaneció largo rato bajo la ducha caliente, se

afeitó y vistió, entró en la cocina y preparó café. No había

dormido en toda la noche.

Álvaro se mantuvo el día entero en un extraño estado entre la

divagación y la ausencia, con miles de pensamientos arañando su

cerebro, pensando y dando vueltas, y volviendo a pensar, y

pensando de nuevo, para nada, simplemente para nada, pues

nada era lo que podía decir, el silencio era y sería su eterno

acompañante, pero el dolor de saberlo, el dolor de conocer al

asesino más sanguinario del universo y tener que callar, callar,

callar, tragarse la furia, la rabia, el odio, tener que ahuyentar,

desterrar y olvidar la acusación, era algo que le reconcomía el

alma una y otra vez. El susurro se repetía en su mente. Y la

persecución. Y el descubrimiento de la identidad del terrorista.

Las ideas se transformaban en mariposas negras revoloteando a

su alrededor.

Esa misma noche, mientras la televisión le arrullaba con su

sonido de cantos moribundos, una voz más temblorosa que el

resto informó a los televidentes sobre el riesgo inminente de un

brutal atentado por parte del FRESP, probablemente en la

capital. Las entrañas de Álvaro quedaron reducidas a escombros

de angustia, como gusanos royendo su furia con dientes muy

chiquitos. La figura de Niho Galiano reventó en su cabeza,

además de cuerpos destrozados, ayes de dolor, arroyos de sangre,

bombas, gritos, explosiones, un inmenso aguacero de pesares. Él

sabía quién era el responsable de tantas y tantas muertes, él

conocía la identidad del cerebro de multitud de masacres, él había

descubierto sin desearlo uno de los secretos mejor guardados del

mundo. Tal vez en sus manos estuviera la posibilidad de detener

aquel horror. Pero debía callar. En sus manos, en sus manos, la

frase se repetía incesante, en sus manos, imposible, no podía, en

sus manos atadas por una cuerda de silencio, tal vez debiera

consultar con alguna autoridad eclesiástica superior, o enfrentarse

directamente al terrorista, o tomar ignoraba qué tipo de medidas,

o actuar de alguna manera, pero ¿qué podía hacer? Se pasó los

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dedos por el rostro como queriendo amasar y aplastar mil

pensamientos.

Tras un tiempo indefinido que no supo calcular, decidió salir a

dar una vuelta porque necesitaba que el frío de la noche se

perfilase en su piel. Se acercaría a los acantilados, el lugar donde

tantas veces se refugiaba para rezar o para meditar. Posiblemente

no encontraría a nadie porque el frío había hecho que las casas

engulleran a sus habitantes, pero en ese momento no importaban

las presencias o las ausencias, lo que le resultaba imprescindible

era salir de su hogar, no quedarse allí acumulando pensamientos

porque le avasallaban, le arrasaban, le inundaban, le acribillaban

de tal manera que se le hacía imposible mantenerse quieto.

Álvaro salió al resplandor de los faroles, atravesó el pueblo,

solitario a esas horas, y se dirigió directamente hacia el sonido de

unas olas que bramaban y bramaban sin cesar. Sus pasos sonaban

tibios. Los acantilados se abrían a un mar que se confundía con la

noche y repartía un soliloquio de espumas entre el aire y la

oscuridad.

Una horda de variopintos pensamientos martilleaba el cerebro

del sacerdote.

Las piedras del camino arrullaban nanas nocturnas en voz baja.

Al fondo, sobre el horizonte iluminado por las estrellas y una

luna perezosa en cuarto menguante, se delineaba una silueta.

Álvaro se detuvo unos instantes con la duda apretada de

desandar el camino, pero continuó adelante. Pese a necesitar de

la soledad, tal vez en ese momento le viniera bien un poco de

conversación. La silueta, enfundada en un grueso abrigo, con el

cuello levantado y las manos en los bolsillos, permaneció

impertérrita al borde mismo de uno de los acantilados.

