Baja el Cuento - Cuentos de Federico

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Baja el Cuento - Cuentos de Federico

C U E N T O S PA R A E N T R E T E N E R E L A L M A

CONSUELO

O LA VENGANZA

DE LOS ZORZALES

Fernando Olavarría Gabler 98


Inscripción Registro de Propiedad Intelectual Nº 37100. Chile.

© Fernando Olavarría Gabler.


C U E N T O S PA R A E N T R E T E N E R E L A L M A

CONSUELO

O LA VENGANZA

DE LOS ZORZALES

Fernando Olavarría Gabler


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C O N S U E L O

O L A V E N G A N Z A D E L O S Z O R Z A L E S

INTRODUCCION

Esta historia no se hubiera escrito o narrado ni menos leída si

Consuelo Alejandra hubiera nacido de un huevo. Habría roto la

cáscara y asomado su cabecita sin plumas como un zorzal recién

nacido. Pero no fue así. Consuelo nació y se sintió rodeada del

cariño de sus padres y de sus tías, tíos y abuelos. El abuelo materno

le escribió un cuento cuando era pequeñita. Se titulaba “El pato

gordo y el pescador”, o algo así. Lo que recuerdo con claridad es que

el título era larguísimo: Una vida, cien vidas, infinitas vidas, etc.

esto trajo la ira de los zorzales que estaban en el árbol frente a la

ventana del dormitorio de la niña, cuando vivía en casa de sus

abuelos.

-¡Nos vengaremos!, piaron al unísono.

El abuelo no nos deja dormir con su voz lenta contándote esa

historia; en cambio tú te quedas dormida y nosotros no sabemos el

final del cuento.

Hemos tenido noticias que ahora que eres una niña de doce

años, el abuelo piensa escribirte otro cuento. ¡Nos vengaremos!

Cada vez que cante uno de nosotros, el abuelo tendrá que cambiar de

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“El mundo es como una nube.

Al despertar la puedes ver

y un momento después se ha ido”.

(Pensamiento budista)


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tema, pasará de una escena a otra y el cuento no tendrá coordinación

alguna.

Recurriremos a la bruja tartamuda, aquella que duerme en el

jacarandá junto a nosotros y viste de violeta y usa un bonete negro.

Cuando el abuelo haya escrito bastante, la bruja le dará un pequeño

golpe en su lapicera con su varita color índigo. ¡Ya verás lo que

pasará!

CAPITULO I

EL TREN DEL TIEMPO

Consuelo Alejandra estaba pasando sus vacaciones en Viña

del Mar, en casa de sus abuelos.

Esa tarde había decidido ir a visitar a sus primos que vivían en

Quilpué.

Estaba sentada en un banco en la estación de Chorrillos

esperando que pasara el tren.

Su abuela le había dicho: Recuerda que los trenes van y vienen

por el lado izquierdo, al revés que los automóviles, así que fíjate

bien al atravesar la línea. Además, cuando llega uno por un lado a

menudo pasa otro por la vía opuesta.

Lo tenía bien presente.

También había un viejo sentado en el banco, cercano a ella.

Hacía frío. A los árboles recién estaban brotándole las hojas.

La niña no sabía si el tren llegaría de un momento a otro o no

llegaría, nunca, jamás…

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Miró al anciano y le hizo una pregunta que desencadenaría un

extraño diálogo, repetitivo y cacofónico.

-¿Usted sabe a qué hora pasa el tren?

-Está por pasar- respondió el anciano, mirando su reloj-

habitualmente pasa a las quince treinta o veinte para las cuatro, y si

no pasa a esa hora es porque algo le ha pasado.

-¿Qué cosa?- preguntó Consuelo.

-El tren.

-¿Le ha pasado algo?

-No, no ha pasado.

-¿Sabe qué?

-Qué le pasa.

-Creo que no va a pasar, mejor me voy a ir en omnibus.

-No, no se vaya -replicó el viejo-. Ahí viene.

De pronto sucedió lo que la abuela le había previsto; venía un

tren por una vía y el otro por la vía opuesta y los dos se detuvieron en

la estación. Consuelo se subió al que iba a Quilpué y se sentó al lado

de la ventanilla. Entonces el tren partió lentamente y fue alcanzando

cada vez más velocidad.

El otro tren que estaba al lado desapareció y la niña se dio

cuenta de que aún no se había movido de la estación. Había sido una

ilusión óptica. El que se había movido era el otro tren y no el de ella.

Esto la dejó pensativa. Cuántas cosas que nos ocurren en la vida, no

son reales sino un producto de nuestra imaginación -se dijo-. Pero lo

que no se daba cuenta era que, en esos instantes, a partir de esa

ilusión óptica, la niña iba a tener extrañas y asombrosas aventuras

creadas con el mismo mecanismo que lo sucedido con los trenes.

Se oyó un silbato, se cerraron las puertas y ahora sí, el tren se deslizó

suavemente sobre los rieles rumbo a ¿dónde?

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El viejo había desaparecido ¿Se había subido al tren? O se

había ido caminando a su casa, o quizás se había esfumado en el aire.

Consuelo consideró que esto último era lo más probable.

El tren se dirigía hacia Quilpué a bastante velocidad. Los

pasajeros permanecían silenciosos, cada uno ensimismado en su

propio pensamiento. Solamente uno de ellos hablaba en voz alta.

Era una vieja canosa, gorda y chata, con un llamativo chaleco

amarillo.

Le hablaba a una señora que tenía un bebé en sus brazos. La

pequeña dormía. No era la bella durmiente del bosque sino la bella

guagua del tren.

-Sí señora- comentaba la vieja, con una voz lenta y ronca.

-Las pulgas de este tren son muy gordas. Son carnívoras. La

muerden a una y le sacan el pedazo.

En cambio las pulgas de Santiago son más elegantes, porque

chupan la sangre. Éstas en cambio son muy gordas. Si se las aprieta

se aplanan pero se vuelven a hinchar.

La mamá de la bella nena del tren solamente sonreía sin

atreverse a establecer una conversación con la vieja demente que

más bien parecía un chirigüe o un canario gigantesco.

Se abrió una puerta y entró el inspector. Era un hombre alto,

moreno, con bigotes negros y una gorra del mismo color, adornada

con una huincha roja y una placa metálica.

Hacía sonar una tenaza o alicate cromado llamando la

atención a los pasajeros para que los pasajes fueran perforados.

-¡Pasajes sin revisar!

Tiqui, tiqui, tiqui -decía la palanquita cromada.

-¡Pasajes sin revisar!

Tiqui, tiqui, tiqui.

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La vieja gorda se había callado, como un pájaro ante la

presencia del gato. Estiró el brazo tímidamente para que le pusieran

una pulsera de aluminio en una de sus patitas, pero el inspector

solamente le perforó el pasaje. ¡Tic! Luego desapareció de la escena

al abrir la puerta en el extremo del vagón y pasar al otro carro.

De pronto la vieja se rió en una forma muy especial. Era un

verdadero trino o canto de zorzal y el vagón del ferrocarril sufrió una

gradual transformación.

Desaparecieron las puertas corredizas laterales y apareció una

cuerda que atravesaba el pasillo; ésta era sostenida cerca del techo

por bandas con una argolla en el extremo inferior por donde iba la

cuerda. Los asientos eran más amplios y cómodos y las ventanas

eran dobles. Además de ser dos, tenían cremalleras que al subirlas

sonaban como un molino de juguete.

Nuevamente se abrió la puerta del extremo del carro y

apareció un garzón con un delantal blanco ofreciendo la venta de

unos pastelillos blancos y rosados.

-¡Sustancias! ¡Las ricas sustancias! Ofrecía su mercancía con

un gran vozarrón.

Consuelo compró una, más por curiosidad que por apetito, y la

encontró deliciosa. Era suave, se deshacía en la boca y su sabor era

una mezcla de anís y azucarado.

Después de un rato, el mismo garzón, portando ahora un

canasto, pasó ofreciendo bebidas que venían dentro de largas

botellas. ¡Malta, pilsener, bilz, papaya, agua mineral panimávida,

aloja! ¡Están heladitas!

El tren llegó a la estación de Llay-Llay y unas mujeres

morenas y gordas, vestidas con largos delantales blancos y gorras

del mismo color, ofrecían tortas, sustancias y pasteles a los pasajeros

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del tren detenido en el andén.

El tren nuevamente se puso en marcha y empezó a subir una

cuesta por el costado de una alta montaña. Atravesó un túnel y llegó

a un altiplano. Pasó velozmente por las estaciones de Til-Til,

Batuco, Quilicura, Renca y se introdujo a una zona urbana.

Finalmente se detuvo en una gran estación de hierro al estilo francés.

Consuelo había llegado a Santiago.

No solamente el vagón o coche de pasajeros donde viajaba

Consuelo había cambiado de apariencia, sino todo el tren. La niña

abrió una de las puertas que estaban ahora en los extremos del carro

y bajó tres peldaños de acero apoyándose en unas manillas

verticales de bronce que había a cada lado de la puerta de salida.

La estación era inmensa y techada. Estaba construida con

columnas de hierro que se inclinaban formando gigantescas ojivas.

Sobre ellas estaba el cielo negro, también de conformación ojival.

Había varios trenes en diferentes líneas. El de Consuelo era

larguísimo. En un extremo resoplaba una locomotora. Echaba humo

por la chimenea y bocanadas de vapor cerca de las ruedas delanteras.

La gente se bajaba presurosa con maletas y otras cargas menores.

Todos llevaban sombrero, tanto los hombres como las mujeres.

También había hombres con gorros rojos que ofrecían sus servicios

para llevar el equipaje en carros con grandes ruedas. Tenían una

plataforma sin barandas y un hierro delantero movible en forma de T

para tirar el carro. En esos carros eran colocadas las maletas y el

hombre de gorra roja las llevaba fuera de la estación.

La gente del tren era saludada por familiares y amigos que

habían venido a recibirlos y toda esa escena provocaba confusión a

la niña porque no se explicaba el comportamiento de la gente que se

abrazaba y besaba como si los pasajeros del tren hubieran llegado

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después de un largo viaje.

La locomotora echaba una columna de humo negro por la

chimenea, ascendía hasta el techo de la estación y luego salía por los

lados.

La gente se retiraba y Consuelo, para no ser menos, también

siguió a los pasajeros que seguían a las maletas en los carritos de

equipaje.

Salió de la estación y se encontró en una gran plazoleta donde

había toda clase de carruajes tirados por caballos.

CAPITULO II

EL CARROMATO DEL CIRCO

Le llamó la atención un inmenso carro en el otro extremo de la

explanada. Era tan grande que más bien parecía un edificio o casa

de varios pisos. Fue tanta la impresión que le causó que no pudo

dejar de aproximarse a él para observarlo mejor. Sus ocho ruedas

eran enormes, de una altura de siete o más metros y estaba

conducido por diez yuntas de bueyes. En los costados tenía varias

ventanas de diferente tamaño y en el centro había una gran puerta

por la cual descendía una escalera de madera. El inmenso carruaje

estaba pintado de diversos colores, predominando el azul. El techo

era rojo intenso y los marcos de las ventanas, blancos, amarillos y

verdes.

En la escalera estaba de pie un personaje vestido a la antigua,

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con levita. Calzaba botas y llevaba puesto un alto sombrero alón. Su

mirada era lejana, como si buscara a alguien por encima del gentío

bullicioso que se movía allí en la plaza.

A pesar de tener bigotes que se unían a una larga barba gris, a

Consuelo le pareció conocer ese rostro y al acercarse aún más, la

niña reconoció a su abuelo. ¿Estaría disfrazado?

Los ojos del viejo encontraron a la niña y sonrió. Entonces

bajó de la escalera y fue donde ella.

-¡Consuelo! Te estaba esperando- y abrazó y besó a la niña.

-Tengo una rica once con tortas y hojuelas con almíbar -le dijo- y la

invitó a entrar en el gran carromato.

