La vida monástica en los medios de comunicación

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LA REVISTA

Ingenieras y abogadas monjas en Armenteira

La vida de las monjas sigue la regla del 'ora et labora', con rezos y trabajos constantes. La comunidad se autofinancia fabricando

jabón de glicerina

JOSE TEO ANDRES - VIGO - 20-02-2011

La pequeña comunidad cisterciense del monasterio de Meis, en el corazón de la comarca del Salnés, se autofinancia con

la fabricación de jabones medicinales y una hospedería. Es un grupo singular donde abundan las mujeres con titulación

superior y acreditada vida profesional antes de tomar el hábito.

La Hermana Paula, de 42 años, una gallega natural de Coruña, lleva desde

poco antes de cumplir los 30 en el Monasterio de Armenteira, en Meis, un

escondido punto del valle del Salnés presidido por un edificio cargado de

historia cuyas primeras piedras se remontan al siglo XII aunque la mayor parte

de sus actual estructura es más recientes, del XVI al XVIII, en el largo barroco

gallego.

Desde hace 30 años, una pequeña comunidad de monjas cistercienses,

seguidoras de la regla de San Benito, ocupan sus muros, poniendo punto final

a la decadencia y el abandono que se inició con la Desamortización de

Mendizábal, en 1836, que supuso el obligado abandono de todos los

monasterios y su posterior ruina por más de un siglo.

La Hermana Paula es una monja más de las nueve que ahora mismo

mantienen la llama viva. Nunca hubo más de una decena desde la

“resurrección” del cenobio y es poco probable que en el futuro aumente el

censo. La mayoría de las actuales inquilinas llegó desde Alloz, en Navarra, Entrada al monasterio de Armenteira.

donde el Císter dispone de una importante congregación formada por 80

religiosas que decidieron expandirse y “repoblar” edificios históricos que habían sido de la Orden en el pasado.

Algunas se marcharon a Murcia y otras optaron por las brumas de Galicia, como la Hermana Ana, que es la superiora, licenciada en

psicología. Ella fue la que a partir de 1989 dirigió la transformación de un edificio que había estado vacío y cayéndose a trozos

durante más de un siglo en un lugar de oración, descanso, meditación y también en una próspera comunidad autofinanciada gracias

a su hospedería y la fabricación de jabones. Un lugar ahora mejor comunicado pero todavía alejado, como querían los frailes, y que

ahora cuenta incluso con una página web (monasteriodearmenteira.org) donde se señalan las actividades, algo de la historia y

también los productos que vende la comunidad para asegurar su subsistencia sin ayudas externas.

La Hermana Paula, con algunos de los jabones de

glicerina y medicinales que venden las monjas, así

como otros productos (eucaliptine). Foto: J.V. Landín

El jabón medicinal desbancó a otras iniciativas anteriores que resultaron poco

exitosas, como la mermelada de kiwi, por la que todavía hay quien pregunta.

No, ahora todo gira –en el plano laboral- en torno a la elaboración del

producto estrella y en garantizar su distribución. Internet es una vía, pero no

llega para cubrir el mercado más que de una forma muy somera, con venta

directa y en farmacias de la zona. Un problema que todavía no han resuelto las

hermanas cistercienses.

La historia de la Hermana Paula

Armenteira no es un monasterio cualquiera ni la Hermana Paula una monja

más. Cuando llegó a la comunidad venía con un título de ingeniería superior de

Montes bajo el brazo y un trabajo estable en la Xunta de Galicia, donde tenía

plaza como interina. Todo lo dejó por su vocación. No hay otra explicación,

tampoco el manido argumento del desengaño amoroso. “Nada de eso, tuve

novio. En un momento, me sentí disgustada con mi vida y un día me hablaron

de Armenteira, que no conocía, y vine para estar unos días de soledad y

después decidí quedarme. Primero como postulante, luego novicia y después como monja. Y aquí estoy, feliz”. Lo dice y lo parece.

El suyo, una religiosa que antes de profesar contaba con una carrera profesional anterior, no es un caso único en la casa, porque la

Hermana Leire, la más joven (35 años), es abogada y la superiora, Ana, psicóloga. También hay dos diplomadas en Magisterio y

otras dos en Enfermería. Se podría decir que Armenteira es como una empresa con profesionales cualificadas al frente. De hecho, la

orden valora que las hermanas lleguen con experiencia laboral, que es el caso de las últimas en atravesar la puerta de entrada. No

son muchas las que lo hacen, y algunas toman el camino de vuelta, aunque pocas. “Dudas hay, siempre, como en cualquier

momento de la vida, pero este es mi sitio”, asegura, recordando una de las monjas de mayor edad que a menudo hablaba de que su

lema era “hoy sigo aquí”.

Una puntualización que hacen las propias monjas: Armenteira es un monasterio, no un convento de vida contemplativa, lo que es

muy distinto. Aunque las religiosas sólo salen fuera para hacer recados o ir al médico, no están enclaustradas ni mucho menos. 'Las

órdenes monásticas nacen a partir del siglo V y más tarde se reforman según la regla de San Benito a partir del siglo XII. Otras,

como carmelitas, son muy posteriores, y apostaban por la clausura', explica la Hermana-ingeniera Paula, que está al frente de la

portería, donde se venden los jabones y otros productos, como el clásico eucaliptine, una bebida de fuerte graduación (30 grados)

que elaboran los benedictinos en Oseira. Porque las monjas, como los frailes, pueden beber alcohol, aunque con moderación. En

cambio, no pueden comer carne, lo que la Hermana Paula reconoce llevar mal. 'Hay que consumir verduras y a veces pescado, pero

nada de carne. Sí podemos beber algo de vino. Así es la regla'.

Muy dura porque exige una vida metódica, que se inicia a la cinco de la madrugada con la primera llamada a la oración (laudes). El

día se reparte entre rezos (siete), comidas frugales y trabajo manuel, hasta las nueve (completas) y media, cuando toca retirarse

para descansar. Luego, por la tarde, se permite una pequeña siesta. Y así todos los días. A cambio, toda la tranquilidad del mundo y

espacios reservados para ellas en el imponente caserón, que cuenta con un claustro magnífico, cuya última reforma es reciente, del

siglo XVIII. Es visitable, como parte del monasterio, y Turismo Rías Baixas mantiene una pequeña delegación a la entrada para dar

información y realizar giras por las partes que están abiertas al público.

