Joseph Conrad - Dirección General de Bibliotecas - Consejo ...

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Joseph Conrad - Dirección General de Bibliotecas - Consejo ...

, Ú168-476X NUMERO 102 NOVIEMBRE-DICIEMBRE 2007 $36.00

J O S E P H C O N R A D

(1857-1924)

^OSÉ DE LA MMH

CONRAD Y LORD JIM

ERNESTO DE LA PEÑA

FRAGMENTO DE NOVELA


BIBLIOTECA DE MEXICO

NUMERO 102

NOVIEMBRE-DICIEMBRE · 2007 · $36.00

PLAZA DE LA CIUDADELA 4, CENTRO HISTÓRICO

DE LA CIUDAD DE MÉXICO.

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PORTADA: ARREGLO FOTOGRÁFICO

DE BRUNO ACEVES

2· DE FORROS: JOSEPH CONRAD.

COMANDANTE DEL NAVÍO TORRENS.

4· DE FORROS: JOSEPH CONRAD DIBUJADO

POI 'R FELIKSTOPOLSKI.

BIBLIOTECA

¿7\

osé de la Colina

2 Conrad y Lord Jim

oseph Conrad

9 La creación de Lord Jim

Alvaro Mutis

11 Encuentros

orge Luis Borges

12 Manuscrito hallado

en un libro de Joseph Conrad

onni García Ascot

13 El capitán

14 Textos de Joseph Conrad

15 Prefacio de El negro del Narcissus

17 Prólogo a La línea de sonnbra

19 Acerca de Libros (1905)

24 La cuna del oficio

28 Una avanzada

del progreso (Un cuento)

Hernnann Hesse

45 Joseph Conrad

Ernesto de la Peña. Homenaje en

su octogésimo cumpleaños

47 La tía Mechedes

(Fragmento de novela)


Joseph Conidd en IS74

JOSÉ DE LA COLINA

CONRAD

Y LORD JIM


I

Y recuerdo mi juventud y ese sentimiento que no

volverá más: el sentimiento de que yo duraría

eternamente, más que el mar y el cielo y todos los

hombres...

El misterioso oriente estaba ante mi, perfumado

como una flor, silencioso como la muerte, sombrío

como un sepulcro.

... nuestros rostros marcados por el trabajo,

por las decepciones, por el éxito, por el amor, y

nuestros ojos cansados buscando aún, buscando

siempre, buscando ávidamente arrancar a la vida

ese algo que cuando todavía lo esperamos ya se

ha disipado, ha pasado como un suspiro o como

un relámpago y se ha ido con la juventud, con la

fuerza corporal y con la novelesca seducción de las

ilusiones.

Joseph Conrad, Youth.

Cuando, hace muchos años, el amigo colombiano

Antonio Montaña se despedía en una

carta con la frase: "Tu hermano en Conrad",

resumía el sentimiento de una entonces pequeña

comunidad de lectores latinoamericanos que

rendíamos culto a un grande y querido escritor.

Aquellas palabras eran como el eco del prólogo

del mismo Joseph Conrad a El negro del "Narcissus":

el artista, léase el novelista, "habla a nuestra

capacidad de alegria y admiración, se dirige

al sentimiento del misterio que rodea a nuestras

vidas, a nuestro sentido de la piedad, la belleza

y el dolor, al sentimiento que nos vincula con

toda la creación; y a la convicción sutil pero invencible

de la solidaridad que une la soledad de

iimumerables corazones: a esa solidaridad en los

sueños, en el placer, en la tristeza, en los

deseos, en las üusiones, en la esperanza

y el temor, que relaciona a cada hombre

con su prójimo y reúne a toda la

humanidad, los muertos con los vivos,

y los vivos con aquellos que

habrán de nacer".

Los conradianos desde los

años cincuenta, los que comenzamos

leyendo a Conrad

en las pulcras traducciones

al español de Ricardo Baeza

y de otros en aquellos

I

I

I

I

I

I

ENTIBEI

Conrad,

Sesquicentenario.

Ernesto de la Peña,

Homenaje.

Joseph Conrad (1857-1924) es

hoy, en todo el mundo, a dentó

cincuenta años de su nacimiento,

uno de los más admirados,

leídos y celebrados novelistía de

la historia.

El incomparable y poderoso

estilo del narrador, de origen

polaco pero de lengua inglesa,

ha deslimibrado desde el principio

a tal número de lectores,

de autores, de críticos, o cineastas

en el siglo XX, que las páginas

escritas sobre él [es el caso

de los legendarios de todos los

tiempos] ocuparían reunidas incontables

volúmenes.

Convertido en escrítor británico

a edad madura, y tardio

aprendiz de la lengua inglesa,

nunca poseyó, como lo atestiguan

sus contemporáneos, sus

familiares y sus biógrafos, una

dicción perfecta en ese idioma,

y su fuerte acento eslavo no desapareció

nunca, pero la pureza,

la ampütud y la musicaUdad de

su brillante prosa británica, tan­

I

to como su genio de inventor,

fueron desde el principio indiscutibles.

Hombre verdaderamente de

mar ("lleva el mar en la sangre",

decía un polaco amigo suyo),

como su predecesor norteamericano

Herman MelviUe (1819¬

1891), conoce en carne propia,

I

desde la juventud, la vida, las

atmósferas y los personajes propios

de la marinería y la navegación,

tanto como convive con

los hombres de mar, de todas las

jerarquías, que emplea directamente

para modelar y reinventar

sus imponentes personajes

de Tiffon, de El negro del Narcissus,

de Nostramo, de Lord Jim y

tantos otros clásicos libros. No


Reforma

del Fondo de Cultura Económico

IRclormi. 234 eiquino ton Havrel

presenta con motilo del tincwcntenanc de

Joseph Conrad

^,""./• - wna nieva

M¿ •' / redondo con lo

Γ ij¿ÉSÍ¿¡i^^,JZ^a¡tt Joie de la

20,00 .j^fc-^ie Colino

horai^ijj^. .,Λ.^·:· Jomi Gcircio

5,·. ' •••• V Ascot

_ ;^·^''">-Γ i. ν.Λ Alvaro Mutis

esbeltos tomitos de la colección La Puerta de

Marfil, de la editorial argentina Emecé, dirigida

en los años cuarenta por Borges y Bioy Casares,

no olvidamos la breve nota de presentación de

cada obra (nota quizá escrita por ellos):

"Jósef Teodor Konrad Nalecz Korzeniowski

—que se llama en la inmortalidad con su nom

de plume: Joseph Conrad— nació en Polonia,

en 1857. Su padre ftie revolucionario, poeta,

dramaturgo, traductor de Hugo, de Vigny y de

Shakespeare; sufrió persecuciones y destierro y

murió en 1869, en Cracovia. En 1874 aparece

en Francia y se dedica al contrabando de armas

para el ejército carlista. Pero queria ser marino

y pensó que la mejor manera de serlo era bajo

los colores ingleses. Desde 1878 hasta 1894 recorrió

los mares: conoció el Atlántico, el Pacífico,

el Mar Meridional de la China, el Golfo de

Siam, la costa de África, el Mar de Azov En los

últimos años de su navegación empezó a escribir;

en 1894 publicó su primera novela. Garnett,

Galsworthy, Henry James se contaron entre los

primeros admiradores. Hoy la critica lo considera

uno de los más ilustres novelistas de Europa.

Murió en Bishopsbourne, cerca de Canterbury,

en 1924."

¿Qué nos atraía, en lectores adolescentes, y

aún nos atrae ya lectores maduros o viejos, de

aquel autor del que por mucho tiempo no conocimos

el rostro? Antes que nada nos seducía el

hecho de que gran parte de sus novelas hablaban

de viajes por agua y tierra, de aventuras, de

islas "exóticas", de tormentas en el mar o de

ÍHÜOTECADÍMKICO

tro de los cráneos, de locas hazañas y empresas

trágicas por varios rumbos del mundo. Sus

novelas tenían aire abierto, intemperie, acción

y peripecias suficientes para que no lamentáramos

haber abandonado los libros de Julio Verne

o Salgari, pero además en ellas descubríamos, o

intuíamos, algo más: un código de coraje y nobleza

que podía yacer como un rescoldo aun en

los personajes caídos y deshonrados (¡ah, Lord

Jim, nuestro semejante, nuestro hermano!) y los

volvía "para siempre dignos de nuestro respeto".

Y más todavía: la otra historia, subterránea

(o submarina) de todo hombre en lucha entre

el ángel de su querer ser y el demonio de su ser

verdadero e irremediable. Una historia interior

a la que aludían versos del poeta sinaloense Gilberto

Owen:

Y luché contra el mar toda la noche

desde Homero hasta Joseph Conrad.

Y, para no acabar, aquel tono de voz en aquella

prosa que podía hacer de la descripción de una

tormenta algo que sonaba a la traducción verbal

del Dies Irae de Mozart o dar a la narración de

un hecho cotidiano (¡aquel despertar inolvidable

y terrible del vencido Almayer!) las delicadas e

inquietas inflexiones del piano de Satie.

Conrad, el gran novelista inglés nació polaco y

con el nombre de Teodor Josef Konrad Korzeniowski

en la Polonia secuestrada por los zares

rusos. Tras la insurrección de 1869 él y su madre

acompañaron al destierro en Rusia al cabeza de

familia, un terrateniente culto, algo literato y fogosamente

nacionalista. Ya huérfano de los dos

progenitores desde la ultima niñez, el muchacho

fue adoptado y educado por un tío de Cracovia

que deseaba destinarlo a alguna de las entonces

llamadas "profesiones liberales" para que sirviese

a su linaje de propietarios de tierras, pero el

joven Josef, lector fervoroso de Los trabajadores

del mar de Víctor Hugo, de las novelas de aventuras

marinas del Capitán Marryat y de cualesquiera

libros de asunto marinero que le cayeran

en las manos, decidió ser uno de "los hombres

que —dice un versículo bíblico— cursan la mar

en barcos". Tenía diecisiete años cuando, con el

reticente permiso del tío (que lo queria estudiante

de carreras en tierra firme para ejercer oficios

más seguros y tranquilos, partió para Marsella a


desempeñar humildes tareas de aprendizaje en

barcos de pabellón francés mientras le llegaba

la ocasión anhelada de enrolarse en la soñada

marina de las marinas, la inglesa (¿cuántas veces,

mientras fregaba la cubierta o llevaba el café

al capitán, habrá canturreado aquello de "Rule,

Britannia, / Britannia rule the seas'!). Y en una

tarde de sus cuatro años de mero aunque rudo

aprendizaje, en una hora espesamente oscura y

brumosa de algún puerto pululante de barcos,

otro velero, hasta ese momento desconocido,

casi rozó el suyo, y Josef se inclinó desde la borda

y, como mucho tiempo después diría en una

emocionada página de sus memorias, "pude tocar

con la mano mi primer barco inglés". A partir

de esa especie de epifanía estaba echada la suerte

del joven hijo de terratenientes polacos y con

vocación de marino y de ciudadano británico:

aunque aún no sabia hablar bien el idioma de

Shakespeare y Stevenson, tan releídos por él, se

fue a Inglaterra en 1878, y en 1885 obtuvo la patente

de capitán de alta mar Tras recorrer aguas

occidentales, orientales y latinoamericanas,

adoptar la nacionalidad británica, y tras desposar

a Jessie, una inglesa de pura cepa que sería

su leal secretaria y su biógrafa casera, se puso a

escribir una novela en una medianoche en la que

en su camarote central lo agobiaba el tedio de

la rutina marinera. Así, con las primeras páginas

manuscritas de una novela titulada La locura

de Almayer, Josef Korzeniowski se convertía en

Joseph Conrad. Había comenzado a trasbordar

del mar a la literatura, esa segunda carrera a la

que diez años después y para el resto de su vida

dedicaria sus esfuerzos y su genio.

Así como en el mar Josef el marinero había

vivido la transición entre los barcos veleros y los

buques de vapor, Conrad el escritor

habitó entre dos épocas: el siglo XIX

con sus escrituras aún herederas del

romanticismo y luego volcadas hacia

el naturalismo, y el siglo XX,

en el que la novela no será ya tan

sólo, como proponía Stendhal,

"un espejo paseado a lo largo

de un camino", sino que

exigirá escrituras de un realismo

interior, adoptará

una mirada que no sólo

recoja una reahdad sino

que además la exami-

el suyo, suyo, un caso caso como como i el d


ne, la critique, en alguna forma la redima. En

la faz romántica de la obra de Com-ad se respira

la nostalgia de un mundo ya muerto, el de la

Polonia de los aristócratas y los señores rurales,

el de la marina a vela, el de las tierras exóticas

invadidas, colonizadas, idealizadas y desidealizadas,

y el de la aventura y el idilio novelescos;

pero el escritor de esas historias trágicas: Lord

Jim, El paria de las islas, Victoria, El corazón de las

tinieblas, no se engaña: sabe que ese mundo seductor,

coloreado por el exotismo y el heroísmo,

es sólo un fantasma de la ilusión, y que aquellos

que pretenden vivir un sueño sin ser los capitanes

de su alma, sin haber llegado a conocerse

a fondo ellos mismos, pueden, como tuan Jim,

verse condenados a un final trágico, al fracaso o

a un mundo de horror, regido por "el corazón de

las tinieblas".

Conrad tuvo una veta visionaria.

Su gran tema unifícador

es la descomposición o la

quiebra del alma del hombre

blanco y civilizado ante los

hombres de otro color de piel

y domados, colonizados, oprimidos

por él: hombres dizque

inferiores. Sus personajes recurrentes

podrian resumirse

simbólicamente en el de un

empresario o funcionario colonial,

inglés preferentemente,

que nunca hubiera dejado

de afeitarse, de vestir correctamente

"a la europea", de

guardar las buenas maneras

continentales, the british way

of living, pero que un día en que deje de quitarse

del rostro la "sombra de las cinco" (la incipiente

barba), o se permita ir con el cuello de la camisa

desabrochado, de tomar el five o'clock tea, habrá

empezado a ser corrompido por la sensualidad

selvática, y a descivilizarse bajo la mirada fiírtiva

e irónica de los nativos, los seres que él ha considerado

inferiores. Entonces, como Almayer,

estará en un centro confuso de la selva, apoyándose

con ambos codos en el antepecho de la veranda

y mirando de hito en hito el gran río que

corre, indiferente y rápido, ante sus ojos; estará

preso ya en su degradación, su ruina material

y moral. Esa caída del protagonista blanco, occidental,

europeo, ocurre esencialmente bajo la

Joseph Conrad

(lilmTes-Toiiiel

La Pléiade

bien tramada y trágica materia novelística de La

locura de Almayer, de Un vagabundo de las islas, de

El corazón de las tinieblas, etc., o en la lacerante

comedia del cuento "Una avanzada de la civi-

Hzación", en el que dos personajes belgas, destacados

en el más perdido punto del África por

una compañía comerciante en marfil, procuran

por un tiempo seguir portándose como hombres

superiores, guardar casi ceremonialmente

las caballerosas buenas maneras y el tono de la

amistad, pero terminan persiguiéndose uno al

otro con fusiles en un tenaz altercado por la posesión

del último terrón de azúcar que les queda j

para endulzar el café. El tema adquiere una ca-β

Hdad sinfónica en Un vagabundo de las islas (que

es continuación de La locura de Almayer, pero

cuyo argumento antecede a ésta). El incipit de la

novela es agorero: "Cuando abandonó por primera

vez en su vida la estre­

cha senda del deber..." Y en

cuanto cede a la lujuria, abandonándose

al desaseo, a la venalidad

y la errancia, el protagonista,

Willems, empieza a

perder, siempre bajo la mirada

I

de los indígenas polinesios, su

formal dignidad de hombre

blanco, cristiano, civilizado,

occidental. Pero aunque casi

no habrá personaje europeo

que no sea seducido y corrompido

por eso que da título a

otra de sus grandes novelas: El

corazón de las tinieblas, puede

ocurrir que en alguno de esos

protagonistas que han sufiido

una caída moral persista la pequeña, oculta

chispa de una dignidad que busca recobrarse.

Asi, cuando el marioio "Lord" Jim ha fallado,

cuando solamente por un instante de descuido

y miedo había visto derruirse aquella rectilínea,

heroica y romántica imagen de sí mismo forjada

en sus ensoñaciones de aventura, gloria y

honor, cuando mientras intentaba esconderse

de "las miradas de Occidente" ha vivido años

atormentado por esa quiebra que ha tenido ante

los otros, los hombres de piel morena, de modo .

que de ahí en adelante esconderá su vergüenza i

precisamente confundiéndose en medio de esos

indígenas y mestizos, puede ser que secretamente,

y acaso inconscientemente, haya estado


esperando una segunda y última oportunidad

que lo reivindique, le devuelva la dignidad, ID

reconcilie con el anhelado destino heroico.

Pero ¿qué es el "corazón de las tinieblas"? Acaso

es todo lo que está más allá de la linea de som­

bra, fuera de la zona luminosa de la razón: el

"otro yo" irracional e instintivo, el animal ciego

y deseoso que habita en los personajes, tras sus

apariencias racionales y civilizadas. Cada gran

novelista trágico tiene sus demonios, y los que

aquejan a los personajes de Conrad (c igualmen­

te en sus novelas de ambiente europeo o eslavo,

como Bajo la mirada de Occidente o El usicntc secre­

to, o sudamericano, como Nostronio, que ocurre

principalmente en la costa colombiana) son los

demonios de la obsesión por eso no

me queda más remedio que llamar­

la europeidad agonizante y que sería el

derrumbe o la degradación del pro­

pio código de hombre civilizado.

Pues además Conrad temía al de­

monio de lo eslavo: lo que en él sub­

sistía de polaco consideraba como

demoníaco al opresor imperio ruso

contra el cual se había despedazado

la vida de su padre y del cual él mis­

mo quería alejarse europeizándose

para, atraído ya por la escritura de

ficción, elegir, no la lengua polaca,

sino la inglesa. Siendo, como mari­

no y escritor, definitivamente inglés por propia

elección, defendía a su ángel polaco como una

señorial forma de civilización a la que habría que

salvar, Y escribe en su libro de memorias Λ personal

record:

"Nada es más extranjero que el llamado en el

mundo literario espíritu eslavo como el tempe­

ramento polaco, con su tradición de sc/J-i^ovcni-

ment, su sentimiento caballeresco de los deberes

morales y su exagerado respeto de los derechos

individuales".

Era como si considerara lo eslavo, la "eslavi-

tud", una forma de lo otro para él tan temible: la

oscuridad más allá de la linea fronteriza. Pode­

mos inferir de ello que, por huir de esa oscuridad

terrible que él veía en lo eslavo, sufriendo un es­

pejismo que a final de cuentas nos daría una de

las grandes obras de las letras inglesas, Conrad,

eiSüOTKAOÍMWICO

trasbordando del puente de mando a la mesa del

escritor, buscó renacer en Inglaterra como escri­

tor en lengua inglesa, la lengua de los admirados

Stevenson y Kipling ("Si no hubiera yo escrito en

inglés, sencillamente no hubiera escrito", dice),

y adoptaba el medio más propicio para estar en

un lado, el lado según él luminoso, frente a la lí­

nea donde empieza el reino de las tinieblas. Esa

desgarradura, ese confiicto, le abrieron la puer­

ta a los demonios necesarios para hablarnos, en

sus novelas admirables, de personajes observa­

dos frecuentemente desde diferentes puntos de

vista y cambios de tiempos (de modo que es uno

de los innovadores de la novela), y para presen­

tar la inacabable ambivalencia del hombre de su

época, de la nuestra.

Jim, meramente Jim, es inglés, es alto y de

hombros anchos, de claros ojos, de voz profun­

da y porte honorable, y se presen­

ta siempre vestido de blanco. Se le

conoce en los puertos asiáticos en

los que honrada y limpiamente se

desempeña como representante de

artículos de navegación, pero aun­

que es bien estimado y retribuido

por sus patrones, nunca permane­

ce en el empleo ni en la localidad,

y es que algo, al parecer el intento

de mantener silenciado un hecho

vergonzoso, lo impulsa a escatimar

su apellido y a marcharse cada vez

lo más lejos posible de las comu­

nidades europeas, a huir de "las

miradas de Occidente", cuando siente o tan sólo

prcsienle que ios murmullos que lo rodean res­

quebrajarán su silencio y revelarán su secreto. Y

tinalmenle los (ormenlos de una conciencia re­

mordida lo harán proscribirse de la sociedad de

sus Iguales, los hombres blancos, y lo llevarán a

la selva malaya, donde los "nativos" no le reque­

rirán ni el apellido ni el pasado y lo bautizarán de

nuevo, como permitiéndole renacer: lo llamarán

Jim, es decir Lord Jim, es decir el señor Jim.

Y la segunda oportunidad está allí, en el poblado

de I'atusán (un nombre que salvo por dos letras

es el anagrama del barco en que se arruinó su

sueño: el Palna.)

¿Qué secreto quemaba el alma de este héroe

agonista, acaso el más querible de todos los que

Joseph Conrad puso en pie sobre el papel? Jim,

lector de novelas de aventuras marinas como


don Quijote fue lector de las novelas de caballería,

se había "lanzado de cabeza a un ámbito

imaginario de temerarias aspiraciones heroicas"

con toda su ingenuidad casi infantil y todo su romántico

idealismo, pero un día el mar real, el

de la dura y riesgosa profesión marinera, más un

azaroso e irreprimible momento de debüidad de

ánimo, le habían quebrado el bello, el noble, el

heroico sueño. Y desde entonces, mientras huye

de su propia conciencia vuhierada, mientras va

dejando atrás a los hombres de su misma raza en

cuyos ojos nunca puede dejar de leer la condena

que a sí mismo se inflige, e intentando reivindicarse

ante sí y los otros, buscará ardorosa, paciente

y silenciosamente la segunda oportunidad

que a todo hombre le ha de ser concedida... Y ya

en el transcurso de esta triste y hermosa novela

ve el lector cómo y qué alto precio tuan Jim logra

pagar la deuda contraída con el sueño de juventud

y hacerse digno de la soñada imagen superior

de sí mismo. Entre seres que no son de su raza

ni de su civilización, pero son tan "humanos, demasiado

humanos" como él y lo adoran como a

su necesario héroe aun si no le perdonan el costo

que también para ellos ha tenido ese heroísmo,

ante esos malayos en cuyas miradas encuentra

el mismo e inevitable requerimiento de honor y

responsable valentía, Jim pagará con su vida la

postergada cita con su juventud, con su ensueño,

con su destino. Y sólo así entrará en la leyenda,

en su leyenda.

¿Quién que, aunque no sea más que una sola

vez, haya apostado alto por un sueño no reconocerá

en Lord Jim a "uno de los nuestros"?

