Las heridas como oportunidad, Anselm Grüm
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Las heridas como oportunidad, Anselm Grüm
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Introducción<br />
LA HERIDA QUE ME ABRE<br />
LA HERIDA COMO OPORTUNIDAD<br />
<strong>Anselm</strong> Grûm<br />
Cada uno de nosotros se ha sentido herido alguna vez en su vida o, <strong>como</strong> dice John<br />
Bradswaw, “cada uno de nosotros lleva consigo un niño herido”. Hemos aceptado<br />
nuestra responsabilidad con los otros, con nuestra propia historia de <strong>heridas</strong>. Y<br />
tenemos que vérnoslas con personas que arrastran consigo la historia de sus <strong>heridas</strong><br />
y que frecuentemente proyectan sobre nosotros sus propias <strong>heridas</strong>. Y esto nos hiere<br />
de nuevo incesantemente.<br />
Pese a nuestras buenas intenciones, nos convertimos en blanco de<br />
proyecciones contra las que no podemos hacer nada. Sin embargo, las <strong>heridas</strong> que<br />
hemos sufrido podrían ser también una <strong>oportunidad</strong> para nuestra propia humanización<br />
y una <strong>oportunidad</strong> para el verdadero encuentro con Dios. La Biblia nos lo muestra en<br />
la figura de Jacob, quien precisamente <strong>como</strong> el herido, <strong>como</strong> el que cojeaba, llegó a<br />
ser el patriarca de Israel; o en la figura de Jesús, quien según el evangelio de Juan,<br />
está colgado de la cruz <strong>como</strong> el médico herido y, precisamente con la herida de su<br />
corazón, se convierte en la fuente de la salvación para todo el mundo.<br />
1.- Heridas de la vida<br />
Quiero enumerar solamente algunas de las <strong>heridas</strong> que hallo sin cesar, sobre todo, en<br />
la atención espiritual que presto a las personas. Entre ellas está la herida del padre.<br />
Muchos de los que acuden a nuestra casa de recogimiento perdieron muy pronto a su<br />
padre o no llegaron a conocerle. O bien el padre no se hallaba realmente presente:<br />
había eludido su responsabilidad. El padre es, normalmente, el que refuerza nuestra<br />
espina dorsal, el que nos infunde ánimo para la vida, el que nos da confianza para<br />
atrevernos y lanzarnos a algo. Los que carecen de esta experiencia necesitan con<br />
harta frecuencia un sustitutivo de la espina dorsal. Y ese sustitutivo es la ideología, la<br />
norma rígida detrás de la cual él se oculta. Y a menudo se ven atormentados por una<br />
intensa desconfianza. Tienen problemas de autoridad. La desconfianza hacia toda<br />
autoridad procede frecuentemente de una experiencia negativa con el padre. Y, así,<br />
esas personas tienen también dificultad para confiar en Dios. Se asienta en ellos una<br />
profunda desconfianza que les hace creer que Dios no les concede disfrutar de la<br />
vida, que Dios les deja caer, que Dios les castiga en cuanto no hacen lo que él quiere.<br />
Con frecuencia, las personas que no han tenido padre se apoyan muy intensamente<br />
en un consejero espiritual o en un asesor terapéutico y buscan en ellos al padre que<br />
no han tenido.<br />
Exactamente lo mismo suele ocurrir con la herida de la madre. La madre da al<br />
niño protección y seguridad y un amor sin reservas. De esta manera, la madre que se<br />
preocupe demasiado de sí misma no podrá dar esa protección y seguridad. El que no<br />
puede experimentar que es totalmente digno de ser amado, el que no puede confiarse<br />
al amor de sus padres, sufre a menudo un trastorno narcisista. Es insaciable en su<br />
hambre de amor, consideración y afecto. Y las personas con trastornos narcisistas<br />
suelen ser una plaga para el superior. Desean tener constantemente en torno a ellos<br />
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al superior y asegurarse continuamente de que el superior les quiere. Nadie es capaz<br />