“Ora et labora”, rezar y trabajar, es la norma que marca Armenteira, y que obliga a la autofinanciación de la comunidad. Para ello,

las monjas han optado por abrir una hospedería en el edificio anexo -“pueden venir hombres y mujeres, por supuesto, pero aquí se

sirve cada uno, es su encanto”, avisa- y por la fabricación de jabones medicinales, un sencillo negocio que tiene toda una historia

detrás que conduce hasta Noruega.

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La comunidad religiosa de A Armenteira está integrada por nueve monjas de la orden del Císter

06:30 Tweet 0

Se levantan todos los días a las cinco menos cuarto

de la madrugada para rezar la primera oración de la

jornada; comen en silencio y no prueban la carne; no

tienen vacaciones y solo usan el televisor de vez en

cuando para ver algún vídeo. En el monasterio de A

Armenteira (Meis) viven nueve monjas. Tres de ellas

son navarras; otras dos, vascas; hay una aragonesa

y otra burgalesa; y dos son gallegas. La más joven

es una novicia de 38 años, y la mayor tiene 92.

Muchos identifican su vida con los rigores de la

oración y la soledad, pero ellas aseguran ser muy

felices.

De izquierda a derecha, Lourdes Álava, la vasca Leire Quintana, y

Paula Téllez, en la finca del monasterio. // Iñaki Abella

ANXO MARTÍNEZ - MEIS Todavía es de madrugada cuando las nueve monjas que viven en el monasterio de A

Armenteira salen de sus celdas camino de la capilla. Mientras los vecinos de la aldea duermen, ellas asisten a

la primera oración del día.

El tiempo en la pequeña comunidad religiosa de A Armenteira se divide en tres partes casi iguales: una de ellas

se dedica a la liturgia; otra a la lectura, el estudio y la meditación; y una tercera al trabajo. La vida de las

religiosas también se caracteriza por la austeridad. No hablan mientras comen, y en su dieta no existe la carne;

no saben lo que es disfrutar de unas vacaciones; jamás ven la televisión; trabajan en sus ocupaciones de lunes

a domingo…

Para mucha gente es una vida dura, rigurosamente compartimentada, hasta cierto punto solitaria. Pero para

ellas es todo lo contrario. "No es una vida dura. Lo que se elige con gusto no suele serlo. Cuando eliges algo es

porque sientes una atracción hacia eso, una atracción de amor", explica Lourdes Álava, una hermana navarra

que se ocupa de la hospedería y que llegó a A Armenteira en 1988, procedente del monasterio de Alloz.

El día a día de las religiosas comienza a las 4.45 horas de la mañana, que es cuando se levantan. Dejan sus

celdas y se dirigen a la capilla donde, a las 5, se reza la oración "de vigilias", la primera del día. Terminada

ésta, algunas vuelven a sus habitaciones, a descansar un rato, mientras otras leen, meditan o rezan.

La mayoría de los vecinos de A Armenteira siguen durmiendo cuando a las siete de la mañana las religiosas

desayunan. Media hora después comienza la Eucaristía, que durará hasta las 8.30. Dedican entonces hora y

cuarto a la lectura y el estudio, y a las 9.45 asisten a la oración "de tercia". Entre las 10 y las 13, cada una de

las mujeres se dedica a sus ocupaciones cotidianas. Así, mientras unas cocinan, otras cultivan el huerto,

atienden la hospedería o se encierran en el pequeño taller en el que la comunidad fabrica unos jabones

artesanales con aceite natural de oliva y glicerina. A las 13.15 horas se celebra la oración "de sexta", y

después almuerzan.

Las religiosas no hablan durante la comida. Durante ese tiempo una de ellas lee en alto un texto, que a veces

está relacionado con la fe y otras con asuntos de actualidad extraídos de revistas o periódicos. De ese modo

conjugan "el alimento espiritual y físico", en palabras de Lourdes Álava. La comida termina sobre las dos, y a

partir de ese momento algunas de las monjas se retiran a dormir la siesta, mientras otras optan por estirar las

piernas con un paseo por la finca del monasterio. La actividad regresa a las 15.30 horas, con la oración "de

nona", y las hermanas vuelven a sus trabajos entre las 15.45 y las 17.30 horas.

Desde esa hora y hasta las siete tienen un tiempo para el estudio y el paseo. Después acuden a la oración "de

vísperas", a la que sigue un momento de rezos en comunidad. Cenan a las 19.50 horas, y 25 minutos más

tarde tiene lugar el "capítulo", en el que la comunidad se reúne para ensayar canto o para escuchar al capellán

o a la madre superiora. El capítulo termina a las 21 horas, con el rezo de la última oración del día, la de

"completas", y 20 minutos más tarde las monjas se acuestan. En verano todavía es de día cuando cesa la

actividad en el monasterio. Es un periodo que algunas llaman el gran silencio. "La nuestra es una vida muy

equilibrada entre oración, trabajo, estudio y descanso", añade la hospedera. "Es una vida sencilla en la que

vives cada día siendo consciente de lo que tienes entre manos".

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‘Ora et labora’ con los jóvenes

http://www.vidanueva.es/2013/01/25/ora-et-labora-con-los-jovenes/print/

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Publicado por Vidanueva en 25 enero 2013 @ 00:42 En Suscriptores,Vida Consagrada | Comentarios

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Las religiosas de Armenteira (Pontevedra) comparten su

vida monástica

FRAN OTERO. Fotos: LA SALLE | ”¡Mira que se pueden hacer cosas curiosas en unas

vacaciones de invierno!”, dicen los hermanos de La Salle Luis Miguel Sanz y Jorge Sierra. Cierto.

Y ellos, junto con unos 20 jóvenes procedentes del norte de Portugal, Galicia y Madrid

vinculados a La Salle, han hecho una muy especial los últimos días del pasado año: compartir

oración y vida con las religiosas cistercienses del pontevedrés Monasterio de

Armenteira. El título de esta experiencia, Dios con nosotros.

Durante cuatro días, los jóvenes pudieron comprobar y experimentar la vida monástica,

respirar la espiritualidad que allí habita. El Ora et labora recorrió todo un día, como también los

testimonios de las religiosas, la Lectio Divina, la oración en comunidad y la reflexión sobre el

misterio de la Navidad. El culmen fue la Eucaristía, preparada entre los jóvenes, la comunidad

y el resto de huéspedes del monasterio.

En definitiva, días que la hermana Paula sintetiza con estas palabras: “Compartimos liturgia,

trabajo manual, talleres de oración y, sobre todo, mucha vida y espiritualidad cistercienselasaliana”.

