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ZANE GREY

EL VALLE

DEL TRIGO


EL VALLE DEL TRIGO


Autor: Zane Grey

Título original: The Desert of Wheat

Primera publicación en papel: 1919

Colección Clásicos Universales

Diseño y composición: Manuel Rodríguez

© de esta edición electrónica: 2009, liberbooks.com

info@liberbooks.com / www.liberbooks.com


Zane Grey

EL VALLE DEL TRIGO


Índice

I . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 9

II . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 27

III . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 37

IV . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 55

V . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 64

VI . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 77

VII . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 93

VIII . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 113

IX . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 123

X . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 145

XI . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 162

XII . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 171

XIII . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 181

XIV . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 189

XV . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 201

XVI . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 212

XVII . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 216

XVIII . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 229

XIX . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 247

XX . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 273

XXI . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 286


XXII . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 292

XXIII . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 304

XXIV . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 314

XXV . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 331

XXVI . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 343

XXVII . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 358

XXVIII . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 373

XXIX . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 388

XXX . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 404

XXXI . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 417

XXXII . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 432


Capítulo I

E n los últimos días del mes de junio, el vasto valle de

trigo comenzó a adquirir en su parte Noroeste una

tonalidad dorada que prestó una austera belleza a aquel

infinito, ondulante y liso mundo de colinas sin árboles en

que millas de terreno inculto y millas cubiertas de granadas

matas se elevaban hasta los hogares, muy separados

unos de otros, de los heroicos hombres que habían triunfado

sobre la salvia silvestre y la arena.

Estos sencillos hogares de los agricultores parecían

perdidos en una inmensidad de oleadas doradas y grises

de tierra, y eran unas manchas tan insignificantes ante el

fondo de las distintas colinas, que la Naturaleza tan sólo

parecía haber creado allí aquellos anchos cuadrados, pardos

y dorados, que se extendían hasta muy lejos en la quebrada

línea del horizonte. Era una región heroica, dura,

solitaria, donde no había flores ni aves, ni arroyos, ni prados

verdes. Unos remolinos de polvo se elevaban sobre la

esterilidad de una parte del suelo, y el trigo, seco y corto,

se inclinaba bajo el impulso del viento; la neblina de la

lejanía parecía humeante y tenía una tonalidad parduzca.

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Zane Grey

Un millar de cumbres desnudas se elevaba hacia el cielo,

y cada una de tales colinas estaba constituida por mitades

de terreno inculto y de terrenos cubiertos de trigo; y

todas ellas, con los someros valles que se extendían a sus

pies, parecían grandes, aisladas y extrañas. Tenían una

belleza austera, como si la mano del hombre se hubiera

visto imposibilitada de hacer que enverdeciese el punto

de su residencia.

El paisaje era heroico a causa del trabajo de unas manos

callosas; era sublime porque ni trescientas cosechas,

ni siquiera tres generaciones de hombres afanosamente

dedicados a su trabajo podrían privar jamás a la Naturaleza

de su ilimitado espacio, de su sol abrasador, de su

polvo revuelto, de su insistente esfuerzo secular por convertirse

nuevamente en el infructuoso desierto que había

sido antiguamente.

* * *

Allí se producía el trigo más rico, el más bueno, el más

granado de todo el mundo. ¡Era extraño e incomprensible

que una parte tan importante del pan de los hombres, el

sustento de su vida, la esperanza de la civilización, en el

año trágico de 1917, proviniese de aquel terrible desierto

seco, sin árboles, sin agua, espectral y amedrentador!

Aquel maravilloso lugar formaba un inmenso valle situado

a considerable altitud y llamado la Cuenca de Columbia,

y estaba rodeado, al Oeste, por las Montañas de

la Cascada, por la de Coeur D’Alène, y las de Bitter Root,

al Este; la llanura de Okazonan, al Norte y las Montañas

Azules, al Sur. El suelo del valle era de basalto, que

procedía de la lava derramada por los volcanes en siglos

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El valle del trigo

pasados. La lluvia era muy escasa, con excepción de los

lugares situados al pie de las montañas. El río Columbia,

que trazaba una curva prodigiosa y serpenteante, rodeaba

por tres lados lo que era conocido por el nombre de

región del Recodo. Al sur de esta vasta área, más allá de

la llanura, comenzaba la fértil zona dotada de agua que

se extendía en pendiente gradual hasta llegar al Oregón.