La niña estaba emocionada. Todo lo que le había sucedido

desde muy poco tiempo atrás era insólito ¡inexplicable!, y ahora se

encontraba con un personaje parecido a su abuelo, en una casa

rodante gigantesca tirada por diez yuntas de bueyes.

Lo más singular de todo esto era que ¡la estaban esperando!

¿Para qué?

-Partimos esta misma noche- le dijo el abuelo, sacándose el

sombrero y colgándolo en una percha.

-¿Hacia dónde, abuelo?

-Hacia el Sur. Empieza la temporada de los circos.

-Ven, pasemos al comedor. Debes de estar con buen apetito.

Diciendo esto, el abuelo abrió una puerta y entraron a un

pasillo iluminado con lámparas a petróleo, luego pasaron a una gran

sala con una larga mesa situada en el centro. Alrededor de ella

estaban sentados unos llamativos personajes, todos vestidos a la

manera circense. Consuelo identificó a un payaso, a dos trapecistas,

a un domador, a una hermosa mujer vestida como bailarina y a otros

más cuya identidad no pudo precisar.

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Todos sonrieron y la saludaron amablemente y esto provocó

en la niña un sentimiento de cariño que la hizo sentirse agradada,

con una seguridad espiritual que vino de inmediato.

CAPITULO III

RUMBO AL SUR

Lentamente la inmensa casa rodante principió a moverse; las

maderas crujían con los balanceos como si el carromato gigante

fuera un antiguo velero que se hacía a la mar.

Consuelo estaba asomada en la ventana de su dormitorio que

estaba en el tercer piso y veía cómo los hombres encargados de los

bueyes picaneaban a los animales y los estimulaban con fuertes

gritos.

Al parecer, las diez yuntas de bueyes no hacían un mayor

esfuerzo para mover la gran casa rodante, la cual se alejaba

lentamente de la plaza y de la estación. Se dirigían por un amplio

camino de tierra hacia el Sur.

-¡Adiós!- saludaba la niña con la mano, y la gente que miraba

asombrada este extraño desplazamiento, respondía sonriendo con el

mismo saludo.

El paisaje era cada vez más campestre y las casas de la ciudad

quedaron atrás.

A lo lejos se veía un gran cerro que estaba al Norte, y hacia el

Este se divisaba la imponente cordillera nevada.

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Así pasaron las horas y el cielo se tiñó de naranja anunciando

la noche.

Sonó una campanilla en uno de los pasillos, el abuelo abrió la

puerta y le comunicó a la niña que bajara a la sala del comedor

porque estaba lista la cena.

Contigua al comedor estaba la cocina y desde allí venía un

exquisito olor a comida.

Se sentaron todos los habitantes del carromato. Era el primer

turno. Luego vendrían los demás, porque en esos momentos estaban

trabajando. Sí, porque tenían que dirigir otros carros más pequeños

que portaban fieras y gran parte de los utensilios que necesita un

circo, como cuerdas, trapecios, barras, taburetes y muchas otras

cosas. Todo lo que ustedes puedan imaginar.

Consuelo no se había dado cuenta de que el carromato era

seguido por una larga hilera de estos carruajes, algunos tirados por

caballos. En la caravana había dos camellos y hasta un elefante. La

niña los había divisado cuando estaba asomada por la ventana de su

dormitorio.

-Esta noche llegaremos a la orilla del río Maipú- dijo el abuelo.

Pernoctaremos allí y en la mañana, no muy temprano, lo

cruzaremos. Conozco un buen vado que no nos dará problemas con

las ruedas de los carros porque el lecho del río es pedregoso.

Sirvieron sopa y carne cocida con papas y cebollas, y de

postre, naranjas. Los platos eran escasos pero la comida abundante.

Terminado el primer turno, todos se levantaron y se

despidieron con un ¡Buenas noches!

Consuelo se despidió también y después de subir tres pisos por

una empinada escalera, llegó a su pequeño dormitorio y cerró la

puerta.

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La ventana estaba abierta. Por ella entraba una cálida brisa y se

divisaba el cielo estrellado.

La niña se tendió en su camarote y se quedó contemplando el

cielo a través de la ventana.

¡En qué extraña aventura se había metido!

Muy poco tiempo atrás estaba en la estación Chorrillos esperando el

tren y ahora estaba contemplando las estrellas desde una casa

rodante que pertenecía a un circo, y el empresario era un señor que

físicamente era igual a su abuelo.

¡Todo esto era absurdo!

Pero encantador. Deliciosamente mágico.

Cerró los ojos y se quedó dormida, y despertó con un

trompeteo del elefante.

Ya era de día y un gran río de aguas plomizas se deslizaba bajo

el carromato.

CAPITULO IV

EL VADO

Estaban atravesando el río Maipo.

El elefante iba primero y era el que había despertado a la niña

con su bramido. Se sentía nervioso porque el agua le había llegado al

vientre y en esos momentos estaba a mitad de recorrido entre las dos

orillas.

Su domador, sentado a horcajadas en el cuello detrás de la

orejas, le daba ánimo y lo espoleaba para que avanzara.

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Finalmente llegó a la rivera opuesta. Después le tocó el turno a

los camellos y luego el carromato con sus diez yuntas de bueyes.

Habían amarrado una gruesa cuerda en la primera yunta. La

cuerda atravesaba el río y su otro extremo se unía a la argolla de un

gran arnés de cuero que cubría el pecho y el lomo del elefante.

Éste hacía fuerzas y la gruesa cuerda salía del agua poniéndose

tensa.

Los bueyes tiraban el carruaje pero llegó un momento en que

no tocaron fondo y empezaron a nadar con las cabezas en alto. La

cuerda tensa los guiaba y al cabo de poco tiempo tocaron fondo y

avanzaron hacia la orilla.

Consuelo observaba todo esto desde su ventana y le causaba

miedo el torrente de agua que pasaba bajo del carromato y chocaba

contra las grandes ruedas.

En esa forma fue vadeado el río por la mayor parte de los

vehículos que componían el circo, pero los más pequeños y los

caballos, pasaron mediante una balsa que trabajaba unos cuantos

cientos de metros más arriba.

El vadeo había sido un éxito y todos estaban muy alegres.

Cada uno se hizo cargo de lo que tenía que hacer, especialmente del

cuidado y la alimentación de los animales.

Consuelo había salido del carromato y estaba calentándose al

sol, de pie, en una playa de la orilla opuesta. Se respiraba un aire

puro y la mañana lucía hermosa. Entonces se acercó su abuelo y le

dijo que lo acompañara a tomar desayuno.

Se sirvieron huevos a la copa, té con leche y pan con

mantequilla.

La niña tenía bastante apetito y estaba feliz.

El abuelo, limpiándose la boca con una gran servilleta, le

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manifestó algo que tomó a Consuelo de sorpresa.

Le dijo que tenía que trabajar en el circo.

-¡Pero abuelo!- exclamó la niña. ¡No sé ninguna cosa que

tenga que ver con este trabajo!

-No importa- respondió el abuelo. Ya aprenderás. He pensado

que podrías cuidar a algún animal o trabajar con los trapecistas. En

un principio servirás de adorno allá arriba, en la plataforma; hasta

que se te quite el miedo y luego, si lo deseas, te puedes lanzar a volar

en el trapecio.

-¡Qué horror! ¡Me voy a matar! Sollozó Consuelo. Pero el

abuelo le habló cariñosamente y le dijo que todo iba ir muy bien.

Entonces, desde los árboles cercanos a la rivera, cantó un

zorzal. El abuelo se levantó de la mesa y se dirigió al exterior del

carromato para supervisar la actividad circense.

CAPITULO V

LA DECISIÓN

Siguió la caravana hacia el Sur.

Pasaron por Rancagua y llegaron a San Fernando.

Allí se levantó la gran carpa que venía plegada y era

transportada por partes en carros menores.

El primer izamiento de la carpa fue una novedad para

Consuelo, porque nunca había visto instalarse un circo. Siempre los

había descubierto ya listos, sorpresivamente de la noche a la

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mañana, como crecen las callampas después de la lluvia.

La labor era intensa y programada. Primero se levantaron los

mástiles mayores que eran fraccionados. Éstos se ensamblaron con

fuertes pernos. Luego, se colocaron los cables que sujetaban los

mástiles; todo se levantaba mediante grandes poleas y roldanas que

chirreaban cuando un buen número de hombres tiraba de las

cuerdas.

Se trabajaba fuerte, con gran seriedad y pronto la carpa fue

subiendo y se extendió desde la base hacia la cúspide, hasta llegar a

los extremos de los mástiles.

Posteriormente se inició la estructura de la pista. Se echaron

carretilladas de aserrín. Se instalaron los palcos y las graderías

escalonadas, hechas con tablones que hacían de asiento y a la vez de

piso para apoyar los pies.

Consuelo recorrió pensativa las jaulas de los animales. Tenía

que elegir un trabajo.

La jaula de los leones despedía un olor que era mezcla de orín,

carne podrida y paja húmeda. Estos animales, además de su olor, le

causaban miedo.

El elefante se balanceaba debajo de una pequeña carpa

destinada a él. Estaba amarrado de una pata con una gruesa cadena

que llegaba a un poste enterrado profundamente en el suelo. El

animal se veía inteligente. Era una joven hembra proveniente de la

India. La niña simpatizó con la bestia y ésta estiró su trompa para

olfatearla y pedirle una golosina. Consuelo no se atrevió a

acariciarla pero le habló tiernamente.

Después de visitar a los monos y a los perros amaestrados, se

dio cuenta de que los animales le causaban inquietud, quizás

inseguridad en su comportamiento; entonces decidió actuar con los

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trapecistas. No le importaba que estuviera de adorno allá arriba, en

las alturas. Después de todo, era cuestión de dominar los nervios y

acostumbrarse.

Se dirigió a donde estaban practicando los trapecistas. En esos

momentos uno de ellos volaba por los aires haciendo una voltereta

mortal, para ser recibido segundos después, por su compañero, que

colgaba cabeza abajo sujeto del trapecio con las piernas flexionadas.

El balanceo era sincrónico y con el movimiento de un péndulo, el

trapecio del que colgaba boca abajo se acercaba al otro, éste ya

estaba volando por los aires y ambos se agarraban fuertemente de las

muñecas.

Todo aquello era emocionante y la niña contemplaba

extasiada a estos acróbatas.

Así estaba, mirando hacia arriba, cuando uno de ellos le gritó:

¡Sube por la escala de cuerdas y párate en la plataforma!

Consuelo obedeció y empezó a subir, a subir cada vez más. Le

temblaban las piernas y tenía una sensación de vacío en el estómago.

-¡No mires hacia abajo!- le aconsejó el que la había invitado.

Dirige la mirada hacia las barandas de la plataforma y

proponte llegar a ella.

Así lo hizo la niña y finalmente descansó en la pequeña repisa.

Ésta estaba rodeada de una débil baranda hecha por cuatro hierros y

una cuerda.

Consuelo se sentó jadeando y se aferró a uno de los pilares.

Estaba muy asustada. El trapecista que había saltado voló de regreso

en su trapecio y se detuvo quedando de pie junto a ella.

-Eres muy valiente- le dijo. Cualquiera no hace lo que tú has

hecho por primera vez.

¿Quieres volar? Ven. Abraza mi cuello y sujétate con los pies.

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Diciendo esto, el trapecista se inclinó dando la espalda a la

niña y Consuelo, alentada, lo abrazó con pies y manos como si fuera

una pequeña mona a espaldas de su progenitor.

El trapecista recibió el trapecio arrojado por su compañero

que ahora se balanceaba sentado en su trapecio. El otro, con la niña

en su espalda, se lanzó hacia el espacio.

Consuelo no tuvo tiempo de gritar ni hacer otra cosa que

apretar con las piernas y brazos al atleta que en esos instantes volaba

a gran altura por los aires.

