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Sai-zgz WARHAMMER – GUERRA EN EL NORTE 1 ... - deviantART

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<strong>Sai</strong>-<strong>zgz</strong> <strong>WARHAMMER</strong> <strong>–</strong> <strong>GUERRA</strong> <strong>EN</strong> <strong>EL</strong> <strong>NORTE</strong><br />

UNO<br />

Orden<br />

Subió las escaleras de la posada con paso decidido. Había salido de Altdorf apenas<br />

cuatro días antes. Procedía de la Gran Academia de los Hechiceros Brillantes. Eran<br />

muchos los que les tomaban por locos o fanáticos prendados de su arte pero sin<br />

embargo cuando había problemas siempre acudían a ellos. Y esta vez había<br />

problemas. Muchos. Hasta Altdorf habían llegado noticias de que había movimiento<br />

en el norte, más concretamente en Nordland. El Caos había iniciado una nueva<br />

campaña amenazando la seguridad de todo el Imperio y la resistencia improvisada<br />

apenas podía ralentizar su avance. Como siempre, aventureros y mercenarios<br />

habían iniciado el peregrinaje en busca de ganancias, gloria y una muerte más que<br />

segura. Chasqueó la lengua ante la idea. Si bien no había emprendido el viaje<br />

voluntariamente, era cierto que pronto podría considerarse uno más de ellos.<br />

Se esperaba de él que se uniese a la Orden del Grifo como Mago de Batalla. Sus<br />

maestros habían insistido repetidamente en que era el aprendizaje que le faltaba<br />

por adquirir. No por primera vez desde que había iniciado el viaje pasó por su<br />

cabeza la idea de que tal vez había ofendido a sus maestros durante su<br />

aprendizaje.<br />

Abrió la puerta y cerca de una veintena de pares de ojos se posaron en él. Su<br />

deshilachada túnica, el cayado en su zurda y lo excéntrico de su peinado hizo que<br />

esa veintena de pares de ojos volviese a sus asuntos. Los flamígeros y brillantes<br />

tatuajes grabados en su cuerpo también ayudaron. Los Hechiceros Brillantes solían<br />

tener mala reputación. Iracundos y volubles como el elemento que les era patrón.<br />

Sus ojos negros observaron la sala con atención. La posada de Grimmenhagen<br />

podría definirse como un lugar acogedor, bien acondicionado y con una clientela<br />

fiel. El orondo tabernero y las tres muchachas que hacían las veces de camareras<br />

apenas tenían oportunidad de sentarse a recobrar el aliento. Considerando que la<br />

mayoría de los presentes fallecería en esta campaña no le sorprendió ver que la<br />

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gente comía y bebía como si les fuese en ello la vida. Acercándose hasta la barra se<br />

dirigió al tabernero y mirándole fríamente a los ojos pidió una consumición.<br />

Varios soldados cercanos se removieron incómodos en su asiento al escucharle<br />

pedir un vaso de leche de cabra, pero él los ignoró.<br />

A sus espaldas cinco grandes mesas de madera cruzaban toda la sala. Allí todos los<br />

clientes se sentaban juntos, como en familia. Deseó que esa costumbre se limitase<br />

solo al comedor y no se extendiese hasta los dormitorios. Muy a su pesar pronto lo<br />

comprobaría pues necesitaba cama para esa noche.<br />

- Maravilloso, estoy en una comuna <strong>–</strong>murmuró al volverse para dirigirse hacia<br />

una mesa cuando el tabernero le hubo servido y reservado una habitación.<br />

Encontró un asiento disponible y se dejó caer pesadamente a la vez que deseaba<br />

buenas noches a todos los presentes. Cuando uno compartía mesa con casi una<br />

treintena de personas era mejor mantener las formas. Sobre todo cuando muchos<br />

de ellos eran aguerridos guerreros con más de una cerveza en el cuerpo. Escuchó<br />

con atención la conversación, interviniendo en las pocas ocasiones que creyó<br />

convenientes y respondiendo cuando le preguntaron. Para cenar el tabernero y sus<br />

ayudantes sirvieron cordero asado aderezado con patadas y salsa de aceite y ajo.<br />