Jorge Sierra lo resume de un modo más gráfico, con alguna interpelación: “¿Pensasteis que os

podíais poner a tomar café con unos monjes y monjas y charlar de lo que se hace por allí? ¿Y

practicar un día su Ora et labora? Ellos y ellas dedican tiempo a la celebración de la fe y a la

oración; con un poco de ayuda, puedes entender sus textos y sus cantos. Hasta te pueden dar

pistas para interiorizar un texto de la Palabra –Lectio Divina, lo llaman–. Y allí hay tiempo para

todo: hasta para leer unos textos de Juan de La Salle, repensar el mensaje de una película o

hacer algunas prácticas de interioridad”.

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Vida Nueva » ‘Ora et labora’ con los jóvenes » Print

La hermana Paula

Muchos interrogantes

Y a medida que se comparte, las distancias se acortan. No es fácil para un joven acercarse a

la vida monástica, explica Paula: “Al principio nos miran con extrañeza y los interrogantes que

traen sobre la vida monástica son muchos, pues apenas conocen nada. Pero con el paso de los

días, se van dando cuenta de que somos mujeres normales, de que podemos tomarnos un café,

trabajar juntos y también orar juntos”.

La experiencia de los jóvenes y las de sus responsables –coinciden tanto Luis Miguel como Jorge–

ha sido positiva, pero añaden que ahora “hay que volver a la vida diaria, a sus grupos y entornos

de referencia para seguir creciendo”.

También para las religiosas. Y es que recibir una visita así supone alterar un poco su ritmo

de vida, algo que “de vez en cuando es muy sano”, y un intercambio real de experiencias de

fe.

“Es una riqueza para ambas partes. Ellos conocen más de cerca un estilo de vida, el

monástico, para seguir a Jesús, que tiene mucho de invisibilidad, y nosotras aprendemos de su

autenticidad y sabiduría. Los jóvenes de hoy, creyentes o no, tienen una búsqueda profunda de

Dios, porque es algo constitutivo de la persona. Y nosotras somos testigos de que ese anhelo

dormido se puede despertar en el monasterio”, afirma Paula.

De los jóvenes que las visitaron, la religiosa cisterciense destacó “la sensibilidad exquisita para la

oración y una búsqueda sincera, para integrar en su día a día, trabajo y estudios, una actitud

contemplativa. “Así, cuando oiga hablar negativamente de la juventud en general, levantaré el

dedo y diré que no, que no todos son así, que yo conozco jóvenes muy auténticos”, añade.

Según Luis Miguel Sanz, detrás de esta iniciativa hay una referencia a la Pastoral Juvenil de La

Salle, siempre en continua renovación. Y es que cree que a los jóvenes hay que ofrecerles

experiencias de referencia, puntos de encuentro para su vida desde algunos “ángulos clave”.

Uno de estos es el que se ha tratado en Armenteira: la espiritualidad, “ese taller que teje y

desteje para seguir en camino, sabiendo que hay que cocinarlo en más espacios vitales y en

otros lenguajes”. “Un monasterio no es, por definición, el mejor en exclusiva, aunque aporta

contexto al texto”.

Vivida la experiencia, Luis Miguel y Jorge creen que se deberían potenciar este tipo de encuentros

en la Iglesia, pues “la pastoral juvenil está necesitando de múltiples referencias, tanto de

diversos formatos de vida cristiana, como de referencias de los ejes de la vida del cristiano”.

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En el nº 2.833 de Vida Nueva.

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La vida monástica vuelve a latir en Armenteira

Publicado por Vidanueva en 14 octubre 2011 @ 12:32 En Suscriptores,Vida Consagrada | Comentarios

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Deshabitado durante más de un siglo, acaba de organizar

un encuentro para jóvenes

MAITE LÓPEZ MARTÍNEZ | Santa María de Armenteira (Pontevedra) es una de las abadías

más importantes de Galicia. Monumento histórico, es un edificio del siglo XII y uno de los

mejores ejemplos del románico gallego. En su origen fue una comunidad masculina la que habitó

el monasterio hasta la Desamortización, que obligó a los monjes a abandonarlo en 1837. Estuvo

deshabitado durante más de un siglo, tiempo en el que los edificios, salvo la iglesia, fueron

desmoronándose.

Curiosamente, en 1961, Carlos Valle-Inclán (hijo del escritor Ramón Mª del Valle-Inclán),

recorriendo los parajes en los cuales su padre se había inspirado para redactar Aromas de

leyenda, visita el abandonado convento y decide crear una asociación (“Amigos de

Armenteira”) para reconstruirlo. Lo consiguieron en los años 70, permitiendo así al

monasterio albergar de nuevo la vida monástica, lo que sucedió en 1989 con la llegada de un

pequeño grupo de hermanas procedentes del también monasterio cisterciense de Alloz (Navarra).

La hermana Ana Moneo, priora del convento, comenta de ese período que “fue un tiempo del

que las hermanas guardan un bonito recuerdo y en el que, a la par que se acondicionaban los

lugares necesarios, se iba configurando la comunidad.”

El tiempo en la clausura fluye lenta pero

intensamente y se distribuye en tres tareas: liturgia, lectio y trabajo, siendo la oración aquello que

todo lo impregna. En Armenteira, y como modo de subsistencia, las hermanas elaboran

artesanalmente jabones naturales y aceites vegetales con esencias. Dicen que la vida monástica

es fuente de alegría y felicidad: “La vida comunitaria nos ayuda a crecer en esta experiencia:

la compasión, el perdón, la paciencia, la ayuda mutua nos traen el reflejo de aquello a lo que

todos aspiramos: sentirnos unidos en el Amor”.

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Están convencidas de que los jóvenes pueden entender mejor que nadie estas señales de cambio,

de renovación dentro de la sociedad y de la Iglesia. Y por eso ofrecen encuentros y cursillos

de oración para conocer y profundizar en la Palabra de Dios a través de la lectio divina. Su

última convocatoria, el I Encuentro Monástico Juvenil, celebrado del 8 al 12 de octubre, estaba

estructurada con momentos y actividades especialmente pensadas para ellos: trabajo en la

huerta, elaboración de productos monásticos, una introducción a la oración y a la lectura

espiritual, charlas y tiempos para compartir la fe.

La hermana Ana, de 55 años, entró en el convento con la edad de 35: “Como mucha gente de mi

edad, he tenido oportunidad de estudiar. Hoy no es nada raro, e incluso puede ser bastante

común, que quien entra haya cursado estudios superiores y trabajado antes de entrar. Yo así lo

hice”.

