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He’ Mem

En busca de las respuestas perdidas

Segunda edición

Mayo 2010

Publicado por:

Escritores Teocráticos Ediciones

www.escritoresteocraticos.net

Autorización:

ESTÁ PERMITIDA la producción y difusión total o parcial de este cuento, su tratamiento informático,

la transmisión de cualquier forma o de cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia,

registro u otros métodos.

ESTÁ PROHIBIDA la comercialización de este cuento, o el cobro de dinero para recuperación de

gastos de producción. Su distribución sólo se autoriza de forma gratuita.

hemem@escritoresteocraticos.net


Un cuento basado en una experiencia real

(1974 - 1975)

Con la autorización del protagonista:

EN BUSCA DE LAS RESPUESTAS PERDIDAS

Y

UN MONTON DE BASURA ABANDONADA

Toda información registrada en estos relatos ha sido tomada de una experiencia real y

expresamente autorizada.

Cualquier parecido con otra experiencia similar, es puramente circunstancial y absoluta

coincidencia.

He’mem


"¨(Dios) decretó los tiempos señalados

y los límites fijos de la morada de los hombres,

para que busquen a Dios, por si buscaban a tientas

y verdaderamente lo hallaban, aunque, de hecho,

no está muy lejos de cada uno de nosotros."

(Hechos 17:26, 27.)

"Porque el que se acerca a Dios tiene

que creer que él existe y que llega a

ser remunerador de los que le

buscan solícitamente".

(Hebreos 11:6.)

"¿Quiénes son estos que vienen volando

justamente como una nube, y como

palomas a los agujeros

de su palomar? ".

(Isaías 60:8.)


EN BUSCA DE LAS RESPUESTAS PERDIDAS

—Cuento—

Víctor caminaba a paso rápido. Debía llegar a tiempo. Ya habían intentado

robarse algunos equipos de sonido la noche anterior. Por ello portaba el revolver

oculto en su cintura. Esperaba no tener que usarlo. Después de todo ni él ni sus

amigos tenían permiso para portar armas. ¿Habrían llegado ya sus compañeros

del grupo de teatro universitario? La función anterior había atraído a un buen

número de vecinos amantes del teatro a la plaza del sector. ¿Habría una

concurrencia similar esta noche? Esperaba que sí, pues el teatro al aire libre no

era muy conocido en la ciudad. Lo molesto era tener que amanecerse cuidando

las instalaciones de la obra durante toda la noche. Afortunadamente solo

quedaban dos funciones más antes de levantar todas las instalaciones.

Saca una peineta del bolsillo posterior de su blue Jean y la pasa por su

medianamente larga cabellera. A sus 24 años su bigote bien arreglado le hace

parecer algo mayor. El frío que empieza caer le hace arrepentirse de haber

optado por llevar sandalias en vez de zapatos, y además sin calcetines podría

resfriarse. Al menos eligió bien al llevar su parca cortaviento. Saca un cigarrillo del

bolsillo de su camisa y lo enciende para amortiguar un poco el frío. Le resulta

extraño que el clima haya cambiado tanto. Antes durante el mes de Marzo hacía

mucho calor todavía, pues recién estaba terminando el verano. Mientras camina

recuerda la conversación con el profesor de antropología, durante las últimas

clases del año recién pasado en los pasillos de la universidad.

— Así es que usted no cree en la evolución, señor Toloza. ¿Y podría

argumentarlo? –preguntó aquella vez el barbudo y joven profesor.

En realidad no sé cómo se podría argumentar científicamente –respondió

Víctor–, pero tengo sobradas razones para creer que el ser humano fue

creado, y no proviene de una cadena interminable de cambios casuales.

— ¿ Y usted se ha tomado la molestia de investigar la avalancha de pruebas

científicas y arqueológicas que demuestran la veracidad de la teoría de la

evolución?

— No estoy tan seguro de que sean ―pruebas‖, y mucho menos concluyentes,

profesor.