Era terrorífico, pero al mismo tiempo fascinante. De repente,

el trapecista se soltó de una mano y se dio media vuelta. Luego, con

un mayor impulso aterrizó otra vez en la plataforma.

Consuelo no se atrevía a liberarse y el hombre le separó

suavemente las manos que estaban agarrotadas.

-¿Qué te pareció?- le dijo. Es emocionante. ¿Verdad?

La niña asintió con la cabeza sin decir una sola palabra.

Entonces le dijeron que bajara por la escala de cordel. Mientras tanto

el otro trapecista también había llegado a la plataforma y ambos

atletas bajaron por una gruesa cuerda que caía de la plataforma.

La bajada por la escala fue menos terrorífica para la niña que la

subida y cuando llegó al suelo ambos hombres la recibieron

alegremente con aplausos.

Consuelo les dio las gracias y echó a correr hacia el carromato.

Subió a toda prisa la escalera y cerrando fuertemente la puerta de su

dormitorio se tendió boca abajo sobre la cama y se puso a llorar. La

emoción había sido muy grande.

La decisión estaba hecha.

Iba a ser trapecista en el circo de su abuelo.

Entonces cantó un zorzal y la bruja violeta de bonete negro y

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varita mágica de color índigo dio una alegre carcajada y comentó en

voz alta:

“En lo que se ha metido esta niñita”.

Lo que la bruja no sabía, que Consuelo tenía grandes

cualidades gimnásticas.

Había sido una eximia bailarina de gimnasia rítmica en el

colegio y a esto se agregaba una sensibilidad artística exquisita.

Poco a poco, el miedo a las alturas fue disminuyendo pero sin

desaparecer por completo y vino un momento en que pudo trepar y

bajar por la cuerda al igual que sus compañeros de trabajo.

Llegaba vestida con una malla rosada y su cuerpo grácil de

niña de circo hacía de adorno y llenaba el vacío de la plataforma

solitaria cuando sus compañeros trabajaban en los trapecios.

Algunas veces pensaba, qué estaba haciendo allí, media

muerta de susto y con mucho frío, vestida solamente con su frágil

malla.

Parecía una niña de un cuadro de Picasso en su época rosada,

antes que se descuadrara.

Se había dado cuenta de que la distancia entre ella y el suelo

era mucho mayor viéndola desde arriba, que alzando la cabeza

desde la pista del circo hacia los trapecistas.

Día tras día Consuelo fue progresando junto a sus dos amigos

el "Voltereta" y el "Cabeza-abajo”, así le decían cariñosamente sus

compañeros de circo.

Una noche sucedió algo inusitado. El Voltereta daba en esos

instantes un salto mortal y era sostenido por el Cabeza-abajo que se

balanceaba con las manos abiertas para recibir a su compañero.

Me gustaría volar como ellos -pensó Consuelo- y en esos

instantes se acercó el Cabeza-abajo con los brazos abiertos,

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colgando de las piernas. Voltereta la empujó y la niña dando un grito

cayó al vacío. Entonces Cabeza-abajo la tomó de las manos y la niña

tuvo la sensación más maravillosa de su corta vida. ¡Volaba! Sí.

Volaba por los aires vertiginosamente. La red, el público y la pista

allá abajo se balanceaban rítmicamente y también el toldo de la

carpa.

De pronto, sin darse cuenta cómo, ya estaba nuevamente de

pie en la plataforma.

El corazón le latía fuertemente y tenía miedo. Mucho miedo.

Allá abajo, el público aplaudía y reía, porque creyó que el grito

que había lanzado y las manifestaciones de pánico habían sido una

comedia.

CAPITULO VI

UN INESPERADO CONTRATIEMPO

El circo se trasladaba más y más hacia el Sur.

Su destino final era Puerto Montt.

A medida que se avanzaba, Consuelo sentía más frío allá

arriba, en la plataforma, vestida con su malla de seda rosada.

Una noche estaba lloviendo torrencialmente. A pesar de ser

domingo, había poco público en las graderías.

Consuelo temblaba, no de miedo sino de frío. Empezó a toser.

Tenía calofríos y le dolía la cabeza. No quiso salir a volar por los

aires y esto se lo comunicó a Voltereta. Éste, comprensivo, no

insistió.

Terminó el número de los trapecistas y Consuelo a duras penas

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pudo bajar por la cuerda y al salir de la pista se desmayó.

Despertó en su camarote y el abuelo, sentado al lado de ella, la

observaba preocupado.

Cuando la niña abrió los ojos, él le sonrió.

-Hemos llamado al doctor- le dijo. Pronto te sentirás bien.

El doctor, después de examinarla, dictaminó un cuadro

infeccioso respiratorio y recetó un jarabe. Cataplasmas de mostaza,

bebidas calientes de tilo con limón y cuatro aspirinas al día.

No podrá seguir viaje -dijo el médico-. Y el abuelo trató de

darle una solución a este inesperado contratiempo.

El pueblo donde estaban, era pobre y parecía abandonado de

Dios. Su aspecto sombrío y remojado por constantes lluvias, quería

expresar que el barro era el rey ahí, y la reina, la humedad.

Se percibía una pobreza honda, profunda, que se transmitía de

generación en generación, y todo ello, empapado en una tristeza que

limitaba toda iniciativa hacia algo hermoso, sano u optimista. Daba

la impresión que el alcohol impregnaba el cerebro de los habitantes

y les daba una constante sensación de falsa belleza y alegría

artificial. Sobrevenía un conformismo que no se deseaba más allá

que las pocas cosas que se tenían alrededor.

-Cómo sería este pueblo -pensó Consuelo- si no existieran

vicios aquí, porque la naturaleza que lo rodea es linda.

A pesar de tanta pobreza física y espiritual, el abuelo tenía una

amiga en el pueblo y decidió que ella se hiciera cargo de la enferma.

Mientras tanto, el circo cambiaría de itinerario y visitaría los

pueblos de los alrededores. Así, después de algunos días o semanas

volverían a tomar el rumbo original con la niña ya mejorada.

La señora Matilde (la amiga del abuelo) recibió con cariño a la

enferma y la acomodó en su dormitorio que aún tenía dos catres.

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C U E N T O S PA R A E N T R E T E N E R E L A L M A

Uno era de la dueña de casa y el otro había pertenecido a su finado

esposo.

Las paredes estaban cubiertas con un viejo papel amarillento

adornado con flores desteñidas. De una alta ventana que daba a la

calle colgaban unos hermosos visillos blancos tejidos a palillos por

la dueña de casa.

Al frente había una cómoda con un espejo, un lavatorio, un

jarro con agua, una jabonera, y un balde con una tapa situado en el

suelo. Estaba destinado para echar el agua que se había usado en el

lavatorio para lavarse la cara y las manos.

Los catres eran de bronce. Consuelo se sintió confortable al

sentir las sábanas calentadas por una botella con agua caliente y con

un clavo adentro. Ésta servía de guatero.

Las sábanas tenían olor a limpio, a pesar de la humedad. Una

almohada con un blando almohadón hacían que la niña se sintiera

cómoda a pesar de sus malestares.

Doña Matilde la regaloneaba. Era una gorda maternal. Su

optimismo era contagioso y Consuelo se sentía protegida por esta

señora tan cariñosa.

Una noche de luna llena, Consuelo despertó sobresaltada.

Los perros aullaban en forma lastimera y la niña no podía

quedarse dormida.

Doña Matilde roncaba en la cama de al lado.

De pronto despertó y le preguntó a la niña por qué estaba

despierta.

-No puedo dormir con el aullido de los perros- se quejó

Consuelo.

-No te preocupes- le dijo doña Matilde. Eso tiene una

solución, y levantándose de la cama fue hacia la ventana y la abrió

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de par en par. Entonces lanzó un antiguo sortilegio:

“Santa Ana parió a María.

Santa Isabel parió a San Juan.

Con estas santas palabras

Los perros se han de callar.”

Después cerró la ventana, se metió en su cama y minutos

después estaba nuevamente roncando.

La luz de la Luna entraba a través de los visillos e iluminaba

tenuemente la habitación.

La noche estaba fría.

No se oía ni un ladrido.

Había un silencio total.

-------------------

En pocos días Consuelo ya estaba mejor y con bastante

apetito. La fiebre había desaparecido y las transpiraciones también.

Doña Matilde le hacía vigorosas fricciones con un gran algodón

empapado en alcohol, cambiaba la camisa de dormir y la peinaba

con agua de colonia.

A la hora de almuerzo, el plato principal era una sabrosa

cazuela de ave con unas presas de gallina de campo. La niña se

repetía el plato una y hasta dos veces con gran satisfacción de su

enfermera.

Y así pasaron los días en compañía de la señora Matilde y su

gato regalón. Era un gato romano que acostumbraba dormir a los

pies de la cama de su dueña pero ahora había decidido cambiar de

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C U E N T O S PA R A E N T R E T E N E R E L A L M A

alcoba y pasaba horas dormitando a los pies de la cama de Consuelo.

La niña lo contemplaba cómo ronroneaba con los ojos

semicerrados y de vez en cuando rasguñaba la colcha como un

saludable ejercicio para las garras.

Consuelo se entretenía mirándose en el espejo de la cómoda

que estaba frente a las camas y también miraba a través del visillo de

la ventana a la gente que pasaba por la vereda.

Atardecía. El pueblo estaba silencioso.

Por la calle solitaria se oyó la voz de un vendedor ambulante

que ofrecía su mercancía. La voz se fue acercando y se escuchó

frente a la casa donde estaba Consuelo. Después se alejó lentamente

hasta casi no oírse.

A la niña le embargó una gran tristeza. Siempre los vendedores

ambulantes le habían causado pena porque tenía la sensación de que

nadie les compraba lo que ofrecían.

Solamente se escuchaba llorar a un niño. Era el hijo de la

vecina. Por su voz balbuceante, Consuelo dedujo que tendría muy

poca edad, tal vez dos años.

-¿Cuándo vas a aprender a hacer pipí?- lo reprendía su madre.

-En la noche -contestaba el pequeño- cuando esté

durmiendo…

Consuelo se puso a reír por la divertida respuesta del pequeño.

Después de todo, no lo había pasado tan mal durante su

enfermedad. Doña Matilde era una mujer maravillosa.

¿Qué sería de sus compañeros de circo? ¿Se acordarían de

ella? El Voltereta y el Cabeza-abajo ¿echarían de menos a la

aprendiz a trapecista? Ambos eran muy buenos con ella. Días antes

de caer enferma, Consuelo había sabido que eran hermanos. El

Cabeza-abajo era mayor y ambos eran hijos del payaso, éste había

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sido en su juventud un gran trapecista; hasta que vino un accidente y

quedó lesionado. Consuelo había observado que el payaso actuaba

rengueando de una pierna. Creyó que ese andar era parte de la

comedia pero después supo lo de su caída y su invalidez.

El payaso era estridente en la pista pero muy quitado de bulla

en su vida de descanso. Casi no hablaba y siempre se le veía

solitario, como recordando algo. Quizás tiempos pasados o un viejo

amor, la madre de sus dos hijos trapecistas.

Un día, en forma excepcional, estaba de muy buen humor.

Consuelo recordaba con toda claridad lo que había sucedido.

Estaban los dos solos en el comedor y de pronto el payaso se

puso a cantar y a bailar en forma muy divertida, con las manos en la

cintura.

Tenía una voz clara y varonil y sus movimientos eran

graciosos y acompasados. Hacía reír porque todos sus gestos

expresaban una gran felicidad.

Consuelo llevaba el compás palmoteando con las manos.

De pronto… dio un salto y caminó por el aire. ¡Sí! ¡Bailaba y

no caía y estaba a más de dos metros del suelo! Continuaba

danzando como si estuviera en un proscenio invisible.

Consuelo se quedó muda, con la boca abierta y las manos

inmóviles en alto.

¡Era increíble!

El payaso dede cantar y bailar y dando un salto cayó frente a

Consuelo y la saludó con una ceremoniosa venia.