La actual comunidad está formada por nueve hermanas, con una media de edad de 57

años. Desde que las primeras llegaron a Armenteira han entrado en la comunidad seis nuevas

hermanas, de las cuales cuatro han perseverado. “No se puede decir que sean muchas –declara

ella misma– pero no ha dejado de entrar alguien cada cierto tiempo, de modo que no hay vacío

generacional ni salto de edades. La última que entró fue hace menos de un año”.

Algunas hermanas estuvieron presentes en uno de los puestos que acogió la Feria Vocacional de

la JMJ Madrid 2011, llevando materiales costeados por la Diputación de Pontevedra. Allí

pudieron comprobar cómo no pocos jóvenes se interesaban por el Císter, dejando sus correos

electrónicos para recibir información sobre las iniciativas del monasterio.

A pesar del ambiente de soledad que es propio de la vida conventual, la comunidad tiene una

importante proyección de cara a los demás en la acogida que realizan, en primer lugar, en la

liturgia, abierta a todo el que quiera participar. De un modo más amplio, la hospedería (con

espacio para hasta 25 personas) se ofrece a quien quiera acercarse buscando un lugar de

silencio, oración y descanso, facilitando esa distancia de la vida cotidiana tan necesaria para

volver a ella con nuevo empeño.

En el nº 2.772 de Vida Nueva.

Artículo impreso de: Vida Nueva: http://www.vidanueva.es

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Comparte tu esperanza

- Vida Nueva - http://www.vidanueva.es -

Publicado por Vidanueva en 14 diciembre 2012 @ 07:42 En A fondo,Suscriptores | Comentarios

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Comparte tu esperanza [extracto] [1]

VIDA NUEVA | La realidad no invita al optimismo, es cierto, pero la esperanza no radica en

ningún indicador económico. Es algo que florece en lo más íntimo y que, cuando aflora, es capaz

de contagiar a los demás. Hemos invitado a quienes la cultivan en el día a día a que la

compartan.

Preguntas:

1. ¿Dónde buscas tú, adónde te agarras, para ser capaz de conservar la esperanza?

2. ¿Cómo transmitir esa esperanza en tiempos de tantas dificultades concretas como los

actuales?

3. ¿Seríamos capaces de mejorar la realidad con una actitud esperanzada y positiva? ¿O

las cosas están demasiado mal?

ALMUDENA ZEROLO, voluntaria de Pueblos Unidos

1. Hay un refrán que dice: “Lo último que se pierde es la esperanza”. Perder la esperanza es

perderlo todo. La ESPERANZA en la que yo me apoyo solo la puedo escribir con mayúsculas,

porque la tengo puesta en Dios, en su palabra y en su promesa. Este es el motivo de no haberla

perdido nunca. En los momentos peores de mi vida, he sentido a Dios vivo en mí, dándome la

seguridad y certeza que necesitaba. “Se de quién me he fiado” (san Pablo) y “dichosa tú

porque has creído” (Lc 1) son dos frases que tengo profundamente grabadas.

2. Reconozco que cuando tienes la esperanza puesta en Dios, en su Palabra, en su promesa… es

un don. Mi Esperanza no sé si es fácil de transmitir. Pero tengo la experiencia de que, cuando la

comparto, la gente recibe alivio, confianza, paz… Es como si entrara en esa vida un rayito

de luz. Para CONTAGIAR hay que TENER. La Esperanza, si es auténtica y está viva, puede

transformar otras vidas. A mí es Dios quien me la da y Él se encarga, a través de mí, de que

llegue a otras personas.

3. Sin duda, una actitud esperanzada y positiva en momentos de oscuridad y dolor ayuda a otros

a salir adelante. Se contagian fuerzas y ganas de luchar para no “tirar la toalla”. Si se genera

VIDA, se recibe VIDA. Sería maravilloso, por muy hundidos que estuviéramos, que nunca

perdiésemos la capacidad de AMAR, de darnos, de pensar en los demás… Es lo que siempre da

oxígeno y plenitud a nuestra vida.

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DOLORES ALEIXANDRE, biblista

1. De entrada, pongo mi GPS en dirección al Colectivo de Desanimados bíblicos y recorro sus

itinerarios. Algunos son ya viejos conocidos que vuelven a contarme sus historias: el orante del

Salmo 77 andaba agobiadísimo, encerrado de noche entre las cuatro paredes de un cuarto sin

ventanas, desesperado e insomne, pero se puso a recordar las maravillas de Dios guiando a su

pueblo en el pasado y se dio cuenta de lo absurdo que era pensar que los “recortes” habían

alcanzado también a Su ternura. Así que dirigió su mirada más allá de su situación calamitosa,

salió a espacio abierto y confió en que el Dios fiel del pasado iba a seguir siéndolo en el

presente. En el salmo 73, otro abatido/indignado empieza criticando “con acritú” lo mal que van

las cosas hasta que, de pronto, se ve a sí mismo como un burro (¡sic!) por empeñarse en

controlarlo todo. Y, a partir de ese momento, decideentrar en el misterio” de Dios y reconoce:

“Me agarras de la mano, me conduces a un destino glorioso”. La crisis continuaba, pero a él

se le habían recolocado las cosas de otra manera.

3. Mala estrategia la nuestra si, al reconocer ante otros que a pesar de los pesares seguimos

esperanzados, damos a entender que, cuando entra la esperanza en nuestra casa, desaloja al

desencanto, a la sensación de desmoronamiento, a las perplejidades o al cansancio. Ni hablar.

Todos esos realquilados siguen ahí, y ella ni los desprecia, ni les agrede, ni los desahucia; una

convicción que le debo a Tximo García Roca: “La Esperanza se hermanó con el Desencanto,

que no es lo opuesto ni lo contrario a la esperanza: es su inevitable sombra, es su

compañera de viaje”. Por eso, mejor hablar de ella como de una buena vecina que no nos

apabulla con sus proclamas, certezas o evidencias, sino que se sienta a nuestra mesa

silenciosamente y, poco a poco, consigue acostumbrarnos a esa presencia suya que a la larga

todo lo transforma.