El mar rugía desmadejado y ausente repitiendo incansable su

continuo lamento de soledades.

Álvaro se aproximó despacio. Al llegar al mismo lugar donde se

encontraba la silueta, el rostro del hombre allí presente se giró, y

al sacerdote le pareció que dos brasas atravesaban sus pupilas

agotadas.

- Buenas noches, padre Álvaro -musitó la sombra que tenía

149


delante.

- Buenas noches, Lucas -respondió el sacerdote con el alma

columpiándose en un hilo de terror.

Álvaro quedó atrapado entre el rugido infinito de las olas y el

bramido incesante de sus pensamientos. Lucas, el escultor, o

Niho Galiano, el terrorista, a su lado, junto a él, tricotando ideas

dispersas en el inacabable tapiz de las miserias, y el mundo del

silencio absorbiendo poco a poco tanto dolor desplegado que

harían falta varios universos para abarcarlo. Niho Galiano se

encuentra a unos centímetros de mi cuerpo, y no puedo decir

nada, y no puedo hacer nada. No hablaron. No cruzaron ni una

sola palabra. Niho Galiano, nadie sabe quién eres salvo yo. Y tú

no sabes que yo lo sé. Se limitaron a contemplar la oscuridad

herida casi de muerte por las estrellas y una luna triste en cuarto

menguante. Niho Galiano, eres el responsable de demasiadas

desgracias, eres lo peor del ser humano, lo más bajo, lo más

abyecto, eres un asesino, asesino, asesino, asesino… Y a mí no

me queda más remedio que perdonarte en nombre de Dios. Las

ideas de Álvaro retumbaban en las piedras y quedaban

suspendidas entre los dedos inmensos y pálidos de la noche.

Después de no supo cuántos minutos u horas de silencios

compartidos, Álvaro dio media vuelta, se despidió de la sombra

que lo había acompañado hasta el fin de un día casi eterno, y

tomó el camino de su casa. Llevaba en el alma un racimo mustio

de tristeza y soledad.

Días de lluvia y niebla empezaron a galopar junto a los

habitantes del pueblo que permanecieron resguardados al calor

de sus hogares, pero Álvaro, sumido en un nubarrón ofuscado de

dudas y con el eterno deseo de liberar sus pensamientos, se

acercaba diariamente a los acantilados a reposar cuerpo y alma.

Unas veces se encontraba con Lucas y otras no. Hola y adiós,

nada más entre ellos. Siempre se limitaban a compartir silencios.

Por sus venas corría y saltaba el potro indomable de la furia

contenida.

Fue una noche de principios de diciembre en la que pedacitos

de niebla empezaron a adherirse lentamente a las calles y las

150


piedras del pueblo, cuando el sacerdote encendió la televisión y

se dispuso a cenar. El rostro de una joven rubia y bella apareció

en la pantalla. La noticia reventó en el cerebro de Álvaro y lo

pobló de asco y miseria: a las ocho y diez de la tarde, un vehículo

cargado con varios kilos de explosivos había estallado en una

importante plaza de la capital, muy concurrida a esas horas,

dejando un saldo de cinco muertos y cuarenta y seis heridos,

además de numerosas pérdidas materiales. El FRESP se había

atribuido el atentado mediante una llamada telefónica.