de colmar sus necesidades de amor. En sus relaciones experimentan continuas<br />
decepciones y, con frecuencia, se convierten en maníacos: maníacos de las<br />
relaciones, maníacos del alcohol o maníacos del reconocimiento. Necesitan la<br />
admiración continua del público. Si nosotros, <strong>como</strong> responsables, sufrimos esta herida<br />
de la madre, utilizaremos a las personas para satisfacer nuestras necesidades<br />
narcisistas.<br />
La herida de la madre suele aparecer en mujeres cuya madre ha abusado de<br />
ellas para hacerlas sus íntimas. La madre depresiva necesitaba a la hija para<br />
desahogar sus penas: le contaba sus problemas con el marido y, de este modo,<br />
exigía a su hija demasiado. Por eso, la hija no pudo ser nunca una verdadera niña. No<br />
pudo vivir ella misma su propia vida, sino que tuvo que vivir siempre para otra<br />
persona. Frecuentemente, esas personas no son capaces de concederse nada a sí<br />
mismas. En su vida sólo encuentran confirmación cuando se sacrifican por otros. Los<br />
varones son heridos por la madre porque ella los absorbe para sí misma y porque<br />
deben colmar todas las expectativas de la madre si quieren ser amados <strong>como</strong> hijos<br />
varones. Con frecuencia, el ingreso en un convento o en un seminario sacerdotal es<br />
una manera de evadirse de la madre, de sus expectativas exageradas. Pero cuando<br />
la herida de la madre no se ha tratado realmente, uno busca una nueva madre. Se va<br />
huyendo de una madre a otra y entonces la Iglesia se convierte en madre sustitutiva,<br />
que le absorbe a uno también por completo y, con sus expectativas, le exige también<br />
demasiado.<br />
Atendí espiritualmente a un sacerdote que lo había pasado realmente mal al<br />
llegar a su parroquia porque entonces se vio expuesto a la sobrepresión de<br />
expectativas. Eran las mismas expectativas que cifraba en él su madre. Y esas<br />
expectativas estaban asociadas a la vez con las rígidas prohibiciones que la madre le<br />
había transmitido, por ejemplo, con la demonización de la sexualidad. La comunidad<br />
parroquial había asumido la función de su madre. Él tuvo que librarse primero de su<br />
madre para poder ser, en libertad, el sacerdote de su parroquia.<br />
A los niños se les hiere cuando deben asumir demasiado pronto<br />
responsabilidades. Una religiosa me contaba que, por ser la hermana mayor, a los<br />
siete años ya tenía que cocinar para toda la familia. Y no lo hacía nunca a gusto de la<br />
madre. Y, así, hoy, <strong>como</strong> encargada de la labor parroquial, no lo hace nunca a gusto<br />
de todos. Siempre hay personas que piensan que ella tendría que trabajar todavía<br />
más. Y la religiosa apenas es capaz de distanciarse de esos juicios. Otra religiosa,<br />
siendo niña, tuvo que cuidar constantemente de su padre enfermo. Tenía que<br />
adaptarse siempre a esta tarea. Y, así, la entrada en el convento no fue para ella, al<br />
principio, ningún problema. Pero en algún momento ese mecanismo de adaptarse<br />
constantemente se convirtió en una camisa de fuerza que la oprimía demasiado y de<br />
la que tenía que liberarse. Estas personas tienen a menudo la sensación de que les<br />
han robado la niñez.<br />
Una herida profunda es el abuso físico y psíquico. Está el caso del padre brutal,<br />
incalculable e iracundo, de que se teme constantemente que se vaya a liar a golpes.<br />
En esos casos, el niño tiene que retirarse totalmente para poder sobrevivir. O está el<br />
caso de la madre que utiliza al niño para sí misma y para sus necesidades y que, por<br />
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ejemplo, hacer ver al hijo varón que su padre es el prototipo del mal porque se<br />
marcha de viaje de negocios y es admirado por otras mujeres. Y está también el caso<br />
