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Dinero - Confiar

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CUENTOS DEL

DINERO

LA RIQUEZA

Y EL PODER

Selección y notas

Elkin Obregón S.

1


Primera edición

5.000 ejemplares

Medellín, mayo del 2004

Edición especial 35 años

1.000 ejemplares

Medellín, septiembre de 2007

Edita:

CONFIAR Cooperativa Financiera

Calle 52 Nº 49-40 Tel. 5718484 Medellín

confiar@confiar.com.co

www.confiar.coop

ISBN volumen: 958-33-6231-X

ISBN obra completa: 958-4702-7

Ilustración carátula:

Alexánder Bermúdez Echeverri

Diseño e Impresión:

Pregón Ltda.

2

Este libro no tiene valor comercial

y es de distribución gratuita


Índice

La guaca .................................................. 7

Héctor Abad Faciolince

Paletón y el elefante musical .................. 27

Jorge Ibargüengoitia

El rey Midas ............................................ 35

Geraldine McCaughrean

Los ojos culpables ................................... 45

Jorge Luis Borges - Adolfo Bioy Casares

(copiladores)

Hallazgo de un tesoro ............................ 49

Jorge Luis Borges - Adolfo Bioy Casares

(copiladores)

El mayordomo ........................................ 53

Roald Dahl

El zar y la camisa .................................... 63

León Tolstoi

3


Los de la tienda ....................................... 67

Ana María Matute

El mensaje ............................................... 79

Luis Fernando Veríssimo

Una lagartija............................................ 85

Juan Burghi

La aventura del albañil ........................... 91

Washington Irving

Los bandidos ........................................... 99

Villiers de L’Isle-Adam

Continuidad del tablero ......................... 113

Antonio Suárez Molina

Historia del hombre de Bagdad

y el guali de El Cairo (Noche 923) ......... 119

Libro de las mil y una noches

El Monito Fleis ........................................ 125

Efe Gómez

El alcalde de Riolimpio ........................... 135

Efe Gómez

4


Madre, yo al oro me humillo:

él es mi amante y mi amado,

pues de puro enamorado

anda contino amarillo;

que pues, doblón o sencillo,

hace todo cuanto quiero,

poderoso caballero

es don Dinero.

Francisco de Quevedo Villegas

5


La guaca

Héctor Abad Faciolince

7


HÉCTOR ABAD FACIOLINCE (1958). Estudió

Periodismo en la Universidad de Antioquia,

y Lengua y Literaturas Modernas en la universidad

de Turín. Es uno de los más destacados escritores

colombianos de su generación. Cuentista,

cronista, novelista, ha escrito también un

libro de viajes, y otro, Tratado de culinaria para

mujeres tristes, de género inclasificable. Su novela

Angosta (2003) ha sido considerada por más

de un crítico la más importante publicada en

Colombia durante la última década.

8


1

Cuando mi esposa volvió a enamorarse

de su viejo amor, el fotógrafo, y se fue a vivir

con él por El Retiro, yo me tuve que quedar

solo con los niños. Ella no llamaba ni venía

casi nunca, y pasaban meses enteros sin que

supiéramos de ella. Los niños lloraban mucho

al principio, sobre todo María Isabel, la

menor, pero a Juan Esteban, el mayor, le fue

entrando una rabia parecida a la mía, que lo

llevaba a levantar los hombros cada vez que

le mencionaban a la mamá. Ella se fue alejando,

tanto de la ciudad como de nuestros pechos,

hasta que todos en la casa terminamos

refiriéndonos a ella, no con su nombre, que

olvidamos, sino con un apelativo más lejano

y más justo: la difunta. Yo a ella, a la difunta,

no la culpaba del todo por su decisión; ella

había querido al fotógrafo desde antes de casarse

conmigo, y desde la adolescencia ha-

9


ían planeado que algún día se irían a vivir

al campo. Ahora habían realizado su sueño

de vida agreste y vivían en esa finca sin teléfono

en las afueras de El Retiro, al lado de

una quebrada, con caballos y vacas y conejos.

Pescaban truchas, paseaban los perros, y

se bastaban tanto el uno al otro que casi nunca

bajaban a Medellín.

Después del primer estupor del abandono,

que me dejó medio loco por semanas, aunque

más herido en el orgullo que en el amor,

yo me fui acomodando, y a los meses me sentía

muy contento de vivir solo con los niños.

Contento, pero también preocupado, porque

con los horarios del periódico la vida diaria se

me volvió imposible. Por un lado, todos los

días tenía que despertarlos a las seis para que

tuvieran tiempo de bañarse antes de que pasara

el bus del colegio, y yo casi nunca podía

acostarme antes de la una porque en un día

bueno cerrábamos la edición a medianoche,

y en los días difíciles el turno se prolongaba

hasta más tarde, a veces hasta las dos o las

tres de la madrugada. Había noches en que

dormía menos de tres horas y después, en el

periódico, no era capaz de hacer nada bien y

a veces me quedaba dormido encima del escritorio.

Yo no tenía que llegar temprano al

periódico, podía llegar a las diez o a las once

de la mañana, pero me angustiaba también

10


que los niños llegaran solos por la tarde, al salir

del colegio, aunque tres veces a la semana

venía una empleada, y los otros días venía mi

mamá. Lo que pasa es que el periódico es una

esclavitud, con turnos de ocho días sin fines

de semana, con horarios de doce o trece horas,

sin tiempo para estar con los hijos ni revisarles

las tareas ni verlos crecer, sin siquiera

un minuto para cortarles las uñas.

Las casas, además, se van cayendo cuando

no hay una mujer que las gobierne, y de

mes en mes mi casa estaba más sucia, más triste,

más desordenada. La comida era pésima,

había goteras, el timbre no sonaba, la cocina

olía a grasa, las matas se secaron, un desastre.

Por todo esto, y porque ya era seguro que la

difunta no iba a resucitar, yo le propuse a mi

mamá que viviéramos juntos, que compráramos

un apartamento grande entre los dos y

así ella podía ayudarme más tiempo con los

niños, y podíamos dividir todos los gastos, y

hasta pagar una muchacha fija que ayudara

en los oficios. Mi madre es una señora viuda,

jubilada, de más de setenta años, pero fuerte

y activa todavía. La idea de vivir otra vez

con el hijo, y sobre todo la idea de pasar toda

la semana con los nietos, la llenó de un entusiasmo

juvenil entre edípico y maternal.

Lo primero que hicimos fue poner en

venta la casa donde yo vivía con los niños,

11


por el Estadio, y tuvimos mucha suerte porque

un constructor había comprado la casa

de al lado y quería también la nuestra para

poder levantar un edificio. La vendí bien y

puse el dinero en el banco mientras mi mamá

vendía también su apartamento y juntábamos

el capital para comprar algo más grande

y mejor entre los dos. Mientras ella vendía,

nos acomodamos todos allá, en el apartamentico

de ella, por la Floresta, pero como

tenía apenas un cuarto, los niños y yo tuvimos

que apeñuscarnos en la sala, entre muebles,

colchones, cajas de ropa, juguetes y útiles

del colegio. Fuera de eso yo había cometido

el error, para atenuarles la falta de mi

esposa, de comprarles un perro, y entonces

éramos cuatro los que teníamos que dormir

en el mismo espacio, a veces entre olores que

se me hace innecesario describir. Vivíamos

muy estrechos, pero menos infelices que antes

y con la esperanza de una nueva casa en

la que cada uno tendría su cuarto, y en la que

todos esquivaríamos la soledad.

Yo mismo vi el aviso en el periódico. Me

llamó la atención porque el anuncio era más

grande de lo habitual, y hablaba de una urgencia

por motivo de viaje al exterior. Además

recibían alguna propiedad de menor valor

como parte de pago. Ofrecían un apartamento

enorme, casi de trescientos metros,

12


en una loma alta por El Poblado arriba, y por

una cifra que parecía como del Estadio, el barrio

más modesto donde nosotros habíamos

vivido siempre. Llamé a la inmobiliaria, les

informé lo que podía darles de contado, el

apartamento que teníamos para entregar como

parte de pago, y por teléfono la cosa les

sonó. Esa misma tarde fui a ver la propiedad,

una Unidad Cerrada con uno de esos nombres

absurdos hispano-colombianos que ponen

por aquí: Guaduales del Guadalquivir. El

apartamento era demasiado para nosotros,

en todos los sentidos: demasiado grande, demasiado

lujoso, de una ostentación excesiva.

Yo tenía un Mazdita verde lora, que a mí

me parecía una finura, pero ni me imaginaba

los carrazos que había allá parqueados,

puras burbujas blindadas y jeeps metalizados.

La Unidad tenía piscina, además, y zona

de juegos, parque, sauna, jacuzzi, pista para

trotar, todo eso. Lo increíble es que el precio

era tan bueno que yo no tenía que encimar

mucho; bastaba que hiciera una hipoteca

pequeña, de menos de veinte millones, y

la compra se podía hacer. Al otro día, un sábado,

fuimos a verlo con mi mamá y con los

niños, y todos estábamos felices porque jamás

habíamos ni soñado con poder vivir en

un sitio tan amplio y tan lujoso. No es que el

apartamento fuera de buen gusto: los pisos

13


eran todos de mármol, de pared a pared, un

mármol verde oscuro, frío y brillante como

la lápida de una tumba. En los techos había

molduras de yeso con adornos barrocos pintados

en un dorado de gusto peor que regular;

los grifos de los baños eran cisnes inmensos

bañados en oro, y los sanitarios, más que

tazas, parecían tronos. El cielo raso del cuarto

principal era un mosaico cursi-erótico de

espejos que yo ya no tendría con quién usar,

y en el vestier, al lado, había también una

gran caja fuerte empotrada, que se podía camuflar

detrás de los vestidos y donde nosotros

no teníamos nada que guardar, ni joyas

heredadas, ni ahorros ni cubiertos de plata ni

acciones de Coltejer.

El lunes llamamos para decir que estábamos

interesados y nos dieron una opción

mientras yo me ponía a hacer vueltas en el

banco para que me prestaran, sobre una hipoteca,

los dieciocho millones que nos quedaban

faltando. Todo salió muy rápido y llegó

el día en que teníamos que ir a firmar la

promesa de compraventa. Esa vez nos recibió

el gerente de la inmobiliaria, nos hizo pasar

a su despacho, nos ofreció café y gaseosa,

hasta me preguntó si no querría un whisky,

y luego empezó a hablar. Que él quería

ser muy franco con nosotros, nos dijo. Que

todo era legal, que no había ningún incon-

14


veniente, pero que el apartamento tenía un

problemita, un problema menor, en realidad,

pero que él no quería que una señora mayor

(y aquí miraba a mi mamá) fuera a comprar

las cosas sin saberlo todo.

Ustedes recordarán que entre el 92 y el

93, después de que Pablo Escobar se escapó

de su propia cárcel, la Catedral, se desató en

Medellín una guerra a muerte entre la gente

del Cartel, la de Escobar, y un grupo clandestino

que se llamaba los Pepes (perseguidos por

Pablo Escobar), que eran una especie de confusa

mezcolanza entre servicios de seguridad

del Estado, la CIA, la Dea, el FBI, los paramilitares,

algunos informantes del Cartel de Cali,

o mejor dicho hasta el Putas, como se dice

aquí. En esos años, uno tras otro, habían ido

cayendo todos los cuadros de la organización

de Escobar, desde sus abogados hasta los especialistas

en comunicaciones, desde los choferes

y los mayordomos, hasta los jefes de seguridad

y los sicarios a su servicio. Pues bueno,

nos informó el señor de la inmobiliaria, el

apartamento que ustedes van a comprar, era

propiedad del mayor de los hermanos Foronda,

Carlos Mario Foronda Zuluaga, mejor conocido

en el ambiente mafioso como Pistoloco.

Él, reconoció el gerente, había sido el jefe de

sicarios de Escobar, y pocos meses después

de que Pablo se escapara de la Catedral, en

15


el 92, había sido asesinado por los Pepes ahí

mismo, en Guaduales del Guadalquivir, en el

apartamento que nosotros queríamos comprar.

La viuda de Foronda, Katia Moreno, era

una ex modelo que en el pánico de las semanas

sucesivas se había tenido que ir a vivir a

Buenos Aires, a las carreras, y ahora estaba

vendiendo, a precio de huevo, todo lo que le

había correspondido de herencia por su marido

muerto: fincas de recreo, haciendas, casas,

apartamentos, carros, caballos, cuadros

del maestro Ramón Vásquez, de Manzur y

de Guayasamín...

Mi mamá y yo nos asustamos un poco

con la noticia, pedimos otro día para pensarlo

mejor y consultar. Mientras ella consultaba

con un abogado de confianza, y averiguaba

con él detalles sobre la ley de Extinción

del dominio, la que expropia propiedades de

narcotraficantes, que quizás nos podría afectar,

yo iba a estudiar el caso de Pistoloco en los

archivos del periódico. Por el lado de mi mamá,

resultó que era muy improbable lo de la

expropiación. Según el abogado el riesgo era

mínimo, y comprarle a la modelo no era siquiera

una falta moral. Eso nos dijo.

Yo por mi parte encontré, en distintos periódicos

de enero del 93, alguna información.

Lo del asesinato de Foronda había sido en realidad

una masacre, y bastante macabra. Apro-

16


vechando que estaban en fiestas de fin de año,

el mismo 31 de diciembre del 92, poco antes

de las doce de la noche, llegaron al condominio

Guaduales del Guadalquivir, tres automóviles

blindados seguidos por tres motos. Después

de inmovilizar al portero de la unidad,

unos quince hombres bajaron de los carros y

de las motos, subieron hasta el piso trece del

edificio, tumbaron de un almadanazo la puerta

del penthouse de Pistoloco, inmovilizaron a

las catorce personas que allí se hallaban reunidas

(en plena rumba de fin de año y en honda

borrachera del tipo sentimental), las hicieron

tender boca abajo, les amarraron las manos

con alambres y procedieron a ultimarlas

una por una con un tiro en la nuca y otro en

la cintura. Entre los muertos, además de Pistoloco,

había cinco modelos de una reconocida

casa de desfiles de Medellín, todas menores

de veinte años, tres músicos integrantes

del trío Los Únicos de Envigado, cuatro amigos

o guardaespaldas del mismo Pistoloco, ninguno

de los cuales alcanzó a reaccionar, y un

niño de once años, identificado como Wílmar

Foronda Moreno, al parecer hijo de un matrimonio

prematuro de Pistoloco con una mujer

que no se hallaba presente en la fiesta de año

nuevo. La madre de este niño se llamaba, según

el periódico, Katia Moreno, ex modelo,

y era la misma que ahora tenía a su nombre

17


la escritura del apartamento. Lo único que el

gerente no nos había dicho era el número de

muertos que había habido en el apartamento.

Nada se sabía sobre la identidad de los asesinos,

salvo que eran los Pepes, y lo único que

el portero declaró es que dos de ellos, al salir,

estaban discutiendo sobre la muerte del menor.

“¿Por qué mataste al niño, güevón?” decía

uno. Y, según el portero, el otro Pepe le

contestó: “No se pueden dejar vivos a los hijos,

porque esos, cuando crecen, son los que

lo matan a uno después”.

Claro que a mí no me gustó lo que había

sucedido en ese apartamento, pero ya había

pasado mucho tiempo, casi dos años, y a la

gente las cosas se les van olvidando. Yo no

soy de los que cree en sitios salados, y menos

en fantasmas. Un apartamento como ese valía

más de doscientos millones y a nosotros

nos lo estaban dejando por ciento cuarenta.

La gente tiene agüeros y cuando uno quiere

vender algo así, sobre todo si tiene afán, toca

bajar el precio. ¿Ustedes qué habrían hecho?