El tenedor quedó suspendido entre el plato y la boca del

sacerdote mientras una inmensa náusea le cercenaba el estómago

y ascendía en espiral hasta su garganta. Las escenas de la plaza,

ambulancias, policía, médicos, enfermeros, heridos, testigos,

ataques de pánico, llantos, público, lamentos, gritos, una gran

mancha de sangre repartida por el asfalto y las aceras, se repetían

incesantemente. Niho Galiano, tú eres culpable, fue su primer

pensamiento, eres culpable de todo, no sé por qué te confesaste

si te da igual, absolutamente igual, llevas la muerte en las venas y

la maldad, no en el alma que no posees, sino en la piel y en los

huesos, porque tu piel y tus huesos están construidos de maldad,

no sé por qué te confesaste, los terroristas no se confiesan, por

supuesto que no se confiesan, los terroristas únicamente vomitan

su podredumbre, podías haberte ahorrado el esfuerzo, y a mí el

dolor de saberlo, y así seguiremos eternamente mientras haya

seres como tú, y como tú habrá siempre alguien pero…

Una furia y una rabia de color amarillo limón le hicieron

levantarse de la silla. Necesitaba aire, necesitaba pasear su odio,

necesitaba gritar al viento todo lo que llevaba soportando a lo

largo de días y días. No puedes hacer nada, Álvaro, nada en

absoluto, decía una voz en su interior más profundo. Sí puedo, sí

puedo, sí puedo, claro que puedo, respondía un susurro similar al

silbido de la brisa, iré a buscarlo, hablaré con él, le diré, le

convenceré, le haré ver, tal vez, quién sabe…

Descolgó el chaquetón del perchero situado junto a la puerta,

se calzó unos gruesos guantes, abrió la puerta de su pequeña

vivienda y salió.

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Unos cachitos de niebla lo recibieron sonrientes y le golpearon

en las mejillas.

En su cerebro se repetían las imágenes del atentado como una

persecución sin principio ni fin. Tanta muerte inútil, tanta pena

inútil, tanta orfandad inútil, tanta viudedad inútil, tantas tumbas

inútiles, tanta y tanta pena inútil. Un latido descomunal rebosaba

en su pecho plagado de rabia, o furia, o desesperación, o dolor,

un gran dolor arrasando por dentro, como jamás había

experimentado.

El camino hasta los acantilados transportaba más oscuridad que

de costumbre mientras la noche se columpiaba en el hilo de las

incoherencias. Los pasos de Álvaro parecían barrenadoras

aplastando la niebla.

Una silueta se perfiló contra el cielo. Allí estaba. Allí estaba

Lucas, el escultor, o Niho Galiano, el terrorista, quieto, impasible,

al borde del acantilado como siempre, de cara a unas olas furiosas

que reventaban, respirando la misma brisa que el mundo que se

dedicaba a destrozar. Tendría que escucharle, tendría que

atenderle, tendría que razonar, era imprescindible, tendría que

hacerle renegar de sus creencias, o al menos intentarlo, tendría

que atender a razones, no podía seguir en esa línea, porque

Álvaro emplearía todo su poder de convicción y le haría

comprender la inutilidad del camino que había emprendido hacía

años, y Lucas, el escultor, o Niho Galiano, el terrorista, le

escucharía, y hablarían y hablarían durante horas mecidos en el

rumor del agua, el sacerdote quizás conseguiría lo que nadie había

logrado porque el terrorista se había confesado, y los terroristas

no se confiesan.

Lucas escuchó pasos en el camino, pero ni siquiera giró la

cabeza. Sabía quién era porque allí se encontraban casi todas las

noches y se dedicaban a compartir sonidos, fragores, estrellas y el

mundo a sus pies sin palabras.

Álvaro se aproximó despacio. Un rayo de tinieblas atravesó su

alma desolada en tanto que los cuerpos destrozados de las

víctimas reventaban en su cabeza. Ésas y otras víctimas. Tantas a

lo largo del tiempo. Llegó al borde del acantilado, se situó detrás

152


de Lucas, el escultor, o de Niho Galiano, el terrorista. Hablaría

con él. Procuraría, debía intentarlo, y él le escucharía, estaba

seguro, porque se había confesado… Gritos, pena, impotencia,

fuego, llamas, interrogantes, odio. El sacerdote quiso decir algo,

pero le fue imposible, no pudo pronunciar ni una palabra de

saludo porque sería una incongruencia, porque debería ser un

adiós, porque ahora sabía lo que tenía que hacer en nombre de

tantas víctimas inocentes. Sangre, aullidos, dolor, demasiado

dolor desperdigado.

