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Obras completas Leyendas y cartas.pdf - Ataun

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Obra reproducida sin responsabilidad editorial<br />

<strong>Obras</strong> <strong>completas</strong><br />

(<strong>Leyendas</strong> y <strong>cartas</strong>)<br />

Gustavo Adolfo Bécquer


Advertencia de Luarna Ediciones<br />

Este es un libro de dominio público en tanto que los<br />

derechos de autor, según la legislación española<br />

han caducado.<br />

Luarna lo presenta aquí como un obsequio a sus<br />

clientes, dejando claro que:<br />

1) La edición no está supervisada por nuestro<br />

departamento editorial, de forma que no nos<br />

responsabilizamos de la fidelidad del contenido<br />

del mismo.<br />

2) Luarna sólo ha adaptado la obra para que<br />

pueda ser fácilmente visible en los habituales<br />

readers de seis pulgadas.<br />

3) A todos los efectos no debe considerarse<br />

como un libro editado por Luarna.<br />

www.luarna.com


OBRAS COMPLETAS (LEYENDAS Y CARTAS)<br />

Al lector (1)<br />

Pronto, el 22 de Diciembre, hará siete años<br />

que voló a su Creador el espíritu inmortal de Gustavo<br />

Adolfo Bécquer.<br />

La primera edición, que editó la caridad,<br />

agotose hace un año y el que murió oscuro y pobre<br />

es ya gloria de su patria y admiración de otros países,<br />

pues apenas hay lengua culta donde no se<br />

hayan traducido sus poesías o su prosa.<br />

No es mi propósito hacer nueva enumeración<br />

de las desgracias y méritos del escritor. Las<br />

primeras se compensan con su gloria; los segundos<br />

son ya del dominio frío y severo de la crítica.<br />

Sólo una cosa advertiremos siempre a los<br />

lectores de Gustavo: que nada de lo que dejó escribiolo<br />

con intención de que formase un libro; y, como<br />

dijimos en la primera edición, sus grandes imaginaciones,<br />

sus alegatos de merecimiento ante la posteridad,<br />

bajaron con él al sepulcro. Calcúlese ahora,<br />

por la popularidad y el respeto que su memoria ha


alcanzado con fútiles destellos de su preclara inteligencia,<br />

a qué altura se hubiera elevado, si la miseria,<br />

aguijándole y faltándole la vida, no hubieran sido<br />

éstos los cauces imprescindibles de aquel atormentado<br />

cerebro.<br />

Dos palabras más sobre Gustavo.<br />

Hay quienes han querido censurarle por su<br />

novedad.<br />

Hay muchos que han intentado imitarle.<br />

Ni unos ni otros le han comprendido bien.<br />

Las Rimas de Bécquer no son la total expresión<br />

de un poeta, sino lo que de un poeta se<br />

conoce. Por consecuencia, el tamaño, carácter y<br />

estilo de sus composiciones no tienen más forma<br />

que aquella en que estuvieron concebidas y calcadas,<br />

y éste es su principal mérito.<br />

Defenderse con el Diccionario, arrebatar el<br />

oído con el fraseo de ricas variaciones sobre un<br />

mismo concepto, disolver una idea en un mar de<br />

palabras castizas y brillantes, cosa es digna de admiración<br />

y de elogio; pero confiarse en la admirable<br />

desnudez de la forma intrínseca, servir a la inteligencia<br />

de los demás la esencia del pensamiento y


herir el corazón de todos con el laconismo del sentir,<br />

sacrificando sin piedad palabras sonoras, lujoso<br />

atavío de amontonadas galas y maravillas de multiplicados<br />

reflejos, a la sinceridad de lo exacto y a la<br />

condensación de la idea, y obtener únicamente con<br />

esto aplauso y popularidad entre las multitudes, es<br />

verdaderamente maravilloso, sobre todo en España,<br />

cuya lengua ha sido y será venero inagotable de<br />

palabras, frases, giros, conceptos y cadencias.<br />

No menos digno de llamar la atención es<br />

que el poeta haya conseguido tan rápida celebridad<br />

sin tocar en sus fantasías ni en sus realidades nada<br />

que directamente excite el interés o las pasiones<br />

colectivas de sus contemporáneos.<br />

Como en las de los grandes maestros, en<br />

su paleta no figuran más colores que los primordiales<br />

del iris, descompuestos en el prisma de la imaginación<br />

y del sentimiento; universales, sencillos y<br />

espontáneos, sin encenderse al contacto de pasiones<br />

políticas o de problemas sociales y religiosos.<br />

Tienen en sí el germen de todo lo ideal; pero<br />

sin acomodamiento de época ni dudas, indignaciones<br />

o esperanzas de impíos o fanáticos.


No podrá nunca, pues, ser juzgado en tal terreno,<br />

y, como esos astros ingentes que parecen<br />

chicos porque desde abajo se les mira en un planeta<br />

menor, jamás podrá alternar entre el agitado<br />

vaivén de los que le examinen, cegados por el polvo<br />

de la tierra, o envueltos por la atmósfera de una<br />

época dada y los pasajeros brillos de fugaces meteoros.<br />

Esto a los que no han sabido censurarle, lo<br />

cual no prueba que le creamos exento de censura.<br />

A los que le imitan, por más que esto honre<br />

al poeta tenemos que decir algunas palabras que<br />

expresarán conceptos a largo tiempo arraigados en<br />

nuestra conciencia.<br />

No creemos en el progreso indefinido de<br />

una escuela. Si la historia del arte no lo probara<br />

definitivamente con la muerte irreemplazable de sus<br />

grandes hombres, lo haría ver la reflexión del buen<br />

sentido.<br />

De ningún modo aconsejamos que se dejen<br />

de consultar los grandes maestros de la forma, estudiándolos<br />

con fe e imitándolos con trabajo en<br />

secreto, sin perder nunca de vista la naturaleza para<br />

el arte y la moral absoluta para las ideas. Pero de


esto a encastillarse en la forma del que primero fue<br />

original en ella, hay un gran abismo.<br />

Si alguien es difícil y comprendido para imitado<br />

en poesía, es Bécquer.<br />

Como galanura de forma, pureza de dicción<br />

y corrección de estilo hay muchos que le aventajen,<br />

y éstos son los que deben de imitarse siempre.<br />

Pero lo imposible de imitar en Bécquer es<br />

su propio espíritu, su manera de ver, como dicen los<br />

pintores, su idiosincrasia, como lo llaman los naturalistas.<br />

En ser Bécquer o no serlo está todo el quid<br />

de la dificultad, y creer que se ha conseguido tal<br />

propósito encerrándose en su forma y contando el<br />

número de sus versos, es no haber realizado nada,<br />

si antes no se cuenta con el original tesoro de ideas<br />

prácticas y reales que en sus composiciones existe.<br />

Repárese bien que ni al principiar Bécquer<br />

una composición ni al terminarla en crescendo, deja<br />

de pensar o de sentir algo de general y profundo.<br />

De cada cuatro versos suyos puede hacerse una<br />

larga poesía descriptiva; pero herir las cuerdas de la<br />

idea o del sentimiento en menos palabras, es casi<br />

imposible. La idea, pues, sin más adorno que el


necesario, como él decía, para poderse presentar<br />

decente en el mundo, tiene una importancia real y<br />

sólida en sus composiciones. Hacer, por tanto, versos<br />

como los suyos, sin hallarse provisto de algo<br />

importante, práctico y hondo en el terreno del sentir<br />

o del pensar, es querer construir perdurable estatua<br />

solamente con la gasa que la envuelve, y lo que<br />

consigue entonces quien imita, es quedar indefenso<br />

ante el público, resultando valadí, vulgar, pretencioso<br />

o vano en el mismo metro y con las mismas líneas<br />

que Bécquer, por haber querido narrar lo imposible,<br />

es decir, la nada, porque nada había brotado<br />

del cerebro del imitante.<br />

De esto resulta una serie de vulgaridades<br />

concisas, que por lo mismo son más vulgares aún, o<br />

una porción de nebulosidades y misterios, capaces<br />

de tener pensando todo un siglo a quien trate de<br />

descifrar el enigma.<br />

En una palabra, y aunque se ha repetido<br />

mucho Shakespeare lo ha dicho mejor que nadie.<br />

Los imitadores olvidan el ser o no ser del<br />

trágico eminente, y al hacerlo caen en ese abismo<br />

sin fondo de que nos habla el creador de Hamlet:<br />

¡Palabras, palabras, palabras!


Nos hemos extendido más de lo que queríamos,<br />

pero sentíamos comezón de libertar la memoria<br />

de nuestro pobre amigo del ataque de los que<br />

no le han comprendido y de complicidad con algunos<br />

de sus imitadores.<br />

Cumplida nuestra tarea, sólo nos resta dar<br />

en nombre del arte, del público, que lo pedía con<br />

ansia y de nuestro pobre amigo, al editor, por esta<br />

magnífica edición, ilustrada con el verdadero retrato<br />

del autor, no acabado de expirar, como figura en la<br />

edición primera, sino lleno de vida y esperanzas, tal<br />

como se agitó en el mundo.<br />

Va aumentada esta edición con otros trabajos<br />

de Bécquer, que añadirán nuevos quilates a su<br />

justa fama, tales cuales Las Cartas a una Mujer, y<br />

otros artículos eminentemente literarios, como el<br />

prólogo a Los Cantares de su íntimo amigo el Sr.<br />

Ferrán.<br />

RAMÓN RODRÍGUEZ CORREA


Gustavo Adolfo Bécquer<br />

Prólogo de la primera edición<br />

Confieso que he echado sobre mis hombros<br />

una tarea superior a mis fuerzas. En vano he retardado<br />

el momento. La edición está ya terminada;<br />

todo el mundo ha cumplido con el deber que impuso<br />

una admiración unánime, y las páginas que siguen,<br />

donde se contiene todo lo que precipitadamente<br />

trabajó en su dolorosa vida mi pobre amigo, sólo<br />

aguardan estos oscuros renglones míos para convertirse<br />

en una obra que edita la caridad y que el<br />

genio de su autor hará vivir eternamente. ¡Póstuma<br />

y única recompensa que él puede dar al generoso<br />

desprendimiento de sus contemporáneos y amigos!<br />

¡Salga, pues, de mi pluma, humedecido con el tributo<br />

de mis lágrimas, antes que el relato de la vida y el<br />

juicio de las obras del malogrado escritor, un testimonio<br />

de justicia hacia esta generación entre la cual<br />

me agito, generación que a riesgo de su vida ahuyenta<br />

la muerte de los infectos campos de batalla y<br />

da su oro para el libro de un poeta!<br />

Majestades de la tierra, artistas, ingenieros,<br />

empleados, políticos, habitantes de la ciudad, de las<br />

aldeas escondidas, todos los que en esa larga lista<br />

que ante mí tengo, habéis depositado, desde la


cantidad inesperada, por lo magnífica, hasta el óbolo<br />

modesto, recibid por mi conducto un voto de gracias,<br />

a que hacen coro los temblorosos labios de<br />

hijos sin padres y de madres sin esposos; pues no<br />

sólo habéis salvado del olvido las obras de Bécquer,<br />

sino que al borde de su tumba habéis allegado el<br />

pan cotidiano que libertará de la miseria a seres<br />

desvalidos.<br />

Los encargados de llevar a cabo tal empresa,<br />

hubieran tenido un gran placer en poner al frente<br />

de la edición los nombres de los que a ella han contribuido;<br />

pero la caridad acreciolos tanto, que su<br />

inserción hubiera aumentado el gasto notablemente.<br />

El distinguido pintor Sr. Casado, a cuya iniciativa,<br />

actividad y arreglo se debe casi todo el éxito de la<br />

recaudación, publicará en tiempo oportuno, y en<br />

unión con los demás amigos que han llevado a<br />

término esta obra, las cantidades recibidas y las que<br />

se han invertido, para justa satisfacción de todos.<br />

No menos alabanza merece el Sr. D. Augusto<br />

Ferrán, inseparable amigo del malogrado Bécquer,<br />

que no se ha dado punto de reposo en el asiduo<br />

trabajo de allegar materiales dispersos, coleccionarlos,<br />

vigilar la impresión y demás tareas propias de<br />

estos difíciles y dolorosos casos, ayudado del Sr.<br />

Campillo, tan insigne poeta como bueno y leal ami-


go. Hasta aquí, lo que sus admiradores han hecho<br />

para perpetuar la memoria del que se llamó en el<br />

mundo Gustavo Adolfo Bécquer.<br />

Hablemos de él.<br />

Toda mi vida de poeta, todos los delirios,<br />

esperanzas, propósitos y realidades de mi juventud<br />

han quedado sin diálogo con su último suspiro. Al<br />

extender la muerte su fría mano sobre aquella cabeza<br />

juvenil, inteligente y soñadora, mató un mundo<br />

de magníficas creaciones, de gigantescos planes,<br />

cuyo pálido reflejo son las obras que contiene este<br />

libro. Todo su afán era conseguir un año de descanso<br />

en la continuada carrera de sus desgracias.<br />

Pobre de fortuna y pobre de vida, ni la suerte le<br />

brindó nunca un momento de tranquilo bienestar, ni<br />

su propia materia la vigorosa energía de la salud.<br />

Cada escrito suyo representa o una necesidad material<br />

o el pago de una receta. Las estrecheces del<br />

vivir y la vecindad de la muerte fueron el círculo de<br />

hierro en que aquel alma fecunda y elevada tuvo<br />

que estar aprisionada toda su vida. Antes de morir,<br />

sospechó que a la tumba bajaría con él y como él,<br />

inerte y sin vida, el magnífico legado de sus imaginaciones<br />

y fantasías, y entonces se propuso reunirlo<br />

en un libro. La muerte anduvo más deprisa, y sólo


pudo escribir la introducción con que van encabezados<br />

sus escritos, las rimas y el fragmento titulado<br />

La Mujer de Piedra, que, además de revelar su poderosa<br />

inventiva, lleva el sello de su idoneidad y no<br />

común saber en las artes plásticas.<br />

Nació Bécquer en Sevilla el 17 de Febrero<br />

de 1836, siendo su padre el célebre pintor e inspirado<br />

intérprete de las costumbres sevillanas. A los<br />

cinco años de edad quedó huérfano de éste, empezando<br />

sus estudios de primeras letras en el colegio<br />

de San Antonio Abad, donde permaneció hasta los<br />

nueve años, en que entró en el colegio de San Telmo<br />

para estudiar la carrera de náutica. A los nueve<br />

años y medio viose huérfano de madre, y a los diez<br />

salió de dicho colegio por haberse suprimido. A tal<br />

edad encargose de Gustavo su madrina de bautismo,<br />

persona regularmente acomodada, sin hijos ni<br />

parientes, por cuya razón le hubiera dejado sus<br />

bienes, a no haber él renunciado a todo por venir a<br />

Madrid a los diez y siete años y medio, con el objeto<br />

de conquistar gloria y fortuna. ¡Como si en el campo<br />

de las letras se hubiera nunca conquistado en España<br />

ambas cosas! Quería su madrina hacer de él<br />

un honrado comerciante; pero aquel niño, que había<br />

aprendido a dibujar al mismo tiempo que a escribir,<br />

cuya desmedida afición a la lectura le hacía encon-


trar horizontes más anchos que el de la teneduría<br />

de libros, y que jamás pudo sumar de memoria, sólo<br />

encontraba aplausos para sus primeras poesías, lo<br />

cual le decidió a vivir de su trabajo, armonizándolo<br />

con la independencia de su carácter, y a venir a<br />

Madrid, como lo verificó el año 54, sin más elementos<br />

que lo necesario para el viaje. Corría el año 56,<br />

y entonces llegué también a buscar lo mismo que<br />

Gustavo, con quien en los primeros pasos me encontré<br />

en el terreno de las letras. Mi carácter alegre<br />

y mi salud robusta fueron acogidos con simpatía por<br />

el soñador enfermizo, y casi niños, se unieron nuestras<br />

dos almas y nuestras dos vidas. Prolijo sería<br />

enumerar las peripecias de la suya, monótona en<br />

desdichas. El año 57 se vio acometido de una horrible<br />

enfermedad, y para atender a ella y rebuscando<br />

entre sus papeles, hallé El Caudillo de las manos<br />

rojas, tradición india, que se publicó en La Crónica,<br />

siendo reproducida, con la singularidad de creerse<br />

que el título de tradición era una errata de imprenta;<br />

pues todos los que la insertaron en España o copiaron<br />

en el Extranjero, la bautizaron con el nombre de<br />

traducción india. ¡Tan concienzudamente había sido<br />

hecho el trabajo!<br />

Compadecido un amigo de sus escaseces,<br />

buscole un empleo modesto, y juntos entramos a


servir al Estado en la Dirección de Bienes Nacionales,<br />

con tres mil reales de sueldo y con la categoría<br />

de escribientes fuera de plantilla. Cito este detalle,<br />

porque la cesantía de Gustavo en aquel destino<br />

forma un rasgo descriptivo de su carácter soñador y<br />

distraído.<br />

Tratose de hacer un arreglo en la oficina, y<br />

el Director quiso por sí mismo averiguar la idoneidad<br />

y el número de los empleados, visitando para<br />

ello todos los departamentos.<br />

Gustavo, entre minuta y minuta que copiaba,<br />

o bien leía alguna escena de Shakespeare, o<br />

bien la dibujaba con la pluma, y, en el momento en<br />

que el Director entró en su negociado, hallábase él<br />

entregado a sus lucubraciones. Como sus dibujos<br />

eran admirables, ya se habían hecho casos de<br />

atención para todos, que se disputaban el poseerlos,<br />

aguardando a que los concluyera, mientras<br />

seguían con la vista aquella mano segura y firme,<br />

que sabía con cuatro rasgos de pluma hacer figuras<br />

tan bien acabadas. El Director se unió al grupo, y<br />

después de observar atentamente aquel tan raro<br />

expediente en una oficina de Bienes Nacionales,<br />

preguntó a Gustavo, que seguía dibujando:<br />

-Y ¿qué es eso?


Gustavo, sin volverse y señalando sus muñecos,<br />

respondió:<br />

-¡Psch!... ¡Ésta es Ofelia, que va deshojando<br />

su corona! Este tío es un sepulturero... Más<br />

allá...<br />

En esto observó Gustavo que todo el mundo<br />

se había puesto de pie y que el silencio era general.<br />

Volvió lentamente el rostro, y...<br />

-¡Aquí tiene usted uno que sobra! -exclamó<br />

el Director.<br />

Efectivamente Gustavo fue declarado cesante<br />

en el mismo día.<br />

Excuso decir que él se puso muy alegre;<br />

pues aquel alma delicada, a pesar de la repugnancia<br />

que le inspiraba el destino, lo aceptó por no<br />

hacer un desaire al amigo que se lo había proporcionado.<br />

Habíase propuesto Gustavo no mezclarse<br />

en política y vivir sólo de sus artículos literarios,<br />

cosa imposible en España, por lo escaso de la retribución<br />

y lo raro de la demanda; así es que tuvo que<br />

alternar los escritos con otros trabajos. De este<br />

género son las pinturas al fresco que deben de exis-


tir en el palacio de los señores maqueses de Remisa,<br />

cosa que ignorará el propietario, pues encargó<br />

la obra a un pintor de adorno, que, no sabiendo<br />

pintar las figuras, dio un jornal por ellas a Gustavo.<br />

Fundose después El Contemporáneo, y al<br />

brindarme con una plaza en su redacción el fundador<br />

y mi amigo D. José Luis Albareda, conseguí que<br />

también entrase a formar parte de ella el autor de<br />

este libro. Entonces escribió la mayor parte de sus<br />

leyendas y las Cartas desde mi celda, que causaron<br />

admiración grande en los círculos literarios de España.<br />

Para Gustavo, que sólo hallaba la atmósfera<br />

de su alma en medio del arte, no existía la política<br />

de menudeo, tan del gusto de los modernos españoles.<br />

Su corazón de artista, amamantado en la<br />

insigne escuela literaria de Sevilla, y desarrollado<br />

entre catedrales góticas, calados ajimeces y vidrios<br />

de colores, vivía a sus anchas en el campo de la<br />

tradición; y encontrándose a gusto en una civilización<br />

completa, como lo fue la de la Edad Media, sus<br />

ideas artístico-políticas y su miedo al vulgo ignorante<br />

le hacían mirar con predilección marcada todo lo<br />

aristocrático e histórico, sin que por esto se negara<br />

su clara inteligencia a reconocer lo prodigioso de la


época en que vivía. Indolente, además, para las<br />

cosas pequeñas, y siendo los partidos de su país<br />

una de estas cosas, figuró en aquél donde tenía<br />

más amigos y en que más le hablaban de cuadros,<br />

de poesías, de catedrales, de reyes y de nobles.<br />

Incapaz de odios, no puso sus envidiables condiciones<br />

de escritor a servicio de la ira, que, a haberlo<br />

hecho más positivas hubieran sido sus ventajas y<br />

más doradas las cintas de su ataúd. No estando<br />

destinado, por lo dulce de su temperamento, a causar<br />

el terror de nadie, ni apto su carácter noble para<br />

la adulación o la asiduidad del servilismo, condiciones<br />

que sustituyen con ventaja y provecho propio a<br />

la acometividad y energía. Gustavo no podía hacer<br />

gran papel entre las revueltas, distingos, escándalos,<br />

exhibiciones y favoritismos de los que, salvando<br />

rarísimos ejemplos, forman la mayoría de los afortunados<br />

en política, con relación a los bienes materiales;<br />

y hecho fiscal de novelas, desempeñó su<br />

destino lo mejor que pudo, haciendo dimisión tan<br />

luego como cayó del poder la persona que había<br />

firmado su nombramiento, el excelentísimo Sr. D.<br />

Luis González Bravo, artista como pocos y apreciador<br />

sincero y leal del mérito de Gustavo.<br />

El año 62, su hermano Valeriano, célebre ya<br />

en Sevilla por sus producciones pictóricas, vino a


eunirse y a vivir con él, como en los años de su<br />

niñez trabajosa. Después de graves disgustos<br />

domésticos que ambos experimentaron, cesante el<br />

poeta, el pintor sin la pensión, que devolvía en<br />

magníficos cuadros de costumbres al Ministerio de<br />

Fomento, la muerte comenzó a prepararles un recibimiento<br />

tan ingrato y oscuro como el que tuvieron<br />

en los primeros pasos de su vida. Volvieron los<br />

ímprobos trabajos de los primeros días, el malestar<br />

de la hora presente, la cruel incertidumbre de lo<br />

cercano; pero la desdicha tenía que habérselas con<br />

veteranos de sus rigores. Ambos hermanos unieron<br />

sus esfuerzos, y mientras el uno dibujaba admirablemente<br />

maderas para Gaspar y Roig o La Ilustración<br />

de Madrid, el otro traducía novelas insulsas o<br />

escribía artículos originales, como el de Las hojas<br />

secas, contentos con vivir juntos llevar pan a sus<br />

tiernos hijos, hablando el pintor de sus futuros cuadros,<br />

para cuando tuviera lienzos, y el poeta de sus<br />

grandiosas concepciones, para verlas realizadas<br />

cuando la perentoria necesidad del día no fuese<br />

precipitado final de sus ensueños.<br />

Una de las formas que más complacen a la<br />

Desgracia, entre el sinnúmero de sus horribles disfraces,<br />

es la de la Felicidad. Como el tigre con su<br />

presa, parece jugar con sus víctimas; y cuando el


golpear de sus fatales hábitos ha embotado las<br />

sensaciones, semeja abandonar a los que atormenta,<br />

y siempre acechando, deja que se olviden de<br />

ella, permite que el bienestar se introduzca temeroso<br />

aún en su morada, que los sueños color de rosa<br />

acaricien tímidas fantasías; y cuando ya el mortal,<br />

objeto de sus odios, creese libre de sus ultrajes,<br />

tiende de pronto su garra certera y pone fin con un<br />

tormento inesperado e irremediable a todas las<br />

agonías, helando en los labios la sonrisa de aquellos<br />

que ya empezaban a regocijarse con su huida.<br />

Esto aconteció en la morada de los hermanos<br />

Bécquer. Cuando ya habían conseguido unificando<br />

esfuerzos, organizar modesta manera de<br />

vivir; cuando un porvenir artístico e independiente<br />

les sonreía; cuando el trabajo comenzaba a ser en<br />

aquella casa de sosiego del precavido y no la precipitación<br />

del destajista; cuando ya se podía retratar a<br />

un amigo por obsequio y escribir una oda por entusiasmo,<br />

la muerte de Valeriano tiñó de luto el alma<br />

de sus amigos y contaminó con su frío el corazón<br />

de Gustavo, siéndole tanto más sensible el golpe,<br />

cuanto más refractario era aquel espíritu ideal a la<br />

seca verdad del no ser.


Herida sin cura aquel alma fuerte, pronto<br />

había de destruirse la débil materia que, a duras<br />

penas la había contenido. El 23 de Septiembre del<br />

año 70 dejó de existir Valeriano. El 22 de Diciembre<br />

del mismo año exhaló Gustavo su último suspiro.<br />

¡Extraña enfermedad y extraña manera de<br />

morir fue aquélla! Sin ningún síntoma preciso, lo<br />

que se diagnosticó pulmonía, convirtiose en hepatitis,<br />

tornándose a juicio de otros en pericarditis; y<br />

entre tanto el enfermo, con su cabeza siempre firme<br />

y con su ingénita bondad, seguía prestándose a<br />

todas las experiencias, aceptando todos los medicamentos<br />

y muriéndose poco a poco.<br />

Llegó por fin el fatal instante, y pronunciando<br />

claramente sus labios trémulos las palabras<br />

¡TODO MORTAL!... voló a su Creador aquel alma<br />

buena y pura, dotada de tan no comunes facultades<br />

artísticas, que yo, pudiendo apreciar por el continuado<br />

trato las mayores capacidades literarias de<br />

mi época, no vacilo en asegurar que ninguna he<br />

visto dotada a un tiempo de tantas condiciones<br />

creadoras, unidas a un gusto tan exquisito y elevado.<br />

Aunque, como se verá después en el rápido<br />

examen que de sus obras haga, deja impreso en


ellas lo bastante el carácter del genio para que se le<br />

señale un puesto entre nuestros escritores y poetas,<br />

los que le conocíamos admirábamos a Gustavo,<br />

más por lo que esperábamos de él que por lo que<br />

había hecho. Puede decirse que todo lo que concibió<br />

está escrito al volar de la pluma, sin recogimiento<br />

previo de las facultades intelectuales, y entre la<br />

algazara de redacciones de periódicos o bajo el<br />

influjo de premiosos instantes. Esto mismo, que ve<br />

la luz pública tal cual lo hemos hallado, no pensaba<br />

él publicarlo sin corregirlo antes cuidadosamente,<br />

porque lo había escrito deprisa y como para que no<br />

se le olvidasen asuntos e ideas que no le parecían<br />

malos.<br />

En cada punto de España que había visitado<br />

durante su vida artística, había levantado su<br />

fantasía poderosa, unida a su nada común saber,<br />

un mundo de tradiciones y de historia, sólo con ver<br />

brillar el bordado manto de santa imagen, o leyendo<br />

apenas una inscripción borrosa en oscuro rincón de<br />

arruinada abadía. Esto explica su estancia en el<br />

monasterio de Veruela, sus correrías por las provincias<br />

de Ávila y de Soria, y las idas y venidas a Toledo,<br />

donde vivió un año, y en donde estuvo tres días<br />

veinte antes de morir. Para él Toledo era sitio adorado<br />

de su inspiración; y la primera vez que con su


hermano fue a visitarle, ocurrioles un suceso por<br />

demás extraño.<br />

Una magnífica noche de luna decidieron<br />

ambos artistas contemplar su querida ciudad, bañada<br />

por la fantástica luz del tibio astro. Armado el<br />

pintor de lápices y el poeta-arquitecto de recuerdos,<br />

abandonaron la vetusta corte, y sobre arruinado<br />

muro entregáronse horas enteras a su charla artística,<br />

que puede el lector apreciar cuán interesante e<br />

instructiva sería leyendo los artículos sobre el Arte<br />

árabe en Toledo, La basílica de Santa Leocadia y<br />

La historia de San Juan de los Reyes, hecha por<br />

Gustavo en la magnífica obra que con el título de<br />

Historia de los Templos de España, comenzó a<br />

publicarse en Madrid por los años 57 y 58, bajo su<br />

dirección y propiedad; obra grandiosa, imaginada<br />

por él, y que, a haberse continuado, sería la mejor y<br />

más a propósito para hacer la crónica filosófica,<br />

artística y política de nuestra patria.<br />

Hallábanse departiendo los hermanos,<br />

cuando acercose una pareja de Guardias civiles,<br />

que por aquellos días, sin duda, andaban a caza de<br />

malhechores vecinos. Algo oyeron de ábsides, de<br />

pechinas, de ojivas y otros términos a la cual más<br />

sospechosos y enrevesados, unido a disertaciones


sobre el género plateresco de Berruguete y Juan<br />

Gúas, sobre el artificio de Juanelo, etc., y examinando<br />

el desaliño de los que tal hablaban, sus barbas<br />

luengas, sus exaltados modales, lo entrado de<br />

la hora, la soledad de aquellos lugares, y obedeciendo,<br />

sobre todo, a esa axiomática seguridad que<br />

tiene la policía de España para engañarse, dieron<br />

airados sobre aquellos pajarracos nocturnos, y a<br />

pesar de protestas y de no escuchadas explicaciones,<br />

fueron éstos a continuar sus escarceos artísticos<br />

a la dudosa y horripilante luz de un calabozo de<br />

la cárcel de Toledo. También el gobernador debía<br />

aguardar por aquellas cercanías la visita de temidos<br />

conspiradores, cuando, al amanecer, los delincuentes<br />

honrados continuaban en su mazmorra.<br />

Supimos todo esto en la redacción de El<br />

Contemporáneo, al recibir una carta explicatoria de<br />

Gustavo; toda llena de dibujos representando los<br />

detalles de la pasión y muerte probable de ambos<br />

justos. La redacción en masa escribió a los equivocados<br />

carceleros, y, por fin, vimos entrar sanos y<br />

salvos los presos parodiando ante nosotros con<br />

palabras y lápices las famosas prisiones de Silvio<br />

Pellico. ¿Quién en aquellos ojos brillantes, risas<br />

estripitosas y sorprendentes facilidades para todo lo


que era expresión de cualquier arte, hubiera podido<br />

predecir estéril e inoportuna muerte?<br />

Tal fue la vida de Gustavo. Diré algo sobre<br />

sus costumbres y carácter antes de hablar del escritor,<br />

porque esto que llamaré prólogo va haciéndose<br />

pesado, aunque los lectores buenos me lo dispensarán.<br />

Paréceme al escribirlo que estoy hablando<br />

con algo suyo; que al estampar cada frase en su<br />

alabanza, su infantil modestia se subleva, y que a<br />

cada error de estilo o grosería de lenguaje míos,<br />

sus nervios artísticos se crispan y su voz cariñosa<br />

me riñe, como otras veces, por mis innumerables<br />

descuidos y mi prisa en entregarme a la pereza.<br />

Gustavo era un ángel. Hay dos escritores a<br />

quienes en la vida he oído hablar mal de nadie. El<br />

uno era Bécquer, el otro es Miguel de los Santos<br />

Álvarez. Si a alguien se satirizaba injustamente, él<br />

lo defendía con poderosos argumentos; si la crítica<br />

era justa, un aluvión de lenitivos, un apurado golpe<br />

de candoroso ingenio o una frase compasiva y dulce<br />

cubría con un manto de espontánea caridad al<br />

destrozado ausente. Alguna vez escribió críticas. No<br />

hemos querido insertarlas; pues, cuando cumpliendo<br />

alguna misión las hacía de encargo, a cada línea<br />

protestaba de lo que censurando iba, y era de ver


su apuro, colocado entre el sacerdocio de la verdad<br />

y del arte, y la mansedumbre de su buen corazón.<br />

Si desde el cielo, en que de seguro habita, pues no<br />

es dado hallar infierno en otra vida al que en la tierra<br />

le tuvo, tiende los ojos sobre este libro, sólo<br />

hallará en él lo que escribió sin remordimientos de<br />

su bondad.<br />

La fecundidad e inventiva de Gustavo eran<br />

prodigiosas, y puede decirse que esto perjudicó a la<br />

importancia de sus escritos. Su manera de concebir<br />

no era embrionaria, sino clara, metódica y precisa,<br />

tanto, que a sus imaginaciones sólo faltaba un taquígrafo;<br />

pero encariñado con ellas y no queriéndolas<br />

escribir con la precipitación del oficio, sino con el<br />

reposo del artista, íbalas dejando para cuando pudiera<br />

conseguirlo.<br />

A fin de poseer el sustento, escribió mucho<br />

y en géneros diferentes, como zarzuelas, traducciones,<br />

artículos políticos y de crítica, un tomo sobre<br />

Los Templos de España, y tenía meditadas y bosquejadas,<br />

a la manera que antes he dicho, multitud<br />

de obras, cuyos títulos sólo revelan facultades extraordinarias.<br />

Para el teatro tenía concebidas, sin que faltara<br />

el más pequeño detalle, las obras siguientes: El


cuarto poder, comedia. -Los hermanos del dolor,<br />

drama. -El duelo, comedia. -El ridículo, drama. -<br />

Marta, poema dramático; -¡Humo!, ídem.<br />

Entre las novelas encuentro en sus apuntes<br />

los títulos que siguen: Vivir o no vivir. -El último valiente<br />

y El último cantador, de costumbres andaluzas.<br />

-Herrera. -Crepúsculos. -La conquista de Sevilla.<br />

En fantasías y caprichos, los que siguen: El<br />

rapto de Ganimedes, bufonada. -La vida de los<br />

muertos, leyenda fantástica. -La Diana india, estudio<br />

de la América. -La amante del sol, estudio griego. -<br />

La Bayadera, estudio indio. -Luz y nieve, estudio de<br />

las regiones polares.<br />

Tenía perfectamente ideadas las siguientes<br />

leyendas toledanas: El Cristo de la Vega, pintando<br />

un judío. -La fe salva. -La fundadora de conventos. -<br />

El hombre de palo, estudio sobre Juanelo. -La casa<br />

de Padilla, ocurrido sobre el solar abandonado. -La<br />

salve. -Los ángeles músicos. -La locura del genio,<br />

estudio sobre el Greco. -La lepra de la infancia,<br />

estudio sobre el Condestable de Borbón.


Lo primero que pensaba escribir a conciencia,<br />

según decía, era un poema en cuatro cantos,<br />

titulado Las estaciones.<br />

Además tenía proyectadas y hasta versos<br />

hechos, de las siguientes poesías, que cada una<br />

había de formar un libro, a saber: La oración de los<br />

reyes. -Los mártires del genio, poemas sobre los<br />

dolores de los hombres famosos. -Las tumbas, obra<br />

artística y poética; meditaciones sobre las sepulturas<br />

célebres. -Un mundo, poema sobre el descubrimiento<br />

de las Américas; y otros títulos y otros planes<br />

que la muerte ha encerrado con él en la tumba<br />

y cuya historia se haya escrita brevemente en el<br />

magnífico prólogo, original suyo, que a éste mío<br />

sigue, donde se hallan indicados la sospecha de su<br />

muerte y el martirio que tantas creaciones, a las que<br />

sólo faltaba un poco de actividad sosegada para ser<br />

reales, causaban en aquel cerebro tan potente y<br />

seguro.<br />

Todas las obras que contienen estos tomos<br />

han sido escritas, como ya he dicho, sin tomarse<br />

más tiempo para idearlas, que aquel que tardaba en<br />

dibujar con la pluma lo que había de describir o ser<br />

objeto de su inspiración; y era de ver los primores<br />

de sus cuartillas, festoneadas de torreones ruino-


sos, mujeres ideales, guerreros, tumbas, paisajes,<br />

esqueletos, arcos, guirnaldas y flores. Rara era la<br />

carta que salía de su mano sin ir llena de copias de<br />

lo que veía o caricaturas admirables sobre lo que<br />

narraba.<br />

Ni de su triste vida, ni de sus dolores físicos,<br />

quejábase nunca ni maldecía jamás. Mudo cuando<br />

era desgraciado, sólo tenía voz para expresar un<br />

momento de alegría. Cuando refería contrarios sucesos<br />

de su vida, lo hacía entre burlas o poetizando<br />

alegre y simpáticamente la desgracia. Así es que<br />

cuando leí sus Rimas me afectaron profundamente.<br />

La única vez que exhalaba quejas lo hacía en verso,<br />

y era que en aquella naturaleza artística, hasta el<br />

grito del dolor había de escucharse sin vulgaridad, y<br />

semejante a los gladiadores antiguos que dejaban<br />

caer con gracia el moribundo cuerpo, él no dejaba<br />

ver su lacerado espíritu, sino envuelto entre las<br />

elegantes formas del plasticismo sevillano, pura y<br />

rígida escuela a que sólo ha faltado ser más subjetiva<br />

y franca para ser perfecta.<br />

Tal era el hombre. Ocupémonos por fin del<br />

escritor y del poeta.<br />

Llegado a este punto, preciso es que abandone<br />

el alto criterio que las deslumbradoras faculta-


des de Gustavo y la especialidad de su trato habían<br />

engendrado en mis juicios, para examinar el conjunto<br />

de obras que nos lega; las cuales, a pesar de no<br />

ser aquellas en que yo fundaba mi segura confianza,<br />

forman, sin embargo, un conjunto que basta a<br />

dar idea fija de su importancia en el terreno de<br />

nuestra literatura.<br />

Sin entrar todavía en el campo de las relaciones,<br />

basta abrir esta obra por cualquiera de sus<br />

páginas para sentir en el mismo instante el ánimo<br />

agradablemente sorprendido, encontrándole fuera<br />

de esa atmósfera de lo vulgar, que tantos se afanan<br />

por romper, domeñando, sobre todo en España, la<br />

dificultad del lenguaje para expresar lo ideal y analítico<br />

del sentir moderno. Aunque Gustavo, cuando<br />

escribía en reposo, jamás olvidaba que su cuna<br />

literaria se había mecido en la patria de Herrera,<br />

Rioja, Mármol y Lista, como quiera que es un escritor<br />

eminentemente subjetivo, jamás deben desligarse<br />

en el análisis para su crítica la forma y la idea,<br />

dueña casi siempre ésta de aquélla, la una dictando,<br />

obedeciendo la otra. En el fondo de sus escritos<br />

hay lo que podría llamarse realismo ideal, único<br />

realismo posible en artes, si no han de ser mera<br />

imitación de la naturaleza o anacronismo literario y<br />

han de llevar el sello de algo, creado por el artista.


Sorprende a veces su semejanza con ciertos autores<br />

alemanes, a quienes no había leído hasta hace<br />

muy poco, y a los que se parece, porque sus producciones<br />

están pensadas y escritas con la razón y<br />

la imaginación, que son en aquéllos inseparables y<br />

como dos buenas hermanas entre las que no hay<br />

secretos ni odios, reinando siempre armonía inalterable,<br />

producto del largo uso de la libertad de conciencia.<br />

Vese en Gustavo dominar siempre la idea a<br />

la forma, por más que ésta sea brillante y riquísima<br />

y oculte en apariencia a aquélla primorosamente;<br />

pues artista verdadero, es decir, hombre de sentimiento<br />

que atisba y oye repetirse dentro de su ser<br />

en mil ecos cualquier sensación externa, sabe permanecer<br />

siempre dentro del arte, o sease de lo<br />

bello, de lo bueno, de lo simpático, de lo sublime<br />

que casi todos fantaseamos aunque necesitemos<br />

las más de las veces que alguien, el genio, nos lo<br />

enseñe y explique para comprenderlo y precisarlo.<br />

Como todos los autores de estima, es Gustavo revolucionario,<br />

es decir, innovador y creador, amante<br />

de la verdad. En sus escritos tiende más a conmover<br />

que a enseñar; porque el tiempo y la razón a él<br />

y a aquéllos han demostrado que despertar los sentimientos<br />

que duermen en el fondo del alma es dar<br />

a los hombres la mejor enseñanza, llevándolos por


el camino de lo bello (en cualquier sentimiento fingido<br />

no hay belleza), a cuyo término está la única<br />

moral, la moral subjetiva, por decirlo así, la que se<br />

desprende de todas las sensaciones que han agitado<br />

una vida. Todo hombre que siente, esto es, que<br />

puede conmoverse profundamente, está en vías de<br />

perfeccionarse y de llegar a la verdadera moral; la<br />

moral, que a mi juicio es la vida de la idea, la Oda<br />

del cuerpo y del alma que viven en paz y armonía.<br />

Sí: Gustavo es revolucionario; porque, como<br />

los pocos que en las letras se distinguen por su<br />

originalidad y verdadero mérito, antes que escritor<br />

es artista, y por eso siente lo que dice mucho más<br />

de lo que expresa, sabiendo hacerlo sentir a los<br />

demás. Es revolucionario, como los alemanes, pero<br />

no por imitación, sino dentro de la espontaneidad y<br />

del arte cuyos límites, por muy dilatados que sean,<br />

no se pueden traspasar impunemente, aunque sí<br />

ensancharlos, siempre que la imaginación y la<br />

razón, la idea y la forma vayan unidas, sin separarse<br />

un ápice una de otra. He aquí por qué se parece<br />

a los alemanes, porque llega a esos límites, y sabe<br />

y tiene poder para agrandarlos, lo cual consiguen<br />

muy pocos. Sus leyendas, que pueden competir con<br />

los cuentos ds Hoffmann y de Grimm, y con las<br />

baladas de Rückert y de Uhland, por muy fantásti-


cas que sean, por muy imaginarias que parezcan,<br />

entrañan siempre un fondo tal de verdad, una idea<br />

tan real, que en medio de su forma y contextura<br />

extraordinarias, aparece espontáneamente un<br />

hecho que ha sucedido o puede suceder sin dificultad<br />

alguna, a poco que se analicen la situación de<br />

los personajes, el tiempo en que se agitan o las<br />

circunstancias que les rodean. No son una idea<br />

filosófica que oculta tal o cual cosa y que quiere<br />

decir esto o lo otro; no: contienen una realidad que,<br />

para grabarse más profundamente en el corazón,<br />

hiere primero la fantasía con deslumbradoras apariencias,<br />

y, disipadas éstas, queda espontánea,<br />

fuerte y erguida. De la verdad ha de brotar la filosofía,<br />

y no de ésta ha de resultar aquélla. Tal sucede<br />

en las leyendas, en los artículos y, sobre todo, en<br />

sus magníficas Cartas, modelos de buen decir, verdaderas<br />

obras maestras de fecundia y de lenguaje.<br />

El rayo de luna, Los ojos verdes, ¿qué son sino<br />

cuadros fantásticos en que tal vez la locura de un<br />

hombre hace brillar una idea para todos real y visible?<br />

Aquel contorno de mujer que dibuja la luna, al<br />

atravesar las inquietas ramas de los árboles; aquel<br />

hada de ojos verdes que habita en el fondo del lago<br />

¿qué representan sino la mujer ideal, pura, que<br />

inspira el amor de los amores, el amor que todo


corazón noble desea y siente, amor interno, duradero,<br />

que jamás se encuentra en la tierra? ¿Qué significa<br />

aquel Miserere magnífico de las montañas, que<br />

va a escuchar un músico extraño, y al que pone<br />

notas tan extrañas como él, sino ese anhelar del<br />

artista, ese luchar sin reposo con la forma, esa desesperación<br />

eterna por hallar digno ropaje, línea<br />

precisa, color verdadero, palabra oportuna y nota<br />

adecuada al mundo increado de su alma, a los hijos<br />

brillantes de su fantasía? ¿Qué nos enseña aquel<br />

viejo Órgano de Maese Pérez, que nadie puede<br />

hacer sonar delante de Dios y del mundo, a no ser<br />

su propio espíritu, sino la imposibilidad de las escuelas,<br />

ese arte de las serviles imitaciones, en que<br />

no deben suceder falsos Rafaeles, Ticianos y<br />

Velázquez a los que así se llamaron en la tierra, a<br />

menos que Dios no haga el milagro de permitir bajar<br />

del cielo el ánima que le entregaron con el último<br />

estertor de la agonía?<br />

Y si, teniendo presente que se publican sus<br />

obras después de muerto el autor y sin la menor<br />

enmienda, examinamos el estilo, la propiedad, el<br />

profundo conocimiento de épocas lejanas y de costumbres<br />

ya idas, no podremos menos de admirar<br />

consorcio tan sorprendente entre la espontaneidad<br />

y el estudio, entre lo fantástico y lo real.


Otra de las particularidades de Gustavo, la<br />

más esencial a mi juicio, la que más claramente<br />

revela su genio noble y elevado, es que personalmente<br />

siente y manifiesta sus particulares sensaciones,<br />

resultando, y así debe de ser, que aquéllas<br />

son comprensibles para todos, porque las experimenta<br />

ni más ni menos que como cualquier otro, si<br />

bien revela la manera de percibirlas bajo una forma<br />

poética, a fin de despertar esos mismos sentimientos<br />

en los demás. Sus pasiones, sus alegrías, sus<br />

aspiraciones, sus dolores, sus esperanzas sus desengaños,<br />

son espontáneos, e ingenuos, y semejantes<br />

a los que lleva en sí todo corazón, por insensible<br />

que sea. Esta particularidad se revela en sus poesías<br />

con más fuerza que en sus otros escritos. No<br />

finge nunca, dándole proporciones estéticas que al<br />

pronto la hacen parecer grande, una pasión exagerada;<br />

atento siempre a la verdad dentro del arte,<br />

habla según siente, y teniendo el don de sentir lo<br />

que impresiona a la colectividad, don tan sólo concedido<br />

al genio, apodérase de todos los corazones,<br />

que admíranse de ver a otro sorprender sus secretos<br />

y decir cuanto les conmueve, impresión que<br />

cada cual creía exclusivamente suya.<br />

¿Por qué esta poesía subjetiva ha brillado<br />

tan poco en España, y cuando tal ha sucedido se ha


verificado dentro de una excepción del sentimiento<br />

humano?<br />

No creo tanto en la influencia de las razas<br />

como en la de las religiones, que, generando las<br />

costumbres, preparan una política, una literatura, un<br />

arte general dados, los cuales llegan a ser medios<br />

en que se desarrollan fatalmente las inteligencias.<br />

Asombra contemplar lo que pudo ser la nación<br />

española inmediatamente después de la conquista<br />

de Granada y al advenimiento de Carlos V.<br />

Era tanto el empuje de la anterior civilización, nacida<br />

entre la fe y la guerra, entre el amor y el odio,<br />

que puede afirmarse la imposibilidad de encontrar,<br />

en igual período de tiempo y circunstancias, pueblo<br />

que hubiese adelantado más terreno en ciencias y<br />

en artes.<br />

Aparece primero la poesía anónima y heroica;<br />

inmediatamente la mística y didáctica, de Berceo<br />

y Alonso el Sabio, con la cual la prosa castellana,<br />

abandonando su hermosa cuna del Lacio, declárase<br />

libre de la anterior tutela, hermoseada y rejuvenecida<br />

por la literatura provenzal y arábiga. El<br />

pueblo que antes que ningún otro de Europa adquiría<br />

derechos y municipios, creó una forma exclusivamente<br />

suya, cantando la gloria de sus héroes, la


eligión que le animaba y el amor que le enardecía,<br />

en un metro que no tiene semejante en otro idioma.<br />

El príncipe Juan Manuel burlábase de las<br />

pretensiones de los frailes y de la alquimia de su tío<br />

Alonso el Sabio; el arcipreste de Hita dejábase inspirar,<br />

ya por Epicuro, ya por Cristo; la Danza de la<br />

Muerte rivalizaba con todas las composiciones de<br />

su género en tétrica fantasía, y Pedro López de<br />

Ayala llevaba a la poesía la política.<br />

El arte subjetivo, aunque materialista, de la<br />

literatura árabe, encontraba eco en Jorge Manrique;<br />

los libros de caballerías no agotaban riquísimas<br />

imaginaciones, y las crónicas y los crepúsculos del<br />

teatro, y la arquitectura y las ciencias, y el ingenio<br />

humano en todas sus manifestaciones, con un<br />

carácter eminentemente nacional, recibían, entre la<br />

tolerancia de cultos y las libertades de los pueblos,<br />

el influjo de todo lo bello, de todo lo grande y de<br />

todo lo útil.<br />

La poesía subjetiva no había brotado aún,<br />

porque no era tiempo, pues ocupados los poetas en<br />

ensalzar a sus héroes, en adorar a sus santos, aliados<br />

fieles en guerras contra agarenos, y en reconquistar<br />

para la religión y la patria antiguas el terreno<br />

arrebatado, no habían abandonado todavía el cam-


po de batalla, la plática en la asediada tienda de<br />

combate, ni el rezo a favor de la victoria entre las<br />

arcadas del templo, para sustituir el mundo exterior,<br />

que les embargaba, con la contemplación de sí<br />

mismos, al contacto de una sociedad tranquila y<br />

adecuada a la reflexión y al examen.<br />

Llegó por fin el momento de reposo; y como<br />

si la Providencia, que vela por el equilibrio de las<br />

leyes materiales, temiese que tanta fuerza moral<br />

acumulada desnivelase el mundo, abrió las playas<br />

apartadas, con objeto de librar a Europa de la peligrosa<br />

energía de los españoles, y sentó en su trono<br />

un rey, emperador de lejanos países, precediéndole<br />

en el gobierno un monje de carácter tan elevado y<br />

firme, como hábil y fanático.<br />

Al mismo tiempo que las Américas se descubrían,<br />

la Inquisición, oponiéndose a la reforma y<br />

consiguiendo brillantemente alejarla de España,<br />

comenzó a pesar sobre todas las inteligencias, y sin<br />

su permiso, ni podía la fantasía crear, ni inquirir el<br />

alma humana.<br />

Sintiose el hombre posesor de un espíritu<br />

peligroso, y apartando la vista de este enemigo<br />

interno, que podía rodear su cuerpo de las horribles<br />

llamas del Santo Oficio, suprimió su personalidad en


todas las concepciones de su inteligencia, y semejante<br />

a tímidas aves que vuelan rastreando o se<br />

pierden tras las nubes, la hipocresía de la forma<br />

ocultó los sentimientos, o el misticismo fue el espacio<br />

a que se remontó sereno el espíritu, sin que por<br />

ello lograra escapar a persecuciones inesperadas:<br />

Todos los escritores y poetas subjetivos<br />

castellanos, Santa Teresa, Fr. Luis de León, San<br />

Juan de la Cruz, Juan de Ávila, Fr. Luis de Granada,<br />

a pesar de haber sido después canonizados, tuvieron<br />

que humillar sus puras frentes y anublar sus<br />

radiantes inteligencias ante las negras sotanas de<br />

los inquisidores.<br />

Si esto pasaba a los que eran poeta-santos,<br />

¿qué suplicio no hubiera encontrado el simple poeta<br />

terrenal, exponiendo su alma desnuda a la zarpa de<br />

la Inquisición o al anatema de los conventos?<br />

Derruida, por otra parte, la estructura nacional<br />

política en los campos de Villalar, la forma tradicional<br />

poética y artística perturbose también con<br />

influencias extrañas; pero era tal el empuje recibido<br />

y tan peculiar y genérico nuestro carácter propio,<br />

que no bastaron a destruirle tan instantáneos y<br />

rápidos contratiempos.


Desapareció el análisis de la verdad, es<br />

cierto, en todo el territorio de España; pero no la<br />

fantasía ni la riquísima vena de los españoles.<br />

Perseguido el pensamiento, no murió entre<br />

las manos que le apretaban, sino que, amoldándose,<br />

como cuerpo fluido e impalpable, a la forma de<br />

la materia que le oprimía, se escapaba ufano por<br />

todas las aberturas.<br />

El poeta que amaba hacía responsables de<br />

sus delirios a pastores y héroes de la Mitología, y<br />

los grandes alientos, las dudas del alma, los placeres<br />

de la tierra encontraron hombres sin existencia<br />

real, mundo ficticio en que desarrollarse, dentro de<br />

nuestro inmortal teatro, donde parece que sus grandes<br />

genios se vengaron de la tiranía social que les<br />

oprimía, encerrando todos los preceptos bajo llave y<br />

creando con la anarquía dramática el moderno romanticismo,<br />

que no es más que la libertad de pensamiento<br />

en artes.<br />

Pero, entretanto, la poesía lírica, esencialmente<br />

subjetiva, desarrollábase dentro de los estrechos<br />

límites de la forma, acortando su vuelo a medida<br />

que se perfeccionaba, y manteniendo su existencia,<br />

bien invadiendo el teatro, bien ensalzando a


las veces triunfos compatibles con la religión y la<br />

patria.<br />

Sólo Rioja, ese gran genio de la escuela sevillana,<br />

abre su alma a la verdad, y en aquella<br />

magnífica turquesa de su estilo funde sus cantares,<br />

ya anonadando cortesanos aduladores, ya vertiendo<br />

lágrimas ante los estragos del tiempo, ya cantando<br />

las flores hermosas, tan puras como su alma, que<br />

se transparenta siempre a través de sus poesías.<br />

Pero no todos tenían la rigidez de su espíritu,<br />

y ya la forma había dado de sí cuanto pudiera.<br />

Los retruécanos, la mitología, los diferentes metros,<br />

los idiomas afines al castellano, todo se había agotado.<br />

No había más remedio que lanzarse en el<br />

terreno de la idea y de la verdad, cuya puerta vigilaba<br />

la Inquisición, o introducir la anarquía del despecho<br />

en el campo de las formas.<br />

Góngora, Luzbel de nuestra literatura, lanzando<br />

por la tradición del cielo de la libertad y queriendo<br />

progresar dentro de lo limitado y finito, introdujo<br />

el estilo culterano.<br />

La Inquisición mató la espontaneidad y el<br />

análisis. El orgullo quebró el cincelado vaso de obligados<br />

pensamientos.


Quedó únicamente la sátira, revoloteando<br />

ya alegre y licenciosa, ya altiva y soberbia, sobre la<br />

frente del profundo Quevedo, a quien no valió su<br />

astucia para pensar libremente en una mazmorra.<br />

Imperó la teocracia, y un idiota fue su última<br />

víctima y su ejemplar producto. No llegó a España<br />

la libertad del pensamiento; pero sí, con el nieto de<br />

Luis XIV, el principio de autoridad literario, y Moratín<br />

reglamentó de nuevo el arte, severamente conservado<br />

por la escuela sevillana.<br />

Tras la revolución francesa operose la revolución<br />

del mundo, y Quintana levantó su poderoso<br />

astro entre himnos a la libertad y severas justicias<br />

de los tiranos. Con la invasión volvió España a pelear<br />

para verse independiente, y una vez triunfante,<br />

no quiso volver a dormir el narcótico sueño de tres<br />

siglos. Las artes resucitaron, el teatro volvió a levantarse,<br />

y la poesía lírica, tan perfecta en la forma<br />

como en otros días, tuvo por sacerdotes de su culto<br />

hombres libres.<br />

Mientras Zorrilla nos refiere imperecederas<br />

tradiciones, Espronceda nos habla de sí mismo y<br />

del alma humana, y con él esa poesía subjetiva,<br />

producto de la libertad del pensamiento, toma<br />

carácter de naturaleza entre nosotros, demasiado


apegados aún a la admiración de tiempos que pasaron,<br />

hasta el punto de que hombres casi demagogos<br />

son perfectos reaccionarios en cuanto hablan<br />

en verso.<br />

No quiero por esto decir que la poesía lírica<br />

ha de ser política. ¡Líbreme Dios de verla por este<br />

camino! Pero cuando lo sea, debe representar su<br />

tiempo, como las obras que forman el glorioso catálogo<br />

de nuestro Parnaso.<br />

Creo haber probado lo bastante que, lejos<br />

de ser la poesía esencialmente subjetiva imitación<br />

de extranjeros líricos, es resultado natural de la<br />

moderna civilización, por lo cual comienza hoy a<br />

nacer en España, más atrasada en todo que otros<br />

países.<br />

A consecuencia de lo apuntado, y volviendo<br />

a ocuparme de las poesías de Bécquer, diré que,<br />

aunque hay un gran poeta alemán, Enrique Heine, a<br />

quien puede creerse ha imitado Gustavo, esto no es<br />

cierto, si bien entre ambos existe mucha semejanza.<br />

Heine, más independiente, es, sin embargo,<br />

menos artista que Gustavo, y el deseo de ser original<br />

lo arrastra a veces más allá de lo verdadero,<br />

siendo excéntrico y escéptico, no porque él real-


mente lo sea, sino porque cree singularizarse de<br />

este modo, sin notar que abandonando la verdad,<br />

huye del arte, que es la unidad, de la que nadie se<br />

separa impunemente. En su poema Germania, en<br />

su libro de Lázaro, hay pruebas de lo que digo, si<br />

bien, por fortuna, están escondidas entre multitud<br />

de bellezas de primer orden. Otro autor a quien<br />

Gustavo se asemeja es Alfred de Musset. Nada<br />

tiene de extraño, pues como él educose en el clasicismo.<br />

Sin embargo, es menos mundano y ardiente<br />

que el inspirado poeta de las Cuatro noches.<br />

Las rimas de Gustavo, en que a propósito<br />

parece huir de la ilusión del consonante y del metro,<br />

para no herir el ánimo del lector más que con la<br />

importancia de la idea, son, a mi ver, de un valor<br />

inapreciable en nuestra literatura.<br />

Generalmente las poesías son cortas, no<br />

por método o por imitación, sino porque para expresar<br />

cualquier pasión o una de sus fases, no se necesitan<br />

muchas palabras. Una reflexión, un dolor,<br />

una alegría, pueden concebirse y sentirse lentamente;<br />

pero se han de expresar con rapidez, si se quiere<br />

herir en los demás la fibra que responde al mismo<br />

efecto. De aquí la explicación de esas composiciones<br />

cortas, que han nacido modernamente en


Alemania donde todos los grandes poetas las han<br />

cultivado, Gœthe, Schiller, Heine y otros han escrito<br />

multitud de lieder (lied, canción), que constituyen la<br />

actual poesía lírica alemana.<br />

En España, aunque inculto, existe hace<br />

tiempo ese género, como lo prueban la infinidad de<br />

nuestros cantares populares, en que no se sabe<br />

qué admirar más, si lo profundo de los sentimientos<br />

y reflexiones, o la concisión y naturalidad del estilo.<br />

Todas las rimas de Gustavo forman, como<br />

el Intermezzo de Heine, un poema, más ancho y<br />

completo que aquél, en que se encierra la vida de<br />

un poeta. Son, primero las aspiraciones de un corazón<br />

ardiente, que busca en el arte la realización<br />

de sus deseos, dudando de su destino, como cuando<br />

exclama:<br />

Saeta que voladora<br />

cruza, arrojada al azar,<br />

sin adivinarse dónde<br />

temblando se clavará;<br />

gigante ola que el viento


iza y empuja en el mar,<br />

y rueda y pasa y se ignora<br />

qué playa buscando va.<br />

Siéntese poeta, y dice:<br />

Espíritu sin nombre,<br />

indefinible esencia,<br />

yo vivo con la vida<br />

sin formas de la idea.<br />

Yo ondulo con los átomos<br />

del humo que se eleva,<br />

y al cielo lento sube<br />

en espiral inmensa.<br />

Yo, en los dorados hilos<br />

que los insectos cuelgan,


me mezco entre los árboles<br />

en la ardorosa siesta.<br />

Yo, en fin, soy ese espíritu,<br />

desconocida esencia,<br />

perfume misterioso<br />

de que es vaso el poeta.<br />

No encontrando realizada su ilusión en la<br />

gloria, vuélvese espontáneamente hacia el amor,<br />

realismo del arte, y se entrega a él y goza un momento,<br />

y sufre y llora, y desespera largos días, porque<br />

es condición humana, indiscutible como un<br />

hecho consumado, que el goce menor se paga aquí<br />

con los sufrimientos más atroces. Anúnciase esta<br />

nueva fase en la vida del poeta con la magnífica<br />

composición que, no sé por qué, me recuerda la<br />

atrevida manera de decir del Dante:<br />

Los invisibles átomos del aire<br />

en derredor palpitan y se inflaman...


mis párpados se cierran... ¿Qué sucede?<br />

-¡Es el amor que pasa!<br />

Sigue luego desenvolviéndose el tema de<br />

una pasión profunda, tan sencilla como espontánea.<br />

Una mujer hermosa, tan naturalmente hermosa<br />

que<br />

Ella tiene la luz, tiene él perfume,<br />

el color y la línea,<br />

la forma, engendradora de deseos,<br />

la expresión, fuente eterna de poesía,<br />

conmueve y fija el corazón del poeta que se<br />

abre al amor, olvidándose de cuanto le rodea. La<br />

pasión es desde su principio inmensa, avasalladora<br />

y con razón, puesto que se ve correspondida, o al<br />

menos, parece satisfecha del objeto que la inspira:<br />

una mujer hermosa, aunque sin otra buena cualidad,<br />

porque es ingrata y estúpida. ¡Tarde lo conoce,<br />

cuando ya se siente engañado y descubre, dentro<br />

de un pecho tan fino y suave, un corazón nido de<br />

sierpes, en el cual no hay una fibra que al amor<br />

responda! Aquí, en medio de sus dolores, llega el<br />

poeta a la desesperación; pero cuando ésta le lleva


ya al punto en que se pierde toda esperanza, él se<br />

detiene espontáneamente, medita en silencio, y<br />

aceptando por último su parte de dolor en el dolor<br />

común, prosigue su camino, triste, profundamente<br />

herido, pero resignado; con el corazón hecho pedazos,<br />

pero con los ojos fijos en algo que se le revela<br />

como reminiscencia del arte, a cuyo impulso brotaron<br />

sus sentimientos.<br />

Piensa antes en lo solos que se quedan los<br />

muertos, y siente dentro de la religión de su infancia<br />

un nuevo amor, que únicamente pueden sentir los<br />

que sufren mucho y jamás se curan; un amor ideal,<br />

puro, que no puede morir ni aun con la muerte, que<br />

más bien la desea, porque es tranquilo como ella,<br />

¡como ella callado y eterno! Se enamora de la estatua<br />

de un sepulcro, es decir, del arte, de la belleza<br />

ideal, que es el póstumo amor, para siempre duradero,<br />

por lo mismo que nunca se ve por completo<br />

correspondido. En mi incompetencia, declaro que<br />

esta composición última me parece una de las más<br />

perfectas en castellano, no sólo por su vaguedad,<br />

misterio y dificultad de precisar claramente, sino por<br />

lo correcto y acabado de la forma.<br />

Tal fue Gustavo A. Bécquer, como hombre y<br />

como poeta, en lo que puede apreciar el público.


Todo lo que atesoraba en su imaginación<br />

está dicho en el siguiente prólogo suyo.<br />

Leedlo pronto y olvidad el mío, escrito nada<br />

más que por acompañarle siempre. Él sólo, desde<br />

la otra vida, podrá apreciarlo.<br />

¡Ojalá seas eterno, libro que compendias la<br />

vida de mi pobre amigo!<br />

RAMÓN RODRÍGUEZ CORREA.


Introducción<br />

Por los tenebrosos rincones de mi cerebro,<br />

acurrucados y desnudos, duermen los extravagantes<br />

hijos de mi fantasía, esperando en silencio que<br />

el arte los vista de la palabra para poderse presentar<br />

decentes en la escena del mundo.<br />

Fecunda, como el lecho de amor de la miseria,<br />

y parecida a esos padres que engendran más<br />

hijos de los que pueden alimentar, mi musa concibe<br />

y pare en el misterioso santuario de la cabeza,<br />

poblándola de creaciones sin número, a las cuales<br />

ni mi actividad ni todos los años que me restan de<br />

vida serían suficientes a dar forma.<br />

Y aquí dentro, desnudos y deformes, revueltos<br />

y barajados en indescriptible confusión, los siento<br />

a veces agitarse y vivir con una vida oscura y<br />

extraña, semejante a la de esas miríadas de<br />

gérmenes que hierven y se estremecen en una<br />

eterna incubación dentro de las entrañas de la tierra,<br />

sin encontrar fuerzas bastantes para salir a la<br />

superficie y convertirse al beso del sol en flores y<br />

frutos.<br />

Conmigo van, destinados a morir conmigo,<br />

sin que de ellos quede otro rastro que el que deja


un sueño de la media noche, que a la mañana no<br />

puede recordarse. En algunas ocasiones, y ante<br />

esta idea terrible, se subleva en ellos el instinto de<br />

la vida, y agitándose en formidable, aunque silencioso<br />

tumulto, buscan en tropel por donde salir a la<br />

luz de entre las tinieblas en que viven. Pero ¡ay, que<br />

entre el mundo de la idea y el de la forma existe un<br />

abismo que sólo puede salvar la palabra; y la palabra,<br />

tímida y perezosa, se niega a secundar sus<br />

esfuerzos! Mudos, sombríos e impotentes, después<br />

de la inútil lucha vuelven a caer en su antiguo marasmo.<br />

¡Tal caen inertes en los surcos de las sendas,<br />

si cesa el viento, las hojas amarillas que levantó<br />

el remolino!<br />

Estas sediciones de los rebeldes hijos de la<br />

imaginación explican algunas de mis fiebres: ellas<br />

son la causa, desconocida para la ciencia, de mis<br />

exaltaciones y mis abatimientos. Y así, aunque mal,<br />

vengo viviendo hasta aquí, paseando por entre la<br />

indiferente multitud esta silenciosa tempestad de mi<br />

cabeza. Así vengo viviendo; pero todas las cosas<br />

tienen un término, y a éstas hay que ponerles punto.<br />

El insomnio y la fantasía siguen y siguen<br />

procreando en monstruoso maridaje. Sus creaciones,<br />

apretadas ya como las raquíticas plantas de un


vivero, pugnan por dilatar su fantástica existencia<br />

disputándose los átomos de la memoria, como el<br />

escaso jugo de una tierra estéril. Necesario es abrir<br />

paso a las aguas profundas, que acabarán por romper<br />

el dique, diariamente aumentadas por un manantial<br />

vivo.<br />

¡Andad, pues! Andad y vivid con la única vida<br />

que puedo daros. Mi inteligencia os nutrirá lo<br />

suficiente para que seáis palpables; os vestirá, aunque<br />

sea de harapos, lo bastante para que no avergüence<br />

vuestra desnudez. Yo quisiera forjar para<br />

cada uno de vosotros una maravillosa estofa tejida<br />

de frases exquisitas, en la que os pudierais envolver<br />

con orgullo, como en un manto de púrpura. Yo quisiera<br />

poder cincelar la forma que ha de conteneros,<br />

como se cincela el vaso de oro que ha de guardar<br />

un preciado perfume. Mas es imposible.<br />

No obstante, necesito descansar: necesito,<br />

del mismo modo que se sangra el cuerpo por cuyas<br />

hinchadas venas se precipita la sangre con pletórico<br />

empuje, desahogar el cerebro, insuficiente a contener<br />

tantos absurdos.<br />

Quedad, pues, consignados aquí, como la<br />

estela nebulosa que señala el paso de un desconocido<br />

cometa, como los átomos dispersos de un


mundo en embrión que aventa por el aire la muerte,<br />

antes que su creador haya podido pronunciar el flat<br />

lux que separa la claridad de las sombras.<br />

No quiero que en mis noches sin sueño<br />

volváis a pasar por delante de mis ojos en extravagante<br />

procesión, pidiéndome con gestos y contorsiones<br />

que os saque a la vida de la realidad del<br />

limbo en que vivís, semejantes a fantasmas sin<br />

consistencia. No quiero que al romperse este arpa<br />

vieja y cascada ya, se pierdan, a la vez que el instrumento,<br />

las ignoradas notas que contenía. Deseo<br />

ocuparme un poco del mundo que me rodea, pudiendo,<br />

una vez vacío, apartar los ojos de este otro<br />

mundo que llevo dentro de la cabeza. El sentido<br />

común, que es la barrera de los sueños, comienza a<br />

flaquear, y las gentes de diversos campos se mezclan<br />

y confunden. Me cuesta trabajo saber qué cosas<br />

he soñado y cuáles me han sucedido. Mis afectos<br />

se reparten entre fantasmas de la imaginación y<br />

personajes reales. Mi memoria clasifica, revueltos,<br />

nombres y fechas de mujeres y días que han muerto<br />

o han pasado, con los días y mujeres que no han<br />

existido sino en mi mente. Preciso es acabar<br />

arrojándoos de la cabeza de una vez para siempre.


Si morir es dormir, quiero dormir en paz en<br />

la noche de la muerte, sin que vengáis a ser mi<br />

pesadilla, maldiciéndome por haberos condenado a<br />

la nada antes de haber nacido. Id, pues, al mundo a<br />

cuyo contacto fuisteis engendrados, y quedad en él<br />

como el eco que encontraron, en un alma que pasó<br />

por la tierra, sus alegrías y sus dolores, sus esperanzas<br />

y sus luchas.<br />

Tal vez muy pronto tendré que hacer la maleta<br />

para el gran viaje. De una hora a otra puede<br />

desligarse el espíritu de la materia para remontarse<br />

a regiones más puras. No quiero, cuando esto suceda,<br />

llevar conmigo, como el abigarrado equipaje<br />

de un saltimbanco, el tesoro de oropeles y guiñapos<br />

que ha ido acumulando la fantasía en los desvanes<br />

del cerebro.<br />

Junio de 1868.


<strong>Leyendas</strong><br />

La creación<br />

Poema indio<br />

I<br />

Los aéreos picos del Himalaya se coronan<br />

de nieblas oscuras en cuyo seno hierve el rayo, y<br />

sobre las llanuras que se extienden a sus pies flotan<br />

nubes de ópalo, que derraman sobre las flores un<br />

rocío de perlas.<br />

Sobre la onda pura del Ganges se mece la<br />

simbólica flor del loto, y en la ribera aguarda su<br />

víctima el cocodrilo, verde como las hojas de las<br />

plantas acuáticas, que lo esconden a los ojos del<br />

viajero.<br />

En las selvas del Indostán hay árboles gigantescos,<br />

cuyas ramas ofrecen un pabellón al cansado<br />

peregrino, y otros cuya sombra letal lo llevan<br />

desde el sueño a la muerte.<br />

El amor es un caos de luz y de tinieblas; la<br />

mujer, una amalgama de perjurios y ternura; el<br />

hombre un abismo de grandeza y pequeñez; la vida,


en fin, puede compararse a una larga cadena con<br />

eslabones de hierro y de oro.<br />

II<br />

El mundo es un absurdo animado que rueda<br />

en el vacío para asombro de sus habitantes.<br />

No busquéis su explicación en los Vedas,<br />

testimonios de las locuras de nuestros mayores, ni<br />

en los Puranas, donde vestidos con las deslumbradoras<br />

galas de la poesía, se acumulan disparates<br />

sobre disparates acerca de su origen.<br />

Oíd la historia de la creación tal como fue<br />

revelada a un piadoso brahmín, después de pasar<br />

tres meses en ayunas, inmóvil en la contemplación<br />

de sí mismo, y con los índices levantados hacia el<br />

firmamento.<br />

III<br />

Brahma es el punto de la circunferencia; de<br />

él parte y a él converge todo. No tuvo principio ni<br />

tendrá fin.<br />

Cuando no existían ni el espacio ni el tiempo,<br />

la Maya flotaba a su alrededor como una niebla<br />

confusa, pues absorto en la contemplación de sí<br />

mismo, aún no la había fecundado con sus deseos.


Como todo cansa, Brahma se cansó de<br />

contemplarse, y levantó los ojos de una de sus cuatro<br />

caras y se encontró consigo mismo, y abrió airado<br />

los de otra y tornó a verse, porque él lo ocupaba<br />

todo, y todo era él.<br />

La mujer hermosa, cuando pule el acero y<br />

contempla su imagen, se deleita en sí misma; pero<br />

al cabo busca otros ojos donde fijar los suyos, y si<br />

no los encuentra, se aburre.<br />

Brahma no es vano como la mujer, porque<br />

es perfecto. Figuraos si se aburriría de hallarse solo,<br />

solo en medio de la eternidad y con cuatro pares de<br />

ojos para verse.<br />

IV<br />

Brahma deseó por primera vez, y su deseo,<br />

fecundando la creadora Maya que lo envolvía, hizo<br />

brotar de su seno millones de puntos de luz, semejantes<br />

a esos átomos microscópicos y encendidos<br />

que nadan en el rayo de sol que penetra por entre la<br />

copa de los árboles.<br />

Aquel polvo de oro llenó el vacío, y al agitarse<br />

produjo miríadas de seres destinados a entonar<br />

himnos de gloria a su criador.


Los gandharvas, o cantores celestes, con<br />

sus rostros hermosísimos, sus alas de mil colores,<br />

sus carcajadas sonoras y sus juegos infantiles,<br />

arrancaron a Brahma la primera sonrisa, y de ella<br />

brotó el Edén. El Edén con sus ocho círculos, las<br />

tortugas y los elefantes que los sostienen, y su santuario<br />

en la cúspide.<br />

V<br />

Los chiquillos fueron siempre chiquillos: bulliciosos,<br />

traviesos e incorregibles, comienzan por<br />

hacer gracia, una hora después aturden, y concluyen<br />

por fastidiar. Una cosa muy parecida debió de<br />

acontecerle a Brahma, cuando apeándose del gigantesco<br />

cisne, que como un corcel de nieve lo<br />

paseaba por el ciclo, dejó aquella turbamulta de<br />

gandharvas en los círculos inferiores, y se retiró al<br />

fondo de su santuario.<br />

Allí, donde no llega ni un eco perdido, ni se<br />

percibe el rumor más leve, donde reina el augusto<br />

silencio de la soledad, y su profunda calma convida<br />

a las meditaciones, Brahma, buscando una distracción<br />

con que matar su eterno fastidio, después de<br />

cerrar la puerta con dos vueltas de llave, entregose<br />

a la alquimia.


VI<br />

Los sabios de la tierra qué pasan su vida<br />

encorvados sobre antiguos pergaminos, que se<br />

rodean de mil objetos misteriosos y conocen las<br />

extrañas propiedades de las piedras preciosas, los<br />

metales y las palabras cabalísticas, hacen por medio<br />

de esta ciencia transformaciones increíbles. El<br />

carbón lo convierten en diamante, la arcilla en oro,<br />

descomponen el agua y el aire, analizan la llama, y<br />

arrancan al fuego el secreto de la vitalidad y la luz.<br />

Si todo esto consigue un mortal miserable<br />

con el reflejo de su saber, figuraos por un instante lo<br />

que haría Brahma, que es el principio de toda ciencia.<br />

VII<br />

De un golpe creó los cuatro elementos, y<br />

creó también a sus guardianes. Agni, que es el<br />

espíritu de las llamas, Vayu, que aúlla montado en<br />

el huracán; Varuna, que se levuelve en los abismos<br />

del Océano; y Prithivi, que conoce todas las cavernas<br />

subterráneas de los mundos, y vive en el seno<br />

de la creación.<br />

Después encerró en redomas transparentes<br />

y de una materia nunca vista gérmenes de cosas


inmateriales e intangibles, pasiones, deseos, facultades,<br />

virtudes, principios de dolor y de gozo de<br />

muerte y de vida, de bien y de mal. Y todo lo subdividió<br />

en especies, y lo clasificó con diligencia exquisita<br />

poniéndole un rótulo escrito a cada una de las<br />

redomas.<br />

VIII<br />

La turba de rapaces que ensordecía en tanto<br />

con sus voces y sus ruidosos juegos los círculos<br />

inferiores del Paraíso, echó de ver la falta de su<br />

señor. -¿Dónde estará? -exclamaban los unos-.<br />

¿Qué hará? -decían entre sí los otros-; y no eran<br />

parte a disminuir el afán de los curiosos las columnas<br />

de negro humo que veían salir en espirales<br />

inmensas del laboratorio de Brahma, ni los globos<br />

de fuego que desde el mismo punto se lanzaba<br />

volteando al vacío, y allí giraban como en una ronda<br />

luminosa y magnífica.<br />

IX<br />

La imaginación de los muchachos es un<br />

corcel, y la curiosidad la espuela que lo aguijonea y<br />

lo arrastra a través de los proyectos más imposibles.<br />

Movidos por ella los microscópicos cantores,<br />

comenzaron a trepar por las piernas de los elefan-


tes que sustentan los círculos del ciclo, y de uno en<br />

otro se encaramaron hasta el misterioso recinto,<br />

dónde Brahma permanecía aún, absorto en sus<br />

especulaciones científicas.<br />

Una vez en la cúspide, los más atrevidos se<br />

agruparon alrededor de la puerta, y uno por el ojo<br />

de la llave, y otros por entre las rendijas y claros de<br />

los mal unidos tableros, penetraron con la mirada en<br />

el inmenso laboratorio, objeto de su curiosidad.<br />

El espectáculo que se ofreció a sus ojos, no<br />

pudo menos de sorprenderles.<br />

X<br />

Allí había diseminadas, sin orden ni concierto,<br />

vasijas y redomas colosales de todas hechuras y<br />

colores. Esqueletos de mundos, embriones de astros<br />

y fragmentos de lunas yacían confundidos con<br />

hombres a medio modelar, proyectos de animales<br />

monstruosos sin concluir, pergaminos oscuros, libros<br />

en folio e instrumentos extraños. Las paredes<br />

estaban llenas de figuras geométricas, signos cabalísticos<br />

y fórmulas mágicas, y en medio del aposento,<br />

en una gigantesca marmita colocada sobre<br />

una lumbre inextinguible, hervían, con un ruido sordo,<br />

mil y mil ingredientes sin nombre, de cuya sabia


combinación habían de resultar las creaciones perfectas.<br />

XI<br />

Brahma, a quien apenas bastaban sus ocho<br />

brazos y sus diez y seis manos para tapar y destapar<br />

vasijas agitar líquidos y remover mixturas, tomaba<br />

algunas veces un gran canuto, a manera de<br />

cerbatana, y así como los chiquillos hacen pompas<br />

de jabón valiéndose de las cañas del trigo seco, lo<br />

sumergía en el licor, se inclinaba después sobre los<br />

abismos del cielo, y soplaba en la una punta, apareciendo<br />

en la otra un globo candente que al lanzarse<br />

comenzaba a girar sobre sí mismo y al compás de<br />

los otros que ya flotaban en el espacio.<br />

XII<br />

Inclinado sobre el abismo sin fondo, el<br />

creador los seguía con una mirada satisfecha, y<br />

aquellos mundos luminosos y perfectos, poblados<br />

de seres felices y hermosísimos sobre toda ponderación,<br />

que son esos astros que, semejantes a los<br />

soles, vemos aún en las noches serenas, entonaban<br />

un himno de alegría a su Dios, girando sobre<br />

sus ejes de diamante y oro con una cadencia majestuosa<br />

y solemne.


Los pequeñuelos gandharvas, sin atreverse<br />

ni aun a respirar, se miraban espantados entre sí,<br />

llenos de estupor y miedo ante aquel espectáculo<br />

grandioso.<br />

XIII<br />

Cansose Brahma de hacer experimentos, y<br />

abandonando el laboratorio, no sin haberle echado,<br />

al salir, la llave y guardándola en el bolsillo, tornó a<br />

montar sobre su cisne con el objeto de tomar aire.<br />

Pero ¡cuál no sería su preocupación cuando él, que<br />

todo lo ve y todo lo sabe, no advirtió que, abstraído<br />

en sus ideas, había echado la llave en falso! No le<br />

pasó lo mismo a la inquieta turba de rapaces, que,<br />

notando el descuido, le siguieron a larga distancia<br />

con la vista, y cuando se creyeron solos, uno empuja<br />

poquito a poco la puerta, éste asoma la cabeza,<br />

aquél adelanta un pie, e invaden todos, por fin, el<br />

laboratorio, tardando muy poco en encontrarse en él<br />

como en su casa.<br />

XIV<br />

Pintar la escena que entonces se verificó en<br />

aquel recinto sería imposible.<br />

Primeramente examinaron todos los objetos<br />

con el mayor asombro, luego se atrevieron a tocar-


los, y al fin terminaron por no dejar títere con cabeza.<br />

Echaron pergaminos en la lumbre para que sirvieran<br />

de pasto a las llamas: destaparon las redomas,<br />

no sin quebrar algunas; removieron las vasijas,<br />

derramando su contenido, y después de oler,<br />

probar y revolverlo todo, los unos se colgaban de<br />

los soles y estrellas aún no concluidos y pendientes<br />

de las bóvedas para secarse; los otros se subían<br />

por las osamentas de los gigantescos animales,<br />

cuyas formas no habían agradado al Señor. Y<br />

arrancaron las hojas de los libros para hacer mitras<br />

de papel, y se coloraron los compases entre las<br />

piernas, a guisa de caballo, y rompieron las varas<br />

de virtudes misteriosas, alanceándose con ellas.<br />

Por último, cansados de enredar, decidieron<br />

hacer un mundo tal y como lo habían visto hacer.<br />

XV<br />

Aquí comenzó el gran bullicio, la confusión y<br />

las carcajadas. La marmita estaba candente. Llegó<br />

el uno, vertió un líquido en ella, y se levantó una<br />

columna de humo. Luego vino otro, arrojó sobre<br />

aquél un elixir misterioso que contenía una redoma,<br />

con la que llegó casi sin aliento hasta el borde del<br />

receptáculo; tan grande era la vasija y tan rapazuelo<br />

su conductor. A cada nuevo ingrediente que arroja-


an en la marmita, se elevaban en su fondo llamaradas<br />

azules y rojas, que saludaba la alegre muchedumbre<br />

con gritos de júbilo y risotadas interminables.<br />

XVI<br />

Allí mezclaron y confundieron todos los<br />

elementos del bien y del mal, el dolor y la alegría, la<br />

fealdad y la hermosura, la abnegación y el egoísmo,<br />

los gérmenes del hielo destinados a mundos hechos<br />

de maner a que el frío causase una fruición deleitosa<br />

en sus habitadores, y los del calor compuestos<br />

para globos cuyos seres se habían de gozar en las<br />

llamas; y revolvieron los principios de la divinidad, el<br />

espíritu con la grosera materia, la arcilla y el fango,<br />

confundiendo en un mismo brebaje la impotencia y<br />

los deseos, la grandeza y la pequeñez, la vida y la<br />

muerte.<br />

Aquellos elementos tan contrarios rabiaban<br />

al verse juntos en el fondo de la marmita.<br />

XVII<br />

Hecha la operación, uno de ellos se arrancó<br />

una pluma de las alas, le cortó las barbas con los<br />

dientes y, mojando lo restante en el líquido, fue a<br />

inclinarse sobre el abismo sin fondo, y sopló, y apa-


eció un mundo. Un mundo deforme, raquítico, oscuro,<br />

aplastado por los polos, que volteaba de medio<br />

ganchete, con montañas de nieve y arenales<br />

encendidos, con fuego en las entrañas y océanos<br />

en la superficie, con una humanidad frágil y presuntuosa,<br />

con aspiraciones de Dios y flaquezas de barro.<br />

El principio de muerte, destruyendo cuanto existe,<br />

y el principio de vida con conatos de eternidad,<br />

reconstruyéndolo con sus mismos despojos; un<br />

mundo disparatado, absurdo, inconcebible; nuestro<br />

mundo, en fin.<br />

Los chiquillos que lo habían formado, al mirarle<br />

rodar en el vacío de un modo tan grotesco, lo<br />

saludaron con una inmensa carcajada, que resonó<br />

en los ocho círculos del Edén.<br />

XVIII<br />

Brahma, al escuchar aquel ruido, volvió en<br />

sí y vio cuanto pasaba, y lo comprendió todo. La<br />

indignación llameó en sus pupilas; su airado acento<br />

atronó el cielo y amedrantó a la turba de muchachos,<br />

que huyó sobrecogida y dispersa a puntapiés;<br />

y ya tenía levantada la mano sobre aquella deforme<br />

creación para destruirla; ya el solo amago había<br />

producido en ella esa gran catástrofe que aún recordamos<br />

con el nombre del diluvio, ruando uno de


los gandharvas, el más travieso, pero el más mono,<br />

se arrojó a sus plantas diciendo entre sollozos: -<br />

¡Señor, Señor, no nos rompas nuestro juguete!<br />

XIX<br />

Brahma es grave, porque es Dios, y, sin<br />

embargo, tuvo que hacer un gran esfuerzo al oír<br />

estas palabras para no dejar reventar la risa que le<br />

retozaba en los ojos. Al cabo, reponiéndose, exclamó:<br />

-Id, turba desalmada e incorregible, marchaos<br />

donde no os vea más, con vuestra deforme criatura.<br />

Ese mundo no debe, no puede existir, porque<br />

en él hasta los átomos pelean con los átomos; pero<br />

marchad, os respeto; mi esperanza es que en poder<br />

vuestro no durará mucho.<br />

Dijo Brahma, y los chiquillos, dándose empellones<br />

y riéndose descompasadamente y arrojando<br />

gritos descomunales, se lanzaron en pos de<br />

nuestro globo, y éste le da por aquí, el otro le hurga<br />

por allá... Desde entonces ruedan con él por el ciclo,<br />

para asombro de los otros mundos y desesperación<br />

de sus habitantes.<br />

Por fortuna nuestra, Brahma lo dijo, y sucederá,<br />

así. Nada hay más delicado ni más temible


que las manos de los chiquillos: en ellas el juguete<br />

no puede durar mucho.


Maese Pérez el Organista<br />

En Sevilla, en el mismo atrio de Santa Inés,<br />

y mientras esperaba que comenzase la Misa del<br />

Gallo, oí esta tradición a una demandadera del convento.<br />

Como era natural, después de oírla,<br />

aguardé impaciente que comenzara la ceremonia,<br />

ansioso de asistir a un prodigio.<br />

Nada menos prodigioso, sin embargo, que<br />

el órgano de Santa Inés, ni nada más vulgar que los<br />

insulsos motetes que nos regaló su organista aquella<br />

noche.<br />

Al salir de la Misa, no pude por menos de<br />

decirle a la demandadera con aire de burla:<br />

-¿En qué consiste que el órgano de maese<br />

Pérez suena ahora tan mal?<br />

-¡Toma! -me contestó la vieja-, en que ese<br />

no es el suyo.<br />

-¿No es el suyo? ¿Pues qué ha sido de él?<br />

-Se cayó a pedazos de puro viejo, hace una<br />

porción de años.<br />

-¿Y el alma del organista?


-No ha vuelto a parecer desde que colocaron<br />

el que ahora les sustituye.<br />

Si a alguno de mis lectores se les ocurriese<br />

hacerme la misma pregunta, después de leer esta<br />

historia, ya sabe el por qué no se ha continuado el<br />

milagroso portento hasta nuestros días.<br />

I<br />

-¿Veis ese de la capa roja y la pluma blanca<br />

en el fieltro, que parece que trae sobre su justillo<br />

todo el oro de los galeones de Indias; aquél que<br />

baja en este momento de su litera para dar la mano<br />

a esa otra señora que, después de dejar la suya, se<br />

adelanta hacia aquí, precedida de cuatro pajes con<br />

hachas? Pues ese es el Marqués de Moscoso,<br />

galán de la condesa viuda de Villapineda. Se dice<br />

que antes de poner sus ojos sobre esta dama, había<br />

pedido en matrimonio a la hija de un opulento<br />

señor; mas el padre de la doncella, de quien se<br />

murmura que es un poco avaro... Pero, ¡calle!, en<br />

hablando del ruin de Roma, cátale aquí que asoma.<br />

¿Veis aquél que viene por debajo del arco de San<br />

Felipe, a pie, embozado en una capa oscura, y precedido<br />

de un solo criado con una linterna? Ahora<br />

llega frente al retablo.


¿Reparasteis, al desembozarse para saludar<br />

a la imagen, la encomienda que brilla en su<br />

pecho?<br />

A no ser por ese noble distintivo, cualquiera<br />

le creería un lonjista de la calle de Culebras... Pues<br />

ese es el padre en cuestión; mirad cómo la gente<br />

del pueblo le abre paso y le saluda.<br />

Toda Sevilla le conoce por su colosal fortuna.<br />

El sólo tiene más ducados de oro en sus arcas<br />

que soldados mantiene nuestro señor el rey Don<br />

Felipe; y con sus galeones podría formar una escuadra<br />

suficiente a resistir a la del Gran Turco...<br />

Mirad, mirad ese grupo de señores graves:<br />

esos son los caballeros veinticuatros. ¡Hola, hola!<br />

También está el flamencote, a quien se dice que no<br />

han echado ya el guante los señores de la cruz<br />

verde, merced a su influjo con los magnates de<br />

Madrid... Éste, no viene a la iglesia más que a oír<br />

música... No, pues si maese Pérez no le arranca<br />

con su órgano lágrimas como puños, bien se puede<br />

asegurar que no tiene su alma en su almario, sino<br />

friéndose en las calderas de Pero Botero... ¡Ay vecina!<br />

Malo... malo... presumo que vamos a tener<br />

jarana; yo me refugio en la iglesia; pues por lo que<br />

veo, aquí van a andar más de sobra los cintarazos


que los Paternóster. -Mirad, Mirad; las gentes del<br />

duque de Alcalá doblan. la esquina de la Plaza de<br />

San Pedro, y por el callejón de las Dueñas se me<br />

figura que he columbrado a las del de Medinasidonia.<br />

¿No os lo dije?<br />

Ya se han visto, ya se detienen unos y<br />

otros, sin pasar de sus puestos... los grupos se disuelven...<br />

los ministriles, a quienes en- estas ocasiones<br />

apalean amigos y enemigos, se retiran...<br />

hasta el señor asistente, con su vara y todo, se refugia<br />

en el atrio... y luego dicen que hay justicia.<br />

Para los pobres...<br />

Vamos, vamos, ya brillan los broqueles en<br />

la oscuridad... ¡Nuestro Señor del Gran Poder nos<br />

asista! Ya comienzan los golpes...; ¡vecina! ¡vecina!,<br />

aquí... antes que cierren las puertas. Pero ¡calle!<br />

¿Qué es eso? Aún no han comenzado cuando lo<br />

dejan. ¿Qué resplandor es aquél?... ¡Hachas encendidas!<br />

¡Literas! Es el señor obispo.<br />

La Virgen Santísima del Amparo, a quien<br />

invocaba ahora mismo con el pensamiento, lo trae<br />

en mi ayuda... ¡Ay! ¡Si nadie sabe lo que yo debo a<br />

esta Señora!... ¡Con cuánta usura me paga las candelillas<br />

que le enciendo los sábados!... Vedlo, qué


hermosote está con sus hábitos morados y su birrete<br />

rojo... Dios le conserve en su silla tantos siglos<br />

como yo deseo de vida para mí. Si no fuera por él,<br />

media Sevilla hubiera ya ardido con estas disensiones<br />

de los duques. Vedlos, vedlos, los hipocritones,<br />

cómo se acercan ambos a la litera del prelado para<br />

besarle el anillo... Cómo le siguen y le acompañan,<br />

confundiéndose con sus familiares. Quién diría que<br />

esos dos que parecen tan amigos, si dentro de media<br />

hora se encuentran en una calle oscura... es<br />

decir, ¡ellos... ellos!... Líbreme Dios de creerlos cobardes;<br />

buena muestra han dado de sí, peleando en<br />

algunas ocasiones contra los enemigos de Nuestro<br />

Señor... Pero es la verdad, que si se buscaran... y si<br />

se buscaran con ganas de encontrarse, se encontrarían,<br />

poniendo fin de una vez a estas continuas<br />

reyertas, en las cuales los que verdaderamente<br />

baten el cobre de firme son sus deudos, sus allegados<br />

y su servidumbre.<br />

Pero vamos, vecina, vamos a la iglesia, antes<br />

que se ponga de bote en bote... que algunas<br />

noches como ésta suele llenarse de modo que no<br />

cabe ni un grano de trigo... Buena ganga tienen las<br />

monjas con su organista... ¿Cuándo se ha visto el<br />

convento tan favorecido como ahora?... De las otras<br />

comunidades, puedo decir que le han hecho a Mae-


se Pérez proposiciones magníficas; verdad que<br />

nada tiene de extraño, pues hasta el señor arzobispo<br />

le ha ofrecido montes de oro por llevarle a la<br />

catedral... Pero él, nada... Primero dejaría la vida<br />

que abandonar su órgano favorito... ¿No conocéis a<br />

maese Pérez? Verdad es que sois nueva en el barrio...<br />

Pues es un santo varón; pobre, sí, pero limosnero<br />

cual no otro... Sin más parientes que su hija ni<br />

más amigo que su órgano, pasa su vida entera en<br />

velar por la inocencia de la una: y componer los<br />

registros del otro... ¡Cuidado que el órgano es viejo!...<br />

Pues nada, él se da tal maña en arreglarlo y<br />

cuidarlo, que suena que es una maravilla... Como le<br />

conoce de tal modo, que a tientas... porque no sé si<br />

os lo he dicho, pero el pobre señor es ciego de nacimiento...<br />

Y ¡con qué paciencia lleva su desgracia!...<br />

Cuando le preguntan que cuánto daría por<br />

ver, responde: Mucho, pero no tanto como creéis,<br />

porque tengo esperanzas. -¿Esperanzas de ver? -<br />

Sí, y muy pronto -añade sonriéndose como un<br />

ángel-; ya cuento setenta y seis años; por muy larga<br />

que sea mi vida, pronto veré a Dios...<br />

¡Pobrecito! Y sí lo verá... porque es humilde<br />

como las piedras de la calle, que se dejan pisar de<br />

todo el mundo... Siempre dice que no es más que<br />

un pobre organista de convento, y puede dar leccio-


nes de solfa al mismo maestro de capilla de la Primada;<br />

como que echó los dientes en el oficio... Su<br />

padre tenía la misma profesión que él; yo no le conocí,<br />

pero mi señora madre, que santa gloria haya,<br />

dice que le llevaba siempre al órgano consigo para<br />

darle a los fuelles. Luego, el muchacho mostró tales<br />

disposiciones que, como era natural, a la muerte de<br />

su padre heredó el cargo... ¡Y qué manos tiene!<br />

Dios se las bendiga. Merecía que se las llevaran a<br />

la calle de Chicarreros y se las engarzasen en oro...<br />

Siempre toca bien, siempre, pero en semejante<br />

noche como ésta es un prodigio... Él tiene una gran<br />

devoción por esta ceremonia de la Misa del Gallo, y<br />

cuando levantan la Sagrada Forma al punto y hora<br />

de las doce, que es cuando vino al mundo Nuestro<br />

Señor Jesucristo... las voces de su órgano son voces<br />

de ángeles...<br />

En fin, ¿para qué tengo de ponderarle lo<br />

que esta noche oirá? Baste el ver cómo todo lo demás<br />

florido de Sevilla, hasta el mismo señor arzobispo,<br />

vienen a un humilde convento para escucharle:<br />

y no se crea que sólo la gente sabida y a la que<br />

se le alcanza esto de la solfa conocen su mérito,<br />

sino que hasta el populacho. Todas esas bandadas<br />

que veis llegar con teas encendidas entonando<br />

villancicos con gritos desaforados al compás de los


panderos, las sonajas y las zambombas, contra su<br />

costumbre, que es la de alborotar las iglesias, callan<br />

como muertos cuando pone maese Pérez las manos<br />

en el órgano... y cuando alzan... cuando alzan<br />

no se siente una mosca... de todos los ojos caen<br />

lagrimones tamaños, y al concluir se oye como un<br />

suspiro inmenso, que no es otra cosa que la respiración<br />

de los circunstantes, contenida mientras dura<br />

la música... Pero vamos, vamos, ya han dejado de<br />

tocar las campanas, y va a comenzar la Misa, vamos<br />

adentro...<br />

Para todo el mundo es esta noche Noche-<br />

Buena, pero para nadie mejor que para nosotros.<br />

Esto diciendo, la buena mujer que había<br />

servido de cicerone a su vecina, atravesó el atrio del<br />

convento de Santa Inés, y codazo en éste, empujón<br />

en aquél, se internó en el templo, perdiéndose entre<br />

la muchedumbre que se agolpaba en la puerta.<br />

II<br />

La iglesia estaba iluminada con una profusión<br />

asombrosa. El torrente de luz que se desprendía<br />

de los altares para llenar sus ámbitos, chispeaba<br />

en los ricos joyeles de las damas que, arrodillándose<br />

sobre los cojines de terciopelo que tendían los


pajes y tomando el libro de oraciones de manos de<br />

las dueñas, vinieron a formar un brillante círculo<br />

alrededor de la verja del presbiterio. Junto a aquella<br />

verja, de pie, envueltos en sus capas de color galoneadas<br />

de oro, dejando entrever con estudiado<br />

descuido las encomiendas rojas y verdes, en la una<br />

mano el fieltro, cuyas plumas besaban los tapices,<br />

la otra sobre los bruñidos gavilanes del estoque o<br />

acariciando el pomo del cincelado puñal, los caballeros<br />

veinticuatros, con gran parte de lo mejor de la<br />

nobleza sevillana, parecían formar un muro, destinado<br />

a defender a sus hijas y a sus esposas del<br />

contacto de la plebe. Ésta, que se agitaba en el<br />

fondo de las naves, con un rumor parecido al del<br />

mar cuando se alborota, prorrumpió en una aclamación<br />

de júbilo, acompañada del discordante sonido<br />

de las sonajas y los panderos, al mirar aparecer al<br />

arzobispo, el cual, después de sentarse junto al<br />

altar mayor bajo un solio de grana que rodearon sus<br />

familiares, echó por tres veces la bendición al pueblo.<br />

Era la hora de que comenzase la Misa.<br />

Transcurrieron, sin embargo, algunos minutos<br />

sin que el celebrante apareciese. La multitud<br />

comenzaba a rebullirse, demostrando su impacien-


cia; los caballeros cambiaban entre sí algunas palabras<br />

a media voz, y el arzobispo mandó a la sacristía<br />

a uno de sus familiares a inquirir el por qué no<br />

comenzaba la ceremonia.<br />

-Maese Pérez se ha puesto malo, muy malo,<br />

y será imposible que asista esta noche a la Misa<br />

de media noche.<br />

Ésta fue la respuesta del familiar.<br />

La noticia cundió instantáneamente entre la<br />

muchedumbre. Pintar el efecto desagradable que<br />

causó en todo el mundo, sería cosa imposible; baste<br />

decir que comenzó a notarse tal bullicio en el<br />

templo, que el asistente se puso de pie y los alguaciles<br />

entraron a imponer silencio, confundiéndose<br />

entre las apiñadas olas de la multitud.<br />

En aquel momento, un hombre mal trazado,<br />

seco huesudo y bisojo por añadidura, se adelantó<br />

hasta el sitio que ocupaba el prelado.<br />

-Maese Pérez está enfermo -dijo-; la ceremonia<br />

no puede empezar. Si queréis, yo tocaré el<br />

órgano en su ausencia; que ni maese Pérez, es el<br />

primer organista del mundo, ni a su muerte dejará<br />

de usarse este instrumento por falta de inteligente.


El arzobispo hizo una señal de asentimiento<br />

con la cabeza, y ya algunos de los fieles que conocían<br />

a aquel personaje extraño por un organista envidioso,<br />

enemigo del de Santa Inés, comenzaban a<br />

prorrumpir en exclamaciones de disgusto, cuando<br />

de improviso se oyó en el atrio un ruido espantoso.<br />

-¡Maese Pérez está aquí!... ¡Maese Pérez<br />

está aquí!...<br />

A estas voces de los que estaban apiñados<br />

en la puerta, todo el mundo volvió la cara.<br />

Maese Pérez, pálido y desencajado, entraba<br />

en efecto en la iglesia, conducido en un sillón,<br />

que todos se disputaban el honor de llevar en sus<br />

hombros.<br />

Los preceptos de los doctores, las lágrimas<br />

de su hija, nada había sido bastante a detenerle en<br />

el lecho.<br />

-No -había dicho-; ésta es la última, lo conozco,<br />

lo conozco, y no quiero morir sin visitar mi<br />

órgano, y esta noche sobre todo, la Noche-Buena.<br />

Vamos, lo quiero, lo mando; vamos a la iglesia.


Sus deseos se habían cumplido; los concurrentes<br />

le subieron en brazos a la tribuna, y comenzó<br />

la Misa.<br />

En aquel punto sonaban las doce en el reloj<br />

de la catedral.<br />

Pasó el introito y el Evangelio y el ofertorio,<br />

y llegó el instante solemne en que el sacerdote,<br />

después de haberla consagrado, toma con la extremidad<br />

de sus dedos la Sagrada Forma y comienza<br />

a elevarla.<br />

Una nube de incienso que se desenvolvía<br />

en ondas azuladas llenó el ámbito de la iglesia; las<br />

campanillas repicaron con un sonido vibrante, y<br />

maese Pérez puso sus crispadas manos sobre las<br />

teclas del órgano.<br />

Las cien voces de sus tubos de metal resonaron<br />

en un acorde majestuoso y prolongado, que<br />

se perdió poco a poco, como si una ráfaga de aire<br />

hubiese arrebatado sus últimos ecos.<br />

A este primer acorde, que parecía una voz<br />

que se elevaba desde la tierra al cielo, respondió<br />

otro lejano y suave que fue creciendo, creciendo,<br />

hasta convertirse en un torrente de atronadora armonía.


Era la voz de los ángeles que atravesando<br />

los espacios, llegaba al mundo.<br />

Después comenzaron a oírse como unos<br />

himnos distantes que entonaban las jerarquías de<br />

serafines; mil himnos a la vez, que al confundirse<br />

formaban uno solo, que, no obstante, era no más el<br />

acompañamiento de una extraña melodía, que parecía<br />

flotar sobre aquel océano de misteriosos ecos,<br />

como un jirón de niebla sobre las olas del mar.<br />

Luego fueron perdiéndose unos cantos,<br />

después otros; la combinación se simplificaba. Ya<br />

no eran más que dos voces, cuyos ecos se confundían<br />

entre sí; luego quedó una aislada, sosteniendo<br />

una nota brillante como un hilo de luz... El<br />

sacerdote inclinó la frente, y por encima de su cabeza<br />

cana y como a través de una gasa azul que<br />

fingía el humo del incienso, apareció la Hostia a los<br />

ojos de los fieles. En aquel instante la nota que<br />

maese Pérez sostenía trinando, se abrió, se abrió, y<br />

una explosión de armonía gigante estremeció la<br />

iglesia, en cuyos ángulos zumbaba el aire comprimido,<br />

y cuyos vidrios de colores se estremecían en<br />

sus angostos ajimeces.<br />

De cada una de las notas que formaban<br />

aquel magnífico acorde, se desarrolló un tema; y


unos cerca, otros lejos, éstos brillantes, aquéllos<br />

sordos, diríase que las aguas y los pájaros, las brisas<br />

y las frondas, los hombres y los ángeles, la<br />

tierra y los cielos, cantaban cada cual en su idioma<br />

un himno al nacimiento del Salvador.<br />

La multitud escuchaba atónica y suspendida.<br />

En todos los ojos había una lágrima, en todos<br />

los espíritus un profundo recogimiento.<br />

El sacerdote que oficiaba sentía temblar sus<br />

manos, porque Aquél que levantaba en ellas, Aquél<br />

a quien saludaban hombres y arcángeles era su<br />

Dios, era su Dios, y le parecía haber visto abrirse<br />

los cielos y transfigurarse la Hostia.<br />

El órgano proseguía sonando; pero sus voces<br />

se apagaban gradualmente, como una voz que<br />

se pierde de eco en eco y se aleja y se debilita al<br />

alejarse, cuando de pronto sonó un grito en la tribuna,<br />

un grito desgarrador, agudo, un grito de mujer.<br />

El órgano exhaló un sonido discorde y extraño,<br />

semejante a un sollozo, y quedó mudo.<br />

La multitud se agolpó a la escalera de la tribuna,<br />

hacia la que, arrancados de su éxtasis religioso,<br />

volvieron la mirada con ansiedad todos los fieles.


-¿Qué ha sucedido? ¿Qué pasa? -se decían<br />

unos a otros, y nadie sabía responder, y todos<br />

se empeñaban en adivinarlo, y crecía la confusión, y<br />

el alboroto comenzaba a subir de punto, amenazando<br />

turbar el orden y el recogimiento propios de<br />

la iglesia.<br />

-¿Qué ha sido eso? -preguntaban las damas<br />

al asistente, que precedido de los ministriles,<br />

fue uno de los primeros a subir a la tribuna, y que,<br />

pálido y con muestras de profundo pesar, se dirigía<br />

al puesto en donde le esperaba el arzobispo, ansioso,<br />

como todos, por saber la causa de aquel desorden.<br />

-¿Qué hay?<br />

-Que maese Pérez acaba de morir.<br />

En efecto, cuando los primeros fieles, después<br />

de atropellarse por la escalera, llegaron a la<br />

tribuna, vieron al pobre organista caído de boca<br />

sobre las teclas de su viejo instrumento, que aún<br />

vibraba sordamente, mientras su hija, arrodillada a<br />

sus pies, le llamaba en vano entre suspiros y sollozos.<br />

III


-Buenas noches, mi señora doña Baltasara,<br />

¿también usarced viene esta noche a la Misa del<br />

Gallo? Por mi parte tenía hecha intención de irla a<br />

oír a la parroquia; pero lo que sucede... ¿Dónde va<br />

Vicente? Donde va la gente. Y eso que, si he de<br />

decir la verdad, desde que murió maese Pérez parece<br />

que me echan una losa sobre el corazón cuando<br />

entro en Santa Inés... ¡Pobrecito! ¡Era un Santo!...<br />

Yo de mí sé decir que conservo un pedazo de<br />

su jubón como una reliquia, y lo merece..., pues, en<br />

Dios y en mi ánima, que si el señor arzobispo tomara<br />

mano en ello, es seguro que nuestros nietos le<br />

verían en los altares... Mas ¡cómo ha de ser!... A<br />

muertos y a idos, no hay amigos... Ahora lo que<br />

priva es la novedad... ya me entiende usarced.<br />

¡Qué! ¿No sabe nada de lo que pasa? Verdad que<br />

nosotras nos parecemos en eso: de nuestra casita a<br />

la iglesia, y de la iglesia a nuestra casita, sin cuidarnos<br />

de lo que se dice o déjase de decir...; sólo que<br />

yo, así... al vuelo... una palabra de acá, otra de<br />

acullá... sin ganas de enterarme siquiera, suelo<br />

estar al corriente de algunas novedades.... Pues, sí,<br />

señor; parece cosa hecha que el organista de San<br />

Román, aquel bisojo, que siempre está echando<br />

pestes de los otros organistas; perdulariote, que<br />

más parece jifero de la puerta de la Carne que ma-


estro de solfa, va a tocar esta Noche-Buena en lugar<br />

de Maese Pérez. Ya sabrá usarced, porque esto<br />

lo ha sabido todo el mundo y es cosa pública en<br />

Sevilla, que nadie quería comprometerse a hacerlo.<br />

Ni aun su hija, que es profesora, y después de la<br />

muerte de su padre entró en el convento de novicia.<br />

Y era natural: acostumbrados a oír aquellas maravillas,<br />

cualquiera otra cosa había de parecernos mala,<br />

por más que quisieran evitarse las comparaciones.<br />

Pues cuando ya la comunidad había decidido que,<br />

en honor del difunto y como muestra de respeto a<br />

su memoria, permanecería callado el órgano en<br />

esta noche, hete aquí que se presenta nuestro<br />

hombre, diciendo que él se atreve a tocarlo... No<br />

hay nada más atrevido que la ignorancia... Cierto<br />

que la culpa no es suya, sino de los que le consienten<br />

esta profanación...; pero así va el mundo... y<br />

digo... no es cosa la gente que acude... cualquiera<br />

diría que nada ha cambiado desde un año a otro.<br />

Los mismos personajes, el mismo lujo, los mismos<br />

empellones en la puerta, la misma animación en el<br />

atrio, la misma multitud en el templo... ¡Ay si levantara<br />

la cabeza el muerto! Se volvía a morir por no<br />

oír su órgano tocado por manos semejantes. Lo que<br />

tiene que, si es verdad lo que me han dicho las<br />

gentes del barrio, le preparan una buena al intruso.


Cuando llegue el momento de poner la mano sobre<br />

las teclas, va a comenzar una algarabía de sonajas,<br />

panderos y zambombas que no hay más que oír...<br />

Pero, ¡calle!, ya entra en la iglesia el héroe de la<br />

función. ¡Jesús, qué ropilla de colorines, qué gorguera<br />

de cañutos, qué aire de personaje! Vamos,<br />

vamos, que ya hace rato que llegó el arzobispo, y<br />

va a comenzar la Misa...; vamos, que me parece<br />

que esta noche va a darnos que contar para muchos<br />

días.<br />

Esto diciendo la buena mujer, que ya conocen<br />

nuestros lectores por sus ex abruptos de locuacidad,<br />

penetró en Santa Inés, abriéndose, según<br />

costumbre un camino entre la multitud a fuerza de<br />

empellones y codazos.<br />

Ya se había dado principio a la ceremonia.<br />

El templo estaba tan brillante como el año<br />

anterior.<br />

El nuevo organista, después de atravesar<br />

por en medio de los fieles que ocupaban las naves<br />

para ir a besar el anillo del prelado, había subido a<br />

la tribuna, donde tocaba unos tras otros los registros<br />

del órgano, con una gravedad tan afectada como<br />

ridícula.


Entre la gente menuda que se apiñaba a los<br />

pies de la iglesia se oía un rumor sordo y confuso,<br />

cierto presagio de que la tempestad comenzaba a<br />

fraguarse y no tardaría mucho en dejarse sentir.<br />

-Es un truhán, que por no hacer nada bien,<br />

ni aun mira a derechas -decían los unos.<br />

-Es un ignorantón que, después de haber<br />

puesto el órgano de su parroquia peor que una carraca,<br />

viene a profanar el de maese Pérez -decían<br />

los otros.<br />

Y mientras éste se desembarazaba del capote<br />

para prepararse a darle de firme a su pandero,<br />

y aquél apercibía sus sonajas, y todos se disponían<br />

a hacer bulla a más y mejor, sólo alguno que otro se<br />

aventuraba a defender tibiamente al extraño personaje,<br />

cuyo porte orgulloso y pendantesco hacía tan<br />

notable contraposición con la modesta apariencia y<br />

la afable bondad del difunto maese Pérez.<br />

Al fin llegó el esperado momento, el momento<br />

solemne en que el sacerdote, después de<br />

inclinarse y murmurar algunas palabras santas,<br />

tomó la Hostia en sus manos... Las campanillas<br />

repicaron, semejando su repique una lluvia de notas


de cristal; se elevaron las diáfanas ondas de incienso,<br />

y sonó el órgano.<br />

Una estruendoso algarabía llegó los ámbitos<br />

de la iglesia en aquel instante y ahogó su primer<br />

acorde.<br />

Zampoñas, gaitas, sonajas, panderos, todos<br />

los instrumentos del populacho, alzaron sus discordantes<br />

voces a la vez; pero la confusión y el estrépito<br />

sólo duró algunos segundos. Todos a la vez,<br />

como habían comenzado, enmudecieron de pronto.<br />

El segundo acorde, amplio, valiente, magnífico,<br />

se sostenía aún brotando de los tubos de metal<br />

del órgano, como una cascada de armonía inagotable<br />

y sonora.<br />

Cantos celestes como los que acarician los<br />

oídos en los momentos de éxtasis; cantos que percibe<br />

el espíritu y no los puede repetir el labio; notas<br />

sueltas de una melodía lejana, que suenan a intervalos<br />

traídas en las ráfagas del viento; rumor de<br />

hojas que se besan en los árboles con un murmullo<br />

semejante al de la lluvia; trinos de alondras que se<br />

levantan gorjeando de entre las flores como una<br />

saeta despedida a las nubes; estruendos sin nombre,<br />

imponentes como los rugidos de una tempes-


tad; coros de serafines sin ritmo ni cadencia, ignota<br />

música del cielo que sólo la imaginación comprende;<br />

himnos alados, que parecían remontarse al trono<br />

del Señor como una tromba de luz y de sonidos...<br />

todo lo expresaban las cien voces del órgano,<br />

con más pujanza, con más misteriosa poesía, con<br />

más fantástico color que lo habían expresado nunca.<br />

Cuando el organista bajó de la tribuna, la<br />

muchedumbre que se agolpó a la escalera fue tanta<br />

y tanto su afán por verle y admirarle, que el asistente,<br />

temiendo, no sin razón, que le ahogaran entre<br />

todos, mandó a algunos de sus ministriles para que,<br />

vara en mano, le fueran abriendo camino hasta<br />

llegar al altar mayor, donde el prelado le esperaba.<br />

-Ya veis -le dijo este último cuando le trajeron<br />

a su presencia; vengo desde mi palacio aquí<br />

sólo por escucharos. ¿Seréis tan cruel como maese<br />

Pérez, que nunca quiso excusarme el viaje, tocando<br />

la Noche-Buena en la Misa de la catedral?<br />

-El año que viene -respondió el organista-,<br />

prometo daros gusto, pues por todo el oro de la<br />

tierra no volvería a tocar este órgano.<br />

-¿Y por qué? -interrumpió el prelado.


