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relatos premiados - Ayuntamiento de Albalate de Zorita

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II

CERTAMEN DE

CUENTO INFANTIL

GANADOR:

HASTA 12 AÑOS

MERCÉ RUBIO ALBIOL


El rincón derecho del pasillo central era ocupado por El

Edificio: “El Gran Costurero”.

Su estancia, era una estantería de tres pisos, cuidadosamente

ordenada y compartía espacio con otros especímenes varios como cajas de

zapatos, una mochila escolar, otra del gimnasio, el casco de la bicicleta y

cajas de juguetes, las cuales, guardaban recuerdos de la infancia y algún

que otro utensilio cuya utilidad era difícil de imaginar.

El Gran Costurero tenía ya unos cuantos años, era una caja austera de

madera de pino, blanca, con las típicas betas amarillentas, en apertura

horizontal con muchos departamentos separados entre si con divisorias de la

misma madera de pino.

El paso del tiempo había hecho la aparición de astillas en sus frontales,

golpes y algunas magulladuras así como manchas de diversos colores. Pero,

mantenía un aire señorial y elegante de la época pasada ,en la cual, sus

servicios fueron muy importantes para la familia en la cual residía..

En uno de aquellos departamentos, vivía la familia de La Señora Botona..

Una familia muy peculiar, compuesta por un montón de hijos de varios

tamaños, colores, materiales y formas.

Habían de plástico, nácar, metálicos, de pasta., cuadrados, redondos,

de dos agujeros, de cuatro. Permanecían todos juntos, un poco hacinados

esperando el día, en el que alguno de ellos marchase para emprender una

nueva vida en solitario, sin la compañía de todos sus hermanos.

La familia Imperdible.

Una familia reluciente y brillante muy unida entre sí y cuando

marchaban, muy unida a sus nuevos compañeros.

La familia Dedales.

Una pareja muy simpática de ancianos un tanto deteriorados por el paso

del tiempo. Llevaban muchos años en aquel edificio, aunque anteriormente

tenía otra ubicación.

El Gran Costurero, en su época juvenil residía en una casa de campo, su

ubicación más concretamente era el sobre de una típica mesa camilla. Su

dueña, lo había cuidado con mucho esmero. Había sido el regalo de

cumpleaños, de aquel entonces su prometido y ahora ella lo había dado

como recuerdo a su hija. La ubicación había cambiado, de un lugar amplio,

soleado de una casa de campo a un pasillo un tanto oscuro de un piso de

ochenta metros cuadrados de una ciudad y compartiendo estancia con

varios enseres. Pero, como recordaba la Familia Dedal, no solo la ubicación,

sino también su uso. La Señora Dedal, recordaba los días de intenso trabajo,

días enteros


desde por la mañana con un descanso para preparar la comida y comer

y vuelta al trabajo. Incluso tardes y noches con la compañía de la luz de

una lamparita de mesa. Era otra época. La señora de la casa cosía la ropa

para toda la familia, desde delantales que ahora ni tan siquiera se usan, a

la ropa de diario, de arreglar y la ropa de casa como sábanas, cortinas,

manteles... Ahora, la vida del costurero y la de todos sus habitantes se

resumía en una salida esporádica cuando algunos de los habitantes de la

casa sufría algún percance, un descosido, un botón extraviado, una orilla

un tanto larga....

Partimos ya de la premisa que todos los cambios de la sociedad

tienen repercusión en las necesidades y percepciones de las personas

sobre el edificio. Es por ello que la innovación tiene que estar presente de

forma ineludible en este edilicio. Los cambios en la sociedad se generan

mucho más rápido de lo que repercute en la innovación de la edificación,

es por eso que Los Sres. Dedales y La señora Botona reflexionaron sobre su

edificio en función de las necesidades comunitarias, del diseño, de la

gestión integral, del mantenimiento y en este sentido podían enumerar una

serie de factores que determinarían una evolución cualitativa de la

vivienda, los cambios demográficos, los habitantes de Gran Costurero iban

disminuyendo , antes su dueños renovaban sus a habitante de forma

periódica pero ahora ya hacia muchos tiempo que no entraban

habitantes nuevos. Exigencias por la calidad de los departamentos , sus

habitante pensaban que le faltaba una mano de barniz y un poco de

aseo, un entorno de cambio les gustaría más que les ubicaran en otro

espacio diferente a aquellas estantería llena de objetos, que les fuese

reservado un lugar privilegiado el sobre de una mesa y que todo ello

conllevaba aun mayor nivel adquisitivo, mayor intensidad competitiva, y

un entorno de cambio que se traslada al modo de entender la vivienda.

La familia de los Sres. Dedales eran muy cariñosos y siempre dispuesta

a ayudar a los compañeros y sobre todo a los humanos, así ofrecer sus

servicios y que los dedos de su ama lucieran sanos y sin magulladuras.