En una fracción de segundo menor a lo que dura el aleteo de

una sombra, Álvaro dejó la mente en blanco, miles de excusas

quisieron pasar por su cerebro pero las ahuyentó, cerró los ojos,

tembló un instante, estiró los brazos y empujó a Lucas, el

escultor, o a Niho Galiano, el terrorista. Miles de lamentos

retumbaban sobre las olas. Gritos, ayes, pena, miseria dolor…

Las manos del sacerdote quedaron crispadas en el aire mientras el

cuerpo del terrorista, tras recibir el inesperado impacto, caía, caía

y caía al vacío absoluto envuelto en un grito que permaneció

colgando gélido entre la bruma.

Una noche disfrazada de terror abrazó al mundo.

Álvaro ni siquiera oyó el sonido del cuerpo contra las rocas del

fondo. Permaneció quieto, muy quieto, sin un mínimo

movimiento, sin un solo pensamiento, con la mente totalmente

obstruida a cualquier sensación que no fuera un grandioso alivio

y una terrorífica pena.

Jamás llegó a saber cuánto tiempo transcurrió, tal vez horas o

segundos. Los gritos de las víctimas no dejaban de apuñalar su

mente. En un momento específico de la noche, el sacerdote

despertó de un letargo agrio y pertinaz, abrió los ojos y se miró

las manos como si jamás las hubiera contemplado. El cielo se

acurrucaba en un abanico de incógnitas. Y empezó a

comprender. Eran las manos de un verdugo, de un asesino, como

aquel hombre, Lucas, el escultor, o Niho Galiano, el terrorista,

igual, era lo mismo, y ahora se parecían más que nunca. En su

cerebro desquiciado empezaron a encajar las piezas una a una.

¿Qué había hecho? Él había librado al mundo de una alimaña

153


inmunda, lo que le hacía ingresar en el club de los indeseables. Él

era un sacerdote, no un asesino, pero había quitado la vida a un

ser humano, aunque aquello no era un ser humano sino un

monstruo, pero él era un sacerdote atado por el silencio, nadie

podría haber impartido justicia, sólo él, sólo él, sólo él… Dios

mío, perdón, ¿qué he hecho?, perdón, perdón, una vida, era una

vida, igual que aquellas que Niho Galiano cercenaba con su

particular guadaña.

La oscuridad tragó el cuerpo agotado del sacerdote mientras

caminaba hacia el pueblo. Le pareció escuchar el crujido de los

remordimientos tras de sí. Con el alma apretada entre fardos de

dolor, se dirigió hacia la iglesia, abrió la puerta y cayó de rodillas

ante el altar. ¿Qué he hecho? Perdón, perdón, perdón, Dios mío,

perdón. El cuenco callado de la noche lo acogió entre sus brazos

y le infundió serenidad. La mañana le sobresaltó entre lágrimas.

Cuando la luz atravesó las vidrieras impregnando el suelo de

distintos arcos iris, Álvaro se puso en pie, permaneció unos

instantes quieto, como queriendo grabar en sus pupilas cada

rincón del recinto, miró a la figura del Cristo crucificado y se

despidió de Él para siempre.

Las calles del pueblo estaban vacías a esas horas de la mañana.

Sólo se oían los pasos del sacerdote mezclados con los latidos de

su corazón.

Llegó a la Plaza Mayor, acarició la piel del mundo, respiró la

vida, agradeció todos y cada uno de los minutos de los que había

disfrutado a lo largo de su existencia y entró en el cuartel de la

Guardia Civil.

- Buenos días, padre Álvaro -saludó Fulgencio, el guardia del

puesto, simpático y bonachón-. ¡Qué madrugador está usted hoy!

Álvaro no respondió. Ni siquiera pudo sonreír.

- Dígame qué desea.

Su corazón fue un bombardeo de pesares que caían formando

surcos agrietados. Le embargó tanta amargura que a punto

estuvo de desfallecer. Repentinamente sintió y supo con absoluta

certeza que el mundo iba a derrumbarse a su alrededor y nada

podía hacer para evitarlo.

