o ajedrez marciano - La Biblioteca del Cuadrado de Binomio

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PRÓLOGO

John Carter vuelve a la Tierra

Como de costumbre, Shea acababa de ganarme al ajedrez, y yo también, como de costumbre,

había recurrido a la dudosa satisfacción que podía proporcionarme el acusarle de debilidad

mental llamando su atención por enésima vez sobre la afirmación, convertida en teoría por

algunos científicos, de que los grandes ajedrecistas suelen hallarse entre niños menores de doce

años, adultos que pasan de setenta, y personas de mentalidad deficiente; teoría que olvido con

ligereza en las raras ocasiones en que gano. Shea se había retirado a descansar y yo debí seguir

su ejemplo, pues aquí montamos a caballo antes de amanecer; pero en lugar de hacerlo me senté

en la biblioteca, delante de la mesa de ajedrez, arrojando despreocupadamente el humo de mi

tabaco sobre la deshonrada cabeza de mi rey derrotado.

Hallándome en tan provechosa ocupación oí abrir la puerta de la habitación que da al este y oí

que alguien entraba. Pensé que sería Shea, que volvería para hablarme de algo relativo a la tarea

del día siguiente; pero cuando alcé la vista hacia la puerta que pone en comunicación las dos

habitaciones vi en su marco la figura de un gigante broncíneo, ceñido al desnudo cuerpo un

cinturón de cuero, adornado con incrustaciones de piedras preciosas, de uno de cuyos lados

pendía una espada corta, también cubierta de adornos, y del otro, una extraña pistola. Su pelo

negro, sus ojos de color gris acero, resueltos y sonrientes, sus nobles rasgos me permitieron

reconocerle en el acto, y, poniéndome en pie de un salto, avancé hacia él con la mano tendida.

—¡John Carter! —exclamé —¿Usted?

—Yo, y no otro, hijo mío —contestó, estrechando mi mano con una de las suyas, mientras

apoyaba la otra encima de mi hombro.

—¿Qué hace usted aquí? —le pregunté—. Han pasado muchos años desde que regresó por

última vez a la Tierra, y nunca lo ha hecho con los atavíos de Marte. ¡Señor! Pero ¡es

maravilloso verle, y no parece que haya envejecido usted ni un día desde mi niñez, cuando

saltaba encima de su rodillas! ¿Cómo se explica usted esto, John Carter, Guerrero de Marte, o

cómo va a intentar explicarlo?

—¿Para qué intentar explicar lo inexplicable? —repuso—. Como ya te conté la otra vez, soy un

hombre muy viejo. Ignoro mi edad. No recuerdo mi infancia. Sólo recuerdo que siempre he sido

como ahora me ves y como me viste por primera vez, cuando tenías cinco años. Tú mismo has

envejecido aunque no tanto como envejece la mayoría de los hombres en igual número de años

lo cual puede explicarse por el hecho de que corre la misma sangre por nuestras venas; pero yo

no he envejecido nada.

"He discutido esta cuestión con un notable hombre de ciencia marciano, amigo mío; pero sus

teorías no son aún más que teorías. Sin embargo, el hecho me satisface; no envejezco nunca y

amo la vida y el vigor de la juventud. Pasemos ahora a tu lógica pregunta acerca de lo que me

trae de nuevo a la Tierra y en este atavío, extraño para los ojos terrestres. Podemos dar las

gracias a Kar Komak, arquero de Lothar; él fue quien me sugirió la idea que me ha permitido,

después de muchos experimentos, conseguir por fin esta meta. Como ya sabes, hace muchísimo

tiempo que poseía la facultad de atravesar el vacío en espíritu; pero nunca hasta ahora me había

sido posible comunicar semejante facultad a las cosas inanimadas.

«Sin embargo, ahora me ves por primera vez exactamente igual que me ven mis compañeros

marcianos; ves la misma espada corta que se ha teñido con la sangre de muchos enemigos

salvajes: el mismo correaje con los distintivos de Helium y las insignias de mi grado; la pistola

que me regaló Tars Tarkas, jeddak de Thark.

«Aparte del propósito de verte, que es el motivo principal de que me encuentre aquí, y el de

quedarme satisfecho comprobando que puedo trasladar conmigo desde Marte a la Tierra cosas

inanimadas y, por tanto, cosas animadas si lo deseo, no tengo ninguna otra intención. La Tierra

no es para mí. Todo lo que me interesa se halla en Barsoom: mi esposa, mis hijos, mi deber; todo

esta allí. Pasaré contigo una apacible velada y luego volveré al mundo que amo más que a la

vida.

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