-Porque... -añadió el organista, procurando<br />

dominar la emoción que se revelaba en la palidez<br />

de su rostro- porque es viejo y malo, y no puede<br />

expresar todo lo que se quiere.<br />

El arzobispo se retiró, seguido de sus familiares.<br />

Unas tras otras, las literas de los señores<br />

fueron desfilando y perdiéndose en las revueltas de<br />

las calles vecinas; los grupos del atrio se disolvieron,<br />

dispersándose los fieles en distintas direcciones;<br />

y ya la demandadera se disponía a cerrar las<br />

puertas de la entrada del atrio, cuando se divisaban<br />

aún dos mujeres que, después de persignarse y<br />

murmurar una oración ante el retablo del arco de<br />

San Felipe, prosiguieron su camino, internándose<br />

en el callejón de las Dueñas.<br />

-¿Qué quiere usarced, mi señora doña Baltasara?<br />

-decía la una-, yo soy de este genial. Cada<br />

loco con su tema... Me lo habían de asegurar capuchinos<br />

descalzos y no lo creería del todo... Ese<br />

hombre no puede haber tocado lo que acabamos de<br />

escuchar... Si yo lo he oído mil veces en San Bartolomé,<br />

que era su parroquia, y de donde tuvo que<br />

echarle el señor cura por malo, y era cosa de taparse<br />

los oídos con algodones... Y luego, si no hay<br />

más que mirarle al rostro, que según dicen, es el


espejo del alma... Yo me acuerdo, pobrecito, como<br />

si lo estuviera viendo, me acuerdo de la cara de<br />

maese Pérez, cuando en semejante noche como<br />

ésta bajaba de la tribuna, después de haber suspendido<br />

al auditorio con sus primores... ¡Qué sonrisa<br />

tan bondadosa, qué color tan animado!... Era<br />

viejo y parecía un ángel... no que éste ha bajado las<br />

escaleras a trompicones, como sí le ladrase un perro<br />

en la meseta, y con un color de difunto y unas...<br />

Vamos mi señora doña Baltasara, creame usarced,<br />

y creame con todas veras... yo sospecho que aquí<br />

hay busilis...<br />

Comentando las últimas palabras, las dos<br />

mujeres doblaban la esquina del callejón y desaparecían.<br />

Creemos inútil decir a nuestros lectores<br />

quién era una de ellas.<br />

IV<br />

Había transcurrido un año más. La abadesa<br />

del convento de Santa Inés y la hija de maese<br />

Pérez hablaban en voz baja, medio ocultas entre las<br />

sombras del coro de la iglesia. El esquilón llamaba a<br />

voz herida a los fieles desde la torre, y alguna que<br />

otra rara persona atravesaba el atrio, silencioso y


desierto esta vez, y después de tomar el agua bendita<br />

en la puerta, escogía un puesto en un rincón de<br />

las naves, donde unos cuantos vecinos del barrio<br />

esperaban tranquilamente que comenzara la Misa<br />

del Gallo.<br />

-Ya lo veis -decía la superiora-, vuestro temor<br />

es sobremanera pueril; nadie hay en el templo;<br />

toda Sevilla acude en tropel a la catedral esta noche.<br />

Tocad vos el órgano y tocadle sin desconfianza<br />

de ninguna clase; estaremos en comunidad... Pero...<br />

proseguís callando, sin que cesen vuestros<br />

suspiros. ¿Qué os pasa? ¿Qué tenéis?<br />

-Tengo... miedo -exclamó la joven con un<br />

acento profundamente conmovido.<br />

-¡Miedo! ¿De qué?<br />

-No sé... de una cosa sobrenatural... Anoche,<br />

mirad, yo os había oído decir que teníais empeño<br />

en que tocase el órgano en la Misa, y ufana<br />

con esta distinción pensé arreglar sus registros y<br />

templarle, al fin de que hoy os sorprendiese... Vine<br />

al coro... sola... abrí la puerta que conduce a la tribuna...<br />

En el reloj de la catedral sonaba en aquel<br />

momento una hora... no sé cuál... Pero las campanas<br />

eran tristísimas y muchas... muchas... estuvie-


on sonando todo el tiempo que yo permanecí como<br />

clavada en el dintel, y aquel tiempo me pareció un<br />

siglo.<br />

La iglesia estaba desierta y oscura... Allá lejos,<br />

en el fondo, brillaba como una estrella perdida<br />

en el cielo de la noche una luz muribunda... la luz de<br />

la lámpara que arde en el altar mayor... A sus reflejos<br />

debilísimos, que sólo contribuían a hacer más<br />

visible todo el profundo horror de las sombras, vi...<br />

le vi, madre, no lo dudéis, vi a un hombre que en<br />

silencio y vuelto de espaldas hacia el sitio en que yo<br />

estaba recorría con una mano las teclas del órgano,<br />

mientras tocaba con la otra sus registros... y el<br />

órgano sonaba; pero sonaba de una manera indescriptible.<br />

Cada una de sus notas parecía un sollozo<br />

ahogado dentro del tubo de metal, que vibraba con<br />

el aire comprimido en su hueco, y reproducía el tono<br />

sordo, casi imperceptible, pero justo.<br />

Y el reloj de la catedral continuaba dando la<br />

hora, y el hombre aquel proseguía recorriendo las<br />

teclas. Yo oía hasta su respiración.<br />

El horror había helado la sangre de mis venas;<br />

sentía en mi cuerpo como un frío glacial y en<br />

mis sienes fuego... Entonces quise gritar, pero no<br />

pude. El hombre aquel había vuelto la cara y me


había mirado.., digo mal, no me había mirado, porque<br />

era ciego... ¡Era mi padre!<br />

¡Bah!, hermana, desechad esas fantasías<br />

con que el enemigo malo procura turbar las imaginaciones<br />

débiles... Rezad un Paternóster y un Avemaría<br />

al arcángel San Miguel, jefe de las milicias<br />

celestiales, para que os asista contra los malos<br />

espíritus. Llevad al cuello un escapulario tocado en<br />

la reliquia de San Pacomio, abogado contra las<br />

tentaciones, y marchad, marchad a ocupar la tribuna<br />

del órgano; la Misa va a comenzar, y ya esperan<br />

con impaciencia los fieles... Vuestro padre está en<br />

el cielo, y desde allí, antes que daros sustos, bajará<br />

a inspirar a su hija en esta ceremonía solemne, para<br />

el objeto de tan especial devoción.<br />

La priora fue a ocupar su sillón en el coro en<br />

medio de la Comunidad. La hija de maese Pérez<br />

abrió con mano temblorosa la puerta de la tribuna<br />

para sentarse en el banquillo del órgano, y comenzó<br />

la Misa.<br />

Comenzó la Misa y prosiguió sin que ocurriese<br />

nada de notable hasta que llegó la consagración.<br />

En aquel momento sonó el órgano, y al mismo<br />

tiempo que el órgano un grito de la hija de maese<br />

Pérez.


La superiora, las monjas y algunos de los<br />

fieles corrieron a la tribuna.<br />

¡Miradle! ¡Miradle! -decía la joven fijando<br />

sus desencajados ojos en el banquillo, de donde se<br />

había levantado asombrada para agarrarse con sus<br />

manos convulsas al barandal de la tribuna.<br />

Todo el mundo fijó sus miradas en aquel<br />

punto. El órgano estaba solo, y no obstante, el<br />

órgano seguía sonando... sonando como sólo los<br />

arcángeles podrían imitarlo en sus raptos de místico<br />

alborozo.<br />

-¡No os lo dije yo una y mil veces, mi señora<br />

doña Baltasara, no os lo dije yo!... ¡Aquí hay busilis!<br />

Oídlo; ¡qué!, ¿no estuvisteis anoche en la Misa del<br />

Gallo? Pero, en fin, ya sabréis lo que pasó. En toda<br />

Sevilla no se habla de otra cosa... El señor arzobispo<br />

está hecho y con razón una furia... Haber dejado<br />

de asistir a Santa Inés; no haber podido presenciar<br />

el portento... y ¿para qué?, para oír una cencerrada;<br />

porque personas que lo oyeron dicen que lo que<br />

hizo el dichoso organista de San Bartolomé en la<br />

catedral no fue otra cosa... -Si lo decía yo. Eso no<br />

puede haberlo tocado el bisojo, mentira... aquí hay<br />

busilis, y el busilis era, en efecto, el alma de maese<br />

Pérez.


Los ojos verdes<br />

Hace mucho tiempo que tenía ganas de escribir<br />

cualquier cosa con este título.<br />

Hoy, que se me ha presentado ocasión, lo<br />

he puesto con letras grandes en la primera cuartilla<br />

de papel, y luego he dejado a capricho volar la pluma.<br />

Yo creo que he visto unos ojos como los<br />

que he pintado en esta leyenda. No sé si en sueños,<br />

pero yo los he visto. De seguro no los podré describir<br />

tales cuales ellos eran: luminosos, transparentes<br />

como las gotas de la lluvia que se resbalan sobre<br />

las hojas de los árboles después de una tempestad<br />

de verano. De todos modos, cuento con la imaginación<br />

de mis lectores para hacerme comprender en<br />

este que pudiéramos llamar boceto de un cuadro<br />

que pintaré algún día.<br />

I<br />

-Herido va el ciervo... herido va; no hay duda.<br />

Se ve el rastro de la sangre entre las zarzas del<br />

monte, y al saltar uno de esos lentiscos han flaqueado<br />

sus piernas... Nuestro joven señor comienza<br />

por donde otros acaban... en cuarenta años de<br />

montero no he visto mejor golpe... Pero. ¡por San


Saturio, patrón de Soria!, cortadle el paso por esas<br />

carrascas, azuzad los perros, soplad en esas trompas<br />

hasta echar los hígados, y hundidle a los corceles<br />

una cuarta de hierro en los ijares: ¿no veis que<br />

se dirige hacia la fuente de los álamos; y si la salva<br />

antes de morir podemos darle por perdido?<br />

Las cuencas del Moncayo repitieron de eco<br />

en eco el bramido de las trompas, el latir de la jauría<br />

desencadenada, y las voces de los pajes resonaron<br />

con nueva furia, y el confuso tropel de hombres,<br />

caballos y perros se dirigió al punto que Íñigo, el<br />

montero mayor de los marqueses de Almenar, señalara<br />

como el más a propósito para cortarle el paso<br />

a la res.<br />

Pero todo fue inútil. Cuando el más ágil de<br />

los lebreles llegó a las carrascas jadeante y cubiertas<br />

las fauces de espuma, ya el ciervo rápido como<br />

una saeta, las había salvado de un solo brinco,<br />

perdiéndose entre los matorrales de una trocha que<br />

conducía a la fuente.<br />

-¡Alto!... ¡Alto todo el mundo! -gritó Íñígo entonces-;<br />

estaba de Dios que había de marcharse.


Y la cabalgata se detuvo, y enmudecieron<br />

las trompas, y los lebreles dejaron refunfuñando la<br />

pista a la voz de los cazadores.<br />

En aquel momento se reunía a la comitiva el<br />

héroe de la fiesta, Fernando de Argensola, el primogénito<br />

de Almenar.<br />

-¿Qué haces? -exclamó dirigiéndose a su<br />

montero, y en tanto, ya se pintaba el asombro en<br />

sus facciones, ya ardía la cólera en sus ojos-. ¿Qué<br />

haces, imbécil? ¡Ves que la pieza está herida, que<br />

es la primera que cae por mi mano, y abandonas el<br />

rastro y la dejas perder para que vaya a morir en el<br />

fondo del bosque! ¿Crees acaso que he venido a<br />

matar ciervos para festines de lobos?<br />

-Señor -murmuró Íñigo entre dientes-, es<br />

imposible pasar de este punto.<br />

-¡Imposible! ¿Y por qué?<br />

-Porque esa trocha -prosiguió el monteroconduce<br />

a la fuente de los Álamos; la fuente de los<br />

Álamos, en cuyas aguas habita un espíritu del mal.<br />

El que osa enturbiar su corriente, paga caro su atrevimiento.<br />

Ya la res habrá salvado sus márgenes;<br />

¿cómo la salvaréis vos sin atraer sobre vuestra<br />

cabeza alguna calamidad horrible? Los cazadores


somos reyes del Moncayo, pero reyes que pagan un<br />

tributo. Pieza que se refugia en esa fuente misteriosa,<br />

pieza perdida.<br />

-¡Pieza perdida! Primero perderé yo el señorío<br />

de mis padres, y primero perderé el ánima en<br />

manos de Satanás, que permitir que se me escape<br />

ese ciervo, el único que ha herido mi venablo, la<br />

primicia de mis excursiones de cazador... ¿Lo<br />

ves?... ¿Lo ves?... Aún se distingue a intervalos<br />

desde aquí... las piernas le faltan, su carrera se<br />

acorta; déjame... déjame... suelta esa brida o te<br />

revuelco en el polvo... ¿Quién sabe si no le daré<br />

lugar para que llegue a la fuente? Y si llegase, al<br />

diablo ella, su limpidez y sus habitadores. ¡Sus!,<br />

¡Relámpago!, ¡sus, caballo mío!, si lo alcanzas,<br />

mando engarzar los diamantes de mi joyel en tu<br />

serreta de oro.<br />

Caballo y jinete partieron como un huracán.<br />

Íñigo los siguió con la vista hasta que se<br />

perdieron en la maleza; después volvió los ojos en<br />

derredor suyo; todos, como él, permanecían inmóviles<br />

y consternados.<br />

El montero exclamó al final:


-Señores, vosotros lo habéis visto; me he<br />

expuesto a morir entre los pies de su caballo por<br />

detenerle. Yo he cumplido con mi deber. Con el<br />

diablo no sirven valentías. Hasta aquí llega el montero<br />

con su ballesta; de aquí adelante, que pruebe a<br />

pasar el capellán con su hisopo.<br />

II<br />

-Tenéis la color quebrada; andáis mustio y<br />

sombrío; ¿qué os sucede? Desde el día, que yo<br />

siempre tendré por funesto, en que llegasteis a la<br />

fuente de los Álamos en pos de la res herida, diríase<br />

que una mala bruja os ha encanijado con sus<br />

hechizos.<br />

Ya no vais a los montes precedido de la ruidosa<br />

jauría, ni el clamor de vuestras trompas despierta<br />

sus ecos. Sólo con esas cavilaciones que os<br />

persiguen, todas las mañanas tomáis la ballesta<br />

para enderezaros a la espesura y permanecer en<br />

ella hasta que el sol se esconde. Y cuando la noche<br />

oscurece y volvéis pálido y fatigado al castillo, en<br />

balde busco en la bandolera los despojos de la caza.<br />

¿Qué os ocupa tan largas horas lejos de los que<br />

más os quieren?


Mientras Íñigo hablaba Fernando, absorto<br />

en sus ideas, sacaba maquinalmente astillas de su<br />

escaño de ébano con el cuchillo de monte.<br />

Después de un largo silencio, que sólo interrumpía<br />

el chirrido de la hoja al resbalar sobre la<br />

pulimentada madera, el joven exclamó dirigiéndose<br />

a su servidor, como si no hubiera escuchado una<br />

sola de sus palabras:<br />

Íñigo, tú que eres viejo; tú que conoces todas<br />

las guaridas del Moncayo, que has vivido en<br />

sus faldas persiguiendo a las fieras, y en tus errantes<br />

excursiones de cazador subiste más de una vez<br />

a su cumbre, dime: ¿has encontrado por acaso una<br />

mujer que vive entre sus rocas?<br />

-¡Una mujer! -exclamó el montero con<br />

asombro y mirándole de hito en hito.<br />

-Sí -dijo el joven-; es una cosa extraña lo<br />

que me sucede, muy extraña... Creí poder guardar<br />

ese secreto eternamente, pero no es ya posible;<br />

rebosa en mi corazón y asoma a mi semblante. Voy,<br />

pues, a revelártelo... Tú me ayudarás a desvanecer<br />

el misterio que envuelve a esa criatura, que al parecer<br />

sólo para mí existe, pues nadie la conoce, ni la<br />

ha visto, ni puede darme razón de ella.


El montero, sin desplegar los labios,<br />

arrastró su banquillo hasta colocarle junto al escaño<br />

de su señor, del que no apartaba un punto los espantados<br />

ojos. Éste, después de coordinar sus ideas<br />

prosiguió así:<br />

-Desde el día en que a pesar de tus funestas<br />

predicciones llegué a la fuente de los Álamos, y<br />

atravesando sus aguas recobré el ciervo que vuestra<br />

superstición hubiera dejado huir, se llenó mi<br />

alma del deseo de la soledad.<br />

Tú no conoces aquel sitio. Mira, la fuente<br />

brota escondida en el seno de una peña, y cae resbalándose<br />

gota a gota por entre las verdes y flotantes<br />

hojas de las plantas que crecen al borde de su<br />

cuna. Aquellas gotas que al desprenderse brillan<br />

como puntos de oro y suenan como las notas de un<br />

instrumento, se reúnen entre los céspedes, y susurrando,<br />

con un ruido semejante al de las abejas que<br />

zumban en torno de las flores, se alejan por entre<br />

las arenas, y forman un cauce, y luchan con los<br />

obstáculos que se oponen a su camino, y se repliegan<br />

sobre sí mismas, y saltan, y huyen, y corren,<br />

unas veces con risa, otras con suspiros, hasta caer<br />

en un lago. En el lago caen con un rumor indescriptible.<br />

Lamentos, palabras, nombres, cantares, yo no


sé lo que he oído en aquel rumor cuando me he<br />

sentado sólo y febril sobre el peñasco, a cuyos pies<br />

saltan las aguas de la fuente misteriosa para estancarse<br />

en una balsa profunda, cuya inmóvil superficie<br />

apenas riza el viento de la tarde.<br />

Todo es allí grande. La soledad, con sus mil<br />

rumores desconocidos, vive en aquellos lugares y<br />

embriaga el espíritu en su inefable melancolía. En<br />

las plateadas hojas de los álamos, en los huecos de<br />

las peñas, en las ondas del agua, parecen que nos<br />

hablan los invisibles espíritus de la Naturaleza, que<br />

reconocen un hermano en el inmortal espíritu del<br />

hombre.<br />

Cuando al despuntar la mañana me veías<br />

tomar la ballesta y dirigirme al monte, no fue nunca<br />

para perderme entre sus matorrales en pos de la<br />

caza, no; iba a sentarme al borde de la fuente, a<br />

buscar en sus ondas... no sé qué, ¡una locura! El<br />

día en que salté sobre ella con mi Relámpago, creí<br />

haber visto brillar en su fondo una cosa extraña...<br />

muy extraña...; los ojos de una mujer.<br />

Tal vez sería un rayo de sol que serpeó fugitivo<br />

entre su espuma; tal vez una de esas flores<br />

que flotan entre las algas de su seno, y cuyos cálices<br />

parecen esmeraldas... no sé: yo creí ver una


mirada que se clavó en la mía; una mirada que encendió<br />

en mi pecho un deseo absurdo, irrealizable:<br />

el de encontrar una persona con unos ojos como<br />

aquellos.<br />

En su busca fui un día y otro a aquel sitio.<br />

Por último, una tarde... yo me creí juguete<br />

de un sueño...; pero no, es verdad; la he hablado ya<br />

muchas veces, como te hablo a ti ahora...; una tarde<br />

encontré sentada en mi puesto, y vestida con unas<br />

ropas que llegaban hasta las aguas y flotaban sobre<br />

su haz, una mujer hermosa sobre toda ponderación.<br />

Sus cabellos eran como el oro; sus pestañas brillaban<br />

como hilos de luz, y entre las pestañas volteaban<br />

inquietas unas pupilas que yo había visto... sí;<br />

porque los ojos de aquella mujer eran los que yo<br />

tenía clavados en la mente; unos ojos de un color<br />

imposible; unos ojos...<br />

-¡Verdes! -exclamó Íñigo con un acento de<br />

profundo terror e incorporándose de un salto en su<br />

asiento.<br />

Fernando le miró a su vez como asombrado<br />

de que concluyese lo que iba a decir, y le preguntó<br />

con una mezcla de ansiedad y de alegría:<br />

-¿La conoces?


-¡Oh no! -dijo el montero.- ¡Líbreme Dios de<br />

conocerla! Pero mis padres, al prohibirme llegar<br />

hasta esos lugares, me dijeron mil veces que el<br />

espíritu, trasgo, demonio o mujer que habita en sus<br />

aguas, tiene los ojos de ese color. Yo os conjuro,<br />

por lo que más améis en la tierra, a no volver a la<br />

fuente de los Álamos. Un día u otro os alcanzará su<br />

venganza, y expiaréis muriendo el delito de haber<br />

encenagado sus ondas.<br />

-¡Por lo que más amo!... -murmuró el joven<br />

con una triste sonrisa.<br />

-Sí -prosiguió el anciano-; por vuestros padres,<br />

por vuestros deudos, por las lágrimas de la<br />

que el cielo destina para vuestra esposa, por las de<br />

un servidor que os ha visto nacer.<br />

-¿Sabes tú lo que más amo en este mundo?<br />

¿Sabes tú por qué daría yo el amor de mi padre, los<br />

besos de la que me dio la vida, y todo el cariño que<br />

puedan atesorar todas las mujeres de la tierra? Por<br />

una mirada, por una sola mirada de esos ojos...<br />

¡Cómo podré yo dejar de buscarlos!<br />

Dijo Fernando estas palabras con tal acento,<br />

que la lágrima que temblaba en los párpados de<br />

Íñigo se resbaló silenciosa por su mejilla, mientras


exclamó con acento sombrío: -¡Cúmplase la voluntad<br />

del cielo!<br />

III<br />

-¿Quién eres tú? ¿Cuál es tu patria? ¿En<br />

dónde habitas? Yo vengo un día y otro en tu busca,<br />

y ni veo el corcel que te trae a estos lugares, ni a los<br />

servidores que conducen tu litera. Rompe una vez<br />

el misterioso velo en que te envuelves como en una<br />

noche, profunda. Yo te amo, y, noble o villana, seré<br />

tuyo, tuyo siempre.<br />

El sol había traspuesto la cumbre del monte;<br />

las sombras bajaban a grandes pasos por su<br />

falda; la brisa gemía entre los álamos de la fuente, y<br />

la niebla, elevándose poco a poco de la superficie<br />

del lago, comenzaba a envolver las rocas de su<br />

margen.<br />

Sobre una de estas rocas, sobre una que<br />

parecía próxima a desplomarse en el fondo de las<br />

aguas, en cuya superficie se retrataba temblando, el<br />

primogénito de Almenar, de rodillas a los pies de su<br />

misteriosa amante, procuraba en vano arrancarle el<br />

secreto de su existencia.<br />

Ella era hermosa, hermosa y pálida, como<br />

una estatua de alabastro. Uno de sus rizos caía


sobre sus hombros, deslizándose entre los pliegues<br />

del velo, como un rayo de sol que atraviesa las nubes,<br />

y en el cerco de sus pestañas rubias brillaban<br />

sus pupilas, como dos esmeraldas sujetas en una<br />

joya de oro.<br />

Cuando el joven acabó de hablarle, sus labios<br />

se removieron como para pronunciar algunas<br />

palabras; pero sólo exhalaron un suspiro, un suspiro<br />

débil, doliente, como el de la ligera onda que empuja<br />

una brisa al morir entre los juncos.<br />

-¡No me respondes! -exclamó Fernando, al<br />

ver burlada su esperanza-; ¿querrás que dé crédito<br />

a lo que de ti me han dicho? ¡Oh, no!... Háblame; yo<br />

quiero saber si me amas; yo quiero saber si puedo<br />

amarte, si eres una mujer...<br />

-O un demonio... ¿Y si lo fuese?<br />

El joven vaciló un instante; un sudor frío corrió<br />

por sus miembros; sus pupilas se dilataron al<br />

fijarse con más intensidad en las de aquella mujer, y<br />

fascinado por su brillo fosfórico, demente casi, exclamó<br />

en un arrebató de amor:<br />

-Si lo fueses... te amaría... te amaría, como<br />

te amo ahora, como es mi destino amarte, hasta<br />

más allá de esta vida, si hay algo más allá de ella.


-Fernando -dijo la hermosa entonces con<br />

una voz semejante a una música-: yo te amo más<br />

aún que tú me amas; yo que desciendo hasta un<br />

mortal, siendo un espíritu puro. No soy una mujer<br />

como las que existen en la tierra; soy una mujer<br />

digna de ti, que eres superior a los demás hombres.<br />

Yo vivo en el fondo de estas aguas; incorpórea como<br />

ellas, fugaz y transparente, hablo con sus rumores<br />

y ondulo con sus pliegues. Yo no castigo al que<br />

osa turbar la fuente donde moro; antes le premio<br />

con mi amor, como a un mortal superior a las supersticiones<br />

del vulgo, como a un amante capaz de<br />

comprender mi cariño extraño y misterioso.<br />

Mientras ella hablaba así, el joven, absorto<br />

en la contemplación de su fantástica hermosura,<br />

atraído como por una fuente desconocida, se<br />

aproximaba más y más al borde de la roca. La mujer<br />

de los ojos verdes prosiguió así:<br />

-¿Ves, ves el límpido fondo de ese lago, ves<br />

esas plantas de largas y verdes hojas que se agitan<br />

en su fondo?... Ellas nos darán un lecho de esmeraldas<br />

y corales... y yo... yo te daré una felicidad sin<br />

nombre, esa felicidad que has soñado en tus horas<br />

de delirio, y que no puede ofrecerte nadie... Ven, la<br />

niebla del lago flota sobre nuestras frentes como un


pabellón de lino... las ondas nos llaman con sus<br />

voces incomprensibles, el viento empieza entre los<br />

álamos sus himnos de amor; ven... ven...<br />

La noche comenzaba a extender sus sombras,<br />

la luna rielaba en la superficie del lago, la niebla<br />

se arremolinaba al soplo del aire, y los ojos verdes<br />

brillaban en la oscuridad como los fuegos fatuos<br />

que corren sobre el haz de las aguas infectas...<br />

Ven... ven... Estas palabras zumbaban en los oídos<br />

de Fernando como un conjuro. Ven... y la mujer<br />

misteriosa le llamaba al borde del abismo donde<br />

estaba suspendida, y parecía ofrecerle un beso... un<br />

beso...<br />

Fernando dio un paso hacia ella... otro... y<br />

sintió unos brazos delgados y flexibles que se liaban<br />

a su cuello, y una sensación fría en sus labios ardorosos,<br />

un beso de nieve... y vaciló... y perdió pie, y<br />

calló al agua con un rumor sordo y lúgubre.<br />

Las aguas saltaron en chispas de luz, y se<br />

cerraron sobre su cuerpo, y sus círculos de plata<br />

fueron ensanchándose, ensanchándose hasta expirar<br />

en las orillas.


La ajorca de oro<br />

I<br />

Ella era hermosa, hermosa con esa hermosura<br />

que inspira el vértigo; hermosa con esa hermosura<br />

que no se parece en nada a la que soñamos<br />

en los ángeles, que, sin embargo, es sobrenatural;<br />

hermosura diabólica, que tal vez presta el demonio<br />

a algunos seres para hacerlos sus instrumentos en<br />

la tierra.<br />

Él la amaba; la amaba con ese amor que no<br />

conoce freno ni límites; la amaba con ese amor en<br />

que se busca un goce y sólo se encuentran martirios;<br />

amor que se asemeja a la felicidad, y que, no<br />

obstante, parece infundir el cielo para la expiación<br />

de una culpa.<br />

Ella era caprichosa, caprichosa: y extravagante<br />

como todas las mujeres del mundo.<br />

Él, supersticioso, supersticioso y valiente,<br />

como todos los hombres de su época.<br />

Ella se llamaba María Antúnez.<br />

Él, Pedro Alfonso de Orellana.


Los dos eran toledanos, y los dos vivían en<br />

la misma ciudad que los vio nacer.<br />

La tradición que refiere esta maravillosa historia,<br />

acaecida hace muchos años, no dice nada<br />

más acerca de los personajes que fueron sus héroes.<br />

Yo, en mi calidad de cronista verídico, no<br />

añadiré ni una sola palabra de mi cosecha para<br />

caracterizarlos mejor.<br />

II<br />

Él la encontró un día llorando y le preguntó:<br />

-¿Porqué lloras?<br />

Ella se enjugó los ojos, le miró fijamente,<br />

arrojó un suspiro y volvió a llorar.<br />

Pedro entonces, acercándose a María, le<br />

tomó una mano, apoyó el codo en el pretil árabe<br />

desde donde la hermosa miraba pasar la corriente<br />

del río, y tornó a decirle: -¿Por qué lloras?<br />

El Tajo se retorcía gimiendo al pie del mirador<br />

entre las rocas sobre que se asienta la ciudad<br />

imperial. El sol trasponía los montes vecinos, la<br />

niebla de la tarde flotaba como un velo de gasa


azul, y sólo el monótono ruido del agua interrumpía<br />

el alto silencio.<br />

María exclamó: -No me preguntes por qué<br />

lloro, no me lo preguntes: pues ni yo sabré contestarte,<br />

ni tú comprenderme. Hay deseos que se ahogan<br />

en nuestra alma de mujer, sin que los revele<br />

más que un suspiro; ideas locas que cruzan por<br />

nuestra imaginación, sin que ose formularlas el labio;<br />

fenómenos incomprensibles de nuestra naturaleza<br />

misteriosa, que el hombre no puede ni aún<br />

concebir. Te lo ruego, no me preguntes la causa de<br />

mi dolor; si te la revelase, acaso te arrancaría una<br />

carcajada.<br />

Cuando estas palabras expiraron, ella tornó<br />

a inclinar la frente y él a reiterar sus preguntas.<br />

La hermosa, rompiendo al fin su obstinado<br />

silencio, dijo a su amante con voz sorda y entrecortada:<br />

-Tú lo quieres, es una locura que te hará<br />

reír; pero no importa: te lo diré, puesto que lo deseas.<br />

Ayer estuve en el templo. Se celebraba la<br />

fiesta de la Virgen; su imagen, colocada en el altar<br />

mayor sobre un escabel de oro, resplandecía como


un ascua de fuego; las notas del órgano temblaban<br />

dilatándose de eco en eco por el ámbito de la iglesia,<br />

y en el coro los sacerdotes entonaban el Salve,<br />

Regina.<br />

Yo rezaba, rezaba absorta en mis pensamientos<br />

religiosos, cuando maquinalmente levanté<br />

la cabeza y mi vista se dirigió al altar. No sé por qué<br />

mis ojos se fijaron desde luego en la imagen; digo<br />

mal, en la imagen no: se fijaron en un objeto que<br />

hasta entonces no había visto, un objeto que, sin<br />

poder explicármelo, llamaba sobre sí toda mi atención...<br />

No te rías... aquel objeto era la ajorca de oro<br />

que tiene la Madre de Dios en uno de los brazos en<br />

que descansa su divino Hijo... Yo aparté la vista y<br />

torné a rezar... ¡Imposible! Mis ojos se volvían involuntariamente<br />

al mismo punto. Las luces del altar,<br />

reflejándose en las mil facetas de sus diamantes, se<br />

reproducían de una manera prodigiosa. Millones de<br />

chispas de luz rojas y azules, verdes y amarillas,<br />

volteaban alrededor de las piedras como un torbellino<br />

de átomos de fuego, como una vertiginosa ronda<br />

de esos espíritus de llamas que fascinan con su<br />

brillo y su increíble inquietud...<br />

Salí del templo, vine a casa, pero vine con<br />

aquella idea fija en la imaginación. Me acosté para


dormir; no pude... Pasó la noche, eterna con aquel<br />

pensamiento... Al amanecer se cerraron mis párpados,<br />

y, ¿lo creerás?, aún en el sueño veía cruzar,<br />

perderse y tornar de nuevo una mujer, una mujer<br />

morena y hermosa, que llevaba la joya de oro y de<br />

pedrería; una mujer, sí, porque ya no era la Virgen<br />

que yo adoro y ante quien me humillo; era una mujer,<br />

otra mujer como yo, que me miraba y se reía<br />

mofándose de mí. -¿La ves? -parecía decirme,<br />

mostrándome la joya-. ¡Cómo brilla! Parece un<br />

círculo de estrellas arrancadas del cielo de una noche<br />

de verano. ¿La ves? Pues no es tuya, no lo<br />

será nunca, nunca... Tendrás acaso otras mejores,<br />

más ricas, si es posible; pero ésta, ésta, que resplandece<br />

de un modo tan fantástico, tan fascinador...<br />

nunca... nunca... Desperté; pero con la misma<br />

idea fija aquí, entonces como ahora semejante a un<br />

clavo ardiendo, diabólica, incontrastable, inspirada<br />

sin duda por el mismo Satanás... ¿Y qué?... Callas,<br />

callas y doblas la frente... ¿No te hace reír mi locura?<br />

Pedro, con un movimiento convulsivo, oprimió<br />

el puño de su espada, levantó la cabeza, que<br />

en efecto había inclinado, y dijo con voz sorda:<br />

-¿Qué Virgen tiene esa presea?


-¡La del Sagrario! -murmuró María.<br />

-¡La del Sagrario! -repitió el joven con acento<br />

de terror-: ¡la del Sagrario de la Catedral!... Y en<br />

sus facciones se retrató un instante el estado de su<br />

alma, espantada en una idea.<br />

¡Ah! ¿por qué no la posee otra Virgen? -<br />

prosiguió con acento enérgico y apasionado-; ¿por<br />

qué no la tiene el arzobispo en su mitra, el rey en su<br />

corona o el diablo entre sus garras? Yo se la arrancaría<br />

para ti, aunque me costase la vida o la condenación.<br />

Pero a la Virgen del Sagrario, a nuestra<br />

Santa Patrona, yo... yo que he nacido en Toledo,<br />

¡imposible, imposible!<br />

-¡Nunca! -murmuró María con voz casi imperceptible-;<br />

¡nunca!<br />

Y siguió llorando.<br />

Pedro fijó una mirada estúpida en la corriente<br />

del río. En la corriente, que pasaba y pasaba sin<br />

cesar ante sus extraviados ojos, quebrándose al pie<br />

del mirador entre las rocas sobre que se asienta la<br />

ciudad imperial.<br />

III


¡La catedral de Toledo! Figuraos un bosque<br />

de gigantes palmeras de granito que al entrelazar<br />

sus ramas forman una bóveda colosal y magnífica,<br />

bajo la que se guarece y vive, con la vida que le ha<br />

prestado el genio, toda una creación de seres imaginarios<br />

y reales.<br />

Figuraos un caos incomprensible de sombra<br />

y luz, en donde se mezclan y confunden con las<br />

tinieblas de las naves los rayos de colores de las<br />

ojivas; donde lucha y se pierde con la oscuridad del<br />

santuario el fulgor de las lámparas.<br />

Figuraos un mundo de piedra, inmenso como<br />

el espíritu de nuestra religión, sombrío como sus<br />

tradiciones, enigmático como sus parábolas, y todavía<br />

no tendréis una idea remota de ese eterno<br />

monumento del entusiasmo y la fe de nuestros mayores,<br />

sobre el que los siglos han derramado a porfía<br />

el tesoro de sus creencias, de su inspiración y de<br />

sus artes.<br />

En su seno viven el silencio, la majestad, la<br />

poesía del misticismo, y un santo horror que defiende<br />

sus umbrales contra los pensamientos mundanos<br />

y las mezquinas pasiones de la tierra.


La consunción material se alivia respirando<br />

el aire puro de las montañas, el ateísmo debe curarse<br />

respirando su atmósfera de fe.<br />

Pero si grande, si imponente se presenta la<br />

catedral a nuestros ojos a cualquiera hora que se<br />

penetra en su recinto misterioso y sagrado, nunca<br />

produce una impresión tan profunda como en los<br />

días en que despliega todas las galas de su pompa<br />

religiosa, en que sus tabernáculos se cubren de oro<br />

y pedrería; sus gradas de alfombra y sus pilares de<br />

tapices.<br />

Entonces, cuando arden despidiendo un torrente<br />

de luz sus mil lámparas de plata; cuando flota<br />

en el aire una nube de incienso, y las voces del coro<br />

y la armonía de los órganos y las campanas de la<br />

torre estremecen el edificio desde sus cimientos<br />

más profundos hasta las más altas agujas que lo<br />

coronan, entonces es cuando se comprende, al<br />

sentirla, la tremenda majestad de Dios que vive en<br />

él, y lo anima con su soplo y lo llena con el reflejo<br />

de su omnipotencia.<br />

El mismo día en que tuvo lugar la escena<br />

que acabamos de referir, se celebraba en la catedral<br />

de Toledo el último de la magnífica octava de la<br />

Virgen.


La fiesta religiosa había traído a ella una<br />

multitud inmensa de fieles; pero ya ésta se había<br />

dispersado en todas direcciones, ya se habían apagado<br />

las luces de las capillas y del altar mayor, y las<br />

colosales puertas del templo habían rechinado sobre<br />

sus goznes para cerrarse detrás del último toledano,<br />

cuando de entre las sombras, y pálido, tan<br />

pálido como la estatua de la tumba en que se apoyó<br />

un instante mientras dominaba su emoción, se adelantó<br />

un hombre que vino deslizándose con el mayor<br />

sigilo hasta la verja del crucero. Allí la claridad<br />

de una lámpara permitía distinguir sus facciones.<br />

Era Pedro.<br />

¿Qué había pasado entre los dos amantes<br />

para que se arrestara al fin a poner por obra una<br />

idea que sólo el concebirla había erizado sus cabellos<br />

de horror? Nunca pudo saberse. Pero él estaba<br />

allí, y estaba allí para llevar a cabo su criminal<br />

propósito. En su mirada inquieta, en el temblor de<br />

sus rodillas, en el sudor que corría en anchas gotas<br />

por su frente, llevaba escrito su pensamiento.<br />

La catedral estaba sola, completamente sola,<br />

y sumergida en un silencio profundo.


No obstante, de cuando en cuando se percibían<br />

como unos rumores confusos: chasquidos de<br />

madera tal vez, o murmullos del viento, o ¿quién<br />

sabe?, acaso ilusión de la fantasía, que oye y ve y<br />

palpa en su exaltación lo que no existe; pero la verdad<br />

era que ya cerca, ya lejos, ora a sus espaldas,<br />

ora a su lado mismo, sonaban como sollozos que se<br />

comprimen, como roce de telas que se arrastran,<br />

como rumor de pasos que van y vienen sin cesar.<br />

Pedro hizo un esfuerzo para seguir en su<br />

camino; llegó a la verja y subió la primera grada de<br />

la capilla mayor. Alrededor de esta capilla están las<br />

tumbas de los reyes, cuyas imágenes de piedra,<br />

con la mano en la empuñadura de la espada, parecen<br />

velar noche y día por el santuario, a cuya sombra<br />

descansan todos por una eternidad.<br />

-¡Adelante! -murmuró en voz baja, y quiso<br />

andar y no pudo. Parecía que sus pies se habían<br />

clavado en el pavimento. Bajó los ojos, y sus cabellos<br />

se erizaron de horror: el suelo de la capilla lo<br />

formaban anchas y oscuras losas sepulcrales.<br />

Por un momento creyó que una mano fría y<br />

descarnada le sujetaba en aquel punto con una<br />

fuerza invencible. Las moribundas lámparas que<br />

brillaban en el fondo de las naves como estrellas


perdidas entre las sombras, oscilaron a su vista, y<br />

oscilaron las estatuas de los sepulcros y las imágenes<br />

del altar, y osciló el templo todo con sus arcadas<br />

de granito y sus machones de sillería.<br />

¡Adelante! -volvió a exclamar Pedro como<br />

fuera de sí, y se acercó al ara, y trepando por ella,<br />

subió hasta el escabel de la imagen. Todo alrededor<br />

suyo se revestía de formas quiméricas y horribles;<br />

todo era tinieblas y luz dudosa, más imponente aún<br />

que la oscuridad. Sólo la Reina de los cielos, suavemente<br />

iluminada por una lámpara de oro, parecía<br />

sonreír tranquila, bondadosa y serena en medio de<br />

tanto horror.<br />

Sin embargo, aquella sonrisa muda e inmóvil<br />

que le tranquilizara un instante concluyó por<br />

infundirle temor; un temor más extraño, más profundo<br />

que el que hasta entonces había sentido.<br />

Tornó empero a dominarse, cerró los ojos<br />

para no verla, extendió la mano con un movimiento<br />

convulsivo y le arrancó la ajorca de oro, piadosa<br />

ofrenda de un santo arzobispo; la ajorca de oro<br />

cuyo valor equivalía a una fortuna.<br />

Ya la presea estaba en su poder; sus dedos<br />

crispados la oprimían con una fuerza sobrenatural;


sólo restaba huir, huir con ella; pero para esto era<br />

preciso abrir los ojos, y Pedro tenía miedo de ver,<br />

de ver la imagen, de ver los reyes de las sepulturas,<br />

los demonios de las cornisas, los endriagos de los<br />

capiteles, las fajas de sombras y los rayos de luz<br />

que, semejantes a blancos y gigantescos fantasmas,<br />

se movían lentamente en el fondo de las naves,<br />

pobladas de rumores temerosos y extraños.<br />

Al fin abrió los ojos, tendió una mirada, y un<br />

grito agudo se escapó de sus labios.<br />

La catedral estaba llena de estatuas, estatuas<br />

que, vestidas con luengos y no vistos ropajes,<br />

habían descendido de sus huecos y ocupaban todo<br />

el ámbito de la iglesia, y le miraban con sus ojos sin<br />

pupila.<br />

Santos, monjas, ángeles, demonios, guerreros,<br />

damas, pajes, cenobitas y villanos se rodeaban<br />

y confundían en las naves y en el altar. A sus pies<br />

oficiaban, en presencia de los reyes, de hinojos<br />

sobre sus tumbas, los arzobispos de mármol que él<br />

había visto otras veces inmóviles sobre sus lechos<br />

mortuorios, mientras que arrastrándose por las losas,<br />

trepando por los machones, acurrucados en los<br />

doseles, suspendidos de las bóvedas, pululaban,<br />

como los gusanos de un inmenso cadáver, todo un


mundo de reptiles y alimañas de granito, quiméricos,<br />

deformes, horrorosos.<br />

Ya no puedo resistir más. Las sienes le latieron<br />

con una violencia espantosa; una nube de<br />

sangre oscureció sus pupilas; arrojó un segundo<br />

grito, un grito desgarrador y sobrehumano, y cayó<br />

desvanecido sobre el ara.<br />

Cuando al otro día los dependientes de la<br />

iglesia le encontraron al pie del altar, tenía aún la<br />

ajorca de oro entre sus manos, y al verlos aproximarse,<br />

exclamó con una estridente carcajada:<br />

-¡Suya, suya!<br />

El infeliz estaba loco.


El caudillo de las manos rojas<br />

Tradición india<br />

Canto primero<br />

I<br />

Ha desaparecido el sol tras las cimas del<br />

Jabwi, y la sombra de esta montaña envuelve con<br />

un velo de crespón a la perla de las ciudades de<br />

Orsira, a la gentil Kattak, que duerme a sus pies,<br />

entre los bosques de canela y sicomoros, semejante<br />

a una paloma que descansa sobre un nido de flores.<br />

II<br />

El día que muere y la noche que nace luchan<br />

un momento, mientras la azulada niebla del<br />

crepúsculo tiende sus alas diáfanas sobre los valles,<br />

robando el color y las formas a los objetos, que<br />

parecen vacilar agitados por el soplo de un espíritu.<br />

III<br />

Los confusos rumores de la ciudad, que se<br />

evaporan temblando; los melancólicos suspiros de<br />

la noche, que se dilatan de eco en eco repetidos por<br />

las aves; los mil ruidos misteriosos, que como un


himno a la Divinidad levanta la Creación, al nacer y<br />

al morir el astro que la vivifica, se unen al murmullo<br />

del Jawkior, cuyas ondas besa la brisa de la tarde,<br />

produciendo un canto dulce, vago y perdido como<br />

las últimas notas de la improvisación de una bayadera.<br />

IV<br />

La noche vence; el cielo se corona de estrellas,<br />

y las torres de Kattak, para rivalizar con él, se<br />

ciñen una diadema de antorchas. ¿Quién es ese<br />

caudillo que aparece al pie de sus muros, al mismo<br />

tiempo que la luna se levanta entre ligeras nubes<br />

más allá de los montes, a cuyos pies corre el Ganges<br />

como una inmensa serpiente azul con escamas<br />

de plata?<br />

V<br />

Él es. ¿Qué otro guerrero de cuantos vuelan<br />

como la saeta a los combates y a la muerte, tras el<br />

estandarte de Schiuen, meteoro de la gloria, puede<br />

adornar sus cabellos con la roja cola del ave de los<br />

dioses indios, colgar a su cuello la tortuga de oro o<br />

suspender su puñal de mango de ágata del amarillo<br />

chal de cachemira, sino Pulo-Dheli, rajá de Dakka,<br />

rayo de las batallas y hermano de Tippot-Dheli,


magnífico rey de Osira, señor de los señores, sombra<br />

de Dios e hijo de los astros luminosos?<br />

VI<br />

Él es: ningún otro sabe prestar a sus ojos ya<br />

el melancólico fulgor del lucero del alba, ya el siniestro<br />

brillo de la pupila del tigre, comunicando a<br />

sus oscuras facciones el resplandor de una noche<br />

serena, o el aspecto terrible de una tempestad en<br />

las aéreas cumbres del Davalaguiri. Es él; pero<br />

¿qué aguarda?<br />

VII<br />

¿Oís las hojas suspirar bajo la leve planta<br />

de una virgen? ¿Veis flotar entre las sombras los<br />

extremos de su diáfano chal y las orlas de su blanca<br />

túnica? ¿Percibís la fragancia que la precede como<br />

la mensajera de un genio? Esperad y la contemplaréis<br />

al primer rayo de la solitaria viajera de la<br />

noche; esperad y conoceréis a Siannah, la prometida<br />

del poderoso Tippot-Dheli, la amante de su hermano,<br />

la virgen a quien los poetas de su nación<br />

comparan a la sonrisa de Bermach, que lució sobre<br />

el mundo cuando éste salió de sus manos; sonrisa<br />

celeste, primera aurora de los orbes.<br />

VIII


Pulo percibe el rumor de sus pasos; su rostro<br />

resplandece como la cumbre que toca el primer<br />

rayo del sol y sale a su encuentro. Su corazón, que<br />

no ha palpitado en el fuego de la pelea, ni en la<br />

presencia del tigre, late violentamente bajo la mano<br />

que se llega a él, temiendo se desborde la felicidad<br />

que ya no basta a contener. -¡Pulo! ¡Siannah! -<br />

exclaman al verse, y caen el uno en los brazos del<br />

otro. En tanto el Jawkior, salpicando con sus ondas<br />

las alas del céfiro, huye a morir al Ganges, y el<br />

Ganges al golfo de Bengala, y el Golfo al Océano.<br />

Todo huye: con las aguas, las horas; con las horas,<br />

la felicidad; con la felicidad, la vida. Todo huye a<br />

fundirse en la cabeza de Schiven, cuyo cerebro es<br />

el caos, cuyo ojos son la destrucción y cuya esencia<br />

es la nada.<br />

IX<br />

Ya la estrella del alba anuncia el día; la luna<br />

se desvanece como una ilusión que se disipa, y los<br />

sueños, hijos de la oscuridad, huyen con ella en<br />

grupos fantásticos. Los dos amantes permanecen<br />

aún bajo el verde abanico de una palmera, mudo<br />

testigo de su amor y sus juramentos, cuando se<br />

eleva un sordo ruido a sus espaldas.


Pulo vuelve el rostro y exhala un grito agudo<br />

y ligero como el del chacal, y retrocede diez pies de<br />

un solo salto, haciendo brillar al mismo tiempo la<br />

hoja de su agudo puñal damasquino.<br />

X<br />

¿Qué ha puesto pavor en el alma del valiente<br />

caudillo? ¿Acaso esos dos ojos que brillan en la<br />

oscuridad son los del manchado tigre o los de la<br />

terrible serpiente? No. Pulo no teme al rey de las<br />

selvas ni al de los reptiles; aquellas pupilas que<br />

arrojan llamas pertenecen a un hombre, y aquel<br />

hombre es su hermano.<br />

Su hermano, a quien arrebataba su único<br />

amor; su hermano, por quien estaba desterrado de<br />

Osira; el que, por último, juró su muerte si volvía a<br />

Kattak, poniendo la mano sobre el ara de su Dios.<br />

XI<br />

Siannah le ve también, siente helarse la<br />

sangre en sus venas y queda inmóvil, como si la<br />

mano de la Muerte la tuviera asida por el cabello.<br />

Los dos rivales se contemplan un instante de pies a<br />

cabeza; luchan con las miradas, y exhalando un<br />

grito ronco y salvaje, se lanzan el uno sobre el otro<br />

como dos leopardos que se disputan una presa...


Corramos un velo sobre los crímenes de nuestros<br />

antepasados; corramos un velo sobre las escenas<br />

de luto y horror de que fueron causa las pasiones<br />

de los que ya están en el seno del Grande Espíritu.<br />

XII<br />

El sol nace en Oriente; diríase al verlo que<br />

el genio de la luz, vencedor de las sombras, ebrio<br />

de orgullo y majestad, se lanza en triunfo sobre su<br />

carro de diamantes, dejando en pos de sí, como la<br />

estela de un buque, el polvo de oro que levantan<br />

sus corceles en el pavimento de los cielos. Las<br />

aguas, los bosques, las aves, el espacio, los mundos<br />

tienen una sola voz, y esta voz entona el himno<br />

del día. ¿Quién no siente saltar su corazón de júbilo<br />

a los ecos de este solemne cántico?<br />

XIII<br />

Sólo un mortal; vedle allí. Sus ojos desencajados<br />

están fijos con una mirada estúpida en la sangre<br />

que tiñe sus manos, en balde, saliendo de su<br />

inmovilidad y embargado de un frenesí terrible, corre<br />

a lavárselas. en las orillas del Jawkior; bajo las<br />

cristalinas ondas, las manchas desaparecen; mas<br />

apenas retira sus manos, la sangre, humeante y<br />

roja, vuelve a teñirlas. Y torna a las ondas, y torna a


aparecer la mancha, hasta que al cabo exclama con<br />

un acento de terrible desesperación: -¡Siannah!<br />

¡Siannah! La maldición del cielo ha caído sobre<br />

nuestras cabezas.<br />

¿Conocéis a ese desgraciado, a cuyos pies<br />

hay un cadaver y cuyas rodillas abraza una mujer?<br />

Es Pulo-Dheli, rey de Osira, magnífico señor de<br />

señores, sombra de Dios e hijo de los astros luminosos,<br />

por la muerte de su hermano y antecesor...


Canto segundo<br />

I<br />

-¿De qué me sirven el poder y la riqueza si<br />

una víbora enroscada en el fondo de mi corazón lo<br />

devora, sin que me sea dado arrancarla de su guarida?<br />

Ser rey, señor de señores; ver cruzar ante los<br />

ojos, como las visiones de un sueño, las perlas, el<br />

oro, los placeres y la alegría; verlos cruzar al alcance<br />

de la mano, y al tenderla para asirlos, ¡encontrar<br />

cuanto toca manchado de sangre!.., ¡Oh! ¡Esto es<br />

espantoso!<br />

II<br />

Así exclamaba Pulo, revolcándose sobre la<br />

púrpura de su lecho y torciéndose las manos a impulsos<br />

de su terrible desesperación. En balde el<br />

humo de los pebeteros embalsama la opulenta<br />

cámara; en balde la seda de brillantes colores se ha<br />

extendido sobre diez pieles de tigre para que descansen<br />

sus miembros; en balde han invocado los<br />

brahmines por siete veces al espíritu del reposo y al<br />

genio de los sueños de nácar... El Remordimiento,<br />

sentado a la cabecera del lecho, los ahuyenta con<br />

un grito lúgubre y prolongado, grito que resuena


incesante en el oído de Pulo: que golpea su frente<br />

con dolor al escucharlo.<br />

III<br />

Los genios que cruzan en numerosas caravanas<br />

sobre dromedarios de záfiro y entre nubes de<br />

ópalo; las schivas de ojos verdes como las olas del<br />

mar, cabellos de ébano y cinturas esbeltas como los<br />

juncos de los lagos; los cantares de los espíritus<br />

invisibles que refrescan con sus alas los cansados<br />

párpados de los justos, no pasan como una tromba<br />

de luz y de colores en el sueño del criminal.<br />

Gigantes cataratas de sangre negra y espumosa<br />

que se estrellan bramando sobre las oscuras<br />

peñas de un precipicio terrible, imágenes espantosas<br />

y confusas de desolación y terror; éstos son<br />

los fantasmas que engendra su mente durante las<br />

horas del reposo.<br />

IV<br />

Por eso el magnífico señor de Osira puede<br />

gustar la copa del beleño con que los dioses brindan<br />

a sus escogidos; por eso apenas la aurora abre<br />

las puertas al día, se lanza del lecho, se desnuda de<br />

sus vestidos que abrillantan las perlas y el oro, y<br />

depositando un beso sobre la frente de su amada,


sale de palacio en traje de un simple cazador, dirigiéndose<br />

hacia la parte de la ciudad que domina la<br />

cumbre del Jabwi.<br />

V<br />

Como a la mediación de esta montaña, nace<br />

un torrente que se derrumba en sábanas de plata<br />

hasta bajar a la llanura, donde, refrenando su ímpetu,<br />

se desliza silencioso entre las guijas y las flores<br />

para ir a confundir sus rizadas ondas con las ondas<br />

del Jawkior. Una gruta natural, formada de enormes<br />

peñascos que parecen próximos a desplomarse,<br />

sirve de taza a estas olas en su nacimiento. Allí,<br />

transparentes y sombrías sus aguas, parecen dormir<br />

sin que las turbe otro rumor que el monótono<br />

ruido del manantial que las alimenta, el suspiro de la<br />

brisa que viene a humedecer sus alas en la linfa, o<br />

el salvaje grito d e los cóndores que se lanzan a las<br />

nubes como una flecha disparada.<br />

VI<br />

Pulo, ya fuera de los muros de la ciudad,<br />

manda retirarse a los que le siguen, y emprende<br />

solo y sumido en hondas meditaciones el camino<br />

que, serpenteando entre las rocas y las cortaduras,<br />

se dirige a la gruta donde nace el torrente, que ya


salpica su rostro con el polvo de sus aguas. ¿Dónde<br />

va el señor de Osira? ¿Por qué desnudándose de<br />

su recamada túnica, del amarillo chal, emblema<br />

misterioso, y del amuleto de los reyes, cambia su<br />

vestidura por el tosco traje de un simple cazador?<br />

¿Viene a los montes a buscar a las fieras en su<br />

guarida? ¿Viene ansioso de encontrar la soledad,<br />

único bálsamo de las penas que el resto de los<br />

hombres no comprende?<br />

VII<br />

No. Cuando el regio morador de Kattak<br />

abandona su alcázar para acosar en sus dominios<br />

al soberbio león o al rayado tigre, cien bocinas de<br />

marfil fatigan el eco de los bosques; cien ágiles<br />

esclavos le preceden arrancando las malezas de los<br />

senderos y alfombrando el lugar en que ha de poner<br />

sus plantas; ocho elefantes conducen su tienda de<br />

lino y oro, y veinte rajás siguen su paso, disputándose<br />

el honor de conducir su aljaba de ópalo.<br />

¿Viene a buscar la soledad? Imposible.<br />

La soledad es el imperio de la conciencia.<br />

VIII


El sol toca a la mitad de su viaje, y Pulo a<br />

su término. A sus pies salta el torrente; sobre su<br />

cabeza está la gruta en que duerme el manantial<br />

que lo alimenta, manantial sagrado que brotó de las<br />

hendiduras de una roca para templar la sed del dios<br />

Vichenú, cuando desterrado de los cielos venía a<br />

cazar en las faldas del Jabwi durante la noche. A<br />

datar de aquella época remota, un brahmín vela<br />

constantemente en el fondo de la gruta, dirigiendo<br />

sus oraciones al dios para que conserve las maravillosas<br />

virtudes en que, según una venerable tradición,<br />

abundan las sagradas linfas.<br />

IX<br />

El último de estos sacerdotes, que encendidos<br />

en amor por la divinidad han consagrado sus<br />

días a venerarla en contemplación de sus obras, es<br />

un anciano, cuyo origen envuelve un misterio profundo:<br />

nadie sabe la época en que llegó a Kattak<br />

para guarecerse en la gruta de Vichenú. Rajás venerables;<br />

sobre cuya cabeza han lucido más de<br />

cuarenta mil soles, aseguran que en su juventud el<br />

brahmín del torrente tenía ya los cabellos blancos y<br />

la frente inclinada. El pueblo le mira con temor y<br />

respeto cuando por casualidad baja a la llanura.<br />

Dicen que las serpientes danzan a su voz, que los


cóndores le traen su alimento, y que el genio de<br />

aquellas aguas, a quien debe la inmortalidad, le<br />

revela los arcanos futuros. Otros aseguran que él<br />

mismo no es otra cosa que el espíritu bajo las formas<br />

de un brahmín.<br />

X<br />

¿Quién es? ¿De dónde vino y qué hace? Se<br />

ignora, pero los que se sienten con el valor necesario<br />

para llegar hasta la gruta en que habita, suben a<br />

ella para pedirle un remedio contra los males desesperados;<br />

una revelación para conocer el término<br />

de las empresas arriesgadas; una penitencia suficiente<br />

a lavar un crimen que ni la sangre borraría.<br />

Uno de éstos es Pulo, porque a la gruta del torrente<br />

se dirige. Conociendo que las leves expiaciones que<br />

los aduladores brahmines de Kattak le impusieran<br />

no bastaban a desterrar sus remordimientos, sube a<br />

consultar al solitario del Jabwi, sólo de incógnito,<br />

para que la pompa real no turbe el espíritu y selle<br />

los labios del profeta.<br />

XI<br />

Pulo llega, a través de las zarzas que rodean<br />

como un festón los bordes del torrente, hasta la<br />

entrada de la gruta. Allí ve una ancha vasija de co-


e, suspendida de las ramas de una palmera, para<br />

que el viajero apague su sed. El caudillo toca por<br />

tres veces con el mango de su yatagán, y el cobre<br />

restalla, produciendo un sonido metálico y misterioso,<br />

que se pierde vibrando con el rumor de las olas.<br />

Un momento transcurre; y el solitario aparece. -<br />

Elegido del Grande Espíritu -exclama al verle el<br />

caudillo, inclinando la frente-, que el enojo de Schiven<br />

no se amontone sobre tu cabeza, como las<br />

brumas en las cimas de los montes. -Hijo de mortales<br />

-replica el anciano sin responder a la salutación-,<br />

¿qué me quieres?<br />

XII<br />

-Consultarte. -Habla. -Yo he cometido un<br />

crimen, un crimen horroroso, cuyo recuerdo abruma<br />

mi alma como una pesadilla eterna. En vano consulté<br />

a los adivinos de Brahma; las penitencias que<br />

me impusieron han sido inútiles; el remordimiento<br />

vive aún en mi corazón; el fantasma de la víctima<br />

me sigue a todas partes; se ha hecho la sombra de<br />

mi cuerpo, el rumor de mis pasos. Tú, a quien los<br />

dioses se dignan visitar; tú, que lees el porvenir en<br />

los astros y en las arenas que arrastran los ríos,<br />

dime: ¿cuándo quedará lavada mi alma de este<br />

crimen? -Cuando la sangre que mancha tus manos,


que en balde me ocultas, haya desaparecido -<br />

exclama el terrible brahmín lanzando una mirada de<br />

indignación al príncipe, que permanece aterrado<br />

ante aquella prueba de la sabiduría del solitario.<br />

XIII<br />

¿Me conoces? -prorrumpe Pulo al fin, saliendo<br />

de su estupor. -No te conozco, pero sé quién<br />

eres, -¿Quién soy? -El matador de Tippot-Dheli.<br />

El príncipe inclina la cabeza a estas palabras,<br />

como herido de un rayo, y el brahmín prosigue<br />

de este modo: -En la pasada noche, cuando el sueño<br />

había descendido sobre los párpados de los<br />

mortales, yo velaba. Un sordo rumor se elevó por<br />

grados del fondo del agua sagrada, rumor confuso<br />

como el hervidero de cien legiones de abejas; una<br />

manga de aire frío y silencioso vino de la parte de<br />

Oriente, rizó las ondas y tocó con las puntas de sus<br />

húmedas alas mi frente. A su contacto, mis nervios<br />

saltaron y se heló el tuétano de mis huesos; aquel<br />

soplo era el aliento de Vichenú. Poco después sentí<br />

su diestra tan pesada como un mundo descansar<br />

sobre mi hombro en tanto que me contaba al oído tu<br />

historia.<br />

XIV


-Ahora bien, pues conoces mi delito, dime la<br />

manera de expiarlo y hacer que desaparezcan de<br />

mis manos estas terribles manchas.<br />

El brahmín permanece en silencio, y el<br />

príncipe prosigue: -¡Qué! ¿Mi sangre toda no podrá<br />

borrar esta sangre? -Lo ignoro: es muy corta tu vida<br />

para expiar este delito, y Schiven está airado, porque<br />

has hecho uso de tus facultades para la destrucción,<br />

obra que a él sólo está encomendada. -<br />

Pues bien: si tú lo ignoras, consultemos a Vichenú;<br />

él me protegerá contra su hermano. Penetremos en<br />

la gruta sagrada. -¿Has ayunado las tres lunas? -Sí.<br />

-¿Has huido del lecho nupcial por siete noches? -Sí.<br />

-¿Has dejado de cazar durante nueve días? -<br />

También. -Entonces, sígueme.<br />

Algunos momentos después de este corto<br />

diálogo, sus interlocutores se hallaban en el fondo<br />

de la misteriosa gruta.<br />

XV<br />

Lo que pasó en aquel recinto, se ignora. La<br />

tradición guarda una idea confusa, y el príncipe, por<br />

quien esto se supo, habla vagamente de sierpes<br />

monstruosas y aladas que se precipitaron en las<br />

ondas del torrente, para aparecer de nuevo en for-


ma de animales desconocidos y fantásticos; de<br />

conjuros tan temibles, que a veces se cubría de<br />

manchas el sol y los montes se estremecían como<br />

cañas; de lamentos y aullidos tan espantosos, que<br />

la sangre se helaba al escucharlos.<br />

XVI<br />

Las palabras del dios se guardan y son<br />

éstas: -Asesino marcado por Schiven con un sello<br />

de eterna infamia, sólo existe una penitencia con<br />

que puedes expiar tu crimen: sube por las orillas del<br />

Ganges, a través de los pueblos feroces que habitan<br />

sus riberas, hasta encontrar sus fuentes. El remoto<br />

país del Tibet, a quien defiende como un gigante<br />

muro la cordillera del Himalaya, es el término<br />

de tu viaje. Cuando llegues a él, lava tus manos en<br />

el más escondido de los manantiales, y a la hora en<br />

que el valiente Tippot cayó a tus plantas. Si en el<br />

discurso de tu peregrinación no conoces a tu esposa<br />

Siannah, que deberá acompañarte, la sangre<br />

desaparecerá de tus manos.<br />

XVII<br />

¿Quién es ese peregrino que se apoya en<br />

su grosero cayado de abedul y que en la sola compañía<br />

de una mujer hermosa, pero humildemente


ataviada, sale por una de las puertas de Kattak al<br />

mismo tiempo que la luna se desvanece ante los<br />

rayos del astro del día? Él, él: Pulo-Dheli, magnífico<br />

rey de Osira, señor de señores, sombra de Dios e<br />

hijo de los astros luminosos.


Canto tercero<br />

I<br />

Los peregrinos tocan al término de su viaje:<br />

ya han dejado a sus espaldas las fértiles e inmensas<br />

llanuras de Nepol; ya han visto a Bertares,<br />

célebre por sus alcázares, cuyos cimientos besa el<br />

sagrado río que divide al Indostán del imperio de los<br />

Birmanes. Como las creaciones de una visión celeste,<br />

han cruzado ante sus ojos Palná, famosa por sus<br />

templos, sus mujeres y sus tapicerías, Dakka, la<br />

ciudad que tejió un velo para el santuario de los<br />

dioses con las trenzas de ébano de sus vírgenes;<br />

Gualior, escudo del reino de Sindiak, cuyos muros<br />

detienen a las nubes en su vuelo.<br />

II<br />

También han gustado el reposo a la sombra<br />

de los inmensos plátanos de Dheli, concha que<br />

guarda a la perla de los reyes, presentando una<br />

ofrenda de miel y flores al genio protector de Allahabad,<br />

ciudad que debe su nombre a las caravanas<br />

de peregrinos que de todos los puntos de la India<br />

acuden a sus templos, más numerosos que las<br />

hojas de los bosques y las arenas del Océano.<br />

III


Cuarenta lunas han nacido después que<br />

abandonaron su alcázar; pero ¿quién podrá enumerar<br />

los países que han cruzado, los bosques que les<br />

han prestado su sombra, los ríos que han apagado<br />

su sed? El Kiangar, conocido por el de las aguas<br />

rojas; el Espuri, cuya mansa corriente arrastra oro<br />

bastante a construir con él un alcázar soberbio; los<br />

Senwads, bosques sombrios donde el boa se desliza<br />

con el rumor de la lluvia; Labore, la madre de los<br />

guerreros; Cachemira, la virgen de los siete chales<br />

de amianto, y cien y cien otros países, ciudades,<br />

bosques, torrentes, ríos y montañas, que hasta llegar<br />

a las cordilleras del Himalaya, extienden sobre<br />

las inmensas llanuras de la India.<br />

IV<br />

Pero ya tocan al deseado término, ya han<br />

salido de la más terrible de las pruebas, atravesando<br />

a par del Ganges el valle del Acíbar, llamado así<br />

no tanto por los árboles que produce, de los que se<br />

extrae este licor, como por las amarguras que padecen<br />

los infelices que se ven en la necesidad de<br />

atravesarlo. Y Pulo atravesó las rocas que lo erizan,<br />

llevando a Siannah sobre sus espaldas.<br />

V


El sol lanza sus rayos perpendiculares sobre<br />

la tierra; los viajeros, fatigados de su trabajosa<br />

jornada, reposan a la orilla del río a cuya fuente se<br />

aproximan. Un boabad corpulento y magnífico les<br />

presta su sombra, capaz de cubrir a una tribu de<br />

guerreros; entre las brumas del lejano horizonte se<br />

lanza al vacío el Himalaya, y empinado sobre sus<br />

cumbres el Davalaguiri, que pasea sus miradas<br />

sobre medio mundo.<br />

VI<br />

Un aura fresca mece las magnolias y los tulipanes<br />

que crecen entre los juncos de la ribera, y<br />

enjuga el sudor de sus frentes. El bulbul, sobre las<br />

rarnas de un penachudo talipot, entona un canto<br />

melancólico y suavísimo, y entre las ráfagas de luz<br />

que reverberan las arenas cruzan diáfanos como el<br />

ámbar miríadas de pájaros y de insectos con ropajes<br />

de oro y azul, de crespón y esmeraldas.<br />

VII<br />

Todo convida al descanso. Pulo y Siannah,<br />

después de refrescar sus labios con algunas de las<br />

deliciosas frutas del bosque, apagan su sed en las<br />

cristalinas ondas que corren, produciendo al besar<br />

las orillas un ruido manso y melancólico, semejante


al arrullo de una tórtola. Al agradable son de las<br />

aguas y de las hojas que se agitan como abanicos<br />

de esmeraldas sobre sus cabezas, recuerdan en<br />

dulces coloquios y con esa especie de satisfacción<br />

con que se menciona el peligro pasado, las mil<br />

aventuras de que han sido héroes durante su peregrinación,<br />

los países que han recorrido, las maravillas<br />

que como un panorama magnífico se han desplegado<br />

a sus ojos. Forman proyectos sobre el porvenir<br />

y sobre la felicidad que les espera cuando<br />

hayan cumplido la expiación, próxima a satisfacerse;<br />

sus palabras se atropellan llenas de un fuego y<br />

de un color vivísimo; después va poco a poco languideciendo<br />

su diálogo: diríase que hablan una<br />

cosa y piensan otra; por último, algunas frases vagas<br />

e incoherentes preceden al silencio, que con un<br />

dedo sobre el labio se sienta a la par de los amantes<br />

sin ser sentido.<br />

VIII<br />

El sol cae a plomo sobre la gran llanura. La<br />

frente del príncipe descansa sobre las rodillas de su<br />

esposa. Todo a su alrededor calla o duerme. En los<br />

países tropicales, el mediodía es la noche de la<br />

Naturaleza. Sólo interrumpen esta calma profunda<br />

el grito breve y agudo del bengalí, el zumbido monó-


tono y tenaz de los insectos que voltean en el aire,<br />

brillando a la luz del sol como un torbellino de piedras<br />

preciosas, y la acelerada respiración de Siannah,<br />

respiración sonora y encendida como la del<br />

que sueña embriagado con opio. Los peregrinos<br />

permanecen en silencio. ¿Qué ideas cruzan por su<br />

mente?<br />

IX<br />

Hay momentos en que el alma se desborda<br />

como un vaso de mirra que ya no basta a contener<br />

el perfume; instantes en que flotan los objetos que<br />

hieren nuestros ojos, y con ellos flota la imaginación.<br />

El espíritu se desata de la materia y huye,<br />

huye a través del vacío a sumergirse en las ondas<br />

de luz entre las que vacilan los lejanos horizontes.<br />

La mente no se halla en la tierra ni en el cielo;<br />

recorre un espacio sin límites ni fondo, océano<br />

de voluptuosidad indefinible, en el que empapa sus<br />

alas para remontarse a las regiones en donde habita<br />

el amor.<br />

Las ideas vagan confusas, como esas concepciones<br />

sin formas ni color que se ciernen en el<br />

cerebro del poeta; como esas sombras, hijas del


delirio, que nos llaman al pasar y huyen, nos brindan<br />

amor y se desvanecen entre nuestros brazos.<br />

cio.<br />

X<br />

Pulo es el primero que interrumpe el silen-<br />

-¡Cuán dulce es percibir el aliento de la mujer<br />

que se ama, ese aliento que se escapa de unos<br />

labios encendidos, atropellándose en ellos como<br />

olas de ambrosía que vienen a expirar sobre una<br />

playa de rubíes!<br />

¡Si me fuera posible, oh hermosa Siannah,<br />

explicarte lo que el murmullo de tu respiración me<br />

dice! Suena en mi oído como una voz insólita que<br />

murmura palabras desconocidas en un idioma extraño<br />

y celeste; me recuerda los días de mi infancia,<br />

aquellas horas sin nombre que precedían a mis<br />

sueños de niño, aquellas horas en que los genios,<br />

volando alrededor de mi cuna, me narraban consejas<br />

maravillosas, que embelesando mi espíritu, formaba<br />

la base de mis delirios de oro. ¿No es cierto,<br />

no es cierto, hermosa mía, que hasta el aroma que<br />

precede al objeto de nuestro amor, el tenue y débil<br />

crujido de su túnica, tienen palabras, dicen algo que<br />

los demás no comprenden?


XI<br />

Siannah calla: sus labios entreabiertos y rojos<br />

dejan escapar suspiros ardientes, y en su pupila<br />

húmeda, azul y dilatada, brilla un punto luminoso<br />

semejante al reflejo de una estrella en un lago. -<br />

Pulo -exclama al fin como volviendo de un éxtasis<br />

que la hubiese alejado por algunos instantes de la<br />

tierra-, ¿es cierto que existe un árbol cuya sombra<br />

causa la muerte? -Es cierto -responde el príncipe-;<br />

el dios Schiven lo creó para destruir a los mortales,<br />

y su hermano Vichenú, apiadándose de nuestra<br />

infelicidad, se lo dio a conocer a Brahma, su elegido.<br />

Siannah vuelve a su muda agitación; su esposo,<br />

en tanto la contempla con un sentimiento de ternura<br />

indescriptible.<br />

XII<br />

-Pulo -exclama a los pocos instantes la<br />

hermosa- ¿es verdad que existe un árbol cuya<br />

sombra agita la sangre en las venas y enciende el<br />

amor? -Sí. -¿Lo conoces? -Lo conozco, aun cuando<br />

ignoro su nombre. Mas... ¿por qué me haces esta<br />

pregunta tan extraña?No sé... la sombra de este<br />

bosque me hace daño... prosigamos nuestra jornada.<br />

-¡Proseguir cuando el sol abrasa las arenas!<br />

Esperemos a que la brisa de la tarde se levante del


golfo y la luz comience a palidecer. -Esperemos -<br />

murmura Siannah-; pero entretanto aparta tus ojos<br />

de los míos, vuélvelos al cielo o duerme, mas no me<br />

los claves en el alma.<br />

XIII<br />

-Bien dices; mis ojos en los tuyos beben<br />

amor, y nuestro amor, casto y puro otras veces,<br />

ahora es un crimen; sí, es necesario que no te vea...<br />

Siannah, voy a dormir, cántame algún himno de<br />

nuestra patria; arrulla mi sueño como una madre, ya<br />

que no como una esposa.<br />

La beldad de las trenzas de ébano canta:<br />

I<br />

«¡Guerreros! Las espadas de la tribu tienen<br />

sed, y la sed de las espadas se templa con sangre.»<br />

«Un torrente de fuego desciende del Jabwi;<br />

esas centellas que brillan entre la nube de polvo<br />

que levantan, son los hierros de nuestros enemigos.»<br />

«Traedme el escudo reforzado con las siete<br />

pieles de búfalo, y rodead a mi casco el chal amarillo,<br />

para que no me desconozcan en la confusión de<br />

la pelea.»


«¡Guerreros! Las espadas de la tribu tienen<br />

sed; y la sed de las espadas se templa con sangre.»<br />

II<br />

«Allá van semejantes en...»<br />

Al llegar aquí, Pulo se incorpora y Siannah<br />

se detiene en su canto. -¿Por qué -exclama el<br />

príncipe- no escucho ahora las canciones de mi<br />

patria con el placer de otras veces? ¿Será que ya<br />

no alienta en mi pecho el corazón de un Dheli, o<br />

acaso que los himnos de guerra no se han hecho<br />

para que los recite una hermosa?<br />

XIV<br />

-Entona un canto de amor, uno de aquellos<br />

himnos que al son de los címbalos alzan las vírgenes<br />

cuando conducen a una joven esposa al pie de<br />

las aras. -Pulo... -Canta, no temas; yo dormiré tranquilo,<br />

arrullado por el eco de tu voz, el suspiro de la<br />

brisa y la música de las aguas.<br />

Siannah canta, su voz tiembla, su pecho se<br />

eleva acompasadamente como una ola que se hincha<br />

coronada de espuma.


LA VUELTA DEL COMBATE<br />

I<br />

«El combate ha terminado con el día, y el<br />

caudillo está ya en presencia de su adorada.»<br />

LA VIRGEN.- «Caudillo, reclina tu frente sobre<br />

mi seno, que quiero beber en ella el sudor y el<br />

polvo de la gloria.»<br />

EL CAUDILLO.- «Virgen, apoya tus labios<br />

entre los míos, que quiero beber en ellos la muerte<br />

en una copa de rubí.»<br />

II<br />

LA VIRGEN.- «¡Alma de la Creación! ¡hijo<br />

de Bermach!, ¡genio de las setenta alas!, ¡amor,<br />

divino amor!, desciende en brazos del misterio y de<br />

la noche a coronar con tu aureola a los que arden<br />

en tu llama.»<br />

EL CAUDILLO.- «¡Espíritu invisible!, ¡aliento<br />

del alma generosa! ¡esperanza del guerrero!, ¡amor,<br />

ardiente amor!, abandona un instante el alcázar de<br />

los dioses, para poner una guirnalda de rosas sobre<br />

la corona de laurel del caudillo.»


III<br />

LA VIRGEN.- «Tu aliento humea y abrasa<br />

como el aliento de un volcán; tu mano, que busca la<br />

mía, tiembla como la hoja en el árbol; la sangre se<br />

agolpa a mi corazón, rebosa en él y enciende mis<br />

mejillas; un velo de sombras cae sobre mis párpados;<br />

todo se borra y se confunde ante mis ojos, que<br />

no ven más que el fuego que arde en los tuyos.<br />

Caudillo, ¿qué espíritu invisible llena el aire de melodiosos<br />

acordes y me estremece a su contacto?»<br />

pasa.»<br />

EL CAUDILLO.- «Virgen, es el amor que<br />

XV<br />

El canto de Siannah expira, y con él, suave<br />

y armonioso, el rumor de un beso.<br />

¿Qué son los vanos castillos que eleva la<br />

voluntad del hombre para combatir las funestas<br />

armas de que se vale la fatalidad? Montes de arena<br />

que, como los de la gran llanura de Nepol, asombran<br />

al viajero, y un soplo del huracán los arrebata.


Canto cuarto<br />

I<br />

-Hijo mío -dice Schiven al Sueño-, baja a la<br />

tierra y sé el mensajero de mis iras.<br />

El Sueño, hijo de la tumba, levanta a esta<br />

voz la frente, entreabre los soñolientos ojos y agita<br />

sus noventa manos, en cada una de las cuales tiene<br />

una copa llena hasta los bordes de un licor soporífero.<br />

-¿Qué me quieres, realidad de mi símbolo, padre<br />

que me diste el ser para que sirviera de eslabón<br />

invisible entre lo finito y lo infinito, entre el mundo de<br />

los hombres y el de las almas, sirviendo para bajar<br />

las potencias del cielo y elevar las de la tierra hasta<br />

que se toquen en el vacío, que es el lugar de mi<br />

soberanía?<br />

II<br />

Schiven continúa de este modo, dirigiéndose<br />

a su imagen: -Hace algunos momentos pensaba<br />

en llevar a cabo la destrucción del príncipe que<br />

usurpó un día el cetro de la muerte; mas en vano<br />

buscaba la ocasión de herirle, en vano, porque Vichenú,<br />

mi orgulloso antagonista, le defendía bajo el<br />

inmenso escudo con que oculta los hombres a mis<br />

ojos, cuando éstos se encienden en cólera y arrojan


ayos que hieren y matan. De repente oí un zumbido<br />

a mi alrededor; torné el rostro; un mundo nuevo,<br />

un joven planeta se adelantaba hacia mí, trazando<br />

su círculo en el vacío, fascinado e inocente como el<br />

ave atraída por el boa.<br />

III<br />

De su seno brotaba un raudal de armonías,<br />

que llenaban el vacío, dilatándose en él como los<br />

círculos en un lago donde se arroja una piedra.<br />

Envuelto en un fluido ardiente y luminoso, rodando<br />

entre mares de colores y sonidos, su alegría y su<br />

gloria parecían insultar mi terrible poder. Levanté la<br />

mano; el aire de ésta, desquiciándolo de sus órbitas,<br />

lo ha herido de muerte. Incorpórate y tiende los<br />

ojos sobre las inmensas llanuras del cielo: verás a<br />

Vichenú que corre en pos de él para arrancarle a la<br />

inmensa tumba de los astros, volviéndole a la vida.<br />

IV<br />

He aquí el momento oportuno para mi venganza.<br />

El príncipe faltó a su promesa, y ahora está<br />

abandonado por mi funesto enemigo. Refresca su<br />

ardorosa frente con tus alas, y aguarda la ocasión<br />

propicia para derramar sobre sus párpados un sueño<br />

precursor del sepulcro, un sueño de agonía y


ansiedad, de esos que ciñen la garganta con sus<br />

manos de acero y pesan sobre el corazón como una<br />

montaña de plomo.<br />

V<br />

El Sueño tiende las alas de tul, y abandona<br />

la selva donde vive, en un alcázar de ébano escondido<br />

entre la flotante sombra de los áloes.<br />

El silencio le precede y sus hechuras le siguen<br />

en grupos fantásticos; éstos se agitan y confunden<br />

entre sí, dando ser a nuevas y rápidas metamorfosis,<br />

locos delirios, embriones de confusas<br />

ideas, semejantes a las que produce en mitad de la<br />

fiebre una imaginación débil y sobreexcitada.<br />

VI<br />

La silenciosa caravana llega a las orillas del<br />

Ganges y al lugar en que el príncipe descansa; éste<br />

experimenta primero una languidez voluptuosa,<br />

después un entorpecimiento general, y por último,<br />

sus párpados caen con el peso del plomo sobre sus<br />

pupilas, como una losa fúnebre sobre un sepulcro.<br />

El Sueño ha vertido sobre ellos una gota del licor<br />

que contiene su misterioso vaso de ópalo.<br />

VII


Cuando la materia duerme, el espíritu vela.<br />

En tanto que el cuerpo del caudillo permanece inmóvil<br />

y sumergido en un letargo profundo, su alma<br />

se reviste de una forma imaginaria, y huye de los<br />

lazos que la aprisionan para lanzarse al éter: allí le<br />

esperan las creaciones del sueño, que le fingen un<br />

mundo poblado de seres animados con la vida de la<br />

idea: visión magnífica, profética y real en su fondo,<br />

vana solo en la forma. Oíd, según la tradición la<br />

conserva, la visión del caudillo.<br />

VIII<br />

La noche es oscura; el viento muge y silba<br />

sacudiendo las gigantescas ramas del boabad de<br />

las selvas; los genios blanden sus cárdenas espadas<br />

de fuego sobre las nubes, en que se les ve<br />

pasar cabalgando; el trueno retumba dilatándose de<br />

eco en eco en los abismos de las cordilleras; la<br />

lluvia azota el penacho de las palmas, y confundiéndose<br />

con los sordos mugidos de la tormenta, el<br />

prolongado lamento del vendaval y el temeroso<br />

murmullo de las hojas del bosque, se escucha por<br />

intervalos un rugido lejano, ronco y estridente, que<br />

parece formarse en la cavidad de un pecho de<br />

bronce.<br />

IX


Un brahmín, al atravesar en tal noche y a tal<br />

hora aquella selva, no hubiera podido menos de<br />

dirigir sus plegarias al dios destructor, cuyo triunfo<br />

parecía acercarse, equivocando aquellos quejidos<br />

de la Naturaleza con las profecías de los blancos<br />

fantasmas de sus antepasados, que rompían el<br />

secreto del sepulcro para enseñarle el camino de la<br />

muerte.<br />

X<br />

De cuantos guerreros se rodean el chal<br />

amarillo a la cintura en las fiestas y a la frente en el<br />

combate, sólo el caudillo de Osira tendría el valor<br />

necesario para arriesgarse en sus agrestes y enmarañados<br />

senderos con una noche tan terrible.<br />

XI<br />

Pulo se adelanta, con el arco tendido, la flecha<br />

pronta y el puñal entre los dientes. Siannah le<br />

sigue, pálida la color, el cabello erizado y el paso<br />

temeroso. -¿Oyes -dice al príncipe,- oyes esa voz<br />

que resuena en la espesura? -Es el viento que azota<br />

los palmares -responde el caudillo, lanzando, a<br />

pesar suyo, una mirada escudriñadora a través de<br />

los añosísimos troncos de áloes que bordan las<br />

lindes del sendero.


XII<br />

Los esposos prosiguen caminando y la<br />

tempestad haciéndose cada vez más terrible. -<br />

¿Oyes ese rumor que se eleva por grados a nuestra<br />

espalda? -interrumpe de nuevo la hermosa.- Es la<br />

lluvia que agita las lianas -añade el príncipe armando<br />

la flecha y cubriendo a Siannah con su cuerpo. -<br />

¿Oyes? -vuelve ésta a interrumpir; alguien respira<br />

alrededor nuestro. -Échate en tierra -grita Pulo de<br />

repente; el tigre va a saltar sobre nosotros.<br />

dad.<br />

XIII<br />

Dos llamas fosfóricas brillan en la oscuri-<br />

La flecha del príncipe parte.<br />

A su áspero silbar responde un rugido ahogado<br />

y profundo; el tigre salta; Pulo arroja el arco,<br />

se cubre con el escudo de pieles, dobla una rodilla,<br />

esconde el rostro, y lo espera con el puñal en la<br />

diestra. Siannah está desmayada y oculta con el<br />

manto del guerrero, a cuyos pies yace.<br />

XIV<br />

La lucha se traba.


Pulo hunde una y cien veces su puñal en el<br />

pecho y en el vientre del tigre, que en su agonía<br />

pugna aún por lanzarse sobre su adversario. Éste,<br />

cubierto con el escudo, ha podido evitar su ataque,<br />

merced a esa ligereza y sangre fría patrimonio de<br />

los hombres avezados a los peligros y a la muerte.<br />

Pero ya la temible fiera ha lanzado el último y ronco<br />

estertor, revolcándose entre el polvo y la sangre que<br />

brota de sus heridas, cuando el príncipe levanta los<br />

ojos al cielo sorprendido por un extraño fenómeno.<br />

XV<br />

La lluvia ha cesado, el huracán y el trueno<br />

han enmudecido: al brillante y súbito resplandor de<br />

los relámpagos sucede una claridad tenue y azulada,<br />

una luz indecisa semejante al primer albor de un<br />

día sin sol y sin aurora. Las aves, que se habían<br />

guarecido de la tempestad bajo los pabellones de<br />

verdura de la selva, llenas de gozo a su vista, quieren<br />

alzar el vuelo y entonar su canto; pero la voz se<br />

ahoga en su garganta, y caen a tierra heridas de<br />

muerte por una mano invisible. Los gigantescos<br />

árboles se agitan, y retorciéndose como a impulsos<br />

de una horrorosa convulsión, comienzan a alfombrar<br />

el suelo con las pálidas hojas que se desprenden<br />

de sus ramas, como se desprenden los cabe-


llos de la cabeza de un anciano. Las verdes lianas<br />

que se mecieran al soplo del viento suspendidas en<br />

el tronco de los antiguos reyes del bosque, pierden<br />

el color y la frescura, arrugándose sus tersas flores<br />

como un pergamino que se acerca al fuego. Diríase,<br />

al contemplar este asombroso espectáculo, que un<br />

tósigo mortal circulando en el aire, o levantándose<br />

en imperceptibles efluvios de las entrañas de la<br />

tierra, había envenenado la atmósfera y con ella el<br />

mundo.<br />

XVI<br />

El caudillo, lleno de estupor, vuelve en torno<br />

suyo la mirada; por todas partes le persiguen aquellas<br />

imágenes desoladoras; pero lo que más asombro<br />

le causa es ver el sangriento cadáver del tigre<br />

estremecerse, y poco a poco, perdiendo sus primitivas<br />

formas, ir tomando, merced a una inconcebible<br />

transformación, las de una serpiente.<br />

-Ya no me queda ningún género de duda -<br />

exclama- Schiven desea mi muerte; reconozco en<br />

ese reptil al ministro de su cólera. ¡Oh! ¡Que no<br />

fuera yo un dios para luchar con los dioses!... Mas<br />

no importa; mortal miserable como soy, venderé<br />

cara mi vida.


XVII<br />

El temible reptil crece con una rapidez prodigiosa;<br />

su longitud es ya treinta veces mayor que la<br />

del boa secular que se despierta de dos en dos<br />

lunas sobre las márgenes del Sitpuri. Sus ojos redondos,<br />

fijos y fascinadores, están clavados en los<br />

del caudillo: éste, presa de un vértigo, y con ese<br />

arrojo sin límites que presta la desesperación en<br />

sus momentos supremos, arroja lejos de sí el tresdoblado<br />

escudo, inútil para aquel combate, y desnuda<br />

por segunda vez su puñal.<br />

XVIII<br />

La gigantesca serpiente comienza a replegarse<br />

sobre sí misma, lanzando un silbo áspero y<br />

agudo: el príncipe sin aguardar a que le acometa,<br />

se arroja a su cuello, tan grueso como el de una<br />

palma colosal, y hace esfuerzos inauditos por herirla.<br />

¡Imposible! Las aceradas escamas que la cubren<br />

y defienden son impenetrables como la concha de<br />

las tortugas del Jawkior.<br />

Ya el reptil, aprisionándolo entre sus anillos<br />

de bronce, lo estrecha y comienza a ahogarle; ya el<br />

puñal se ha escapado de sus manos desfallecidas,<br />

y el velo de la muerte se extiende ante sus ojos,


cuando una flecha disparada de las nubes baja<br />

silbando y traspasa los de la serpiente.<br />

XIX<br />

Un furor terrible se apodera de ésta, que,<br />

desasiéndose del ya casi inanimado cuerpo de Pulo,<br />

busca a ciegas a su celeste enemigo.<br />

La punta de diamante de una segunda flecha<br />

pone fin a su agonía con la muerte.<br />

El caudillo, recobrado de su estupor, puede<br />

entonces contemplar, no sin sentirse sobrecogido<br />

de una emoción profunda de gratitud y respeto, al<br />

que es deudor de la vida.<br />

Vichenú, cubiertas las espaldas con un<br />

manto de pieles, el arco tendido aún y el carcaj de<br />

las flechas de diamantes sobre el hombro, está a su<br />

lado de pie; la frente del dios toca a las nubes, y su<br />

sombra es inmensa como la que arroja el Himalaya<br />

sobre las llanuras al ocultarse el sol en los confines<br />

del Océano.<br />

XX<br />

-Caudillo -exclama el antagonista de Schiven<br />

con acento airado,- ¿para qué subiste a la sagrada<br />

gruta del Jabwi? ¿Para qué interrogaste a las


limpias aguas de su manantial, si las revelaciones<br />

celestes han sido inútiles, si al cabo habías de romper<br />

tu juramento, como se rompe la flecha sobre la<br />

rodilla, en prenda de paz entre dos enemigos? Pulo<br />

enmudece; el rubor de su falta colora sus bronceadas<br />

mejillas y ahoga su voz; Vichenú continúa de<br />

este modo:<br />

-Inmensa como la imprevisión de los hombres<br />

es la bondad del cielo: he aquí por qué me he<br />

apiadado de tus culpas. Inútil es ya que busques las<br />

fuentes del Ganges; cada grano de arena que cae<br />

en la medida de la culpa, debe añadirse a la del<br />

castigo; el que te impuso el solitario del Jabwi es ya<br />

insuficiente para lavar tu alma.<br />

XXI<br />

-Si un solo momento de olvido desvaneció<br />

como el humo cuanto había logrado merecer con mi<br />

arrepentimiento, ¿qué haré para lavar mi culpa? -<br />

exclama el príncipe.<br />

-Levántate -prosigue el dios,- toma tu arco,<br />

descálzate las sandalias, y abandonando las orillas<br />

del Ganges, vuelve sobre tus pasos hasta llegar a<br />

Kattak. Entre las arenas de sus costas duerme en el<br />

seno del olvido un templo que en mi honor levantara


un día tu glorioso antecesor, cuando protegido por<br />

mi escudo llevó hasta allí sus huestes invencibles.<br />

Sobre los peñascos en que se estrellan las encrespadas<br />

olas, tiene su nido un cuervo; sube a preguntarle<br />

el lugar en que el templo se oculta: éste lo<br />

conocerás por los fuegos que durante la noche voltean<br />

sobre sus ruinas, y aquél por su cabeza blanca.<br />

XXII<br />

Vichenú desaparece: los árboles recobran<br />

su lozanía, la liana su verdura, los pájaros su voz, y<br />

a la indecisa y cárdena luz del cielo sucede el tranquilo<br />

y suave esplendor de una noche estrellada y<br />

llena de armonía, perfumes, suspiros y cantares.<br />

El príncipe se incorpora y corre al lugar en<br />

que Siannah permanece desmayada y oculta bajo<br />

los pliegues del manto de su esposo. Levanta éste,<br />

y de sus labios se escapa un grito de sorpresa y<br />

ansiedad.<br />

cido.<br />

Siannah no está allí; Siannah ha desapare-<br />

XXIII


En aquel punto el sueño tiende las alas y<br />

abandona al príncipe; éste, convulso y pálido aún,<br />

despierta de su pesadilla, busca a su esposa, en<br />

cuyo seno se había dormido, y no la encuentra.<br />

El sol, recostado en un lecho de púrpura y<br />

de oro como un rajá en su alfombra de colores,<br />

lanza a la tierra el último rayo de sus entreabiertos<br />

ojos. La Naturaleza comienza a despertarse de su<br />

sueño del mediodía. Las brisas de la tarde, impregnadas<br />

en murmullos y perfumes, juguetean con el<br />

cáliz de las flores que se abren a sus besos. Las<br />

aguas del Ganges, copiando en sus linfas transparentes<br />

la vigorosa vegetación de sus riberas, alzan<br />

un himno melancólico, al que se unen las aladas y<br />

suaves notas de los pájaros que despiden al día con<br />

un dulcísimo y triste adiós.<br />

XXIV<br />

-Siannah -dice el caudillo con voz ahogada<br />

por el llanto. -Siannah, esposa mía, ¿dónde estás<br />

que no me oyes? Siannah, inseparable compañera<br />

de mi dolor y mi infortunio, ¿quién te arrancó de mi<br />

lado para robarme la única felicidad que me restaba<br />

en la tierra? ¡Oh!, vuelve, vuelve, hermosa mía; sin<br />

ti, mi vida será una noche sin aurora, un llanto sin<br />

lágrimas.


XXV<br />

Sólo el eco responde al enamorado Pulo,<br />

que presa de un loco frenesí, corre de nuevo a las<br />

orillas del Ganges, busca en la arena la huella de su<br />

esposa, y vuelve a llamarla por su nombre cien y<br />

cien veces: todo es inútil. La noche borra del cielo<br />

los colores; y las nubes, las estrellas, mudos testigos<br />

de los pesares y la felicidad de los amantes,<br />

aparecen unas tras otras rodeadas de un ligero<br />

cendal de bruma, y Siannah no parece.<br />

XXVI<br />

-Insensato -dice una voz que resuena en el<br />

viento, sin que se vea la boca de donde parte:-<br />

¿que vas a hacer?<br />

El caudillo, que ha desnudado el puñal para<br />

asestarlo contra su pecho, se detiene sobrecogido y<br />

escucha estas palabras:<br />

-Si mueres, nunca la tornarás a ver; si conservas<br />

tu vida y cumples cuanto te he dicho, la<br />

mancha de sangre de tus manos desaparecerá para<br />

siempre, y encontrarás de nuevo a tu esposa.<br />

Los sueños son el espíritu de la realidad<br />

con las formas de la mentira; los dioses descienden


en él hasta los mortales, y sus visiones son páginas<br />

del porvenir o recuerdos del pasado.<br />

La voz que detiene al príncipe es la de Vichenú<br />

que se le había aparecido en sueños.


Canto quinto<br />

I<br />

El príncipe después de un año de peregrinación,<br />

llega al fin al término señalado por el genio.<br />

Éste, durante las jornadas, fijos los ojos sobre su<br />

protegido, ha velado día y noche por su vida hasta<br />

dejarle en Kattak.<br />

II<br />

La aurora rasga el velo de la noche; de sus<br />

trenzas de oro se desprenden el rocío en una lluvia<br />

de perlas sobre las colinas y las llanuras; los horizontes<br />

del mar se encienden y las crestas de sus<br />

olas brillan como las escamas de la armadura de un<br />

guerrero en un día de combate; de las flores, húmedas<br />

aún con las lágrimas del crepúsculo, se eleva al<br />

cielo una columna de aromas en emanaciones;<br />

perfumadas emanaciones que los genios, cruzando<br />

sobre las nubes celestes y ambarinas, recogen con<br />

las matinales plegarias de los brahmines, para depositarlas<br />

a los pies de Bermach, autor de la maravillosa<br />

máquina de los mundos.<br />

III


Pulo se ha sentado sobre una de las rocas<br />

que erizan en aquella parte del reino de Kattak las<br />

extensas playas del Océano. Su pensamiento está<br />

dividido entre su esposa y su conciencia.<br />

-Ya se aproxima -dice- la hora del perdón;<br />

unos esfuerzos más, y me hallo en presencia del<br />

ave misteriosa que Vichenú ha escogido pura intérprete<br />

de sus designios. Dios, que conservas cuanto<br />

existe, apartando las tempestades y la muerte de la<br />

cabeza de los hombres, no interpongas tu poder<br />

entre mi corazón y la flecha de los guerreros, entre<br />

mi vida y las garras del tigre, o los anillos del boa<br />

gigante; pero defiéndeme contra mí mismo, arráncame<br />

el amor y la conciencia, cuyos golpes matan<br />

sin que se vea la mano que los dirige.<br />

IV<br />

El sol se va levantando pausadamente del<br />

seno del mar y remontándose por la cumbre del<br />

firmamento. El caudillo, después de lavarse por<br />

siete veces las manos y los sangrientos pies, recitando<br />

algunas oraciones misteriosas, emprende una<br />

difícil ascensión para llegar a la cima de las colosales<br />

rocas, cuya frente han ennegrecido los rayos y<br />

las tempestades, cuyas plantas besan o azotan las<br />

hirvientes olas del Océano.


V<br />

Después de trepar por espacio de una hora,<br />

asiéndose a los arbustos y malezas que crecen en<br />

las aberturas de las peñas, el príncipe consigue al<br />

fin encontrarse en la cumbre del promontorio.<br />

En una de las rocas de granito que coronan<br />

su cúspide hay una hendidura, y en el fondo de ésta<br />

le parece distinguir las formas confusas de un ave,<br />

que fija en los suyos dos ojos que brillan en la oscuridad<br />

con una luz fantástica.<br />

VI<br />

-Ave de los dioses -prorrumpe Pulo cayendo<br />

de rodillas ante el aéreo nido del cuervo de la cabeza<br />

blanca-; ave misteriosa, bajo cuyo negro plumaje<br />

vivió por espacio de tres siglos el poderoso Vichenú,<br />

logrando con este ardid evitar la muerte que el dios<br />

de la destrucción le aprestaba; heme aquí esperando<br />

tus palabras, como los tulipanes agostados por<br />

el fuego del día esperan las gotas del rocío de la<br />

noche.<br />

VII<br />

El cuervo, abandonando su guarida, se abate<br />

sobre una de las enhiestas rocas, y, después de


agitar sus alas por tres veces, dice así al caudillo,<br />

que lo escucha en silencio y con la frente humillada<br />

en el polvo:<br />

-Señor de Osira, poderoso descendiente de<br />

los Dheli, conquistadores de la India y protegidos de<br />

Vichenú, sé lo que vienes a preguntarme; así, es<br />

inútil que me lo refieras. El templo que buscas se<br />

halla lejos de este lugar; sigue mis pasos y te mostraré<br />

el sitio en que se empezarán las excavaciones.<br />

VIII<br />

El cuervo de la cabeza blanca se remonta<br />

en los aires, dejándose caer al pie del promontorio,<br />

donde espera a que baje el caudillo. Cuando éste<br />

toca al término de su descensión, el ave misteriosa<br />

emprende la marcha caminando a saltos pequeños<br />

y sin abandonar las costas en que viene a romperse<br />

el oleaje de crestas de oro.<br />

Prosiguen durante todo el día sin abandonar<br />

la ribera blanqueada por la espuma, y cuando ya el<br />

sol desciende al seno de las ondas rodeado de<br />

espesos y rojos celajes, el alado guía se aparta de<br />

las playas, internándose tierra adentro, a través de<br />

un pantano cenagoso y cubierto de juncos verdes y<br />

altísimos.


IX<br />

Las nubes, amontonándose en el Occidente,<br />

envuelven el cadáver del sol en un sudario de<br />

brumas, antes que descienda a su sepulcro.<br />

La noche se adelanta, una noche sin astros<br />

y sin transparencia; la brisa murmura la oración de<br />

los muertos, sollozando melancólica entre los espesos<br />

juncos; el perfume de las flores que se abren en<br />

la sombra vaga en el espacio; el grito del chacal y el<br />

silbo de las aves nocturnas resuenan confundiéndose<br />

con esos rumores siniestros y misteriosos que<br />

nacen, tiemblan y se dilatan en el seno de la oscuridad,<br />

sin que podamos decir quién los produce.<br />

-Ave inmortal -exclama Pulo deteniéndose<br />

en su camino,- he aquí que la noche se ha apoderado<br />

de la tierra y que en balde procuro seguirte,<br />

pues la sombra te ha robado a mi vista.<br />

El grito del chacal se oye cada vez más<br />

próximo; tú sabes que no le temo, mas estoy sin<br />

armas, y por lo tanto inhábil para defenderme de<br />

sus traidores ataques.<br />

Volvamos atrás y esperemos al día para<br />

proseguir nuestra jornada. Temerario valor juzgo el<br />

de aquel que arriesga su vida contra enemigos que


no puede exterminar o vencer; si al menos la luna<br />

brillara en el cielo, su luz me guiaría a través de<br />

este pantano, donde a cada paso que doy temo<br />

encontrar la muerte, sepultándome en sus aguas<br />

cenagosas e inmóviles.<br />

X<br />

-No temas -responde el cuervo;- el dios que<br />

nos envía cuidará de nosotros desde su elevación.<br />

He aquí la manera de salir con bien de este peligro:<br />

las llanuras que vamos a atravesar presenciaron la<br />

derrota de tu padre, Schiven, celoso del culto que<br />

éste rendía en el templo a que nos dirigimos al genio<br />

que te protege, reunió en su daño a los guerreros<br />

de Kattak y de Lahore, que ardiendo en sed de<br />

venganza contra su vencedor, se juntaron entre las<br />

sombras de la noche para afilar las espadas que<br />

habían de herir a los predilectos de Vichenú.<br />

XI<br />

Un día tu padre abandonó el templo para dirigirse<br />

a las selvas que se extienden al pie de la<br />

colina en cuya cumbre está oculto; de pronto una<br />

nube de polvo blanca e inmensa, que elevándose<br />

de la parte de Oriente oscurecía la luz del sol, atrajo<br />

su curiosidad.


¿Qué nueva y numerosa caravana de peregrinos<br />

será la que se aproxima al templo de mi<br />

dios?, dice, volviéndose a uno de los pérfidos rajás<br />

portadores de su escudo y su aljaba.<br />

XII<br />

Éste, lanzando a sus compañeros una mirada<br />

de inteligencia, respondió al victorioso rey con<br />

la sonrisa en los labios:<br />

-¿Quién sabe cuál será el remoto país que<br />

envía este enjambre de peregrinos? La fama del<br />

asombroso templo de Kattak corre de boca en boca<br />

hasta los más remotos confines del mundo.<br />

Tu padre, después de fijar nuevamente las<br />

miradas en aquella nube de polvo que se aproxima,<br />

y de la cual brotan centellas de fuego, exclama con<br />

voz terrible:<br />

XIII<br />

-¿Qué es esto? Los toscos yaids de los peregrinos<br />

llamean al rayo del sol como las armaduras<br />

de los guerreros de Labore. ¿Oís? En las alas del<br />

viento llega confuso el eco de la terrible y bárbara<br />

armonía de sus trompas de guerra. ¡Oh! Ya no me<br />

queda duda; el enemigo que hallé a mis pies se


endereza como la víbora para morderme en ellos.<br />

No importa; veremos si los caudillos de Lahore han<br />

aprendido de nuevo a vencer, tras tantos años de<br />

acostumbrarse a huir.<br />

XIV<br />

-Valientes -prosigue dirigiéndose a los que<br />

le acompañan- dadme el arco y el escudo, desnudad<br />

vuestros aceros, y que las roncas bocinas de<br />

plata convoquen a mis huestes con sus bramidos.<br />

Eldi Salek, uno de sus traidores capitanes,<br />

por toda respuesta le hunde en el pecho su misma<br />

espada, de que era portador, y blandiéndola después<br />

en los aires en ademán de triunfo prorrumpe a<br />

voces:<br />

-¡Ánimo, compañeros de esclavitud! ¡Ánimo,<br />

domeñados ejércitos de Kattak y Lahore, desvanecidos<br />

un día al soplo del tirano como al del huracán<br />

el humo! ¡Ánimo; nuestro país es libre!<br />

XV<br />

En tanto, el infelice rey, revolcándose en su<br />

sangre, intenta en vano llamar en su socorro; la voz<br />

se ahoga en su garganta; hace una postrer tentativa<br />

para incorporarse, y cae a tierra muerto y con los


puños crispados y tendidos hacia las bárbaras<br />

huestes, que se adelantan al bélico y rudo compás<br />

de sus instrumentos de bronce.<br />

XVI<br />

Los sacerdotes de Vichenú se aperciben de<br />

la sorpresa, y subiendo a las altas torres de la Pagoda,<br />

llenan el ámbito de los aires con los terribles<br />

bramidos del caracol sagrado, al que responden en<br />

la llanura las bocinas de marfil de los guerreros de<br />

tu padre.<br />

XVII<br />

-¿Dónde está nuestro caudillo, que no corre<br />

como el león al combate? ¿Por qué no vuela en la<br />

primera fila su manto de púrpura y el chal amarillo<br />

que ciñe su frente? ¡Mi dueño! -exclaman los valientes<br />

conquistadores de Kattak, y ninguno sabe decir<br />

dónde se encuentra el señor de Osira, que no responde<br />

al rumor de la batalla con el grito de guerra.<br />

XVIII<br />

Los enemigos se adelantan, la llanura gime<br />

bajo el peso de sus carros y elefantes de guerra, y<br />

el eco de los lejanos montes repite sus salvajes<br />

alaridos. Suena la señal del combate y de la muerte.


Los defensores de Vichenú expiran uno a uno al<br />

rigor del acero; el templo de dios es presa de las<br />

llamas, y con él la naciente ciudad que en sus inmediaciones<br />

levantó el rey de Osira en honor del<br />

benéfico genio de Allah-abad.<br />

XIX<br />

Cuando llegó la noche, la expirante llama<br />

del incendio, arrojando sus temblorosos círculos de<br />

luz y de sombra sobre la llanura, chispeaba en el<br />

casco de los valientes que habían sucumbido a los<br />

golpes de Schiven, y que yacían entre el polvo cubiertos<br />

de sangre y de gloria.<br />

Un hondo silencio reinaba en el que fue teatro<br />

de la sangrienta lucha, silencio que sólo interrumpía<br />

el imponente estruendo de los muros al<br />

desplomarse abrasados por las silbadoras llamas, o<br />

el ronco grito del chacal, que, ofuscado por el ardiente<br />

resplandor del fuego, rugía en su cueva,<br />

temeroso de lanzarse sobre los cadáveres insepultos.<br />

Los vencedores abandonaron con el día la<br />

llanura donde desde esa época nadie osa poner la<br />

planta, temiendo el enojo de Schiven, que quiso


tener en aquellos lugares un templo de ruinas, habitado<br />

por la soledad del espanto.<br />

XX<br />

Pulo escucha sobrecogido de un religioso<br />

pavor, la historia del sangriento combate en que su<br />

padre perdió la vida; historia que en su país cantan<br />

las bayaderas al son de los címbalos, pero cuya<br />

terrible sencillez nunca había arrancado una lágrima<br />

tan ardiente a sus ojos, cual la que entonces rodó<br />

abrasadora sobre su mejilla.<br />

XXI<br />

El cuervo prosigue así: -¿Ves allá, entre los<br />

espesos cañaverales, encenderse una llama ligera y<br />

cárdena, que vacila y corre sobre el haz de las fétidas<br />

aguas del pantano? Más lejos, al pie de la colina,<br />

donde a la sombra de un bosque sombrío se<br />

levanta un grosero sepulcro formado de piedras<br />

toscas e irregulares, ¿ves cómo se desarrolla el<br />

brillante fluido, y vuela sobre la tumba, y se detiene<br />

junto a los troncos de los árboles, y se multiplica<br />

subdividiéndoles en mil otras llamas fantásticas,<br />

ligeras y de un azulado resplandor?<br />

XXII


Esos son los espíritus de los valientes que<br />

en defensa del genio que te protege sucumbieron al<br />

golpe de las hachas de Kattak. Dobla en tierra la<br />

rodilla, que tu padre va a dejar el seno de la tumba<br />

para guiarnos, a través de la noche, del pantano y<br />

de las sombras de los valientes, al sitio en que cubiertos<br />

de musgo y escondidos entre las hierbas<br />

altas y silenciosas hallaremos los restos mortales,<br />

única reliquia del ara de Vichenú.<br />

XXIII<br />

Pulo se arrodilla, y del tosco sepulcro del<br />

bosque se levanta una llama roja, que lanzándose<br />

al vacío comienza a caminar con dirección al ocaso.<br />

El cuervo sigue a la llama y el príncipe al<br />

cuervo.<br />

De repente aquélla se detiene sobre la<br />

cumbre de la colina, en cuya falda duerme el viento<br />

de la noche suspirando entre las hojas de los árboles.<br />

El pájaro de la cabeza blanca tiende el vuelo,<br />

y cerniéndose en los aires sobre las ruinas de la<br />

Pagoda, llama con una voz al caudillo: éste, maravillado<br />

y absorto, sube la suave pendiente que conduce<br />

al término de su peregrinación.


Canto sexto<br />

I<br />

-Vuelve a tu reino; derrama tus tesoros y<br />

trae en tu compañía los artífices más celebrados<br />

que en él encuentres. A la luz del sol durante el día,<br />

a la de las antorchas durante la noche, que no se dé<br />

un minuto de reposo a la ociosidad, fatigando el eco<br />

de estos solitarios lugares con el alegre y bullicioso<br />

clamor de los trabajadores, a los rudos y sonoros<br />

golpes del martillo.<br />

II<br />

Seis años tienes de término para reedificar<br />

la Pagoda, que llenará el mundo de admiración, y<br />

alrededor de cuyas altísimas torres se agruparán las<br />

nubes y estallaran las tempestades, como en las<br />

crestas de las montañas. Sedas hay en Cachemira,<br />

oro en Siam, cedros en Katay, elefantes en Lahore<br />

y perlas en el golfo de Ormuz. Recorre estos países,<br />

y con sus ofrendas y tus adquisiciones la Pagoda<br />

de nuestros días resplandecerá como los astros,<br />

flotantes moradas de los genios.<br />

Entonces se traba en el alma de Pulo una<br />

lucha entre la curiosidad y el temor, lucha que concluye<br />

con el triunfo de aquélla.


Un genio de mal guía sus pasos a través de<br />

la noche; y éstos se dirigen impulsados por una<br />

fuerza incontrastable hacia el lugar en que se encuentra<br />

el peregrino.<br />

III<br />

Presta de nuevo atención; nada se escucha.<br />

¿Qué hará? ¡Si fuera posible descubrir un arcano!<br />

Diciendo así, el caudillo de las manos rojas<br />

separa las colgaduras de seda y oro que cubren la<br />

puerta de la habitación que ocupa el misterioso<br />

viajero; un rayo que hubiera caído a sus pies no le<br />

asombraría tanto como la escena que se presenta a<br />

sus ojos.<br />

IV<br />

El peregrino ha desaparecido.<br />

En mitad del aposento, y al débil resplandor<br />

de una lámpara de alabastro, se ve el informe busto<br />

de un horroroso ídolo.<br />

La locura en sus fantásticas creaciones, el<br />

sueño en sus angustiosas pesadillas, el insomnio en<br />

su delirio abrumador, no forjaron nunca una imagen<br />

tan repugnante y terrible.


V<br />

No es su rostro el del genio benéfico que<br />

protege al príncipe; ese rostro en cuyas facciones<br />

se ven grabadas en armoniosas líneas y rasgos<br />

atrevidos la noble fiereza, la salvaje y varonil hermosura<br />

del dios de la selva, no; la fisonomía de<br />

aquella tosca escultura, que sin concluir aún se<br />

presenta a los ojos del aterrado Pulo, tiene algo de<br />

infernal y medroso; de sus redondas pupilas parece<br />

pronto a brotar el rayo y la muerte; su dilatada boca<br />

está contraída por una sonrisa feroz; todo en él<br />

revela un genio del mal.<br />

chenú.<br />

Es la imagen de Schiven y no la de Vi-<br />

La impaciencia ha perdido para siempre al<br />

desgraciado caudillo.<br />

VI<br />

Éste, presa de un vértigo y saliendo de su<br />

inmovilidad: -Brahmines -exclama en alta voz,- despertad<br />

de vuestro sueño; la esperanza de dicha que<br />

aún me restaba se ha desvanecido como el perfume<br />

de un lirio que besa el simún. Schiven venció en el<br />

combate; levantad el ídolo que lo representa; llevadlo<br />

al ara sobre vuestros hombros al compás de los


himnos del luto y el clamor de las plañideras y los<br />

címbalos; suyo será el templo de su hermano, y con<br />

él mi vida.<br />

VII<br />

Los brahmines y los servidores del príncipe<br />

que han acudido a su llamamiento, se apresuran a<br />

ejecutar sus mandatos, las apagadas antorchas<br />

vuelven a despedir torrentes de luz; los guerreros<br />

hieren sus escudos con el pomo de la espada; las<br />

roncas bocinas de marfil ahuyentan el tranquilo<br />

sueño de los habitantes de Kattak, y la triste e imponente<br />

comitiva que conduce al dios de la muerte<br />

y del estrago se dirige a la gigantesca Pagoda, del<br />

seno de la cual se escuchan levantarse, crecer y<br />

morir temblando en el vacío; medrosos lamentos y<br />

horribles carcajadas. Son los genios de la destrucción<br />

que solemnizan su victoria.<br />

VIII<br />

El día comienza a despuntar; la luna se<br />

desvanece, y el mar se colora con la primera luz del<br />

alba. El templo resplandece iluminado en su interior<br />

por cien y cien magníficas lámparas de bronce y<br />

oro; las blancas nubes que se elevan de los altares,<br />

difunden la esencia de la mirra y del áloe por los


extensos ámbitos de la Pagoda; el príncipe ha ceñido<br />

la frente con el amarillo chal, emblema del poder<br />

soberano, y cubierto con sus más ricas vestiduras<br />

está de rodillas ante el ara.<br />

Las ceremonias con que los brahmines, invocando<br />

la piedad de los genios, han dado posesión<br />

al de la muerte del templo de Jaganata han concluido.<br />

IX<br />

-¡Sacerdotes, caudillos, siervos -prorrumpe<br />

al fin el señor de Osira,- la cólera de los dioses está<br />

suspendida sobre mi cabeza, como una espada<br />

pendiente de un cabello; mis manos, que desde la<br />

terrible hora en que subí al solio ningún mortal ha<br />

visto desnudas, están manchadas de sangre. Vedlas;<br />

esta sangre es la de mi antecesor, la de mi<br />

hermano, a quien arranque la vida con la corona.<br />

Shiven, el dios del remordimiento y de la expiación,<br />

me exige ojo por ojo, corona por corona, vida por<br />

vida. Cúmplase su voluntad. Sacerdotes, caudillos,<br />

siervos: rogad por el último de los Dheli, cuya raza<br />

va a desaparecer de la tierra.<br />

La multitud, sobrecogida y llena de terror,<br />

permanece en silencio; Pulo, volviéndose hacia el


altar en que está colocado el dios, prosigue de este<br />

modo, dirigiéndose al informe ídolo, que parece que<br />

contrae sus labios con una muda e infernal sonrisa.<br />

X<br />

-Schiven, enemigo y extirpador de mi raza:<br />

si la sangre puede borrar mis culpas apartando tu<br />

cólera de la frente de Siannah, recíbela como mi<br />

última ofrenda; pero concédeme al menos que, antes<br />

de partir del mundo, la contemple un instante<br />

por la postrera vez; que su boca reciba el frío y<br />

apagado aliento de la mía; que sus besos cierren<br />

mis párpados a la eterna noche de la tumba.<br />

XI<br />

La muchedumbre que ocupa las naves del<br />

templo tiene fijos sus ojos en el príncipe y arroja un<br />

grito de horror.<br />

Pulo se ha atravesado con su espada, y el<br />

caliente borbotón de sangre que brotó de su herida<br />

saltó humeando al rostro del genio.<br />

En aquel instante, una mujer atraviesa el<br />

atrio de la Pagoda, y se adelanta hasta el recinto en<br />

que se eleva el ara de Schiven.


