El libro uruguayo de los muertos - Sexto Piso

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El libro uruguayo de los muertos


El libro uruguayo de los muertos

Pequeña muestra del vicio

en el que caigo todos los días

Mario Bellatin


Todos los derechos reservados.

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida,

transmitida o almacenada de manera alguna sin el permiso previo del editor.

Copyright ©: Mario Bellatin

Primera edición: 2012

Fotografía de portada

Mar i o Be l l a t i n

Copyright © Editorial Sexto Piso, S.A. de C.V., 2012

París 35-A, Col. Del Carmen, Coyoacán

C.P. 04100, México, D.F.

t. 5689 6381; f. 5336 4972

Sexto Piso España, S. L.

Camp d’en Vidal 16, local izda

Barcelona, 08021, España

t. 93 414 7047

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Diseño

Estudio Joaquín Gallego

Formación

Quinta del Agua Ediciones

ISBN: 978-84-15601-00-5

Depósito legal:

Impreso en España


Para C. V. G.


Desde hace cerca de treinta y dos horas te tengo presente. Tanto,

que cuando veo que me escribes me impresiono. Es que

estoy llevando a cabo una suerte de experimento con las palabras

que se intercambian sin sentido. No sé si llegue a resultar

como lo tengo pensado. Te contaré su mecanismo cuando ya

esté puesto en funcionamiento. Tu imagen ahora, después de

leerte, se me hace nítida en el gabinete de baile que me describes.

No sólo tu silueta, sino el aura que seguro se desata en

aquel espacio y sólo algunos perciben.

Estoy agobiado de trabajo. Hago cuatro libros al mismo tiempo.

Hoy a mediodía caí rendido, en un estado cercano al paroxismo.

La noche anterior me había dormido a las seis de la

mañana y a las nueve recibí a mi asistente de foto.

Me aceptaron el Tratado sobre Frida Kahlo tal como está planteado.

Con cuarenta fotografías que registran el viaje que realicé

para ver a esa Frida Kahlo con vida, la que habita en un

poblado lejano. Para recordar que debía terminar semejante

obra en el menor tiempo posible compré unos tenis Converse

All Star en una edición limitada que realizaron con motivos

de la artista. El libro cuenta con decenas de retratos, muchos de

los cuales no serán publicados, los que puedo ver cada vez

que fijo la mirada sobre la mesa de trabajo, pues mi asistente

me trajo las copias ampliadas.

Me han invitado a Puerto Rico para febrero y el próximo jueves

parto a Cuba como acompañante de Sergio Pitol. Mi nueva

perra, como sabes, se llama Chispas y Señorita Coralí al mismo


tiempo. El nombre de Señorita Coralí proviene del personaje

de la escritora Giovanna Polarollo que estoy leyendo, y el de

Chispas no sé de dónde realmente.

Los libros que estoy escribiendo tal vez se titulen: Pequeña muestra

del vicio en el que caigo todos los días; Las dos Fridas; La historia

de Mishima —una biografía ilustrada—; y Todos saben que

el arroz que cocinamos está muerto.

No es cierto que haya ido al Congreso de Puebla. Me encontré

con el equipo de Venezuela que iba a ese evento aquí en la

ciudad, en el centro. Una historia triste: la ponente principal

del grupo, cuyo tema era precisamente mi libro El Gran Vidrio,

no pudo viajar porque su hijo murió al caer por la ventana el

día anterior. Quien me lo contó leyó en público la ponencia y

me dijo que había notado una suerte de vaticinio en el texto

redactado por la académica.

Creo que ya entiendo por qué utilizo ahora las fotos en mis

libros. Me parece que para apreciar de una manera directa lo

irreal en lo que estamos atrapados. Para mirar con tranquilidad

los fantasmas, los tiempos paralelos, los vivos y los muertos

comiendo de un mismo plato de arroz y que suelen aparecer

en mi cuarto justo antes de que me vaya a dormir.