Entre las desiertas colinas de la región del Recodo, cerca

del centro de la Cuenca, donde se producía el mejor trigo,

yacían, separados por largas distancias, unos pequeños

pueblos cuyos nombres daban evidencia de la diversidad

de su población. La región era naturalmente muy próspera,

circunstancia que se manifestaba en la importancia de

los pueblecitos, ya que no en la crudeza y en la sencillez

de los hogares de los agricultores. Las extensiones de cada

uno de los terrenos de que disponían tales agricultores

eran muy variadas, e iban desde seiscientos cuarenta acres

hasta varios millares.

* * *

Una mañana de los primeros días de julio, exactamente

tres meses después de que los Estados Unidos declarasen la

guerra a Alemania, un agricultor joven y robusto se separó

de su padre con el oscuro rostro lleno de tribulación. Al

fin de una tormentosa escena, el joven había prometido

a su padre abandonar su deseo de alistarse en el Ejér-

cito.

Kurt Dorn se alejó de la casa vieja, gris, y construida

de maderas y se acercó a la cerca, donde se apoyó en el

portillo. Desde allí podía ver hasta una distancia de varias

millas en todas direcciones, y hacia la parte del Sur,


Zane Grey

lejos, en una pendiente larga y amarillenta, observó que

se elevaba una nube de polvo provocada por un automó-

vil.

«Debe ser Anderson... Vendrá a importunar a mi padre»,

murmuró el joven Dorn.

Aquel era el día, según recordó, en que el rico ranchero

de Ruxton había de inspeccionar los trigales del viejo

Chris Dorn. Dorn debía treinta mil dólares, y los intereses

de varios años, la mayoría de ellos a Anderson. A Kurt le

molestaba aquella deuda y le dolía la visita, pero no podía

menos que reconocer que el ranchero se había comportado

de una manera amable y benigna. Hacía mucho tiempo

que Kurt había comprobado con tristeza que su padre era

ignorante, duro, avaro, y que empeoraba a medida que

transcurrían los años.

«Si lloviera ahora... o dentro de poco tiempo... esos

terrenos de Bluestem salvarían la situación de mi padre»,

monologó el joven Dorn, mientras miraba con ansiedad

el ancho campo de trigo corto, liso, que amarilleaba bajo

el sol. Pero el cielo sin nubes y la neblina del calor anunciaban

más bien la continuación de la sequía.

Había poderosas razones, ciertamente, para que Dorn

tuviera una expresión sombría y disgustada al ver cómo el

automóvil corría ante su cortina de polvo, desaparecía de

la vista al pie de la colina y reaparecía prontamente para

volver a llegar a la carretera principal y dirigirse hacia la

casa. Era un automóvil grande, cerrado, que iba cubierto

de polvo. El conductor lo detuvo al llegar al portillo, y se

apeó.

—¿Es ésta la granja de Chris Dorn? —preguntó.

—Sí —contestó Kurt.

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El valle del trigo

Y cuando Kurt hubo contestado, la puerta del automóvil

se abrió y salió de él un hombre bajo, ancho, con un

largo blusón de lienzo.

—Sal, Lenore, y sacúdete el polvo —dijo mientras ayudaba

a apearse a una joven.

La joven llevaba también un largo blusón de lienzo, y,

además un velo. El hombre se quitó el blusón y lo arrojó

al interior del automóvil; después, se despojó del sombrero

y lo sacudió repetidamente para quitarle el polvo.

—¡Uf! El valle dorado no ha visto tanto polvo como

ahora desde hace un millón de años... Estoy asfixiándome

de sed. Y escucha cómo suena el motor. ¡Está ardiendo!

Luego, mientras se aproximaba aquél, el joven pudo

observar que el ranchero era un hombre bien conservado,

de alrededor de cincuenta y cinco años, de robusta constitución,

un poco cargado de espaldas como consecuencia

de la edad, de rostro bronceado por la dilatada exposición

al viento y al sol. Tenía grises los ojos, y la expresión

que en ellos había era la que es propia de un hombre

acostumbrado a tratar con sus semejantes, y siempre bien

dispuesto para con ellos.

—¡Hola! ¿Eres el joven Dorn?

—Sí, señor —dijo Dorn saliendo al exterior de la cerca.