La familia de los Hilos muy parecida a la de los Botones, de diversos

colores, colores llamativos, colores pastel, colores neutros, colores de luto

por no decir el negro, de diversos tamaños, bobinas grandes, pequeñas,

diversos grosores hilo de hilvanar, de bordar, de hacer punto de cruz, de

hacer ganchillo…

Los niños de esta familia eran muy traviesos se

metían en grandes líos, jugando, jugando se

entremezclaban entre sí y hacían una madejas de hilos

liados imposibles de separar.


Como en todo edificio que se preste, había también un conserje que mantenía

el orden y la armonía en aquel edificio. Era la Señora Tijeras. Con sus dos

grandes ojos vigilaba que todos sus habitantes respetasen las normas y convivieran.

Aquella comunidad de vecinos era tranquila, compartían lo que tenían y recibían

de muy buen agrado al nuevo visitante. Entre sus actividades destacaba

establecer unas infraestructuras mínimas para que todos su usuarios pudieran acceder

a unos servicios y a unas condiciones de calidad adecuados. Era un día

soleado de finales de Mayo. Un día de primavera que pretendía pasar inadvertido,

un día habitual. La familia se había levantado temprano y preparaba el desayuno,

había un poco de ajetreo y jaleo . Con el desayuno servido en la mesa a

base de café con leche, cereales de chocolate y algunas piezas de fruta, la madre

cogió la camisa blanca la cual estaba por estrenar, un blanco reluciente y se

dispuso a plancharla para disimular las rayas que denotan que la camisa era

nueva, a enderezarle el cuello y que su hijo luciera en la fiesta de graduación . El

niño de la casa, ya no era tan niño, había conseguido lo que tanto esfuerzo y

días de sacrificio...Después de pasar por la escuela y el instituto con muy buenos

resultados pasó a la Universidad y optó por la letras y hoy era su fiesta de graduación,

había estudiado Derecho y se había convertido en un flamante abogado..

Al pasar la plancha por el cuello de la camisa, cual fue su sorpresa que salió

un botón disparado. La señora de la casa, sin pensarlo dos veces y observando

el gran reloj que presidía la cocina marchó hacia el pasillo, se paró delante de la

estantería y cogió el Gran Costurero y se lo llevó hasta la mesa de la cocina. Con

rapidez hilvanó una aguja con hilo blanco y se dispuso a elegir un botón, uno pequeño

transparente con dos agujeros, los típicos de las camisas.

La Señora Botona por un momento se estremeció, una alarde de pánico

recorrió todo su cuerpo, uno de sus hijos le había llegado el día , salía del Costurero

para desempeñar su tarea pero luego se armó de valor y se despidió con

enorme júbilo. Uno de sus hijos luciría elegante en aquel cuello de la camisa de

graduación. Estaría presente en uno de los días más importantes de aquella familia

y en todas las fotos como recuerdo de la gran fiesta de graduación.

Durante mucho tiempo habían permanecido todos juntos pero llegó el día

igual que a su ama , uno de los niños ya se había hecho un hombre y marcharía

de casa a emprender nuevas aventuras y ha desempeñar un trabajo tanto el niño

que tanto había estudiado como el botón le había llegado su turno.

La familia de los Hilos también se alegró por su colaboración y finalmente la

Familia Dedal también actuó, desempañó con éxito su trabajo y volvió a su casa

El Gran Costurero a esperar otra salida.

En este hogar todos convivían e intentaban llevarse lo mejor posible.

Todos vivían en feliz paz y armonía, esperando que llegase

el día para desempeñar su función sin importarles la

clase social, el tamaño o el color....

como pasa en nuestro día a día, o tal vez no?.


II

CERTAMEN DE

RELATO CORTO

PARA JOVENES DE 13 A 17 AÑOS

GANADOR:

JUANA CAROLINA SANTOS MILACHAY

FINALISTAS:

CHRISTIAN ESPADAS RUIZ

ANDREA CABALLERO DE MINGO


Aquella mañana no pudo evitar reírse, viéndolo tan bien

peinado y vestido decentemente, como nunca lo hacía. Quizá

quería disimular la cara de gratificación que tenía en el rostro por

todo lo acontecido la noche anterior, llevando la atención a otra

parte. Se había peinado la melena hacia atrás y se había hecho una

cola pequeñita contra la nuca, echándose algo de gel encima para

mantener sus crespos incipientes y rebeldes quietos.

Camile también estaba muy nerviosa por la noticia, y no podía

evitar sonrojarse cada vez que le preguntaban. Sus manos aún no se

acostumbraban a ese nuevo peso que llevaba, y se quedaba

mirando el océano por la ventana de la oficina, respirando

profundamente y repitiéndose que todo aquello era real, y que en

efecto, ella había aceptado la propuesta que Thomas le había

hecho apenas la víspera. Se repetía la pregunta de saber si había

estado en sus cabales -y sobria- cuando le puso las cartas sobre la

mesa. Trató de sumergirse entre el trabajo para no pensar ni pasar

vergüenzas innecesarias en la oficina, pero no lograba concentrarse.