Soy maestro de un poeta excepcional, indígena y travesti, que

construye sus textos con una lógica perfectamente imposible.

Para llevar a cabo nuestras sesiones de trabajo nos encontramos

en un punto intermedio, que para mí significa dos horas

de viaje y para él cuatro. Se trata de alguien que nunca ha visitado

la ciudad. Se lo tienen prohibido en su comunidad, donde

su trabajo de todos los días es de enfermero. Es bastante particular

su proceso de escritura. Lo hace en náhuatl, lo traduce

él mismo al español y después toma una foto. Se trata del poeta

con el trámite de escritura más largo que conozco.

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Cuéntame de tu viaje a ese pueblo olvidado de los Estados Unidos

y si debes ir de nuevo a comprar pantalones para tu ma-

rido. Imagino que no sólo volvieron de aquel poblado sino que

ya regresaron también de las playas del norte.

Yo ya casi soy otro. Lo que iba a ser una pequeña intervención

médica se convirtió en una operación completa. Personal capacitado,

salas especiales, anestesia general. Pese a lo esperado,

la convalecencia es perfecta. No experimento ni un solo

dolor y ya realizo una vida normal en todo sentido. Sin embargo,

creo que el período de congelamiento producido por la

operación y sus consecuencias sirvió para tomar decisiones.

Las principales: escribir y hacer fotos todo el tiempo. Recibir

también las visitas seguidas de Tadeo Bellatin.

Cambia la configuración de seres que habitan en la casa. Aparte

de las llegadas de Tadeo Bellatin, aparecen cada vez más perros

a mi alrededor. Se desechan las invitaciones, las llamadas

inoportunas. Estoy trabajando ahora con el libro largo, que tiene

como título opcional Un vicio, que no me gusta. Ni el título

ni el libro.

La Escuela Dinámica de Escritores entrará en receso. Lo tengo

preparado para diciembre. Será más bien una suerte de sabático

indefinido.

En cualquier momento me entregan un nuevo auto, con el cual

podré transportarme sin dificultades mayores durante los pró-

ximos diez años. Pensar que José María Arguedas decía que su

Volkswagen era su hijo de metal, el mismo en cuya cajuela encontraron

algunos años después una serie de armas y bombas

destinadas a sembrar el caos social.

Actualmente estoy construyendo una serie de textos-imagen,

como los llamo. Algunos ya salieron incluso publicados. En

la revista Letras Libres de agosto se encuentra el primero. No

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puede aparecer uno sin el otro, es decir la imagen sin el texto

y viceversa. Bajo ciertas características además.

De vez en cuando me veo a mí mismo y se presenta ante mis

ojos nuevamente la persona de siempre —el que realmente

soy— escribiendo rodeado de animales. Me percibo como

dentro de alguna imagen de san Jerónimo mientras realiza su

trabajo con la Biblia.

Espero esta noche ir a la tekkia para —entre otros asuntos—

agradecer haber sido aceptado físicamente como descendiente

de Abraham, con mi circuncisión a cuestas, que como te conté

fue realizada por personal altamente calificado.

He trabajado ya varias versiones del mismo discurso —el del

texto-imagen— y van a salir publicados en distintas partes. Deseo

entregarla a la editorial Sexto Piso. El Tratado sobre Frida

Kahlo espero que lo tengan diagramado esta semana. Pronto

aparecerá también el libro que hice con las fotos de Graciela

Iturbide: Demerol sin fecha de caducidad. Mañana acompañaré

a Alejandro Gómez de Tuddo a las sierras de Pachuca en busca

del excepcional poeta náhuatl —el pupilo del programa de jóvenes

escritores con el cual estoy trabajando—, pues Alejandro

Gómez de Tuddo requiere de un texto recitado en esa lengua

para una muestra fotográfica que montará en Italia.

Puede ser bueno hacer ese viaje durante la convalecencia de

la operación que me acaban de hacer. La Escuela Dinámica

de Escritores acaba en un buen momento. Se termina pese a

que mi socia, quien no puede dedicar el tiempo necesario, insiste

en que continúe yo solo.

