Libro conmemorativo - Fundación Abbott

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Libro conmemorativo - Fundación Abbott

Debía parecer otra. Otra.

¡Pero era yo!

¡Soy yo!

Me envolví en mi propio abrazo y así permanecí hasta sentir la tibieza del contacto

de mis manos en los brazos.

Soy yo.

Mi gesto crítico se esfumó. Apareció la sonrisa que sí tenía. Ahora puedo de

nuevo sonreír, y no es solo que lo quiero, lo puedo hacer. Retornó la mirada

de aceptación amorosa que suelo tener con los seres que quiero.

Apareció el respeto por mí misma. El mismo que me acompaña todas las mañanas

cuando me levanto con esfuerzo, pero temprano y con deseos de hacer

cosas. El mismo que me estimula cuando mis músculos se vencen en la

colina de la derrota si no les llegan los refuerzos nerviosos, detenidos por un

error de logística en un puente.

Y…sí, me acostumbré a usar la metáfora y generalmente me divierto con ella

para nombrar a las dos enfermedades autoinmunes (primas hermanas) y algún

cómplice advenedizo, que se adueñaron de mí, un día cualquiera. O tal

vez fuera una noche, solapadamente, como ingresa un ladrón. ¿Dos ladrones?

¿Tres? Una mañana, al levantarme, las piernas no quisieron acompañarme, no

soportaron mi peso, no se movieron. Me caí. Desde ese momento comprendí

que habían desordenado mis pertenencias. Ya nada estaba en el mismo lugar,

ni cumplía su función. Grité. Me habían quitado la voz grave y me dejaron una

quebrada y desentonada. No pude desayunar, solo el líquido pasaba por la

muralla en la garganta. Imposible masticar. Las tostadas quedaron olvidadas.

Todas mis pertenencias desparramadas, sin orden ninguno, ni motivo aparente,

ni ventanas forzadas… Simplemente entraron y decidieron quedarse. Intrusos.

Modificaron mi vida. Permanecieron en ella.

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