o ajedrez marciano - La Biblioteca del Cuadrado de Binomio

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CAPÍTULO I

La rabieta de Tara

Tara de Helium se levantó del lecho de sedas y pieles en que se hallaba reclinada, estiró

lánguidamente su cuerpo flexible y se dirigió hacia el centro de la habitación, donde, encima de

una amplia mesa, colgaba del bajo techo un disco de bronce. Su porte mostraba salud y

perfección física; la armonía espontánea de la coordinación perfecta. Una banda de transparente

gasa de seda cruzada sobre un hombro envolvía su cuerpo; su negro cabello formaba una breve

pila encima de su cabeza. Golpeó ligeramente con una varita el disco de bronce y la llamada fue

al instante atendida por una joven esclava que entró sonriendo y fue saludada por su ama de la

misma manera.

—¿Llegan los invitados de mi padre? —preguntó la princesa.

—Sí, Tara de Helium; ya llegan —repuso la esclava—. He visto a Kantos Kan, almirante de

Armada, y al príncipe Soran de Ptarth, y a Djor Kanto, hijo de Kantos Kan-al pronunciar el

nombre de Djor, Kantos echó a su ama una mirada traviesa—, y ¡oh!, había otros más; han

venido muchos.

—El baño, entonces, Uthia — dijo su ama—. Y ¿por qué, Uthiaañadió—, miras de ese modo y

sonríes al mencionar el nombre de Djor Kantos?

La joven esclava rió alegremente.

—Para todos está claro que te adora-repuso.

—Para mí no lo es —dijo Tara de Helium—. Es el amigo de mi hermano Carthoris y por eso

viene tanto aquí, pero no por verme a mí. Es su amistad con Carthoris lo que le trae con

frecuencia al palacio de mi padre.

—Pero Carthoris está cazando en el Norte con Talu, jeddak de Okarle recordó Uthia.

—¡Mi baño, Uthia! —gritó Tara de Helium—. Esa lengua tuya te traerá problemas.

—El baño está listo, Tara de Helium —repuso la muchacha con los ojos parpadeantes aún de

regocijo, pues sabía bien que en el corazón de su ama no había cólera que pudiera sustituir el

amor que la princesa sentía por su esclava.

Precediendo a la hija del guerrero, abrió la puerta de una habitación contigua, en la que se

hallaba el baño: una reluciente piscina de agua perfumada construida en mármol. Doradas

varillas sostenían una cadena de oro que circundaba la bañera y bajaba hasta el agua por ambos

lados de una escalinata de mármol. Una cúpula de cristal dejaba penetrar la luz del sol, que

inundaba el interior, haciendo centellear la bruñida blancura de las paredes y la procesión de

bañistas y peces que en dibujos simbólicos, con incrustaciones de oro, se veían en una ancha

franja que rodeaba la habitación.

Tara de Helium se quitó la banda que la envolvía y se la entregó a la esclava. Lentamente

descendió la escalinata hasta llegar al agua. cuya temperatura probó con un pie perfecto, no

deformado por zapatos estrechos y tacones altos; un pie maravilloso, como el Hacedor se

propuso que fueran los pies y como rara vez lo son. Hallando el agua a su gusto, la muchacha

nadó pausadamente de un lado a otro de la piscina. Nadaba con la suave facilidad de un pez,

ahora por la superficie, ahora por debajo de ella, y sus tersos músculos ondulaban suavemente

bajo su clara piel: silenciosa canción de salud, de felicidad y de gracia. Poco después emergió y

se puso en manos de la joven esclava, que frotó el cuerpo de su ama con una fragante sustancia

semi-líquida contenida en un jarrón dorado, hasta que la lustrosa piel quedó cubierta de una

espumosa sustancia; después de una rápida inmersión en la bañera, fue secada con suaves toallas

y el baño terminó. Era característico de la princesa la sencilla elegancia de su baño: ningún

séquito de inútiles esclavas, ninguna ceremonia, ningún vano derroche de preciosos momentos.

En otra media hora su cabello quedó seco y arreglado con un peinado extraño, pero que le

sentaba bien; sus adornos para el cuerpo, incrustados de oro y pedrería, ya estaban perfectamente

ajustados a su talle.

Tara se hallaba preparada para mezclarse con los invitados a la recepción de mediodía en el

palacio del Señor de la Guerra.

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