-¿Cómo pudiste hacer eso?- exclamó Consuelo admirada.

-Es cuestión de voluntad e imaginación -respondió- y riendo

alegremente se alejó de ella.

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CAPITULO VII

EL ALMACEN Y LA CALLE MÁGICA

Consuelo había sanado. Ahora caminaba por los aposentos de

la casa acompañada del gato romano.

De vez en cuando el micifuz, maullando, se restregaba en una

de las pantorrillas de la niña y eso le desagradaba. ¡No te refriegues

en las piernas! -le decía al minino, pero el gato la miraba con la cola

en alto y emitía un suave maullido, que en lenguaje gatuno

significaba: Te quiero.

La señora Matilde tenía un almacén al lado de su casa. Era el

almacén de la esquina.

Días después, Consuelo pudo salir a la calle y visitar a su

buena amiga que había terminado su labor de enfermera y ahora

había vuelto a sus actividades comerciales detrás del mesón.

A Consuelo le agradaba el ambiente de ese viejo almacén

pueblerino. Con su olor peculiar, mezcla de sacos de papas, vino,

verduras, aceite, parafina y otros productos que, mezclados todos en

el aire, le daban una personalidad característica.

Doña Matilde vendía aceite mediante una pequeña bomba

pintada de rojo y empotrada en un barril de metal. Al mover la

palanca hacia arriba y abajo, salía un fino chorro de aceite que

llenaba un jarro de hierro enlozado.

A la niña le gustaba bombear el aceite porque el líquido

amarillento fluía a presión y caía en el jarro. Era una sensación

agradable.

Una mañana deseó conocer los aposentos internos del

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C U E N T O S PA R A E N T R E T E N E R E L A L M A

almacén donde se guardaba la mercancía. Pensó que algunas de

estas piezas estarían comunicadas con uno de los patios de la casa

contigua al almacén. En efecto, después de recorrer varias

habitaciones llegó a un patio, pero éste no llegaba a la casa sino que

salía a una calle.

La mañana estaba deliciosa. Se respiraba un aire puro y los

rayos de un sol invernal bañaban tímidamente el pavimento a través

de las ramas desnudas de los árboles.

Consuelo corrió por esa calle, no recta sino ondulante, entre

prados de flores bien cuidados y limitados por sutiles barandas con

barrotes verticales. Solamente se oía el ruido de sus pisadas.

En uno de los prados divisó unos hombrecitos vestidos con

llamativos colores. Eran estatuas no mayores que un metro y medio.

Parecían jinetes de caballos de carrera.

Más allá había una hilera de casas de un piso con alargadas

ventanillas y grandes aleros que se inclinaban a la calle silenciosa

por donde corría la niña.

En medio de la calle, crecían cinco grandes árboles de

diferentes especies.

Todo esto parece un barrio chino -pensó. Por la calle

solamente puede transitar gente a pie o en bicicleta porque un

vehículo no podría avanzar debido a los árboles que se interponen al

medio.

Y continuó corriendo más presurosa porque tuvo miedo de

este solitario y misterioso ambiente.

Lo que la rodeaba era completamente distinto al pueblo.

-Debe de ser un pueblo mágico - se dijo.

Mientras corría se dio cuenta de que había recuperado

totalmente sus fuerzas.

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Al final de la calle había un viejo murallón hecho de adobes y

un portón semiabierto. La niña se escurrió por él y llegó al último

patio de la casa de la señora Matilde.

-¡Es asombroso! -se dijo. Entonces apareció el gato romano y

se acercó con la cola en alto para darle la bienvenida.

-¿Dónde has estado? -le preguntó doña Matilde, cuando llegó

del almacén.

-No te aventures sola sin saber yo por donde andas. Mira que

en este pueblo ocurren cosas misteriosas y a veces de mucho peligro.

En un árbol de uno de los patios de la casa cantó un zorzal. La escena

iba a cambiar y la niña tendría una espantosa experiencia que no la

olvidaría hasta mucho tiempo después.

CAPITULO VIII

EL BANDIDO

Esa tarde, en las afueras del pueblo se oyeron unos gritos

desgarradores y varios disparos de escopeta.

Consuelo vio que la poca gente que había en la calle corría

presurosa a sus casas y cerraban con trancas las puertas y los

postigos de las ventanas.

Había algo eléctrico y terrorífico en el pueblo, con sus calles

solitarias y las casas herméticas. No se veía a nadie.

Ni un alma.

Doña Matilde estaba en el almacén y Consuelo tuvo mucho

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susto de sentirse sola en la casa porque no atinaba a cerrar los

postigos de las ventanas ni trancar las puertas como lo habían hecho

sus vecinos. Entonces se le ocurrió salir y llegar al almacén para

encontrarse con la señora Matilde, y dando un portazo se fue

corriendo a toda prisa al almacén. Pero la puerta del almacén estaba

cerrada. Seguramente la señora Matilde la había trancado e iba a

llegar a la casa por detrás, a través de los patios

Empezó a llamar a gritos a la mujer y a golpear con los puños

los maderos pero nadie contestó. Decidió volver a la casa pero el

portazo había cerrado la puerta por dentro y no la podía abrir.

¡Qué desesperación!

-¡Señora Matilde! ¡Ábrame por favoor!- gritaba la niña.

En eso estaba, cuando al final de la calle se oyó un galope de

caballos y aparecieron cuatro jinetes a toda prisa que fustigaban a

sus cabalgaduras con pencazos en las ancas.

Se venían encima y la niña horrorizada se afirmó de espaldas a

la pared con las rodillas semiflectadas por el terror.

Se sintió levantada brutalmente en vilo y cayó a horcajadas

entre la montura y el cuello del animal que huía a más no poder. El

caballo iba con la cabeza hacia adelante, las orejas plegadas y las

riendas sueltas. Consuelo veía cómo corrían las patas delanteras

frente a su cara pero los cuerpos no se cimbraban porque el galope

era rapidísimo.

Se oían disparos y los jinetes gritaban emitiendo alaridos

guturales como los arrieros o los indios.

Los techos de las casas quedaron atrás y ahora se galopaba en

pleno campo.

El jinete, en un gesto de gran fuerza y dominio, se desplazó al

anca del caballo y levantó a Consuelo sentándola en la silla de

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O L A V E N G A N Z A D E L O S Z O R Z A L E S

montar. Sujetando a la niña por los costados manejaba las riendas

con gran destreza.

Consuelo estaba a punto de desmayarse debido a las

emociones sufridas en tan escaso tiempo y haciendo esfuerzos por

no caerse del caballo se aferró con ambas manos a la montura.

Ahora se galopaba en silencio. Gruesos nubarrones

ennegrecían el cielo y a lo lejos el horizonte rojo se asomaba como

una lengua de sangre entre los cerros y las negras nubes.

El pueblo se esfumó allá abajo, en el valle, y Consuelo se dio

cuenta de que no había ninguna esperanza de que la salvaran de este

inesperado rapto.

Entonces tuvo pánico. Le vino a su mente el recuerdo cuando

era pequeñita y su mamá y los abuelos la llevaban a pasear al parque

de diversiones. La montaban en un caballo en el carrusel y éste subía

y bajaba dando vueltas lentamente al compás de una música. Su

mamá la acompañaba de pie a su lado pero la niña tenía mucho

susto. No soportaba todo aquello, hecho especialmente para niños

mayores que ella.

Sí. El caballo era muy grande y sus movimientos de sube y

baja eran bruscos. Además, el mundo giraba alrededor y los caballos

delante y detrás de ella subían y bajaban. Todo eso mareaba y

entonces decidían sacarla del carrusel. Pero ahora nadie la sacaba de

allí, montada sobre un caballo y rodeada de forajidos. Fue tanto el

miedo y la desesperación, que perdió los sentidos y no supo más…

Los caballos iban ahora al paso. Estaban cansados y sudorosos

y respiraban fuerte después de la frenética arremetida.

Los ijares sangraban debido a las espuelas que se habían

hundido rebanando la carne viva.

La niña había recobrado el conocimiento y el hombre le

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C U E N T O S PA R A E N T R E T E N E R E L A L M A

ordenó que se fuera al anca mientras él ocupaba su puesto en la

montura.

-Hazlo “al tiro” o te rajo el cogote- le dijo.

Era tal la fuerza de convicción de la voz, que la niña sintió que

si no efectuaba lo que se le ordenaba, el bandido iba a cumplir la

amenaza.

La tomó de la cintura y la trasladó por un costado hacia el anca

del caballo y Consuelo quedó sentada a horcajadas mirando hacia

atrás, dándole la espalda al jinete.

Entonces se puso a llorar desconsoladamente, mientras los

otros tres hombres que habían permanecido silenciosos, reían ahora

al ver la posición ridícula de la prisionera.

-Agárrate de la cola para que no te caigas -le dijo uno- y todos

se mofaron. Al parecer desahogaban sus tensiones del reciente

tiroteo.

El jinete que cabalgaba con la niña, extrañamente

compadecido de las burlas, echó una mano atrás y le dijo que se

agarrara de ella. Consuelo, haciendo un gran esfuerzo se levantó

sujetándose del brazo del bandido; dando media vuelta y apoyando

las rodillas en el anca del caballo, quedó mirando hacia adelante y

más cómoda pudo descansar en esa posición.

Cabalgaron largas horas por la montaña entre riscos y

senderos de arrieros, hasta que llegaron a un pequeño valle

escondido entre las cumbres donde había una tenebrosa grieta. Ésta

permitía la entrada de los jinetes sin necesidad de desmontar.

Allí acamparon. Encendieron una fogata y prepararon té

caliente en unos tarros.

-¿Cómo te llamas?-le preguntó el hombre que la había

raptado. Al parecer era el jefe de la cuadrilla.

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C O N S U E L O

O L A V E N G A N Z A D E L O S Z O R Z A L E S

-Consuelo.

-Ese era el nombre de mi hermanita- balbuceó el bandido.

La mataron los pacos cuando rodearon mi rancho.

Me traes recuerdos, niña.

No me tengas miedo que no te haré daño.

Consuelo contemplaba la cara del bandido que estaba

iluminada por las llamas de la fogata. Tenía un pelo tieso y corto y

algo canoso en las sienes, a pesar de su juventud. Las cejas parecían

unirse como si fuera un felino y sus ojos castaños traducían cierta

tristeza y una gran soledad. Estaban inyectados en sangre y su

aspecto vidrioso transmitían maldad y arraigados vicios.

Por sus mejillas cubiertas por una barba de varios días, corría

una cicatriz que llegaba hasta el cuello; un recuerdo quizás de qué

duelo a cuchillo años atrás.

Vestía un grueso y largo poncho indio y sus zapatos tenían

espuelas de pequeñas rodajas.

Iba fuertemente armado. Una escopeta con la culata y el doble

cañón recortados se encajaba fácilmente en su cintura. Además

llevaba un cuchillo medio escondido en la faja.

Los bandoleros permanecían silenciosos cerca del fuego.

Uno de ellos, más distante, apoyado en el muro de la caverna,

escupió despectivamente hacia la oscuridad cuando el bandido le

habló a la niña.

Consuelo sintió curiosidad por este personaje y se atrevió

preguntarle su nombre.

-¿Cuál es tu nombre?- le dijo con timidez.

El bandido se sorprendió ante tan singular pregunta.

- Ciriaco- contestó.

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C U E N T O S PA R A E N T R E T E N E R E L A L M A

-Ciriaco Contreras…

En esos momentos los demás hombres se pusieron de pie en

estado de alerta y cogiendo sus armas, escucharon en silencio.

Uno de ellos se abalanzó y apagó el fuego vertiendo el agua del

tarro y luego con el pie lo apagó definitivamente.

Un caballo en el fondo de la caverna relinchó y otro le contestó

allá lejos, en la oscuridad.

-¡Nos han seguido! Vociferó uno de los bandidos y lanzó unas

tremendas herejías contra sus perseguidores.