IV

Si con una escritura tan poderosa como dúctil

Conrad ha descrito el mar multiforme (el mar

somiente bajo el sol, el mar iracundo en la tormenta,

el mar de los océanos, los golfos, las

playas, las ensenadas, y el del Mediterráneo y

el Oriente y de América y de los archipiélagos),

sus descripciones, por visuales y dramáticas que

sean, no pretenden valer como páginas antologizables,

sino como partes del tejido y la fluencia

de la narración, como escenarios activos e influyentes,

a la vez naturales y morales, en los que

viven unos hombres y en relación con los cuales

han de manifestarse los caracteres de éstos.

Y lo mismo ha hecho con las urbes y con las

poblaciones de la selva.

En Lord Jim, novela que, como en el género

policiaco, es una plural investigación

en busca del centro oscuro de una historia,

se pone en pie un protagonista que nos

acompañará toda la vida de lectores, de

re-lectores, y, más allá de las páginas:

en la memoria.

Así, en la línea entre el siglo XIX y

el siglo XX, el capitán Conrad mira hacia

nosotros, en nosotros. Cada hombre es,

en algún modo, el idealista y derrotado pero

nunca del todo vencido Jim: el muchacho que

faUó como autosoñado héroe y pasó el resto de

su vida buscando una segunda oportunidad para

nuevamente ser digno de sí mismo, de su heroico

y honroso sueño.


El barco British Queen

JOSEPH CONRAD

LA CREACIÓN DE

LORD yiM

Cuando esta novela apareció por primera vez en

forma de libro, se esparció por ahí la idea de que

me había dejado devorar por la historia. Algunos

criticos mantenían que la obra, planteada originalmente

como narración breve, se le había ido

de las manos al autor Uno o dos de ellos descubrieron

pruebas de ese hecho en el texto mismo,

lo que pareció divertirles. Señalaron entonces las

limitaciones a que está sujeto el formato de la

narración. Argumentaban que nadie podía pretender

que un hombre hablase tanto tiempo sin

pausa mientras otros no cesaban de escucharle.

No resultaba, según decían, muy creíble. Yo, tras

llevar dándole vueltas a la cuestión durante algo

8I8UOTECA DE MEXICO

así como dieciséis años, no estaría tan seguro.

Se sabe de personas, tanto en los trópicos como

en la zona templada, que han estado despiertas

toda una noche «intercambiando cuentos». En

este caso, sin embargo, se trata de un solo cuento,

aunque con interrupciones que permiten ciertos

respiros; y, en cuanto a la resistencia de los oyentes,

se tendrá que aceptar el postulado de que

la historía sí era interesante. Se trata de una suposición

preliminar necesaria. Si yo no hubiera

creído que podía interesar al posible lector, nunca

habria podido empezar a escribirla siquiera.

En lo que respecta a la mera posibilidad física,

todos sabemos que algunos discursos parlamen-


tarios han precisado casi seis horas para ser pronunciados;

mientras que toda la parte del libro

que constituye la narración de Marlow se puede

leer en voz alta de punta a cabo en, diría yo, menos

de tres horas. Además, aunque he excluido

de la novela todos los detalles irrelevantes de ese

tipo, podemos presumir que debieron consumirse

algunos refrescos esa noche: un vaso de agua

mineral, o algo por el estilo, que le facilitara la

tarea al narrador. Pero, ahora hablando en serio,

la verdad del caso es que mi primera idea fiíe la

de escribir una narración breve, centrada únicamente

en el episodio del barco de los peregrinos,

y nada más. Y se trataba de un planteamiento

perfectamente legítimo. Tras escribir unas pocas

páginas, sin embargo, me sentí descontento por

Joseph Conrad

alguna razón y las dejé a un lado. No volví a

sacarías del cajón hasta que el malogrado señor

William Blackwood me sugirió que volviera a

entregaríe algo para su revista. Sólo entonces

fue cuando me di cuenta de que el episodio del

barco de peregrínos era un buen punto de partida

para una narración libre y móvil; de que se

trataba, además, de un suceso que se prestaba

bien a dar el tono del «sentimiento de la vida»

de un personaje sencillo y sensible. Pero todos

aquellos estados de ánimo y agitaciones espirituales

preliminares resultaron bastante oscuros

en su momento, y no aparecen más claros ante

mí ahora, después de tantos años como han pasado.

Las escasas páginas que había dejado de

lado no carecían de peso en cuanto a la elección

del tema, pero volví a escribirlas todas deliberadamente.

Cuando me senté para hacerlo sabía

que iba a ser un libro largo, aunque no acerté a

prever que iba a extenderse a lo largo de trece

números de la revista en que aparecieron. A veces

me han preguntado si no era éste el libro mío

que más me gustaba. Soy enemigo declarado de

los actos de favoritismo en público, en privado e

incluso en la deücada relación que mantiene el

autor con sus obras, y por principio me lúego a

tener favoritos; pero no llego hasta el punto de

sentirme agraviado o enojado por la preferencia

que algunos otorgan a mi Lord Jim. No voy a

decir siquiera que «No acierto a comprender...».

¡No! Pero en una ocasión tuve la oportunidad

de sentirme confuso y sorprendido. Un amigo

mío que volvía de Italia había hablado allí con

una dama a la que no le gustaba el libro. Para

mí eso era lamentable, por supuesto, pero lo que

me sorprendió fue la razón en que se fundaba

aquel rechazo. «¿Sabe usted? -dijo la señora-,

es todo tan morboso.» Aquel pronunciamiento

me dio pie para estar una hora entera sumido en

ansiosos pensamientos. Finalmente, llegué a la

conclusión de que, haciendo todas las salvedades

necesarias debido a que el propio tema está

bastante alejado de la sensibilidad normal de las

mujeres, aquella dama no podía haber sido italiana.

Y me pregunto si era europea siquiera. En

cualquier caso, un temperamento latino no podía

haber detectado nada de morboso en la aguda

conciencia del honor perdido. Una conciencia

de ese tipo puede ser equivocada, o acertada,

o se la puede condenar por artificial, y, tal vez,

mi Jim no sea un arquetipo de los más comunes.

Pero, sin posibilidad de error, les puedo asegurar

a mis lectores que no se trata del producto de un

pensamiento frío y pervertido. No es tampoco

una figura procedente de las nieblas del Norte.

Una mañana soleada, en el ambiente vulgar de

una rada oriental, lo vi pasar: conmovedor, relevante,

envuelto entre sombras y absolutamente

silencioso. Como debe ser. Me correspondía a

mí, con toda la comprensión y afecto de los que

fuese capaz, buscar las palabras apropiadas para

lo que él representaba. Era «uno de los nuestros».

10

DE MÉXICO

(Del prólogo a Lord Jim, 1917)


ALVARO MUTIS

ENCUENTRO

Para Policarpo Varón

Acogidos en la vasta y tibia noche de Samburán

dos hombres inician un diálogo banal. Las palabras

van tejiendo la usada y cotidiana sustancia de la

muerte.

Para Axel Heyst el asunto no es nuevo. Desde el

suicidio de su padre, ocurrido cuando él fuera aún

joven, su familiaridad con el tema acreció con los

años. Aprendió a ver la muerte en cada paso de

los hombres por el mundo, tras cada palabra, tras

cada cosa o lugar frecuentados por los seres que

cruzaron su camino. Para mister Jones a secas la

familiaridad fue la misma, pero él había preferido

participar plenamente en los designios de la

muerte, ser su mensajero, su hábil cómplice.

En el diálogo que prosigue en la tiniebla sin

brisa de Samburán, un nuevo elemento comienza

a destilar su presencia por entre las palabras de

siempre, es el hastío. Cada quien ha sorprendido

ya en la voz del otro ese insoportable cansancio

de haber convivido tanto tiempo con la total

desesperanza.

Es ahora cuando el que va a morir dice para sí:

"Entonces era esto. ¿Cómo no lo supe antes, si es

lo mismo de siempre? ¿Cómo pude pensar alguna

vez que fuera distinto?"

La muerte del hombre es una sola, siempre la

misma. Ni la lúcida frecuentación que le dedicara

Heyst, ni la vana complicidad que le ofreciera

mister Jones a secas, habrían cambiado un ápice

el monótono final de los hombres.


JORGE LUIS BORGES

MANUSCRITO HALLADO

EN UN LIBRO

DE JOSEPH CONRAD

E n las trémulas tierras que exhalan el verano,

El día es invisible de puro blanco. El día

Es una estría cruel en una celosía,

Un fulgor en las costas y una fiebre en el llano.

Pero la antigua noche es honda como un jarro

De agua cóncava. El agua se abre a infinitas huellas,

Y en ociosas canoas, de cara a las estrellas.

El hombre mide el vago tiempo con el cigarro.

El humo desdibuja gris las constelaciones

Remotas. Lo inmediato pierde prehistoria y nombre.

El mundo es unas cuantas imprecisiones.

El río, el primer río. El hombre, el primer hombre.

Luna de enfrente, 1925

II

iHLIOmOEMHICO


Joseph Conrad

JOMI GARCÍA ASCOT

EL CAPITÁN

A Joseph Conrad

En noches como ésta

mi capitán bajaba

-la sombra de la tierra perfumaba

de estiércol y grandes flores blancassu

paso seco, un resonar de puente y de lejía

cruzaba los tablones de los muelles.

En noches como ésta por las islas lejanas

-atrás el barco, más alto por lo oscuromi

capitán visitaba a un amigo.

Por el techo giraban altos ventiladores

y entraba por las persianas

el estancado soplo de los ríos.

Mi capitán tocaba alguna vez

su barba peinada con esmero,

y su reloj colgado del chaleco.

Blanco era el lino, impecable su cuello

fresco y duro

y él escuchaba historias como nubes,

miraba

las palabras no dichas,

su peso en la balanza que se inclina

IIÍÍIOTECA DE MEXICO

y el gesto inacabado donde cuaja

el oscuro esplendor de la renuncia.

Sabía

el retroceso, la terrible omisión,

la víspera perdida,

sin sonido el derrumbe

que va poblando el aire:

la fijeza.

Y adivinaba la arruga de la ropa

en el calor,

el silencio que hubo aquel momento

en que todo era cara o cruz,

o lo había sido,

y la locura lenta de los hombres, su humedad

hechos ceniza y tiempo que no acaba.

En noches como ésta

mi capitán volvía.

Su ordenada cabina, olorosa a madera

estaba fresca aún de brisas altas.

Un vago sueño estremece su frente,

no sabe que ya sabe, con cuidado

se desviste, cuelga su ropa

duerme.


TEXTOS DE

JOSEPH CONRAD


PREFACIO DE

EL NEGRO DEL ''NARCISSUS''

Toda obra literaria que aspira, por humildemente

que sea, a elevarse a la altura del arte debe

justificar su existencia a cada línea. Y el arte

mismo podría definirse como la tentativa de un

espíritu individual por hacer justicia, lo mejor

que se pueda, al universo visible, trayendo a luz

la verdad diversa y una que entraña cada uno de

sus aspectos. Es el esftierzo para descubrir en sus

formas, en sus colores, en su luz, en sus sombras,

en los aspectos de la materia y los hechos de la

vida misma, lo que le es fundamental, lo esencial

y perdurable -su cualidad más evocadora y

convincente-, la verdad misma de su existencia.

Así, el artista, al igual del pensador o el hombre

de ciencia, busca la verdad, para sacarla a la luz.

Atraído por las entrañas ocultas del mundo visible,

el pensador se adentra en la región de las

ideas, y el hombre de ciencia en el dominio de

los hechos, de los que desprenden las verdades

prácticas que convienen a esta azarosa empresa

que es nuestra vida. Hablan con autoridad a

nuestro sentido común, a nuestra inteligencia, a

nuestro deseo de paz o a nuestra inquietud, muchas

veces a nuestros prejuicios, algunas a nuestras

limitaciones, con frecuencia a nuestro egoísmo

y casi siempre a nuestra credulidad. Y se les

escucha con respeto sus palabras, pues, al fin y

al cabo, atañen a graves cuestiones, al cultivo de

nuestro espíritu o a la preservación de nuestras

ambiciones, a la perfección de nuestros medios y

a la glorificación de nuestros éxitos.

En cuanto al artista ya es cosa muy diferente.

En presencia del mismo espectáculo enigmático,

el artista se recoge en sí mismo, y solitario

en esta región de esfuerzo y de lucha íntima,

descubre los términos de un mensaje dirigido

a cualidades mucho menos evidentes en nosotros:

a esa parte de nuestra naturaleza que en

las condiciones combativas de nuestra existencia

se esquiva fatalmente tras otras virtudes más

resistentes y más rudas. Este mensaje es menos

ruidoso, más profundo, menos preciso, más conmovedor

y más fácil de olvidar. No obstante, su

efecto dura siempre. La tornadiza sabiduría de

15

ÍIÍÍIOTECADE

las generaciones sucesivas hace que se abandonen

las ideas, que se pongan en tela de juicio

los hechos, que se destruyan las teorías, pero el

artista habla a esa parte de nuestro ser que no

depende de la sabiduría, a lo que es en nosotros

un don y no una adquisición, siendo, por consiguiente,

más duradero. Habla a nuestra capacidad

de alegría y de admiración, se dirige al sentimiento

del misterio que rodea nuestras vidas,

a nuestro sentido de la piedad, de la belleza y el

dolor: al sentimiento que nos vincula con toda la

creación; y a la convicción sutil, pero invencible,

de la solidaridad que une la soledad de innumerables

corazones: esa solidaridad en los sueños,

en el placer, en la tristeza, en los anhelos, en las

ilusiones, en la esperanza y el temor, que relaciona

cada hombre con su prójimo y mancomuna a

toda la humanidad, los muertos con los vivos y a

los vivos con aquellos que aún están por nacer.

Tal encadenamiento de ideas, o más bien de

sentimientos, es lo único que puede explicar, en

cierta medida, la finalidad que se propone la tentativa

llevada a cabo en la siguiente narración

para presentar una aventura tomada del oscuro

existir de unos cuantos individuos pertenecientes

a la muchedumbre de las gentes sencillas,

ingenuas y sin voz. Pues si la creencia que acaba

de confesar revela una parte de la verdad, es

evidente que no hay lugar alguno de esplendor

ni oscuro rincón sobre la tierra que no merezca,

cuando menos, una mirada pasajera de admiración

o de piedad.

La intención puede, pues, justificar el mismo

material de esta obra. Pero este prefacio que no

es sino la confesión de una veleidad creadora,

no podría concluir aquí, ya que la confesión no

ha terminado. Toda novela -por poco que se esfuerce

para llegar a ser una obra de arte- se dirige

al temperamento. Realmente, lo mismo que

en la pintura, la música y todas las demás artes,

debe ser el llamado de un temperamento a todos

los demás temperamentos cuyo poder tan sutil

como irresistible confiere a los hechos efímeros

su verdadero sentido y crea la atmósfera moral


y emocional del lugar y del momento. Tal llamado,

para producir su efecto, debe ser una impresión

transmitida a través de los sentidos; y no

podría ser de otro modo, ya que el temperamento,

el individual o el colectivo, no se halla sometido

a la persuasión por las ideas. Todo arte ha

de dirigirse en primer término a los sentidos, y

una concepción artística que se expresa mediante

la palabra escrita debe hacerlo de tal modo si

su intención profunda es la de llegar a la fuente

misma de las emociones. Deberá aspirar con

toda su fuerza a la plasticidad de la escultura, al

color de la pintura, a la mágica sugerencia de la

música, que es el arte superior a todos. Y sólo

mediante una atención incesante del contorno y

la sonoridad de la frase se podrá lograr la plasticidad

y el color y podrá centellear, aun si fuese

furtivamente, la luz de la sugerencia mágica en

la superficie trivial de las palabras, de las pobres

palabras caducas, fatigadas y desfiguradas por

siglos de uso negligente.

Un esfuerzo sincero para llevar a buen fin esta

obra creadora, para caminar por esta vía todo lo

lejos posible para nuestras fuerzas y sin dejarse

abatir por las vacilaciones, el cansancio o los

reproches, es la única justificación valedera del

que trabaja en una obra de ficción. Y a aquellos

que, en la plenitud de una sabiduría que busca

un provecho inmediato, exigen que se les conforte,

entretenga o se les dé ejemplo, o al menos que

se les mejore, anime, asuste, violente o deleite, el

escritor, si es de conciencia clara, deberá responder

lo siguiente: "El fin que me propongo alcanzar,

sin otra ayuda que la de la palabra escrita,

es haceros sentir, comprender y ver. Esto y solo

esto, sencillamente. Si lo consigo, aquí encontraréis

ánimo, consuelo, terror, deleite, todo lo que

puede complaceros, y acaso también ese atisbo

de la verdad que no habríais pedido."

Sorprender y captar una fase efímera de la

vida en un momento de audacia sobre el curso

implacable del tiempo es tan solo el comienzo

de la tarea. Emprendida ésta con ternura y con

fe, estriba en mantener resueltamente, sin vacilación

ni temores, en presencia de todos y a la luz

de una actitud sincera, este fragmento de vida.

Consiste en mostrar su vibración, su color y su

forma, y, a través de su movilidad, su forma y su

color, en revelar la sustancia misma de su verdad;

en descubrir el secreto evocador, la intensidad

y la pasión que laten en el corazón de cada

16

MIOTECADt MÉXICO

instante persuasivo. De modo que con el esfuerzo

individual, y con un poco de destreza y de

suerte, se puede a veces alcanzar una sinceridad

tan perfecta que acaso la visión de dolor o de

piedad, de terror o de gozo, acabará despertando

en los lectores o espectadores el sentimiento de

una inquebrantable solidaridad, de esa solidaridad

en los orígenes misteriosos, en el trabajo, en

la alegría, en la esperanza, en el destino incierto

que une a todos los hombres entre ellos y con ^

mundo en que habitan.

Es evidente que quien se apegue a estas convicciones

no puede ser fiel a ninguna de las formas

temporales de su arte. La parte duradera

que conllevan -esa verdad que todas ellas dis

muían imperfectamente- será para él la posesión

más preciosa. Pero, realismo, romanticismo, naturalismo,

y hasta ese sentimentalismo oficioso

que, al igual de los mendigos, tan difícil es de

ahuyentar, todos esos dioses, al cabo de haber

vivido algún tiempo en su compañía, tendrán

que abandonarle, aunque sea en el umbral del

templo, cuando balbuce su conciencia y surge

la percepción de las dificultades que presenta la

tarea. En tal esforzada soledad la divisa del arte

por el arte pierde la sonoridad apasionada de su

supuesta inmoralidad. Se la oye resonar a lo lejos,

y pronto no será ya sino un grito, luego un

suspiro incomprensible, pero quizá vagamente

animador.

A veces, descansando a la sombra de un árb

que bordea el camino, observamos a lo lejos,

un campo, la actividad de un labrador, y, al cal

de un momento, nos preguntamos en qué se :

Ha ocupado ese hombre. Observamos sus mov

mientos corporales, el balanceo de sus brazos, y

lo vemos encorvarse, erguirse, vacilar, comenzar

de nuevo. El deleite de una hora de ocio ]

de acrecentarse cuando se conoce el objeto de

su trabajo. Si sabemos que intenta levantar una

piedra, abrir un foso, desarraigar un tocón,

tomamos más interés en sus esfuerzos, hasta i

mitiremos que su agitación perturbe la quietud

del paisaje, y, a poco que nos sintamos en actitud

fraternal, hasta llegaremos a disculpar su escaso

éxito. Hemos comprendido su propósito y, después

de todo este hombre ha hecho lo que ha

podido: no es culpa suya si, por acaso, no tenía

la fuerza o la destreza necesarias. Perdonanc

seguimos nuestro camino y olvidamos.


En esta narración, que, lo reconozco, es, no obstante

su brevedad, una obra bastante compleja,

no he tenido la menor intención de traer a cuento

lo sobrenatural. A pesar de ello, no ha faltado

algún crítico que la considerase desde este punto

de vista y advirtiera en ella mi propósito de dar

ríenda suelta a mi imaginación, dejándola trasponer

los limites del mundo de la humanidad

viva y dohente. Pero, a decir verdad, mi imaginación

no está hecha de una materia a tal punto

elástica, y tengo para mi que, si intentase someterla

a la prueba de lo sobrenatural, el fracaso

seria tan lamentable como enojoso y vacuo. Por

otra parte, jamás me habria arriesgado a semejante

tentativa, pues tengo la invencible convicción

moral e intelectual de que todo lo que cae

bajo el dominio de nuestros sentidos, por excepcional

que sea, no podría diferir en su esencia de

todos los demás fenómenos de este mundo visible

y tangible cuya parte consciente venimos a

formar El mundo de los vivos encierra ya por si

solo bastantes maravillas y misterios; maravillas

y misterios que obran por modo tan inexplicable

sobre nuestras emociones y nuestra inteligencia,

que ello bastaria casi para justificar que pueda

concebirse la vida como un sortilegio.

No; mi conciencia de lo maravilloso es

demasiado firme para que pueda dejarse fascinar

por lo sobrenatural, que, en resumidas cuentas,

no es sino un artículo de manufacmra fabricado

por espíritus insensibles a las secretas sutüezas

de nuestras relaciones con los muertos y los vivos

en su infinita muchedumbre; un artículo que

profana nuestros más tiernos recuerdos y ultraja

a nuestra dignidad.

Fuese cual fuese mi modestia innata, jamás

condescenderá a abastecer a mi imaginación recurriendo

a vanas invenciones comunes a todas

las épocas y capaces de henchir de indecible tristeza

a todos aquellos que, poco o mucho, sienten

el amor de la humanidad. En cuanto al efecto de

un choque mental o moral sobre un espíritu sen-

PROLOGO A

LA LÍNEA DE SOMBRA

Dígnospara siempre de mi respeto...

cilio, nadie podrá negar que constituye un tema

de estudio y de descripción perfectamente legítimo.

El ser íntimo de Mr. Burns ha recibido un

choque violento en el curso de sus relaciones con

su antiguo capitán, y de ahí, dado su estado de

salud, que se manifieste en él una marúa supersticiosa,

mezcla de temor y de animosidad. Ello

constituye uno de los elementos de esta narración,

pero ni encierra nada de sobrenamral, ni,

realmente, contiene nada que provenga del más

allá de los confines de este mundo en que vivimos

y que, seguramente, encierra ya por sí solo

bastante misterio y terror

Es probable que si hubiese publicado esta narración,

cuyo proyecto me viene ocupando desde

hace largo tiempo, bajo el título de El primer

mando, lüngún lector imparcial, dotado o no de

espíritu critico, hallará el menor asomo de lo sobrenatural.