Eso lo discutimos mi mamá y yo toda la noche,

qué hacer, aceptar o no aceptar, comprar

o no comprar. El cambio era muy bueno, de

la Floresta a El Poblado. En la madrugada resolvimos

que sí, que lo comprábamos de todas

maneras, sin contarles, claro, nada a los

niños de lo que había pasado allí. Por el dine-

18


o que teníamos no podíamos conseguir nada

mejor, difícilmente podríamos tener algo

tan cómodo; ese apartamento era hasta más

de lo que necesitábamos para vivir, y si algún

día, años después, lo quisiéramos vender,

quién se iba a acordar siquiera de que alguna

vez había existido un tipo al que le decían

Pistoloco. Cerramos los ojos y nos metimos

en la compra. Lo único que quedaba de

los catorce muertos era, sobre el mármol verde

de la sala, algunos bordes despicados en

el piso, y un montón de pequeños orificios

mal remendados con masilla. Encima de todo

eso pusimos un tapete de flores, y no lo

pensamos más.

Cuando nos pasamos, los primeros meses,

la vida práctica se nos hizo mucho más

fácil, mis hijos se adaptaron de inmediato al

lugar, no había tarde que no bajaran a la piscina,

prendían el sauna aunque no aguantaran

ni un minuto adentro, y cuando se aburrían

montaban en ascensor. Los fines de semana

que yo no iba al periódico pasábamos horas

jugando con raquetas en el jardín. La difunta

llamaba como mucho cada mes. Un matrimonio

con la propia madre tiene sus ventajas.

Hay menos celos y mayor libertad; el

amor y la conveniencia no son contradictorios,

en este caso; es saludable para la psicología

de los niños y para la salud mental de la

19


persona mayor. Nos adaptamos muy bien a

la Unidad, donde lo único que desentonaba

era mi carrito verde lora, que por el momento

y con el sueldo del periódico no lo podía

ni pensar en cambiar. De hecho todo marchó

sin contratiempos durante más de seis meses,

hasta que sucedió el episodio por el que

ahora somos otros, no sé si mejores o peores,

pero otros.

Todo empezó un domingo por la mañana,

después de la circunstancia más banal. Mi

hija, al llegar de bañarse en la piscina, se iba

a lavar el pelo y quería usar el secador en mi

baño, el de la alcoba principal. Al conectar

el secador al enchufe (que nunca habíamos

usado hasta ese día), éste no funcionó. Yo,

que tengo espíritu de todero y cuando se tapan

los lavamanos sirvo de plomero, y cuando

hay un corto circuito me improviso electricista,

empecé a desmontar el enchufe para

revisar la instalación. La sorpresa inicial fue

más bien una pequeña curiosidad, una sensación

de extrañeza que se volvió asombro.

Detrás de la tapa del enchufe, en lugar de los

alambres consabidos, había un doble fondo.

Debajo del enchufe se desprendía una tablita

de madera, pintada igual que la pared. Al quitar

la tabla, al fondo, se veía la cerradura de

una caja fuerte, con llave. Era rarísimo. Cuando

nos habían hecho entrega del apartamen-

20


to, además de las llaves de todas las puertas

y del ascensor, nos habían entregado también

la clave de la caja fuerte, que abrimos y estaba

vacía, por supuesto, pues la ex modelo se

había llevado todas sus pertenencias a Argentina.

Habíamos vuelto a cerrar esa caja, vacía,

que a gente como nosotros no nos servía para

nada. Nadie nos había hablado de otra caja

fuerte secreta. Probé la misma clave de la

caja fuerte externa, y funcionó, era igual, pero

por el pequeño orificio que dejaba la abertura

detrás del enchufe, solamente se podía

meter el brazo. Metí la mano hasta el fondo

y lo primero que saqué fue un papel. Parecía

un naipe con la foto de un señor. Yo al mirarlo

creí que era Drácula y me imaginaba que

había algún secreto ahí, implementos para algún

rito satánico o cosas así. Miré por detrás

del naipe y vi que tenía la oración del Padre

Marianito, beato reciente de la Santa Madre

Iglesia. Volví a meter la mano y lo que salió

fue un escapulario y otra estampita, esta vez

del Señor Caído de Girardota. Insistí, moviendo

la mano en la oscuridad. Al tacto se distinguían

varios paquetes pequeños, forrados

en plástico. Saqué uno. Yo no sabía bien qué

era eso, nunca había visto nada así, era como

una pequeña tableta de chocolate, pero pesaba

mucho, era dorada. Me quité los anteojos

y leí las letras diminutas. En un troquelado

21


minúsculo decía 24K, decía 101,3 gr. Mi corazón

se aceleró. Metí la mano otra vez. Había

varias montañitas bien apiladas de estos

pequeños lingotes de oro, todos de distinto

peso, aunque todos entre 98 y 103 gramos.

Saqué algunos; eran muy parecidos, pero no

los conté. Yo estaba solo en el baño, en cualquier

momento entraría María Isabel a preguntarme

si ya había arreglado el enchufe. Tiré

adentro los lingotes que había sacado, las

estampas del padre Marianito y del Señor Caído,

cerré la caja fuerte, acomodé lo mejor que

pude la tabla de tríplex (ahora no era perfecta,

se veían los bordes) y puse otra vez el enchufe

apretando los dos tornillos con el destornillador.

Las manos me estaban temblando

y mi respiración parecía la de uno que acaba

de llegar de trotar. No quería que los niños se

enteraran de nada. María Isabel se secó y alisó

el pelo en el cuarto de ella y cuando los niños,

al fin, salieron al jardín, llamé a mi mamá

y le conté el hallazgo. Volví a quitar el enchufe,

la tablita, abrí la caja fuerte con la clave

que me sabía de memoria, metí la mano y

ya no saqué las estampas; le mostré las pastillas

solamente.

La reacción de los dos era, al mismo

tiempo, de miedo y entusiasmo, de júbilo y

pecado. Era una sensación a medias entre el

robo y el golpe de suerte. Era como ganar-

22


se la lotería. A los dos se nos salían gritos

de alegría y de incredulidad. Volví a meter

la mano, más hacia el fondo, con el brazo

hasta el hombro. Había paquetes de consistencia

muy distinta. Saqué uno. Era un fajo

de dólares, cien billetes de cien dólares,

bien empacados con una banda de papel en

la mitad. Yo no lo podía ni creer. Hacíamos

cuentas mentales, cien por cien, es un cien

más dos ceros, o sea diez mil, y diez mil dólares,

en esos días, eran como quince millones

de pesos. Metí la mano y empecé a sacar

fajos y más fajos, entre los que a veces

salía enredado algún lingote. Las sumas y

las cifras crecían en la cabeza, enloquecidas,

como fuegos artificiales. Yo sentí un vértigo,

como lo que se siente desde la parte más

alta de la rueda de Chicago. Sacaba y sacaba

montones de fajos, pero al tacto se percibía

que había aún muchos más. En ese momento

sonó el timbre y los volvimos a meter

precipitadamente en el mismo sitio. Yo

nunca había tenido miedo de que me robaran

nada (¿qué me iban a robar?), pero antes

de abrir la puerta miré bien por el ojo mágico

para estar seguro de que fueran mis hijos,

que volvían con la muchacha, y no algún ladrón.

Cuando entraron, por primera vez desde

que estábamos ahí, le di vuelta a la llave y

puse la cerradura de arriba, la de seguridad.

23


2

Nunca nadie entendió, en el periódico,

qué había pasado con Carlos Mario Yepes,

el editor de Nación, a quien un día de abril

de 1995 se lo tragó la tierra. Después de un

período muy duro, cuando lo dejó su mujer,

había vuelto a ser feliz. Había comprado con

doña Ana, su madre, un apartamentazo por

El Poblado arriba, y allá vivía feliz, como un

rico, con ella y con los niños, hasta que un

día, como por arte de magia, desapareció, se

lo tragó la tierra. A mediados de abril, unos

seis o siete meses después de haberse mudado

de casa, no volvió al periódico, y toda la

familia desapareció. Ni sus compañeros de

trabajo ni sus mejores amigos sabían nada.

La policía inspeccionó el apartamento, pero

no encontró ninguna cosa que llamara la

atención, ningún indicio, ni el más mínimo

rastro que explicara su partida. Nunca volvió

a saberse nada de ellos en todo Medellín: ni

en Guaduales del Guadalquivir, ni en el colegio

de los niños, ni en la parroquia donde

oía misa la mamá, ni en el periódico, ni en

ningún pueblo o ciudad del país. Tanto en el

periódico, como en Medellín, se insinuó que

la desaparición del periodista, de sus hijos, y

de su señora madre, podía tener alguna relación

con el asesinato de Pistoloco. Ese apartamento

tenía algo, debía estar salado, y ahí

24


seguiría para siempre como un sepulcro vacío,

con las puertas cerradas. Se pensó, se dijo

y se publicó que tal vez su desconcertante

final tendría alguna relación con los sucesos

sanguinarios del famoso penthouse. Sólo

ahora, algunos años después, se puede revelar

el paradero de sus cuentas, de sus cuerpos

e incluso de sus almas.

La casa tiene tres plantas y se levanta en

las armoniosas colinas que se asoman al Lago

de Ginebra. La ciudad se llama Montreux

y es célebre, entre otras cosas, porque allí se

realiza uno de los más prestigiosos festivales

de jazz del mundo, y porque aquí vivió la

última parte de su vida el gran escritor ruso

Vladimir Nabokov. La colina, en esta parte

del lago, mira al costado meridional, lo que

hace que la casa sea menos fría en invierno,

y llena de una luz paradisíaca en los meses

más cálidos del año. Cerca de allí hay viñedos,

queserías, castillos, museos, teatros.

Una mansión así, en ese sitio, con esa situación,

no te la muestran por menos de un millón

y medio de dólares.

Según documentos auténticos, los ocupantes

de la casa, y legítimos dueños, se llaman

Carlo Tomasinelli, un señor cincuentón,

y Anna Olivieri, una ancianita de casi

ochenta años, aunque vivaz todavía. Con

ellos viven dos adolescentes, hijos de él, nie-

25


tos de ella, en edad escolar, que asisten a los

últimos años del colegio público de Montreux.

El padre y la abuela, a pesar de sus

nombres, no hablan ni una palabra de italiano.

Tampoco saben alemán, y su francés es

torpe y elemental. Unos cuantos monosílabos

y algunos sustantivos de la vida práctica.

Los muchachos, en cambio, dominan el francés,

el alemán, y se burlan en toda ocasión

de los mayores, que en la vida familiar conversan

siempre en antioqueño. Son dos niños

alegres, Isabella y Stephan, aunque quizá

un poquito más morenos que la mayoría

de sus compañeros, exceptuando hindúes y

africanos.

Don Carlo y doña Anna están acodados

a la amplia terraza que mira al apacible lago

de Ginebra. “¿Qué es lo que más te gusta

de Suiza?” le pregunta el hijo a la madre, y

ella contesta: “La limpieza.” “¿Y lo que menos?”

“Lo mismo, la limpieza.” Suspiran. Se

quedan callados. Del interior de la casa sale

una música exótica para estas tierras: vallenatos.

26

Periódico El Colombiano,

Medellín, 6 de febrero del 2002.

Se publica aquí por primera vez en libro.


Paletón y el elefante musical

Jorge Ibargüengoitia

27


JORGE IBARGÜENGOITIA (1928-1983).

Narrador, dramaturgo, traductor, ensayista y

periodista mexicano. Su obra, plena de ironía,

se aplica a desnudar tragicómicas vivencias de

su ámbito tropical. Recibió en 1964 el Premio

Casa de las Américas por el libro Los relámpagos

de agosto, y en 1975 el Premio de Novela Ciudad

de México por Estas ruinas que ves. Otras obras

suyas son La ley de Herodes y otros cuentos, Maten

al león, Los muertos, Dos crímenes, Los pasos de

López y Piezas y cuentos para niños.

28


El señor Paletón era gordo, millonario y

caprichoso. Cada mañana, antes de levantarse

de la cama, Paletón se rascaba la barriga,

miraba el techo y se preguntaba:

—Paletón, Paletón, ¿qué quieres comprar

hoy?

De esta manera había formado la colección

de automóviles más completa del mundo,

la colección de pianos más famosa y una

colección de perillas de puerta que no le pedía

nada a ninguna otra. También tenía varios

animales notables, como Eloísa, la pulga

vestida, Porrón, el oso matemático, y Policarpo,

un animal que no se parece a ningún

otro por tener cinco patas, dos cabezas y nada

que pueda llamarse hocico. Todo esto lo

guardaba en su casa, que tenía tantos cuartos,

que nadie los pudo contar.

Una mañana, después de rascarse la barriga

y de hacerse la pregunta de costumbre,

29


Paletón se contestó:

—Quiero comprar a Paco, el elefante

musical de Chapultepec.

Paco es uno de los elefantes más grandes

del mundo. Mide tres metros y medio y pesa

seis toneladas, tiene colmillos de un metro

y come todos los días cien kilos de papaya

adornada con nueces y avellanas. Pero lo

notable de Paco es la trompa, que es tan sensible

y tan ágil que con ella puede tocar el

piano y dar conciertos. Sus piezas predilectas

son la Gavota Pavlova y el concierto para

la mano izquierda de Ravel.

Paletón se levantó de la cama, se puso

su bata de seda verde esmeralda y habló por

teléfono a Chapultepec, para decir que quería

comprar el elefante musical y preguntar

cuánto costaba. Le contestaron que no se lo

vendían a ningún precio.

Paletón dio una pataleta y se revolcó en

el piso haciendo berrinche. Cuando se serenó

comprendió que no todo estaba perdido

y que quedaba un medio para cumplir su capricho.

Volvió a descolgar el teléfono y marcó

un número.

—Bueno, ¿hablan los gángsteres de Chicago?

¿Cuánto me cobran por robarse el elefante

musical de Chapultepec y traérmelo a

mi casa esta noche?

30


—Cinco millones de pesos —contestaron

los gángsteres.

—Trato hecho —dijo Paletón y colgó.

Los gángsteres de Chicago son cinco

chaparros cabezones que viven en la misma

casa. Cuando alguien les encarga un trabajo,

se ponen sombrero y bufanda y se sientan alrededor

de una mesa, a comer espagueti y a

planear el robo.

Entre bocado y bocado fue proponiendo

cada uno lo que se le ocurría: el más trabajador

propuso construir un túnel que conectara

la casa donde ellos vivían con el parque

zoológico, el más tonto, que creía que

los elefantes eran de hule, propuso, en cambio,

desinflar a Paco y sacarlo del zoológico

adentro de una maleta. Hasta que por fin le

tocó el turno al más listo:

—Creo que hay una manera más sencilla:

esta noche Paco da un concierto en Bellas

Artes. ¿Cómo se transporta un elefante

de Chapultepec a Bellas Artes? Muy sencillo:

en un camión de mudanzas. Yo propongo

que hagamos algo para que ese camión de

mudanzas, en vez de llegar a Bellas Artes llegue

a casa de Paletón.

—¡Magnífico! —cantaron los gángsteres

a coro— ¡Magnífico! Entre el plato y la boca

se cae la sopa.

31


El camión de mudanzas que llegó esa noche

a Chapultepec a recoger a Paco, el elefante

musical, iba manejado por los gángsteres

de Chicago disfrazados de empleados

de Bellas Artes.

Los policías de guardia no sospecharon

nada y hasta ayudaron a poner la rampa para

que elefante musical subiera al camión de

mudanzas. Paco, el elefante musical, que estaba

recién bañado y perfumado, listo para

presentarse en público y tocar el piano, tampoco

sospechó nada. Subió al camión muy

tranquilo, y cuando bajó de él, lo hizo pisando

con cuidado, procurando no tropezarse,

creyendo que estaba entrando en el foro de

Bellas Artes. Esperaba que de un momento

a otro sonaran los aplausos de cientos de espectadores.

