La Inteligencia de una Mquina

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La Inteligencia de una Mquina

La Inteligencia de una Máquina

Jean Epstein

Ediciones Nueva Visión.

1960, Buenos Aires - Argentina.

Capítulo: El quid pro quo del continuo y del discontinuo

Una especie de milagro

Como es sabido, un film se compone de una gran cantidad de imágenes

yuxtapuestas sobre el celuloide, pero distintas y algo desemejantes entre sí por

la posición más o menos modificada del sujeto fotografiado. Con un

determinado ritmo, la proyección de esta serie de figuras separadas por cortos

intervalos de espacio y de tiempo produce la apariencia de un movimiento

ininterrumpido. Y éste es el prodigio más sorprendente de la máquina de los

hermanos Lumiere: transformar una discontinuidad en una continuidad;

posibilitar la síntesis de elementos discontinuos e inmóviles en un conjunto

continuo y móvil; realizar la transición entre los dos aspectos primordiales de la

naturaleza que, desde que existe una metafísica de las ciencias, parecían

oponerse el uno al otro y excluirse recíprocamente.

Primera apariencia: el continuo sensible

En la escala donde directa o indirectamente se lo percibe por los sentidos, el

mundo aparece en primer lugar como una reunión rigurosamente coherente de

partes materiales, entre las cuales la existencia de una vacuola de vacío, de

una verdadera discontinuidad, parece de tal modo imposible que allí donde no

se sabe qué es lo que hay, ha sido imaginada una sustancia de relleno llamada

éter. Sin duda, Pascal ha demostrado que el pretendido horror que la

naturaleza tendría por el vacío era una quimera, pero no ha podido borrar el

horror que la inteligencia humana experimenta ante un vacío del cual no puede

adquirir ninguna experiencia sensorial.

Segunda apariencia: el discontinuo de las ciencias físicas

Contra esta concepción primitiva del continuo-universal, a partir de Demócrito

se desarrolla victoriosamente la teoría atomística, que supone a la materia

constituida por corpúsculos indivisibles y separados los unos de los otros. Si el

átomo, a pesar de su supuesta indivisibilidad, ha podido ser subdividido en

muchas clases de partículas eléctricas, se mantiene hoy en general la hipótesis

de una estructura material en forma de lagunas, discontinua, gaseosa

podríamos decir. Y esto tanto en lo infinitamente pequeño como en lo

infinitamente grande, donde los elementos plenos no ocupan más que un

volumen muy pequeño en reIación con los vacíos inmensos a través de los

cuales circulan. De esta manera, una galaxia puede compararse con un vapor

de estrellas, así como el átomo se asemeja a un sistema solar en miniatura.


Bajo el mundo consistente que conocemos prácticamente, se disimulan las

sorpresas de una realidad muy dispersa, donde la proporción de lo que es

consistente, en comparación con lo que no es, se ejemplifica con una mosca

que vuela en un espacio de unos 8 km 3 .

Tercera apariencia: el continuo matemático

Si bien se puede concebir a los corpúsculos materiales como distintos, no se

los puede en cambio reconocer como independientes, ya que todos ellos

ejercen entre sí influencias recíprocas, que explican el comportamiento de cada

uno. La red de estas innumerables interacciones, o campo de fuerza, presenta

una trama imponderable que llena todo el espacio-tiempo de los relativistas. En

esta nueva continuidad de cuatro dimensiones, la energía latente en todas

partes se condensa, aquí y allá, en gránulos dotados de masa,

que son los componentes elementales de la materia.

Bajo el discontinuo material—molecular, atómico, intraatómico—se imagina

entonces un continuo más profundo y anterior, que deberá llamarse prematerial,

ya que potencia y dirige las localizaciones cuánticas y probabilistas de

la masa, la luz y la electricidad.