—Soy Anderson, de Ruxton, y vengo a ver a tu padre.

Esta señorita es mi hija, Lenore.

Kurt correspondió a la ligera inclinación de la señorita

del velo, y luego, dudando, añadió:

—¿No quieren ustedes entrar?

—No, todavía no; prefiero beber un poco de agua y

respirar aire puro. Tráenos algo de beber —contestó Anderson.


Zane Grey

Kurt se apresuró a aportar un cubo de agua y un vaso

de zinc. Mientras sacaba el agua del pozo, pensaba de una

manera vaga que era en cierto modo desconcertante el hecho

de que el señor Anderson hubiese ido acompañado de

su hija. Kurt temía a su padre. Pero esto, ¿qué importaba?

Cuando volvió al cercado encontró al ranchero sentado a

la sombra de uno de los pocos manzanos que allí había,

y a la joven señorita a su lado, quitándose el sombrerito

y el velo. Antes, había arrojado el blusón sobre el asiento

de un viejo carro que se hallaba próximo.

—El agua buena escasea aquí; pero me satisface poder

ofrecerles un poco, puesto que tenemos algo —dijo Kurt; y

después, cuando hubo dejado el cubo en el suelo y ofreció

a la señorita un vaso lleno de agua, vio su rostro y vio que

le miraba; dejó caer el vaso y la miró con asombro, a su

vez. Después, presurosamente, con el rostro enrojecido, se

inclinó para recoger y volver a llenar el vaso—. Per... perdóneme.

Soy... muy desmañado —acertó a decir; y volvió

la cabeza cuando entregó el vaso a la muchacha.

Por espacio de más de un año, el recuerdo de aquella

señorita le había seguido constantemente. La había visto

dos veces; la primera, al final del único curso que siguió

en la universidad de California; y la segunda, en una calle

de Spokane. Una sola mirada le bastó para reconocer

aquella figura esbelta y fuerte, aquel cabello soleado, el

raro tinte dorado de su piel, sus azules ojos, cálidos y

penetrantes. Y experimentó una conmoción que le ofuscó

momentáneamente.

—Agua buena, ¿eh? —dijo Anderson en tono de discordia

después de haber bebido un segundo vaso de agua—.

Muchacho, esto es humedad, pero no es agua para beber.

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El valle del trigo

Ven al pie de las colinas y te lo demostraré. Mi rancho

se llama «Aguas mil», y no es posible en él tener los pies

secos.

—Querría que tuviéramos un poco de esa agua —contestó

fervientemente Kurt, al mismo tiempo que movía

la mano para señalar la tierra, ancha y reseca. El cálido

aliento que provenía de los trigales tenía olor a sequedad.

—¿Crees que sobrevendrá una temporada de sequía?

preguntó Anderson con un interés en el que había tanta

curiosidad como amabilidad.

—Mi padre lo cree. Y yo también lo temo. Mi padre

no se equivoca nunca cuando se trata del tiempo o de las

cosechas.

—¡Una temporada de calor y de sequía...! ¿Este verano...?

¡Hum! Muchacho, ¿sabes que el trigo es en la actualidad

la cosa más importante del mundo?

—Sin duda quiere usted decir que lo es a causa de la

guerra. Sí, lo sé; pero mi padre no lo comprende. Mi padre

solamente ve... que si llueve, tendremos una cosecha muy

abundante. Ese campo grande que ahí vemos, producirá

una cantidad que constituiría un record... a precios de

guerra... ¡Y de este modo, no estará arruinado!

—¿Arruinado...? ¡Oh! ¿Quieres decir que no le apremiaré...?

¡Hum! Oye, ¿qué ves en una gran cosecha...? ¿Qué

crees que te producirá si llueve?

—Señor Anderson, me agradaría mucho poder pagar

nuestra deuda; pero me preocupa más la situación de las

gentes hambrientas. He... he estudiado esta cuestión del

trigo. Es el asunto más importante de toda esta guerra.

Kurt se había olvidado de la muchacha y desconocía

que los ojos de ella estaban puestos fijamente sobre él.


Zane Grey

Anderson se había quedado absorto en el examen del interés

que revestía el trigo y en un estudio más profundo

del joven que tenia ante sí.

—Oye, Dorn: ¿qué edad tienes? —preguntó.

—Veinticuatro años. Me llamo Kurt —contestó.