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Un soplo de brisa entró por la ventana y le besó en la frente.

- Vengo a entregarme. Acabo de matar a Lucas, el escultor.

El rostro de Fulgencio, boca y ojos muy abiertos, se transformó

en una máscara de duda, estupor e incredulidad.

Nadie supo jamás las razones que llevaron al sacerdote a

cometer tan deleznable acto. El silencio fue su eterno compañero

de condena.

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SOMBRA DE HIELO

Juan José Tapia Urbano

Publicado en el nº 27, en enero de 2013

Sentado frente al ordenador con la mirada perdida en el fondo

blanco, podría haber pasado por una estatua de no ser por los

rítmicos movimientos de su pecho, que indicaban que cuando

menos, seguía vivo.

No tenía demasiado claro si se exponía a aquel martirio por

propia voluntad, o si era la interminable lista de correos, tanto

electrónicos como llegados por vía postal, lo que lo empujaba a

mantenerse en aquella posición durante horas enteras,

esforzándose por completar un solo párrafo aunque fuera.

Todos querían lo mismo. En pocas ocasiones la humanidad se

había puesto de acuerdo para pedir una cosa con semejante

coincidencia en sus deseos, pero el retorno de Michael Parson,

más conocido por su alias, “Sombra de hielo”, era un clamor.

Los desmanes a los que aquel malvado asesino literario se había

entregado a lo largo de la larga lista de volúmenes que

conformaban su exitosa serie, habían arrasado tanto en las

librerías como en las salas de cine. No resultaba extraño cruzarse

con algún muchacho, apenas un adolescente, enfundado en una

de sus macabras camisetas, donde se reproducían los efectos que

sus malas artes tenían sobre sus indefensas víctimas, personas de

bien por lo habitual.

La serie de novelas había disfrutado de un éxito sin parangón,

dejando en nada la de otros best seller que le precedieron,

encumbrado a su autor, H.J. Sloan, hasta el olimpo de los

escritores de mayor renombre. Él, que siempre había tenido que

luchar contra viento y marea para que una humilde editorial se

dignase a publicar alguna de sus obras, había visto cómo su caché

se elevaba hasta niveles insospechados hacía sólo unos años, y

todo se lo debía a Sombra de hielo, su gran creación.

Sintiéndose un Dios por momentos, había creado a su

personaje estrella a su imagen y semejanza, no viendo la

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necesidad de imaginar para él otras facciones cuando las suyas

podían servir para tal propósito tan bien como cualquier otra que

pudiese desarrollar en su mente; incluso había llegado a

compartir con él su condición de zurdo, característica ésta que

siempre podía dar juego llegado el caso, pues eran esos pequeños

detalles los que conseguían enganchar al público.

Nadie comprendió por qué, de la noche a la mañana, aquel

hombre había tomado la decisión de no volver a dar vida a tan

peculiar asesino entre hojas de papel. La masa quería más,

Sombra de Hielo era un producto, y querían consumirlo hasta

agotarlo, pero sus deseos no veían su reflejo en las estanterías

donde acudían en busca de la última obra de su autor de

cabecera. Se habían creado campañas, grupos de apoyo a la

iniciativa, incluso se habían recaudado fondos para convencer al

literato de que acometiese una vez más la tarea de dar a la

Sombra un escenario donde llevar a cabo sus sangrientas

matanzas, pero todo fue en vano.

Las llamadas del editor se repetían sin descanso, dejándole

mensajes en su buzón de voz, incluso visitándole a horas

intempestivas, pero la puerta de aquella casa estaba cerrada para

todos. La editorial había publicado sus últimos libros, de

temáticas que nada tenían que ver con lo que todos ansiaban,

pensando que se trataría tan sólo de un periodo de transición, un

pequeño descanso antes de retomar la tarea más importante, pero

las ventas no remontaban, y el ansiado décimo ejemplar de la

serie jamás llegaba hasta sus mesas en la forma de un manuscrito

tangible sobre el que poder realizar una crítica constructiva antes

de revisarlo y pasarlo a imprenta.