3. De acuerdo con lo de “contagiarnos todos con una actitud esperanzada y positiva”, siempre que

en ese “todos” ocupen el lugar preferente los más alcanzados por la crisis. “En tiempos

oscuros, nos ayudan quienes han sabido andar en la noche” (E. Sábato), y son ellos los que,

contra todo pronóstico, pueden contagiarnos esperanza. Si solo la buscamos en espacios

eclesiales “protegidos”, el resultado será tan irreal como aquella leyenda del conde que se metió

con su caballo en un pantano y, al sentir que se hundía, se agarró a sí mismo por los pelos y

consiguió salvarse. “En tiempos de crisis necesitamos activar la ‘memoria crucis’ y recordar que la

esperanza se nos ha dado en favor de la causa de los pobres”, nos recuerda Javier Vitoria, otro

“esperanzólogo”. Son sus gritos, sus silencios y sus cánticos los que “relativizan

nuestros estados de ánimo y pulverizan nuestros debates teóricos”. La realidad mejora cuando

acortamos distancias y ensanchamos las superficies de contacto con ellos.

1. ¿Dónde buscas tú para conservar la esperanza?

2. ¿Cómo transmitirla en tiempos tan difíciles como estos?

3. ¿Seríamos capaces de mejorar la realidad con una actitud esperanzada y

positiva?

EMILI TURÚ, superior general de los Hermanos Maristas

1. En la buena gente. Personas de los cinco continentes cuya vida me ha impresionado por la

calidad de su donación a los demás. Ellos me recuerdan continuamente la bondad de la persona

humana. En el Espíritu Santo. Me encanta la expresión de Juan XXIII al inicio del Concilio

Vaticano II: “Tantum aurora est”, es decir, “Es apenas la aurora”. Sí, me encantaría ver todos mis

sueños realizados aquí y ahora, pero… debo conformarme con la aurora. Sé que somos parte de

una historia mayor que la nuestra, y tengo la certeza de que “esto” acabará bien.

2. David María Turoldo, religioso y poeta italiano, decía que “un solo gesto, un solo verso puede

hacer grande al universo”. Quien tenga una esperanza que la comparta, por favor. Una

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frase en Facebook o en Twitter; una llamada de teléfono o un sms; un silencio oportuno; una

acogida incondicional…

3. La esperanza no nace del análisis del presente, sino de la convicción de que nuestra historia

tiene un sentido. El caso es que esa tozuda convicción ¡acaba cambiando la realidad presente!

ERNESTO MORALES, presidente de la JOC

1. La mayor fuente de esperanza me viene de sentirme en proceso, dando pasos concretos en

mi vida, y, sobre todo, sentirme parte de un movimiento, de un proyecto que comenzó hace

muchos años y que seguirá vivo cuando yo me vaya. Otro aspecto fundamental ha sido mi fe, mi

identidad cristiana. Creo que a todos los cristianos y cristianas se nos tiene que notar la esperanza

a cada paso. Tenemos la ventaja de contar con la confianza de Dios en que tenemos la fuerza

suficiente para transformar la realidad que nos rodea. Nos sabemos queridos y enviados por Él

para ayudarle en su tarea de hacer del mundo un lugar cada vez mejor. Vivir esta fe en

comunidad y enfocada en el servicio a los demás también ha supuesto una fuente constante

de esperanza.

2. Creo que la única manera de transmitir algo es a través de la experiencia y del testimonio.

Solo podemos transmitir esperanza desde la esperanza. Es cierto que las cosas están cada

vez más difíciles, que cada día cuesta más ver el lado positivo del mundo, sentir que algo puede

cambiar, que no todo está ya establecido. En esta situación es cuando más se necesita partir de lo

más pequeño, de detalles que pueden pasar desapercibidos pero que van generando otra

realidad, otra manera de ver las cosas. Sin embargo, para la gente que más está sufriendo las

consecuencias de la crisis, es muy difícil ver más allá. Cuando te quedas sin casa, cuando no

llegas a fin de mes, cuando ves que cada vez es más difícil acceder a la sanidad, la educación, la

justicia… ¿cómo no desfallecer? En este punto es donde los que tenemos la suerte de poder contar

con un trabajo y una vida “normalizada” tenemos que ponernos al lado de los que más están

sufriendo, y recordarles que tienen una dignidad como personas que nadie les puede arrebatar;

que su situación no es fruto de la casualidad, sino de un sistema injusto, creado para que unos

pocos vivan a costa de la inmensa mayoría. Para decirles también que en sus manos y en las

nuestras está el intentar cambiar esta situación injusta.

3. En estos momentos en los que todo está tan mal es cuando más unidos y esperanzados

tendríamos que estar. Sabemos que las cosas han llegado a un punto en el que es muy difícil

avanzar y en el que es del todo imposible (y muy poco recomendable) volver a la situación previa

a la crisis. ¿Qué queda entonces? Buscar alternativas, encontrar otras maneras de vivir,

poner a la persona y su dignidad en el centro de las estructuras, en lugar del dinero,

epicentro de la sociedad actual. Si miramos la sociedad de hoy como una sociedad en

construcción en la que todos tenemos algo que decir, la perspectiva cambia. Todo son nuevos

caminos y signos de esperanza en que las cosas pueden mejorar y en que podemos vivir sin

necesidad de excluir a nadie para conseguirlo.

FRANCISCO JOSÉ ANDRADES, sacerdote y profesor de la UPSA

1. En primer lugar, en las personas que manifiestan con su actitud y comportamiento la capacidad

de salir a flote a pesar de las dificultades; esto es, en el testimonio de personas

esperanzadas. Segundo, en los signos positivos de que otro mundo y otro tipo de sociedad son

posibles, y otro modelo de hombre se puede proyectar valorando más la interioridad y el deseo

de crecimiento personal que la imagen externa y lo superfluo. El encuentro con Dios, la fe

vivida y celebrada en comunidad y la lectura creyente de la realidad desde la Palabra de Dios es

el tercer pilar. Dios sigue estando presente, ¡y de qué manera!, en medio de la humanidad.

2. Transmitiendo optimismo en el entorno, valorando sobremanera lo que aporta el encuentro

personal. Con la acogida y acompañamiento de quien peor lo pasa, con el cariño y la

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cercanía, dando más importancia a los elementos favorables al hombre que a los que le

perjudican.

3. La realidad no pinta bien, sobre todo para los que se encuentran en los márgenes (de todo

tipo) de la sociedad. Pero la realidad es posible cambiarla con la implicación de todos,

cada uno en su entorno más cercano. La participación ciudadana por construir una sociedad más

humana es otra forma de transformar la realidad.