No insistiré aquí sobre los orígenes

del sentimiento que ha hecho nacer en mi espíritu

el título definitivo de este libro: La línea de

sombra. La primera intención de esta obra era el

presentar ciertos hechos referentes a ese instante

en que la juventud despreocupada y ardiente alcanza

la época más consciente y conmovedora

de la madurez. Huelga decir que, en presencia

de la prueba suprema de toda una generación,

he tenido la conciencia cabal del carácter restringido

e insignificante de mi humilde experiencia.

No se trata aquí de paraleüsmo alguno,

iri jamás se me ha ocurrido semejante idea.

Pero sí experimentaba el sentimiento de algo

semejante, aunque con una enorme diferencia

de proporciones, entre lo que puede ser una simple

gota de agua comparada con la amarga y

tumultuosa inmensidad de un océano. Cosa, al

fm y al cabo, perfectamente natural, pues siempre

que nos ponemos a meditar sobre el sentido

de nuestro pasado, éste parece llenar el mundo

entero con su profundidad y su extensión. Este

hbro fue escríto durante los tres últimos meses

del año 1916.


De todos los temas a disposición de un escritor,

éste era el único que estaba en condiciones

de tratar por aquella época. La profundidad y

la naturaleza del sentimiento con que me dispuse

a abordarlo quizás encontraron su más

cabal expresión en la dedicatoria que va al frente,

aunque hoy ésta me parezca singularmente

desproporcionada, y esto es un nuevo ejemplo

de la abrumadora grandeza de nuestras propias

emociones.

Dicho esto, séame permitido hacer unas

cuantas observaciones sobre la materia misma

de esta narración. Su marco pertenece a esos

rumbos de los mares del Extremo Oriente de

los que durante mi vida de escritor he extraído

la mayor parte de mis relatos. El solo hecho de

confesar que pensé durante largo tiempo en este

relato bajo el titulo de El primer mando, indicará

ya al lector que se refiere a una experiencia personal.

Y, efectivamente, se trata de una experiencia

personal vista con la perspectiva del recuerdo

y coloreada con ese amor que no podemos

por menos de experimentar con respecto a acon-

nustración de E!negro del "Narcissus", Emecé

tecimientos de nuestra propia vida que no nos

ofrecen motivo alguno de rubor. Y este amor es

tan intenso como la vergüenza y casi la angustia

con que se recuerdan ciertas circunstancias

lamentables, incluso simples equivocaciones

cometidas en el pasado. Uno de los efectos de

perspectiva del recuerdo es el de mostrarnos las

cosas mayores de lo que son, debido a que los

puntos esenciales se encuentran en él aislados

de su contorno de minucias cotidianas, automáticamente

borradas del espíritu. Recuerdo con

placer esta época de mi vida marítima, porque

tras un comienzo enojoso vino al fin a resolverse

en un éxito personal, del que conservo una

prueba tangible en los términos de la carta que

mis armadores me escribieron dos años más tarde,

cuando dimití de mi mando para volver a

Europa. Esta dimisión señaló el comienzo de

otra fase de mi vida marítima, su fase final, por

así decirlo, que no dede colorear a su vez otra

porción de mis obras. Yo no tenía entonces la

menor idea de que mi vida de maríno tocaba a

su fin, así que no experímenté otra trísteza que

la de separarme de mi barco. Deploré también

tener que romper mis relaciones con los armadores

de éste, que me acogieran con gran cordialidad,

depositando su confianza en un hombre

entrado a su servicio, de modo accidental

y en circunstancias realmente poco lucidas. Sin

tratar por ello de depreciar un ápice el celo por

mi desplegado, no puedo por menos de sospechar

ahora el importante papel que desempeñó

el azar en el feliz término de la confianza que

en mí depositaran, y seguramente no es posible

recordar sin cierta satisfacción un tiempo en que

el azar venía a secundar el propio esfuerzo. Las

palabras que he escogido como epígrafe: "dignos

para siempre de mi respeto", están sacadas

del texto mismo de este libro, y aunque uno de

mis críticos haya opinado que debían aplicarse

al barco, es evidente, a juzgar por el lugar en que

se encuentran, que se refieren a los hombres de

la tripulación y que, aunque totalmente extraños

a su nuevo capitán, le aportaron un concurso

fiel durante aquellos veinte días en que constantemente

parecía que se estaba a dos dedos de

una lenta y mortal destrucción. Y he aquí, sin

duda, el máximo recuerdo entre todos, pues seguramente

es cosa grande el haberse encontrado

a la cabeza de un puñado de hombres dignos

para siempre de nuestro respeto.


I

"No he leído los libros de este autor; y si lo he

hecho, no recuerdo de qué trataban."

Estas palabras fueron oídas, se dice, no hace

cien años siquiera, públicamente además, provenientes

del sitial de la justicia y por la boca de un

magistrado de la ley. Las palabras de nuestros legisladores

municipales poseen una solemnidad e

importancia muy superior a las que caben a las

pronunciadas por otros

mortales; y así porque

aquéllos, más que cualquier

otra variedad de

gobernantes o amos,

representan la sabiduría,

el talante, sentido y

virtud medios de la comunidad.

En interés de

la justicia eterna (y de

una amistad reciente)

debiera añadir rápidamente

que esta generalización

no ríge para

los Estados Unidos de

América, donde, si uno

puede creer en la inveterada

e irremediable

indignación de su prensa

diaria y semanal, la

mayoria de los legisladores

municipales parecen

constituir un hatajo

de ladrones, de especie

particularmente irrepri­

mible. Vaya esto, no obstante, de pasada. Lo que

me ocupa tiene que ver con una declaración nacida

de la sabiduria y talante medios, como he

dicho, de una comunidad grande y próspera, y

que fue emitida por un magistrado público, evidentemente

sin temor ni reproche alguno.

* Joseph Conrad, Aforos de vida y letras, traducción de Carlos Sánchez

Rfldrigo, Ediciones B, S. Α., Barcelona, España, 1987, 336 pp.

ACERCA DE LIBROS"^

1905

JOSEPHCOMAD

Noiasde

vidayletms

i

LIBRO ANKX) Α£ NARRATIVA

Confieso que me place su carácter, que conviene

a la prudencia. "No he leído los libros",

dice, para añadir inmediatamente "y si lo he hecho,

lo he olvidado". Excelente reserva. Y me

gusta también su estilo; no es artificial y Ueva la

marca de viril sinceridad. Como pequeña pieza

de prosa, esta declaración es de fácil lectora y

nada difícil de creer. Son muchos los libros que

no han sido leídos; más

aún los olvidados. Como

pieza de oratoria cívica,

es notablemente eficaz.

Calculada para concordar

con la opinión popular,

tan familiarizada

con todas las formas de

olvido, posee asimismo

el poder de evocar una

sutü emoción, al tiempo

que desencadena un

aluvión de pensamientos.

¿Qué mayor fuerza

cabe esperar del verbo

humano?

Sin embargo, es en

su naturalidad donde

se revela perfectamente

deliciosa, pues nada

es más natural de un

procer munícipe que el

olvidar de qué trataban

los libros que leyera un

tiempo -mucho ha-,

acaso en su turbulenta y atolondrada juventud.

Y los libros en cuestión son novelas o, por

lo menos, fueron escritos como tales. Procedo

con cautela, pues (siguiendo mi ilustre ejemplo),

porque ajeno al temor y deseoso de quedar en

lo posible libre de reproche, confieso en seguida

que no los he leído.

En efecto; y del millón largo en que se cifra


el número de sus lectores, jamás he dado aún

con uno con el talento de la exposición lúcida

suficientemente desarrollado para darme una

versión coherente del tema a que hacen referencia.

Pero, se trata de libros, parte y porción de la

humanidad, y como tales, en su creciente y hasta

podríamos decir hacinada multitud, merecen

consideración, estima y compasión.

En especial lo último. Se ha dicho, hace ya

mucho, que también los libros tienen su sino.

Así es; y muy semejante al que les cabe a las

personas. Comparten con nosotros la gran incertidumbre

de hacerse acreedores de ignominia

o de gloria -de severa justicia y de inane persecución-,

de calumnia y de incomprensión; también,

de la vergüenza de un éxito inmerecido.

Entre todos los objetos inanimados, entre todas

las creaciones del hombre, los libros son los que

nos quedan más próximos, por contener nuestros

pensamientos, nuestras ambiciones, nuestra

indignación ocasional, nuestras ilusiones, nuestra

fidelidad a la verdad y nuestra persistente

inclinación al error. Pero, sobre todo, se nos parecen

en su precariedad. A un puente construido

conforme a las reglas del oficio le espera una

Joseph Conrad a los cinco y a los seis años

10

ÍIBLiOTECAOE

vida dilatada, honorable y útil. Sin embargo,

un libro a su manera tan bueno como el puente

puede perecer oscuramente el mismo día de su

nacimiento. El arte de su creador no basta para

asegurarle más que un momento de vida. De

los libros nacidos de la inquiemd, inspiración y

vanidad de la mente humana, aquellos que más

habrían agradado a las Musas están más amenazados

del peligro de una muerte prematura

que los otros. En ocasiones son salvados por sus

propios defectos. Puede que un libro grato de ver

carezca, por usar de una expresión pingorotuda,

de alma individual. Es obvio que un libro de

esta clase no puede morir; a lo más, deshacerse

en polvo. Pero, los mejores libros, cuyo sustento

ha provenido de la simpatía y memoria de los

hombres, han vivido constantemente al borde

de la destrucción porque la memoria humana es

frágil, y la simpatía, admitámoslo, una emoción

sobremanera fluctuante, que no obedece a principios

claros.

No es posible hallar el secreto de la vida eterna

para nuestros libros entre las fórmulas del Arte,

como tampoco hay panacea alguna defirütiva

para nuestros cuerpos. Y no es porque algunos


libros no merezcan una larga vida, sino porque

las fórmulas magistrales del Arte dependen de

una ingente variedad de factores, inestables y de

fiabilidad ausente; están sujetos a los vaivenes

de las simpatías y prejuicios humanos, a favores

y desfavores, a la idea que pueda tenerse en

el momento acerca de la virtud y de lo que es

propio, a creencias y teorias que, intrinsecamente

indestructibles, siempre cambian de forma, a

menudo en el curso de una breve generación.

De todos los libros, las novelas, que debieran

ser especialmente amadas por las Musas, son

las que más apelan a nuestra compasión. El arte

del novelista es simple y, al mismo tiempo, el

más huidizo de los creativos, el más susceptible

de resultar oscurecido por los escrúpulos de

quienes lo sirven y veneran, el que está preeminentemente

destinado a llevar más turbulencia

a la mente y al corazón del artista. Después de

todo, la creación de un mundo no es empresa

parva, excepto quizá para quienes poseen dotes

divinas. En verdad, todo novelista debe empezar

Joseph Conrad niño, en Polonia

por crear para sí mismo un mundo, pequeño o

grande, en el que honestamente pueda creer Y

ése no puede ser sino conforme a su propia imagen;

ha de ser inevitablemente individual y un

tanto misterioso; pero, a la vez, ha de resultar

familiar la experiencia, pensamientos y sensaciones

de los lectores. En lo más recóndito de

toda ficción, hasta de la que menos merece el

nombre, puede hallarse algo de verdad, aunque

no sea más que el teatral e infantü fervor por el

juego de la vida que encontramos en las novelas

de Dumas padre. Sin embargo, toda la delicadeza

humana se halla presente en las de Mr. Henry

James, como patente se nos hace en el monstruoso

mundo creado por Balzac toda la cómica

e hiriente verdad de la rapacidad humana que

campea entre los despojos de la existencia. La

búsqueda de la felicidad, por medios legítimos o

no, por vía de resignación o de rebeldía, mediante

la sagaz manipulación de convencionahsmos

o adhesión solemne al cobijo de la última teoria

científica, es el único tema que puede ser justamente

desarrollado por el novelista, cronista de

las aventuras de la humanidad en medio de los

peligros del reino de la Tierra. Y este mismo,

DE MÉXICO


palestra que acoge a todas sus individualidades,

pugnaces o vacilantes, debe formar parte del esquema

de registro fiel. El abarcarlo todo en una

concepción armoniosa es un logro no poco importante;

incluso el intentarlo deliberadamente

con ánimo serio y cabal, no por impulso inane

de un corazón ignorante, representa una honorable

ambición. Y es así porque requiere valor el

penetrar calmosamente donde otros, con menos

prudencia, acaso quieren irrumpir atropelladamente.

Como observara en una ocasión un distinguido

novelista francés de éxito: "C'est un art

írapdifficüe."

Es natural que el novelista dude de su capacidad

para vérselas con el empeño, que imagina

más gigantesco de lo que es. Con todo, siendo

la creación literaria tan sólo una de las formas

legítimas de actividad humana, carece de valor,

salvo a condición de que no excluya el reconocimiento

pleno de todas aquellas formas de ficción

más distintas. Esta condición es algunas

veces olvidada por el hombre de letras, quien

con frecuencia, especialmente en su juventud,

se siente inclinado a reivindicar para su hacer

una superioridad exclusiva frente a otros empe­

Joseph Conrad, capitán de la marina inglesa

22

fil!LIOTÍCADÍMÍ)(ICO

ños de la mente humana. La masa de verso y

prosa existente puede brillar aquí y allá con el

fulgor del destello divino, pero el total del esfuerzo

humano carece de especial importancia. No

hay fórmula alguna que justifique su existencia,

como tampoco la hay con respecto a cualquier

otro logro artístico. Con el resto de ésos está

destinado al olvido, puede que sin dejar siquiera

traza alguna de su paso. Donde el novelista se

encuentra con ventaja sobre quienes laboran en

otros terrenos del pensamiento es en lo que hace

al privilegio de la libertad -la libertad de expresión

y la de confesar las creencias más íntimasque

debiera consolarlo de la dura esclavitud que

le impone la pluma.

3

La libertad de imaginar debiera ser la posesión

más preciada del novelista. El intentar descubrir

voluntariamente los encadenados dogmas de

algún credo romántico, realista o naturalista en

la libérrima obra de su propia inspiración es un

truco digno de la perversidad humana que, después

de inventar un absurdo, trata de descubrirle


una pedigree distinguida. Es la debilidad de las

mentes inferiores, cuando no la astuta martingala

de quienes, inseguros de su talento, buscan

darle lustre asociándolo a la autoridad de una

escuela de pensamiento. Tales, por ejemplo, son

esos sumos sacerdotes que han proclamado a

Stendhal profeta del Naturalismo. Pero el propio

Stendhal habria rechazado toda Hmitación

a su Hbertad; su mente era de primer orden, y

su espíritu, en lo alto, debe convulsionarse con

desprecio e indignación peculiarmente stendhalescos.

Pues la verdad es que más de una clase de

cobardía intelectual se oculta tras las fórmulas

literarias. Y Sthendhal era, sobre todo, valeroso;

escribió sus dos grandes novelas, que tan pocos

han leído, con ánimo de corajuda libertad.

No debe suponerse que reivindico para el artista

en ficción la libertad del Nihüismo moral.

Esperaría de él, más bien, numerosos actos de

fe, el prímero de los cuales sería el alimentar y

mimar una esperanza eterna; y esperanza, incontestablemente,

implica toda la piedad del

esfuerzo y de la renuncia. Es la forma de confianza

-enviada por Dios- en la fuerza e inspiración

mágicas inherentes a la propia vida en esta

Tierra. Tendemos a olvidar que el camino de lo

excelso es en lo intelectual, a diferencia de lo

emocional, la humildad. Lo que uno siente tan

irremediablemente estéril en el pesimismo declarado

es tan sólo su arrogancia. Parece que el

descubrímiento hecho por muchos hombres en

diferentes momentos de la historia de que es mucha

la maldad existente en el mundo fuera fuente

de orgullo y de inconfesable alegría para no

pocos de los autores modernos. Esta disposición

de la mente no es la más apropiada para abordar

seríamente el arte de la Ficción. Da al autor

-Dios sabe por qué- ima confortable sensación

de superiorídad, y no hay nada más peligroso

que esa satisfecha comodidad para la absoluta

lealtad para con los sentimientos y sensaciones

que debiera poseer el autor, sobre todo en los

más exaltados momentos de creación.

Ser esperanzado en un sentido artístico no

impüca necesaríamente el creer en la bondad

del mimdo. Basta con creer que no es imposible

que sea así. Si cabe permitir que el vuelo del

pensamiento imaginativo discurra por encima

de muchas de las modahdades corrientes entre

los hombres, el novehsta que se tuviere por hecho

de esencia superior a la de otros faltaría a la

13

ITECADEMEXI

primera condición de su oficio. El poseer el don

de la palabra no es tan importante. Un hombre

provisto de un arma de largo alcance no se convierte

automáticamente en cazador o guerrero;

muchas otras cualidades de carácter y temperamento

son para ello necesarías. Del que de su

arsenal de frases, una entre cien mil acierte quizá

la huidiza y distante diana del Arte, exigiría

que en su trato con la Humanidad fuera capaz

de dar un tierno reconocimiento a las oscuras

virtudes de ésta; no me gustaría impaciente con

sus pequeñas flaquezas y despreciativo frente a

sus errores y flaquezas; tampoco expectante de

excesiva gratitud de una Humanidad cuyo sino,

cual ilustra cabalmente el de cada uno de los individuos,

le cabe a él descubrir como rídículo o

terríble. Desearía que contemplara con enorme

tolerancia las ideas y prejuicios de los hombres,

que en absoluto representan el producto de la

malevolencia sino que dependen de su educación,

de su rango social y hasta de su profesión

respectiva. El buen artista no debiera esperar reconocimiento

alguno por su labor ni admiración

para su genio, porque la primera puede ser valorada

sólo con dificultad, y el segundo no significar

nada acaso para el salvaje, que incluso de

la terrible sabiduria de sus evocados difuntos no

ha extraído hasta ahora sino inanidades y simples

lugares comunes. Me gustaría, en cambio,

que amphara el campo de su simparía mediante

una observación paciente y amable, al tiempo

que acrecienta su poder mental. Es en la práctica

imparcicd de la vida, de darse en absoluto, donde

lo hace la promesa de perfección en el arte

que ejerce, más que en esas fórmulas absurdas

que tratan de descríbir ese o aquel método, técnica

o concepción en particular. Que madure la

fuerza de su imaginación entre las demás cosas

de esta Tierra, cuyo deber es mimar y conocer,

y que se abstenga de convocar a su inspiración,

lista para el uso, de algún edén de perfecciones

del que lo ignora todo. Y no le regatearía la orgullosa

üusión que asalta a veces al escrítor; la

de que su logro ha igualado casi la grandeza de

su sueño. Porque ¿qué otra cosa podría darle la

fuerza y serenidad que atesorar en su pecho sino

algo deücioso y humano: la virtud, la rectitud

y la sagacidad de su propia ciudad declarando

con sencilla elocuencia por boca de uno de sus

regidores electos: "No he leído los libros de este

autor, y si los he leído, no me acuerdo..."?


Cuna del tráfico marítimo y de la guerra naval,

el Mediterráneo, independientemente de tantas

asociaciones, de aventuras y de gloria que son

el patrimonio común de toda la humanidad, no

podía menos de ejercer sobre el marinero una

tierna seducción. Es que en esa cuna se meció

la niñez de su oficio y el marinero tiene para ella

la mirada que un hombre suele tener por la habitación

de niño de una muy vieja mansión en la

que innumerables generaciones de los suyos dieron

los primeros pasos. Digo los suyos porque en

cierto sentido todos los marinos forman una sola

familia: todos han sahdo de ese ancestro audaz

y velludo que, a caballo sobre un leño informe y

remando con una rama curva, realizó la primera

navegación de cabotaje en una bahía recoleta

que retumbaba con los clamores de la tribu. Es

lamentable que esos hermanos de profesión y de

sentimiento, cuyas generaciones aprendieron en

ese cuarto de niño a recorrer el puente de un navio,

hayan estado más de una vez furiosamente

ocupados en cortarse unos a otros el cuello. Pero

al parecer la vida tiene esas exigencias. Sin esa inclinación

humana al asesinato o a otros géneros

de insensatez, el heroísmo histórico no hubiera

existido. Este es un pensamiento consolador Si,

por lo demás, se considera con cabal imparcialidad

los actos de violencia, se percibe que son

de pocas consecuencias. De Salamina a Actium,

pasando por Lepanto y Abukir, hasta el desastre

naval de Navarin (sin hablar de otros encuentros

de menor interés), toda la sangre vertida en el

Mediterráneo no ha dejado ni un solo rastro púrpura

en el azul sombrío de sus aguas clásicas.

Sin duda se puede afirmar que las batallas han

moldeado el destino de la humanidad, y aún hay

la interrogante de si lo moldearon bien o mal,

pero esto ni siquiera vale la pena discutirlo. Es

muy probable que de no haberse librado la batalla

de Salamina la paz del mundo hubiera permanecido

sensiblemente igual a como la vemos

hoy, formada por la mediocre inspiración y la labor

a corta vista de los hombres. Tras una larga y

LA CUNA DEL OFICIO

miserable experiencia de sufrimiento, de injusticia,

de desdicha y de agresiones, las naciones de

la tierra se ven frecuentemente conducidas por

el miedo: una especie de miedo que con un poco

de elocuencia vulgar se transforma fácilmente

en rabia, odio y violencia. El inocente e ingenuo

miedo ha sido la causa de no pocas guerras. Y

no, a decir verdad, el miedo de la guerra misma,

a la cual, en la evolución de los sentimientos y

las ideas se ha llegado a considerar como una

ceremonia entre semimística y gloriosa, acompañada

de ciertos ritos distinguidos y de encantamientos

preliminares en los que ha desaparecido

el sentimiento de su naturaleza verdadera.

Para captar el aspecto auténtico, la fuerza y la

moralidad de la guerra como función natural de

la humanidad, hay que llevar una pluma en el

pelo y un anillo en la nariz, o, aún mejor, tener

los dientes limados en punta y un tatuaje en el

pecho. Desgraciadamente el retorno a una tan

sencilla ornamentación es imposible. Estamos

atados al carro del progreso, es imposible volver

atrás, y, para mayor infortunio, nuestra civilización,

que tanto trabajó para el confort y el adorno

de los cuerpos, por la elevación de nuestro

espíritu, ha hecho terriblemente costosa la matanza

legal.

Toda la cuestión de la mejora de los armamentos

ha sido abordada por los gobiernos del

mundo con un ánimo de precipitación nerviosa

e irreflexiva, a pesar de que la buena vía se

extendía claramente ante ellos y sólo pedía que

se la siguiera con una serena determinación.

Se debió recompensar con honrosa liberalidad,

como era justo, los desvelos y los trabajos de

cierta clase de inventores y después, usando sus

propios explosivos mejorados y sus armas perfeccionadas,

hacer estallar en añicos los cuerpos

de esos inventores, no sin dar al hecho la suficiente

publicidad, como lo dictaba la más elemental

prudencia. Tal método habria frenado el

entusiasmo de las búsquedas en tal dirección sin

perjudicar a los sagrados intereses de la ciencia.