¡Cuál no sería su sorpresa cuando oyó un

solo aplauso! Era el de Paletón. Paco, el elefante

musical, miró a su alrededor con extrañeza.

No estaba en Bellas Artes. Estaba en el

salón donde Paletón guardaba su famosa colección

de doscientos cincuenta pianos.

Al ver tanto piano, Paco no pudo resistir

un momento más. Preparó la trompa y empezó

a tocar. Primero en un piano y después

en otro, y después en otro. Y tocó y tocó tanto,

que los vecinos, que no podían dormir

con tanta música, llamaron a la patrulla.

32


Cuando la policía entró en casa de Paletón,

encontró al elefante musical tocando

el piano y al dueño de la casa entregándole

cinco millones, en billetes de a peso, a los

gángsteres de Chicago.

—Tres millones cuatrocientos veinticinco

mil cuatrocientos veintitrés, tres millones

cuatrocientos veinticinco mil cuatrocientos

veinticuatro…

Paletón y los gángsteres de Chicago están

en la cárcel. Paco, el elefante musical, sigue

en su jaula, en donde de vez en cuando

da conciertos.

Jorge Ibargüengoitia, “Paletón y el elefante

musical”, citado por Luis Fernando Macías,

en El juego como método para la enseñanza de la

literatura a niños y jóvenes, Biblioteca Pública

Piloto, Medellín, 2003.

33


El rey Midas

Geraldine McCaughrean

35


GERALDINE McCAUGHREAN (1951). Escritora

inglesa, ha dedicado buena parte de su

obra al público infantil y juvenil, y también a la

divulgación, para esos mismos públicos, de mitos

y leyendas de la antigüedad. Ha ganado numerosos

premios, entre ellos el prestigioso Premio

Whitbread de Novela en 1987. Algunos libros

suyos son Polvo de oro, Una sarta de mentiras,

G.B. Shaw, El vellocino de oro.

36


Érase una vez un rey llamado Midas, que

era casi tan estúpido como avaricioso. Un día

se convocó un concurso de música entre el

dios Pan y el dios Apolo. A Midas le pidieron

que fuera el juez. Pero Midas era amigo

de Pan. Así que antes incluso de que empezara

el concurso, y en vez de escuchar y juzgar

con imparcialidad, Midas decidió que ganaría

Pan.

Comparar la música de Apolo con la de

Pan equivale a comparar el sonido de una

trompeta celestial con el de un silbato de hojalata.

Pero Midas ya se había decidido.

—¡Pan es el mejor! ¡Sin lugar a dudas!

Pan ha tocado mucho mejor —afirmó, y siguió

alabando a su amigo hasta que Apolo se

puso rojo de ira y apuntó su dedo con poderes

mágicos hacia el rey Midas.

—Si tú crees que la música de Pan es mejor

que la mía, es que a ti te ocurre algo en las

orejas —le gritó.

37


—¡Qué va! —contestó el rey—. No les

pasa nada.

—¿Ah, no? Pues eso lo arreglamos enseguida

—dijo furioso Apolo.

Cuando Midas volvió a su casa, notó que

le picaban las orejas. Se miró en el espejo y

¡horror!, vio que le estaban creciendo. Cada

vez se iban haciendo más grandes y más

peludas hasta que, finalmente, vio que tenía

unas orejas marrones y rosas de burro.

Tras mucho pensar, Midas descubrió que

podía taparse las orejas con un gorro alto.

“Nadie debe verlas”, se dijo mientras andaba

de acá para allá con el gorro metido

hasta las cejas.

El rey Midas se pasaba todo el día con el

gorro puesto. Y por la noche tampoco se lo

quitaba, para que la reina no viera sus orejas

de burro.

Y así pasó el tiempo, sin que nadie se diera

cuenta de lo que ocurría. El rey se sentía muy

aliviado; y sus súbditos, que lo veían con el

gorro puesto a todas horas, enseguida lo imitaron

pensando que era la última moda.

Pero había una persona a la cual Midas no

podía ocultar su secreto: su barbero. Cuando

fue a cortarle el pelo, tiró del gorro y…

El barbero primero se asustó. Luego se

quedó boquiabierto. Y, finalmente, se metió

38


la toalla en la boca para no soltar una carcajada.

—No se lo dirás a nadie —le ordenó el

rey.

—¡Por supuesto! No diré nada. Ni una

palabra. A nadie. Se lo prometo —balbució

el barbero, mientras empezaba a cortarle el

pelo—. Seré una tumba, majestad.

El barbero había prometido guardar silencio

y era un hombre de palabra. ¡Pero le resultaba

tan difícil! Tenía muchas ganas de contárselo

a alguien. De vez en cuando se echaba

a reír delante de la gente y no podía explicar

de qué se estaba riendo. Y de noche se

desvelaba porque temía hablar en sueños. El

barbero guardó el secreto al rey durante algún

tiempo, aunque le quemaba por dentro como

un fuego. Pero finalmente comprendió que se

tenía que desahogar. Así que un día emprendió

el camino y no paró de andar hasta que

se encontró lo bastante lejos de la ciudad, cerca

del río. Entonces cavó un hoyo en el suelo,

metió la cabeza y susurró:

—El rey Midas tiene orejas de burro.

Después de eso, se sintió mucho mejor.

Y la lluvia siguió cayendo, la hierba siguió

creciendo y los juncos que bordeaban el río

también siguieron creciendo.

Mientras Midas paseaba por su jardín,

evidentemente con el gorro puesto, se en-

39


contró con un sátiro, que es una divinidad

medio hombre, medio caballo. El pobre sátiro

estaba perdido. Midas le dio de desayunar

y le indicó la salida.

—Le estoy muy agradecido —le dijo el

sátiro—. Permítame que le recompense por

su amabilidad. Le concederé un deseo.

El rey Midas podría haber pedido que

desaparecieran sus orejas de burro, pero no.

Lo primero que se le ocurrió fue dinero, riquezas

y… ¡oro! Sus ojos brillaron.

—Por favor, por favor, concédeme que todo

lo que toque se convierta en oro —le suplicó

al sátiro.

—No es una buena idea —contestó el sátiro—.

Piénselo otra vez.

Pero Midas insistió e insistió. Ése era su

mayor deseo. Al final, el sátiro se encogió de

hombros y prosiguió su camino.

—¡Ya sabía yo que era demasiado bueno

para ser verdad! —exclamó apesadumbrado

el rey.

Y como le daba tanta rabia que le hubieran

decepcionado, se agachó para coger una

piedrecilla y tirársela al sátiro que se alejaba.

Pero, en cuanto la tocó, la piedrecilla se

convirtió en una pepita de oro.

—¡Mi deseo se ha cumplido! ¡El sátiro

me lo ha concedido! —exclamó el rey dando

saltos de alegría.

40


Corrió hacia un árbol y lo tocó. Las ramas

y las hojas se convirtieron en oro. Entonces

regresó rápidamente hasta su palacio

y se puso a tocar todo: las paredes, las sillas,

la mesa, la lámpara… Y todo se fue transformando

en oro. Incluso las cortinas, cuando

las rozó al pasar, emitieron un ruido metálico

y se pusieron rígidas.

—Preparadme un banquete —ordenó el

rey a sus criados—. Ser rico me abre el apetito.

Los criados fueron corriendo a traerle carne,

pan, fruta y vino mientras Midas tocaba

todos los platos y las bandejas. Estaba encantado

con la idea de comer en una vajilla de

oro. Cuando le trajeron la comida, cogió un

ala de pollo y le pegó un mordisco.

¡Clonc! Estaba dura y fría. El apio le raspó

los labios. El pan le rompió un diente. Cada

bocado se convertía en oro en cuanto lo tocaba.

Hasta el vino golpeaba el vaso, tan sólido

como un huevo en la huevera.

—¡Eh, tú! —ordenó a uno de sus criados,

dándole un empujón—. No te quedes ahí como

un pasmarote. Tráeme algo que pueda

comer.

Pero el criado, que se había convertido

en una estatua de oro, cayó al suelo con estruendo.

En ese momento entró la reina.

41


—¿Qué es lo que he oído de un deseo?

—preguntó, acercándose al rey para darle un

beso.

—¡No te acerques! ¡No me toques!

—gritó el rey dando un bote y alejándose de

ella.

Pero su hijo menor, que era demasiado

pequeño para entender sus palabras, corrió

hasta él y lo abrazó por las rodillas.

—Papá, papá, pa…

Su hijo se calló de repente. Sus brazos de

oro rodeaban las rodillas del rey Midas. Su

boquita dorada estaba abierta, pero no emitía

ningún sonido.

Midas corrió hasta su dormitorio y se

encerró con llave. Pero no pudo dormir esa

noche, pues su almohada se transformó en

oro bajo su cabeza.

Se sentía tan hambriento, tan sediento,

tan solo y tan asustado…

—¡Dioses, por favor, llevaos este terrible

deseo! ¡Nunca me imaginé lo que me ocurriría!

—les suplicó.

Se oyó un repiqueteo de cascos y el sátiro

asomó la cabeza por la ventana.

—Intenté decírtelo —regañó al rey.

Midas cayó de rodillas ante él sobre el

suelo de oro. Su túnica de oro se mecía y repicaba

como una campana. Y, al caérsele, su

largo gorro sonó como una olla.

42


—¡Quítame mi deseo! ¡Por favor, pide a

los dioses que me lo quiten! —suplicó al sátiro.

—Con unas orejas así, creo que ya tienes

bastantes problemas —replicó el sátiro,

desternillándose de risa—. De acuerdo. Vete

a lavarte al río. Y procura no ser tan estúpido

en el futuro.

El rey Midas corrió entre la alta hierba,

se abrió camino entre los esbeltos juncos y se

zambulló en el río. Las ondas se llenaron de

polvo dorado, pero el agua no se transformó

en oro. Tampoco la orilla cuando el rey salió

del agua. ¡Estaba curado!

Cogió un cubo, lo llenó de agua, lo llevó

hasta el palacio y lo arrojó sobre la pequeña

estatua de oro del comedor. Y su hijo, calado

de los pies a la cabeza, se puso a llorar.

Por aquel entonces, la hierba había crecido

en los prados y los juncos de las orillas

estaban aún más altos.

Cuando la brisa los acariciaba, susurraban.

Cuando el viento los mecía, murmuraban,

decían: “El rey Midas tiene orejas de burro.

El rey Midas tiene orejas de burro”.

Y por eso hoy todos conocemos el famoso

secreto del rey Midas.

De Dédalo e Ícaro, traducción de Paz Barroso,

Madrid, Ediciones S.M., Colección Mitos, 1999.

43


Los ojos culpables

Jorge Luis Borges - Adolfo Bioy Casares

45


JORGE LUIS BORGES (1899-1986) y ADOL-

FO BIOY CASARES (1914-1999) son, y sobra

aquí insistir en ello, nombres fundamentales

de la literatura argentina, cuya importancia

excedió con mucho ese ámbito. A lo largo de

los años escribieron varios libros en colaboración

(algunos bajo los seudónimos de H. Bustos

Domeq o B. Suárez Lynch), guiones cinematográficos,

y también recopilaciones de cuentos,

la mayoría centradas en la llamada literatura

fantástica.

46


Cuentan que un hombre compró a

una muchacha por cuatro mil denarios.

Un día la miró y se echó a llorar. La muchacha

le preguntó por qué lloraba. Él respondió:

—Tienes tan bellos ojos que me olvido

de adorar a Dios.

Cuando quedó sola, la muchacha se

arrancó los ojos. Al verla en ese estado el

hombre se afligió y dijo:

—¿Por qué te has maltratado así? Has

disminuido tu valor.

Ella respondió:

—No quiero que haya nada en mí que

te aparte de adorar a Dios.

A la noche el hombre oyó en sus sueños

una voz que le decía: “La muchacha disminuyó

su valor para ti, pero lo aumentó para

nos otros y te la hemos tomado”. Al desper-

47


tar, encontró cuatro mil denarios bajo la almohada.

La muchacha estaba muerta.

48

Ah’med Ech Chiruani, H’adiquat el Afrah. De

Cuentos breves y extraordinarios, Jorge Luis Borges,

Adolfo Bioy Casares (compiladores),

Buenos Aires, Losada, 1973.


Hallazgo de un tesoro

Volvió mi hermano a golpear, casi indignado,

el muro resonante. Dio un golpe más

que sentí como un trueno subterráneo. Súbitas

grietas se dibujaron sobre la pared y de

pronto, como si el mazo hubiera encontrado

una piedra clave, bloques desiguales desprendiéronse

y un hueco, sombrío y polvoriento,

quedó frente a nosotros. Al principio

sólo percibimos algo que era una sombra dentro

de la oscuridad, una zona más negra en

las tinieblas. Ávido, mi hermano agrandó el

hueco y acercó una lámpara. Entonces lo vimos,

estaba parado, rígido y pomposo. Pudimos

ver, por un instante, su opulenta vestidura

brocada, el resplandor de sus joyas, el

ramillete de huesos de su mano alrededor de

un crucifijo dorado, su calavera terrosa soportando

una altísima mitra. Creció todavía con

la luz que mi hermano aproximaba y luego,

vertiginosamente, silenciosa y pulverizada,

49


la figura del obispo se derrumbó. Los huesos

eran ahora polvo, eran polvo de mitra y la capa

magna. Pesadas, ominosas, eternas, las joyas

eran nuestras.

Básteme decir hoy que el tesoro —que

vendimos con paciencia y éxito— se componía

de varios anillos episcopales, ocho admirables

custodias enjoyadas, pesados copones,

crucifijos, una petaca altoperuana con viejas

monedas y grandes medallas de oro.

Después, ni yo sé por qué tuvimos tanta

ur gencia por separarnos. La historia ulterior

de mi hermano la conozco porque él mismo,

abu rrido y brusco, hace poco me la contó. Había

empeza do cautelosamente, vigilando su

parte; luego, casi sin proponérselo multiplicó

el dinero. Se hi zo muy rico, se casó, engendró,

se hizo más ri co, alcanzó la cima. Y después,

sin tre gua, gra dualmente, vio perderse

su riqueza y, según adiviné, perderse el placer

que antes le pro porcionaba acumularla. Terminó

por no te ner un solo centavo. Así está

él ahora, indiferente.

Yo, en cambio, empecé gastando mi parte.

No sé si antes dije que soy —o creí ser—

pintor, y que en la época en que descubrimos

el nicho secreto, yo comenzaba a dibujar en

la academia de mi antigua ciudad. Es razonable,

pues, que dedicara el dinero a alimentar

mi vocación. Emprendí un viaje a Europa

50


y busqué ardientemente a quien debería ser

mi maestro. De París pasé a Venecia, de Venecia

a Madrid. Y allá me detuve, más de doce

años. Allá encontré el verdadero Maestro y

trabajé y viví y transcurrí a su lado. Y también

progresé. Secretamente, porque el secreto era

su método, me transcribió su arte. Aprendí

su técnica y su concepto de la realidad; vi los

colores que él veía, mi mano se movió con

su pulso. Mi Maestro me enseñó todo lo que

sabía y acaso más aún; a veces llegué a pensar

que las nociones que me inculcaba, prodigiosamente,

acababa él de inventarlas. Sin

embargo, llegó el día que consideró terminado

mi aprendizaje; tuve, con dolor, que despedirme

de mi Maestro.

Sólo algunos meses después de haber regresado,

durante una noche interminable, comencé

a sentir aquella oscura incertidumbre:

tal vez no fuera yo un buen pintor. Había conocido,

sin interés, a otros pintores; había visto,

desdeñoso, otros cuadros. Pero ahora, repentinamente,

una inquietud abundaba en mi

interior. Mortificado, agraviado por la íntima

desconfianza, decidí desplegar todas mis

obras ante los ojos de la gente. Por otra parte,

mi Maestro me lo había autorizado al separarnos.