Thomas no cesaba de mirarla, asomando la nariz por encima

del monitor del computador, haciéndole bromas levantando

pícaramente las cejas y sacándole la lengua. Camile tenía que

morderse el dorso de la mano para no caerse de la risa. Jeff, su jefe,

pasaba de cuando en cuando dedicándoles miradas irritadas y

algunos carraspeos reclamando orden en la sala. En un par de

ocasiones atrapó a Thomas fuerza de su puesto alardeando con

algunos de sus amigos de la noticia y le golpeó con la tabla de

resultados, cosa que para el mediodía todo el gel y la peineta que

tan esmeradamente se había aplicado esa mañana ya se había

echado a perder (por supuesto, algunos camaradas de oficina, con

sus saludos efusivos y felicitaciones, le habían colaborado a

recuperar su desorden habitual).

A la hora del almuerzo, él quiso abordar a Camile pero no pudo.

Una jauría de secretarias, señoritas del tinto, gerentes cuarentonas y

un par de afeminados chismosos la acorralaron en el segundo

exacto en que sonaba el aviso para el descanso. Con tanta gente

amontonada en aquella esquina, cualquiera pensaría que el edificio

se inclinaría en cualquier momento. La pobre Camile quedó

atrapada contra la ventana de su cubículo, tratando de responder

cortésmente las preguntas de sus compañeros y haciendo caso

omiso de las señoras que buscaban sonsacarle los “detalles sucios”

de la noche anterior. Entre todos se rotaban su mano derecha, cuyo

dedo anular estaba ahora aprisionado por una argollita de plata con

una piedrecilla azul.


Ella repartía la mirada sonrojada entre los azulejos del techo, el

suelo y la ventana, tratando de hacer lo posible por encontrar los ojos

claros de Thomas en medio de ese corto trayecto. Por un momento lo

vio, apoyado contra una de las columnas que dividían los cubículos

más cercanos a la salida del piso. Sostenía una taza de café en las

manos mientras conversaba animadamente con Joe, y por

momentos, alternaba su mirada con la de Camile, que ya se le

notaba al borde de la desesperación. La observó mientras le

gesticulaba despacio con esos labios finitos de rosa pastel: “Volemos”.

Era una suerte de código de rescate que tenían, un deseo

compartido para huir de las situaciones incómodas, y cómo no, esta

vez no iba a ser la excepción. Thomas se le acercó muy lentamente,

antojado, y no se percató de los gritos de las mujeres que corrían para

dejarle libre el campo junto a Camile, ni de los aviones que treinta

segundos más tarde impactaban contra el edificio.

Calló sobre ella, en el suelo, y sintieron cómo el edificio temblaba

bajo sus pies. Los escritorios estaban astillados, algunos habían caído

sobre compañeros y corrían ríos de sangre debajo de ellos.

Escuchaban gritos estremecedores mientras que el vértigo por la

caída aumentaba y los gritos eran cada vez mayores. Las ventanas

estaban todas con los vidrios rotos, y el humo comenzaba a ascender

y se hacía más denso. Camile comenzó a toser. No respiraba.

Thomas arrancó un trozo de su camisa, y lo mojó en el agua que

caía de un florero ya roto en el escritorio contiguo. Se lo ofreció a

Camille que respiraba contra él, y le miraba suplicante. Fue ella quien

tomó la última resolución. Agarró a Thomas del brazo, quien la ayudó

a incorporarse, y lo arrastró hacia el marco de la ventana. Debajo de

ellos no era posible ver absolutamente nada. No quisieron mirar atrás,

estando ya tan cerca del final, sabiendo que los cadáveres de sus

compañeros los rodeaban. Camile le regaló a Thomas un último beso,

y se escapó en una lágrima el recuerdo de todos los sueños que

habían querido construir apenas la noche anterior.

Se tomaron de la mano, se miraron a los ojos y luego al ahora

vacío y oscurecido Nueva York. Susurraron a la vez “Volemos” y se

dejaron caer entre las llamas.

A la mañana siguiente, apareció en primera plana la fotografía

de la catástrofe del 11 de Septiembre, en el que murieron 2.500

víctimas. Entre los escombros no encontraron a ninguno de los dos

cuerpos. Uno de los rescatistas, sin saberlo, tropezó con la argollita de

plata y la joya azul, para siempre partida en mil pedacillos.


