La trama de la seducción - Topos y Tropos

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La trama de la seducción - Topos y Tropos

La trama de la seducción

El propósito de este ensayo es

reflexionar, desde una perspectiva

semiótica, acerca de una forma de

interacción que intuitivamente podemos

reconocer como seducción. En la

sociedad contemporánea las diversas

declinaciones del término (como

sustantivo, adjetivo, verbo...) aparecen

de manera frecuente y explícita en la

publicidad, aunque podemos pensar que

otros tipos de discurso, sin nombrarla,

también la ejercen o la representan.

El tema de la seducción nos

instala en el ámbito del estudio de la

relación con el otro: todo discurso,

sabemos, convoca la presencia del otro,

forja una imagen de destinatario, a falta

de la cual su sentido y su eficacia se

verían comprometidos.

La semiótica llamada hoy

estándar había reservado un capítulo

especial para este vínculo con el otro:

se trataba de explicar esa particular

actividad denominada manipulación (o

en otros términos, hacer-hacer)

mediante la cual el sujeto de discurso

hace ejecutar al otro un programa

propuesto actuando sobre su

competencia modal (el querer / el poder

/ el deber / el saber). Dado que la

manipulación entonces, no opera

directamente sobre el hacer del sujeto

sino sobre su competencia para

desarrollar las acciones propuestas, la

dimensión en la que se manifiesta es la

dimensión cognoscitiva.

Ahora bien, si nos centramos en

el nivel enunciativo del discurso, aquí la

manipulación podrá ser vista como

aquella actividad ejercida sobre el

destinatario para que adhiera a aquello

que el destinador le dirige. Según qué

modalidades afecte la manipulación se

podrían obtener escenas diversas: así,

si la manipulación se ejerce sobre el

poder y se le propone al otro un objeto

María Isabel Filinich

Universidad Autónoma de Puebla, México

filinich@siu.buap.mx

positivo (el fruto del árbol de la

sabiduría, que aparece en el Génesis,

por ejemplo) estaríamos ante la

tentación; si el don es negativo (una

amenaza, pongamos por caso) se

trataría de una intimidación; cuando la

manipulación se ejerce sobre el saber y

se formula un juicio negativo de la

competencia del destinatario (una frase

como "eres incapaz de...") resultaría en

una provocación; y finalmente, si el

juicio comunicado es positivo, la

estrategia, entonces, sería de seducción.

Este esbozo de tipología de las

formas de la manipulación es presentado

por Greimas y Courtés (en 1979, fecha

de publicación en francés del

Diccionario) de manera provisoria, con

el objeto de indicar un eje de

investigación más que de proponer una

reflexión acabada. De todas maneras,

podríamos ya observar qué lugar se le

asigna a la seducción en este programa

de estudio de la manipulación: en primer

lugar, este mismo hecho es necesario

que sea retenido, esto es, la seducción

es considerada una forma de

manipulación; segundo, y como

consecuencia de lo anterior, la seducción

se desarrolla en la dimensión

cognoscitiva y tiene que ver con un

"juicio positivo".

Hasta aquí, una rápida ojeada a

las observaciones que la semiótica

estándar había realizado en torno a

nuestro tema. Vayamos ahora a los

estudios que comienzan a circular poco

antes de los noventas y que producen

no sólo una ampliación de los temas

comprendidos sino también un giro que

recupera los fundamentos

fenomenológicos de la teoría semiótica.

Digamos que la semiótica

contemporánea ha vuelto su atención

hacia una zona más profunda de

emergencia de la significación: si las

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primeras investigaciones semióticas

partían de una concepción de la

significación fundada en las oposiciones

distintivas, esto es, en la discontinuidad

que cualquier sistema de significación

produce sobre el fluir del sentido, la

nueva mirada se sumerge ahora en una

zona que se perfila como anterior a la

constitución de las diferencias, previa a

toda discontinuidad, y que asume la

continuidad –territorio propio de la

experiencia sensible– como un ámbito

susceptible de ser abordado desde una

perspectiva semiótica.

Evidentemente, extender el campo

de estudio, incorporar ahora el complejo

universo de la percepción y de la vida

afectiva, comenzar a desarrollar aquella

concepción esbozada apenas por

Greimas, en 1966, de que la percepción

es el suelo en el que se asienta la

aprehensión de la significación, implica

revisar y adecuar todo el cuerpo

metodológico de la disciplina.