Viajo a Buenos Aires para un congreso en el Museo Malba, donde

llevaré las fotos de unos muñecos colocados en un malecón

y una serie de copias fotostáticas que repartiré selladas, una

por una, de acuerdo a la cantidad de asistentes presentes en la

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sesión. Puede haber, al momento del sellado, un importante

tiempo muerto que se alargue durante varios minutos.

Debo, además, recrear en fotos la comunidad de Zürau durante

la década de 1920, donde Franz Kafka pasó un año en casa

de su hermana tratando de restablecerse físicamente. Sólo

cuento, para hacer la puesta en escena de aquel lugar, con unas

imágenes de los alrededores del sitio donde me reúno con el

joven poeta náhuatl: la biblioteca de Pachuca, un lugar desolado

donde mi perro Perezvón espantó en cierta ocasión a unas

ovejas contra la carretera, ocasionando, creo, un grave accidente

de tránsito, y donde existe un cementerio que advierte

en un letrero que el guardián no tiene la obligación de regar

las flores.

Sigo con el libro largo que te dije estoy escribiendo. Aguardaré

hasta apreciar la forma que irá tomando. Uno de mis perros

nuevos es extraño. A la raza se le conoce como blue heeler, es

de color azul y parece tratarse de una mezcla de perro con dingo.

Da la impresión de tratarse de un mapache gigante.

Los médicos que me atienden en el hospital están contentos

con las nuevas medicinas. Casi no experimento efectos secundarios

y mantengo los niveles apropiados para llevar una vida

sin complicaciones mayores. Sólo les preocupa a estos médicos

la sucesiva aparición de lunares, motivo principal de la operación

a la que me acabo de someter.

Me produce una extraña sensación saber que estarás tan cerca

y tan lejos al mismo tiempo. Puerto Vallarta queda como a una

hora en avión.

Yo regresé hace poco de La Habana y pensé, al llegar a mi casa,

que me iba a morir. De manera literal. Sentí un tipo de miedo que

nunca antes había experimentado. Me dije a mí mismo: ya

llegó la hora, es momento de mandar a traer mi mortaja de

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papel —la que me confeccionó Gabriela León— y de informar

a los derviches sufíes de mi orden que planchen sus trajes para

que bailen durante varias horas seguidas delante de la caja de

madera rústica donde seré depositado.

El viaje a Cuba me dejó agotado. No podré aceptar ya ninguno,

al menos durante algún tiempo. Esta travesía fue excepcional

porque fue una petición de Sergio Pitol. Yo sabía que si

no era conmigo no lo iba a efectuar solo. Se me hizo extraño

lo que acontece por allá. También lo que sucede conmigo con

respecto a una ciudad en la que descubrí tantas cosas durante

los años en los que la habité. De alguna manera, en su época

fue un lugar de curación de las vejaciones que yo había vivido

en Lima desde que era niño. Fue la ciudad en la que decidí la

mayor parte de las convicciones que hasta ahora mantengo.

Pero ya queda poco de todo aquello. La mayoría de conocidos

de entonces vive en otro lugar. Los que todavía permanecen allí

sostienen, sin embargo, una especial forma de vida intelectual.

Con mucho tiempo a disposición, con la información circulando

en forma oculta pero efectiva y con la posibilidad —aunque

remota siempre presente— de construir nuevos sistemas

de pensamiento. Claro que todo esto ocurre en una estructura

acotada, que no es capaz de dar cabida pública a casi ninguna

de sus elucubraciones. Existe, pese a las circunstancias, un no

tiempo, un no estar, la aparición de caminos que muestran

un claroscuro particular, por los que es posible emprender

búsquedas personales que cualquiera podría calificar incluso

como propias de un demente. Algo de eso queda vivo todavía.

Parte de este grupo de pensadores se reúne en una torre alta,

en una suerte de minarete, desde donde se aprecia la bahía en

la que empieza la ciudad. Allí se discuten asuntos que muchas

veces no parecen tener ninguna razón de ser.