Lo último que esperaba escuchar a través del auricular era la noticia del

fallecimiento de mi mejor amigo. Su padre con un hilo de voz apenas audible ha

creído oportuno comunicarme este suceso tan impactante por lo inesperado. Es

algo para lo que ninguno estábamos preparados, si bien es cierto que el carácter

de Andrés había experimentado un cambio brusco en los últimos tiempos y su

estado de ánimo se encontraba por los suelos. Pero, ¿quién podía reprochárselo

habida cuenta de que el bar que regentábamos entre ambos se encontraba al

borde de la quiebra? ¿Quien no se vuelve retraído y amargado cuando las deudas

te asfixian y los clientes, nuestra fuente de ingreso, brillan por su ausencia? Claro

que había percibido su cambio. Al igual que reconocía que yo tampoco era el

mismo joven ilusionado que años atrás había inaugurado junto a mi inseparable

amigo de la infancia aquel establecimiento prometedor. Sin embargo no quise

ahondar más en su herida y pensé que se sobrepondría a aquel bache. Juntos

lograríamos reponernos, igual que habíamos superado otras crisis anteriores. El

tiempo pondría cada cosa en su sitio y las aguas volverían a su cauce. Solo había

que mantener la calma y dejar que los acontecimientos se sucediesen.

Cometí un error al pensar así. No supe reconocer que Andrés era más frágil

que yo. Por otro lado tampoco podía sospechar que los problemas le superasen y

las fuerzas le flaqueasen. Esa fuerza necesaria e imprescindible para luchar contra

la bancarrota y enfrentarse a ella.

Echando la vista atrás y rememorando los últimos acontecimientos pienso que

el vencimiento del seguro de nuestro local fue la fatídica gota que colmó el vaso.

-Esto es el fin. –anunció. –No tenemos dinero para renovar el seguro. ¿Te das

cuenta lo que eso significa? No podemos arriesgarnos a que suceda el más mínimo

incidente mientras estemos asegurados. Sería nuestra ruina. Nada ni nadie nos

ampararía. Teniendo en cuenta las condiciones tan adversas pienso que

deberíamos recapacitar y poner fin de inmediato a esta absurda situación. Ya

hemos reunido las suficientes trampas como para que nuestros hijos e incluso los

hijos de nuestros hijos, si algún día llegan a tenerlos, tengan que amortizarlas

durante el resto de sus días.

Recuerdo que no le presté demasiada atención a su discurso. Estaba

enfrascado repasando el contrato de la compañía de seguros, buscando una

cláusula milagrosa que nos rescatase de las desagradables circunstancias que

estábamos atravesando.

Como era de esperar, no existía tal párrafo. Aquel formulario tan solo se

limitaba a enumerar hipotéticos sucesos y la compensación económica que nos

aportarían ciertas desgracias. Pero única y exclusivamente cuando los cobros

estuviesen al día. Uno de estos percances fingidos llamó mi atención y recuerdo

que solté un comentario irónico al respecto.

-Escucha esto, Andrés. Si uno de nosotros falleciese ahora de forma súbita,

sacaría al otro de un gran apuro. No te vas a creer qué cantidad tan desorbitada

reembolsa el seguro en estos casos.

Hoy me arrepiento haber pronunciado aquellas palabras, aunque

lógicamente no podía adivinar el efecto que iban a producir aquel día en la

aturdida mente de mi amigo.


Veo sus ojos, lacrimosos, indecisos, atravesándome con su mirada. Por un

instante tuve la sensación que quería confiarme algo. Compartir algún secreto

conmigo. Pero no fue así. De improviso dejó caer el vaso vacío sobre la barra.

Últimamente se había aficionado demasiado a la bebida. Tal vez pretendía ahogar

sus problemas en el alcohol. Fue rápidamente al baño y a su salida dedicó una

última mirada a su alrededor. Luego se marchó. Sin pronunciar palabra. La última

imagen que tengo de él grabada en mi retina es la de su espalda ligeramente

encorvada, como si acabase de envejecer diez años de golpe.

Al día siguiente Andrés no apareció por el bar. Es más, pasó toda una larga

semana sin que diese señales de vida. Intenté llamarle en repetidas ocasiones pero

siempre tenía el teléfono descolgado por lo que no hubo manera de contactar con

él. Pese a todo no me alarmé. Pensé que seguiría bajo los efectos de la depresión y

que en ese estado de ánimo simplemente no le apetecía ver a nadie, que

necesitaba un tiempo para poner sus ideas en orden y reflexionar.

Hace un rato acabo de enterarme de los motivos de ese mutismo. Su padre

con la voz embargada por la emoción me ha facilitado toda la información de la

que disponen. Sospechan que todo sucedió de manera rápida e inesperada incluso

para el propio Andrés. Al parecer la muerte le ha sorprendido recostado en el sofá

con la tele puesta, bebiendo un último trago. Se baraja la posibilidad de que se

tratase de un paro cardíaco, tal vez acelerado por el abuso de alcohol y tabaco.