Así, con el estómago lleno, con la sed saciada y con una de las tres camareras<br />

calentándole el lecho, se acostó dispuesto a disfrutar de las últimas horas de su<br />

vida tal cual la conocía.<br />

Descendió las escaleras apresuradamente mientras pronunciaba unas maldiciones<br />

capaces de sonrojar a un Matatrolls. Su primer día y llegaba tarde. Con las botas<br />

todavía en la mano descendió las escaleras que daban a la plaza de<br />

Grimmenhagen. Allí distinguió al oficial al cargo de las tropas discutiendo con otro<br />

hombre. Victor Riese era un veterano respetado en el Imperio. Condecorado y bien<br />

considerado por sus hazañas en la incesante guerra contra el Caos. Portaba su<br />

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espléndida armadura lo que ensalzaba su ya de por si imponente figura. Utilizaba<br />

como apoyo un escudo con el emblema de la Orden del Grifo. Asentía<br />

incesantemente a la vez que no dejaba de dirigir la vista hacia los cielos, como si<br />

pidiese ayuda a los dioses. Su interlocutor era un hombre entrado en años. Rayano<br />

en los cuarenta este tenía el cabello cano y corto, peinado con raya en medio.<br />

Cubría su ojo derecho con un parche y el izquierdo, de un apagado color azul<br />

cristal, parecía observar todo a su alrededor. Su tez, curtida por las experiencias,<br />

mostraba un imponente surco de arrugas. Su rostro, si bien maduro aún podría<br />

definirse como atractivo, aunque la encanecida barba mal afeitada de varios días<br />

atrás no ayudaba a su imagen seductora. Tampoco lo hacían el largo y polvoriento<br />

abrigo que vestía junto las ropas viejas y el estoque que colgaba de su cinto.<br />

Silenciosamente se acercó a los hombres y estos interrumpieron la conversación<br />

volviéndose para mirarle.<br />

- Buenos días joven, ¿en qué puedo ayudarle? <strong>–</strong>preguntó Victor irguiéndose a la<br />

vez que observaba al recién llegado. Túnica de color naranja, rojo y amarillo,<br />

pelirrojo con el pelo echado hacia atrás y recogido en diversas trenzas. Facciones<br />

juveniles y mirada fría como el hielo. Se le podría considerar como alguien un tanto<br />

excéntrico, pensó el oficial. Seguro que era un hechicero.<br />

- Buenos días señor <strong>–</strong>contestó este, todavía el rostro legañoso- Mi nombre es<br />

Jarquel Ember, señor. Me envía la Academia Brillante como refuerzo para el pelotón<br />

de Magos de Batalla <strong>–</strong>comentó a la vez que sacaba de un bolsillo de su túnica una<br />

carta cerrada y se la ofrecía al oficial.<br />

- Comprendo <strong>–</strong>dijo este entre dientes a la vez que leía el contenido del sobre y<br />

asentía al comprobar que todo estaba en orden- Por desgracia me temo que llega<br />

tarde, joven. Su unidad partió a primera hora de la mañana.<br />

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- Todavía podría darles alcance, señor <strong>–</strong>contestó. El veterano sonrió con ironía a<br />

la vez que dirigía su mirada hacia el cielo.<br />

- Ha pasado ya el medio día, joven. Le llevan casi cinco horas de ventaja.<br />

Además, los caminos hacia Norska no son seguros para que un hombre los recorra<br />

en solitario. Me temo que no será posible que se incorpore inmediatamente.<br />

- ¿Entonces qué…?<br />

- Nada, no puede hacer nada <strong>–</strong>interrumpió el oficial- Márchese a la posada y<br />

descanse. Dentro de cinco días esperamos mandar un nuevo regimiento de<br />

soldados para luchar en la frontera <strong>–</strong>añadió dando por finalizada la conversación.<br />

Con gesto firme se volvió hacia el otro hombre, que había permanecido en silencio<br />

durante la conversación- Respecto a usted, Donovan. No pienso satisfacer su<br />

petición, y es mi última palabra <strong>–</strong>añadió, dando por finalizada también su otra<br />

discusión, sin embargo el aludido no pareció percatarse. Observaba al joven Jarquel<br />

sonriente, como el lobo que se prepara para deleitarse con la carne de su presa.<br />