Entre las aportaciones resultantes

de esta revisión, de interés para nuestra

reflexión, es la consideración, al lado de

las dimensiones pragmática y

cognoscitiva del discurso, de una

dimensión pasional. Es necesario

comprender esta denominación en el

marco de la trayectoria de la propia

semiótica: como podemos recordar, los

primeros trabajos de semiótica narrativa

se ocuparon preferentemente del hacer

del sujeto y contribuyeron a fundar una

teoría de la acción; cumplida esa etapa,

y consolidada con ese bagaje teórico y

metodológico, la semiótica se desplaza

ahora hacia otra esfera de fenómenos

que dan cuenta ya no del hacer, de las

acciones efectuadas, sino del padecer,

de las pasiones sufridas por el sujeto, y

en este sentido, se traslada también del

hacer al ser del sujeto. La manifestación

de esta dimensión se concibe como una

suerte de prosodia del discurso, de

rasgos que se encabalgan sobre

porciones diversas del encadenamiento

sintagmático y modulan la significación:

la articulación de modalidades

divergentes (/querer/ y /no poder ser/,

o /no querer/ y /deber ser/, etc.), la

aspectualización, el ritmo, la orientación

perceptiva, son algunas de las formas

mediante las cuales el discurso produce

efectos de sentido pasionales.

A la luz de estas nuevas

observaciones, se impone una

reconsideración de las formas de

manipulación que habían sido previstas.

En lo que sigue, intentaré iniciar una

reflexión acerca de la seducción como

puesta en escena, representación de

una trama que compromete la

dimensión pasional de la actuación de

los sujetos implicados. En este sentido

y en los límites de este trabajo, quisiera

mostrar el valor que asume la trama, la

red que se teje y atrapa a los mismos

sujetos.

Para ello, no está demás regresar

a la etimología y al diccionario y recoger

allí los sentidos asociados al término

latino seduco, -duxi, -ductum: una

primera acepción registrada es "llevar

aparte, apartar, llamar a uno [para

hablarle confidencialmente], arrastrar";

una segunda, "atraerse, llevarse, llevar

consigo o con uno"; también significa

"separar"; y finalmente, ya a distancia

del latín clásico, la voz eclesiástica cobra

el sentido de "corromper, pervertir".

Podemos observar que el acto de

seducir aparece de entrada ligado al de

apartar, en el sentido de llevar aparte,

esto es, alejar a alguien de un lugar

visible y, en consecuencia, crear el

espacio propicio para, supuestamente,

hablar en secreto. Este movimiento de

llevar a un lugar apartado, separado,

implica una sustracción del conocimiento

o de la visión de un tercero, sustracción

parcial puesto que el acto mismo de

llevar aparte convoca la necesaria

presencia de un espacio público cuya

visibilidad se intenta evadir al mismo

tiempo que permanece como el fondo,

el escenario imprescindible que motiva

el gesto de apartar. Retengamos de aquí

la presencia de este tercero, sea en el

sentido laxo del espacio público o

simplemente de la visión de un

observador externo.

Este rasgo, digamos así, de

oscuridad de la seducción, por ser un

acto sustraído a la luz pública y realizado

en un espacio apartado, ha conducido a

Baudrillard (2000) a oponer, por su

etimología, dos términos (que en su uso

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difícilmente podrían entrar en relación

de oposición): pro-ducere y se-ducere.

Tal oposición estaría dada por el hecho

de que el primero designa,

originalmente, no el acto de fabricación,

sino el acto de hacer avanzar, hacer

aparecer y comparecer, hacer salir a

escena y, en este sentido, hacer visible;

en cambio, se-ducere designa la acción

de separar, apartar y, en este sentido,

retirar de lo visible. Sin embargo, parece

conveniente pensar, como lo sugiere

Parret, que esta oposición requiere ser

moderada y que en la seducción es

necesario reconocer "la profunda

ambigüedad en el movimiento de

retirarse (en secreto) y de producirse

(en lo visible) [...] Es claro que, si el

acto de seducción evoca el secreto por

un lado, también estimula la mirada

sobre una visibilidad producida. [...] El

ámbito de la seducción es precisamente

el lugar dialéctico de ese secreto y de

esa visibilidad" (1995: 107-108). Es en

este sentido que quisiéramos retener la

tensión que se instaura entre lo visible

y lo oculto en el juego que entraña la

seducción.

He aquí, entonces, uno de los

rasgos centrales de la trama que la

seducción construye: diríamos que el

comienzo (y también su continuidad)

está marcado por esta tensión entre lo

visible y lo oculto, que podría traducirse

por una fuerza de atracción ejercida por

uno y otro polo y que constituyen el

espacio necesario para que la escena de

seducción se despliegue.