del abuso sexual por parte del padre o de parientes íntimos, un abuso que, por<br />
desgracia, se revela que ha existido también entre quienes ahora son religiosas, y que<br />
se ha dado con más frecuencia de la que uno piensa. Para tratar la herida del abuso<br />
sexual hace falta una terapia, y muchas veces es preciso recorrer un valle de lágrimas<br />
para que esa herida pueda transformarse.<br />
Pero además del sexual, hay muchas otras clases de abusos. Siempre que se<br />
utiliza a un niño para satisfacer las propias necesidades se está cometiendo un<br />
abuso. Ambas <strong>heridas</strong>, la herida recibida por la violencia física, que a uno le humilla y<br />
rebaja, y la herida recibida por ser objeto de abusos, siguen dejándose sentir en<br />
nosotros. John Bradshaw piensa que las <strong>heridas</strong> que no miramos de frente ni<br />
procesamos nos obligan a una de dos: o a herirnos a nosotros mismos o a herir a<br />
otros. A menudo compruebo que hay hombres y mujeres que buscan exactamente las<br />
mismas situaciones en las que fueron heridos durante su niñez; se buscan una<br />
superiora o un superior que les hiera exactamente igual que hicieron el padre, el<br />
maestro o el párroco. Creen que son los otros los que tienen la culpa y son incapaces<br />
de ver que ellos mismos buscan esas situaciones. San Juan Crisóstomo pronunció un<br />
sermón entero sobre el tema “No puedes ser herido si tú no te hieres a ti mismo”.<br />
Somos nosotros mismos los que nos herimos sin cesar cuando no queremos mirar<br />
cara a cara las <strong>heridas</strong> de nuestra niñez y, en vez de hacerlo, buscamos<br />
inconscientemente situaciones en las que las <strong>heridas</strong> puedan perpetuarse. Conozco<br />
una mujer que se buscó un amigo quince años mayor que ella que le hería y<br />
humillaba exactamente igual que había hecho su padre. Pero no se desliga<br />
sencillamente de él. Para poder distanciarse de su amigo, esa mujer tiene que mirar<br />
primero cara a cara la herida que le infligió su padre.<br />
Una herida frecuente consiste en menospreciar a los niños cuando se les dice<br />
constantemente: “No eres capaz de nada. No vales para nada. Eres demasiado lento.<br />
Eres peor que los demás niños. Me estás resultando una carga. Sin ti me las<br />
arreglaría mejor. ¡Ojalá no hubieras nacido!”. Estos mensajes son interiorizados por el<br />
niño <strong>como</strong> el guión de su vida. Y entonces el guión de su vida es el siguiente: “Soy un<br />
fracasado. Todo lo hago mal. ¡No tendría que haber venido a este mundo!”. Con ese<br />
guión de la vida no se puede vivir a gusto. Y este guión se expresa de nuevo<br />
constantemente en cuanto uno tropieza con problemas. Con un mensaje así en los<br />
oídos, no se puede desarrollar una sana autoestima. Uno no se toma en serio a sí<br />
mismo y, por tanto, cree que los demás tampoco le toman en serio. Tiene la impresión<br />
de que los otros no le aprecian, de que le desprecian y prescinde de sí mismo y se<br />
desprecia a sí mismo.<br />
Una mujer me contaba que se siente continuamente controlada por su marido.<br />
Cuando él regresa a casa y se presenta y le pregunta qué tal le va y qué ha estado<br />
haciendo, ella interpreta esas preguntas <strong>como</strong> un control, aunque en realidad el<br />
marido está mostrando interés por ella. Muchos malentendidos en nuestra<br />
convivencia proceden de esas proyecciones. Como hay personas que no se toman en<br />
serio a sí mismas, no se sienten tampoco tomadas en serio por los superiores e<br />
interpretan en seguida cada pregunta del superior <strong>como</strong> un control. Y si, siendo<br />
superiores, tenemos en nuestro interior muy poca confianza en nosotros mismos, nos<br />
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sentimos menospreciados contantemente y creemos que no se nos toma en serio. En<br />