La transmutación del discontinuo en continuo, negada por Zenón, pero

llevada a cabo por el cinematógrafo

Los puntos más oscuros de esta poesía se encuentran en los pasajes y en las

superposiciones del continuo superficial al discontinuo medio, y de éste al

continuo pre-material, que sólo tiene aún existencia matemática. El hecho de

que una realidad pueda acumular continuidad y discontinuidad; de que una

serie sin fisuras sea una suma de interrupciones; de que la adición de

inmovilidades produzca el movimiento, son cosas ante las cuales se asombra

la razón desde el tiempo de los eleáticos.

Así, pues, el cinematógrafo aparece como una mecánica destinada

misteriosamente a la destrucción de la falsa exactitud del famoso razonamiento

de Zenón sobre la flecha, capaz del análisis de esta sutil metamorfosis del

reposo en movimiento, de lo lagunar en pleno, de lo continuo en discontinuo,

transformación que maravilla tanto como el surgimiento de lo vivo a partir de lo

inanimado.

La continuidad, falsa imagen de una discontinuidad

¿Es la cámara filmadora o el aparato de proyección el que opera el milagro?

De hecho, todas las figuras de cada una de las imágenes de un film,

sucesivamente proyectadas en la pantalla, se mantienen tan perfectamente

inmóviles y separadas como lo estaban desde su aparición en la película

sensible. La animación y la confluencia de estas formas no se producen sobre

el celuloide ni en el objetivo, sino sólo en la retina del hombre mismo. La


discontinuidad sólo se vuelve continuidad después de haber penetrado en el

espectador. Se trata, pues, de un fenómeno puramente interno. En el exterior

del sujeto que observa no hay movimiento, no hay flujo. En los mosaicos de luz

y sombra que la pantalla presenta no hay vida: siempre están fijos. En el

interior existe una impresión que, como todos los otros datos de los sentidos,

es una interpretación del objeto, es decir, una ilusión, un fantasma, pero no el

objeto mismo.

Las imperfecciones de la vista, fuente de la metafísica del continuo

Sabemos que este espectro de una continuidad inexistente se debe a un

defecto de la visión. El ojo sólo tiene un poder de separación estrechamente

limitado en el espacio y en el tiempo. Una serie de puntos muy cercanos los

unos de los otros se percibe como una línea, suscita el fantasma de una

continuidad espacial. Y una sucesión lo bastante rápida de imágenes distintas,

pero poco diferenciadas entre sí, crea—a causa de la lentitud y de la

persistencia de las sensaciones retinianas— otro continuo más complejo,

espacio-temporal, también imaginario.

Todo film nos brinda así el claro ejemplo de una continuidad móvil, que no está

formada (en lo que puede llamarse su realidad un poco más profunda) más que

por inmovilidades discontinuas. Zenón tenía entonces razón al sostener que el

análisis de un movimiento da como resultado una colección de detenciones;

sólo se equivocó al negar la posibilidad de esta síntesis absurda que

recompone efectivamente el movimiento al adicionar los descansos, y que el

cinematógrafo realiza gracias a imperfecciones de nuestra vista. "El absurdo no

es posible", señalaba Faraday. La consecuencia natural de los fenómenos no

es necesariamente lógica, como se advierte también cuando la luz, sumada a

la luz, produce oscuridad en las zonas de interferencia.

EI discontinuo, ¿realidad de un continuo irreal?

El continuo sensible, cuya existencia nos es asegurada por la experiencia

cotidiana de todo lo que nos rodea, pero cuya realidad es desmentida por la

investigación científica, resulta ser en el fondo una trampa nacida (como la

falsa continuidad del film) de la insuficiencia del poder de separación de

nuestra vista y de todos nuestros sentidos. Así, el encanto de la música, el flujo

de armonía perfectamente encadenado que gustamos en la audición de una

sinfonía, nacen de la impotencia de nuestro oído para situar diferenciadamente

en el espacio y en el tiempo cada vibración de cada conjunto de ondas

sonoras. Del mismo modo, la relativa imperfección de los sentidos múltiples

que agrupamos bajo el nombre de tacto no nos permite conocer la división

extrema ni el movimiento formidable de los minúsculos componentes de los

objetos que manejamos. Y de esta debilidad de nuestras percepciones nacen

todas las falsas nociones de una materia sin lagunas, de un mundo compacto,

de un universo pleno.