El comienzo de la hora de la clase de antropología, interrumpió bruscamente la

conversación, dejando a Víctor con una extraña sensación de ansiedad.


—Un desafío singular—

Durante el desarrollo de la clase, mientras el profesor dictaba de unos resúmenes

de antropología, surgió nuevamente la cuestión de la evolución, lo que el maestro

aprovechó para azuzar a Víctor.

— ―...... Y el correr de los millones de años transcurridos, hicieron que

pasáramos, a través de la selección natural y las mutaciones benéficas,

desde los torpes e inseguros antropoides a los homosapiens, precursores

del hombre moderno. Estos antropoides por tanto, fueron nuestros

antepasados evolutivos.... aunque al señor Toloza le resulte increíble de

aceptar....‖

La alusión a la incredulidad de Víctor, por parte del profesor, dieron pié para

que los demás estudiantes, siempre atentos a cualquier oportunidad para hacer de

las clases de antropología un debate festivo, pidieran a viva voz que Víctor

explicara porqué le resultaba increíble aceptar la evolución. Obligado por la

insistencia de los alumnos, el profesor pidió a Víctor que se pusiera de pié y

explicara sus argumentos en contra de la teoría de la evolución y a favor de la

creación. Víctor se pone de pié, un tanto nervioso, ya que como católico medio

activo solo tenía algo o casi nada de conocimiento bíblico y mucho menos de

argumentación teológica...

— Bueno...yo... En realidad no sé mucho de arqueología –responde Víctor–.

Pero me pregunto porqué aún no se encuentra el eslabón perdido entre los

antropoides y el ser humano. Y si lo pensamos bien, no se trata sólo de un

eslabón perdido. Si no de cientos, de miles de eslabones ―perdidos‖. Si la

teoría de la evolución no ha podido explicarlo, ya que de ser cierto los

eslabones estarían diseminados por todas partes y en grandes cantidades,

es por que esa ―teoría‖ sigue siendo eso: una teoría...

— Pero...¿ Usted puede probar, por medio de argumentación –contraataca el

profesor–, porqué tendríamos que creer en un.... ―Divino ser superior‖ que

supuestamente nos creó y luego, al parecer, simplemente nos abandonó?

— Bueno... la Biblia enseña que ese ser Divino creó al ser humano

directamente. Creo que la evidencia que se haya en la naturaleza lo explica

también. Por ejemplo, ¿se ha preguntado usted porqué los humanos, con

toda la inteligencia que supuestamente tenemos, no han podido imitar el

proceso de la fotosíntesis? ¿ O qué me dice de la procreación humana,

algo que hasta los mismos científicos llaman ―un milagro‖? ¿Y qué me

dice....?


— A ver, a ver... –interrumpe el maestro, al notar que las argumentaciones de

Víctor han hecho que los demás estudiantes comiencen a darle la razón–.

Si usted me contesta tres preguntas que yo le voy a hacer, me hago

creyente con usted. Si no, seguimos con la clase y usted apunta en su

cuaderno lo que yo, y la ciencia probada le dictemos....¿De acuerdo?

Sin esperar que Víctor responda si acepta el desafío o no, el maestro se

pasea por entre los alumnos, manos a la espalda, ordenando sus

pensamientos para atacar con toda su ― artillería pesada‖...

— Si... ese Dios que usted tanto defiende... –comienza diciendo lentamente–,

es taan poderoso y taaan justo y taaan lleno de amor como dicen los

creyentes... Primero: ¿Por qué existen las injustas y horribles guerras que

matan a niños y mujeres inocentes? ¿Será que él no tiene el poder

necesario para detenerlas, o es porque simplemente no existe? Segundo:

¿Por qué los delincuentes, mafiosos, criminales, etc. Etc. Hacen lo que

realmente se les viene en gana y nadie, o muy pocos hacen nada para

impedirlo? ¿Dónde está el sentido de justicia de ese ―justo‖ Creador?, y...

Tercero: Si él nos hizo tan perfectamente bien... ¿Por qué morimos?....Sí....

