Libro conmemorativo - Fundación Abbott

fundacionabbott.es

Libro conmemorativo - Fundación Abbott

afirmando que eran medio médicos, medio veterinarios. Fue en una de aquellas

tardes tranquilas cuando la desgracia se alzó para propinar un puñetazo

mortal de herradura, qué paradoja.

Por la mañana de aquel día trágico Adelina y Martín habían estado paseando a

caballo por las grandes praderas de alrededor de su casa de campo: vieron vacas,

cabras, algunos percherones. Por la tarde, Martín había quedado para una

monta de Tormenta con una yegua, Juliana, que tenía a pupilaje, de un amigo

suyo, Anselmo, el de la taberna, que luego abandonaría y quedaría para siempre

oscura como boca de lobo, como caída en desgracia. Anselmo le pagaba

ciento cincuenta euros si quedaba embarazada. La tragedia y la mala suerte

quisieron que el mamporrero circunstancial de Martín recibiera una coz brutal

de aquel animal irascible e impenetrable. Sin ahondar en detalles escabrosos

(tampoco), el testarazo de herradura de Juliana destrozó el cráneo de un

hombre bueno. La nueva tragedia estaba servida. Eximámosle de culpabilidad

por no poder seguir cuidándola, con el corazón y con el alma, la fuerza es de

causa mayor. Pasó otro año. Vivió el color del luto. En ese tránsito temporal

Adelina conoció la verdadera dimensión de la soledad –mucho mayor que la

de la adolescencia– y especialmente el valor aciago de la tristeza. La ausencia

de Martín provocaría en la viuda de los caballos –así la apodaron los lugareños–

un dolor tan grande en su corazón que podría equiparase al peor cáncer

pulmonar, en su fase terminal. Reciente la muerte de su amado esposo, pensó

en el abandono de sí misma, en la desidia, en la indiferencia, en no seguir con

las sesiones terapéuticas, en el suicidio… Pero hacerlo hasta las últimas consecuencias

hubiera sido una traición al amor que Martín le profesó en vida. Y eso

no. Eso no era lo que había aprendido de él. Debía creer: en brujas, en santos,

en vírgenes, en… sí misma. La recuperación definitiva iba por buen camino, no

había indicios de otra cosa, esa carta del Centro Médico lo confirmaría… Aun

así, el miedo a abrirla la acobardaba y alargó masoquistamente su agonía. El

té se había enfriado. Con una cucharita removió el azúcar moreno hasta disolverlo,

sin ser consciente de que dibujaba en el poso del amplio vaso… círculos

concéntricos. Primero dio un sorbo, luego dos, hasta acabarse como si fuera

una medicina de ajenjo todo el contenido líquido. Durante un instante recordó

cómo Anselmo había sacrificado a la yegua Juliana y cómo marchó del pueblo,

129

More magazines by this user
Similar magazines