Consuelo, en la oscuridad de la caverna, pudo captar el ruido

que hacían los bandidos para ir a buscar los caballos y cómo

preparaban sus armas de fuego.

Se oyó una voz en la noche que gritaba:

-¡Ciriaco Contreras! ¡Estás rodeado! ¡No tienes escapatoria!

¡Ríndete! ¡Sale con las manos en alto y desarmado!

Hubo un silencio y luego la niña oyó cómo discutían los

bandidos en voz baja.

-¡Estos h… nos van a matar de todas maneras! Echemos los

caballos por delante y nosotros nos escabullimos por entre las peñas.

Nuevamente se oyó la voz:

-¡Ciriaco Contreras! ¡Entrégate o eres hombre muerto!

Sonó un disparo y una bala rebotó en una de las paredes de la

caverna. Los caballos relincharon asustados.

Consuelo estaba aterrorizada. Lentamente se arrastró por el

suelo, pegada a la pared, hacia el interior de la cueva. En esos

instantes los caballos salieron de la caverna y los bandoleros detrás

de ellos.

Se oyó un tiroteo, gritos y blasfemias y después de un rato todo

quedó en silencio.

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O L A V E N G A N Z A D E L O S Z O R Z A L E S

El lugar afuera de la cueva estaba iluminado. Gente

uniformada y de a caballo rodeaba la salida de la caverna y

alumbraba la entrada con linternas.

Un hombre entró en la cueva y llamó en voz baja:

-Consuelo… Consuelito ¿estás ahí?

La voz le era conocida a la niña. Era su abuelo.

-¡Abuelo!- balbuceó.

El abuelo llegó donde la niña y la abrazó emocionado.

-¡Abuelo!- sollozó. ¡Tengo tanto miedo!

-Ya, ya. Mi pequeña lagartija- la consoló. Mira donde te he

encontrado. Y la besó tiernamente en la cabeza.

-El peligro ha pasado- le dijo. Te hemos venido a buscar para

llevarte a casa.

Consuelo salió con el abuelo quien la hizo montar en su

cabalgadura.

Tiempo después partió la patrulla de carabineros con el abuelo

y la niña, llevando a los caballos de los bandidos tirados por las

riendas. Sobre ellos iban cuatro muertos que estaban amarrados por

los pies y las manos debajo del vientre de los caballos.

Amanecía, cuando llegaron al pueblo. La patrulla se detuvo

frente a la casa de doña Matilde quién recibió llorosa y alborozada a

su niña perdida.

-¡Dios los bendiga! Se despidió la mujer de los carabineros y

éstos siguieron su rumbo hasta perderse de vista al final de la calle.

El abuelo se quedó a tomar desayuno.

El circo había regresado al pueblo.

Consuelo se integraría a la comparsa y viajaría en el enorme

carromato azul con grandes ruedas y sus diez yuntas de bueyes.

Rumbo al Sur… Siempre al Sur…

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CAPITULO IX

MARI MARI

Son muchas las aventuras que tuvo la caravana circense en su

lenta trayectoria cuyo destino final era Puerto Montt.

Tuvieron que vadear caudalosos ríos, ensanchar la senda para

que pasara el carromato y talar árboles sacados del espeso bosque

para construir rústicos puentes.

Los hombres eran tenaces y en varias ocasiones, ayudados por

la fuerza de los animales del circo, realizaban verdaderos milagros

para seguir adelante, en medio de lluvias torrenciales, terrenos

pantanosos donde se atascaban las ruedas y muchas otras

dificultades. Pero la gente lugareña siempre estaba dispuesta a

ayudarlos.

En una ocasión, en que las ruedas del carromato se habían

hundido hasta los ejes, veintidós yuntas de bueyes lo sacaron del

atoche como si hubiera sido una liviana tabla resbalándose sobre el

barro.

Después de estas proezas, el abuelo les ofrecía función

gratuita, pero ellos sonreían satisfechos y se iban con sus bueyes,

tan sencillos como habían llegado.

Consuelo ya no tenía miedo y sus músculos y nervios

dominaban plenamente la situación allá arriba.

El vértigo había desaparecido.

Se sentía segura como un pájaro planeando con sus alas

inmóviles en las alturas.

La niña observaba la pista y al público, con una sonrisa en los

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C O N S U E L O

O L A V E N G A N Z A D E L O S Z O R Z A L E S

labios expresando tranquilidad.

El balanceo de los trapecios era sincrónico. Debía ser preciso

como péndulos de dos relojes que se acercan en su recorrido sin

tocarse.

El Cabeza-abajo tomaba vuelo con su cuerpo hasta llegar a

cierta distancia y el Voltereta lanzándose después en su trapecio, le

daba casi la misma velocidad. Ambos trapecios, al estar a la

distancia más cercana quedaban en un instante inmóviles antes de

alejarse.

La niña había aprendido a darse el exacto impulso y se

balanceaba en el trapecio afirmada con ambas manos, dándose cada

vez más impulso con las piernas y los pies juntos hasta que en un

instante, el Cabeza-abajo le daba la orden, entonces se desprendía

soltando las manos y volaba hacia el Cabeza-abajo que la agarraba

de los antebrazos.

Consuelo se apretaba firme de las muñecas del trapecista y su

balanceo era ahora mayor y más lento.

Se sentía segura al sentir la tremenda fuerza que el Cabezaabajo

tenía en sus brazos. Luego se soltaba de una mano y daba

media vuelta quedando de frente a su trapecio que venía y se alejaba

de ella.

El Cabeza-abajo se daba más impulso con la niña colgando de

sus brazos y el otro trapecio era regulado por el Voltereta que lo

agarraba desde la plataforma y lo empujaba hasta adquirir la

velocidad deseada.

Consuelo saltaba otra vez quedando algunas fracciones de

segundo suspendida en el aire y agarrando el trapecio, llegaba

después de una oscilación a la plataforma, en posición de pie.

Su corazón palpitaba de gozo por la gran emoción de los dos

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C U E N T O S PA R A E N T R E T E N E R E L A L M A

saltos, y el público allá abajo aplaudía con entusiasmo.

Una mañana llena de sol salpicada de blancas nubes, llegaron

a Temuco. En la afueras de la ciudad hubo una gran función que se

repitió durante varios días.

Consuelo, diestra en el trapecio, volaba con su malla rosada de

un lado a otro como un pajarillo en el interior de una inmensa jaula,

saltando de palo en palo.

La gente aplaudía a los tres trapecistas y la niña se sentía

orgullosa de pertenecer a ese número porque era el más importante

de todos.

Una tarde, el abuelo decidió visitar una comunidad mapuche y

haciendo uso de uno de los carruajes del circo, partió hacia el

interior, acompañado de Consuelo y otras personas de la comparsa.

Llegaron a unos hermosos lomajes sembrados de trigo. Al

fondo, los cerros cubiertos de bosque virgen y la cordillera nevada

les daban la bienvenida.

Una cuadrilla de quince hombres a caballo los vino a recibir.

-¡Mari Mari!- gritaban sonrientes. Usaban largos ponchos y

sus monturas con piel de oveja no tenían estribos.

Rodearon el carruaje y luego escoltaron a los visitantes hacia

el poblado. Éste estaba constituido por veinte chozas o rucas de

totora.

Las mujeres, con sus trajes típicos, en los que predominaba el

negro, el verde, el rosado y el azul, detuvieron sus labores para

observar a los recién llegados.

Al parecer, ese día, era un día de fiesta porque tenían puestos

sus adornos de plata. El trarilonco o cintillo sujeto en la frente y sus

mantillas o chamales estaban sujetos con un gran alfiler del mismo

metal y del pecho colgaba un hermoso medallón.

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C O N S U E L O

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Se iba a iniciar la fiesta religiosa llamada el Nguillatún.

El poblado se reunió en el centro de la aldea frente a una

estatua de madera escalonada, el Rehue. Éste era un tronco con

escalones y su extremo estaba adornado con ramas del árbol sagrado

de los araucanos, el canelo. También había ramas de arrayán y otras

plantas odoríferas. Sobre ellas estaba encaramada la hechicera o

curandera, la machi.

Se oía el cultrún, el tambor que tocaba la machi; también se

escuchaban los sones de la flauta o pifilca y la trutruca con su ronco

lamento.

De pronto hubo silencio.

Hombres, mujeres y niños iniciaron su oración comunitaria:

“Saludos Nguechén. Te saludamos abuelos y antepasados.

¡Sednos propicios Dominador de los hombres!

Después vinieron las cabalgatas alrededor del rehue.

La machi empezó a bailar y a cantar largas oraciones al son de

las trutrucas y del pequeño tambor o cultrún.

Hombres y mujeres portaban ramas del sagrado canelo.

Consuelo y sus acompañantes guardaban respetuoso silencio

ante este baile y sus cantos porque se daban cuenta de que estaban

ante una fiesta religiosa muy importante para la comunidad.

Se invocaba a los espíritus para que hubiera buenas cosechas y

para que no vinieran desgracias y enfermedades a los presentes. La

machi invocaba a los buenos espíritus protectores y alejaba con sus

artes mágicos a los espíritus malignos.

Después del prolongado ceremonial, vino la fiesta, donde se

comió carne asada de cordero y se bebió chicha de manzana.

Consuelo no entendía lo que los indios conversaban porque

hablaban mapuche pero si preguntaba algo le respondían en

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C O N S U E L O

O L A V E N G A N Z A D E L O S Z O R Z A L E S

castellano.

El abuelo conversaba con el cacique de la comunidad, quien

estaba rodeado y era servido por sus tres esposas.

Pronto la fiesta agarró bríos y los visitantes decidieron

regresar a la ciudad porque se hacía tarde.

Fueron despedidos por todos los allí presentes y unos pocos

los escoltaron de vuelta a caballo; luego cambiaron rumbo y se

devolvieron a todo galope.

El abuelo estaba muy alegre y después de un rato se puso a

cantar:

“Cuando los indios bajaron

Cuando los indios bajaron

Bajaron por el estanque

Bajaron por el estanque

Y el indito Chinanperez

Requiriendo sus amores

¡Yaja! ¡Yaja ¡Yajajá!

¡Hay comadre compadre los indios!

¡Hay comadre, compadre! ¡los indios!

¡Yaja! ¡yaja ¡yajajá!

Si no hay re. Sin no hay re

Aunque quiera su mercé…”

Cuando iban llegando a la ciudad el abuelo se tendió en el

fondo del carruaje y se quedó dormido.

El Voltereta condujo el coche con los caballos.

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Consuelo estaba feliz. Lo había pasado muy bien y la fiesta

había sido muy interesante.

Esa noche recordó los vestidos de las mujeres mapuches y sus

adornos. A la machi y su cultrún mágico invocando a los espíritus y

el ronco sonar de las trutrucas. Todo aquello era misterioso; un

mundo mágico, invisible, que rodeaba a los que bailaban. Había

otros seres que no se percibían con los cinco sentidos, pero estaban

allí.

Antes de quedarse dormida, recordó que, cuando venían de

vuelta y el abuelo estaba tendido en el fondo del coche, una culebra

se había atravesado en el camino y los caballos se habían detenido.

¿Había sido algo sin mayor trascendencia? ¿Un hecho casual?

Atardecía. El Sol semiescondido detrás de una muralla de

nubes, estaba deformado por un efecto óptico. Se veía como un

trompo rojo gigantesco.

El abuelo y Consuelo estaban sentados en sillas de playa

contemplando este espectáculo maravilloso.

-Abuelo- dijo la niña. ¿Viste la culebra que se atravesó en el

camino cuando veníamos de vuelta del Nguillatún?

-No la vi, porque iba durmiendo por los efectos de la chicha -

respondió el abuelo.

Cuando yo era niño, un famoso cacique llamado Calvún, era

amigo de mi padre. Él me contaba historias mapuches muy

entretenidas.

Recuerdo una relacionada con culebras y tiene cierta similitud

con la Historia Sagrada.