Una ola de sentimientos confusos me invade. Estoy aturdido. Por un lado, como

es lógico, me siento apenado por el fallecimiento de mi socio. No es justo que

alguien tan joven como él se muera así sin más. Tenía toda una vida por delante,

mucho por lo que luchar. O eso al menos era que lo hubiésemos deseado quienes le

conocíamos y le apreciábamos. Por otro lado se me viene a la mente la cláusula del

seguro, y como aún no había vencido el plazo para renovar el contrato, de repente

me doy cuenta que voy a recibir una gran cantidad de dinero como recompensa

por la muerte de mi socio. O dicho con otras palabras: la muerte de Andrés me va a

salvar el pellejo. No sé si reír o llorar. La cabeza parece que me va a estallar. Siento

nauseas. Pienso que para atajar estos síntomas de debilidad debería tomarme un

analgésico y me dirijo al baño donde guardamos un botiquín relativamente bien

surtido.

Para mi sorpresa me encuentro con los envoltorios vacíos. No queda ni un solo

comprimido dentro de los envoltorios. Tan solo un frasco solitario de agua oxigenada

y unas cuantas tiritas dan fe de que allí alguna vez se han guardado medicamentos

de primeros auxilios.

Ahora lo veo todo claro. La última visita de Andrés al baño no fue precisamente

para aliviar su vejiga, si no para aprovisionarse de calmantes y analgésicos, que más

tarde debió ingerir en la intimidad de su hogar. Al parecer mis palabras acerca de la

cláusula del seguro habían calado hondo en su mente. Toda mi vida estaré en

deuda con Andrés por la manera altruista, completamente desinteresada, que

demostró al entregar su vida de forma voluntaria a cambio de que nuestro negocio

no se perdiera.


Jared estudió la hoja en blanco que tenía frente a sí. La pluma ya

estaba lista, una gota de tinta oscilando peligrosamente en el vacío.

Jared suspiró y dejó que su sabia mirada se pasease por la habitación,

admirando cada detalle. Desde los gruesos volúmenes encuadernados

en piel auténtica, pasando por su pulcro escritorio, con la mesa recién

barnizada, rebosante de sobres sin abrir, importantes documentos que

firmar, su tintero lleno de tinta y su pluma preferida. Sus ojos no dejaron

de observar su tesoro más preciado, sus desordenados cuadernos de

notas llenos de añadidos. Días, semanas, meses, incluso años enteros de

trabajo sin mácula, recopilados con todo lujo de detalles entre aquellas

páginas, y él seguía sin encontrar su momento. El momento que lo

catapultaría a la gloria. Sentía que se ahogaba mirando sin cesar

aquella hoja vacía, aquella pluma empapada en tinta, aquella mano

que la esgrimía, pero que no se atrevía a dar el paso final.

Con renovadas energías al dar con aquella clase de pensamientos

negativos, Jared bajó la pluma y comenzó a escribir. Primero con

ornamentados trazos, logrando una perfecta caligrafía, después más

rápidamente.

La primera línea fue sencilla. Unas cuantas letras de presentación

sobre lo que iba a ser la historia. La segunda fue más complicada, sobre

todo porque Jared tuvo que nombrar al primer personaje de la obra.

Eligió un nombre al azar y siguió escribiendo, salvando aquel pequeño

obstáculo. La tercera y la cuarta línea se complicaron con extrema

facilidad. Comenzaba con una breve descripción del personaje principal

y el papel que éste jugaba exactamente en la obra. Aquella fue la

primera piedra que Jared encontró en su camino hacia la victoria. ¿Qué

historia debía contar? ¿Cuál sería la más apropiada? ¿Qué argumento

se ajustaría más al carácter del personaje que había escogido para

protagonizarla? Jared comenzó a ponerse nervioso en cuanto

comprendió que en su cabeza no había respuesta para aquellas difíciles

preguntas. Acuchilló una línea tras otra, desdibujando su perfecta

caligrafía, emborronando de manchas de tinta el lienzo. Se quedó

mirando su obra, como hacía siempre en aquel punto, y acto seguido

arrojó su creación al hogar con todas sus fuerzas. Las llamas engulleron

sus ideas sin apenas hacer ruido, solo con un ligero y efímero crepitar.

Jared se frotó las manos con fuerza, hirviendo de rabia, amargura e

impotencia por lo sucedido. Encendió su pipa preferida y apuró unas

profundas caladas que lo relajaron al instante, logrando una mísera

porción de la paz que parecía no encontrar nunca en ningún lugar. Miró

hacia abajo. Otra hoja en blanco lo esperaba, lista para ser usada, lista

para que Jared volviera a intentar escribir. Ahogó un grito de enojo.

Aquel era el problema. Su gran problema. Los problemas de la gente

solían ser los que atormentaban a los ciudadanos normales en los


tiempos que corrían: el hambre, el dinero, la enfermedad, la muerte… La

gente se encerraba en sus casas cuando advertían en sus vecinos las

primeras e inequívocas señales de que se podía producir una epidemia.