¿porqué morimos miserablemente, cuando apenas comenzamos a tomarle

sabor a la vida? ¿Acaso no tiene el poder o la sabiduría para hacer que, por

lo menos, durásemos un poquito más?....¿ Puede darme respuesta a esas

preguntas señor Toloza?...

La mirada penetrante del profesor se clava en la de Víctor, desafiante. Estas

preguntas han dejado perplejo, no solo a Víctor, sino a toda la clase, que con un

silencio sepulcral parecen suplicar a Víctor que las responda. Después de un

angustioso silencio, Víctor logra balbucear ...

— Debo reconocer que no conozco las respuestas –dice resignado–. Pero el

que yo no las conozca, no significa que no existan. Seguramente en la

Biblia....

— Seguramente la Biblia... Sí, si. Seguramente la Biblia..–interrumpe burlón el

maestro, sabedor que ha dejado confundido al joven–. Si usted va a

argumentar, hágalo con base señor Toloza. Cuando usted encuentre estas

respuestas....‖perdidas‖... entonces viene aquí a la clase, y todos nos

hacemos creyentes. Mientras tanto limítese a copiar el dictado que la

ciencia le enseña... y con base, señor Toloza.... con base.

—El inicio de la búsqueda—

Mientras camina hacia la plaza del sector, recuerda lo frustrado que se sintió en

aquella ocasión, por el desafío del profesor. Comienza a hacer frío, por lo que

sube el cuello de su parca cortaviento.


Recuerda también que sus tres compañeros ―hippies‖ del curso, que siempre se

juntaban con él, se habían ofrecido a acompañarle en la busca de esas

respuestas perdidas‖. En vano habían ido a varias confesiones religiosas, sin que

pudieran explicarles sus dudas de manera satisfactoria. Un anciano pordiosero, en

silla de ruedas, al que uno de sus amigos de cabello largo había encontrado en

una plaza céntrica, le había mostrado en una roñosa Biblia, que el llevar cabello

largo era una deshonra para Dios y una vergüenza para el varón (1 Cor. 11:14).

Esto había hecho que Milton, el amigo ―hippie‖, se cortara de inmediato el pelo; lo

que sorprendió mucho a los otros tres amigos.

Este mismo anciano les recomendó asistir a una conocida confesión religiosa, en

busca de respuestas. Pero después de varias sesiones de estudio de la Biblia, en

el cuarto de la pensión donde vivía Milton, decidieron abandonar dicha

investigación, ya que el joven instructor religioso no había sido capaz de contestar

satisfactoriamente, con la Biblia, sus dudas, en cuanto a la razón del sufrimiento

humano y las injusticias del mundo, y además preguntas como: Qué significa el

número 666 de la Bestia de Apocalipsis, y quién es la Bestia. A quién

representaba la ―Gran ramera‖. Qué significa o representa el vehículo espacial que

vio el profeta Ezequiel, y preguntas de ese estilo. ―Es que ustedes quieren

aprender primero ―matemática avanzada‖, cuando primero deben aprender a

―sumar y restar‖ – se había defendido el ―instructor‖. Oscar había sentenciado: ― Si

no sabe para él, qué podrá enseñarnos a nosotros‖. ― Mejor que no vuelvas más

―compadre‖ –le había dicho Jorge, en forma lapidaria y al mejor estilo ―Hippie‖.

En otra ocasión, Milton llegó eufórico a clases, contando que había hallado a un

misionero de una religión ―cristiana‖ del Brasil. Este ―misionero‖ vivía en un

cuartucho de una casa antigua de madera, casi en pleno centro de la ciudad. Allí

fueron a dar los cuatro amigos.

El cuarto pequeño tenía como único mobiliario, un desvencijado velador, una silla

y la cama en la que dormía el ―misionero‖. La luz tenue, amarillenta, hacía muy

difícil la lectura de la única Biblia que tenía el brasileño. Los jóvenes se

acomodaron en la cama, mientras el moreno ―misionero‖, ocupó la única silla del

cuarto.