Y así, expuse mis cuadros. El resultado

fue que alguno dijo que mi pintura era incomprensible,

la mayoría la encontró trivial.

51


Pronto entendí que no valía nada, que yo no

era, absolutamente, un artista. Escribí, desde

luego, a mi Maestro una vez, otra vez; nunca

supe más de él.

Desconsolado divagué entonces dentro

de mi casa, día tras día, como un niño o un prisionero.

Recorría sin término los vastos aposentos,

los profundos corredores. Alguien de

la casa me preguntó una vez si quería visitar

el cuarto cuyas paredes, por un cuento narrado

al azar, habíamos roto una noche. Sobre la

pared sepulcral, en el confín de la casa centenaria,

estaba colgado, por superstición o inocencia,

un retrato que no sé quien explicó pertenecía

al obispo tapiado. Lo habían encontrado,

afirmaron, poco después de mi partida.

Era de noche cuando fui a ver el cuadro

y tuve que llevar una lámpara. Recuerdo que

con cuidado la levanté frente a la áspera pared,

y que el retrato se iluminó en toda su vastedad.

Fue como si volviera la perdida escena:

vi la misma capa dorada, la misma levantada

mitra. Pero en el cuadro todo me parecía,

irónicamente, más real. Miré entonces lo que

no recordaba, lo que no conocía, y sólo en ese

momento descubrí que el obispo tenía el rostro

de mi Maestro, que era mi Maestro.

52

Marcial Tamayo. De Cuentos breves y

extraordinarios, Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy

Casares (compiladores). Losada, 1973.


El mayordomo

Roald Dahl

53


ROALD DAHL (1916-1990). De origen noruego,

nació en Llandaff (Gales). Fue piloto de guerra,

miembro del servicio de inteligencia británico,

agregado adjunto aéreo de la embajada

británica de Washington. Escribió con igual

acierto e ingenio para niños y para adultos. En

este último campo, sus relatos suelen ser un soberbio

ejercicio de ironía y del más fino humor

negro. Algunas de sus historias infantiles han sido

llevadas al cine.

54


En cuanto George Cleaver ganó el primer

millón, él y la señora Cleaver se trasladaron

de su pequeña casa de las afueras a una elegante

mansión de Londres. Contrataron a un

cocinero francés que se llamaba monsieur Estragón

y a un mayordomo inglés de nombre

Tibbs. Ambos cobraban unos sueldos exorbitantes.

Con la ayuda de estos dos expertos,

los Cleaver se lanzaron a ascender en la escala

social y empezaron a ofrecer cenas varias

veces a la semana sin reparar en gastos.

Pero estas cenas nunca acababan de salir

bien. No había animación, ni chispa que

diera vida a las conversaciones, ni gracia. Sin

embargo, la comida era excelente y el servicio

inmejorable.

—¿Qué demonios le pasa a nuestras fiestas,

Tibbs? —le preguntó el señor Cleaver al

mayordomo—. ¿Por qué nadie se siente cómodo?

55


Tibbs ladeó la cabeza y miró al techo.

—Espero que no se ofenda si le sugiero

una cosa, señor.

—Diga, diga.

—Es el vino, señor.

—¿Qué le pasa al vino?

Pues verá, señor, monsieur Estragón sirve

una comida excelente. Una comida excelente

debe ir acompañada de un vino igualmente

excelente, pero ustedes ofrecen un tinto

español barato y bastante asqueroso.

—¿Y por qué no me lo ha dicho antes,

hombre de Dios? —exclamó el señor

Cleaver—. El dinero no me falta. ¡Les daré el

mejor vino del mundo, si eso es lo que quieren!

¿Cuál es el mejor vino del mundo?

—El clarete, señor —contestó el mayordomo—,

de los grandes châteaux de Burdeos:

Lafite, Latour, Haut-Brion, Margaux,

Mouton-Rothschild y Chevel Blanc. Y solamente

de las grandes cosechas, que en mi

opinión son las de mil novecientos seis, mil

novecientos catorce, mil novecientos veintinueve

y mil novecientos cuarenta y cinco.

Chevel Blanc también tuvo unos años magníficos

en mil ochocientos noventa y cinco y

mil novecientos veintiuno, y Haut-Brion en

mil novecientos seis.

—¡Cómprelos todos! —dijo el señor

Cleaver—. ¡Llene la bodega de arriba abajo!

56


—Puedo intentarlo, señor —dijo el mayordomo—,

pero esa clase de vinos son difíciles

de encontrar y cuestan una fortuna.

—¡Me importa tres pitos el precio! —exclamó

el señor Cleaver—. ¡Cómprelos!

Era más fácil decirlo que hacerlo. Tibbs

no encontró vino de 1895, 1906, 1914

ni 1921 ni en Inglaterra ni en Francia. Pero

se hizo con unas botellas del 29 y del 45.

Las facturas fueron astronómicas. Eran tan

grandes que hasta el señor Cleaver empezó

a reflexionar sobre el tema. Y este interés se

transformó en verdadero entusiasmo cuando

el mayordomo le sugirió que tener ciertos

conocimientos de vino era un valor social

muy estimable. El señor Cleaver compró libros

sobre vinos y los leyó de cabo a rabo.

También aprendió mucho de Tibbs, que le

enseñó, entre otras cosas, a catar el vino.

—En primer lugar, señor, tiene que olerlo

durante un buen rato, con la nariz sobre

la copa, así. Después bebe un sorbo, abre los

labios un poquito y toma aire, dejando que

pase por el vino. Observe cómo lo hago yo.

A continuación se enjuaga la boca con fuerza

y, por último, se lo traga.

Con el paso del tiempo, el señor Cleaver

llegó a considerarse un experto en vinos e,

inevitablemente, se convirtió en un pelmazo

tremendo.

57


—Damas y caballeros —anunciaba a la

hora de la cena, alzando la copa—, éste es un

Margaux del veintinueve. ¡El mejor año del

siglo! ¡Un bouquet fantástico! ¡Huele a primavera!

¡Y observen ese sabor que queda después,

y el gusto a tanino que le da ese toque

astringente tan agradable! Maravilloso,

¿eh?

Los invitados asentían, tomaban un sorbo

y murmuraban alabanzas, pero nada más.

—¿Qué les pasa a esos idiotas? —le preguntó

el señor Cleaver a Tibbs, después de

que esta situación se repitiera varias veces—.

¿Es que nadie sabe apreciar un buen vino?

El mayordomo torció la cabeza a un lado

y dirigió los ojos hacia arriba.

—Creo que lo apreciarían si pudieran catarlo,

señor —dijo—. Pero no pueden.

—¿Qué diablos quiere decir? ¿Cómo

que no pueden catarlo?

—Tengo entendido que usted ha ordenado

a monsieur Estragón que aliñe generosamente

las ensaladas con vinagre, señor.

—¿Y qué? Me gusta el vinagre.

—El vinagre —dijo el mayordomo— es

enemigo del vino. Destruye el paladar. El aliño

debe hacerse con aceite puro de oliva y

un poco de zumo de limón. Nada más.

—¡Qué estupidez! —exclamó el señor

Cleaver.

58


—Lo que usted diga, señor.

—Se lo voy a repetir, Tibbs. Eso son estupideces.

El vinagre no me estropea para

nada el paladar.

—Tiene usted mucha suerte, señor

—murmuró el mayordomo, al tiempo que

abandonaba la habitación.

Aquella noche, durante la cena, el anfitrión

se burló del mayordomo delante de los

invitados.

—El señor Tibbs —dijo— ha intentado

convencerme de que no puedo apreciar el vino

si el aliño de la ensalada lleva mucho vinagre.

¿No es así, Tibbs?

—Sí, señor —replicó Tibbs gravemente.

—Y yo le respondí que no dijera estupideces.

¿No es así, Tibbs?

—Sí, señor.

—Este vino —continuó el señor Cleaver,

alzando la copa— a mí me sabe exactamente

a Château Lafite del cuarenta y cinco;

aún más, es un Château Lafite del cuarenta

y cinco.

Tibbs, el mayordomo, estaba inmóvil y

erguido junto al aparador, la cara muy pálida.

—Disculpe, señor —dijo—, pero no es

un Lafite del cuarenta y cinco.

El señor Cleaver giró en su silla y se quedó

mirando al mayordomo.

59


—¿Qué diablos quiere decir? —preguntó—.

¡Ahí están las botellas vacías para demostrarlo!

Tibbs siempre cambiaba de recipiente

aquellos excelentes claretes antes de la cena,

pues eran viejos y tenían muchos posos. Los

servía en jarras de cristal tallado y, siguiendo

la costumbre, dejaba las botellas vacías

en el aparador. En ese momento había dos

vacías de Lafite del cuarenta y cinco a la vista

de todos.

—Resulta que el vino que ustedes están

bebiendo —dijo tranquilamente el mayordomo—

es ese tinto español barato y bastante

asqueroso, señor.

El señor Cleaver miró el vino de su copa,

y después clavó los ojos en el mayordomo.

La sangre empezó a subírsele a la cara,

y la piel se le tiñó se le tiñó de rojo.

—¡Eso es mentira, Tibbs! —gritó.

—No, señor, no estoy mintiendo —replicó

el mayordomo—. De hecho nunca les

he servido otro vino que tinto español. Parecía

gustarles.

—¡No le crean! —gritó el señor Cleaver

a sus invitados—. Se ha vuelto loco.

—Hay que tratar con respeto los grandes

vinos —dijo el mayordomo—. Ya es bastante

con destrozar el paladar con tres o cuatro

copas antes de la cena, como hacen ustedes,

60


pero si encima riegan la comida con vinagre,

lo mismo da que beban agua de fregar.

Diez rostros furibundos estaban clavados

en el mayordomo. Los había cogido desprevenidos.

Se habían quedado sin habla.

—Ésta —continuó el mayordomo, extendiendo

el brazo y tocando con cariño

una de las botellas vacías—, ésta es la última

botella de la cosecha del cuarenta y cinco.

Las del veintinueve ya se han acabado.

Pero eran unos vinos excelentes. El señor Estragón

y yo hemos disfrutado enormemente

con ellos.

El mayordomo hizo una reverencia y salió

lentamente de la habitación. Atravesó el

vestíbulo, traspasó la puerta de la casa y salió

a la calle, donde le esperaba el señor Estragón

cargando el equipaje en el maletero

del cochecito que compartían.

De La venganza es mía, S.A. Editorial Debate,

1990. Traducción de Flora Casas.

61


El zar y la camisa

León Tolstoi

63


LEÓN TOLSTOI (1828-1910). Uno de los

nombres fundamentales en la historia de la literatura

de todos los tiempos y lugares, el conde

León Tolstoi ejerció en la Rusia de su época

una enorme influencia, no sólo literaria sino

también social y espiritual. Obras suyas como

Guerra y paz, Ana Karenina, La sonata a Kreutzer

o Resurrección, para citar apenas las más conocidas,

son clásicos imprescindibles de la narrativa

universal. Aparte de ésas y otras creaciones

maestras, recogió en breves relatos algunas hermosas

leyendas de su país.

64


Un zar, hallándose enfermo, dijo: —¡Daré

la mitad de mi reino a quien me cure!

Entonces todos los sabios se reunieron

y celebraron una junta para curar al zar, mas

no encontraron medio alguno.

Uno de ellos, sin embargo, declaró que

era posible curar al zar.

—Si sobre la tierra se encuentra un hombre

feliz —dijo—, quítesele la camisa y que se

la ponga el zar, con lo que éste será curado.

El zar hizo buscar en su reino a un

hombre feliz. Los enviados del soberano

se esparcieron por todo el reino, mas no

pu-dieron descubrir a un hombre feliz. No

encontraron un hombre contento con su

suerte.

El uno era rico, pero estaba enfermo; el

otro gozaba de buena salud, pero era pobre;

aquél, rico y sano, quejábase de su mujer; éste

de sus hijos; todos deseaban algo.

65


Cierta noche, muy tarde, el hijo del zar,

al pasar frente a una pobre choza, oyó que

alguien exclamaba:

—Gracias a Dios he trabajado y he comido

bien. ¿Qué me falta?

El hijo del zar sintióse lleno de alegría;

inmediatamente mandó que le llevaran la camisa

de aquel hombre, a quien en cambio

había de darse cuanto dinero exigiere.

Los enviados presentáronse a toda prisa

en la casa de aquel hombre para quitarle

la camisa; pero el hombre feliz era tan pobre

que no tenía camisa.

66

Tomado de la internet, sin referencia editorial.

Traducción de Nicolás Guillén.


Los de la tienda

Ana María Matute

67


ANA MARÍA MATUTE (1925). Novelista,

cuentista, ensayista, Académica de la lengua

española. Es, por edad y vocación, una lúcida

cronista de la España que vivió los oscuros años

posteriores a la Guerra Civil. También ha cultivado

con éxito la literatura para niños. De su

obra, muy abundante, cabe mencionar títulos

como Pequeño teatro, Fiesta al noroeste, Olvidado

Rey Gudú, la trilogía Los mercaderes, y los libros

infantiles El caballito loco y Carnavalito.

68


El aire del mar levantaba un polvo blanquecino

de la planicie donde se elevaban las

chabolas. A la derecha estaba la montaña rocosa

y a la izquierda se iniciaba el suburbio

de la población, con los primeros faroles de

gas y las tapias de los solares. Luego, las callejas

oscuras, de piedras resbaladizas y húmedas;

las tabernas, las freidurías, las casas

de comidas. Allí empezaba el barrio marinero,

con la capilla de San Miguel y San Pedro.

Después el mar. Desde las chabolas, en

las mañanas claras, se oía, a veces, la campana

de la capilla.

La tienda de comestibles se abría justamente

en el centro de aquel mundo. A medias

en el camino de las chabolas y de las

primeras casas de pescadores. Era una tienda

no muy grande, pero abarrotada. Embutidos,

latas de conserva, velas, jabón, cajas

de galletas, queso, mantequilla, estropajos,

69


escobas… Todo se apilaba con orden, en estantes

o pirámides, en torno al mostrador se

abría la puerta de la vivienda de Ezequiel, de

Mariana, su mujer, y del ahijado.

Al ahijado lo trajeron del pueblo de Mariana,

cuando desesperaron de tener hijos

propios. Se llamaba Dionisio y era hijo de

una cuñada viuda y pobre, que aún tenía

cuatro niños más pequeños. La madre se avino

desde el primer día a la adopción, y ahora,

a veces, le escribía cartas breves, de letra ancha

y palabras extrañamente partidas, donde

le hablaba de la huerta, de sus hermanos y de

la gran calamidad de la vida. Seis años tenía

Dionisio cuando dejó el pueblo, y otros seis

llevaba de ahijado con Ezequiel y Mariana.

De su madre tenía una idea triste y borrosa;

de su pueblo, el recuerdo de las casas con sus

porches, de la plaza y de la huerta en primavera,

con el olor ácido y hermoso de la tierra

mojada. Ahora, en cambio, conocía bien el

olor a pimentón, jabón y especias de la tienda;

y el aire salado que subía de allá detrás,

arrastrando el polvo blanco, reseco, en la planicie

de las chabolas.

Dionisio no recibía sueldo, pero Ezequiel

le decía siempre que el día de mañana,

suya y de nadie más sería la tienda. Dionisio

comía a dos carrillos, como Ezequiel. Como

él, al comer, se untaba de aceite la barbilla y

70


el borde de los labios. Y como él se preparaba

a media mañana y a media tarde, grandes

bocadillos de jamón, de sobreasada, de queso

o de membrillo. Dionisio podía comer todo

cuanto quisiera, a todas horas. Además,

de siete a nueve subía a peinarse con colonia

de la de a granel, que olía fuertemente a

violetas. Se quitaba la bata, y con las manos

bien limpias, se iba a la Academia a estudiar

Contabilidad.

Todo hubiera ido bien para Dionisio,

que no deseaba nada, a no ser por Manolito

y su pandilla. Manolito y su pandilla vivían

en las chabolas.