esos casos, se tiende a exigir terminantemente que se respete la autoridad por temor<br />
de que, si no se hace, pueda socavarse nuestra autoridad.<br />
Un niño que ha recibido de sus padres muy poca confianza tiende a menudo a<br />
querer controlarlo todo. No debe bajar nunca la guardia, sino mantener todo bajo<br />
control, pues así nadie podrá sorprenderle ni herirle. Esta compulsión por el control<br />
puede convertirse en una manía. En los conventos hay religiosos y religiosas que<br />
controlan los cestos de los papeles y los cubos de la basura para que no se tire nada<br />
útil. Evitar que se tiren cosas útiles a la basura puede ser bueno, pero a veces ese<br />
acto bien intencionado puede convertirse en un instrumento de poder con el que<br />
mantener en jaque a todo el convento. También hay personas que trabajan lo<br />
indecible porque quieren controlarlo todo. No pueden delegar en otros, sino que<br />
quieren hacerlo todo ellas mismas. Los trastornos de la confianza no sólo conducen a<br />
la compulsión por el control, sino también a una confianza ciega que hace aferrarse a<br />
otros y sobreestimarles totalmente.<br />
Otra herida consiste en que nuestros sentimientos no se toman en serio.<br />
Siendo niños, tuvimos que reprimir nuestros sentimientos, pues sentimientos <strong>como</strong> la<br />
tristeza o la ansiedad no eran deseados por nuestros padres. Cuando alguien no<br />
puede expresar sus sentimientos, entonces los “actúa” –los expresa por medio de la<br />
acción-. Bradshaw refiere que una mujer, siendo niña, vio cómo su padre maltrataba a<br />
su madre. De niña no podía expresar su tristeza por ello. Así que “actuó” el<br />
sentimiento haciéndose asesora de mujeres y especializándose en mujeres<br />
maltratadas. Pero ella misma tuvo varias relaciones con hombre en las que fue<br />
maltratada. Se preocupaba por otras personas, pero nadie se preocupaba de ella. Yo<br />
atendí espiritualmente a una religiosa que, de niña, tuvo que cuidar de su madre<br />
enferma. Se hizo enfermera, pero no se trataba de puro idealismo, sino de una<br />
manera de “actuar” la herida de su infancia. Los americanos lo llaman acting out. Y<br />
describen, además, otro “actuar” <strong>como</strong> respuesta a las <strong>heridas</strong> recibidas durante la<br />
infancia: el acting in o ”autopunción”, que es muy frecuente. Muchas personas se<br />
castigan a sí mismas cuando no responden a las imágenes ideales –interiorizadas- de<br />
sus padres. Se insultan con las mismas palabras con las que les insultaban sus<br />
padres. El que no ha podido desarrollar un buen sentimiento de autoestima no puede<br />
conocer cuáles son sus propios límites. Y se siente zarandeado entre la angustia de<br />
que le dejan solo y la angustia de ser absorbido. En religiosas y sacerdotes podemos<br />
observar a menudo estas dos ansiedades. Se da en el caso de un sacerdote que<br />
mantiene una relación con una mujer, aunque ésta no hace más que herirle. Pero, por<br />
la angustia de quedarse solo, el sacerdote se aferra a una relación que le resulta fatal.<br />
Otras personas se aíslan y se retiran totalmente por la ansiedad de que alguien se les<br />
acerque demasiado y sobrepase los límites que ellas mismas se han fijado. Para la<br />
salud psíquica, es necesario un claro sentimiento de cuáles son los propios límites.<br />
Quien de niño no pudo desarrollar ningún sentimiento de cuáles eran sus límites<br />
naturales no sabe dónde termina él y dónde comienzan los demás. Le resulta difícil<br />
decir “¡no!” y saber qué es lo que quiere. Y con mucha frecuencia, sobrepasará<br />
también los límites cuando se trate de otros.<br />
Hay también muchas otras señales típicas de las <strong>heridas</strong> recibidas durante la<br />