Pero, ¿qué es aquello que se

sustrae de la visión del otro? ¿Qué es lo

que se oculta? Baudrillard dirá que se

trata de un secreto, y además, de un

secreto que nada contiene, que importa

en tanto se muestra y circula como

secreto. La fórmula rezaría así, en

palabras del propio Baudrillard: "Sé el

secreto del otro, pero no lo digo y él

sabe que yo lo sé, pero no corre el velo:

la intensidad entre ambos no es otra

cosa que ese secreto del secreto" (2000:

77). Lejos estamos, entonces, de la

comunicación de alguna información y,

sin embargo, una intensidad se produce

y se comparte, un mismo juego, de

secretas reglas, señala, designa, a sus

jugadores, a quienes se arriesgan a

participar en la trama que así da inicio.

Este comienzo que pone en su

centro una intensidad sentida,

intensidad que además no podrá el

sujeto atribuir a un objeto si no es

porque se combina con una cierta

extensión que le sirve de soporte, instala

en un primer plano la dimensión pasional

del discurso. Pareciera que la seducción,

para poder ser explicada, necesita ser

distanciada de las formas de la

manipulación sustentadas en la

modalidad del /querer/ para vincularla

con una dimensión que escapa a la

experiencia inteligible de un sujeto

movido por la razón y el juicio.

Precisamente, apoyándose en este

criterio, Parret propone disociar

seducción y manipulación: "Si yo no

entreveo ningún parecido entre la

manipulación y la seducción, es porque

el criterio intencional, tanto para el

sujeto como para el co-sujeto, no es

pertinente para una definición de la

seducción. La seducción no pertenece a

la competencia intencional de acción, al

querer manipulatorio del destinador, de

la misma manera que no concierne la

intencionalidad de acción en el

destinatario" (1995: 112).

Por nuestra parte, creemos

pertinente aceptar que, en la economía

general del discurso, la seducción, en

efecto, opera en la dimensión pasional,

pone en juego la experiencia sensible,

los afectos y los movimientos

inconscientes del ánimo, pero además,

a partir de aquí, se puede dar lugar a

cualquier escena de manipulación. Así,

la seducción podría pensarse como un

recorrido previo al ejercicio de la

manipulación. De aquí que habría que

distinguir, en los textos, aquello que es

propio de la seducción de las estrategias

de manipulación que pueden servirle de

cauce.

Lo propio de la seducción,

decíamos, es esta tensión entre lo visible

y lo oculto, tensión que crea el escenario

de riesgo propicio para que se desarrolle

la trama. A lo cual Baudrillard agregaría

que aquello que se oculta, que se

mantiene en secreto, es un vacío, sólo

cuenta por tener la forma del secreto.

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Los significantes, entonces, como quiere

la poesía (y en suma, cualquier

discurso), ya no son unas formas

superficiales cuyo velo hay que

descorrer para hallar algún significado

oculto, sino que de ellos mismos emana

su fuerza, su efecto de seducción. Así,

podría decirse que es el canto de las

sirenas, su voz fascinante, aquello a lo

que Ulises no debe sucumbir: antes de

hablar, de hacerle saber "todo cuanto

ocurre en la fértil tierra", lo que impulsa

a Ulises a desasirse del mástil es el

hechizo de las voces cuyos suaves

sonidos conmueven su corazón. Sin

embargo, no podemos dejar de apreciar

en el pasaje homérico que la suavidad

de la voz se acompaña con una

promesa: "Nadie ha pasado en su negro

bajel –dicen las sirenas– sin que oyera

la suave voz que fluye de nuestra boca;

sino que se van todos después de

recrearse con ella, sabiendo más que

antes" (Rapsodia XII, § 184). El secreto

no está, entonces, tan vacío: si bien es

un ardid, encierra, para el destinatario,

en el momento en que aparece, una

promesa, lo cual despliega su imaginario

y entonces, y sólo entonces, puede

sucumbir.

Si el juego de la seducción se da

en la superficie del discurso como

sugiere Baudrillard, no es porque no hay

nada detrás de los significantes, no es

porque el secreto nada contiene, sino

porque lo más superficial puede evocar

lo más profundo. De aquí que, más que

con el secreto, o en todo caso a través

de su forma, la seducción se asocia con

una promesa, la cual abre un espacio

donde la imaginación puede proyectarse

y expandirse.