Habían sido varios los intentos de asaltar la mansión del

novelista por parte de seguidores desquiciados por la ausencia de

noticias, pero en todos los casos los cuerpos de seguridad del

estado habían actuado con prontitud, anulando la amenaza que

descerebrados de aquel tipo podían suponer. No obstante, la

tensión resultaba cada vez más insoportable para todos los

implicados, si bien era el escritor quien peor lo llevaba, pues

apenas podía conciliar el sueño por la amenaza que se cernía

157


constantemente sobre su cabeza.

Sus dedos resbalaban sobre el teclado, buscando una letra sobre

la que aposentarse para dar así comienzo a una novela que

parecía maldita antes incluso de su comienzo. Desesperado,

cuando recibió la enésima llamada de la semana por parte de su

agente, decidió quebrar su costumbre, y descolgó el auricular sin

dar pie a quien se encontraba al otro lado de la línea para que

pronunciase una sola palabra:

—John, necesito que vengas a mi casa… ahora. Te espero.

No aguardó a recibir respuesta, pues colgó inmediatamente.

Cuarenta minutos después, John Bravestone se encontraba

sentado frente a él, en su salón.

—En serio te lo digo, Howard, me has asustado con tu

parquedad en detalles. Espero que me hayas hecho venir para

algo lo suficientemente importante para justificar la multa por

exceso de velocidad que me han puesto viniendo hacia aquí.

Aquel hombre parecía antes un tiburón de Wall Street que un

agente literario, a decir por el elegante traje que gastaba y los kilos

de gomina con que se ayudaba para aplacar sus cabellos rebeldes.

El escritor, por su parte, daba la impresión de haber salido de una

caravana en un camping, con sus bermudas y una camiseta

publicitaria de una bebida sin gas; su aspecto no impresionaría a

nadie.

—Ya no puedo más, John, en serio te lo digo. Necesito poner

fin a toda esta locura, ¡tengo que hacer algo! Ni siquiera puedo

salir de esta casa, que ya se ha convertido en una prisión para mí,

sin que me asalte uno de esos grupos de “Salvemos a Sombra de

hielo”. ¡No los soporto, en serio te lo digo!

El agente trató de estirar su brazo para dale unas palmaditas en

el hombro de apoyo a su representado, pero el acolchado del

sillón le impidió incorporarse como habría precisado, por lo que

se conformó con poner cara de circunstancias.

—Entiendo lo que dices, ¿acaso piensas que yo no estoy

recibiendo presiones por todas partes? Sí, también a mí me han

pinchado las ruedas del coche en más de una ocasión, pero a

diferencia de ti, yo no puedo hacer nada por evitarlo. ¡Tú tienes la

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llave, Howard, tú puedes cambiar esta situación! Basta tan sólo

con que pongas algo de voluntad por tu parte.

Tras escuchar las palabras del hombre que siempre había

llevado su carrera literaria, el autor se mesó los cabellos, que

aunque ya escasos, aún conformaban una melena más propia de

los ochenta que de la época en que vivían.

—Sí, sí, ya sé que todo depende de mí, de que escriba otra de

esas historias de asesinatos inverosímiles, ¡pero ellos siempre

pedían más! ¡Nada era suficiente para ellos!

—Entiende que ahí radica precisamente el éxito del personaje,

en su capacidad de ir siempre más allá, de sorprender al lector

con un giro inesperado… y eso es lo que tú le dabas a la Sombra.

—John no decía nada que Howard no supiera—. ¿Eres

consciente de que todos tus problemas, y los míos por cierto,

desaparecerían si te tomases en serio lo de escribir una entrega

más de sus andanzas?

Howard levantó la vista para mirar a su interlocutor fijamente,

antes de confiarle una revelación que éste jamás habría esperado

escuchar:

—Ese libro del que hablas ya está escrito.

El vaso de whisky que el agente literario sostenía en su mano, a

punto estuvo de escapársele de la mano, fruto de la impresión.