—¿Irán estas posesiones a parar a tus manos?

—Sí..., si mi padre no las pierde.

—¡Hum...! No. El viejo Dorn no las perderá; no lo temas.

Producen el mejor trigo de toda esta región.

—Pero mi padre jamás ha sido propietario de las tierras.

Hemos tenido tres años muy malos. Si el trigo fallase este

verano... perderíamos las tierras; eso es todo.

—¿Eres... americano? —preguntó lentamente Anderson,

como si creyese que pisaba un terreno peligroso.

—Lo soy —replicó Kurt—. Mi madre era americana también.

Ya ha muerto. Mi padre es alemán. Es viejo. Está

rabioso desde que el presidente declaró la guerra. Nunca

cambiará.

—¡Eso es un infierno! ¿Qué harías si tu patria te llamase?

—¡Ir! —replicó Kurt con ojos relampagueantes—. Quise

alistarme como voluntario. Mi padre y yo hemos discutido

por esta cuestión, hasta que me vi obligado a ceder. Es un

hombre duro... es un hombre... imposible... Esperaré hasta

que mi quinta sea llamada... y espero ser llamado con ella.

—Muchacho, ése es el espíritu que Alemania ha despertado

en nuestra juventud con sus provocaciones; y lo más

favorable que puedo decir es: ¡Dios la socorra!... ¿Tienes

algún hermano?

—No, soy el único hijo que tiene mi padre.

—Eso hace más difíciles las circunstancias para él, y

para ti también. Procura agasajarle. Es viejo. Y cuando

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El valle del trigo

seas llamado, responde al llamamiento... y lucha. ¡Y volverás!

—Si lo supiera... no sería tan dura la situación.

—¿Dura? Seguramente lo es. Pero esa dureza constituirá

el crisol de una gran nación. Servirá para anular la cizaña...

Oye, Kurt, voy a hacerte una insinuación, ¿has tenido

algo que ver con la I.W.W.? 1

—Sí; cuando recogimos la última cosecha, tuvimos algunos

disgustos; pero carecieron de importancia, y cuando

estuve en Spokane, el mes pasado, oí hablar mucho de

ella. Se han acercado a nosotros muchos desconocidos,

la mayoría de ellos extranjeros. Nunca he hecho caso de

ellos, pero siempre han conseguido que mi padre los oiga.

¡Y ahora...! A decir verdad, estoy preocupado.

—No extraño que lo estés, joven —replicó vehementemente

Anderson—. Todos estamos preocupados. Voy a

dejarte esto para que leas las reglas de esa organización,

la I.W.W. Recuerda que no has de decir nada a nadie. Pertenezco

a la Cámara de Comercio de Spokane. Alguien ha

conseguido apoderarse de las reglas ilegales de esa llamada

Unión de trabajadores. Hemos hecho imprimir unas copias,

y todos los agricultores honrados del Noroeste van a

leerlas. Pero el llevar una de ellas encima resulta peligroso

en estos tiempos. Toma.

Anderson dudó durante un momento, miró con cautela

a su alrededor y luego, sacando del bolsillo interior de

la chaqueta unas hojas de papel dobladas, se dispuso a

entregar una de ellas a Kurt.

1. Industrial Workers of the World. Trabajadores Industriales del

Mundo.


Zane Grey

—Lenore, ¿dónde está el chófer? —preguntó.

—Debajo del automóvil —contestó la joven.

Kurt se conmovió al oír la dulce música de su voz. Ya

era suficiente tormento para él haber estado perseguido

por el recuerdo del rostro de una joven durante un año.

No le era preciso, además, oír su voz.

—Es nuevo... ese chófer... y no tengo confianza en ningún

hombre nuevo en estos tiempos —continuó Anderson—.

Toma, Dorn. Léelo. Y si la cabeza no se te llena de imágenes

rojas...

Sin terminar la frase que había iniciado en voz baja,

abrió las hojas del escrito y las extendió ante el joven.

Curiosamente, y con un pequeño apresuramiento provocado

por la excitación, Kurt comenzó a leer. La misma

primera regla de la I.W.W. pretendía abolir el capital.

Kurt continuó leyendo lentamente, con creciente sorpresa,

consternación y enojo. Cuando hubo terminado, en su

expresión sin palabras, había una pregunta que Anderson

se apresuró a contestar.

