la cosmología, la otra vida y el argumento de la novela divina

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la cosmología, la otra vida y el argumento de la novela divina

SUELTOS

LA COSMOLOGÍA, LA OTRA VIDA

Y EL ARGUMENTO DE LA NOVELA DIVINA

Manuel Alfonseca •

«En el principio de cada gran ciclo cósmico, Vishnu se encuentra en

eterno reposo. De su ombligo nace una flor de loto y de ésta surge

Brahma, el creador, quien hace salir de las aguas el huevo cósmico, el

universo, que se divide en dos mitades, cada una de las cuales comprende

siete estratos. El primero de la mitad superior es la Tierra en

que vivimos, en cuyo centro se alza el monte Meru, la montaña universal,

por la que pasa el eje de rotación del huevo cósmico. Alrededor del

monte se extiende el continente circular de la Rosa, rodeado sucesivamente

por un mar de agua salada, un continente anular, un mar de azúcar,

otro continente anular, un mar de leche, y así sucesivamente hasta

completar el número de siete mares y siete continentes.»

Llamamos Cosmología a la ciencia que estudia las propiedades, el origen

y la evolución del Universo. Desde la antigüedad remota, así como

en las culturas más primitivas, el hombre se ha preocupado por estos

temas y ha formulado respuestas que hoy pueden parecer ingenuas, en

las que los hechos al alcance de sus conocimientos se mezclan con ele-

• Manuel Alfonseca es Director de la Escuela Politécnica Superior y profesor de Ingeniería

en la Universidad Autónoma de Madrid.

RELIGIÓN Y CULTURA, XLIX (2003), 681-698

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mentos mítico-religiosos para producir un todo coherente. El párrafo

anterior describe una de estas cosmologías, que surgió en la India durante

la segunda mitad del primer milenio antes de Cristo. Pero a medida

que aumentaron los conocimientos del hombre respecto al mundo que le

rodea, la proporción de elementos religiosos en las construcciones cosmológicas

disminuyó. A partir del siglo XVI, y más claramente durante el

XX, la Cosmología ha llegado a convertirse en una rama de las ciencias

físicas.

Pero la Cosmología, considerada como ciencia, sólo puede aspirar a

explicarnos cómo evolucionó el Universo a partir de su origen. Hay otras

preguntas importantes a las que jamás será capaz de responder, ya que

quedan fuera del alcance del método científico. ¿De dónde salió el universo?

¿Por qué? ¿Para qué?

Estas preguntas corresponden a otro ámbito del saber humano: la

Metafísica, que en su significado etimológico significa precisamente «lo

que va más allá que la Física». Desde mediados del siglo XIX, especialmente

a partir de los comentarios despreciativos de Karl Marx 1 y del

predominio abrumador de la cultura científica, ha surgido una corriente

de pensamiento que considera la Metafísica como una disciplina de

segundo orden. Es irónico, por tanto, que la Física actual esté invadiendo

el campo de la Metafísica para proponer respuestas a las preguntas

anteriores, sin que los que así hacen sean siempre conscientes de lo que

hacen.

En el fondo, la cuestión se reduce a una diferencia religiosa, más que

metafísica. Cuando un científico inventa una teoría sobre el origen del

Universo que nadie podrá comprobar jamás (como la de los universos

múltiples), o niega que haya que buscar razón alguna para su existencia,

en el fondo lo que quiere es escapar de la necesidad de reconocer a un

Creador, que a veces parece ineludible. Es una discrepancia esencial

entre ateos y creyentes, que nunca podrán ponerse de acuerdo, pues

parten de axiomas diametralmente opuestos. Este artículo describe la

Cosmología moderna, vista desde la perspectiva del científico creyente.

Pero antes de abordar esta cuestión me referiré a algunas de las cuestiones

metafísicas ajenas al tratamiento científico: el alma, la otra vida,

Dios.

1 MARX, K., Manuscritos: Economía y Filosofía, Alianza Editorial, 1967.


1. LAS POTENCIAS DEL ALMA

MANUEL ALFONSECA

La teología cristiana heredó el concepto tradicional del alma de la filosofía

dualista de Aristóteles, que considera al hombre un ser compuesto por

un cuerpo material y un alma espiritual, a la que atribuye tres potencias:

memoria, entendimiento y voluntad. Ya en el siglo XVII Pascal reconoce

que las dos primeras no pueden identificarse con el yo: Si me aman por mi

juicio, por mi memoria, ¿me aman a mí? No, porque puedo perder esas

cualidades sin perderme a mí mismo 2.

Hasta el siglo XX la ciencia no estuvo en condiciones de abordar el

estudio de las potencias, pero durante su segunda mitad la situación ha

cambiado: la Fisiología está cerca de comprobar que la memoria es una

propiedad del cerebro. Aún no se sabe de qué manera se almacena, pero

parece claro que reside en las neuronas, pues es posible evocar sucesos,

música y otros recuerdos estimulando eléctricamente determinadas

zonas del cerebro.