—Debes estar bromeando.

—No, John, ese manuscrito me ha acompañado durante el

último año, observándome a diario desde una estantería.

—¡¿Y a qué estás esperando para publicarlo?! No se me ocurre

en qué coño puedes haber estado pensando para no haberlo

sacado a la luz pública todavía… ¡Un año, joder! ¿Es que has

perdido la cabeza?

Como única respuesta, el autor abandonó el sillón que ocupaba

para dirigirse hasta una librería donde los archivadores A-Z se

acumulaban. De uno de ellos extrajo una carpeta, para regresar

acto seguido hasta el espacio que hacía las veces de sala de estar

en una edificación desprovista de paredes, como si de un loft de

proporciones colosales se tratase.

—Toma, aquí lo tienes. —El agente tomó en sus manos el

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manuscrito como si fuese un incunable que con el solo contacto

de sus dedos pudiese deshacerse—. Ha sido demasiado tiempo

en silencio, sin poder compartir mi pesar con nadie. Necesito que

lo leas para comprender los motivos que me han llevado a

mantenerlo ahí, en el olvido.

—Pero… ¿me estás diciendo que lo lea aquí, ahora?

El escritor se limitó a afirmar con un gesto de su cabeza, dando

pie a que su acompañante diese comienzo a una lectura que

podría prolongarse por toda la noche. Mientras John Bravestone

absorbía el contenido de cada página, el autor lo observaba

haciendo figuras en el aire con el humo que salía de su cigarrillo.

John no recordaba haber visto nunca a aquel hombre con un

pitillo en sus manos, pero estaba tan absorto en la lectura, que

dejó que cualquier comentario al respecto muriese antes de salir

de sus labios.

El montón de hojas dispuesto allí donde el lector depositaba las

que ya había consumido con su mirada había comenzado a

superar a aquel que formaban los folios que aún esperaban la

ocasión de que sus renglones fuesen recorridos por unos ojos

ávidos por conocer. A medida que John se iba adentrando en la

historia que allí se narraba, su gesto tornó de la inquietud por

saber más, al horror más profundo. Sus ojos pasaban del

manuscrito al hombre sentado próximo a él de forma alternativa,

como si no pudiese entender lo que leía sin observar aquella

figura. Sus manos temblaban cada vez que dejaba una cuartilla a

un lado, y cuando hizo el gesto con la hoja que ponía fin a la

historia, el temor más profundo se reflejó en sus ojos.

Howard esperó unos segundos antes de romper el silencio que

durante horas había poblado la casa:

—¿Lo entiendes ahora, John? ¿Entiendes por qué ese texto no

puede darse a conocer?

—Pero… lo que se cuenta en él… ¡eso no es posible, no puede

ser cierto! Tú no puedes…

—¿Aún lo dudas? Creo que te bastará mirarme a los ojos para

conocer la verdad, ¡mírame!

Los ojos de John buscaban la salida de aquel lugar esforzándose

160


por que no resultase evidente para su acompañante. En aquel

momento deseaba estar en cualquier lugar salvo en aquel donde

se encontraba.

—¿Quieres irte? ¿En serio, John? Si he compartido esto

contigo ha sido porque realmente lo necesitaba. Precisaba de un

momento de complicidad, aunque sólo fuese un instante.

Lamentablemente, la naturaleza de la historia que acabas de

conocer hace imposible que te permita abandonar este lugar.

Supongo que comprenderás que no te puedo dejar ir con esa

información, pues estaría firmando poco menos que mi sentencia

de muerte. —John comenzó a llorar, exteriorizando de ese modo

el pánico que lo embargaba—. No te preocupes, en tu caso me

ocuparé de que no sufras de forma innecesaria. Creo que te lo

debo por todos estos años.

En un intento por sobrevivir, John emprendió una alocada

carrera en pos de la libertad que podía intuir al otro lado de la

puerta que daba a la calle, tirando al suelo a su paso los folios

cuya lectura lo sentenciaba a muerte. Su oponente demostró

gozar de una agilidad que nadie hubiese esperado en un hombre

acostumbrado a pasar largas horas sentado frente a un teclado, y

alcanzó a su víctima antes de que esta pudiese alcanzar el pomo

de la puerta.

