Libro conmemorativo - Fundación Abbott

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Libro conmemorativo - Fundación Abbott

En ese momento recordó lo que su padre, poco culto, pero rico en golpes y

experiencias, le dijo una vez: “La guerra cambia a las personas, hijo mío; la

guerra enloquece al más cuerdo, la guerra convierte al santo en un demonio

egoísta y fiero”.

“Cierto.”

La voz habló de nuevo, pero el niño la ignoró con facilidad, era fácil menospreciar

la locura propia cuando estaba en juego la vida de personas que te importan.

La gente ya no lloraba, la gente indagaba desesperada tratando de hallar

algo real a lo que aferrarse. Un hermano, un conocido, un amigo, un recuerdo

importante…

Un olor nauseabundo se coló en la nariz de Claudio, y el vómito llegó sin haberlo

anticipado. El niño, asqueado, trató de escupir en vano los restos de

ácido que se habían asentado en su lengua y laringe. Intentó seguir avanzando,

ignorando sus retorcidas entrañas. No quería imaginar que quizá ese olor

a carne quemada procediera de una persona humana;…pero realmente no

podía dejar de pensar en ello. Entonces, llegó algo incluso peor…

Un disparo… dos… un sinfín de ellos.

Las voces asustadas, como autómatas, gritaban con voz seca y sin ánimo:

–¡Han llegado los soldados!

Y lo repetían:

–¡Los soldados! ¡Los soldados! ¡Han llegado los soldados!

El niño no sabía de qué color vestían, ni si iban a juzgarlos o salvarlos, él solo

quería que se marcharan. Él solo quería volver a jugar, decirle a Merceditas lo

mucho que la quería, que aunque tuviera solo ocho años la iba a amar toda

la vida…; solo deseaba buscar a sus padres y volverlos a abrazar, solamente

vivir en paz...

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