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0015 - Viento Sur

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las fábricas. Esto se

las fábricas. Esto se conjugaba con la hostilidad tácita y muchas veces abierta de la mayor parte de los sindicatos al respecto: los dirigentes sindicales les consideraban organizaciones rivales. Muchos pensaban que la autogestión y/o la propiedad colectiva conduciría a la desaparición de los sindicatos, por innecesarios. Sólo muy tarde, a finales de 1991, los sindicatos, antiguos y nuevos, asumieron, formalmente al menos, las reivindicaciones iniciales del movimiento de los colectivos. Sin embargo, los dos movimientos sindicales recuerdan constantemente que su labor principal es la defensa del "trabajo asalariado", lo que significa implícitamente que han renunciado a reivindicar, en nombre de los trabajadores, la propiedad colectiva sobre la economía nacionalizada. La responsabilidad del fracaso del movimiento de los STK incumbe sobre todo a su dirección, que no ha hecho gran cosa por movilizar a los trabajadores por sus reivindicaciones. En su lugar, ha consagrado sus esfuerzos a hacer de lobby político en los entresijos del poder; una elección táctica que se explica sin duda por la predominancia de la intelligentsia de las empresas en este movimiento. En Rusia, los dirigentes nacionales del movimiento de los colectivos habían puesto sus miras en Yeltsin y su reivindicación de la soberanía rusa (en una época en la que la URSS existía todavía). Pero Yeltsin y sus seguidores liberales, apenas conquistaron el poder, se volvieron contra el movimiento autogestionario. Sufriendo terribles presiones de arriba y con apoyo poco activo de la base, los STK han dado marcha atrás progresivamente en sus reivindicaciones, que han quedado reducidas a defender el derecho de los trabajadores a obtener al menos una porción de la economía nacionalizada. La ley de privatización de Yeltsin no incluyó la autogestión ni la propiedad colectiva de los trabajadores. Hoy subsisten pocos STK. Pero, a pesar de la autosatisfacción manifestada por las autoridades, la cuestión de la propiedad esta lejos de resolverse. Los "viejos" sindicatos La huelga de los mineros de 1989 —en el curso de la cual el antiguo sindicato de mineros se sentó en la mesa de las negociaciones del lado de los representantes del Gobierno, frente a los huelguistas— suministró el primer impulso para el cambio, lento y tortuoso. Sin embargo, el cambio en la actitud del Gobierno respecto a los antiguos sindicatos ha sido más decisivo que la aceptación de las nuevas organizaciones obreras: con el nuevo curso liberal, los antiguos sindicatos han perdido su status de socios subordinados del poder, para convertirse en el blanco de la hostilidad del Gobierno. Este ataque les cogió por sorpresa, como demuestra el slogan central de la Federación de Sindicatos Independientes (FNPR): "salarios de mercado para precios de mercado". La campaña fracasó estrepitosamente. Entre 1989 y el golpe de Estado yeltsiniano de septiembre-octubre de 1993, los antiguos sindicatos han evolucionado gradualmente hacia la oposición abierta al Gobierno. Esta evolución es, sin embargo, contradictoria: estos sindicatos siguen siendo partidarios del pacto social, incluso cuando el Gobierno viola continua- 42 VIENTO SUR Número 15/Junio 1994

mente sus compromisos. A la vez, los antiguos sindicatos han intentado desarrollar campañas políticas para obligar al Gobierno a modificar su desastrosa política hacia los trabajadores. El combate político Mientras la economía se hunde, los sindicatos no obtienen prácticamente nada para sus afiliados a través de las acciones tradicionalmente sindicalistas. Para ser eficaz hoy en Rusia, el combate principal debe hacerse en el terreno político. Esto lo han comprendido, hasta cierto punto, las direcciones de los antiguos sindicatos, a partir del momento en que su militancia se ha dirigido contra el Estado. Pero esta acción política tiene dos defectos relacionados entre sí. En primer lugar, la incapacidad de las secciones de las empresas para desmarcarse claramente de la dirección. Esto no quiere decir que se excluya la cooperación, siempre que sea en interés de los trabajadores, pero debe hacerse bajo posiciones sindicales independientes. A menos que los sindicatos demuestren a sus miembros que son otra cosa que un apéndice de la administración y que no toman la defensa de los intereses de los trabajadores en la empresa para conseguir solamente pequeñas victorias, no tendrán ninguna oportunidad de conducirles en una acción política contra el Estado. Hoy, la mayor parte de los trabajadores no comprenden la utilidad de los sindicatos. Incluso la mayoría de los dirigentes sindicales no comprende la necesidad de una base militante consciente y activa. La otra gran debilidad de la actividad política de los antiguos sindicatos ha sido su inconsistencia, aliada igualmente a su dependencia de las direcciones. La FNPR y sus sindicatos afiliados defienden una posición centrista sobre las reformas económicas, en acuerdo tácito con lo pretendido por la dirección, es decir, los jefes de las empresas que se reconocen más o menos rojos y que no han renunciado a salvar su empresas y su fuerza de trabajo. Esta posición acepta el dogma de la "inevitabilidad" de la restauración capitalista, pero llama a la constitución de un "mercado socialmente orientado" —una transición regulada hacia un capitalismo que atienda las necesidades nacionales, con un fuerte sector público y una red de seguridad social: en otras palabras, un capitalismo de rostro humano. En este sentido, la crítica liberal del programa centrista considerándolo inconsistente está justificada. Los antiguos sindicatos aceptan la restauración capitalista, pero no sus consecuencias. No se oponen a las privatizaciones, pero quieren que se hagan "en interés de los colectivos de trabajadores", lo que carece de sentido. Si quieren defender de verdad los intereses de sus afiliados, deben romper claramente con el Gobierno y la dirección, y elaborar una alternativa obrera a la restauración. En privado, numerosos dirigentes sindicales parecen comprender que la defensa de los intereses obreros debe, en las condiciones actuales, tomar una forma anticapitalista, pero la mayoría rechaza adoptar tal posición en la práctica. En el pasado, los antiguos sindicatos han contemplado durante un tiempo la idea de crear su propio partido de los trabajadores, pero pero no se han decidido jamás a dar este paso (como hicieron los sindicatos bielorrusos del automóvil y la VIENTO SUR Número 15/Junio 1994 43

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