Por falta de un poco de fría reflexión de parte de

nuestros guías y señores no se siguió en tal vía y

así se sacrificó y se perdió tan admirable sencillez.

Un espíritu sencülo no puede dejar de sentir

amargura al pensar que en la batalla de Actium,

en la cual se apostaba nada menos que al dominio

del mundo, la flota de Octavio Augusto y la

de Marco Antonio, incluida la división egipcia

y la galera de Cleopatra con su velamen púrpura,

costaron probablemente menos que dos acorazados

modernos, o, de acuerdo a la jerga de

las obras navales de hoy, dos unidades capitales.

Pero ninguna vulgar jerga podría mitigar un hecho

que afligiría a cualquier economista sensato.

No es verosímil que el Mediterráneo vea nunca

una batalla de consecuencias más considerables,

pero si llega la ocasión de otro combate histórico,

sus profundidades se eruiquecerán más que

nunca de una cantidad de chatarra desmenuzada

que habrán pagado a precio de oro las poblaciones

engañadas que habitan las islas y los

continentes de este planeta.

Joseph Conrad con su hijo y su compañera. Jessie

15

ÍIÍLIOTKADEMBÍICO

Dichoso quien como Ulises ha hecho un aventurero

viaje, y en cuanto a aventureros viajes no

hay ninguno equiparable al Mediterráneo, el mar

interíor que los Antiguos hallaban tan vasto y lleno

de maravillas. Y en verdad era terríble y maravilloso,

pues nosotros, conducidos por la audacia

de nuestras mentes y la agitación de nuestros

corazones, somos los artesanos únicos de todo lo

maravilloso y todo lo novelesco del mundo.

Para los maríneros mediterráneos las sirenas

de hermosos cabellos cantaron entre las negras

rocas chorreantes de blanca espuma y, para el,

hablaron en la onda móvil voces misteríosas, voces

amenazantes, voces de seducción o de augurío,

como aquella que oyó el patrón de un navio

africano en el alba de la era cristiana y en el golfo

de las Sirtes cuyas apacibles noches se pueblan

de murmullos extraños y ondulantes sombras.

La voz lo llamó por su nombre y le ordenó que

fuese a decir a todos los hombres que el Gran

Dios Pan había muerto. Pero esa magna leyenda

del Mediterráneo, su leyenda de cantos tradicio-


nales y de imponente historia, vive, fascinante e

inmortal, en nuestros espíritus.

El mar sombrío y terrible de las aventuras del

sutil Ulises, el mar agitado por la cólera de los

dioses olímpicos, el mar que abrigó en sus islas

el furor de los monstruos extraños y las tretas de

mujeres singulares, la gran ruta de los héroes y

los sabios, de los guerreros, de los piratas y los

santos, el prosaico mar de los traficantes cartagineses

y el lago de placer de los Césares romanos,

no puede menos de ser venerado por todos los

marinos como el hogar histórico de ese ánimo

retador de las grandes aguas del mundo, que es

El rudo oficio del mar

u

el alma misma de su vocación. Partiendo de allí

hacia el Oeste y hacia el Sur como un muchacho

abandona el techo paternal, ese ánimo se

ha abierto un camino hasta las Indias, ha descubierto

las costas de un nuevo continente y atravesado,

en fin, la inmensidad del gran océano

Pacífico, rico de archipiélagos lejanos y misteriosos

como las constelaciones celestes.

El encanto del Mediterráneo persiste en el inolvidable

sabor de mis mocedades y aun ahora

ese mar, sobre el cual los romanos reinaron sin

rivales, ha conservado para mí la fascinación de

DE MEXICO


la aventura. La primera noche de Navidad que

he pasado lejos de la tierra la ocupé en el golfo

del León escapando de la persecución de una

tempestad que hacía gemir todas las cuadernas

del viejo barco que saltaba sobre les ondas, hasta

que pudimos ponerlo, estropeado y sin aliento,

al abrigo de Mallorca, allí donde la superficie

pxihda del agua se rayaba de furiosas ráfagas de

viento bajo un cielo tormentoso.

Nosotros, o más bien ellos (porque apenas

en mi vida había entrevisto yo dos veces el agua

salada) lo mantuvieron firme y en rumbo y yo

escuchaba por primera vez, con la avidez de mi

juventud, la canción del viento en el parejo de

un navio. Monótona y vibrante, la canción estaba

destinada a crecer en mi corazón, a pasar a

mi sangre y a mis huesos, a acompañar los sentidos

los pensamientos y los actos de dos décadas

cabales, a habitar aún, como un reproche, mi

quietud ante el fuego de mi fuego del hogar, a

entrar en la textura misma de respetables sueños

impunemente evocados bajo un techo de vigas

y de tejas.

La cosa (no la llamaré dos veces navio en la

misma media hora) hacía agua. Hacía agua francamente

y generosamente, como un cesto: por

todas partes. Y yo tuve parte entusiasta en la

excitación causada por esta enfermedad última

de los nobles barcos, pero sin preocuparme mucho

del por qué o el cómo. Al envejecer, aquella

venerable antigualla bostezaba de tedio por sus

iimumerables costillas. Pero en aquella época yo

no lo sabía, o sabía en general muy pocas cosas,

y aun menos sabía "qué hacía yo en esa galera".

Recuerdo que, exactamente como en la comedia

de Moliere, planteaba mi tío esa famosa

pregunta en los mismos términos, y me la planteaba

en una carta cuyo tono burlón e indulgente

disimulaba mal su inquietud casi paternal. Imagino

que intenté inculcarle la impresión (evidentemente

no fundamentada) de que las Antülas

esperaban mi llegada. Por lo tanto, había que ir a

ellas. Esto era una especie de convicción mística,

algo como un llamado. Pero era muy incómodo

exponer inteligiblemente los porqués de esta

creencia a un hombre de lógica rigurosa si bien

de una infinita caridad. Lo verosímil es que yo,

de ningún modo versado en las artes de aquel astuto

griego engañador de los dioses, amante de

mujeres extrañas y, evocador de sombras sedientas

de sangre, aspiraba a emprender mi propia

odisea oscura, que, como convenía a un homt

moderno, iría con sus deslumbramientos y sus

terrores más allá de las columnas de Hércules.

Y el desdeñoso océano no se abrió entero para

tragar mi audacia, aunque el na\áo, la ridicula y

vetusta galera de mi locura, aquella vieja carreta

rechinante, cansada y escéptica, parecía muy

dispuesta a romperse y a tragar tanta agua salada

como pudiera.

Pero no se produjo ninguna catástrofe. Viví

para contemplar en una ribera extraña a una joven

y bella Nausicaa escoltada por un regocijado

séquito de sirvientas que llevaban cestas de ropa

hasta un claro arroyo, a la sombra de esbeltas

palmeras. Los vivos colores de de sus ropajes y

el oro de sus aretes revestían sus personas de una

bárbara y majestuosa magnificencia mientras

iban con im paso leve bajo el tamizado chorrea

de la luz del sol. La blancura de sus dientes er

más esplendorosa aun que las joyas en sus orejas.

La pendiente sombría de la hondonada resplandecía

de sus sonrisas. Mostraban tan poca

confusión que parecían princesas, pero, ¡ay!,

ninguna era la hija de un soberano negro como

el ébano. Tal era para mí el infortunio de haber

llegado un poco demasiado tarde a un mundo

en que los reyes se han rarificado con una es

cíindalosa rapidez y en que los muy pocos que

subsisten han adoptado los usos y costumbres

corrientes de los meros millonarios. Sin duda no

podía ser sino una vana esperanza, en 187..., esperar

ver a las damas de una casa real venir bajo

el sol tamizado, bajo la fronda de las palmeras,

con cestas de ropa en la cabeza, y llegar a las

márgenes de un arroyo. Vana esperanza. Y si no

me pregunté si la vida aún valía la pena de ser vivida,

debió ser porque había en mí muchas otras

preguntas que me urgían y de las que sigo no teniendo

respuesta. Las voces rientes y sonoras de

aquellas fastuosas muchachas inquietaban a un^

multitud de coHbries cuyas alas delicadas coroT

naban con la bruma de su vibración la cresta de

los arbustos floridos.

17

JOTO DE MÉXICO

No, no eran princesas. La franca risa que llenaba

la cálida hondonada tapizada de heléchos

tenía esa limpidez de alma de los habitantes

salvajes e inhumanos de las selvas tropicales,

siguiendo el ejemplo de algunos prudentes viajeros,

me retiré de aUí sin haber adquirido más

saber, y me volví hacia el Mediterráneo, mar de

las aventuras clásicas.


Joseph Conrad

UNA AVANZADA DEL PROGRESO

I

Dos blancos eran los encargados de la factoría:

Kayerts, el jefe, bajo y gordo, y Carlíer, el ayudante,

alto, cabezudo y con el corpachón encaramado

en piernas largas y delgadas. El tercer

empleado era un negro de Sierra Leona que pretendía

llamarse Henry Price. Sin embargo los

naturales de río abajo, no sabemos por qué, le

(Un cuento)

TRADUCCIÓN DE JOSÉ DE LA COLINA

habían puesto el nombre de Makola, del que no

podía deshacerse en sus andanzas por todo el

país. Hablaba inglés y francés con dejos cantarines,

tenía buena letra, sabía llevar los libros de

cuentas y albergaba en el corazón el culto a los

espíritus malos. Era su esposa una gordinflona

y charlatana negra de Loanda y tres chiquillos


correteaban al sol ante su vivienda, baja y con

aspecto de choza.

Makola, taciturno e impenetrable, despreciaba

a los dos blancos. Tenía a su cargo un pequeño

almacén con paredes de tierra y techo de

hierba seca y se jactaba de registrar con exactitud

la cuenta de los abalorios, la tela de algodón,

los pañuelos rojos y otras mercancías. Junto al

almacén y frente a la cabana de Makola estaba

el único edificio grande de los terrenos desmontados

para la factoría. Era de cañas, tenía una

veranda continuada por los cuatro costados y

tres habitaciones. En el centro entre éstas, había

una sala con dos mesas toscas y unas cuantas

banquetas. Las otras dos eran los dormitorios de

los blancos, cada una con cama y mosquitero.

En el piso de madera se amontonaban sus pertenencias:

cajas abiertas, semivacías, gastada ropa

de uso, botas viejas, todo lo que atesoran negligentemente

los hombres desaliñados. Y, algo

distante, había otra morada en la que para siempre

dormía bajo una inclinada alta cruz el hombre

que había trazado y vigilado el surgimiento

de aquella avanzada del progreso: un pintor sin

fortuna en su tierra que, cansado de perseguir la

gloria con el estómago vacío, se trasladó allí gracias

a valiosos bienhechores. Fue el primer jefe

de la factoría. Makola, que con su indiferente

aire de decir "ya lo decía yo", vio al artista morir

de fiebre en la casa recién levantada, luego vivió

solo por algún tiempo, con su familia, con sus

libros de cuentas y con el espíritu malo que rige

las tierras asentadas debajo de la línea del ecuador.

Se llevaba muy bien con su dios que quizá

se le había vuelto propicio mediante la promesa

de más blancos con los que podría jugar en seguida.

Como quiera que fuese, el director de la

Gran Compañía Mercantil, llegado en un vapor

parecido a una lata de sardinas, con un cobertizo

de techo plano en el centro, encontró la factoría

en buen orden y a Makola con su habitual tranquila

diligencia. El director plantó la cruz en la

tumba del primer agente, nombró a Kayerts en

su lugar y a Carlier como segundo, tras lo cual

les dirigió un discurso señalándoles el aspecto

floreciente de la aislada factoría (la próxima

estaba a unas millas) y diciéndoles que aquella

era una excepcional ocasión para distinguirse

y ganar buenos porcentajes, que aquel destino

era un favor hecho a principiantes. A Kayerts

casi se le saltaron lágrimas de agradecimiento

al oírlo. Dijo que se esforzaría al máximo para

justificar aquella halagadora confianza y que etcétera,

etcétera. Kayerts había sido telegrafista

y no le era difícil expresarse finamente. Carlier,

ex oficial de caballería supernumerario en un

ejército patrocinado por potencias europeas, se

impresionó menos. Si se cobrarían comisiones,

bien y basta; y echando una ojeada arisca al río,

a la selva, a la densa vegetación que aislaba a

la factoría del resto del mundo, masculló: "Ya

veremos".

Al otro día, tras dejar los sacos de provisiones,

el vaporcito se alejó para no volver en seis

meses. En la cubierta, el director saludó con la

gorra a los dos agentes que en la orilla agitaban

sus sombreros, se volvió a un antiguo empleado

de la Compañía y dijo:

-Qué par de imbéciles. Vaya tipos que me ha

enviado la Compañía. Les he dicho que planten

una huerta, que construyan almacenes, nuevas

empalizadas, un embarcadero. ¡Apuesto que no

harán nada! Ni sabrán cómo empezar. Siempre

me pareció inútil una factoría en este río, y ellos

se ven aun más inútiles.

-Aquí se formarán —dijo, sonriente, el colono

viejo.

-Tal vez, pero por lo pronto me libro de ellos

por seis meses- replicó el director.

Cuando el vapor entró en la curva del río y

desapareció subiendo el ribazo, los dos blancos

volvieron a la factoría. Tenían poco tiempo de

estar en el país, y siempre entre blancos y a la

vista de sus superiores. Tardos como eran para

percibir la influencia sutil de lo que los rodeaba,

se sentían más solos viéndose sin ayuda en la soledad

selvática tan misteriosamente vital. Eran

dos individuos cabalmente ineptos y mediocres,

de esos que sólo pueden medrar en las muchedumbres

citadinas. El contacto con la soledad

selvática, con la naturaleza bruta y el hombre

primitivo, los inquietaba profundamente, enfrentándolos

a la soledad de sus propios pensamientos

y sensaciones, a la negación de lo habitual

y lo seguro, a lo inusitado que parecía prometerles

algo peligroso, algo vago, indomeñable

y repulsivo, que podría perturbar los nervios del

torpe y del necio, los dos hombres civilizados.

Muy juntos, caminando de brazo como niños

en la oscuridad, Kayerts y Carlier sentían una

vaga inquietud y hablaban en tono familiar.

-Bien situada nuestra factoría —decía uno.


Asentía el otro, y, entusiasta y voluble, exageraba

las bellezas de la situación. Pasaron junto

al sepulcro del artista.

-jPobrecíllo! -exclamó Kayerts.

-Murió de fiebre, ¿no?- murmuró Carlier deteniéndose.

-¿Cómo? -replicó Kayerts-. Me dijeron que

el fulano no le tenía miedo al sol. Todos dicen

que aquí el clima no resulta peor que el de nuestro

país si no te expones al sol. ¿Lo oyes, Carlier?

Soy tu jefe y te ordeno que no te pongas al sol.

Tomaba en broma aires de superior, pero lo

pensaba en serio. Lo estremecía la idea de que

tuviese él que enterrar a Carlier y quedarse solo.

Y tuvo la sensación repentina de que Carlier,

allí, en el centro de África, era más precioso para

él que un hermano en cualquier otra parte.

Carlier, como poniéndose a tono, hizo un saludo

militar y respondió rápidamente:

-¡A sus órdenes, mi capitán!

Soltó la carcajada, palmeó la espalda de Kayerts

y gritó:

-¡Qué buena vida vamos a darnos aquí! Nada

más que estar sentados y recogiendo el marfil

que esos salvajes nos traigan! ¡Al menos este

país tiene cosas buenas!

Echaron a reír mientras Carlier pensaba:

"Este pobre Kayerts tan gordo y con tan poca

salud!... Sería espantoso que tuviera yo que enterrarlo

en estas tierras. Es hombre que respe­

to." Y antes de llegar a la casa ya se trataban de

"querido compañero".

El primer día se mostraron muy activos trajinando

de acá para allá con martillos, clavos y

percal rojo para poner cortinas y dejar la casa

habitable y de buen ver, pues estaban resueltos a

instalarse cómodamente en su nueva existencia.

Tarea imposible para ellos, por cierto. La lucha

efectiva con problemas, aun si son meramente

materiales, requiere mayor serenidad de ánimo y

más firme valor, y no existían dos hombres menos

aptos para tal empresa. La sociedad, no ya

por ternura sino a causa de sus extrañas necesidades,

había cuidado hasta entonces de los dos

hombres, eximiéndolos de cualquier pensamien-

to independiente, de toda iniciativa, de toda desviación

de lo rutinario. Al soltarse, pues, de los

tutelares cuidados de unos hombres con la pluma

en la oreja o con galones de oro en las mangas,

eran como condenados a cadena perpetua que se

ven libres después de muchos años y no saben qué

hacer con su libertad. No acertaban a emplear

sus facultades. Ambos eran, por falta de práctica,

incapaces de pensar con independencia.

Al cabo de dos meses Kayerts solía decir: "Si

no fuera por mi Melie, ¡cualquier día me encajonan

aquí!" Melie era su hija, y él había dejado su

puesto en la administración de Telégrafos en el

que durante diecisiete años sirvió para reunirle

una dote a la muchacha. Se le había muerto la


sa y la chica se criaba con unas hermanas

ayas. Echaba él de menos las calles, el emperado,

los cafés, los amigos de siempre, cuanto

enía costumbre de ver todos los días monótonos

gratos de empleado gubernamental, y sentía

aostalgia de las charlas, las pequeñas rencillas,

el dulce veneno y las leves bromas de las oficinas

estatales.

Por su parte, Carlíer refunfuñaba: "Si tuviera

L cuñado decente, un amigo de corazón, yo no

staría aquí". Había salido del ejército conver-

;ido en un ser aborrecido por la familia gracias

. su holgazanería y desvergüenza, y un cuñado

iiyo, no pudiendo resistirlo más, hizo sobrehumanos

esfuerzos para colocarlo en la Compañía

como agente de segunda clase. Sin un centavo

en el bolsillo, se había visto obligado a aceptar

aquel medio de vida al darse cuenta de que ya no

podría sacar nada de sus parientes. Tanto como

Kayerts echaba de menos su antiguo modo de

vida: tristemente recordaba el ruido del sable y

de las espuelas en una alegre noche, los dicharachos

del cuartel, las chicas de la guarnición, y

además tenía un sentimiento de agravio. Era evidentemente

hombre muy desgraciado, y aquello

a veces lo ponía de mal talante.

Los dos agentes se llevaban bien juntos en la

camaradería de su estupidez y su holganza. No

hacían nada, sino gozar de aquel sentimiento de

vivir en un ocio pagado. Y con el tiempo llegaron

a sentir algo parecido a la amistad.

Vivían como dos ciegos en una vasta habitación,

sin conocer más que lo que tocaban, imposibilitados

de ver el aspecto general de las cosas.

El río, la selva, toda la ancha tierra palpitante de

vida en derredor, eran para ellos como un gran

vacío. El río parecía no venir de ninguna parte

ni correr hacia ninguna otra: fluía en vano. Y, a

veces, de aquella inanidad venían canoas y unos

hombres con lanzas se apiñaban de pronto ante

las cercas de la factoría. Desnudos, de un negro

reluciente, adornados con niveas conchas y figuras

de latón, ostentaban musculaturas perfectas,

hablaban en un rumor grosero y fanfarrón,

moviéndose majestuosamente, y de sus ojos,

inquietos y alarmados siempre, salían rápidas

miradas salvajes. Sentábanse los guerreros en

cuclillas y formando largas hileras de cuatro o

más en fondo, mientras sus jefes se pasaban las

horas con Makola regateando por un colmillo

de elefante. Y Kayerts, sentado en su siUa, ob­

servaba con sus redondos ojos azules el curso

del trato y llamaba a Carlíer:

-Ven aquí, mira, mira a aquel tipo... y ese

otro, el de la izquierda. ¿Has visto una cara

igual? ¡Qué bicho tan raro!

Carlíer, que fumaba tabaco del país en ur

pipa de madera, fanfarroneaba retorciéndose le

bigotes y, mirando a los guerreros con altiva ii

dulgencia, decía:

-¡Vaya animales! ¿Traen hueso? ¿Sí? No le

tan tomado con mucha prisa. Mira la musculatura

de ese tipo, el tercero empezando por la

cola; no me gustaría que me diese un puñetazo

en la nariz. Buenos brazos, pero las piernas no

valen nada. No sirven para jinetes. - Y después

de orgullosamente mirarse las zancas, añadía-

¡Puah, cómo huelen! ¡Eh, Makola! Llévate esa

manada al fetiche (en las factorías se llama fetiche

al almacén, quizá por el espíritu de civilizaciór

que contiene) y dales un poco de la basura qtj

guardas. Prefiero ver el lugar lleno de hueso

que de pingajos.

Kayerts asentía:

-Eso es, y acabe ya con tanta palabrería, mis

ter Makola. Cuando termine usted, iré a pesar (

colmillo. Hay que tener mucho cuidado. -Y lúe

go volviéndose a su camarada-. Esta es la tribt

que vive río abajo; casi tienen el aroma. ¿Oyes la

trifulca? ¿Quién aguanta este maldito país?

me abre la cabeza.

Escasas eran tan provechosas visitas. Los dos

campeones del comercio y el progreso se pasaban

los días mirando las cercas vacías bajo el

resplandor vibrante de un sol vertical. Entre las

altas riberas, el río silencioso corría resplandeciente

y tranquilo. Sobre la arena, en medio de

la corriente, hipopótamos y caimanes tomaban

plácidamente el sol. Y extendiéndose en todas

direcciones, en derredor del paraje en que estaba

la factoría, selvas inmensas con sus faunas ocultas

yacían en el enorme silencio. Nada comprendían

aquellos hombres, nada les preocupaba, a

no ser el transcurso de los días que los separaban

de la vuelta del vapor. El predecesor de ellos

había dejado algunos libros deshechos. Apoderándose

de aquellos restos de novelas y, pues

antes nada habían leído por el estilo, hallaron

en ellas diversión y pasaron largos días en discusiones

necias acerca de tramas y personajes. Así,

en el centro de África, conocieron a Richelieu y

D'Artagnan, a Ojo de Halcón, al padre Goriot y


a mucha otra ilustre gente; personajes imaginarios

que les dieron tema de conversación como

si fuesen amigos reales. Rebajaban sus virtudes,

sospechaban de sus intenciones, tenían en poco

sus logros, se escandalizaban de su doblez o dudaban

de su valor. Los crímenes los llenaban de

indignación y los pasajes tiernos o patéticos los

conmovían hondamente. Carlier, aclarando la

voz, decía en tono soldadesco:

-¡Qué bobería!

Kayerts, con lágrimas en los ojuelos redondos,

temblándole las gruesas mejillas y rascándose

la calva, opinaba:

-Espléndido libro. Ni idea tenía yo de que

hubiera en el mundo tipos tan listos.