Pero eso a Jared no le importaba en absoluto. Era una ordinariez

concentrarse en aquellos temas vanales. Por mucho que sus vecinos

rogaran, su hambre nunca sería saciada del todo, su dinero no se

multiplicaría, la enfermedad no los esquivaría y la muerte acabaría por

arrastrarlos cuando llegara el momento preciso. Para los demás

ciudadanos, aquellos temas eran demasiado importantes como para no

pensar en ellos, pero para aquel extraño señor, los temas realmente

importantes eran aquellos que nacían en la mente. Y él tenía un

problema gravísimo. Padecía una extraña enfermedad que muchos

parecían no comprender o no valorar lo suficiente como para temerla.

Su enfermedad era la falta de inspiración. No muchos conocían aquella

sensación, pero los que la habían experimentado en algún momento

habían aprendido a temerla con toda su alma. Era como caminar por

una extensa y bien surtida biblioteca en la que todos los libros estaban en

blanco, porque, ¿en qué idioma se podían escribir las ideas? Había

muchos clientes en aquella biblioteca, clientes que se dejaban llevar por

su mente y tomaban la idea perfecta.

La no-inspiración era precisamente lo contrario. Era entrar en un

cuarto vacío, con algún que otro libro polvoriento y sin ninguna idea

válida. El cliente estaba condenado a vagar por el reducido espacio en

busca de una buena idea, un rayo de luz en aquel lugar oscuro, en

aquel ruinoso templo de aguas negras.

Aunque, por supuesto, siempre había un salvador. Los grandes

bancos de ideas que habían comenzado sus larga y provechosas vidas

siendo cuartos ruinosos. Siempre llegaba alguien que conservaba la

esperanza, cogía un libro sin nada y lo llenaba con sus propios

pensamientos. Ponía su mente al servicio de los demás clientes.

Y aquella era precisa y elementalmente lo que Jared no podía o no

quería comprender. Que la no-inspiración no era estar en un cuarto

cochambroso, sin ninguna idea, sin ningún pensamiento aprovechable,

sino que era el no poder moldearlo para crear con sus cimientos un

templo del saber.

Pero claro, para Jared, aquello no tenía lugar.

Para un escritor frustrado, aquello no podía ser.


II

CERTAMEN DE

RELATO CORTO

PARA LEER EN

POCOS MINUTOS

PARA MAYORES DE 18 AÑOS

GANADOR:

OSCAR CASADO DIAZ

FINALISTAS:

ZANITA MARIA ROSAS DE MIGUEL

JAVIER REVILLA CUESTA


Mientras escribo estas líneas, mi vecina, cuyo nombre me es

desconocido, llega a casa. Me alcanza el sonido de la llave en la

cerradura, el imperceptible quejido de los goznes, el leve golpeo del cierre

que apenas advierto. Continúo presionando las teclas cuando deja las

llaves sobre el mueble del recibidor, cuando entra en la cocina y abre la

puerta del tendedero para que entre el aire de la calle, cuando se dirige

al dormitorio para cambiarse de ropa. Desde que me mudé a este piso

hace dos años, he cruzado con ella unos rápidos, indiferentes saludos. En

el portal, en el descansillo, en la escalera, cruzamos miradas y palabras

esquivas, acaso perecederas. Una vez cambiada de ropa, mi vecina

entra en el baño. Tardará en salir, pues le llevará tiempo quitarse el

maquillaje en una ceremonia que ritualiza diariamente ante el espejo. A

pesar de vivir puerta con puerta, en pisos únicamente separados por una

fila de ladrillos, reconozco no saber nada de ella. De esa mujer anónima,

solo puedo traer a la memoria sus trazos más superficiales: unos borrosos

rasgos faciales y un cuerpo delgado de poco más de cuarenta años,

acaso anguloso, siempre bien vestido. Desconozco que odia el azul; que

viaja al extranjero todos los veranos; que ha adelgazado casi cinco kilos

en siete semanas; que apenas mantiene relación con sus padres; que

hace dos meses que su marido le pidió el divorcio.

Mientras escribo estas líneas, vuelve a la cocina y toma un vaso

ancho que prepara con un par de hielos. En el salón, lo colma de ginebra;

después se acerca a la ventana, donde permanece varios minutos,

esperando que la bebida se enfríe. Tan indiferente a sus pensamientos

como a su vida, yo continúo redactando, ignorante de su sufrimiento.

Nunca sabré que ha avisado en el trabajo de que tomaría unos días libres

y así, en ese margen de tiempo, poder cortarse la piel de su vientre y

meter la mano en su interior para sacar al lobo de la angustia que la

ahoga, que la devora por dentro, con dentelladas crueles, sangrientas,

salvajes.