infancia, de la deficiente consideración que se tuvo de las necesidades del niño. Se<br />
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halla en primer lugar el pensamiento mágico y la creencia en los prodigios. En estos<br />
casos, se piensa que si viniera otra superiora, todo iría bien, o se esperan cosas<br />
maravillosas de un traslado. Y está también la conducta indisciplinada o<br />
súperdisciplinada, que puede manifestarse en la lentitud a la hora de hacer todo, en<br />
una actitud de rebelión, de terquedad y obstinación, pero también en una inmovilidad<br />
compulsiva, en una exagerada amabilidad y en una obediencia servil. Están, por<br />
ejemplo, los trastornos en la manera de pensar generalizando, para desviar la<br />
atención de los propios sentimientos. Un ejemplo típico de esto es el pesimismo: en<br />
todo se ve sólo lo negativo y se describe con toda clase de colores el final<br />
apocalíptico del mundo. Y precisamente en los conventos, aparece con frecuencia la<br />
manía de estas profecías apocalípticas, que procede de la represión de los<br />
sentimientos reales.<br />
La peor herida, según Bradshaw, es la espiritual. Este autor entiende por ella el<br />
hecho de que a un niño no se le tome en serio en su singularidad y particularidad.<br />
Cada niño es único y muy valioso, una imagen de Dios, un regalo de Dios. Dios, en el<br />
Antiguo Testamento, se reveló así: “Yo soy el que soy”. Y, así, Bradshaw cree “que<br />
nuestra egoidad –la condición de ser un yo- es el núcleo esencial de lo que constituye<br />
nuestra semejanza con Dios”. Cuando no se acepta a un niño <strong>como</strong> un yo que es,<br />
sino que se le obliga a entrar en una imagen que los padres le han encasquetado, se<br />
le está infligiendo una herida espiritual. “La herida espiritual es más responsable que<br />
ninguna otra cosa de que hagan de nosotros niños adultos sin independencia y<br />
vergonzosos. La historia del declinar de todo hombre y de toda mujer habla de que un<br />
niño maravilloso y valioso, un niño peculiar y precioso, perdió el sentimiento de que<br />
“yo soy el que soy”.<br />
Hemos hablado de varias <strong>heridas</strong> recibidas en la vida: unas <strong>heridas</strong> que<br />
seguramente observamos en nosotros mismos y en las personas a las que<br />
atendemos espiritualmente. La cuestión es saber qué hay que hacer frente a ellas.<br />
Muchos piensan que la terapia consiste en que las <strong>heridas</strong> cicatricen por completo, en<br />
que no tengamos que ocuparnos de ellas. Pero eso es una imagen ideal que no hace<br />
justicia a la realidad. En realidad, se trata de transformar las <strong>heridas</strong> y de adoptar una<br />
actitud diferente ante ellas; de que yo no sea determinado por las <strong>heridas</strong>, sino de que<br />
éstas se conviertan en una <strong>oportunidad</strong> para sentirme más a mí mismo <strong>como</strong> ser<br />
humano y para abrirme a Dios.<br />
2.- LA HERIDA COMO OPORTUNIDAD<br />
Muchos sacerdotes y religiosos tienen la esperanza de que sus <strong>heridas</strong> se curen por<br />
medio de la oración. Sólo necesitarían vivir de una manera suficientemente espiritual<br />
y entonces ya no habría necesidad de que miraran cara a cara a las <strong>heridas</strong> de su<br />
infancia. Se resisten contra la psicología, que siempre anda hurgando en la infancia.<br />
Esta actitud es nociva. Tras este rechazo de la psicología se oculta con frecuencia la<br />
angustia ante la propia verdad, el edificio de su propia vida espiritual podría<br />
derrumbarse, porque entonces podría verse que su vocación no había sido auténtica,<br />
etc. Pero sólo la verdad nos hará libres, nos dice Jesús. La terapia no es un<br />
sucedáneo de la vida espiritual, sino que pretende que nuestra vida espiritual sea<br />
fructífera; quiere conducirla a la verdad para que nos encontremos con el Dios real, y<br />