De igual manera el entendimiento, en su acepción más simple, que lo

iguala con el pensamiento, va cediendo poco a poco a los asaltos de la

Fisiología y de la Inteligencia Artificial, para convertirse en una función

emergente de esa red neuronal complejísima que constituye nuestra

masa encefálica.

De las tres potencias del alma, sigue fuera del alcance de la ciencia la

voluntad, que hasta cierto punto podemos identificar con el libre albedrío.

Hace un siglo, la tendencia al determinismo que parecía intrínseca en las

teorías físicas prevalentes provocó que muchos científicos rechazaran la

existencia del libre albedrío y se negasen a su estudio. Con ello, las tres

clásicas potencias del alma habrían desaparecido o se reducirían a puros

efectos fisiológicos. El alma no existiría, el hombre no sería otra cosa que

un animal y el materialismo habría vencido.

Hoy la cuestión está mucho menos clara. El determinismo físico ha

sido atemperado por el indeterminismo de la Mecánica Cuántica. El libre

albedrío podría formar el tercer punto de un triángulo que, por el momento,

queda fuera del alcance de la ciencia. Parece razonable pensar que, de

las tres potencias clásicas, pensamiento y memoria son actividades más

corporales que espirituales, y que los conceptos del alma, de la indivi-

2 PASCAL, C., Pensées, V, n.º 323.

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dualidad y del yo personal podrían ser más o menos equivalentes a la

capacidad del libre albedrío.

2. LA VIDA DESPUÉS DE LA MUERTE

A la hora de la muerte, un ser humano debe renunciar al cuerpo y a todas sus

propiedades. La otra vida, en su interpretación clásica, se divide en dos etapas:

un alma incorpórea, que espera la resurrección de la carne, y un ser

humano completo, reconstituido por la unión perdurable del alma con el

cuerpo resucitado. De acuerdo con la interpretación de Aristóteles, no habría

ningún problema: el alma incorpórea de la primera etapa, con su memoria y

su entendimiento, sería capaz de pensar y de recordar la vida terrena.

Curiosamente, la prevalencia de la voluntad libre no estaba tan clara,

pues la teología tradicional cristiana sostiene que la decisión fundamental

que debe tomar todo ser humano, la que conduce a su salvación o perdición

eterna, tiene que estar resuelta antes de la muerte, en cuyo caso las posibles

decisiones del alma en su etapa incorpórea serían menos relevantes. Esto es

así especialmente para la teología protestante, que niega el Purgatorio. La

doctrina católica deja al alma la posibilidad de purgar en la otra vida y, quizá,

de tomar decisiones que afecten al modo y el proceso de la purgación.

Recientemente han surgido corrientes teológicas que sostienen que la salvación

se ofrece a todos después de la muerte y que cada uno tendrá aún la

oportunidad de aceptarla o rechazarla 3. Llamamos infierno al estado de los

que la rechacen definitivamente, y purgatorio al de los que la acepten, pero no

es preciso postular ninguna separación física entre ambos: hace ya tiempo

que la teología católica abandonó la idea de que infierno y purgatorio estén

localizados en lugares concretos, como recordó el papa Juan Pablo II En unas

palabras mal entendidas y peor divulgadas por los medios de comunicación.

Si la memoria y el entendimiento resultan ser, después de todo, operaciones

corporales, el alma incorpórea tendría que renunciar a ellas al

morir, como renuncia a comer, a beber y a la vida sexual 4. ¿Qué le quedaría

si también se le negara la capacidad de tomar decisiones esenciales?

A primera vista, nada. Por otra parte, un ser incapaz de pensar, desprovis-

3 WARD, K., God, faith and the new millennium, 1998.

4 Mt. 22, 23-33; Mc. 12, 18-27; Lc. 20, 27-40.


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to de memoria, no parece muy atractivo. En esta visión pesimista, la otra

vida resulta inferior a ésta en todos los sentidos.

Nuestras ideas sobre la otra vida se reducen a menudo a comparaciones

negativas («esto no, esto tampoco...»), pues las positivas se encuentran

fuera de nuestra experiencia. Quizá por ello, las descripciones literarias

del cielo suelen resultar menos satisfactorias que las del infierno, con

la posible excepción de la Divina Comedia. Algo semejante ocurre cuando

la Teodicea utiliza el método de la Analogía del Ser para afirmar o negar

atributos de Dios. Muchos de ellos, incluso entre los aparentemente afirmativos,

son simples negaciones de propiedades del hombre. Así, decimos

que Dios es incorpóreo, inmaterial, intemporal, incomprensible...

Nótese el prefijo negativo en todos estos términos.

A primera vista, parece que Dios es menos que nosotros, puesto que

hay tantas cosas que Él no es y nosotros sí. En realidad, sabemos que es

infinitamente más grande, y que los términos negativos surgen de la incapacidad

de describir lo que escapa a nuestra comprensión. Es muy posible

que pase lo mismo con la vida después de la muerte, que sin duda será

inimaginablemente superior a nuestra existencia actual.