—Son unas reglas legítimas —declaró—. Son las reglas

secretas de esa organización. Lo hemos comprobado antes

de obrar. ¿Qué te parecen?

—¿Cómo? Eso no es una unión de trabajadores —contestó

Kurt acaloradamente—. Es solamente una unión de

forajidos, ladrones, chantajistas, piratas. No... no sé qué...

—Don, nos encontramos ante una mala cuadrilla; y el

Noroeste va a ser teatro de algunas escenas infernales durante

este verano. Han surgido complicaciones en Montana

y en Idaho. Llegan de todas partes desconocidos a

Washington. Es preciso que nos organicemos para hacerles

frente, para evitar que se apoderen de todo esto. Es

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El valle del trigo

una unión de trabajadores compuesta principalmente por

extranjeros con unos dirigentes faltos de escrúpulos y deshonestos,

algunos de ellos americanos. Su objeto consiste

en aprovecharse de la situación provocada por la guerra.

Continuamente gritan en los periódicos pidiendo menos

horas de trabajo, salarios más altos, el reconocimiento de

la Unión. Pero hasta cualquier tonto podría ver, si leyera

esas leyes que te he mostrado, que esta I. W. W. no es una

cosa honrada.

—Señor Anderson, ¿qué medidas ha adoptado usted en

su región? —preguntó Kurt.

—Hasta ahora, todo lo que he hecho ha sido formalizar

un contrato con mis obreros por la duración de un año,

conceder los salarios altos y prevenirlos para que cuando

se acerquen a mi rancho hombres desconocidos, les den

de comer, se muestren respetuosos con ellos y los expul-

sen.

—Pero aquí, en el Recodo, no podemos hacer lo mismo

—dijo Dorn con seriedad—. Necesitamos un centenar de

hombres en el tiempo de la cosecha, y no nos son precisos

diez millares durante el resto del año.

—¿Estás seguro de que no podréis? Por lo menos tendréis

que organizaros de un modo u otro. Aquí, en este desierto,

podríais tener muchas perturbaciones si esa unión

se hiciera suficientemente fuerte. Harías bien si dijeses a

todos los agricultores de las cercanías lo que sabes acerca

de esa I.W.W.

—Solamente tengo un vecino americano, y vive a seis

leguas de aquí —contestó Dorn—. Olsen, que reside allá, es

sueco, y no se ha naturalizado como ciudadano de los Estados

Unidos; pero creo que se inclina en su favor. Y allí...


Zane Grey

—Papá —le interrumpió la muchacha—. Creo que nuestro

conductor está escuchando vuestra conversación, aunque

sea tan poco interesante.

Anderson refunfuñó; sin duda lanzaba en voz baja e

ininteligible algunos insultos; su expresión estaba llena

del espíritu característico del Oeste. Luego, se puso en pie.

—Lenore —dijo—, supongo que tu conversación será mucho

más interesante que la mía —añadió secamente—. Voy

a ver a Dorn y a hablar de negocios con él.

—Me gustaría ir con usted —contestó apresurado Kurt;

y, como si sospechase que sus palabras pudieran ser interpretadas

como una descortesía, enrojeció y comenzó

a tartamudear—. No he querido decir... Mi padre está de

mal humor... Hemos discutido con enojo hace unos momentos...

ya se lo dije... a causa de la guerra... Y... y, señor

Anderson... temo un poco... que él...

—Bien, joven, yo no temo nada —le interrumpió el ranchero—.

Iré a buscar al león a su guarida. Entre tanto, ha-

bla con Lenore.

—Tenga la bondad de no hablar de la guerra —suplicó

Kurt.

—No diré ni una sola palabra, sino en el caso de que él

comience a rugir —declaró Anderson con un guiño de ojos,

y se volvió en dirección a la casa.

—No hay duda de que rugirá —dijo Kurt casi con un

gemido. Sabía bien la dureza de la prueba que esperaba

al ranchero, y sabía bien que no había manera de evitarla.

A continuación, Kurt se encontró confuso, sorprendido,

enojado consigo mismo por lo equívoco de la situación

que él no había provocado y que apenas era capaz de

comprender. Se dio cuenta, entonces, de que tenía orgullo

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El valle del trigo

y vergüenza y algo que era tan negro y tan desesperado

como el desaliento.