Podría decirse así que la seducción

es, por encima de todo, una puesta en

escena de una trama que subsume a

sus propios actores, trama que se inicia

con una tensión, generada por la

complicidad entre lo visible y lo oculto,

y que se continúa en una promesa que

despliega la dimensión imaginaria. Este

predominio de las reglas del juego sobre

la identidad de los propios actores es

también subrayado por Parret al hablar

de una lógica de la seducción

caracterizada por ser "una lógica que

suprime la identidad del seductor, ya que

éste es siempre diferente, ocupando

numerosos lugares. El seductor no está

marcado por ninguna subjetividad ni

localización espacio-temporal

identificable" (1995: 116). Esta

concepción se sostiene en las palabras

del propio Baudrillard: "El sujeto sólo

puede desear; el objeto es el único que

puede seducir", "el objeto es lo que ha

desaparecido del sujeto y desde el fondo

de esa desaparición envuelve al sujeto

en su estrategia fatal" (Ibidem).

Este lugar central del objeto

seductor, señalado por su ausencia,

aparece representado en la letra de

muchos tangos:

Del fondo de mi copa su imagen me

obsesiona, es como una condena su

risa siempre igual... coqueta,

despiadada su boca me encadena

¡se burla hasta la muerte la ingrata en

el cristal!

C. Gardel y A. Le Pera "Amargura"

Esta captación del sujeto por el

objeto, esta forma de sumisión

"desubjetiviza" (para utilizar una noción

de Parret) tanto al seductor como al

seducido: aquí, la imagen de la

"coqueta" cristalizada en su risa sigue

ejerciendo su hechizo a través de la

memoria que ha fijado ese signo de

desenfado y a la vez encantador, del cual

el seducido no se puede desprender. La

estrofa abunda en señales de sumisión:

el léxico de la condena, la obsesión, el

encadenamiento, remite también a un

centro desubjetivizado, que ha

sucumbido ante ese objeto ausente que

lo priva, lo separa de sí mismo y lo

reclama con la fuerza de su propia

ausencia. Esa risa "siempre igual" que

suena en su memoria y resuena en el

cristal de la copa vuelve a poner en

escena la trama de la seducción:

intensidad de la atracción, promesa, y

luego, abandono. Abandono que opera

como el motor que vuelve a poner en

marcha el proceso: desde su fondo de

ausencia, el objeto atrae y somete a su

encanto y también a su impiedad.

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En la letra de este género de

música, el varón seducido realiza una

suerte de exhibición de la pérdida: el

tema recurrente es un lamento por

aquello que se poseyó y ya no se tiene.

Frente a la pérdida por abandono, el

seducido muestra su dolor, ya sea de

forma directa, desde su frágil posición

de carencia, o bien, indirectamente,

cuando se hace pasar el dolor por el

tamiz del humor, la ironía o la burla. De

la trama de la seducción, la letra de

tango pareciera focalizar su terminación,

el abandono, y hacer de él un estado

del alma más que el término de un

recorrido. De aquí que fácilmente se

pase del lamento por el abandono a la

nostalgia de un pasado irrecuperable.

La entrega del sujeto en la

seducción, su abandono en favor de la

trama, quizás esté presente de manera

más nítida en las figuras del baile que el

tango hace suyas: el avance y el

retroceso, la espera, la marca, la finta,

la pausa, van exhibiendo los momentos

propios de la escena de seducción. Aquí,

el simulacro recupera todo su valor: hay

una entrega de la pareja de baile a una

actuación en la cual, por otra parte, no

todo está pautado; como en la ejecución

de una partitura, tanto cuenta el

esquema previsto como el modo de

realizarlo. Cuanto mayor disponibilidad

haya en los actores para entregarse a

la trama propuesta y asumirla,

encarnarla, mayor eficacia tendrá su

actuación.

Pero ¿en qué se asienta esta

fuerza que atrae, separa y arrastra,

promete y despliega el imaginario del

otro? Anticipábamos ya que el lazo por

seducción parece crearse y sostenerse

en una dimensión de superficie del

discurso, su dimensión sensible. La

esfera de lo sensible, como sabemos,

atiende a dos polos de la experiencia:

la percepción del mundo exterior, a

través de la actividad de los sentidos, y

la sensación de la vida interior, de los

afectos, emociones, pasiones. El lugar

de confluencia, de pasaje e inscripción,

de ambos registros es el cuerpo propio.

Todo aquello que ponga en juego la

percepción sensorial, que afecte los

sentidos y la sensibilidad entera del

cuerpo convoca, bajo la forma primaria

de la atracción o la repulsión, la

respuesta afectiva.

Ahora bien, esta activación

sensible, del cuerpo y de los afectos, la

llamada "experiencia estésica" tiene una

forma particular de acontecer. Una

aproximación posible al conocimiento de

tal experiencia es la que practica

Landowski (1999) mediante su

concepción de la relación por contagio.