3. LA TRINIDAD

La doctrina tradicional sobre la Trinidad es una elaboración de la Iglesia

posterior a las Sagradas Escrituras. En el Antiguo Testamento, la Trinidad

no aparece, a no ser en forma de referencias oscuras discutibles, como las

que se apoyan en la sintaxis plural del término utilizado en el capítulo

primero del Génesis para referirse a Dios (Elohim). La primera referencia

clara a la Trinidad nos la dan las palabras de Cristo en los Evangelios, en

las que una y otra vez se refiere, en igualdad de trato, al Padre, el Hijo y

el Espíritu Santo.

La Teología cristiana partió de esa igualdad para desarrollar una

doctrina sobre las tres personas de la Trinidad divina y las relaciones

entre ellas. El Padre es la persona básica o fundamental. El Hijo es la

idea que el Padre tiene de sí mismo; pero siendo el Padre perfecto, no

le ocurre como al ser humano, cuya idea de sí mismo es imperfecta y

errónea. La idea que el Padre tiene de sí mismo es tan perfecta que es

idéntica a Él, y por tanto es también Dios, el mismo Dios, indistinguible,

excepto en su origen. Finalmente, el amor entre el Padre y el

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Hijo también es perfecto, es la tercera persona, idéntica a las otras

dos, porque Dios es amor. Aquí surge una discrepancia entre la Teología

católica, que afirma que el Espíritu Santo es el amor mutuo entre

el Padre y el Hijo, y la ortodoxa, que lo reduce al amor del Padre por

el Hijo. Quizá las dos posturas resulten equivalentes, del mismo

modo que, en Matemáticas, la suma de dos infinitos no difiere de la

suma de un infinito y de un cero. De hecho, en 1439, en el concilio

de Florencia, las dos ramas del Cristianismo llegaron por algún tiempo

a la conclusión de que ambas fórmulas («procede del padre y del

hijo» y «procede del padre a través del hijo») significan, en el fondo

la misma cosa.

4. LA CREACIÓN COMO NOVELA DIVINA

¿Qué es la creación? ¿Qué es este universo en que vivimos? A menudo se

le ha comparado con la creación literaria humana. Tolkien 5 aplicó al

escritor de ficción el término de «sub-creador», pues su actividad repite

en pequeña escala la creación de Dios. Esto es especialmente así cuando

el argumento tiene lugar en un mundo imaginario coherente, como ocurre

en El Señor de los Anillos, pero también se aplica a las novelas realistas,

pues por mucho que se parezca el mundo novelado al nuestro, nunca coinciden

totalmente.

A menudo se ha comparado el Universo con una obra de teatro en la

que nosotros somos los actores 6-7. Este paralelo no me parece el más

apropiado, pues en el teatro, a diferencia del Cosmos, existen tres clases

de entidades perfectamente diferenciadas: el autor, los actores y los personajes.

Si consideramos la vida real como un drama, Dios sería el autor

y nosotros los actores, mientras los personajes corresponden al papel

que nos toca representar. Si lo hacemos bien, seremos buenos actores,

en caso contrario seremos reprobados por el autor. El paralelo es muy

útil para resaltar el aspecto moral de la vida, pero menos si de lo que se

trata es de servir de modelo de su aspecto ontológico: en un drama, el

autor y los actores se encuentran en el mismo nivel existencial (ambos

existen fuera de la obra), mientras los personajes existen sólo dentro de

5 TOLKIEN, J.R.R., On Fairy-stories, 1938, 1947.

6 CALDERÓN DE LA BARCA, P., El gran teatro del mundo.

7 LEWIS, C. S., The world’s last night, 1951, 1960.


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ella. Pero es evidente que Dios y nosotros nos encontramos en niveles

ontológicos muy diferentes.

Para representar este aspecto de la vida real me parece mejor recurrir

a la novela, en la que sólo existen dos clases de entidades situadas en

niveles existenciales distintos: el autor, que existe fuera de la obra, y los

personajes, que sólo existen dentro de ella, en un nivel inferior. En este

paralelo Dios sería el autor, nosotros los personajes. Me parece que la

relación entre el autor de una novela y sus personajes refleja mejor nuestra

relación ontológica con Dios.

Cualquier manifestación artística puede ser utilizada como metáfora

de la creación. Dios no es sólo novelista o dramaturgo, también es músico,

arquitecto, escultor y pintor, como se demuestra cada vez que nos

extasiamos ante el gorgeo de los pájaros, un paisaje o una puesta de sol,

pero la imagen de la obra musical es demasiado abstracta, y la del cuadro

es más estática que la novela, menos apta para que nos sintamos

identificados con ella.