—¿No nos hemos visto en otra ocasión? —preguntó la

joven.

La pregunta sorprendió e intrigó a Kurt y le obligó a

abandonar su actitud de ensimismamiento.

—No lo sé. ¿Me ha visto usted? ¿Dónde? —contestó

Kurt. Fue un consuelo para él descubrir que ella continuaba

volviendo la cara en otra dirección al hablarle.

—En Berkeley, California, la primera vez, y la segunda,

delante de Davenport —respondió ella.

—¿La primera y la segunda...? ¿Recuerda usted... las dos

veces? —exclamó él incrédulamente.

—Sí. No comprendo cómo habría podido evitar el recordarlas.

—Su voz era tenue y musical; había hablado un

poco apresurada, y, sin embargo, con frialdad.

Dorn no estaba acostumbrado al trato con las mujeres.

Había trabajado con dureza durante toda su vida, allí,

entre las montañas, y durante los pocos años que su padre

le concedió para que estudiase y adquiriese un poco

de ilustración. Conocía bien el trigo, mas nada sabía del

«eterno femenino». De modo que, en consecuencia, le fue

imposible comprender que la joven no se encontraba por

completo tranquila. Sus palabras y la risita que las siguió

hicieron comprender a Kurt de repente la inmensa distancia

que le separaba de la hija de uno de los rancheros más

ricos de Washington.

—Sin duda quiere usted dar a entender que... que fui

impertinente —comenzó a decir él, que se hallaba en lucha

entre la vergüenza y el orgullo—. La... la miré... con fijeza...

¡Oh, debí de ser descortés...! Pero, señorita Anderson... no


Zane Grey

quise serlo... Creí que no me habría visto usted... No sé

qué fue lo que me impulsó a obrar como lo hice... Nunca

lo había hecho hasta aquel momento. Le ruego que me

perdone.

Un cambio sutil, indefinible, perfectamente perceptible

para Dorn, aun en el estado de confusión en que se hallaba,

se operó en la joven.

—No he dicho que fuera usted impertinente —replicó—.

Recordé haberle visto... que usted me vio... Eso es todo.

Segura de sí misma, un poco altiva y amable, la señorita

Anderson se convirtió en un misterio para Dorn. Pero

esto sirvió solamente para acrecentar la distancia que ella

había parecido insinuar que los separaba. Su amabilidad

fue como un aguijón que hizo que Dorn recobrase la serenidad.

Habría preferido que ella no hubiese sido amable.

¡Qué curioso era que hubiese ido a su casa... como hija

de un hombre que llegaba a pedir que se le pagase una

cantidad que se le debía desde hacía mucho tiempo! ¡Qué

desvanecimiento de aquella visión que solamente había

sido un sueño! Dorn miró en dirección a la lejanía, a las

amarillentas montañas, a la azulada neblina que se veía

en los lugares por donde corría el Oregón. A pesar de sus

colores, todo ello era gris... lo mismo que el porvenir de él.

—He oído que decía usted a mi padre que había estudiado

el trigo —dijo la joven con el evidente propósito de

reanudar la conversación.

—Sí. No he dejado de estudiarlo durante toda mi vida

—replicó Kurt—. Mi estudio ha sido hecho bajo la dirección

de mi padre. Míreme las manos. —Extendió la manos, fuertes,

grandes, callosas y agrietadas, de palmas endurecidas,

y rió—. Puedo estar orgulloso de ellas, señorita Anderson...

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El valle del trigo

Pero he pasado un año espléndido en la universidad de

California, y adquirí el título que concede la Escuela de

agricultura del estado de Washington.

—Usted tiene cariño al trigo... a la producción del trigo,

quiero decir... —insinuó ella.

—Supongo que así debe ser, aun cuando jamás lo he

pensado. El trigo es maravilloso. Nadie que no lo conozca

puede sospecharlo... El grano, limpio, redondo; la siembra,

en terreno barbechado; la larga espera; el primer tierno

verdor, el cambio gradual, día a día, que convierte los

campos en masas ondulantes y profundas de oro; luego

la recolección, cálida, ruidosa, polvorienta, las grandes

máquinas agrícolas con veinticuatro caballos... ¡Oh, lo

quiero!... Trabajé en un molino de Spokane solamente

para poder saber cómo se hace la harina. ¡No hay en el

mundo nada tan blanco, tan limpio, tan puro como la

harina que se hace con el trigo de estos altozanos!