-Y esa canción que cantaste antes de quedarte dormido, ¿de

adónde la sacaste?-interrumpió Consuelo. ¡Era muy divertida!

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-¡Ah!- respondió el abuelo. Es una canción muy antigua. Me la

cantaba mi padre cuando yo era niño y a él su papá, y así se ha

transmitido de generación en generación. Piensa que se refiere

cuando los indios atacaban a los españoles en tiempos de la Colonia

o de la Conquista. Es muy antigua… pero deja contarte el relato del

cacique Calvún. ¿Te interesa?

-Sí, mucho.

-“Hace algunos miles de años, dicen, que en Chile apareció un

hombre blanco llamado Trome. Este hombre era similar a los

españoles que llegaron muchos años más tarde.

Dicen que Trome subido en lo alto de un cerro llamado Treng-

Treng, dijo lo siguiente: Les traigo muy buenas noticias del cielo

que conviene que sepan. Hay un Gran Señor Todopoderoso dueño

del cielo y de la tierra y que las pobló.

El hizo el Sol, la Luna y las estrellas y también creó a nosotros

en la Tierra.

Todas estas noticias las dio y también dijo otras grandes cosas

pero los hombres no le hicieron caso.

Entonces él gritó a todos los animales:

Ya no me quieren oír los hombres; que vengan a oír los zorros,

los leones, los guanacos y todos los animales.

Entonces ¡qué gran maravilla vio esa gente!

Dicen que acudieron los zorros, los leones, los guanacos, las

culebras y los lagartos y todos los animales de los bosques y

montañas, y los peces del agua de mar y de los ríos y las aves de

todos los colores, hasta el manque (cóndor ) de la cordillera.

Todos acudieron al cerro Treng-Treng a escuchar la palabra de

Trome.

Estaban parados sobre las rocas y en ellas dejaron sus huellas.

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El hombre blanco se fue y no volvió.

Los animales se dispersaron y los hombres se quedaron solos.

Comenzó entonces a llover mucho. A llover sin parar día y

noche.

La culebra buena del Treng-Treng silbó entonces muy fuerte

llamando a los hombres buenos. Pero la serpiente mala Kaikai

silbaba más fuerte, relinchaba como un caballo y llovía más fuerte.

Los ríos se salían de sus lechos.

Algunos pocos hombres y mujeres buenos se fueron al cerro

Treng-Treng. Cuando estuvieron allí implorando el Ser Supremo de

lo que les había hablado Trome, el cerro se levantó en cuatro patas

largas, muy largas.

La serpiente Kaikai rugía más estrepitosamente y las aguas

subían y subían. Parecía que los hombres, refugiados en la cima de

la montaña iban a morir. Pero silbaba la culebra buena Treng Treng y

las cuatro patas del cerro se alargaban más.

Mientras más relinchaba la culebra Kaikai, más subía el agua

pero el cerro Treng-Treng se elevó tanto que alcanzó el cielo.

Entonces -dicen- terminó de llover después de cuatro días y cuatro

noches.

Bajó el cerro Treng-Treng a su sitio y los mapuches que habían

sobrevivido hicieron nuevamente sus rucas en el valle.

Muchos de los hombres malos que no habían querido salvarse

en el cerro Treng-Treng, se convirtieron en piedras…”

-Muy bonito tu cuento, abuelo- dijo la niña. Debe ser muy

antiguo.

-Así es- respondió el abuelo. Si tú te fijas, hay alguna relación

entre el personaje Trome con Nuestro Señor Jesucristo. Cómo

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predica a los hombres y éstos no lo escuchan.

Posteriormente viene un cataclismo similar al Diluvio o el fin

del mundo y se salvan los buenos y perecen los malos.

El Sol o el dios Antu se había escondido en el horizonte. Sus

dorados rayos aún se reflejaban en la nieve del volcán Villarrica.

Éste echaba humo por su cráter.

-Abuelo ¿por qué echa humo el volcán? ¿Acaso está en

actividad?

-Así dicen los científicos, al estudiar esa fumarola, pero yo

creo otra cosa.

-¿Qué otra cosa crees?

-Es el cherufe. El genio que vive dentro del volcán. El volcán

es su ruca y están avivando el fuego para preparar la comida.

Esta lista la cena. Guardemos las sillas de playa.

CAPITULO X

LA RESIDENCIAL DE LAS SEÑORITAS MINTE

El carromato y su caravana de coches y animales llegaron a

Puerto Varas. Un hermoso pueblito de colonos alemanes, situado en

la orilla del lago Llanquihue, y al fondo, el volcán Osorno,

imponente, dándole un sello de misterio y majestuosidad a todo el

paisaje a su alrededor.

Hubo un desfile de animales con banda de músicos por el

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C U E N T O S PA R A E N T R E T E N E R E L A L M A

pueblo. Lo encabezaba la joven elefanta.

Se apiñó la gente para ver este espectáculo poco

acostumbrado.

Marcharon hacia la plaza y allí se confundieron en medio de

un gran gentío.

Posteriormente se fueron a la carpa que estaba levantada en las

afueras del pueblo, al otro lado de la línea férrea.

Consuelo paseó por la costanera, y luego bajó a la playa. Ésta

no tenía arena sino guijarros o cantos rodados.

El agua era límpida y en la orilla, pequeñas olas transparentes,

no más altas que una cuarta, reventaban tímidamente haciendo un

ruido armonioso, exquisito, en la gran quietud del lago inmenso y el

cielo nublado. Era una calma que se esparcía en el aire puro, que se

aspiraba profundamente y vivificaba el cuerpo y el alma.

Un agradable olor a pino alerce se sentía de vez en cuando,

provenía de unos maderos y embarcaciones que había por ahí cerca.

-¡Qué hermoso es este lugar!- se dijo Consuelo. Es tan

apacible y silencioso.

Al final de la playa había un viejo molino, y orillando el

camino del lago divisó casas de madera construidas casi

íntegramente de alerce, con sus techos y paredes cubiertas con

tejuelas de madera de ese árbol.

Del interior de las ventanas se veían maceteros con helechos y

otras plantas de hojas rojas, muy hermosas.

Consuelo estaba admirando las plantas cuando pasó un viejo

automóvil y se detuvo al lado de ella. Era el abuelo. Abrió la puerta y

la invitó a subir.

-Vamos a almorzar en la Residencial de las señoritas Minte- le

dijo.

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-¿Dónde queda eso abuelo?

-En Puerto Chico. Así se llama el barrio que está al final de la

playa.

Avanzó el automóvil y un poco más allá se detuvo nuevamente

frente a una hermosa casa de dos pisos, de madera de alerce. Como

antejardín había un prado muy bien cuidado, rodeado de helechos,

manzanos y otras plantas bellísimas.

Se bajaron del taxi y después de cancelar el recorrido entraron

al antejardín. El abuelo hizo sonar una campanilla y se abrió la

puerta de entrada. Apareció una hermosa mujer alemana de cabello

rojo que se alegró de ver al abuelo y a la niña.

Los hizo pasar a un salón a la izquierda, donde había un piano.

Después de conversar y preguntar por gente conocida de

ambos, el abuelo le preguntó si podían almorzar.

-Por supuesto- contestó la mujer pelirroja y levantándose de su

silla dijo que iba a avisarle a sus hermanas para que vinieran a

saludarlos.

Mientras tanto, Consuelo observaba el salón. Todo estaba

ordenado en forma muy pulcra. Había una pequeña mesa adornada

con un mantel finamente bordado y un florero con flores recién

cortadas.

Más allá, sobre otro mueble, estaba un grueso libro de visitas y

un estante con viejos libros muy bien encuadernados. El piano, con

sus candelabros de bronce para alumbrar con la luz de las velas las

partituras, la alfombra, las sillas, todo tenía un aire antiguo muy

conservado.

Las frescas flores esparcían su suave perfume por todo el salón

y a esto se agregaba en esos momentos un exquisito olorcillo a

comida que venía de la cocina y que daba un gran apetito.

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C U E N T O S PA R A E N T R E T E N E R E L A L M A

Llegaron las dos hermanas a saludar al abuelo. Ellas eran

mayores y no tan bien parecidas como la pelirroja. Se pusieron muy

alegres al ver al abuelo y después de una breve conversación

invitaron a los recién llegados a pasar al comedor. Éste estaba a la

derecha del pasillo de entrada.

El comedor era tan pulcro y hermoso como el salón. Había seis

mesas con sus respectivas sillas. Estaban todas con el servicio

puesto, con manteles blancos; todo muy limpio y ordenado.

La ventana que daba al jardín y con vista al lago, era alta y la

luz llegaba a través de unos delicados visillos tejidos a mano. Todo

esto le daba una agradable acogida al que estaba allí y una sensación

de plena quietud y felicidad.

Había dos mesas ocupadas por familias de parroquianos que

estaban alojados en la residencial. Hubo saludos y sonrisas. El

abuelo ocupó una de las mesas y Consuelo se sentó al frente y

esperaron a que les sirvieran.

Entró una joven mapuche con un vestido negro y un delantal

blanco almidonado. Ofreció bebidas o licores y el abuelo pidió una

cerveza.

Pronto llegó con una bandeja y dos platos con una rica entrada

de verduras, jamón, medio huevo duro, todo esto adornado con

mayonesa y una aceituna.

Sirvió la cerveza al abuelo y le sonrió a Consuelo.

Después vino una sabrosa sopa y posteriormente un asado con

papas cocidas y ensalada de lechugas.

La gente en el comedor hablaba en voz baja y en algunos

momentos Consuelo escuchaba con cierta curiosidad lo que

conversaban los vecinos.

Todo era un ambiente inolvidable de tranquilidad, mutuo

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respeto y felicidad.

Llegó una de las dueñas de la residencial a preguntarle al

abuelo cómo estaba la comida y si era bien atendido.

El abuelo estaba rozagante de felicidad. Bebía satisfecho su

cerveza y se había metido la punta de una gran servilleta en el cuello,

por encima de la corbata.

Finalmente vino el postre. Era un postre alemán exquisito;

consistía en un flan hecho de murta y adornado con una cereza sobre

crema amarilla.

Consuelo lamentó que la ración fuera tan pequeña. Se habría

comido la fuente entera.

Después de beber una tacita de café, el abuelo pagó la cuenta y

se despidió de las señoritas Minte.

La niña se despidió con un beso de las simpáticas dueñas de la

residencial, y posteriormente se fue caminando con el abuelo en

dirección al pueblo por la orilla del lago. Antes de llegar al muelle, la

costanera se cortaba y tuvieron que subir un cerro por una calle para

llegar a la plaza.

---------------

Llegaron a un viejo hotel cubierto con planchas de cinc. Una

pintura amarillenta cubría las latas. Era el Hotel Bellavista.

Un poco más allá había una playa y un muelle de madera,

atracado a él había un pequeño barco. Por su chimenea salía un

humo azul. Sus maquinarias trabajaban con leña como combustible

en lugar de carbón.

-Sí tú deseas- dijo el abuelo- podríamos navegar en este

barquito hasta el otro extremo del lago.

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-¡Me encantaría, abuelo!

-Entonces -dijo el abuelo- mañana vendremos al muelle y ¡nos

embarcaremos!

Llegó la mañana del día siguiente y Consuelo subió con el

abuelo a bordo del pequeño buque llamado “Santa Rosa”.

Sonó un pitazo y empezaron a funcionar las máquinas del

barquito. Lentamente se separó del muelle y principió a navegar a

toda máquina hacia la orilla opuesta del lago, hacia el volcán.

Navegó toda la mañana. El agua se veía profunda y de color

azul oscuro.

Consuelo observó gruesos oleajes. Parecía que estuvieran

navegando en el mar. El aire era frío y muy puro. Era un aire limpio

como los manteles y los corazones de las señoritas Minte.

Llegaron a la orilla opuesta después de navegar varias horas

por el extenso lago.

Un pitazo del Santa Rosa anunció su llegada. Habían

alcanzado La Ensenada.