Encontraron también algunos números viejos

de un periódico de su tierra en los que se

discutía en hinchado estilo lo que gustosamente

se llamaba "Nuestra expansión colonial". Hablábase

mucho allí de los derechos y deberes de

la civilización, de lo sagrado de la obra civilizadora,

y se ensalzaban méritos de los encargados

de llevar la luz, fe y el comercio a las tierras

salvajes. Lo leyeron, meditaron y empezaron a

pensar mejor de ellos mismos. Una tarde dijo

Carlier:

-Dentro de cien años tal vez habrá aquí una

ciudad. Muelles, almacenes, cuarteles y... y... y

billares. La civilización, muchacho.

Virtudes... y todo. Y entonces los

escolares leerán en los libros

que dos grandes tipos,

31

BIlUOTECAM MÉXICO

Kayerts y Carlier, fueron los primeros hombres

civilizados en habitar aquí.

Kayerts hizo un signo de asentimiento:

-Sí, es un consuelo el solo pensarlo.

Parecían olvidar a su difunto predecesor, pero

un día, muy temprano fue Carlier a su tumba y

afirmó la cruz en la tierra.

-Me hería los ojos cada vez que pasaba por

allí- explicó a Kayerts cuando tomaban el café

del desayuno-. Me dolía ver lo torcida que estaba.

Por eso la he puesto derecha y bien fuerte, te

lo aseguro. Me colgué de los brazos y la afirmé.

Y ahora está bien firme.

Alguna vez los visitaba Gobila, el jefe de las

aldeas próximas, un salvaje canoso, delgado y

negro, con una tela blanca por la cintura y una

piel de pantera sarnosa colgada de la espalda.

Caminaba grandes trancos de las piernas esqueléticas,

blandiendo un garrote tan largo como él,

y tras entrar en la sala de la factoría se sentaba

sobre sus talones al lado izquierdo de la puerta.

Allí, en cuclillas, miraba a Kayerts y de cuando

en cuando le echaba un discurso que el otro

no entendía pero a veces le interrumpía para

decirle: "¿Qué tal, santo viejo?", y se sonreían

uno al otro. Tenían los dos blancos cierta inclinación

por aquel viejo incomprensible al que

llamaban Padre Gobila. Las maneras de éste

eran paternales y parecía querer de veras a todos

los blancos. Hacíansele

todos muy jóvenes.


parecidos hasta ser indistinguibles, excepto por

las estaturas, y pensaba que todos eran hermanos

y además inmortales. No inquietó esta creencia

la muerte del artista, el primer blanco al que

trató muy de cerca, porque tenía la firme convicción

de que el blanco extranjero hacía alarde

de morir y ser enterrado con algún impenetrable

propósito. ¿Sería tal vez su modo de retornar a

su tierra? Pero, en fin, aquellos otros eran sus

hermanos y a ellos transfirió su absurdo afecto.

Ellos en cierto modo le correspondían: Carlier

dándole palmadas en la espalda y encendiendo

frecuentemente fósforos para divertirlo; Kayerts

dejándole olfatear la botella del amoníaco. Y

Gobila los contemplaba atentamente. Alguno de

ellos era el mismo ser que el anterior. Ese misterio

no lograba resolverlo, pero siempre se les

mostraba amistoso. Como consecuencia de esa

amistad las mujeres de su aldea se encaminaban

una tras otra por entre las cañas a la factoría

para llevar todas las mañanas aves, batatas, vino

de palma y a veces una cabra. La compañía no

dejaba nunca provisiones en una estación y los

agentes necesitaban aquellos suministros locales

que conseguían gracias a la buena voluntad de

Gobila, y con los cuales iban viviendo. Alguna

vez tuvo uno de ellos un ataque de fiebre y el otro

lo cuidó con cariño y esmero. No les preocupaba

mucho, pero quedaban un poco más débiles,

y su aspecto cambiaba y empeoraba. Carlier se

veía con los ojos hundidos y se volvió irritable.

Kayerts mostraba un rostro apagado, lacio, sobre

la rotundidad del estómago, y esto le daba

una apariencia fantástica. Pero, constantemente

juntos no advertían los cambios que se iban dando

en sus cuerpos y en sus caracteres.

Así pasaron cinco meses.

Una mañana, mientras repantigados en sus

asientos debajo de la veranda, hablaban de la

próxima visita del vapor, un grupo de hombres

armados salió del bosque y avanzó hacia la factoría.

Eran extraños en aquella región. Eran altos,

ligeros, envueltos del cuello a los talones en

mantos azules con flecos, y llevaban fusiles de

chispa que apoyaban en el hombro derecho desnudo.

Makola, que se veía excitado, salió del almacén,

donde se pasaba el día entero, y corrió al

encuentro de los extraños. Entraron éstos en el

cercado echando en derredor miradas seguras e

insolentes. Su jefe, un negro poderoso, con ojos

inyectados en sangre, se detuvo ante la veranda

y pronunció un largo discurso muy gesticulado

que cortó de repente.

Había en su entonación y en las largas sentencias

que empleaba algo que alarmó a los dos

blancos. Era como el recuerdo de alguna cosa

no del todo familiar y sin embargo parecida al

habla de los hombres civilizados, y tenía el sonido

de una de esas lenguas imposibles que a

veces oímos en los sueños.

-¿Qué lengua es ésa? -dijo asombrado Carlier-.

Al principio creí que este tipo iba a hablar

en francés, pero esa jerigonza nunca la he oído.

-Sí -dijo Kayerts-. ¡Eh, Makola! ¿Qué está

diciendo ése? ¿De dónde vienen? ¿Quiénes son?

Pero Makola, que parecía estar sobre ascuas,

respondió apresuradamente:

-No sé. Vienen de muy lejos. Quizá la señora

Price los entienda. Puede ser que sean mala

gente.

Después de esperar largo rato, el jefe negro

dijo algo vivamente a Makola, que movió la cabeza.

Entonces el jefe, después de mirar en derredor,

vio la cabana de Makola y se dirigió a ella.

Un momento después se oyó hablar a la señora

de Makola con gran volubilidad. Los otros visitantes,

seis en total, empezaron a pasearse con

desenvoltura, asomaron la cabeza por la puerta

del almacén, se congregaron alrededor de la

tumba señalando hacia la cruz y se portaron en

general como si estuvieran en casa.

-No me gusta esta gentuza, y creo, Kayerts,

que han de ser de la costa; tienen armas de fuego

-observó sagazmente Carlier.

Tampoco a Kayerts le gustaban aquellos extraños.

Ambos advertían por primera vez que

vivían en condiciones en que lo inesperado puede

ser peligroso y que ningún poder de la tierra,

fuera de ellos mismos, los protegía de lo extraordinario.

Inquietos, empezaron a cargar el revólver.

Kayerts dijo:

-Hay que decir a Makola que los eche de aquí

antes de que anochezca.

Los extranjeros se fueron por la tarde después

de comer lo que les preparó la señora de

Makola. La voluminosa mujer, excitada, había

hablado mucho con ellos, chillando y señalando

aquí y allá a la selva y al río.

Makola, sentado aparte, observaba. Algunas

veces se levantaba y cuchicheaba con su mujer.

Acompañó a los extranjeros por el barranco a


espaldas de la factoría y retornó despacio y muy

pensativo. A las preguntas de los blancos respondió

de manera muy rara, como si no entendiera,

como si hubiera olvidado el francés... como si

hubiera olvidado hasta el habla. Carlier y Kayerts

convinieron en que el negro había abusado

del vino de palma.

Algo hablaron de establecer turnos de vigilancia;

mas por la noche todo parecía tan quieto

y pacífico que se retiraron a descansar como de

costumbre. Toda la noche los molestó el redoble

del tambor en las aldeas. Uno, rápido y cercano,

era seguido por otro más remoto, hasta que

todo cesó. Poco después, breves llamadas resonaron

acá y allá para mezclarse todas, crecer,

hacerse vigorosas y sostenidas, extenderse por

el bosque, retumbar en la noche sin interrupción,

ya cerca, ya lejos, como si toda la región

fuese un inmenso tambor en que resonara invariablemente

una llamada al cielo. Y entre el ruido

profundo y atemorizador, súbitos alaridos,

semejantes a jirones de cantos de un manico-


mió, se levantaban chillones y altos en chorros

discordantes de sonido que parecían escapar de

la tierra llevándose consigo la paz extendida

bajo las estrellas.

Los blancos durmieron mal. Creyeron haber

oído disparos en la noche, pero no podrían decir

en qué dirección. Por la mañana Makola se

fue y volvió al mediodía con uno de los visitantes

de la víspera, y eludió todas las tentativas

de Kayerts por trabar conversación, como

si se hubiera vuelto sordo de repente. Kayerts

se quedó pensativo, Carlier, que había estado

pescando en la ribera, volvió y dijo mostrando

su pesca:

-Parece que los negros tienen ganas de alborotar.

No sé qué les pasa. He visto unas quince

canoas cruzar el río en las dos horas que estuve

pescando.

Kayerts, preocupado, preguntó:

-¿No te parece que Makola está hoy muy

raro?

Carlier dijo:

-Reunamos a todos nuestros hombres por si

hay alboroto.

Diez hombres habían dejado al director en la

factoría. Aquellos individuos, comprometidos

con la empresa por seis meses (sin tener noción

de lo que era un mes y sólo una levísima idea

del tiempo en general), habían servido a la causa

del progreso durante más de dos años.

Miembros de una tribu muy distante de aquella

tierra de oscuridad y dolor, no escapaban porque

suponían, naturalmente, que como extranjeros

vagabundos los matarían los habitantes de

la región; en lo cual no se equivocaban.

Vivían en chozas de paja en la pendiente de

un barranco en donde crecían los cañaverales,

detrás mismo de los edificios de la factoría. No

se tenían por dichosos porque echaban de menos

los festivos encantamientos, las brujerías, los

sacrificios humanos de su tierra, donde tenían,

además, padres, hermanos, hermanas, jefes admirados,

brujos respetados, amigos queridos y

otros lazos que solemos llamar humanos. Por

añadidura no aceptaban las raciones de arroz

que les pasaba la Compañía por ser alimento

desconocido en su tierra. Eran por eso enfermizos

y miserables. De haber pertenecido a otra

SIlUOraDÍMilÍlCO

tribu se hubieran dejado morir para eludir las

enredadas dificultades de la existencia. Pero

como pertenecían a una tribu guerrera de dientes

limados, tenían mayor entereza y seguían

viviendo, estúpidamente, entre la enfermedad y

el dolor.

Rendían muy escaso trabajo y habían perdido

ya su espléndido físico. Carlier y Kayerts les

prestaban asidua asistencia, sin lograr volverlos

a su anterior condición.

Se les pasaba revista todas las mañanas para

encargarles tareas diferentes: segar la hierba,

construir vallas, talar árboles, etc., sin que fuerza

humana alguna pudiera inducirlos a ejecutarlas

de manera eficaz. En realidad los dos blancos

tenían muy poco dominio sobre ellos.

Por la tarde Makola se dirigió a la casa principal

y halló a Kayerts atento a tres densas columnas

de humo que se levantaban sobre el bosque.

-¿Qué es eso? -preguntó Kayers.

-Unas aldeas que arden- respondió Makola.

Luego dijo bruscamente:

-Hemos recogido muy poco marfil; han sido

seis muy malos. ¿Les gustaría tener un poco más

de marfil?

-Ya lo creo- dijo Kayerts con avidez, pensando

en el porcentaje, que era escaso.

-Los hombres de ayer eran mercaderes de

Loanda y tienen más marfil del que pueden llevarse.

¿Lo compro? Sé donde acampan.

-Claro que sí -dijo Kayerts-. ¿Quiénes son

esos mercaderes?

-Gente mala -dijo Makola con indiferencia-.

Se pelean con todos y cazan mujeres y niños.

Son hombres malos y tienen fusiles. La región

está trastornada... ¿Quiere marfil?

-Sí -dijo Kayerts.

Makola estuvo un rato sin hablar; luego,

echando una mirada en torno suyo, murmuró:

-Esos trabajadores nuestros no sirven para

nada; la factoría está muy en desorden, señor. El

director protestará. Es preferible reunir una buena

cantidad de marfil, para que no se enfade.

-Yo no puedo hacer nada; los hombres no

quieren trabajar -dijo Kayerts-. ¿Cuándo tendrás

ese marfil?

-Muy pronto -dijo Makola-, quizás esta noche.

Usted déjeme a mí y quédese en casa, señor.

Lo mejor sería que les diéramos un poco

de vino de palma a nuestros hombres para que

bailen un rato. Si hoy se divierten, mañana tra-


ajarán mejor. Hay mucho vino de palma... y se

está agriando.

Consintió Kayerts y Makola llevó él mismo

las calabazas llenas a la puerta de la cabana. Allí

se quedaron hasta la tarde y la señora Makola

las fue mirando una por una. Los hombres llegaron

al anochecer. Cuando Kayerts y Carlier

se retiraron, una fogata ardía entre las chozas de

los hombres. Sus gritos y su tamborileo llegaban

a los oídos de los otros. Algunos de la aldea de

Gobila se habían unido a los braceros de la factoría

y la diversión iba en su apogeo.

En mitad de la noche Carlier se despertó al

oír el alarido de un hombre y luego un disparo.

Salió corriendo y se encontró con Kayerts en la

galería, asustados los dos. Cuando cruzaban el

patio para llamar a Makola, vieron unas sombras

que se movían en la oscuridad. Una de ellas

gritó:

-¡No tiren, soy yo. Price!

Y Makola apareció junto a ellos.

-Retírense, retírense, por favor -urgió-. Van

a echar a perder todo.

-Hay gente extraña -dijo Carlier.

-No importa, los conozco -dijo Makola, y

cuchicheó: -Esto va a pedir de boca. Traen marfil.

No digan nada. Sé con quien trato.

A regañadientes, los dos blancos se volvieron

a casa, pero no lograron dormir. Oían pa­

The Milwaukee, barco mercante

sos, cuchicheos, gemidos. Les pareció que entraban

hombres, echaban al suelo algo pesado,

disputaban un rato y se iban. Los dos blancos,

tendidos en las camas, pensaban: "Este Makola

no tiene precio". Por la mañana salió Carlier

soñoliento y tiró de la cuerda de la campana

grande, a cuyo son venían los braceros de la

factoría a la diaria faena, y nadie acudió entonces.

Kayerts salía también bostezando. Al otro

lado de la cerca vieron a Makola salir de su cabana

con una jofaina de hojalata llena de agua

de jabón en la mano. Negro civilizado, Makola

era muy cuidadoso de su persona. Echó las jabonaduras

sobre su lastimoso perro amarillo y,

volviendo el rostro hacia la casa de los blancos,

gritó de lejos:

-¡Todos los hombres se fueron anoche!

Habían oído bien, pero, sorprendidos, exclamaron

a la vez: "¿Cómo?". Luego quedaron mirándose.

-Buena la hemos hecho -refunfuñó Carlier.

-Es increíble -masculló Kayerts.

-Voy a ver en las chozas -dijo Carlier, dando

zancadas.

-No puedo creerlo -decía Kayerts quejumbroso-.

Cuidábamos de ellos como a nuestros

hijos.

-Se han ido con los de la costa -dijo Makola

tras un momento de vacilación.


-¡Qué me importa con quién se han ido esos

animales ingratos! -exclamó el otro. Después,

con una repentina sospecha, mirando fijamente

a Makola, agregó: -¿Qué sabes tú de eso?

Makola se encogió de hombros y miró al

suelo.

-Qué sé yo. Yo pienso y nada más. ¿Quiere

venir a ver el marfil que ahí tengo? Un buen

montón, como nunca habrá visto igual.

Se encaminó al almacén. Pensando en la deserción

de los hombres, Kayerts lo seguía mecánicamente.

En el suelo, ante la puerta del "fetiche",

yacían seis espléndidos colmillos de marfil.

-¿Qué les diste por esto? -preguntó Kayerts

examinando con satisfacción el lote.

-No hicimos trato regular -dijo Makola- Trajeron

el marfil, me lo dieron y les dije que se llevaran

lo que más les gustase. Es un hermoso lote.

Ninguna factoría consigue colmillos así. Los

mercaderes necesitaban cargadores y de todas

maneras los hombres de aquí para nada servían.

No regateo ni entrada en libros; todo correcto.

Kayerts reventaba de indignación.

-¿Cómo? -gritó-. ¿Has vendido a nuestros

hombres por estos colmillos?

Makola permanecía impasible y callado.

-Te voy... te voy a... -tartamudeó y vociferó

al fin: - ¡Eres un demonio!

-Hice lo más conveniente para ustedes y para

la Compañía -dijo Makola, imperturbable-.

¿JPor qué tanto gritar? Mire este colmillo.

-¡Te echaré! Daré parte... No quiero ver ese

colmillo, te prohibo tocarlo. ¡Te mando que lo

tires al río! ¡Tú., tú...!

-Se sofoca usted mucho, señor Kayerts. Si se

irrita tanto bajo el sol le dará fiebre y morirá...

como el primer jefe- sentenció Makola solemnemente.

Estaban los dos quietos, mirándose intensamente

a los ojos, como esforzándose en mirar a

larga distancia. Y Kayerts se estremeció.

Makola no había querido decir sino lo que

dijo, pero sus palabras le parecieron a Kayerts

llenas de veladas amenazas. Se volvió prontamente

y entró en la vivienda. Makola se retiró

al seno de su familia y los colmillos, tendidos al

sol delante del almacén, parecían más grandes y

más valiosos.

-Todos se fueron, ¿eh? -preguntó Kayerts

con voz apagada desde el fondo de la sala común^—.

¿No hallaste a ninguno?

37

tlBUOTECAOEÚ

-Sí -dijo Carlier-, encontré a uno de los de

Gobila delante de las chozas, muerto de un tiro.

El tiro que oímos anoche.

Kayerts salió de la casa rápidamente. Halló a

su compañero en la cerca contemplando ceñudo

los colmillos que estaban fuera del almacén.

Estuvieron sentados un rato en silencio. Luego

Kayerts refirió al otro su conversación con

Makola. Carlier nada dijo. Comieron muy poco

al mediodía y después apenas cambiaron palabra.

Dijérase que un gran silencio pesaba sobre

la factoría y que les oprimía los labios. No abrió

Makola el almacén; se pasó las horas jugando

con sus chiquillos. Se había tendido en un colchón,

a la puerta, y los niños saltaban sobre su

pecho y se encaramaban por encima de él. Un

cuadro conmovedor. La señora Makola, muy

atareada, cocinó todo el día como de costumbre.

Los blancos comieron un poco mejor por

la tarde. Luego Carlier, fumando su pipa, se fue

dando zancadas al almacén, miró un rato los

colmillos, tocó uno o dos con el pie y aun trató

de levantar el más grande tomándolo por la

punta. Volvió adonde estaba su jefe, que no se

había movido de la veranda, se dejó caer en su

silla y dijo:

-¡Casi lo puedes ver! Los agarraron en lo

más pesado del dormir, borrachos del vino de

palma que dejaste a Makola para que se los

diera. ¡Negocio redondo!, ¿verdad? Y lo peor

de todo es que alguna gente de Gobila estaba

con ellos, y sin duda se la llevaron también. El

menos borracho se despertó, y por estar casi sobrio,

le pegaron un tiro. ¡Divertido país! ¿Y qué

hacemos ahora?

-No tocar el asunto, claro está -dijo Kayerts.

-Claro que no -asintió Carlier.

-La esclavitud es una cosa horrible -balbució

Kayerts.

-Es algo espantoso...tanto sufrimiento -gruñó

Carlier.

Eran sinceros. Todo ser guarda respetuosa

deferencia para ciertos sonidos que él o los suyos

profieren, pero la gente nada sabe en realidad

de sentimientos. Se habla con indignación o

con entusiasmo, se habla de opresión, de crueldad,

de crimen, devoción, abnegación, virtud,

y nada de ello se conoce aparte de las palabras.

Nadie sabe de sufrimiento o el sacrificio que significan,

salvo quizás las víctimas.


Joseph Conrad, por Walter Tittle

38

DEMEffiO


Al otro día se vio a Makola muy atareado

lontar en la cerca la balanza grande para pesar

el marfil. "¿Qué hace ese asqueroso canalla?",

dijo Carlíer. Y salió a la cerca seguido

r Kayerts. Pusiéronse a observar lo que hacía

akola, que no se daba por enterado. Cuando

la balanza estuvo en el fiel, trató de levantar un

colmillo. Pesaba demasiado. Echó una mirada

de desesperación, sin decir palabra, y durante

minuto estuvieron los tres junto a la balantan

mudos e inmóviles como estatuas. De

pente Carlíer exclamó:

-¡Agárralo por la otra punta, animal!

Y juntos levantaron el colmillo. Kayerts, temilando

como una hoja, murmuró:

-i Vaya, vaya!

Y del bolsillo sacó un pedazo de papel sucio y

η trozo de lápiz. Vuelto de espaldas a los otros,

imo si tratara de hacer trampa, anotó ftirtivaente

el peso que Carlíer le gritaba como si esviera

lejos.

Makola musitó como para sí:

-Hace aquí mucho sol para estos colmillos.

Carlíer, despreocupadamente, dijo a Kayerts:

-Digo, jefe, que yo podría ayudarle un poco a

meter todo esto en el almacén.

Mientras volvían a la casa, Kayerts dijo con

un suspiro:

-Había que hacerlo.

Y Carlier declaró:

-Es una cosa deplorable, pero como los hombres

eran hombres de la Compañía, el marfil es

marfil de la compañía. Tenemos que mirar por

él.

-Yo daré parte al director, claro está -dijo

Kayerts.

-Claro está, y que él decida -dijo Carlier.

Al mediodía comieron con apetito. Kayerts

suspiraba de tiempo en tiempo. Cada vez que

nombraban a Makola, le añadían un epíteto denigrante

y aquello les tranquilizaba la conciencia.

Makola hizo media fiesta y bañó su prole

en el río.

En todo el día no se acercó por allí nadie de

las aldeas de Gobila. Ni al siguiente, ni al otro,

ni en todos los días de la semana. Los de Gobila

parecían estar muertos y enterrados, pues

no daban señales de vida. Pero no hacían más

que llorar a los que habían perdido por brujerías

de los blancos que trajeron a la región la

39

II8ÍI0TECA DE MEXICO

gente mala. Ya estaban lejos los negros malos,

pero quedaba el miedo. El miedo tarda en irse.

