Libro conmemorativo - Fundación Abbott

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Libro conmemorativo - Fundación Abbott

–Gracias a la escritura siento por primera vez en mi vida que puedo decir lo

que tantos años he intentado comunicar sin que nadie me escuchase. Esta

mañana he firmado el contrato para su publicación. ¡Nos vamos a celebrarlo!

Tú y yo. He reservado mesa en un parador.

En el restaurante hablamos largo y tendido de nuestra vida en común. Casi

imperceptiblemente, al otro lado del enorme ventanal del comedor aparecen

unas blancas nubecillas que poco a poco van ganando cuerpo. Extrañamos los

hijos que no tuvimos –seamos sinceros, casarse con más de cuarenta años no

lo propicia–. Recordamos cuánto me costó aceptar su psicosis, mis dudas al

comienzo de nuestro noviazgo, pues no sabía los riesgos que asumía al aceptar

compartir mi vida con alguien tan peculiar y cómo se desarrollaría nuestra

vida en común. Siempre dice que no sabe si ha sido feliz, pues ese concepto se

le escapa, igual que el de la aflicción, nunca sabe si está contento o triste. Pero

afirma que me ama, que me quiere por encima de todas las cosas.

El intenso calor favorece la evaporación y el cielo se va tiñendo de blanco. La

vista es preciosa, sabe escoger donde llevarme. El entorno muestra un gran

lago donde algunos aficionados practican remo. Tras él, se levantan majestuosas

montañas infinitamente pobladas de abetos. Mientras el camarero sirve

los postres, Eduardo introduce la mano en el bolsillo interior de su americana

para extraer dos pasajes.

–Nos vamos. De crucero. Al norte, muy al norte. Ahora podemos permitírnoslo.

El cheque de la editorial ha sido generoso. He renunciado a mis lucecitas,

pero no a una aurora boreal. ¡Prepara ropa de abrigo!

Abandono mi silla para abrazarle emocionada. Admiro al hombre que aprendió

a vivir pese a la zancadilla que le puso la vida. Tras mi divorcio, descreída y

humillada jamás pensé que tendría una segunda oportunidad. Solo él, con su

misterioso atractivo, con sus largos silencios y su mirada azul, supo despertar

de nuevo mi deseo devolviéndome el hambre de vivir, de respirar aire puro

como el que ahora nos rodea. Así, envuelta entre sus brazos, recupero mi

feminidad y yo, sí, soy feliz.

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