En todos los campos, el continuo visible, palpable, audible, respirable no es


más que una primera apariencia muy superficial, que posee sin duda su

utilidad, es decir su verdad práctica, pero que oculta una organización

subyacente de aspecto discontinuo, cuyo conocimiento se ha revelado como

mucho más útil aún y cuyo grado de realidad puede y debe ser considerado, en

consecuencia, como más profundo.

La discontinuidad, falsa imagen de una continuidad

¿De dónde proviene esta discontinuidad considerada más real? Por ejemplo,

en el proceso cinematográfico, ¿dónde y cómo se captan las imágenes

discontinuas que sirven al espectador para elaborar la continuidad subjetiva del

film? Estas imágenes son captadas en el espectáculo en movimiento perpetuo

del mundo; espectáculo que se encuentra fragmentado, recortado en breves

secciones por un obturador que no tapa el objetivo, en cada rotación, más que

por un tercio o un cuarto del tiempo que le es necesario. Esta fracción es lo

bastante breve como para que las instantáneas obtenidas adquieran tanta

nitidez como las fotografías de personas en reposo. La discontinuidad y la

inmovilidad de los clisés cinematográficos, consideradas en sí mismas, resultan

entonces una creación de la cámara filmadora, una interpretación en extremo

inexacta del aspecto continuo y móvil de la naturaleza, aspecto que tiene aquí

el papel de realidad esencial.

Si el hombre se encuentra organizado por sus sentidos para percibir el

discontinuo como continuo, la máquina en cambio "imagina" más

fácilmente el continuo como discontinuo

En esta ocasión, un mecanismo se revela como dotado de una subjetividad

propia, ya que representa las cosas no como las percibe la mirada humana,

sino únicamente como las ve él, según la estructura particular que constituye

su personalidad. Y la discontinuidad de las imágenes fijas (fijas por lo menos

durante el tiempo de su proyección, en los intervalos de su deslizamiento a

tirones), discontinuidad que sirve de fundamento real al continuo humanamente

imaginario del conjunto del film proyectado, resulta ser a su turno nada más

que un fantasma, concebido y pensado por una máquina.

En primer lugar, el cinematógrafo nos ha mostrado, en el continuo, una

transfiguración subjetiva de una discontinuidad más verdadera; luego, este

mismo cinematógrafo nos muestra, en el discontinuo, una interpretación

arbitraria de una continuidad primordial. Se adivina entonces que este continuo

y este discontinuo cinematográficos son en realidad tan inexistentes el uno

como el otro o, lo que en esencia resulta lo mismo, que el continuo y el

discontinuo toman alternativamente el papel de objeto y el de concepto, ya que

su realidad no es más que una función en la cual pueden sustituirse el uno al

otro.

El continuo, ¿realidad de un discontinuo artificial?


Todo el discontinuo de la doctrina científica actualmente en boga no resulta

menos artificial y engañador que la discontinuidad y la inmovilidad de las

instantáneas cinematográficas. Bernard Shaw se negaba a creer en los

electrones y en los ángeles, porque no había visto ni a unos ni a otros. Si sólo

bastase con ver, la existencia de los electrones no podrìa ser puesta en duda

ya que, en efecto, hoy se los ve, se los cuenta, se los mide. Sin embargo, no es

del todo seguro que existan en estado natural, en el curso de la evolución de

los fenómenos. Lo que únicamente puede afirmarse es que aparecen como

resultado, quizá monstruoso, de ciertas condiciones experimentales, que

violentan y desfiguran la naturaleza.