H. LOURDES ÁLAVA, religiosa del Monasterio de Armenteira

1. La esperanza la vivo, la siento, la experimento, la comparto, la busco y la encuentro no solo

dentro de mí, en la imagen de Dios que soy, sino también en mi historia y en la realidad que vive

la humanidad. Todo encierra una semilla de esperanza. Es el don que se me da y que recibo,

el fruto de la fe en Jesucristo. Es un dinamismo que me llena de confianza en la humanidad (que

también es divina). Una energía vital que me hace crecer en el amor que recibo y que doy, que

me ayuda a aprender de mi propia debilidad y de la de los demás.

2. Viviendo con la alegría la vida y acogiendo con sencillez todas sus realidades: trabajos,

enfermedades, limitaciones, gozos, penas, deseos, proyectos… Me doy cuenta de que no son las

cosas concretas las que me dan o no esperanza, sino el modo en que las percibo y valoro.

3. La esperanza CREA, y crea confianza en lo que somos y en nuestras posibilidades.

Descubro que podemos dar, compartir, recibir lo que somos y tenemos con realismo. Si cada uno

nos dejamos llevar de este dinamismo, perdiendo los miedos y las falsas seguridades, el Reino de

Dios se hace realidad y va creciendo.

1. ¿Dónde buscas tú para conservar la esperanza?

2. ¿Cómo transmitirla en tiempos tan difíciles como estos?

3. ¿Seríamos capaces de mejorar la realidad con una actitud esperanzada y

positiva?

JOSÉ MARÍA RODRÍGUEZ OLAIZOLA, SJ

1. Para mí, la esperanza arranca de la gratitud. Me siento un privilegiado, la verdad. Tengo

para vivir. Tengo fe, con sus batallas, pero Dios me da sentido, motivos y horizonte. Hay gente

que me quiere en la vida. Y luego, mirando alrededor, es verdad que hay muchos problemas,

trapicheos y trampas. Pero también hay gente buena, honesta, que solo quiere llevar una vida

digna para sí y para los suyos. Eso no está en crisis. Y sería un insensato si no lo reconociera.

2. Yo intento seguir anunciando lo que el Evangelio tiene de buena noticia. En medio de tiempos

recios, sigue siendo una palabra de encuentro, de amistad, de compasión, de libertad, justicia y

paz. Creo que hoy, más que nunca, el Evangelio es una invitación a confiar en lo mejor del

ser humano, que también asoma en esta coyuntura.

3. Bueno, no se puede pedir a la gente que fuerce esperanzas o positividades. Hay de todo, y hay

quien está en este momento desesperado. Lo que sí creo es que necesitamos, de veras,

honestidad. Para no ponernos todos en el lugar de las víctimas. Y para, más allá de la queja,

lanzarnos a buscar caminos, soluciones, propuestas y formas creativas e imaginativas de

alumbrar algo diferente.

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RAÚL BERZOSA, obispo de Ciudad Rodrigo

1. Sin duda, en las personas que aprecio y me transmiten fuerza y alegría de vivir. Y ellas,

porque también tienen fe, me llevan a Jesucristo. Y en Él descubro el secreto y el sentido

profundo de mi existencia (de dónde vengo) y hacia dónde voy. Y, lo más importante, quién me

sustenta en cada momento.

2. No tanto con palabras como con el ejemplo. Estando muy cerca de la gente que duda o se

encuentra encerrada en su negatividad. Y, además, con el compromiso. Esto es, dando no solo

cosas materiales (incluso de lo que necesitas para vivir), sino sobre todo tu tiempo y tu

cariño. Muchas veces lo que esperamos es que alguien nos escuche, aunque no pueda solucionar

nuestros problemas, y sentirnos “alguien amado” para otro. ¡Qué hermoso lo cuenta la parábola!:

un filósofo daba vueltas sobre el sentido de nuestra existencia. Su niña se columpiaba en el

jardín. El papá pregunta: “Margarita, ¿para qué estás en esta vida?”. A lo que responde: “Para

quererte mucho, papá”.

3. No podemos negar la realidad. Pero siempre hay motivos para mirar por encima de la

hojarasca del bosque. Las crisis nos enseñan a volver a lo esencial, a lo que realmente importa, y

a abrirnos a los demás. De las crisis salimos todos juntos o no salimos. En cualquier caso,

siempre tenemos que hacer de “pigmaliones”, es decir, ver las cosas lo más positivo que sea

posible y apostar en positivo por las personas. Tenemos corazón y razón para no ahogarnos en la

negatividad. Sin olvidar, y no son palabras huecas o vacías, que la fe ilumina y otorga creatividad

y compromiso.

PEDRO FERNÁNDEZ CASTELAO, teólogo

1. En estos tiempos de crisis en los que, principalmente, el paro y las deudas hacen tan difícil la

vida de tantos millones de personas, me ayuda pensar en las generaciones que

reconstruyeron el país después de la Guerra Civil. Se pasaron penurias, pero con trabajo y

esfuerzo se salió adelante. Con todo, mi esperanza está puesta en lo esencial: cualquier

situación es buena para percibir en ella la presencia continua y permanente de Dios. Desde

ella se comprende que la vida no consiste en conseguir cosas, sino calidad en la vivencia del amor

verdadero. Reconozco que es muy distinto hablar de esperanza cuando la vida te sonríe, que

cuando las cosas no van como uno quisiera. Ahora bien, en ambas situaciones, lo mejor es

aferrarse a lo esencial. A lo verdaderamente esencial.

2. Diferenciar adecuadamente la verdadera felicidad –esa que surge de las relaciones

constructivas y de la auténtica integración vital– de aquella otra falsa felicidad que promete

nuestro entorno –en las compras compulsivas, en las experiencias excitantes, en el ocio

olvidadizo– es capital para que uno pueda estar firmemente enraizado en la vida y no sea

arrastrado por la vorágine de los acontecimientos y el crecimiento de la desesperación. Es bueno

preguntarse si uno está en cuerpo y alma en aquello en lo que está o, por el contrario, vive

distraídamente, como escapando, como si la vida no fuera con él. El test decisivo de nuestra

existencia versará sobre la capacidad creativa para amar. Y esto necesita mucha atención,

mucho ejercicio, mucho estudio, mucha práctica. Porque para amar bien son necesarias la verdad

y la bondad. Centrar la atención vital de nuestros hijos en este ejercicio es la mejor manera de

ayudarlos a resistir los duros embates que se avecinan.

3. Ha habido tiempos peores. El año 40 del pasado siglo es recuerdo de hambre y miseria. Hoy,

en el mundo hay infinidad de países con una crisis crónica cuyos pueblos a duras penas

sobreviven. Con todo, una actitud positiva, así, sin más, sin solidez real, es insuficiente.