Cuando Dios escribe su novela hace como cualquier autor humano: la

dota de un tiempo propio. Cuando yo escribo un libro puedo hacer que

pasen cuatro años entre el final del capítulo 18 y el principio del 19 sin

verme afectado por ese salto. Puedo hacer que la acción tenga lugar en el

año 162 después de Cristo sin haber vivido en esa época. Mi tiempo propio

no tiene nada que ver con el de la novela: son asíncronos. Además,

veo a la vez el pasado, el presente y el futuro de mis personajes. Sé lo que

les va a ocurrir antes de que ocurra. De igual manera, el tiempo propio de

este universo no tiene por qué tener nada que ver con el tiempo (o la eternidad)

de Dios. Es una pura creación suya. Él conoce nuestro tiempo perfectamente,

ve a la vez nuestro pasado, nuestro presente y nuestro porvenir

porque es el autor.

Pero la novela de Dios es mucho más perfecta que las nuestras. Cualquier

autor humano desea trazar sus personajes lo mejor posible, y a menudo

los dota de temperamento, carácter o educación muy distintos de los

suyos propios. Si pudiese llegar hasta el punto de darles libertad para oponerse

a sus propias intenciones lo haría, porque el argumento sería mucho

más interesante. Esto está fuera de nuestro alcance: nuestros personajes son

pura imaginación nuestra, no tienen existencia real fuera de nosotros, no

son capaces de hacer más que lo que el autor decida que hagan.

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Pero Dios sí puede hacerlo, y lo hizo. Los personajes de su novela son

conscientes, y aunque condicionados hasta cierto punto por sus genes y el

ambiente, tienen voluntad libre. El pecado y el mal son posibles, casi

podríamos decir inevitables, pues ¿qué interés podría tener para Dios

construir una novela como las nuestras, un mundo de autómatas sin libertad,

en que los personajes sólo pudiesen hacer lo que Él quisiera? El mal

moral es una consecuencia de la creación que Dios, sin duda, no desea,

pero que parece haber aceptado a cambio de las ventajas de la libertad.

Ésta es una decisión en la que podemos identificarnos con Dios. En su

obra semibiográfica sobre C. S. Lewis 8, William Nicholson introduce el

siguiente diálogo entre el autor inglés, que acaba de perder a su esposa y

sufre una profunda crisis religiosa, y su hermano Warnie, que le pregunta:

–Si estuvieras en lugar de Dios, ¿darías libertad de elegir a tus criaturas?

–Sí.

–Si pudieras volver atrás, ¿habrías elegido otra cosa?

–No.

5. EL AUTOR DENTRO DE SU NOVELA

El autor de una novela interacciona con su obra a muchos niveles. El

más simple es el hecho de que todo lo que piensan y dicen sus personajes

ha sido inspirado, o más bien dictado por él, pues los personajes

no tienen voluntad propia. A veces el autor desempeña también el

papel de narrador omnisciente, cuya existencia desconocen los personajes.

Otras interviene directamente en la obra, e incluso habla con sus

personajes como autor de ella 9. Por último, puede colocarse a sí mismo

como un personaje más, como hace a menudo Somerset Maugham 10.

En este caso, sin embargo, quien interviene en la obra no es, en realidad,

el autor mismo, sino la imagen que éste tiene de sí mismo, que

sólo se parece a él, pero no es él, pues nadie se conoce a sí mismo ni

puede describirse perfectamente.

Al parecer, lo que Dios hace en la creación no es muy diferente de lo

que hacemos nosotros al escribir novelas. Por un lado, puede inspirar

8 NICHOLSON, W., Shadowlands, 1985.

9 UNAMUNO, M. DE, Niebla, 1915.

10 MAUGHAM, W. S., The razor’s edge, 1943.


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ideas a sus personajes que sí tienen voluntad propia, por lo que la inspiración

es menos visible. También puede intervenir en el argumento desde

fuera, como Providencia, aunque casi siempre se mantiene oculto tras la

«nube del desconocer» 11-12. Si no fuera así, nos abrumaría, nos arrebataría

la libertad de oponernos a Él. Por eso son posibles el ateísmo y el

agnosticismo.

En casos muy especiales Dios puede hablar directamente con algún

personaje. Por último, Dios también ha entrado en su obra como un personaje

más, se ha hecho uno de nosotros. En realidad, igual que en nuestras

novelas, quien entra en la historia no es Dios Padre, sino la imagen que

Dios tiene de sí mismo, es decir, el Hijo, de acuerdo con la Teología Trinitaria.

Entra en ella para salvarnos, para arrastrarnos hacia Dios, por amor

a nosotros. En otras palabras: engendrado por el Espíritu Santo, que es el

Amor de Dios.

Dios se nos ha adelantado, ha hecho antes que nosotros lo mismo que

hacemos nosotros en nuestras creaciones artísticas. Esto no es extraño:

cualquier idea que un autor humano pueda tener, Dios la ha tenido y la ha

aplicado ya. Como sub-creadores, todas nuestras obras son plagios o imitaciones

de la obra de Dios.

