Revista " Este de Madrid" - Archivo de la Ciudad de Arganda del ...

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Firmas

¡Toc! AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA

¡Toc!

A–Adelante. HHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH

H–Hola, buenas. Venía a matarle.

–¿Cómo dice?

–Lo que oye

–¿Por?

–Nada. Cosas mías.

–¿Qué respuesta es ésa? ¿No puede

ser algo más explícito?

–Para qué, si dentro de unos minutos

estará muerto.

–¿Va a tener usted el valor de quitarme

de en medio sin una mínima explicación?

–Desde luego que sí. Vengo a matarle

y punto.

–¿Así, sin ton ni son?

–Son tendrá cuando se descubra el

cadáver y salga en los periódicos.

–¿Lo hace por afán de notoriedad, entonces?

– No me maree y váyase haciendo a la idea.

–Al menos, preséntese.

–Con esta táctica dilatoria lo que trata usted es que se me pasen

las ganas de matarle.

–Estoy en mi derecho.

–Lo único que conseguirá con ello es retrasar la ejecución y, por

tanto, su propia angustia.

–Si es así, máteme cuanto antes y me hará un favor, ¿no es eso?

–Afirmativo. Ya sabe lo que se dice sobre los malos tragos.

–Pero, ¿y, el arma? ¿dónde está el arma?

–Como mi visita se debe a un arrebato imprevisto, no traigo.

–No pensará que la ponga yo, ¿verdad?

–Me evitaría tener que estrangularle.

–Miraré a ver, pero creo que no tengo nada a mano que le pueda

servir.

–Por si no lo sabe, me sienta como un tiro que me mientan.

–Es decir, que si le lanzo una mentira que le llegue al corazón, el

muerto sería usted.

–Déjese de circunloquios y busque algo para asesinarle.

–Si me asesino yo, le ahorraría la molestia.

–No sea animal. Usted no puede asesinarse. En todo caso, se suicidaría.

–¿Está seguro de eso? ¿No cree que si yo lograra matarme en

contra de mi voluntad, cometería un asesinato?

En el límite

–¿Cómo dice?

–Uno se suicida cuando está de acuerdo en quitarse la vida, pero

si lo hace forcejeando consigo mismo, no sería suicidio, sino asesinato

propio.

–Haga el favor de no enredar más esta conversación: para mí no

es ninguna molestia matarle. Recuerde

que he venido a eso.

–Le comprendo: ir decidido a liquidar

a alguien y que la víctima se mate

sola, debe poner de muy mala leche.

–Frustra mucho. Le ruego que no se

asesine y me deje a mí hacerlo. Solo

será un momento. Además, si usted se

quitara la vida, pecaría.

–¿Adónde quiere llegar? ¿A que si

no le dejo que me mate, iré al infierno?

–Es de cajón. Puesto que de todas

formas va a morir, evítese empeorar las

cosas.

–Desde esa perspectiva, la argumentación es irreprochable,pero

existe otra: que sea yo el que acabe matándole a usted.

–No se lo consentiría.

–Sin embargo, admitirá que es posible.

–Sí. He de reconocer que como posibilidad existe, no se lo niego.

–Supongo que me concederá una última voluntad.

–Estaría bueno… ¿De qué se trata?

–Cierre los ojos. Concéntrese e imagine por un momento que

fuera yo el asesino y usted el fiambre.

–Espere que me ponga en situación… ¡Ya!

–¿Qué siente?

–Desconcierto, mucho desconcierto.

–¿Solo?

–Y un cabreo del copón.

–Más.

Estertores agónicos y mucho frío.

–¿A qué conclusión llega?

–Que será mejor que me vaya por si las moscas.

–Si quiere voy a buscar el arma, pero no olvide

la sensación que acaba de vivir.

–No, no. No se moleste; ya mataré a otro

menos enrevesado. Que pase un buen día.

–Y usted que lo mate bien.

ENRIQUE CHICOTE SERNA

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