Yo debía acompañar a Sergio Pitol quien, por un desorden de

carácter neurológico, de vez en cuando desconoce la forma

de hallar las palabras que debe enunciar. Estar presente en las

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juntas donde se organizaría su Semana de Autor, prevista para

noviembre de ese año. Debía también caminar en su compañía

por el malecón, atestado de personas que lo único que parecen

buscar es estar lo más cerca posible del mar.

Protagonizamos en esos días cierta aventura nocturna. Sergio

Pitol insistía en ver lo que sucedía en el inframundo de aquella

ciudad y logré, después de múltiples pesquisas, ponerme

de acuerdo con el peluquero de la hija de la poeta Reina María

Rodríguez, llamado el Chino, para que nos sirviera de guía en

ese ámbito. Abordamos gracias a sus gestiones un auto ruso

destartalado, que tenía la radio puesta a un volumen muy alto,

que nos llevó, en medio de la noche, a cerca de cien kilómetros

de distancia hasta llegar a una fiesta clandestina.

Después de abandonar la ruta principal se accedía a esta fiesta

por un camino de tierra. Pensé en los escenarios de William

Faulkner, en los del libro Santuario principalmente. De pronto

unos tipos se acercaron al auto y, después de ver el interior,

nos permitieron el paso. Adentro todo daba la impresión de

ser una especie de Lugar sin límites, no el del libro de José Donoso

sino más bien el de la película de Arturo Ripstein. Se trataba

de una suerte de cabaret artesanal en medio de la nada.

Como te mencioné, hice el viaje porque Sergio Pitol me lo pidió.

En un principio la solicitud me dejó algo sorprendido. Su

Semana de Autor estaba programada para noviembre y nos encontrábamos

en julio. No llamó tanto mi atención que deseara

realizar semejante travesía, sino que me hablara de la presencia

de unos curiosos muñecos instalados en el malecón. Me

aseguró que poseían características diferentes a los demás muñecos

conocidos. Me habló de esos muñecos la primera ocasión

en que mencionó la posibilidad del viaje. Me informó que

habían estado guardados en diversas bodegas y almacenes durante

muchos años —la mayoría de las veces en pésimas condiciones—,

pero que, sin embargo, todavía algunos de ellos eran

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capaces de proyectar vivos colores si estaban bajo la luz del sol

o si sus interiores eran encendidos con focos.

Sí, no te preocupes, mi operación fue hecha de manera profesional.

Con anestesia y duró más de tres horas. Lo curioso

es que no me duele. Ahora ya me siento parte de la tradición

judía o musulmana.

La última en enterarse de este asunto fue Margo Glantz, porque

en su computadora es imposible abrir un documento con las

características del que te envié. La especie de folleto donde se

explican las ventajas y desventajas de las circuncisiones. Pero,

como te dije, me sometí al proceso por los lunares que me aparecen

con frecuencia y tienen algo preocupados a los médicos.

Ya te conté que tengo un perro reciente, el ejemplar es un ganadero

australiano azul cruzado con dingo. También un auto

acabado de comprar, igual al negro anterior pero de este año.

Cierro la escuela, mejor dicho la dejo congelada, y me dedicaré

a escribir y a tomar fotos de tiempo completo. A ver qué sucede

después de asumir una decisión de esta naturaleza. No pienso

atender casi ninguna cita, principalmente las que se establecen

fuera de mi casa antes de las cuatro de la tarde. Mañana

estaré encerrado casi todo el día. El martes realizaré el viaje a

la Sierra Gorda en busca del poeta en náhuatl para que lea en

voz alta el texto que formará parte de la muestra que montará

Alejandro Gómez de Tuddo.

Parece que la mayoría de los muñecos de los que me habló Sergio

Pitol se encuentran instalados cerca al mar. Precisamente

en el malecón que abarca casi todo el frente de la bahía. Los

colocados en aquel sitio dan la impresión de ser los más baratos

o los que han sido almacenados en condiciones inadecuadas.