Desembarcaron junto con otros pasajeros y caminaron hacia

un hermoso hotel. El Hotel Ensenada. Allí Consuelo disfrutó de otro

rico almuerzo junto a su abuelo y después se embarcaron en el Santa

Rosa para navegar de regreso a Puerto Varas.

Atardecía cuando atracaron al muelle de madera.

Se acabó el paseo- dijo el abuelo. Ahora tenemos que trabajar.

Y se dirigieron al circo.

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CAPITULO XI

PUERTO MONTT

Varios días estuvo el circo del abuelo funcionando en Puerto

Varas. Finalmente se levantó la carpa y la caravana siguió rumbo a

Puerto Montt.

Después de un largo día de viaje, por un camino rodeado de

bosques, bajaron una cuesta y llegaron de noche a una calle que

terminaba en una playa. Llovía torrencialmente y a pesar de ser

primavera, hacía bastante frío.

El abuelo estaba preocupado por los animales. Temía que se

enfermaran.

Consuelo observaba la ciudad con ojos muy abiertos. Las

casitas de madera con sus ventanas luminosas se reflejaban en las

calles mojadas por la lluvia.

El cielo oscuro no dejaba ver ni una sola estrella.

A lo lejos se oía el ruido de las olas y al fondo, en los cerros, la

selva lo cubría todo y se confundía con las nubes.

Se respiraba un aire frío que venía del mar.

-¡Qué linda es esta ciudad, abuelo! -exclamó la niña-

aspirando el aire fresco con cierto olor a algas marinas.

-Siempre las mujeres y las ciudades se ven hermosas cuando

es de noche- contestó lacónicamente el abuelo.

Consuelo se quedó pensativa. No comprendía bien la

observación del abuelo. Quizás -se dijo- la oscuridad sólo deja ver

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algunas cosas bellas de las mujeres y las ciudades y no permite ver

las feas…

Siguieron por una calle que partía de la estación del ferrocarril,

bordeaba la costa y terminaba en un lugar muy pintoresco.

Al frente había una isla. La isla Tenglo.

Por la calle barrosa, flanqueada por un lado por el mar y por el

otro por una oscura hilera de casas de madera, se dirigieron a una

caleta o pequeño puerto. Allí estaban varados decenas de veleros

chilotes.

Al día siguiente el cielo estaba límpido y azul. Una que otra

nube blanca y gruesa adornaba el firmamento. El Sol hacía brillar

todo objeto.

Consuelo y el abuelo fueron de compras a la caleta. Era la

caleta Angelmó.

Los veleros negros reclinados en el fango, estaban con las

velas sin arriar porque las estaban secando al sol.

El espectáculo era maravilloso. Las velas amarillentas y

relucientes, los mástiles pintados de rojo, azul y verde y los

pescadores con sus gorros chilotes de lana, ofrecían sus mercancías

traídas de mar afuera.

Se vendía pescado, mariscos, carbón de leña, papas y otros

productos.

A Consuelo le llamó la atención unos enormes choros negros,

tan grandes como un zapato.

Había también almejas, se vendían las papas no por kilo sino

por almud. Esta medida se usaba como una medida de volumen y no

de peso ya que metían cierta cantidad de papas en un cajoncito de

madera y esa cantidad era un almud.

El ambiente olía a luche, a pescado y a piure. Estos últimos

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colgaban secos, en sartas y por su penetrante olor dominaban el

ambiente.

Todo tenía olor a piure. Hasta los chilotes y sus gruesos

chalecos de lana.

Las mujeres vestían de negro y usaban pañuelos para cubrirse

la cabeza.

-¡Qué lindo sería pintar todo esto! -exclamó Consuelo.

-Algún día alguien lo pintará. Será un pintor famoso y una

calle por aquí llevará su nombre -contestó al abuelo.

Esa tarde atravesaron en bote el pequeño trecho de mar que

había entre la caleta de Angelmó y la isla Tenglo.

Allí, el abuelo y la comparsa del circo caminaron por la playa

de arena casi negra. Se dirigieron a unos restaurantes que estaban al

aire libre.

Iban a servirse un curanto.

Habían cavado un gran hoyo en la arena y lo cubrieron con

piedras. Echaron leña y le prendieron fuego. Después de un rato, las

piedras se veían blancas de lo calientes que estaban. Sacaron las

cenizas y echaron cholgas, choros, jaivas, carne de chancho, presas

de pollo, papas y pescado. Todo esto lo iban colocando en capas

separadas por grandes hojas de una planta que crecía en la orilla del

bosque. La planta se llamaba nalca o pangue. Finalmente, después

de tapar el hoyo con la última capa de estas hojas, echaron arena y se

esperó a que la comida enterrada se cociera.

Consuelo veía salir humo blanco desde la arena donde estaba

el hoyo y no se imaginaba cómo se iba a cocinar todo aquello si no

había fuego adentro.

Pero se coció con el calor de las piedras, y después de un

tiempo se destapó el hoyo, se sacó la comida y se sirvió en platos. Su

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sabor era exquisito al mezclarse todo dentro del hoyo caliente.

También se sirvieron tortillas de harina cocida y otras de harina

cruda. Eran los chapaleles y los milcaos.

A la niña no le agradaron porque los encontró desabridos, pero

el abuelo los engullía con placer junto con el jugo que salía de las

conchas de los mariscos.

Después se bebió vino y se brindó por el éxito que había tenido

el circo en su travesía hacia el Sur.

El Voltereta y el Cabeza-abajo estaban muy alegres y tomando

a Consuelo por pies y manos empezaron a mantearla. La niña gritaba

y reía entre placentera y asustada porque era lanzada a bastante

altura.

Finalmente la dejaron suavemente sobre la arena y se fueron a

descansar.

El viento frío los hizo levantarse de la playa y se decidió

regresar. Se dirigieron a los botes que los habían traído y remaron de

vuelta hacia Angelmó. La isla quedó atrás.

Atardecía.

Consuelo divisó un viejo buque que había encallado en ese

lugar. Con la luz del crepúsculo se veía como un fantasma rojizo que

reposaba allí hasta que el tiempo y las tempestades hicieran polvo su

hierro mohoso.

-Qué hermoso es todo esto -pensó Consuelo- y tan diferente al

también lindo Puerto Varas. Es increíble que estando las dos

ciudades cerca una de otra, puedan tener una belleza tan diferente.

¡Hasta la comida es totalmente distinta! Entonces recordó el postre

del comedor de las señoritas Minte y se le hizo agua la boca.

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CAPITULO XII

EL RETORNO

El circo estuvo tres días en Angelmó y el público proveniente

de la ciudad, acudió a divertirse.

Consuelo estaba diestra en el trapecio y deseaba con toda su

alma hacer un salto mortal en plena función, al igual que el

Voltereta, pero su abuelo, al escuchar esta locura, frunció el ceño y le

dijo que tenía que pensarlo para dar la autorización. Pero antes ¡por

ningún motivo!

-¿Sabes quién ha venido a visitarnos? -dijo el abuelo,

cambiando de tema.

-¿Quién, abuelo?

-La señora Matilde.

-¡La señora Matilde! ¡Qué alegría de verla nuevamente!

Expresó la niña.

En efecto, la gorda tía Matilde estuvo sentada en el palco esa

noche mientras Consuelo volaba por los aires.

Al final de la función se abrazaron con gran cariño.

-¡Qué bien y saludable se ve mi niña! -comentó la tía Matilde.

-La señora Matilde -dijo el abuelo- mañana regresa al Norte y

deseo que vayas con ella; es necesario que vuelvas a casa porque las

vacaciones han terminado.

-Pero abuelo -balbuceó la niña- yo quiero seguir contigo,

actuando como trapecista y…

-No- replicó el abuelo, hablando con bondad y firmeza.

Tu destino es otro. Mañana tomarás el tren Nocturno que va a

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Santiago. La tía Matilde te dejará en tu hogar y después ella volverá

a su casa.

____________

La locomotora resoplaba inmóvil en la estación de Puerto

Montt. Se oía un silbido constante como si hubiera un escape de

vapor por una rendija. Shhhhhhh. Era como una vibración

permanente. De vez en cuando la inmensa máquina tenía unos

accesos de resoplidos. Fu. Fu. ¡Fufufufufu…!… Fu. Shhhhhhhhhh,

se oía el silbido del vapor.

Los pasajeros se habían subido a los coches. Acomodaban

nerviosamente las maletas.

Consuelo observó que un carro, que iba inmediatamente

después del carro que portaba el carbón para la locomotora, tenía

solamente una gran puerta corrediza en el centro y por ésta entraba

gran cantidad de equipaje.

La gente se despedía y la locomotora seguía silbando y

resoplando y lanzaba chorros de vapor por delante de las ruedas.

Se oyó el pitazo de advertencia del jefe de estación mientras la

gente se decía adiós. Algunos se besaban, otros mandaban saludos y

hacían encargos. Los del tren, asomados a las ventanas con sus

marcos levantados, se despedían en voz alta.

El abuelo y la comparsa habían venido a despedir a la niña.

Allí estaban los trapecistas, el payaso, el domador de fieras, la

equitadora, el encargado de la elefanta y varios más.

-¡Adiós! ¡Adiós Consuelo!

-Adiós- replicaba la niña. En el andén ya se había despedido

con un beso, de su abuelo y de todos los demás.

La tía Matilde, sonriente y con un pañuelo en la mano estaba

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emocionada con la partida. Llevaba puesto un pequeño sombrero de

terciopelo con un velo que le ocultaba en parte sus lágrimas.

Sonó un nuevo y definitivo pitazo del jefe de estación y éste

fue contestado por la locomotora.

El tren se ponía en marcha lentamente. Crujían los goznes y

patinaban las ruedas de la locomotora.

-Shu Shu Shu ¡Shushushushushu!

El maquinista hizo sonar la campana Tlan tlan. Tlan tlan. Shu

Shu Shu Shushushushushushu - patinaban las ruedas.

El tren se alejaba de la estación. Consuelo asomada a la

ventana se despidió con la mano de su abuelo y de todos sus amigos.

Sabía que nunca más los iba a ver y se le llenaron de lágrimas sus

lindos ojos.

-No es para tanto mi querida niña- la animó la tía Matilde.

El tren corría presuroso hacia Puerto Varas. Después de

detenerse algunos minutos, siguió veloz rumbo al Norte.

Echaba bastante humo por la chimenea. Entonces el inspector

avisó que había que cerrar las ventanas porque iban a atravesar un

túnel.

-Huiiii ooo Huiiii- sonaba el pito de la locomotora en las

curvas peligrosas.

Consuelo oía el ruido acompasado de las ruedas cuando

pasaban por la unión de los rieles.

-Tatá Tatá…….. tatá.. tatá…

-Tatá tatá…

Se abrió una puerta y el ruido de los rieles se hizo más fuerte.

Apareció un garzón anunciando que estaba listo el primer turno para

la cena. Los que se habían inscrito deberían pasar al coche comedor.

La tía Matilde estaba presta. El viaje y las emociones le habían

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C U E N T O S PA R A E N T R E T E N E R E L A L M A

dado bastante apetito. Tomó a la niña de la mano y se encaminaron al

coche comedor.

La pasada de un coche al otro con la plataforma oscilante y

tratando de abrir las puertas de los extremos de cada carro daba

cierta emoción.

Después de pasar por varios carros, finalmente llegaron y se

sentaron.

En el coche había dos hileras de mesas con el pasillo al medio

y cada mesa tenía cuatro sillas.

Los garzones caminaban presurosos por el pasillo y se

equilibraban hábilmente sin derramar nada. El tren corría en esos

momentos a gran velocidad.

Sirvieron una sopa de verduras en unas tazas de metal con dos

orejas. Era bastante agradable y tenía cierto olorcillo a coliflor o

repollo.

-¡Adiós mi querido Sur!- balbuceó la niña. Cuánta felicidad

me has dado en estos días de vacaciones.