Desconfío del optimismo ingenuo que no está fundado en la realidad. Tampoco soy

pesimista por principio. Creo que lo mejor es ser un realista sensato que no se conforma con lo

que hay. Hay que trabajar por el bien con todo el ahínco que sea posible sabiendo que, en último

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término, por más que queramos, no todo está en nuestras manos. De hecho (y por fortuna para

todos), solo Dios es el Señor de la historia.

LLUÍS SERRA LLANSANA, secretario general de la URC

1. En lo más profundo de mi interior hay una semilla de eternidad que me impulsa a discernir lo

pasajero de lo permanente, lo esencial de lo accesorio, la ilusión de la esperanza. Entonces me

abro a Dios, acepto mis límites y pongo mi amor y mis talentos, como hizo Jesús, al servicio de

los hombres y mujeres, especialmente de los que más sufren.

2. Los discursos vacíos no sirven. Solo son creíbles los testigos, aquellas personas que

muestran con su vida y su entrega que tienen unas razones sólidas para comprometerse y actuar,

sin supeditarse a los resultados y sin temor al fracaso. Como el buen samaritano, curando las

heridas y dando prioridad a las personas.

3. Sin combatir el mal que hay dentro de cada uno de nosotros, no hay mejora colectiva. Sin

confiar en los demás y sin amarlos, la esperanza es imposible. Hay que resistir. Hay que

desactivar la crispación, los enfrentamientos, la descalificación de los otros… Generar

actitudes de diálogo, de escucha, de empatía, de ponerse en la piel de los demás. Demasiado

blanco o negro… hay que entrar en la zona de grises.

1. ¿Dónde buscas tú para conservar la esperanza?

2. ¿Cómo transmitirla en tiempos tan difíciles como estos?

3. ¿Seríamos capaces de mejorar la realidad con una actitud esperanzada y

positiva?

JUNKAL GUEVARA, biblista

1. Yo rezo, celebro los sacramentos y leo y estudio la Biblia, a diario. Además, leo prensa,

revistas y foros, fuentes de noticias, tendencias e ideas. Escucho en comunidad la inquietud de las

religiosas por afrontar solidariamente el momento. Aprovecho las conversaciones con amigos,

colegas, alumnos, por donde me llegan las experiencias concretas de la gente asomándose a la

vida y tirando de ella.

2. Atentos a los intentos de mejora y de cambio: plataformas de reflexión que formulan estilos de

vida alternativos, pensadores que postulan el decrecimiento y la sostenibilidad, economistas con

ideas. Veo signos de solidaridad: hay más voluntarios; más gente contribuye económicamente

con Cáritas; redes familiares más fuertes; se organiza la sociedad civil…

3. Las cosas están bastante mal, pero a mí no me ayudan los “profetas de calamidades”;

me ayudan los que me sugieren claves e ideas para seguir apurando la vida, dándola y

mejorándola allí donde está más amenazada.

SANTOS URÍAS, sacerdote

1. Yo entiendo que Dios siempre está queriendo decirnos algo con todo lo que sucede. Me

ayuda mucho contemplar situaciones cercanas a la luz de la Palabra: releyendo el libro de Job o

de Ezequiel. La oración, el silencio, los espacios compartidos, la generosidad que observo, las

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personas que se cuestionan y plantean sus inquietudes o sus sufrimientos, la búsqueda de la

justicia y de la solidaridad. Creo que la esperanza toma carne todos los días y es como las olas

del mar: golpea con su fuerza, limpia nuestros miedos y retorna humildemente a la inmensidad

del océano.

2. Los tiempos de dificultad son tiempos de humildad. Estamos cansados de discursos

vacíos, de “sí pero no”, de pobrezas que no afectan solo ni principalmente a lo material. Los

pequeños gestos, la escucha, cambiar el lenguaje tantas veces instalado en la queja, el

acompañar a las personas, a las familias. Creo que es como el rocío, va empapando de luz la

mirada y permite observar la realidad con otros ojos. Eso es contagioso.

3. Hablaba con alguien cercano de que quizás algunos de nosotros estamos vacunados. Haber

trabajado casi siempre cerca de los márgenes y con las personas más vulnerables o excluidas

creo que te permite tener otra perspectiva de la crisis. Yo observo a algunos amigos que son más

resistentes, que tienen más recursos ante las adversidades porque han aprendido a

manejarse en esa adversidad. Me decía hace poco un chaval al que conozco muy bien: “No me

da miedo la crisis, me doy miedo yo”. Por supuesto que el pesimismo es contagioso y, como decía

antes, esto se percibe incluso en el lenguaje. Pero también la esperanza es contagiosa, y yo

diría que de forma más virulenta. Cuando miro alrededor, veo a una anciana que visita todos los

domingos a su vecina de mediana edad, enferma terminal, porque su hija está desaparecida y su

hijo está en prisión. Veo a una familia que amplía las paredes de su casa a golpe de corazón para

que quepan más y no se sientan solos ni abandonados. Observo al vendedor ambulante que me

invita a un café y a bendecir su nueva casa porque ha aprendido a vivir con lo necesario y a

buscarse la vida por cada rincón. Tiendo a ser optimista y creo que este tiempo nos va a

ayudar a valorar algo que está en la raíz del misterio de nuestra fe: la gratuidad.

Sufrimos dolores de parto, pero algo grande está por venir y, quizás, ya viene por la esquina de

la calle, caminando despacito.

MANUEL MARÍA BRU, sacerdote y periodista

1. Parecerá respuesta predeterminada, por ser de catecismo, pero está probada por la

experiencia. Es la fe la que me hace conservar la esperanza. Aunque condicionada por las

circunstancias del presente y por las heridas, nunca del todo cerradas, del pasado, saber que Dios

me ama y nos ama inmensamente me devuelve siempre a la esperanza, incluso a una luminosa

esperanza.

2. Hay un camino. En palabras de Chiara Lubich, consiste en “hacerse uno”, en “vivir el otro”,

hasta el fondo. Es una de ley de la naturaleza que no falla: si te entristeces con el triste, le ayudas

a recobrar la alegría. Parece ilógico, pero es de una lógica aplastante: el amor siempre lleva a

la esperanza.

3. Siempre hay razones para la esperanza y modos para contagiarla. Como todas las crisis a lo

largo de la historia (de la humanidad y de cada hombre), la presente también es

providencial. Nos zarandea, nos descoloca, nos remueve, es decir, nos resitúa, nos fuerza a ser

más, a responder, a reaccionar.