no con las proyecciones de nuestras angustias. Evagrio Póntico decía: “Si quieres<br />
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conocer a Dios, aprende primero a conocerte a ti mismo”. No hay un verdadero<br />
encuentro con Dios sin un sincero encuentro con uno mismo. Todo lo demás sería un<br />
spiritual bypassing, <strong>como</strong> dicen los americanos, “buscar un atajo espiritual”. Uno<br />
querría evadirse de las propias <strong>heridas</strong> yendo directamente a Dios. Pero el camino<br />
que conduce a Dios pasa por nuestras <strong>heridas</strong> y no podemos soslayarlas. Es posible<br />
también evadirse de la propia verdad por medio de la vida espiritual, ocupándose<br />
constantemente de cosas espirituales, haciendo un ejercicio espiritual tras otro, pero<br />
sin dejar a Dios ninguna <strong>oportunidad</strong> de que él nos descubra nuestra verdad y toque<br />
nuestro corazón herido.<br />
Tanto en la terapia <strong>como</strong> en la atención espiritual se trata de mirar cara a cara<br />
a las <strong>heridas</strong> de la propia infancia, pero no con la presión de procesarlas todas y<br />
eliminarlas, sino con la finalidad de reconciliarse con ellas. En alemán “reconciliarse”<br />
(versôhnen) deriva del verbo “besar” (versûhnen). Se trata, por tanto, de mirar cara a<br />
cara cariñosamente las propias <strong>heridas</strong>, de las que desearíamos evadirnos, y de<br />
besarlas tiernamente. Bradshaw piensa que cada uno debe hacerse cargar del “niño”<br />
herido que hay en nosotros y cuidarlo bien. Para ello, la condición previa es sentir de<br />
nuevo las necesidades reprimidas y oprimidas y todas las <strong>heridas</strong> sufridas. Luego, a<br />
través del niño herido, se puede entrar en contacto con su niño divino, con la imagen<br />
ilesa que Dios se ha hecho de él. La reconciliación con el niño herido no es tan<br />
sencilla. A menudo hace falta mucho tiempo para que alguien se reconcilie con sus<br />
propias <strong>heridas</strong>, para que sea capaz de aceptar que ésa es la historia de su vida.<br />
Pero, cuando se logra esto, esa persona puede entrar también en contacto con las<br />
raíces positivas que su pasado tiene también en él.<br />
En la atención espiritual que presto, he observado a menudo cómo hay<br />
personas que glorifican su infancia, que descartan por completo que hayan recibido<br />
<strong>heridas</strong> o que tratan de minimizarlas. Pero sólo cuando encuentran el valor para<br />
admitir todo lo doloroso que hubo en su infancia, su vida puede sanarse. Sólo cuando<br />
yo admita las <strong>heridas</strong> que recibí de mi padre podré descubrir cómo mi padre tiene<br />
también buenas raíces, de las que yo puedo nutrirme. Sólo cuando sea capaz de<br />
mirar cara a cara el carácter absorbente de mi madre podré disfrutar también con<br />
agradecimiento de que ella me haya dado protección y seguridad.<br />
Lo muestra, por ejemplo, la historia de la mujer sirofenicia, una de las cuatro<br />
historias de relaciones que hay en la Biblia. La hija está poseída por un demonio<br />
porque la “supermadre” se asienta sobre ella. A esa mujer, que cree que puede<br />
alcanzar todo lo que quiera, que piensa que todo el mundo tiene que bailar al ritmo<br />
que ella marque, Jesús le hace ver primero cuáles son sus límites. Se distancia de<br />
ella. Pero al hacer ver a esa mujer cuáles son los límites puede mostrarle también<br />
cuál es su verdadera grandeza. Ella da la razón a Jesús y es capaz de moverle para<br />
que cure a su hija. La curación de nuestra infancia no puede realizarse nunca<br />
pintando las cosas en contraste blanco y negro, sino viendo siempre en nuestros<br />
padres ambas cosas: la buena voluntad, la fuerza alimentadora, pero también lo<br />