Algunos de ellos incluso parecen peligrosos. El riesgo

consiste en que sus instalaciones eléctricas presentan un estado

por lo regular defectuoso, y si alguna persona llega a tocar

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sus superficies puede verse afectada de pronto por una riesgosa

descarga de energía. Precisamente los del malecón son los

muñecos en los que menos se puede confiar.

Una vez que arribamos a la bahía, Sergio Pitol me informó que

sabía también de la existencia de otra clase de muñecos. Parecidos

a los del malecón pero más serios. En comparación con

ellos, los que están colocados junto al mar parecen figuras ínfimas.

Puestas en aquel lugar solamente para servir de parafernalia,

como suerte de muñecos de pastel, cuya única misión

es demostrar que en la bahía las reglas de conducta parecen

ahora diferentes.

Sergio Pitol me dijo que los otros estaban instalados en las

partes altas, pero que la mayoría no contaba con el permiso

de las autoridades. Ningún habitante nos aclaró las razones

por las que estos últimos ejemplares se consideraran fuera de

la ley. Tampoco fueron capaces de explicarnos los motivos

de su proliferación.

Yo, cada vez tengo más sed —así le dicen, tener sed, algunos

miembros de la orden sufí a la necesidad de acercarse a la presencia

de Dios— de retomar el camino espiritual. Ojalá empiece

este lunes por la noche. Intento hacerlo desde hace varias

semanas, pero horas antes de asistir a la tekkia algo siempre se

cruza que me lo impide.

La verdad es que ya no quiero comer, beber, respirar, amar a

una mujer o a un hombre o a un niño o a un animal. Ya no quiero

morir. Ya no quiero matar. Hazme el favor, por eso, de rasgar

la fotografía de autor que aparece en los últimos libros.

Por tu culpa soy un fanático de las plumas Inoxcrom, que son

muy malas. Cada vez que acudo a un Office Depot me robo una.

En la siguiente visita me llevo, también sin que lo adviertan,

los cartuchos de repuesto.

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Mario Bellatin escribe para un enigmático remitente al que ha

visto sólo una vez, con quien desde entonces dialoga sobre los

misterios de la resurrección de la carne. Le narra con detalle

los fantásticos sucesos que pueblan su particular y único mundo.

Ahí, el tiempo no transcurre ni hacia delante ni hacia atrás, así

como tampoco el espacio está en algún lugar en específico. El

libro uruguayo de los muertos es una especie de espiral que al

mismo tiempo que da vueltas sobre ciertos ejes recurrentes sale

disparada en todas las direcciones alcanzables por la prodigiosa

capacidad de observación de su autor: acompaña a su amigo

Sergio Pitol a La Habana a investigar la aparición de unos misteriosos

muñecos clandestinos, portando unas toallas como moneda

de cambio; escribe un Tratado sobre Frida Kahlo donde descubre

que existe una Frida que atiende un puesto de comida en un

poblado lejano; un masajista ciego —a la vez líder del ejército

de invidentes pedigüeños del metro de la Ciudad de México—

lo trata de sus diversos padecimientos; un niño sueña en una

casa de muñecas que pertenece a una familia de toreros enanos.

El libro uruguayo de los muertos quizá sea la obra más importante

escrita hasta el momento por Mario Bellatin. Su imaginación

desbordada trastoca la frontera entre la realidad y la ficción,

dando como resultado una originalidad sin límites, que revolotea

en torno a ciertas preguntas sin respuesta, como la que en algún

momento inesperado dirige al remitente del relato: «¿Tu imagen

en el espejo te refleja?».

«Todo el mundo habla sobre inventar el propio lenguaje, pero

Mario Bellatin en realidad lo logra. Cada libro suyo es como un

juguete, oscuro, radiante y punzante, como una construcción

de Marcel Duchamp hecha con palabras.»

Francisco Goldman

ISBN 978-84-15601-00-5

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