6. EL ARGUMENTO DE LA NOVELA DIVINA

¿Cuál es el argumento de la novela? Ésta es la pregunta clave, esencial,

que la Humanidad ha estado haciéndose desde que tuvo tiempo y ocasión

para pensar en el mundo que le rodea. Esta pregunta puede expresarse de

muchas maneras: ¿por qué hay algo en lugar de nada? ¿Para qué creó

Dios el mundo? ¿Cuál es el sentido de la vida? Mirando al mundo y con

un poco de ayuda de la Cosmología moderna, quizá sea posible aproximarse

a la respuesta.

Dios es amor, por tanto quiere compartir. No le basta con ser tripersonal,

quiere ampliar sus posibilidades de amar. Por eso redacta una novela

o crea un mundo, en el que puedan existir seres conscientes y libres,

capaces de amar como Él, de amarle a Él, de unirse a Él.

11 ANÓNIMO, The cloud of unknowing, c. 1370.

12 PASCAL, C., Pensées, IV, n.º 242.

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Pero el mero hecho de que los personajes sean libres introduce la posibilidad

de que rechacen a su creador. Algo salió mal al principio de la

novela. El argumento descarriló porque Dios no podía forzarlo, so pena de

quebrantar sus propias reglas y reducir sus personajes a marionetas. El

universo se corrompió por su propia voluntad, quizá antes de lo que nuestra

ciencia considera el principio del universo.

¿Qué podía hacer Dios ante esto? ¿Destruirlo todo y comenzar de nuevo?

Era una posibilidad. Pero Dios es amor y ya había previsto una solución

mejor: salvar algo del naufragio. El universo corrompido parte de

cero y empieza una lenta evolución.

Al principio, en el instante inicial de su fase actual, el espacio total del

universo era pequeñísimo, y toda la materia y la energía que contiene se

encontraban a temperatura y presión elevadísimas. Probablemente, ni

siquiera existía la distinción entre materia y energía. No sabemos nada de

lo que pasó antes de que transcurrieran 10 -43 segundos (el tiempo de

Planck), pues ninguna de nuestras teorías actuales se aplica a la situación

anterior a ese momento. Haría falta una unificación de la Relatividad con

la Mecánica Cuántica de la que no disponemos. Algunos dicen que el

tiempo y el espacio son también cuánticos, y que no pueden existir tiempos

inferiores al de Planck.

En el instante del tiempo de Planck, la densidad media del universo

era 10 94 veces mayor que la del agua. El espacio entero del cosmos se

reducía a un volumen semejante al de un núcleo atómico. Los átomos, por

supuesto, no existían. Pero el espacio estaba en expansión (quizá acelerada

al principio, según la teorías del universo inflacionario). A medida que

avanzaba la expansión, la densidad disminuyó y comenzaron a surgir partículas

elementales, es decir, materia. Protones, neutrones, electrones y

neutrinos, junto con sus antipartículas y otras mucho más exóticas, se producían

y aniquilaban continuamente entre sí. La densidad era aún tan alta

que una partícula no podía recorrer distancias apreciables sin encontrarse

con su antipartícula correspondiente. Cuando esto ocurría, ambas se

aniquilaban mutuamente, convirtiéndose de nuevo en fotones, es decir, en

energía. De este modo el universo se llenó de fotones, en proporción de

mil millones contra una parte de materia.

Pero la expansión continuaba. Una milésima de segundo después del

comienzo del tiempo, el volumen había aumentado de tal manera que los

protones y los neutrones ya no podían originarse espontáneamente. A par-


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tir de entonces, las componentes de la materia actual quedaban definitivamente

constituidas.

A medida que el espacio se expansionaba, la presión, la temperatura y

la densidad disminuyeron. Un segundo después de la gran explosión, la

temperatura había bajado hasta diez mil millones de grados, mientras que

la densidad media era aproximadamente igual a la del agua. Un minuto

más tarde, la temperatura había descendido hasta algunos cientos de

millones de grados. En ese momento, las condiciones favorecieron la

fusión de protones y neutrones libres para formar núcleos más complejos:

deuterio (forma pesada del hidrógeno constituida por un protón y un neutrón)

y helio (cuyo núcleo contiene dos protones y dos neutrones). En

pocos instantes, más del veinte por ciento de la materia se transformó en

helio, que por esta razón es ahora el segundo elemento más abundante del

universo (el primero es el hidrógeno, cuyo núcleo está formado por un solo

protón). Las reacciones de producción de helio se detuvieron cuando la

temperatura disminuyó por debajo de un millón de grados, más o menos

tres minutos después de la explosión inicial.

Demos ahora un gran salto hacia adelante: han transcurrido ya trescientos

mil años desde el origen del cosmos y la temperatura ha descendido

hasta 3.000 grados. En este momento se produce un hecho trascendental:

el universo en expansión nos deja la firma o sello de su origen bajo la

forma de la radiación cósmica de fondo. Veamos cómo sucedió.