—¿ Y es muy difícil entender la Biblia? –preguntó expectante, Víctor.

— No, si te dejas guiar por alguien más experimentado –respondió sonriente el

―misionero‖.

— Nosotros conocimos a un viejito que sabía harto de la Biblia –interviene

Milton–. Pero nos recomendó una religión que no saben ni para ellos.


— Bueno eso pasa –asiente el brasileño–. Muchos no saben que la Biblia no

es un libro para leer como si se tratase de un cuento o una novela. Es

mucho más que eso.

El joven ―misionero‖ mostró algunos textos bíblicos a los cuatro amigos, que ellos

entendieron a medias. Cuando estaban comenzando a entrar en un renovado

entusiasmo, el ―misionero‖ les vació un ―balde de agua fría‖.

― Mañana me regreso a Brasil ‖.

— ¿Tan pronto? –había protestado apenado Milton–.

—Una psicodélica investigación bíblica—

Los amigos estuvieron buscando por varias semanas, hasta que Jorge llegó con la

novedad de que había un grupo mixto de jóvenes que se reunían por las noches

en un almacén de abarrotes a considerar la Biblia.

Resultó ser un negocio de vecindario muy cerca de donde habían visitado al

―misionero‖ Brasileño. Durante el día funcionaba como almacén de barrio, y por las

noches se cerraba a eso de las diez, para albergar a unos quince jóvenes de

ambos sexos, que se reunían a discutir acerca de religión y de la Biblia.

Al llegar al almacén, Víctor se había percatado que en su gran mayoría los

jóvenes vestían a la usanza Hippie, por lo que no le extrañó que algunos de ellos

estuvieran fumando marihuana, mientras hablaban de religión y de Dios.

Milton, al parecer se conocía con el que hacía las veces deder del grupo, pues

conversaban muy familiarmente.

— ¿Te acuerdas Milton, de aquella vez en que estábamos ―volados‖ leyendo a

Ezequiel? –había dicho riendo el ―Líder‖.

— ¿A Ezequiel, el ―esquizofrénico‖? Ja,ja,ja. –respondía Milton, al parecer

recordando alguna anécdota personal.

Víctor había tratado de entender de qué se trataba aquella extraña conversación

de Milton y el otro joven, como si al entender esas expresiones se le haría más

fácil comprender la Biblia. A los otros que estaban en el cuarto, todos sentados en

cuclillas y de piernas cruzadas en el suelo, parecía importarles muy poco todo

aquello, pues conversaban animadamente cada uno por su lado, mientras pitaban

profundas bocanadas de ―humo‖. Una de las pocas Biblias que había en esa

ocasión, se paseaba de aquí para allá, en las manos de los ―investigadores‖.

Víctor había tratado de que se la pasaran a él un rato para tratar de entender algo

que fuera. Pero al parecer todos querían tenerla y ojearla con ojos medio

desorbitados y dormilones.


Todo iba bien hasta que a uno de los Jóvenes se le ocurrió romper una hoja de la

Biblia, para, a continuación, tranquilamente confeccionarse un ―pito‖ de marihuana

con ella. Una de sus compañeras se le había quedado mirando con

desaprobación, a lo que el aludido había respondido con toda tranquilidad: ― No

hay drama ―comadre‖, solo se trata de una de las hojas del final. De las

concordancias‖. Y todo siguió como si nada. Eso terminó con el entusiasmo de

Víctor, y mentalmente cerró el capítulo.

En un descanso, entre clase y clase, los amigos comentaron sus experiencias...

— Oye, Milton... ¿Y si vamos a conversar con los Testigos de Jehová,

―compadre‖ ¿ –había sugerido Jorge.

— ¿Pa‘ qué ―compadre‖? –había respondido el aludido–. Esos ―compadres‖

son raros. Dicen que dejan morir a sus hijos por no ponerles sangre. Yo

creo que estaríamos puro perdiendo el tiempo, ―compadre‖.

— ―Puchas, la ―onda psicodélica‖, ―compadre‖, ja, ja, ja –reía Oscar.