Frustrado por su primer fracaso en el ejército, Jarquel se dispuso para dar un paseo<br />

por la localidad. Si iba a esperar tantos días…<br />

- Disculpe joven <strong>–</strong>dijo una voz a sus espaldas, llamándole. Cuando se volvió<br />

distinguió al hombre cano que estaba discutiendo con Victor Riese. ¿Donovan era?-<br />

tengo entendido que ha tenido problemas para incorporarse a filas <strong>–</strong>comentó. Al<br />

parecer era un hombre directo. Eso le agradaba. Le recordaba a sus instructores de<br />

la Academia.<br />

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- Sí, así es, señor <strong>–</strong>contestó este alicaído- Tengo que esperar a que vuelvan a<br />

enviar un regimiento de Magos de Batalla. Aproximadamente dentro de cinco o seis<br />

días.<br />

- Pareces triste por ello. ¿Tanto deseas entrar en acción? <strong>–</strong>preguntó con interés.<br />

En la cabeza de Jarquel comenzaron a resonar diversas alarmas. Alarmas que le<br />

prevenían del peligro y que le indicaban que este era un momento crítico en el que<br />

tenía que ir con sumo cuidado.<br />

- Así es, señor. Estoy deseoso de poner mis artes a prueba y de adquirir la<br />

experiencia que mis mentores creen necesaria para concluir con mi formación <strong>–</strong><br />

respondió sin pensar. Las alarmas subieron en tono.<br />

- No me llames señor, por favor. Llámame Donovan. ¿Te interesaría unirte<br />

cuanto antes al conflicto? <strong>–</strong>preguntó. El chico le miró con los ojos abiertos por la<br />

sorpresa y asintió entusiasmado- En estos momentos estoy formando un grupo<br />

especializado de soldados dispuestos para la batalla, y nos vendría bien alguien con<br />

tus habilidades. Llevamos pensado abandonar Grimmenhagen mañana mismo.<br />

¿Podría interesarte? <strong>–</strong>añadió. Las alarmas comenzaron a asemejarse a un alarido<br />

del propio Khorne en ese momento.<br />

- Por supuesto. ¡Cuénteme más! <strong>–</strong>dijo sonriente. Al momento las alarmas<br />

mentales se silenciaron. Muertas. De un infarto.<br />

Supo que había problemas cuando todavía faltaban veinte pasos para llegar hasta<br />

la taberna. Los gritos y los golpes podían escucharse con claridad. Hubiese echado<br />

a correr para ver lo que ocurría pero Donovan le detuvo agarrándole del hombro y<br />

diciéndole que no ocurría nada. En ese momento pudo oirse un gran bofetón y<br />

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como, seguidamente, un peso caía al suelo. Jarquel se sobresaltó cuando instantes<br />

después un cuerpo atravesó los grandes ventanales de la taberna cayendo<br />

pesadamente en la tierra. El cuerpo era el de un soldado, y sangraba profusamente<br />

por multitud de heridas provocadas por los cortes contra el cristal. Además su<br />

rostro era irreconocible. Alguien le había golpeado hasta que sus facciones<br />

semejasen las de un lacayo del caos. Una estruendosa carcajada resonó desde el<br />

interior de la taberna. Donovan sonrió.<br />

- Estos niños… -dijo satisfecho, con el orgullo de un padre.<br />

Una vez llegaron, Jarquel observó preocupado como Donovan tanteaba la puerta de<br />

la taberna en busca del pomo. Satisfecho por su logro, abrió la puerta una vez lo<br />

hubo encontrado.<br />

- Adelante <strong>–</strong>invitó el veterano dejando pasar al joven recluta. Este se adentró<br />

en la taberna con miedo, temeroso de lo que encontrase. A su mente acudieron las<br />

imágenes de Grandes Demonios del Caos, poderosos hombres bestia y horripilantes<br />

Paladines de los Dioses Oscuros. Lo que encontró fue mucho peor. Un enano de<br />

barba rubicunda bebía cerveza satisfecho consigo mismo, sentado sobre un montón<br />

de cuerpos de gimoteantes soldados de la Orden del Grifo. Sus manos y sus ropas<br />

todavía estaban manchadas con la sangre de sus enemigos. Jarquel dio un paso<br />

atrás dispuesto a luchar por su vida si era necesario. Entre risas Donovan se acercó<br />

al enano y le saludó con la mano.<br />

- Buenas tardes Duncan. Veo que has estado haciendo ejercicio para abrir el<br />

apetito <strong>–</strong>dijo distraídamente el veterano al sonriente enano.<br />