Como se sabe, un átomo se compone de un núcleo constituido por protones

y neutrones, alrededor del cual se mueven los electrones en número

igual al de los protones del núcleo. Sin embargo, a temperaturas de varios

miles de grados, los electrones son arrancados de sus órbitas por los choques

continuos entre los átomos, que a esa temperatura se mueven a gran

velocidad, y la materia no está formada por átomos neutros, sino por una

mezcla de electrones libres y de núcleos con carga positiva. Se dice que

está en estado de plasma.

Ocurre que la luz no puede atravesar una masa apreciable de plasma,

pues los fotones son capturados por los núcleos y los electrones libres. Por

eso el plasma es opaco, mientras los gases ordinarios suelen ser transparentes,

pues están formados por átomos neutros, que no reaccionan tan

fácilmente con la luz.

Cuando el universo se enfrió por debajo de 3.000 grados, los núcleos

atómicos pudieron capturar electrones sin que éstos les fueran arrancados

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casi inmediatamente, se formaron numerosos átomos neutros y gran parte

de la materia pasó del estado de plasma al estado gaseoso. El cosmos, que

hasta entonces había sido opaco, se hizo transparente. Esto sucedió de

forma tan repentina, que debió de hacer el efecto de un enorme y cegador

relámpago de luz. Por supuesto, nadie quedó cegado, pues la vida en las

condiciones del universo primitivo era imposible.

La expansión ha continuado durante más de diez mil millones de años,

y algunos de los rayos de luz que entonces se hicieron visibles están llegando

ahora hasta nosotros. ¿De dónde provienen?

Evidentemente, de puntos situados ahora a más de diez mil millones

de años-luz de la Tierra, pues ésa es la distancia que puede recorrer la luz

en ese tiempo. Pero, de acuerdo con la ley de Hubble, la luz que procede

de partes lejanas del universo en expansión sufre un corrimiento al rojo

(una disminución de frecuencia) proporcional a la distancia que nos separa

de su lugar de origen. Si aplicamos la ley a la luz procedente del relámpago

inicial que llega ahora hasta nosotros, su frecuencia habrá disminuido

de tal modo, que estas ondas electromagnéticas ya no pueden considerarse

como luz visible, sino como microondas de radio. Dicha frecuencia

corresponde a la radiación de un cuerpo negro que se encuentre a una

temperatura muy baja, tres o cuatro grados por encima del cero absoluto.

Todas estas características las tiene la radiación cósmica de fondo. Por

consiguiente, este ruido de radio de alta frecuencia que lo invade todo tiene

que ser, precisamente, el residuo del relámpago inicial. Los fotones

que llegan ahora hasta nosotros se produjeron sólo trescientos mil años

años después del origen del universo. Tienen, por tanto, casi la edad de

éste, y constituyen el rastro más antiguo del Big Bang que podemos descubrir,

pues antes de ese momento el cosmos era opaco y ninguna señal

puede alcanzarnos procedente de su interior.

Los estudios de la radiación cósmica de fondo por medio de radiotelescopios

situados en satélites han detectado diminutas alteraciones de temperatura

en función de la dirección, lo que demuestra que el universo primitivo

no era perfectamente uniforme. Debieron surgir pronto pequeñas

heterogeneidades: una acumulación mayor de materia aquí, un enrarecimiento

allá... En las zonas de mayor densidad actuó con más intensidad el

campo gravitatorio, cuyo efecto es acumulativo (cuanta más masa, más

atracción; cuanta más atracción, más masa), lo que amplificaba las heterogeneidades.

Como resultado final del proceso, el universo tomó estruc-


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tura granular y su materia se condensó en grumos estables frente a la gravedad,

entre los que se extienden inmensos espacios vacíos. Esos grumos

son las galaxias, cuya formación tuvo lugar unos mil millones de años después

del origen del universo.

Aunque la distancia entre las galaxias es muy grande, los efectos de la

gravedad sobre las más próximas contrarrestan la expansión del universo,

por lo que estos gigantescos objetos celestes tienden a agruparse en

cúmulos, algunos enormes. Las galaxias de un cúmulo no se alejan entre

sí y pueden acercarse temporalmente en el curso de sus desplazamientos

relativos, como sucede con la de Andrómeda, que se cree llegará a colisionar

con la Vía Láctea dentro de unos 3.000 millones de años. Parecen

haberse producido ya diversas colisiones entre dos galaxias, lo que a esa

escala debe producir efectos increíblemente catastróficos.

La materia de las galaxias no se distribuyó regularmente. Pronto aparecieron

desigualdades de densidad, nubes de gas, éstas se contrajeron y

nacieron las primeras estrellas, muchas de ellas rodeadas por astros más

pequeños, los planetas. Fenómenos parecidos siguen ocurriendo aún ante

nuestros ojos.