-¡Siannah! -murmura el príncipe reconociéndola:<br />

-Siannah, al fin te veo antes de morir. -Y<br />

expira.<br />

XII<br />

Siannah, la perla de Ormuz, la violeta de<br />

Osira, el símbolo de la hermosura y del amor, la que<br />

formó Bermach en un delirio de placer, combinando<br />

la gentileza de las palmas de Nepol, la flexibilidad<br />

de los juncos del Ganges, la esmeralda de los ojos<br />

de una schiva, la luz de un diamante de Golconda,<br />

la armonía de una noche de verano y la esencia de<br />

un lirio salvaje del Himalaya; Siannah, la hermosa<br />

entre las hermosas siguió a Pulo a través de su<br />

peregrinación en esas regiones desconocidas de las<br />

que ningún viajero vuelve.<br />

Siannah fue la primera viuda indiana que se<br />

arrojó al fuego con el cadáver de su esposo.


El rayo de luna<br />

Yo no sé si esto es una historia que parece<br />

cuento o un cuento que parece historia; lo que puedo<br />

decir es que en su fondo hay una verdad, una<br />

verdad muy triste, de la que acaso yo seré uno de<br />

los últimos en aprovecharme, dadas mis condiciones<br />

de imaginación.<br />

Otro, con esta idea, tal vez hubiera hecho<br />

un tomo de filosofía lacrimosa; yo he escrito esta<br />

leyenda que, a los que nada vean en su fondo, al<br />

menos podrá entretenerles un rato.<br />

I<br />

Era noble, había nacido entre el estruendo<br />

de las armas, y el insólito clamor de una trompa de<br />

guerra no le hubiera hecho levantar la cabeza un<br />

instante ni apartar sus ojos un punto del oscuro<br />

pergamino en que leía la última cantiga de un trovador.<br />

Los que quisieran encontrarle, no lo debían<br />

buscar en el anchuroso patio de su castillo, donde<br />

los palafreneros domaban los potros, los pajes enseñaban<br />

a volar a los halcones, y los soldados se<br />

entretenían los días de reposo en afilar el hierro de<br />

su lanza contra una piedra.


-¿Dónde está Manrique, dónde está vuestro<br />

señor? -preguntaba algunas veces su madre.<br />

-No sabemos -respondían sus servidores:acaso<br />

estará en el claustro del monasterio de la<br />

Peña, sentado al borde de una tumba, prestando<br />

oído a ver si sorprende alguna palabra de la conversación<br />

de los muertos; o en el puente, mirando<br />

correr unas tras otras las olas del río por debajo de<br />

sus arcos; o acurrucado en la quiebra de una roca y<br />

entretenido en contar las estrellas del cielo, en seguir<br />

una nube con la vista o contemplar los fuegos<br />

fatuos que cruzan como exhalaciones sobre el haz<br />

de las lagunas. En cualquiera parte estará menos<br />

en donde esté todo el mundo.<br />

En efecto, Manrique amaba la soledad, y la<br />

amaba de tal modo, que algunas veces hubiera<br />

deseado no tener sombra, porque su sombra no le<br />

siguiese a todas partes.<br />

Amaba la soledad, porque en su seno, dando<br />

rienda suelta a la imaginación, forjaba un mundo<br />

fantástico, habitado por extrañas creaciones, hijas<br />

de sus delirios y sus ensueños de poeta, tanto, que<br />

nunca le habían satisfecho las formas en que pudiera<br />

encerrar sus pensamientos, y nunca los había<br />

encerrado al escribirlos.


Creía que entre las rojas ascuas del hogar<br />

habitaban espíritus de fuego de mil colores, que<br />

corrían como insectos de oro a lo largo de los troncos<br />

encendidos, o danzaban en una luminosa ronda<br />

de chispas en la cúspide de las llamas, y se pasaba<br />

las horas muertas sentado en un escabel junto a la<br />

alta chimenea gótica, inmóvil y con los ojos fijos en<br />

la lumbre.<br />

Creía que en el fondo de las ondas del río,<br />

entre los musgos de la fuente y sobre los vapores<br />

del lago, vivían unas mujeres misteriosas, hadas,<br />

sílfides u ondinas, que exhalaban lamentos y suspiros,<br />

o cantaban y se reían en el monótono rumor del<br />

agua, rumor que oía en silencio intentando traducirlo.<br />

En las nubes, en el aire, en el fondo de los<br />

bosques, en las grietas de las peñas, imaginaba<br />

percibir formas o escuchar sonidos misteriosos,<br />

formas de seres sobrenaturales, palabras ininteligibles<br />

que no podía comprender.<br />

¡Amar! Había nacido para soñar el amor, no<br />

para sentirlo. Amaba a todas las mujeres un instante:<br />

a ésta porque era rubia, a aquélla porque tenía<br />

los labios rojos, a la otra porque se cimbreaba al<br />

andar como un junco.


Algunas veces llegaba su delirio hasta el<br />

punto de quedarse una noche entera mirando a la<br />

luna, que flotaba en el cielo entre un vapor de plata,<br />

o a las estrellas que temblaban a lo lejos como los<br />

cambiantes de las piedras preciosas. En aquellas<br />

largas noches de poético insomnio, exclamaba: -Si<br />

es verdad, como el prior de la Peña me ha dicho,<br />

que es posible que esos puntos de luz sean mundos;<br />

si es verdad que en ese globo de nácar que<br />

rueda sobre las nubes habitan gentes, ¡qué mujeres<br />

tan hermosas serán las mujeres de esas regiones<br />

luminosas, y yo no podré verlas, y yo no podré<br />

amarlas!... ¿Cómo será su hermosura?... ¿Cómo<br />

será su amor?...<br />

Manrique no estaba aún lo bastante loco<br />

para que le siguiesen los muchachos, pero sí lo<br />

suficiente para hablar y gesticular a solas, que es<br />

por donde se empieza.<br />

II<br />

Sobre el Duero, que pasaba lamiendo las<br />

carcomidas y oscuras piedras de las murallas de<br />

Soria, hay un puente que conduce de la ciudad al<br />

antiguo convento de los Templarios, cuyas posesiones<br />

se extendían a lo largo de la opuesta margen<br />

del río.


En la época a que nos referimos, los caballeros<br />

de la Orden habían ya abandonado sus históricas<br />

fortalezas; pero aún quedaban en pie los restos<br />

de los anchos torreones de sus muros, aún se<br />

veían, como en parte se ven hoy, cubiertos de hiedra<br />

y campanillas blancas, los macizos arcos de su<br />

claustro, las prolongadas galerías ojivales de sus<br />

patios de armas, en las que suspiraba el viento con<br />

un gemido, agitando las altas hierbas.<br />

En los huertos y en los jardines, cuyos senderos<br />

no hollaban hacía muchos años las plantas<br />

de los religiosos, la vegetación, abandonada a sí<br />

misma, desplegaba todas sus galas, sin temor de<br />

que la mano del hombre la mutilase, creyendo embellecerla.<br />

Las plantas trepadoras subían encaramándose<br />

por los añosos troncos de los árboles;<br />

las sombrías calles de álamos, cuyas copas se tocaban<br />

y se confundían entre sí, se habían cubierto<br />

de césped; los cardos silvestres y las ortigas brotaban<br />

en medio de los enarenados caminos, y en dos<br />

trozos de fábrica, próximos a desplomarse, el jaramago,<br />

flotando al viento como el penacho de una<br />

cimera, y las campanillas blancas y azules, balanceándose<br />

como en un columpio sobre sus largos y<br />

flexibles tallos, pregonaban la victoria de la destrucción<br />

y la ruina.


Era de noche; una noche de verano, templada,<br />

llena de perfumes y de rumores apacibles, y<br />

con una luna blanca y serena, en mitad de un cielo<br />

azul, luminoso y transparente.<br />

Manrique, presa su imaginación de un vértigo<br />

de poesía, después de atravesar el puente, desde<br />

donde contempló un momento la negra silueta<br />

de la ciudad, que se destacaba sobre el fondo de<br />

algunas nubes blanquecinas y ligeras arrolladas en<br />

el horizonte, se internó en las desiertas ruinas de<br />

los Templarios.<br />

La media noche tocaba a su punto. La luna,<br />

que se había ido remontando lentamente, estaba ya<br />

en lo más alto del cielo, cuando al entrar en una<br />

oscura alameda que conducía desde el derruido<br />

claustro a la margen del Duero, Manrique exhaló un<br />

grito leve y ahogado, mezcla extraña de sorpresa,<br />

de temor y de júbilo.<br />

En el fondo de la sombría alameda había<br />

visto agitarse una cosa blanca, que flotó un momento<br />

y desapareció en la oscuridad. La orla del traje de<br />

una mujer, de una mujer que había cruzado el sendero<br />

y se ocultaba entre el follaje, en el mismo instante<br />

en que el loco soñador de quimeras o imposibles<br />

penetraba en los jardines.


-¡Una mujer desconocida!... ¡En este sitio!...,<br />

¡A estas horas! Esa, esa es la mujer que yo busco -<br />

exclamó Manrique; y se lanzó en su seguimiento,<br />

rápido como una saeta.<br />

III<br />

Llegó al punto en que había visto perderse<br />

entre la espesura de las ramas a la mujer misteriosa.<br />

Había desaparecido. ¿Por dónde? Allá lejos,<br />

muy lejos, creyó divisar por entre los cruzados troncos<br />

de los árboles como una claridad o una forma<br />

blanca que se movía.<br />

-¡Es ella, es ella, que lleva alas en los pies y<br />

huye como una sombra! -dijo, y se precipitó en su<br />

busca, separando con las manos las redes de hiedra<br />

que se extendían como un tapiz de unos en<br />

otros álamos. Llegó rompiendo por entre la maleza<br />

y las plantas parásitas hasta una especie de rellano<br />

que iluminaba la claridad del cielo... ¡Nadie! -¡Ah!,<br />

por aquí, por aquí va -exclamó entonces.- Oigo sus<br />

pisadas sobre las hojas secas, y el crujido de su<br />

traje que arrastra por el suelo y roza en los arbustos;<br />

-y corría y corría como un loco de aquí para<br />

allá, y no la veía. -Pero siguen sonando sus pisadas<br />

-murmuró otra vez;- creo que ha hablado; no hay<br />

duda, ha hablado... El viento que suspira entre las


amas; las hojas, que parece que rezan en voz baja,<br />

me han impedido oír lo que ha dicho; pero no hay<br />

duda, va por ahí, ha hablado... ha hablado... ¿En<br />

qué idioma? No sé, pero es una lengua extranjera...<br />

Y tornó a correr en su seguimiento, unas veces<br />

creyendo verla, otras pensando oírla; ya notando<br />

que las ramas, por entre las cuales había desaparecido,<br />

se movían; ya imaginando distinguir en la arena<br />

la huella de sus propios pies; luego, firmemente<br />

persuadido de que un perfume especial que aspiraba<br />

a intervalos era un aroma perteneciente a aquella<br />

mujer que se burlaba de él, complaciéndose en<br />

huirle por entre aquellas intrincadas malezas. ¡Afán<br />

inútil!<br />

Vagó algunas horas de un lado a otro fuera<br />

de sí, ya parándose para escuchar, ya deslizándose<br />

con las mayores precauciones sobre la hierba, ya<br />

en una carrera frenética y desesperada.<br />

Avanzando, avanzando por entre los inmensos<br />

jardines que bordaban la margen del río,<br />

llegó al fin al pie de las rocas sobre que se eleva la<br />

ermita de San Saturio. -Tal vez, desde esta altura<br />

podré orientarme para seguir mis pesquisas a<br />

través de ese confuso laberinto -exclamó trepando<br />

de peña en peña con la ayuda de su daga.


Llegó a la cima, desde la que se descubre<br />

la ciudad en lontananza y una gran parte del Duero<br />

que se retuerce a sus pies, arrastrando una corriente<br />

impetuosa y oscura por entre las corvas márgenes<br />

que lo encarcelan.<br />

Manrique, una vez en lo alto de las rocas,<br />

tendió la vista a su alrededor; pero al tenderla y<br />

fijarla al cabo en un punto, no pudo contener una<br />

blasfemia.<br />

La luz de la luna rielaba chispeando en la<br />

estela que dejaba en pos de sí una barca que se<br />

dirigía a todo remo a la orilla opuesta.<br />

En aquella barca había creído distinguir una<br />

forma blanca y esbelta, una mujer sin duda, la mujer<br />

que había visto en los Templarios, la mujer de sus<br />

sueños, la realización de sus más locas esperanzas.<br />

Se descolgó de las peñas con la agilidad de un<br />

gamo, arrojó al suelo la gorra, cuya redonda y larga<br />

pluma podía embarazarle para correr, y desnudándose<br />

del ancho capotillo de terciopelo, partió como<br />

una exhalación hacia el puente.<br />

Pensaba atravesarlo y llegar a la ciudad antes<br />

que la barca tocase en la otra orilla. ¡Locura!<br />

Cuando Manrique llegó jadeante y cubierto de sudor


a la entrada, ya los que habían atravesado el Duero<br />

por la parte de San Saturio, entraban en Soria por<br />

una de las puertas del muro, que en aquel tiempo<br />

llegaba hasta la margen del río, en cuyas aguas se<br />

retrataban sus pardas almenas.<br />

IV<br />

Aunque desvanecida su esperanza de alcanzar<br />

a los que habían entrado por el postigo de<br />

San Saturio, no por eso nuestro héroe perdió la de<br />

saber la casa que en la ciudad podía albergarlos.<br />

Fija en su mente esta idea, penetró en la población,<br />

y dirigiéndose hacia el barrio de San Juan, comenzó<br />

a vagar por sus calles a la ventura.<br />

Las calles de Soria eran entonces, y lo son<br />

todavía, estrechas, oscuras y tortuosas. Un silencio<br />

profundo reinaba en ellas, silencio que sólo interrumpían,<br />

ora el lejano ladrido de un perro; ora el<br />

rumor de una puerta al cerrarse, ora el relincho de<br />

un corcel que piafando hacía sonar la cadena que le<br />

sujetaba al pesebre en las subterráneas caballerizas.<br />

Manrique, con el oído atento a estos rumores<br />

de la noche, que unas veces le parecían los<br />

pasos de alguna persona que había doblado ya la


última esquina de un callejón desierto, otras, voces<br />

confusas de gentes que hablaban a sus espaldas y<br />

que a cada momento esperaba ver a su lado, anduvo<br />

algunas horas, corriendo al azar de un sitio a<br />

otro.<br />

Por último, se detuvo al pie de un caserón<br />

de piedra, oscuro y antiquísimo, y al detenerse brillaron<br />

sus ojos con una indescriptible expresión de<br />

alegría. En una de las altas ventanas ojivales de<br />

aquel que pudiéramos llamar palacio, se veía un<br />

rayo de luz templada y suave que, pasando a través<br />

de unas ligeras colgaduras de seda color de rosa,<br />

se reflejaba en el negruzco y grieteado paredón de<br />

la casa de enfrente.<br />

-No cabe duda; aquí vive mi desconocida -<br />

murmuró el joven en voz baja sin apartar un punto<br />

sus ojos de la ventana gótica;- aquí vive. Ella entró<br />

por el postigo de San Saturio... por el postigo de<br />

San Saturio se viene a este barrio... en este barrio<br />

hay una casa, donde pasada la media noche aún<br />

hay gente en vela... ¿En vela? ¿Quién sino ella, que<br />

vuelve de sus nocturnas excursiones, puede estarlo<br />

a estas horas?... No hay más; ésta es su casa.<br />

En esta firme persuasión, y revolviendo en<br />

su cabeza las más locas y fantásticas imaginacio-


nes, esperó el alba frente a la ventana gótica, de la<br />

que en toda la noche no faltó la luz ni él separó la<br />

vista un momento.<br />

Cuando llegó el día, las macizas puertas del<br />

arco que daba entrada al caserón, y sobre cuya<br />

clave se veían esculpidos los blasones de su dueño,<br />

giraron pesadamente sobre los goznes, con un chirrido<br />

prolongado y agudo. Un escudero reapareció<br />

en el dintel con un manojo de llaves en la mano,<br />

restregándose los ojos y enseñando al bostezar una<br />

caja de dientes capaces de dar envidia a un cocodrilo.<br />

Verle Manrique y lanzarse a la puerta, todo<br />

fue obra de un instante.<br />

-¿Quién habita en esta casa? ¿Cómo se<br />

llama ella? ¿De dónde es? ¿A qué ha venido a Soria?<br />

¿Tiene esposo? Responde, responde, animal. -<br />

Ésta fue la salutación que, sacudiéndole el brazo<br />

violentamente, dirigió al pobre escudero, el cual,<br />

después de mirarle un buen espacio de tiempo con<br />

ojos espantados y estúpidos, le contestó con voz<br />

entrecortada por la sorpresa:<br />

En esta casa vive el muy honrado señor D.<br />

Alonso de Valdecuellos, montero mayor de nuestro


señor el rey, que herido en la guerra contra moros,<br />

se encuentra en esta ciudad reponiéndose de sus<br />

fatigas.<br />

-Pero ¿y su hija? -interrumpió el joven impaciente;-<br />

¿y su hija, o su hermana; o su esposa, o<br />

lo que sea?<br />

-No tiene ninguna mujer consigo.<br />

-¡No tiene ninguna!... Pues ¿quién duerme<br />

allí en aquel aposento, donde toda la noche he visto<br />

arder una luz?<br />

-¿Allí? Allí duerme mi señor D. Alonso, que,<br />

como se halla enfermo, mantiene encendida su<br />

lámpara hasta que amanece.<br />

Un rayo cayendo de improviso a sus pies no<br />

le hubiera causado más asombro que el que le causaron<br />

estas palabras.<br />

V<br />

-Yo la he de encontrar, la he de encontrar; y<br />

si la encuentro, estoy casi seguro de que he de<br />

conocerla... ¿En qué?... Eso es lo que no podré<br />

decir... pero he de conocerla. El eco de sus pisadas<br />

o una sola palabra suya que vuelva a oír, un extremo<br />

de su traje, un solo extremo que vuelva a ver,


me bastarán para conseguirlo. Noche y día estoy<br />

mirando flotar delante de mis ojos aquellos pliegues<br />

de una tela diáfana y blanquísima; noche y día me<br />

están sonando aquí dentro, dentro de la cabeza, el<br />

crujido de su traje, el confuso rumor de sus ininteligibles<br />

palabras... ¿Qué dijo?... ¿qué dijo? ¡Ah!, si yo<br />

pudiera saber lo que dijo, acaso... pero aún sin saberlo<br />

la encontraré... la encontraré; me lo da el corazón,<br />

y mi corazón no me engaña nunca. Verdad<br />

es que ya he recorrido inútilmente todas las calles<br />

de Soria; que he pasado noches y noches al sereno,<br />

hecho poste de una esquina; que he gastado<br />

más de veinte doblas en oro en hacer charlar a<br />

dueñas y escuderos; que he dado agua bendita en<br />

San Nicolás a una vieja, arrebujada con tal arte en<br />

su manto de anascote, que se me figuró una deidad;<br />

y al salir de la Colegiata una noche de maitines,<br />

he seguido como un tonto la litera del arcediano,<br />

creyendo que el extremo de sus holapandas era<br />

el del traje de mi desconocida; pero no importa... yo<br />

la he de encontrar, y la gloria de poseerla excederá<br />

seguramente al trabajo de buscarla.<br />

¿Cómo serán sus ojos?... Deben de ser<br />

azules, azules y húmedos como el cielo de la noche;<br />

me gustan tanto los ojos de ese color; son tan<br />

expresivos, tan melancólicos, tan... Sí... no hay du-


da; azules deben de ser, azules son, seguramente;<br />

y sus cabellos negros, muy negros y largos para<br />

que floten... Me parece que los vi flotar aquella noche,<br />

al par que su traje, y eran negros... no me engaño,<br />

no; eran negros.<br />

¡Y qué bien sientan unos ojos azules, muy<br />

rasgados y adormidos, y una cabellera suelta, flotante<br />

y oscura, a una mujer alta... porque... ella es<br />

alta, alta y esbelta como esos ángeles de las portadas<br />

de nuestras basílicas, cuyos ovalados rostros<br />

envuelven en un misterioso crepúsculo las sombras<br />

de sus doseles de granito!<br />

¡Su voz!... su voz la he oído... su voz es<br />

suave como el rumor del viento en las hojas de los<br />

álamos, y su andar acompasado y majestuoso como<br />

las cadencias de una música.<br />

Y esa mujer, que es hermosa como el más<br />

hermoso de mis sueños de adolescente, que piensa<br />

como yo pienso, que gusta como yo gusto, que odia<br />

lo que yo odio, que es un espíritu humano de mi<br />

espíritu, que es el complemento de mi ser, ¿no se<br />

ha de sentir conmovida al encontrarme? ¿No me ha<br />

de amar como yo la amaré, como la amo ya, con<br />

todas las fuerzas de mi vida, con todas las facultades<br />

de mi alma?


Vamos, vamos al sitio donde la vi la primera<br />

y única vez que le he visto... ¿Quién sabe si, caprichosa<br />

como yo, amiga de la soledad y el misterio,<br />

como todas las almas soñadoras, se complace en<br />

vagar por entre las ruinas, en el silencio de la noche?<br />

Dos meses habían transcurrido desde que<br />

el escudero de D. Alonso de Valdecuellos desengañó<br />

al iluso Manrique; dos meses durante los cuales<br />

en cada hora había formado un castillo en el<br />

aire, que la realidad desvanecía con un soplo; dos<br />

meses, durante los cuales había buscado en vano a<br />

aquella mujer desconocida, cuyo absurdo amor iba<br />

creciendo en su alma, merced a sus aún más absurdas<br />

imaginaciones, cuando después de atrevesar<br />

absorto en estas ideas el puente que conduce a<br />

los Templarios, el enamorado joven se perdió entre<br />

las intrincadas sendas de sus jardines.<br />

VI<br />

La noche estaba serena y hermosa, la luna<br />

brillaba en toda su plenitud en lo más alto del cielo,<br />

y el viento suspiraba con un rumor dulcísimo entre<br />

las hojas de los árboles.


Manrique llegó al claustro, tendió la vista<br />

por su recinto y miró a través de las macizas columnas<br />

de sus arcadas... Estaba desierto.<br />

Salió de él encaminó sus pasos hacia la oscura<br />

alameda que conduce al Duero, y aún no había<br />

penetrado en ella, cuando de sus labios se escapó<br />

un grito de júbilo.<br />

Había visto flotar un instante y desaparecer<br />

el extremo del traje blanco, del traje blanco de la<br />

mujer de sus sueños, de la mujer que ya amaba<br />

como un loco.<br />

Corre, corre en su busca, llega al sitio en<br />

que la ha visto desaparecer; pero al llegar se detiene,<br />

fija los espantados ojos en el suelo, permanece<br />

un rato inmóvil; un ligero temblor nervioso agita sus<br />

miembros, un temblor que va creciendo, que va<br />

creciendo y ofrece los síntomas de una verdadera<br />

convulsión, y prorrumpe al fin una carcajada, una<br />

carcajada sonora, estridente, horrible.<br />

Aquella cosa blanca, ligera, flotante, había<br />

vuelto a brillar ante sus ojos, pero había brillado a<br />

sus pies un instante, no más que un instante.


Era un rayo de luna, un rayo de luna que<br />

penetraba a intervalos por entre la verde bóveda de<br />

los árboles cuando el viento movía sus ramas.<br />

Habían pasado algunos años. Manrique,<br />

sentado en un sitial junto a la alta chimenea gótica<br />

de su castillo, inmóvil casi y con una mirada vaga e<br />

inquieta como la de un idiota, apenas prestaba<br />

atención ni a las caricias de su madre, ni a los consuelos<br />

de sus servidores.<br />

-Tú eres joven, tú eres hermoso -le decía<br />

aquélla;- ¿por qué te consumes en la soledad? ¿Por<br />

qué no buscas una mujer a quien ames, y que<br />

amándote pueda hacerte feliz?<br />

-¡El amor!... El amor es un rayo de luna -<br />

murmuraba el joven.<br />

-¿Por qué no despertáis de ese letargo? -le<br />

decía uno de sus escuderos;- os vestís de hierro de<br />

pies a cabeza, mandáis desplegar al aire vuestro<br />

pendón de ricohombre, y marchamos a la guerra: en<br />

la guerra se encuentra la gloria.<br />

-¡La gloria!... La gloria es un rayo de luna.


-¿Queréis que os diga una cantiga, la última<br />

que ha compuesto mosén Arnaldo, el trovador provenzal?<br />

-¡No! ¡No! -exclamó el joven incorporándose<br />

colérico en su sitial;- no quiero nada... es decir, sí<br />

quiero... quiero que me dejéis solo... Cantigas...<br />

mujeres... glorias... felicidad... mentiras todo, fantasmas<br />

vanos que formamos en nuestra imaginación<br />

y vestimos a nuestro antojo, y los amamos y<br />

corremos tras ellos, ¿para qué?, ¿para qué?, para<br />

encontrar un rayo de luna.<br />

Manrique estaba loco: por lo menos, todo el<br />

mundo lo creía así. A mí, por el contrario, se me<br />

figuraba que lo que había hecho era recuperar el<br />

juicio.


poco.<br />

el rato.<br />

La cruz del diablo<br />

I<br />

Que lo crea o no, me importa bien<br />

Mi abuelo se lo narró a mi padre;<br />

mi padre me lo ha referido a mí,<br />

y yo te lo cuento ahora,<br />

siquiera no sea más que por pasar<br />

El crepúsculo comenzaba a extender sus ligeras<br />

alas de vapor sobre las pintorescas orillas del<br />

Segre, cuando después de una fatigosa jornada<br />

llegamos a Bellver, término de nuestro viaje.<br />

Bellver es una pequeña población situada a<br />

la falda de una colina, por detrás de la cual se ven<br />

elevarse, como las gradas de un colosal anfiteatro<br />

de granito, las empinadas y nebulosas crestas de<br />

los Pirineos.<br />

Los blancos caseríos que la rodean, salpicados<br />

aquí y allá sobre una ondulante sábana de<br />

verdura, parecen a lo lejos un bando de palomas


que han abatido su vuelo para apagar su sed en las<br />

aguas de la ribera.<br />

Una pelada roca, a cuyos pies tuercen éstas<br />

su curso, y sobre cuya cima se notan aún remotos<br />

vestigios de construcción, señala la antigua línea<br />

divisoria entre el condado de Urgel y el más importante<br />

de sus feudos.<br />

A la derecha del tortuoso sendero que conduce<br />

a este punto, remontando la corriente del río y<br />

siguiendo sus curvas y frondosos márgenes, se<br />

encuentra una cruz.<br />

El asta y los brazos son de hierro; la redonda<br />

base en que se apoya, de mármol, y la escalinata<br />

que a ella conduce, de oscuros y mal unidos<br />

fragmentos de sillería.<br />

La destructora acción de los años, que ha<br />

cubierto de orín el metal, ha roto y carcomido la<br />

piedra de este monumento, entre cuyas hendiduras<br />

crecen algunas plantas trepadoras que suben enredándose<br />

hasta coronarlo, mientras una vieja y corpulenta<br />

encina le sirve de dosel.<br />

Yo había adelantado algunos minutos a mis<br />

compañeros de viaje, y deteniendo mi escuálida<br />

cabalgadura, contemplaba en silencio aquella cruz,


muda y sencilla expresión de las creencias y la piedad<br />

de otros siglos.<br />

Un mundo de ideas se agolpó a mi imaginación<br />

en aquel instante. Ideas ligerísimas, sin forma<br />

determinada, que unían entre sí, como un invisible<br />

hilo de luz, la profunda soledad de aquellos lugares,<br />

el alto silencio de la naciente noche y la vaga melancolía<br />

de mi espíritu.<br />

Impulsado de un pensamiento religioso, espontáneo<br />

e indefinible, eché maquinalmente pie a<br />

tierra, me descubrí, y comencé a buscar en el fondo<br />

de mi memoria una de aquellas oraciones que me<br />

enseñaron cuando niño; una de aquellas oraciones,<br />

que cuando más tarde se escapan involuntarias de<br />

nuestros labios, parece que aligeran el pecho oprimido,<br />

y semejantes a las lágrimas, alivian el dolor,<br />

que también toma estas formas para evaporarse.<br />

Ya había comenzado a murmurarla, cuando<br />

de improviso sentí que me sacudían con violencia<br />

por los hombros.<br />

Volví la cara: un hombre estaba al lado mío.<br />

Era uno de nuestros guías natural del país,<br />

el cual, con una indescriptible expresión de terror<br />

pintada en el rostro, pugnaba por arrastrarme con-


sigo y cubrir mi cabeza con el fieltro que aún tenía<br />

en mis manos.<br />

Mi primera mirada, mitad de asombro, mitad<br />

de cólera, equivalía a una interrogación enérgica,<br />

aunque muda.<br />

El pobre hombre sin cejar en su empeño de<br />

alejarme de aquel sitio, contestó a ella con estas<br />

palabras, que entonces no pude comprender, pero<br />

en las que había un acento de verdad que me sobrecogió:<br />

-¡Por la memoria de su madre! ¡Por lo<br />

más sagrado que tenga en el mundo, señorito,<br />

cúbrase usted la cabeza y aléjese más que de prisa<br />

de esta cruz! ¡Tan desesperado está usted que, no<br />

bastándole la ayuda de Dios, recurre a la del demonio!<br />

Yo permanecí un rato mirándole en silencio.<br />

Francamente, creí que estaba loco; pero él prosiguió<br />

con igual vehemencia:<br />

-Usted busca la frontera; pues bien, si delante<br />

de esa cruz le pide usted al cielo que le preste<br />

ayuda, las cumbres de los montes vecinos se levantarán<br />

en una sola noche hasta las estrellas invisibles,<br />

sólo porque no encontremos la raya en toda<br />

nuestra vida.


Yo no puedo menos de sonreírme.<br />

-¿Se burla usted?... ¿Cree acaso que esa<br />

es una cruz santa como la del porche de nuestra<br />

iglesia?...<br />

-¿Quién lo duda?<br />

-Pues se engaña usted de medio a medio;<br />

porque esa cruz, salvo lo que tiene de Dios, está<br />

maldita... esa cruz pertenece a un espíritu maligno,<br />

y por eso le llaman La cruz del diablo.<br />

-¡La cruz del diablo! -repetí cediendo a sus<br />

instancias, sin darme cuenta a mí mismo del involuntario<br />

temor que comenzó a apoderarse de mi<br />

espíritu, y que me rechazaba como una fuerza desconocida<br />

de aquel lugar;- ¡la cruz del diablo! ¡Nunca<br />

ha herido mi imaginación una amalgama más disparatada<br />

de dos ideas tan absolutamente enemigas!...<br />

¡Una cruz... y del diablo!!! ¡Vaya, vaya! Fuerza será<br />

que en llegando a la población me expliques este<br />

monstruoso absurdo.<br />

Durante este corto diálogo, nuestros camaradas,<br />

que habían picado sus cabalgaduras, se nos<br />

reunieron al pie de la cruz; yo les expliqué en breves<br />

palabras lo que acababa de suceder; monté<br />

nuevamente en mi rocín, y las campanas de la pa-


oquia llamaban lentamente a la oración, cuando<br />

nos apeamos en el más escondido y lóbrego de los<br />

paradores de Bellver.<br />

II<br />

Las llamas rojas y azules se enroscaban<br />

chisporroteando a lo largo del grueso tronco de<br />

encina que ardía en el ancho hogar; nuestras sombras,<br />

que se proyectaban temblando sobre los ennegrecidos<br />

muros, se empequeñecían o tomaban<br />

formas gigantescas, según la hoguera despedía<br />

resplandores más o menos brillantes; el vaso de<br />

saúco, ora vacío, ora lleno, y no de agua, como<br />

cangilón de noria, había dado tres veces la vuelta<br />

en derredor del círculo que formábamos junto al<br />

fuego, y todos esperaban con impaciencia la historia<br />

de La cruz del diablo, que a guisa de postres de la<br />

frugal cena que acabábamos de consumir se nos<br />

había prometido, cuando nuestro guía tosió por dos<br />

veces, se echó al coleto un último trago de vino,<br />

limpiose con el revés de la mano la boca, y comenzó<br />

de este modo:<br />

Hace mucho tiempo, mucho tiempo, yo no<br />

sé cuánto, pero los moros ocupaban aún la mayor<br />

parte de España, se llamaban condes nuestros<br />

reyes, y las villas y aldeas pertenecían en feudo a


ciertos señores, que a su vez prestaban homenaje a<br />

otros más poderosos, cuando acaeció lo que voy a<br />

referir a ustedes.<br />

Concluida esta breve introducción histórica,<br />

el héroe de la fiesta guardó silencio durante algunos<br />

segundos como para coordinar sus recuerdos, y<br />

prosiguió así:<br />

-Pues es el caso que, en aquel tiempo remoto,<br />

esta villa y algunas otras formaban parte del<br />

patrimonio de un noble barón, cuyo castillo señorial<br />

se levantó por muchos siglos sobre la cresta de un<br />

peñasco que baña el Segre, del cual toma su nombre.<br />

Aún testifican la verdad de mi relación algunas<br />

informes ruinas que, cubiertas de jaramago y<br />

musgo, se alcanzan a ver sobre su cumbre desde el<br />

camino que conduce a este pueblo.<br />

No sé si por ventura o desgracia quiso la<br />

suerte que este señor, a quien por su crueldad detestaban<br />

sus vasallos, y por sus malas cualidades ni<br />

el rey admitía en su corte, ni sus vecinos en el<br />

hogar, se aburriese de vivir solo con su mal humor y<br />

sus ballesteros en lo alto de la roca en que sus antepasados<br />

colgaron su nido de piedra.


Devanábase noche y día los sesos en busca<br />

de alguna distracción propia de su carácter, lo<br />

cual era bastante difícil después de haberse cansado,<br />

como ya lo estaba, de mover guerra a sus vecinos,<br />

apalear a sus servidores y ahorcar a sus súbditos.<br />

En esta ocasión cuentan las crónicas que<br />

se le ocurrió, aunque sin ejemplar, una idea feliz.<br />

Sabiendo que los cristianos de otras poderosas<br />

naciones se aprestaban a partir juntos en una<br />

formidable armada a un país maravilloso para conquistar<br />

el sepulcro de Nuestro Señor Jesucristo, que<br />

los moros tenían en su poder, se determinó a marchar<br />

en su seguimiento.<br />

Si realizó esta idea con objeto de purgar sus<br />

culpas, que no eran pocas, derramando su sangre<br />

en tan justa empresa, o con el de trasplantarse a un<br />

punto donde sus malas mañas no se conociesen, se<br />

ignora; pero la verdad del caso es que, con gran<br />

contentamiento de grandes y chicos, de vasallos y<br />

de iguales, allegó cuanto dinero pudo, redimió a sus<br />

pueblos del señorío, mediante una gruesa cantidad,<br />

y no conservando de propiedad suya más que el<br />

peñón del Segre y las cuatro torres del castillo,


herencia de sus padres, desapareció de la noche a<br />

la mañana.<br />

La comarca entera respiró en libertad durante<br />

algún tiempo, como si despertara de una pesadilla.<br />

Ya no colgaban de sus sotos, en vez de frutas,<br />

racimos de hombres; las muchachas del pueblo<br />

no temían al salir con su cántaro en la cabeza a<br />

tomar agua de la fuente del camino, ni los pastores<br />

llevaban sus rebaños al Segre por sendas impracticables<br />

y ocultas, temblando encontrar a cada revuelta<br />

de la trocha a los ballesteros de su muy<br />

amado señor.<br />

Así transcurrió el espacio de tres años; la<br />

historia del mal caballero, que sólo por este nombre<br />

se le conocía, comenzaba a pertenecer al exclusivo<br />

dominio de las viejas, que en las eternas veladas<br />

del invierno las relataban con voz hueca y temerosa<br />

a los asombrados chicos; las madres asustaban a<br />

los pequeñuelos incorregibles o llorones diciéndoles:<br />

¡que viene el señor del Segre!, cuando he aquí<br />

que no sé si un día o una noche, si caído del cielo o<br />

abortado de los profundos, el temido señor apareció<br />

efectivamente, y como suele decirse, en carne y<br />

hueso, en mitad de sus antiguos vasallos.


Renuncio a describir el efecto de esta agradable<br />

sorpresa. Ustedes se lo podrán figurar mejor<br />

que yo pintarlo, sólo con decirles que tornaba reclamando<br />

sus vendidos derechos, que si malo se<br />

fue, peor volvió; y si pobre y sin crédito se encontraba<br />

antes de partir a la guerra; ya no podía contar<br />

con más recursos que su despreocupación, su lanza<br />

y una media docena de aventureros tan desalmados<br />

y perdidos como su jefe.<br />

Como era natural, los pueblos se resistieron<br />

a pagar tributos que a tanta costa habían redimido;<br />

pero el señor puso fuego a sus heredades, a sus<br />

alquerías y a sus mieses.<br />

Entonces apelaron a la justicia del rey; pero<br />

el señor se burló de las <strong>cartas</strong>-leyes de los condes<br />

soberanos; las clavó en el postigo de sus torres, y<br />

colgó a los farautes de una encina.<br />

Exasperados y no encontrando otra vía de<br />

salvación, por último, se pusieron de acuerdo entre<br />

sí, se encomendaron a la Divina Providencia y tomaron<br />

las armas: pero el señor llamó a sus secuaces,<br />

llamó en su ayuda al diablo, se encaramó a su<br />

roca y se preparó a la lucha.


Ésta comenzó terrible y sangrienta. Se peleaba<br />

con todas armas, en todos sitios y a todas<br />

horas, con la espada y el fuego, en la montaña y en<br />

la llanura, en el día y durante la noche.<br />

Aquello no era pelear para vivir; era vivir para<br />

pelear.<br />

Al cabo triunfó la causa de la justicia. Oigan<br />

ustedes cómo.<br />

Una noche oscura, muy oscura, en que no<br />

se oía ni un rumor en la tierra ni brillaba un solo<br />

astro en el cielo, los señores de la fortaleza, engreídos<br />

por una reciente victoria, se repartían el botín, y<br />

ebrios con el vapor de los licores, en mitad de la<br />

loca y estruendosa orgía, entonaban sacrílegos<br />

cantares en loor de su infernal patrono.<br />

Como dejo dicho, nada se oía en derredor<br />

del castillo, excepto el eco de las blasfemias, que<br />

palpitaban perdidas en el sombrío seno de la noche,<br />

como palpitan las almas de los condenados envueltas<br />

en los pliegues del huracán de los infiernos.<br />

Ya los descuidados centinelas habían fijado<br />

algunas veces sus ojos en la villa que reposaba<br />

silenciosa, y se habían dormido sin temor a una<br />

sorpresa, apoyados en el grueso tronco de sus lan-


zas, cuando he aquí que algunos aldeanos, resueltos<br />

a morir y protegidos por la sombra, comenzaron<br />

a escalar el cubierto peñón del Segre, a cuya cima<br />

tocaron a punto de la media noche.<br />

Una vez en la cima, lo que faltaba por hacer<br />

fue obra de poco tiempo: los centinelas salvaron de<br />

un solo salto el valladar que separa el sueño de la<br />

muerte; el fuego, aplicado con teas de resina al<br />

puente y al rastrillo, se comunicó con la rapidez del<br />

relámpago a los muros; y los escaladores, favorecidos<br />

por la confusión y abriéndose paso entre las<br />

llamas, dieron fin con los habitantes de aquella guarida<br />

en un abrir y cerrar de ojos.<br />

Todos perecieron.<br />

Cuando el cercano día comenzó a blanquear<br />

las altas copas de los enebros, humeaban aún<br />

los calcinados escombros de las desplomadas torres;<br />

y a través de sus anchas brechas, chispeando<br />

al herirla la luz y colgada de uno de los negros pilares<br />

de la sala del festín, era fácil divisar la armadura<br />

del temido jefe, cuyo cadáver, cubierto de sangre y<br />

polvo, yacía entre los desgarrados tapices y las<br />

calientes cenizas, confundido con los de sus oscuros<br />

compañeros.


El tiempo pasó; comenzaron los zarzales a<br />

rastrear por los desiertos patios, la hiedra a enredarse<br />

en los oscuros machones, y las campanillas<br />

azules a mecerse colgadas de las mismas almenas.<br />

Los desiguales soplos de la brisa, el graznido de las<br />

aves nocturnas y el rumor de los reptiles, que se<br />

deslizaban entre las altas hierbas, turbaban sólo de<br />

vez en cuando el silencio de muerte de aquel lugar<br />

maldecido; los insepultos huesos de sus antiguos<br />

moradores blanqueaban el rayo de la luna, y aún<br />

podía verse el haz de armas del señor del Segre,<br />

colgado del negro pilar de la sala del festín.<br />

Nadie osaba tocarle; pero corrían mil fábulas<br />

acerca de aquel objeto, causa incesante de<br />

hablillas y terrores para los que le miraban llamear<br />

durante el día, herido por la luz del sol, o creían<br />

percibir en las altas horas de la noche el metálico<br />

son de sus piezas, que chocaban entre sí cuando<br />

las movía el viento, con un gemido prolongado y<br />

triste.<br />

A pesar de todos los cuentos que a propósito<br />

de la armadura se fraguaron, y que en voz baja<br />

se repetían unos a otros los habitantes de los alrededores,<br />

no pasaban de cuentos, y el único más<br />

positivo que de ellos resultó, se redujo entonces a


una dosis de miedo más que regular, que cada uno<br />

de por sí se esforzaba en disimular lo posible,<br />

haciendo, como decirse suele, de tripas corazón.<br />

Si de aquí no hubiera pasado la cosa, nada<br />

se habría perdido. Pero el diablo, que a lo que parece<br />

no se encontraba satisfecho de su obra, sin duda<br />

con el permiso de Dios y a fin de hacer purgar a la<br />

comarca algunas culpas, volvió a tomar <strong>cartas</strong> en el<br />

asunto.<br />

Desde este momento las fábulas, que hasta<br />

aquella época no pasaron de un rumor vago y sin<br />

viso alguno de verosimilitud, comenzaron a tomar<br />

consistencia y a hacerse de día en día más probables.<br />

En efecto, hacía algunas noches que todo el<br />

pueblo había podido observar un extraño fenómeno.<br />

Entre las sombras, a lo lejos, ya subiendo<br />

las retorcidas cuestas del peñón del Segre, ya vagando<br />

entre las ruinas del castillo, ya cerniéndose al<br />

parecer en los aires, se veían correr, cruzarse, esconderse<br />

y tornar a aparecer para alejarse en distintas<br />

direcciones, unas luces misteriosas y fantásticas,<br />

cuya procedencia nadie sabía explicar.


Esto se repitió por tres o cuatro noches durante<br />

el intervalo de un mes, y los confusos aldeanos<br />

esperaban inquietos el resultado de aquellos<br />

conciliábulos, que ciertamente no se hizo aguardar<br />

mucho, cuando tres o cuatro alquerías incendiadas,<br />

varias reses desaparecidas y los cadáveres de algunos<br />

caminantes despeñados en los precipicios,<br />

pusieron en alarma a todo el territorio en diez leguas<br />

a la redonda.<br />

Ya no quedó duda alguna. Una banda de<br />

malhechores se albergaba en los subterráneos del<br />

castillo.<br />

Éstos, que sólo se presentaban al principio<br />

muy de tarde en tarde y en determinados puntos del<br />

bosque que aun en el día se dilata a lo largo de la<br />

ribera, concluyeron por ocupar casi todos los desfiladeros<br />

de las montañas, emboscarse en los caminos,<br />

saquear los valles y descender como un torrente<br />

a la llanura, donde a éste quiero, a éste no quiero,<br />

no dejaban títere con cabeza.<br />

Los asesinatos se multiplicaban; las muchachas<br />

desaparecían, y los niños eran arrancados de<br />

las cunas a pesar de los lamentos de sus madres,<br />

para servirlos en diabólicos festines, en que, según


la creencia general, los vasos sagrados sustraídos<br />

de las profanadas iglesias servían de copas.<br />

El terror llegó a apoderarse de los ánimos<br />

en un grado tal, que al toque de oraciones nadie se<br />

aventuraba a salir de su casa, en la que no siempre<br />

se creían seguros de los bandidos del peñón.<br />

Mas ¿quiénes eran éstos? ¿De dónde habían<br />

venido? ¿Cuál era el nombre de su misterioso<br />

jefe? He aquí el enigma que todos querían explicar<br />

y que nadie podía resolver hasta entonces, aunque<br />

se observase desde luego que la armadura del señor<br />

feudal había desaparecido del sitio que antes<br />

ocupara, y posteriormente varios labradores hubiesen<br />

afirmado que el capitán de aquella desalmada<br />

gavilla marchaba a su frente cubierto con una que,<br />

de no ser la misma, se le asemejaba en un todo.<br />

Cuanto queda repetido, si se le despoja de<br />

esa parte de fantasía con que el miedo abulta y<br />

completa sus creaciones favoritas, nada tiene en sí<br />

de sobrenatural y extraño.<br />

¿Qué cosa más corriente en unos bandidos<br />

que las ferocidades con que éstos se distinguían, ni<br />

más natural que el apoderarse su jefe de las abandonadas<br />

armas del señor del Segre?


Sin embargo, algunas revelaciones hechas<br />

antes de morir por uno de sus secuaces, prisionero<br />

en las últimas refriegas, acabaron de colmar la medida,<br />

preocupando el ánimo de los más incrédulos.<br />

Poco más o menos, el contenido de su confusión<br />

fue éste:<br />

Yo -dijo- pertenezco a una noble familia.<br />

Los extravíos de mi juventud, mis locas prodigalidades<br />

y mis crímenes por último, atrajeron sobre mi<br />

cabeza la cólera de mis deudos y la maldición de mi<br />

padre, que me desheredó al expirar. Hallándome<br />

solo y sin recursos de ninguna especie, el diablo sin<br />

duda debió sugerirme la idea de reunir algunos<br />

jóvenes que se encontraban en una situación idéntica<br />

a la mía, los cuales seducidos con la promesa de<br />

un porvenir de disipación, libertad y abundancia, no<br />

vacilaron un instante en suscribir a mis designios.<br />

Éstos se reducían a formar una banda de<br />

jóvenes de buen humor, despreocupados y poco<br />

temerosos del peligro, que desde allí en adelante<br />

vivirían alegremente del producto de su valor y a<br />

costa del país, hasta tanto que Dios se sirviera disponer<br />

de cada uno de ellos conforme a su voluntad,<br />

según hoy a mi me sucede.


Con este objeto señalamos esta comarca<br />

para teatro de nuestras expediciones futuras, y escogimos<br />

como punto el más a propósito para nuestras<br />

reuniones el abandonado castillo del Segre,<br />

lugar seguro no tanto por su posición fuerte y ventajosa,<br />

como por hallarse defendido contra el vulgo<br />

por las supersticiones y el miedo.<br />

Congregados una noche bajo sus ruinosas<br />

arcadas, alrededor de una hoguera que iluminaba<br />

con su rojizo resplandor las desiertas galerías, trabose<br />

una acalorada disputa sobre cual de nosotros<br />

había de ser elegido jefe.<br />

Cada uno alegó sus méritos; yo expuse mis<br />

derechos: ya los unos murmuraban entre sí con<br />

ojeadas amenazadoras; ya los otros, con voces<br />

descompuestas por la embriaguez, habían puesto la<br />

mano sobre el pomo de sus puñales para dirimir la<br />

cuestión, cuando de repente oímos un extraño crujir<br />

de armas, acompañado de pisadas huecas y sonantes,<br />

que de cada vez se hacían más distintas. Todos<br />

arrojamos a nuestro alrededor una inquieta mirada<br />

de desconfianza: nos pusimos de pie y desnudamos<br />

nuestros aceros, determinados a vender caras las<br />

vidas; pero no pudimos por menos de permanecer<br />

inmóviles al ver adelantarse con paso firme e igual


un hombre de elevada estatura completamente<br />

armado de la cabeza al pie y cubierto el rostro con<br />

la visera del casco, el cual, desnudando su montante,<br />

que dos hombres podrían apenas manejar, y<br />

poniéndole sobre uno de los carcomidos fragmentos<br />

de las rotas arcadas, exclamó con voz hueca y profunda,<br />

semejante al rumor de una caída de aguas<br />

subterráneas:<br />

-Si alguno de vosotros se atreve a ser el<br />

primero mientras yo habite en el castillo del Segre,<br />

que tome esa espada, signo del poder.<br />

Todos guardamos silencio, hasta que,<br />

transcurrido el primer momento de estupor, le proclamamos<br />

a grandes voces nuestro capitán, ofreciéndole<br />

una copa de nuestro vino, la cual rehusó<br />

por señas, acaso por no descubrir la faz, que en<br />

vano procuramos distinguir a través de las rejillas de<br />

hierro que la ocultaban a nuestros ojos.<br />

No obstante, aquella noche pronunciamos<br />

el más formidable de los juramentos, y a la siguiente<br />

dieron principio nuestras nocturnas correrías. En<br />

ella nuestro misterioso jefe marchaba siempre delante<br />

de todos. Ni el fuego le ataja, ni los peligros le<br />

intimidan, ni las lágrimas le conmueven. Nunca<br />

despliega sus labios; pero cuando la sangre humea


en nuestras manos, como cuando los templos se<br />

derrumban calcinados por las llamas; cuando las<br />

mujeres huyen espantadas entre las ruinas, y los<br />

niños arrojan gritos de dolor, y los ancianos perecen<br />

a nuestros golpes, contesta con una carcajada de<br />

feroz alegría a los gemidos, a las imprecaciones y a<br />

los lamentos.<br />

Jamás se desnuda de sus armas ni abate la<br />

visera de su casco después de la victoria, ni participa<br />

del festín, ni se entrega al sueño. Las espadas<br />

que le hieren se hunden entre las piezas de su armadura,<br />

y ni le causan la muerte, ni se retiran teñidas<br />

en sangre; el fuego enrojece su espaldar y su<br />

cota, y aún prosigue impávido entre las llamas, buscando<br />

nuevas víctimas; desprecia el oro, aborrece<br />

la hermosura, y no le inquieta la ambición.<br />

Entre nosotros, unos le creen un extravagante;<br />

otros un noble arruinado, que por un resto de<br />

pudor se tapa la cara; y no falta quien se encuentra<br />

convencido de que es el mismo diablo en persona.<br />

El autor de esas revelaciones murió con la<br />

sonrisa de la mofa en los labios y sin arrepentirse<br />

de sus culpas; varios de sus iguales le siguieron en<br />

diversas épocas al suplicio; pero el temible jefe a


quien continuamente se unían nuevos prosélitos, no<br />

cesaba en sus desastrosas empresas.<br />

Los infelices habitantes de la comarca, cada<br />

vez más aburridos y desesperados, no acertaban ya<br />

con la determinación que debería tomarse para<br />

concluir de un todo con aquel orden de cosas, cada<br />

día más insoportable y triste.<br />

Inmediato a la villa, y oculto en el fondo de<br />

un espeso bosque, vivía a esta sazón, en una pequeña<br />

ermita dedicada a San Bartolomé, un santo<br />

hombre de costumbres piadosas y ejemplares, a<br />

quien el pueblo tuvo siempre en olor de santidad,<br />

merced a sus saludables consejos y acertadas predicciones.<br />

Este venerable ermitaño, a cuya prudencia<br />

y proverbial sabiduría encomendaron los vecinos de<br />

Bellver la resolución de este difícil problema, después<br />

de implorar la misericordia divina por medio de<br />

su santo Patrono, que, como ustedes no ignoran,<br />

conoce al diablo muy de cerca y en más de una<br />

ocasión le ha atado bien corto, les aconsejó que se<br />

emboscasen durante la noche al pie del pedregoso<br />

camino que sube serpenteando por la roca; en cuya<br />

cima se encontraba el castillo, encargándoles al<br />

mismo tiempo que, ya allí, no hiciesen uso de otras


armas para aprehenderlo que de una maravillosa<br />

oración que les hizo aprender de memoria, y con la<br />

cual aseguraban las crónicas que San Bartolomé<br />

había hecho al diablo su prisionero.<br />

Púsose en planta el proyecto, y su resultado<br />

excedio a cuantas esperanzas se habían concebido;<br />

pues aún no iluminaba el sol del otro día la alta torre<br />

de Bellver, cuando sus habitantes, reunidos en grupos<br />

en la plaza Mayor, se contaban unos a otros,<br />

con aire de misterio, cómo aquella noche, fuertemente<br />

atado de pies y manos y a lomos de una<br />

poderosa mula, había entrado en la población el<br />

famoso capitán de los bandidos del Segre.<br />

De qué arte se valieron los acometedores<br />

de esta empresa para llevarla a término, ni nadie se<br />

lo acertaba a explicar, ni ellos mismos podían decirlo;<br />

pero el hecho era que gracias a la oración del<br />

santo o al valor de sus devotos, la cosa había sucedido<br />

tal como se refería.<br />

Apenas la novedad comenzó a extenderse<br />

de boca en boca y de casa en casa, la multitud se<br />

lanzó a las calles con ruidosa algazara y corrió a<br />

reunirse a las puertas de la prisión. La campana de<br />

la parroquia llamó a concejo, y los vecinos más<br />

respetables se juntaron en capítulo, y todos aguar-


daban ansiosos la hora en que el reo había de<br />

comparecer ante sus improvisados jueces.<br />

Éstos, que se encontraban autorizados por<br />

los condes de Urgel para administrarse por sí mismos<br />

pronta y severa justicia sobre aquellos malhechores,<br />

deliberaron un momento, pasado el cual,<br />

mandaron comparecer al delincuente a fin de notificarle<br />

su sentencia.<br />

Como dejo dicho, así en la plaza Mayor,<br />

como en las calles por donde el prisionero debía<br />

atravesar para dirigirse al punto en que sus jueces<br />

se encontraban, la impaciente multitud hervía como<br />

un apiñado enjambre de abejas. Especialmente en<br />

la puerta de la cárcel, la conmoción popular tomaba<br />

cada vez mayores proporciones; ya los animados<br />

diálogos, los sordos murmullos y los amenazadores<br />

gritos comenzaban a poner en cuidado a sus guardas,<br />

cuando afortunadamente llegó la orden de<br />

sacar al reo.<br />

Al aparecer éste bajo el macizo arco de la<br />

portada de su prisión, completamente vestido de<br />

todas armas y cubierto el rostro por la visera, un<br />

sordo y prolongado murmullo de admiración y de<br />

sorpresa se elevó de entre las compactas masas


del pueblo, que se abrían con dificultad para dejarle<br />

paso.<br />

Todos habían reconocido en aquella armadura<br />

la del señor del Segre: aquella armadura, objeto<br />

de las más sombrías tradiciones mientras se la<br />

vio suspendida de los arruinados muros de la fortaleza<br />

maldita.<br />

Las armas eran aquéllas, no cabía duda alguna:<br />

todos habían visto flotar el negro penacho de<br />

su cimera en los combates que en un tiempo trabaran<br />

contra su señor; todos le habían visto agitarse al<br />

soplo de la brisa del crepúsculo, a par de la hiedra<br />

del calcinado pilar en que quedaron colgadas a la<br />

muerte de su dueño. Mas ¿quién podría ser el desconocido<br />

personaje que entonces las llevaba? Pronto<br />

iba a saberse, al menos así se creía. Los sucesos<br />

dirán cómo esta esperanza quedó frustada, a la<br />

manera de otras muchas, y por qué de este solemne<br />

acto de justicia, del que debía aguardarse el<br />

completo esclarecimiento de la verdad, resultaron<br />

nuevas y más inexplicables confusiones.<br />

El misterioso bandido penetró al fin en la sala<br />

del concejo, y un silencio profundo sucedió a los<br />

rumores que se elevaran de entre los circunstantes,<br />

al oír resonar bajo las altas bóvedas de aquel recin-


to el metático son de sus acicates de oro. Uno de<br />

los que componían el tribunal, con voz lenta e insegura,<br />

le preguntó su nombre, y todos prestaron el<br />

oído con ansiedad para no perder una sola palabra<br />

de su respuesta; pero el guerrero se limitó a encoger<br />

sus hombros ligeramente, con un aire de desprecio<br />

e insulto que no pudo menos de irritar a sus<br />

jueces, los que se miraron entre sí sorprendidos.<br />

Tres veces volvió a repetirle la pregunta, y<br />

otras tantas obtuvo semejante o parecida contestación.<br />

-¡Que se levante la visera! ¡Que se descubra!<br />

¡Que se descubra! -comenzaron a gritar los<br />

vecinos de la villa presentes al acto-. ¡Que se descubra!<br />

Veremos si se atreve entonces a insultarnos<br />

con su desdén, como ahora lo hace protegido por el<br />

incógnito!<br />

-Descubríos -repitió el mismo que anteriormente<br />

le dirigiera la palabra.<br />

ridad.<br />

El guerrero permaneció impasible.<br />

-Os lo mando en el nombre de nuestra auto-<br />

La misma contestación.


-En el de los condes soberanos.<br />

Ni por esas.<br />

La indignación llegó a su colmo, hasta el<br />

punto que uno de sus guardas, lanzándose sobre el<br />

reo, cuya pertinacia en callar bastaría para apurar la<br />

paciencia a un santo, le abrió violentamente la visera.<br />

Un grito general de sorpresa se escapó del auditorio,<br />

que permaneció por un instante herido de un<br />

inconcebible estupor.<br />

La cosa no era para menos.<br />

El casco, cuya férrea visera se veía en parte<br />

levantada hasta la frente, en parte caída sobre la<br />

brillante gola de acero, estaba vacío... completamente<br />

vacío.<br />

Cuando pasado ya el primer momento de<br />

terror quisieron tocarle, la armadura se estremeció<br />

ligeramente y, descomponiéndose en piezas, cayó<br />

al suelo con un ruido sordo y extraño.<br />

La mayor parte de los espectadores, a la<br />

vista del nuevo prodigio, abandonaron tumultuosamente<br />

la habitación y salieron despavoridos a la<br />

plaza.


La nueva se divulgó con la rapidez del pensamiento<br />

entre la multitud, que aguardaba impaciente<br />

el resultado del juicio; y fue tal alarma, la<br />

revuelta y la vocería, que ya a nadie cupo duda<br />

sobre lo que de pública voz se aseguraba, esto es,<br />

que el diablo, a la muerte del señor del Segre, había<br />

heredado los feudos de Bellver.<br />

Al fin se apaciguó el tumulto, y decidiose<br />

volver a un calabozo la maravillosa armadura.<br />

Ya en él, despacháronse cuatro emisarios,<br />

que en representación de la atribulada villa hiciesen<br />

presente el caso al conde de Urgel y al arzobispo,<br />

los que no tardaron muchos días en tornar con la<br />

resolución de estos personajes, resolución que,<br />

como suele decirse, era breve y compendillosa.<br />

-Cuélguese -les dijeron- la armadura en la<br />

plaza Mayor de la villa; que si el diablo la ocupa,<br />

fuerza le será el abandonarla o ahorcarse con ella.<br />

Encantados los habitantes de Bellver con<br />

tan ingeniosa solución, volvieron a reunirse en concejo,<br />

mandaron levantar una altísima horca en la<br />

plaza, y cuando ya la multitud ocupaba sus avenidas,<br />

se dirigieron a la cárcel por la armadura, en


corporación y con toda la solemnidad que la importancia<br />

del caso requería.<br />

Cuando la respetable comitiva llegó al macizo<br />

arco que daba entrada al edificio, un hombre<br />

pálido y descompuesto se arrojó al suelo en presencia<br />

de los aturdidos circunstantes, exclamando<br />

con lágrimas en los ojos:<br />

-¡Perdón, señores, perdón!<br />

-¡Perdón! ¿Para quién? -dijeron algunos-;<br />

¿para el diablo que habita dentro de la armadura del<br />

señor del Segre?<br />

-Para mí -prosiguió con voz trémula el infeliz,<br />

en quien todos reconocieron al alcaide de las<br />

prisiones-, para mí... porque las armas... han desaparecido.<br />

Al oír estas palabras, el asombro se pintó<br />

en el rostro de cuantos se encontraban en el pórtico,<br />

que, mudos e inmóviles, hubieran permanecido<br />

en la posición en que se encontraban Dios sabe<br />

hasta cuándo, si la siguiente relación del aterrado<br />

guardián no les hubiera hecho agruparse en su<br />

alrededor para escuchar con avidez.


-Perdonadme, señores -decía el pobre alcaide-,<br />

y yo no os ocultaré nada, siquiera sea en<br />

contra mía.<br />

Todos guardaron silencio y él prosiguió así:<br />

-Yo no acertaré nunca a dar razón; pero es<br />

el caso que la historia de las armas vacías me pareció<br />

siempre una fábula tejida en favor de algún noble<br />

personaje, a quien tal vez altas razones de conveniencia<br />

pública no permitía ni descubrir ni castigar.<br />

En esta creencia estuve siempre, creencia<br />

en que no podía menos de confirmarme la inmovilidad<br />

en que se encontraban desde que por segunda<br />

vez tornaron a la cárcel traídas del concejo. En vano<br />

una noche y otra, deseando sorprender su misterio,<br />

si misterio en ellas había, me levantaba poco a poco<br />

y aplicaba el oído a los intersticios de la cerrada<br />

puerta de su calabozo; ni un rumor se percibía.<br />

En vano procuré observarlas a través de un<br />

pequeño agujero producido en el muro; arrojadas<br />

sobre un poco de paja y en uno de los más oscuros<br />

rincones, permanecían un día y otro descompuestas<br />

e inmóviles.


Una noche, por último, aguijoneado por la<br />

curiosidad y deseando convencerme por mí mismo<br />

de que aquel objeto de terror nada tenía de misterioso,<br />

encendí una linterna, bajé a las prisiones,<br />

levanté sus dobles aldabas, y, no cuidando siquiera<br />

-tanta era mi fe en que todo no pasaba de un cuento-<br />

de cerrar las puertas tras mí, penetré en el calabozo.<br />

Nunca lo hubiera hecho; apenas anduve algunos<br />

pasos; la luz de mi linterna se apagó por sí<br />

sola, y mis dientes comenzaron a chocar y mis cabellos<br />

a erizarse. Turbando el profundo silencio que<br />

me rodeaba, había oído como un ruido de hierros<br />

que se removían y chocaban al unirse entre las<br />

sombras.<br />

Mi primer movimiento fue arrojarme a la<br />

puerta para cerrar el paso, pero al asir sus hojas,<br />

sentí sobre mis hombros una mano formidable cubierta<br />

con un guantelete, que después de sacudirme<br />

con violencia me derribó bajo el dintel. Allí permanecí<br />

hasta la mañana siguiente, que me encontraron<br />

mis servidores falto de sentido, y recordando<br />

sólo que, después de mi caída, había creído percibir<br />

confusamente como unas pisadas sonoras, al<br />

compás de las cuales resonaba un rumor de espuelas,<br />

que poco a poco se fue alejando hasta perderse.


Cuando concluyó el alcaide, reinó un silencio<br />

profundo, al que siguió luego un infernal concierto<br />

de lamentaciones, gritos y amenazas.<br />

Trabajo costó a los más pacíficos el contener<br />

al pueblo que, furioso con la novedad, pedía a<br />

grandes voces la muerte del curioso autor de su<br />

nueva desgracia.<br />

Al cabo logrose apaciguar el tumulto, y comenzaron<br />

a disponerse a una nueva persecución.<br />

Ésta obtuvo también un resultado satisfactorio.<br />

Al cabo de algunos días, la armadura volvió<br />

a encontrarse en poder de sus perseguidores. Conocida<br />

la fórmula, y mediante la ayuda de San Bartolomé,<br />

la cosa no era ya muy difícil.<br />

Pero aún quedaba algo por hacer; pues en<br />

vano, a fin de sujetarla, la colgaron de una horca; en<br />

vano emplearon la más exquisita vigilancia con el<br />

objeto de quitarle toda ocasión de escaparse por<br />

esos mundos. En cuanto las desunidas armas veían<br />

dos dedos de luz, se encajaban, y pian pianito volvían<br />

a tomar el trote y emprender de nuevo sus excursiones<br />

por montes y llanos, que era una bendición<br />

del cielo.<br />

Aquello era el cuento de nunca acabar.


En tan angustiosa situación, los vecinos se<br />

repartieron entre sí las piezas de la armadura, que<br />

acaso por la centésima vez se encontraba en sus<br />

manos, y rogaron al piadoso eremita, que un día los<br />

iluminó con sus consejos, decidiera lo que debía<br />

hacerse de ella.<br />

El santo varón ordenó al pueblo una penitencia<br />

general. Se encerró por tres días en el fondo<br />

de la caverna que le servía de asilo, y al cabo de<br />

ellos dispuso que se fundiesen las diabólicas armas,<br />

y con ellas y algunos sillares del castillo del Segre,<br />

se levantase una cruz.<br />

La operación se llevó a término, aunque no<br />

sin que nuevos y aterradores prodigios llenasen de<br />

pavor el ánimo de los consternados habitantes de<br />

Bellver.<br />

En tanto que las piezas arrojadas a las llamas<br />

comenzaban a enrojecerse, largos y profundos<br />

gemidos parecían escaparse de la ancha hoguera,<br />

de entre cuyos troncos saltaban como si estuvieran<br />

vivas y sintiesen la acción del fuego. Una tromba de<br />

chispas rojas, verdes y azules danzaba en la cúspide<br />

de sus encendidas lenguas, y se retorcían crujiendo<br />

como si una legión de diablos, cabalgando


sobre ellas, pugnase por libertar a su señor de<br />

aquel tormento.<br />

Extraña, horrible fue la operación en tanto<br />

que la candente armadura perdía su forma para<br />

tomar la de una cruz.<br />

Los martillos caían resonando con un espantoso<br />

estruendo sobre el yunque, al que veinte<br />

trabajadores vigorosos sujetaban las barras del<br />

hirviente metal, que palpitaba y gemía al sentir los<br />

golpes.<br />

Ya se extendían los brazos del signo de<br />

nuestra redención, ya comenzaba a formarse la<br />

cabecera, cuando la diabólica y encendida masa se<br />

retorcía de nuevo como en una convulsión espantosa,<br />

y rodeándose al cuerpo de los desgraciados que<br />

pugnaban por desasirse de sus brazos de muerte,<br />

se enroscaba en anillas como una culebra o se contraía<br />

en zigzag como un relámpago.<br />

El constante trabajo, la fe, las oraciones y el<br />

agua bendita consiguieron, por último, vencer al<br />

espíritu infernal, y la armadura se convirtió en cruz.<br />

Esa cruz es la que hoy habéis visto, y a la<br />

cual se encuentra sujeto el diablo que le presta su<br />

nombre: ante ella, ni las jóvenes colocan en el mes


de Mayo ramilletes de lirios, ni los pastores se descubren<br />

al pasar, ni los ancianos se arrodillan, bastando<br />

apenas las severas amonestaciones del clero<br />

para que los muchachos no la apedreen.<br />

Dios ha cerrado sus oídos a cuantas plegarias<br />

se le dirijan en su presencia. En el invierno los<br />

lobos se reúnen en manadas junto al enebro que la<br />

protege, para lanzarse sobre las reses; los bandidos<br />

esperan a su sombra a los caminantes, que entierran<br />

a su pie después que los asesinan; y cuando la<br />

tempestad se desata, los rayos tuercen su camino<br />

para liarse, silbando, al asta de esa cruz y romper<br />

los sillares de su pedestal.


Tres fechas<br />

En una cartera de dibujo que conservo aún<br />

llena de ligeros apuntes, hechos durante algunas de<br />

mis excursiones semiartísticas a la ciudad de Toledo,<br />

hay escritas tres fechas.<br />

Los sucesos de que guardan la memoria estos<br />

números, son hasta cierto punto insignificantes.<br />

Sin embargo, con su recuerdo me he entretenido en<br />

formar algunas noches de insomnio una novela más<br />

o menos sentimental o sombría, según que mi imaginación<br />

se hallaba más o menos exaltada y propensa<br />

a ideas risueñas o terribles.<br />

Si a la mañana siguiente de uno de estos<br />

nocturnos y extravagantes delirios hubiera podido<br />

escribir los extraños episodios de las historias imposibles<br />

que forjo antes de que se cierren del todo mis<br />

párpados, esas historias, cuyo vago desenlace flota,<br />

por último, indeciso en ese punto que separa la<br />

vigilia del sueño, seguramente formarían un libro<br />

disparatado, pero original y acaso interesante.<br />

No es eso lo que pretendo hacer ahora.<br />

Esas fantasías ligeras y, por decirlo así, impalpables,<br />

son en cierto modo como las mariposas, que


no pueden cogerse en las manos sin que se quede<br />

entre los dedos el polvo de oro de sus alas.<br />

Voy, pues, a limitarme a narrar brevemente<br />

los tres sucesos que suelen servir de epígrafe a los<br />

capítulos de mis soñadas novelas; los tres puntos<br />

aislados que yo suelo reunir en mi mente por medio<br />

de una serie de ideas como un hilo de luz; los tres<br />

temas, en fin, sobre que yo hago mil y mil variaciones,<br />

las que pudiéramos llamar absurdas sinfonías<br />

de la imaginación.<br />

I<br />

Hay en Toledo una calle estrecha, torcida y<br />

oscura, que guarda tan fielmente la huella de las<br />

cien generaciones que en ella han habitado; que<br />

habla con tanta elocuencia a los ojos del artista, y le<br />

revela tantos secretos puntos de afinidad entre las<br />

ideas y las costumbres de cada siglo, con la forma y<br />

el carácter especial impreso en sus obras más insignificantes,<br />

que yo cerraría sus entradas con una<br />

barrera, y pondría sobre la barrera un tarjetón con<br />

este letrero:<br />

«En nombre de los poetas y de los artistas,<br />

en nombre de los que sueñan y de los que estudian,


se prohíbe a la civilización que toque a uno solo de<br />

estos ladrillos con su mano demoledora y prosaica.»<br />

Da entrada a esta calle por uno de sus extremos<br />

un arco macizo, achatado y oscuro, que<br />

sostiene un pasadizo cubierto.<br />

En su clave hay un escudo, roto ya y carcomido<br />

por la acción de los años, el en cual crece la<br />

hiedra, que agitada con el aire, flota sobre el casco<br />

que lo corona como un penacho de pluma.<br />

Debajo de la bóveda y enclavado en el muro,<br />

se ve un retablo con su lienzo ennegrecido e<br />

imposible de descifrar, su marco dorado y churrigueresco,<br />

su farolillo pendiente de un cordel y sus<br />

votos de cera.<br />

Más allá de este arco que baña con su<br />

sombra aquel lugar, dándole un tinte de misterio y<br />

tristeza indescriptible, se prolongan a ambos lados<br />

dos hileras de casas oscuras, desiguales y extrañas,<br />

cada cual de su forma, sus dimensiones y su<br />

color. Unas están construidas de piedras toscas y<br />

desiguales, sin más adornos que algunos blasones<br />

groseramente esculpidos sobre la portada; otras<br />

son de ladrillos, y tienen un arco árabe que les sirve<br />

de ingreso, dos o tres ajimeces abiertos a capricho


en un paredón grieteado, y un mirador que termina<br />

en una alta veleta. Las hay con traza que no pertenece<br />

a ningún orden de arquitectura, y que tienen,<br />

sin embargo, un remiendo de todas que son un<br />

modelo acabado de un género especial y conocido,<br />

o una muestra curiosa de las extravagancias de un<br />

período del arte.<br />

Éstas tienen un balcón de madera con un<br />

cobertizo disparatado; aquéllas una ventana gótica<br />

recientemente enlucida y con algunos tiestos de<br />

flores, la de más allá unos pintorreados azulejos en<br />

el marco de la puerta, clavos enormes en los tableros,<br />

y dos fustes de columnas, tal vez procedentes<br />

de un alcázar morisco, empotrados en el muro.<br />

El palacio de un magnate convertido en corral<br />

de vecindad; la casa de un alfaquí habitada por<br />

un canónigo; una sinagoga judía transformada en<br />

oratorio cristiano; un convento levantado sobre las<br />

ruinas de una mezquita árabe, de la que aún queda<br />

en pie la torre; mil extraños y pintorescos contrastes,<br />

mil y mil curiosas muestras de distintas razas,<br />

civilizaciones y épocas compendiadas, por decirlo<br />

así, en cien varas de terreno. He aquí todo lo que se<br />

encuentra en esta calle: calle construida en muchos<br />

siglos; calle estrecha, deforme, oscura y con infini-


dad de revueltas, donde cada cual al levantar su<br />

habitación tomaba un saliente, dejaba un rincón o<br />

hacía un ángulo con arreglo a su gusto, sin consultar<br />

el nivel, la altura ni la regularidad; calle rica en<br />

no calculadas combinaciones de líneas, con un<br />

verdadero lujo de detalles caprichosos, con tantos y<br />

tantos accidentes, que cada vez ofrece algo nuevo<br />

al que la estudia.<br />

Cuando por primera vez fui a Toledo, mientras<br />

me ocupé en sacar algunos apuntes de San<br />

Juan de los Reyes, tenía precisión de atravesarla<br />

todas las tardes para dirigirme al convento desde la<br />

posada con honores de fonda en que me había<br />

hospedado.<br />

Casi siempre la atravesaba de un extremo a<br />

otro, sin encontrar en ella una sola persona, sin que<br />

turbase su profundo silencio otro ruido que el ruido<br />

de mis pasos, sin que detrás de las celosías de un<br />

balcón, del cancel de una puerta o la rejilla de una<br />

ventana, viese, ni aun por casualidad, el arrugado<br />

rostro de una vieja curiosa o los ojos negros y rasgados<br />

de una muchacha toledana. Algunas veces<br />

me parecía cruzar por en medio de una ciudad desierta,<br />

abandonada por sus habitantes desde una<br />

época remota.


Una tarde sin embargo, al pasar frente a un<br />

caserón antiquísimo y oscuro, en cuyos altos paredones<br />

se veían tres o cuatro ventanas de formas<br />

desiguales, repartidas sin orden ni concierto, me fijé<br />

casualmente en una de ellas. La formaba un gran<br />

arco ojival, rodeado de un festón de hojas picadas y<br />

agudas. El arco estaba cerrado por un ligero tabique,<br />

recientemente construido y blanco como la<br />

nieve, en medio del cual se veía, como contenida en<br />

la primera, una pequeña ventana con un marco y<br />

sus hierros verdes, una maceta de campanillas azules,<br />

cuyos tallos subían a enredarse por entre las<br />

labores de granito, y unas vidrieras con sus cristales<br />

emplomados y su cortinilla de una tela blanca, ligera<br />

y transparente.<br />

Ya la ventana de por sí era digna de llamar<br />

la atención por su carácter; pero lo que más poderosamente<br />

contribuyó a que me fijase en ella, fue al<br />

notar que cuando volví la cabeza para mirarla, las<br />

cortinillas se habían levantado un momento para<br />

volver a caer, ocultando a mis ojos la persona que<br />

sin duda me miraba en aquel instante.<br />

Seguí mi camino preocupado con la idea de<br />

la ventana, o mejor dicho, de la cortinilla, o más<br />

claro todavía, de la mujer que la había levantado,


porque, indudablemente, a aquella ventana tan<br />

poética, tan blanca, tan verde, tan llena de flores,<br />

sólo una mujer podía asomarse, y cuando digo una<br />

mujer, entiéndase que se supone joven y bonita.<br />

Pasé otra tarde, pasé con el mismo cuidado;<br />

apreté los tacones, aturdiendo la silenciosa calle<br />

con el ruido de mis pasos, que repetían, respondiéndose,<br />

dos o tres ecos; miré a la ventana, y la<br />

cortinilla se volvió a levantar.<br />

La verdad es que realmente detrás de ella<br />

no vi nada; pero con la imaginación me pareció<br />

descubrir un bulto, el bulto de una mujer, en efecto.<br />

Aquel día me distraje dos o tres veces dibujando.<br />

Y pasé otros días, y siempre que pasaba, la<br />

cortinilla se levantaba de nuevo, permaneciendo así<br />

hasta que se perdía el ruido de mis pasos, y yo<br />

desde lejos volvía a ella por última vez los ojos.<br />

Mis dibujos adelantaban poca cosa. En<br />

aquel claustro de San Juan de los Reyes, en aquel<br />

claustro tan misterioso y bañado en triste melancolía,<br />

sentado sobre el roto capitel de una columna, la<br />

cartera sobre las rodillas, el codo sobre la cartera y<br />

la frente entre las manos, al rumor del agua que<br />

corre allí con un murmullo incesante, al ruido de las


hojas del agreste y abandonado jardín, que agitaba<br />

la brisa del crepúsculo, ¡cuánto no soñaría yo con<br />

aquella ventana y aquella mujer! Yo la conocía; ya<br />

sabía cómo se llamaba y hasta cuál era el color de<br />

sus ojos.<br />

La miraba cruzar por los extensos y solitarios<br />

patios de la antiquísima casa, alegrándolos con<br />

su presencia como el rayo del sol que dora unas<br />

ruinas. Otras veces me parecía verla en un jardín<br />

con unas tapias muy altas y muy oscuras, con unos<br />

árboles muy corpulentos y añosos, que debía de<br />

haber allá en el fondo de aquella especie de palacio<br />

gótico donde vivía, coger flores y sentarse sola en<br />

un banco de piedra, y allí suspirar mientras las deshojaba<br />

pensando en... ¿quién sabe? Acaso en mí.<br />

¿Qué digo acaso? En mí seguramente. ¡Oh! ¡Cuántos<br />

sueños, cuántas locuras, cuánta poesía despertó<br />

en mi alma aquella ventana mientras permanecí<br />

en Toledo!...<br />

Pero transcurrió el tiempo que había de<br />

permanecer en la ciudad. Un día, pesaroso y cabizbajo,<br />

guardé todos mis papeles en la cartera; me<br />

despedí del mundo de las quimeras, y tomé un<br />

asiento en el coche para Madrid.


Antes de que se hubiera perdido en el horizonte<br />

la más alta de las torres de Toledo, saqué la<br />

cabeza por la portezuela para verla otra vez, y me<br />

acordé de la calle.<br />

Tenía aún la cartera bajo el brazo, y al volverme<br />

a mi asiento, mientras doblábamos la colina<br />

que ocultó de repente la ciudad a mis ojos, saqué el<br />

lápiz y apunté, una fecha. Es la primera de las tres,<br />

a la que yo llamo la fecha de la ventana.<br />

II<br />

Al cabo de algunos meses volví a encontrar<br />

ocasión de marcharme de la corte por tres o cuatro<br />

días. Limpié el polvo a mi cartera de dibujo, me la<br />

puse bajo el brazo y provisto de una mano de papel,<br />

media docena de lápices y unos cuantos napoleones,<br />

deplorando que aún no estuviese concluida la<br />

línea férrea, me encajoné en un vehículo para recorrer<br />

en sentido inverso, los puntos en que tiene lugar<br />

la célebre comedia de Tirso Desde Toledo a<br />

Madrid.<br />

Ya instalado en la histórica ciudad, me dediqué<br />

a visitar de nuevo los sitios que más me llamaron<br />

la atención en mi primer viaje, y algunos<br />

otros que aún no conocía sino de nombre.


Así dejé transcurrir en largos y solitarios paseos<br />

entre sus barrios más antiguos la mayor parte<br />

del tiempo de que podía disponer para mi pequeña<br />

expedición artística, encontrando un verdadero placer<br />

en perderme en aquel confuso laberinto de callejones<br />

sin salida, calles estrechas, pasadizos oscuros<br />

y cuestas empinadas e impracticables.<br />

Una tarde, la última que por entonces debía<br />

permanecer en Toledo, después de una de estas<br />

largas excursiones a través de lo desconocido, no<br />

sabré decir siquiera por qué calles llegué hasta una<br />

plaza grande, desierta, olvidada al parecer aun de<br />

los mismos moradores de la población, y como escondida<br />

en uno de sus más apartados rincones.<br />

La basura y los escombros arrojados de<br />

tiempo inmemorial en ella, se habían identificado,<br />

por decirlo así, con el terreno, de tal modo, que éste<br />

ofrecía el aspecto quebrado y montuoso de una<br />

Suiza en miniatura. En las lomas y los barrancos<br />

formados por sus ondulaciones, crecían a su sabor<br />

malvas de unas proporciones colosales, cerros de<br />

gigantescas ortigas, matas rastreras de campanillas<br />

blancas, prados de esa hierba sin nombre, menuda,<br />

fina y de un verde oscuro, y meciéndose suavemente<br />

al leve soplo del aire, descollando como reyes


entre todas las otras plantas parásitas, los poéticos<br />

al par que vulgares jaramagos, la verdadera flor de<br />

los yermos y las ruinas.<br />

Diseminados por el suelo, medio enterrados<br />

unos, casi ocultos por las altas hierbas los otros,<br />

veíanse allí una infinidad de fragmentos de mil y mil<br />

cosas distintas, rotas y arrojadas en diferentes épocas<br />

a aquel lugar: donde iban formando capas en<br />

las cuales hubiera sido fácil seguir un curso de geología<br />

histórica.<br />

Azulejos moriscos esmaltados de colores,<br />

trozos de columnas de mármol y de jaspe, pedazos<br />

de ladrillos de cien clases diversas, grandes sillares<br />

cubiertos de verdín y de musgo, astillas de madera<br />

ya casi hechas polvo, restos de antiguos artesonados,<br />

jirones de tela, tiras de cuero, y otros cien y<br />

cien objetos sin forma ni nombre, eran los que aparecían<br />

a primera vista a la superficie, llamando asimismo<br />

la atención y deslumbrando los ojos una<br />

mirada de chispas de luz derramadas sobre la verdura<br />

como un puñado de diamantes arrojados a<br />

granel, y que, examinados de cerca, no eran otra<br />

cosa que pequeños fragmentos de vidrio, de pucheros,<br />

platos y vasijas, que, reflejando los rayos del


sol, fingían todo un cielo de estrellas microscópicas,<br />

y deslumbrantes.<br />

Tal era el pavimento de aquella plaza, empedrada<br />

a trechos con pequeñas piedrecitas de<br />

varios matices formando labores, a trechos cubierta<br />

de grandes losas de pizarra, y en su mayor parte,<br />

según dejamos dicho, semejante a un jardín de<br />

plantas parásitas o a un prado yermo e inculto.<br />

Los edificios que dibujaban su forma irregular,<br />

no eran tampoco menos extraños y digno de<br />

estudio.<br />

Por un lado la cerraba una hilera de casucas<br />

oscuras y pequeñas, con sus tejados dentellados<br />

de chimeneas, veletas y cobertizos, sus guardacantones<br />

de mármol sujetos a las esquinas con<br />

una anilla de hierro, sus balcones achatados o estrechos,<br />

sus ventanillos con tiestos de flores, y su<br />

farol rodeado de una red de alambre que defiende<br />

los ahumados vidrios de las pedradas de los muchachos.<br />

Otro frente lo constituía un paredón negruzco,<br />

lleno de grietas y hendiduras, en donde algunos<br />

reptiles asomaban su cabeza de ojos pequeños y<br />

brillantes por entre las hojas de musgo: un paredón


altísimo formado de gruesos sillares, sembrado de<br />

huecos de puertas y balcones tapiados con piedra y<br />

argamasa, y a uno de cuyos extremos se unía, formando<br />

ángulo con él, una tapia de ladrillos, desconchada<br />

y llena de mechinales, manchada a trechos<br />

de tintas rojas, verdes o amarillentas, y coronada de<br />

un bardal de heno seco, entre el cual corrían algunos<br />

tallos de enredaderas.<br />

Esto no era más, por decirlo así, que los<br />

bastidores de la extraña decoración que al penetrar<br />

en la plaza se presentó de improviso a mis ojos,<br />

cautivando mi ánimo y suspendiéndolo durante<br />

algún tiempo, pues el verdadero punto culminante<br />

del panorama, el edificio que le daba el tono general,<br />

se veía alzarse en el fondo de la plaza, más<br />

caprichoso, más original, infinitamente más bello en<br />

su artístico desorden que todos los que se levantaban<br />

a su alrededor.<br />

-¡He aquí lo que yo deseaba encontrar! -<br />

exclamé al verle; y sentándome en un pedrusco,<br />

colocando la cartera sobre mis rodillas y afilando un<br />

lápiz de madera, me apercibí a trazar, aunque ligeramente<br />

sus formas irregulares y estrambóticas<br />

para conservar por siempre su recuerdo.


Si yo pudiera pegar aquí con obleas el ligerísimo<br />

y mal trazado apunte que conservo de<br />

aquel sitio, imperfecto y todo como es, me ahorraría<br />

un cúmulo de palabras, dando a mis lectores una<br />

idea más aproximada de él que todas las descripciones<br />

imaginables.<br />

Ya que no puede ser así, trataré de pintarlo<br />

del mejor modo posible, a fin de que, leyendo estos<br />

renglones, puedan formarse una idea remota, si no<br />

de sus infinitos detalles, al menos de la totalidad de<br />

su conjunto.<br />

Figuraos un palacio árabe, con sus puertas<br />

enforma de herradura; sus muros engalanados con<br />

lilas hileras de arcos que se cruzan cien y cien veces<br />

entre sí y corren sobre una franja de azulejos<br />

brillanles: aquí se ve el hueco de un ajimez partido<br />

en dos por un grupo de esbeltas columnas y encuadrado<br />

en un marco de labores menudas y caprichosas;<br />

allá se eleva una atalaya con su mirador ligero<br />

y airoso, su cubierta de tejas vidriadas, verdes y<br />

amarillas; y su aguda flecha de oro que se pierde en<br />

el vacío; más lejos se divisa la cúpula que cubre un<br />

gabinete pintado de oro y azul o las altas galerías<br />

cerradas con persianas verdes, que al descorrerse<br />

dejan ver los jardines con calles de arrayán, bos-


ques de laureles y surtidores altísimos. Todo es<br />

original, todo armónico, aunque desordenado; todo<br />

deja entrever el lujo y las marañas de su interior;<br />

todo deja adivinar el carácter y las costumbres de<br />

sus habitadores.<br />

El opulento árabe que poseía ese edificio lo<br />

abandona al fin; la acción de los años comienza a<br />

desmoronar sus paredes, a deslustrar los colores y<br />

a corroer hasta los mármoles. Un monarca castellano<br />

escoge entonces para su residencia aquel alcázar<br />

que se derrumba, y en este punto rompe un<br />

lienzo y abre un arco ojival y lo adorna con una cenefa<br />

de escudos, por entre los cuales se enrosca<br />

una guirnalda de hojas de cardo y de trébol; en<br />

aquél levanta un macizo torreón de sillería con sus<br />

saeteras estrechas y sus almenas puntiagudas; en<br />

el de más allá construye un ala de habitaciones<br />

altas y sombrías, en las cuales se ven por una parte<br />

trozos de alicatado reluciente, por otra artesones<br />

oscurecidos, o un ajimez solo, o un arco de herradura<br />

ligero y puro, que da entrada a un salón gótico<br />

severo e imponente.<br />

Pero llega el día en que el monarca abandona<br />

también aquél recinto, cediéndole a una comunidad<br />

de religiosas, y éstas a su vez fabrican de


nuevo, añadiéndole otros rasgos a la ya extraña<br />

fisonomía del alcázar morisco. Cierran las ventanas<br />

con celosías: entre dos arcos árabes colocan el<br />

escudo de su religión esculpido en berroqueña;<br />

donde antes crecían tamarindos y laureles, plantan<br />

cipreses melancólicos y oscuros; y aprovechando<br />

unos restos y levantando sobre otros, forman las<br />

combinaciones más pintorescas y extravagantes<br />

que pueden concebirse.<br />

Sobre la portada de la iglesia, en donde se<br />

ven como envueltos en el crepúsculo misterioso en<br />

que los bañan las sombras de sus doseles, una<br />

andanada de santos, ángeles y vírgenes, a cuyos<br />

pies se retuercen, entre las hojas de acanto, sierpes,<br />

vestigios y endriagos de piedra, se mira elevarse<br />

un minarete esbelto y afiligranado con labores<br />

moriscas; junto a las saeteras del murallón, cuyas<br />

almenas están ya rotas, ponen un retablo, y tapian<br />

los grandes huecos con tabiques cuajados de pequeños<br />

agujeritos y semejantes a una tabla de ajedrez;<br />

colocan cruces sobre todos los picos, y fabrican,<br />

por último, un campanario de espadaña con<br />

sus campanas, que tañen melancólicamente noche<br />

y día llamando a la oración, campanas que voltean<br />

al impulso de una mano invisible, campanas cuyos


sonidos lejanos arrancan a veces lágrimas de involuntaria<br />

tristeza.<br />

Después pasan los años y bañan con una<br />

veladura de un medio color oscuro todo el edificio,<br />

armonizan sus tintas y hacen brotar la hiedra en sus<br />

hendiduras.<br />

Las cigüeñas cuelgan su nido en la veleta<br />

de la torre; los vencejos en el ala de los tejados; las<br />

golondrinas en los doseles de granito, y el búho y la<br />

lechuza escogen para su guarida los altos mechinales,<br />

desde donde en las noches tenebrosas asustan<br />

a las viejas crédulas y a los atemorizados chiquillos<br />

con el resplandor fosfórico de sus ojos redondos y<br />

sus silbos extraños y agudos.<br />

Todas estas revoluciones, todas estas circunstancias<br />

especiales, hubieran podido únicamente<br />

dar por resultado un edificio tan original, tan lleno<br />

de contraste, de poesía y de recuerdos, como el<br />

que aquella tarde se ofreció a mi vista y hoy he ensayado,<br />

aunque en vano, describir con palabras.<br />

Yo lo había trazado en parte en una de las<br />

hojas de mi cartera. El sol doraba apenas las más<br />

altas agujas de la ciudad, la brisa del crepúsculo<br />

comenzaba a acariciar mi frente, cuando absorto en


las ideas que de improviso me habían asaltado al<br />

contemplar aquellos silenciosos restos de otras<br />

edades, más poéticas que la material en que vivimos<br />

y nos ahogamos en pura prosa, dejé caer de<br />

mis manos el lápiz y abandoné el dibujo, recostándome<br />

en la pared que tenía a mis espaldas y entregándome<br />

por completo a los sueños de la imaginación.<br />

¿Qué pensaba? No sé si sabré decirlo: Veía<br />

claramente sucederse las épocas, derrumbarse<br />

unos muros y levantarse otros. Veía a unos hombres,<br />

o mejor dicho, veía a unas mujeres, dejar lugar<br />

a otras, y las primeras y las que venían después,<br />

convertirse en polvo y volar deshechas, llevando<br />

un soplo del viento la hermosura, hermosura<br />

que arrancaba suspiros secretos, que engendró<br />

pasiones y fue manantial de placeres: luego... qué<br />

sé yo... todo confuso, veía muchas cosas revueltas,<br />

y tocadores de encaje y de estuco con nubes de<br />

aroma y lechos de flores; celdas estrechas y sombrías<br />

con un reclinatorio y un crucifijo; al pie del crucifijo<br />

un libro abierto, y sobre el libro una calavera;<br />

salones severos y grandiosos, cubiertos de tapices<br />

y adornados con trofeo de guerra, y muchas mujeres<br />

que cruzaban y volvían a cruzar ante mis ojos;<br />

monjas altas, pálidas y delgadas; odaliscas morenas<br />

con labios muy encarnados y ojos muy negros;


damas de perfil puro, de confinente altivo y andar<br />

majestuoso.<br />

Todas estas cosas veía yo, y muchas más<br />

de esas que después de pensadas, no pueden recordarse;<br />

de esas tan inmateriales que es imposible<br />

encerrar en el círculo estrecho de la palabra, cuando<br />

de pronto di un salto sobre mi asiento y pasándome<br />

la mano por los ojos para convencerme de<br />

que no seguía soñando, incorporándome como<br />

movido de un resorte nervioso, fijé la mirada en uno<br />

de los altos miradores del convento. Había visto, no<br />

me puede caber duda, la había visto perfectamente,<br />

una mano blanquísima, que saliendo por uno de los<br />

huecos de aquellos miradores de argamasa, semejantes<br />

a tableros de ajedrez, se había agitado varias<br />

veces como saludándome con un signo mudo y<br />

cariñoso. Y me saludaba a mí; no era posible que<br />

me equivocase... Estaba solo, completamente solo<br />

en la plaza.<br />

En balde esperé la noche, clavado en aquel<br />

sitio y sin apartar un punto los ojos del mirador;<br />

inútilmente volví muchas veces a ocupar la oscura<br />

piedra que me sirvió de asiento la tarde en que vi<br />

aparecer aquella mano misteriosa, objeto ya de mis


ensueños de la noche y de mis delirios del día. No<br />

la volví a ver más...<br />

Y llegó al fin la hora en que debía marcharme<br />

de Toledo, dejando allí, como una carga inútil y<br />

ridícula, todas las ilusiones que en su seno se habían<br />

levantado en mi mente. Torné aguardar los papeles<br />

en mi cartera con un suspiro; pero antes de<br />

guardarlos escribí otra fecha, la segunda, la que yo<br />

conozco por la fecha de la mano. Al escribirla, miré<br />

un momento la anterior, la de la ventana, y no pude<br />

menos de sonreirme de mi locura.<br />

III<br />

Desde que tuvo lugar la extraña aventura<br />

que he referido, hasta que volví a Toledo, transcurrió<br />

cerca de año, durante el cual no dejó de presentárseme<br />

a la imaginación su recuerdo, al principio,<br />

a todas horas y con todos sus detalles; después<br />

con menos frecuencia, y por último, con tanta vaguedad,<br />

que yo mismo llegué a creer algunas veces<br />

que había sido juguete de una ilusión, o de un sueño.<br />

No obstante, apenas llegué a la ciudad que<br />

con tanta razón llaman algunos la Roma española,<br />

me asaltó nuevamente, y llena de él la memoria salí


preocupado a recorrer las calles, sin camino cierto,<br />

sin intención preconcebida de dirigirme a ningún<br />

punto fijo.<br />

El día estaba triste, con esa tristeza que alcanza<br />

a todo lo que se oye, se ve y se siente. El<br />

cielo era de color de plomo, y a su reflejo melancólico<br />

los edificios parecían más antiguos, más extraños<br />

y más oscuros. El aire gemía a lo largo de las<br />

revueltas y angostas calles, trayendo en sus ráfagas,<br />

como notas perdidas de una sinfonía misteriosa,<br />

ya palabras ininteligibles, clamor de campanas o<br />

ecos de golpes profundos y lejanos. La atmósfera<br />

húmeda y fría helaba el alma con su soplo glacial.<br />

Anduve durante algunas horas por los barrios<br />

más apartados y desiertos, absorto en mil confusas<br />

imaginaciones, y contra mi costumbre, con la<br />

mirada vaga y perdida en el espacio, sin que lograse<br />

llamar mi atención ni un detalle caprichoso de<br />

arquitectura, ni un monumento de orden desconocido,<br />

ni una obra de arte maravillosa y oculta, ninguna<br />

cosa, en fin, de aquellas en cuyo examen minucioso<br />

me detenía a cada paso, cuando sólo ocupaban mi<br />

mente ideas de arte y recuerdos históricos.<br />

El cielo cerraba de cada vez más oscuro; el<br />

aire soplaba con más fuerza y más ruido, y había


comenzado a caer en gotas menudas una lluvia de<br />

nieve deshecha, finísima y penetrante, cuando sin<br />

saber por dónde, pues ignoraba aún el camino, y<br />

como llevado allí por un impulso al que no podía<br />

resistirme, impulso que me arrastraba misteriosamente<br />

al punto a que iban mis pensamientos, me<br />

encontré en la solitaria plaza que ya conocen mis<br />

lectores.<br />

Al encontrarme en aquel lugar salí de la especie<br />

de letargo en que me hallaba sumido, como si<br />

me hubiesen despertado de un sueño profundo con<br />

una violenta sacudida.<br />

Tendí una mirada a mi alrededor. Todo estaba<br />

como yo lo dejé. Digo mal, estaba más triste.<br />

Ignoro si la oscuridad del cielo, la falta de verdura o<br />

el estado de mi espíritu era la causa de esta tristeza;<br />

pero la verdad es que desde el sentimiento que<br />

experimenté al contemplar aquellos lugares por la<br />

vez primera, hasta el que me impresionó entonces,<br />

había toda la distancia que existe desde la melancolía<br />

a la amargura.<br />

Contemplé por algunos instantes el sombrío<br />

convento, en aquella ocasión más sombrío que<br />

nunca a mis ojos; y ya me disponía a alejarme,<br />

cuando hirió mis oídos el son de una campana, una


campana de voz cascada y sorda, que tocaba pausadamente,<br />

mientras le acompañaba, formando<br />

contraste con ella, una especie de esquiloncillo que<br />

comenzó a voltear de pronto con una rapidez y un<br />

tañido tan agudo y continuado, que parecía como<br />

acometido de un vértigo.<br />

Nada más extraño que aquel edificio, cuya<br />

negra silueta se dibujaba sobre el cielo como la de<br />

una roca erizada de mil y mil picos caprichosos,<br />

hablando con sus lenguas de bronce por medio de<br />

las campanas, que parecían agitarse al impulso de<br />

seres invisibles, una como llorando con sollozos<br />

ahogados, la otra como riendo con carcajadas estridentes,<br />

semejantes a la risa de una mujer loca.<br />

A intervalos y confundidas con el atolondrador<br />

ruido de las campanas, creía percibir también<br />

notas confusas de un órgano y palabras de un<br />

cántico religioso y solemne.<br />

Varié de idea; y en vez de alejarme de<br />

aquel lugar, llegué a la puerta del templo y pregunté<br />

a uno de los haraposos mendigos que había sentados<br />

en sus escalones de piedra:<br />

-¿Qué hay aquí?


-Una toma de hábito -me contestó el pobre,<br />

interrumpiendo la oración que murmuraba entre<br />

dientes, para continuarla después, aunque no sin<br />

haber besado antes la moneda de cobre que puse<br />

en su mano al dirigirle mi pregunta.<br />

Jamás había presenciado esta ceremonia;<br />

nunca había visto tampoco el interior de la iglesia<br />

del convento. Ambas consideraciones me impulsaron<br />

a penetrar en su recinto.<br />

La iglesia era alta y oscura: formaban sus<br />

naves dos filas de pilares compuestos de columnas<br />

delgadas reunidas en un haz, que descansaban en<br />

una base ancha y octógona, y de cuya rica coronación<br />

de capiteles partían los arranques de las robustas<br />

ojivas. El altar mayor estaba colocado en el fondo,<br />

bajo una cúpula de estilo del Renacimiento cuajada<br />

de angelones con escudos, grifos, cuyos remates<br />

fingían profusas hojarascas, cornisas con molduras<br />

y florones dorados, y dibujos caprichosos y<br />

elegantes. En torno a las naves se veía una multitud<br />

de capillas oscuras, en el fondo de las cuales ardían<br />

algunas lámparas, semejantes a estrellas perdidas<br />

en el cielo de una noche oscura. Capillas de una<br />

arquitectura árabe, gótica o churrigueresca: unas,<br />

cerradas con magníficas verjas de hierro; otras, con


humildes barandales de madera; éstas, sumidas en<br />

las tinieblas, con una antigua tumba de mármol<br />

delante del altar; aquéllas, profusamente alumbradas,<br />

con una imagen vestida de relumbrones y rodeada<br />

de votos de plata y cera con lacitos de cinta<br />

de colorines.<br />

Contribuía a dar un carácter más misterioso<br />

a toda la iglesia, completamente armónica en su<br />

confusión y su desorden artístico con el resto del<br />

convento, la fantástica claridad que la iluminaba. De<br />

las lámparas de plata y cobre, pendientes de las<br />

bóvedas; de las velas de los altares y de las estrechas<br />

ojivas y los ajimeces del muro, partían rayosde<br />

luz de mil colores diversos: blancos, los que penetraban<br />

de la calle por algunas pequeñas claraboyas<br />

de la cúpula; rojos, los que se desprendían de los<br />

cirios de los retablos; verdes, azules y de otros cien<br />

matices diferentes, los que se abrían paso a través<br />

de los pintados vidrios de las rosetas. Todos estos<br />

reflejos, insuficientes a inundar con la bastante claridad<br />

aquel sagrado recinto, parecían como que<br />

luchaban confundiéndose entre sí en algunos puntos,<br />

mientras que otros los hacían destacar con una<br />

mancha luminosa y brillante sobre los fondos velados<br />

y oscuros de las capillas. A pesar de la fiesta<br />

religiosa que allí tenía lugar, los fieles reunidos eran


pocos. La ceremonia había comenzado hacía bastante<br />

tiempo y estaba a punto de concluir. Los sacerdotes<br />

que oficiaban en el altar mayor, bajaban en<br />

aquel momento las gradas, cubiertas de alfombras,<br />

envueltos en una nube de incienso azulado que se<br />

mecía lentamente en el aire, para dirigirse al coro,<br />

en donde se oía a las religiosas entonar un salmo.<br />

Yo también me encaminé hacia aquel sitio<br />

con el objeto de asomarme a las dobles rejas que lo<br />

separaban del templo. No sé; me pareció que había<br />

de conocer en la cara a la mujer de quien sólo había<br />

visto un instante la mano; y abriendo desmesuradamente<br />

los ojos y dilatando la pupila, como queriendo<br />

prestarle mayor fuerza y lucidez, la clavé en<br />

el fondo del coro. Afán inútil: a través de los cruzados<br />

hierros, muy poco o nada podía verse. Como<br />

unos fantasmas blancos y negros que se movían<br />

entre las tinieblas, contra las que luchaba en vano el<br />

escaso resplandor de algunos cirios encendidos;<br />

una prolongada fila de sitiales altos y puntiagudos,<br />

coronados de doseles, bajo los que se adivinaban,<br />

veladas por la oscuridad, las confusas formas de las<br />

religiosas, vestidas de luengas ropas talares; un<br />

crucifijo, alumbrado por cuatro velas, que se destacaba<br />

sobre el sombrío fondo del cuadro, como esos<br />

puntos de luz que en los lienzos de Rembrandt


hacen más palpables las sombras; he aquí cuanto<br />

pude distinguir desde el lugar que ocupaba.<br />

Los sacerdotes, cubiertos de sus capas pluviales<br />

bordadas de oro, precedidos de unos acólitos<br />

que conducían una cruz de plata y dos ciriales, y<br />

seguidos de otros que agitaban los incensarios perfumando<br />

el ambiente, atravesando por en medio de<br />

los fieles, que besaban sus manos y las orlas de<br />

sus vestiduras, llegaron al fin a la reja del coro.<br />

Hasta aquel momento no pude distinguir,<br />

entre las otras sombras confusas, cuál era la de la<br />

virgen que iba a consagrarse al Señor.<br />

¿No habéis visto nunca en esos últimos instantes<br />

del crepúsculo de la noche levantarse de las<br />

aguas de un río, del haz de un pantano, de las olas<br />

del mar o de la profunda cima de una montaña, un<br />

jirón de niebla que flota lentamente en el vacío, y,<br />

alternativamente, ya parece una mujer que se mueve<br />

y anda y deja volar su traje al andar, ya un velo<br />

blanco prendido a la cabellera de alguna silfa invisible,<br />

ya un fantasma que se eleva en el aire cubriendo<br />

sus huesos amarillos con un sudario, sobre el<br />

que se cree ver dibujadas sus formas angulosas?<br />

Pues una alucinación de ese género experimenté yo<br />

al mirar adelantarse hacia la reja, como desasién-


dose del fondo tenebroso del coro, aquella figura<br />

blanca, alta y ligerísima.<br />

El rostro no se lo podía ver. Vino a colocarse<br />

perfectamente delante de las velas que alumbraban<br />

el crucifijo, y su resplandor, formando como un<br />

nimbo de luz alrededor de su cabeza, la hacía resaltar<br />

por oscuro bañándola en una dudosa sombra.<br />

Reinó un profundo silencio; todos los ojos<br />

se fijaron en ella, y comenzó la última parte de la<br />

ceremonia.<br />

La abadesa, murmurando algunas palabras<br />

ininteligibles, palabras que a su vez repetían los<br />

sacerdotes con voz sorda y profunda, le arrancó de<br />

las sienes la corona de flores que las ceñía y la<br />

arrojó lejos de sí... ¡Pobres flores! Eran las últimas<br />

que había de ponerse aquella mujer, hermana de<br />

las flores como todas las mujeres.<br />

Después la despojó del velo, y su rubia cabellera<br />

se derramó como una cascada de oro sobre<br />

sus espaldas y sus hombros, que sólo pudo cubrir<br />

un instante, porque en seguida comenzó a percibirse,<br />

en mitad del profundo silencio que reinaba entre<br />

los fieles, un chirrido metálico y agudo que crispaba<br />

los nervios, y la magnífica cabellera se desprendió


de la frente que sombreaba, y rodaron por su seno y<br />

cayeron al suelo después aquellos rizos que el aire<br />

perfumado habría besado tantas veces...<br />

La abadesa tornó a murmurar las ininteligibles<br />

palabras; los sacerdotes la repitieron, y todo<br />

quedó de nuevo en silencio en la iglesia. Sólo de<br />

cuando en cuando se oían a lo lejos como unos<br />

quejidos largos y temerosos. Era el viento que zumbaba<br />

estrellándose en los ángulos de las almenas y<br />

los torreones, y estremecía, al pasar, los vidrios de<br />

color de las ojivas.<br />

Ella estaba inmóvil, inmóvil y pálida como<br />

una virgen de piedra arrancada del nicho de un<br />

claustro gótico.<br />

Y la despojaron de las joyas que le cubrían<br />

los brazos y la garganta, y la desnudaron, por último,<br />

de su traje nupcial, aquel traje que parecía<br />

hecho para que un amante rompiera sus broches<br />

con mano trémula de emoción y cariño.<br />

El esposo místico aguardaba a la esposa.<br />

¿Dónde? Más allá de la muerte; abriendo sin duda<br />

la losa del sepulcro y llamándola a traspasarlo, como<br />

traspasa la esposa tímida el umbral del santuario<br />

de los amores nupciales, porque ella cayó al


suelo desplomada como un cadáver. Las religiosas<br />

arrojaron, como si fuese tierra, sobre su cuerpo,<br />

puñados de flores, entonando una salmodia tristísima;<br />

se alzó un murmullo de entre la multitud, y los<br />

sacerdotes con sus voces profundas y huecas comenzaron<br />

el oficio de difuntos, acompañados de<br />

esos instrumentos que parece que lloran, aumentando<br />

el hondo temor que inspiran de por sí las<br />

terribles palabras que pronuncian.<br />

¡De profundis clamavi ad te! decían las religiosas<br />

desde el fondo del coro con voces plañideras<br />

y dolientes.<br />

¡Dies irœ, dies, illa!, le contestaban los sacerdotes<br />

con eco atronador y profundo, y en tanto<br />

las campanas tañían lentamente tocando a muerto,<br />

y de campanada a campanada se oía vibrar el<br />

bronce con un zumbido extraño y lúgubre.<br />

Yo estaba conmovido; no, conmovido no,<br />

aterrado. Creía presenciar una cosa sobrenatural,<br />

sentir como que me arrancaban algo preciso para<br />

mi vida, y que a mi alrededor se formaba el vacío;<br />

pensaba que acababa de perder algo, como un<br />

padre, una madre o una mujer querida, y sentía ese<br />

inmenso desconsuelo que deja la muerte por donde<br />

pasa, desconsuelo sin nombre, que no se puede


pintar; y que sólo pueden concebir los que lo han<br />

sentido...<br />

Aún estaba clavado en aquel lugar con los<br />

ojos extraviados, tembloroso y fuera de mí, cuando<br />

la nueva religiosa se incorporó del suelo. La abadesa<br />

le vistió el hábito, las monjas tomaron en sus<br />

manos velas encendidas, y formando dos largas<br />

hileras, la condujeron como en procesión hacia el<br />

fondo del coro.<br />

Allí, entre las sombras, vi brillar un rayo de<br />

luz: era la puerta claustral que se había abierto. Al<br />

poner el pie bajo su dintel, la religiosa se volvió por<br />

la vez última hacia el altar. El resplandor de todas<br />

las luces la iluminó de pronto, y pude verle el rostro.<br />

Al mirarlo, tuve que ahogar un grito. Yo conocía a<br />

aquella mujer; no la había visto nunca, pero la conocía<br />

de haberla contemplado en sueños; era uno<br />

de esos seres que adivina el alma o los recuerda<br />

acaso de otro mundo mejor, del que, al descender a<br />

éste, algunos no pierden del todo la memoria.<br />

Di dos pasos adelante; quise llamarla, quise<br />

gritar, no sé, me acometió como un vértigo, pero en<br />

aquel instante la puerta claustral se cerró... para<br />

siempre. Se agitaron las campanillas, los sacerdotes<br />

alzaron un ¡Hosanna!, subieron por el aire nubes


de incienso, el órgano arrojó un torrente de atronadora<br />

armonía por cien bocas de metal, y las campanas<br />

de la torre comenzaron a repicar; volteando con<br />

una furia espantosa.<br />

Aquella alegría loca y ruidosa me erizaba<br />

los cabellos. Volví los ojos a mi alrededor buscando<br />

a los padres, a la familia, huérfanos de aquella mujer.<br />

No encontré a nadie.<br />

-Tal vez era sola en el mundo -dije; y no pude<br />

contener una lágrima.<br />

-¡Dios te dé en el claustro la felicidad que no<br />

te ha dado en el mundo! -exclamó al mismo tiempo<br />

una vieja que estaba a mi lado, y sollozaba y gemía<br />

agarrada a la reja.<br />

-¿La conoce usted? -le pregunté.<br />

-¿Pobrecita! Sí, la conocía. Y la he visto nacer<br />

y se ha criado en mis brazos.<br />

-¿Y por qué profesa?<br />

-Porque se vio sola en el mundo. Su padre y<br />

su madre murieron, en el mismo día, del cólera,<br />

hace poco más de un año. Al verla huérfana y desvalida,<br />

el señor Deán le dio el dote para que profesase;<br />

y ya veis... ¿que había de hacer?


-¿Y quién era ella?<br />

-Hija del administrador del conde de C.... al<br />

cual serví yo hasta su muerte.<br />

-¿Dónde vivía?<br />

Cuando oí el nombre de la calle, no pude<br />

contener una exclamación de sorpresa.<br />

Un hilo de luz, ese hilo de luz que se extiende<br />

rápido como la idea que brilla en la oscuridad<br />

y la confusión de la mente, y reúne los puntos más<br />

distantes y los relaciona entre sí de un modo maravilloso,<br />

ató mis vagos recuerdos, y todo lo comprendí<br />

o creí comprenderlo...<br />

Esta fecha, que no tiene nombre, no la escribí<br />

en ninguna parte... Digo mal: la llevo escrita en<br />

un sitio en que nadie más que yo la puede leer, y de<br />

donde no se borrará nunca.<br />

Algunas veces, recordando estos sucesos,<br />

hoy mismo al consignarlos aquí, me he preguntado:<br />

-Algún día, en esa hora misteriosa del<br />

crepúsculo, cuando el suspiro de la brisa de primavera,<br />

tibio y cargado de aromas, penetra hasta en el<br />

fondo de los más apartados retiros, llevando allí<br />

como una ráfaga de recuerdos del mundo, sola,


perdida en la penumbra de un claustro gótico; la<br />

mano en la mejilla, el codo apoyado en el alféizar de<br />

una ojiva, ¿habrá exhalado un suspiro alguna mujer<br />

al cruzar su imaginación la memoria de estas fechas?<br />

¡Quién sabe!<br />

¡Oh! Y si ha suspirado, ¿dónde estará ese<br />

suspiro?


El Cristo de la calavera<br />

I<br />

El rey de Castilla marchaba a la guerra de<br />

moros, y para combatir con los enemigos de la religión<br />

había apellidado en son de guerra a todo lo<br />

más florido de la nobleza de sus reinos. Las silenciosas<br />

calles de Toledo resonaban noche y día con<br />

el marcial rumor de los atabales y los clarines, y ya<br />

en la morisca puerta de Visagra, ya en la del<br />

Cambrón, o en la embocadura del antiguo puente<br />

de San Martín, no pasaba hora sin que se oyese el<br />

ronco grito de los centinelas, anunciando la llegada<br />

de algún caballero que, precedido de su pendón<br />

señorial y seguido de jinetes y peones, venía a reunirse<br />

al grueso del ejército castellano.<br />

El tiempo que faltaba para emprender el<br />

camino de la frontera y concluir de ordenar las<br />

huestes reales, discurría en medio de fiestas públicas,<br />

lujosos convites y lucidos torneos, hasta que,<br />

llegada al fin la víspera del día señalado de antemano<br />

por S. A. para la salida del ejército, se dispuso<br />

un postrer sarao, con el que debieran terminar<br />

los regocijos.