Sobre el suelo quedó el cuerpo sin vida de un hombre cuya

muerte bien podría haber servido para inspirar un relato corto. A

sólo unos metros de él, cubriendo el mismo suelo de parqué que

su sangre empapaba, unas hojas desordenadas guardaban el

secreto que le había costado la vida:

“Capítulo XXIII: El desenlace.

Lo sé, estimado lector. Este no es el tipo de novela que

esperabas leer, salido de la misma pluma que hasta en nueve

ocasiones te ha ofrecido la ocasión de horrorizarte con los

horribles crímenes de Sombra de hielo, el personaje que creé

cuando no era más que un desconocido, otro de esos escritores

que se afanaban por encontrar su oportunidad en un mundo

donde muchos acaban estampados contra un muro antes incluso

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de atravesar la puerta que le da acceso.

Imagino que es la naturaleza humana la que nos lleva a pedir

siempre más, a no conformarnos con lo que hemos conocido,

esperando que en la próxima ocasión nuestras expectativas se

vean superadas por lo que podemos encontrar escrito, negro

sobre blanco.

Yo, como autor, me siento responsable de ofrecer a mis

lectores aquello que esperan de mí, y puedo asegurar que han

sido cientos las noches que he pasado en vela tratando de

encontrar la trama que pudiera colmar las ansias de superación de

mis fieles seguidores. El paso de los meses me condujo por

senderos para mí desconocidos, pues nunca antes la creatividad

se me había mostrado tan esquiva. La desesperación marcaba mis

días, haciendo de mí un ser que ya no podría definir como

persona. Sin vuestro apoyo, querido público, me sentía vacío, y ni

siquiera le encontraba sentido a mi propia existencia.

Fue este pensamiento el que me condujo a escribir la historia

que tienes entre tus manos, y que ahora toca a su fin. En un

principio me mostré reacio a aceptar la verdad, pero el pozo

oscuro en el que me hallaba inmerso me impedía disfrutar con

plenitud de mi vida, por lo que entendí que dando salida a esta

historia podría llegar siquiera a rozar lo que se esperaba de mí, y

por otro lado poner fin a mí infierno personal.

Estimado lector, me dirijo a ti, que junto a mí has sido testigo

de cómo la Sombra asesinaba a hombres de todo tipo. Cierto es

que alguno de ellos lo merecía desde el punto de vista de la

justicia universal; otras, sin embargo, eran buenas personas que

no merecían tal fin, pero todos ellos gozaron de un tratamiento

literario del que espero hayas disfrutado a lo largo de estos años.

Ahora llega el momento de que me despida de ti. Sí, esta será

sin duda la última novela que protagonice mi criatura, pues las

leyes naturales así lo dictan. Tan sólo deseo haberte

proporcionado esos instantes de absorbente lectura que en tantas

ocasiones te hicieron regresar a mis escritos.

Ya se acerca. Puedo oír sus pasos. Sombra de hielo se

encuentra en el interior de la casa. El suelo cruje bajo sus pesadas

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otas, y el humo de su cigarrillo penetra en mi cuerpo hasta llegar

a los pulmones, obligándome a toser.

—¿Estás preparado, Howard? —me pregunta mientras oigo

cómo extiende el delgado cable metálico, el mismo con el que le

quitase la vida a aquella enfermera, años atrás.

Mantengo silencio. Después de todo, él está en mi cabeza, y sé

que comprende que no tengo otra salida. El frío contacto del

acero rozando mi cuello hace que un escalofrío me recorra.

Siento cómo lo ajusta mientras me esfuerzo por escribir estas

palabras. Tira con fuerza y es entonces cua

Lo siento, quisiera estar dotado de sus dotes literarias, pero ya

me conocéis.

Fin de la historia.”

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