En un planeta que se formó hace 4.600 millones de años en los arrabales

de la galaxia de la Vía Láctea, aparecieron seres vivos muy sencillos: simples

ácidos nucleicos. Las leyes de que Dios había dotado al universo favorecían

el aumento de la complejidad por medio de la unión progresiva, la

simbiosis: varios ácidos nucleicos se unieron para formar una célula procariota;

varias células procariotas formaron una célula eucariota; varias células

eucariotas constituyeron una planta, un hongo o un animal; varios animales

un arrecife, una colmena, un hormiguero, un rebaño, la sociedad humana.

Entre tanto, superponiéndose a esta complejidad progresiva, ciertos

animales alcanzaron la capacidad intelectual suficiente para permitir a

Dios infundirles la libertad de elección. De pronto aparecen sobre este

planeta personajes nuevos, el argumento se vuelve interesante, pero estos

personajes arrastran una carga terrible: son herederos directos de la culpa

original. Han surgido de la evolución de un universo corrompido, una evolución

que tuvo que basarse en el juego del dolor y de la muerte. Su libertad

está coartada, están inclinados al mal, hasta tal punto, que les resulta

imposible cumplir la misión para la que originalmente había sido creado

el cosmos. Por eso Dios tuvo que convertirse en uno de los personajes de

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la novela, para arrastrar desde dentro a los demás, sacarlos del cieno en

que estaban desesperadamente atascados y elevarlos hacia Él.

La evolución espera aún el último cambio de fase: la unión de los seres

libres del universo para formar un cuerpo único, un ser de orden superior,

del que cada uno de ellos será una célula y Dios encarnado la cabeza o el

centro de control. Este superorganismo estará ligado con Dios a través de

la cabeza del cuerpo o célula distinguida (el Hijo) y cumplirá el objetivo

para el que fue creado el universo: la unión con Dios, la ampliación de la

Trinidad por adopción de los personajes de su novela.

7. EL MUNDO DE LAS IDEAS

Para Platón 13, el mundo real es como una caverna cuyos habitantes estamos

encadenados de espaldas a la entrada y no vemos más que las sombras

de los seres que pasan por delante de la boca de la caverna. Las

cosas que vemos, incluidos nosotros mismos, no son más que el reflejo de

la verdadera realidad, que no está aquí, sino en el mundo de las ideas.

El más importante de los seguidores cristianos de Platón, San Agustín,

hace residir las ideas platónicas en la mente de Dios: ...en Vos, que sois

infinito, están todas las cosas finitas y limitadas... contenéis todas las cosas

con la mano de vuestra eterna verdad 14. En la misma línea, C. S. Lewis 15

piensa que nosotros somos y nos movemos en esta vida como las piezas de

un tablero de ajedrez, mientras nuestro verdadero yo, la idea que Dios tiene

de nosotros, contempla desde fuera la partida de la que depende nuestra

vida futura.

El platonismo entró en decadencia hacia el Renacimiento y prácticamente

ha desaparecido de la Filosofía contemporánea, profundamente

empapada de materialismo, pero si postulamos la existencia de un Dios

creador, tenemos que admitir que sus ideas deben tener, con la realidad y

con nosotros, una relación mucho más estrecha que la que existe entre las

ideas del autor humano, su obra y sus personajes.

Cuando un autor humano escribe una novela, idea un argumento, lo

plantea, modifica, corrige, medita, pondera y elige. Dios está en una

13 PLATÓN, La República.

14 SAN AGUSTÍN, Confesiones, libro VII, capítulo XV.

15 LEWIS, C. S., The great divorce, 1946.


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situación diferente. En Él no hay distinción entre potencia y acto.

Tampoco podemos imaginar que necesite ponderar y corregir. Para

Dios, el acto de idear un mundo debe ser indistinguible del de crear.

Esto no significa que nuestro mundo sea el único posible, pues no hay

nada que impida que Dios haya podido idear (y por tanto crear)

muchísimos universos.

Si la idea que Dios tiene sobre el mundo es indistinguible de la creación,

la idea que tiene sobre cualquiera de los seres que lo forman debe

ser también idéntica a dicho ser, puesto que lo conoce perfectamente.

Quizá Platón (y con él C. S. Lewis) se equivocó al suponer que los seres no

son más que sombras de las ideas divinas, y por tanto diferentes de ellas.

En cambio, la frase citada de San Agustín es compatible con que seres e

ideas divinas sean una misma cosa.

8. LA INMORTALIDAD DEL ALMA Y LA OTRA VIDA

¿Qué papel desempeño yo en todo esto? ¿Qué soy, al fin y al cabo? Por lo

que queda dicho, es evidente: soy un personaje de la novela de Dios. Pero

es preciso distinguir entre la idea que tengo de mí mismo y la idea que

Dios tiene de mí. Como hemos visto, mi idea de mí mismo es imperfecta,

parcial, plagada de errores y de olvidos. La idea que Dios tiene de mí es

perfecta, completa, verdadera, en mucho mayor grado que la idea que un

autor humano tiene de los personajes de su libro. La idea que Dios tiene

de mí es idéntica a mí. Tan idéntica, que soy yo, uno de los personajes de

su novela: un personaje con libre albedrío, una idea de Dios capaz de oponerse

a la voluntad de Dios.