La noche del sarao, el alcázar de los reyes<br />

ofrecía un aspecto singular. En los anchurosos patios,<br />

alrededor de inmensas hogueras, y diseminados<br />

sin orden ni concierto, se veía una abigarrada<br />

multitud de pajes, soldados, ballesteros y gente<br />

menuda, quienes, éstos aderezando sus corceles y<br />

sus armas y disponiéndolos para el combate; aquéllos<br />

saludando con gritos o blasfemias las inesperadas<br />

vueltas de la fortuna, personificada en los dados<br />

del cubilete; los otros repitiendo en coro el<br />

refrán de un romance de guerra, que entonaba un<br />

juglar acompañado de la guzla; los de más allá<br />

comprando a un romero conchas, cruces y cintas<br />

tocadas en el Sepulcro de Santiago, o riendo con<br />

locas carcajadas de los chistes de un bufón, o ensayando<br />

en los clarines el aire bélico para entrar en<br />

la pelea, propio de sus señores, o refiriendo antiguas<br />

historias de caballerías o aventuras de amor, o<br />

milagros recientemente acaecidos, formaban un<br />

infernal y atronador conjunto imposible de pintar con<br />

palabras.<br />

Sobre aquel revuelto océano de cantares de<br />

guerra, rumor de martillos que golpeaban los yunques,<br />

chirridos de limas que mordían el acero, piafar<br />

de corceles, voces descompuestas, risas inextinguibles,<br />

gritos desaforados, notas destempladas, jura-


mentos y sonidos extraños y discordes, flotaban a<br />

intervalos, como un soplo de brisa armoniosa, los<br />

lejanos acordes de la música del sarao.<br />

Éste, que tenía lugar en los salones que<br />

formaban el segundo cuerpo del alcázar, ofrecía a<br />

su vez un cuadro, si no tan fantástico, y caprichoso,<br />

más deslumbrador y magnífico.<br />

Por las extensas galerías que se prolongaban<br />

a lo lejos formando un intrincado laberinto de<br />

pilastras esbeltas y ojivas caladas y ligeras como el<br />

encaje; por los espaciosos salones vestidos de tapices,<br />

donde la seda y el oro habían representado,<br />

con mil colores diversas escenas de amor, de caza<br />

y de guerra, y adornados con trofeos de armas y<br />

escudos, sobre los cuales vertían un mar de chispeante<br />

luz un sin número de lámparas y candelabros<br />

de bronce, plata y oro, colgadas aquéllas de<br />

las altísimas bóvedas y enclavados éstos en los<br />

gruesos sillares de los muros; por todas partes<br />

adonde se volvían los ojos, se veía oscilar y agitarse<br />

en distintas direcciones una nube de damas<br />

hermosas con ricas vestiduras chapadas en oro,<br />

redes de perlas aprisionando sus rizos, joyas de<br />

rubíes llameando sobre su seno, plumas sujetas en<br />

vaporoso cerco a un mango de marfil, colgadas del


puño, y rostrillos de blancos encajes que acariciaban<br />

sus mejillas, o alegres turbas de galanes con<br />

talabartes de terciopelo, justillos de brocado y calzas<br />

de seda, borceguíes de tafilete, capotillos de<br />

mangas perdidas y caperuza, puñales con pomo de<br />

filigrana y estoques de corte bruñidos, delgados y<br />

ligeros.<br />

Pero entre esta juventud brillante y deslumbradora,<br />

que los ancianos miraban desfilar con una<br />

sonrisa de gozo, sentados en los altos sitiales de<br />

alerce que rodeaban el estrado real, llamaba la<br />

atención, por su belleza incomparable, una mujer<br />

aclamada reina de la hermosura en todos los torneos<br />

y las cortes de amor de la época, cuyos colores<br />

habían adoptado por emblema los caballeros más<br />

valientes; cuyos encantos eran asunto de las copias<br />

de los trovadores más versados en la ciencia del<br />

gay saber; a la que se volvían con asombro todas<br />

las miradas; por la que suspiraban en secreto todos<br />

los corazones; alrededor de la cual se veían agruparse<br />

con afán, como vasallos humildes en torno de<br />

su señora, los más ilustres vástagos de la nobleza<br />

toledana, reunida en el sarao de aquella noche.<br />

Los que asistían de contínuo a formar el<br />

séquito de presuntos galanes de doña Inés de Tor-


desillas, que tal era el nombre de esta celebrada<br />

hermosura, a pesar de su carácter altivo y desdeñoso,<br />

no desmayaban jamás en sus pretensiones; y<br />

éste, animado con una sonrisa que había creído<br />

adivinar en sus labios; aquél, con una mirada benévola<br />

que juzgaba haber sorprendido en sus ojos; el<br />

otro, con una palabra lisonjera, un ligerísimo favor o<br />

una promesa remota, cada cual esperaba en silencio<br />

ser el preferido. Sin embargo, entre todos ellos<br />

había dos que más particularmente se distinguían<br />

por su asiduidad y rendimiento, dos que al parecer,<br />

si no los predilectos de la hermosa, podrían calificarse<br />

de los más adelantados en el camino de su<br />

corazón. Estos dos caballeros, iguales en cuna,<br />

valor y nobles prendas, servidores de un mismo rey<br />

y pretendientes de una misma dama, llamábanse<br />

Alonso de Carrillo el uno, y el otro Lope de Sandoval.<br />

Ambos habían nacido en Toledo; juntos<br />

habían hecho sus primeras armas, y en un mismo<br />

día, al encontrarse sus ojos con los de doña Inés,<br />

se sintieron poseídos de un secreto y ardiente amor<br />

por ella, amor que germinó algún tiempo retraído y<br />

silencioso, pero que al cabo comenzaba a descubrirse<br />

y a dar involuntarias señales en existencia en<br />

sus acciones y discursos.


En los torneos del Zocodover, en los juegos<br />

florales de la corte, siempre que se les había presentado<br />

coyuntura para rivalizar entre sí en gallardía<br />

o donaire, la habían aprovechado con afán ambos<br />

caballeros, ansiosos de distinguirse a los ojos<br />

de su dama; y aquella noche, impelidos sin duda<br />

por un mismo afán, trocando los hierros por las<br />

plumas y las mallas por los brocados y la seda, de<br />

pie junto al sitial donde ella se reclinó un instante<br />

después de haber dado una vuelta por los salones,<br />

comenzaron una elegante lucha de frases enamoradas<br />

e ingeniosas o epigramas embozados y agudos.<br />

Los astros menores de esta brillante constelación,<br />

formando un dorado semicírculo en torno de<br />

ambos galanes, reían y esforzaban las delicadas<br />

burlas; y la hermosa, objeto de aquel torneo de<br />

palabras, aprobaba con una imperceptible sonrisa<br />

los conceptos escogidos o llenos de intención que,<br />

ora salían de los labios de sus adoradores como<br />

una ligera onda de perfume que halagaba su vanidad,<br />

ora partían como una saeta aguda que iba a<br />

buscar, para clavarse en él, el punto más vulnerable<br />

del contrario: su amor propio.


Ya el cortesano combate de ingenio y galanura<br />

comenzaba a hacerse de cada vez más crudo;<br />

las frases eran aún corteses en la forma, pero breves,<br />

secas, y al pronunciarlas, si bien las acompañaba<br />

una ligera dilatación de los labios, semejante a<br />

una sonrisa, los ligeros relámpagos de los ojos,<br />

imposibles de ocultar, demostraban que la cólera<br />

hervía comprimida en el seno de ambos rivales.<br />

La situación era insostenible. La dama lo<br />

comprendió así, y levantándose del sitial se disponía<br />

a volver a los salones, cuando un nuevo incidente<br />

vino a romper la valla del respetuoso comedimiento<br />

en que se contenían los dos jóvenes enamorados.<br />

Tal vez con intención, acaso por descuido, doña<br />

Inés había dejado sobre su falda uno de los perfumados<br />

guantes, cuyos botones de oro se entretenía<br />

en arrancar uno a uno mientras duró la conversación.<br />

Al ponerse de pie, el guante resbaló por entre<br />

los anchos pliegues de seda, y cayó en la alfombra.<br />

Al verle caer, todos los caballeros que formaban su<br />

brillante comitiva se inclinaron presurosos a recogerle,<br />

disputándose el honor de alcanzar un leve<br />

movimiento de cabeza en premio de su galantería.<br />

Al notar la precipitación con que todos hicieron<br />

el ademán de inclinarse, una imperceptible son-


isa de vanidad satisfecha asomó a los labios de la<br />

orgullosa doña Inés, que después de hacer un saludo<br />

general a los galanes que tanto empeño mostraban<br />

en servirla, sin mirar apenas y con la mirada<br />

alta y desdeñosa, tendió la mano para recoger el<br />

guante en la dirección en que se encontraban Lope<br />

y Alonso, los primeros que parecían haber llegado<br />

al sitio en que cayera. En efecto, ambos jóvenes<br />

habían visto caer el guante cerca de sus pies, ambos<br />

se habían inclinado con igual presteza a recogerle,<br />

y al incorporarse cada cual le tenía asido por<br />

un extremo. Al verlos inmóviles, desafiándose en<br />

silencio con la mirada, y decididos ambos a no<br />

abandonar el guante que acababan de levantar del<br />

suelo, la dama dejó escapar un grito leve e involuntario,<br />

que ahogó el murmullo de los asombrados<br />

espectadores, los cuales presentían una escena<br />

borrascosa, que en el alcázar y en presencia del rey<br />

podría calificarse de un horrible desacato.<br />

No obstante, Lope y Alonso permanecían<br />

impasibles, mudos, midiéndose con los ojos, de la<br />

cabeza a los pies, sin que la tempestad de sus almas<br />

se revelase más que por un ligero temblor nervioso,<br />

que agitaba sus miembros como si se hallasen<br />

acometidos de una repentina fiebre.


Los murmullos y las exclamaciones iban<br />

subiendo de punto; la gente comenzaba a agruparse<br />

en torno de los actores de la escena; doña Inés,<br />

o aturdida o complaciéndose en prolongarla, daba<br />

vueltas de un lado a otro, como buscando donde<br />

refugiarse y evitar las miradas de la gente, que cada<br />

vez acudía en mayor número. La catástrofe era ya<br />

segura; los dos jóvenes habían ya cambiado, algunas<br />

palabras en voz sorda, y mientras que con la<br />

una mano sujetaban el guante con una fuerza convulsiva,<br />

parecían ya buscar instintivamente con la<br />

otra el puño de oro de sus dagas, cuando se entreabrió<br />

respetuosamente el grupo que formaban los<br />

espectadores, y apareció el rey.<br />

Su frente estaba serena; ni había indignación<br />

en su rostro ni cólera en su ademán.<br />

Tendió una mirada alrededor, y esta sola<br />

mirada fue bastante para darle a conocer lo que<br />

pasaba. Con toda la galantería del doncel más<br />

cumplido, tomó el guante de las manos de los caballeros,<br />

que, como movidas por un resorte, se abrieron<br />

sin dificultad al sentir el contacto de la del monarca,<br />

y volviéndose a doña Inés de Tordesillas,<br />

que apoyada en el brazo de una dueña, parecía


próxima a desmayarse, exclamó, presentándolo,<br />

con acento, aunque templado, firme:<br />

-Tomad, señora, y cuidad de no dejarle caer<br />

en otra ocasión donde al devolvérsele, os lo devuelva<br />

manchado en sangre.<br />

Cuando el rey terminó de decir estas palabras,<br />

doña Inés, no acertaremos a decir si a impulsos<br />

de la emoción o por salir más airosa del paso,<br />

se había desvanecido en brazos de los que la rodeaban.<br />

Alonso y Lope, el uno estrujando en silencio<br />

entre sus manos el birrete de terciopelo, cuya pluma<br />

arrastraba por la alfombra, y el otro mordiéndose los<br />

labios hasta hacerse brotar la sangre, se clavaron<br />

una mirada tenaz e intensa.<br />

Una mirada en aquel lance equivalía a un<br />

bofetón, a un guante arrojado al rostro, a un desafío<br />

a muerte.<br />

II<br />

Al llegar la media noche, los reyes se retiraron<br />

a su cámara. Terminó el sarao, y los curiosos de<br />

la plebe que aguardaban con impaciencia este momento,<br />

formando grupos y corrillos en las avenidas


del palacio, corrieron a estacionarse en la cuesta<br />

del alcázar, los miradores y el Zocodover.<br />

Durante una o dos horas, en las calles inmediatas<br />

a estos puntos reinó un bullicio, una animación<br />

y un movimiento indescriptible. Por todas<br />

partes se veían cruzar escuderos caracoleando en<br />

sus corceles ricamente enjaezados, reyes de armas<br />

con lujosas casullas llenas de escudos y blasones,<br />

timbaleros vestidos de colores vistosos, soldados<br />

cubiertos de armaduras resplandecientes, pajes con<br />

capotillos de terciopelo y birretes coronados de<br />

plumas, y servidores de a pie que precedían las<br />

lujosas literas y las andas cubiertas de ricos paños,<br />

llevando en sus manos grandes hachas encendidas,<br />

a cuyo rojizo resplandor podía verse a la multitud,<br />

que, con cara atónita, labios entreabiertos y ojos<br />

espantados miraba desfilar con asombro a todo lo<br />

mejor de la nobleza castellana, rodeada en aquella<br />

ocasión de un fausto y un esplendor fabulosos.<br />

Luego, poco a poco fue cesando el ruido y<br />

la animación; los vidrios de colores de las altas ojivas<br />

del palacio dejaron de brillar; atravesó por entre<br />

los apiñados grupos la última cabalgata; la gente del<br />

pueblo, a su vez, comenzó a dispersarse en todas<br />

direcciones, perdiéndose entre las sombras del


enmarañado laberinto de calles oscuras, estrechas<br />

y torcidas, y ya no turbaba el profundo silencio de la<br />

noche más que el grito lejano de vela de algún guerrero,<br />

el rumor de los pasos de algún curioso que se<br />

retiraba el último, o el ruido que producían las aldabas<br />

de algunas puertas al cerrarse, cuando en lo<br />

alto de la escalinata que conducía a la plataforma<br />

del palacio apareció un caballero, el cual, después<br />

de tender la vista por todos lados como buscando a<br />

alguien que debía esperarle, descendió lentamente<br />

hasta la cuesta del alcázar, por la que se dirigió<br />

hacia el Zocodover.<br />

Al llegar a la plaza de este nombre se detuvo<br />

un momento y volvió a pasear la mirada a su<br />

alrededor. La noche estaba oscura; no brillaba una<br />

sola estrella en el cielo, ni en toda la plaza se veía<br />

una sola luz; no obstante, allá a lo leios, y en la<br />

misma dirección en que comenzó a percibirse un<br />

ligero ruido como de pasos que iban aproximándose,<br />

creyó distinguir el busto de un hombre: era, sin<br />

duda, el mismo a quien parecía aguardaba con<br />

tanta impaciencia.<br />

El caballero que acababa de abandonar el<br />

alcázar para dirigirse al Zocodover era Alonso Carrillo,<br />

que, en razón al puesto de honor que desempe-


ñaba cerca de la persona del rey, había tenido que<br />

acompañarle en su cámara hasta aquellas horas. El<br />

que saliendo de entre las sombras de los arcos que<br />

rodean la plaza vino a reunírsele, Lope de Sandoval.<br />

Cuando los dos caballeros se hubieron reunido,<br />

cambiaron algunas frases en voz baja.<br />

otro.<br />

-Presumí que me aguardabas -dijo el uno.<br />

-Esperaba que lo presumirías -contestó el<br />

-Y ¿adónde iremos?<br />

-A cualquiera parte en que se puedan hallar<br />

cuatro palmos de terreno donde revolverse y un<br />

rayo de claridad que nos alumbre.<br />

Terminado este brevísimo diálogo, los dos<br />

jóvenes se internaron por una de las estrechas calles<br />

que desembocan en el Zocodover, desapareciendo<br />

en la oscuridad como esos fantasmas de la<br />

noche que, después de aterrar un instante al que<br />

los ve, se deshacen en átomos de niebla y se confunden<br />

en seno de las sombras.<br />

Largo rato anduvieron dando vueltas a<br />

través de las calles de Toledo, buscando un lugar a<br />

propósito para terminar sus diferencias; pero la os-


curidad de la noche era tan profunda, que el duelo<br />

parecía imposible. No obstante, ambos deseaban<br />

batirse, y batirse antes que rayase el alba, pues al<br />

amanecer debían partir las huestes reales, y Alonso<br />

con ellas.<br />

Prosiguieron, pues, cruzando al azar plazas<br />

desiertas, pasadizos sombríos, callejones estrechos<br />

y tenebrosos, hasta que por último, vieron brillar a lo<br />

lejos una luz, una luz pequeña y moribunda, en<br />

torno de la cual, la niebla formaba un cerco de claridad<br />

fantástica y dudosa.<br />

Habían llegado a la calle del Cristo, y la luz<br />

que se divisaba en uno de sus extremos parecía ser<br />

la del farolillo que alumbraba en aquella época, y<br />

alumbra aún, a la imagen que le da su nombre.<br />

Al verla, ambos dejaron escapar una exclamación<br />

de júbilo, y apresurando el paso en su dirección,<br />

no tardaron mucho en encontrarse junto al<br />

retablo en que ardía.<br />

Un arco rehundido en el muro, en el fondo<br />

del cual se veía la imagen del Redentor enclavado<br />

en la cruz y con una calavera al pie; un tosco cobertizo<br />

de tablas que lo defendían de la intemperie, y el<br />

pequeño farolillo colgado de una cuerda que lo ilu-


minaba débilmente, vacilando al impulso del aire,<br />

formaban todo el retablo, alrededor del cual colgaban<br />

algunos festones de hiedra que habían crecido<br />

entre los oscuros y rotos sillares, formando una<br />

especie de pabellón de verdura.<br />

Los caballeros, después de saludar respetuosamente<br />

la imagen de Cristo, quitándose los<br />

birretes y murmurando en voz baja una corta oración,<br />

reconocieron el terreno con una ojeada, echaron<br />

a tierra sus mantos, y apercibiéndose mutuamente<br />

para el combate y dándose la señal con un<br />

leve movimiento de cabeza, cruzaron los estoques.<br />

Pero apenas se habían tocado los aceros y antes<br />

que ninguno de los combatientes hubiesen podido<br />

dar un solo paso o intentar un golpe, la luz se apagó<br />

de repente y la calle quedó sumida en la oscuridad<br />

más profunda. Como guiados de un mismo pensamiento<br />

y al verse rodeados de repentinas tinieblas,<br />

los dos combatientes dieron un paso atrás, bajaron<br />

al suelo las puntas de sus espadas y levantaron los<br />

ojos hacia el farolillo, cuya luz, momentos antes<br />

apagada, volvió a brillar de nuevo al punto en que<br />

hicieron ademán de suspender la pelea.<br />

-Será alguna ráfaga de aire que ha abatido<br />

la llama al pasar -exclamó Carrillo volviendo a po-


nerse en guardia y previniendo con una voz a Lope,<br />

que parecía preocupado.<br />

Lope dio un paso adelante para recuperar el<br />

terreno perdido, tendió el brazo y los aceros se tocaron<br />

otra vez; mas al tocarse, la luz se tornó a<br />

apagar por sí misma, permaneciendo así mientras<br />

no se separaron los estoques.<br />

-En verdad que esto es extraño -murmuró<br />

Lope mirando al farolillo, que espontáneamente<br />

había vuelto a encenderse y se mecía con lentitud<br />

en el aire, derramando una claridad trémula y extraña<br />

sobre el amarillo cráneo de la calavera colocada<br />

a los pies del Cristo.<br />

-¡Bah! -dijo Alonso-. Será que la beata encargada<br />

de cuidar del farol del retablo sisa a los<br />

devotos y escasea el aceite, por lo cual la luz,<br />

próxima a morir, luce y se oscurece a intervalos en<br />

señal de agonía. Y dichas estas palabras, el impetuoso<br />

joven tornó a colocarse en actitud de defensa.<br />

Su contrario le imitó; pero esta vez, no tan sólo volvió<br />

a rodearlos una sombra espesísima e impenetrable,<br />

sino que al mismo tiempo hirió sus oídos el<br />

eco profundo de una voz misteriosa, semejante a<br />

esos largos gemidos del vendaval que parece que<br />

se queja y articula palabras al correr aprisionado por


las torcidas, estrechas y tenebrosas calles de Toledo.<br />

Qué dijo aquella voz medrosa y sobrehumana,<br />

nunca pudo saberse; pero al oírla, ambos<br />

jóvenes se sintieron poseídos de tan profundo terror,<br />

que las espadas se escaparon de sus manos,<br />

el cabello se les erizó y por sus cuerpos, que estremecía<br />

un temblor involuntario, y por sus frentes,<br />

pálidas y descompuestas, comenzó a correr un<br />

sudor frío como el de la muerte.<br />

La luz, por tercera vez apagada, por tercera<br />

vez volvió a resucitar, y las tinieblas se disiparon.<br />

¡Ah! -exclamó Lope al ver a su contrario entonces,<br />

y en otros días su mejor amigo, asombrado<br />

como él, como él pálido e inmóvil-; Dios no quiere<br />

permitir este combate, porque es una lucha fratricida;<br />

porque un combate entre nosotros ofende al<br />

cielo, ante el cual nos hemos jurado cien veces una<br />

amistad eterna.<br />

Y esto diciendo se arrojó en los brazos de<br />

Alonso, que le estrechó entre los suyos con una<br />

fuerza y una efusión indecibles.<br />

III


Pasados algunos minutos, durante los cuales<br />

ambos jóvenes se dieron toda clase de muestras<br />

de amistad y cariño, Alonso tomó la palabra, y con<br />

acento conmovido aún por la escena que acabamos<br />

de referir, exclamó dirigiéndose a su amigo:<br />

-Lope, yo sé que amas a doña Inés; ignoro<br />

si tanto como yo, pero la amas. Puesto que un duelo<br />

entre nosotros es imposible, resolvámonos a encomendar<br />

nuestra suerte en sus manos. Vamos en<br />

su busca; que ella decida con libre albedrío cuál ha<br />

de ser el dichoso, cuál el infeliz. Su decisión será<br />

respetada por ambos, y el que no merezca sus favores<br />

mañana saldrá con el rey de Toledo, e irá a<br />

buscar el consuelo del olvido en la agitación de la<br />

guerra.<br />

-Pues tú lo quieres, sea -contestó Lope.<br />

Y el uno apoyado en el brazo del otro, los<br />

dos amigos se dirigieron hacia la catedral, en cuya<br />

plaza, y en un palacio del que ya no quedan ni aun<br />

los restos, habitaba doña Inés de Tordesillas.<br />

Estaba a punto de rayar el alba, y como algunos<br />

de los deudos de doña Inés, sus hermanos<br />

entre ellos, marchaban al otro día con el ejército


eal, no era imposible que en las primeras horas de<br />

la mañana pudiesen penetrar en su palacio.<br />

Animados con esta esperanza llegaron, en<br />

fin, al pie de la gótica torre del templo; mas al llegar<br />

a aquel punto, un ruido particular llamó su atención<br />

y deteniéndose en uno de los ángulos, ocultos entre<br />

las sombras de los altos machones que flaquean los<br />

muros, vieron, no sin grande asombro, abrirse el<br />

balcón del palacio de su dama, aparecer en él un<br />

hombre que se deslizó hasta el suelo con la ayuda<br />

de una cuerda, y, por último, una forma blanca,<br />

doña Inés sin duda, que, inclinándose sobre el calado<br />

antepecho, cambió algunas tiernas frases de<br />

despedida con su misterioso galán.<br />

El primer movimiento de los dos jóvenes fue<br />

llevar las manos al puño de sus espadas; pero deteniéndose<br />

como heridos de una idea súbita, volvieron<br />

los ojos a mirarse, y se hubieron de encontrar<br />

con una cara de asombro tan cómica, que ambos<br />

prorrumpieron en una ruidosa carcajada, carcajada<br />

que, repitiéndose de eco en eco en el silencio de la<br />

noche, resonó en toda la plaza y llegó hasta el palacio.<br />

Al oírla, la forma blanca desapareció del<br />

balcón, se escuchó el ruido de las puertas que se


cerraron con violencia, y todo volvió a quedar en<br />

silencio.<br />

Al día siguiente, la reina, colocada en un estrado<br />

lujosísimo, veía desfilar las huestes que marchaban<br />

a la guerra de moros teniendo a su lado a<br />

las damas más principales de Toledo. Entre ellas<br />

estaba doña Inés de Tordesillas, en la que aquel<br />

día, como siempre, se fijaban todos los ojos; pero,<br />

según a ella le parecía advertir, con diversa expresión<br />

que la de costumbre. Diríase que en todas las<br />

curiosas miradas que a ella se volvían retozaba una<br />

sonrisa burlona.<br />

Este descubrimiento no dejaba de inquietarla<br />

algo, sobre todo teniendo en cuenta las ruidosas<br />

carcajadas que la noche anterior había creído percibir<br />

a lo lejos y en uno de los ángulos de la plaza,<br />

cuando cerraba el balcón y despedía a su amante;<br />

pero al mirar aparecer entre las filas de los combatientes,<br />

que pasaban por debajo del estrado lanzando<br />

chispas de fuego de sus brillantes armaduras, y<br />

envueltos en una nube de polvo, los pendones reunidos<br />

de las casas de Carrillo y Sandoval; al ver la<br />

significativa sonrisa que al saludar a la reina le dirigieron<br />

los dos antiguos rivales que cabalgaban juntos,<br />

todo lo adivinó, y la púrpura de la vergüenza


enrojeció su frente y brilló en sus ojos una lágrima<br />

de despecho.


La corza blanca<br />

I<br />

En un pequeño lugar de Aragón; y allá por<br />

los años de mil trescientos y pico, vivía retirado en<br />

su torre señorial un famoso caballero llamado don<br />

Dionís, el cual después de haber servido a su rey en<br />

la guerra contra infieles, descansaba a la sazón,<br />

entregado al alegre ejercicio de la caza, de las rudas<br />

fatigas de los combates.<br />

Aconteció una vez a este caballero, hallándose<br />

en su favorita diversión acompañado de su<br />

hija, cuya belleza singular y extraordinaria blancura<br />

le habían granjeado el sobrenombre de Azucena,<br />

que como se les entrase a más andar el día engolfados<br />

en perseguir a una res en el monte de su<br />

feudo, tuvo que acogerse, durante las horas de la<br />

siesta, a una cañada por donde corría un riachuelo,<br />

saltando de roca en roca con un ruido manso y<br />

agradable.<br />

Haría cosa de unas dos horas que don<br />

Dionís se encontraba en aquel delicioso lugar, recostado<br />

sobre la menuda grama a la sombra de una<br />

chopera, departiendo amigablemente con sus monteros<br />

sobre las peripecias del día, y refiriéndose


unos a otros las aventuras más o menos curiosas<br />

que en su vida de cazadores les habían acontecido,<br />

cuando por lo alto de la más empinada ladera y a<br />

través de los alternados murmullos del viento que<br />

agitaba las hojas de los árboles, comenzó a percibirse,<br />

cada vez más cerca, el sonido de una esquililla<br />

semejante a la del guión de un rebaño.<br />

En efecto, era así, pues a poco de haberse<br />

oído la esquililla empezaron a saltar por entre las<br />

apiñadas matas de cantueso y tomillo, y a descender<br />

a la orilla opuesta del riachuelo, hasta unos cien<br />

corderos blancos como la nieve, detrás de los cuales,<br />

con su caperuza calada para libertarse la cabeza<br />

de los perpendiculares rayos del sol, y su atillo al<br />

hombro en la punta de un palo, apareció el zagal<br />

que los conducía.<br />

-A propósito de aventuras extraordinarias -<br />

exclamó al verle uno de los monteros de don Dionís,<br />

dirigiéndose a su señor-: ahí tenéis a Esteban el<br />

zagal, que de algún tiempo a esta parte anda más<br />

tonto que lo que naturalmente lo hizo Dios, que no<br />

es poco, y el cual puede haceros pasar un rato divertido<br />

refiriendo la causa de sus continuos sustos.<br />

-¿Pues qué le acontece a ese pobre diablo?<br />

-exclamó don Dionís con aire de curiosidad picada.


-¡Friolera! -añadió el montero en tono de<br />

zumba-: es el caso que, sin haber nacido en Viernes<br />

Santo, ni estar señalado con la cruz, ni hallarse en<br />

relaciones con el demonio, a lo que se puede colegir<br />

de sus hábitos de cristiano viejo, se encuentra,<br />

sin saber cómo ni por dónde, dotado de la facultad<br />

más maravillosa que ha poseído hombre alguno, a<br />

no ser Salomón, de quien se dice que sabía hasta el<br />

lenguaje de los pájaros.<br />

sa?<br />

-¿Y a qué se refiere esa facultad maravillo-<br />

-Se refiere -prosiguió el montero- a que,<br />

según él afirma, y lo jura y perjura por todo lo más<br />

sagrado del mundo, los ciervos que discurren por<br />

estos montes se han dado de ojo para dejarle en<br />

paz, siendo lo más gracioso del caso que en más de<br />

una ocasión los ha sorprendido concertando entre sí<br />

las burlas que han de hacerle, y después que estas<br />

burlas se han llevado a término, ha oído las ruidosas<br />

carcajadas con que las celebran.<br />

Mientras esto decía el montero, Constanza,<br />

que -así se llamaba la hermosa hija de don Dionís,<br />

se había aproximado al grupo de los cazadores, y<br />

como demostrase su curiosidad por conocer la extraordinaria<br />

historia de Esteban, uno de éstos se


adelantó hasta el sitio en donde el zagal daba de<br />

beber a su ganado, y le condujo a presencia de su<br />

señor, que, para disipar la turbación y el visible encogimiento<br />

del pobre mozo, se apresuró a saludarle<br />

por su nombre, acompañando al saludo con una<br />

bondadosa sonrisa.<br />

Era Esteban un muchacho de diez y nueve<br />

a veinte años, fornido, con la cabeza pequeña y<br />

hundida entre los hombros; los ojos pequeños y<br />

azules, la mirada incierta y torpe como la de los<br />

albinos, la nariz roma, los labios gruesos y entreabiertos,<br />

la frente calzada, la tez blanca, pero ennegrecida<br />

por el sol, y el cabello, que le caía parte<br />

sobre los ojos y parte alrededor de la cara, en guedejas<br />

ásperas y rojas semejantes a los crines de un<br />

rocín colorado.<br />

Esto, sobre poco más o menos, era Esteban<br />

en cuanto al físico; respecto a su moral, podía asegurarse,<br />

sin temor de ser desmentido ni por él ni por<br />

ninguna de las personas que le conocían, que era<br />

perfectamente simple, aunque un tanto suspicaz y<br />

malicioso como buen rústico.<br />

Una vez el zagal respuesto de su turbación,<br />

le dirigió de nuevo la palabra don Dionís, y con el<br />

tono más serio del mundo, y fingiendo un extraordi-


nario interés por conocer los detalles del suceso a<br />

que su montero se había referido, le hizo una multitud<br />

de preguntas, a la que Esteban comenzó a contestar<br />

de una manera evasiva, como deseando evitar<br />

explicaciones sobre el asunto.<br />

Estrechado, sin embargo, por las interrogaciones<br />

de su señor y por los ruegos de Constanza,<br />

que parecía la más curiosa e interesada en que el<br />

pastor refiriese sus estupendas aventuras, decidiose<br />

éste a hablar, mas no sin que antes dirigiese a<br />

su alrededor una mirada de desconfianza, como<br />

temiendo ser oído por otras personas que las que<br />

allí estaban presentes, y de rascarse tres o cuatro<br />

veces la cabeza tratando de reunir sus recuerdos o<br />

hilvanar su discurso, que al fin comenzó de esta<br />

manera.<br />

-Es el caso, señor, que según me dijo un<br />

preste de Tarazona, al que acudí no ha mucho para<br />

consultar mis dudas, con el diablo no sirven juegos,<br />

sino punto en boca, buenas y muchas oraciones a<br />

San Bartolomé, que es quien le conoce las cosquillas,<br />

y dejarle andar: que Dios, que es justo y está<br />

allá arriba, proveerá a todo.<br />

Firme en esta idea, había decidido no volver<br />

a decir palabra sobre el asunto a nadie, ni por nada;


pero lo haré hoy por satisfacer vuestra curiosidad, y<br />

a fe, a fe que después de todo, si el diablo me lo<br />

toma en cuenta y torna a molestarme en castigo de<br />

mi indiscreción, buenos Evangelios llevo cosidos a<br />

la pellica y con su ayuda creo que, como otras veces,<br />

no me será inútil el garrote.<br />

-Pero, vamos -exclamó don Dionís, impaciente<br />

al escuchar las digresiones del zagal, que<br />

amenazaba no concluir nunca-, déjate de rodeos y<br />

ve derecho al asunto.<br />

-A él voy -contestó con calma Esteban, que<br />

después de dar una gran voz acompañada de un<br />

silbido para que se agruparan los corderos que no<br />

perdía de vista y comenzaban a desparramarse por<br />

el monte, tornó a rascarse la cabeza y prosiguió así:<br />

-Por una parte vuestras continuas excursiones,<br />

y por otra el dale que le das de los cazadores<br />

furtivos, que ya con trampa o con ballesta no dejan<br />

res a vida en veinte jornadas al contorno, habían no<br />

hace mucho agotado la caza en estos montes, hasta<br />

el extremo de no encontrarse un venado en ellos<br />

ni por un ojo de la cara.<br />

Hablaba yo esto mismo en el lugar, sentado<br />

en el porche de la iglesia, donde después de aca-


ada la misa del domingo solía reunirme con algunos<br />

peones de los que labran la tierra de Veratón,<br />

cuando algunos de ellos me dijeron:<br />

-Pues, hombre, no sé el qué consista en<br />

que tú no los topes, pues de nosotros podemos<br />

asegurarte que no bajamos una vez a las hazas que<br />

no nos encontremos rastro, y hace tres o cuatro<br />

días, sin ir más lejos, una manada, que a juzgar por<br />

las huellas debía componerse de más de veinte, le<br />

segaron antes de tiempo una pieza de trigo al santero<br />

de la Virgen del Romeral.<br />

-¿Y hacia qué sitio segura el rastro? -<br />

pregunté a los peones, con ánimo de ver si topaba<br />

con la tropa.<br />

-Hacia la cañada de los cantuesos -me contestaron.<br />

No eché en saco roto la advertencia, y<br />

aquella noche misma fui a apostarme entre los chopos.<br />

Durante toda ella estuve oyendo por acá y por<br />

allá, tan pronto lejos como cerca, el bramido de los<br />

ciervos que se llamaban unos a otros, y de vez en<br />

cuando sentía moverse el ramaje a mis espaldas;<br />

pero por más que me hice todo ojos, la verdad es<br />

que no pude distinguirla ninguno.


No obstante, al romper el día, cuando llevé<br />

los corderos al agua, a la orilla de este río, como<br />

obra de dos tiros de honda del sitio en que nos<br />

hallamos, y en una umbría de chopos, donde ni a la<br />

hora de siesta se desliza un rayo de sol, encontré<br />

huellas recientes de los ciervos, algunas ramas<br />

desgajadas, la corriente un poco turbia y, lo que es<br />

más particular, entre el rastro de las reses las breves<br />

huellas de unos pies pequeñitos como la mitad<br />

de la palma de mi mano sin ponderación alguna.<br />

Al decir esto, el mozo instintivamente y al<br />

parecer buscando un punto de comparación, dirigió<br />

la vista hacia el pie de Constanza, que asomaba por<br />

debajo del brial, calzado de un precioso chapín de<br />

tafilete amarillo; pero como al par de Esteban bajasen<br />

también los ojos don Dionís y algunos de los<br />

monteros que le rodeaban, la hermosa niña se<br />

apresuró a esconderlo, exclamando con el tono más<br />

natural del mundo:<br />

-¡Oh, no!; por desgracia, no los tengo yo tan<br />

pequeñitos, pues de este tamaño sólo se encuentran<br />

en las hadas, cuya historia nos refieren los<br />

trovadores.<br />

-Pues no paró aquí la cosa -continuó el zagal<br />

cuando Constanza hubo concluido-, no que otra


vez, habiéndome colocado en otro escondite por<br />

donde indudablemente habían de pasar los ciervos<br />

para dirigirse a la cañada, allá al filo de la media<br />

noche me rindió un poco el sueño, aunque no tanto<br />

que no abriese los ojos en el mismo punto en que<br />

creí percibir que las ramas se movían a mi alrededor.<br />

Abrí los ojos, según dejo dicho; me incorporé<br />

con sumo cuidado, y poniendo atención a aquel<br />

confuso murmullo que cada vez sonaba más próximo,<br />

oí en las ráfagas del aire como gritos y cantares<br />

extraños, carcajadas y tres o cuatro voces distintas<br />

que hablaban entre sí, con un ruido y algarabía<br />

semejante al de las muchachas del lugar, cuando<br />

riendo y bromeando por el camino vuelven en bandadas<br />

de la fuente con sus cántaros a la cabeza.<br />

Según colegía de la proximidad de las voces<br />

y del cercano chasquido de las ramas que crujían<br />

al romperse para dar paso a aquella turba de<br />

locuelas, iban a salir de la espesura a un pequeño<br />

rellano que formaba el monte en el sitio donde yo<br />

estaba oculto, enteramente a mis espaldas, tan<br />

cerca o más que me encuentro de vosotros, oí una<br />

nueva voz fresca, delgada y vibrante, que dijo...<br />

creedlo, señores, esto es tan seguro como me he<br />

de morir... dijo... claro y distintamente estas propias<br />

palabras:


¡Por aquí, por aquí, compañeras,<br />

que está ahí el bruto de Esteban!<br />

Al llegar a este punto de la relación del zagal,<br />

los circunstantes no pudieron ya contener por<br />

más tiempo la risa que hacía largo rato les retozaba<br />

en los ojos, y dando rienda a su buen humor, prorrumpieron<br />

en una carcajada estrepitosa. De los<br />

primeros en comenzar a reír y de los últimos en<br />

dejarlo, fueron don Dionís, que a pesar de su fingida<br />

circunspección no pudo menos de tomar parte en el<br />

general regocijo, y su hija Constanza, la cual cada<br />

vez que miraba a Esteban todo suspenso y confuso,<br />

tornaba a reírse como una loca hasta el punto de<br />

saltarle las lágrimas a los ojos.<br />

El zagal, por su parte, aunque sin atender al<br />

efecto que su narración había producido, parecía<br />

todo turbado e inquieto; y mientras los señores reían<br />

a sabor de sus inocentadas, él tornaba la vista a<br />

un lado y a otro con visibles muestras de temor y<br />

como queriendo descubrir algo a través de los cruzados<br />

troncos de los árboles.<br />

-¿Qué es eso, Esteban, qué te sucede? -le<br />

preguntó unos de los monteros notando la creciente<br />

inquietud del pobre mozo, que ya fijaba sus espan-


tadas pupilas en la hija risueña de don Dionís, ya<br />

las volvía a su alrededor con una expresión asombrada<br />

y estúpida.<br />

-Me sucede una cosa muy extraña -exclamó<br />

Esteban-. Cuando, después de escuchar las palabras<br />

que dejo referidas, me incorporé con prontitud<br />

para sorprender a la persona que las había pronunciado,<br />

una corza blanca como la nieve salió de entre<br />

las mismas matas en donde yo estaba oculto, y<br />

dando unos saltos enormes por cima de los carrascales<br />

y los lentiscos, se alejó seguida de una tropa<br />

de corzas de su color natural, y así éstas como la<br />

blanca que las iba guiando, no arrojaban bramidos<br />

al huir, sino que se reían con unas carcajadas cuyo<br />

eco juraría que aún me está sonando en los oídos<br />

en este momento.<br />

-¡Bah!... ¡bah!... Esteban -exclamó don<br />

Dionís con aire burlón-, sigue los consejos del preste<br />

de Tarazona; no hables de tus encuentros con los<br />

corzos amigos de burlas, no sea que haga el diablo<br />

que al fin pierdas el poco juicio que tienes; y pues<br />

ya estás provisto de los Evangelios y sabes las oraciones<br />

de San Bartolomé, vuélvete a tus corderos,<br />

que empiezan a desbandarse por la cañada. Si los


espíritus malignos tornan a incomodarte, ya sabes<br />

el remedio: Pater noster y garrotazo.<br />

El zagal, después de guardarse en el zurrón<br />

un medio pan blanco y un trozo de carne de jabalí y<br />

en el estómago un valiente trago de vino que le dio<br />

por orden de su señor uno de los palafreneros, despidiose<br />

de don Dionís y su hija, y apenas anduvo<br />

cuatro pasos, comenzó a voltear la honda para reunir<br />

a pedradas los corderos.<br />

Como a esta sazón notase don Dionís que<br />

entre unas y otras las horas del calor eran ya pasadas<br />

y el vientecillo de la tarde comenzaba a mover<br />

las hojas de los chopos y a refrescar los campos,<br />

dio orden a su comitiva para que aderezasen las<br />

caballerías que andaban paciendo sueltas por el<br />

inmediato soto; y cuando todo estuvo a punto, hizo<br />

seña a los unos para que soltasen las traíllas, y a<br />

los otros para que tocasen las trompas, y saliendo<br />

en tropel de la chopera, prosiguió adelante la interrumpida<br />

caza.<br />

II<br />

Entre los monteros de don Dionís había uno<br />

llamado Garcés, hijo de un antiguo servidor de la<br />

familia, y por tanto el más querido de sus señores.


Garcés tenía poco más o menos la edad de<br />

Constanza, y desde muy niño hablase acostumbrado<br />

a prevenir el menor de sus deseos y a adivinar y<br />

satisfacer el más leve de sus antojos.<br />

Por su mano se entretenía en afilar en los<br />

ratos de ocio las agudas saetas de su ballesta de<br />

marfil; él domaba los potros que había de montar su<br />

señora; él ejercitaba en los ardides de la caza a sus<br />

lebreles favoritos y amaestraba a sus halcones, a<br />

los cuales compraba en las ferias de Castilla caperuzas<br />

rojas bordadas de oro.<br />

Para con los otros monteros, los pajes y la<br />

gente menuda del servicio de don Dionís, la exquisita<br />

solicitud de Garcés y el aprecio con que sus señores<br />

le distinguían, habíanle valido una especie de<br />

general animadversión, y al decir de los envidiosos,<br />

en todos aquellos cuidados con que se adelantaba<br />

a prevenir los caprichos de su señora, revelábase<br />

su carácter adulador y rastrero. No faltaban, sin<br />

embargo, algunos que, más avisados o maliciosos,<br />

creyeron sorprender en la asiduidad del solícito<br />

mancebo algunas señales de mal disimulado amor.<br />

Si en efecto era así, el oculto cariño de<br />

Garcés tenía más que sobrada disculpa en la incomparable<br />

hermosura de Constanza. Hubiérase


necesitado un pecho de roca y un corazón de hielo<br />

para permanecer impasible un día y otro al lado de<br />

aquella mujer singular por su belleza y sus raros<br />

atractivos.<br />

La Azucena del Moncayo, llamábanla en<br />

veinte leguas a la redonda, y bien merecía este<br />

sobrenombre, porque era tan airosa, tan blanca y<br />

tan rubia, que, como a las azucenas, parecía que<br />

Dios la había hecho de nieve y oro.<br />

Y, sin embargo, entre los señores comarcanos<br />

murmurábase que la hermosa castellana de<br />

Veratón no era tan limpia de sangre como bella y<br />

que, a pesar de sus trenzas rubias y su tez de alabastro,<br />

había tenido por madre una gitana. Lo de<br />

cierto que pudiera haber en estas murmuraciones<br />

nadie pudo nunca decirlo, porque la verdad era que<br />

don Dionís tuvo una vida bastante azarosa en su<br />

juventud, y después de combatir largo tiempo bajo<br />

la conducta del monarca aragonés, del cual recabó<br />

entre otras mercedes el feudo del Moncayo, marchose<br />

a Palestina, en donde anduvo errante algunos<br />

años, para volver por último a encerrarse en su<br />

castillo de Veratón con una hija pequeña, nacida sin<br />

duda en aquellos países remotos. El único que<br />

hubiera podido decir algo acerca del misterioso


origen de Constanza, pues acompañó a don Dionís<br />

en sus lejanas peregrinaciones, era el padre de<br />

Garcés, y éste había ya muerto hacía bastante<br />

tiempo, sin decir una sola palabra sobre el asunto ni<br />

a su propio hijo, que varias veces y con muestras de<br />

grande interés se lo había preguntado.<br />

El carácter, tan pronto retraído y melancólico<br />

como bullicioso y alegre de Constanza, la extraña<br />

exaltación de sus ideas, sus extravagantes caprichos,<br />

sus nunca vistas costumbres, hasta la particularidad<br />

de tener los ojos y las cejas negros como<br />

la noche, siendo blanca y rubia como el oro, habían<br />

contribuido a dar pábulo a las hablillas de sus convecinos,<br />

y aún el mismo Garcés, que tan íntimamente<br />

la trataba, había llegado a persuadirse que<br />

su señora era algo especial y no se parecía a las<br />

demás mujeres.<br />

Presente a la relación de Esteban, como los<br />

otros monteros, Garcés fue acaso el único que oyó<br />

con verdadera curiosidad los pormenores de su<br />

increíble aventura, y si bien no pudo menos de sonreír<br />

cuando el zagal repitió las palabras de la corza<br />

blanca, desde que abandonó el soto en que habían<br />

sesteado comenzó a revolver en su mente las más<br />

absurdas imaginaciones.


-No cabe duda que todo eso de hablar las<br />

corzas es pura aprensión de Esteban, que es un<br />

completo mentecato -decía entre sí el joven montero<br />

mientras que, jinete en un poderoso alazán, seguía<br />

paso a paso el palafrén de Constanza, la cual<br />

también parecía mostrarse un tanto distraída y silenciosa,<br />

y retirada del tropel de los cazadores,<br />

apenas tomaba parte en la fiesta-. Pero ¿quién dice<br />

que en lo que refiere ese simple no existirá algo de<br />

verdad? -prosiguió pensando el mancebo-. Cosas<br />

más extrañas hemos visto en el mundo, y una corza<br />

blanca bien puede haberla, puesto que si se ha de<br />

dar crédito a las cantigas del país, San Huberto,<br />

patrón de los cazadores, tenía una. ¡Oh, sí yo pudiese<br />

coger viva una corza blanca para ofrecérsela<br />

a mi señora!<br />

Así pensando y discurriendo pasó Garcés la<br />

tarde, y cuando ya el sol comenzó a esconderse por<br />

detrás de las vecinas lomas y don Dionís mandó<br />

volver grupas a su gente para tornar al castillo, separose<br />

sin ser notado de la comitiva y echó en busca<br />

del zagal por lo más espeso e intrincado del<br />

monte.<br />

La noche había cerrado casi por completo<br />

cuando don Dionís llegaba a las puertas de su casti-


llo. Acto continuo dispusiéronle una frugal colación y<br />

sentose con su hija a la mesa.<br />

-Y Garcés ¿dónde está? -preguntó Constanza,<br />

notando que su montero no se encontraba<br />

allí para servirla como tenía de costumbre.<br />

-No sabemos -se apresuraron a contestar<br />

los otros servidores-; desapareció de entre nosotros<br />

cerca de la cañada, y ésta es la hora en que todavía<br />

no le hemos visto.<br />

En este punto llegó Garcés todo sofocado,<br />

cubierta aún de sudor la frente, pero con la cara<br />

más regocijada y satisfecha que pudiera imaginarse.<br />

-Perdonadme, señora -exclamó, dirigiéndose<br />

a Constanza-, perdonadme si he faltado un momento<br />

a mi obligación; pero allá de donde vengo a<br />

todo el correr de mi caballo, como aquí, sólo me<br />

ocupaba el serviros.<br />

-¿En servirme? -repitió Constanza-: no<br />

comprendo lo que quieres decir.<br />

-Sí, señora, en serviros -repitió el joven-,<br />

pues he averiguado que es verdad que la corza<br />

blanca existe. A más de Esteban, lo dan por seguro


otros varios pastores, que juran haberla visto más<br />

de una vez, y con ayuda de los cuales espero en<br />

Dios y en mi patrón San Huberto que antes de tres<br />

días, viva o muerta, os la traeré al castillo.<br />

-¡Bah!... ¡Bah!. -exclamó Constanza con aire<br />

de zumba, mientras hacían coro a sus palabras las<br />

risas más o menos disimuladas de los circunstantes-;<br />

déjate de cacerías nocturnas y de corzas blancas:<br />

mira que el diablo ha dado en la flor de tentar a<br />

los simples, y si te empeñas en andarle a los talones,<br />

va a dar que reír contigo cómo con el pobre<br />

Esteban.<br />

-Señora -interrumpió Garcés con voz entrecortada<br />

y disimulando en lo posible la cólera que le<br />

producía el burlón regocijo de sus compañeros-, yo<br />

no me he visto nunca con el diablo, y, por consiguiente,<br />

no sé todavía cómo las gasta; pero conmigo<br />

os juro que todo podrá hacer menos dar que reír,<br />

porque el uso de ese privilegio sólo en vos sé tolerarlo.<br />

Constanza conoció el efecto que su burla<br />

había producido en el enamorado joven; pero deseando<br />

apurar su paciencia hasta lo último, tornó a<br />

decir en el mismo tono:


-¿Y si al dispararle te saluda con alguna risa<br />

del género de la que oyó Esteban, o se te ríe en la<br />

nariz, y al escuchar sus sobrenaturales carcajadas<br />

se te cae la ballesta de las manos, y antes de reponerte<br />

del susto ya ha desaparecido la corza blanca<br />

más ligera que un relámpago?<br />

-¡Oh! -exclamó Garcés-: en cuanto a eso,<br />

estad segura que como yo la topase a tiro de ballesta,<br />

aunque me hiciese más momos que un juglar,<br />

aunque me hablara, no ya en romance, sino en<br />

latín, como el abad de Munilla, no se iba sin un<br />

arpón en el cuerpo.<br />

En este punto del diálogo terció don Dionís,<br />

y con una desesperante gravedad a través de la<br />

que se adivinaba toda la ironía de sus palabras,<br />

comenzó a darle al ya asendereado mozo los consejos<br />

más originales del mundo, para el caso de<br />

que se encontrase de manos a boca con el demonio<br />

convertido en corza blanca. A cada nueva ocurrencia<br />

de su padre, Constanza fijaba sus ojos en el<br />

atribulado Garcés y rompía a reír como una loca, en<br />

tanto que los otros servidores esforzaban las burlas<br />

con sus miradas de inteligencia y su mal encubierto<br />

gozo.


Mientras duró la colación prolongose esta<br />

escena, en que la credulidad del joven montero, fue<br />

por decirlo así, el tema obligado del general regocijo;<br />

de modo que cuando se levantaron los paños, y<br />

don Dionís y Constanza se retiraron a sus habitaciones,<br />

y toda la gente del castillo se entregó al<br />

reposo, Garcés permaneció un largo espacio de<br />

tiempo irresoluto, dudando si, a pesar de las burlas<br />

de sus señores, proseguiría firme en su propósito o<br />

desistiría completamente de la empresa.<br />

-¡Qué diantre! -exclamó saliendo del estado<br />

de incertidumbre en que se encontraba:- mayor mal<br />

del que me ha sucedido no puede sucederme, y si<br />

por el contrario, es verdad lo que nos ha contado<br />

Esteban... ¡oh, entonces, cómo he de saborear mi<br />

triunfo!<br />

Esto diciendo, armó su ballesta, no sin<br />

haberle hecho antes la señal de la cruz en la punta<br />

de la vira, y colocándosela a la espalda se dirigió a<br />

la poterna del castillo para tomar la vereda del monte.<br />

Cuando Garcés llegó a la cañada y al punto<br />

en que, según las instrucciones de Esteban, debía<br />

aguardar la aparición de las corzas, la luna comen-


zaba a remontarse con lentitud por detrás de los<br />

cercanos montes.<br />

A fuer de buen cazador y práctico en el oficio,<br />

antes de elegir un punto a propósito para colocarse<br />

al acecho de las reses, anduvo un buen rato<br />

de acá para allá examinando las trochas y las veredas<br />

vecinas, la disposición de los árboles, los accidentes<br />

del terreno, las curvas del río y la profundidad<br />

de sus aguas.<br />

Por último, después de terminar este minucioso<br />

reconocimiento del lugar en que se encontraba,<br />

agazapose en un ribazo junto a unos chopos de<br />

copas elevadas y oscuras, a cuyo pie crecían unas<br />

matas de lentisco, altas lo bastante para ocultar a<br />

un hombre echado en tierra.<br />

El río, que desde las musgosas rocas donde<br />

tenía su nacimiento venía siguiendo las sinuosidades<br />

del Moncayo, a entrar en la cañada por una<br />

vertiente, deslizándose desde allí bañando el pie de<br />

los sauces que sombreaban sus orillas, o jugueteando<br />

con alegre murmullo entre las piedras rodadas<br />

del monte, hasta caer en una hondura próxima al<br />

lugar que servía de escondrijo al montero.


Los álamos, cuyas plateadas hojas movía el<br />

aire con un rumor dulcísimo, los sauces que inclinados<br />

sobre la limpia corriente humedecían en ella las<br />

puntas de sus desmayadas ramas, y los apretados<br />

carrascales por cuyos troncos subían y se enredaban<br />

las madreselvas y las campanillas azules, formaban<br />

un espeso muro de follaje alrededor del<br />

remanso del río.<br />

El viento, agitando los frondosos pabellones<br />

de verdura que derramaban en torno de su flotante<br />

sombra, dejaba penetrar a intervalos un furtivo rayo<br />

de luz, que brillaba como un relámpago de plata<br />

sobre la superficie de las aguas inmóviles y profundas.<br />

Oculto tras los matojos, con el oído atento al<br />

más leve rumor y la vista clavada en el punto en<br />

donde según sus cálculos debían aparecer las corzas,<br />

Garcés esperó inútilmente un gran espacio de<br />

tiempo.<br />

Todo permanecía a su alrededor sumido en<br />

una profunda calma.<br />

Poco a poco, y bien fuese que el peso de la<br />

noche, que ya había pasado de la mitad, comenzara<br />

a dejarse sentir, bien que el lejano murmullo del


agua, el penetrante aroma de las flores silvestres y<br />

las caricias del viento comunicasen a sus sentidos<br />

el dulce sopor en que parecía estar impregnada la<br />

Naturaleza toda, el enamorado mozo que hasta<br />

aquel punto había estado entretenido revolviendo<br />

en su mente las más halagüeñas imaginaciones,<br />

comenzó a sentir que sus ideas se elaboraban con<br />

más lentitud y sus pensamientos tomaban formas<br />

más leves e indecisas.<br />

Después de mecerse un instante en ese<br />

vago espacio que media entre la vigilia y el sueño,<br />

entornó al fin los ojos, dejó escapar la ballesta de<br />

sus manos y se quedó profundamente dormido.<br />

Cosa de dos horas o tres haría ya que el joven<br />

montero roncaba a pierna suelta, disfrutando a<br />

todo sabor de uno de los sueños más apacibles de<br />

su vida, cuando de repente entreabrió los ojos sobresaltado,<br />

e incorporándose a medias lleno aún de<br />

ese estupor del que se vuelve en sí de improviso<br />

después de un sueño profundo.<br />

En las ráfagas del aire y confundido con los<br />

leves rumores de la noche, creyó percibir un extraño<br />

rumor de voces delgadas, dulces y misteriosas que<br />

hablaban entre sí, reían o cantaban cada cual por<br />

su parte y una cosa diferente, formando una alga-


abía tan ruidosa y confusa como la de los pájaros<br />

que despiertan al primer rayo del sol entre las frondas<br />

de una alameda.<br />

Este extraño rumor sólo se dejó oír un instante,<br />

y después todo volvió a quedar en silencio.<br />

-Sin duda soñaba con las majaderías que<br />

nos refirió el zagal -exclamó Garcés restregándose<br />

los ojos con mucha calma, y en la firme persuasión<br />

de que cuanto había creído oír no era más que esa<br />

vaga huella del ensueño que queda, al despertar,<br />

en la imaginación, como queda en el oído la última<br />

cadencia de una melodía después que ha expirado<br />

temblando la última nota. Y dominado por la invencible<br />

languidez que embargaba sus miembros, iba a<br />

reclinar de nuevo la cabeza sobre el césped, cuando<br />

tornó a oír el eco distante de aquellas misteriosas<br />

voces que, acompañándose del rumor del aire,<br />

del agua y de las hojas cantaban así:<br />

CORO<br />

«El arquero que velaba en lo alto de la torre<br />

ha reclinado su pesada cabeza en el muro.<br />

Al cazador furtivo que esperaba sorprender<br />

la res, lo ha sorprendido el sueño.


El pastor que aguarda el día consultando<br />

las estrellas, duerme ahora y dormirá hasta el amanecer.<br />

Reina de las ondinas, sigue nuestros pasos.<br />

Ven a mecerte en las ramas de los sauces<br />

sobre el haz del agua.<br />

Ven a embriagarte con el perfume de las<br />

violetas que se abren entre las sombras.<br />

Ven a gozar de la noche, que es el día de<br />

los espíritus.»<br />

Mientras flotaban en el aire las suaves notas<br />

de aquella deliciosa música, Garcés se mantuvo<br />

inmóvil. Después que se hubo desvanecido, con<br />

mucha precaución apartó un poco las ramas, y no<br />

sin experimentar algún sobresalto vio aparecer las<br />

corzas, que en tropel y salvando los matorrales con<br />

ligereza increíble unas veces, deteniéndose como a<br />

escuchar otras jugueteando entre sí, ya escondiéndose<br />

entre la espesura, ya saliendo nuevamente a<br />

la senda, bajaban del monte con dirección al remanso<br />

del río.<br />

Delante de sus compañeras, más ágil, más<br />

linda, más juguetona y alegre que todas, saltando,


corriendo, parándose y tornando a correr, de modo<br />

que parecía no tocar el suelo con los pies, iba la<br />

corza blanca, cuyo extraño color destacaba como<br />

una fantástica luz sobre el oscuro fondo de los árboles.<br />

Aunque el joven se sentía dispuesto a ver<br />

en cuanto le rodeaba algo de sobrenatural y maravilloso,<br />

la verdad del caso era que, prescindiendo de<br />

la momentánea alucinación que turbó un instante<br />

sus sentidos, fingiéndole músicas, rumores y palabras,<br />

ni en la forma de las corzas, ni en sus movimientos<br />

ni en los cortos bramidos con que parecían<br />

llamarse, había nada con que no debiese estar ya<br />

muy familiarizado un cazador práctico en esta clase<br />

de expediciones nocturnas.<br />

A medida que desechaba la primera impresión,<br />

Garcés comenzó a comprenderlo así, y riéndose<br />

interiormente de su incredulidad y su miedo,<br />

desde aquel instante sólo se ocupó en averiguar,<br />

teniendo en cuenta la dirección que seguían, el<br />

punto donde se hallaban las corzas.<br />

Hecho el cálculo, cogió la ballesta entre los<br />

dientes, y arrastrándose como una culebra por<br />

detrás de los lentiscos, fue a situarse obra de unos<br />

cuarenta pasos más lejos del lugar en que antes se


encontraba. Una vez acomodado en su nuevo escondite<br />

esperó el tiempo suficiente para que las<br />

corzas estuvieran ya dentro del río, a fin de hacer el<br />

tiro más seguro. Apenas empezó a escucharse ese<br />

ruido particular que produce el agua que se bate a<br />

golpes o se agita con violencia, Garcés comenzó a<br />

levantarse poquito a poco y con las mayores precauciones,<br />

apoyándose en la tierra primero sobre la<br />

punta de los dedos, y después con una de las rodillas.<br />

Ya de pie, y cerciorándose a tientas de que<br />

el arma estaba preparada, dio un paso hacia adelante,<br />

alargó el cuello por encima de los arbustos<br />

para dominar el remanso, y tendió la ballesta; pero<br />

en el mismo punto en que, a par de la ballesta, tendió<br />

la vista buscando el objeto que había de herir,<br />

se escapó de sus labios un imperceptible e involuntario<br />

grito de asombro.<br />

La luna, que había ido remontándose con<br />

lentitud por el ancho horizonte, estaba inmóvil y<br />

como suspendida en la mitad del cielo. Su dulce<br />

claridad inundaba el soto, abrillantaba la intranquila<br />

superficie del río, y hacía ver los objetos como a<br />

través de una gasa azul.<br />

Las corzas habían desaparecido.


En su lugar, lleno de estupor y casi de miedo,<br />

vio Garcés un grupo de bellísimas mujeres, de<br />

las cuales unas entraban en el agua jugueteando,<br />

mientras las otras acababan de despojarse de las<br />

ligeras túnicas que aún ocultaban a la codiciosa<br />

vista el tesoro de sus formas.<br />

En esos ligeros y cortados sueños de la<br />

mañana, ricos en imágenes risueñas y voluptuosas,<br />

sueños diáfanos y celestes como la luz que entonces<br />

comienza a transparentarse a través de las<br />

blancas cortinas del lecho, no ha habido nunca imaginación<br />

de veinte años que bosquejase con los<br />

colores de la fantasía una escena semejante a la<br />

que se ofrecía en aquel punto a los ojos del atónico<br />

Garcés.<br />

Despojadas ya de sus túnicas y sus velos<br />

de mil colores, que destacaban sobre el fondo suspendidos<br />

de los árboles o arrojados con descuido<br />

sobre la alfombra del césped, las muchachas discurrían<br />

a su placer por el soto, formando grupos<br />

pintorescos, y entraban y salían en el agua, haciéndola<br />

saltar en chispas luminosas sobre las flores de<br />

la margen como una menuda lluvia de rocío.<br />

Aquí una de ellas, blanca como el vellón de<br />

un cordero, sacaba su cabeza rubia entre las verdes


y flotantes hojas de una planta acuática, de la cual<br />

parecía una flor a medio abrir, cuyo flexible tallo<br />

más bien se adivinaba que se veía temblar debajo<br />

de los infinitos círculos de luz de las ondas.<br />

Otra allá, con el cabello suelto sobre los<br />

hombros, mecíase suspendida de la rama de un<br />

sauce sobre la corriente del río, y sus pequeños<br />

pies, color de rosa, hacían una raya de plata al pasar<br />

rozando la tersa superficie. En tanto que éstas<br />

permanecían recostadas aún al borde del agua con<br />

los ojos azules adormidos, aspirando con voluptuosidad<br />

el perfume de las flores y estremeciéndose<br />

ligeramente al contacto de la fresca brisa, aquéllas<br />

danzaban en vertiginosa ronda, entrelazando caprichosamente<br />

sus manos, dejando caer atrás la cabeza<br />

con delicioso abandono, e hiriendo el suelo<br />

con el pie en alternada cadencia.<br />

Era imposible seguirlas en sus ágiles movimientos,<br />

imposible abarcar con una mirada los infinitos<br />

detalles del cuadro que formaban, unas corriendo,<br />

jugando y persiguiéndose con alegres risas<br />

por entre el laberinto de los árboles; otras surcando<br />

el agua como un cisne y rompiendo la corriente con<br />

el levantado seno; otras, en fin, sumergiéndose en<br />

el fondo, donde permanecían largo rato para volver


a la superficie, trayendo una de esas flores extrañas<br />

que nacen escondidas en el lecho de las aguas<br />

profundas.<br />

La mirada del atónito montero vagaba absorta<br />

de un lado a otro, sin saber donde fijarse, hasta<br />

que, sentado bajo un pabellón de verdura que<br />

parecía servirle de dosel, y rodeado de un grupo de<br />

mujeres todas a cual más bellas, que la ayudaban a<br />

despojarse de sus ligerísimas vestiduras, creyó ver<br />

el objeto de sus ocultas adoraciones: la hija del<br />

noble don Dionís, la incomparable Constanza.<br />

Marchando de sorpresa en sorpresa, el<br />

enamorado joven no se atrevía ya a dar crédito ni al<br />

testimonio de sus sentidos, y creíase bajo la influencia<br />

de un sueño fascinador y engañoso.<br />

No obstante, pugnaba en vano por persuadirse<br />

de que todo cuanto veía era efecto del desarreglo<br />

de su imaginación; porque mientras más la<br />

miraba, y más despacio, más se convencía de que<br />

aquella mujer era Constanza.<br />

No podía caber duda, no; suyos eran aquellos<br />

ojos oscuros y sombreados de largas pestañas,<br />

que apenas bastaban a mortiguar la luz de sus pupilas;<br />

suyas aquella rubia y abundante cabellera que,


después de coronar su frente, se derramaba por su<br />

blanco seno y sus redondas espaldas como una<br />

cascada de oro; suyos, en fin aquel cuello airoso,<br />

que sostenía su lánguida cabeza, ligeramente inclinada<br />

como una flor que se rinde al peso de las gotas<br />

de rocío, y aquellas voluptuosas formas que él<br />

había soñado tal vez, y aquellas manos semejantes<br />

a manojos de jazmines, y aquellos pies diminutos,<br />

comparables sólo con dos pedazos de nieve que el<br />

sol no ha podido derretir y que a la mañana blanquean<br />

entre la verdura.<br />

En el momento en que Constanza salió del<br />

bosquecillo, sin velo alguno que ocultase a los ojos<br />

de su amante los escondidos tesoros de su hermosura,<br />

sus compañeras comenzaron nuevamente a<br />

cantar estas palabras con una melodia dulcísima.<br />

CORO<br />

«Genios del aire, habitadores del luminoso<br />

éter, venid envueltos en un jirón de niebla plateada.<br />

Silfos invisibles, dejad el cáliz de los entreabiertos<br />

lirios, venid en vuestros carros de nácar, a<br />

los que vuelan uncidas las mariposas.


Larvas de las fuentes, abandonad el techo<br />

de musgo y caed sobre nosotras en menuda lluvia<br />

de perlas.<br />

Escarabajos de esmeralda, luciérnagas de<br />

fuego, mariposas negras, ¡venid!<br />

Y venid vosotros todos, espíritus de la noche,<br />

venid zumbando como un enjambre de insectos<br />

de luz y de oro.<br />

Venid, que ya el astro protector de los misterios<br />

brilla en la plenitud de su hermosura.<br />

Venid, que ha llegado el momento de las<br />

transformaciones maravillosas.<br />

Venid, que los que os aman os esperan impacientes.»<br />

Garcés, que permanecía inmóvil, sintió al<br />

oír aquellos cantares misteriosos que el áspid de los<br />

celos le mordía el corazón, y obedeciendo a un<br />

impulso más poderoso que su voluntad, deseando<br />

romper de una vez el encanto que fascinaba sus<br />

sentidos, separó con mano trémula y convulsa el<br />

ramaje que le ocultaba, y de un solo salto se puso<br />

en la margen del río. El encanto se rompió, desvaneciose<br />

todo como el humo, y al tender en torno


suyo la vista, no vio ni oyó más que el bullicioso<br />

tropel con que las tímidas corzas, sorprendidas en<br />

lo mejor de sus nocturnos juegos, huían espantadas<br />

de su presencia, una por aquí, otra por allá, cuál<br />

salvando de un salto los matorrales, cuál ganando a<br />

todo correr la trocha del monte.<br />

-¡Oh!, bien dije yo que todas estas cosas no<br />

eran más que fantasmagorías del diablo -exclamó<br />

entonces el montero- pero por fortuna esta vez ha<br />

andado un poco torpe dejándome entre las manos<br />

la mejor presa.<br />

Y, en efecto, era así: la corza blanca, deseando<br />

escapar por el soto, se había lanzado entre el<br />

laberinto de sus árboles, y enredándose en una red<br />

de madreselvas, pugnaba en vano por desasirse.<br />

Garcés la encaró la ballesta; pero en el mismo punto<br />

en que iba a herirla, la corza se volvió hacia el<br />

montero, y con voz clara y aguda detuvo su acción<br />

con un grito, diciéndole:<br />

-Garcés, ¿qué haces? -El joven vaciló y,<br />

después de un instante de duda, dejó caer al suelo<br />

el arma, espantado a la sola idea de haber podido<br />

herir a su amante. Una sonora y estridente carcajada<br />

vino a sacarle al fin de su estupor; la corza blanca<br />

había aprovechado aquellos cortos instantes


para acabarse de desenredar y huir ligera como un<br />

relámpago, riéndose de la burla hecha al montero.<br />

-¡Ah! condenado engendro de Satanás -dijo<br />

éste con voz espantosa, recogiendo la ballesta con<br />

una rapidez indecible-; pronto has cantado la victoria,<br />

pronto te has creído fuera de mi alcance; y esto<br />

diciendo, dejó volar la saeta, que partió silbando y<br />

fue a perderse en la oscuridad del soto, en el fondo<br />

del cual sonó al mismo tiempo un grito, al que siguieron<br />

después unos gemidos sofocados.<br />

-¡Dios mío! -exclamó Garcés al percibir<br />

aquellos lamentos angustiosos-. ¡Dios mío, si será<br />

verdad! Y fuera de sí, como loco, sin darse cuenta<br />

apenas de lo que pasaba, corrió en la dirección en<br />

que había disparado la saeta, que era la misma en<br />

que sonaban los gemidos. Llegó al fin; pero al llegar,<br />

sus cabellos se erizaron de horror, las palabras<br />

se anudaron en su garganta, y tuvo que agarrarge<br />

al tronco de un árbol para no caer a tierra.<br />

Constanza, herida por su mano, expiraba<br />

allí a su vista, revolcándose en su propia sangre,<br />

entre las agudas zarzas del monte.


La rosa de pasión<br />

Una tarde de verano, y en un jardín de Toledo,<br />

me refirió esta singular historia una muchacha<br />

muy buena y muy bonita.<br />

Mientras me explicaba el misterio de su<br />

forma especial, besaba las hojas y los pistilos que<br />

iba arrancando uno a uno de la flor que da a su<br />

nombre esta leyenda.<br />

Si yo la pudiera referir con el suave encanto<br />

y la tierna sencillez que tenía en su boca, os conmovería<br />

como a mí me conmovió la historia de la<br />

infeliz Sara.<br />

Ya que esto no es posible, ahí va lo que de<br />

esa tradición se me acuerda en este instante.<br />

I<br />

En una de las callejas más oscuras y tortuosas<br />

de la ciudad imperial, empotrada y casi escondida<br />

entre la alta torre morisca de una antigua<br />

parroquia muzárabe y los sombríos y blasonados<br />

muros de una casa solariega, tenía hace muchos<br />

años su habitación raquítica, tenebrosa y miserable<br />

como su dueño, un judío llamado Daniel Leví.


Era este judío rencoroso y vengativo como<br />

todos los de su raza, pero más que ninguno engañador<br />

e hipócrita.<br />

Dueño, según los rumores del vulgo, de una<br />

inmensa fortuna, veíasele, no obstante, todo el día<br />

acurrucado en el sombrío portal de su vivienda,<br />

componiendo y aderezando cadenillas de metal,<br />

cintos viejos o guarniciones rotas, con las que traía<br />

un gran tráfico entre los truhanes del Zocodover las<br />

revendedoras del Postigo y los escuderos pobres.<br />

Aborrecedor implacable de los cristianos y<br />

de cuanto a ellos pudiera pertenecer, jamás pasó<br />

junto a un caballero principal o un canónigo de la<br />

primada sin quitarse una y hasta diez veces el mugriento<br />

bonetillo que cubría su cabeza calva y amarillenta,<br />

ni acogió en su tenducho a uno de sus habituales<br />

parroquianos sin agobiarle a fuerza de humildes<br />

salutaciones acompañadas de aduladoras sonrisas.<br />

La sonrisa de Daniel había llegado a hacerse<br />

proverbial en toda Toledo, y su mansedumbre a<br />

prueba de las jugarretas más pesadas y las burlas y<br />

rechiflas de sus vecinos, no conocía límites.


Inútilmente los muchachos, para desesperarte,<br />

tiraban piedras a su tugurio; en vano los pajecillos<br />

y hasta los hombres de armas del próximo<br />

palacio pretendían aburrirle con los nombres más<br />

injuriosos o las viejas devotas de la feligresía se<br />

santiguaban al pasar por el dintel de su puerta como<br />

si viesen al mismo Lucifer en persona. Daniel sonreía<br />

eternamente con una sonrisa extraña e indescriptible.<br />

Sus labios delgados y hundidos se dilataban a<br />

la sombra de su nariz desmesurada y corva como el<br />

pico de un aguilucho; y aunque de sus ojos pequeños,<br />

verdes, redondos y casi ocultos entre las espesas<br />

cejas brotaba una chispa de mal reprimida cólera,<br />

seguía impasible golpeando con su martillito de<br />

hierro el yunque donde aderezaba las mil baratijas<br />

mohosas y, al parecer, sin aplicación alguna de que<br />

se componía su tráfico.<br />

Sobre la puerta de la casucha del judío y<br />

dentro de un marco de azulejos de vivos colores, se<br />

abría un ajimez árabe, resto de las antiguas construcciones<br />

de los moros toledanos. Alrededor de las<br />

caladas franjas del ajimez, y enredándose por la<br />

columnilla de mármol que lo partía en dos huecos<br />

iguales, subía desde el interior de la vivienda una de<br />

esas plantas trepadoras que se mecen verdes y


llenas de savia y lozanía sobre los ennegrecidos<br />

muros de los edificios ruinosos.<br />

En la parte de la casa que recibía una dudosa<br />

luz por los estrechos vanos de aquel ajimez,<br />

único abierto en el musgoso y grieteado paredón de<br />

la calleja, habitaba Sara, la hija predilecta de Daniel.<br />

Cuando los vecinos del barrio pasaban por<br />

delante de la tienda del judío y veían por casualidad<br />

a Sara tras de las celosías de su ajimez morisco y a<br />

Daniel acurrucado junto a su yunque, exclamaban<br />

en alta voz admirados de las perfecciones de la<br />

hebrea: -¡Parece mentira que tan ruin tronco haya<br />

dado de sí tan hermoso vástago!<br />

Porque, en efecto, Sara era un prodigio de<br />

belleza. Tenía los ojos grandes y rodeados de un<br />

sombrío cerco de pestañas negras, en cuyo fondo<br />

brillaba el punto de luz de su ardiente pupila, como<br />

una estrella en el ciclo de una noche oscura. Sus<br />

labios, encendidos y rojos, parecían recortados<br />

hábilmente de un paño de púrpura por las invisibles<br />

manos de una hada. Su tez blanca, pálida y transparente<br />

como el alabastro de la estatua de un sepulcro.<br />

Contaba apenas diez y seis años, y ya se<br />

veía grabada en su rostro esa dulce tristeza de las<br />

inteligencias precoces y ya hinchaban su seno y se


escapaban de su boca esos suspiros que anuncian<br />

el vago despertar del deseo.<br />

Los judíos más poderosos de la ciudad,<br />

prendados de su maravillosa hermosura, la habían<br />

solicitado para esposa; pero la hebrea, insensible a<br />

los homenajes de sus adoradores y a los consejos<br />

de su padre, que la instaba para que eligiese un<br />

compañero antes de quedar sola en el mundo, se<br />

mantenía encerrada en un profundo silencio, sin dar<br />

más razón de su extraña conducta que el capricho<br />

de permanecer libre. Al fin un día, cansado de sufrir<br />

los desdenes de Sara y sospechando que su eterna<br />

tristeza era indicio cierto de que su corazón abrigaba<br />

algún secreto importante, uno de sus adoradores<br />

se acercó a Daniel y le dijo:<br />

-¿Sabes, Daniel, que entre nuestros hermanos<br />

se murmura de tu hija?<br />

El judío levantó un instante los ojos de su<br />

yunque, suspendió su continuo martilleo y, sin mostrar<br />

la menor emoción, preguntó a su interpelante:<br />

-¿Y qué dicen de ella?<br />

-Dicen -prosiguió su interlocutor-, dicen...<br />

qué sé yo... muchas cosas... Entre otras, que tu hija<br />

está enamorada de un cristiano...-Al llegar a este


punto, el desdeñado amante de Sara se detuvo<br />

para ver el efecto que sus palabras hacían en Daniel.<br />

Daniel levantó de nuevo sus ojos, le miró un<br />

rato fijamente sin decir palabra, y bajando otra vez<br />

la vista para seguir su interrumpida tarea, exclamó:<br />

nia?<br />

-¿Y quien dice que eso no es una calum-<br />

-Quien los ha visto conversar más de una<br />

vez en esta misma calle, mientras tú asistes al oculto<br />

sanedrín de nuestros rabinos -insistió el joven<br />

hebreo admirado de que sus sospechas primero y<br />

después sus afirmaciones no hiciesen mella en el<br />

ánimo de Daniel.<br />

Éste, sin abandonar su ocupación, fija la mirada<br />

en el yunque, sobre el que después de dejar a<br />

un lado el martillo se ocupaba en bruñir el broche de<br />

metal de una guarnición con una pequeña lima,<br />

comenzó a hablar en voz baja y entrecortada, como<br />

si maquinalmente fuese repitiendo su labio las ideas<br />

que cruzaban por su mente.<br />

-¡Je! ¡je! ¡je! -decía riéndose de una manera<br />

extraña y diabólica-. ¿Conque a mi Sara, al orgullo<br />

de la tribu, el báculo en que se apoya mi vejez,


piensa arrebatármela un perro cristiano?... ¿Y vosotros<br />

creéis que lo hará? ¡Je! ¡je! -continuaba siempre<br />

hablando para sí y siempre riéndose, mientras<br />

la lima chirriaba cada vez con más fuerza, mordiendo<br />

el metal con sus dientes de acero-. ¡Je! ¡Je! Pobre<br />

Daniel, dirán los míos, ¡ya chochea! ¿Para qué<br />

quiere ese viejo moribundo y decrépito esa hija tan<br />

hermosa y tan joven, si no sabe guardarla de los<br />

codiciosos ojos de nuestros enemigos?... ¡Je! ¡je!<br />

¡je! ¿Crees tú por ventura que Daniel duerme?<br />

¿Crees tú por ventura que si mi hija tiene un amante...<br />

que bien puede ser, y ese amante es cristiano y<br />

procura seducirla, y la seduce, que todo es posible,<br />

y proyecta huir con ella, que también es fácil, y huye<br />

mañana, por ejemplo, lo cual cabe dentro de lo<br />

humano, crees tú que Daniel se dejará así arrebatar<br />

su tesoro, crees tú que no sabrá vengarse?<br />

-Pero -exclamó interrumpiéndole el joven-,<br />

¿sabéis acaso?...<br />

-Sé -dijo Daniel levantándose y dándole un<br />

golpecito en la espalda-, sé más que tú, que nada<br />

sabes ni nada sabrías si no hubiese llegado la hora<br />

de decirlo todo... Adiós; avisa a nuestros hermanos<br />

para que cuanto antes se reúnan. Esta noche, dentro<br />

de una o dos horas, yo estaré con ellos. ¡Adiós!


Y esto diciendo, Daniel empujó suavemente<br />

a su interlocutor hacia la calle, recogió sus trabajos<br />

muy despacio y comenzó a cerrar con dobles cerrojos<br />

y aldabas la puerta de la tiendecilla.<br />

El ruido que produjo ésta al encajarse rechinando<br />

sobre sus premiosos goznes, impidió al<br />

que se alejaba oír el rumor de las celosías del ajimez<br />

que en aquel punto cayeron de golpe, como si<br />

la judía acabara de retirarse de su alféizar.<br />

II<br />

Era noche de Viernes Santo, y los habitantes<br />

de Toledo, después de haber asistido a las tinieblas<br />

en su magnífica catedral, acababan de entregarse<br />

al sueño, o referían al amor de la lumbre<br />

consejas parecidas a la del Cristo de la Luz, que<br />

robado por unos judíos, dejó un rastro de sangre<br />

por el cual se descubrió el crimen, o la historia del<br />

Santo Niño de la Guarda, en quien los implacables<br />

enemigos de nuestra fe renovaron la cruel Pasión<br />

de Jesús. Reinaba en la ciudad un silencio profundo:<br />

interrumpido a intervalos, ya por las lejanas<br />

voces de los guardias nocturnos que en aquella<br />

época velaban en derredor del alcázar, ya por los<br />

gemidos del viento que hacía girar las veletas de las<br />

torres o zumbaba entre las torcidas revueltas de las


calles, cuando el dueño de un barquichuelo que se<br />

mecía amarrado a un poste cerca de los molinos,<br />

que parecen como incrustados al pie de las rocas<br />

que baña el Tajo y sobre las que se asienta la ciudad,<br />

vio aproximarse a la orilla, bajando trabajosamente<br />

por uno de los estrechos senderos que desde<br />

lo alto de los muros conducen al río, a una persona<br />

a quien al parecer aguardaba con impaciencia.<br />

-¡Ella es! -murmuró entre dientes el barquero-.<br />

¡No parece sino que esta noche anda revuelta<br />

toda esa endiablada raza de judíos!... ¿Dónde diantres<br />

se tendrán dada cita con Satanás, qué todos<br />

acuden a mi barca teniendo tan cerca el puente?...<br />

No, no irán a nada bueno, cuando así evitan toparse<br />

de manos a boca con los hombres de armas de San<br />

Servando...; pero, en fin, ello es que me dan buenos<br />

dineros a ganar, y a su alma su palma, que yo en<br />

nada entro ni salgo.<br />

Esto diciendo el buen hombre, sentándose<br />

en su barca aparejó los remos, y cuando Sara, que<br />

no era otra la persona a quien al parecer había<br />

aguardado hasta entonces, hubo saltado al barquichuelo,<br />

soltó la amarra que lo sujetaba y comenzó a<br />

bogar en dirección a la orilla opuesta.


-¿Cuántos han pasado esta noche? -<br />

preguntó Sara al barquero apenas se hubieron alejado<br />

de los molinos y como refiriéndose a algo de<br />

que ya habían tratado anteriormente.<br />

-Ni los he podido contar -respondió el interpelado-;<br />

¡un enjambre! Parece que esta noche será<br />

la última que se reúnen.<br />

-¿Y sabes de qué tratan y con qué objeto<br />

abandonan la ciudad a estas horas?<br />

-Lo ignoro...; pero ello es que aguardan a<br />

alguien que debe de llegar esta noche... Yo no sé<br />

para qué le aguardarán, aunque presumo que para<br />

nada bueno.<br />

Después de este breve diálogo, Sara se<br />

mantuvo algunos instantes sumida en un profundo<br />

silencio y como tratando de coordinar sus ideas. -No<br />

hay duda -pensaba entre sí-; mi padre ha sorprendido<br />

nuestro amor y prepara alguna venganza horrible.<br />

Es preciso que yo sepa adónde van, qué hacen,<br />

qué intentan. Un momento de vacilación podría<br />

perderle.<br />

Cuando Sara se puso un instante de pie, y<br />

como para alejar las horribles dudas que la preocupaban<br />

se pasó la mano por la frente, que la angus-


tia había cubierto de un sudor glacial, la barca tocaba<br />

a la orilla opuesta.<br />

-Buen hombre -exclamó la hermosa hebrea<br />

arrojando algunas monedas a su conductor y señalando<br />

un camino estrecho y tortuoso que subía serpenteando<br />

por entre las rocas-, ¿es ese el camino<br />

que siguen?<br />

-Ese es, y cuando llegan a la Cabeza del<br />

Moro desaparecen por la izquierda. Después el<br />

diablo y ellos sabrán adónde se dirigen -respondió<br />

el barquero.<br />

Sara se alejó en la dirección que éste le<br />

había indicado. Durante algunos minutos se le vio<br />

aparecer y desaparecer alternativamente entre<br />

aquel oscuro laberinto de rocas oscuras y cortadas<br />

a pico: después, y cuando hubo llegado a la cima<br />

llamada la Cabeza del Moro, su negra silueta se<br />

dibujó un instante sobre el fondo azul del cielo, y por<br />

último desapareció entre las sombras de la noche.<br />

III<br />

Siguiendo el camino donde hoy se encuentra<br />

la pintoresca ermita de la Virgen del Valle, y<br />

como a dos tiros de ballesta del picacho que el vulgo<br />

conoce en Toledo por la Cabeza del Moro, exist-


ían, aún en aquella época los ruinosos restos de<br />

una iglesia bizantina, anterior a la conquista de los<br />

árabes.<br />

En el atrio que dibujaban algunos pedruscos<br />

diseminados por el suelo, crecían zarzales y hierbas<br />

parásitas, entre los que yacían medio ocultos, ya el<br />

destrozado capitel de una columna, ya un sillar groseramente<br />

esculpido con hojas entrelazadas, endriagos<br />

horribles y grotescos, e informes figuras<br />

humanas. Del templo sólo quedaban en pie los muros<br />

laterales y algunos arcos rotos y cubiertos de<br />

hiedra.<br />

Sara, a quien parecía guiar un sobrenatural<br />

presentimiento, al llegar al punto que le había señalado<br />

su conductor, vaciló algunos instantes, indecisa<br />

acerca del camino que debía seguir; pero, por último,<br />

se dirigió con paso firme y resuelto hacia las<br />

abandonadas ruinas de la iglesia.<br />

En efecto, su instinto no la había engañado.<br />

Daniel, que ya no sonreía. Daniel, que no era ya el<br />

viejo débil y humilde, sino que antes bien, despidiendo<br />

cólera de sus pequeños y redondos ojos,<br />

parecía animado del espíritu de la venganza, rodeado<br />

de una multitud como él, ávida de saciar su<br />

sed de odio en uno de los enemigos de su religión,


estaba allí y parecía multiplicarse dando órdenes a<br />

los unos, animando en el trabajo a los otros, disponiendo,<br />

en fin, con una horrible solicitud los aprestos<br />

necesarios para la consumación de la espantosa<br />

obra que había estado meditando días y días mientras<br />

golpeaba impasible el yunque en su covacha de<br />

Toledo.<br />

Sara, que a favor de la oscuridad había logrado<br />

llegar hasta el atrio de la iglesia, tuvo que<br />

hacer un esfuerzo para no arrojar un grito de horror<br />

al penetrar en su interior con la mirada. Al rojizo<br />

resplandor de una fogata que proyectaba la forma<br />

de aquel círculo infernal en los muros del templo,<br />

había creído ver que algunos hacían esfuerzos por<br />

levantar en alto una pesada cruz, mientras otros<br />

tejían una corona con las ramas de los zarzales o<br />

aplastaban sobre una piedra las puntas de los<br />

enormes clavos de hierro. Una idea espantosa<br />

cruzó por su mente; recordó que a los de su raza<br />

los habían acusado más de una vez de misteriosos<br />

crímenes; recordó vagamente la aterradora historia<br />

del Niño Crucificado, que ella hasta entonces había<br />

creído una grosera calumnia, inventada por el vulgo<br />

para apostrofar y zaherir a los hebreos.


Pero ya no le cabía duda alguna; allí, delante<br />

de sus ojos, estaban aquellos horribles instrumentos<br />

de martirio, y los feroces verdugos sólo<br />

aguardaban la víctima.<br />

Sara, llena de una santa indignación, rebosando<br />

en generosa ira y animada de esa fe inquebrantable<br />

en el verdadero Dios que su amante le<br />

había revelado, no pudo contenerse a la vista de<br />

aquel espectáculo, y rompiendo por entre la maleza<br />

que la ocultaba, presentose de improviso en el dintel<br />

del templo.<br />

Al verla aparecer, los judíos arrojaron un grito<br />

de sorpresa; y Daniel, dando un paso hacia su<br />

hija en ademán amenazante, le preguntó con voz<br />

ronca: -¿Qué buscas aquí, desdichada?<br />

-Vengo a arrojar sobre vuestras frentes -dijo<br />

Sara con voz firme y resuelta- todo el baldón de<br />

vuestra infame obra, y vengo a deciros que en vano<br />

esperáis la víctima para el sacrificio, si ya no es que<br />

intentáis cebar en mí vuestra sed de sangre; porque<br />

el cristiano a quien aguardáis no vendrá, porque yo<br />

le he prevenido de vuestras asechanzas.<br />

-¡Sara! -exclamó el judío rugiendo de cólera-,<br />

Sara, eso no es verdad; tú no puedes habernos


hecho traición hasta el punto de revelar nuestros<br />

misteriosos ritos; y si es verdad que los has revelado,<br />

tú no eres mi hija...<br />

-No; ya no lo soy: he encontrado otro padre,<br />

un padre todo amor para los suyos, un padre a<br />

quien vosotros enclavasteis en una afrentosa cruz, y<br />

que murió en ella por redimirnos, abriéndonos para<br />

una eternidad las puertas del cielo. No; ya no soy<br />

vuestra hija, porque soy cristiana y me avergüenzo<br />

de mi origen.<br />

Al oír estas palabras, pronunciadas con esa<br />

enérgica entereza que sólo pone el cielo en boca de<br />

los mártires, Daniel, ciego de furor, se arrojó sobre<br />

la hermosa hebrea, y derribándola en tierra y asiéndola<br />

por los cabellos, la arrastró como poseído de<br />

un espíritu infernal hasta el pie de la Cruz, que parecía<br />

abrir sus descarnados brazos para recibirla,<br />

exclamando al dirigirse a los que les rodeaban:<br />

-Ahí os la entrego; haced vosotros justicia<br />

de esa infame, que ha vendido su honra, su religión<br />

y a sus hermanos.<br />

IV<br />

Al día siguiente, cuando las campanas de la<br />

catedral atronaban los aires tocando a gloria, y los


honrados vecinos de Toledo se entretenían en tirar<br />

ballestazos a los judas de paja, ni más ni menos<br />

que como todavía lo hacen en algunas de nuestras<br />

poblaciones, Daniel abrió la puerta de su tenducho,<br />

como tenía de costumbre, y con su eterna sonrisa<br />

en los labios comenzó a saludar a los que pasaban,<br />

sin dejar por eso de golpear en el yunque con su<br />

martillito de hierro; pero las celosías del morisco<br />

ajimez de Sara no volvieron a abrirse, ni nadie vio<br />

más a la hermosa hebrea recostada en su alféizar<br />

de azulejos de colores.<br />

Cuentan que algunos años después un pastor<br />

trajo al arzobispo una flor hasta entonces nunca<br />

vista, en la cual se veían figurados todos los atributos<br />

del martirio del Salvador; flor extraña y misteriosa<br />

que había crecido y enredado sus tallos por entre<br />

los ruinosos muros de la derruida iglesia.<br />

Cavando en aquel lugar y tratando de inquirir<br />

el origen de aquella maravilla, añaden que se<br />

hallo el esqueleto de una mujer, y enterrados con<br />

ella otros tantos atributos divinos como la flor tenía.<br />

El cadáver, aunque nunca se pudo averiguar<br />

de quién era, se conservó por largos años con<br />

veneración especial en la ermita de San Pedro el


Verde, y la flor, que hoy se ha hecho bastante<br />

común, se llama Rosa de Pasión.<br />

FIN DEL TOMO PRIMERO


<strong>Obras</strong> <strong>completas</strong> de Gustavo Adolfo<br />

Bécquer<br />

TOMO SEGUNDO<br />

Creed en Dios<br />

Cantiga provenzal<br />

«Yo fui el verdadero Teobaldo de Montagut,<br />

barón de Fortcastell. Noble o villano,<br />

señor o pechero, tú, cualquiera que seas,<br />

que te detienes un instante al borde de mi sepu<br />

cree en Dios, como yo he creído, y ruégale por<br />

I<br />

Nobles aventureros que, puesta la lanza en<br />

la cuja, caída la visera del casco y jinetes sobre un<br />

corcel poderoso, recorréis la tierra sin más patrimonio<br />

que vuestro nombre clarísimo y vuestro montante,<br />

buscando honra y prez en la profesión de las<br />

armas: si al atravesar el quebrado valle de Montagut<br />

os han sorprendido en él la tormenta y la noche, y<br />

habéis encontrado un refugio en las ruinas del monasterio<br />

que aún se ve en su fondo, oídme.<br />

II


Pastores que seguís con lento paso a vuestras<br />

ovejas, que pacen derramadas por las colinas y<br />

las llanuras: si al conducirlas al borde del transparente<br />

riachuelo que corre, forcejea y salta por entre<br />

los peñascos del valle de Montagut, en el rigor del<br />

verano y en una siesta de fuego habéis encontrado<br />

la sombra y el reposo al pie de las derruidas arcadas<br />

del monasterio, cuyos musgosos pilares besan<br />

las ondas, oídme.<br />

III<br />

Niñas de las cercanas aldeas, lirios silvestres<br />

que crecéis felices al abrigo de vuestra humildad:<br />

si en la mañana del santo Patrono de estos<br />

lugares, al bajar al valle de Montagut a coger tréboles<br />

y margaritas con que embellecer su retablo,<br />

venciendo el temor que os inspira el sombrío monasterio<br />

que se alza en sus peñas, habéis penetrado<br />

en su claustro mudo y desierto para vagar entre<br />

sus abandonadas tumbas, a cuyos bordes crecen<br />

las margaritas más dobles y los jacintos más azules,<br />

oídme.<br />

IV<br />

Tú, noble caballero, tal vez al resplandor de<br />

un relámpago; tú, pastor errante, calcinado por los


ayos del sol; tú, en fin, hermosa niña, cubierta aún<br />

con gotas de rocío semejantes a lágrimas: todos<br />

habréis visto en aquel santo lugar una tumba, una<br />

tumba humilde. Antes la componían una piedra<br />

tosca y una cruz de palo; la cruz ha desaparecido y<br />

sólo queda la piedra. En esa tumba, cuya inscripción<br />

es el mote de mi canto, reposa en paz el último<br />

barón de Fortcastell, Teobaldo de Montagut, del<br />

cual voy a referiros la peregrina historia.<br />

I<br />

Cuando la noble condesa de Montagut estaba<br />

en cinta de su primogénito Teobaldo, tuvo un<br />

ensueño misterioso y terrible. Acaso un aviso de<br />

Dios; tal vez una vana fantasía que el tiempo realizó<br />

más adelante. Soñó que en su seno engendraba<br />

una serpiente, una serpiente monstruosa que, arrojando<br />

agudos silbidos, y ora arrastrándose entre la<br />

menuda hierba, ora replegándose sobre sí misma<br />

para saltar, huyó de su vista, escondiéndose al fin<br />

entre unas zarzas.<br />

-¡Allí está!, ¡allí está! -gritaba la condesa en<br />

su horrible pesadilla, señalando a sus servidores la<br />

zarza en que se había escondido el asqueroso reptil.


Cuando sus servidores llegaron presurosos<br />

al punto que la noble dama, inmóvil y presa de un<br />

profundo terror, les señalaba aún con el dedo, una<br />

blanca paloma se levantó de entre las breñas y se<br />

remontó a las nubes.<br />

La serpiente había desaparecido.<br />

II<br />

Teobaldo vino al mundo. Su madre murió al<br />

darlo a luz, su padre pereció algunos años después<br />

en una emboscada, peleando como bueno contra<br />

los enemigos de Dios.<br />

Desde este punto, la juventud del primogénito<br />

de Fortcastell sólo puede compararse a un<br />

huracán. Por donde pasaba se veía señalando su<br />

camino un rastro de lágrimas y de sangre. Ahorcaba<br />

a sus pecheros, se batía con sus iguales, perseguía<br />

a las doncellas, daba de palos a los monjes, y en<br />

sus blasfemias y juramentos ni dejaba santo en paz<br />

ni cosa sagrada que no maldijese.<br />

III<br />

Un día que salió de caza y que, como era<br />

su costumbre, hizo entrar a guarecerse de la lluvia a<br />

toda su endiablada comitiva de pajes licenciosos,


arqueros desalmados y siervos envilecidos, con<br />

perros, caballos y gerifaltes, en la iglesia de una<br />

aldea de sus dominios, un venerable sacerdote,<br />

arrostrando su cólera y sin temer los violentos<br />

arranques de su carácter impetuoso, le conjuró, en<br />

nombre del Cielo y llevando una hostia consagrada<br />

en sus manos, a que abandonase aquel lugar y<br />

fuese a pie y con un bordón de romero a pedir al<br />

Papa la absolución de sus culpas.<br />

-¡Déjeme en paz, viejo loco! -exclamó Teobaldo<br />

al oírle-; déjeme en paz; o, ya que no he encontrado<br />

una sola pieza durante el día, te suelto mis<br />

perros y te cazo como a un jabalí para distraerme.<br />

IV<br />

Teobaldo era hombre de hacer lo que decía.<br />

El sacerdote, sin embargo, se limitó a contestarle: -<br />

Haz lo que quieras, pero ten presente que hay un<br />

Dios que castiga y perdona, y que si muero a tus<br />

manos, borrará mis culpas del libro de su indignación,<br />

para escribir tu nombre y hacerte expiar tu<br />

crimen.<br />

-¡Un Dios que castiga y perdona! -<br />

prorrumpió el sacrílego barón con una carcajada-.<br />

Yo no creo en Dios, y para darte una prueba voy a


cumplirte lo que te he prometido; porque, aunque<br />

poco rezador, soy amigo de no faltar a mis palabras.<br />

¡Raimundo! ¡Gerardo! ¡Pedro! Azuzad la jauría,<br />

dadme el venablo, tocad el alalí en vuestras trompas,<br />

que vamos a darle caza a este imbécil, aunque<br />

se suba a los retablos de sus altares.<br />

V<br />

Ya, después de dudar un instante y a una<br />

nueva orden de su señor, comenzaban los pajes a<br />

desatar los lebreles, que aturdían la iglesia con sus<br />

ladridos; ya el barón había armado su ballesta riendo<br />

con una risa de Satanás, y el venerable sacerdote<br />

murmurando una plegaria, elevaba sus ojos al<br />

cielo y esperaba tranquilo la muerte, cuando se oyó<br />

fuera del sagrado recinto una vocería terrible, bramidos<br />

de trompas que hacían señales de ojeo, y<br />

gritos de -¡Al jabalí! -¡Por las breñas! -¡Hacia el<br />

monte! Teobaldo, al anuncio de la deseada res,<br />

corrió a las puertas del santuario, ebrio de alegría;<br />

tras él fueron sus servidores, y con sus servidores<br />

los caballos y los lebreles.<br />

VI<br />

-¿Por dónde va el jabalí? -preguntó el barón<br />

subiendo a su corcel, sin apoyarse en el estribo ni


desarmar la ballesta. -Por la cañada que se extiende<br />

al pie de esas colinas -le respondieron. Sin escuchar<br />

la última palabra, el impetuoso cazador hundió<br />

su acicate de oro en el ijar del caballo, que partió<br />

al escape. Tras él partieron todos.<br />

Los habitantes de la aldea, que fueron los<br />

primeros en dar la voz de alarma, y que al aproximarse<br />

el terrible animal se habían guarecido en sus<br />

chozas, asomaron tímidamente la cabeza a los quicios<br />

de sus ventanas; y cuando vieron desaparecer<br />

la infernal comitiva por entre el follaje de la espesura,<br />

se santiguaron en silencio.<br />

VII<br />

Teobaldo iba delante de todos. Su corcel,<br />

más ligero o más castigado que los de sus servidores,<br />

seguía tan de cerca a la res, que dos o tres<br />

veces, dejándole la brida sobre el cuello al fogoso<br />

bruto, se había empinado sobre los estribos y<br />

echándose al hombro la ballesta para herirlo. Pero<br />

el jabalí, al que sólo divisaba a intervalos entre los<br />

espesos matorrales, tornaba a desaparecer de su<br />

vista para mostrársele de nuevo fuera del alcance<br />

de su arma.


Así corrió muchas horas, atravesó las cañadas<br />

del valle y el pedregoso lecho del río, e internándose<br />

en un bosque inmenso, se perdió entre<br />

sus sombrías revueltas, siempre fijos los ojos en la<br />

codiciada res, siempre creyendo alcanzarla, siempre<br />

viéndose burlado por su agilidad maravillosa.<br />

VIII<br />

Por último, pudo encontrar una ocasión propicia,<br />

tendió el brazo y voló la saeta que fue a clavarse<br />

temblando en el lomo del terrible animal, que<br />

dio un salto y un espantoso bufido. -¡Muerto está! -<br />

exclama con un grito de alegría el cazador, volviendo<br />

a hundir por la centésima vez el acicate en el<br />

sangriento ijar de su caballo-; ¡muerto está!, en balde<br />

huye. El rastro de la sangre que arroja marca su<br />

camino. Y esto diciendo comenzó a hacer en la<br />

bocina la señal del triunfo para que la oyesen sus<br />

servidores.<br />

En aquel instante el corcel se detuvo, flaquearon<br />

sus piernas, un ligero temblor agitó sus<br />

contraídos músculos, y cayó al suelo desplomado<br />

arrojando por la hinchada nariz cubierta de espuma<br />

un caño de sangre.


Había muerto de fatiga, había muerto cuando<br />

la carrera del herido jabalí comenzaba a acortarse,<br />

cuando bastaba un solo esfuerzo más para alcanzarlo.<br />

IX Pintar la ira del colérico Teobaldo sería<br />

imposible. Repetir sus maldiciones y sus blasfemias,<br />

sólo repetirlas, fuera escandaloso e impío.<br />

Llamó a grandes voces a sus servidores, y únicamente<br />

le contestó el eco en aquellas inmensas soledades,<br />

y se arrancó los cabellos y se mesó las<br />

barbas, presa de la más espantosa desesperación. -<br />

Le seguiré a la carrera, aun cuando haya de reventarme<br />

-exclamó al fin, armando de nuevo su ballesta<br />

y disponiéndose a seguir a la res; pero en aquel<br />

momento sintió ruido a sus espaldas, se entreabrieron<br />

las ramas de la espesura y se presentó a sus<br />

ojos un paje que traía del diestro un corcel negro<br />

como la noche.<br />

-El cielo me lo envía -dijo el cazador,<br />

lanzándose sobre sus lomos ágil como un gamo. El<br />

paje, que era delgado, muy delgado, y amarillo como<br />

la muerte, se sonrió de una manera extraña al<br />

presentarle la brida.<br />

X


El caballo relinchó con una fuerza que hizo<br />

estremecer el bosque; dio un bote increíble, un bote<br />

en que se levantó más de diez varas del suelo, y el<br />

aire comenzó a zumbar en los oídos del jinete, como<br />

zumba una piedra arrojada por la honda. Había<br />

partido al escape; pero a un escape tan rápido que,<br />

temeroso de perder los estribos y caer a tierra turbado<br />

por el vértigo, tuvo que cerrar los ojos y agarrarse<br />

con ambas manos a sus flotantes crines.<br />

Y sin agitar sus riendas, sin herirle con el<br />

acicate ni animarlo con la voz, el corcel corría, corría<br />

sin detenerse. ¿Cuánto tiempo corrió Teobaldo<br />

con él, sin saber por dónde, sintiendo que las ramas<br />

le abofeteaban el rostro al pasar, y los zarzales<br />

desgarraban sus vestidos, y el viento silbaba a su<br />

alrededor? Nadie lo sabe.<br />

XI<br />

Cuando, recobrado el ánimo, abrió los ojos<br />

un instante para arrojar en torno suyo una mirada<br />

inquieta se encontró lejos, muy lejos de Montagut, y<br />

en unos lugares para él completamente extraños. El<br />

corcel corría, corría sin detenerse, y árboles, rocas,<br />

castillos y aldeas pasaban a su lado como una exhalación.<br />

Nuevos y nuevos horizontes se abrían<br />

ante su vista; horizontes que se borraban para dejar


lugar a otros más y más desconocidos. Valles angostos,<br />

herizados de colosales fragmentos de granito<br />

que las tempestades habían arrancado de la<br />

cumbre de las montañas; alegres campiñas, cubiertas<br />

de un tapiz de verdura y sembradas de blancos<br />

caseríos; desiertos sin límites, donde hervían las<br />

arenas calcinadas por los rayos de un sol de fuego;<br />

vastas soledades, llanuras inmensas, regiones de<br />

eternas nieves, donde los gigantescos témpanos<br />

asemejaban, destacándose sobre un cielo gris y<br />

oscuro, blancos fantasmas que extendían sus brazos<br />

para asirle por los cabellos al pasar, todo esto, y<br />

mil y mil otras cosas que yo no podré deciros, vio en<br />

su fantástica carrera, hasta tanto que, envuelto en<br />

una niebla oscura, dejó de percibir el ruido que producían<br />

los cascos del caballo al herir la tierra.<br />

I<br />

Nobles caballeros, sencillos pastores, hermosas<br />

niñas, que escucháis mi relato: si os maravilla<br />

lo que os cuento, no creáis que es un fábula<br />

tejida a mi antojo para sorprender vuestra credulidad;<br />

de boca en boca ha llegado hasta mí esta tradición<br />

y la leyenda del sepulcro que aún subsiste en<br />

el monasterio de Montagut es un testimonio irrecusable<br />

de la veracidad de mis palabras.


Creed, pues, lo que he dicho, y creed lo que<br />

aún me resta por decir, que es tan cierto como lo<br />

anterior, aunque más maravilloso. Yo podré acaso<br />

adornar con algunas galas de la poesía el desnudo<br />

esqueleto de esta sencilla y terrible historia, pero<br />

nunca me apartaré un punto de la verdad a sabiendas.<br />

II<br />

Cuando Teobaldo dejó de percibir las pisadas<br />

de su corcel y se sintió lanzado en el vacío, no<br />

pudo reprimir un involuntario estremecimiento de<br />

terror. Hasta entonces había creído que los objetos<br />

que se representaban a sus ojos eran fantasmas de<br />

su imaginación, turbada por el vértigo, y que su<br />

corcel corría desbocado, es verdad, pero corría sin<br />

salir del término de su señorío. Ya no le quedaba<br />

duda de que era juguete de un poder sobrenatural,<br />

que le arrastraba, sin que supiese adonde, a través<br />

de aquellas nieblas oscuras, de aquellas nubes de<br />

formas caprichosas y fantásticas, en cuyo seno, que<br />

se iluminaba a veces con el resplandor de un<br />

relámpago, creía distinguir las hirvientes centellas,<br />

próximas a desprenderse.<br />

El corcel corría, o mejor dicho, nadaba en<br />

aquel océano de vapores caliginosos y encendidos,


y las maravillas del cielo comenzaron a desplegarse<br />

unas tras otras ante los espantados ojos de su jinete.<br />

III<br />

Cabalgando sobre las nubes, vestidos de<br />

luengas túnicas con orlas de fuego, suelta al<br />

huracán la encendida cabellera y blandiendo sus<br />

espadas que relampagueaban arrojando chispas de<br />

cárdena luz, vio a los ángeles, ministros de la cólera<br />

del Señor, cruzar como un formidable ejército sobre<br />

las alas de la tempestad.<br />

Y subió más alto, y creyó divisar a lo lejos<br />

las tormentosas nubes semejantes a un mar de<br />

lava, y oyó mugir el trueno a sus pies como muge el<br />

Océano azotando la roca desde cuya cima le contempla<br />

el atónito peregrino.<br />

IV<br />

Y vio el arcángel, blanco como la nieve, que<br />

sentado sobre un inmenso globo de cristal, lo dirige<br />

por el espacio en las noches serenas, como un bajel<br />

de plata sobre la superficie de un lago azul.<br />

Y vio el sol volteando encendido sobre ejes<br />

de oro en una atmósfera de colores y de fuego, y en


su foco a los ígneos espíritus que habitan incólumes<br />

entre las llamas, y desde su ardiente seno entonan<br />

al Criador himnos de alegría.<br />

Vio los hilos de luz imperceptibles que atan<br />

los hombres a las estrellas, y vio el arco iris, echado<br />

como un puente colosal sobre el abismo que separa<br />

al primer cielo del segundo.<br />

V<br />

Por una escala misteriosa vio bajar las almas<br />

a la tierra: vio bajar muchas y subir pocas. Cada<br />

una de aquellas almas inocentes iba acompañada<br />

de un arcángel purísimo que le cubría con la<br />

sombra de sus alas. Los que tornaban solos tornaban<br />

en silencio y con lágrimas en los ojos; los que<br />

no, subían cantando como suben las alondras en<br />

las mañanas de Abril.<br />

Después, las tinieblas rosadas y azules que<br />

flotaban en el espacio como cortinas de gasa transparente,<br />

se rasgaron como el día de gloria se rasga<br />

en nuestros templos el velo de los altares; y el paraíso<br />

de los justos se ofreció a sus miradas deslumbrador<br />

y magnífico.<br />

VI


Allí estaban los santos profetas que habréis<br />

visto groseramente esculpidos en las portadas de<br />

piedra de nuestras catedrales; allí las vírgenes luminosas,<br />

que intenta en vano copiar de sus sueños<br />

el pintor, en los vidrios de colores de las ojivas; allí<br />

los querubines, con sus largas y flotantes vestiduras<br />

y sus nimbos de oro, como los de las tablas de los<br />

altares; allí, en fin, coronada de estrellas, vestida de<br />

luz, rodeada de todas las jerarquías celestes, y<br />

hermosa sobre toda ponderación, Nuestra Señora<br />

de Monserrat, la Madre Dios, la reina de los arcángeles,<br />

el amparo de los pecadores y el consuelo de<br />

los afligidos.<br />

VII<br />

Más allá el paraíso de los justos, más allá el<br />

trono donde se sienta la Virgen María. El ánimo de<br />

Teobaldo se sobrecogió temeroso, y un hondo pavor<br />

se apoderó de su alma. La eterna soledad; el<br />

eterno silencio viven en aquellas regiones; que conducen<br />

al misterioso santuario del Señor. De cuando<br />

en cuando azotaba su frente una ráfaga de aire, frío<br />

como la hoja de un puñal, que crispaba sus cabellos<br />

de horror y penetraba hasta la médula de sus huesos,<br />

ráfagas semejantes a las que anunciaban a los<br />

profetas la aproximación del espíritu divino. Al fin


llegó a un punto donde creyó percibir un rumor sordo,<br />

que pudiera compararse al zumbido lejano de<br />

un enjambre de abejas, cuando, en las tardes del<br />

otoño, revolotean en derredor de las últimas flores.<br />

VIII<br />

Atravesaba esa fantástica región adonde<br />

van todos los acentos de la tierra, los sonidos que<br />

decimos que se desvanecen, las palabras que juzgamos<br />

que se pierden en el aire, los lamentos que<br />

creemos que nadie oye.<br />

Aquí, en un círculo armónico, flotan las plegarias<br />

de los niños, las oraciones de las vírgenes,<br />

los salmos de los piadosos eremitas, las peticiones<br />

de los humildes, las castas palabras de los limpios<br />

de corazón, las resignadas quejas de los que padecen,<br />

los ayes de los que sufren y los himnos de los<br />

que esperan. Teobaldo oyó entre aquellas voces,<br />

que palpitaban aún en el éter luminoso, la voz de su<br />

santa madre que pedía a Dios por él; pero no oyó la<br />

suya.<br />

IX<br />

Más allá hirieron sus oídos con un estrépito<br />

discordante mil y mil acentos ásperos y roncos,<br />

blasfemias, gritos de venganzas, cantares de org-


ías, palabras lúbricas, maldiciones de la desesperación,<br />

amenazas de impotencia y juramentos sacrílegos<br />

de la impiedad.<br />

Teobaldo atravesó el segundo círculo con la<br />

rapidez que el meteoro cruza el cielo en una tarde<br />

de verano, por no oír su voz que vibraba allí sonante<br />

y atronadora, sobreponiéndose a las otras voces<br />

en medio de aquel concierto infernal.<br />

-¡No creo en Dios! ¡No creo en Dios! -<br />

decían aún su acento agitándose en aquel océano<br />

de blasfemias; y Teobaldo comenzaba a creer.<br />

X<br />

Dejó atrás aquellas regiones y atravesó<br />

otras inmensidades llenas de visiones terribles, que<br />

ni él pudo comprender ni yo acierto a concebir, y<br />

llegó al cabo al último círculo de la espiral de los<br />

cielos, donde los serafines adoran al Señor, cubierto<br />

el rostro con las triples alas y prosternados a sus<br />

pies.<br />

Él quiso mirarlo.<br />

Un aliento de fuego abrasó su cara, un mar<br />

de luz oscureció sus ojos, un trueno gigante retumbó<br />

en sus oídos, y, arrancado del corcel y lan-


zado al vacío como la piedra candente que arroja un<br />

volcán, se sintió bajar y bajar sin caer nunca, ciego,<br />

abrasado y ensordecido, como cayó el ángel rebelde<br />

cuando Dios derribó el pedestal de su orgullo<br />

con un soplo de sus labios.<br />

I<br />

La noche había cerrado y el viento gemía<br />

agitando las hojas de los árboles, por entre cuyas<br />

frondosas ramas se deslizaba un suave rayo de<br />

luna, cuando Teobaldo, incorporándose sobre el<br />

codo y restregándose los ojos como si despertara<br />

de un profundo sueño, tendió alrededor una mirada<br />

y se encontró en el mismo bosque donde hirió al<br />

jabalí, donde cayó muerto su corcel, donde le dieron<br />

aquella fantástica cabalgadura que le había arrastrado<br />

a unas regiones desconocidas y misteriosas.<br />

Un silencio de muerte reinaba en su alrededor;<br />

un silencio que sólo interrumpía el lejano bramido<br />

de los ciervos, el temeroso murmullo de las<br />

hojas y el eco de una campana distante que de vez<br />

en cuando traía el viento en sus ráfagas.<br />

-Habré soñado dijo el barón; y emprendió su<br />

camino a través del bosque, y salió al fin a la llanura.


II<br />

En lontananza, y sobre las rocas de Montagut,<br />

vio destacarse la negra silueta de su castillo<br />

sobre el fondo azulado y transparente del cielo de la<br />

noche. -Mi castillo está lejos y estoy cansado -<br />

murmuró-; esperaré el día en un lugar cercano -y se<br />

dirigió al lugar. Llamó a una puerta. -¿Quién sois? -<br />

le preguntaron. -El barón de Fortcastell -respondió,<br />

y se le rieron en sus barbas. Llamó a otra. -¿Quién<br />

sois y qué queréis? -tornaron a preguntarle. -<br />

Vuestro señor -insistió el caballero, sorprendido de<br />

que no le conociesen-; Teobaldo de Montagut. -<br />

¡Teobaldo de Montagut! -dijo colérica su interlocutora,<br />

que no era una vieja-; ¡Teobaldo de Montagut el<br />

del cuento! ¡Bah!... Seguid vuestro camino, y no<br />

vengáis a sacar de su sueño a las gentes honradas<br />

para decirles chanzonetas insulsas.<br />

III<br />

Teobaldo, lleno de asombro, abandonó la<br />

aldea y se dirigió al castillo, a cuyas puertas llegó<br />

cuando apenas clareaba el día. El foso estaba cegado,<br />

con los sillares de las derruidas almenas; el<br />

puente levadizo, inútil ya se pudría colgado aún de<br />

sus fuertes tirantes de hierro, cubiertos de orín por<br />

la acción de los años; en la torre del homenaje tañía


lentamente una campana; frente al arco principal de<br />

la fortaleza sobre un pedestal de granito se elevaba<br />

una cruz; en los muros no se veía un solo soldado;<br />

y, confuso y sordo, parecía que de su seno se elevaba<br />

como un murmullo lejano, un himno religioso,<br />

grave, solemne y magnífico.<br />

-¡Y éste es mi castillo, no hay duda! -decía<br />

Teobaldo, paseando su inquieta mirada de un punto<br />

a otro, sin acertar a comprender lo que le pasaba-.<br />

¡Aquél es mi escudo, grabado aún sobre la clave del<br />

arco! ¡Ese es el valle de Montagut! Estas tierras que<br />

domino, el señorío de Fortcastell...<br />

En aquel instante las pesadas hojas de la<br />

puerta giraron sobre sus goznes y apareció en su<br />

dintel un religioso.<br />

IV<br />

-¿Quién sois y qué hacéis aquí? -preguntó<br />

Teobaldo al monje.<br />

-Yo soy -contestó éste- un humilde servidor<br />

de Dios, religioso del monasterio del Montagut.<br />

-Pero... -interrumpió el barón- Montagut ¿no<br />

es un señorío?