Si se aísla una imagen en el film que ha registrado la labor de un actor

dramático, aquella puede mostrar el rostro crispado del héroe, la boca torcida,

un ojo cerrado y el otro desorbitado en una expresión grotesca. Tanto en el

registro como en la proyección, la escena ha parecido y parece perfecta,

emocionante, sin ninguna traza de efecto cómico. Pero la cámara filmadora, al

fragmentar la continuidad de los gestos de un personaje, ha recortado una

imagen discontinua que, a causa de su propia discontinuidad, es falsa, y que

no reencontrará su verdad sino a condición de que se la reintegre, en la

proyección, a su continuidad originaria.

De manera análoga, la poderosa instrumentación de los físicos interviene en el

continuo material, aparente o muy profundo, para cortarlo en millones de

pedazos, y los productos de esta cirugía brutal, de estos bombardeos y de

estos desgarramientos, de estas transmutaciones y de estos estallidos, son

aspectos discontinuos: átomos, protones, electrones, neutrones, fotones,

quanta de energía, etc., que con toda probabilidad no existían antes de las

experiencias que destruyeron la continuidad. Un ciclotón o un microscopio

electrónico arrancan algunas instantáneas a la textura del universo, las

transplantan en el espacio, las fijan en el tiempo, pero estas muecas de la

naturaleza torturada no tienen más significación real que la coyuntura de una

expresión cómica atribuida a la máscara del trágico.

Se rompe el vidrio de una ventana, se recuentan los residuos y se declara: este

vidrio estaba compuesto de cuatro pedazos triangulares, dos pedazos

cuadrangulares, seis pedazos pentagonales, etc. Es éste un modelo del falso

razonamiento de toda atomística, muy parecido por otra parte al razonamiento

de Zenón. Pero es evidente que el vidrio, antes de haber recibido el golpe que

lo hixo volar en pedazos, no era portador de triángulos, ni de cuadriláteros, ni

de pentágonos, ni de ningún otro pedazo que el único que él mismo constituía.

La realidad, suma de irrealidades

Ciertos análisis de la luz hacen aparecer una estructura granular, discontinua.

Pero es imposible probar que esta discontinuidad existía antes de las

experiencias investigadoras que han podido crearla, de la misma manera que

la cámara filmadora ha inventado una sucesión de descansos en la continuidad

de un movimiento. Otros fenómenos luminosos sólo se explican admitiendo que

la luz es, no ya una discontinuidad de proyectiles, sino un flujo ininterrumpido


de ondas. La mecánica ondulatoria no ha logrado disipar del todo esta

incomprensible contradicción, al suponer en el rayo luminoso una doble

naturaleza, inmaterialmente continua y materialmente discontinua, formada por

un corpúsculo y por una onda piloto, elementos de los que sólo puede

conocerse su fórmula matemática, que determina las probabilidades por las

que el grano de luz se materializa antes aquí que allá.

Ante un problema insoluble, ante una contradicción inconciliable, con

frecuencia hay motivos para sospechar que, en realidad, no hay ni problema ni

contradicción. El cinematógrafo nos indica que el continuo y el discontinuo, el

reposo y el movimiento, lejos de ser dos formas incompatibles de realidad, son

dos formas de irrealidad fácilmente intercambiables, dos de esos "fantasmas

del espíritu" de los que Francis Bacon quería expurgar el conocimiento, con el

riesgo de no dejar nada. En todas partes, el continuo sensible y el continuo

matemático—fantasmas de la inteligencia humana—pueden sustituirse o ser

sustituidos por el discontinuo interceptado por las máquinas, fantasma de la

inteligencia mecánica. No hay nada de exclusivo entre ellos, como no lo hay

entre los colores de un disco detenido y el blanco que forma el mismo disco en

rotación. Continuo y discontinuo, reposo y movimiento, color y blanco toman

alternativamente el papel de realidad que no es, aquí como allá, jamás, en

ninguna parte, otra cosa que una función, como tendremos ocasión de

comprobarlo con frecuencia.

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