— Yo tuve un compañero en la secundaria, que se salió del colegio, porque

según decía, el fin del mundo vendrá el año 1975... –había comentado

Víctor.

— Anda... la media ―voladita‖ del ―compadre‖...–exclamó Milton–. O sea que

nos quedan poco más de dos años ―compadre‖...

— ¿Y si resulta cierto, Milton? –preguntó medio en serio y medio en broma,

Oscar.

Entonces fumémonos rápido el ―pito‖, compadre‖, antes que venga el fin del

mundo, ja,ja,ja.

Finalmente sus amigos se fueron a la capital donde vivían, al término de ese año

escolar, para volver al año siguiente.

De modo que dejo la búsqueda para otra mejor oportunidad.


—Represión política estudiantil—

Las cosas se habían puesto tumultuosas hacia el fin de ese año. Había habido un

golpe militar en el país. Se había desatado una persecución política que había

ocasionado que un buen número de profesores de la carrera se fueran del país,

por sus ideales políticos no tolerados por el nuevo gobierno militar. Víctor no de

de preocuparse, ya que como presidente de su carrera era conocido en la

Universidad por sus ideas socialistas. De hecho había participado en campañas

estudiantiles promoviendo a los estudiantes socialistas y comunistas, para la

reelección de la Federación de Estudiantes de la Universidad. Se había enterado

de que a varios de sus compañeros las nuevas autoridades les habían allanado

sus hogares, y se los habían llevado con rumbo desconocido. El vivía con su

abuela materna y su hermano, quien no se inmiscuía en política.

En unas dos oportunidades, había tenido que formar con los demás estudiantes

en el patio de la universidad. Los militares pasaban lista nombrando a los

estudiantes que buscaban. Luego los subían en sus vehículos militares y no se

volvía a saber de ellos. En esos momentos se felicitaba de nunca haber firmado su

afiliación al partido, pues de esos registros allanados, se sacaban los nombres de

los requeridos. Sin embargo no pudo evitar sentir un frío húmedo recorrer su

espina dorsal cada vez que los militares les hacían formar en el patio y

comenzaban a nombrar a varios de sus conocidos del partido.

Hasta el momento no había tenido más sobresaltos.

Debido a la situación del país, se había decidido a suspender su carrera hasta que

todo se aquietara un poco, si eso era posible. Y así lo hizo, a pesar de que solo le

faltaban unos ocho meses del proyecto de título. Además algunos vecinos estaban

denunciando a los estudiantes que participaban de ideas contrarias al nuevo

gobierno, lo que siempre lo hacía temer el que alguien lo sindicara como

―terrorista‖ o algo así.

—Visita al Salón del Reino—

En su caminar en dirección hacia la plaza del sector, se percata de que, un local

denominado ―Salón del Reino de los testigos de Jehová‖ se encuentra abierto.

Recordó que, hace unos días atrás, un día domingo, había decidido concurrir a

esa dirección, que él conocía, ya que al bajar de autobús siempre pasaba por allí.

Pero en aquella oportunidad había encontrado el lugar, absolutamente repleto de

gente, al grado de sobresalir hacia la calle. Por esa razón se había resuelto a

volver el otro domingo, más temprano. Pero hoy es jueves y el lugar está abierto.

El hecho que haya pocas personas en su interior, lo anima a entrar.

Se parapeta detrás de una cortina gruesa que se encuentra a la entrada del

auditorio. Dentro del salón hay unas cincuenta personas de diferentes edades


eunidas, en silencio y muy absortas en lo que un hombre de unos 50 años, les

habla desde una especie de escenario muy sencillo. Le llama agradablemente la

atención, el modo tan natural y extemporáneo con que el hombre se dirige al

auditorio. Tan distinto al estilo rimbombástico y emocionalista con que algunos

guía protestantes predican, o al modo santurrón de algunos sacerdotes de su

propia religión.