Eran una banda de muchachos tostados

por el sol, delgados, duros y rientes, que le

subyugaban. Manolito y su pandilla se reunían

en el descampado, tras la planicie de

las chabolas; y tenían secretos, y salvajes y

fascinantes juegos. Manolito y su pandilla hicieron

pensar a Dionisio en los amigos. Amigos,

juegos, aventuras. Todo aquello que aún

desconocía.

Dionisio intentó muchas veces su amistad.

Pero Manolito y su pandilla raramente le

toleraban. Dionisio era “el de la tienda”.

La tienda era un lugar codiciado y aborrecido,

a un tiempo, por los de las chabolas.

Así lo comprendió Dionisio, poco a poco. En

71


la tienda no se fiaba, y la tienda era necesaria.

En la tienda había todo lo que se necesitaba,

pero de la tienda no se podían llevar nada

que no fuese al contado. (Al contado, naturalmente,

para los de las chabolas).

—Mira, Dionisio —decía Ezequiel en

voz baja a su ahijado—-. A don Manolito y a

doña Asunción, sí se les puede apuntar y fiar,

porque son ricos. A los de las chabolas, no,

porque son pobres. No olvides eso nunca.

Dionisio acabó comprendiéndolo, aunque

a primera vista le pareciese una contradicción.

También comprendió el despego

hacia él por parte de los de las chabolas.

Recordaba una tarde que entró Manolito

por algo, mientras él se untaba un panecillo

con sobreasada. Para esparcirla más convenientemente

la aplastaba con la ayuda de

su dedo pulgar. El dedo lo llevaba envuelto

en un esparadrapo sucio, porque se dio

un tajo al cortar cien gramos de queso. Sintió

en la frente algo extraño, como un desazonado

cosquilleo. Levantó la cabeza y vio

los ojos redondos y escudriñadores de Manolito,

fijos en él, en su dedo pulgar envuelto

en un esparadrapo sucio, en la sobreasada

aplastada contra el pan. Y sintió algo que

le hizo volverse de espaldas. Ezequiel, entre

tanto, preguntaba des abridamente a Manolito

qué quería.

72


—Un paquete de sal… —dijo Manolito.

Y Ezequiel indagó, aún más seco:

—¿Traes el dinero?

No: no le querían los de las chabolas.

No le querían, y por ello, quizá, deseaba aún

más pertenecer a su banda. Sobre todo en el

verano, cuando bajaban a bañarse a la playa,

dando gritos debajo del gran sol. Pero no le

querían, estaba visto, por más que las pocas

veces que le admitieron con ellos llegó a casa

con la cabeza llena de sabiduría, y casi no

pudo dormir por la noche.

Un día Ezequiel le dio veinte duros. Así:

veinte duros, como veinte soles. Cierto que

él siempre le andaba pidiendo:

—Padrino, que no llevo nunca nada en el

bolsillo… Padrino, déme usted algo, aunque

sea para no gastar. Mire que todos los chicos

de la Academia llevan siempre dinero…

Ezequiel movía negativamente la cabeza

y respondía:

Dinero, no, Dioni. Ya sabes que la

tienda será tuya algún día. Comes hasta reventar,

y no te matas trabajando. ¿Qué más

quieres?

Ante estas razones, Dionisio callaba,

porque no sabía qué contestar. (Podía haber

dicho, quizá: “Para presumir”. Pero, claro, no

se atrevía). Y de repente, una mañana, mientras

él barría la tienda, Ezequiel le dijo:

73


—Anda, para que te calles de una vez:

ahí va eso. ¡Pero pobre de ti si lo gastas! ¡Lo

guardas bien guardado, donde ni lo veas!

Veinte duros. Así: de golpe, en un solo

billete. Dionisio se quedó sin respiración.

—Gracias, padrino… ¡Qué bárbaro!

—Pero que no lo gastes, ¿eh? ¡Que no lo

gastes…!

Dionisio, efectivamente, lo guardó. La

verdad era que, excepto pertenecer a la banda

de Manolito, no deseaba nada.

Guardó el dinero en el armario, entre las

camisas, y con saber que estaba allí se contentaba.

Los primeros días se acercaba a verlo,

de cuando en cuando. Recordaba entonces

una historia que leyó, de un avaro que

guardaba su oro y lo acariciaba. Pero sonreía

y se sentía satisfecho.

Fue lo menos quince o veinte días más

tarde cuando ocurrió lo imprevisto. Era un

lunes por la tarde. Salía de la tienda y decidió

hacer novillos y darse una vuelta por la

planicie. Ya estaba muy próximo el verano,

y aún brillaba el sol, allá lejos, sobre la superficie

rizada del mar. Cuando llegó a la altura

de las chabolas, oyó el griterío. Se acercó

corriendo, detrás de los muchachos que acudían

en tropel.

La desgracia había caído sobre la chabola

de Manolito. Su padre, que era albañil, se

74


cayó del andamio, partiéndose tres costillas

y una pierna. Lo habían llevado al hospital,

y su mujer salía dando gritos, acompañada

por las vecinas. En una esquina, sentado en

el suelo, con las manos en los bolsillos, lejano

a todos, con su carita dura y pálida, estaba

Manolito. Dionisio se sintió invadido por

una gran piedad. Corrió a él, y se le plantó

delante, mirándole. Quería decir algo, pero

no sabía. Al fin, Manolito levantó los ojos

(como aquel día que lo vio preparándose el

bocadillo). Ante sus ojos negros, Dionisio se

quedó sin habla.

—¡Lárgate, cerdo! —escupió Manolito—.

¡Que te largues…!

Se fue despacio. Sentía en la espalda, en

la nuca, el peso de una gran desolación.

Aquella noche tomó su resolución. Casi

no sentía sacrificio alguno. Se levantó más

temprano que de costumbre, y, antes de bajar

a la tienda, salió por la puerta trasera y corrió

a las chabolas. Iba con la mano metida

en el bolsillo y apretaba en el puño el billete

de veinte duros.

Cuando llegó a la chabola de Manolito el

corazón parecía latir en su misma garganta.

—¡Manolo! —llamó con voz trémula—.

¡Sal, Manolo, que tengo que darte un recado!

Manolo salió, medio desnudo, con los

ojos entrecerrados. También la hermana me-

75


nor, y otros dos más pequeños todavía, asomaron

la cabeza.

—¿Dónde está tu madre? —le preguntó

Dionisio.

El Manolito se encogió de hombros, y

sus labios se doblaron con desprecio:

—Ande va a estar… ¡en el hospital!

Dionisio sintió que toda la sangre le subía

a la cara:

—Oye, Manolo…, yo venía a decirte…,

vamos, mira: esto he ahorrado yo, pero si tú

quieres… yo te lo presto y cuando puedas,

vamos, no me corre ninguna prisa… ni siquiera

que me lo devuelvas…

Le tendía el billete de veinte duros. Manolo

se había quedado quieto, abierta su pequeña

boca, oscura y manchada. Miraba el dinero

con ojos fijos, como de vidrio. Avanzó despacio

una mano delgada, llena de tierra. Dionisio

le puso el dinero en la palma y echó a correr.

El corazón le dolía al entrar en la tienda.

Ezequiel le dio un pescozón:

—¡Dónde habrás andado, golfante…!

¡Hala, a barrer!

Estuvo toda la mañana como en sueños.

Cada vez que sonaba la campanilla de

la puerta sentía flaquear sus piernas.

Pero Manolito no empujó la puerta hasta

mediada la tarde. Su figurilla se recortó contra

la luz del sol, en el umbral. El corazón le dio

76


un vuelco a Dionisio, y sólo acertó a pensar:

“Qué piernas tan flacas tiene Manolito”. No:

no parecía el capitán de la banda. Era como un

pájaro, un triste y oscuro pájaro perdido.

Ezequiel lo miró con desconfianza. El

Manolito, con su voz clara y despaciosa, pidió

arroz, azúcar, aceite, velas… a media retahíla,

Ezequiel le cortó, como siempre:

—Oye, tú, ¿traes dinero?

Para decir dinero Ezequiel se frotaba las

yemas del índice y del pulgar, uno contra el

otro. Manolito asintió, con voz firme:

—Sí; lo traigo. Ponga usted, además…

Algo zumbaba en los oídos de Dionisio,

y no podía escuchar más. Un ahogo, raro y

dulce, le subía por la garganta. Quería esconderse,

que no le vieran los ojos de Manolito.

Las rodillas le temblaban y se sentó allí, detrás

del mostrador, en un cajón de coca-cola

vacío. Sólo veía a Ezequiel, de pie, colocando

las cosas, con aire aún receloso.

Manolito pagó, alargando un billete de

veinte duros. Dionisio vio las manos de Ezequiel:

rojizas, de uñas rotas. Una mano de

Ezequiel cogió el billete: “su” billete de veinte

duros. Ezequiel lo palpó, lo alzó y lo miró

a trasluz.

—¡Largo de ahí, golfo! —chilló—. ¡Largo

de ahí, si no quieres que te eche de un

puntapié!

77


Dionisio parpadeó, despacio. La luz del

sol, en rayos finos, se filtraba a través de los

rimeros de cajas de galletas. Una rata gorda,

negra, corría por detrás de los montones de

jabón.

—¡Que te largues, te digo! ¡Terceras que

me puedes engañar a mí! ¡Ya decía yo! ¡Ya

me parecía a mí! Este billete es más falso que

el alma de Judas…

Aún dijo Ezequiel muchas cosas más.

Dionisio quiso levantarse, mirar por encima

del mostrador. Pero algo había en el olor de

la tienda —el pimentón, el jabón, las especias…—

que aturdía, que se pegaba a la garganta,

a los ojos, como un humo. Las rodillas

se le volvieron blandas, como de algodón.

Después oyó la campanilla de la puerta.

Por fin, Manolito se había marchado.

78

Ana María Matute, Los de la tienda,

El maestro, Toda la brutalidad del mundo.

Colección Relatos, Plaza y Janés,

Barcelona, 1998.


El mensaje

Luis Fernando Veríssimo

79


LUIS FERNANDO VERÍSSIMO (1936). Brasilero

del Sur, hijo del gran novelista Erico Veríssimo.

Sus crónicas, llenas de gracia y humor

crítico, que casi siempre asumen la forma de relatos

breves, se publican en varios periódicos y

revistas de su país. Ha hecho famosos personajes

tan vivos y bizarros como el analista de Bagé

o el detective Ed Mort, entre otros. Veríssimo

es también caricaturista y guionista de cine

y televisión.

80


Fue meses después de la muerte del marido

cuando la viuda lo recordó: él tenía dólares

escondidos en la biblioteca. Muchos

dólares.

—¿Dónde mamá? Haz memoria —se impacientó

Gutemberg, el hijo más atrevido.

—En un libro. No sé cual.

—¿Un libro? ¿O varios? —preguntó

Flaubert, el hijo más prudente.

—No. Uno. Él me dijo uno.

—¿Pero cuál? —se impacientó Guto.

—¡No lo sé!

—Calma —pidió Flaubert.

La biblioteca era enorme. Cuatro paredes

altas forradas de libros encuadernados.

Millares de libros encuadernados.

—¡Vamos a revisarlos todos! —dijo Guto,

el más joven e impulsivo.

—Espera —dijo Flaubert—. Nos llevaría

demasiado tiempo. Vamos a pensar. Colo-

81


quémonos en el lugar del viejo. Sabemos cómo

era. No colocaría los dólares en cualquier

libro...

—Para empezar, si eran muchos dólares,

no cabrían en un libro delgado. Tuvo que

haber colocado los billetes entre las páginas.

Por lo tanto, muchas páginas.

—Exacto —concedió Flaubert.

No estaba pensando en lo obvio, como

Gutemberg, sino en el fino espíritu del padre.

Disfrutando con antelación el sutil acertijo

que, sin proponérselo, les había dejado.

—Eso sólo nos deja los libros gruesos.

Gutemberg miró a su alrededor. No amaba

los libros, como Flaubert. En una biblioteca

se sentía como en un cementerio. Un lugar

lúgubre, lleno de entes queridos por los

demás.

—Las mil y una noches —sugirió. Fue el

primer volumen grueso con el que se topó.

Flaubert pensó un poco, finalmente decretó:

“No”. Era una edición ilustrada de Las

mil y una noches. Un libro atractivo. Mucha

gente lo hojearía. El libro escogido por su padre

debía ser uno que pocos se animarían a

tomar del estante y hojearlo.

Gutemberg escogió otro título.

—Guerra y paz.

Hmmm, pensó Flaubert. Tolstoi. El viejo

aristócrata ruso, con sus ideas sobre las vir-

82


tudes pastoriles. De algún modo, no hacía

juego con los dólares.

—No.

—N-i-e... —comenzó a deletrear Guto.

¿Nietzche? Tal vez, pensó Flaubert. Un

espíritu superior no necesita justificar ni siquiera

para sí mismo sus impulsos menores,

como el de comprar dólares en el mercado

negro. Más allá del bien y del mal. Pero todavía

no combinaba con su padre.

—Tampoco —dijo Flaubert.

—La decadencia de Occidente...

¿Quién sabe? Nadie lee a Oswald Sprengler

hoy en día. Pero no. El viejo no escondería

allí a la moneda más fuerte de Occidente.

¿Ulises?... No. ¿Cuán verde era mi valle? Demasiado

obvio.

—Éste. Es grueso. Doktor Faustus, Thomas

Mann —señaló Gutemberg.

Tal vez, pensó Flaubert. ¿El alma a cambio

de dólares? Pero no. La ironía del viejo no llegaría

a ese extremo de autocrítica. Quién sabe,

uno de los tomos de Tesoros de la juventud

que su padre había guardado con tanto cariño.

No. Los dólares habían sido ahorrados durante

la vejez. Un tesoro del tiempo y de la necesidad.

Y el viejo tampoco era cínico.

—La riqueza de las naciones, Adam Smith.

Estamos llegando cerca. Pero todavía no

es ése...

83


Y entonces los dos hermanos se detuvieron

frente a dos volúmenes que descansaban,

uno junto a otro, sobre el mismo estante.

—¿Qué te parece? —preguntó Gutemberg.

Ambos libros tenían más o menos el

mismo grosor. Muchos dólares cabrían en

sus páginas. Uno era una Biblia. El otro era

Das Kapital.

—Es uno de éstos —dijo Flaubert. Estaba

seguro.

¿Cuál de los dos? ¿Cuál sería la ironía, al

final? ¿El capital bien protegido entre las páginas

de su decreto de muerte o cayendo a

los pies de quien hojease el libro sagrado en

busca de consuelo espiritual? ¿Cuál la lección?

¿Cuál el mensaje? ¿Cuál de los dos libros

su padre estuvo seguro de que jamás sería

abierto por alguien de la familia?

—Tú busca en uno mientras yo busco en

el otro —dijo Gutemberg, más joven y más

práctico.

Los dólares no estuvieron en ninguno de

los libros, y tampoco fueron tantos como la

viuda había pensado. Lo único que restaba era

un billete de cien, en medio de Lo que el viento

se llevó... Y hasta ahora no lo han encontrado.

84

De Falsísima antología de Veríssimo.

Caracas, Ediciones Angria, 1992.

Traducción de Sergio Jablon.


Una lagartija

Juan Burghi

85


JUAN BURGHI (1901- ). Nacido en Uruguay,

vivió desde los seis años en la Argentina, y argentino

se sintió siempre. Más que narrador en

un estricto sentido, la crítica ve en él un poeta

descriptivo. Su obra más conocida, Zoología lírica

(1961), es la compilación de una serie de breves

prosas poemáticas (entre ellas la que aquí se

incluye), aparecidas previamente en el diario La

Prensa de Buenos Aires.