—No me extrañaría que me dijera usted a continuación

que también sabe hacer pan —comentó ella, y su risa fue

leve y dulce al decirlo. Sus ojos brillaron con unos suaves

relámpagos azules.

—¡Ciertamente... sé hacerlo! Yo mismo hago todo el

pan que comemos aquí —dijo él con firmeza—. Y me precio

de saber hacerlo mejor que cualquier mujer a quien usted

pueda conocer.

—Estoy segura de que podrá hacerlo mejor que el mío.

Antes de ir a estudiar a la universidad, lo cocía bastante

bien. Pero aprendí demasiadas cosas en la universidad.

Ahora, mi madre, mis hermanas, mi hermano, Jim, toda

la familia con excepción de papá, todos se ríen del pan

que hago.


Zane Grey

—¿Tiene usted un hermano? ¿Qué edad tiene?

—Sí, un hermano. Le llamamos Jim... Tiene algo más

de veintiún años. —Y tartamudeó al pronunciar las últimas

palabras.

Kurt pensó, entonces, que ambos pisaban un mismo

terreno. El súbito temblor de su voz, el cambio de su expresión,

el ensombrecimiento de sus azules ojos... todo

esto fue muy elocuente.

—¡Oh, es horrible...! ¡Esta necesidad de la guerra...! —ex-

clamó Lenore.

—Sí —contestó él sencillamente—. Es posible que su hermano

no sea llamado para el servicio militar.

—¡Llamado! Pero, ¡si se negó a esperar hasta que su

quinta fuese convocada! Se fue, y se inscribió como voluntario.

Papá le dio unas palmaditas en la espalda... Si le

sucediera algo malo... ocasionaría la muerte de mi madre.

Jim es su ídolo. Mi corazón quedaría destrozado... ¡Oh,

cómo odio hasta el nombre de los alemanes!

—Mi padre es alemán —dijo Kurt—. Hace cincuenta años

que está en América... y dieciocho que está en esta granja.

Siempre ha odiado a Inglaterra. Ahora, está amargado con

los americanos... Yo puedo ver un aspecto de la cuestión

que usted no puede ver. Pero no la censuro... por lo que

ha dicho.

—¡Perdóneme! No he tenido intención de referirme a

una persona que haya vivido aquí durante tanto tiempo...

¡Oh, debe ser muy doloroso para usted!

—Quiero dejar a mi padre que crea que me veo forzado

a alistarme en el Ejército. Pero voy a ir a luchar contra

sus compatriotas. Verdaderamente, constituimos un hogar

dividido contra sí mismo.

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El valle del trigo

—¡Oh, qué lástima! —La joven suspiró y sus ojos se llenaron

de una oscura compasión.

Un paso sonó tras los dos jóvenes. El señor Anderson

apareció, con el sombrero en la mano, enjugándose el rostro,

rojo y sofocado. En sus ojos brillaban unos destellos

de enfado. Su boca y su barbilla se movían como si estuviera

murmurando algo. Y se dejó caer, al mismo tiempo

que exhalaba una bocanada grande y casi explosiva de

aliento.

—Kurt, tu viejo es... es... terco como una mula —exclamó

ruidosamente; resultaba claro que el haber pronunciado

estas palabras constituyó para él una especie de liberación

y desahogo.

El joven inclinó la cabeza de modo que demostraba su

conformidad.

—Espero, señor, que no... que no...

—Pues... ¡sí! Puedes tener seguridad. Me ha llamado

todo lo que le ha parecido conveniente, siempre en alemán.

Pero conozco las maldiciones y los insultos siempre

que oigo pronunciarlos... He intentado razonar con él...

le dije que necesitaba mi dinero... que había venido para

ayudarle a ganarlo con su granja, de un modo o de otro...

Y juró que soy un capitalista... un enemigo de los trabajadores

del Noroeste... que yo y los hombres de mi clase

hemos desencadenado la guerra.

Kurt miró con seriedad el turbado rostro del ranchero.

La señorita Anderson tenía los ojos desorbitados por el

asombro.

—No hay duda de que habría podido tolerar todos estos

insultos —continuó Anderson visiblemente irritado—. Pero

me ordenó que saliese de la casa. Me encolericé, y repliqué

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