-Lo fue... -prosiguió el monje- hace mucho<br />

tiempo... A su último señor, según cuentan, se lo<br />

llevó el diablo; y como no tenía a nadie que le sucediese<br />

en el feudo, los condes soberanos hicieron<br />

donación de estas tierras a los religiosos de nuestra<br />

regla, que están aquí desde habrá cosa de ciento a<br />

ciento veinte años. Y vos, ¿quién sois?<br />

-Yo... -balbuceó el barón de Fortcastell,<br />

después de un largo rato de silencio-; yo soy... un<br />

miserable pecador que arrepentido de sus faltas,<br />

viene a confesarlas a vuestro abad, y a pedirle que<br />

lo admita en el seno de su religión.


La promesa<br />

I<br />

Margarita lloraba con el rostro oculto entre<br />

las manos; lloraba sin gemir, pero las lágrimas corrían<br />

silenciosas a lo largo de sus mejillas, deslizándose<br />

por entre sus dedos para caer en la tierra<br />

hacia la que había doblado su frente.<br />

Junto a Margarita estaba Pedro, quien levantaba<br />

de cuando en cuando los ojos para mirarla,<br />

y viéndola llorar tornaba a bajarlos, guardando a su<br />

vez un silencio profundo.<br />

Y todo callaba alrededor y parecía respetar<br />

su pena. Los rumores del campo se apagaban; el<br />

viento de la tarde dormía, y las sombras comenzaban<br />

a envolver los espesos árboles del soto.<br />

Así transcurrieron algunos minutos, durante<br />

los cuales se acabó de borrar el rastro de luz que el<br />

sol había dejado al morir en el horizonte; la luna<br />

comenzó a dibujarse vagamente sobre el fondo<br />

violado del cielo del crepúsculo, y unas tras otras<br />

fueron apareciendo las mayores estrellas.


Pedro rompió al fin aquel silencio angustioso,<br />

exclamando con voz sorda y entrecortada y<br />

como si hablase consigo mismo:<br />

-¡Es imposible... imposible!<br />

Después, acercándose a la desconsolada<br />

niña y tomando una de sus manos, prosiguió con<br />

acento más cariñoso y suave:<br />

-Margarita, para ti el amor es todo, y tú no<br />

ves nada más allá del amor. No obstante, hay algo<br />

tan respetable como nuestro cariño, y es mi deber.<br />

Nuestro señor el conde de Gómara parte mañana<br />

de su castillo para reunir su hueste a las del rey Don<br />

Fernando, que va a sacar a Sevilla del poder de los<br />

infieles, y yo debo partir con el conde. Huérfano<br />

oscuro, sin nombre y sin familia, a él le debo cuanto<br />

soy. Yo le he servido en el ocio de las paces, he<br />

dormido bajo su techo, me he calentado en su<br />

hogar y he comido el pan a su mesa. Si hoy le<br />

abandono, mañana sus hombres de armas, al salir<br />

en tropel por las poternas de su castillo, preguntarán<br />

maravillados de no verme: -¿Dónde está el<br />

escudero favorito del conde de Gómara? Y mi señor<br />

callará con vergüenza, y sus pajes y sus bufones<br />

dirán en son de mofa: -El escudero del conde no es<br />

más que un galán de justes, un lidiador de cortesía.


Al llegar a este punto, Margarita levantó sus<br />

ojos llenos de lágrimas para fijarlos en los de su<br />

amante, y removió los labios como para dirigirle la<br />

palabra; pero su voz se ahogó en un sollozo.<br />

Pedro, con acento aún más dulce y persuasivo,<br />

prosiguió así:<br />

-No llores, por Dios, Margarita; no llores,<br />

porque tus lágrimas me hacen daño. Voy a alejarme<br />

de ti; mas yo volveré después de haber conseguido<br />

un poco de gloria para mi nombre oscuro...<br />

El cielo nos ayudará en la santa empresa;<br />

conquistaremos a Sevilla, y el rey nos dará feudos<br />

en las riberas del Guadalquivir a los conquistadores.<br />

Entonces volveré en tu busca y nos iremos juntos a<br />

habitar en aquel paraíso de los árabes, donde dicen<br />

que hasta el cielo es más limpio y más azul que el<br />

de Castilla.<br />

Volveré, te lo juro; volveré a cumplir la palabra<br />

solemnemente empeñada el día en que puse en<br />

tus manos ese anillo, símbolo de una promesa.<br />

-¡Pedro! -exclamó entonces Margarita dominando<br />

su emoción y con voz resuelta y firme-. Ve,<br />

ve a mantener tu honra; -y al pronunciar estas palabras,<br />

se arrojó por última vez en brazos de su


amante. Después añadió con acento más sordo y<br />

conmovido:- Ve a mantener tu honra pero vuelve...,<br />

vuelve a traerme la mía.<br />

Pedro besó la frente de Margarita, desató<br />

su caballo, que estaba sujeto a uno de los árboles<br />

del soto, y se alejó al galope por el fondo de la alameda.<br />

Margarita siguió a Pedro con los ojos hasta<br />

que su sombra se confundió entre la niebla de la<br />

noche; y cuando ya no pudo distinguirle, se volvió<br />

lentamente al lugar, donde la aguardaban sus hermanos.<br />

-Ponte tus vestidos de gala -le dijo uno de<br />

ellos al entrar-, que mañana vamos a Gómara con<br />

todos los vecinos del pueblo para ver al conde que<br />

se marcha a Andalucía.<br />

-A mí más me entristece que me alegra ver<br />

irse a los que acaso no han de volver -respondió<br />

Margarita con un suspiro.<br />

-Sin embargo -insistió el otro hermano-, has<br />

de venir con nosotros y has de venir compuesta y<br />

alegre: así no dirán las gentes murmuradoras que<br />

tienes amores en el castillo y que tus amores se van<br />

a la guerra.


II<br />

Apenas rayaba en el cielo la primera luz del<br />

alba, cuando empezó a oírse por todo el campo de<br />

Gómara la aguda trompetería de los soldados del<br />

conde, y los campesinos que llegaban en numerosos<br />

grupos de los lugares cercanos vieron desplegarse<br />

al viento el pendón señorial en la torre más<br />

alta de la fortaleza.<br />

Unos sentados al borde de los fosos, otros<br />

subidos en las copas de los árboles, éstos vagando<br />

por la llanura; aquéllos coronando las cumbres de<br />

las colinas, los de más allá formando un cordón a lo<br />

largo de la calzada, ya haría cerca de una hora que<br />

los curiosos esperaban el espectáculo, no sin que<br />

algunos comenzaran a impacientarse, cuando volvió<br />

a sonar de nuevo el toque de los clarines, rechinaron<br />

las cadenas del puente, que cayó con pausa<br />

sobre el foso, y se levantaron los rastrillos, mientras<br />

se abrían de par en par y gimiendo sobre sus goznes<br />

las pesadas puertas del arco que conducía al<br />

patio de armas.<br />

La multitud corrió a agolparse en los ribazos<br />

del camino para ver más a su sabor las brillantes<br />

armaduras y los lujosos arreos del séquito del con-


de de Gómara, célebre en toda la comarca por su<br />

esplendidez y sus riquezas.<br />

Rompieron la marcha los farautes que deteniéndose<br />

de trecho en trecho, pregonaban en voz<br />

alta y a son de caja las cédulas del rey llamando a<br />

sus feudatarios a la guerra de moros, y requiriendo<br />

a las villas y lugares libres para que diesen paso y<br />

ayuda a sus huestes.<br />

A los farautes siguieron los heraldos de corte,<br />

ufanos con sus casullas de seda, sus escudos<br />

bordados de oro y colores y sus birretes guarnecidos<br />

de plumas vistosas.<br />

Después vino el escudero mayor de la casa,<br />

armado de punta en blanco, caballero sobre un<br />

potro morcillo, llevando en sus manos el pendón de<br />

rico-hombre con sus motes y sus calderas, y al estribo<br />

izquierdo el ejecutor de las justicias del señorío,<br />

vestido de negro y rojo.<br />

Precedían al escudero mayor hasta una<br />

veintena de aquellos famosos trompeteros de la<br />

tierra llana, célebres en las crónicas de nuestros<br />

reyes por la increíble fuerza de sus pulmones.<br />

Cuando dejó de herir el viento el agudo<br />

clamor de la formidable trompetería, comenzó a


oírse un rumor sordo, acompasado y uniforme. Eran<br />

los peones de la mesnada, armados de largas picas<br />

y provistos de sendas adargas de cuero. Tras éstos<br />

no tardaron en aparecer los aparejadores de las<br />

máquinas, con sus herramientas y sus torres de<br />

palo, las cuadrillas de escaladores y la gente menuda<br />

del servicio de las acémilas.<br />

Luego, envueltos en la nube de polvo que<br />

levantaba el casco de sus caballos, y lanzando<br />

chispas de luz de sus petos de hierro, pasaron los<br />

hombres de armas del castillo formados en gruesos<br />

pelotones, que semejaban a lo lejos un bosque de<br />

lanzas.<br />

Por último, precedido de los timbaleros, que<br />

montaban poderosas mulas con gualdrapas y penachos,<br />

rodeado de sus pajes, que vestían ricos trajes<br />

de seda y oro, y seguido de los escuderos de su<br />

casa, apareció el conde.<br />

Al verle, la multitud levantó un clamor inmenso<br />

para saludarle, y entre la confusa vocería se<br />

ahogó el grito de una mujer, que en aquel momento<br />

cayó desmayada y como herida de un rayo en los<br />

brazos de algunas personas que acudieron a socorrerla.<br />

Era Margarita, Margarita que había conocido<br />

a su misterioso amante en el muy alto y muy temido


señor conde de Gómara, uno de los más nobles y<br />

poderosos feudatarios de la corona de Castilla.<br />

III<br />

El ejército de Don Fernando, después de<br />

salir de Córdoba, había venido por sus jornadas<br />

hasta Sevilla, no sin haber luchado antes en Écija,<br />

Carmona y Alcalá del Río de Guadaira, donde, una<br />

vez expugnado el famoso castillo, puso los reales a<br />

la vista de la ciudad de los infieles.<br />

El conde de Gómara estaba en la tienda<br />

sentado en un escaño de alerce, inmóvil, pálido,<br />

terrible, las manos cruzadas sobre la empuñadura<br />

del montante y los ojos fijos en el espacio, con esa<br />

vaguedad del que parece mirar un objeto y, sin embargo,<br />

no ve nada de cuanto hay a su alrededor.<br />

A un lado y de pie, le hablaba el más antiguo<br />

de los escuderos de su casa, el único que en<br />

aquellas horas de negra melancolía hubiera osado<br />

interrumpirle sin atraer sobre su cabeza la explosión<br />

de su cólera. -¿Qué tenéis, señor? -le decía-. ¿Qué<br />

mal os aqueja y consume? Triste vais al combate y<br />

triste volvéis, aun tornando con la victoria. Cuando<br />

todos los guerreros duermen rendidos a la fatiga del<br />

día, os oigo suspirar angustiado; y si corro a vuestro


lecho, os miro allí luchar con algo invisible que os<br />

atormenta. Abrís los ojos, y vuestro terror no se<br />

desvanece. ¿Qué os pasa, señor? Decídmelo. Si es<br />

un secreto, yo sabré guardarlo en el fondo de mi<br />

memoria como en un sepulcro.<br />

El conde parecía no oír al escudero; no obstante,<br />

después de un largo espacio, y como si las<br />

palabras hubiesen tardado todo aquel tiempo en<br />

llegar desde sus oídos a su inteligencia, salió poco<br />

a poco de su inmovilidad y, atrayéndole hacia sí<br />

cariñosamente, le dijo con voz grave y reposada:<br />

-He sufrido mucho en silencio. Creyéndome<br />

juguete de una vana fantasía, hasta ahora he callado<br />

por vergüenza; pero no, no es ilusión lo que me<br />

sucede.<br />

Yo debo de hallarme bajo la influencia de<br />

alguna maldición terrible. El cielo o el infierno deben<br />

de querer algo de mí, y lo avisan con hechos sobrenaturales.<br />

¿Te acuerdas del día de nuestro encuentro<br />

con los moros de Nebrija en el aljarafe de Triana?<br />

Éramos pocos; la pelea fue dura y yo estuve a punto<br />

de perecer. Tú lo viste: en lo más reñido del combate,<br />

mi caballo herido y ciego de furor se precipitó


hacia el grueso de la hueste mora. Yo pugnaba en<br />

balde por contenerle; las riendas se habían escapado<br />

de mis manos, y el fogoso animal corría llevándome<br />

a una muerte segura.<br />

Ya los moros, cerrando sus escuadrones,<br />

apoyaban en tierra el cuento de sus largas picas<br />

para recibirme en ellas; una nube de saetas silbaba<br />

en mis oídos: el caballo estaba a algunos pies de<br />

distancia del muro de hierro en que íbamos a estrellarnos,<br />

cuando..., créeme, no fue una ilusión, vi una<br />

mano que agarrándole de la brida lo detuvo con una<br />

fuerza sobrenatural, y volviéndole en dirección a las<br />

filas de mis soldados, me salvó milagrosamente.<br />

En vano pregunté a unos y otros por mi salvador;<br />

nadie le conocía, nadie le había visto.<br />

-Cuando volabais a estrellaros en la muralla<br />

de picas -me dijeron-, ibais solo, completamente<br />

solo; por eso nos maravillamos al veros tornar, sabiendo<br />

que ya el corcel no obedecía al jinete.<br />

-Aquella noche entré preocupado en mi<br />

tienda; quería en vano arrancarme de la imaginación<br />

el recuerdo de la extraña aventura; mas al dirigirme<br />

al lecho, torné a ver la misma mano, una mano<br />

hermosa, blanca hasta la palidez, que descorrió


las cortinas, desapareciendo después de descorrerlas.<br />

Desde entonces, a todas horas, en todas partes,<br />

estoy viendo esa mano misteriosa que previene<br />

mis deseos y se adelanta a mis acciones. La he<br />

visto, al expugnar el castillo de Triana, coger entre<br />

sus dedos y partir en el aire una saeta que venía a<br />

herirme; la he visto, en los banquetes donde procuraba<br />

ahogar mi pena entre la confusión y el tumulto,<br />

escanciar el vino en mi copa, y siempre se halla<br />

delante de mis ojos, y por donde voy me sigue: en<br />

la tienda, en el combate, de día, de noche.... ahora<br />

mismo, mírala, mírala aquí apoyada suavemente en<br />

mis hombros.<br />

Al pronunciar estas últimas palabras, el<br />

conde se puso de pie y dio algunos pasos como<br />

fuera de sí y embargado de un terror profundo.<br />

El escudero se enjugó una lágrima que corría<br />

por sus mejillas. Creyendo loco a su señor, no<br />

insistió, sin embargo, en contrariar sus ideas, y se<br />

limitó a decirle con voz profundamente conmovida:<br />

-Venid..., salgamos un momento de la tienda;<br />

acaso la brisa de la tarde refrescará vuestras<br />

sienes, calmando ese incomprensible dolor, para el<br />

que yo no hallo palabras de consuelo.


IV<br />

El real de los cristianos se extendía por todo<br />

el campo de Guadaira, hasta tocar en la margen<br />

izquierda del Guadalquivir. Enfrente del real y destacándose<br />

sobre el luminoso horizonte, se alzaban<br />

los muros de Sevilla flanqueados de torres almenadas<br />

y fuertes. Por encima de la corona de almenas<br />

rebosaba la verdura de los mil jardines de la morisca<br />

ciudad, y entre las oscuras manchas del follaje<br />

lucían los miradores blancos como la nieve, los<br />

minaretes de las mezquitas y la gigantesca atalaya,<br />

sobre cuyo aéreo pretil lanzaban chispas de luz,<br />

heridas por el sol, las cuatro grandes bolas de oro,<br />

que desde el campo de los cristianos parecían cuatro<br />

llamas.<br />

La empresa de Don Fernando, una de las<br />

más heroicas y atrevidas de aquella época, había<br />

traído a su alrededor a los más célebres guerreros<br />

de los diferentes reinos de la Península, no faltando<br />

algunos que de países extraños y distantes vinieran<br />

también; llamados por la fama, a unir sus esfuerzos<br />

a los del santo rey.<br />

Tendidas a lo largo de la llanura, mirábanse,<br />

pues, tiendas de campaña de todas formas y colores,<br />

sobre el remate de las cuales ondeaban al vien-


to distintas enseñas con escudos partidos, astros,<br />

grifos, leones, cadenas, barras y calderas, y otras<br />

cien y cien figuras o símbolos heráldicos que pregonaban<br />

el nombre y la calidad de sus dueños. Por<br />

entre las calles de aquella improvisada ciudad circulaban<br />

en todas direcciones multitud de soldados que<br />

hablando dialectos diversos, y vestidos cada cual al<br />

uso de su país y cada cual armado a su guisa, formaban<br />

un extraño y pintoresco contraste.<br />

Aquí descansaban algunos señores de las<br />

fatigas del combate sentados en escaños de alerce<br />

a la puerta de sus tiendas y jugando a las tablas, en<br />

tanto que sus pajes les escanciaban el vino en copas<br />

de metal; allí algunos peones aprovechaban un<br />

momento de ocio para aderezar y componer sus<br />

armas, rotas en la última refriega; más allá cubrían<br />

de saetas un blanco los más expertos ballesteros de<br />

la hueste entre las aclamaciones de la multitud,<br />

pasmada de su destreza; y el rumor de los atambores,<br />

el clamor de las trompetas, las voces de los<br />

mercaderes ambulantes, el golpear del hierro contra<br />

el hierro, los cánticos de los juglares que entretenían<br />

a sus oyentes con la relación de hazañas portentosas,<br />

y los gritos de los farautes que publicaban<br />

las ordenanzas de los maestres de campo, llenando<br />

los aires de mil y mil ruidos discordes, prestaban a


aquel cuadro de costumbres guerreras una vida y<br />

una animación imposibles de pintar con palabras.<br />

El conde de Gómara, acompañado de su<br />

fiel escudero, atravesó por entre los animados grupos<br />

sin levantar los ojos de la tierra, silencioso, triste,<br />

como si ningún objeto hiriese su vista ni llegase<br />

a su oído el rumor más leve. Andaba maquinalmente,<br />

a la manera que un sonámbulo, cuyo espíritu se<br />

agita en el mundo de los sueños, se mueve y marcha<br />

sin la conciencia de sus acciones y como arrastrado<br />

por una voluntad ajena a la suya.<br />

Próximo a la tienda del rey y en medio de<br />

un corro de soldados, pajecillos y gente menuda<br />

que le escuchaban con la boca abierta, apresurándose<br />

a comprarle algunas de las baratijas que<br />

anunciaba a voces y con hiperbólicos encomios,<br />

había un extraño personaje, mitad romero, mitad<br />

juglar, que ora recitando una especie de letanía en<br />

latín bárbaro, ora diciendo una bufonada o una chocarrería,<br />

mezclaba en su interminable relación chistes<br />

capaces de poner colorado a un ballestero con<br />

oraciones devotas, historias de amores picarescos<br />

con leyendas de santos. En las inmensas alforjas<br />

que colgaban de sus hombros se hallaban revueltos<br />

y confundidos mil objetos diferentes: cintas tocadas


en el sepulcro de Santiago; cédulas con palabras<br />

que él decía ser hebraicas, las mismas que dijo el<br />

rey Salomón cuando fundaba el templo, y las únicas<br />

para libertarse de toda clase de enfermedades contagiosas;<br />

bálsamos maravillosos para pegar a hombres<br />

partidos por la mitad; Evangelios cosidos en<br />

bolsitas de brocatel; secretos para hacerse amar de<br />

todas las mujeres; reliquias de los santos patronos<br />

de todos los lugares de España: joyuelas, cadenillas,<br />

cinturones, medallas y otras muchas baratijas<br />

de alquimia de vidrio y de plomo.<br />

Cuando el conde llegó cerca del grupo que<br />

formaban el romero y sus admiradores, comenzaba<br />

éste a templar una especie de bandolín o guzla<br />

árabe con que se acompaña en la relación de sus<br />

romances. Después que hubo estirado bien las<br />

cuerdas unas tras otras y con mucha calma, mientras<br />

su acompañante daba la vuelta al corro sacando<br />

los últimos cornados de la flaca escarcela de los<br />

oyentes, el romero empezó a cantar con voz gangosa<br />

y con un aire monótono y plañidero un romance<br />

que siempre terminaba con el mismo estribillo.<br />

El conde se acercó al grupo y prestó atención.<br />

Por una coincidencia, al parecer extraña, el<br />

título de aquella historia respondía en un todo a los


lúgubres pensamientos que embargaban su ánimo.<br />

Según había anunciado el cantor antes de comenzar,<br />

el romance se titulaba el Romance de la mano<br />

muerta.<br />

Al oír el escudero tan extraño anuncio,<br />

pugnó por arrancar a su señor de aquel sitio, pero el<br />

conde, con los ojos fijos en el juglar, permaneció<br />

inmóvil, escuchando esta cantiga:<br />

I<br />

La niña tiene un amante<br />

que escudero se decía;<br />

el escudero le anuncia<br />

que a la guerra se partía.<br />

-Te vas y acaso no tornes.<br />

-Tornaré por vida mía.<br />

Mientras el amante jura,<br />

diz que el viento repetía:<br />

¡Mal haya quien en promesas de hombre fía!<br />

II


El conde con la mesnada<br />

de su castillo salía:<br />

ella, que le ha conocido,<br />

con gran aflicción gemía:<br />

-¡Ay de mí, que se va el conde<br />

y se lleva la honra mía!<br />

Mientras la cuitada llora,<br />

diz que el viento repetía:<br />

¡Mal haya quien en promesas de hombre fía!<br />

III<br />

Su hermano, que estaba allí,<br />

éstas palabras oía:<br />

-Nos has deshonrado, dice.<br />

-Me juró que tornaría.<br />

-No te encontrará, si torna,<br />

donde encontrarte solía.<br />

Mientras la infelice muere,


diz que el viento repetía:<br />

¡Mal haya quien en promesas de hombre fía!<br />

IV<br />

Muerta la llevan al soto,<br />

la han enterrado en la umbría;<br />

por más tierra que la echaban,<br />

la mano no se cubría:<br />

la mano donde un anillo<br />

que le dio el conde tenía.<br />

De noche, sobre la tumba,<br />

diz que el viento repetía:<br />

¡Mal haya quien en promesas de hombre fía!<br />

Apenas el cantor había terminado la última<br />

estrofa, cuando rompiendo el muro de curiosos, que<br />

se apartaban con respeto al reconocerle, el conde<br />

llegó adonde se encontraba el romero, y cogiéndole<br />

con fuerza del brazo, le preguntó en voz baja y convulsa:


-¿De qué tierra eres?<br />

-De tierra de Soria -le respondió éste sin alterarse.<br />

-¿Y dónde has aprendido ese romance? ¿A<br />

quién se refiere la historia que cuentas? -volvió a<br />

exclamar su interlocutor, cada vez con muestras de<br />

emoción más profunda.<br />

-Señor -dijo el romero clavando sus ojos en<br />

los del conde con una fijeza imperturbable-, esta<br />

cantiga la repiten de unos en otros los aldeanos del<br />

campo de Gómara y se refiere a una desdichada<br />

cruelmente ofendida por un poderoso. Altos juicios<br />

de Dios han permitido que al enterrarla quedase<br />

siempre fuera de la sepultura la mano en que su<br />

amante le puso un anillo al hacerle una promesa.<br />

Vos sabréis quizá a quién toca cumplirla.<br />

V<br />

En un lugarejo miserable y que se encuentra<br />

a un lado del camino que conduce a Gómara, he<br />

visto no hace mucho el sitio en donde se asegura<br />

tuvo lugar la extraña ceremonia del casamiento del<br />

conde.


Después que éste, arrodillado sobre la<br />

humilde fosa, estrechó en la suya la mano de Margarita,<br />

y un sacerdote autorizado por el Papa bendijo<br />

la lúgubre unión, es fama que cesó el prodigio, y<br />

la mano muerta se hundió para siempre.<br />

Al pie de unos árboles añosos y corpulentos<br />

hay un pedacito de prado, que al llegar la primavera<br />

se cubre espontáneamente de flores.<br />

La gente del país dice que allí está enterrada<br />

Margarita.


El beso<br />

I<br />

Cuando una parte del ejército francés se<br />

apoderó a principios de este siglo de la histórica<br />

Toledo, sus jefes, que no ignoraban el peligro a que<br />

se exponían en las poblaciones españolas diseminándose<br />

en alojamientos separados, comenzaron<br />

por habilitar para cuarteles los más grandes y mejores<br />

edificios de la ciudad.<br />

Después de ocupado el suntuoso alcázar de<br />

Carlos V, echose mano de la casa de Consejos; y<br />

cuando ésta no pudo contener más gente comenzaron<br />

a invadir el asilo de las comunidades religiosas,<br />

acabando a la postre por transformar en cuadras<br />

hasta las iglesias consagradas al culto. En esta<br />

conformidad se encontraban las cosas en la población<br />

donde tuvo lugar el suceso que voy a referir,<br />

cuando una noche, ya a hora bastante avanzada,<br />

envueltos en sus oscuros capotes de guerra y ensordeciendo<br />

las estrechas y solitarias calles que<br />

conducen desde la Puerta del Sol a Zocodover, con<br />

el choque de sus armas y el ruidoso golpear de los<br />

cascos de sus corceles, que sacaban chispas de los<br />

pedernales, entraron en la ciudad hasta unos cien<br />

dragones de aquellos altos, arrogantes y fornidos,


de que todavía nos hablan con admiración nuestras<br />

abuelas.<br />

Mandaba la fuerza un oficial bastante joven,<br />

el cual iba como a distancia de unos treinta pasos<br />

de su gente hablando a media voz con otro, también<br />

militar a lo que podía colegirse por su traje. Éste,<br />

que caminaba a pie delante de su interlocutor, llevando<br />

en la mano un farolillo, parecía seguirle de<br />

guía por entre aquel laberinto de calles oscuras,<br />

enmarañadas y revueltas.<br />

-Con verdad -decía el jinete a su acompañante-,<br />

que si el alojamiento que se nos prepara es<br />

tal y como me lo pintas, casi, casi sería preferible<br />

arrancharnos en el campo o en medio de una plaza.<br />

-¿Y qué queréis, mi capitán -contestole el<br />

guía, que efectivamente era un sargento aposentador-;<br />

en el alcázar no cabe ya un grano de trigo,<br />

cuanto más un hombre; de San Juan de los Reyes<br />

no digamos, porque hay celda de fraile en la que<br />

duermen quince húsares. El convento adonde voy a<br />

conduciros no era mal local, pero hará cosa de tres<br />

o cuatro días nos cayó aquí como de las nubes una<br />

de las columnas volantes que recorren la provincia,<br />

y gracias que hemos podido conseguir que se<br />

amontonen por los claustros y dejen libre la iglesia.


-En fin -exclamó el oficial después de un<br />

corto silencio y como resignándose con el extraño<br />

alojamiento que la casualidad le deparaba-, más<br />

vale incómodo que ninguno. De todas maneras, si<br />

llueve, que no será difícil según se agrupan las nubes,<br />

estamos a cubierto, y algo es algo.<br />

Interrumpida la conversación en este punto,<br />

los jinetes precedidos del guía, siguieron en silencio<br />

el camino adelante hasta llegar a una plazuela, en<br />

cuyo fondo se destacaba la negra silueta del convento<br />

con su torre morisca, su campanario de espadaña,<br />

su cúpula ojival y sus tejados de crestas desiguales<br />

y oscuras.<br />

-He aquí vuestro alojamiento -exclamó el<br />

aposentador al divisarle y dirigiéndose al capitán,<br />

que, después que hubo mandado hacer alto a la<br />

tropa, echó pie a tierra, tomó el farolillo de manos<br />

del guía y se dirigió hacia el punto que éste le señalaba.<br />

Como quiera que la iglesia del convento estaba<br />

completamente desmantelada, los soldados<br />

que ocupaban el resto del edificio habían creído que<br />

las puertas le eran ya poco menos que inútiles, y un<br />

tablero hoy, otro mañana, habían ido arrancándolas


pedazo a pedazo para hacer hogueras con que<br />

calentarse por las noches.<br />

Nuestro joven oficial no tuvo, pues, que torcer<br />

llaves ni descorrer cerrojos para penetrar en el<br />

interior del templo.<br />

A la luz del farolillo, cuya dudosa claridad se<br />

perdía entre las espesas sombras de las naves y<br />

dibujaba con gigantescas proporciones sobre el<br />

muro la fantástica sombra del sargento aposentador<br />

que iba precediéndole, recorrió la iglesia de arriba<br />

abajo y escudriñó una por una todas sus desiertas<br />

capillas, hasta que una vez hecho cargo del local,<br />

mandó echar pie a tierra a su gente, y, hombres y<br />

caballos revueltos, fue acomodándola como mejor<br />

pudo.<br />

Según dejamos dicho, la iglesia estaba<br />

completamente desmantelada, en el altar mayor<br />

pendían aún de las altas cornisas los rotos girones<br />

del velo con que lo habían cubierto los religiosos al<br />

abandonar aquel recinto; diseminados por las naves<br />

veíanse algunos retablos adosados al muro, sin<br />

imágenes en las hornacinas; en el coro se dibujaban<br />

con un ribete de luz los extraños perfiles de la<br />

oscura sillería de alerce; en el pavimento, destrozado<br />

en varios puntos, distinguíanse aún anchas losas


sepulcrales llenas de timbres; escudos y largas<br />

inscripciones góticas; y allá a lo lejos, en el fondo de<br />

las silenciosas capillas y a la largo del crucero, se<br />

destacaban confusamente entre la oscuridad, semejantes<br />

a blancos e inmóviles fantasmas, las estatuas<br />

de piedra que, unas tendidas, otras de hinojos sobre<br />

el mármol de sus tumbas, parecían ser los únicos<br />

habitantes del ruinoso edificio.<br />

A cualquiera otro menos molido que el oficial<br />

de dragones; el cual traía una jornada de catorce<br />

leguas en el cuerpo, o menos acostumbrado a<br />

ver estos sacrilegios como la cosa más natural del<br />

mundo, hubiéranle bastado dos adarmes de imaginación<br />

para no pegar los ojos en toda la noche en<br />

aquel oscuro e imponente recinto, donde las blasfemias<br />

de los soldados que se quejaban en alta voz<br />

del improvisado cuartel, el metálico golpe de sus<br />

espuelas que resonaban sobre las anchas losas<br />

sepulcrales del pavimento, el ruido de los caballos<br />

que piafaban impacientes, cabeceando y haciendo<br />

sonar las cadenas con que estaban sujetos a los<br />

pilares, formaban un rumor extraño y temeroso que<br />

se dilataba por todo el ámbito de la iglesia y se reproducía<br />

cada vez más confuso, repetido de eco en<br />

eco en sus altas bóvedas.


Pero nuestro héroe, aunque joven, estaba<br />

ya tan familiarizado con estas peripecias de la vida<br />

de campaña, que apenas hubo acomodado a su<br />

gente, mandó colocar un saco de forraje al pie de la<br />

grada del presbiterio, y arrebujándose como mejor<br />

pudo en su capote y echando la cabeza en el escalón,<br />

a los cinco minutos roncaba con más tranquilidad<br />

que el mismo rey José en su palacio de Madrid.<br />

Los soldados, haciéndose almohadas de las<br />

monturas, imitaron su ejemplo, y poca a poco fue<br />

apagándose el murmullo de sus voces.<br />

A la media hora sólo se oían los ahogados<br />

gemidos del aire que entraba por las rotas vidrieras<br />

de las ojivas del templo, el atolondrado revolotear<br />

de las aves nocturnas que tenían sus nidos en el<br />

dosel de piedra de las esculturas de los muros, y el<br />

alternado rumor de los pasos del vigilante que se<br />

paseaba, envuelto en los anchos pliegues de su<br />

capote a lo largo del pórtico.<br />

II<br />

En la época a que se remonta la relación de<br />

esta historia, tan verídica como extraordinaria, lo<br />

mismo que al presente, para los que no sabían


apreciar los tesoros del arte que encierran sus muros,<br />

la ciudad de Toledo no era más que un poblachón<br />

destartalado, antiguo, ruinoso e insufrible.<br />

Los oficiales del ejército francés, que, a juzgar<br />

por los actos de vandalismo con que dejaron en<br />

ella triste y perdurable memoria de su ocupación, de<br />

todo tenían menos de artistas o arqueólogos, no<br />

hay para que decir que se fastidiaban soberanamente<br />

en la vetusta ciudad de los Césares.<br />

En esta situación de ánimo, la más insignificante<br />

novedad que viniese a romper la monótona<br />

quietud de aquellos días eternos e iguales, era acogida<br />

con avidez entre los ociosos: así es que la<br />

promoción al grado inmediato de uno de sus camaradas;<br />

la noticia del movimiento estratégico de una<br />

columna volante, la salida de un correo de gabinete<br />

o la llegada de una fuerza cualquiera a la ciudad,<br />

convertíanse en tema fecundo de conversación y<br />

objeto de toda clase de comentarios, hasta tanto<br />

que otro incidente venía a sustituirlo, sirviendo de<br />

base a nuevas quejas, críticas y suposiciones.<br />

Como era de esperar, entre los oficiales<br />

que; según tenían de costumbre, acudieron al día<br />

siguiente a tomar el sol y a charlar un rato en el<br />

Zocodover, no se hizo platillo de otra cosa que la


llegada de los dragones, cuyo jefe dejamos en el<br />

anterior capítulo durmiendo a pierna suelta y descansando<br />

de las fatigas de su viaje. Cerca de una<br />

hora hacía que la conversación giraba alrededor de<br />

este asunto, y ya comenzaba a interpretarse de<br />

diversos modos la ausencia del recién venido, a<br />

quien uno de los presentes, antiguo compañero<br />

suyo de colegio, había citado para el Zocodover,<br />

cuando en una de las bocacalles de la plaza apareció<br />

al fin nuestro bizarro capitán despojado de su<br />

ancho capotón de guerra, luciendo un gran casco<br />

de metal con penacho de plumas blancas, una casaca<br />

azul turquí con vueltas rojas y un magnífico<br />

mandoble con vaina de acero, que resonaba<br />

arrastrándose al compás de sus marciales pasos y<br />

del golpe seco y agudo de sus espuelas de oro.<br />

Apenas le vio su camarada, salió a su encuentro<br />

para saludarle, y con él se adelantaron casi<br />

todos los que a la sazón se encontraban en el corrillo,<br />

en quienes habían despertado la curiosidad y la<br />

gana de conocerle los pormenores que ya habían<br />

oído referir acerca de su carácter original y extraño.<br />

Después de los estrechos abrazos de costumbre<br />

y de las exclamaciones, plácemes y preguntas<br />

de rigor en estas entrevistas; después de hablar


largo y tendido sobre las novedades que andaban<br />

por Madrid, la varia fortuna de la guerra y los amigotes<br />

muertos o ausentes rodando de uno en otro<br />

asunto la conversación, vino a parar al tema obligado,<br />

esto es, las penalidades del servicio, la falta de<br />

distracciones de la ciudad y el inconveniente de los<br />

alojamientos.<br />

Al llegar a este punto, uno de los de la reunión<br />

que, por lo visto, tenía noticias del mal talante<br />

con que el joven oficial se había resignado a acomodar<br />

su gente en la abandonada iglesia, le dijo<br />

con aire de zumba:<br />

-Y a propósito de alojamiento, ¿qué tal se<br />

ha pasado la noche en el que ocupáis?<br />

-Ha habido de todo -contestó el interpelado-<br />

; pues si bien es verdad que no he dormido gran<br />

cosa, el origen de mi vigilia merece la pena de la<br />

velada. El insomnio junto a una mujer bonita no es<br />

seguramente el peor de los males.<br />

-¡Una mujer! -repitió su interlocutor como<br />

admirándose de la buena fortuna del recién venido;<br />

eso es lo que se llama llegar y besar el santo.


-Será tal vez algún antiguo amor de la corte<br />

que le sigue a Toledo para hacerle más soportable<br />

el ostracismo -añadió otro de los del grupo.<br />

-¡Oh!, no -dijo entonces el capitán-; nada<br />

menos que eso. Juro, a fe de quien soy, que no la<br />

conocía y que nunca creí hallar tan bella patrona en<br />

tan incómodo alojamiento. Es todo lo que se llama<br />

una verdadera aventura.<br />

-¡Contadla!, ¡contadla! -exclamaron en coro<br />

los oficiales que rodeaban al capitán; y como éste<br />

se dispusiera a hacerlo así, todos prestaron la mayor<br />

atención a sus palabras mientras él comenzó la<br />

historia en estos términos:<br />

-Dormía esta noche pasada como duerme<br />

un hombre que trae en el cuerpo trece leguas de<br />

camino, cuando he aquí que en lo mejor del sueño<br />

me hizo despertar sobresaltado e incorporarme<br />

sobre el codo un estruendo, horrible, un estruendo<br />

tal, que me ensordeció un instante para dejarme<br />

después los oídos zumbando cerca de un minuto,<br />

como si un moscardón me cantase a la oreja.<br />

Como os habréis figurado, la causa de mi<br />

susto era el primer golpe que oía de esa endiablada<br />

campana gorda, especie de sochantre de bronce,


que los canónigos de Toledo han colgado en su<br />

catedral con el laudable propósito de matar a disgustos<br />

a los necesitados de reposo.<br />

Renegando entre dientes de la campana y<br />

del campanero que la toca, disponíame, una vez<br />

apagado aquel insólito y temeroso rumor, a coger<br />

nuevamente el hilo del interrumpido sueño, cuando<br />

vino a herir mi imaginación y a ofrecerse ante mis<br />

ojos una cosa extraordinaria. A la dudosa luz de la<br />

luna que entraba en el templo por el estrecho ajimez<br />

del muro de la capilla mayor, vi a una mujer arrodillada<br />

junto al altar.<br />

Los oficiales se miraron entre sí con expresión<br />

entre asombrada e incrédula; el capitán sin<br />

atender al efecto que su narración producía, continuó<br />

de este modo:<br />

-No podéis figuraros nada semejante, aquella<br />

nocturna y fantástica visión que se dibujaba confusamente<br />

en la penumbra de la capilla, como esas<br />

vírgenes pintadas en los vidrios de colores que<br />

habréis visto alguna vez destacarse a lo lejos, blancas<br />

y luminosas, sobre el oscuro fondo de las catedrales.


Su rostro ovalado, en donde se veía impreso<br />

el sello de una leve y espiritual demacración, sus<br />

armoniosas facciones llenas de una suave y melancólica<br />

dulzura, su intensa palidez, las purísimas<br />

líneas de su contorno esbelto, su ademán reposado<br />

y noble, su traje blanco flotante, me traían a la memoria<br />

esas mujeres que yo soñaba cuando casi era<br />

un niño. ¡Castas y celestes imágenes, quimérico<br />

objeto del vago amor de la adolescencia!<br />

Yo me creía juguete de una alucinación, y<br />

sin quitarle un punto los ojos, ni aun osaba respirar,<br />

temiendo que un soplo desvaneciese el encanto.<br />

Ella permanecía inmóvil.<br />

Antojábaseme, al verla tan diáfana y luminosa<br />

que no era una criatura terrenal, sino un espíritu<br />

que, revistiendo por un instante la forma humana,<br />

había descendido en el rayo de la luna, dejando en<br />

el aire y en pos de sí la azulada estela que desde el<br />

alto ajimez bajaba verticalmente hasta el pie del<br />

opuesto muro, rompiendo la oscura sombra de<br />

aquel recinto lóbrego y misterioso.<br />

-Pero...-exclamó interrumpiéndole su camarada<br />

de colegio, que comenzando por echar a broma<br />

la historia, había concluido interesándose con su<br />

relato -¿cómo estaba allí aquella mujer? ¿No le


dijiste nada? ¿No te explicó su presencia en aquel<br />

sitio?<br />

-No me determiné a hablarle, porque estaba<br />

seguro de que no había de contestarme, ni verme,<br />

ni oírme.<br />

-¿Era sorda?<br />

-¿Era ciega?<br />

-¿Era muda? -exclamaron a un tiempo tres<br />

o cuatro de los que escuchaban la relación.<br />

-Lo era todo a la vez -exclamó al fin el capitán<br />

después de un momento de pausa-, porque<br />

era... de mármol.<br />

Al oír el estupendo desenlace de tan extraña<br />

aventura, cuantos había en el corro prorrumpieron<br />

en una ruidosa carcajada, mientras uno de ellos<br />

dijo al narrador de la peregrina historia, que era el<br />

único que permanecía callado y en una grave actitud:<br />

-¡Acabáramos de una vez! Lo que es de ese<br />

género, tengo yo más de un millar, un verdadero<br />

serrallo, en San Juan de los Reyes; serrallo que<br />

desde ahora pongo a vuestra disposición, ya que, a


lo que parece, tanto os da de una mujer de carne<br />

como de piedra.<br />

-¡Oh!, no... -continuó el capitán, sin alterarse<br />

en lo más mínimo por las carcajadas de sus compañeros-:<br />

estoy seguro de que no pueden ser como<br />

la mía. La mía es una verdadera dama castellana<br />

que por un milagro de la escultura parece que no la<br />

han enterrado en su sepulcro, sino que aún permanece<br />

en cuerpo y alma de hinojos sobre la losa que<br />

lo cubre, inmóvil, con las manos juntas en ademán<br />

suplicante, sumergida en un éxtasis de místico<br />

amor.<br />

-De tal modo te explicas, que acabarás por<br />

probarnos la verosimilitud de la fábula de Galatea.<br />

-Por mi parte, puedo deciros que siempre la<br />

creí una locura; mas desde anoche comienzo a<br />

comprender la pasión del escultor griego.<br />

-Dadas las especiales condiciones de tu<br />

nueva dama, creo que no tendrás inconveniente en<br />

presentarnos a ella. De mí sé decir que ya no vivo<br />

hasta ver esa maravilla. Pero... ¿qué diantres te<br />

pasa?... diríase que esquivas la presentación. ¡Ja!,<br />

¡ja!, ¡ja! Bonito fuera que ya te tuviéramos hasta<br />

celoso.


-Celoso -se apresuró a decir el capitán-, celoso...<br />

de los hombres, no...; mas ved, sin embargo,<br />

hasta dónde llega mi extravagancia. Junto a la imagen<br />

de esa mujer, también de mármol, grave y al<br />

parecer con vida como ella, hay un guerrero... su<br />

marido sin duda... Pues bien...: lo voy a decir todo,<br />

aunque os moféis de mi necesidad... Si no hubiera<br />

temido que me tratasen de loco, creo que ya lo<br />

habría hecho cien veces pedazos.<br />

Una nueva y aún más ruidosa carcajada de<br />

los oficiales saludó esta original revelación del estrambótico<br />

enamorado de la dama de piedra.<br />

-Nada, nada; es preciso que la veamos -<br />

decían los unos.<br />

-Sí, sí; es preciso saber si el objeto corresponde<br />

a tan alta pasión -añadían los otros.<br />

-¿Cuándo nos reunimos a echar un trago en<br />

la iglesia en que os alojáis? -exclamaron los demás.<br />

-Cuando mejor os parezca: esta misma noche<br />

si queréis -respondió el joven capitán, recobrando<br />

su habitual sonrisa, disipada un instante por<br />

aquel relámpago de celos-. A propósito. Con los<br />

bagajes he traído hasta un par de docenas de botellas<br />

de Champagne, verdadero Champagne, restos


de un regalo hecho a nuestro general de brigada,<br />

que, como sabéis, es algo pariente.<br />

-¡Bravo!, ¡bravo! -exclamaron los oficiales a<br />

una voz, prorrumpiendo en alegres exclamaciones.<br />

-¡Se beberá vino del país!<br />

-¡Y cantaremos una canción de Ronsard!<br />

-Y hablaremos de mujeres, a propósito de la<br />

dama del anfitrión.<br />

-Conque... ¡hasta la noche!<br />

¡Hasta la noche!<br />

III<br />

Ya hacía largo rato que los pacíficos habitantes<br />

de Toledo habían cerrado con llave y cerrojo<br />

las pesadas puertas de sus antiguos caserones; la<br />

campana gorda de la catedral anunciaba la hora de<br />

la queda, y en lo alto del alcázar, convertido en<br />

cuartel, se oía el último toque de silencio de los<br />

clarines, cuando diez o doce oficiales que poco a<br />

poco habían ido reuniéndose en el Zocodover tomaron<br />

el camino que conduce desde aquel punto al<br />

convento en que se alojaba el capitán, animados<br />

más con la esperanza de apurar las prometidas


otellas, que con el deseo de conocer la maravillosa<br />

escultura.<br />

La noche había cerrado sombría y amenazadora;<br />

el cielo estaba cubierto de nubes de color<br />

de plomo; el aire, que zumbaba encarcelado en las<br />

estrechas y retorcidas calles, agitaba la moribunda<br />

luz del farolillo de los retablos o hacía girar con un<br />

chirrido agudo las veletas de hierro de las torres.<br />

Apenas los oficiales dieron vista a la plaza<br />

en que se hallaba situado el alojamiento de su nuevo<br />

amigo, éste, que les aguardaba impaciente, salió<br />

a encontrarles; y después de cambiar algunas palabras<br />

a media voz, todos penetraron juntos en la<br />

iglesia, en cuyo lóbrego recinto la escasa claridad<br />

de una linterna luchaba trabajosamente con las<br />

oscuras y espesísimas sombras.<br />

-¡Por quién soy! -exclamó uno de los convidados<br />

tendiendo a su alrededor la vista-, que el<br />

local es de los menos a propósito del mundo para<br />

una fiesta.<br />

-Efectivamente -dijo otro-; nos traes a conocer<br />

a una dama, y apenas si con mucha dificultad se<br />

ven los dedos de la mano.


-Y, sobre todo, hace un frío, que no parece<br />

sino que estamos en la Siberia -añadió un tercero<br />

arrebujándose en el capote.<br />

-Calma, señores, calma -interrumpió el anfitrión-;<br />

calma, que a todo se proveerá. ¡Eh, muchacho!<br />

-prosiguió dirigiéndose a uno de sus asistentes-:<br />

busca por ahí un poco de leña, y enciéndenos<br />

una buena fogata en la capilla mayor.<br />

El asistente, obedeciendo las órdenes de su<br />

capitán, comenzó a descargar golpes en la sillería<br />

del coro, y después que hubo reunido una gran<br />

cantidad de leña que fue apilando al pie de las gradas<br />

del presbiterio, tornó la linterna y se dispuso a<br />

hacer un auto de fe con aquellos fragmentos tallados<br />

de riquísimas labores, entre los que se veían,<br />

por aquí, parte de una columnilla salomónica; por<br />

allá, la imagen de un santo abad, el torso de una<br />

mujer o la disforme cabeza de un grifo asomado<br />

entre hojarascas.<br />

A los pocos minutos, una gran claridad que<br />

de improviso se derramó por todo el ámbito de la<br />

iglesia anunció a los oficiales que había llegado la<br />

hora de comenzar el festín.


El capitán, que hacía los honores de su alojamiento<br />

con la misma ceremonia que hubiera<br />

hecho los de su casa, exclamó dirigiéndose a los<br />

convidados:<br />

Si gustáis, pasaremos al buffet.<br />

Sus camaradas, afectando la mayor gravedad,<br />

respondieron a la invitación con un cómico<br />

saludo, y se encaminaron a la capilla mayor precedidos<br />

del héroe de la fiesta, que al llegar a la escalinata<br />

se detuvo un instante, y extendiendo la mano<br />

en dirección al sitio que ocupaba la tumba, les dijo<br />

con la finura más exquisita.<br />

-Tengo el placer de presentaros a la dama<br />

de mis pensamientos. Creo que convendréis conmigo<br />

en que no he exagerado su belleza.<br />

Los oficiales volvieron los ojos al punto que<br />

les señalaba su amigo, y una exclamación de<br />

asombro se escapó involuntariamente de todos los<br />

labios.<br />

En el fondo de un arco sepulcral revestido<br />

de mármoles negros, arrodillada delante de un reclinatorio,<br />

con las manos juntas y la cara vuelta<br />

hacia el altar, vieron, en efecto, la imagen de una<br />

mujer tan bella, que jamás salió otra igual de manos


de un escultor, ni el deseo pudo pintarla en la fantasía<br />

más soberanamente hermosa.<br />

-En verdad que es un ángel -exclamó uno<br />

de ellos.<br />

-¡Lástima que sea de mármol! -añadió otro.<br />

-No hay duda que, aunque no sea más que<br />

la ilusión de hallarse junto a una mujer de este calibre,<br />

es lo suficiente para no pegar los ojos en toda<br />

la noche.<br />

-¿Y no sabéis quién es ella? -preguntaron<br />

algunos de los que contemplaban la estatua al capitán,<br />

que sonreía satisfecho de su triunfo.<br />

-Recordando un poco del latín que en mi niñez<br />

supe, he conseguido a duras penas, descifrar la<br />

inscripción de la tumba -contestó el interpelado-; y,<br />

a lo que he podido colegir, pertenece a un título de<br />

Castilla; famoso guerrero que hizo la campaña con<br />

el Gran Capitán. Su nombre lo he olvidado; mas su<br />

esposa, que es la que veis, se llama Doña Elvira de<br />

Castañeda, y por mi fe que, si la copia se parece al<br />

original, debió ser la mujer más notable de su siglo.<br />

Después de estas breves explicaciones, los<br />

convidados, que no perdían de vista el principal


objeto de la reunión, procedieron a destapar algunas<br />

de las botellas y, sentándose alrededor de la<br />

lumbre, empezó a andar el vino a la ronda.<br />

A medida que las libaciones se hacían más<br />

numerosas y frecuentes, y el vapor del espumoso<br />

Champagne comenzaba a trastornar las cabezas,<br />

crecían la animación, el ruido y la algazara de los<br />

jóvenes, de los cuales éstos arrojaban a los monjes<br />

de granito adosados a los pilares los cascos de las<br />

botellas vacías, y aquellos cantaban a toda voz<br />

canciones báquicas y escandalosas, mientras los de<br />

más allá prorrumpían en carcajadas, batían las palmas<br />

en señal de aplauso o disputaban entre sí con<br />

blasfemias y juramentos.<br />

El capitán bebía en silencio como un desesperado<br />

y sin apartar los ojos de la estatua de<br />

doña Elvira.<br />

Iluminada por el rojizo resplandor de la<br />

hoguera, y a través del confuso velo que la embriaguez<br />

había puesto delante de su vista, parecíale<br />

que la marmórea imagen se transformaba a veces<br />

en una mujer real, parecíale que entreabría los labios<br />

como murmurando una oración; que se alzaba<br />

su pecho como oprimido y sollozante; que cruzaba<br />

las manos con más fuerza que sus mejillas se colo-


eaban, en fin, como si se ruborizase ante aquel<br />

sacrílego y repugnante espectáculo.<br />

Los oficiales, que advirtieron la taciturna<br />

tristeza de su camarada, le sacaron del éxtasis en<br />

que se encontraba sumergido y, presentándole una<br />

copa, exclamaron en coro:<br />

-¡Vamos, brindad vos, que sois el único que<br />

no lo ha hecho en toda la noche!<br />

El joven tomó la copa y, poniéndose de pie<br />

y alzándola en alto, dijo encarándose con la estatua<br />

del guerrero arrodillado junto a doña Elvira:<br />

-¡Brindo por el emperador, y brindo por la<br />

fortuna de sus armas, merced a las cuales hemos<br />

podido venir hasta el fondo de Castilla a cortejarle<br />

su mujer en su misma tumba a un vencedor de Ceriñola!<br />

Los militares acogieron el brindis con una<br />

salva de aplausos, y el capitán, balanceándose, dio<br />

algunos pasos hacia el sepulcro.<br />

-No... -prosiguió dirigiéndose siempre a la<br />

estatua del guerrero, y con esa sonrisa estúpida<br />

propia de la embriaguez-, no creas que te tengo<br />

rencor alguno porque veo en ti un rival...; al contra-


io, te admiro como un marido paciente, ejemplo de<br />

longanimidad y mansedumbre, y a mi vez quiero<br />

también ser generoso. Tú serías bebedor a fuer de<br />

soldado..., no se ha de decir que te he dejado morir<br />

de sed, viéndonos vaciar veinte botellas...: ¡toma!<br />

Y esto diciendo llevose la copa a los labios,<br />

y después de humedecérselos con el licor que contenía,<br />

le arrojó el resto a la cara prorrumpiendo en<br />

una carcajada estrepitosa al ver cómo caía el vino<br />

sobre la tumba goteando de las barbas de piedra<br />

del inmóvil guerrero.<br />

-¡Capitán! -exclamó en aquel punto uno de<br />

sus camaradas en tono de zumba- cuidado con lo<br />

que hacéis... Mirad que esas bromas con la gente<br />

de piedra suelen costar caras... Acordaos de lo que<br />

aconteció a los húsares del 5.º en el monasterio de<br />

Poblet... Los guerreros del claustro dicen que pusieron<br />

mano una noche a sus espadas de granito, y<br />

dieron que hacer a los que se entretenían en pintarles<br />

bigotes con carbón.<br />

Los jóvenes acogieron con grandes carcajadas<br />

esta ocurrencia; pero el capitán, sin hacer<br />

caso de sus risas, continuó siempre fijo en la misma<br />

idea:


-¿Creéis que yo le hubiera dado el vino a no<br />

saber que se tragaba al menos el que le cayese en<br />

la boca?... ¡Oh!... ¡no!.... yo no creo, como vosotros,<br />

que esas estatuas son un pedazo de mármol tan<br />

inerte hoy como el día en que lo arrancaron de la<br />

cantera. Indudablemente el artista, que es casi un<br />

dios, da a su obra un soplo de vida que no logra<br />

hacer que ande y se mueva, pero que le infunde<br />

una vida incomprensible y extraña; vida que yo no<br />

me explico bien, pero que la siento, sobre todo<br />

cuando bebo un poco.<br />

-¡Magnífico! -exclamaron sus camaradas-,<br />

bebe y prosigue.<br />

El oficial bebió, y, fijando los ojos en la imagen<br />

de doña Elvira, prosiguió con una exaltación<br />

creciente:<br />

-¡Miradla!... ¡miradla!... ¿No veis esos cambiantes<br />

rojos de sus carnes mórbidas y transparentes?...<br />

¿No parece que por debajo de esa ligera<br />

epidermis azulada y suave de alabastro circula un<br />

fluido de luz color de rosa?... ¿Queréis más vida?...<br />

¿Queréis más realidad?...


-¡Oh!, sí, seguramente -dijo uno de los que<br />

le escuchaban-; quisiéramos que fuese de carne y<br />

hueso.<br />

-¡Carne y hueso!... ¡Miseria, podredumbre!...<br />

-exclamó el capitán-. Yo he sentido en una orgía<br />

arder mis labios y mi cabeza; yo he sentido este<br />

fuego que corre por las venas hirviente como la lava<br />

de un volcán, cuyos vapores caliginosos turban y<br />

trastornan el cerebro y hacen ver visiones extrañas.<br />

Entonces el beso de esas mujeres materiales me<br />

quemaba como un hierro candente, y las apartaba<br />

de mí con disgusto, con horror, hasta con asco;<br />

porque entonces, como ahora, necesitaba un soplo<br />

de brisa del mar para mi frente calurosa, beber hielo<br />

y besar nieve... nieve teñida de suave luz, nieve<br />

coloreada por un dorado rayo de sol.... una mujer<br />

blanca, hermosa y fría, como esa mujer de piedra<br />

que parece incitarme con su fantástica hermosura,<br />

que parece que oscila al compás de la llama, y me<br />

provoca entreabriendo sus labios y ofreciéndome un<br />

tesoro de amor... ¡Oh!... sí... un beso... sólo un beso<br />

tuyo podrá calmar el ardor que me consume.<br />

-¡Capitán! -exclamaron algunos de los oficiales<br />

al verle dirigirse hacia la estatua como fuera<br />

de sí, extraviada la vista y con pasos inseguros-,


¿qué locura vais a hacer? ¡Basta de broma y dejad<br />

en paz a los muertos!<br />

El joven ni oyó siquiera las palabras de sus<br />

amigos y tambaleando y como pudo llegó a la tumba<br />

y aproximose a la estatua; pero al tenderle los<br />

brazos resonó un grito de horror en el templo. Arrojando<br />

sangre por ojos, boca y nariz, había caído<br />

desplomado y con la cara deshecha al pie del sepulcro.<br />

Los oficiales, mudos y espantados, ni se<br />

atrevían a dar un paso para prestarle socorro.<br />

En el momento en que su camarada intentó<br />

acercar sus labios ardientes a los de doña Elvira,<br />

habían visto al inmóvil guerrero levantar la mano y<br />

derribarle con una espantosa bofetada de su guantelete<br />

de piedra.


El Monte de las Ánimas<br />

La noche de difuntos me despertó a no sé<br />

qué hora el doble de las campanas; su tañido monótono<br />

y eterno me trajo a las mientes esta tradición<br />

que oí hace poco en Soria.<br />

Intenté dormir de nuevo; ¡imposible! Una<br />

vez aguijoneada, la imaginación es un caballo que<br />

se desboca y al que no sirve tirarle de la rienda. Por<br />

pasar el rato me decidí a escribirla, como en efecto<br />

lo hice.<br />

Yo la oí en el mismo lugar en que acaeció, y<br />

la he escrito volviendo algunas veces la cabeza con<br />

miedo cuando sentía crujir los cristales de mi<br />

balcón, estremecidos por el aire frío de la noche.<br />

Sea de ello lo que quiera, ahí va, como el<br />

caballo de copas.<br />

I<br />

-Atad los perros; haced la señal con las<br />

trompas para que se reúnan los cazadores, y demos<br />

la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es<br />

día de Todos los Santos y estamos en el Monte de<br />

las Ánimas.<br />

-¡Tan pronto!


-A ser otro día, no dejara yo de concluir con<br />

ese rebaño de lobos que las nieves del Moncayo<br />

han arrojado de sus madrigueras; pero hoy es imposible.<br />

Dentro de poco sonará la oración en los<br />

Templarios, y las ánimas de los difuntos comenzarán<br />

a tañer su campana en la capilla del monte.<br />

-¡En esa capilla ruinosa! ¡Bah! ¿Quieres<br />

asustarme?<br />

-No, hermosa prima; tú ignoras cuanto sucede<br />

en este país, porque aún no hace un año que<br />

has venido a él desde muy lejos. Refrena tu yegua,<br />

yo también pondré la mía al paso, y mientras dure el<br />

camino te contaré esa historia.<br />

Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos<br />

grupos; los condes de Borges y de Alcudiel<br />

montaron en sus magníficos caballos, y todos juntos<br />

siguieron a sus hijos Beatriz y Alonso, que precedían<br />

la comitiva a bastante distancia.<br />

Mientras duraba el camino, Alonso narró en<br />

estos términos la prometida historia:<br />

-Ese monte que hoy llaman de las Ánimas,<br />

pertenecía a los Templarios, cuyo convento ves allí,<br />

a la margen del río. Los Templarios eran guerreros<br />

y religiosos a la vez. Conquistada Soria a los ára-


es, el rey los hizo venir de lejanas tierras para defender<br />

la ciudad por la parte del puente, haciendo<br />

en ello notable agravio a sus nobles de Castilla; que<br />

así hubieran solos sabido defenderla como solos la<br />

conquistaron.<br />

Entre los caballeros de la nueva y poderosa<br />

Orden y los hidalgos de la ciudad fermentó por algunos<br />

años, y estalló al fin, un odio profundo. Los<br />

primeros tenían acotado ese monte, donde reservaban<br />

caza abundante para satisfacer sus necesidades<br />

y contribuir a sus placeres; los segundos determinaron<br />

organizar una gran batida en el coto, a<br />

pesar de las severas prohibiciones de los clérigos<br />

con espuelas, como llamaban a sus enemigos.<br />

Cundió la voz del reto, y nada fue parte a<br />

detener a los unos en su manía de cazar y a los<br />

otros en su empeño de estorbarlo. La proyectada<br />

expedición se llevó a cabo. No se acordaron de ella<br />

las fieras; antes la tendrían presente tantas madres<br />

como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello<br />

no fue una cacería, fue una batalla espantosa: el<br />

monte quedó sembrado de cadáveres, los lobos a<br />

quienes se quiso exterminar tuvieron un sangriento<br />

festín. Por último, intervino la autoridad del rey: el<br />

monte, maldita ocasión de tantas desgracias, se


declaró abandonado, y la capilla de los religiosos,<br />

situada en el mismo monte y en cuyo atrio se enterraron<br />

juntos amigos y enemigos, comenzó a arruinarse.<br />

Desde entonces dicen que cuando llega la<br />

noche de difuntos se oye doblar sola la campana de<br />

la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas<br />

en jirones de sus sudarios, corren como en una<br />

cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales.<br />

Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan,<br />

las culebras dan horrorosos silbidos, y al otro<br />

día se han visto impresas en la nieve las huellas de<br />

los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en<br />

Soria le llamamos el Monte de las Ánimas, y por eso<br />

he querido salir de él antes que cierre la noche.<br />

La relación de Alonso concluyó justamente<br />

cuando los dos jóvenes llegaban al extremo del<br />

puente que da paso a la ciudad por aquel lado. Allí<br />

esperaron al resto de la comitiva, la cual, después<br />

de incorporárseles los dos jinetes, se perdió por<br />

entre las estrechas y oscuras calles de Soria.<br />

II<br />

Los servidores acababan de levantar los<br />

manteles; la alta chimenea gótica del palacio de los


condes de Alcudiel despedía un vivo resplandor<br />

iluminando algunos grupos de damas y caballeros<br />

que alrededor de la lumbre conversaban familiarmente,<br />

y el viento azotaba los emplomados vidrios<br />

de las ojivas del salón.<br />

Solas dos personas parecían ajenas a la<br />

conversación general: Beatriz y Alonso: Beatriz<br />

seguía con los ojos, absorta en un vago pensamiento,<br />

los caprichos de la llama. Alonso miraba el reflejo<br />

de la hoguera chispear en las azules pupilas de<br />

Beatriz.<br />

Ambos guardaban hacía rato un profundo<br />

silencio.<br />

Las dueñas referían, a propósito de la noche<br />

de difuntos, cuentos tenebrosos en que los<br />

espectros y los aparecidos representaban el principal<br />

papel; y las campanas de las iglesias de Soria<br />

doblaban a lo lejos con un tañido monótono y triste.<br />

-Hermosa prima -exclamó al fin Alonso<br />

rompiendo el largo silencio en que se encontraban-;<br />

pronto vamos a separarnos tal vez para siempre; las<br />

áridas llanuras de Castilla, sus costumbres toscas y<br />

guerreras, sus hábitos sencillos y patriarcales sé


que no te gustan; te he oído suspirar varias veces,<br />

acaso por algún galán de tu lejano señorío.<br />

Beatriz hizo un gesto de fría indiferencia;<br />

todo un carácter de mujer se reveló en aquella desdeñosa<br />

contracción de sus delgados labios.<br />

-Tal vez por la pompa de la corte francesa;<br />

donde hasta aquí has vivido -se apresuró a añadir el<br />

joven-. De un modo o de otro, presiento que no<br />

tardaré en perderte... Al separarnos, quisiera que<br />

llevases una memoria mía... ¿Te acuerdas cuando<br />

fuimos al templo a dar gracias a Dios por haberte<br />

devuelto la salud que vinistes a buscar a esta tierra?<br />

El joyel que sujetaba la pluma de mi gorra cautivó tu<br />

atencion. ¡Qué hermoso estaría sujetando un velo<br />

sobre tu oscura cabellera! Ya ha prendido el de una<br />

desposada; mi padre se lo regaló a la que me dio el<br />

ser, y ella lo llevó al altar... ¿Lo quieres?<br />

-No sé en el tuyo -contestó la hermosa-, pero<br />

en mi país una prenda recibida compromete una<br />

voluntad. Sólo en un día de ceremonia debe aceptarse<br />

un presente de manos de un deudo... que aún<br />

puede ir a Roma sin volver con las manos vacías.


El acento helado con que Beatriz pronunció<br />

estas palabras turbó un momento al joven, que después<br />

de serenarse dijo con tristeza:<br />

-Lo sé prima; pero hoy se celebran Todos<br />

los Santos, y el tuyo ante todos; hoy es día de ceremonias<br />

y presentes. ¿Quieres aceptar el mío?<br />

Beatriz se mordió ligeramente los labios y<br />

extendió la mano para tomar la joya, sin añadir una<br />

palabra.<br />

Los dos jóvenes volvieron a quedarse en silencio,<br />

y volviose a oír la cascada voz de las viejas<br />

que hablaban de brujas y de trasgos y el zumbido<br />

del aire que hacía crujir los vidrios de las ojivas, y el<br />

triste monótono doblar de las campanas.<br />

Al cabo de algunos minutos, el interrumpido<br />

diálogo tornó a anudarse de este modo:<br />

-Y antes de que concluya el día de Todos<br />

los Santos, en que así como el tuyo se celebra el<br />

mío, y puedes, sin atar tu voluntad, dejarme un recuerdo,<br />

¿no lo harás? -dijo él clavando una mirada<br />

en la de su prima, que brilló como un relámpago,<br />

iluminada por un pensamiento diabólico.


-¿Por qué no? -exclamó ésta llevándose la<br />

mano al hombro derecho como para buscar alguna<br />

cosa entre las pliegues de su ancha manga de terciopelo<br />

bordado de oro... Después, con una infantil<br />

expresión de sentimiento, añadió:<br />

-¿Te acuerdas de la banda azul que llevé<br />

hoy a la cacería, y que por no sé qué emblema de<br />

su color me dijiste que era la divisa de tu alma?<br />

-Sí.<br />

-Pues... ¡se ha perdido! Se ha perdido, y<br />

pensaba dejártela como un recuerdo.<br />

-¡Se ha perdido!, ¿y dónde? -preguntó<br />

Alonso incorporándose de su asiento y con una<br />

indescriptible expresión de temor y esperanza.<br />

-No sé.... en el monte acaso.<br />

-¡En el Monte de las Ánimas -murmuró palideciendo<br />

y dejándose caer sobre el sitial-; en el<br />

Monte de las Ánimas!<br />

da:<br />

Luego prosiguió con voz entrecortada y sor-<br />

-Tú lo sabes, porque lo habrás oído mil veces;<br />

en la ciudad, en toda Castilla, me llaman el rey


de los cazadores. No habiendo aún podido probar<br />

mis fuerzas en los combates, como mis ascendentes,<br />

he llevado a esta diversión, imagen de la guerra,<br />

todos los bríos de mi juventud, todo el ardor,<br />

hereditario en mi raza. La alfombra que pisan tus<br />

pies son despojos de fieras que he muerto por mi<br />

mano. Yo conozco sus guaridas y sus costumbres;<br />

y he combatido con ellas de día y de noche, a pie y<br />

a caballo, solo y en batida, y nadie dirá que me ha<br />

visto huir el peligro en ninguna ocasión. Otra noche<br />

volaría por esa banda, y volaría gozoso como a una<br />

fiesta; y, sin embargo, esta noche.... esta noche. ¿A<br />

qué ocultártelo?, tengo miedo. ¿Oyes? Las campanas<br />

doblan, la oración ha sonado en San Juan del<br />

Duero, las ánimas del monte comenzarán ahora a<br />

levantar sus amarillentos cráneos de entre las malezas<br />

que cubren sus fosas... ¡las ánimas!, cuya<br />

sola vista puede helar de horror la sangre del más<br />

valiente, tornar sus cabellos blancos o arrebatarle<br />

en el torbellino de su fantástica carrera como una<br />

hoja que arrastra el viento sin que se sepa adónde.<br />

Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible<br />

se dibujó en los labios de Beatriz, que<br />

cuando hubo concluido exclamó con un tono indiferente<br />

y mientras atizaba el fuego del hogar, donde


saltaba y crujía la leña, arrojando chispas de mil<br />

colores:<br />

-¡Oh! Eso de ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir<br />

ahora al monte por semejante friolera! ¡Una noche<br />

tan oscura, noche de difuntos, y cuajado el camino<br />

de lobos!<br />

Al decir esta última frase, la recargó de un<br />

modo tan especial, que Alonso no pudo menos de<br />

comprender toda su amarga ironía, movido como<br />

por un resorte se puso de pie, se pasó la mano por<br />

la frente, como para arrancarse el miedo que estaba<br />

en su cabeza y no en su corazón, y con voz firme<br />

exclamó, dirigiéndose a la hermosa, que estaba aún<br />

inclinada sobre el hogar entreteniéndose en revolver<br />

el fuego:<br />

-Adiós Beatriz, adiós... Hasta pronto.<br />

-¡Alonso! ¡Alonso! -dijo ésta, volviéndose<br />

con rapidez; pero cuando quiso o aparentó querer<br />

detenerle, el joven había desaparecido.<br />

A los pocos minutos se oyó el rumor de un<br />

caballo que se alejaba al galope. La hermosa, con<br />

una radiante expresión de orgullo satisfecho que<br />

coloreó sus mejillas, prestó atento oído a aquel ru-


mor que se debilitaba, que se perdía, que se desvaneció<br />

por último.<br />

Las viejas, en tanto, continuaban en sus<br />

cuentos de ánimas aparecidas; el aire zumbaba en<br />

los vidrios del balcón y las campanas de la ciudad<br />

doblaban a lo lejos.<br />

III<br />

Había pasado una hora, dos, tres; la media<br />

roche estaba a punto de sonar, y Beatriz se retiró a<br />

su oratorio. Alonso no volvía, no volvía, cuando en<br />

menos de una hora pudiera haberlo hecho.<br />

-¡Habrá tenido miedo! -exclamó la joven cerrando<br />

su libro de oraciones y encaminándose a su<br />

lecho, después de haber intentado inútilmente murmurar<br />

algunos de los rezos que la iglesia consagra<br />

en el día de difuntos a los que ya no existen.<br />

Después de haber apagado la lámpara y<br />

cruzado las dobles cortinas de seda, se durmió; se<br />

durmió con un sueño inquieto, ligero, nervioso.<br />

Las doce sonaron en el reloj del Postigo.<br />

Beatriz oyó entre sueños las vibraciones de la campana,<br />

lentas, sordas; tristísimas, y entreabrió los<br />

ojos. Creía haber oído a par de ellas pronunciar su


nombre; pero lejos, muy lejos, y por una voz ahogada<br />

y doliente. El viento gemía en los vidrios de la<br />

ventana.<br />

-Será el viento -dijo; y poniéndose la mano<br />

sobre el corazón, procuró tranquilizarse. Pero su<br />

corazón latía cada vez con más violencia. Las puertas<br />

de alerce del oratorio habían crujido sobre sus<br />

goznes, con un chirrido agudo prolongado y estridente.<br />

Primero unas y luego las otras más cercanas,<br />

todas las puertas que daban paso a su habitación<br />

iban sonando por su orden, éstas con un ruido<br />

sordo y grave, aquéllas con un lamento largo y crispador.<br />

Después silencio, un silencio lleno de rumores<br />

extraños, el silencio de la media noche, con un<br />

murmullo monótono de agua distante; lejanos ladridos<br />

de perros, voces confusas, palabras ininteligibles;<br />

ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas<br />

que se arrastran, suspiros que se ahogan, respiraciones<br />

fatigosas que casi se sienten, estremecimientos<br />

involuntarios que anuncian la presencia<br />

de algo que no se ve y cuya aproximación se nota<br />

no obstante en la oscuridad.<br />

Beatriz, inmóvil, temblorosa, adelantó la cabeza<br />

fuera de las cortinillas y escuchó un momento.


Oía mil ruidos diversos; se pasaba la mano por la<br />

frente, tornaba a escuchar: nada, silencio.<br />

Veía, con esa fosforescencia de la pupila en<br />

las crisis nerviosas, como bultos que se movían en<br />

todas direcciones; y cuando dilatándolas las fijaba<br />

en un punto, nada, oscuridad, las sombras impenetrables.<br />

-¡Bah! -exclamó, volviendo a recostar su<br />

hermosa cabeza sobre la almohada de raso azul del<br />

lecho-; ¿soy yo tan miedosa como esas pobres<br />

gentes, cuyo corazón palpita de terror bajo una<br />

armadura, al oír una conseja de aparecidos?<br />

Y cerrando los ojos intentó dormir...; pero en<br />

vano había hecho un esfuerzo sobre sí misma.<br />

Pronto volvió a incorporarse más pálida, más inquieta,<br />

más aterrada. Ya no era una ilusión: las colgaduras<br />

de brocado de la puerta habían rozado al separarse,<br />

y unas pisadas lentas sonaban sobre la alfombra;<br />

el rumor de aquellas pisadas era sordo, casi<br />

imperceptible, pero continuado, y a su compás se<br />

oía crujir una cosa como madera o hueso. Y se<br />

acercaban, se acercaban, y se movió el reclinatorio<br />

que estaba a la orilla de su lecho. Beatriz lanzó un<br />

grito agudo, y arrebujándose en la ropa que la cubría,<br />

escondió la cabeza y contuvo el aliento.


El aire azotaba los vidrios del balcón; el<br />

agua de la fuente lejana caía y caía con un rumor<br />

eterno y monótono; los ladridos de los perros se<br />

dilataban en las ráfagas del aire, y las campanas de<br />

la ciudad de Soria, unas cerca, otras distantes, doblan<br />

tristemente por las ánimas de los difuntos.<br />

Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo,<br />

porque la noche aquella pareció eterna a Beatriz. Al<br />

fin despuntó la aurora: vuelta de su temor, entreabrió<br />

los ojos a los primeros rayos de la luz. Después<br />

de una noche de insomnio y de terrores, ¡es<br />

tan hermosa la luz clara y blanca del día! Separó las<br />

cortinas de seda del lecho, y ya se disponía a reírse<br />

de sus temores pasados, cuando de repente un<br />

sudor frío cubrió su cuerpo, sus ojos se desencajaron<br />

y una palidez mortal descoloró sus mejillas:<br />

sobre el reclinatorio había visto sangrienta y desgarrada<br />

la banda azul que perdiera en el monte, la<br />

banda azul que fue a buscar Alonso.<br />

Cuando sus servidores llegaron despavoridos<br />

a noticiarle la muerte del primogánito de Alcudiel,<br />

que a la mañana había aparecido devorado por<br />

los lobos entre las malezas del Monte de las Ánimas,<br />

la encontraron inmóvil, crispada, asida con<br />

ambas manos a una de las columnas de ébano del


lecho, desencajados los ojos, entreabierta la boca;<br />

blancos los labios, rígidos los miembros, muerta;<br />

¡muerta de horror!<br />

IV<br />

Dicen que después de acaecido este suceso,<br />

un cazador extraviado que pasó la noche de<br />

difuntos sin poder salir del Monte de las Ánimas, y<br />

que al otro día, antes de morir, pudo contar lo que<br />

viera, refirió cosas horribles. Entre otras, asegura<br />

que vio a los esqueletos de los antiguos templarios<br />

y de los nobles de Soria enterrados en el atrio de la<br />

capilla levantarse al punto de la oración con un<br />

estrépito horrible, y, caballeros sobre osamentas de<br />

corceles, perseguir como a una fiera a una mujer<br />

hermosa, pálida y desmelenada, que con los pies<br />

desnudos y sangrientos, y arrojando gritos de<br />

horror, daba vueltas alrededor de la tumba de Alonso.


La cueva de la mora<br />

I<br />

Frente al establecimiento de baños de Fitero,<br />

y sobre unas rocas cortadas a pico, a cuyos pies<br />

corre el río Alhama, se ven todavía los restos abandonados<br />

de un castillo árabe, célebre en los fastos<br />

gloriosos de la Reconquista, por haber sido teatro<br />

de grandes y memorables hazañas, así por parte de<br />

los que le defendieron, como los que valerosamente<br />

clavaron sobre sus almenas el estandarte de la<br />

cruz.<br />

De los muros no quedan más que algunos<br />

ruinosos vestigios; las piedras de la atalaya han<br />

caído unas sobre otras al foso y lo han cegado por<br />

completo; en el patio de armas crecen zarzales y<br />

matas de jaramago; por todas partes adonde se<br />

vuelven los ojos no se ven más que arcos rotos,<br />

sillares oscuros y carcomidos: aquí un lienzo de<br />

barbacana, entre cuyas hendiduras nace la hiedra;<br />

allí un torreón, que aún se tiene en pie como por<br />

milagro; más allá los postes de argamasa, con las<br />

anillas de hierro que sostenían el puente colgante.<br />

Durante mi estancia en los baños, ya por<br />

hacer ejercicio que, según me decían, era conve-


niente al estado de mi salud, ya arrastrado por la<br />

curiosidad, todas las tardes tomaba entre aquellos<br />

vericuetos el camino que conduce a las ruinas de la<br />

fortaleza árabe, y allí me pasaba las horas y las<br />

horas escarbando el suelo por ver si encontraba<br />

algunas armas, dando golpes en los muros para<br />

observar si estaban huecos y sorprender el escondrijo<br />

de un tesoro, y metiéndome por todos los rincones<br />

con la idea de encontrar la entrada de algunos<br />

de esos subterráneos que es fama existen en<br />

todos los castillos de los moros.<br />

Mis diligentes pesquisas fueron por demás<br />

infructuosas.<br />

Sin embargo, una tarde en que, ya desesperanzado<br />

de hallar algo nuevo y curioso en lo alto<br />

de la roca sobre que se asienta el castillo, renuncié<br />

a subir a ella y limité mi paseo a las orillas del río<br />

que corre a sus pies, andando, andando a lo largo<br />

de la ribera, vi una especie de boquerón abierto en<br />

la peña viva y medio oculto por frondosos y espesísimos<br />

matorrales. No sin mi poquito de temor separé<br />

el ramaje que cubría la entrada de aquello que<br />

me pareció cueva formada por la Naturaleza y que<br />

después que anduve algunos pasos vi era un subterráneo<br />

abierto a pico. No pudiendo penetrar hasta


el fondo, que se perdía entre las sombras, me limité<br />

a observar cuidadosamente las particularidades de<br />

la bóveda y del piso, que me pareció que se elevaba<br />

formando como unos grandes peldaños en dirección<br />

a la altura en que se halla el castillo de que<br />

ya he hecho mención, y en cuyas ruinas recordé<br />

entonces haber visto una poterna cegada. Sin duda<br />

había descubierto uno de esos caminos secretos<br />

tan comunes en las obras militares de aquella época,<br />

el cual debió de servir para hacer salidas falsas<br />

o coger durante el sitio, el agua del río que corre allí<br />

inmediato.<br />

Para cerciorarme de la verdad que pudiera<br />

haber en mis inducciones, después que salí de la<br />

cueva por donde mismo había entrado, trabé conversación<br />

con un trabajador que andaba podando<br />

unas viñas en aquellos vericuetos, y al cual me<br />

acerqué so pretexto de pedirle lumbre para encender<br />

un cigarrillo.<br />

Hablamos de varias cosas indiferentes; de<br />

las propiedades medicinales de las aguas de Fitero,<br />

de la cosecha pasada y la por venir, de las mujeres<br />

de Navarra y el cultivo de las viñas; hablamos, en<br />

fin, de todo lo que al buen hombre se le ocurrió,<br />

primero que de la cueva, objeto de mi curiosidad.


Cuando, por último, la conversación recayó<br />

sobre este punto, le pregunté si sabía de alguien<br />

que hubiese penetrado en ella y visto su fondo.<br />

-¡Penetrar en la cueva de la mora! -me dijo<br />

como asombrado al oír mi pregunta-. ¿Quién había<br />

de atreverse? ¿No sabe usted que de esa sima sale<br />

todas las noches un ánima?<br />

-¡Un ánima! -exclamé yo sonriéndome-. ¿El<br />

ánima de quién?<br />

-El ánima de la hija de un alcaide moro que<br />

anda todavía penando por estos lugares, y se la ve<br />

todas las noches salir vestida de blanco de esa<br />

cueva, y llena en el río una jarrica de agua.<br />

Por la explicación de aquel buen hombre vine<br />

en conocimiento de que acerca del castillo árabe<br />

y del subterráneo que yo suponía en comunicación<br />

con él, había alguna historieta; y como yo soy muy<br />

amigo de oír todas estas tradiciones, especialmente<br />

de labios de la gente del pueblo; le supliqué me la<br />

refiriese, lo cual hizo, poco más o menos, en los<br />

mismos términos que yo a mi vez se la voy a referir<br />

a mis lectores.<br />

II


Cuando el castillo del que ahora sólo restan<br />

algunas informes ruinas, se tenía aún por los reyes<br />

moros, y sus torres, de las que no ha quedado piedra<br />

sobre piedra, dominaban desde lo alto de la<br />

roca en que tienen asiento todo aquel fertilísimo<br />

valle que fecunda el río Alhama, ocurrió junto a la<br />

villa de Fitero una reñida batalla, en la cual cayó<br />

herido y prisionero de los árabes un famoso caballero<br />

cristiano, tan digno de renombre por su piedad<br />

como por su valentía.<br />

Conducido a la fortaleza y cargado de hierros<br />

por sus enemigos, estuvo algunos días en el<br />

fondo de un calabozo luchando entre la vida y la<br />

muerte hasta que, curado casi milagrosamente de<br />

sus heridas, sus deudos le rescataron a fuerza de<br />

oro.<br />

Volvió el cautivo a su hogar; volvió a estrechar<br />

entre sus brazos a los que le dieron el ser. Sus<br />

hermanos de armas y sus hombres de guerra se<br />

alborozaron al verle, creyendo la llegada de emprender<br />

nuevos combates; pero el alma del caballero<br />

se había llenado de una profunda melancolía, y ni<br />

el cariño paterno ni los esfuerzos de la amistad eran<br />

parte a disipar su extraña melancolía.


Durante su cautiverio logró ver a la hija del<br />

alcaide moro, de cuya hermosura tenía noticias por<br />

la fama antes de conocerla; pero cuando la hubo<br />

conocido la encontró tan superior a la idea que de<br />

ella se había formado, que no pudo resistir a la seducción<br />

de sus encantos, y se enamoró perdidamente<br />

de un objeto para él imposible.<br />

Meses y meses pasó el caballero forjando<br />

los proyectos más atrevidos y absurdos: ora imaginaba<br />

un medio de romper las barreras que lo separaban<br />

de aquella mujer; ora hacía los mayores esfuerzos<br />

para olvidarla; ya se decidía por una cosa,<br />

ya se mostraba partidario de otra absolutamente<br />

opuesta, hasta que al fin un día reunió a sus hermanos<br />

y compañeros de armas, mandó llamar a sus<br />

hombres de guerra, y después de hacer con el mayor<br />

sigilo todos los aprestos necesarios, cayó de<br />

improviso sobre la fortaleza que guardaba a la hermosura,<br />

objeto de su insensato amor.<br />

Al partir a esta expedición, todos creyeron<br />

que sólo movía a su caudillo el afán de vengarse de<br />

cuanto le habían hecho sufrir aherrojándole en el<br />

fondo de sus calabozos; pero después de tomada la<br />

fortaleza, no se ocultó a ninguno la verdadera causa<br />

de aquella arrojada empresa, en que tantos buenos


cristianos habían perecido para contribuir al logro de<br />

una pasión indigna.<br />

El caballero, embriagado en el amor que al<br />

fin logró encender en el pecho de la hermosísima<br />

mora, ni hacía caso de los consejos de sus amigos,<br />

ni paraba mientes en las murmuraciones y las quejas<br />

de sus soldados. Unos y otros clamaban por<br />

salir cuanto antes de aquellos muros, sobre los cuales<br />

era natural que habían de caer nuevamente los<br />

árabes, repuestos del pánico de la sorpresa.<br />

Y en efecto, sucedió así: el alcaide allegó<br />

gentes de los lugares comarcanos; y una mañana el<br />

vigía que estaba puesto en la atalaya de la torre<br />

bajó a anunciar a los enamorados amantes que por<br />

toda la sierra que desde aquellas rocas se descubre<br />

se veía bajar tal nublado de guerreros, que bien<br />

podía asegurarse que iba a caer sobre el castillo la<br />

morisma entera.<br />

La hija del alcaide se quedó al oírlo pálida<br />

como la muerte; el caballero pidió sus armas a<br />

grandes voces, y todo se puso en movimiento en la<br />

fortaleza. Los soldados salieron en tumulto de sus<br />

cuadras; los jefes comenzaron a dar órdenes; se<br />

bajaron los rastrillos; se levantó el puente colgante,<br />

y se coronaron de ballesteros las almenas.


Algunas horas después comenzó el asalto.<br />

Al castillo con razón podía llamarse inexpugnable.<br />

Sólo por sorpresa, como se apoderaron<br />

de él los cristianos, era posible rendirlo. Resistieron,<br />

pues, sus defensores, una, dos y hasta diez embestidas.<br />

Los moros se limitaron, viendo la inutilidad<br />

de sus esfuerzos, a cercarlo estrechamente para<br />

hacer capitular a sus defensores por hambre.<br />

El hambre comenzó, en efecto, a hacer estragos<br />

horrorosos entre los cristianos; pero sabiendo<br />

que, una vez rendido el castillo, el precio de la<br />

vida de sus defensores era la cabeza de su jefe,<br />

ninguno quiso hacerle traición, y los mismos que<br />

habían reprobado su conducta, juraron perecer en<br />

su defensa.<br />

Los moros, impacientes: resolvieron dar un<br />

nuevo asalto al mediar la noche. La embestida fue<br />

rabiosa, la defensa desesperada y el choque horrible.<br />

Durante la pelea, el alcaide, partida la frente de<br />

un hachazo, cayó al foso desde lo alto del muro, al<br />

que había logrado subir con ayuda de una escala, al<br />

mismo tiempo que el caballero recibía un golpe<br />

mortal en la brecha de la barbacana, en donde unos


y otros combatían cuerpo a cuerpo entre las sombras.<br />

Los cristianos comenzaron a cejar y a replegarse.<br />

En este punto la mora se inclinó sobre su<br />

amante que yacía en el suelo moribundo, y tomándole<br />

en sus brazos con unas fuerzas que hacían<br />

mayores la desesperación y la idea del peligro, lo<br />

arrastró hasta el patio de armas. Allí tocó a un resorte,<br />

y, por la boca qué dejó ver una piedra al levantarse<br />

como movida de un impulso sobrenatural,<br />

desapareció con su preciosa carga y comenzó a<br />

descender hasta llegar al fondo del subterráneo.<br />

III<br />

Cuando el caballero volvió en sí, tendió a su<br />

alrededor una mirada llena de extravío, y dijo: -<br />

¡Tengo sed! ¡Me Muero! ¡Me abraso!- Y en su delirio,<br />

precursor de la muerte, de sus labios secos, por<br />

los cuales silbaba la respiración al pasar, sólo se<br />

oían salir estas<br />

palabras angustiosa: -¡Tengo sed! ¡Me<br />

abraso! ¡Agua! ¡Agua!<br />

La mora sabía que aquel subterráneo tenía<br />

una salida al valle por donde corre el río. El valle y<br />

todas las alturas que lo coronan estaban llenos de


soldados moros, que una vez rendida la fortaleza<br />

buscaban en vano por todas partes al caballero y a<br />

su amada para saciar en ellos su sed de exterminio:<br />

sin embargo, no vaciló un instante, y tomando el<br />

casco del moribundo, se deslizó como una sombra<br />

por entre los matorrales que cubrían la boca de la<br />

cueva y bajó a la orilla del río.<br />

Ya había tomado el agua, ya iba a incorporarse<br />

para volver de nuevo al lado de su amante,<br />

cuando silbó una saeta y resonó un grito.<br />

Dos guerreros moros que velaban alrededor<br />

de la fortaleza habían disparado sus arcos en la<br />

dirección en que oyeron moverse las ramas.<br />

La mora, herida de muerte, logró, sin embargo,<br />

arrastrarse a la entrada del subterráneo y<br />

penetrar hasta el fondo, donde se encontraba el<br />

caballero. Éste, al verla cubierta de sangre y próxima<br />

a morir, volvió en su corazón; y conociendo la<br />

enormidad del pecado que tan duramente expiaban;<br />

volvió los ojos al cielo, tomó el agua que su amante<br />

le ofrecía, y sin acercársela a los labios, preguntó a<br />

la mora: -¿Quieres ser cristiana? ¿Quieres morir en<br />

mi religión, y si me salvo salvarte conmigo? La mora,<br />

que había caído al suelo desvanecida con la<br />

falta de la sangre, hizo un movimiento imperceptible


con la cabeza, sobre la cual derramó el caballero el<br />

agua bautismal, invocando el nombre del Todopoderoso.<br />

Al otro día, el soldado que disparó la saeta<br />

vio un rastro de sangre a la orilla del río, y siguiéndolo,<br />

entró en la cueva, donde encontró los cadáveres<br />

del caballero y su amada, que aún vienen por<br />

las noches a vagar por estos contornos.


El gnomo<br />

I<br />

Las muchachas del lugar volvían de la fuente<br />

con sus cántaros en la cabeza, volvían cantando<br />

y riendo con un ruido y una algazara que sólo pudieran<br />

compararse a la alegre algarabía de una banda<br />

de golondrinas cuando revolotean espesas como el<br />

granizo alrededor de la veleta de un campanario.<br />

En el pórtico de la iglesia, y sentado al pie<br />

de un enebro, estaba el tío Gregorio. El tío Gregorio<br />

era el más viejecito del lugar: tenía cerca de noventa<br />

navidades, el pelo blanco, la boca de risa, los<br />

ojos alegres y las manos temblonas. De niño fue<br />

pastor, de joven soldado; después cultivó una pequeña<br />

heredad, patrimonio de sus padres, hasta<br />

que, por último, le faltaron las fuerzas y se sentó<br />

tranquilo a esperar la muerte, que ni temía ni deseaba.<br />

Nadie contaba un chascarrillo con más gracia<br />

que él, ni sabía historias más estupendas, ni<br />

traía a cuento tan oportunamente un refrán, una<br />

sentencia o un adagio.<br />

Las muchachas, al verle, apresuraron el paso<br />

con ánimo de irle a hablar, y cuando estuvieron<br />

en el pórtico, todas comenzaron a suplicarle que les


contase una historia con que entretener el tiempo<br />

que aún faltaba para hacerse de noche, que no era<br />

mucho, pues el sol poniente hería de soslayo la<br />

tierra, y las sombras de los montes se dilataban por<br />

momentos a lo largo de la llanura.<br />

El tío Gregorio escuchó sonriendo la petición<br />

de las muchachas, las cuales, una vez obtenida<br />

la promesa de que les refería alguna cosa, dejaron<br />

los cántaros en el suelo, y sentándose a su alrededor<br />

formaron un corro, en cuyo centro quedó el<br />

viejecito, que comenzó a hablarles de esta manera:<br />

-No os contaré una historia, porque aunque<br />

recuerdo algunas en este momento, atañen a cosas<br />

tan graves, que ni vosotras, que sois unas locuelas,<br />

me prestaríais atención para escucharlas, ni a mí,<br />

por lo avanzado de la tarde, me quedaría espacio<br />

para referirlas. Os daré en su lugar un consejo.<br />

-¡Un consejo! -exclamaron las muchachas<br />

con aire visible de mal humor-. ¡Bah!, no es para oír<br />

consejos para lo que nos hemos detenido; cuando<br />

nos hagan falta ya nos los dará el señor cura.<br />

-Es -prosiguió el anciano con su habitual<br />

sonrisa y su voz cascada y temblona- que el señor<br />

cura acaso no sabría dárosle en esta ocasión tan


oportuna como os lo puede dar el tío Gregorio; porque<br />

él, ocupado en sus rezos y letanías, no habrá<br />

echado, como yo, de ver que cada día vais por agua<br />

a la fuente más temprano y volvéis más tarde.<br />

Las muchachas se miraron entre sí con una<br />

imperceptible sonrisa de burla: no faltando algunas<br />

de las que estaban colocadas a sus espaldas que<br />

se tocasen la frente con el dedo, acompañando su<br />

acción con un gesto significativo.<br />

-¿Y qué mal encontráis en que nos detengamos<br />

en la fuente charlando un rato con las amigas<br />

y vecinas?... -dijo una de ellas-. ¿Andan acaso<br />

chismes en el lugar porque los mozos salen al camino<br />

a echarnos flores o vienen a brindarse para<br />

traer nuestros cántaros hasta la entrada del pueblo?<br />

-De todo hay -contestó el viejo a la moza<br />

que le había dirigido la palabra en nombre de sus<br />

compañeras-. Las viejas del lugar murmuran de que<br />

hoy vayan las muchachas a loquear y entretenerse<br />

a un sitio al cual ellas llegaban de prisa y temblando<br />

a tomar el agua, pues sólo de allí puede traerse; y<br />

yo encuentro mal que perdáis poco a poco el temor<br />

que a todos inspira el sitio donde se halla la fuente,<br />

porque podría acontecer que alguna vez os sorprendiese<br />

en él la noche.


El tío Gregorio pronunció estas últimas palabras<br />

con un tono tan lleno de misterio, que las<br />

muchachas abrieron los ojos espantadas para mirarle,<br />

y con mezcla de curiosidad y burla tornaron a<br />

insistir:<br />

-¡La noche! ¿Pues qué pasa de noche en<br />

ese sitio, que tales aspavientos hacéis y con tan<br />

temerosas y oscuras palabras nos habláis de lo que<br />

allí podría acontecernos? ¿Se nos comerán acaso<br />

los lobos?<br />

-Cuando el Moncayo se cubre de nieve, los<br />

lobos, arrojados de sus guaridas, bajan en rebaños<br />

por su falda, y más de una vez los hemos oído aullar<br />

en horroroso concierto, no sólo en los alrededores<br />

de la fuente, sino en las mismas calles del lugar;<br />

pero no son los lobos los huéspedes más terribles<br />

del Moncayo: en sus profundas simas, en sus cumbres<br />

solitarias y ásperas, en su hueco seno, viven<br />

unos espíritus diabólicos que durante la noche bajan<br />

por sus vertientes como un enjambre, y pueblan<br />

el vacío, y hormiguean en la llanura, y saltan de<br />

roca en roca, juegan entre las aguas o se mecen en<br />

las desnudas ramas de los árboles. Ellos son los<br />

que aúllan en las grietas de las peñas; ellos los que<br />

forman y empujan esas inmensas bolas de nieve


que bajan rodando desde los altos picos y arrollan y<br />

aplastan cuanto encuentran a su paso; ellos los que<br />

llaman con el granizo a nuestros cristales en las<br />

noches de lluvia y corren como llamas azules y ligeras<br />

sobre el haz de los pantanos. Entre estos espíritus<br />

que, arrojados de las llanuras por las bendiciones<br />

y los exorcismos de la Iglesia, han ido a refugiarse<br />

a las crestas inaccesibles de las montañas,<br />

los hay de diferente naturaleza y que al parecer a<br />

nuestros ojos se revisten de formas variadas. Los<br />

más peligrosos, sin embargo, los que se insinúan<br />

con dulces palabras en el corazón de las jóvenes y<br />

las deslumbran con promesas magníficas, son los<br />

gnomos. Los gnomos viven en las entrañas de los<br />

montes; conocen sus caminos subterráneos, y,<br />

eternos guardadores de los tesoros que encierran,<br />

velan día y noche junto a los veneros de los metales<br />

y las piedras preciosas. ¿Veis? -prosiguió el viejo<br />

señalando con el palo que le servía de apoyo la<br />

cumbre del Moncayo, que se levantaba a su derecha,<br />

destacándose oscuro y gigantesco sobre el<br />

cielo violado y brumoso del crepúsculo-, ¿veis esa<br />

inmensa mole coronada aún de nieve?, pues en su<br />

seno tienen sus moradas esos diabólicos espíritus.<br />

El palacio que habitan es horroroso y magnífico a la<br />

vez.


Hace muchos años que un pastor, siguiendo<br />

a una res extraviada, penetró por la boca de una<br />

de esas cuevas, cuyas entradas cubren espesos<br />

matorrales y cuyo fin no ha visto ninguno. Cuando<br />

volvió al lugar, estaba pálido como la muerte; había<br />

sorprendido el secreto de los gnomos; había respirado<br />

su envenenada atmósfera, y pagó su atrevimiento<br />

con la vida; pero antes de morir refirió cosas<br />

estupendas. Andando por aquella caverna adelante,<br />

había encontrado al fin unas galerías subterráneas<br />

e inmensas, alumbradas con un resplandor dudoso<br />

y fantástico, producido, por la fosforescencia de las<br />

rocas, semejantes allí a grandes pedazos de cristal<br />

cuajado de en mil formas caprichosas y extrañas. El<br />

suelo, la bóveda y las paredes de aquellos extensos<br />

salones, obra de la Naturaleza, parecían jaspeados<br />

como los mármoles más ricos; pero las vetas que<br />

los cruzaban eran de oro y plata, y entre aquellas<br />

vetas brillantes se veían como incrustadas multitud<br />

de piedras preciosas de todos los colores y tamaños.<br />

Allí había jacintos y esmeraldas en montón, y<br />

diamantes, y rubíes, y zafiros, y qué sé yo, otras<br />

muchas piedras desconocidas que él no supo nombrar;<br />

pero tan grandes y tan hermosas, que sus ojos<br />

se deslumbraron al contemplarlas. Ningún ruido<br />

exterior llegaba al fondo de la fantástica caverna;


sólo se percibían a intervalos unos gemidos largos y<br />

lastimosos del aire que discurría por aquel laberinto<br />

encantado, un rumor confuso de fuego subterráneo<br />

que hervía comprimido, y murmullos de aguas corrientes<br />

que pasaban sin saberse por dónde.<br />

El pastor, sólo y perdido en aquella inmensidad,<br />

anduvo no sé cuantas horas sin hallar la salida,<br />

hasta que por último tropezó con el nacimiento<br />

del manantial cuyo murmullo había oído. Éste brotaba<br />

del suelo como una fuente maravillosa, con un<br />

salto de agua coronado de espuma, que caía firmando<br />

una vistosa cascada y produciendo un murmullo<br />

sonoro al alejarse resbalando por entre las<br />

quebraduras de las peñas. A su alrededor crecían<br />

unas plantas nunca vistas, con hojas anchas y<br />

gruesas las unas, delgadas y largas como cintas<br />

flotantes las otras. Medio escondidos entre aquella<br />

húmeda frondosidad discurrían unos seres extraños,<br />

en parte hombres, en parte reptiles, o ambas<br />

cosas a la vez, pues transformándose continuamente,<br />

ora parecían criaturas humanas, deformes y<br />

pequeñuelas, ora salamandras luminosas o llamas<br />

fugaces que danzaban en círculos sobre la cúspide<br />

del surtidor. Allí, agitándose en todas direcciones,<br />

corriendo por el suelo en forma de enanos repugnantes<br />

y contrahechos, encaramándose en las pa-


edes, babeando y retorciéndose en figura de reptiles,<br />

o bailando con apariencia de fuegos fatuos<br />

sobre el haz del agua, andaban los gnomos, señores<br />

de aquellos lugares, cantando y removiendo sus<br />

fabulosas riquezas. Ellos saben dónde guardan los<br />

avaros esos tesoros que en vano buscan después<br />

los herederos; ellos conocen el lugar donde los<br />

moros, antes de huir, ocultaron sus joyas; y las alhajas<br />

que se pierden, las monedas que se extravían,<br />

todo lo que tiene algún valor y desaparece,<br />

ellos son los que lo buscan, lo encuentran y lo roban,<br />

para esconderlo en sus guaridas, porque ellos<br />

saben andar todo el mundo por debajo de la tierra y<br />

por caminos secretos e ignorados. Allí tenían, pues,<br />

hacinados en montón toda clase de objetos raros y<br />

preciosos. Había joyas de un valor inestimable,<br />

collares y gargantillas de perlas y piedras finas;<br />

ánforas de oro, de forma antiquísima, llenas de rubíes;<br />

copas cinceladas, armas ricas, monedas con<br />

bustos y leyendas imposibles de conocer o descifrar;<br />

tesoros, en fin, tan fabulosos e inmensos, que<br />

la imaginación apenas puede concebirlos. Y todo<br />

brillaba a la vez lanzando unas chispas de colores y<br />

unos reflejos tan vivos, que parecía como que todo<br />

estaba ardiendo y se movía y temblaba. Al menos,<br />

el pastor refirió que así le había parecido.


Al llegar aquí el anciano se detuvo un momento:<br />

las muchachas, que comenzaron por oír la<br />

relación del tío Gregorio con una sonrisa de burla,<br />

guardaban entonces un profundo silencio, esperando<br />

a que continuase, con los ojos espantados, los<br />

labios ligeramente entreabiertos y la curiosidad y el<br />

interés pintados en el rostro. Una de ellas rompió al<br />

fin el silencio y exclamó sin poderse contener, entusiasmada<br />

al oír la descripción de las fabulosas riquezas<br />

que se habían ofrecido a la vista del pastor:<br />

-Y qué, ¿no se trajo nada de aquello?<br />

-Nada -contestó el tío Gregorio.<br />

-¡Qué tonto! -exclamaron en coro las muchachas.<br />

-El cielo le ayudó en el trance -prosiguió el<br />

anciano-, pues en aquel momento en que la avaricia,<br />

que a todo se sobrepone, comenzaba a disipar<br />

su miedo, y alucinado a la vista de aquellas joyas,<br />

de las cuales una sola bastaría a hacerle poderoso,<br />

el pastor iba a apoderarse de algunas, dice que oyó,<br />

¡maravillaos del suceso!, oyó claro y distinto en<br />

aquellas profundidades, y a pesar de las carcajadas<br />

y las voces de los gnomos, del hervidero del fuego<br />

subterráneo, del rumor de las aguas corrientes y de


los lamentos del aire, oyó, digo, como si estuviese<br />

al pie de la colina en que se encuentra, el clamor de<br />

la campana que hay en la ermita de Nuestra Señora<br />

del Moncayo.<br />

Al oír la campana que tocaba el Ave-María,<br />

el pastor cayó al suelo invocando a la Madre de<br />

Nuestro Señor Jesucristo, y sin saber cómo ni por<br />

dónde se encontró fuera de aquellos lugares, y en el<br />

camino que conduce al pueblo, echado en una senda<br />

y presa de un gran estupor, como si hubiera<br />

salido de un sueño.<br />

Desde entonces se explicó todo el mundo<br />

por qué la fuente del lugar trae a veces entre sus<br />

aguas como un polvo finísimo de oro; y cuando<br />

llega la noche, en el rumor que produce, se oyen<br />

palabras confusas, palabras engañosas con que los<br />

gnomos que la inficionan desde su nacimiento procuran<br />

seducir a los incautos que les prestan oídos,<br />

prometiéndoles riquezas y tesoros que han de ser<br />

su condenación.<br />

Cuando el tío Gregorio llegaba a este punto<br />

de su historia, ya la noche había entrado y la campana<br />

de la iglesia comenzó a tocar las oraciones.<br />

Las muchachas se persignaron devotamente, murmurando<br />

un Ave-María en voz baja, y después de


despedirse del tío Gregorio, que les tornó a aconsejar<br />

que no perdieran el tiempo en la fuente, cada<br />

cual tomó su cántaro, y todas juntas salieron silenciosas<br />

y preocupadas del atrio de la iglesia. Ya lejos<br />

del sitio en que se encontraron al viejecito, y cuando<br />

estuvieron en la plaza del lugar donde habían de<br />

separarse, exclamó la más resuelta y decidora de<br />

ellas:<br />

-¿Vosotras creéis algo de las tonterías que<br />

nos ha contado el tío Gregorio?<br />

-¡Yo no! -dijo una.<br />

-¡Yo tampoco! -exclamó otra.<br />

-¡Ni yo! ¡Ni yo! -repitieron las demás,<br />

burlándose con risas de su credulidad de un momento.<br />

El grupo de las mozuelas se disolvió alejándose<br />

cada cual hacia uno de los extremos de la<br />

plaza. Luego que doblaron las esquinas de las diferentes<br />

calles que venían a desembocar a aquel<br />

sitio, dos muchachas, las únicas que no habían<br />

desplegado aún los labios para protestar con sus<br />

burlas de la veracidad del tío Gregorio, y que, preocupadas<br />

con la maravillosa relación, parecían absortas<br />

en sus ideas, se marcharon juntas y con esa


lentitud propia de las personas distraídas, por una<br />

calleja sombría, estrecha y tortuosa.<br />

De aquellas dos muchachas, la mayor, que<br />

parecía tener unos veinte años, se llamaba Marta; y<br />

la más pequeña, que aún no había cumplido los<br />

dieciséis, Magdalena.<br />

El tiempo que duró el camino, ambas guardaron<br />

un profundo silencio; pero cuando llegaron a<br />

los umbrales de su casa y dejaran los cántaros en el<br />

asiento de piedra del portal, Marta dijo a Magdalena:<br />

-¿Y tú crees en las maravillas del Moncayo y en<br />

los espíritus de la fuente?... -Yo -contestó Magdalena<br />

con sencillez-, yo creo en todo. ¿Dudas tú acaso?<br />

-¡Oh, no! se apresuró a interrumpir Marta; -yo<br />

también creo en todo, en todo lo que deseo creer.<br />

II<br />

Marta y Magdalena eran hermanas. Huérfanas<br />

desde los primeros años de la niñez, vivían<br />

miserablemente a la sombra de una parienta de su<br />

madre que las había recogido por caridad, y que a<br />

cada paso les hacía sentir con sus dicterios y sus<br />

humillantes palabras el peso de su beneficio. Todo<br />

parecía contribuir a que se estrechasen los lazos<br />

del cariño entre aquellas dos almas hermanas, no


sólo por el vínculo de la sangre, sino por los de la<br />

miseria y el sufrimiento, y, sin embargo, entre Marta<br />

y Magdalena existían una sorda emulación, una<br />

secreta antipatía que sólo pudiera explicar el estudio<br />

de sus caracteres, tan en absoluta contraposición<br />

como sus tipos.<br />

Marta era altiva, vehemente en sus inclinaciones<br />

y de una rudeza salvaje en la expresión de<br />

sus afectos: no sabía ni reír ni llorar, y por eso no<br />

había llorado ni reído nunca. Magdalena, por el<br />

contrario, era humilde, amante, bondadosa, y en<br />

más de una ocasión se la vio llorar y reír a la vez<br />

como los niños.<br />

Marta tenía los ojos más negros que la noche,<br />

y de entre sus oscuras pestañas diríase que a<br />

intervalos saltaban chispas de fuego como de un<br />

carbón ardiente.<br />

La pupila azul de Magdalena parecía nadar<br />

en un fluido de luz dentro del cerco de oro de sus<br />

pestañas rubias. Y todo era en ellas armónico con la<br />

diversa expresión de sus ojos. Marta, enjuta de<br />

carnes, quebrada de color, de estatura esbelta,<br />

movimientos rígidos y cabellos crespos y oscuros,<br />

que sombreaban su frente y caían por sus hombros<br />

como un manto de terciopelo: formaba un singular


contraste con Magdalena, blanca, rosada, pequeña,<br />

infantil en su fisonomía y sus formas, y con unas<br />

trenzas rubias que rodeaban sus sienes, semejantes<br />

al nimbo dorado de la cabeza de un ángel.<br />

A pesar de la inexplicable repulsión que<br />

sentían la una por la otra, las dos hermanas habían<br />

vivido hasta entonces en una especie de indiferencia,<br />

que hubiera podido confundirse con la paz y el<br />

afecto: no habían tenido caricias que disputarse, ni<br />

preferencias que envidiar; iguales en la desgracia y<br />

el dolor. Marta se había encerrado para sufrir en un<br />

egoísta y altivo silencio: y Magdalena, encontrando<br />

seco el corazón de su hermana, lloraba a solas<br />

cuando las lágrimas se agolpaban involuntariamente<br />

a sus ojos.<br />

Ningún sentimiento era común entre ellas;<br />

nunca se confiaron sus alegrías y sus pesares, y sin<br />

embargo, el único secreto que procuraban esconder<br />

en lo más profundo del corazón, se lo habían adivinado<br />

mutuamente con ese instinto maravilloso de la<br />

mujer enamorada y celosa. Marta y Magdalena tenían<br />

efectivamente puestos sus ojos en un mismo<br />

hombre.<br />

La pasión de la una era el deseo tenaz, hijo<br />

de un carácter indomable y voluntarioso; en la otra,


el cariño se parecía a esa vaga y espontánea ternura<br />

de la adolescencia, que necesitando un objeto en<br />

qué emplearse, ama el primero que se ofrece a su<br />

vista. Ambas guardaban el secreto de su amor,<br />

porque el hombre que lo había inspirado tal vez<br />

hubiera hecho mofa de un cariño que se podía interpretar<br />

como ambición absurda en unas muchachas<br />

plebeyas y miserables. Ambas, a pesar de la<br />

distancia que las separaba del objeto de su pasión,<br />

alimentaban una esperanza remota de poseerle.<br />

Cerca del lugar, y sobre un alto que dominaba<br />

los contornos, había un antiguo castillo abandonado<br />

por sus dueños. Las viejas, en las noches<br />

de velada, referían una historia llena de maravillas<br />

acerca de sus fundadores. Contaban que hallándose<br />

el rey de Aragón en guerra con sus enemigos,<br />

agotados ya sus recursos, abandonado de sus parciales<br />

y próximo a perder el trono, se le presentó un<br />

día una pastorcita de aquella comarca, y después<br />

de revelarle la existencia de unos subterráneos por<br />

donde podía atravesar el Moncayo sin que lo advirtiesen<br />

sus enemigos, le dio un tesoro en perlas finas,<br />

riquísimas piedras preciosas y barras de oro y<br />

plata, con las cuales el rey pagó sus mesnadas,<br />

levantó un poderoso ejército, y marchando por debajo<br />

de la tierra durante toda una noche, cayó al


otro día sobre sus contrarios y los desbarató, asegurando<br />

la corona en su cabeza.<br />

Después que hubo alcanzado tan señalada<br />

victoria, cuentan que dijo el rey a la pastorcita: -<br />

Pídeme lo que quieras, que, aun cuando fuese la<br />

mitad de mi reino, juro que te lo he de dar al instante.<br />

-Yo no quiero más que volverme a cuidar de<br />

mi rebaño -respondió la pastorcita.- No cuidarás<br />

sino de mis fronteras -replicó el rey, y le dio el señorío<br />

de toda la raya, y le mandó edificar una fortaleza<br />

en el pueblo más fronterizo a Castilla, adonde<br />

se trasladó la pastora, casada ya con uno de los<br />

favoritos del rey, noble, galán, valiente y señor asimismo<br />

de muchas fortalezas y muchos feudos.<br />

La estupenda relación del tío Gregorio acerca<br />

de los gnomos del Moncayo, cuyo secreto estaba<br />

en la fuente del lugar, exaltó nuevamente las locas<br />

fantasías de las dos enamoradas hermanas, completando,<br />

por decirlo así, la ignorada historia del<br />

tesoro hallado por la pastorcita de la conseja: tesoro<br />

cuyo recuerdo había turbado más de una vez sus<br />

noches de insomnio y de amargura, presentándose<br />

a su imaginación como un débil rayo de esperanza.