86


Mañana. Estío. Resol. El pedregal de la

sierra parece crujir en el encendimiento de la

lumbre. Sobre la plancha de una peña lisa, como

si se asara, una lagartija se solea. Su traje

de luces concentra el sol y los esmaltes de todo

un verano, y su presencia habla de los tres

reinos: animal, pues se ve en ella una bestezuela;

vegetal, por semejarse a una ramita verde;

y mineral, por parecer hecha de cobre y

mica. Y también recuerda los cuatro antiguos

elementos: la tierra, en su arcilla animada; el

agua, en su aspecto de charco con verdín, al

sol; el aire vibrátil, en el espejo que la circunda;

y el fuego, en el vivo llamear de sus brillos.

Así, inmóvil, hierática, es una pequeña

deidad egipcia tallada primorosamente, desde

el acucioso triángulo de su cabeza de ojos

chispeantes, los soportes de sus patas, la sierpe

de su cuerpo, hasta el látigo de su cola que se

prolonga en un cordelito, apéndice éste que,

87


en caso de peligro, si se la apresa por él, lo corta

de una dentellada, abandonándolo, y durante

varios minutos queda ese apéndice retorciéndose

entre saltos, como una lombriz

recién desenterrada.

Recibe toda la luz y la re-crea, trocándola

en reflejos y colores. El mismo sol parece

mirarla fijamente, y esa mirada del sol también

la capta y, como un espejo, la proyecta

acrecentada. Toda ella es una obra de arte

acabada y perfecta, logro de un artista mágico…

Hasta la piedra en que se asienta, gris y

opaca, contribuye a realzarla.

Viendo esta talla inimitable, acude a mi

mente una leyenda de tierras aztecas, leída

no recuerdo dónde y titulada La lagartija de

esmeraldas:

“Érase que se era un padrecito santo que

moraba al pie de una sierra, entre las inocentes

criaturas del Señor, y al que todos los pobres

de la región acudían en sus tribulaciones.

En una mañana como ésta acudió a él un

indio menesteroso en demanda de algo con

que aplacar el hambre de su mujer y sus hijos.

Lo halló en el sendero, cerca de su morada,

y con voz de sentida angustia le narró sus

penas, pidiéndole ayuda para remediarlas.

El buen padrecito, que por darlo todo

nada tenía, sentíase conmovido por tanta

miseria, y hondamente apenado por no po-

88


der aliviarla; y así conmovido y apenado,

púsose a implorar la Gracia Divina. Mientras

rezaba mirando a su alrededor, sus ojos

se posaron en una lagartija que a su vera se

soleaba, y alargó hacia ella su mano, tomándola

suavemente. Al contacto de esa mano

milagrosa, la lagartija se trocó en una joya

de oro y esmeraldas que entregó al indio diciéndole:

—Toma esto y ve a la ciudad y en

alguna prendería empéñalo, que algo te darán

por ello.

Obedeció el indio y, con lo obtenido, no

só lo remedió su hambre y la de los suyos, sino

que pudo comprar alguna hacienda que luego

prosperó, y cuando su situación fue holgada,

años después, pensó que debía restituir

al legítimo dueño aquella joya que de tanto

provecho le había sido. Desempeñándola, en

una hermosa mañana estival volvió con ella en

busca del padrecito, a quien halló en el mismo

sitio del primer encuentro, aunque mu cho

más viejo y, de ser ello posible, más pobre.

—Padrecito querido —díjole el indio—.

Aquí le vuelvo esta joya que usted una vez

me dio y que tanto me ha servido. Ya no la

necesito, tómela usted, que con ella acaso

pueda socorrer a otro. Muchas gracias, y que

Dios lo bendiga…

El viejecito nada recuerda ya. Con aire

distraído la toma, depositándola con suavi-

89


dad sobre un peñasco. Nuevamente, y por el

milagro de sus manos, aquel objeto precioso

vuelve a ser lo que antes había sido, una

lagartija, que echa a andar lenta en dirección

a su cueva”.

90

Tomado de 35 cuentos breves argentinos.

Siglo XX. Fernando Sorrentino (compilador),

Buenos Aires, Editorial Plus Ultra, 1984.


La aventura del albañil

Washington Irving

91


WASHINGTON IRVING (1783-1859). Escritor

norteamericano, cultor de muchos géneros,

entre ellos la novela, el cuento realista o fantástico,

los relatos de viajes. Bastaría para su memoria

el inmortal relato Rip Van Winkle, y su

magistral Cuentos de la Alhambra, mezcla de impresiones

de su estancia en España, apuntes históricos,

y recreación de leyendas populares andaluzas.

92


Hubo un tiempo en Granada un pobre albañil

o enladrillador, que guardaba todos los

domingos y días de los santos, incluso San Lunes,

y a pesar de toda su devoción vivía cada

vez más pobre y apenas si podía ganar el pan

para su numerosa familia. Una noche fue despertado

en su primer sueño por unos golpes

en la puerta. Abrió y se encontró frente a un

cura alto, flaco y de aspecto cadavérico.

—¡Oye, buen amigo! —dijo el desconocido—.

He observado que eres buen cristiano

en quien poder confiar. ¿Quieres hacerme

un pequeño trabajo esta misma noche?

—Con muchísimo gusto, señor padre,

con tal que cobre como corresponde.

—Así será; pero has de consentir que te

vende los ojos.

A esto no opuso ningún reparo el albañil.

Así, pues, vendados los ojos, fue conducido

por el cura a través de varias retorcidas

93


callejuelas y tortuosos pasajes, hasta que se

detuvo ante el portal de una casa. El cura sacó

la llave, giró una chirriante cerradura y

abrió lo que por el sonido parecía una pesada

puerta. Cuando entraron, cerró, echó el

cerrojo y el albañil fue conducido por un resonante

corredor y una espaciosa sala a la

parte interior del edificio. Allí le fue quitada

la venda de los ojos y se encontró en un patio,

alumbrado apenas por una lámpara solitaria.

En el centro se veía la seca taza de una

vieja fuente morisca, bajo la cual le pidió el

cura que formase una pequeña bóveda; a tal

fin, tenía a mano ladrillos y mezcla. Trabajó,

pues, toda la noche, pero sin que acabase

la faena. Un poco antes de amanecer, el

cura le puso una moneda de oro en la mano

y, habiéndolo vendado de nuevo, lo condujo

a su morada.

—¿Estás conforme —le dijo— en volver

a completar tu tarea?

—Con mucho gusto, señor padre, puesto

que se me paga tan bien.

—Bien; entonces, volveré mañana de

nuevo a medianoche.

Así lo hizo, y la bóveda quedó terminada.

—Ahora —le dijo el cura—, debes ayudarme

a traer los cadáveres que han de enterrarse

en esta bóveda.

94


Al pobre albañil se le erizaron los cabellos

cuando oyó estas palabras. Con pasos

temblorosos siguió al cura hasta una apartada

habitación de la casa, en espera de encontrarse

algún espantoso y macabro espectáculo;

pero se tranquilizó al ver tres o cuatro

grandes orzas apoyadas en un rincón, que él

supuso llenas de dinero.

Entre él y el cura las transportaron con

gran esfuerzo y las encerraron en su tumba.

La bóveda fue tapiada, restaurado el pavimento

y borradas todas las señales del trabajo.

El albañil, vendado otra vez, fue sacado

por un camino distinto del que antes había

hecho. Luego que anduvieron bastante tiempo

por un complicado laberinto de callejuelas

y pasadizos, se detuvieron. Entonces, el

cura puso en sus manos dos piezas de oro.

—Espera aquí —le dijo el cura— hasta

que oigas la campana de la catedral tocar a

maitines. Si te atreves a destapar tus ojos antes

de esa hora, te sucederá una desgracia.

Dicho esto, se alejó. El albañil esperó fielmente

y se distrajo en sopesar las monedas

de oro en sus manos y en sonarlas una contra

otra. En el momento en que la campana de la

catedral lanzó su matutina llamada, se descubrió

los ojos y vio que se encontraba a orillas

del Genil. Se dirigió a su casa lo más rápidamente

posible y se gastó alegremente con su

95


familia, durante una quincena de días, las ganancias

de sus dos noches de trabajo; después

de esto, quedó tan pobre como antes.

Continuó trabajando poco y rezando

bastante, guardando los domingos y días de

los santos, un año tras otro, en tanto que su

familia seguía flaca y andrajosa como una

tribu de gitanos. Una tarde que estaba sentado

en la puerta de su choza se dirigió a él

un viejo, rico y avariento, conocido propietario

de muchas casas y casero tacaño. El acaudalado

individuo lo miró un momento por

debajo de sus inquietas y espesas cejas.

—Amigo, me he enterado de que eres

muy pobre.

—No tengo por qué negarlo, señor, pues

es cosa que salta a la vista.

—Supongo, entonces, que te agradará

hacer un trabajillo y que lo harás barato.

—Más barato, señor, que ningún albañil

de Granada.

—Eso es lo que yo quiero. Tengo una casa

vieja que se está viniendo abajo y que me

cuesta en reparaciones más de lo que vale,

porque nadie quiere vivir en ella; así que he

decidido arreglarla y mantenerla en pie con

el mínimo gasto posible.

El albañil fue conducido a un caserón

abandonado que amenazaba ruina. Pasando

por varias salas y cámaras vacías, penetró en

96


un patio interior, donde atrajo su atención

una vieja fuente morisca. Quedóse sorprendido,

pues, como en un sueño, vino a su memoria

el recuerdo de aquel lugar.

—Dígame —preguntó—, ¿quién ocupaba

antes esta casa?

—¡La peste se lo lleve! —exclamó el propietario—.

Fue un viejo cura avariento que

sólo se ocupaba de sí mismo. Decían que era

inmensamente rico y que, al no tener parientes,

se pensaba que dejaría todos sus tesoros

a la Iglesia. Murió de repente, y acudieron

en tropel curas y frailes a tomar posesión de

su fortuna, pero sólo encontraron unos pocos

ducados en una bolsa de cuero. A mí me

ha tocado la peor parte, porque desde que

murió, el viejo sigue ocupando mi casa sin

pagar renta, y no hay forma de aplicarle la

ley a un difunto. La gente pretende que se

oye todas las noches un tintineo de oro en

la habitación donde dormía el viejo cura, como

si estuviese contando dinero, y en ocasiones,

gemidos y lamentos por el patio. Falsas

o verdaderas, estas habladurías han dado

mala fama a mi casa y no hay nadie que

quiera vivir en ella.

—Basta —dijo el albañil con firmeza—;

permítame vivir en su casa, sin pagar, hasta

que se presente mejor inquilino, y yo me

comprometo a repararla y a apaciguar el mo-

97


lesto espíritu que la perturba. Soy buen cristiano

y hombre pobre y no tengo miedo al

mismo diablo, aunque se presente en forma

de un talego de dinero.

La oferta del honrado albañil fue de buena

gana aceptada; se trasladó con su familia

a la casa y cumplió todos sus compromisos.

Poco a poco fue restaurándola hasta volverla

a su primitivo estado; ya no se oyó más

por la noche el tintineo de oro en el dormitorio

del difunto cura, sino que comenzó a

oírse de día en el bolsillo del albañil vivo. En

una palabra: aumentó rápidamente su fortuna,

con la consiguiente admiración de todos

sus vecinos, y llegó a ser uno de los hombres

más ricos de Granada. Dio grandes sumas a

la Iglesia, sin duda para tranquilizar su conciencia,

y nunca reveló el secreto de la bóveda

a su hijo y heredero, hasta que se encontró

en su lecho de muerte.

98

De Cuentos de la Alhambra. Miguel Sánchez,

Editor. Traducción de Ricardo Villa-Real.


Los bandidos

Villiers de L’Isle-Adam

99


VILLIERS DE L’ISLE-ADAM (1838-1889).

Francés, nacido en Bretaña en el seno de una

familia noble, cuya fortuna dilapidó muy pronto

su padre. Poeta, dramaturgo, cuentista, novelista,

participó como oficial, durante un breve

lapso, en la guerra francoprusiana. Sufrió, a

lo largo de su vida, muchos apuros económicos.

Es dueño de una de las prosas más delicadas y

exquisitas de su tiempo. Algunas obras: Morgane,

Tribulat Bonhomet, Eva futura, Cuentos crueles,

El amor supremo.

100


Al señor Henri Roujon

¿Qué es el Tercer Estado? Nada.

¿Qué debe ser? Todo.

Sully, después Sieyes

Pibrac, Nayrac, dos subprefecturas gemelas

unidas por un camino vecinal construido

bajo el régimen de los Orleáns, testimoniaban,

bajo un cielo maravilloso, una

perfecta unión de costumbres, negocios y

maneras de ver.

Como en cualquier lugar, el pueblo se caracterizaba

por sus pasiones; como en todas

partes, la burguesía conciliaba el aprecio general

con el suyo propio. Todos, pues, vivían

en paz y alegría en estas afortunadas localidades,

hasta que una tarde de octubre ocurrió

que el viejo violinista de Nayrac, hallándose

corto de fondos, abordó, en el camino

real, al sacristán de Pibrac y, aprovechándo-

101


se de la oscuridad, le pidió con tono perentorio

algún dinero.

Asustado, el hombre de las Campanas,

sin reconocer al violinista, accedió graciosamente;

pero, de vuelta a Pibrac, contó su

aventura de tal manera que, en las imaginaciones

enfebrecidas por su relato, el viejo

músico de Nayrac se convirtió en una banda

de ávidos ladrones que infestaban el Midi y

asolaban el camino real con sus crímenes, incendios

y depredaciones.

Astutos, los burgueses de los dos pueblos

habían exagerado los rumores, de la

misma manera en que cualquier buen propietario

se ve obligado a aumentar los defectos

de las personas que tienen aspecto de ansiar

sus capitales. ¡No porque hubieran sido

engañados! Ellos habían consultado las fuentes.

Habían interrogado al sacristán tras haber

bebido. Éste se contradijo, y ahora ellos

sabían la verdad del asunto mejor que nadie...

Sin embargo, burlándose de la credulidad

de las masas, nuestros dignos ciudadanos

se guardaban el secreto para ellos solos,

como les gusta guardar todo lo que tienen;

tenacidad que, ante todo, es el signo distintivo

de las gentes sensatas e instruidas.

A mediados del noviembre siguiente,

mientras daban las diez en el reloj del Juzgado

de Paz de Nayrac, cada cual entró en su

102


casa con un aire más arrogante que de costumbre,

y con el sombrero, ¡palabra! inclinado

sobre la oreja, de tal forma que su esposa,

saltándole a sus patillas, le llamó “mosquetero”,

lo que aduló sus respectivos corazones.

—Sabes, señora N..., mañana, al alba,

partiré.

—¡Ay! ¡Dios mío!

—Es la época de cobro: es preciso que vaya,

yo mismo, a casa de nuestros colonos...

—No irás.

—¿Y por qué no?

—Por los bandidos.

—¡Bah! ¡En otras peores me he visto!

—¡No irás!... — concluía cada esposa,

como ocurre entre gente que se adivina.

—Vamos, pequeña, vamos... Previendo

tu angustia, y para que estés segura, hemos

acordado partir todos juntos, con nuestras escopetas

de caza, en una gran carreta alquilada

para tal ocasión. Nuestras tierras son convecinas

y volveremos al anochecer. Así pues,

seca tus lágrimas y, con la invitación de Morfeo,

permite que anude apaciblemente en mi

frente los dos extremos de mi pañuelo.

—¡Ah! Si vais todos juntos ya es otra cosa:

debes hacer como los demás —murmuró

cada esposa, tranquilizada de repente.

La noche fue exquisita. Los burgueses

soñaron con asaltos, carnicerías, aborda-

103


jes, torneos y laureles. Se despertaron, pues,

frescos y dispuestos, con el alegre sol.

—¡Vamos!... —murmuraba cada uno de

ellos, mientras se ponía las medias, tras un

gesto de gran preocupación y de forma que

la frase fuese oída por su esposa—¡vamos!