Puede un hombre destruirlo todo dentro de sí: el

amor, el odio, las creencias y hasta la duda, pero

mientras sigue pegado a la vida no destruye el

temor, el miedo sutil, indestructible y terrorífico

que invade su ser y sus pensamientos y acecha

en su corazón, espía en sus labios el acezar del

último aliento. En su temor, aquel viejo Gobila,

tan manso, ofreció sacrificios extrahumanos

a todos los malos espíritus que se habían posesionado

de los blancos, amigos suyos. Se le encogía

el corazón. Hubo guerreros que hablaron

de incendiar y matar, pero el canto salvaje logró

disuadirlos. ¿Quién podría predecir el daño que

causarían aquellas misteriosas criaturas si se las

irritaba? Había que dejarlos solos. Quizá con el

tiempo desaparecerían dentro de la tierra como

había desaparecido el primero. Mejor sería que

la gente se mantuviera a distancia de ellos y esperase

tiempos mejores.

Kayerts y y Carlier no desaparecieron, se 1

quedaron en esta tierra que en cierto modo

les hizo más ancha y vacía. No les impresión

ba tanto la absoluta y callada soledad del puesto

como el sentimiento inarticulado de que algo

dentro de ellos se había roto, algo que trabajaba

por su seguridad e impedía que la opresión

de la selva les penetrara el corazón. Imágenes

del hogar; memorias de semejantes suyos, de

hombres que pensaban y sentían como ellos

retrocedieron a distancias que hacía confusas

el resplandor de un sol sin nubes. Y el amplio

silencio de la soledad circunstante, su misToátá

desesperación y salvajismo parecían acercarse-^

les más, ir arrastrándolos poco a poco, acariciarlos,

envolverlos de modo irresistible, familiar

y repugnante.

Los días se hicieron semanas, las semanas

meses. A cada nueva luna los de Gobila tamborileaban

y vociferaban como antes, pero sin

acercarse a la factoría. Makola y Carlier trataataron un día de abrir comunicaciones en una

t

noa pero se les acogió tan mal que corrieron a

estación por temor a perder el pellejo.

El vapor tardaba. Primero hablaron de la tardanza

entre bromas, luego con ansia, luego en

tono sombrío. Aquello se iba poniendo serio. Se

agotaban las provisiones. Carlier echaba al río

sus anzuelos desde la orilla, pero las aguas habían

bajado de nivel y los peces se mantenían en


el centro de la corriente. Y no tenían ánimo de

apartarse de la factoría para cazar. Además, en

la selva impenetrable no había caza. Carlier, en

cierta ocasión, miró un hipopótamo en el río,

pero como carecieron de bote para ir a buscarlo,

se hundió. Cuando volvió a notar se lo llevaba

la corriente y los de Gobila se apoderaron de

la res. Lo cual dio motivo a fiesta y banquete y

Carlier, furioso, habló de la necesidad de exterminar

a todos los negros para hacer del país un

lugar habitable. Kayerts, que apenas podía andar

de entumecidas que tenía las piernas, estaba

huraño y silencioso, pasaba las horas mirando

el retrato de su Melie, que era una muchachita

de largas trenzas descoloridas y rostro melancólico.

Carlier, minado por la fiebre, ya no fanfarroneaba

y andaba tambaleándose con aire de

zozobra, añorando su antiguo regimiento. Se le

había enronquecido la voz, se había vuelto sarcástico

y le gustaba decir cosas desagradables.

A esto llamaba "hablar con franqueza". Habían

echado cuentas, desde muy atrás, del tanto por

ciento que les correspondía, sin excluir el último

trato con "ese canalla de Makola". Resolvieron

no decir ni palabra de ello. Kayerts vacilaba al

principio, por miedo al director.

-Peores cosas ha visto con tranquilidad -opinó

Carlier con una carcajada ronca-. Fíate de

él. Si sueltas la lengua, no te lo agradecerá. No

es mejor que tú y yo. Y si nosotros callamos y

somos los únicos aquí, ¿quién hablará?

En esto consistía el trastorno. Allí no había

nadie, y, solos allí con su debilidad, fueron volviéndose

ambos de día en día más parecidos a

dos cómplices que a un par de buenos amigos.

Ocho meses atrás nada sabían de sus casas. Todas

las noches decían: "Mañana veremos el vapor."

Pero uno de los vapores de la Compañía

había naufragado y el director, pensando que la

estación inútil y los dos hombres inútiles podían

esperar, tenía ocupado el otro en la descarga a

estaciones muy distantes e importantes del río

principal. Entretanto, Kayerts y Carlier se alimentaban

de arroz cocido sin sal, maldiciendo

a la Compañía, al África entera y al mismísimo

día en que nacieron. Hay que haber vivido a dieta

semejante para comprender qué horrible puede

ser tragar un monótono solo alimento. Literalmente

no había más que arroz en la estación,

y el café lo tomaban sin azúcar. Solemnemente

había Kayerts encerrado en su caja, con media

botella de coñac, los quince últimos terrones

"para caso de enfermedad", explicaba.

Carlier lo aprobó.

-Cuando se está enfermo -dijo-, siempre cae

bien un extraordinario.

Esperaban. Hierbas espesas empezaron a

brotar en la cerca y la campana nunca sonaba.

Los días pasaban silenciosos, exasperantes,

lentos. Si hablaban, reñían, y sus silencios eran

amargos, como teñidos por la hiél de sus pensamientos.

Una vez, después de almorzar su arroz cocido,

Carlier dejó su taza intacta y dijo:

-¡Que me ahorquen! Tomemos una vez siquiera

una taza de café decente; ¿y ese azúcar,

Kayerts?

-Para los enfermos -murmuró Kayerts sin

alzar los ojos.

-Para los enfermos -remedó Carlier-; bueno,

pues yo estoy enfermo.

-No estás más enfermo que yo, y me voy

-dijo Kayetrs en tono conciliador.

-¡Ea, saca ese azúcar, tacaño negrero!

Kayerts lo miró vivamente. Carlier se sonreía

con insolencia. De pronto a Kayerts le pareció

que nunca había visto a ese hombre. Se preguntó

quién era, de qué sería capaz, y una llamarada

de emoción violenta pasó por él, como si

se hallara delante de algo extraño e inquietante.

Pero se dominó para decir con mesura:

-Esa burla es de mal gusto. No la repitas.

-¡Burla! -dijo Carlier saltando en su asiento-.

¡Tengo hambre, estoy enfermo, y no me

burlo! Aborrezco a los hipócritas como tú. ¡Negrero

tú, negrero yo! No hay más que negreros

en este maldito país. Hoy quiero azúcar en mi

cafe, quieras o no.

-Te prohibo que me hables así -dijo Kayerts,

con voz resuelta.

-¡Tú me...! ¿Cómo...? -vociferó Carlier, levantándose

del asiento.

Carlier se puso también en pie.

-Soy tu jefe -dijo, pero ahora le temblaba la

voz.

-¿Qué...? -gritó el otro-. ¿Mi jefe? Aquí no

hay jefe. Aquí no hay más que tú y yo. ¡Trae ese

azúcar, perro tripón!

-Calla la lengua y sal de aquí. Estás despedido,

canalla.

Carlier blandió una banqueta y de repente se

vio amenazador de veras.


-¡Enclenque, haragán, campesino... tómate

esta! -aulló.

Se agazapó Kayerts tras la mesa y la banqueta

fue a dar en la hierba de la pared interior del

cuarto. Luego, como Carlier tratara de volcar la

mesa, Kayerts, en su desesperación dio un salto

ciego con la cabeza baja como lo haría un cerdo

arrinconado y, habiendo derribado a su oponente,

saltó a la galería y entró en su cuarto, donde

atrancó la puerta, tomó el revólver y se detuvo

jadeante.

Menos de un minuto tardó Carlier en dar puñetazos

en la puerta y aullar:

-jSi no traes ese azúcar te pego un tiro como

a un perro.jEa!... ¡A la una... a las dos... a las

tres...? Ah, ¿no? ¡Pues ahora verás quién manda

aquí!

Kayerts creyó que la puerta cedía y se lanzó

a través del agujero cuadrado que servía de

puerta a su cuarto. Estaba ya la anchura de la

casa entre ambos. El otro no tuvo, al parecer,

fuerza suficiente para derribar la puerta y Kayerts

lo oyó correr para dar la vuelta a la casa.

También echó a correr él, trabajosamente por sus

piernas abotagadas. Corría lo más velozmente

que podía, empuñando el revólver, y con temor

a lo que podía suceder. Vio sucesivamente la

casa de Makola, el almacén, el río, el barranco,

las malezas bajas. Y lo vio otra vez al dar nuevamente

vuelta a la casa. ¡Y por la mañana no

habría podido dar diez pasos sin quejarse! Todo

centelleaba ante sus ojos.

Corría, corría. Corría con tal celeridad que

perdió de vista al otro.

Luego, cuando ya cansado y desesperado

pensaba: "Si doy otra vuelta me muero", oyó

que él se tropezaba y caía. A su vez se detuvo.

Estaba detrás de la casa y Carlier delante

de ella, como al principio. Oyó que Carlier en

una silla echando maldiciones, y de pronto se

le doblaron las piernas, su espalda resbaló por

la pared y quedó sentado. Con la boca seca, con

sabor a ceniza, la cara sudorosa y... y lágrimas.

¿Por qué sucedía esto? Pensó que era una pesadilla,

una alucinación, horrible, o el delirio de

la locura. Pero pasado un rato pudo reflexionar.

¿Por qué se peleaban? ¡Por el azúcar! ¡Absurdo!

Le daría el azúcar... él no quería el azúcar para

nada. Y trató de ponerse en pie con un repentino

sentimiento de seguridad. Pero antes de

erguirse una serena reflexión lo volvió a sumir

en la desesperación: "Si cedo ahora a ese bruto,

ese soldadote, mañana comenzará otra vez

este horror... y pasado mañana y pasado-pasado

mañana... cada día tendrá más pretensiones, me

atropellará, me atormentará, me hará su esclavo...

y estaré perdido, ¡perdido! Y el vapor que

tanto tarda en volver... que no volverá nunca".

Tan agitado estaba que volvió a sentarse en el

suelo. Se estremeció, desamparado. Sintió que

ni querría ni podría moverse ya. Lo enloquecía

la súbita percepción de que ya no había salida

para él... de que su muerte y su vida estaban en

el filo de la navaja.

De repente oyó al otro echar atrás su silla,

y saltó en pie con gran dificultad. Se puso a

escuchar y se confundió. Otra vez a correr.

¿Derecha o izquierda? Oyó pasos y se lanzó

a la izquierda, empuñando con más fuerza el

revólver, y en el mismísimo instante chocaron

violentamente él y Carlier y gritaron por la sorpresa.

Sonó un disparo, un rugido, hubo una

llama roja y humo acre, y Kayerts, ensordecido

y cegado, cayó hacia atrás pensando: "Me

hirió... Se acabó." Luego oyó un chasquido al

otro lado de la casa, como si alguien cayese

de golpe en una silla... Después, silencio. No

hubo más. No se moría. Sólo sentía el hombro

como desencajado, sentía la ausencia del revólver.

Estaba inerme y sin ayuda, esperando su

sino. Del otro nada se oía. ¿Estratagema? O tal

vez estaría acechando, apuntándolo con el revólver.

¿Dónde? Quizá en cualquier momento

dispararía.

Tras unos momentos de agonía decidió salir

al encuentro de su suerte, dispuesto a ceder a

todo. Volvió la esquina, buscando apoyo en la

pared: dio unos pasos y casi se desmayó. Había

visto, en tierra, asomar en el otro extremo las

pies de un hombre tendido. Unos pies blancos,

en babuchas rojas. Con angustia mortal estuvo

un rato en espera. Entonces se le presentó Makola

diciéndole en voz queda:

-Venga, señor Kayerts. Está muerto.

Rompió en lágrimas y sollozos de gratitud.

Pasado un rato, se encontró sentado en una silla

y mirando a Carlier tendido boca arriba. Makola

estaba arrodillado junto al cuerpo.

-¿Es suyo este revólver? - preguntó Makola

poniéndose en pie.

-Sí -dijo Kayerts-. Corría detrás para matarme...

Usted lo vio.


-Sí, lo vi -dijo Makola-. Pero no hay más

que un revólver. ¿Dónde está el de él?

-No sé -musitó Kayerts con voz desfallecida.

-Voy a buscarlo -dijo Makola con suavidad.

Dio la vuelta a la casa, mientras Kayerts, sentado,

seguía contemplando el cadáver. Volvió

Makola con las manos vacías. Se quedó profundamente

pensativo, entró luego en la habitación

del muerto y vino directamente con un revolver

que tendió a Kayerts. El revólver estaba frío,

no había sido disparado. Kayerts cerró los ojos.

Todo le daba vueltas, la vida le parecía más terrible

y dificultosa que la muerte. Había matado

a un hombre inerme.

Después de meditar un rato dijo Makola suavemente,

señalando al muerto que yacía, con el

ojo derecho saltado de un tiro:

-Ha muerto de fiebre.

Kayerts lo miró, petrificado de asombro.

-Sí -repitió Makola pensativo y pasando por

encima del cuerpo-, ha muerto de fiebre. Lo enterraremos

mañana.

Vino la noche y Kayerts continuaba inmóvil

en su silla. Allí se estuvo quieto como si hubiera

tomado una dosis de opio. Las violentas emociones

por las que había pasado le daban un sentimiento

de cansada serenidad. Había sondeado

en la brevedad de una tarde las honduras del horror

y la desesperación, y encontraba ya la tranquilidad

en el convencimiento de que la vida no

encerraba secretos para él. ¡Y tampoco la muerte!

Estaba sentado junto al cadáver y pensaba, y

sus pensamientos eran nuevos. Le parecía que se

había desprendido de su ser de antes. Sus pensamientos,

convicciones, gustos y desvíos de antes,

cuando respetaba y aborrecía, se le mostraban

por fin bajo su verdadera luz. Todo le parecía

despreciable y pueril, falso y ridículo. Sentado


junto a aquel hombre muerto por él, se gozaba

en su nueva sabiduría, discutía consigo mismo

en esa especie de lucidez disparatada que aparece

de pronto en ciertos locos. Reflexionaba por

incidencia que aquel muerto era de todos modos

un animal nocivo, que todos los días mueren los

hombres a millares, tal vez a cientos de miles,

y que en tal número aquella muerte apenas ponía

alteración, carecía de importancia, por lo

menos para un ser pensante. Y él, Kayerts, era

un ser pensante. Durante toda su vida, hasta el

momento aquél, creyó en una porción de estupideces,

como el resto de la tonta humanidad...

¡pero ya pensaba! ¡Ya sabía! ¡Ya tenía la paz y la

sabiduría más altas! Trató entonces de verse a sí

mismo muerto y a Carlier sentado en su silla velándolo;

y lo logró a tal grado que a los pocos instantes

ya no estaba seguro de quién era el muerto

y quién el vivo. Esto no dede espantarle y tras

un esfuerzo mental pudo salvarse a tiempo de

convertirse en Carlier. Le palpitaba fuertemente

el corazón y estuvo toda la noche asustado con

^ la idea de tal peligro.¡Carlier! ¡Vaya bruto! Y para

^Bilmar los nervios se puso a silbar un poco.

De repente, se quedó dormido, o eso creyó;

[ pero, sea como fuera, había niebla y algo que

^^ilbaba dentro de ella.

|B Se puso en pie. Era de día y una niebla pensada

caía sobre la tierra: la niebla envolvente,

penetrante y silenciosa, la niebla matinal de las

regiones tropicales. La niebla que se pega a la

piel y que mata. La niebla blanca y mortífera,

inmaculada y ponzoñosa. Se puso en pie, vio el

cadáver y levantó los brazos al cielo con un grito

como el del hombre que al salir de un desmayo

se encuentra emparedado en su sepulcro.

-¡Socorro! ¡Dios mío!

Un chillido inhumano, vibrante y repentino,

atravesó como un dardo la niebla. Tres gritos

breves e impacientes siguieron, y luego las espirales

de la niebla se arrollaron en un formidable

silencio. Más chillidos después, rápidos y

penetrantes. El progreso llamaba a Kayerts desde

el río. El progreso, la civilización y todas las

virtudes. La sociedad llamaba hacia sí a su hijo

obediente para cuidar de él, instruirlo, juzgarlo

o condenarlo; le pedía que volviera al montón

de escombros que antes dejó para que pudiera

hacerse justicia.

Kayerts oyó y entendió. Se lanzó fuera de la

veranda, dejando a Carlier enteramente solo por

41

BI8LI0TECA0E MÉXICO

primera vez desde que habían llegado allí juntos.

Buscó el camino a tientas entre la bruma,

pidiendo, en su ignorancia, al cielo invisible que

deshiciera lo que él había hecho.

Makola, no visto por la blanca niebla, le grítaba

mientras corría:

-¡Vapor! ¡Vapor! No pueden vemos. Pitan

buscando la estación. Voy a tocar la campana.

Baje al muelle, yo tocaré.

Y desapareció. Kayerts se quedó inmóvil.

Miraba hacia arriba. La niebla fluía, baja, sobre

su cabeza. Miró en derredor, como quien ha

perdido el camino, y vio un manchón oscuro.

Una sombra en forma de cruz, entre la movible

pureza de la bruma. Cuando se encaminó hacia

ella, la campana de la factoría daba en repique

tumultuoso respuesta a los clamores impacien- ^

tes del vapor. H

El director gerente de la gran Compañía Civilizadora

(pues es sabido que la civilización

sigue al comercio) desembarcó el primero e inmediatamente

perdió de vista el vapor. La neblina

del río era excesivamente densa; arriba,

en la factoría, la campana sonaba, incesante y

segura.

El director les gritaba a los del barco:

-¡Nadie sale a recibirnos! Algo malo sucede

aquí, porque oigo la campana. Mejor que ven­ I

gan ustedes conmigo.

Y empezó a subir trabajosamente la empinada

ribera. El capitán y el maquinista del barco

lo siguieron. Cuando dejaron atrás lo más espeso

de la niebla, vieron al director ya muy lejos.

De repente les hizo señas y volvió la cabeza, llamándolos.

-¡Corran, corran a la casa! ¡Ya tengo

a uno, buscad al otro!

¡Había encontrado a uno, y aquel hombre de

probada experiencia se alteró un poco ante tal

encuentro!

Parado, se registraba los bolsillos buscando

una navaja, frente a Kayerts, que colgaba de

la cruz en un lazo de cuero. Evidentemente se

I

había subido en el sepulcro, que era alto y estrecho,

y después de atar un cabo en la correa

al brazo de aquélla, se ahorcó. Las puntas de

los pies distaban del suelo sólo un par de pulgadas,

los brazos colgaban rígidos; parecía esperar

de pie, muy tieso, pero apoyada en el hombro,

como por travesura, una mejilla amoratada. Y

sin respeto ninguno le sacaba la hinchada lengua

al director gerente.


Joseph Conrad en su estudio


HERMANN HESSE

JOSEPH CONRAD

Under western eyes

(Bajo la mirada de Occidente)

El fenómeno Joseph Conrad ha sido comprendido

hasta ahora lenta y vacilantemente por los

lectores alemanes que en general suelen tener

pocos prejuicios y un talante internacional.

No sabría por qué razones, pero una es sin

duda el hecho de que aquellos círculos que en

Alemania tendrían que conocer a Conrad y entusiasmarse

por él, me refiero a la gente de mar,

no son lectores apasionados de libros. A pesar de

todo, se abre camino poco a poco en Alemania

este estupendo escrítor que, además de su valiente

virílidad y sus conceptos del honor inglés y caballeresco,

tiene aún en su alma singular tantas

complicaciones y mezclas secretas y ocultas. En

el fondo, todas estas mezclas pueden reducirse a

la gran mezcla y transformación en la persona y

vida de Conrad; a la transformación del polaco

Coruad en el marínero y escrítor inglés Conrad.

En todo caso, el gran atractivo del arte narrativo

asombroso y único de Conrad reside en que su

moral sencilla, recta y hmpia, su concepto del

honor inglés, de oficial marino, se enfrenta al

polo opuesto de una psicología extremadamente

complicada, delicadamente matizada,

incluso a un gusto casi

maniático por lo oculto, por la

intriga, por el descubrímiento

lento, astuto y perseverante de

relaciones secretas. Eso es precisamente

lo especial en Conrad:

que domina con moral inflexible

su afición curíosa por lo complicado

y conspirativo, que su gusto

por lo subterráneo sea tan puro,

que su instinto detectivesco no

le conduzca nunca a la novela

policíaca. En este sentido tie-

* Hermann Hesse, Escritos sobre Literatura (2), Alianza

Editorial, S. Α., Madrid, España, 1984, 664 pp.

Hermann Hesse

Alianza Ties

45

SISUOTfCA DE MEXICO

nen razón aquellas voces que lo comparan con

Dostoievski. Sin embargo, la comparación sólo

es acertada hasta cierto punto, y Dostoievski sigue

superando a Conrad exactamente en la misma

medida en que su fe mística crístina supera el

concepto inglés del gentleman de Conrad.

Un encanto especial para el lector con olfato

tienen ese par de novelas "políticas" de Conrad

que se ocupan de la política y sicología de

situaciones confusas, conspiradoras, revolucionarias

y subterráneas. Nostramo y, más aún,

The secret agent (El agente secreto) son en ese

sentido muy sustanciosas, en menor grado The

arrow of gold {La flecha de oro). El libro pohtico

más profundo y emocionante de Conrad, y al

mismo tiempo el libro en que el polaco Conrad

se enfrenta más abiertamente al Conrad inglés,

es Under western eyes {Bajo la mirada de Occidente).

La novela se desarrolla en el ambiente de

los emigrantes revolucionarios rusos de la época

zarista. Puedo imaginarme que quizás algunos

de los lectores y admiradores de Conrad,

rubios, de ojos azules y nórdicos (dene admiradores

entusiastas no sólo entre

los literatos, sino también

entre los oficiales de marina

ingleses y holandeses) se encontrarán

desconcertados ante este

libro, cuyo demonismo y cuyas

profundidades serían inimaginables

sin la naturaleza doble de

Conrad. Al leer un libro como

éste, se vuelve a sentir con espanto

la poca intuición y fantasía

que tienen los autores de las

"novelas policíacas". Si fuesen

capaces de aprender algo, deberían

ir aquí a la escuela.

(1933)


Plaza de Guaymas, Sonora

46

8IÍU0T[CAÜEMÍ)(IC0


ERNESTO DE LA PEÑA

HOMENAJE EN SU OCTOGÉSIMO CUMPLEAÑOS

LA TÍA MECHEDES

(FRAGMENTO DE NOVELA)

Enigmática para todos, dueña de una intimidad que guardaba con verdadera

avaricia, Mercedes (Mechedes para la familia), media hermana de Rosalía,

vivía al margen de la gente, aunque participaba con eficiencia, buenos con­

sejos, disponibilidad real y hasta abnegación en los apuros familiares. Sus

parientes resumían sus actitudes silenciosas de apartamiento de los demás,

su dieta famélica y su método autocurativo diciendo que era muy ideática.