La noche siguiente a la tarde del encuentro<br />

con el tío Gregorio, todas las muchachas del lugar<br />

hicieron conversación en sus casas de la estupenda<br />

historia que los había referido. Marta y Magdalena<br />

guardaron un profundo silencio; y ni en aquella noche,<br />

ni en todo el día que amaneció después, volvieron<br />

a cambiar una sola palabra relativa al asunto,<br />

tema de todas las conversaciones y objeto de los<br />

comentarios de sus vecinas.<br />

Cuando llegó la hora de costumbre, Magdalena<br />

tomó su cántaro y le dijo a su hermana: -<br />

¿Vamos a la fuente? -Marta no contestó, y Magdalena<br />

volvió a decirle: -¿Vamos a la fuente? Mira que<br />

si no nos apresuramos se pondrá el sol antes de la<br />

vuelta. -Marta exclamó al fin con un acento breve y<br />

áspero: -Yo no quiero ir hoy. -Ni yo tampoco -añadió<br />

Magdalena después de un instante de silencio, durante<br />

el cual mantuvo los ojos clavados en los de su<br />

hermana, como si quisiera adivinar en ellos la causa<br />

da su resolución.<br />

III<br />

Las muchachas del lugar hacía cerca de<br />

una hora que estaban de vuelta en sus casas. La<br />

última luz del crepúsculo se había apagado en el<br />

horizonte, y la noche comenzaba a cerrar de cada


vez más oscura, cuando Marta y Magdalena, esquivándose<br />

mutuamente y cada cual por diverso<br />

camino, salieron del pueblo con dirección a la fuente<br />

misteriosa. La fuente brotaba escondida entre unos<br />

riscos cubiertos de musgo en el fondo de una larga<br />

alameda. Después que se fueron apagando poco a<br />

poco los rumores del día y ya no se escuchaba el<br />

lejano eco de la voz de los labradores que vuelven<br />

caballeros en sus yuntas cantando al compás del<br />

timón del arado que arrastran por la tierra; después<br />

que se dejó de percibir el monótono ruido de las<br />

esquilillas del ganado, y las voces de los pastores, y<br />

el ladrido de los perros que reúnen las reses, y sonó<br />

en la torre del lugar la postrera campanada del toque<br />

de oraciones, reinó ese doble y augusto silencio<br />

de la noche y la soledad; silencio lleno de murmullos<br />

extraños y leves que lo hacen aún más perceptibles.<br />

Marta y Magdalena deslizaron por entre el<br />

laberinto de los árboles, y, protegidas por la oscuridad,<br />

llegaron sin verse al fin de la alameda. Marta<br />

no conocía el temor, y sus pasos eran firmes y seguros.<br />

Magdalena temblaba con sólo el ruido que<br />

producían sus pies al hollar las hojas secas que<br />

tapizaban el suelo. Cuando las dos hermanas estuvieron<br />

junto a la fuente, el viento de la noche co-


menzó a agitar las copas de los álamos, y al murmullo<br />

de sus soplos desiguales parecía responder el<br />

agua del manantial con un rumor compasado y uniforme.<br />

Marta y Magdalena se prestaron atención a<br />

aquellos ruidos que pasaban bajo sus pies como un<br />

susurro constante, y sobre sus cabezas como un<br />

lamento que nacía y se apagaba para tornar y crecer<br />

y dilatarse por la espesura. A medida que transcurrían<br />

las horas, aquel sonar eterno del aire y del<br />

agua empezó a producirse una extraña exaltación,<br />

una especie de vértigo, que, turbando la vista y<br />

zumbando en el oído, parecía trastornarlas por<br />

completo. Entonces, a la manera que se oye hablar<br />

entre sueños con un eco lejano y confuso, les pareció<br />

percibir entre aquellos rumores sin nombre sonidos<br />

inarticulados como los de un niño que quiere y<br />

no puede llamar a su madre; luego palabras que se<br />

repetían una vez y otra, siempre lo mismo; después<br />

frases inconexas y dislocadas sin orden ni sentido, y<br />

por último... por último comenzaron a hablar el viento<br />

vagando entre los árboles y el agua saltando de<br />

risco en risco.<br />

Y hablaban así:


EL AGUA.- ¡Mujer!..., ¡mujer!..., óyeme...,<br />

óyeme y acércate para oírme, que yo besaré tus<br />

pies mientras tiemblo al copiar tu imagen en el foqdo<br />

sombrío de mis ondas ¡Mujer!..., óyeme, que mis<br />

murmullos son palabras.<br />

EL VIENTO.- ¡Niña!... niña gentil, levanta tu<br />

cabeza, déjame en paz besar tu frente, en tanto que<br />

agito tus cabellos. Niña gentil, escúchame, que yo<br />

sé hablar también y murmuraré al oído frases cariñosas.<br />

MARTA.- ¡Oh! ¡Habla, habla que yo te comprenderé<br />

porque mi inteligencia flota en un vértigo,<br />

como flotan tus palabras indecisas!<br />

Habla misteriosa corriente.<br />

MAGDALENA.- Tengo miedo. ¡Aire de la<br />

noche, aire de perfumes, refrescan mi frente que<br />

arde! Dime algo que me infunda valor porque mi<br />

espíritu vacila.<br />

EL AGUA.- Yo he cruzado el tenebroso seno<br />

de la tierra, he sorprendido el secreto de su maravillosa<br />

fecundidad, y conozco los fenómenos de<br />

sus entrañas, donde germinan las futuras creaciones.


Mi rumor adormece y despierta: despierta<br />

tú, que lo comprendes.<br />

EL VIENTO.- Yo soy el aire que mueven los<br />

ángeles con sus alas inmensas al cruzar el espacio.<br />

Yo amontono en el Occidente las nubes que ofrecen<br />

al sol un lecho de púrpura, y traigo al amanecer, con<br />

las neblinas que se deshacen en gotas, una lluvia<br />

de perlas sobre las flores, mis suspiros son un<br />

bálsamo: ábreme tu corazón y le inundaré de felicidad.<br />

MARTA.- Cuando yo oí por primera vez el<br />

murmullo de una corriente subterránea, no en balde<br />

me inclinaba a la tierra prestándole oído. Con ella<br />

iba un misterio que yo debía comprender al cabo.<br />

MAGDALENA.- Suspiros del viento, yo os<br />

conozco: vosotros me acariciabais dormida cuando,<br />

fatigada por el llanto, me rendía al sueño en mi niñez,<br />

y vuestro rumor se me figuraban las palabras<br />

de una madre que arrulla a su hija.<br />

El agua enmudeció por algunos instantes, y<br />

no sonaba sino como agua que se rompe entre<br />

peñas. El viento calló también, y su ruido no fue otra<br />

cosa que ruido de hojas movidas. Así pasó algún


tiempo, y después volvieron a hablar, y hablaron<br />

así:<br />

EL AGUA.- Después de filtrarme gota a gota<br />

a través del filón de oro de una mina inagotable;<br />

después de correr por un lecho de plata y saltar<br />

como sobre guijarros entre un sin número de zafiros<br />

y amatistas, arrastrando en vez de arenas diamantes<br />

y rubíes, me he unido en misterioso consorcio a<br />

un genio. Rica con su poder y con las ocultas virtudes<br />

de las piedras preciosas y los metales, de cuyos<br />

átomos vengo saturada, puedo ofrecerte cuanto<br />

ambicionas. Yo tengo la fuerza de un conjuro, el<br />

poder de un talismán y la virtud de las siete piedras<br />

y los siete colores.<br />

EL VIENTO.- Yo vengo de vagar por la llanura,<br />

y, como la abeja que vuelve a la colmena con<br />

su botín de perfumadas mieles, traigo suspiros de<br />

mujer, plegarias de niños, palabras de casto amor y<br />

aromas de nardos y azucenas silvestres. Yo no he<br />

recogido a mi paso más que perfumes y ecos de<br />

armonías; mis tesoros son inmateriales, pero ellos<br />

dan la paz del alma y la vaga felicidad de sueños<br />

venturosos.<br />

Mientras su hermana, atraída como por un<br />

encanto, se inclinaba al borde de la fuente para oír


mejor, Magdalena se iba instintivamente separando<br />

de los riscos entre los cuales brotaba el manantial.<br />

Ambas tenían sus ojos fijos, la una en el<br />

fondo de las aguas, la otra en el fondo del cielo.<br />

Y exclamaba Magdalena mirando brillar los<br />

luceros en la altura: -Esos son los nimbos de luz de<br />

los ángeles invisibles que nos custodian.<br />

En tanto decía Marta, viendo temblar en la<br />

linfa de la fuente el reflejo de las estrellas: -Esas<br />

son las partículas de oro que arrastra el agua en su<br />

misterioso curso.<br />

El manantial y el viento, que por segunda<br />

vez habían enmudecido un instante, tornaron a<br />

hablar; y dijeron:<br />

EL AGUA.- Remonta mi corriente, desnúdate<br />

del temor como de una vestidura grosera, y osa<br />

traspasar los umbrales de lo desconocido. Yo he<br />

adivinado que tu espíritu es de la esencia de los<br />

espíritus superiores. La envidia te habrá arrojado tal<br />

vez del cielo para revolcarte en el lodo de la miseria.<br />

Yo veo, sin embargo, en tu frente sombría un sello<br />

de altivez que te hace digna de nosotros, espíritus<br />

fuertes y libres... Ven, yo te voy a enseñar palabras<br />

mágicas de tal virtud, que al pronunciarlas se


abrirán las rosas y te brindarán con los diamantes<br />

que están en su seno, como las perlas en las conchas<br />

que sacan del fondo del mar los pescadores.<br />

Ven, te daré tesoros para que vivas feliz; y más<br />

tarde, cuando se quiebre la cárcel que te aprisiona,<br />

tu espíritu se asimilará a los nuestros, que son espíritus<br />

humanos, y todos confundidos seremos la<br />

fuerza motora, el rayo vital de la creación, que circula<br />

como un fluido por sus arterias subterráneas.<br />

EL VIENTO.- El agua lame la tierra y vive<br />

en el cieno: yo discurro por las regiones etéreas y<br />

vuelo en el espacio sin límites. Sigue los movimientos<br />

de tu corazón, deja que tu alma suba como la<br />

llama y las azules espirales del humo. ¡Desdichado<br />

el que, teniendo alas, desciende a las profundidades<br />

para buscar el oro, pudiendo remontarse a la<br />

altura para encontrar amor y sentimiento!<br />

Vive oscura como la violeta, que yo te traeré<br />

en un beso fecundo el germen vivificante de otra flor<br />

hermana tuya, y rasgaré las nieblas para que no<br />

falte un rayo de sol que ilumine tu alegría. Vive oscura,<br />

vive ignorada, que cuando tu espíritu se desate,<br />

yo lo subiré a las regiones de la luz en una<br />

nube roja.


Callaron el viento y el agua, y apareció el<br />

gnomo.<br />

El gnomo era, como un hombrecillo transparente:<br />

una especie de enano de luz, semejante a un<br />

fuego fatuo, que se reía a carcajadas, sin ruido, y<br />

saltaba de peña en peña, y mareaba con su vertiginosa<br />

movilidad. Unas veces se sumergía en el agua<br />

y continuaba brillando en el fondo como una joya de<br />

mil colores; otras salía a la superficie y agitaba los<br />

pies y las manos, y sacudía la cabeza a un lado y a<br />

otro con una rapidez que tocaba en prodigio.<br />

Marta vio al gnomo y le estuvo siguiendo<br />

con la vista extraviada en todas sus extravagantes<br />

evoluciones; y cuando el diabólico espíritu se lanzó<br />

al fin por entre las escabrosidades del Moncayo,<br />

como una llama que corre, agitando su cabellera de<br />

chispas, sintió una especie de atracción irresistible y<br />

siguió tras él con una carrera frenética.<br />

-¡Magdalena! -decía en tanto el aire que se<br />

alejaba lentamente; y Magdalena, paso a paso y<br />

como una sonámbula, guiada en el sueño por una<br />

voz amiga, siguió tras la ráfaga, que iba suspirando<br />

por la llanura.


Después todo quedó otra vez en silencio en<br />

la oscura alameda, y el viento y el agua siguieron<br />

resonando con los murmullos y los rumores de<br />

siempre.<br />

IV<br />

Magdalena tornó al lugar pálida y llena de<br />

asombro. A Marta la esperaron en vano toda la noche.<br />

Cuando llegó la tarde del otro día, las muchachas<br />

encontraron un cántaro roto al borde de la<br />

fuente de la alameda. Era el cántaro de Marta, de la<br />

cual nunca volvió a saberse. Desde entonces las<br />

muchachas del lugar van por agua tan temprano,<br />

que madrugan con el Sol. Algunas me han asegurado<br />

que de noche se ha oído en más de una ocasión<br />

el llanto de Marta, cuyo espíritu vive aprisionado<br />

en la fuente. Yo no sé qué crédito dar a esta<br />

última parte de la historia, porque la verdad es que<br />

desde entonces ninguno se ha atrevido a penetrar<br />

para oírlo en la alameda después del toque del Ave-<br />

María.


El miserere<br />

Hace algunos meses que visitando la célebre<br />

abadía de Fitero y ocupándome en revolver<br />

algunos volúmenes en su abandonada biblioteca,<br />

descubrí en uno de sus rincones dos o tres cuadernos<br />

de música bastante antiguos, cubiertos de polvo<br />

y hasta comenzados a roer por los ratones.<br />

Era un Miserere.<br />

Yo no sé la música; pero la tengo tanta afición,<br />

que, aun sin entenderla, suelo coger a veces<br />

la partitura de una ópera, y me paso las horas muertas<br />

hojeando sus páginas, mirando los grupos de<br />

notas más o menos apiñadas, las rayas, los semicírculos,<br />

los triángulos y las especies de etcéteras,<br />

que llaman llaves, y todo esto sin comprender una<br />

jota ni sacar maldito el provecho.<br />

Consecuente con mi manía, repasé los<br />

cuadernos, y lo primero que me llamó la atención<br />

fue qué, aunque en la última página había esta palabra<br />

latina, tan vulgar en todas las obras, finis, la<br />

verdad era que el Miserere no estaba terminado,<br />

porque la música no alcanzaba sino hasta el décimo<br />

versículo.


Esto fue sin duda lo que me llamó la atención<br />

primeramente; pero luego que me fijé un poco<br />

en las hojas de música, me chocó más aún el observar<br />

que en vez de esas palabras italianas que<br />

ponen en todas, como maestoso, allegro, ritardando,<br />

piú vivo, a piacere, había unos renglones escritos<br />

con letra muy menuda y en alemán, de los cuales<br />

algunos servían para advertir cosas tan difíciles<br />

de hacer como esto; Crujen... crujen los huesos, y<br />

de sus médulas han de parecer que salen los alaridos;<br />

o esta otra: La cuerda aúlla sin discordar, el<br />

metal atruena sin ensordecer; por eso suena todo, y<br />

no se confunde nada, y todo es la Humanidad que<br />

solloza y gime, o la más original de todas, sin duda,<br />

recomendaba al pie del último versículo: Las notas<br />

son huesos cubiertos de carne; lumbre inextinguible,<br />

los cielos y su armonía... ¡fuerza!... fuerza y<br />

dulzura.<br />

-¿Sabéis qué es esto? -pregunté a un viejecito<br />

que me acompañaba, al acabar de medio traducir<br />

estos renglones, que parecían frases escritas<br />

por un loco.<br />

El anciano me contó entonces la leyenda<br />

que voy a referiros.<br />

I


Hace ya muchos años, en una noche lluviosa<br />

y oscura, llegó a la puerta claustral de esta abadía<br />

un romero, y pidió un poco de lumbre para secar<br />

sus ropas, un pedazo de pan con que satisfacer su<br />

hambre, y un albergue cualquiera donde esperar la<br />

mañana y proseguir con la luz del sol su camino.<br />

Su modesta colación, su pobre lecho y su<br />

encendido hogar, puso el hermano a quien se hizo<br />

esta demanda a disposición del caminante, al cual,<br />

después que se hubo repuesto de su cansancio,<br />

interrogó acerca del objeto de su romería y del punto<br />

a que se encaminaba.<br />

-Yo soy músico -respondió el interpelado-,<br />

he nacido muy lejos de aquí, y en mi patria gocé un<br />

día de gran renombre. En mi juventud hice de mi<br />

arte un arma poderosa de seducción, y encendí con<br />

él pasiones que me arrastraron a un crimen. En mi<br />

vejez quiero convertir al bien las facultades que he<br />

empleado para el mal, redimiéndome por donde<br />

mismo pude condenarme.<br />

Como las enigmáticas palabras del desconocido<br />

no pareciesen del todo claras al hermano<br />

lego, en quien ya comenzaba la curiosidad a despertarse,<br />

e instigado por ésta continuara en sus<br />

preguntas, su interlocutor prosiguió de este modo:


-Lloraba yo en el fondo de mi alma la culpa<br />

que había cometido; mas al intentar pedirle a Dios<br />

misericordia, no encontraba palabras para expresar<br />

dignamente mi arrepentimiento, cuando un día se<br />

fijaron mis ojos por casualidad sobre un libro santo.<br />

Abrí aquel libro y en una de sus páginas encontré<br />

un gigante grito de contrición verdadera, un salmo<br />

de David, el que comienza ¡Miserere mei, Deus!<br />

Desde el instante en que hube leído sus estrofas, mi<br />

único pensamiento fue hallar una forma musical tan<br />

magnífica, tan sublime, que bastase a contener el<br />

grandioso himno de dolor del Rey Profeta. Aún no la<br />

he encontrado; pero si logro expresar lo que siento<br />

en mi corazón, lo que oigo confusamente en mi<br />

cabeza, estoy seguro de hacer un Miserere tal y tan<br />

maravilloso, que no hayan oído otro semejante los<br />

nacidos: tal y tan desgarrador, que al escuchar el<br />

primer acorde los arcángeles, dirán conmigo cubiertos<br />

los ojos de lágrimas y dirigiéndose al Señor:<br />

¡misericordia!, y el Señor la tendrá de su pobre criatura.<br />

El romero, al llegar a este punto de su narración,<br />

calló por un instante; y después, exhalando<br />

un suspiro, tornó a coger el hilo de su discurso. El<br />

hermano lego, algunos dependientes de la abadía y<br />

dos o tres pastores de la granja de los frailes, que


formaban círculo alrededor del hogar, le escuchaban<br />

en un profundo silencio.<br />

-Después -continuó- de recorrer toda Alemania,<br />

toda Italia y la mayor parte de este país<br />

clásico para la música religiosa, aún no he oído un<br />

Miserere en que pueda inspirarme, ni uno, ni uno, y<br />

he oído tantos, que puedo decir que los he oído<br />

todos.<br />

-¿Todos? -dijo entonces interrumpiéndole<br />

uno de los rabadanes-. ¿A qué no habéis oído aún<br />

el Miserere de la Montaña?<br />

-¡El Miserere de la Montaña! -exclamó el<br />

músico con aire de extrañeza-. ¿Qué Miserere es<br />

ése?<br />

-¿No dije? -murmuró el campesino; y luego<br />

prosiguió con una entonación misteriosa-. Ese Miserere,<br />

que sólo oyen por casualidad los que como yo<br />

andan día y noche tras el ganado por entre breñas y<br />

peñascales, es toda una historia; una historia muy<br />

antigua, pero tan verdadera como al parecer increíble.<br />

Es el caso, que en lo más fragoso de esas<br />

cordilleras, de montañas que limitan el horizonte del<br />

valle, en el fondo del cual se halla la abadía, hubo


hace ya muchos años, ¡que digo muchos años!,<br />

muchos siglos, un monasterio famoso; monasterio<br />

que, a lo que parece, edificó a sus expensas un<br />

señor con los bienes que había de legar a su hijo, al<br />

cual desheredó al morir, en pena de sus maldades.<br />

Hasta aquí todo fue bueno; pero es el caso<br />

que este hijo, que, por lo que se verá más adelante,<br />

debió de ser de la piel del diablo, si no era el mismo<br />

diablo en persona, sabedor de que sus bienes estaban<br />

en poder de los religiosos, y de que su castillo<br />

se había transformado en iglesia, reunió a unos<br />

cuantos bandoleros, camaradas suyos en la vida de<br />

perdición que emprendiera al abandonar la casa de<br />

sus padres, y una noche de Jueves Santo, en que<br />

los monjes se hallaban en el coro, y en el punto y<br />

hora en que iban a comenzar o habían comenzado<br />

el Miserere, pusieron fuego al monasterio, saquearon<br />

la iglesia, y a éste quiero, a aquél no, se dice<br />

que no dejaron fraile con vida.<br />

Después de esta atrocidad, se marcharon<br />

los bandidos y su instigador con ellos, adonde no se<br />

sabe, a los profundos tal vez.<br />

Las llamas redujeron el monasterio a escombros;<br />

de la iglesia aún quedan en pie las ruinas<br />

sobre el cóncavo peñón, de donde nace la cascada,


que, después de estrellarse de peña en peña, forma<br />

el riachuelo que viene a bañar los muros de esta<br />

abadía.<br />

-Pero -interrumpió impaciente el músico- ¿y<br />

el Miserere?<br />

-Aguardaos -continuó con gran sorna el rabadán-,<br />

que todo irá por partes. Dicho lo cual, siguió<br />

así su historia:<br />

-Las gentes de los contornos se escandalizaron<br />

del crimen: de padres a hijos y de hijos a nietos<br />

se refirió con horror en las largas noches de<br />

velada; pero lo que mantiene más viva su memoria,<br />

es que todos los años, tal noche como la en que se<br />

consumó, se ven brillar luces a través de las rotas<br />

ventanas de la iglesia; se oye como una especie de<br />

música extraña y unos cantos lúgubres y aterradores<br />

que se perciben a intervalos en las ráfagas del<br />

aire.<br />

Son los monjes, los cuales, muertos tal vez<br />

sin hallarse preparados para presentarse en el tribunal<br />

de Dios limpios de toda culpa, vienen aún del<br />

purgatorio a impetrar su misericordia cantando el<br />

Miserere.


Los circunstantes se miraron unos a otros<br />

con muestras de incredulidad; sólo el romero, que<br />

parecía vivamente preocupado con la narración de<br />

la historia, preguntó con ansiedad al que la había<br />

referido:<br />

-¿Y decís que ese portento se repite aún?<br />

-Dentro de tres horas comenzará sin falta<br />

alguna, porque precisamente esta noche es la de<br />

jueves Santo, y acaban de dar las ocho en el reloj<br />

de la abadía.<br />

rio?<br />

-¿A qué distancia se encuentra el monaste-<br />

-A una legua y media escasa...; pero ¿qué<br />

hacéis? ¿Adónde vais con una noche como ésta?<br />

¡Estáis dejado de la mano de Dios! -exclamaron<br />

todos al ver que el romero, levantándose de su escaño<br />

y tomando el bordón, abandonaba el hogar<br />

para dirigirse a la puerta.<br />

-¿A dónde voy? A oír esa maravillosa música,<br />

a oír el grande, el verdadero Miserere, el Miserere<br />

de los que vuelven al mundo después de muertos,<br />

y saben lo que es morir en el pecado.


Y esto, diciendo, desapareció de la vista del<br />

espantado lego y de los no menos atónitos pastores.<br />

El viento zumbaba y hacía crujir las puertas,<br />

como si una mano poderosa pugnase por arrancarlas<br />

de sus quicios; la lluvia caía en turbiones, azotando<br />

los vidrios de las ventanas, y de cuando en<br />

cuando la luz de un relámpago iluminaba por un<br />

instante todo el horizonte que desde ellas se descubría.<br />

Pasado el primer momento de estupor, exclamó<br />

el lego:<br />

-¡Está loco!<br />

-¡Está loco! -repitieron los pastores; y atizaron<br />

de nuevo la lumbre y se agruparon alrededor del<br />

hogar.<br />

II<br />

Después de una o dos horas de camino, el<br />

misterioso personaje que calificaron de loco en la<br />

abadía remontando la corriente del riachuelo que le<br />

indicó el rabadán de la historia, llegó al punto en<br />

que se levantaban negras e imponentes las ruinas<br />

del monasterio.


La lluvia había cesado; las nubes flotaban<br />

en oscuras bandas, por entre cuyos jirones se deslizaba<br />

a veces un furtivo rayo de luz pálida y dudosa;<br />

y el aire, al azotar los fuertes machones y extenderse<br />

por los desiertos claustros, diríase que exhalaba<br />

gemidos. Sin embargo, nada sobrenatural, nada<br />

extraño venía a herir la imaginación. Al que había<br />

dormido más de una noche sin otro amparo que las<br />

ruinas de una torre abandonada o un castillo solitario;<br />

al que había arrostrado en su larga peregrinación<br />

cien y cien tormentas, todos aquellos ruidos le<br />

eran familiares.<br />

Las gotas de agua que se filtraban por entre<br />

las grietas de los rotos arcos y caían sobre las losas<br />

con un rumor acompasado, como el de la péndola<br />

de un reloj; los gritos del búho, que graznaba refugiado<br />

bajo el nimbo de piedra de una imagen, de pie<br />

aún en el hueco de un muro; el ruido de los reptiles,<br />

que despiertos de su letargo por la tempestad sacaban<br />

sus disformes cabezas de los agujeros donde<br />

duermen, o se arrastraban por entre los jaramagos<br />

y los zarzales que crecían al pie del altar, entre las<br />

junturas de las lápidas sepulcrales que formaban el<br />

pavimento de la iglesia, todos esos extraños y misteriosos<br />

murmullos del campo, de la soledad y de la<br />

noche, llegaban perceptibles al oído del romero que,


sentado sobre la mutilada estatua de una tumba,<br />

aguardaba ansioso la hora en que debiera realizarse<br />

el prodigio.<br />

Transcurrió tiempo y tiempo, y nada se percibió;<br />

aquellos mil confusos rumores seguían sonando<br />

y combinándose de mil maneras distintas,<br />

pero siempre los mismos.<br />

-¡Si me habrá engañado! -pensó el músico;<br />

pero en aquel instante se oyó un ruido nuevo, un<br />

ruido inexplicable en aquel lugar, como el que produce<br />

un reloj algunos segundos antes de sonar la<br />

hora: ruido de ruedas que giran, de cuerdas que se<br />

dilatan, de maquinaria que se agita sordamente y se<br />

dispone a usar de su misteriosa vitalidad mecánica,<br />

y sonó una campanada..., dos..., tres..., hasta once.<br />

En el derruido templo no había campana, ni<br />

reloj, ni torre ya siquiera.<br />

Aún no había expirado, debilitándose de<br />

eco en eco, la última campanada; todavía se escuchaba<br />

su vibración temblando en el aire, cuando los<br />

doseles de granito que cobijaban las esculturas, las<br />

gradas de mármol de los altares, los sillares de las<br />

ojivas, los calados antepechos del coro, los festones<br />

de tréboles de las cornisas, los negros machones


de los muros, el pavimento, las bóvedas, la iglesia<br />

entera, comenzó a iluminarse espontáneamente, sin<br />

que se viese una antorcha, un cirio o una lámpara<br />

que derramase aquella insólita claridad.<br />

Parecía como un esqueleto, de cuyos huesos<br />

amarillos se desprende ese gas fosfórico que<br />

brilla y humea en la oscuridad como una luz azulada,<br />

inquieta y medrosa.<br />

Todo pareció animarse, pero con ese movimiento<br />

galvánico que imprime a la muerte contracciones<br />

que parodian la vida, movimiento instantáneo,<br />

más horrible aún que la inercia del cadáver<br />

que agita con su desconocida fuerza. Las piedras<br />

se reunieron a piedras; el ara, cuyos rotos<br />

fragmentos se veían antes esparcidos sin orden, se<br />

levantó intacta como si acabase de dar en ella su<br />

último golpe de cincel el artífice, y al par del ara se<br />

levantaron las derribadas capillas, los rotos capiteles<br />

y las destrozadas e inmensas series de arcos<br />

que, cruzándose y enlazándose caprichosamente<br />

entre sí, formaron con sus columnas un laberinto de<br />

pórfido.<br />

Un vez reedificado el templo, comenzó a<br />

oírse un acorde lejano que pudiera confundirse con<br />

el zumbido del aire, pero que era un conjunto de


voces lejanas y graves, que parecía salir del seno<br />

de la tierra e irse elevando poco a poco, haciéndose<br />

cada vez más perceptible.<br />

El osado peregrino comenzaba a tener miedo;<br />

pero con su miedo luchaba aún su fanatismo por<br />

todo lo desusado y maravilloso, y alentado por él<br />

dejó la tumba sobre que reposaba, se inclinó al<br />

borde del abismo por entre cuyas rocas saltaba el<br />

torrente, despeñándose con un trueno incesante y<br />

espantoso, y sus cabellos se erizaron de horror.<br />

Mal envueltos en los jirones de sus hábitos,<br />

caladas las capuchas, bajo los pliegues de las cuales<br />

contrastaban con sus descarnadas mandíbulas y<br />

los blancos dientes las oscuras cavidades de los<br />

ojos de sus calaveras, vio los esqueletos de los<br />

monjes, que fueron arrojados desde el pretil de la<br />

iglesia a aquel precipicio, salir del fondo de las<br />

aguas, y agarrándose con los largos dedos de sus<br />

manos de hueso a las grietas de las peñas, trepar<br />

por ellas hasta tocar el borde, diciendo con voz baja<br />

y sepulcral, pero con una desgarradora expresión<br />

de dolor, el primer versículo del salmo de David:<br />

¡Miserere mei, Deus, secundum magnam<br />

misericordiam tuam!


Cuando los monjes llegaron al peristilo del<br />

templo, se ordenaron en dos hileras, y penetrando<br />

en él, fueron a arrodillarse en el coro, donde con<br />

voz más levantada y solemne prosiguieron entonando<br />

los versículos del salmo. La música sonaba<br />

al compás de sus voces: aquella música era el rumor<br />

distante del trueno, que desvanecida la tempestad,<br />

se alejaba murmurando; era el zumbido del aire<br />

que gemía en la concavidad del monte; era el<br />

monótono ruido de la cascada que caía sobre las<br />

rocas, y la gota de agua que se filtraba, y el grito del<br />

búho escondido, y el roce de los reptiles inquietos.<br />

Todo esto era la música, y algo más que no puede<br />

explicarse ni apenas concebirse, algo más que parecía<br />

como el eco de un órgano que acompañaba<br />

los versículos del gigante himno de contrición del<br />

Rey Salmista, con notas y acordes tan gigantes<br />

como sus palabras terribles.<br />

Siguió la ceremonia; el músico que la presenciaba,<br />

absorto y aterrado, creía estar fuera del<br />

mundo real, vivir en esa región fantástica del sueño<br />

en que todas las cosas se revisten de formas extrañas<br />

y fenomenales.<br />

Un sacudimiento terrible vino a sacarle de<br />

aquel estupor que embargaba todas las facultades


de su espíritu. Sus nervios saltaron al impulso de<br />

una emoción fortísima, sus dientes chocaron,<br />

agitándose con un temblor imposible de reprimir, y<br />

el frío penetrar hasta la médula de los huesos.<br />

Los monjes pronunciaban en aquel instante<br />

estas espantosas palabras del Miserere:<br />

In iniquitatibus conceptus sum: et in peccatis<br />

concepit me mater mea.<br />

Al resonar este versículo y dilatarse sus<br />

ecos retumbando de bóveda en bóveda, se levantó<br />

un alarido tremendo, que parecía un grito de dolor<br />

arrancado a la Humanidad entera por la conciencia<br />

de sus maldades, un grito horroroso, formado de<br />

todos los lamentos del infortunio, de todos los aullidos<br />

de la desesperación, de todas las blasfemias de<br />

la impiedad; concierto monstruoso, digno intérprete<br />

de los que viven en el pecado y fueron concebidos<br />

en la iniquidad.<br />

Prosiguió el canto, ora tristísimo y profundo,<br />

ora semejante a un rayo de sol que rompe la nube<br />

oscura de una tempestad, haciendo suceder a un<br />

relámpago de terror otro relámpago de júbilo, hasta<br />

que merced a una transformación súbita, la iglesia<br />

resplandeció bañada en luz celeste; las osamentas


de los monjes se vistieron de sus carnes; una aureola<br />

luminosa brilló en derredor de sus frentes; se<br />

rompió la cúpula, y a través de ella se vio el cielo<br />

como un océano de lumbre abierto a la mirada de<br />

los justos.<br />

Los serafines, los arcángeles, los ángeles y<br />

las jerarquías acompañaban con un himno de gloria<br />

este versículo, que subía entonces al trono del Señor<br />

como una tromba armónica, como una gigantesca<br />

espiral de sonoro incienso:<br />

Auditui meo dabis gaudium et lœtitiam: et<br />

exultabunt ossa humiliata.<br />

En este punto la claridad deslumbradora<br />

cegó los ojos del romero, sus sienes latieron con<br />

violencia, zumbaron sus oídos y cayó sin conocimiento<br />

por tierra, y nada más oyó.<br />

III<br />

Al día siguiente, los pacíficos monjes de la<br />

abadía de Fitero, a quienes el hermano lego había<br />

dado cuenta de la extraña visita de la noche anterior,<br />

vieron entrar por sus puertas, pálido y como<br />

fuera de sí, al desconocido romero.


-¿Oísteis al cabo el Miserere? -le preguntó<br />

con cierta mezcla de ironía el lego, lanzando a hurtadillas<br />

una mirada de inteligencia a sus superiores.<br />

-Sí -respondió el músico.<br />

-¿Y qué tal os ha parecido?<br />

-Lo voy a escribir. Dadme un asilo en vuestra<br />

casa -prosiguió dirigiéndose al abad-; un asilo y<br />

pan por algunos meses, y voy a dejaros una obra<br />

inmortal del arte, un Miserere que borre mis culpas<br />

a los ojos de Dios, eternice mi memoria y eternice<br />

con ella la de esta abadía.<br />

Los monjes, por curiosidad, aconsejaron al<br />

abad que accediese a su demanda; el abad, por<br />

compasión, aun creyéndole un loco, accedió al fin a<br />

ella, y el músico, instalado ya en el monasterio,<br />

comenzó su obra.<br />

Noche y día trabajaba con un afán incesante.<br />

En mitad de su tarea se paraba, y parecía como<br />

escuchar algo que sonaba en su imaginación, y se<br />

dilataban sus pupilas, saltaba en el asiento, y exclamaba:<br />

-¡Eso es; así, así, no hay duda..., así! Y<br />

proseguía escribiendo notas con una rapidez febril,<br />

que dio en más de una ocasión que admirar a los<br />

que le observaban sin ser vistos.


Escribió los primeros versículos y los siguientes,<br />

y hasta la mitad del Salmo, pero al llegar<br />

al último que había oído en la montaña, le fue imposible<br />

proseguir.<br />

Escribió uno, dos, cien, doscientos borradores;<br />

todo inútil. Su música no se parecía a aquella<br />

música ya anotada, y el sueño huyó de sus párpados,<br />

y perdió el apetito, y la fiebre se apoderó de su<br />

cabeza, y se volvió loco, y se murió, en fin, sin poder<br />

terminar el Miserere, que, como una cosa extraña,<br />

guardaron los frailes a su muerte y aún se conserva<br />

hoy en el archivo de la abadía.<br />

Cuando el viejecito concluyó de contarme<br />

esta historia, no pude menos de volver otra vez los<br />

ojos al empolvado y antiguo manuscrito del Miserere,<br />

que aún estaba abierto sobre una de las mesas.<br />

In peccatis concepit me mater mea<br />

Éstas eran las palabras de la página que<br />

tenía ante mi vista, y que parecía mofarse de mí con<br />

sus notas, sus llaves y sus garabatos ininteligibles<br />

para los legos en la música.<br />

Por haberlas podido leer hubiera dado un<br />

mundo.


¿Quién sabe sí no serán una locura?


La arquitectura árabe en Toledo<br />

Llevando en una mano el Corán y en la otra<br />

la espada, los hijos de Ismael habían ya recorrido<br />

una gran parte del mundo. Merced a la sangrienta<br />

persecución de estos guerreros apóstoles de falso<br />

profeta, el Oriente comenzaba a constituirse en un<br />

gran pueblo, y el Asia y el África se unían por medio<br />

del lazo de las creencias, santificado con el sello de<br />

las victorias, cuando la traición abrió nuestra Península<br />

a las huestes de Tarif y la monarquía gótica<br />

cayó derrocada en las orillas del Guadalete con su<br />

último rey.<br />

Acostumbrados a vencer, los árabes no tardaron<br />

mucho en posesionarse de casi todo el reino.<br />

Como es indudable que a sus conquistas presidía<br />

un gran pensamiento, el exterminio no siguió de<br />

cerca a sus victorias; las ventajosas condiciones<br />

con que aceptaron la rendición de un gran número<br />

de ciudades, los privilegios en el goce de los cuales<br />

dejaron a los cristianos, prueban claramente que<br />

antes trataban de consolidar que de destruir, y que<br />

al emprender sus aventuradas expediciones, no les<br />

impulsaba sólo una sed de combates sin fruto y de<br />

triunfos efímeros. La historia de los grandes conquistadores<br />

de todas las épocas ofrece muy raros


ejemplos de estas elevadas máximas de sabiduría,<br />

puestas en acción por los árabes en la larga carrera<br />

de sus victorias.<br />

Dueños, pues, de casi toda la Península<br />

ibérica y calmada la sed de luchas y de dominio que<br />

agitó el espíritu guerrero de aquellas razas ardientes,<br />

salidas de entre las abrasadoras arenas del<br />

Desierto, las diversas ideas de civilización y de adelanto,<br />

rico botín de la inteligencia que habían recogido<br />

en su marcha triunfal a través de las antiguas<br />

naciones, comenzaron a fundirse en su imaginación<br />

en un solo pensamiento regenerador.<br />

Hasta entonces el árabe, fiel a las tradiciones<br />

de vida nómada, no había encontrado un momento<br />

de reposo. Primeramente pone su movible<br />

tienda, ya al pie de una palmera del Desierto, ya en<br />

la falda de una colina; después se hace conquistador,<br />

y derramándose por el mundo, hoy sestea en el<br />

Cairo, a la tarde duerme en el África, y al amanecer<br />

levanta su campamento y le sorprende el sol con el<br />

nuevo día en Europa.<br />

Pero el momento de recoger el fruto de sus<br />

conquistas, la hora de recibir el precio de su sangre,<br />

tan prodigiosamente derramada, había llegado. Sus<br />

leyes, y con ellas sus costumbres, comenzaron a


dulcificarse y a tomar una índole propia; el círculo<br />

de sus aspiraciones y sus necesidades se hizo mayor,<br />

y la sociedad que comenzaba a constituir puso<br />

el pie en la senda del progreso a la que llamaban su<br />

grandeza y su poder.<br />

Como es de presumir, el arte no existía aún<br />

entre los sectarios de Mahoma; pero el desarrollo<br />

de la nueva religión lo comenzaba a hacer una necesidad.<br />

Y decimos una necesidad, porque es digna<br />

de ser observada la influencia que las creencias<br />

religiosas ejercen sobre la imaginación de los pueblos<br />

que crean un nuevo estilo. Recórrase, siquiera<br />

ligeramente, la historia moral, por decirlo así, de<br />

todos los países, y no se podrá por menos de conceder<br />

a esta influencia la gloria de haber dado, a<br />

cada una de las naciones que civilizó, unas costumbres<br />

en perfecta afinidad con sus necesidades, y<br />

una arquitectura original en maravillosa armonía con<br />

su culto.<br />

Los adoradores de Isis, los sacerdotes de<br />

sus terribles misterios, después de poblar sus altares<br />

de locas e incomprensibles concepciones, crearon<br />

el arte egipcio con sus esfinges monstruosas,<br />

sus gigantescas pirámides y oscuros jeroglíficos. El<br />

pensamiento de un mundo viril y grande se halla


grabado con sus caracteres indelebles en los colosos<br />

del Desierto.<br />

La India, con su atmósfera de fuego, su vegetación<br />

poderosa y sus imaginaciones ardientes,<br />

alimentadas por una religión todo maravillas y mitos<br />

emblemáticos, ahuecó los montes para tallar en su<br />

seno las subterráneas pagodas de sus dioses. La<br />

extraña y salvaje poesía de los Vedas parece que<br />

toma formas y vive cuando a la moribunda luz que<br />

se abre paso a través de las grutas sagradas se ven<br />

desfilar, confundiéndose entre las sombras de sus<br />

muros, las silenciosas procesiones de monstruosos<br />

elefantes, guiados por esos deformes genios que<br />

despliegan sus triples miembros en semicírculo,<br />

como las plumas de un quitasol.<br />

La Grecia coronó de flores sus divinidades,<br />

les prestó el ideal de la belleza humana y las colocó<br />

sobre altares risueños, levantados a la sombra de<br />

edificios que respiraban sencillez y majestad. Basta<br />

examinar sus templos, ricos de armonía y de luz;<br />

basta hacerse cargo de la matemática euritmia de<br />

sus construcciones, para comprender a aquella<br />

sociedad que sujetó la idea a la forma, que tiranizó<br />

la libre imaginación por medio de los preceptos del<br />

arte.


La arquitectura árabe parece la hija del<br />

sueño de un creyente dormido después de una<br />

batalla a la sombra de una palmera. Sólo la religión<br />

que con tan brillantes colores pinta las huríes del<br />

paraíso y sus embriagadoras delicias pudo reunir<br />

las confusas ideas de mil diferentes estilos y entretejerlos<br />

en la forma de un encaje. Sus gentiles creaciones<br />

no son más que una hermosa página del<br />

libro de su legislador poeta, escrita con alabastro y<br />

estuco en las paredes de una mezquita o en las<br />

tarbeas de una aljama.<br />

La Religión del Crucificado tradujo el Apocalipsis<br />

y las fantásticas visiones de los eremitas. La<br />

luz y las sombras, la sencilla parábola y el oscuro<br />

misterio se dan la mano en ese poema místico del<br />

sacerdote, interpretado por el arte, al que la Edad<br />

Media prestó sus severas y melancólicas tintas.<br />

Ni Roma ni Bizancio tuvieron una arquitectura<br />

absolutamente original y completa; sus obras<br />

fueron modificaciones, no creaciones, porque, como<br />

dejamos dicho, sólo una nueva religión puede crear<br />

una nueva sociedad, y sólo en ésta hay poder de<br />

imaginación suficiente a concebir un nuevo arte.<br />

Roma no fue más que el espíritu de Grecia encarnado<br />

en un gran pueblo, y Bizancio el cadáver gal-


vanizado del Imperio, eslabón que en la cadena de<br />

los siglos unió por algunos instantes el mundo que<br />

desaparecía con el que se levantaba.<br />

He aquí por qué dijimos que, derrocada en<br />

nuestra Península la raza del Norte por la del Oriente,<br />

el desarrollo de la religión había hecho del desarrollo<br />

del arte una necesidad. El secreto impulso que<br />

lo empujaba a su destino existía, pues, en la conciencia<br />

del genio ismaelita; pero aún se encontraba<br />

muy distante del término de su carrera, por lo que<br />

en los primeros pasos se limitó a satisfacer sus<br />

necesidades por medio de la imitación.<br />

En este punto, como fácilmente se comprende,<br />

comenzó la primera época de las tres principales<br />

en que puede dividirse la historia de la arquitectura<br />

muslímica toledana, época que a su vez<br />

puede dividirse en dos períodos, uno de imitación, y<br />

otro de lucha entre la idea original y la influencia<br />

extraña de los diferentes géneros arquitectónicos<br />

que se amalgamaron entre sí para crear el nuevo<br />

estilo, y que duró en Toledo casi tanto tiempo cuanto<br />

permaneció aquella ciudad en poder de los infieles.<br />

Pocas son las muestras que nos quedan<br />

hoy de ambos períodos, pues habiendo desapareci-


do la grande aljama o alcázar de los reyes moros,<br />

como asimismo la mezquita mayor, sobre los cimientos<br />

de la cual Fernando el Santo levantó la<br />

iglesia primada, sus obras de mayor importancia, y,<br />

por lo tanto, las más dignas de estudio, se hallan<br />

fuera del alcance de nuestra crítica. Sin embargo,<br />

basta examinar la antigua mezquita que es hoy<br />

capilla del Cristo de la Luz, la iglesia de Santa María<br />

la Blanca, la de San Román, y algunos otros restos<br />

de la arquitectura de los árabes toledanos, para<br />

poder señalar, hasta cierto punto con exactitud, los<br />

caracteres que la distinguen.<br />

Obsérvanse en ella restos de las construcciones<br />

góticas como capiteles y fustes de columnas<br />

empleados en las fábricas, que, para atender a sus<br />

primeras necesidades erigieron los sectarios de<br />

Mahoma después de conquistada la ciudad. (2) La<br />

forma de los templos guarda, por lo regular, bastante<br />

analogía con la de las basílicas cristianas, hallándose<br />

compartidas en naves como éstas, y comenzando<br />

en la cabecera algunas veces con ábside.<br />

Los arcos que soportan las techumbres de las naves<br />

son redondos o de herradura, observándose<br />

asimismo, hasta en las construcciones más primitivas,<br />

el empleo de los arcos dúplices en la ornamentación<br />

de los muros.


Los fustes de las columnas que sostienen<br />

las arquerías de estos edificios, son unas veces de<br />

mármol y otras de ladrillo y argamasa; pero siempre<br />

gruesos y pesados. La forma octógona, que en<br />

algunos de ellos se observa, es uno de los caracteres<br />

distintivos de este período. Los arabescos o<br />

adornos del gusto árabe con que embellecían sus<br />

obras son escasos, toscos y casi siempre imitación<br />

o copia adulterada de los adornos propios de las<br />

órdenes de arquitectura que habían visto al pasar,<br />

triunfadores de los pueblos que amarraron a su<br />

yugo. En los capiteles imitan las formas griegas,<br />

aunque modificándolas más o menos, según el capricho<br />

de sus autores; en la ornamentación, el bizantino<br />

es uno de los géneros que presta con más<br />

abundancia sus caprichosos adornos al arte de los<br />

muslimes.<br />

El segundo período de esta grande época<br />

de nacimiento y desarrollo de las ideas originales y<br />

propias del pueblo ismaelita, se desenvolvió en<br />

Toledo cuando a principios del siglo XI Abu Mohammad<br />

Ismael ben Dz'en-non fundó la dinastía de<br />

los Beni Dz'en-non, erigiendo a esta ciudad en capital<br />

del reino nuevamente constituido. A este tiempo<br />

perteneció, sin duda, la ornamentación de la mezquita<br />

mayor y la grande aljama, edificios de los que,


como de otros muchos de la misma edad sólo nos<br />

quedan vagas y confusas tradiciones, unidas a alguno<br />

que otro fragmento.<br />

Obsérvase, sin embargo, que, en esta segunda<br />

mitad de la creación de su arte, los alarifes<br />

mahometanos, en la lucha empeñada entre su inspiración<br />

y la influencia de otros estilos, llevan una<br />

considerable ventaja.<br />

Las alharacas o adornos de follaje con que<br />

cubren los capiteles de sus columnas, la archivolta<br />

de sus arcos o los entrepaños de sus muros, las<br />

adarajas o lacerías de sus orlas, y el menudo almocárabe<br />

que sirve de fondo a su ornamentación,<br />

comienzan ya a determinarse y a tomar un carácter<br />

propio. Nótase este adelanto muy particularmente<br />

en los edificios árabes de este tiempo que aún existen<br />

en varios puntos de España. En Toledo, como<br />

ya dejamos dicho, son pocos los ejemplares que de<br />

estos dos períodos, y especialmente del último, se<br />

conservan.<br />

La segunda época, la época de virilidad y<br />

esplendor de este género maravilloso y delicado,<br />

comenzó a florecer en la ciudad imperial después<br />

que Don Alfonso la reconquistó del poder de los<br />

musulmanes. Los alarifes andaluces que habían


estudiado en la Alhambra y en el alcázar de Sevilla,<br />

magníficos edificios en que el genio oriental desplegó<br />

todo el lujo de su imaginación inagotable, se<br />

desparramaron en este tiempo por la Península, y<br />

llevaron las nuevas ideas al seno de las ciudades<br />

reconquistadas, en las que, así los árabes que aún<br />

permanecían en ellas, como los cristianos y los<br />

judíos que en gran número se encontraban en las<br />

grandes poblaciones, usaron casi exclusivamente<br />

por espacio de dos o tres siglos de esta arquitectura,<br />

ya para sus palacios, ya para sus templos y<br />

fábricas de utilidad común.<br />

Imposible sería describir con palabras la brillante<br />

metamorfosis que en esta edad experimentó<br />

el arte que hemos visto en los siglos anteriores seguir<br />

tímidamente el sendero de la imitación, ensayando<br />

con pobreza y miedo alguna que otra idea<br />

original. Sus formas groseras y pesadas han adquirido<br />

una esbeltez y una gallardía admirables; sus<br />

arcos, compuestos de mil y mil líneas atrevidas y<br />

nuevas, se sostienen sobre columnas tan frágiles,<br />

que no se concibe que pudieran soportar los muros,<br />

si éstos a su vez no fuesen calados y ligeros como<br />

el rostrillo de encaje de una castellana; las geométricas<br />

combinaciones de sus lacerías se complican y<br />

enredan entre sí de un modo inconcebible, y cada


capitel, cada faja, cada detalle, en fin, de estas<br />

magníficas creaciones, son a su vez una obra artística<br />

maravillosa en las que otros detalles secundarios<br />

aparecen a los ojos del observador y lo asombran<br />

por su delicadeza, su novedad y su número.<br />

La iglesia del Tránsito, antigua sinagoga, la<br />

ornamentación de Santa María la Blanca, los restos<br />

del alcázar del rey Don Pedro, la casa de Mesa y<br />

otros muchos edificios, ya religiosos, ya profanos,<br />

representan dignamente en la capital de Castilla la<br />

Nueva este período de esplendor y grandeza de la<br />

arquitectura arábiga, cuyos rasgos más característicos<br />

son los que a continuación expresamos.<br />

El empleo de ojivas túmido conopiales, ya<br />

simples, ya incluidas en arcos de herradura o estalactíticos;<br />

el uso, cada vez más frecuente, de dobles<br />

ajimeces, sostenidos por parteluces esbeltísimos y<br />

cuajados de ornamentación y figuras geométricas;<br />

arcos de diversas formas, en los que se combinan<br />

de mil maneras extrañas porciones de círculo, que<br />

dibujan las archivoltas y perfilan los vanos; arcos<br />

trazados por líneas rectas combinadas con porciones<br />

de círculo; pechinas de dobles y triples hileras<br />

de bovedillas apiñadas, las que también se usaron<br />

en algunos edificios del género ojival, construidos


en épocas posteriores, como en San Juan de los<br />

Reyes; sustitución en las leyendas que adornan los<br />

muros de los caracteres cúficos, usados en la primera<br />

época, por los neskhi, de forma más ligera y<br />

gallarda; adornos en la ornamentación completamente<br />

originales y propios del arte arábigo, los que,<br />

aun cuando guardan alguna remota idea de los<br />

bizantinos, ya se han hecho más ricos y elegantes;<br />

artesonados cuajados de lujosos detalles; lacerías<br />

combinadas de cierto modo, que les da alguna semejanza<br />

con las tracerías del estilo ojival; uso casi<br />

general de aliceres o anchas fajas de azulejos brillantes<br />

de infinitos colores y formas, adornando las<br />

zonas inferiores de las tarbeas o salones; sustitución<br />

en algunas cenefas de las hojas agudas y entrelargas,<br />

propias de la ornamentación de otros<br />

estilos, con la parra, roble y otras de parecido dibujo,<br />

las que, revelándose sobre fondos de ataurique y<br />

combinándose entre sí, forman a veces dobles postas.<br />

He aquí los principales caracteres que, unidos a<br />

la delicadeza y perfección con que están ejecutados<br />

todos los detalles, dan a conocer este período a<br />

primera vista.<br />

La tercera época, la época de la decadencia,<br />

no tiene, por decirlo así, una fisonomía propia.<br />

Se hace notar por la falta de lujo y de riqueza en


sus obras, por el abandono de aquella prodigalidad<br />

de ornamentación que caracterizó a esta arquitectura<br />

en su período de gloria, y por la adulteración de<br />

algunas de las partes de que se compone.<br />

El estilo ojival, que cada día adelantaba un<br />

paso más en la senda de la perfección, comenzó a<br />

oscurecer y a poner en olvido el arte arábigo, el<br />

cual, no obstante, prolongó su existencia; aunque<br />

trabajosamente, hasta mediados del siglo XVI, en el<br />

que el Renacimiento destronó a un tiempo a los dos<br />

géneros, representantes genuinos, el uno de la<br />

religión cristiana y el otro de la islamita.


¡Es raro!<br />

Tomábamos el té en casa de una señora<br />

amiga mía, y se hablaba de esos dramas sociales<br />

que se desarrollan ignorados del mundo, y cuyos<br />

protagonistas hemos conocido, si es que no hemos<br />

hecho un papel en algunas de sus escenas.<br />

Entre otras muchas personas que no recuerdo,<br />

se encontraba allí una niña rubia, blanca y<br />

esbelta, que a tener una corona de flores en lugar<br />

del legañoso perrillo, que gruñía medio oculto entre<br />

los anchos pliegues de su falda, hubiérasela comparado,<br />

sin exagerar, con la Ofelia de Shakespeare.<br />

Tan puros eran el blanco de su frente y el<br />

azul de sus ojos.<br />

De pie, apoyada una mano en la causeuse<br />

de terciopelo azul que ocupaba la niña rubia, y acariciando<br />

con la otra los preciosos dijes de su cadena<br />

de oro, hablaba con ella un joven, en cuya afectada<br />

pronunciación se notaba un leve acento extranjero,<br />

a pesar de que su aire y su tipo eran tan españoles<br />

como los del Cid o Bernardo del Carpio.<br />

Un señor de cierta edad, alto, seco, de maneras<br />

distinguidas y afables, y que parecía seriamente<br />

preocupado en la operación de dulcificar a


punto su taza de té, completaba el grupo de las<br />

personas más próximas a la chimenea, al calor de<br />

la cual me senté para contar esta historia. Esta historia<br />

parece un cuento, pero no lo es: de ella pudiera<br />

hacerse un libro; yo lo he hecho, algunas veces<br />

en mi imaginación. No obstante, la referiré en pocas<br />

palabras, pues para el que haya de comprenderla<br />

todavía sobrarán algunas.<br />

I<br />

Andrés, porque así se llamaba el héroe de<br />

mi narración, era uno de esos hombres en cuya<br />

alma rebosan el sentimiento que no han gastado<br />

nunca, y el cariño que no pueden depositar en nadie.<br />

Huérfano casi al nacer, quedó al cuidado de<br />

unos parientes. Ignoro los detalles de su niñez; sólo<br />

puedo decir que, cuando le hablaban de ella, se<br />

oscurecía su frente y exclamaba con un suspiro: -<br />

¡Ya pasó aquello!<br />

Todos decimos lo mismo, recordando con<br />

tristeza las alegrías pasadas. ¿Era ésta la explicación<br />

de la suya? Repito que no lo sé; pero sospecho<br />

que no.


Ya joven, se lanzó al mundo. Sin que por<br />

esto se crea que yo trato de calumniarle, la verdad<br />

es que el mundo para los pobres, y para cierta clase<br />

de pobres sobre todo, no es un paraíso ni mucho<br />

menos. Andrés era, como suele decirse, de los que<br />

se levantan la mayor parte de los días con veinticuatro<br />

horas más; juzguen, pues, mis lectores cuál<br />

sería el estado de un alma toda idealismo, toda<br />

amor, ocupada en la difícil cuanto prosaica tarea de<br />

buscarse el pan nuestro cotidiano.<br />

No obstante, algunas veces, sentándose a<br />

la orilla de su solitario lecho, con los codos sobre las<br />

rodillas y la cabeza entre las manos, exclamaba:<br />

-¡Si yo tuviese alguien a quien querer con<br />

toda mi alma! ¡Una mujer, un caballo, un perro siquiera!<br />

Como no tenía un cuarto, no le era posible<br />

tener nada, ningún objeto en que satisfacer su<br />

hambre de amor. Ésta se exasperó hasta el punto<br />

de que en sus crisis llegó a cobrarle cariño al cuchitril<br />

donde habitaba, a los mezquinos muebles que le<br />

servían hasta a la patrona, que era su genio del<br />

mal.


No hay que extrañarlo; Josefo refiere que<br />

durante el sitio de Jerusalén fue tal el hambre, que<br />

las madres se comieron a sus hijos.<br />

Un día pudo proporcionarse un escasísimo<br />

sueldo para vivir. La noche de aquel día, cuando se<br />

retiraba a su casa, al atravesar una calle estrecha,<br />

oyó una especie de lamentos, como lloros de una<br />

criatura recién nacida. No bien hubo dado algunos<br />

pasos más después de oír aquellos gemidos, cuando<br />

exclamó deteniéndose:<br />

-Diantre, ¿qué es esto?<br />

Y tocó con la punta del pie una cosa blanda<br />

que se movía y tornó a chillar y a quejarse. Era uno<br />

de esos perrillos que arrojan a la basura de pequeñuelos.<br />

-La Providencia lo ha puesto en mi camino -<br />

dijo para sí Andrés, recogiéndole y abrigándole con<br />

el faldón de su levita; y se lo llevó a su cuchitril.<br />

-¡Cómo es eso! -refunfuñó la patrona al verle<br />

entrar con el perrillo.- No nos faltaba más que ese<br />

nuevo embeleco en casa; ahora mismo lo deja usted<br />

donde lo encontró, o mañana busca donde<br />

acomodarse con él.


Al otro día salió Andrés de la casa, y en el<br />

discurso de dos o tres meses salió de otras doscientas<br />

por la misma cuestión. Pero todos estos disgustos,<br />

y otros mil que es imposible detallar, los compensaban<br />

con usura la inteligencia y el cariño del<br />

perro; con el cual se distraía como con una persona<br />

en sus eternas horas de soledad y fastidio. Juntos<br />

comían, juntos descansaban y juntos daban la vuelta<br />

a la Ronda, o se marchaban a lo largo del camino<br />

de los Carabancheles.<br />

Tertulias, paseos, teatros, cafés, sitios donde<br />

no se permitían o estorbaban los perros, estaban<br />

vedados para nuestro héroe, que exclamaba algunas<br />

veces con toda la efusión de su alma y como<br />

correspondiendo a las caricias del suyo:<br />

-¡Animalito! no le falta más que hablar.<br />

II<br />

Sería enfadoso explicar cómo, pero es el<br />

caso que Andrés mejoró algo de posición, y viéndose<br />

con algún dinero, dijo:<br />

-¡Si yo tuviese una mujer! Pero para tener<br />

una mujer es preciso mucho; los hombres como yo,<br />

antes de elegirla, necesitan un paraíso que ofrecerle,<br />

y hacer un paraíso de Madrid cuesta un ojo de la


cara... Si pudiera comprar un caballo. ¡Un caballo!<br />

No hay animal más noble ni más hermoso. ¡Cómo lo<br />

había de querer mi perro, cómo se divertirían el uno<br />

con el otro y yo con los dos!<br />

Una tarde fue a los toros y antes de comenzar<br />

la función dirigiose maquinalmente al corral,<br />

donde esperaban ensillados los que habían de salir<br />

a la lidia.<br />

No sé si mis lectores habrán tenido alguna<br />

vez la curiosidad de ir a verlos. Yo de mí puedo<br />

asegurarles que, sin creerme tan sensible como el<br />

protagonista de esta historia, he tenido algunas<br />

veces ganas de comprarlos todos. Tal ha sido la<br />

lástima que me ha dado de ellos.<br />

Andrés no pudo menos de experimentar<br />

una sensación penosísima al encontrarse en aquel<br />

sitio. Unos, cabizbajos, con la piel pegada a los<br />

huesos y la crin sucia y descompuesta, aguardaban<br />

inmóviles su turno, como si presintiesen la desastrosa<br />

muerte que había de poner término, dentro de<br />

breves horas, a la miserable vida que arrastraban;<br />

otros, medio ciegos, buscaban olfateando el pesebre<br />

y comían, o, hiriendo el suelo con el casco y<br />

dando fuertes resoplidos, pugnaban por desasirse y<br />

huir del peligro que olfateaban con horror. Y todos


aquellos animales habían sido jóvenes y hermosos.<br />

¡Cuántas manos aristócratas habrían acariciado sus<br />

cuellos! ¡Cuántas voces cariñosas los habrían alentado<br />

en su carrera, y ahora todo era juramentos por<br />

acá, palos por acullá, y por último, la muerte, la<br />

muerte con una agonía horrible, acompañada de<br />

chanzonetas y silbidos!<br />

-Si piensan algo -decía Andrés-, ¿qué pensarán<br />

estos animales en el fondo de su confusa<br />

inteligencia, cuando en medio de la plaza se muerden<br />

la lengua y expiran con una contracción espantosa?<br />

En verdad que la ingratitud del hombre es<br />

algunas veces inconcebible.<br />

De estas reflexiones vino a sacarle la<br />

aguardentosa voz de uno de los picadores, que<br />

juraba y maldecía mientras probaba las piernas de<br />

uno de los caballos, dando con el cuento de la garrocha<br />

en la pared. El caballo no parecía del todo<br />

despreciable; por lo visto, debía de ser loco o tener<br />

alguna enfermedad de muerte.<br />

Andrés pensó en adquirirlo. Costar, no debería<br />

de costar mucho; pero ¿y mantenerlo? El picador<br />

le hundió la espuela en el ijar y se dispuso a<br />

salir; nuestro joven vaciló un instante y le detuvo.<br />

Cómo lo hizo no lo sé; pero en menos de un cuarto


de hora convenció al jinete para que lo dejase,<br />

buscó al asentista, ajustó el caballo y se quedó con<br />

él.<br />

Creo excusado decir que aquella tarde no<br />

vio los toros.<br />

Llevose el caballo; pero el caballo, en efecto,<br />

estaba o parecía estar loco.<br />

-Mucha leña en él -le dijo un inteligente.<br />

-Poco de comer -le aconsejó un mariscal.<br />

El caballo seguía en sus trece. -¡Bah! -<br />

exclamó al fin su dueño-: démosle de comer lo que<br />

quiera, y dejémosle hacer lo que le dé la gana. El<br />

caballo no era viejo, y comenzó a engordar y a ser<br />

más dócil. Verdad que tenía sus caprichos y que<br />

nadie podía montarlo más que Andrés; pero decía<br />

éste: -Así no me lo pedirán prestado, y en cuanto a<br />

rarezas, ya nos iremos acostumbrando mutuamente<br />

a las que tenemos. Y llegaron a acostumbrarse de<br />

tal modo, que Andrés sabía cuando el caballo tenía<br />

ganas de hacer una cosa y cuando no, y a éste le<br />

bastaba una voz de su dueño para saltar, detenerse<br />

o partir al escape, rápido como un huracán.


Del perro no digamos nada: llegó a familiarizarse<br />

de tal modo con su nuevo camarada, que ni<br />

a beber salían el uno sin el otro. Desde aquel punto,<br />

cuando se perdía al escape entre una nube de polvo<br />

por el camino de los Carabancheles, y su perro<br />

le acompañaba, saltando y se adelantaba para tornar<br />

a buscarle o le dejaba pasar para volver a seguirle.<br />

Andrés se creía el más feliz de los hombres.<br />

III<br />

Pasó algún tiempo; nuestro joven estaba rico<br />

o casi rico.<br />

Un día, después de haber corrido mucho, se<br />

apeó fatigado junto a un árbol y se recostó a su<br />

sombra.<br />

Era un día de primavera, luminoso y azul,<br />

de esos en que se respira con voluptuosidad una<br />

atmósfera tibia e impregnada de deseos, en que se<br />

oyen en las ráfagas del aire como armonías lejanas,<br />

en que los limpios horizontes se dibujan con líneas<br />

de oro y flotan ante nuestros ojos átomos brillantes<br />

de no se qué, átomos que semejan formas transparentes<br />

que nos siguen, nos rodean y nos embriagan<br />

a un tiempo de tristeza y de felicidad.


-Yo quiero mucho a estos dos seres -<br />

exclamó Andrés después de sentarse, mientras<br />

acariciaba a su perro con una mano y con la otra le<br />

daba a su caballo un puñado de yerbas-, mucho;<br />

pero todavía hay un hueco en mi corazón que no se<br />

ha llenado nunca; todavía me queda por emplear un<br />

cariño más grande, más santo, más puro. Decididamente<br />

necesito una mujer.<br />

En aquel momento pasaba por el camino<br />

una muchacha con un cántaro en la cabeza.<br />

Andrés no tenía sed, y sin embargo, le pidió<br />

agua. La muchacha se detuvo para ofrecérsela, y lo<br />

hizo con tanta amabilidad, que nuestro joven comprendió<br />

perfectamente uno de los más patriarcales<br />

episodios de la Biblia.<br />

-¿Cómo te llamas? -le preguntó así que<br />

hubo bebido.<br />

-Plácida.<br />

-¿Y en qué te ocupas?<br />

-Soy hija de un comerciante que murió<br />

arruinado y perseguido por sus opiniones políticas.<br />

Después de su muerte, mi madre y yo nos retiramos<br />

a una aldea, donde lo pasamos bien mal, con una


pensión de tres reales por todo recurso. Mi madre<br />

está enferma y yo tengo que hacerlo todo.<br />

-¿Y cómo no te has casado?<br />

-No sé; en el pueblo dicen que no sirvo para<br />

trabajar, que soy muy delicada, muy señorita.<br />

dirse.<br />

La muchacha se alejó después de despe-<br />

Mientras la miraba alejarse, Andrés permaneció<br />

en silencio; cuando la perdió de vista, dijo con<br />

la satisfacción del que resuelve un problema:<br />

-Esa mujer me conviene.<br />

Montó en su caballo, y seguido de su perro<br />

se dirigió a la aldea. Pronto hizo conocimiento con<br />

la madre y casi tan pronto se enamoró perdidamente<br />

de la hija. Cuando al cabo de algunos meses ésta<br />

se quedó huérfana, se casó enamorado de su mujer,<br />

que es una de las mayores felicidades de este<br />

mundo.<br />

Casarse y establecerse en una quinta situada<br />

en uno de los sitios más pintorescos de su país,<br />

fue obra de algunos días.


Cuando se vio en ella rico, con su mujer, su<br />

perro y su caballo, tuvo que restregarse los ojos:<br />

creía que soñaba. Tan feliz, tan completamente feliz<br />

era el pobre Andrés.<br />

IV<br />

Así vivió por espacio de algunos años, dichoso<br />

si Dios tenía qué, cuando una noche creyó<br />

observar que alguien rondaba su quinta, y más tarde<br />

sorprendió a un hombre moldeando el ojo de la<br />

cerradura de una puerta del jardín.<br />

-Ladrones tenemos -dijo. Y determinó avisar<br />

al pueblo más cercano, donde había una pareja de<br />

guardias civiles.<br />

-¿Adónde vas? -le preguntó su mujer.<br />

-Al pueblo.<br />

-¿A qué?<br />

-A dar aviso a los civiles, porque sospecho<br />

que alguien nos ronda la quinta.<br />

Cuando la mujer oyó esto, palideció ligeramente.<br />

Él, dándole un beso, prosiguió:<br />

-Me marcho a pie, porque el camino es corto.<br />

¡Adiós!, hasta la tarde.


Al pasar por el patio para dirigirse a la puerta,<br />

entró un momento en la cuadra, vio a su caballo,<br />

y acariciándolo le dijo:<br />

-¡Adiós, pobrecito, adiós!: hoy descansarás,<br />

que ayer te di un mate como para ti solo.<br />

El caballo, que acostumbraba a salir todos<br />

los días con su dueño, relinchó tristemente al sentirle<br />

alejarse.<br />

Cuando Andrés se disponía a abandonar la<br />

quinta, su perro comenzó a hacerle fiestas.<br />

-No, no vienes conmigo -exclamó hablándole<br />

como si lo entendiese-: cuando vas al pueblo,<br />

ladras a los muchachos y corres a las gallinas, y el<br />

mejor día del año te van a dar tal golpe, que no te<br />

quedan ánimos de volver por otro... No abrirle hasta<br />

que yo me marche -prosiguió dirigiéndose a un criado,<br />

y cerró la puerta para que no le siguiese.<br />

Ya había dado la vuelta al camino, cuando<br />

todavía escuchaba los largos aullidos del perro.<br />

Fue al pueblo, despachó su diligencia, se<br />

entretuvo un poco con el alcalde charlando de diversas<br />

cosas, y se volvió hacia su quinta. Al llegar a<br />

las inmediaciones, extrañó bastante que no saliese


el perro a recibirle, el perro que otras veces, como si<br />

lo supiera, salía hasta la mitad del camino... Silba...,<br />

¡nada! Entra en la posesión; ¡ni un criado! -¡Qué<br />

diantres será esto! -exclama con inquietud, y se<br />

dirige al caserío.<br />

Llega a él, entra en el patio; lo primero que<br />

se ofrece a su vista es el perro tendido en un charco<br />

de sangre a la puerta de la cuadra. Algunos pedazos<br />

de ropa diseminados por el suelo, algunas hilachas<br />

pendientes aún de sus fauces, cubiertas de<br />

una rojiza espuma, atestiguan que se ha defendido<br />

y que al defenderse recibió las heridas que lo cubren.<br />

Andrés lo llama por su nombre; el perro moribundo<br />

entreabre los ojos, hace un inútil esfuerzo<br />

para levantarse, menea débilmente la cola, lame la<br />

mano que lo acaricia y muere.<br />

-Mi caballo, ¿dónde está mi caballo? -<br />

exclama entonces con voz sorda y ahogada por la<br />

emoción, al ver desierto el pesebre y rota la cuerda<br />

que lo sujetaba a él.<br />

Sale de allí como un loco: llama a su mujer,<br />

nadie responde; a sus criados, tampoco; recorre<br />

toda la casa fuera de sí..., sola, abandonada. Sale


de nuevo al camino, ve las señales del casco de su<br />

caballo, del suyo, no le cabe duda, porque él conoce<br />

o cree conocer hasta las huellas de su animal<br />

favorito.<br />

-Todo lo comprendo -dice como iluminado<br />

por una idea repentina-; los ladrones se han aprovechado<br />

de mi ausencia para hacer su negocio, y<br />

se llevan a mi mujer para exigirme por su rescate<br />

una gran suma de dinero. ¡Dinero!, mi sangre, la<br />

salvación daría por ella. ¡Pobre perro mío! -exclama<br />

volviéndolo a mirar, y parte a correr como un desesperado,<br />

siguiendo la dirección de las pisadas.<br />

Y corrió, corrió sin descansar un instante en<br />

pos de aquellas señales, una hora, dos, tres.<br />

-¿Habéis visto -preguntaba a todo el mundo-<br />

a un hombre a caballo con una mujer a la grupa?<br />

-Sí -le respondían.<br />

-¿Por dónde van?<br />

-Por allí.<br />

Y Andrés tomaba nuevas fuerzas, y seguía<br />

corriendo.


La noche comenzaba a caer. A la misma<br />

pregunta siempre encontraba la misma respuesta; y<br />

corría, corría, hasta que al fin divisó una aldea, y<br />

junto a la entrada, al pie de una cruz que señalaba<br />

el punto en que se dividía en dos el camino, vio un<br />

grupo de gente, gañanes, viejos, muchachos, que<br />

contemplaban con curiosidad una cosa que él no<br />

podía distinguir.<br />

Llega, hace la misma pregunta de siempre,<br />

y le dice uno de los del grupo:<br />

-Sí; hemos visto a esa pareja; mirad, por<br />

más señas, el caballo que la conducía, que cayó<br />

aquí reventado de correr.<br />

Andrés vuelve los ojos en la dirección que le<br />

señalaban, y ve en efecto su caballo, su querido<br />

caballo, que algunos hombres del pueblo se disponían<br />

a desollar para aprevecharse de la piel. No pudo<br />

apenas resistir la emoción; pero, reponiéndose enseguida,<br />

volvió a asaltarle la idea de su esposa.<br />

-Y decidme -exclamó precipitadamente-,<br />

¿cómo no prestasteis ayuda a aquella mujer desgraciada?<br />

-Vaya si se la prestamos -dijo otro de los del<br />

corro -; como que yo les he vendido otra caballería


para que prosiguiesen su camino con toda la prisa<br />

que al parecer les importa.<br />

-Pero -interrumpió Andrés- esa mujer va robada;<br />

ese hombre es un bandido que, sin hacer<br />

caso de sus lágrimas y sus lamentos, la arrastra no<br />

se adónde.<br />

Los maliciosos patanes cambiaron entre sí<br />

una mirada, sonriéndose, de compasión.<br />

-¡Quiá, señorito! ¿Qué historias está usted<br />

contando? -prosiguió con sorna su interlocutor-.<br />

¡Robada! Pues ella era la que decía con más ahínco:<br />

«Pronto, pronto, huyamos de estos lugares; no<br />

me veré tranquila hasta que los pierda de vista para<br />

siempre».<br />

Andrés lo comprendió todo; una nube de<br />

sangre pasó por delante de sus ojos, de los que no<br />

brotó ni una lágrima, y cayó al suelo desplomado<br />

como un cadáver.<br />

Estaba loco; a los pocos días, muerto.<br />

Le hicieron la autopsia; no le encontraron<br />

lesión orgánica alguna. ¡Ah! Si pudiera hacerse la<br />

disección del alma, ¡cuántas muertes semejantes a<br />

ésta se explicarían!


-¿Y efectivamente murió de eso? -exclamó<br />

el joven, que proseguía jugando con los dijes de su<br />

reloj, al concluir mi historia.<br />

Yo le miré como diciendo: ¿Le parece a usted<br />

poco? Él prosiguió con cierto aire de profundidad:<br />

-¡Es raro! Yo sé lo qué es sufrir; cuando en las<br />

últimas carreras, tropezó mi Herminia, mató al jochey<br />

y se quebró una pierna; la desgracia de aquel<br />

animal me causó un disgusto horrible; pero, francamente,<br />

no tanto..., no tanto.<br />

Aún proseguía mirándole con asombro,<br />

cuando hirió mi oído una voz armoniosa y ligeramente<br />

velada, la voz de la niña de los ojos azules.<br />

-¡Efectivamente es raro! Yo quiero mucho a<br />

mi Medoro -dijo dándole un beso en el hocico al<br />

enteco y legañoso faldero, que gruñó sordamente-:<br />

pero si se muriese o me lo mataran, no creo que me<br />

volvería loca ni cosa que lo valga.<br />

Mi asombro rayaba en estupor; aquellas<br />

gentes no me habían comprendido o no querían<br />

comprenderme.<br />

Al cabo me dirigí al señor que tomaba té,<br />

que en razón a sus años debía de ser algo más<br />

razonable.


-Y a usted, ¿qué le parece? -le pregunté.<br />

-Le diré a usted -me respondió-: yo soy casado,<br />

quise a mi mujer, la aprecio todavía, me parece;<br />

tuvo lugar entre nosotros un disgustillo doméstico,<br />

que por su publicidad exigía una reparación por<br />

mi parte, sobrevino un duelo, tuve la fortuna de herir<br />

a mi adversario, un chico excelente, decidor y chistoso<br />

si los hay, con quien suelo tomar café algunas<br />

noches en la Iberia. Desde entonces dejé de hacer<br />

vida común con mi esposa, y me dediqué a viajar...<br />

Cuando estoy en Madrid, vivo con ella, pero como<br />

dos amigos; y todo esto sin violentarme, sin grandes<br />

emociones, sin sufrimientos extraordinarios. Después<br />

de este ligero bosquejo de mi carácter y de mi<br />

vida. ¡qué le he de decir a usted de esas explosiones<br />

fenomenales del sentimiento, sino que todo eso<br />

me parece raro, muy raro!<br />

Cuando mi interlocutor acabó de hablar, la<br />

niña rubia y el joven que le hacía el amor repasaban<br />

juntos un álbum de caricaturas de Gavarni. A los<br />

pocos momentos, él mismo servía con una fruición<br />

deliciosa la tercera taza de té.<br />

Al pensar que oyendo el desenlace de mi<br />

historia habían dicho «¡es raro!» exclamé yo para<br />

mí mismo..., «¡es natural!»


Las hojas secas<br />

El sol se había puesto: las nubes, que cruzaban<br />

hechas jirones sobre mi cabeza, iban a<br />

amontonarse unas sobre otras en el horizonte lejano.<br />

El viento frío de las tardes de otoño arremolinaba<br />

las hojas secas a mis pies.<br />

Yo estaba sentado al borde de un camino,<br />

por donde siempre vuelven menos de los que van.<br />

No sé en qué pensaba, si en efecto pensaba<br />

entonces en alguna cosa. Mi alma temblaba a<br />

punto de lanzarse al espacio, como el pájaro tiembla<br />

y agita ligeramente las alas antes de levantar el<br />

vuelo.<br />

Hay momentos en que, merced a una serie<br />

de abstracciones, el espíritu se sustrae a cuanto le<br />

rodea, y replegándose en sí mismo analiza y comprende<br />

todos los misteriosos fenómenos de la vida<br />

interna del hombre.<br />

Hay otros en que se desliga de la carne,<br />

pierde su personalidad y se confunde con los elementos<br />

de la Naturaleza, se relaciona con su modo<br />

de ser y traduce su incomprensible lenguaje.


Yo me hallaba en uno de estos últimos momentos,<br />

cuando solo y en medio de la escueta llanura<br />

oí hablar cerca de mí.<br />

Eran dos hojas secas las que hablaban, y<br />

éste, poco más o menos, su extraño diálogo:<br />

-¿De dónde vienes, hermana?<br />

-Vengo de rodar con el torbellino, envuelta<br />

en la nube de polvo y de las hojas secas nuestras<br />

compañeras, a lo largo de la interminable llanura.<br />

¿Y tú?<br />

-Yo he se guido algún tiempo la corriente<br />

del río, hasta que el vendaval me arrancó de entre<br />

el légamo y los juncos de la orilla.<br />

-¿Y adónde vas?<br />

-No lo sé: ¿lo sabe acaso el viento que me<br />

empuja?<br />

-¡Ay! ¿Quién diría que habíamos de acabar<br />

amarillas y secas arrastrándonos por la tierra, nosotras<br />

que vivimos vestidas de color y de luz meciéndonos<br />

en el aire?<br />

-¿Te acuerdas de los hermosos días en que<br />

brotamos; de aquella apacible mañana en que, roto


el hinchado botón que nos servía de cuna, nos desplegamos<br />

al templado beso del sol como un abanico<br />

de esmeraldas?<br />

-¡Oh! ¡Qué dulce era sentirse balanceada<br />

por la brisa a aquella altura, bebiendo por todos los<br />

poros el aire y la luz!<br />

-¡Oh! ¡Qué hermoso era ver correr el agua<br />

del río que lamía las retorcidas raíces del añoso<br />

tronco que nos sustentaba, aquel agua limpia y<br />

transparente que copiaba como un espejo el azul<br />

del cielo, de modo que creíamos vivir suspendidas<br />

entre dos abismos azules!<br />

-¡Con qué placer nos asomábamos por cima<br />

de las verdes frondas para vernos retratadas en la<br />

temblorosa corriente!<br />

-¡Cómo cantábamos juntas imitando el rumor<br />

de la brisa y siguiendo el ritmo de las ondas!<br />

-Los insectos brillantes revoloteaban desplegando<br />

sus alas de gasa a nuestro alrededor.<br />

-Y las mariposas blancas y las libélulas azules,<br />

que giran por el aire en extraños círculos, se<br />

paraban un momento en nuestros dentellados bor-


des a contarse los secretos de ese misterioso amor<br />

que dura un instante y les consume la vida.<br />

-Cada cual de nosotras era una nota en el<br />

concierto de los bosques.<br />

-Cada cual de nosotras era un tono en la<br />

armonía de su color.<br />

-En las noches de luna, cuando su plateada<br />

luz resbalaba sobre la cima de los montes, ¿te<br />

acuerdas cómo charlábamos en voz baja entre las<br />

diáfanas sombras?<br />

-Y referíamos con un blando susurro las historias<br />

de los silfos que se columpian en los hilos de<br />

oro que cuelgan las arañas entre los árboles.<br />

-Hasta que suspendíamos nuestra monótona<br />

charla para oír embebecidas las quejas del ruiseñor,<br />

que había escogido nuestro tronco por escabel.<br />

-Y eran tan tristes y tan suaves sus lamentos<br />

que, aunque llenas de gozo al oírle, nos amanecía<br />

llorando.<br />

-¡Oh! ¡Qué dulces eran aquellas lágrimas<br />

que nos prestaba el rocío de la noche y que res-


plandecían con todos los colores del iris a la primera<br />

luz de la aurora!<br />

-Después vino la alegre banda de jilgueros<br />

a llenar de vida y de ruidos el bosque con la alborozada<br />

y confusa algarabía de sus cantos.<br />

-Y una enamorada pareja colgó junto a nosotras<br />

su redondo nido de aristas y de plumas.<br />

-Nosotras servíamos de abrigo a los pequeñuelos<br />

contra las molestas gotas de la lluvia en las<br />

tempestades de verano.<br />

-Nosotras les servíamos de dosel y los defendíamos<br />

de los importunos rayos del sol.<br />

-Nuestra vida pasaba como un sueño de<br />

oro, del que no sospechábamos que se podría despertar.<br />

-Una hermosa tarde en que todo parecía<br />

sonreír a nuestro alrededor, en que el sol poniente<br />

encendía el ocaso y arrebolaba las nubes, y de la<br />

tierra ligeramente húmeda se levantaban efluvios de<br />

vida y perfumes de flores, dos amantes se detuvieron<br />

a la orilla del agua y al pie del tronco que nos<br />

sostenía.


-¡Nunca se borrará ese recuerdo de mi memoria.<br />

Ella era joven, casi una niña, hermosa y pálida.<br />

Él le decía con ternura: -¿Por qué lloras? -<br />

Perdona este involuntario sentimiento de egoísmo -<br />

le respondió ella enjugándose una lágrima-; lloro por<br />

mí. Lloro la vida que me huye: cuando el cielo se<br />

corona de rayos de luz, y la tierra se viste de verdura<br />

y de flores, y el viento trae perfumes y cantos de<br />

pájaros y armonías distantes, y se ama y se siente<br />

una amada, ¡la vida es buena! -¿Y por qué no has<br />

de vivir? -insistió él estrechándole las manos conmovido.<br />

-Porque es imposible. Cuando caigan secas<br />

esas hojas que murmuran armoniosas sobre<br />

nuestras cabezas, yo moriré también, y el viento<br />

llevará algún día su polvo y el mío ¿quién sabe<br />

adónde?<br />

Yo lo oí y tú lo oíste, y nos estremecimos y<br />

callamos. ¡Debíamos secarnos! ¡Debíamos morir y<br />

girar arrastradas por los remolinos del viento! Mudas<br />

y llenas de terror permanecíamos aún cuando<br />

llegó la noche. ¡Oh! ¡Qué noche tan horrible!<br />

-Por la primera vez faltó a su cita el enamorado<br />

ruiseñor que la encantaba con sus quejas.<br />

-A poco volaron los pájaros, y con ellos sus<br />

pequeñuelos ya vestidos de plumas; y quedó el nido


solo, columpiándose lentamente y triste como la<br />

cuna vacía de un niño muerto.<br />

Y huyeron las mariposas blancas y las libélulas<br />

azules, dejando su lugar a los insectos oscuros<br />

que venían a roer nuestras fibras y a depositar en<br />

nuestro seno sus asquerosas larvas.<br />

-¡Oh! ¡Y cómo nos estremecíamos encogidas<br />

al helado contacto de las escarchas de la noche!<br />

-Perdimos el color y la frescura.<br />

-Perdimos la suavidad y la forma, y lo que<br />

antes al tocarnos era como rumor de besos, como<br />

murmullo de palabras de enamorados, luego se<br />

convirtió en áspero ruido, seco, desagradable y<br />

triste.<br />

-¡Y al fin volamos desprendidas!<br />

-Hollada bajo el pie del indiferente pasajero,<br />

sin cesar arrastrada de un punto a otro entre el polvo<br />

y el fango, me he juzgado dichosa cuando podía<br />

reposar un instante en el profundo surco de un camino.<br />

-Yo he dado vueltas sin cesar, arrastrada<br />

por la turbia corriente, y en mi larga peregrinación


vi, solo, enlutado y sombrío, contemplando con una<br />

mirada distraída las aguas que pasaban y las hojas<br />

secas que marcaban su movimiento, a uno de los<br />

dos amantes cuyas palabras nos hicieron presentir<br />

la muerte.<br />

-¡Ella también se desprendió de la vida y<br />

acaso dormirá en una fosa reciente, sobre la que yo<br />

me detuve un momento!<br />

-¡Ay! Ella duerme y reposa al fin; pero nosotras,<br />

¿cuándo acabaremos este largo viaje?...<br />

-¡Nunca!... Ya el viento que nos dejó reposar<br />

un punto vuelve a soplar, y ya me siento estremecida<br />

para levantarme de la tierra y seguir con él.<br />

¡Adiós, hermana!<br />

-¡Adiós!...<br />

Silbó el aire, que había permanecido un<br />

momento callado, y las hojas se levantaron en confuso<br />

remolino, perdiéndose a lo lejos entre las tinieblas<br />

de la noche.<br />

Y yo pensé entonces algo que no puedo recordar,<br />

y que, aunque lo recordase, no encontraría<br />

palabras para decirlo.


La mujer de piedra<br />

(Fragmento)<br />

Yo tengo una particular predilección hacia<br />

todo lo que puede vulgarizar el contacto o el juicio<br />

de la multitud indiferente. Si pintara paisajes, los<br />

pintaría sin figuras. Me gustan las ideas peregrinas<br />

que resbalan sin dejar huella por las inteligencias de<br />

los hombres positivistas, como una gota de agua<br />

sobre un tablero de mármol. En las ciudades que<br />

visito, busco las calles estrechas y solitarias; en los<br />

edificios que recorro, los rincones oscuros y los<br />

ángulos de los patios interiores, donde crece la yerba<br />

y la humedad enriquece con sus manchas de<br />

color verdoso la tostada tinta del muro; en las mujeres<br />

que me causan impresión, algo de misterioso<br />

que creo traslucir confusamente en el fondo de sus<br />

pupilas, como el resplandor incierto de una lámpara<br />

que arde ignorada en el santuario de su corazón,<br />

sin que nadie sospeche su existencia; hasta en las<br />

flores de un mismo arbusto creo encontrar algo de<br />

más pudoroso y excitante en la que se esconde<br />

entre las hojas, y allí, oculta, llena de perfume el<br />

aire sin que la profanen las miradas. Encuentro en<br />

todo ello algo de la virginidad de los sentimientos y<br />

de las cosas.


Esta pronunciada afición degenera a veces<br />

en extravagancia, y sólo teniéndola en cuenta podrá<br />

comprenderse la historia que voy a referir.<br />

I<br />

Vagando al acaso por el laberinto de calles<br />

estrechas y tortuosas de cierta antigua población<br />

castellana, acerté a pasar cerca de un templo en<br />

cuya fachada el arte ojival y el bizantino, amalgamados<br />

por la mano de dos centurias, habían escrito<br />

una de las páginas más originales de la arquitectura<br />

española. Una ojiva, gallarda y coronada de hojas<br />

de cardo desenvueltas, contenía la redonda clave<br />

del arco de la iglesia, en la que el tosco picapedrero<br />

del siglo XII dejó esculpidas, en interminables hileras<br />

de figuras enanas y características de aquel<br />

siglo, las más extrañas fantasías de su cerebro, rico<br />

en leyendas y piadosas tradiciones. Por todo el<br />

frente de la fachada se veían interpolados con un<br />

desorden, del cual, no obstante, resultaba cierta<br />

inexplicable armonía, fragmentos de arcadas<br />

románticas incluidas en lienzos de muros, cuyos<br />

entrepaños dibujaban las descarnadas líneas de los<br />

pilares acodillados, con sus basas angulosas y sus<br />

capiteles de espárrago, propios del género gótico;<br />

trozos de molduras compuestas de adornos circula-


es combinados geométricamente, que se interrumpían<br />

a veces para dejar espacio a la ornamentación<br />

afiligranada y ondeante de una ventana de<br />

arco apuntado, enriquecida de figuritas más airosas<br />

y altas y adornada de vidrios de colores. A donde<br />

quiera que se fijaban los ojos, podían observarse<br />

detalles delicados de los dos géneros a que pertenecía<br />

el edificio, y muestras de la feliz alianza con<br />

que la generación posterior supo, imprimiéndole su<br />

sello especial, conservar algo de la fisonomía y<br />

espíritu severo y sencillo en su tosquedad, del primitivo<br />

monumento.<br />

Siguiendo una invariable costumbre mía,<br />

después de haber contemplado atentamente la<br />

fachada del templo, de haber abarcado el conjunto<br />

del pórtico, con la cuadrada torre bizantina y las<br />

puntas de las agudas flechas ojivales que coronaban,<br />

flanqueándola, la cúpula de la nave central,<br />

comencé a dar vueltas alrededor de su recinto, inspeccionando<br />

sus muros que, ora se presentaban en<br />

lienzos de prolongadas líneas, ora se escondían<br />

tras algunas miserables casuquillas adosadas a los<br />

sillares, para asomar más a lo lejos sus dentelladas<br />

crestas por cima de los humildes tejados. A poco de<br />

comenzada esta minuciosa inspección de la parte<br />

exterior del templo, y habiendo cruzado por debajo


de un pasadizo cubierto, que a manera de puerta<br />

unía la iglesia a un antiguo edificio contiguo a ella,<br />

me encontré en una pequeña plaza de forma irregular,<br />

cuyo perímetro dibujaban por un lado la antiquísima<br />

portada de un palacio en ruinas, y por otro las<br />

altas y descarnadas tapias del jardín de un convento;<br />

ocupando el resto y cerrando el mal trazado semicírculo<br />

de aquella plazoleta sin salida, parte de la<br />

vetusta muralla romana de la población y el ábside<br />

del templo que acababa de admirar, ábside maravilloso<br />

de color y de formas, y en el cual, satisfecho<br />

sin duda el maestro que lo trazó, al verle tan gallardo<br />

y rico de líneas y accidentes, empleó para ejecutarle<br />

los más hábiles artífices de aquella época, en<br />

que era vulgar labrar la piedra con la exquisita ligereza<br />

con que se teje un encaje.<br />

Por grande que sea la impresión que me<br />

causa un objeto expuesto de continuo a la mirada<br />

del vulgo, parece como que la debilita la idea de<br />

que tengo que compartirla con otros muchos. Por el<br />

contrario, cuando descubro un detalle o un accidente<br />

que creo ha pasado hasta entonces inadvertido,<br />

encuentro cierta egoísta voluptuosidad en contemplarlo<br />

a solas, en creer que únicamente para mí<br />

existe guardado, a fin de que yo lo aspire y goce su<br />

delicado perfume de virginidad y misterio. Al encon-


trar en el ángulo de aquella plaza, cuyo piso cubierto<br />

de menuda yerba indicaba bien a las claras su<br />

soledad continua, el cubo de piedra flanqueado de<br />

arbotantes terminados en agudos pináculos de granito,<br />

que constituían el ábside o parte posterior del<br />

magnífico templo, experimenté una sensación profunda,<br />

semejante a la del avaro que, removiendo la<br />

tierra, encuentra inopinadamente un tesoro.<br />

Y en efecto, para un entusiasta por el arte,<br />

aquel armonioso conjunto de líneas elegantes y<br />

airosas, aquella profusión de ojivas rasgadas y llenas<br />

de delicadas tracerías, por entre cuyos huecos<br />

se dibujaban confusamente los vidrios de color enriquecidos<br />

de imágenes, hojas revueltas y blasones<br />

heráldicos, junto con las grandes masas de sombras<br />

y luz que ofrecían los pilares al presentarse<br />

iluminados de una claridad dorada, mientras bañaban<br />

los muros con sus anchos batientes azulados y<br />

ligeros, constituían una verdadera maravilla.<br />

Largo rato estuve contemplando otra obra<br />

tan magnífica; recorriendo con los ojos todos sus<br />

delicados accidentes y deteniéndome a desentrañar<br />

el sentido simbólico de las figurillas monstruosas y<br />

los animales fantásticos, que se ocultaban o parecían<br />

alternativamente entre los calados festones de


las molduras. Una por una admiré las extrañas<br />

creaciones con que el artífice había coronado el<br />

muro para dar salida a las aguas por las fauces de<br />

un grifo, de una sierpe, de un león alado o de un<br />

demonio horrible con cabeza de murciélago y garra<br />

de águila; una por una estudié asimismo las severas<br />

y magníficas cabezas de las imágenes de tamaño<br />

natural que, envueltas en grandes paños, simétricamente<br />

plegados; custodiaban inmóviles el santuario,<br />

como centinelas de granito, desde lo alto de las<br />

caladas repisas que formaban, al unirse y retorcerse<br />

entre sí, las hojas y los nervios de los pilares exteriores.<br />

Todas ellas pertenecían a la mejor época del<br />

arte ojival, ofreciendo en sus contornos generales,<br />

en la expresión de sus rostros y en la profusión y<br />

acentuada plegadura de sus ropas, el modelo perfecto<br />

del misterioso amor establecido por los ignorados<br />

escultores, que siguiendo una tradición que<br />

arranca de las logias germanas, poblaron de un<br />

mundo de piedra las catedrales de toda Europa.<br />

Heraldos con blasonadas casullas, ángeles con<br />

triples alas, evangelistas, patriarcas y apóstoles<br />

llamaban hacia sí, por sus imponentes o graciosas<br />

formas, por sus cualidades de ejecución o de gallardía,<br />

la atención y el estudio del que los contemplaban;<br />

pero entre todas estas figuras una fue la


que logró conmoverme con una impresión parecida<br />

a la que al descubrirlo me produjo el ábside de la<br />

iglesia, una figura que al pronto reconcentraba todo<br />

el interés de aquella máquina maravillosa, para la<br />

cual parecía levantada la mejor y más bella parte<br />

del monumento; como pedestal de una estatua o<br />

marco de una pintura, del que podía decirse era la<br />

pudorosa flor que escondida entre las hojas, perfumaba<br />

de misterio y poesía aquella selva petrificada<br />

y apocalíptica en cuyo seno y por entre las guirnaldas<br />

de acanto, los tréboles y los cardos puntiagudos,<br />

pululaban millares de criaturas deformes; sierpes,<br />

trasgos y dragones reptiles, con alas monstruosas<br />

e inmensas.<br />

Yo guardo aún vivo el recuerdo de la imagen<br />

de piedra, del rincón solitario, del color y de las<br />

formas que armoniosamente combinados formaban<br />

un conjunto inexplicable; pero no creo posible dar<br />

con la palabra una idea de ella, ni mucho menos<br />

reducir a términos comprensibles la impresión que<br />

me produjo.<br />

Sobre una repisa volada, compuesta de un<br />

blasón entrelazados de hojas y sostenido por la<br />

deforme cabeza de un demonio, que parecía gemir<br />

con espantosas contorsiones bajo el peso del sillar,


se levantaba una figura de mujer esbelta y airosa. El<br />

dosel de granito que cobijaba su cabeza, trasunto<br />

en miniatura de una de esas torres agudas y en<br />

forma de linterna que sobresalen majestuosas sobre<br />

la mole de las catedrales, bañaba en sombra su<br />

frente; una toca plegada recogía sus cabellos, de<br />

los cuales se escapaban dos trenzas, que bajaban<br />

ondulando desde el hombro hasta la cintura, después<br />

de encerrar como en un marco el perfecto<br />

óvalo de su cara. En sus ojos, modestamente entornados,<br />

parecía arder una luz que se transparentaba<br />

al través del granito; su ligera sonrisa animaba<br />

todas las facciones del rostro de un encanto suave,<br />

que penetraba hasta el fondo del alma del que la<br />

veía, agitando allí sentimientos dormidos, mezcla<br />

confusa de impulsos de éxtasis y de sombras de<br />

deseos indefinibles.<br />

El sol, que doraba las agudas flechas de los<br />

arbotantes, arrojaba sobre el templo el dentellado<br />

batiente de las almenas del muro y perfilaba de luz<br />

el ennegrecido y roto blasón de la casa solariega,<br />

que cerraba uno de los costados de la plaza, comenzó<br />

poco a poco a ocultarse detrás de una masa<br />

de edificios cercanos; las sombras tendidas antes<br />

por el suelo y que insensiblemente se habían ido<br />

alargado hasta llegar al pie del ábside, por cuyo


lienzo subían como una marea creciente, acabaron<br />

por envolverle en una tinta azulada y ligera; la silueta<br />

oscura del templo se dibujó vigorosa sobre el<br />

claro cielo del crepúsculo que se desarrollaba a su<br />

espalda limpio y transparente, como esos fondos<br />

luminosos que dejan ver por un hueco las tablas de<br />

los antiguos pintores alemanes. Los detalles de la<br />

arquitectura comenzaban a confundirse; los ángulos<br />

perdían algo de la dureza de sus cortes a bisel; las<br />

figuras de los pilares se dibujaban indecisas, como<br />

fantasmas sin consistencias, envueltas en la oscuridad<br />

que arrojaban sobre ellas los monumentales<br />

doseles.<br />

Inmóvil, absortó en una contemplación muda,<br />

permanecía yo aún con los ojos fijos en la figura<br />

de aquella mujer, cuya especial belleza había herido<br />

mi imaginación de un modo tan extraordinario. Parecíame<br />

a veces que su contorno se destacaba<br />

entre la oscuridad; que notaba en toda ella como<br />

una imperceptible oscilación; que de un momento a<br />

otro iba a moverse y adelantar el pie que se asomaba<br />

por entre los grandes pliegues de su vestido, al<br />

borde de la repisa.<br />

Y así estuve hasta que la noche cerró por<br />

completo. Una noche sin luna, sin más que una


confusa claridad de las estrellas, que apenas bastaba<br />

a destacar unas de otras las grandes masas de<br />

construcción que cerraban el ámbito de la plaza. Yo<br />

creía, no obstante, distinguir aún la imagen de la<br />

mujer entre las tinieblas. Mas no era verdad. Lo que<br />

veía de una manera muy confusa era el reflejo de<br />

aquella visión, conservada por la fantasía, porque<br />

cuando me separé de allí aún creía percibirla flotando<br />

delante de mí entre las espesas sombras de las<br />

torcidas calles que conducían a mi alojamiento.<br />

II<br />

Por qué durante los catorce o quince días<br />

que llevaba de residencia en aquella población,<br />

aunque continuamente estuve dando vueltas sin<br />

rumbo fijo por sus calles, nunca tropecé con aquella<br />

iglesia y aquella plaza, y desde la tarde en que las<br />

descubrí, todos los días, cualquiera que fuese el<br />

camino que emprendiera, siempre iba a dar aquel<br />

sitio, es lo que yo no podré explicar nunca, como<br />

nunca pude darme razón, cuando muchacho, del<br />

por qué para ir a cualquier punto de la ciudad donde<br />

nací era preciso pasar antes por la casa de mi novia.<br />

Pero ello era que unas veces de propósito<br />

hecho, otras por casualidad, ya porque a las mañanas<br />

se tomaba bien el sol contra la tapia del con-


vento, ya porque al caer la tarde de un día nebuloso<br />

y frío se sentía allí menos el embate del aire, iba allí<br />

a todas horas, y me encontraba frente al ábside de<br />

la iglesia, sentado en algunas piedras amontonadas<br />

al pie del arco de la antigua casa solariega, y con<br />

los ojos clavados en aquella figura que parecía<br />

atraerme con una fuerza irresistible.<br />

Más de una vez, deseando llevar conmigo<br />

un recuerdo de ella, intenté copiarla. Tantas como lo<br />

intenté, rompí en pedazos el lápiz y maldije de la<br />

torpeza de mi mano, inhábil para fijar el esbelto<br />

contorno de aquella figura. Acostumbrado a reproducir<br />

el correcto perfil de las estatuas griegas, irreprochables<br />

de forma, pero debajo de cuya modelada<br />

superficie, cuando más se ve palpitar la carne y<br />

plegarse o dilatarse el músculo, no podía hallar la<br />

fórmula de aquella estatua, a la vez incorrecta y<br />

hermosa, que, sin tener la idealidad de formas del<br />

antiguo, antes por el contrario, rebosando vida real<br />

en ciertos detalles, tenía sin embargo, en el más<br />

alto grado el ideal del sentimiento y la expresión.<br />

Inmóvil, las ropas cayendo a plomo y vistiendo de<br />

anchos pliegues el tronco para detenerse, quebrando<br />

las líneas, al tocar el pedestal, los ojos entornados,<br />

las manos cruzadas sobre un libro de oraciones;<br />

y el largo brial perdido entre las ondulaciones


de la falda, podía asegurarse, y al menos este efecto<br />

producía, que debajo de aquel granito circulaba<br />

como un fluido sutil un espíritu que le prestaba<br />

aquella vida incomprensible, vida extraña, que no<br />

he podido traslucir jamás en esas otras figuras<br />

humanas cuyas ropas agita el aire al pasar, cuyas<br />

facciones se contraen o dilatan con una determinada<br />

expresión y que, a pesar de todo, son únicamente,<br />

al tocar la meta de su perfección posible, mármol<br />

que se mueve como un maravilloso autómata, sin<br />

sentir ni pensar.<br />

Indudablemente la fisonomía de aquella escultura<br />

reflejaba la de una persona que había existido.<br />

Podían observarse en ella ciertos detalles característicos<br />

que sólo se reproducen delante del natural<br />

o guardando un vivísimo recuerdo. Las obras de la<br />

imaginación tienen siempre algún punto de contacto<br />

con la realidad. Hay una belleza típica y uniforme<br />

hacia la que así en lo bueno como en lo malo, se<br />

nota cierta tendencia en el arte. El placer y el dolor,<br />

la risa y el llanto tienen expresiones especiales consignadas<br />

por las reglas. La cabeza de aquella mujer<br />

rompía con todas las tradiciones: era hermosa sin<br />

ser perfecta; ofrecía rasgos tan propios como los<br />

que se observan en un retrato de la mano de un<br />

maestro, el cual tiene tanta personalidad, por decirlo


así, que, aun sin conocer el tipo a que se refiere, se<br />

siente la verdad de la semejanza. Cada mujer tiene<br />

su sonrisa propia, y esa suave dilatación de los<br />

labios toma formas infinitas, perceptibles apenas,<br />

pero que les sirve de sello. La hermosa mujer de<br />

piedra que contemplaba extasiado, tenía asimismo<br />

una sonrisa suya, que le daba tal carácter y expresión,<br />

que enamorarse de aquel gesto especial era<br />

enamorarse de aquella escultura, pues no sería<br />

posible hallar otra perfectamente semejante. Con<br />

los ojos entornados y los labios ligerísimamente<br />

entreabiertos, parecía que pensaba algo agradable<br />

y que la luz de su pura e interior alegría se revelaba<br />

por medio de reflejos imperceptibles, como se acusa<br />

por la transparencia la luz que arde dentro de un<br />

vaso de alabastro. Pero ¿quién era aquella mujer?<br />

¿Por qué capricho el escultor, interrumpiendo la<br />

larga fila de graves personajes que rodeaban el<br />

ábside, había colocado en el sitio más escondido,<br />

es verdad, aunque seguramente el más misterioso<br />

de toda la fábrica arquitectónica, aquella figura que<br />

tenía algo de ángel, pero que carecía de alas, que<br />

descubría en su rostro la dulzura y la bondad de los<br />

bienaventurados, pero que no ostentaba sobre su<br />

cabeza el nimbo celeste de los Santos y Apóstoles?<br />

¿Sería acaso recuerdo de una protectora del tem-


plo? No podía ser. Yo había visto posteriormente la<br />

oscura losa sepulcral, que cubría los restos del fundador,<br />

prelado valeroso que contribuyó con un rey<br />

leonés a la reconquista de aquel pueblo, y en la<br />

capilla mayor, a la sombra de un lucillo realzado de<br />

gótica crestería, había tenido igualmente ocasión de<br />

examinar las tumbas con las estatuas yacentes de<br />

los ilustres magnates que en época posterior restauraron<br />

la iglesia, imprimiéndole el carácter ojival. En<br />

ninguno de estos monumentos funerarios encontré<br />

un blasón que tuviese siquiera un cuartel del que se<br />

veía en la repisa de la estatua del ábside. ¿Quién<br />

podría ser entonces?<br />

Es muy común encontrar en las portadas de<br />

las catedrales, en los capiteles de los claustros y en<br />

las entreojivas de la urna de los sepulcros góticos<br />

multitud de figuras extrañas, y que no obstante se<br />

refieren sin duda a personajes reales; indescifrable<br />

simbolismo de los escultores de aquella época, con<br />

el cual escribían a la manera que los egipcios en<br />

sus obeliscos, sátiras, tradiciones, páginas personales,<br />

caricaturas o fórmulas cabalísticas de alquimia<br />

o adivinación. Cuando la inteligencia se ha acostumbrado<br />

a deletrear esos libros de piedra, poco a<br />

poco se va haciendo la luz en el caos de líneas y<br />

accidentes que ofrecen a la mirada del profano, el


cual necesita mucho tiempo y mucha tenacidad<br />

para iniciarse en sus fórmulas misteriosas y sorprender<br />

una a una de las letras de su escritura jeroglífica.<br />

A fuerza de contemplación y meditaciones,<br />

yo había llegado por aquella época a deletrear algo<br />

del oscuro germanismo de los monumentos de la<br />

Edad Media; sabía buscar en el recodo más sombrío<br />

de los pilares acodillados del sillar que contenía<br />

la marca masónica de los constructores; calculaba<br />

con acierto el machón o la parte del muro que gravitaba<br />

sobre el arca de plomo, o la piedra redonda en<br />

que se grababan con el nombre de secta del maestro,<br />

su escuadra, el martillo y la simbólica estrella de<br />

cinco puntas, o la cabeza de pájaro que recuerda el<br />

ibis de los Faraones. Una parábola, aun abajo en el<br />

segundo velo, una alusión histórica o un rasgo de<br />

las costumbres, aunque ataviadas con el disfraz<br />

místico, no podían pasar inadvertidos a mis ojos si<br />

los hacía objeto de inspección minuciosa. No obstante,<br />

por más que buscaba la cifra del misterio,<br />

sumando y restando la entidad de aquella figura con<br />

las que la rodeaban; por más que trataba de encontrar<br />

una relación entre ella y las creaciones de los<br />

capiteles y franjas, algunas de efecto microscópico,<br />

y combinaba el todo con la idea del diablo que<br />

abrazaba el escudo, gimiendo bajo el peso de la


episa, nunca veía claro, nunca me era posible explicarme<br />

el verdadero objeto, el sentido oculto, la<br />

idea particular que movió al autor de la imagen para<br />

modelarla con tanto amor e imprimirle tan extraordinario<br />

sello de realismo. Cierto que algunas veces<br />

creía ver flotar ante mi vista el hilo de luz que había<br />

de conducirme seguro a través del dédalo de confusas<br />

ideas de mi fantasía, y por un momento se me<br />

figuraba encontrar y ver palpable la escondida relación<br />

de los versos sueltos de aquel maravilloso<br />

poema de piedra, en el cual se presentaba en primer<br />

término y rodeada de ángeles y monstruos, de<br />

santos y de hijos de las tinieblas, la imagen de la<br />

desconocida dama, como Beatriz en la divina y terrible<br />

trilogía del genio florentino; pero también es<br />

verdad que, después de vislumbrar todo un mundo<br />

de misterios como iluminado por la breve luz de un<br />

relámpago, volvía a sumergirme en nuevas dudas y<br />

más profunda oscuridad. Entregado a estas ideas,<br />

pasaba días enteros.


Desde mi celda<br />

Cartas literarias<br />

Carta primera<br />

Monasterio de Veruela, 1864.<br />

Queridos amigos: Heme aquí transportado<br />

de la noche a la mañana a mi escondido valle de<br />

Veruela; heme aquí instalado de nuevo en el oscuro<br />

rincón del cual salí por un momento para tener el<br />

gusto de estrecharos la mano una vez más, fumar<br />

un cigarro juntos, charlar un poco y recordar las<br />

agradables, aunque inquietas horas de mi antigua<br />

vida. Cuando se deja una ciudad por otra, particularmente<br />

hoy, que todos los grandes centros de<br />

población se parecen, apenas se percibe el aislamiento<br />

en que nos encontramos, antojándosenos, al<br />

ver la identidad de los edificios, los trajes y las costumbres,<br />

que al volver la primera esquina vamos a<br />

hallar la casa a que concurríamos, las personas que<br />

estimábamos, las gentes a quienes teníamos costumbre<br />

de ver y hallar de continuo. En el fondo de<br />

este valle, cuya melancólica belleza impresiona<br />

profundamente, cuyo eterno silencio agrada y sobrecoge<br />

a la vez; diríase, por el contrario, que los


montes que lo cierran como un valladar inaccesible<br />

me separan por completo del mundo. ¡Tan notable<br />

es el contraste de cuanto se ofrece a mis ojos; tan<br />

vagos y perdidos quedan al confundirse entre la<br />

multitud de nuevas ideas y sensaciones los recuerdos<br />

de las cosas más recientes!<br />

Ayer, con vosotros en la tribuna del Congreso,<br />

en la redacción, en el teatro Real, en La Iberia;<br />

hoy, sonándome aún en el oído la última frase de<br />

una discusión ardiente la última palabra de un artículo<br />

de fondo, el postrer acorde de un andante, el<br />

confuso rumor de cien conversaciones distintas,<br />

sentado a la lumbre de un campestre hogar donde<br />

arde un tronco de carrasca que salta y cruje antes<br />

de consumirse, saboreo en silencio mi taza de café,<br />

único exceso que en estas soledades me permito<br />

sin que turbe la honda calma que me rodea otro<br />

ruido que el del viento que gime a lo largo de las<br />

desiertas ruinas y el agua que lame los altos muros<br />

del monasterio o corre subterránea atravesando sus<br />

claustros sombríos y medrosos. Una muchacha con<br />

su zagalejo corto y naranjado, su corpiño oscuro, su<br />

camisa blanca y cerrada, sobre la que brillan dos<br />

gruesos hilos de cuentas rojas, sus medias azules y<br />

sus abarcas atadas con un listón negro, que sube<br />

cruzándose caprichosamente hasta la mitad de la


pierna, va y viene cantando a media voz por la cocina,<br />

atiza la lumbre del hogar, tapa y destapa los<br />

pucheros donde se condimenta la futura cena, y<br />

dispone el agua hirviente, negra y amarga que me<br />

mira beber con asombro. A estas alturas, y mientras<br />

dura el frío, la cocina es el estrado, el gabinete y el<br />

estudio.<br />

Cuando sopla el cierzo, cae la nieve o azota<br />

la lluvia los vidrios del balcón de mi celda, corro a<br />

buscar la claridad rojiza y alegre de la llama, y allí,<br />

teniendo a mis pies al perro, que se enrosca junto a<br />

la lumbre, viendo brillar en el oscuro fondo de la<br />

cocina las mil chispas de oro con que se abrillantan<br />

las cacerolas y los trastos de la espetera, al reflejo<br />

del fuego, ¡cuántas veces he interrumpido la lectura<br />

de una escena de La Tempestad, de Shakespeare,<br />

o del Caín, de Byron, para oír el ruido del agua que<br />

hierve a borbotones, coronándose de espuma y<br />

levantando con sus penachos de vapor. azul y ligero<br />

la tapadera de metal que golpea los bordes de la<br />

vajilla! Un mes hace que falto de aquí y todo se<br />

encuentra lo mismo que antes de marcharme. El<br />

temeroso respeto de estos criados hacia todo lo que<br />

me pertenece, no puede menos de traerme a la<br />

imaginación las irreverentes limpiezas, los temibles<br />

y frecuentes arreglos de cuarto de mis patronas de


Madrid. Sobre aquella tabla, cubiertos de polvo,<br />

pero con las mismas señales y colocados en el orden<br />

que yo los tenía, están aún mis libros y mis<br />

papeles. Más allá cuelga de un clavo la cartera de<br />

dibujo; en un rincón veo la escopeta, compañera<br />

inseparable de mis filosóficas excursiones, con la<br />

cual he andado mucho, he pensado bastante y no<br />

he matado casi nada. Después de apurar mi taza de<br />

café, y mientras miro danzar las llamas violadas,<br />

rojas y amarillas a través del humo del cigarro que<br />

se extiende ante mis ojos como una gasa azul, he<br />

pensado un poco sobre qué escribiría a ustedes<br />

para El Contemporáneo, ya que me he comprometido<br />

a contribuir con una gota de agua, a fin de llenar<br />

ese océano sin fondo, ese abismo de cuartillas que<br />

se llama periódico, especie de tonel que, como al de<br />

las Danaidas, siempre se le está echando original y<br />

siempre está vacío. Las únicas ideas que me han<br />

quedado como flotando en la memoria y sueltas de<br />

la masa general que ha oscurecido y embotado el<br />

cansancio del viaje, se refieren a los detalles de<br />

éste, que carecen en sí de interés, que en otras mil<br />

ocasiones he podido estudiar, pero que nunca, como<br />

ahora, se han ofrecido a mi imaginación en conjunto<br />

y contrastando entre sí de un modo tan extraordinario<br />

y patente.


Los diversos medios de locomoción de que<br />

he tenido que servirme para llegar hasta aquí, me<br />

han recordado épocas y escenas tan distintas, que<br />

algunos ligeros rasgos de lo que de ellas recuerdo,<br />

trazados por pluma más avezada que la mía a esta<br />

clase de estudios bastarían a bosquejar un curioso<br />

cuadro de costumbres.<br />

Como por todo equipaje no llevaba más que<br />

un pequeño saco de noche, después de haberme<br />

despedido de ustedes llegué a la estación del ferrocarril<br />

a punto de montar en el tren. Previo un ligero<br />

saludo de cabeza dirigido a las pocas personas que<br />

de antemano se encontraban en el coche y que<br />

habían de ser mis compañeros de viaje, me acomodé<br />

en un rincón, esperando el momento de partir,<br />

que no debía de tardar mucho, a juzgar por la precipitación<br />

de los rezagados, el ir y venir de los guardas<br />

de la vía y el incesante golpear de las portezuelas.<br />

La locomotora arrojaba ardientes y ruidosos<br />

resoplidos, como un caballo de raza impaciente<br />

hasta ver que cae al suelo la cuerda que lo detiene<br />

en el hipódromo. De cuando en cuando una pequeña<br />

oscilación hacía crujir las coyunturas de acero<br />

del monstruo; por último sonó la campana, el coche<br />

hizo un brusco movimiento de delante atrás y de<br />

atrás adelante, y aquella especie de culebra negra y


monstruosa partió arrastrándose por el suelo a lo<br />

largo de los raíles y arrojando silbidos estridentes<br />

que resonaban de una manera particular en el silencio<br />

de la noche. La primera sensación que se<br />

experimenta al arrancar un tren es siempre insoportable.<br />

Aquel confuso rechinar de ejes, aquel crujir de<br />

vidrios estremecidos, aquel fragor de ferretería ambulante,<br />

igual aunque en grado máximo, al que produce<br />

un simón desvencijado al rodar por una calle<br />

mal empedrada, crispa los nervios, marea y aturde.<br />

Verdad que en ese mismo aturdimiento hay algo de<br />

la embriaguez de la carrera, algo de lo vertiginoso<br />

que tiene todo lo grande; pero como quiera que<br />

aunque mezclado con algo que place, hay mucho<br />

que incomoda, también es cierto que hasta que<br />

pasan algunos minutos y la continuación de las<br />

impresiones embota la sensibilidad, no se puede<br />

decir que se pertenece uno a sí mismo por completo.<br />

Apenas hubimos andado algunos kilómetros,<br />

y cuando pude enterarme de lo que había a mi<br />

alrededor, empecé a pasar revista a mis compañeros<br />

de coche; ellos, por su parte, creo que hacían<br />

algo por el estilo, pues con más o menos disimulo<br />

todos comenzamos a mirarnos unos a otros de los<br />

pies a la cabeza.