absorbente y destructivo. Sólo cuando yo contemple ambas cosas podré<br />
reconciliarme y decir en oración: “Todo está bien tal <strong>como</strong> es. ¡Dejémoslo así! Dios ha<br />
extendido su mano sobre mí! en todo lo que me ha sucedido. Mi historia tiene un<br />
sentido profundo”. Entonces quizás yo pueda descubrir también mi carisma. Cada uno<br />
de nosotros es una palabra singularísima que Dios pronuncia únicamente en esa<br />
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persona. Pero lo que es esa palabra sólo podré descubrirlo si contemplo cara a cara<br />
la historia de mi vida. Entonces sentiré cuál es mi vocación más profunda y cómo mi<br />
historia puede ser fructífera para mí y para los demás.<br />
En cuanto a mí, fue una experiencia importante cuando, estando una vez de<br />
vacaciones, me senté junto a un estanque solitario y me puse a pensar en la falta de<br />
ternura que venía sufriendo desde hacía mucho tiempo: está bien que no me vea<br />
saciado de ternura, porque eso mantiene despierto mi anhelo. Eso me impulsa hacia<br />
Dios. Me hace ver mi verdadera vocación de confiar en mi anhelo y de hablar al<br />
anhelo que hay en todos los seres humanos, al anhelo de absoluto amor y protección,<br />
al anhelo de Dios.<br />
Cuando me reconcilio con mis <strong>heridas</strong>, entro en contacto con mi verdadero ser.<br />
Henri Nouwen cree que allá donde estamos “rotos” estamos también “abiertos” para la<br />
verdad. Allí “se hacen pedazos” las máscaras que nos hemos puesto. Allí<br />
descubrimos el verdadero tesoro que hay en nosotros, la imagen singularísima que<br />
Dios se ha hecho de cada uno de nosotros.<br />
Para Hildegarda de Bingen, la cuestión fundamental de la vida es saber<br />
transformar nuestras <strong>heridas</strong> en perlas. Cuando descubro la perla que hay en mi<br />
herida, se convierte en algo precioso que guardo <strong>como</strong> un tesoro, algo que me pone<br />
en contacto con la imagen divina que hay en mí. Santo Tomás de Aquino piensa que<br />
cada uno de nosotros es una expresión singularísima de Dios y que el mundo sería<br />
más pobre si cada uno de nosotros no expresara de una manera singular a Dios. Hay<br />
algo divino que sólo puede expresarse a través de mí y que las demás personas<br />
pueden experimentar únicamente por medio de mí. Allá donde estoy herido, hay<br />
también en mí un tesoro, la perla que me recuerda esa imagen singularísima de Dios<br />
en mí.<br />
<strong>Las</strong> <strong>heridas</strong> me mantienen también vivo. Me impiden ocultarme detrás de una<br />
máscara. Allí donde estoy herido, me siento también a mí mismo, allí vislumbro que la<br />
vida no es sencillamente algo que puede hacerse, allí no sólo me siento a mí mismo,<br />
sino también a las personas que hay a mi alrededor. <strong>Las</strong> <strong>heridas</strong> me unen con el<br />
prójimo. Me hacen sensible a sus aflicciones. Me enseñan a ser misericordioso<br />
conmigo mismo y con los demás. No sólo no descubriré despiadadamente las <strong>heridas</strong><br />
de los demás, sino que las trataré exactamente con la misma delicadeza y cuidado<br />
con que trato las mías. Los griegos conocen el misterio de la herida cuando dicen que<br />
sólo el médico que está herido es capaz de curar <strong>heridas</strong>. San Juan describe a Jesús<br />
<strong>como</strong> el médico herido que está colgado de la cruz y que se halla levantado en alto<br />
<strong>como</strong> la serpiente en el madero. Los griegos representaban también a su dios de la<br />
salud; Asclepio, con una serpiente colgada de un bastón. En la cruz, Jesús lleva la<br />
herida de muerte. Pero de esa herida manan sangre y agua, fluye el santo y<br />
santificador Espíritu de Dios sobre el mundo entero. Y, así, mis <strong>heridas</strong> pueden<br />
convertirse también en fuentes de vida para mí mismo y para las personas de mi<br />