Un hombre, relativamente joven, que al parecer está a cargo de las visitas, se le

acerca amable, invitándole a pasar y sentarse junto al auditorio. Por un momento

recuerda cómo va vestido, lo que contrasta notoriamente con la vestimenta muy

pulcra de los varones, (notando que en su totalidad llevan corbata), y casi

elegante de las mujeres que asisten. Se acomoda lo mejor que puede el revolver

que carga encima, para disimularlo y así no causar incomodidad al amable señor

que lo invitara a pasar. Ante la insistencia del acomodador le agradece con un

gesto y permanece en su lugar escogido, tras la cortina. Su curiosidad le hace

prestar atención al orador, al notar que éste repetidamente cita y lee la Biblia a los

concurrentes, cosa que le agrada mucho.

No puede evitar que sus pensamientos lo lleven a recordar cómo se despertó su

curiosidad en visitar a estas personas ―raras‖ y ―psicodélicas‖ como diría Oscar, su

amigo hippie.

Eso había sucedido cuando acompañó a un vecino amigo a visitar a la hermana

de éste, en una ciudad del norte cercana a la suya. Recuerda que su amigo,

después de saludar y presentarle a su hermana, le pidió que lo esperara en el

living de la casa, mientras ellos conversaban algún asunto privado. La hermana de

su amigo le había sugerido que mientras ellos hablaban, podía tomar cualquier

libro de su biblioteca para leer mientras esperaba.

Lentamente recorrió con la vista los cantos de los diferentes libros que había en el

mueble. El título de uno de ellos le había llamado poderosamente la atención: ―

Evolución‖. Lo retiró cuidadosamente de la biblioteca, pensando para sí, de que se

trataría de uno de esos libros pseudo-científicos con sus argumentos ―tirados de

las mechas‖, como decía Milton, tratando de apoyar la Teoría de la evolución. Al

menos así le sugirió el Título de la Tapa principal: ―¿Llegó a existir el hombre, por

Evolución o por Creación?‖. Con desgano abrió el libro, dando una rápida y

descuidada mirada al preámbulo, para concentrarse en la lectura del primer

capítulo. Sentado en el sillón, no podía creer lo que estaba leyendo: ¡El autor

defendía la Creación, no la Evolución! ¡Y lo hacía con sólidos argumentos, que ya

se hubiera querido tener en la conversación con el profesor de antropología!. No

se dio cuenta del pasar del tiempo. Sin percibirlo, ya había devorado más de la

mitad del pequeño libro celeste que simplemente lo tenía fascinado. Fue en ese

momento en que se presentaron su amigo y su hermana, dando fin a la breve

visita..

— ¡Qué lástima que tengamos que irnos! Estaba tan entusiasmado con la

lectura de este excelente libro –dijo en aquella oportunidad a la hermana de

su amigo.


— ¿Qué libro... a ver? Aaah, ese. –había respondido con displicencia, la

hermana de su amigo–. En realidad yo ni lo he leído, y no me interesa

hacerlo tampoco.

— Bueno yo lo encuentro muy informativo e interesante –respondió Víctor.

— Si le gusta tanto, se lo regalo...

— No quiero que se moleste, por favor –se había apresurado en decir Víctor–.

Se ve que es una publicación muy valiosa....

— Ni tanto. Lo dejaron unos evangélicos que siempre vienen. Yo se los de

para cooperarles y para que no siguieran importunando. A usted le interesa

más que a mí. Así es que acéptelo, por favor.

En el viaje de regreso a su ciudad casi no había logrado concentrarse en el libro,

por la conversación con su amigo, que rápidamente le desviaba el tema a otros

asuntos más ―terrestres‖. Extrañamente al llegar a casa de sus padres, el libro se

había perdido misteriosamente, entre las cosas amontonadas en el closet.