Como dije antes, en el coche nos encontrábamos<br />

muy pocas personas. En el asiento que<br />

hacia frente al que yo me había colocado, y sentada<br />

de modo que los pliegues de su amplia y elegante<br />

falda de seda me cubrían casi los pies, iba una joven<br />

como de diez y seis a diez y siete años, la cual,<br />

a juzgar por la distinción de su fisonomía y ese no<br />

sé qué aristocrático que se siente y no puede explicarse,<br />

debía de pertenecer a una clase elevada.<br />

Acompañábala un aya, pues tal me pareció una<br />

señora muy atildada y fruncida que ocupaba el<br />

asiento inmediato, y que de cuando en cuando le<br />

dirigía la palabra en francés para preguntarle cómo<br />

se sentía, qué necesitaba, o advertirle de qué manera<br />

estaría más cómoda. La edad de aquella señora<br />

y el interés que se tomaba por la joven, pudieran<br />

hacer creer que era su madre; pero, a pesar de<br />

todo, yo notaba en su solicitud algo de afectado y<br />

mercenario, que fue el dato de que desde luego<br />

tuve en cuenta para clasificarla.<br />

Haciendo vis-à-vis con el aya francesa y<br />

medio enterrado entre los almohadones de un<br />

rincón, como viajero avezado a las noches de ferrocarril,<br />

estaba un inglés alto y rubio como casi todos<br />

los ingleses, pero más que ninguno grave, afeitado<br />

y limpio. Nada más acabado y completo que su traje


de touriste; nada más curioso que sus mil cachivaches<br />

de viaje, todos blancos y relucientes; aquí la<br />

manta escocesa, sujeta con sus hebillas de acero;<br />

allá el paraguas y el bastón con su funda de vaqueta,<br />

terciada al hombro la cómoda y elegante bolsa<br />

de piel de Rusia. Cuando volví los ojos para mirarle,<br />

el inglés, desde todo lo alto de su deslumbradora<br />

corbata blanca, paseaba una mirada olímpica sobre<br />

nosotros, y luego que su pupila verde, dilatada y<br />

redonda, se hubo empapado bien en los objetos,<br />

entornó nuevamente los párpados, de modo que,<br />

heridas por la luz que caía de lo alto, sus pestañas<br />

largas y rubias se me antojaban a veces dos hilos<br />

de oro que sujetaban por el cabo una remolacha,<br />

pues no a otra cosa podía compararse su nariz.<br />

Formando contraste con este seco y estirado gentleman,<br />

que, una vez entornados los ojos y bien<br />

acomodado en su rincón, permanecía inmóvil como<br />

una esfinge de granito, en el extremo opuesto del<br />

coche, y ya poniéndose de pie, ya agachándose<br />

para colocar una enorme sombrerera debajo del<br />

asiento, o recostándose alternativamente de un lado<br />

y de otro, como el que siente un dolor agudo y de<br />

ningún modo se encuentra bien, bullía sin cesar un<br />

señor de unos cuarenta años, saludable, mofletudo<br />

y rechoncho, el cual señor, a lo que pude colegir por


sus palabras, vivía en un pueblo de los inmediatos a<br />

Zaragoza, de donde nunca había salido sino a la<br />

capital de su provincia, hasta que, con ocasión de<br />

ciertos negocios propios del Ayuntamiento de que<br />

formaba parte, había estado últimamente en la corte<br />

como cosa de un mes.<br />

Todo esto y mucho más, se lo dijo él solo<br />

sin que nadie se lo preguntara, porque el bueno del<br />

hombre era de lo más expansivo con que he topado<br />

en mi vida, mostrando tal afán por enredar conversación<br />

sobre cualquier cosa, que no perdonaba<br />

coyuntura.<br />

Primero suplicó al inglés le hiciese el favor<br />

de colocar un cestito con dos botellas en la bolsa<br />

del coche que tenía más próxima; el inglés entreabrió<br />

los ojos, alargó una mano, y lo hizo sin contestar<br />

una sola palabra a las expresivas frases con que<br />

le agradeciera el obsequio. De seguida se dirigió a<br />

la joven para preguntarle si la señora que la acompañaba<br />

era su mamá. La joven le contestó que no<br />

con una desdeñosa sobriedad de palabras. Después<br />

se encaró conmigo, deseando saber si seguiría<br />

hasta Pamplona: satisfice esta pregunta, y él,<br />

tomando pie de mi contestación, dijo que se quedaba<br />

en Tudela; y a propósito de esto, habló de mil


cosas diferentes y todas a cual de menos importancia,<br />

sobre todo para los que le escuchábamos. Cansado<br />

de su desesperante monólogo o agotados los<br />

recursos de su imaginación, nuestro buen hombre,<br />

que por lo visto se fastidiaba a más no poder dentro<br />

de aquella atmósfera glacial y afectada, tan de buen<br />

tono entre personas que no se conocen, comenzó a<br />

poco, sin duda para distraer su aburrimiento, una<br />

serie de maniobras a cual más inconvenientes y<br />

originales. Primero cantó un rato a media voz alguna<br />

de las habaneras que había oído en Madrid a la<br />

criada de la casa de pupilos; después comenzó a<br />

atravesar el coche de un extremo a otro, dando aquí<br />

al inglés con el codo o pisando allí el extremo del<br />

traje de las señoras para asomarse a las ventanillas<br />

de ambos lados; por último, y ésta fue la broma más<br />

pesada, dio en la flor de bajar los cristales en cada<br />

una de las estaciones para leer en alta voz el nombre<br />

del pueblo, pedir agua o preguntar los minutos<br />

que se detendría el tren. En unas y otras, ya nos<br />

encontrábamos cerca de Medinaceli, y la noche se<br />

había entrado fría, anubarrada y desagradable; de<br />

modo que cada vez que se abría una de las portezuelas,<br />

se estaba en peligro inminente de coger un<br />

catarro. El inglés, que hubo de comprenderlo así, se<br />

envolvió silenciosamente en su magnífica manta


escocesa; la joven, por consejo del aya, que se lo<br />

dijo en alta voz, se puso un abrigo; yo, a falta de<br />

otra cosa, me levanté el cuello del gabán y hundí<br />

cuanto pude la cabeza entre los hombros. Nuestro<br />

hombre sin embargo, prosiguió impertérrito practicando<br />

la misma peligrosa operación tantas veces<br />

cuantas paraba el tren, hasta que al cabo, no sé si<br />

cansado de este ejercicio o advertido de la escena<br />

muda de arropamiento general que se repetía tantas<br />

veces cuantas él abría la ventanilla, cerró con<br />

aire de visible mal humor los cristales, tornando a<br />

echarse en su rincón donde a los pocos minutos<br />

roncaba como un bendito, amenazando aplastarme<br />

la nariz con la coronilla en uno de aquellos bruscos<br />

vaivenes que de cuando en cuando le hacían salir<br />

sobresaltado de su modorra para restregarse los<br />

ojos, mirar el reloj y volverse a dormir de nuevo. El<br />

peso de las altas horas de la noche comenzaba a<br />

dejarse sentir. En el vangón reinaba un silencio<br />

profundo, interrumpido sólo por el eterno y férreo<br />

crujir del tren y algún que otro resoplido de nuestro<br />

amodorrado compañero, que alternaba en esta<br />

tarea con la máquina.<br />

El inglés se durmió también; pero se durmió<br />

grave y dignamente sin mover pie ni mano, como si<br />

a pesar del letargo que le embargaba tuviese la


conciencia de su posición. El aya comenzó a cabecear<br />

un poco, acabando por bajar el velo de su capota<br />

oscura y dormirse en estilo semiserio. Quedamos,<br />

pues, desvelados como las vírgenes prudentes<br />

de la parábola, tan sólo la joven y yo. A decir<br />

verdad, yo también me hubiera rendido al peso del<br />

aturdimiento y a las fatigas de la vigilia si hubiese<br />

tenido la seguridad de mantenerme en mi sueño en<br />

una actitud, si no tan grave como la del inmóvil gentleman,<br />

al menos no tan grotesca como la del buen<br />

regidor aragonés, que ora dejándose caer la gorra<br />

de una cabezada, ora roncando como un órgano o<br />

balbuceando palabras ininteligibles, ofrecía el espectáculo<br />

más chistoso que imaginarse puede. Para<br />

despabilarme un poco resolví dirigir la palabra a la<br />

joven; pero por una parte temía cometer una indiscreción,<br />

mientras por otra; y no era esto lo menos<br />

para permanecer callado, no sabía como empezar.<br />

Entonces volví los ojos, que había tenido clavados<br />

en ella con alguna insistencia, y me entretuve en ver<br />

pasar a través de los cristales, y sobre una faja de<br />

terreno oscuro y monótono, ya las blancas nubes de<br />

humo y de chispas que se quedaban al paso de la<br />

locomotora rozando la tierra y como suspendidas e<br />

inmóviles, ya los palos del telégrafo, que parecían<br />

perseguirse y querer alcanzarse unos a otros lanza-


dos a una carrera fantástica. No obstante, la<br />

aproximación de aquella mujer hermosa que yo<br />

sentía aun sin mirarla, el roce de su falda de seda<br />

que tocaba a mis pies y crujía a cada uno de sus<br />

movimientos, el sopor vertiginoso del incesante<br />

ruido, la languidez del cansancio, la misteriosa embriaguez<br />

de las altas horas de la noche, que pesan<br />

de una manera tan particular sobre el espíritu, comenzaron<br />

a influir en mi imaginación, ya sobreexcitada<br />

extrañamente.<br />

Estaba despierto, pero mis ideas iban poco<br />

a poco tomando esa forma extravagante de los ensueños<br />

de la mañana, historias sin principio ni fin,<br />

cuyos eslabones de oro se quiebran con un rayo de<br />

enojosa claridad y vuelven a soldarse apenas se<br />

corren las cortinas del lecho. La vista se me fatigaba<br />

de ver pasar, eterna, monótona y oscura como un<br />

mar de asfalto, la línea del horizonte, que ya se<br />

alzaba, ya se deprimía, imitando el movimiento de<br />

las olas. De cuando en cuando dejaba caer la cabeza<br />

sobre el pecho, rompía el hilo de las historias<br />

extraordinarias que iba fingiendo en la mente y entornaba<br />

los ojos; pero apenas los volvía a abrir encontraba<br />

siempre delante de ellos a aquella mujer, y<br />

tornaba a mirar por los cristales; y tornaba a soñar<br />

imposibles. Yo he oído decir a muchos, y aun la


experiencia me ha enseñado un poco, que hay<br />

horas peligrosas, horas lentas y cargadas de extraños<br />

pensamientos y de una voluptuosa pesadez,<br />

contra la que es imposible defenderse: en esas<br />

horas, como cuando nos turban la cabeza los vapores<br />

del vino, los sonidos se debilitan y parece que<br />

se oyen muy distantes, los objetos se ven como<br />

velados por una gasa azul, y el deseo presta audacia<br />

al espíritu, que recobra para sí todas las fuerzas<br />

que pierde la materia. Las horas de la madrugada,<br />

esas horas que deben tener más minutos que las<br />

demás, esas horas en que entre el caos de la noche<br />

comienza a forjarse el día siguiente, en que el sueño<br />

se despide con su última visión y la luz se anuncia<br />

con ráfagas de claridad incierta, son sin duda<br />

alguna, las que en más alto grado reúnen semejantes<br />

condiciones. Yo no sé el tiempo que trascurrió<br />

mientras a la vez dormía y velaba, ni tampoco me<br />

sería fácil apuntar algunas de las fantásticas ideas<br />

que cruzaron por mi imaginación, porque ahora sólo<br />

recuerdo cosas desasidas y sin sentido, como esas<br />

notas sueltas de una música lejana que trae el viento<br />

a intervalos en ráfagas sonoras: lo que sí puedo<br />

asegurar es que gradualmente se fueron embotando<br />

mis sentidos, hasta el punto que cuando un gran<br />

estremecimiento, una bocanada de aire frío y la voz


del guarda de la vía me anunciaron que estaba en<br />

Tudela, no supe explicarme cómo me encontraba<br />

tan pronto en el término de la primera parte de mi<br />

peregrinación.<br />

Era completamente de día, y por la ventanilla<br />

del coche, que había abierto de par en par el<br />

señor gordo, entraban a la vez el sol rojizo y el aire<br />

fresco de la mañana. Nuestro regidor aragonés que<br />

por lo que podía colegirse no veía la hora de dejar<br />

tan poco agradable reunión, apenas se convenció<br />

de que estábamos en Tudela, torciose la capa al<br />

hombro, cogió en una mano su sombrerera monstruo,<br />

en la otra el cesto, y saltó al andén con una<br />

agilidad que nadie hubiera sospechado en sus años<br />

y en su gordura. Yo torné asimismo el pequeño<br />

saco, que era todo mi equipaje; dirigí una última<br />

mirada a aquella mujer a quien acaso no volvería a<br />

ver más y que había sido la heroína de mi novela de<br />

una noche, y después de saludar a mis compañeros,<br />

salí del vagón buscando a un chico que llevase<br />

aquel bulto y me condujese a una fonda cualquiera.<br />

Tudela es un pueblo grande, con ínfulas de<br />

ciudad, y el parador adonde me condujo mi guía,<br />

una posada con ribetes de fonda. Senteme y almorcé;<br />

por fortuna, si el almuerzo no fue gran cosa,


la mesa y el servicio estaban limpios. Hagamos esta<br />

justicia a la navarra que se encuentra al frente del<br />

establecimiento. Aún no había tomado los postres,<br />

cuando el campanilleo de las colleras, los chasquidos<br />

del látigo y las voces del zagal que enganchaba<br />

las mulas, me anunciaron que el coche de Tarazona<br />

iba a salir muy pronto. Acabé deprisa y corriendo de<br />

tomar una taza de café bastante malo y clarito por<br />

más señas, y ya se oían los gritos de ¡al coche, al<br />

coche! unidos a las despedidas en alta voz, al ir y<br />

venir de los que colocaban los equipajes en la baca,<br />

y las advertencias mezcladas de interjecciones del<br />

mayoral, que dirigía las maniobras desde el pescante<br />

como un piloto desde la popa de su buque.<br />

La decoración había cambiado por completo,<br />

y nuevos y característicos personajes se encontraban<br />

en escena. En primer término, y unos recostados<br />

contra la pared, otros sentados en los marmolillos<br />

de las esquinas o agrupados en derredor del<br />

coche, veíanse hasta quince o veinte desocupados<br />

del lugar para quienes el espectáculo de una diligencia<br />

que entra o sale es todavía un gran acontecimiento.<br />

Al pie del estribo algunos muchachos,<br />

desarrapados y sucios, abrían con gran oficiosidad<br />

las portezuelas, pidiendo indirectamente una limosna,<br />

y en el interior del ómnibus, pues éste era pro-


piamente el nombre que debiera darse al vehículo<br />

que iba a conducirnos a Tarazona, comenzaban a<br />

ocupar sus asientos los viajeros. Yo fui uno de los<br />

primeros en colocarme en mi sitio al lado de las dos<br />

mujeres, madre e hija, naturales de un pueblo cercano,<br />

y que venían de Zaragoza, a donde, según<br />

me dijeron, habían ido a cumplir no sé qué voto a la<br />

Virgen del Pilar: la muchacha tenía los ojos retozones,<br />

y de la madre se conservaba todo lo que a los<br />

cuarenta y pico de años puede conservarse de una<br />

buena moza. Tras mí entró un estudiante del seminario,<br />

a quien no hubo de parecer saco de paja la<br />

muchacha, pues viendo que no podía sentarse junto<br />

a ella, porque ya lo había hecho yo, se compuso de<br />

modo que en aquellas estrecheces se tocasen rodilla<br />

con rodilla. Siguieron al estudiante otros dos<br />

individuos del sexo feo, de los cuales el primero<br />

parecía militar en situación de reemplazo, y el segundo<br />

uno de esos pobres empleados de poco<br />

sueldo, a quienes a cada instante trasiega el ministerio<br />

de una provincia a otra. Ya estábamos todos, y<br />

cada uno en su lugar correspondiente, y dándonos<br />

el parabién porque íbamos a estar un poco holgados,<br />

cuando apareció en la portezuela, y como un<br />

retrato dentro de su moldura, la cabeza de un clérigo<br />

entrado en edad, pero guapote, y de buen color,


al que acompañaba una ama o dueña, como por<br />

aquí es costumbre llamarles, que en punto a cecina<br />

de mujer era de lo mejor conservado y apetitoso a la<br />

vista que yo he encontrado de algún tiempo a esta<br />

parte.<br />

Sintieron unos y se alegraron otros de la<br />

llegada de los nuevos compañeros, siendo de los<br />

segundos el escolar, el cual encontró ocasión de<br />

encajarse más estrechamente con su vecina de<br />

asiento, mientras hacía un sitio al ama del cura, sitio<br />

pequeño para el volumen que había de ocuparlo,<br />

aunque grande por la buena voluntad con que se le<br />

ofrecía. Sentose el ama, acomodose el clérigo, y ya<br />

nos disponíamos a partir, cuando, como llovido del<br />

cielo o salido de los profundos, hete aquí que se<br />

nos aparece mi famoso hombre gordo del ferrocarril,<br />

con su imprescindible cesto y su monstruosa sombrerera.<br />

Referir las cuchufletas, las interjecciones,<br />

las risas y los murmullos que se oyeron a su llegada,<br />

sería asunto imposible, como tampoco es fácil<br />

recordar las maniobras de cada uno de los viajeros<br />

para impedir que se acomodase a su lado. Pero<br />

aquél era el elemento de nuestro hombre gordo: allí<br />

donde se reía, se empujaba, y unos manoteando,<br />

otros impasibles, todos hablaban a un tiempo, se<br />

encontraba el buen regidor como el pez en el agua


o el pájaro en el aire. A las cuchufletas respondía<br />

con chanzas; a las interjecciones, encogiéndose de<br />

hombros, y a los envites de codos, con codazos, de<br />

manera que a los pocos minutos ya estaba sentado<br />

y en conversación con todos, como si los conociese<br />

de antigua fecha. En esto partió el coche, comenzando<br />

ese continuo vaivén al compás del trote de<br />

las mulas, las campanillas del caballo delantero, el<br />

saltar de los cristales, el revolotear de los visillos y<br />

los chasquidos del látigo del mayoral, que constituyen<br />

el fondo de armonía de una diligencia en marcha.<br />

Las torres de Tudela desaparecieron detrás de<br />

una loma bordada de viñedos y olivares. Nuestro<br />

hombre gordo, apenas se vio engolfado camino<br />

adelante y en compañía tan franca, alegre y de su<br />

gusto, desenvainó del cesto una botella y la merienda<br />

correspondiente para echar un trago. Dada la<br />

señal del combate, el fuego se hizo general en toda<br />

la línea, y unos de la fiambrera de hoja de lata, otros<br />

de un canastillo o del número de un periódico, cada<br />

cual sacó su indispansable tortilla de huevos con<br />

variedad de tropezones. Primero la botella, y cuando<br />

ésta se hubo apurado, una bota de media azumbre<br />

del seminarista, comenzaron a andar a la ronda<br />

por el coche. Las mujeres, aunque se excusaban<br />

tenazmente, tuvieron que humedecerse la boca con


el vino; el mayoral, dejando el cuidado de las mulas<br />

al delantero, sentose de medio ganchete en el pescante<br />

y formó parte del corro, no siendo de los más<br />

parcos en el beber; yo, aunque con nada había<br />

contribuido al festín, también tuve que empinar el<br />

codo más de lo que acostumbro.<br />

A todo esto no cesaba el zarandeo del carruaje;<br />

de modo que con el aturdimiento del vinillo,<br />

el continuo vaivén, el tropezón de codos y rodillas,<br />

las risotadas de éstos, el gritar de aquéllos, las palabritas<br />

a media voz de los de más allá, un poco de<br />

sol enfilado a los ojos por las ventanillas y un bastante<br />

de polvo del que levantaban las mulas, las tres<br />

horas de camino que hay desde Tarazona a Tudela<br />

pasaron entre gloria y purgatorio, ni tan largas que<br />

me dieran lugar a desesperarme, ni tan breves que<br />

no viera con gusto el término de mi segunda jornada.<br />

En Tarazona nos apeamos del coche entre<br />

una doble fila de curiosos, pobres y chiquillos. Despedímonos<br />

cordialmente los unos de los otros, volví<br />

a encargar a un chicuelo de la conducción de mi<br />

equipaje y me encaminé al azar por aquellas calles<br />

estrechas, torcidas y oscuras, perdiendo de vista, tal<br />

vez para siempre, a mi famoso regidor, que había


empezado por fastidiarme, concluyendo al fin por<br />

hacerme feliz con su eterno buen humor, su incansable<br />

charla y su inquietud increíble en una persona<br />

de su edad y su volumen. Tarazona es una ciudad<br />

pequeña y antigua; más lejos del movimiento que<br />

Tudela, no se nota en ella el mismo adelanto, pero<br />

tiene un carácter más original y artístico. Cruzando<br />

sus calles con arquillos y retablos, con caserones<br />

de piedra llenos de escudos y timbres heráldicos,<br />

con altas rejas de hierro de labor exquisita y extraña,<br />

hay momentos en que se cree uno transportado<br />

a Toledo, la ciudad histórica por excelencia.<br />

Al fin, después de haber discurrido un rato<br />

por aquel laberinto de calles, llegamos a la posada,<br />

que posada era con todos los accidentes y el carácter<br />

de tal el sitio a que me condujo mi guía. Figúrense<br />

ustedes un medio punto de piedra carcomida y<br />

tostada en cuya clave luce un escudo con un casco<br />

que en vez de plumas tiene en la cimera una pomposa<br />

mata de jaramagos amarillos, nacida entre las<br />

hendiduras de los sillares; junto al blasón de los que<br />

fueron un día señores de aquella casa solariega,<br />

hay un palo, con una tabla en la punta a guisa de<br />

banderola, en que se lee con grandes letras de<br />

almagre el título del establecimiento; el nudoso y<br />

retorcido tronco de una parra que comienza a reto-


ñar, cubre de hojas verdes, transparentes e inquietas,<br />

un ventanuquillo abierto en el fondo de una<br />

antigua ojiva rellena de argamasa y guijarros de<br />

colores; a los lados del portal sirven de asiento algunos<br />

trozos de columnas, sustentados por rimeros<br />

de ladrillos o capiteles rotos y casi ocultos entre las<br />

yerbas que crecen al pie del muro, en el cual, entre<br />

remiendos y parches de diferentes épocas, unos<br />

blancos y brillantes aún, otros con oscuras manchas<br />

de ese barniz particular de los años, se ven algunas<br />

estaquillas de madera clavadas en las hendiduras.<br />

Tal se ofreció a mis ojos el exterior de la posada; el<br />

interior no parecía menos pintoresco.<br />

A la derecha, y perdiéndose en la media luz<br />

que penetraba de la calle, veíase una multitud de<br />

arcos chatos y macizos que se cruzaban entre sí,<br />

dejando espacio en sus huecos a una larga fila de<br />

pesebres, formados de tablas mal unidas al pie de<br />

los postes, y diseminados por el suelo, tropezábase<br />

aquí con las enjalmas de una caballería, allá con<br />

unos cuantos pellejos de vino o gruesas sacas de<br />

lana, sobre las que merendaban, sentados en corro<br />

y con el jarro en primer lugar, algunos arrieros y<br />

trajinantes.


En el fondo, y caracoleando, pegada a los<br />

muros o sujeta con puntales, subía a las habitaciones<br />

interiores una escalerilla empinada y estrecha,<br />

en cuyo hueco, y revolviendo un haz de paja, picoteaban<br />

los granos perdidos hasta una media docena<br />

de gallinas; la parte de la izquierda, a la que daba<br />

paso un arco apuntado y ruinoso, dejaba ver un<br />

rincón de la cocina iluminado por el resplandor rojizo<br />

y alegre del hogar, en donde formaban un gracioso<br />

grupo la posadera, mujer frescota y de buen<br />

temple, aunque entrada en años, una muchacha<br />

vivaracha y despierta como de quince a diez y seis,<br />

y cuatro o cinco chicuelos rubios y tiznados, amén<br />

de un enorme gato rucio y dos o tres perros que se<br />

habían dormido al amor de la lumbre.<br />

Después de dar un vistazo a la posada, hice<br />

presente al posadero el objeto que en su busca me<br />

traía, el cual estaba reducido a que me pusiese en<br />

contacto con alguien que me quisiera ceder una<br />

caballería para trasladarme a Veruela, punto al que<br />

no se puede llegar de otro modo.<br />

Hízolo así el posadero, ajusté el viaje con<br />

unos hombres que habían venido a vender carbón<br />

de Purujosa y se tornaban de vacío, y héteme aquí<br />

otra vez en marcha y camino del Moncayo, atalaja-


do en una mula como en los buenos tiempos de la<br />

Inquisición y del absoluto. Cuando me vi en mitad<br />

del camino, entre aquellas subidas y bajadas tan<br />

escabrosas, rodeado de los caborneros, que marchaban<br />

a pie a mi lado cantando una canción monótona<br />

y eterna; delante de mis ojos la senda, que<br />

parecía una culebra blancuzca e interminable que<br />

se alejaba enroscándose por entre las rocas, desapareciendo<br />

aquí y tornando a aparecer más allá, y<br />

a un lado y otro los horizontes inmóviles y siempre<br />

los mismos, figurábaseme que hacía un año me<br />

había despedido de ustedes, que Madrid se había<br />

quedado en el otro cabo del mundo, que el ferrocarril<br />

que vuela, dejando atrás las estaciones y los<br />

pueblos, salvando los ríos y horadando las montañas,<br />

era un sueño de la imaginación o un presentimiento<br />

de lo futuro. Como la verdad es que yo<br />

fácilmente me acomodo a todas las cosas, pronto<br />

me encontré bien con mi última manera de caminar,<br />

y dejando ir a la mula a su paso lento y uniforme,<br />

eché a volar la fantasía por los espacios imaginarios,<br />

para que se ocupase en la calma y en la frescura<br />

sombría de los sotos de álamos que bordan el<br />

camino, en la luminosa serenidad del cielo, o saltase,<br />

como salta el ligero montañés, de peñasco en<br />

peñasco, por entre las quiebras del terreno, ora


envolviéndose como en una gasa de plata en la<br />

nube que viene rastrera, ora mirando con vertiginosa<br />

emoción el fondo de los precipicios por donde va<br />

el agua, unas veces ligera, espumosa y brillante, y<br />

otras sin ruido, sombría y profunda.<br />

Como quiera que cuando se viaja así, la<br />

imaginación desasida de la materia tiene espacio y<br />

lugar para correr volar y juguetear como una loca<br />

por donde mejor le parece, el cuerpo, abandonado<br />

del espíritu, que es el que lo percibe todo, sigue<br />

impávido su camino hecho un bruto y atalajado como<br />

un pellejo de aceite, sin darse cuenta de sí mismo,<br />

ni saber si se cansa o no. En esta disposición<br />

de ánimo anduvimos no sé cuántas horas, porque<br />

ya no tenía ni conciencia del tiempo, cuando un<br />

airecillo agradable, aunque un poco fuerte, me<br />

anunció que habíamos llegado a la más alta de las<br />

cumbres que por la parte de Tarazona rodean el<br />

valle, término de mis peregrinaciones. Allí, después<br />

de haberme apeado de la caballería para seguir a<br />

pie el poco camino que me faltaba, pude exclamar<br />

como los Cruzados a la vista de la ciudad santa:<br />

Ecco apparir Gerusalem si vede<br />

En efecto, en el fondo del melancólico y silencioso<br />

valle, al pie de las últimas ondulaciones del


Moncayo, que levantaba sus aéreas cumbres coronadas<br />

de nieve y de nubes, medio ocultas entre el<br />

follaje oscuro de sus verdes alamedas y heridas por<br />

la última luz del sol poniente, vi las vetustas murallas<br />

y las puntiagudas torres del monasterio, en<br />

donde ya instalado en una celda, y haciendo una<br />

vida mitad por mitad literaria y campestre, espera<br />

vuestro compañero y amigo recobrar la salud, si<br />

Dios es servido de ello, y ayudaros a soportar la<br />

pesada carga del periódico en cuanto la enfermedad<br />

y su natural propensión a la vagancia se lo<br />

permitan.


Carta segunda<br />

Queridos amigos: Si me vieran ustedes en<br />

algunas ocasiones con la pluma en la mano y el<br />

papel delante, buscando un asunto cualquiera para<br />

emborronar catorce o quince cuartillas, tendrían<br />

lástima de mí. Gracias a Dios que no tengo la perniciosa,<br />

cuanto fea costumbre, de morderme las uñas<br />

es caso de esterilidad, pues hasta tal punto me encuentro<br />

apurado e irresoluto en estos trances, que<br />

ya sería cosa de haberme comido la primera falange<br />

de los dedos. Y no es precisamente porque se<br />

hayan agotado de tal modo mis ideas, que registrando<br />

en el fondo de la imaginación, en donde andan<br />

enmarañadas e indecisas, no pudiese topar con<br />

alguna y traerla, a ser preciso, por la oreja, como<br />

dómine de lugar a muchacho travieso. Pero no basta<br />

tener una idea; es necesario despojarla de su<br />

extraña manera de ser, vestirla un poco al uso para<br />

que esté presentable, aderezarla y condimentarla,<br />

en fin, a propósito, para el paladar de los lectores de<br />

un periódico, político por añadidura. Y aquí está lo<br />

espinoso del caso, aquí la gran dificultad.<br />

Entre los pensamientos que antes ocupaban<br />

mi imaginación y los que aquí han engendrado<br />

la soledad y el retiro, se ha trabado una lucha titáni-


ca, hasta que, por último, vencidos los primeros por<br />

el número y la intensidad de sus contrarios, han ido<br />

a refugiarse no sé dónde, porque yo los llamo y no<br />

me contestan, los busco y no parecen. Ahora bien:<br />

lo que se siente y se piensa aquí en armonía con la<br />

profunda calma y el melancólico recogimiento de<br />

estos lugares, ¿podrá encontrar un eco en los que<br />

viven en ese torbellino de intereses opuestos, de<br />

pasiones sobreexcitadas, de luchas continuas que<br />

se llama la Corte?<br />

Yo juzgo de la impresión que pueden hacer<br />

ideas que nacen y se desarrollan en la austera soledad<br />

de estos claustros, por la que a su vez me<br />

producen las que ahí hierven y de las cuales diariamente<br />

me trae El Contemporáneo como un<br />

abrasado soplo. Al periódico que todas las mañanas<br />

encontramos en Madrid sobre la mesa del comedor<br />

o en el gabinete de estudio, se le recibe como a un<br />

amigo de confianza que viene a charlar un rato,<br />

mientras se hace hora de almorzar con la ventaja de<br />

que si saboreamos un veguero, mientras él nos<br />

refiere, comentándola, la historia del día de ayer, ni<br />

siquiera hay necesidad de ofrecerle otro, como al<br />

amigo. Y esa historia de ayer que nos refiere, hasta<br />

cierto punto la historia de nuestros cálculos, de<br />

nuestras simpatías o de nuestros intereses; de mo-


do que su lenguaje apasionado, sus frases palpitantes,<br />

suelen hablar a un tiempo a nuestra cabeza, a<br />

nuestro corazón y a nuestro bolsillo: en unas ocasiones<br />

repite lo que ya hemos pensado, y nos complace<br />

hallarle acorde con nuestro modo de ver;<br />

otras nos dice la última palabra de algo que comenzábamos<br />

a adivinar, o nos da el tema en armonía<br />

con las vibraciones de nuestra inteligencia<br />

para proseguir pensando. Tan íntimamente está<br />

enlazada su vida intelectual con la nuestra; tan una<br />

es la atmósfera en que se agitan nuestras pasiones<br />

y las suyas. Aquí, por el contrario, todo parece<br />

conspirar a un fin diverso. El periódico llega a los<br />

muros de este retiro como uno de esos círculos que<br />

se abren en el agua cuando se arroja una piedra, y<br />

que poco a poco se van debilitando a medida que<br />

se alejan del punto de donde partieron, hasta que<br />

vienen a morir en la orilla con un rumor apenas perceptible.<br />

El estado de nuestra imaginación, la soledad<br />

que nos rodea, hasta los accidentes locales<br />

parecen contribuir a que sus palabras suenen de<br />

otro modo en el oído. Juzgad si no por lo que a mí<br />

me sucede.<br />

Todas las tardes, y cuando el sol comienza<br />

a caer, salgo al camino que pasa por delante de las<br />

puertas del monasterio para aguardar al conductor


de la correspondencia que me trae los periódicos de<br />

Madrid. Frente al arco que da entrada al primer<br />

recinto de la abadía, se extiende una larga alameda<br />

de chopos tan altos que, cuando agita las ramas el<br />

viento de la tarde, sus copas se unen y forman una<br />

inmensa bóveda de verdura. Por ambos lados del<br />

camino, y saltando y cayendo con un murmullo apacible<br />

por entre las retorcidas raíces de los árboles,<br />

corren dos arroyos de agua cristalina y transparente,<br />

fría como la hoja de una espada y delgada como<br />

su filo. El terreno sobre el cual flotan las sombras de<br />

los chopos, salpicadas de manchas inquietas y luminosas,<br />

está a trechos cubierto de una yerba alta,<br />

espesa y finísima, entre la que nacen tantas margaritas<br />

blancas, que semejan a primera vista esa lluvia<br />

de flores con que alfombran el suelo los árboles<br />

frutales en los templados días de abril. En los ribazos,<br />

y entre los zarzales y los juncos del arroyo;<br />

crecen las violetas silvestres, que, aunque casi ocultas<br />

entre sus rastreras hojas, se anuncian a gran<br />

distancia con su intenso perfume; y, por último,<br />

también cerca del agua y formando como un segundo<br />

término, déjase ver por entre los huecos que<br />

quedan de tronco a tronco una doble fila de nogales<br />

corpulentos con sus copas redondas, compactas y<br />

oscuras.


Como a la mitad de esta alameda deliciosa,<br />

y en un punto en que varios olmos dibujan un círculo<br />

pequeño, enlazando entre sí sus espesas ramas,<br />

que recuerdan, al tocarse en la altura, la cúpula de<br />

un santuario; sobre una escalinata formada de<br />

grandes sillares de granito, por entre cuyas hendiduras<br />

nacen y se enroscan los tallos y las flores<br />

trepadoras, se levanta gentil, artística y alta, casi<br />

como los árboles, una cruz de mármol, que, merced<br />

a su color, es conocida en estas cercanías por la<br />

Cruz negra de Veruela. Nada más hermosamente<br />

sombrío que este lugar. Por un extremo del camino<br />

limita la vista el monasterio con sus arcos ojivales,<br />

sus torres puntiagudas y sus muros almenados e<br />

imponentes; por el otro, las ruinas de una pequeña<br />

ermita se levantan al pie de una eminencia sembrada<br />

de tomillos y romeros en flor. Allí, sentado al pie<br />

de la cruz, y teniendo en las manos un libro que casi<br />

nunca leo, y que muchas veces dejo olvidado en las<br />

gradas de piedra, estoy una o dos y a veces hasta<br />

cuatro horas aguardando el periódico. De cuando<br />

en cuando veo atravesar a lo lejos una de esas<br />

figuras aisladas que se colocan en un paisaje para<br />

hacer sentir mejor la soledad del sitio. Otras veces,<br />

exaltada la imaginación, creo distinguir confusamente,<br />

sobre el fondo oscuro del follaje, a los monjes


lancos que van y vienen silenciosos alrededor de<br />

su abadía, o a una muchacha de la aldea que pasa<br />

por ventura al pie de la cruz con un manojo de flores<br />

en el halda, se arrodilla un momento y deja un lirio<br />

azul sobre los peldaños. Luego, un suspiro que se<br />

confunde con el rumor de las hojas; después..., ¡qué<br />

sé yo!..., escenas sueltas de no sé qué historia que<br />

yo he oído o que inventaré algún día; personajes<br />

fantásticos, que, unos tras otros; van pasando ante<br />

mi vista, y de los cuales cada uno me dice una palabra<br />

o me sugiere una idea: ideas y palabras que<br />

más tarde germinarán en mi cerebro y acaso den<br />

fruto en el porvenir.<br />

La aproximación del correo viene siempre a<br />

interrumpir una de estas maravillosas historias. En<br />

el profundo silencio que me rodea, el lejano rumor<br />

de los pasos de su caballo que cada vez se percibe<br />

más distinto, lo anuncia a larga distancia; por fin<br />

llega a donde estoy, saca el periódico de la bolsa de<br />

cuero que trae terciada al hombro, me lo entrega, y<br />

después de cambiar algunas palabras o un saludo,<br />

desaparece por el extremo opuesto del camino que<br />

trajo.<br />

Como lo he visto nacer, como desde que vino<br />

al mundo he vivido con su vida febril y apasiona-


da, El Contemporáneo no es para mí un papel como<br />

otro cualquiera, sino que sus columnas son ustedes<br />

todos, mis amigos, mis compañeros de esperanzas<br />

o desengaños, de reveses o de triunfos, de satisfacciones<br />

o de amarguras. La primera impresión<br />

que siento, pues, al recibirle, es siempre una impresión<br />

de alegría, como la que se experimenta al romper<br />

la cubierta de una carta en cuyo sobre hemos<br />

visto una letra querida, o como cuando en un país<br />

extranjero se estrecha la mano de un compatriota y<br />

se oye hablar el idioma nativo. Hasta el olor particular<br />

del papel húmedo y la tinta de imprenta, olor<br />

especialísimo que por un momento viene a sustituir<br />

el perfume de las flores que aquí se respira por<br />

todas partes, parece que hiere la memoria del olfato,<br />

memoria extraña y viva que indudablemente<br />

existe, y me trae un pedazo de mi antigua vida; de<br />

aquella inquietud, de aquella actividad, de aquella<br />

fiebre fecunda del periodismo. Recuerdo el incesante<br />

golpear y crujir de la máquina que multiplicaba<br />

por miles las palabras que acabábamos de escribir<br />

y que salían aún palpitando de la pluma; recuerdo el<br />

afán de las últimas horas de redacción, cuando la<br />

noche va de vencida y el original escasea; recuerdo,<br />

en fin, las veces que nos ha sorprendido el día corrigiendo<br />

un artículo o escribiendo una noticia última


sin hacer más caso de las poéticas bellezas de la<br />

alborada que de la carabina de Ambrosio. En Madrid,<br />

y para nosotros en particular, ni sale ni se pone<br />

el sol: se apaga o se enciende la luz, y es por la<br />

única cosa que lo advertimos.<br />

Al fin rompo la faja del periódico, y comienzo<br />

a pasar la vista por sus renglones hasta que<br />

gradualmente me voy engolfando en su lectura, y ya<br />

ni veo ni oigo nada de lo que se agita a mi alrededor.<br />

El viento sigue suspirando entre las copas de<br />

los árboles, el agua sonriendo a mis pies, y las golondrinas,<br />

lanzando chillidos agudos, pasan sobre<br />

mi cabeza; pero yo, cada vez más absorto y embebido<br />

con las nuevas ideas que comienzan a despertarse<br />

a medida que me hieren las frases del diario,<br />

me juzgo transportado a otros sitios y a otros días.<br />

Paréceme asistir de nuevo a la Cámara, oír los discursos<br />

ardientes, atravesar los pasillos del Congreso,<br />

donde entre el animado cuchicheo de los grupos<br />

se forman las futuras crisis; y luego veo las secretarias<br />

de los ministerios en donde se hace la política<br />

oficial; las redacciones donde hierven las ideas que<br />

han de caer al día siguiente como la piedra en el<br />

lago, y los círculos de la opinión pública que comienzan<br />

en el casino, siguen en las mesas de los<br />

cafés y acaban en los guardacantones de las calles.


Vuelvo a seguir con interés las polémicas acaloradas,<br />

vuelvo a reanudar el roto hilo de las intrigas, y<br />

ciertas fibras embotadas aquí, las fibras de las pasiones<br />

violentas, la inquieta ambición, el ansia de<br />

algo más perfecto, el afán de hallar la verdad escondida<br />

a los ojos humanos, tornan a vibrar nuevamente<br />

y a encontrar en mi alma un eco profundo.<br />

«El Diario Español, El Pensamiento o La Iberia,<br />

hablan de esto, afirman aquello o niegan lo de más<br />

allá», dice El Contemporáneo; y yo sin saber apenas<br />

dónde estoy, tiendo las manos para cogerlos,<br />

creyendo que están allí a mi alcance, como si me<br />

encontrara sentado a le mesa de la redacción.<br />

Pero esa tromba de pensamientos tumultuosos,<br />

que pasan por mi cabeza como una nube de<br />

tronada, se desvanecen apenas nacidos. Aún no he<br />

acabado de leer las primeras columnas del periódico,<br />

cuando el último reflejo del sol, que dobla lentamente<br />

la cumbre del Moncayo, desaparece de la<br />

más alta de las torres del monasterio, en cuya cruz<br />

de metal llamea un momento antes de extinguirse.<br />

Las sombras de los montes bajan a la carrera y se<br />

extienden por la llanura; la luna comienza a dibujarse<br />

en el Oriente como un círculo de cristal que<br />

transparenta el cielo, y la alameda se envuelve en la<br />

indecisa luz del crepúsculo. Ya es imposible conti-


nuar leyendo. Aún se ven por una parte y entre los<br />

huecos de las ramas chispazos rojizos del sol poniente,<br />

y por la otra una claridad violada y fría. Poco<br />

a poco comienzo a percibir otra vez, semejante a<br />

una armonía confusa, el ruido de las hojas y el<br />

murmullo del agua, fresco, sonoro y continuado, a<br />

cuyo compás vago y suave vuelven a ordenarse las<br />

ideas y se van moviendo con más lentitud en una<br />

danza cadenciosa, que languidece al par de la<br />

música, hasta que por último se aguzan unas tras<br />

otras como esos puntos de luz apenas perceptibles<br />

que de pequeños nos entreteníamos en ver morir en<br />

las pavesas de un papel quemado. La imaginación<br />

entonces, ligera y diáfana; se mece y flota al rumor<br />

del agua, que la arrulla como una madre arrulla a un<br />

niño. La campana del monasterio, la única que ha<br />

quedado colgada en su ruinosa torre bizantina, comienza<br />

a tocar la oración, y una cerca, otra lejos,<br />

éstas con una vibración metálica y aguda, aquéllas<br />

con un tañido sordo y triste, les responden las otras<br />

campanas de los lugares del Somontano. De estos<br />

pequeños lugares, unos están en las puntas de las<br />

rocas colgados como el nido de una águila, y otros<br />

medio escondidos en las ondulaciones del monte o<br />

en lo más profundo de los valles. Parece una armonía<br />

que a la vez baja del cielo y sube de la tierra,


y se confunde y flota en el espacio, mezclándose al<br />

último rumor del día que muere el primer suspiro de<br />

la noche que nace.<br />

Ya todo pasó, Madrid, la política, las luchas<br />

ardientes, las miserias humanas, las pasiones, las<br />

contrariedades, los deseos, todo se ha ahogado en<br />

aquella música divina. Mi alma está ya tan serena<br />

como el agua inmóvil y profunda. La fe en algo más<br />

grande, en un destino futuro y desconocido, más<br />

allá de esta vida, la fe de la eternidad, en fin, aspiración<br />

absorbente, única e inmensa, mata esa fe al<br />

por menor que pudiéramos llamar personal, la fe en<br />

el mañana, especie de aguijón que espolea los<br />

espíritus irresolutos, y que tanto se necesita para<br />

luchar y vivir y alcanzar cualquier cosa en la tierra.<br />

Absorto en estos pensamientos doblo el periódico<br />

y me dirijo a mi habitación. Cruzo la sombría<br />

calle de árboles y llego a la primera cerca del monasterio,<br />

cuya dantellada silueta se destaca por<br />

oscuro sobre el cielo en un todo semejante a la de<br />

un castillo feudal; atravieso el patio de armas con<br />

sus arcos redondos y timbrados, sus bastiones llenos<br />

de saeteras y coronados de almenas puntiagudas,<br />

de las cuales algunas yacen en el foso, medio<br />

ocultas entre los jaramagos y los espinos. Entre dos


cubos de muralla, altos, negros e imponentes, se<br />

alza la torre que da paso al interior; una cruz clavada<br />

en la punta indica el carácter religioso de aquel<br />

edificio, cuyas enormes puertas de hierro y muros<br />

fortísimos, más parece que deberían guardar soldados<br />

que monjes.<br />

Pero apenas las puertas se abren rechinando<br />

sobre sus goznes enmohecidos, la abadía aparece<br />

con todo su carácter. Una larga fila de olmos,<br />

entre los que se elevan algunos cipreses, deja ver<br />

en el fondo la iglesia bizantina con su portada semicircular<br />

llena de extrañas esculturas, por la derecha<br />

se extiende la remendada tapia de un huerto, por<br />

encima de la cual asoman las copas de los árboles,<br />

y a la izquierda se descubre el palacio abacial, severo<br />

y majestuoso en medio de su sencillez. Desde<br />

este primer recinto se pasa al inmediato por un arco<br />

de medio punto, después del cual se encuentra el<br />

sitio donde en otro tiempo estuvo el enterramiento<br />

de los monjes. Un arroyuelo, que luego desaparece<br />

y se oye gemir por debajo de tierra, corre al pie de<br />

tres o cuatro árboles viejos y nudosos: a un lado se<br />

descubre el molino medio agazapado entre unas<br />

ruinas, y más allá, oscura como la boca de una cueva,<br />

la portada monumental del claustro con sus<br />

pilastras platerescas llenas de hojarascas, bichos,


ángeles, cariátides y dragones de granito que sostienen<br />

emblemas de la Orden, mitras y escudos.<br />

Siempre que atravieso este recinto cuando<br />

la noche se aproxima y comienza a influir en la imaginación<br />

con su alto silencio y sus alucinaciones<br />

extrañas, voy pisando quedo y poco a poco las sendas<br />

abiertas entre los zarzales y las yerbas parásitas,<br />

como temeroso de que al ruido de mis pasos<br />

despierte en sus fosas y levante la cabeza alguno<br />

de los monjes que duermen allí el sueño de la eternidad.<br />

Por último, entro en el claustro; donde ya<br />

reina una oscuridad profunda: la llama del fósforo<br />

que enciendo para atravesarlo vacila agitada por el<br />

aire, y los círculos de luz que despide luchan trabajosamente<br />

con las tinieblas. Sin embargo, a su incierto<br />

resplandor, pueden distinguirse las largas<br />

series de ojivas, festoneadas de hojas de trébol, por<br />

entre las que asoman, con una mueca muda y<br />

horrible, esas mil fantásticas y caprichosas creaciones<br />

de la imaginación que el arte misterioso de la<br />

Edad Media dejó grabadas en el granito de sus<br />

basílicas: aquí un endriago que se retuerce por una<br />

columna y saca su deforme cabeza por entre la<br />

hojarasca del capitel; allí un ángel que lucha con un<br />

demonio y entre los dos soportan la recaída de un<br />

arco que se apunta al muro; más lejos, y sombrea-


das por el batiente oscuro del lucillo que las contiene,<br />

las urnas de piedra donde bien con la mano en<br />

el montante o revestidas de la cogulla, se ven las<br />

estatuas de los guerreros y abades más ilustres que<br />

han patrocinado este monasterio o lo han enriquecido<br />

con sus dones.<br />

Los diferentes y extraordinarios objetos que<br />

unos tras otros van hiriendo la imaginación, la impresionan<br />

de una manera tan particular, que cuando,<br />

después de haber discurrido por aquellos patios<br />

sombríos, aquellas alamedas misteriosas y aquellos<br />

claustros imponentes penetro al fin en mi celda y<br />

desdoblo otra vez El Contemporáneo para proseguir<br />

su lectura, paréceme que está escrito en un idioma<br />

que no entiendo. Bailes, modas, el estreno de una<br />

comedía, un libro nuevo, un cantante extraordinario,<br />

una comida en la embajada de Rusia, la compañía<br />

de Price, la muerte de un personaje, los clownes,<br />

los banquetes políticos, la música, todo revuelto:<br />

una obra de caridad con un crimen, un suicidio con<br />

una boda, un entierro con una función de toros extraordinaria.<br />

A esta distancia y en este lugar me parece<br />

mentira que existe aún ese mundo que yo conocía,<br />

el mundo del Congreso y las redacciones, del casi-


no y de los teatros, del Suizo y de la Fuente Castellana,<br />

y que existe tal como yo le dejé, rabiando y<br />

divirtiéndose, hoy en una broma, mañana en un<br />

funeral, todos deprisa, todos cosechando esperanzas<br />

y decepciones, todos corriendo detrás de una<br />

cosa que no alcanzan nunca, hasta que corriendo<br />

den en uno de esos lazos silenciosos que nos va<br />

tendiendo la muerte, y desaparezcan como por escotillón<br />

con una gacetilla por epitafio.<br />

Cuando me asaltan estas ideas, en vano<br />

hago esfuerzos por templarme como ustedes y entrar<br />

a compás de la danza. No oigo la música que<br />

lleva a todos envueltos como en un torbellino; no<br />

veo en esa agitación continua, en ese ir y venir, más<br />

que lo que ve el que mira un baile desde lejos; una<br />

pantomima muda e inexplicable, grotesca unas veces,<br />

terrible otras.<br />

Ustedes, sin embargo, quieren que escriba<br />

alguna cosa, que lleve mi parte en la sinfonía general,<br />

aun a riesgo de salir desafinado. Sea, y sirva<br />

esto de introducción y preludio: quiere decir que si<br />

alguno de mis lectores ha sentido otra vez algo de<br />

lo que yo siento ahora, mis palabras le llevarán el<br />

recuerdo de más tranquilos días, como el perfume<br />

de un paraíso distante; y los que no, tendrán en


cuenta mi especial posición para tolerar que de<br />

cuando en cuando rompa con una nota desacorde<br />

la armonía de un periódico político.


Carta tercera<br />

Queridos amigos: Hace dos o tres días, andando<br />

a la casualidad por entre estos montes, y<br />

habiéndome alejado más de lo que acostumbro en<br />

mis paseos matinales, acerté a descubrir casi oculto<br />

entre las quiebras del terreno y fuera de todo camino<br />

un pueblecillo, cuya situación, por extremo pintoresca,<br />

me agradó tanto que no pude por menos de<br />

aproximarme a él para examinarlo a mis anchas. Ni<br />

aun pregunté su nombre; y si mañana o el otro quisiera<br />

buscarlo por su situación en el mapa, creo que<br />

no lo encontraría: tan pequeño es y tan olvidado<br />

parece entre las ásperas sinuosidades del Moncayo.<br />

Figúrense ustedes, en el declive de una montaña<br />

inmensa y sobre una roca que parece servirle de<br />

pedestal, un castillo del que sólo quedan en pie la<br />

torre del homenaje y algunos lienzos de muro carcomidos<br />

y musgosos: agrupadas alrededor de este<br />

esqueleto de fortaleza, cual si quisiesen todavía<br />

dormir seguras a su sombra como en la edad de<br />

hierro en que debió de alzarse, se ven algunas casas,<br />

pequeñas heredades con sus bardales de<br />

heno, sus tejados rojizos, y sus chimeneas desiguales<br />

y puntiagudas, por cima de las que se eleva el<br />

campanario de la parroquia con su reloj de sol, su<br />

esquiloncillo que llama a la primera misa, y su gallo


de hoja de lata que gira en lo alto de la veleta a<br />

merced de los vientos.<br />

Una senda que sigue el curso del arroyo<br />

que cruza el valle serpenteando por entre los cuadros<br />

de los trigos, verdes y tirantes como el paño de<br />

una mesa de billar, sube dando vueltas a los amontonados<br />

pedruscos sobre que se asienta el pueblo,<br />

hasta el punto en que un pilarote de ladrillos con<br />

una cruz en el remate señala la entrada. Sucede<br />

con estos pueblecitos tan pintorescos, cuando se<br />

ven en lontananza tantas líneas caprichosas, tantas<br />

chimeneas arrojando pilares de humo azul, tantos<br />

árboles y peñas y accidentes artísticos, lo que con<br />

otras muchas cosas del mundo, en que todo es<br />

cuestión de la distancia a que se miran; y la mayor<br />

parte de las veces, cuando se llega a ellos, la poesía<br />

se convierte en prosa. Ya en la cruz de la entrada,<br />

lo que pude descubrir del interior del lugar no<br />

me pareció, en efecto, que respondía ni con mucho<br />

a su perspectiva; de modo que, no queriendo<br />

arriesgarme por sus estrechas, sucias y empinadas<br />

callejas, comencé a costearlo, y me dirigí a una<br />

reducida llanura que se descubre a su espalda,<br />

dominada sólo por la iglesia y el castillo. Allí, en<br />

unos campos de trigo, y junto a dos o tres nogales<br />

aislados que comenzaban a cubrirse de hojas, está


lo que por su especial situación y la pobre cruz de<br />

palo enclavada sobre la puerta, colegí que sería el<br />

cementerio. Desde muy niño concebí, y todavía<br />

conservo, una instintiva aversión a los camposantos<br />

de las grandes poblaciones: aquellas tapias encaladas<br />

y llenas de huecos, como la estantería de una<br />

tienda de géneros de ultramarinos; aquellas calles<br />

de árboles raquíticos, simétricas y enarenadas,<br />

como las avenidas de un parque inglés; aquella<br />

triste parodia de jardín con flores sin perfume y verdura<br />

sin alegría, me oprimen el corazón y me crispan<br />

los nervios. El afán de embellecer grotesca y<br />

artificialmente la muerte, me trae a la memoria a<br />

esos niños de los barrios bajos, a quienes después<br />

de expirar embadurnan la cara con arrebol, de modo<br />

que, entre el cerco violado de los ojos, la intensa<br />

palidez de las sienes y el rabioso carmín de las<br />

mejillas, resulta una mueca horrible.<br />

Por el contrario, en más de una aldea he<br />

visto un cementerio chico, abandonado, pobre, cubierto<br />

de ortigas y cardos silvestres, y me ha causado<br />

una impresión siempre melancólica, es verdad,<br />

pero mucho más suave, mucho más respetuosa y<br />

tierna. En aquellos vastos almacenes de la muerte,<br />

siempre hay algo de esa repugnante actividad del<br />

tráfico; la tierra, constantemente removida, deja ver


fosas profundas que parecen aguardar su presa con<br />

hambre. Aquí nichos vacíos, a los que no falta más<br />

que un letrero: «Esta casa se alquila»; allí huesos<br />

que se retrasan en el pago de su habitación, y son<br />

arrojados qué sé yo adónde para dejar lugar a otros;<br />

y lápidas con filetes de relumbrones, y décimas y<br />

coronas de flores de trapo, y siemprevivas de comerciantes<br />

de objetos fúnebres. En estos escondidos<br />

rincones, último albergue de los ignorados<br />

campesinos, hay una profunda calma: nadie turba<br />

su santo recogimiento, y después de envolverse en<br />

su ligera capa de tierra, sin tener siquiera encima el<br />

peso de una losa, deben de dormir mejor y más<br />

sosegados.<br />

Cuando, no sin tener que forcejear antes un<br />

poco, logré abrir la carcomida y casi deshecha puerta<br />

del pequeño cementerio que por casualidad había<br />

encontrado en mi camino, y éste se ofreció a mi<br />

vista, no pude menos de confiarme nuevamente en<br />

mis ideas. Es imposible ni aun concebir un sitio más<br />

agreste, más solitario y más triste, con una agradable<br />

tristeza, que aquél. Nada habla allí de la muerte<br />

con ese lenguaje enfático y pomposo de los epitafios;<br />

nada la recuerda de modo que horrorice con el<br />

repugnante espectáculo de sus atavíos y despojos.<br />

Cuatro lienzos de tapia humilde, compuestos de


arena amasada con piedrecillas de colores, ladrillos<br />

rojos y algunos sillares cubiertos de musgo en los<br />

ángulos, cercan un pedazo de tierra, en el cual la<br />

poderosa vegetación de este país, abandonada a sí<br />

misma, despliega sus silvestres galas con un lujo y<br />

una hermosura imponderables. Al pie de las tapias y<br />

por entre sus rendijas, crecen la hiedra y esas campanillas<br />

de color de rosa pálido que suben sosteniéndose<br />

en las asperezas del muro hasta trepar a<br />

los bardales de heno, por donde se cruzan y se<br />

mecen como una flotante guirnalda de verdura. La<br />

espesa y fina hierba que cubre el terreno y marca<br />

con suave claroscuro todas sus ondulaciones, produce<br />

el efecto de un tapiz bordado de esas mil florecillas<br />

cuyos poéticos nombres ignora la ciencia, y<br />

sólo podrían decir las muchachas del lugar que en<br />

las tardes de mayo las cogen en el halda para engalanar<br />

el retablo de la Virgen.<br />

Allí, en medio de algunas espigas cuya simiente<br />

acaso trajo el aire de las eras cercanas, se<br />

columpian las amapolas con sus cuatro hojas<br />

purpúreas y descompuestas; las margaritas blancas<br />

y menudas, cuyos pétalos arrancan uno a uno los<br />

amantes, semejan copos de nieve que el calor no<br />

ha podido derretir, contrastando con los dragoncillos<br />

corales y esas estrellas de cinco rayos amarillas e


inodoras que llaman de los muertos, las cuales crecen<br />

salpicadas en los camposantos entre las ortigas,<br />

las rosas de los espinos, los cardos silvestres y<br />

las alcachoferas puntiagudas y frondosas. Una brisa<br />

pura y agradable mueve las flores, que se balancean<br />

con lentitud, y las altas yerbas, que se inclinan y<br />

levantan a su empuje como las pequeñas olas de<br />

un mar verde y agitado. El sol resbala suavemente<br />

sobre los objetos, los ilumina o los transparenta,<br />

aumentando la intensidad y la brillantez de sus tintas,<br />

y parece que los dibuja con un perfil de oro para<br />

que destaquen entre sí con más limpieza. Algunas<br />

mariposas revolotean de acá para allá haciendo en<br />

el aire esos giros extraños que fatigan1a vista, que<br />

inútilmente se empeña en seguir su vuelo tortuoso;<br />

y mientras las abejas estrechan sus círculos zumbando<br />

alrededor de los cálices llenos de perfumada<br />

miel, y los pardillos picotean los insectos que pululan<br />

por el bardal de la tapia, una lagartija asoma su<br />

cabeza triangular y aplastada y sus ojos pequeños y<br />

vivos por entre sus hendiduras, y huye temerosa a<br />

guarecerse en su escondite al menor movimiento.<br />

Después que hube abarcado con una mirada<br />

el conjunto de aquel cuadro, imposible de reproducir<br />

con frases siempre descoloridas y pobres, me<br />

senté en un pedrusco, lleno de esa emoción sin


ideas que experimentamos siempre que una cosa<br />

cualquiera nos impresiona profundamente y parece<br />

que nos sobrecoge por su novedad o su hermosura.<br />

En esos instantes rapidísimos en que la sensación<br />

fecunda la inteligencia, y allá en el fondo del cerebro<br />

tiene lugar la misteriosa concepción de los pensamientos<br />

que han de surgir algún día evocados por la<br />

memoria, nada se piensa, nada se razona: los sentidos<br />

todos parecen ocupados en recibir y guardar la<br />

impresión que analizarán más tarde.<br />

Sintiendo aún las vibraciones de esta primera<br />

sacudida del alma, que la sumerge en un agradable<br />

sopor, estuve, pues, largo tiempo, hasta que<br />

gradualmente comenzaron a extinguirse, y poco a<br />

poco fueron levantándose las ideas relativas. Estas<br />

ideas, que ya han cruzado otras veces por la imaginación<br />

y duermen olvidadas en alguno de sus rincones,<br />

son siempre las primeras en acudir cuando<br />

se toca su resorte misterioso. No sé si a todos les<br />

habrá pasado igualmente: pero a mí me ha sucedido<br />

con bastante frecuencia preocuparme en ciertos<br />

momentos con la idea de la muerte; y pensar largo<br />

rato y concebir deseos y formular votos acerca de la<br />

destinación futura, no sólo de mi espíritu, sino de<br />

mis despojos mortales. En cuanto al alma, dicho se<br />

está siempre he deseado se encaminase al Cielo.


Con el destino que darían a mi cuerpo es con lo que<br />

más he batallado, y acerca de lo cual he echado<br />

más a menudo a volar la fantasía. En aquel punto<br />

en que todas aquellas viejas locuras de mi imaginación<br />

salieron en tropel de los desvanes de la cabeza<br />

donde tengo arrinconados, como trastos inútiles, los<br />

pensamientos extraños, las ambiciones absurdas y<br />

las historias imposibles de la adolescencia, ilusiones<br />

rosadas que, como los trajes antiguos, se han ajado<br />

ya y se han puesto de color de ala de mosca con los<br />

años, fue cuando pude apreciar sonriendo al compararlas<br />

entre sí, la candidez de mis aspiraciones<br />

juveniles.<br />

En Sevilla, y en la margen del Guadalquivir<br />

que conduce al convento de San Jerónimo, hay<br />

cerca del agua una especie de remanso que fertiliza<br />

un valle en miniatura formado por el corte natural de<br />

la ribera, que en aquel lugar es bien alta y tiene un<br />

rápido declive. Dos o tres álamos blancos, corpulentos<br />

y frondosos, entretejiendo sus copas, defienden<br />

aquel sitio de los rayos del Sol, que rara vez logra<br />

deslizarse entre las ramas, cuyas hojas producen<br />

un ruido manso y agradable cuando el viento las<br />

agita y las hace parecer ya plateadas, ya verdes:<br />

según del lado que las empuja. Un sauce baña sus<br />

raíces en la corriente del río, hacia el que se inclina


como agobiado de un peso invisible, y a su alrededor<br />

crecen multitud de juncos y de esos lirios amarillos<br />

y grandes que nacen espontáneos al borde de<br />

los arroyos y las fuentes.<br />

Cuando yo tenía catorce o quince años, y<br />

mi alma estaba henchida de deseos sin nombre, de<br />

pensamientos puros y de esa esperanza sin límites<br />

que es la más preciada joya de la juventud; cuando<br />

yo me juzgaba poeta; cuando mi imaginación estaba<br />

llena de esas risueñas fábulas del mundo clásico,<br />

y Rioja en sus silvas a las flores, Herrera en sus<br />

tiernas elegías y todos mis cantores sevillanos, dioses<br />

penates de mi especial literatura, me hablaban<br />

de continuo del Betis majestuoso, el río de las ninfas,<br />

de las náyades y los poetas, que corre al Océano<br />

escapándose de un ánfora de cristal, coronado<br />

de espadañas y laureles, ¡cuántos días, absorto en<br />

la contemplación de mis sueños de niño, fui a sentarme<br />

en su ribera, y allí, donde los álamos me protegían<br />

con su sombra, daba rienda suelta a mis<br />

pensamientos y forjaba una de esas historias imposibles<br />

en las que hasta el esqueleto de la muerte se<br />

vestía a mis ojos con galas fascinadoras y espléndidas!<br />

Yo soñaba entonces una vida independiente y<br />

dichosa, semejante a la del pájaro, que nace para<br />

cantar y Dios le procura de comer; soñaba esa vida


tranquila del poeta que irradia con suave luz de una<br />

en otra generación; soñaba que la ciudad que me<br />

vio nacer se enorgulleciese con mi nombre, añadiéndolo<br />

al brillante catálogo de sus ilustres hijos; y<br />

cuando la muerte pusiera un término a mi existencia,<br />

me colocasen para dormir el sueño de oro de la<br />

inmortalidad a la orilla del Betis, al que yo habría<br />

cantado en odas magníficas, y en aquel mismo punto<br />

donde iba tantas veces a oír el suave murmullo<br />

de sus ondas. Una piedra blanca con una cruz y mi<br />

nombre, serían todo el monumento.<br />

Los álamos blancos, balanceándose día y<br />

noche sobre mi sepultura, parecerían rezar por mi<br />

alma con el susurro de sus hojas plateadas y verdes,<br />

entre las que vendrían a refugiarse los pájaros<br />

para cantar al amanecer un himno alegre a la resurrección<br />

del espíritu a regiones más serenas; el<br />

sauce, cubriendo aquel lugar de una flotante sombra,<br />

le prestaría su vaga tristeza, inclinándose y<br />

derramando en derredor sus ramas desmayadas y<br />

flexibles como para proteger y acariciar mis despojos;<br />

y hasta el río, que en las horas de creciente casi<br />

vendría a besar el borde de la losa cercada de juncos,<br />

arrullaría mi sueño con una música agradable.<br />

Pasado algún tiempo, y después que la losa comenzara<br />

a cubrirse de manchas de musgo, una


mata de campanillas, de esas campanillas azules<br />

con un disco de carmín en el fondo que tanto me<br />

gustaban, crecería a su lado enredándose por entre<br />

sus grietas y vistiéndola con sus hojas anchas y<br />

transparentes, que no sé por qué misterio tienen la<br />

forma de un corazón: los insectos de oro con alas<br />

de luz, cuyo zumbido convida a dormir en la calurosa<br />

siesta, vendrían a revolotear en torno de sus<br />

cálices; para leer mi nombre, ya borroso por la acción<br />

de la humedad y los años, sería preciso descorrer<br />

un cortinaje de verdura. Pero ¿para qué leer mi<br />

nombre? ¿Quién no sabría que yo descansaba allí?<br />

Algún desconocido admirador de mis versos plantaría<br />

un laurel que descollando altivo entre los otros<br />

árboles, hablase a todos de mi gloria; y ya una mujer<br />

enamorada que halló en mis cantares un rasgo<br />

de esos extraños fenómenos del amor que sólo las<br />

mujeres saben sentir y los poetas descifrar, ya un<br />

joven que se sintió inflamado con el sacro fuego que<br />

hervía en mi mente, y a quien mis palabras revelaron<br />

nuevos mundos de la inteligencia, hasta entonces<br />

para él ignotos, o un extranjero que vino a Sevilla<br />

llamado por la fama de su belleza y los recuerdos<br />

que en ella dejaron sus hijos, echaría una flor sobre<br />

mi tumba, contemplándola un instante con tierna<br />

emoción, con noble envidia o respetuosa curiosidad;


a la mañana, las gotas del rocío resbalarían como<br />

lágrimas sobre su superficie.<br />

Después de remontado el Sol, sus rayos la<br />

dorarían, penetrando tal vez en la tierra y abrigando<br />

con su dulce calor mil huesos. En la tarde y a la<br />

hora en que las aguas del Guadalquivir copian temblando<br />

el horizonte de fuego, la árabe torre y los<br />

muros romanos de mi hermosa ciudad, los que siguen<br />

la corriente del río en un ligero bote que deja<br />

en pos una inquieta línea de oro, dirían al ver aquel<br />

rincón de verdura donde la piedra blanqueada al pie<br />

de los árboles: «allí duerme el poeta». Y cuando él<br />

gran Betis dilatarse sus riberas hasta los montes;<br />

cuando sus alteradas ondas cubriendo el pequeño<br />

valle, subiese hasta la mitad del tronco de los álamos,<br />

las ninfas que viven ocultas en el fondo de sus<br />

palacios, diáfanos y transparentes, vendrían a agruparse<br />

alrededor de mi tumba: yo sentiría la frescura<br />

y el rumor del agua agitada por sus juegos; sorprendería<br />

el secreto de sus misteriosos amores;<br />

sentiría tal vez la ligera huella de sus pies de nieve<br />

al resbalar sobre el mármol en una danza cadenciosa,<br />

oyendo, en fin, como cuando se duerme ligeramente<br />

se oyen las palabras y los sonidos de una<br />

manera confusa, el armonioso coro de sus voces<br />

juveniles y las notas de sus liras de cristal.


Así soñaba yo en aquella época. ¡A tanto y<br />

a tan poco se limitaban entonces mis deseos! Pasados<br />

algunos años, luego que hube salido de mi<br />

ciudad querida; después de mis ideas tomaron poco<br />

a poco otro rumbo, y la imaginación, cansada ya de<br />

idilios, de ninfas, de poesías y de flores, comenzó a<br />

remontarse a épocas distantes, complaciéndose en<br />

vestir con sus galas las dramáticas escenas de la<br />

historia, fingiendo un marco de oro para cada uno<br />

de sus cuadros y haciendo un pedestal para cada<br />

uno de sus personajes volví a soñar, y, como en las<br />

comedias de magia, nuevas decoraciones de fantasía<br />

sustituyeron a las antiguas y la vara mágica<br />

del deseo hizo posible en la mente nuevos absurdos.<br />

¡Cuántas veces, después de haber discurrido<br />

por las anchurosas naves de alguna de nuestras<br />

inmensas catedrales góticas, o de haberme sorprendido<br />

la noche en uno de esos imponentes y<br />

severos claustros de nuestras históricas abadías, he<br />

vuelto a sentir inflamada mi alma con la idea de la<br />

gloria, pero una gloria más ruidosa y ardiente que la<br />

del poeta! Yo hubiera querido ser un rayo de la guerra,<br />

haber influido poderosamente en los destinos<br />

de mi patria, haber dejado en sus leyes y sus costumbres<br />

la profunda huella de mi paso; que mi


nombre resonase unido, y como personificándola, a<br />

alguna de sus grandes revoluciones, y luego, satisfecha<br />

mi sed de triunfos y de estrépito, caer en un<br />

combate, oyendo como el último rumor del mundo el<br />

agudo clamor de la trompetería de mis valerosas<br />

huestes para ser conducido sobre el pavés, envuelto<br />

en los pliegues de mi destrozada bandera, emblema<br />

de cien victorias, a encontrar la paz del sepulcro<br />

en el fondo de uno de esos claustros santos,<br />

donde viven el eterno silencio y al que los siglos<br />

prestan su majestad y su color misterioso e indefinible.<br />

Una airosa ojiva, erizada de hojas revueltas y<br />

puntiagudas, por entre las cuales se enroscaran,<br />

asomando su deforme cabeza, por aquí un grifo, por<br />

allá uno de esos monstruos alados, engendro de la<br />

imaginación del artífice, bañaría en oscura sombra<br />

mi sepulcro: a su alrededor, y debajo de calados<br />

doseletes, los santos patriarcas, los bienaventurados<br />

y los mártires con sus miembros de hierro y sus<br />

emblemáticos atributos, parecerían santificarle con<br />

su presencia. Dos guerreros inmóviles y vestidos de<br />

su fantástica y blanca armadura velarían día y noche<br />

de hinojos a sus costados; y mientras que mi<br />

estatua de alabastro riquísimo y transparente, con<br />

arreos de batallar, la espada sobre el pecho y un<br />

león a los pies, dormiría majestuosa sobre el túmu-


lo, los ángeles que envueltos en largas túnicas y<br />

con un dedo en los labios, sostuviesen el cojín sobre<br />

que descansaba mi cabeza, parecerían llamar<br />

con sus plegarias a las santas visiones de oro que<br />

llenan el desconocido sueño de la muerte de los<br />

justos, defendiéndome con sus alas de los terrores<br />

y de las angustias de una pesadilla eterna.<br />

En los huecos de la urna y entre un sinnúmero<br />

de arcos con caireles y grumos de hojas de<br />

trébol, rosetas caladas, haces de columnillas y esas<br />

largas procesiones de plañideras que, envueltas en<br />

sus mantos de piedra, andan, al parecer, en torno<br />

del monumento llorando con llanto sin gemidos, se<br />

verían mis escudos triangulares soportados, por<br />

reyes de armas con sus birretes y sus blasonadas<br />

casullas, y en los cuarteles, realzados con vivos<br />

colores, merced a un hábil iluminador, las bandas<br />

de oro, las estrellas, los veros y los motes heráldicos<br />

cor una larga inscripción en esa letra gótica,<br />

estrecha y puntiaguda, donde el curioso, lleno de<br />

hondo respeto, leería con pena, y casi descifrándolos,<br />

mi nombre, mis títulos y mi gloria. Allí, rodeado<br />

de esa atmósfera de majestad que envuelve a todo<br />

lo grande, sin que turbara mi reposo más que el<br />

agudo chillido de una de esas aves nocturnas de<br />

ojos redondos y fosfóricos que acaso viniera a ani-


dar entre los huecos del arco, viviría todo lo que<br />

vive un recuerdo histórico y glorioso unido a una<br />

magnífica obra de arte; y en la noche, cuando un<br />

furtivo rayo de luna dibujase en el pavimento del<br />

claustro los severos perfiles de las ojivas; cuando<br />

sólo se oyesen los gemidos del aire extendiéndose<br />

de eco en eco por sus inmensas bóvedas; después<br />

de haberse perdido la última vibración de la campana<br />

que toca la queda, mi estatua, en la que habría<br />

algo de lo que yo fui, un poco de ese soplo que<br />

anima el barro encadenado por un fenómeno incomprensible<br />

al granito, ¡quién sabe si se levantarla<br />

de su lecho de piedra para discurrir por entre aquellas<br />

gigantes arcadas con los otros guerreros que<br />

tendrían su sepultura por allí cerca, con los prelados<br />

revestidos de sus capas pluviales y sus mitras, y<br />

esas damas de largo brial y plegagados monjiles<br />

que, hermosas aun en la muerte, duermen sobre las<br />

urnas de mármol en los más oscuros ángulos de los<br />

templos!...<br />

Desde que, impresionada la imaginación<br />

por la vaga melancolía o la imponente hermosura<br />

de un lugar cualquiera, se lanzaba a construir con<br />

fantásticos materiales uno de esos poéticos recintos,<br />

último albergue de mis mortales despojos, hasta<br />

el punto aquel en que, sentado al pie de la humil-


de tapia del cementerio de una aldea oscura, parecía<br />

como que se reposaba mi espíritu en su honda<br />

calma y se abrían mis ojos a la luz de la realidad de<br />

las cosas, ¡qué revolución tan radical y profunda no<br />

se ha hecho en todas mis ideas! ¡Cuántas tempestades<br />

silenciosas no han pasado por mi frente;<br />

cuántas ilusiones no se han secado en mi alma; a<br />

cuántas historias de poesía no les he hallado una<br />

repugnante vulgaridad en el último capítulo! Mi corazón,<br />

a semejanza de nuestro Globo, era como<br />

una masa incandescente y líquida, que poco a poco<br />

se va enfriando y endureciendo. Todavía queda<br />

algo que arde allá en lo más profundo, pero rara vez<br />

sale a la superficie. Las palabras amor, gloria, poesía<br />

no me suenan al oído como me sonaban antes.<br />

¡Vivir!... Seguramente que deseo vivir, porque la<br />

vida, tomándola tal como es sin exageraciones ni<br />

engaños, no es tan mala como dicen algunos; pero<br />

vivir oscuro y dichoso en cuanto es posible, sin deseos,<br />

sin inquietudes, sin ambiciones, con esa felicidad<br />

de la planta que tiene a la mañana su gota de<br />

rocío y su rayo de sol; después un poco de tierra<br />

echada con respeto y que no apisonen y pateen los<br />

que sepultan por oficio; un poco de tierra blanda y<br />

floja que no ahogue ni oprima; cuatro ortigas, un<br />

cardo silvestre y alguna yerba que me cubra con su


manto de raíces, y, por último, un tapial que sirva<br />

para que no aren en aquel sitio ni revuelvan los<br />

huesos.<br />

He aquí, hoy por hoy, todo lo que ambiciono:<br />

ser un comparsa en la inmensa comedia de la<br />

Humanidad; y concluido mi papel de hacer bulto,<br />

meterme entre bastidores sin que me silben ni me<br />

aplaudan, sin que nadie se dé cuenta siquiera de mi<br />

salida.<br />

No obstante esta profunda indiferencia, se<br />

me resiste el pensar que podrían meterme preso en<br />

un ataúd formado con las cuatro tablas de un cajón<br />

de azúcar en uno de los huecos de la estantería de<br />

una sacramental, para esperar allí la trompeta del<br />

Juicio, como empapelado, detrás de una lápida con<br />

una redondilla elogiando mis virtudes domésticas e<br />

indicando precisamente, el día y la hora de mi nacimiento<br />

y de mi muerte. Esta profunda e instintiva<br />

preocupación ha sobrevivido, no sin asombro por mi<br />

parte, a casi todas las que he ido abandonando en<br />

el curso de los años, pero, al paso que voy, probablemente<br />

mañana no existirá tampoco; y entonces<br />

me será tan igual que me coloquen debajo de una<br />

pirámide egipcia, como que me aten una cuerda a<br />

los pies y me echen a un barranco como a un perro.


Ello es que cada día voy creyendo más que<br />

de lo que vale, de lo que es algo, no ha de quedar ni<br />

un átomo aquí.


Carta cuarta<br />

Queridos amigos: El tiempo, que hasta aquí<br />

se mantenía revuelto y mudable, ha sufrido últimamente<br />

una nueva e inesperada variación, cosa, a la<br />

verdad, poco extraña a estas alturas, donde la<br />

proximidad del Moncayo nos tiene de continuo como<br />

a los espectadores de una comedia de magia,<br />

embobados y suspensos con el rápido mudar de las<br />

decoraciones y de las escenas. A las alternativas de<br />

frío y de calor, de aires y de bochorno de una primavera,<br />

que en cuanto a desigual y caprichosa<br />

nada tiene que envidiar a la que disfrutan ustedes<br />

en la coronada villa, ha sucedido un tiempo constante,<br />

sereno y templapo. Merced a estas circunstancias<br />

y a encontrarme bastante mejor de las dolencias<br />

que, cuando no me imposibilitan del todo,<br />

me quitan por lo menos el gusto para las largas<br />

expediciones, he podido dar una gran vuelta por<br />

estos contornos y visitar los pintorescos lugares del<br />

Somontano. Fuera del camino, ya trepando de roca<br />

en roca, ya siguiendo el curso de alguna huella o las<br />

profundidades de una cañada, he vagado tres o<br />

cuatro días de un punto a otro por donde me llamaban<br />

el atractivo de la novedad, un sitio inexplorado,<br />

una senda quebrada, una punta al parecer inaccesible.


No pueden ustedes figurarse el botín de<br />

ideas e impresiones que, para enriquecer la imaginación,<br />

he recogido en esta vuelta por un país virgen<br />

aún y refractario a las innovaciones civilizadoras.<br />

Al volver al monasterio, después de haberme<br />

detenido aquí para recoger una tradición oscura de<br />

boca de una aldeana, allá para apuntar los fabulosos<br />

datos sobre el origen de un lugar o la fundación<br />

de un castillo, trazar ligeramente con el lápiz al contorno<br />

de una casuca medio árabe, medio bizantina,<br />

un recuerdo de las costumbres o un tipo perfecto de<br />

los habitantes, no he podido menos de recordar el<br />

antiguo y manoseado símil de las abejas que andan<br />

revoloteando de flor en flor y vuelven a su colmena<br />

cargadas de miel. Los escritores y los artistas debían<br />

hacer con frecuencia algo de esto mismo. Sólo<br />

así podríamos recoger la última palabra de una<br />

época que se va, de la que sólo quedan hoy algunos<br />

rastros en los más apartados rincones de nuestras<br />

provincias, y de la que apenas restará mañana<br />

un recuerdo confuso.<br />

Yo tengo fe en el porvenir: me complazco<br />

en asistir mentalmente a esa inmensa e irresistible<br />

invasión de las nuevas ideas que van transformando<br />

poco a poco la faz de la Humanidad, que merced<br />

a sus extraordinarias invenciones fomentan el co-


mercio de la inteligencia, estrechan el vínculo de los<br />

países, fortificando el espíritu de las grandes nacionalidades,<br />

y borrando, por decirlo así, las preocupaciones<br />

y las distancias, hacen caer unas tras otras<br />

las barreras que separan a los pueblos. No obstante,<br />

sea cuestión de poesía, sea que es inherente a<br />

la naturaleza frágil del hombre simpatizar con lo que<br />

parece y volver los ojos con cierta triste complacencia<br />

hacia lo que ya no existe, ello es que en el fondo<br />

de mi alma consagro como una especie de culto,<br />

una veneración profunda a todo lo que pertenece al<br />

pasado, y las poéticas tradiciones, las derruidas<br />

fortalezas, los antiguos usos de nuestra vieja España,<br />

tienen para mí todo ese indefinible encanto, esa<br />

vaguedad misteriosa de la puesta del sol de un día<br />

espléndido, cuyas horas, llenas de emociones,<br />

vuelven a pasar por la memoria vestidas de colores<br />

y de luz, antes de sepultarse en las tinieblas en que<br />

se han de perder para siempre.<br />

Cuando no se conocen ciertos períodos de<br />

la Historia más que por la incompleta y descarnada<br />

relación de los enciclopedistas, o por algunos restos<br />

diseminados como los huesos de un cadáver, no<br />

pudiendo apreciar ciertas figuras desasidas del verdadero<br />

fondo del cuadro en que estaban colocadas,<br />

suele juzgarse de todo lo que fue con un sentimien-


to de desdeñosa lástima o un espíritu de aversión<br />

intransigente; pero si se penetra, merced a un estudio<br />

concienzudo, en algunos de sus misterios, si se<br />

ven los resortes de aquella gran máquina que hoy<br />

juzgamos absurda al encontrarla rota, si, merced a<br />

un supremo esfuerzo de la fantasía ayudada por la<br />

erudición y el conocimiento de la época, se consigue<br />

condensar en la mente algo de aquella atmósfera<br />

de arte, de entusiasmo, de virilidad y de fe, el<br />

ánimo se siente sobrecogido ante el espectáculo de<br />

su múltiple organización, en que las partes relacionadas<br />

entre sí correspondían perfectamente al todo,<br />

y en que los usos, las leyes, las ideas y las aspiraciones<br />

se encontraban en una armonía maravillosa.<br />

No es esto decir que yo desee para mí ni para nadie<br />

la vuelta de aquellos tiempos. Lo que ha sido no<br />

tiene razón de ser nuevamente, y no será.<br />

Lo único que yo desearía es un poco de<br />

respetuosa atención para aquellas edades, un poco<br />

de justicia para los que lentamente vinieron preparando<br />

el camino por donde hemos llegado hasta<br />

aquí, y cuya obra colosal quedará acaso olvidada<br />

por nuestra ingratitud e incuria. La misma certeza<br />

que tengo de que nada de lo que desapareció ha de<br />

volver, y que en la lucha de las ideas, las nuevas<br />

han herido de muerte a las antiguas, me hace mirar


cuanto con ellas le relaciona con algo de esa piedad<br />

que siente hacia el vencido un vencedor generoso.<br />

En este sentimiento hay también un poco de egoísmo.<br />

La vida de una nación, a semejanza de la del<br />

hombre, parece como que se dilata con la memoria<br />

de las cosas que fueron y a medida que es más viva<br />

y más completa su imagen, es más real esa segunda<br />

existencia del espíritu en lo pasado, existencia<br />

preferible y más positiva tal vez que la del punto<br />

presente. Ni de lo que está siendo ni de lo que será,<br />

puede aprovecharse la inteligencia para sus altas<br />

especulaciones: ¿qué nos resta, pues, de nuestro<br />

dominio absoluto, sino la sombra de lo que ha sido?<br />

Por eso al contemplar los destrozos causados por la<br />

ignorancia, el vandalismo o la envidia durante nuestras<br />

últimas guerras; al ver todo lo que en objetos<br />

dignos de estimación, en costumbres peculiares y<br />

primitivos recuerdos de otras épocas, se ha extraviado<br />

y puesto en desuso de sesenta años a esta<br />

parte; lo que las exigencias de la nueva manera de<br />

ser social trastornan y desencajan; lo que las necesidades<br />

y las aspiraciones crecientes desechan u<br />

olvidan, un sentimiento de profundo dolor se apodera<br />

de mi alma, y no puedo menos de culpar el descuido<br />

o el desdén de lo que a fines del siglo pasado<br />

pudieron aún recoger para transmitírnoslas íntegras


las últimas palabras de la tradición nacional, estudiando<br />

detenidamente nuestra vieja España, cuando<br />

aún estaban de pie los monumentos testigos de<br />

sus glorias, cuando aún en las costumbres y en la<br />

vida interna quedaban huellas perceptibles de su<br />

carácter.<br />

Pero de esto nada nos queda ya hoy; y sin<br />

embargo, ¿quién sabe si nuestros hijos a su vez<br />

nos envidiarán a nosotros, doliéndose de nuestra<br />

ignorancia o nuestra culpable apatía para trasmitirles<br />

siquiera un trasunto de lo que fue un tiempo su<br />

patria? ¿Quién sabe si, cuando con los años todo<br />

haya desaparecido, tendrán las futuras generaciones<br />

que contentarse y satisfacer su ansia de conocer<br />

el pasado con las ideas más o menos aproximadas<br />

de algún nuevo Cuvier de la arqueología,<br />

que partiendo de algún mutilado resto o una vaga<br />

tradición lo reconstruya hipotéticamente? Porque no<br />

hay duda: el prosaico rasero de la civilización va<br />

igualándolo todo. Un irresistible y misterioso impulso<br />

tiende a unificar los pueblos con los pueblos, las<br />

provincias con las provincias, las naciones con las<br />

naciones, y quién sabe si las razas con las razas. A<br />

medida que la palabra vuela por los hilos telegráficos,<br />

que el ferrocarril se extiende, la industria se<br />

acrecienta y el espíritu cosmopolita de la civilización


invade nuestro país, van desapareciendo de él sus<br />

rasgos característicos, sus costumbres inmemoriales,<br />

sus trajes pintorescos y sus rancias ideas. A la<br />

inflexible línea recta, sueño dorado de todas las<br />

poblaciones de alguna importancia, se sacrifican las<br />

caprichosas revueltas de nuestros barrios moriscos,<br />

tan llenos de carácter, de misterio y de fresca sombra:<br />

de un retablo al que vivía unida una tradición,<br />

no queda aquí más que el nombre escrito en el<br />

azulejo de una bocacalle; a un palacio histórico con<br />

sus arcos redondos y sus muros blasonados, sustituye<br />

más allá una manzana de casas a la moderna;<br />

las ciudades, no cabiendo ya dentro de su antiguo<br />

perímetro, rompen el cinturón de fortalezas que las<br />

ciñe, y una tras otras vienen al suelo las murallas<br />

fenicias, romanas, godas o árabes.<br />

¿Dónde están los canceles y las celosías<br />

morunas? ¿Dónde los pasillos embovedados, los<br />

aleros salientes de maderas labradas, los balcones<br />

con su guardapolvo triangular, las ojivas con estrellas<br />

de vidrio, los muros de los jardines por donde<br />

rebosa la verdura, las encrucijadas medrosas, los<br />

carasoles de las tafurerías y los espaciosos atrios<br />

de los templos? El albañil, armado de su impacable<br />

piqueta, arrasa los ángulos caprichosos, tira los<br />

puntiagudos tejados o demuele los moriscos mira-


dores, y mientras el brochista roba a los muros el<br />

artístico color que le han dado los siglos, embadurnándolos<br />

de cal y almagra, el arquitecto los embellece<br />

a su modo con carteles de yeso y cariátides<br />

de escayola, dejándolos más vistosos que una caja<br />

de dulces franceses. No busquéis ya los cosos donde<br />

justaban los galanes, las piadosas ermitas albergue<br />

de los peregrinos, o el castillo hospitalario para<br />

el que llamaba de paz a sus puertas. Las almenas<br />

caen unas tras otras de lo alto de los muros y van<br />

cegando los fosos; de la picota feudal sólo queda un<br />

trozo de granito informe, y el arado abre un profundo<br />

surco en el patio de armas. El traje característico<br />

del labriego comienza a parecer un disfraz fuera del<br />

rincón de su provincia: las fiestas peculiares de<br />

cada población comienzan a encontrarse, ridículas<br />

o del mal gusto por los más ilustrados, y los antiguos<br />

usos caen en olvido, la tradición se rompe y<br />

todo lo que no es nuevo se menosprecia.<br />

Estas innovaciones tienen su razón de ser,<br />

y por tanto no seré yo quién las anatematice. Aunque<br />

me entristece el espectáculo de esa progresiva<br />

destrucción de cuanto trae a la memoria épocas<br />

que, si en efecto no lo fueron, sólo por no existir ya<br />

nos parecen mejores, yo dejaría al tiempo seguir su<br />

curso y completar sus inevitables revoluciones, co-


mo dejamos a nuestras mujeres o a nuestras hijas<br />

que arrinconen en un desván los trastos viejos de<br />

nuestros padres para sustituirlos con muebles modernos<br />

y de más buen tono; pero ya que ha llegado<br />

la hora de la gran transformación, ya que la sociedad<br />

animada de un nuevo espíritu se apresura a<br />

revestirse de una nueva forma, debíamos guardar,<br />

merced al esfuerzo de nuestros escritores y nuestros<br />

artistas, la imagen de todo eso que va a desaparecer,<br />

como se guarda después que muere el<br />

retrato de una persona querida. Mañana, al verlo<br />

todo constituido de una manera diversa, al saber<br />

que nada de lo que existe existía hace algunos siglos,<br />

se preguntarán los que vengan detrás de nosotros<br />

de qué modo vivían sus padres, y nadie<br />

sabrá responderles; y no conociendo ciertos pormenores<br />

de localidad, ciertas costumbres, el influjo de<br />

determinadas ideas en el espíritu de una generación,<br />

que tan perfectamente reflejaran sus adelantos<br />

y sus aspiraciones, leerán la Historia sin saberla<br />

explicar; y verán moverse a nuestros héroes nacionales<br />

con la estupefacción con que los muchachos<br />

ven moverse a una marioneta sin saber los resortes<br />

a que obedece.<br />

A mí me hace gracia observar cómo se afanan<br />

los sabios, qué grandes cuestiones enredan y


con qué exquisita diligencia se procuran los datos<br />

acerca de las más insignificantes particularidades<br />

de la vida doméstica de los egipcios o los griegos,<br />

en tanto que se ignoran los más curiosos pormenores<br />

de nuestras costumbres propias; cómo se remontan<br />

y se pierden de inducción en inducción, por<br />

entre el laberinto de las lenguas caldaicas, sajonas<br />

o sánscritas, en busca del origen de las palabras,<br />

en tanto que se olvidan de investigar algo más interesante:<br />

el origen de las ideas.<br />

En otros países más adelantados que el<br />

nuestro, y donde, por consiguiente, el ansia de las<br />

innovaciones lo ha trastornado todo más profundamente,<br />

se deja ya sentir la reacción en sentido favorable<br />

a este género de estudios; y aunque tarde,<br />

para que sus trabajos den el fruto que se debió<br />

esperar, la Edad Media y los períodos históricos que<br />

más de cerca se encadenan con el momento actual,<br />

comienzan a ser estudiados y comprendidos. Nosotros<br />

esperaremos regularmente a que se haya borrado<br />

la última huella para empezar a buscarla. Los<br />

esfuerzos aislados de algún que otro admirador de<br />

esas cosas, poco o casi nada pueden hacer. Nuestros<br />

viajeros son en muy corto número, y por lo regular<br />

no es su país el campo de sus observaciones.<br />

Aunque así no fuese, una excursión por las capita-


les, hoy que en su gran mayoría están ligadas con<br />

la gran red de vías férreas, escasamente lograría<br />

llenar el objeto de los que desean hacer un estudio<br />

de esta índole. Es preciso salir de los caminos trillados,<br />

vagar al acaso de un lugar en otro, dormir medianamente<br />

y no comer mejor; es preciso fe y verdadero<br />

entusiasmo por la idea que se persigue para<br />

ir a buscar los tipos originales, las costumbres primitivas<br />

y los puntos verdaderamente artísticos a los<br />

rincones donde su oscuridad les sirve de salvaguardia,<br />

y de donde poco a poco los van desalojando la<br />

invasora corriente de la novedad y los adelantos de<br />

la civilización. Todos los días vemos a los Gobiernos<br />

emplear grandes sumas en enviar gentes que<br />

no sin peligros y dificultades recogen en lejanos<br />

países, bichitos, florecitas y conchas.<br />

Porque yo no sea un sabio, ni mucho menos,<br />

no dejo de conocer la verdadera importancia<br />

que tienen las ciencias naturales; pero la ciencia<br />

moral, ¿por qué ha de dejarse en un inexplicable<br />

abandono? ¿Por qué al mismo tiempo que se recogen<br />

los huesos de un animal antediluviano no se<br />

han de recoger las ideas de otros siglos traducidas<br />

en objetos de arte y usos extraños, diseminados<br />

acá y allá como los fragmentos de un coloso hecho<br />

mil pedazos? Este inmenso botín de impresiones,


de pequeños detalles, de joyas extraviadas, de trajes<br />

pintorescos, de costumbres características animadas<br />

y revestidas de esa vida que presta a cuanto<br />

toca una pluma inteligente o un lápiz diestro, ¿no<br />

creen ustedes, como yo, que sería de grande utilidad<br />

para los estudios particulares y verdaderamente<br />

filosóficos de un período cualquiera de la Historia?<br />

Verdad que nuestro fuerte no es la Historia. Si algo<br />

hemos de saber en este punto casi siempre se ha<br />

de tomar algún extranjero el trabajo de decírnoslo<br />

del modo que a él mejor le parece. Pero ¿por qué<br />

no se ha de abrir este ancho campo a nuestros escritores,<br />

facilitándoles el estudio y despertando y<br />

fomentando su afición? Hartos estamos de ver en<br />

obras dramáticas, en novelas que se llaman históricas<br />

y cuadros que llenan nuestras exposiciones,<br />

asuntos localizados en este o el otro período de un<br />

siglo cualquiera, y que, cuando más, tienen de ellos<br />

un carácter muy dudoso y susceptible de severa<br />

crítica, si los críticos a su vez no supieran en este<br />

punto lo mismo o menos que los autores y artistas a<br />

quienes han de juzgar.<br />

Las colecciones de trajes y muebles de<br />

otros países, los detalles que acerca de costumbres<br />

de remotos tiempos se hallan en las novelas de<br />

otras naciones, o lo poco o mucho que nuestros


pensionados aprenden relativo a otros tipos históricos<br />

y otras épocas, nunca son idénticos ni tienen un<br />

sello especial; son las únicas fuentes donde bebe<br />

su erudición y forma su conciencia artística la mayoría.<br />

Para remediar este mal, muchos medios<br />

podrían proponerse más o menos eficaces, pero<br />

que al fin darían algún resultado ventajoso. No es<br />

mi ánimo, ni he pensado lo suficiente sobre la materia,<br />

el trazar un plan detallado y minucioso que,<br />

como la mayor parte de los que se trazan, no llegue<br />

a realizarse nunca. No obstante, en esta o la otra<br />

forma, bien pensionándolos, bien adquiriendo sus<br />

estudios o coadyuvando a que se diesen a luz, el<br />

Gobierno debía fomentar la organización periódica<br />

de algunas expediciones artísticas a nuestras provincias.<br />

Estas expediciones, compuestas de grupos<br />

de un pintor, un arquitecto y un literato, seguramente<br />

recogerían preciosos materiales para obras de<br />

grande entidad. Unos y otros se ayudarían en sus<br />

observaciones mutuamente, ganarían en esa fraternidad<br />

artística, en ese comercio de ideas tan continuamente<br />

relacionadas entre sí, y sus trabajos reunidos<br />

serían un verdadero arsenal de datos, ideas<br />

y descripciones útiles para todo género de estudios.<br />

Además de la ventaja inmediata que reportaría<br />

esta especie de inventario artístico e histórico


de todos los restos de nuestra pasada grandeza,<br />

¿qué inmensos frutos no daría más tarde esa semilla<br />

de impresiones, de enseñanza y de poesía, arrojada<br />

en el alma de la generación joven, donde iría<br />

germinando para desarrollarse tal vez en lo porvenir?<br />

Ya que el impulso de nuestra civilización, de<br />

nuestras costumbres, de nuestras artes y de nuestra<br />

literatura viene del Extranjero, ¿por qué no se ha<br />

de procurar modificarlo poco a poco, haciéndolo<br />

más propio y más característico con esa levadura<br />

nacional?...<br />

Como introducción al rápido bosquejo de<br />

uno de esos tipos originales de nuestro país, que he<br />

podido estudiar en mis últimas correrías, comencé a<br />

apuntar de pasada y a manera de introducción algunas<br />

reflexiones acerca de la utilidad de este<br />

género de estudios. Sin saber cómo ni por dónde, la<br />

pluma ha ido corriendo, y me hallo ahora con que<br />

para introducción es esto muy largo, si bien ni por<br />

sus dimensiones y su interés parece bastante para<br />

formar artículo de por sí. De todos modos, allá van<br />

estas cuartillas, valgan por lo que valieren: que si<br />

alguien de más conocimientos e importancia, una<br />

vez apuntada la idea, la desarrolla y prepara la opinión<br />

para que fructifique, no serán perdidas del<br />

todo. Yo, entretanto, voy a trazar un tipo bastante


original y que desconfío de poder reproducir. Ya que<br />

no de otro modo, y aunque poco valga, contribuiré<br />

al éxito de la predicación con el ejemplo.


Carta quinta<br />

Queridos amigos: Entre los muchos sitios<br />

pintorescos y llenos de carácter que se encuentran<br />

en la antigua ciudad de Tarazona, la plaza del Mercado<br />

es sin duda alguna el más original y digno de<br />

estudio. Parece que no ha pasado para ella el tiempo<br />

que todo lo destruye o altera. Al verse en mitad<br />

de aquel espacio de forma irregular y cerrado por<br />

lienzos de edificios a cual más caprichoso y vetusto,<br />

nadie diría que nos hallamos en pleno siglo XIX,<br />

siglo amante de la novedad por excelencia, siglo<br />

aficionado hasta la exageración a lo flamante, lo<br />

limpio y lo uniforme. Hay cosas que son más para<br />

vistas que para trasladadas al lienzo, siquiera el que<br />

lo intente sea un artista consumado, y esta plaza es<br />

una de ellas. Adonde no alcanza, pues, ni la paleta<br />

del pintor con sus infinitos recursos, ¿cómo podrá<br />

llegar mi pluma sin más medios que la palabra, tan<br />

pobre, tan insuficiente para dar idea de lo que es<br />

todo un efecto de líneas, de claroscuro, de combinación<br />

de colores, de detalles que se ofrecen juntos<br />

a la vista, de rumores y sonidos que se perciben a<br />

la vez, de grupos que se forman y se deshacen, de<br />

movimiento que no cesa, de luz que hiere, de ruido<br />

que aturde, de vida, en fin, con sus múltiples manifestaciones,<br />

imposibles de sorprender con sus infini-


tos accidentes ni aun merced a la cámara fotográfica?<br />

Cuando se acomete la difícil empresa de descomponer<br />

esa extraña armonía de la forma, el color<br />

y el sonido; cuando se intenta dar a conocer sus<br />

pormenores, enumerando unas tras otras las partes<br />

del todo; la atención se fatiga, el discurso se embrolla<br />

y se pierde por completo la idea de la íntima relación<br />

que estas cosas tienen entre sí, el valor que<br />

mutuamente se prestan al ofrecerse reunidas a la<br />

mirada del espectador, para producir el efecto del<br />

conjunto, que es, a no dudarlo, su mayor atractivo.<br />

Renuncio, pues, a describir el panorama del<br />

mercado con sus extensos soportales, formados de<br />

arcos macizos y redondos sobre los que gravitan<br />

esas construcciones voladas tan propias del siglo<br />

XVI, llenas de tragaluces circulares; de rejas de<br />

hierro labradas a martillo, de balcones imposibles<br />

de todas formas y tamaños, de aleros puntiagudos y<br />

de canes de madera, ya medio podrida y cubierta<br />

de polvo, que deja ver a trechos el costoso entalle,<br />

muestra de su primitivo esplendor.<br />

Los mil y mil accidentes pintorescos que a<br />

la vez cautivan el ánimo y llaman la vista como reclamando<br />

la prioridad de la descripción; las dobles<br />

hileras de casuquillas de extraño contorno y extra-


vagantes proporciones, éstas altas y estrechas como<br />

un castillo, aquéllas chatas y agazapadas entre<br />

el ángulo de un templo y los muros de un palacio<br />

como una verruga de argamasa y escombros; los<br />

recortados lienzos de edificios con un remiendo<br />

moderno, un trozo de piedra que acusa su antigüedad,<br />

un escudo de pizarra que oculta casi el rótulo<br />

de una mercería, un retablillo con una imagen de la<br />

Purísima y su farol ahumado y diminuto, o el retorcido<br />

tronco de una vid que sale del interior por un<br />

agujero practicado en la pared y sube hasta sombrear<br />

con un toldo de verdura el alféizar de un ajimez<br />

árabe, confundidos y entremezclados en mi<br />

memoria con el recuerdo de la monumental fachada<br />

de la casa-ayuntamiento, con sus figuras colosales<br />

de granito, sus molduras de hojarasca, sus frisos<br />

por donde se extiende una larga y muda procesión<br />

de guerreros de piedra, precedidos de timbales y<br />

clarines, sus torres cónicas, sus arcos chatos y fuertes<br />

y sus blasones soportados por ángeles y grifos<br />

rampantes, forman en mi cabeza un caos tan difícil<br />

de desembrollar en este momento, que si ustedes<br />

con su imaginación no hacen en él la luz y lo ordenan,<br />

y colocan a su gusto todas estas cosas que yo<br />

arrojo a granel sobre las cuartillas, las figuras de mi<br />

cuadro se quedarán sin fondo, los actores de mi


comedia se agitarán en un escenario sin decoración<br />

ni acompañamiento.<br />

Figúrense ustedes, pues, partiendo de estos<br />

datos y como mejor les plazca, el mercado de Tarazona:<br />

figúrense ustedes que ven por aquí cajones<br />

formados de tablas y esteras, tenduchos levantados<br />

de improviso con estacas y lienzos, mesillas cojas y<br />

contrahechas, bancos largos y oscuros, y por allá<br />

cestos de frutas que ruedan hasta el arroyo, montones<br />

de hortalizas frescas y verdes, rimeros de panes<br />

blancos y rubios, trozos de carne que cuelgan<br />

de garfios de hierro, tenderentes de ollas, pucheros<br />

y platos, guirnaldas de telas de colorines, pañuelos<br />

de tintas rabiosas, zapatos de cordobán y alpargatas<br />

de cáñamo que engalanan los soportales, sujetos<br />

con cordeles de columna a columna, y figúrense<br />

ustedes circulando por medio de ese pintoresco<br />

cúmulo de objetos, producto de la atrasada agricultura<br />

y la pobre industria de este rincón de España,<br />

una multitud abigarrada de gentes que van y vienen<br />

en todas direcciones, paisanos con sus mantas de<br />

rayas, sus pañuelos rojos unidos a las sienes, su<br />

faja morada y su calzón estrecho, mujeres de los<br />

lugares circunvecinos con sayas azules, verdes,<br />

encarnadas y amarillas; por este lado un señor antiguo,<br />

de los que ya sólo aquí se encuentran, con su


calzón corto, su media de lana oscura y su sombrero<br />

de copa; por aquél un estudiante con sus manteos<br />

y su tricornio, que recuerdan los buenos tiempos<br />

de Salamanca, y chiquillos que corren y vocean,<br />

caballerías que cruzan, vendedores que pregonan,<br />

una interjección característica por acá, los desaforados<br />

gritos de los que disputan y riñen, todo envuelto<br />

y confundido con ese rumor sin nombre que<br />

se escapa de las reuniones populares, donde todos<br />

hablan, se mueven y hacen ruido a la vez, mientras<br />

se codean, avanzan, retroceden, empujan o resisten,<br />

llevados por el oleaje de la multitud.<br />

La primera vez que tuve ocasión de presenciar<br />

este espectáculo lleno de animación y de vida,<br />

perdido entre los numerosos grupos que llenaban la<br />

plaza de un extremo a otro, apenas pude darme<br />

cuenta exacta de lo que sucedía a mi alrededor. La<br />

novedad de los tipos, los trajes y las costumbres; el<br />

extraño aspecto de los edificios y las tiendecillas,<br />

encajonadas unas entre dos pilares de mármol,<br />

otras bajo un arco severo e imponente, o levantadas<br />

al aire libre sobre tres o cuatro palitroques; hasta el<br />

pronunciado y especial acento de los que voceaban<br />

pregonando sus mercancías, nuevo completamente<br />

para mí, eran causa más que bastante a producirme<br />

ese aturdimiento que hace imposible la percepción


detallada de un objeto cualquiera. Mis miradas,<br />

vagando de un punto a otro sin cesar un momento,<br />

no tenían ni voluntad propia para fijarse en un sitio.<br />

Así estuve cerca de una hora cruzando en todos<br />

sentidos la plaza, a la que, por ser día de fiesta y<br />

uno de los más clásicos de mercado, había acudido<br />

más gente que de costumbre, cuando en uno de<br />

sus extremos y cerca de una fuente donde unos<br />

lavaban las verduras, otros recogían agua en un<br />

cacharro o daban de beber a sus caballerías, distinguí<br />

un grupo de muchachas que, en su original y<br />

airoso atavío, en sus maneras y hasta en su particular<br />

modo de expresarse, conocí que sería de alguno<br />

de los pueblos de las inmediaciones de Tarazona,<br />

donde más puras y primitivas se conservan las antiguas<br />

costumbres y ciertos tipos del Alto Aragón. En<br />

efecto, aquellas muchachas, cuya fisonomía especial,<br />

cuya desenvoltura varonil, cuyo lenguaje mezclado<br />

de las más enérgicas interjecciones, contrastaba<br />

de un modo notable con la expresión de ingenua<br />

sencillez de sus rostros, con su extremada juventud<br />

y con la inocencia que descubren a través<br />

del somero barniz de malicia de su alegre dicharacheo,<br />

se distinguían tanto de las otras mujeres de<br />

las aldeas y lugares de los contornos que, como<br />

ellas, vienen al mercado de la ciudad, que desde


luego se despertó en mí la idea de hacer un estudio<br />

más detenido de sus costumbres, enterándome del<br />

punto de que procedían y el género de tráfico en<br />

que se ocupaban.<br />

So pretexto de ajustar una carga de leña de<br />

las varias que tenían sobre algunos borriquillos pequeños,<br />

huesosos y lanudos, trabé conversación<br />

con una de las que me parecieron más juiciosas y<br />

formales, mientras las otras nos aturdían con sus<br />

voces, sus risotadas o sus chistes, pues es tal la<br />

fama de alegres y decidoras que tienen entre las<br />

gentes de la ciudad, que no hay seminarista desocupado<br />

o zumbón que al pasar no les diga alguna<br />

cosa, seguro de que no ha de faltarles una ocurrencia<br />

oportuna y picante para responderles.<br />

Mi conversación, en la que por incidencia<br />

toqué dos o tres puntos de los que deseaba aclarar,<br />

fue por lo tanto todo lo insuficiente que, dadas las<br />

condiciones del sitio y de mis interlocutoras, se podía<br />

presumir. Supe, no obstante, que eran de Añón,<br />

pueblecito que dista unas tres horas de camino de<br />

Tarazona y que, en mis paseos, alrededor de esta<br />

abadía, he tenido ocasión de ver varias veces muy<br />

en lontananza y casi oculto por las gigantescas<br />

ondulaciones del Moncayo, en cuya áspera falda


tiene su asiento, y que su ocupación diaria consistía<br />

en ir y venir desde su aldea a la ciudad, donde traían<br />

un pequeño comercio con la leña que en gran<br />

abundancia les suministran los montes, entre los<br />

cuales viven. Estas noticias, aunque vulgares, escasas<br />

y unidas a las que después pude adquirir por<br />

el dueño del parador en que estuve los dos o tres<br />

días que permanecí en Tarazona, en aquella ocasión<br />

sólo sirvieron para avivar mi deseo de conocer<br />

más a fondo las costumbres de este tipo particular<br />

de mujeres, en las que desde luego llaman la atención<br />

sus rasgos de belleza nada comunes y su aire<br />

resuelto y gracioso.<br />

Esto aconteció hará cosa de tres o cuatro<br />

meses, en el intervalo de los cuales, todas las mañanas,<br />

antes de salir el sol, y confundiéndose con la<br />

algarabía de los pájaros, llegaban hasta mi celda,<br />

sacándome a veces de mi sueño, las voces alegres<br />

y sonoras, aunque un tanto desgarradas, de esas<br />

mismas muchachas que, mordiendo un tarugo de<br />

pan negro, cantando a grito herido, e interrumpiendo<br />

su canción para arrear el borriquillo en que conducen<br />

la carga de leña, atraviesan impávidas con<br />

fríos y calores, con nieves o tormentas, las tres leguas<br />

mortales de precipicios y alturas que hay desde<br />

su lugar a Tarazona. Últimamente, como ya dije


a ustedes en mi anterior, el tiempo y mis dolencias,<br />

poniéndose de acuerdo para dar un punto de reposo,<br />

el uno en sus continuas variaciones y las otras<br />

en sus diarias incomodidades, me han permitido<br />

satisfacer en parte la curiosidad, visitando los lugares<br />

del Somontano, entre los que se encuentra<br />

Añón, sin duda alguna el más original por sus costumbres<br />

y el más pintoresco por sus alrededores y<br />

posición topográfica. En mi corta visita a este lugar,<br />

me expliqué perfectamente por qué en el aire y en<br />

la fisonomía de las añoneras hay algo extraordinario,<br />

algo que las particulariza y distingue de entre<br />

todas las mujeres del país. Sus costumbres, su<br />

educación especial y su género de vida, son, en<br />

efecto, diversos de los de aquellos pueblos. Añón,<br />

que en otra época perteneció a los caballeros de<br />

San Juan, cuya Orden mantiene aún en él un priorato,<br />

está situado sobre una altura en el punto en que<br />

comienza el áspero bosque de carrascas que cubre<br />

como una sábana de verdura la base del monte.<br />

Cuando lo tenían por sí los caballeros de la<br />

Orden hospitalaria, debió de ser lugar fuerte y cerrado;<br />

hoy sólo quedan como testigos de su pasado<br />

esplendor las colosales ruinas de un castillo de inmensas<br />

proporciones y algunos lienzos de muro<br />

que ya se esconden, ya aparecen por entre los roji-


zos tejados de las casas que se agrupan en derredor<br />

de estos despojos. Cada uno de los pueblos de<br />

estas cercanías tiene una reducida llanura propia<br />

para el cultivo, sólo Añón, encaramado sobre sus<br />

rocas; sin el recurso siquiera del monte, que ya no<br />

le pertenece, sin otras tierras para sembrar que los<br />

pequeños remansos que forman una de sus laderas<br />

que se degrada en ásperos escalones, necesita<br />

apelar a su genio y a un trabajo rudo y peligroso<br />

para sostenerse. Yo no sabré decir a ustedes si<br />

esto proviene de que los hombres se ocupaban de<br />

muy antiguo en el servicio de los caballeros, por lo<br />

cual tenían abandonadas sus casas al dominio de<br />

las mujeres, o de otra causa cualquiera que yo no<br />

me he podido explicar; ello es que en este pueblo<br />

hay algo de lo que nos refieren las fábulas de las<br />

amazonas o de lo que habrán ustedes tenido ocasión<br />

de ver en la Isla de San Balandrán.<br />

No es esto decir que el sexo feo y fuerte deje<br />

de serlo tanto cuanto es necesario para justificar<br />

ampliamente estos apelativos; pero la población<br />

femenina se agita tan en primer término, desempeña<br />

un papel tan activo en la vida pública, trabaja y<br />

va y viene de un punto a otro con tal resolución y<br />

desenfado, que puede asegurarse que ella es la<br />

que da el carácter al lugar y la que lo hace conocido


y famoso en veinte leguas a la redonda. En la plaza<br />

de Tarazona, teatro de sus habilidades, en los caminos<br />

que atraviesa cantando, en el monte, a donde<br />

va a buscar furtivamente su mercancía, en las fiestas<br />

del lugar, en cualquier parte que se encuentre, si<br />

una vez se ha visto a una añonera, es imposible<br />

confundirla con las demás aldeanas.<br />

La escasa comunicación que tienen estos<br />

pueblecillos entre sí es el origen de las radicales<br />

diferencias que se notan a primera vista entre los<br />

habitantes, aún de los más próximos. Dentro del<br />

tipo aragonés, que es el general a todos ellos, hay<br />

infinitos matices que caracterizan a cada región de<br />

la provincia, a cada aldea de por sí. El tipo de las<br />

añoneras es uno, con muy leves alteraciones; su<br />

traje, idéntico; sus costumbres y su índole, las mismas<br />

siempre.<br />

Más esbeltas que altas, en lo erguido del talle,<br />

en el brío con que caminan, en la elasticidad de<br />

sus músculos, en la prontitud de todos sus movimientos,<br />

revelan la fuerza de que están dotadas y la<br />

resolución de su ánimo. Sus facciones, curtidas por<br />

el viento y el sol, ofrecen rasgos perfectamente<br />

regulares, mezclándose en ellas con extraña armonía<br />

la volubilidad y ese no sé qué imposible de definir


que constituye la gracia, con esa leve expresión de<br />

la osadía que dilata imperceptiblemente la nariz y<br />

pliega el labio en ademán desdeñoso. Nada más<br />

pintoresco y sencillo a la vez que su traje. Un apretador<br />

de colores vivos les ciñe la cintura y deja ver<br />

la camisa, blanca como la nieve, que se pliega en<br />

derredor del cuello, sobre el que se levanta erguida,<br />

morena y varonil, la cabeza coronada de cabellos<br />

oscuros y abundantes. Una saya corta, airosa y<br />

encarnada o amarilla, les llega justamente hasta el<br />

punto de la pierna en que se atan las abarcas con<br />

un listón negro, que sube serpenteando sobre la<br />

media azul hasta bastante más arriba del tobillo.<br />

Acostumbradas casi desde que nacen a saltar<br />

de roca en roca por entre las quebraduras del<br />

monte, su pie adquiere esa firmeza peculiar de todos<br />

los habitantes de las montañas, hasta el punto<br />

de que algunas veces da miedo cuando se las mira<br />

atravesar un sendero estrecho que bordea un barranco,<br />

emparejadas con el borriquillo que conduce<br />

la leña, y saltando de una piedra en otra de las que<br />

costean el camino. Así andan las leguas, tal vez en<br />

ayunas, pero siempre riendo, siempre cantando,<br />

siempre de humor para cambiar una cuchufleta con<br />

sus compañeros de viaje. Y no hay miedo de que su<br />

cabeza vacile al atravesar un sitio peligroso, o su


ligero paso se acorte al llegar a lo último de la penosa<br />

jornada; su vista tiene algo de la fijeza e intensidad<br />

de la del águila, acaso porque como ella se ha<br />

acostumbrado a medir indiferente los abismos; sus<br />

miembros endurecidos con la costumbre del trabajo,<br />

soportan las fatigas más rudas sin que el cansancio<br />

los entorpezca un instante.<br />

Sólo de este modo les es posible vivir en<br />

medio de la miseria que las agobia. Cuando la noche<br />

es más oscura; cuando la nieve borra hasta las<br />

lindes de los senderos, cuando supone que los<br />

guardas de los montes del Estado no se atreverán a<br />

aventurarse por aquellas brechas profundas y aquellos<br />

bosques de árboles intrincados y sombríos,<br />

entonces la añonera, desafiando todos los peligros,<br />

adivinando las sendas, sufriendo el temporal, escuchando<br />

por uno y otro lado los aullidos de los lobos,<br />

sale furtivamente de su lugar. Más bien que baja,<br />

puede decirse que se descuelga de roca en roca<br />

hasta el último valle que lo separa del Moncayo;<br />

armada del hacha penetra en el laberinto de carrascas<br />

oscuras, a cuyo pie nacen espinos y zarzas en<br />

montón, y descargando rudos golpes con una fuerza<br />

y una agilidad inconcebibles, hace su acopio de<br />

leña, que después oculta para conducirla poco a<br />

poco, primero a su casa y más tarde a Tarazona,


donde recibe por su trabajo material, por los peligros<br />

que afronta y las fatigas que sufre, seis o siete<br />

reales a lo sumo. Francamente hablando, hay en<br />

este mundo desigualdades que asustan.<br />

¿Quién puede sospechar que a la misma<br />

hora en que nuestras grandes damas de la corte se<br />

agrupan en el peristilo del teatro Real, envueltas en<br />

sus calientes y vistosos albornoces, y esperan el<br />

carruaje que ha de conducirlas sobre blandos almohadones<br />

de seda a su palacio, otras mujeres, hermosas<br />

quizás como ellas, como ellas débiles al<br />

nacer, sacuden de cuando en cuando la cabeza de<br />

un lado a otro para esparcir la nieve que se les<br />

amontona encima, en tanto que rodeadas de oscuridad<br />

profunda, de peligros y de sobresaltos, hacen<br />

resonar el bosque con el crujido de los troncos que<br />

caen derribados a los golpes del hacha?<br />

Grandes, inmensas desigualdades existen,<br />

no cabe duda; pero también es cierto que todas<br />

tienen su compensación. Yo he visto levantarse<br />

agitado y dejar escapar un comprimido sollozo a<br />

más de un pecho cubierto de leve gasa y seda; yo<br />

he visto más de una altiva frente inclinarse triste y<br />

sin color como agobiada bajo el peso de su espléndida<br />

diadema de pedrería; en cambio, hoy como


ayer, sigue despertándome el alegre canto de las<br />

añoneras que pasan por delante de las puertas del<br />

monasterio para dirigirse a Tarazona; mañana como<br />

hoy, si salgo al camino o voy a buscarlas al mercado,<br />

las encontraré riendo y en continua broma, felices<br />

con sus seis reales, satisfechas, porque llevarán<br />

un pan negro a su familia, ufanas con la satisfacción<br />

de que a ellas se deben la burda saya que<br />

visten y el bocado de pan que comen.<br />

Dios, aunque invisible, tiene siempre una<br />

mano tendida para levantar por un extremo la carga<br />

que abruma al pobre. Si no, ¿quién subiría la áspera<br />

cumbre de la vida con el pesado fardo de la miseria<br />

al hombro?