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- Así es. El bastardo que duerme fuera del local se atrevió a opinar sobre mi<br />

ascendencia <strong>–</strong>explicó encogiéndose de hombros tras apurar su cerveza de un último<br />

trago. Donovan bajó la cabeza para observar el montículo de carne bajo las nalgas<br />

del barbudo, haciendo una pregunta muda- Estos se atrevieron a encontrarlo<br />

gracioso <strong>–</strong>añadió como si fuese lo más normal del mundo.<br />

- Entiendo <strong>–</strong>contestó el veterano sin perder la calma. Jarquel estaba<br />

sorprendido. ¿Acaso Donovan no había visto que ese…ese…esa masa de músculos<br />

de metro treinta había despachado él solito a toda la clientela del local? - ¿Sabes<br />

dónde están los demás? <strong>–</strong>inquirió volviéndose hacia el enano.<br />

- Por supuesto jefe. Están durmiendo todavía. ¿Quieres que les llame? <strong>–</strong>propuso<br />

el enano mientras se percataba, por primera vez, de la presencia del joven Jarquel.<br />

- Si, por favor. Diles que bajen a comer. Tenemos un nuevo compañero <strong>–</strong><br />

contestó al fijarse en como miraba el enano al joven hechicero. Satisfecho y<br />

contento por la noticia, el retaco descendió de su trono de carne entre los quejidos<br />

y lamentos de sus víctimas y se encaminó hacia las escaleras que subían a las<br />

habitaciones. En ese momento, ya recobrado su valor, el tabernero apareció desde<br />

detrás de la barra dispuesto a limpiar el destrozo y servir la comida.<br />

Jarquel observó al enano mientras se retiraba. Era una masa de músculos<br />

compacta, diminuta y con muy mal humor. Si bien era la descripción por excelencia<br />

de cualquier enano, se podría decir que en Duncan era más acertada que en el<br />

resto. Tanto su cabello como su barba eran rubios. Ambos eran largos y estaban<br />

descuidados. Sus ojos eran de un cálido color verde claro y su bulbosa nariz era<br />

como un gran pomelo en mitad de su cara. Vestía unas ropas sencillas, que apenas<br />

podían disimular su rechoncho y musculoso cuerpo. Con extremidades como<br />

troncos de árboles y unas manos como jamones bien podría decirse que Duncan<br />

era alguien a quien era mejor tener como amigo.<br />

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Lo anormal de la situación hizo que las alarmas ya muertas en su cabeza se<br />

carcajeasen a su costa.<br />

Era la hora de la comida y en la taberna no cabía un alfiler, y sin embargo todo el<br />

mundo dejaba una separación de seguridad con ellos. Eran cinco contando con<br />

Donovan. Aquellos que le faltaban por conocer eran un segundo enano y un alto y<br />

estilizado elfo.<br />

- Bien, a mi ya me conoces, y ya has tenido tu primer encuentro con Duncan<br />

Rompetochas. Ahora te presentaré al resto del grupo. Ahí el larguirucho <strong>–</strong>dijo<br />

Donovan señalando hacia una columna tras la mesa- es Orlon Filodeplata, un Alto<br />

Elfo. El felino a sus pies es Copito de Nieve. Un nombre ridículo para un León<br />

Blanco, pero a él parece gustarle y se toma muy a mal que le comenten lo ridículo<br />

del nombre de su mascota.<br />

- Donovan, que te estoy oyendo <strong>–</strong>proprestó el elfo con voz armoniosa a la vez<br />

que le tendía la mano a Jarquel. Este se la estrechó contento. El elfo parecía buena<br />

persona. Tenía el cabello del color de la plata, largo y recogido en una coleta que<br />

movía incesantemente de lado a lado. Sus ojos también eran de color grisaceo y su<br />

piel era pálida hasta asemejarse al mármol. Vestía unas ropas cómodas y sencillas<br />

pero podía percibirse que tenía el cuerpo bien templado de un guerrero. Por su<br />

parte Copito de Nieve era un León Blanco. Oriundo de las islas de los elfos era una<br />

bestia peligrosa e inteligente, siempre fiel a su compañero. Tenía la melena<br />

recortada pero a pesar de ello su figura era imponente- Perdona al viejo Cazador de<br />