Ha llegado el momento. ¡Sólo se muere una

vez!

Las señoras, admiradas, contemplaban a

estos modernos paladines y les llenaban los

bolsillos de cataplasmas, porque estaban en

otoño.

Éstos, sordos a los llantos, se apartaban

de los brazos que querían, en vano, retenerles...

—¡Un último beso!... dijo cada uno desde

el descansillo de su escalera.

Y llegaron, desembocando de sus calles

respectivas, a la gran plaza, donde ya algunos

(los solteros) esperaban a sus colegas, alrededor

del carruaje, haciendo sonar, con los

rayos matutinos, la batería de sus escopetas,

cuyas cargas renovaban mientras fruncían el

entrecejo.

Dieron las seis: la tartana se puso en

marcha a los varoniles sones de La Parissienne,

cantada por los catorce hacendados que

la ocupaban. Mientras en las lejanas ventanas

febriles manos agitaban locos pañuelos,

se oía el heroico canto:

104


En avant, marchons

Contre leurs canons!

A travers le fer, le feu des bataillons!

Luego, con el brazo derecho en el aire y

con una especie de mugido:

Courons a la victoire! 1

Todo ello acompasado, en cierta medida,

por los grandes latigazos que el propietario

conductor daba, con cada brazo, a los

tres caballos.

Fue una buena jornada.

Los burgueses son alegres vividores, claros

en los negocios. Pero en cuanto a la honestidad,

¡alto ahí! por ejemplo: son capaces

de hacer colgar a un niño por una manzana.

Cada cual cenó en casa de su deudor, pellizcó

el mentón de la niña, en los postres se

embolsó el dinero de la renta y, tras haber

intercambiado con la familia algunos proverbios

llenos de buen sentido, como: “Las cuentas

claras hacen buenos amigos”, o “Donde

las dan las toman”, o “A Dios rogando y con

el mazo dando”, o “No hay oficio pequeño”,

o “Quien paga sus deudas, se enriquece”, y

1. ¡Adelante, marchemos/ contra sus cañones!/ ¡En medio

del hierro, el fuego de los batallones!/ ¡A coronar

la victoria! Versos que hacen parte del himno de la revolución

de 1848. (N. del E.).

105


otros proverbios habituales, cada propietario,

escapándose de las acostumbradas bendiciones,

retomó su lugar, uno a uno, en el

carruaje recolector que vino a recogerles de

granja en granja, y, al oscurecer, se pusieron

en marcha hacia Nayrac.

Sin embargo, ¡una sombra había descendido

sobre sus almas! En efecto, ciertos

relatos de los labradores habían indicado a

los propietarios que el violinista había creado

escuela. Su ejemplo había sido contagioso.

El viejo bandido se había rodeado, al parecer,

de una horda de verdaderos ladrones

y —sobre todo en la época de cobrar la renta—

el camino no era demasiado seguro. De

manera que, a pesar de los vahos del clarete,

disipados enseguida, nuestro héroes ponían,

ahora, una sordina a La Parissienne.

Caía la noche. Los chopos alargaban sus

oscuras siluetas en el camino, el viento removía

los setos. Entre los mil ruidos de la naturaleza

y alternando con el trote regular de los

tres mecklemburgueses, se oyó, a lo lejos, el

aullido de mal agüero de un perro espantado.

Los murciélagos volaban alrededor de los pálidos

viajeros, a quienes el primer rayo de la

luna iluminó tristemente... ¡Brrr!... Apretaban

los fusiles entre sus rodillas con un convulsivo

temblor; se aseguraban, de vez en cuando,

de que aún tenían consigo el saco de dinero.

106


No se oía una palabra. ¡Qué angustia para estas

honestas gentes!

Repentinamente, en la bifurcación del

camino, ¡terror! aparecieron unas espantosas

y contraídas figuras; unos fusiles relucieron;

se oyó el pisoteo de caballos y un terrible

“¡Quién vive!” resonó en las tinieblas,

pues, en ese mismo instante, la luna se ocultó

entre dos negras nubes.

Un gran vehículo, repleto de hombres

armados, obstruía el camino.

¿Quiénes eran esos hombres? ¡Evidentemente

unos malhechores! ¡Bandidos! ¡Evidente!

¡Lástima! No. Era la tropa gemela de los

buenos burgueses de Pibrac. ¡Eran los de Pibrac!

quienes habían tenido la misma idea,

exactamente, que los de Nayrac.

Sencillamente, acabados sus negocios,

los apacibles rentistas de ambos pueblos se

cruzaban en el camino, mientras volvían a

sus casas.

Pálidos, se observaron. El intenso terror

que se causaron, dada la obsesión que había

invadido sus cerebros, al haber hecho aparecer

en cada uno de los rostros los verdaderos

instintos —de la misma manera en que un

soplo de viento, tras pasar por un lago, y formando

un torbellino, hace subir las aguas del

fondo a la superficie—, provocó que se toma-

107


sen por esos mismos bandidos que, recíprocamente,

ambos temían.

En un solo instante, sus cuchicheos, en la

oscuridad, les enloquecieron hasta tal punto

que, con la temblorosa precipitación de los de

Pibrac por tomar, por precaución, sus armas,

la culata de una de las escopetas se enganchó

en el banco, se disparó sola y la bala fue a dar

a uno de los de Nayrac, rompiéndole en el pecho

una terrina de excelente foie-gras que le

servía, maquinalmente, como un escudo.

¡Ay, este disparo! Fue la chispa fatal que

incendió la pólvora. El miedoso paroxismo

que sintieron les hizo delirar. Una descarga

cerrada y furiosa comenzó. El instinto

de conservación de sus vidas y su dinero

les cegaba. Ponían los cartuchos en sus fusiles

con manos temblorosas y rápidas y disparaban

al bulto. Los caballos cayeron; uno

de los carros volcó, vomitando al azar heridos

y sacos de dinero. Los heridos, en el pasmo

de su pavor, se levantaron como leones

y siguieron disparándose unos contra otros,

¡sin poder reconocerse en ningún momento,

en medio de la humareda!... En tal furiosa

demencia, si unos gendarmes hubieran llegado

bajo las estrellas, nadie duda que hubiesen

pagado con la vida su dedicación. En

resumen, fue una masacre, porque la desesperación

les transmitía una energía más ase-

108


sina: en una palabra, ¡aquella que caracteriza

a la gente honorable, cuando se les empuja

hasta el final!

Mientras tanto, los verdaderos bandidos

(es decir, la media docena de pobres diablos,

culpables, todo lo más, de haber robado algunos

mendrugos, algunos pedazos de tocino

o algún dinero, aquí y allá) temblaban espantosamente

en una alejada cabaña, mientras

oían, llevado por el viento del camino, el

creciente y terrible fragor de las detonaciones

y los espantosos gritos de los burgueses.

Imaginándose, en su pavor, que una

monstruosa batida se había organizado contra

ellos, habían interrumpido su inocente

partida de cartas alrededor de una barrica de

vino y se habían levantado, lívidos, mirando

a su jefe. El viejo violinista parecía a punto

de desmayarse. Sus piernas temblaban. Cogido

de improviso, el valiente hombre estaba

despavorido. Lo que oía sobrepasaba su

entendimiento.

Sin embargo, al cabo de algunos minutos

de espanto, como seguían las descargas, los

buenos bandidos vieron que de repente se

estremecía y se ponía un meditabundo dedo

en la punta de su nariz.

Levantando la cabeza, dijo:

—¡Muchachos, es imposible! No se trata

de nosotros... Hay una equivocación... Es

109


un quidproquo... Corramos, con nuestras linternas,

para socorrer a los pobres heridos...

El ruido proviene del camino real.

Llegaron, con mil precauciones, apartando

las malezas, al lugar del siniestro, en el

que la luna, ahora, iluminaba el horror.

El último burgués viviente, en su prisa

por recargar su ardiente arma, acababa de

saltarse la tapa de los sesos, sin querer, por

descuido.

A la vista de tan formidable espectáculo,

de todos esos muertos, que cubrían la ensangrentada

carretera, los bandidos, consternados,

permanecieron en silencio, ebrios de estupor,

sin dar crédito a sus ojos. Una oscura

comprensión del acontecimiento comenzó,

entonces, a entrar en sus mentes.

De pronto, el jefe silbó y, a una señal, las

linternas hicieron un círculo en torno al músico.

—¡Mis buenos amigos! —masculló con

voz horrorosamente baja (y sus dientes castañeteaban

de un miedo que parecía aún más terrorífico

que el primero)—, ¡oh amigos míos!...

¡Recojamos, rápidamente, el dinero de estos

dignos burgueses! ¡Alcancemos la frontera!

¡Huyamos a toda prisa! ¡Y no volvamos a poner

nunca los pies en este país!

Y como sus acólitos le observaran boquiabiertos

y sin entender nada, señaló con

110


un dedo los cadáveres, añadiendo, con un estremecimiento,

estas palabras absurdas, ¡pero

eléctricas! que provenían, seguramente,

de una profunda experiencia, de un eterno

conocimiento de la vitalidad, del honor del

Tercer Estado:

—ELLOS PROBARÁN... QUE FUIMOS NOS-

OTROS...

De Cuentos crueles. Ediciones Cátedra,

Letras Universales, 1984.

Traducción de Enrique Pérez Llamosa.

111


Continuidad del tablero

Antonio Suárez Molina

113


ANTONIO SUÁREZ MOLINA (1892-1967).

Español, de la provincia de Lérida, fue novelista,

cuentista, guionista radial y de cine, cronista

deportivo. En la década del 30 emigró a Argentina,

donde colaboró en diversas publicaciones

de Buenos Aires. Escribió allí, entre otros,

un libro de sonetos, Diatriba de la luz, que mereció

elogios de Jorge Luis Borges. Un guión suyo,

El infierno de los descreídos, fue llevado al cine

con gran éxito.

114


Para Julio Cortázar

Como en muchas leyendas, poemas e historias

anteriores, dos reyes se sentaron en ésta

a jugar al ajedrez, ajenos a las cruentas guerras

que se libraban en sus confines. Cada uno

de los monarcas era dueño de un reino. El ganador

se quedaría con los dos, y el otro partiría

al destierro.

El espacio era un jardín, circundado de

álamos y encinas. Desde las lejanas montañas

llegaba, muy tenue, un aullido de lobos.

El tablero del juego era de mármol, y las piezas

figuraban siluetas guerreras. El lugar y la

época son inciertos.

“¿Y si llegamos a tablas?” preguntó el rey

azul, más sensato que su rival.

“Tendríamos que seguir”, dijo el monarca

rojo, hombre enérgico y audaz, “hasta que alguien

incline su rey. Tal es lo convenido”.

115


La primera partida, una Ruy López con la

variante del cambio, terminó empatada luego

de 44 movimientos. La segunda, una defensa

Grünfeld harto compleja, arrojó, después de

87 movidas, el mismo resultado.

Y así siguieron. Los contrincantes, tan distintos

de estilo —el uno creativo, arriesgado,

el otro posicional, sólido—, tenían un nivel de

juego, por cierto alto, muy equivalente. Los

dos habían aprendido desde niños, con sus

tutores, esa otra forma de la guerra. Y habían

consultado luego con provecho las partidas y

reflexiones de Don Alfonso el Sabio, Da Vinci,

Andersson, e incluso las de aquella dama

de la corte napoleónica a la que se le permitía,

cuando era su turno de responder con las

piezas negras, hacerlo con las blancas, para

no empañar de azabache sus manos marfileñas.

Y ambos eran tozudos, tercos como dos

mulas nacidas en establos reales.

Se sucedieron muchas, innumerables partidas,

sin que ninguna permitiera un ganador.

El sol se ponía, la luna asomaba, volvía

a triunfar la mañana. Concentrados en el tablero,

los rivales no se miraban, no veían en

el rostro del otro, espejo de sí mismos, los estragos

del tiempo. Eran ya otros los lobos del

bosque. Los rosales del jardín, atentos a un incesante

fluir, prodigaban nuevas flores, nuevas

bellotas las encinas. El galope de un caba-

116


llo interrumpió por un momento la concentración

de los jugadores.

El jinete se apeó, se acercó a la mesa de

juego, y habló con cierta prepotencia: “Ya no

existen los dos reinos”, dijo. “Se fusionaron

en una república, que ahora vive en paz, por

decisión del pueblo y de las Cortes”.

Dicho su mensaje, el hombre partió a toda

prisa, sin advertir que la distracción causada

por su arribo había impedido una jugada decisiva,

que el monarca rojo no vio. Después

de alfil por peón torre, un espléndido sacrificio,

hubiera seguido para el rival una larga e

irremediable agonía. De cualquier modo, antes

que los contendores se dignaran comentar

las nuevas recibidas, la partida continuó.

Pactado el empate, el ex rey azul, siempre

el más cauto, preguntó:

“¿Y ahora, qué?”

“Alguien tiene que ganar, insisto en ello”,

respondió el rojo, siempre el más audaz. “Y

no es raro que una república, ejemplos sobran,

vuelva a ser un reino. Es cuestión de paciencia

y, así lo decía nuestro padre, de alguna

sangre. Continuemos, che”.

Era su turno de empezar, y planteó una

apertura que, según muchos entendidos, conduce

a tablas.

De Campos de Marte.

Buenos Aires, Editorial La Balsa, 1965.

117


Historia del hombre de

Bagdad y el guali de El Cairo

(Noche 923)

Libro de las mil y una noches

119


LIBRO DE LAS MIL Y UNA NOCHES. De

origen remotísimo e incierto, esta inmortal colección

de relatos, fábulas y apólogos orientales

fue dada a conocer por primera vez en Europa

por el estudioso francés Antoine Galland, en

el siglo XVIII; no obstante, como anota Rafael

Cansinos Assens, “La crítica erudita ha señalado

después, al conocerse en Europa Las mil y

una noches como libro, transfusiones de su fondo

oral y anónimo en páginas de Timoneda,

de Shakespeare, de Calderón, de Ariosto...” Su

vasta influencia, en todo caso, justifica con creces

esta frase de Borges: “Los siglos pasan, y la

gente sigue escuchando la voz de Shahrázád”.

120


Cuentan (pero Alá es el más sabio) que había

en Bagdad un hombre, dueño de grandes

riquezas y de mucha hacienda, pero que gastaba

y derrochaba de manera tan desaforada

que al cabo cambió su estado y vino a encontrarse

sin nada, y tuvo que ponerse a trabajar

en penosos oficios, para ganarse el pan.

Y sucedió que una noche que estaba triste

y abatido y preocupado, se quedó dormido

y parecióle en su sueño que oía una voz

que le decía:

—Tu suerte, amigo, está en Egipto.

Luego que el hombre se despertó, impresionado

por aquella voz, decidió seguir su

indicación y procedió en seguida a hacer los

preparativos para su viaje a Egipto.

Y luego fue caminando hasta que llegó a

El Cairo, y, ya allí, le cogió la noche y se guareció

en una aljama y se durmió. Y dizque

contigua a aquella aljama había una casa.

121


Y hubo de suceder, por decreto de Alá

(loado sea y glorificado), que una partida de

ladrones entraron en la dicha aljama y por

ella pasaron a la casa aledaña.

Y la gente de la casa, al sentir el ruido

que hacían los ladrones, despertóse y prorrumpió

en grandes gritos demandando

auxilio.

Acudió luego el guali de la ciudad seguido

de sus guardias, y los bandidos se dieron

a la fuga para no caer en la redada.

Y el guali entró en la aljama y vio allí al

bagdadí, que dormía a pierna suelta, y empezó

a fustigarle con su látigo, dándole unos

golpes tan recios que en poco estuvo que no

lo dejara muerto. Y luego de eso mandó el

guali que lo metiesen preso.