Carta sexta<br />

Queridos amigos: Hará cosa de dos o tres<br />

años, tal vez leerían ustedes en los periódicos de<br />

Zaragoza la relación de un crimen que tuvo lugar en<br />

uno de los pueblecillos de estos contornos. Tratábase<br />

del asesinato de una pobre vieja a quien sus<br />

convecinos acusaban de bruja. Últimamente, y por<br />

una coincidencia extraña, he tenido ocasión de conocer<br />

los detalles y la historia circunstanciada de un<br />

hecho que se comprende apenas en mitad de un<br />

siglo tan despreocupado como el nuestro.<br />

Ya estaba para acabar el día. El cielo, que<br />

desde el amanecer se mantuvo cubierto y nebuloso,<br />

comenzaba a oscurecerse a medida que el Sol, que<br />

antes transparentaba su luz a través de las nieblas,<br />

iba debilitándose, cuando, con la esperanza de ver<br />

su famoso castillo como término y remate de mi<br />

artística expedición, dejé a Litago para encaminarme<br />

a Trasmoz, pueblo del que me separa una distancia<br />

de tres cuartos de hora por el camino más<br />

corto. Como de costumbre, y exponiéndome, a<br />

trueque de examinar a mi gusto los parajes más<br />

ásperos y accidentados, a las fatigas y la incomodidad<br />

de perder el camino por entre aquellas zarzas y<br />

peñascales, tomé el más difícil, el más dudoso y


más largo, y lo perdí en efecto, a pesar de las minuciosas<br />

instrucciones de que me pertreché a la salida<br />

del lugar.<br />

Ya enzarzado en lo más espeso y fragoso<br />

del monte, llevando del diestro la caballería por<br />

entre sendas casi impracticables, ora por las cumbres<br />

para descubrir la salida del laberinto, ora por<br />

las honduras con la idea de cortar terreno, anduve<br />

vagando al azar un buen espacio de tarde, hasta<br />

que, por último, en el fondo de una cortadura tropecé<br />

con un pastor, el cual abrevaba su ganado en<br />

el riachuelo que, después de deslizarse sobre un<br />

cauce de piedras de mil colores, salta y se retuerce<br />

allí con un ruido particular que se oye a gran distancia,<br />

en medio del profundo silencio de la Naturaleza<br />

que en aquel punto y a aquella hora parece muda o<br />

dormida.<br />

Pregunté al pastor el camino del pueblo, el<br />

cual, según mis cuentas, no debía de distar mucho<br />

del sitio en que nos encontrábamos, pues, aunque<br />

sin senda fija, yo había procurado adelantar siempre<br />

en la dirección que me habían indicado. Satisfizo el<br />

buen hombre mi pregunta lo mejor que pudo, y ya<br />

me disponía a proseguir mi azarosa jornada, subiendo<br />

con pies y manos y tirando de la caballería


como Dios me daba a entender, por entre unos<br />

pedruscos erizados de matorrales y puntas, cuando<br />

el pastor, que me veía subir desde lejos, me dio una<br />

gran voz advirtiéndome que no tomara la senda de<br />

la tía Casca, si quería llegar sano y salvo a la cumbre.<br />

La verdad era que el camino, que equivocadamente<br />

había tomado, se hacía cada vez más áspero<br />

y difícil, y que por una parte la sombra que ya arrojaban<br />

las altísimas rocas, que parecían suspendidas<br />

sobre mi cabeza, y por otra el ruido vertiginoso del<br />

agua que corría profunda a mis pies, y de la que<br />

comenzaba a elevarse una niebla inquieta y azul,<br />

que se extendía por la cortadura borrando los objetos<br />

y los colores, parecían contribuir a turbar la vista<br />

y conmover el ánimo con una sensación de penoso<br />

malestar que vulgarmente podría llamarse preludio<br />

de miedo. Volví pies atrás, bajé de nuevo hasta<br />

donde se encontraba el pastor, y mientras seguíamos<br />

juntos por una trocha que se dirigía al pueblo,<br />

adonde también iba a pasar la noche mi improvisado<br />

guía, no pude menos de preguntarle con alguna<br />

insistencia por qué, aparte de las dificultades que<br />

ofrecía el ascenso, era tan peligroso subir a la cumbre<br />

por la senda que llamó de la tía Casca.<br />

-Porque antes de terminar la senda -me dijo<br />

con el tono más natural del mundo- tendríais que


costear el precipicio a que cayó la maldita bruja que<br />

le da su nombre, y en el cual se cuenta que anda<br />

penando el alma que, después de dejar el cuerpo, ni<br />

Dios ni el diablo han querido para suya.<br />

-¡Hola! -exclamé entonces como sorprendido,<br />

aunque, a decir verdad, ya me esperaba una<br />

contestación de esta o parecida clase-. Y ¿en qué<br />

diantres se entretiene el alma de esa pobre vieja por<br />

estos andurriales?<br />

-En acosar y perseguir a los infelices pastores<br />

que se arriesgan por esa parte del monte, ya<br />

haciendo ruido entre las matas, como si fuese un<br />

lobo, ya dando quejidos lastimeros como de criatura,<br />

o acurrucándose en las quiebras de las rocas<br />

que están en el fondo del precipicio, desde donde<br />

llama con su mano amarilla y seca a los que van por<br />

el borde, les clava la mirada de sus ojos de búho, y<br />

cuando el vértigo comienza a desvanecer su cabeza,<br />

da un gran salto, se les agarra a los pies y pugna<br />

hasta despeñarlos en la sima... ¡Ah, maldita bruja!<br />

-exclamó después de un momento el pastor tendiendo<br />

el puño crispado hacia las rocas, como<br />

amenazándola-; ¡ah, maldita bruja!, muchas hiciste<br />

en vida y ni aun muerta hemos logrado que nos<br />

dejes en paz; pero no hay cuidado, que a ti y a tu


endiablada raza de hechiceras os hemos de aplastar<br />

una a una, como a víboras.<br />

-Por lo que veo -insistí, después que hubo<br />

concluido su extravagante imprecación-, está usted<br />

muy al corriente de las fechorías de esa mujer. Por<br />

ventura, ¿alcanzó usted a conocerla? Porque no me<br />

parece de tanta edad como para haber vivido en el<br />

tiempo en que las brujas andaban todavía por el<br />

mundo.<br />

Al oír estas palabras el pastor, que caminaba<br />

delante de mí para mostrarme la senda, se detuvo<br />

un poco, y fijando en los míos sus asombrados<br />

ojos, como para conocer si me burlaba, exclamó<br />

con un acento de buena fe pasmosa: -¡Que no le<br />

parezco a usted de edad bastante para haberla<br />

conocido! Pues ¿y si yo le dijera que no hace aún<br />

tres años cabales que con estos mismos ojos, que<br />

se ha de comer la tierra, la vi caer por lo alto de ese<br />

derrumbadero, dejando en cada uno de los peñascos<br />

y de las zarzas un jirón de vestido o de carne,<br />

hasta que llegó al fondo, donde se quedó aplastada<br />

como un sapo que se coge debajo del pie?<br />

-Entonces -respondí asombrado a mi vez de<br />

la credulidad de aquel pobre hombre- daré crédito a<br />

lo que usted dice, sin objetar palabra; aunque a mí


se me había figurado -añadí recalcando estas últimas<br />

frases para ver el efecto que le hacían- que<br />

todo eso de las brujas y los hechizos no eran sino<br />

antiguas y absurdas patrañas de las aldeas.<br />

-Eso dicen los señores de la ciudad, porque<br />

a ellos no les molestan; y, fundados en que todo es<br />

puro cuento, echaron a presidio a algunos infelices<br />

que nos hicieron un bien de caridad a la gente del<br />

Somontano, despeñando a esa mala mujer.<br />

-¿Conque no cayó casualmente ella, sino<br />

que la hicieron rodar que quieras que no? ¡A ver, a<br />

ver! Cuénteme usted cómo pasó eso, porque debe<br />

de ser curioso -añadí, mostrando toda la credulidad<br />

y el asombro suficiente, para que el buen hombre<br />

no maliciase que sólo quería distraerme un rato<br />

oyendo sus sandeces; pues es de advertir que hasta<br />

que no me refirió los pormenores del suceso no<br />

hice memoria de que, en efecto, yo había leído en<br />

los periódicos de provincia una cosa semejante. El<br />

pastor, convencido, por las muestras de interés con<br />

que me disponía a escuchar su relato, de que yo no<br />

era uno de esos señores de la ciudad, dispuesto a<br />

tratar de majaderías su historia, levantó la mano en<br />

dirección a uno de los picachos de la cumbre, y<br />

comenzó así, señalándome una de las rocas que se


destacaba oscura e imponente sobre el fondo gris<br />

del cielo, que el Sol, al ponerse tras las nubes, teñía<br />

de algunos cambiantes rojizos.<br />

-¿Ve usted aquel cabezo alto, alto, que parece<br />

cortado a pico y por entre cuyas peñas crecen<br />

las aliagas y los zarzales? Me parece que sucedió<br />

ayer. Yo estaba algunos doscientos pasos camino<br />

atrás de donde nos encontramos en este momento:<br />

próximamente sería la misma hora, cuando creí<br />

escuchar unos alaridos distantes, y llantos e imprecaciones<br />

que se entremezclaban con voces varoniles<br />

y coléricas, que ya se oían por un lado, ya por<br />

otro, como de pastores que persiguen un lobo por<br />

entre los zarzales. El Sol, según digo, estaba al<br />

ponerse, y por detrás de la altura se descubría un<br />

jirón del cielo, rojo y encendido como la grana, sobre<br />

el que vi aparecer alta, seca y haraposa, semejante<br />

a un esqueleto que se escapa de su fosa,<br />

envuelto aún en los jirones del sudario, a una vieja<br />

horrible, en la que conocí a la tía Casca. La tía Casca<br />

era famosa en todos estos contornos, y me bastó<br />

distinguir sus greñas blancuzcas que se enredaban<br />

alrededor de su frente como culebras, sus formas<br />

extravagantes, su cuerpo encorvado y sus brazos<br />

disformes, que se destacaban angulosos y oscuros<br />

sobre el fondo de fuego del horizonte, para recono-


cer en ella a la bruja de Trasmoz. Al llegar ésta al<br />

borde del precipicio, se detuvo un instante sin saber<br />

qué partido tomar. Las voces de los que parecían<br />

perseguirla sonaban cada vez más cerca, y de<br />

cuando en cuando se la veía hacer una contorsión,<br />

encogerse o dar un brinco para evitar los cantazos<br />

que la arrojaban. Sin duda, no traía el bote de sus<br />

endiablados untos, porque, a traerlo, seguro que<br />

habría atravesado al vuelo la cortadura, dejando a<br />

sus perseguidores burlados y jadeantes como lebreles<br />

que pierden la pista. ¡Dios no lo quiso así, permitiendo<br />

que de una vez pagara todas sus maldades!...<br />

Llegaron los mozos que venían en su seguimiento,<br />

y la cumbre se coronó de gentes, éstos con<br />

piedras en las manos, aquéllos con garrotes, los de<br />

más allá con cuchillos. Entonces comenzó una cosa<br />

horrible. La vieja, ¡maldita hipocritona!, viéndose sin<br />

huida, se arrojó al suelo, se arrastró por la tierra<br />

besando los pies de los unos, abrazándose a las<br />

rodillas de los otros, implorando en su ayuda a la<br />

Virgen y a los santos, cuyos nombres sonaban en<br />

su condenada boca como una blasfemia. Pero los<br />

mozos, así hacían caso de sus lamentos como yo<br />

de la lluvia cuando estoy bajo techado. -Yo soy una<br />

pobre vieja que no ha hecho daño a nadie; no tengo<br />

hijos ni parientes que me vengan a amparar: ¡per-


donadme, tened compasión de mí! -aullaba la bruja;<br />

y uno de los mozos, que con la una mano la había<br />

asido de las greñas, mientras tenía en la otra la<br />

navaja que procuraba abrir con los dientes, le contestaba<br />

rugiendo de cólera: ¡Ah, bruja de Lucifer, ya<br />

es tarde para lamentaciones, ya te conocemos todos!<br />

-Tú hiciste un mal a mi mulo, que desde entonces<br />

no quiso probar bocado, y murió de hambre<br />

dejándome en la miseria! -decía uno. -¡Tú has<br />

hecho mal de ojo a mi hijo, y lo sacas de la cuna y<br />

lo azotas por las noches! -añadía el otro; y cada<br />

cual exclamaba por su lado: -¡Tú has echado una<br />

suerte a mi hermana! ¡Tú has ligado a mi novia! ¡Tú<br />

has emponzoñado la yerba! ¡Tú has embrujado al<br />

pueblo entero!<br />

Yo permanecía inmóvil en el mismo punto<br />

en que me había sorprendido aquel clamoreo infernal,<br />

y no acertaba a mover pie ni mano, pendiente<br />

del resultado de aquella lucha.<br />

La voz de la tía Casca, aguda y estridente,<br />

dominaba el tumulto de todas las otras voces que<br />

se reunían para acusarla, dándole en el rostro con<br />

sus delitos, y siempre gimiendo, siempre sollozando,<br />

seguía poniendo a Dios y a los santos patronos<br />

del lugar por testigos de su inocencia.


Por último, viendo perdida toda esperanza,<br />

pidió como última merced que la dejasen un instante<br />

implorar del Cielo, antes de morir, el perdón de<br />

sus culpas, y, de rodillas al borde de la cortadura<br />

como estaba, la vieja inclinó la cabeza, juntó las<br />

manos y comenzó a murmurar entre dientes qué sé<br />

yo qué imprecaciones ininteligibles: palabras que yo<br />

no podía oír por la distancia que me separaba de<br />

ella, pero que ni los mismos que estaban a su lado<br />

lograron entender. Unos aseguraban que hablaba<br />

en latín, otros que en una lengua salvaje y desconocida,<br />

no faltando quien pudo comprender que en<br />

efecto rezaba, aunque diciendo las oraciones al<br />

revés, como es costumbre de estas malas mujeres.<br />

En este punto se detuvo el pastor un momento,<br />

tendió a su alrededor una mirada, y prosiguió<br />

así:<br />

-¿Siente usted este profundo silencio que<br />

reina en todo el monte, que no suena un guijarro,<br />

que no se mueve una hoja, que el aire está inmóvil<br />

y pesa sobre los hombros y parece que aplasta?<br />

¿Ve usted esos jirones de niebla oscura que se<br />

deslizan poco a poco a lo largo de la inmensa pendiente<br />

del Moncayo, como si sus cavidades no bastaran<br />

a contenerlos? ¿Los ve usted cómo se ade-


lantan mudos y con lentitud, como una legión aérea<br />

que se mueve por un impulso invisible? El mismo<br />

silencio de muerte había entonces, el mismo aspecto<br />

extraño y temeroso ofrecía la niebla de la tarde,<br />

arremolinada en las lejanas cumbres, todo el tiempo<br />

que duró aquella suspensión angustiosa. Yo lo confieso<br />

con toda franqueza: llegué a tener miedo.<br />

¿Quién sabía si la bruja aprovechaba aquellos instantes<br />

para hacer uno de esos terrible conjuros que<br />

sacan a los muertos de sus sepulturas, estremecen<br />

el fondo de los abismos y traen a la superficie de la<br />

tierra, obedientes a sus imprecaciones, hasta a los<br />

más rebeldes espíritus infernales? La vieja rezaba,<br />

rezaba sin parar; los mozos permanecían en tanto<br />

inmóviles, cual si estuviesen encadenados por un<br />

sortilegio, y las nieblas oscuras seguían avanzando<br />

y envolviendo las peñas, en derredor de las cuales<br />

fingían mil figuras extrañas, como de monstruos<br />

deformes, cocodrilos rojos y negros, bultos colosales<br />

de mujeres envueltas en paños blancos, y listas<br />

largas de vapor que, heridas por la última luz del<br />

crepúsculo, semejaban inmensas serpientes de<br />

colores.<br />

Fija la mirada en aquel fantástico ejército de<br />

nubes que parecía correr al asalto de la peña sobre<br />

cuyo pico iba a morir la bruja, yo estaba esperando


por instantes cuándo se abrían sus senos para<br />

abortar a la diabólica multitud de espíritus malignos,<br />

comenzando una lucha horrible al borde del derrumbadero,<br />

entre los que estaban allí para hacer<br />

justicia en la bruja y los demonios que, en pago de<br />

sus muchos servicios, vinieran a ayudarla en aquel<br />

amargo trance.<br />

-Y, por fin -exclamé interrumpiendo el animado<br />

cuento de mi interlocutor e impaciente ya por<br />

conocer el desenlace-, ¿en qué acabó todo ello?<br />

¿Mataron a la vieja? Porque yo creo que, por muchos<br />

conjuros que recitara la bruja y muchas señales<br />

que usted viese en las nubes y en cuanto le<br />

rodeaba, los espíritus malignos se mantendrían<br />

quietecitos cada cual en su agujero sin mezclarse<br />

para nada en las cosas de la tierra. ¿No fue así?<br />

-Así fue, en efecto. Bien porque en su turbación<br />

la bruja no acertara con la fórmula o, lo que<br />

yo más creo, por ser viernes, día en que murió<br />

Nuestro Señor Jesucristo, y no haber acabado aún<br />

las vísperas; durante las que los malos no tienen<br />

poder alguno, ello es que, viendo que no concluían<br />

nunca con su endiablada monserga, un mozo le dijo<br />

que acabase, y levantando en alto el cuchillo, se<br />

dispuso a herirla. La vieja entonces, tan humilde,


tan hipocritona hasta aquel punto, se puso de pie<br />

con un movimiento tan rápido como el de una culebra<br />

enroscada a la que se pisa y despliega sus anillos<br />

irguiéndose llena de cólera. -¡Oh!, no; ¡no quiero<br />

morir, no quiero morir -decía-; dejadme u os morderé<br />

las manos con que me sujetáis!... Pero aún no<br />

había pronunciado estas palabras, abalanzándose a<br />

sus perseguidores, fuera de sí, con las greñas sueltas,<br />

los ojos inyectados de sangre y la hedionda<br />

boca entre abierta y llena de espuma, cuando la oí<br />

arrojar un alarido espantoso, llevarse, por dos o tres<br />

veces las manos al costado con grande precipitación,<br />

mirárselas y volvérselas a mirar maquinalmente,<br />

y, por último, dando tres o cuatro pasos vacilantes<br />

como si estuviese borracha, la vi caer al derrumbadero.<br />

Uno de los mozos a quien la bruja<br />

hechizó a una hermana, la más hermosa, la más<br />

buena del lugar, la había herido de muerte en el<br />

momento en que sintió que le clavaba en el brazo<br />

sus dientes negros y puntiagudos. ¿Pero cree usted<br />

que acabó ahí la cosa? Nada menos que eso; la<br />

vieja de Lucifer tenía siete vidas como los gatos.<br />

Cayó por un derrumbadero donde cualquiera otro a<br />

quien se le resbalase un pie no pararía hasta lo más<br />

hondo, y ella, sin embargo, tal vez porque el diablo<br />

le quitó el golpe o porque los harapos de las sayas


la enredaron en los zarzales, quedó suspendida de<br />

uno de los picos que erizan la cortadura, barajándose<br />

y retorciéndose allí como un reptil colgado por la<br />

cola. ¡Dios, cómo blasfemaba! ¡Qué imprecaciones<br />

tan horribles salían de su boca! Se estremecían las<br />

carnes y se ponían de punta los cabellos sólo de<br />

oírla... Los mozos seguían desde lo alto todas sus<br />

grotescas evoluciones, esperando el instante en<br />

que se desgarraría el último jirón de la saya a que<br />

estaba sujeta, y rodaría dando tumbos de pico en<br />

pico hasta el fondo del barranco; pero ella, con el<br />

ansia de la muerte y sin cesar de proferir, ora horribles<br />

blasfemias, ora palabras santas mezcladas de<br />

maldiciones, se enroscaba en derredor de los matorrales;<br />

sus dedos largos, huesosos y sangrientos, se<br />

agarraban como tenazas a las hendiduras de las<br />

rocas, de modo que ayudándose de las rodillas, de<br />

los dientes, de los pies y de las manos, quizás<br />

hubiese conseguido subir hasta el borde, si algunos<br />

de los que la contemplaban y que llegaron a temerlo<br />

así, no hubiesen levantado en alto una piedra gruesa,<br />

con la que le dieron tal cantazo en el pecho, que<br />

piedra y bruja bajaron a la vez saltando de escalón<br />

en escalón por entre aquellas puntas calcáreas,<br />

afiladas como cuchillos, hasta dar por último, en ese<br />

arroyo que se ve en lo más profundo del valle... Una


vez allí, la bruja permaneció un largo rato inmóvil,<br />

con la cara hundida entre el légamo y el fango del<br />

arroyo que corría enrojecido con la sangre; después,<br />

poco a poco, comenzó como a volver en sí y<br />

a agitarse convulsivamente. El agua cenagosa y<br />

sangrienta saltaba en derredor batida por sus manos,<br />

que de vez en cuando se levantaban en el aire<br />

crispadas y horribles, no sé si implorando piedad o<br />

amenazando aún en las últimas ansias... Así estuvo<br />

algún tiempo removiéndose y queriendo inúltimente<br />

sacar la cabeza fuera de la corriente buscando un<br />

poco de aire, hasta que al fin se desplomó muerta;<br />

muerta del todo, pues los que la habíamos visto<br />

caer y conocíamos de lo que es capaz una hechicera<br />

tan astuta como la tía Casca no apartamos de<br />

ella los ojos hasta que, completamente entrada la<br />

noche, la oscuridad nos impidió distinguirla, y en<br />

todo ese tiempo no movió pie ni mano; de modo que<br />

si la herida y los golpes no fueron bastantes a acabarla,<br />

es seguro que se ahogó en el riachuelo cuyas<br />

aguas tantas veces había embrujado en vida para<br />

hacer morir nuestras reses. -¡Quien en mal anda, en<br />

mal acaba! -exclamamos después de mirar una<br />

última vez al fondo oscuro del despeñadero; y santiguándonos<br />

santamente y pidiendo a Dios nos ayudase<br />

en todas las ocasiones, como en aquella, con-


tra el diablo y y los suyos, emprendimos con bastante<br />

despacio la vuelta al pueblo, en cuya desvencijada<br />

torre las campanas llamaban a la oración a los<br />

vecinos devotos.<br />

Cuando el pastor terminó su relato, llegábamos<br />

precisamente a la cumbre más cercana al<br />

pueblo, desde donde se ofreció a mi vista el castillo<br />

oscuro e imponente con su alta torre del homenaje,<br />

de la que sólo queda en pie un lienzo de muro con<br />

dos saeteras, que transparentaban la luz y parecían<br />

los ojos de un fantasma. En aquel castillo, que tiene<br />

por cimiento la pizarra negra de que está formado el<br />

monte, y cuyas vetustas murallas, hechas de pedruscos<br />

enormes, parecen obras de titanes, es fama<br />

que las brujas de los contornos tienen sus nocturnos<br />

conciliábulos.<br />

La noche había cerrado ya, sombría y nebulosa.<br />

La Luna se dejaba ver a intervalos por entre<br />

los jirones de las nubes que volaban en derredor<br />

nuestro, rozando casi con la tierra, y las campanas<br />

de Trasmoz dejaban oír lentamente el toque de<br />

oraciones, como al final de la horrible historia que<br />

me acababan de referir.<br />

Ahora que estoy en mi celda tranquilo, escribiendo<br />

para ustedes la relación de estas impre-


siones extrañas, no puedo menos de maravillarme y<br />

dolerme de que las viejas supersticiones tengan<br />

todavía tan hondas raíces entre las gentes de las<br />

aldeas, que den lugar a sucesos semejantes; pero,<br />

¿por qué no he de confesarlo, sonándome aún las<br />

últimas palabras de aquella temerosa relación, teniendo<br />

junto a mí a aquel hombre que de tan buena<br />

fe imploraba la protección divina para llevar a cabo<br />

crímenes espantosos, viendo a mis pies el abismo<br />

negro y profundo en donde se revolvía el agua entre<br />

las tinieblas, imitando gemidos y lamentos, y en<br />

lontananza el castillo tradicional, coronado de almenas<br />

oscuras, que parecían fantasmas asomadas a<br />

los muros, sentí una impresión angustiosa, mis cabellos<br />

se erizaron involuntariamente, y la razón,<br />

dominada por la fantasía, a la que todo ayudaba, el<br />

sitio, la hora y el silencio de la noche, vaciló un punto,<br />

y casi creí que las absurdas consejas de las<br />

brujerías y los maleficios pudieran ser posibles.<br />

Postdata.- Al terminar esta carta y cuando<br />

ya me disponía a escribir el sobre, la muchacha que<br />

me sirve y que ha concluido en este instante de<br />

arreglar los trebejos de la cocina y de apagar la<br />

lumbre, armada de un enorme candil de hierro, se<br />

ha colocado junto a mi mesa a esperar, como tiene<br />

de costumbre siempre que me ve escribir de noche,


que le entregue la carta que ella a su vez dará mañana<br />

al correo, el cual baja de Añón a Tarazona al<br />

romper el día. Sabiendo que es de un lugar inmediato<br />

a Trasmoz y que en este último pueblo tiene<br />

gran parte de su familia, me ha ocurrido preguntarle<br />

si conoció a la tía Casca y si sabe alguna particularidad<br />

de sus hechizos, famosos en todo el Somontano.<br />

No pueden ustedes figurarse la cara que ha<br />

puesto al oír el nombre de la bruja, ni la expresión<br />

de medrosa inquietud con que ha vuelto la vista a<br />

su alrededor, procurando iluminar con el candil los<br />

rincones oscuros de la celda, antes de responderme.<br />

Después de practicada esta operación, y con<br />

voz baja y alterada, sin contestar a mi interpelación,<br />

me ha preguntado a su vez:<br />

-¿Sabe usted en qué día de la semana estamos?<br />

-No, chica -le respondí-; pero ¿a qué conduce<br />

saber el día de la semana?<br />

-Porque si es viernes, no puedo despegar<br />

los labios sobre ese asunto. Los viernes, en memoria<br />

de que nuestro Señor Jesucristo murió en semejante<br />

día, no pueden las brujas hacer mal a nadie;<br />

pero en cambio oyen desde su casa cuanto se dice


de ellas, aunque sea al oído y en el último rincón del<br />

mundo.<br />

-Tranquilízate por ese lado, pues a lo que<br />

yo puedo colegir de la proximidad del último domingo,<br />

todo lo más, andaremos por el martes o el miércoles.<br />

-No es esto decir que yo le tenga miedo a la<br />

bruja, pues de los míos sólo a mi hermana la mayor,<br />

al pequeñico y a mi padre puede hacerles mal.<br />

-¡Calle!, ¿y en qué consiste el privilegio?<br />

-En que al echarnos el agua no se equivocó<br />

el cura ni dejó olvidada ninguna palabra del Credo.<br />

-¿Y eso se lo has ido tú a preguntar al cura<br />

tal vez?<br />

-¡Quia! No, señor: el cura no se acordaría.<br />

Se lo hemos preguntado a un cedazo.<br />

-Que es el que debe saberlo... No me parece<br />

mal. ¿Y cómo se entra en conversación con un<br />

cedazo? Porque eso debe de ser curioso.<br />

-Verá usted...: después de las doce de la<br />

noche, pues las brujas que lo quisieran impedir no<br />

tienen poder sino desde las ocho hasta esa hora, se


toma el cedazo, se hacen sobre él tres cruces con<br />

la mano izquierda, y suspendiéndole en el aire,<br />

cogido por el aro con las puntas de unas tijeras, se<br />

le pregunta. Si se ha olvidado alguna palabra del<br />

Credo, da vueltas por sí sólo, y si no, se está quietico,<br />

quietico, como la hoja en el árbol cuando no se<br />

mueve una paja de aire.<br />

-Según eso, ¿tú estás completamente tranquila<br />

de que no han de embrujarte?<br />

-Lo que es por mí, completamente; pero sin<br />

embargo, mirando por los de la casa, cuido siempre<br />

de hacer antes de dormir una cruz en el hogar con<br />

las tenazas para que no entren por la chimenea, y<br />

tampoco se me olvida poner la escoba en la puerta<br />

con el palo en el suelo.<br />

-¡Ah!, vamos; ¿conque la escoba que encuentro<br />

algunas mañanas a la puerta de mi habitación<br />

con las palmas hacia arriba y que me ha hecho<br />

pensar que era uno de tus frecuentes olvidos, no<br />

estaba allí sin su misterio? Pero se me ocurre preguntar<br />

una cosa: si ya mataron a la bruja y, una vez<br />

muerta, su alma no puede salir del precipicio donde<br />

por permisión divina anda penando, ¿contra quien<br />

tomas esas precauciones?


-¡Toma, toma! Mataron a una; pero como<br />

que son una familia entera y verdadera, que desde<br />

hace un siglo o dos vienen heredando el unto de<br />

unas en otras, se acabó con una tía Casca, pero<br />

queda su hermana, y cuando acaben con ésta, que<br />

acabarán también, le sucederá su hija, que aún es<br />

moza y ya dicen que tiene sus puntos de hechicera.<br />

-Según lo que veo, ¿esa es una dinastía<br />

secular de brujas que se vienen sucediendo regularmente<br />

por la línea femenina desde los tiempos<br />

más remotos?<br />

-Yo no sé lo que son; pero lo que puedo decirle<br />

es que acerca de estas mujeres se cuenta en<br />

el pueblo una historia muy particular, que yo he oído<br />

referir algunas veces en las noches de invierno.<br />

-Pues vaya, deja ese candil en el suelo,<br />

acerca una silla y refiéreme esa historia, que yo me<br />

parezco a los niños en mis aficiones.<br />

-Es que esto no es cuento.<br />

-O historia, como tú quieras -añadí por último,<br />

para tranquilizarla respecto a la entera fe con<br />

que sería acogida la relación por mi parte.


La muchacha, después de colgar el candil<br />

en un clavo, y de pie a una respetuosa distancia de<br />

la mesa, por no querer sentarse, a pesar de mis<br />

instancias, me ha referido la historia de las brujas<br />

de Trasmoz, historia original que yo a mi vez contaré<br />

a ustedes otro día, pues ahora voy a acostarme<br />

con la cabeza llena de brujas, hechicerías y conjuros,<br />

pero tranquilo, porque, al dirigirme a mi alcoba,<br />

he visto el escobón junto a la puerta haciéndome la<br />

guardia, más tieso y formal que un alabardero en<br />

día de ceremonia.


Carta séptima<br />

Queridos amigos: Prometí a ustedes en mi<br />

última carta referirles, tal como me la contaron, la<br />

maravillosa historia de las brujas de Trasmoz. Tomo,<br />

pues, la pluma para cumplir lo prometido, y va<br />

de cuento.<br />

Desde tiempo inmemorial, es artículo de fe<br />

entre las gentes del Somontano que Trasmoz es la<br />

corte y punto de cita de las brujas más importantes<br />

de la comarca. Su castillo, como los tradicionales<br />

campos de Barahona y el valle famoso de Zugarramurdi,<br />

pertenece a la categoría de conventículo de<br />

primer orden y lugar clásico para las grandes fiestas<br />

nocturnas de las amazonas de escobón, los sapos<br />

con collareta y toda la abigarrada servidumbre del<br />

macho cabrío, su ídolo y jefe. Acerca de la fundación<br />

de este castillo, cuyas colosales ruinas, cuyas<br />

torres oscuras y dentelladas, patios sombríos y profundos<br />

fosos, parecen, en efecto digna escena de<br />

tan diabólicos personajes, se refiere una tradición<br />

muy antigua. Parece que en tiempo de los moros,<br />

época que para nuestros campesinos corresponde<br />

a las edades mitológicas y fabulosas de la Historia,<br />

pasó el rey por las cercanías del sitio en que ahora<br />

se halla Trasmoz; y viendo con maravilla un punto


como aquél, donde gracias a la altura, las rápidas<br />

pendientes y los cortes a plomo de la roca, podía el<br />

hombre, ayudado de la Naturaleza, hacer un lugar<br />

fuerte e inexpugnable, de grande utilidad por encontrarse<br />

próximo a la raya fronteriza, exclamó volviéndose<br />

a los que iban en su seguimiento, y tendiendo<br />

la mano en dirección de la cumbre:<br />

-De buena gana tendría allí un castillo.<br />

Oyole un pobre viejo, que apoyado en un<br />

báculo de caminante y con unas miserables alforjillas<br />

al hombro pasaba a la sazón por el mismo sitio,<br />

y adelantándose hasta salirle al encuentro y a riesgo<br />

de ser atropellado por la comitiva real, detuvo<br />

por la brida el caballo de su señor y le dijo estas<br />

solas palabras:<br />

-Si me lo dais en alcaidía perpetua, yo me<br />

comprometo a llevaros mañana a vuestro palacio<br />

sus llaves de oro.<br />

Rieron grandemente el rey y los suyos de la<br />

extravagante proposición del mendigo, de modo que<br />

arrojándole una pequeña pieza de plata al suelo, a<br />

manera de limosna, contestole el soberano con aire<br />

de zumba:


-Tomad esa moneda para que compréis<br />

unas cebollas y un pedazo de pan con que desayunaros,<br />

señor alcaide de la improvisada fortaleza de<br />

Trasmoz, y dejadnos en paz proseguir nuestro camino.<br />

Y, esto diciendo, le apartó suavemente a un<br />

lado de la senda, tocó el ijar de su corcel con el<br />

acicate, y se alejó seguido de sus capitanes, cuyas<br />

armaduras, incrustadas de arabescos de oro, resonaban<br />

y resplandecían al compás del galope, mal<br />

ocultas por los blancos y flotantes alquiceles.<br />

-¿Luego me confirmáis en la alcaidía? -<br />

añadió el pobre viejo, en tanto que se bajaba para<br />

recoger la moneda, y dirigiéndose en alta voz hacia<br />

los que ya apenas se distinguían entre la nube de<br />

polvo que levantaban los caballos, un punto detenidos,<br />

al arrancar de nuevo.<br />

-Seguramente -díjole el rey desde lejos y<br />

cuando ya iba a doblar una de las vueltas del monte-;<br />

pero con la condición de que esta noche levantarás<br />

el castillo y mañana irás a Tarazona a entregarme<br />

las llaves.<br />

Satisfecho el pobrete con la contestación<br />

del rey, alzó, como digo, la moneda del suelo, besó-


la con muestras de humildad; y, después de atarla<br />

en un pico del guiñapo blancuzco que le servía de<br />

turbante, se dirigió poco a poco hacia la aldehuela<br />

de Trasmoz. Componían entonces este lugar quince<br />

o veinte casuquillas sucias y miserables, refugio de<br />

algunos pastores que llevaban a pacer sus ganados<br />

al Moncayo. Pasito a pasito, aquí cae, allí tropieza,<br />

como el que camina agobiado del doble peso de la<br />

edad y de una larga jornada, llegó al fin nuestro<br />

hombre al pueblo, y comprando, según se lo había<br />

dicho el rey, un mendrugo de pan y tres o cuatro<br />

cebollas blancas, jugosas y relucientes, sentose a<br />

comerlas a la orilla de un arroyo, en el cual los vecinos<br />

tenían costumbre de venir a hacer sus abluciones<br />

de la tarde, y en donde, una vez instalado, comenzó<br />

a despachar su pitanza con tanto gusto, y<br />

moviendo sus descarnadas mandíbulas, de las que<br />

pendían unas barbillas blancas y claruchas, con tal<br />

priesa, que, en efecto, parecía no haberse desayunado<br />

en todo lo que iba de día, que no era poco,<br />

pues el Sol comenzaba a trasmontar las cumbres.<br />

Sentado estaba, pues, nuestro pobre viejo a<br />

la orilla del arroyo dando buena cuenta con gentil<br />

apetito de su frugal comida, cuando llegó hasta el<br />

borde del agua uno de los pastores del lugar, hizo<br />

sus acostumbradas zalemas, vuelto hacia el Orien-


te, y concluida esta operación, comenzó a lavarse<br />

las manos y el rostro murmurando sus rezos de la<br />

tarde. Tras éste vinieron otros cuantos, hasta cinco<br />

o seis, y cuando todos hubieron concluido de rezar<br />

y remojarse el cogote, llamólos el viejo y les dijo:<br />

-Veo con gusto que sois buenos musulmanes<br />

y que ni las ordinarias ocupaciones, ni las fatigas<br />

de vuestros ejercicios os distraen de las santas<br />

ceremonias que a sus fieles dejó encomendadas el<br />

Profeta. El verdadero creyente tarde o temprano,<br />

alcanza el premio: unos lo recogen en la tierra, otros<br />

en el paraíso, no faltando a quienes se les da en<br />

ambas partes, y de estos seréis vosotros.<br />

Los pastores, que durante la arenga no habían<br />

apartado un punto sus ojos del mendigo, pues<br />

por tal le juzgaron al ver su mal pelaje, y peor desayuno,<br />

se miraban entre sí, después de concluido,<br />

como no comprendiendo adónde iría a parar aquella<br />

introducción si no era a pedir una limosna; pero, con<br />

grande asombro de los circunstantes, prosiguió de<br />

este modo su discurso:<br />

-He aquí que yo vengo de una tierra lejana<br />

a buscar servidores leales para la guarda y custodia<br />

de un famoso castillo. Yo me he sentado al borde<br />

de las fuentes que saltan sobre una taza de pórfido,


a la sombra de las palmeras en las mezquitas de las<br />

grandes ciudades, y he visto uno tras otros venir<br />

muchos hombres a hacer las abluciones con sus<br />

aguas, éstos por mera limpieza, aquéllos por hacer<br />

lo mismo que todos, los más por dar el espectáculo<br />

de una piedad de fórmula. Después os he visto en<br />

estas soledades, lejos de las miradas del mundo,<br />

atentos sólo al ojo que vela sobre las acciones de<br />

los mortales, cumplir con nuestros ritos, impulsados<br />

por la conciencia de un deber, y he dicho para mí: -<br />

He aquí hombres fieles a su religión; igualmente lo<br />

serán a su palabra. De hoy más no vagaréis por los<br />

montes con nieves y fríos para comer un pedazo de<br />

pan negro; en la magnífica fortaleza de que os<br />

hablo, tendréis alimento abundante y vida holgada.<br />

Tú cuidarás de la atalaya, atento siempre a las señales<br />

de los corredores del campo, y pronto a encender<br />

la hoguera que brilla en las sombras, como<br />

el penacho de fuego del casco de un arcángel. Tú<br />

cuidarás del rastrillo y del puente; tú darás vueltas<br />

cada tres horas alrededor de las torres, por entre la<br />

barbacana y el muro. A ti te encargaré de las caballerizas;<br />

bajo la guarda de ése estarán los depósitos<br />

de materiales de guerra, y, por último, aquel otro<br />

correrá con los almacenes de víveres.


Los pastores, de cada vez más asombrados<br />

y suspensos, no sabían qué juicio formar del improvisado<br />

protector que la casualidad les deparaba; y<br />

aunque su aspecto miserable no convenía del todo<br />

bien con sus generosas ofertas, no faltó alguno que<br />

le preguntase entre dudoso y crédulo:<br />

-¿Dónde está ese castillo? Si no se halla<br />

muy lejos de estos lugares entre cuyas peñas estamos<br />

acostumbrados a vivir, y a los que tenemos el<br />

amor que todo hombre tiene a la tierra que le vio<br />

nacer, yo, por mi parte, aceptaría con gusto tus<br />

ofrecimientos, y creo que como yo todos los que se<br />

encuentran presentes.<br />

-Por eso no temáis, pues está bien cerca de<br />

aquí -respondió el viejo impasible-; cuando el Sol se<br />

esconde por detrás de las cumbres del Moncayo, su<br />

sombra cae sobre vuestra aldea.<br />

-¿Y cómo puede ser eso -dijo entonces el<br />

pastor-, si por aquí no hay castillo ni fortaleza alguna,<br />

y la primera sombra que envuelve nuestro lugar<br />

es la del cabezo del monte en cuya falda se ha levantado?<br />

-Pues en ese cabezo se halla, porque allí<br />

están las piedras, y donde están las piedras está el


castillo, como está la gallina en el huevo y la espiga<br />

en el grano -insistió el extraño personaje, a quien<br />

sus interlocutores, irresolutos hasta aquel punto, no<br />

dudaron en calificar de loco de remate.<br />

-¿Y tú serás, sin duda, el gobernador de<br />

esa fortaleza famosa? -exclamó, entre las carcajadas<br />

de sus compañeros, otro de los pastores-. Porque<br />

a tal castillo, tal alcaide.<br />

-Yo lo soy -tornó a contestar el viejo, siempre<br />

con la misma calma, y mirando a sus risueños<br />

oyentes con una sonrisa particular-. ¿No os parezco<br />

digno de tan honroso cargo?<br />

-¡Nada menos que eso! -se apresuraron a<br />

responderle-. Pero el Sol ha doblado las cumbres, la<br />

sombra de vuestro castillo envuelve ya en sus pliegues<br />

nuestras pobres chozas. ¡Poderoso y temido<br />

alcaide de la invisible fortaleza de Trasmoz, si queréis<br />

pasar la noche a cubierto, os podemos ofrecer<br />

un poco de paja en el establo de nuestras ovejas; si<br />

preferís quedaros al raso, que Alá os tenga en su<br />

santa guarda, el Profeta os colme de sus beneficios<br />

y los arcángeles de la noche velen a vuestro alrededor<br />

con sus espadas encendidas!


Acompañando estas palabras, dichas en tono<br />

de burlesca solemnidad, con profundos y humildes<br />

saludos, los pastores tomaron el camino de su<br />

pueblo, riendo a carcajadas de la original aventura.<br />

Nuestro buen hombre no se alteró, sin embargo, por<br />

tan poca cosa, sino que, después de acabar con<br />

mucho despacio su merienda, tomó en el hueco de<br />

la mano algunos sorbos de agua limpia y transparente<br />

del arroyo, limpiose con el revés la boca, sacudió<br />

las migajas de pan de la túnica y, echándose<br />

otra vez las alforjillas al hombro y apoyándose en su<br />

nudoso báculo, emprendió de nuevo el camino adelante,<br />

en la misma dirección que sus futuros sirvientes.<br />

La noche comenzaba, en efecto, a entrarse<br />

fría y oscura. De pico a pico de la elevada cresta del<br />

Moncayo se extendían largas bandas de nubes<br />

color de plomo, que, arrolladas hasta a aquel momento<br />

por la influencia del Sol, parecían haber esperado<br />

a que se ocultase para comenzar a removerse<br />

con lentitud, como esos monstruos deformes<br />

que produce el mar y que se arrastran trabajosamente<br />

en las playas desiertas. El ancho horizonte<br />

que se descubría desde las alturas, iba poco a poco<br />

palideciendo y pasando del rojo al violado por un<br />

punto, mientras que por el contrario asomaba la


Luna redonda, encendida, grande, como un escudo<br />

de batallar, y por el dilatado espacio del cielo las<br />

estrellas aparecían unas tras otras, amortiguada su<br />

luz, por la del astro de la noche.<br />

Nuestro buen viejo, que parecía conocer<br />

perfectamente el país, pues nunca vacilaba al escoger<br />

las sendas que más pronto habían de conducirle<br />

al término de su peregrinación, dejó a un lado la<br />

aldea, y siempre subiendo con bastante fatiga por<br />

entre los enormes peñascos y las espesas carrascas,<br />

que entonces como ahora cubrían la áspera<br />

pendiente del monte, llegó por último a la cumbre<br />

cuando las sombras se habían apoderado por completo<br />

de la Tierra, y la Luna, que se dejaba ver a<br />

intervalos por entre las oscuras nubes, se había<br />

remontado a la primera región del cielo. Cualquiera<br />

otro hombre, impresionado por la soledad del sitio,<br />

el profundo silencio de la Naturaleza y el fantástico<br />

panorama de las sinuosidades del Moncayo, cuyas<br />

puntas coronadas de nieve parecían las olas de un<br />

mar inmóvil y gigantesco, hubiera temido aventurarse<br />

por entre aquellos matorrales, adonde en mitad<br />

del día, apenas osaban llegar los pastores; pero el<br />

héroe de nuestra relación, que, como ya habrán<br />

sospechado ustedes, y si no lo han sospechado lo<br />

verán claro más adelante, debía de ser un magicazo


de tomo y lomo, no satisfecho con haber trepado a<br />

la eminencia, se encaramó en la punta de la más<br />

elevada roca, y desde aquél aéreo asiento comenzó<br />

a pasear la vista a su alrededor, con la misma firmeza<br />

que el águila, cuyo nido pende de un peñasco<br />

al borde del abismo, contempla sin temor el fondo.<br />

Después que se hubo reposado un instante<br />

de las fatigas del camino, sacó de las alforjillas un<br />

estuche de forma particular y extraña, un librote<br />

muy carcomido y viejo, y un cabo de vela verde,<br />

corto y a medio consumir. Frotó con sus dedos descarnados<br />

y huesosos en uno de los extremos del<br />

estuche, que parecía de metal y era a modo de<br />

linterna, y a medida que frotaba, veíase como una<br />

lumbre sin claridad, azulada, medrosa e inquieta,<br />

hasta que por último brotó una llama y se hizo luz:<br />

con aquella luz encendió el cabo de vela verde, a<br />

cuyo escaso resplandor, y no sin haberse calado<br />

antes unas disformes antiparras redondas, comenzó<br />

a hojear el libro, que para mayor comodidad había<br />

puesto delante de sí sobre una de las peñas. Según<br />

que el nigromante iba pasando las hojas del libro,<br />

llenas de caracteres árabes, caldeos y siriacos trazados<br />

con tinta azul, negra, roja y violada, y de figuras<br />

y signos misteriosos, murmuraba entre dientes<br />

frases ininteligibles, y, parando de cierto en cierto


tiempo la lectura, repetía un estribillo singular con<br />

una especie de salmodia lúgubre, que acompañaba<br />

hiriendo la tierra con el pie y agitando la mano que<br />

le dejaba libre el cuidado de la vela, como si se<br />

dirigiese a alguna persona.<br />

Concluida la primera parte de su mágica letanía,<br />

en la que, unos tras otros, había ido llamando<br />

por sus nombres, que yo no podré repetir, a todos<br />

los espíritus del aire y de la tierra, del fuego y de las<br />

aguas, comenzó a percibirse en derredor un ruido<br />

extraño, un rumor de alas invisibles que se agitaban<br />

a la vez, y murmullos y confusos, como de muchas<br />

gentes que se hablasen al oído. En los días revueltos<br />

del otoño, y cuando las nubes, amontonadas en<br />

el horizonte, parecen amenazar con una lluvia copiosa,<br />

pasan las grullas por el cielo, formando un<br />

oscuro triángulo, con un ruido semejante. Mas lo<br />

particular del caso era que allí a nadie se veía, y<br />

aun cuando se percibiese el aleteo cada vez más<br />

próximo, y el aire agitado moviera en derredor las<br />

hojas de los árboles, y el rumor de las palabras<br />

dichas en voz baja se hiciese gradualmente más<br />

distinto, todo semejaba cosa de ilusión o ensueño.<br />

Paseó el mágico la mirada en todas direcciones<br />

para contemplar a los que sólo a sus ojos parecían<br />

visibles y, satisfecho sin duda del resultado de su


primera operación, volvió a la interrumpida lectura.<br />

Apenas su voz temblona, cascada y un poco nasal<br />

comenzó a dejarse oír pronunciando las enrevesadas<br />

palabras del libro, se hizo en torno un silencio<br />

tan profundo, que no parecía sino que la Tierra, los<br />

astros y los genios de la noche estaban pendientes<br />

de los labios del nigromante, que ora hablaba con<br />

frases dulces y de suave inflexión, como quien suplica,<br />

ora con acento áspero, enérgico y breve, como<br />

quien manda. Así leyó largo rato, hasta que al<br />

concluir la última hoja se produjo un murmullo en el<br />

invisible auditorio, semejante al que forman en los<br />

templos las confusas voces de los fieles cuando<br />

acabada una oración, todos contestan amén en mil<br />

diapasones distintos. El viejo, que a medida que<br />

rezaba y rezaba aquellos diabólicos conjuros había<br />

ido exaltándose y cobrando una energía y un vigor<br />

sobrenaturales, cerró el libro con un gran golpe, dio<br />

un soplo a la vela verde y, despojándose de las<br />

antiparras redondas, se puso de pie sobre la altísima<br />

peña donde estuvo sentado y desde donde se<br />

dominaban las infinitas ondulaciones de la falda del<br />

Moncayo; con los valles, las rocas y los abismos<br />

que la quiebran. Allí, de pie, con la cabeza erguida y<br />

los brazos extendidos, el uno al Oriente y el otro al<br />

Occidente, alzó la voz y exclamó dirigiéndose a la


infinita muchedumbre de seres invisibles y misteriosos<br />

que, encadenados a su palabra por la fuerza de<br />

los conjuros, esperaban sumisos sus órdenes:<br />

-¡Espíritus de las aguas y de los aires, vosotros<br />

que sabéis horadar las rocas y abatir los troncos<br />

más corpulentos, agitaos y obedecedme!<br />

Primero suave, como cuando levanta el<br />

vuelo una banda de palomas; después más fuerte,<br />

como cuando azota el mástil de un buque una vela<br />

hecha jirones, oyose el ruido de las alas al plegarse<br />

y desplegarse con una prontitud increíble, y aquel<br />

ruido fue creciendo, creciendo, hasta que llegó a<br />

hacerse espantoso, como el de un huracán desencadenado.<br />

El agua de los torrentes próximos saltaba<br />

y se retorcía en el cauce, espumarajeando e<br />

irguiéndose como una culebra furiosa; el aire, agitado<br />

y terrible, zumbaba en los huecos de las peñas,<br />

levantaba remolinos de polvo y de hojas secas, y<br />

sacudía, inclinándolas hasta el suelo, las copas de<br />

los árboles. Nada más extraño y horrible que aquella<br />

tempestad circunscrita a un punto, mientras la<br />

Luna se remontaba tranquila y silenciosa por el<br />

cielo, y las aéreas lejanas cumbres de la cordillera<br />

parecían bañadas de un sereno y luminoso vapor.<br />

Las rocas crujían como si sus grietas se dilatasen, e


impulsadas de una fuerza oculta e interior amenazaban<br />

volar hechas mil pedazos. Los troncos más<br />

corpulentos arrojaban gemidos y chasqueaban,<br />

próximos a hendirse, como si un súbito desenvolvimiento<br />

de sus fibras fuese a rajar la endurecida<br />

corteza. Al cabo, y después de sentirse sacudido el<br />

monte por tres veces, las piedras se desencajaron y<br />

los árboles se partieron, y árboles y piedras comenzaron<br />

a saltar por los aires en furioso torbellino,<br />

cayendo semejantes a una lluvia espesa, en el lugar<br />

que de antemano señaló el nigromante a sus servidores.<br />

Los colosales troncos y los inmensos témpanos<br />

de granito y pizarra oscura, que eran como<br />

arrojados al azar, caían, no obstante, unos sobre<br />

otros con admirable orden, e iban formando una<br />

cerca altísima a manera de bastión, queel agua de<br />

los torrentes, arrastrando arenas, menudas piedrecillas<br />

y cal de su alveolo, se encargaba de completar,<br />

llenando las hendiduras con una argamasa indestructible.<br />

-La obra adelanta. ¡Ánimo!, ¡ánimo! -<br />

murmuró el viejo-; aprovechemos los instantes, que<br />

la noche es corta, y pronto cantará el gallo trompeta<br />

del día.


Y, esto diciendo, se inclinó hacia el borde<br />

de una sima profunda, abierta al impulso de las<br />

convulsiones de la montaña, y como dirigiéndose a<br />

otros seres ocultos en su fondo, prosiguió:<br />

-Espíritus de la tierra y del fuego: vosotros<br />

que conocéis los tesoros de metal de sus entrañas y<br />

circuláis por sus caminos subterráneos con los mares<br />

de lava encendida y ardiente, agitaos y cumplid<br />

mis órdenes.<br />

Aún no había expirado el eco de la última<br />

palabra del conjuro, cuando se comenzó a oír un<br />

rumor sordo y continuo como el de un trueno lejano,<br />

rumor que asimismo fue creciendo, creciendo, hasta<br />

que se hizo semejante al que produce un escuadrón<br />

de jinetes que cruza al galope el puente de una<br />

fortaleza, y entonces retumba el golpear del casco<br />

de los caballos, crujen los maderos, rechinan las<br />

cadenas y resuena, metálico y sonoro, el choque de<br />

las armaduras, de las lanzas y los escudos. A medida<br />

que el ruido tomaba mayores proporciones, veíase<br />

salir por las grietas de las rocas un resplandor<br />

vivo y brillante, como el que despide una fragua<br />

ardiendo, y de eco en eco se repetía por las concavidades<br />

del monte el fragor de millares de martillos<br />

que caían con un estrépito espantoso sobre los


yunques, en donde los gnomos trabajan el hierro de<br />

las minas, fabricando puertas, rastrillos, armas y<br />

toda la ferretería indispensable para la seguridad y<br />

complemento de la futura fortaleza. Aquello era un<br />

tumulto imposible de describir; un desquiciamiento<br />

general y horroroso: por un lado rebramaba el aire<br />

arrancando las rocas, que se hacinaban con estruendo<br />

en la cúspide del monte; por otro mugía el<br />

torrente, mezclando sus bramidos con el crujir de<br />

los árboles que se tronchaban y el golpear incesante<br />

de los martillos, que caían alternados sobre los<br />

yunques, como llevando el compás en aquella<br />

diabólica sinfonía.<br />

Los habitantes de la aldea, despertados de<br />

improviso por tan infernal y asordadora baraúnda,<br />

no osaban siquiera asomarse al tragaluz de sus<br />

chozas para descubrir la causa del extraño terremoto,<br />

no faltando algunos que, poseídos de terror creyeron<br />

llegado el instante en que, próxima la destrucción<br />

del mundo, había de bajar la muerte a enseñorearse<br />

de su imperio, envuelta en el jirón de un<br />

sudario, sobre un corcel fantástico y amarillo, tal<br />

como en sus revelaciones la pinta el Profeta.<br />

Esto se prolongó hasta momentos antes de<br />

amanecer, en que los gallos de la aldea comenza-


on a sacudir las plumas y a saludar el día próximo<br />

con su canto sonoro y estridente. A esta sazón, el<br />

rey, que se volvía a su corte haciendo pequeñas<br />

jornadas, y que accidentalmente había dormido en<br />

Tarazona, bien porque de suyo fuese madrugador y<br />

despabilado, bien porque extrañase la habitación,<br />

que todo cabe, en lo posible, saltaba de la cama<br />

listo como él solo, y después de poner en un pie<br />

como las grullas a su servidumbre, se dirigía a los<br />

jardines de palacio. Aún no había pasado una hora<br />

desde que vagaba al azar por el intrincado laberinto<br />

de sus alamedas, departiendo con uno de sus capitanes<br />

todo lo amigablemente que puede departir un<br />

rey, moro por añadidura, con uno de sus súbditos,<br />

cuando llegó hasta él, cubierto de sudor y de polvo,<br />

el más ágil de los corredores de la frontera, y le dijo,<br />

previas las salutaciones de costumbre:<br />

-Señor, hacia la parte de la raya de Castilla<br />

sucede una cosa extraordinaria. Sobre la cumbre<br />

del monte de Trasmoz, y donde ayer no se encontraban<br />

más que rocas y matorrales, hemos descubierto<br />

al amanecer un castillo tan alto, tan grande y<br />

tan fuerte como no existe ningún otro en todos<br />

vuestros estados. En un principio dudamos del testimonio<br />

de nuestros ojos, creyendo que tal vez fingía<br />

la mole la niebla arremolinada sobre las alturas;


pero después ha salido el Sol, la niebla se ha deshecho,<br />

y el castillo subsiste allí oscuro, amenazador<br />

y gigante, dominando los contornos con su altísima<br />

atalaya.<br />

Oír el rey este mensaje y recordar su encuentro<br />

con el mendigo de las alforjas, todo fue una<br />

cosa misma; y reunir estas dos ideas y lanzar una<br />

mirada amenazadora e interrogante a los que estaban<br />

a su lado tampoco fue cuestión de más tiempo.<br />

Sin duda su alteza árabe sospechaba que alguno<br />

de sus emires, conocedores del diálogo del día anterior,<br />

se había permitido darle una broma sin precedentes<br />

en los anales de la etiqueta musulmana,<br />

pues con acento de mal disimulado enojo exclamó,<br />

jugando con el pomo de su alfanje de una manera<br />

particular, como solía hacerlo cuando estaba a punto<br />

de estallar su cólera:<br />

-¡Pronto, mi caballo más ligero, y a Trasmoz<br />

que juro por mis barbas y las del Profeta que, si es<br />

cuento el mensaje de los corredores, donde debiera<br />

estar el castillo he de poner una picota para los que<br />

lo han inventado!<br />

Esto dijo el rey, y minutos después, no corría,<br />

volaba camino de Trasmoz seguido de sus capitanes.<br />

Antes de llegar a lo que se llama el Somon-


tano, que es una reunión de valles y alturas que van<br />

subiendo gradualmente hasta llegar al pie de la<br />

cordillera que domina el Moncayo, coronado de<br />

nieblas y de nubes como el gigante y colosal monarca<br />

de estos montes, hay viniendo de Tarazona,<br />

una gran eminencia que lo oculta a la vista hasta<br />

que se llega a su cumbre. Tocaba el rey casi a la<br />

cúspide de esta altura, conocida hoy por la Ciezma,<br />

cuando, con gran asombro suyo y de los que le<br />

seguían, vio venir a su encuentro al viejecito de las<br />

alforjas, con la misma túnica raída y remendada del<br />

día anterior, el mismo turbante, hecho jirones y sucio,<br />

y el propio báculo, tosco y fuerte, en que se<br />

apoyaba, mientras él, en son de burla, después de<br />

haber oído su risible propuesta, le arrojó una moneda<br />

para que comprase pan y cebollas. Detúvose el<br />

rey delante del viejo, y éste, postrándose de hinojos<br />

y sin dar lugar a que le preguntara cosa alguna,<br />

sacó de las alforjas, envueltas en un paño de púrpura,<br />

dos llaves de oro, de labor admirable y exquisita,<br />

diciendo al mismo tiempo que las presentaba a su<br />

soberano:<br />

-Señor, yo he cumplido ya mi palabra; a vos<br />

toca sacar airosa de su empeño la vuestra.


-Pero ¿no es fábula lo del castillo? -<br />

preguntó el rey entre receloso y suspenso, y fijando<br />

alternativamente la mirada, ya en las magníficas<br />

llaves que por su materia y su inconcebible trabajo<br />

valían de por sí un tesoro, ya en el viejecito, a cuyo<br />

aspecto miserable se renovaba en su ánimo el deseo<br />

de socorrerle con una limosna.<br />

-Dad algunos pasos más y lo veréis -<br />

respondió el alcaide; pues, una vez cumplida su<br />

promesa y siendo la que le habían empeñado palabra<br />

de rey, que al menos en estas historias tiene<br />

fama de inquebrantable, por tal podemos considerarle<br />

desde aquel punto. Dio algunos pasos más el<br />

soberano; llegó a lo más alto de la Ciezma, y, en<br />

efecto, el castillo de Trasmoz apareció a sus ojos,<br />

no tal como hoy se ofrecería a los de ustedes, si por<br />

acaso tuvieran la humorada de venir a verlo, sino tal<br />

como fue en lo antiguo, con sus cinco torres gigantes,<br />

su atalaya esbelta, sus fosos profundos, sus<br />

puertas chapeadas de hierro, fortísimas y enormes,<br />

su puente levadizo y sus muros coronados de almenas<br />

puntiagudas.<br />

Al llegar a este punto de mi carta, advierto<br />

que, sin querer, he faltado a la promesa que hice en<br />

la anterior y ratifiqué al tomar hoy la pluma para


escribir a ustedes. Prometí contarles la historia de la<br />

bruja de Trasmoz y sin saber cómo les he relatado<br />

en su lugar la del castillo. Con estos cuentos sucede<br />

lo que con las cerezas: sin pensarlo, salen unas<br />

enredadas en otras. ¿Qué le hemos de hacer?<br />

Conseja por conseja, allá va la primera que se ha<br />

enredado en el pico de la pluma; merced a ella y<br />

teniendo presente su diabólico origen, comprenderán<br />

ustedes por qué las brujas, cuya historia quedo<br />

siempre comprometido a contarles, tienen una<br />

marcada predilección por las ruinas de este castillo<br />

y se encuentran en él como en su casa.


Carta octava<br />

Queridos amigos: En una de mis <strong>cartas</strong> anteriores<br />

dije a ustedes en qué ocasión y por quién<br />

me fue referida la estupenda historia de las brujas,<br />

que a mi vez he prometido repetirles. La muchacha<br />

que se encuentra a mi servicio, tipo perfecto del<br />

país, con su apretador verde, su saya roja y sus<br />

medias azules, había colgado el candil en un ángulo<br />

de mi habitación, débilmente alumbrada, aun con<br />

este aditamento de luz, por una lamparilla, a cuyo<br />

escaso resplandor escribo. Las diez de la noche<br />

acababan de sonar en el antiguo reloj de pared,<br />

único resto del mobiliario de los frailes, y solamente<br />

se oían, con breves intervalos de silencio, profundo,<br />

esos ruidos apenas perceptibles y propios de un<br />

edificio deshabitado e inmenso, que producen el<br />

aire que gime, los techos que crujen, las puertas<br />

que rechinan y los animaluchos de toda calaña que<br />

vagan a su placer por los sótanos, las bóvedas y las<br />

galerías del monasterio, cuando después de contarme<br />

la leyenda que corre más válida acerca de la<br />

fundación del castillo, y que ya conocen ustedes,<br />

prosiguió su relato, no sin haber hecho antes un<br />

momento de pausa para calcular el efecto que la<br />

primera parte de la historia me había producido, y la


cantidad de fe con que podía contar en su oyente<br />

para la segunda.<br />

He aquí la historia, poco más o menos, tal<br />

como me la refirió mi criada, aunque sin giros extraños<br />

y sin locuciones pintorescas y características<br />

del país, que ni yo puedo recordar, ni, caso que las<br />

recordase, ustedes podrían entender.<br />

Ya había pasado el castillo de Trasmoz a<br />

poder de los cristianos, y éstos a su vez, terminadas<br />

las continuas guerras de Aragón y Castilla, habían<br />

concluido por abandonarle, cuando es fama que<br />

hubo en el lugar un cura tan exacto en el cumplimiento<br />

de sus deberes, tan humilde con sus inferiores<br />

y tan lleno de ardiente caridad para con los infelices,<br />

que su nombre, al que iba unido una intachable<br />

reputación de virtud, llegó a hacerse conocido y<br />

venerado en todos los pueblos de la comarca.<br />

Muchos y muy señalados beneficios debían<br />

los habitantes de Trasmoz a la inagotable bondad<br />

del buen cura, que ni para disfrutar de una canonjía,<br />

con que en repetidas ocasiones le brindó el obispo<br />

de Tarazona, quiso abandonarlos; pero el mayor sin<br />

duda fue el libertarlos, merced a sus santas plegarias<br />

y poderosos exorcismos, de la incómoda vecindad<br />

de las brujas, que desde los lugares más remo-


tos del reino venían a reunirse ciertas noches del<br />

año en las ruinas del castillo, que, quizás por deber<br />

su fundación a un nigromante, miraban como cosa<br />

propia y lugar el más aparente para sus nocturnas<br />

zambras y diabólicos conjuros. Como quiera que,<br />

antes de aquella época, muchos otros exorcistas<br />

habían intentado desalojar de allí a los espíritus<br />

infernales, y sus rezos y sus aspersiones fueron<br />

inútiles, la fama de mosén Gil el limosnero (que por<br />

este nombre era conocido nuestro cura) se hizo<br />

tanto más grande cuanto más difícil e imposible se<br />

juzgó hasta entonces dar cima a la empresa que él<br />

había acometido y llevado a cabo con feliz éxito,<br />

gracias a la poderosa intercesión de sus plegarias y<br />

al mérito de sus buenas obras. Su popularidad y el<br />

respeto que los campesinos le profesaban, iban,<br />

pues, creciendo a medida que la edad, cortando,<br />

por decirlo así, los últimos lazos que pudieran ligarle<br />

a las cosas terrestres, acendraba sus virtudes y el<br />

generoso desprendimiento con que siempre dio a<br />

los pobres hasta lo que él había de menester para<br />

sí; de modo que, cuando el venerable sacerdote,<br />

cargado de años y de achaques, salía a dar una<br />

vueltecita por el porche de su humilde iglesia, era<br />

de ver como los chicuelos corrían desde lejos para<br />

venir a besarle la mano, los hombres se descubrían


espetuosamente y las mujeres llegaban a pedirle<br />

su bendición, considerándose dichosa la que podía<br />

alcanzar como reliquia y amuleto contra los maleficios<br />

un jirón de su raída sotana. Así vivía en paz y<br />

satisfecho con su suerte el bueno de mosén Gil;<br />

mas como no hay felicidad completa en el mundo, y<br />

el diablo anda de continuo buscando ocasión de<br />

hacer mal a sus enemigos, éste, sin duda, dispuso<br />

que por muerte de una hermana menor, viuda y<br />

pobre, viniese a parar a casa del caritativo cura una<br />

sobrina que él recibió con los brazos abiertos, y a la<br />

cual consideró desde aquel punto como apoyo providencial<br />

deparado por la bondad divina para consuelo<br />

de su vejez.<br />

Dorotea, que así se llamaba la heroína de<br />

esta verídica historia, contaba escasamente dieciocho<br />

abriles; parecía educada en un santo temor de<br />

Dios, un poco encogida en sus modales, melosa en<br />

el hablar y humilde en presencia de extraños, como<br />

todas las sobrinas de los curas que yo he conocido<br />

hasta ahora; pero tanto como la que más, o más<br />

que ninguna, preciada del atractivo de sus ojos<br />

negros y traidores, y amiga de emperejilarse y componerse.<br />

Esta afición a los trapos, según nosotros<br />

los hombres solemos decir, tan general en las muchachas<br />

de todas las clases y de todos los siglos, y


que en Dorotea predominaba exclusivamente sobre<br />

las demás aficiones, era causa continua de domésticos<br />

disturbios entre la sobrina y el tío, que contando<br />

con muy pocos recursos en su pobre curato de<br />

aldea, y siempre en la mayor estrechez a causa de<br />

su largueza para con los infelices, según él decía<br />

con una ingenuidad admirable, andaba desde que<br />

recibió las primeras órdenes procurando hacerse un<br />

manteo nuevo, y aún no había encontrado ocasión<br />

oportuna. De vez en cuando las discusiones a que<br />

daban lugar las peticiones de la sobrina solían<br />

agriarse, y ésta le echaba en cara las muchas necesidades<br />

a que estaban sujetos, y la desnudez en<br />

que ambos se veían por dar a los pobres no sólo lo<br />

superfluo, sino hasta lo necesario. Mosén Gil entonces,<br />

echando mano de los más deslumbradores<br />

argumentos de su cristiana oratoria, después de<br />

repetir que cuanto a los pobres se da a Dios se<br />

presta, acostumbraba a decirle que ño se apurase<br />

por una saya de más o de menos para los cuatro<br />

días que se han de estar en este valle de lágrimas y<br />

miserias, pues mientras más sufrimientos sobrellevase<br />

con resignación y más desnuda anduviese por<br />

amor hacia el prójimo, más pronto iría, no ya a la<br />

hoguera que se enciende los domingos en la plaza<br />

del lugar, y emperejilada con una mezquina saya de


paño rojo, franjada de vellorí, sino a gozar del Paraíso<br />

eterno, danzando en torno de la lumbre inextinguible,<br />

y vestida de la gracia divina, que es el<br />

más hermoso de todos los vestidos imaginables.<br />

Pero váyale usted con estas evangélicas filosofías a<br />

una muchacha de dieciocho años, amiga de parecer<br />

bien, aficionada de perifollos, con sus ribetes de<br />

envidiosa y con unas vecinas en la casa de enfrente<br />

que hoy estrenan un apretador amarillo, mañana un<br />

jubón negro y el otro una saya azul turquí con unas<br />

franjas rojas que deslumbran la vista y llaman la<br />

atención de los mozos a tres cuartos de hora de<br />

distancia.<br />

El bueno de mosén Gil podía considerar<br />

perdido su sermón, aunque no predicase en desierto,<br />

pues Dorotea, aunque callada y no convencida,<br />

seguía mirando de mal ojo a los pobres que continuamente<br />

asediaban la puerta de su tío, y prefiriendo<br />

un buen jubón y unas agujetas azules de las que<br />

miraba suspirando en la calle de Botigas, cuando<br />

por casualidad iba a Tarazona, a todos los adornos<br />

y galas que en un futuro, más o menos cercano,<br />

pudieran prometerle en el Paraíso en cambio de su<br />

presente resignación y desprendimiento.


En este estado las cosas, una tarde, víspera<br />

del día del santo patrono del lugar, y mientras el<br />

cura se ocupaba en la iglesia en tenerlo todo dispuesto<br />

para la función que iba a verificarse a la<br />

mañana siguiente, Dorotea se sentó triste y pensativa<br />

a la puerta de su casa. Unas mucho, otras poco,<br />

todas las muchachas del pueblo habían traído algo<br />

de Tarazona para lucirse en el Mayo y en el baile de<br />

la hoguera, en particular sus vecinas, que, sin duda<br />

con intención de aumentar su despecho, habían<br />

tenido el cuidado de sentarse en el portal a coserse<br />

las sayas nuevas y arreglar los dijes que les habían<br />

feriado sus padres. Sólo ella, la más guapa y la más<br />

presumida también, no participaba de esa alegre<br />

agitación, esa prisa de costura, ese animado aturdimiento<br />

que preludian entre las jóvenes, así en las<br />

aldeas como en las ciudades, la aproximación de<br />

una solemnidad por largo tiempo esperada. Pero,<br />

digo mal, también Dorotea tenía aquella noche su<br />

quehacer extraordinario; mosén Gil le había dicho<br />

que amasase para el día siguiente veinte panes<br />

más que los de costumbre, a fin de distribuírselos a<br />

los pobres, después de concluida la misa.<br />

Sentada estaba, pues, a la pmerta de su<br />

casa la malhumorada sobrina del cura, barajando<br />

en su imaginación mil desagradables pensamientos,


cuando acertó a pasar por la calle una vieja muy<br />

llena de jirones y de andrajos que, agobiada por el<br />

peso de la edad, caminaba apoyándose en un palito.<br />

-Hija mía -exclamó al llegar junto a Dorotea,<br />

con un tono compungido y doliente-: ¿me quieres<br />

dar una limosnita, que Dios te lo pagará con usura<br />

en su santa gloria?<br />

Estas palabras, tan naturales en los que imploran<br />

la caridad pública, que son como una fórmula<br />

consagrada por el tiempo y la costumbre, en aquella<br />

ocasión, y pronunciadas por aquella mujer, cuyos<br />

ojillos verdes y pequeños parecían reír con una<br />

expresión diabólica, mientras el labio articulaba su<br />

acento más plañidero y lastimoso, sonaron en el<br />

oído de Doretea como un sarcasmo horrible,<br />

trayéndole a la memoria las magníficas promesas<br />

para más allá de la muerte con que mosén Gil solía<br />

responder a sus exigencias continuas. Su primer<br />

impulso fue echar enhoramala a la vieja; pero conteniéndose,<br />

por respetos a ser su casa la del cura<br />

del lugar, se limitó a volverla la espalda con un gesto<br />

de desagrado y mal humor bastante signifitativo.<br />

La vieja, a quien antes parecía complacer que no<br />

afligir esta repulsa, aproximose más a la joven y,


procurando dulcificar todo lo posible su voz de carraca<br />

destemplada, prosiguió de este modo, sonriendo<br />

siempre con sus ojillos verdosos, como sonreiría<br />

la serpiente que sedujo a Eva en el Paraíso:<br />

-Hermosa niña, si no por el amor de Dios,<br />

por el tuyo propio, dame una limosna. Yo sirvo a un<br />

señor que no se limita a recompensar a los que<br />

hacen bien a los suyos en la otra vida, sino que les<br />

da en ésta cuanto ambicionan. Primero te pedí por<br />

el que tú conoces; ahora torno a demandarte socorro<br />

por el que yo reverencio.<br />

-¡Bah, bah!, dejadme en paz, que no estoy<br />

de humor para oír disparates -dijo Dorotea, que<br />

juzgó loca o chocheando a la haraposa vieja que le<br />

hablaba de un modo para ella incomprensible. Y sin<br />

volver siquiera el rostro, al despedirla tan bruscamente,<br />

hizo ademán de entrarse en el interior de la<br />

casa; pero su interlocutora, que no parecía dispuesta<br />

a ceder con tanta facilidad en su empeño, asiéndola<br />

de la saya la detuvo un instante, y tornó a decirle:<br />

-Tú me juzgas fuera de mi juicio; pero te<br />

equivocas, porque no sólo sé bien lo que yo hablo,<br />

sino lo que tú piensas, como conozco igualmente la<br />

ocasión de tus pesares.


Y cual si su corazón fuese un libro y éste<br />

estuviera abierto ante sus ojos, repitió a la sobrina<br />

del cura, que no acertaba a volver en sí de su<br />

asombro, cuantas ideas habían pasado por su mente,<br />

al comparar su triste situación con la de las otras<br />

muchachas del pueblo.<br />

-Mas no te apures -continuó la astuta arpía<br />

después de darle esta prueba de su maravillosa<br />

perspicacia-; no te apures: hay un señor tan poderoso<br />

como el de mosén Gil, y en cuyo nombre me<br />

he acercado a hablarte so pretexto de pedir una<br />

limosna; un señor que no sólo no exige sacrificios<br />

penosos de los que le sirven, sino que se esmera y<br />

complace en secundar todos sus deseos; alegre<br />

como un juglar, rico como todos los judíos de la<br />

tierra juntos y sabio hasta el extremo de conocer los<br />

más ignorados secretos de la ciencia, en cuyo estudio<br />

se afanan los hombres. Las que le adoran viven<br />

en una continua zambra, tienen cuantas joyas y<br />

dijes desean, y poseen filtros de una virtud tal, que<br />

con ellos llevan a cabo cosas sobrenaturales; se<br />

hacen obedecer de los espíritus, del Sol y de la<br />

Luna, de los peñascos, de los montes y de las olas<br />

del mar, e infunden el amor o el aborrecimiento en<br />

quien mejor les cuadra. Si quieres ser de los suyos,<br />

si quieres gozar de cuanto ambicionas, a muy poca


costa puedes conseguirlo. Tú eres joven, tú eres<br />

hermosa, tú eres audaz, tú no has nacido para consumirte<br />

al lado de un viejo achacoso e impertinente,<br />

que al fin te dejará sola en el mundo y sumida en la<br />

miseria, merced a su caridad extravagante.<br />

Dorotea, que al principio se prestó de mala<br />

voluntad a oír las palabras de la vieja, fue poco a<br />

poco interesándose en aquella halagüeña pintura<br />

del brillante porvenir, que podía ofrecerle, y aunque<br />

sin desplegar los labios, con una mirada entre<br />

crédula y dudosa, pareció preguntarle en que consistía<br />

lo que debiera hacer para alcanzar aquello<br />

que tanto deseaba. La vieja entonces, sacando una<br />

botija verde que traía oculta entre el harapiento<br />

delantal, le dijo:<br />

-Mosén Gil tiene a la cabecera de su cama<br />

una pila de agua bendita de la que todas las noches,<br />

antes de acostarse, arroja algunas gotas,<br />

pronunciando una oración, por la ventana que da<br />

frente al castillo. Si sustituyes aquella agua con<br />

ésta, y después de apagado el hogar dejas las tenazas<br />

envueltas en las cenizas, yo vendré a verte<br />

por la chimenea al toque de ánimas, y el señor a<br />

quien obedezco, y que en muestra de su generosidad<br />

te envía este anillo, te dará cuanto desees.


Esto diciendo, le entregó la botija, no sin<br />

haberle puesto antes en el dedo de la misma mano<br />

con que la tomara un anillo de oro, con una piedra<br />

hermosa sobre toda ponderación.<br />

La sobrina del cura, que maquinalmente dejaba<br />

hacer a la vieja, permanecía aún irresoluta y<br />

más suspensa que convencida de sus razones;<br />

pero tanto le dijo sobre el asunto y con tan vivos<br />

colores supo pintarle el triunfo de su amor propio<br />

ajado, cuando al día siguiente, merced a la obediencia,<br />

lograse ir a la hoguera de la plaza vestida<br />

con un lujo desconocido, que al fin cedió a sus sugestiones<br />

prometiendo obedecerla en un todo.<br />

Pasó la tarde, llegó la noche, llegando con<br />

ella la oscuridad y las horas aparentes para los misterios<br />

y los conjuros, y ya mosén Gil, sin caer en la<br />

cuenta de la sustitución del agua con un brebaje<br />

maldito, había hecho sus inútiles aspersiones y<br />

dormía con el sueño reposado de los ángeles,<br />

cuando Dorotea, después de apagar la lumbre del<br />

hogar y poner, según fórmula, las tenazas entre las<br />

cenizas, se sentó a esperar a la bruja, pues bruja y<br />

no otra cosa podía ser la vieja miserable que disponía<br />

de joyas de tanto valor como el anillo y visita-


a a sus amigos a tales horas y entrando por la<br />

chimenea.<br />

Los habitantes de la aldea de Trasmoz<br />

dormían asimismo como lirones, excepto algunas<br />

muchachas que velaban, cosiendo sus vestidos<br />

para el día siguiente. Las campanas de la iglesia<br />

dieron al fin el toque de ánimas, y sus golpes lentos<br />

y acompasados se perdieron dilatándose en las<br />

ráfagas del aire para ir a expirar entre las ruinas del<br />

castillo. Dorotea, que hasta aquel momento, y una<br />

vez adoptada su resolución, había conservado la<br />

firmeza y sangre fría suficientes para obedecer las<br />

órdenes de la bruja, no pudo menos de turbarse y<br />

fijar los ojos con inquietud en el cañón de la chimenea<br />

por donde había de verla aparecer de un modo<br />

tan extraordinario. No se hizo esperar mucho, y<br />

apenas se perdió el eco de la última campanada,<br />

cayó de golpe entre la ceniza en forma de gato gris<br />

y haciendo un ruido extraño y particular de estos<br />

animalitos, cuando con la cola levantada y el cuerpo<br />

hecho un arco, van y vienen de un lado a otro acariciándose<br />

con nuestras piernas. Tras el gato gris<br />

cayó otro rubio, y después otro negro, más otro de<br />

los que llaman moriscos, y hasta catorce o quince<br />

de diferentes dimensiones y color, revueltos con<br />

una multitud de sapillos verdes y tripudos con un


cascabel al cuello, y una a manera de casaquilla<br />

roja. Una vez juntos los gatos, comenzaron a ir y<br />

venir por la cocina, saltando de un lado a otro; éstos<br />

por los vasares, entre los pucheros y las fuentes,<br />

aquéllos por el ala de la chimenea, los de más allá<br />

revolcándose entre la ceniza y levantando una gran<br />

polvareda, mientras que los sapillos, haciendo sonar<br />

su cascabel, se ponían de pie al borde de las marmitas,<br />

daban volteretas en el aire o hacían equilibrios<br />

y dislocaciones pasmosas, como los clownes<br />

de nuestros circos ecuestres. Por último, el gato<br />

gris, que parecía el jefe de la banda, en cuyos ojillos<br />

verdosos y fosforescentes había creído reconocer la<br />

sobrina del cura los de la vieja que le habló por la<br />

tarde, levantándose sobre las patas traseras en la<br />

silla en que se encontraba subido, dirigió la palabra<br />

en estos términos.<br />

-Has cumplido lo que prometiste, y aquí nos<br />

tienes a tus órdenes. Si quieres vernos en nuestra<br />

primitiva forma y que comencemos a ayudarte a<br />

fraguar las galas para las fiestas y a amasar los<br />

panes que te ha encargado tu tío, haz tres veces la<br />

señal de la cruz con la mano izquierda invocando a<br />

la trinidad de los infiernos: Belcebú, Astarot y Belial.


Dorotea, aunque temblando, hizo punto por<br />

punto lo que se le decía, y los gatos se convirtieron<br />

en otras tantas mujeres, de las cuales, unas comenzaron<br />

a cortar y otras a coser telas de mil colores,<br />

a cual más vistoso y llamativo, hilvanando y<br />

concluyendo sayas y jubones a toda prisa, en tanto<br />

que los sapillos, diseminados por aquí y por allá,<br />

con unas herramientas diminutas y brillantes, fabricaban<br />

pendientes de filigrana de oro para las orejas,<br />

anillos con piedras preciosas para los dedos, o armados<br />

de su tirapié y su lezna en miniatura, cosían<br />

unas zapatillas de tafilete, tan monas y tan bien<br />

acabadas, que merecían calzar el pie de una hada.<br />

Todo era animación y movimiento en derredor de<br />

Dorotea; hasta la llama del candil que alumbraba<br />

aquella escena extravagante parecía danzar alegre<br />

en su piquera de hierro, chisporroteando y plegando<br />

y volviendo a desplegar su abanico de luz, que se<br />

proyectaba en los muros en círculos movibles, ora<br />

oscuros, ora brillantes. Esto se prolongó hasta rayar<br />

el día, en que el bullicioso repique de las campanas<br />

de la parroquia echadas a vuelo en honor del santo<br />

patrono del lugar, y el agudo canto de los gallos,<br />

anunciaron el alba a los habitantes de la aldea.<br />

Pasó el día entre fiestas y regocijos. Mosén Gil, sin<br />

sospechar la parte que las brujas habían tomado en


su elaboración, repartió, terminada la misa, sus<br />

panes entre los pobres; las muchachas bailaron en<br />

las eras al son de la gaita y el tamboril, luciendo los<br />

dijes y las galas que habían traído de Tarazona, y<br />

¡cosa particular!, Dorotea, aunque al parecer fatigada<br />

de haber pasado la noche en claro amasando el<br />

pan de la limosna, como pequeño asombro de su<br />

tío, ni se quejó de su suerte, ni hizo alto en las bandas<br />

de mozas y mozos que pasaban emperejilados<br />

por sus puertas, mientras ella permanecía aburrida<br />

y sola en su casa.<br />

Al fin llegó la hoche, que a la sobrina del cura<br />

pareció tardar más que otras veces. Mosén Gil se<br />

metió en su cama al toque de oraciones, según<br />

tenía de costumbre, y la gente joven del lugar encendió<br />

la hoguera en la plaza donde debía continuar<br />

el baile: Dorotea, entonces, aprovechando el sueño<br />

de su tío, se adornó apresuradamente con los hermosos<br />

vestidos, presente de las brujas, púsose los<br />

pendientes de filigrana de oro, cuyas piedras blancas<br />

y luminosas semejaban sobre sus frescas mejillas<br />

gotas de rocío sobre un melocotón dorado, y,<br />

con sus zapatillas de tafilete y un anillo en cada<br />

dedo, se dirigió al punto en que los mozos y las<br />

mozas bailaban al son del tamboril y las vihuelas, al<br />

resplandor del fuego; cuyas lenguas rojas, corona-


das de chispas de mil colores, se levantaban por<br />

cima de los tejados de las casas, arrojando a lo<br />

lejos las prolongadas sombras de las chimeneas y<br />

la torre del lugar. Figúrense ustedes el efecto que<br />

su aparición produciría. Sus rivales en hermosura,<br />

que hasta allí la habían superado en lujo, quedaron<br />

oscurecidas y arrinconadas; los hombres se disputaban<br />

el honor de alcanzar una mirada de sus ojos,<br />

y las mujeres se mordían los labios de despecho.<br />

Como le habían anunciado las brujas, el triunfo de<br />

su vanidad no podía ser más grande.<br />

Pasaron las fiestas del santo, y anque Dorotea<br />

tuvo buen cuidado de guardar sus joyas y sus<br />

vestidos en el fondo del arca, durante un mes no se<br />

habló en el pueblo de otro asunto.<br />

-¡Vaya! ¡Vaya! -decían sus feligreses a<br />

Mosén Gil-: tenéis a vuestra sobrina hecha un pimpollo<br />

de oro. ¡Qué lujo! ¡Quién había de creer que,<br />

después de dar lo que dais en limosnas, aún os<br />

quedaba para esos rumbos!<br />

Pero mosén Gil, que era la bondad misma y<br />

que ni siquiera podía figurarse la verdad de lo que<br />

pasaba, creyendo que querían embromarle, aludiendo<br />

a la pobreza y la humildad en el vestir de<br />

Dorotea, impropias de la sobrina de un cura, perso-


naje de primer orden en los pueblos, se limitaba a<br />

contestar sonriendo y como para seguir la broma:<br />

efecto.<br />

-¿Qué queréis? Donde lo hay, se luce.<br />

Las galas de Dorotea hacían entretanto su<br />

Desde aquella noche en adelante no faltaron<br />

enramadas en sus ventanas, música en sus<br />

puertas y rondadores en las esquinas. Estas rondas,<br />

estos cantares y estos ramos tuvieron el fin<br />

que era natural, y a los dos meses la sobrina del<br />

cura se casaba con uno de los mozos mejor acomodados<br />

del pueblo; el cual para que nada faltase a<br />

su triunfo, hasta la famosa noche en que se presentó<br />

en la hoguera, había sido novio de una de<br />

aquellas vecinas que tanto la hicieron rabiar en<br />

otras ocasiones, sentándose a coser sus vestidos<br />

en el portal de la calle. Sólo el pobre mosén Gil<br />

perdió desde aquella época para siempre el latín de<br />

sus exorcismos y el trabajo de sus aspersiones. Las<br />

brujas, con grande asombro suyo y de sus feligreses,<br />

tornaron a aposentarse en el castillo; sobre los<br />

ganados cayeron plagas sin cuento; las jóvenes del<br />

lugar se veían atacadas de enfermedades incomprensibles;<br />

los niños eran azotados por las noches<br />

en sus cunas, y los sábados, después que la cam-


pana de la iglesia dejaba oír el toque de ánimas,<br />

unas sonando panderos, otras añafiles o castañuelas,<br />

y todas a caballo sobre sus escobas, los habitantes<br />

de Trasmoz veían pasar una banda de viejas,<br />

espesa como las grullas, que iban a celebrar sus<br />

endiablados ritos a la sombra de los muros y de la<br />

ruinosa atalaya que corona la cumbre del monte.<br />

Después de oír esta historia, he tenido ocasión<br />

de conocer a la tía Casca, hermana de la otra<br />

Casca famosa, cuyo trágico fin he referido a ustedes,<br />

y vástago de la dinastía de brujas de Trasmoz<br />

que comienza en la sobrina de mosén Gil y acabará<br />

no se sabe cuándo ni dónde. Por más que, al decir<br />

de los revolucionarios furibundos, ha llegado la hora<br />

final de las dinastías seculares, ésta, a juzgar por el<br />

estado en que se hallan los espíritus en el país,<br />

promete prolongarse aún mucho, pues teniendo en<br />

cuenta que la que vive no será para largo en razón<br />

a su avanzada edad, ya comienza a decirse que la<br />

hija despunta en el oficio y que una netezuela tiene<br />

indudables disposiciones; tan arraigada está entre<br />

estas gentes la creencia de que de una en otra lo<br />

vienen heredando. Verdad es que, como ya creo<br />

haber dicho antes de ahora, hay aquí en cuanto a<br />

uno le rodea un no sé qué de agreste, misterioso y


grande que impresiona profundamente el ánimo y lo<br />

predispone a creer en lo sobre-natural.<br />

De mí puedo asegurarles que no he podido<br />

ver a la actual bruja sin sentir un estremecimiento<br />

involuntario, como si, en efecto, la colérica mirada<br />

que me lanzó, observando la curiosidad impertinente<br />

con que espiaba sus acciones, hubiera podido<br />

hacerme daño. La vi hace pocos días, ya muy<br />

avanzada la tarde, y por una especie de tragaluz, al<br />

que se alcanza desde un pedrusco enorme de los<br />

que sirven de cimiento y apoyo a las casas de<br />

Trasmoz. Es alta, seca, arrugada, y no lo querrán<br />

ustedes creer, pero hasta tiene sus barbillas blancuzcas<br />

y su nariz corva, de rigor en las brujas de<br />

todas las consejas.<br />

Estaba encogida y acurrucada junto al<br />

hogar entre un sinnúmero de trastos viejos, pucherillos,<br />

cántaros, marmitas y cacerolas de cobre, en las<br />

que la luz de la llama parecía centuplicarse con sus<br />

brillantes y fantásticos reflejos. Al calor de la lumbre<br />

hervía yo no sé qué en un cacharro, que de tiempo<br />

en tiempo removía la vieja con una cuchara. Tal vez<br />

sería un guiso de patatas para la cena; pero impresionado<br />

a su vista, y presente aún la relación que<br />

me habían hecho de sus antecesoras, no pude me-


nos de recordar, oyendo el continuo hervidero del<br />

guiso, aquel pisto infernal, aquella horrible cosa sin<br />

nombre de las brujas del Macbeth de Shakespeare.


Carta novena<br />

A la señorita doña M. L. A.<br />

Apreciable amiga: Al enviarle una copia<br />

exacta, quizás la única que de ella se ha sacado<br />

hasta hoy, prometí a usted referirle la peregrina<br />

historia de la imagen, en honor de la cual un príncipe<br />

poderoso levantó el monasterio, desde una de<br />

cuyas celdas he escrito mis <strong>cartas</strong> anteriores.<br />

Es una historia que, aunque transmitida<br />

hasta nosotros por documentos de aquel siglo y<br />

testificada aún por la presencia de un monumento<br />

material, prodigio del arte, elevado en su conmemoración,<br />

no quisiera entregarla al frío y severo análisis<br />

de la crítica filosófica, piedra de toque a cuya<br />

prueba se someten hoy día todas las verdades.<br />

A esa terrible crítica, que, alentada con algunos<br />

ruidosos triunfos, comenzó negando las tradiciones<br />

gloriosas y los héroes nacionales, y ha<br />

acabado por negar hasta el carácter divino de<br />

Jesús, ¿qué concepto le podría merecer ésta, que<br />

desde luego calificaría de conseja de niños?<br />

Yo escribo y dejo poner estas desaliñadas<br />

líneas en letras de molde, porque la mía es mala, y<br />

sólo así le será posible entenderme; por lo demás,


yo las escribo para usted, para usted exclusivamente,<br />

porque sé que las delicadas flores de la tradición<br />

sólo puede tocarlas la mano de la piedad, y sólo a<br />

ésta le es dado aspirar su religioso perfume sin<br />

marchitar sus hojas.<br />

En el valle de Veruela, y como a una media<br />

hora de distancia de su famoso monasterio, hay, al<br />

fin de una larga alameda de chopos que se extiende<br />

por la falda del monte, un grueso pilar de argamasa<br />

y ladrillo. En la mitad más alta de este pilar, cubierto<br />

ya de musgo, merced a la continuada acción de las<br />

lluvias, y al que los años han prestado su color oscuro<br />

e indefinible, se ve una especie de nicho que<br />

en su tiempo debió de contener una imagen, y sobre<br />

el cónico capitel que lo remata, el asta de hierro<br />

de una cruz cuyos brazos han desaparecido. Al pie<br />

crecen y exhalan un penetrante y campesino perfume,<br />

entre una alfombra de menudas yerbas, las<br />

aliagas espinosas y amarillas, los altos romeros de<br />

flores azules, y otra gran porción de plantas olorosas<br />

y saludables. Un arroyo de agua cristalina corre<br />

allí con un ruido apacible, medio oculto entre el espeso<br />

festón de juncos y lirios blancos que dibuja sus<br />

orillas, y, en el verano, las ramas de los chopos,<br />

agitadas por el aire que continuamente sopla de la<br />

parte del Moncayo, dan a la vez música y sombra.


Llaman a este sitio La Aparecida, porque en él<br />

aconteció, hará próximamente unos siete siglos, el<br />

suceso que dio origen a la fundación del célebre<br />

monasterio de la Orden del Cister, conocido con el<br />

nombre de Santa María de Veruela.<br />

Refiere un antiguo códice, y es tradición<br />

constante en el país, que, después, de haber renunciado<br />

a la corona que le ofrecieron los aragoneses,<br />

a poco de ocurrida la muerte de Don Alonso,<br />

en la desgraciada empresa de Fraga, Don Pedro<br />

Atares, uno de los más poderosos magnates de<br />

aquella época, se retiró al castillo de Borja, del que<br />

era señor, y donde en compañía de algunos de sus<br />

leales servidores, y como descanso de las continuas<br />

inquietudes, de las luchas palaciegas y del<br />

batallar de los campos, decidió pasar el resto de sus<br />

días entregado al ejercicio de la caza, ocupación<br />

favorita de aquellos rudos y valientes caballeros,<br />

que sólo hallaban gusto durante la paz en lo que tan<br />

propiamente se ha llamado simulacro e imagen de<br />

la guerra.<br />

El valle en que está situado el monasterio,<br />

que dista tres leguas escasas de la ciudad de Borja,<br />

y la falda del Moncayo, que pertenece a Aragón,<br />

eran entonces parte de su dilatado señorío; y como


quiera que de los pueblecillos que ahora se ven<br />

salpicados aquí y allá por entre las quiebras del<br />

terreno, no existían más que las atalayas y algunas<br />

miserables casucas, abrigo de pastores, que las<br />

tierras no se habían roturado, ni las crecientes necesidades<br />

de la población habían hecho caer al<br />

golpe del hacha los añosísimos árboles que lo cubrían,<br />

el valle de Veruela, con sus bosques de encinas<br />

y carrascas seculares, y sus intrincados laberintos<br />

de vegetación virgen y lozana, ofrecía seguro<br />

abrigo a los ciervos y jabalíes, que vagaban por<br />

aquellas soledades en número prodigioso.<br />

Aconteció una vez que, habiendo salido el<br />

señor de Borja, rodeado de sus más hábiles ballesteros,<br />

sus pajes y sus ojeadores, a recorrer esta<br />

parte de sus dominios, en busca de la caza en que<br />

era tan abundante, sobrevino la tarde sin que, cosa<br />

verdaderamente extraordinaria, dadas las condiciones<br />

del sitio, encontrasen una sola pieza que llevar<br />

a la vuelta de la jornada como trofeo de la expedición.<br />

Dábase a todos los diablos Don Pedro Atares,<br />

y, a pesar de su natural prudencia, juraba y<br />

perjuraba que había de colgar de una encina a los<br />

cazadores furtivos, causa, sin duda, de la incom-


prensible escasez de reses que por vez primera<br />

notaba en sus cotos; los perros gruñían cansados<br />

de permanecer tantas horas ociosos atados a la<br />

traílla; los ojeadores roncos de vocear en balde,<br />

volvían a reunirse a los mohínos ballesteros, y todos<br />

se disponían a tomar la vuelta del castillo para salir<br />

de lo más espeso del carrascal antes que la noche<br />

cerrase, tan oscura y tormentosa como lo auguraban<br />

las nubes suspendidas sobre la cumbre del<br />

vecino Moncayo, cuando de repente una cierva, que<br />

parecía haber estado oyendo la conversación de los<br />

cazadores, oculta por el follaje, salió por entre las<br />

matas más cercanas, y, como burlándose de ellos,<br />

desapareció a su vista para ir a perderse entre el<br />

laberinto del monte. No era aquélla seguramente la<br />

hora más a propósito para darle caza, pues la oscuridad<br />

del crepúsculo, aumentada por la sombra de<br />

las nubes que poco a poco iban entoldando el cielo,<br />

se hacía cada vez más densa; pero el señor de<br />

Borja, a quien desesperaba la idea de volverse con<br />

las manos vacías de tan larga excursión, sin hacer<br />

alto en las observaciones de los más experimentados,<br />

dio apresuradamente la orden de arrancar en<br />

su seguimiento, y, mandando a los ojeadores por un<br />

lado y a los ballesteros por otro, salió a brida suelta<br />

y seguido de sus pajes, a quienes pronto dejó reza-


gados en la furia de su carrera tras la imprudente<br />

res que de aquel modo parecía haber venido a<br />

burlársele en sus barbas.<br />

Como era de suponer, la cierva se perdió en<br />

lo más intrincado del monte, y a la media hora de<br />

correr en busca suya, cada cual en una dirección<br />

diferente, así don Pedro Atares, que se había quedado<br />

completamente solo, como los menos conocedores<br />

de terreno de su comitiva, se encontraron<br />

perdidos en la espesura. En este intervalo cerró la<br />

noche, y la tormenta, que durante toda la tarde se<br />

estuvo amasando en la cumbre del Moncayo, comenzó<br />

a descender lentamente por la falda y a tronar<br />

y a relampaguear, cruzando las llanuras como<br />

un majestuoso paseo. Los que las han presenciado<br />

pueden sólo figurarse toda la terrible majestad de<br />

las repentinas tempestades que estallan a aquella<br />

altura, donde los truenos, repercutidos por las concavidades<br />

de las peñas, las ardientes exhalaciones,<br />

atraídas por la frondosidad de los árboles, y el espeso<br />

turbión de granizo congelado por las corrientes<br />

de aire frío e impetuoso, sobrecogen el ánimo hasta<br />

el punto de hacernos creer que los montes se desquician,<br />

que la tierra va a abrirse debajo de los pies,<br />

o que el cielo, que cada vez parece estar más bajo<br />

y más pesado, nos oprime como con una capa de


plomo. Don Pedro Atares, sólo y perdido en aquellas<br />

inmensas soledades, conoció tarde su imprudencia<br />

y en vano se esforzaba para reunir en torno<br />

suyo a su dispersa comitiva; el ruido de la tempestad<br />

que cada vez se hacía mayor, ahogaba sus<br />

voces.<br />

Ya su ánimo, siempre esforzado y valeroso,<br />

comenzaba a desfallecer ante la perspectiva de una<br />

noche eterna, perdido en aquellas soledades y expuesto<br />

al furor de los desencadenados elementos;<br />

ya su noble cabalgadura, aterrorizada y medrosa,<br />

se negaba a proseguir adelante, inmóvil y como<br />

clavada en la tierra, cuando, dirigiendo sus ojos al<br />

cielo, dejó escapar involuntariamante de sus labios<br />

una piadosa oración a la Virgen, a quien el cristiano<br />

caballero tenía costumbte de invocar en los más<br />

duros trances de la guerra, y que en más de una<br />

ocasión le había dado la victoria.<br />

La Madre de Dios oyó sus palabras y descendió<br />

a la tierra para protegerle. Yo quisiera tener<br />

la fuerza de imaginación bastante para poderme<br />

figurar cómo fue aquello. Yo he visto pintadas por<br />

nuestros más grandes artistas algunas de esas<br />

místicas escenas; yo he visto, y usted habrá visto<br />

también, a la misteriosa luz de la gótica catedral de


Sevilla; uno de esos colosales lienzos en que Murillo,<br />

el pintor de las santas visiones, ha intentado fijar<br />

para pasmo de los hombres un rayo de esa diáfana<br />

atmósfera en que nadan los ángeles como en un<br />

océano de luminoso vapor; pero allí es necesaria la<br />

intensidad de las sombras en un punto del cuadro<br />

para dar mayor realce a aquel en que se entreabren<br />

las nubes como una explosión de claridad; allí, pasada<br />

la primera impresión del momento, se ve el<br />

arte luchando con sus limitados recursos para dar<br />

idea de lo imposible.<br />

Yo me figuro algo más, algo que no se puede<br />

decir con palabras ni traducir con sonidos o con<br />

colores. Me figuro un esplendor vivísimo que todo lo<br />

rodea; todo lo abrillanta, que, por decirlo así, se<br />

compenetra en todos los objetos y los hace aparecer<br />

como de cristal, y en su foco ardiente lo que<br />

pudiéramos llamar la luz dentro de la luz. Me figuro<br />

como se iría descomponiendo el temeroso fragor de<br />

la tormenta en notas largas y suavísimas, en acordes<br />

distintos, en rumor de alas, en armonías extrañas<br />

de cítaras y salterios; me figuro ramas inmóviles,<br />

el viento suspendido, y la tierra, estremecida de<br />

gozo, con un temblor ligerísimo al sentirse hollada<br />

otra vez por la divina planta de la Madre de su<br />

Hacedor, absorta, atónita y muda, sostenerla por un


instante sobre sus hombros. Me figuro, en fin, todos<br />

los esplendores del cielo y de la la tierra reunidos en<br />

un solo esplendor, todas las armonías en una sola<br />

armonía, y en mitad de aquel foco de luz y de sonidos,<br />

la celestial Señora, resplandeciendo como una<br />

llama más viva que las otras resplandece entre las<br />

llamas de una hoguera, como dentro de nuestro sol<br />

brillaría otro sol más brillante.<br />

Tal debió de aparecer la Madre de Dios a<br />

los ojos del piadoso caballero, que bajando de su<br />

cabalgadura y postrándose hasta tocar el sucio con<br />

la frente, no osó levantarlos mientras la celeste visión<br />

le hablaba, ordenándole que en aquel lugar<br />

erigiese un templo en honra y gloria suya.<br />

El divino éxtasis duró cortos instantes; la luz<br />

se comenzó a debilitar como la de un astro que se<br />

eclipsa; la armonía se apagó, temblando sus notas<br />

en el aire, como el eco de una música lejana, y don<br />

Pedro Atares lleno de un estupor indecible, corrió a<br />

tocar con sus labios el punto en que había puesto<br />

sus pies la Virgen. Pero ¡cuál no sería su asombro<br />

al encontrar en él una milagrosa imagen, testimonio<br />

real de aquel prodigio, prenda sagrada que, para<br />

eterna memoria de tan señalado favor, le dejaba al<br />

desaparecer la celestial Señora!


A esta sazón, aquellos de sus servidores<br />

que habían logrado reunirse y que, después de<br />

haber encendido algunas teas, recorrían el monte<br />

en todas direcciones, haciendo señales con las<br />

trompas de ojeo a fin de encontrar a su señor por<br />

entre aquellas intrincadas revueltas, donde era de<br />

temer le hubiera acontecido una desgracia, llegaron<br />

al sitio en que acababa de tener lugar la maravillosa<br />

aparición. Reunida, pues, la comitiva y conocedores<br />

todos del suceso, improvisáronse unas andas con<br />

las ramas de los árboles, y en piadosa procesión,<br />

conduciendo los caballos del diestro e iluminándola<br />

con el rojizo resplandor de las teas, llevaron consigo<br />

la milagrosa imagen hasta Borja, en cuyo histórico<br />

castillo entraron al mediar la noche.<br />

Como puede presumirse, don Pedro Atares<br />

no dejó pasar mucho tiempo sin realizar el deseo<br />

que había manifestado la Virgen. Merced a sus<br />

fabulosas riquezas, se allanaron todas las dificultades<br />

que parecían oponerse a su erección, y el suntuoso<br />

monasterio con su magnífica iglesia, semejante<br />

a una catedral, sus claustros imponentes y sus<br />

almenados muros, levantose como por encanto en<br />

medio de aquellas soledades.


San Bernardo en persona vino a establecer<br />

en él la comunidad de su Regla y asistir a la traslación<br />

de la milagrosa imagen desde el castillo de<br />

Borja, donde había estado custodiada, hasta su<br />

magnífico templo, de Veruela, a cuya solemne congregación<br />

asistieron seis prelados y estuvieron presentes<br />

muchos magnates y príncipes poderosos,<br />

amigos y deudos de su ilustre fundador, don Pedro<br />

Atares, el cual, para eterna memoria del señalado<br />

favor que había obtenido de la Virgen, mandó colocar<br />

una cruz y la copia de su divina imagen en el<br />

mismo lugar en que la había visto descender del<br />

cielo. Este lugar es el mismo de que he hablado a<br />

usted al principio de esta carta, y que todavía se<br />

conoce con el nombre de La Aparecida.<br />

Yo oí por primera vez referir la historia, que<br />

a mi vez he contado, al pie del humilde pilar que la<br />

recuerda, y antes de haber visto el monasterio que<br />

ocultaban aún a mis ojos las altas alamedas de<br />

árboles, entre cuyas copas se esconden sus puntiagudas<br />

torres.<br />

Puede usted, pues, figurarse con qué mezcla<br />

de curiosidad y veneración traspasaría luego los<br />

umbrales de aquel imponente recinto, maravilla del<br />

arte cristiano; que guarda aún en su seno la miste-


iosa escultura, objeto de ardiente devoción por<br />

tantos siglos, y a la que nuestros antepasados, de<br />

una generación en otra, han tributado sucesivamente<br />

las honras más señaladas y grandes. Allí, día y<br />

noche, y hasta hace poco, ardían delante del altar<br />

en que se encontraba la imagen, sobre un escabel<br />

de oro, doce lámparas de plata que brillaban, meciéndose<br />

lentamente, entre las sombras del templo,<br />

como una constelación de estrellas; allí los piadosos<br />

monjes, vestidos de sus blancos hábitos, entonaban<br />

a todas horas sus alabanzas en un canto grave y<br />

solemne, que se confundían con los amplios acordes<br />

del órgano; allí los hombres de armas del monasterio,<br />

mitad templo, mitad fortaleza; los pajes del<br />

poderoso abad y sus innumerables servidores la<br />

saludaban con ruidosas aclamaciones de júbilo,<br />

como a la hermosa castellana de aquel castillo,<br />

cuando en los días clásicos, la sacaban un momento<br />

por sus patios, coronados de almenas, bajo un<br />

palio de tisú y pedrería.<br />

Al penetrar en aquel anchuroso recinto,<br />

ahora mudo y solitario, al ver las almenas de sus<br />

altas torres caídas por el suelo, la hiedra serpenteando<br />

por las hendiduras de sus muros, y las ortigas<br />

y los jaramagos que crecen en montón por todas<br />

partes, se apodera del alma una profunda sensa-


ción de involuntaria tristeza. Las enormes puertas<br />

de hierro de la torre se abren rechinando sobre sus<br />

enmohecidos goznes con un lamento agudo, siempre<br />

que un curioso viene a turbar aquel alto silencio,<br />

y dejan ver el interior de la abadía con sus calles de<br />

cipreses, su iglesia bizantina en el fondo y el severo<br />

palacio de los abades. Pero aquella otra gran puerta<br />

del templo, tan llena de símbolos incomprensibles y<br />

de esculturas extrañas, en cuyos sillares han dejado<br />

impresos artífices de la Edad Media los signos misteriosos<br />

de su masónica hermandad; aquella gran<br />

puerta que se colgaba un tiempo de tapices y se<br />

abría de par en par en las grandes solemnidades,<br />

no volverá a abrirse; ni volverá a entrar por ella la<br />

multitud de los fieles, convocados al son de las<br />

campanas que volteaban alegres y ruidosas en la<br />

elevada torre. Para penetrar hoy en el templo es<br />

preciso cruzar nuevos patios, tan extensos, tan ruinosos<br />

y tan tristes como el primero, internarse en el<br />

claustro procesional, sombrío y húmedo como un<br />

sótano, y, dejando a un lado las tumbas en que<br />

descansan los hijos del fundador, llegar hasta un<br />

pequeño arco que apenas si en mitad del día se<br />

distingue entre las sombras eternas de aquellos<br />

medrosos pasadizos, y donde una losa negra, sin<br />

inscripción y con una espada groseramente esculpi-


da, señala el humilde lugar en que el famoso Don<br />

Pedro Atares quiso que reposasen sus huesos.<br />

Figúrese usted una iglesia tan grande y tan<br />

imponente como la más imponente y más grande de<br />

nuestras catedrales. En un rincón, sobre un magnífico<br />

pedestal labrado de figuras caprichosas y formando<br />

el más extraño contraste, una pequeña jofaina<br />

de loza de la más basta de Valencia hace las<br />

veces de pila para el agua bendita; de las robustas<br />

bóvedas cuelgan aún las cadenas de metal que<br />

sostuvieron las lámparas, que ya han desaparecido;<br />

en los pilares se ven las estacas y las anillas de<br />

hierro de que pendían las colgaduras de terciopelo<br />

franjado de oro, de las que sólo queda la memoria;<br />

entre dos arcos existe todavía el hueco que ocupaba<br />

el órgano; no hay vidrios en las ojivas que dan<br />

paso a la luz; no hay altares en las capillas, el coro<br />

está hecho pedazos; el aire, que penetra sin dificultad<br />

por todas partes, gime por los ángulos del templo,<br />

y los pasos resuenan de un modo tan particular<br />

que parece que se anda por el interior de una inmensa<br />

tumba.<br />

Allí, sobre un mezquino altar, hecho de los<br />

despedazados restos de otros altares, recogidos por<br />

alguna mano piadosa, y alumbrado por una lampari-


lla de cristal con más agua que aceite, cuya luz<br />

chisporrotea próxima a extinguirse, se descubre la<br />

santa imagen, objeto de tanta veneración en otras<br />

edades, a la sombra de cuyo altar duermen el sueño<br />

de la muerte tantos próceres ilustres, a la puerta<br />

de cuyo monasterio dejó su espada como en señal<br />

de vasallaje un monarca español, que atraído por la<br />

fama de sus milagros, vino a rendirle, en época no<br />

muy remota, el tributo de sus oraciones. De tanto<br />

esplendor, de tanta grandeza, de tantos días de<br />

exaltación y de gloria, sólo queda ya un recuerdo en<br />

las antiguas crónicas del país, y una piadosa tradición<br />

entre los campesinos que de cuando en cuando<br />

atraviesan con temor los medrosos claustros del<br />

monasterio para ir a arrodillarse ante Nuestra Señora<br />

de Veruelas, que para ellos, así en la época de<br />

su grandeza como en la de su abandono, es la santa<br />

protectora de su escondido valle.<br />

En cuanto a mí, puedo asegurar a usted<br />

que en aquel templo, abandonado y desnudo, rodeado<br />

de tumbas silenciosas, donde descansan<br />

ilustres próceres, sin descubrir, al pie del ara que la<br />

sostiene, más que las mudas e inmóviles figuras de<br />

los abades muertos, esculpidas groseramente sobre<br />

las losas sepulcrales del pavimento de la capilla, la<br />

milagrosa imagen, cuya historia conocía de ante-


mano, me infundió más hondo respeto, me pareció<br />

más hermosa, más rodeada de una atmósfera de<br />

solemnidad y grandeza indefinibles que otras muchas<br />

que había visto antes en retablos churriguerescos,<br />

muy cargadas de joyas ridículas, muy alumbradas<br />

de luces en forma de pirámides y de estrellas,<br />

muy engalanadas con profusión de flores de<br />

papel y de trapo.<br />

A usted y a todo el que sienta en su alma la<br />

verdadera poesía de la religión, creo que le sucedería<br />

lo mismo.

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