Ana Galbis - Jarabe para el Alma

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Ana Galbis - Jarabe para el Alma

estaba embarazada de una niña cuando murió), al poco tiempo se quedó embarazada de una nena. La

llamamos Carmen (el nombre que había elegido Pilar para su hija), y es sorprendente la cantidad de

parecidos que guarda con ella, es igual de revoltosa y tiene sus mismos gestos. Es como si ella misma

nos la hubiera enviado.

Hace poco que una amiga nos pintó un cuadro precioso de ella, está guapísima. (Es un cuadro enor-

me que preside el centro del comedor. Pilar está pintada con unos colores vivos y alegres, y tiene una

mirada profunda y encantadora, sus ojos transmiten paz y felicidad).

El cuadro nos ayuda mucho, a mí y a Emilio, nos hace compañía como si realmente la niña estuvie-

ra aquí entre nosotros, le hablamos… hay quien no quiere tener ni fotos pero yo creo que es bueno

tenerla. Yo incluso a veces me acerco al cuadro y le beso el bracito. La tengo muy cerca de mí. Es como

si fuera de verdad.

Perdió a su hijo y a su marido.

“Lo que más me ha ayudado ha sido: el tiempo, mis hijas y Dios cuando me di cuenta de por qué se

había llevado a mi niño. Cuando murió no me acordaba de la promesa que le había hecho a Dios unos

años antes. De niño estuvo a las puertas de la muerte, yo le pedí que me dejara disfrutarlo unos años

más, hasta la mili y así se cumplió.”

María Aurora ha comprobado que la vida muchas veces da lo que pedimos en un momento determi-

nado. El problema es que a menudo esa pequeña concesión se convierte en un camino de espinas,

largo y doloroso. A ella le ha tocado vivir la muerte de su hijo por un terrible cáncer. Ni ella ni su mari-

do se rindieron hasta el final y como ella cuenta, fueron hasta el fin del mundo para intentar salvarlo.

Pero no pudo ser. Poco después falleció su esposo. La suya es una historia repleta de valentía y amor

incondicional. Pasó hace diecisiete años. Esta es su historia.

Vicente José era un niño cuando tuvo un accidente que lo dejó a las puertas de la muerte. Estábamos

en un piso en la playa. Él tenía unos diez años. Estaba duchándose en el cuarto de baño y tuvo un

accidente con el calentador de gas. Nosotros estábamos en el comedor y escuché su voz muy débil

llamándome. Mi marido y yo fuimos corriendo y lo vimos en la bañera desmayado, no daba señales

de vida. Lo sacamos como pudimos, estaba inconsciente. Podía haber muerto en ese mismo momento

pero yo le pedí a Nuestro Señor que no se lo llevara, que me lo dejara unos años más para disfrutar de

él, al menos hasta que volviera de la mili. Le hice una promesa. Le pedí que me lo dejara aunque pade-

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