Es típico en los místicos buscar a Dios dentro de sí mismos. A veces,

sin embargo, encontramos el enfoque opuesto, que cuadra más con esta

visión de nuestro propio yo como una idea en la mente de Dios. Santa

Teresa dice 16: ...vese más claro la maldad de cuando ofendemos a Dios,

porque en el mismo Dios –digo, estando dentro de Él– hacemos grandes

maldades.

Si yo soy la idea que Dios tiene de mí, basta que dicha idea incluya mi

inmortalidad para que yo sea inmortal. Después de la muerte seguiré siendo

la idea que Dios tenga de mí. A veces se ha dicho que, aunque no fué-

16 SANTA TERESA DE JESÚS, Las moradas, 6M 10, 2-3.

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LA COSMOLOGÍA, LA OTRA VIDA Y EL ARGUMENTO DE LA NOVELA DIVINA

semos inmortales, nuestra existencia quedaría justificada por el recuerdo

que dejamos en la mente de Dios. Este argumento es contradictorio, olvida

que Dios no puede recordar ni olvidar, que sus ideas no están en el

tiempo y tienen existencia real. Si Dios tiene idea de mí, existo.

Todos los que creemos en otra vida nos hemos sentido siempre un poco

obsesionados por la curiosidad de saber cómo será. Incluso en el ámbito

del Cristianismo, algunos autores ofrecen descripciones detalladas de la

vida después de la muerte. Se habla de dos etapas, una en la que el alma

estará separada del cuerpo, pero aun así será consciente, recordará su

existencia en la Tierra y se le ofrecerá la posibilidad de purgar sus defectos,

seguida por otra etapa, posterior a la resurrección de la carne. A veces

se añaden detalles descriptivos que nunca resultan satisfactorios.

Me siento escéptico ante esas descripciones. Cuando alguien me pregunta

por mi idea de la otra vida, siempre respondo: «no lo sé, nunca he

estado allí». Creo que las características de la otra vida están en la mente

de Dios. Es absurdo predecirlas, porque no podemos sondear su mente.

Yo no puedo saber si el alma incorpórea (si realmente existe) tendrá

memoria o entendimiento, o si carecerá de ellos. Para que los tenga, basta

con que Dios lo quiera, pues en la otra vida yo seguiré siendo su personaje,

la idea que Él tiene de mí. Tendré cuerpo si Él quiere que lo tenga, tendré

memoria y entendimiento si lo estima conveniente.

Si Dios es amor, es de prever que la otra vida será mucho mejor que

cualquier cosa que podamos imaginar. En lugar de perder el tiempo fantaseando

sobre ella, ¿no sería mejor esperar con confianza lo que Dios quiera

ofrecernos y prepararnos para aceptarlo, sea lo que sea, por si después

de la muerte aún se nos exige ejercer nuestra voluntad libre?

Quizá el papel de la voluntad en la otra vida sea mayor de lo que a veces

se piensa. Al fin y al cabo es nuestro atributo más importante, acaso esencial.

La otra vida podría ser un acto continuo de voluntad, una aceptación o un

rechazo de Dios. Todas nuestras experiencias en esta vida serían preparativos

para esa decisión trascendental que se nos planteará después de muertos:

«¿Quieres ser una célula de mi cuerpo universal?». Si hemos educado la

voluntad de cierta manera, buscando el bien de otros para adaptarnos a la

voluntad de Dios, que es la cabeza, tal vez logremos responder que sí. Pero si

hemos desarrollado el egoísmo y la soberbia, poniéndonos siempre en el centro,

puede que seamos incapaces de convertirnos en parte de un todo mayor


MANUEL ALFONSECA

que nosotros. Quizá decidamos ser cabeza humana mejor que célula de Dios.

Tal vez rechacemos nuestra propia felicidad.

La otra vida está fuera de nuestro alcance, y la puerta para llegar a ella

es la muerte. Por mucho que apliquemos los avances de la ciencia, no averiguaremos

nada sobre ella. No es extraño: tampoco los personajes de una

novela, por mucha ciencia que apliquen, podrán descubrir nada sobre el

mundo o el tiempo de su autor, a menos que el autor quiera decírselo. En su

obra, Dios parece haber decidido no dar detalles sobre la otra vida a sus

personajes. ¿Por qué, entonces, perder el tiempo pensando cómo seremos

después de muertos? Aquí está indicado un sano agnosticismo: seremos lo

que Dios quiera. Ni más, ni menos. Igual que cuando venimos a esta vida.

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