Buscando el libro, se topó con unas revistas religiosas que su padre guardaba. Le

había llamado la atención el título de una de ellas: ―¡Despertad! El artículo principal

estaba sumamente interesante, sobre la pugna entre las dos potencias mundiales

de la época. Pero lo que provocó su inusitado interés, fue el hecho de que la forma

en que estaban redactados los artículos eran, y lo podía jurar, idénticos al estilo y

método del libro extraviado. Con impaciencia buscó la dirección de los autores:

―Watchtower Bible and Tract Society of New York. Inc.‖

―Gringos‖ –pensó–. ¿Tendrán alguna oficina representante en el país? –siguió

leyendo...

Como disponía de tiempo, se había animado a leer otro de los artículos

secundarios. Al terminar el tema decía: ―Si usted desea saber más acerca de

estas promesas del creador, sírvase ponerse en contacto con los Testigos de

Jehová, de su localidad, y ellos tendrán mucho gusto en ayudarlo‖. Eso último le

había llevado a pensar: ―¡Por qué tenían que ser precisamente los Testigos de

Jehová, esa religión rara, los autores de tan interesantes temas!.‖ Disgustado

había tirado la revista en el closet.

Esa noche al retirarse a dormir, había meditado mucho en lo sucedido. Se recordó

que él se vanagloriaba frecuentemente de ser imparcial, tolerante ante las ideas

de los demás. ¿Dónde estaba entonces su tolerancia? ¿Dónde su imparcialidad?

Estaba juzgando a esas personas sin siquiera escucharlas en lo que tuvieran que

decir. Recordó el Salón del Reino de los Testigos de Jehová, que tantas veces

había divisado con apatía, al bajar del autobús hacia la casa de sus padres. Se

prometió visitar a esa gente ―rara‖ y preguntarles directamente sobre sus extrañas

creencias. Lo haría el próximo domingo. Después de todo, todas las religiones se


eúnen ese día. Fue en esa oportunidad donde había encontrado el salón atestado

de gente, y no había podido ingresar. Pero este día sí lo había logrado.

Y aquí estaba. Tratando de entender lo que los discursantes explicaban.

Ante la tercera insistencia del amable acomodador, había optado por aceptar su

invitación a sentarse con el auditorio. La dama que está a su lado se esmera en

mostrarle los versículos de la Biblia que cita el orador. Está tan entretenido

escuchando la reunión, que no se percata del tiempo, y ya están invitando al

auditorio a ponerse de pié para entonar algún himno religioso. De pronto tiene el

impulso de retirarse, sobre todo porque tiene que cumplir turno de vigilancia en la

plaza el sector, cuidando los bienes del grupo de teatro al que pertenece. Pero la

necesidad de saber y encontrar lasrespuestas perdidas‖ es mucho más fuerte. Y

sus pies sencillamente lo clavan al piso.

Al término del himno y de un curioso rezo, que más le pareció una conversación

intima entre el orador y Dios, la dama que estaba sentada a su lado le aborda

amable y sonriente.

— ¿Es primera vez que viene? No lo había visto antes...

— La verdad es que nunca antes había venido –responde Víctor.

— ¿Algún hermano le invitó a venir?

— No. Iba pasando por aquí, y vi. abierto, de modo que entré –responde,

tratando de ocultar el revolver que lleva a la cintura, poniéndolo hacia la

parte de atrás de su cinturón.

— Me gustaría presentarle a algunos hermanos... ¿ me lo permite?

— ¿Podría presentarme usted, a algún pastor de su iglesia? Tengo muchas

preguntas que hacerle.

— Claro... por supuesto. Sólo que aquí les llamamos ancianos...

A la mente de Víctor viene la imagen de los consejos de ancianos tribales de

Amerindios. Se imagina a personas de muy avanzada edad. Bueno, después

de todo son una religión ―rara‖.

Como adivinando sus pensamientos, la amable mujer que dialoga con él se

apresura a aclarar...

En realidad no les llamamos ancianos por que sean viejecitos, ja, ja, si no

por que tienen más experiencia, y están encargados de enseñarnos la

Biblia.

Entiendo.


— Venga, le presentaré a algunos de ellos.

Encuentro con las respuestas perdidas

La amable mujer les presenta a dos hombres de mediana edad, muy amables.