Delgada hasta el desaparecimiento, abstinente de todo como no fueran

sus mínimos pecados roperosos que formaron la pulpa más sabrosa de la in­

fancia de Diego y Carlos (tabletas de chocolate amargo de sabor mejor que

todos; galletas que, en su ranciedad, hacían insípidas a las recién paridas por

el horno), Mechedes arrastraba en sus manías hacendosas (bordar intermi­

nables carpetitas, crear toda una flora de relieves tejidos a mano, esmerarse

en el punto de cruz, el deshilado, la frivolité y demás minucias decimonónicas)

una antigua decepción amorosa que apuñaló su vida muy temprano y

la forzó a vegetar muy lejos de su natal Hermosillo, circuida de un silencio

nostálgico, ocasionalmente interrumpido por insinuaciones taciturnas.

Su excentricidad y sus padecimientos pulmonares, fi-ecuentes y agudos

hasta convertirla en un caso clínico extraordinario, le forjaron el deleitable

prestigio familiar de lo vedado. Lo que ella podía dar a sus sobrinos (el

sector familiar que más se le acercaba), extrayéndolo de sus aparentemente

inagotables reservas roperiles, estaba quizá teñido por la tuberculosis y

quién sabe cuántas enfermedades más, incurables y prohibidas ... dentro del

decoro, por supuesto. Mechedes, habitualmente mansa y dadivosa, aunque

ausente de los problemas que inquietaban a todos, no se negó jamás a repartir

sus golosinas entre los dos Esquivias menores (Dieguito y Carlín para

Mechedes), agobiados por la inllenable gula adolescente. Pero debía hacerlo

a escondidas, no fueran a enterarse los demás y tuviera que sufi-ir una insoportable

filípica familiar, pues los chamacos tenían estrictamente prohibido

acercarse siquiera a tales delicias.


Por las tardes, sentada al rescoldo de una ventana que miraba al norte,

Mechedes urdía con lentitud sus prodigios de hilaza, que le insinuaban pro­

bablemente las blanduras de una almohada, de un edredón o las tibiezas

de una sobrecama matrimonial... que nunca llegaron. Jamás le corría prisa

por acabar sus interminables labores, porque, Penelope inversa, su intención

pertenecía no al futuro, sino a un pasado irrecuperable, lleno de tanto cariño,

hermosura y gentileza, de desprendimiento tan auténtico, que habrian colmado

a cualquier hombre, cuando menos a los de la vieja guardia, coetáneos

de Mechedes, como Alfredo: largo suspiro obligado, ojos nostálgicos, grandes

ojos negros, orlados ahora de surcos nacidos de interminables años de

ausencia, insatisfacción y vanas suposiciones sobre lo que pudo haber sido.

Alguna vez Carlos hijo (Carlín es tan dulce... Dieguito también lo es, pero

a su manera brusca), siempre pendiente de los mínimos secretos familiares,

creyó haberle oído decir que Alfredo (aquel lejano Alfredo sonorense, tal

vez muerto, de una muerte omnipresente para Mechedes) se había perdido

todo eso. Y como si este recuerdo, no por impertinente y remoto menos

intenso, la estimulara a reanudar una batalla en que salió derrotada por el

desistimiento amoroso que todo lo hace irremediable, la tía Mechedes, con

los ojos enturbiados por las lágrimas, empuñaba de nuevo los instrumentos

de su encanto inútil, rechazado, y deshilaba, bordaba, tejía y componía sin

detenerse manteles, servilletas, colchas y carpetas. Sus parientes pensaban

que quería cerciorarse de que la casa matrimonial que nunca tuvo habría ostentado

todos los adornos que hacen grata la vida, o que lo hubieran hecho

cincuenta, sesenta años antes, cuando el amor conyugal se entendía como

caballerosidad formal y solvencia crematística de parte de los hombres, y,

del lado de las mujeres, abnegación económica (contigo, pan y cebolla), tino

social, ñngida ceguera acomodaticia ante el adulterio, pericia cocineril y

buen sentido común para la educación moral de los hijos.

Carlos chico, pendiente de todo lo relativo a sus diversas tías quedadas

que, a fin de cuentas, habían contribuido definitivamente a su formación

moral, sus gustos, sus aficiones, su habilidad para pulverizar al prójimo mediante

pullas y sarcasmos (especialidad familiar), sus costumbres, sus titubeantes

aproximaciones a lo religioso o, mejor dicho, a lo eclesial, reflexionó

muchas veces en esas existencias provincianas, vetustas, confinadas en

una aldea semidesértica, tatemadas por un sol canicular invariable que les

calcinaba el "celebro" y les mellaba la protesta y el mal humor organizados,

diluyéndolos en una bonhomía bronca y como a regañadientes, que era lo

48

OE MÉXICO


norteño, lo bárbaro del norte. Lo sonorense, en una palabra. Broncos pero

mansos... aunque nunca rajados... eso sí, que no despierten al nagual canijo

que tráimos dentro... que no respondemos, repetían a coro todos los

famüiares y los amigos septentrionales de los Esquivias. Y remataban en un

grito: ¡Ay Sonora, tus hijos lloren, pero no de hambre!

Cuando llamaban a comer, la tía Mechedes asistía silenciosamente a la mesa,

no sin visitar antes la cocina donde, a pesar de los rezongos de Manuela, espulgaba

con paciencia bíblica las ollas de los frijoles, las cacerolas de los chícharos,

las habas y las lentejas, con que iba llenando una taza descomunal,

antes rociada generosamente de leche, para confeccionar un indescifrable

potingue que habría de ser su único alimento hasta cuando apenas apuntaba

el día siguiente.

Dentro de aquel tazón convivían a veces, nadando en leche, frijoles, alubias,

lentejas, garbanzos y demás granos, endulzados con restos de ate o con

panzones chongos zamoranos, cuando no sumergía allí media coyota, cuya

improbable presencia en ese lugar se podria explicar por tratarse del alimento

del mediodía de la tía Mechedes y -porque no hay comida completa sin

postre... argumentaba, como si alguien le fuera a llamar la atención.

Mechedes jamás consumía carne (alimento del demonio) y ante los guisos

de pescado estallaba en vehementes declaraciones ictiófilas que, de haberse

tratado de alguien con injerencia en el negocio pescaderil, lo habria extirpado

definitivamente del comercio. Los animales, decía, sufren más que nosotros

porque no pueden defenderse los pobrecitos... o lo hacen muy mal.

Y es que la tía aguantaba sin parpadeos las impertinencias, faltas de higiene

y caprichos de gatos, perros, chivos, cuyos y demás bichos que alguna

vez habitaron su azotehuela, empleando una paciencia ilimitada, que hacía

pensar en una simpatía cariñosa por los seres supuestamente irracionales,

pero le era difícil, hasta imposible, soportar la convivencia con los humanos,

salvo la honrosísima excepción de su propia familia.

Había sido notable, por ejemplo, la indulgencia con que perdonaba y limpiaba

las continuas deyecciones y demás cochinadas de cualquier ralea animaluna,

como las incontinencias de Remulo y Romero, el par de afelpados

conejillos de Indias que le regaló a Carlín, o los trotes despertadores e imparables

de Jamongamondán, el chivo que tuvo que comprarle al sobrino ante

los berrinches y chillidos de ambas partes, la famñiar y la animalesca. Lo


único que no pudo soportar por una repulsión innata fue limpiar la pecera

en que malvivían Fredegunda y Brunequilda, la pareja de ajolotes campira­

nos que aportó al patrimonio familiar el impredecible Diego, diciendo, por

razones desconocidas para todos, sobre todo para la zoología, que se trataba

de ajolotas. En esa ocasión Mechedes, siempre dispuesta a colaborar con los

hijos de su hermana, delegó tan importante misión a la cocinera Manuela,

que le tenía miedo reverencial porque pensaba, al observarla en sus tráfagos

lácteos de las madrugadas, sus incursiones meridianas en su feudo, la cocina,

y sus apariciones espectrales a las horas menos previsibles, que se trataba

de una bruja peligrosísima y llena de saberes de color tétricamente negro. Es

más, alguna vez se le ocurrió acudir a doña Mercedes para que le a)aidara

en el complicado caso de la Lupita, su hija, pero la disuadió el terror a cualquier

contacto, por beneficioso que fuese, con los poderes de las tinieblas.

-Su intimidad con la flora y la fauna, afirmaba pomposamente Carlín, me

hacen verla como si fuera una de las viejas divinidades grecolatinas de los

bosques y los rios, una hamadriada que, pese a lo raro del nombre, da una

idea de la actitud de la tía Mechedes respecto a los seres animados. Pero estalló

después en una carcajada, pues, al oírlo, cayó de inmediato en cuenta, por

su peligrosa facilidad para relacionar palabras, que aquello, en un país salvaje

como México, donde pululaban individuos de tan mala catadura como Menchaca

(inseparable ¡claro! de Diego) y simñares, ese poético nombre acabaria

fatalmente en el hada madreada, desprovisto por completo de elegancia y

buenas intenciones. Por esta razón, Mechedes se siguió llamando simplemente

Mechedes y Carlín capituló ante la pelafustánica reahdad nacional.

Aunque su queridísimo hermano Omero (escrito al principio así, itahanes-

camente, porque de esta manera aparecía en la fe de bautismo, convertido

más tarde en Homero, a la española), el jefe de famüia, era médico, hijo

de un itaüano farmacéutico avecindado en Sonora en la segunda mitad del

siglo XIX, Mechedes abominaba de los medicamentos y afirmaba que los inventores

de la Aspirina deberían estar en los apretados infiernos. Y cuando

era necesarío para mantenerla en vida emplear cualquier tipo de recursos

de aquella heroica ciencia médica, la tía Mechedes no dejó nunca de manifestar,

quejumbrosa pero resignada, su oposición a tales métodos, aceptados

únicamente -porque dice Homero que me puedo morir y tengo todavía

algunas deudas que pagar a nuestra señora del Rayo. Y entonces, mansa y

50

SIÍLIOTÍCADEMÚICO


callada, transigía en la peor de las abominaciones: que le pusieran una in­

yección, pero, eso sí, ¡sólo que lo hiciera el propio Mero en persona!

Cuando alguien, muchos años antes, le preguntó por qué llamaba Mero a

su hermano, profesionista de tantas polendas, tan respetado y admirado en el

"protomedicato", Mechedes, sin iimiutarse, contestó ¡porque no es nomas

el mejor médico del mundo, con un ojo clínico infalible y una gran expe­

riencia en su profesión y el hombre más cultivado que conozco, sino el mero

mero en muchas otra cosas, en el terreno de lo familiar y de lo amistoso!

Por absurdo que parezca, Mercedes sólo empleaba para la economía de su

salud una lavativa diaria que, contra cualquier previsión, parecía robustecerla.

En su recámara había reunido su pequeño universo: todo lo que necesitaba

y todo lo que la satisfacía estaba allí, desde los asuntos cotidianos hasta

los menesteres celestes. Tras el ropero de luna había un diminuto espacio

triangular que daba a su baño privado y allí guardaba, en perfecta higiene

y lugar de honor, junto al lavabo en que hacía sus abluciones continuas, el

estrambótico aparato de sus paradójicas medicaciones.

Instalada al lado de un mínimo jardín que sólo dependía de sus vigilias, Mechedes

guardaba los implementos con que excavaba la tierra, podaba, regaba

y acicalaba las plantas, casi inevitablemente rosas, claveles y hortensias,

aunque alguna vez permitió que las acompañaran, en carácter de huéspedes,

una o dos matas de geranios y alguna abominable violeta, porque Mechedes

sostenía con vigor que la suposición calumniosa que habla de la modestia

genuina de esas flores desmorecidas y blandengues provenía de la Violeta

Cajiga, ricota vecina de Hermosillo, a quien se le había ocurrido propalar

semejante tonteria sin fundamento alguno, porque siempre ansiaba distinguirse

de todos, aunque fuera por sus inventos, demasiado elementales, por

lo demás, para escapar a su perspicacia.

CatóHca semiobservante, no demasiado propensa a visitar la misa, Mechedes

cumpHa sus propios rituales religiosos, pues leía a veces vidas de

santos o tenía pláticas de esos temas con sus amigas sonorenses quienes, mal

que bien, seguían rutinas eclesiásticas similares.

En su universo íntimo ocupaban lugar eminente las descoloridas fotos famihares

y una serie de cajas de múltiples procedencias y formas: aUí guardaba

los más insospechados objetos, todos clasificados en pequeñas hojas de papel

cebolla. Por ejemplo, en una cajita de Vick Vaporub de exterior inocente


guardaba, envuelto en el consabido papel, un puñado de cortísimos pelos ca­

nos. El letrero decía, con una letra angulosa, elegante y voluntariosa: Cabello

de la barba de mi querido papacito, cortado cuando lo metió Homero en la mortaja.

Las madrugadas mercédicas, después de la obligada incursión en la cocina

y la lenta degustación solitaria de la espuma, estaban dedicadas a cuidar de

su buena colección de macetas que parecían dar sus flores aun fuera de estación

y en contra de los malos tiempos, no raros en México. Mechedes, con

sonrisa triunfal, le decía a Carlín:

-Hay que hablar con las plantas, decirles el amor que se les tiene, pero demostrárselos

cuidándolas siempre bien, regándolas a tiempo, curándolas de

las plagas y ¡mira m'ijito, así responden! Aunque creas que son tonterías

de vieja ignorante y provinciana... que lo soy y lo reconozco... si te les

acercas y les hablas, pero con sinceridad (eso siempre lo notan, no sé cómo

le hacen, pero lo notan), se pueden convertir en tus mejores confidentes,

sobre todo porque sólo muy pocas gentes entienden lo que dicen... y así,

por lo confuso de su idioma, conservan tus secretos.

Desde las cinco de la madrugada, Mechedes, cubierta sólo por su camisón

de pintitas, aunque fuera invierno y a pesar de su endeblez pulmonar, acudía

al jardincillo y durante horas interminables podaba, acariciaba y arreglaba

sus flores, con las que entablaba largas conversaciones, entreveradas al parecer

con confidencias, pues se le oía reír, enojarse, discutir y probablemente

soltar lágrimas. Todos supusimos siempre que la solterona aprovechaba este

tiempo para refugiarse en su mundo pretérito, en sus recuerdos, sobre todo

porque las pocas ocasiones en que alguno de la familia la sorprendió en esas

actividades, notó rastros de llanto, pronto borrados por el invariable buen

humor matutino de Mechedes, que se iba deteriorando con el paso del día

hasta culminar en ciertas ocasiones, no sujetas a previsión ni fecha conmemorativa

alguna, en violencia apenas reprimida.

Para los jóvenes Esquivias esos momentos mañaneros eran sustanciosísimos

pues venían indefectiblemente acompañados de la compHcidad de la tía

que, tras una mirada indefinible, les regalaba las golosinas prohibidas con

una mezcla de celo alimenticio, travesura y orgullo de burlar las consignas

familiares.

Hacia las tres de la madrugada Mechedes bajaba de puntillas, envuelta en

su largo camisón de mascota, los rechinadores escalones de la casa y ponía

52

ÍIBUOTECADÍ MÉXICO


la leche a hacer hervores, de los cuales extraía la evanescente espuma que le

robustecía el ánimo y la iba vertiendo en la gigantesca taza del mediodía, su

verdadero sosias vitalicio.

Luego, refugiada en la soledad de su recámara (atestada de estatuas de

vírgenes, santos y crucifijos de madera, tallados por la abuela, hábil santera

de pueblo), ha de haber regurgitado ese manjar como si probara el fiíito del

Edén o, mejor todavía, el maná, pues le satisfacía cualquier capricho del

apetito a tal punto que no volvía a probar bocado, ni siquiera a tomar un

vaso de agua, hasta cumplir su liturgia del mediodía. Y no se puede recordar

alguna ocasión en que se quejara de tener hambre. Después de la comida, se

instalaba en su atalaya doméstica e iniciaba sus liturgias hilanderiles como si

acabara de disfrutar un banquete de seis o siete platillos pantagruélicos.

Fiel sólo a las misas del padre Cardoso y a las de Murñlo, que parecía un

apóstol barroco con su barba nivea bifurcada bajo la barbilla, la tía Mechedes

no hizo jamás aspavientos catolicoides: no gimoteaba, como muchas iglesieras

plañidosas, al compás de los histéricos sermones de viernes santo (que

Mechedes llamaba viernes de indulgencia) bramados por el inspirado padre

Vértiz, seguro de ser coreado por innumerables beatas y ratas de sacristía, ni

comulgaba ostentosamente para mostrar a los vecinos su indomable catolicidad.

Los curas de la parroquia del Rayo la respetaban y solían platicar con

ella de temas que nadie, ni siquiera su propia familia pudo conocer, aunque

se supuso que Mechedes hacía algunos donativos modestos para obras de

caridad. No era rica: apenas heredera parcial de un escuáhdo legado materno,

manipulado por un administrador lejano que para la familia, en especial

para Leandra, despedía un tufo de deshonestidad impune. Y la impunidad

se mantuvo siempre, si la hubo, porque primero la esperanza de regresar a

Sonora y después la distancia hicieron imposible ir a pedirle cuentas.

Nunca gozó de su simpatía, ni de la del resto de la familia, el presbítero Velazquez,

párroco de la iglesia. Siempre altanero y dispHcente, excepto ft-ente

a sus promisorios "sobrinos" de pupüas visitadas por el rimel y otros acicalamientos

que ponían de relieve las protuberancias corporales, espontáneas

o adquiridas, no tenía tiempo, al parecer, para compartir la bienquerencia

que provocaba Mercedes entre los curas, subalternos suyos. Acaso alguna

vez, cuando se dignaba pedir Hmosna los domingos, usando una amanerada

bolsa de terciopelo rematada por una campanilla que hacía tañer al recibir


una buena contribución, el párroco condescendía a reconocer el óbolo mer-

cediesco con un discreto y breve repiqueteo, acompañado de una semisonrisa

de través que, debido al labio leporino, se convertía en mueca. Nada más.

Hacer algún aspaviento, parecía pensar, no se condice con mi categoria administrativa

en la curia romana, pues el propio papa me ha recibido y tuvo a

bien hacerme su prelado doméstico. Ignoraba sin duda que la atinada maledicencia

de Carlos menor (las lenguas bíñdas eran caracteristicas de las familias

Ferro y Ayestarán, seguidas, aunque en grado menor, por los Esquivias)

afirmaba que tenía, por méritos inaveriguables que había hecho en Roma,

el puesto de bacinicario pontificio... Tampoco supo que su defecto fisico le

había valido el musical apodo de Boccherini, cuando Carlín, aventajado en

retórica, quiso hacer una especie de oxímoro, halagador por el apellido del

ilustre músico, denigratorio por la alusión sardónica al defecto fisico.

De cualquier modo y para despecho de los envidiosos, el párroco vivía

con holgura económica, permitida por una herencia familiar de su remota

Guadalajara, que también le hizo posible comprarse una buena casa en la

cercanía del templo que regentaba. Allí, decían las malas lenguas, celebraba

sus contubernios homosexuales, encabezados vicarialmente por el "sobrino"

en turno. Debido a su escandaloso comportamiento Velazquez no era

frecuentado por ningún feligrés de su parroquia, pues no lo estimaban y lo

veían con repugnancia, más por faltar a su sagrado ministerio, dejándolo en

manos indignas, que por sus costumbres depravadas, que a nadie constaban:

alguna vez, para escándalo de las beatas, desde el coro se abatieron sobre

ellas las pecaminosas notas de La cumparsita, tarareada por el borrachísimo

cantor y su secuaz, el sacristán, no menos proclive al tequila y el sotol. Y

este hecho tan bochornoso lo glosaba oracularmente don Sereno Garza,

orondo y campanudo, que ejercía en secreto su homofilia con los mocitos

que lo servían en casa. De esta circunstancia proviene la magistral clasificación

de los homosexuales que hizo Carlos chico (que estudiaba botánica por

esos días): los descarados y los hipócritas que, en su lenguaje florido, eran

los faneroputos y los criptoputos.

Velazquez, impertérrito, sin duda ignorante de que ya estaba incluido por

Carlín en la primera categoría, siguió dando cobijo temporal en su domici-

Ho (se diría que fuera condición amatoria) a numerosos adolescentes que

elogiaban entre suspiros muy modositos su refinamiento europeizante, la esplendidez

de su hospitalidad y sobre todo el esmero que ponía en la atención

personal. Don Sereno Garza (Sueno, para Carlín), que disimuló siempre la

S4

OE MÉXICO


manipulación de sus paramours sin que nadie, o muy pocos, conocieran sus

satisfactores sexuales, mereció quedar encasillado en la populosa tribu de

los criptoputos, que es mucho más numerosa, afirmaba Carlín, de lo que

todos creemos.

Apartado de esa feligresía por su soberbia y sus costumbres sinuosas, Velazquez

era en cambio muy apreciado por algunas damas de la alta burguesía,

como doña Eustolia Calero de Garci-Gallardo, que tanto aprecio recibía

de los Esquivias, doña Maria de las Nieves de Acíbar y Lantour o los Yturbe

(sic) y los Landa, cúspides de la sociedad porfiriana, al lado de aquellas otras

que pertenecían, decía Velazquez engolando la voz y entrecerrando sus empecatados

ojos bolsudos, rodeados de un insinuante carmín, a la escasa nobleza

titulada de estos reinos, como la encantadora y amabilísima Mirita de

los Régulos y Foxmorcillo, condesa viuda (Velazquez decía douainére, con

entrañable acento tapatío) de Villaesparza. Y a quien quisiera oírlo, Velazquez

repetía, como matraca: -Mirita, que es tan sencilla y adorable que permite.

.. mejor dicho, exige a quien la quiera tratar... que le diga Mirita y no

Casimira, nombre hermoso que hereda de seis generaciones patricias... ¡de

las verdaderas, de las que lucharon y dieron su nobilísima sangre azul en las

batallas que forjaron nuestra patria! ¡Y, para no incurrir en el feísimo pecado

de la vanidad, prefiero no recordar el favor que con su amistad me hace don

Teodoro Valdemoza y Troncón, que tiene legítimas aspiraciones al mayorazgo

de Valdemoza y a la capellanía de los condeduques de Intenzo... con

los títulos correspondientes, nada menos que de marqués de Pueblandrade y

vizconde de las Chichillas! No quiero recordar, por la modestia cristiana (le

confesaba a algún sobrino, con cierto rubor cachetal apenas refrenado por el

ánimo de confidencia), que don Lucas de Pasalagua, conde de Torreprieta, es

mi primo por el lado materno... aunque lejano. Pero eso sí debo decirte, mi

niño, que la simpatía y la buena cabeza para la administración la heredamos

tanto él como yo de parte de los Aguado... porque has de saber, mi niño, que

yo soy Aguado por los dos lados, por padre y por madre y los Aguado son de

lo mejorcito de la Huasteca y del Bajío. Y haciendo un mohín, dejaba que el

bujarrón le manifestara efusiva, cáüdamente, su admiración.