MARTÍN GELABERT, OP

1. La esperanza cristiana se apoya sobre un poder, el poder de un Dios que nos ama. La mía,

además de apoyarse en Dios, encuentra estímulo en personas conocidas que, en medio de

dificultades, mantienen la serenidad, rezan y ayudan a los demás.

2. La situación vital condiciona la esperanza. No esperan igual los que tienen trabajo que los que

no lo tienen. Cuando me encuentro con personas en situación difícil, procuro acercarme a

ellas, interesarme por su situación, tratar de comprender, compartir su indignación y ayudarles

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en la medida en que puedo. La esperanza nace cuando viene el amor.

3. Las cosas, para algunos, están mal. Como Iglesia que somos, debemos buscar gestos y

palabras positivas, que denoten cercanía y comprensión. Hay que dejar de lado críticas,

discursos negativos, recetas espirituales alejadas de la realidad. Para contagiar esperanza hace

falta que las personas se convenzan de que viene el amor. Los cristianos debemos ser sus

portadores y sus portavoces.

XABIER GÓMEZ, OP

1. ¿Dónde buscas tú para conservar la esperanza?

2. ¿Cómo transmitirla en tiempos tan difíciles como estos?

3. ¿Seríamos capaces de mejorar la realidad con una actitud esperanzada y

positiva?

1. Donde lo busca la Orden de Predicadores: en la Palabra de Dios leída con la Iglesia.

Volviendo al Evangelio una y otra vez en busca de la Verdad. Tengo plena confianza en las

consecuencias positivas y contemporáneas de la Encarnación; ello me proporciona un modo de

reconocer, incluso donde aparece velado, todo lo bueno, verdadero y bello que Dios deposita en

su creación y en sus hijos. Las personas buenas me enseñan cómo afrontar las decepciones y

recrear la esperanza.

2. Centrándonos en lo que sí podemos hacer, buscando juntos cómo hacerlo, en lugar de

malgastar energías en lamentaciones. Levantándonos de cada caída cuanto sea necesario y

colaborando con el abatido para que desde sus capacidades se levante por sí mismo. En la

sociedad y en cada persona hay dificultades, pero también fortalezas y alternativas insospechadas

que nos despiertan al compromiso y la superación. Muchas veces, la fe en Dios hace posible lo

que parece imposible.

3. Mucha gente espera señales, referentes morales que despierten su esperanza de un

cambio a mejor. Necesitamos esos referentes. Pero también descubrir que tenemos a nuestro

alcance los elementos necesarios para que se produzcan cambios positivos a nivel personal o

social. Se trata de reconocerlos y ponerlos en marcha. Quien se toma esto en serio, comienza por

cambiarse a sí mismo para aportar algo auténtico a los otros. Cuando la Iglesia refleja el modo

de mirar el mundo de Jesús, de relacionarse con la gente como Jesús y de actuar desde la

gratuidad como Jesús, está ofreciendo con elocuencia motivos para seguir esperando.

SOLEDAD SUÁREZ, presidenta de Manos Unidas

1. La esperanza es la virtud más alegre y bonita que tenemos; a mí me nace de sentirme

profundamente amada por Dios, lo que me lleva a pensar que siempre está detrás de mí, que

hay algo superior que no controlo en donde me puedo abandonar.

2. Al trabajar en Manos Unidas, tenemos ocasión de conocer y estar en contacto con muchos

misioneros, que nos dan un permanente testimonio de esperanza. Es esa esperanza la que

les hace estar convencidos de que es posible modificar tanta situación de injusticia y les mueve a

vivir como viven y a trabajar como trabajan. Ellos saben que hay capacidad para que muchas

personas puedan disfrutar de unas condiciones de vida que les permitan desarrollarse

íntegramente. Ese contacto me ayuda a conservar la esperanza.

3. Aun en tiempos de dificultad, cuando pienso en lo difícil que es todo, me acuerdo de ellos, de

esos misioneros, y de lo claro que tienen lo que importa de verdad, por lo que hay que luchar.

Muchas veces nos creamos nosotros mismos las dificultades porque ponemos nuestro

interés en cosas intrascendentes, que quizá podríamos conseguir, pero que no nos

proporcionarían felicidad. Por eso yo intento transmitir lo que importa, que el amor por los

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demás no está en crisis, que si todos trabajamos por mejorar las vidas de las personas que nos

rodean, estamos animándolos para que afronten la realidad y disfruten de aquello que tenemos

en cada momento.

VICENTE VIDE, decano de la Facultad de Teología de Deusto

1. Me apoyo en los cuatro lugares de la esperanza que señala Benedicto XVI en Spe salvi: la

oración; la acción y solidaridad con los que sufren; la vida eterna con la promesa de que el

asesino no tendrá la última palabra; y las personas-esperanza: hombres y mujeres que animan a

los demás.

2. Con gestos y palabras hacia quienes están más hechos polvo por los golpes de la crisis,

con la atención psicológica y espiritual, viviendo actitudes de austeridad, de solidaridad:

alimentos, viviendas, iniciativas solidarias, denuncias del sistema económico dominante, etc.

3. Lo malo del mal es que tiene mala solución si focalizamos la atención únicamente en

lamentarnos, dejándonos arrastrar por la espiral paralizante del derrotismo. Jesucristo cambia

nuestra mirada y nuestro corazón, nos ayuda a pasar del corazón fratricida al corazón que ve,

a compartir, a prescindir de necesidades superfluas, a valorar el pan de cada día, el medio

ambiente y a desarrollar propuestas de consumo cuidado y solidario.

En el nº 2.828 de Vida Nueva.

LEA TAMBIÉN:

EDITORIAL: Ser esperanza para los otros [2]

A FONDO: #CompartoMiEsperanza, la respuesta de las redes sociales [3]

Artículo impreso de: Vida Nueva: http://www.vidanueva.es

URL del artículo: http://www.vidanueva.es/2012/12/14/comparte-tu-esperanza/

URLs includas en esta entrada:

[1] Comparte tu esperanza [extracto]: http://www.vidanueva.es/2012/12/14/compartetu-esperanza-claves-para-rescatarla-y-contagiarla-como-testigos-creibles/

[2] Ser esperanza para los otros: http://www.vidanueva.es/2012/12/14/ser-esperanzapara-los-otros-editorial/

[3] #CompartoMiEsperanza, la respuesta de las redes sociales: http://www.vidanueva.es

/2012/12/14/compartomiesperanza-la-respuesta-de-las-redes-sociales/

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