Libro conmemorativo - Fundación Abbott

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Libro conmemorativo - Fundación Abbott

“Mierda”, fue la primera declaración presidencial tras enjuagarse la boca y

adecentarse un poco. “Ni se me había pasado por la imaginación que sufriera

semejante calvario”, añadió con la respiración aún entrecortada. Me anoté mi

éxito rotundo a la hora de transmitir el dolor mental. Nadie más que él sabrá

nunca qué sintió al ser invadida su conciencia por los fantasmas que atormentaban

a su hijo, pero se trató de una de esas experiencias que transforman

tu visión del mundo “Sí, el dolor es un demonio que habla su propio idioma,

señor presidente. Resulta difícil hacérselo entender a las personas que no lo

sienten. Yo me limito a actuar como, digamos, intérprete. No puedo hacer

más para aliviarlo, pero usted sí. Y no solo por su hijo, si me permite la observación”,

indiqué.

Entendió perfectamente y a la primera lo que quise decir, al contrario que el

psiquiatra. “¿Por qué se me ha hecho venir si no puedo conectarme con el enfermo

para catalogar su dolencia?”, preguntó con un despecho mal disimulado

llevándome a un rincón. “Dándole un nombre a su trastorno no va a poder

ayudarle mejor”, respondí. “Psicosis, esquizofrenia, depresión, TOC, solo son

palabras, y para el chico cuentan menos que un sin papeles para este Gobierno.

No se ofenda, pero créame, hoy le hemos ayudado más logrando que su

padre comprenda lo que significa padecer una enfermedad crónica que con

cualquier fármaco que pudiera recetarle. Y ojalá de paso hayamos curado la

locura del presidente, que aún me parece más grave”, agregué.

El presidente, que se nos había aproximado sin darnos cuenta para despedirse,

oyó mi comentario. Meneó la cabeza, aún con las llagas del lance en su

expresión, y compuso una sonrisa circunstancial. “Le estoy muy agradecido”,

expresó estrechándome, aún con cierto temor, la mano. “No me tome por un

caso perdido, señor Simó”, afirmó. “No lo haré, y recuerde que el viento se

debilita si a su paso encuentra bosques”, sentencié. Reconozco que tenía la

frase preparada, como Armstrong al pisar la Luna, y no iba a guardármela. El

presidente se tocó el ala de un sombrero imaginario y en un suspiro él y toda

su pléyade se habían esfumado.

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