Brujas, joven Jarquel. Me temo que está más ciego de lo que quiere reconocer. De<br />

todas formas es un placer conocerte <strong>–</strong>añadió con delicadeza.<br />

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- Cataratas en el ojo menos malo <strong>–</strong>le murmuró Duncan, sentado a su lado, al<br />

joven hechicero entre susurros, explicándole lo ocurrido con la columna.<br />

Carraspeando Donovan prosiguió con las presentaciones.<br />

- El segundo enano en la mesa, y bastante más educado que el primero, es<br />

Miles Cervezagélida, un Sacerdote Rúnico.<br />

- Encantado de conocerte Jarquel <strong>–</strong>dijo este estrechándole la mano también. El<br />

segundo enano era el polo opuesto a Duncan. Era refinado y educado. Mantenía la<br />

negra barba perfectamente cuidada, en una triple trenza sujeta por otros tantos<br />

aros de oro con unas runas inscritas. Llevaba la cabeza totalmente afeitada,<br />

decorada por una Runa de Poder tatuada donde debiera estar su pelo. Vestía una<br />

sencilla túnica blanca y a su espalda reposaba apoyado en el suelo un pesado<br />

báculo de madera y metal con la forma de la cabeza del Dios Enano. Si bien Miles<br />

era más menudo que su congénere presente, mostraba la robustez de todos los<br />

enanos- Nos alegra tener un nuevo compañero. La situación es peligrosa en el Viejo<br />

Mundo y sin duda tus habilidades podrán ser de mucha utilidad para todo el grupo<br />

<strong>–</strong>añadió con cortesía.<br />

Siguieron hablando durante horas, mientras comían, mientras bebían, y antes de<br />

retirarse a dormir la siesta. Allí se enteró de que Donovan había sido un refutado<br />

general y Cazador de Brujas al servicio del Imperio, al que habían jubilado<br />

recientemente debido a sus problemas, no reconocidos, de visión. Al parecer el<br />

viejo soldado se oponía a su retiro y había venido al norte a alistarse para la<br />

guerra. Por desgracia aquí también le habían rechazado. De eso hacían casi siete<br />

días, los cuales había aprovechado para buscar gente para unirse a él en el<br />

combate. Según le contaron el primero en unirse había sido Orlon. El ejército<br />

imperial no quería mascotas y el elfo se negaba a ir sin su querido compañero. Fue<br />

entonces cuando oportunamente se encontró con Donovan, quien le propuso<br />

acompañarle a la guerra en el norte. Posteriormente se le habían unido Miles y<br />

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Duncan, todo por culpa de este último. El conflictivo enano mandó a la tienda del<br />

médico a un superior cuando este le dijo que tenía que permanecer en la<br />

retaguardia. También mandó a los cuidados del doctor a los dos soldados que<br />

intentaron detenerle para que dejase de golpear al oficial. Y también a los soldados<br />

que posteriormente acudieron para arrestarle y encarcelarle. Miles, como buen<br />

enano intentó ayudar a su congénere y por ello también le consideraron culpable,<br />

aunque en ningún momento intervino en la trifulca. Sólo la intervención de<br />

Donovan y Orlon impidió que la situación desembocase en catástrofe. Haciendo uso<br />

de su pasado rango consiguió que liberasen, bajo su custodia, a los dos enanos.<br />

Estos todavía deseosos de colaborar en la campaña militar, sobre todo Duncan,<br />

decidieron unirse a sus salvadores.<br />

- Y ahora me uno yo también, aquél que se quedó dormido y llegó tarde en su<br />

primer día <strong>–</strong>murmuró con ironía un empachado Jarquel, tumbado en su camastro e<br />

incapaz de conciliar el sueño. Pensaba en lo ocurrido hoy y en la gente que había<br />

conocido. Un Cazador de Brujas casi ciego y jubilado, un Elfo zoofílico de dudosas<br />

costumbres, un Rompeescudos con alma de Matatrolls, un Sacerdote Rúnico que<br />

era el único que aportaba sentido común al grupo y él, un Hechicero Brillante recién<br />

graduado.<br />

Había visto los resultados de una refriega protagonizada por el enano pero aun así<br />

tenía sus dudas de que un grupo tan variopinto como el que formaban pudiese<br />

llegar a sobrevivir en un combate real.<br />

Por desgracia para el joven Jarquel esas dudas pronto iban a obtener su respuesta.<br />

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