Los Esquivias, de buena cepa católica, convivían hasta cierto punto con los

sacerdotes de la vecina parroquia, pese a que los hombres, sobre todo Diego,

siempre estentóreo y borlotero, daban continuas muestras de distanciamien-

ss


to. Cuando menos dos veces al año, durante la pascua y en las navidades, los

Esquivias y las Ferro acudían a la iglesia y obsequiosos y amables, impedían

que las antiguas relaciones se interrumpieran e instauraban otras. Carlos y

Rosalía, cada uno a su manera, estimaban mucho los vínculos sociales y

por ellos nutrían sus mesas de gente interesante. Los demás miembros de la

familia, en especial la bien nutrida sección de las tías de ambos cónyuges,

espontáneamente engrosaban la grey que iba a los oficios de la parroquia del

Rayo, pero, a pesar de su asistencia, no resbalaban nunca hacia la gazmoñería,

y mucho menos toleraban los desmanes velazqueños, aunque no los

comentaran en voz alta... por aquello de la piedra de escándalo, tan censurada

en las Sagradas Escrituras. Era posible que tales extremos religiosos se

evitaran en todos los casos porque don Homero, verdaderamente venerado

por ambos gremios familiares, severo y comprensivo siempre (si tales cualidades

pueden convivir en una sola persona), había orientado, con su distancia

respetuosa, la actitud de todos.

La tía Mechedes supo desde siempre que su vida estaría marcada por la

enfermedad. Y esto, que puede sonar a perogrullada en una paciente cróni­

ca de padecimientos pulmonares diversos, tenía sentido en su caso, porque

había traspuesto varias veces los jóvenes límites que pusieron a su existencia

diferentes galenos, sobre todo algunos de su natal Sonora. Estoica y valerosa

a su manera, Mercedes no se avino a los pronósticos nefastos y continuó viviendo

como le gustaba, enft-ascada en sus recuerdos, sus labores hilanderas

y su peculiarísimo régimen alimenticio.

Homero, su hermano, sostenía con ella relaciones distantes, cariñosas

pero precavidas, como si ambos supieran que en cualquier momento podría

desatarse la violencia entre ellos. Y desde luego que lo sabían, al pertenecer

los dos a la misma familia, Uena de la efervescencia italiana, a la que había

contribuido muy generosamente la madre, enfrascada en una ira inveterada

que sólo detuvo la muerte que, en un gesto genuino de doña Niobe, recibió

un sonoro regaño al presentarse con tal falta de oportunidad y buenas maneras,

precisamente en la flor de sus noventa y tres años, cuando todavía

le quedaba mucho por hacer corrigiendo a sus familiares. Y es que en esos

casos, confesaba Mechedes (quien, por lo visto, trataba más a la muerte

que a cualquier ser humano), somos rete malmodiemos... porque no medimos

el peso de nuestras palabras. Por eso, siempre les digo que nunca se

56

SlíLIOTECAOE MÉXICO


desmanden al hablar, porque traen cierta herencia, pues la Rosalía, que es

rete mansa, no por ello deja de ser hija de mi santa madre, que de dios goce,

y que tenía un carácter de pronóstico reservado, por no decir nada más de

mi adorada progenitora... no sea que mis palabras le hagan ruido en el otro

lado... donde también es importante llevar las cosas en paz, por aquello de

las buenas relaciones...

Mechedes, por ejemplo, no toleró jamás que el médico le recomenda­

ra dejar de una vez por todas el terrible sistema de los enemas cotidianos

agravados, además, porque ante el menor síntoma de trastorno respiratorio,

Mercedes, sin consultar a nadie (¡y teniendo médico en casa!, decían por

igual hermanas y cuñadas, es decir, la gruesa tribu de tías de los Esquivias)

extraía de los múltiples, incontables cajoncillos de su ropero principal (el de

luna, por supuesto) un viejo trasto metáhco, híbrido de cacerola y matraz, y

hervía allí, en agua buUente, los amenazadores sinapismos que, sin temor, se

aphcaba en el pecho y en la espalda, produciéndose a veces quemaduras no

sólo lamentables y sin duda dolorosísimas, sino totalmente innecesarias.

Esa era la opinión de todos, pero ahora que los años han corrido indeteniblemente,

se puede dudar quién tenía razón, si la tía Mechedes, que casi alcanzó

los noventa años bajo la guadaña de la tuberculosis, acidulada por lavativas

y parches porosos al rojo vivo, o sus familiares, que temían su muerte

cada vez que le daba un catarrito.

Los Esquivias, aunque seria mejor decir las Esquivias, pues las frecuentes

tías de Carlos grande formaban también legión, sostenían con sensatez que

todo acaba por saberse y abonaban su dicho citando suculentos chismes de

la vida capitalina, como cuando se supo "de tejas para abajo" que el embarazo

y posterior parto malhadado (a lo mejor fue un aborto, murmuraban,

tapándose la boca y la mirada baja, pero hablando en voz alta) de la encopetada

señorita Loazagorta se debía a las asiduidades del chofer de don Rafáil,

o cuando se descubrió que la incalculable fortuna del licenciado Auerbach

Pesado provenía de que el clero, cuando la cochina desamortización juarista,

confió muchos de sus bienes a su abuelo, que sigue mirando despectivamente

al mundo y a la alta sociedad mexicana desde su monumento fimerario

del Panteón Francés, porque no ha olvidado, insistía Asunción, la más comunicativa,

la manera en que lo lambisconearon todos los popofes mexicanos.

Fue, pues, natural que Carlín, digno sobrino de gente tan avanzada en


las disciplinas de la comunicación, descubriera el pasado de la tía Mechedes

quien, por lo demás, no lo ocultaba, simplemente lo omitía, pero cedió poco

a poco ante la insistencia de su consentido y a mendrugos informativos le

fue confiando una historia banal, previsible, sólo interesante por tratarse de

un miembro querido de su propia familia.

Mercedes había sido la más hermosa de las Ferro. Un par de fotos asepiadas

por el tiempo la mostraban con el cabello ligeramente ondulado y en

total despHegue, a la usanza vieja. Lo tenía ensortijado, decía con restos de

coqueteria finisecular, y no me da pena decirte, Carlín, que me lo envidiaba

más de una muchacha, y entre ellas incluyo a mis propias hermanas, que

fueron todas, quién más, quién menos, lacias. Por esa razón me lo peinaba

mucho, porque así, según decían mis tías, las Maytorena, famosas en Hermosío

por su coquetería fina, se conserva mejor y no pierde la quebrazón

natural, que es lo bonito. Y el pecho, exiguo a fuerza de enfermedades y privaciones,

se le abultaba con un suspiro de origen indudablemente alfredesco.

Siempre que Carlos chico recordaba las confidencias de su tía Mechedes

llegaba a la conclusión de que las provincianas (toda su familia materna lo

era) no olvidan nunca porque su terruño no les ofrece distracciones sino

encuentros. Allá es más probable volver a ver a quien no se quiere o no se

debe y no dudo de que Mechedes se haya topado muchas veces de manos

a boca con el famoso Alfredo ¡que para acabarla de fregar se casó con otra

hermosillense y hasta creo que medio parienta nuestra!

Los grandes ojos, la parte más elocuente de su rostro, denotaban un temperamento

recio confirmado, dirían los charlatanes que entonces se hacían

llamar fisiognomistas, por un mentón rotundo que daba firmeza a la expresión.

No podía Carlín, por mucha curiosidad que le diera, saber si la

tía había tenido buen cuerpo, porque las fotos, cuando no eran de la cara,

sólo la mostraban vestida con aquella ropa que apenas insinuaba y jamás

confesaba. Por eso, seguía reflexionando Esquivias junior, muchos matrimonios

se venían abajo -¡pues los maridos se han de haber llevado tamaños

descolones! ¡Ay sí que tiene razón el lépero de Diego: más vale que nos

enseñen y no que nos prometan sin poder cumplir! Ya me imagino cómo

era antes en la playa, cuando la familia iba a Guaymas y las tías se ponían

una especie de camisón bajado hasta el huesito que, para acabarla de fregar,

volaba poco pues no sé qué le ponían las mujeres a esos adefesios, que no

se levantaban ni con los vientos marinos más fuertes. Y me late que algunas

de las tías han de haber estado buenonas, pues terúan fama allá, en la tierra.


¡En cambio, con las encuerazones actuales, que ni son tan grandes, es muy

difícil que nos tomen el pelo, aunque no se me ha de olvidar nunca la fetal

y deschichada Chela del Barco, que en Cuernavaca, en casa de una prima,

se puso traje de baño y exhibió dos tetorronas que a todos se nos antojaron!

No contaba con que al día siguiente Nico y yo, que siempre la habíamos

visto rete plana del chichamen, supusimos que esos senos parados y suculentos

eran producto de alguna superchería que había que descubrir, y

nos asomamos a su recámara mientras dormía y encima del tocador, muy

orondos, estaban los postizos, que entre nosotros llamamos técnicamente

"el plan francés," y se los robamos. La pobre Chela, desolada, se sobrepuso

y ese día salió tarde a la alberca ¡con dos chichotas inmensas, producto de

su ambición! (un generoso relleno de toalla) pero, como es muy pendeja,

confiada en su truco, se metió en el agua echándose un clavado y cuando

salió, por misteriosísimas razones de la teratología femenina, ¡ostentaba

tres lozanos bodoques alineados verticalmente, como si fueran los de una

caprichosa diosa oriental!

Los razonamientos de Carlín eran, a fin de cuentas, vanos, ya que su paren­

tela femenina (ésa, la sonorense) no frecuentaba los balnearios o la costa del

mar y cuando iban a Guaymas y las tías o su propia madre (que dejó casi

adolescente la patria chica) decidían tomar un poco de sol lo hacían enfundadas

invariablemente en su ropa habitual, es decir, largos vestidos negros

(siempre había algún deudo por quien llevar luto), sin atractivo o coquetería

alguna. Por eso la llegada a la capital, allá por 1913, les produjo diversas

impresiones encontradas, pues a la razón que los había trasladado hasta

México (la revolución los expulsó de una existencia placentera que, supuestamente,

duraría para siempre y los precipitó en una ciudad convulsa, donde

nadie los conocía) se sumaron otros factores, iniciados por el terremoto que

acompañó a la entrada de Madero en la ciudad, el estado de sitio, la decena

trágica, la traición de Huerta, pero sobre todo, en el terreno cotidiano, la dificultad

para conseguir habitación y la, mayor todavía, de encontrar trabajo

para Homero que, en aquellos tiempos bravios, era el único sostén de una

familia numerosa. Para hacer las cosas más arduas todavía, Homero pasaba

por "científico," pese a que nunca había mostrado proclividad política

alguna. Pero aun así, la constancia y los conocimientos médicos del paterfamilias

le abrieron paso en su profesión y cuando el Esquivias menor hacía


sus pesquisas familiescas todos aquellos apuros pertenecían a un pretérito

angustioso pero satisfactorio, puesto que se había superado.

Cuesta un esfuerzo intelectual considerable comprender cómo, en aquellos

días de los principios del azaroso siglo XX, las tribus, bastante montaraces

pero dotadas de buen olfato cultural y social de los Ferro y los Ayestarán,

indisolublemente unidas por vínculos matrimoniales y la madre-abuela co­

mún, se sintieron a gusto en una ciudad que, al principio (habituados como

estaban a las escueteces sonorenses de paisaje, gente y recursos) les mostró

un rostro exigente y malhumorado. Transformar todo eso en un ambiente

grato, donde sentirse libres y "soltar el cuerpo," costó tiempo y allegó a la

altanería pueblerina algunos fracasos rotundos en el trato de las personas.

El final asentamiento de Homero en las filas del entonces ufano "protome-

dicato", orientado sobre todo por el ojo clínico, las auscultaciones y las ex­

periencias anteriores en casos similares, pues en buena medida se trataba de

una medicina consuetudinaria, le llevó años de constancia, aliviada en parte

por su innata modestia y su genuina voluntad de aprendizaje.

Desde su lejana y suspirada Hermosillo, Homero conservó usanzas estudiosas:

allá, a pesar de las dificultades inherentes a la lentitud de las comunicaciones

internacionales y las tardanzas del correo local, le fue posible

añadir a su disciplina de galeno serios conocimientos humanísticos que le

servirían en México para acrecentar su prestigio. Pero, al lado de eso, como

lastre inextirpable del destierro (no otra cosa había sido la salida forzosa

de sus lares), la facihdad de la tía Mechedes para el piano, los coqueteos

pueblerinos de Rosalía con el rudimentario teatro escolar y las perspectivas

matrimoniales de las demás mujeres de la familia quedaron rotundamente

en bancarrota. Mercedes había estado a punto de casarse pocos días antes

de que ardiera a todo el Estado el incendio revolucionario. Su prometido, el

añoradamente célebre Alfredo, omnipresente en las averiguatas de Esquivias

junior, se quedó en Hermosillo y por razones que ella nunca comprendió

(aunque todo el desistimiento alfredesco despedía un claro tufo crematístico),

abandonó los proyectos nupciales y no mucho tiempo más tarde casó

con una amiga íntima de Mercedes y, reiteraba Carlín, creo que parienta,

porque al tratar de hacer un árbol genealógico de mis queridos bárbaros del

norte, allí sale la Marielena Encinas, nombre que averigüé, ya muerta mi tía,

por una carta que encontré entre sus papeles y que le mandó piadosamente

de Sonora una de sus más cercanas amigas, la Tulita Castañedo, informándole

del infausto acontecimiento de la boda.


los pecaba de lascivo, Julio compensaba ese defecto (si lo es) con una insa­

ciable gana de agotar todas las bebidas alcohólicas que encontraba. Quienes

lo conocieron contaban que pudo (en estado avanzado de ebriedad, para

darse ánimo) dar la bienvenida a un vapor que venia del Japón hablando

un japonés tan perfecto que el capitán nipón tuvo que traducir al lenguaje

cotidiano de la marinería, formada por individuos rústicos e ignorantes, las

palabras tan bellas que Gómez Ferro había pronunciado, no sin antes felicitarlo

(en inglés, para que todos entendieran) por su dominio de su hermosa

lengua materna y las oportunas citas literarias que hizo.

Estas facultades, que despertaron envidia y comentarios en el propio Hermosillo

no fueron suficientes para detener el ímpetu alcohólico de ese hombre

tan desperdiciado y tan talentoso, que acabó sus días encerrado a piedra

y lodo en su cuarto, pues padecía alucinaciones persecutorias. Julio, lo mismo

que Jesús Carlos, se aterrorizaba ante el mar y se encontraba en Guaymas

en aquella ocasión porque hasta ese sitio lo había conducido una larga

parranda sin rumbo fijo, tras lo cual regresó apresuradamente a su natal,

sabroso y terrestre Hermosillo... para salir de allí, joven todavía, con los pies

para adelante.

Tras las luchas revolucionarias, que tanto conflicto y dolor trajeron a la familia

(al verse forzados a dejar Hermosillo, los Ferro y los Ayestarán perdieron

casa, ocupación y relaciones), Mechedes, sin dejar su nostalgia ni

aceptar que los tiempos cambian y acarrean consigo la transformación de

las personas y sus costumbres, siguió cumpliendo escrupulosamente sus diarias

observancias, pero de manera paulatina se fueron deformando hasta

convertirse en manías. Su preocupación por la higiene, en especial la de las

manos, se hizo obsesiva, de modo que cuando tejía, deshilaba y bordaba,

se las lavaba cinco o seis veces cada hora y, tras enjuagárselas, las rociaba

con esencia de azahar y les untaba pomada de hamamelis o ya, en tiempos

menos remotos, crema Nivea (nunca dejaba de acentuar con fuerza el esdrújulo)

que tiene buenas propiedades para la piel, añadía, como disculpándose

por esa concesión a lo industrial.

Cuando habló por primera vez de sus experiencias con su mundo floral,

Carlín pensó que se trataba de una especie de moda que el romanticismo

legó tardíamente a México bajo el nombre de "el lenguaje de las flores", que

no era sino un recetario para enviar obsequios botánicos a novias, amigas,


familiares y demás. Pero descubrió algo muy diferente. El trato de la tía

Mechedes con las flores, cuyos excelentes resultados se veían a diario en el

jardín que cultivaba, le había servido de pretexto para platicarse a sí misma,

sobre todo en las madrugadas, el memorial de su fracaso amatorio y quién

sabe cuántos asuntos más de su perdida juventud.

Cuando estuvo ya cercano el final de su vida, afirmaba con toda seriedad

a Carlos junior, en quien había advertido el prurito de hacer la crónica familiar

y, sobre todo, de entenderla, que sólo las plantas conocían sus verdaderos

secretos, sobre todo las hortensias porque, reiteraba con convicción

-me fue revelado (condición mistérica impenetrable, que jamás pretendió

averiguar el sobrino favorito) que estas flores saben oírnos y entendernos

y distribuyen esos conocimientos entre todas sus florecitas, tan bien ordenadas.

Por eso, aunque me quisieran traicionar no podrían hacerlo pues en

medio de tantos pétalos se confundirían y les sería imposible ordenar su

relato. Y es que, sonreía diciendo, las hortensias son muy chismosas, tanto

o más que los claveles, pero de nada les sirve por lo que te digo, Carlín. Dios

hace muy bien las cosas, m'ijito, y a estas flores las hizo rete curiosas y muy

comunicativas y si las privó del sentido del orden, les exigió a cambio que

lo respetaran tanto que no se atreven a romperlo nunca. Por eso no hablan,

no porque no sepan (yo las he oído conversar en la madrugada, cuando

creen que nadie las oye), sino porque no deben. Por esta razón, que sólo a

ti te confío, estoy perfeccionando una manera para enviarle malos deseos

(ligeros, eso sí: sería incapaz de desearle la muerte o algo por el estilo) a la

Tencha Encinas, esa hipócrita que dizque me quería y me hizo un enorme

daño. Por una magnífica coincidencia se llama Hortensia y esto favorece

mis planes. Y es que estas flores maravillosas trasmiten lo que les ordenas,

pero para poder desbaratar algún maleficio hay que conocer su lenguaje,

que es muy dificil... y eso no lo sabe la tal Tencha, que es muy tonta. Tengo

pensado algo divertido, que remarque sus pocas luces, pero no te lo debo

decir, Carlín, porque estas cosas no se deben confiar a nadie o pierden su

efecto. Las rosas, en cambio, son las flores más hermosas, pero son demasiado

altaneras para condescender a platicar conmigo.

Años más tarde, cuando Carlín ftie a Sonora, oyó hablar burlonamente

de las continuas sandeces con que salpimentaba su abundante conversación

la Tencha Encinas... que, por estúpida, llegó a hacerse proverbial en todo el

Estado... y respetó y amó más a la tía Mechedes, aunque con cierto resabio

de temor supersticioso.


No mucho tiempo después de que la tía Mechedes descubrió los mis­

terios de hortensias, claveles y rosas y sin dejar de ocuparse obsesiva­

mente de ellas, inició susurradas conversaciones con un espíritu o fantasma

de familia que, sin duda, era muy parlanchín, pues duraban largas

horas sus coloquios. La tía Mechedes tuvo siempre un extraordinario

don de verosimilitud en sus palabras; cuando menos Carlín le daba a

entender que creía firmemente todo lo que le contaba: de esta manera

las confidencias de la tía Mechedes fluían con libertad e iban nutriendo

la conseja familiar. Fue la propia Mechedes quien llamó Teófilo a dicho

fantasma y al cabo del tiempo las tribus Ferro y Esquivias aludían a esa

presencia imaginaria, que llegó a convertirse en una compañía tenue,

pero casi tangible, para todos ellos. Sería difícil determinar si este refrendo

de la fantasía desbocada de Mechedes obedeció, en el resto de

su famíHa, al prurito de no molestarla ni contradecirla en nada respecto

a sus "creaciones," pues cuando estas alucinaciones visuales y verbales

se fueron haciendo cada vez más frecuentes todos presintieron que la

muerte la andaba buscando.

Una mañana, la tos de Mechedes, a la que todos estaban acostumbrados

por sus frecuentísimas gripes, pleuresías y pulmonías sencillas y dobles,

sonó diferente a los oídos de Carlos. Resignado ante la suspensión de

aquellas confidencias nostálgicas y evocadoras, verdaderamente agobiado

por la tristeza de perder a aquella tía irrepetible y amorosa, pues ya era

imposible suponer que Mechedes podría seguir soportando embate tras

embate de tan constantes padecimientos en su vapuleado sistema respiratorio,

profundamente conmovido y lloroso, se dirigió a la parroquia y

buscó al padre Murillo, el preferido de Mechedes, para que la confesara.

Mechedes, que ya no podía dormir en su cama por la asfixia que le

causaba esa posición, pasaba las interminables noches de su enfermedad

final sentada en un banquillo sin respaldo, apoyando la quebradiza

espalda en el espejo del ropero. Así, erguida y con los grandes ojos muy

abiertos, como si pretendiera llevarse consigo todo su pequeño mundo

circundante a aquel otro lugar en cuya existencia real tras la muerte creía

firmemente, respondió con voz ñierte y sin vacilaciones a la profesión de

fe que Murillo le ftie diciendo. El sacerdote le dio la absolución y en ese

momento preciso Mechedes desistió de esta vida.

64

lIBLIOTECAM


Consejo Nacional para la Cultura y las Artes

1aculta.gob.inx/cima9en

España:

Imágenes de la transición

Í BIBLIOTECA

DK MÉXICO 1

BIBLIOTECA DE MÉXICO

JOSÉ VASCONCELOS

SALA PRINCIPAL

Del 15 de noviembre de 2007

al 20 de enero de 2008

Plaza de la Ciudadela 4, Centro Histórico

^ CiAura

y las Arles

La Biblioteca de México 'José Vasconcelos' en

colaboración con el Goethe-Institut Mexiko

presentan la exposición

Günter Grass - El rodaballo

Veinticinco grabados acerca del libro El rodaballo

BIBLIOTECA

DE MÉXICO

Günter Grass - Der Butt

Biblioteca de México

Sala de exposiciones 1

Del 8 de noviembre al 9 de diciembre

México, D. F. 2007

Plaza de la Ciudadela 4

Centro (Histórico Metro Balderas

Tel.: 9172-4712

Conseio Nacional

para la

Cultura y las Ar^


TODA OBRA LITERARIA QUE ASPIRA, POR

HUMILDEMENTE QUE SEA, A ELEVARSE A

LA ALTURA DEL ARTE DEBE JUSTIFICAR SU

EXISTENCIA A CADA LÍNEA.

JOSEPH CONRAD

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