Mientras escribo, decidida vuelve al baño. Apoya el vaso en un

lateral del lavabo y abre la pequeña puerta del mueble. De éste toma un

frasco de secobarbital, de un plástico oscuro, casi opaco, conseguido

gracias a una vieja amiga que trabaja en una farmacia. Lo abre

lentamente, deposita algunas pastillas rojas en su mano temblorosa. Antes

de metérselas en la boca, se mira en el espejo y descubre, con tristeza,

que está llorando. Una tras otra, ayudándose de la ginebra, traga cada

píldora, consumando una liturgia sagrada y enfermiza, anhelante de

muerte. Yo la acompaño a apenas unos metros con el sonido apagado

de mis teclas formando estas palabras. Nunca sabré que, tras vaciar el

frasco, esperó ante el espejo un tiempo indefinido, confuso, hasta que

tuvo miedo de acabar su vida sobre las frías baldosas del baño. Por eso,

mientras continúo escribiendo, avanza con pasos torpes, apoyando su


mareo en las paredes, empujando su respiración irregular por el pasillo

hacia el lejano dormitorio. Con dificultad se arrastra hasta la cama. Al

tumbarse, su cabeza confusa recuerda imágenes, palabras inconexas. El

miedo se mezcla con una tristeza ciertamente distante, acaso húmeda, y

puede ver, sentada junto a ella, una silueta espectral y borrosa que la

observa en silencio. Pronto cerrará los ojos para no despertar nunca, y yo,

separado de ella tan solo por una pared de ladrillo, seguiré escribiendo,

ajeno a la soledad inerte de su cuerpo, ignorante de su sufrimiento, de su

nombre y de su muerte.


Coge el lapicero y la pequeña libreta de papel reciclado y se pone de nuevo a

dibujar compulsivamente esas pequeñas cúpulas doradas. Ya llevamos comprados en

lo que va de mes, media docena de rotuladores de un color que imita al oro. No

importa. Ella va perfeccionando la técnica y es en lo único que notamos algún tipo de

avance.

Cada día, después de tomar su té ardiente y sus dos pastelitos de vainilla con

azúcar glas, se limpia los restos de migas de la comisura de los labios, dobla la servilleta

por la mitad, luego otra mitad, hace después un triángulo, luego otro más pequeño y

cuando ha terminado este proceso y la tela ha quedado reducida a la mínima

expresión, la deposita con cuidado en la esquina izquierda de la bandeja de alpaca.

Se recuesta un poco en su sillón de terciopelo color menta, se estira la falda y

pone sus manos blanquísimas y huesudas, una sobre la otra. La mirada, en todo ese

rato, ha estado perdida. Los ojos un poco bajos, sin dirigirse a ningún objeto concreto.

Tiene los tiempos perfectamente medidos y sabe que ahora toca colocar la

mesita plegable a la altura de sus rodillas y, sobre estas, la libreta de papel reciclado y

el bote de porcelana descascarillada que contiene sus rotuladores.

A veces le pongo pequeñas pruebas para comprobar si su mente reacciona a los

estímulos, si podremos volver a su mal carácter, que ahora tanto añoro, si algún día

volverá a la curiosidad que durante años fue su glándula vital. Pero ella permanece

inmutable durante todas las horas del día. Apenas ya habla y cuando lo hace, las

palabras, susurradas, salen de su boca entreabierta en un monocorde tono de voz.

Cada etapa anterior, por terrible que nos parezca, es la antesala de una peor.

Sabemos que cualquier deterioro será siempre irreversible, que ya no hay marcha

atrás. En su estado, nos han advertido, se bajan escalones que jamás se volverán a

subir.

Incluso cuando estos escalones no eran solo metáforas sino bloques de cemento

recubiertos de mármol, y eran los peldaños que nos permitían acceder a la primera

planta de mi casa; en ese terrible momento, nos dimos cuenta de la rapidez de su

deterioro. De repente había olvidado cómo bajar un tramo de escaleras que apenas

unos minutos antes acababa de subir sin ninguna dificultad. Aquello fue el comienzo

de su desaprender, la marcha atrás definitiva.

Sus pies dejaron de escuchar a su cerebro y sus pasos, desde entonces, se

volvieron de cristal. Ya no era capaz de poner voz a los pensamientos, pero la

expresión de su mirada ante aquel repentino “acantilado” delataba su angustia.

Los objetos, por aquella época, ya iban apareciendo por los rincones más

inesperados: teléfonos móviles dentro del frigorífico, medias de nylon en la olla exprés,

restos de comida mordisqueada entre su colección de pañuelos de seda...

Por entonces aún se maquillaba sola. Llevaba haciéndolo media vida: polvos

translúcidos, verde para los ojos, rímel, y el color rosa melocotón en sus labios, que

tanto la favorecía.


Como tantas otras cosas, este gesto cotidiano cesó de repente un día, sin previo

aviso: el espejo le devolvía una imagen desconocida. Se acabó maquillando los ojos

con la barra de labios rosa melocotón y la boca con el lápiz verde de los ojos.

Habíamos bajado otro escalón.

Esta tarde, retiro los restos de su merienda, sus migajas del pastelito de vainilla y el

plato nevado de azúcar glas, y su servilleta, reducida ahora a un minúsculo triángulo.