Sintetizando la argumentación del autor,

diré que mediante la noción de contagio

se quiere evocar los procedimientos de

una práctica terapéutica particular, la del

placebo, la cual, como sabemos, alude

al proceso de cura que tiene lugar sin

que la causa pueda ser atribuida al

medicamento: placebo y enfermo entran

en contacto en una relación que no es

la de causa-efecto. De modo semejante,

así como habría efectos de cura que

carecen de causa, así también habría

efectos de sentido que no tienen su

causa eficiente en un texto previamente

constituido: "efecto sin causa [...] –dirá

el autor– o, al menos, efecto que no

encuentra su razón de ser ni del lado

del sujeto ni del lado del objeto, sino

que depende por completo de lo que los

pone a ambos en presencia. Porque, de

hecho, ninguno de los términos de la

relación, ni el objeto de la aprehensión

ni el sujeto que la efectúa, existe

independientemente del modo en que

el otro lo hace ser, de manera tal que lo

único que cuenta es entonces la propia

modalidad de su encuentro" (1999:

273). Tal encuentro, esa puesta en

presencia gracias a la cual adviene el

sentido, tiene su anclaje en el contacto

sensible entre uno y otro cuerpo. Ahora

bien, habría que preguntarse, como lo

hace de hecho el autor, qué es lo que

hace posible un encuentro de esta

índole, sea una experiencia estética,

amorosa, o en general, estésica.

Haciendo una analogía con la rima, en

la cual la reaparición de un elemento

hace aparecer, y cobrar así sentido, al

elemento precedente, de manera

semejante, una atracción de esta

naturaleza se articula con algo ausente,

rima con una ausencia cuya

convocación, permite realizar,

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finalmente, el sentido y hacer que el

sujeto se descubra como profundamente

otro.

Volvamos ahora, entonces, al

papel de los sujetos implicados en la

trama de la seducción. Frente a una

concepción que concibe la entrega de la

que hablábamos como una forma de

"desubjetivización", podría pensarse que

el lazo de la seducción hace surgir a un

sujeto otro y a un objeto igualmente

transfigurado por el encuentro. Aquello

que seduce, no es reconocible porque

contenga ciertas cualidades

determinadas, sino antes bien porque

posee una configuración tal que se

presta para ser percibido como la causa

del efecto pasional que genera en el

sujeto. Por otra parte, el sujeto es

afectado y convocado por el objeto, no

por sus particularidades, sino por estar

en una disponibilidad tal que se torna

capaz de ser alcanzado por el objeto. Y

además, entre este sujeto y objeto así

surgidos, se puede instaurar un juego

de secretas convocaciones que entronca

lo que se hace presente con otra cosa

que llama desde su fondo de ausencia.

Retomando, para cerrar, las ideas

aquí esbozadas –que exigen un

tratamiento más detenido– quisiera, al

menos, proponer algunas conclusiones

que no son sino puestos de mira para

alcanzar una visión más clara del vínculo

por seducción: en primer lugar, creo

pertinente enmarcar el estudio de esta

forma de relación con el otro en una

semiótica de lo continuo, de la

experiencia sensible y afectiva, que

atienda a la dimensión pasional del

discurso; luego, entiendo que si bien la

seducción no puede inscribirse dentro

de las estrategias de manipulación,

éstas pueden servirle de cauce, de allí

que se mantenga en el discurso una

relación entre seducción y manipulación,

aunque sus recorridos sean diferentes;

en tercer lugar, la trama que crea la

seducción (tensión entre lo visible y lo

oculto, promesa, abandono) señala,

designa a sus actores, cuyas figuras –si

alguna tienen– es la de ser, antes que

nada, seducidos por la propia trama.

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Referencias bibliográficas

Baudrillard, Jean (2000) De la seducción. 8ª ed. Madrid: Cátedra.

Greimas, Algirdas J. (1973) Semántica estructural. Madrid: Gredos (orig.:

Sémantique structurale. Recherche de

méthode. Paris: Larousse, 1966).

Greimas, Algirdas J. y J. Courtés (1990): Semiótica. Diccionario razonado de

la teoría del lenguaje. Madrid: Gredos (orig.:

Sémiotique. Dictionnaire raisonné de la théorie

du langage. Paris: Hachette, 1979)

Landowski, Eric (1999) «Sobre el contagio», en E. Landowski, R. Dorra,

A. C. Oliveira (eds.): Semiótica, estesis,

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SP / Universidad Autónoma de Puebla.

Parret, Herman (1995) De la Semiótica a la estética. Enunciación,

sensación, pasiones. Buenos Aires: Edicial.

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