Libro conmemorativo - Fundación Abbott

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Libro conmemorativo - Fundación Abbott

yendo este descargo avala mi intuición, pero seguramente no habrá testigos

que puedan certificar el estado de ánimo que precederá a mi último suspiro,

porque he decidido morir en soledad, ahora que, gracias a las reiteradas

complicaciones de mi enfermedad, estoy aprendiendo a marchas forzadas a

pactar con los monstruos del sueño de la razón.

Cuando durante las primeras horas de la mañana, la rigidez, la hinchazón y el

dolor me hacían casi imposible cualquier actividad, comenzaba a bosquejar

mentalmente lo que horas después dibujaría en el estudio, en cuanto el marasmo

matutino fuera cediendo paso a una relativa normalidad. Mi método

consistía en emular a aquella chiquilla que construía fabulosos cuadros en su

mente, con la naturalidad de quien vuela una cometa, y mi secreto para conseguirlo,

a una edad en la cual se está de vuelta de todo, consistió en desprenderme

de mis señas de identidad, de la experiencia, que siempre es sinónimo

del pasado, y también de la esperanza, que como el futuro, en cuanto llega

se desvanece. La magia verdadera, créeme, solo existe en el presente, y su

consecuencia inevitable es la dicha.

Al caer el sol los dolores recobraban su habitual intensidad y su empeño en

doblegar todos los rincones de mi cuerpo con simétrica puntualidad. Eran dos

ejércitos, sitiando a un mismo tiempo ambos tobillos, avanzando lentamente

hacia las rodillas una vez aniquilada toda resistencia en las Tierras Bajas, y

continuando su avance imparable hacia las indefensas manos, plaza que aprovechaban

para recobrar el aliento y organizar meticulosamente el asalto final

en las alturas. Cuando comenzaban a instalar sus baterías en los ojos resecos,

que a duras penas distinguían los trazos del lápiz, y la blancura de la tela reverberaba

como una inmensa salina, solo entonces, me iba a la cama e intentaba

conciliar el sueño imaginando los colores que al día siguiente mezclaría

pacientemente con las puntas de los dedos, a falta de la habilidad necesaria

para poder manejar una espátula.

No pretendo abrumarte, sino dejar constancia de cómo llegué a pintar los

quince cuadros que encontrarás en el sótano, embalados y numerados por

orden de ejecución. Todo lo que he sido ha quedado plasmado en esas pintu-

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