Pasó el hombre tres días en la cárcel,

y, al cabo de los tres días, presentóse allí el

guali y lo interrogó, diciendo:

—¿De qué país eres?

Y el hombre le contestó:

—De Bagdad.

Y el guali tornó a preguntar:

—¿Y cuál fue el motivo que te trajo a

Egipto?

Y el preso le dijo:

—Pues un sueño que tuve en el que oí

una voz que me decía: “Tu suerte está en

Egipto; dirígete allá”. Hícelo así, y, al llegar,

122


me encontré con la suerte que tu fusta me

tenía reservada y que por poco me conduce

a la muerte.

Echóse a reír, al oírlo, el guali, con tales

bríos, que dejó ver su muela del juicio. Y

luego le dijo:

—¡Ye el menguado! Tres veces oí yo en

mi sueño una voz que me decía: “Hay en

Bagdad una casa de estas y estas señas, y

en ella hay una fuente así y asá, y debajo de

la fuente hay un tesoro enterrado; vé allá y

cógelo, que para ti está reservado”. Y yo, ya

lo ves, no hice ningún caso de esa voz que

oí en sueños y me quedé aquí tan fresco,

mientras que tú, pobre iluso, dejaste tu país

y te trasladaste a Egipto solamente por un

vano sueño y un loco delirio.

Dióle después el guali al bagdadí unos

dirhemes y le dijo:

—¡Apáñate con ellos hasta que vuelvas

a tu tierra!

Y el bagdadí tomó el dinero y se volvió

a su país. Y dizque la casa aquella que el

guali le describiera era precisamente la suya;

de forma, pues, que al llegar a ella el de

Bagdad púsose luego a cavar debajo de la

fuente que el guali le dijera y se encontró,

efectivamente, con un tesoro que contenía

grandes riquezas.

123


Y Alá lo favoreció con ellas y vino el

hombre a encontrarse de nuevo en su opulencia

de antes.

124

De Libro de las mil y una noches.

Traducción directa del árabe, cotejada con las

principales versiones en otras lenguas,

de Rafael Cansinos Assens (Aguilar, 1997).


El Monito Fleis

Efe Gómez

125


EFE GÓMEZ (1873-1938). Efe Gómez (Francisco

Gómez Escobar), oriundo de Fredonia, es

a no dudarlo unos de los mejores narradores

que ha dado Antioquia y Colombia entera. Cultivó

ante todo la cuentística, centrada siempre

en las gentes (mineros, labriegos, fauna pueblerina)

y ambientes de su tierra antioqueña, con

una amplia gama temática que va desde el humor

más quevediano a hondos dramas y tragedias,

teñidos de fatalidad y de violencia. La mayoría

de sus cuentos están recogidos en los volúmenes

Almas rudas, Retorno y Guayabo negro. El

relato que da título a este último es inmortal.

126


—El éxito en la vida tiene un nombre:

yo quiero —dijo Gerardo Rivas, heredero

opulento, que había derrochado parte de su

inmensa fortuna en empresas utópicas, para

hacer creer que lo que había heredado, conseguido

había sido por él, trabajando, bregándose

la vida; para hacer creer que era,

como él a sí propio se llamaba, un self-made

man.

—Mira —contestó Perucho, el químico

de la empresa—: existen las buenas y existen

las malas. Voy a probártelo. Óyeme: en

aquel tiempo había en la región un agricultor

que...

—¡No, por Dios! ¡Parábolas no, y no!

—clamó Gerardo.

—Déjalo —dijeron los demás de la tertulia—,

déjalo; cada uno elige su manera de

expresarse.

127


—Cuanto más que la parábola es un modo

muy noble de expresión: en parábolas hizo

parte muy grande de sus enseñanzas nuestro

señor Jesucristo; en parábolas se expresaba

muchas veces el Buda Gautama; en parábolas

se produjo gran número de veces el Chato

Aparicio Arango; en parábolas dio al mundo

sus enseñanzas don Vicente Montero. En fin,

que muchos grandes hombres han preferido

la parábola como medio de expresión —dijo

el director de la mina, hombre doctísimo.

—Dí pues tus parábolas, ya que estamos

en los tiempos de las mayorías.

—Oíd, pues: en aquel tiempo había en la

región un agricultor que plantó dos rosales en

su huerta. El uno en un suelo abonado cuidadosamente,

en un arenal reseco el otro. Creció

el primero hermoso, sus tallos llenos de

jugos, erizados de espinas sonrosadas, cuajáronse

de frondas verdes, consteláronse de rosas

magníficas, tan magníficas que merecían

morir dulcemente sobre el seno de jazmines

de Nohemí, la morena más bizarra que el pulgar

de la raza logró jamás modelar en carnes

firmes en las montañas de mi tierra, en tanto

que el rosal sembrado sobre arena, retorcía

sus tallos desmedrados, de hojas escasas,

amarillentas y resecas.

—Lo cual no tiene nada de raro —interrumpió

con viveza Gerardo.

128


—Es cierto. Nada de raro tiene eso —dijo

Perucho—, como no lo tiene tampoco lo

que sigue. Pues aconteció que el rosal sembrado

sobre abonos, escribió un libro en cuatro

volúmenes, a la manera de los Smiles, de

Silvan Roudes y de Marden: cuajado de sentencias

profundas, de máximas y de filosofías,

sobre la influencia de la voluntad en el

éxito de los negocios de la vida. Libro en el

cual, entre otros muchos ejemplos de individuos

que han triunfado por su esfuerzo, contaba

cómo había hecho él —el rosal— para

hacerse tan frondoso y producir tantas rosas

sobreponiéndose a la hostilidad del medio, y

a fuerza de disciplina interior y de voluntad

tesonera. De paso, y como para contraste de

su actuación brillante, citaba el caso del rosal

que crecía sobre arena, el cual —decía— por

pereza, por indolencia y por desgreño, no lleva

jamás flores. Según he logrado averiguarlo, al

rosal moralista se dio la sentencia aquella que

tú nos citabas: “El éxito tiene un nombre: yo

quiero”. Porque como todos los que la fortuna

plantó sobre las arterias por donde la vida

universal circula intensamente, nuestro rosal

estaba convencido de que a su personalidad

moral se debía su floración magnífica.

—El rosal era sincero al creer eso: afirmaba

un acto de conciencia íntima —dijo el director

de la mina, hombre docto, quien ironi-

129


zaba con el mismo aire de inocencia con que

otros dicen tonterías.

—¿Y los que nacieron desvalidos, y por

esfuerzo propio triunfaron: un Rockefeller,

un Carnegie, un...? —replicó fogosamente

Gerardo.

—Ésos vegetaron tristemente, mientras

que sus raíces chupaban de la reseca arena;

pero cuando por azar las hundieron en capas

ricas de sustancias nutritivas, entonces...

—Pero para llegar a esas capas ricas necesitaron

del esfuerzo heroico de su voluntad.

—Necesitaron, sobre todo, que las capas

ricas existieran...

—¿Conocieron ustedes al Monito Fleis?

—dijo de pronto, interrumpiéndolos, el director

de la mina.

—¿Al marido de la Mona Dávila?

—¿Al papá del Monito Colibacilo?

—El mismo. Pues bien: el Monito Fleis

era un hombre de malas.

—Algún haragán —contestó Gerardo.

—Era diligente, era honrado. Oigan pues:

hace de ello mucho tiempo, antes de la guerra

última, hubo cierto mes en que estas minas

de Echandía pasaron por una crisis formidable;

en la cantina de Manuel Antonio

Taborda se comentaba el asunto.

—Sí, señor —decía Cusuco—; se berrió

Echandía. ¿Que no? Miren: el filón de Bo-

130


quejoyo no ha dado más que jumos de oro

en los molinos; en la amalgamación de la Línea,

dos o tres barritas de plata aurífera... y

esa es toda la remesa de este mes.

—No puede ser.

—Pues lo irán a ver.

Y unos a otros se miraban asombrados.

Porque eso de que no fueran a Medellín en

ese mes, de los veneros insignes de don Bartolomé

Chaves, hileras, filas interminables

de mulas cargadas, agobiadas, pujando bajo

el peso de barras de metal auroargentífero,

eso no podía concebirse siquiera: sería la

primera vez que sucediese.

—Y la mina no tiene la culpa.

—Claro: la tienen los mineros.

—Y los molineros.

—Y los químicos.

—Porque Echandía es una mina de

verdá.

—La mejor de la pelota.

—¿Tiene algún mandadito que hacerle,

don Manuel Antonio? —dijo Fleis entrando.

Nadie lo miró siquiera. Silencio burlón.

Profundo. Luego uno aquí, más allá otro:

—¡Qué hacer!

—¡Mandaditos qué hacer!

—¡Qué les parece!

131


—¡Fleis pa’ bien guaimarón!

—¡Salir con ésas cuando la remesa...!

Quedóse Fleis parado. Debo de haber

dado una lora madre —pensó—... Y salió, se

escurrió de la tienda, pasitico, vergonzoso.

—Yo debo ser un animal —se iba diciendo—.

Salir con ésas cuando la remesa... (Y se

quedó parado mirando a la distancia, estático,

abstraído, lelo).

—Y haber amanecido en casa sin qué desayunar,

un día como hoy en que la remesa...

¡Qué imprudencia!

Y pensando en sus doce hijos, a quienes

dejara esa mañana berreando de hambre, en

cuclillas al lado del fogón puesto en el suelo y

apagado, doce hijos, ¡doce! Doce monos flacos,

tuntunientos, pecosos como él y como

la Mona Dávila, su mujer:

—Tal vez en Marmato encuentre un inglés

a quien poder ganarle algún jediondo peso

con qué desayunar a esos flacuchentos.

Y cogió camino abajo.

En la esquina del estanco de Marmato

comentaban lo de la remesa de Echandía. Se

acercó cohibido. Resolvióse al fin:

—¿Se le ocurre algún mandadito, mister

Brandon?

Los místeres se miraron entre sí. Miraron

a Fleis de abajo a arriba. Tornaron a mirarse

unos a otros. Y rompieron a reír.

132


—Soy bien animal, de veras —dijo Fleis,

tomando el camino del Boquerón.

Era ya la una del día y Fleis, sin hallar en

qué ocuparse, vagaba por caminos y veredas.

Paróse de repente. Vio que allá venía un

hombre rubio, bello; vestía larga túnica ceñida

a la cintura; la partida barba y los cabellos,

como mies, dorados; los ojos grandes,

mansos.

—Oh, Señor —dijo Fleis reconociéndolo.

Y se arrojó de rodillas a sus plantas.

Puso el Señor sus dos manos divinas sobre

los hombros de Fleis. Puso luego sus ojos

absolutos en los de Fleis hambrientos, desteñidos,

y... apartándolos a un lado, dispúsose

a proseguir el camino que traía. Levantóse

Fleis y, rápido, tornó a cerrarle el paso:

—Señor, Señor —clamó—; un peso, uno

siquiera. A mí, tú lo sabes, ya nadie me da al

fin, y en casa mi mujer no tiene para alzar el

fogón y mis hijos lloran de hambre...

Tornó el Señor a evitar a Fleis y a seguir

su camino, los ojos puestos en el suelo como

si buscase algo perdido.

—Señor, Señor —clamó Fleis, poniéndosele

de nuevo por delante.

Detúvose el Señor y díjole severo:

—Pero hombre Fleis, tienes tamañas

ocurrencias: ¡Qué te parece! Yo con harto

133


afán buscando la manera de completar la remesa

de don Bartolomé Chaves y tú, ¡dale,

con la simpleza de que en tu casa no amanece

con qué desayunar!

—Tengo yo, de veras, unas ocurrencias

—dijo Fleis monologando, mientras Cristo

se alejaba—; ¡unas ocurrencias! Salir con

que mis hijos lloran de hambre, cuando la

remesa...

Y compungido, contrito, desolado, meneando

de un lado para otro la cabeza:

—Tengo yo, de veras, unas ocurrencias...

¡Unas ocurrencias!

134

Tomado de Efe Gómez, sus mejores páginas.

Colección Autores Antioqueños, 1991.


El alcalde de Riolimpio

—Primero me arrancan la mano —dijo la

vieja Chana. Y apretaba la diestra en que empuñaba

el billete del banco, hasta tornar, por

el esfuerzo, blancos los nudillos de la mano,

mientras Jenaro, el comisario, forcejeaba por

abrírsela.

—Déjala, Jenaro; deja eso —dijo el secretario,

levantando la cabeza de los papeles

donde escribía, y paseando por el despacho

la mirada turbia de sus ojillos garetas.

Y dirigiéndose a Jenaro:

—Asómate a ver si el señor alcalde viene

ya.

—Allá viene cuesta arriba —dijo desde la

puerta Jenaro, asomándose.

Reinó silencio unos instantes.

—¡Ay, Señor! —exclamó el alcalde, entrando—.

Sube uno aquí con la lengua de corbata.

135


Y resollando grueso, se dejó caer en un

taburete.

—¿A ver qué es lo que pasa? —dijo cuando

se hubo serenado.

—Que esta vieja Santoslarga... —exclamó

la Chana.

—Que esta maldita... —clamó Santoslarga.

—¡Ladrona!

—¡Alcahueta!

—Silencio, apreciabilísimas damas —interrumpió

el alcalde—. Habla tú, Jenaro.

—La cosa fue —dijo Jenaro— que una

señora que iba de paso dio de limosna a estas

viejas...

—La tuya.

—¡Mugroso!

—Silencio, o las hago poner en el cepo.

—...dio de limosna a estas “apreciabilísimas

damas” un billete de a peso. La Chana,

que lo recibió, lo empuñó y dice que a ella

sola se lo dieron. La Santoslarga dice que fue

a las dos. Y se han tirado del pelo, y se han

arañado, y se han dicho bellezas. Y aquí las

traigo. Tienen el pueblo en guerra.

El alcalde se pasea meditabundo. Deteniéndose

ante las viejas:

—Presta acá el billete, Chana.

La vieja le mira perpleja; duda, se revuelve

en el asiento; y abre, al fin, la mano. To-

136


ma el alcalde el billete y continúa paseándose.

Y deteniéndose ante las viejas asombradas,

parte el billete en dos.

—Toma tú —dijo a la Chana, dándole

la mitad.

—Toma tú —dijo a la Santoslarga, dándole

la otra mitad.

Las viejas recibieron su porción y se miraron.

Salieron cabizbajas, una en pos de

otra. Adelante la Santoslarga, la Chana detrás.

Al cabo de ir calle abajo, la Santoslarga

se volvió a mirar a la Chana. Sonrió ésta; se

juntaron. Y entraron juntas a la tienda de la

turca Zoraida.

—Préstenos el frasco con la goma, doña

Zoraida —dijeron a un mismo tiempo.

Unidas las cabezas, sonrientes ya, se pusieron

a pegar las dos porciones del billete.

—Déme a mí, Zoraidita, un trago de

aguardiente —dijo la Santoslarga, permitiendo

entrambas que la turca tomara de encima

del mostrador el billete.

—A mí me da cinco centavos de panelas

de coco y cinco de pandequeso.

—Y nos vuelve cuarenta centavos a cada

una...

—Mírelas usted. Están amigas ya. Es usted

un Salomón, señor alcalde —dijo el secretario.

137


Los dos pasaban en ese preciso momento

por enfrente a la tienda. El alcalde con un

aguacate en la diestra y el bastón en la izquierda;

el secretario jugando a dos manos

con una llave (la del despacho) del tamaño

de una barra de grillos.

El alcalde callaba.

—Sí, señor; un Salomón —continuó el

secretario.

—¡Hum! Hice coincidir sus intereses un

momento. Eso fue todo. Es lo solo que une a

los humanos. Pero cuando acaben con el billete,

volverán a reñir esas viejas.

138

¡La ideología son vacas!

Tomado de Efe Gómez, sus mejores páginas.

Colección Autores Antioqueños, 1991.

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