alrededor. Como herido que se ha reconciliado con sus <strong>heridas</strong>, no proyectaré mis<br />
<strong>heridas</strong> sobre mis semejantes, sino que tendré una fina sensibilidad para descubrir<br />
cuáles son sus aflicciones y problemas, sus ansiedades y temores.<br />
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Podré tratar misericordiosamente con ellos, con la conciencia de que nada<br />
humano me resulta extraño. Tendré un corazón para los pobres, los heridos, los<br />
huérfanos, los desgraciados. No apreciaré ni valoraré, sino que contemplaré lo que<br />
es. Para san Benito, el superior es precisamente un médico para las almas. Pero lo<br />
será únicamente si se ha situado ante sus propias <strong>heridas</strong>.<br />
La herida no sólo me abre a mi propia verdad y a las personas que me rodean,<br />
sino que también me abre a Dios. Jesús se volvió precisamente hacia las personas<br />
<strong>heridas</strong> porque sabía que esas personas están abiertas a la Buena Nueva del Dios<br />
misericordioso. No son los sanos los que tienen necesidad de médico, sino los<br />
enfermos. Los heridos vislumbran que no son capaces de curarse a sí mismos, que<br />
dependen de la gracia de Dios. Están abiertos a Dios, que es el verdadero médico de<br />
las almas. Jesús ensalza <strong>como</strong> bienaventurados a los pobres y a los que lloran, a los<br />
heridos y a los llagados. Y en la parábola del banquete de bodas nos muestra cómo<br />
las personas que tienen éxito se disculpan, pero en cambio los lisiados, los paralíticos<br />
y los ciegos aceptan la invitación. Allí donde estoy herido, estoy abierto para aceptar<br />
el banquete de bodas, para unirme con Dios. La experiencia de la propia impotencia y<br />
de la propia herida es, evidentemente, la condición previa para la experiencia real de<br />
Dios. Entonces ya no confundo a Dios con el propio éxito, con la propia imagen ideal,<br />
sino que siento realmente al Dios de mi salvación, al Dios que me sana y me devuelve<br />
totalmente la integridad: a mí, que estoy desgarrado y herido.<br />
Para Jacob, la herida en la cadera fue un recuerdo constante de que Dios le<br />
había tocado. San Pablo pidió a Dios que le liberara de su humillante herida. Pero<br />
Cristo le respondió: “Te basta mi gracia, ya que la fuerza se pone de manifiesto en la<br />
debilidad” (2 Cor 12,9). Su herida le recordaba que todo es gracia; que él vive de la<br />
gracia y no de sus propias realizaciones; que se halla al servicio de Dios y que no<br />
trabaja en nombre propio. La herida puede hacernos permeables a Dios.<br />
Desearíamos ser permeables a Dios, pero querríamos serlo precisamente en nuestra<br />
fortaleza. Ahora bien, el misterio de la gracia divina consiste en que Dios quiere obrar<br />
su salvación en los hombres precisamente a través de nuestras <strong>heridas</strong>, a través de<br />
nuestros puntos sensibles. Pero la condición previa es que hayamos contemplado de<br />
frente nuestras <strong>heridas</strong> y nos hayamos reconciliado con ellas. Quizás nos enojemos<br />
algunas veces porque, siendo superiores de una comunidad, llevemos con nosotros<br />
nuestras <strong>heridas</strong>, y los demás las descubran y con frecuencia pongan el dedo en<br />
nuestras llagas. Pero lo que importa no es que seamos superiores perfectos, sino que<br />
seamos permeables a la misericordia y el amor de Dios. Precisamente nuestras<br />
<strong>heridas</strong>, que no podemos ocultar, nos instan a que, en medio de nuestra impotencia,<br />
nos pongamos a disposición de Dios para que él actúe por medio de nosotros y, a<br />
través de nuestras <strong>heridas</strong>, pueda curar también las de las personas que nos han sido<br />
confiadas.<br />
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