Uno de ellos, después de cruzar unas cuantas palabras con Víctor, le solicita que

lo espere para conversar más tranquilamente, ya que Víctor le ha planteado su

deseo de hacerle varias preguntas doctrinales. Después de atender unos asuntos,

el hombre se retira a un extremo del salón invitando a Víctor a hacer lo propio.

La primera pregunta que plantea Víctor, deja perplejo al hombre.

—¿Qué significa el número 666 de la bestia, y quién es la bestia?

Víctor se apronta para escuchar eso de que ― primero hay que aprender a ‗sumar y

restar‘, y después ‗matemática superior‘ ‖, o algo por el estilo... Lejos de ello, el

hombre busca en su Biblia el versículo que habla del tema y lo muestra a Víctor.

— Usted se refiere a este pasaje de la Biblia ¿verdad? –dice calmadamente.

— Claro. He preguntado a muchas personas acerca del significado, y nadie ha

sabido responderme de modo que me satisfaga.

— Bueno, en realidad quien nos lo explica es el mismo creador. Toda su

palabra está en perfecta armonía. De tal modo que leyendo el contexto o

pasajes relacionados, se puede llegar a las respuestas que buscamos, con

la seguridad que estamos recibiendo la respuesta directamente de Dios.

― Las respuestas perdidas‖ –pensó Víctor.

El hombre pasó a explicar el tema con admirable destreza, lo que dejó perplejo

ahora a Víctor. Nunca había visto a nadie usar la Biblia con tal habilidad.

Rápidamente paso a preguntar acerca de lasrespuestas perdidas‖, que tanto le

habían inquietado. Nuevamente el hombre se limitó a mostrar pasajes de la Biblia

que admirablemente explicaban todas las inquietudes de Víctor. Pensó poner a

prueba a esta ―gente rara‖. Él daba por descontado que ningún cristiano que se

precie de tal, consentiría con ir a la guerra o apoyar el entrenamiento militar.

Preguntó, seguro de que su argumento dejaría callado al ―anciano‖.

— ¿Por qué entonces las religiones apoyan la guerra y envían a sus

seguidores a ser entrenados en el ejército con ese específico fin?.

El hombre contesta con otra pregunta....


— ¿Cree usted que sería correcto que un cristiano se entrene para la guerra?

–pregunta el hombre, cerrando su Biblia.

— Yo creo que no. Iría en contra de los principios fundamentales del

cristianismo...–responde triunfalmente, Víctor.

— Lo mismo pensamos nosotros. Y la conclusión la obtenemos de la propia

Biblia. Permítame mostrarle unos cuantos textos Bíblicos que dejan claro

cual es el punto de vista de Dios al respecto.

Acto seguido, el hombre muestra repetidamente la Biblia a Víctor, quién no puede

dar crédito a lo que está leyendo y escuchando. Después de varias preguntas más

y acertadas respuestas del anciano, Víctor se queda simplemente embobado. ¡¡¡

Había encontrado las respuestas perdidas !!! Y las había hallado donde nunca se

lo imaginó. Pensó en Milton, en Oscar y Jorge, que estaban ahora tan lejos...

¿tendría la oportunidad de entregarles este tesoro que había descubierto? Ojala

Dios se lo permitiera algún día.

El mismo lunes siguiente, el hombre inicia una investigación semanal de la Biblia

con Víctor. Su rápido progreso le lleva a determinar que ha hallado la verdad y al

mismísimo pueblo de Dios de la actualidad. Sabe que su vida ya nunca volverá a

ser la misma. Ha llegado a la encrucijada del camino, y sabe muy bien por dónde

deberá continuar. Sin embargo tiene muchas dificultades que salvar todavía. Debe

abandonar cosas muy preciadas para él. Sin embargo está decidido a hacerlo.

Pero esa..... Es otra historia.

Fin

He’ Mem

(1974 – 1975)


Dedicado con gratitud, por el protagonista,

a Esteban Icaza y Pietro Tomassín.

(Proverbios 18:24)

(Job: 14:14, 15)

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