Coloco la mesita sobre sus rodillas, el cuaderno, el bote de porcelana descascarillada

y me dispongo a disfrutar como cada día del exquisito dibujo de sus cúpulas doradas.

Pero esta tarde no pasa nada. Hoy no ha movido las manos. Solo mira, después de mi

insistencia, esos extraños objetos que he colocado frente a ella. Al instante, sus ojos se

pierden de nuevo en un punto infinito. Ha bajado otro escalón.

Su pequeño cerebro dañado ha elegido despedirse con los recuerdos de aquel

viaje a Moscú, junto a sus padres, meses antes de su boda. Aquellos últimos días felices

antes de enfrentarse a un matrimonio mal elegido, lleno de claroscuros y

adversidades. Una historia y una persona, mi padre, que se convirtieron en lo primero

que olvidó.

Observo esos delicados dibujos con sus pequeñas cúpulas de color dorado y

sonrío pensando que, al final, la enfermedad le ha dado la tregua que la vida le fue

burlando.


Era mi primer día de trabajo en el psiquiátrico de Teruel. Mis

recuerdos de aquel día son confusos salvo en lo referente a un

caso curioso que me tocó reconocer a media mañana. En la

consulta entró un hombre de avanzada edad y con un poblado

bigote. Creo que puedo reproducir la conversación con aquel

enfermo casi palabra por palabra.

— Buenos días, dígame su nombre.

— Yuri Zhivago, respondió el anciano con naturalidad.

Examiné sus facciones. Ciertamente con aquel bigote

selvático y aquel flequillo de sheriff de una película de vaqueros

aquel hombre se daba un aire a Omar Sarif o, por lo menos, a

Jose Antonio Griñán, el presidente de la Junta de Andalucía.

— ¿Y a qué se dedica usted?, — le pregunté.

— Soy cirujano y poeta.

La respuesta era coherente, todos hemos visto Doctor

Zhivago. Normalmente por la consulta de un psiquiatra pasan

infinidad de casos anodinos y sin miga. Cuando llega un caso tan

peculiar, tengo que reconocerlo, un cosquilleo despierta mi

instinto psicoanalista y trato de penetrar a toda costa en esa

mente perturbada para tener el placer de desmenuzar cada

entresijo de sus conexiones neuronales. Tenía ante mí un caso

evidente de transferencia de personalidad por sugestión. El cine

es el séptimo arte, no lo dudo, pero lleva asociado a su esencia

estos daños colaterales que llenan las consultas de los psicólogos.

Le seguí la corriente, tenía ganas de divertirme.

— ¿Está usted casado?

— Claro, con Tonya Gromeko, — puntualizó el con un

suspiro.

— ¿Y usted la ama?

— Sí,— respondió al instante, aunque luego permaneció

unos segundos con la vista fija en el suelo.

— Pero también amo a Lara,…compulsivamente, — añadió.

Durante un buen rato estuvimos charlando de la revolución

bolchevique, del zar Nicolás II de Rusia y de los acontecimientos

convulsos que desembocaron en el nacimiento de la Unión

Soviética. El hombre estaba plenamente convencido de vivir en

esa época histórica y de que el psiquiátrico de Teruel era el

hospital donde ejercía de médico. No es que mis conocimientos

acerca de la historia rusa fueran extensos pero sí había leído la

novela de Boris Pasternak y había visto un par de veces la

película de David Lean, lo suficiente para percatarme de que mi

paciente estaba muy bien documentado. Por lo demás, no era


un trastornado peligroso, se pasaba el día escribiendo poemas a

Lara y vestía casaca y gorros rusos, lo cual en el invierno turolense

debía serle muy útil.

Cuando salió de mi consulta pedí su ficha. Santiago Lafuera

Morales, natural de Covaleda, en Soria e ingresado en el

psiquiátrico desde 1984. Siempre había creído ser el personaje

principal de la película Doctor Zhivago.

Cuando ya estaba tranquilamente en mi casa navegando

en internet y actualizando mi perfil de Facebook de repente me

acordé del Doctor Zhivago. Hacía tiempo que había visto la

película por última vez y sentí la curiosidad de investigar sobre

ello. En internet da igual lo que busques, siempre hay miles de

páginas que hablan de ello. Dí con una que ofrecía bastantes

detalles del rodaje. Parte de la película se había rodado en Soria

a principios de los sesenta. Muchos de los extras habían sido los

propios habitantes de esa zona rural de Soria, explicaba la

página. En una foto aparecía el niño que había interpretado al

Yuri Zhivago niño que pierde a su madre en las primeras escenas

de la película. Una luz amarillenta caía sobre sus cejas

arqueadas. Observé sus ojos, la curvatura de sus labios, el perfil

de su rostro llamando a las puertas de la adolescencia. Me

resultaba muy familiar, no había duda. Y si la hubiera habido, la

habría disipado el pie de foto: “Santiago Lafuera Morales, que

interpretó al Doctor Zhivago en las escenas de su infancia”.

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