El traqueteo de las ruedas y los mozos que servían de prisa y

con gran seguridad le daban un agradable bienestar.

Las lámparas del coche comedor estaban encendidas y el

ambiente era placentero.

El tren seguía su trayectoria por un paisaje maravilloso.

Campos extensos cultivados con trigo o potreros con gran cantidad

de ganado. Al fondo la selva y más allá, bien lejos, la cordillera

nevada con sus volcanes.

Después de cenar, volvieron al coche dormitorio. Lo asientos

habían sido trasformados en camas. El camarero había trabajado

mientras ellas estaban en el coche comedor.

-Tú dormirás en la cama de arriba -dijo la tía Matilde- porque

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yo estoy demasiado gorda para encaramarme a esas alturas.

En esos instantes, en la casa de la abuela chilló un zorzal.

Se oía el traqueteo de las ruedas tatá tatá… tatá tatá y Consuelo

sentada sobre una maleta de la tía Matilde se quedó dormida algunos

instantes.

Despertó con el mismo traquetear de las ruedas y oyó una voz

que era conocida. Sí señora- decía la voz, una voz ronca de mujer.

-Sí. Las garrapatas son unos bichos grandes, y si se le mete una

de esas garrapatas al oído una está perdida…

Era la vieja gorda de chaleco amarillo. El coche del tren ya no

era el mismo. La tía Matilde había desaparecido.

Consuelo se levantó sobresaltada. Miró por la ventana y divisó

una estación y un letrero. Leyó: “Chorrillos”.

El tren estaba detenido.

-¡No puede ser!- exclamó. ¡Yo iba a Santiago con la tía

Matilde!

La gente se bajaba presurosa y la niña sin saber cómo y por qué

se bajó también.

El vagón del tren cerró sus puertas corredizas y se alejó

rápidamente.

La niña se quedó sola en el andén. Después, recordando los

consejos de mamá, miró para ambos lados antes de atravesar la línea

férrea.

-Qué extraño todo lo que me ha sucedido -se dijo.

He viajado en un tren mágico en tiempos ya pasados.

Se encogió de hombros y se encaminó a casa de la abuela.

Atardecía.

El Sol se estaba escondiendo en el mar y los zorzales cantaban

en los árboles al fondo del jardín de la abuela.

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-Este año la higuera ha dado pocos frutos- cantaban.

Uno de ellos trinó. No pudimos engañar al abuelo.

-¡No!- contestaron los otros. Fue imposible. El abuelo orde

muy bien las páginas y los capítulos y se pudo leer esta historia en

forma coherente. ¡Sí! ¡Eso es verdad! ¡Desde el principio hasta el

final!

-¡A callarse pap pajarracos! Gritó la bruja tartamuda. Esa que

se viste de violeta y usa un bonete negro.

La bruja estaba contrariada. Su varita mágica reluciente de

color índigo, no había funcionado como ella hubiese deseado.

En realidad estaba muy, pero muy enojada, mas, pronto le vino

sueño y se quedó profundamente dormida, encaramada en una rama

del árbol jacarandá, acompañada de sus amigos los zorzales.

EPÍLOGO

El pueblo está tranquilo. Es verano y han llegado las aves

migratorias, los turistas invaden las calles, las tiendas y mercados

con su andar sin prisa. Sin la angustia del deber que cumplir,

observan las vitrinas y el paisaje volcánico.

A lo lejos se oyen unos acordes de música de circo. Son lejanos

como un recuerdo de la infancia. Alegres, simples, con marcialidad

bufónica que avanza por la calle y va creciendo en intensidad.

Todos se alborotan en sana revolución. Los niños corren y

gritan llamándose mutuamente. Las mujeres se asoman por las

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ventanas como flores curiosas que se abren a la diáfana mañana.

Ha empezado a lloviznar. Es una lluvia tibia, generosa, que

moja sin enfermar. Es aguacero sureño de verano destinado a dejar

las cosas limpias y bonitas, bien puestas en su lugar y cuando así ha

ocurrido, se va hasta un próximo día manteniendo a raya el polvo, la

suciedad y el tiempo.

La música se aproxima por la calle principal provocando más,

cada vez más un grandioso alboroto.

La gente se ha agolpado en las cunetas diseñando una

interminable fila en cada costado para verlos pasar.

¡Allá vienen! ¡Ya aparecen!

Avanzan los “clowns” haciendo piruetas en una risotada

cósmica. Una camioneta portando un megáfono anuncia en alta voz

la función de la noche.

Se presenta a los animales y principalmente a ella, la

elefantita. Avanzan los camellos con su doble joroba asiática.

Arrogantes, armoniosos, y sus grandes ojos negros, bordados de

sedosas pestañas, parecen decir:

¡Somos los dueños del mundo!

Somos los dueños del mundo, porque lo pisoteamos de la

Europa a la China. ¡Observen nuestro paso! Podemos bailar a este

compás por dos milenios y no nos cansamos. Siempre va agradar. Es

un estilo ¡que marca a las generaciones del pasado y a las futuras!

Mas, la curiosidad pronto salta a otra parte. ¡Tanta arrogancia

es intolerable! Sí. Es más atrayente la bondad y la enorme masa con

fuerza de gravedad propia; y es por esto que se aglutinan las

hormigas humanas a su alrededor. Avanza feliz amando al mundo

porque el mundo también la ama a ella. Tanta carne en movimiento

provoca asombro y también felicidad, porque viene al compás de la

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C U E N T O S PA R A E N T R E T E N E R E L A L M A

alegre marcha circense. El bombo, los platillos y la tuba no se hacen

de rogar y dominan el espacio haciendo vibrar los ventanales y los

cristales profundos de nuestro corazón.

Avanza la elefanta saludando y oliendo a los más cercanos con

su trompa erguida. Los niños la acarician y los grandes sonríen al

observar a tan simpática belleza. Algunos rapaces arrancan pasto de

los prados y acercan sus manos con una ofrenda a la diosa de los

animales. Ella los acepta complacida y las briznas son llevadas

mediante la trompa a su boca triangular con la delicadeza propia de

algunas gordas. Mientras tanto, en las esquinas se atochan los

automóviles, microbuses, carretas y camiones.

¡Esta noche señores! ¡No dejen de venir al gran circo!

Un turista con anteojos de mariscal de campo, dándoselas de

intelectual, pregunta a gritos para hacerse oír:

-A juzgar por los colmillos ¿es hembra?

-Sí - le responden.

-Y por las orejas, ¿es de la India?

- Sí.

-¿Cuántos fardos de pasto come al día?

-Cinco- contesta lacónicamente el cuidador mientras marcha

al lado, más bien debajo de su niña enorme.

La fiesta se concentra en la plaza del pueblo. ¡Jamás un

elefante había visitado a la pequeña y solitaria placita adornada con

hermosos ulmos en flor. ¡La música y el colorido llegan a su

paroxismo! ¡Es todo un frenesí!

El pueblo entero se mece alegre al compás de los camellos y al

balanceo del descomunal paquidermo. Flotan los globos

multicolores en racimos de uva gigantescos y los niños devoran

complacidos sus golosinas mientras los autos saludan con sus

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C O N S U E L O

O L A V E N G A N Z A D E L O S Z O R Z A L E S

bocinas haciendo estruendo. Ella sonríe con sus pícaros ojitos. Sabe

que lo ha provocado todo para bien y felicidad del género humano.

“En el mundo no hay maldad” -dice- “y el hombre es bueno

porque yo lo siento así. La tierra es hermosa bajo mi carpa con olor a

heno y a orín; y me cuidan y alimentan abundantemente.

En verdad ¿existe realmente la miseria del alma? ¿La fealdad

del espíritu?

El circo se retira. Avanza; se va con la hermosa elefanta, y a la

vanguardia van los principescos camellos.

Poco a poco se disipa el atoche.

Los automóviles siguen su camino y los niños regresan a sus

casas, los más pequeños, de la mano de sus padres.

Lentamente vuelve la calma y la vida sigue su rutinaria

trayectoria.

Atardece. A lo lejos se oyen aún los acordes de la banda del

circo y se alcanza a divisar el lomo gris de la elefanta.

Es el epílogo del silencio rural que se transmite al firmamento

eterno. Ha llegado la hora en que se encienden las velas y los gatos

se preparan para huir a los tejados.

Ha empezado nuevamente a lloviznar. Un perro distante le

ladra a un verde y pálido atardecer que agoniza bajo negros

nubarrones.

El desfile ha terminado.

Fin

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C U E N T O S PA R A E N T R E T E N E R E L A L M A

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Otros títulos en esta colección

01 El sol con imagen de cacahuete

02 El valle de los elfos de Tolkien

03 El palacio

04 El mago del amanecer y el atardecer

05 Dionysia

06 El columpio

07 La trapecista del circo pobre

08 El ascensor

09 La montaña rusa

10 La foresta encantada

11 El Mágico

12 Eugenia la Fata

13 Arte y belleza de alma

14 Ocho patas

15 Esculapis

16 El reino de los espíritus niños

17 El día en que el señor diablo cambio el atardecer por el amanecer

18 El mimetista críptico

19 El monedero, el paraguas y las gafas mágicas de don Estenio

20 La puerta entreabierta

21 La alegría de vivir

22 Los ángeles de Tongoy

23 La perla del cielo

24 El cisne

25 La princesa Mixtura

26 El ángel y el gato

27 El invernadero de la tía Elsira

28 El dragón

29 Navegando en el Fritz

30 La mano de Dios

31 Virosis

32 El rey Coco

33 La Posada del Camahueto

34 La finaíta

35 La gruta de los ángeles

36 La quebrada mágica

37 El ojo del ángel en el pino y la vieja cocina

38 La pompa de jabón

39 El monje

40 Magda Utopia

41 El juglar

42 El sillón

43 El gorro de lana del hada Melinka

44 Las hojas de oro

45 Alegro Vivache

46 El hada Zudelinda, la de los zapatos blancos

47 Belinda y las multicolores aves del árbol del destino

48 Dos puentes entre tres islas

49 Las zapatillas mágicas

50 El brujo arriba del tejado y las telas de una cebolla

51 Pituco y el Palacio del tiempo


C U E N T O S PA R A E N T R E T E N E R E L A L M A

52 Neogénesis

53 Una luz entre las raíces

54 Recóndita armonía

55 Roxana y los gansos azules

56 El aerolito

57 Uldarico

58 Citólisis

59 El pozo

60 El sapo

61 Extraño aterrizaje

62 La nube

63 Landrú

64 Los habitantes de la tierra

65 Alfa, Beta y Gama

66 Angélica

67 Angélica II

68 El geniecillo Din

69 El pajarillo

70 La gallina y el cisne de cuello negro

71 El baúl de la tía Chepa

72 Chatarra espacial

73 Pasado, presente y futuro mezclados en una historia policroma

dentro de un frasco de gomina

74 Esperamos sus órdenes General

75 Los zapatos de Fortunata

76 El organillero, la caja mágica y los poemas de Li Po

77 El barrio de los artistas

78 La lámpara de la bisabuela

79 Las hadas del papel del cuarto verde

80 El Etéreo

81 El vendedor de tarjetas de navidad

82 El congreso de totems

83 Historia de un sapo de cuatro ojos

84 La rosa blanca

85 Las piedras preciosas

86 El mensaje de Moisés

87 La bicicleta

88 El maravilloso viaje de Ferdinando

89 La prisión transparente

90 El espárrago de oro de Rigoberto Alvarado

91 El insectario

92 La gruta de la suprema armonía

93 El Castillo del Desván Inclinado

94 El Teatro

95 Las galletas de ocho puntas

96 La prisión de Nina

97 Una clase de Anatomía

98 Consuelo

99 Purezza

100 La Bruja del Mediodía

101 Un soldado a la aventura


Inscripción Registro de Propiedad Intelectual Nº 37100. Chile.

© Fernando Olavarría Gabler.

CONSUELO O LA VENGANZA DE LOS ZORZALES Fernando Olavarría G.

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